Las tres reglas fundamentales para los lectores en la misa

junio 25, 2019

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Las tres reglas fundamentales para los lectores en la misa

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Las tres reglas fundamentales para los lectores en la misa

El liturgista italiano Enrico Finotti responde a una lectora de Aleteia

Un lector escribe: “Quisiera saber si hay indicaciones precisas dictadas por el magisterio o simplemente por la tradición que expliquen cómo se debe comportar un lector durante la misa. Las lecturas del día y los salmos no deben ser leídos, sino anunciados. ¿Podrían hacer un pequeño elenco de los “errores” más comunes? Por ejemplo, a veces oigo decir como conclusión de una lectura “Es palabra de Dios” en lugar de “palabra de Dios”. Y también, hay quien pone mucho énfasis en leer, a menudo cambiando fuertemente el tono de voz en los diálogos directos… Hay quien levanta la mirada a los bancos y quien en cambio nunca alza los ojos y los tiene fijos en el texto. Gracias”..

El liturgista Enrico Finotti explica: “La Palabra de Dios en la celebración litúrgica debe ser proclamada con sencillez y autenticidad.

El lector, en resumen, debe ser él mismo y proclamar la Palabra sin artificios inútiles. De hecho, una regla importante para la dignidad misma de la liturgia es la de la verdad del signo, que afecta a todo: los ministros, los símbolos, los gestos, los ornamentos y el ambiente”.

Dicho esto, prosigue Finotti, “es también necesario solicitar la formación del lector, que se extiende a tres aspectos fundamentales”.

1. La formación bíblico-litúrgica

“El lector debe tener al menos un conocimiento mínimo de la Sagrada Escritura: estructura, composición, número y nombre de los libros sagrados del Antiguo y Nuevo Testamento, sus principales géneros literarios (histórico, poético, profético, sapiencial, etc.). Quien sube al ambón debe saber lo que va a hacer y qué tipo de texto va a proclamar.

Además, debe tener una suficiente preparación litúrgica, distinguiendo los ritos y sus partes y sabiendo el significado del propio papel ministerial en el contexto de la liturgia de la palabra.

Al lector corresponde no sólo la proclamación de las lecturas bíblicas, sino también la de las intenciones de la oración universal y otras partes que le son señaladas en los diversos ritos litúrgicos”.

2. La preparación técnica

El lector debe saber cómo acceder y estar en el ambón, cómo usar el micrófono, cómo usar el leccionario, cómo pronunciar los diversos nombres y términos bíblicos, de qué modo proclamar los textos, evitando una lectura apagada o demasiado enfática.

Debe tener clara conciencia de que ejerce un ministerio público ante la asamblea litúrgica: su proclamación por tanto debe ser oída por todos.

El Verbum Domini con el que termina cada lectura no es una constatación (Esta es la Palabra de Dios), sino una aclamación llena de asombro, que debe suscitar la respuesta agradecida de toda la asamblea (Deo gratias).

3. La formación espiritual

La Iglesia no encarga a actores externos el anuncio de la Palabra de Dios, sino que confía este ministerio a sus fieles, en cuanto que todo servicio a la Iglesia debe proceder de la fe y alimentarla.

El lector, por tanto, debe procurar cuidar la vida interior de la gracia y predisponerse con espíritu de oración y mirada de fe.

Esta dimensión edifica al pueblo cristiano, que ve en el lector un testigo de la Palabra que proclama. Esta, aunque es eficaz por sí misma, adquiere también, de la santidad de quien la transmite, un esplendor singular y un misterioso atractivo.

Del cuidado de la propia vida interior del lector, además que del buen sentido, dependen también la propiedad de sus gestos, de su mirada, del vestido y del peinado.

El ministerio del lector implica una vida pública conforme a los mandamientos de Dios y las leyes de la Iglesia.

Leer en misa es un honor, no un derecho

Esta triple preparación, precisa el liturgista, “debería constituir una iniciación previa a la asunción de los lectores, pero después debería seguir siendo permanente, para que no se relajen las costumbres. Esto vale para los ministros de cualquier grado y orden.

Será finalmente muy útil para él mismo y para la comunidad que todo lector tenga el valor de verificar si siguen estando en él todas estas cualidades, y si disminuyeran, saber renunciar con honradez.

Realizar este ministerio es ciertamente un “honor” y en la Iglesia siempre se ha considerado así.

Sin embargo, concluye, no se puede acceder a él a toda cosa, ni debe ser considerado un derecho, sino un servicio en pro de la asamblea litúrgica, que no puede ser ejercido sin las debidas capacitaciones, por el honor de Dios, el respeto a su pueblo y la eficacia misma de la liturgia.

Las tres reglas fundamentales para los lectores en la misa


“El pueblo de Dios ama la alabanza, no vive de quejas; está hecho para las bendiciones, no para las lamentaciones”

junio 23, 2019

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Francisco, a los sacerdotes: “No tengáis miedo de bendecir al pueblo de Dios”. Bendecid, sí, pues estáis llamados a heredar una bendición.

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“El pueblo de Dios ama la alabanza, no vive de quejas; está hecho para las bendiciones, no para las lamentaciones”

La Eucaristía “es antídoto contra el “lo siento, pero no me concierne”, contra el “no tengo tiempo, no puedo, no es asunto mío”

“En la multiplicación de los panes nunca se habla de multiplicar, sino de partir, dar, distribuir”

Francisco abogó por “la economía del Evangelio”, que “multiplica compartiendo, nutre distribuyendo, no satisface la voracidad de unos pocos, sino que da vida al mundo”

“El Señor viene a nuestras calles para decir-bien de nosotros y para darnos ánimo. También nos pide que seamos don y bendición”.

El Papa Francisco presidió una emotiva celebración en la explanada de la parroquia de Santa María Consoladora, en el barrio romano de Casal Bertone. Un barrio vinculado a los bombardeos contra la Ciudad Eterna en la II Guerra Mundial.

En su homilía, el Papa invitó a “redescubrir” dos verbos “esenciales para la vida de cada día: decir y dar”.

El primero, ‘decir’, viene acompañado del término ‘bien’, de donde viene el término ‘bendición’. “Todo comienza desde la bendición”, subrayó el Papa, recordando el Evangelio de la multiplicación de los panes y los peces. “Antes de multiplicar los panes, Jesús los bendice (…). La bendición hace que cinco panes sean alimento para una multitud: hace brotar una cascada de bien”.

