El maná de cada día, 1.7.20

julio 1, 2020

Miércoles de la 13ª semana del Tiempo Ordinario

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Buscad el bien y no el mal, y viviréis
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PRIMERA LECTURA: Amós 5, 14-15.21-24

Buscad el bien y no el mal, y viviréis, y así estará con vosotros el Señor Dios de los ejércitos, como deseáis. Odiad el mal, amad el bien, defended la justicia en el tribunal.

Quizá se apiade el Señor, Dios de los ejércitos, del resto de José.

«Detesto y rehúso vuestras fiestas –oráculo del Señor–, no quiero oler vuestras ofrendas.

Aunque me ofrezcáis holocaustos y dones, no me agradarán; no aceptaré los terneros cebados que sacrificáis en acción de gracias.

Retirad de mi presencia el estruendo del canto, no quiero escuchar el son de la cítara; fluya como el agua el juicio, la justicia como arroyo perenne.»

SALMO 49

Al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios.

«Escucha, pueblo mío, que voy a hablarte; Israel, voy a dar testimonio contra ti; “yo, Dios, tu Dios”.»

«No te reprocho tus sacrificios, pues siempre están tus holocaustos ante mí. Pero no aceptaré un becerro de tu casa, ni un cabrito de tus rebaños.»

«Pues las fieras de la selva son mías, y hay miles de bestias en mis montes; conozco todos los pájaros del cielo, tengo a mano cuanto se agita en los campos.»

«Si tuviera hambre, no te lo diría: pues el orbe y cuanto lo llena es mío. ¿Comeré yo carne de toros, beberé sangre de cabritos?»

«¿Por qué recitas mis preceptos y tienes siempre en la boca mi alianza, tú que detestas mi enseñanza y te echas a la espalda mis mandatos?»

EVANGELIO: Mateo 8, 28-34

En aquel tiempo, llegó Jesús a la otra orilla, a la región de los gerasenos. Desde el cementerio, dos endemoniados salieron a su encuentro; eran tan furiosos que nadie se atrevía a transitar por aquel camino.

Y le dijeron a gritos: «¿Qué quieres de nosotros, Hijo de Dios? ¿Has venido a atormentarnos antes de tiempo?»

Una gran piara de cerdos a distancia estaba hozando. Los demonios le rogaron: «Si nos echas, mándanos a la piara.»

Jesús les dijo: «Id.»

Salieron y se metieron en los cerdos. Y la piara entera se abalanzó acantilado abajo y se ahogó en el agua. Los porquerizos huyeron al pueblo y lo contaron todo, incluyendo lo de los endemoniados.

Entonces el pueblo entero salió a donde estaba Jesús y, al verlo, le rogaron que se marchara de su país.

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LA OPORTUNIDAD PERDIDA

P. Francisco Fernández Carvajal

– El Señor se presenta, en ocasiones, de manera distinta a como nosotros le esperábamos.

– Desprendimiento para ver a Jesús y para hacer su voluntad cuando no coincide con la nuestra.

– Mirar con fe las circunstancias humanamente desfavorables, y descubrir en ellas al Señor.

I. Llegó Jesús a la otra orilla del lago, a la región de los gadarenos, en tierra de gentiles (1); quizá busca un sitio retirado para descansar con sus discípulos. Allí curó el Señor a dos endemoniados que le salieron al encuentro.

Cerca del lugar había una piara de cerdos; los demonios le rogaron que, si los expulsaba de estos hombres atormentados, los enviara a la piara. Y el Señor se lo permitió. Y ellos salieron y entraron en los cerdos.

Entonces toda la piara corrió con ímpetu por la pendiente hacia el mar y pereció en el agua. Los porqueros huyeron y al llegar a la ciudad contaron todo, en particular lo de los endemoniados. Ante esto, toda la ciudad salió al encuentro de Jesús y, al verle, le rogaron que se alejara de su región.

Le rogaron que se alejara de aquel lugar. Fue la gran oportunidad perdida por estas gentes; tuvieron a Dios mismo entre ellos, y no supieron verlo. Quizá nunca más pasó por aquellas tierras. ¡Lo tuvieron tan cerca! ¡y le rogaron que se alejara! ¡A Aquel que llevaba consigo todos los bienes! ¡Qué poco hospitalario es a veces el mundo para con su Señor!

Con frecuencia, para muchos, son los bienes materiales lo que cuenta, y no es raro ver cómo se intenta construir una sociedad en la que el Señor no está presente, no le dejan sitio, “como si Dios no mereciera ningún interés en el ámbito del proyecto operativo y asociativo del hombre” (2).

El que da sentido a todo es excluido. El Señor ilumina el dolor, la alegría, la vida, la muerte, el trabajo… Y sin Él nada vale la pena.

“Exclusión de Dios, ruptura con Dios, desobediencia a Dios; a lo largo de toda la historia humana esto ha sido y es bajo formas diversas el pecado, que puede llegar hasta la negación de Dios y de su existencia, hasta el ateísmo” (3).

En el fondo de muchas actitudes que rechazan o excluyen la verdad sobrenatural se encuentra un radical materialismo práctico, el aprecio a los bienes materiales por encima de todo, que impide ver la acción del Señor en lo que nos rodea.

Nosotros decimos a Jesús que queremos ponerlo en la cima de todas las tareas humanas, a través de un trabajo profesional hecho a conciencia; que queremos que entre de lleno en nuestra vida, en la familia, que dé sentido a lo que somos y a lo que poseemos: a nuestra inteligencia, a nuestro corazón, a la amistad, a los amores limpios de cada uno según su peculiar vocación.

Le decimos que queremos estar vigilantes, como el centinela, para darle entrada en el alma, también cuando se presente de una manera distinta a como le esperábamos.

II. Aquellos gentiles, a pesar del milagro relatado por los porqueros y de ver libres y sanos a los dos endemoniados, no quisieron recibir a Jesús. ¡Cómo se hubieran llenado de bienes sus casas y, sobre todo, sus almas!; pero estaban ciegos para los bienes espirituales.

Como ocurre hoy a tantos; muchos tienen sus proyectos para ser felices, y demasiado a menudo miran a Dios simplemente como alguien que les ayudará a llevarlos a cabo.

“El estado verdadero de las cosas es completamente al contrario. Dios tiene sus planes para nuestra felicidad, y está esperando que le ayudemos a realizarlos. Y quede bien claro que nosotros no podemos mejorar los planes de Dios” (4).

Algunos cristianos, por estar excesivamente apegados a sus ideas y caprichos, le dicen a Jesús que se retire de su vida, precisamente cuando más cerca estaba y cuando más le necesitaban: al llegar la enfermedad, la contradicción…, cuando se han perdido unos bienes materiales que probablemente era necesario perder para recibir al Bien supremo, que llega, en bastantes ocasiones, por caminos distintos a los que ellos deseaban.

Quizá le esperaban en el triunfo, y se presenta en la ruina o en el fracaso; no en el fracaso producido por la desidia, por no haber puesto los medios o el estudio necesario, que debe llevar en todo caso a un acto de contrición y a recomenzar con un propósito firme, sino al fracaso que llega cuando, a nuestro entender, se habían puesto todos los medios humanos y sobrenaturales para salir a flote.

Él llega en ocasiones por caminos diferentes a aquellos por los que le estábamos esperando. ¡Cuántas veces la lógica de Dios no coincide con la lógica de los hombres! Es el momento de abrazarse a su santa voluntad: “¿Lo quieres, Señor?… ¡Yo también lo quiero!” (5).

¡Cuántas veces, ante la contradicción que no esperábamos, hemos hecho nuestra esta oración, de mil modos repetida! Se ha dicho que “el plan de Dios es de una pieza”.

Quizá la conversión de aquellos gentiles habría comenzado por la pérdida de estos cerdos, por el desprendimiento que esto suponía; quizá habrían sido los primeros gentiles en recibir el Bautismo después de la dispersión producida con motivo de la primera persecución en Judea.

Al final de la vida, a veces mucho antes, veremos cómo encajan esas piezas que parecían sueltas y sin sentido: todas las cosas concurren para el bien de los que aman a Dios (6).

Para descubrir la voluntad del Señor en todos los acontecimientos de la vida, también en los menos gratos, en los que nos han ocasionado perjuicios y molestias, para seguir de cerca a Cristo en toda circunstancia, “hemos de estar seriamente desprendidos de nosotros mismos: de los dones de la inteligencia, de la salud, de la honra, de las ambiciones nobles, de los triunfos, de los éxitos.

“Me refiero también (…) a esas ilusiones limpias, con las que buscamos exclusivamente dar toda la gloria a Dios y alabarle, ajustando nuestra voluntad a esta norma clara y precisa: Señor, quiero esto o aquello sólo si a ti te agrada, porque si no, a mí, ¿para qué me interesa?

Asestamos así un golpe mortal al egoísmo y a la vanidad, que serpean en todas las conciencias; de paso que alcanzamos la verdadera paz en nuestras almas, con un desasimiento que acaba en la posesión de Dios, cada vez más íntima y más intensa” (7).

Es necesario purificar el corazón de amores desordenados (con frecuencia el amor desordenado de uno mismo, el excesivo apegamiento a los bienes que posee o a los que desearía tener, a las propias ideas y opiniones, a los proyectos que uno se ha hecho acerca de su propia felicidad…) para confiar más en nuestro Padre Dios.

Entonces podremos ver con claridad y podremos interpretar acertadamente los acontecimientos, descubriendo siempre a Jesús en ellos.

III. Si no hubiera tenido lugar aquella hecatombe de los cerdos, los porqueros probablemente no habrían bajado al pueblo y sus habitantes no se habrían enterado de que Jesús estaba allí, tan cerca.

Si la mujer que encontró al Maestro en Cafarnaún no hubiera estado tantos años enferma y malgastado sus bienes en médicos, no se hubiera quizá acercado al Maestro para tocar la orla de su vestido y no habría oído nunca aquellas palabras consoladoras de Jesús, las más importantes de su vida, que bien valían todos los sufrimientos y los gastos inútiles…

Lo que a nosotros nos parece un mal, quizá no lo es tanto; sólo el pecado es un mal absoluto, y de él -con amor, con humildad y contrición- se puede sacar el sabrosísimo fruto de un encuentro nuevo con Cristo (8), en el que el alma sale rejuvenecida.

Detrás de esos males aparentes (enfermedad, cansancio, dolor, ruina…) encontramos siempre a Jesús que nos sonríe y nos da la mano para sobrellevar esa situación y crecer por dentro. ¡Cómo daría gracias aquel leproso por el mal terrible de su enfermedad, pues fue lo que le llevó a Cristo!

Los males de esta vida son una continua llamada a nuestro corazón, que nos dice: ¡el Maestro está aquí y te llama! (9).

Pero si estamos más apegados a nuestros proyectos, a la salud, a la vida… que a la voluntad de Dios -a veces misteriosa e incomprensible al principio para nosotros-, sólo veremos en la desgracia la pérdida de un bien que, siendo relativo y parcial, quizá nosotros hemos convertido en absoluto y definitivo.

¡Qué error tan grande si no supiéramos ver en esos momentos a Jesús que nos visita! Con una lógica distinta a la nuestra, el Señor va disponiendo los acontecimientos para que, con dolor unas veces y con gusto otras, nos vayamos desprendiendo de todo para que él llene nuestra existencia entera.

Muchas veces hemos de pensar en la acción íntima de Dios en nosotros, pues él dispone hasta la más pequeña circunstancia para que seamos felices, para facilitar el desprendimiento de nosotros mismos, de nuestros proyectos…, para que seamos santos.

A los ojos de Dios “una sola alma tiene más valor que todo el universo, y las maravillas que Dios opera en lo secreto de nuestras vidas son, con mucho, más extraordinarias que todos los esplendores del cosmos material” (10).

Si estos gentiles hubieran comprendido quién estaba delante de ellos, si hubieran captado el prodigio obrado en aquellos dos hombres que fueron redimidos del demonio, ¿qué hubiera importado la desgracia económica, si por ella habían conocido a Jesús?

