Novena a Santa Rita de Casia ( y 9), 21.5.19

mayo 21, 2019

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NOVENO DÍA

RITA, MAESTRA EN EL ARTE DEL PERDÓN Y DE LA PAZ


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1. Señal de la cruz

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor Dios nuestro; en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.


2. Acto de contrición

Yo confieso ante Dios todopoderoso y ante ustedes, hermanos, que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión; por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa.

Por eso ruego a Santa María, siempre Virgen, a los Ángeles, a los Santos y a ustedes, hermanos, que intercedan por mí ante Dios, nuestro Señor.


3. Oración preparatoria para todos los días

Señor y Dios nuestro, admirable en tus Santos. Venimos a ti, el único Santo, atraídos por el ejemplo de Rita, tu hija predilecta. Nos encomendamos a su poderosa intercesión y queremos imitar su vida de santidad.

Pues tú nos mandaste: “Sean santos porque Yo soy santo”. A la vez, tu Hijo nos ordenó: “Sean perfectos como su Padre celestial es perfecto”.

Padre de bondad, concédenos poder contemplar durante esta novena con gran admiración y devoción las maravillas que obraste en tu sierva Rita.

Hoy nos unimos a todos los devotos de santa Rita para darte gracias por los ejemplos de santidad que en ella nos dejaste. Concédenos imitarla en la tierra, para que así podamos alabarte con santa Rita y con todos los santos para siempre en el cielo.

Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que contigo vive y reina en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.


4. Datos biográficos

Humanamente, Rita tenía más que motivos para vivir resentida y violenta o agresiva.

Parecería que la “mala” suerte se ensañó con ella: no le dejaron seguir sus primeras inclinaciones a la vida religiosa; le tocó un esposo difícil; se lo mataron y seguramente no le hicieron justicia; se queda viuda tempranamente; pierde a sus hijos; queda indefensa en el mundo; por un tiempo fue rechazada en su deseo de ingresar al convento; en el claustro sufrió soledad; no faltarían comentarios insulsos y hasta maliciosos tanto fuera como dentro del convento sobre su comportamiento, sus éxtasis, el estigma de la espina…

Y Dios callaba, no respondía a sus oraciones y penitencias. Su existencia fue un continuo calvario, hablando de tejas abajo. Ella no se merecía esa suerte. Todo le salía mal. ¿A quién ofendió ella? ¿Qué mal hacía para que Dios le diera ese trato?

Resulta tan incomprensible el dolor de Rita que muchas personas temen acercarse a ella o hacerse devotos suyos porque piensan que tal devoción les traería pruebas y sufrimientos.

Es una reacción comprensible; pero debemos considerar la otra parte de la moneda: la felicidad que Rita gozó ya aquí en la tierra, la paz interior que nada ni nadie le pudo arrebatar, y que se prolonga en el cielo, y que repercute en sus fieles devotos de todos los tiempos.

Parecía razonable y aun justo que Rita estuviera en conflicto con sus propios orígenes.

Podríamos pensar en una niña rebelde, inquieta y caprichosa por ser hija única, con padres ancianos que difícilmente la entendían, sin hermanitos de su edad como complemento, compañía, punto de referencia, etc.; con unos padres “excesivamente religiosos y sobreprotectores”, que de todas formas interfieren o coartan el desarrollo de la personalidad de Rita, que no le dejan seguir sus inclinaciones por consagrarse a Dios y casi le obligan a casarse con un joven noble e importante, pero difícil de carácter que le hizo sufrir mucho.

Podría haberse rebelado, o sentirse víctima de un atropello, o aprovecharse para suscitar lástima en los demás o justificación para seguir sus caprichos.

Sin embargo, la historia apenas insinúa esa posible rebeldía conflictiva de Rita; más bien todo es armonía, silencio, obediencia, espontaneidad. No hay fricciones: la niña crece y se desarrolla en total sintonía con sus padres, con sus valores culturales y religiosos.

Sumisa a las orientaciones que recibe: crece íntegramente en cuerpo y alma, siendo la admiración de sus parientes y orgullo de sus padres. Asume con espontaneidad y alegría todas las expectativas de sus padres y de la sociedad sobre ella. Es confiada, no está a la defensiva ni recela.

En principio no tiene prejuicios sobre nadie ni sobre nada. Es receptiva, respetuosa. Quiere aprender, porque es consciente de que no sabe todo. No ve mala intención en los demás, comenzando por sus propios padres.

También en el aspecto religioso, de acuerdo a su crecimiento, experimenta la presencia de Dios. Por su inocencia y el ambiente que le rodea avanza rápidamente en el amor del Señor; le subyuga la mansedumbre del Divino Redentor muerto en la cruz, y de su corazón infantil brotan ríos de ternura y compasión.

Tanto que todo el tiempo le parece poco para acompañar al Cristo despreciado en la Cruz o escondido en la Eucaristía. Aquí debió de encontrar una escuela de oración que le transportaba hasta el cielo y que le iba forjando como una persona feliz, segura de sí misma, y sobre todo, segura de Dios y del amor de sus padres, el primer sacramento del amor incondicional de Dios hacia ella.

Indudablemente, aquí, como en casi todos los relatos de su vida, constatamos la idealización que montó la literatura hagiográfica y preciosista en torno a la figura de santa Rita. Sin embargo, en ese ropaje literario, descubrimos la obra portentosa de la gracia, secundada por la disponibilidad del creyente.

Quizás adrede esa literatura deja vacíos para que el alma creyente de cada uno de nosotros los vaya llenando de evangelio y vaya como recreando lo que pudo ser y lo que fue de hecho la andadura de Rita, o la guía de Dios en la vida de Rita. En todo ello descubriremos también lo que puede ser de hecho en cada uno de nosotros. No está bien que se nos diga todo. El Espíritu alienta nuestra imaginación para ir recreando todo de acuerdo a nuestros deseos de Dios y a nuestra generosidad…

Pero volvamos a Rita. En su desarrollo de niña y adolescente, todo parecía prometedor; sentir incluso la vocación religiosa era algo maravilloso, aunque nada estaba determinado, predestinado. Lo importante era gustar el amor de Dios, lo único necesario. Sentirse en sus manos y moverse en su santa Providencia.

Pues bien, en ese momento precisamente se interpone la voluntad y decisión de sus padres: es preciso casarla cuanto antes asegurando su futuro; ellos van avanzando en la vida y Rita no tiene hermanos.

La adolescente y joven Rita pudo rebelarse por este “aparente atropello”. Pudo quejarse contra Dios que así respondía a su incipiente consagración religiosa y a sus intenciones más nobles y generosas. ¿No parecía un desaire de parte de Dios, e incluso un rechazo? ¿Qué había hecho ella? ¿Eran acaso interesadas sus intenciones? ¿Por qué le hacía Dios consentir en algo imposible? ¿Estaría Dios jugando con sus sentimientos?

La joven Rita pudo buscar aliados en su familia, pudo resentirse porque nadie tomó en serio sus ideales, su originalidad e iniciativa personal; no la tomaron en serio hasta sacar la cara por ella. Finalmente pudo rechazar al hombre que le imponían sus padres; al fin y al cabo, ella era la que se casaba; se trataba de su propio futuro, eran cosas muy personales y, por tanto, sagradas. Estaba de por medio su dignidad, diríamos hoy. ¿Y en qué consiste esa dignidad? Bien, sigamos.

Nuestra Santa no asume esas reacciones defensivas, reivindicativas. Nada de eso. Con serenidad, con abnegación de su propia voluntad rastrea los caminos de Dios en medio de la sorpresa, del dolor, de la confusión, pero siempre en actitud humilde y esperanzada. Y la luz se fue abriendo paso en el horizonte oscuro… y resultó que todo estaba bien, que todo era razonable. Nada se perdería. Dios era el mismo, no se mudaba.

Rita fue creciendo y madurando, llena de hermosura y aplomo ante Dios y ante los hombres, no sin abnegaciones personales, a veces en silencio casi insoportable, y aprendiendo a sufrir obedeciendo, aprendiendo la verdadera libertad. Así, Rita se enamoró del marido que le proponían o le imponían. Quiso enamorarse, y lo amó de verdad, en el amor de Dios.

Ella ponía todo de su parte, gracias a su obediencia y oración continua, tratando de asumirlo todo, tal como Dios lo permitía y lo disponía. El matrimonio le acarreó mucho sufrimiento por la escasa correspondencia de su esposo. Irresponsable y violento llegó hasta el maltrato, según cuenta la historia.

Mientras tanto, Rita no devolvía mal por mal; disculpaba, no contaba a los demás su calvario interior buscando compasión o preocupando inútilmente a otros; se refugiaba en Dios. Ella había querido siempre ser fiel a los designios de Dios, manifestados en las circunstancias humanas.

Rita no juzga el comportamiento de su esposo Fernando. Ella trata de comprender su violencia; no está en paz consigo mismo y por eso, la proyecta afuera. Quizás él mismo sufrió violencia en algún tiempo y ahora se estaba defendiendo, protegiéndose. Seguramente él sufre por ser así, por reaccionar de esa manera. Le gustaría ser diferente, llevar de otra manera su hogar, hacerse digno de tal esposa y de los hijos que Dios le confía.

Rita, en vez de acusar o despreciar, trata de sentir tierna compasión por Fernando que sufre en su interior este drama doloroso. Rita ansía que Fernando pueda confiarle su intimidad. De una y mil formas, Rita intenta ganarse la confianza de su esposo; no desespera. El amor le inspira en cada momento lo más oportuno, lo demás no depende de ella.

Podría haber renegado también de tantas rivalidades y problemas entre sus propios parientes o paisanos; podría haber soñado en vivir en otras circunstancias menos conflictivas, con otro esposo, en otra familia; habría sido distinto… Ahí no se podía hacer nada… Pudo haber huido de aquel infierno, pues no era justo que lo tuviera que sufrir, no se lo merecía…

Cuando todo parecía arreglarse, le arrebatan violentamente al esposo; ya estaba dando señales de conversión y acercamiento a Dios. Ahora ni siquiera está cierta de su salvación eterna… Podría haberle permitido Dios algo más de vida para que se confirmara en la fe…

¿Hasta cuándo, Señor? ¿Por qué me pasan a mí estas cosas? ¿Por qué me castiga Dios de esta manera? ¿Y qué va a ser de mí, condenada a ser padre y madre para mis hijos, sin medios y sin trabajo remunerado? ¿Por qué tienen que ver todo esto mis hijos, ellos son inocentes? ¿Por qué tienen que sufrir también ellos? Que me lo carguen a mí, para que ellos no sufran, que no los toquen… ¿Qué va a ser de ellos sin padre? Ya basta, ya no puedo más, no doy más. ¿Hasta cuándo?

Por otra parte, parece que nadie me toma en serio, ya están acostumbrados a verme sufrir, desvalida… “Ése es su destino”, dicen algunos.

Rita podría haberse acabado la vida pensando en los asesinos de su esposo, en su maldad, lamentándose por no haber sabido prevenir o intuir el peligro que corría. Podría haber martillado su cabeza lamentándose por su torpeza, maldiciendo su suerte o soñando en vengarlo. Nada de eso. Sólo busca el perdón de Dios para todos y la obediencia a Dios en todo lo que él permite. Pues al fin y al cabo, Él gobierna como le place, todo lo permite. Es el único justo y sabio. Todo lo hace bien.

Sus hijos arden con deseos de venganza. Rita no reniega, no cae en depresión, no se abandona y se hunde, causando el caos en el hogar, sino que, como la mujer fuerte de Proverbios, se olvida de su propia pena, saca fuerzas de su debilidad para pensar en los demás, en sus hijos sobre todo, y no preocuparlos ni culpabilizarlos, comprende a sus hijos, acoge, arropa, ora ininterrumpidamente, y deja que Dios disponga y abra caminos.

Sus hijos son suyos ciertamente; pero no le pertenecen de manera exclusiva. Antes que suyos, son de Dios. Él también los ama y se preocupa de ellos, más que ella incluso. Al fin y al cabo es problema de Dios, más que de ella. Él verá…

Y queda viuda. Sin embargo, cada vez es menor la confusión, menor la lucha: la corriente de amor, de perdón y de paz es más poderosa cada vez en su vida. Es un río ancho en medio de la selva tropical: no sabe uno hasta dónde llegan sus aguas, no sabe uno dónde están sus riberas; avanza sereno hacia el mar, imperturbable.

Y así, los horizontes son cada vez más luminosos en la vida de Rita. El poder de Dios encuentra menos obstáculos. Su gloria refulge galanamente en la debilidad humana. También en el convento hay pecado. La espina despide un olor fétido, casi insoportable; las hermanas no siempre aciertan a disimular su repulsa. Son humanas. El hábito no hace al monje.

