El maná de cada día, 13.7.19

julio 13, 2019

Sábado de la 14ª semana de Tiempo Ordinario

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Y los consoló, hablándoles al corazón

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PRIMERA LECTURA: Génesis 49, 29-32; 50, 15-26

En aquellos días, Jacob dio las siguientes instrucciones a sus hijos: « Cuando me reúna con los míos, enterradme con mis padres en la cueva del campo de Efrón, el hitita, la cueva del campo de Macpela, frente a Mambré, en Canaán, la que compró Abrahán a Efrón, el hitita, como sepulcro en propiedad. Allí enterraron a Abrahán y a Sara, su mujer; allí enterraron a Isaac y a Rebeca, su mujer; allí enterré yo a Lía. El campo y la cueva fueron comprados a los hititas. »

Cuando Jacob terminó de dar instrucciones a sus hijos, recogió los pies en la cama, expiró y se reunió con los suyos.

Al ver los hermanos de José que había muerto su padre, se dijeron: «A ver si José nos guarda rencor y quiere pagarnos el mal que le hicimos.»

Y mandaron decirle: «Antes de morir tu padre nos encargó: “Esto diréis a José: Perdona a tus hermanos su crimen y su pecado y el mal que te hicieron”. Por tanto, perdona el crimen de los siervos del Dios de tu padre.»

José, al oírlo, se echó a llorar.

Entonces vinieron los hermanos, se echaron al suelo ante él, y le dijeron: «Aquí nos tienes, somos tus siervos.»

Pero José les respondió: «No tengáis miedo; ¿soy yo acaso Dios? Vosotros intentasteis hacerme mal, pero Dios intentaba hacer bien, para dar vida a un pueblo numeroso, como hoy somos. Por tanto, no temáis; yo os mantendré a vosotros y a vuestros hijos. »

Y los consoló, hablándoles al corazón.

José vivió en Egipto con la familia de su padre y cumplió ciento diez años; llegó a conocer a los hijos de Efraín, hasta la tercera generación, y también a los hijos de Maquir, hijo de Manasés; los llevó en las rodillas.

José dijo a sus hermanos: «Yo voy a morir. Dios cuidará de vosotros y os llevará de esta tierra a la tierra que prometió a Abrahán, Isaac y Jacob.»

Y los hizo jurar: «Cuando Dios cuide de vosotros, llevaréis mis huesos de aquí. »

José murió a los ciento diez años de edad.



SALMO 104, 1-2. 3-4. 6-7

Humildes, buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón.

Dad gracias al Señor, invocad su nombre, dad a conocer sus hazañas a los pueblos. Cantadle al son de instrumentos, hablad de sus maravillas.

Gloriaos de su nombre santo, que se alegren los que buscan al Señor. Recurrid al Señor y a su poder, buscad continuamente su rostro.

¡Estirpe de Abrahán, su siervo; hijos de Jacob, su elegido! El Señor es nuestro Dios, él gobierna toda la tierra.


Aclamación antes del Evangelio: 1P 4, 14

Si os ultrajan por el nombre de Cristo, dichosos vosotros, porque el Espíritu de Dios reposa sobre vosotros.


EVANGELIO: Mateo 10, 24-33

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles:

«Un discípulo no es más que su maestro, ni un esclavo más que su amo; ya le basta al discípulo con ser como su maestro, y al esclavo como su amo. Si al dueño de la casa lo han llamado Belzebú, ¡cuánto más a los criados!

No les tengáis miedo, porque nada hay cubierto que no llegue a descubrirse; nada hay escondido que no llegue a saberse. Lo que os digo de noche decidlo en pleno día, y lo que escuchéis al oído, pregonadlo desde la azotea.

No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No, temed al que puede destruir con el fuego alma y cuerpo. ¿No se venden un par de gorriones por unos cuartos? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre. Pues vosotros hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados. Por eso, no tengáis miedo; no hay comparación entre vosotros y los gorriones.

Si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte ante mi Padre del cielo. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre del cielo.»
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LA PERSECUCIÓN DE LOS BUENOS

Piensa que cuanto más se parezca tu vida a la de Cristo más gustarás, como Él, la incomprensión y la maledicencia. La virtud siempre incomoda y, a veces, es mejor comprendida y recibida por aquellos que se dicen no creyentes que por aquellos que dicen ser de los tuyos.

¿Ha habido en la historia mayor injusticia que la que cometieron con Nuestro Señor en la Cruz los “buenos” de su época, aquellos fariseos venerados por todos como los maestros de la Ley, que fundaban en su propia virtud y en su vida ejemplar toda la seguridad espiritual de su salvación? Y, sin embargo, sin que quizá ellos fueran del todo conscientes, con la persecución de aquel Justo estaban dando cumplimiento a los misteriosos planes de Dios.

El silencio de Cristo en su pasión debe enseñarte a callar y a amar, con el amor del silencio, a esos “enemigos” que te persiguen, con la palabra, la murmuración, la crítica, la maledicencia y hasta con las obras, y todo –dicen– en nombre de Dios, de la virtud, de la santidad, de la justicia con Dios, del bien espiritual de muchos o de la sana prudencia.

No interpretes todo eso con los pobres criterios del mundo y de los hombres, con los que nunca podremos medir la acción misteriosa de Dios. Piensa que en esa persecución de los buenos, de los tuyos, Nuestro Señor vuelve a crucificarse en ti, para que puedas así completar en tu carne lo que falta a la pasión de Cristo.

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El maná de cada día, 21.6.19

junio 21, 2019

Viernes de la 11ª semana de Tiempo Ordinario

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Atesorad tesoros en el cielo

Tesoros, pero en el cielo



PRIMERA LECTURA: 2 Corintios 11, 18. 21b-30

Hermanos:

Son tantos los que presumen de títulos humanos, que también yo voy a presumir. Pues, si otros se dan importancia, hablo disparatando, voy a dármela yo también.

¿Que son hebreos?, también yo; ¿que son linaje de Israel?, también yo; ¿que son descendientes de Abrahán?, también yo; ¿que sirven a Cristo?, voy a decir un disparate: mucho más yo.

Les gano en fatigas, les gano en cárceles, no digamos en palizas y en peligros de muerte, muchísimos; los judíos me han azotado cinco veces, con los cuarenta golpes menos uno; tres veces he sido apaleado, una vez me han apedreado, he tenido tres naufragios y pasé una noche y un día en el agua.

Cuántos viajes a pie, con peligros de ríos, con peligros de bandoleros, peligros entre mi gente, peligros entre gentiles, peligros en la ciudad, peligros en despoblado, peligros en el mar, peligros con los falsos hermanos. Muerto de cansancio, sin dormir muchas noches, con hambre y sed, a menudo en ayunas, con frío y sin ropa.

Y, aparte todo lo demás, la carga de cada día, la preocupación por todas las Iglesias. ¿Quién enferma sin que yo enferme?; ¿quién cae sin que a mí me dé fiebre? Si hay que presumir, presumiré de lo que muestra mi debilidad.



SALMO 33, 2-3. 4-5. 6-7

El Señor libra a los justos de sus angustias.

Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca; mi alma se gloría en el Señor: que los humildes lo escuchen y se alegren.

Proclamad conmigo la grandeza del Señor, ensalcemos juntos su nombre. Yo consulté al Señor, y me respondió, me libró de todas mis ansias.

Contempladlo, y quedaréis radiantes, vuestro rostro no se avergonzará. Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha y lo salva de sus angustias.


Aclamación antes del Evangelio: Mt 5, 3

Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.



EVANGELIO: Mateo 6, 19-23

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«No atesoréis tesoros en la tierra, donde la polilla y la carcoma los roen, donde los ladrones abren boquetes y los roban.

Atesorad tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni carcoma que se los coman ni ladrones que abran boquetes y roben. Porque donde está tu tesoro allí está tu corazón.

La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo está sano, tu cuerpo entero tendrá luz; si tu ojo está enfermo, tu cuerpo entero estará a oscuras. Y si la única luz que tienes está oscura, ¡cuánta será la oscuridad!»
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MIRAR AL CIELO

Nos cuesta mucho pensar en el «más allá», quizá porque no vivimos el «más acá» con un verdadero sentido trascendente. Estamos pegados a las cosas, a nuestras ambiciones, a nuestras necesidades, como si fueran la única razón, o la más importante, de nuestra existencia, buscando sustitutivos que nos motiven, aunque sepamos que nunca nos darán la felicidad plena que buscamos.

Muchas veces habla Jesús del Cielo. Incluso levanta los ojos para implorar al Padre, cuando le da gracias, cuando realiza un milagro, cuando busca la intercesión del Todopoderoso para que cuide a esos discípulos que deja en el mundo. Todos esos momentos tienen sentido en ese hogar definitivo que es el Cielo.

Las Bienaventuranzas, por ejemplo, alcanzan su plenitud cuando, después de relatar los innumerables condicionamientos a los que estamos sujetos en esta tierra de sinsabores y limitaciones, anuncia que todo sufrimiento presente se transformará en un derroche de felicidad y una dicha eterna, cuando lleguemos allá, a la patria del consuelo: el Cielo.

Sí, nos cuesta mirar a lo alto. No es una invitación a evadirnos de la desabrida realidad, sino a darle su pleno y verdadero sentido. Nuestra vida ha de levantarse teniendo los pies firmes en el suelo y el corazón abierto, de par en par, a la misericordia de Dios.

Él nos convida a rectificar constantemente nuestra intención, sabiendo que la esperanza, además de virtud cristiana, es el alimento permanente que nos sitúa en lo que somos: hijos de un Dios que busca nuestra salvación eterna.

Has de desear y gustar el Cielo, ya ahora, aun en medio de tus sinsabores y disgustos, pues sólo la Cruz es camino hacia la Gloria. La vida nos ha de ir acostumbrando a esa gloria que nos espera para siempre junto a Dios.

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El maná de cada día, 19.6.19

junio 19, 2019

Miércoles de la 11ª semana del Tiempo Ordinario

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Siembra de arroz, plantación de arroz



PRIMERA LECTURA: 2 Corintios 9, 6-11

Hermanos:

El que siembra tacañamente, tacañamente cosechará; el que siembra generosamente, generosamente cosechará. Cada uno dé como haya decidido su conciencia: no a disgusto ni por compromiso; porque al que da de buena gana lo ama Dios.

Tiene Dios poder para colmaros de toda clase de favores, de modo que, teniendo siempre lo suficiente, os sobre para obras buenas. Como dice la Escritura: «Reparte limosna a los pobres, su justicia es constante, sin falta.»

