El maná de cada día, 17.2.20

febrero 17, 2020

Lunes de la 6ª semana del Tiempo Ordinario

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En caso de que alguno de vosotros se vea falto de sabiduría, que se la pida a Dios
En caso de que alguno de vosotros se vea falto de sabiduría, que se la pida a Dios

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PRIMERA LECTURA: Santiago 1, 1-11

Santiago, siervo de Dios y del Señor Jesucristo, saluda a las doce tribus dispersas.

Hermanos míos, teneos por muy dichosos cuando os veáis asediados por toda clase de pruebas. Sabed que, al ponerse a prueba vuestra fe, os dará constancia. Y si la constancia llega hasta el final, seréis perfectos e íntegros, sin falta alguna.

En caso de que alguno de vosotros se vea falto de sabiduría, que se la pida a Dios. Dios da generosamente y sin echar en cara, y él se la dará.

Pero tiene que pedir con fe, sin titubear lo más mínimo, porque quien titubea se parece al oleaje del mar sacudido y agitado por el viento. Un individuo así no se piense que va a recibir nada del Señor; no sabe lo que quiere y no sigue rumbo fijo.

El hermano de condición humilde esté orgulloso de su alta dignidad, y el rico, de su pobre condición, pues pasará como la flor del campo: sale el sol y con su ardor seca la hierba, cae la flor, y su bello aspecto perece; así se marchitará también el rico en sus empresas.

SALMO 118, 67.68.71.72.75.76

Cuando me alcance tu compasión, viviré, Señor.

Antes de sufrir, yo andaba extraviado, pero ahora me ajusto a tu promesa.

Tú eres bueno y haces el bien; instrúyeme en tus leyes.

Me estuvo bien el sufrir, así aprendí tus mandamientos.

Más estimo yo los preceptos de tu boca que miles de monedas de oro y plata.

Reconozco, Señor, que tus mandamientos son justos, que con razón me hiciste sufrir.

Que tu bondad me consuele, según la promesa hecha a tu siervo.

Aclamación antes del Evangelio: Jn 14, 6

Yo soy el camino, y la verdad, y la vida -dice el Señor-; nadie va al Padre, sino por mí.

EVANGELIO: Marcos 8, 11-13

En aquel tiempo, se presentaron los fariseos y se pusieron a discutir con Jesús; para ponerlo a prueba, le pidieron un signo del cielo.

Jesús dio un profundo suspiro y dijo: «¿Por qué esta generación reclama un signo? Os aseguro que no se le dará un signo a esta generación.»

Los dejó, se embarcó de nuevo y se fue a la otra orilla.

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Decálogo de la evangelización, por Mons. Francisco Cerro

1. Evangelizar es decir a cada persona humana: Dios te ama. Dios ha venido y ha muerto y resucitado por ti.

2. Evangelizar es cumplir el mandato de Jesús de llevar a toda la gente la buena noticia del Evangelio.

3. Cuando no estamos unidos a la Trinidad, la evangelización tiene el peligro de convertirse en proselitismo.

4. Los grandes evangelizadores de siempre han sido personas seducidas por el Corazón de Cristo.

5. Evangelizar es decir, en el lenguaje que entiende la gente, todo el Amor que le ha llevado a Jesús a dar la vida como nuestro Salvador.

6. Hacerse evangelio viviente: He aquí la tarea de los cristianos del tercer milenio.

7. No es posible evangelizar si no estamos convencidos de que llevar a Cristo es llevar con Él todo lo que necesita la humanidad: justicia, paz, solidaridad…

8. Los santos han sido los evangelizadores de la humanidad pues han amado al mundo para transformarlo al estilo de Jesús.

9. Evangelizar es asumir la cruz de la incomprensión y de las dificultades en nuestro mundo.

10. Si nos cuesta evangelizar tendremos que preguntarnos si no es porque nuestro amor al Señor es todavía muy pobre.

http://cpcr-caldes.blogspot.com.es/2013/09/decalogo-de-la-evangeliacion.html

Publicado por COOPERATRICES PARROQUIALES DE CRISTO REY


El maná de cada día, 16.2.20

febrero 15, 2020

Domingo VI del Tiempo Ordinario, Ciclo A

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Antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la Ley

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Antífona de entrada: Sal 30, 3-4

Sé la roca de mi refugio, Señor, un baluarte donde me salve, tú que eres mi roca y mi baluarte; por tu nombre dirígeme y guíame.

Oración colecta

Señor, tú que te complaces en habitar en los rectos y sencillos de corazón, concédenos vivir por tu gracia de tal manera que merezcamos tenerte siempre con nosotros. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

PRIMERA LECTURA: Eclesiástico 15, 16-21

Si quieres, guardarás los mandatos del Señor, porque es prudencia cumplir su voluntad; ante ti están puestos fuego y agua: echa mano a lo que quieras; delante del hombre están muerte y vida: le darán lo que él escoja.

Es inmensa la sabiduría del Señor, es grande su poder y lo ve todo; los ojos de Dios ven las acciones, él conoce todas las obras del hombre; no mandó pecar al hombre, ni deja impunes a los mentirosos.

SALMO 118, 1-2. 4-5. 17-18. 33-34

Dichoso el que camina en la voluntad del Señor.

Dichoso el que, con vida intachable, camina en la voluntad del Señor; dichoso el que, guardando sus preceptos, lo busca de todo corazón.

Tú promulgas tus decretos para que se observen exactamente. Ojalá esté firme mi camino, para cumplir tus consignas.

Haz bien a tu siervo: viviré y cumpliré tus palabras; ábreme los ojos, y contemplaré las maravillas de tu voluntad.

Muéstrame, Señor, el camino de tus leyes, y lo seguiré puntualmente; enséñame a cumplir tu voluntad y a guardarla de todo corazón.

SEGUNDA LECTURA: 1 Corintios 2, 6-10

Hermanos: Hablamos, entre los perfectos, una sabiduría que no es de este mundo, ni de los príncipes de este mundo, que quedan desvanecidos, sino que enseñamos una sabiduría divina, misteriosa, escondida, predestinada por Dios antes de los siglos para nuestra gloria.

Ninguno de los príncipes de este mundo la ha conocido; pues, si la hubiesen conocido, nunca habrían crucificado al Señor de la gloria. Sino, como está escrito: «Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman.»

Y Dios nos lo ha revelado por el Espíritu. El Espíritu lo sondea todo, incluso lo profundo de Dios.

Aclamación antes del Evangelio: Mt 11, 25

Bendito seas, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has revelado los secretos del reino a la gente sencilla.

EVANGELIO: Mateo 5, 17-37

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«No creáis que he venido a abolir la Ley y los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud.

Os aseguro que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la Ley. El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes, y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos.

Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos. Os lo aseguro: Si no sois mejores que los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos.

Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No matarás”, y el que mate será procesado. Pero yo os digo: Todo el que esté peleado con su hermano será procesado. Y si uno llama a su hermano “imbécil”, tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama “renegado”, merece la condena del fuego.

Por tanto, si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda.

Con el que te pone pleito, procura arreglarte en seguida, mientras vais todavía de camino, no sea que te entregue al juez, y el juez al alguacil, y te metan en la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último cuarto.

Habéis oído el mandamiento “no cometerás adulterio”. Pues yo os digo: El que mira a una mujer casada deseándola, ya ha sido adúltero con ella en su interior.