Decir bien, con amor

“¿Por qué bendecir hace bien? Porque es la transformación de la palabra en don”, explicó Bergoglio. “Cuando se bendice, no se hace algo para sí mismo, sino para los demás. Bendecir no es decir palabras bonitas, no es usar palabras de circunstancia; es decir bien, decir con amor”, recalcó.

“Cuántas veces también nosotros hemos sido bendecidos, en la iglesia o en nuestras casas, cuántas veces hemos escuchado palabras que nos han hecho bien, o una señal de la cruz en la frente… Nos hemos convertido en bendecidos el día del Bautismo, y al final de cada misa somos bendecidos”, subrayó Francisco, quien insistió en que

“la Eucaristía es una escuela de bendición. Dios dice bien de nosotros, sus hijos amados, y así nos anima a seguir adelante. Y nosotros bendecimos a Dios en nuestras asambleas (…). Vamos a Misa con la certeza de ser bendecidos por el Señor, y salimos para bendecir nosotros a su vez, para ser canales de bien en el mundo”

Por ello, recordó a los pastores que “es importante que nos acordemos de bendecir al pueblo de Dios”. “Queridos sacerdotes, no tengáis miedo de bendecir, el Señor desea decir bien de su pueblo, está feliz de que sintamos su afecto por nosotros”.

“Hoy se maldice, se desprecia, se insulta”

En este punto, lamentó que “es triste ver con qué facilidad hoy se maldice, se desprecia, se insulta”.

“Presos de un excesivo arrebato, no se consigue aguantar y se descarga la ira con cualquiera y por cualquier cosa. A menudo, por desgracia, el que grita más y con más fuerza, el que está más enfadado, parece que tiene razón y recibe la aprobación de los demás”.

“Nosotros, que comemos el Pan que contiene en sí todo deleite, no nos dejemos contagiar por la arrogancia, no dejemos que la amargura nos llene”, pidió Francisco, quien recordó que “el pueblo de Dios ama la alabanza, no vive de quejas; está hecho para las bendiciones, no para las lamentaciones”.

“Ante la Eucaristía, ante Jesús convertido en Pan, ante este Pan humilde que contiene todo el bien de la Iglesia, aprendamos a bendecir lo que tenemos, a alabar a Dios, a bendecir y no a maldecir nuestro pasado, a regalar palabras buenas a los demás”.

Dar, multiplicar

Y, junto a ‘decir’, el segundo verbo, ‘dar’. “El decir va seguido del dar (…) como Jesús que, después de recitar la bendición, dio el pan para ser distribuido, revelando así el significado más hermoso: el pan no es solo un producto de consumo, sino también un modo de compartir”.

Porque “en la multiplicación de los panes nunca se habla de multiplicar”, sino de “partir, dar, distribuir”.

Y es que “no se destaca la multiplicación, sino el compartir. Es importante: Jesús no hace magia, no transforma los cinco panes en cinco mil y luego dice: “Ahora, distribuidlos”. No. Jesús reza, bendice esos cinco panes y comienza a partirlos, confiando en el Padre. Y esos cinco panes no se acaban. Esto no es magia, es confianza en Dios y en su providencia”.

Frente a un mundo en el que “siempre se busca aumentar las ganancias, incrementar la facturación…”, Francisco abogó por “la economía del Evangelio”, que “multiplica compartiendo, nutre distribuyendo, no satisface la voracidad de unos pocos, sino que da vida al mundo”. Porque, en definitiva, “el verbo de Jesús no es tener, sino dar”.

El Papa recordó la respuesta de Jesús a los discípulos: “Dadles vosotros de comer”, aunque parezca que no hay pan para ellos. “No son razonamientos equivocados, pero no son los de Jesús, que no escucha otras razones: Dadles vosotros de comer”.

Dios, encerrado en un pedacito de pan

“Lo que tenemos da fruto si lo damos —esto es lo que Jesús quiere decirnos—; y no importa si es poco o mucho. El Señor hace cosas grandes con nuestra pequeñez, como hizo con los cinco panes. No realiza milagros con acciones espectaculares, sino con gestos humildes, partiendo con sus manos, dando, repartiendo, compartiendo”, apuntó el Papa, destacando cómo “la omnipotencia de Dios es humilde, hecha sólo de amor. Y el amor hace obras grandes con lo pequeño”.

La Eucaristía nos lo enseña: allí está Dios encerrado en un pedacito de pan. Sencillo y esencial, Pan partido y compartido, la Eucaristía que recibimos nos transmite la mentalidad de Dios. Y nos lleva a entregarnos a los demás”, subrayó. La Eucaristía “es antídoto contra el “lo siento, pero no me concierne”, contra el “no tengo tiempo, no puedo, no es asunto mío””.

Lo poco que tienes es mucho

Algo que vale para los tiempos de Jesús, pero también hoy, “en nuestra ciudad, hambrienta de amor y atención, que sufre la degradación y el abandono, frente a tantas personas ancianas y solas, familias en dificultad, jóvenes que luchan con gran esfuerzo para ganarse el pan y alimentar sus sueños”.

El Señor sigue diciendo “Dales de comer”, y tú puedes responder “Tengo poco, no soy capaz”. “No es verdad, lo poco que tienes es mucho a los ojos de Jesús si no lo guardas para ti mismo, si lo arriesgas. Y no estás solo: tienes la Eucaristía, el Pan del camino, el Pan de Jesús.

También esta tarde nos nutriremos de su Cuerpo entregado. Si lo recibimos con el corazón, este Pan desatará en nosotros la fuerza del amor: nos sentiremos bendecidos y amados, y querremos bendecir y amar, comenzando desde aquí, desde nuestra ciudad, desde las calles que recorreremos esta tarde”, culminó.

https://www.religiondigital.org/vaticano/Francisco-sacerdotes-bendecir-Pueblo-Dios-corpus-papa-vaticano_0_2133686626.html


Francisco: “No nos acostumbremos a la Eucaristía, que cada vez sea como una primera comunión”

junio 23, 2019

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Papa Francisco saluda a la multitud desde la ventana: “No nos acostumbremos a la Eucaristía, que cada vez sea como una primera comunión”

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El Papa recuerda la multiplicación de los panes y los peces, antesala de la institución de la Eucaristía. “Todos los evangelistas cuentan este milagro, que muestra el poder del Mesías, y su compasión con la gente”

Francisco: “No nos acostumbremos a la Eucaristía, que cada vez sea como una primera comunión”

Bergoglio pide un aplauso para las 14 concepcionistas declaradas beatas ayer en Madrid. “Fueron fuertes y perseverantes, sobre todo en la hora de la prueba”

Una multitud se congregó en torno a la plaza de San Pedro para celebrar con el Papa el día del Corpus. Aunque Francisco presidirá la ceremonia central esta tarde en Casal Bertone, Bergolio no quiso dejar de rezar el Ángelus en la mayor plaza de la Cristiandad, justo en el día en que la Iglesia celebra una de sus fiestas más reconocidas en todo el mundo.