El que proporciona semilla para sembrar y pan para comer os proporcionará y aumentará la semilla, y multiplicará la cosecha de vuestra justicia.

Siempre seréis ricos para ser generosos, y así, por medio nuestro, se dará gracias a Dios.


SALMO 111, 1-2. 3-4. 9

Dichoso quien teme al Señor.

Dichoso quien teme al Señor y ama de corazón sus mandatos. Su linaje será poderoso en la tierra, la descendencia del justo será bendita.

En su casa habrá riquezas y abundancia, su caridad es constante, sin falta. En las tinieblas brilla como una luz el que es justo, clemente y compasivo.

Reparte limosna a los pobres; su caridad es constante, sin falta, y alzará la frente con dignidad.


Aclamación antes del Evangelio: Jn 14, 23

El que me ama guardará mi palabra -dice el Señor-, y mi Padre lo amará, y vendremos a él.


EVANGELIO: Mateo 6, 1-6. 16-18

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario, no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial. Por tanto, cuando hagas limosna, no vayas tocando la trompeta por delante, como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles, con el fin de ser honrados por los hombres; os aseguro que ya han recibido su paga.

Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo pagará.

Cuando recéis, no seáis como los hipócritas, a quienes les gusta rezar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que los vea la gente. Os aseguro que ya han recibido su paga.

Tú, cuando vayas a rezar, entra en tu aposento, cierra la puerta y reza a tu Padre, que está en lo escondido, y tu Padre, que ve en lo escondido, te lo pagará.

Cuando ayunéis, no andéis cabizbajos, como los hipócritas que desfiguran su cara para hacer ver a la gente que ayunan. Os aseguro que ya han recibido su paga.

Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note, no la gente, sino tu Padre, que está en lo escondido; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará.»


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AMAR AL OTRO POR SÍ MISMO

La persona es un absoluto relativo; sólo Dios es el absoluto absoluto. Pero la persona humana, cada persona, tiene un valor único y precioso que sólo Dios ha podido darle por el hecho de haberla creado a imagen suya.

En sí misma considerada, toda persona es un bien tal que sólo puede ser adecuadamente correspondido con el amor. Por tanto, no es digno de ella, y por tanto de Dios, todo aquello que rebaje a un nivel infrapersonal el amor que debemos al otro.

Hay muchas formas descaradas de utilitarismo, de objetualización e instrumentalización del otro que son frontalmente rechazables por lo que suponen de humillación de la persona y deformación del verdadero amor.

Pero, tú y yo estamos llamados a purificar esas otras formas –mucho más disimuladas y sutiles– de instrumentalización y cierto utilitarismo que nos hacen amar al otro sólo por interés, por conveniencia, de forma pasajera, por puro compromiso, mientras me sirve para algo, porque es de los míos o mientras piensa como yo pienso.

No es justificable ninguna forma de utilizar o instrumentalizar al otro ni siquiera en nombre del bien, del apostolado, del servicio a la Iglesia o de la creencia en Dios.

Hemos de amar al otro por sí mismo, no por lo que tiene o hace, y buscando sólo su bien mayor que es Dios.

¿Te imaginas al Señor acercándose a los publicanos, fariseos, prostitutas, enfermos, a sus mismos discípulos y apóstoles, por mero interés proselitista, intentando aprovechar sus influencias, quedando bien con ellos para conseguir los intereses del Reino?

No des a otros el trato que no quieras recibir para ti y ama a todos con la medida con que tú eres amado por Dios.

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El maná de cada día, 18.6.19

junio 18, 2019

Martes de la 11ª semana de Tiempo Ordinario

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Rogad por los que os persiguen

Rogad por los que os persiguen



PRIMERA LECTURA: 2 Corintios 8, 1-9

Queremos que conozcáis, hermanos, la gracia que Dios ha dado a las Iglesias de Macedonia: En las pruebas y desgracias creció su alegría; y su pobreza extrema se desbordó en un derroche de generosidad.

Con todas sus fuerzas y aún por encima de sus fuerzas, os lo aseguro, con toda espontaneidad e insistencia nos pidieron como un favor que aceptara su aportación en la colecta a favor de los santos. Y dieron más de lo que esperábamos: se dieron a sí mismos, primero al Señor y luego, como Dios quería, también a nosotros.

En vista de eso, como fue Tito quien empezó la cosa, le hemos pedido que dé el último toque entre vosotros a esta obra de caridad.

Ya que sobresalís en todo: en la fe, en la palabra, en el conocimiento, en el empeño y en el cariño que nos tenéis, distinguíos también ahora por vuestra generosidad.

No es que os lo mande; os hablo del empeño que ponen otros para comprobar si vuestro amor es genuino. Porque ya sabéis lo generoso que fue nuestro Señor Jesucristo: siendo rico, se hizo pobre por vosotros, para enriqueceros con su pobreza.


SALMO 145, 2. 5-6. 7. 8-9a

Alaba, alma mía, al Señor.

Dichoso a quien auxilia el Dios de Jacob, el que espera en el Señor, su Dios, que hizo el cielo y la tierra, el mar y cuanto hay en él; que mantiene su fidelidad perpetuamente.

Que hace justicia a los oprimidos, que da pan a los hambrientos. El Señor liberta a los cautivos.

El Señor abre los ojos al ciego, el Señor endereza a los que ya se doblan, el Señor ama a los justos. El Señor guarda a los peregrinos.


Aclamación antes del Evangelio: Jn 13, 34

Os doy un mandamiento nuevo -dice el Señor-: que os améis unos a otros, como yo os he amado.


EVANGELIO: Mateo 5, 43-48

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«Habéis oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo” y aborrecerás a tu enemigo. Yo, en cambio, os digo: Amad a vuestros enemigos, y rezad por los que os persiguen. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos.

Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y si saludáis sólo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles?

Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto.»


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ROGAD POR LOS QUE OS PERSIGUEN

Hay mucho odio y violencia en el mundo. No es algo ajeno a nosotros. En nuestros ambientes cercanos somos testigos de cómo familias y amistades se destruyen a causa de resentimientos que tienen su origen, en la mayoría de las ocasiones, en esa falta de pequeños detalles de cariño y convivencia.

Decimos que el amor se ha enfriado, que ya no hay motivos para querer… y, de ahí, pasamos a construir “fabulosas” excusas para destruir lo que, en un principio, tenía tanto sentido y en lo que habíamos depositado tanta esperanza. Si esto ocurre entre los que supuestamente nos queremos, cuánta mayor distancia con aquellos que nos juzgan, critican nuestra conducta, o, simplemente, nos persiguen.

Hay una bienaventuranza del Señor dedicada a aquellos que nos atenazan porque queremos vivir con fidelidad nuestra vocación y nuestra entrega. Jesús se dirige a cada uno de nosotros no sólo para que recemos por los que nos persiguen, sino para que, incluso, les amemos.

Aquí se encuentra el quicio del cristianismo, el signo distintivo de los que nos llamamos y presumimos de seguir a Jesucristo. A continuación de este mandato, el Señor nos propone ser perfectos como nuestro Padre celestial es perfecto. ¿Que dónde está esa perfección?

Ama a tus enemigos, no de palabra sino con el mismo corazón de Cristo, y verás la gloria de Dios en tu vida. Entenderás, ya por fin, porque Jesús gritó desde la Cruz: “Perdónalos porque no saben lo que hacen”.

También a ti, como a mí, Dios nos perdona ¡tantas veces!, porque Él es perfecto en el amor.

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Novena a Santa Rita de Casia ( y 9), 21.5.19

mayo 21, 2019

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NOVENO DÍA

RITA, MAESTRA EN EL ARTE DEL PERDÓN Y DE LA PAZ


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1. Señal de la cruz

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor Dios nuestro; en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.


2. Acto de contrición

Yo confieso ante Dios todopoderoso y ante ustedes, hermanos, que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión; por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa.

Por eso ruego a Santa María, siempre Virgen, a los Ángeles, a los Santos y a ustedes, hermanos, que intercedan por mí ante Dios, nuestro Señor.


3. Oración preparatoria para todos los días

Señor y Dios nuestro, admirable en tus Santos. Venimos a ti, el único Santo, atraídos por el ejemplo de Rita, tu hija predilecta. Nos encomendamos a su poderosa intercesión y queremos imitar su vida de santidad.

Pues tú nos mandaste: “Sean santos porque Yo soy santo”. A la vez, tu Hijo nos ordenó: “Sean perfectos como su Padre celestial es perfecto”.

Padre de bondad, concédenos poder contemplar durante esta novena con gran admiración y devoción las maravillas que obraste en tu sierva Rita.

Hoy nos unimos a todos los devotos de santa Rita para darte gracias por los ejemplos de santidad que en ella nos dejaste. Concédenos imitarla en la tierra, para que así podamos alabarte con santa Rita y con todos los santos para siempre en el cielo.

Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que contigo vive y reina en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.


4. Datos biográficos

Humanamente, Rita tenía más que motivos para vivir resentida y violenta o agresiva.

Parecería que la “mala” suerte se ensañó con ella: no le dejaron seguir sus primeras inclinaciones a la vida religiosa; le tocó un esposo difícil; se lo mataron y seguramente no le hicieron justicia; se queda viuda tempranamente; pierde a sus hijos; queda indefensa en el mundo; por un tiempo fue rechazada en su deseo de ingresar al convento; en el claustro sufrió soledad; no faltarían comentarios insulsos y hasta maliciosos tanto fuera como dentro del convento sobre su comportamiento, sus éxtasis, el estigma de la espina…

Y Dios callaba, no respondía a sus oraciones y penitencias. Su existencia fue un continuo calvario, hablando de tejas abajo. Ella no se merecía esa suerte. Todo le salía mal. ¿A quién ofendió ella? ¿Qué mal hacía para que Dios le diera ese trato?

Resulta tan incomprensible el dolor de Rita que muchas personas temen acercarse a ella o hacerse devotos suyos porque piensan que tal devoción les traería pruebas y sufrimientos.

Es una reacción comprensible; pero debemos considerar la otra parte de la moneda: la felicidad que Rita gozó ya aquí en la tierra, la paz interior que nada ni nadie le pudo arrebatar, y que se prolonga en el cielo, y que repercute en sus fieles devotos de todos los tiempos.

Parecía razonable y aun justo que Rita estuviera en conflicto con sus propios orígenes.

