Obispo Mario Moronta en Carta a Maduro: escuche el clamor del Pueblo

febrero 18, 2019

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Obispo Mario Moronta en Carta a Maduro: escuche el clamor del Pueblo. “Dé el paso”.

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Obispo Mario Moronta en Carta a Maduro: escuche el clamor del Pueblo

“Muchas familias no comen lo necesario para poder alimentarse”

Por Griselda Mutual – Ciudad del Vaticano

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Una carta abierta, abierta y pública, el reclamo de un pastor, una voz clamorosa que se alza en la zona fronteriza con Cúcuta, fruto de un encuentro y cercanía constante con el pueblo que sufre en Venezuela, también en la frontera y fuera del país: es la carta de Monseñor Mario Moronta, Obispo de San Cristóbal y Primer Vicepresidente de la CEV dirigiéndose a Nicolás Maduro, este lunes 18 de febrero.

Muchas familias no comen lo necesario para poder alimentarse

“No es ningún secreto que hoy atravesamos la más grave crisis política, económica, social y moral que azota al país. Negarlo es querer tapar el sol con un dedo o demostrar que se está encerrado en una cúpula de cristal. Sé que le disgusta a Usted y sus seguidores que se les hable de ‘crisis o emergencia humanitaria’. Pero ¿cómo caracterizar la situación que golpea a la inmensa mayoría de nuestros hermanos?”.

Con la pregunta expuesta, el Obispo Moronta dirigió al líder político una invitación a una reflexión, afirmando que en esta situación no es posible “negar el deterioro de la calidad de vida de los venezolanos”, pues “hay hambre” y “muchas familias no comen lo necesario para poder alimentarse”.

Hay guerra económica, pero es contra el pueblo

A la vez que pasa lista a las numerosas dificultades del pueblo, como la pobreza crítica, los altísimos índices de desnutrición, la salud “desguarnecida” en todos los sentidos, Monseñor Moronta en un llamado directo a la persona de Maduro –la carta en efecto es pública pero dirigida explícitamente a él– alude a la referencia continua de este último a la “guerra económica” como “causa de los problemas del país”, constatando que, de hecho, “es verdad, existe una ‘guerra económica’”, pero ésta no es “contra el Gobierno ni las instituciones del Estado, sino contra el pueblo”; y menciona aquella de la corrupción “que ha enriquecido a muchos que se denominan dirigentes y servidores de la nación”, o como la del saqueo del arco minero que, “amén de destruir la ‘Casa común de la Creación’, ha permitido que no pocos se llenen de las ganancias de la minería ilegal.

Contrabando de combustible escandaloso

Mons. Moronta señala la situación en la región tachirense, en donde los vehículos necesitan hasta 48 horas para llenar su tanque, y habla del “escandaloso contrabando de combustible”, -que en el país cuesta menos de un centavo de dólar- .  Se trata de un hecho que el obispo denuncia como “irreversible”, “porque quienes tienen la misión de velar por la protección del pueblo o se hacen de la vista gorda o, sencillamente, tienen parte en el negocio”.

SEBIN no persiga a quienes piensan diferente, trabaje para objetivos válidos

Refiriéndose a la presencia de grupos irregulares en el país, a los “negociados de muchos dirigentes y autoridades, así como de civiles, en torno a lo que es el contrabando de gasolina y otros insumos necesarios”, como también a “los responsables y miembros de las mafias que trafican con personas y llevan a muchos jóvenes y adolescentes venezolanos a la prostitución en otros países, como si se tratara de una mercancía apetitosa”, indica que “sería bueno que el SEBIN, en vez de andar persiguiendo a quienes piensan diferente al Gobierno, se dedicaran a hacer labores de auténtica inteligencia”.

“La gente del pueblo está cansada, porque sigue siendo menospreciada. Hay represión de diverso tipo. Aunque no guste, la inmensa mayoría del pueblo, sufre una crisis de carácter humanitario. Se lo puedo atestiguar”, afirma. “No soy de los que está encerrado en oficinas, sino que camino por las comunidades, me encuentro con todos sin distinción” […] “No hay que tenerle miedo al pueblo si de verdad uno forma parte de él”, asegura.

Para que el diálogo sea verdadero hay que escuchar de verdad 

Al hablar del diálogo pedido por Maduro, Monseñor Moronta señala que el mismo “requiere del encuentro, del reconocimiento del otro y de la corresponsabilidad en los acuerdos y soluciones que se presenten”, y le recuerda:

“Usted ha acudido nuevamente al Papa para que se garantice el diálogo. Además de no haberse cumplido con anteriores acuerdos, según lo indicaba el Cardenal Pietro Parolin en la misiva del  2 de diciembre del 2016, no vemos disposición para el auténtico diálogo. Y no me refiero al del entablado o al que se quiere volver intentar, con las élites políticas del oficialismo y de la oposición. Hace muchos años hay un protagonista necesario del diálogo que ha quedado por fuera. Para que haya diálogo verdadero, hay que escuchar de verdad, con sinceridad, al mismo pueblo. Y eso ni se ha dado ni parece darse”.

Permita ingreso de ayudas humanitarias

Seguidamente menciona pedidos del pueblo que han encontrado “oídos sordos”; y reclama: “El pueblo le pide que escuche el clamor que proviene de sus sufrimientos”; “atrévase a escuchar a ese pueblo que quiere ser tratado con dignidad y justicia, pero en paz y sin revanchismos”.

“Pedir y recibir la ayuda de ese tipo (humanitaria ndr.) no es ninguna traición a la patria, sino un deber moral a favor de la dignidad de las personas que no tienen medicamentos, alimentos y otros insumos necesarios”.

Venezuela está siendo expoliada de sus bienes naturales

Con el corazón en los “numerosos hermanos” que deben emigrar para tratar de conseguir una mejor calidad de vida o para sostener a sus familias, resalta que Venezuela es una nación rica y “puede ser capaz de crear condiciones de vida que permitan a los ciudadanos ser gente honesta, progresista y constructora de futuro”, pero “está siendo expoliada por quienes explotan irracional e inhumanamente las minas y otros rubros de la economía del país”.

Permita elecciones libres

“Debe escuchar al pueblo que está pidiéndole un cambio de orientación política. Le está pidiendo que se dé la posibilidad de una nueva dirección. ¿Por qué no se arriesga a convocar a unas elecciones libres, con un nuevo CNE (constituido por representantes de todos los partidos políticos y por instituciones nacionales que tienen que ver con la academia, la economía, los obreros) y con la posibilidad de otros candidatos? Abra la puerta y póngase a un lado. La inmensa mayoría de los venezolanos está pidiendo que ya no siga al frente del Poder Ejecutivo. Es bueno recordar, al haber celebrado este 15 de febrero pasado 200 años del Congreso de Angostura, lo dicho por  Simón Bolívar en su discurso: “El sistema de gobierno más perfecto es aquél que produce mayor suma de felicidad posible, mayor suma de seguridad social y mayor suma de estabilidad política”, expresa.

No asustar al pueblo, evitar derramamiento de sangre

En la extensa carta el obispo de San Cristóbal cuestiona además algunas medidas tomadas por el gobierno de Maduro, como los piquetes militares para impedir la entrada de ayuda humanitaria, y cuestiona: “¿Es que acaso esos militares no son pueblo? Ellos están para defender a los hombres y mujeres de Venezuela y no para reprimirlos. ¿Sus asesores e informantes no le han dicho que la gente está resteada? Evite el derramamiento de sangre; deje a un lado la persecución a los disidentes; escuche y sienta el padecimiento de un pueblo que quiere libertad y justicia, pero con dignidad y sin opresión”.

Sí a la independencia y autonomía, no a las ideologías que destruyen la grandeza de la sociedad

Ya casi en la conclusión de la misiva el prelado recuerda las diversas referencias de Maduro a las influencias del “imperio”, y especifica: “Soy de los que creen que debemos reafirmar continuamente nuestra independencia y autonomía. Pero eso es válido también para aquellos países que quieren imponer en Venezuela una ideología que rompe con la integración latinoamericana, desvaloriza a la persona humana y destruye la grandeza de una sociedad”.

«Dé el paso»

Por último, la solicitud del Obispo de San Cristóbal a Nicolás Maduro es a que cuando los allegados de este último manifiesten sus desacuerdos con lo que ha dicho “ni ofendan ni descalifiquen”. Haciendo presente que esta carta es de su propia responsabilidad, pide “que no se tomen represalias, ni persecuciones, ni nada que atente contra la seguridad física, psíquica e integral de mi familia, de mis amigos allegados, de los sacerdotes ni de las comunidades que sirvo como pastor de la Iglesia”, y ofrece una oración para que el Dios de la Vida “le dé la sabiduría y la luz del Espíritu para que tome la decisión más conveniente para Usted y para todo el pueblo venezolano”. “Ya se lo hemos señalado. Dé el paso”, concluyó.

 


Jugarse la vida, diálogo del Papa Francisco con los jesuitas de América central

febrero 16, 2019

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Jugarse la vida, diálogo del Papa Francisco con los jesuitas de América central. Jornada Mundial de la Juventud en Panamá.

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Jugarse la vida, diálogo del Papa Francisco con los jesuitas de América central

Papa Francisco

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A las 15.45 del 26 de enero de 2019 el papa Francisco se encontró en la Nunciatura de Panamá con 30 jesuitas de la provincia centroamericana, que comprende los territorios de Panamá, Costa Rica, Nicaragua, El Salvador, Honduras y Guatemala. Estaban presentes el provincial, P. Rolando Enrique Alvarado López, el maestro de novicios, P. Silvio Avilez, y 18 jóvenes novicios.

Apenas entró Francisco en la sala del encuentro, los jesuitas entonaron el canto En todo amar y servir, muy conocido en la Compañía de Jesús. Luego el Papa saludó a todos, uno por uno, antes de sentarse e iniciar la conversación.

Por Antonio Spadaro S.I.

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Gracias por su visita. A mí me gusta en mis viajes encontrarme con «los nuestros», como se decía en mi época.[1] Lo que sí quería es decirles una cosa: a las provincias de la Compañía que se lamentan de que no tenemos novicios… Tú, provincial, ¡pásales la receta!

Ustedes pregunten lo que les parezca, lo que les pueda interesar, lo que tengan curiosidad de saber… Y en base a eso armamos el diálogo. Yo no tengo nada preparado. Vean ustedes…

En la homilía que tuvo con los Obispos, después de hablar de Monseñor Romero, citó al padre jesuita Rutilio Grande. Cómo va la causa de beatificación de Rutilio.

Yo a Rutilio lo quiero mucho.[2] En la entrada de mi cuarto tengo un marco que contiene un pedazo de tela ensangrentada de Romero y los apuntes de una catequesis de Rutilio. A Rutilio le tomé mucha devoción antes incluso de conocer bien la figura de Romero.

Cuando estaba en Argentina su vida me llegó, su muerte me tocó. Según las últimas noticias que tengo de personas informadas, la declaración de martirio está yendo muy bien. Y es una honra… Hombres de este tipo… Rutilio, además, ha sido el profeta. El que «convirtió» a Romero.

Aquí hay una visión: la dimensión de profecía, la de aquel que es profeta por el testimonio de su vida y no solamente de palabra, como aquellos que lo son porque dan clase y andan por ahí hablando.

Rutilio es un profeta de testimonio. Decía también todo lo que tenía que decir, pero fue su testimonio, el testimonio martirial, lo que al fin movió a Romero. Esa fue la gracia. Así que pídanles a ellos en sus oraciones.

Usted fue maestro de novicios, ¿verdad? ¿En qué años?

Comencé en febrero o marzo, no recuerdo bien, de 1972. Y fui maestro hasta el día de san Ignacio de 1973, en que asumí como provincial. Un año y medio.

A Usted, que ha sido maestro de novicios, le hago una pregunta de maestro. Hoy, en los primeros decenios del siglo XXI, las situaciones son muy distintas de las de aquellos convulsionados años setenta en América Latina. Pero en qué les insistía Usted a sus novicios que, según Usted, deberíamos seguir insistiendo a los novicios de ahora?

De las cosas de aquel momento que habría que trasladar a hoy, que permanecen actuales, remarcaría una actitud: la claridad de conciencia. Para los que son solapados no hay lugar: no sirven para la Compañía. Cuando tú lees las cartas de Javier, lo que quería él es que se supieran las cosas: lo que Jesús hace en el alma de cada uno, y también cómo el diablo tienta y cómo el mundo seduce.

Este espíritu supone una gran confianza. Por eso el maestro de novicios no tiene que ser una persona pusilánime. Tiene que ser abierto, muy abierto, que no se asuste de nada ni le tenga miedo a nada; en cambio, debe ser agudo, capaz de decir: «Ten cuidado con esto, mira, esto que me dices es peligroso; esto es una gracia, dale para adelante por acá». Debe saber discernir. Un hombre que no se asusta, un hombre de discernimiento.

La claridad de conciencia, por tanto. Cuando estoy con novicios yo les digo: miren, si ustedes no se acostumbran desde ahora a ser transparentes, mejor que se vayan. Porque eso va a crecer mal. Alejarse de la transparencia por una cosa quizás pequeña es algo que puede pasar en todo proceso de crecimiento.

Pero estén atentos porque, si no se remedia rápido, llegará un momento en que la Compañía no va a saber qué hacer con esa persona, porque se rompió el lazo de fraternidad, el ser compañeros en el Señor. Entonces esa persona empieza a ir adelante a fuerza de trampas, excusas, enfermedades. Con mil cosas que le permiten hacer lo que ella quiere.

Los que actúan así puede que vayan al cielo, seguramente. Pero qué vida inútil, Dios mío, ¡qué vida superficial! Mejor salir, casarse, ojalá, tener hijos y estar en paz. Pero vivir así, sin claridad de conciencia, es quedarse en la cáscara de la Compañía, no entrar adentro.

Yo insistiría mucho en esto. Claro que es una cosa delicada. Porque implica en el maestro una capacidad de respeto, de no asustarse, de escuchar, de animar. De ser más exigente.

Esto vale también para los superiores. A veces a ti te debe pasar que hubieras deseado que tal persona no hubiera sido claro de conciencia, porque tiene un problema que no sabes cómo resolver. Pero es la claridad de conciencia lo que nos hace jesuitas. Además, el jesuita tiene que saber que el superior lo quiere bien y que el diálogo es en Dios.

En el libro entrevista sobre la vida consagrada que recién ha salido,[3] cuento una anécdota. Es acerca de un superior. Un joven, un maestrillo,[4] estaba en un cierto colegio de España, y su madre tenía un cáncer terminal. Y en la ciudad en que vivía su madre había otro colegio de la Compañía. Y un día, cuando el provincial hacía su visita, entre otras cosas el joven le dice:

«Mire, mi madre está mal. Tendrá menos de un año de vida. Sé que tienen que mandar un maestrillo a ese colegio. Le quisiera pedir que me mandara a mí; así estaré en la ciudad de mi mamá y la podré acompañar en su último tramo». El provincial lo escuchó con mucha atención y le dijo: «Lo voy a discernir, debo pensarlo». Y el muchacho se quedó en paz.

Esto pasó hacia el mediodía. El provincial se iba tempranito a la mañana siguiente. El muchacho hizo sus cosas normalmente a la tarde y a la noche se quedó rezando en la capilla, por su mamá, para que saliera todo bien… Se quedó hasta tarde y, cuando llegó a su pieza encontró un sobre de parte del provincial. Lo abrió…

Era una carta con fecha del día siguiente, en la que el provincial le decía: «Después de haberlo considerado ante el Señor y buscando su divina voluntad [y otras afirmaciones por el estilo], y después de haber celebrado la Eucaristía [¡la del día siguiente!] pienso que te tienes que quedar en este colegio».

¿Qué había sucedido? El Provincial tenía que irse temprano y había adelantado el trabajo, había escrito y dejado todas las cartas al ministro,[5] para que las entregara al día siguiente. Pero el ministro, viendo que era tarde y ya estaban todos durmiendo, las entregó esa misma noche. Ese jesuita no salió de la Compañía, pero hubiera tenido todos los motivos para hacerlo.

Por tanto, es verdad que a veces la claridad de conciencia termina en un antitestimonio de este tipo, ¡en una hipocresía! ¡Además, se juega con el discernimiento, con la Misa, con todo…! Aquel superior no tenía escrúpulos. Era de ese tipo de superiores que juegan siempre al equilibrio. Superiores mundanos, con espíritu del mundo.

Y entonces también los superiores no ayudan a tener claridad de conciencia, y son responsables de que no la haya. El superior tiene que ser muy humilde, muy hermano, y saber que el día de mañana será él el que tenga que abrir su conciencia a otro superior. Insisto en esto: la transparencia.

