El maná de cada día, 10.6.17

junio 10, 2017

Sábado de la 9ª semana del Tiempo Ordinario

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Esa pobre viuda ha dado más que todos

Esa pobre viuda ha dado más que todos



PRIMERA LECTURA: Tobías 12, 1.5-15.20

Así es que lo llamó y le dijo: «Como paga, toma la mitad de todo lo que has traído, y vete en paz.»

Entonces Rafael llamó aparte a los dos y les dijo:

«Bendecid a Dios y proclamad ante todos los vivientes los beneficios que os ha hecho, para que todos canten himnos en su honor.

Manifestad a todos las obras del Señor como él se merece, y no seáis negligentes en darle gracias. Si el secreto del rey hay que guardarlo, las obras de Dios hay que publicarlas y proclamarlas como se merecen.

Obrad bien, y no os vendrá ninguna desgracia. Más vale la oración sincera y la limosna generosa que la riqueza adquirida injustamente. Más vale hacer limosnas que atesorar dinero. La limosna libra de la muerte y espía el pecado. Los que hacen limosna se saciarán de vida. Los pecadores y los malhechores son enemigos de si mismos.

Os descubriré toda la verdad sin ocultaros nada. Ya os dije que si el secreto del rey hay que guardarlo, las obras de Dios hay que publicarlas como se merecen. Pues bien, cuando Sara y tú estabais rezando, yo presentaba al Señor de la gloria el memorial de tu oración. Lo mismo cuando enterrabas a los muertos. Y cuando te levantaste de la mesa sin dudar y dejaste la comida por ir a enterrar a aquel muerto, Dios me envió para probarte; pero me ha enviado de nuevo para curarte a ti y a tu nuera Sara.

Yo soy Rafael, uno de los siete ángeles que están al servicio de Dios y tienen acceso ante el Señor de la gloria. Así, pues, bendecid al Señor en la tierra, dad gracias a Dios. Yo subo ahora al que me envió. Vosotros escribid todo lo que os ha ocurrido.»


SALMO: Tb 13, 2.6.7.8

Bendito sea Dios, que vive eternamente.

Él azota y se compadece, hunde hasta el abismo y saca de él, y no hay quien escape de su mano.

Veréis lo que hará con vosotros, le daréis gracias a boca llena, bendeciréis al Señor de la justicia y ensalzaréis al rey de los siglos.

Yo le doy gracias en mi cautiverio, anuncio su grandeza y su poder a un pueblo pecador.

Convertíos, pecadores, obrad rectamente en su presencia: quizá os mostrará benevolencia y tendrá compasión.


Aclamación antes del Evangelio: Mt 5, 3

Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de Dios.


EVANGELIO: Marcos 12, 38-44

En aquel tiempo, entre lo que enseñaba Jesús a la gente, dijo: «¡Cuidado con los escribas! Les encanta pasearse con amplio ropaje y que les hagan reverencias en la plaza, buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y devoran los bienes de las viudas, con pretexto de largos rezos. Éstos recibirán una sentencia más rigurosa.»

Estando Jesús sentado enfrente del arca de las ofrendas, observaba a la gente que iba echando dinero: muchos ricos echaban en cantidad; se acercó una viuda pobre y echó dos reales.

Llamando a sus discípulos, les dijo: «Os aseguro que esa pobre viuda ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero ésta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir.»



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¿De dónde viene la luz?

Papa Francisco en la Domus Sanctae Marthae
Lunes 24 de noviembre de 2014

En la viuda que entrega sus dos moneditas al tesoro del templo podemos ver la «imagen de la Iglesia» que debe ser pobre, humilde y fiel. Parte del Evangelio del día, tomado del capítulo 21 de san Lucas (1-4), la reflexión del Papa Francisco durante la misa del lunes 24 de noviembre. En la homilía hizo referencia al pasaje donde Jesús, «tras largas discusiones» con los saduceos y los discípulos en relación a los escribas y a los fariseos que «se complacían en ocupar los primeros puestos, los primeros asientos en las sinagogas, en los banquetes, en ser saludados», alzando los ojos «vio a una viuda». El «contraste» es inmediato y «fuerte» respecto a los «ricos que echaban sus donativos en el tesoro del templo». Precisamente la viuda es «la persona más fuerte aquí, en este pasaje».

De la viuda, explicó el Pontífice, «se dice dos veces que era pobre: dos veces. Y pasaba necesidad». Es como si el Señor hubiese querido destacar a los doctores de la ley: «Tenéis muchas riquezas de vanidad, de apariencia o incluso de soberbia. Esta es pobre…». Pero «en la Biblia el huérfano y la viuda son las figuras de los más marginados» así como también los leprosos, y «por ello hay muchos mandamientos para ayudar, para ocuparse de las viudas, de los huérfanos». Y Jesús «mira a esta mujer sola, vestida con sencillez» y «que echa todo lo que tenía para vivir: dos moneditas». El pensamiento vuela también a otra viuda, la de Sarepta, «que había recibido al profeta Elías y había dado todo lo que tenía antes de morir: un poco de harina y aceite…».

El Pontífice volvió a componer la escena narrada por el Evangelio: «Una mujer pobre en medio de los poderosos, en medio de los doctores, de los sacerdotes, de los escribas… también en medio de los ricos que echaban sus donativos, e incluso algunos para hacerse ver». A ellos les dijo Jesús: «Este es el camino, este es el ejemplo. Esta es la senda por la que vosotros tenéis que ir». Surge fuerte el «gesto de esta mujer que le pertenecía totalmente a Dios, como la viuda Ana que recibió a Jesús en el Templo: toda para Dios. Su esperanza estaba sólo en el Señor».

«El Señor puso de relieve la persona de la viuda», dijo el Papa Francisco, y continuó: «Me gusta ver aquí, en esta mujer, una imagen de la Iglesia». Sobre todo la «Iglesia pobre, porque la Iglesia no debe tener otras riquezas más que su Esposo»; luego la «Iglesia humilde, como lo eran las viudas de ese tiempo, porque en esa época no existía la pensión, no existían las ayudas sociales, nada». En cierto sentido la Iglesia «es un poco viuda, porque espera a su Esposo que volverá». Cierto, «tiene a su Esposo en la Eucaristía, en la Palabra de Dios, en los pobres: pero espera que regrese».

¿Qué es lo que impulsa al Papa a «ver en esta mujer la figura de la Iglesia»? El hecho de que «no era importante: el nombre de esta viuda no aparecía en los periódicos, nadie la conocía, no tenía títulos… nada. Nada. No brillaba con luces propias». Y la «gran virtud de la Iglesia» debe ser precisamente la «de no brillar con luz propia», sino reflejar «la luz que viene de su Esposo». Tanto más que «a lo largo de los siglos, cuando la Iglesia quiso tener luz propia, se equivocó». Lo decían incluso «los primeros Padres», la Iglesia es «un misterio como el de la luna. La llamaban mysterium lunae: la luna no tiene luz propia; la recibe siempre del sol».

Cierto, especificó el Papa, «es verdad que algunas veces el Señor puede pedir a su Iglesia que tenga, que procure un poco de luz propia», como cuando pidió «a la viuda Judit que se quitara las vestiduras de viuda y se pusiera vestidos de fiesta para cumplir una misión». Pero, dijo, «permanece siempre la actitud de la Iglesia hacia su Esposo, hacia el Señor». La Iglesia «recibe la luz de allá, del Señor» y «todos los servicios que realizamos» le sirven a ella para «recibir esa luz». Cuando a un servicio le falta esta luz «no esá bien», porque «hace que la Iglesia se haga rica, o poderosa, o que busque el poder, o que se equivoque de camino, como sucedió muchas veces en la historia, y como sucede en nuestra vida cuando queremos tener otra luz, que no es precisamente la del Señor: una luz propia».

El Evangelio, destacó el Papa, presenta la imagen de la viuda precisamente en el momento en el que «Jesús comienza a sentir las resistencias de la clase dirigente de su pueblo: los saduceos, los fariseos, los escribas, los doctores de la ley». Y es como si Él dijera: «Sucede todo esto, pero mirad allí», hacia esa viuda. La confrontación es fundamental para reconocer la verdadera realidad de la Iglesia que «cuando es fiel a la esperanza y a su Esposo, se alegra de recibir la luz que viene de Él, de ser —en este sentido— viuda: esperando ese sol que vendrá».

Por lo demás, «no por casualidad la primera confrontación fuerte que Jesús tuvo en Nazaret, después de la que tuvo con Satanás, fue por nombrar a una viuda y por nombrar a un leproso: dos marginados». Había «muchas viudas en Israel, en ese tiempo, pero sólo Elías fue invitado por la viuda de Sarepta. Y ellos se enfadaron y querían matarlo».

Cuando la Iglesia, concluyó el Papa Francisco, es «humilde» y «pobre», y también cuando «confiesa sus miserias —que, además, todos las tenemos— la Iglesia es fiel». Es como si ella dijera: «Yo soy oscura, pero la luz me viene de allí». Y esto, añadió el Pontífice, «nos hace mucho bien». Entonces «recemos a esta viuda que está en el cielo, seguro», a fin de que «nos enseñe a ser Iglesia de ese modo», renunciando a «todo lo que tenemos» y a no tener «nada para nosotros» sino «todo para el Señor y para el prójimo». Siempre «humildes» y «sin gloriarnos de tener luz propia», sino «buscando siempre la luce que viene del Señor».

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Novena a Santa Rita de Casia ( y 9), 21.5.17

mayo 21, 2017

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NOVENO DÍA

RITA, MAESTRA EN EL ARTE DEL PERDÓN Y DE LA PAZ


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1. Señal de la cruz

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor Dios nuestro; en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.


2. Acto de contrición

Yo confieso ante Dios todopoderoso y ante ustedes, hermanos, que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión; por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa.

Por eso ruego a Santa María, siempre Virgen, a los Ángeles, a los Santos y a ustedes, hermanos, que intercedan por mí ante Dios, nuestro Señor.


3. Oración preparatoria para todos los días

Señor y Dios nuestro, admirable en tus Santos. Venimos a ti, el único Santo, atraídos por el ejemplo de Rita, tu hija predilecta. Nos encomendamos a su poderosa intercesión y queremos imitar su vida de santidad.

Pues tú nos mandaste: “Sean santos porque Yo soy santo”. A la vez, tu Hijo nos ordenó: “Sean perfectos como su Padre celestial es perfecto”.

Padre de bondad, concédenos poder contemplar durante esta novena con gran admiración y devoción las maravillas que obraste en tu sierva Rita.

Hoy nos unimos a todos los devotos de santa Rita para darte gracias por los ejemplos de santidad que en ella nos dejaste. Concédenos imitarla en la tierra, para que así podamos alabarte con santa Rita y con todos los santos para siempre en el cielo.

Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que contigo vive y reina en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.


4. Datos biográficos

Humanamente, Rita tenía más que motivos para vivir resentida y violenta o agresiva.

Parecería que la “mala” suerte se ensañó con ella: no le dejaron seguir sus primeras inclinaciones a la vida religiosa; le tocó un esposo difícil; se lo mataron y seguramente no le hicieron justicia; se queda viuda tempranamente; pierde a sus hijos; queda indefensa en el mundo; por un tiempo fue rechazada en su deseo de ingresar al convento; en el claustro sufrió soledad; no faltarían comentarios insulsos y hasta maliciosos tanto fuera como dentro del convento sobre su comportamiento, sus éxtasis, el estigma de la espina…

Y Dios callaba, no respondía a sus oraciones y penitencias. Su existencia fue un continuo calvario, hablando de tejas abajo. Ella no se merecía esa suerte. Todo le salía mal. ¿A quién ofendió ella? ¿Qué mal hacía para que Dios le diera ese trato?

