La Eucaristía: Abre al futuro de Dios

julio 27, 2019

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La Eucaristía es la cumbre, aquí abajo, de la alianza de amor entre Dios y su pueblo: signo y fuente de alegría cristiana, preparación para la fiesta eterna.

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La Eucaristía: Abre al futuro de Dios

Catequesis sobre la Eucaristía

Audiencia General, S.S. Juan Pablo II
25 de octubre, 2000

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1. “En la liturgia terrena pregustamos y participamos en la liturgia celeste” (Sacrosanctum Concilium, 8; cf. Gaudium et spes, 38). Estas palabras tan claras y esenciales del concilio Vaticano II nos presentan una dimensión fundamental de la Eucaristía: es “futurae gloriae pignus”, prenda de la gloria futura, según una hermosa expresión de la tradición cristiana (cf. Sacrosanctum Concilium, 47).

“Este sacramento -afirma santo Tomás de Aquino- no nos introduce inmediatamente en la gloria, pero nos da la fuerza para llegar a la gloria y por eso se le llama “viático”” (Summa Theol., III, 79, 2, ad 1). La comunión con Cristo que vivimos ahora mientras somos peregrinos y caminantes por las sendas de la historia anticipa el encuentro supremo del día en que “seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es” (1 Jn 3, 2).

Elías, que, caminando por el desierto, se sienta sin fuerzas bajo una retama y es fortalecido por un pan misterioso hasta llegar a la cumbre del encuentro con Dios (cf. 1 R 19, 1-8) es un símbolo tradicional del itinerario de los fieles, que en el pan eucarístico encuentran la fuerza para caminar hacia la meta luminosa de la ciudad santa.

2. También este es el sentido profundo del maná dado por Dios en las estepas del Sinaí, “pan de los ángeles”, que podía brindar todas las delicias y satisfacer todos los gustos, manifestación de la dulzura de Dios para con sus hijos (cf. Sb 16, 20-21).

Cristo mismo pondrá de relieve este significado espiritual del evento del Éxodo. Es él quien nos hace gustar en la Eucaristía el doble sabor de pan del peregrino y de alimento de la plenitud mesiánica en la eternidad (cf. Is 25, 6). Utilizando una expresión dedicada a la liturgia sabática judía, la Eucaristía es “gustar la eternidad en el tiempo” (A. J. Heschel).

Como Cristo vivió en la carne permaneciendo en la gloria de Hijo de Dios, así la Eucaristía es presencia divina y trascendente, comunión con lo eterno, signo de la “compenetración de la ciudad terrena y la ciudad celeste” (Gaudium et spes, 40).

Por su naturaleza, la Eucaristía, memorial de la Pascua de Cristo, introduce lo eterno y lo infinito en la historia humana.

3. Las palabras que Jesús pronuncia sobre el cáliz del vino en la última Cena (cf. Lc 22, 20; 1 Co 11, 25) ilustran este aspecto que abre la Eucaristía al futuro de Dios, aun dejándola anclada en la realidad presente. San Marcos y san Mateo evocan en esas mismas palabras la alianza en la sangre de los sacrificios del Sinaí (cf. Mc 14, 24; Mt 26, 28; Ex 24, 8).

San Lucas y san Pablo, por el contrario, revelan el cumplimiento de la “nueva alianza” anunciada por el profeta Jeremías: “He aquí que vienen días -oráculo de Yahveh- en que yo pactaré con la casa de Israel, y con la casa de Judá, una nueva alianza; no como la alianza que pacté con sus padres” (Jr 31, 31-32).

En efecto, Jesús declara. “Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre”. “Nuevo”, en lengua bíblica, indica generalmente progreso, perfección definitiva.

Son también san Lucas y san Pablo quienes subrayan que la Eucaristía es anticipación del horizonte de luz gloriosa propia del reino de Dios. Antes de la última Cena, Jesús declara:

“Con ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer; porque os digo que ya no la comeré más hasta que halle su cumplimiento en el reino de Dios. Y, tomando el cáliz, dadas las gracias, dijo: Tomad esto y repartidlo entre vosotros; porque os digo que, a partir de este momento, no beberé del producto de la vid hasta que llegue el reino de Dios” (Lc 22, 15-18).

También san Pablo recuerda explícitamente que la cena eucarística está orientada hacia la última venida del Señor: “Cada vez que coméis este pan y bebéis este cáliz, anunciáis la muerte del Señor, hasta que venga” (1 Co 11, 26).

4. El cuarto evangelista, san Juan, destaca esta orientación de la Eucaristía hacia la plenitud del reino de Dios dentro del célebre discurso sobre el “pan de vida” que Jesús pronuncia en la sinagoga de Cafarnaúm. El símbolo que utiliza como punto de referencia bíblico es, como ya hemos mencionado, el del maná dado por Dios a Israel peregrino en el desierto.

A propósito de la Eucaristía Jesús afirma solemnemente: “Si uno come de este pan, vivirá para siempre (…). El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré el último día (…). Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron vuestros padres, y murieron; el que coma este pan vivirá para siempre” (Jn 6, 51. 54. 58).

La “vida eterna”, en el lenguaje del cuarto evangelio, es la misma vida divina que rebasa las fronteras del tiempo. La Eucaristía, al ser comunión con Cristo, es también participación en la vida de Dios, que es eterna y vence la muerte.

Por eso Jesús declara: “Esta es la voluntad del que me ha enviado; que no pierda nada de lo que él me ha dado, sino que lo resucite el último día. Porque esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que vea al Hijo y crea en él, tenga vida eterna y que yo lo resucite el último día” (Jn 6, 39-40).

5. Desde esta perspectiva, como decía sugestivamente un teólogo ruso, Sergej Bulgakov, “la liturgia es el cielo en la tierra”.

Por eso, en la carta apostólica Dies Domini, recogiendo palabras de Pablo VI, exhorté a los cristianos a no abandonar “este encuentro, este banquete que Cristo nos prepara con su amor. ¡Que la participación sea muy digna y festiva a la vez! Cristo, crucificado y glorificado, viene en medio de sus discípulos para conducirlos juntos a la renovación de su resurrección. Es la cumbre, aquí abajo, de la alianza de amor entre Dios y su pueblo: signo y fuente de alegría cristiana, preparación para la fiesta eterna” (n. 58; cf. Gaudete in Domino, conclusión).