Ustedes métanselo en la cabeza, apuesten a esto. Si no, van a fracasar. Van a ser jesuitas «chirles» (inconsistentes). Para eso mejor que se vayan, mejor ser buenos padres de familia. No estoy haciendo algo trágico de esto, pero es una de las cosas medulares de la Compañía, lo que garantiza el amor a Cristo, el seguir a Cristo. He sido formado así.

¿Como visualiza Usted, hoy en día, la vocación de hermano?

Las vocaciones en la Compañía son tres: de profeso, de coadjutor y de hermano.[6] En 1974, en tiempos de la Congregación XXXII, que comenzó el 3 de diciembre, había mucha efervescencia por la igualdad. Se pensaba que la diferencia entre profeso y coadjutor espiritual era una injusticia social.

Había habido cierta infiltración ideológica en esto. De hecho, después hubo una racha de dar la profesión a todo el mundo así, según algunos, serían todos iguales. El padre Arrupe tuvo que reaccionar. Si se hubiera dado esto se habría perdido algo de la Compañía. Saltó otra visión en aquella época, también ideológica: que el servicio propio de los hermanos en la Compañía era una especie de injusticia social.

Se hacía de eso una cuestión «de nivel social». Como si el hermano Antonio García, el custodio del museo de los mártires en Nagasaki, fuera un «sirviente», en el sentido clásico y sociológico de la palabra. ¡Y en cambio él era más sabio que todos nosotros aquí juntos! Era él el que ayuda a tantos con su consejo. El hermano es el que tiene el carisma más puro de la Compañía: servir, servir, servir.

Al comienzo ustedes cantaban En todo amar y servir. El hermano es así. Concreto. Entre los hermanos que yo he conocido, algunos eran pintorescos, tenían sus defectos… Algunos han luchado tanto, han luchado por su vida religiosa, como héroes, y no han sido suficientemente ayudados en sus luchas y dificultades.

Me recuerdo de uno, claro de conciencia, pero un poco «donjuán». Este pobre hermano se enamoraba continuamente. Y venía con humildad y decía: «Ah padre, yo me la paso buscando novia siempre». ¡Quién sabe, quizás no tendrían que haber entrado en la Compañía!

Pero eran hombres transparentes, y con buen ojo para valorar las situaciones. Hay ahí una vocación al servicio de un modo diverso: en la misma fraternidad, con la misma dignidad religiosa, no simplemente sociológica, como se quería en un tiempo.

Algunos hacían comparaciones y decían «el hermano es la madre». No, no, no. Eso no va. La madre es la Compañía y con una nos basta. Pero el hermano es aquel que está en lo concreto, que mira a lo concreto, que sabe moverse en lo concreto, haga lo que haga. Sea enfermero, cocinero, portero, profesor. Tiene otra dimensión. Valorar el hermano según criterios sociológicos no es jesuita. Esto es sacar de contexto el servicio que le es propio.

Entre los hermanos que teníamos en la Argentina, algunos tenían sus defectillos, es verdad, pero eran hombres de este calibre. Yo recuerdo uno, un santo varón. Era croata. Había escapado de su patria y había terminado trabajando de minero en Bélgica, en Charleroi. Siempre conservó la piedad. Quería ser religioso. No sabía dónde.

Emigró a la Argentina y allí entró en la Compañía. Era un hombre muy sencillo. Se encargaba de todos los trabajos de cerrajería y herrería. Y para decirlo en términos de cerrajería, tenía la llave de toda la realidad, de todo lo que pasaba, pero no hablaba si no le preguntaba el superior.

He conocido tantos como él: robles. Muchos eran españoles que venían a la Argentina. La provincia de Loyola era una fábrica de hermanos. Los vascos que vinieron a nuestra tierra eran hombres de una sola pieza, hablo de los que conocí yo.

¿Por qué digo todos estos ejemplos? Para decirte que la vocación de hermano no hay que considerarla desde un punto de vista sociológico, sino del punto de vista de lo que los hermanos son en realidad en su vocación específica, como san Ignacio los ha querido en la Compañía.

No quiero exagerar, pero cuando era provincial, los informes más simples y a la vez más acertados para las ordenaciones me los daban los hermanos. Decían: «Sí, ta…, ta… Pero cuidado con este problema!». O «Esta persona tiene algunos defectos, sí. Pero tiene también esta virtud…». En síntesis: no se les escapaba una. Tenían un ojo especial.

En la Compañía el hermano influye mucho sobre el cuerpo colectivo y sobre la comunidad. Se lo debe promover, como a cualquier jesuita, para que dé lo mejor de sí. Pero la promoción no debe estar fundada sobre una motivación sociológica o ideológica, como si el hermano tuviera necesidad de una promoción para sentirse persona. Si no se siente persona como hermano, debe replantearse su vocación. El hermano no tiene necesidad de maquillaje. Esta vocación no debe desaparecer. No sé si te contesté.

Estamos en el contexto de la JMJ y hay encuentros diversos de jóvenes en torno a esto. El día de la bienvenida en la Cinta costera, Usted habló sobre la cultura del encuentro. Usted está convencido de que el encuentro es un tema fuerte para nuestros jóvenes, invadidos con tanta cultura informática. Parece que el encuentro a veces se ve truncado y que la cercanía está mediada por la red informática.

Mira, el mundo virtual es especialista en hacer contactos pero no encuentros. A veces fabrica encuentros seduciéndote con los contactos. El que vio bien esto bajo el aspecto filosófico fue Bauman. Escribió su último libro con su ayudante italiano y murió mientras trabajaba en el último capítulo. La viuda se lo dio al ayudante: «Termínelo usted y publíquelo, ponga también el nombre de mi marido, porque usted era discípulo suyo y lo conocía bien». Y lo publicó en italiano.[7] Se titula Nacidos líquidos, o sea inconsistentes. Pero en la traducción alemana el título es Die Entwurzelten, desarraigados. En la mentalidad alemana, los que nacen líquidos no tienen raíces. Perfecto. Es así.

¿Qué hace el mundo puramente virtual si está aislado en sí mismo? Te da satisfacciones, una consolación artificial, pero no te mantiene unido a tus raíces. Te pone en órbita. Te quita lo concreto. El mundo virtual corre el riesgo de ser un mundo de contactos —se lo dije a los obispos—, pero no es un mundo de encuentros.

Y esto es un peligro, un peligro muy grave. Respecto a esto los jóvenes necesitan tener una dirección muy seria que no los haga sentirse despojados, sino enriquecidos. Aquellos de ustedes que trabajan con los jóvenes, por ejemplo en los colegios, tienen la tarea de ayudarlos al encuentro.

¿En qué consiste la actual crisis del encuentro? Es una crisis de raíces.

La generación intermedia —al menos en Europa y en mi patria—, o sea los padres de los jóvenes, no tienen la fuerza suficiente para transmitir raíces. Porque son personas tironeadas. A menudo en competencia con los hijos. Las raíces las dan los abuelos. Todavía están a tiempo de hacerlo. Las raíces las dan los viejos. Cuando digo que los jóvenes deben encontrarse con los viejos, no expreso una idea romántica. Háganlos hablar.

Al principio los jóvenes dicen que se hartan, que se aburren y se quedan callados. He tenido experiencia de jóvenes y de grupos juveniles a los que se les proponía ir a tocar la guitarra a los abuelos de una casa de reposo. Respondían: «No, son viejos». Pero después, cuando iban a visitarlos, no se querían volver.

Una canción, después otra. «¿Por qué no me canta esta?», y «En mi época…», y así: los viejos se despiertan… Yo me refiero al capítulo 3 del libro de Joel: los viejos soñarán y los jóvenes profetizarán. Los viejos empiezan a soñar, a contar, y los jóvenes se ponen a profetizar: no lo que les dijeron los viejos, sino lo que los sueños de los viejos despiertan en ellos.

Eso es encuentro. Eso es realidad. Pero es importante ir a las raíces. Lo que la cultura virtual nos propone es algo líquido, gaseoso, sin raíces, sin tronco, sin nada. Es lo mismo que pasa con la economía y las finanzas. En estos días leía una noticia proveniente del encuentro de Davos, que la deuda de los países en general es mucho mayor que el producto bruto de todos juntos.

Es como la estafa de la cadena de san Antonio: las cifras se van inflando, por millones y trillones, pero debajo no hay otra cosa que humo, todo es líquido, gaseoso, y tarde o temprano, eso se va a venir abajo.

La virtud que hoy se nos pide a todos, y más a un jesuita, es concreción. Como aquel confesor que teníamos en el Máximo, que confesaba a la noche. Era muy viejito. Mientras hacíamos el examen de conciencia, algunos iban a confesarse, y siempre había una cola delante de su puerta. El confesaba rápido, decía pocas palabras. Pero un compañero nuestro, que era un ángel, muy espiritual, nos contó que una vez había ido a confesarse con él y no volvería más. «Me maltrató, me retó», decía.

Y claro, sentimos curiosidad… ¿Qué habría dicho este ángel para que el otro le gritara así? Y él nos lo contó: «Yo le empecé a decir mis dificultades. Y él me dijo: largá el gordo, largá el gordo!». Claro, estaba acostumbrado a escuchar cosas gordas y entonces cuando este le vino con cosas angélicas, tan líquidas, no le creyó nada y entonces lo animaba a que largara todo. ¡Concreción! Nada de andar con la cabeza por las nubes.

Ahora, cómo hacer que los chicos tengan concreción. Yo pienso en el padre La Manna, que ahora está en el instituto Máximo de Roma. Este hombre logró hacer concreción en su colegio, uno de los más chic de Roma; logró crear con los chicos un espíritu social impresionante. Concreción. Nada de cositas etéreas. La vida espiritual concreta. El compromiso, concreto. La vida de amistad, concreta. Concreción.

Es con esto que salvaremos al hombre. Pero vuelvo sobre el diálogo con los viejos. Por favor, háganlo antes de que sea demasiado tarde. Porque es un ancla que puede salvar a nuestra juventud.

Viendo el testimonio que ha caracterizado a la Compañía de Jesús en Centroamérica, ¿qué piensa que podemos aportar a la Iglesia universal?

En América ustedes fueron pioneros en los años de las luchas sociales cristianas. Ustedes fueron pioneros. Si el padre Arrupe escribió la Carta sobre los cristianos y el «análisis marxista» para hablar de la realidad en la teología de la liberación, fue porque había algún jesuita que por ahí se confundía un poco. No por mala intención pero se confundía, y entonces el padre tuvo que poner las cosas en su sitio. En el foco.

En aquel entonces el que condenaba la teología de la liberación, condenaba a todos los jesuitas de Centroamérica. Yo he escuchado condenas terribles. Y el que la aceptaba, aceptaba todo sin distinguir. De todas maneras, la historia ayudó a discernir y a purificar. Son procesos de purificación. Pero si no me equivoco, ustedes fueron pioneros, con sus propios pecados, con sus propios errores, pero pioneros al fin.

En aquel tiempo, un día tomé el avión para ir a una reunión. Salía de Buenos Aires, pero, como el boleto era más barato, hice escala en Madrid, para después ir a Roma. En Madrid subió un obispo de Centroamérica. Lo saludé, me saludó; nos sentamos juntos y empezamos a hablar. Yo le pregunté por la causa de Romero, y él me dijo: «Ni hablar. Ni hablar. Sería canonizar el marxismo».

Ese fue el introito. Después siguió. Dentro del mismo episcopado había visiones diferentes, incluso condenatorias de la línea de la Compañía. De hecho aquel obispo pasó de criticar a Romero a criticar a los jesuitas de Centroamérica. Pero no era el único que pensaba así. En aquella época, otros miembros de la jerarquía eran muy cercanos a los regímenes de entonces, se respaldaban en ellos.

En una reunión en Roma me encontré con un provincial que estaba tachado de izquierdista. Yo le pregunté sobre la teología de la liberación, y él me dio un panorama muy objetivo, incluso crítico con algunos jesuitas, pero haciendo ver cuál era la dirección positiva; a quien veía todo esto desde afuera, en cambio, todo le parecía muy, muy difícil de aceptar.

La idea era que canonizar a Romero era imposible porque ese hombre no era ni siquiera cristiano, ¡era marxista! Y por lo tanto lo atacaban. Pero en aquella tempestad había también un germen bueno. Que algunos exageraron, sí, pero después volvieron. Siempre ha habido exageraciones.

Hubo alguno que dijo cosas más fuertes que otros, es verdad, pero lo sustancial era distinto. Ustedes estuvieron de lleno en medio del zafarrancho. Y sería lindo que releyeran la historia de esos hombres. Había personas como Rutilio, que nunca se bandeó e hizo todo lo que tenía que hacer. Ideológicamente Rutilio no se bandeó nunca, y en cambio hubo algún otro que por ahí un poco se bandeaba, porque estaba enamorado de la filosofía de tal autor y con esa base releía e inspiraba los hechos. Pero son cosas humanas, comprensibles en coyunturas humanas difíciles.

Las dictaduras que tuvieron ustedes en Centroamérica fueron de terror. Lo importante es no dejarse ganar por la ideología ni de un lado ni de otro, y menos de la peor de todas, que es la ideología aséptica. «No te metas»: esta es la ideología peor. Era la actitud de aquel obispo que encontré en el avión, que era un aséptico.

Arrupe sobre esto era muy claro en el discernimiento que hacía. Los defendía a todos, pero después le ajustaba en privado a cada uno lo que le tenía que ajustar, si le tenía que ajustar algo. Eso es típico del superior, defender a todos… Y por eso es importante la cuenta de conciencia, porque allí se ajustan los tornillos donde se tienen que ajustar. Esta es mi opinión.

Y hoy, nosotros los viejos nos reímos cuando vemos las preocupaciones que tuvimos con la teología de la liberación. Lo que por ahí fallaba era la comunicación hacia afuera de cómo estaban las cosas en verdad. Había muchas maneras de interpretarla. Es verdad que algunos cayeron en el análisis marxista.

Pero les cuento algo divertido: el gran perseguido, Gustavo Gutiérrez, el peruano, concelebró la Misa conmigo y con el que era entonces prefecto de la Doctrina de la Fe, el Cardenal Müller. Esto fue porque Müller me lo trajo como amigo suyo a concelebrar. Si alguno en aquella época hubiera dicho que el prefecto para la Doctrina de la Fe habría llevado a Gutiérrez a concelebrar con el Papa, habrían dicho «este tomó de más».

La historia es maestra de la vida. Uno va aprendiendo. Una de las cosas que a mí me hizo mucho bien en una época de mi vida, fue leer la Historia de los Papas de Ludwig von Pastor… un poco larguita, ¡37 tomos! Ahí descubrí sobre todo la época de la expulsión de la Compañía… pero no solo eso. La historia nos enseña.

Sin ir tan lejos, les recomiendo que lean los cuatro tomitos de Giacomo Martina, gran profesor de la Gregoriana, sobre la historia de la Iglesia de Lutero a nuestros días. Se leen bien, porque tiene una linda prosa. Los va a ubicar en los problemas del modernismo… Ir a la historia para entender las situaciones. Sin condenar personas y sin santificarlas antes de tiempo. No sé si te respondí…

Dentro de poco algunos de nosotros profesaremos nuestros votos. ¿Qué nos puede decir?

¡Que los votos son perpetuos! No son perpetuos para el superior que los recibe, pero para ustedes que los pronuncian, sí.[8] Y con eso no se embroma. Si alguno no se siente bien con esto, que no los haga, que se tome más tiempo. ¿Voy a probar? No, de ninguna manera. De parte tuya, son perpetuos, para toda la vida.

Jugarse la vida: es una de las cosas en las que más se corre peligro hoy día. Porque estamos en una época en que lo provisorio prima sobre lo definitivo. En todo. Por ejemplo, se dice: «Yo me caso por toda la vida… mientras dure el amor». Es igual que decir: «Me caso por tres o cuatro años, luego, al primer conflicto, al primer enfriamiento del amor, me busco otra pareja».

Me contaba un obispo, en una de las visitas, que un joven abogado, apenas recibido, 23 años, un apóstol, comprometido en uno de los grupos, le dijo: «Yo quiero ser cura, ¡pero por diez años!». ¡Lo provisorio! Hay un libro de José Comblin, de hace cuarenta o cincuenta años, agotado, que se llama O provisorio e o definitivo, y habla de la filosofía de la cultura que está aflorando hoy: la cultura de lo provisorio. Todo sí, mientras dure. Mientras dure la consolación, mientras me traten bien…

Y a veces la vida no te trata bien, te trata como a un delincuente. Y si tú amas a Aquel que fue tratado como un delincuente, no te queda otra que aguantar. Es lo definitivo, con todo lo que supone la tercera semana de los Ejercicios espirituales.[9] Con todo lo que supone el coloquio de las «Dos banderas»,[10] que no es una cosa caballeresca de Ignacio, sino su experiencia.