Resulta tan incomprensible el dolor de Rita que muchas personas temen acercarse a ella o hacerse devotos suyos porque piensan que tal devoción les traería pruebas y sufrimientos.

Es una reacción comprensible; pero debemos considerar la otra parte de la moneda: la felicidad que Rita gozó ya aquí en la tierra, la paz interior que nada ni nadie le pudo arrebatar, y que se prolonga en el cielo, y que repercute en sus fieles devotos de todos los tiempos.

Parecía razonable y aun justo que Rita estuviera en conflicto con sus propios orígenes.

Podríamos pensar en una niña rebelde, inquieta y caprichosa por ser hija única, con padres ancianos que difícilmente la entendían, sin hermanitos de su edad como complemento, compañía, punto de referencia, etc.; con unos padres “excesivamente religiosos y sobreprotectores”, que de todas formas interfieren o coartan el desarrollo de la personalidad de Rita, que no le dejan seguir sus inclinaciones por consagrarse a Dios y casi le obligan a casarse con un joven noble e importante, pero difícil de carácter que le hizo sufrir mucho.

Podría haberse rebelado, o sentirse víctima de un atropello, o aprovecharse para suscitar lástima en los demás o justificación para seguir sus caprichos.

Sin embargo, la historia apenas insinúa esa posible rebeldía conflictiva de Rita; más bien todo es armonía, silencio, obediencia, espontaneidad. No hay fricciones: la niña crece y se desarrolla en total sintonía con sus padres, con sus valores culturales y religiosos.

Sumisa a las orientaciones que recibe: crece íntegramente en cuerpo y alma, siendo la admiración de sus parientes y orgullo de sus padres. Asume con espontaneidad y alegría todas las expectativas de sus padres y de la sociedad sobre ella. Es confiada, no está a la defensiva ni recela.

En principio no tiene prejuicios sobre nadie ni sobre nada. Es receptiva, respetuosa. Quiere aprender, porque es consciente de que no sabe todo. No ve mala intención en los demás, comenzando por sus propios padres.

También en el aspecto religioso, de acuerdo a su crecimiento, experimenta la presencia de Dios. Por su inocencia y el ambiente que le rodea avanza rápidamente en el amor del Señor; le subyuga la mansedumbre del Divino Redentor muerto en la cruz, y de su corazón infantil brotan ríos de ternura y compasión.

Tanto que todo el tiempo le parece poco para acompañar al Cristo despreciado en la Cruz o escondido en la Eucaristía. Aquí debió de encontrar una escuela de oración que le transportaba hasta el cielo y que le iba forjando como una persona feliz, segura de sí misma, y sobre todo, segura de Dios y del amor de sus padres, el primer sacramento del amor incondicional de Dios hacia ella.

Indudablemente, aquí, como en casi todos los relatos de su vida, constatamos la idealización que montó la literatura hagiográfica y preciosista en torno a la figura de santa Rita. Sin embargo, en ese ropaje literario, descubrimos la obra portentosa de la gracia, secundada por la disponibilidad del creyente.

Quizás adrede esa literatura deja vacíos para que el alma creyente de cada uno de nosotros los vaya llenando de evangelio y vaya como recreando lo que pudo ser y lo que fue de hecho la andadura de Rita, o la guía de Dios en la vida de Rita. En todo ello descubriremos también lo que puede ser de hecho en cada uno de nosotros. No está bien que se nos diga todo. El Espíritu alienta nuestra imaginación para ir recreando todo de acuerdo a nuestros deseos de Dios y a nuestra generosidad…

Pero volvamos a Rita. En su desarrollo de niña y adolescente, todo parecía prometedor; sentir incluso la vocación religiosa era algo maravilloso, aunque nada estaba determinado, predestinado. Lo importante era gustar el amor de Dios, lo único necesario. Sentirse en sus manos y moverse en su santa Providencia.

Pues bien, en ese momento precisamente se interpone la voluntad y decisión de sus padres: es preciso casarla cuanto antes asegurando su futuro; ellos van avanzando en la vida y Rita no tiene hermanos.

La adolescente y joven Rita pudo rebelarse por este “aparente atropello”. Pudo quejarse contra Dios que así respondía a su incipiente consagración religiosa y a sus intenciones más nobles y generosas. ¿No parecía un desaire de parte de Dios, e incluso un rechazo? ¿Qué había hecho ella? ¿Eran acaso interesadas sus intenciones? ¿Por qué le hacía Dios consentir en algo imposible? ¿Estaría Dios jugando con sus sentimientos?

La joven Rita pudo buscar aliados en su familia, pudo resentirse porque nadie tomó en serio sus ideales, su originalidad e iniciativa personal; no la tomaron en serio hasta sacar la cara por ella. Finalmente pudo rechazar al hombre que le imponían sus padres; al fin y al cabo, ella era la que se casaba; se trataba de su propio futuro, eran cosas muy personales y, por tanto, sagradas. Estaba de por medio su dignidad, diríamos hoy. ¿Y en qué consiste esa dignidad? Bien, sigamos.

Nuestra Santa no asume esas reacciones defensivas, reivindicativas. Nada de eso. Con serenidad, con abnegación de su propia voluntad rastrea los caminos de Dios en medio de la sorpresa, del dolor, de la confusión, pero siempre en actitud humilde y esperanzada. Y la luz se fue abriendo paso en el horizonte oscuro… y resultó que todo estaba bien, que todo era razonable. Nada se perdería. Dios era el mismo, no se mudaba.

Rita fue creciendo y madurando, llena de hermosura y aplomo ante Dios y ante los hombres, no sin abnegaciones personales, a veces en silencio casi insoportable, y aprendiendo a sufrir obedeciendo, aprendiendo la verdadera libertad. Así, Rita se enamoró del marido que le proponían o le imponían. Quiso enamorarse, y lo amó de verdad, en el amor de Dios.

Ella ponía todo de su parte, gracias a su obediencia y oración continua, tratando de asumirlo todo, tal como Dios lo permitía y lo disponía. El matrimonio le acarreó mucho sufrimiento por la escasa correspondencia de su esposo. Irresponsable y violento llegó hasta el maltrato, según cuenta la historia.

Mientras tanto, Rita no devolvía mal por mal; disculpaba, no contaba a los demás su calvario interior buscando compasión o preocupando inútilmente a otros; se refugiaba en Dios. Ella había querido siempre ser fiel a los designios de Dios, manifestados en las circunstancias humanas.

Rita no juzga el comportamiento de su esposo Fernando. Ella trata de comprender su violencia; no está en paz consigo mismo y por eso, la proyecta afuera. Quizás él mismo sufrió violencia en algún tiempo y ahora se estaba defendiendo, protegiéndose. Seguramente él sufre por ser así, por reaccionar de esa manera. Le gustaría ser diferente, llevar de otra manera su hogar, hacerse digno de tal esposa y de los hijos que Dios le confía.

Rita, en vez de acusar o despreciar, trata de sentir tierna compasión por Fernando que sufre en su interior este drama doloroso. Rita ansía que Fernando pueda confiarle su intimidad. De una y mil formas, Rita intenta ganarse la confianza de su esposo; no desespera. El amor le inspira en cada momento lo más oportuno, lo demás no depende de ella.

Podría haber renegado también de tantas rivalidades y problemas entre sus propios parientes o paisanos; podría haber soñado en vivir en otras circunstancias menos conflictivas, con otro esposo, en otra familia; habría sido distinto… Ahí no se podía hacer nada… Pudo haber huido de aquel infierno, pues no era justo que lo tuviera que sufrir, no se lo merecía…

Cuando todo parecía arreglarse, le arrebatan violentamente al esposo; ya estaba dando señales de conversión y acercamiento a Dios. Ahora ni siquiera está cierta de su salvación eterna… Podría haberle permitido Dios algo más de vida para que se confirmara en la fe…

¿Hasta cuándo, Señor? ¿Por qué me pasan a mí estas cosas? ¿Por qué me castiga Dios de esta manera? ¿Y qué va a ser de mí, condenada a ser padre y madre para mis hijos, sin medios y sin trabajo remunerado? ¿Por qué tienen que ver todo esto mis hijos, ellos son inocentes? ¿Por qué tienen que sufrir también ellos? Que me lo carguen a mí, para que ellos no sufran, que no los toquen… ¿Qué va a ser de ellos sin padre? Ya basta, ya no puedo más, no doy más. ¿Hasta cuándo?

Por otra parte, parece que nadie me toma en serio, ya están acostumbrados a verme sufrir, desvalida… “Ése es su destino”, dicen algunos.

Rita podría haberse acabado la vida pensando en los asesinos de su esposo, en su maldad, lamentándose por no haber sabido prevenir o intuir el peligro que corría. Podría haber martillado su cabeza lamentándose por su torpeza, maldiciendo su suerte o soñando en vengarlo. Nada de eso. Sólo busca el perdón de Dios para todos y la obediencia a Dios en todo lo que él permite. Pues al fin y al cabo, Él gobierna como le place, todo lo permite. Es el único justo y sabio. Todo lo hace bien.

Sus hijos arden con deseos de venganza. Rita no reniega, no cae en depresión, no se abandona y se hunde, causando el caos en el hogar, sino que, como la mujer fuerte de Proverbios, se olvida de su propia pena, saca fuerzas de su debilidad para pensar en los demás, en sus hijos sobre todo, y no preocuparlos ni culpabilizarlos, comprende a sus hijos, acoge, arropa, ora ininterrumpidamente, y deja que Dios disponga y abra caminos.

Sus hijos son suyos ciertamente; pero no le pertenecen de manera exclusiva. Antes que suyos, son de Dios. Él también los ama y se preocupa de ellos, más que ella incluso. Al fin y al cabo es problema de Dios, más que de ella. Él verá…

Y queda viuda. Sin embargo, cada vez es menor la confusión, menor la lucha: la corriente de amor, de perdón y de paz es más poderosa cada vez en su vida. Es un río ancho en medio de la selva tropical: no sabe uno hasta dónde llegan sus aguas, no sabe uno dónde están sus riberas; avanza sereno hacia el mar, imperturbable.

Y así, los horizontes son cada vez más luminosos en la vida de Rita. El poder de Dios encuentra menos obstáculos. Su gloria refulge galanamente en la debilidad humana. También en el convento hay pecado. La espina despide un olor fétido, casi insoportable; las hermanas no siempre aciertan a disimular su repulsa. Son humanas. El hábito no hace al monje.

Rita se ve obligada a recluirse en una celda apartada; quizás oye comentarios acerca de los motivos de su ingreso, de la oportunidad de su admisión, de su dudosa idoneidad para la vida religiosa; quizás algunas personas, incluso, religiosas, dudan acerca del origen divino de su llaga. Quizás es un castigo de Dios… Cuando pide la gracia del jubileo para irse a Roma, le exigen la cura inmediata. Rita no reclama nada, platica solamente con su Amo y Señor.

Así Rita se consume en el amor y el perdón. Se apaga una existencia feliz y fecunda en la tierra para brillar y amanecer eternamente en la gloria de Dios, al servicio de los hombres, sobre todo de sus devotos de todos los tiempos. Rita abarca ambas riberas, por la gracia de Dios, para su bien y el de la Iglesia.