Bajo un sol ardiente, el Papa recordó cómo el Evangelio de hoy es el de la multiplicación de los panes y los peces, y lo vinculó con la institución de la Eucaristía el Jueves Santo. En ambos casos, con el mismo gesto: alzar el pan al cielo, bendecirlo y repartirlo entre los discípulos para que éstos, a su vez, hicieran lo propio con la comunidad.

“Los discípulos estaban cansados”, reflexionó el Papa, recordando el pasaje evangélico, uno de los pocos que recogen los Evangelios de Juan, Marcos, Lucas y Mateo. Los discípulos “piden al Señor que despida a la gente, para que vayan a descansar y buscar comida a las aldeas, porque en este lugar no hay nada”.

“Dadles vosotros de comer”

La respuesta de Jesús es clara: “Dadles vosotros de comer”, explicó Francisco. “Unas palabras que sorprendieron a los discípulos, quizás hasta se enojaron, y le respondieron que sólo tenían cinco panes y dos pescados. ‘A menos que vayamos a comprar comida para esta gente…’, dijeron, un poco enojados”.

Entonces, “Jesús invita a sus discípulos a hacer una verdadera conversión de la lógica del cada uno para sí mismo, a la del compartir, esperando con lo poco que la providencia pone a nuestra disposición”. En este caso, los cinco y panes y dos peces.

“Jesús les pide que junten a la gente en grupos de 50, y tomó en sus manos los panes y los peces, los alzó al cielo y pronunció la bendición. Después empezó a dividir los panes y los peces y se los dio a los discípulos, que lo repartieron entre la multitud. Y aquella comida no terminó hasta que todos estuvieron saciados”.

Todos los evangelistas cuentan este milagro, que muestra el poder del Mesías, y su compasión con la gente”, indicó el Papa, quien añadió que “este gesto prodigioso no sólo queda como uno de los grandes signos de la vida pública de Jesús, sino que anticipa el memorial de su sacrificio, la Eucaristía”, en la que el cuerpo y la sangre de Cristo son “donados para la salvación del mundo”.

La Eucaristía es la síntesis de toda la existencia de Jesús

Y es que, tal y como explicó el Papa, “la Eucaristía es la síntesis de toda la existencia de Jesús, que fue un solo acto de amor al Padre y a los hermanos”. “Como en el milagro, Jesús alzó el pan, lo bendijo, alabó al Padre y lo dio a sus discípulos. Pero en ese momento, en la víspera de su Pasión, quiso dejar el testamento de la eterna alianza”.

“La fiesta del Corpus nos invita cada año a renovar nuestro asombro y alegría ante este maravilloso don del Señor que es la Eucaristía”, recordó Bergolio, quien pidió que “no nos habituemos a la Eucaristía como si fuera una costumbre, no”.

“Tenemos que renovar nuestro ‘Amén’ al recibir el Cuerpo de Cristo, nos tiene que venir del corazón, es Jesús vivo. No nos acostumbremos. Cada vez, como si fuera la Primera comunión”, espetó a los fieles, para concluir recordando que esta tarde presidirá la Eucaristía y, después, participará en la procesión con el Santísimo.

Tras el rezo, el Papa recordó la beatificación de las 14 concepcionistas que tuvo lugar ayer en Madrid. “Esperaron con fe heroica la llegada del esposo divino. Su martirio es una invitación a todos nosotros a ser fuertes y perseverantes, sobre todo en la hora de la prueba. Saludemos con un aplauso a las nuevas beatas”, culminó.

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El gran poder del Cuerpo y la Sangre de Cristo

junio 23, 2019

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Banquete y Sacrificio de Alabanza: Cristo en persona, Dios y hombre glorificado.

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El arzobispo agustino recoleto de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán (Guatemala), Mons. Mario Alberto Molina, reflexiona sobre la Palabra de Dios de este domingo 23 de junio, solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo

El gran poder del Cuerpo y la Sangre de Cristo

“Este es el sacramento de nuestra fe” proclama el sacerdote después de la consagración. Este es el corazón de nuestra fe; este es el misterio, es decir, el lugar donde actúa Dios para realizar nuestra salvación.

Efectivamente en la eucaristía, actualización del sacrificio de Cristo en la cruz, memorial de la cena del Señor y anticipo de la plena realización del reino de Dios, se condensa toda la acción salvífica de Dios.

Esta fiesta tiene el propósito de agradecer a Dios el sacramento que actualiza el sacrificio de Cristo en la cruz y es medio por el cual quien lo recibe entra en comunión con Cristo y se hace un solo cuerpo místico con él.

Pero desde su origen, en el siglo XIII, la fiesta ha tenido también el propósito apologético de defender la comprensión católica del sacramento frente a los que negaban, ya en el siglo XIII, que Cristo pudiera estar real, sustancial y verdaderamente presente en el pan y el vino consagrados.

Esta comprensión, atestiguada hasta en la literatura cristiana más antigua, ha tenido siempre detractores, pues es una convicción que supera toda evidencia sensorial.

El propósito apologético de esta fiesta se hizo más agudo, cuando los reformadores protestantes se apartaron de la comprensión católica tanto de la eucaristía como del sacerdocio.

Ambos están estrechamente vinculados. Pues solo el poder de Dios puede lograr que el pan y el vino se transformen real y sustancialmente en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. La sola palabra humana simplemente evocaría, traería el recuerdo de la cena del Señor, pero no sería capaz de hacer presente el Cuerpo y la Sangre de Cristo.