Lo cual supone pedir ser humillado, pasar humillaciones, por amor a Cristo, sin dar motivo para ello. Los votos son perpetuos, con un estilo de vida. Son perpetuos con un estilo de vida que tiene que ser el de los Ejercicios, según los cuales te pueden mandar a hacer cualquier trabajo, cualquier cosa: desde enseñar religión a los chicos hasta enseñar en la universidad, o a hacer, qué sé yo… de equilibrista en un circo…

La Compañía puede mandarte a hacer cualquier cosa. Es esto lo que entiendo por definitivo. El tiempo, definitivo; el estilo, el de los Ejercicios; la disponibilidad, para lo que sea. Para amar y servir, como cantaban ustedes al comienzo. No decían para tener simpatía y dar una mano. Amar y servir es medular. ¡No se asusten! ¡Coraje!

Tengo una pregunta sobre la inculturación en cuanto a los pueblos de nuestra América. Yo hablo en primera persona, ya que pertenezco a la cultura maya. ¿Qué opina Usted de aquellos curas y obispos diocesanos que buscan homologar a los jóvenes desde los primeros momentos de la formación? En la práctica, lamentablemente, formar se convierte en opacar, se tapa la identidad. ¿Qué piensa Usted de esos curas que ya no están en sintonía con el pueblo del que han salido?

Mi abuela insistía mucho con la catequesis. Nos explicaba que en la vida teníamos que ser humildes y no olvidarnos que habíamos nacido en una familia humilde. Ella era del norte de Italia, nos contaba de una familia que había mandado a un hijo a estudiar en la universidad. Decía que era un hecho que había pasado realmente. Se trataba de una familia de campesinos. El hijo no volvió hasta que se recibió. No había tenido la posibilidad de volver.

Y cuando volvió a casa empezó a preguntar al padre: «¿Cómo se llama esa herramienta? ¿Y cómo se llama esa otra?». «Esta es la pala, hijo mío». «Ah! La pala. Y aquella otra herramienta cómo se llama?». «El martillo». «Ah! El martillo». Se había criado ahí, toda la vida, pero no recordaba nada. «Y esa otra herramienta, cómo se llama?» Y el papá le decía. Había ahí un rastrillo. Y el hijo, distraídamente… había un rastrillo (sin darse cuenta de que había un rastrillo), lo pisó. El rastrillo se alzó y le pegó en la cabeza. Y él exclamó: «¡Rastrillo de porquería!». [Aquí el Papa imita el gesto provocando la risa general].

¡Al que se olvida de su cultura le hace falta un rastrillazo en la cara! Es tremendo cuando la consagración a Dios nos hace esnob, nos hace subir de categoría social hacia una que parece más educada que la nuestra. Cada uno tiene que conservar la cultura de la que viene, porque la santidad que quiere alcanzar tiene que ser en base a esa cultura, no a otra. Tú que vienes de esas culturas, no almidones tu alma, por favor. Sé maya hasta el final. Jesuita y maya.

El otro día el P. Lombardi me decía que estaba trabajando en la causa de beatificación de Mateo Ricci, y me hablaba de la importancia de su amistad con Xu Guangqi,[11] el laico chino que lo acompañaba y que siguió siendo laico y chino, y a santificarse como chino, no como italiano, como Ricci. Esto es mantener la propia cultura.

Hoy almorcé con los jóvenes. Venían de todos lados: de Burkina Faso, de la India, de Estados Unidos, de Australia, de España. Fue muy lindo. Y había una chica centroamericana, indígena, que quiso maquillarse según sus tradiciones. Una persona «ilustrada», viéndola así, habría quizás podido decir con ironía: ¡ahí está «la indiecita», toda pintarrajeada! Cuando «la indiecita» habló, le dio una linda paliza a los que no respetan la madre tierra.

Aquella joven habló desde su cultura con tal capacidad intelectual que al final, cuando los de la Oficina de Prensa me preguntaron a quién podían llevar para las entrevistas, les respondí: a los que quieran, pero a ella llévenla sí o sí, porque va a decir cosas que ningún otro dirá. Esa chica, militante, católica, creo que es de profesión docente, no había perdido su cultura, ¡la había hecho crecer! Esto es, pues, lo que quiero decir: debemos inculturarnos hasta el final.

En el año 1985, en nuestra facultad de Teología de San Miguel, hicimos un Congreso sobre «La evangelización de la cultura y la inculturación de la fe».[12] Eran los años de Puebla. Ahí hubo algunas intervenciones que a algunos les parecieron escandalosas. Recuerdo que una vez fui a Roma por un asunto y visité la Congregación para el Culto Divino.

Uno de los peritos que trabajaban allí, hablando de la inculturación, me dijo: «Estamos avanzando bastante. Ahora les hemos permitido a los japoneses hacer una reverencia al altar, en vez de besarlo. Porque a ellos besarlo no les dice nada». ¿Era esa la gran inculturación de una oficina de la curia? ¡Eso no sirve para nada! Son ustedes los que tienen que decir qué es la inculturación a partir de su experiencia. Pero tú, por favor, no cambies de cultura. Acuérdate del rastrillo.

¿Como encuentra Usted esta región centroamericana y qué podríamos hacer nosotros?

Ustedes son muy «coloridos»… En el mejor sentido, lo digo. Esta es una tierra de colores. Pienso en la cultura brasileña, afrobrasileña, como una tierra de sonidos, de danzas, de fiesta. Ustedes en cambio son una tierra de colores… Lo siento así. Es tierra de colores. Es la primera vez que pongo pie en Panamá, y hablaba de esto con el nuncio, que me ayudó a encontrar la palabra justa, porque él pensaba lo mismo: aquí hay «nobleza».

Es una tierra de nobleza. Panamá lo es. Esto me tocó. Ustedes son un condensado de colores, en el sentido más rico y más simbólico de la palabra. Lo percibo así. Y, claro, para un maestro de novicios discernir aquí puede ser más dificultoso, sobre todo a la hora de la inculturación, de la expresión colorida de su pueblo. Pero es lindo.

Luego de una hora de encuentro los responsables del viaje le avisan al Papa que es tiempo de partir. El Papa dice que hay tiempo para otras dos breves preguntas. La primera fue: como jesuitas ¿qué postura debemos tener ante la política?

Hoy en el almuerzo me hizo la misma pregunta una chica de Nicaragua. La doctrina social de la Iglesia es clara y se ha vuelto siempre más explícita a través de diversos pontificados. En esto la Evangelii gaudium es clarísima. Además, también el Evangelio es una expresión política, porque tiende a la polis, a la sociedad, a cada persona y a la sociedad, a cada persona en cuanto pertenece a la sociedad.

Es verdad que la palabra «política» está a veces incluso despreciada y se la entiende solo como lógica de partes, sectarismo político, con todo lo que esto comporta en América Latina en cuanto a corrupción política, sicarismo político y todo eso.

El compromiso político para un religioso no significa militar en un partido político. Claro que hay que expresarse con el propio voto, pero la tarea es estar sobre las partes. No en el sentido de quien se lava las manos, sino como uno que acompaña las partes para que lleguen a una madurez, aportando el punto de vista de la doctrina cristiana. En América latina no siempre ha habido madurez política.

Aprovecho la pregunta para mencionar algunos problemas que para mí tienen relevancia política. El primero es el de la nueva colonización. La colonización no es solo la que se dio cuando vinieron los españoles y los portugueses y tomaron posesión de estas tierras. Este es un tipo de colonización física. Hoy están de moda las colonizaciones ideológicas y culturales, son estas las que están dominando el mundo. En política ustedes deben analizar bien cuáles son hoy las colonizaciones a las que se ven sometidos nuestros pueblos.

El segundo problema es el de nuestra crueldad. Se lo dije a un político europeo que me respondió: «Padre, la humanidad ha sido siempre así, solo que ahora con los medios nos enteramos más». Puede ser que tenga razón. Pero la crueldad es terrible. Se inventan incluso las torturas más refinadas, se degrada lo humano. Nos estamos habituando a la crueldad.

Lo tercero tiene que ver con la justicia y es el castigo o la pena sin esperanza. Ayer salí feliz del Instituto de menores, porque he visto todo el trabajo que hacen allí para reconstruir la vida de las personas, chicos, chicas, muy deteriorados por el delito, para reinsertarlos. Pero la cultura de la justicia abierta a la esperanza no está bien radicada todavía.

Al fin del encuentro se acerca un jesuita de Nicaragua y le entrega al Santo Padre una carta de parte de un joven que está ahora en la cárcel, diciendo: «Ha sido monaguillo desde cuando tenía nueve años y su gran deseo era venir a la Jornada Mundial de la Juventud».

Luego se acercaron otros jesuitas con regalos. El primero fue lo que en Panamá llaman un «cocobolo», un objeto hecho de madera dura tropical de América central, que representa el monograma IHS propio de la Compañía de Jesús, con el pedido de ponerlo en el lugar donde reza a la mañana. El Papa riendo, dice: «¿Y si rezo a la tarde?». Todos ríen.

El provincial avisa que se volverá de color más oscuro con el paso del tiempo. Luego le regalan una tela realizada con tejidos propios de varios países de Centroamérica. También se le entrega al Papa una bandera de «Magis», institución ignaciana que convoca jóvenes de entre 18 y 30 años, traída por voluntarios del Colegio Javier de Panamá a la JMJ. Le piden al Papa si puede poner su firma en la bandera. Seguidamente le ofrecen otros regalos personales. El encuentro, que ha durado alrededor de una hora y 10 minutos, se concluye con una foto y con el rezo de un Ave María.

 

[1] «Los nuestros» es una expresión tradicional de los jesuitas para nombrarse a sí mismos. Las «provincias» son los territorios en los que la Compañía se subdivide en el mundo. Los «novicios» son los jóvenes religiosos en su etapa de formación inicial.

[2] Cfr. J.M. Tojeira, «Il martirio di Rutilio Grande» en Civiltà Cattolica, 2015, II, pp.393-406.

[3] Cfr. Papa Francisco, La fuerza de la vocación. La vida consagrada hoy. Una conversación con Fernando Prado, Madrid, Publicaciones Claretianas, 2018.

[4] El «magisterio» es una etapa de formación del jesuita entre los estudios de filosofía y los de teología. Está dedicado al trabajo apostólico.

[5] El «ministro» en las casas de la Compañía es el que se ocupa de la vida concreta de la comunidad religiosa, como responsable de la casa.

[6] El cuerpo de la Compañía contempla tres vocaciones. La de los sacerdotes profesos, formada por aquellos que han pronunciado los tres votos solemnes de pobreza, castidad y obediencia, y han hecho un voto especial de obediencia al Papa. La segunda, está formada por sacerdotes «coadjutores espirituales», que pronuncian votos simples. La tercera es la de los hermanos, que son religiosos no sacerdotes y pronuncian los tres votos simples. La elección entre el sacerdocio y la vida de religiosos no sacerdotes la hace generalmente la persona en el momento de su ingreso en la Compañía. En algunos casos se entra «indiferente», y la elección se hace después de un discernimiento durante el tiempo de noviciado.

[7] Z. Bauman y T. Leoncini, Tiempos líquidos, Barcelona, Tusquets, 2007.

[8] Los «primeros votos» de los jesuitas, que se hacen al fin del noviciado, son considerados perpetuos para el que los pronuncia. Por tanto, no se los «renueva» cada tres años, como se hace en otros Institutos religiosos. Son en cambio «recordados» anualmente hasta que no se pronuncian los «últimos votos» como profeso, coadjutor espiritual o hermano, al fin de la formación, y para los sacerdotes, después de la ordenación. Sin embargo, los primeros votos pueden ser revocados simplemente por el superior provincial.

[9] Se trata de la tercera etapa de los Ejercicios Espirituales en la cual se contempla el misterio de la Pasión del Señor.

[10] Se trata de una meditación de la «segunda semana» de los Ejercicios, antes de pasar a la elección de estado de vida. Ignacio hace meditar acerca de «cómo Cristo llama y quiere a todos bajo su bandera y Lucifer, al contrario, bajo la suya», «viendo el lugar», es decir imaginando la «región de Jerusalén como un gran campo, donde el sumo capitán de los buenos es Cristo nuestro Señor; y en la región de Babilonia como es el otro campo, donde el jefe de los enemigos es Lucifer». El objetivo es el de «pedir conocimiento de los engaños del mal caudillo y ayuda para guardarme de ellos; y conocimiento de la vida verdadera que ofrece el Sumo y Verdadero Capitán y gracia para imitarlo».

[11] Xu Guangqi (1562-1633), de Shangái, conoció a Mateo Ricci y colaboró con él. Recibió el bautismo a la edad de 41 años y estudió profundamente la doctrina cristiana. Cfr A. Jin Luxian, «Xu Guangqi. Il compagno cinese di Matteo Ricci», en Civiltà Cattolica, I, 2016, pp. 282-297.

[12] El P. Bergoglio pronunció entonces el discurso inaugural e hizo el saludo final (cfr. J.M. Bergoglio, «Fe en Cristo y humanismo», en Civiltà Cattolica, 2015, IV, pp. 311-316). En su reflexión resaltaba el hecho de que las diversas culturas, fruto de la sabiduría de los pueblos, son el reflejo de la Sabiduría de Dios. La sabiduría humana es contemplación que tiene su origen en el corazón y en la memoria de los pueblos. Ella es el lugar privilegiado de la mediación entre el Evangelio y los hombres, y es el fruto del trabajo colectivo en el transcurso de la historia. De aquí surge, en la misión de evangelizar las culturas y de inculturar el Evangelio, por una parte, la necesidad de una «contemplación sapiencial de las culturas» y, por otra, de una «santidad que no le teme al conflicto y es capaz de constancia y paciencia» apostólica, venciendo con parresía todo temor y todo «extremismo de centro».

https://jesuitas.lat/es/noticias/1185-jugarse-la-vida


Rueda de prensa del Papa Francisco en el vuelo de regreso desde Panamá

enero 28, 2019

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El Papa Francisco durante la rueda de prensa en el vuelo de regreso de Panamá – Foto: Mercedes De la Torre (ACI Prensa)

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Rueda de prensa del Papa Francisco en el vuelo de regreso desde Panamá

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Durante el vuelo de regreso a Roma, luego de haber participado en la Jornada Mundial de la Juventud realizada en Panamá, el Papa Francisco concedió una rueda de prensa en la que respondió preguntas sobre Venezuela, los migrantes, el encuentro de febrero con los presidentes de los episcopados para tratar los casos de abusos sexuales, entre otros temas.

A continuación el texto completo de la rueda de prensa:

Alessandro Gisotti, Director Interino de la Sala de Prensa de la Santa Sede:

Buenas noches, Santo Padre tenemos todavía en el oído el grito “la juventud del Papa”, la juventud de Jesucristo, que decía Mons. Ulloa, esta alegría grande, días intensos que han dado tanta energía y lo hemos visto en su rostro, la alegría de este encuentro, así como también en la alegría de los jóvenes.

He traído algo que muchos de los periodistas, casi todos, conocen, no será un documento que entra en el magisterio del Papa, pero que a usted le gusta mucho. Esta canción en contra del bullismo, elemento presente del dolor; así como la alegría que vimos en muchas ocasiones… Una imagen que me ha tocado mucho: cuando pasaba con el papamóvil los jóvenes se abrazaban, compartir la alegría, lección para nosotros los adultos, cuando los jóvenes son felices comparten la alegría, no se la guardan.

Usted ha tenido también, entre las muchas sorpresas que ha tenido en estos días, un encuentro con UNICEF precisamente en los momentos antes de la despedida en la Nunciatura. No sé si antes de dar la palabra a los periodistas quiere dar alguna palabra de saludo.

Papa Francisco:

Buenas tardes, y después, buen descanso, porque seguro que todos están cansados después de este viaje así de fuerte. Gracias por su trabajo. También para mí fueron cosas que no imaginaba. Sorpresas.

Como esta chica, que comentó Gisotti, de esta chica de 16 años de Honduras, víctima del bullying, que ha cantado con una voz bellísima y ha escrito ella esta canción, y también el encuentro antes de salir de la Nunciatura con gente de UNICEF de Centroamérica, con el testimonio de dos chicas y de aquellos que trabajan con ellos. Escuché cosas que tocan el corazón. Ha sido un viaje fuerte, la palabra a ustedes.