Si tu ojo derecho te hace caer, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser echado entero en el infierno. Si tu mano derecha te hace caer, córtatela y tírala, porque más te vale perder un miembro que ir a parar entero al infierno.

Está mandado: “El que se divorcie de su mujer, que le dé acta de repudio.” Pues yo os digo: El que se divorcie de su mujer, excepto en caso de impureza, la induce al adulterio, y el que se case con la divorciada comete adulterio.

Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No jurarás en falso” y “Cumplirás tus votos al Señor”. Pues yo os digo que no juréis en absoluto: ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, que es estrado de sus pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del Gran Rey. Ni jures por tu cabeza, pues no puedes volver blanco o negro un solo pelo. A vosotros os basta decir “sí” o “no”. Lo que pasa de ahí viene del Maligno.»

Antífona de comunión: Jn 3, 16

Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna.

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LECTIO DIVINA, DOMINGO VI del TIEMPO ORDINARIO, CICLO A

Antes de abrir tu Biblia, abre tu corazón a la acción del Espíritu Santo.

Paso 1. Disponerse: Ponte en la presencia del Señor. Él te ha llamado, te espera. Míralo así: “Es Dios quien quiere hablar conmigo en la lectura”. El Espíritu es la fuerza del amor de Dios que nos revela a Jesús. Llámale con tus palabras y a tu modo, con mucha confianza: Ven, Espíritu Santo.

Mt 5,17-37

No creáis que he venido a abolir la Ley y los Profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud. En verdad os digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley. El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos. Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos. Porque os digo que si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos.

Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No matarás”, y el que mate será reo de juicio. Pero yo os digo: todo el que se deja llevar de la cólera contra su hermano será procesado. Y si uno llama a su hermano «imbécil», tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama «necio», merece la condena de la gehenna del fuego.

Por tanto, si cuando vas a presentar tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda. Con el que te pone pleito procura arreglarte enseguida, mientras vais todavía de camino, no sea que te entregue al juez y el juez al alguacil, y te metan en la cárcel. En verdad te digo que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último céntimo.

Habéis oído que se dijo: “No cometerás adulterio”. Pero yo os digo: todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón. Si tu ojo derecho te induce a pecar, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser echado entero en la gehenna. Si tu mano derecha te induce a pecar, córtatela y tírala, porque más te vale perder un miembro que ir a parar entero a la gehenna.

Se dijo: “El que repudie a su mujer, que le dé acta de repudio”. Pero yo os digo que si uno repudia a su mujer —no hablo de unión ilegítima— y se casa con otra, comete adulterio.

También habéis oído que se dijo a los antiguos: “No jurarás en falso” y “Cumplirás tus juramentos al Señor”. Pero yo os digo que no juréis en absoluto: ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, que es estrado de sus pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del Gran Rey. Ni jures por tu cabeza, pues no puedes volver blanco o negro un solo cabello. Que vuestro hablar sea sí, sí, no, no. Lo que pasa de ahí viene del Maligno.

Paso 2. Leer: Busca el sentido de cada frase. ¿Qué sabes de la importancia de la ley para los judíos? ¿A qué te suena la expresión: “Pues yo os digo…”? ¿Ves que Jesús pide llegar más allá de la letra de la ley?

Paso 3. Escuchar: Busca un mensaje del texto para tu vida, tal como estás ahora. Libérate de prejuicios. Estrena una mente amplia, acogedora, dócil. Deja que las palabras resuenen en tu interior. ¿Cuál es la frase o expresión que más te llega del texto? ¿Qué es el reino de los cielos para Jesús: un lugar o una forma de vida? ¿Y a ti cómo te afectan estas palabras?

Paso 4. Orar: ¿Qué te hace decir al Señor esta lectura? Deja que las palabras resuenen en tu interior. ¿Qué te revela el Espíritu en tu interior? Háblale a Jesús con confianza del reino en la tierra. Háblale de tus dificultades para acogerlo y llevarlo a los demás. Habla con Dios, desde el fondo de tu corazón, sobre lo que te ha llegado de esta lectura.

Paso 5. Vivir: ¿A qué te mueve esta lectura? ¿A vivir de otra manera? ¿Qué tiene que ver el reino con la gente que te rodea, con los tuyos?

Inspirado en: http://semillas-edit.es/

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No creáis que he venido a abolir la Ley y los Profetas

S.S. Benedicto XVI. Ángelus del domingo 13 de febrero de 2011

Queridos hermanos y hermanas:

En la Liturgia de este domingo prosigue la lectura del llamado «Sermón de la montaña» de Jesús, que comprende los capítulos 5, 6 y 7 del Evangelio de Mateo. Después de las «bienaventuranzas», que son su programa de vida, Jesús proclama la nueva Ley, su Torá, como la llaman nuestros hermanos judíos.

En efecto, el Mesías, con su venida, debía traer también la revelación definitiva de la Ley, y es precisamente lo que Jesús declara: «No creáis que he venido a abolir la Ley y los Profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud».

Y, dirigiéndose a sus discípulos, añade: «Si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos» (Mt 5, 17.20). Pero ¿en qué consiste esta «plenitud» de la Ley de Cristo, y esta «mayor» justicia que él exige?

Jesús lo explica mediante una serie de antítesis entre los mandamientos antiguos y su modo de proponerlos de nuevo. Cada vez comienza diciendo: «Habéis oído que se dijo a los antiguos…», y luego afirma: «Pero yo os digo…». Por ejemplo: «Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No matarás”; y el que mate será reo de juicio. Pero yo os digo: “todo el que se deja llevar de la cólera contra su hermano será procesado”» (Mt 5, 21-22). Y así seis veces.

Este modo de hablar suscitaba gran impresión en la gente, que se asustaba, porque ese «yo os digo» equivalía a reivindicar para sí la misma autoridad de Dios, fuente de la Ley.

La novedad de Jesús consiste, esencialmente, en el hecho de que él mismo «llena» los mandamientos con el amor de Dios, con la fuerza del Espíritu Santo que habita en él. Y nosotros, a través de la fe en Cristo, podemos abrirnos a la acción del Espíritu Santo, que nos hace capaces de vivir el amor divino.

Por eso todo precepto se convierte en verdadero como exigencia de amor, y todos se reúnen en un único mandamiento: ama a Dios con todo el corazón y ama al prójimo como a ti mismo. «La plenitud de la Ley es el amor», escribe san Pablo (Rm 13, 10).

Ante esta exigencia, por ejemplo, el lamentable caso de los cuatro niños gitanos que murieron la semana pasada en la periferia de esta ciudad, en su chabola quemada, impone que nos preguntemos si una sociedad más solidaria y fraterna, más coherente en el amor, es decir, más cristiana, no habría podido evitar ese trágico hecho.

Y esta pregunta vale para muchos otros acontecimientos dolorosos, más o menos conocidos, que acontecen diariamente en nuestras ciudades y en nuestros países.

Queridos amigos, quizás no es casualidad que la primera gran predicación de Jesús se llame «Sermón de la montaña». Moisés subió al monte Sinaí para recibir la Ley de Dios y llevarla al pueblo elegido. Jesús es el Hijo de Dios que descendió del cielo para llevarnos al cielo, a la altura de Dios, por el camino del amor.

Es más, él mismo es este camino: lo único que debemos hacer es seguirle, para poner en práctica la voluntad de Dios y entrar en su reino, en la vida eterna.

