El maná de cada día, 22.1.19

enero 22, 2019

Martes de la 2ª semana del Tiempo Ordinario

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Los discípulos iban arrancando espigas

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PRIMERA LECTURA: Hebreos 6, 10-20

Dios no es injusto para olvidarse de vuestro trabajo y del amor que le habéis demostrado sirviendo a los santos ahora igual que antes. Deseamos que cada uno de vosotros demuestre el mismo empeño hasta el final, para que se cumpla vuestra esperanza, y no seáis indolentes, sino imitad a los que, con fe y perseverancia, consiguen lo prometido.

Cuando Dios hizo la promesa a Abrahán, no teniendo a nadie mayor por quien jurar, juró por sí mismo, diciendo: «Te llenaré de bendiciones y te multiplicaré abundantemente.» Abrahán, perseverando, alcanzó lo prometido.

Los hombres juran por alguien que sea mayor y, con la garantía del juramento, queda zanjada toda discusión. De la misma manera, queriendo Dios demostrar a los beneficiarios de la promesa la inmutabilidad de su designio, se comprometió con juramento, para que por dos cosas inmutables, en las que es imposible que Dios mienta, cobremos ánimos y fuerza los que buscamos refugio en él, asiéndonos a la esperanza que se nos ha ofrecido. La cual es para nosotros como ancla del alma, segura y firme, que penetra más allá de la cortina, donde entró por nosotros, como precursor, Jesús, sumo sacerdote para siempre, según el rito de Melquisedec.


SALMO 110, 1-2.4-5.9.10c

El Señor recuerda siempre su alianza.

Doy gracias al Señor de todo corazón, en compañía de los rectos, en la asamblea. Grandes son las obras del Señor, dignas de estudio para los que las aman.

Ha hecho maravillas memorables, el Señor es piadoso y clemente. Él da alimento a sus fieles, recordando siempre su alianza.

Envió la redención a su pueblo, ratificó para siempre su alianza, su nombre es sagrado y temible. La alabanza del Señor dura por siempre.


Aclamación antes del Evangelio: Efesios 1, 17-18

Que el Padre de nuestro Señor Jesucristo ilumine nuestras mentes, para que podamos comprender cuál es la esperanza que nos da su llamamiento.


EVANGELIO: Marcos 2, 23-28

Un sábado, atravesaba el Señor un sembrado; mientras andaban, los discípulos iban arrancando espigas.

Los fariseos le dijeron: «Oye, ¿por qué hacen en sábado lo que no está permitido?»

Él les respondió: «¿No habéis leído nunca lo que hizo David, cuando él y sus hombres se vieron faltos y con hambre? Entró en la casa de Dios, en tiempo del sumo sacerdote Abiatar, comió de los panes presentados, que sólo pueden comer los sacerdotes, y les dio también a sus compañeros.»

Y añadió: «El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado; así que el Hijo del hombre es señor también del sábado.»



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22 de enero
San Vicente, diácono y mártir

Vicente, diácono de la Iglesia de Zaragoza, sufrió un atroz martirio en Valencia, durante la persecución de Diocleciano [284-305]. Su culto se difundió en seguida por toda la Iglesia.

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Vicente venció en aquel por quien había sido vencido el mundo

De los sermones de san Agustín, obispo

A vosotros se os ha concedido la gracia –dice el Após­tol–, de estar del lado de Cristo, no sólo creyendo en él, sino sufriendo por él.

Una y otra gracia había recibido del diácono Vicente, las había recibido y, por esto, las tenía. Si no las hubiese recibido, ¿cómo hubiera podido tenerlas? En sus palabras tenía la fe, en sus sufrimientos la paciencia.

Nadie confíe en sí mismo al hablar; nadie confíe en sus propias fuerzas al sufrir la prueba, ya que, si hablamos con rectitud y prudencia, nuestra sabiduría proviene de Dios y, si sufrimos los males con fortaleza, nuestra paciencia es también don suyo.

Recordad qué advertencias da a los suyos Cristo, el Señor, en el Evangelio; recordad que el Rey de los mártires es quien equipa a sus huestes con las armas espirituales, quien les enseña el modo de luchar, quien les suministra su ayuda, quien les promete el remedio, quien, habiendo dicho a sus discípulos: En el mundo tendréis luchas, añade inmediatamente, para consolarlos y ayudarlos a vencer el temor: Pero tened valor: yo he vencido al mundo.

¿Por qué admirarnos, pues, amadísimos hermanos, de que Vicente venciera en aquel por quien había sido vencido el mundo? En el mundo –dice– tendréis luchas; se lo dice para que estas luchas no los abrumen, para que en el combate no sean vencidos. De dos maneras ataca el mundo a los soldados de Cristo: los halaga para seducirlos, los atemoriza para doblegarlos. No dejemos que nos domine el propio placer, no dejemos que nos atemorice la ajena crueldad, y habremos vencido al mundo.

En uno y otro ataque sale al encuentro Cristo, para que el cristiano no sea vencido. La constancia en el sufrimiento que contemplamos en el martirio que hoy conmemoramos es humanamente incomprensible, pero la vemos como algo natural si en este martirio reconocemos el poder divino.

Era tan grande la crueldad que se ejercitaba en el cuerpo del mártir y tan grande la tranquilidad con que él hablaba, era tan grande la dureza con que eran tratados sus miembros y tan grande la seguridad con que sonaban sus palabras, que parecía como si el Vicente que hablaba no fuera el mismo que sufría el tormento.

Es que, en realidad, hermanos, así era: era otro el que hablaba. Así lo había prometido Cristo a sus testigos, en el Evangelio, al prepararlos para semejante lucha. Había dicho, en efecto: No os preocupéis de lo que vais a decir o de cómo lo diréis. No seréis vosotros los que habléis, el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros.

