La Renovación Carismática, para toda la Iglesia: textos completos del P. Cantalamessa en el Vaticano

junio 12, 2019

.

La Renovación Carismática, para toda la Iglesia: textos completos del P. Cantalamessa en el Vaticano

.

La Renovación Carismática, para toda la Iglesia: textos completos del P. Cantalamessa en el Vaticano

ReL 9 junio 2019

.

Este 8 de junio de 2019, el Predicador de la Casa Pontificia, el padre capuchino Raniero Cantalamessa ha dirigido dos detalladas predicaciones a los miembros de la Renovación Carismática llegados a Roma para celebrar Pentecostés y la presentación de Charis, el nuevo órgano de comunión de las entidades carismáticas, creada por el Dicasterio para los Laicos.

Cantalamessa es ahora el asesor eclesiástico de Charis. El sacerdote Pablo Cervera, director de la revista Magníficat, ha traducido del italiano las dos grandes alocuciones que Cantalamessa proclamó ante los asistentes que publicamos completas.

La Renovación Carismática Católica, una corriente de gracia para toda la Iglesia

 Roma, Aula Pablo VI, 8 de junio de 2019; Inauguración del servicio de Charis

Parto de la convicción compartida por todos nosotros, y a menudo repetida por el papa Francisco, de que la Renovación Carismática Católica (RCC) es «una corriente de gracia para toda la Iglesia».

Si la RCC es una corriente de gracia para toda la Iglesia, tenemos el deber de explicarnos a nosotros mismos y a la Iglesia en qué consiste esta corriente de gracia y por qué está destinada y es necesaria para toda la Iglesia. Explicar, en definitiva, qué somos y qué ofrecemos —mejor, qué ofrece Dios— a la Iglesia con esta corriente de gracia.

De hecho, hasta ahora no hemos sido capaces —ni podíamos serlo— de decir con claridad qué es la Renovación Carismática.

En efecto, es necesario experimentar una forma de vida antes de poderla definir. Así ha sucedido siempre en el pasado, con ocasión de la aparición de nuevas formas de vida cristiana.

Pobres de esos movimientos y órdenes religiosas que nacen con mucho de regla y de constituciones establecidas minuciosamente de partida, que hay que poner luego en práctica como un protocolo a seguir. Es la vida la que, progresando, adquiere una fisonomía y se da una regla, como el río, al avanzar, se excava su propio lecho.

Debemos reconocer que hasta ahora hemos dado a la Iglesia ideas y representaciones de la Renovación Carismática diferentes y a veces contradictorias. Bastaría hacer una pequeña encuesta entre las personas que viven fuera de ella, para darnos cuenta de la confusión que reina en torno a la identidad de la Renovación Carismática.

Para algunos, es un movimiento de «entusiastas», no distinto de los movimientos «entusiastas e iluminados» del pasado, el pueblo del Aleluya, de las manos alzadas, que rezan y cantan en un lenguaje incomprensible, un fenómeno, en definitiva, emocional y superficial. Puedo decirlo con conocimiento de causa porque también yo, durante mucho tiempo, estaba entre los que pensaban así.

Para otros será identificado con personas que realizan oraciones de curación y realizan exorcismos; para otros incluso se trata de una «infiltración» protestante y pentecostal en la Iglesia católica. En el mejor de los casos la Renovación Carismática es vista como una realidad en la que se puede confiar para muchas cosas en la parroquia, pero por la que es mejor no dejarse implicar.

Como ha dicho alguien, gustan los frutos de la Renovación, pero no el árbol.

Después de 50 años de vida y de experiencia y con ocasión de la inauguración del nuevo organismo de servicio que es Charis, quizás ha llegado el momento de intentar hacer una relectura de esta realidad y dar una definición, aunque no sea definitiva, pues su camino no está del todo concluido.

Yo creo que la esencia de esta corriente de gracia está providencialmente encerrada en su nombre «Renovación Carismática», con la condición de comprender el verdadero significado de estas dos palabras. Es lo que me propongo hacer, dedicando la primera parte de mi intervención al sustantivo «Renovación» y la segunda parte al adjetivo «carismática».

I.- Primera parte: «Renovación»

Es necesario anteponer una premisa de carácter general para entender la relación que existe entre el sustantivo «renovación» y el adjetivo «carismática», y qué representa cada uno de ellos.

En la Biblia surgen claramente dos modos de obrar del Espíritu de Dios. Existe, ante todo, la forma que podemos llamar carismática. Consiste en el hecho de que el Espíritu de Dios viene sobre algunas personas, en circunstancias especiales, y les otorga dones y capacidades por encima de la capacidad humana para desempeñar la tarea que Dios espera de ellas.

Se habla del Espíritu de Dios que viene sobre algunas personas y les otorga sus dones artísticos para la construcción del templo (cf. Ex 31,3), que «irrumpe» sobre Sansón y le da un don de fuerza para guiar las batallas de Dios (Jue 14,6), viene sobre Saúl y lo unge rey (1 Sam 10,6), viene sobre los profetas y ellos profetizan (Is 61,1).

La característica de este modo de obrar del Espíritu de Dios es que se da a una persona, pero no para la persona misma, para hacerla más agradable ante Dios, sino para el bien de la comunidad, para el servicio. Algunos de los que en el Antiguo Testamento reciben estos dones terminarán llevando una vida en absoluto conforme con el querer de Dios.

Sólo en un segundo momento, prácticamente tras el exilio, se empieza a hablar de un modo distinto de actuar del Espíritu de Dios, un modo que posteriormente se llamará la acción santificadora del Espíritu (2 Tes 2,13). Por primera vez en el salmo 51 el Espíritu se define como «santo»: «No me quites tu Santo Espíritu». El testimonio más claro es la profecía de Ezequiel 36,26-27:

“Os daré un corazón nuevo, infundiré en vosotros un espíritu nuevo, os quitaré el corazón de piedra y os daré un corazón de carne. Pondré mi espíritu en vosotros y haré que os conduzcáis según mis leyes y haré que observéis y pongáis en práctica mis mandatos”.

La novedad de este modo de actuar del Espíritu es que será sobre una persona y permanece en ella y la transforma desde el interior, dándole un corazón nuevo y una capacidad nueva de observar la ley. A continuación, la teología llamará al primer modo de actuar del Espíritu «gratia gratis data», don gratuito, y al segundo «gratia gratum faciens», gracia que hace agradables a Dios.

Pasando del Antiguo al Nuevo Testamento, este doble modo de actuar del Espíritu se hace incluso más claro. Basta leer primero el capítulo 12 de la Primera Carta a los Corintios donde se habla de todo tipo carismas, y luego pasar al capítulo siguiente, el 13, donde se habla de un don único, igual y necesario para todos que es la caridad.

Esta caridad es «el amor de Dios derramado en los corazones mediante el Espíritu Santo» (Rom 5,5), el amor —así lo define santo Tomás de Aquino— «con el que Dios nos ama a nosotros y con el que nos hace capaces de amarle a él y a los hermanos» [1].

La relación entre la obra santificadora del Espíritu y su acción carismática es vista por Pablo como la relación que existe entre el ser y el actuar y como la relación que existe entre la unidad y la diversidad en la Iglesia. La acción santificadora se refiere al ser del cristiano, los carismas se refieren al actuar, al servicio; la primera fundamenta la unidad de la Iglesia, la segunda, la variedad de sus funciones.

Sobre esto basta leer Efesios 4,4-13. Allí el Apóstol expone primero lo que fundamenta el ser del cristiano y la unidad de todos los creyentes: un solo cuerpo, un solo Espíritu, un solo Señor, una sola fe, para pasar a hablar de la «gracia dada a cada uno según la medida del don de Cristo»: apóstoles, evangelistas, maestros…

Es cierto que el carisma no se ha dado por causa, o de cara a la santidad de una persona, pero también es cierto que no se mantiene sano e incluso se corrompe y termina por provocar daños, si no reposa sobre el terreno de una santidad personal.

Recordar la prioridad de la obra santificadora del Espíritu sobre la carismática es la contribución específica que la RCC puede llevar al movimiento evangélico y pentecostal, los cuales —es útil recordarlo— tuvieron entre sus matrices el llamado «movimiento de santidad» (Holiness Movement).

El Apóstol no se limita a poner de relieve los dos modos de obrar del Espíritu, sino que afirma también la prioridad absoluta de la acción santificadora sobre la acción carismática. El obrar depende del ser (agere sequitur esse), no al revés.

Pablo pasa revista a la mayoría de los carismas —hablar todas las lenguas, poseer el don de profecía, conocer todos los misterios, distribuir todo a los pobres— y concluye que, sin la caridad, no servirían de nada a quien los ejercita, aunque puedan beneficiar a quien los recibe.

Todo lo que he dicho de la acción renovadora y santificadora del Espíritu se encierra en el sustantivo «Renovación». ¿Por qué justamente ese término? ¿Por qué llamamos «Seminario de vida nueva en el Espíritu» al instrumento con el que uno se preparaba para recibir el bautismo en el Espíritu?

La idea de novedad acompaña desde el principio hasta el final la revelación de la acción santificadora del Espíritu. Ya en Ezequiel se habla de un «Espíritu nuevo». Juan habla de un «nacer de nuevo por el agua y del Espíritu» (Jn 3,5).

Pero es sobre todo san Pablo quien ve en la «novedad» lo que caracteriza a toda la «nueva alianza» (2 Cor 3,6). Él define al creyente como un «hombre nuevo» (Ef 2,15; 4, 24) y al bautismo como «un baño de renovación en el Espíritu Santo» (Tit 3,5).

Lo que hay que poner en claro enseguida es que esta vida nueva es la vida traída por Cristo. Es él quien al resucitar de la muerte nos ha dado la posibilidad gracias a nuestro bautismo, de «caminar en una vida nueva» (Rom 6,4). Por tanto, es don, antes que deber, y un «hecho», antes que un «tener que hacer». 