Una sola criatura ha llegado ya a la cima de la montaña: la Virgen María. Gracias a la unión con Jesús, su justicia fue perfecta: por esto la invocamos como Speculum iustitiae.

Encomendémonos a ella, para que guíe también nuestros pasos en la fidelidad a la Ley de Cristo.

http://www.vatican.va


El maná de cada día, 12.2.20

febrero 12, 2020

Miércoles de la 5ª Semana del Tiempo Ordinario

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Lo que sale de dentro es lo que puede hacer impuro al hombre



PRIMERA LECTURA: 1 Reyes 10, 1-10

En aquellos días, la reina de Sabá oyó la fama de Salomón y fue a desafiarle con enigmas. Llegó a Jerusalén con una gran caravana de camellos cargados de perfumes y oro en gran cantidad y piedras preciosas.

Entró en el palacio de Salomón y le propuso todo lo que pensaba. Salomón resolvió todas sus consultas; no hubo una cuestión tan oscura que el rey no pudiera resolver.

Cuando la reina de Sabá vio la sabiduría de Salomón, la casa que había construido, los manjares de su mesa, toda la corte sentada a la mesa, los camareros con sus uniformes sirviendo, las bebidas, los holocaustos que ofrecía en el templo del Señor, se quedó asombrada y dijo al rey:

«¡Es verdad lo que me contaron en mi país de ti y tu sabiduría! Yo no quería creerlo; pero ahora que he venido y lo veo con mis propios ojos, resulta que no me habían dicho ni la mitad. En sabiduría y riquezas superas todo lo que yo había oído.

¡Dichosa tu gente, dichosos los cortesanos que están siempre en tu presencia, aprendiendo de tu sabiduría!

¡Bendito sea el Señor, tu Dios, que, por el amor eterno que tiene a Israel, te ha elegido para colocarte en el trono de Israel y te ha nombrado rey para que gobiernes con justicia!»

La reina regaló al rey cuatro mil quilos de oro, gran cantidad de perfumes y piedras preciosas; nunca llegaron tantos perfumes como los que la reina de Saba regaló al rey Salomón.


SALMO 36, 5-6.30-31.39-40

La boca del justo expone la sabiduría.

Encomienda tu camino al Señor, confía en él, y él actuará: hará tu justicia como el amanecer, tu derecho, como el mediodía.

La boca del justo expone la sabiduría, su lengua explica el derecho: porque lleva en el corazón la ley de su Dios, y sus pasos no vacilan.

El Señor es quien salva a los justos, él es su alcázar en el peligro; el Señor los protege y los libra, los libra de los malvados y los salva, porque se acogen a él.


Aclamación antes del Evangelio: Jn 17, 17b.a

Tu palabra, Señor, es verdad; conságranos en la verdad.


EVANGELIO: Marcos 7, 14-23

En aquel tiempo, llamó Jesús de nuevo a la gente y les dijo: «Escuchad y entended todos: Nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre. El que tenga oídos para oír, que oiga.»

Cuando dejó a la gente y entró en casa, le pidieron sus discípulos que les explicara la parábola. Él les dijo: «¿Tan torpes sois también vosotros? ¿No comprendéis? Nada que entre de fuera puede hacer impuro al hombre, porque no entra en el corazón, sino en el vientre, y se echa en la letrina.»

Con esto declaraba puros todos los alimentos. Y siguió: «Lo que sale de dentro, eso sí mancha al hombre. Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro.»


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SE NOS VA LA FUERZA POR LA BOCA

Toda la riqueza interior que acumulas en tu tiempo de oración, en tus eucaristías, en tu trato con Dios, se te puede evaporar con rapidez cuando no gobiernas y dominas tu lengua.

Es difícil no hablar con ligereza y superficialidad, saber ponderar comentarios o evitar críticas apresuradas y valoraciones innecesarias cuando el corazón no está lleno de silencio interior.

Si llevas dentro mucho ruido de afectos desordenados, de pensamientos vanidosos, de prisas y activismos, de dudas y tentaciones, de inquietudes, de excesivas preocupaciones, de rencores, tu hablar será igualmente ruidoso y desordenado.

Y con ese ruido alocado en el alma es lógico que pienses que Dios no te habla, que no le ves, que está lejos de ti, que no te escucha.

Una forma de hacer silencio interior es cuidar y ponderar lo que hablamos y decimos, sobre todo cuando la precipitación, la ira o el excesivo entusiasmo nos hacen decir cosas de las que –la mayoría de las veces– terminamos por arrepentirnos.

Aprende a ser discreto, cauto y ponderado en el hablar, porque, una vez que la caja de Pandora se ha abierto, es imposible volver a encerrar en ella todos los vientos que se escaparon.

Aprende de los silencios y del hablar de Dios. Contempla a menudo tantos silencios de Nuestro Señor, mucho más abundantes en su vida que sus palabras y sus milagros.

Aprende de esos fecundos silencios de nuestra Madre, que acompañaban tan de cerca los silencios del Hijo.

Pídele a san José que te enseñe y ayude a vivir el silencio, como él lo vivió: lleno de contemplación, junto a María y a Jesús.

Cuanto más vayas llenando de Dios tu corazón más buscarás tu silencio interior. Empezarás, entonces, a hablar el verdadero lenguaje, el de Dios, y tu vida ya no podrá callarle.

Lañas diarias www.mater-dei.es


El maná de cada día, 1.2.20

febrero 1, 2020

Sábado de la 3ª semana del Tiempo Ordinario

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tempestad

Se levantó un fuerte huracán

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PRIMERA LECTURA: 2 Samuel 12, 1-7a.10-17

En aquellos días, el Señor envió a Natán a David.

Entró Natán ante el rey y le dijo: «Había dos hombres en un pueblo, uno rico y otro pobre. El rico tenía muchos rebaños de ovejas y bueyes; el pobre sólo tenía una corderilla que había comprado; la iba criando, y ella crecía con él y con sus hijos, comiendo de su pan, bebiendo de su vaso, durmiendo en su regazo: era como una hija. Llegó una visita a casa del rico, y no queriendo perder una oveja o un buey, para invitar a su huésped, cogió la cordera del pobre y convidó a su huésped.»

David se puso furioso contra aquel hombre y dijo a Natán: «Vive Dios, que el que ha hecho eso es reo de muerte. No quiso respetar lo del otro; pues pagará cuatro veces el valor de la cordera.»

Natán dijo a David: «¡Eres tú! Pues bien, la espada no se apartará nunca de tu casa; por haberme despreciado, quedándote con la mujer de Urías, el hitita, y matándolo a él con la espada amonita. Asi dice el Señor: “Yo haré que de tu propia casa nazca tu desgracia; te arrebataré tus mujeres y ante tus ojos se las daré a otro, que se acostará con ellas a la luz del sol que nos alumbra. Tú lo hiciste a escondidas, yo lo haré ante todo Israel, en pleno día.”»

David respondió a Natán: «¡He pecado contra el Señor!»

Natán le dijo: «El Señor ha perdonado ya tu pecado, no morirás. Pero, por haber despreciado al Señor con lo que has hecho, el hijo que te ha nacido morirá.»

Natán marchó a su casa. El Señor hirió al niño que la mujer de Urías había dado a David, y cayó gravemente enfermo. David pidió a Dios por el niño, prolongó su ayuno y de noche se acostaba en el suelo. Los ancianos de su casa intentaron levantarlo, pero él se negó y no quiso comer nada con ellos.