Era, pues, el cuerpo de Vicente el que sufría, pero era el Espíritu quien hablaba, y, por estas palabras del Espíritu, no sólo era redargüida la impiedad, sino también ­confortada la debilidad.

 

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El maná de cada día, 21.1.19

enero 21, 2019

Lunes de la 2ª semana del Tiempo Ordinario

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ayuno

¿Por qué tus discípulos no ayunan?

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PRIMERA LECTURA: Hebreos 5, 1-10

Todo sumo sacerdote, escogido entre los hombres, está puesto para representar a los hombres en el culto a Dios: para ofrecer dones y sacrificios por los pecados.

Él puede comprender a los ignorantes y extraviados, ya que él mismo está envuelto en debilidades.

A causa de ellas, tiene que ofrecer sacrificios por sus propios pecados, como por los del pueblo.

Nadie puede arrogarse este honor: Dios es quien llama, como en el caso de Aarón.

Tampoco Cristo se confirió a si mismo la dignidad de sumo sacerdote, sino aquel que le dijo: «Tú eres mi Hijo: yo te he engendrado hoy», o, como dice otro pasaje de la Escritura: «Tú eres sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec.»

Cristo, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte, cuando en su angustia fue escuchado. Él, a pesar de ser Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer. Y, llevado a la consumación, se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación eterna, proclamado por Dios sumo sacerdote, según el rito de Melquisedec.



SALMO 109, 1.2.3.4

Tú eres sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec.

Oráculo del Señor a mi Señor: «Siéntate a mi derecha, y haré de tus enemigos estrado de tus pies.»

Desde Sión extenderá el Señor el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento, entre esplendores sagrados; yo mismo te engendré, como rocío, antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente: «Tú eres sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec.»


Aclamación antes del Evangelio: Hb 4, 12

La palabra de Dios es viva y eficaz; juzga los deseos e intenciones del corazón.



EVANGELIO: Marcos 2, 18-22

En aquel tiempo, los discípulos de Juan y los fariseos estaban de ayuno. Vinieron unos y le preguntaron a Jesús: «Los discípulos de Juan y los discípulos de los fariseos ayunan. ¿Por qué los tuyos no?»

Jesús les contestó:

«¿Es que pueden ayunar los amigos del novio, mientras el novio está con ellos? Mientras tienen al novio con ellos, no pueden ayunar.

Llegará un día en que se lleven al novio; aquel día sí que ayunarán.

Nadie le echa un remiendo de paño sin remojar a un manto pasado; porque la pieza tira del manto, lo nuevo de lo viejo, y deja un roto peor.

Nadie echa vino nuevo en odres viejos; porque revienta los odres, y se pierden el vino y los odres; a vino nuevo, odres nuevos.»



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¿Por qué tus discípulos no ayunan?

P. Raniero Cantalamessa, OFM Cap (24 febrero 2006)

«Como los discípulos de Juan y los fariseos estaban ayunando, vienen y le dicen: “¿Por qué mientras los discípulos de Juan y los discípulos de los fariseos ayunan, tus discípulos no ayunan?”. Jesús les dijo: “¿Pueden acaso ayunar los invitados a la boda mientas el novio está con ellos? Mientras tengan consigo al novio no pueden ayunar. Días vendrán en que les será arrebatado el novio; entonces ayunarán, en aquel día”».

De este modo Jesús no reniega de la práctica del ayuno, sino que la renueva en sus formas, tiempos y contenidos. El ayuno se ha convertido en una práctica ambigua. En la antigüedad no se conocía más que el ayuno religioso; hoy existe el ayuno político y social (¡huelgas de hambre!), un ayuno saludable o ideológico (vegetarianos), un ayuno patológico (anorexia), un ayuno estético (para mantener la línea). Existe sobre todo un ayuno impuesto por la necesidad: el de los millones de seres humanos que carecen de lo mínimo indispensable y mueren de hambre.

Por sí mismos, estos ayunos nada tienen que ver con razones religiosas y ascéticas. En el ayuno estético incluso a veces (no siempre) se «mortifica» el vicio de la gula sólo por obedecer a otro vicio capital, el de la soberbia o de la vanidad.

Es importante por ello intentar descubrir la genuina enseñanza bíblica sobre el ayuno. En la Biblia encontramos, respecto al ayuno, la actitud del «sí, pero», de la aprobación y de la reserva crítica. El ayuno, por sí, es algo bueno y recomendable; traduce algunas actitudes religiosas fundamentales: reverencia ante Dios, reconocimiento de los propios pecados, resistencia a los deseos de la carne, solicitud y solidaridad hacia los pobres… Como todas las cosas humanas, sin embargo, puede decaer en «presunción de la carne». Basta con pensar en la palabra del fariseo en el templo: «Ayuno dos veces por semana» (Lucas 18, 12).

Si Jesús nos hablara a los discípulos de hoy, ¿sobre qué insistiría más? ¿Sobre el «sí» o sobre el «pero»? Somos muy sensibles actualmente a las razones del «pero» y de la reserva crítica. Advertimos como más importante la necesidad de «partir el pan con el hambriento y vestir al desnudo»; tenemos justamente vergüenza de llamar al nuestro un «ayuno», cuando lo que sería para nosotros el colmo de la austeridad –estar a pan y agua– para millones de personas sería ya un lujo extraordinario, sobre todo si se trata de pan fresco y agua limpia.

Lo que debemos descubrir son en cambio las razones del «sí». La pegunta del Evangelio podría resonar, en nuestros días, de otra manera: «¿por qué los discípulos de Buda y de Mahoma ayunan y tus discípulos no ayunan?» (es archisabido con cuánta seriedad los musulmanes observan su Ramadán).

Vivimos en una cultura dominada por el materialismo y por un consumismo a ultranza. El ayuno nos ayuda a no dejarnos reducir a puros «consumidores»; nos ayuda a adquirir el precioso «fruto del Espíritu», que es «el dominio de sí», nos predispone al encuentro con Dios que es espíritu, y nos hace más atentos a las necesidades de los pobres.

