Se vuelve a batir el récord de infecciones diarias por coronavirus

junio 24, 2020

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Coronavirus en Brasil, uno de los países más afectados – EFE

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Se vuelve a batir el récord de infecciones diarias por coronavirus

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María Teresa Benítez. Ginebra. Actualizado: 22, junio 2020

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El número de infecciones diarias por coronavirus volvió a batir un nuevo récord en las últimas veinticuatro horas, con 183.000 nuevos casos de infección, según declaró hoy en Ginebra, el director general de la Organización Mundial de la Salud (OMS), Tedros Adhanom Ghebreyesus. Hay cerca de nueve millones de contagios.

La agencia de la ONU informó que este incremento se debe fundamentalmente al aumento de casos en Estados Unidos y Brasil, los dos países que han sufrido más las consecuencias de esta pandemia. De acuerdo con el organismo, por el momento hay registrados unos 8,84 millones de casos de infección y 465.460 fallecimientos.

En África, donde el número de contagios podría ser superior al declarado oficialmente, se han superado los 224.000 casos de infección. La OMS advirtió que la situación se podría agravar en los próximos meses y que este continente podría convertirse en un nuevo epicentro de la pandemia porque la población, en general, es muy vulnerable.

Asia oriental, incluyendo la zona del Pacífico, lugar de origen de la pandemia es actualmente la región menos afectada, con 205.000 contagiados, frente a 4,37 millones en América y 2,52 millones en Europa. En los países de Latinoamérica y Brasil el número de contagios ha crecido, en los últimos días, de manera exponencial y de forma muy preocupante.

Los datos más positivos de esta pandemia se refieren al número de pacientes que logra superar la enfermedad, alrededor de cinco millones. La directora técnica para la respuesta frente a la Covid-19, Maria Van Kerkhove, señaló que «millones de personas han conseguido superar la enfermedad».

Sin embargo, Van Kerkhove, añadió que «aunque la mayoría se recupera sin secuelas hay gran cantidad de pacientes que siguen experimentando síntomas, como tos o problemas respiratorios, muchos meses después de haber salido del hospital, y que realmente no hay explicación sobre estos casos porque todavía seguimos aprendiendo sobre el virus».

Uno de los medicamentos que la OMS recomienda para tratar a los pacientes más graves es la dexametasona. El director general de esta institución precisó que el siguiente desafío será aumentar su producción y distribuirla por todo el mundo. «Afortunadamente no es una medicina cara pero debe ser prescrita sólo a pacientes graves bajo estricto seguimiento médico».

https://www.abc.es/sociedad/abci-vuelve-batir-record-infecciones-diarias-coronavirus-202006221950_noticia.html


Qué cambiar en la comunidad cristiana parroquial después del covid-19

junio 17, 2020

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Álvaro Ginel Vielda, sdb. Presidente de la Asociación Española de Catequetas (AECA)

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QUÉ CAMBIAR EN LA COMUNIDAD CRISTIANA PARROQUIAL DESPUÉS DEL COVID-19

Algunas reflexiones y propuestas – PENTECOSTÉS 2020

Por Álvaro GINEL  sdb

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La realidad de la calle

Si uno pregunta a la gente: “Oye, ¿qué te sugiere la palabra Iglesia?”. Lo primero de todo es que a la persona probablemente le dé lo mismo que la palabra esté escrita con minúscula: “iglesia” (= edificio)  o con mayúscula: “Iglesia” (=conjunto de creyentes). Ya comenzamos reconociendo que la cultura religiosa llega hasta donde llega. Exigir a la gente, en general, muchos matices sobre cuestiones religiosas no es práctico.

Dejando a un lado este aspecto, lo normal es que podamos escuchar cosas como:

  • Ni sé dónde hay una iglesia, ni me interesa (referencia clara a iglesia de ladrillos);
  • “¡Ya!”, los obispos, curas, monjas y “derivados”…
  • ¡La riqueza de la Iglesia! ¡Ya podía vender sus tesoros o regalarlos para la sanidad en estos momentos!
  • ¡No me hables: es un nido de pederastas…!
  • Prefiero no hablar de curas (desconfianza en la “clase” clerical = hartura de clérigos que dicen y no hacen, que mandan, que aprisionan conciencias, que no son libres y crean ataduras a la gente, que no son testimonio, etc.).
  • ¡Creo que hice la primera comunión! He vuelto a la iglesia por compromisos en entierros y en una boda (¡que les dio por casarse en la iglesia!). No ha cambiado nada. Siguen igual.
  • ¡Cosas de otros tiempos! ¡Hoy no tiene sentido!
  • Como no cambie, no va a quedar uno que quiera ir a misa…
  • ¡Así no se puede tratar a la gente…! ¡Encima que vas a misa te echan una bronca!
  • Algo del “pasado”, sin novedad hoy.
  • De temas de religión prefiero no hablar.

Las iglesias, las nuestras, se han ido vaciando poco a poco. No nos asustaba, aunque nos dábamos cuenta, porque todavía contábamos con un resto que venía. Ocurría todo tan poco a poco que nos habíamos acostumbrado a que el “personal” de las misas fuera mayoritariamente personas de edad.

Pero de pronto, lo que estaba pasando, el lento vaciamiento, se hizo realidad generalizada cuando las iglesias (como los restaurantes, los museos, los cines…) se clausuraron por motivos de “salud pública”. En el caso de las iglesias fue más llamativo dado el momento en que ocurrió: el final de la Cuaresma y el inicio de la Semana Santa, los días más significativos del Año Litúrgico cristiano, el Triduo Pascual.

Una parte del clero se movilizó rápidamente para que llegara a los hogares lo que no podían ir a celebrar en la iglesia: “los oficios o celebraciones de los días Santos”. Los medios técnicos permitieron “el milagro” metiendo en las casas las celebraciones de Jueves Santo, Viernes Santo y Vigilia Pascual.

Ver las iglesias vacías por decreto gubernativo ante un mal mayor, la pandemia, nos ha abierto los ojos a lo que ya estaba ocurriendo, pero nuestros ojos tenían como escamas (Hch 9,18) y no nos dábamos cuenta, o no queríamos darnos cuenta de que se estaban vaciando y algunas ya estaban vacías [1].

Hay que reconocer que las iglesias han estado abiertas físicamente, aunque no se permitieran reuniones ni celebraciones. Y, es de reconocer que siempre, a cualquier hora del día, hombres y mujeres (¿creyentes  o no?), en las horas más impensadas, dentro de los estrechos márgenes permitidos de salir a la calle, había personas que se daban una vuelta por la iglesia que le venía de paso para hacer “una visita” al Señor sacramentado, o para tomarse un tiempo de respiro, de silencio, de estar tranquilos.

Y la que sí que ha estado abierta siempre ha sido la Iglesia: hombres, mujeres, niños, jóvenes, sacerdotes, religiosos y religiosas, movimientos, parroquias que “han salido” adonde estaban los necesitados y han acogido a los que tenían dolor, hambre, necesidad, sin pedir “identificación” de ningún tipo.

Circula por todas las partes la expresión: “Esta pandemia va a traer muchos cambios”. Es un genérico. ¿Qué cambios? Esta es la pregunta que me hago en el ámbito de la comunidad territorial eclesial llamada parroquia, lugar concreto de visibilización de la Iglesia Universal.

Tenemos que atrevernos a señalar, a nombrar, a soñar… la tendencia de algunos cambios. Porque también es posible que “no suceda nada” y, dentro de poco, creamos que todo fue una pesadilla que pasó sin que de verdad haya cambiado algo. Lo único que aconteció es que “todo pasó”, y hemos regresado “a la normalidad de antes”.

Pero, ¿no decimos que iban a cambiar muchas cosas? ¿Para qué han servido tantas horas de silencio, de humillación del engreimiento humano, y de comprobar que los piropos de que presumíamos tenemos la mejor sanidad del mundo eran palabras huecas?

  1. A Dios lo que es de Dios

La primera realidad que tiene que cambiar tras el acontecimiento de la pandemia es “rescatar la originalidad de Dios”: a Dios lo que es de Dios. Me refiero al hecho de redescubrir la originalidad de Dios para no achacarle “culpas que no tiene”. 

Muchos creyentes y no creyentes se han hecho la pregunta: “¿Cómo es posible que Dios de quien decimos que es todopoderoso y a quien definimos como amor permita un sufrimiento tan grande y extendido?”.

Una primera  aclaración: es lógico que se formule la pregunta sobre Dios ante la epidemia que hemos padecido (y aún padecemos), pero permítasenos una sugerencia. El mal, el dolor, la muerte y  la extorsión de los sencillos existen por todas partes y existían antes de la pandemia y  nos quedábamos tan “calladitos”.

Solo cuando nos “ha tocado a nosotros en propia carne” nos hemos planteado la pregunta. No deja de ser una pregunta interesada (el coronavirus nos tocaba a nosotros de cerca) y miope porque no ve la realidad del mal que continuamente, en muchas partes, y a muchos hombres y mujeres y niños está afectando de manera sangrante.

Se han dado muchas respuestas [2]Tomo aquí las palabras de Mons. M. Pelchat, obispo auxiliar de Quebec: ¿Por qué Dios permite el dolor? “El dolor de los humanos es siempre una prueba para la imagen de Dios” (Bruno Chenu). Dios no quiere el sufrimiento y, ante el dolor, nos llama a resistir y a luchar. Un pastor escribió un día que el Dios de la Biblia es “el Dios poderosamente débil” (Étienne Babut). El poder de Dios no puede ser otro que el amor y jamás Dios atropella nuestra libertad de hombres y de mujeres. La vida sigue su curso, las leyes de la naturaleza… En medio de esta historia que avanza desde la noche de los tiempos, es verdad que parece que Dios con frecuencia calla, guarda silencio, como Jesús cuando dormía en la barca durante la tempestad. Dios mantiene un enorme respeto por la libertad humana y envuelve al universo entero creado con sus cuidados tanto por su silencio como por su palabra que es “como una brisa ligera”. Porque Dios es también Palabra a través de la Historia” [3].

La pregunta que quiere saber qué hace Dios ante el sufrimiento o si está cruzado de brazos, se vuelve pregunta para quien la formula: “¿Cómo estás (estamos) escuchando a Dios en la “brisa ligera” que está pronunciando, en el susurro de esta historia que vivimos y nos envuelve totalmente?

Los cristianos y las cristianas estamos invitados a prestar atención a estos “signos de los tiempos”, es decir, a estas llamadas de Dios para abrirnos al servicio a los demás, a mostrar la compasión hacia los menesterosos, los enfermos, los necesitados de cuidados psicológicos, en resumen, a vivir la fraternidad humana, la solidaridad social. Tener relación personal con un Dios misericordioso nos lleva a ser misericordiosos.

Ahí está, en Dios, la fuente de alimentación constante del creyente. En medio de los cadáveres que se amontonaban en las morgues, en medio del abandono y del dolor en que muchas personas morían, la pregunta es normal: “¡Dios! ¿Dónde estás?”.

Es la pregunta que un día Dios hizo a Adán (Gén 3,9) cuando se escondió. Es la pregunta que los “adanes” de todos los tiempos hacemos a Dios, cuando calla y se esconde. Y la respuesta es siempre la misma: “Estoy en el mismo sitio donde tú me haces la pregunta, pero no de la forma que tú esperas encontrarme. Aquí te estoy solicitando”.

Y así, quien pregunta, se vuelve buscador de un Dios que no nos permite convertirle en el dios que nosotros imaginábamos. Así Dios nos purifica y nos lleva siempre más allá, hasta el abandono total y la confianza total. Cuando llegamos ahí, al abandono y confianza total, abrimos los ojos y descubrimos que Dios está solicitándonos para que lo descubramos en el sufrimiento del otro y echemos una mano.

