Xi Jinping, culpable

marzo 24, 2020

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El presidente de China, Xi Jinping

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Xi Jinping, culpable

«Es hora de denunciar la peligrosidad de Xi Jinping. Como idiotas útiles, no solo lo enriquecemos, sino que, peor aún, renunciamos a todos nuestros valores humanitarios, democráticos y espirituales»

Guy Sorman. Articulista de Opinión. Actualizado:

 

Considero al presidente de China culpable de ser el origen de la epidemia mundial del virus de Wuhan, el cual ha causado miles de muertes en todo el mundo y una recesión económica que asolará nuestro planeta durante varios años.

En principio, los tribunales internacionales, como el de La Haya, juzgan solo los crímenes de guerra en el sentido estricto del término. Pero la epidemia mundial contra un adversario esquivo es una forma de guerra de naturaleza bacteriológica.

El tribunal que debería acusar a Xi Jinping podría añadir a su expediente el genocidio que se está perpetrando actualmente contra los uigures. Mi acusación está bien fundada y bien documentada.

A principios de diciembre del año pasado, un joven médico de un hospital de Wuhan descubrió el primer caso de una infección por un coronavirus hasta entonces desconocido. Enseguida estableció la relación con una epidemia previa, surgida en el mismo lugar y en las mismas circunstancias: el SARS, una neumonía viral.

Este médico, Li Wenliang, de 37 años, que murió en febrero después de haber tratado a sus pacientes, comunicó de inmediato su diagnóstico a sus colegas, por medio de un sitio web interno del hospital. ¿Qué creen que pasó? Li fue convocado a un consejo disciplinario del Partido Comunista local y tuvo que arrepentirse y confesar por escrito que había difundido rumores perjudiciales para la gloria del Partido.

Un mes después, un mes demasiado tarde, el partido reconoció la naturaleza explosiva de la epidemia. Esta, que podría haberse limitado a Wuhan, se extendió por toda China y luego por todo el mundo.

¿De qué es culpable Xi Jinping? Aunque no ha inventado la ideología de la mentira, que es la verdadera Constitución de China, la ha reforzado considerablemente desde su llegada al poder. Por lo tanto, debemos considerar que, como en cualquier régimen totalitario, los burócratas del partido, doblegados por el miedo y la ambición, son solo actores serviles.

Al igual que en Nuremberg, en 1945, que definió la jurisprudencia de los crímenes contra la humanidad, los ejecutores son despreciables sin ser los verdaderos culpables. En un régimen tan centralizado como China, solo hay un culpable innegable: el presidente.

Convenzámonos de que Xi Jinping es plenamente consciente de su responsabilidad, ya que ha lanzado una doble ofensiva de propaganda dirigida al pueblo chino y a la comunidad internacional.

Se trata, en primer lugar, de persuadir a los chinos de que el pueblo, guiado por el partido, está a punto de lograr una gran victoria contra la epidemia y de que esta lucha victoriosa es un modelo para el resto del mundo.

Transformar las derrotas en victorias es una característica de los regímenes totalitarios. La opinión pública china está amordazada; no sabemos qué sienten los chinos, pero lo sospechamos gracias a las filtraciones en las redes sociales: desprecio, odio, abatimiento frente a la dictadura de Xi Jinping.

La ofensiva diplomática es aún más atrevida; insinúa que el virus no es de origen chino, sino que fue implantado en Wuhan por el Ejército de una potencia extranjera, Estados Unidos. En ello reconocemos, una vez más, una técnica probada de los regímenes totalitarios: una gran mentira deja más huellas que una pequeña calumnia.

¿Deberíamos contentarnos en Occidente con este análisis y seguir siendo espectadores de esta tragedia? No tenemos los medios para llevar a Xi Jinping ante un tribunal internacional, pero ¿no deberíamos sacarlo a colación? Muchos chinos, las primeras víctimas de esta epidemia, nos lo agradecerían.

¿No deberíamos revisar por completo, por lo que respecta a los gobiernos, las empresas, las organizaciones no gubernamentales, las iglesias, los medios de comunicación y los turistas, nuestras relaciones con la dictadura de Pekín?

La recesión económica demuestra que nuestra dependencia de los proveedores chinos era un riesgo mal calculado; ha llegado el momento de redistribuir de otra manera el circuito de nuestros suministros en el mapa del mundo. Es aterrador descubrir que la mayoría de nuestros medicamentos se fabrican en China.

Más allá de este cambio de estrategia económica, que exige una nueva globalización que China ya no controlaría, es hora de denunciar la peligrosidad de Xi Jinping. Como idiotas útiles, no solo lo enriquecemos, sino que, peor aún, renunciamos a todos nuestros valores humanitarios, democráticos y espirituales.

Algunos creen que esta renuncia es una forma de respeto hacia la civilización china, pero es falso. Los chinos saben qué es la democracia; el ganador del premio Nobel de la Paz Liu Xiaobo murió para defenderla. Los chinos saben qué es Dios: varios millones son cristianos o musulmanes y el resto es secretamente fiel a las antiguas religiones de China, el budismo y el taoísmo.

Por último, atrevámonos a decirlo y actuemos en consecuencia: nos aterra la idea de que el Vaticano reconozca al régimen de Pekín. Sería un pacto con el diablo.

Entendamos y digamos de una vez por todas que Xi Jinping es nuestro principal adversario militar que actúa por medio del espionaje, de la conquista progresiva del mar de China y de la manipulación del régimen títere de Corea del Norte.

Ha llegado el momento de decirle a Xi Jinping: «Basta ya». Nos aplaudirán cientos de millones de chinos y los propios colegas de Xi Jinping en el Comité Central del Partido que desearían deshacerse de él.

https://www.abc.es/opinion/abci-sorman-jinping-culpable-202003222341_noticia.html?fbclid=IwAR3WkPzJeRyV43TEKzK96GiNLS7OwT7CGbLnbjNyK-f33Pc1sfQShTW7EjU#vca=rrss-inducido&vmc=abc-es&vso=fb&vli=noticia-opinion

 


Víctor Codina sj: “¿Por qué Dios permite la pandemia y calla? ¿Es un castigo? ¿Hay que pedirle milagros? ¿Dónde está Dios?”

marzo 24, 2020

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Flagelantes

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Víctor Codina sj: “¿Por qué Dios permite la pandemia y calla? ¿Es un castigo? ¿Hay que pedirle milagros? ¿Dónde está Dios?”

“¿Dónde está Dios? Está en las víctimas de esta pandemia, está en los médicos y sanitarios que los atienden, está en los científicos que buscan vacunas antivirus, está en todos los que en estos días colaboran y ayudan para solucionar el problema, está en los que rezan por los demás, en los que difunden esperanza”

“No estamos ante un enigma, sino ante un misterio, un misterio de fe que nos hace creer y confiar en un Dios Padre-Madre creador, que no castiga, que es bueno y misericordioso, que está siempre con nosotros”

“Quizás nuestra pandemia nos ayude a encontrar a Dios donde no lo esperábamos”

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Afortunadamente, junto a los terroríficos y casi morbosos noticiarios televisivos sobre la pandemia, aparecen otras voces alternativas, positivas y esperanzadoras.