La Iglesia cree, efectivamente, que Jesucristo concedió este poder a la Iglesia y por la acción del Espíritu sigue renovándolo para que se haga operativo por medio de los sacerdotes legítimamente constituidos como tales en su estructura apostólica o jerárquica. Este no es un poder humano, sino divino.

Por lo tanto, en la fiesta de hoy, junto con la adoración a la eucaristía debe estar también el agradecimiento a Dios por el sacerdocio que la hace posible. Donde no hay sacerdocio válido tampoco hay eucaristía real, hay solo símbolo.

La negación de la presencia real de Cristo en la eucaristía hizo perentorio proclamar su realidad, consistencia y verdad. Este énfasis, a veces unilateral, llevó a descuidar otros aspectos igualmente importantes de este sacramento central de la fe.

Hoy el sacramento pasa por una época de trivialización cuando lo despojamos de su sacralidad de múltiples modos en la práctica litúrgica, y quizá los más necesitados de tomar conciencia de lo que la Iglesia cree acerca de la eucaristía seamos nosotros los católicos.

El sacramento recibe diversos nombres. Se llama “santa cena” pues tuvo su origen en la última cena de Jesús con sus discípulos. Este es el nombre usual entre protestantes y evangélicos. Se llama “santo sacrificio de la misa” porque actualiza el sacrificio de Cristo en la cruz para nuestra salvación. Es nombre de indudable impronta católica.

La palabra “misa” o “santa misa”, también de cuño católico, deriva de la despedida final del celebrante, cuando oficiaba en latín, para referirse al envío del sacramento a los enfermos. Se llama “eucaristía”, es decir, “acción de gracias”, porque al instituirlo Jesús dio gracias a Dios por sus dones.

Se llama también “fracción del pan”, pues Jesús, al establecerlo durante su última cena, realizó el gesto de partir una torta de pan de harina sin levadura. Estos son nombres de raigambre bíblica.

Hay dos líneas principales de comprensión de este sacramento central de la fe católica. Una línea toma su punto de partida en el hecho de que es una comida, que Jesús la instituyó durante una cena, que evoca las comidas de Jesús durante su ministerio tanto con pecadores, como con amigos y con multitudes.

Hoy hemos escuchado en la lectura del evangelio según san Lucas el relato de la multiplicación de los panes y peces. Es el relato de una comida que Jesús ofrece a una multitud inmensa. Todos quedan saciados, incluso sobran restos a pesar de que toda esa abundancia surgió, por la palabra de Cristo, de unos pocos panes de factura humana.

El relato evoca la abundancia del don de Dios, que transforma el alimento humano en pan de vida eterna. Cuando se destaca la eucaristía como comida se acentúan los aspectos de comunión. La santa cena une a quienes comparten el sacramento con Cristo y entre sí.

La eucaristía es anticipo del cielo, de la vida eterna, que en el Nuevo Testamento tantas veces se describe con la imagen de un banquete en la presencia de Dios.

La otra línea de interpretación toma su punto de partida en las palabras que Jesús pronunció sobre el pan y el vino. Hoy hemos escuchado en la segunda lectura el testimonio de san Pablo. Ese es el testimonio más antiguo de cómo en tiempos del apóstol ya se celebraba la misa en las comunidades cristianas.

El rito consistió en narrar sobre el pan y el vino lo que Jesús hizo y dijo en la última cena. Jesús declaró que el pan es su Cuerpo que sería entregado al día siguiente a una muerte en cruz y también que el vino es su Sangre que sería derramada para el perdón de los pecados y con la que se establecía la nueva alianza entre Dios y los hombres.

Si partimos de las palabras de Jesús, entonces destacamos que en el rito hace presente el único sacrificio de Cristo, con el fin de permitir a quienes lo celebran y consumen participar en la muerte redentora de Cristo y alcanzar así su salvación.

El relato del Génesis, cuenta cómo el sacerdote Melquisedec, en tiempos de Abraham, al inicio de la historia de la salvación ofreció un sacrificio de alabanza y agradecimiento a Dios en la ofrenda de pan y de vino. Ese relato es un anticipo de cómo Jesús sacerdote, al ofrecer su Cuerpo y su Sangre en la cruz, nos trajo la reconciliación.

Tanto el significado de la eucaristía como comida como su significado como sacrificio destacan elementos constitutivos de la fe cristiana. Por eso la eucaristía es el misterio, el sacramento de nuestra fe.

Pero la santidad, importancia y eficacia del sacramento deriva de la convicción de que en el pan y el vino se hace presente real y sustancialmente Jesucristo resucitado, por la acción de Dios que actúa a través del ministerio del sacerdote.

Mons. Mario Alberto Molina OAR
Arzobispo de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán (Guatemala)

El gran poder del Cuerpo y la Sangre de Cristo


Nueve consejos para que la gracia que recibes durante la misa dure toda la semana

junio 22, 2019

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Nos gustaría que toda la semana pudiésemos tener presente la Palabra y el Cuerpo de Cristo

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Nueve consejos para que la gracia que recibes durante la misa dure toda la semana

Por María Belén Andrada

Nos demos cuenta o no de ello, la misa es el momento más importante de la semana. O del día, para quienes tienen la gracia de poder asistir a diario. Pero lo más probable es que no caigamos en cuenta de la magnitud de este misterio y que por este motivo no asistamos con la frecuencia con la que deberíamos hacerlo.

Si así fuera, sería más fácil evitar las distracciones cuando asistimos o no buscaríamos tantas excusas para decir «no puedo» cuando Cristo nos invita a su banquete. Pero de la importancia de la misa en la vida de un cristiano ya hablé en otra oportunidad.

Ahora me dirijo a quienes han descubierto lo maravilloso que es ese momento en que se renueva el sacrificio de Cristo en el Calvario y piensan «cómo me gustaría que durase más tiempo». No hablo de duración en horas. A propósito, a veces una hora ya se nos hace larga y tenemos que recordar lo que decía un santo: «La Misa es larga, dices, y añado yo: porque tu amor es corto».

Pero no, no me refiero a la duración de la celebración eucarística, sino a que nos gustaría que toda la semana pudiésemos tener presente la Palabra y el Cuerpo de Cristo, llevarlo en nuestros corazones y a nuestras obras cada día.

¡Te cuento que es posible! Es tan rica la Misa, que sobreabundan las maneras de que su gracia siga derramándose en nuestro día a día, toda la semana.

