Homilía del Papa Francisco en la Misa de la Solemnidad de la Epifanía del Señor

enero 6, 2020

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El Papa Francisco en la Misa de Epifanía. Foto: Daniel Ibáñez / ACI Prensa

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Homilía del Papa Francisco en la Misa de la Solemnidad de la Epifanía del Señor

Redacción ACI Prensa

 

El Papa Francisco presidió este lunes 6 de enero en la Basílica de San Pedro la Misa por la Solemnidad de la Epifanía del Señor, en la que reflexionó sobre el sentido de la adoración que definió como “un gesto de amor que cambia la vida”.

“En la vida cristiana no es suficiente saber: sin salir de uno mismo, sin encontrar, sin adorar, no se conoce a Dios. La teología y la eficiencia pastoral valen poco o nada si no se doblan las rodillas; si no se hace como los Magos, que no sólo fueron sabios organizadores de un viaje, sino que caminaron y adoraron. Cuando uno adora, se da cuenta de que la fe no se reduce a un conjunto de hermosas doctrinas, sino que es la relación con una Persona viva a quien amar”, destacó el Santo Padre.

A continuación la homilía del Papa Francisco:

En el Evangelio (Mt 2,1-12) los Magos comienzan manifestando sus intenciones: «Hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo». La adoración es la finalidad de su viaje, el objetivo de su camino. De hecho, cuando llegaron a Belén, «vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron».

Si perdemos el sentido de la adoración, perdemos el sentido de movimiento de la vida cristiana, que es un camino hacia el Señor, no hacia nosotros. Es el riesgo del que nos advierte el Evangelio, presentando, junto a los Reyes Magos, unos personajes que no logran adorar.

En primer lugar, está el rey Herodes, que usa el verbo adorar, pero de manera engañosa. De hecho, les pide a los Reyes Magos que le informen sobre el lugar donde estaba el Niño «para ir —dice— yo también a adorarlo». En realidad, Herodes sólo se adoraba a sí mismo y, por lo tanto, quería deshacerse del Niño con mentiras.

¿Qué nos enseña esto? Que el hombre, cuando no adora a Dios, está orientado a adorar su yo. E incluso la vida cristiana, sin adorar al Señor, puede convertirse en una forma educada de alabarse a uno mismo y el talento que se tiene. Cristianos que no saben adorar, que no saben rezar adorando.

Es un riesgo grave: servirnos de Dios en lugar de servir a Dios. Cuántas veces hemos cambiado los intereses del Evangelio por los nuestros, cuántas veces hemos cubierto de religiosidad lo que era cómodo para nosotros, cuántas veces hemos confundido el poder según Dios, que es servir a los demás, con el poder según el mundo, que es servirse a sí mismo.

Además de Herodes, hay otras personas en el Evangelio que no logran adorar: son los jefes de los sacerdotes y los escribas del pueblo. Ellos indican a Herodes con extrema precisión dónde nacería el Mesías: en Belén de Judea. Conocen las profecías y las citan exactamente. Saben a dónde ir, ¡grandes teológos, grandes!, pero no van.

También de esto podemos aprender una lección. En la vida cristiana no es suficiente saber: sin salir de uno mismo, sin encontrar, sin adorar, no se conoce a Dios.

La teología y la eficiencia pastoral valen poco o nada si no se doblan las rodillas; si no se hace como los Magos, que no sólo fueron sabios organizadores de un viaje, sino que caminaron y adoraron. Cuando uno adora, se da cuenta de que la fe no se reduce a un conjunto de hermosas doctrinas, sino que es la relación con una Persona viva a quien amar.

Conocemos el rostro de Jesús estando cara a cara con Él. Al adorar, descubrimos que la vida cristiana es una historia de amor con Dios, donde las buenas ideas no son suficientes, sino que se necesita ponerlo en primer lugar, como lo hace un enamorado con la persona que ama. Así debe ser la Iglesia, una adoradora enamorada de Jesús, su esposo.

Al inicio del año redescubrimos la adoración como una exigencia de fe. Si sabemos arrodillarnos ante Jesús, venceremos la tentación de ir cada uno por su camino. De hecho, adorar es hacer un éxodo de la esclavitud más grande, la de uno mismo.

Adorar es poner al Señor en el centro para no estar más centrados en nosotros mismos. Es poner cada cosa en su lugar, dejando el primer puesto a Dios. Adorar es poner los planes de Dios antes que mi tiempo, que mis derechos, que mis espacios. Es aceptar la enseñanza de la Escritura: «Al Señor, tu Dios, adorarás» (Mt 4,10).

Tu Dios: adorar es experimentar que, con Dios, nos pertenecemos recíprocamente. Es darle del “tú” en la intimidad, es presentarle la vida y permitirle entrar en nuestras vidas. Es hacer descender su consuelo al mundo. Adorar es descubrir que para rezar basta con decir: «¡Señor mío y Dios mío!» (Jn 20,28), y dejarnos llenar de su ternura.

Adorar es encontrarse con Jesús sin la lista de peticiones, pero con la única solicitud de estar con Él. Es descubrir que la alegría y la paz crecen con la alabanza y la acción de gracias.

Cuando adoramos, permitimos que Jesús nos sane y nos cambie. Al adorar, le damos al Señor la oportunidad de transformarnos con su amor, de iluminar nuestra oscuridad, de darnos fuerza en la debilidad y valentía en las pruebas.

Adorar es ir a lo esencial: es la forma de desintoxicarse de muchas cosas inútiles, de adicciones que adormecen el corazón y aturden la mente.