Pero no debemos olvidar que existen formas alternativas al ayuno y a la abstinencia de alimentos. Podemos practicar el ayuno del tabaco, del alcohol y bebidas de alta graduación (que no sólo al alma: también beneficia al cuerpo), un ayuno de las imágenes violentas y sexuales que televisión, espectáculos, revistas e Internet nos echan encima a diario. Igualmente esta especie de «demonios» modernos no se vencen más que «con el ayuno y la oración».

http://www.mercaba.org


¿Qué respondería hoy San Agustín a la New Age? Diría estas 10 cosas

enero 16, 2019

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¿Qué diría hoy San Agustín a los seguidores de la Nueva Era? Miremos en sus escritos, donde encontraremos estas diez respuestas.

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¿Qué respondería hoy San Agustín a la New Age? Diría estas 10 cosas

Ambos, cristianismo y new age, proponen una perspectiva espiritual de la vida, pero ¿qué tiene uno que el otro no tiene?

Por Luis Santamaría

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La Nueva Era (New Age) es una corriente espiritual contemporánea, pero no deja de ser una nueva manifestación del pensamiento gnóstico clásico. Por eso, no resulta descabellado buscar en las enseñanzas del gran pensador y obispo San Agustín de Hipona (354-430) una respuesta cristiana a la Nueva Era.

Tres tipos de personas

Allá por los años 413 ó 414, en uno de sus sermones pronunciados en la ciudad de Cartago (en el norte de África), hizo una curiosa clasificación de los seres humanos en tres grupos, fijándose en las grandes corrientes filosóficas de entonces. Así, decía el obispo de Hipona, los hombres se dividirían en epicúreos, estoicos y cristianos. 

Los epicúreos pensaban que la muerte termina con toda opción de vivir, así que la vida del hombre ha de centrarse en el disfrute y el placer. Los estoicos se fijaban en las cosas del espíritu. Pero los cristianos iban más allá, proponiendo al Dios revelado en Cristo como sentido de la historia y del universo, Señor de todo, salvador de todos. 

Esta triple división de San Agustín nos vale para entender el mundo de hoy, sin contar a los que pertenecen a las religiones no cristianas: por un lado, las personas que viven en el materialismo, sin plantearse un horizonte de sentido que vaya más allá de lo que se puede ver y tocar; por otro lado, tantos que profesan una difusa espiritualidad que denominamos “New Age” o Nueva Era. En tercer lugar, los cristianos.

Y aquí viene la pregunta: si bien es cierto que los nuevos estoicos, los que defienden una religiosidad holística o una transformación de la conciencia universal, comparten con los cristianos una perspectiva espiritual de la vida… ¿qué es lo peculiar del cristianismo? ¿Es válida la propuesta cristiana de sentido para el hombre y la mujer de hoy? Es más, ¿hay alguna posibilidad de fusionar fe cristiana y New Age, como muchos pretenden ahora?

¿Qué diría San Agustín hoy? Miremos en sus escritos, donde encontraremos estas diez respuestas.

1. La salvación es un don, no fruto de mi esfuerzo

Los antiguos estoicos se esforzaban por dominar sus pasiones, ser insensibles al sufrimiento y encontrar la armonía interior. Así podrían ser iguales a los dioses, arrebatándoles su plácida existencia.

Lo mismo propone hoy la New Age, invitándonos a desarrollar todas nuestras potencialidades internas, ya que dentro de nosotros se encuentra el secreto de la existencia, la solución a todos los problemas. Para ello, se nos presenta una gran diversidad de técnicas que podemos aprender.

Frente a esto, San Agustín deja claro que la salvación es un don de Dios, no un fruto del esfuerzo humano. Su misma experiencia de conversión fue obra de la gracia. Después de muchas vueltas, después de una intensa búsqueda de la verdad, pudo escribir: “nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”.

2. La humildad de la fe frente a la soberbia del conocimiento

En su fase neoplatónica, San Agustín había experimentado la arrogancia de creerse poseedor de una verdad que lo hacía superior al resto de los hombres.

La New Age tiene mucho de sentimiento elitista, que ejerce una gran fuerza de atracción sobre un gran número de personas que se sienten depositarias de un conocimiento exclusivo, sólo apto para iniciados y elegidos. 

Frente a esto, San Agustín subraya la humildad de la fe, el asentimiento de la confianza en un Dios que es mayor que el conocimiento humano. Una fe que puede llegar a todos, y que no se limita a unos pocos que son especiales. La humildad es una característica fundamental de la espiritualidad cristiana, que tiene en su centro a un Dios que se ha humillado, como señala Agustín, que pone en labios del Señor estas palabras: “yo desciendo hacia ti porque tú no puedes ascender hacia mí”.

3. Un Dios personal, más allá de nosotros

Los defensores de la New Age utilizan a los grandes místicos y santos cristianos para pretender justificar su propia doctrina, que en el fondo supone la inmanencia de Dios, su confusión con este mundo, con nuestra realidad, cayendo en una postura panteísta: todo es Dios o, más bien, todo es divino. Y así pueden tomar, por ejemplo, y malinterpretar esta frase de San Agustín: “no salgas fuera, vuélvete a ti mismo; la verdad habita en el hombre interior”.

Eso dice nuestro autor, sí. Pero algo es fundamental en Agustín: hay una radical distinción entre Dios y nosotros, entre el Creador y la criatura. En la introspección, en la meditación, en la contemplación… no nos descubrimos a nosotros mismos como divinos, sino que hallamos a Dios dentro de nosotros como alguien distinto. Y en esta clave hablamos de divinización. Así dice el obispo de Hipona:

“Nosotros, por su gracia, fuimos hechos lo que no éramos, esto es, hijos de Dios; éramos ciertamente algo, pero mucho menos, es decir, hijos de hombres. Descendió, pues, Él, para que nosotros ascendiésemos”. Así, deja claro que “uno solo es el Hijo de Dios y con el Padre único Dios. Los demás que son divinizados, lo son por gracia, no nacen de su sustancia”.