5. Fuentes bíblicas

Rita aprendió de sus padres a ser pacificadora, conforme a la exhortación de san Pedro en su primera carta:

Finalmente, tengan todos un mismo sentir; compartan las preocupaciones de los demás con amor fraternal; sean compasivos y humildes, no devuelvan mal por mal, no contesten el insulto con el insulto; al contrario, bendigan, ya que fueron llamados a bendecir, y a alcanzar ustedes mismos, por ese medio, las bendiciones de Dios. Porque el que de veras busca gozar de la vida y quiere vivir días felices, cuide que su lengua no hable mal, y que de su boca no salga el engaño. Aléjese del mal y haga el bien, busque la paz y corra tras ella…

¿Y quién les podrá hacer daño si ustedes se afanan en hacer el bien? Por lo demás, felices ustedes cuando sufran por la justicia: no teman las amenazas, ni se turben… Es mejor sufrir por hacer el bien, si tal es la voluntad de Dios, que por hacer el mal (1 Pedro 3, 8-11.13-14.17).

Indudablemente, Rita aprendió del Crucificado el perdón a los enemigos: “Perdónalos porque no saben lo que hacen”. Rita resume las características de los hijos de Dios.

Ustedes saben que se dijo: Ama a tu prójimo y guarda rencor a tu enemigo. Pero yo les digo: Amen a sus enemigos y recen por sus perseguidores. Así serán hijos de su Padre que está en los cielos. Él hace brillar el sol sobre malos y buenos y caer la lluvia sobre justos y pecadores.

Porque si ustedes aman a los que los aman, ¿qué premio merecen? ¿No obran así también los pecadores? ¿Qué hay de nuevo si saludan sólo a sus amigos? ¿No lo hacen también los que no conocen a Dios? Por lo tanto, sean perfectos como es perfecto su Padre que está en el cielo (Mateo 5, 43-48).

Parábola del siervo malvado:

El reino de los Cielos es semejante a un rey que resolvió arreglar cuentas con sus empleados. Cuando estaba empezando a hacerlo, le trajeron a uno que debía diez millones de monedas de oro. Como el hombre no tenía para pagar, el rey dispuso que fuera vendido como esclavo, junto con su mujer, sus hijos y todas sus cosas, para pagarse de la deuda.

El empleado se arrojó a los pies del rey, suplicándole: “Ten paciencia conmigo y yo te pagaré todo”. El rey se compadeció y no sólo lo dejó libre, sino que además le perdonó la deuda.

Pero apenas salió el empleado de la presencia del rey, se encontró con uno de sus compañeros que le debía cien monedas; lo agarró del cuello y casi lo ahogaba, gritándole: “Paga lo que me debes”. El compañero se echó a sus pies y le rogaba: “Ten un poco de paciencia conmigo y yo te pagaré todo”. Pero el otro no lo aceptó. Al contrario, lo mandó a la cárcel hasta que le pagara toda la deuda.

Los compañeros, testigos de esta escena, quedaron muy molestos y fueron a contarle todo a su patrón. Entonces el patrón lo hizo llamar y le dijo: “Siervo malo, todo lo que me debías te lo perdoné en cuanto me suplicaste. ¿No debías haberte compadecido de tu compañero como yo me compadecí de ti?” Y estaba tan enojado el patrón que lo entregó a la justicia, hasta que pagara toda su deuda.

Y Jesús terminó con estas palabras: “Así hará mi Padre Celestial con ustedes, si no perdonan de corazón a sus hermanos” (Mateo 18, 23-35).

Rita practicó los sabios consejos de san Pablo:

Que el amor sea sincero. Aborrezcan el mal y cuiden todo lo bueno. En el amor entre hermanos, demuéstrense cariño unos a otros. En el respeto, estimen a los otros como más dignos. En el cumplimiento del deber, no sean flojos. En el espíritu, sean fervorosos y sirvan al Señor.

Tengan esperanza y estén alegres. En las pruebas, sean pacientes. Oren en todo tiempo. Con los creyentes necesitados, compartan con ellos. Con los que están de paso, sean solícitos para recibirlos en su casa. Bendigan a quienes los persiguen, bendigan y no maldigan. Alégrense con los que están alegres, lloren con los que lloren. Vivan en armonía unos con otros.

No busquen las grandezas, sino que vayan a lo humilde. No se tomen por unos sabios. No devuelvan a nadie mal por mal; procuren ganarse el aprecio de todos los hombres. Hagan todo lo posible, en cuanto de ustedes dependa, para vivir en paz con todos. No se hagan justicia por ustedes mismos, queridos hermanos; dejen que Dios sea el que castigue.

Ya la Escritura lo dice: “Yo castigaré, yo daré lo que corresponde”. Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber, haciendo eso amontonarás brasas sobre tu cabeza. No te dejes vencer por lo malo; más bien vence el mal a fuerza del bien (Romanos 12, 9-21).


6. Consideraciones bíblicas, sicológicas y espirituales: la sanación por el perdón

La falta del perdón constituye quizás el mayor mal de la humanidad. El perdón es una de las manifestaciones más inmediatas e importantes del amor. Así como el amor es la señal indicativa de que hemos pasado de la muerte a la vida, de igual forma el perdón confiere vida al creyente y transmite vida a los demás.

Por eso el hombre necesita estar en paz y poder perdonar. Quien no perdona; está muerto: vive inquieto, violento. Por lo demás, el que odia es un homicida.

De ahí, que Dios quiere que perdonemos. Hemos de reconocer, para empezar bien, que humanamente hablando, es imposible perdonar y olvidar. Pues, por naturaleza, somos susceptibles, resentidos, vengativos; y sin embargo, Dios no sólo quiere que perdonemos; nos manda perdonar.

Nos manda imitarle: “Sean santos como Yo soy santo. No juzguen, no devuelvan mal por mal… así serán hijos del Padre Celestial que hace salir el sol sobre buenos y sobre malos”.

El perdón se aplica a tres niveles de realidad: uno mismo, los demás y Dios.

Mucha gente no se perdona a sí misma; se lamentan constantemente de sus faltas pasadas, maldicen su suerte, sus propios orígenes, tienen un concepto muy miserable de sí mismos, les falta autoaprecio y compasión o ternura para consigo mismos. Por tanto, estas personas deben aprender a recibir el amor de Dios; pues para Dios son valiosos. Él espera mucho de ellos. Él tiene un plan muy especial para ellos.

En un segundo nivel, encontramos a muchas personas que no perdonan a los demás, no pueden perdonar a sus enemigos, ni olvidar las ofensas; recuerdan el daño que les causaron y lo siguen sintiendo como en carne viva, a flor de piel; es algo que no pueden sacarse de encima; esperan poderse vengar algún día, reivindicar sus derechos; sueñan con el día en que, por fin, se les haga justicia y todo quede aclarado, y todo el mundo les dé la razón, y sea reconstruida su dignidad.

Finalmente, hay gente que se ofende con Dios porque “les quitó un ser querido, porque les va mal en la vida, porque parecería que Dios los castiga sin motivo alguno; pues no se merecen tales males; al revés, son honestos, cumplen con Dios y con los hombres, según su conciencia.

Los tres niveles están implicados. Cuando se vive honestamente la relación con uno mismo, por ejemplo, se mejora la relación con Dios y con los demás. Por otra parte, perdonarse a sí mismo, perdonar a los demás y perdonar a Dios, supone un proceso; no es un momento instantáneo; se aprende a perdonar.

Es un arte, el arte de perdonar. Supone aprendizaje. Nadie está exento de este ejercicio que supone esfuerzo. No hay privilegiados por más que tengan un carácter afable o un temperamento pacífico. ¿Qué pasos dar hacia el perdón?


* El primer paso consiste en romper el tifón que nos domina y nos hace recordar obsesivamente el mal que nos causaron. Se martiriza uno a sí mismo: la obsesión martillea la mente, causando dolor de cabeza, presión alta, alucinamiento o hipertensión y a veces amago o principio de locura, incluso.

La persona está como fuera de sí, no vive, no descansa; es preciso desviar la atención de “mi” herida que aún sangra, salir de uno mismo para considerar a la persona que nos ha ofendido, salir para ver la realidad, objetiva y un poco más imparcialmente. Es bueno distraerse, quitar la atención, renunciar a la obsesión.


* En segundo lugar, es preciso renovar la memoria para considerar todo lo bueno que esa persona enemiga nos proporcionó en el pasado. El demonio hacía pecar constantemente al Pueblo de Israel en su éxodo de Egipto, porque les arrebataba la memoria de los portentos que Dios había hecho con ellos; les borraba el recuerdo de lo bueno, y les mostraba con exageración las dificultades del momento.

Por tanto, debemos ser más justos considerando en conjunto la relación con esa persona que nos hirió o nos está hiriendo, real o supuestamente; o la relación con Dios. Ampliar la visión. Ser más justos.


* Un tercer paso hacia el perdón total consiste en tratar de comprender; o sea, considerar a la persona integralmente, en todo su ser consciente e inconsciente. Pues no conocemos sino la periferia de las personas; ignoramos sus múltiples limitaciones en su conciencia, en su voluntad y, por tanto, en su capacidad de decisión y de responsabilidad en lo que hacen.

Debemos admitir que nadie es malo sin motivo, gratuitamente; en principio, no hay personas malvadas o completamente perversas; ellas seguramente son las que más sufren por su incapacidad o maldad. ¡Qué más querrían ellas que ser distintas, no haber cometido tales errores, reaccionar mejor con sus propios familiares, etc.! Pero no pueden, no saben, no aciertan.

Escribe así el padre Larrañaga:

“Él parece orgulloso, no es orgulloso. Es timidez. Parece un tipo obstinado, no es obstinación. Es un mecanismo de autoafirmación. Su conducta parece agresiva contigo; no es agresividad, es autodefensa, un modo de darse seguridad; no te está atacando, se está defendiendo. Y tú estás suponiendo perversidades en su corazón. ¿Quién es el injusto y el equivocado?

Ciertamente, él es difícil para ti; más difícil es para sí mismo. Con su modo de ser sufres tú, es verdad; más sufre él mismo. Si hay alguien interesado en este mundo en no ser así, no eres tú, es él mismo. Le gustaría agradar a todos, no puede… Le gustaría vivir en paz con todos, no puede… Le gustaría ser encantador…

¿Tendrá él tanta culpa como tú propones? En fin de cuentas, ¿no serás tú, con tus suposiciones y repulsas, más injusto con él? Si supieras comprender, no haría falta perdonar” (Encuentro, pág. 132).


* En cuarto lugar, es preciso suspender el juicio sobre nuestros enemigos. Por dos razones: primero, porque no podemos sopesar la culpabilidad, y, segundo, porque el juicio pertenece a Dios. Nuestro hermano no nos pertenece. Su conducta debería dolernos, no tanto por lo que nos ofende a nosotros mismos, sino por lo que se ofende y perjudica a sí mismo, y ofende sobre todo a Dios, que lo creó y lo redimió. A Dios pertenece. Dios ha hecho infinitamente más que nadie por él, por eso, a él le ofende infinitamente más que a nosotros. Al fin y al cabo, ¿qué nos debe a nosotros…?

Hasta cierto punto, que nuestro prójimo se pierda o se salve, es problema más de Dios que nuestro; más le afecta a Él que a nosotros. Es preciso, por tanto, respetar los derechos de Dios; a Él le compete juzgar, pues Él lo ve todo. Él juzgará con justicia, verdad y misericordia.

Dios es celoso de su derecho: sólo Él es juez por ser el dueño. Ni siquiera juzga el Hijo, sólo el Padre. A nosotros nos desborda esa tarea. No nos pertenece. No sabemos apenas nada, ni siquiera nos entendemos a nosotros mismos… Además, la ofensa inferida a nosotros es ridícula comparada con la inferida o causada a Dios.


* En quinto lugar, no podemos saber si somos mejores que los demás, porque no sabemos las gracias que han recibido de Dios. Pues “mucho se le exigirá a quien mucho se le confió”. Quizás tú, en el caso de tu hermano, habrías hecho cosas peores. Por otra parte, él no debe responder ante ti, sino ante Dios.