  1. La parroquia: de lugar de operaciones a lugar de referencia

Cuando hablamos de la parroquia como lugar de referencia y no lugar de operaciones (cuartel general) estamos entendiendo que el lugar de actuación “in situ” no es la parroquia, sino que los primeros y principales lugares de “operación o de acción de los bautizados” son aquellos donde el creyente se encuentra con hombres y mujeres que tienen la vida en juego: en angustia, en dolor, en marginación, en explotación, en olvido, en patera…

La expresión “la Iglesia, hospital de campaña [4]” la ha empleado el papa Francisco muchas veces. Es la concreción de lo que en Evangelii gaudium escribía: “Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades. No quiero una Iglesia preocupada por ser el centro y que termine clausurada en una maraña de obsesiones y procedimientos. Si algo debe inquietarnos santamente y preocupar nuestra conciencia, es que tantos hermanos nuestros vivan sin la fuerza, la luz, y el consuelo de la amistad con Jesucristo, sin  una comunidad de fe que los mantenga, sin un horizonte de sentido y de vida” (49).

La iglesia, con sus instalaciones, es el lugar de referencia donde los bautizados se reúnen y aprenden a salir. No se sale a la calle para “hacer algo porque hay que hacer algo”, sino porque hemos conocido el amor de Dios (1 Jn 4,16-18), porque hemos sentido que Él nos ama, porque hemos comprendido que el segundo mandamiento es semejante al primero (Mt 22,34).

En este sentido, la Iglesia, “hospital de campaña”, al menos en la mayoría de los sitios, ha dado la talla durante la pandemia, y se ha convertido en “lugar de referencia” de los pobres, donde encuentran comida y una palabra de consuelo pronunciada por creyentes que dan y se dan. Aún no somos capaces de imaginar los heridos y las heridas nuevas que van a llegar al hospital de campaña que es la comunidad cristiana.

  1. La parroquia: de lugar de sacramentalización al lugar de la reunión de la comunidad

Tenemos muchos testimonios de que los primeros cristianos se reunían el “día del Señor”, el primer día de la semana (Jn 20,1). La Didajé dice: “Reunidos cada día del Señor, romped el pan y dad gracias después de haber confesado vuestros pecados, a fin de que vuestro sacrificio sea puro” (XIV).

San Justino es también muy explícito: “El día que se llama día del sol tiene lugar la reunión en un mismo sitio de todos los que habitan en la ciudad o en el campo. Celebramos esta reunión general el día del sol, por ser el día primero, en que Dios, transformando las tinieblas y la materia, hizo el mundo, y el día también en que Jesucristo, nuestro Salvador, resucitó de entre los muertos; pues es de saber que le crucificaron el día antes del día de Saturno, y al siguiente al día de Saturno, que es el día del sol, se apareció a sus apóstoles (cf. Mt 28,9) y discípulos, enseñándoles estas mismas doctrinas que nosotros les exponemos para su examen” (Apología 1,69).

Si miramos lo que anuncian en sus tablones de información muchas parroquias, nos damos cuenta de que, por lo general, resalta el horario de misas, generalmente con muchas posibilidades los días festivos (aunque cada vez haya menos personas en misa, pero mantenemos las misas con la excusa de que hay que prestar servicio y dar facilidades para que vengan, razones que estaría bien analizar un poco más detalladamente).

No falta, además, el horario de confesiones (aunque después no se cumpla: no encuentras al sacerdote cuando vas, si bien en ocasiones te informan de que llames a tal timbre o teléfono…, algo que pocos suelen hacer); lo que se busca es que haya alguien esperando como el padre de la parábola (Lc 15,20).

Es decir, las parroquias anuncian  horarios de sacramentos de manera principal. Toda esta programación sacramental se nos fue a pique en tiempos de pandemia. Lo más anunciado fue lo primero en desaparecer. ¿Será tan central lo que estamos anunciando que ofrecemos?

En este hecho, yo veo una invitación grande a redescubrir el sentido de la celebración de los sacramentos y sobre todo del sacramento de la Eucaristía. Afirmo claramente que sin Eucaristía no podemos vivir como cristianos. Pero lo que está en juego no es la Eucaristía en sí, sino cómo la celebramos la Eucaristía.

Los documentos más arriba mencionados, y otros, hablan de la reunión y de la fracción del pan. Mi pregunta es: ¿No hemos suprimido en nuestra praxis el sentido más humano y de la reunión acentuando, o reduciendo todo, a la fracción del pan, el sacramento? ¿No hemos perdido el sentido de la importancia de reunirse, de estar juntos, de charlar, de perder el anonimato, de sentirnos alentados con la presencia de otros que confiesan y viven la misma fe en Jesús, el Señor?

Si echamos una mirada a lo que son territorios de misión nos daremos cuenta de que muchas comunidades cristianas, de hecho, viven sin Eucaristía semanal, por imperativo de las circunstancias, pero no viven sin reunirse, sin comentar la Palabra, sin orar, sin organizar el servicio de atención a los necesitados. Celebrar la Eucaristía, en estos territorios, no es un rutina. Es un acontecimiento que se gusta y regusta cuando se puede

Durante el confinamiento, muchos responsables de comunidades han intentado, con éxito, hay que reconocerlo, “llevar el sacramento de la Eucaristía” y otras celebraciones, a los hogares. Y está muy bien, sobre todo para personas de edad avanzada.

Hemos descubierto además que cada creyente o familia de creyentes era capaz de “montar” su altar, su espacio celebrativo de la Palabra de Dios, de la oración, de la alabanza. Lo que no sé si hemos descubierto es que nos faltaba “la reunión”. Y más aún, nos falta un adiestramiento práctico para ser celebrativos, para construir como familia nuestras celebraciones sin que nos lo tengan que dar todo hecho [5]

Creo que de esta situación de pandemia, sacamos una lección que tenemos pendiente: el sentido de reunión cristiana. Redescubrimos, al mismo tiempo, que la vida cristiana sacramental tiene que potenciar la dimensión comunitaria, festiva de la reunión de los dispersos que llegan para proclamar la acción de Dios a favor nuestro.

Posiblemente esto nos pueda llevar a “ofrecer” menos misa los días festivos, pero con horarios bien pensados y lo más cómodos posible al mayor número de personas.  Aburre más la rutina, la celebración “sin alma” que lo bien hecho y celebrado. Cuando nos sentimos envueltos en lo que participamos, el tiempo se nos va que vuela. Hemos pedido a los presidentes de la celebración “que fueran breves” porque enseguida venía “otra misa”.

Lo que les tendremos que exigir es que se prepararen mejor las homilías, que sean momentos que iluminen la vida, que toquen los corazones, que ayuden a vivir con alegría la fe, que los participantes puedan concluir: “Es verdad, hoy se cumple esta Escritura entre nosotros” (Lc 4,21).

No podemos estar, como en varias parroquias hoy, pendientes del reloj para que los que vienen a misa de 12 no tengan que esperar mucho a los que salen de la misa de 11, ya que se alargó mucho no sé qué parte… Sí, tendremos que reinventar qué significa “la reunión del día primero de la semana”. Ahora, con “una misa” ya la reunión cristiana “estaba hecha”.

¿Es posible enriquecer el contenido de la reunión de cristianos tanto cuando hay celebración sacramental como cuando no la hay? Esto nos llevará a plantear de otra manera nuestra celebración dominical y redescubrir el sentido de la reunión y a modificar horarios.

  1. La parroquia: lugar de irradiación

Los lugares geográficos son siempre elementos importantes tanto en la antropología personal como en las religiones. Antropológicamente, la mayor parte de las personas conserva en su memoria “lugares” que podemos denominar “sagrados”, es decir,  lugares donde “aconteció algo importante en su vida, en su historia, en su libertad, en sus opciones”. Estos lugares no se olvidan.

Suscitan una tendencia a volver a ellos, a visitarlos de nuevo para recordar, revivir, hacer presente el pasado: “Aquí, a los once años…”; “aquí fue donde pasé mi infancia…”; “aquí fue donde me encontré con…”; “aquí tuve un momento que cambió toda mi vida y mi pensamiento…”; “en esta piedra estaba sentado cuando…”, etc.

Las religiones también tienen lugares “sagrados” en los que aconteció una revelación, un hecho realizado por Dios a favor nuestro. Basta pensar en lo que es para los cristianos el lago de Galilea, o Jerusalén… Un lugar no es importante en sí, ni por la geografía donde se sitúa, ni por los ladrillos. Un lugar se convierte en significativo porque allí “aconteció y hoy rememoro y vuelve a acontecer” algo que me cambia la vida, o la orienta, le da sentido nuevo para emprender caminos.

Cuando una persona vive en un lugar algo significativo, ese lugar se convierte en lugar “sagrado” o lugar de “irradiación” de vida y de fuerza y de acción: ir, entrar, visitar “tal lugar” (la parroquia en nuestro caso) se convierte en alimento para mi vida porque es donde encuentro paz, personas con las que emprender algo interesante…

En este sentido creo que lo vivido nos lleva a dar un nuevo sentido a la parroquia como “lugar sagrado donde somos convocados y desde donde somos enviados y dispersados”, como en un nuevo Pentecostés o Ascensión.

¿Qué irradia la parroquia? Para poder irradiar, la parroquia tiene que ser, con sus reuniones y celebraciones, con su solicitud por acompañar la fe de sus miembros, un lugar de experiencia del Resucitado; un lugar donde regar la fe y favorecer que “el creyente viva una experiencia de fe”.

Después ya será lugar de irradiación o de lanzamiento o de aceptación de compromisos de todo tipo, según el don y la vocación que el Espíritu suscita en cada uno. Muchos cristianos se han visto obligados a “inventar” en estos días un servicio multicolor: en los balcones, en los hospitales, en los centros de acogida, en instituciones no directamente vinculadas a la parroquia, en tantos sitios…

Se es cristiano allí donde se está y se trabaja. No se es cristiano por venir a la parroquia, sino por “salir” de la parroquia con el alma caliente, los ojos abiertos, el espíritu encendido, las manos listas para atender al samaritano…

Algunos creyentes se lamentaban: “No puedo ir a la Iglesia a hacer mis prácticas piadosas”. Para hacer prácticas piadosas vale cualquier lugar del mundo mundial. Pero ninguna práctica piadosa mejor que las “obras de misericordia”, aquellas por las que de verdad seremos reconocidos como “buenos seguidores de Jesús”: “Tuve hambre y me disteis de comer….” (Mt 25).

Tenemos que revisar nuestra vida cristiana diaria. Parece que es cristiano “lo que rezamos en nuestra intimidad”. Es cierto que sin oración y sin “trato con el Señor, el Resucitado” hay peligro de caer en pura acción. Pero el Señor nos lleva a la acción, a ser levadura en la masa.

El Papa habla así de la parroquia: “La parroquia no es una estructura caduca; precisamente porque tiene una gran plasticidad, puede tomar formas muy diversas que requieren la docilidad y la creatividad misionera del Pastor y de la comunidad… La parroquia es presencia eclesial en el territorio, ámbito de la escucha de la Palabra, del crecimiento de la vida cristiana, del diálogo, del anuncio, de la caridad generosa, de la adoración y la celebración. A través de todas sus actividades, la parroquia alienta y forma a sus miembros para que sean agentes de evangelización. Es comunidad de comunidades, santuario donde los sedientos van a beber para seguir caminando, y centro de constante envío misionero. Pero tenemos que reconocer que el llamado a la revisión y renovación de las parroquias todavía no ha dado suficientes frutos en orden a que estén todavía más cerca de la gente, que sean ámbitos de viva comunión y participación, y se orienten completamente a la misión” (EG 29).

  1. La parroquia: lugar de encuentro y relación

Me impresionó sobre manera cuando leí en el Documento final del Sínodo 2018 esta expresión: “No basta con tener estructuras si en ellas no se desarrollan relaciones auténticas; de hecho, lo que evangeliza es la calidad de tales relaciones” (128).