En este momento se necesita una revolución copernicana en la mentalidad común del creyente católico (¡no en la doctrina oficial de la Iglesia!) y esta es una de las contribuciones más importantes que la Renovación Carismática puede aportar —y ya ha traído en parte— a la vida de la Iglesia.

Durante siglos se ha insistido mucho sobre la moral, el deber, sobre qué hacer para ganar la vida eterna, hasta invertir la relación y poner el deber antes que el don, haciendo de la gracia el efecto, en lugar de la causa, de nuestras buenas obras.

Incluso después de que el concilio de Trento, en respuesta a la reforma protestante, había reafirmado la verdadera doctrina católica de la prioridad de la gracia, la predicación popular, la dirección espiritual, en definitiva, la pastoral de la Iglesia, incluso en reacción a la posición extrema de Lutero, siguió insistiendo en las obras más que en la gracia.

Yo también hablo aquí por experiencia personal porque es la formación que yo mismo recibí y que era común antes del Concilio en los lugares de formación. Una formación denominada «voluntarista» por la insistencia unilateral sobre el papel del esfuerzo humano.

La Renovación Carismática, concretamente el bautismo en el Espíritu, ha obrado dentro de mí aquella revolución copernicana de la que hablaba y por eso estoy íntimamente convencido de que puede realizarla en toda la Iglesia. Y es la revolución de la que depende la posibilidad de evangelizar nuevamente el mundo post-cristiano.

La fe brota en presencia del kerygma, no en presencia de la didaché, es decir, no en presencia de la teología, de la apologética, de la moral. Estas cosas son necesarias para «formar» la fe y llevarla a la perfección de la caridad, pero no soy capaz de generarla.

El cristianismo, a diferencia de cualquier otra religión, no comienza diciendo a los hombres lo que deben hacer para salvarse; empieza diciendo lo que Dios ha hecho, en Cristo Jesús, para salvarlos. Es la religión de la gracia.

No hay peligro de que de este modo se caiga en el «quietismo», olvidando el compromiso por la adquisición de las virtudes. La Escritura y la experiencia no dejan escapatoria sobre este punto: el signo más cierto de la presencia del Espíritu de Cristo no son los carismas, sino los «frutos del Espíritu».

La RC debe, más bien, cuidarse de otro peligro: lo que san Pablo reprocha a los Gálatas: «terminar con la carne después de haber comenzado con el Espíritu» (cf. Gál 3,3), es decir, volver a un viejo legalismo y moralismo que sería exactamente la antítesis de lo que se entiende por «Renovación».

Existe también, es cierto, el peligro opuesto de hacer de la libertad «un pretexto para vivir según la carne» (Gál 5, 13), pero ello es más fácilmente reconocible.  

En qué consiste la vida nueva en el Espíritu

Pero ahora ha llegado el momento de bajar más a lo concreto y ver en qué consiste y cómo se manifiesta la vida nueva en el Espíritu y en qué consiste la verdadera «Renovación». Nos apoyamos en san Pablo y más concretamente en su Carta a los Romanos, porque es allí donde, casi programáticamente, se exponen sus elementos constitutivos.

Una vida vivida en la ley del Espíritu

La vida nueva es, ante todo, una vida vivida «en la ley del Espíritu».

No hay ninguna condena para los que están en Cristo Jesús, porque la ley del Espíritu, que da vida en Cristo Jesús, te liberó de la ley del pecado y de la muerte (Rom 8, 1-2).

No se entiende qué significa la expresión «ley del Espíritu» si no es a partir del acontecimiento de Pentecostés. En el Antiguo Testamento existieron dos interpretaciones fundamentales de la fiesta de Pentecostés. Al comienzo, Pentecostés era la fiesta de la cosecha (cf. Núm 28,26ss), cuando se ofrecía a Dios la primicia del trigo (cf. Ex 23,16; Dt 16,9).

Pero posteriormente, y ciertamente en el tiempo de Jesús, la fiesta se había enriquecido con un nuevo significado. Era la fiesta que recordaba la entrega de la ley sobre el monte Sinaí y la alianza establecida entre Dios y su pueblo; la fiesta, en definitiva, que conmemoraba los acontecimientos descritos en Ex 19-20. «Este día de la fiesta de las semanas —dice un texto de la actual liturgia judía de Pentecostés (Shavuot)— es el tiempo del don de nuestra Torá».

Parece que san Lucas ha descrito deliberadamente la venida del Espíritu Santo con los rasgos que marcaron la teofanía del Sinaí; usa, efectivamente, imágenes que recuerdan las del terremoto y del fuego. La liturgia de la Iglesia confirma esta interpretación, desde el momento que inserta Ex 19 entre las lecturas de la vigilia de Pentecostés.

¿Qué viene a decirnos, de nuestro Pentecostés, esta aproximación? ¿Qué significa, en otras palabras, el hecho de que el Espíritu Santo desciende sobre la Iglesia precisamente en el día en que Israel recordaba el don de la ley y de la alianza?

Ya san Agustín se planteaba esta pregunta y daba la siguiente respuesta. Cincuenta días después de la inmolación del cordero en Egipto, en el monte Sinaí, el dedo de Dios escribió la ley de Dios sobre tablas de piedra, y he aquí que cincuenta días después de la inmolación del verdadero Cordero de Dios que es Cristo, de nuevo el dedo de Dios, el Espíritu Santo, escribe la ley; pero esta vez no en tablas de piedra, sino sobre las tablas de carne de los corazones[2].

Esta interpretación se basa sobre la afirmación de Pablo, que define a la comunidad de la Nueva Alianza como una «carta de Cristo, compuesta no con tinta, sino con el Espíritu del Dios viviente, no en tablas de piedra, sino en las tablas de carne de los corazones» (cf. 2 Cor 3,3).

De golpe, se iluminan las profecías de Jeremías y de Ezequiel sobre la Nueva Alianza: «Esta será la alianza que yo pactaré con la casa de Israel, después de aquellos días, dice el Señor: Pondré mi Ley en su alma, la escribiré en su corazón» (Jer 31,33). No ya sobre tablas de piedra, sino sobre corazones; no ya una ley exterior, sino una ley interior.

¿Cómo actúa, en concreto, esta nueva ley que es el Espíritu y en qué sentido se puede llamar «ley»? ¡Actúa mediante el amor! La ley nueva es lo que Jesús llama el «mandamiento nuevo» (Jn 13,34). El Espíritu Santo ha escrito la nueva ley en nuestros corazones, infundiendo en ellos el amor: «El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que se nos ha dado» (Rom 5,5).

Este amor, nos ha explicado santo Tomás, es el amor con el que Dios nos ama y con el que, al mismo tiempo, hace que nosotros podamos volverlo a amar y amar al prójimo. Es una capacidad nueva de amar.

Hay dos maneras según las cuales el hombre puede ser inducido a hacer, o a no hacer, cierta cosa: o por coacción o por atracción; la ley exterior lo induce del primer modo, por coacción, con la amenaza del castigo; el amor lo induce del segundo modo, por atracción. De hecho, cada uno es atraído por lo que ama, sin que sufra ninguna coacción desde el exterior. La vida cristiana debe ser vivida por atracción, no por coacción, por amor, no por temor.

Una vida de hijos de Dios

En segundo lugar, la vida nueva en el Espíritu es una vida de hijos de Dios. Escribe también el Apóstol:

«Todos aquellos que son guiados por el Espíritu de Dios, estos son hijos de Dios. 15 Y vosotros no habéis recibido un espíritu de esclavos para recaer en el miedo, sino que habéis recibido el Espíritu que hace hijos adoptivos, por medio del cual exclamamos: “¡Abbá! ¡Padre!” 16 El Espíritu mismo, junto a nuestro espíritu, testifica que somos hijos de Dios» (Rom 8,14-16).

Esta es una idea central del mensaje de Jesús y de todo el Nuevo Testamento. Gracias al bautismo que nos ha injertado en Cristo, hemos sido hechos hijos en el Hijo.

¿Qué puede llevar de nuevo a la Renovación Carismática a este campo? Una cosa importantísima, a saber, el descubrimiento y la toma de conciencia existencial de la paternidad de Dios que ha hecho que más de uno rompa a llorar en el momento del bautismo en Espíritu.

De derecho nosotros somos hijos por el bautismo, pero de hecho lo llegamos a ser gracias a una acción del Espíritu Santo que continúa en la vida.

Y he aquí en qué consiste la obra del Espíritu Santo. Mientras el hombre vive en el régimen del pecado, Dios, dice el Apóstol, se le presenta inevitablemente como un antagonista y como un obstáculo. Respecto del Padre celestial, hay una sorda enemistad que la ley no hace más que poner de relieve. El hombre «cae en la concupiscencia», quiere determinadas cosas.

Ambiciona el poder, el placer, la gloria y Dios se le presenta como aquel que le bloquea la carretera, oponiéndose a esos deseos con sus imperiosos: «Tú debes», «Tú no debes»: «Tú no debes desear la mujer de los otros», «Tú no debes desear las pertenencias ajenas». «Los deseos de la carne están en rebelión contra Dios, porque no se someten a su ley» (Rom 8,7). El hombre viejo está en rebelión contra su Creador y, si pudiera, querría incluso que no existiera.

Ahora vemos qué hace el Espíritu Santo en la medida en que le permitimos actuar en nosotros. Él nos abre un ojo nuevo sobre Dios, nos lo hace ver no ya como el enemigo de nuestra alegría, sino, por el contrario, como nuestro aliado, aquel que nos es realmente favorable y que por nosotros «no se reservó a su Hijo». En definitiva, el Espíritu Santo lleva, en el corazón «el amor de Dios» (Rom 5,5).

Nace el sentimiento filial. Dios, de amo se convierte en padre. Este es el momento radiante en el que se exclama, por primera vez, con todo el movimiento del corazón: ¡Abbá, Padre mío! Es uno de los efectos más frecuentes del bautismo en el Espíritu.

Recuerdo a una señora anciana de Milán que, recibido el bautismo en el Espíritu, daba vueltas diciendo a todos los que encontraba de su grupo: «¡Me siento una niña, me siento una niña! ¡He descubierto que tengo a Dios como papá!». Experimentar la paternidad de Dios significa hacer la experiencia de su amor infinito y de su misericordia.