¿Quién sabe si, ante Dios, tiene más méritos que tú? Si todo lo has recibido de Dios, ¿de qué te glorías? Si tu hermano hubiera recibido lo que has recibido tú… quizás estaría respondiendo a Dios mejor que tú. Dice san Pablo: “¿Por qué te comparas o desprecias a tu hermano?”. Por tanto, como no sabemos, san Pablo nos sugiere la manera de evitarnos mil enredos: “juzguen a los demás como más dignos”. Y se acabó el pleito.


* Por consiguiente, en sexto lugar, no podemos ser muy exigentes con los demás, no sea que desesperemos al pecador y lo empujemos al abismo. Sólo Dios puede exigir. Nuestra responsabilidad es bien concreta: acoger siempre, disculpar siempre, pensar lo mejor. Y así nunca pecaremos.

Se suele decir: “piensa mal y acertarás”. Nosotros decimos: “piensa bien y nunca pecarás”. Piensa bien –aunque a veces te equivoques, pero sólo en un primer momento– y empujarás siempre al pecador a superarse, porque el amor es creativo, rehabilita a la persona, la estimula a ser otra; no le consiente quedarse en el pecado.

El amor todo lo perdona, cree y confía sin límites. Empuja a la persona amada hacia lo que Dios quiere de ella, la estimula y la transforma en algo que está siempre más allá, la eleva. En fin, la recrea o rehace.


* En séptimo lugar, excusar siempre a los demás y acusarse uno a sí mismo. No se trata de compararse para ver quién tiene más culpa o merecimiento; se trata de aprender en todo, crecer a porfía, reconocer que Dios mismo es quien nos pastorea en todo y por todo cuanto sucede.

Hay que ser, eso sí, ovejas de su redil que escuchan su voz; por tanto, excusar siempre a los demás y acusarse uno mismo para ver en qué puedo corregirme o en qué puedo crecer aun más para complacer a Dios, no tanto los hombres. A Él tenemos que rendir cuentas y Él lleva nota de todo. No hay privilegiados ante Dios. A quien mucho se le dio, mucho se le exigirá, y a quien tiene se le dará aún más, y tendrá en abundancia, de sobra. Nos envía para que llevemos mucho fruto.


* Un paso más, el octavo: verlo todo desde la fe; nadie nos ha ofendido, sino que Dios lo ha permitido para nuestro bien. No nos enredemos en consideraciones humanas de causas segundas; no ha sido la casualidad, ni la mala suerte, ni la maldad humana, ni la necesidad fatalista… Es Dios quien ha permitido todo lo que nos pasa, los demás no pueden hacer nada que Dios previamente no autorice.

Porque sólo Él es Dios: “Dios es fiel, y no permitirá que seamos tentados por encima de nuestras fuerzas”. Dios, por supuesto, no quiere el mal, pero es capaz de transformar el mal en bien, no para todos sino para aquellos que perseveran en la oración humilde y también imitan el ejemplo de Jesucristo. Dice san Pablo que “todo contribuye para el bien de los que Dios ama o que aman a Dios”.

Por consiguiente, nada ni nadie puede arrebatar la paz al creyente; él se siente en manos de su Padre y permanece impasible e inexpugnable. Nada ni nadie puede empañar la felicidad de los elegidos de Dios, los verdaderos hijos de Dios. Su felicidad no depende de las circunstancias externas, ni de la correspondencia de los humanos, ni siquiera del propio cónyuge o de los hijos.

En fin, la felicidad depende de uno mismo y de Dios, básica y principalmente. Si mi felicidad dependiera de algo exterior a mí, Dios sería injusto porque yo no sería libre, no sería persona, ni Cristo sería el Señor.


* En noveno lugar, es preciso renunciar a llevar la razón o reivindicar mis derechos. Renunciar a que me hagan justicia los humanos algún día. Renunciar lo más decididamente posible, borrar esa posibilidad como condición para comenzar a vivir en paz. Entregar a Dios mis derechos: que Él haga justicia, que los asuntos de Dios sean más importantes que los míos… al fin y al cabo, ¿quién soy yo? ¿Qué me he creído?

Renunciar quiere decir también perdonar, entregarlo a Dios todo y olvidar, poder respirar hondo y sacarse de encima ese peso que oprimía; sentirse liberado de esa maraña asfixiante. Entregarlo todo, desatar a mi hermano, dejarlo libre ante Dios, y olvidar para siempre esa pesadilla que no nos dejaba vivir, pues teníamos que estar custodiando a nuestro hermano maniatado y encarcelado por nuestro resentimiento y venganza.

Más aun, rezar por la persona que nos ofendió, pedir lo mejor para ella. Al rezar estamos ejercitando el amor hacia ese hermano. Ahora tratamos incluso de bendecir a Dios por todo lo que pasó ya que fue para nuestro bien y para su gloria. Bendecimos a Dios, no por el mal, sino porque su amor es infinito hacia nosotros y hacia el hermano; y saca bien siempre aunque sea de lo malo, porque Él no se mueve por las apariencias, ni según el criterio humano, sino según su gran misericordia.

Ya no se ve con malos ojos que Dios sea bueno con el hermano, y que haga lo que quiera con él. Tiene derecho a hacerlo; nosotros no tenemos al Esposo, oímos su voz y nos alegramos, y esto es bastante y suficiente; es nuestra herencia perpetua y nuestra medida rebosante que recibimos siempre del Señor. ¡Gloria al Señor, Padre de todos! ¿Por qué íbamos a ver con malos ojos que Dios sea bueno? ¿No es Él el único Dios?


Para concluir, podríamos ejercitarnos en la práctica del perdón, fomentando sentimientos de compasión, interés y sobreabundancia de cariño, siempre y por sistema, respecto de todos nuestros hermanos, sin excepción, sea cual fuere su situación social, religiosa, familiar, moral, política, etnológica, cultural. De esta forma entraríamos en el mundo ancho y maravilloso del amor infinito de Dios que nos hace realmente hijos suyos.

Estas actitudes cristianas son especialmente hoy necesarias, pues la globalización hace que nos lleguen las noticias buenas, pero también y con mayor frecuencia las malas. Y ante las injusticias y el poder del mal en el mundo, estamos tentados de desesperanza, de reniego, de radicalismos que no son evangélicos.

Permanecer en el amor y la compasión, inocentes como palomas y prudentes como serpientes… viene a ser hoy como un milagro para nosotros… Permanecer en la misericordia incondicional hacia todo ser humano es nuestra tarea más urgente, quizás, y nuestro mayor testimonio frente a tanto radicalismo y violencia de los que no conocen a Dios. Pues por sus obras los conocerán…

7. Peticiones o plegaria universal

Presentemos a Dios nuestras peticiones implorando que nos inspire el Señor sentir y actuar como lo hizo santa Rita en toda su vida.

1. Señor, que te has revelado a los hombres,
– por la intercesión de santa Rita, muéstranos tu rostro, aumentándonos la fe en tu palabra de verdad, y nuestro amor a tu Hijo Jesucristo.

Invitación: Roguemos al Señor.
Respuesta: Te lo pedimos, Señor.

2. Señor, tu sierva santa Rita conservó la paciencia en medio de tantas pruebas y tribulaciones;
– haz que en nuestra vida no seamos jamás motivo de molestia, o irritación para los demás.

3. Señor, que te glorificaste en la vida familiar de santa Rita, utilizándola como instrumento de salvación para su esposo y sus hijos;
– haz que nosotros seamos colaboradores tuyos en la salvación de los hombres, comenzando por nuestros propios hogares, comunidades religiosas o eclesiales.

4. Señor, que concediste a santa Rita la constancia de llamar a las puertas del monasterio hasta ser admitida como religiosa;
– haz que aprendamos el valor del sacrificio y el de la perseverancia en todas las circunstancias de nuestra vida.

5. Señor, que moviste a santa Rita para que prefiriese la muerte de sus hijos a verlos manchados por el pecado del odio y de la condenación eterna,
– enséñanos a perdonar a nuestros enemigos y a vivir en paz con todo el mundo, para que así podamos gozar nosotros mismos de tu paz y bendición.

6. Señor, que diste a santa Rita la paz y la tranquilidad en el monasterio después de tantas penas como había sufrido,
– suscita muchas vocaciones a la vida religiosa, donde muchos hijos tuyos alcancen lo único necesario y adelanten el Reino a este mundo.

7. Pídase y formúlese ante el Señor la gracia específica que se desea obtener por la intercesión de santa Rita en esta novena.

8. Señor, que por tu resurrección venciste a la muerte y permitiste que Rita participara de tu victoria,
– concede la vida eterna a todos los fieles difuntos y en particular a los devotos de santa Rita.

Peticiones para el noveno día

9. Dios Todopoderoso, que gobiernas el mundo con sabiduría y amor y que juzgas a cada uno según sus obras con justicia y misericordia,
– ayúdanos, por intercesión de santa Rita, a no juzgar a nadie, para ser libres de todo mal, y servirte con verdad y tranquilidad.

10. Oh Dios, el único Santo, que nos mandas perdonar siempre para llegar a ser verdaderos hijos tuyos,
– concédenos, por intercesión de santa Rita, poder perdonar con sinceridad a nuestros enemigos y gozar de tu paz abundante.


Oración conclusiva

Dios Todopoderoso, que te dignaste conceder a santa Rita amar a sus enemigos y llevar en su corazón y en su frente la señal de la pasión de tu Hijo, concédenos, siguiendo sus ejemplos, considerar de tal manera los dolores de la muerte de tu Hijo que podamos perdonar a nuestros enemigos, y así llegar a ser en verdad hijos tuyos, dignos de la vida eterna prometida a los mansos y sufridos.

Te lo pedimos por el mismo Jesucristo nuestro Señor. Amén.

8. Padre Nuestro, Ave María y Gloria (tres veces).

9. Oración final para todos los días

Oh Dios y Señor nuestro, admirable en tus santos, te alabamos porque hiciste de santa Rita un modelo insigne de amor a ti y a todos los hombres.

El amor fue el peso de su vida que la impulsó, cual río de agua viva, a través de todos los estados de su peregrinación por este mundo, dando a todos ejemplo de santidad, y manifestando la victoria de Cristo sobre todo mal.

Ella meditó continuamente la Pasión salvadora de tu Hijo y compartió sus dolores “completando en su carne lo que faltaba a los sufrimientos de Cristo por su cuerpo que es la Iglesia”.

Aleccionada en su interior por la consolación del Espíritu Santo, Rita se convirtió en ejemplo de penitencia y caridad, experimentando continua y gozosamente, cómo la cruz del sufrimiento conduce a la alegría verdadera y a la luz de la resurrección.

De esta manera, se convirtió en instrumento de salvación al servicio del Dios providente, para bien de todos los hombres, sus hermanos, sobre todo en su propio hogar, en su familia, y finalmente en la comunidad agustiniana y en tu Iglesia.

Te damos gracias, oh Padre de bondad, fuente de todo don, y te bendecimos por las maravillas obradas en la vida de santa Rita de Casia, tu sierva. A la vez, te imploramos ser protegidos por su poderosa intercesión, de todo mal, llegando a cumplir tu voluntad en todas las circunstancias de nuestra vida, de acuerdo a los ejemplos de santidad que Rita nos dejó.

Te lo pedimos por Nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que contigo vive y reina en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.

10. Gozos a santa Rita

CORO

Tú que vives de amor,
y en el amor te recreas,
bendita por siempre seas,
dulce esposa del Señor.

ESTROFAS

1. Cual del ángel la belleza
difunde luz celestial,
exhalaba su pureza
tu corazón virginal.
Danos guardar esa flor,
que es la reina de las flores,
y ponga en ella su amor
el Dios de santos amores.

