El maná de cada día, 14.12.19

diciembre 14, 2019

Sábado de la 2ª semana de Adviento

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Los discípulos entendieron que se refería a Juan el Bautista

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PRIMERA LECTURA: Eclesiástico 48, 1-4.9-11

Surgió Elías, un profeta como un fuego, cuyas palabras eran horno encendido.

Les quitó el sustento del pan, con su celo los diezmó; con el oráculo divino sujetó el cielo e hizo bajar tres veces el fuego.

¡Qué terrible eras, Elías!; ¿quién se te compara en gloria? Un torbellino te arrebató a la altura; tropeles de fuego, hacia el cielo.

Está escrito que te reservan para el momento de aplacar la ira antes de que estalle, para reconciliar a padres con hijos, para restablecer las tribus de Israel.

Dichoso quien te vea antes de morir, y más dichoso tú que vives.


SALMO: 79

Oh Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve.

Pastor de Israel, escucha, tú que te sientas sobre querubines, resplandece; despierta tu poder y ven a salvarnos.

Dios de los ejércitos, vuélvete: mira desde el cielo, fíjate, ven a visitar tu viña, la cepa que tu diestra plantó, y que tú hiciste vigorosa.

Que tu mano proteja a tu escogido, al hombre que tú fortaleciste. No nos alejaremos de ti: danos vida, para que invoquemos tu nombre.


Aclamación antes del Evangelio: Lucas 3, 4. 6

Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos. Todos verán la salvación de Dios.


EVANGELIO: Mateo 17, 10-13

Cuando bajaban de la montaña, los discípulos preguntaron a Jesús: «¿Por qué dicen los escribas que primero tiene que venir Elías?»

Él les contestó: «Elías vendrá y lo renovará todo. Pero os digo que Elías ya ha venido, y no lo reconocieron, sino que lo trataron a su antojo. Así también el Hijo del hombre va a padecer a manos de ellos.»

Entonces entendieron los discípulos que se refería a Juan el Bautista.

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Las promesas de Dios se nos conceden por su Hijo

San Agustín. Comentario sobre los salmos 109, 1-3

Dios estableció el tiempo de sus promesas y el momento de su cumplimiento.

El período de las promesas se extiende desde los profe­tas hasta Juan Bautista. El del cumplimiento, desde éste hasta el fin de los tiempos.

Fiel es Dios, que se ha constituido en deudor nuestro, no porque haya recibido nada de nosotros, sino por lo mucho que nos ha prometido. La promesa le pareció poco, incluso; por eso, quiso obligarse mediante escritura, ha­ciéndonos, por decirlo así, un documento de sus promesas para que, cuando empezara a cumplir lo que prometió, viésemos en el escrito el orden sucesivo de su cumplimiento. El tiempo profético era, como he dicho muchas veces, el del anuncio de las promesas.

Prometió la salud eterna, la vida bienaventurada en la compañía eterna de los ángeles, la herencia inmar­cesible, la gloria eterna, la dulzura de su rostro, la casa de su santidad en los cielos y la liberación del miedo a la muerte, gracias a la resurrección de los muertos. Esta última es como su promesa final, a la cual se enderezan todos nuestros esfuerzos y que, una vez alcanzada, hará que no deseemos ni busquemos ya cosa alguna. Pero tam­poco silenció en qué orden va a suceder todo lo relativo al final, sino que lo ha anunciado y prometido.

Prometió a los hombres la divinidad, a los mortales la inmortalidad, a los pecadores la justificación, a los mise­rables la glorificación.

Sin embargo, hermanos, como a los hombres les parecía increíble lo prometido por Dios –a saber, que los hombres habían de igualarse a los ángeles de Dios, saliendo de esta mortalidad, corrupción, bajeza, debilidad, polvo y ceni­za–, no sólo entregó la escritura a los hombres para que creyesen, sino que también puso un mediador de su fide­lidad. Y no a cualquier príncipe, o a un ángel o arcángel sino a su Hijo único. Por medio de éste había de mostrarnos y ofrecernos el camino por donde nos llevaría al fin prometido.

Poco hubiera sido para Dios haber hecho a su Hijo manifestador del camino. Por eso, le hizo camino, para que, bajo su guía, pudieras caminar por él.

Debía, pues, ser anunciado el unigénito Hijo de Dios en todos sus detalles: en que había de venir a los hombres y asumir lo humano, y, por lo asumido, ser hombre, morir y resucitar, subir al cielo, sentarse a la derecha del Padre y cumplir entre las gentes lo que prometió. Y, después del cumplimiento de sus promesas, también cumpliría su anuncio de una segunda venida, para pedir cuentas de sus dones, discernir los vasos de ira de los de misericordia, y dar a los impíos las penas con que amenazó, y a los justos los premios que ofreció.

Todo esto debió ser profetizado, anunciado, encomia­do como venidero, para que no asustase si acontecía de repente, sino que fuera esperado porque primero fue creído.


El maná de cada día, 29.11.19

noviembre 29, 2019

Viernes de la 34ª semana del Tiempo Ordinario

Primer día de la novena a la Inmaculada Concepción
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Cuanto germina en la tierra, bendiga al Señor.



PRIMERA LECTURA: Daniel 7, 2-14

Yo, Daniel, tuve una visión nocturna: los cuatro vientos del cielo agitaban el océano. Cuatro fieras gigantescas salieron del mar, las cuatro distintas.

La primera era como un león con alas de águila; mientras yo miraba, le arrancaron las alas, la alzaron del suelo, la pusieron de pie como un hombre y le dieron mente humana.

La segunda era como un oso medio erguido, con tres costillas en la boca, entre los dientes. Le dijeron: «¡Arriba! Come carne en abundancia.»

Después vi otra fiera como un leopardo, con cuatro alas de ave en el lomo y cuatro cabezas. Y le dieron el poder.

Después tuve otra visión nocturna: una cuarta fiera, terrible, espantosa, fortísima; tenía grandes dientes de hierro, con los que comía y descuartizaba, y las sobras las pateaba con las pezuñas. Era diversa de las fieras anteriores, porque tenía diez cuernos.

Miré atentamente los cuernos y vi que entre ellos salía otro cuerno pequeño; para hacerle sitio, arrancaron tres de los cuernos precedentes. Aquel cuerno tenía ojos humanos y una boca que profería insolencias.

Durante la visión, vi que colocaban unos tronos, y un anciano se sentó; su vestido era blanco como nieve, su cabellera como lana limpísima; su trono, llamas de fuego; sus ruedas, llamaradas. Un río impetuoso de fuego brotaba delante de él. Miles y miles le servían, millones estaban a sus órdenes.

Comenzó la sesión y se abrieron los libros. Yo seguía mirando, atraído por las insolencias que profería aquel cuerno; hasta que mataron a la fiera, la descuartizaron y la echaron al fuego. A las otras fieras les quitaron el poder, dejándolas vivas una temporada.

Mientras miraba, en la visión nocturna vi venir en las nubes del cielo como un hijo de hombre, que se acercó al anciano y se presentó ante él. Le dieron poder real y dominio; todos los pueblos, naciones y lenguas lo respetarán. Su dominio es eterno y no pasa, su reino no tendrá fin.