Habrían dado gracias por ella, invitarían a Jesús y habrían organizado una buena fiesta porque el Maestro estaba con ellos y porque habían recuperado a dos hombres de los suyos.

Si miramos con fe las pequeñas o las grandes desgracias de la vida, terminaremos siempre dando gracias por ellas: por aquella enfermedad, por la humillación que sufrimos por parte de quien menos la esperábamos, por el hambre, por la sed, por la pérdida de un empleo…

¡Gracias, Señor -le diremos en la intimidad del corazón-, porque te has presentado, aunque haya sido por donde menos te esperaba! Pidámosle a la Virgen, ¡que tanto supo de contradicciones, de zozobras y de dolor!, que nos enseñe a no perder esas oportunidades de encontrar a Jesús en medio de esas circunstancias humanamente más desfavorables.

(1) Mt 8, 28-34.- (2) JUAN PABLO II, Exhor. Apost. Reconciliatio et Paenitentia, 2-XII-1984, 14.- (3) Ibídem.- (4) E. BOYLAN, El amor supremo, Rialp, Madrid 1954, vol. II, p. 46.- (5) Cfr. J. ESCRIVA DE BALAGUER, Camino, n. 762.- (6) Rom 8, 28.- (7) J. ESCRIVA DE BALAGUER, Amigos de Dios, Rialp, 2ª ed., Madrid 1977, 114.- (8) Cfr. SAN BERNARDO, Sobre la falacia y brevedad de la vida, 6.- (9) Jn 11, 28.- (10) M. M. PHILIPON, Los dones del Espíritu Santo, Palabra, Madrid 1983, p. 249.

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El maná de cada día, 28.6.20

junio 27, 2020

Domingo XIII del Tiempo Ordinario, Ciclo A

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shadow cross
El que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí.

 

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Antífona de entrada: Sal 46, 2

Pueblos todos, batid palmas, aclamad a Dios con gritos de júbilo

Oración colecta

Oh, Dios, que por la gracia de la adopción has querido hacernos hijos de la luz, concédenos que no nos veamos envueltos por las tinieblas del error, sino que nos mantengamos siempre en el esplendor de la verdad. Por nuestro Señor Jesucristo.

PRIMERA LECTURA: 2 Reyes 4, 8-11. 14-16a

Pasó Eliseo un día por Sunén. Vivía allí una mujer principal que le insistió en que se quedase a comer; y, desde entonces, se detenía allí a comer cada vez que pasaba.

Ella dijo a su marido: «Estoy segura de que es un hombre santo de Dios el que viene siempre a vernos. Construyamos en la terraza una pequeña habitación y pongámosle arriba una cama, una mesa, una silla y una lámpara, para que cuando venga pueda retirarse».

Llegó el día en que Eliseo se acercó por allí y se retiró a la habitación de arriba, donde se acostó.

Entonces se preguntó Eliseo: «¿Qué podemos hacer por ella?».

Respondió Guejazí, su criado: «Por desgracia no tiene hijos y su marido es ya anciano».

Eliseo ordenó que la llamase. La llamó y ella se detuvo a la entrada.

Eliseo le dijo: «El año próximo, por esta época, tú estarás abrazando un hijo».

SALMO 88, 2-3. 16-17. 18-19

Cantaré eternamente las misericordias del Señor.

Cantaré eternamente las misericordias del Señor, anunciaré tu fidelidad por todas las edades. Porque dijiste: «La misericordia es un edificio eterno», más que el cielo has afianzado tu fidelidad.

Dichoso el pueblo que sabe aclamarte: caminará, oh, Señor, a la luz de tu rostro; tu nombre es su gozo cada día, tu justicia es su orgullo.

Porque tú eres su honor y su fuerza, y con tu favor realzas nuestro poder. Porque el Señor es nuestro escudo, y el Santo de Israel nuestro rey.

SEGUNDA LECTURA: Romanos 6, 3-4. 8-11

Hermanos: Cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús fuimos bautizados en su muerte.

Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva.

Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él; pues sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre él. Porque quien ha muerto, ha muerto al pecado de una vez para siempre; y quien vive, vive para Dios.

Lo mismo vosotros, consideraos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús.

ALELUYA: 1 Pe 2, 9

Vosotros sois un linaje elegido, un sacerdocio real, una nación santa; anunciad las proezas del que os llamó de las tinieblas a su luz maravillosa.

EVANGELIO: Mateo 10, 37-42

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles:

«El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí.

El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará.

El que os recibe a vosotros, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es profeta, tendrá recompensa de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo, tendrá recompensa de justo.

El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, solo porque es mi discípulo, en verdad os digo que no perderá su recompensa».

Antífona de comunión: Sal 102, 1

Bendice, alma mía, al Señor y todo mi ser a su santo nombre.

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¿Por qué la cruz?

P. Raniero Cantalamessa, ofmcap

En aquel tiempo Jesús dijo a sus discípulos: «El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija mas que a mí, no es digno de mí. El que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí. El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará. Quien a vosotros recibe, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, recibe a Aquel que me ha enviado. Quien reciba a un profeta por ser profeta, recompensa de profeta recibirá, y quien reciba a un justo por ser justo, recompensa de justo recibirá».

¿Por qué la cruz?

Jesús, en el Evangelio, nos habla de la necesidad de tomar la propia cruz. Pero ¿cómo hacer comprender esta palabra a una sociedad, como la nuestra, que opone el placer? Partamos de una constatación. En esta vida, placer y dolor se suceden con la misma regularidad con la que a la elevación de una ola en el mar le sigue una depresión y un vacío capaz de succionar a quien intenta alcanzar la orilla. El hombre busca desesperadamente separar a esta especie de hermanos siameses, de aislar el placer del dolor. A veces se hace ilusiones de haberlo logrado, pero por poco tiempo. El dolor está ahí, como una bebida embriagadora que, con el tiempo, se transforma en veneno.

Es el mismo placer desordenado que se retuerce contra nosotros y se transforma en sufrimiento. Y esto, o improvisamente y trágicamente, o un poco cada vez, en cuanto que no dura mucho y genera hartura y hastío. Es una lección que nos viene de la crónica diaria, si la sabemos leer, y que el hombre ha representado en mil formas en su arte y en su literatura. «Un no sé qué de amargo surge de lo íntimo de cada placer y nos angustia incluso en medio de las delicias», escribió el poeta pagano Lucrezio.

El placer en sí mismo es engañoso porque promete lo que no puede dar. Antes de ser saboreado, parece ofrecerte el infinito y la eternidad; pero, una vez que ha pasado, te encuentras con nada en la mano.

La Iglesia dice tener una respuesta a este que es el verdadero drama de la existencia humana. Ha habido, desde el inicio, una elección del hombre, hecha posible por su libertad, que le ha llevado a orientar exclusivamente hacia las cosas visibles ese deseo y esa capacidad de gozo de la que había sido dotado para que aspirara a gozar del bien infinito que es Dios. Al placer, elegido contra la ley de Dios y simbolizado por Adán y Eva que prueban del fruto prohibido, Dios ha permitido que le siguieran el dolor y la muerte, más como remedio que como castigo. Para que no ocurriera que, siguiendo a rienda suelta su egoísmo y su instinto, el hombre se destruyera del todo a sí mismo y a su prójimo. (¡Hoy, con la droga y las consecuencias de ciertos desórdenes sexuales, vemos cómo es posible destruir la propia vida por el placer de un instante!). Así al placer vemos que se le adhiere, como su sombra, el sufrimiento.

Cristo por fin ha roto esta cadena. Él, «en lugar del gozo que se le proponía, soportó la cruz» (Hb 12,2). Hizo, en resumen, lo contrario de lo que hizo Adán y de lo que hace cada hombre. Resurgiendo de la muerte, Él inauguró un nuevo tipo de placer: el que no precede al dolor, como su causa, sino que le sigue como su fruto; el que halla en la cruz su fuente y su esperanza de no acabar ni siquiera con la muerte.

Y no sólo el placer puramente espiritual, sino todo placer honesto, también el que el hombre y la mujer experimentan en el don recíproco, en la generación de la vida y al ver crecer a los propios hijos o nietos, el placer del arte y de la creatividad, de la belleza, de la amistad, del trabajo felizmente llevado a término. Todo gozo. La diferencia esencial es que es el placer en este caso, no el sufrimiento, el que tiene la última palabra.

¿Qué hacer entonces? No se trata de ir en busca del sufrimiento, sino de acoger con ánimo nuevo el que hay en la vida. Podemos comportarnos con la cruz como la vela con el viento. Si lo toma por el lado adecuado, el viento la hincha e impulsa la barca por las olas; si en cambio la vela se atraviesa, el viento parte el mástil y vuelca todo. Bien tomada, la cruz nos conduce; mal tomada, nos aplasta.

www. homiletica.org


José Rodríguez Carballo, ofm: “La vida contemplativa es tal vez hoy más necesaria que nunca, por lo que de profecía comporta”

junio 20, 2020

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“Corremos el riesgo de convertir a los contemplativos en custodios de museos, particularmente en España… Este sería el peor servicio que podríamos prestar a la vida contemplativa”

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José Rodríguez Carballo, ofm: “La vida contemplativa es tal vez hoy más necesaria que nunca, por lo que de profecía comporta”

“En esta sociedad dominada por la lógica del poder, de la economía y del consumo, los contemplativos/as a través de sus vidas de entrega total, marcados por la oración y la ofrenda, a través de su vocación escondida, hacen tesoro de la Palabra de Dios guardándola en sus corazones”

“Los creyentes hemos de orar por los contemplativos para que no cedan a la tentación de la autorreferencialidad”

“La oración si es auténtica es siempre eficaz o, si se prefiere, fecunda. Pero su eficacia o fecundidad solo puede entenderse con los ojos de la fe”

“Cuando la humanidad vive sumergida en su impotencia, como la que estamos viviendo por el Covid-19, es cuando la oración de los contemplativos/as y, por supuesto de todos los creyentes, puede tener más sentido”

“Los contemplativos son sostén de los miembros vacilantes de la Iglesia”

José Manuel Vidal, 7 junio 2020

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Fr. José Rodríguez Carballo, ofm., arzobispo Secretario de la CIVCSVA, analiza en esta entrevista la situación de la vida contemplativa, en España y en el mundo. Defendiéndola como una realidad de interioridad, pero también de servicio, alegría e integridad.

“La oración pide a quien la hace ser consecuente con su fe”, dice. Y asegura que “los contemplativos son sostén de los miembros vacilantes de la Iglesia”.

¿Qué se quiere subrayar con el lema de este año para la Jornada pro orantibus: ‘Con María en el corazón de la Iglesia’?

La Iglesia en España celebra el día 7 de junio, la solemnidad de la Santísima Trinidad, la Jornada pro orantibus. Con ello queremos celebrar, con inmensa gratitud al Padre de las Misericordias, el don de la vida contemplativa a la Iglesia y al mundo.

Una vocación que, “radicada en el silencio del claustro”, ha generado y continua generando en la Iglesia “preciosos frutos de gracia y misericordia” (Papa Francisco, Const. Apost. Vultum Dei quaerere = VDq, 5).

Una vocación con la que cuenta la Iglesia misma “para llevar la Buena Noticia del Evangelio a los hombres y mujeres de nuestro tiempo”. Una vocación, tal vez hoy más necesaria que nunca, por lo que de profecía comporta.

En esta sociedad dominada por la lógica del poder, de la economía y del consumo, los contemplativos/as a través de sus vidas de entrega total, marcados por la oración y la ofrenda, a través de su vocación escondida, son faros, para los de cerca y los de lejos, antorchas que acompañan el camino de los hombres y mujeres en la noche oscura de los tiempos, centinelas de la aurora que anuncian la salida del sol, aun en medio de la tempestad.

Y con su testimonio de vida centrada en Dios y en la búsqueda de su rostro, son sostén de los miembros vacilantes de la Iglesia.