4. Jesucristo, Dios hecho carne

La New Age habla de Cristo. O, más bien, de “el Cristo”, y de la conciencia crística o la energía crística. Hay que aclarar que tras esta calculada ambigüedad terminológica se esconde una ideología muy distante de la fe cristiana.

Para la Nueva Era, el Cristo sería un maestro ascendido, un sabio, un ser divino… que se habría encarnado en Jesús de Nazaret, y también en otros seres humanos a lo largo de la historia, y que ahora regresará como Maitreya, el Mesías de la Nueva Era. Por lo tanto, lo importante es el Cristo espiritual.

San Agustín tuvo que luchar contra la doctrina de los maniqueos, muy parecida. Para ellos, Cristo fue un ser celestial enviado al mundo para enseñar a las almas el retorno a su origen divino, y su crucifixión tenía un sentido meramente simbólico. Agustín contesta subrayando la humanidad de Cristo, la verdad de la encarnación y, por lo tanto, la realidad de la pasión y muerte de Jesús, que no fue un suceso simbólico, sino un hecho histórico.

5. Un combate espiritual, frente a una falsa armonía

La New Age, en sus muchas prácticas y técnicas, busca la armonía integral del ser humano, la paz interior, la iluminación, la ascensión en el nivel de conciencia o de vibración, la unificación de la persona…

Y todo lo negativo, todo lo que suponga sufrimiento, todo lo oscuro, debe dejarse de lado, con una actitud casi mágica que ha cristalizado en la popular “ley de atracción”, según la cual las personas atraemos lo que pensamos, y basta con desterrar de nosotros los pensamientos negativos para que se aleje el mal de nuestra vida. 

Sin embargo, San Agustín entiende la existencia cristiana como una “pugna interior”, una lucha contra las fuerzas del mal, que acechan al hombre por fuera y por dentro: “nuestro corazón es continuo campo de batalla. Un solo hombre pelea con una multitud en su interior”. En este sentido, afirma: “imitemos a Cristo si queremos vencer al mundo”. 

6. Frente al determinismo, la libertad

En la New Age se cae con mucha frecuencia en el determinismo. Toda postura mágica o esotérica es determinista en el fondo. Pensemos, por ejemplo, en el eneagrama y su distribución de los seres humanos en nueve tipos de personalidad con sus correspondientes características, valores y carencias, posibilidades de relación y de desarrollo, etc.

Lo mismo en tantas propuestas que predestinan al hombre o lo contemplan, al final, como una marioneta en manos del universo, de una inteligencia divina, de los astros…

Frente al determinismo y al fatalismo, San Agustín habla del “espíritu de libertad” como propio del cristiano. Y no la entiende como una simple “libertad de” condicionamientos, sino como una “libertad para” alcanzar el fin propio del hombre, que no es otro que Dios, el bien supremo.

Así, habría dos niveles de libertad: uno mínimo (el libre albedrío o capacidad de elección) y otro máximo (la posibilidad de elegir la plenitud de vida). Y en el fondo, para poder ser libres de verdad, heridos como estamos por el orgullo y el pecado, necesitamos ser liberados por Jesucristo.

7. Resurrección, no reencarnación

Si hay algo fundamental en la New Age, si hay alguna doctrina común a todas las corrientes enmarañadas y confusas en esta galaxia compleja, es la idea de la reencarnación de las almas, que se difunde a pasos agigantados en Occidente.

Todo es revisable, nada es permanente, porque en una concepción cíclica de la historia general y de la vida de cada uno, la muerte no supone más que el fin de una de las múltiples posibilidades de existencia.

Estas ideas ya las conocía el obispo de Hipona, que llega a escribir: “en ningún artículo la fe cristiana es tan rechazada como en la resurrección de la carne”.

“Nuestra esperanza es la resurrección de los muertos, nuestra fe es la resurrección de los muertos”, afirma San Agustín, quien también dice con claridad: “Cristo ha muerto una sola vez por nuestros pecados; resucitado de entre los muertos, no muere ya y la muerte no tiene dominio sobre él. También nosotros después de la resurrección, estaremos siempre con el Señor”. 

8. La necesidad de la Iglesia, frente al individualismo espiritual

La popularidad de la New Age se debe, entre otras cosas, a una concepción de la espiritualidad que huye de cualquier pertenencia institucional.

En la propia filosofía de la Nueva Era se habla del signo astrológico de Acuario como superación de Piscis, lo que supondría pasar de una preponderancia del cristianismo a una superación de las divisiones religiosas, manifestando lo divino y espiritual que hay común a todos los hombres.

El protagonismo lo toma cada uno, y no se acepta una tradición en la que insertarse ni una comunidad normativa. Uno podría ser cristiano, por ejemplo, sin pertenecer a la Iglesia, sin sujetarse a un grupo humano, y mucho menos si es dogmático y jerárquico.

Pero para San Agustín, la espiritualidad cristiana es profundamente eclesial. No se trata de un simple sentimiento de pertenencia a una comunidad espiritual, ni algo puramente interior. La Iglesia es mediación necesaria de la acción de Cristo, y por eso el obispo de Hipona exhorta: “ama a la Iglesia, que te ha engendrado para la vida eterna”.

9. La oración, mucho más que meditación

En la Nueva Era, la oración no es más que introspección, diálogo con uno mismo, descubrimiento de la propia divinidad interna, contemplación del yo divino. “No hay nadie a quien contemplar… tú te conviertes en Dios”, como dice el popular Osho.

La meditación encierra al hombre en sí mismo, porque no hay alteridad, y por tanto, no puede haber encuentro ni diálogo con el Otro divino.