Oraciones a la Eucaristía:

https://www.aciprensa.com/Oracion/papa8.htm


El maná de cada día, 28.6.19

junio 28, 2019

El Sagrado Corazón de Jesús, Solemnidad

Jornada mundial de oración por la santificación de los ministros ordenados
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El que tenga sed, que venga a mí

El que tenga sed, que venga a mí



Antífona de entrada: Sal 32, 11. 19

Los proyectos del corazón del Señor subsisten de edad en edad, para librar las vidas de sus fieles de la muerte y reanimarlos en tiempo de hambre.


Oración colecta

Dios todopoderoso, al celebrar hoy la solemnidad del Corazón de tu Hijo unigénito, recordamos los beneficios de su amor para con nosotros; concédenos recibir de esta fuente divina una inagotable abundancia de gracia. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: Deuteronomio 7, 6-11

Moisés habló al pueblo diciendo:

«Tú eres un pueblo santo para el Señor, tu Dios; el Señor, tu Dios, te eligió para que seas, entre todos los pueblos de la tierra, el pueblo de su propiedad.

Si el Señor se enamoró de vosotros y os eligió, no fue por ser vosotros más numerosos que los demás, pues sois el pueblo más pequeño, sino que, por puro amor a vosotros y por mantener el juramento que había hecho a vuestros padres, os sacó el Señor de Egipto con mano fuerte y os rescató de la casa de esclavitud, del poder del faraón, rey de Egipto.

Reconoce, pues, que el Señor, tu Dios, es Dios; él es el Dios fiel que mantiene su alianza y su favor con los que lo aman y observan sus preceptos, por mil generaciones.

Pero castiga en su propia persona a quien lo odia, acabando con él. No se hace esperar; a quien lo odia, lo castiga en su propia persona.

Observa, pues, el precepto, los mandatos y decretos que te mando hoy que cumplas».

SALMO 102, 1-2. 3-4. 6-7. 8 y 10

La misericordia del Señor dura siempre, para aquellos que lo temen.

Bendice, alma mía, al Señor, y todo mi ser a su santo nombre. Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides sus beneficios.

Él perdona todas tus culpas y cura todas tus enfermedades; el rescata tu vida de la fosa y te colma de gracia y de ternura.

El Señor hace justicia y defiende a todos los oprimidos; enseño sus caminos a Moisés y sus hazañas a los hijos de Israel.

El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia. No nos trata como merecen nuestros pecados ni nos paga según nuestras culpas.


SEGUNDA LECTURA: 1 Juan 4, 7-16

Queridos hermanos, amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios Y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor.

En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Unigénito, para que vivamos por medio de él.

En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados.

Queridos hermanos, si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros.

A Dios nadie lo ha visto nunca. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud.

En esto conocemos que permanecemos en él, y él en nosotros:
en que nos ha dado de su Espíritu. Y nosotros hemos visto y damos testimonio de que el Padre envió a su Hijo para ser Salvador del mundo.

Quien confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él, y él en Dios.

Y nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él. Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él.


ALELUYA: Mt 11, 29

Cargad con mi yugo y aprended de mí -dice el Señor-, que soy manso y humilde de corazón.


EVANGELIO: Mt 11, 25-30

En aquel tiempo, tomó la palabra Jesús y dijo:

«Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, así te ha parecido bien.

Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.

Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera».


Antífona de comunión: Jn 7, 37-38

Dice el Señor: El que tenga sed, que venga a mí; el que cree en mí, que beba. De sus entrañas, manarán torrentes de agua viva.


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EN TI ESTÁ LA FUENTE VIVA

San Buenaventura. Opúsculo 3, El árbol de la vida 29-30.4

Y tú, hombre redimido, considera quién, cuál y cuán grande es éste que está pendiente de la cruz por ti. Su muerte resucita a los muertos, su tránsito lo lloran los cielos y la tierra, y las mismas piedras, como movidas de compasión natural, se quebrantan. ¡Oh corazón humano, más duro eres que ellas, si con el recuerdo de tal víctima ni el temor te espanta, ni la compasión te mueve, ni la compunción te aflige, ni la piedad te ablanda!

Para que del costado de Cristo dormido en la cruz se formase la Iglesia y se cumpliese la Escritura que dice: Mirarán al que atravesaron, uno de los soldados lo hirió con una lanza y le abrió el costado. Y fue permisión de la divina providencia, a fin de que, brotando de la herida sangre y agua, se derramase el precio de nuestra salud, el cual, manando de la fuente arcana del corazón, diese a los sacramentos de la Iglesia la virtud de conferir la vida de la gracia, y fuese para los que viven en Cristo como una copa llenada en la fuente viva, que salta hasta la vida eterna.

Levántate, pues, alma amiga de Cristo, y sé la paloma que anida en la pared de una cueva; sé el gorrión que ha encontrado una casa y no deja de guardarla; sé la tórtola que esconde los polluelos de su casto amor en aquella abertura sacratísima. Aplica a ella tus labios para que bebas el agua de las fuentes del Salvador. Porque ésta es la fuente que mana en medio del paraíso y, dividida en cuatro ríos que se derraman en los corazones amantes, riega y fecunda toda la tierra.

Corre, con vivo deseo, a esta fuente de vida y de luz, quienquiera que seas, ¡oh alma amante de Dios!, y con toda la fuerza del corazón exclama:

«¡Oh hermosura inefable del Dios altísimo, resplandor purísimo de la eterna luz! ¡Vida que vivificas toda vida y luz que iluminas toda luz y conservas en perpetuo resplandor millares de luces, que desde la primera aurora fulguran ante el trono de tu divinidad!

¡Oh eterno e inaccesible, claro y dulce manantial de la fuente oculta a los ojos mortales, cuya profundidad es sin fondo, cuya altura es sin término, su anchura ilimitada y su pureza imperturbable!

De ti procede el río que alegra la ciudad de Dios, para que, con voz de regocijo y gratitud, te cantemos himnos de alabanza, probando por experiencia que en ti está la fuente viva, y tu luz nos hace ver la luz.

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Corazón fuerte de Cristo, ruega por nosotros

Quisiste conocer íntimamente nuestros límites y debilidades. Abrazaste todo lo nuestro, menos el pecado, cuando abrazaste, en el seno purísimo de María, nuestra naturaleza humana, tan frágil y miserable.