Y más adelante, en el mismo documento se explicita: “La parroquia está necesariamente involucrada en este proceso, para asumir la forma de una comunidad más generativa, un ambiente desde el que se irradia la misión hacia los últimos. En esta particular coyuntura histórica diversos signos testimonian que la parroquia, en distintos casos, no logra responder a las necesidades espirituales de los hombres y mujeres de nuestro tiempo, sobre todo debido a algunos factores que han modificado profundamente los estilos de vida de las personas. En efecto, vivimos en una cultura “sin fronteras”, marcada por una nueva relación espacio-temporal debida a la comunicación digital y caracterizada por la continua movilidad. En este contexto, una visión de la acción parroquial delimitada por los meros confines territoriales e incapaz de atraer con propuestas diversificadas la atención de los fieles —y en particular de los jóvenes— recluirían a la parroquia en una inmovilidad inaceptable y en una repetitividad pastoral preocupante. Es necesaria, por tanto, una reflexión sobre la pastoral de la parroquia, en una lógica de corresponsabilidad eclesial y de impulso misionero, desplegando sinergias en el territorio. Solo así podrá parecer un ambiente significativo en la vida de los jóvenes” (129).

Lo que esperamos y nos llena en la vida ordinaria es cómo somos tratados por el médico al que vamos, por el dependiente del comercio donde hacemos las compras. Aconsejamos a los amigos: “No vayas allí, que tratan muy mal”. “En tal sitio te tratan divinamente; vete”. Unas estructuras y un trato que no transmitan el Evangelio no son significativas. ¿Habremos aprendido esto en estos días de confinamiento?

– Relación con Dios: Es todo aquello que lleva a la persona a encontrarse consigo misma y con Dios en procesos largos de maduración cristiana. Todo lo que alude al “encuentro con Dios” exige tiempos largos. No puede haber buena relación con Dios si no maduramos y si el deseo de Dios no nos lleva a descubrir nuestra necesidad de salvación, nuestra original pobreza.

Una religiosidad que “tapona” nuestra menesterosidad o sirve para disimular nuestra falta de madurez, no es sana. Me gusta recordar siempre el texto del Éxodo 13,17-18: “Cuando el faraón dejó marchar al pueblo, Dios no los guió por el camino de la tierra de los filisteos, aunque es el más corto, pues dijo: «No sea que, al verse atacado, el pueblo se arrepienta y se vuelva a Egipto». Dios hizo que el pueblo diese un rodeo por el desierto hacia el mar Rojo. Pero los hijos de Israel habían salido de Egipto pertrechados”. 

En el camino largo, como los israelitas, perdemos todas las seguridades hasta darnos cuenta de que nuestra seguridad es Dios. Mientras nos apoyamos en nosotros mismos, espiritualmente queda una dimensión pendiente de maduración: el protagonismo de Dios en la relación que con él mantenemos.

Dios quiere “interlocutores” que se sientan pecadores, barro en sanación, que quieran dejarse curar, que deseen experimentar que él es el Salvador. Tener experiencia de Dios exige experiencia de trato con Dios. Sin trato no hay intimidad ni maduración. El “trato” es lo más difícil, (¡cómo lo han palpado hombres y mujeres en estos días de confinamiento de manera muy especial!). El trato con Dios es el que nos da “experiencia de Dios”.

– Relación con las personas: si a algo se nos llama a los que nos sentimos creyentes es a ser misericordiosos como el Padre es misericordioso. Lo que más abre a la acogida de Dios es la buena acogida del que se presenta como “seguidor y confesante” de Dios.  La gente necesita comprensión, cariño, escucha…

Unas parroquias se pueden convertir en comedores, otras en salas de atención y de escucha, donde la gente pueda llorar delante de alguien, derramar lágrimas de dolor… Otras tendrán que acoger a buscadores, a gente que está “de vuelta” y descubre que su vida está vacía, sin sentido, perdida, equivocada (“me he equivocado en la vida”, “he fracasado”), otras personas han hecho tantos experimentos, o han dado tantos tumbos que tienen “nostalgia de Dios”, de un Dios que les acoja como son y están y que les dé responsabilidad, sentido, perdón y libertad.

Venimos de situaciones de muchas esclavitudes a la que llamamos “sociedad de bienestar y del dinero”, pero en el fondo es sociedad de hacer “esclavos”, “personas dependientes” de modas, de lucir “cuerpo”, de tener un nivel de vida… Podemos decir esto “como teoría”, pero si una parroquia lo quiere poner en práctica, lo cambia todo. Y no es cuestión solo del párroco, sino de todos.

Nuestras parroquias son más conocidas por las “catequesis que organizan” que por la relación y encuentro personal que dispensan. ¡Algo tiene que cambiar! Hace poco escuchaba a un obispo auxiliar que decía a un presbítero: “Tú, con tal de que organices bien la catequesis, ya está”.

Habría que explicitar qué hay detrás de la expresión “organizar bien la catequesis”. Quizás el bien apunta a todas estas cosas de relación y encuentro con los adultos mencionadas más arriba. Si no fuera así, la frase es mejorable…

  1. Caminar juntos: conversión sinodal

La expresión “sinodal” está entrando (no sin dificultad) en el vocabulario ordinario de la Iglesia católica a partir del Sínodo de los jóvenes (2018). Desde siempre existió el término “sínodo” en su léxico y en su praxis. Pero no con la comprensión y praxis a las que hoy se apunta y que esperamos concretice más el Sínodo del 2022 [6].

Recordemos la etimología de sínodo, palabra que viene del griego: “sin” es “con”, y “odos” es “camino”. O sea, caminar con; caminar juntos. La Iglesia no es sinodal porque convoca “sínodos” o reuniones, sino porque vive y camina con Jesús, porque juntos –todos los bautizados- caminamos con Jesús.

En la Exhortación pastoral Evangelii gaudium, que tiene un sentido programático, se habla de la conversión pastoral y misionera que “no puede dejar las cosas como están. Ya no sirve una simple administración” (25). No se alude a “cambios pastorales” o “cambios en la pastoral”.

Se explicita: “conversión pastoral y misionera”. Conversión no coincide con “mover algo de un sitio a otro”, “suprimir unas cosas y poner otras en su lugar”. La conversión apunta al corazón mismo de las personas, no a cambios de cosas. Si estos se producen, serán consecuencia de lo que ha pasado por el corazón.

“El Concilio Vaticano II presentó la conversión eclesial como la apertura a una permanente reforma de sí por fidelidad a Jesucristo: «Toda la renovación de la Iglesia consiste esencialmente en el aumento de la fidelidad a su vocación […] Cristo llama a la Iglesia peregrinante hacia una perenne reforma, de la que la Iglesia misma, en cuanto institución humana y terrena, tiene siempre necesidad».

Hay estructuras eclesiales que pueden llegar a condicionar un dinamismo evangelizador; igualmente, las buenas estructuras sirven cuando hay una vida que las anima, las sostiene y las juzga. Sin vida nueva y auténtico espíritu evangélico, sin «fidelidad de la Iglesia a la propia vocación», cualquier estructura nueva se corrompe en poco tiempo (EG 26).

Quizá podamos aprender de la situación de confinamiento que la victoria sobre el virus requería el esfuerzo y la colaboración de todos. Ha sido una lección que hemos tenido que aprender con esfuerzo, sacrificio, renuncia y obediencia a unas normas rígidas. Solo la colaboración de todos podía aislar la transmisión del coronavirus.

Es una experiencia que nos favorecerá la comprensión de lo que significa “sinodalidad” en una parroquia, en la diócesis, en la Iglesia universal. Llevamos tantos siglos funcionando de una determinada manera (hemos vivido dejando de lado la sinodalidad) que no tenemos referencias cercanas a las que acudir.

Necesitaremos ensayos, ir a tientas, darnos “tiempo de prácticas”, humildad, búsqueda y reflexión e invocación al Espíritu para poner en marcha una Iglesia que sea sinodalidad sin copiar de los partidos políticos. Nuestro centro de referencia última no son unos estatutos que nos hemos dado y aprobado, sino un mensaje evangélico que hemos recibido de una Tradición viva, oral y escrita.

Contamos con la promesa del Señor: “Yo estoy con vosotros todos los días hasta el final del tiempo” (Mt 28,20), contamos con el Espíritu de verdad, “que nos guiará hasta la verdad plena” (Jn 16,13), contamos con el don que cada creyente ha recibido para la edificación común (1 Cor 12,3-13).

Es la hora de caminar juntos haciendo experiencia de la presencia del Señor en medio de nosotros y, por nosotros, en medio del mundo. 

Una conclusión

El coronavirus nos ha parado en seco a medio mundo o a todo el mundo. Pero nos ha parado para que  reiniciemos la “rentrée” “de manera nueva” porque “nos ha hecho pensar” y tocar con nuestras manos la fragilidad de tantas cosas “sistematizadas” según un esquema que se transmite de generación en generación y que se quebró de golpe.

Ahora que se nos obliga a lavarnos las manos una y otra vez al entrar y salir de casa, al comer y al tocar los productos en el mercado, entendemos bien los versículos de Marcos: 1 Se reunieron junto a él los fariseos y algunos escribas venidos de Jerusalén; 2 y vieron que algunos discípulos comían con manos impuras, es decir, sin lavarse las manos. 3 (Pues los fariseos, como los demás judíos, no comen sin lavarse antes las manos, restregando bien, aferrándose a la tradición de sus mayores, 4 y al volver de la plaza no comen sin lavarse antes, y se aferran a otras muchas tradiciones, de lavar vasos, jarras y ollas). 5 Y los fariseos y los escribas le preguntaron: «¿Por qué no caminan tus discípulos según las tradiciones de los mayores y comen el pan con manos impuras?». 6 Él les contestó: «Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. 7 El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos”. 8 Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres» (Mc 7,1-8).

Si de verdad ha pasado algo, no podemos ser como antes. Estamos invitados a discernir el vacío que nos habita y que disimulamos como podemos; a separar el grano de la paja, lo que es tradición rutinaria o simple precepto humano y lo que es mandamiento y querer del Señor. “Hemos aprendido mucho”, se dice. Pero de verdad, ¿qué hemos aprendido? ¿En qué acción pastoral se notará?

Aprender, en cristiano, creo que significa: “Hemos escuchado lo que Dios está gritando a las comunidades cristianas” que caminan en este momento de la historia. En cristiano, y con el  Evangelio en la mano, el único que da lecciones, el único que nos recuerda la verdad, el único que nos ilumina el camino y nos muestras caminos novedosos es el Espíritu.

“Yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros. El Espíritu de la verdad” (Jn 14,16). Sin Espíritu no somos nada o somos “programación humana”, no expresión de la voluntad y del querer de Dios en nuestros días.

Hay mucho que pensar y repensar. No podemos volver solo a lo que nos tranquiliza y da seguridad porque lo conocemos “de pe a pa”, porque es “la vieja rutina”.  No podemos seguir manteniendo una Iglesia sobre la base del clericalismo. Estamos invitados a sentirnos pueblo de Dios, responsables todos según el don recibido ya sea por el bautismo o por el sacramento del orden.

Es la hora de preparar los odres nuevos para el vino nuevo. Es la hora de revisar lo que es caduco y lo que permanece. Dios nos llama a ampliar el horizonte de miras. Dios puede estar donde pensamos que no está. Dios no es “encerrable” en espacios, en muros, en costumbres, en tradiciones, en esquemas.

Igual que una noche rompió la piedra del sepulcro que lo retenía muerto, hoy ha hecho saltar por los aires piedras y ataduras en que, sin querer, por comodidad nada más, intentábamos encerrarlo.

Estoy terminando esta reflexión en los días que preceden a Pentescotés. Dios ES pentecostés. Debajo del estruendo de la pandemia, con Pedro queremos escuchar: 12 Estaban todos estupefactos y desconcertados, diciéndose unos a otros: «¿Qué será esto?». 13 Otros, en cambio, decían en son de burla: «Están borrachos». 

14 Entonces Pedro, poniéndose en pie junto con los Once, levantó su voz y con toda solemnidad declaró ante ellos: «Judíos y vecinos todos de Jerusalén, enteraos bien y escuchad atentamente mis palabras. 15 No es, como vosotros suponéis, que estos estén borrachos, pues es solo la hora de tercia, 16 sino que ocurre lo que había dicho el profeta Joel: 17 Y sucederá en los últimos días, dice Dios, que derramaré mi Espíritu sobre toda carne y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán y vuestros jóvenes verán visiones y vuestros ancianos soñarán sueños; 18 y aun sobre mis siervos y sobre mis siervas derramaré mi Espíritu en aquellos días, y profetizarán (Hch 2,12-18).

