Seminaristas, paso adelante

septiembre 30, 2010

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LLAMADOS A SERVIR:

COLACIÓN DE MINISTERIOS

EN LA CASA DE FORMACIÓN SAN AGUSTÍN

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Madrid. 30-09-2010 España.- Con gusto reproducimos la crónica de la colación de ministerios a jóvenes formandos de la provincia San Nicolás. Felicidades.

El día 25 de septiembre, en la casa de formación San Agustín de Las Rozas-Los Negrales (Madrid, España), el prior provincial, Francisco Javier Jiménez, confiere el ministerio del lectorado a seis religiosos en proceso de formación y el ministerio del acolitado a ocho.

Después de haber vivido intensamente el curso de formación propia y realizado los ejercicios espirituales en Marcilla (Navarra), los catorce jóvenes religiosos, cuando regresaron a la residencia de Los Negrales-Alpedrete (Madrid) se prepararon para el examen previo a la colación del ministerio que deseaban recibir.

Cumplidos todos los requisitos, el día 25 de septiembre el prior provincial se presentó en la Casa de Formación San Agustín para presidir la celebración eucarística, dentro de la cual tuvo lugar la colación del ministerio del lectorado y el del acolitado.

El lectorado lo recibieron Guillermo Zhang, Tadeo Wang, Efraín Cervantes, Francisco Ma, Marcos Liu y Carlito Gomes; el acolitado, Óscar Castellanos, Noé Servín, Artenildo Alves, Rodolfo Yela, Carlos Eduardo Álvarez, Emmanuel Gómez, Gustavo Camarena y Jesús Cortés.

A las 12.15 comenzó la misa. Todos estaban vestidos con el hábito agustino recoleto, acompañados por el resto de la comunidad formativa.

En la homilía, Francisco Javier Jiménez, recordó a todos los presentes que la recepción de un ministerio le otorga al que lo recibe ante todo la capacidad «oficial» para servir; es un paso adelante, un avance en el seguimiento de Cristo como servidor. El lector es un servidor de la palabra de Dios, que requiere previamente su escucha antes de proclamarla al pueblo; el acólito es un servidor del altar, pero que tiene que extender su servicio al altar del mundo, principalmente sirviendo a los pobres.

Terminada la homilía, se entregó el leccionario a los lectores, con lo que se les invita a ser proclamadores dignos de ella en las celebraciones litúrgicas. Así también, se entregó la patena con el pan a los acólitos, símbolo de su ministerio de servicio al altar.

En la oración de los fieles se pidió al Señor que concediera la fidelidad a los nuevos ministros.

Antes de finalizar la ceremonia Francisco Javier Jiménez invitó a seguir viviendo en un clima de fiesta fraterna y agradecimiento a Dios el momento presente de la colación de los ministerios, que había que considerar como un avance gradual hacia compromisos más definitivos como la profesión solemne y las órdenes sagradas –diaconado y presbiterado–.

Después de la ceremonia el prior provincial compartió la comida con la comunidad formativa y disfrutó de la sobremesa abastecida con pastas y dulces varios.

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Sermón sobre los pastores (5)

septiembre 29, 2010

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San Agustín escudriña las Escrituras

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Del sermón de san Agustín, obispo,

sobre los pastores

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(Cf. Ezequiel 12, 1-16)

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Sé un modelo para los fieles

Después de haber hablado el Señor de lo que estos pastores aman, habla de lo que desprecian. Son muchos los defectos de las ovejas, y las ovejas sanas y gordas son muy pocas, es decir, las que se hallan robustecidas con el alimento de la verdad, alimentándose de buenos pastos por gracia de Dios. Pues bien, aquellos malos pastores no las apacientan.

No les basta con no curar a las débiles y enfermas, con no cuidarse de las errantes y perdidas. También hacen todo lo posible por acabar con las vigorosas y cebadas. A pesar de lo cual, siguen viviendo. Siguen viviendo por pura misericordia de Dios. Pero, por lo que toca a los malos pastores, no hacen sino matar. «¿Y cómo matan?», me preguntarás. Matan viviendo mal, dando mal ejemplo. Pues no en vano se le dice a aquel siervo de Dios, que destaca entre los miembros del supremo Pastor: Preséntate en todo como un modelo de buena conducta, y también: Sé un modelo para los fieles.