Podríamos pensar en una niña rebelde, inquieta y caprichosa por ser hija única, con padres ancianos que difícilmente la entendían, sin hermanitos de su edad como complemento, compañía, punto de referencia, etc.; con unos padres “excesivamente religiosos y sobreprotectores”, que de todas formas interfieren o coartan el desarrollo de la personalidad de Rita, que no le dejan seguir sus inclinaciones por consagrarse a Dios y casi le obligan a casarse con un joven noble e importante, pero difícil de carácter que le hizo sufrir mucho.

Podría haberse rebelado, o sentirse víctima de un atropello, o aprovecharse para suscitar lástima en los demás o justificación para seguir sus caprichos.

Sin embargo, la historia apenas insinúa esa posible rebeldía conflictiva de Rita; más bien todo es armonía, silencio, obediencia, espontaneidad. No hay fricciones: la niña crece y se desarrolla en total sintonía con sus padres, con sus valores culturales y religiosos.

Sumisa a las orientaciones que recibe: crece íntegramente en cuerpo y alma, siendo la admiración de sus parientes y orgullo de sus padres. Asume con espontaneidad y alegría todas las expectativas de sus padres y de la sociedad sobre ella. Es confiada, no está a la defensiva ni recela.

En principio no tiene prejuicios sobre nadie ni sobre nada. Es receptiva, respetuosa. Quiere aprender, porque es consciente de que no sabe todo. No ve mala intención en los demás, comenzando por sus propios padres.

También en el aspecto religioso, de acuerdo a su crecimiento, experimenta la presencia de Dios. Por su inocencia y el ambiente que le rodea avanza rápidamente en el amor del Señor; le subyuga la mansedumbre del Divino Redentor muerto en la cruz, y de su corazón infantil brotan ríos de ternura y compasión.

Tanto que todo el tiempo le parece poco para acompañar al Cristo despreciado en la Cruz o escondido en la Eucaristía. Aquí debió de encontrar una escuela de oración que le transportaba hasta el cielo y que le iba forjando como una persona feliz, segura de sí misma, y sobre todo, segura de Dios y del amor de sus padres, el primer sacramento del amor incondicional de Dios hacia ella.

Indudablemente, aquí, como en casi todos los relatos de su vida, constatamos la idealización que montó la literatura hagiográfica y preciosista en torno a la figura de santa Rita. Sin embargo, en ese ropaje literario, descubrimos la obra portentosa de la gracia, secundada por la disponibilidad del creyente.

Quizás adrede esa literatura deja vacíos para que el alma creyente de cada uno de nosotros los vaya llenando de evangelio y vaya como recreando lo que pudo ser y lo que fue de hecho la andadura de Rita, o la guía de Dios en la vida de Rita. En todo ello descubriremos también lo que puede ser de hecho en cada uno de nosotros. No está bien que se nos diga todo. El Espíritu alienta nuestra imaginación para ir recreando todo de acuerdo a nuestros deseos de Dios y a nuestra generosidad…

Pero volvamos a Rita. En su desarrollo de niña y adolescente, todo parecía prometedor; sentir incluso la vocación religiosa era algo maravilloso, aunque nada estaba determinado, predestinado. Lo importante era gustar el amor de Dios, lo único necesario. Sentirse en sus manos y moverse en su santa Providencia.

Pues bien, en ese momento precisamente se interpone la voluntad y decisión de sus padres: es preciso casarla cuanto antes asegurando su futuro; ellos van avanzando en la vida y Rita no tiene hermanos.

La adolescente y joven Rita pudo rebelarse por este “aparente atropello”. Pudo quejarse contra Dios que así respondía a su incipiente consagración religiosa y a sus intenciones más nobles y generosas. ¿No parecía un desaire de parte de Dios, e incluso un rechazo? ¿Qué había hecho ella? ¿Eran acaso interesadas sus intenciones? ¿Por qué le hacía Dios consentir en algo imposible? ¿Estaría Dios jugando con sus sentimientos?

La joven Rita pudo buscar aliados en su familia, pudo resentirse porque nadie tomó en serio sus ideales, su originalidad e iniciativa personal; no la tomaron en serio hasta sacar la cara por ella. Finalmente pudo rechazar al hombre que le imponían sus padres; al fin y al cabo, ella era la que se casaba; se trataba de su propio futuro, eran cosas muy personales y, por tanto, sagradas. Estaba de por medio su dignidad, diríamos hoy. ¿Y en qué consiste esa dignidad? Bien, sigamos.

Nuestra Santa no asume esas reacciones defensivas, reivindicativas. Nada de eso. Con serenidad, con abnegación de su propia voluntad rastrea los caminos de Dios en medio de la sorpresa, del dolor, de la confusión, pero siempre en actitud humilde y esperanzada. Y la luz se fue abriendo paso en el horizonte oscuro… y resultó que todo estaba bien, que todo era razonable. Nada se perdería. Dios era el mismo, no se mudaba.

Rita fue creciendo y madurando, llena de hermosura y aplomo ante Dios y ante los hombres, no sin abnegaciones personales, a veces en silencio casi insoportable, y aprendiendo a sufrir obedeciendo, aprendiendo la verdadera libertad. Así, Rita se enamoró del marido que le proponían o le imponían. Quiso enamorarse, y lo amó de verdad, en el amor de Dios.

Ella ponía todo de su parte, gracias a su obediencia y oración continua, tratando de asumirlo todo, tal como Dios lo permitía y lo disponía. El matrimonio le acarreó mucho sufrimiento por la escasa correspondencia de su esposo. Irresponsable y violento llegó hasta el maltrato, según cuenta la historia.

Mientras tanto, Rita no devolvía mal por mal; disculpaba, no contaba a los demás su calvario interior buscando compasión o preocupando inútilmente a otros; se refugiaba en Dios. Ella había querido siempre ser fiel a los designios de Dios, manifestados en las circunstancias humanas.

Rita no juzga el comportamiento de su esposo Fernando. Ella trata de comprender su violencia; no está en paz consigo mismo y por eso, la proyecta afuera. Quizás él mismo sufrió violencia en algún tiempo y ahora se estaba defendiendo, protegiéndose. Seguramente él sufre por ser así, por reaccionar de esa manera. Le gustaría ser diferente, llevar de otra manera su hogar, hacerse digno de tal esposa y de los hijos que Dios le confía.

Rita, en vez de acusar o despreciar, trata de sentir tierna compasión por Fernando que sufre en su interior este drama doloroso. Rita ansía que Fernando pueda confiarle su intimidad. De una y mil formas, Rita intenta ganarse la confianza de su esposo; no desespera. El amor le inspira en cada momento lo más oportuno, lo demás no depende de ella.

Podría haber renegado también de tantas rivalidades y problemas entre sus propios parientes o paisanos; podría haber soñado en vivir en otras circunstancias menos conflictivas, con otro esposo, en otra familia; habría sido distinto… Ahí no se podía hacer nada… Pudo haber huido de aquel infierno, pues no era justo que lo tuviera que sufrir, no se lo merecía…

Cuando todo parecía arreglarse, le arrebatan violentamente al esposo; ya estaba dando señales de conversión y acercamiento a Dios. Ahora ni siquiera está cierta de su salvación eterna… Podría haberle permitido Dios algo más de vida para que se confirmara en la fe…

¿Hasta cuándo, Señor? ¿Por qué me pasan a mí estas cosas? ¿Por qué me castiga Dios de esta manera? ¿Y qué va a ser de mí, condenada a ser padre y madre para mis hijos, sin medios y sin trabajo remunerado? ¿Por qué tienen que ver todo esto mis hijos, ellos son inocentes? ¿Por qué tienen que sufrir también ellos? Que me lo carguen a mí, para que ellos no sufran, que no los toquen… ¿Qué va a ser de ellos sin padre? Ya basta, ya no puedo más, no doy más. ¿Hasta cuándo?

Por otra parte, parece que nadie me toma en serio, ya están acostumbrados a verme sufrir, desvalida… “Ése es su destino”, dicen algunos.

Rita podría haberse acabado la vida pensando en los asesinos de su esposo, en su maldad, lamentándose por no haber sabido prevenir o intuir el peligro que corría. Podría haber martillado su cabeza lamentándose por su torpeza, maldiciendo su suerte o soñando en vengarlo. Nada de eso. Sólo busca el perdón de Dios para todos y la obediencia a Dios en todo lo que él permite. Pues al fin y al cabo, Él gobierna como le place, todo lo permite. Es el único justo y sabio. Todo lo hace bien.

Sus hijos arden con deseos de venganza. Rita no reniega, no cae en depresión, no se abandona y se hunde, causando el caos en el hogar, sino que, como la mujer fuerte de Proverbios, se olvida de su propia pena, saca fuerzas de su debilidad para pensar en los demás, en sus hijos sobre todo, y no preocuparlos ni culpabilizarlos, comprende a sus hijos, acoge, arropa, ora ininterrumpidamente, y deja que Dios disponga y abra caminos.

Sus hijos son suyos ciertamente; pero no le pertenecen de manera exclusiva. Antes que suyos, son de Dios. Él también los ama y se preocupa de ellos, más que ella incluso. Al fin y al cabo es problema de Dios, más que de ella. Él verá…

Y queda viuda. Sin embargo, cada vez es menor la confusión, menor la lucha: la corriente de amor, de perdón y de paz es más poderosa cada vez en su vida. Es un río ancho en medio de la selva tropical: no sabe uno hasta dónde llegan sus aguas, no sabe uno dónde están sus riberas; avanza sereno hacia el mar, imperturbable.

Y así, los horizontes son cada vez más luminosos en la vida de Rita. El poder de Dios encuentra menos obstáculos. Su gloria refulge galanamente en la debilidad humana. También en el convento hay pecado. La espina despide un olor fétido, casi insoportable; las hermanas no siempre aciertan a disimular su repulsa. Son humanas. El hábito no hace al monje.

Rita se ve obligada a recluirse en una celda apartada; quizás oye comentarios acerca de los motivos de su ingreso, de la oportunidad de su admisión, de su dudosa idoneidad para la vida religiosa; quizás algunas personas, incluso, religiosas, dudan acerca del origen divino de su llaga. Quizás es un castigo de Dios… Cuando pide la gracia del jubileo para irse a Roma, le exigen la cura inmediata. Rita no reclama nada, platica solamente con su Amo y Señor.

Así Rita se consume en el amor y el perdón. Se apaga una existencia feliz y fecunda en la tierra para brillar y amanecer eternamente en la gloria de Dios, al servicio de los hombres, sobre todo de sus devotos de todos los tiempos. Rita abarca ambas riberas, por la gracia de Dios, para su bien y el de la Iglesia.