De hecho, al adorar uno aprende a rechazar lo que no debe ser adorado: el dios del dinero, el dios del consumo, el dios del placer, el dios del éxito, nuestro yo erigido en dios. Adorar es hacerse pequeño en presencia del Altísimo, descubrir ante Él que la grandeza de la vida no consiste en tener, sino en amar.

Adorar es redescubrirnos hermanos y hermanas frente al misterio del amor que supera toda distancia: es obtener el bien de la fuente, es encontrar en el Dios cercano la valentía para aproximarnos a los demás. Adorar es saber guardar silencio ante la Palabra divina, para aprender a decir palabras que no hieren, sino que consuelan.

La adoración es un gesto de amor que cambia la vida. Es actuar como los Magos: es traer oro al Señor, para decirle que nada es más precioso que Él; es ofrecerle incienso, para decirle que sólo con Él puede elevarse nuestra vida; es presentarle mirra, con la que se ungían los cuerpos heridos y destrozados, para pedirle a Jesús que socorra a nuestro prójimo que está marginado y sufriendo, porque allí está Él.

Usualmente, nosotros sabemos rezar, pedimos, agradecemos al Señor, pero todavía la Iglesia debe ir más adelante con la oración de adoración, debemos crecer en la adoración, una sabiduría que debemos aprender cada día, rezar adorando, la oración de adoración.

Queridos hermanos y hermanas, hoy cada uno de nosotros puede preguntarse: “¿Soy un adorador cristiano?”. Muchos cristianos que oran no saben adorar. Hagámonos esta pregunta. ¿Encontramos momentos para la adoración en nuestros días y creamos espacios para la adoración en nuestras comunidades?

Depende de nosotros, como Iglesia, poner en práctica las palabras que rezamos hoy en el Salmo: «Señor, que todos los pueblos te adoren». Al adorar, nosotros también descubriremos, como los Magos, el significado de nuestro camino. Y, como los Magos, experimentaremos una «inmensa alegría» (Mt 2,10).

https://www.aciprensa.com/noticias/homilia-del-papa-francisco-en-la-misa-de-la-solemnidad-de-la-epifania-del-senor-46819?fbclid=IwAR16piDEht9ck0yC–vGeK43c89zF_PJFw3mboiqHBjMTwVgjqKiJJJJ–E


El maná de cada día, 25.12.19

diciembre 24, 2019

Natividad del Señor

Misa de medianoche

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Gloria a Dios en el cielo y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad

Gloria a Dios en el cielo y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad

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Antífona de entrada: Salmo 2, 7

El Señor me ha dicho: Tú eres mi Hijo, yo te engendrado hoy.


Oración colecta

Oh Dios, que has iluminado esta noche santa con el nacimiento de Cristo, la luz verdadera, concédenos gozar en el cielo con el esplendor de su gloria a los que hemos experimentado la claridad de su presencia en la tierra. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: Isaías 9, 1-3. 5-6

El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban tierra de sombras, y una luz les brilló.

Acreciste la alegría, aumentaste el gozo; se gozan en tu presencia, como gozan al segar, como se alegran al repartirse el botín. Porque la vara del opresor, y el yugo de su carga, el bastón de su hombro, los quebrantaste como el día de Madián.

Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado: lleva a hombros el principado, y es su nombre: «Maravilla de Consejero, Dios guerrero, Padre perpetuo, Príncipe de la paz.»

Para dilatar el principado, con una paz sin límites, sobre el trono de David y sobre su reino. Para sostenerlo y consolidarlo con la justicia y el derecho desde ahora y por siempre. El celo del Señor lo realizará.


SALMO 95

Hoy nos ha nacido el Salvador: el Mesías, el Señor.

Cantad al Señor un cántico nuevo, cantad al Señor, toda la tierra; cantad al Señor, bendecid su nombre.

Proclamad día tras día su victoria. Contad a los pueblos su gloria, sus maravillas a todas las naciones.

Alégrese el cielo, goce la tierra, retumbe el mar y cuanto lo llena; vitoreen los campos y cuanto hay en ellos, aclamen los árboles del bosque.

Delante del Señor que ya llega, ya llega a regir la tierra: regirá el orbe con justicia y los pueblos con fidelidad.


SEGUNDA LECTURA: Tito 2, 11-14

Ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres, enseñándonos a renunciar a la impiedad y a los deseos mundanos, y a llevar ya desde ahora una vida sobria, honrada y religiosa, aguardando la dicha que esperamos: la aparición gloriosa del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo.

Él se entregó por nosotros para rescatarnos de toda maldad y para prepararse un pueblo purificado, dedicado a las buenas obras.


Aclamación antes del Evangelio: Lucas 2, 10-11

Os traigo una buena noticia, una gran alegría: nos ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor.


EVANGELIO: Lucas 2, 1-14

En aquel tiempo, salió un decreto del emperador Augusto, ordenando hacer un censo del mundo entero.

Este fue el primer censo que se hizo siendo Cirino gobernador de Siria. Y todos iban a inscribirse, cada cual a su ciudad.

También José, que era de la casa y familia de David, subió desde la ciudad de Nazaret, en Galilea, a la ciudad de David, que se llama Belén, en Judea, para inscribirse con su esposa María, que estaba encinta.

Y mientras estaba allí le llegó el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en la posada.

En aquella región había unos pastores que pasaban la noche al aire libre, velando por turno su rebaño.

Y un ángel del Señor se les presentó; la gloria del Señor los envolvió de claridad, y se llenaron de gran temor.

El ángel les dijo: «No temáis, os traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor. Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre.»

De pronto, en torno al ángel, apareció una legión del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: «Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor.»


Antífona de comunión: Juan 1, 14

La Palabra se hizo carne y hemos contemplado su gloria.