Porque, la mayor parte de las veces, aun la oveja sana, cuando advierte que su pastor vive mal, aparta sus ojos de los mandatos de Dios y se fija en el hombre, y comienza a decirse en el interior de su corazón: «Si quien está pues­to para dirigirme vive así, ¿quién soy yo para no obrar co­mo él obra?» Así el mal pastor mata a la oveja sana. Y, si mató a la que estaba fuerte, ¿qué va a ser lo que haga con las otras, si con el ejemplo de su vida acaba de matar a la que él no había fortalecido, sino que la había encontrado ya fuerte y robusta?

Os aseguro, hermanos queridos, que, aunque las ove­jas sigan viviendo, y estén firmes en la palabra del Señor, y se atengan a lo que escucharon de sus labios: Haced lo que os digan; pero no hagáis lo que ellos hacen; sin em­bargo, quien vive de mala manera a los ojos del pueblo, por lo que a él se refiere, está matando a los que lo ven. Y que no se tranquilice diciéndose que la oveja no ha muer­to. Es verdad que no ha muerto, pero él es un homicida.

Es lo mismo que cuando un hombre lascivo mira a una mujer con mala intención: aunque ella se mantenga cas­ta, él, en cambio, ha pecado. La palabra de Dios es verda­dera e inequívoca: El que mira a una mujer casada de­seándola, ya ha sido adúltero con ella en su interior. No ha penetrado hasta su habitación, pero la ha deseado en su propia habitación interior.

Así, pues, todo aquel que vive mal a la vista de quienes son sus subordinados, por lo que a él toca, mata hasta a los fuertes. Quien lo imita muere, mientras que quien no lo imita vive. Pero él, por su parte, ha matado a ambos. Matáis las más gordas –dice el profeta– y, las ovejas, no las apacentáis (Sermón 46, 9: CCL 41, 535-536).

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Sermón sobre los pastores (4)

septiembre 28, 2010

El buen Pastor: busca a la descarriada

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Del sermón de san Agustín, obispo,

sobre los pastores

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(Cf. Ezequiel 10, 18-22; 11, 14-25)

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Que nadie busque su interés, sino el de Jesucristo

Ya que hemos hablado de lo que quiere decir beberse la leche, veamos ahora lo que significa cubrirse con su lana. El que ofrece la leche ofrece el sustento, y el que ofrece la lana ofrece el honor. Éstas son las dos cosas que esperan del pueblo los que se apacientan a sí mismos en vez de apacentar a las ovejas: la satisfacción de sus necesidades con holgura y el favor del honor y la gloria.

Desde luego, el vestido se entiende aquí como signo de honor, porque cubre la desnudez. Un hombre es un ser débil. Y el que os preside, ¿qué es sino lo mismo que vo­sotros? Tiene un cuerpo, es mortal, come, duerme, se le­vanta; ha nacido y tendrá que morir. De manera que, si consideras lo que es en sí mismo, no es más que un hom­bre. Pero tú, al rodearle de honores, haces como si c­ubrieras lo que es de por sí bien débil.

Ved qué vestidura de esta índole había recibido el mis­mo Pablo del buen pueblo de Dios, cuando decía: Me recibisteis como a un mensajero de Dios. Porque hago constar en vuestro honor que, a ser posible, os habríais sacado los ojos por dármelos. Pero, habiéndosele tributado semejante honor, ¿acaso se mostró complaciente con los que andaban equivocados, como si temiera que se lo negaran y le retiraran sus alabanzas si los acusaba? De haberlo hecho así, se hubiera contado entre los que se apacientan a sí mismos en vez de a las ovejas.

En ese caso, estaría diciendo para sí: «¿A mí qué me importa? Que haga cada uno lo que quiera; mi sustento está a salvo, lo mismo que mi honor: tengo suficiente leche y lana; que cada un tire por donde pueda». ¿Con que para ti todo está bien, si cada uno tira por donde puede? No seré yo quien te dé responsabilidad alguna, no eres más que uno de tantos. Cuando un miembro sufre, todos sufren con él.