1. Meditar la palabra

Podemos meditar y rezar con las lecturas dominicales, preparándonos para el encuentro con Él o prolongando el que ya tuvimos. La mejor manera de hacer esto es leyendo los textos sagrados y preguntarnos tres cosas: qué dice, qué me dice, qué le digo.

2. Sacar jaculatorias

Del salmo o de las antífonas podemos sacar jaculatorias. Oraciones breves que podemos repetir en cualquier momento de la jornada, al terminar una tarea en la oficina, o un capítulo que estamos estudiando. Quizás mientras vamos caminando por las calles.

3.  Rezar la homilía

El sacerdote suele hablar de muchos temas en la homilía. Sí, se refiere a un tema principal, pero de él desglosa otros pequeños aspectos que nos pueden servir para rezar un poco cada día. Meditando cómo incorporar esa enseñanza en nuestras vidas.

4. Sacar un propósito

Los santos han tenido sus propios exámenes particulares, es decir, un punto de lucha en el cual se examinaban específicamente. De lo que el sacerdote habla en la misa podemos aprovechar para tomar ideas de cuál puede ser nuestro próximo examen particular.

5. Tener presencia de Dios

Al comulgar, Él habita en nosotros, nos diviniza y acompaña. Meditar esta realidad puede llevarnos a obrar de tal manera que nuestras obras sean “sus” obras, nuestras palabras la “suya” y que realmente seamos otros Cristos en la tierra.

6. Hacer un sacrificio

Luego de vivir la renovación del sacrificio magno, el sacrificio de la Cruz, podemos sentirnos movidos a hacer también alguno pequeño, por los demás o por el mismo Cristo. Por los demás, como hablar menos de nosotros y escuchar más al otro, sonreír cuando cuesta, ayudar con los platos en la casa, etc.

O simplemente uno escondido, imperceptible, que solo Dios apreciará, como llevar con paciencia el calor, no pedir que cambien una música que nos incomoda, sonreír a quien nos parece intratable, etc.

7. Hacer una obra de misericordia

Solemos dar limosna en la misa y ahí nos acordamos de la Iglesia y de los pobres. Pero podemos hacer esto toda la semana, todos los días, al menos una buena obra de misericordia por día. ¡Tenemos 14 para elegir!

8. Tener una oración personal

Repetir la oración que hicimos al recibir a Jesús en la Eucaristía, puede mantenernos unidos a ese momento y recordar los buenos propósitos de mejora que hicimos cuando lo tuvimos cerca del corazón.

9. Hacer comuniones espirituales

Aunque no lo recibamos físicamente todos los días, podemos recibirlo espiritualmente, todo el día, a cada momento, repitiendo con frecuencia comuniones espirituales. La que yo conozco es bastante breve y quizás podría servirte: «Yo quisiera, Señor, recibirte con aquella pureza, humildad y devoción con que te recibió tu Santísima Madre, con el espíritu y fervor de los santos. Amén».

Espero que estos consejos te puedan servir y puedas implementarlos progresivamente. Recuerda compartirlos con tus amigos y familiares para que encuentren otras formas de sentir más cerca a Dios a cada instante.

9 consejos para que la gracia que recibes durante la misa dure toda la semana


El maná de cada día, 23.6.19

junio 22, 2019

Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, Ciclo C

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El que coma de este pan vivirá para siempre



Antífona de Entrada: Sal 80, 17

El Señor los alimentó con flor de harina y los sació con miel silvestre.


Oración colecta

Oh Dios, que en este sacramento admirable nos dejaste el memorial de tu pasión, te pedimos nos concedas venerar de tal modo los sagrados misterios de tu Cuerpo y de tu Sangre, que experimentemos constantemente en nosotros el fruto de tu redención. Tú que vives y reinas.


PRIMERA LECTURA: Génesis 14, 18-20

En aquellos días, Melquisedec, rey de Salén, sacerdote del Dios altísimo, sacó pan y vino y bendijo a Abrán, diciendo: «Bendito sea Abrahán por el Dios altísimo, creador de cielo y tierra; bendito sea el Dios altísimo, que te ha entregado tus enemigos.» Y Abrán le dio un décimo de cada cosa.

SALMO 109, 1.2.3.4

Tú eres sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec.

Oráculo del Señor a mi Señor: «Siéntate a mi derecha, y haré de tus enemigos estrado de tus pies.»

Desde Sión extenderá el Señor el poder de tu cetro: somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento, entre esplendores sagrados; yo mismo te engendré, como rocío, antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente: «Tú eres sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec.»


SEGUNDA LECTURA: 1 Corintios 11, 23-26

Yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido: Que el Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo, tomó un pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía.»

Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: «Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre; haced esto cada vez que lo bebáis, en memoria mía.»

Por eso, cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva.


Aclamación antes del Evangelio: Jn 6, 51

Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo -dice el Señor-; el que coma de este pan vivirá para siempre.


EVANGELIO: Lucas 9, 11b-17

En aquel tiempo, Jesús se puso a hablar al gentío del reino de Dios y curó a los que lo necesitaban.

Caía la tarde, y los Doce se le acercaron a decirle: «Despide a la gente; que vayan a las aldeas y cortijos de alrededor a buscar alojamiento y comida, porque aquí estamos en descampado.»
Él les contestó: «Dadles vosotros de comer.»

Ellos replicaron: «No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos a comprar de comer para todo este gentío.» Porque eran unos cinco mil hombres.

Jesús dijo a sus discípulos: «Decidles que se echen en grupos de unos cincuenta.»

Lo hicieron así, y todos se echaron. Él, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los dio a los discípulos para que se los sirvieran a la gente. Comieron todos y se saciaron, y cogieron las sobras: doce cestos.


Antífona de la comunión: Jn 6, 57

El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él -dice el Señor.


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¡Oh banquete precioso y admirable!

Santo Tomás de Aquino. Opúsculo 57, en la fiesta del Cuerpo de Cristo 1-4

El Hijo único de Dios, queriendo hacernos partícipe de su divinidad, tomó nuestra naturaleza, a fin de que hecho hombre, divinizase a los hombres.

Además, entregó por nuestra salvación todo cuan tomó de nosotros. Porque, por nuestra reconciliación ofreció, sobre el altar de la cruz, su cuerpo como víctima a Dios, su Padre, y derramó su sangre como precio de nuestra libertad y como baño sagrado que nos lava, para que fuésemos liberados de una miserable esclavitud y purificados de todos nuestros pecados.