SALMO: Dn 3, 75.76.77.78.79.80.81

Ensalzadlo con himnos por los siglos.

Montes y cumbres, bendecid al Señor.

Cuanto germina en la tierra, bendiga al Señor.

Manantiales, bendecid al Señor.

Mares y ríos, bendecid al Señor.

Cetáceos y peces, bendecid al Señor.

Aves del cielo, bendecid al Señor.

Fieras y ganados, bendecid al Señor.


Aclamación antes del Evangelio: Lc 21, 28

Levantaos, alzad la cabeza: se acerca vuestra liberación.



EVANGELIO: Lucas 21, 29-33

En aquel tiempo, expuso Jesús una parábola a sus discípulos:

«Fijaos en la higuera o en cualquier árbol: cuando echan brotes, os basta verlos para saber que el verano está cerca. Pues, cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que está cerca el reino de Dios.

Os aseguro que antes que pase esta generación todo eso se cumplirá. El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán.»
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PENSAMIENTO LIBRE

Papa Francisco en Casa Santa Marta
Viernes 29 de noviembre de 2013

Una invitación a «pensar en cristiano», porque «un cristiano no piensa sólo con la cabeza, piensa también con el corazón y con el espíritu que tiene dentro», dirigió el Papa Francisco el viernes 29 de noviembre. Una invitación especialmente actual en un contexto social donde —destacó el Pontífice— se insinúa cada vez más «un pensamiento débil, un pensamiento uniforme, un pensamiento pret-à-porter».

El Papa centró su reflexión en el pasaje evangélico de Lucas (21, 29-33) propuesto durante la liturgia, donde el Señor «con ejemplos sencillos enseña a los discípulos a comprender lo que sucede». En este caso, Jesús invita a observar «la planta de higo y todos los árboles», porque cuando brotan se comprende que el verano está cerca.

En otros contextos el Señor usa ejemplos análogos para reprender a los fariseos que no quieren comprender «los signos de los tiempos»; quienes no ven «el paso de Dios en la historia», en la historia del pueblo de Israel, en la historia del corazón del hombre, «en la historia de la humanidad».

La enseñanza, según el Santo Padre, es que «Jesús con palabras sencillas alienta a pensar para comprender». Y es una invitación a pensar «no sólo con la cabeza», sino también «con el corazón, con el espíritu», con todo nosotros mismos. Es esto, precisamente, “pensar en cristiano”, para poder «comprender los signos de los tiempos». Y a quienes no comprenden, como sucede en el caso de los discípulos de Emaús, Cristo les define «necios y tardos de corazón».

Porque —explicó— quien «no comprende las cosas de Dios es una persona así», necia y dura de entendimiento, mientras que «el Señor quiere que comprendamos lo que sucede en nuestro corazón, en nuestra vida, en el mundo, en la historia»; y entendamos «el significado de lo que sucede ahora». En efecto, en las respuestas a estas preguntas es donde podemos individuar «los signos de los tiempos».

Sin embargo, no siempre las cosas suceden así. Hay un enemigo al acecho. Es «el espíritu del mundo», que —recordó el Papa— «nos hace otras propuestas». Porque «no nos quiere como pueblo, nos quiere masa. Sin pensamiento y sin libertad». El espíritu del mundo, en esencia, nos empuja a lo largo de «un camino de uniformidad, pero sin ese espíritu que forma el cuerpo de un pueblo», tratándonos «como si no tuviésemos la capacidad de pensar, como personas sin libertad».

Al respecto el Papa Francisco clarificó expresamente los mecanismos de persuasión oculta: existe un determinado modo de pensar que debe ser impuesto, «se hace publicidad de este pensamiento» y «se debe pensar» de ese modo. Es «el pensamiento uniforme, el pensamiento homogéneo, el pensamiento débil»; lamentablemente, un pensamiento «muy difundido», comentó el Obispo de Roma.

En la práctica «el espíritu del mundo no quiere que nos preguntemos delante de Dios: ¿por qué sucede esto?». Y para distraernos de las preguntas esenciales, «nos propone un pensamiento pret-à-porter, según nuestros gustos: yo pienso como me gusta». Este modo de pensar «es correcto» para el espíritu del mundo; mientras que lo que él «no quiere es lo que nos pide Jesús: el pensamiento libre, el pensamiento de un hombre y de una mujer que son parte del pueblo de Dios». Por lo demás, «la salvación ha sido precisamente ésta: hacernos pueblo, pueblo de Dios. Tener libertad». Porque «Jesús nos pide que pensemos libremente, pensar para comprender lo que sucede».

Cierto, advirtió el Papa Francisco, «solos no podemos» hacer todo: «necesitamos la ayuda del Señor, necesitamos al Espíritu Santo para comprender los signos de los tiempos». En efecto, es precisamente el Espíritu quien nos dona «la inteligencia para comprender». Se trata de un regalo personal realizado a cada hombre, gracias al cual «yo debo comprender por qué me sucede esto a mí» y «cuál es el camino que el Señor quiere» para mi vida.

De aquí la exhortación conclusiva a «pedir al Señor Jesús la gracia que nos envíe su espíritu de inteligencia», para que «no tengamos un pensamiento débil, un pensamiento uniforme, un pensamiento según nuestros gustos», para tener, en cambio, «sólo un pensamiento según Dios». Y «con este pensamiento —de mente, de corazón y de alma— que es don del Espíritu», buscar comprender «qué significan las cosas, comprender bien los signos de los tiempos».

http://www.vatican.va


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NOVENA A LA INMACULADA CONCEPCIÓN

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DÍA PRIMERO

La Inmaculada Concepción de la Madre de Dios


¡Toda hermosa eres, amada mía, no hay tacha en ti! (Cantar de los Cantares 4, 7)


Oración

Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios; no desprecies las plegarias que te dirigimos en nuestras necesidades; antes bien, líbranos siempre de todo peligro, ¡oh Virgen gloriosa y bendita!


Reflexión

Ya que Dios crea un alma inmortal a través de la unión conyugal del hombre y la mujer, la concepción de toda persona humana es sagrada. Dios llama a la existencia a la persona con su amor, incluso si la concepción se da por un acto de lujuria o violencia.

Cuando la Virgen María fue concebida en el seno de su madre, Dios creó su alma inmortal y la llenó de su vida divina. En la Inmaculada Concepción, Dios redimió en forma especialísima a María preservándola del Pecado Original en previsión de los méritos de Cristo, el Salvador.

Desde el primer instante de su vida, María era de una hermosura plena, llena de gracia (Lc 1, 28), sin ningún rastro de egoísmo ni inclinación al pecado y con una libertad sin igual para amar a Dios y a todos los demás.

En la concepción de María, Dios la dotó de las armas para destruir el reino de Satanás (Gen 3, 15). La caridad de Cristo llenó a María desde el primer instante de su existencia, dentro del vientre de su madre.