Una vida en el señorío de Cristo

Finalmente, la vida nueva es una vida en el señorío de Cristo. Escribe el Apóstol: Si con tu boca proclamas: «¡Jesús es el Señor!», y con tu corazón crees que Dios lo resucitó de entre los muertos, serás salvo» (Rom 10,9).

Y de nuevo poco después en la misma Carta: 7 Ninguno de nosotros, en efecto, vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo, 8 porque si vivimos, vivimos para el Señor, si morimos, morimos para el Señor. En la vida y en la muerte somos del Señor. 9 Para esto murió y resucitó Cristo: para ser el Señor de vivos y muertos (Rom 14,7-9).

Este especial conocimiento de Jesús es obra del Espíritu Santo: «Nadie puede decir: “¡Jesús es el Señor!”, si no es bajo la acción del Espíritu Santo» (1 Cor 12,3). El don más evidente que yo recibí con ocasión de mi bautismo en el Espíritu fue el descubrimiento del señorío de Cristo.

Hasta entonces yo era un estudioso de cristología, dictaba cursos y escribía libros sobre las doctrinas cristológicas antiguas; el Espíritu Santo me convirtió desde la cristología a Cristo. Qué emoción al escuchar en julio de 1977, en el estadio de Kansas City, a 40 mil creyentes de diversas denominaciones cristianas cantar: «He’s Lord, He is Lord. He’s risen from the dead and is Lord. Every shall bow every tongue confess that Jesus Christ is Lord». 

Para mí, todavía observador externo de la Renovación, aquel canto tenía resonancias cósmicas, cuestionaba lo que está en los cielos, en la tierra y en los abismos. ¿Por qué no repetir, en una ocasión como esta, aquella experiencia y proclamar juntos, en el canto, el señorío de Cristo…? Cantémoslo en inglés los que lo sepan…

¿Qué hay de especial, en la proclamación de Jesús como Señor, que la hace tan distinta y determinante? Que con ella no se hace sólo una profesión de fe, sino que se toma una decisión personal. Quien la pronuncia, decide el sentido de su vida. Es como si dijera: «Tú eres mi Señor; yo me someto a ti, yo te reconozco libremente como mi salvador, mi cabeza, mi maestro, aquel que tiene todos los derechos sobre mí. Te cedo con alegría las riendas de mi vida».

Este redescubrimiento luminoso de Jesús como Señor es quizás la gracia más hermosa que, en nuestros tiempos, Dios ha otorgado a su Iglesia a través de la RC. Al comienzo la proclamación de Jesús como Señor (Kyrios) fue, para la evangelización, lo que es la reja para el arado: esa especie de espada que primero surca el terreno y permite que el arado trace el surco.

En este punto intervino lamentablemente un cambio en el tránsito del ambiente judío al helénico. En el mundo judío el título Adonai, Señor, por sí solo, bastaba para proclamar la divinidad de Cristo. Y de hecho, con él, el día de Pentecostés, Pedro proclama al mundo a Jesucristo: «Sepa con certeza toda la casa de Israel que Dios ha constituido Señor y Mesías a aquel Jesús que vosotros habéis crucificado» (Hch 2, 36).

En la predicación a los paganos ese título ya no era suficiente. Muchos, a partir del emperador romano, se hacían llamar señores. Lo observa con tristeza el Apóstol: «Hay muchos dioses y muchos señores, pero para nosotros solo hay un Señor, Jesucristo» (cf. 1 Cor 8,5-6).

Ya en el siglo III el título de Señor no se comprende en su significado kerigmático; es considerado el título propio de quien todavía está en el estadio del «siervo» y del miedo, inferior, por tanto, al título de Maestro, que es propio del «discípulo« y del amigo[3].

Se sigue ciertamente hablando de Jesús «Señor», pero se ha convertido en un título como los demás, incluso más a menudo uno de los elementos del nombre completo de Cristo: «Nuestro Señor Jesucristo». Pero una cosa es decir «nuestro Señor Jesucristo» y otra decir: «¡Jesucristo es nuestro Señor!» (con exclamación).

¿Dónde está, en todo esto, el salto cualitativo que el Espíritu Santo nos impulsa a hacer en el conocimiento de Cristo? ¡Está en el hecho de que la proclamación de Jesús Señor es la puerta que introduce en el conocimiento de Cristo resucitado y vivo!

No ya un Cristo personaje, sino persona; no ya un conjunto de tesis, de dogmas (y de las correspondientes herejías), no ya solo objeto de culto y de memoria, sino realidad viviente en el Espíritu. Entre este Jesús vivo y el de los libros y las discusiones doctas sobre él, corre la misma diferencia que entre el cielo verdadero y un cielo dibujado en una hoja de papel.

Si queremos que la nueva evangelización no quede en un piadoso deseo, debemos poner la «reja» delante del arado, el kerygma delante de la parénesis.

La común experiencia del señorío de Cristo es también lo que más empuja a la unidad de los cristianos, como vemos que ocurre también aquí entre nosotros. Una de las tareas prioritarias de CHARIS, según las indicaciones del Santo Padre, es precisamente la de promover con todos los medios esta unidad entre todos los creyentes en Cristo, el respeto recíproco de la propia identidad.  

Una corriente de gracia para toda la Iglesia

Creo que a estas alturas está claro por qué decimos que la Renovación Carismática es una corriente de gracia para toda la Iglesia. Todo lo que la Palabra de Dios nos ha revelado sobre la vida nueva en Cristo —una vida vivida según la ley del Espíritu, una vida como hijos de Dios y una vida en el señorío de Cristo—, todo esto no es más que la sustancia de la vida y de la santidad cristianas.

Es la vida bautismal actuada en plenitud, es decir, no sólo pensada y creída, sino vivida y propuesta, y no a algunas almas privilegiadas solamente, sino para todo el pueblo santo de Dios. Una de las máximas que le gustan al papa Francisco es que «la realidad es superior a la idea» [4], y que lo vivido es superior a lo pensado.

Creo que la Renovación Carismática puede ser (y en parte ha sido) de gran ayuda para hacer pasar las grandes verdades de la fe desde lo pensado a lo vivido, para hacer pasar el Espíritu Santo de los libros de teología a la experiencia de los creyentes.

San Juan XXIII concibió el Concilio Vaticano como la ocasión para un «nuevo Pentecostés» para la Iglesia. El Señor ha respondido a esta oración del Papa más allá de toda expectativa. Pero, ¿qué significa «un nuevo Pentecostés»? No puede consistir sólo en una nueva floración de carismas, de ministerios, de señales y prodigios, en una bocanada de aire fresco en el rostro de la Iglesia.

Estas cosas son el reflejo y el signo de algo más profundo. Un nuevo Pentecostés, para ser verdaderamente tal, debe suceder en la profundidad que el Apóstol nos ha revelado; debe renovar el corazón de la Esposa, no sólo su vestido.

Sin embargo, para ser la corriente de gracia que hemos descrito, la Renovación Carismática necesita renovarse ella misma y a esto quiere contribuir la creación de Charis. «No pienses —escribió Orígenes en el siglo III— que basta ser renovados una sola vez; hay que renovar la misma novedad: “Ipsa novitas innovanda est”» [5].

No hay que asombrarse de ello. Es lo que sucede en cada proyecto de Dios en el momento en que se pone en manos del hombre.

Inmediatamente después de mi adhesión a la Renovación, un día, en oración, me impactaron algunos pensamientos. Me parecía intuir lo que el Señor estaba haciendo de nuevo en la Iglesia; cogí un folio y una pluma y escribí algunos pensamientos sobre los que yo mismo me asombraba, poco en ellos era fruto de mi reflexión.

Se encuentran impresos en mi libro La sobria embriaguez del Espíritu [6], pero me permito compartirlos de nuevo con vosotros porque me parece que es el punto desde el que debemos volver a empezar.

El Padre quiere glorificar a su Hijo Jesucristo sobre la tierra de modo nuevo, con una nueva invención. El Espíritu Santo es encargado de esta glorificación, porque está escrito: «Él me glorificará y tomará de lo mío». Una vida cristiana consagrada enteramente a Dios, sin fundador, ni regla, ni congregación nuevos. Fundador: ¡Jesús! Regla: ¡El Evangelio interpretado por el Espíritu Santo! Congregación: ¡La Iglesia!

No preocuparse del mañana, no querer hacer cosas que queden, no querer poner en marcha organismos reconocidos que se perpetúen con sucesores… Jesús es un Fundador que no muere nunca, por tanto no necesita de sucesores. Hay que dejarle hacer siempre cosas nuevas, también mañana. ¡El Espíritu Santo está también mañana en la Iglesia! 

II.- Segunda parte: «Carismático»

 Ahora ha llegado el momento de pasar a la segunda parte de mi discurso que será mucho más corta: ¿Qué añade el adjetivo «Carismático» al nombre de «Renovación»?

Pero antes siento el deber de concederos una breve pausa para interrumpir el esfuerzo de escuchar y para desentumecer las piernas. Lo hacemos cantando la primera estrofa del canto con el que los hermanos de lengua española proclaman el señorío de Cristo: «Vive Jesús el Señor»

En primer lugar, es importante decir que «carismático» debe seguir siendo un adjetivo y que no se convierta nunca en un sustantivo. En otras palabras, se debe evitar absolutamente por nuestra parte, el uso de la expresión «los carismáticos» para indicar a las personas que han hecho la experiencia de la Renovación.

Si acaso empléese la expresión «cristianos renovados», no carismáticos. El uso de este nombre suscita justamente resentimiento porque crea discriminación entre los miembros del Cuerpo de Cristo, como si algunos estuvieran dotados de carismas y otros no.

Yo no quiero hacer aquí una enseñanza sobre los carismas de los cuales se tienen muchas ocasiones de hablar. Mi intención es mostrar cómo, incluso en cuanto realidad carismática, la Renovación es una corriente de gracia destinada a toda la Iglesia. Para ilustrar esta afirmación es necesario dirigir una rápida mirada a la historia de los carismas en la Iglesia.