Por todo ello la Iglesia, siempre, pero principalmente en este día dedicado de manera especial a ellos, al mismo tiempo que les agradece su testimonio de vida, les pide que mantengan viva la profecía de su existencia entregada, mostrándole al único Señor que ofrece plenitud a nuestra existencia, a Aquel que es camino, verdad y vida (cf. Jn 14, 6), recordándoles que “La Iglesia os necesita” (VDq, 5).

Monjas contemplativas: Este año el lema para esta Jornada es “Con María en el corazón de la Iglesia”. Con este lema, la Iglesia, desea, en primer lugar, presentar a María como modelo y signo de la vida contemplativa.

María, mujer de fe (cf. Lc 1, 38), se presenta a todos los consagrados como modelo de consagración al Señor y, siendo como es la summa contemplatrix (cf. VDq, 10), para los contemplativos se presenta como modelo de contemplación del Misterio que la habita.

A ejemplo de María, los contemplativos están llamados a centrarse en Dios como el único necesario (cf. Lc 10, 42); a hacer tesoro de la Palabra de Dios guardándola en sus corazones (cf. Lc 2, 19); a permanecer fieles en los momentos gozosos, como en Caná de Galilea (cf. Jn 2, 1-11), y también en los momentos de prueba, al pie de la cruz (cf. Jn 19, 25-27), presentándose como icono de fidelidad perseverante.

Por otra parte, el lema de este año quiere recordarnos que la vida contemplativa no es marginal en la Iglesia, sino que está en su mismo corazón, en cuanto presencia orante en la Iglesia, por la Iglesia y por el mundo. La vida contemplativa, como la vida consagrada en general, es uno de los elementos constitutivos de la Iglesia.

Por otra parte, a la vida contemplativa se le aplica lo que a toda la vida consagrada: nace en la Iglesia, crece en la Iglesia y da frutos en y como Iglesia.

La Iglesia necesita de la vida contemplativa, pero la vida contemplativa necesita de la Iglesia, necesita sentir con la Iglesia y como Iglesia. Sin esta perspectiva fácilmente la vida contemplativa correría el riesgo de la deriva sectaria.

¿Hay que rezar por los que rezan continuamente por todos nosotros?

En el Padre nuestro, oración por excelencia del cristiano, oramos para no caer en la tentación: “No nos dejes caer en la tentación” (Mt 6, 13), y en Getsemaní Jesús pide a sus discípulos que oren “para no caer en la tentación” (Lc 22, 40). Nadie está libre de la tentación, tampoco los contemplativos.

Por ello, a la oración que ellos mismos hacen para que el Señor no los abandone a la tentación, ha de unirse nuestra oración para que no se dejen sucumbir ante ella.

Los creyentes hemos de orar por los contemplativos para que no cedan a la tentación de la autorreferencialidad, que les lleva a aislarse; a la tentación de la mundanidad espiritual de creerse los mejores; a la tentación de la rutina que les llevaría a perder en sus vidas el sabor y la frescura que provienen del Evangelio; a la tentación de luchar por la sobrevivencia en lugar de trabajar sin descanso para tener una vida en plenitud.

Ya en positivo, los creyentes hemos de orar por los contemplativos para que no pierdan su capacidad de ser signos que “indiquen un camino, una búsqueda, recordando al pueblo de Dios el sentido primero y último” de sus vidas (cf. VDq, 4); para que sean “signo y profecía de la Iglesia virgen, esposa y madre, signo vivo y memoria de la fidelidad con que Dios sigue sosteniendo a su pueblo a través de los eventos de la historia” (VDq, 4); para que sigan siendo, “en la Iglesia y para la Iglesia, el corazón orante, guardián de gratuidad y rica de fecundidad apostólica y testimonio visible de una misteriosa y multiforme santidad” (VDq 5); para que vivan el gozo de la vida evangélica según el propio carisma (Cf. VDq, 6).

El mundo necesita de la oración de los contemplativos, y estos de la oración de todos los creyentes. La Jornada pro orantibus es una buena ocasión para reforzar nuestro compromiso de orar por ellos y ellas. Será una forma de agradecerles todo el bien que hacen en la Iglesia y en el mundo.

Por cierto, ¿está siendo eficaz la oración de las/los contemplativas en estos momentos tan dolorosos de muerte y desolación por la pandemia?

La oración si es auténtica es siempre eficaz o, si se prefiere, fecunda. Pero su eficacia o fecundidad solo puede entenderse con los ojos de la fe, porque el Espíritu que habita en los contemplativos por el Bautismo y de un modo todavía más íntimo gracias a la especial consagración, “intercede por los creyentes según el designio de Dios” (Rom 8, 27), que a menudo no son los designios de los hombres (cf. Is 55, 8).

Los contemplativos que, según una intuición genial de san Francisco de Asís, tienen una sintonía particular con el Espíritu Santo, intuyen sus gemidos. De este modo su oración es ya una oración purificada por esta relación íntima con la tercera Persona de la Santísima Trinidad, que es el alma de la oración cristiana.

Y Dios responde siempre a la oración hecha con fe y pureza de intención, como nos consta por el mismo Evangelio (cf. Lc 7, 1-10), pero responde realizando el verdadero bien de la persona o de la situación que se le presenta.

Por este motivo, Perfectae caritatis en el n. 7 habla de una “misteriosa fecundidad apostólica” en referencia a la vida contemplativa; una eficacia que avanza por la vía del Espíritu; vía que muchas veces es secreta, misteriosa, evidente solo para quien sabe leer la realidad con las mismas categorías espirituales.

La primera manifestación de la eficacia de la oración de los contemplativos es para ellos mismos. También la oración de intercesión, que no consiste tanto en recordar a Dios las necesidades de los hombres, pues él sabe de lo que tenemos necesidad (cf. Mt 6, 32), sino que lleva a quien la hace a abrirse a las necesidades de los demás, haciéndose memoria (en el sentido bíblico del término) delante de Dios y recibiendo nuevamente el otro de parte de Dios.

La oración crea una estrecha relación del orante con Dios y con los demás. La oración de intercesión y petición, sin excluir la de alabanza y acción de gracias, la que hacen día y noche las almas contemplativas, no consiste tanto en palabras pronunciadas delante de Dios, sino un vivir delante de Dios en la posición del Crucificado, con los brazos abiertos, en la fidelidad a Dios y en la solidaridad y comunión con la humanidad, particularmente con la humanidad sufriente.

A este punto está claro que la oración de intercesión de los contemplativos no es una función, una obligación, un trabajo, sino la esencia misma de una vida devorada por el amor a Dios y el amor a los hombres, por la pasión por Dios y la pasión por la humanidad, que diariamente experimentan los contemplativos.

Esto es lo que hace que para el cristiano y máxime para los contemplativos la oración es la acción por excelencia, la obra a realizar, la praxis, la acción eficaz en la historia.

Cuando la humanidad vive sumergida en su impotencia, como la que estamos viviendo por el Covid-19, es cuando la oración de los contemplativos/as y, por supuesto de todos los creyentes, puede tener más sentido, no para invocar soluciones mágicas, ni para evadir compromisos o responsabilidades en la búsqueda de soluciones, ni para sentirnos exentos de la historia, sino porque su fe en el Señor de la historia le lleva a interceder, lo que significa “hacer un paso entre” dos realidades, entrar de lleno en una situación negativa que se está viviendo y se presenta al Señor para aportar elementos que la puedan cambiar, cada uno según su vocación.

En este caso, la oración de intercesión lleva a los contemplativos a convertirse en solidarios con quienes están en necesidad, a cumplir la voluntad de Dios que es siempre voluntad de vida y vida en plenitud (cf. Jn 10, 10).

No se puede olvidar que la oración de intercesión y de petición no es para que Dios haga nuestra voluntad, sino para que nosotros hagamos la voluntad del Señor (cf. Mt 6, 10). Entonces la oración, también la de los contemplativos, es eficaz en la historia en cuanto recoge el grito de los necesitados, se hace voz de quien sufre, invocando justicia y misericordia.

No se olvide, tampoco, que la oración pide a quien la hace ser consecuente con su fe, de estar en la historia con las armas que le son propias; le pide contribuir a cambiar situaciones que nada tienen que ver con el proyecto de Dios sobre sus hijos e hijas, de tal modo que responda a dicho proyecto.

Sin oración no hay fe auténtica, sino solo ideología; no hay esperanza, sino solo autosuficiencia; no hay caridad, sino solo protagonismo filantrópico. Aunque las apariencias puedan llevarnos a pensar lo contrario, solo la oración, también la oración de los contemplativos, cargada de gratuidad y de ofrenda, salvará el mundo.

Cierto: esto, como ya indiqué antes, solo se puede entender desde la fe y no desde una visión funcional de la misma vida consagrada que cada vez se difunda más, a veces también dentro de la misma Iglesia y del mundo de los consagrados. Esto lo saben bien los contemplativos/as.

¿La vida contemplativa en el mundo goza de buena salud? ¿Cómo están en números y en presencias?

Sí, la vida contemplativa, como la vida consagrada en general, goza de buena salud. No lo piensan así los profetas de desventuras dentro y fuera de la vida consagrada que no saben ver más allá de lo que se ve a simple vista y contra los cuales ya nos ponía en guardia Benedicto XVI (cf. Homilía del 2 del 02 de 2013).

Cierto que también la vida contemplativa está marcada por la presencia del pecado, como la misma Iglesia. Pero no se puede ceder a la tentación de fijarnos solo en el árbol que cae, sino que hemos de poner la mirada en el bosque que silenciosamente crece (cf. Benedicto XVI).

La reforma promovida por el Concilio, a la cual los profetas antes aludidos achacan todos los males de la Iglesia y de la vida consagrada y contemplativa, ha traído mucho aire fresco a la vida consagrada, también a la vida contemplativa.

No todo, como ya reconocía Vita consecrata, ha sido positivo en esa reforma (cf. VC 13) pero somos muchos los que pensamos que la revisitación de la vida consagrada y monástica era necesaria y se llevó y se está llevando con mucha seriedad por todos aquellos que acogen el Concilio y el Magisterio postconciliar como la brújula de la Iglesia y de la vida consagrada del siglo XXI, y por todos aquellos que ponen la formación permanente e inicial como el primer elemento a cuidar, si queremos una vida consagrada y monástica actual y no pieza de museo, como ama repetir el Papa Francisco.

Hay muchos nostálgicos de un pasado que ya no volverá, pero hay muchos más que viviendo el presente como un kairos y con pasión, abrazan el futuro con esperanza.

Los números en la vida contemplativa ciertamente han bajado. Basta pensar que cuando se publicó la Constitución apostólica Sponsa Christi de Pío XII, solo las contemplativas (sin contar los monjes) con votos solemnes eran 55.834. A estas habría que añadir 3.819 de votos simples y 2.426 novicias. En total sumaban 62.079, aproximadamente.

Hoy, sumando profesas solemnes, profesas simples y novicias son, siempre aproximadamente, unas 40.000. Y las previsiones no parece que van a cambiar esta tendencia a la baja, a pesar de que en África y Asia el número de contemplativas está creciendo.

Esta disminución de vocaciones hace que también las presencias monásticas hayan disminuido situándose por debajo de 4.000. Aunque durante el año 2019 hemos aprobado 28 nuevas presencias de contemplativas, entre erección de monasterios y fundaciones, sin embargo hay que constatar que se han suprimido 40 presencias.

De todos modos los números y las presencias no lo son todo. Hay que buscar la calidad de vida evangélica y hay que tener presente que la vida consagrada es minoritaria en la Iglesia y la vida contemplativa es minoritaria dentro de la vida consagrada. Siempre fue así y seguirá siendo.

Lo importante es que la vida consagrada y contemplativa sigan siendo significativas evangélicamente hablando. Y esto se puede ver y es motivo de gran esperanza, en muchas comunidades que no dudo en calificar como comunidades proféticas.