Por eso, el mismo Apóstol, al recordarles la manera que tuvieron de portarse con él, y para no dar la impresión de que se olvidaba de los honores que le habían tributado, les aseguraba que lo habían recibido como si fuera un mensajero de Dios y que, si hubiera sido ello posible, se habrían sacado los ojos para ofrecérselos a él.

A pesar de lo cual, se acercó a la oveja enferma, a la oveja corrom­pida, para cauterizar su herida, no para ser complacien­te con su corrupción. ¿Y ahora me he convertido en ene­migo vuestro por ser sincero con vosotros? De modo que aceptó la leche de las ovejas y se vistió con su lana, pero no las descuidó. Porque no buscaba su interés, sino el de Jesucristo (Sermón 46, 6-7: CCL 41, 533-534)

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Sermón sobre los pastores (3)

septiembre 27, 2010

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San Agustín, estudia y ora sobre la Escritura Sagrada

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Del sermón de san Agustín, obispo,

sobre los pastores

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(Cf. Ezequiel 8, 1-6.16-9, 11)

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El ejemplo del Apóstol Pablo

En una ocasión en que Pablo se encontraba en una gran indigencia, preso por la confesión de la verdad, los hermanos le enviaron con qué remediar su indigente necesidad. El les dio las gracias y les dijo: Al socorrer mis necesidades, habéis obrado bien. Yo he aprendido a arre­glarme en toda circunstancia. Sé vivir en pobreza y abun­dancia. Todo lo puedo en aquel que me conforta. En todo caso, hicisteis bien en compartir mi tribulación.

Porque trataba de darles a entender lo que buscaba, a propósito del bien que ellos habían hecho, y no que­ría ser entre ellos uno de esos que se apacientan a sí mismos en vez de a las ovejas, por eso, más que alegrarse de que hubiesen acudido a remediar su necesidad, quiso congratularse de su fecundidad en buenas obras. ¿Qué era entonces lo que pretendía? No es que yo busque regalos, busco que los intereses se acumulen en vuestra cuenta. «Y no para quedar yo repleto –venía a decirles–, sino para que vosotros no os quedéis desprovistos».

Así, pues, quienes no puedan, como Pablo, sostenerse con el trabajo de sus manos, no duden en aceptar la leche de las ovejas, para sustentarse en sus necesidades, pero que no se olviden de las ovejas débiles. No han de buscar esto como ventaja suya, como si anunciasen el Evangelio para remedio de su pobreza, sino con el fin de poder en­tregarse a la preparación de la palabra de verdad con la que han de iluminar a los hombres.

Pues son como lumi­narias, según está dicho: Tened ceñida la cintura y encen­didas las lámparas; y: No se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el can­delero y que alumbre a todos los de la casa. Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo.

Si en tu casa se encendiera una lámpara, ¿no le pon­drías aceite para que no se apagara? Y si, después de ponerle aceite, la lámpara no alumbrara, no se la colocaría en el candelero, sino que inmediatamente se la tiraría. La necesidad autoriza, pues, a aceptar, y la caridad, a dar los medios necesarios para la subsistencia. Y ello no por­que el Evangelio sea algo banal, como si lo recibido como medio de vida por quienes lo anuncian fuera su precio. Si así lo estuvieran vendiendo, lo estarían malvendiendo.

En efecto, si el sustento de sus necesidades han de recibirlo del pueblo, el premio de su entrega es de Dios de quien tienen que aguardarlo. Pues el pueblo no puede otorgar la recompensa a quienes le sirven en la caridad del Evan­gelio. Éstos no aguardan su premio sino del mismo Señor de quien el pueblo espera su salvación.

Entonces, ¿por qué se increpa y acusa a aquellos pasto­res? Porque, mientras bebían la leche y se vestían con la lana de las ovejas, no se ocupaban de ellas. Buscaban, pues, su interés, no el de Jesucristo (Sermón 46, 4-5: CCL 41, 531-533).