Gisotti:

Un viaje que tiene tantos viajes dentro. Les pido permanecer en el tema de este gran viaje que ha representado a todo el mundo por medio de los jóvenes que estaban presentes. La primera palabra va a la prensa local, a Panamá. Edwin Cabrera Uribe de Radio Panamá hace dos preguntas a nombre de todo el grupo de periodistas panameños.

Edwin Cabrera Uribe – Radio Panamá:

Santo Padre, primero lo primero, muchas gracias. En nombre de mis seis compañeros y el mío como panameños lo que usted nos ha regalado a los panameños es muy grande.

La pregunta, Santo Padre:

Usted habló hoy a los voluntarios sobre que han de vivir una misión. Usted les dijo hoy: ustedes ahora saben cómo palpita el corazón cuando se vive una misión. La pregunta es: ¿Y la misión del Papa Francisco en Panamá? ¿Qué le impactó? ¿Qué le movió? ¿Cumplió el Papa Francisco la misión en la JMJ centroamericana? Porque fue en Panamá, pero desde Polonia se dijo que era centroamericana. Y en el camino Santo Padre tenemos una misión pendiente con Nicaragua, me da la impresión.

Papa Francisco:

Mi misión en una Jornada de la Juventud es la misión de Pedro, confirmar en la fe. Y eso no con mandatos fríos, o preceptivos, sino dejándome tocar el corazón y respondiendo lo que ahí venía. Yo no concibo, porque en mí lo vivo así, me cuesta pensar que alguien pueda cumplir una misión solo con la cabeza. O sea, para cumplir una misión hay que sentir. Y cuando sentís, te golpean.

Te golpea la vida, te golpean los problemas. Estaba en el aeropuerto despidiéndome del presidente, y trajeron a un chico, un negrito simpático, azabache. Chiquito así. Y me dijo: este chico estaba pasando la frontera de Colombia. La madre muerta, quedó solo. No sé, qué tendría, 5 años. Es de África, pero no sabemos de qué país, porque no habla ni el inglés, ni el portugués, ni el francés…, bueno habla la lengua tribal.

Y lo adoptamos un poco nosotros, me dice. Y el chico muy fresco, se movía muy bien. Pero el drama de un chico abandonado por la vida, porque su mamá murió ahí. Y un policía lo entregó a las autoridades para que se hicieran cargo. Eso te abofetea, y eso hace que la misión empiece a tener color. Que vos podrás decir algo, acariciarlo…, no es una razón.

La misión siempre te involucra. Al menos a mí me involucra. Será porque soy tano, y me sale de adentro. Me involucra. Les digo siempre a los jóvenes: ustedes lo que tienen que hacer en la vida, lo tienen que hacer caminando y con los tres lenguajes: el de la cabeza, el del corazón y el de la mano. Y los tres lenguajes armónicos. De tal manera que piensan lo que sienten y lo que hagan, sientan lo que piensan y lo que hacen, hagan lo que sientan y piensan, etc.

Yo no sé hacer un balance de la misión. Yo con todo esto siempre voy a la oración, y me quedo allí, delante del Señor. A veces me duermo delante del Señor, pero llevando todas estas cosas que he vivido en la misión. Y le pido que Él confirme en la fe a través de mí. Esto es cómo confirmo la misión del Papa, y cómo la vivo yo. Hubo casos, por ejemplo, que se plantearon algunas dificultades de tipo dogmática. Y a mí no me sale contestarle sólo la razón, me sale actuar de otra manera.

Edwin Cabrera Uribe – Radio Panamá:

¿La JMJ panameña llenó sus expectativas?

Papa Francisco:

Sí, evidentemente. El termómetro de si un viaje llena las expectativas es el cansancio. Y estoy “refiltrado”.

Edwin Cabrera Uribe – Radio Panamá:

Y finalmente, Santo Padre, hay un problema que es común en todo Centroamérica incluyendo Panamá y buena parte de Latinoamérica. Embarazos de niñas, de jóvenes. Embarazos precoces… Solamente en Panamá hubo 10 mil y tantos el año pasado, y en Centroamérica no ha sido diferente. Los detractores de la Iglesia Católica responsabilizan a la Iglesia porque se oponen a que se dé educación sexual… La Iglesia Católica tiene muchas escuelas en Latinoamérica y universidades. Me gustaría conocer la opinión del Papa Francisco sobre la educación sexual.

Papa Francisco:

Yo creo que en las escuelas hay que dar educación sexual. El sexo es un don de Dios. No es el cuco. Es el don de Dios para amar. Que algunos te lo usan para ganar plata, para explotar a otros, es otro problema. Pero hay que dar educación sexual. Objetiva, como es sin colonizaciones ideológicas. Porque si de entrada le das una educación sexual llena de colonizaciones ideológicas destruís a la persona. El sexo como don de Dios necesita ser educado. No con rigidez.

Educar es sacar lo mejor de la persona, acompañarlo en el camino. El problema es en los responsables de la educación, ya a nivel nacional, provincial o de cada unidad escolar, qué maestros escogen para esto o qué libros de texto, etcétera. Yo vi cualquier verdura de estos. Hay cosas realmente que maduran, y cosas que hacen daño. Pero creo que eso…, no sé si es objetivo o no que no haya educación sexual en Panamá.

Yo digo esto sin meterme en el problema político en Panamá: tiene que haber educación sexual en los chicos. Lo ideal es que empiecen en la casa, con los padres. No siempre es posible por tantas situaciones en las familias, o porque no saben cómo hacerlo. Entonces es la escuela que suple eso, porque si no, se crea un vacío que lo va a llenar cualquier ideología.

Gisotti:

Santo Padre, le dirige ahora la pregunta Javier Martínez Brocal, de Rome Reports.

Javier Martínez Brocal – Rome Reports:

Santo Padre, quería darle primero la enhorabuena porque ha marcado un récord, en cuatro días se ha hecho panameño. Han bastado sólo cuatro días para llevarse el corazón de Panamá. Quería hacerle una pregunta. Usted estos días ha hablado con muchas personas, con muchos chicos. Seguramente también ha hablado con jóvenes que se han alejado de la Iglesia o que se encuentran en dificultades. Según usted, ¿cuál es la dificultad que encuentran los jóvenes? ¿Cuáles son los motivos que los alejan de la Iglesia? Gracias.

Papa Francisco:

Son tantos … Algunos son personales. Pero el más general, creo que el primero, es la falta de testimonio de los cristianos, de los sacerdotes, de los obispos, no digo de los papas porque es demasiado (ríe)… Pero también. La falta de testimonio. Si un pastor es empresario o es organizador de un plan pastoral, si un pastor no es cercano a la gente, este pastor no da testimonio de pastor. El pastor debe estar con la gente. Pastor de la grey, digámoslo con este término.

El pastor debe estar adelante de la grey, para marcar el camino, en medio de la grey para sentir el olor de la gente y entender qué siente, qué necesita, cómo siente, y detrás de la grey para custodiar la retaguardia.

Pero si un pastor no vive con pasión, la gente se siente abandonada, o con cierto sentido de desprecio, se siente huérfana. Y donde hay orfandad…, creo que he subrayado los pastores, pero también a los cristianos, los católicos, hipócritas, católicos hipócritas, que van todos los domingos a Misa pero no pagan lo que corresponde, pagan en negro, explotan a la gente, y después se van al Caribe…, no solo a los papeles, sino de vacaciones, con la explotación de la gente.

“No, yo soy católico, voy todos los domingos a Misa pero”…, si tú haces esto, tú das un contratestimonio. Y esto, según mi opinión, es lo que más aleja a las personas de la Iglesia.

También los laicos, todos. No digas que eres católico si no das testimonio. Di que tienes educación católica, pero eres tibio, mundano. “Pido disculpa, pero no me miren a mí como ejemplo”, esto se podría decir. Yo tengo miedo de los católicos así, que se creen perfectos. Pero la historia se repite, el mismo Jesús con los doctores de la ley: “Te agradezco, Señor, porque no soy como estos, pobre pecador”, no vale.

Esta es la falta de testimonio. Hay otros, dificultades personales, discusiones a veces, pero el más general es ese.

Gisotti:

Santo Padre, le dirige ahora una pregunta Caroline Pigozzi de Paris Match

Papa Francisco:

Antes de nada, quiero darle las gracias, localicé al Padre Benoist de Sinety, ha concelebrado conmigo, un gran hombre, y también los 200 jóvenes de París. Gracias por darme aquel libro.

Caroline Pigozzi – Paris Match:

Santo Padre hemos visto por cuatro días a todos estos jóvenes rezar con mucha intensidad, se puede imaginar que todos estos jóvenes algunos quieran entrar a la vida religiosa, se puede también pensar que algunos tengan vocación, quizá alguno está dudando, pensando que es un camino difícil sin poder casarse ¿es posible pensar que en la Iglesia Católica, siguiendo el rito oriental, usted permitirá a hombres casados ser sacerdotes?

Papa Francisco:

La Iglesia Católica en el rito oriental pueden hacerlo. Se hace la opción al celibato o a casarse antes del diaconado.

Caroline Pigozzi – Paris Match:

¿Se puede hacer en el rito latino?

Papa Francisco:

En el rito latino, me viene a la mente una frase de San Pablo VI: “Prefiero dar la vida antes de cambiar la ley del celibato”. En este momento esto me ha venido a la mente y quiero decirlo porque es una frase valiente y lo dijo en una época más difícil que esta. En el 68, 70.

Personalmente, pienso que el celibato es un don para la iglesia.

Segundo, yo no estoy de acuerdo con permitir el celibato opcional. No. Solamente, quedaría alguna posibilidad en los puestos lejanísimos, pienso las islas del Pacífico, pero algo es pensar cuando hay necesidad pastoral, ahí el pastor debe pensar en los fieles.

Hay un libro del padre Lobinger. Él es interesante, esto es una cosa en discusión entre teólogos, no es una decisión mía. Mi decisión es el celibato. El celibato opcional antes del diaconado, no. Cuestión mía, personal. Yo no lo haré. Esto queda claro. Soy cerrado, quizás. No me siento para ponerme frente a Dios con esta decisión.

Después, el padre Lobinger dice: la Iglesia hace la Eucaristía y la Eucaristía la hace la Iglesia. Pero donde no hay Eucaristía ni comunidad. Piensa en las islas del Pacífico,

Caroline Pigozzi – Paris Match:

¿También la Amazonía?

Papa Francisco:

En tantos lugares dice Lobinger, ¿quien hace la Eucaristía? Esas comunidades, los organizadores de la comunidad son diáconos, religiosas o laicos. ¿Se podría ordenar a un anciano casado? Es la tesis de él ¿Se podría ordenar a un anciano casado? Pero que solo ejercite el munus (misión) santificante: es decir, que celebre la Misa, que administre el Sacramento de la  Reconciliación y dé la Unción de los Enfermos.

La ordenación sacerdotal da tres formas de tareas: el regendi, lo que manda el pastor, el docendi, lo que enseña; y el santificante, todo esto viene con el orden. Pero el Obispo da la licencia solo para santificante. Esta es la tesis. El libro es interesante.

Quizá esto puede ayudar a pensar el problema. Yo creo que el problema tiene que ser abierto en este sentido. Donde hay problema pastoral por la falta de sacerdote, no digo que se deba hacer, porque no he reflexionado, no he rezado lo suficiente sobre esto, pero los teólogos deben estudiar. Por ejemplo, el P. Lobinger, él es un fidei donum en Sudáfrica. Uso este ejemplo para significar los puntos donde se debe hacer.

Hablaba con un oficial de la Secretaría de Estado, un obispo que tuvo que trabajar en un país comunista al inicio de la revolución, cuando vieron cómo venía la revolución, en los años 50 más o menos: los obispos ordenaron a escondidas campesinos. Buenos, religiosos.

Después, pasada la crisis, 30 años después, la cosa se resolvió, y él me decía la emoción que tuvo cuando en una concelebración veía a estos hermanos campesinos con las manos de campesinos revestirse con el alba para concelebrar con los obispos. En la historia de la Iglesia, esto se dio. Es algo para pensar y para rezar.

Caroline Pigozzi – Paris Match:

¿Pero hay también sacerdotes protestantes casados que se han convertido en católicos?

Papa Francisco:

Me pregunta sobre lo que el Papa Benedicto XVI hizo. Preguntaré, yo había olvidado eso. Anglicanorum coetibus: Sacerdotes anglicanos que se hicieron católicos y mantienen la vida como si fueran orientales. Recuerdo en una audiencia del miércoles, vi tantos con el cuello, y mujeres y niños, y me explicaron cómo era la cosa. Es verdad. Gracias por recordarme esto.

Lena Klimkeit – DPA

Santo Padre, durante el Vía Crucis el viernes, un joven dijo unas palabras muy fuertes sobre el aborto. Le quiero repetir una parte: “Hay una tumba que clama al cielo, y denuncia la terrible crueldad de la humanidad, es la tumba que se abre en el vientre de las madres y arranca la vida inocente, Dios nos conceda humanizarnos de verdad y defender con firmeza la vida, hacer que las leyes que matan la vida inocente se borren para siempre”.

Esta posición es muy radical en mi opinión, le quisiera preguntar: si esta posición respeta también el sufrimiento de las mujeres en estas situaciones y si corresponde con su mensaje de la misericordia.

Papa Francisco:

El mensaje de la misericordia es para todos, también para la persona humana en gestación. Es para todos. Después de haber hecho este fracaso, hay misericordia también. Una misericordia difícil porque el problema no está en dar el perdón, el problema está en acompañar a una mujer que ha tomado conciencia de haber abortado. Son dramas terribles.

Una vez escuché a una doctora que hablaba de una teoría, no recuerdo bien, que una célula del feto apenas concebido va a la médula de la madre y allí hay una memoria física. Es una teoría, pero sirve para decir que una mujer, cuando piensa en aquello que ha hecho, yo te digo la verdad, hace falta estar en el confesionario, y ahí dar consuelo no puedo decir nada, por eso he abierto la potestad de absolver el aborto por misericordia porque muchas veces deben encontrarse con el hijo.

Yo aconsejo muchas veces, cuando lloran y tienen esta angustia. Yo les digo que su hijo esté en el cielo, habla con él, cántale la canción que no pudiste cantarle. Y ahí se da una reconciliación de la madre con el hijo, con Dios, ya ha perdonado. Dios perdona siempre. La misericordia es algo que ella elabore esto.

El drama del aborto, para entenderlo bien, hace falta estar en un confesionario. Es terrible.

Valentina Alazraki – Televisa:

Papa Francisco, usted ha dicho en estos días aquí en Panamá que estaba muy cerca de Venezuela, que se sentía muy cerca de los venezolanos, y hoy ha pedido una solución justa, pacífica, en el respeto de los derechos humanos de todos. Los venezolanos quisieran entender qué significa esto.

Quieren saber si esta solución pasa por el reconocimiento de Juan Guaidó, que ha sido respaldado por muchos países, otros piden elecciones a corto plazo, elecciones libres para que la gente pueda votar. Sienten que usted es un Papa latinoamericano y quieren sentir su apoyo, su ayuda y su consejo.

Papa Francisco:

Yo apoyo en este momento a todo el pueblo venezolano porque es un pueblo que está sufriendo. Incluso los que están de una parte y de otra. Todo el pueblo sufre. Y si yo entrara a decir “háganles caso a estos países, háganles caso a estos otros que dicen esto”, me metería en un rol que no conozco. Sería una imprudencia pastoral de mi parte y haría daño.

Las palabras las pensé, las repensé, y creo que con esto expresé mi cercanía, lo que siento. Yo sufro por lo que está pasando en Venezuela en este momento. Y por eso deseo que se pongan de acuerdo, no sé, tampoco decir ponerse de acuerdo está bien. Una solución justa y pacífica. ¿Qué es lo que me asusta? El derramamiento de sangre. Y ahí también pido grandeza para ayudar a los que pueden ayudar a resolver el problema.

El problema de la violencia, a mí me aterra. Después de todo el esfuerzo hecho en Colombia, lo que pasó en la escuela de cadetes el otro día fue terrorífico. No es solución la sangre. Por eso tengo que ser… no me gusta la palabra, “equilibrado”. Tengo que ser pastor, todos, a ver. Y si necesitan ayuda, de común acuerdo, la pidan. Eso creo. Gracias.

Juno Arrocho – Catholic News Service:

Durante su almuerzo con un grupo de jóvenes peregrinos, una joven estadounidense nos dijo que le había hablado del dolor de tantos católicos, particularmente en Estados Unidos, por la crisis de los abusos. Tantos católicos estadounidenses rezan por la Iglesia, pero muchos se sienten traicionados, abatidos ante las recientes noticias de abusos y encubrimiento de parte de algunos obispos y han perdido la confianza en los obispos.