SALMO 50, 12-13.14-15.16-17

Oh Dios, crea en mí un corazón puro.

Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme; no me arrojes lejos de tu rostro, no me quites tu santo espíritu.

Devuélveme la alegría de tu salvación, afiánzame con espíritu generoso: enseñaré a los malvados tus caminos, los pecadores volverán a ti.

¡Líbrame de la sangre, oh Dios, Dios, Salvador mío, y cantará mi lengua tu justicia. Señor, me abrirás los labios, y mi boca proclamará tu alabanza.


Aclamación antes del Evangelio: Jn 3, 16

Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único; todos los que creen en él tienen vida eterna.


EVANGELIO: Marcos 4, 35-41

Un día, al atardecer, dijo Jesús a sus discípulos: «Vamos a la otra orilla.»

Dejando a la gente, se lo llevaron en barca, como estaba; otras barcas lo acompañaban. Se levantó un fuerte huracán, y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua. Él estaba a popa, dormido sobre un almohadón.

Lo despertaron, diciéndole: «Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?»

Se puso en pie, increpó al viento y dijo al lago: «¡Silencio, cállate!»

El viento cesó y vino una gran calma.

Él les dijo: «¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?»

Se quedaron espantados y se decían unos a otros: «¿Pero quién es éste? ¡Hasta el viento y las aguas le obedecen!»



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Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?

Aquel día, al atardecer, los apóstoles, una vez más, se dispusieron a atravesar el lago para llegar a la otra orilla. Nadie sospechaba que una espectacular tormenta iba a sorprenderles lejos de la orilla y bien entrados en alta mar.

A pesar de la agitación, de las voces de los marineros, de los tumbos que daba la barca entre las olas encrespadas, del afán por mantenerse a flote, de los trabajos por achicar el agua de la barca, el Señor lograba dormir, allá, en la popa del barco, recostado serenamente sobre una especie de almohadón.

El enfado de los apóstoles debió ser mayúsculo, más que por el aprieto de la situación por ver que el Maestro seguía dormido y, aparentemente, sin preocuparse lo más mínimo por las dificultades de los apóstoles y por el peligro de naufragar.

Sólo cuando el susto y el enfado se hicieron insoportables, los apóstoles despertaron al Maestro reprochándole su inacción y su desinterés. Le habían visto hacer tantos milagros, en situaciones aparentemente menos urgentes, que no podían entender cómo a ellos, a los suyos, no les sacaba de aquel apuro.

Debió desconcertarles la calma y la serena autoridad con que el Señor increpó a los vientos e hizo calmar las aguas. Y debió desconcertarles aún más el reproche que salió de sus labios: ¡hombres de poca fe! ¿por qué tenéis miedo?

El Señor no reprochó a aquellos expertos marineros sus enfados o su torpe pericia para salvarse de aquella tormenta. Tampoco les ahorró los trabajos y fatigas con los que intentaban salvar la barca del naufragio. Sólo cuándo los apóstoles dejaron de confiar sólo en sus propias fuerzas y recursos el Señor pudo hacer un milagro portentoso.

No fue el sueño y la inacción del Señor lo que les condujo a una situación límite; fueron los apóstoles los que, fiados de sí mismos, llegaron ellos solos a una situación límite, en la que no les quedó más remedio que rendirse y doblegar su autosuficiencia ante la omnipotencia de Dios.

Cuándo comprenderemos que es nuestra orgullosa autosuficiencia y nuestra ceguera para ver al Señor dentro de nuestra barca lo que retrasa y dificulta el poder y la acción de Dios.

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El maná de cada día, 31.1.20

enero 31, 2020

Viernes de la 3ª semana del Tiempo Ordinario

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La semilla germina y va creciendo

La semilla germina y va creciendo



PRIMERA LECTURA: 2 Samuel 11, 1-4a.5-10a.13-17

Al año siguiente, en la época en que los reyes van a la guerra, David envió a Joab con sus oficiales y todo Israel, a devastar la región de los amonitas y sitiar a Rabá.

David, mientras tanto, se quedó en Jerusalén; y un día, a eso del atardecer, se levantó de la cama y se puso a pasear por la azotea del palacio, y desde la azotea vio a una mujer bañándose, una mujer muy bella.

David mandó preguntar por la mujer, y le dijeron: «Es Betsabé, hija de Alián, esposa de Urías, el hitita.»

David mandó a unos para que se la trajesen. Después Betsabé volvió a su casa, quedó encinta y mandó este aviso a David: «Estoy encinta.»

Entonces David mandó esta orden a Joab: «Mándame a Urías, el hitita.»

Joab se lo mandó. Cuando llegó Urías, David le preguntó por Joab, el ejército y la guerra.

Luego le dijo: «Anda a casa a lavarte los pies.»

Urías salió del palacio, y detrás de él le llevaron un regalo del rey. Pero Urías durmió a la puerta del palacio, con los guardias de su señor; no fue a su casa.

Avisaron a David que Urías no había ido a su casa. Al día siguiente, David lo convidó a un banquete y lo emborrachó. Al atardecer, Urías salió para acostarse con los guardias de su señor, y no fue a su casa.

A la mañana siguiente, David escribió una carta a Joab y se la mandó por medio de Urías. El texto de la carta era: «Pon a Urías en primera línea, donde sea más recia la lucha, y retiraos dejándolo solo, para que lo hieran y muera.»

Joab, que tenía cercada la ciudad, puso a Urías donde sabía que estaban los defensores más aguerridos. Los de la ciudad hicieron una salida, trabaron combate con Joab, y hubo bajas en el ejército entre los oficiales de David; murió también Urías, el hitita.


SALMO 50, 3-4.5-6a.6bc-7.10-11

Misericordia, Señor: hemos pecado.

Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa; lava del todo mi delito, limpia mi pecado.

Pues yo reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado: contra ti, contra ti solo pequé, cometí la maldad que aborreces.

En la sentencia tendrás razón, en el juicio resultarás inocente. Mira, en la culpa nací, pecador me concibió mi madre.

Hazme oír el gozo y la alegría, que se alegren los huesos quebrantados. Aparta de mi pecado tu vista, borra en mí toda culpa.


Aclamación antes del Evangelio: Mt 11, 25

Bendito seas, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has revelado los secretos del reino a la gente sencilla.


EVANGELIO: Marcos 4, 26-34

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: «El reino de Dios se parece a un hombre que echa simiente en la tierra. Él duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra va produciendo la cosecha ella sola: primero los tallos, luego la espiga, después el grano. Cuando el grano está a punto, se mete la hoz, porque ha llegado la siega.»

Dijo también: «¿Con qué podemos comparar el reino de Dios? ¿Qué parábola usaremos? Con un grano de mostaza: al sembrarlo en la tierra es la semilla más pequeña, pero después brota, se hace más alta que las demás hortalizas y echa ramas tan grandes que los pájaros pueden cobijarse y anidar en ellas.»

Con muchas parábolas parecidas les exponía la palabra, acomodándose a su entender. Todo se lo exponía con parábolas, pero a sus discípulos se lo explicaba todo en privado.

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LOS MÁRTIRES DE NUESTROS PECADOS

Papa Francisco en Casa Santa Marta
Viernes 31 de enero de 2014

Liberarse del peligro de ser cristianos «demasiado seguros», de perder el «sentido del pecado», seducidos por «una visión antropológica superpotente» y mundana capaz de impulsar al hombre a considerar que puede hacer todo por sí mismo. Esta es la exhortación que el Papa Francisco hizo durante la misa del viernes 31 de enero, refiriéndose al episodio bíblico de la tentación de David, quien, enamorado de Betsabé, esposa de su fiel soldado Urías, la tomó consigo y mandó a su marido a combatir, provocándole la muerte.