Quisiste vivir en la debilidad de nuestra carne para hacerla fuerte y digna de ser morada y templo de tu gloria. Amaste hasta el extremo nuestra pequeñez y te entregaste en la Cruz por ella, sólo porque querías levantar nuestro corazón caído en los brazos de tu infinita misericordia, hasta el rostro del Padre.

Corazón fuerte de Cristo, que aceptaste con el silencio del amor tantas incomprensiones, burlas, fracasos, abandonos y soledades. Tú, que tanto te consolaste en la fortaleza de tu Madre, que tanto apoyo buscabas en los que sabías que te podían traicionar o abandonar, quieres ser para mí fuerza y roca de mi vida. He de aprender a encontrar en Ti, en la fuerza de tu Cruz, el ánimo y la fortaleza para ofrecer a Dios y abandonar en su providencia tantos sinsabores, sufrimientos y penas, que llenan mi día a día.

Cuántos momentos de debilidad, de desánimo, de fracaso interior, de desesperanza, de sinsentido, que inutilizan y ahogan mi entrega diaria a Dios y que, sin embargo, Tú ya abrazaste allí, en lo alto de la Cruz. Mi única fuerza ha de ser sólo ese Corazón de Cristo, tan enamorado de mi debilidad y tan omnipotente para transformar todo ese polvo y barro de pecado que tanto me humilla.

No quieras apoyarte sólo en la autosuficiencia de tus propios méritos y esfuerzos; tampoco pienses que otros pueden asegurarte el ánimo y la fortaleza que necesitas para la vida. Sólo con la fuerza de Dios tienes asegurada la victoria más difícil, ante ese enemigo tan sutil que es la aceptación de uno mismo.

http://www.mater-dei.es

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El Papa Francisco llama a hacerse pequeños y humildes para conocer el misterio de Jesús

VATICANO, 23 Jun. 17 / 03:51 am (ACI).- En la Misa celebrada en la Casa Santa Marta, en el Vaticano, durante la mañana del viernes, el Papa Francisco exhortó a hacerse pequeños “a reconocer que no somos nada” para conocer el misterio de Jesús.

El Señor nos ha elegido para ser su propio pueblo, subrayó, “se ha comprometido con nosotros para acompañarnos en el camino de la vida”, ha entregado a su Hijo, “y la vida de su Hijo por nuestro amor”. “En el corazón de Jesús nos da la gracia de celebrar con alegría los grandes misterios de nuestra salvación, de su amor por nosotros”, celebrando así “nuestra fe”.

El Papa insistió en dos conceptos “elección” y “pequeñez”. Respecto al primero, señaló que “no somos nosotros los que le hemos elegido a Él”, sino que ha sido Dios quien se ha hecho “prisionero de nosotros”.

Dios “se ha vinculado a nuestra vida con un vínculo que no puede romperse. ¡Ha jugado fuerte! Y permanece fiel a ese compromiso. Hemos sido elegidos por amor y esa es nuestra identidad”.

El Pontífice advirtió contra la tentación de decir: “He elegido esta religión, yo la he elegido…”. “No, tú no has elegido. Es Él quien te ha elegido a ti, quien te ha llamado y se ha entregado. Y esa es nuestra fe. Si no creemos en eso, no entendemos nada del mensaje de Cristo, no entendemos el Evangelio”.

En cuanto a la “pequeñez”, el Papa afirmó que Dios “se ha enamorado de nuestra pequeñez, y por eso nos ha elegido. Él elige a los pequeños, no a los grandes, sino a los pequeños. Él se revela a los pequeños: ‘Has escondido estas cosas a los sabios y a los doctores y se las has revelado a los pequeños’. Si quieres conocer algo del misterio de Jesús, abájate. Hazte pequeño. Reconoce que no eres nada”,

Francisco insistió en que Dios “no sólo escoge y se revela a los pequeños, sino que llama a los pequeños: ‘Venid a mí, vosotros que estáis cansados y agobiados, yo os daré el descanso’. Vosotros que sois los pequeños, por el sufrimiento, por el agotamiento…, Él os escoge, escoge a los pequeños, se revela a los pequeños y llama a los pequeños”.

Entonces, se preguntó, “¿A los grandes no los llama?”. El Papa explicó que “su corazón está abierto, pero los grandes no se arriesgan a escuchar su voz porque están llenos de sí mismos. Para escuchar la voz del Señor es necesario hacerse pequeños”.

Es de ese modo como se descubre el corazón de Cristo, “el corazón de la revelación, el corazón de nuestra fe porque Él se ha hecho pequeños, ha elegido ese camino”. El camino de humillarse y empequeñecerse “hasta la muerte” en la Cruz. El corazón de Cristo “es un corazón que ama, que elige, que es fiel, que se vincula a nosotros, que se revela a los pequeños, que llama a los pequeños y que se hace pequeño”.

“El problema de la fe es el núcleo de nuestra vida: podemos ser muy virtuosos, más virtuosos que cualquier otro, pero con poca fe. Debemos comenzar de ahí, del misterio de Jesucristo que nos ha salvado con su fidelidad”, concluyó.


La celebración de la Eucaristía en la Iglesia primitiva

junio 27, 2019

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“Nadie alimenta a los convidados con su misma persona; pero esto es lo que hace Cristo el Señor: Él mismo es a la vez anfitrión, comida y bebida” (SAN AGUSTÍN, Sermón sobre el natalicio de los mártires, 1-2).

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La celebración de la Eucaristía en la Iglesia primitiva: “SIN EL DOMINGO NO PODEMOS VIVIR”

Así vivían los primeros cristianos la Eucaristía

Testimonio de los Apologistas y de los Padres de la Iglesia.

San Justino  (165 d.C.)

Mártir de la fe cristiana hacia el año 165, es considerado el mayor apologeta del Siglo II. En uno de los primeros textos cristianos, San Justino explica cómo se celebraba la Eucaristía en los primeros tiempos.

“El día que se llama día del sol tiene lugar la reunión en un mismo sitio de todos los que habitan en la ciudad o en el campo. Se leen las memorias de los Apóstoles y los escritos de los Profetas.