Santidad, ¿cuáles son sus expectativas o esperanzas para el encuentro de febrero para que la Iglesia pueda reconstruir la confianza entre los fieles y sus obispos?

Papa Francisco:

Este es “furbo”… Empezó por la JMJ y después terminó allí… felicidades. Gracias por la pregunta.

La idea de esto nació en el G9. Nosotros ahí veíamos que algunos obispos no entendían bien o no sabían qué hacer o hacían una cosa buena y otra equivocada.

Sentimos la responsabilidad de dar una catequesis sobre este problema a las conferencias episcopales, y por eso se llama a los presidentes. Una catequesis que en primer lugar, se tome conciencia del drama.

¿Qué es un niño abusado? Yo recibo con regularidad a gente abusada. Recuerdo a uno, de 40 años que no podía rezar. Es terrible el sufrimiento. Primero, que sean conscientes de esto.

Segundo, que sepan qué se debe hacer, el procedimiento. Porque a veces el Obispo no sabe qué hacer, es algo que creció muy fuerte pero no llegó a todos los ángulos, digamos así. Y después, que se hagan programas generales pero que lleguen a todas las conferencias episcopales.

Qué tiene que hacer el obispo, qué cosa tiene que hacer el arzobispo, el metropolitano, qué cosa debe hacer el presidente de la conferencia, pero que sea claro. De tal manera que haya protocolos que sean claros. Esto es lo principal.

Pero antes del qué se debe hacer, es lo que he dicho antes, ser conscientes. Allí se hará oración, habrá algún testimonio para ayudar a tomar consciencia, y luego alguna liturgia penitencial para pedir perdón por toda la Iglesia. Están trabajando bien en la preparación de esto.

Yo me permito decir que he percibido un poco una expectativa inflada. Hace falta desinflar las expectativas a estos puntos que digo, porque el problema de los abusos continuará. Es un problema humano. Humano en todos lados. Leí estadísticas el otro día, de aquellas estadísticas que dicen que el 50% es denunciado, el 20% escuchado y disminuye. Y terminaba así: el 5% es condenado. Es terrible. Terrible.

Es un drama humano del que tenemos que tomar consciencia. Incluso nosotros, resolviendo el problema en la iglesia, pero tomando conciencia ayudaremos a resolverlo en la sociedad, en las familias. Donde la vergüenza hace encubrir todo y la víctima, y tantas otras cosas, no sé. Pero primero debemos tomar conciencia, tener los protocolos, y seguir adelante.

Manuella Tulli – ANSA:

Usted durante esta JMJ ha dicho que es absurdo e irresponsable considerar a los migrantes los portadores de males sociales. En Italia, las nuevas políticas sobre los migrantes han llevado a cerrar Cara de Castelnuovo di Porto, que usted conoce bien.

Era una experiencia donde se veían semilla de integración. Los niños iban a la escuela, y ahora estas personas están en riesgo de ser desraizadas. Usted escogió celebrar con ellos el Jueves Santo del 2016. ¿Qué siente ante esta decisión de cerrar el Cara de Castelnuovo?

Papa Francisco:

Yo sentí rumores de lo que pasaba en Italia, pero estaba sumergido en esto (la JMJ). Precisamente no conozco bien este asunto, pero me lo imagino. Es verdad que el problema de los migrantes es muy complejo, muy complejo.

Es un problema que requiere memoria, preguntarse si mi patria estuvo hecha de migrantes. Nosotros, los argentinos, todos migrantes. Estados Unidos, todos migrantes. Memoria. Un obispo o cardenal no recuerdo, escribió un artículo bellísimo, “Un problema de falta de memoria”, se llamaba.

Este es un punto. Después, las palabras que yo uso: “recibir”. El corazón abierto para recibir, acoger, acompañar, hacer crecer, e integrar. Y también digo: el gobernante tiene que usar la prudencia, porque la prudencia es la virtud del gobernante. Esto lo he dicho aquí en el último vuelo.

Es una ecuación difícil. Me viene a la mente el ejemplo sueco que en los años 70, con las dictaduras, el operativo Cóndor, en América Latina ha recibido tantos, tantos, pero todos integrados. También veo qué hace San Egidio, por ejemplo: integra inmediatamente. Los suecos dijeron “esperen, porque no podemos terminar el camino”. Esta es la prudencia del gobernante.

Es un tema de caridad, de amor, de solidaridad. Y yo reitero que las naciones más generosas, en recibir, en lo otro no todas pueden, han sido Italia y Grecia, y un poco Turquía. Pero Grecia, fue muy generosa, e Italia también.

Cuando fui a Lampedusa era el inicio. Pero es verdad que se debe pensar realísticamente. Después hay otra cosa importante para tener en cuenta: un modo de resolver el problema de la migración es ayudar a los países de donde vienen. Los migrantes vienen por hambre o por guerra. Invertir donde hay hambre. Europa es capaz de hacerlo, es un modo de ayudar a crecer. Ayudar a crecer.

Pero hablando del África, siempre está en el imaginario colectivo que tenemos en la conciencia: África es explotada. Esto es histórico y esto hace mal.

Los migrantes de Medio Oriente encontraron otras vías para salir. El Líbano es una maravilla de generosidad: tiene más de un millón de sirios. Lo mismo Jordania, abierta, hacen lo que pueden. Y también Turquía ha recibido algunos. Y en Italia también hemos recibido. Es un problema complejo del cual se debe hablar sin prejuicios. Todas estas cosas me vienen en mente.

Les agradezco mucho por su trabajo, solo quiero decir una cosa sobre Panamá. Sentí un sentimiento nuevo, yo conozco América Latina, pero no Panamá. Y me vino esta palabra: Panamá es una nación noble. Yo encontré nobleza. Esto quiero decir. Y otra cosa que dije volviendo de Colombia, hablando de Cartagena y otras ciudades. Una cosa que en Europa no vemos. Cuál es el orgullo de los panameños: alzar a los hijos y dicen esta es mi victoria, mi futuro, mi orgullo. Este en el invierno demográfico que estamos viviendo en Europa, en Italia, bajo cero, nos debe hacer pensar. ¿Cuál es mi orgullo? ¿El turismo, la villa, el cachorro, o alzar un hijo?

Recen por mí, lo necesito.

https://www.aciprensa.com/noticias/rueda-de-prensa-del-papa-francisco-en-el-vuelo-de-regreso-desde-panama-49873


Discurso del Papa Francisco en la ceremonia de acogida y apertura de la JMJ Panamá 2019

enero 25, 2019

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Jóvenes peregrinos de la Jornada Mundial de la Juventud Panamá 2019 – Foto: Daniel Ibáñez (ACI Prensa)

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Discurso del Papa Francisco en la ceremonia de acogida y apertura de la JMJ Panamá 2019

El Papa Francisco preside la ceremonia de acogida y apertura de la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) Panamá 2019.

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Ante miles de jóvenes presentes en el Campo Santa María la Antigua, ubicado en la zona conocida como la Cinta Costera, el Santo Padre pronunció el siguiente discurso:

Queridos jóvenes, ¡buenas tardes!

¡Qué bueno volver a encontrarnos y hacerlo en esta tierra que nos recibe con tanto color y calor! Juntos en Panamá, la Jornada Mundial de la Juventud es otra vez una fiesta de alegría, una fiesta de esperanza para la Iglesia toda y, para el mundo, un enorme testimonio de fe.

Me acuerdo que en Cracovia algunos me preguntaron si iba a estar en Panamá y les contesté: “Yo no sé, pero Pedro seguro va a estar. Pedro va a estar”. Hoy me alegra decirles: Pedro está con ustedes para celebrar y renovar la fe y la esperanza. Pedro y la Iglesia caminan con ustedes y queremos decirles que no tengan miedo, que vayan adelante con esa energía renovadora y esa inquietud constante que nos ayuda y moviliza a ser más alegres y más disponibles, más “testigos del Evangelio”.

Ir adelante no para crear una Iglesia paralela un poco más “divertida” o “cool” en un evento para jóvenes, con alguno que otro elemento decorativo, como si a ustedes eso los dejara felices. Ustedes no piensan eso, porque pensar así sería no respetarlos y no respetar todo lo que el Espíritu a través de ustedes nos está diciendo.

¡Al contrario! Queremos reencontrar y despertar junto a ustedes la continua novedad y juventud de la Iglesia abriéndonos siempre a esa gracia del Espíritu Santo que hace siempre un nuevo Pentecostés (cf. SÍNODO SOBRE LOS JÓVENES, Doc. final, 60).

Eso solo es posible, como lo acabamos de vivir en el Sínodo, si nos animamos a caminar escuchándonos y a escuchar complementándonos, si nos animamos a testimoniar anunciando al Señor en el servicio a nuestros hermanos que siempre es un servicio concreto. No es un servicio de figuritas.

Pienso en ustedes empezando a caminar primero en esta jornada, los jóvenes de la juventud indígena. Fueron los primeros en América y los primeros en caminar en este encuentro. Un aplauso grande. Y también los jóvenes de la juventud descendiente de africanos que también hicieron su encuentro y nos ganaron la mano.

Sé que llegar hasta aquí no ha sido nada fácil. Conozco el esfuerzo, el sacrificio que realizaron para poder participar en esta Jornada. Muchos días de trabajo y dedicación, encuentros de reflexión y oración hacen que el camino sea en gran medida la recompensa. El discípulo no es solamente el que llega a un lugar sino el que empieza con decisión, el que no tiene miedo de arriesgar y ponerse a caminar. Si uno empieza a caminar ya no tiene miedo.

Esa es su mayor alegría, estar en camino. Ustedes no tuvieron miedo de arriesgar y caminar. Hoy podemos “estar de rumba”, porque esta rumba comenzó hace ya mucho tiempo en cada comunidad.

Escuchamos decir en la presentación con las banderas que venimos de culturas y pueblos diferentes, hablamos lenguas diferentes, usamos ropas diferentes. Cada uno de nuestros pueblos ha vivido historias y circunstancias diferentes. ¡Cuántas cosas nos pueden diferenciar!, pero nada de eso impidió poder encontrarnos, tantas diferencias no impidieron poder encontrarnos y divertirnos juntos. Ninguna diferencia nos paró.

Eso es posible porque sabemos que hay algo que nos une, hay Alguien que nos hermana. Ustedes, queridos amigos, han hecho muchos sacrificios para poder encontrarse y así se transforman en verdaderos maestros y artesanos de la cultura del encuentro. Ustedes en esto se transforman en maestros y artesanos de la cultura del encuentro que no es “hola, qué tal, chau”; sino que nos hace caminar juntos.

Con sus gestos y actitudes, con sus miradas, sus deseos y especialmente con su sensibilidad desmienten y desautorizan todos esos discursos que se concentran y se empeñan en sembrar división, en excluir o expulsar a los que “no son como nosotros”. Como en varios países de América decimos, no son GCU: gente como uno. Todos somos gente como uno, todos con nuestras diferencias.

Y esto porque tienen ese olfato que sabe intuir que «el amor verdadero no anula las legítimas diferencias, sino que las armoniza en una unidad superior». ¿Saben quién dice eso? El Papa Benedicto XVI, que está mirando y lo vamos a aplaudir. ¡Le mandamos un saludo! Desde acá. Él nos está mirando por la televisión. Un saludos, todos, con la mano al Papa Benedicto.

Por el contrario, sabemos que el padre de la mentira, el demonio, siempre prefiere un pueblo dividido y peleado, a un pueblo que aprende a trabajar juntos. Y este es un criterio para distinguir a la gente, los constructores de puentes y de muros, esos constructores de muros que dividen a la gente. ¿Ustedes qué quieren ser? ¡Constructores de puentes! (responden los jóvenes).

Ustedes nos enseñan que encontrarse no significa mimetizarse, ni pensar todos lo mismo o vivir todos iguales haciendo y repitiendo las mismas cosas, eso lo hacen los loros y los papagayos. Encontrarse es un llamado e invitación a atreverse a mantener vivo un sueño en común.

Tenemos muchas diferencias, nos vestimos diferente, pero podemos tener un sueño común. Sí, un sueño grande y capaz de cobijar a todos. Ese sueño por el que Jesús dio la vida en la cruz y el Espíritu Santo se desparramó y tatuó a fuego el día de Pentecostés en el corazón de cada hombre y cada mujer, en el corazón de cada uno, en el tuyo y en el mío, a la espera de que encuentre espacio para crecer y para desarrollarse.

Un sueño llamado Jesús sembrado por el Padre, Dios como Él, enviado por el Padre, con la confianza de que crecerá y vivirá en cada corazón. Un sueño concreto que es una persona y que corre por nuestras venas, estremece el corazón y lo hace bailar cada vez que lo escuchamos: «Ámense los unos a los otros. Así como yo los he amado, ámense también ustedes. En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros» (Jn 13,34- 35).

¿Cómo se llama el sueño nuestro? ¡Jesús! (responden los jóvenes)

A un santo de estas tierras, escuchen esto, le gustaba decir: «El cristianismo no es un conjunto de verdades que hay que creer, de leyes que hay que cumplir, o de prohibiciones. Así el cristianismo resulta muy repugnante. El cristianismo es una Persona que me amó tanto, que reclama y pide mi amor. El cristianismo es Cristo» ¿Lo decimos todos juntos? El cristianismo es Cristo. (cf. S. OSCAR ROMERO, Homilía, 6 noviembre 1977).

Es desarrollar el sueño por el que dio la vida: amar con el mismo amor que nos ha amado. No nos amó hasta la mitad, no nos amó un cachito, nos amó totalmente. Nos llenó de amor, dio su vida.

Nos preguntamos: ¿Qué nos mantiene unidos? ¿Por qué estamos unidos? ¿Qué nos mueve a encontrarnos? ¿Saben lo que es? La seguridad de saber que hemos sido amados con un amor entrañable que no queremos y no podemos callar, un amor que nos desafía a responder de la misma manera: con amor. Es el amor de Cristo que nos apremia (cf. 2 Co 5,14).

Fíjense que el amor que nos une es un amor que no “patotea” ni aplasta, un amor que no margina, que no se calla, un amor que no humilla ni avasalla. Es el amor del Señor, un amor de todos los días, discreto y respetuoso, amor de libertad y para la libertad, amor que sana y levanta.

Es el amor del Señor que sabe más de levantadas que de caídas, de reconciliación que de prohibición, de dar nueva oportunidad que de condenar, de futuro que de pasado. Es el amor silencioso de la mano tendida en el servicio y la entrega. Es el amor que no se pavonea, que no la juega de pavo real, que se da a los humildes. Ese es el amor que nos une a nosotros.

Te pregunto: ¿Creés en este amor? Te pregunto otra cosa: ¿Creés que este amor vale la pena?

Jesús una vez preguntó a uno lo mismo y le dijo que vaya y haga lo mismo. En nombre de Jesús yo les digo que hagan lo mismo. No tengan miedo de ese amor que gasta la vida.

Fue la misma pregunta e invitación que recibió María. El ángel le preguntó si quería llevar este sueño en sus entrañas y hacerlo vida, hacerlo carne.

María tenía la edad de tantos de ustedes y María dijo: «He aquí la sierva del Señor, hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38). Cerremos los ojos todos y pensemos en María. No era tonta, sabía lo que sentía su corazón, sabía lo que era el amor y respondió “He aquí la Sierva del Señor, hágase en mí según tu palabra”.

En este momentito de silencio, Jesús le dice a cada uno, a vos, a vos y vos: ¿Te animas? ¿Querés? Pensá en María y contesta: quiero servir al Señor, que se haga en mí según tu palabra.

María se animó a decir “sí”. Se animó a darle vida al sueño de Dios. Y esto es lo mismo que el ángel te quiere preguntar a vos, a vos, a mí: ¿querés que este sueño tenga vida? ¿Querés darle carne con tus manos, con tus pies, con tu mirada, con tu corazón? ¿Querés que sea el amor del Padre el que te abra nuevos horizontes y te lleve por caminos jamás imaginados y pensados, soñados o esperados que alegren y hagan cantar y bailar al corazón?

¿Nos animamos a decirle al ángel, como María: he aquí los siervos del Señor, hágase? No contesten acá. Contesten en el corazón. Hay preguntas que solo se responden en silencio.

Queridos jóvenes: Lo más esperanzador de esta Jornada no va a ser un documento final, una carta consensuada o un programa para ejecutar. No, eso no va a ser. Lo más esperanzador de este encuentro serán vuestros rostros y una oración. Eso dará esperanza. Con la cara con la cual vuelvan a sus casas, con la oración que aprendieron a decir con el corazón cambiado.