2. Santa madre, santa esposa,
en las penas y amarguras
brindaba tu amor dulzuras,
como fragancias las rosas.
Trocando en templo tu hogar
buscaste en Dios el consuelo:
almas que saben amar
hacen de un hogar un cielo.

3. Como esposa del Señor
con alma de serafín,
en tu amor ardió el amor
del corazón de Agustín.
Amor que Dios galardona
y en prenda de unión divina,
brota en tu frente una espina
y una flor en su corona.

11. Himno a santa Rita de Casia

Gloria del género humano,
Rita bienaventurada,
sé nuestra fiel abogada (tres veces)
cerca del Rey soberano.

Nido de castos amores,
fue tu corazón sencillo,
claro espejo, cuyo brillo
no hirieron negros vapores.
Haz que nunca amor profano
tenga en nuestro pecho entrada.

Gloria del género humano…

NOTA: Los contenidos de esta Novena a Santa Rita están tomados, con la debida autorización, del librito publicado por Ed. Paulinas, Lima 2015. Asociación Hijas de San Pablo, Lima, Perú.


Novena a Santa Rita de Casia (5), 17.5.17

mayo 17, 2017

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DÍA QUINTO

RITA, VIUDA CRISTIANA


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1. Señal de la cruz

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor Dios nuestro; en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.


2. Acto de contrición

Yo confieso ante Dios todopoderoso y ante ustedes, hermanos, que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión; por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa.

Por eso ruego a Santa María, siempre Virgen, a los Ángeles, a los Santos y a ustedes, hermanos, que intercedan por mí ante Dios, nuestro Señor.


3. Oración preparatoria para todos los días

Señor y Dios nuestro, admirable en tus Santos. Venimos a ti, el único Santo, atraídos por el ejemplo de Rita, tu hija predilecta. Nos encomendamos a su poderosa intercesión y queremos imitar su vida de santidad.

Pues tú nos mandaste: “Sean santos porque Yo soy santo”. A la vez, tu Hijo nos ordenó: “Sean perfectos como su Padre celestial es perfecto”.

Padre de bondad, concédenos poder contemplar durante esta novena con gran admiración y devoción las maravillas que obraste en tu sierva Rita.

Hoy nos unimos a todos los devotos de santa Rita para darte gracias por los ejemplos de santidad que en ella nos dejaste. Concédenos imitarla en la tierra, para que así podamos alabarte con santa Rita y con todos los santos para siempre en el cielo.

Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que contigo vive y reina en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.


4. Datos biográficos o ejemplos de vida

Rita queda sola en el mundo sin padres, sin esposo y sin hijos. En la más completa soledad, santa Rita no sólo afronta con entereza y alegría estos reveses de la vida sino que, apareciendo digna y segura, se dedica celosamente a reconciliar a los bandos rivales suscitados por la muerte de su esposo.

Sus hijos no eran los únicos que no podían perdonar. Rita tuvo que pacificar a sus parientes y amigos de Fernando que guardaban rencor y hasta deseaban vengarse de los asesinos. Además en Rocaporena y en Casia eran frecuentes, casi endémicas, las peleas, rivalidades, venganzas entre familias y clases sociales.

Su esposo había muerto víctima de estos conflictos. Rita logró poner armonía entre enemigos, a fuerza de paciencia, oración, humildad y perseverancia.

Libre de los deberes hogareños, se dedicó con mayor entrega e intensidad a las prácticas religiosas de amor a Dios, recluyéndose en una ermita cercana a su casa. Allá pasaba mucho tiempo en oraciones y penitencias, a veces noches enteras, a imitación de Cristo, y siguiendo los consejos de san Pablo a las viudas cristianas.

Por el día se dedicaba a la práctica de las obras de misericordia: visitar a los enfermos, auxiliar a los pobres, reconciliar a los enemistados, enseñar la religión a los niños, acoger a los necesitados, aconsejar a madres y viudas con problemas familiares.

Durante esta experiencia de viudedad, resurge en Rita el deseo de su adolescencia: ingresar al convento para vivir totalmente dedicada al Señor. Dice la historia que por tres veces solicitó a las madres agustinas del convento de Santa María Magdalena de Casia ingresar a la comunidad, y por tres veces fue rechazada su solicitud.

Rita no pierde la paz por esta contrariedad. Sencillamente, sigue encomendando al Señor todo cuanto le sucede en la vida. Busca en todo cumplir su voluntad y entender sus caminos: vive sumisa y obediente, en silencio.

Así se lo pedía al Señor una noche de vigilia orando sin interrupción, cuando recibió la respuesta del cielo de una forma milagrosa: sus santos patrones, san Juan Bautista, san Agustín y san Nicolás, la transportaron al convento dejándola dentro de su recinto, en el coro; la comunidad, ante el hecho milagroso, acepta a Rita como postulante a la vida religiosa.


5. Lecturas bíblicas y agustinianas

En el Antiguo Testamento, la viuda aparece como la preferida del Señor, juntamente con el huérfano y el pobre.

Frecuentemente Dios aparece como el defensor de la viuda y de los huérfanos, su protector. La viuda personifica el ser más indigente y a la vez el más explotado o injustamente tratado por los humanos.

Por eso la Ley manda: No harán daño a la viuda, ni al huérfano. Si ustedes lo hacen, ellos clamarán a mí y yo escucharé su clamor, se despertará mi enojo y a ustedes los mataré a espada; viudas quedarán sus esposas, y huérfanos sus hijos (Éxodo 22, 22-24).

Dice Deuteronomio 10, 17-18: Yahvé es el Dios de los dioses y el Señor de los señores, el Dios grande, el Dios fuerte y temible. Cuando juzga, da un trato igual a todos, no se deja comprar con regalos. Hace justicia al huérfano y a la viuda y ama al forastero, dándole pan y vestido.

Y el Salmo 146, 9: El Señor da protección al forastero y mantiene a los huérfanos y viudas.

En la historia sagrada Dios se vale frecuentemente de las viudas para llevar a cabo su plan de salvación. Así, en el primer libro de los Reyes, 17, 8-16: “Levántate, anda a Sarepta, pueblo que pertenece a los sidonios y permanece allí, porque he ordenado a una viuda que te dé comida”. Se levantó, pues, y se fue a Sarepta.

Al llegar a la entrada de la ciudad, vio a una viuda que recogía leña. Elías la llamó y le dijo: “Tráeme, por favor, un poco de agua en tu cántaro para beber”. Cuando ella iba a traérselo, la llamó desde atrás: “Tráeme también un pedazo de pan”.

Ella le respondió: “Por Yahvé, tu Dios, no tengo ni una torta; no me queda nada de pan, sólo un puñado de harina en la tinaja y un poco de aceite en un cántaro. Estoy recogiendo un par de palos para el fuego e irme a casa a preparar esto para mí y mi hijo. Cuando lo hayamos comido, no nos quedará más que esperar la muerte”.

Elías le dijo: “No temas, anda a tu casa a hacer lo que dijiste. Pero primero hazme un panecito a mí y tráemelo y después te lo haces para ti y tu hijo. Porque así dice Yahvé, Dios de Israel: No se terminará la harina de la tinaja y no se agotará el aceite del cántaro hasta el día en que Yahvé mande lluvia a la tierra”.

Ella se fue hizo lo que Elías le había dicho y tuvieron comida, ella, Elías y el hijo. La harina de la tinaja no se agotó, ni disminuyó el aceite del cántaro, según lo que había prometido Yahvé por medio de Elías.

La viuda, al quedar libre de compromisos humanos, se consagra al Señor y desea vivir en su santo Templo, como leemos en el Salmo 23, 1.4-6:

El Señor es mi pastor, nada me falta. Aunque pase por quebradas muy oscuras, no temo ningún mal, porque tú estás conmigo, tu bastón y tu vara me protegen. Me acompaña tu bondad y tu favor mientras dura mi vida; mi mansión será la Casa del Señor por largo, largo tiempo.

En el Salmo 84, 2-6.11.13, leemos:

¡Qué amable es tu morada, oh Señor de los cielos! Mi alma suspira y sufre por estar en tus atrios. Mi corazón y mi carne lanzan gritos con anhelo de ver al Dios viviente. Aun el pajarillo encuentra casa, y la alondra su nido para sus pequeñitos: tus altares, Dios de los ejércitos, mi Rey y mi Dios.

Felices los que habitan en tu casa y te alaban sin cesar. Dichosos los que en ti encuentran sus fuerzas y les gusta subir hasta tu templo. Vale por mil un día en tus portales; por eso yo prefiero el umbral de la casa de mi Dios antes que la morada del impío. Señor, Dios de los cielos, feliz el que en ti pone su confianza.

La profetisa Ana, viuda, empalma la espiritualidad del Antiguo Testamento con la del Nuevo, y confiesa al Mesías:

Había también una mujer de edad muy avanzada, llamada Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Tenía ochenta y cuatro años. Después de siete años de casada, había perdido muy joven a su marido y, siendo viuda, no se apartaba del Templo, sirviendo día y noche al Señor, con ayuno y oraciones.

Ella también tenía don de profecía. Llegando en ese mismo momento, comenzó a alabar a Dios y a hablar del niño a todos los que esperaban la liberación de Jerusalén (Lucas 36, 38).

Según san Lucas, Cristo valora el sacrificio de la viuda, comprendiendo su dolor y exaltando su perseverancia:

Jesús estaba observando y vio cómo los ricos depositaban sus ofrendas para el templo; vio también a una viuda pobrísima que echaba dos moneditas.

Y dijo Jesús: “Créanme que esta pobre viuda depositó más que todos ellos. Porque todos dan a Dios de lo que les sobra. Ella, en cambio, tan indigente, echó todo lo que tenía para vivir” (Lucas 21, 1-4).

Otro pasaje evangélico aleccionador: Cuando llegó cerca de la puerta de la ciudad, llevaban a enterrar a un hijo único, cuya madre era viuda. Una buena parte de la población seguía el funeral.

Al verla, el Señor se compadeció de ella y le dijo: “No llores”. Después se acercó hasta la camilla. Los que la llevaban se detuvieron. Dijo Jesús entonces: “Joven, te lo mando: levántate”. Y el muerto se sentó y se puso a hablar.

Y Jesús se lo devolvió a su madre (Lucas 7, 12-19).

La viuda, que no es tenida en cuenta: En una ciudad había un juez que no temía a Dios ni le importaba nadie. En esa misma ciudad había una viuda que venía donde él a decirle: “Hágame justicia contra mi adversario”.

El juez no le hizo caso durante un buen tiempo. Pero al final pensó: “Aunque no temo a Dios y no me importa nadie, esta viuda me molesta tanto que le voy a hacer justicia; así, ya no volverá a romperme la cabeza”.

Y el Señor dijo: “¿Se han fijado en las palabras del juez malo? Ahora bien, ¿Dios no les hará justicia a sus elegidos si claman a Él día y noche, mientras Él demora en escucharlos?

Todo lo contrario, pues les aseguro que Dios hará justicia en favor de ellos y la hará pronto. ¿Pero cuando venga el Hijo del Hombre, hallará fe en la tierra?” (Lucas 18, 2).

En el capítulo 5 de la primera carta a Timoteo, san Pablo da sabias recomendaciones acerca de la viudez. Sólo reproducimos el versículo 5:

La verdadera viuda, que realmente queda sola, pone en Dios su esperanza, dedicando sus días y sus noches a la oración y a las súplicas.

En otro lugar, se permite san Pablo recomendar a la viuda que no se case de nuevo: La mujer está ligada mientras vive su marido. Si éste muere, ella queda libre de casarse con quien desee, siempre que sea un matrimonio cristiano.