El redescubrimiento de los carismas en el Vaticano II

¿Qué sucedió, en realidad, a los carismas después de su tumultuosa aparición en los comienzos de la Iglesia? Los carismas no desaparecieron tanto de la vida de la Iglesia, cuanto de su teología.

Si recorremos la historia de la Iglesia, teniendo en mente las diversas listas de carismas del Nuevo Testamento, debemos concluir que, a excepción quizá de «hablar en lenguas» y de la «interpretación de las lenguas», ninguno de los carismas se ha perdido del todo.

La historia de la Iglesia está llena de evangelizadores carismáticos, de dones de sabiduría y de ciencia (baste pensar en los doctores de la Iglesia), de historias de curaciones milagrosas, de hombres dotados de espíritu de profecía, o de discernimiento de los espíritus, por no hablar de dones como visiones, arrebatos, éxtasis, iluminaciones, también ellos enumerados entre los carismas.

Entonces, ¿dónde está la novedad que nos permite hablar de un despertar de los carismas en nuestra época? ¿Qué estaba ausente antes? Los carismas, desde su marco propio de utilidad común y de la «organización de la Iglesia», fueron progresivamente circunscritos al ámbito privado y personal. Ya no entraban en la constitución de la Iglesia.

En la vida de la primitiva comunidad cristiana los carismas no eran hechos privados, eran lo que, unidamente a la autoridad apostólica, delineaban la fisonomía de la comunidad. Apóstoles y profetas eran las dos fuerzas que, juntamente, dirigían a la comunidad.

Muy pronto el equilibrio entre las dos instancias —la del cargo y la del carisma— se rompe en beneficio del cargo. El carisma es otorgado ahora con la ordenación y vive con él. Un elemento determinante fue el surgimiento de las primeras falsas doctrinas, especialmente de las gnósticas. Fue este hecho el que inclinó cada vez más la aguja de la balanza hacia los que detentaban el cargo, los pastores.

Otro hecho fue la crisis del movimiento profético difundido por Montano en Asia Menor en el siglo II que sirvió para desprestigiar aún más un cierto tipo de entusiasmo carismático colectivo.

De este hecho fundamental se derivan todas las consecuencias negativas sobre los carismas. Los carismas marginados de la vida de la Iglesia. Se tiene noticia, todavía durante algún tiempo, de persistencia, aquí y allá, de algunos de ellos.

San Ireneo, por ejemplo, dice que todavía existen en su tiempo «muchos hermanos de la Iglesia que tienen carismas proféticos, hablan todas las lenguas, manifiestan los secretos de los hombres en ventaja propia y explican los misterios de Dios» [7].

Pero es un fenómeno que se va agotando. Desaparecen sobre todo aquellos carismas que tenían como terreno de ejercicio, el culto y la vida de la comunidad: el hablar inspirado y la glosolalia, los llamados carismas pentecostales. La profecía viene a reducirse al carisma del magisterio de interpretar la revelación auténtica e infaliblemente. (Esta era la definición de la profecía en los tratados de eclesiología que se estudiaban en mi época).

Se intenta justificar esta situación incluso teológicamente. Según una teoría a menudo repetida desde san Juan Crisóstomo en adelante, hasta la víspera del Vaticano II, ciertos carismas habrían sido reservados a la Iglesia en su «estado naciente», pero posteriormente habrían «cesado», como ya no necesarios para la economía general de la Iglesia [8].

Otra consecuencia inevitable es la clericalización de los carismas. Vinculados a la santidad personal, terminan por estar asociados casi siempre a los representantes habituales de esta santidad: pastores, monjes, religiosos. Del ámbito de la eclesiología, los carismas pasan al de la hagiografía, es decir, al estudio de la vida de los santos.

El lugar de los carismas lo toman los «Siete dones del Espíritu» que al principio (en Isaías 11) y hasta la Escolástica, no eran más que una categoría particular de carismas, los prometidos al rey mesiánico y posteriormente a aquellos que tienen la tarea del gobierno pastoral.

Esta es la situación que el Concilio Vaticano II quiso remediar. En uno de los documentos más importantes del Vaticano II leemos el conocido texto:

«El Espíritu Santo no sólo santifica y dirige el Pueblo de Dios mediante los sacramentos y los misterios y le adorna con virtudes, sino que también distribuye gracias especiales entre los fieles de cualquier condición, distribuyendo a cada uno según quiere (1 Cor 12,11) sus dones, con los que les hace aptos y prontos para ejercer las diversas obras y deberes que sean útiles para la renovación y la mayor edificación de la Iglesia, según aquellas palabras: «A cada uno… se le otorga la manifestación del Espíritu para común utilidad» (1 Cor 12,7). Estos carismas, tanto los extraordinarios como los más comunes y difundidos, deben ser recibidos con gratitud y consuelo» [9].

Este texto no es una nota marginal dentro de la eclesiología del Vaticano II; es su coronamiento. Es el modo más claro y explícito de afirmar que junto a la dimensión jerárquica e institucional, la Iglesia tiene una dimensión neumática y que la primera está en función y al servicio de la segunda.

No es el Espíritu el que está al servicio de la institución, sino la institución al servicio del Espíritu. No es cierto, como hacía notar polémicamente, el gran eclesiólogo del siglo XIX Johannes Adam Möhler, que «Dios ha creado la jerarquía y así ha provisto más que suficientemente a las necesidades de la Iglesia hasta el fin del mundo» [10].

Jesús ha confiado su Iglesia a Pedro y a los demás Apóstoles, pero la ha confiado antes todavía al Espíritu Santo: «Él os enseñará, él os guiará a la verdad, él tomará de lo mío y os lo dará…» (cf. Jn 16, 4-15).

A estas alturas, celebrado el Concilio y recogidos en un volumen sus decretos, el peligro de marginar los carismas se presentaba bajo otra forma, no menos peligrosa: la de permanecer como un hermoso documento que los estudiosos no se cansan de estudiar y los predicadores de citar.

El Señor ha obviado, él mismo, este peligro haciendo ver con los propios ojos, a aquel que había deseado fuertemente ese texto sobre los carismas, que ellos habían vuelto no solo a la teología, sino también a la vida del pueblo de Dios.

Cuando, por primera vez, en 1973, el cardinal Leo Suenens, oyó hablar de la Renovación Carismática Católica, aparecida en los Estados Unidos, estaba escribiendo un libro titulado El Espíritu Santo, fuente de nuestras esperanzas [11], y esto es lo que relata en sus memorias:

«Dejé de escribir el libro. Pensé que era una cuestión de la más elemental coherencia prestar atención a la acción del Espíritu Santo, por lo que ella pudiera manifestar de manera sorprendente. Estaba particularmente interesado por la noticia del despertar de los carismas, puesto que el Concilio había invocado un despertar semejante».

Y esto es lo que escribió después de haber constatado con sus propios ojos lo que estaba sucediendo en la Iglesia:

«De repente, san Pablo y los Hechos de los apóstoles parecía que se hacían vivos y se convertían en parte del presente; lo que era auténticamente verdadero en el pasado, parece suceder de nuevo ante nuestros ojos. Es un descubrimiento de la verdadera acción del Espíritu Santo que está siempre a la obra, como Jesús mismo prometió. Él mantiene su palabra. Es de nuevo una explosión del Espíritu de Pentecostés, una alegría que se había hecho desconocida para la Iglesia» [12].

Ahora está claro, creo, por qué digo que también como realidad carismática, la Renovación es una corriente de gracia destinada y necesaria para toda la Iglesia. Es la misma Iglesia la que, en el Concilio, lo ha definido. Sólo queda pasar por la definición de la actuación, de los documentos a la vida. Y este es el servicio que CHARIS, en total continuidad con la RCC del pasado, está llamada a realizar en la Iglesia.

No se trata sólo de fidelidad al Concilio, sino de fidelidad a la misión misma de la Iglesia. Los carismas, se lee en el texto conciliar, son «útiles para la renovación y la mayor expansión de la Iglesia». (Quizás habría sido más correcto escribir «necesarios», en lugar de «útiles»). La fe, hoy como en el tiempo de Pablo y de los Apóstoles, no se transmite «con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con la manifestación del Espíritu y su potencia» (cf. 1 Cor 2,4-5; 1 Tes 1,5).

Si un tiempo, en un mundo convertido, al menos oficialmente, en «cristiano», se podía pensar que ya no había necesidad de carismas, de signos y prodigios, como al comienzo de la Iglesia, hoy ya no. Hemos vuelto a estar más cercanos al tiempo de los apóstoles que al de san Juan Crisóstomo. Ellos debían anunciar el Evangelio a un mundo pre-cristiano; nosotros, al menos en Occidente, a un mundo post-cristiano.

He dicho hasta aquí que la RC es una corriente de gracia necesaria para toda la Iglesia Católica. Debo añadir que lo es doblemente para algunas Iglesias nacionales que desde hace tiempo asisten a una dolorosa hemorragia de sus propios fieles hacia otras realidades carismáticas.

Es sabido que uno de los motivos más comunes de dicho éxodo es la necesidad de una expresión de la fe que responda más a la propia cultura: con más espacio dado a la espontaneidad, a la alegría y al cuerpo; una vida de fe en la que la religiosidad popular sea un valor añadido y no un sustituto del señorío de Cristo.

Se hacen análisis pastorales y sociológicos del fenómeno y se proponen remedios, pero hay dificultades para darse cuenta de que el Espíritu Santo ya ha provisto, de forma grandiosa, a esta necesidad. Ya no se puede seguir viendo la RCC como parte del problema del éxodo de los católicos, en lugar de la solución del problema.

Para que este remedio sea realmente eficaz no basta, sin embargo, que los pastores aprueben y animen a la RC, permaneciendo cuidadosamente fuera. Es necesario acoger en la propia vida la corriente de gracia. A esto nos empuja el ejemplo del Pastor de la Iglesia universal, también con la creación de Charis.