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Domingo XXVI del Tiempo Ordinario

septiembre 26, 2010

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Alaba, alma mía, al Señor

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DOMINGO XXVI Tiempo Ordinario Ciclo C

Lecturas bíblicas

Domingo 26 de Septiembre del 2010

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Primera lectura

Lectura de la profecía de Amós (6, 1a.4-7)

Así dice el Señor todopoderoso: «¡Ay de los que se fían de Sión y confían en el monte de Samaría! Os acostáis en lechos de marfil; arrellenados en divanes, coméis carneros del rebaño y terneras del establo; canturreáis al son del arpa, inventáis, como David, instrumentos musicales; bebéis vino en copas, os ungís con perfumes exquisitos y no os doléis del desastre de José. Pues encabezarán la cuerda de cautivos y se acabará la orgía de los disolutos».

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Salmo 145, 7.8-9a.9bc-10

R/. Alaba, alma mía, al Señor

Él mantiene su fidelidad perpetuamente, él hace justicia a los oprimidos, él da pan a los hambrientos. El Señor liberta a los cautivos. R/. Alaba, alma mía, al Señor

El Señor abre los ojos al ciego, el Señor endereza a los que ya se doblan, el Señor ama a los justos, el Señor guarda a los peregrinos. R/. Alaba, alma mía, al Señor

Sustenta al huérfano y a la viuda y trastorna el camino de los malvados. El Señor reina eternamente, tu Dios, Sión, de edad en edad. R/. Alaba, alma mía, al Señor

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Segunda lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a Timoteo (6, 11-16)

Hombre de Dios, practica la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la delicadeza. Combate el buen combate de la fe. Conquista la vida eterna a la que fuiste llamado, y de la que hiciste noble profesión ante muchos testigos.

En presencia de Dios, que da la vida al universo, y de Cristo Jesús, que dio testimonio ante Poncio Pilato con tan noble profesión: te insisto en que guardes el mandamiento sin mancha ni reproche, hasta la manifestación de nuestro Señor Jesucristo, que en tiempo oportuno mostrará el bienaventurado y único Soberano, Rey de los reyes y Señor de los señores, el único poseedor de la inmortalidad, que habita en una luz inaccesible, a quien ningún hombre ha visto ni puede ver. A él honor e imperio eterno. Amén.

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Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Lucas (16, 19-31)

En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos: «Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba espléndidamente cada día. Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que tiraban de la mesa del rico. Y hasta los perros se le acercaban a lamerle las llagas.

Sucedió que se murió el mendigo, y los ángeles lo llevaron al seno de Abrahán. Se murió también el rico, y lo enterraron. Y, estando en el infierno, en medio de los tormentos, levantando los ojos, vio de lejos a Abrahán, y a Lázaro en su seno, y gritó: “Padre Abrahán, ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas”.

Pero Abrahán le contestó: “Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tú padeces. Y además, entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso, para que no puedan cruzar, aunque quieran, desde aquí hacia vosotros, ni puedan pasar de ahí hasta nosotros”.

El rico insistió: “Te ruego, entonces, padre, que mandes a Lázaro a casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que, con su testimonio, evites que vengan también ellos a este lugar de tormento”. Abrahán le dice: “Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen. “El rico contestó: “No, padre Abrahán. Pero si un muerto va a verlos, se arrepentirán”. Abrahán le dijo: “Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto”».

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EL PAPA EN GRAN BRETAÑA

Somos valiosos a los ojos de Dios

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Saludo a los jóvenes en el atrio de la catedral de Westminster

LONDRES, sábado 18 de septiembre de 2010 (ZENIT.org).- Ofrecemos a continuación el breve discurso que el Papa Benedicto XVI dirigió a los jóvenes católicos ingleses, en el atrio de la catedral de Westminster, desde donde miles de ellos siguieron a través de pantallas la celebración eucarística.

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Señor Uche, Queridos jóvenes amigos:

Gracias por vuestra calurosa bienvenida. “El corazón habla al corazón” –cor ad cor loquitur-. Como sabéis, he elegido estas palabras tan queridas para el cardenal Newman como el lema de mi visita. En estos momentos en que estamos juntos, deseo hablar con vosotros desde mi propio corazón, y os ruego que abráis los vuestros a lo que tengo que decir.

Pido a cada uno, en primer lugar, que mire en el interior de su propio corazón. Que piense en todo el amor que su corazón es capaz de recibir, y en todo el amor que es capaz de ofrecer. Al fin y al cabo, hemos sido creados para amar. Esto es lo que la Biblia quiere decir cuando afirma que hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios: Hemos sido creados para conocer al Dios del amor, a Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo, y para encontrar nuestra plena realización en ese amor divino que no conoce principio ni fin.