Cuando el lector ha terminado, el que preside toma la palabra para incitar y exhortar a la imitación de tan bellas cosas. Luego nos levantamos y oramos por nosotros… y por todos los demás dondequiera que estén, a fin de que seamos hallados justos en nuestra vida y nuestras acciones y seamos fieles a los mandamientos para alcanzar la salvación eterna.

Luego se lleva al que preside el pan y una copa con vino y agua mezclados. El que preside los toma y eleva alabanzas y gloria al Padre del universo, por el nombre del Hijo y del Espíritu Santo, y da gracias largamente porque hayamos sido juzgados dignos de estos dones. Cuando el que preside ha hecho la acción de gracias y el pueblo ha respondido “amén”, los que entre nosotros se llaman diáconos distribuyen a todos los que están presentes el pan y el vino “eucaristizados”.

En otro momento, dice:

“A nadie le es lícito participar en la Eucaristía, si no cree que son verdad las cosas que enseñamos y no se ha purificado en aquel baño que da la remisión de los pecados y la regeneración, y no vive como Cristo nos enseñó. Porque no tomamos estos alimentos como si fueran un pan común o una bebida ordinaria, sino que así como Cristo, nuestro salvador, se hizo carne y sangre a causa de nuestra salvación, de la misma manera hemos aprendido que el alimento sobre el que fue recitada la acción de gracias, que contiene las palabras de Jesús y con que se alimenta y transforma nuestra sangre y nuestra carne, es precisamente la carne y la sangre de aquel mismo Jesús que se encarnó.

Los apóstoles, en efecto, en sus tratados llamados Evangelios, nos cuentan que así les fue mandado, cuando Jesús, tomando pan y dando gracias dijo: “Haced esto en conmemoración mía. Esto es mi cuerpo”. Y luego, tomando del mismo modo en sus manos el cáliz, dio gracias y dijo: “Esta es mi sangre”, dándoselo a ellos solos.

Desde entonces seguimos recordándonos unos a otros estas cosas. Y los que tenemos bienes acudimos en ayuda de otros que no los tienen y permanecemos unidos. Y siempre que presentamos nuestras ofrendas alabamos al Creador de todo por medio de su Hijo Jesucristo y del Espíritu Santo”. (SAN JUSTINO, Carta a Antonino Pío, Emperador, año 155)

San Cirilo de Alejandría  (444 d.C.)

Padre de la Iglesia, quien entregó su vida para mostrar que Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre, ante las herejías de su época. En el Comentario al Evangelio de San Juan dice:

El Cuerpo de Cristo vivifica a los que de él participan: aleja la muerte al hacerse presente en nosotros, sujetos a la muerte, y aparta la corrupcion, ya que contiene en sí mismo la virtualidad necesaria para anularla totalmente” (SAN CIRILO DE ALEJANDRIA, Coment. Evang. S. Juan, 5).

San Cirilo emplea el símil de la cera para explicar la unión de nuestro cuerpo al de Cristo en la Eucaristía:

“Así como cuando uno junta dos trozos de cera y los derrite por medio del fuego, de los dos se forma una sola cosa, así también, por la participación del Cuerpo de Cristo y de su preciosa Sangre, Él se une a nosotros y nosotros nos unimos a Él” (SAN CIRILO DE ALEJANDRÍA, Coment. Evang. S. Juan, 10).

San Ambrosio de Milán

San Ambrosio, obispo de Milán (nacido en Tréveris hacia el año 340 y fallecido en Milán en el 397), quien introdujo en occidente la lectura meditada de las Escrituras, para hacer que penetre en el corazón, algo que hoy se conoce con el nombre de «lectio divina».

“No se nos ofrece (en la Comunión) el Cuerpo de Cristo como premio, sino como comunicacion de la gracia y de la vida celestial” (SAN AMBROSIO, en Catena Aurea, volt VI, p. 447).

San Agustín

“Nadie alimenta a los convidados con su misma persona; pero esto es lo que hace Cristo el Señor: Él mismo es a la vez anfitrión, comida y bebida” (SAN AGUSTÍN, Sermón sobre el natalicio de los mártires, 1-2).

Otros testimonios:

Plinio

Plinio no tardó en aplicar la prohibición de las eterías a un caso particular que se le presentó en el otoño del 112. Bitinia estaba llena de cristianos. “Es una muchedumbre de todas las edades, de todas las condiciones, esparcida en las ciudades, en la aldeas y en el campo», escribe al emperador.

Continúa diciendo haber recibido denuncias por parte de los fabricantes de amuletos religiosos, estorbados por los Cristianos que predicaban la inutilidad de semejantes baratijas. Había instituido una especie de proceso para conocer bien los hechos, y había descubierto que ellos tenían:

“la costumbre de reunirse en un día fijado, antes de la salida del sol, de cantar un himno a Cristo como a un dios, de comprometerse con juramento a no perpetrar crímenes, a no cometer ni latrocinios ni pillajes ni adulterios, a no faltar a la palabra dada. Ellos tienen también la costumbre de reunirse para tomar su comida que, no obstante las habladurías, es comida ordinaria e inocua“.

Los cristianos no habían dejado estas reuniones ni siquiera después del edicto del gobernador que recalcaba la interdicción de las eterías.

Santo Cura de Ars

“Más dichosos que los santos del Antiguo Testamento, no solamente poseemos a Dios por la grandeza de su inmensidad, en virtud de la cual se halla en todas partes, sino que le tenemos con nosotros como estuvo en el seno de María durante nueve meses, como estuvo en la cruz. Más afortunados aún que los primeros cristianos, quienes hacían cincuenta o sesenta leguas de camino para tener la dicha de verle; nosotros le poseemos en cada parroquia, cada parroquia puede gozar a su gusto de tan dulce compañía. ¡Oh, pueblo feliz!“ (SANTO CURA DE ARS, Sermón sobre el Corpus Christi).

Benedicto XVI

Sin el domingo no podemos vivir: es lo que profesaban los primeros cristianos, incluso a costa de su vida, y lo mismo estamos llamados a repetir nosotros hoy” (BENEDICTO XVI, Ángelus 22 de mayo de 2005).

San Josemaría Escrivá

“Perseveraban todos en la doctrina de los Apóstoles, en la comunicación de la fracción del pan, y en las oraciones. Así nos describen las Escrituras la conducta de los primeros cristianos: congregados por la fe de los Apóstoles en perfecta unidad, al participar de la Eucaristía, unánimes en la oración. Fe, Pan, Palabra.