Palabras de fiesta y congratulación

San Agustín, Sermón 193, 1

Cuando se nos leyó el evangelio, escuchamos las palabras mediante las cuales los ángeles anunciaron a los pastores el nacimiento, de una virgen, de Jesucristo el Señor: Gloria a Dios en los cielos y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad (Lc 2,14).

Palabras de fiesta y de congratulación, no sólo para la mujer cuyo seno había dado a luz al niño, sino también para el género humano, en cuyo beneficio la virgen había alumbrado al Salvador.

En verdad era digno y de todo punto conveniente que la que había procreado al Señor de cielo y tierra y había permanecido virgen después de dar a luz, viera celebrado su alumbramiento no con festejos humanos de algunas mujercillas, sino con los divinos cánticos de alabanza de un ángel.

Digámoslo, pues, también nosotros, y digámoslo con el mayor gozo que nos sea posible; nosotros que no anunciamos su nacimiento a pastores de ovejas, sino que lo celebramos en compañía de sus ovejas; digamos también nosotros, vuelvo a repetirlo, con un corazón lleno de fe y con devota voz:

Gloria a Dios en el cielo y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad.

Meditemos con fe, esperanza y caridad estas palabras divinas, este cántico de alabanza a Dios, este gozo angélico, considerado con toda la atención de que seamos capaces.

Tal como creemos, esperamos y deseamos, también nosotros seremos «gloria a Dios en las alturas» cuando, una vez resucitado el cuerpo espiritual, seamos llevados al encuentro en las nubes con Cristo, a condición de que ahora, mientras nos hallamos en la tierra, busquemos la paz con buena voluntad.

Vida en las alturas ciertamente, porque allí está la región de los vivos; días buenos también allí donde el Señor es siempre el mismo y sus años no pasan.

Pero quien ame la vida y desee ver días buenos, cohíba su lengua del mal y no hablen mentira sus labios; apártese del mal y obre el bien, y conviértase así en hombre de buena voluntad.

Busque la paz y persígala, pues paz en la tierra a los hombres de buena voluntad.


El maná de cada día, 22.11.19

noviembre 22, 2019

Viernes de la 33ª semana del Tiempo Ordinario

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Te alabamos, Señor, en tu templo.



PRIMERA LECTURA: 1 Macabeos 4, 36-37.52-59

En aquellos días, Judas y sus hermanos propusieron: «Ahora que tenemos derrotado al enemigo, subamos a purificar y consagrar el templo.»

Se reunió toda la tropa, y subieron al monte Sión. El año ciento cuarenta y ocho, el día veinticinco del mes noveno, que es el de Casleu, madrugaron para ofrecer un sacrificio, según la ley, en el nuevo altar de los holocaustos recién construido.

En el aniversario del día en que lo habían profanado los paganos, lo volvieron a consagrar, cantando himnos y tocando cítaras, laúdes y platillos. Todo el pueblo se postró en tierra, adorando y alabando a Dios, que les había dado éxito.

Durante ocho días, celebraron la consagración, ofreciendo con júbilo holocaustos y sacrificios de comunión y de alabanza. Decoraron la fachada del templo con coronas de oro y rodelas. Consagraron también el portal y las dependencias, poniéndoles puertas.

El pueblo entero celebró una gran fiesta, que canceló la afrenta de los paganos. Judas, con sus hermanos y toda la asamblea de Israel, determinó que se conmemorara anualmente la nueva consagración del altar, con solemnes festejos, durante ocho días, a partir del veinticinco del mes de Casleu.


SALMO: 1 Cro 29, 10.11abc.11d-12a.12bed

Alabamos, Señor, tu nombre glorioso.

Bendito eres, Señor, Dios de nuestro padre Israel, por los siglos de los siglos.

Tuyos son, Señor, la grandeza y el poder, la gloria, el esplendor, la majestad, porque tuyo es cuanto hay en cielo y tierra.

Tú eres rey y soberano de todo. De ti viene la riqueza y la gloria.

Tú eres Señor del universo, en tu mano está el poder y la fuerza, tú engrandeces y confortas a todos.


Aclamación antes del Evangelio: Jn 10, 27

Mis ovejas escuchan mi voz -dice el Señor-, y yo las conozco, y ellas me siguen.


EVANGELIO: Lucas 19, 45-48

En aquel tiempo, entró Jesús en el templo y se puso a echar a los vendedores, diciéndoles: «Escrito está: “Mi casa es casa de oración”; pero vosotros la habéis convertido en una “cueva de bandidos.”»

Todos los días enseñaba en el templo. Los sumos sacerdotes, los escribas y los notables del pueblo intentaban quitarlo de en medio; pero se dieron cuenta de que no podían hacer nada, porque el pueblo entero estaba pendiente de sus labios.
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CASA DE ORACIÓN
P. Francisco Fernández Carvajal

Una de las lecturas previstas para la Misa de hoy1 nos narra un pasaje del Libro de los Macabeos, cuando Judas y sus hermanos, después de vencer a los enemigos, decidieron purificar y renovar el santuario del Señor, que había sido profanado por los gentiles y por quienes no habían permanecido fieles a la fe de sus mayores.

Allí se dirigieron llenos de alegría, con cánticos, con arpas, con liras y con címbalos. Y se postró todo el pueblo sobre sus rostros, y adoraron y bendijeron a Dios. Celebraron durante ocho días la dedicación del altar y ofrecieron con gran júbilo holocaustos y sacrificios de acción de gracias y de alabanza.

Adornaron la fachada del Templo con coronas de oro y con escudos, y dedicaron las puertas y las cámaras de los ministros. Y hubo muy grande alegría en el pueblo, y fue quitado el oprobio de las gentes.

Judas Macabeo determinó que se celebrase ese día cada año con gran solemnidad. El Pueblo de Dios, después de tantos años de oprobio, manifestó su piedad y su amor a su Dios, con un júbilo desbordante.