Cada uno volverá a casa con la fuerza nueva que se genera cada vez que nos encontramos con los otros y con el Señor, llenos del Espíritu Santo para recordar y mantener vivo ese sueño que nos hace hermanos y que estamos invitados a no dejar que se congele en el corazón del mundo: allí donde nos encontremos, haciendo lo que estamos haciendo, siempre podremos levantar la mirada y decir: Señor, enséñame a amar como tú nos has amado —¿se animan a repetirlo conmigo?—.

Señor, enséñame a amar como tú nos has amado. Más fuerte, están roncos: Señor, enséñame a amar como tú nos has amado.

Y como queremos ser buenos y educados, no podemos terminar este primer encuentro sin agradecer. Gracias a todos los que han preparado con mucha ilusión esta Jornada Mundial de la Juventud. Todo esto, gracias, fuerte. Gracias por animarse a construir y hospedar, por decirle “sí” al sueño de Dios de ver a sus hijos reunidos.

Gracias, Mons. Ulloa y todo su equipo, por ayudar a que Panamá hoy sea no solamente un canal que une mares, sino también canal donde el sueño de Dios siga encontrando cauces para crecer, multiplicarse e irradiarse en todos los rincones de la tierra.

Amigos y amigas, que Jesús los bendiga. Lo deseo de todo corazón. Que Santa María la Antigua los acompañe siempre, para que todos seamos capaces de decir sin miedo, como ella: «Aquí estoy. Hágase». Gracias.

https://www.aciprensa.com/noticias/ceremonia-de-acogida-y-apertura-de-la-jmjen-el-campo-santa-maria-la-antigua-24189


Discurso del Papa Francisco a los obispos centroamericanos

enero 25, 2019

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Los 80 Obispos Centroamericanos que se han encontrado con el Papa Francisco en Panamá © Vatican Media

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Discurso del Papa Francisco a los obispos centroamericanos

En la iglesia de S. Francisco de Asís, Ciudad de Panamá

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(ZENIT – 24 enero 2019).- El segundo día del viaje del Papa a Panamá, jueves, 24 de enero de 2019 –el primero de actividad–, Francisco se ha encontrado con 80 obispos de Centroamérica en la iglesia de San Francisco de Asís, situada en el Casco Antiguo de la Ciudad de Panamá, junto al Palacio Bolívar, donde el Santo Padre se ha reunido con las autoridades civiles de la República momentos antes.

A continuación, ofrecemos el discurso completo del Santo Padre a los prelados de los países de Centro América.

Discurso del Santo Padre

Gracias, Mons. José Luis Escobar Alas, arzobispo de San Salvador, por las palabras de bienvenida que me dirigió en nombre de todos. Me alegra poder encontrarlos y compartir de manera más familiar y directa sus anhelos, proyectos e ilusiones de pastores a quienes el Señor confió el cuidado de su pueblo santo. Gracias por la fraterna acogida.

Poder encontrarme con ustedes es también “regalarme” la oportunidad de poder abrazar y sentirme más cerca de vuestros pueblos, poder hacer míos sus anhelos, también sus desánimos y, sobre todo, esa fe “corajuda” que sabe alentar la esperanza y agilizar la caridad.

Gracias por permitirme acercarme a esa fe probada pero sencilla del rostro pobre de vuestra gente que sabe que «Dios está presente, no duerme, está activo, observa y ayuda» (S. Óscar Romero, Homilía, 16 diciembre 1979).

Este encuentro nos recuerda un evento eclesial de gran relevancia. Los pastores de esta región fueron los primeros que crearon en América un organismo de comunión y participación que ha dado —y sigue dando todavía— abundantes frutos.

Me refiero al Secretariado Episcopal de América Central (SEDAC). Un espacio de comunión, de discernimiento y de compromiso que nutre, revitaliza y enriquece vuestras Iglesias.

Pastores que supieron adelantarse y dar un signo que, lejos de ser un elemento solamente programático, indicó cómo el futuro de América Central —y de cualquier región en el mundo— pasa necesariamente por la lucidez y capacidad que se tenga para ampliar la mirada, unir esfuerzos en un trabajo paciente y generoso de escucha, comprensión, dedicación y entrega, y poder así discernir los horizontes nuevos a los que el Espíritu nos está llevando [1] (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 235).

En estos 75 años desde su fundación, el SEDAC se ha esforzado por compartir las alegrías y tristezas, las luchas y esperanzas de los pueblos de Centroamérica, cuya historia se entrelazó y forjó con la historia de vuestra gente. Muchos hombres y mujeres, sacerdotes, consagrados, consagradas y laicos, han ofrecido su vida hasta derramar su sangre por mantener viva la voz profética de la Iglesia frente a la injusticia, el empobrecimiento de tantas personas y el abuso de poder.

Ellos nos recuerdan que «quien de verdad quiera dar gloria a Dios con su vida, quien realmente anhele santificarse para que su existencia glorifique al Santo, está llamado a obsesionarse, desgastarse y cansarse intentando vivir las obras de misericordia» (Exhort. ap. Gaudete et exsultate, 107). Y esto, no como limosna sino como vocación.

Entre esos frutos proféticos de la Iglesia en Centroamérica me alegra destacar la figura de san Óscar Romero, a quien tuve el privilegio de canonizar recientemente en el contexto del Sínodo de los Obispos sobre los jóvenes. Su vida y enseñanza son fuente constante de inspiración para nuestras Iglesias y, de modo particular, para nosotros obispos.

El lema que escogió para su escudo episcopal y que preside su lápida expresa de manera clara su principio inspirador y lo que fue su vida de pastor: “Sentir con la Iglesia”. Brújula que marcó su vida en fidelidad, incluso en los momentos más turbulentos.

Este es un legado que puede transformarse en testimonio activo y vivificante para nosotros, también llamados a la entrega martirial en el servicio cotidiano de nuestros pueblos, y en este legado me gustaría basarme para esta reflexión que quiero compartir con ustedes.

Sé que entre nosotros hay personas que lo conocieron de primera mano —como el cardenal Rosa Chávez— así que, Eminencia, si considera que me equivoco con alguna apreciación me puede corregir. Apelar a la figura de Romero es apelar a la santidad y al carácter profético que vive en el ADN de vuestras Iglesias particulares.

Sentir con la Iglesia

1. Reconocimiento y gratitud

Cuando san Ignacio propone las reglas para sentir con la Iglesia busca ayudar al ejercitante a superar cualquier tipo de falsas dicotomías o antagonismos que reduzcan la vida del Espíritu a la habitual tentación de acomodar la Palabra de Dios al propio interés.

Así posibilita al ejercitante la gracia de sentirse y saberse parte de un cuerpo apostólico más grande que él mismo y, a la vez, con la consciencia real de sus fuerzas y posibilidades: ni débil pero tampoco selectivo o temerario. Sentirse parte de un todo, que será siempre más que la suma de las partes (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 235) y que está hermanado por una Presencia que siempre lo superará (cf. Exhort. ap. Gaudete et exsultate, 8).

De ahí que me gustaría centrar este primer Sentir con la Iglesia, de la mano de san Óscar, como acción de gracias y gratitud por tanto bien recibido, no merecido. Romero pudo sintonizar y aprender a vivir la Iglesia porque amaba entrañablemente a quien lo había engendrado en la fe.

Sin este amor de entrañas será muy difícil comprender su historia y conversión, ya que fue este mismo amor el que lo guió hasta la entrega martirial; ese amor que nace de acoger un don totalmente gratuito, que no nos pertenece y que nos libera de toda pretensión y tentación de creernos sus propietarios o los únicos intérpretes.

No hemos inventado la Iglesia, ella no nace con nosotros y seguirá sin nosotros. Tal actitud, lejos de abandonarnos a la desidia, despierta una insondable e inimaginable gratitud que lo nutre todo. El martirio no es sinónimo de pusilanimidad o de la actitud de alguien que no ama la vida y no sabe reconocer el valor que esta tiene. Al contrario, el mártir es aquel que es capaz de darle carne y hacer vida esta acción de gracias.

Romero sintió con la Iglesia porque, en primer lugar, amó a la Iglesia como madre que lo engendró en la fe y se sintió miembro y parte de ella.

2. Un amor con sabor a pueblo

Este amor, adhesión y gratitud, lo llevó a abrazar con pasión, pero también con dedicación y estudio, todo el aporte y renovación magisterial que el Concilio Vaticano II proponía. Allí encontraba la mano segura en el seguimiento de Cristo. No fue ideólogo ni ideológico; su actuar nació de una compenetración con los documentos conciliares.

Iluminado desde este horizonte eclesial, sentir con la Iglesia es para Romero contemplarla como Pueblo de Dios. Porque el Señor no quiso salvarnos aisladamente sin conexión, sino que quiso constituir un pueblo que lo confesara en la verdad y lo sirviera santamente (cf. Const. dogm.Lumen gentium, 9). Todo un Pueblo que posee, custodia y celebra la «unción del Santo» (ibíd., 12) y ante el cual Romero se ponía a la escucha para no rechazar Su inspiración (cf. S. Óscar Romero, Homilía, 16 julio 1978).

Así nos muestra que el pastor, para buscar y encontrarse con el Señor, debe aprender y escuchar los latidos de su pueblo, percibir “el olor” de los hombres y mujeres de hoy hasta quedar impregnado de sus alegrías y esperanzas, de sus tristezas y angustias (cf. Const. past. Gaudium et spes, 1) y así escudriñar la Palabra de Dios (cf. Const. dogm. Dei Verbum, 13).

Escucha del pueblo que le fue confiado, hasta respirar y descubrir a través de él la voluntad de Dios que nos llama (cf. Discurso durante el encuentro para la familia, 4 octubre 2014). Sin dicotomías o falsos antagonismos, porque solo el amor de Dios es capaz de integrar todos nuestros amores en un mismo sentir y mirar.

Para él, en definitiva, sentir con la Iglesia es tomar parte en la gloria de la Iglesia, que es llevar en sus entrañas toda la kénosis de Cristo. En la Iglesia Cristo vive entre nosotros y por eso tiene que ser humilde y pobre, ya que una Iglesia altanera, una Iglesia llena de orgullo, una Iglesia autosuficiente, no es la Iglesia de la kénosis (cf. S. Óscar Romero, Homilía, 1 octubre 1978).

3. Llevar en las entrañas la kénosis de Cristo

Esta no es solo la gloria de la Iglesia, sino también una vocación, una invitación para que sea nuestra gloria personal y camino de santidad. La kénosis de Cristo no es cosa del pasado sino garantía presente para sentir y descubrir su presencia actuante en la historia. Presencia que no podemos ni queremos callar porque sabemos y hemos experimentado que solo Él es “Camino, Verdad y Vida”.

La kénosis de Cristo nos recuerda que Dios salva en la historia, en la vida de cada hombre, que esta es también su propia historia y allí nos sale al encuentro (cf. S. Óscar Romero, Homilía, 7 diciembre 1978). Es importante, hermanos, que no tengamos miedo de tocar y de acercarnos a las heridas de nuestra gente, que también son nuestras heridas, y esto hacerlo al estilo del Señor.

El pastor no puede estar lejos del sufrimiento de su pueblo; es más, podríamos decir que el corazón del pastor se mide por su capacidad de dejarse conmover frente a tantas vidas dolidas y amenazadas. Hacerlo al estilo del Señor significa dejar que ese sufrimiento golpee y marque nuestras prioridades y nuestros gustos, el uso del tiempo y del dinero e incluso la forma de rezar, para poder ungirlo todo y a todos con el consuelo de la amistad de Jesucristo en una comunidad de fe que contenga y abra un horizonte siempre nuevo que dé sentido y esperanza a la vida (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 49).

La kénosis de Cristo implica abandonar la virtualidad de la existencia y de los discursos para escuchar el ruido y la cantinela de gente real que nos desafía a crear lazos. Y permítanme decirlo: las redes sirven para crear vínculos pero no raíces, son incapaces de darnos pertenencia, de hacernos sentir parte de un mismo pueblo.

Sin este sentir, todas nuestras palabras, reuniones, encuentros, escritos serán signo de una fe que no ha sabido acompañar la kénosis del Señor, una fe que se quedó a mitad de camino.

La kénosis de Cristo es joven

Esta Jornada Mundial de la Juventud es una oportunidad única para salir al encuentro y acercarse aún más a la realidad de nuestros jóvenes, llena de esperanzas y deseos, pero también hondamente marcada por tantas heridas.

Con ellos podremos leer de modo renovado nuestra época y reconocer los signos de los tiempos porque, como afirmaron los padres sinodales, los jóvenes son uno de los “lugares teológicos” en los que el Señor nos da a conocer algunas de sus expectativas y desafíos para construir el mañana (cf. Sínodo sobre los Jóvenes, Doc. final, 64).

Con ellos podremos visualizar cómo hacer más visible y creíble el Evangelio en el mundo que nos toca vivir; ellos son como termómetro para saber dónde estamos como comunidad y sociedad.

Ellos portan consigo una inquietud que debemos valorar, respetar, acompañar, y que tanto bien nos hace a todos porque desinstala y nos recuerda que el pastor nunca deja de ser discípulo y está en camino. Esa sana inquietud nos pone en movimiento y nos primerea.

Así lo recordaron los padres sinodales al decir: «los jóvenes, en ciertos aspectos, van por delante de los pastores» (ibíd., 66). Nos tiene que llenar de alegría comprobar cómo la siembra no ha caído en saco roto.

Muchas de esas inquietudes e intuiciones han crecido en el seno familiar alimentadas por alguna abuela o catequista, o en la parroquia, en la pastoral educativa o juvenil. Inquietudes que crecieron en una escucha del Evangelio y en comunidades con fe viva y ferviente que encuentra tierra donde germinar.

¡Cómo no agradecer tener jóvenes inquietos por el Evangelio! Esta realidad nos estimula a un mayor compromiso para ayudarlos a crecer ofreciéndoles más y mejores espacios que los engendren al sueño de Dios. La Iglesia por naturaleza es Madre y como tal engendra e incuba vida protegiéndola de todo aquello que amenace su desarrollo. Gestación en libertad y para la libertad.

Los exhorto pues, a promover programas y centros educativos que sepan acompañar, sostener y potenciar a sus jóvenes; “róbenselos” a la calle antes de que sea la cultura de muerte la que, “vendiéndoles humo” y mágicas soluciones se apodere y aproveche de su imaginación. Y háganlo no con paternalismo, de arriba a abajo, porque eso no es lo que el Señor nos pide, sino como padres, como hermanos a hermanos.

Ellos son rostro de Cristo para nosotros y a Cristo no podemos llegar de arriba a abajo, sino de abajo a arriba (cf. S. Óscar Romero, Homilía, 2 septiembre 1979).

Son muchos los jóvenes que dolorosamente han sido seducidos con respuestas inmediatas que hipotecan la vida.

Nos decían los padres sinodales: por constricción o falta de alternativas se encuentran sumergidos en situaciones altamente conflictivas y de no rápida solución: violencia doméstica, feminicidios —qué plaga que vive nuestro continente en este sentido—, bandas armadas y criminales, tráfico de droga, explotación sexual de menores y de no tan menores, etc., y duele constatar que en la raíz de muchas de estas situaciones se encuentra una experiencia de orfandad fruto de una cultura y una sociedad que se fue “desmadrando”.

Hogares resquebrajados tantas veces por un sistema económico que no tiene como prioridad las personas y el bien común y que hizo de la especulación “su paraíso” desde donde seguir “engordando” sin importar a costa de quién. Así nuestros jóvenes sin hogar, sin familia, sin comunidad, sin pertenencia, quedan a la intemperie del primer estafador.

No nos olvidemos que «el verdadero dolor que sale del hombre, pertenece en primer lugar a Dios» (Georges Bernanos, Diario de un cura rural, 74). No separemos lo que Él ha querido unir en su Hijo.

El mañana exige respetar el presente dignificando y empeñándose en valorar las culturas de vuestros pueblos. En esto también se juega la dignidad: en la autoestima cultural. Vuestros pueblos no son el “patio trasero” de la sociedad ni de nadie. Tienen una historia rica que ha de ser asumida, valorada y alentada. Las semillas del Reino fueron plantadas en estas tierras.

Estamos obligados a reconocerlas, cuidarlas y custodiarlas para que nada de lo bueno que Dios plantó se seque por intereses espurios que por doquier siembran corrupción y crecen con la expoliación de los más pobres. Cuidar las raíces es cuidar el rico patrimonio histórico, cultural y espiritual que esta tierra durante siglos ha sabido “mestizar”.