No pretendo extenderme más sobre el tema carismas y evangelización. De ello nos ha hablado nuestro querido coordinador Jean-Luc y nos hablará en breve, Mary Healy que, sobre este tema, además de una excelente formación teológica, posee también una notable experiencia madurada en el tajo diario. Yo termino con una reflexión sobre el ejercicio de los carismas.

Aludo a algunas de las actitudes o virtudes que más directamente contribuyen a mantener sano el carisma y a hacer que sirva «para la utilidad común». La primera virtud es la obediencia. Hablamos, en este caso, de obediencia, sobre todo a la institución, a quien ejerce el servicio de la autoridad.

Los verdaderos profetas y carismáticos, en la historia de la Iglesia católica también recientemente, han sido los que han aceptado morir a sus certezas, obedeciendo y callando, antes de ver que sus propuestas y críticas eran acogidas por la institución. Los carismas sin la institución están abocados al caos; la institución sin los carismas es abocada al inmovilismo.

La institución no mortifica el carisma, pero es la que asegura al carisma un futuro y también un… pasado. Es decir, lo preserva de agotarse en un fuego de paja, y pone a su disposición toda la experiencia del Espíritu acumulada por las generaciones anteriores.

Es una bendición de Dios que el despertar carismático en la Iglesia católica haya nacido con un fuerte impulso a la comunión con la jerarquía y que el magisterio pontificio haya reconocido en él «una oportunidad para la Iglesia» y «los primeros signos de una gran primavera para la cristiandad» [13].

Esta obediencia nos debería ser mucho más fácil y debida hoy que la autoridad suprema de la Iglesia no se limita a alabar y animar a la corriente de gracia del RC, sino que ha trasladado con toda evidencia la causa y la propone con insistencia a toda la Iglesia.

Otra virtud vital para un uso constructivo de los carismas es la humildad. Los carismas son operaciones del Espíritu Santo, chispas del fuego mismo de Dios confiadas a los hombres. ¿Cómo se hace para no quemarse las manos con él? Esta es la tarea de la humildad. Ella permite a esta gracia de Dios que pase y circule dentro de la Iglesia y dentro de la humanidad, sin dispersarse o contaminarse.

La imagen de la «corriente de gracia» que se dispersa en la masa, se inspira claramente en al mundo de la electricidad. Pero paralela a la técnica de la electricidad está la técnica del aislante. Cuanto más alta es la tensión y potente la corriente eléctrica que pasa a través de un cable, más resistente debe ser el aislante que impida a la corriente provocar cortocircuitos.

La humildad es, en la RC y en la vida espiritual en general, el gran aislante que permite que la corriente divina de la gracia pase a través de una persona sin disiparse, o, peor aún, provocar llamas de orgullo y de rivalidad.

Jesús ha introducido el Espíritu en el mundo humillándose y haciéndose obediente hasta la muerte; nosotros podremos contribuir a difundir al Espíritu Santo en la Iglesia del mismo modo: siendo humildes y obedientes hasta la muerte, la muerte de nuestro «yo» y del hombre viejo que habita en nosotros.

Como asistente eclesiástico, he intentado dar, con esta enseñanza, mi contribución para una correcta visión de la RC en la historia y en el presente de la Iglesia. Sin embargo, serán el moderador y los componentes del Comité Internacional los que deberán sostener el peso mayor de este nuevo comienzo. A todos ellos expreso mi amistad fraterna y mi incondicional colaboración, mientras el Señor me dé aún la fuerza de hacerlo.

La carta a los Hebreos recomendaba a los primeros cristianos: «Acordaos de vuestros jefes, los cuales os han anunciado la palabra de Dios» (Heb 13,7).

Nosotros debemos hacer lo mismo, recordando con afecto y gratitud a aquellos que vivieron y promovieron los primeros el nuevo Pentecostés: Patti Mansfield, Ralph Martin, Steve Clark, Kevin y Dorothy Ranagan y todos los demás que posteriormente han servido a la RCC en el ICCRS, en la Catholic Fraternity y en otros órganos de servicio.

Termino con una palabra profética que proclamé la primera vez que me encontré predicando en presencia de san Juan Pablo II. Es la palabra que el profeta Ageo dirigió a los jefes y al pueblo de Israel en el momento en que se disponían a reconstruir el templo:

Ahora, sé valiente, Zorobabel —oráculo del Señor—, se valiente, Josué, hijo de Josadac, sumo sacerdote; se valiente, pueblo entero del país —oráculo del Señor— y a trabajar, porque yo estoy con vosotros» (Ag 2,4).

¡Sed valientes, Jean-Luc y miembros del comité, sed valientes, pueblo todo de la RCC y a trabajar porque yo estoy con vosotros, dice el Señor!»

©Traducido del original italiano por Pablo Cervera Barranco

[1] Cf. Santo Tomás de Aquino, Comentario de la Carta a los Romanos, cap. V, lect.1, n. 392.

[2] Cf. San Agustín, De Spiritu et littera, 16,28; Sermo Mai 158,4: PLS 2,525.

[3] Cf. Orígenes, Comentario a Juan, I, 29: SCh 120, 158.

[4] Evangelii gaudium, 169.

[5] Cf. Orígenes, In Rom. 5,8; PG 14, 1042.

[6] R. Cantalamessa, La sobria embriaguez del Espíritu (servicio de publicaciones de la R.C.C.E., Madrid 2010).

[7] Cf. S. Ireneo, contra las herejías, V, 6,1.

[8] Cf. F. Lambiasi, Lo Spíritu Santo: mistero e presenza (Bolonia 1987) 278s.

[9] Lumen gentium, 12.

[10] J. A. Möhler, en Tübinger Theologische Quartalschrift 5 (1823) 497.

[11] Recogido en L.J. SuenensEl Espíritu Santo, aliento vital de la Iglesia (Edicep, Valencia 2011).

[12] Leo-Joseph Suenens, Memories and Hopes (Veritas, Dublín 1992) 267 [trad. esp. Recuerdos y esperanzas (Edicep, Valencia 2000)].

[13] Así, respectivamente, Pablo VI en una alocución del 19 de mayo de 1975 (Insegnamenti di Paolo VI, vol. XIII, p. 538) y Juan Pablo II, en L’Osservatore Romano del 14 noviembre de 1996, p.8.

https://www.religionenlibertad.com/vaticano/108422398/La-Renovacion-Carismatica-para-toda-la-Iglesia-textos-completos-del-P-Cantalamessa-en-el-Vaticano.html?fbclid=IwAR3-PiUzIhu2XWh7tBVR4osVuM3FCgwy0rr04MLqr7kEsIiTnlr_LwaDzDg


Así será reforma de la Renovación Carismática Católica alentada por el Papa

junio 12, 2019

.

Papa Francisco en el 50 aniversario de la Renovación Carismática en junio de 2017. Foto: Vatican Media / ACI

.

Así será reforma de la Renovación Carismática Católica alentada por el Papa

Por Mercedes de la Torre, ACI Prensa

.

El pasado domingo 9 de junio, Solemnidad de Pentecostés, entró en vigor la nueva realidad eclesial que agrupa a todos los movimientos de Renovación Carismática Católica, una medida alentada por el Papa Francisco.

Se trata de Charis (Catholic Charismatic Renewal International Service) que dependerá directamente del Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida; que tras la aprobación de sus estatutos en 2018 y de un tiempo “ad experimentum” a partir de este Pentecostés comenzará sus plenas funciones.

Charis sustituirá al Servicio Internacional de la Renovación Carismática Católica (ICCRS) y a la Fraternidad Católica de Comunidades y Asociaciones Carismáticas de Alianza, conocida como la “Catholic Fraternity”.

En entrevista concedida a ACI Prensa, el secretario del Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida, P. Alexandre Awi Mello, explicó que el Papa Francisco solicitó en 2015 que existiera una única realidad que englobara todas las manifestaciones dentro de la Iglesia Católica de esta “corriente de gracia”.

Pero ¿Cuáles son las implicaciones de fondo que tiene esta reforma de la renovación carismática dentro de la Iglesia Católica impulsada por el Papa Francisco? En primer lugar, a partir de este domingo 9 de junio dejarán de existir el Servicio Internacional de la Renovación Carismática Católica (ICCRS) y la Fraternidad Católica de Comunidades y Asociaciones Carismáticas de Alianza; que agrupaban a la mayoría de los movimientos y grupos de oración de la Renovación Carismática Católica.

El sacerdote precisó que Charis busca desarrollar “su servicio en beneficio de todas las expresiones de la renovación carismática católica” pero “sin ejercer autoridad alguna sobre ellas”.

“El Papa Francisco está insistiendo mucho en eso, que la Renovación Carismática Católica sea vista realmente como una única corriente de gracia. Y por eso, se constituye un único servicio a esta corriente, que no es un servicio de gobierno”, explicó el P. Mello.

En esta línea, el sacerdote recordó que desde sus inicios el Dicasterio en el que sirve “está acompañando muy de cerca a esta nueva realidad que es una ‘muy buena noticia’ para toda la renovación carismática del mundo y también para la Iglesia”, sobre todo por el servicio que la renovación carismática realiza en el ámbito de la Evangelización.

“Tenemos que pensar que la renovación llega a más de 120 millones de personas en el mundo con diferentes comunidades, grupos de oración, diferentes escuelas de evangelización, medios de comunicación. Es una realidad muy rica, muy amplia, y como tal, más que un movimiento es como una corriente de gracia”, destacó el secretario del Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida.

Impulso ecuménico

Además, Charis busca ofrecer “un mayor impulso ecuménico” a partir de “la efusión en el Espíritu, del bautismo en el Espíritu que ellos reciben como constitutivo de su vida, del servicio a los pobres que es muy proprio de la acción del Espíritu, sea a través del servicio ecuménico con el cual también nació esta corriente de gracia, a través de esa dimensión ecuménica”, describió el P. Mello.