El Evangelio de la Misa2 nos muestra a Jesús santamente indignado al ver la situación en que se encontraba el Templo, de tal manera que expulsó de allí a los que vendían y compraban.

En el Éxodo3 Moisés ya había dispuesto que ningún israelita se presentase en el Templo sin nada que ofrecer. Para facilitar el cumplimiento de esta disposición, a los que venían de lejos se había habilitado en los atrios del Templo un servicio de compra-venta de animales para ser sacrificados, y terminó siendo un verdadero mercado de ganado para el sacrificio.

Lo que en un principio pudo ser tolerable y hasta conveniente, había degenerado de tal modo que la intención religiosa del principio se había subordinado a los beneficios económicos de aquellos comerciantes, que quizá eran los mismos servidores del Templo. Este llegó a parecer más una feria de ganado que un lugar de encuentro con Dios4.

El Señor, movido por el celo de la casa de su Padre5, por una piedad que nacía de lo más hondo de su Corazón, no pudo soportar aquel deplorable espectáculo y los arrojó a todos de allí con sus mesas y sus ganados.

Jesús subraya la finalidad del Templo con un texto de Isaías bien conocido por todos6: Mi casa será casa de oración. Y añadió: pero vosotros habéis hecho de ella una cueva de ladrones. Quiso el Señor inculcar a todos cuál debía ser el respeto y la compostura que se debía manifestar en el Templo por su carácter sagrado.

¡Cómo habrá de ser nuestro respeto y devoción en el templo cristiano –en las iglesias–, donde se celebra el sacrificio eucarístico y donde Jesucristo, Dios y Hombre, está realmente presente en el Sagrario!

«Hay una urbanidad de la piedad. Apréndela. Dan pena esos hombres “piadosos”, que no saben asistir a Misa –aunque la oigan a diario–, ni santiguarse –hacen unos raros garabatos, llenos de precipitación–, ni hincar la rodilla ante el Sagrario –sus genuflexiones ridículas parecen una burla–, ni inclinar reverentemente la cabeza ante una imagen de la Señora»7.

1 Primera lectura. Año 1. 1 Mac 4, 36-37; 52-59. — 2 Lc 19, 45-48. —3 Cfr. Ex 23, 15. — 4 Cfr. Sagrada Biblia, Santos Evangelios, EUNSA, Pamplona 1983, nota a Mt 21, 12-13. — 5 Cfr. Jn 2, 17. — 6 Is 56, 7. —7 San Josemaría Escrivá, Camino, n. 541.


La Presentación de la Virgen María (Dedicación)

noviembre 21, 2019

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En este día celebramos la «dedicación» que María hizo de sí misma a Dios, ya desde su infancia, movida por el Espíritu Santo, de cuya gracia estaba llena desde su concepción inmaculada.

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La Presentación de la Virgen María (Dedicación)

Nota litúrgica: 

En este día, en que se recuerda la dedicación, el año 543, de la iglesia de Santa María la Nueva, construida cerca del templo de Jerusalén, celebramos, junto con los cristianos de la Iglesia oriental, la «dedicación» que María hizo de sí misma a Dios, ya desde su infancia, movida por el Espíritu Santo, de cuya gracia estaba llena desde su concepción inmaculada.

Felicidades a todas las mujeres y varones que llevan el nombre de “Presentación” y “Presen”. Que la Santísima Virgen María los cubra con su manto. 

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Hoy, celebramos junto con toda la Iglesia, la Presentación en el Templo de la niña Santa María. Es en una antigua y piadosa tradición que encontramos los orígenes de esta fiesta mariana que surge en el escrito apócrifo llamado “Protoevangelio de Santiago”.

Este relato cuenta que cuando la Virgen María era muy niña sus padres San Joaquín y Santa Ana la llevaron al templo de Jerusalén y allá la dejaron por un tiempo, junto con otro grupo de niñas, para ser instruida muy cuidadosamente respecto a la religión y a todos los deberes para con Dios.

Los pintores renacentistas dejaron en su lienzo la figura de la Virgen niña que sube correteando las escaleras del templo mientras el Sumo Sacerdote, revestido de los más preciosos ornamentos, recibe la ofrenda; prudentemente distanciados, Joaquín y Ana, los padres de la niña, contemplan el acto, como en segundo plano.

Pero eso es la expresión imaginativa de los artistas; otra cosa distinta es que alguna vez aquello haya sido realidad.

En primer lugar hay que decir que no hay que confundir la presentación de la Virgen María con la presentación del Niño Jesús. Con respecto a esta última hay que decir que es un acontecimiento histórico, avalado por el testimonio evangélico, común en el pueblo judío contemporáneo de Cristo, y acto que responde a un imperativo religioso legal veterotestamentario consistente en presentar al primogénito varón recién nacido, ofreciéndolo al Templo y rescatándolo por una ofrenda de animales.

La presentación de la Virgen, por el contrario, solo roza la posibilidad ni siquiera probable, no tiene apoyatura histórica fiable, y responde a una tradición piadosa.

Dice esta antigua tradición que el matrimonio de Joaquín y Ana soporta la pena de no tener descendencia; que los esposos sufren pacientes el oprobio de sentirse excluidos de la posibilidad de tener entre su descendencia al Mesías. Ana y su esposo han rogado y suplicado al Señor; incluso han hecho voto de ofrecer el fruto de sus entrañas a su servicio. Una vez nacida la hija tan esperada, cuando tiene tres años, cumplen la promesa, dándola al Templo.

Lo más probable es que haya sido el influjo de los evangelios apócrifos –no auténticos– los que han filtrado esta imagen sufriente, expectante y oferente de los padres de la Virgen cuya identidad es, por otra parte, desconocida.