Jesús, en la Eucaristía, es prenda segura de su presencia en nuestras almas; de su poder, que sostiene el mundo; de sus promesas de salvación, que ayudarán a que la familia humana, cuando llegue el fin de los tiempos, habite perpetuamente en la casa del Cielo, en torno a Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo: Trinidad Beatísima, Dios Único. Es toda nuestra fe la que se pone en acto cuando creemos en Jesús, en su presencia real bajo los accidentes del pan y del vino” (Es Cristo que pasa, n. 153).

Catecismo de la Iglesia

“Fracción del pan porque este rito, propio del banquete judío, fue utilizado por Jesús cuando bendecía y distribuía el pan como cabeza de familia (cf Mt 14,19; 15,36; Mc 8,6.19), sobre todo en la última Cena (cf Mt 26,26; 1 Co 11,24). En este gesto los discípulos lo reconocerán después de su resurrección (Lc 24,13-35), y con esta expresión los primeros cristianos designaron sus asambleas eucarísticas (cf Hch 2,42.46; 20,7.11).

Con él se quiere significar que todos los que comen de este único pan, partido, que es Cristo, entran en comunión con él y forman un solo cuerpo en él (cf 1 Co 10,16-17)“.

Del libro:

ORAR CON LOS PRIMEROS CRISTIANOS

Gabriel Larrauri  (Ed. Planeta)

https://www.primeroscristianos.com/la-celebracion-de-la-eucaristia-en-la-iglesia-primitiva/


Las tres reglas fundamentales para los lectores en la misa

junio 25, 2019

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Las tres reglas fundamentales para los lectores en la misa

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Las tres reglas fundamentales para los lectores en la misa

El liturgista italiano Enrico Finotti responde a una lectora de Aleteia

Un lector escribe: “Quisiera saber si hay indicaciones precisas dictadas por el magisterio o simplemente por la tradición que expliquen cómo se debe comportar un lector durante la misa. Las lecturas del día y los salmos no deben ser leídos, sino anunciados. ¿Podrían hacer un pequeño elenco de los “errores” más comunes? Por ejemplo, a veces oigo decir como conclusión de una lectura “Es palabra de Dios” en lugar de “palabra de Dios”. Y también, hay quien pone mucho énfasis en leer, a menudo cambiando fuertemente el tono de voz en los diálogos directos… Hay quien levanta la mirada a los bancos y quien en cambio nunca alza los ojos y los tiene fijos en el texto. Gracias”..

El liturgista Enrico Finotti explica: “La Palabra de Dios en la celebración litúrgica debe ser proclamada con sencillez y autenticidad.

El lector, en resumen, debe ser él mismo y proclamar la Palabra sin artificios inútiles. De hecho, una regla importante para la dignidad misma de la liturgia es la de la verdad del signo, que afecta a todo: los ministros, los símbolos, los gestos, los ornamentos y el ambiente”.

Dicho esto, prosigue Finotti, “es también necesario solicitar la formación del lector, que se extiende a tres aspectos fundamentales”.

1. La formación bíblico-litúrgica

“El lector debe tener al menos un conocimiento mínimo de la Sagrada Escritura: estructura, composición, número y nombre de los libros sagrados del Antiguo y Nuevo Testamento, sus principales géneros literarios (histórico, poético, profético, sapiencial, etc.). Quien sube al ambón debe saber lo que va a hacer y qué tipo de texto va a proclamar.

Además, debe tener una suficiente preparación litúrgica, distinguiendo los ritos y sus partes y sabiendo el significado del propio papel ministerial en el contexto de la liturgia de la palabra.

Al lector corresponde no sólo la proclamación de las lecturas bíblicas, sino también la de las intenciones de la oración universal y otras partes que le son señaladas en los diversos ritos litúrgicos”.

2. La preparación técnica

El lector debe saber cómo acceder y estar en el ambón, cómo usar el micrófono, cómo usar el leccionario, cómo pronunciar los diversos nombres y términos bíblicos, de qué modo proclamar los textos, evitando una lectura apagada o demasiado enfática.

Debe tener clara conciencia de que ejerce un ministerio público ante la asamblea litúrgica: su proclamación por tanto debe ser oída por todos.

El Verbum Domini con el que termina cada lectura no es una constatación (Esta es la Palabra de Dios), sino una aclamación llena de asombro, que debe suscitar la respuesta agradecida de toda la asamblea (Deo gratias).

3. La formación espiritual

La Iglesia no encarga a actores externos el anuncio de la Palabra de Dios, sino que confía este ministerio a sus fieles, en cuanto que todo servicio a la Iglesia debe proceder de la fe y alimentarla.

El lector, por tanto, debe procurar cuidar la vida interior de la gracia y predisponerse con espíritu de oración y mirada de fe.

Esta dimensión edifica al pueblo cristiano, que ve en el lector un testigo de la Palabra que proclama. Esta, aunque es eficaz por sí misma, adquiere también, de la santidad de quien la transmite, un esplendor singular y un misterioso atractivo.

Del cuidado de la propia vida interior del lector, además que del buen sentido, dependen también la propiedad de sus gestos, de su mirada, del vestido y del peinado.

El ministerio del lector implica una vida pública conforme a los mandamientos de Dios y las leyes de la Iglesia.

Leer en misa es un honor, no un derecho

Esta triple preparación, precisa el liturgista, “debería constituir una iniciación previa a la asunción de los lectores, pero después debería seguir siendo permanente, para que no se relajen las costumbres. Esto vale para los ministros de cualquier grado y orden.

Será finalmente muy útil para él mismo y para la comunidad que todo lector tenga el valor de verificar si siguen estando en él todas estas cualidades, y si disminuyeran, saber renunciar con honradez.

Realizar este ministerio es ciertamente un “honor” y en la Iglesia siempre se ha considerado así.

Sin embargo, concluye, no se puede acceder a él a toda cosa, ni debe ser considerado un derecho, sino un servicio en pro de la asamblea litúrgica, que no puede ser ejercido sin las debidas capacitaciones, por el honor de Dios, el respeto a su pueblo y la eficacia misma de la liturgia.