Rita se ve obligada a recluirse en una celda apartada; quizás oye comentarios acerca de los motivos de su ingreso, de la oportunidad de su admisión, de su dudosa idoneidad para la vida religiosa; quizás algunas personas, incluso, religiosas, dudan acerca del origen divino de su llaga. Quizás es un castigo de Dios… Cuando pide la gracia del jubileo para irse a Roma, le exigen la cura inmediata. Rita no reclama nada, platica solamente con su Amo y Señor.

Así Rita se consume en el amor y el perdón. Se apaga una existencia feliz y fecunda en la tierra para brillar y amanecer eternamente en la gloria de Dios, al servicio de los hombres, sobre todo de sus devotos de todos los tiempos. Rita abarca ambas riberas, por la gracia de Dios, para su bien y el de la Iglesia.

5. Fuentes bíblicas

Rita aprendió de sus padres a ser pacificadora, conforme a la exhortación de san Pedro en su primera carta:

Finalmente, tengan todos un mismo sentir; compartan las preocupaciones de los demás con amor fraternal; sean compasivos y humildes, no devuelvan mal por mal, no contesten el insulto con el insulto; al contrario, bendigan, ya que fueron llamados a bendecir, y a alcanzar ustedes mismos, por ese medio, las bendiciones de Dios. Porque el que de veras busca gozar de la vida y quiere vivir días felices, cuide que su lengua no hable mal, y que de su boca no salga el engaño. Aléjese del mal y haga el bien, busque la paz y corra tras ella…

¿Y quién les podrá hacer daño si ustedes se afanan en hacer el bien? Por lo demás, felices ustedes cuando sufran por la justicia: no teman las amenazas, ni se turben… Es mejor sufrir por hacer el bien, si tal es la voluntad de Dios, que por hacer el mal (1 Pedro 3, 8-11.13-14.17).

Indudablemente, Rita aprendió del Crucificado el perdón a los enemigos: “Perdónalos porque no saben lo que hacen”. Rita resume las características de los hijos de Dios.

Ustedes saben que se dijo: Ama a tu prójimo y guarda rencor a tu enemigo. Pero yo les digo: Amen a sus enemigos y recen por sus perseguidores. Así serán hijos de su Padre que está en los cielos. Él hace brillar el sol sobre malos y buenos y caer la lluvia sobre justos y pecadores.

Porque si ustedes aman a los que los aman, ¿qué premio merecen? ¿No obran así también los pecadores? ¿Qué hay de nuevo si saludan sólo a sus amigos? ¿No lo hacen también los que no conocen a Dios? Por lo tanto, sean perfectos como es perfecto su Padre que está en el cielo (Mateo 5, 43-48).

Parábola del siervo malvado:

El reino de los Cielos es semejante a un rey que resolvió arreglar cuentas con sus empleados. Cuando estaba empezando a hacerlo, le trajeron a uno que debía diez millones de monedas de oro. Como el hombre no tenía para pagar, el rey dispuso que fuera vendido como esclavo, junto con su mujer, sus hijos y todas sus cosas, para pagarse de la deuda.

El empleado se arrojó a los pies del rey, suplicándole: “Ten paciencia conmigo y yo te pagaré todo”. El rey se compadeció y no sólo lo dejó libre, sino que además le perdonó la deuda.

Pero apenas salió el empleado de la presencia del rey, se encontró con uno de sus compañeros que le debía cien monedas; lo agarró del cuello y casi lo ahogaba, gritándole: “Paga lo que me debes”. El compañero se echó a sus pies y le rogaba: “Ten un poco de paciencia conmigo y yo te pagaré todo”. Pero el otro no lo aceptó. Al contrario, lo mandó a la cárcel hasta que le pagara toda la deuda.

Los compañeros, testigos de esta escena, quedaron muy molestos y fueron a contarle todo a su patrón. Entonces el patrón lo hizo llamar y le dijo: “Siervo malo, todo lo que me debías te lo perdoné en cuanto me suplicaste. ¿No debías haberte compadecido de tu compañero como yo me compadecí de ti?” Y estaba tan enojado el patrón que lo entregó a la justicia, hasta que pagara toda su deuda.

Y Jesús terminó con estas palabras: “Así hará mi Padre Celestial con ustedes, si no perdonan de corazón a sus hermanos” (Mateo 18, 23-35).

Rita practicó los sabios consejos de san Pablo:

Que el amor sea sincero. Aborrezcan el mal y cuiden todo lo bueno. En el amor entre hermanos, demuéstrense cariño unos a otros. En el respeto, estimen a los otros como más dignos. En el cumplimiento del deber, no sean flojos. En el espíritu, sean fervorosos y sirvan al Señor.

Tengan esperanza y estén alegres. En las pruebas, sean pacientes. Oren en todo tiempo. Con los creyentes necesitados, compartan con ellos. Con los que están de paso, sean solícitos para recibirlos en su casa. Bendigan a quienes los persiguen, bendigan y no maldigan. Alégrense con los que están alegres, lloren con los que lloren. Vivan en armonía unos con otros.

No busquen las grandezas, sino que vayan a lo humilde. No se tomen por unos sabios. No devuelvan a nadie mal por mal; procuren ganarse el aprecio de todos los hombres. Hagan todo lo posible, en cuanto de ustedes dependa, para vivir en paz con todos. No se hagan justicia por ustedes mismos, queridos hermanos; dejen que Dios sea el que castigue.

Ya la Escritura lo dice: “Yo castigaré, yo daré lo que corresponde”. Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber, haciendo eso amontonarás brasas sobre tu cabeza. No te dejes vencer por lo malo; más bien vence el mal a fuerza del bien (Romanos 12, 9-21).

 

6. Consideraciones bíblicas, sicológicas y espirituales: la sanación por el perdón

La falta del perdón constituye quizás el mayor mal de la humanidad. El perdón es una de las manifestaciones más inmediatas e importantes del amor. Así como el amor es la señal indicativa de que hemos pasado de la muerte a la vida, de igual forma el perdón confiere vida al creyente y transmite vida a los demás.

Por eso el hombre necesita estar en paz y poder perdonar. Quien no perdona; está muerto: vive inquieto, violento. Por lo demás, el que odia es un homicida.

De ahí, que Dios quiere que perdonemos. Hemos de reconocer, para empezar bien, que humanamente hablando, es imposible perdonar y olvidar. Pues, por naturaleza, somos susceptibles, resentidos, vengativos; y sin embargo, Dios no sólo quiere que perdonemos; nos manda perdonar.

Nos manda imitarle: “Sean santos como Yo soy santo. No juzguen, no devuelvan mal por mal… así serán hijos del Padre Celestial que hace salir el sol sobre buenos y sobre malos”.

El perdón se aplica a tres niveles de realidad: uno mismo, los demás y Dios.

Mucha gente no se perdona a sí misma; se lamentan constantemente de sus faltas pasadas, maldicen su suerte, sus propios orígenes, tienen un concepto muy miserable de sí mismos, les falta autoaprecio y compasión o ternura para consigo mismos. Por tanto, estas personas deben aprender a recibir el amor de Dios; pues para Dios son valiosos. Él espera mucho de ellos. Él tiene un plan muy especial para ellos.

En un segundo nivel, encontramos a muchas personas que no perdonan a los demás, no pueden perdonar a sus enemigos, ni olvidar las ofensas; recuerdan el daño que les causaron y lo siguen sintiendo como en carne viva, a flor de piel; es algo que no pueden sacarse de encima; esperan poderse vengar algún día, reivindicar sus derechos; sueñan con el día en que, por fin, se les haga justicia y todo quede aclarado, y todo el mundo les dé la razón, y sea reconstruida su dignidad.

Finalmente, hay gente que se ofende con Dios porque “les quitó un ser querido, porque les va mal en la vida, porque parecería que Dios los castiga sin motivo alguno; pues no se merecen tales males; al revés, son honestos, cumplen con Dios y con los hombres, según su conciencia.

Los tres niveles están implicados. Cuando se vive honestamente la relación con uno mismo, por ejemplo, se mejora la relación con Dios y con los demás. Por otra parte, perdonarse a sí mismo, perdonar a los demás y perdonar a Dios, supone un proceso; no es un momento instantáneo; se aprende a perdonar.

Es un arte, el arte de perdonar. Supone aprendizaje. Nadie está exento de este ejercicio que supone esfuerzo. No hay privilegiados por más que tengan un carácter afable o un temperamento pacífico. ¿Qué pasos dar hacia el perdón?


* El primer paso consiste en romper el tifón que nos domina y nos hace recordar obsesivamente el mal que nos causaron. Se martiriza uno a sí mismo: la obsesión martillea la mente, causando dolor de cabeza, presión alta, alucinamiento o hipertensión y a veces amago o principio de locura, incluso.

La persona está como fuera de sí, no vive, no descansa; es preciso desviar la atención de “mi” herida que aún sangra, salir de uno mismo para considerar a la persona que nos ha ofendido, salir para ver la realidad, objetiva y un poco más imparcialmente. Es bueno distraerse, quitar la atención, renunciar a la obsesión.


* En segundo lugar, es preciso renovar la memoria para considerar todo lo bueno que esa persona enemiga nos proporcionó en el pasado. El demonio hacía pecar constantemente al Pueblo de Israel en su éxodo de Egipto, porque les arrebataba la memoria de los portentos que Dios había hecho con ellos; les borraba el recuerdo de lo bueno, y les mostraba con exageración las dificultades del momento.

Por tanto, debemos ser más justos considerando en conjunto la relación con esa persona que nos hirió o nos está hiriendo, real o supuestamente; o la relación con Dios. Ampliar la visión. Ser más justos.


* Un tercer paso hacia el perdón total consiste en tratar de comprender; o sea, considerar a la persona integralmente, en todo su ser consciente e inconsciente. Pues no conocemos sino la periferia de las personas; ignoramos sus múltiples limitaciones en su conciencia, en su voluntad y, por tanto, en su capacidad de decisión y de responsabilidad en lo que hacen.

Debemos admitir que nadie es malo sin motivo, gratuitamente; en principio, no hay personas malvadas o completamente perversas; ellas seguramente son las que más sufren por su incapacidad o maldad. ¡Qué más querrían ellas que ser distintas, no haber cometido tales errores, reaccionar mejor con sus propios familiares, etc.! Pero no pueden, no saben, no aciertan.

Escribe así el padre Larrañaga:

“Él parece orgulloso, no es orgulloso. Es timidez. Parece un tipo obstinado, no es obstinación. Es un mecanismo de autoafirmación. Su conducta parece agresiva contigo; no es agresividad, es autodefensa, un modo de darse seguridad; no te está atacando, se está defendiendo. Y tú estás suponiendo perversidades en su corazón. ¿Quién es el injusto y el equivocado?

Ciertamente, él es difícil para ti; más difícil es para sí mismo. Con su modo de ser sufres tú, es verdad; más sufre él mismo. Si hay alguien interesado en este mundo en no ser así, no eres tú, es él mismo. Le gustaría agradar a todos, no puede… Le gustaría vivir en paz con todos, no puede… Le gustaría ser encantador…

¿Tendrá él tanta culpa como tú propones? En fin de cuentas, ¿no serás tú, con tus suposiciones y repulsas, más injusto con él? Si supieras comprender, no haría falta perdonar” (Encuentro, pág. 132).


* En cuarto lugar, es preciso suspender el juicio sobre nuestros enemigos. Por dos razones: primero, porque no podemos sopesar la culpabilidad, y, segundo, porque el juicio pertenece a Dios. Nuestro hermano no nos pertenece. Su conducta debería dolernos, no tanto por lo que nos ofende a nosotros mismos, sino por lo que se ofende y perjudica a sí mismo, y ofende sobre todo a Dios, que lo creó y lo redimió. A Dios pertenece. Dios ha hecho infinitamente más que nadie por él, por eso, a él le ofende infinitamente más que a nosotros. Al fin y al cabo, ¿qué nos debe a nosotros…?

Hasta cierto punto, que nuestro prójimo se pierda o se salve, es problema más de Dios que nuestro; más le afecta a Él que a nosotros. Es preciso, por tanto, respetar los derechos de Dios; a Él le compete juzgar, pues Él lo ve todo. Él juzgará con justicia, verdad y misericordia.

Dios es celoso de su derecho: sólo Él es juez por ser el dueño. Ni siquiera juzga el Hijo, sólo el Padre. A nosotros nos desborda esa tarea. No nos pertenece. No sabemos apenas nada, ni siquiera nos entendemos a nosotros mismos… Además, la ofensa inferida a nosotros es ridícula comparada con la inferida o causada a Dios.