Algunos recurren a la historia para recordarnos que la humanidad ha pasado y superado otros momentos de pestes y pandemias, como las de la Edad media y la de 1918, después de la primera guerra mundial.

Otros se asombran de la postura unitaria europea contra el virus, cuando hasta ahora discrepaban sobre el cambio climático, los inmigrantes y el armamentismo, seguramente porque esta pandemia rompe fronteras y afecta a los intereses de los poderosos.

Ahora a los europeos les toca sufrir algo de lo que padecen los refugiados e inmigrantes que no pueden cruzar fronteras.

Hay humanistas que señalan que esta crisis es una especie de “cuaresma secular” que nos concentra en los valores esenciales, como la vida, el amor y la solidaridad, y nos obliga a relativizar muchas cosas que hasta ahora creíamos indispensables e intocables.

De repente, baja la contaminación atmosférica y el frenético ritmo de vida consumista que hasta ahora no queríamos cambiar.

Ha caído nuestro orgullo occidental de ser omnipotentes protagonistas del mundo moderno, señores de la ciencia y del progreso. En plena cuarentena doméstica y sin poder salir a la calle, comenzamos a valorar la realidad de la vida familiar.

Nos sentimos más interdependientes, todos dependemos de todos, todos somos vulnerables, necesitamos unos de otros, estamos interconectados globalmente, para el bien y el mal.

También surgen reflexiones sobre el problema del mal, el sentido de la vida y la realidad de la muerte, un tema hoy tabú.

La novela La peste de Albert Camus de 1947 se ha convertido en un best seller. No solo es una crónica de la peste de Orán, sino una parábola del sufrimiento humano, del mal físico y moral del mundo, de la necesidad de ternura y solidaridad.

Los creyentes de tradición judeo-cristiana nos preguntamos por el silencio de Dios ante esta epidemia. ¿Por qué Dios lo permite y calla? ¿Es un castigo? ¿Hay que pedirle milagros, como pide el P. Penéloux en La peste?

¿Hemos de devolver a Dios el billete de la vida, como Iván Karamazov en Los hermanos Karamazov, al ver el sufrimiento de los inocentes? ¿Dónde está Dios?

No estamos ante un enigma, sino ante un misterio, un misterio de fe que nos hace creer y confiar en un Dios Padre-Madre creador, que no castiga, que es bueno y misericordioso, que está siempre con nosotros, es el Emanuel; creemos y confiamos en Jesús de Nazaret que viene a darnos vida en abundancia y se compadece de los que sufren; creemos y confiamos en un Espíritu vivificante, Señor y dador de vida.

Y esta fe no es una conquista, es un don del Espíritu del Señor, que nos llega a través de la Palabra en la comunidad eclesial.

Todo esto no impide que, como Job, nos quejemos y querellemos ante Dios al ver tanto sufrimiento, ni impide que como el Qohelet o Eclesiastés constatemos la brevedad, levedad y vanidad de la vida. Pero no hemos de pedir milagros a un Dios que respeta la creación y nuestra libertad, quiere que nosotros colaboremos en la realización de este mundo limitado y finito.

Jesús no nos resuelve teóricamente el problema del mal y del sufrimiento, sino que a través de sus llagas de crucificado-resucitado nos abre al horizonte nuevo de su pasión y resurrección; Jesús con su identificación con los pobres y los que sufren, ilumina nuestra vida; y con el don del Espíritu nos da fuerza y consuelo en nuestros momentos difíciles de sufrimiento y pasión.

¿Dónde está Dios? Está en las víctimas de esta pandemia, está en los médicos y sanitarios que los atienden, está en los científicos que buscan vacunas antivirus, está en todos los que en estos días colaboran y ayudan para solucionar el problema, está en los que rezan por los demás, en los que difunden esperanza.

Acabemos con un salmo de confianza que la Iglesia nos propone los domingos en la hora litúrgica de las Completas, para antes de ir a dormir:

“Tú que vives bajo el amparo del Altísimo y pasas la noche bajo la sombra del Todopoderoso, di al Señor: refugio, baluarte mío, mi Dios en quien confío.

Pues él te libra de la red del cazador, de la peste funesta: con sus plumas te protege, bajo sus alas hallas refugio: escudo es su fidelidad.

No temerás el terror de la noche, ni la saeta que vuela de día, ni la peste que avanza en las tinieblas, ni el azote que devasta a mediodía” (Salmo 90,2-7).

Quizás nuestra pandemia nos ayude a encontrar a Dios donde no lo esperábamos.

https://www.religiondigital.org/opinion/Victor-Codina-Dios-pandemia-milagros-coronavirus-peste-mal-Jesus_0_2215578438.html?utm_source=dlvr.it&utm_medium=facebook


El comunismo chino tiene miedo

marzo 23, 2020

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Aunque las epidemias han surgido a lo largo de la historia, pareciera que ahora están ocurriendo con más frecuencia.

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El comunismo chino tiene miedo

Lo que no pueden soportar es que cuenten la verdad de lo que ocurre dentro de su país

Ramón Pérez-Maura. Actualizado:

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En medio de la pandemia del coronavirus, la República Popular China ha dado una nueva muestra de la singularidad de ese régimen político. Una singularidad que demuestra la debilidad del gigante.

Esta semana hemos visto cómo el Gobierno del Partido Comunista de China ha ordenado la expulsión de aquel país de los periodistas que tenían destacados allí tres grandes diarios norteamericanos: «The New York Times», «The Wall Street Journal» y «The Washington Post». En total aproximadamente una docena de informadores.

La razón sería que el régimen de Pekín acusa a los tres medios de ser agentes del Gobierno americano y esbirros del presidente Trump. Creo que lo de que el Times y el Post son esbirros de Trump es algo que la inteligencia china tiene que analizar con mucho cuidado. Eso sí que es novedad.

Ése es el nivel de la verdad que difunde el régimen de Pekín. Y al tiempo que China expulsa a esos periodistas, exige un trato respetuoso y profesional para los corresponsales en Estados Unidos de los medios estatales chinos. Porque en la mejor tradición comunista, hay que respetar a quienes son los portavoces de la verdad del Estado. Y los que cuentan «la verdad» de acuerdo con los intereses de ese Estado.

Es evidente que los corresponsales de esos tres medios norteamericanos estaban contando lo que veían en China al margen de los intereses de la Administración norteamericana. Y eso le puede parecer muy bien al Gobierno chino. Lo que no pueden soportar es que cuenten la verdad de lo que ocurre dentro de su país.

El capitalismo salvaje que aplica el régimen comunista chino no alcanza a la libertad de expresión. Eso es simplemente inimaginable porque si un solo periodista chino intentase hacer al presidente Xi cualquiera de las preguntas que se hace cada día al presidente Trump, ese periodista dejaría de serlo. Puede que incluso dejase de consumir oxígeno.