Con estas palabras proclamó el Papa Pío IX el Dogma de la Inmaculada Concepción: Declaramos, pronunciamos y definimos que la doctrina que sostiene que la Santísima Virgen María, desde el primer instante de su concepción, por singular gracia y privilegio de Dios Todopoderoso, en previsión de los méritos de Jesucristo, Salvador del género humano, fue preservada de toda mancha del pecado original, es doctrina revelada por Dios y por consiguiente debe ser creída firme y constantemente por todos los fieles.

La buena noticia de la Inmaculada Concepción es que hay más amor en el alma inmaculada de María que mal en el mundo. En su Inmaculada Concepción, Dios dotó a María de la capacidad para dar su sí libremente a su plan de salvación en Cristo y para ayudarnos a nosotros, sus hijos, a decir también que .


Oración

Dios, Padre Todopoderoso, en el momento de nuestra concepción llamaste a cada uno de nosotros a la existencia con tu amor. Amaste a María asombrosamente en su Inmaculada Concepción, preservándola de heredar el pecado de Adán por los méritos anticipados del Salvador. La preparaste en su concepción para ser la Madre y compañera de tu Hijo y nuestra madre amorosa.

Concede a toda persona una reverencia cada vez más honda hacia tu presencia y acción creadora en la concepción humana.

Ayuda a todos a reconocer el mal que hay en el aborto y la anticoncepción, y todos los pecados que ofenden a nuestro Dios Creador.

Que en el abrazo maternal de María, cada cristiano promueva el respeto y la veneración a la vida humana en todas sus etapas.

Te lo pedimos por Jesucristo, Nuestro Señor. Amén.


V. Oh María, sin pecado concebida
R. Ruega por nosotros que recurrimos a ti.


Futura religiosa relató al Papa cómo María le ayudó a pasar del budismo al catolicismo

noviembre 22, 2019

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Entré en la iglesia y vi la estatua de una mujer. No sabía quién era, pero era muy hermosa. Me impresionó el modo como me miraba.

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Futura religiosa relató al Papa cómo María le ayudó a pasar del budismo al catolicismo

Redacción ACI Prensa

Este viernes 22 de noviembre, en su tercer día de visita en Tailandia, el Papa Francisco tuvo un encuentro con sacerdotes, catequistas y la vida consagrada, en el que escuchó el testimonio de Benedetta Donoran, una postulante de las javerianas que le relató cómo conocer a la Virgen María le impulsó a convertirse del budismo al catolicismo y descubrir su vocación religiosa.

Benedetta, que nació en 1975, compartió su testimonio en la parroquia San Pedro, en la capital Bangkok, y relató que se bautizó en el 2012 “y ahora soy una postulante en la Congregación de las Misioneras de María o las Javerianas”.

“Todos los miembros de mi familia son budistas y practican las enseñanzas de Buda, como las practicaba yo cuando era joven. El hacer el bien es lo que nos hace libres y lo que nos conduce al cielo”, empezó Benedetta.

“Aquellos que hacen el bien recibirán una recompensa. ¿Por qué tiene Jesús que sufrir las consecuencias de nuestros pecados? Cuando era niña tuve la oportunidad de ir al colegio de mi pueblo, de la Inmaculada Concepción de María. Entonces tenía 15 años. Las hermanas Hijas de la Caridad nos invitaron a las niñas a ir a la misa del domingo. Entré en la iglesia con algunas de mis amigas y vi la estatua de una mujer. No sabía quién era, pero era muy hermosa. Me impresionó el modo como me miraba. Luego vi la imagen de un hombre crucificado. Me asustó”, relató.

Sin embargo, “desde aquel día empecé a ir a Misa todos los domingos sin sentirme obligada a ello. Tenía una gran confianza en María. Así empecé a conocer a María y a Jesús mejor. No creía que Jesús fuera Dios y me preguntaba cómo puede un hombre borrar los pecados de otros hombres. Recitaba el rosario que las hermanas me habían enseñado a rezar y asistía a la Misa con otra gente católica”.

Indicó que siguió “estudiando y trabajando en la misma escuela. Cuando tenía 33 años decidí proseguir mi ideal, que era el dedicarme a trabajar por el bien de la sociedad como una maestra voluntaria trabajando en pequeños pueblos. Un día iba camino de Chiangmai cuando me encontré con el P. Raffaele Manenti, un misionero del PIME. Decidí ir con él a la Casa de Los Ángeles, una casa que acoge a niños discapacitados, y está bajo el cuidado de la iglesia de Nuestra Señora de la Merced en la provincia de Nonthaburi. Al cabo de algún tiempo, y por simple curiosidad, fui a visitar a un grupo de catecúmenos”.

Benedetta dijo que “quería saber qué hacían. Aprendí algo sobre Jesús y tuve oportunidad de escuchar el Evangelio. Sentí que su palabra estaba actuando dentro de mi corazón como un bisturí. Me sentí confusa por las exigencias de su palabra”.

“No quería echarme para atrás. Pero sentía que el seguir escuchando sus palabras era como jugar con fuego. El sentimiento de inquietud e incomodidad siguieron creciendo. Una noche, mientras estaba medio dormida, oí una voz que me dijo: ‘¡Vete a buscar trabajo en otra parte! ¡Aléjate de esta gente!’ Pero también oí otra voz que me dijo: ‘¡Te, te quiero!’ Esta última voz llenó mi corazón de serenidad y de paz”, afirmó.

Relató que “al cabo de un año pedí recibir el Bautismo. El sacerdote me lo negó y me dijo que tenía que esperar más tiempo. La verdad es que no estaba todavía preparada para recibir el sacramento del Bautismo. Sólo quería deshacerme del sentimiento de inquietud. No estaba pidiendo la misericordia de Dios. Poco a poco me fui dando cuenta de que el Bautismo no es fruto de nuestros méritos. Lo recibimos como un don de Dios”.

La mujer siguió “estudiando catecismo un año más. Solo entonces, de rodillas, pedí a Dios que tuviera misericordia de mí. Recibí la gracia de la conversión de corazón. Gracias al bautismo morí a mí misma y renací de nuevo en nuestro Señor Jesucristo. Me dejé vencer por el amor de Dios y por su paciencia que esperaban a que su hija retornara a Él”.

“No hubiera creído nunca si no es por la experiencia que tuve de ser amada por Dios. Dios es amor y se ha manifestado a nosotros en Jesucristo. Yo le he encontrado. Esta es la Buena Nueva en mi vida. La misma Buena Nueva que Pablo, el apóstol de los gentiles, nos dice: “Por la gracia que Dios me ha dado, para ser ministro de Jesucristo para los gentiles, en el ministerio del evangelio de Dios, para que la ofrenda de los gentiles sea acepta y santificada por el Espíritu Santo”.

Benedetta aseguró que “esta es la misma Buena Nueva a la que ahora quiero dedicar mi vida. Continuaré buscando la voluntad de Dios. Le doy gracias por el gran don de su Hijo y del Espíritu Santo que ha iluminado mi vida, y por los misioneros que ha enviado para ser testigos de su amor aquí en Tailandia. En verdad la Palabra de Dios no es una simple palabra escrita en un libro sino que es la Palabra llena de vida y portadora de vida”.