Las tres reglas fundamentales para los lectores en la misa


“El pueblo de Dios ama la alabanza, no vive de quejas; está hecho para las bendiciones, no para las lamentaciones”

junio 23, 2019

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Francisco, a los sacerdotes: “No tengáis miedo de bendecir al pueblo de Dios”. Bendecid, sí, pues estáis llamados a heredar una bendición.

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“El pueblo de Dios ama la alabanza, no vive de quejas; está hecho para las bendiciones, no para las lamentaciones”

La Eucaristía “es antídoto contra el “lo siento, pero no me concierne”, contra el “no tengo tiempo, no puedo, no es asunto mío”

“En la multiplicación de los panes nunca se habla de multiplicar, sino de partir, dar, distribuir”

Francisco abogó por “la economía del Evangelio”, que “multiplica compartiendo, nutre distribuyendo, no satisface la voracidad de unos pocos, sino que da vida al mundo”

“El Señor viene a nuestras calles para decir-bien de nosotros y para darnos ánimo. También nos pide que seamos don y bendición”.

El Papa Francisco presidió una emotiva celebración en la explanada de la parroquia de Santa María Consoladora, en el barrio romano de Casal Bertone. Un barrio vinculado a los bombardeos contra la Ciudad Eterna en la II Guerra Mundial.

En su homilía, el Papa invitó a “redescubrir” dos verbos “esenciales para la vida de cada día: decir y dar”.

El primero, ‘decir’, viene acompañado del término ‘bien’, de donde viene el término ‘bendición’. “Todo comienza desde la bendición”, subrayó el Papa, recordando el Evangelio de la multiplicación de los panes y los peces. “Antes de multiplicar los panes, Jesús los bendice (…). La bendición hace que cinco panes sean alimento para una multitud: hace brotar una cascada de bien”.

Decir bien, con amor

“¿Por qué bendecir hace bien? Porque es la transformación de la palabra en don”, explicó Bergoglio. “Cuando se bendice, no se hace algo para sí mismo, sino para los demás. Bendecir no es decir palabras bonitas, no es usar palabras de circunstancia; es decir bien, decir con amor”, recalcó.

“Cuántas veces también nosotros hemos sido bendecidos, en la iglesia o en nuestras casas, cuántas veces hemos escuchado palabras que nos han hecho bien, o una señal de la cruz en la frente… Nos hemos convertido en bendecidos el día del Bautismo, y al final de cada misa somos bendecidos”, subrayó Francisco, quien insistió en que

“la Eucaristía es una escuela de bendición. Dios dice bien de nosotros, sus hijos amados, y así nos anima a seguir adelante. Y nosotros bendecimos a Dios en nuestras asambleas (…). Vamos a Misa con la certeza de ser bendecidos por el Señor, y salimos para bendecir nosotros a su vez, para ser canales de bien en el mundo”

Por ello, recordó a los pastores que “es importante que nos acordemos de bendecir al pueblo de Dios”. “Queridos sacerdotes, no tengáis miedo de bendecir, el Señor desea decir bien de su pueblo, está feliz de que sintamos su afecto por nosotros”.

“Hoy se maldice, se desprecia, se insulta”

En este punto, lamentó que “es triste ver con qué facilidad hoy se maldice, se desprecia, se insulta”.

“Presos de un excesivo arrebato, no se consigue aguantar y se descarga la ira con cualquiera y por cualquier cosa. A menudo, por desgracia, el que grita más y con más fuerza, el que está más enfadado, parece que tiene razón y recibe la aprobación de los demás”.

“Nosotros, que comemos el Pan que contiene en sí todo deleite, no nos dejemos contagiar por la arrogancia, no dejemos que la amargura nos llene”, pidió Francisco, quien recordó que “el pueblo de Dios ama la alabanza, no vive de quejas; está hecho para las bendiciones, no para las lamentaciones”.

“Ante la Eucaristía, ante Jesús convertido en Pan, ante este Pan humilde que contiene todo el bien de la Iglesia, aprendamos a bendecir lo que tenemos, a alabar a Dios, a bendecir y no a maldecir nuestro pasado, a regalar palabras buenas a los demás”.

Dar, multiplicar

Y, junto a ‘decir’, el segundo verbo, ‘dar’. “El decir va seguido del dar (…) como Jesús que, después de recitar la bendición, dio el pan para ser distribuido, revelando así el significado más hermoso: el pan no es solo un producto de consumo, sino también un modo de compartir”.

Porque “en la multiplicación de los panes nunca se habla de multiplicar”, sino de “partir, dar, distribuir”.

Y es que “no se destaca la multiplicación, sino el compartir. Es importante: Jesús no hace magia, no transforma los cinco panes en cinco mil y luego dice: “Ahora, distribuidlos”. No. Jesús reza, bendice esos cinco panes y comienza a partirlos, confiando en el Padre. Y esos cinco panes no se acaban. Esto no es magia, es confianza en Dios y en su providencia”.

Frente a un mundo en el que “siempre se busca aumentar las ganancias, incrementar la facturación…”, Francisco abogó por “la economía del Evangelio”, que “multiplica compartiendo, nutre distribuyendo, no satisface la voracidad de unos pocos, sino que da vida al mundo”. Porque, en definitiva, “el verbo de Jesús no es tener, sino dar”.

El Papa recordó la respuesta de Jesús a los discípulos: “Dadles vosotros de comer”, aunque parezca que no hay pan para ellos. “No son razonamientos equivocados, pero no son los de Jesús, que no escucha otras razones: Dadles vosotros de comer”.

Dios, encerrado en un pedacito de pan

“Lo que tenemos da fruto si lo damos —esto es lo que Jesús quiere decirnos—; y no importa si es poco o mucho. El Señor hace cosas grandes con nuestra pequeñez, como hizo con los cinco panes. No realiza milagros con acciones espectaculares, sino con gestos humildes, partiendo con sus manos, dando, repartiendo, compartiendo”, apuntó el Papa, destacando cómo “la omnipotencia de Dios es humilde, hecha sólo de amor. Y el amor hace obras grandes con lo pequeño”.

La Eucaristía nos lo enseña: allí está Dios encerrado en un pedacito de pan. Sencillo y esencial, Pan partido y compartido, la Eucaristía que recibimos nos transmite la mentalidad de Dios. Y nos lleva a entregarnos a los demás”, subrayó. La Eucaristía “es antídoto contra el “lo siento, pero no me concierne”, contra el “no tengo tiempo, no puedo, no es asunto mío””.