En este sentido, el sacerdote explicó que sí se puede esperar que Charis colaborará también con el Pontificio Consejo para la Unidad de los Cristianos, como lo demostró la participación de su presidente, el Cardenal Kurt Koch, durante la reunión en Roma que empezó el 6 de junio y que concluirá con la audiencia con el Santo Padre este sábado 8 de junio por la mañana.

“Nosotros sabemos que el servicio ecuménico está muy en el corazón del Papa”, reiteró el sacerdote. “Nosotros esperamos que Charis pueda ser un servicio muy efectivo para que toda la renovación carismática en el mundo recupere esa dimensión ecuménica que quizá en algunos lugares del mundo se perdió un poco a lo largo de los años”, resaltó.

“El Papa Francisco quiere acentuar nuevamente la dimensión ecuménica y el servicio a los pobres que son propios de la acción del Espíritu Santo -y de la renovación carismática católica- que ahora serán ciertamente más impulsados a través de Charis”, concluyó el secretario del Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida.

https://www.aciprensa.com/noticias/asi-sera-reforma-de-la-renovacion-carismatica-catolica-alentada-por-el-papa-71031?utm_source=feedburner&utm_medium=feed&utm_campaign=Feed%253A+noticiasaci+%2528Noticias+de+ACI+Prensa%2529&utm_content=FaceBook


Camino Neocatecumenal inicia este domingo la Gran Misión 2019

mayo 5, 2019

.

Camino Neocatecumenal inicia este domingo la Gran Misión 2019. Imagen referencial – Camino Neocatecumenal

.

.

Camino Neocatecumenal inicia este domingo la Gran Misión 2019

.

Este domingo 5 de mayo unas diez mil plazas en 135 países serán escenario del inicio de la “Gran Misión” que el Camino Neocatecumenal realizará por séptimo año consecutivo.

Esta iniciativa recoge las palabras pronunciadas por el Papa Francisco hace unos días después del Domingo de Resurrección, cuando recordó que cada cristiano está llamado a encontrarse con Jesucristo resucitado “y a convertirnos en sus anunciadores y testigos”.

“Por eso, acogiendo una vez más las palabras del Santo Padre, las comunidades neocatecumenales ofrecerán diversas catequesis para ayudar a las personas a tener un encuentro con Jesucristo a través de la escucha de la Buena Noticia: el Kerigma”, indicó el Camino.

La Gran Misión consta de cinco encuentros para responder preguntas como “¿quién es Dios para ti?”, “¿has experimentado en tu vida que Dios existe?”, “¿para qué vives?”, “¿qué es la Iglesia?” o “¿quieres ser ayudado y vivir en una comunidad cristiana?”.

Este domingo se dará respuesta a “¿quién es Dios?”, “¿por qué crees en Dios”, o ¿de qué modo has experimentado en tu vida que Dios existe?”.

El segundo domingo girará en torno a la pregunta “¿quién eres tú y para qué vives?”.

“Durante el tercer encuentro se anunciará el Kerigma, la respuesta de Dios a la situación existencial de pecado y de muerte y centro de la evangelización y de esta ‘Gran Misión’ en las plazas”, indicó.

El penúltimo domingo será el llamado a la conversión “con la posibilidad del Sacramento de la Reconciliación”. “El quinto encuentro tratará de forma más concreta sobre la Iglesia y la comunidad cristiana”, se informó.

El Camino Neocatecumenal explicó que “la ‘Gran Misión’ en las plazas nació como respuesta a la invitación del Papa Francisco de una ‘Iglesia en salida’ que salga ‘a las periferias’, clave a lo largo de todo su Pontificado”.

https://www.aciprensa.com/noticias/camino-neocatecumenal-inicia-este-domingo-la-gran-mision-2019-57989


15.000 jóvenes cristianos inician el encuentro europeo de la comunidad de Taizé

diciembre 29, 2018

.

15.000 jóvenes cristianos inician el encuentro europeo de la comunidad de Taizé. Cerca de 15.000 viajeros se distribuyen en alojamientos ofrecidos por 170 parroquias y miles de parroquianos.

.

15.000 jóvenes cristianos inician el encuentro europeo de la comunidad de Taizé

Cerca de 15.000 viajeros, según los organizadores, se distribuyen en alojamientos ofrecidos por 170 parroquias y miles de parroquianos

Por Juan G. Bedoya

.

El encuentro europeo de jóvenes organizado por la comunidad de Taizé arrancó ayer en Madrid con la complicada distribución de varios miles de viajeros (cerca de 15.000, según los organizadores) en alojamientos ofrecidos por 170 parroquias y miles de parroquianos.

Mil voluntarios han preparado una intendencia que contaba ya con cifras de inscripción de unos 3.500 jóvenes polacos, 1.300 croatas, 1.100 franceses y 750 alemanes. Nutrida es también la presencia de jóvenes de Noruega, Suecia, Finlandia, Dinamarca, Portugal, Italia y Malta.

Este es el 41 encuentro ecuménico organizado por la comunidad Taizé, fundada en 1940 por el teólogo suizo Roger Schutz, conocido como Hermano Roger, en la localidad francesa de Taizé.

Reconocido mundialmente como un foco de ecumenismo, en su monasterio conviven hermanos católicos, protestantes y ortodoxos de treinta nacionalidades unidos por un compromiso de vida monástica “en señal de reconciliación entre cristianos divididos y entre pueblos separados”.

Su prestigio es tal que desde su fundación las principales ciudades europeas compiten por ser la sede de su encuentro anual, este año en Madrid. Los dos últimos se desarrollaron en Basilea (2017) y Riga (2016). Barcelona acogió el evento en 1979, 1985 y 2000; Lisboa en 2004, y Valencia hace tres años.

La atracción de Taizé como símbolo de encuentro de religiones es creciente como demuestran las visitas a ese monasterio de líderes tan destacados como el papa Juan-Pablo II, el patriarca Bartolomé de Constantinopla, varios metropolitas ortodoxos, cuatro arzobispos de Canterbury y numerosos obispos, sacerdotes y pastores católicos, ortodoxos y protestantes del mundo entero.

El hermano Roger murió en agosto de 2005, con 90 años, asesinado durante la oración de la noche. El hermano Alois Loeser, de origen alemán, es desde la muerte de Roger el prior de la comunidad.

“La hospitalidad nos acerca, más allá de las diferencias e incluso de las divisiones que existen, entre cristianos, entre religiones, entre creyentes y no creyentes, entre pueblos, entre opciones de vida u opiniones políticas.

Por supuesto, la hospitalidad no borra estas divisiones, pero nos hace verlas bajo otra luz: nos hace capaces de escucha y de diálogo”, dijo anoche Alois al completar una jornada que se cerró con una multitudinaria cena y oración en el pabellón 4 de la Feria de Madrid (IFEMA).

El acto central este sábado es un llamado taller que el prior Alois dará a las tres de la tarde en la catedral de la Almudena junto al cardenal arzobispo Carlos Osoro. Los jóvenes permanecerán en la capital hasta la tarde del primer día de 2019.

La comunidad Taizé inició estos encuentros hace 40 años con la idea de reunirse para rezar juntos pese a confesar diferentes creencias, integrarse unos días en una Iglesia local y profundizar en temas como la fraternidad entre los pueblos, la paz, la comprensión de la fe y el compromiso social.

En Madrid, las oraciones comunes, hoy y el lunes a la una de la tarde, tendrán lugar simultáneamente en diez iglesias del centro de Madrid, entre otras en la catedral de la Almudena. Los coloquios y oraciones de la noche se desarrollan todos los días a partir de las siete y media en IFEMA.

El 31 por la noche, la Nochevieja, los jóvenes se reunirán en sus parroquias de acogida para una vigilia por la paz que empezará a las 23:00 horas. Después, una fiesta los reunirá en la misma parroquia con las personas que les han dado alojamiento, hasta las dos de la mañana.

Un equipo internacional y ecuménico ha trabajado desde septiembre pasado para preparar el encuentro. Uno de los mayores retos logísticos ha sido la acogida de los miles de jóvenes en la ciudad, en su mayoría alojados por familias. El resto pernocta en escuelas y gimnasios. Los participantes disponen de un billete único para los transportes públicos.

Los jóvenes han llegado en su mayoría en autobuses y unos 2.400 por avión. Durante el encuentro, recibirán el almuerzo y la cena a cargo de la organización, pero también se les suministrará chocolate caliente en diferentes puntos del centro de la ciudad para combatir el frío.

La organización estima las siguientes cifras: 45.000 raciones de comida caliente; 7,5 toneladas de pan en porciones de 60 y 120g; 39.000 naranjas y 95.000 mandarinas; 48.000 yogures y 109.000 bizcochos.

https://elpais.com/ccaa/2018/12/28/madrid/1546027866_487892.html?id_externo_rsoc=whatsapp

 


El Papa pide a los focolares llevar la “espiritualidad del Nosotros” a toda la Iglesia

diciembre 16, 2018

.

El Papa Francisco desea que Loppiano sea centro de la construcción de una cultura de la unidad superando la uniformidad.  

.

El Papa pide a los focolares llevar la “espiritualidad del Nosotros” a toda la Iglesia

“Que Loppiano sea centro de construcción de una cultura de la unidad, no de la uniformidad”

“No olvidéis que María era laica. La primera discípula de Jesús, su madre, era laica”

Por Jesús Bastante.

.

Los focolares son una ‘tribu’ singular dentro de los nuevos movimientos de la Iglesia. Una comunidad que, lejos de buscar una identidad propia, lo que pretende es regresar a ese deseo de Cristo ‘Que todos sean uno, para que el mundo crea’.

Un mismo corazón, una misma alma, la de los seguidores de Jesús. Tiene algo de focolar este Papa, abogado defensor del “Nosotros”, de la sinodalidad, del diálogo y la escucha.

Loppiano es un rincón mágico, en mitad del bosque, un lugar de paz y de convivencia, desde el que surgen centenares de iniciativas en todo el mundo, para trabajar por la paz, la unidad y el diálogo interreligioso, con la misma alegría que demostraron en la acogida al Papa Francisco, y que demostró María Voce, sustituta de Chiara Lubich en la dirección de este movimiento.