5. Fuentes bíblicas

Rita aprendió de sus padres a ser pacificadora, conforme a la exhortación de san Pedro en su primera carta:

Finalmente, tengan todos un mismo sentir; compartan las preocupaciones de los demás con amor fraternal; sean compasivos y humildes, no devuelvan mal por mal, no contesten el insulto con el insulto; al contrario, bendigan, ya que fueron llamados a bendecir, y a alcanzar ustedes mismos, por ese medio, las bendiciones de Dios. Porque el que de veras busca gozar de la vida y quiere vivir días felices, cuide que su lengua no hable mal, y que de su boca no salga el engaño. Aléjese del mal y haga el bien, busque la paz y corra tras ella…

¿Y quién les podrá hacer daño si ustedes se afanan en hacer el bien? Por lo demás, felices ustedes cuando sufran por la justicia: no teman las amenazas, ni se turben… Es mejor sufrir por hacer el bien, si tal es la voluntad de Dios, que por hacer el mal (1 Pedro 3, 8-11.13-14.17).

Indudablemente, Rita aprendió del Crucificado el perdón a los enemigos: “Perdónalos porque no saben lo que hacen”. Rita resume las características de los hijos de Dios.

Ustedes saben que se dijo: Ama a tu prójimo y guarda rencor a tu enemigo. Pero yo les digo: Amen a sus enemigos y recen por sus perseguidores. Así serán hijos de su Padre que está en los cielos. Él hace brillar el sol sobre malos y buenos y caer la lluvia sobre justos y pecadores.

Porque si ustedes aman a los que los aman, ¿qué premio merecen? ¿No obran así también los pecadores? ¿Qué hay de nuevo si saludan sólo a sus amigos? ¿No lo hacen también los que no conocen a Dios? Por lo tanto, sean perfectos como es perfecto su Padre que está en el cielo (Mateo 5, 43-48).

Parábola del siervo malvado:

El reino de los Cielos es semejante a un rey que resolvió arreglar cuentas con sus empleados. Cuando estaba empezando a hacerlo, le trajeron a uno que debía diez millones de monedas de oro. Como el hombre no tenía para pagar, el rey dispuso que fuera vendido como esclavo, junto con su mujer, sus hijos y todas sus cosas, para pagarse de la deuda.

El empleado se arrojó a los pies del rey, suplicándole: “Ten paciencia conmigo y yo te pagaré todo”. El rey se compadeció y no sólo lo dejó libre, sino que además le perdonó la deuda.

Pero apenas salió el empleado de la presencia del rey, se encontró con uno de sus compañeros que le debía cien monedas; lo agarró del cuello y casi lo ahogaba, gritándole: “Paga lo que me debes”. El compañero se echó a sus pies y le rogaba: “Ten un poco de paciencia conmigo y yo te pagaré todo”. Pero el otro no lo aceptó. Al contrario, lo mandó a la cárcel hasta que le pagara toda la deuda.

Los compañeros, testigos de esta escena, quedaron muy molestos y fueron a contarle todo a su patrón. Entonces el patrón lo hizo llamar y le dijo: “Siervo malo, todo lo que me debías te lo perdoné en cuanto me suplicaste. ¿No debías haberte compadecido de tu compañero como yo me compadecí de ti?” Y estaba tan enojado el patrón que lo entregó a la justicia, hasta que pagara toda su deuda.

Y Jesús terminó con estas palabras: “Así hará mi Padre Celestial con ustedes, si no perdonan de corazón a sus hermanos” (Mateo 18, 23-35).

Rita practicó los sabios consejos de san Pablo:

Que el amor sea sincero. Aborrezcan el mal y cuiden todo lo bueno. En el amor entre hermanos, demuéstrense cariño unos a otros. En el respeto, estimen a los otros como más dignos. En el cumplimiento del deber, no sean flojos. En el espíritu, sean fervorosos y sirvan al Señor.

Tengan esperanza y estén alegres. En las pruebas, sean pacientes. Oren en todo tiempo. Con los creyentes necesitados, compartan con ellos. Con los que están de paso, sean solícitos para recibirlos en su casa. Bendigan a quienes los persiguen, bendigan y no maldigan. Alégrense con los que están alegres, lloren con los que lloren. Vivan en armonía unos con otros.

No busquen las grandezas, sino que vayan a lo humilde. No se tomen por unos sabios. No devuelvan a nadie mal por mal; procuren ganarse el aprecio de todos los hombres. Hagan todo lo posible, en cuanto de ustedes dependa, para vivir en paz con todos. No se hagan justicia por ustedes mismos, queridos hermanos; dejen que Dios sea el que castigue.

Ya la Escritura lo dice: “Yo castigaré, yo daré lo que corresponde”. Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber, haciendo eso amontonarás brasas sobre tu cabeza. No te dejes vencer por lo malo; más bien vence el mal a fuerza del bien (Romanos 12, 9-21).

 

6. Consideraciones bíblicas, sicológicas y espirituales: la sanación por el perdón

La falta del perdón constituye quizás el mayor mal de la humanidad. El perdón es una de las manifestaciones más inmediatas e importantes del amor. Así como el amor es la señal indicativa de que hemos pasado de la muerte a la vida, de igual forma el perdón confiere vida al creyente y transmite vida a los demás.

Por eso el hombre necesita estar en paz y poder perdonar. Quien no perdona; está muerto: vive inquieto, violento. Por lo demás, el que odia es un homicida.

De ahí, que Dios quiere que perdonemos. Hemos de reconocer, para empezar bien, que humanamente hablando, es imposible perdonar y olvidar. Pues, por naturaleza, somos susceptibles, resentidos, vengativos; y sin embargo, Dios no sólo quiere que perdonemos; nos manda perdonar.

Nos manda imitarle: “Sean santos como Yo soy santo. No juzguen, no devuelvan mal por mal… así serán hijos del Padre Celestial que hace salir el sol sobre buenos y sobre malos”.

El perdón se aplica a tres niveles de realidad: uno mismo, los demás y Dios.

Mucha gente no se perdona a sí misma; se lamentan constantemente de sus faltas pasadas, maldicen su suerte, sus propios orígenes, tienen un concepto muy miserable de sí mismos, les falta autoaprecio y compasión o ternura para consigo mismos. Por tanto, estas personas deben aprender a recibir el amor de Dios; pues para Dios son valiosos. Él espera mucho de ellos. Él tiene un plan muy especial para ellos.

En un segundo nivel, encontramos a muchas personas que no perdonan a los demás, no pueden perdonar a sus enemigos, ni olvidar las ofensas; recuerdan el daño que les causaron y lo siguen sintiendo como en carne viva, a flor de piel; es algo que no pueden sacarse de encima; esperan poderse vengar algún día, reivindicar sus derechos; sueñan con el día en que, por fin, se les haga justicia y todo quede aclarado, y todo el mundo les dé la razón, y sea reconstruida su dignidad.

Finalmente, hay gente que se ofende con Dios porque “les quitó un ser querido, porque les va mal en la vida, porque parecería que Dios los castiga sin motivo alguno; pues no se merecen tales males; al revés, son honestos, cumplen con Dios y con los hombres, según su conciencia.

Los tres niveles están implicados. Cuando se vive honestamente la relación con uno mismo, por ejemplo, se mejora la relación con Dios y con los demás. Por otra parte, perdonarse a sí mismo, perdonar a los demás y perdonar a Dios, supone un proceso; no es un momento instantáneo; se aprende a perdonar.

Es un arte, el arte de perdonar. Supone aprendizaje. Nadie está exento de este ejercicio que supone esfuerzo. No hay privilegiados por más que tengan un carácter afable o un temperamento pacífico. ¿Qué pasos dar hacia el perdón?


* El primer paso consiste en romper el tifón que nos domina y nos hace recordar obsesivamente el mal que nos causaron. Se martiriza uno a sí mismo: la obsesión martillea la mente, causando dolor de cabeza, presión alta, alucinamiento o hipertensión y a veces amago o principio de locura, incluso.

La persona está como fuera de sí, no vive, no descansa; es preciso desviar la atención de “mi” herida que aún sangra, salir de uno mismo para considerar a la persona que nos ha ofendido, salir para ver la realidad, objetiva y un poco más imparcialmente. Es bueno distraerse, quitar la atención, renunciar a la obsesión.


* En segundo lugar, es preciso renovar la memoria para considerar todo lo bueno que esa persona enemiga nos proporcionó en el pasado. El demonio hacía pecar constantemente al Pueblo de Israel en su éxodo de Egipto, porque les arrebataba la memoria de los portentos que Dios había hecho con ellos; les borraba el recuerdo de lo bueno, y les mostraba con exageración las dificultades del momento.

Por tanto, debemos ser más justos considerando en conjunto la relación con esa persona que nos hirió o nos está hiriendo, real o supuestamente; o la relación con Dios. Ampliar la visión. Ser más justos.


* Un tercer paso hacia el perdón total consiste en tratar de comprender; o sea, considerar a la persona integralmente, en todo su ser consciente e inconsciente. Pues no conocemos sino la periferia de las personas; ignoramos sus múltiples limitaciones en su conciencia, en su voluntad y, por tanto, en su capacidad de decisión y de responsabilidad en lo que hacen.

Debemos admitir que nadie es malo sin motivo, gratuitamente; en principio, no hay personas malvadas o completamente perversas; ellas seguramente son las que más sufren por su incapacidad o maldad. ¡Qué más querrían ellas que ser distintas, no haber cometido tales errores, reaccionar mejor con sus propios familiares, etc.! Pero no pueden, no saben, no aciertan.

Escribe así el padre Larrañaga:

“Él parece orgulloso, no es orgulloso. Es timidez. Parece un tipo obstinado, no es obstinación. Es un mecanismo de autoafirmación. Su conducta parece agresiva contigo; no es agresividad, es autodefensa, un modo de darse seguridad; no te está atacando, se está defendiendo. Y tú estás suponiendo perversidades en su corazón. ¿Quién es el injusto y el equivocado?

Ciertamente, él es difícil para ti; más difícil es para sí mismo. Con su modo de ser sufres tú, es verdad; más sufre él mismo. Si hay alguien interesado en este mundo en no ser así, no eres tú, es él mismo. Le gustaría agradar a todos, no puede… Le gustaría vivir en paz con todos, no puede… Le gustaría ser encantador…

¿Tendrá él tanta culpa como tú propones? En fin de cuentas, ¿no serás tú, con tus suposiciones y repulsas, más injusto con él? Si supieras comprender, no haría falta perdonar” (Encuentro, pág. 132).