Como muy bien ha dicho el columnista Walter Russell Mead («Beijing Escalates the New Cold War» WSJ. 19-03-2020) «en el pasado los comunistas se conformaban con impedir que la población china leyese lo que tiene que decir la prensa libre. Eso hoy no basta. Hoy están trabajando en construir un nuevo Telón de Acero que impida conocer lo que está ocurriendo dentro de las fronteras de China.»

Porque cada vez es más difícil de mantener el equilibrio entre una pujanza económica, que permite a la población reclamar algún derecho, y la falta total de libertades que sigue poniendo el régimen chino. Es cierto que el chino es un pueblo extremadamente sumiso, que rara vez habla de sus libertades. Pero lo está haciendo de forma incansable en Hong Kong y saben que no va a renunciar a ellas en Taiwan.

El afán de la China unida de reprender crea incertidumbres. Y la única forma de contestar a ellas no es con mayor libertad o escuchando a la población. La respuesta siempre es la de la fuerza y la opresión del Estado. Y con ella se intenta imponer que la mayor sabiduría del partido debe ser reconocida siempre.

Pero los medios extranjeros han estado contando e investigando errores que se han puesto de manifiesto en Wuhan, donde empezó esta pandemia todavía pendiente de una explicación. Y la solución de esta pandemia sólo se explica –hasta ahora– con la mentira.

Mentira en sus orígenes y mentira en su resultado, porque por mal que lo estemos haciendo en algunos países europeos, no es creíble que ya haya más muertos en Italia que en China. Lo que hay en Italia es más medios de comunicación libres que pueden decir la verdad.

Y el comunismo chino tiene mucho miedo a la verdad.

Ramón Pérez-MauraRamón Pérez-MauraArticulista de Opinión

Las «engañosas» cifras del coronavirus en China que hacen temer una catástrofe mayor en Europa

marzo 22, 2020

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Representación del coronavirus Covid-19. (iStock)

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Las «engañosas» cifras del coronavirus en China que hacen temer una catástrofe mayor en Europa

Al margen de la fiabilidad de los datos de Pekín, Italia ha superado en fallecidos a China porque la epidemia en este país está acotada a la provincia de Hubei, que tiene 60 millones de habitantes y registra la mayoría de los 81.000 contagiados y 3.255 fallecidos, sobre todo en su capital, Wuhan.
CORRESPONSAL EN SHANGHÁI Actualizado: 

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Al brutal estallido del coronavirus en Europa se suma la conmoción después de que Italia haya superado a China en número de víctimas mortales: más de 3.400 frente a 3.255.

Lo peor de todo es que las cifras italianas seguirán subiendo mucho más mientras las chinas lo harán levemente porque la epidemia ya está controlada. Al menos a tenor de los datos oficiales, que muchos cuestionan porque el autoritario régimen de Pekín intentó ocultar la enfermedad al principio, cuando silenció a los primeros médicos que alertaron de su aparición en diciembre.

Durante la epidemia, otros doctores también han denunciado que muchos pacientes morían de neumonía sin que se les hubiera hecho la prueba del coronavirus, por lo que no figuran en el recuento de las autoridades.

Aun así, ni el propio director de Protección Civil de Italia, Angelo Borrelli, pudo contener su «shock» cuando tuvo que anunciar que el número de fallecidos superaba a los de China, «un país que es 24 veces mayor», según informaba en ABC Ángel Gómez Fuentes.

Muchos se preguntan cómo es posible que en Italia, con 60 millones de habitantes, haya más muertos que en China, el país más poblado del mundo con 1.400 millones.

Al margen de la fiabilidad de los datos que ofrece Pekín, la explicación es porque la epidemia quedó acotada desde el 23 de enero a su epicentro en Wuhan y al resto de la provincia de Hubei, que tiene casi 60 millones de habitantes y ocupa una superficie algo menor a la mitad de España.

Debido a ese cierre a cal y canto de Hubei y a la paralización total de China, con prácticamente toda la población encerrada en sus casas y cuarentenas masivas en ciudades y pueblos, la epidemia no se extendió por el resto del país.

De los 81.385 contagiados y 3.255 fallecidos contabilizados hasta el jueves, 67.800 casos y 3.133 víctimas mortales se concentran en Hubei. Y, de esos, su capital, Wuhan, copa la mayoría con 50.005 infectados y 2.499 defunciones.

La diferencia con la segunda ciudad más afectada de la provincia, Xiaogan, es enorme: 3.518 contagiados y 128 fallecidos.

Gracias a las medidas draconianas de las autoridades, la incidencia de la enfermedad ha sido muy pequeña en megalópolis como Pekín, que sufrió 491 infectados y ocho fallecidos, o Shanghái, con 371 casos y solo tres muertos. Fuera de Hubei, la ciudad más afectada fue Cantón (Guangzhou), con 1.395 contagiados y ocho víctimas mortales.

Unas cifras muy alejadas del infierno que el coronavirus desató en la ciudad de Wuhan, que tiene unos once millones de habitantes y donde sus hospitales quedaron totalmente colapsados por la avalancha de enfermos.

Lo mismo está ocurriendo ahora en Italia y España, donde ciudades como Bérgamo o Madrid podrían sufrir una catástrofe incluso peor.

Debido a sus casi 60 millones de habitantes, el escenario de Hubei es fácilmente repetible en los países grandes de Europa, donde cualquier capital con la epidemia disparada es un Wuhan en potencia. Por ese motivo, las cifras chinas son tan peligrosamente «engañosas», ya que no se refieren a todo al país sino, principalmente, a dicha ciudad.

Muchos expertos dudan de ellas por la habitual opacidad de Pekín, que intenta ocultar o minimizar cualquier información sensible que socave la imagen del Partido Comunista y del presidente Xi Jinping. 

Según denuncia un médico de Wuhan a la agencia de noticias japonesa Kyodo, las cifras se manipularon durante su visita el día 10 para celebrarla como una victoria ante la epidemia. Además de dar de alta a enfermos no recuperados, se dejaron de hacer pruebas y ese día no se detectaron contagios nuevos por primera vez desde el estallido de la epidemia.

«No se puede confiar en el recuento del Gobierno», asegura a Kyodo el doctor, que trabaja en un centro de cuarentena y oculta su identidad por seguridad.

De igual modo, y según informa «Financial Times», Taiwán critica a la Organización Mundial de la Salud (OMS) por no tener en cuenta su aviso de diciembre sobre los contagios entre humanos que ya había en Wuhan, que al parecer sus médicos habían sabido por sus colegas en dicha ciudad.

Como Taiwán no pertenece a la OMS por las presiones de Pekín, que reclama su soberanía y veta su presencia en foros internacionales, su advertencia fue desoída.