“Artesanos de paz, apóstoles del diálogo, insertos en la sociedad para transformarla desde dentro”, animó Maria Voce en su saludo a Francisco. Tras la presidenta, fueron algunas familias que presentaron sus experiencias delante del Papa, al que le plantearon algunas preguntas. “Ya las conocía”, rió Francisco al enseñar los folios escritos. Aunque, como siempre, improvisó más que leyó.

“Gracias por todo lo que habéis hecho. Gracias por vuestra fe en Jesús. El milagro es la fe, y la fe hace que Jesús obre“, comenzó Francisco, quien pidió a los focolares “reclamar la memoria”, clave para la vida. “Cuando, no digo un cristiano, cualquier hombre o mujer, cierra la llave de la memoria, comienza a morir. Por favor, memoria”.

“Con la memoria se puede vivir, respirar, caminar hacia adelante, y dar frutos… pero si no tiene memoria… Los frutos son posibles porque han estado enraizados. Memoria”, repitió el Pontífice, quien habló, recordando la Carta a los Hebreos, de dos palabras. La primera, parresía, el “estilo de vida de los discípulos de Jesús”: “Coraje, sinceridad, confianza en Dios y su misericordia. La oración debe ser en parresía, con coraje de ‘luchar’ con Dios, como Abraham o Moisés. Luchar con Dios en la oración, en la vida y en la acción”.

Porque ese coraje muestra la intención de “volver el corazón a Dios, creer en su amor. En su amor descansa frente a todo falso temor, la tentación de esconderse, la sutil hipocresía. Todo lo que nos roba el ánimo”. Así debe ser en las relaciones dentro de la comunidad, “hay que ser siempre sinceros, abiertos, francos, no temerosos ni hipócritas”.

No sembrar cizaña, murmurar… Esforzarse en vivir con coraje en caridad y verdad”, pidió el Papa, quien volvió a lamentar cómo las murmuraciones “destruyen la Iglesia, la comunidad, también a ti. Los que van siempre murmurando… son terroristas. Hablan de alguien para destruirlo, van con la bomba, destruyen y se van tranquilos… No, sed constructores, con valentía, en la caridad”.

La segunda expresión hace referencia a la capacidad de “soportar las situaciones que la vida nos presenta. Constancia  y firmeza para llevar el mensaje de Dios“, pese a las dificultades, “sabiendo que la constancia y la paciencia construyen la esperanza, y la esperanza no acaba jamás”. Fe, esperanza “y un poco de sentido del humor. Que Dios nos dé el don del sentido del humor, es la característica humana que más se parece a la gracia de Dios“.

Recordando a Chiara Lubich, el Papa recordó que, más allá de los templos, “Dios está al centro de la vida”, y reivindicó el carisma focolar como “una forma nueva y moderna, en consonancia con el Concilio Vaticano II, un concepto de ciudad nueva, según el espíritu del Evangelio, donde se refleja la belleza del pueblo de Dios, sus miembros, las diversas vocaciones, en diálogo y al servicio de todos”.

“Una ciudad que tiene su corazón en la Eucaristía, inclusiva y abierta (…), una ciudad en la que todos se reconozcan hijos e hijas del mismo Dios”, apuntó Bergoglio, quien recordó cómo “el Evangelio ha de ser la pasta de la sociedad, sobre todo entre los más débiles, donde la alegría del Evangelio debe ser invocada, en la pobreza, el sufrimiento, las dudas…”.

Ante esto, “el carisma de la unidad es un estímulo providencial, para vivir el ‘nosotros’, caminar juntos en la historia del hombre, con un solo corazón y una sola alma. Amándose en concreto, como miembros los unos de los otros. Por eso Jesús ha orado al Padre para que todos seamos uno”, subrayó, destacando la vitalidad de “la espiritualidad del nosotros”.

Seguid adelante con esta espiritualidad, que salva de todos los intereses egoístas“.

“Jesús ha redimido no solo al individuo, sino también las relaciones sociales”, recordó Francisco, quien animó a seguir “la experiencia de caminar juntos, con un camino sinodal, de escucha recíproca”. “Que Loppiano sea una ciudad abierta, ciudad en salida, ciudad de la periferia”.

“Para mí es clave la proximidad. No se puede ser cristiano sin ser próximo, porque la proximidad es lo que hizo Dios”, añadió, reclamando, especialmente en el ámbito educativo, los tres lenguajes: el de la cabeza, el del corazón y el de las manos.

Son importantes los tres lenguajes: hemos heredado de la Ilustración esta idea insana, de que la educación es introducir conceptos en la cabeza, cuanto más sabes serás mejor. No: la educación debe tocar la cabeza, el corazón y las manos. Educar a pensar bien, no sólo a saber conceptos; educar a sentir bien; educar a hacer el bien. Estos tres lenguajes están interconectados. En una unidad, esto es educar”.

“Es importante que Loppiano sea un centro universitario que se ponga como objetivo la construcción de una cultura de la unidad. No de la uniformidad, ¿eh? La uniformidad es lo contrario de la unidad“, clamó Francisco, quien culminó pidiendo “humildad, apertura, sinergias y capacidad de arriesgarse” en este “cambio de época que estamos viviendo”.

“Hay que empeñarse en el encuentro de personas, culturas y pueblos, una alianza, para construir una cultura del encuentro, una civilización global de la alianza. Este es el camino“. “Necesitamos hombres y mujeres, jóvenes, familias… capaces de encontrar salidas nuevas. El Evangelio siempre es nuevo, pero hay que caminar hacia adelante con creatividad, siendo fieles a la inspiración original, y abiertos a los signos del Espíritu Santo”.

Sentir con Dios el grito del pueblo, escuchar al pueblo y respirar la voluntad a la que Dios nos llama“, siendo “contemplativos de la Palabra y del Pueblo de Dios. Estamos llamados todos a ser artesanos del discernimiento comunitario, con fidelidad creativa”.

Terminó el Papa con un especial recuerdo a María (el nombre oficial de los focolares es ‘Obra de María). “No olvidéis que María era laica. Era una laica. La primera discípula de Jesús, su madre, era laica. Ahí hay una gran inspiración”.

https://www.periodistadigital.com/religion/vaticano/2018/05/10/el-papa-pide-a-los-focolares-llevar-la-espiritualidad-del-nosotros-a-toda-la-iglesia-que-loppiano-sea-centro-de-construccion-de-una-cultura-de-la-unidad-no-de-la-uniformidad-vaticano-francisco-focolares.shtml


Esta pintura de Jesús sobrevivió a terremotos y hoy la veneran millones de católicos

octubre 19, 2018

.

Pintura original del Señor de los Milagros

.

Esta pintura de Jesús sobrevivió a terremotos y hoy la veneran millones de católicos

Por María Ximena Rondón, Aciprensa. 

.

Sobre un muro de adobe en Lima, Perú, existe una pintura de Jesús que sobrevivió el paso de varios terremotos, siendo una de las razones por las que es considerada milagrosa y hasta hoy es venerada por millones de católicos.

Esta es su historia

Alrededor del año 1650, un esclavo de origen angoleño, que según la tradición se llamaba Benito, pintó una imagen de Jesús crucificado en la pared de una casa en el pueblo de Pachacamilla, en las afueras de Lima.

La gente comenzó a venerar la imagen y las autoridades civiles y religiosas decidieron prohibir su culto, ordenando borrar la pintura por temor a que se realizaran actos paganos.

Según la tradición, la primera persona que intentó borrarla huyó porque sintió escalofríos al tratar de hacerlo. A la segunda se le paralizó el brazo cuando iba a realizar el trabajo y la tercera, que era un soldado, desistió porque cuando se acercó a la imagen vio que esta se tornaba más bella y la corona de espinas del Cristo adquiría un color verde.

En 1661 un hombre llamado Antonio de León mandó reforzar el muro donde estaba la imagen como un gesto de agradecimiento hacia Cristo, tras sanarse de un tumor maligno.

El virrey Pedro Antonio Fernández de Castro llegó a un acuerdo con las autoridades eclesiásticas para que se venerase la pintura en su lugar original y se levantara una ermita provisional.

Cuando fue terminada, el 14 de septiembre de 1671 se celebró la primera Misa en la que participaron autoridades civiles y religiosas y un gran número de fieles. Desde entonces cientos de personas empezaron a visitar el lugar para rezar y comenzaron a llamar a la imagen “Santo Cristo de los Milagros”.

El 20 de octubre de 1687 se produjo en Lima un segundo terremoto, esta vez de 8 grados, que según cuentan los cronistas de la época duró 15 minutos. Al día siguiente, 21 de octubre, ocurrió otro terremoto de 8.4 grados que provocó un maremoto que arrasó el puerto del Callao y dejó unos 500 muertos.

Los sismos derribaron la ermita, pero el muro donde estaba la pintura quedó intacto. Entonces un hombre llamado Sebastián Antuñano organizó la primera procesión con una réplica de la pintura para pedir a Dios que proteja a la ciudad. Este recorrido llegó hasta la Plaza Mayor.

La Arquidiócesis de Lima afirmó que “se tiene la seguridad de que aquella réplica es la misma que hoy en día nos sigue acompañando en los meses de octubre en su recorrido por la gran Lima”. Este lienzo fue restaurado en 1991 por un grupo de especialistas del Museo Pedro de Osma.

El 21 de septiembre de 1715 el Cabildo de Lima declaró al Señor de los Milagros como el “Patrono Jurado por la Ciudad de los Reyes contra los temblores que azotan la tierra”.

El Arzobispado de Lima indicó que en 1720 el rey Felipe V autorizó la construcción del Monasterio de las Nazarenas, al lado de la capilla que mandó edificar Sebastián Antuñano sobre la imagen original, y siete años después el Papa Benedicto XIII emitió una bula en la que se aprobaba el proyecto.

El 28 de octubre de 1746 un sismo de 8.6 grados sacudió la ciudad de Lima y destruyó el puerto del Callao. La imagen del Señor de los Milagros volvió a quedar intacta, y en 1771 se inauguró el nuevo templo que permanece en pie hasta la actualidad y que se ha ido restaurando.