Hemos sido creados para recibir amor, y así ha sido. Todos los días debemos agradecer a Dios el amor que ya hemos conocido, el amor que nos ha hecho quienes somos, el amor que nos ha mostrado lo que es verdaderamente importante en la vida. Necesitamos dar gracias al Señor por el amor que hemos recibido de nuestras familias, nuestros amigos, nuestros maestros, y todas las personas que en nuestras vidas nos han ayudado a darnos cuenta de lo valiosos que somos a sus ojos y a los ojos de Dios.

Hemos sido creados también para dar amor, para hacer de él la fuente de cuanto realizamos y lo más perdurable de nuestras vidas. A veces esto parece lo más natural, especialmente cuando sentimos la alegría del amor, cuando nuestros corazones rebosan de generosidad, idealismo, deseo de ayudar a los demás y construir un mundo mejor.

Pero otras veces constatamos que es difícil amar; nuestro corazón puede endurecerse fácilmente endurecido por el egoísmo, la envidia y el orgullo. La Beata Teresa de Calcuta, la gran misionera de la Caridad, nos recordó que dar amor, amor puro y generoso, es el fruto de una decisión diaria. Cada día hemos de optar por amar, y esto requiere ayuda, la ayuda que viene de Cristo, de la oración y de la sabiduría que se encuentra en su palabra, y de la gracia que él nos otorga en los sacramentos de su Iglesia.

Éste es el mensaje que hoy quiero compartir con vosotros. Os pido que miréis vuestros corazones cada día para encontrar la fuente del verdadero amor. Jesús está siempre allí, esperando serenamente que permanezcamos junto a él y escuchemos su voz. En lo profundo de vuestro corazón, os llama a dedicarle tiempo en la oración.

Pero este tipo de oración, la verdadera oración, requiere disciplina; requiere buscar momentos de silencio cada día. A menudo significa esperar a que el Señor hable. Incluso en medio del “ajetreo” y las presiones de nuestra vida cotidiana, necesitamos espacios de silencio, porque en el silencio encontramos a Dios, y en el silencio descubrimos nuestro verdadero ser. Y al descubrir nuestro verdadero yo, descubrimos la vocación particular a la cual Dios nos llama para la edificación de su Iglesia y la redención de nuestro mundo.

El corazón que habla al corazón. Con estas palabras de mi corazón, queridos jóvenes, os aseguro mi oración por vosotros, para que vuestra vida dé frutos abundantes para la construcción de la civilización del amor. Os ruego también que recéis por mí, por mi ministerio como Sucesor de Pedro, y por las necesidades de la Iglesia en todo el mundo.

Sobre vosotros, vuestras familias y amigos, invoco las bendiciones divinas de sabiduría, alegría y paz.

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Sermón sobre los pastores (2)

septiembre 25, 2010

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San Agustín obispo con el báculo y el corazón de la caridad pastoral

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Del sermón de san Agustín, obispo,

sobre los pastores (Cf. Ezequiel 2, 8-3, 11.16-21)

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Los pastores que se apacientan a sí mismos

Oigamos, pues, lo que la palabra divina, sin halagos para nadie, dice a los pastores que se apacientan a sí mis­mos en vez de apacentar a las ovejas: Os coméis su enjun­dia, os vestís con su lana; matáis las más gordas y, las ovejas, no las apacentáis. No fortalecéis a las débiles, ni curáis a las enfermas, ni vendáis a las heridas; no reco­géis a las descarriadas, ni buscáis las perdidas, y maltra­táis brutalmente a las fuertes. Al no tener pastor, se des­perdigaron y fueron pasto de las fieras del campo.

Se acusa a los pastores que se apacientan a sí mismos en vez de a las ovejas, por lo que buscan y lo que descuidan. ¿Qué es lo que buscan? Os coméis su enjundia, os vestís con su lana. Pero por qué dice el Apóstol: ¿Quién planta una viña, y no come de su fruto? ¿Qué pastor no se alimenta de la le­che del rebaño? Palabras en las que vemos que se llama leche del rebaño a lo que el pueblo de Dios da a sus res­ponsables para su sustento temporal. De eso hablaba el Apóstol cuando decía lo que acabamos de referir.