Hasta el 20 de enero China no reconoció las transmisiones de la enfermedad entre personas, perdiéndose así un mes para actuar que podría haber impedido la pandemia que ahora azota a todo el planeta.

https://www.abc.es/sociedad/abci-enganosas-cifras-coronavirus-china-hacen-temer-catastrofe-mayor-europa-202003210138_noticia.html#utm_source=organico&utm_campaign=mod-taboola-p1&utm_content=internacional&utm_medium=abc


Isabel Sola: «Este coronavirus es muy escurridizo, la transmisión se nos está escapando»

marzo 1, 2020

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Isabel Sola, en un despacho del Centro Nacional de Biotecnología – Guillermo Navarro

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Isabel Sola: «Este coronavirus es muy escurridizo, la transmisión se nos está escapando»

Esta científica tiene una misión: «domesticar» al Covid-19 y desarrollar una vacuna contra un ser microscópico con el que tiembla el mundo. Isabel Sola alerta de un virus que se comporta como el mago Houdini, el gran escapista

Por Nuria Ramírez de Castro

En el mundo hay una sensación de urgencia global, pero en el laboratorio del Centro Nacional de Biotecnología de Madrid, donde mejor se conoce a los coronavirus, se asiste a la nueva amenaza de salud con la preocupación justa. El estilo de vida de la docena de investigadores que trabajan en el campus de la Universidad Autónoma no ha cambiado mucho desde que empezó a propagarse el nuevo patógeno.

Las mascarillas se reservan para el laboratorio. No las utilizan cuando viajan en transporte público ni han dejado de viajar en avión. «Solo nos lavamos con más frecuencia las manos, una recomendación que nos sirve para evitar catarros o cualquier infección respiratoria», cuenta la viróloga Isabel Sola.

Su equipo, el que codirige con el investigador Luis Enjuanes, lleva más de dos décadas dedicado a una familia de virus inquietantes, capaces de causar trastornos tan banales como un catarro o letales como la epidemia de SARS de 2002. Entonces también un coronavirus muy similar al actual saltó de una fuente animal a los humanos.

En este laboratorio de Madrid se inventó la técnica que permitió por primera vez manipular genéticamente coronavirus y se ensayó con éxito una vacuna. No llegó a hacer falta porque la epidemia se contuvo en menos de un año. Ahora ese trabajo previo se ha convertido en una oportunidad de oro en la carrera para lograr una vacuna contra el Covid-19, «un virus del que aún sabemos muy poco», advierte Sola.

Hay una decena de vacunas en desarrollo. ¿Ustedes llevan ventaja frente a otros laboratorios?

Todos los grupos de investigación que trabajamos en coronavirus tenemos ventajas. En nuestro caso, conocemos bien la metodología de genética reversa para manipular el virus. Desde 2002 hemos mejorado la estrategia para desarrollar la vacuna.

Los virus tienen el superpoder de cambiar y hemos aprendido a generar virus atenuados que no pueden salir de una célula para infectar a otra. También contamos con modelos animales, ratones que se infectan con estos virus y reproducen fielmente la enfermedad en humanos. Creemos que son el modelo ideal para probar una vacuna candidata.

¿Esperan que mute el nuevo coronavirus?

Esperábamos que ocurriera al comienzo de la epidemia. Son virus zoonóticos, que tienen origen en animales y se transmiten al ser humano. Los cambios en la secuencia se ven al principio, cuando el virus debe adaptarse a un huésped nuevo como es el ser humano y se ve forzado a cambiar para crecer lo más feliz posible. Una vez que se ha adaptado los cambios son pequeños.

Estos virus tienen una particularidad: poseen una maquinaria especial que no tienen otros para corregir errores. Los virus mutan, lo hacen porque se multiplican millones y millones de veces y al copiar su genoma introducen errores como el que se puede cometer al escribir rápido en un teclado, si me permite un ejemplo.

Cuando escribes mucho, tienes más posibilidades de introducir un error, de cambiar una letra por otra. Su maquinaria permite que los cambios que se acumulan en el genoma sean menores.

¿Eso es una ventaja para el virus o para nosotros?

Para ellos porque su maquinaria les permite corregir errores y que sus genomas sean viables y puedan replicarse eficientemente.

¿Qué otras particularidades tiene el nuevo coronavirus?

Es muy parecido al SARS del 2002, sin embargo, por lo que estamos conociendo de él, no es idéntico. Tiene particularidades que necesitamos aprender y descubrir. Es menos mortal pero se transmite con eficacia y esto es un problema mayor porque tiene más facilidad de escaparse a nuestro control.

Desde un punto de vista científico, es muy interesante. Nos interesa cualquier habilidad nueva que ha adquirido un virus, cuál es el gen que lo determina, cómo interacciona con el hospedador, qué efectos causa en el pulmón de los afectados… Y lo que sabemos todavía es relativamente poco.

Esos rasgos que hacen al virus tan interesantes para un científico, ¿cómo se traducen en salud pública?, ¿lo hacen más peligroso?, ¿escurridizo?

El concepto de peligro es relativo. ¿Es más peligroso porque es más mortal o porque se transmite con facilidad? Las dos cosas tienen su riesgo. Este virus desde un punto de vista de salud pública es escurridizo y se transmite muy bien. Hay personas con síntomas muy leves o asintomáticas con capacidad de contagiar, lo que hace muy complicada la situación porque la transmisión se escapa a lo que vemos.

Otra particularidad es que se están describiendo casos en China y Japón de personas que aparentemente habían dado negativo; se habían recuperado y han vuelto a dar positivo. No conozco muy bien los detalles -cómo les hicieron las pruebas, les tomaron las muestras, si hubo doble prueba…-, pero todo esto es extraño y difícil de explicar.

¿Podría ocurrir que una paciente infectada vuelva a contagiarse, que no genere inmunidad?

Eso es muy extraño, pero insisto necesitamos más información. Este virus como cualquier elemento extraño que entra en nuestro organismo genera una respuesta defensiva si se tiene un sistema inmune competente. Y esta respuesta te protege frente a una nueva infección en un periodo de tiempo corto y medio plazo.

En el caso de esta persona de Japón podría ocurrir que no haya tenido una respuesta inmune completa. O que los test realizados hayan dado negativos y no lo fueran…

¿Qué es lo que más le inquieta de este virus cuando lo compara con otros?

Lo más preocupante es su capacidad de diseminación y para transmitirse en personas que están asintomáticas o con síntomas muy leves. Todo tiene que ver con el «escapismo» de este virus, el no hacerse evidente es lo más preocupante desde el punto de vista de la salud pública.

¿Y lo que más le tranquiliza?

Que solo el 20 por ciento de infectados sufre una enfermedad más severa y esto es relativamente tranquilizador.

¿Se puede hablar ya de grupos de riesgo?

Con la estadística disponible, podemos afirmar que la población de mayor riesgo son los mayores porque suelen tener asociadas otras enfermedades y un sistema inmune menos eficiente. En Europa casi el 20 por ciento de la población tiene más de 65 años, por lo que el número de personas vulnerables es mayor que en el continente africano.

¿Hay una razón científica para explicar por qué algunas personas sanas que no son mayores desarrollan neumonía?

En virología hay un campo nuevo de investigación: el conocer si existe una predisposición genética a infecciones virales. Eso significaría que entre dos personas que han sufrido la misma exposición, una sufra un problema grave y la otra no, y no hablo solo de coronavirus.

Pero antes de pensar en factores genéticos que predisponen, podríamos valorar muchas variables. En una persona joven que no tiene patologías graves y desarrolla una infección más grave, habría que saber si cuando se infectó lo hizo con una dosis de virus más alta que otra en condiciones similares no desarrolló la infección.