Pero será más feliz si permanece sin casar según mis consejos. Y pienso que yo también tengo el Espíritu de Dios (1 Corintios 7, 25-40).

San Agustín reconoce la obra de Dios en su madre, santa Mónica: “Todos los que la conocían la alababan, y a todos nosotros nos cuidó como si a todos nos hubiese engendrado y nos sirvió como si de todos fuera hija”.

A continuación narra san Agustín el éxtasis de Ostia y concluye: “En el curso de nuestra plática dijo ella:

‘Hijo, por lo que atañe a mí, ninguna cosa me deleita en este mundo; no sé qué más haré yo aquí, ni por qué estoy aquí todavía, consumada toda esperanza de este siglo. Una sola cosa había por la que yo deseaba detenerme en la vida y era la de verte cristiano católico antes que muriese. Con creces ha realizado Dios mi deseo.

Si ya te veo siervo suyo con desdén de la felicidad terrena, ¿qué hago yo aquí?’ Después de unos cinco días no más, cayó enferma de fiebre y al noveno día de su enfermedad, a los 56 de su edad y a más de 33 de la mía, aquella alma religiosa y buena fue separada de su cuerpo” (Confesiones, Lib. 9, 9-11).


6. Consideraciones bíblico-teológicas

Parece claro el paralelismo entre Mónica y Rita. Mónica, culminada su peregrinación en el mundo, se va al cielo. Rita, habiendo concluido sus deberes familiares en este mundo, no se va al cielo pero sí muere al mundo y entra en el convento, y se transforma en señal viviente del Reino de Dios, presente ya en este mundo.

Las viudas son la personificación de la debilidad humana. Por eso, han de ser las preferidas y privilegiadas en la atención pastoral de la Iglesia. Ellas, por su parte, necesitan como nadie de la fe y el consuelo de Dios. Su vida será un constante milagro del poder de Dios.

Son personas especialmente llamadas a la santidad, pues sólo con Dios podrán afrontar los reveses de la vida. Dios será para ellas su refugio y su fuerza, la razón de su vida; Dios será para ellas como un esposo y el padre de sus hijos; por eso están llamadas a la máxima creatividad y madurez humana y cristiana.

Ciertamente que pueden casarse de nuevo, pero “en el Señor”. En muchos casos puede parecer hasta recomendable y por tanto querida por Dios esta nueva unión. A veces las viudas, por experiencias negativas en su vida matrimonial anterior, por miedo y hasta por egoísmo, rechazan de plano la idea de contraer nuevo matrimonio.

Es comprensible su reacción, pero también es preciso ayudarlas a buscar sinceramente la voluntad de Dios, pensando en su bien integral, en su futuro, y en el bien de los hijos, a los que podrían ofrecer otro verdadero padre.

Parece oportuno abrirles nuevos horizontes, a fin de que entiendan que podrían vivir otra experiencia matrimonial, siempre por fe y en el amor del Señor; experiencia más feliz, incluso que la primera, y hasta más fecunda… en el Señor.

Pero también es justo que la viuda, incluso por fidelidad a su esposo difunto, se consagre al Señor buscando en Él su fortaleza. Dios sería para ella mucho más que cualquier esposo y ella sería su esposa, padre y madre para sus hijos.

Con tal estilo de vida, la viuda cristiana se constituye en un signo elocuente del Reino. En medio de la Iglesia, su consagración a Dios, y por Él a su hogar, se parece a la consagración de los religiosos.

Efectivamente, la viuda cristiana expresa el quebrantamiento de la sabiduría del mundo, la de aquellos que creen de todo punto necesario el matrimonio, la vida conyugal, la realización afectiva y sexual.

La viuda opta por lo único necesario, haciendo del Señor su herencia y su contento, y así el estado de viudedad recuerda a los creyentes, a toda la Iglesia, el carácter relativo de las legítimas ventajas de la vida matrimonial, de la compensación afectiva, etc. Todo es relativo frente a lo absoluto del Reino.

Las viudas, consagradas a Dios y a sus deberes familiares, nos recuerdan a todos los cristianos que debemos poner nuestro contento en el Señor y no en las cosas del mundo por más justas y razonables que sean, y por más que parezcan recomendadas por los humanos, aun por pretendidas razones científicas o de experiencia. Todo es medio para alcanzar lo único necesario.

De ahí que nuestra vida en este mundo se justifica como peregrinación hacia el Reino. No importa gran cosa estar casado o soltero, o viudo; no importa vivir mucho o poco tiempo, estar sano o enfermo. Lo que importa es que sirvamos a Dios buscando en todo su gloria y el servicio de los hermanos.

Eso es lo que debe motivarnos como creyentes para seguir viviendo en este mundo. Cuando hayamos cumplido con los nuestros, llevándolos a Dios, podremos exclamar con santa Mónica: “¿Qué hago yo aquí en este mundo, para qué voy a permanecer todavía aquí?”

San Pablo nos lo recuerda bien claramente: Si vivimos, vivimos para el Señor; y si morimos, morimos para el Señor. Y tanto en la vida como en la muerte pertenecemos al Señor (Romanos 14, 8).

San Martín de Tours mostraba así su abnegación pastoral: “Si todavía soy útil a vosotros, no rehúso el esfuerzo de seguir viviendo”.

San Pablo nos confiesa sus sentimientos al respecto: Sinceramente para mí, Cristo es mi vida, y morir es una ventaja. Estoy apretado por los dos lados: por una parte, desearía partir y estar con Cristo, lo que sería, sin duda, mucho mejor; pero a ustedes les es más provechoso que yo permanezca en esta vida; esto me convence: seguramente quedaré y permaneceré con todos ustedes para que puedan progresar y alegrarse en su fe (Filipenses 21, 25).

Por tanto, el creyente se experimenta como propiedad de Dios, vive liberado de sí mismo. Ágil para cumplir la voluntad de Dios, siempre en camino hacia “todo aquello que Dios disponga”, sea lo que fuere. Vive, por tanto, en este mundo pero sin ser del mundo; habita permanentemente en el templo de Dios, como la profetisa Ana, Mónica o Rita.


7. Peticiones o plegaria universal

Presentemos a Dios nuestras peticiones implorando que nos inspire el Señor sentir y actuar como lo hizo santa Rita en toda su vida.

1. Señor, que te has revelado a los hombres,
– por la intercesión de santa Rita, muéstranos tu rostro, aumentándonos la fe en tu palabra de verdad, y nuestro amor a tu Hijo Jesucristo.

Invitación: Roguemos al Señor.
Respuesta: Te lo pedimos, Señor.

2. Señor, tu sierva santa Rita conservó la paciencia en medio de tantas pruebas y tribulaciones;
– haz que en nuestra vida no seamos jamás motivo de molestia, o irritación para los demás.

3. Señor, que te glorificaste en la vida familiar de santa Rita, utilizándola como instrumento de salvación para su esposo y sus hijos;
– haz que nosotros seamos colaboradores tuyos en la salvación de los hombres, comenzando por nuestros propios hogares, comunidades religiosas o eclesiales.

4. Señor, que concediste a santa Rita la constancia de llamar a las puertas del monasterio hasta ser admitida como religiosa;
– haz que aprendamos el valor del sacrificio y el de la perseverancia en todas las circunstancias de nuestra vida.

5. Señor, que moviste a santa Rita para que prefiriese la muerte de sus hijos a verlos manchados por el pecado del odio y de la condenación eterna,
– enséñanos a perdonar a nuestros enemigos y a vivir en paz con todo el mundo, para que así podamos gozar nosotros mismos de tu paz y bendición.

6. Señor, que diste a santa Rita la paz y la tranquilidad en el monasterio después de tantas penas como había sufrido,
– suscita muchas vocaciones a la vida religiosa, donde muchos hijos tuyos alcancen lo único necesario y adelanten el Reino a este mundo.

7. Pídase y formúlese ante el Señor la gracia específica que se desea obtener por la intercesión de santa Rita en esta novena.

8. Señor, que por tu resurrección venciste a la muerte y permitiste que Rita participara de tu victoria,
– concede la vida eterna a todos los fieles difuntos y en particular a los devotos de santa Rita.

Peticiones específicas para este día

9. Oh Dios, bien supremo y lo único necesario,
– concédenos buscarte siempre y en todo, relativizando todas las demás cosas.

10. Oh Dios, defensor y consolador de viudas, protector de huérfanos,
– mira benevolente a todos los hogares humanamente incompletos y permíteles gozar de tus paternales cuidados.

Oración conclusiva

Dios Todopoderoso, que te dignaste conceder a santa Rita amar a sus enemigos y llevar en su corazón y en su frente la señal de la pasión de tu Hijo, concédenos, siguiendo sus ejemplos, considerar de tal manera los dolores de la muerte de tu Hijo que podamos perdonar a nuestros enemigos, y así llegar a ser en verdad hijos tuyos, dignos de la vida eterna prometida a los mansos y sufridos.

Te lo pedimos por el mismo Jesucristo nuestro Señor. Amén.


8. Padre Nuestro, Ave María y Gloria (tres veces)


9. Oración final para todos los días

Oh Dios y Señor nuestro, admirable en tus santos, te alabamos porque hiciste de santa Rita un modelo insigne de amor a ti y a todos los hombres.

El amor fue el peso de su vida que la impulsó, cual río de agua viva, a través de todos los estados de su peregrinación por este mundo, dando a todos ejemplo de santidad, y manifestando la victoria de Cristo sobre todo mal.

Ella meditó continuamente la Pasión salvadora de tu Hijo y compartió sus dolores “completando en su carne lo que faltaba a los sufrimientos de Cristo por su cuerpo que es la Iglesia”.

Aleccionada en su interior por la consolación del Espíritu Santo, Rita se convirtió en ejemplo de penitencia y caridad, experimentando continua y gozosamente, cómo la cruz del sufrimiento conduce a la alegría verdadera y a la luz de la resurrección.

De esta manera, se convirtió en instrumento de salvación al servicio del Dios providente, para bien de todos los hombres, sus hermanos, sobre todo en su propio hogar, en su familia, y finalmente en la comunidad agustiniana y en tu Iglesia.

Te damos gracias, oh Padre de bondad, fuente de todo don, y te bendecimos por las maravillas obradas en la vida de santa Rita de Casia, tu sierva. A la vez, te imploramos ser protegidos por su poderosa intercesión, de todo mal, llegando a cumplir tu voluntad en todas las circunstancias de nuestra vida, de acuerdo a los ejemplos de santidad que Rita nos dejó.

Te lo pedimos por Nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que contigo vive y reina en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.


10. Gozos a santa Rita

CORO

Tú que vives de amor,
y en el amor te recreas,
bendita por siempre seas,
dulce esposa del Señor.

ESTROFAS

1. Cual del ángel la belleza
difunde luz celestial,
exhalaba su pureza
tu corazón virginal.
Danos guardar esa flor,
que es la reina de las flores,
y ponga en ella su amor
el Dios de santos amores.

2. Santa madre, santa esposa,
en las penas y amarguras
brindaba tu amor dulzuras,
como fragancias las rosas.
Trocando en templo tu hogar
buscaste en Dios el consuelo:
almas que saben amar
hacen de un hogar un cielo.

3. Como esposa del Señor
con alma de serafín,
en tu amor ardió el amor
del corazón de Agustín.
Amor que Dios galardona
y en prenda de unión divina,
brota en tu frente una espina
y una flor en su corona.


11. Himno a santa Rita de Casia

Gloria del género humano,
Rita bienaventurada,
sed nuestra fiel abogada (tres veces)
cerca del Rey soberano.