La pérdida del sentido del pecado, dijo el Pontífice, es signo de cómo disminuye el significado del reino de Dios. Hace olvidar que la salvación viene de él «y no de la astucia» de los hombres.

Partiendo de la liturgia del día, el Papa centró su homilía en el reino de Dios. El pasaje de Marcos (4, 26-34), dijo el Pontífice, «nos habla del reino de Dios», de cómo crece. En realidad, se lee en el Evangelio, «ni siquiera el sembrador sabe» cómo sucede esto. Pero en otro pasaje, explicó, Jesús dice que es precisamente Dios quien hace crecer su reino en nosotros. «Y este crecimiento —precisó— es un don de Dios que debemos pedir». Y lo pedimos cada día cuando rezamos «el Padrenuestro: venga tu reino». Es una invocación, observó, que «quiere decir: que crezca tu reino dentro de nosotros, en la sociedad. Que crezca el reino de Dios».

Pero «así como el reino de Dios crece —advirtió—, así también puede disminuir». Y «de esto nos habla la primera lectura», tomada del segundo libro de Samuel (11, 1-4a. 5-10a. 13-17), que narra la tentación de David.

Para explicar el pasaje, el Papa Francisco se remitió a las lecturas del día anterior, en particular a la «hermosa oración de David al Señor: la oración por su pueblo». «El rey reza por su pueblo, es la oración de un santo».

Pero al año siguiente, destacó, «sucedió lo que acabamos de escuchar» en el segundo libro de Samuel: precisamente la tentación de David. Y esto fue lo que alteró a un reino que, a fin de cuentas, era tranquilo a pesar de pequeñas guerras por el control de los confines. También «David estaba tranquilo», llevaba «una vida normal». Pero un día, «después del almuerzo, durmió la siesta, se levantó, dio un paseo y se le presentó una tentación. Y David cayó en tentación» al ver a Betsabé, la esposa de Urías.

«A todos nosotros —comentó el Papa— nos puede suceder lo mismo», porque «todos somos pecadores y todos somos tentados. Y la tentación es el pan nuestro de cada día». Hasta tal punto que, observó, «si alguno de nosotros dijera: jamás he tenido tentaciones», la respuesta justa sería: «o eres un ángel o eres un tonto». En efecto, «es normal la lucha en la vida: el diablo no está tranquilo, y quiere su victoria».

En realidad, «el problema más grave de este pasaje —precisó— no es tanto la tentación o el pecado contra el noveno mandamiento, sino más bien cómo actuó David». En efecto, en aquella circunstancia perdió la conciencia del pecado y habló sencillamente de «un problema» por resolver. Y su actitud «era un signo», porque «cuando el reino de Dios disminuye, uno de los signos es la pérdida del sentido del pecado».

David, explicó el Papa, cometió «un grave pecado» y, sin embargo, «no lo sintió» como tal. Para él era sólo un «problema». Por eso, «no pensó en pedir perdón». Solo se preocupó por resolver un problema —después de su relación con Betsabé, la mujer quedó embarazada—, y se preguntó: «¿Cómo hago para cubrir el adulterio?».

Así, elaboró una estrategia y la aplicó de modo tal que indujo a Urías a pensar que el hijo que esperaba su mujer era efectivamente suyo. Urías, explicó el Pontífice, «era un buen israelita, pensaba en sus compañeros y no quería festejar mientras el ejército de Israel luchaba».

Pero David, tras inútilmente intentar convencerlo «con un banquete, con vino», como «hombre resuelto, hombre de gobierno, tomó una decisión»: escribió una carta a Joab, el capitán del ejército, ordenándole que mandara a Urías al lugar más reñido de la batalla, para que muriera. «Y así sucedió. Urías pereció. Y pereció porque lo pusieron precisamente allí para que muriera»: se trató de «un homicidio».

Sin embargo, «cuando el rey David supo cómo había terminado la historia, permaneció tranquilo y continuó su vida». ¿La razón? David «había perdido el sentido del pecado, y en aquel momento el reino de Dios comenzaba a disminuir» en su horizonte. Lo demuestra el hecho de que David no «hizo referencia a Dios», no dijo: «Señor, mira qué hice: ¿cómo hacemos?». En él, en cambio, predominó «esta visión antropológica superpotente: ¡yo puedo hacer todo!». Es la actitud de la «mundanidad».

El Pontífice dijo que lo mismo «puede sucedernos a nosotros cuando perdemos el sentido del reino de Dios y, en consecuencia, el sentido del pecado». Al respecto, recordó las palabras de Pío XII: «en la pérdida del sentido del pecado consiste el mal de esta civilización: se puede todo, resolvemos todo. La potencia del hombre en lugar de la gloria de Dios».

Este modo de pensar, afirmó el Papa, «es el pan de cada día». De ahí nuestra «oración de todos los días a Dios: venga tu reino, crezca tu reino». Porque «la salvación no vendrá de nuestra habilidad, de nuestra astucia, de nuestra inteligencia en hacer negocios». No, «la salvación vendrá por la gracia de Dios y del ejercicio diario que hacemos de esta gracia», es decir, «la vida cristiana».

El Papa Francisco enumeró luego «los numerosos personajes» nombrados en el pasaje bíblico: David, Betsabé, Joab, pero también a «los cortesanos», que estaban alrededor de David y «sabían todo: un verdadero escándalo, pero no se escandalizaban», porque también ellos habían «perdido el sentido del pecado». Y estaba «el pobre Urías, quien pagó la cuenta del banquete».

Precisamente la figura de Urías suscitó la reflexión conclusiva del Santo Padre: «Os confieso que cuando veo estas injusticias, esta soberbia humana», o «cuando advierto el peligro, que yo mismo» puedo correr «de perder el sentido del pecado —admitió—, creo que hace bien pensar en los numerosos Urías de la historia, en los numerosos Urías que también hoy sufren nuestra mediocridad cristiana». Una mediocridad cristiana que predomina cuando «perdemos el sentido del pecado y dejamos que el reino de Dios caiga».

Las personas como Urías, dijo, «son los mártires no reconocidos de nuestros pecados». Así, añadió el Papa, «nos hará bien hoy rezar por nosotros, para que el Señor nos dé siempre la gracia de no perder el sentido del pecado y para que el reino no disminuya en nosotros». Y concluyó invitando «también a llevar una flor espiritual a la tumba de esos Urías contemporáneos que pagan la cuenta del banquete de los seguros, de los cristianos que se sienten seguros y que, sin querer o queriendo, matan al prójimo».

http://www.vatican.va

‘Pecadores sí, corruptos nunca’

Papa Francisco en Casa Santa Marta, viernes 29 de enero de 2016

El Santo Padre advierte sobre el momento en el que el pecado deja de “ser pecado” y se convierte en “corrupción”

El papa Francisco ha invitado a rezar a Dios para que la debilidad que nos lleva a pecar no se transforme nunca en corrupción. Este ha sido el tema que ha abordado esta mañana durante su homilía en la misa celebrada en Santa Marta.