Empéñense y levanten la voz contra la desertificación cultural y espiritual de sus pueblos, que provoca una indigencia radical ya que deja sin esa indispensable inmunidad vital que sostiene la dignidad en los momentos de mayor dificultad.

En la última carta pastoral, ustedes afirmaban: «Últimamente nuestra región ha sido impactada por la migración hecha de manera nueva, por ser masiva y organizada, y que ha puesto en evidencia los motivos que hacen una migración forzada y los peligros que conlleva para la dignidad de la persona humana» (SEDAC, Mensaje al Pueblo de Dios y a todas las personas de buena voluntad, 30 noviembre 2018).

Muchos de los migrantes tienen rostro joven, buscan un bien mayor para sus familias, no temen arriesgar y dejar todo con tal de ofrecer el mínimo de condiciones que garanticen un futuro mejor. En esto no basta solo la denuncia, sino que debemos anunciar concretamente una “buena noticia”.

La Iglesia, gracias a su universalidad, puede ofrecer esa hospitalidad fraterna y acogedora para que las comunidades de origen y las de destino dialoguen y contribuyan a superar miedos y recelos, y consoliden los lazos que las migraciones, en el imaginario colectivo, amenazan con romper. “Acoger, proteger, promover e integrar” pueden ser los cuatro verbos con los que la Iglesia, en esta situación migratoria, conjugue su maternidad en el hoy de la historia (cf. Sínodo sobre los Jóvenes, Doc. final, 147).

Todos los esfuerzos que puedan realizar tendiendo puentes entre comunidades eclesiales, parroquiales, diocesanas, así como por medio de las Conferencias Episcopales serán un gesto profético de la Iglesia que en Cristo es «signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano» (Const. dogm. Lumen gentium, 1).

Así la tentación de quedarnos en la sola denuncia se disipa y se hace anuncio de la Vida nueva que el Señor nos regala.

Recordemos la exhortación de san Juan: «Si alguien vive en la abundancia, y viendo a su hermano en la necesidad, le cierra su corazón, ¿cómo permanecerá en él el amor de Dios? Hijitos míos, no amemos solamente con la lengua y de palabra, sino con obras y de verdad» (1 Jn 3,17-18).

Todas estas situaciones plantean preguntas, son situaciones que nos llaman a la conversión, a la solidaridad y a una acción educativa incisiva en nuestras comunidades. No podemos quedar indiferentes (cf. Sínodo sobre los Jóvenes, Doc. final, 41-44).

El mundo descarta, lo sabemos y padecemos; la kénosis de Cristo no, la hemos experimentado y la seguimos experimentando en propia carne por el perdón y la conversión. Esta tensión nos obliga a preguntarnos continuamente: ¿dónde queremos pararnos?

La kénosis de Cristo es sacerdotal

Es conocida la amistad y el impacto que generó el asesinato del P. Rutilio Grande en la vida de Mons. Romero. Fue un acontecimiento que marcó a fuego su corazón de hombre, sacerdote y pastor. Romero no era un administrador de recursos humanos, no gestionaba personas ni organizaciones, sentía con amor de padre, amigo y hermano.

Una vara un poco alta, pero vara al fin para evaluar nuestro corazón episcopal, una vara ante la cual podemos preguntarnos: ¿Cuánto me afecta la vida de mis curas? ¿Cuánto soy capaz de dejarme impactar por lo que viven, por llorar sus dolores, así como festejar y alegrarme con sus alegrías? El funcionalismo y clericalismo eclesial —tan tristemente extendido, que representa una caricatura y una perversión del ministerio— empieza a medirse por estas preguntas.

No es cuestión de cambios de estilos, maneras o lenguajes —todo importante ciertamente— sino sobre todo es cuestión de impacto y capacidad de que nuestras agendas episcopales tengan espacio para recibir, acompañar y sostener a nuestros curas, tengan “espacio real” para ocuparnos de ellos. Eso hace de nosotros padres fecundos.

En ellos normalmente recae de modo especial la responsabilidad de que este pueblo sea el pueblo de Dios. Están en la línea de fuego. Ellos llevan sobre sus espaldas el peso del día y del calor (cf. Mt 20,12), están expuestos a un sinfín de situaciones diarias que los pueden dejar más vulnerables y, por tanto, necesitan también de nuestra cercanía, de nuestra comprensión y aliento, de nuestra paternidad.

El resultado del trabajo pastoral, la evangelización en la Iglesia y la misión no se basa en la riqueza de los medios y recursos materiales, ni en la cantidad de eventos o actividades que realicemos sino en la centralidad de la compasión: uno de los grandes distintivos que como Iglesia podemos ofrecer a nuestros hermanos.

La kénosis de Cristo es la expresión máxima de la compasión del Padre. La Iglesia de Cristo es la Iglesia de la compasión, y eso empieza por casa. Siempre es bueno preguntarnos como pastores: ¿Cuánto impacta en mí la vida de mis sacerdotes? ¿Soy capaz de ser padre o me consuelo con ser mero ejecutor? ¿Me dejo incomodar?

Recuerdo las palabras de Benedicto XVI al inicio de su pontificado hablándoles a sus compatriotas: «Cristo no nos ha prometido una vida cómoda. Quien busca la comodidad con Él se ha equivocado de camino. Él nos muestra la senda que lleva hacia las cosas grandes, hacia el bien, hacia una vida humana auténtica» (Benedicto XVI, Discurso a los peregrinos alemanes, 25 abril 2005).

Sabemos que nuestra labor, en las visitas y encuentros que realizamos ―sobre todo en las parroquias― tiene una dimensión y componente administrativo que es necesario desarrollar. Asegurar que se haga sí, pero eso no es ni será sinónimo de que seamos nosotros quienes tengamos que utilizar el escaso tiempo en tareas administrativas.

En las visitas, lo fundamental y lo que no podemos delegar es “el oído”. Hay muchas cosas que hacemos a diario que deberíamos confiarlas a otros. Lo que no podemos encomendar, en cambio, es la capacidad de escuchar, la capacidad de seguir la salud y vida de nuestros sacerdotes. No podemos delegar en otros la puerta abierta para ellos. Puerta abierta que cree condiciones que posibiliten la confianza más que el miedo, la sinceridad más que la hipocresía, el intercambio franco y respetuoso más que el monólogo disciplinador.

Recuerdo esas palabras de Rosmini: «No hay duda de que solo los grandes hombres pueden formar a otros grandes hombres […]. En los primeros siglos, la casa del obispo era el seminario de los sacerdotes y diáconos. La presencia y la vida santa de su prelado, resultaba ser una lección candente, continua, sublime, en la que se aprendía conjuntamente la teoría en sus doctas palabras y la práctica en asiduas ocupaciones pastorales. Y así se veía crecer a los jóvenes Atanasios junto a los Alejandros» (Antonio Rosmini, Las cinco llagas de la santa Iglesia, 63).

Es importante que el cura encuentre al padre, al pastor en el que “mirarse” y no al administrador que quiere “pasar revista de las tropas”. Es fundamental que, con todas las cosas en las que discrepamos e inclusive los desacuerdos y discusiones que puedan existir (y es normal y esperable que existan), los curas perciban en el obispo a un hombre capaz de jugarse y dar la cara por ellos, de sacarlos adelante y ser mano tendida cuando están empantanados.

Un hombre de discernimiento que sepa orientar y encontrar caminos concretos y transitables en las distintas encrucijadas de cada historia personal.

La palabra autoridad etimológicamente viene de la raíz latina augere que significa aumentar, promover, hacer progresar. La autoridad en el pastor radica especialmente en ayudar a crecer, en promover a sus presbíteros, más que en promoverse a sí mismo —eso lo hace un solterón—.

La alegría del padre/pastor es ver que sus hijos crecieron y fueron fecundos. Hermanos, que esa sea nuestra autoridad y el signo de nuestra fecundidad.

La kénosis de Cristo es pobre

Hermanos, sentir con la Iglesia es sentir con el pueblo fiel, el pueblo sufriente y esperanzador de Dios. Es saber que nuestra identidad ministerial nace y se entiende a la luz de esta pertenencia única y constituyente de nuestro ser.

En este sentido quisiera recordar con ustedes lo que san Ignacio nos escribía a los jesuitas: «la pobreza es madre y muro», engendra y contiene. Madre porque nos invita a la fecundidad, a la generatividad, a la capacidad de donación que sería imposible en un corazón avaro o que busca acumular. Y muro porque nos protege de una de las tentaciones más sutiles que enfrentamos los consagrados, la mundanidad espiritual: ese revestir de valores religiosos y “piadosos” el afán de poder y protagonismo, la vanidad e incluso el orgullo y la soberbia.

Muro y madre que nos ayuden a ser una Iglesia que sea cada vez más libre porque está centrada en la kénosis de su Señor. Una Iglesia que no quiere que su fuerza esté —como decía Mons. Romero— en el apoyo de los poderosos o de la política, sino que se desprende con nobleza para caminar únicamente tomada de los brazos del crucificado, que es su verdadera fortaleza.

Y esto se traduce en signos concretos y evidentes, esto nos cuestiona e impulsa a un examen de conciencia sobre nuestras opciones y prioridades en el uso de los recursos, influencias y posicionamientos. La pobreza es madre y muro porque custodia nuestro corazón para que no se deslice en concesiones y compromisos que debilitan la libertad y parresía a la que el Señor nos llama.

Hermanos, antes de terminar pongámonos bajo el manto de la Virgen, recemos juntos para que ella custodie nuestro corazón de pastores y nos ayude a servir mejor al Cuerpo de su Hijo, el santo Pueblo fiel de Dios que camina, vive y reza aquí en Centroamérica.

Que Jesús los bendiga y la Virgen María los cuide. Y, por favor, no se olviden de rezar por mí. Muchas gracias.

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[1] Quiero hacer presente la memoria de pastores que, movidos por su celo pastoral y su amor a la Iglesia, dieron vida a este organismo eclesial, como Monseñor Luis Chávez y González, arzobispo de San Salvador, y Monseñor Víctor Sanabria, arzobispo de San José de Costa Rica, entre otros.

https://es.zenit.org/articles/discurso-del-papa-francisco-a-los-obispos-centroamericanos/


Panamá 2019: Los jóvenes

enero 22, 2019

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La Jornada Mundial de la Juventud tiene como misión impulsar la vocación de los miles de jóvenes que se darán cita en Panamá con el Papa Francisco.

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Panamá 2019: Los jóvenes

La Jornada Mundial de la Juventud tiene como misión impulsar la vocación de los miles de jóvenes que se darán cita en Panamá con el Papa Francisco.

Por Antonio Maza Pereda

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“Los ancianos soñarán sueños y los jóvenes verán visiones” Joel, 1, 3

“Les escribo a ustedes, jóvenes, porque son valientes, permanecen fieles a la palabra de Dios y han vencido al maligno”. 1 Juan, 2, 14

Como cada tres años, en algún país católico, se celebra la Jornada Mundial de la Juventud. Este 2019 toca el turno a Panamá. Bajo el lema muy mariano: “He aquí a la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”, centenares de miles de jóvenes de todo el mundo se reunirán con el Papa Francisco y los unos con los otros.

No es un tema menor. Ellos son el presente y el futuro de la Iglesia. Ellos, bajo el ataque del mal, vencen cada día al maligno. Tienen visiones, ven lo que otros, con nuestros ojos ya cansados, no podemos ver. Ven, como dice el poeta lo que puede ser, mientras otros vemos lo que es.

Nosotros, la Iglesia, a veces, vemos con miedo a los jóvenes. Y hacemos mal. Ellos no son solo nuestro futuro. Son nuestro presente. De ellos sacamos valentía y la visión de lo que debemos construir. Pero a veces nos negamos a aprender de ellos.

Claro, hablamos de los jóvenes en años, pero también hay viejos con espíritu joven como a veces hay jóvenes con espíritu avejentado. Pero, por supuesto, esos casos son excepciones. La valentía, la visión está mayormente presente en los jóvenes.

La sociedad, los países, víctimas de un invierno demográfico y una ancianidad del espíritu están buscando cómo recuperar a los hijos de sus migrantes, para renovar sus poblaciones avejentadas. Ofreciendo dobles nacionalidades a los descendientes de aquellos que emigraron de sus países.

Los motivos pueden ser muy diferentes: los israelitas tratando de atraer a los jóvenes de la Diáspora; los españoles, en nombre de la memoria histórica, tratando de atraer a jóvenes de Latinoamérica; los franceses y alemanes atrayendo a jóvenes con apellidos propios de sus naciones.

Así podría analizarse esta situación de la Iglesia. Ante la escasez de vocaciones, se trata de atraer a los jóvenes. Y funciona: de las jornadas mundiales de la juventud surgen vocaciones abundantes. Me consta de primera mano: uno de mis hijos encontró su vocación en la Jornada de Cracovia.

Pero eso no es todo. No es solo el interés, legítimo por otro lado, de renovar las filas del clero. Las Jornadas son más profundas. Proceden de un auténtico amor y aprecio por los jóvenes por el mero hecho de serlo, no por la renovación que pueden ofrecer.

Por otro lado, el Papa al hablar a los jóvenes, está dirigiéndose al cuerpo místico de Cristo, el siempre joven. Nos habla a todos. Nos habla al joven católico que está dentro de nosotros, no importa nuestra edad. Y por ello tenemos que estar muy atentos. Lo que les diga a los jóvenes, nos lo estará diciendo a todos.

La jornada durará del 22 al 27 de enero de 2019 y consta de 15 actividades anunciadas hasta la fecha, en muchas de las cuales habrá discursos, alocuciones y mensajes de diversos tipos. Como ha ocurrido en otras jornadas, serán comunicaciones particularmente cuidadas, profundas, con un mensaje para todos. Para los jóvenes, en primer lugar, pero también para los no tan jóvenes. Para los católicos, pero también para los no católicos.

Los medios mundiales los difundirán y los medios católicos los comentarán y verán las aplicaciones y las consecuencias de esos mensajes. Una oportunidad que no se da frecuentemente. Hay que estar muy atentos y presentes: el Espíritu nos estará hablando a través del Papa.

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen de manera alguna la posición oficial de yoinfluyo.com

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El “cambio de época” en América Latina según el Papa Francisco

enero 17, 2019

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Urge poder definir y emprender grandes objetivos nacionales y latinoamericanos, con consensos fuertes y movilizaciones populares (Papa Francisco)

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El “cambio de época” en América Latina según el Papa Francisco

Una reflexión de Guzmán Carriquiry en las vísperas del viaje del Papa a Panamá

Por Guzmán Carriquiry Lecour (secretario encargado de la vicepresidencia de la Pontificia Comisión para América Latina).

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“¿Qué es lo que está pasando en América Latina?”, se preguntaba el papa Francisco en la presentación de mi libro “Memoria, coraje y esperanza a la luz del bicentenario de los países latinoamericanos”.

Es una pregunta que tenemos que hacérnosla todos los latinoamericanos preocupados por la situación actual. Es una pregunta que tienen que hacérsela las comunidades cristianas y especialmente sus Pastores, porque importa mucho para situar la misión de la Iglesia.

No estamos en tiempos aptos para sesudos análisis que tengan la pretensión de ser respuesta exhaustiva, pero no podemos no intentar iluminar, aunque sea en breves “flashes”, algunas situaciones que nos toca vivir, sufrir y afrontar con realismo esperanzador.

Comienzo por señalar que el papa Francisco ha repetido a menudo que más que en una época de cambios hemos entrado en un “cambio de época” (cfr. Aparecida, 33 y ss.). El mundo entero parece abocado a una convulsa y muy ardua transición epocal.
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¿Quién no puede reconocer esto después del derrumbe de los regímenes totalitarios del mesianismo ateo, de la conclusión del mundo bi-polar, de la impresionante aceleración de las innovaciones tecnológicas, del despliegue de la globalización –dato mayor de nuestro tiempo- con toda su carga de ambivalencias, de un cambio cultural marcado por tendencias relativistas e individualistas que toca todas las dimensiones de la vida de las personas, familias, pueblos y naciones?
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El desmoronamiento de las narraciones ideológicas –primero del marxismo leninismo y, después de un breve resurgimiento, de la utopía liberal-capitalista de la auto-regulación del mercado– dejó obsoletos a muchos marcos mentales de juicio histórico e incrementó las dificultades para darse parámetros y criterios para juzgar y orientar la política en nuestro tiempo, a menudo reducida al ámbito de la lucha cotidiana por el poder, del pragmatismo cortoplacista, si no de la confusión.
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Parece muy claro que ahora estamos pasando sorprendentemente por una coyuntura histórica mundial de repliegue reactivo, es decir reaccionario, ante las más variadas situaciones de incertidumbre y de miedo.