Pero, a fin de que guardásemos por siempre jamás en nosotros la memoria de tan gran beneficio, dejó a los fie­les, bajo la apariencia de pan y de vino, su cuerpo, para que fuese nuestro alimento, y su sangre, para que fuese nuestra bebida.

¡Oh banquete precioso y admirable, banquete saluda­ble y lleno de toda suavidad! ¿Qué puede haber, en efecto, más precioso que este banquete en el cual no se nos ofrece, para comer, la carne de becerros o de machos cabríos, como se hacía antiguamente, bajo la ley, sino al mismo Cristo, verdadero Dios?

No hay ningún sacramento más saludable que éste, pues por él se borran los pecados, se aumentan las vir­tudes y se nutre el alma con la abundancia de todos los dones espirituales.

Se ofrece, en la Iglesia, por los vivos y por los difuntos para que a todos aproveche, ya que ha sido establecido para la salvación de todos.

Finalmente, nadie es capaz de expresar la suavidad de este sacramento, en el cual gustamos la suavidad espiri­tual en su misma fuente y celebramos la memoria del in­menso y sublime amor que Cristo mostró en su pasión.

Por eso, para que la inmensidad de este amor se imprimiese más profundamente en el corazón de los fieles, en la última cena, cuando, después de celebrar la Pascua con sus discípulos, iba a pasar de este mundo al Padre, Cristo instituyó este sacramento como el memorial perenne de su pasión, como el cumplimiento de las antiguas figuras y la más maravillosa de sus obras; y lo dejó a los suyos como singular consuelo en las tristezas de su ausencia.

VIVIR  LA EUCARISTÍA COMO VERDADERA COMUNIÓN

CON CRISTO Y TAMBIÉN CON LOS HERMANOS

Homilía del Papa Francisco en la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, 30 de mayo de 2013

Info Católica

Queridos hermanos y hermanas:

En el Evangelio que hemos escuchado hay una expresión de Jesús que me sorprende siempre: “Denles ustedes de comer” (Lc 9,13). Partiendo de esta frase, me dejo guiar por tres palabras: seguimiento, comunión, compartir.

1.- Ante todo: ¿quiénes son aquellos a los que dar de comer? La respuesta la encontramos al inicio del pasaje evangélico: es la muchedumbre, la multitud. Jesús está en medio a la gente, la recibe, le habla, la sana, le muestra la misericordia de Dios; en medio a ella elige a los Doce Apóstoles para permanecer con Él y sumergirse como Él en las situaciones concretas del mundo.

Y la gente lo sigue, lo escucha, porque Jesús habla y actúa de una manera nueva, con la autoridad de quien es auténtico y coherente, de quien habla y actúa con verdad, de quien dona la esperanza que viene de Dios, de quien es revelación del Rostro de un Dios que es amor. Y la gente, con gozo, bendice al Señor.

Esta tarde nosotros somos la multitud del Evangelio, también nosotros intentamos seguir a Jesús para escucharlo, para entrar en comunión con Él en la Eucaristía, para acompañarlo y para que nos acompañe.

Preguntémonos: ¿cómo sigo a Jesús? Jesús habla en silencio en el Misterio de la Eucaristía y cada vez nos recuerda que seguirlo quiere decir salir de nosotros mismos y hacer de nuestra vida no una posesión nuestra, sino un don a Él y a los demás.

2.- Demos un paso adelante: ¿de dónde nace la invitación que Jesús hace a los discípulos de saciar ellos mismos el hambre de la multitud? Nace de dos elementos: sobre todo de la multitud que, siguiendo a Jesús, se encuentra en un lugar solitario, lejos de los lugares habitados, mientras cae la tarde, y luego por la preocupación de los discípulos que piden a Jesús despedir a la gente para que vaya a los pueblos y caseríos a buscar alojamiento y comida (cfr. Lc 9, 12).

Frente a la necesidad de la multitud, ésta es la solución de los apóstoles: que cada uno piense en sí mismo: ¡despedir a la gente! ¡Cuántas veces nosotros cristianos tenemos esta tentación! No nos hacemos cargo de la necesidad de los otros, despidiéndolos con un piadoso: “¡Que Dios te ayude!”. Pero la solución de Jesús va hacia otra dirección, una dirección que sorprende a los discípulos: “denles ustedes de comer”.

Pero ¿cómo es posible que seamos nosotros los que demos de comer a una multitud? “No tenemos más que cinco panes y dos pescados; a no ser que vayamos nosotros mismos a comprar víveres para toda esta gente”. Pero Jesús no se desanima: pide a los discípulos hacer sentar a la gente en comunidades de cincuenta personas, eleva su mirada hacia el cielo, pronuncia la bendición parte los panes y los da a los discípulos para que los distribuyan.

Es un momento de profunda comunión: la multitud alimentada con la palabra del Señor, es ahora nutrida con su pan de vida. Y todos se saciaron, escribe el Evangelista.

Esta tarde también nosotros estamos en torno a la mesa del Señor, a la mesa del Sacrificio eucarístico, en el que Él nos dona su cuerpo una vez más, hace presente el único sacrificio de la Cruz. Es en la escucha de su Palabra, en el nutrirse de su Cuerpo y de su Sangre, que Él nos hace pasar del ser multitud a ser comunidad, del anonimato a la comunión. La Eucaristía es el Sacramento de la comunión, que nos hace salir del individualismo para vivir juntos el seguimiento, la fe en Él.

Entonces tendremos todos que preguntarnos ante el Señor: ¿cómo vivo la Eucaristía? ¿La vivo en forma anónima o como momento de verdadera comunión con el Señor, pero también con tantos hermanos y hermanas que comparten esta misma mesa? ¿Cómo son nuestras celebraciones eucarísticas?

3.- Un último elemento: ¿de dónde nace la multiplicación de los panes? La respuesta se encuentra en la invitación de Jesús a los discípulos “Denles ustedes”, “dar”, compartir. ¿Qué cosa comparten los discípulos? Lo poco que tienen: cinco panes y dos peces. Pero son justamente esos panes y esos peces que en las manos del Señor sacian el hambre de toda la gente.

Y son justamente los discípulos desorientados ante la incapacidad de sus posibilidades, ante la pobreza de lo que pueden ofrecer, los que hacen sentar a la muchedumbre y distribuyen -confiándose en la palabra de Jesús- los panes y los peces que sacian el hambre de la multitud.