De este modo, reflexionando sobre la lectura del día que cuenta la historia de David y Betsabé, ha subrayado cómo el demonio induce a los corruptos a no sentir, a diferencia de otros pecadores, la necesidad del perdón de Dios.

En esta línea, el Pontífice ha explicado que se puede pecar de muchas maneras y por todo se puede pedir sinceramente perdón a Dios y sin ninguna duda saber que ese perdón será obtenido. El problema nace con los corruptos. La cosa pésima de un corrupto es que no necesita pedir perdón porque le basta el poder sobre el que apoya su corrupción, ha advertido.

Y este es el comportamiento que el rey David asume cuando se enamora de Betsabé, mujer de un oficial suyo, Urías, que está combatiendo lejos. Así, el Papa ha relatado que después de seducir a la mujer y saber que estaba embarazada, David crea un plan para cubrir el adulterio.

Llama del frente a Urías y le ofrece volver a casa a descansar. Urías, hombre leal, no se siente capaz de volver con su mujer y que sus hombres mueran mientras en la batalla.  Entonces David intenta emborracharle, pero ni siquiera esta “idea” le funciona.

Y tal como ha explicado Francisco, finalmente David escribe una carta para que pongan a Urías como capitán en el frente de la batalla más dura y que después se retiren para que así sea golpeado y muera. “La condena a muerte. Este hombre, fiel, fiel a la ley, fiel a su pueblo, fiel a su rey, lleva consigo la condena a muerte”, ha advertido.

De esta manera, el Pontífice ha precisado que David es un santo pero también un pecador. Cae en la lujuria y aun así Dios le quería mucho. Incluso “el grande, el noble David” se siente tan “seguro porque el reino era fuerte” que después de haber cometido el adulterio mueve todas las herramientas a su disposición para arreglarlo, aunque sea mintiendo, hasta ordenar el asesinato de un hombre leal, haciéndolo pasar todo como una desgracia de guerra.

“Este es un momento en la vida de David que nos hace ver una situación por la cual todos nosotros podemos pasar en nuestra vida: es el paso del pecado a la corrupción. Aquí David comienza, da el primer paso hacia la corrupción. Tiene el poder, tiene la fuerza, sea poder eclesiástico, como religioso, económico, político… Porque el diablo nos hace sentirnos seguros: ‘Yo puedo’”, ha subrayado el Papa.

A propósito, el Santo Padre ha explicado que la corrupción –de la que después por gracia de Dios David saldrá– ha tocado el corazón de ese ‘chico valiente’ que había enfrentado al filisteo con la honda y cinco piedras.

Así, ha precisado que hay “un momento donde la costumbre del pecado o un momento donde nuestra situación es tan segura y estamos bien vistos y tenemos tanto poder” que el pecado deja de “ser pecado” y se convierte en “corrupción”.

Finalmente, ha recordado que el Señor siempre perdona “pero una de las cosas más feas que tiene la corrupción es que el corrupto no necesita pedir perdón, no siente la necesidad”. Por ello, el Santo Padre ha invitado a hacer una oración por la Iglesia, comenzando por nosotros, por el Papa, por los obispos, por los sacerdotes, por los consagrados, por los fieles, por los laicos: ‘Señor, sálvanos, sálvanos de la corrupción. ¡Pecadores sí. Señor, todos lo somos, pero corruptos nunca!’

El Papa en Sta. Marta: ‘Pecadores sí, corruptos nunca’

 


El maná de cada día, 26.1.20

enero 25, 2020

Domingo III del Tiempo Ordinario, Ciclo A

NOTA: Hoy se celebra por primera vez en la Iglesia el Domingo de la Palabra de Dios, instituido por el Papa Francisco el 30 de septiembre de 2019 con la Carta Apostólica en forma de Motu Proprio Aperuit illis. Cf. https://ismaelojeda.wordpress.com/2019/10/02/motu-proprio-aperuit-illis-francisco-instituye-el-domingo-de-la-palabra-de-dios/

Con las notas oportunas para hacer lectio divina del Evangelio.

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Recorría toda Galilea, enseñando en las sinagogas y proclamando el Evangelio del reino, curando las enfermedades

Recorría toda Galilea, enseñando en las sinagogas, proclamando el Evangelio del reino, curando las enfermedades.



Antífona de entrada: Sal 95, 1. 6

Cantad al Señor un cántico nuevo, cantad al Señor toda la tierra. Honor y majestad le preceden, fuerza y esplendor están en su templo.


Oración colecta

Dios todopoderoso y eterno, ayúdanos a llevar una vida según tu voluntad, para que podamos dar en abundancia frutos de buenas obras en nombre de tu Hijo predilecto. Él, que vive y reina contigo.


PRIMERA LECTURA: Isaías 8, 23b-9, 3

En otro tiempo, el Señor humilló el país de Zabulón y el país de Neftalí; ahora ensalzará el camino del mar, al otro lado del Jordán, la Galilea de los gentiles.

El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban tierra de sombras, y una luz les brilló.

Acreciste la alegría, aumentaste el gozo; se gozan en tu presencia, como gozan al segar, como se alegran al repartirse el botín.

Porque la vara del opresor, y el yugo de su carga, el bastón de su hombro, los quebrantaste como el día de Madián.


SALMO 26, 1. 4. 13-14

El Señor es mi luz y mi salvación.

El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar?

Una cosa pido al Señor, eso buscaré: habitar en la casa del Señor por los días de mi vida; gozar de la dulzura del Señor, contemplando su templo.

Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida. Espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor.


SEGUNDA LECTURA: 1 Corintios 1, 10-13.17

Os ruego, hermanos, en nombre de nuestro Señor Jesucristo: poneos de acuerdo y no andéis divididos. Estad bien unidos con un mismo pensar y sentir.

Hermanos, me he enterado por los de Cloe que hay discordias entre vosotros. Y por eso os hablo así, porque andáis divididos, diciendo: «Yo soy de Pablo, yo soy de Apolo, yo soy de Pedro, yo soy de Cristo».

¿Está dividido Cristo? ¿Ha muerto Pablo en la cruz por vosotros? ¿Habéis sido bautizados en nombre de Pablo?

Porque no me envió Cristo a bautizar, sino a anunciar el Evangelio, y no con sabiduría de palabras, para no hacer ineficaz la cruz de Cristo.


Aclamación antes del Evangelio: Mt 4, 23

Jesús proclamaba el Evangelio del reino, curando las dolencias del pueblo.


EVANGELIO: Mateo 4, 12-23

Al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan, se retiró a Galilea. Dejando Nazaret, se estableció en Cafarnaún, junto al lago, en el territorio de Zabulón y NeftalÍ.

Así se cumplió lo que había dicho el profeta Isaías: «País de Zabulón y país de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló.»

Entonces comenzó Jesús a predicar diciendo: «Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos.»

Pasando junto al lago de Galilea, vio a dos hermanos, Simón, al que llaman Pedro, y Andrés, su hermano, que estaban echando el copo en el lago, pues eran pescadores.

Les dijo: «Venid y seguidme, y os haré pescadores de hombres.»

Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Y, pasando adelante, vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, que estaban en la barca repasando las redes con Zebedeo, su padre. Jesús los llamó también. Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron.

Recorría toda Galilea, enseñando en las sinagogas y proclamando el Evangelio del reino, curando las enfermedades y dolencias del pueblo.


Antífona de comunión: Jn 8, 12

Yo soy la luz del mundo, dice el Señor. El que me sigue no caminará en las tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida.