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[1] T. Halik, “Aún así, no puedo evitar preguntarme si el tiempo de las iglesias vacías y cerradas no es una especie de advertencia sobre lo que podría suceder en un futuro no muy lejano: eso es lo que podría ocurrir en pocos años en una gran parte de nuestro mundo. ¿No hemos sido advertidos de lo que está sucediendo en muchos países, donde cada vez más iglesias, monasterios y seminarios se están vaciando y cerrando sus puertas? ¿Por qué durante tanto tiempo hemos atribuido este desarrollo a las influencias externas (“el tsunami secular”) en lugar de entender que un capítulo en la historia del cristianismo está llegando a su fin y que es hora de prepararse para esto? ¿qué viene? Esta era de vacío en los edificios de las iglesias puede revelar simbólicamente a las iglesias su vacío oculto y el futuro que les puede esperar, si no hacen un esfuerzo serio por mostrar al mundo una cara completamente diferente del cristianismo”. Cfr. https://parroquialosangeles.org/images/Parroquia/ActividadParroquial/19_20/Coronavirus/La_cristiandad.pdf

[2] Á. Ginel, Jesús señala una forma de convivir con el mal y de descubrir la gloria de Dios en el mal,  cfr: https://aeca-catequetas.es/wp-content/uploads/2020/04/CATEQUESIS-BÍBLICAS-PARA-VIVIR-COMO-CRISTIANOS-EN-TIEMPOS-DE-PANDEMIA.pdf; Thomas Halik, La cristiandad en la hora de la enfermedadhttps://parroquialosangeles.org/images/Parroquia/ActividadParroquial/19_20/Coronavirus/La_cristiandad.pdf A. Torres Queiruga, Seguimos hiriendo con nuestras palabras la ternura infinita de Dios Padre (Madre), https://www.religiondigital.org/opinion/Andres-Torres-Queiruga-Seguimos-Padre-palabras-oracion-peticion-queja-teologia-coronavirus-francisco_0_2222177792.html

[3] M. Pelchat, https://www.ecdq.org/dieu-nenvoie-pas-le-malheur/

[4] Cfr. Proyecto Hospital de campaña, Madrid PPC.

[5] Álvaro Ginel, Celebrar en familia, ¿de qué estamos hablando?, cfr. https://aeca-catequetas.es/index.php/2020/05/01/celebrar-en-familia-de-que-estamos-hablando/

[6] Por una Iglesia sinodal: comunión, participación y misión”. Este es el tema de la XVI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos convocada por el Papa Francisco para el otoño del 2022. El Santo Padre ha mencionado repetidamente que la sinodalidad es un camino principal en la vida de la Iglesia. Con motivo del 50 aniversario de la institución del Sínodo de los Obispos, el 17 de octubre de 2015, pronunció estas palabras: “Lo que el Señor nos pide, en cierto sentido, ya está contenido en la palabra Sínodo. Caminar juntos –laicos, pastores, obispo de Roma– es un concepto fácil de expresar, pero no tan fácil de poner en práctica”.

 

Presentación de la Asociación

 


José Cobo lanza siete propuestas para la reconstrucción social

junio 16, 2020

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El obispo auxiliar de Madrid hace una concreción pastoral del Plan para resucitar del Papa Francisco.

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José Cobo lanza siete propuestas para la reconstrucción social

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El obispo auxiliar de Madrid publica un artículo en la revista Noticias Obreras en el que hace una concreción pastoral del Plan para resucitar del Papa Francisco

Caminos de resurrección desde el plan del Papa Francisco. Así se titula el artículo que el obispo auxiliar de Madrid, José Cobo, publica en la revista Noticias Obreras, editada por la HOAC. En ella hace una reflexión al hilo del texto que el Papa Francisco publicó en Vida Nueva, y una serie de concreciones pastorales.

«El plan se hará desde los más vulnerables y contando con ellos. Si en esta nueva etapa, de nuevo son descartados, perderemos la posibilidad de poner la dignidad humana en el centro de nuestra salida de una crisis mundial», escribe.

Desde este punto de partida, el prelado lanza siete propuestas sobre el papel de la Iglesia en estos momentos. Son las siguientes:

1. El impulso de reflexiones en todos los estamentos eclesiales para tomar conciencia de la oportunidad de conversión ecológica y humanista que afrontamos. Una conversión necesita tiempo y medios. Tendremos que desplegar cauces para leer la realidad desde los ojos de la fe.

2. Sobre los planes de salida y de respuesta en la sociedad en el nivel político, económico y cultural y social, necesitamos generar equipos de reflexión trasversales, de trabajo por proyectos, no solo por los departamentos.

Estos proyectos nos tendrían que ofrecer la posibilidad de afrontar y revisar cómo, en cada espacio de la Iglesia, acogemos este cambio bajo el estandarte que se nos da del cuidado, el curar y el compartir.

La salida no será solo dar cosas. Tendremos que revisar cómo estamos ejerciendo el desarrollo humano en cada espacio de la vida eclesial. Preguntarnos cómo podemos curar, cuidar y vivir la solidaridad, desde la liturgia, desde la catequesis, desde la forma de organizarnos, predicar o lanzar campañas de sensibilización.

3. Otra línea pastoral será ofrecer lugares concretos en los que sembrar la justicia social. El Papa nos ofrece a los trabajadores como primera realidad a enfocar. Se propone ayudar a las fuerzas sociales a, desde el horizonte del bien común, acordar mecanismos para consolidar el salario universal que dignifique a las personas y a sus familias.

4. Otro reto será el preguntarnos cómo afrontamos en la vida de la Iglesia el tema del trabajo digno. No se trata solo si se «cumplen» las campañas, sino si su dolor se ha fijado en nuestro corazón y si luchamos en cada espacio eclesial (es el verbo que utiliza el Papa) por que tengan el puesto digno que merecen.

5. Otra consecuencia será afrontar líneas de reflexión para trabajar sobre las posibilidades de condonar la deuda externa de los países, relajando los cobros y dando posibilidades de liquidez a los mismos. Por nuestra parte el iniciar procesos de sensibilización es prioritario.

6. Respecto a las migraciones, se pone esta realidad en el tapete de salida de esta pandemia global. La pandemia recrudece los conflictos abiertos y la virulencia de los flujos migratorios.

7. Por último, se nos coloca como seres creados en esta «casa común» que es nuestro planeta. Eso se concreta ahora lanzándonos a conocer y explicitar en cada espacio los acuerdos sobre el cambio climático. No es una acción marginal sino prioritaria a incorporar en este primer plan de incorporarnos en la resurrección de Cristo.

Alfa y Omega

Fecha de Publicación: 12 de Junio de 2020
https://alfayomega.es/207055/jose-cobo-lanza-siete-propuestas-para-la-reconstruccion-social

El escepticismo creciente – ONU

mayo 14, 2020

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UN Photo/Kim Haughton

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El escepticismo creciente, ONU

Inocencio F. Arias – 14/05/2020

Diplomático y ex representante permanente de España ante las Naciones Unidas

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La ONU, inventada para aportar soluciones a los problemas mundiales especialmente a los de paz y seguridad, viene dando una de cal y otra de arena desde su fundación. No ha llenado, en definitiva, las expectativas para las que surgió y esto, más que por intrínseca incompetencia, viene por el egoísmo y la división de los estados que la componen.

No va a haber muchas celebraciones para conmemorar el 75 aniversario de las Naciones Unidas. En estas fechas ya había arrancado la Conferencia de San Francisco en la que nacieron.

Vio finalmente la luz el día de san Juan, el 24 de junio de 1945, un poco con fórceps porque los cinco vencedores de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos, Rusia, Gran Bretaña… tuvieron que emplear la amenaza para imponer algo horripilante: que ellos dominarían la nueva organización.

No habrá festejos. De un lado, porque el horno de la pandemia no está para bollos de ceremonias. Por no hablar del aspecto logístico y de seguridad de cualquier reunión en estas fechas.

De otro, porque la ONU atraviesa una de sus intermitentes crisis de desprestigio y el manejo de la pandemia por la OMS, dependiente de Naciones Unidas, ha tenido lunares graves.

Es cierto, aunque el Gobierno de España se hizo el sueco permitiendo las manifestaciones feministas de marzo, que la OMS había advertido en enero de la existencia del virus, pero se cree que fue excesivamente complaciente aceptando explicaciones fulleras de China que minimizaban la gravedad del problema.

Una vez más, los organismos adscritos a la ONU se pliegan ante las peticiones de los grandes y China es un grande grandísimo, el emergente gran rival de Estados Unidos.

La ONU, inventada para aportar soluciones a los problemas mundiales, especialmente a los de paz y seguridad, viene dando una de cal y otra de arena desde su fundación.

No ha llenado, en definitiva, las expectativas para las que surgió y esto, más que por intrínseca incompetencia –ha demostrado su eficacia en terrenos como protección de la infancia o refugiados…–, viene por el egoísmo y la división de los estados que la componen, especialmente de las cinco potencias que poseen el veto.

Es dudoso que el trauma mundial que vivimos ahora, que prueba fehacientemente que no se puede vivir aislado al enseñar claramente que el mundo es una aldea, vaya a hacer cambiar sustancialmente esa conducta egoísta. Tenemos mil ejemplos que lo prueban. El mundo ha vivido varias crisis de seguridad, guerras…

Se ha reiterado ad nauseam que el ingente dinero dedicado a armamento debería emplearse en el bienestar diario de los seres humanos.

Bien. ¿Quienes son los países del mundo que gastan más en armas o los que más exportan? Los cinco grandes que deberían velar porque eso no fuera así: Estados Unidos, Rusia, Gran Bretaña, China y Francia.

Hace días el Consejo de Seguridad de la ONU quiso celebrar una sesión telemática para discutir la imposición de una tregua obligatoria de un mes en todos los conflictos armados que azotan el mundo.

Surgió el de Siria –más de 400.000 muertos y cinco millones de desplazados–, en el que la ONU es inoperante por el veto de Rusia a que actúe.

Moscú puso dificultades a la creación de pasillos humanitarios, Washington intentó colar que se investigara si China había mentido en el coronavirus y que se pusiera en solfa a la OMS. La ONU, una vez más, quedó trabada.

Trump es un chivo expiatorio, pero las medidas egoístas adoptadas por él en la pandemia (cierre de fronteras, supresión de vuelos…) han sido rápidamente seguidas por los que lo critican.

En la profunda crisis que siguió a la Segunda Guerra Mundial Europa se puso de pie porque llegó el Plan Marshall, ayuda que vino de Estados Unidos y no de la ONU.

Ahora tenemos en Washington un presidente individualista y aislacionista poco proclive a repetir el gesto de Truman y que considera a bastantes naciones europeas, incluida la nuestra, como gorrones. Queda el hada madrina europea para devolvernos la confianza. Su papel será clave, aunque tampoco debamos esperar milagros.

La Unión está profundamente dividida desde hace más de una década prácticamente sobre cualquier tema: los refugiados, la profundización de las instituciones comunitarias, la defensa, la cooperación contra el terrorismo, la actitud ante Putin o Trump y, por supuesto, la cuestión sanitaria, que se enfoca de forma variopinta hasta en la distancia entre personas durante la epidemia, dos metros en Italia, uno y medio en Alemania, uno en Francia.

El escepticismo sobre Europa se ha disparado en Italia, algo en Hungría, en Polonia. Alemania, que tiene la llave de cualquier rescate, también muestra un cierto cansancio hacia los países del sur. Su Tribunal Supremo ya ha dado un aviso.

Un amigo centroeuropeo me comenta que varios países del norte encuentran irritante que España, por ejemplo, tenga más del doble de cargos políticos que Alemania y seamos, con otros del sur, reiteradamente campeones del gasto alegre y del déficit.

Los embustes de Sánchez también empiezan a ser notados. La sensata Merkel, a la que echaremos de menos, ha dicho que vivimos ahora sobre una capa de hielo muy fina.