* En cuarto lugar, es preciso suspender el juicio sobre nuestros enemigos. Por dos razones: primero, porque no podemos sopesar la culpabilidad, y, segundo, porque el juicio pertenece a Dios. Nuestro hermano no nos pertenece. Su conducta debería dolernos, no tanto por lo que nos ofende a nosotros mismos, sino por lo que se ofende y perjudica a sí mismo, y ofende sobre todo a Dios, que lo creó y lo redimió. A Dios pertenece. Dios ha hecho infinitamente más que nadie por él, por eso, a él le ofende infinitamente más que a nosotros. Al fin y al cabo, ¿qué nos debe a nosotros…?

Hasta cierto punto, que nuestro prójimo se pierda o se salve, es problema más de Dios que nuestro; más le afecta a Él que a nosotros. Es preciso, por tanto, respetar los derechos de Dios; a Él le compete juzgar, pues Él lo ve todo. Él juzgará con justicia, verdad y misericordia.

Dios es celoso de su derecho: sólo Él es juez por ser el dueño. Ni siquiera juzga el Hijo, sólo el Padre. A nosotros nos desborda esa tarea. No nos pertenece. No sabemos apenas nada, ni siquiera nos entendemos a nosotros mismos… Además, la ofensa inferida a nosotros es ridícula comparada con la inferida o causada a Dios.


* En quinto lugar, no podemos saber si somos mejores que los demás, porque no sabemos las gracias que han recibido de Dios. Pues “mucho se le exigirá a quien mucho se le confió”. Quizás tú, en el caso de tu hermano, habrías hecho cosas peores. Por otra parte, él no debe responder ante ti, sino ante Dios.

¿Quién sabe si, ante Dios, tiene más méritos que tú? Si todo lo has recibido de Dios, ¿de qué te glorías? Si tu hermano hubiera recibido lo que has recibido tú… quizás estaría respondiendo a Dios mejor que tú. Dice san Pablo: “¿Por qué te comparas o desprecias a tu hermano?”. Por tanto, como no sabemos, san Pablo nos sugiere la manera de evitarnos mil enredos: “juzguen a los demás como más dignos”. Y se acabó el pleito.


* Por consiguiente, en sexto lugar, no podemos ser muy exigentes con los demás, no sea que desesperemos al pecador y lo empujemos al abismo. Sólo Dios puede exigir. Nuestra responsabilidad es bien concreta: acoger siempre, disculpar siempre, pensar lo mejor. Y así nunca pecaremos.

Se suele decir: “piensa mal y acertarás”. Nosotros decimos: “piensa bien y nunca pecarás”. Piensa bien –aunque a veces te equivoques, pero sólo en un primer momento– y empujarás siempre al pecador a superarse, porque el amor es creativo, rehabilita a la persona, la estimula a ser otra; no le consiente quedarse en el pecado.

El amor todo lo perdona, cree y confía sin límites. Empuja a la persona amada hacia lo que Dios quiere de ella, la estimula y la transforma en algo que está siempre más allá, la eleva. En fin, la recrea o rehace.


* En séptimo lugar, excusar siempre a los demás y acusarse uno a sí mismo. No se trata de compararse para ver quién tiene más culpa o merecimiento; se trata de aprender en todo, crecer a porfía, reconocer que Dios mismo es quien nos pastorea en todo y por todo cuanto sucede.

Hay que ser, eso sí, ovejas de su redil que escuchan su voz; por tanto, excusar siempre a los demás y acusarse uno mismo para ver en qué puedo corregirme o en qué puedo crecer aun más para complacer a Dios, no tanto los hombres. A Él tenemos que rendir cuentas y Él lleva nota de todo. No hay privilegiados ante Dios. A quien mucho se le dio, mucho se le exigirá, y a quien tiene se le dará aún más, y tendrá en abundancia, de sobra. Nos envía para que llevemos mucho fruto.


* Un paso más, el octavo: verlo todo desde la fe; nadie nos ha ofendido, sino que Dios lo ha permitido para nuestro bien. No nos enredemos en consideraciones humanas de causas segundas; no ha sido la casualidad, ni la mala suerte, ni la maldad humana, ni la necesidad fatalista… Es Dios quien ha permitido todo lo que nos pasa, los demás no pueden hacer nada que Dios previamente no autorice.

Porque sólo Él es Dios: “Dios es fiel, y no permitirá que seamos tentados por encima de nuestras fuerzas”. Dios, por supuesto, no quiere el mal, pero es capaz de transformar el mal en bien, no para todos sino para aquellos que perseveran en la oración humilde y también imitan el ejemplo de Jesucristo. Dice san Pablo que “todo contribuye para el bien de los que Dios ama o que aman a Dios”.

Por consiguiente, nada ni nadie puede arrebatar la paz al creyente; él se siente en manos de su Padre y permanece impasible e inexpugnable. Nada ni nadie puede empañar la felicidad de los elegidos de Dios, los verdaderos hijos de Dios. Su felicidad no depende de las circunstancias externas, ni de la correspondencia de los humanos, ni siquiera del propio cónyuge o de los hijos.

En fin, la felicidad depende de uno mismo y de Dios, básica y principalmente. Si mi felicidad dependiera de algo exterior a mí, Dios sería injusto porque yo no sería libre, no sería persona, ni Cristo sería el Señor.


* En noveno lugar, es preciso renunciar a llevar la razón o reivindicar mis derechos. Renunciar a que me hagan justicia los humanos algún día. Renunciar lo más decididamente posible, borrar esa posibilidad como condición para comenzar a vivir en paz. Entregar a Dios mis derechos: que Él haga justicia, que los asuntos de Dios sean más importantes que los míos… al fin y al cabo, ¿quién soy yo? ¿Qué me he creído?

Renunciar quiere decir también perdonar, entregarlo a Dios todo y olvidar, poder respirar hondo y sacarse de encima ese peso que oprimía; sentirse liberado de esa maraña asfixiante. Entregarlo todo, desatar a mi hermano, dejarlo libre ante Dios, y olvidar para siempre esa pesadilla que no nos dejaba vivir, pues teníamos que estar custodiando a nuestro hermano maniatado y encarcelado por nuestro resentimiento y venganza.

Más aun, rezar por la persona que nos ofendió, pedir lo mejor para ella. Al rezar estamos ejercitando el amor hacia ese hermano. Ahora tratamos incluso de bendecir a Dios por todo lo que pasó ya que fue para nuestro bien y para su gloria. Bendecimos a Dios, no por el mal, sino porque su amor es infinito hacia nosotros y hacia el hermano; y saca bien siempre aunque sea de lo malo, porque Él no se mueve por las apariencias, ni según el criterio humano, sino según su gran misericordia.

Ya no se ve con malos ojos que Dios sea bueno con el hermano, y que haga lo que quiera con él. Tiene derecho a hacerlo; nosotros no tenemos al Esposo, oímos su voz y nos alegramos, y esto es bastante y suficiente; es nuestra herencia perpetua y nuestra medida rebosante que recibimos siempre del Señor. ¡Gloria al Señor, Padre de todos! ¿Por qué íbamos a ver con malos ojos que Dios sea bueno? ¿No es Él el único Dios?


Para concluir, podríamos ejercitarnos en la práctica del perdón, fomentando sentimientos de compasión, interés y sobreabundancia de cariño, siempre y por sistema, respecto de todos nuestros hermanos, sin excepción, sea cual fuere su situación social, religiosa, familiar, moral, política, etnológica, cultural. De esta forma entraríamos en el mundo ancho y maravilloso del amor infinito de Dios que nos hace realmente hijos suyos.

Estas actitudes cristianas son especialmente hoy necesarias, pues la globalización hace que nos lleguen las noticias buenas, pero también y con mayor frecuencia las malas. Y ante las injusticias y el poder del mal en el mundo, estamos tentados de desesperanza, de reniego, de radicalismos que no son evangélicos.

Permanecer en el amor y la compasión, inocentes como palomas y prudentes como serpientes… viene a ser hoy como un milagro para nosotros… Permanecer en la misericordia incondicional hacia todo ser humano es nuestra tarea más urgente, quizás, y nuestro mayor testimonio frente a tanto radicalismo y violencia de los que no conocen a Dios. Pues por sus obras los conocerán…

7. Peticiones o plegaria universal

Presentemos a Dios nuestras peticiones implorando que nos inspire el Señor sentir y actuar como lo hizo santa Rita en toda su vida.

1. Señor, que te has revelado a los hombres,
– por la intercesión de santa Rita, muéstranos tu rostro, aumentándonos la fe en tu palabra de verdad, y nuestro amor a tu Hijo Jesucristo.

Invitación: Roguemos al Señor.
Respuesta: Te lo pedimos, Señor.

2. Señor, tu sierva santa Rita conservó la paciencia en medio de tantas pruebas y tribulaciones;
– haz que en nuestra vida no seamos jamás motivo de molestia, o irritación para los demás.

3. Señor, que te glorificaste en la vida familiar de santa Rita, utilizándola como instrumento de salvación para su esposo y sus hijos;
– haz que nosotros seamos colaboradores tuyos en la salvación de los hombres, comenzando por nuestros propios hogares, comunidades religiosas o eclesiales.

4. Señor, que concediste a santa Rita la constancia de llamar a las puertas del monasterio hasta ser admitida como religiosa;
– haz que aprendamos el valor del sacrificio y el de la perseverancia en todas las circunstancias de nuestra vida.

5. Señor, que moviste a santa Rita para que prefiriese la muerte de sus hijos a verlos manchados por el pecado del odio y de la condenación eterna,
– enséñanos a perdonar a nuestros enemigos y a vivir en paz con todo el mundo, para que así podamos gozar nosotros mismos de tu paz y bendición.

6. Señor, que diste a santa Rita la paz y la tranquilidad en el monasterio después de tantas penas como había sufrido,
– suscita muchas vocaciones a la vida religiosa, donde muchos hijos tuyos alcancen lo único necesario y adelanten el Reino a este mundo.

7. Pídase y formúlese ante el Señor la gracia específica que se desea obtener por la intercesión de santa Rita en esta novena.

8. Señor, que por tu resurrección venciste a la muerte y permitiste que Rita participara de tu victoria,
– concede la vida eterna a todos los fieles difuntos y en particular a los devotos de santa Rita.