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LECTIO DIVINA, DOMINGO III del TIEMPO ORDINARIO, CICLO A

Antes de abrir tu Biblia, abre tu corazón a la acción del Espíritu Santo.

Paso 1. Disponerse: Ponte en la presencia del Señor. Él te ha llamado, te espera. Míralo así: “Es Dios quien quiere hablar conmigo en la lectura”. Ponte a la escucha del Señor. El Espíritu te guía. Confíate a su acción y agradécele. María te acompaña…

Mateo 4, 12-23.-

Al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan se retiró a Galilea. Dejando Nazaret se estableció en Cafarnaún, junto al mar, en el territorio de Zabulón y Neftalí, para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías:

«Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló».

Desde entonces comenzó Jesús a predicar diciendo: «Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos».

Paseando junto al mar de Galilea vio a dos hermanos, a Simón, llamado Pedro, y a Andrés, que estaban echando la red en el mar, pues eran pescadores. Les dijo: «Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres». Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Y pasando adelante vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, su hermano, que estaban en la barca repasando las redes con Zebedeo, su padre, y los llamó. Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron.

Jesús recorría toda Galilea enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo.

Paso 2. Leer: Busca el sentido de cada frase. ¿Distingues cinco tareas que Jesús comenzó en Galilea: predicar la conversión, llamar a los discípulos, enseñar, proclamar el Evangelio del reino y curar las enfermedades del pueblo. Jesús empieza su misión no en Jerusalén, ni en Judea, sino en territorio de paganos, en Galilea. Comienza por los alejados. Mateo ve a los galileos sumidos en la oscuridad y en la muerte. De repente Jesús les trae la luz inmensa del Evangelio, elige a los discípulos de entre su gente y con ellos recorre Galilea anunciando el reino de Dios y repartiendo salud y vida al pueblo.

Paso 3. Escuchar: Busca un mensaje del texto para tu vida, tal como estás ahora. Libérate de prejuicios. Estrena una mente amplia, acogedora, dócil. ¿Cómo suenan en tu corazón estas palabras: conviértete, ven, sígueme, curando las enfermedades…? Jesús vive, pasa a tu lado y se acomoda a tu realidad y a tus necesidades: ¿Qué sientes que te dice? ¿Qué estás necesitando de él? Ábrete a la acción del Espíritu de Jesús.

Él transformó a los pescadores de oficio en pescadores de hombres. El Espíritu respeta nuestro ser original y lo hace moldeable según la vocación recibida. Sé dócil y colabora con el Espíritu en esa operación de transformación, de reorientación vital de toda tu persona…

Jesús predica el reino de Dios: Estamos en los últimos tiempos; no hay tiempo que perder. El justo vive de fe. Hay que dejarlo todo, o someterlo todo a la nueva ley del Espíritu…

Paso 4. Orar: ¿Qué te hace decir al Señor esta lectura? ¿Te llega la luz de la que habla el texto? Acerca tu corazón al Señor, su reino está muy cerca, dentro de ti. En esta irrupción de Dios en tu vida puedes distinguir la acción específica de cada persona trinitaria. Por tanto, tu oración puede también diversificase, pues todo lo hacen los tres divinos, pero a su manera, su modo personal.

Así, puedes agradecer a Dios Padre el don de tu existencia, pues él te ha creado. Además, cree en ti y se goza con hacerte nuevo en cada momento de tu vida. Él te recrea constantemente para que tu vida sea plena.

El que te revela esa voluntad salvífica del Padre es el Hijo, y éste vive esa salvación personalmente como Dios en la eternidad, y ahora como hombre, y te la hace posible a ti con su ejemplo y su misterio pascual. Por tanto, agradece a Jesús que te ha traído la salvación, adóralo, siéntelo cercano, hermano, pues él es el único que ha bajado del cielo, el único acreditado por el Padre.

Y en tercer lugar, déjate llevar del impulso del Espíritu, permite que el amor del Padre y del Hijo te envuelva, te sane, te encienda, te caliente, te plenifique… y goza con la salvación. Trata de sentir cómo el Espíritu te acoge y consuela en tu debilidad, te sana y te hace crecer a la estatura de Cristo: Te cristifica.

Entra ahora en la intimidad de la Santísima Trinidad: gózate como hijo del Padre, como hermano de Cristo y templo del Espíritu. Ahora puedes sentir y experimentar que el reino de Dios está dentro de ti.

Paso 5. Vivir: ¿Tú, cómo respondes hoy a la llamada de Jesús: ¡ven y sígueme!? ¿Tú, cómo trabajas en el reino de Dios? ¿Qué haces en la Iglesia?

Más en concreto y en clave trinitaria: ¿Cómo estás llevando al Padre a tus hermanos? El Padre quiere que su Casa se llene de invitados, que nadie desprecie el banquete de las bodas del Cordero.

¿Estará Jesús orgulloso de tu trabajo por el Reino? Aviva el celo que a él le embargaba, le quemaba dentro de su ser. Confíale a Cristo tu voluntad incondicional de extender su Reino hasta los confines del mundo. ¿Qué más podrías hacer en tu vida personal, familiar, laboral, social? Que los que te ven, descubran a Cristo presente, vivo, real y glorioso en ti.

¿Qué te sugiere el Espíritu en esta oportunidad? ¿Sueles sentir el poder inspirador del Espíritu, su chispa de alegría y la fuente de tu gozo espiritual en todo lo que haces? Pídele al Espíritu que te haga otro Cristo en el mundo. Que esa luz la lleves en lo más nuclear de tu ser y actuar.

Inspirado en: http://semillas-edit.es/

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Del Papa Benedicto XVI
Ángelus del domingo 27 de enero de 2008

Queridos hermanos y hermanas:

En la liturgia de hoy el evangelista san Mateo, que nos acompañará durante todo este año litúrgico, presenta el inicio de la misión pública de Cristo. Consiste esencialmente en el anuncio del reino de Dios y en la curación de los enfermos, para demostrar que este reino ya está cerca, más aún, ya ha venido a nosotros.

Jesús comienza a predicar en Galilea, la región en la que creció, un territorio de “periferia” con respecto al centro de la nación judía, que es Judea, y en ella, Jerusalén. Pero el profeta Isaías había anunciado que esa tierra, asignada a las tribus de Zabulón y Neftalí, conocería un futuro glorioso: el pueblo que caminaba en tinieblas vería una gran luz (cf. Is 8, 23-9, 1), la luz de Cristo y de su Evangelio (cf. Mt 4, 12-16).

El término “evangelio”, en tiempos de Jesús, lo usaban los emperadores romanos para sus proclamas. Independientemente de su contenido, se definían “buenas nuevas”, es decir, anuncios de salvación, porque el emperador era considerado el señor del mundo, y sus edictos, buenos presagios.

Por eso, aplicar esta palabra a la predicación de Jesús asumió un sentido fuertemente crítico, como para decir: Dios, y no el emperador, es el Señor del mundo, y el verdadero Evangelio es el de Jesucristo.

La “buena nueva” que Jesús proclama se resume en estas palabras: “El reino de Dios —o reino de los cielos— está cerca” (Mt 4, 17; Mc 1, 15). ¿Qué significa esta expresión? Ciertamente, no indica un reino terreno, delimitado en el espacio y en el tiempo; anuncia que Dios es quien reina, que Dios es el Señor, y que su señorío está presente, es actual, se está realizando.