Mirando a estas presencias no dudo en reafirmar que la vida contemplativa goza de buena salud, aun teniendo en cuenta que en el 2019 había 15 monasterios comisariados, se han nombrado 4 Asistentes apostólicos y la Congregación ha tenido que nombrar directamente el gobierno de 23 monasterios.

Estas últimas intervenciones de la Congregación se deben fundamentalmente al reducido número de hermanas que componen las comunidades y a su edad avanzada.

España sigue siendo el primer país en número de contemplativas, y sin embargo se siguen cerrando conventos y monasterios.

Sí, España es el país, todavía hoy, con mayor número de presencias de contemplativos/as. Solo monasterios femeninos en España hay más de 800 monasterios. Le siguen Italia con unos 520, Francia con unos 230 y Alemania con unos 110.

Hay diócesis en España con cerca de 40 presencias de contemplativas y más bien son raras aquellas que no tienen ninguna de estas presencias. Es verdad que llama la atención el número de cierres que se están llevando a cabo y que –no hace falta ser profetas- se seguirán produciendo.

Estamos hablando de una España vaciada, una España envejecida, una España profundamente secularizada. En un ambiente así no es fácil que haya vocaciones que puedan reemplazar las defunciones, ni para el clero diocesano, ni para la vida consagrada, ni para la vida contemplativa.

Sé que hay resistencias a cerrar, y lo entiendo perfectamente, pero lo que no se puede es sacrificar la vida, en su significatividad evangélica, por mantener presencias agonizantes, presencias que presencias no son, al menos presencias contemplativas.

Los contemplativos, como los demás consagrados, están llamados a “despertar el mundo e iluminar el futuro” (Papa Francisco, Encuentro con la USG el 29 de septiembre de 2013), pero, ¿cómo se puede hablar de vida contemplativa si no hay un número mínimo de hermanos/as, siempre que la mayoría no sea de edad avanzada; la necesaria vitalidad a la hora de vivir y transmitir el carisma; la capacidad real de formación y de gobierno; la dignidad y calidad de la vida litúrgica, fraterna y espiritual; el significado y la inserción en la Iglesia local; la posibilidad de subsistencia; una conveniente estructura del edificio monástico?” (VDQ, art. 8, 1).

Si no se lleva a cabo un discernimiento serio sobre las presencias de vida consagrada en general y monástica en particular, con criterios que hablen de significatividad evangélica, corremos el riesgo de convertir a los contemplativos en custodios de museos, particularmente en España donde hay tanto patrimonio. Este sería el peor servicio que podríamos prestar a la vida contemplativa.

¿Se han fusionado o federado muchos monasterios desde la publicación de la Constitución Apostólica del 2016?

Por los datos que poseemos en nuestra Congregación, en el 2019 se han afiliado a otros monasterios 23 monasterios y a la Federación 15 más. Por otra parte se han erigido 21 nuevas Federaciones o Asociaciones y 6 nuevas Congregaciones monásticas.

En este contexto he de señalar que la nueva legislación para la vida contemplativa femenina, Vultum Dei quaerere, Cor orans, y El arte de la búsqueda del Rostro de Dios, que está siendo valorada muy positivamente por la gran mayoría de las contemplativas, ha ayudado mucho.

Más allá de las resistencias que supone una fusión y para algunos monasterios el federarse o afiliarse, hemos de constatar que en este período han sido bastantes los monasterios que se han fusionado o afiliado, y que la gran mayoría de los monasterios que hasta el momento no estaban federados lo han hecho o están en proceso para llevarla a cabo.

La afiliación se ve como una solución para salir al paso de una situación marcada por la precariedad de personal y que si no se interviene lleva necesariamente al cierre. La afiliación tiene el doble objetivo de revitalizar la presencia del monasterio más débil o el de encaminarse a un cierre progresivo y sin traumas.

A veces la afiliación, generalmente pedida por los monasterios en dificultad, resulta fácil, pues se trata de monasterios que ya se conocen y que de un modo u otro ya colaboraban entre ellos.

En estos años me han llegado muchos testimonios de hermanas que vencidos los miedos iniciales y que son bien comprensibles, luego confiesan que están muy contentas y agradecen la intervención de la Iglesia, tanto si se trata de afiliaciones como de supresiones.

En esto, como en otras cosas, mucho depende de las personas que aconsejan. Me cuesta pensar que haya algunos/as que siguen desaconsejando que algunos monasterios no se federen, metiéndoles miedo a las hermanas que si lo hacen pierden la autonomía. Lo cual es sencillamente falso ya que la Federación, contrariamente a la Congregación monástica, es una simple estructura de comunión que permite seguir con la autonomía de los monasterios sui iuris.

A veces me viene la tentación de pensar que hay otros intereses de por medio, que nada tienen que ver con los intereses de una vida contemplativa significativa, y que no siempre son confesables.

También me cuesta pensar que haya consejeros o consejeras que inciten a las hermanas a resistirse al cierre del monasterio, cuando saben muy bien que no hay futuro alguno para esas presencias y, lo que es peor, que las condiciones en las que viven las hermanas no son dignas humanamente hablando.

¿Qué hacer para dar a conocer mejor la vida contemplativa y que el pueblo de Dios la valore más?

Lo primero es que la Iglesia aprecie realmente esta forma de seguir a Cristo, a comenzar por los Pastores. Ello significa que hemos de ir más allá de la estética de la vida contemplativa, particularmente femenina.

Esto significa que los Pastores han de acompañar la vida contemplativa, preocupándose de su vida, particularmente de la formación y de la vida fraterna en comunidad, lo que se traduce también en el nombramiento de Vicarios o Delegados que conozcan de cerca la vida contemplativa, a ser posible que sean religiosos.

Un papel importante en dar a conocer la vida contemplativa lo pueden jugar los sacerdotes y religiosos de vida apostólica, particularmente aquellos que tienen relación con grupos juveniles o que se dedican a la confesión o a la dirección espiritual.

No podemos olvidarnos de presentar la vida contemplativa como una parte de la vida de la Iglesia y presentarla en toda su belleza. Hay que tener el valor de presentar esta forma de seguimiento de Cristo a los jóvenes como posible opción para sus vidas. La Jornada pro orantibus puede ser una buena ocasión para presentar esta vocación a todo el Pueblo de Dios.

Los mismos contemplativos tienen un gran papel en todo ello. La mejor propaganda vocacional y el mejor modo de presentarla y de valorizarla es viviendo ellos y ellas con alegría su consagración en la vida contemplativa. La alegría atrae, la tristeza aleja posibles nuevas vocaciones.

¿Cómo explicar a la gente de hoy que la vida oculta de los/las contemplativas es fecunda?

Como ya dije, en una sociedad como la nuestra marcada por la eficiencia y la eficacia no es fácil que la gente entienda que la vida oculta de los/las contemplativas es fecunda. Para salir al paso de esta dificultad, es fundamental que la gente no vea a los contemplativos como “extraños” a sus alegrías y esperanzas, a sus sufrimientos y penas.

Si los ven próximos, la gente irá espontáneamente a los contemplativos. Me consta que esta es la experiencia de muchos monasterios, especialmente femeninos, durante la pandemia del coronavirus. Han sido muchas personas las que se acercaron a las contemplativas a través de los medios de comunicación para pedirles oraciones.

Hablando con una contemplativa me decía al respecto: “Mi experiencia me dice que las personas entienden nuestra vida cuando se encuentran delante de situaciones que humanamente no tienen solución: lutos, tensiones familiares que no se resuelven, personas que optan por caminos equivocados y no se convencen de su error… Cuando no hay solución, humanamente hablando, entonces piden oraciones a aquellas/os que hacen de la oración el primer servicio”.

Desde mi experiencia puedo decir que la gente aprecia mucho algunas iniciativas de los monasterios abiertas a todos, como puede ser la adoración del Santísimo Sacramento y la Lectio divina.

Dos medios que están al alcance de todo monasterio, aun de los más pobres y que ayudan a acercar la vida contemplativa a los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Es importante que los pobres sean siempre acogidos con sencillez, pero con amor. Los contemplativos, como todos nosotros, no podemos olvidar que los pobres “son la carne de Cristo”.

También me consta que son muchos/as los que se acercan a los monasterios para oír hablar de Dios. La gente siente hambre de Dios y buscan saciarla en aquellos que hablan de lo que han escuchado en el silencio de la contemplación. Me consta que más que maestros buscan testigos, o maestros que sean testigos.

Todos estos son medios para que la gente valore la vida contemplativa en su verdadero significado. Éste es un gran desafío para los mismos contemplativos al cual están llamados a dar una respuesta adecuada.

https://www.religiondigital.org/vida-religiosa/Jose-Rodriguez-Carballo-contemplativa-necesaria-vida-iglesia-vocacion-alegria-formacion-cifras-espana-mundo-jornada-pro-orantibus_0_2238076215.html

 

 


El maná de cada día, 17.6.20

junio 17, 2020

Miércoles de la 11ª semana del Tiempo Ordinario

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Dios ve los corazones, no las apariencias
Dios ve los corazones, no las apariencias


PRIMERA LECTURA: 2 Reyes 2, 1.6-14

Cuando el Señor iba a arrebatar a Elías al cielo en el torbellino, Elías y Eliseo se marcharon de Guilgal.

Llegaron a Jericó, y Elías dijo a Eliseo: «Quédate aquí, porque el Señor me envía solo hasta el Jordán.»

Eliseo respondió: «¡Vive Dios! Por tu vida, no te dejaré.»

Y los dos siguieron caminando. También marcharon cincuenta hombres de la comunidad de profetas y se pararon frente a ellos, a cierta distancia. Los dos se detuvieron junto al Jordán; Elías cogió su manto, lo enrolló, golpeó el agua, y el agua se dividió por medio, y así pasaron ambos a pie enjuto.

Mientras pasaban el río, dijo Elías a Eliseo: «Pídeme lo que quieras antes de que me aparten de tu lado.»

Eliseo pidió: «Déjame en herencia dos tercios de tu espíritu.»

Elías comentó: «¡No pides nada! Si logras verme cuando me aparten de tu lado, lo tendrás; si no me ves, no lo tendrás.»

Mientras ellos seguían conversando por el camino, los separó un carro de fuego con caballos de fuego, y Elías subió al cielo en el torbellino.

Eliseo lo miraba y gritaba: «¡Padre mío, padre mío, carro y auriga de Israel!»

Y ya no lo vio más. Entonces agarró su túnica y la rasgó en dos; luego recogió el manto que se le había caído a Elías, se volvió y se detuvo a la orilla del Jordán; y agarrando el manto de Elías, golpeó el agua diciendo: «¿Dónde está el Dios de Elías, dónde?»

Golpeó el agua, el agua se dividió por medio, y Eliseo cruzó.

SALMO 30, 20.21.24

Sed fuertes y valientes de corazón, los que esperáis en el Señor.

Qué bondad tan grande, Señor, reservas para tus fieles, y concedes a los que a ti se acogen a la vista de todos.

En el asilo de tu presencia los escondes de las conjuras humanas; los ocultas en tu tabernáculo, frente a las lenguas pendencieras.

Amad al Señor, fieles suyos; el Señor guarda a sus leales, y a los soberbios les paga con creces.

Aclamación antes del Evangelio: Jn 14, 23

El que me ama guardará mi palabra -dice el Señor-, y mi Padre lo amará, y vendremos a él.

EVANGELIO: Mateo 6, 1-6.16-18

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario, no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial.

Por tanto, cuando hagas limosna, no vayas tocando la trompeta por delante, como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles, con el fin de ser honrados por los hombres; os aseguro que ya han recibido su paga.

Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo pagará.

Cuando recéis, no seáis como los hipócritas, a quienes les gusta rezar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que los vea la gente. Os aseguro que ya han recibido su paga.

Tú, cuando vayas a rezar, entra en tu aposento, cierra la puerta y reza a tu Padre, que está en lo escondido, y tu Padre, que ve en lo escondido, te lo pagará.

Cuando ayunéis, no andéis cabizbajos, como los hipócritas que desfiguran su cara para hacer ver a la gente que ayunan. Os aseguro que ya han recibido su paga.

Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note, no la gente, sino tu Padre, que está en lo escondido; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará.»

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La mano izquierda y la mano derecha (Mt 6,3)

Cuánto nos cuesta que no valoren y reconozcan nuestra generosidad. Nos acostumbramos fácilmente a medir nuestra entrega con el metro de la cortesía y la corrección social, más que con la medida del Evangelio.

Somos quizá generosos con nuestro tiempo, cualidades o bienes, y decimos que todo eso lo hacemos sin esperar nada a cambio; pero cuando, efectivamente, no hay nada a cambio, vamos acumulando pequeños rencores que entibian nuestra entrega y van empequeñeciendo nuestro corazón.

En el fondo, nos gusta dar con la mano derecha mientras hacemos todo lo posible para que nuestra mano izquierda sepa quién ha dado, lo que hemos dado y qué ejemplar ha sido nuestra acción.

Cuando damos para quedar bien, para que no digan, por si luego necesito pedir favores, por mera apariencia de Evangelio, estamos disfrazando nuestra fe con esa careta de la hipocresía que, tarde o temprano, decepciona a los demás y los aparta del Evangelio.

El Señor no hizo depender su predicación, sus curaciones, su entrega al Padre en la Cruz, del reconocimiento humano, de la buena opinión de los hombres o de la recompensa que podía esperar a cambio.

Cuántas intenciones egoístas y vanidosas, disfrazadas de apariencia de bien, se ocultan agazapadas en tantos actos que realizamos en nombre de Dios y de la virtud cristiana.

Cuánto afán de crecer a los ojos de los demás, cuánta ambición de poder y de reconocimiento, cuánto egocentrismo sutil y engañoso, escondemos en la mano izquierda, mientras con la derecha mostramos abiertamente nuestra dádiva más generosa.

Contempla a Cristo en la Cruz y dejarás de buscar compensaciones y reconocimientos humanos que agostan tu alma y la van encerrando en la caracola de tu soberbia.

Basta que Dios conozca tus manos, si tú quieres conocer también las suyas.

http://www.mater-dei.es


Homilía del Papa Francisco en la Misa por la Solemnidad del Corpus Christi 2020

junio 15, 2020

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Solemnidad Corpus Christi 2020 celebrada por el Papa Francisco: Homilía y Mensaje del Ángelus

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Homilía del Papa Francisco en la Misa por la Solemnidad del Corpus Christi 2020

Redacción ACI Prensa, 14 de junio 2020

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El Papa Francisco celebró, este domingo 14 de junio en la Basílica de San Pedro del Vaticano, la Misa por la Solemnidad del Corpus Christi, en la que invitó a redescubrir la adoración eucarística.

A continuación, la homilía completa del Papa Francisco:

«Recuerda todo el camino que el Señor, tu Dios, te ha hecho recorrer» (Dt 8,2). Recuerda: la Palabra de Dios comienza hoy con esa invitación de Moisés. Un poco más adelante, Moisés insiste: “No te olvides del Señor, tu Dios” (cf. v. 14).

La Sagrada Escritura se nos dio para evitar que nos olvidemos de Dios. ¡Qué importante es acordarnos de esto cuando rezamos! Como nos enseña un salmo, que dice: «Recuerdo las proezas del Señor; sí, recuerdo tus antiguos portentos» (77,12).

Es fundamental recordar el bien recibido: si no hacemos memoria de él nos convertimos en extraños a nosotros mismos, en “transeúntes” de la existencia. Sin memoria nos desarraigamos del terreno que nos sustenta y nos dejamos llevar como hojas por el viento. En cambio, hacer memoria es anudarse con lazos más fuertes, es sentirse parte de una historia, es respirar con un pueblo.

La memoria no es algo privado, sino el camino que nos une a Dios y a los demás. Por eso, en la Biblia el recuerdo del Señor se transmite de generación en generación, hay que contarlo de padres a hijos, como dice un hermoso pasaje: «Cuando el día de mañana te pregunte tu hijo: “¿Qué son esos mandatos […] que os mandó el Señor, nuestro Dios?”, responderás a tu hijo: “Éramos esclavos […] y el Señor hizo signos y prodigios grandes […] ante nuestros ojos» (Dt 6,20-22).

Pero hay un problema, ¿qué pasa si la cadena de transmisión de los recuerdos se interrumpe? Y luego, ¿cómo se puede recordar aquello que sólo se ha oído decir, sin haberlo experimentado? Dios sabe lo difícil que es, sabe lo frágil que es nuestra memoria, y por eso hizo algo inaudito por nosotros: nos dejó un memorial.

No nos dejó sólo palabras, porque es fácil olvidar lo que se escucha. No nos dejó sólo la Escritura, porque es fácil olvidar lo que se lee. No nos dejó sólo símbolos, porque también se puede olvidar lo que se ve.

Nos dio, en cambio, un Alimento, pues es difícil olvidar un sabor. Nos dejó un Pan en el que está Él, vivo y verdadero, con todo el sabor de su amor. Cuando lo recibimos podemos decir: “¡Es el Señor, se acuerda de mí!”.

Es por eso que Jesús nos pidió: «Haced esto en memoria mía» (1 Co 11,24). Haced: la Eucaristía no es un simple recuerdo, sino un hecho; es la Pascua del Señor que se renueva por nosotros.

En la Misa, la muerte y la resurrección de Jesús están frente a nosotros. Haced esto en memoria mía: reuníos y como comunidad, como pueblo, celebrad la Eucaristía para que os acordéis de mí. No podemos prescindir de ella, es el memorial de Dios. Y sana nuestra memoria herida.

Ante todo, cura nuestra memoria huérfana. Muchos tienen la memoria herida por la falta de afecto y las amargas decepciones recibidas de quien habría tenido que dar amor pero que, en cambio, dejó desolado el corazón. Nos gustaría volver atrás y cambiar el pasado, pero no se puede.

Sin embargo, Dios puede curar estas heridas, infundiendo en nuestra memoria un amor más grande: el suyo.

La Eucaristía nos trae el amor fiel del Padre, que cura nuestra orfandad. Nos da el amor de Jesús, que transformó una tumba de punto de llegada en punto de partida, y que de la misma manera puede cambiar nuestras vidas. Nos comunica el amor del Espíritu Santo, que consuela, porque nunca deja solo a nadie, y cura las heridas.

Con la Eucaristía el Señor también sana nuestra memoria negativa, que siempre hace aflorar las cosas que están mal y nos deja con la triste idea de que no servimos para nada, que sólo cometemos errores, que estamos “equivocados”.

Jesús viene a decirnos que no es así. Él está feliz de tener intimidad con nosotros y cada vez que lo recibimos nos recuerda que somos valiosos: somos los invitados que Él espera a su banquete, los comensales que ansía.

Y no sólo porque es generoso, sino porque está realmente enamorado de nosotros: ve y ama lo hermoso y lo bueno que somos. El Señor sabe que el mal y los pecados no son nuestra identidad; son enfermedades, infecciones. Y viene a curarlas con la Eucaristía, que contiene los anticuerpos para nuestra memoria enferma de negatividad.

Con Jesús podemos inmunizarnos de la tristeza. Ante nuestros ojos siempre estarán nuestras caídas y dificultades, los problemas en casa y en el trabajo, los sueños incumplidos. Pero su peso no nos podrá aplastar porque en lo más profundo está Jesús, que nos alienta con su amor.

Esta es la fuerza de la Eucaristía, que nos transforma en portadores de Dios: portadores de alegría y no de negatividad.

Podemos preguntarnos: Y nosotros, que vamos a Misa, ¿qué llevamos al mundo? ¿Nuestra tristeza, nuestra amargura o la alegría del Señor? ¿Recibimos la Comunión y luego seguimos quejándonos, criticando y compadeciéndonos a nosotros mismos? Pero esto no mejora las cosas para nada, mientras que la alegría del Señor cambia la vida.

Además, la Eucaristía sana nuestra memoria cerrada. Las heridas que llevamos dentro no sólo nos crean problemas a nosotros mismos, sino también a los demás. Nos vuelven temerosos y suspicaces; cerrados al principio, pero a la larga cínicos e indiferentes.

Nos llevan a reaccionar ante los demás con antipatía y arrogancia, con la ilusión de creer que de este modo podemos controlar las situaciones.

Pero es un engaño, pues sólo el amor cura el miedo de raíz y nos libera de las obstinaciones que aprisionan. Esto hace Jesús, que viene a nuestro encuentro con dulzura, en la asombrosa fragilidad de una Hostia. Esto hace Jesús, que es Pan partido para romper las corazas de nuestro egoísmo. Esto hace Jesús, que se da a sí mismo para indicarnos que sólo abriéndonos nos liberamos de los bloqueos interiores, de la parálisis del corazón.

El Señor, que se nos ofrece en la sencillez del pan, nos invita también a no malgastar nuestras vidas buscando mil cosas inútiles que crean dependencia y dejan vacío nuestro interior.

La Eucaristía quita en nosotros el hambre por las cosas y enciende el deseo de servir. Nos levanta de nuestro cómodo sedentarismo y nos recuerda que no somos solamente bocas que alimentar, sino también sus manos para alimentar a nuestro prójimo.

Es urgente que ahora nos hagamos cargo de los que tienen hambre de comida y de dignidad, de los que no tienen trabajo y luchan por salir adelante.

Y hacerlo de manera concreta, como concreto es el Pan que Jesús nos da. Hace falta una cercanía verdadera, hacen falta auténticas cadenas de solidaridad. Jesús en la Eucaristía se hace cercano a nosotros, ¡no dejemos solos a quienes están cerca de nosotros!

Queridos hermanos y hermanas: Sigamos celebrando el Memorial que sana nuestra memoria, la Misa. Es el tesoro al que hay dar prioridad en la Iglesia y en la vida. Y, al mismo tiempo, redescubramos la adoración, que continúa en nosotros la acción de la Misa. Nos hace bien, nos sana dentro. Especialmente ahora, que realmente lo necesitamos.

https://www.aciprensa.com/noticias/homilia-del-papa-francisco-en-la-misa-por-la-solemnidad-del-corpus-christi-34592

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Corpus Christi 2020: Estos son los dos efectos de la Eucaristía, según el Papa Francisco

En sus palabras previas al rezo del Ángelus este domingo 14 de junio en la Plaza de San Pedro del Vaticano, el Papa Francisco recordó que “hoy, en Italia y en otros países, se celebra la Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo, el Corpus Christi” y citó dos efectos de la Eucaristía en la vida del cristiano: uno místico y otro comunitario.

El Santo Padre destacó que el efecto místico o espiritual de la Eucaristía: “Se trata de la unión con Cristo, que se ofrece a sí mismo en el pan y el vino para la salvación de todos”.

Explicó que “Jesús está presente en el sacramento de la Eucaristía para ser nuestro alimento, para ser asimilado y convertirse en nosotros en esa fuerza renovadora que nos devuelve la energía y el deseo de retomar el camino después de cada pausa o caída”.

Pero esto “requiere nuestro asentimiento, nuestra voluntad de dejarnos transformar, nuestra forma de pensar y actuar; de lo contrario las celebraciones eucarísticas en las que participamos se reducen a ritos vacíos y formales”, advirtió.

“Y muchas veces, alguno va a la Misa porque se debe ir, como un acto social, respetuoso, pero social. Sin embargo, el misterio es otra cosa: es Jesús presente que viene para nutrirnos”.

El Pontífice cito un segundo efecto de la Eucaristía: “El comunitario”. “Se trata de la comunión mutua de los que participan en la Eucaristía, hasta el punto de convertirse en un solo cuerpo, como lo es el pan que se parte y se distribuye”.

“La comunión con el cuerpo de Cristo es un signo efectivo de unidad, de comunión, de compartir. No se puede participar en la Eucaristía sin comprometerse a una sincera fraternidad mutua”, resaltó.