Peticiones para el noveno día

9. Dios Todopoderoso, que gobiernas el mundo con sabiduría y amor y que juzgas a cada uno según sus obras con justicia y misericordia,
– ayúdanos, por intercesión de santa Rita, a no juzgar a nadie, para ser libres de todo mal, y servirte con verdad y tranquilidad.

10. Oh Dios, el único Santo, que nos mandas perdonar siempre para llegar a ser verdaderos hijos tuyos,
– concédenos, por intercesión de santa Rita, poder perdonar con sinceridad a nuestros enemigos y gozar de tu paz abundante.

 

Oración conclusiva

Dios Todopoderoso, que te dignaste conceder a santa Rita amar a sus enemigos y llevar en su corazón y en su frente la señal de la pasión de tu Hijo, concédenos, siguiendo sus ejemplos, considerar de tal manera los dolores de la muerte de tu Hijo que podamos perdonar a nuestros enemigos, y así llegar a ser en verdad hijos tuyos, dignos de la vida eterna prometida a los mansos y sufridos.

Te lo pedimos por el mismo Jesucristo nuestro Señor. Amén.

8. Padre Nuestro, Ave María y Gloria (tres veces).

9. Oración final para todos los días

Oh Dios y Señor nuestro, admirable en tus santos, te alabamos porque hiciste de santa Rita un modelo insigne de amor a ti y a todos los hombres.

El amor fue el peso de su vida que la impulsó, cual río de agua viva, a través de todos los estados de su peregrinación por este mundo, dando a todos ejemplo de santidad, y manifestando la victoria de Cristo sobre todo mal.

Ella meditó continuamente la Pasión salvadora de tu Hijo y compartió sus dolores “completando en su carne lo que faltaba a los sufrimientos de Cristo por su cuerpo que es la Iglesia”.

Aleccionada en su interior por la consolación del Espíritu Santo, Rita se convirtió en ejemplo de penitencia y caridad, experimentando continua y gozosamente, cómo la cruz del sufrimiento conduce a la alegría verdadera y a la luz de la resurrección.

De esta manera, se convirtió en instrumento de salvación al servicio del Dios providente, para bien de todos los hombres, sus hermanos, sobre todo en su propio hogar, en su familia, y finalmente en la comunidad agustiniana y en tu Iglesia.

Te damos gracias, oh Padre de bondad, fuente de todo don, y te bendecimos por las maravillas obradas en la vida de santa Rita de Casia, tu sierva. A la vez, te imploramos ser protegidos por su poderosa intercesión, de todo mal, llegando a cumplir tu voluntad en todas las circunstancias de nuestra vida, de acuerdo a los ejemplos de santidad que Rita nos dejó.

Te lo pedimos por Nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que contigo vive y reina en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.

10. Gozos a santa Rita

CORO

Tú que vives de amor,
y en el amor te recreas,
bendita por siempre seas,
dulce esposa del Señor.

ESTROFAS

1. Cual del ángel la belleza
difunde luz celestial,
exhalaba su pureza
tu corazón virginal.
Danos guardar esa flor,
que es la reina de las flores,
y ponga en ella su amor
el Dios de santos amores.

2. Santa madre, santa esposa,
en las penas y amarguras
brindaba tu amor dulzuras,
como fragancias las rosas.
Trocando en templo tu hogar
buscaste en Dios el consuelo:
almas que saben amar
hacen de un hogar un cielo.

3. Como esposa del Señor
con alma de serafín,
en tu amor ardió el amor
del corazón de Agustín.
Amor que Dios galardona
y en prenda de unión divina,
brota en tu frente una espina
y una flor en su corona.

11. Himno a santa Rita de Casia

Gloria del género humano,
Rita bienaventurada,
sé nuestra fiel abogada (tres veces)
cerca del Rey soberano.

Nido de castos amores,
fue tu corazón sencillo,
claro espejo, cuyo brillo
no hirieron negros vapores.
Haz que nunca amor profano
tenga en nuestro pecho entrada.

Gloria del género humano…

NOTA: Los contenidos de esta Novena a Santa Rita están tomados, con la debida autorización, del librito publicado por Ed. Paulinas, Lima 2015. Asociación Hijas de San Pablo, Lima, Perú.


Maná y Vivencias Cuaresmales (43), 17.4.19

abril 17, 2019

Miércoles Santo

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Sugerencia:

Preparación para recibir el sacramento de la Reconciliación. Se ofrecen orientaciones para la Confesión al final de esta entrada.


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¿Cuánto vale Jesús, El Señor, para ti? ¿En cuánto lo tasas?



Antífona de entrada: Filipenses 2, 10.8.11

Al nombre de Jesús, doble la rodilla todo cuanto hay en el cielo, en la tierra y en los abismos, porque el Señor se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por eso, el Señor Jesucristo está en la gloria de Dios Padre.


Oración colecta

Oh Dios, que para librarnos del poder del enemigo, quisiste que tu Hijo muriera en la cruz, concédenos alcanzar la gracia de la resurrección. Por nuestro Señor Jesucristo.

PRIMERA LECTURA: Isaías 50, 4-9

El mismo Señor me ha dado una lengua de discípulo, para que yo sepa reconfortar al fatigado con una palabra de aliento. Cada mañana, él despierta mi oído para que yo escuche como un discípulo.

El Señor abrió mi oído y yo no me resistí ni me volví atrás. Ofrecí mi espalda a los que me golpeaban y mis mejillas a los que me arrancaban la barba; no retiré mi rostro cuando me ultrajaban y escupían. Pero el Señor viene en mi ayuda: por eso, no quedé confundido; por eso, endurecí mi rostro como el pedernal, y sé muy bien que no seré defraudado.

Está cerca el que me hace justicia: ¿quién me va a procesar? ¡Comparezcamos todos juntos! ¿Quién será mi adversario en el juicio? ¡Que se acerque hasta mí! Sí, el Señor viene en mi ayuda: ¿quién me va a condenar?

SALMO 68, 8-10. 21-22. 31. 33-34

¡Señor, Dios mío, por tu gran amor, respóndeme!

Por ti he soportado afrentas y la vergüenza cubrió mi rostro; me convertí en un extraño para mis hermanos, fui un extranjero para los hijos de mi madre: porque el celo de tu Casa me devora, y caen sobre mí los ultrajes de los que te agravian.

La vergüenza me destroza el corazón, y no tengo remedio. Espero compasión y no la encuentro, en vano busco un consuelo: pusieron veneno en mi comida, y cuando tuve sed me dieron vinagre.

Así alabaré con cantos el nombre de Dios, y proclamaré su grandeza dando gracias; que lo vean los humildes y se alegren, que vivan los que buscan al Señor: porque el Señor escucha a los pobres y no desprecia a sus cautivos.

Aclamación antes del Evangelio:

¡Salve, Rey nuestro! Sólo tú te has compadecido de nuestros errores.

O bien:

¡Salve, Rey nuestro, obediente al Padre! Fuiste llevado a la crucifixión, como un manso cordero a la matanza.

EVANGELIO: Mateo 26, 14-25

Uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a ver a los sumos sacerdotes y les dijo: ¿Cuánto me darán si se lo entrego?

Y resolvieron darle treinta monedas de plata. Desde ese momento, Judas buscaba una ocasión favorable para entregarlo. El primer día de los Ácimos, los discípulos fueron a preguntar a Jesús: ¿Dónde quieres que te preparemos la comida pascual?

Él respondió, vayan a la ciudad, a la casa de tal persona, y díganle: ‘El Maestro dice, se acerca mi hora, voy a celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos’.

Ellos hicieron como Jesús les había ordenado y prepararon la Pascua. Al atardecer, estaba a la mesa con los Doce y, mientras comían, Jesús les dijo: Les aseguro que uno de ustedes me entregará.

Profundamente apenados, ellos empezaron a preguntarle uno por uno: ¿Seré yo, Señor?

Él respondió: El que acaba de servirse de la misma fuente que yo, ése me va a entregar.

El Hijo del hombre se va, como está escrito de él, pero ¡ay de aquél por quien el Hijo del hombre será entregado: más le valdría no haber nacido!. Judas, el que lo iba a entregar, le preguntó: ¿Seré yo, Maestro? Tú lo has dicho, le respondió Jesús.

Antífona de comunión: Mateo 20, 28

El Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud.


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VIVENCIAS CUARESMALES

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Me levantaré, volveré junto a mi padre y le diré: He pecado

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43. MIÉRCOLES SANTO
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TEMA: Al nombre de Jesús toda rodilla se doble -en el cielo, en la tierra, en el abismo-, porque el Señor se rebajó hasta someterse incluso a la muerte y una muerte de cruz; por eso Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Reza con todo fervor, unción y agradecimiento la Oración Colecta:

Oh Dios, que, para librarnos del poder del enemigo, quisiste que tu Hijo muriera en la cruz; concédenos alcanzar la gracia de la resurrección. Por nuestro Señor Jesucristo.

Los pasos del siervo son decididos, el Señor le da fuerzas. Isaías 50, 4-9: “Tengo cerca mi abogado, ¿quién pleiteará contra mí? Vamos a enfrentarnos: ¿quién es mi rival? Que se acerque”.

Aclamación: Salve, Rey nuestro, solamente tú te has compadecido de nuestros errores. Gracias, Señor, pues tú eres el único que me entiende y me toma en serio. Mil gracias, Señor. Tú seas bendito. Amén.

Sin embargo, él no recibe el mínimo de comprensión y consolación de nuestra parte: Espero compasión y no la hay (Salmo 68, 8 34).

Terrible pecado el de Judas, y pensar que Jesús lo eligió con amor de predilección y durante días, meses y años lo siguió embelesado y hasta le confiaron un servicio delicado en el grupo de los discípulos: la administración de las limosnas de la bolsa común.

Pero Judas comenzó a falsearse en pequeños asuntos, en detalles insignificantes, y se fue haciendo mañoso; y el que falló en lo poco se fue haciendo indigno de lo grande, y llegó hasta lo impensable, lo inaudito.

Quién lo iba a decir, si eran nimiedades. Y sin embargo, el fallo final es muy severo: “más le valdría no haber nacido”.

Escuchemos el relato evangélico. Piensa en tu honestidad, ante tu propia conciencia, ante Dios. ¿A qué das importancia? En cuestión de amor todo tiene su importancia; nada es despreciable. Es muy peligroso comenzar a trampear, porque no sabemos hasta dónde nos puede conducir la mala costumbre, el habituarnos a la mentira y la falsedad.