San Agustín, por el contrario, insiste en que la oración es un diálogo con aquel que habita en nosotros, pero que es distinto de nosotros… es decir, que en la oración no estamos hablando con nosotros mismos: “háblenos Dios en sus lecciones, y hablemos nosotros a Dios con nuestras plegarias. Si escuchamos con sumisión al que nos habla, en nosotros habita aquel a quien va dirigida nuestra oración”.

En muchos momentos vuelve a la misma idea o realidad, como cuando dice: “tu oración es tu conversación con Dios. Cuando lees, Dios te habla a ti; cuando tú oras, hablas con Dios”.

10. Una caridad hecha real, no una buena vibración

La espiritualidad de la New Age es profundamente individualista. Es cierto que muchas de sus propuestas buscan hacer el bien a los demás, compartir con ellos la sanación, las energías… Pero al final lo que se busca es la propia ascensión en nivel de conciencia, el sentirse bien uno mismo, llegar al propio fin. 

San Agustín lo tiene claro: “mi amor es mi peso; por él soy llevado adondequiera que soy llevado”. El amor, que es un don de Dios, es, en primer lugar, amor a Dios. Y sólo así puede ser, de verdad, amor a los demás.

Cuando San Agustín explica el doble mandamiento de amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo, escribe: “dos son los preceptos y una la caridad… No ama al prójimo sino la caridad que ama a Dios. Y con la caridad con que se ama al prójimo, se ama también a Dios”.

¿Qué respondería hoy San Agustín a la New Age? Diría estas 10 cosas


El maná de cada día, 13.1.19

enero 12, 2019

El Bautismo del Señor, Ciclo C

Hoy se termina el tiempo de la Navidad.

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Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto



Antífona de entrada: Mateo 3, 16-17

Apenas se bautizó el Señor, se abrió el cielo, y el Espíritu se posó sobre él como una paloma. Y se oyó la voz del Padre que decía: Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto.


Oración colecta

Dios todopoderoso y eterno, que en el bautismo de Cristo, en el Jordán, quisiste revelar solemnemente que él era tu Hijo amado enviándole el Espíritu Santo, concede a tus hijos de adopción, renacidos del agua y del Espíritu Santo, perseverar siempre en tu benevolencia. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: Isaías 42, 1-4.6-7

Así dice el Señor: «Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero.

Sobre él he puesto mi espíritu, para que traiga el derecho a las naciones. No gritará, no clamará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará.

Promoverá fielmente el derecho, no vacilará ni se quebrará, hasta implantar el derecho en la tierra, y sus leyes que esperan las islas.

Yo, el Señor, te he llamado con justicia, te he cogido de la mano, te he formado, y te he hecho alianza de un pueblo, luz de las naciones.

Para que abras los ojos de los ciegos, saques a los cautivos de la prisión, y de la mazmorra a los que habitan en las tinieblas.»


SALMO 28

El Señor bendice a su pueblo con la paz.

Hijos de Dios, aclamad al Señor, aclamad la gloria del nombre del Señor, postraos ante el Señor en el atrio sagrado.

La voz del Señor sobre las aguas, el Señor sobre las aguas torrenciales. La voz del Señor es potente, la voz del Señor es magnífica.

El Dios de la gloria ha tronado. En su templo un grito unánime: «¡Gloria!» El Señor se sienta por encima del aguacero, el Señor se sienta como rey eterno.


SEGUNDA LECTURA: Hechos de los apóstoles 10, 34-38

En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo:

-«Está claro que Dios no hace distinciones; acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea. Envió su palabra a los israelitas, anunciando la paz que traería Jesucristo, el Señor de todos.

Conocéis lo que sucedió en el país de los judíos, cuando Juan predicaba el bautismo, aunque la cosa empezó en Galilea. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él.»


Aclamación antes del Evangelio

Viene el que es más poderoso que yo: él os bautizará en el Espíritu Santo y en fuego.


EVANGELIO: Lucas 3, 15-16.21-22

En aquel tiempo, el pueblo estaba en expectación, y todos se preguntaban si no sería Juan el Mesías; él tomó la palabra y dijo a todos: «Yo os bautizo con agua; pero viene el que puede más que yo, y no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego.»

En un bautismo general, Jesús también se bautizó. Y, mientras oraba, se abrió el cielo, bajó el Espíritu Santo sobre él en forma de paloma, y vino una voz del cielo: «Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto.»


Antífona de comunión: Juan 1, 32. 34

Este es aquel de quien decía Juan: Yo lo he visto y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios.

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EL BAUTISMO DE CRISTO

De los sermones de san Gregorio Nacianceno, obispo.
Sermón 39, En las sagradas Luminarias,14-16.

Cristo es iluminado: dejémonos iluminar junto con él; Cristo se hace bautizar: descendamos al mismo tiempo que él, para ascender con él.

Juan está bautizando, y Cristo se acerca; tal vez para santificar al mismo por quien va a ser bautizado; y sin duda para sepultar en las aguas a todo el viejo Adán, santificando el Jordán antes de nosotros y por nuestra causa; y así, el Señor, que era espíritu y carne, nos consa­gra mediante el Espíritu y el agua.

Juan se niega, Jesús insiste. Entonces: Soy yo el que necesito que tú me bautices, le dice la lámpara al Sol, la voz a la Palabra, el amigo al Esposo, el mayor entre los nacidos de mujer al Primogénito de toda la creación, el que había saltado de júbilo en el seno materno al que había sido ya adorado cuando estaba en él, el que era y habría de ser precursor al que se había manifestado y se manifestará. Soy yo el que necesito que tú me bautices; y podría haber añadido: «Por tu causa». Pues sabía muy bien que habría de ser bautizado con el martirio; o que, como a Pedro, no sólo le lavarían los pies.