Con respecto a la situación anímica de sus padres hay que decir que, en el supuesto de que en verdad fueran estériles, ciertamente encaja la situación psicológica con la de cualquier matrimonio que con toda lógica anhela ver reflejado su amor en el fruto de los hijos; y más, con el agravante que pesa sobre la sociedad judía contemporánea al verse privados de la posibilidad –poco probable– de descendencia mesiánica, hasta el punto de considerar a la esterilidad casi como castigo de Dios; pero tampoco es demostrable que fueran Joaquín y Ana de ascendencia davídica.

Por parte del Templo, el asunto del ofrecimiento de la niña solo se entiende a semejanza de lo que era preciso hacer con los primogénitos varones nacidos. Pero también aquí tenemos solo indicios para avalar esta posibilidad por las referencias bíblicas que poseemos.

Se encuentra alguna rara alusión sobre la existencia de una comunidad femenina dentro del recinto sagrado, como podría deducirse de la afirmación lucana sobre la «profetisa Ana que no se apartaba del templo día y noche con ayuno y oraciones».

Parece probado que había estancias dentro del contorno amurallado por los episodios de Helí y Samuel y por la afirmación de que en esas dependencias estuvo escondido por seis años Joás con su nodriza y así pudo escapar de la persecución a muerte por parte de Ococías.

A pesar de ello, no hay constancia bíblica de la existencia de niñas en el Templo de Jerusalén; sería único y extraño el caso de María en el supuesto de que en la Biblia se mencionara, cosa que no sucede.

Claro está que estas dificultades han influido como obstáculos para poder afirmar el dato de la presentación de la Virgen María y que ello cuajara en fiesta.

La primera referencia de escritos eclesiásticos en los Padres de la Iglesia es bastante tardía; se remonta al siglo v. Se conoce la existencia de esta fiesta en el siglo VI, en Oriente. En Occidente, se registra la presentación de la Virgen en el siglo XII, en el sur de Italia y en Inglaterra. Gregorio XI la introdujo en Aviñón y a España vino con Cisneros. Cuando se reforma el calendario en tiempos de Pío V, quedó suprimida, y nuevamente restablecida con Sixto V.

Y, ciertamente, entre los historiadores y liturgistas se han dado oleadas de tensiones. Ha habido voluntad de suprimirla por apócrifa y también deseos de restaurarla y mantenerla por considerarla fiesta-resumen que expresa la disposición interna, habitual, permanente y libre de la Virgen Madre de Dios a lo largo de todo el curso de su existencia terrena.

Porque, si consagrar es dedicar algo o a alguien al exclusivo uso de Dios para el culto o para su servicio, ¿cómo no va a poderse celebrar lo que significa la Presentación de la Virgen María en el Templo –aunque esta no se diera– como epítome condensado de la vida entera de María?

La «llena de gracia» y de fe, con claridad humilde y recia dijo un día «fiat» haciéndolo permanente perseverancia con absoluta y definitiva disponibilidad «siendo de Dios» en sus obras, que solo eran el exponente de sus pensamientos, deseos, aspiraciones y proyectos.

Fuente: Archidiócesis de Madrid | aciprensa

https://misionmas.wordpress.com/2019/11/21/presentacion-de-la-virgen-maria/?fbclid=IwAR1jjeCthR0aH10jSiTCtPMbi4EHduvbkwZlFXMmo_9YXT3SanAJUqRwuio

 


NUESTRA SEÑORA DE LA ALMUDENA, Patrona de la archidiócesis de Madrid

noviembre 9, 2019

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Habitaré en medio de ti, y comprenderás que el Señor de los ejércitos me ha enviado a ti.

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PRIMERA LECTURA

Vi que manaba agua del lado derecho del templo, y habrá vida dondequiera que llegue la corriente

Lectura de la profecía de Zacarías 2,14-17

Alégrate y goza, hija de Sión, que yo vengo a habitar dentro de ti, oráculo del Señor.
Aquel día se unirán al Señor muchos pueblos, y serán Pueblo mío.

Habitaré en medio de ti, y comprenderás que el Señor de los ejércitos me ha enviado a ti.
El Señor tomará posesión de Judá sobre la tierra santa y elegirá de nuevo a Jerusalén.
Calle toda carne ante el Señor, cuando se levanta en su santa morada.

Salmo responsorial: Jdt 13,18bcde.19

R. Tú eres el orgullo de nuestra raza.

El Altísimo te ha bendecido, hija,
más que a todas las mujeres de la tierra.
Bendito el Señor, creador del cielo y tierra. R.

Que hoy ha glorificado tu nombre de tal modo,
que tu alabanza estará siempre
en la boca de todos los que se acuerden
de esta obra poderosa de Dios. R.

SEGUNDA LECTURA
Vi la nueva Jerusalén, arreglada como una novia que se adorna
para su esposo

Lectura del libro del Apocalipsis 21, 3-5a

Escuché una voz potente que decía desde el trono:

«Ésta es la morada de Dios con los hombres: acampará entre ellos. Ellos serán su pueblo, y Dios estará con ellos y será su Dios. Enjugará las lágrimas de sus ojos. Ya no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor. Porque el primer mundo ha pasado.»

Y el que estaba sentado en el trono dijo…
«Todo lo hago nuevo.»

EVANGELIO
Ahí tienes a tu hijo. Ahí tienes a tu madre

Lectura del santo evangelio según san Juan 19, 25-27

En aquel tiempo, junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena.

Jesús, al ver a su madre y cerca al discípulo que tanto quería, dijo a su madre:
«Mujer, ahí tienes a tu hijo.»

Luego, dijo al discípulo:
«Ahí tienes a tu madre.»

Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa.

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Nuestra Señora de la Almudena

Hoy, en la Archidiócesis de Madrid, celebramos la Solemnidad de la Virgen de la Almudena, nuestra patrona. Una antigua tradición señala que cuando los cristianos huyeron de la ciudad escondieron la imagen de la Virgen que, siglos más tarde cuando pudieron regresar a sus hogares, fue recuperada milagrosamente.

Esta historia nos hace pensar en una Madre que siempre nos está esperando para que podamos, a su alrededor, constituir un hogar. De hecho, si ella esperó entonces a sus hijos, también ahora desea que nos congreguemos junto a ella alrededor de su Hijo formando parte de esa gran familia que es la Iglesia.

Una autora alemana señalaba que la mujer es como la memoria del hombre. De manera plena la Virgen es la memoria de los cristianos. En el evangelio de san Lucas se señala por dos veces que María guardaba todos los acontecimientos de su Hijo en su corazón y los meditaba.

Si el guardar indica el afecto cuidadoso de la Madre que no desea que nada se pierda, el hecho de meditar indica la actualidad de la relación con su Hijo y la fecundidad de ello.

Podemos unirlo a la presencia de la Virgen junto a la cruz de su Hijo. También estaba allí para que no se perdiera nada de la sangre de su Hijo y para que la entrega sacrificial de la cruz fuera eficaz. A través del corazón de María, la entrega de Cristo sigue siendo fecunda, engendrando nuevos hogares que se incorporan al hogar que se forma en torno a María.

Pero también la Virgen nos enseña cómo formar verdaderamente este hogar. Ella es la presencia cercana y amorosa en torno a la cual sentimos en primer lugar la gracia de la acogida. Quien recibió en sus entrañas al Verbo eterno y, a través de ella se introdujo en el tiempo, nos lleva también a una relación con Dios. Nos introduce en la relación con su Hijo.

Al hacerlo es para nosotros fuente de consuelo, refugio, amparo… tantas cosas de las que en este tiempo nosotros tenemos necesidad, especialmente en estos tiempos en que las circunstancias nos hacen percibir con mayor crudeza nuestra fragilidad e indigencia.

En estos tiempos de desorientación su mirada amorosa nos atrae, y sabemos que en ella podemos alcanzar la serenidad que buscamos, porque ella tiene lo más grande. De sus brazos podemos recibir a Cristo, que nos ofrece con su corazón de madre. Al don del Hijo se añade el modo como se nos entrega, a través de su madre.

Cuando nos paramos a contemplar la imagen es difícil no dejarse arrastrar por la ternura que envuelve la imagen y que es una llamada a abrir nuestro corazón, y a llamarla, desde los balbuceos de nuestra incapacidad: madre. Porque su Hijo quiere que también sea nuestra madre, que la que Él ha colmado de gracia, sea el canal para que su amor llegue hasta todos nosotros; un amor transformante que nos hace ser verdaderamente hijos.

Tras la acogida, introducidos en esa relación filial, y en el hogar de la Iglesia somos conducidos a vivir como ella. A vivir un amor concreto hacia los que tenemos más cerca, aquí en Madrid. Somos llamados a extender ese hogar a nuestro alrededor, difundiendo el amor de Cristo a discreción y con generosidad. Ese amor que es la única respuesta a las necesidades y anhelos más profundos de todos los hombres.

http://www.purisimaconcepcionquart.es/comentario/9-11-2012/


El maná de cada día, 9.11.19

noviembre 9, 2019

Dedicación de la Basílica de Letrán

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Basílica de San Juan de Letrán, en Roma

Basílica de San Juan de Letrán, en Roma

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Antífona de entrada: Ap 21, 2

Vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo, enviada por Dios, arreglada como una novia que se adorna para su esposo.


Oración colecta

Señor, tú que edificas con piedras vivas y escogidas el templo eterno de tu gloria, derrama sobre tu Iglesia los dones del Espíritu Santo, para que tu pueblo fiel llegue un día a transformarse en la Jerusalén celestial. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: Ezequiel 47, 1-2.8-9.12

En aquellos días, el ángel me hizo volver a la entrada del templo. Del zaguán del templo manaba agua hacia levante –el templo miraba a levante–.

El agua iba bajando por el lado derecho del templo, al mediodía del altar. Me sacó por la puerta septentrional y me llevó a la puerta exterior que mira a levante. El agua iba corriendo por el lado derecho.

Me dijo: «Estas aguas fluyen hacia la comarca levantina, bajarán hasta la estepa, desembocarán en el mar de las aguas salobres, y lo sanearán. Todos los seres vivos que bullan allí donde desemboque la corriente, tendrán vida; y habrá peces en abundancia.

Al desembocar allí estas aguas, quedará saneado el mar y habrá vida dondequiera que llegue la corriente.

A la vera del río, en sus dos riberas, crecerán toda clase de frutales; no se marchitarán sus hojas ni sus frutos se acabarán; darán cosecha nueva cada luna, porque los riegan aguas que manan del santuario; su fruto será comestible y sus hojas medicinales.»


SALMO 45, 2-3.5-6.8-9

El correr de las acequias alegra la ciudad de Dios, el Altísimo consagra su morada.

Dios es nuestro refugio y nuestra fuerza, poderoso defensor en el peligro. Por eso no tememos aunque tiemble la tierra, y los montes se desplomen en el mar.

El correr de las acequias alegra la ciudad de Dios, el Altísimo consagra su morada. Teniendo a Dios en medio, no vacila; Dios la socorre al despuntar la aurora.

El Señor de los ejércitos está con nosotros, nuestro alcázar es el Dios de Jacob. Venid a ver las obras del Señor, las maravillas que hace en la tierra: pone fin a la guerra hasta el extremo del orbe.


Aclamación antes del Evangelio: 2 Cro 7, 16

Elijo y consagro este templo –dice el Señor– para que esté en él mi nombre eternamente.


EVANGELIO: Juan 2, 13-22

Se acercaba la Pascua de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén.

Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados; y, haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas; y a los que vendían palomas les dijo: «Quitad esto de aquí; no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre.»

Sus discípulos se acordaron de lo que está escrito: «El celo de tu casa me devora.»

Entonces intervinieron los judíos y le preguntaron: «¿Qué signos nos muestras para obrar así?»

Jesús contestó: «Destruid este templo, y en tres días lo levantaré.»

Los judíos replicaron: «Cuarenta y seis años ha costado construir este templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?»

Pero él hablaba del templo de su cuerpo. Y, cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron de que lo había dicho, y dieron fe a la Escritura y a la palabra que había dicho Jesús.


Antífona de comunión: 1 Pe 2, 5

Nosotros somos piedras vivas, que sirven para construir el templo espiritual, el pueblo sacerdotal que pertenece a Dios.



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9 de Noviembre

La dedicación de la Basílica de Letrán

Según una tradición que arranca del siglo XII, se celebra el día de hoy el aniversario de la dedicación de la basílica construida por el emperador Constantino en el Laterano. Esta celebración fue primero una fiesta de la ciudad de Roma; más tarde se extendió a toda la Iglesia de rito romano, con el fin de honrar aquella basílica, que es llamada «madre y cabeza de todas las iglesias de la Urbe y del Orbe», en señal de amor y de unidad para con la cátedra de Pedro que, como escribió san Ignacio de Antioquía, «preside a todos los congregados en la caridad».

 

Todos, por el bautismo, hemos sido hechos templos de Dios

De los sermones de san Cesáreo de Arlés, obispo

Hoy, hermanos muy amados, celebramos con gozo y alegría, por la benignidad de Cristo, la dedicación de este templo; pero nosotros debemos ser el templo vivo y verdadero de Dios.

Con razón, sin embargo, celebran los pueblos cristianos la solemnidad de la Iglesia madre, ya que son conscientes de que por ella han renacido espiritualmente.

En efecto, nosotros, que por nuestro primer nacimiento fuimos objeto de la ira de Dios, por el segundo hemos llegado a ser objeto de su misericordia. El primer nacimiento fue para muerte; el segundo nos restituyó a la vida.

Todos nosotros, amadísimos, antes del bautismo, fuimos lugar en donde habitaba el demonio; después del bautismo, nos convertimos en templos de Cristo. Y, si pensamos con atención en lo que atañe a la salvación de nuestras almas, tomamos conciencia de nuestra condición de templos verdaderos y vivos de Dios.

Dios habita no sólo en templos construidos por hombres ni en casas hechas de piedra y de madera, sino principalmente en el alma hecha a imagen de Dios y construida por él mismo, que es su arquitecto.

Por esto, dice el apóstol Pablo: El templo de Dios es santo: ese templo sois vosotros.

Y, ya que Cristo, con su venida, arrojó de nuestros corazones al demonio para prepararse un templo en nosotros, esforcémonos al máximo, con su ayuda, para que Cristo no sea deshonrado en nosotros por nuestras malas obras. Porque todo el que obra mal deshonra a Cristo.

Como antes he dicho, antes de que Cristo nos redimiera éramos casa del demonio; después hemos llegado a ser casa de Dios, ya que Dios se ha dignado hacer de nosotros una casa para sí.

Por esto, nosotros, carísimos, si queremos celebra con alegría la dedicación del templo, no debemos destruir en nosotros, con nuestras malas obras, el templo vivo de Dios.

Lo diré de una manera inteligible para todos: debemos disponer nuestras almas del mismo modo como deseamos encontrar dispuesta la iglesia cuando venimos a ella.

¿Deseas encontrar limpia la basílica? Pues no ensucies tu alma con el pecado. Si deseas que la basílica esté bien iluminada, Dios desea también que tu alma no esté en tinieblas, sino que sea verdad lo que dice el Señor: que brille en nosotros la luz de las buenas obras y sea glorificado aquel que está en los cielos.

Del mismo modo que tú entras en esta iglesia, así quiere Dios entrar en tu alma, como tiene prometido: Habitaré y caminaré con ellos.

 


Homilía del Papa Francisco en la Misa por los Cardenales y Obispos fallecidos

noviembre 4, 2019

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El Papa Francisco pronuncia su homilía. Foto: Vatican Media

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Homilía del Papa Francisco en la Misa por los Cardenales y Obispos fallecidos

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El Papa Francisco presidió este lunes 4 de noviembre la Misa celebrada en la Basílica de San Pedro del Vaticano en sufragio por los Cardenales y Obispos fallecidos en el trascurso de este año.

En su homilía, el Santo Padre recordó que “no hemos nacido para la muerte, sino para la resurrección”.

“También hoy nosotros podemos preguntarnos: ¿Qué me sugiere la idea de la resurrección? ¿Cómo respondo a mi llamada a resucitar? Una primera indicación nos la ofrece Jesús, que en el Evangelio de hoy dice: ‘Al que venga a mí no lo echaré afuera’.

Esta es su invitación: ‘Venid a mí’. Ir a Jesús, el que vive, para vacunarse contra la muerte, contra el miedo a que todo termine. Ir a Jesús: puede parecer una exhortación espiritual obvia y genérica”.

A continuación, la homilía completa del Papa Francisco:

Las lecturas que hemos escuchado nos recuerdan que hemos venido al mundo para resucitar: no hemos nacido para la muerte, sino para la resurrección. Como escribe en la segunda lectura san Pablo, ya desde ahora «somos ciudadanos del cielo» (Flp 3,20) y, como dice Jesús en el Evangelio, resucitaremos en el último día (cf. Jn 6,40).

Y es también la idea de la resurrección la que sugiere a Judas Macabeo en la primera lectura una obra de gran rectitud y nobleza (2M 12,43). También hoy nosotros podemos preguntarnos: ¿Qué me sugiere la idea de la resurrección? ¿Cómo respondo a mi llamada a resucitar?

Una primera indicación nos la ofrece Jesús, que en el Evangelio de hoy dice: «Al que venga a mí no lo echaré afuera» (Jn 6,37). Esta es su invitación: «Venid a mí» (Mt 11,28). Ir a Jesús, el que vive, para vacunarse contra la muerte, contra el miedo a que todo termine. Ir a Jesús: puede parecer una exhortación espiritual obvia y genérica.

Pero probemos a hacerla concreta, haciéndonos preguntas como estas: Hoy, en el trabajo que he tenido entre manos en la oficina, ¿me he acercado al Señor? ¿Lo he convertido en ocasión de diálogo con Él? ¿Y con las personas que he encontrado, he acudido a Jesús, las he llevado a Él en la oración? ¿O he hecho todo más bien encerrándome en mis pensamientos, alegrándome solo de lo que me salía bien y lamentándome de lo que me salía mal?

¿En definitiva, vivo yendo al Señor o doy vueltas sobre mí mismo? ¿Cuál es la dirección de mi camino? ¿Busco solo causar buena impresión, conservar mi puesto, mi tiempo, mi espacio, o voy al Señor?

La frase de Jesús es desconcertante: El que viene a mí no lo echaré afuera. Está afirmando la expulsión del cristiano que no va a Él. Para el que cree no hay término medio: no se puede ser de Jesús y girar sobre sí mismos. Quien es de Jesús vive en salida hacia Él.

La vida es toda una salida: del seno materno para venir a la luz, de la infancia para entrar en la adolescencia, de la adolescencia hacia la vida adulta y así sucesivamente, hasta la salida de este mundo. Hoy, mientras rezamos por nuestros hermanos Cardenales y Obispos, que han salido de esta vida para ir al encuentro del Resucitado, no podemos olvidar la salida más importante y más difícil, que da sentido a todas las demás: la de nosotros mismos.

Sólo saliendo de nosotros mismos abrimos la puerta que lleva al Señor. Pidamos esa gracia: “Señor, deseo ir a ti, a través de los caminos y de los compañeros de viaje de cada día. Ayúdame a salir de mí mismo, para ir a tu encuentro, tú que eres la vida”.

Quiero expresar una segunda idea, referida a la resurrección, tomada de la primera Lectura, del noble gesto realizado por Judas Macabeo por los difuntos. Allí está escrito que él lo hizo porque consideraba «que a los que habían muerto piadosamente les estaba reservado un magnífico premio» (2M 12,45).

Es decir, son los sentimientos de piedad los que generan un magnífico premio. La piedad hacia los demás abre de par en par las puertas de la eternidad. Inclinarse sobre los necesitados para servirlos es entrar en la antesala del paraíso. Si, como recuerda san Pablo, «la caridad no pasa nunca» (1 Co 13,8), entonces ella es precisamente el puente que une la tierra al cielo.

Podemos así preguntarnos si estamos avanzando sobre este puente: ¿me dejo conmover por la situación de alguno que está en necesidad? ¿Sé llorar por el que sufre? ¿Rezo por aquellos a los que nadie recuerda? ¿Ayudo a alguno que no tiene con qué devolverme el favor? No es buenismo, no es caridad trivial, son preguntas de vida, cuestiones de resurrección.

Finalmente, un tercer estímulo en vista de la resurrección. Lo tomo de los Ejercicios Espirituales, en los que san Ignacio sugiere que, antes de tomar una decisión importante, hay que imaginarse en la presencia de Dios al final de los tiempos. Esa es la cita que no se puede posponer, el punto de llegada de todos, de todos nosotros.

Entonces, cada elección de vida afrontada en esa perspectiva está bien orientada, porque está más cerca de la resurrección, que es el sentido y la finalidad de la vida. Igual que el momento de salir se calcula por el lugar de llegada, igual que la semilla se juzga por la cosecha, así la vida se juzga bien a partir de su final, de su fin.

San Ignacio escribe: «Considerando cómo me hallaré el día del juicio, pensar cómo entonces querría haber deliberado acerca de la cosa presente; y la regla que entonces querría haber tenido, tomarla agora» (Ejercicios Espirituales, 187).

Puede ser un ejercicio útil para ver la realidad con los ojos del Señor y no solo con los nuestros; para tener una mirada proyectada hacia el futuro, hacia la resurrección, y no sólo sobre el hoy que pasa; para tomar decisiones que tengan el sabor de la eternidad, el gusto del amor.

¿Salgo de mí para ir cada día hacia el Señor? ¿Tengo sentimientos y gestos de piedad con los necesitados? ¿Tomo las decisiones importantes en la presencia de Dios? Dejémonos provocar al menos por uno de estos tres estímulos. Estaremos más en sintonía con el deseo de Jesús en el Evangelio de hoy: no perder nada de cuanto el Padre le ha dado (cf. Jn 6,39).

En medio de tantas voces del mundo que nos hacen perder el sentido de la existencia, sintonicémonos con la voluntad de Jesús, resucitado y vivo: haremos del momento presente un alba de resurrección.

https://www.aciprensa.com/noticias/homilia-del-papa-francisco-en-la-misa-por-los-cardenales-y-obispos-fallecidos-24460


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