En estos momentos en que aumenta la desconfianza sobre el globalismo, en que las llamadas solidarias del Papa Francisco no obtienen el eco necesario, en que surgen malévolos interrogantes sobre la capacidad de las democracias para combatir la pandemia –China dixit–, la convicción de la justeza del Estado de derecho y de que la Europa democrática es importante para superar la crisis son cruciales.

Y surgen dos preguntas: ¿Creerá Europa en el propósito de la enmienda de nuestro Gobierno y que no despilfarrará la eventual ayuda que nos concedan?

¿Será Europa capaz de montar una política sanitaria común para luchar contra cualquier futura epidemia, proteger a los trabajadores de vanguardia, sanitarios, policías…, garantizar las cadenas de aprovisionamiento?

Tengo dudas sobre ambas.

Inocencio F. Arias
Diplomático y ex representante permanente de España ante las Naciones Unidas

Fecha de Publicación: 14 de Mayo de 2020
https://alfayomega.es/204562/el-escepticismo-creciente

Augusto Zampini: “La pandemia cambiará el orden y el sistema mundial, nuestra tarea es intentar que sea para mejor”

mayo 6, 2020

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Augusto Zampini, secretario adjunto del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral y miembro de la comisión interdicasterial para hacer frente al Covid.

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Augusto Zampini: “La pandemia cambiará el orden y el sistema mundial, nuestra tarea es intentar que sea para mejor”

Entrevistamos al secretario adjunto del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral y miembro de la comisión interdicasterial para hacer frente al Covid. “Esta es una oportunidad para que la Iglesia se haga más presente y acompañe al mundo en medio de tanto sufrimiento”

“Antes del estallido de la crisis, ya se advertía un escenario mundial complejo, contrario al multilateralismo y favorable a los nacionalismos, más muros y menos puentes; el riesgo es que éstos se agudicen”

“La fuerza del amor siempre es más fuerte que la del odio. Y el amor y la solidaridad son contagiosos también”

“Hoy contamos con el liderazgo de Francisco, que es muy importante, tanto que mucha gente, dentro y fuera de la Iglesia, quiere colaborar y apoyar para crear una economía que sirve y no mata”

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La pandemia de coronavirus nos da la oportunidad de ver a “la Iglesia que sale, que se arremanga y se embarra, para dar esperanza, abrazando a todos, especialmente a los más pobres”.

Ese es el deseo de Augusto Zampini, miembro de la comisión creada por el Papa para estudiar el “día después” de la pandemia, quien en entrevista con RD convoca a “poner todas nuestras fuerzas en un nuevo mundo más justo, solidario y sostenible”.

¿Cómo ha reaccionado el Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral a esta pandemia?

AZ: Bajo el auspicio del Santo Padre y el liderazgo del Cardenal Turkson, el Dicasterio ha creado la Comisión Vaticana COVID-19 para responder, desde nuestra fe y tradición social a la pandemia, y también para anticipar las consecuencias socio-económicas y político-culturales.

La comisión, que es multidisciplinar y en la cual trabajan distintos organismos de la Santa Sede, está compuesta por cinco grupos de trabajo.

El primer grupo, en colaboración con Caritas Internationalis, interactúa con las iglesias locales para entender cómo están reaccionando y cuáles son sus necesidades más urgentes, proporcionando algún gesto simbólico de caridad en nombre de la Santa Sede.

El Grupo de Trabajo 2 se ocupa del análisis sobre el mundo post-Covid-19, teniendo en cuenta la dimensión ecológica, económica (particularmente el trabajo), los sistemas de salud, y la seguridad (nacional, cibernética y alimentaria), y alimenta a los demás grupos con su reflexión y líneas de acción concretas.

Este grupo colabora con las Academias Pontificias para la Vida y para las Ciencias junto con diversas organizaciones y expertos que ya cooperan con el Dicasterio.

El tercer grupo, coordinado por el Dicasterio para la Comunicación, se ocupa de informar sobre la labor de la comisión.

El cuarto grupo, coordinado por la Secretaría de Estado, se ocupa de las relaciones con los países y los organismos internacionales.

El quinto grupo se encarga de buscar financiación para apoyar el trabajo de la Comisión y la ayuda a las iglesias locales.

Estamos trabajando contra reloj en el estudio y elaboración de propuestas concretas para ayudar a mitigar las consecuencias más urgentes de la pandemia y a configurar el post-COVID, futuro que se inicia ahora y estará condicionado por las decisiones que tomemos hoy.

Queremos ayudar a todos los que toman decisiones, para poder juntos construir un mundo más sano, con gente sana, instituciones sanas y un planeta sano.

¿Cree que es una oportunidad global para poner en práctica esa “Iglesia en salida” que reclama el papa Francisco?

AZ: Sí, esta es una oportunidad para que la Iglesia se haga más presente y acompañe al mundo en medio de tanto sufrimiento. Es la Iglesia que sale, que se arremanga y se embarra, para dar esperanza, abrazando a todos, especialmente a los más pobres.

Tal como afirma el Santo Padre en Querida Amazonia, la Iglesia no debe recluirse dentro de su propia identidad ni temerle a la interacción intercultural y religiosa o a la conversión eclesial que éstas puedan producir.

Hoy queremos ayudar a afrontar y superar esta multiplicidad de crisis, la sanitaria, la económico-social y la político-cultural, con nuestra fe y lo mejor de nuestra tradición, pero junto a la ciencia, a movimientos sociales y organismos públicos de todo el mundo.

La pandemia es terrible, pero trae consigo una oportunidad para construir una sociedad más inclusiva, pacífica y sostenible.

Más allá de las consecuencias tremendas en términos sanitarios, el mundo del trabajo sufrirá también consecuencias que, en forma momentánea, la OIT estimó en el equivalente a la pérdida de 195 millones de puestos de trabajo en el mundo. ¿Cuáles son las líneas de acción que puede asumir el Dicasterio en esa dirección?

AZ: Las líneas que propone la Comisión en estudios y análisis serios, y van desde sugerencias a organismos internacionales o naciones, hasta pautas de acción para la Iglesia, siempre considerando las particularidades de cada región del planeta. El grupo de economía actualmente está trabajando sobre la temática del trabajo, analizándolo desde diversos ángulos.

Partimos de quiénes son los grupos más vulnerables y afectados por la crisis del Coronavirus, y entonces estudiamos qué herramientas –en materia financiera y provisión de servicios, por ejemplo- se pueden poner a su disposición para superar la pandemia, como la reducción o condonación de deudas o algún mecanismo de salario básico universal.

Pero el grupo también trabaja sobre el problema sistémico de la economía actual, como la desigualdad, o una economía basada en valoraciones financieras alejadas de valores sociales, o una economía que fomenta un crecimiento irresponsablemente dañino para el medio ambiente, hipotecando el futuro de todos.

La recuperación de la pandemia debe incluir la generación de empleo, por supuesto, pero es tiempo que generemos empleo que sea “generativo” de vida, de vida digna para quienes trabajan, de vida sana para el resto y para la creación. Y se puede. Nada de dejarnos vencer por la tentación de creer que esto es utópico.

Estudios científicos, económicos, y socio-políticos demuestran que se puede. Hay además iniciativas concretas. Sólo se requiere juntar fuerzas para despertarnos de esta pesadilla del coronavirus y poner todas nuestras fuerzas en un nuevo mundo más justo, solidario y sostenible

En el mundo afloran tanto reacciones de solidaridad entre países, con envíos de ayuda humanitaria a veces de un continente a otro, con otras posturas más del estilo “sálvese quien pueda”. Según su opinión, ¿tenemos que pensar en que la post-pandemia producirá más reacciones de solidaridad o fomentará la construcción de más puentes que muros?

AZ: Indudablemente, la pandemia del COVID-19 cambiará el orden y el sistema mundial. Nuestra tarea es intentar que sea para mejor.  Antes del estallido de la crisis, ya se advertía un escenario mundial complejo, contrario al multilateralismo y favorable a los nacionalismos, más muros y menos puentes; el riesgo es que éstos se agudicen.

Es cierto que en una crisis siempre sale lo peor y lo mejor de nosotros. Estamos siendo testigos de muchísimos gestos de solidaridad, tanto de personas como de organizaciones y países. Mucha gente, con la distancia social, está descubriendo cuánto necesitamos de nuestras relaciones.

La gente está más pendiente de sus vecinos que viven solos, de los ancianos que no pueden ir a hacer sus compras, de aquellos que trabajan por nosotros para mantener nuestra sociedad funcionando, especialmente los trabajadores de la salud.

Muchos otros están redescubriendo el valor de la naturaleza, aun los que viven en grandes ciudades -escuchamos los cantos de los pájaros, respiramos aire más puro, vemos pequeños animales retornar sin miedo. Países enteros han preferido priorizar la salud de sus ciudadanos por sobre otros valores, algo muy noble.

Todos estos gestos nos dan esperanza, no hay que menospreciarlos. La fuerza del amor siempre es más fuerte que la del odio. Y el amor y la solidaridad son contagiosos también.

Como dijo el Papa en su mensaje de Pascua, este no es el momento para la indiferencia, la división, el egoísmo o el olvido, porque el mundo entero está sufriendo y debemos mantenernos unidos para poder afrontar esta crisis. De aquí no salimos si no es juntos.

La pandemia de coronavirus encuentra al Dicasterio en medio de una importante producción teórica, acumulada tras las experiencias en Davos y otros foros, y de cara al encuentro sobre “Economía de Francisco” que se iba a realizar en Asís en marzo. En relación también con la pregunta anterior, ¿piensa que la pandemia generará una oportunidad de pensar en concretizar algunos de esos planteos?

AZ: Claro, la pandemia ha revelado las debilidades y desigualdades inherentes en nuestras estructuras sociales y económicas de las cuales se ha hablado reiteradamente en foros como los mencionados, lo cual aumenta nuestra urgencia para erradicarlos.

Como dijo el Papa en su mensaje del 27 de marzo, “La tempestad desenmascara nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto esas falsas y superfluas seguridades con las que habíamos construido nuestras agendas, nuestros proyectos, rutinas y prioridades”.

En Davos 2020 se habló mucho del paso de una economía de “shareholders” (accionistas en busca de dividendos) a una de “stakeholders” (un crecimiento que tenga en cuenta a todos los agentes afectados por una actividad económica determinada).

Se habló mucho de la transición energética, de una economía basada en combustibles fósiles a una basada en energía renovable. Ahora es tiempo de ayudar a que estos “pasos” o transiciones ocurran. Es tiempo de más acción y menos discusiones; es tiempo de iniciar esta década de cambio sistémico y radical, para el bien de la humanidad y de las generaciones que nos siguen.

Los jóvenes que iban a venir a la Economía de Francisco están trabajando a full en estos temas, aportando sus ideas y su pasión para una economía inclusiva y respetuosa de la Casa Común.

A raíz del liderazgo moral que ejerce el papa Francisco en el mundo, reforzado en estos momentos según la mayoría de los analistas a partir del silencio de muchos organismos multilaterales y de bloques regionales, ¿cree que es el Vaticano un actor empoderado para sentarse a hablar ‘de igual a igual’ con los poderes fácticos económicos (privados, estatales o empresariales) para tratar de impulsar la “economía para servir”?

Históricamente, la Iglesia ha sido propulsora de cooperación internacional y ha ejercido cierto liderazgo moral en el mundo. Por ejemplo, el rol de la Iglesia ha ayudado a prevenir guerras (e.g. la de Argentina y Chile en los 70s), o a defender a los trabajadores explotados en la primera revolución industrial.

Hoy contamos con el liderazgo de Francisco, que es muy importante, tanto que mucha gente, dentro y fuera de la Iglesia, quiere colaborar y apoyar para crear una economía que sirve y no mata. La lucha contra el virus nos ayuda a valorar la vida, y por lo tanto nuestras actitudes, instituciones y sistemas (incluyendo el económico) deben –y pueden- enfocarse en privilegiar el valor de la vida.

La Comisión Vaticana para el Covid-19 ciertamente tratará de generar sinergias entre diversos actores sociales alrededor del mundo para promover el bien común.