“Pero el Señor”, continuó Francisco, “sabe bien que nuestra fuerza humana por sí sola no es suficiente para esto. Sabe, por otro lado, que entre sus discípulos siempre existirá la tentación de la rivalidad, la envidia, los prejuicios, la división… Por eso también nos ha dejado el Sacramento de su presencia real, concreta y permanente, para que, permaneciendo unidos a Él, podamos recibir siempre el don del amor fraterno”.

Este es el doble fruto de la Eucaristía: “la unión con Cristo y la comunión entre los que se alimentan de Él, genera y renueva continuamente la comunidad cristiana”.

Además, afirmó que “es cierto que la Iglesia hace la Eucaristía, pero es más fundamental que la Eucaristía haga a la Iglesia, y le permita ser su misión, incluso antes de cumplirla”.

Por último, pidió “que la Santa Virgen nos ayude a acoger siempre con asombro y gratitud el gran regalo que nos ha hecho Jesús al dejarnos el Sacramento de su Cuerpo y su Sangre”.

https://www.aciprensa.com/noticias/corpus-christi-estos-son-los-dos-efectos-de-la-eucaristia-segun-el-papa-francisco-28222


12 claves para comprender el dogma de la Santísima Trinidad

junio 6, 2020

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Este misterio ha sido revelado por Jesucristo, y es la fuente de todos los demás misterios”. (CCIC, 45).

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12 claves para comprender el dogma de la Santísima Trinidad

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Este domingo la Iglesia celebra la Solemnidad de la Santísima Trinidad, misterio central de la fe cristiana. Aquí te presentamos 12 claves para adentrarnos un poco más en este dogma:

1. La palabra Trinidad nace del latín

Proviene de la palabra latina “trinitas”, que significa “tres” y “triada”. El equivalente en griego es “triados”.

2. Fue utilizada por primera vez por Teófilo de Antioquía

El primer uso reconocido del término fue de Teófilo de Antioquía alrededor del año 170 para expresar la unión de las tres divinas personas en Dios.

En los tres primeros días que preceden a la creación del sol y de la luna, el Obispo ve imágenes de la Trinidad: “Los tres días que preceden a la creación de los cuerpos luminosos son símbolos de la Trinidad, de Dios, de su Verbo y de su Sabiduría”. (Para Autólicus 2:15)

3. Trinidad significa un solo Dios y tres personas distintas

El Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica (CCIC) lo explica así:

“La Iglesia expresa su fe trinitaria confesando un solo Dios en tres Personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Las tres divinas Personas son un solo Dios porque cada una de ellas es idéntica a la plenitud de la única e indivisible naturaleza divina. Las tres son realmente distintas entre sí, por sus relaciones recíprocas: el Padre engendra al Hijo, el Hijo es engendrado por el Padre, el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo”. (CCIC, 48)

4. La Trinidad es el misterio central de la fe cristiana

Sí, y el Compendio lo explica de esta forma: “El misterio central de la fe y de la vida cristiana es el misterio de la Santísima Trinidad. Los cristianos son bautizados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. (CCIC, 44)

5. La Iglesia definió de forma infalible el dogma de la Santísima Trinidad

El dogma de la Trinidad se definió en dos etapas, en el primer Concilio de Nicea (325 D.C.) y el primer Concilio de Constantinopla (381 D.C.).

En el Concilio de Nicea se definió la divinidad del Hijo y se escribió la parte del Credo que se ocupa de Él. Este concilio fue convocado para hacer frente a la herejía arriana, que afirmaba que el Hijo era un ser sobrenatural pero no Dios.

En el Concilio de Constantinopla se definió la divinidad del Espíritu Santo. Este concilio combatió una herejía conocida como macedonianismo (porque sus defensores eran de Macedonia), que negaba la divinidad del Espíritu Santo.

6. La Trinidad se sustenta en la revelación divina dejada por Cristo

La Trinidad solo puede probarse a través de la revelación divina que Jesús nos trajo. No se puede demostrar por la razón natural o únicamente desde el Antiguo Testamento. El CCIC explica:

“Dios ha dejado huellas de su ser trinitario en la creación y en el Antiguo Testamento, pero la intimidad de su ser como Trinidad Santa constituye un misterio inaccesible a la sola razón humana e incluso a la fe de Israel, antes de la Encarnación del Hijo de Dios y del envío del Espíritu Santo. Este misterio ha sido revelado por Jesucristo, y es la fuente de todos los demás misterios” (CCIC, 45).

Aunque el vocabulario utilizado para expresar la doctrina de la Trinidad tomó tiempo para desarrollarse, se pueden demostrar los distintos aspectos de esta doctrina con las Sagradas Escrituras.

7. La Biblia enseña que existe un solo Dios

El hecho de que solo hay un Dios se puso de manifiesto en el Antiguo Testamento. Por ejemplo, el libro de Isaías dice: “Ustedes son mis testigos, dice Yahvé, y son mi servidor, que he elegido; sépanlo, pues, y crean en mí, y comprendan que Yo Soy. Ningún Dios fue formado antes de mí, y ningún otro existirá después” (Is. 43:10).

“Así habla el rey de Israel y su redentor, Yahvé de los Ejércitos: ‘Yo soy el primero y el último; no hay otro Dios fuera de mí’” (Is. 44: 6).

8. El Padre es proclamado como Dios numerosas veces en el Nuevo Testamento

Por ejemplo, en las epístolas de San Pablo se narra lo siguiente: “¡Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de los misericordias y Dios de toda consolación (…)” (II Cor. 1: 3).

“Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que está por encima de todos, que actúa por todos y está en todos” (Ef. 4: 5-6).

9. La Biblia también demuestra que el Hijo es Dios

Esto es proclamado en varias partes del Nuevo Testamento, incluyendo al comienzo del Evangelio de San Juan:

“En el principio era la Palabra, y la Palabra estaba ante Dios, y la Palabra era Dios (…) Y la Palabra se hizo carne, puso su tienda entre nosotros, y hemos visto su Gloria: la Gloria que recibe del Padre el Hijo único, en él todo era don amoroso y verdad” (Jn. 1: 1, 14).

También: “Después dijo a Tomás: ‘Pon aquí tu dedo y mira mis manos; extiende tu mano y métela en mi costado. Deja de negar y cree’. Tomás exclamó: ‘Tú eres mi Señor y mi Dios’” (Jn. 20: 27-28).

10. El Espíritu Santo es Dios y así lo afirman las Escrituras

En el libro de Hechos, el Espíritu Santo es retratado como una persona divina que habla y a la que no se le puede mentir: “Mientras celebraban el culto del Señor y ayunaban, el Espíritu Santo dijo: ‘Separadme a Bernabé y a Saulo para la obra a la que los he llamado’” (Hechos 13: 2).

“Pedro le dijo: ‘Ananías, ¿por qué has dejado que Satanás se apoderara de tu corazón? Te has guardado una parte del dinero; ¿por qué intentas engañar al Espíritu Santo? Podías guardar tu propiedad y, si la vendías, podías también quedarte con todo. ¿Por qué has hecho eso? No has mentido a los hombres, sino a Dios’” (Hechos 5: 3-4).

11. La distinción de tres Personas divinas se demuestra con la Biblia

La distinción de las Personas se puede demostrar, por ejemplo, en el hecho de que Jesús habla a su Padre. Esto no tendría sentido si fueran una y la misma persona.

“En aquella ocasión Jesús exclamó: ‘Yo te alabo, Padre, Señor del Cielo y de la tierra, porque has mantenido ocultas estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, pues así fue de tu agrado. Mi Padre ha puesto todas las cosas en mis manos. Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquellos a quienes el Hijo se lo quiera dar a conocer” (Mt. 11: 25-27).

El hecho de que Jesús no es la misma persona que el Espíritu Santo se revela cuando Jesús -que ha estado funcionando como Paráclito (en griego, Parakletos) de los discípulos- dice que va a orar al Padre y el Padre les dará “otro Paráclito”, que es el Espíritu Santo. Esto demuestra la distinción de las tres Personas: Jesús que ora; el Padre que envía; y el Espíritu que viene:

“y yo pediré al Padre y les dará otro Paráclito, para que esté con ustedes para siempre, el Espíritu de la verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no le ve ni le conoce. Pero ustedes lo conocen, porque mora con ustedes” (Jn. 14: 16-17).

12. El Hijo procede del Padre y el Espíritu procede del Padre y del Hijo

“Es ciertamente de fe que el Hijo procede del Padre por una verdadera generación. Según el Credo Niceno-Constantinopolitano, Él es “engendrado antes de todos los siglos”. Pero la procesión de una Persona Divina, como el término del acto por el cual Dios conoce su propia naturaleza, es propiamente llamada generación” (Enciclopedia Católica).

El hecho de que el Hijo es generado por el Padre está indicado por los nombres de esas Personas. La segunda persona de la Trinidad no sería un Hijo si no hubiera sido generado por la primera persona de la Trinidad.

El hecho de que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo se refleja en otra declaración de Jesús: “Cuando venga el Paráclito que les enviaré desde el Padre, por ser él el Espíritu de verdad que procede del Padre, dará testimonio de mí” (Jn. 15: 26).

Esto representa al Espíritu Santo que procede del Padre y del Hijo (“que yo os enviaré”). Las funciones exteriores de las Personas de la Trinidad reflejan sus relaciones mutuas entre sí. También puede decirse que el Espíritu Santo procede del Padre por medio del Hijo.

Traducido y adaptado por Diego López Marina. Publicado originalmente en National Catholic Register.

https://www.aciprensa.com/noticias/12-claves-para-comprender-el-dogma-de-la-santisima-trinidad-54580


El maná de cada día, 4.6.20

junio 4, 2020

Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, Ciclo A

Fiesta de nuestro Señor Jesucristo, sumo y eterno Sacerdote, según el rito de Melquisedec, en quien el Padre se ha complacido desde toda la eternidad, mediador entre Dios y los hombres que, para cumplir la voluntad del Padre, se ofreció a sí mismo en el altar de la cruz de una vez para siempre como víctima de salvación en favor de todo el mundo. 

Al instituir el sacrificio de la eterna alianza, elige con amor de hermano a hombres de este pueblo para que, al repetirlo constantemente en la Iglesia, se renueve la abundancia de la gracia divina con la que nacerá el cielo nuevo y la tierra nueva, y se realizará hasta los confines del mundo lo que el ojo no vio ni el oído oyó ni el hombre puede pensar (Elog. del Martirologio Romano).

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Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote


Antífona de entrada: Hb 7,24

Cristo, mediador de una nueva alianza, como permanece para siempre, tiene el sacerdocio que no pasa.

Oración colecta

Oh Dios, que para gloria tuya y salvación del género humano constituiste a tu Hijo único sumo y eterno Sacerdote, concede a quienes él eligió para ministros y dispensadores de sus misterios la gracia de ser fieles en el cumplimiento del ministerio recibido. Por nuestro Señor Jesucristo.

PRIMERA LECTURA: Génesis 22, 9-18

En aquellos días, llegaron Abrahán e Isaac al sitio que le había dicho Dios. Abrahán levantó allí el altar y apiló la leña, luego ató a su hijo Isaac y lo puso sobre el altar, encima de la leña. Entonces Abrahán alargó la mano y tomó el cuchillo para degollar a su hijo. Pero el ángel del Señor le gritó desde el cielo: «¡Abrahán, Abrahán!».

Él contestó: «Aquí estoy».

El ángel le ordenó: «No alargues la mano contra el muchacho ni le hagas nada. Ahora he comprobado que temes a Dios, porque no te has reservado a tu hijo, a tu único hijo».

Abrahán levantó los ojos y vio un carnero enredado por los cuernos en la maleza. Se acercó, tomó el carnero y lo ofreció en holocausto en lugar de su hijo.

Abrahán llamó a aquel sitio «El Señor ve», por lo que se dice aún hoy, «En el monte el Señor es visto».