* En quinto lugar, no podemos saber si somos mejores que los demás, porque no sabemos las gracias que han recibido de Dios. Pues “mucho se le exigirá a quien mucho se le confió”. Quizás tú, en el caso de tu hermano, habrías hecho cosas peores. Por otra parte, él no debe responder ante ti, sino ante Dios.

¿Quién sabe si, ante Dios, tiene más méritos que tú? Si todo lo has recibido de Dios, ¿de qué te glorías? Si tu hermano hubiera recibido lo que has recibido tú… quizás estaría respondiendo a Dios mejor que tú. Dice san Pablo: “¿Por qué te comparas o desprecias a tu hermano?”. Por tanto, como no sabemos, san Pablo nos sugiere la manera de evitarnos mil enredos: “juzguen a los demás como más dignos”. Y se acabó el pleito.


* Por consiguiente, en sexto lugar, no podemos ser muy exigentes con los demás, no sea que desesperemos al pecador y lo empujemos al abismo. Sólo Dios puede exigir. Nuestra responsabilidad es bien concreta: acoger siempre, disculpar siempre, pensar lo mejor. Y así nunca pecaremos.

Se suele decir: “piensa mal y acertarás”. Nosotros decimos: “piensa bien y nunca pecarás”. Piensa bien –aunque a veces te equivoques, pero sólo en un primer momento– y empujarás siempre al pecador a superarse, porque el amor es creativo, rehabilita a la persona, la estimula a ser otra; no le consiente quedarse en el pecado.

El amor todo lo perdona, cree y confía sin límites. Empuja a la persona amada hacia lo que Dios quiere de ella, la estimula y la transforma en algo que está siempre más allá, la eleva. En fin, la recrea o rehace.


* En séptimo lugar, excusar siempre a los demás y acusarse uno a sí mismo. No se trata de compararse para ver quién tiene más culpa o merecimiento; se trata de aprender en todo, crecer a porfía, reconocer que Dios mismo es quien nos pastorea en todo y por todo cuanto sucede.

Hay que ser, eso sí, ovejas de su redil que escuchan su voz; por tanto, excusar siempre a los demás y acusarse uno mismo para ver en qué puedo corregirme o en qué puedo crecer aun más para complacer a Dios, no tanto los hombres. A Él tenemos que rendir cuentas y Él lleva nota de todo. No hay privilegiados ante Dios. A quien mucho se le dio, mucho se le exigirá, y a quien tiene se le dará aún más, y tendrá en abundancia, de sobra. Nos envía para que llevemos mucho fruto.


* Un paso más, el octavo: verlo todo desde la fe; nadie nos ha ofendido, sino que Dios lo ha permitido para nuestro bien. No nos enredemos en consideraciones humanas de causas segundas; no ha sido la casualidad, ni la mala suerte, ni la maldad humana, ni la necesidad fatalista… Es Dios quien ha permitido todo lo que nos pasa, los demás no pueden hacer nada que Dios previamente no autorice.

Porque sólo Él es Dios: “Dios es fiel, y no permitirá que seamos tentados por encima de nuestras fuerzas”. Dios, por supuesto, no quiere el mal, pero es capaz de transformar el mal en bien, no para todos sino para aquellos que perseveran en la oración humilde y también imitan el ejemplo de Jesucristo. Dice san Pablo que “todo contribuye para el bien de los que Dios ama o que aman a Dios”.

Por consiguiente, nada ni nadie puede arrebatar la paz al creyente; él se siente en manos de su Padre y permanece impasible e inexpugnable. Nada ni nadie puede empañar la felicidad de los elegidos de Dios, los verdaderos hijos de Dios. Su felicidad no depende de las circunstancias externas, ni de la correspondencia de los humanos, ni siquiera del propio cónyuge o de los hijos.

En fin, la felicidad depende de uno mismo y de Dios, básica y principalmente. Si mi felicidad dependiera de algo exterior a mí, Dios sería injusto porque yo no sería libre, no sería persona, ni Cristo sería el Señor.


* En noveno lugar, es preciso renunciar a llevar la razón o reivindicar mis derechos. Renunciar a que me hagan justicia los humanos algún día. Renunciar lo más decididamente posible, borrar esa posibilidad como condición para comenzar a vivir en paz. Entregar a Dios mis derechos: que Él haga justicia, que los asuntos de Dios sean más importantes que los míos… al fin y al cabo, ¿quién soy yo? ¿Qué me he creído?

Renunciar quiere decir también perdonar, entregarlo a Dios todo y olvidar, poder respirar hondo y sacarse de encima ese peso que oprimía; sentirse liberado de esa maraña asfixiante. Entregarlo todo, desatar a mi hermano, dejarlo libre ante Dios, y olvidar para siempre esa pesadilla que no nos dejaba vivir, pues teníamos que estar custodiando a nuestro hermano maniatado y encarcelado por nuestro resentimiento y venganza.

Más aun, rezar por la persona que nos ofendió, pedir lo mejor para ella. Al rezar estamos ejercitando el amor hacia ese hermano. Ahora tratamos incluso de bendecir a Dios por todo lo que pasó ya que fue para nuestro bien y para su gloria. Bendecimos a Dios, no por el mal, sino porque su amor es infinito hacia nosotros y hacia el hermano; y saca bien siempre aunque sea de lo malo, porque Él no se mueve por las apariencias, ni según el criterio humano, sino según su gran misericordia.

Ya no se ve con malos ojos que Dios sea bueno con el hermano, y que haga lo que quiera con él. Tiene derecho a hacerlo; nosotros no tenemos al Esposo, oímos su voz y nos alegramos, y esto es bastante y suficiente; es nuestra herencia perpetua y nuestra medida rebosante que recibimos siempre del Señor. ¡Gloria al Señor, Padre de todos! ¿Por qué íbamos a ver con malos ojos que Dios sea bueno? ¿No es Él el único Dios?


Para concluir, podríamos ejercitarnos en la práctica del perdón, fomentando sentimientos de compasión, interés y sobreabundancia de cariño, siempre y por sistema, respecto de todos nuestros hermanos, sin excepción, sea cual fuere su situación social, religiosa, familiar, moral, política, etnológica, cultural. De esta forma entraríamos en el mundo ancho y maravilloso del amor infinito de Dios que nos hace realmente hijos suyos.

Estas actitudes cristianas son especialmente hoy necesarias, pues la globalización hace que nos lleguen las noticias buenas, pero también y con mayor frecuencia las malas. Y ante las injusticias y el poder del mal en el mundo, estamos tentados de desesperanza, de reniego, de radicalismos que no son evangélicos.

Permanecer en el amor y la compasión, inocentes como palomas y prudentes como serpientes… viene a ser hoy como un milagro para nosotros… Permanecer en la misericordia incondicional hacia todo ser humano es nuestra tarea más urgente, quizás, y nuestro mayor testimonio frente a tanto radicalismo y violencia de los que no conocen a Dios. Pues por sus obras los conocerán…

7. Peticiones o plegaria universal

Presentemos a Dios nuestras peticiones implorando que nos inspire el Señor sentir y actuar como lo hizo santa Rita en toda su vida.

1. Señor, que te has revelado a los hombres,
– por la intercesión de santa Rita, muéstranos tu rostro, aumentándonos la fe en tu palabra de verdad, y nuestro amor a tu Hijo Jesucristo.

Invitación: Roguemos al Señor.
Respuesta: Te lo pedimos, Señor.

2. Señor, tu sierva santa Rita conservó la paciencia en medio de tantas pruebas y tribulaciones;
– haz que en nuestra vida no seamos jamás motivo de molestia, o irritación para los demás.

3. Señor, que te glorificaste en la vida familiar de santa Rita, utilizándola como instrumento de salvación para su esposo y sus hijos;
– haz que nosotros seamos colaboradores tuyos en la salvación de los hombres, comenzando por nuestros propios hogares, comunidades religiosas o eclesiales.

4. Señor, que concediste a santa Rita la constancia de llamar a las puertas del monasterio hasta ser admitida como religiosa;
– haz que aprendamos el valor del sacrificio y el de la perseverancia en todas las circunstancias de nuestra vida.

5. Señor, que moviste a santa Rita para que prefiriese la muerte de sus hijos a verlos manchados por el pecado del odio y de la condenación eterna,
– enséñanos a perdonar a nuestros enemigos y a vivir en paz con todo el mundo, para que así podamos gozar nosotros mismos de tu paz y bendición.

6. Señor, que diste a santa Rita la paz y la tranquilidad en el monasterio después de tantas penas como había sufrido,
– suscita muchas vocaciones a la vida religiosa, donde muchos hijos tuyos alcancen lo único necesario y adelanten el Reino a este mundo.

7. Pídase y formúlese ante el Señor la gracia específica que se desea obtener por la intercesión de santa Rita en esta novena.

8. Señor, que por tu resurrección venciste a la muerte y permitiste que Rita participara de tu victoria,
– concede la vida eterna a todos los fieles difuntos y en particular a los devotos de santa Rita.

Peticiones para el noveno día

9. Dios Todopoderoso, que gobiernas el mundo con sabiduría y amor y que juzgas a cada uno según sus obras con justicia y misericordia,
– ayúdanos, por intercesión de santa Rita, a no juzgar a nadie, para ser libres de todo mal, y servirte con verdad y tranquilidad.

10. Oh Dios, el único Santo, que nos mandas perdonar siempre para llegar a ser verdaderos hijos tuyos,
– concédenos, por intercesión de santa Rita, poder perdonar con sinceridad a nuestros enemigos y gozar de tu paz abundante.

 

Oración conclusiva

Dios Todopoderoso, que te dignaste conceder a santa Rita amar a sus enemigos y llevar en su corazón y en su frente la señal de la pasión de tu Hijo, concédenos, siguiendo sus ejemplos, considerar de tal manera los dolores de la muerte de tu Hijo que podamos perdonar a nuestros enemigos, y así llegar a ser en verdad hijos tuyos, dignos de la vida eterna prometida a los mansos y sufridos.

Te lo pedimos por el mismo Jesucristo nuestro Señor. Amén.

8. Padre Nuestro, Ave María y Gloria (tres veces).

9. Oración final para todos los días

Oh Dios y Señor nuestro, admirable en tus santos, te alabamos porque hiciste de santa Rita un modelo insigne de amor a ti y a todos los hombres.

El amor fue el peso de su vida que la impulsó, cual río de agua viva, a través de todos los estados de su peregrinación por este mundo, dando a todos ejemplo de santidad, y manifestando la victoria de Cristo sobre todo mal.

Ella meditó continuamente la Pasión salvadora de tu Hijo y compartió sus dolores “completando en su carne lo que faltaba a los sufrimientos de Cristo por su cuerpo que es la Iglesia”.

Aleccionada en su interior por la consolación del Espíritu Santo, Rita se convirtió en ejemplo de penitencia y caridad, experimentando continua y gozosamente, cómo la cruz del sufrimiento conduce a la alegría verdadera y a la luz de la resurrección.

De esta manera, se convirtió en instrumento de salvación al servicio del Dios providente, para bien de todos los hombres, sus hermanos, sobre todo en su propio hogar, en su familia, y finalmente en la comunidad agustiniana y en tu Iglesia.

Te damos gracias, oh Padre de bondad, fuente de todo don, y te bendecimos por las maravillas obradas en la vida de santa Rita de Casia, tu sierva. A la vez, te imploramos ser protegidos por su poderosa intercesión, de todo mal, llegando a cumplir tu voluntad en todas las circunstancias de nuestra vida, de acuerdo a los ejemplos de santidad que Rita nos dejó.

Te lo pedimos por Nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que contigo vive y reina en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.

10. Gozos a santa Rita

CORO

Tú que vives de amor,
y en el amor te recreas,
bendita por siempre seas,
dulce esposa del Señor.

ESTROFAS

1. Cual del ángel la belleza
difunde luz celestial,
exhalaba su pureza
tu corazón virginal.
Danos guardar esa flor,
que es la reina de las flores,
y ponga en ella su amor
el Dios de santos amores.

2. Santa madre, santa esposa,
en las penas y amarguras
brindaba tu amor dulzuras,
como fragancias las rosas.
Trocando en templo tu hogar
buscaste en Dios el consuelo:
almas que saben amar
hacen de un hogar un cielo.

3. Como esposa del Señor
con alma de serafín,
en tu amor ardió el amor
del corazón de Agustín.
Amor que Dios galardona
y en prenda de unión divina,
brota en tu frente una espina
y una flor en su corona.

11. Himno a santa Rita de Casia

Gloria del género humano,
Rita bienaventurada,
sé nuestra fiel abogada (tres veces)
cerca del Rey soberano.

Nido de castos amores,
fue tu corazón sencillo,
claro espejo, cuyo brillo
no hirieron negros vapores.
Haz que nunca amor profano
tenga en nuestro pecho entrada.