La pandemia, y la de algún modo “reconstrucción” que podría generar en algunas relaciones a nivel global, parece ser también una oportunidad para incorporar a todo el debate económico que vendrá, de una vez por todas, la faceta ambiental, siguiendo la línea de la “integralidad” que marca el Santo Padre desde Laudato si’. ¿Cree que es el momento de incorporar esa visión?  

AZ: El tiempo que vivimos se nos presenta como una oportunidad para promover la “ecología integral” explicada en Laudato Si’, es decir, para abordar integralmente lo que está unido, los temas sociales y ambientales. La actual no es solamente una crisis de salud, sino también una crisis económica, ecológica, de seguridad -alimentaria, ciberseguridad-, y política.

Y por ser una crisis integral no hay una simple solución. El único modo de abordarla es reconociendo su complejidad y por lo tanto hacerlo de manera integral. Si la respuesta al COVID no emerge desde una metodología y perspectiva integral, seguramente nos esperan más crisis similares a esta hasta que aprendamos a cuidarnos y a cuidar nuestra Casa Común. Hay esperanza.

La gente está comprendiendo que se puede vivir simplemente, y que los cambios radicales son posibles, tanto que países enteros han cerrado. También estamos comprendiendo que nuestro destino depende de la salud del ecosistema global.

Una familia global sana requiere de un planeta sano. Y gente sana en un planeta sano puede diseñar o moldear instituciones sanas. A problemas nuevos, soluciones nuevas: vino nuevo, odres nuevos, dice la Biblia. La ecología integral es uno de esos odres nuevos.

https://www.religiondigital.org/corresponsal_en_el_vaticano-_hernan_reyes_alcaide/Augusto-Zampini-pandemia-cambiara-intentar_7_2228547124.html


Trump congela la financiación a la OMS por su gestión del coronavirus

abril 16, 2020

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El presidente Donald Trump congela la financiación a la OMS

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Trump congela la financiación a la OMS por su gestión del coronavirus

La organización «no cumplió en sus obligaciones básicas» y «no fue capaz de obtener y compartir información sobre la epidemia a tiempo y con transparencia», según ha manifestado el presidente de EE.UU.

Por Javier Ansorena, corresponsal en Nueva York. Actualizado 15, abril, 2020

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Donald Trump ha confeccionado una lista amplia de cabezas de turco en el impacto de la epidemia de coronavirus en EE.UU., el país más afectado con más de 600.000 contagios y casi 26.000 muertos.

El presidente de EE.UU., al que se le acusa de una reacción tardía frente a la expansión de la epidemia, ha responsabilizado a China, al Gobierno de Barack Obama o a los gobernadores de los estados del país.

En los últimos días, ha centrado las culpas en la Organización Mundial de la Salud (OMS). Este martes, anunció que EE.UU. suspende la financiación a la organización internacional por su gestión de la pandemia.

La OMS, en su opinión, «no cumplió en sus obligaciones básicas» y «no fue capaz de obtener y compartir información sobre la epidemia a tiempo y con transparencia».

Trump cumplió así con la amenaza de la semana pasada, en la que advirtió con el congelamiento de fondos, y calificó a la OMS de «chino-céntrica».

Ahora, dijo, la financiación estará sujeta a una revisión de la actuación de la OMS que se ejecutará entre los próximos 60 y 90 días.

El año pasado, las contribuciones de EE.UU. supusieron una quinta parte de los 4.400 millones de dólares del presupuesto de la OMS.

Buena parte de la defensa de Trump sobre su gestión de la epidemia tiene que ver con la prohibición de viajes desde China que decretó el 31 de enero.

El presidente de EE.UU. acusó a la OMS de haberse posicionado contra las decisiones de cerrar fronteras y que su medida salvó «miles y miles de vidas», mientras que la postura de la organización internacional multiplicó «por veinte» los casos en el mundo.

También denunció a la OMS por confiar en la información proporcionada por China, a quien se ha acusado de falsear y ocultar datos sobre el brote en Wuhan y la expansión por el resto del país.

«La OMS fracasó a la hora de investigar informaciones creíbles de fuentes en Wuhan que contradecían directamente a las autoridades chinas», dijo Trump.

La OMS «aceptó voluntariamente lo que decía China» y «defendió sus acciones, incluso alabando a lo que calificó como transparencia».

Pero el propio Trump, en un mensaje de Twitter del 24 de enero, cuando la epidemia asolaba China y EE.UU. ya había registrado un caso, aseguró que el gigante asiático estaba trabajando «muy duro para contener el coronavirus» y que EE.UU. «aprecia enormemente sus esfuerzos y su transparencia».

La presidenta de la Asociación Médica de EE.UU., Patrice Harris, aseguró que cortar la financiación a la OMS «en lugar de centrarse en las soluciones, es una decisión peligrosa en un momento precario».


Experto de la OMS: «España no tiene la tasa más elevada de mortalidad por casualidad»

abril 15, 2020

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La UME realiza labores de desinfección en la estación de trenes de Granada, donde también llevan a cabo actuaciones de control e información a la ciudadanía para evitar la propagación del coronavirus.

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Experto de la OMS: «España no tiene la tasa más elevada de mortalidad por casualidad»

La organización advierte de que habrá una «nueva realidad» al menos hasta que haya vacuna, en unos 18 meses

Por María Teresa Benítez de Lugo. Ginebra. Actualizado, 15 abril 2020.

https://www.abc.es/autor/maria-teresa-benitez-de-lugo-1578/

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Las cifras de víctimas por coronavirus en España son inquietantes y, según expertos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), «no son fruto de la casualidad». Afirman que habría que analizar con detalle la capacidad del sistema sanitario español para enfrentarse con una situación de urgencia sanitaria como la provocada por el Covid-19.

De acuerdo con declaraciones hechas por el doctor español Pedro Alonso, director del Programa Mundial de la Malaria en la OMS, a la cadena SER, la pandemia de Covid-19 tiene la particularidad de «potencialmente definir nuestro futuro, cosa que no ocurre en el caso de otras enfermedades como la malaria».

En España las consecuencias de la pandemia son dramáticas y las cifras de víctimas no hacen sino aumentar, con más de 18.000 fallecidos y 172.000 casos de infección por Covid-19. Aunque es pronto para hacer un balance sobre esta pandemia habrá un antes y un después.

De acuerdo con Alonso, no hay que designar culpables sino hacer «evaluaciones independientes de lo que ha ocurrido y por qué ha ocurrido, con el objetivo de que no vuelva a pasar».

El epidemiólogo afirmó que aunque era «evidente» que el virus se había propagado en China con rapidez, las autoridades occidentales no valoraron el peligro de expansión mundial.

Durante la entrevista, Alonso comentó que en el caso preciso de Europa «se pensó que cada uno podía salvarse por su cuenta», sin tener en cuenta el principio de «solidaridad» tan repetido por la agencia sanitaria de la ONU y más concretamente por su director general, Tedros Adhanom Ghebreyesus.

«Todos tenemos un papel que jugar en esta pandemia y sólo la venceremos juntos», repite el dirigente de la OMS cada vez que comparece ante la prensa.

En los últimos días, Tedros ha eliminado de su discurso los mensajes de esperanza; al principio hablaba de que «podíamos cambiar la trayectoria de la pandemia».

Ahora la OMS habla de la mortalidad de un virus, que mata diez veces más que el de la pandemia de gripe A, H1N1, en 2009.

Un virus cuyo comportamiento los científicos comienzan a conocer y para el que no existe tratamiento ni vacuna. Por ahora, las medidas más eficaces son el rastreo de contactos y las pruebas de diagnóstico.

Los expertos de la OMS aseguran también que la población tiene que acostumbrarse a una «nueva realidad», al menos hasta que la vacuna esté lista dentro de unos dieciocho meses, porque este virus no va a desaparecer, y hasta que no haya más de la mitad de la población mundial inmunizada contra él, seguirá circulando con rapidez.

La agencia sanitaria de la ONU advierte que, ante la ausencia de una vacuna, tenemos que estar preparados para defender a los más vulnerables y aprender cómo interrumpir la transmisión.

Además, tendremos que intentar encontrar respuesta a cuestiones sobre el virus, como la de la inmunidad de los infectados, para las que no tenemos respuesta.

Por el momento, las mascarillas son una opción pero eso no significa que con ellas se puede hacer lo que se quiera.

De acuerdo con la OMS, sólo las pruebas de diagnóstico a gran escala permitirían controlar la epidemia ya que al detectar los casos de infectados se podrían aislar e interrumpir la cadena de transmisión de este coronavirus.


Grandes preguntas

abril 14, 2020

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«China ha causado este desastre, pero ahora quiere llevarse el mérito de salvarnos exportando test, muchos de los cuales no funcionan, y mascarillas».

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Grandes preguntas

Por Luis Ventoso, Director Adjunto. Actualizado 13.04.2020

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Niall Ferguson, historiador escocés afincado en Estados Unidos, me ganó en 2011 con su libro «Civilización» y desde entonces le sigo. Allí explicaba con clarividencia cómo los europeos, un atajo de brutos en el Medievo comparados con civilizaciones como la china, se erigieron contra pronóstico en señores del mundo a partir de 1500.

Ferguson atribuía su triunfo a lo que parafraseando el lenguaje informático llama «cinco aplicaciones letales»: la competencia entre los estados-nación, germen del capitalismo; el imperio de la ley, la ciencia, la medicina, el consumo y la ética de trabajo.

Europa empieza a pagar el haber olvidado dos de esas herramientas: la inventiva y la laboriosidad.

A Ferguson le anda hoy en la cabeza el rol del régimen chino ante el Covid-19. No se anda con pasteleos: «China ha causado este desastre, pero ahora quiere llevarse el mérito de salvarnos exportando test, muchos de los cuales no funcionan, y mascarillas».

Recuerda la campaña de desinformación del Ministerio de Exteriores chino, que aseguró que soldados estadounidenses fueron quienes llevaron el virus a Wuhan. El historiador lanza varias preguntas interesantes al Gobierno chino, que por supuesto jamás serán respondidas.

La primera es qué pasó exactamente en Wuhan. Si todo se generó en un mercado de alimentación insalubre, como dicen, las autoridades fallaron al no cerrarlo en hora; pero si el virus se fugó del imponente laboratorio de virología sito en la metrópoli, peor.

La segunda pregunta es por qué con 104 casos y 15 muertos entre el 12 de diciembre y finales de ese mes, el día 31 el Gobierno chino afirmó que no había «una clara evidencia de transmisión entre humanos», tesis que mantuvo hasta el 20 de enero.

Tras expandirse el virus desde Wuhan a toda Hubei, las autoridades aislaron la provincia del resto de China, ¿por qué no aislaron también a Hubei del resto del mundo?

Ferguson recuerda que en enero, y en algunos casos todavía en febrero, seguían despegando vuelos directos desde Wuhan a Londres, París, Roma, Nueva York… Pero ahora China prohíbe la entrada a extranjeros para protegerse. ¿Por qué ese cambio de enfoque?

Por último, pregunta por el paradero de dos críticos que se han volatilizado: el importante empresario Ren Zhi Quiang, que afeó la gestión de Xi, y la doctora Ai Fen, facultativa en Wuhan, que alertó tempranamente del virus.

China debe respuestas al mundo y también una contabilidad sincera de contagios y muertos, pues sus cifras resultan inverosímiles para un país de 1.400 millones de habitantes que fue el primero en enfrentarse a un nuevo virus.

Faltan además aclaraciones sobre la exportación de material defectuoso, que no solo ha ocurrido en España. Holanda ha devuelto mascarillas y la República Checa asegura que el 80% de sus test chinos no funcionan.

Pero este debate no existe para la izquierda española. El problema es Trump, y no la mayor dictadura del planeta.

China fabrica la mitad de los coches del mundo, el 80% de los ordenadores, el 90% de los teléfonos y pronto estará en las tripas de nuestra seguridad a través del 5G. Si quiere seguir pintando algo, Europa tendría que plantearse muchas cosas.