Repite hoy una y otra vez la oración sobre las ofrendas, pídelo de corazón: “Que consigas todos los frutos de la pasión de Cristo”. Comienza por escuchar reverentemente la descripción de sus padecimientos: 1era. lectura.

Con la oración poscomunión pide “sentir profundamente” la salvación, experimentar. Que toda tu persona quede marcada, seducida por el Señor. Que puedas decir con Job: Antes te conocía de oídas, ahora te han visto mis ojos. Lo que aprovecha es el Espíritu, la carne no sirve de nada; si no naces de arriba no puedes ver el reino de Dios.
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PREPARACIÓN PARA TU RECONCILIACIÓN INTEGRAL Y, POR TANTO, SACRAMENTAL


CONFESIÓN SACRAMENTAL

¿Cuál es la razón profunda de esta praxis eclesial de confesar también los pecados leves o veniales? La razón está, por un lado, en una vivencia gradual cada vez más intensa de la gracia del Bautismo. Un irnos conformando continuamente a la muerte de Cristo, para que se manifieste en nosotros la vida de Cristo.

Con ello el penitente se toma en serio el carácter combativo de la vida cristiana: el esfuerzo cristiano por alcanzar la salvación, pues el Reino de Dios exige entrega y laboriosidad de nuestra parte.

La segunda razón para recomendar la práctica frecuente del sacramento de la penitencia, sin pecados graves, la expresa de este modo Juan Pablo II:

“Hay que subrayar el hecho de que la gracia propia de la celebración sacramental tiene una gran virtud terapéutica y contribuye a quitar las raíces mismas del pecado”(Reconciliación y Penitencia 32).


EL ARREPENTIMIENTO

¿Qué es el arrepentimiento? No significa sólo que una persona reconozca haber actuado mal, y que anhele reparar el mal hecho, asumiendo responsablemente las consecuencias de pecado. Arrepentimiento no es solamente tener voluntad de mejorar. El arrepentimiento no se agota en esto. Es mucho más.

Arrepentirse significa apelar al Dios viviente. Dios es el único santo, inaccesible y que no transige ante la injusticia; pero, a la vez, es el Amor y el Creador, capaz no sólo de dar origen al hombre para que exista, sino de algo incomparablemente más hermoso: recrear, hacer nueva en toda su belleza original, la persona humana manchada por la debilidad y la culpa.

El arrepentimiento es un clamor que se hace al misterio más profundo del poder creador de Dios. Con la verdad de sus hechos se presenta el hombre ante Dios para decirle:

“Señor, confieso mi culpa. Acepto tus juicios. Estoy delante de ti y me declaro reo. Quiero que ganes en el juicio y que tu voluntad prevalezca sobre la mía porque yo sé que tú eres el único santo. Te amo con todo mi ser. Tú tienes toda la razón, aunque sabes que soy de barro. Contigo me juzgaré a mí mismo. Pero tú eres amor y apelo a tu compasión. No pretendo, Señor, de ninguna manera, sustraerme al rigor de tu justicia, porque tú eres siempre gracia y misericordia”.

Es decir, al hombre le toca arrepentirse, a Dios tener misericordia. Es un misterio en que se relacionan dos vidas para realizar una vida única de santidad: la vida del Dios amoroso que perdona y la vida del hombre creyente, capaz de arrepentirse.

Por eso, el arrepentimiento es un don de Dios. Yo, arrepintiéndome de mis pecados, no sólo no le oculto nada a Dios sino que vuelvo a la vida, me siento nuevo, y recomienzo. Casi diría, me rehago de nuevo.

Cuanto estamos expresando es un misterio grande que únicamente el Dios viviente nos puede hacer comprender y, sobre todo, experimentar.


PERDÓN DE DIOS

En el perdón, Dios continúa la creación, sigue atrayendo al hombre hacia sí y hacia su creación, con la intención de que se sumerja en lo inefable de su fuerza viviente y vivificadora.

Más todavía, Dios introduce al hombre en el misterio de su poder creador, que no es únicamente dar la vida a lo que no existe sino hacer inocente lo que ha sido culpable. Se realiza entonces una nueva creación: Dios introduce al hombre y su pecado dentro de sí mismo, en un misterio de amor inefable.

De allí el hombre sale nuevo e inocente. Dios ya no tiene que quitar su vista de este hombre, porque su culpa no existe. Tampoco nuestra conciencia tiene necesidad de desviar su mirada de nuestra persona porque la culpa ya no existe.


LA EXPERIENCIA DEL PERDÓN DE DIOS

Esta experiencia supone todo un proceso de conversión y vivificación. “Si nos acusa el corazón, Dios es más grande que nuestro corazón, y él lo sabe todo” (1 Juan 3, 20). El texto habla de una “acusación del corazón”, que parece no referirse únicamente a lo que diga la razón (“En esto fallaste”), o a lo que diga la conciencia (“En esto pecaste”).

Ambas acusaciones pesan mucho sobre el hombre. Pero la acusación del corazón pesa más todavía: Es algo que viene de las raíces de la vida. Es la vida misma la que te acusa diciendo: “Has sido injusto conmigo”.

Y en esta acusación late la tristeza de la juventud perdida; es también la sensación de haber perdido algo que ya no se puede recuperar; es el amor que no ha llegado a plenitud y que nos produce dolor; palpita igualmente la inquietud de una desolación indecible porque la vida reclama a gritos lo infinito, y pasa irremediablemente veloz.

Pero quien realmente y en el fondo nos acusa cuando el corazón acusa es Dios mismo. Es a él a quien hemos ofendido con nuestro pecado. Hemos ofendido la tierna y sana vida que él ha despertado en nuestro corazón. Hemos defraudado la sagrada confianza que él había establecido con sus hijos.

Así aparece el pecado en el Salmo 50. Es a una persona a la que hemos ofendido, a un Padre, que espera todos los días por si el hijo vuelve, al que llena de besos, a pesar de que quizás no vuelve muy arrepentido, sino más bien por interés.

Pero Dios es más grande que nuestro corazón. Si san Juan hace en su primera carta esta afirmación es que ahí está el remedio. Todo el bien que se haya podido perder es grande, pero Dios es todavía más grande.

El amor que ha sufrido una injusticia pesa muchísimo, pero Dios es un mar sin confines y en él se hace liviano lo pesado, por más grande que sea. Es muy grande la injusticia hecha a la vida por nuestros pecados, pero Dios es la vida, la gracia, el dador de la vida. Él es más que todo.

Por eso, Dios en el perdón de los pecados nos dice: Dales a estas cosas toda la seriedad que quieras, pero es a mí, tu Dios, al que le toca medirlas. Y sucede lo que siempre sucede cuando Dios se pone al frente de sus criaturas: que se esclarecen ellas mismas porque pierden lo que en ellas mismas había de limitación. Pero en Dios todo llega a su plenitud. Porque “él lo sabe todo”.

Este saber es tan luminoso como el sol y deja ver en su verdad la existencia de las cosas. Es un saber hondo como el mar. En él se hunde todo, y él lo abarca todo en su inmensidad. Es como el amor en el que se resuelven todas las cosas, pues “Dios es Dios”. “Yo soy Dios, el Viviente”. Ésta es la respuesta para todo y que lo abarca todo.

¡Quiera Dios concedernos la gracia de conocer verdaderamente quién es él!

San Agustín pedía: “Conózcame a mí, conózcate a ti”. “Tú, Señor, cancelaste todos mis malos merecimientos, para no tener que castigar a estas manos mías con las que me alejé de ti. Previniste todos mis méritos buenos para premiar a tus manos, con las que me hiciste” (Confesiones 13, 1).
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De las instrucciones de san Doroteo, abad
La causa de toda perturbación consiste en que
nadie se acusa a sí mismo.

Tratemos de averiguar, hermanos, cuál es el motivo principal de un hecho que acontece con frecuencia: A saber, que a veces uno escucha una palabra desagradable y se comporta como si no la hubiera oído, sin sentirse molesto, y en cambio, otras veces, así que la oye, se siente turbado y afligido. ¿Cuál, me pregunto, es la causa de esta diversa reacción?

¿Hay una o varias explicaciones? Yo distingo diversas causas y explicaciones y sobre todo una, que es origen de todas las otras, como ha dicho alguien: “Muchas veces esto proviene del estado de ánimo en que se halla cada uno”.

En efecto, quien está fortalecido por la oración o la meditación tolerará fácilmente, sin perder la calma, a un hermano que lo insulta. Otras veces soportará con paciencia a su hermano porque se trata de alguien a quien profesa gran afecto.

A veces también por desprecio, porque tiene en nada al que quiere perturbarlo y no se digna tomarlo en consideración, como si se tratara del más despreciable de los hombres, ni se digna responderle palabra, ni mencionar a los demás sus maldiciones e injurias.

De ahí proviene, como he dicho, el que uno no se turbe ni se aflija, si desprecia y tiene en nada lo que dicen. En cambio, la turbación o aflicción por las palabras de un hermano proviene de una mala disposición momentánea o del odio hacia el hermano.

También pueden aducirse otras causas. Pero si examinamos atentamente la cuestión, veremos que la causa de toda perturbación consiste en que nadie se acusa a sí mismo.

De ahí deriva toda molestia y aflicción, de ahí deriva el que nunca hallemos descanso; y ello no debe extrañarnos, ya que los santos nos enseñan que esta acusación de sí mismo es el único camino que nos puede llevar a la paz.

Que esto es verdad, lo hemos comprobado en múltiples ocasiones; y nosotros, con todo, esperamos con anhelo hallar el descanso a pesar de nuestra desidia, o pensamos andar por el camino recto, a pesar de nuestras repetidas impaciencias y de nuestra resistencia en acusarnos a nosotros mismos.

Así son las cosas. Por más virtudes que posea un hombre, aunque sean innumerables si se aparta de este camino, nunca hallará el reposo sino que estará siempre afligido o afligirá a los demás, perdiendo así el mérito de todas sus fatigas (Instrucción 7, sobre la acusación de sí mismo, 1-2: PG 88, 1695-1699)


Maná y Vivencias Cuaresmales (38), 12.4.19

abril 12, 2019

Viernes de la 5ª semana de Cuaresma

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En el peligro invoqué al Señor, y me escuchó

En el peligro invoqué al Señor, y me escuchó



Antífona de entrada: Salmo 30, 10. 16.18

Ten piedad de mí, Señor, porque estoy angustiado; líbrame del poder de mis enemigos y de aquellos que me persiguen. Señor, que no me avergüence de haberte invocado.