Gloria del género humano…

NOTA: Los contenidos de esta Novena a Santa Rita están tomados, con la debida autorización, del librito publicado por Ed. Paulinas, Lima 2015. Asociación Hijas de San Pablo, Lima, Perú.


Maná y Vivencias Cuaresmales (43), 17.4.19

abril 17, 2019

Miércoles Santo

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Sugerencia:

Preparación para recibir el sacramento de la Reconciliación. Se ofrecen orientaciones para la Confesión al final de esta entrada.


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¿Cuánto vale Jesús, El Señor, para ti? ¿En cuánto lo tasas?



Antífona de entrada: Filipenses 2, 10.8.11

Al nombre de Jesús, doble la rodilla todo cuanto hay en el cielo, en la tierra y en los abismos, porque el Señor se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por eso, el Señor Jesucristo está en la gloria de Dios Padre.


Oración colecta

Oh Dios, que para librarnos del poder del enemigo, quisiste que tu Hijo muriera en la cruz, concédenos alcanzar la gracia de la resurrección. Por nuestro Señor Jesucristo.

PRIMERA LECTURA: Isaías 50, 4-9

El mismo Señor me ha dado una lengua de discípulo, para que yo sepa reconfortar al fatigado con una palabra de aliento. Cada mañana, él despierta mi oído para que yo escuche como un discípulo.

El Señor abrió mi oído y yo no me resistí ni me volví atrás. Ofrecí mi espalda a los que me golpeaban y mis mejillas a los que me arrancaban la barba; no retiré mi rostro cuando me ultrajaban y escupían. Pero el Señor viene en mi ayuda: por eso, no quedé confundido; por eso, endurecí mi rostro como el pedernal, y sé muy bien que no seré defraudado.

Está cerca el que me hace justicia: ¿quién me va a procesar? ¡Comparezcamos todos juntos! ¿Quién será mi adversario en el juicio? ¡Que se acerque hasta mí! Sí, el Señor viene en mi ayuda: ¿quién me va a condenar?

SALMO 68, 8-10. 21-22. 31. 33-34

¡Señor, Dios mío, por tu gran amor, respóndeme!

Por ti he soportado afrentas y la vergüenza cubrió mi rostro; me convertí en un extraño para mis hermanos, fui un extranjero para los hijos de mi madre: porque el celo de tu Casa me devora, y caen sobre mí los ultrajes de los que te agravian.

La vergüenza me destroza el corazón, y no tengo remedio. Espero compasión y no la encuentro, en vano busco un consuelo: pusieron veneno en mi comida, y cuando tuve sed me dieron vinagre.

Así alabaré con cantos el nombre de Dios, y proclamaré su grandeza dando gracias; que lo vean los humildes y se alegren, que vivan los que buscan al Señor: porque el Señor escucha a los pobres y no desprecia a sus cautivos.

Aclamación antes del Evangelio:

¡Salve, Rey nuestro! Sólo tú te has compadecido de nuestros errores.

O bien:

¡Salve, Rey nuestro, obediente al Padre! Fuiste llevado a la crucifixión, como un manso cordero a la matanza.

EVANGELIO: Mateo 26, 14-25

Uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a ver a los sumos sacerdotes y les dijo: ¿Cuánto me darán si se lo entrego?

Y resolvieron darle treinta monedas de plata. Desde ese momento, Judas buscaba una ocasión favorable para entregarlo. El primer día de los Ácimos, los discípulos fueron a preguntar a Jesús: ¿Dónde quieres que te preparemos la comida pascual?

Él respondió, vayan a la ciudad, a la casa de tal persona, y díganle: ‘El Maestro dice, se acerca mi hora, voy a celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos’.

Ellos hicieron como Jesús les había ordenado y prepararon la Pascua. Al atardecer, estaba a la mesa con los Doce y, mientras comían, Jesús les dijo: Les aseguro que uno de ustedes me entregará.

Profundamente apenados, ellos empezaron a preguntarle uno por uno: ¿Seré yo, Señor?

Él respondió: El que acaba de servirse de la misma fuente que yo, ése me va a entregar.

El Hijo del hombre se va, como está escrito de él, pero ¡ay de aquél por quien el Hijo del hombre será entregado: más le valdría no haber nacido!. Judas, el que lo iba a entregar, le preguntó: ¿Seré yo, Maestro? Tú lo has dicho, le respondió Jesús.

Antífona de comunión: Mateo 20, 28

El Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud.


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VIVENCIAS CUARESMALES

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Me levantaré, volveré junto a mi padre y le diré: He pecado

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43. MIÉRCOLES SANTO
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TEMA: Al nombre de Jesús toda rodilla se doble -en el cielo, en la tierra, en el abismo-, porque el Señor se rebajó hasta someterse incluso a la muerte y una muerte de cruz; por eso Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Reza con todo fervor, unción y agradecimiento la Oración Colecta:

Oh Dios, que, para librarnos del poder del enemigo, quisiste que tu Hijo muriera en la cruz; concédenos alcanzar la gracia de la resurrección. Por nuestro Señor Jesucristo.

Los pasos del siervo son decididos, el Señor le da fuerzas. Isaías 50, 4-9: “Tengo cerca mi abogado, ¿quién pleiteará contra mí? Vamos a enfrentarnos: ¿quién es mi rival? Que se acerque”.

Aclamación: Salve, Rey nuestro, solamente tú te has compadecido de nuestros errores. Gracias, Señor, pues tú eres el único que me entiende y me toma en serio. Mil gracias, Señor. Tú seas bendito. Amén.

Sin embargo, él no recibe el mínimo de comprensión y consolación de nuestra parte: Espero compasión y no la hay (Salmo 68, 8 34).

Terrible pecado el de Judas, y pensar que Jesús lo eligió con amor de predilección y durante días, meses y años lo siguió embelesado y hasta le confiaron un servicio delicado en el grupo de los discípulos: la administración de las limosnas de la bolsa común.

Pero Judas comenzó a falsearse en pequeños asuntos, en detalles insignificantes, y se fue haciendo mañoso; y el que falló en lo poco se fue haciendo indigno de lo grande, y llegó hasta lo impensable, lo inaudito.

Quién lo iba a decir, si eran nimiedades. Y sin embargo, el fallo final es muy severo: “más le valdría no haber nacido”.

Escuchemos el relato evangélico. Piensa en tu honestidad, ante tu propia conciencia, ante Dios. ¿A qué das importancia? En cuestión de amor todo tiene su importancia; nada es despreciable. Es muy peligroso comenzar a trampear, porque no sabemos hasta dónde nos puede conducir la mala costumbre, el habituarnos a la mentira y la falsedad.

Repite hoy una y otra vez la oración sobre las ofrendas, pídelo de corazón: “Que consigas todos los frutos de la pasión de Cristo”. Comienza por escuchar reverentemente la descripción de sus padecimientos: 1era. lectura.

Con la oración poscomunión pide “sentir profundamente” la salvación, experimentar. Que toda tu persona quede marcada, seducida por el Señor. Que puedas decir con Job: Antes te conocía de oídas, ahora te han visto mis ojos. Lo que aprovecha es el Espíritu, la carne no sirve de nada; si no naces de arriba no puedes ver el reino de Dios.
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PREPARACIÓN PARA TU RECONCILIACIÓN INTEGRAL Y, POR TANTO, SACRAMENTAL


CONFESIÓN SACRAMENTAL

¿Cuál es la razón profunda de esta praxis eclesial de confesar también los pecados leves o veniales? La razón está, por un lado, en una vivencia gradual cada vez más intensa de la gracia del Bautismo. Un irnos conformando continuamente a la muerte de Cristo, para que se manifieste en nosotros la vida de Cristo.

Con ello el penitente se toma en serio el carácter combativo de la vida cristiana: el esfuerzo cristiano por alcanzar la salvación, pues el Reino de Dios exige entrega y laboriosidad de nuestra parte.

La segunda razón para recomendar la práctica frecuente del sacramento de la penitencia, sin pecados graves, la expresa de este modo Juan Pablo II:

“Hay que subrayar el hecho de que la gracia propia de la celebración sacramental tiene una gran virtud terapéutica y contribuye a quitar las raíces mismas del pecado”(Reconciliación y Penitencia 32).


EL ARREPENTIMIENTO

¿Qué es el arrepentimiento? No significa sólo que una persona reconozca haber actuado mal, y que anhele reparar el mal hecho, asumiendo responsablemente las consecuencias de pecado. Arrepentimiento no es solamente tener voluntad de mejorar. El arrepentimiento no se agota en esto. Es mucho más.

Arrepentirse significa apelar al Dios viviente. Dios es el único santo, inaccesible y que no transige ante la injusticia; pero, a la vez, es el Amor y el Creador, capaz no sólo de dar origen al hombre para que exista, sino de algo incomparablemente más hermoso: recrear, hacer nueva en toda su belleza original, la persona humana manchada por la debilidad y la culpa.

El arrepentimiento es un clamor que se hace al misterio más profundo del poder creador de Dios. Con la verdad de sus hechos se presenta el hombre ante Dios para decirle:

“Señor, confieso mi culpa. Acepto tus juicios. Estoy delante de ti y me declaro reo. Quiero que ganes en el juicio y que tu voluntad prevalezca sobre la mía porque yo sé que tú eres el único santo. Te amo con todo mi ser. Tú tienes toda la razón, aunque sabes que soy de barro. Contigo me juzgaré a mí mismo. Pero tú eres amor y apelo a tu compasión. No pretendo, Señor, de ninguna manera, sustraerme al rigor de tu justicia, porque tú eres siempre gracia y misericordia”.

Es decir, al hombre le toca arrepentirse, a Dios tener misericordia. Es un misterio en que se relacionan dos vidas para realizar una vida única de santidad: la vida del Dios amoroso que perdona y la vida del hombre creyente, capaz de arrepentirse.

Por eso, el arrepentimiento es un don de Dios. Yo, arrepintiéndome de mis pecados, no sólo no le oculto nada a Dios sino que vuelvo a la vida, me siento nuevo, y recomienzo. Casi diría, me rehago de nuevo.

Cuanto estamos expresando es un misterio grande que únicamente el Dios viviente nos puede hacer comprender y, sobre todo, experimentar.


PERDÓN DE DIOS

En el perdón, Dios continúa la creación, sigue atrayendo al hombre hacia sí y hacia su creación, con la intención de que se sumerja en lo inefable de su fuerza viviente y vivificadora.

Más todavía, Dios introduce al hombre en el misterio de su poder creador, que no es únicamente dar la vida a lo que no existe sino hacer inocente lo que ha sido culpable. Se realiza entonces una nueva creación: Dios introduce al hombre y su pecado dentro de sí mismo, en un misterio de amor inefable.

De allí el hombre sale nuevo e inocente. Dios ya no tiene que quitar su vista de este hombre, porque su culpa no existe. Tampoco nuestra conciencia tiene necesidad de desviar su mirada de nuestra persona porque la culpa ya no existe.


LA EXPERIENCIA DEL PERDÓN DE DIOS

Esta experiencia supone todo un proceso de conversión y vivificación. “Si nos acusa el corazón, Dios es más grande que nuestro corazón, y él lo sabe todo” (1 Juan 3, 20). El texto habla de una “acusación del corazón”, que parece no referirse únicamente a lo que diga la razón (“En esto fallaste”), o a lo que diga la conciencia (“En esto pecaste”).

Ambas acusaciones pesan mucho sobre el hombre. Pero la acusación del corazón pesa más todavía: Es algo que viene de las raíces de la vida. Es la vida misma la que te acusa diciendo: “Has sido injusto conmigo”.

Y en esta acusación late la tristeza de la juventud perdida; es también la sensación de haber perdido algo que ya no se puede recuperar; es el amor que no ha llegado a plenitud y que nos produce dolor; palpita igualmente la inquietud de una desolación indecible porque la vida reclama a gritos lo infinito, y pasa irremediablemente veloz.

Pero quien realmente y en el fondo nos acusa cuando el corazón acusa es Dios mismo. Es a él a quien hemos ofendido con nuestro pecado. Hemos ofendido la tierna y sana vida que él ha despertado en nuestro corazón. Hemos defraudado la sagrada confianza que él había establecido con sus hijos.

Así aparece el pecado en el Salmo 50. Es a una persona a la que hemos ofendido, a un Padre, que espera todos los días por si el hijo vuelve, al que llena de besos, a pesar de que quizás no vuelve muy arrepentido, sino más bien por interés.

Pero Dios es más grande que nuestro corazón. Si san Juan hace en su primera carta esta afirmación es que ahí está el remedio. Todo el bien que se haya podido perder es grande, pero Dios es todavía más grande.

El amor que ha sufrido una injusticia pesa muchísimo, pero Dios es un mar sin confines y en él se hace liviano lo pesado, por más grande que sea. Es muy grande la injusticia hecha a la vida por nuestros pecados, pero Dios es la vida, la gracia, el dador de la vida. Él es más que todo.