Lo poco que tienes es mucho

Algo que vale para los tiempos de Jesús, pero también hoy, “en nuestra ciudad, hambrienta de amor y atención, que sufre la degradación y el abandono, frente a tantas personas ancianas y solas, familias en dificultad, jóvenes que luchan con gran esfuerzo para ganarse el pan y alimentar sus sueños”.

El Señor sigue diciendo “Dales de comer”, y tú puedes responder “Tengo poco, no soy capaz”. “No es verdad, lo poco que tienes es mucho a los ojos de Jesús si no lo guardas para ti mismo, si lo arriesgas. Y no estás solo: tienes la Eucaristía, el Pan del camino, el Pan de Jesús.

También esta tarde nos nutriremos de su Cuerpo entregado. Si lo recibimos con el corazón, este Pan desatará en nosotros la fuerza del amor: nos sentiremos bendecidos y amados, y querremos bendecir y amar, comenzando desde aquí, desde nuestra ciudad, desde las calles que recorreremos esta tarde”, culminó.

https://www.religiondigital.org/vaticano/Francisco-sacerdotes-bendecir-Pueblo-Dios-corpus-papa-vaticano_0_2133686626.html


Francisco: “No nos acostumbremos a la Eucaristía, que cada vez sea como una primera comunión”

junio 23, 2019

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Papa Francisco saluda a la multitud desde la ventana: “No nos acostumbremos a la Eucaristía, que cada vez sea como una primera comunión”

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El Papa recuerda la multiplicación de los panes y los peces, antesala de la institución de la Eucaristía. “Todos los evangelistas cuentan este milagro, que muestra el poder del Mesías, y su compasión con la gente”

Francisco: “No nos acostumbremos a la Eucaristía, que cada vez sea como una primera comunión”

Bergoglio pide un aplauso para las 14 concepcionistas declaradas beatas ayer en Madrid. “Fueron fuertes y perseverantes, sobre todo en la hora de la prueba”

Una multitud se congregó en torno a la plaza de San Pedro para celebrar con el Papa el día del Corpus. Aunque Francisco presidirá la ceremonia central esta tarde en Casal Bertone, Bergolio no quiso dejar de rezar el Ángelus en la mayor plaza de la Cristiandad, justo en el día en que la Iglesia celebra una de sus fiestas más reconocidas en todo el mundo.

Bajo un sol ardiente, el Papa recordó cómo el Evangelio de hoy es el de la multiplicación de los panes y los peces, y lo vinculó con la institución de la Eucaristía el Jueves Santo. En ambos casos, con el mismo gesto: alzar el pan al cielo, bendecirlo y repartirlo entre los discípulos para que éstos, a su vez, hicieran lo propio con la comunidad.

“Los discípulos estaban cansados”, reflexionó el Papa, recordando el pasaje evangélico, uno de los pocos que recogen los Evangelios de Juan, Marcos, Lucas y Mateo. Los discípulos “piden al Señor que despida a la gente, para que vayan a descansar y buscar comida a las aldeas, porque en este lugar no hay nada”.

“Dadles vosotros de comer”

La respuesta de Jesús es clara: “Dadles vosotros de comer”, explicó Francisco. “Unas palabras que sorprendieron a los discípulos, quizás hasta se enojaron, y le respondieron que sólo tenían cinco panes y dos pescados. ‘A menos que vayamos a comprar comida para esta gente…’, dijeron, un poco enojados”.

Entonces, “Jesús invita a sus discípulos a hacer una verdadera conversión de la lógica del cada uno para sí mismo, a la del compartir, esperando con lo poco que la providencia pone a nuestra disposición”. En este caso, los cinco y panes y dos peces.

“Jesús les pide que junten a la gente en grupos de 50, y tomó en sus manos los panes y los peces, los alzó al cielo y pronunció la bendición. Después empezó a dividir los panes y los peces y se los dio a los discípulos, que lo repartieron entre la multitud. Y aquella comida no terminó hasta que todos estuvieron saciados”.

Todos los evangelistas cuentan este milagro, que muestra el poder del Mesías, y su compasión con la gente”, indicó el Papa, quien añadió que “este gesto prodigioso no sólo queda como uno de los grandes signos de la vida pública de Jesús, sino que anticipa el memorial de su sacrificio, la Eucaristía”, en la que el cuerpo y la sangre de Cristo son “donados para la salvación del mundo”.

La Eucaristía es la síntesis de toda la existencia de Jesús

Y es que, tal y como explicó el Papa, “la Eucaristía es la síntesis de toda la existencia de Jesús, que fue un solo acto de amor al Padre y a los hermanos”. “Como en el milagro, Jesús alzó el pan, lo bendijo, alabó al Padre y lo dio a sus discípulos. Pero en ese momento, en la víspera de su Pasión, quiso dejar el testamento de la eterna alianza”.

“La fiesta del Corpus nos invita cada año a renovar nuestro asombro y alegría ante este maravilloso don del Señor que es la Eucaristía”, recordó Bergolio, quien pidió que “no nos habituemos a la Eucaristía como si fuera una costumbre, no”.

“Tenemos que renovar nuestro ‘Amén’ al recibir el Cuerpo de Cristo, nos tiene que venir del corazón, es Jesús vivo. No nos acostumbremos. Cada vez, como si fuera la Primera comunión”, espetó a los fieles, para concluir recordando que esta tarde presidirá la Eucaristía y, después, participará en la procesión con el Santísimo.

Tras el rezo, el Papa recordó la beatificación de las 14 concepcionistas que tuvo lugar ayer en Madrid. “Esperaron con fe heroica la llegada del esposo divino. Su martirio es una invitación a todos nosotros a ser fuertes y perseverantes, sobre todo en la hora de la prueba. Saludemos con un aplauso a las nuevas beatas”, culminó.

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El gran poder del Cuerpo y la Sangre de Cristo

junio 23, 2019

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Banquete y Sacrificio de Alabanza: Cristo en persona, Dios y hombre glorificado.

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El arzobispo agustino recoleto de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán (Guatemala), Mons. Mario Alberto Molina, reflexiona sobre la Palabra de Dios de este domingo 23 de junio, solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo

El gran poder del Cuerpo y la Sangre de Cristo

“Este es el sacramento de nuestra fe” proclama el sacerdote después de la consagración. Este es el corazón de nuestra fe; este es el misterio, es decir, el lugar donde actúa Dios para realizar nuestra salvación.