La devoción al Señor de los Milagros permanece hasta la actualidad y su fiesta se celebra el 28 de octubre. Durante todo ese mes, reconocido popularmente como “morado”, se realizan procesiones en Lima y en varios países del mundo.

En el año 2001 San Juan Pablo II envió una carta al Cardenal Juan Luis Cipriani, Arzobispo de Lima, por los 350 años de la venerada imagen.

En enero de 2018, el Papa Francisco se reunió con 550 religiosas contemplativas de todo el Perú en el Santuario de las Nazarenas. Además, para la Misa final de la visita papal presidida por el Pontífice en la Base Aérea Las Palmas, la imagen original del Señor de los Milagros fue entronizada en el altar principal.

Si desea conocer más sobre esta devoción haga clic AQUÍ.

https://www.aciprensa.com/noticias/esta-pintura-de-jesus-sobrevivio-a-terremotos-y-hoy-la-veneran-millones-de-catolicos-35869


Diez pasos que cada parroquia debería considerar ya… o puede que desaparezca en diez o veinte años

enero 16, 2018

.

¿Qué quedará de la Parroquia cuando este bebé tenga 20 años?  

.

Diez pasos que cada parroquia debería considerar ya… o puede que desaparezca en diez o veinte años

Por P. J. Ginés/ReL

.

Karl Vaters es un pastor evangélico de California con una obsesión: equipar a las parroquias pequeñas (las que no son “mega-iglesias”) para ser capaces de crear equipos, dar frutos de evangelización, madurar y llegar a más gente.

Investiga sobre eso sin cesar y escribe todo lo que encuentra en su blog NewSmallChurch.com. El concepto “equipar” o “capacitar” se toma de Efesios 4,12: Equipar [o capacitar] a los santos [es decir, a los cristianos] para la obra del ministerio [es decir, para servir], para edificar el cuerpo de Cristo [es decir, la Iglesia].

Después de años trabajando estos temas, Vaters cree que en los próximos 10 ó 20 años las parroquias van a cambiar mucho… o simplemente van a desaparecer.

Eso lo vaticina para las parroquias evangélicas norteamericanas, pero se puede aplicar en parte a las parroquias católicas españolas (y a las de otras latitudes): cada vez hay menos clero y más envejecido, y también está más envejecida la feligresía.

Solo un 8% de los jóvenes de 15 a 24 años se declara “católico practicante” (a lo que hay que sumar otro 14% que se declara “católico no muy practicante”), según la reciente encuesta de la Fundación Santa María. Y nunca en España había habido tan pocas bodas católicas: las bodas civiles superan a las católicas en todas las provincias, excepto quizá en Jaén. Y solo un 7% de jóvenes españoles piensa casarse sin cohabitar antes con su pareja.

Visto desde EEUU, pero pensando en todo Occidente, Karl Vaters escribe: “La cultura a nuestro alrededor está experimentando un giro de los de una vez por milenio, ahora mismo. Es una recalibración de la forma de pensar en todo: desde la moral, la sexualidad, nuestra identidad y nuestra teología”.

Él propone en ChristianityToday dos ideales para enfrentar esta situación desde las parroquias:

1- Mantener con fuerza los principios de Dios que nunca cambian (la teología y la moral perenne)

2- Adaptar los métodos parroquiales a un mundo de cambios rápidos

Para ello, propone plantear 10 principios, y afirma que las iglesias o parroquias que no los trabajen desaparecerán en los próximos 10 ó 20 años.

1. Firmeza en los temas bíblicos esenciales

Las iglesias que mantienen los “temas bíblicos esenciales” (es decir, las que son conservadoras en temas de fe, familia, vida, lucha contra el pecado, necesidad de oración, confianza en la Biblia, etc…) se mantendrán mejor. Hay numerosas estadísticas que lo demuestran.

Las iglesias protestantes “liberales”, que no defienden la vida, el matrimonio, lo sobrenatural, etc… se vacían. “Una iglesia que abandone los principios bíblicos no solo no logrará sobrevivir, es que no merece sobrevivir”, escribe Vaters. (El padre Longenecker explicaba aquí por qué no sobrevivirán).

2. Enfatizar el discipulado y el entrenamiento de líderes

Efesios 4,11-12 pide “capacitar a los santos para el servicio”. Los pastores -y párrocos- que hacían de todo (y no conseguían gran cosa) lograrán frutos si entrenan a otros miembros de la parroquia como responsables de muchas funciones importantes. Los métodos que formen discípulos y maestros de discípulos (2 Timoteo 2,2: “enseña a otros capaces de enseñar”) darán fruto. (Sobre esto se habla mucho aquí en los Encuentros de Nueva Evangelización).

3. Reducir gastos

En Estados Unidos las colectas y los donativos cada vez son menores, y no parece que vayan a crecer. En ambientes católicos europeos, la acumulación de templos, estructuras, etc… puede ahogar recursos que deberían servir para evangelizar. Karl Vaters avisa de que cada vez habrá menos personal pagado en las parroquias.

En España, donde casi no hay, se debería hacer lo contrario: profesionalizar al menos algunos laicos eficaces en evangelización. Así, Cursos Alpha (con sede en Londres) o Life Teen (con sede en Atlanta) cuentan con equipos profesionales mínimos en España, de uno o dos laicos asalariados, dedicados a formar evangelizadores. La reducción de gastos pasaría por edificios más pequeños, voluntariado más eficaz, etc…

4. Replantearse el edificio: optimizar los espacios

En Estados Unidos, cuanto más grande era tu edificio eclesial, más prestigio daba y más personas podía atraer. Esto ya no es así. También en el mundo empresarial recomiendan aplazar todo lo que puedas antes de comprar un edificio o alquilar un despacho: lo que puedas hacer desde tu ordenador de casa o taller del garaje, hazlo.

También en lo eclesial las parroquias deben mantenerse austeras en sus instalaciones. Es importante encontrar las formas de sacar el máximo rendimiento a los espacios parroquiales que ya se tienen, adaptando horarios, actividades, etc…

5. Buscar socios estratégicos

En muchos lugares hay iglesias pequeñas, incluso de denominaciones distintas, que se unen para trabajar en temas concretos comunes, quizá de servicio a los pobres o de evangelización. Hay grupos capaces de formar líderes y equipos de servicio en nuestra parroquia y que lo harán gratis o casi gratis.

En ambientes católicos, esto podría implicar que parroquias vecinas o amigas colaboraran. O recurrir a los distintos movimientos y realidades eclesiales, que pueden dar mucha vida y frutos en una parroquia si se les ofrece espacios y acompañamiento.

Los scouts (si son de buena doctrina) o LifeTeen (para adolescentes), Cursos Alpha, Cursillos de Cristiandad, Encuentros Emaús, movimientos matrimoniales o marianos, etc… pueden ser esos “socios estratégicos” que forman católicos adultos y activos en las parroquias.

6. Implicarse en el barrio o pueblo

“Deberían dejar de conocer a tu iglesia como ‘el edificio que está en tal calle’ y referirse a ella como ‘la gente que trabaja con los chicos y los pobres’, o cualquier otro colectivo o servicio”. La gente ha de saber que en la parroquia hay pasión por ofrecer ese servicio a la gente: a los pobres, o las madres solas, o los ancianos, o los inmigrantes, o los chicos de la calle…

7. Enfatizar a Jesús y la Palabra de Dios

Muchas cosas distraen de lo esencial y otras cosas que antes funcionaban y nos gustaban ahora ya no lo hacen. Por eso, párrocos y evangelizadores deben plantearse esta pregunta: “¿Estoy dispuesto a dejar tal o cual método o actividad [piense aquí usted en sus actividades preferidas] si con eso logro llegar a más personas para acercarlas a Jesús?”

¿Hemos hecho ídolos de técnicas o tradiciones populares o parroquiales que ya no dan fruto? Al final, siempre hay que enfatizar a Jesús y la Palabra de Dios.

8. Reestructurar lo que haya que reestructurar

“Deja de luchar por mantener tu método, servicio o tradición preferida viva. Si no es parte de la solución, es parte del problema”. (O, como se decía en este encuentro, “si no sirve para evangelizar tíralo a la basura”).

9. Hacer discípulos, no solo conversos

“Los conversos se suman a un club: los discípulos empiezan un movimiento. Los conversos siguen costumbres: los discípulos siguen a Jesús. Los conversos cambian de mentalidad: los discípulos cambian su vida… y las vidas de otros”. (Lea aquí: 12 características de ser discípulo).

10. Responder a esto: ¿por qué debería sobrevivir tu parroquia?

En ambientes católicos, las parroquias se mantienen porque lo decide así el obispo. Pero los clérigos y laicos que se esfuerzan en evangelizar y servir en la Iglesia con su tiempo y recursos pueden hacerse esta pregunta respecto a muchas de sus tareas.

“Si tu iglesia (o parroquia, grupo o servicio) desapareciera mañana, ¿qué es lo que de verdad se perdería? Sí, es una pregunta dura. Quizá parece incluso cruel, irrespetuosa. Pero no lo es: es esencial. Cualquier congregación que no pueda responder rápidamente por qué debería sobrevivir, no lo conseguirá hacer”.

Empezar hoy

“Se dice que el mejor momento para plantar un árbol fue hace 20 años, y que el segundo mejor momento es hoy. Lo mismo pasa con estos principios. Si ya los están aplicando, fortalécelos. Si no, empieza ahora. Sé incansable con ellos. No este año, sino cada año. La supervivencia de tu iglesia local depende de ello”, insiste Karl Vaters.

Lea también, sobre esto: El padre Mallon da la clave para renovar las parroquias: expulsar okupas y crear expectativas altas (aquí)

Lea también, sobre liderazgo ineficaz: ¿Por qué hay obispos timoratos, irrelevantes e inoperantes? Responde un psicólogo militar clásico (aquí)

https://religionenlibertad.com/pasos-que-cada-parroquia-deberia-considerar-puede-que-61776.htm


A %d blogueros les gusta esto: