Las Confesiones de san Agustín. IV, 16.28-31

noviembre 7, 2018

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Agustín lee y entiende sin maestro las categorías de Aristóteles (Conf. IV, 16.28-31)

28. ¿Y qué me aprovechaba que siendo yo de edad de veinte años, poco más o menos, y viniendo a mis manos ciertos escritos aristotélicos intitulados Las diez categorías —que mi maestro el retórico de Cartago y otros que eran tenidos por doctos citaban con gran énfasis y ponderación, haciéndome suspirar por ellos como por una cosa grande y divina—, las leyera y entendiera yo solo?

Porque como yo las consultase con otros que decían de sí haberlas apenas logrado entender de maestros eruditísimos que se las habían explicado no solo con palabras, sino también con figuras pintadas en la arena, nada me supieron decir que no hubiera yo entendido a solas con aquella lectura.

Y aún me parecía que dichos escritos hablaban con mucha claridad de la substancia, cual es el ser humano, y de las cosas que en ella se encierran, como son la figura, cualidad, altura, cantidad, raza y familia del mismo, o dónde se halla establecido y cuándo nació, y si está de pie o sentado, y si calzado o armado, o si es sujeto agente o paciente, y demás cosas que se contienen en estos nueve predicamentos o géneros, de los que he puesto algunos ejemplos, así como innumerables pueden aducirse del mismo predicamento de substancia.

29. ¿De qué me aprovechaba, digo, todo esto? Antes bien me dañaba, porque, creyendo yo que en aquellos diez predicamentos se hallaban comprendidas absolutamente todas las cosas, me esforzaba por comprenderte también a ti, Dios mío, ser maravillosamente simple e inmutable, como un cuasi sujeto de tu grandeza y belleza, cual si estuvieran éstas en ti como en su sujeto, al modo que en los cuerpos, siendo así que tu grandeza y tu belleza son una misma cosa contigo, al contrario de los cuerpos, que no tienen magnitud o belleza por ser cuerpos; puesto que, aunque fueran menores y menos hermosos, no por eso dejarían de ser cuerpos.

Falsedad, pues, era lo que pensaba de ti, no verdad; ficción de miseria, no firmeza de tu beatitud. Habías ordenado, Señor, y puntualmente se cumplía en mí, que la tierra me produjese abrojos y espinas36 y yo lograse mi sustento con trabajo.

30. ¿De qué me aprovechaba también que leyera y comprendiera por mí mismo todos los libros que pude haber a la mano sobre las artes que llaman liberales, siendo yo entonces esclavo perversísimo de mis malas inclinaciones?

Me gozaba con ellos, pero no sabía de dónde venía cuanto de verdadero y cierto hallaba en ellos, porque tenía las espaldas vueltas a la luz y el rostro hacia las cosas iluminadas, por lo que mi rostro, que veía las cosas iluminadas, no era iluminado37.

Tú sabes, Señor Dios mío, cómo sin ayuda de maestro entendí cuanto leí de retórica, y dialéctica, y geometría, y música, y aritmética, porque también la prontitud de entender y la agudeza en el discernir son dones tuyos.

Mas no te ofrecía por ellos sacrificio alguno, y así no me servían tanto de provecho como de daño, pues tan buena parte de mi hacienda cuidé mucho de tenerla en mi poder, mas no así de guardar mi fortaleza para ti38; antes, apartándome de ti, me marché a una región lejana39 para disiparla entre las rameras de mis pasiones.

Pero ¿qué me aprovechaba cosa tan buena, si no usaba bien de ella? Porque no comprendí yo que aquellas artes fueran tan difíciles de entender aun de los estudiosos y de ingenio hasta que tuve que exponerlas, siendo entonces entre ellos el más sobresaliente el que me comprendía al explicarlas con menos tardanza.

31. Mas ¿de qué me servía todo esto, si juzgaba que tú, Señor Dios Verdad, eras un cuerpo luminoso e infinito, y yo un pedazo de ese cuerpo? ¡Oh excesiva perversidad!

Pero así era yo; ni me avergüenzo ahora, Dios mío, de confesar tus misericordias para conmigo y de invocarte, ya que no me avergoncé entonces de profesar ante los hombres mis blasfemias y ladrar contra ti.

¿Qué me aprovechaba, repito, aquel ingenio fácil para entender aquellas doctrinas y para explicar con claridad tantos y tan enredados libros, sin que ninguno me los hubiese explicado, si en la doctrina de la piedad erraba monstruosamente y con sacrílega torpeza?

¿Acaso era gran daño para tus pequeñuelos el que fuesen de ingenio mucho más tardo, si no se apartaban lejos de ti para que, seguros en el nido de tu Iglesia, echasen plumas y les creciesen las alas de la caridad con el sano alimento de la fe?

¡Oh Dios y Señor nuestro! Esperemos al abrigo de tus alas y protégenos40 y llévanos. Tú llevarás, sí. Tú llevarás a los pequeñuelos, y hasta que sean ancianos41 tú los llevarás, porque nuestra firmeza, cuando eres tú, entonces es firmeza; mas cuando es nuestra, entonces es debilidad. Nuestro bien vive siempre contigo, y así, cuando nos apartamos de él, nos pervertimos.

Volvamos ya, Señor, para que no nos apartemos, porque en ti vive sin ningún defecto nuestro bien, que eres tú, sin que temamos que no haya lugar adonde volar, porque de allí hemos venido y, aunque ausentes nosotros de allí, no por eso se derrumba nuestra casa, tu eternidad.

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El maná de cada día, 14.10.18

octubre 13, 2018

Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario, Ciclo B

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Cuarto día de la Novena a Santa Magdalena de Nagasaki 
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Una cosa te falta

Mirándolo con cariño le dijo: Una cosa te falta…

 

Antífona de entrada: Sal 129, 3-4

Si llevas cuenta de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir? Pero de ti procede el perdón, Dios de Israel.

Oración colecta

Te pedimos, Señor, que tu gracia continuamente nos preceda y acompañe, de manera que estemos dispuestos a obrar siempre el bien. Por nuestro Señor Jesucristo.

PRIMERA LECTURA: Sabiduría 7, 7 11

Supliqué, y se me concedió la prudencia; invoqué, y vino a mí el espiritu de sabiduria.

La preferí a cetros y tronos, y, en su comparación, tuve en nada la riqueza.

No le equiparé la piedra más preciosa, porque todo el oro, a su lado, es un poco de arena, y, junto a ella, la plata vale lo que el barro.

La quise más que la salud y la belleza, y me propuse tenerla por luz, porque su resplandor no tiene ocaso.

Con ella me vinieron todos los bienes juntos, en sus manos había riquezas incontables.


SALMO 89, 12-13. 14-15. 16-17

Sácianos de tu misericordia, Señor. Y toda nuestra vida será alegría.

Enséñanos a calcular nuestros años, para que adquiramos un corazón sensato. Vuélvete, Señor, ¿hasta cuando? Ten compasión de tus siervos.

Por la mañana sácianos de tu misericordia, y toda nuestra vida será alegría y júbilo. Danos alegría, por los días en que nos afligiste, por los años en que sufrimos desdichas..

Que tus siervos vean tu acción, y sus hijos tu gloria. Baje a nosostros la bondad del Señor y haga prósperas las obras de nuestras manos.


SEGUNDA LECTURA: Hebreos 4, 12-13

La palabra de Dios es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo, penetrante hasta el punto donde se dividen alma y espíritu, coyunturas y tuétanos. juzga los deseos e intenciones del corazón.

No hay criatura que escape a su mirada. Todo está patente y descubierto a los ojos de aquel a quien hemos de rendir cuentas.


ALELUYA: Mt 5, 3

Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.

EVANGELIO: Marcos 10, 17-30

En aquel tiempo, cuando salía Jesús al camino, se le acercó uno corriendo, se arrodilló y le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?»

Jesús le contestó: «¿Por qué me llamas bueno? No hay nadie bueno más que Dios.

Ya sabes los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no estafarás, honra a tu padre y a tu madre.»

Él replicó: «Maestro, todo eso lo he cumplido desde pequeño.»

Jesús se le quedó mirando con cariño y le dijo: «Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego síguerne.»

A estas palabras, él frunció el ceño y se marchó pesaroso, porque era muy rico.

Jesús, mirando alrededor, dijo a sus discípulos: «¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el reino de Dios!»

Los discípulos se extrañaron de estas palabras.

Jesús añadió: «Hijos, ¡qué difícil les es entrar en el reino de Dios a los que ponen su confianza en el dinero! Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de Dios.»

Ellos se espantaron y comentaban: «Entonces, ¿quién puede salvarse?»

Jesús se les quedó mirando. y les dijo: «Es imposible para los hombres, no para Dios. Dios lo puede todo.»

Pedro se puso a decirle: «Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido.»

Jesús dijo: «Os aseguro que quien deje casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones, y en la edad futura, vida eterna.»


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ÁNGELUS DEL PAPA FRANCISCO, 11 Oct. 2015

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VATICANO, 11 Oct. 15 / 07:02 am (ACI/EWTN Noticias).- Antes del rezo del Ángelus dominical en la Plaza de San Pedro hoy, el Papa Francisco lanzó un especial reto a los jóvenes a partir de la meditación del pasaje del Evangelio de Marcos en el que el joven rico se marcha entristecido porque no fue capaz de dejarlo todo para seguir a Jesús.

En medio de una mañana soleada en Roma luego de un sábado muy lluvioso, el Papa se dirigió a los jóvenes presentes y con ellos a los de todo el mundo para lanzarles el siguiente desafío: “yo les pregunto a ustedes, jóvenes, chicos y chicas, que están en la plaza: ¿han percibido la mirada de Jesús sobre ustedes? ¿Qué le quieren responder? ¿Prefieren dejar esta plaza con la alegría que nos da Jesús o con la tristeza en el corazón que la mundanidad nos ofrece?

Para responder a este reto, dijo el Pontífice, es importante recordar que “el dinero, el placer, el éxito deslumbran, pero luego desilusionan: prometen vida, pero causan muerte. El Señor nos pide el desapego de estas falsas riquezas para entrar en la vida verdadera, la vida plena, auténtica, luminosa”.

En este pasaje, explicó el Santo Padre, “el joven no se ha dejado conquistar por la mirada de Jesús y así no ha podido cambiar. Solo acogiendo con humilde gratitud el amor del Señor nos liberamos de la seducción de los ídolos y de la ceguera de nuestras ilusiones”.

Francisco refirió luego que el joven rico le pregunta al Maestro por lo que debe hacer para alcanzar la vida eterna. “La respuesta de Jesús resume los mandamientos que se refieren al amor al prójimo. En este contexto, ese joven no tiene nada que reprocharse; pero evidentemente la observancia de los preceptos no le basta, no satisface su deseo de plenitud”.

Jesús intuye esta realidad en el joven, lo mira con gran amor y lo desafía a dejarlo todo, “pero el joven tiene el corazón dividido en dos patrones: Dios y el dinero, y se marcha triste. Esto demuestra que no pueden convivir la fe y el apego a las riquezas. Así, al final, el impulso inicial del joven se apaga en la infelicidad de un seguimiento que naufraga”, que no prospera.

El Papa dijo luego que el reto es grande. Sin embargo, “la salvación en sí misma ‘es imposible para los hombres, ¡pero no para Dios!’”.

“Si nos confiamos al Señor, podemos superar todos los obstáculos que no dejan seguirlo en el camino de la fe. Encomendarse al Señor. Él nos dará la fuerza, él nos dará la salvación, él nos acompaña en el camino”, afirmó Francisco.

Para concluir el Papa hizo votos para que “la Virgen María nos ayude a abrir el corazón al amor de Jesús, a la mirada de Jesús, el único que puede saciar nuestra sed de felicidad”.

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Mucho dejó quien no sólo dejó lo que poseía,
sino también lo que deseaba poseer

San Agustín, Comentario al salmo 103 111,16

Allí anidarán los pájaros. La casa de la gallina de río es guía para ellos (Sal 103, 17). ¿Dónde anidarán los pájaros? En los cedros del Líbano. Ya hemos oído qué son los cedros del Líbano: los nobles del mundo, los preclaros por su linaje, riquezas u honores. También esos cedros se sacian, pero los que plantó el Señor. En ellos anidarán los pájaros. ¿Quiénes son los pájaros? A decir verdad, son pájaros las aves y los animales que vuelan por el cielo; pero se suelen llamar pájaros a los voladores pequeños.

Hay, pues, ciertos espirituales que anidan en los cedros del Líbano; es decir, hay ciertos siervos de Dios que escuchan las palabras del evangelio: Deja todas tus cosas, o vende todos tus bienes y dalos a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; y ven y sígueme (Mt 19, 21).

Esto lo oyeron no sólo los grandes; lo han escuchado también los pequeños; y también los pequeños quisieron cumplirlo y hacerse espirituales: no se unen en matrimonio, no se consumen con la preocupación de los hijos, no tienen morada propia que les ligue, sino que eligen una forma de vida común. Pero ¿qué abandonaron estos pájaros? En efecto, los pájaros parecen los seres más pequeños del mundo. ¿Qué abandonaron? ¿Qué dejaron que fuera grande?

Un hombre se convirtió, dejó la pobre casa paterna, apenas un lecho y un arca. Pero se convirtió, se hizo pájaro, buscó los bienes espirituales. Bien, muy bien; no le insultemos ni le digamos: «No has abandonado nada». Sabemos que Pedro era pescador; cuando siguió al Señor, ¿qué pudo abandonar? Dígase lo mismo de su hermano Andrés, de los hijos del Zebedeo, Santiago y Juan, también ellos eran pescadores (Mt 4,18.21).

Y, con todo, ¿qué le dijeron? He aquí que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido (Mt 19, 27). El Señor no les replicó: «¿Has olvidado tu pobreza? ¿Qué dejaste a cambio de recibir el mundo entero?». Mucho dejó, hermanos míos, mucho dejó, quien no sólo dejó lo que poseía, sino también todo lo que deseaba poseer. ¿Qué pobre, en efecto, no se exalta con sus esperanzas mundanas? ¿Quién no desea a diario aumentar lo que posee?

Tal ambición ha sido cortada: crecía desmesuradamente y se la ha contenido dentro de unos límites, ¿y no ha dejado nada? En verdad, Pedro dejó el mundo entero y el mundo entero recibió. Como quien nada tiene y lo posee todo (2 Cor 5, 10). Son muchos los que lo hacen; lo hacen quienes tienen poco, y vienen y se convierten en pájaros útiles. Parecen pequeños porque no poseen la altura de las dignidades seculares, pero hacen sus nidos en los cedros del Líbano.

Mas he aquí que también los cedros del Líbano, los nobles y los ricos y los encumbrados en este mundo oyen con temor: Dichoso quien mira por el necesitado y el pobre (Sal 40, 2); ponen la mirada en sus bienes, sus posesiones, todas sus riquezas superfluas que les hacen parecer encumbrados y las entregan a los siervos de Dios: donan campos, donan huertos, edifican iglesias, monasterios, recogen pájaros, para que éstos aniden en los cedros del Líbano.

Así, pues, se sacian los cedros del Libano que plantó el Señor y en ellos anidan los pájaros. Echad una mirada a la tierra entera y ved si no es así. Al decir todo esto, no me guiaba sólo por lo oído sino también por lo visto: la experiencia me lo ha hecho comprender. Preguntad a las extensas fincas que poseéis y considerad en cuántos cedros del Líbano anidan aquellos pájaros de que he hablado.

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Novena a Santa Magdalena de Nagasaki (4)

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Con humildad y lágrimas pidió vestir el hábito de terciaria

Rito de entrada para todos los días:

V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.

Oración

Oh Padre, que te complaces en escoger a los pequeños y débiles para manifestarnos las maravillas de tu amor, y que escogiste a la joven Magdalena de Nagasaki para que propagara el Evangelio entre sus conciudadanos, velara por su fidelidad a Cristo, hiciera a ti ofrenda de su vida como terciaria seglar agustino-recoleta y muriera mártir de la fe,

concédenos, por su intercesión, que sepamos, ser siempre testimonios fieles de Cristo en nuestro vivir cotidiano y sepamos amar a nuestros hermanos con amor sincero y desinteresado. Danos, Señor, saber colaborar activamente en la difusión del Evangelio. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

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Reflexión para el día cuarto:

Magdalena en la escuela de los beatos Francisco de Jesús y Vicente de san Antonio

El 20 de junio de 1623, un grupo de once misioneros, procedentes de Filipinas, consigue burlar la estrecha vigilancia japonesa y desembarcar en el puerto puerto de Ichiki. Entre ellos van dos agustinos recoletos; uno español, Francisco de Jesús, y otro portugués, Vicente de san Antonio.

Ambos tienen 33 años y se distinguen por la austeridad de su vida, por su pobreza, por su ardor apostólico. El ardor y el ímpetu que nace de su carisma, de su íntima unión con Dios, les hará producir muchos frutos. Vicente se queda en Nagasaki; Francisco sigue hasta la isla de Hiroshima para aprender la lengua, y volverá a Nagasaki al año siguiente.

La joven Magdalena se siente atraída por la austeridad de la vida, por el celo apostólico y por el aura de espiritualidad que emana de los dos frailes recoletos. Así había concebido ella la vida de una persona consagrada a Dios. Desea asemejarse a ellos, unirse a su labor apostólica, aprender de sus labios el secreto de su espiritualidad. Ha hablado muchas veces con el padre Vicente y le ha expuesto sus inquietudes y sus deseos.

El buen misionero la ha comprendido y la ha animado a vestir el hábito de terciaria agustina recoleta. Es lo que deseaba la joven Magdalena. “Con humildad y lágrimas, dice su biógrafo, pidió al santo Fray Francisco de Jesús, Vicario Provincial…, le diese el hábito de religiosa”. Era probablemente el año 1624. Y un año más tarde, emitiría los votos de obediencia y de virginidad.

Magdalena no es propiamente una religiosa. Es una terciaria seglar agustina recoleta; una persona consagrada que vive el ideal agustino recoleto trabajando en el mundo. Desde el día de la profesión, forma parte de la familia agustino-recoleta. Ha perdido a sus padres, pero ha encontrado otros padres que la aman en Cristo y la dirigen en el camino de la vida hacia la santidad. Y encuentra pronto también una numerosa familia que la arropa.

No está ya sola. Otros hermanos terciarios y terciarias van engrosando en Nagasaki la familia. Ella, Magdalena, joven en años, es sin embargo la primogénita, la hermana mayor, la que da a todos ejemplo de austeridad y de celo apostólico.

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Oración de los fieles para todos los días:

Elevemos, hermanos, nuestras oraciones al Padre común, por intercesión de santa Magdalena de Nagasaki, virgen y mártir, y patrona de nuestra fraternidad seglar agustino-recoleta.

– Por todos los misioneros, especialmente por los agustinos recoletos, para que sepan predicar única y exclusivamente a Cristo, y éste crucificado. Oremos.
R. Te rogamos, óyenos.

– Por todos los catequistas, para que sepan ayudar en el robustecimiento de la fe, esperanza y caridad de los creyentes y catecúmenos. Oremos.
R. Te rogamos, óyenos.

– Por nuestras fraternidades seglares agustino- recoletas, para que imiten los ejemplos de caridad, sencillez, desprendimiento, sacrificio y fidelidad hasta el martirio de santa Magdalena de Nagasaki. Oremos.
R. Te rogamos, óyenos.

– Por todos los pueblos del Extremo Oriente, para que se abran a la luz de Cristo y crean en el Evangelio. Oremos.
R. Te rogamos, óyenos.

Por todos los que sufren persecución a causa del Evangelio, para que sepan mantenerse íntegros en la fe, constantes en la esperanza y animosos en la caridad. Oremos.
R. Te rogamos, óyenos.

Para añadir a la oración comunitaria:

Por todos nuestros amigos y compañeros, para que encuentren en nosotros el ejemplo de vida entregada a Cristo y de fidelidad a nuestro compromiso bautismal. Oremos.
R. Te rogamos, óyenos.

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Oración final para todos los días:

Padre y Señor nuestro, tu mártir Magdalena de Nagasaki predicó sin desfallecer el Evangelio y derramó su sangre por ti; concédenos, por su intercesión, ser fíeles testigos de tu Palabra, seguidores de sus ejemplos y participar con ella de tu gloria por la eternidad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.


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Las Confesiones de san Agustín. IV, 15.24-27

octubre 8, 2018

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Por qué no comprendía lo espiritual (Conf. IV, 15.24-27)

24. Porque no acertaba aún a ver la clave de tan importante tema en tu arte, ¡oh Dios omnipotente!, obrador único de maravillas27, y así mi alma se iba por las formas corpóreas y definía lo bello diciendo que era lo que convenía consigo mismo, y apto, lo que convenía a otro, lo cual distinguía, y definía, y confirmaba con ejemplos materiales.

Pasé de aquí a la naturaleza del alma, pero la falsa opinión o concepto que tenía de las realidades espirituales no me dejaba ver la verdad. La misma fuerza de la verdad se me echaba a los ojos y tenía que apartar la mente palpitante de las cosas incorpóreas hacia las figuras, los colores y las magnitudes físicas; y como no podía ver estas cosas en el alma, juzgaba que tampoco era posible que viese mi alma.

Pero como yo amara en la virtud la paz y en el vicio aborreciese la discordia, notaba en aquélla cierta unidad y en éste una como división, pareciéndome residir en esta unidad el alma racional y la esencia de la verdad y del sumo bien, y en la división, no sé qué sustancia de vida irracional y la naturaleza del sumo mal, la cual no sólo era sustancia, sino también verdadera vida, sin proceder, sin embargo, de ti, Dios mío, de quien proceden todas las cosas. 

Y llamaba a aquélla mónada, como inteligencia asexuada; y a ésta, díada, en la que englobaba la cólera en los delitos y la libido en los vicios, sin saber lo que me decía. En realidad, no sabía aún ni había aprendido que ninguna sustancia constituye el mal, ni que nuestra inteligencia sea el sumo e inmutable bien.

25. Porque así como se cometen crímenes cuando el impulso del alma es vicioso y se precipita insolente y turbulento, y se dan los pecados cuando el afecto del alma, con que se alimentan los deleites carnales, es inmoderado, así también los errores y falsas opiniones contaminan la vida si la mente racional está viciada, cual estaba la mía entonces, que no sabía que debía ser ilustrada por otra luz para participar de la verdad, por no ser ella la misma cosa que la verdad.

Porque tú, Señor, iluminarás mi linterna; tú, Dios mío, iluminarás mis tinieblas28; y de tu plenitud recibimos todos29; porque tú eres la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo30, y porque en ti no hay mutación ni la más instantánea obscuridad31.

26. Yo me esforzaba por llegar a ti, pero era repelido por ti para que gustase de la muerte, porque tú resistes a los soberbios32. ¿Y qué mayor soberbia que afirmar con incomprensible locura que yo era lo mismo que tú en naturaleza?

Porque siendo yo mudable y reconociéndome tal —pues si quería ser sabio era por hacerme de peor mejor—, prefería, sin embargo, juzgarte mudable antes que no ser yo lo que tú. He aquí por qué era yo repelido y tú resistías a mi ventosa cerviz.

Yo no sabía imaginar más que formas corpóreas, y siendo carne acusaba a la carne; y siendo espíritu errante, no acertaba a volver a ti33; y caminando, marchaba hacia aquellas cosas que no son nada ni en ti, ni en mí, ni en el cuerpo; ni me eran sugeridas por tu verdad, sino que eran fingidas por mi vanidad según los cuerpos; y decía a tus fieles pequeñuelos, mis conciudadanos, de los que yo sin saberlo andaba desterrado; les decía yo, hablador e inepto: «¿Por qué yerra el alma, hechura de Dios?»; mas no quería que se me dijese: «Y ¿por qué yerra Dios?».

Y porfiaba en defender que tu sustancia inmutable obligada erraba, antes de confesar que la mía, mudable, se había desmandado espontáneamente y en castigo de ello andaba ahora en error.

27. Sería yo de unos veintiséis o veintisiete años cuando escribí aquellos volúmenes revolviendo dentro de mí puras imágenes corporales, cuyo ruido aturdía los oídos de mi corazón, los cuales procuraba yo aplicar, ¡oh dulce verdad!, a tu interior melodía, pensando en Lo bello y lo conveniente y deseando estar ante ti, y oír tu voz, y gozarme con gran alegría por la voz del esposo34; pero no podía, porque las voces de mi error me arrebataban hacia afuera y con el peso de mi soberbia caía de nuevo en el abismo.

Porque todavía no dabas gozo y alegría a mis oídos ni se alegraban mis huesos, que no habían sido aún humillados35.

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Las Confesiones de san Agustín. IV, 14.21-23

octubre 7, 2018

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La dedicatoria a Hierio (Conf. IV, 14.21-23)

21. Pero ¿qué fue lo que me movió, Señor y Dios mío, para que dedicara aquellos libros a Hierio, retórico de la ciudad de Roma, a quien no conocía de vista, sino que le apreciaba por la fama de su doctrina, que era grande, y por algunos dichos suyos que había oído y me agradaban?

Pero principalmente me agradaba porque agradaba a los demás, que le ensalzaban con elogios estupendos, admirados de que un hombre sirio, educado en la elocuencia griega, llegase luego a ser un orador admirable en la latina y sabedor acabado en todas las materias pertinentes al estudio de la sabiduría. Era alabado aquel hombre y se le amaba aunque ausente.

Pero ¿es acaso que el amor entra en el corazón del que escucha por la boca del que alaba? De ninguna manera, sino que de un amante se enciende otro. De aquí que se ame al que es alabado, pero sólo cuando se entiende que es alabado con corazón sincero o, lo que es lo mismo, cuando se le alaba con amor.

22. De este modo amaba yo entonces a los hombres, por el juicio de los hombres y no por el tuyo, Dios mío, en quien nadie se engaña. Sin embargo, ¿por qué no le alababa como se alaba a un cochero célebre o a un cazador afamado con las aclamaciones del pueblo, sino de modo muy distinto y más serio y tal como yo quisiera ser alabado?

Porque ciertamente yo no quisiera ser alabado y amado como los histriones, aunque los ame y alabe; antes preferiría mil veces permanecer desconocido a ser alabado de esa manera, y aun ser odiado antes que ser amado así.

¿Dónde se distribuyen estos pesos, de tan varios y diversos amores, en una misma alma? ¿Cómo es que yo amo en otro lo que a su vez si yo no odiara no lo detestara en mí ni lo desechara, siendo uno y otro hombre?

Porque no se ha de decir del histrión, que es de nuestra naturaleza, que es alabado como un buen caballo por quien, aun pudiendo, no querría ser caballo.

¿Luego amo en el hombre lo que yo no quiero ser, siendo, no obstante, hombre? Gran misterio (grande profundum) es el hombre, cuyos cabellos tienes tú, Señor, contados, sin que se pierda uno sin tú saberlo; y, sin embargo, más fáciles de contar son sus cabellos25 que sus afectos y los movimientos de su corazón.

23. Pero aquel orador [Hierio] era del número de los que yo apreciaba, deseando ser como él; mas yo erraba por mi orgullo y era arrastrado por toda clase de viento26, aunque ocultísimamente era gobernado por ti. ¿Y de dónde sé yo y te confieso con tanta certeza que amaba más a aquél por mor de los que le loaban que por las cosas de que era loado?

Porque si no le alabaran, antes le vituperaran aquellos mismos, y vituperándole y despreciándole contasen aquellas mismas cosas, ciertamente no me encendieran en su amor ni me movieran, no obstante que las cosas no fueran distintas ni el hombre otro, sino únicamente el afecto de los que las contaban.

He aquí dónde para el alma débil que no está aún adherida a la firmeza de la verdad, la cual es llevada y traída, arrojada y rechazada, según soplaren los vientos de las lenguas emitidas por los pechos de los opinantes; y de tal suerte se le obscurece la luz, que no ve la verdad, no obstante que esté a la vista.

Por gran cosa tenía yo que aquel hombre conociera mis discursos y mis estudios. Que si él los diera por buenos, me habrían de encender mucho más en su amor, mas si, al contrario, los reprobara, lastimara mi corazón vano y falto de tu solidez.

Sin embargo, yo revolvía en mi mente y contemplaba con regusto aquel tratado mío sobre Lo bello y lo conveniente, admirándolo a solas en mi imaginación, sin que nadie me lo alabase.

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Las Confesiones de san Agustín. IV, 13.20

octubre 5, 2018

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«De lo bello y de lo conveniente» (Conf. IV, 13.20)

 

20. Yo no sabía nada entonces de estas realidades; y así amaba las hermosuras inferiores, y caminaba hacia el abismo, y decía a mis amigos: «¿Amamos por ventura algo fuera de lo hermoso? ¿Y qué es lo hermoso? ¿Qué es la belleza? ¿Qué es lo que nos atrae y aficiona a las cosas que amamos? Porque ciertamente que si no hubiera en ellas alguna gracia y hermosura, de ningún modo nos atraerían hacia sí».

Y notaba yo y veía que en los mismos cuerpos una cosa era el todo, y como tal hermoso, y otro lo que era conveniente, por acomodarse aptamente a alguna cosa, como la parte del cuerpo respecto del conjunto, el calzado respecto del pie, y otras cosas semejantes.

Esta consideración brotó en mi alma de lo íntimo de mi corazón, y escribí unos libros sobre Lo bello y lo conveniente, creo que dos o tres —tú lo sabes, Señor—, porque lo tengo ya olvidado y no los conservo por habérseme extraviado no sé cómo.

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El maná de cada día, 19.9.18

septiembre 19, 2018

Miércoles de la 24ª semana del Tiempo Ordinario

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Si no tengo amor, nada soy

Si no tengo amor, nada soy: Si somos la paloma, gimamos, suframos, esperemos

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PRIMERA LECTURA: 1 Corintios 12, 31–13,13

Ambicionad los carismas mejores. Y aún os voy a mostrar un camino excepcional.

Ya podría yo hablar las lenguas de los hombres y de los ángeles; si no tengo amor, no soy más que un metal que resuena o unos platillos que aturden. Ya podría tener el don de profecía y conocer todos los secretos y todo el saber, podría tener fe como para mover montañas; si no tengo amor, no soy nada. Podría repartir en limosnas todo lo que tengo y aun dejarme quemar vivo; si no tengo amor, de nada me sirve.

El amor es paciente, afable; no tiene envidia; no presume ni se engríe; no es mal educado ni egoísta; no se irrita; no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad. Disculpa sin límites, cree sin límites, espera sin límites, aguanta sin límites.

El amor no pasa nunca. ¿El don de profecía?, se acabará. ¿El don de lenguas?, enmudecerá. ¿El saber?, se acabará. Porque limitado es nuestro saber y limitada es nuestra profecía; pero, cuando venga lo perfecto, lo limitado se acabará.

Cuando yo era niño, hablaba como un niño, sentía como un niño, razonaba como un niño. Cuando me hice un hombre acabé con las cosas de niño. Ahora vemos confusamente en un espejo; entonces veremos cara a cara. Mi conocer es por ahora limitado; entonces podré conocer como Dios me conoce.

En una palabra: quedan la fe, la esperanza, el amor: estas tres. La más grande es el amor.


SALMO 32

Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad

Dad gracias al Señor con la cítara, tocad en su honor el arpa de diez cuerdas; cantadle un cántico nuevo, acompañando los vítores con bordones.

Que la palabra del Señor es sincera, y todas sus acciones son leales; él ama la justicia y el derecho, y su misericordia llena la tierra.

Dichosa la nación cuyo Dios es el Señor, el pueblo que él se escogió como heredad. Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti.


Aclamación antes del Evangelio: Jn 6, 63c. 68c

Tus palabras, Señor, son espíritu y vida; tú tienes palabras de vida eterna.


EVANGELIO: Lucas 7, 31-35

En aquel tiempo, dijo el Señor: «¿A quién se parecen los hombres de esta generación? ¿A quién los compararemos?

Se parecen a unos niños, sentados en la plaza, que gritan a otros: “Tocamos la flauta y no bailáis, cantamos lamentaciones y no lloráis.”

Vino Juan el Bautista, que ni comía ni bebía, y dijisteis que tenía un demonio; viene el Hijo del hombre, que come y bebe, y decís: “Mirad qué comilón y qué borracho, amigo de publicanos y pecadores.”

Sin embargo, los discípulos de la sabiduría le han dado la razón.»


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Orad, predicad, amad: poderoso es el Señor

San Agustín, Comentarios sobre el evangelio de San Juan 6, 20-24

El fruto del olivo significa la caridad. ¿Cómo se prueba? No hay líquido que aprisione el aceite. El aceite se escabulle de entre ellos hasta salir fuera y colocarse sobre todos.

Así es la caridad. No puede quedar aprisionada abajo; siempre se eleva sobre lo más alto. De ella dice el Apóstol: Os voy a mostrar un camino todavía más excelente (1 Cor 12, 31).

Al hablar de aceite se dijo que se sitúa por encima de todos los líquidos. ¿Se duda de que el Apóstol se refiere a la caridad cuando dice: Os voy a mostrar un camino más excelente?

Atención a lo que sigue: Aun cuando hable las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo caridad, soy como un metal que suena o un címbalo que retiñe (1 Cor 13, 1).

Ven ahora, Donato, y grita que eres elocuente. Anda, Donato, vocea, ya que eres un doctor. ¿Cuánta es tu elocuencia? ¿Cuánta tu sabiduría? ¿Hablas, por ventura, las lenguas de los ángeles? Pues aunque las hables, si no tienes caridad, mis oídos no oyen sino metales que suenan y címbalos que retiñen. Busco algo más sólido. ¡Ojalá encuentre frutos en las hojas, no sólo palabras!

Dirás, sin duda, que tienes un sacramento. Dices verdad. El sacramento es cosa divina. Tienes el bautismo, lo confieso. Pero, ¿sabes qué dice el mismo Apóstol? Aunque conozca todos los misterios, y posea el don de profecía, y tenga tanta fe que traslade las montañas -lo último lo dijo para que no digas que basta tener fe- … ¿Sabes lo que dice Santiago? También los demonios creen, pero tiemblan (Sant 2, 19).

Gran cosa es la fe, pero no aprovecha sin la caridad. Los demonios confesaban a Cristo. Era la fe, no el amor, lo que les obligaba a decir: ¿Qué hay entre ti y nosotros? (Mc 1, 24). Tenían fe, pero no amor. Por eso eran demonios.

No te gloríes de la fe, tú que todavía eres comparable a los demonios. No digas a Cristo: ¿Qué hay entre tú y yo? La unidad de Cristo te habla: Ven, conoce la paz, vuelve al corazón de la paloma. Estás bautizado fuera, sí; pero lleva fruto y ya estás de vuelta en el arca.

Sigues diciendo todavía: «¿Por qué nos buscáis si somos malos?». Para que seáis buenos. Os buscamos porque sois malos; si no fuerais malos ya se hubiera dado con vosotros, no andaríamos en vuestra búsqueda. Al bueno ya le encontramos; es al malo a quien hemos de buscar.

Por eso os buscamos: volved ya al arca. «Pero si ya tengo el bautismo». Aunque penetrara todos los misterios y tuviera el don de profecía y tanta fe que trasladara las montañas, si no tengo caridad, nada soy…

«Pero ¿qué es lo que dices? ¿No ves las muchas persecuciones de que somos víctimas?». -«Pero eso no lo sufrís por Cristo, sino por vuestros honores». Atentos a lo que sigue. A veces se jactan de que hacen muchas limosnas, de que dan a los pobres y de que sufren persecuciones; pero por Donato, no por Cristo.

Mira por quién sufres. Porque si sufres por Donato, sufres por uno que es orgulloso; no perteneces a la paloma si sufres por Donato. Él no era amigo del esposo; si lo fuera buscaría su gloria, no la propia personal.

Oye al amigo del esposo que dice: Éste es el que bautiza (Jn 1, 33). No es amigo del esposo aquel por quien padeces. No tiene el vestido nupcial. Si te presentas al banquete se te expulsará de él. Mejor dicho, ya estás fuera y por eso eres un miserable. Vuelve ya, por fin, no te engrías.

Oye lo que dice el Apóstol: Aunque diera todos mis bienes a los pobres y entregase mi cuerpo a las llamas, si no tengo caridad… He aquí lo que te falta. Si entregara -dice- mi cuerpo a las llamas, pero por el nombre de Cristo. Hay muchos que lo hacen por jactancia, no por caridad; por eso dice: aunque entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo caridad de nada me aprovecha (1 Cor 13, 3).

Por amor lo hicieron los mártires que sufrieron en tiempo de las persecuciones; por amor, sí. Éstos lo hacen por hinchazón y soberbia, porque, si faltan perseguidores, se dan muerte a sí mismos. «Ven, pues; ten caridad». -«También nosotros tenemos mártires»-. «¿Qué mártires? No son palomas; por eso, al intentar alzar el vuelo, se estrellaron contra la roca».

Todo esto, hermanos míos, como veis, da voces contra ellos: las páginas divinas, las profecías, el evangelio, los escritos apostólicos y todos los gemidos de la paloma. Y todavía siguen dormidos, todavía no despiertan. Si somos la paloma, gimamos, suframos, esperemos. La misericordia de Dios dará muestras de su presencia, hasta que vuestra sencillez encienda el fuego del Espíritu Santo. Entonces vendrán.

No perder la esperanza: orad, predicad, amad: poderoso es el Señor. Ya empiezan a conocer su desvergüenza. Muchos ya se dan cuenta; muchos se ruborizan ya. La presencia de Cristo hará que se den cuenta también los demás. Sí, hermanos míos, recoged todo el grano y que allí quede sólo la paja. Todo lo que allí lleva fruto sea traído al arca por la paloma.

 


Las Confesiones de san Agustín. IV, 12.18-19

septiembre 12, 2018

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La verdadera felicidad sólo está en Dios (Conf. IV, 12.18-19)

18. Si te agradan los cuerpos, alaba a Dios en ellos y revierte tu amor sobre su artífice, no sea que le desagrades en las mismas cosas que te agradan.

Si te agradan las almas, ámalas en Dios, porque, si bien son mudables, fijas en él, permanecerán; de otro modo desfallecerían y perecerían. Ámalas, pues, en él y arrastra contigo hacia él a cuantos puedas y diles: «A éste amemos»; él es el que ha hecho estas cosas y no está lejos de aquí.

Porque no las hizo y se fue, antes de él proceden y en él están. Pero he aquí que él está donde se gusta la verdad: en lo más íntimo del corazón; pero el corazón se ha alejado de él.

Volved, pues, prevaricadores, al corazón18 y adheríos a él, que es vuestro Hacedor. Estad con él, y permaneceréis estables; descansad en él, y estaréis tranquilos.

¿Adónde vais por ásperos caminos, adónde vais? El bien que amáis, de él proviene, mas sólo en cuanto a él se refiere es bueno y suave; pero justamente será amargo si, abandonado Dios, injustamente se amare lo que de él procede. ¿Por qué andáis aún todavía por caminos difíciles y trabajosos?

No está el descanso donde lo buscáis. Buscad lo que buscáis, pero sabed que no está donde lo buscáis. Buscáis la vida en la región de la muerte: no está allí. ¿Cómo encontrar vida bienaventurada donde no hay vida siquiera?

19. Nuestra mismísima Vida descendió acá y tomó nuestra muerte, y la mató con la abundancia de su vida, y dio voces como de trueno, clamando que retornemos a él en aquel retiro de donde salió para nosotros, pasando primero por el seno virginal de María, en el que se desposó con la humana naturaleza, carne mortal, para no ser siempre mortal.

De aquí como esposo que sale de su tálamo, se esforzó alegremente, como un gigante, para recorrer su camino (Sal 18,6). Porque no se retardó, sino que corrió dando voces con sus palabras, con sus obras, con su muerte, con su vida, con su descendimiento y su ascensión, clamando que nos volvamos a él, pues si partió de nuestra vista fue para que entremos en nuestro corazón y allí le encontremos; porque si partió, aún está con nosotros.

No quiso estar mucho tiempo con nosotros, pero no nos abandonó. Se retiró de donde nunca se apartó, porque él hizo el mundo19, y en el mundo era, y al mundo vino a salvar a los pecadores20. Y a él se confiesa mi alma y él la sana de las ofensas que le ha hecho21.

Hijos de los hombres, ¿hasta cuándo seréis duros de corazón?22 ¿Es posible que, después de haber bajado la vida a vosotros, no queráis subir y vivir? Mas ¿adónde subisteis cuando estuvisteis en alto y pusisteis en el cielo vuestra boca?23 Bajad, a fin de que podáis subir hasta Dios, ya que caísteis ascendiendo contra él.

Diles estas cosas para que lloren en este valle de lágrimas24 y así los arrebates contigo hacia Dios, porque, si se las dices, ardiendo en llamas de caridad, con espíritu divino se las dices.

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