El testimonio de Benedetta fue recogido por el Papa Francisco en su discurso para elevar “un sentimiento de acción de gracias por la vida de tantos misioneros y misioneras” que fueron marcando la vida y dejando su huella en la futura religiosa.

“¿Cómo cultivar la fecundidad apostólica? Benedetta, tú nos hablaste de cómo el Señor te atrajo por medio de la belleza. Fue la belleza de una imagen de la Virgen que con su mirada particular entró en tu corazón y suscitó el deseo de conocerla más: ¿Quién es esta mujer? No fueron las palabras, ideas abstractas o fríos silogismos”, dijo el Papa.

Francisco destacó que en la ahora conversa al catolicismo “todo comenzó por una mirada bella que te cautivó. Cuánta sabiduría esconden tus palabras. Despertar a la belleza, al asombro, al estupor, capaz de abrir nuevos horizontes y sembrar cuestionamientos”.

En ese sentido, el Papa agradeció a los sacerdotes y religiosos de Tailandia por su “vida, testimonio y entrega generosa”, sobre todo en un país donde los católicos son solo el 0,59% de los 65 millones de habitantes.

“Les pido que, por favor, no cedan a la tentación de pensar que son pocos, piensen más bien que son pequeños instrumentos en las manos creadoras del Señor. Él irá escribiendo con sus vidas las mejores páginas de la historia de salvación en estas tierras”, les aseguró el Pontífice.

https://www.aciprensa.com/noticias/futura-religiosa-relato-al-papa-como-maria-le-ayudo-a-pasar-del-budismo-al-catolicismo-64148

 


El maná de cada día, 7.11.19

noviembre 7, 2019

Jueves de la 31ª semana del Tiempo Ordinario

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Tenemos un Pastor que nunca nos da por perdidos



PRIMERA LECTURA: Romanos 14, 7-12

Ninguno de nosotros vive para sí mismo ni muere para sí mismo: si vivimos, para el Señor vivimos, y si morimos, para el Señor morimos.

Por lo tanto, ya sea que estemos vivos o que hayamos muerto, somos del Señor. Porque Cristo murió y resucitó para ser Señor de vivos y muertos.

Pero tú, ¿por qué juzgas mal a tu hermano? ¿Por qué lo deprecias?

Todos vamos a comparecer ante el tribunal de Dios, como dice la Escritura: Juro por mí mismo, dice el Señor, que todos doblarán la rodilla ante mí y todos reconocerán públicamente que yo soy Dios.

En resumen, cada uno de nosotros tendrá que dar cuenta de sí mismo a Dios.


SALMO 26, 1. 4. 13-14

El Señor es mi luz y mi salvación.

El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién voy a tenerle miedo? El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién podrá hacerme temblar?

Lo único que pido, lo único que busco es vivir en la casa del Señor toda mi vida, para disfrutar las bondades del Señor y estar continuamente en su presencia.

Espero ver la bondad del Señor en esta misma vida. Ármate de valor y fortaleza y confía en el Señor.


Aclamación antes del Evangelio: Mt 11, 28

Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré, dice el Señor.


EVANGELIO: Lucas 15, 1-10

En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos: «Ése acoge a los pecadores y come con ellos.»

Jesús les dijo esta parábola: «Si uno de vosotros tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿no deja las noventa y nueve en el campo y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento; y, al llegar a casa, reúne a los amigos y a los vecinos para decirles: “¡Felicitadme!, he encontrado la oveja que se me había perdido.”

Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse.

Y si una mujer tiene diez monedas y se le pierde una, ¿no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, reúne a las amigas y a las vecinas para decirles: “¡Felicitadme!, he encontrado la moneda que se me había perdido.”

Os digo que la misma alegría habrá entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta.»


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VALORAR LA CONFESIÓN

Qué sacramento tan desconocido, porque desconocidos son el perdón y la misericordia de Dios. ¿Por qué no aprovechamos más este arrollador canal de gracia? ¿Sólo porque nos cuesta examinar la conciencia y acusarnos de nuestros pecados?

Además de ayudarnos en la práctica de la humildad, conocer nuestros pecados y hacer firme propósito de no volver a consentir una mínima caída en ellos nos hace dar pasos de gigante en nuestro camino de santidad.

¿Te cuesta, quizá, acusarte de tus pecados ante un sacerdote? Aviva tu fe en la acción de Dios a través de sus medios humanos y, sobre todo, a través del poder de la Iglesia.

¿Crees que hay algún otro poder que, siendo meramente humano, sea capaz de proporcionarte, con real eficacia, siquiera una brizna de consuelo y de perdón, o de embellecer tu alma como lo hace la gracia en la confesión?

No esperes a tener pecados mortales para acercarte al corazón misericordioso de Cristo. Tampoco vayas retrasando tu confesión porque sólo tienes faltas y pecados leves.

Acércate con frecuencia a recibir, además del perdón, la gracia de este sacramento sin la que no podemos caminar en nuestra vida espiritual. Porque, en el sacramento de la reconciliación es más lo que se te da, la gracia, que lo que se te perdona, tus pecados.

Valora la práctica de la confesión frecuente no sólo porque tu alma necesita ser perdonada sino, sobre todo, porque necesita ser fortalecida y alimentada.

Acércate a Cristo, como aquella mujer que buscaba tocar siquiera la orla de su manto para ser curada de su larga y humillante enfermedad, y te encontrarás, como ella, con esos piadosos ojos de Cristo que miran enternecidos la belleza de tu alma en gracia.

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La oportunidad de Zaqueo

noviembre 3, 2019

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Baja aprisa, Zaqueo, porque tengo que hospedarme en tu casa.

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La oportunidad de Zaqueo

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El arzobispo agustino recoleto de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán (Guatemala), Mons. Mario Alberto Molina, reflexiona sobre la Palabra de Dios de este domingo 3 de noviembre.

Evangelio según san Lucas (19, 1-10)

La historia de Zaqueo es un episodio de la vida de Jesús que conocemos solo a través de san Lucas. El hecho ocurre a la entrada de la ciudad de Jericó, cuando Jesús está ya muy cerca de Jerusalén.

Zaqueo es un publicano, un cobrador de impuestos. Es decir, era una persona con fama de corrupta, que se enriqueció con fraudes, que era tenida en la opinión pública por ser un pecador descarado. Además, era el jefe del gremio de publicanos. Por lo tanto, era un hombre que gozaba de prestigio y renombre, al menos entre los de su clase.

Cuando Zaqueo se entera de que Jesús está para llegar a la ciudad deja todo para ir a verlo. Mucha gente debió tener el mismo propósito, pues se juntó una gran multitud, que le impedía la vista a Zaqueo que era de baja estatura. Jesús venía rodeado de discípulos y su fama, que iba por delante, atraía a numerosas personas a la calle para saludarlo a la entrada de la ciudad.

Zaqueo decide subirse a un árbol a la vera del camino para ver mejor a Jesús. Pero al mismo tiempo, y sin quererlo, de ese modo él facilitó que Jesús también lo viera a él. Uno puede pensar que una inquietud interior movía a Zaqueo. Quizá ya sentía algún disgusto por la vida que llevaba. Quizá buscaba la oportunidad de cambiar de vida, sin saber si eso sería posible.