Nido de castos amores,
fue tu corazón sencillo,
claro espejo, cuyo brillo
no hirieron negros vapores.
Haz que nunca amor profano
tenga en nuestro pecho entrada.

Gloria del género humano…

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NOTA: Los contenidos de esta Novena a Santa Rita están tomados, con la debida autorización, del librito publicado por Ed. Paulinas, Lima 2015. Asociación Hijas de San Pablo, Lima, Perú.


Novena a Santa Rita de Casia (1), 13.5.17

mayo 13, 2017

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DÍA PRIMERO

ORÍGENES DE SANTA RITA


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1. Señal de la cruz

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor Dios nuestro; en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.


2. Acto de contrición

Yo confieso ante Dios todopoderoso y ante ustedes, hermanos, que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión; por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa.

Por eso ruego a Santa María, siempre Virgen, a los Ángeles, a los Santos y a ustedes, hermanos, que intercedan por mí ante Dios, nuestro Señor.


3. Oración preparatoria para todos los días

Señor y Dios nuestro, admirable en tus Santos. Venimos a ti, el único Santo, atraídos por el ejemplo de Rita, tu hija predilecta. Nos encomendamos a su poderosa intercesión y queremos imitar su vida.

Pues tú nos mandaste: “Sean santos porque Yo soy santo”. A la vez, tu Hijo nos ordenó: “Sean perfectos como su Padre celestial es perfecto”.

Padre de bondad, concédenos poder contemplar durante esta novena con gran admiración y devoción las maravillas que obraste en tu sierva Rita.

Hoy nos unimos a todos los devotos de santa Rita para darte gracias por los ejemplos de santidad que en ella nos dejaste.

Concédenos imitarla en la tierra, para que así podamos alabarte con santa Rita y con todos los santos para siempre en el cielo.

Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que contigo vive y reina en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.


4. Datos biográficos o ejemplos de vida

La historia nos dice que los padres de Rita fueron Antonio Lotti y Amanda Ferri. Eran fervorosos cristianos y esposos ejemplares. Destacaban por estas virtudes: la práctica de la caridad con los más necesitados y el empeño en reconciliar y construir la paz entre sus paisanos.

Por esta cualidad eran reconocidos con el sobrenombre de “pacificadores en el nombre de Cristo”. Finalmente, era notoria su especial devoción a la pasión del Señor.

Dios les regaló una única hija que constituyó su alegría y la de todos sus vecinos. Su nacimiento lo adorna así la tradición: un ángel se le aparece en sueños a Amanda, revelándole que iba a ser madre de una niña, cuya vida ejemplar serviría de modelo a la mujer cristiana en todos los estados de la vida.

Además le revela el nombre de la niña con el que debería bautizarla. La noticia del nacimiento corrió de boca en boca por la aldea y los alrededores, causando admiración y alegría por lo que se presagiaba acerca de la niña.

La tradición destaca otro prodigio del nacimiento: a los pocos días de nacida, un enjambre de abejas blancas apareció junto a la cuna. Las abejas entraban y salían de la boca de Rita mientras ella dormía, y elaboraban un rico panal en los labios de la niña, sin causarle ningún mal.

Indudablemente se veía la mano de Dios en estos hechos milagrosos. Aquella niña sería grande ante Dios y a los ojos de los hombres.


5. Lecturas bíblicas y agustinianas

Puede elegirse una sola lectura o varias de las propuestas, según las circunstancias. Para las citas bíblicas se ha utilizado la Biblia Latinoamericana, año 1981, XXXVII edición.

En la Biblia, Dios aparece como Padre, Hijo y Espíritu Santo, un solo Dios en tres personas distintas. Un solo Dios que es familia, amor, donación, comunidad. Dios vive en familia y en familia da vida al mundo y a los hombres, primero creándolos y después redimiéndolos.

Así dice san Juan, 1, 1-3: En el principio era el Verbo y el Verbo estaba frente a Dios y el Verbo era Dios. Todo se hizo por Él y sin Él no existe nada de lo que se ha hecho.

San Pablo, exclama emocionado en Efesios 1, 3-6: Bendito sea Dios, Padre de Cristo Jesús, nuestro Señor, que nos bendijo desde el cielo, en Cristo, con toda clase de bendiciones espirituales.

En Cristo, Dios nos eligió desde antes de la creación del mundo, para andar en el amor y estar en su presencia sin culpa ni mancha. Determinó desde la eternidad que nosotros fuéramos sus hijos adoptivos por medio de Cristo Jesús.

Eso es lo que quiso y más le gustó, para que se alabe su gloria, por esa gracia suya que nos manifiesta en el Bien Amado.

En la primera carta de san Juan, 3, 1, leemos: Vean qué amor singular nos ha dado el Padre: que no solamente nos llamamos hijos de Dios, sino que lo somos; y por eso el mundo no nos conoce porque no lo conoció a Él.

Y en la misma carta, 4, 7-8, san Juan nos amonesta así: Queridos míos, amémonos los unos a los otros, porque el amor viene de Dios. Todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. El que no ama, no ha conocido a Dios, pues Dios es amor…

No somos nosotros los que hemos amado a Dios, sino que Él nos amó primero. Lo supimos por Jesús, en Él lo vimos. Nos amamos entre nosotros precisamente por el gran amor que Él nos dio.

Los relatos del nacimiento de Rita se inspiran indudablemente en los evangelios de la infancia. Escogemos como normativo el relato del nacimiento de san Juan Bautista. Escribe Lucas en su evangelio, 1, 6-16:

Zacarías e Isabel eran personas realmente buenas a los ojos de Dios: vivían de acuerdo a todos los mandamientos y leyes del Señor. No tenían hijos, porque Isabel no podía tener familia, y ambos eran ya de avanzada edad…

Mientras Zacarías estaba sirviendo en el Templo… se le apareció el Ángel del Señor… Zacarías, al verlo, se turbó y tuvo miedo. El ángel le dijo entonces:

“No temas, Zacarías, porque tu oración ha sido escuchada, y tu esposa Isabel te dará un hijo al que llamarás Juan. Grande será tu felicidad y muchos se alegrarán con su nacimiento, porque tu hijo ha de ser grande ante el Señor”.


6. Consideraciones bíblico-teológicas

Dios, amándonos, nos ha dado peso y valor porque nos ha amado mucho más que a ninguna otra criatura; por eso somos personas y valemos más que los animales, las plantas y las cosas.

A las cosas, Dios las amó y las creó en consideración al hombre. Es decir, las hizo para el hombre que es el dueño de la creación. Al hombre, en cambio, Dios lo amó por sí mismo; y por eso llega a ser persona: tiene valor absoluto después de Dios y está por encima de todas las cosas.

No es un objeto más, sino el centro de la creación, el sentido de la misma. Y por encima del hombre, sólo Dios.

El amor de Dios constituye, por tanto, nuestra valía y perfección. Dice san Agustín: “Mi peso es mi amor”; o sea, mi valor está en proporción al amor que estoy recibiendo: de mis padres, de los demás hombres, pero después del de Dios, y de forma accidental, no fundamental.

El amor recibido de Dios, por ser infinito, nos da un valor único: no tenemos un valor relativo, sino absoluto ante los demás seres creados; y no podemos morir para siempre.

Dios, amándonos, nos da la existencia, nos crea y nos da consistencia.

Nosotros, recibiendo su amor, podemos en primer lugar, amarnos a nosotros mismos; valorarnos como imagen y semejanza de Dios, y podemos, a la vez, amar a los demás, respetarlos y valorarlos en Dios; y finalmente, podemos amar a Dios o mejor, podemos, por influjo e inspiración del Espíritu Santo, permitirle a Dios que se ame a sí mismo en nosotros, con nosotros, por nosotros.

Es decir, permitirle a Dios que se glorifique en nosotros. Por supuesto, siempre en Cristo Jesús, el Hijo único de Dios.

Los datos biográficos de santa Rita nos muestran, en primer lugar, que la santidad, como la vida misma, no aparece al azar y por casualidad, sino que se genera en familia, se transmite y se desarrolla sólo en el ambiente adecuado de una vida familiar de fe y santo temor de Dios, y amor sincero a los hombres, nuestros hermanos.

Rita vino a la vida en un hogar bien constituido. Se habla de padres creyentes y ejemplares; es decir, antes de ser padres, son cristianos. No se habla, curiosamente, de la mamá o del papá por separado; señalando así que lo importante es ser pareja, es decir, esposos primero, antes que padres. Ya que la vida nunca la da un solo individuo por sí mismo, sino que la vida se da siempre en comunidad, en la comunidad conyugal.

Consiguientemente, se desarrollará siempre en una comunidad, la comunidad familiar.

De padres santos nacen hijos santos. La santidad se vive en racimo. Nadie da lo que no tiene: los padres santos generan, transmiten y cultivan santidad en sus hijos, como lo más natural.

Los niños son siempre el reflejo de los padres, pues en la vida somos, en gran medida y principalmente, lo que hemos recibido. Si hemos recibido mucho de nuestros padres, somos mucho en la vida. Así descubrimos que los valores morales y las virtudes cristianas que Rita practicará en grado máximo, ya están de alguna forma, y germinalmente, en sus padres.

De ellos aprende Rita a querer y amar a los pobres, a perdonar a los enemigos, a sentir compasión por los dolores de Cristo, en su pasión y crucifixión, en una palabra a vivir en santo temor de Dios.

Lo que era importante para sus padres, también lo será para Rita. Ella será como una prolongación, como una floración de lo que ellos sembraron en su hija.

El hogar, la familia es siempre la primera iglesia, la pequeña iglesia. Se la llama con razón iglesia doméstica. El hogar es también, por supuesto, el primer seminario.

La familia es el valor fundamental en la sociedad y en la Iglesia: es la escuela donde los hombres aprenden a vivir en humanidad y en fe.

El patrimonio humano y espiritual que los padres proporcionan y siembran generosamente en los hijos es determinante en la vida de los mismos; pesará para toda la vida.

Todas estas enseñanzas y vivencias las encontramos de manera ejemplar en la Sagrada Familia de Nazaret, modelo de toda familia: José, “varón justo”, y María, “la llena de gracia”, forman al “más bello de los hombres, en cuyos labios se derramaba la gracia”.

A pesar del silencio de los biógrafos, indudablemente, la Santísima Virgen representó para santa Rita una constante referencia, tanto en el mundo como en el claustro.

María, en efecto, ocupa un lugar central en la espiritualidad agustiniana, como lo demuestran las abundantes advocaciones, sobre todo la de La Consolación, y del Buen Consejo, y los innumerables testimonios de los religiosos ilustres y de los santos de la Orden.


7. Peticiones o plegaria universal

Presentemos a Dios nuestras peticiones implorando que nos inspire el Señor sentir y actuar como lo hizo santa Rita en toda su vida.

1. Señor, que te has revelado a los hombres,
– por la intercesión de santa Rita, muéstranos tu rostro, aumentándonos la fe en tu palabra de verdad, y nuestro amor a tu Hijo Jesucristo.

Invitación: Roguemos al Señor.
Respuesta: Te lo pedimos, Señor.

2. Señor, tu sierva santa Rita conservó la paciencia en medio de tantas pruebas y tribulaciones;
– haz que en nuestra vida no seamos jamás motivo de molestia, o irritación para los demás.

3. Señor, que te glorificaste en la vida familiar de santa Rita, utilizándola como instrumento de salvación para su esposo y sus hijos;
– haz que nosotros seamos colaboradores tuyos en la salvación de los hombres, comenzando por nuestros propios hogares, comunidades religiosas o eclesiales.

4. Señor, que concediste a santa Rita la constancia de llamar a las puertas del monasterio hasta ser admitida como religiosa;
– haz que aprendamos el valor del sacrificio y el de la perseverancia en todas las circunstancias de nuestra vida.