Pero Jesús, por su parte, asciende también de las aguas; se lleva consigo hacia lo alto al mundo, y mira cómo se abren de par en par los cielos que Adán había hecho que se cerraran para sí y para su posteridad, del mismo modo que se había cerrado el paraíso con la espada de fuego.

También el Espíritu da testimonio de la divinidad, acudiendo en favor de quien es su semejante; y la voz desciende del cielo, pues del cielo procede precisamente Aquel de quien se daba testimonio; del mismo modo que la paloma, aparecida en forma visible, honra el cuerpo de Cristo, que por deificación era también Dios. Así también, muchos siglos antes, la paloma había anunciado el diluvio.

Honremos hoy nosotros, por nuestra parte, el bautismo de Cristo, y celebremos con toda honestidad su fiesta.

Ojalá que estéis ya purificados, y os purifiquéis de nuevo. Na­da hay que agrade tanto a Dios como el arrepenti­miento y la salvación del hombre, en cuyo beneficio se han pronunciado todas las palabras y revelado todos los misterios; para que, como astros en el firmamento, os convirtáis en una fuerza vivificadora para el resto de los hombres; y los esplendores de aquella luz que brilla en el cielo os hagan resplandecer, como lumbreras perfectas, junto a su inmensa luz, iluminados con más pureza y claridad por la Trinidad, cuyo único rayo, brotado de la única Deidad, habéis recibido inicialmente en Cristo Jesús, Señor nuestro, a quien le sean dados la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.


El maná de cada día, 12.1.19

enero 12, 2019

Sábado 12 de enero. Feria después de Epifanía

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El Señor siempre nos escucha



PRIMERA LECTURA: 1 Juan 5, 14-21

Queridos hermanos:

En esto está la confianza que tenemos en él: en que si le pedimos algo según su voluntad, nos escucha. Y si sabemos que nos escucha en lo que le pedimos, sabemos que tenemos conseguido lo que le hayamos pedido.

Si alguno ve que su hermano comete un pecado que no es de muerte, pida y Dios le dará vida -a los que cometan pecados que no son de muerte, pues hay un pecado que es de muerte, por el cual no digo que pida-. Toda injusticia es pecado, pero hay pecado que no es de muerte.

Sabemos que todo el que ha nacido de Dios no peca, sino que el Engendrado de Dios lo guarda, y el Maligno no llega a tocarle. Sabemos que somos de Dios, y que el mundo entero yace en poder del Maligno. Pero sabemos que el Hijo de Dios ha venido y nos ha dado inteligencia para que conozcamos al Verdadero. Nosotros estamos en el Verdadero, en su Hijo Jesucristo. Este es el Dios verdadero y la vida eterna.

Hijos míos, guardaos de los ídolos.


SALMO 149, 1-2.3-4. 5-6a y 9b

El Señor ama a su pueblo.

Cantad al Señor un cántico nuevo, resuene su alabanza en la asamblea de los fieles; que se alegre Israel por su Creador, los hijos de Sión por su Rey.

Alabad su nombre con danzas, cantadle con tambores y cítaras; porque el Señor ama a su pueblo y adorna con la victoria a los humildes.

Que los fieles festejen su gloria y canten jubilosos en filas, con vítores a Dios en la boca; es un honor para todos sus fieles.


Aclamación antes del Evangelio: Mateo 4, 16

El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló.


EVANGELIO: Juan 3, 22-30

En aquel tiempo, fue Jesús con sus discípulos a Judea, se quedó allí con ellos y bautizaba.

También Juan estaba bautizando en Enón, cerca de Salín, porque había allí agua abundante; la gente acudía y se bautizaba. A Juan todavía no le habían metido en la cárcel.

Se originó entonces una discusión entre un judío y los discípulos de Juan acerca de la purificación; ellos fueron a Juan y le dijeron: «Oye, rabí, el que estaba contigo en la otra orilla del Jordán, de quien tú has dado testimonio, ése está bautizando, y todo el mundo acude a él.»

Contestó Juan: «Nadie puede tomarse algo para sí, si no se lo dan desde el cielo. Vosotros mismos sois testigos de que yo dije: “Yo no soy el Mesías, sino que me han enviado delante de él.” El que lleva a la esposa es el esposo; en cambio, el amigo del esposo, que asiste y lo oye, se alegra con la voz del esposo; pues esta alegría mía está colmada. Él tiene que crecer, y yo tengo que menguar.»


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¿GENEROSOS O GRATUITOS?

El amor se da sin medidas, sin excusas, sin interés, sin exigencias ni condiciones. Si tu fe cristiana no te lleva a darte cada vez más a Dios y a los demás, si no fructifica en obras concretas de conversión interior y de cambio de vida, algo está fallando en tu cristianismo.

No puedes conformarte con ser parcialmente generoso. Ni siquiera puedes conformarte con una generosidad movida sólo por motivos humanitarios o altruistas que, tarde o temprano, acaba cansándose y reclamando su paga.

Tampoco debes engañarte con esa generosidad que, a menudo, se mezcla con esa pizca de egoísmo y autocomplacencia que se da buscando a cambio un poco de reconocimiento, de agradecimiento, de consideración de parte de aquel a quien damos.

Es fácil ser generosos cuanto tenemos la certeza, aunque sea pequeña, de que nos será devuelto o recompensado ese favor o de que será apuntado a nuestra cuenta de méritos. La gratuidad, en cambio, es más propia de esa caridad cristiana que, además de dar, se entrega. ¿Quieres saber hasta dónde ha de llegar tu entrega?

Mira a la cruz y contempla esa conmovedora gratuidad del amor de Cristo, entregado hasta el extremo por todos y desconocido por tantos. Así ha de ser tu entrega: sin que tu mano derecha sepa lo que hace la izquierda. Y tu Padre que ve en lo escondido te lo pagará.