Luis VentosoLuis Ventoso. Director Adjunto

El Papa Francisco, en ABC: «Resérvense para mejores tiempos porque entonces recordar esta crisis nos ayudará»

abril 9, 2020

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¿Cómo vivo el confinamiento? Rezo más, porque creo que debo hacerlo, y pienso en la gente. Es algo que me preocupa: la gente.

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El Papa Francisco, en ABC: «Resérvense para mejores tiempos porque entonces recordar esta crisis nos ayudará»

El Santo Padre concede su primera entrevista sobre la crisis mundial causada por el coronavirus al escritor y periodista británico Austen Ivereigh. La entrevista, dirigida al mundo, se publica en cuatro medios: «The Tablet» (Londres), «Commonweal» (Nueva York) y «La Civiltà Cattolica» (Roma). ABC ofrece la conversación original que el periodista envía por escrito y el Pontífice contesta en español.

Austen Ivereigh. Ciudad del Vaticano

El Papa Francisco ha concedido su primera entrevista extensa sobre la crisis mundial causada por la pandemia de coronavirus al escritor y periodista británico Austen Ivereigh, autor de la biografía de referencia, «El Gran Reformador» (Ediciones B, Madrid, 2015), y del mejor libro sobre el pontificado, «Wounded Sepherd («Pastor herido» (Holt, Nueva York, 2019).

La entrevista, dirigida al mundo anglosajón, se publica hoy -ayer- simultáneamente en «The Tablet» (Londres) y «Commonweal» (Nueva York). Por gentileza de Austen Ivereigh y del Papa FranciscoABC ofrece en exclusiva el texto original en español.

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Hacia finales de marzo le sugerí al Papa Francisco que quizá era un buen momento para dirigirse al mundo. La pandemia que tanto había afectado a Italia y España llegaba también al Reino Unido, Estados Unidos y Australia.
Sin prometer nada, me pidió que le enviara las preguntas. Elegí seis temas: cada uno incluía una serie de preguntas que él podía contestar (o no) como le pareciera mejor. Después de una semana recibí una comunicación de que había grabado unas reflexiones en torno a mis preguntas. La entrevista fue en español.

Santo Padre, ¿cómo está viviendo la pandemia y encierro, tanto en la Casa Santa Marta como el Vaticano en general, en lo práctico y en lo espiritual?

La Curia trata de sacar adelante el trabajo, de vivir normalmente, organizándose por turnos para que no toda la gente esté junta en el mismo momento. Una cosa bien pensada. Mantenemos las medidas establecidas por las autoridades sanitarias.

Aquí en Casa Santa Marta se han hecho dos turnos de comida, que ayudan bastante a aliviar el impacto. Cada uno trabaja en su oficina o desde su habitación con medios digitales. Todo el mundo está trabajando; aquí no hay ociosos.

¿Cómo lo vivo yo espiritualmente? Rezo más, porque creo que debo hacerlo, y pienso en la gente. Es algo que me preocupa: la gente. Pensar en la gente a mí me unge, me hace bien, me saca del egoísmo. Por supuesto tengo mis egoísmos: el martes viene el confesor, o sea que ahí arreglo las otras cosas.

Pienso en mis responsabilidades de ahora y ya para el después. ¿Cuál va a ser mi servicio como obispo de Roma, como cabeza de la Iglesia, en el después?

Este después ya empezó a mostrar que va a ser un después trágico, un después doloroso, por eso conviene pensar desde ahora. Se ha organizado a través del Dicasterio del Desarrollo Humano Integral una comisión que trabaja en esto y se reúne conmigo.

La gran preocupación mía –al menos la que siento en la oración– es cómo acompañar al pueblo de Dios y estar más cercano a él.

Este es el significado de la misa de las siete de la mañana en «streaming» (o retransmitida en directo), que mucha gente sigue y se siente acompañada; de algunas intervenciones mías, y del acto del 27 de marzo en la plaza de San Pedro.

Y de un trabajo bastante intenso a través de la Limosnería Apostólica, de presencia para acompañar las situaciones de hambre y enfermedad. Estoy viviendo este momento con mucha incertidumbre. Es un momento de mucha inventiva, de creatividad.

Hay una novela italiana del siglo XIX muy querida por usted, que ha mencionado varias veces recientemente: «I Promessi Sposi» («Los novios») de Alessandro Manzoni.

El drama de la novela se centra en la peste de Milán de 1630. Hay varios personajes del clero: el cura cobarde Don Abundio, el santo cardenal arzobispo Borromeo, y los frailes capuchinos que sirven en el «lazareto», una especie de hospital de campaña donde los contagiados son rigurosamente separados de los sanos.

A la luz de la novela, ¿cómo ve el Papa la misión de la Iglesia en el contexto de la enfermedad Covid-19?

El cardenal Federico Borromeo realmente es un héroe de esa peste de Milán. Pero en uno de los capítulos se dice que pasó a saludar a un pueblo pero con la ventanilla del carruaje cerrada, quizá para protegerse. A la gente no le cayó muy bien. El pueblo de Dios necesita que el pastor esté cerca, que no se cuide demasiado.

Hoy el pueblo de Dios necesita el pastor muy cerca, con la abnegación que tenían los capuchinos, que estaban cerca. La creatividad del cristiano se tiene que manifestar en abrir horizontes nuevos, en abrir ventanas, abrir transcendencia hacia Dios y hacia los hombres, y redimensionarse en la casa.

No es fácil estar encerrado en casa. Me viene a la mente un verso de la Eneida en medio de la derrota: el consejo de no bajar los brazos. Resérvense para mejores tiempos, porque en esos tiempos recordar esto que ha pasado nos ayudará. Cuídense para un futuro que va a venir.

Y cuando llegue ese futuro, recordar lo que ha pasado les va a hacer bien. Cuidar el ahora, pero para el mañana. Todo esto con la creatividad. Una creatividad sencilla, que todos los días inventa. Dentro del hogar no es difícil descubrirla. Pero no huir, escaparse en alienaciones, que en este momento no sirven.

En relación a las políticas del estado en respuesta a la crisis, mientras la cuarentena masiva ha sido una señal de que algunos gobiernos están dispuestos a sacrificar el bienestar económico para beneficio de los más vulnerables, igualmente pone al descubierto el nivel de exclusión que antes se consideraba normal y aceptable.

Es cierto, algunos gobiernos han tomado medidas ejemplares con prioridades bien señaladas para defender a la población. Pero nos vamos dando cuenta de que todo nuestro pensamiento, nos guste o no nos guste, está estructurado en torno a la economía. En el mundo de las finanzas parece que es normal sacrificar. Una política de la cultura del descarte. Desde el principio al fin.

Pienso, por ejemplo, en la selectividad prenatal. Hoy día es muy difícil encontrar personas con síndrome de Down por la calle. Cuando la tomografía los ve, los mandan al remitente. Una cultura de la eutanasia, legal o encubierta, en que al anciano se le dan las medicinas hasta un cierto punto.

Me viene a la mente la encíclica del Papa Pablo VI, la Humanae Vitae. La gran queja de los pastoralistas de la época se centraba en la píldora. Y no se dieron cuenta de la fuerza profética de esa encíclica, que era adelantarse al neomaltusianismo que se venía preparando para todo el mundo. Es una alerta de Pablo VI ante esa onda de neomaltusianismo.

Lo vemos en la selección de la gente según la posibilidad de producir, de ser útil: la cultura del descarte. Los sin techo siguen siendo sin techo. Salió una fotografía el otro día de Las Vegas donde eran puestos en cuarentena en una plaza de estacionamiento. Y los hoteles estaban vacíos. Pero un sin techo no puede ir a un hotel. Ahí se ve ya en funcionamiento la teoría del descarte.

¿Se puede entender la crisis y su impacto económico como una oportunidad de una conversión ecológica, de revisar prioridades y nuestros modos de vivir? ¿Ve posibilidad de una sociedad y economía menos líquidas y más humanas?

Hay un dicho español: Dios perdona siempre, nosotros de vez en cuando, la naturaleza nunca. Las catástrofes parciales no fueron atendidas. Hoy día, ¿quién habla de los incendios de Australia? ¿De que hace un año y medio un barco cruzó el Polo Norte porque se podía navegar porque se habían disuelto los glaciares? ¿Quién habla de inundaciones? No sé si es la venganza, pero es la respuesta de la naturaleza.

Tenemos una memoria selectiva. Sobre esto quisiera insistir. Me impresionó cuando se celebró el 70 aniversario del desembarco en Normandía. Había gente de primer nivel de la política y la cultura internacional. Y festejaban. Es verdad que fue el comienzo del fin de la dictadura, pero ninguno se acordaba de los 10.000 muchachos que quedaron en esa playa.

Cuando fui a Redipuglia en el centenario del fin de la Primera Guerra Mundial se veía un bonito monumento y nombres en la piedra, nada más. Yo lloré pensando en Benedicto XV (que se refirió a la Primera Guerra Mundial como «una matanza inútil») y lo mismo en Anzio el día de los difuntos; en todos los soldados norteamericanos allí sepultados. Cada uno tenía una familia, cada uno podía ser yo.

Hoy aquí en Europa cuando se comienza a escuchar discursos populistas o decisiones políticas de ese tipo selectivo no es difícil recordar los discursos de Hitler de 1933, que eran más o menos lo mismo que los discursos de algún político europeo de hoy.

Me viene otra vez a la mente un verso de Virgilio: «Meminisce iuvavit». Recuperar la memoria, porque la memoria nos va a ayudar. Este es un tiempo para recuperar memoria. No es la primera peste de la humanidad. Las otras pasaron a ser anécdotas. Debemos recuperar la memoria de las raíces, de la tradición, que es memoriosa.

En los Ejercicios de San Ignacio, la primera semana, y la contemplación para alcanzar el amor en la cuarta semana, están totalmente signadas por la memoria. Es una conversión con la memoria.

Esta crisis nos afecta a todos: a ricos y a pobres. Es una llamada de atención contra la hipocresía. A mí me preocupa la hipocresía de ciertos personajes políticos que hablan de sumarse a la crisis, que hablan del hambre en el mundo, y mientras hablan de eso fabrican armas.

Es el momento de convertirnos de esa hipocresía funcional. Este es un tiempo de coherencia. O somos coherentes o perdimos todo.

Usted me pregunta sobre la conversión. Toda crisis es un peligro pero también una oportunidad. Y es la oportunidad de salir del peligro. Hoy creo que tenemos que desacelerar un determinado ritmo de consumo y de producción (Laudato si, 191) y aprender a comprender y a contemplar la naturaleza.

Y reconectarnos con nuestro entorno real. Esta es una oportunidad de conversión. Sí, veo signos iniciales de conversión a una economía menos líquida, más humana. Pero que no perdamos la memoria una vez que pasó esto, no archivarlo y volver a donde estábamos.

Este es el momento de dar el paso. Es pasar del uso y el mal uso de la naturaleza, a la contemplación. Los hombres hemos perdido la dimensión de la contemplación; tenemos que recuperarla.

El momento del pobre

Y hablando de contemplación, quisiera detenerme en un punto: es el momento de ver al pobre. Jesús nos dice que «a los pobres los tendréis siempre con vosotros». Y es verdad. Es una realidad, no podemos negarlo. Están ocultos, porque la pobreza es pudorosa.

En Roma, en medio de esta cuarentena, un policía le dijo a un hombre: «No puede estar en la calle, tiene que ir a su casa». La respuesta fue: «No tengo casa. Yo vivo en la calle».

Descubrir esa cantidad de gente que se margina… y como la pobreza es pudorosa, no la vemos. Están ahí, pasamos al lado pero no los vemos. Son parte del paisaje, son cosas. Santa Teresa de Calcuta los vio y se animó a empezar un camino de conversión.

Ver a los pobres significa devolverles la humanidad. No son cosas, no son descarte, son personas. No podemos hacer una política asistencialista como hacemos con los animales abandonados. Y muchas veces se trata a los pobres como animales abandonados. No podemos hacer una política asistencialista parcial.

Me atrevo a dar un consejo. Es la hora de descender al subsuelo. Es conocida la novela corta de Dostoievski, «Memorias del subsuelo». En otro relato más breve, «Memorias de la casa muerta», los guardias de un hospital carcelario trataban a los presos pobres como cosas. Y viendo cómo trataban a uno que acababa de morir, otro de los presos les dijo: «¡Basta! ¡Ese hombre también tenía madre!».