Por eso, Dios en el perdón de los pecados nos dice: Dales a estas cosas toda la seriedad que quieras, pero es a mí, tu Dios, al que le toca medirlas. Y sucede lo que siempre sucede cuando Dios se pone al frente de sus criaturas: que se esclarecen ellas mismas porque pierden lo que en ellas mismas había de limitación. Pero en Dios todo llega a su plenitud. Porque “él lo sabe todo”.

Este saber es tan luminoso como el sol y deja ver en su verdad la existencia de las cosas. Es un saber hondo como el mar. En él se hunde todo, y él lo abarca todo en su inmensidad. Es como el amor en el que se resuelven todas las cosas, pues “Dios es Dios”. “Yo soy Dios, el Viviente”. Ésta es la respuesta para todo y que lo abarca todo.

¡Quiera Dios concedernos la gracia de conocer verdaderamente quién es él!

San Agustín pedía: “Conózcame a mí, conózcate a ti”. “Tú, Señor, cancelaste todos mis malos merecimientos, para no tener que castigar a estas manos mías con las que me alejé de ti. Previniste todos mis méritos buenos para premiar a tus manos, con las que me hiciste” (Confesiones 13, 1).
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De las instrucciones de san Doroteo, abad
La causa de toda perturbación consiste en que
nadie se acusa a sí mismo.

Tratemos de averiguar, hermanos, cuál es el motivo principal de un hecho que acontece con frecuencia: A saber, que a veces uno escucha una palabra desagradable y se comporta como si no la hubiera oído, sin sentirse molesto, y en cambio, otras veces, así que la oye, se siente turbado y afligido. ¿Cuál, me pregunto, es la causa de esta diversa reacción?

¿Hay una o varias explicaciones? Yo distingo diversas causas y explicaciones y sobre todo una, que es origen de todas las otras, como ha dicho alguien: “Muchas veces esto proviene del estado de ánimo en que se halla cada uno”.

En efecto, quien está fortalecido por la oración o la meditación tolerará fácilmente, sin perder la calma, a un hermano que lo insulta. Otras veces soportará con paciencia a su hermano porque se trata de alguien a quien profesa gran afecto.

A veces también por desprecio, porque tiene en nada al que quiere perturbarlo y no se digna tomarlo en consideración, como si se tratara del más despreciable de los hombres, ni se digna responderle palabra, ni mencionar a los demás sus maldiciones e injurias.

De ahí proviene, como he dicho, el que uno no se turbe ni se aflija, si desprecia y tiene en nada lo que dicen. En cambio, la turbación o aflicción por las palabras de un hermano proviene de una mala disposición momentánea o del odio hacia el hermano.

También pueden aducirse otras causas. Pero si examinamos atentamente la cuestión, veremos que la causa de toda perturbación consiste en que nadie se acusa a sí mismo.

De ahí deriva toda molestia y aflicción, de ahí deriva el que nunca hallemos descanso; y ello no debe extrañarnos, ya que los santos nos enseñan que esta acusación de sí mismo es el único camino que nos puede llevar a la paz.

Que esto es verdad, lo hemos comprobado en múltiples ocasiones; y nosotros, con todo, esperamos con anhelo hallar el descanso a pesar de nuestra desidia, o pensamos andar por el camino recto, a pesar de nuestras repetidas impaciencias y de nuestra resistencia en acusarnos a nosotros mismos.

Así son las cosas. Por más virtudes que posea un hombre, aunque sean innumerables si se aparta de este camino, nunca hallará el reposo sino que estará siempre afligido o afligirá a los demás, perdiendo así el mérito de todas sus fatigas (Instrucción 7, sobre la acusación de sí mismo, 1-2: PG 88, 1695-1699)


Maná y Vivencias Cuaresmales (38), 12.4.19

abril 12, 2019

Viernes de la 5ª semana de Cuaresma

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En el peligro invoqué al Señor, y me escuchó

En el peligro invoqué al Señor, y me escuchó



Antífona de entrada: Salmo 30, 10. 16.18

Ten piedad de mí, Señor, porque estoy angustiado; líbrame del poder de mis enemigos y de aquellos que me persiguen. Señor, que no me avergüence de haberte invocado.


Oración colecta

Perdona las culpas de tu pueblo, Señor, y que tu amor y tu bondad nos libren del poder del pecado, al que nos ha sometido nuestra debilidad. Por nuestro Señor Jesucristo.

PRIMERA LECTURA: Jeremías 20, 10-13

Oía el cuchicheo de la gente: «Pavor en torno; delatadlo, vamos a delatarlo.» Mis amigos acechaban mi traspié: «A ver si se deja seducir, y lo abatiremos, lo cogeremos y nos vengaremos de él.»

Pero el Señor está conmigo, como fuerte soldado; mis enemigos tropezarán y no podrán conmigo. Se avergonzarán de su fracaso con sonrojo eterno que no se olvidará. Señor de los ejércitos, que examinas al justo y sondeas lo íntimo del corazón, que yo vea la venganza que tomas de ellos, porque a ti encomendé mi causa.

Cantad al Señor, alabad al Señor, que libró la vida del pobre de manos de los impíos.


SALMO 17, 2-3a.3bc-4.5-6.7

En el peligro invoqué al Señor, y me escuchó.

Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza; Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador.

Dios mío, peña mía, refugio mío, escudo mío, mi fuerza salvadora, mi baluarte. Invoco al Señor de mi alabanza y quedo libre de mis enemigos.

Me cercaban olas mortales, torrentes destructores me aterraban, me envolvían las redes del abismo, me alcanzaban los lazos de la muerte.

En el peligro invoqué al Señor, grité a mi Dios. Desde su templo él escuchó mi voz, y mi grito llegó a sus oídos.

Aclamación antes del Evangelio: Juan 6, 63. 68

Tus palabras, Señor, son Espíritu y vida; tú tienes palabras de vida eterna.

EVANGELIO: Juan 10, 31-42

En aquel tiempo, los judíos agarraron piedras para apedrear a Jesús.

Él les replicó: «Os he hecho ver muchas obras buenas por encargo de mi Padre: ¿por cuál de ellas me apedreáis?»

Los judíos le contestaron: «No te apedreamos por una obra buena, sino por una blasfemia: porque tú, siendo un hombre, te haces Dios.»

Jesús les replicó: «¿No está escrito en vuestra ley: “Yo os digo: Sois dioses”? Si la Escritura llama dioses a aquellos a quienes vino la palabra de Dios (y no puede fallar la Escritura), a quien el Padre consagró y envió al mundo, ¿decís vosotros que blasfema porque dice que es hijo de Dios? Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis, pero si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a las obras, para que comprendáis y sepáis que el Padre está en mí, y yo en el Padre.»

Intentaron de nuevo detenerlo, pero se les escabulló de las manos. Se marchó de nuevo al otro lado del Jordán, al lugar donde antes había bautizado Juan, y se quedó allí.

Muchos acudieron a él y decían: «Juan no hizo ningún signo; pero todo lo que Juan dijo de éste era verdad.»

Y muchos creyeron en él allí.

Antífona de comunión: 1 Pedro 2, 24

Jesús llevó a la cruz nuestros pecados, cargándolos en su cuerpo, a fin de que, muertos al pecado, vivamos para la justicia. Gracias a sus llagas, fuimos curados.

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VIVENCIAS CUARESMALES

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Os he hecho ver muchas obras buenas, ¿por cuál de ellas me apedreáis?

38. VIERNES

QUINTA SEMANA DE CUARESMA
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TEMA INSPIRADOR.- Sigue el conflicto. Jesús es el Hijo de Dios consagrado y enviado por el Padre. Falta sólo una semana para entrar en el Triduo Pascual.

Este viernes es conocido como el “viernes de pasión” y también “viernes de concilio”, sobre todo en América, porque en este día tuvieron consejo los jefes de los judíos para ver la manera de acabar con Jesús de una vez por todas y a como diese lugar.

Lo narra el evangelio de la misa de mañana, sábado.

Como norma sería conveniente que al comenzar esta reflexión o tu oración personal, dedicaras un par de minutos a recordar y revivir lo experimentado el día anterior. De esta forma quedaría más grabado en tu interior y en tu vida, y podrías empalmar con lo siguiente.

Si no fluye nada, no te preocupes, pasa adelante: al nuevo día, al nuevo mensaje, a la nueva experiencia que Dios te tiene preparada para la nueva jornada.

En este día viernes recuerda y revive la Eucaristía de ayer o del último domingo. Algo te impactaría seguramente, revívelo y agradécelo. Recuerda que la Misa constituye un mar sin fondo; cualquier esfuerzo que hagas para descubrir ese tesoro será muy bien empleado.

Por otra parte, cuanto más vayas entendiendo y viviendo, eso mismo será un estímulo para seguir buscando incansablemente.

Considera hoy que la alianza con Dios se establece en lo profundo de tu corazón, mediante la fe sincera; pero como la fe debe ser tan manifiesta como profunda, debes sentir y expresar esa alianza con Dios en la existencia diaria, en una conversión permanente que te conduzca a reforzar tu nueva vida en el Espíritu debilitando en ti al hombre viejo con toda su maldad. Recuerda los frutos del buen Espíritu: Gálatas 5, 13-16-25.

A la Misa llevas esa lucha diaria. Con dos finalidades: primero, para confirmar lo bueno, uniéndolo a la gloria que Cristo tributa a su Padre para perfeccionar o completar, si se puede hablar así, la ofrenda de Cristo; y en segundo lugar, para purificarte de todo lo malo que aún te domina, mediante una nueva efusión del poder de Dios en ti, del Espíritu Santo.

La Eucaristía es culmen y fuente. Te sientas y te dispones a escuchar la Palabra y a tomar el Pan de los ángeles para poder tú después preparar algo parecido para Dios mediante una vida santa. Aceptas la invitación de Dios con la intención de poder invitarlo tú después a tu propia mesa. Por eso, toma agradecido el don de Dios y estarás dispuesto a convertirte tú mismo en don para Dios, haciéndote don de Dios para los demás, pan partido para tus hermanos.

Sólo así se puede comulgar dignamente. Si cada Misa no supone el ascender un peldaño en la escala de santidad, no estás comulgando bien. Debes convertirte cada día más y más en lo que recibes: Cuerpo de Cristo, hermano universal para construir el Reino y realizar la obra de Dios.

Analiza todo esto siguiendo, hoy especialmente, más de cerca la celebración de la Misa en el corazón de la misma: en la palabra y la acción del sacerdote durante la plegaria eucarística y la comunión.

Reza de corazón la oración sobre las ofrendas: “Concédenos, Dios de misericordia, servir siempre a tu altar con dignidad y, participando en él frecuentemente, danos la salvación”.

Hoy constatamos en el Evangelio la oposición más radical a Jesús, y a la vez la fe sencilla de otros, que creen en Jesús; muy diferente suerte, que se libra no sólo fuera sino también dentro de nosotros mismos. De ahí que la oración colecta pida que la bondad y amor de Dios “Nos libren del poder del pecado al que nos ha sometido nuestra debilidad”.

Ese poder es muy grande y siempre constatamos su fuerza dentro de nosotros mismos por más que procuramos con sinceridad convertirnos a Dios. Por eso la oración después de la Comunión pide que: “El don de la eucaristía nos proteja siempre y aleje de nosotros todo mal”.

Puedes completar tu oración con la lectura de Jeremías 20, 10-13: Oía el cuchicheo de la gente: “Pavor en torno”. –Delatadlo, vamos a delatarlo. Mis amigos acechaban mi traspiés: -A ver si se deja seducir y lo violaremos, lo cogeremos y nos vengaremos de él. Pero el Señor está conmigo, como fuerte soldado; mis enemigos tropezarán y no podrán conmigo. Cantad al Señor, alabad al Señor, que libró la vida del pobre de manos de los impíos.

Salmo 17: En el peligro invoqué al Señor y me escuchó.

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De las instrucciones de san Doroteo, abad
La falsa paz de espíritu

El que se acusa a sí mismo acepta con alegría toda clase de molestias, daños, ultrajes, ignominias y otra aflicción cualquiera que haya de soportar, pues se considera merecedor de todo ello, y en modo alguno pierde la paz. Nada hay más apacible que un hombre de ese temple.

Pero quizá alguien me objetará: “Si un hermano me aflige, y yo, examinándome a mí mismo, no encuentro que le haya dado ocasión alguna, ¿por qué tengo que acusarme?”

En realidad, el que se examina con diligencia y con temor de Dios nunca se hallará del todo inocente, y se dará cuenta de que ha dado alguna ocasión, ya sea de obra, de palabra o con el pensamiento. Y, si en nada de esto se halla culpable, seguro que en otro tiempo habrá sido motivo de aflicción para aquel hermano, por la misma o por diferente causa; o quizá habrá causado molestia a algún otro hermano.