Oración colecta

Perdona las culpas de tu pueblo, Señor, y que tu amor y tu bondad nos libren del poder del pecado, al que nos ha sometido nuestra debilidad. Por nuestro Señor Jesucristo.

PRIMERA LECTURA: Jeremías 20, 10-13

Oía el cuchicheo de la gente: «Pavor en torno; delatadlo, vamos a delatarlo.» Mis amigos acechaban mi traspié: «A ver si se deja seducir, y lo abatiremos, lo cogeremos y nos vengaremos de él.»

Pero el Señor está conmigo, como fuerte soldado; mis enemigos tropezarán y no podrán conmigo. Se avergonzarán de su fracaso con sonrojo eterno que no se olvidará. Señor de los ejércitos, que examinas al justo y sondeas lo íntimo del corazón, que yo vea la venganza que tomas de ellos, porque a ti encomendé mi causa.

Cantad al Señor, alabad al Señor, que libró la vida del pobre de manos de los impíos.


SALMO 17, 2-3a.3bc-4.5-6.7

En el peligro invoqué al Señor, y me escuchó.

Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza; Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador.

Dios mío, peña mía, refugio mío, escudo mío, mi fuerza salvadora, mi baluarte. Invoco al Señor de mi alabanza y quedo libre de mis enemigos.

Me cercaban olas mortales, torrentes destructores me aterraban, me envolvían las redes del abismo, me alcanzaban los lazos de la muerte.

En el peligro invoqué al Señor, grité a mi Dios. Desde su templo él escuchó mi voz, y mi grito llegó a sus oídos.

Aclamación antes del Evangelio: Juan 6, 63. 68

Tus palabras, Señor, son Espíritu y vida; tú tienes palabras de vida eterna.

EVANGELIO: Juan 10, 31-42

En aquel tiempo, los judíos agarraron piedras para apedrear a Jesús.

Él les replicó: «Os he hecho ver muchas obras buenas por encargo de mi Padre: ¿por cuál de ellas me apedreáis?»

Los judíos le contestaron: «No te apedreamos por una obra buena, sino por una blasfemia: porque tú, siendo un hombre, te haces Dios.»

Jesús les replicó: «¿No está escrito en vuestra ley: “Yo os digo: Sois dioses”? Si la Escritura llama dioses a aquellos a quienes vino la palabra de Dios (y no puede fallar la Escritura), a quien el Padre consagró y envió al mundo, ¿decís vosotros que blasfema porque dice que es hijo de Dios? Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis, pero si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a las obras, para que comprendáis y sepáis que el Padre está en mí, y yo en el Padre.»

Intentaron de nuevo detenerlo, pero se les escabulló de las manos. Se marchó de nuevo al otro lado del Jordán, al lugar donde antes había bautizado Juan, y se quedó allí.

Muchos acudieron a él y decían: «Juan no hizo ningún signo; pero todo lo que Juan dijo de éste era verdad.»

Y muchos creyeron en él allí.

Antífona de comunión: 1 Pedro 2, 24

Jesús llevó a la cruz nuestros pecados, cargándolos en su cuerpo, a fin de que, muertos al pecado, vivamos para la justicia. Gracias a sus llagas, fuimos curados.

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VIVENCIAS CUARESMALES

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Os he hecho ver muchas obras buenas, ¿por cuál de ellas me apedreáis?

38. VIERNES

QUINTA SEMANA DE CUARESMA
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TEMA INSPIRADOR.- Sigue el conflicto. Jesús es el Hijo de Dios consagrado y enviado por el Padre. Falta sólo una semana para entrar en el Triduo Pascual.

Este viernes es conocido como el “viernes de pasión” y también “viernes de concilio”, sobre todo en América, porque en este día tuvieron consejo los jefes de los judíos para ver la manera de acabar con Jesús de una vez por todas y a como diese lugar.

Lo narra el evangelio de la misa de mañana, sábado.

Como norma sería conveniente que al comenzar esta reflexión o tu oración personal, dedicaras un par de minutos a recordar y revivir lo experimentado el día anterior. De esta forma quedaría más grabado en tu interior y en tu vida, y podrías empalmar con lo siguiente.

Si no fluye nada, no te preocupes, pasa adelante: al nuevo día, al nuevo mensaje, a la nueva experiencia que Dios te tiene preparada para la nueva jornada.

En este día viernes recuerda y revive la Eucaristía de ayer o del último domingo. Algo te impactaría seguramente, revívelo y agradécelo. Recuerda que la Misa constituye un mar sin fondo; cualquier esfuerzo que hagas para descubrir ese tesoro será muy bien empleado.

Por otra parte, cuanto más vayas entendiendo y viviendo, eso mismo será un estímulo para seguir buscando incansablemente.

Considera hoy que la alianza con Dios se establece en lo profundo de tu corazón, mediante la fe sincera; pero como la fe debe ser tan manifiesta como profunda, debes sentir y expresar esa alianza con Dios en la existencia diaria, en una conversión permanente que te conduzca a reforzar tu nueva vida en el Espíritu debilitando en ti al hombre viejo con toda su maldad. Recuerda los frutos del buen Espíritu: Gálatas 5, 13-16-25.

A la Misa llevas esa lucha diaria. Con dos finalidades: primero, para confirmar lo bueno, uniéndolo a la gloria que Cristo tributa a su Padre para perfeccionar o completar, si se puede hablar así, la ofrenda de Cristo; y en segundo lugar, para purificarte de todo lo malo que aún te domina, mediante una nueva efusión del poder de Dios en ti, del Espíritu Santo.

La Eucaristía es culmen y fuente. Te sientas y te dispones a escuchar la Palabra y a tomar el Pan de los ángeles para poder tú después preparar algo parecido para Dios mediante una vida santa. Aceptas la invitación de Dios con la intención de poder invitarlo tú después a tu propia mesa. Por eso, toma agradecido el don de Dios y estarás dispuesto a convertirte tú mismo en don para Dios, haciéndote don de Dios para los demás, pan partido para tus hermanos.

Sólo así se puede comulgar dignamente. Si cada Misa no supone el ascender un peldaño en la escala de santidad, no estás comulgando bien. Debes convertirte cada día más y más en lo que recibes: Cuerpo de Cristo, hermano universal para construir el Reino y realizar la obra de Dios.

Analiza todo esto siguiendo, hoy especialmente, más de cerca la celebración de la Misa en el corazón de la misma: en la palabra y la acción del sacerdote durante la plegaria eucarística y la comunión.

Reza de corazón la oración sobre las ofrendas: “Concédenos, Dios de misericordia, servir siempre a tu altar con dignidad y, participando en él frecuentemente, danos la salvación”.

Hoy constatamos en el Evangelio la oposición más radical a Jesús, y a la vez la fe sencilla de otros, que creen en Jesús; muy diferente suerte, que se libra no sólo fuera sino también dentro de nosotros mismos. De ahí que la oración colecta pida que la bondad y amor de Dios “Nos libren del poder del pecado al que nos ha sometido nuestra debilidad”.

Ese poder es muy grande y siempre constatamos su fuerza dentro de nosotros mismos por más que procuramos con sinceridad convertirnos a Dios. Por eso la oración después de la Comunión pide que: “El don de la eucaristía nos proteja siempre y aleje de nosotros todo mal”.

Puedes completar tu oración con la lectura de Jeremías 20, 10-13: Oía el cuchicheo de la gente: “Pavor en torno”. –Delatadlo, vamos a delatarlo. Mis amigos acechaban mi traspiés: -A ver si se deja seducir y lo violaremos, lo cogeremos y nos vengaremos de él. Pero el Señor está conmigo, como fuerte soldado; mis enemigos tropezarán y no podrán conmigo. Cantad al Señor, alabad al Señor, que libró la vida del pobre de manos de los impíos.

Salmo 17: En el peligro invoqué al Señor y me escuchó.

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De las instrucciones de san Doroteo, abad
La falsa paz de espíritu

El que se acusa a sí mismo acepta con alegría toda clase de molestias, daños, ultrajes, ignominias y otra aflicción cualquiera que haya de soportar, pues se considera merecedor de todo ello, y en modo alguno pierde la paz. Nada hay más apacible que un hombre de ese temple.

Pero quizá alguien me objetará: “Si un hermano me aflige, y yo, examinándome a mí mismo, no encuentro que le haya dado ocasión alguna, ¿por qué tengo que acusarme?”

En realidad, el que se examina con diligencia y con temor de Dios nunca se hallará del todo inocente, y se dará cuenta de que ha dado alguna ocasión, ya sea de obra, de palabra o con el pensamiento. Y, si en nada de esto se halla culpable, seguro que en otro tiempo habrá sido motivo de aflicción para aquel hermano, por la misma o por diferente causa; o quizá habrá causado molestia a algún otro hermano.

Por esto, sufre ahora en justa compensación, o también por otros pecados que haya podido cometer en muchas otras ocasiones.

Otro preguntará por qué deba acusarse si, estando sentado con toda paz y tranquilidad, viene un hermano y lo molesta con alguna palabra desagradable o ignominiosa y, sintiéndose incapaz de aguantarla, cree que tiene razón en alterarse y enfadarse con su hermano; porque, si éste no hubiese venido a molestarlo, él no hubiera pecado.

Este modo de pensar es, en verdad, ridículo y carente de toda razón. En efecto, no es que al decirle aquella palabra haya puesto en él la pasión de la ira, sino que más bien ha puesto al descubierto la pasión de que se hallaba aquejado; con ello, le ha proporcionado ocasión de enmendarse, si quiere.

Éste tal es semejante a un trigo nítido y brillante que, al ser roto, pone al descubierto la suciedad que contenía.

Así también el que está sentado en paz y tranquilidad según cree, esconde, sin embargo, en su interior una pasión que él no ve. Viene el hermano, le dice alguna palabra molesta y, al momento, aquél echa fuera todo el pus y la suciedad escondidos en su interior.

Por lo cual, si quiere alcanzar misericordia, mire de enmendarse, purifíquese, procure perfeccionarse, y verá que, más que atribuirle una injuria, lo que tenía que haber hecho era dar gracias a aquel hermano, ya que le ha sido motivo de tan gran provecho.

Y, en lo sucesivo, estas pruebas no le causarán tanta aflicción, sino que, cuanto más se vaya perfeccionando, más leves le parecerán. Pues el alma, cuanto más avanza en la perfección, tanto más fuerte y valerosa se vuelve en orden a soportar las penalidades que le puedan sobrevenir (Instr. 7, sobre la acusación de sí mismo, 2-3; PG 88, 1699).

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