El ángel del Señor llamó a Abrahán por segunda vez desde el cielo y le dijo: «Juro por mí mismo, oráculo del Señor: por haber hecho esto, por no haberte reservado tu hijo, tu hijo único, te colmaré de bendiciones y multiplicaré a tus descendientes como las estrellas del cielo y como la arena de la playa. Tus descendientes conquistarán las puertas de sus enemigos. Todas las naciones de la tierra bendecirán con tu descendencia, porque has escuchado mi voz».

SALMO 39, 6. 7. 8-9. 10. 11

Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.

Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, y, en cambio, me abriste el oído; no pides holocaustos ni sacrificios expiatorios; entonces yo digo. «Aquí estoy».

«-Como está escrito en mi libro- para hacer tu voluntad. Dios mío, lo quiero, y llevo tu ley en las entrañas».

He proclamado tu justicia ante la gran asamblea; no he cerrado los labios, Señor, tú lo sabes.

No me he guardado en el pecho tu justicia, he contado tu fidelidad y tu salvación.

Alégrense y gocen contigo todos los que te buscan; digan siempre: «Grande es el Señor», los que desean tu salvación.

ALELUYA: Flp 2, 8-9

Cristo se ha hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo exaltó sobre todo y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre.

EVANGELIO: Mateo 26, 36-42

Jesús fue con sus discípulos a un huerto, llamado Getsemaní, y les dijo: «Sentaos aquí, mientras voy allá a orar».

Y llevándose a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, empezó a sentir tristeza y angustia.

Entonces les dijo: «Mi alma está triste hasta la muerte; quedaos aquí y velad conmigo».

Y adelantándose un poco cayó rostro en tierra y oraba diciendo: «Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz. Pero no se haga como yo quiero, sino como quieres tú».

Y volvió a los discípulos y los encontró dormidos.

Dijo a Pedro: «¿No habéis podido velar una hora conmigo? Velad y orad para no caer en la tentación, pues el espíritu está pronto, pero la carne es débil».

De nuevo se apartó por segunda vez y oraba diciendo: «Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad».

Antífona de comunión: Mt 28, 20

Sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo -dice el Señor.

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Cristo, sacerdote y víctima
Pío XII. De la carta encíclica Mediator Dei

Cristo es ciertamente sacerdote, pero lo es para nosotros, no para sí mismo, ya que él, en nombre de todo el género humano, presenta al Padre eterno las aspiraciones y sentimientos religiosos de los hombres.

Es también víctima, pero lo es igualmente para nosotros, ya que se pone en lugar del hombre pecador.

Por esto, aquella frase del Apóstol: Tened los mismos sentimientos propios de Cristo Jesús exige de todos los cristianos que, en la medida de las posibilidades humanas, reproduzcan en su interior las mismas disposiciones que tenía el divino Redentor cuando ofrecía el sacrificio de sí mismo: disposiciones de una humilde sumisión, de adoración a la suprema majestad divina, de honor, alabanza y acción de gracias.

Les exige asimismo que asuman en cierto modo la condición de víctimas, que se nieguen a sí mismos, conforme a las normas del Evangelio, que espontánea y libremente practiquen la penitencia, arrepintiéndose y expiando los pecados.

Exige finalmente que todos, unidos a Cristo, muramos místicamente en la cruz, de modo que podamos hacer nuestra aquella sentencia de san Pablo: Estoy crucificado con Cristo.

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Cristo vive siempre para interceder en nuestro favor
De las cartas de san Fulgencio de Ruspe, obispo

Fijaos que en la conclusión de las oraciones decimos: «Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo»; en cambio, nunca decimos: «Por el Espíritu Santo».

Esta práctica universal de la Iglesia tiene su explicación en aquel misterio según el cual, el mediador entre Dios y los hombres es el hombre Cristo Jesús, sacerdote eterno según el rito de Melquisedec, que entró una vez para siempre con su propia sangre en el santuario, pero no en un santuario construido por hombres, imagen del auténtico, sino en el mismo cielo, donde está a la derecha de Dios e intercede por nosotros.

Teniendo ante sus ojos este oficio sacerdotal de Cristo, dice el Apóstol: Por su medio, ofrezcamos continuamente a Dios un sacrificio de alabanza, es decir, el fruto de unos labios que profesan su nombre.

Por él, pues, ofre­cemos el sacrificio de nuestra alabanza y oración, ya que por su muerte fuimos reconciliados cuando éramos toda­vía enemigos.

Por él, que se dignó hacerse sacrificio por nosotros, puede nuestro sacrificio ser agradable en la presencia de Dios.

Por esto, nos exhorta san Pedro: Tam­bién vosotros, como piedras vivas, entráis en la construc­ción del templo del Espíritu, formando un sacerdocio sagrado, para ofrecer sacrificios espirituales que Dios acepta por Jesucristo.

Por este motivo, decimos a Dios Pa­dre: «Por nuestro Señor Jesucristo».

Al referirnos al sacerdocio de Cristo, necesariamente hacemos alusión al misterio de su encarnación, en el cual el Hijo de Dios, a pesar de su condición divina, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, según la cual se rebajó hasta someterse incluso a la muerte; es decir, fue hecho un poco inferior a los ángeles, conservando no obstante su divinidad igual al Padre.

El Hijo fue hecho un poco inferior a los ángeles en cuanto que, permane­ciendo igual al Padre, se dignó hacerse como un hombre cualquiera.

Se abajó cuando se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo. Más aún, el abajarse de Cristo es el total anonadamiento, que no otra cosa fue el tomar la condición de esclavo.

Cristo, por tanto, permaneciendo en su condición divi­na, en su condición de Hijo único de Dios, según la cual le ofrecemos el sacrificio igual que al Padre, al tomar la condición de esclavo, fue constituido sacerdote, para que, por medio de él, pudiéramos ofrecer la hostia viva, santa, grata a Dios.

Nosotros no hubiéramos podido ofrecer nuestro sacrificio a Dios si Cristo no se hubiese hecho sacrificio por nosotros: en él nuestra propia raza humana es un verdadero y saludable sacrificio.

En efecto, cuando precisamos que nuestras oraciones son ofrecidas por nuestro Señor, sacerdote eterno, reconocemos en él la verdadera carne de nuestra misma raza, de conformidad con lo que dice el Apóstol: Todo sumo sacerdote, escogido de entre los hombres, está puesto para representar a los hombres en el culto a Dios: para ofrecer dones y sacrificios por los pecados.

Pero, al decir: «tu Hijo», añadimos: «que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo», para recordar, con esta adición, la unidad de naturaleza que tienen el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y significar, de este modo, que el mismo Cristo, que por nosotros ha asumido el oficio de sacerdote, es por naturaleza igual al Padre y al Espíritu Santo (Carta 14, 36-37: CCL 91, 429-431).


Maná y Vivencias Pascuales (49), 30.5.20

mayo 30, 2020

Sábado de la 7ª semana de Pascua

Hacia la efusión del Espíritu Santo (2 de 3)

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DECENARIO DEL ESPÍRITU SANTO

DÉCIMO Y ÚLTIMO DÍA

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Cristo
Creo, Señor Jesús, que estás vivo y que sigues pasando hoy delante de mí y me llamas. ¡Aquí estoy!

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Textos bíblico-litúrgicos.- Entrada: Hch 1, 14; 1era lectura: Hch 28, 16-20.30-31; Salmo: 10, 5-6.8; Aclamación: Jn 16, 7.13; Evangelio: Jn 21, 20-25; Comunión: Jn 16, 14.

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TEMA CENTRAL: JESÚS ES MI SEÑOR.

ANTÍFONA DE ENTRADA.- Los discípulos se dedicaban a la oración en común, junto con algunas mujeres, entre ellas María, la Madre de Jesús, y con sus hermanos. Aleluya.

ORACIÓN COLECTA

Dios todopoderoso, concédenos conservar siempre en nuestra vida y en nuestras costumbres la alegría de estas fiestas de pascua que nos disponemos a clausurar. Por nuestro Señor.

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PRIMERA LECTURA, Hch 28, 16-20.30-31

Cuando entramos en Roma, le permitieron a Pablo alojarse en una casa particular con un soldado que lo vigilara. Tres días después Pablo convocó a los judíos principales.

Una vez reunidos, les dijo: Hermanos, acaban de traerme preso de Jerusalén. He sido entregado a los romanos sin que yo haya ofendido a las autoridades de nuestro pueblo ni las tradiciones de nuestros padres.

Los romanos querían dejarme en libertad después de haberme interrogado, pues no encontraban en mí nada que mereciera la muerte.

Pero los judíos se opusieron y me vi obligado a apelar al César, sin la menor intención de acusar a las autoridades de mi pueblo. Por este motivo yo quise verlos y conversar con ustedes, pues en realidad, por la esperanza de Israel yo llevo estas cadenas.

Pablo, pues, arrendaba esta vivienda privada y permaneció allí dos años enteros. Recibía a todos los que lo venían a ver, proclamaba el Reino de Dios y les enseñaba con mucha seguridad lo referente a Cristo Jesús, el Señor, y nadie le ponía trabas.

SALMO 10, 5-6.8

El Señor está en su templo santo, el Señor tiene su trono en el cielo: sus ojos están observando, sus pupilas examinan a los hombres.

El Señor examina a inocentes y culpables, y al que ama la violencia, él lo odia. Porque el Señor es justo y ama la justicia, los que son rectos contemplarán su rostro.

ACLAMACIÓN Jn 16, 7.13.- Les enviaré el Espíritu Santo de la verdad, dice el Señor, él les comunicará toda la verdad. Aleluya.

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EVANGELIO, Jn 21, 20-25

En aquel tiempo, dijo Jesús a Pedro: Sígueme.

Pedro entonces, volviéndose, vio que los seguía el discípulo a quien Jesús tanto amaba (el que en la cena se había inclinado sobre su pecho y le había preguntado: Señor, ¿quién es el que te va a entregar?)

Al verlo, Pedro preguntó a Jesús: ¿Y qué va a ser de este? Jesús le contestó: Si yo quiero que permanezca hasta mi vuelta, ¿a ti qué te importa? Tú sígueme.

Por esta razón corrió entre los hermanos el rumor de que aquel discípulo no iba a morir. Pero Jesús no dijo que no iba a morir, sino simplemente: Si yo quiero que permanezca hasta mi vuelta, ¿a ti qué te importa?

Este es el mismo discípulo que da testimonio de estas cosas y que las ha escrito aquí, y nosotros sabemos que dice la verdad.

Jesús hizo también otras muchas cosas. Si se escribieran una por una, creo que no habría lugar en el mundo para tantos libros.

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COMUNIÓN Jn 16, 14.- El Espíritu Santo me glorificará, porque recibirá de mí lo que les irá comunicando, dice el Señor. Aleluya.

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DECENARIO AL ESPÍRITU SANTO

ORACIÓN PREPARATORIA

Oh Dios que, por el misterio de Pentecostés, santificas a tu Iglesia, extendida por todas las naciones, derrama los dones de tu Espíritu sobre todos los confines de la tierra y no dejes de realizar hoy, en el corazón de tus fieles, aquellas mismas maravillas que obraste en los comienzos de la predicación evangélica.- Por Jesucristo nuestro Señor.

DÍA DÉCIMO

Para concretar, aunque sea de una manera muy general, un estilo de vida que nos impulse a tratar al Espíritu Santo con familiaridad y a través de él, al Padre y al Hijo, podemos fijarnos en tres realidades: docilidad, vida de oración, indulgencia para con el prójimo.

El trato con el Paráclito produce en el hombre espiritual la paz y la libertad que Cristo nos ha ganado con su vida, pasión y muerte, y resurrección gloriosa. Es decir, los siete dones del Espíritu: Sabiduría, entendimiento, consejo, ciencia, fortaleza, piedad y temor de Dios.

Más explícitamente y según san Pablo, he aquí las consecuencias, sentimientos y frutos de la presencia del Espíritu Santo en nuestros corazones.

Los frutos del Espíritu son caridad, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, longanimidad, mansedumbre, fe, modestia, continencia, castidad (Gál 5, 22-23): y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad (2 Cor 3,17).

Oh Dios, que con tu Espíritu llenaste la tierra, haz que los hombres construyan un mundo nuevo de justicia y de paz.