¿Qué clase de caridad es aquella que se da a aquellos que pueden recompensarnos y rehúsa acercarse a los que nunca conocerán o valorarán nuestro don? Sólo unos pocos supieron ver, más allá del aparente fracaso de la cruz, el mayor amor y el corazón más hermosamente entregado.

Y pocos son los que, a contracorriente, viven su entrega y su fe con ese ánimo desprendido de reconocimientos humanos, de buena opinión ajena, del agradecimiento de los demás. Si tu generosidad no está dispuesta a entregarse así, hasta el olvido de la cruz, poco o nada saborearás de ese verdadero amor que sólo Dios sabe regalar al alma pobre y desprendida.

Dios Padre no dudó en entregar a su Hijo Amado aun sabiendo que, en muchas almas, esa entrega nunca sería aceptada, conocida ni correspondida. Atesora en tu alma esa riqueza única, exquisita, de quien sabe entregarse como ese Hijo Amado, aun sabiendo que tu caridad pueda caer entre las piedras y las zarzas del olvido, de la crítica, de la incomprensión o de la burla.

Lañas diarias en www.mater-dei.es


El maná de cada día, 11.1.19

enero 11, 2019

Viernes 11 de enero. Feria después de Epifanía

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ios nos ha dado vida eterna, y esta vida está en su Hijo

Dios nos ha dado vida eterna, y esta vida está en su Hijo



PRIMERA LECTURA: 1 Juan 5, 5-13

¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?

Éste es el que vino con agua y con sangre: Jesucristo.

No sólo con agua, sino con agua y con sangre; y el Espíritu es quien da testimonio, porque el Espíritu es la verdad.

Porque tres son los testigos: el Espíritu, el agua y la sangre, y los tres están de acuerdo.

Si aceptamos el testimonio humano, más fuerza tiene el testimonio de Dios.

Éste es el testimonio de Dios, un testimonio acerca de su Hijo.

El que cree en el Hijo de Dios tiene dentro el testimonio.

Quien no cree a Dios le hace mentiroso, porque no ha creído en el testimonio que Dios ha dado acerca de su Hijo.

Y éste es el testimonio: Dios nos ha dado vida eterna, y esta vida está en su Hijo.

Quien tiene al Hijo tiene la vida, quien no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida.

Os he escrito estas cosas a los que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que os deis cuenta de que tenéis vida eterna.


SALMO 147,12-13.14-15.19-20

Glorifica al Señor, Jerusalén.

Glorifica al Señor, Jerusalén; alaba a tu Dios, Sión: que ha reforzado los cerrojos de tus puertas, y ha bendecido a tus hijos dentro de ti.

Ha puesto paz en tus fronteras, te sacia con flor de harina. Él envía su mensaje a la tierra, y su palabra corre veloz.

Anuncia su palabra a Jacob, sus decretos y mandatos a Israel; con ninguna nación obró así, ni les dio a conocer sus mandatos.


Aclamación antes del Evangelio: Mt 4, 23

Jesús proclamaba el Evangelio del reino, curando las dolencias del pueblo.



EVANGELIO: Lucas 5, 12-16

Una vez, estando Jesús en un pueblo, se presentó un hombre lleno de lepra; al ver a Jesús cayó rostro a tierra y le suplicó: «Señor, si quieres puedes limpiarme.»

Y Jesús extendió la mano y lo tocó diciendo: «Quiero, queda limpio.» Y en seguida le dejó la lepra.

Jesús le recomendó que no lo dijera a nadie, y añadió: «Ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés para que les conste.»

Se hablaba de él cada vez más, y acudía mucha gente a oírle y a que los curara de sus enfermedades. Pero él solía retirarse a despoblado para orar.
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CIERRA EL PARAGUAS

Cuando llueve, llueve para todos, pero sólo se moja el que no abre su paraguas. Así es también la acción de la gracia: disponible para todos, pero eficaz en aquel que sabe y quiere poner los medios.

Dios no niega a nadie sus dones; somos nosotros quienes ponemos obstáculos a la acción de Dios. Y, para anestesiar cualquier remordimiento de conciencia, disfrazamos esos obstáculos de buenas excusas y piadosos motivos, muy razonables y justos, que, además, intentamos explicar buenamente a los demás.

No te engañes: Dios no te hará santo si tú no quieres; no te cambiará el corazón si tú no le dejas; nunca forzará tu libertad si tú no se la entregas. Tampoco un padre obliga a su hijo a amarle.

Has de querer cambiar tus defectos de carácter, tu pereza para las cosas de Dios, tu inconstancia para el compromiso, tu falta de voluntad para cumplir tus propósitos, tu indolencia para acabar con tus faltas de omisión, tu negligencia y desgana para orar. Cierra todos esos paraguas con los que ahogas la vida divina en tu alma, porque, si quieres, puedes.

Piensa que muchos contemporáneos oyeron hablar de Jesús, le vieron pasar a su lado, le escucharon en alguna de aquellas predicaciones e incluso vieron algunos de sus milagros. Y, sin embargo, sabemos por los evangelios que sólo unos pocos dejaron todo para seguirle y sólo fueron curados aquellos que se lo pidieron.

Empéñate a fondo en vivir con coherencia y seriedad tu vida cristiana si no quieres reducir tu cristianismo a un manual de buenas costumbres o a un formal protocolo social. Déjate empapar, a través de los sacramentos, de la abundancia y la plenitud de ese Dios que tanto desea entrar en tu alma. Verás con que suavidad y eficacia se va realizando en tu vida esa obra grandiosa de tu conversión interior.

Mater Dei

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Recuerda con agradecimiento tu Bautismo

Nos acostumbramos con tanta facilidad a los dones de Dios que podemos llegar a olvidar que vivimos en ellos y de ellos. Nos llegan de forma tan habitual, tan sencilla, tan imperceptible, que nuestra mirada superficial nos hace creer que, en realidad, no son tan reales como decimos.