Esa es la razón por la que el personal sanitario es también un grupo de alto riesgo. La cantidad de virus a la que está expuesta el personal sanitario es mayor.

Algunos expertos para lanzar mensajes de tranquilidad afirman que el nuevo coronavirus es como una gripe, que incluso esta mata más y no se cuenta en los medios de comunicación. ¿Coincide con ellos?

No del todo. Es cierto que se parece a una gripe porque es una infección respiratoria y se transmite por el aire. Pero son virus diferentes, de familias diferentes. La gripe la conocemos bien y de este nuevo virus sabemos aún muy poco.

Tampoco las cifras de mortalidad de la gripe estacional son tan altas como lo son las provisionales de este coronavirus. Una cosa es la gripe estacional, la que circula todos los años y esa tiene una mortalidad más baja que el 2-3 por ciento de este nuevo virus. Con las gripes pandémicas la mortalidad es más alta.

¿Debemos prepararnos para los primeros muertos en España?

Podría haberlos. Cuantos más casos haya, más probabilidades hay de que personas en situación de riesgo con patologías previas se infecten y puedan fallecer.

Los miembros de este laboratorio, ¿han cambiado estilos de vida, han dejado de ir a zonas con aglomeración de gente o van con mascarilla?

No, no vamos con mascarilla pero la recomendación de lavarte con frecuencia las manos sí la estamos cumpliendo. Yo no suelo ir en transporte público, pero mi hija mayor sí que va y le pido que extreme la higiene de manos.

Es un consejo común para esta infección y para la gripe o los catarros: lavarse las manos muy bien, mantener cierta distancia con personas que tosan, taparse con el codo al toser o con un pañuelo desechable…

El precio de los viajes a Venecia se ha desplomado, ¿con lo que usted sabe, se iría sin dudar?

Si fuera yo sola, con estas medidas de precaución, iría sin miedo. Aunque no viajaría con mi madre, una persona más mayor y asmática. Ella sí es un grupo de riesgo.

¿Cree que tardará mucho la OMS en declarar la pandemia?

Eso depende del número de países afectados y del número de casos que haya en cada país. Entiendo que además de las cifras y de las consideraciones científicas entrará en juego todo lo que implica la declaración de pandemia, como es dejar una mayor libertad de países para interrumpir viajes.

https://www.abc.es/sociedad/abci-isabel-sola-este-coronavirus-escurridizo-transmision-esta-escapando-202003010223_noticia.html


Mensaje del Santo Padre: Para que puedas contar y grabar en la memoria (cf. Ex 10,2)

enero 26, 2020

 

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Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales 2020: “Mirar al mundo y a los acontecimientos con ternura”.

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Mensaje del Santo Padre. Jornada de las Comunicaciones Sociales. 

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Para que puedas contar y grabar en la memoria (cf. Ex 10,2)

La vida se hace historia

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Quiero dedicar el Mensaje de este año al tema de la narración, porque creo que para no perdernos necesitamos respirar la verdad de las buenas historias: historias que construyan, no que destruyan; historias que ayuden a reencontrar las raíces y la fuerza para avanzar juntos.

En medio de la confusión de las voces y de los mensajes que nos rodean, necesitamos una narración humana, que nos hable de nosotros y de la belleza que poseemos.

Una narración que sepa mirar al mundo y a los acontecimientos con ternura; que cuente que somos parte de un tejido vivo; que revele el entretejido de los hilos con los que estamos unidos unos con otros.

  1. Tejer historias

El hombre es un ser narrador. Desde la infancia tenemos hambre de historias como tenemos hambre de alimentos. Ya sean en forma de cuentos, de novelas, de películas, de canciones, de noticias…, las historias influyen en nuestra vida, aunque no seamos conscientes de ello.

A menudo decidimos lo que está bien o mal hacer basándonos en los personajes y en las historias que hemos asimilado. Los relatos nos enseñan; plasman nuestras convicciones y nuestros comportamientos; nos pueden ayudar a entender y a decir quiénes somos.

El hombre no es solamente el único ser que necesita vestirse para cubrir su vulnerabilidad (cf. Gn 3,21), sino que también es el único ser que necesita “revestirse” de historias para custodiar su propia vida. No tejemos sólo ropas, sino también relatos: de hecho, la capacidad humana de “tejer” implica tanto a los tejidos como a los textos.

Las historias de cada época tienen un “telar” común: la estructura prevé “héroes”, también actuales, que para llevar a cabo un sueño se enfrentan a situaciones difíciles, luchan contra el mal empujados por una fuerza que les da valentía, la del amor.

Sumergiéndonos en las historias, podemos encontrar motivaciones heroicas para enfrentar los retos de la vida.

El hombre es un ser narrador porque es un ser en realización, que se descubre y se enriquece en las tramas de sus días. Pero, desde el principio, nuestro relato se ve amenazado: en la historia serpentea el mal.

  1. No todas las historias son buenas

«El día en que comáis de él, […] seréis como Dios» (cf. Gn 3,5). La tentación de la serpiente introduce en la trama de la historia un nudo difícil de deshacer. “Si posees, te convertirás, alcanzarás…”, susurra todavía hoy quien se sirve del llamado storytelling con fines instrumentales.

Cuántas historias nos narcotizan, convenciéndonos de que necesitamos continuamente tener, poseer, consumir para ser felices. Casi no nos damos cuenta de cómo nos volvemos ávidos de chismes y de habladurías, de cuánta violencia y falsedad consumimos.

A menudo, en los telares de la comunicación, en lugar de relatos constructivos, que son un aglutinante de los lazos sociales y del tejido cultural, se fabrican historias destructivas y provocadoras, que desgastan y rompen los hilos frágiles de la convivencia.

Recopilando información no contrastada, repitiendo discursos triviales y falsamente persuasivos, hostigando con proclamas de odio, no se teje la historia humana, sino que se despoja al hombre de la dignidad.

Pero mientras que las historias utilizadas con fines instrumentales y de poder tienen una vida breve, una buena historia es capaz de trascender los límites del espacio y del tiempo. A distancia de siglos sigue siendo actual, porque alimenta la vida.

En una época en la que la falsificación es cada vez más sofisticada y alcanza niveles exponenciales (el deepfake), necesitamos sabiduría para recibir y crear relatos bellos, verdaderos y buenos. Necesitamos valor para rechazar los que son falsos y malvados.

Necesitamos paciencia y discernimiento para redescubrir historias que nos ayuden a no perder el hilo entre las muchas laceraciones de hoy; historias que saquen a la luz la verdad de lo que somos, incluso en la heroicidad ignorada de la vida cotidiana.

  1. La Historia de las historias

La Sagrada Escritura es una Historia de historias. ¡Cuántas vivencias, pueblos, personas nos presenta! Nos muestra desde el principio a un Dios que es creador y narrador al mismo tiempo. En efecto, pronuncia su Palabra y las cosas existen (cf. Gn 1). A través de su narración Dios llama a las cosas a la vida y, como colofón, crea al hombre y a la mujer como sus interlocutores libres, generadores de historia junto a Él.