Y esto nos indica que en la Iglesia pero también en la sociedad existe una palabra clave a la que no tenemos que tener miedo: “solidaridad”, o sea saber `poner a disposición de Dios aquello que tenemos, nuestras humildes capacidades, porque solo en el compartir, en el donarse, nuestra vida será fecunda, dará frutos. Solidaridad: ¡una palabra mal vista por el espíritu mundano!

Esta tarde, una vez más, el Señor distribuye para nosotros el pan que es su cuerpo, se hace don. Y también nosotros experimentamos la “solidaridad de Dios” con el hombre, una solidaridad que no se acaba jamás, una solidaridad que nunca termina de sorprendernos: Dios se hace cercano a nosotros, en el sacrificio de la Cruz se abaja entrando en la oscuridad de la muerte para darnos su vida, que vence el mal, el egoísmo, la muerte.

También esta tarde Jesús se dona a nosotros en la Eucaristía, comparte nuestro mismo camino, es más se hace alimento, el verdadero alimento que sostiene nuestra vida en los momentos en los que el camino se hace duro, los obstáculos frenan nuestros pasos.

Y en la Eucaristía el Señor nos hace recorrer su camino, aquel del servicio, del compartir, del donarse, y lo poco que tenemos, lo poco que somos, si es compartido, se convierte en riqueza, porque es la potencia de Dios, que es la potencia del amor que desciende sobre nuestra pobreza para transformarla.

Esta tarde entonces preguntémonos, adorando a Cristo presente realmente en la Eucaristía: ¿me dejo transformar por Él? ¿Dejo que el Señor que se dona a mí, me guíe para salir cada vez más de mi pequeño espacio y no tener miedo de donar, de compartir, de amarlo a Él y a los demás?

Seguimiento, comunión, compartir. Oremos para que la participación a la Eucaristía nos provoque siempre: a seguir al Señor cada día, a ser instrumentos de comunión, a compartir con Él y con nuestro prójimo aquello que somos. Entonces nuestra existencia será verdaderamente fecunda. Amén.


El maná de cada día, 13.6.19

junio 13, 2019

Nuestro Señor Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote

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Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote



Antífona de entrada: Hb 7,24

Cristo, mediador de una nueva alianza, como permanece para siempre, tiene el sacerdocio que no pasa.


Oración colecta

Oh Dios, que para gloria tuya y salvación del género humano constituiste a tu Hijo único sumo y eterno Sacerdote, concede a quienes él eligió para ministros y dispensadores de sus misterios la gracia de ser fieles en el cumplimiento del ministerio recibido. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: Isaías 52, 13-15; 53, 1-12

Mirad, mi siervo tendrá éxito, subirá y crecerá mucho. Como muchos se espantaron de él, porque desfigurado no parecía hombre, ni tenía aspecto humano, así asombrará a muchos pueblos, ante él los reyes cerrarán la boca, al ver algo inenarrable y contemplar algo inaudito.

¿Quién creyó nuestro anuncio?, ¿a quién se reveló el brazo del Señor?

Creció en su presencia como brote, como raíz en tierra árida, sin figura, sin belleza. Lo vimos sin aspecto atrayente, despreciado y evitado de los hombres, como un hombre de dolores, acostumbrado a sufrimientos, ante el cual se ocultan los rostros, despreciado y desestimado.

Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo estimamos leproso, herido de Dios y humillado; pero él fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes.

Nuestro castigo saludable cayó sobre él, sus cicatrices nos curaron. Todos errábamos como ovejas, cada uno siguiendo su camino; y el Señor cargó sobre él todos nuestros crímenes.

Maltratado, voluntariamente se humillaba y no abría la boca; como cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría la boca.

Sin defensa, sin justicia, se lo llevaron, ¿quien meditó en su destino? Lo arrancaron de la tierra de los vivos, por los pecados de mi pueblo lo hirieron. Le dieron sepultura con los malvados, y una tumba con los malhechores, aunque no había cometido crímenes ni hubo engaño en su boca.

El Señor quiso triturarlo con el sufrimiento, y entregar su vida como expiación; verá su descendencia, prolongará sus años, lo que el Señor quiere prosperará por su mano.

Por los trabajos de su alma verá la luz, el justo se saciará de conocimiento. Mi siervo justificará a muchos, porque cargó con los crímenes de ellos.

Le daré una multitud como parte, y tendrá como despojo una muchedumbre. Porque expuso su vida a la muerte y fue contado entre los pecadores, él tomó el pecado de muchos e intercedió por los pecadores.

SALMO 39, 6.10-11

Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.

Cuántas maravillas has hecho, Señor, Dios mío, cuántos planes en favor nuestro; nadie se te puede comparar. Intento proclamarlas, decirlas, pero superan todo número.

Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, y, en cambio, me abriste el oído; no pides sacrificio expiatorio.

Entonces yo digo: “Aquí estoy -como está escrito en mi libro- para hacer tu voluntad.” Dios mío, lo quiero, y llevo tu ley en las entrañas.

He proclamado tu salvación ante la gran asamblea; no he cerrado los labios; Señor, tú lo sabes.

No me he guardado en el pecho tu defensa, he contado tu fidelidad y tu salvación, no he negado tu misericordia y tu lealtad ante la gran asamblea.

Aclamación antes del Evangelio: Is 42, 1

Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero. Sobre él he puesto mi espíritu, para que traiga el derecho a las naciones.

EVANGELIO: Lucas 22, 14-20

Llegada la hora, se sentó Jesús con sus discípulos, y les dijo: “He deseado enormemente comer esta comida pascual con vosotros antes de padecer, porque os digo que ya no la volveré a comer hasta que se cumpla en el Reino de Dios.”

Y tomando una copa, dio gracias y dijo: “Tomad esto, repartidlo entre vosotros; porque os digo que no beberé desde ahora del fruto de la vid hasta que venga el Reino de Dios.”

Y tomando pan, pronunció la acción de gracias, lo partió y se lo dio diciendo: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros; haced esto en memoria mía.”

Después de cenar, hizo lo mismo con la copa, diciendo: “Esta copa es la nueva alianza, sellada con mi sangre, que se derrama por vosotros.”

Antífona de comunión: Mt 28, 20

Sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo -dice el Señor.