Son situaciones provocadas por el terrorismo, las migraciones de masa, los numerosos focos de la “tercera guerra mundial a pedazos”, el incremento de la violencia por doquier.

Son también provocadas por las aceleradas transformaciones, por la tremenda depresión económica desatada por las crisis bancarias y financieras y por todas las penosas consecuencias sociales que arrastra una globalización que deja multitudes de excluidos, pero que también son sentidas como amenazas para vastos sectores de clases medias de países de alto y medio nivel de desarrollo.

Esas situaciones de incertidumbre y de miedo se acrecientan y agudizan en poblaciones enteras que no encuentran sólidos pilares de referencia para la construcción de la propia existencia personal y colectiva.

El desfibramiento de los tejidos familiares y sociales y, con ello, la gradual disolución de los vínculos de pertenencia y socialización, dificultan toda cohesión social y van dejando a la gente en vacíos y orfandades, en “todos contra todos” o “sálvese quien pueda”.

La potente máquina de distracción (“divertissement”) y censura que opera por medio de la sociedad del consumo y del espectáculo ya no puede ocultar la confusión y la rabia que emergen por doquier.

Incluso las democracias se viven en un tembladeral, desprovistas de fundamentos y virtudes, cada vez más sometidas a los influjos determinantes de poderes económicos y mediáticos, muy frecuentemente caracterizadas por corrupciones de todo tipo y, por eso, cada vez más erosionadas.

No es de extrañar, pues, que mucha gente reaccione emotivamente, casi instintivamente, a veces con exuberancia irracional, dejándose guiar por el miedo y la rabia, y se aferre a las presuntas seguridades de nacionalismos estrechos, a las imágenes de los hombres (y mujeres) “fuertes”, a políticas autoritarias de orden y control social, a promesas ilusorias de regeneración social.

Así descuellan la aventuras inciertas de las presidencias de Trump y Bolsonaro, entre otras.

Hay quienes engloban toda esta coyuntura bajo el rótulo del “populismo”. Hay, sí, dosis de populismo cuando se cae en demagogia irresponsable, en la facilonería en afrontar los problemas y en el mero asistencialismo a los necesitados como clientelas políticas. Esta es una realidad de hoy, de ayer y de siempre.

Sin embargo, como interpretación general de la situación actual está tan usada y desgastada últimamente, por pereza intelectual, que ya ha ido perdiendo sentido. Muy cierta es la distinción que el Papa Francisco plantea sobre “populismos” y “políticas populares”.

En este sentido, se puede afirmar que hay populismos que se alimentan de las zozobras, los miedos, las rabias e incluso de tendencias xenofóbicas que sacuden al cuerpo social; y hay “políticas populares” cuando apuntan a promover la soberanía participativa de los pueblos, desde las entrañas de sus culturas, hacia la consecución de un bien común de inclusión y mayor justicia para todos.

Muchas veces se ha usado ideológicamente el mote de “populista” para desvirtuar estas políticas populares, sobre todo por parte de quienes temen toda irrupción del pueblo en la escena pública que ponga en jaque los intereses de los potentados del “establishment”.

La actual coyuntura expresa también el agotamiento de las izquierdas políticas e intelectuales, muy desconcertadas, mientras provoca la reacción contra sus tradicionales y “modernos” ideologismos. La crisis de credibilidad del marxismo-leninismo, por una parte, y el arrastrarse cansino y empobrecido de la social-democracia recostada en las sociedades de alto consumo, por otra, las han dejado huérfanas.

En general, las izquierdas tradicionales han ido perdiendo toda inteligencia y capacidad reales de transformación social, no han sabido imaginar nuevos caminos para esa transformación en las condiciones económicas, tecnológicas y sociales de nuestro tiempo.

Además, han ido sustituyendo u ofuscando, o también mezclando, cada vez más raídas proclamas e intenciones de transformación social con la aceptación acrítica de sub-productos culturales de las sociedades de alto consumo, con su relativismo hedonista, con sus formas de colonización cultural.

No extraña, pues, que los “establihments” bienpensantes de la izquierda se hayan convertido en propagadores de discursos sobre la liberalización del aborto, los matrimonios homosexuales, el alquiler de los vientres femeninos, la facilonería para el divorcio, considerando todo ello como signos de “progreso” (“progreso” por cierto lanzado y sostenido por grandes agencias y corporaciones internacionales y convertido en mentalidad común).

Es grave que las izquierdas se demuestren bastante incapaces de mirar la realidad con los ojos de los excluidos, “desechados y sobrantes”, y, a la vez, de proponer un proyecto nacional para el bien común de todos.

Incluso la sacrosanta lucha por la dignidad de los pueblos indígenas, especialmente vulnerables y hoy muy amenazados, se ha reducido a menudo a un indigenismo ideológico, de pura denuncia, sin repensar y alentar grandes proyectos de realización efectiva de esa dignidad, condiciones materiales, económicas y espirituales para hacerla posible y una gradual integración de estos pueblos, respetuosa de sus tierras y culturas, en las sociedades nacionales a la altura del siglo XXI.

La idolatría del poder y su ejercicio centralista y verticalista ha alejado las izquierdas políticas de los movimientos sociales y de la multiplicidad de modalidades de emergencia de la llamada “sociedad civil” y las ha mezclado en frecuentes situaciones de corrupción.

Es sorprendente que los gobiernos de izquierda desalojados del poder en varios países de América Latina, y en otros subsistiendo en medio del fracaso, no hayan elaborado una severa autocrítica de los motivos de su derrota y, al contrario, queden encerrados en una apología engañosa y en una espera de su revancha.

Dos pueden ser consideradas como excepciones. La primera es la de la Bolivia de Evo Morales, quien en sus sucesivos mandatos de gobierno, más allá de una retórica ideológica más bien anacrónica, de no pocos excesos autoritarios y desplantes arbitrarios, ha sabido generar un crecimiento sostenido de la economía nacional, una modernización del país, una mejoría sustancial en las condiciones de vida de vastos sectores de población y una mayor autoestima del pueblo boliviano en su dignidad. (Lamentablemente, la tentación presente de querer “eternizarse” en el poder le ha jugado una mala pasada).

La otra es la de Andrés Manuel López Obrador, que cuenta actualmente con un enorme consenso popular en México y el control de gran parte de los poderes del Estado. Cierto es que hay que juzgarlo por sus hechos, y aún es demasiado pronto para hacerlo.

Amlo hereda una situación “imposible”: un país violentado por una criminalidad que parece incontrolable (sobre todo por las redes del narcotráfico, la difusión de armamentos y una cultura de violencia), una economía que ve puntas de alta tecnología y productividad con un enorme atraso en zonas rurales, una desigualdad social escandalosa entre las más grandes fortunas del mundo y grandísimos bolsones de pobreza, incluso de miseria y exclusión (sobre todo en algunas zonas indígenas).

Además, tiene que vérselas con la vecindad, por una parte, con el gigante del Norte y sus muros y, por otra, con el volcán centroamericano. López Obrador tiene la posibilidad de liderar un gran movimiento nacional y popular de regeneración y reconstrucción del país o puede sufrir la amenaza de reducirse poco a poco a una nueva versión del “ogro filantrópico” de la “revolución institucionalizada”.

Puede movilizar lo mejor del “orgullo” nacional del pueblo mexicano, confiado en la “Morenita”, o dejarse llevar por colonizaciones ideológicas o culturales de conventículos elitistas.

En todo caso, ante la obsesión de la administración norteamericana por el muro divisorio, las imágenes caricaturales que se propagan en Estados Unidos sobre los hispanos acusados de ser focos de delincuencia y las discriminaciones, persecuciones y deportaciones que sufren los hispanos en ese país, todo honesto latinoamericano tendría que repetirse: “somos todos mexicanos”.

México juega su destino en su capacidad de seria y firme negociación con el gigante del Norte y en su solidaridad e integración más estrechas con sus países hermanos de América Latina, y en especial con los centroamericanos.

¡Qué lamentable que la consigna y utopía de un “socialismo del siglo XXI” queden degeneradas por el régimen autocrático y cada vez más liberticida del presidente Maduro, en total fracaso económico y miseria social! No obstante ello, las élites opositoras se demuestran cada vez más divididas en su mezquindad e incapaces de proponer un gran proyecto alternativo de reconstrucción nacional y movilización popular.

Cuba importa para toda América Latina: la solidaridad latinoamericana, de sus pueblos, de su destino, es importante más allá de los regímenes y gobiernos en que se realiza. Por eso, muchas y variadas voces latinoamericanas manifestaron su disgusto y reprobación por el hecho de que la promisoria normalización de sus relaciones con los Estados Unidos, después de décadas en que se fue arrastrando una suerte de guerra fría, haya quedado suspendida y vuelvan a prospectarse pasos atrás amenazadores.

Sin embargo, ¿cómo no reconocer que el “socialismo real” cubano conlleva el límite congénito y las consecuencias muy pesadas de su régimen leninista y colectivista, y, por eso, no ha logrado dar mejores respuestas a las notorias limitaciones a las libertades públicas y sobrevive económicamente, sin poder ya poner como excusa el asedio y el odioso embargo del gigante del Norte?

Por cierto, no se advierten otros caminos alternativos en curso en los diversos países latinoamericanos. Reaccionando contra mucha corrupción, Argentina no logra zafarse de su pantano; el país continúa sumido en una crisis más que amenazadora, aferrada a políticas neoliberales que no dan otro fruto que la zozobra permanente y la dependencia del Fondo Monetario Internacional, con una pobreza creciente, en medio de una conflictualidad agresiva, permanente e incontrolable –concentrada sobre todo en el gran Buenos Aires-, una sociedad desfibrada y sin caminos alternativos, por el momento, que abran horizontes de razonable esperanza.

Perú ha vivido muchos años de fuerte y sostenido crecimiento económico, pero la mezquindad y corrupción de sus cúpulas políticas lo han sumido en la confusión. Y Colombia arrastra un necesario proceso de pacificación, en medio de fuertes resistencias; es país gobernado por la red de familias de sus “notables” sobre muy vastas muchedumbres de pobres y excluidos que pueden llegar a ser una bomba de tiempo. La ya tradicional cultura de la violencia que azota Colombia está alimentada por la presencia capilar del narcotráfico y de sus virus de corrupción.

Queda Chile, único país más bien exitoso en su política económica neoliberal –interior y exteriormente– mantenida con cierta continuidad, sin cambios sustanciales, entre los “Chicago boys” del régimen de Pinochet, los gobiernos de la concertación social-democrática y el actual del presidente Piñera, con grandes disparidades sociales.

La importante reconquista y consolidación democráticas dejando atrás los tiempos de dictadura deja paso ahora a una profunda crisis de las mayores instituciones del país.

El papa Francisco mantiene en alto la perspectiva y utopía de la “Patria Grande”. La integración latinoamericana es una necesidad y una prioridad ineludible y urgente, que está inscrita en nuestra vocación y destino.

Así lo reconocía Juan Pablo II cuando, inaugurando la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, en Santo Domingo, el 12 de octubre de 1992, señalaba: “Es grave responsabilidad (de los gobernantes) el favorecer el ya iniciado proceso de integración de unos pueblos a quienes la misma geografía, la fe cristiana, la lengua y la cultura han unido definitivamente en el camino de la historia”.

“No hay por cierto otra región que cuente con tantos factores de unidad como América Latina (…) –escribieron los Obispos latinoamericanos en el documento de Aparecida, n. 527-, pero se trata de una unidad desgarrada porque, atravesada por profundas dominaciones y contradicciones, todavía es incapaz de incorporar en sí ‘todas las sangres’ y de superar la brecha de estridentes desigualdades y marginaciones”.

Obviamente, estos factores de unidad están lejos de reducir la realidad latinoamericana a la uniformidad, sino que se conjugan y enriquecen con muchas diversidades locales, nacionales y culturales. No hay otro camino que la integración para ampliar los mercados y concertar una economía de escala que favorezca la industrialización, especialización, innovación tecnológica, los “tradings” productivos y un crecimiento auto-sostenido.

Es condición indispensable para enfrentar las exigencias impostergables de la lucha contra la pobreza, de la dignidad del trabajo para todos y de mayores condiciones de equidad en un sub-continente que tiene el lamentable récord de albergar abismales desigualdades sociales.

La integración política y económica es la única posibilidad de contar con un peso propio en el concierto internacional, con un mínimo de audiencia y de capacidad de imponer respeto. Helio Jaguaribe y Methol Ferré, entre otros, supieron evidenciar con clarividencia todos los desafíos y alternativas de la integración latinoamericana en los emergentes escenarios globales.

Lamentablemente el Mercosur, proyecto histórico fundamental desde una alianza argentino-brasileña-chilena, se ha ido empantanando desde hace demasiado tiempo y está sumamente desfibrado. Hoy es apenas una tenue zona de limitado libre comercio, sometido a las presiones e intereses de corporaciones de los diversos países.

Los gobiernos de centro-izquierda de Brasil y Argentina se interesaron sólo por un Mercosur político, que quedaba “flotando” sin dar pasos importantes de integración económica, de gobierno supranacional y participación popular.

Hoy parece que los gobiernos de los grandes países implicados, más que refundar y relanzar el Mercosur, prefieren irlo sepultando o reduciéndolo a mínima expresión; ¡sin embargo, está destinado a resurgir de sus cenizas cuando se afronte con inteligencia y valentía el bien común de nuestros pueblos y naciones!

Sólo la Alianza para el Pacífico ha emprendido un camino de integración que habrá que seguir con atención.

La integración centroamericana marcha adelante, pero se necesitan líderes clarividentes y audaces que tengan presente que los 6 países que la componen, por separado, están como condenados a ciclos periódicos de depresión y violencia. Las actuales migraciones centroamericanas son un signo muy claro de ello. Se necesita apuntar a la creación de una Confederación centroamericana.

Se está requiriendo una vasta obra de educación y movilización de modo que la integración latinoamericana no se reduzca a los humores y veleidades de las élites sino que arraigue en los pueblos y que vayan formándose grandes consensos populares, transversales a todos los países en pos de esa integración.

Importantísimo es educar, conmover y movilizar las juventudes latinoamericanas con el ideario de construcción de su “Patria Grande”. Mientras tanto, quedamos a la espera de líderes y voluntades políticas más inteligentes, determinadas y apasionadas para dar nuevo ímpetu regional, nuevas realizaciones concretas y nuevos horizontes a la integración y unidad latinoamericanas.

En el Bicentenario de la Independencia de los países latinoamericanos tengamos bien presente que esa integración es condición necesaria para reafirmar hoy nuestra independencia contra todas las amenazas de nuevas modalidades de colonizaciones económicas, culturales e ideológicas que ya mismo atentan contra el bien de nuestros pueblos.

Si la mirada de un atento observador recorre y recapitula las pasadas décadas de América Latina, se queda asombrado de cómo la región podría continuar dependiendo de las variables políticas y económicas del concierto internacional y de cómo podría fluctuar en su conjunto de virajes periódicos.

Los horizontes que aparecen como cerrados, de golpe van abriéndose en forma reactiva al período anterior, pero poco se aprende de lo ensayado y vivido en cada coyuntura mundial y latinoamericana. No es para quedarse sentados esperando que pase la actual “racha” y soñando con un mañana mejor.

¡No! Se trata de empeñarse para ir animando, a través de las más numerosas y variadas acciones, convergentes en lo posible, procesos y experiencias de una convivencia en la que el pueblo pueda ejercer la fraternidad, sin desesperar, aguardando “confiadamente y con astucia los momentos oportunos para avanzar en la liberación tan ansiada” (Documento de Puebla, n. 452).

“Los pueblos, especialmente los pobres y sencillos –escribió el papa Francisco en la presentación de mi libro “Memoria, coraje y esperanza a la luz del Bicentenario de la independencia de los países latinoamericanos”– custodian sus buenas razones para vivir y convivir, para amar y sacrificarse, para rezar y mantener viva la esperanza. Y también para luchar por grandes causas”.

“Necesitamos cultivar y debatir –prosigue el Papa– proyectos históricos que apunten con realismo hacia una esperanza de vida más digna para las personas, familias y pueblos latinoamericanos. Urge poder definir y emprender grandes objetivos nacionales y latinoamericanos, con consensos fuertes y movilizaciones populares, más allá de ambiciones e intereses mundanos y lejos de maniqueísmos y exasperaciones, de aventuras peligrosas y explosiones incontrolables”.

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