5. Señor, que moviste a santa Rita para que prefiriese la muerte de sus hijos a verlos manchados por el pecado del odio y de la condenación eterna,
– enséñanos a perdonar a nuestros enemigos y a vivir en paz con todo el mundo, para que así podamos gozar nosotros mismos de tu paz y bendición.

6. Señor, que diste a santa Rita la paz y la tranquilidad en el monasterio después de tantas penas como había sufrido,
– suscita muchas vocaciones a la vida religiosa, donde muchos hijos tuyos alcancen lo único necesario y adelanten el Reino a este mundo.

7. Pídase y formúlese ante el Señor la gracia específica que se desea obtener por la intercesión de santa Rita en esta novena.

8. Señor, que por tu resurrección venciste a la muerte y permitiste que Rita participara de tu victoria,
– concede la vida eterna a todos los fieles difuntos y en particular a los devotos de santa Rita.

Preces específicas para el día primero

9. Oh Dios, fuente de vida y origen de toda paternidad en el cielo y en la tierra,
– perdónanos por no haber sabido imitarte como dadores de vida, en la familia, en la escuela, en la sociedad.

10. Oh Dios, que nos has dado la vida y la fe a través de nuestros padres y de nuestros hogares,
– te damos gracias y te bendecimos porque tú nos has cuidado por nuestros padres, hermanos, maestros, catequistas y sacerdotes; y te pedimos imitar los ejemplos de los padres de Rita, Antonio y Amanda.


Oración conclusiva

Dios Todopoderoso, que te dignaste conceder a santa Rita amar a sus enemigos y llevar en su corazón y en su frente la señal de la pasión de tu Hijo, concédenos, siguiendo sus ejemplos, considerar de tal manera los dolores de la muerte de tu Hijo que podamos perdonar a nuestros enemigos, y así llegar a ser en verdad hijos tuyos, dignos de la vida eterna prometida a los mansos y sufridos.

Te lo pedimos por el mismo Jesucristo nuestro Señor. Amén.


8. Padre Nuestro, Ave María y Gloria (tres veces).


9. Oración final para todos los días

Oh Dios y Señor nuestro, admirable en tus santos, te alabamos porque hiciste de santa Rita un modelo insigne de amor a ti y a todos los hombres.

El amor fue el peso de su vida que la impulsó, cual río de agua viva, a través de todos los estados de su peregrinación por este mundo, dando a todos ejemplo de santidad, y manifestando la victoria de Cristo sobre todo mal.

Ella meditó continuamente la Pasión salvadora de tu Hijo y compartió sus dolores “completando en su carne lo que faltaba a los sufrimientos de Cristo por su cuerpo que es la Iglesia”.

Aleccionada en su interior por la consolación del Espíritu Santo, Rita se convirtió en ejemplo de penitencia y caridad, experimentando continua y gozosamente, cómo la cruz del sufrimiento conduce a la alegría verdadera y a la luz de la resurrección.

De esta manera, se convirtió en instrumento de salvación al servicio del Dios providente, para bien de todos los hombres, sus hermanos, sobre todo en su propio hogar, en su familia, y finalmente en la comunidad agustiniana y en tu Iglesia.

Te damos gracias, oh Padre de bondad, fuente de todo don, y te bendecimos por las maravillas obradas en la vida de santa Rita de Casia, tu sierva.

A la vez, te imploramos ser protegidos por su poderosa intercesión, de todo mal, llegando a cumplir tu voluntad en todas las circunstancias de nuestra vida, de acuerdo a los ejemplos de santidad que Rita nos dejó.

Te lo pedimos por Nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que contigo vive y reina en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.


10. Gozos a santa Rita

CORO

Tú que vives de amor,
y en el amor te recreas,
bendita por siempre seas,
dulce esposa del Señor.

ESTROFAS

1. Cual del ángel la belleza
difunde luz celestial,
exhalaba su pureza
tu corazón virginal.
Danos guardar esa flor,
que es la reina de las flores,
y ponga en ella su amor
el Dios de santos amores.

2. Santa madre, santa esposa,
en las penas y amarguras
brindaba tu amor dulzuras,
como fragancias las rosas.
Trocando en templo tu hogar
buscaste en Dios el consuelo:
almas que saben amar
hacen de un hogar un cielo.

3. Como esposa del Señor
con alma de serafín,
en tu amor ardió el amor
del corazón de Agustín.
Amor que Dios galardona
y en prenda de unión divina,
brota en tu frente una espina
y una flor en su corona.


11. Himno a santa Rita de Casia

Gloria del género humano,
Rita bienaventurada,
sed nuestra fiel abogada (tres veces)
cerca del Rey soberano.

Nido de castos amores,
fue tu corazón sencillo,
claro espejo, cuyo brillo
no hirieron negros vapores.
Haz que nunca amor profano
tenga en nuestro pecho entrada.

Gloria del género humano…

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NOTA: Los contenidos de esta Novena a Santa Rita están tomados, con la debida autorización, del librito publicado por Ed. Paulinas, Lima 2015. Asociación Hijas de San Pablo, Lima, Perú.


Oración de la Comunidad de Viudas Santa Rita

septiembre 9, 2016

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Santa Rita. Semblanza biográfica

Nació en Roccaporrena, Casia, Italia, hacia el año 1380. Según la tradición, era hija única y desde su niñez deseó consagrarse a Dios. Sus padres eran muy religiosos y la convencieron para que se casara con un joven bueno pero de carácter violento. Tuvieron dos hijos varones.

Tras 18 años de matrimonio, su marido fue asesinado. Rita perdonó a los criminales. Pero sus hijos prometieron vengar la muerte de su padre. Entonces Rita los ofreció a Dios: Prefería que se los llevara al cielo antes que cometieran tal crimen. Los dos hijos murieron poco después.

Entonces Rita, viuda y sin hijos, pensó consagrarse a Dios tal como había soñado en su adolescencia. Una vez lograda la pacificación de las familias enemistadas y resueltos otros problemas, pidió ingresar al monasterio agustino de Santa María Magdalena de Casia.

Tras superar ciertas dificultades, fue admitida en el convento. En él vivió durante 40 años dedicada a las prácticas de la vida monástica. Los últimos 15 años soportó en la frente el estigma de una espina de la corona del Salvador en su pasión.

Murió en la noche del 22 de mayo de 1456 con fama de santidad. Rita pasó por los diferentes estados de la vida dando pruebas de fe en Dios y de amor a Cristo en su pasión y muerte. Fue mensajera de paz y reconciliación.

Su cuerpo se venera en el santuario de Casia, adonde siguen acudiendo sus devotos procedentes de todo el mundo.

 

Oración de las Viudas Santa Rita

Padre y Señor nuestro, somos madres cristianas viudas. Creemos que tú eres Padre de los pobres, defensor de viudas y protector de huérfanos. Por eso, con toda confianza, recurrimos a ti buscando consuelo y fortaleza, pues con frecuencia nos sentimos tristes y abandonadas.

Creemos que tú eres el único que nos puede comprender plenamente. Por ello te damos gracias, y en especial te agradecemos el esposo que nos diste por tantos años.

Queremos aceptar con resignación cristiana y alegría que ya descanse en ti. Tú sabrás recompensarle la entrega de su vida. A tus manos lo confiamos. De ti lo recibimos, a ti lo devolvemos y en ti esperamos encontrarlo para siempre en el cielo.

Ahora reconocemos agradecidas que nuestros esposos fueron un don tuyo y la prueba más evidente de tu amor por nosotras y los hijos. Te pedimos perdón porque no siempre supimos verlos y tratarlos según tus designios de amor.

Aunque nos falta ahora la presencia física de nuestros maridos, sentimos cada día más que ellos nos acompañan espiritualmente en todas nuestras preocupaciones.

Te bendecimos porque tú, Señor y Padre nuestro, todo lo dispones para nuestro bien. Deseamos cumplir tu voluntad plenamente, y queremos darte gracias siempre, y por todo cuanto permitas nos suceda.

Finalmente, te damos gracias porque en nuestro desvalimiento nos ofreces el ejemplo maravilloso de santa Rita, que se entregó incondicionalmente a su esposo y a sus hijos llevándolos a ti, y alcanzando así su plenitud como esposa y como madre.

Al amparo de tan admirable intercesora, te presentamos nuestras necesidades y súplicas repitiendo esta plegaria.

¡Ayúdanos, Padre y Señor nuestro!

Para que, como santa Rita ya viuda, saquemos fuerza de la debilidad y seamos padre y madre de nuestros hijos en todas sus necesidades, sobre todo espirituales.

¡Ayúdanos, Padre y Señor nuestro!

Para que sintamos la compañía de nuestros esposos que nos contemplan desde el cielo y ruegan por nosotras, y así podamos perseverar en nuestra vocación hasta que tú nos recojas en tu paz.

¡Ayúdanos, Padre y Señor nuestro!

Para que sepamos perdonar y olvidar las ingratitudes y ofensas que nos causaron nuestros maridos ya difuntos.

¡Ayúdanos, Padre y Señor nuestro!

Para que, si brotara en alguno de nuestros hijos o nietos el germen de una consagración religiosa o sacerdotal, seamos generosas colaboradoras de esa vocación.

¡Ayúdanos, Padre y Señor nuestro!

Para que seamos respetuosas con nuestros hijos y nietos en sus asuntos personales y familiares, sin renunciar a nuestra colaboración generosa para que puedan construir verdaderos hogares cristianos.

¡Ayúdanos, Padre y Señor nuestro!

Para que, en nuestra condición de viudez, Dios sea nuestro consuelo y fortaleza, y nos permita experimentar ahora una felicidad tal que sea continuación y aun superación de la dicha que gozamos con nuestros maridos.

¡Ayúdanos, Padre y Señor nuestro!

Para que, como viudas cristianas, cultivemos con más ahínco la vida espiritual y el compromiso en las tareas apostólicas de la parroquia y de la Iglesia.

¡Ayúdanos, Padre y Señor nuestro!

Para que busquemos, con verdadero celo apostólico, a las madres y mujeres viudas como nosotras, que se sienten solas o deprimidas, y logremos acercarlas a Dios.

¡Ayúdanos, Padre y Señor nuestro!

Para que, en el trato con otras madres viudas, nos interesemos por sus necesidades, las acompañemos con prudencia y solicitud hasta despertar en ellas su vocación cristiana, y logremos integrarlas a la vida de la Iglesia.

¡Ayúdanos, Padre y Señor nuestro!

Oración conclusiva

Te adoramos y te alabamos, Padre bueno, pues en tu Hijo Jesús nos has mostrado tu santidad. Te damos gracias porque tu Espíritu hizo a Rita esposa de Cristo.

Humildemente te suplicamos, Padre santo, que, por medio de tu Hijo y por intercesión de santa Rita, derrames sobre nosotras la unción del Espíritu que nos permita imitarla en su amor a ti y al prójimo, en la adhesión a tu santa voluntad, y en la devoción a Cristo en su pasión y muerte de cruz.

Gloriosa santa Rita, abogada de imposibles, ayúdanos a recibir y agradecer las bendiciones divinas con fe, amor y alegría. Amén

Miraflores, agosto de 2016

(Esta oración la rezan las integrantes de la “Comunidad Viudas de Santa Rita”)

REUNIÓN: Todos los miércoles, de 5.00 a 6.00 pm.

Comunidad de Viudas Santa Rita. Parroquia Santa Rita de Casia; C/ Amelio Placencia 135; Miraflores, Lima, T. 445 31 39; www.parroquiasantarita.org.pe; parroquia@parroquiasantarita.org.pe; F/parroquiasantarita.miraflores;  www.agustinosrecoletos.com