Continuamente estamos respirando sin que nos paremos a considerar la importancia que tiene para nuestra vida un acto tan mecánico y sencillo como es inspirar el aire exterior en nuestros pulmones. Algo así pasa con nuestro bautismo, sin el que el alma ni siquiera podría respirar la vida divina de Dios.

Piensa que, por tu bautismo, fuiste arrancado del reino y del poder del maligno y consagrado para siempre a Dios, fuiste hecho hijo en el Hijo, fuiste consagrado como templo del Espíritu Santo, fuiste hecho sacerdote y liturgo para ofrecer a Dios el culto de tu propia vida, fuiste unido como miembro a la cabeza en un cuerpo místico que es la Iglesia Madre, fuiste sentado a la mesa de los hijos para participar en el banquete de esta vida divina que corre por las venas de tu alma.

Piensa que el mayor de todos los males o el mayor cúmulo de desgracias, tragedias y condenaciones que pudieran acaecerte en tu vida es muy poco, o incluso nada, en comparación con el mal infinitamente más grave del que te salva el bautismo.

Aviva, con delicada gratitud y veneración, la gracia de ese insondable misterio de Dios que te comunicó tu bautismo y cuya huella indeleble nada ni nadie te pueden quitar. Aviva esa presencia activa y viva del Espíritu Santo que recibiste en el bautismo y cuyos dinamismos van imprimiendo en ti, de forma cada vez más nítida y transparente, la imagen, el rostro, la forma de ese Cristo en quien fuiste sepultado y crucificado una vez para siempre.

Tu bautismo es un don, pero también una tarea. Vive ese don con la responsabilidad grave de quien guarda en sus manos un talento único y precioso. Vive tu bautismo con coherencia y unidad de vida, para que en ella irradies la belleza y el atractivo de esa gracia bautismal que tanto te asemeja a tu Dios.

Mater Dei


El maná de cada día, 10.1.19

enero 10, 2019

Jueves 10 de enero. Feria después de Epifanía

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Quien ama a Dios, ame también a su hermano

Quien ama a Dios, ame también a su hermano



PRIMERA LECTURA: 1 Juan 4, 19–5,4

Nosotros amamos a Dios, porque él nos amó primero.

Si alguno dice: «Amo a Dios», y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve.

Y hemos recibido de él este mandamiento: Quien ama a Dios, ame también a su hermano.

Todo el que cree que Jesús es el Cristo ha nacido de Dios; y todo el que ama a Dios que da el ser ama también al que ha nacido de él.

En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios: si amamos a Dios y cumplimos sus mandamientos.

Pues en esto consiste el amor de Dios: en que guardemos sus mandamientos.

Y sus mandamientos no son pesados, pues todo lo que ha nacido de Dios vence al mundo.

Y lo que ha conseguido la victoria sobre el mundo es nuestra fe.


SALMO 71, 1-2.14.15bc.17

Se postrarán ante ti, Señor, todos los pueblos de la tierra.

Dios mío, confía tu juicio al rey, tu justicia al hijo de reyes, para que rija a tu pueblo con justicia, a tus humildes con rectitud.

Él rescatará sus vidas de la violencia, su sangre será preciosa a sus ojos. Que recen por él continuamente y lo bendigan todo el día.

Que su nombre sea eterno, y su fama dure como el sol; que él sea la bendición de todos los pueblos, y lo proclamen dichoso todas las razas de la tierra.


Aclamación antes del Evangelio: Lc 4, 18

El Señor me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad.


EVANGELIO: Lucas 4, 14-22a

En aquel tiempo, Jesús volvió a Galilea con la fuerza del Espíritu; y su fama se extendió por toda la comarca. Enseñaba en las sinagogas, y todos lo alababan.

Fue a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura.

Le entregaron el libro del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista. Para dar libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor.»

Y, enrollando el libro, lo devolvió al que le ayudaba y se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos fijos en él.

Y él se puso a decirles: «Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír.» Y todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de sus labios.


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COMO AGUA POR UN COLADOR

A menudo confundimos el ser con el tener o el hacer, la santidad con la eficacia. Estamos llamados a ser santos, no a ser eficaces. El hacer no asegura el ser.

Podemos llenar nuestras arcas con los falsos tesoros de abundantes méritos profesionales, académicos, laborales y hasta “eclesiales”, o llegar a cumplir con una cierta perfección los deberes propios de nuestro cargo, estado y religión, y, sin embargo, ser los fariseos más hipócritas y los cristianos más mediocres.

Cristianos que buscan hacer el bien a los demás prodigándose en un intenso activismo apostólico o con una cargadísima agenda de obras aparentemente buenas, pero que se contentan con llevar su vida de oración pinchada como un pin en la solapa de su chaqueta.

Quizá aún no hemos empezado a ser realmente cristianos, a pesar de que podamos hacer muchas obras de bien, tener acumulados muchos cargos eclesiásticos, creernos con derechos adquiridos por los muchos años de servicio a la parroquia, o sabernos propietarios de abundantes méritos espirituales por haber frecuentado con escrupulosa fidelidad y durante años un grupo, movimiento o parroquia.

Podemos estar echando agua por un colador si nuestro día a día transcurre repleto de cosas y actividades pero vacío de oración, de presencia de Dios y de contemplación. La eficacia sobrenatural no puede encerrarse en los límites cortos y estrechos de nuestros esquemas y patrones meramente humanos.

Un alma disipada y desparramada en las mil cosas del día a día, que deja perder y malgastar su vida interior en las bagatelas y baratijas de un activismo vacío de Dios, termina por ahogarse en el trasiego estéril del propio egoísmo, llevada de acá para allá como corcho entre las olas de las modas, opiniones y criterios del mundo.

Hasta que no te convenzas de la eficacia invisible, oculta y escondida de la oración, tu vida, tu apostolado, tu hacer y tu tener no serán más que una gota que resbala por el cristal, sin empapar realmente la vida de los demás.

Mater Dei


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