Decirnos muchas veces: ese pobre tuvo una madre que lo crió con amor. Después, en la vida no sabemos lo que pasó. Pero pensar en ese amor que recibió, en la ilusión de una madre, ayuda. Nosotros a los pobres no les damos derecho a soñar con su madre. No saben lo que es cariño, muchos viven drogados.

Y ver eso nos puede ayudar a descubrir la piedad, la pietas que es una dimensión hacia Dios y hacia el prójimo. Descender al subsuelo, y pasar de la sociedad hipervirtualizada, sin carne, a la carne sufriente del pobre. Es una conversión que tenemos que hacer. Y si no empezamos por ahí, la conversión no va a andar.

Servidores esenciales

Pienso en los santos de la puerta de al lado en este momento difícil. ¡Son héroes! Médicos, religiosas, sacerdotes, operarios que cumplen con los deberes para que la sociedad funcione. ¡Cuántos médicos y enfermeros han muerto! ¡Cuántos sacerdotes, cuántas religiosas han muerto! Sirviendo.

Me viene a la mente una frase que decía el sastre, a mi juicio una de las personas mas simples pero coherentes de «I promessi sposi». Decía: «Non ho mai trovato que il Signore abbia cominciato un miracolo senza finirlo bene» («No he visto nunca que Dios comience un milagro y no lo termine bien»).

Si reconocemos este milagro de los santos de al lado, de estos hombres y mujeres héroes, si sabemos seguir estas huellas, este milagro terminará bien, para bien de todos. Dios no deja las cosas a mitad de camino. Somos nosotros los que las dejamos y nos vamos.

Es un lugar de metanoia (conversión) lo que estamos viviendo, y es la oportunidad de hacerlo. Hagámonos cargo y sigamos adelante.

¿Veremos una Iglesia aferrada a las instituciones, más «home Church», como se dice en el mundo anglosajón?

¿Menos aferrada a las instituciones? Yo diría a los esquemas. Porque la Iglesia es institución. La tentación consiste en soñar en una Iglesia desinstitucionalizada, por ejemplo, una Iglesia gnóstica sin instituciones, o sujeta a instituciones fijas, que la protejan, que es una Iglesia pelagiana.

Quien hace la Iglesia institución es el Espíritu Santo. Que no es ni gnóstico ni pelagiano. Él institucionaliza la Iglesia. Es una dinámica alternativa y complementaria, porque el Espíritu Santo provoca desorden con los carismas, pero en ese desorden crea armonía.

Iglesia libre no quiere decir una Iglesia anárquica, porque la libertad es don de Dios. Iglesia institucionalizada quiere decir Iglesia institucionalizada por el Espíritu Santo. Una tensión entre desorden y armonía: esa es la Iglesia que debe salir de la crisis. Tenemos que aprender a vivir en una Iglesia tensionante entre el desorden y la armonía que provoca el Espíritu Santo.

Si usted me pregunta qué libro de teología más le puede ayudar a entender esto son los Hechos de los Apóstoles. Ahí va a encontrar la manera en que el Espíritu Santo desinstitucionaliza lo que ya no sirve e institucionaliza el futuro de la Iglesia. Esta es la Iglesia que debe salir de la crisis.

Absolvió a todos

Me llamó por teléfono hace una semana un obispo italiano un poco angustiado que me decía que estaba recorriendo todos los hospitales queriendo dar la absolución a todos los que están adentro, desde el vestíbulo del hospital, pero había llamado a unos canonistas que le dijeron que no, que la absolución sólo se permite en un contacto directo.

—«¿Qué me dice usted, padre?», me preguntó el obispo.

—Le dije: «Monseñor, cumpla su deber sacerdotal».

—Y el obispo me dice: «Grazie, ho capito» («Gracias, he entendido»). Después supe que repartía absoluciones por todos lados.

O sea, es la libertad del Espíritu en ese momento frente a una crisis, y no una Iglesia cerrada en instituciones. Eso no quiere decir que no sea útil el derecho canónico: sí sirve, ayuda, y por favor usémoslo bien, que nos hace bien. Pero el último canon dice que todo el derecho canónico tiene sentido para la salvación de las almas.

Usted me pregunta sobre la «home Church». Tenemos que enfrentar el encierro con toda nuestra creatividad. O nos deprimimos, o nos alienamos –por ejemplo, con medios de comunicación que nos pueden llevar a realidades que nos sacan del momento–, o creamos.

En casa necesitamos creatividad apostólica, creatividad purificada de tantas cosas inútiles, pero con añoranza de poder expresar la fe en comunidad y como pueblo de Dios. O sea: encierro con añoranza, esa memoria que hace añoranza y provoca la esperanza nos tiene que ayudar a salir del encierro nuestro.

¿Cómo es vivir esta Cuaresma y Pascua tan extraordinarias? ¿Tiene algún mensaje particular para los ancianos aislados, los jóvenes encerrados, y los empobrecidos por la crisis?

Usted me habla de ancianos aislados. Soledad y distancia. ¡Cuántos ancianos hay a los que los hijos no los van a ver en tiempos normales! Recuerdo que en Buenos Aires cuando visitaba los geriátricos yo les preguntaba: ¿Y qué tal la familia? «Ah, sí, muy bien, muy bien». «¿Vienen?» «Sí, ¡vienen siempre!».

Luego la enfermera me decía que hacía seis meses que no iban los hijos a verlos. La soledad y el abandono, la distancia. Sin embargo los ancianos siguen siendo raíces. Y deben hablar con los jóvenes. Esa tensión entre viejos y jóvenes tiene que resolverse siempre en el encuentro.

Porque el joven es brote, follaje, pero necesita la raíz; si no, no puede dar fruto. El anciano es como raíz. Yo les diría a los ancianos de hoy: «Sé que sienten la muerte cerca y tienen miedo, pero miren para otro lado, recuerden a los nietos, y no dejen de soñar». Es lo que Dios les pide: soñar (Joel,3,1).

¿Qué les digo a los jóvenes? Anímense a mirar más adelante y sean profetas. Que el sueño de los ancianos corresponda a la profecía de ustedes. También Joel 3,1.

Los empobrecidos por la crisis son los despojados de hoy, que se suman a tantos despojados de siempre, hombres y mujeres cuyo estado civil es «despojado». Lo han perdido todo o van a perder todo. ¿Qué sentido tiene hoy el despojo para mí a la luz del Evangelio?

Entrar en el mundo de los despojados, entender que aquel que tenía, hoy ya no tiene. Lo que pido a la gente es que se hagan cargo de los ancianos y los jóvenes. Que se hagan cargo de la historia y de los despojados.

Y me viene a la mente otro verso de Virgilio cuando Eneas, derrotado en Troya, había perdido todo, y le quedaban dos caminos. O quedarse allí a llorar y terminar su vida, o aquello que tenía en el corazón de ir más adelante, subir al monte para salir de la guerra.

Es un verso precioso: «Cessi, et sublato montem genitore petivi». «Cedí a la resistencia, y cargando a mi papá a la espalda, subí al monte». Eso es lo que tenemos que hacer hoy en día: tomar las raíces de nuestras tradiciones y subir al monte.


Gobierno de China debe disculparse por epidemia de coronavirus, dice Cardenal

abril 3, 2020

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Xi Jinping, presidente de China. Crédito: Kremlin (CC BY 4.0)

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Gobierno de China debe disculparse por epidemia de coronavirus, dice Cardenal

Redacción ACI Prensa. 2 de abril de 2020 

El Cardenal Muang Bo, presidente de la federación de conferencias episcopales asiáticas, afirmó que el gobierno comunista de China le debe una disculpa y una compensación a quienes están sufriendo a causa de la pandemia del coronavirus, especialmente en los países pobres.

“El régimen chino, liderado por el todopoderoso Xi Jinping y el PCC (Partido Comunista de China) –no su gente– deben una disculpa y una compensación por toda la destrucción que ha causado el coronavirus”, escribió el también Arzobispo de Yangon (Myanmar) en un artículo publicado el 2 de abril en UCANews.

“China es un país con una gran y antigua civilización que ha contribuido mucho al mundo a través de la historia, pero su régimen es responsable, con su negligencia criminal y represión, por la pandemia que está barriendo nuestras calles hoy”, dijo el Purpurado.

“Permítanme ser claro: el PCC es el responsable, no el pueblo de China, y nadie debe responder a esta crisis con odio hacia los chinos. De hecho, el pueblo chino es la primera víctima de este virus y han sido las primeras víctimas de este régimen. Ellos merecen nuestra simpatía, nuestra solidaridad y nuestro apoyo. Son la represión, las mentiras y la corrupción del PCC los responsables”, indicó.

El Cardenal mencionó luego un claro ejemplo de personas que fueron silenciadas por el Partido Comunista Chino.

“Los médicos que trataron de dar la voz de alarma –como el Dr. Li Wenliang en el Wuhan Central Hospital, que lanzó la advertencia a sus compañeros médicos el 30 de diciembre– recibieron la orden de la policía de ‘dejar de hacer comentarios falsos’. El Dr. Li, oftalmólogo de 34 años, fue acusado de ‘difundir rumores’ y fue obligado por la policía a firmar una confesión. Luego murió a causa del coronavirus”, denunció el Purpurado.

Una de las críticas al régimen chino se refiere a la falta de información para la comunidad internacional sobre el coronavirus. El 1 de abril, el sitio web Bloomberg informó que la inteligencia de Estados Unidos descubrió evidencia sobre la desinformación de China sobre casos y muertes por coronavirus.

Esta manera de proceder del gobierno chino, lamentó el Cardenal Bo, ha contribuido a la expansión de la enfermedad, especialmente en los países pobres como el suyo.

“En mi país, Myanmar, somos muy vulnerables. Tenemos frontera con China, donde comenzó el COVID19, y somos una nación sin los recursos sociales ni médicos que sí poseen los países desarrollados”.

El Cardenal recordó que “los sistemas de salud en la mayoría de los países desarrollados están saturados. Así que imaginen los peligros en un país pobre y conflictuado como Myanmar”.

Diversos expertos en todo el mundo han alertado sobre las graves consecuencias económicas de la pandemia del coronavirus, como el crecimiento del desempleo.

El primer caso de la enfermedad se registró en Wuhan, en la provincia china de Hebei en diciembre de 2019. Ahora se ha esparcido por más de 200 países con más de un millón de casos y más de 50 mil fallecidos.

El Cardenal también pidió que China cancele las deudas que otros países tienen con ella, para así poder cubrir los costos de la epidemia del coronavirus.

Hace unos días el Cardenal filipino Luis Antonio Tagle, prefecto de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, pidió que los países ricos perdonen las deudas de los países pobres, que luchan por financiar una respuesta al coronavirus.

El Purpurado dijo que el dinero que los gobiernos gastan en militares y seguridad podría destinarse a mascarillas y ventiladores para hacer frente a la epidemia.

El Cardenal Bo señaló que existe una fuerte preocupación de que las estadísticas oficiales del régimen chino minimicen la escala de infección dentro del mismo país y, posteriormente, intenten acusar a otros países de haber generado la pandemia.

“Las mentiras y la propaganda han puesto en peligro millones de vidas en todo el mundo”, escribió el Purpurado.

El Cardenal Bo también denunció la persecución religiosa emprendida en los últimos años por el gobierno chino y lamentó que “Hong Kong, una de las ciudades más abiertas de Asia, haya visto sus libertades, los derechos humanos y la aplicación de la ley dramáticamente erosionados”.

“Los cristianos creemos en las palabras del apóstol Pablo cuando dice que ‘la verdad os hará libres’. La verdad y la libertad son dos pilares mellizos sobre los que nuestras naciones deben construir cimientos más seguros y fuertes”, concluyó.

Traducido y adaptado por Walter Sánchez Silva. Publicado originalmente en CNA

https://www.aciprensa.com/noticias/gobierno-de-china-debe-disculparse-por-epidemia-de-coronavirus-dice-cardenal-54883


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