Es posible que ya hubiera oído hablar de Jesús, pues de otro modo no se entiende bien ese deseo tan fuerte de verlo, que hasta se sube a un árbol como si fuera un niño. Él, un hombre que gozaba de prestigio entre los publicanos por ser su jefe, no tiene consideraciones para guardar el respeto propio, y se encarama a un árbol.

Jesús cuando pasa junto al árbol se detiene. Lo llama por su nombre y se auto invita para quedarse en su casa: Zaqueo, bájate pronto, porque hoy tengo que hospedarme en tu casa. ¿Alguien le habló a Jesús de Zaqueo? ¿Alguien le hizo ver a Jesús al hombre encaramado en el árbol y le explicó quién era? ¿Acaso Jesús, por su conocimiento superior, leyó el corazón del hombre y conoció a Zaqueo desde dentro?

La parábola no responde a estas preguntas, no se interesa por esos detalles. Pero sin duda, Zaqueo cuando oyó a Jesús debió de pensar que lo había reconocido, que conoció su deseo de verlo, que incluso quizá conoció su disgusto e inquietud interior. En todo caso, Zaqueo baja del árbol y conduce a Jesús a su casa.

Al ver esto, comenzaron todos a murmurar. ¿Quiénes son esos que murmuran? ¿Los que venían con Jesús? ¿Los que salieron a verlo? ¿Unos y otros? La acción de Jesús causa sorpresa, indignación, perplejidad. Lo que murmuran es una gran verdad: Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador.

¿Cómo es posible que el Hijo de Dios pida hospedaje precisamente en la casa del peor pecador de la ciudad? ¿No son acaso incompatibles la santidad de Dios con el pecado humano?

Sin embargo, para Zaqueo esta es la oportunidad que buscaba. Casi como si fueran las palabras de bienvenida, Zaqueo, que no necesitaba confesar sus pecados pues eran públicos y notorios, comienza a declarar su propósito de repararlos, su propósito de enmendarse, su propósito de resarcir a quienes había hecho daño con sus fraudes, con su corrupción, con sus robos.

Mira, Señor, voy a dar a los pobres la mitad de mis bienes, y si he defraudado a alguien, le restituiré cuatro veces más. Hay que saber que el perdón de Dios va por delante de nosotros. La auto invitación que Jesús se hizo fue para Zaqueo la señal de que Dios le ofrecía su perdón. Jesús no lo rechazaba por ser pecador, sino que lo buscó para mostrarle su ofrecimiento de perdón.

No es nuestro arrepentimiento el que mueve a Dios a perdonar; es el perdón ofrecido de Dios el que nos mueve a arrepentirnos. Pero hay que saber que para hacernos idóneos para recibir y acoger el perdón de Dios no basta con reconocernos pecadores, sino que también hay que reparar, en la medida de lo posible, el daño que hemos hecho con nuestros pecados.

Reparar el daño y lograr que las cosas vuelvan al estado en que estaban antes de nuestro pecado no es posible a cabalidad. Como dice gráficamente el dicho popular: no es posible sacar la pasta de dientes de su tubo y luego volverla a meter. Pero gestos de reparación deben acompañar nuestro arrepentimiento.

Precisamente los actos de reparación expresan mejor el arrepentimiento que la mera confesión verbal del pecado cometido. Si omitimos la reparación del daño, del perjuicio, de la ofensa, que causamos con nuestras acciones, nuestro arrepentimiento puede ser de pura palabra y no de hecho. Zaqueo manifestó voluntad de cambiar de vida.

Jesús por eso declara: Hoy ha llegado la salvación a esta casa, porque también él es hijo de Abraham, y el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que se había perdido. Zaqueo, pecador, no ha perdido su dignidad, es hijo de Abraham. Se ha desviado, ha renegado de su identidad con su pecado, pero de hecho no la ha perdido. Es capaz de ser rescatado, si se arrepiente.

No debe sorprender que Jesús haya elegido hospedarse precisamente en la casa del mayor pecador de la ciudad, pues para eso vino al mundo, para buscar y ofrecer el perdón a los pecadores.

Una de las grandes necesidades humanas es la de recuperar el valor de la propia vida cuando nos hemos visto implicados en el mal, cuando hemos elegido hacer el mal, cuando hemos sido pecadores, agentes de Satanás. El pecador, cuando se da cuenta del mal que ha hecho, piensa que su vida ha perdido valor, que su vida está destinada al fracaso, que no es posible comenzar de nuevo.

Por eso uno de los mensajes centrales del Evangelio de Jesús es el anuncio del perdón a los pecadores. El perdón de Dios está disponible. Lo acoge quien se declara pecador, se arrepiente y repara el daño que hizo.

El sacramento del bautismo para los que comienzan su vida cristiana y el de la confesión para los que ya estamos en ella son los medios por los que Dios nos otorga su perdón. Por eso la hermosa oración que hemos escuchado como primera lectura alaba a Dios por esta su bondad.

Con esa oración concluimos nuestra reflexión: Te compadeces de todos. Aparentas no ver los pecados de los hombres, para darles ocasión de arrepentirse. Porque tú amas todo cuanto existe y no aborreces nada de lo que has hecho. Tú perdonas a todos, porque todos son tuyos. Por eso, a los que caen, los vas corrigiendo poco a poco, los reprendes y les traes a la memoria sus pecados, para que se arrepientan de sus maldades y crean en ti, Señor.

Mons. Mario Alberto Molina OAR
Arzobispo de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán (Guatemala)

La oportunidad de Zaqueo


El maná de cada día, 3.11.19

noviembre 2, 2019

Domingo XXXI del Tiempo Ordinario, Ciclo C

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zaqueo-2

Baja en seguida, hoy tengo que alojarme en tu casa



Antífona de entrada: Sal 37, 22-23

No me abandones, Señor, Dios mío, no te quedes lejos; ven a prisa a socorrerme, Señor mío, mi salvación.


Oración colecta

Señor de poder y de misericordia, que has querido hacer digno y agradable por favor tuyo el servicio de tus fieles, concédenos caminar sin tropiezos hacia los bienes que nos prometes. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: Sabiduría 11, 22-12, 2

Señor, el mundo entero es ante ti como grano de arena en la balanza, como gota de rocío mañanero que cae sobre la tierra.

Pero te compadeces de todos, porque todo lo puedes, cierras los ojos a los pecados de los hombres, para que se arrepientan.

Amas a todos los seres y no odias nada de lo que has hecho; si hubieras odiado alguna cosa, no la habrías creado.

Y ¿cómo subsistirían las cosas, si tú no las hubieses querido? ¿Cómo conservarían su existencia, si tú no las hubieses llamado? Pero a todos perdonas, porque son tuyos, Señor, amigo de la vida. Todos llevan tu soplo incorruptible.

Por eso, corriges poco a poco a los que caen, les recuerdas su pecado y los reprendes, para que se conviertan y crean en ti, Señor.


SALMO 144, 1-2. 8-9. 10-11. 13cd-14

Bendeciré tu nombre por siempre, Dios mío, mi rey.