Por esto, sufre ahora en justa compensación, o también por otros pecados que haya podido cometer en muchas otras ocasiones.

Otro preguntará por qué deba acusarse si, estando sentado con toda paz y tranquilidad, viene un hermano y lo molesta con alguna palabra desagradable o ignominiosa y, sintiéndose incapaz de aguantarla, cree que tiene razón en alterarse y enfadarse con su hermano; porque, si éste no hubiese venido a molestarlo, él no hubiera pecado.

Este modo de pensar es, en verdad, ridículo y carente de toda razón. En efecto, no es que al decirle aquella palabra haya puesto en él la pasión de la ira, sino que más bien ha puesto al descubierto la pasión de que se hallaba aquejado; con ello, le ha proporcionado ocasión de enmendarse, si quiere.

Éste tal es semejante a un trigo nítido y brillante que, al ser roto, pone al descubierto la suciedad que contenía.

Así también el que está sentado en paz y tranquilidad según cree, esconde, sin embargo, en su interior una pasión que él no ve. Viene el hermano, le dice alguna palabra molesta y, al momento, aquél echa fuera todo el pus y la suciedad escondidos en su interior.

Por lo cual, si quiere alcanzar misericordia, mire de enmendarse, purifíquese, procure perfeccionarse, y verá que, más que atribuirle una injuria, lo que tenía que haber hecho era dar gracias a aquel hermano, ya que le ha sido motivo de tan gran provecho.

Y, en lo sucesivo, estas pruebas no le causarán tanta aflicción, sino que, cuanto más se vaya perfeccionando, más leves le parecerán. Pues el alma, cuanto más avanza en la perfección, tanto más fuerte y valerosa se vuelve en orden a soportar las penalidades que le puedan sobrevenir (Instr. 7, sobre la acusación de sí mismo, 2-3; PG 88, 1699).

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Maná y Vivencias Cuaresmales (17), 22.3.19

marzo 22, 2019

Viernes de la 2ª semana de Cuaresma

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Finalmente les envió a su propio hijo, pensando que lo respetarían.

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Antífona de entrada: Salmo 30, 2. 5

Yo me refugio en ti, Señor, que nunca me vea defraudado; sácame de la red que me han tendido, porque tú eres mi refugio.


Oración colecta

Concédenos, Dios todopoderoso, que purificados por la penitencia cuaresmal, lleguemos a las fiestas de la Pascua limpios de pecado. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: Génesis 37, 3-4. 12-13. 17-28

Israel amaba a José más que a ningún otro de sus hijos, porque era el hijo de su vejez, y le mandó hacer una túnica de mangas largas. Pero sus hermanos, al ver que lo amaba más que a ellos, le tomaron tal odio que ni siquiera podían dirigirle el saludo.

Un día, sus hermanos habían ido hasta Siquén para apacentar el rebaño de su padre. Entonces Israel dijo a José: “Tus hermanos están con el rebaño en Siquén. Quiero que vayas a verlos”. José fue entonces en busca de sus hermanos, y los encontró en Dotán.

Ellos lo divisaron desde lejos, y antes que se acercara, ya se habían confabulado para darle muerte. “Ahí viene ese soñador”, se dijeron unos a otros.

“¿Por qué no lo matamos y lo arrojamos en una de esas cisternas? Después diremos que lo devoró una fiera. ¡Veremos entonces en qué terminan sus sueños!”.

Pero Rubén, al oír esto, trató de salvarlo diciendo: “No atentemos contra su vida”. Y agregó: “No derramen sangre. Arrójenlo en esa cisterna que está allá afuera, en el desierto, pero no pongan sus manos sobre él”. En realidad, su intención era librarlo de sus manos y devolverlo a su padre sano y salvo.

Apenas José llegó al lugar donde estaban sus hermanos, éstos lo despojaron de su túnica –la túnica de mangas largas que llevaba puesta–, lo tomaron y lo arrojaron a la cisterna, que estaba completamente vacía. Luego se sentaron a comer.

De pronto, alzaron la vista y divisaron una caravana de ismaelitas que venían de Galaad, transportando en sus camellos una carga de goma tragacanto, bálsamo y mirra, que llevaban a Egipto.

Entonces Judá dijo a sus hermanos: “¿Qué ganamos asesinando a nuestro hermano y ocultando su sangre? En lugar de atentar contra su vida, vendámoslo a los ismaelitas, porque él es nuestro hermano, nuestra propia carne”.

Y sus hermanos estuvieron de acuerdo. Pero mientras tanto, unos negociantes madianitas pasaron por allí y retiraron a José de la cisterna. Luego lo vendieron a los ismaelitas por veinte monedas de plata, y José fue llevado a Egipto.


SALMO 104, 16-21

¡Recuerden las maravillas que hizo el Señor!

Él provocó una gran sequía en el país y agotó todas las provisiones. Pero antes envió a un hombre, a José, que fue vendido como esclavo.

Le ataron los pies con grillos y el hierro oprimió su garganta, hasta que se cumplió lo que él predijo, y la palabra del Señor lo acreditó.

El rey ordenó que lo soltaran, el soberano de pueblos lo puso en libertad; lo nombró señor de su palacio y administrador de todos sus bienes.


Aclamación antes del Evangelio: Juan 3,1 6

Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único; para que todo el que crea en él tenga Vida eterna.


EVANGELIO: Mateo 21, 33-46

Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: “Escuchen otra parábola: Un hombre poseía una tierra y allí plantó una viña, la cercó, cavó un lagar y construyó una torre de vigilancia. Después la arrendó a unos viñadores y se fue al extranjero.

Cuando llegó el tiempo de la vendimia, envió a sus servidores para percibir los frutos. Pero los viñadores se apoderaron de ellos, y a uno lo golpearon, a otro lo mataron y al tercero lo apedrearon. El propietario volvió a enviar a otros servidores, en mayor número que los primeros, pero los trataron de la misma manera.

Finalmente, les envió a su propio hijo, pensando: “Respetarán a mi hijo”. Pero, al verlo, los viñadores se dijeron: “Éste es el heredero: vamos a matarlo para quedarnos con su herencia”. Y apoderándose de él, lo arrojaron fuera de la viña y lo mataron.

Cuando vuelva el dueño, ¿qué les parece que hará con aquellos viñadores?”. Le respondieron: “Acabará con esos miserables y arrendará la viña a otros, que le entregarán el fruto a su debido tiempo”.

Jesús agregó: “¿No han leído nunca en las Escrituras: “La piedra que los constructores rechazaron ha llegado a ser la piedra angular: ésta es la obra del Señor, admirable a nuestros ojos?”. El que caiga sobre esta piedra quedará destrozado, y aquél sobre quien ella caiga será aplastado.

Por eso les digo que el Reino de Dios les será quitado a ustedes, para ser entregado a un pueblo que le hará producir sus frutos”.

Los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír estas parábolas, comprendieron que se refería a ellos. Entonces buscaron el modo de detenerlo, pero temían a la multitud, que lo consideraba un profeta.


Antífona de comunión: 1 Juan 4, 10

Dios nos amó, y envió a su Hijo como víctima propiciatoria por nuestros pecados.


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VIVENCIAS CUARESMALES

“Por último les mandó a su hijo, diciéndose: Tendrán respeto a mi hijo”

 

17. VIERNES

SEGUNDA SEMANA DE CUARESMA

 

TEMA:
La muerte de Jesús es obra de los hombres. José vendido por sus propios hermanos.

El rico ignoró a su mendigo Lázaro. Los hermanos de José consintieron y fomentaron en su interior los sentimientos de antipatía, fastidio, celo, envidia… y comenzaron a odiarlo, llegando hasta no querer conversar con él. Viven junto a él, en la misma casa, pero lo aborrecen hasta negarle el habla.

La palabra expresa el don de la persona, el interés por el otro, la intercomunión. Las vidas, las personas, se unen por la palabra, la comunicación. Mediante ella ofrecemos el don de nuestra persona.

Por el contrario, cuando se niega el habla, se abre un abismo entre las personas, se distancian de manera radical y creciente, porque aumenta el desprecio interior, la sospecha, la ira contenida, el deseo de venganza.

Negando el habla, matamos al hermano y nos matamos a nosotros mismos porque perdemos la paz, estamos tensos, “cuidando nuestro muerto o nuestro preso”, pues necesitamos constatar a cada momento que está muerto y bien muerto o preso y bien amarrado. Y eso no nos deja vivir, nos consume la energía vital.

José vendido por sus hermanos es figura de Cristo, negado por cada uno de nosotros. Vendido y llevado a Egipto para que, según los planes de Dios, auxilie más tarde a sus propios hermanos. Jesús, llevado a la cruz, se convierte en salvador de sus propios verdugos, y de todos nosostros, pecadores, que lo hemos entregado por nuestras cobardías.

Dios siempre devuelve bien por mal, es capaz de transformarlo todo en bendición. Él es paciente, nadie le puede impedir ser bueno. Nadie puede quebrar radical y definitivamente sus planes de paz y salvación para con los hombres.

En la Cuaresma el Padre sale al encuentro de cada uno de nosotros que durante el año hemos vendido a muchos hermanos y en ellos hemos negado a Cristo con nuestra tibieza.

De hecho muchos hombres no cuentan para nosotros, no nos interesan, los desconocemos, los despreciamos, no esperamos nada de ellos, estamos resentidos con ellos, incluso no esperamos que cambien, ni queremos que se corrijan, sino que les vaya mal, cada día peor.

A veces nos interesa que no cambien, pues así tenemos excusas para muchas actitudes nuestras. Quizás nos sentimos vencedores y superiores respecto de los ignorantes, maleados, equivocados: como si fuéramos dueños los hemos vendido; les hemos dado un destino más o menos ignominioso; y ellos están sufriendo por nuestras actitudes.

Pero podemos caer en la cuenta y arrepentirnos, y entonces ellos se convertirían en causa de salvación para nosotros a través de Cristo que hace de los dos pueblos uno solo, en quien todos somos hermanos, hijos del mismo Padre, esencialmente reconciliados.

José, vendido por sus hermanos, interpretó los sueños del Faraón y fue nombrado administrador de todos sus bienes, y así pudo auxiliar a sus hermanos cuando bajaron a Egipto en los años de hambre buscando provisiones para sobrevivir.

La confesión de nuestros errores y pecados nos traerá la salvación: una relación nueva con Dios y con los hermanos. Que éste sea uno de los frutos más logrados de nuestra Cuaresma, hoy mismo; sin dejarlo todo para mañana, para el final.

Durante la Cuaresma debe producirse en nuestro interior una profunda transformación: sanación por el perdón, reconciliación y renovación en el Espíritu; vida reconciliada; dando vida, amor y perdón a discreción.

En la Trinidad, el Espíritu personaliza la comunión del Padre y del Hijo. Entre nosotros hace posible toda verdadera comunión y reconciliación. El Espíritu nos hace sentir alegría por la recuperación del hermano: “la caridad no es egoísta, no tiene envidia, no se alegra del mal del otro, se alegra con la verdad”.

Por tanto, si tu hermano es bendecido, debes aprender a alegrarte por ello. Es posible que el éxito del hermano produzca en ti, casi automáticamente, cierta tristeza, pesar, incomodidad, perturbación, confusión: después, incluso envidia o rabia. Acoge esos sentimientos, que no te gustan, que no los quieres; acógelos en paz; necesitas ser sanado, ser generosamente acogedor, compasivo.

Puedes identificarte con los jornaleros atrevidos que protestan ante el patrón por no recibir más que el “otro”, pero escucha la voz de tu Padre amoroso y paciente: “¿Por qué ves con malos ojos que yo sea bueno, no puedo hacer lo que quiera con mi dinero, me vas a prohibir ser generoso con tu hermano, acaso lo que doy a otro te lo robo a ti, acaso te falta algo a ti, acaso te he perjudicado en algo?”

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ORACIÓN SUGERIDA

Señor Jesús, tú eres humano como yo, tú me comprendes, el éxito del hermano me entristece, me perturba, o, al menos, no logro alegrarme de corazón con mi hermano por ello. Busco ávidamente lo mío. Todo me parece poco para mí.

Te entrego este sentimiento malo o esa incapacidad para festejar la vida, la felicidad del hermano, no quiero acoger ese sentimiento malo en mi interior, esa sensación humillante y desagradable: Ten compasión de mí, pon tu Espíritu en mi corazón para que pueda sentir alegría, libertad y amor por mi hermano, por cualquier hermano; así como tú mismo sentías agrado y felicidad cuando confiabas en los discípulos enviándolos a predicar, y cuando los veías contentos al regresar de su misión.