En un salmo, la criatura le dice al Creador: «Tú has creado mis entrañas, me has tejido en el seno materno. Te doy gracias porque son admirables tus obras […], no desconocías mis huesos. Cuando, en lo oculto, me iba formando, y entretejiendo en lo profundo de la tierra» (139,13-15).

No nacemos realizados, sino que necesitamos constantemente ser “tejidos” y “bordados”. La vida nos fue dada para invitarnos a seguir tejiendo esa “obra admirable” que somos.

En este sentido, la Biblia es la gran historia de amor entre Dios y la humanidad. En el centro está Jesús: su historia lleva al cumplimiento el amor de Dios por el hombre y, al mismo tiempo, la historia de amor del hombre por Dios.

El hombre será llamado así, de generación en generación, a contar y a grabar en su memoria los episodios más significativos de esta Historia de historias, los que puedan comunicar el sentido de lo sucedido.

El título de este Mensaje está tomado del libro del Éxodo, relato bíblico fundamental, en el que Dios interviene en la historia de su pueblo. De hecho, cuando los hijos de Israel estaban esclavizados clamaron a Dios, Él los escuchó y rememoró: «Dios se acordó de su alianza con Abrahán, Isaac y Jacob. Dios se fijó en los hijos de Israel y se les apareció» (Ex 2, 24-25).

De la memoria de Dios brota la liberación de la opresión, que tiene lugar a través de signos y prodigios. Es entonces cuando el Señor revela a Moisés el sentido de todos estos signos: «Para que puedas contar [y grabar en la memoria] de tus hijos y nietos […] los signos que realicé en medio de ellos. Así sabréis que yo soy el Señor» (Ex 10,2).

La experiencia del Éxodo nos enseña que el conocimiento de Dios se transmite sobre todo contando, de generación en generación, cómo Él sigue haciéndose presente. El Dios de la vida se comunica contando la vida.

El mismo Jesús hablaba de Dios no con discursos abstractos, sino con parábolas, narraciones breves, tomadas de la vida cotidiana. Aquí la vida se hace historia y luego, para el que la escucha, la historia se hace vida: esa narración entra en la vida de quien la escucha y la transforma.

No es casualidad que también los Evangelios sean relatos. Mientras nos informan sobre Jesús, nos “performan[1] a Jesús, nos conforman a Él: el Evangelio pide al lector que participe en la misma fe para compartir la misma vida. El Evangelio de Juan nos dice que el Narrador por excelencia —el Verbo, la Palabra— se hizo narración: «El Hijo único, que está en el seno del Padre, Él lo ha contado» (cf. Jn 1,18).

He usado el término “contado” porque el original exeghésato puede traducirse sea como “revelado” que como “contado”. Dios se ha entretejido personalmente en nuestra humanidad, dándonos así una nueva forma de tejer nuestras historias

  1. Una historia que se renueva

La historia de Cristo no es patrimonio del pasado, es nuestra historia, siempre actual. Nos muestra que a Dios le importa tanto el hombre, nuestra carne, nuestra historia, hasta el punto de hacerse hombre, carne e historia. También nos dice que no hay historias humanas insignificantes o pequeñas. Después de que Dios se hizo historia, toda historia humana es, de alguna manera, historia divina.

En la historia de cada hombre, el Padre vuelve a ver la historia de su Hijo que bajó a la tierra. Toda historia humana tiene una dignidad que no puede suprimirse. Por lo tanto, la humanidad se merece relatos que estén a su altura, a esa altura vertiginosa y fascinante a la que Jesús la elevó.

Escribía san Pablo: «Sois carta de Cristo […] escrita no con tinta, sino con el Espíritu de Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en las tablas de corazones de carne» (2 Co 3,3). El Espíritu Santo, el amor de Dios, escribe en nosotros. Y, al escribir dentro, graba en nosotros el bien, nos lo recuerda. Re-cordar significa efectivamente llevar al corazón, “escribir” en el corazón.

Por obra del Espíritu Santo cada historia, incluso la más olvidada, incluso la que parece estar escrita con los renglones más torcidos, puede volverse inspirada, puede renacer como una obra maestra, convirtiéndose en un apéndice del Evangelio.

Como las Confesiones de Agustín. Como El Relato del Peregrino de Ignacio. Como la Historia de un alma de Teresita del Niño Jesús. Como Los Novios, como Los Hermanos Karamazov. Como tantas innumerables historias que han escenificado admirablemente el encuentro entre la libertad de Dios y la del hombre.

Cada uno de nosotros conoce diferentes historias que huelen a Evangelio, que han dado testimonio del Amor que transforma la vida. Estas historias requieren que se las comparta, se las cuente y se las haga vivir en todas las épocas, con todos los lenguajes y por todos los medios.

  1. Una historia que nos renueva

En todo gran relato entra en juego el nuestro. Mientras leemos la Escritura, las historias de los santos, y también esos textos que han sabido leer el alma del hombre y sacar a la luz su belleza, el Espíritu Santo es libre de escribir en nuestro corazón, renovando en nosotros la memoria de lo que somos a los ojos de Dios.

Cuando rememoramos el amor que nos creó y nos salvó, cuando ponemos amor en nuestras historias diarias, cuando tejemos de misericordia las tramas de nuestros días, entonces pasamos página. Ya no estamos anudados a los recuerdos y a las tristezas, enlazados a una memoria enferma que nos aprisiona el corazón, sino que abriéndonos a los demás, nos abrimos a la visión misma del Narrador.

Contarle a Dios nuestra historia nunca es inútil; aunque la crónica de los acontecimientos permanezca inalterada, cambian el sentido y la perspectiva. Contarle al Señor es entrar en su mirada de amor compasivo hacia nosotros y hacia los demás.

A Él podemos narrarle las historias que vivimos, llevarle a las personas, confiarle las situaciones. Con Él podemos anudar el tejido de la vida, remendando los rotos y los jirones. ¡Cuánto lo necesitamos todos!

Con la mirada del Narrador —el único que tiene el punto de vista final— nos acercamos luego a los protagonistas, a nuestros hermanos y hermanas, actores a nuestro lado de la historia de hoy.

Sí, porque nadie es un extra en el escenario del mundo y la historia de cada uno está abierta a la posibilidad de cambiar. Incluso cuando contamos el mal podemos aprender a dejar espacio a la redención, podemos reconocer en medio del mal el dinamismo del bien y hacerle sitio.

No se trata, pues, de seguir la lógica del storytelling, ni de hacer o hacerse publicidad, sino de rememorar lo que somos a los ojos de Dios, de dar testimonio de lo que el Espíritu escribe en los corazones, de revelar a cada uno que su historia contiene obras maravillosas.