Efectivamente en la eucaristía, actualización del sacrificio de Cristo en la cruz, memorial de la cena del Señor y anticipo de la plena realización del reino de Dios, se condensa toda la acción salvífica de Dios.

Esta fiesta tiene el propósito de agradecer a Dios el sacramento que actualiza el sacrificio de Cristo en la cruz y es medio por el cual quien lo recibe entra en comunión con Cristo y se hace un solo cuerpo místico con él.

Pero desde su origen, en el siglo XIII, la fiesta ha tenido también el propósito apologético de defender la comprensión católica del sacramento frente a los que negaban, ya en el siglo XIII, que Cristo pudiera estar real, sustancial y verdaderamente presente en el pan y el vino consagrados.

Esta comprensión, atestiguada hasta en la literatura cristiana más antigua, ha tenido siempre detractores, pues es una convicción que supera toda evidencia sensorial.

El propósito apologético de esta fiesta se hizo más agudo, cuando los reformadores protestantes se apartaron de la comprensión católica tanto de la eucaristía como del sacerdocio.

Ambos están estrechamente vinculados. Pues solo el poder de Dios puede lograr que el pan y el vino se transformen real y sustancialmente en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. La sola palabra humana simplemente evocaría, traería el recuerdo de la cena del Señor, pero no sería capaz de hacer presente el Cuerpo y la Sangre de Cristo.

La Iglesia cree, efectivamente, que Jesucristo concedió este poder a la Iglesia y por la acción del Espíritu sigue renovándolo para que se haga operativo por medio de los sacerdotes legítimamente constituidos como tales en su estructura apostólica o jerárquica. Este no es un poder humano, sino divino.

Por lo tanto, en la fiesta de hoy, junto con la adoración a la eucaristía debe estar también el agradecimiento a Dios por el sacerdocio que la hace posible. Donde no hay sacerdocio válido tampoco hay eucaristía real, hay solo símbolo.

La negación de la presencia real de Cristo en la eucaristía hizo perentorio proclamar su realidad, consistencia y verdad. Este énfasis, a veces unilateral, llevó a descuidar otros aspectos igualmente importantes de este sacramento central de la fe.

Hoy el sacramento pasa por una época de trivialización cuando lo despojamos de su sacralidad de múltiples modos en la práctica litúrgica, y quizá los más necesitados de tomar conciencia de lo que la Iglesia cree acerca de la eucaristía seamos nosotros los católicos.

El sacramento recibe diversos nombres. Se llama “santa cena” pues tuvo su origen en la última cena de Jesús con sus discípulos. Este es el nombre usual entre protestantes y evangélicos. Se llama “santo sacrificio de la misa” porque actualiza el sacrificio de Cristo en la cruz para nuestra salvación. Es nombre de indudable impronta católica.

La palabra “misa” o “santa misa”, también de cuño católico, deriva de la despedida final del celebrante, cuando oficiaba en latín, para referirse al envío del sacramento a los enfermos. Se llama “eucaristía”, es decir, “acción de gracias”, porque al instituirlo Jesús dio gracias a Dios por sus dones.

Se llama también “fracción del pan”, pues Jesús, al establecerlo durante su última cena, realizó el gesto de partir una torta de pan de harina sin levadura. Estos son nombres de raigambre bíblica.

Hay dos líneas principales de comprensión de este sacramento central de la fe católica. Una línea toma su punto de partida en el hecho de que es una comida, que Jesús la instituyó durante una cena, que evoca las comidas de Jesús durante su ministerio tanto con pecadores, como con amigos y con multitudes.

Hoy hemos escuchado en la lectura del evangelio según san Lucas el relato de la multiplicación de los panes y peces. Es el relato de una comida que Jesús ofrece a una multitud inmensa. Todos quedan saciados, incluso sobran restos a pesar de que toda esa abundancia surgió, por la palabra de Cristo, de unos pocos panes de factura humana.

El relato evoca la abundancia del don de Dios, que transforma el alimento humano en pan de vida eterna. Cuando se destaca la eucaristía como comida se acentúan los aspectos de comunión. La santa cena une a quienes comparten el sacramento con Cristo y entre sí.

La eucaristía es anticipo del cielo, de la vida eterna, que en el Nuevo Testamento tantas veces se describe con la imagen de un banquete en la presencia de Dios.

La otra línea de interpretación toma su punto de partida en las palabras que Jesús pronunció sobre el pan y el vino. Hoy hemos escuchado en la segunda lectura el testimonio de san Pablo. Ese es el testimonio más antiguo de cómo en tiempos del apóstol ya se celebraba la misa en las comunidades cristianas.

El rito consistió en narrar sobre el pan y el vino lo que Jesús hizo y dijo en la última cena. Jesús declaró que el pan es su Cuerpo que sería entregado al día siguiente a una muerte en cruz y también que el vino es su Sangre que sería derramada para el perdón de los pecados y con la que se establecía la nueva alianza entre Dios y los hombres.

Si partimos de las palabras de Jesús, entonces destacamos que en el rito hace presente el único sacrificio de Cristo, con el fin de permitir a quienes lo celebran y consumen participar en la muerte redentora de Cristo y alcanzar así su salvación.

El relato del Génesis, cuenta cómo el sacerdote Melquisedec, en tiempos de Abraham, al inicio de la historia de la salvación ofreció un sacrificio de alabanza y agradecimiento a Dios en la ofrenda de pan y de vino. Ese relato es un anticipo de cómo Jesús sacerdote, al ofrecer su Cuerpo y su Sangre en la cruz, nos trajo la reconciliación.

Tanto el significado de la eucaristía como comida como su significado como sacrificio destacan elementos constitutivos de la fe cristiana. Por eso la eucaristía es el misterio, el sacramento de nuestra fe.

Pero la santidad, importancia y eficacia del sacramento deriva de la convicción de que en el pan y el vino se hace presente real y sustancialmente Jesucristo resucitado, por la acción de Dios que actúa a través del ministerio del sacerdote.

Mons. Mario Alberto Molina OAR
Arzobispo de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán (Guatemala)

El gran poder del Cuerpo y la Sangre de Cristo


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