Que pueda alegrarme con la felicidad de los demás. Hazme abierto y feliz.- Amén

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El Evangelio de los viñadores injustos

En los comportamientos anómalos con el hermano hay un mal de fondo. Pretendemos ser propietarios, siendo en realidad sólo administradores, no respetamos la soberanía absoluta de Dios sobre nuestros hermanos y causamos desorden, sufrimiento, injusticia… y eso, necesariamente.

Los viñadores se adueñan de la propiedad, se atreven con los empleados del patrón, y aun con el mismo hijo de su Señor. ¡Qué temeridad, qué desfachatez, qué atrevimiento y despropósito! Líbranos, Señor, de atrevernos a juzgarte.

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ORACIÓN COLECTA.- Concédenos, Dios todopoderoso, que, purificados por la penitencia cuaresmal, lleguemos a las fiestas de Pascua limpios de pecado.

ORACIÓN DE LA COMUNIÓN.- Señor, después de recibir la prenda de la eterna salvación, haz que de tal modo la deseemos y busquemos que podamos conseguirla por tu misericordia.

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De los sermones de san Gregorio Nacianceno, obispo

Sirvamos a Cristo en los pobres

Dichosos los misericordiosos -dice la Escritura-, porque ellos alcanzarán misericordia. No es, por cierto, la misericordia una de las últimas bienaventuranzas. Dice el salmo: Dichoso el que cuida del pobre y desvalido. Y de nuevo: Dichoso el que se apiada y presta. Y en otro lugar: El justo a diario se compadece y da prestado. Tratemos de alcanzar la bendición, de merecer que nos llamen dichosos: seamos benignos.

Que ni siquiera la noche interrumpa tus quehaceres de misericordia. No digas: Vuelve, que mañana te ayudaré. Que nada se interponga entre tu propósito y su realización. Porque las obras de caridad son las únicas que no admiten demora.

Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, y no dejes de hacerlo con jovialidad y presteza.

Quien reparte la limosna -dice el Apóstol- que lo haga con agrado, pues todo lo que sea prontitud hace que se te doble la gracia del beneficio que has hecho. Porque lo que se lleva a cabo con una disposición de ánimo triste y forzada no merece gratitud ni tiene nobleza. De manera que, cuando hacemos el bien, hemos de hacerlo, no tristes, sino con alegría.

Si dejas libres a los oprimidos y rompes todos los cepos, dice la Escritura, o sea, si procuras alejar de tu prójimo sus sufrimientos, sus pruebas, la incertidumbre de su futuro, toda murmuración contra él, ¿qué piensas que va a ocurrir? Algo grande y admirable. Un espléndido premio. Escucha: Entonces romperá tu luz como la aurora, te abrirá camino la justicia. ¿Y quién no anhela la luz y la justicia?

Por lo cual, si pensáis escucharme, siervos de Cristo, hermanos y coherederos, visitemos a Cristo mientras nos sea posible, curémoslo, no dejemos de alimentarlo o de vestirlo; acojamos y honremos a Cristo, no en la mesa solamente, como algunos, no con ungüentos, como María, ni con el sepulcro, como José de Arimatea, ni con lo necesario para la sepultura, como aquel mediocre amigo, Nicodemo, ni, en fin, con oro, incienso y mirra, como los Magos, antes que todos los mencionados; sino que, puesto que el Señor de todas las cosas lo que quiere es misericordia y no sacrificio, y la compasión supera en valor a todos los rebaños imaginables, presentémosle ésta mediante la solicitud para con los pobres y humillados, de modo que, cuando nos vayamos de aquí, nos reciban en los eternos tabernáculos, por el mismo Cristo, nuestro Señor, a quien sea dada la gloria por los siglos. Amén (Sermón 14, sobre el amor a los pobres, 38. 40: PG 35, 907, 910)

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Maná y Vivencias Cuaresmales (11), 16.3.19

marzo 16, 2019

Sábado de la 1ª semana de Cuaresma

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Si amáis sólo a quienes os aman, ¿qué recompensa tendréis?

Si amáis sólo a quienes os aman, ¿qué recompensa tendréis?

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Antífona de entrada: Salmo 18, 8

La ley del Señor es perfecta, reconforta el alma; el testimonio del Señor es verdadero, da sabiduría al simple.


Oración colecta

Dios, Padre eterno, vuelve hacia ti nuestros corazones, para que, consagrados a tu servicio, no busquemos sino a ti, lo único necesario, y nos entreguemos a la práctica de las obras de misericordia. Por nuestro Señor Jesucristo.



PRIMERA LECTURA: Deuteronomio 26, 16-19

Moisés habló al pueblo diciendo: Hoy el Señor, tu Dios, te ordena practicar estos preceptos y estas leyes. Obsérvalas y practícalas con todo tu corazón y con toda tu alma. Hoy tú le has hecho declarar al Señor que él será tu Dios, y que tú, por tu parte, seguirás sus caminos, observarás sus preceptos, sus mandamientos y sus leyes, y escucharás su voz.

Y el Señor hoy te ha hecho declarar que tú serás el pueblo de su propiedad exclusiva, como él te lo ha prometido, y que tú observarás todos sus mandamientos; que te hará superior –en estima, en renombre y en gloria– a todas las naciones que hizo; y que serás un pueblo consagrado al Señor, tu Dios, como él te lo ha prometido.


SALMO 118, 1-2. 4-5. 7-8

¡Felices los que siguen la ley del Señor!

Felices los que van por un camino intachable, los que siguen la ley del Señor. Felices los que cumplen sus prescripciones y lo buscan de todo corazón.

Tú promulgaste tus mandamientos para que se cumplieran íntegramente. ¡Ojalá yo me mantenga firme en la observancia de tus preceptos!

Te alabaré con un corazón recto, cuando aprenda tus justas decisiones. Quiero cumplir fielmente tus preceptos: no me abandones del todo.


Aclamación antes del Evangelio: Amós 5, 14

Buscad el bien, y no el mal, para que tengáis vida; y así el Señor de los ejércitos estará con vosotros como lo decís.


EVANGELIO: Mateo 5, 43-48

Jesús dijo a sus discípulos: Ustedes han oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo” y odiarás a tu enemigo. Pero yo les digo: Amen a sus enemigos, rueguen por sus perseguidores; así serán hijos del Padre que está en el cielo, porque él hace salir el sol sobre malos y buenos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos.

Si ustedes aman solamente a quienes los aman, ¿qué recompensa merecen? ¿No hacen lo mismo los publicanos? Y si saludan solamente a sus hermanos, ¿qué hacen de extraordinario? ¿No hacen lo mismo los paganos? Por lo tanto, sean perfectos como es perfecto el Padre que está en el cielo”.


Antífona de comunión: Mateo 5, 48

Dice el Señor: “Sean perfectos como es perfecto el Padre que está en los Cielos”.


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VIVENCIAS CUARESMALES

Tocar a los hermanos para comprender y amar

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11. SÁBADO

PRIMERA SEMANA DE CUARESMA

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TEXTO ILUMINADOR: Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen.

En el Antiguo Testamento, Dios hace alianza con su pueblo: “Yo te protegeré, seré tu Dios, y tú serás mi pueblo, mi pueblo fiel que cumple mis mandatos”. Esos mandatos se resumen en imitar a Dios mismo: Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto.

Esa perfección es el amor sin límites, sin dejarse vencer por el mal, amando incluso al enemigo. Practicar un amor así constituye como el distintivo de los hijos de Dios.

Esta práctica no sólo es difícil sino que es imposible para el hombre, abandonado a sus propias fuerzas. Es imposible sin la gracia de Dios, pero Dios da esa gracia a todos porque así es él, y a nadie reconoce como hijo a no ser que se le parezca a él por la práctica del amor y del perdón.

Sólo el amor libera y salva, sólo el amor permanece porque Dios es amor, como enseña san Juan.

En la oración colecta de la misa de hoy pedimos que “nos entreguemos a la práctica de las obras de misericordia”. El amor verdadero, es decir el amor que recibimos de Dios mismo, se manifiesta necesariamente en el perdón y la misericordia hacia los hermanos. En eso se le reconoce que procede de Dios y no de nosotros mismos o del mal espíritu.

Aunque el perdón es principalmente don de Dios, también es un aprendizaje en el que debemos ejercitarnos siempre, pero especialmente en el tiempo de Cuaresma, secundando la gracia de Dios, por supuesto.

Por eso, vamos a ofrecer en este día unas consideraciones sobre el perdón. Entendemos que perdonar y vivir reconciliados no es tanto el resultado de un acto voluntarista y casual, cuanto fruto de un esfuerzo procesual y progresivo. Perdonar supone un proceso, una secuencia existencial y espiritual.

A continuación voy a describir ese proceso. Señalaré unos pasos progresivos para alcanzar el más completo perdón hacia las personas que nos han ofendido.

La meta será poder amarlas de verdad, como Dios las ama. Ojalá podamos incluso dar gloria a Dios por todo lo que él permitió que nos sucediera. En el proceso del perdón distinguimos hasta diez pasos graduales, que describo a continuación:

El primer paso consiste en romper el tifón que nos domina y nos hace recordar obsesivamente el mal que nos han causado. Es preciso desviar la atención de “mi” herida, para mirar hacia fuera y salir. Debo pensar: mi problema no es lo más importante del mundo. No tengo por qué recordar, revivir y menos contar a otros lo que pasó. ¿Para qué martirizarme con ello?

En segundo lugar, es preciso renovar la memoria para fijar nuestra atención, no ya en el mal que me han ocasionado, sino en todo lo bueno que esa persona, ahora enemiga, nos proporcionó en el pasado o en el presente no tan inmediato. Hay que ser más objetivos, más justos. Tratar de ver o de descubrir la otra parte… la parte buena. En fin, valorar las obras buenas.

Un paso más, tercero: consiste en tratar de comprender o entender al que nos ofendió. Acercarnos a las motivaciones reales de aquel que nos ofendió. Solemos reconocer que apenas nos conocemos a nosotros mismos, y ¿pretendemos conocer el mundo interno de los demás? ¿Qué grado de libertad y, por tanto de culpabilidad, tendrán los demás en sus comportamientos?

Seguro que tu hermano, a quien ves ahora como enemigo o por lo menos adversario, no es tan malvado como tú piensas: nadie es malo gratuitamente, sin motivo.

A lo mejor con su comportamiento pretendía defenderse, autoafirmarse, realizarse en la vida… Quizás es él, precisamente, el que más sufre por ser así o haberse portado así contigo. Quizás se equivocó, no se dio cuenta… ¿Qué no daría por borrar totalmente lo que hizo o pensó hacer? Si consiguiéramos comprender al otro, quizás no tendríamos que perdonarlo.

En cuarto lugar, es preciso suspender todo juicio condenatorio. Primero, porque no podemos calibrar bien su culpabilidad; y segundo, porque el juicio pertenece a Dios. Él es el único dueño de nuestro prójimo y por tanto el más ofendido.

Nosotros ¿qué derechos tenemos sobre él? ¿Qué hemos hecho por él, qué nos debe, qué nos cuesta su vida? Si nuestro hermano no es nuestro, tampoco nos pertenece el juicio. Éste le corresponde a Dios.

Quinto: Debemos ser muy prudentes y respetuosos en las relaciones con los demás, porque no podemos saber si somos mejores o peores que los otros. Pues no sabemos lo que ellos han recibido.

Quizás, en su caso, tú hubieras hecho lo mismo que tu prójimo. Si él hubiera recibido lo que has recibido tú, ¿qué habría sido en la vida, cuáles serían sus comportamientos?

Por consiguiente, en sexto lugar, no podemos ser muy exigentes con los demás, pues podríamos ser injustos exigiéndoles demasiado, y provocando en ellos el desánimo y hasta la desesperación.

Es mejor echarlo todo a la mejor parte, por principio y de manera sistemática. Piensa bien de tu prójimo, y aun lo mejor, y así, al menos no pecarás. No parece que sea muy evangélico el dicho: Piensa mal y acertarás, ojo. Podríamos ensayar otra actitud: Piensa bien, y al menos no pecarás.

No tenemos que llevar cuenta de los demás. Menos mal. Eso pertenece a Dios. Ya tenemos bastante con llevar cuenta de nosotros mismos, con tratar de aprender en todo, con atender al propio crecimiento espiritual.

Séptimo: Hay que pasar del “acusar” a los demás al “acusarse” a sí mismo: y del “excusarse” a sí mismo al “excusar siempre” a los demás. Esta práctica nos llevará por el camino de la verdad, de la plenitud y de la felicidad. Esto no significa indiferencia, sino dejar a Dios ser Dios, y amar, en verdad y de verdad, al hermano: es decir, amarlo en Dios su Hacedor y su Dueño.