Para ello, nos encomendamos a una mujer que tejió la humanidad de Dios en su seno y —dice el Evangelio— entretejió todo lo que le sucedía. La Virgen María lo guardaba todo, meditándolo en su corazón (cf. Lc 2,19). Pidamos ayuda a aquella que supo deshacer los nudos de la vida con la fuerza suave del amor:

Oh María, mujer y madre, tú tejiste en tu seno la Palabra divina, tú narraste con tu vida las obras magníficas de Dios. Escucha nuestras historias, guárdalas en tu corazón y haz tuyas esas historias que nadie quiere escuchar. Enséñanos a reconocer el hilo bueno que guía la historia.

Mira el cúmulo de nudos en que se ha enredado nuestra vida, paralizando nuestra memoria. Tus manos delicadas pueden deshacer cualquier nudo. Mujer del Espíritu, madre de la confianza, inspíranos también a nosotros. Ayúdanos a construir historias de paz, historias de futuro. Y muéstranos el camino para recorrerlas juntos.

Vaticano, 24 de enero de 2020, fiesta de san Francisco de Sales.

FRANCISCUS

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[1] Cf. Benedicto XVI, Carta enc. Spe salvi, 2: «El mensaje cristiano no era sólo “informativo”, sino “performativo”. Eso significa que el Evangelio no es solamente una comunicación de cosas que se pueden saber, sino una comunicación que comporta hechos y cambia la vida».

© Librería Editorial Vaticana

https://es.zenit.org/articles/jornada-de-las-comunicaciones-sociales-una-narracion-que-mire-al-mundo-con-ternura/?fbclid=IwAR2kbR5NWigJrKRSY0ZM9fnEjE5fUo8lgMybOjCBDd5Fp45unxy-zfE8VQ4

El maná de cada día, 18.1.20

enero 18, 2020

Sábado de la 1ª semana del Tiempo Ordinario


18 de enero de 2020
Inicio del Octavario de oración por la unidad de los cristianos


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No necesitan de médico los sanos sino los enfermos



PRIMERA LECTURA: 1 Samuel 9, 1-4.17-19; 10,1a

Había un hombre de Loma de Benjamín, llamado Quis, hijo de Abiel, hijo de Seror, hijo de Becorá, hijo de Afiaj, benjaminita, de buena posición. Tenía un hijo que se llamaba Saúl, un mozo bien plantado; era el israelita más alto: sobresalía por encima de todos, de los hombros arriba.

A su padre Quis se le habían extraviado unas burras; y dijo a su hijo Saúl: «Llévate a uno de los criados y vete a buscar las burras.»

Cruzaron la serranía de Efraín y atravesaron la comarca de Salisá, pero no las encontraron. Atravesaron la comarca de Saalín, y nada. Atravesaron la comarca de Benjamin, y tampoco.

Cuando Samuel vio a Saúl, el Señor le avisó: «Ése es el hombre de quien te hablé; ése regirá a mi pueblo.»

Saúl se acercó a Samuel en medio de la entrada y le dijo: «Haz el favor de decirme dónde está la casa del vidente.»

Samuel le respondió: «Yo soy el vidente. Sube delante de mí al altozano; hoy coméis conmigo, y mañana te dejaré marchar y te diré todo lo que piensas.»

Tomó la aceitera, derramó aceite sobre la cabeza de Saúl y lo besó, diciendo: «El Señor te unge como jefe de su heredad. Tú regirás al pueblo del Señor y lo librarás de la mano de los enemigos que lo rodean.»


SALMO 20, 2-3.4-5.6-7

Señor, el rey se alegra por tu fuerza.

Señor, el rey se alegra por tu fuerza, ¡y cuánto goza con tu victoria! Le has concedido el deseo de su corazón, no le has negado lo que pedían sus labios.

Te adelantaste a bendecirlo con el éxito, y has puesto en su cabeza una corona de oro fino. Te pidió vida, y se la has concedido, años que se prolongan sin término.

Tu victoria ha engrandecido su fama, lo has vestido de honor y majestad. Le concedes bendiciones incesantes, lo colmas de gozo en tu presencia.


Aclamación antes del Evangelio: Lc 4, 18

El Señor me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad.


18 de enero de 2018
Inicio del Octavario de oración por la unidad de los cristianos


EVANGELIO: Marcos 2, 13-17

En aquel tiempo, Jesús salió de nuevo a la orilla del lago; la gente acudía a él, y les enseñaba.

Al pasar, vio a Leví, el de Alfeo, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: «Sígueme.»

Se levantó y lo siguió. Estando Jesús a la mesa en su casa, de entre los muchos que lo seguían un grupo de publicanos y pecadores se sentaron con Jesús y sus discípulos.

Algunos escribas fariseos, al ver que comía con publicanos y pecadores, les dijeron a los discípulos: «¡De modo que come con publicanos y pecadores!»

Jesús lo oyó y les dijo: «No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores.»
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Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, 18-25 enero 2020

La Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, recuerdan los obispos de la Comisión Episcopal de Relaciones Interconfesionales en su mensaje, “es ocasión propicia para que conozcamos mejor el diálogo de la Iglesia católica con las Iglesias y Comunidades eclesiales sobre la doctrina de la fe, llevado adelante con gran esfuerzo y dedicación”

Introducción

Desde aquellas palabras de Jesús, recogidas en el Evangelio de San Juan e integradas en la llamada «oración sacerdotal», nunca en la Iglesia se ha dejado de orar por la unidad. El texto evangélico dice: «Padre, te ruego por ellos, para que sean uno, como tú y yo somos uno, para que el mundo crea» (Jn 17, 21).

Todas las liturgias antiguas, tanto orientales como occidentales, poseen bellas oraciones que repiten, a su manera, aquella oración del Señor Jesús poco antes de padecer.

Pero cuando las polémicas y enfrentamientos se consuma-ron y dividieron el cristianismo en Iglesias enfrentadas, la urgencia por la vuelta a la unidad visible se hizo un grito —desgraciadamente no un clamor— y aquella oración de Getsemaní se convirtió en una necesidad sentida por los mejores espíritus de cada una de las comunidades separadas.

Existe una larga tradición en las Iglesias cristianas de orar por la unidad. Los textos litúrgicos de las comunidades católicas, ortodoxas, anglicanas y protestantes poseen hermosas plegarias para pedir al Espíritu preservar o devolver —según los casos— la unidad de la Iglesia.

Pero además de las expresiones litúrgicas oficiales por la unidad, apareció muy pronto entre los cristianos divididos una orientación marcadamente ecuménica que ponía todo el énfasis en la plegaria por la unidad de las Iglesias divididas —en plural— que, sin menoscabo de la tarea doctrinal, se dio cuenta de que el camino real hacia la plenitud de la unidad pasaba por la convergencia y concordia de corazones en la plegaria común compartida por todos.

Si las Iglesias han tenido bien definidas siempre sus fronteras por ortodoxias y por reglamentaciones jurídicas, los pioneros del ecumenismo encontraron muy pronto legítimos caminos para trascender barreras que parecían infranqueables.

La plegaria común aparece así como el pasaporte válido para sentir la unidad al menos en una tensión dialéctica: la oración compartida permite sentirse ya unidos en el Señor de todos, aunque todavía no sea posible la proclamación de pertenencia plena a una comunidad eclesial unida.