Te ensalzaré, Dios mío, mi rey; bendeciré tu nombre por siempre jamás. Día tras día, te bendeciré y alabaré tu nombre por siempre jamás.

El Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad; el Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas.

Que todas tus criaturas te den gracias, Señor, que te bendigan tus fieles; que proclamen la gloria de tu reinado, que hablen de tus hazañas.

El Señor es fiel a sus palabras, bondadoso en todas sus acciones. El Señor sostiene a los que van a caer, endereza a los que ya se doblan.


SEGUNDA LECTURA: 2 Tesalonicenses 1, 11-2, 2

Hermanos: Pedimos continuamente a Dios que os considere dignos de vuestra vocación, para que con su fuerza os permita cumplir buenos deseos y la tarea de la fe; para que así Jesús, nuestro Señor, sea glorificado en vosotros, y vosotros en él, según la gracia de nuestro Dios y del Señor Jesucristo.

Os rogamos, hermanos, a propósito de la venida de nuestro Señor Jesucristo y de nuestra reunión con él, que no perdáis fácilmente la cabeza ni os alarméis por supuestas revelaciones, dichos o cartas nuestras, como si afirmásemos que el día del Señor está encima.


Aclamación antes del Evangelio: Jn 3, 16

Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único. Todo el que cree en él tiene vida eterna.


EVANGELIO: Lucas 19, 1-10

En aquel tiempo, entró Jesús en Jericó y atravesaba la ciudad. Un hombre llamado Zaqueo, jefe de publicanos y rico, trataba de distinguir quién era Jesús, pero la gente se lo impedía, porque era bajo de estatura. Corrió más adelante y se subió a una higuera, para verlo, porque tenía que pasar por allí.

Jesús, al llegar a aquel sitio, levantó los ojos y dijo: «Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa.»

Él bajó en, seguida y lo recibió muy contento.

Al ver esto, todos murmuraban, diciendo: «Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador.»

Pero Zaqueo se puso en pie y dijo al Señor: «Mira, la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más.»

Jesús le contestó: «Hoy ha sido la salvación de esta casa; también éste es hijo de Abrahán.
Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido.»


Antífona de la comunión: Sal 15, 11

Me enseñarás el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia, Señor.


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LECTIO DIVINA, DOMINGO 31º del TIEMPO ORDINARIO, CICLO C

Paso 1. Disponerse: Repite varias veces: “Habla, Señor, que tu siervo escucha”. Pide al Espíritu encontrarte con Jesús en las palabras del texto.

Lucas 19, 1-10

Entró en Jericó e iba atravesando la ciudad. En esto, un hombre llamado Zaqueo, jefe de publícanos y rico, trataba de ver quién era Jesús, pero no lo lograba a causa del gentío, porque era pequeño de estatura. Corriendo más adelante, se subió a un sicomoro para verlo, porque tenía que pasar por allí. Jesús, al llegar a aquel sitio, levantó los ojos y le dijo: «Zaqueo, date prisa y baja, porque es necesario que hoy me quede en tu casa». El se dio prisa en bajar y lo recibió muy contento. Al ver esto, todos murmuraban diciendo: «Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador». Pero Zaqueo, de pie, dijo al Señor: «Mira, Señor, la mitad de mis bienes se la doy a los pobres; y si he defraudado a alguno, le restituyo cuatro veces más». Jesús le dijo: «Hoy ha sido la salvación de esta casa, pues también este es hijo de Abrahán. Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido».

Paso 2. Leer: Fíjate en los personajes del texto: ¿qué hace Zaqueo a lo largo de este pasaje? ¿Qué lleva Jesús a la casa de Zaqueo?

Paso 3. Escuchar: Para que las palabras suenen en tu corazón, guarda silencio. ¿Por qué no pruebas a ser Zaqueo, a tratar de ver a Jesús para que él te vea y te hable?

Paso 4. Orar: ¿Te ayuda esta lectura a hablar a Jesús con confianza y alegría? ¿Cómo es tu encuentro con Jesús? ¿Qué es lo primero que le dices? ¿Cuáles son tus sentimientos? ¿Qué es lo más importante que, de todas maneras, quieres transmitirle y confiarle a Jesús?

Paso 5. Vivir: ¿Te invita a cambiar de actitud esta lectura? ¿Estás dispuesto a desprenderte de lo que te separa de Dios?

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Comentario para el Domingo XXXI del Tiempo Ordinario, por monseñor Jesús Sanz Montes, ofm, arzobispo de Oviedo, administrador apostólico de Huesca y de Jaca (Octubre de 2010).
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El Evangelio de este domingo nos llena de una serena esperanza. Jesús no ha venido para el regalo fácil, para el aplauso falaz y la lisonja barata de los que están en el recinto seguro, sino más bien “ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido”.

Aquella sociedad judía había hecho una clasificación cerrada de los que valían y de los que no. Jesús romperá ese elenco maldito, ante el escándalo de los hipócritas, y será frecuente verle tratar con los que estaban condenados a toda marginación: enfermos, extranjeros, prostitutas y publicanos.

Era la gente que, por estar perdida, Él había venido precisamente a buscar. Concretamente, Zaqueo tenía en su contra que era rico y jefe de publicanos, con una profesión que le hacía odioso ante el pueblo y con una riqueza de dudosa adquisición.

Jesús como Pastor bueno que busca una oveja perdida, o una dracma extraviada, buscará también a este Zaqueo, y le llamará por su nombre para hospedarse en su casa: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa”.

Lucas emplea en su evangelio más veces este adverbio, hoy: cuando comienza su ministerio público (“hoy se cumple esta escritura que acabáis de oír” Lc 4, 16-22), y cuando esté con Dimas, el buen ladrón, en el calvario (“te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso” Lc 23, 43 ).

El odio hacia Zaqueo, el señalamiento que murmura, condena y envidia… no sirvieron para transformar a este hombre tan bajito como aprovechón.

Bastó una mirada distinta en su vida, fue suficiente que alguien le llamase por su nombre con amor, y entrase en su casa sin intereses lucrativos, para que este hombre cambiase, para que volviese a empezar arreglando sus desaguisados.

La oscuridad no se aclara denunciando su tenebrosidad, sino poniendo un poco de luz. Es lo que hizo Jesús en esa casa y en esa vida. Y Zaqueo comprendió, pudo ver su error, su mentira y su injusticia, a la luz de esa Presencia diferente.

La luz misericordiosa de Jesús, provocó en Zaqueo el cambio que no habían podido obtener los odios y acusaciones sobre este hombre. Fue su hoy, su tiempo de salvación.

¿Podremos hacer escuchar en nuestro mundo esa voz de Alguien que nos llama por nuestro nombre, sin usarnos ni manipularnos, sin echarnos más tierra encima, sin señalar inútilmente todas las zonas oscuras de nuestra sociedad y de nuestras vidas personales, sino sencillamente poniendo luz en ellas?

Quiera el Señor visitar también hoy la casa de este mundo y de esta humanidad. Será el milagro de volver a empezar para quienes le acojamos, como Zaqueo.