En octavo lugar, tratar de verlo todo desde la fe: nadie nos ha ofendido, sino que Dios lo ha permitido para nuestro bien. El último responsable es él. Por supuesto que Dios no quiere que nos ofendan, pero permite que el hombre, que es libre, cometa el mal.

Sin embargo, no nos deja solos ante el mal, sino que Dios está siempre dispuesto a ayudarnos para que saquemos bien hasta del mal. Ahí está su grandeza.

Por otro lado, la trampa en la que caemos con suma frecuencia es ver las cosas, únicamente, de tejas abajo: quedarnos en las mediaciones como si fueran causas únicas y definitivas; y comenzamos a buscar culpables y a defendernos.

En eso nos equivocamos y nos enredamos, pues nada ni nadie manda en nuestra vida de manera absoluta, en todo caso influyen. Nada ni nadie nos gobierna, todo es providencia de Dios. Él gobierna el mundo. El hombre espiritual recurre siempre a Dios preguntándole acerca de todo cuanto acontece, y esperando sus explicaciones.

Porque Dios es nuestro único dueño. Pues ni el azar ni la casualidad cuentan, ni siquiera la malevolencia humana puede dañarnos. Nada ni nadie nos pueden hacer infelices. Nuestra felicidad depende sólo de Dios y de nosotros. De lo contrario seríamos marionetas, no seríamos libres.

Por tanto, nadie puede quitarnos la felicidad ni la paz. Como creyentes creemos que Dios lo ordena y dispone todo para nuestro bien y aprovechamiento, incluso las ofensas que recibimos de los demás y las injusticias. Por eso, en todo debemos salir airosos. Pues ¿quién nos podrá separar del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús?

Por tanto, noveno, debemos intentar renunciar de una vez por todas a que nos hagan justicia los humanos, a que se aclaren las cosas, a que reconozcan nuestra inocencia, a que nos devuelvan el aprecio y el honor…

Es decir, debemos tratar de no condicionar nuestra felicidad personal a que los otros cambien. Eso no depende de nosotros. Renunciar de una vez por todas a cambiar a los demás como condición para alcanzar nosotros la felicidad; renunciar, y respirar hondo, liberarse de esa pesadilla, de una vez por todas, y dejarlo todo en manos de Dios.

De inmediato darle gracias a Dios que nos permite poder perdonar, o, por lo menos, desearlo de corazón… dando nuestro brazo a torcer, doblegando nuestra cerviz, sometiendo nuestro amor propio y afán de venganza… para que triunfe la voluntad de Dios que nos manda perdonar. Y nos lo manda por nuestro bien. Sólo así le permitimos a él darnos su perdón y la felicidad eterna.

Finalmente, décimo, bendecir a Dios porque permitió que todo eso sucediera, y porque nos ha ayudado a transformar el mal en bien. Rezar por la persona que nos ofendió y pedirle a Dios que la comprenda, que no le tenga en cuenta su pecado, que la bendiga y le conceda todo lo que le pueda hacer feliz.

Más todavía: dejarle a Dios ser Dios, y que se porte con ella conforme a su gran misericordia, siendo con ella más misericordioso, incluso más generoso que como lo hace con nosotros mismos, si es que nos podemos expresar así. Alegrarnos de que Dios se alegre por el perdón y la felicidad derrochados con el hijo pródigo.

En fin, no ver con malos ojos que Dios sea bueno y hasta ingenuo, según nuestras apreciaciones, con el pecador. Intentar comprender los comportamientos misericordiosos de Dios. Él sí se fía de verdad, porque él es Dios no hombre: sus pensamientos son infinitamente superiores a los nuestros.

Es decir, dejarnos inundar del amor infinito de Dios para gustar de la presencia de Dios que todo lo abarca llenándolo de vida y de bendición para sus hijos amados en su bendito Hijo Jesús, el primogénito entre muchos hermanos.

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Texto iluminador

Ustedes deben rezar así: Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden. Porque si ustedes perdonan las ofensas de los hombres, también el Padre celestial los perdonará. En cambio, si no perdonan las ofensas de los hombres, el Padre tampoco los perdonará a ustedes (Mt. 6, 8-15).

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Estimado hermano, hermana: Ahora puedes hacer algún ejercicio de perdón, valiéndote de los puntos anteriormente expuestos. Merece la pena intentarlo en Cuaresma.

Puedes pensar en alguna persona que te haya ofendido en la vida. Puedes recordar cómo te has sentido despreciado por otras personas, sobre todo, familiares o amigos. Anímate a perdonar y a olvidar para siempre, renunciando a guardar la ofensa dentro de ti.

Dios te conceda poder respirar a pleno pulmón, dejando libre a tu ofensor, y abandonando en manos del Señor tus recuerdos dolorosos. Que te permita vivir más reconciliado durante esta Cuaresma.

Como es gracia de Dios, permanecemos orando para que él se apiade de nosotros y nos conceda vida en abundancia: la reconciliación con nosotros mismos, con los demás y con Dios. Es decir, la paz del corazón. La plenitud de vida. Nada es imposible para Dios. Y todo es posible para el que cree.

Ánimo, hermano, hermana, pon algo de tu parte, y experimentarás cuán bueno es el Señor que desea lo mejor para ti. Feliz día y feliz Cuaresma. Dios te bendiga. Amén.

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Papa: quien ama la Iglesia no la acusa destruyéndola con la lengua

febrero 25, 2019

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El Papa Francisco con olor a oveja: Sueño con una Iglesia pobre entre los pobres, una Iglesia en salida. 

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Papa: quien ama la Iglesia no la acusa destruyéndola con la lengua

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La figura de San Pío de Pietrelcina inspiró al Papa Francisco durante el encuentro celebrado con los fieles procedentes de Benevento, que tuvo lugar esta mañana antes de la Audiencia General, en la Basílica de San Pedro. El Pontífice recordó en su reflexión que amar a la Iglesia significa perdonar.
Por María Fernando Bernasconi, Ciudad del Vaticano
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Esta mañana a las 9:10, antes de la acostumbrada Audiencia semanal con fieles de numerosos países, el Santo Padre Francisco se encontró en la Basílica de San Pedro con los dos mil quinientos participantes en la peregrinación a Roma de la Arquidiócesis de Benevento, acompañados por el Arzobispo Monseñor Felice Accrocca.

De este modo han querido corresponder a la visita pastoral que el Pontífice realizó el 17 de marzo del año pasado a  Pietrelcina, con motivo del centenario de la aparición de los estigmas permanentes de San Pío y del quincuagésimo aniversario de su muerte.

Al final del encuentro con el Obispo de Roma, estos peregrinos pudieron seguir desde la basílica vaticana mediante una conexión audiovisual la Audiencia General que se celebró en el Aula Pablo VI.

Con alegría el Santo Padre les dio los ¡buenos días!, manifestando que eran tantos que parecía una canonización. Y les dio las gracias por esta visita, comenzando por el Obispo, los alcaldes y todos los presentes manifestando que este gesto indica ciertamente la sensibilidad del alma.

Al recordar la visita que tuvo el placer de realizar a Pietrelcina, el Pontífice renovó a todos su más sincero agradecimiento por la calurosa acogida que le brindaron en aquella ocasión. Y les dijo que no se olvida nunca de aquel día, como tampoco se olvida de los tantos enfermos a los que saludó y que hizo que aquella visita permanezca en su corazón.

Padre Pío se distinguió por su fidelidad a la Iglesia

También manifestó su deseo a estos peregrinos de que el recuerdo de aquel evento, cargado de significado eclesial y espiritual, reavive en cada uno la voluntad de profundizar la vida de la fe, en el surco de las enseñanzas de su ilustre y santo paisano, Padre Pío, quien se distinguió por su firme fe en Dios, su firme esperanza en las realidades celestiales, su generosa dedicación a las personas y su fidelidad a la Iglesia, a la que siempre amó con todos sus problemas y sus adversidades.

No se puede vivir toda la vida acusando a la Iglesia

Francisco aprovechó la oportunidad para detenerse en este aspecto, es decir en el hecho de que Padre Pío amó a la Iglesia, con todas sus adversidades y pecadores.

Porque la Iglesia es santa, es esposa de Cristo, y nosotros –dijo el Papa– los hijos de la Iglesia, somos todos pecadores, ¡y algunos grandes!, pero él amaba a la Iglesia tal y como era, no la destruyó con la lengua, como está de moda hacerlo ahora. ¡No!

Por esta razón añadió que el que ama a la Iglesia sabe perdonar, porque sabe que él mismo es un pecador y necesita el perdón de Dios. Sabe cómo arreglar las cosas, porque el Señor quiere arreglar bien las cosas pero siempre con el perdón: no podemos vivir una vida entera acusando, acusando, acusando a la Iglesia.

El oficio del acusador

Asimismo se preguntó de quién es el oficio del acusador. Y dijo que “la Biblia lo llama el diablo”.

“Y los que se pasan la vida acusando, acusando, acusando, son: no diré hijos, porque el diablo no tiene ninguno, sino amigos, primos y familiares del diablo. Y no, esto no va, debemos señalar los defectos que corregir, pero en el momento en que se señalan los defectos, se denuncian los defectos, se ama a la Iglesia. Sin amor, eso es del diablo. Ambas cosas tenía San Padre Pío, amaba a la Iglesia con todos sus problemas y sus adversidades, con los pecados de sus hijos. No se olviden de esto”.

Antes de despedirse el Papa Bergoglio los animó a comprender y aceptar cada vez más el amor de Dios, fuente y motivo de nuestro verdadero gozo. Y destacó que estamos llamados a dar este amor que cambia la vida, sobre todo a las personas más débiles y necesitadas. Mientras cada uno de nosotros, al difundir la caridad divina, contribuye a construir un mundo más justo y solidario.

Por esta razón siguiendo el ejemplo del Padre Pío, el Santo Padre les pidió que por favor, no se cansen de confiar en Cristo y de anunciar su bondad y misericordia con el testimonio de su vida. Esto –añadió– es lo que los hombres y mujeres, también en nuestra época, esperan de los discípulos del Señor. Testimonio.

Y los invitó a pensar en San Francisco, y en lo que dijo a sus discípulos: “Vayan, testimonien, las palabras no son necesarias”.

A veces se debe hablar pero el Obispo de Roma les recomendó que comiencen con el testimonio, que vivan como cristianos, testimoniando que el amor es más hermoso que el odio, que la amistad es más hermosa que la enemistad, y que la hermandad entre nosotros es más hermosa que la guerra.

¡Gracias de nuevo por esta visita! –concluyó el Santo Padre– y les impartió de corazón a todos su bendición, que extendió a sus familias, a sus comunidades y a toda la Arquidiócesis de Benevento.


El maná de cada día, 19.1.19

enero 19, 2019

Sábado de la 1ª semana del Tiempo Ordinario

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Calling of Matthew

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PRIMERA LECTURA: Hebreos 4, 12-16

Hermanos:

La palabra de Dios es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo, penetrante hasta el punto donde se dividen alma y espíritu, coyunturas y tuétanos. Juzga los deseos e intenciones del corazón. No hay criatura que escape a su mirada. Todo está patente y descubierto a los ojos de Aquél a quien hemos de rendir cuentas.

Mantengamos la confesión de la fe, ya que tenemos un sumo sacerdote grande, que ha atravesado el cielo, Jesús, Hijo de Dios.

No tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino que ha sido probado en todo exactamente como nosotros, menos en el pecado.

Por eso, acerquémonos con seguridad al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y encontrar gracia que nos auxilie oportunamente.


SALMO 18, 8. 9. 10. 15

Tus palabras, Señor, son espíritu y vida.

La ley del Señor es perfecta y es descanso del alma; el precepto del Señor es fiel e instruye al ignorante.

Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón; la norma del Señor es límpida y da luz a los ojos.

La voluntad del Señor es pura y eternamente estable; los mandamientos del Señor son verdaderos y enteramente justos.

Que te agraden las palabras de mi boca, y llegue a tu presencia el meditar de mi corazón, Señor, roca mía, redentor mío.


Aclamación: Lucas 4, 18

El Señor me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad.


EVANGELIO: Marcos 2, 13-17

En aquel tiempo, Jesús salió de nuevo a la orilla del lago; la gente acudía a él y les enseñaba.

Al pasar, vio a Leví, el de Alfeo, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: «Sígueme.»

Se levantó y lo siguió.

Estando Jesús a la mesa en su casa, de entre los muchos que lo seguían un grupo de publicanos y pecadores se sentaron con Jesús y sus discípulos.

Algunos escribas fariseos, al ver que comía con publicanos y pecadores, les dijeron a los discípulos: «¡De modo que come con publicanos y pecadores!»

Jesús lo oyó y les dijo: «No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores.»


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