Ya que el Apóstol, aunque había preferido vivir del tra­bajo de sus manos y no exigir de las ovejas ni siquiera su leche, sin embargo, afirmó su derecho a percibir aquella leche, pues el Señor había dispuesto que los que anuncian el Evangelio vivan de él. Y, por eso, dice que otros de sus compañeros de apostolado habían hecho uso de aquella facultad, no usurpada sino concedida. Pero él fue más allá y no quiso recibir siquiera lo que se le debía. Renunció, por tanto, a su derecho, pero no por eso los otros exigieron algo indebido: simplemente, fue más allá. Quizás pueda relacionarse con esto lo de aquel hombre que dijo, al con­ducir al herido a la posada: Lo que gastes de más yo te lo pagaré a la vuelta.

¿Y qué más vamos a decir de aquellos pastores que no necesitan la leche del rebaño? Que son misericordiosos, o mejor, que desempeñan con más largueza su deber de misericordia. Pueden hacerlo, y por esto lo hacen. Han de ser alabados por ello, sin por eso condenar a los otros. Pues el Apóstol mismo, que no exigía lo que era un dere­cho suyo, deseaba, sin embargo, que las ovejas fueran productivas, y no estériles y faltadas de leche (Sermón 46, 3-4: CCL 41, 530-531).

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Sermón sobre los pastores (1)

septiembre 24, 2010

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San Agustín Obispo y Pastor, con la Ciudad de Dios

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Comienza el sermón de san Agustín, obispo,

sobre los pastores (Cf. Ezequiel 1, 3-14.22-28a).

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Somos cristianos y somos obispos

No acabáis de aprender ahora precisamente que toda nuestra esperanza radica en Cristo y que él es toda nuestra verdadera y saludable gloria, pues pertenecéis a la grey de aquel que dirige y apacienta a Israel. Pero, ya que hay pastores a quienes les gusta que les llamen pastores, pero que no quieren cumplir con su oficio, tratemos de examinar lo que se les dice por medio del profeta. Vosotros escuchad con atención, y nosotros escuchemos con temor.

Me vino esta palabra del Señor: «Hijo de Adán, profetiza contra los pastores de Israel, profetiza diciéndoles». Acabamos de escuchar esta lectura; ahora podemos comentarla con vosotros. El Señor nos ayudará a decir cosas que sean verdaderas, en vez de decir cosas que sólo sean nuestras. Pues, si sólo dijésemos las nuestras, seríamos pastores que nos estaríamos apacentando a nosotros mismos, y no a las ovejas; en cambio, si lo que decimos es suyo, él es quien os apacienta, sea por medio de quien sea.

Esto dice el Señor: «¡Ay de los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos! ¿No son las ovejas lo que tienen que apacentar los pastores?» Es decir, que no tienen que apacentarse a sí mismos, sino a las ovejas.

Ésta es la primera acusación dirigida contra estos pastores, la de que se apacientan a sí mismos en vez de apacentar a las ovejas. ¿Y quiénes son ésos que se apacientan a sí mismos? Los mismos de los que dice el Apóstol: Todos sin excepción buscan su interés, no el de Jesucristo.

Por nuestra parte, nosotros que nos encontramos en este ministerio, del que tendremos que rendir una peligrosa cuenta, y en el que nos puso el Señor según su dignación y no según nuestros méritos, hemos de distinguir claramente dos cosas completamente distintas: la primera, que somos cristianos; y, la segunda, que somos obispos. Lo de ser cristianos es por nuestro propio bien; lo de ser obispos, por el vuestro. En el hecho de ser cristianos, se ha de mirar a nuestra utilidad; en el hecho de ser obispos, la vuestra únicamente.

Son muchos los cristianos que no son obispos y llegan a Dios quizás por un camino más fácil y moviéndose con tanta mayor agilidad, cuanto que llevan a la espalda un peso menor. Nosotros, en cambio, además de ser cristianos, por lo que habremos de rendir a Dios cuentas de nuestra vida, somos también obispos, por lo que habremos de dar cuenta a Dios del cumplimiento de nuestro ministerio (Sermón 46,1-2: CCL 41, 529-530).

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