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JESÚS Y ZAQUEO: Apuntes para la oración personal de encuentro con Jesús.

¡Qué encuentro tan bonito, Jesús, el de hoy! ¡Qué encuentro tan conmovedor y tan sorprendente! Me sorprende cómo tú buscas a todos los necesitados, a los más necesitados, a los pecadores… a todos. Me admiras, Jesús, ¡cómo los buscas!

Hoy el personaje principal es Zaqueo, un hombre que es un jefe de publicanos (recaudadores de impuestos). Y además es rico y nadie lo quiere, porque vivía estafando a los demás. Y es odiado por toda la gente más religiosa. Pero tú no haces acepción de personas. Oye que vienes tú, que pasas… Oye esa Buena Noticia tuya.

Y te acercas, Jesús. Lo mismo te da que sean ricos, que sean pobres, que sean judíos, no judíos, pecadores… La suerte que tuvo Zaqueo cuando tú, al pasar -y allí un hombre tan importante subido en ese árbol-, ahí, le dices: “Zaqueo, baja pronto, que hoy tengo que hospedarme en tu casa”.

¡Qué alegría la de este hombre que va a tu encuentro y que se encuentra: “Hoy tengo que hospedarme en tu casa”. Se siente acogido, valorado, querido por Jesús. Y este hombre se llena de salud, se llena de alegría.

“Hoy ha entrado la salvación en esta casa”. “Este hombre es hijo de Abrahán también”, porque “el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido”.

¡Qué grandes lecciones en este encuentro, Jesús! En primer lugar, tener un ansia grande de ir hacia ti, esté como esté, aunque me sienta mal, aunque me sienta pecador, aunque me sienta totalmente destrozado.

En segundo lugar, tener una confianza grande en ti. Tú no haces acepción de personas, tú no criticas, tú no juzgas ni condenas. Tú amas a todo el mundo, todos caben en tu corazón. Tú quieres lo que estaba perdido.

Y oír de ti: “Zaqueo, baja pronto”. Oír que me dices: “¡Quiero entrar en tu casa! Venga, ábreme la puerta de tu corazón, cuéntame todo”. Y allí escuchar a Jesús que me salva, que me conversa, que me anima. Y en ese encuentro de amor, entrar la salvación y la vida en mi corazón.

¡Qué ejemplo el de Zaqueo y qué ejemplo el del publicano! Tú vienes a todo lo que está perdido. Tú no tratas de evitarnos. No. Te acercas, nos curas, nos llamas. Gracias, Jesús, por no sentirme excluido/a. Gracias, por ser objeto de tu amor. Gracias, porque miras mi miseria. A pesar de tantas infidelidades, a pesar de tanta debilidad, tú no dejas de amarme. ¡Entra en mi corazón! Y tendré que oír: “Hoy ha sido la salvación en esta casa”.

Cuántas veces, Jesús, tendrás que llamarme y decirme: “¿Pero dónde estás? Baja, baja de tu vida, baja de tu mundo porque quiero entrar en tu casa, quiero curarte, quiero sanarte”. Y cuántas veces estoy en mi higuera, en mis caprichos, en lo mío.

Hoy te pido también buscarte con afán, sentirte, tener necesidad de ti y salir a tu encuentro y escuchar: “Baja pronto, que yo tengo que hospedarme en tu casa”. Hoy te lo pido: te pido esa ansia, te pido ese deseo, te pido bajar de mi mundo, te pido llenarme de fe y de alegría y de confianza.

Y se lo pido a María, tu Madre, que me llene de alegría, de deseo, de calor, de acercarme a ti. Y que abra mis oídos interiores y mi corazón para que escuche esto: “Hoy quiero hospedarme en tu casa”. Gracias, Jesús, por el ejemplo de este encuentro, gracias porque tú eres siempre cariñoso con todos, tú eres fiel y tú acoges al que va a caer.

Gracias, Madre mía, ayúdame en este camino de búsqueda de Jesús, que no dude en abrir con prontitud y alegría las puertas de mi corazón. Gracias por este encuentro.

¡Qué excelente, qué enternecedor es el encuentro de Zaqueo y de Jesús!

Que aprenda a tener muchos encuentros de estos. Gracias, Jesús. Que así sea.

Francisca Sierra Gómez – Orar con el Evangelio (C)

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ZAQUEO Y JESÚS

Son bastantes los cristianos de posición acomodada que se sienten molestos por esta moda que ha entrado en la Iglesia de hablar tanto de los pobres, de la opción preferencial por los necesitados, de la atención a los inmigrantes, como signo de la presencia del Reino de Dios en este mundo.

No entienden que el Evangelio pueda ser buena noticia solo para los pobres. Y que, por lo tanto, el evangelio sólo pueda ser escuchado por los ricos como amenaza para sus intereses y como interpelación de su riqueza.

Les parece que todo esto no es sino demagogia barata, manipulación ilegítima del evangelio y, en definitiva, “hacer política de izquierdas”.

Porque vamos a ver: ¿no se acercaba Jesús a todos por igual?, ¿no acogía a pobres y a ricos con el mismo amor?, ¿no ofreció a todos la salvación?

Ciertamente, Jesús se acerca a todos ofreciendo la salvación. Pero no de la misma manera. Y en concreto, a los ricos se les acercaba para “salvarlos”, antes que nada, de sus propias riquezas, que los encogían y les secaban el corazón de amor.

En el Evangelio de hoy, hemos visto cómo Jesús se hace hospedar en casa de un hombre rico de Jericó, y este hombre lo recibe con alegría. Es un honor para él acoger en su casa al Maestro de Nazaret. Y observad cómo Jesús es libre dejando a un lado las habladurías de la gente: “todos murmuraban”, precisa el texto.

Y Zaqueo, de mala fama, pecador, al encontrarse con Jesús y escuchar su mensaje va a cambiar de conducta. Zaqueo descubre que lo importante no es acaparar, acumular, tener, sino compartir; y entonces decide dar la mitad de sus bienes a los pobres.

Zaqueo descubre que tiene que hacer justicia a los que ha robado y se compromete públicamente a restituir con creces. Solo entonces Jesús proclama: “Hoy ha sido la salvación de esta casa”.

 Al rico no se le ofrece otro camino de salvación sino el de compartir lo que posee con los pobres que lo necesitan. Es la única “inversión cristianamente rentable” que puede hacer con sus bienes.

La razón es sencilla. Y es que los ricos sólo pueden existir gracias a los pobres. Sólo pueden enriquecerse a costa de los pobres. La miseria de unos es consecuencia de la riqueza de otros. (Nota del redactor: Porque los bienes materiales no son ilimitados).

Y no sirve decir ingenuamente que hay una “igualdad de oportunidades” en nuestra sociedad y que el éxito es para los que se lo ganan. Sabemos que esto no es verdad. Pero es que además, todos nosotros somos ricos si nos comparamos con los del tercer mundo, hemisferio sur.

Y no se dará una mayor fraternidad entre nosotros si los ricos no cambiamos de actitud y aceptamos la reducción de nuestros bienes en beneficio de los empobrecidos por la actual dinámica de la economía liberal que dirige nuestra sociedad.