El Vaticano II, en el Decreto de Ecumenismo, afirmará solemnemente: «La conversión de corazón y santidad de vida, juntamente con las oraciones privadas y públicas por la unidad de los cristianos, han de considerarse como el alma de todo el movimiento ecuménico, y con razón puede llamarse ecumenismo espiritual (UR 8). […]

¿Todavía es necesaria la semana de oración por la unidad de los cristianos?

Recordamos el esplendor que acompañaba las celebraciones ecuménicas, durante el mes de enero, de aquellas Semanas de Oración por la Unidad y que congregaban a fieles de todas las denominaciones cristianas. Templos abarrotados, cambio de predicadores: el pastor protestante predicando en la parroquia católica, el párroco católico actuando en el templo evangélico.

Gentes entusiasmadas. Eran los años inmediatos al Concilio. Cuando «lo ecuménico», al menos para muchos católicos, era una feliz novedad y un descubrimiento sorprendente.

Habían pasado aquellos primeros tiempos, tiempos audaces, en que el «Centro Unidad Cristiana» de Lyón había comenzado a preparar el tema para la Semana en colaboración con la Comisión «Fe y Constitución», del Consejo Ecuménico de las Iglesias (Ginebra). Colaboración estrecha que se re-monta a 1958.

Después, el Vaticano II corroboraría totalmente tales iniciativas llamando a la oración «alma del movimiento ecuménico» (UR 8) y el Secretariado para la Unidad —hoy Consejo Pontificio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos— comenzaba a trabajar conjuntamente con «Fe y Constitución» (1968) a la hora de preparar no ya sólo los temas, sino los textos de la Semana de cada año.

La Semana ha contado con predicadores insignes. Incluso cuando todavía no había adquirido la tradición que más tarde tomaría, hombres como el dominico Yves Congar desarrollaron en los años treinta una intensa actividad en el terreno del ecumenismo espiritual —predicando en numerosas ciudades francesas durante la Semana—, aunando la espiritualidad y la doctrina teológica del ecumenismo.

¿Qué ha pasado hoy cuando la Semana de Oración parece que ha perdido el interés que despertara en decenios anteriores?

La pregunta debería hacer pensar sobre lo que es y no es esa Semana en la que tantas esperanzas se han puesto. No es, ciertamente, una devoción más: No trata de temas accidentales sobre los que discrepar o pasar de ellos. Es, por el contrario, un tiempo fuerte —no un tiempo litúrgico— en el que aspectos fundamentales de la Iglesia se ponen delante del Señor para que se realice visiblemente lo que él pidió al Padre con tanta insistencia en la oración sacerdotal.

La Semana de Oración es el momento en el que la obediencia que las Iglesias deben a Cristo respecto a ser uno «para que el mundo crea» se hace plegaria humilde y esperanzada. La espiritualidad de la Semana hace que la tarea (lo que los cristianos y sus Iglesias deben trabajar en orden a la restauración de la unidad) se ponga bajo la perspectiva del don (sabiendo que la unidad finalmente es más don divino que realización humana).

Se sabe que la cuestión ecuménica, suscitada por la división de los cristianos en cuanto desobediencia a la voluntad de Cristo, puede ser considerada además como problema y como misterio.

El problema exige siempre la investigación, el análisis arduo, el método correcto, el planteamiento acertado. En esa tarea radica lo que se ha dado en llamar el ecumenismo doctrinal. Los grupos mixtos de diálogo teológico de las diferentes Iglesias llevan ya un largo trecho recorrido, muy arduo, pero lleno de esperanzas y con resultados tangibles como es, por ejemplo, la Declaración Conjunta Luterano-Católica sobre la Doctrina de la Justificación por la Fe (octubre 1999).

Los responsables directos del problema ecuménico, considerado como lo hemos planteado, son, en general, los jerarcas y los teólogos de las Iglesias.

En cambio, el misterio de la desunión cristiana invita sobre todo a la comunión, a la entrada en él por medio de la actitud de apertura confiada para dejarse impregnar por quien nos trasciende a todos. Y en este terreno, en el del misterio, los responsables son todos los cristianos, todo el pueblo de Dios, que intuye que por medios humanos la unidad parece inalcanzable. Por eso se abre a la plegaria y se deja llevar por el Espíritu que sopla donde quiere y dirige a todos hacia donde quiere. […]

Estructura de la semana de oración

En realidad la Semana de Oración ofrece muchas posibilidades de celebración. La rigidez estaría reñida con el espíritu que se desea vivir en esos ocho días.

Los textos bíblicos, los esquemas celebrativos, los cantos, las liturgias, etc., preparados con antelación por un equipo mixto, nombrado por el Consejo Ecuménico de las Iglesias y por el Pontificio Consejo para la Unidad de los Cristianos, alcanzan su razón de ser cuando llegan a celebrarse a niveles locales, ya sean parroquiales, en comunidades religiosas, o en reuniones menos formales, pero donde varios cristianos han decidido celebrarla.

Su celebración, normalmente en hora vespertina y siempre que sea posible de manera interconfesional, adquiere especial relieve y significatividad cuando existe intercambio de predicadores. Pero de cualquier manera pueden y deben celebrarse durante los ocho días también en lugares donde, por diferentes razones, no hay contexto interconfesional, como son las comunidades contemplativas, las parroquias en cuya demarcación no hay centros de otras confesiones, ciertos colegios privados…

Los esquemas preparados por los equipos mixtos suelen tener un sentido bíblico no solamente en sus textos, sino también en las plegarias, en los cantos y en las oraciones. La predicación suele unir la intención propia del tema global con las lecturas bíblicas proclamadas, y con frecuencia las colectas recogidas se destinan a proyectos ecuménicos locales, o bien a paliar necesidades básicas de los más pobres.

En la Iglesia católica, los días de la Semana son muy propicios para que se celebre, cuando la reglamentación litúrgica lo permite, la misa votiva por la unidad. Y a veces se recomienda que se tengan, en el arco de los días que van del 18 al 25 de enero, además de los servicios de oración que constituyen el núcleo de la Semana, algunos actos de tipo académico -conferencias, exposiciones bíblicas o ecuménicas, etc.- que fomenten el deseo de unidad visible de todos los cristianos.

Es bien sabido que cada año, desde 1968, las Semanas de la Unidad tienen un «tema -siempre un versículo bíblico- y unos esquemas elaborados en colaboración entre la Comisión «Fe y Constitución», del «Consejo Ecuménico de las Iglesias» y el «Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos», cuyas reuniones preparatorias tienen lugar en distintas ciudades del mundo.

Fr. Juan Bosch O.P.

«Nos mostraron una humanidad poco común» (Cf. Hch 28, 2), es el lema de la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, que se celebra del 18 al 25 de enero de 2020.

Puede encontrar los materiales en la página de la Conferencia Episcopal Española

Texto tomado de: Martínez Puche, José A. (director),
Colección Nuevo Año Cristiano de EDIBESA.

https://www.dominicos.org/predicacion/evangelio-del-dia/18-1-2020/semana-de-oracion-por-la-unidad-de-los-cristianos/

NOTA: Los subrayados con negrita en el texto son míos. 


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