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Cristo, sacerdote y víctima
Pío XII. De la carta encíclica Mediator Dei

Cristo es ciertamente sacerdote, pero lo es para nosotros, no para sí mismo, ya que él, en nombre de todo el género humano, presenta al Padre eterno las aspiraciones y sentimientos religiosos de los hombres.

Es también víctima, pero lo es igualmente para nosotros, ya que se pone en lugar del hombre pecador.

Por esto, aquella frase del Apóstol: Tened los mismos sentimientos propios de Cristo Jesús exige de todos los cristianos que, en la media de las posibilidades humanas, reproduzcan en su interior las mismas disposiciones que tenía el divino Redentor cuando ofrecía el sacrificio de sí mismo: disposiciones de una humilde sumisión, de adoración a la suprema majestad divina, de honor, alabanza y acción de gracias.

Les exige asimismo que asuman en cierto modo la condición de víctimas, que se nieguen a sí mismos, conforme a las normas del Evangelio, que espontánea y libremente practiquen la penitencia, arrepintiéndose y expiando los pecados.

Exige finalmente que todos, unidos a Cristo, muramos místicamente en la cruz, de modo que podamos hacer nuestra aquella sentencia de san Pablo: Estoy crucificado con Cristo.

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Jueves después de Pentecostés
JESUCRISTO, SUMO Y ETERNO SACERDOTE
Fiesta
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Oración sobre las ofrendas
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Jesucristo, nuestro Mediador,
te haga aceptables estos dones, Señor,
y nos presente juntamente con él
como ofrenda agradable a tus ojos.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
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Prefacio:
Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote
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En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación,
darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno.
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Que constituiste a tu único Hijo
Pontífice de la Alianza nueva y eterna
por la unción del Espíritu Santo,
y determinaste, en tu designio salvífico,
perpetuar en la Iglesia su único sacerdocio.
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Él no sólo ha conferido el honor del sacerdocio real
a todo su pueblo santo,
sino también, con amor de hermano,
elige hombres de este pueblo
para que, por la imposición de las manos,
participen de su sagrada misión.
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Ellos renuevan en nombre de Cristo
el sacrificio de la redención,
preparan a tus hijos el banquete pascual,
presiden a tu pueblo santo en el amor,
lo alimentan con tu palabra
y lo fortalecen con tus sacramentos.
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Tus sacerdotes, Señor,
al entregar su vida por ti
y por la salvación de los hermanos,
van configurándose a Cristo,
y han de darle así
testimonio constante de fidelidad y amor.
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Por eso, nosotros, Señor, con los ángeles y los santos,
cantamos tu gloria diciendo: Santo, Santo, Santo…
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Oración después de la comunión
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La eucaristía que hemos ofrecido
y recibido, nos dé la vida, Señor,
para que, unidos a ti en caridad perpetua,
demos frutos que siempre permanezcan.
Por Jesucristo nuestro Señor.

 

Cristo vive siempre para interceder en nuestro favor
De las cartas de san Fulgencio de Ruspe, obispo

Fijaos que en la conclusión de las oraciones decimos: «Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo»; en cambio, nunca decimos: «Por el Espíritu Santo».

Esta práctica universal de la Iglesia tiene su explicación en aquel misterio según el cual, el mediador entre Dios y los hombres es el hombre Cristo Jesús, sacerdote eterno según el rito de Melquisedec, que entró una vez para siempre con su propia sangre en el santuario, pero no en un santuario construido por hombres, imagen del auténtico, sino en el mismo cielo, donde está a la derecha de Dios e intercede por nosotros.

Teniendo ante sus ojos este oficio sacerdotal de Cristo, dice el Apóstol: Por su medio, ofrezcamos continuamente a Dios un sacrificio de alabanza, es decir, el fruto de unos labios que profesan su nombre.

Por él, pues, ofre­cemos el sacrificio de nuestra alabanza y oración, ya que por su muerte fuimos reconciliados cuando éramos toda­vía enemigos.

Por él, que se dignó hacerse sacrificio por nosotros, puede nuestro sacrificio ser agradable en la presencia de Dios.

Por esto, nos exhorta san Pedro: Tam­bién vosotros, como piedras vivas, entráis en la construc­ción del templo del Espíritu, formando un sacerdocio sagrado, para ofrecer sacrificios espirituales que Dios acepta por Jesucristo.

Por este motivo, decimos a Dios Pa­dre: «Por nuestro Señor Jesucristo».

Al referirnos al sacerdocio de Cristo, necesariamente hacemos alusión al misterio de su encarnación, en el cual el Hijo de Dios, a pesar de su condición divina, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, según la cual se rebajó hasta someterse incluso a la muerte; es decir, fue hecho un poco inferior a los ángeles, conservando no obstante su divinidad igual al Padre.

El Hijo fue hecho un poco inferior a los ángeles en cuanto que, permane­ciendo igual al Padre, se dignó hacerse como un hombre cualquiera.

Se abajó cuando se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo. Más aún, el abajarse de Cristo es el total anonadamiento, que no otra cosa fue el tomar la condición de esclavo.

Cristo, por tanto, permaneciendo en su condición divi­na, en su condición de Hijo único de Dios, según la cual le ofrecemos el sacrificio igual que al Padre, al tomar la condición de esclavo, fue constituido sacerdote, para que, por medio de él, pudiéramos ofrecer la hostia viva, santa, grata a Dios.

Nosotros no hubiéramos podido ofrecer nuestro sacrificio a Dios si Cristo no se hubiese hecho sacrificio por nosotros: en él nuestra propia raza humana es un verdadero y saludable sacrificio.

En efecto, cuando precisamos que nuestras oraciones son ofrecidas por nuestro Señor, sacerdote eterno, reconocemos en él la verdadera carne de nuestra misma raza, de conformidad con lo que dice el Apóstol: Todo sumo sacerdote, escogido de entre los hombres, está puesto para representar a los hombres en el culto a Dios: para ofrecer dones y sacrificios por los pecados.

Pero, al decir: «tu Hijo», añadimos: «que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo», para recordar, con esta adición, la unidad de naturaleza que tienen el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y significar, de este modo, que el mismo Cristo, que por nosotros ha asumido el oficio de sacerdote, es por naturaleza igual al Padre y al Espíritu Santo (Carta 14, 36-37: CCL 91, 429-431).


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