Entonces ¿el dinero es malo? Depende. El dinero es bueno cuando la persona lo gana honradamente con su trabajo y le sirve de base para vivir, construir un hogar y llevar una vida cada vez más digna para él y para su familia.

Pero, un cristiano no se puede permitir cualquier nivel de vida lujosa: Hay una manera de ganar dinero, de gastarlo y de invertirlo que es esencialmente injusta porque ignora y olvida a los más necesitados.

El camino a seguir es el de Zaqueo. Él se da cuenta en su conciencia de que su nivel de vida es injusto y toma una decisión que lo salva como ser humano: compartir sus bienes con aquellos pobres a cuya costa está viviendo. Y entonces, la salvación de Jesús entra en su corazón y en su casa.

Preguntas para la reflexión y oración personal:

  1. ¿Tengo curiosidad por conocer mejor a Jesús?
  2. ¿Comparto mi dinero, mi tiempo, mi cultura?

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El maná de cada día, 27.10.19

octubre 26, 2019

Domingo XXX del Tiempo Ordinario, Ciclo C

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Sta. María Magdalena

Dos hombres subieron al Templo a orar

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Antífona de entrada Sal 104, 3-4

Que se alegren los que buscan al Señor. Recurrid al Señor y a su poder, buscad continuamente su rostro.


Oración colecta

Dios todopoderoso y eterno, aumenta nuestra fe, esperanza y caridad, y, para conseguir tus promesas, concédenos amar tus preceptos. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: Eclesiástico 35, 12-14. 16-18

El Señor es un Dios justo, que no puede ser parcial; no es parcial contra el pobre, escucha las súplicas del oprimido; no desoye los gritos del huérfano o de la viuda cuando repite su queja; sus penas consiguen su favor, y su grito alcanza las nubes; los gritos del pobre atraviesan las nubes y hasta alcanzar a Dios no descansan; no ceja hasta que Dios le atiende, y el juez justo le hace justicia.


SALMO 33, 2-3. 17-18. 19 y 23

Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha.

Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca; mi alma se gloría en el Señor: que los humildes lo escuchen y se alegren.

El Señor se enfrenta con los malhechores, para borrar de la tierra su memoria. Cuando uno grita, el Señor lo escucha y lo libra de sus angustias.

El Señor está cerca de los atribulados, salva a los abatidos. El Señor redime a sus siervos, no será castigado quien se acoge a él.


SEGUNDA LECTURA: 2 Timoteo 4, 6-8. 16-18

Querido hermano:

Yo estoy a punto de ser sacrificado, y el momento de mi partida es inminente. He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe.

Ahora me aguarda la corona merecida, con la que el Señor, juez justo, me premiará en aquel día; y no sólo a mí, sino a todos los que tienen amor a su venida.

La primera vez que me defendí, todos me abandonaron, y nadie me asistió. Que Dios los perdone.

Pero el Señor me ayudó y me dio fuerzas para anunciar íntegro el mensaje, de modo que lo oyeran todos los gentiles. Él me libró de la boca del león.

El Señor seguirá librándome de todo mal, me salvará y me llevará a su reino del cielo. A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén.


Aclamación antes del Evangelio: 2 Co 5, 19

Dios estaba en Cristo, reconciliando al mundo consigo, y a nosotros nos ha confiado la palabra de la reconciliación.


EVANGELIO: Lucas 18, 9-14

En aquel tiempo, a algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás, dijo Jesús esta parábola:

«Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, un publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: “¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo.”

El publicano, en cambio, se quedó atrás y no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo; sólo se golpeaba el pecho, diciendo: “¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador.”

Os digo que éste bajó a su casa justificado, y aquél no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.»

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Comentario al Evangelio:

Jesús con la parábola de hoy pone al descubierto la actitud farisaica del que se cree justo y por tanto se apoya “en sí mismo”. Es una provocación de Jesús a la gente religiosa de todos los tiempos. No es una simple invitación piadosa a ser “humildes”. Ni una reflexión moralizante. No, Jesús denuncia a una “religión” centrada en el mérito, en las obras y en la autosatisfacción por el cumplimiento exacto de una moral “externa”. La consecuencia de tal religiosidad es el juicio y el desprecio de los demás. Es una religión que “engorda el ego”. ¡Qué buena noticia para discernir y despertar a lo que somos! Vivamos desde la gratuidad, desde el desapego, sin juicios. ¡Todo es gracia! Un abrazo y feliz domingo,

José María Rastrojo.

COMENTARIO AL EVANGELIO

Por monseñor Jesús Sanz Montes, ofm

Quien se ha encontrado con el Dios vivo alguna vez, ha frecuentado su amistad y ha saboreado el amor de Dios, nunca se tendrá por justo, porque justo sólo es Dios; y acercarse al solo Justo supone hacer la experiencia de comprobar nuestra desproporcionada diferencia con él.

Saberse pecador, reconocerse como no justo, no significa vivir tristes, sin paz o sin esperanza, sino situar la seguridad en Dios y no en las propias fuerzas o en una hipócrita virtud.

Alguien que en verdad no ha orado nunca, seguirá necesitando afirmarse y convencerse de su propia seguridad, ya que la de Dios, la única fidedigna, ni siquiera la ha intuido. Y cuando alguien se tiene por justo, y está hinchado de su propia seguridad, es decir, cuando vive en su mentira, suele maltratar a sus prójimos, los desprecia “porque no llegan a su altura”, porque no están al nivel de “su” santidad.

Tenemos, pues, el retrato robot de quien estando incapacitado para orar por estas tres actitudes incompatibles con la auténtica oración, como el fariseo de la parábola, llega a creer que puede comprar a Dios la salvación. La moneda de pago sería su arrogante virtud, su postiza santidad. Hasta aquí el fariseo.

Pero había otro personaje en la parábola: el publicano, es decir, un proscrito de la legalidad, alguien que no formaba parte del censo de los buenos. Y al igual que otras veces, Jesús lo pondrá como ejemplo, no para resaltar morbosamente su condición pecadora, sino para que en ésta resplandezca la gracia que puede hacer nuevas todas las cosas.

Aquel publicano ni se sentía justo ante Dios, ni tenía seguridad en su propia coherencia, ni tampoco despreciaba a nadie. Ni siquiera a sí mismo. Sólo dijo una frase, al fondo del templo, en la penumbra de sus pecados: “Oh Dios, ten compasión de este pecador”.

Preciosa oración, tantas veces repetida por los muchos peregrinos que en su vida de oscuridad, de errores, de horrores quizás también, han comenzado a recibir gratis una salvación que con nada se puede comprar.

Jesús nos enseña a orar viviendo en la verdad, no en el disfraz de una vida engañosa y engañada ante todos menos ante Dios.

Tratar de amistad con quien nos ama, es reconocer que sólo él es Dios, que nosotros somos unos pobres pecadores a los que se les concede el don de volver a empezar siempre, de volver a la luz, a la alegría verdadera, a la esperanza, para rehacer aquello que en nosotros y entre nosotros, pueda haber manchado la gloria de Dios, el nombre de un hermano y nuestra dignidad.

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