Por tanto, la novedad del mensaje de Cristo es que en él Dios se ha hecho cercano, que ya reina en medio de nosotros, como lo demuestran los milagros y las curaciones que realiza. Dios reina en el mundo mediante su Hijo hecho hombre y con la fuerza del Espíritu Santo, al que se le llama “dedo de Dios” (cf. Lc 11, 20).

El Espíritu creador infunde vida donde llega Jesús, y los hombres quedan curados de las enfermedades del cuerpo y del espíritu. El señorío de Dios se manifiesta entonces en la curación integral del hombre.

De este modo, Jesús quiere revelar el rostro del verdadero Dios, el Dios cercano, lleno de misericordia hacia todo ser humano; el Dios que nos da la vida en abundancia, su misma vida. En consecuencia, el reino de Dios es la vida que triunfa sobre la muerte, la luz de la verdad que disipa las tinieblas de la ignorancia y de la mentira.

Pidamos a María santísima que obtenga siempre para la Iglesia la misma pasión por el reino de Dios que animó la misión de Jesucristo: pasión por Dios, por su señorío de amor y de vida; pasión por el hombre, encontrándolo de verdad con el deseo de darle el tesoro más valioso: el amor de Dios, su Creador y Padre.


El maná de cada día, 25.1.20

enero 25, 2020

Conversión de San Pablo

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Fin del Octavario de Oración por la Unidad de los Cristianos

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Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?



Antífona de entrada: 2 Tm 1, 12; 4, 8

Sé de quién me he fiado y estoy firmemente persuadido de que tiene poder para asegurar hasta el último día, en que vendrá como juez justo, el encargo que me dio.


Oración colecta

Señor, Dios nuestro, tú que has instruido a todos los pueblos con la predicación del apóstol san Pablo, concede a cuantos celebramos su Conversión caminar hacia ti, siguiendo su ejemplo, y ser ante el mundo testigos de tu verdad. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: Hechos de los apóstoles 22, 3-16

En aquellos días, dijo Pablo al pueblo: «Yo soy judío, nací en Tarso de Cilicia, pero me crié en esta ciudad; fui alumno de Gamaliel y aprendí hasta el último detalle de la ley de nuestros padres; he servido a Dios con tanto fervor como vosotros mostráis ahora.

Yo perseguí a muerte este nuevo camino, metiendo en la cárcel, encadenados, a hombres y mujeres; y son testigos de esto el mismo sumo sacerdote y todos los ancianos. Ellos me dieron cartas para los hermanos de Damasco, y fui allí para traerme presos a Jerusalén a los que encontrase, para que los castigaran.

Pero en el viaje, cerca ya de Damasco, hacia mediodía, de repente una gran luz del cielo me envolvió con su resplandor, caí por tierra y oí una voz que me decía: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?”

Yo pregunté: “¿Quién eres, Señor?”

Me respondió: “Yo soy Jesús Nazareno, a quien tú persigues.”

Mis compañeros vieron el resplandor, pero no comprendieron lo que decía la voz.

Yo pregunté: “¿Qué debo hacer, Señor?”

El Señor me respondió: “Levántate, sigue hasta Damasco, y allí te dirán lo que tienes que hacer.”

Como yo no veía, cegado por el resplandor de aquella luz, mis compañeros me llevaron de la mano a Damasco.

Un cierto Ananías, devoto de la Ley, recomendado por todos los judíos de la ciudad, vino a verme, se puso a mi lado y me dijo: “Saulo, hermano, recobra la vista.” Inmediatamente recobré la vista y lo vi.

Él me dijo: “El Dios de nuestros padres te ha elegido para que conozcas su voluntad, para que vieras al Justo y oyeras su voz, porque vas a ser su testigo ante todos los hombres, de lo que has visto y oído. Ahora, no pierdas tiempo; levántate, recibe el bautismo que, por la invocación de su nombre, lavará tus pecados.”»


SALMO 116,1.2

Id al mundo entero y proclamad el Evangelio.

Alabad al Señor, todas las naciones, aclamadlo, todos los pueblos.

Firme es su misericordia con nosotros, su fidelidad dura por siempre.


Aclamación: Jn 15, 16

Yo os he elegido del mundo, para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure –dice el Señor.


EVANGELIO: Marcos 16, 15-18

En aquel tiempo, se apareció Jesús a los Once y les dijo:

«ld al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice se salvará; el que se resista a creer será condenado. A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos.»


Antífona de comunión: Ga 2, 2

Vivo de la fe en el Hijo de Dios, que me amó hasta entregarse por mí.


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Pablo lo sufrió todo por amor a Cristo

De las homilías de san Juan Crisóstomo, obispo

Qué es el hombre, cuán grande su nobleza y cuánta su capacidad de virtud lo podemos colegir sobre todo de la persona de Pablo.

Cada día se levantaba con una mayor elevación y fervor de espíritu y, frente a los peligros que lo acechaban, era cada vez mayor su empuje, como lo atestiguan sus propias palabras: Olvidándome de lo que queda atrás y lanzándome hacia lo que está por delante; y, al presentir la inminencia de su muerte, invitaba a los demás a compartir su gozo, diciendo:

Estad alegres y asociaos a mi alegría; y, al pensar en sus peligros y oprobios, se alegra también, y dice, escribiendo a los corintios: Vivo contento en medio de mis debilidades, de los insultos y de las persecuciones; incluso llama a estas cosas armas de justicia, significando con ello que le sirven de gran provecho.

Y así, en medio de las asechanzas de sus enemigos, habla en tono triunfal de las victorias alcanzadas sobre los ataques de sus perseguidores y, habiendo sufrido en todas partes azotes, injurias y maldiciones, como quien vuelve victorioso de la batalla, colmado de trofeos, da gracias a Dios, diciendo: Doy gracias a Dios, que siempre nos asocia a la victoria de Cristo.

Imbuido de estos senti­mientos, se lanzaba a las contradicciones e injurias, que le acarreaba su predicación, con un ardor superior al que nosotros empleamos en la consecución de los honores, deseando la muerte más que nosotros deseamos la vida, la pobreza más que nosotros la riqueza, y el trabajo mucho más que muchos otros apetecen el descanso que lo sigue.

La única cosa que él temía era ofender a Dios; lo demás le tenía sin cuidado. Por esto mismo, lo único que deseaba era agradar siempre a Dios.

Y, lo que era para él lo más importante de todo, gozaba del amor de Cristo; con esto se consideraba el más dichoso de todos, sin esto le era indiferente asociarse a los poderosos y a los príncipes; prefería ser, con este amor, el último de todos, incluso del número de los condenados, que formar parte, sin él, de los más encumbrados y honorables.

Para él, el tormento más grande y extraordinario era el verse privado de este amor: para él, su privación signific­aba el infierno, el único sufrimiento, el suplicio infinito e intolerable.

Gozar del amor de Cristo representaba para él la vida, el mundo, la compañía de los ángeles, los bienes presentes y ­futuros, el reino, las promesas, el conjunto de todo bien; sin este amor, nada catalogaba como triste o alegre. Las cosas de este mundo no las consideraba, en sí mismas, ni duras ni suaves.

Las realidades presentes las despreciaba como hierba ya podrida. A los mismos gobernantes y al pueblo enfurecido contra él les daba el mismo valor que a un insignificante mosquito.

Consideraba como un juego de niños la muerte y la más variada clase de tormentos y suplicios, con tal de poder sufrir algo por Cristo.


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