ORACIÓN FINAL

Ven, Espíritu Santo, llena nuestros corazones y enciéndelos con el fuego de tu amor. Envía tu Espíritu y serán creados; y renovarás la faz de la tierra.

Quema, Señor, con el fuego del Espíritu Santo nuestras entrañas y nuestro corazón, para que te sirvamos con cuerpo limpio; y con un corazón puro te agrademos.

Te pedimos, Señor, que inspires nuestras acciones, las prevengas y las acompañes con tu auxilio, para que todos nuestros deseos, pensamientos y trabajos comiencen siempre en ti, como en su fuente, y tiendan siempre a ti, como a su fin.

Por Jesucristo nuestro Señor.- Amén.

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EJERCICIO PASCUAL PARA LA EFUSIÓN DEL ESPÍRITU SANTO: JESÚS ES MI SEÑOR (2 de 3)

Ayer contemplamos que Dios Padre ha tomado la iniciativa para crearnos y después para redimirnos. Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su propio Hijo. El amor consiste, no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó primero.

Más que amar a Dios, nosotros tenemos que dejarnos amar por Dios.

Pues bien, Dios Padre ha enviado a su Hijo al mundo, no para condenarlo, sino para salvarlo. Todo el que cree en Jesús como enviado del Padre tiene vida eterna.

Por tanto, debemos acoger a Jesús y creer todo cuanto nos diga y nos mande porque sólo él ha bajado del cielo, y solo a él Dios Padre lo ha acreditado con palabras verdaderas y signos maravillosos.

Jesús, lleno del Espíritu de Dios, pasó por el mundo haciendo el bien. Y sufriendo aprendió a obedecer hasta la muerte y una muerte de cruz. Dios Padre lo perfeccionó a base a sufrimientos.

Pero, después de muerto, no lo dejó en el sepulcro sino que lo glorificó. Es decir, le dio un nombre sobre todo nombre y lo constituyó Señor y Salvador. No hay salvación fuera de él.

Por tanto, en este día, estimados hermanos, debemos hacer un acto de fe en Jesús confesándolo como nuestro Señor y Salvador, sometiéndole a él todo nuestro ser, nuestra persona.

Sólo así podemos agradar al Padre y podremos recibir el Espíritu Santificador.

Creer en Jesús significa adherirse vitalmente a él, con toda sinceridad y decisión: Entregándole todo lo que somos y queremos, y a la vez renunciando a todo cuanto no sea conforme a los designios del Padre.

Esta fe ha de comprometer toda nuestra existencia y todos los niveles de nuestra personalidad.

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ORACIÓN A JESÚS EL SEÑOR

Señor Jesús, creo que tú has venido de parte de Dios para revelarnos los designios de su amor.

Te doy gracias por tu disponibilidad, pues tú te ofreciste al Padre diciéndole: Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad. Me has dado un cuerpo; mándame a mí. Yo iré y les mostraré a todos tu gloria.

Gracias, Señor Jesús, por esa solidaridad, esa generosidad y fidelidad. Te admiro, te doy gracias y te acojo en lo más profundo de mi corazón como testigo del amor del Padre.

Tú te has rebajado tanto que te has hecho hermano nuestro, en todo igual a nosotros, menos en el pecado.

Creo en ti, Señor, te amo, y quiero acoger tu palabra: ¿A dónde iría lejos de ti? Solo tú tienes palabras de vida eterna.

Tú eres mi sabiduría y mi todo. Tú pasaste por el mundo haciendo el bien. Y ahora yo creo que tú estás vivo, y eres capaz de transformar mi vida totalmente.

Sé que te has hecho en todo semejante a nosotros, menos en el pecado: Tú sabes que somos de barro, y nos puedes comprender porque tú asumiste nuestra carne.

Por eso, me inspiras toda la confianza para entregarme a ti y dejarme llevar adonde tú dispongas. Tú eres mi maestro. No quiero saber nada fuera de ti.

Por eso, te consagro mi entendimiento y toda mi persona. Quiero que tú gobiernes mi vida por tu santo Espíritu.

Toma posesión de toda mi persona, de todo mi ser: Para que yo tenga tus mismos sentimientos, intereses, deseos y acciones. Que ya no viva yo, sino que tú vivas en mí.

Renuncio a dirigir mi vida al margen de ti o contra la voluntad del Padre. Renuncio al pecado y a todas las acciones, promesas y mentiras del espíritu malo.

Renuncio a mi personalidad pecadora, al hombre viejo. Quiero ser una criatura nueva. Todo lo anterior pasó… y renuncio a ello.

En ti, Señor Jesús, seré una persona completamente nueva, definitivamente diferente. Estoy seguro que eso tú lo puedes hacer porque el Padre te ha hecho Señor y Salvador.

Ayer, Señor Jesús, tu Espíritu me capacitaba para imitar al Padre Dios que hace brillar el sol sobre justos e injustos. Aprendí a perdonar y a olvidar las ofensas hasta renunciar a toda venganza.

Hoy, Señor Jesús, tu Espíritu me sugiere que colabore contigo en la salvación del mundo. Sí, quiero continuar tu obra para llevar muchos hermanos a la gloria, para que la casa del Padre se llene de invitados. Para que tus desposorios, Cristo Jesús, con la humanidad alcancen a todos los hombres.

Finalmente, sé que has tomado en serio esta declaración de fe y de amor hacia ti, Señor Jesús, Amigo fiel que nunca fallas. Querría hacer esta confesión y rendición de todo mi ser, con mayor convicción. Pero tú comprendes mi debilidad y sabes valorar mis esfuerzos.

Por eso, te confieso y te proclamo como mi Salvador, mi único Señor, Dueño de mi vida y de todas mis cosas. No quiere ya ser esclavo de nada ni de nadie sino solo de ti; y por ti y en ti, esclavo de todos por amor.

Lléname de tu Espíritu para realizar en abundancia las obras que el Padre espera. Amén.

 


Maná y Vivencias Pascuales (47), 28.5.20

mayo 28, 2020

Jueves de la 7ª semana de Pascua

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DECENARIO DEL ESPÍRITU SANTO

Octavo día

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Pascua y Pentecostés: Ahora Cristo, sentado a la derecha de Dios, asegura la perenne efusión del Espíritu sobre sus hermanos
Pascua y Pentecostés: Ahora Cristo, sentado a la derecha de Dios, asegura la perenne efusión del Espíritu sobre sus hermanos.

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Textos bíblico-litúrgicos.- Entrada: Heb 4, 16; 1era lectura: Hch 22, 30; 23, 6-11; Salmo: 15, 1-2.5-11; Aclamación, Jn 17, 21; Evangelio: Jn 17, 20-26; Comunión 16, 7.

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ANTÍFONA DE ENTRADA.- Acerquémonos confiadamente al trono de la gracia, a fin de alcanzar misericordia y hallar gracia en el tiempo oportuno. Aleluya.

TEXTO ILUMINADOR

Cristo Jesús, habiendo entrado una vez para siempre en el santuario del cielo, intercede por nosotros, como mediador que asegura la perenne efusión del Espíritu.

Pastor y obispo de nuestras almas, nos invita a la plegaria unánime, a ejemplo de María y los Apóstoles, en la espera de un nuevo Pentecostés.

ORACIÓN COLECTA

Que tu Espíritu, Señor, nos penetre con tu fuerza, para que nuestro pensar te sea grato y nuestra obra concuerde con tu voluntad. Por nuestro Señor.

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PRIMERA LECTURA, Hch 22, 30; 23, 6-11

En aquellos días, queriendo el tribuno poner en claro de qué lo acusaban -a Pablo- los judíos, mandó desatarlo, ordenó que se reunieran los sumos sacerdotes y el Consejo en pleno, bajó a Pablo y se lo presentó a ellos.

Pablo sabía que una parte del Sanedrín eran fariseos y otra saduceos, y gritó: Hermanos, yo soy fariseo e hijo de fariseos. Y ahora me están juzgando a causa de nuestra esperanza en la resurrección de los muertos.

Apenas hizo esta declaración, se originó una gran discusión entre los fariseos y los saduceos, y la asamblea se dividió. (Los saduceos dicen que no hay resurrección, ni ángeles, ni espíritus, mientras que los fariseos admiten todo esto).

Se armó un griterío, y algunos letrados del partido de los fariseos se pusieron en pie, afirmando: Nosotros no hallamos nada malo en este hombre; ¿y si le ha hablado un espíritu o un ángel?

La discusión se hizo tan violenta que el capitán tuvo miedo de que despedazaran a Pablo, y ordenó, entonces, que vinieran los soldados, sacaran a Pablo de allí y lo llevaran de nuevo a la fortaleza.

La noche siguiente el Señor se acercó a Pablo y le dijo: ¡Ánimo! Así como has dado testimonio de mí aquí en Jerusalén, tendrás que darlo también en Roma.

SALMO 15, 1-2.5-11

Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti. Yo digo al Señor: “Tú eres mi bien”. El Señor es el lote de mi heredad y mi copa, mi suerte está en tu mano.

Bendeciré al Señor que me aconseja, hasta de noche me instruye internamente. Tengo siempre presente al Señor, con él a mi derecha no vacilaré.

Por eso se me alegra el corazón, se gozan mis entrañas, y mi carne descansa serena: Porque no me entregarás a la muerte, ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción.

Me enseñarás el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha.

ACALAMACIÓN Jn 17, 21.- Que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, para que el mundo crea que tú me has enviado, dice el Señor. Aleluya.

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EVANGELIO, Jn 17, 20-26

En aquel tiempo, levantando los ojos al cielo, Jesús oró diciendo: Padre Santo, no sólo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también lo sean en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado.

También les di a ellos la gloria que me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno: yo en ellos y tú en mí, para que sean completamente uno, de modo que el mundo sepa que tú me has enviado y los has amado como me has amado a mí.

Padre, éste es mi deseo: que los que me confiaste estén conmigo, donde yo estoy y que contemplen mi gloria, la que me diste, porque me amabas, antes de la fundación del mundo.

Padre justo, si el mundo no te ha conocido, yo te he conocido, y éstos han conocido que tú me enviaste. Les he dado a conocer y les daré a conocer tu nombre, para que el amor que me tenías esté en ellos, como también yo estoy en ellos.

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COMUNIÓN Jn 16, 7.- Lo que les digo es la verdad: les conviene que yo me vaya, porque si no me voy, no vendrá a ustedes el Paráclito. Aleluya.

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DECENARIO AL ESPÍRITU SANTO

ORACIÓN PREPARATORIA

Oh Dios que, por el misterio de Pentecostés, santificas a tu Iglesia, extendida por todas las naciones, derrama los dones de tu Espíritu sobre todos los confines de la tierra y no dejes de realizar hoy, en el corazón de tus fieles, aquellas mismas maravillas que obraste en los comienzos de la predicación evangélica.- Por Jesucristo nuestro Señor.

DÍA OCTAVO

Amemos a la tercera persona de la Trinidad beatísima, el Espíritu Santo. Escuchemos en la intimidad de nuestro ser las mociones divinas, esos alientos o esos suaves reproches.

Caminemos por la tierra dentro de la luz derramada en nuestras almas, y el Dios de la esperanza nos colmará de toda suerte de paz. Así la esperanza crecerá en nosotros siempre más y más, por la virtud del Espíritu Santo.

Vivir según el Espíritu equivale a vivir de fe, de esperanza, y de caridad: dejar que Dios tome posesión de nosotros y cambie de raíz nuestros corazones para hacerlos a su medida. Se trata de la inhabitación de la santísima Trinidad en nosotros, comienzo de la vida eterna ya en este mundo.

Señor Jesús, que prometiste enviarnos el Espíritu de la verdad para que diera testimonio de ti, envíanos este Espíritu para que nos haga tus fieles testigos.

ORACIÓN FINAL

Ven, Espíritu Santo, llena nuestros corazones y enciéndelos con el fuego de tu amor. Envía tu Espíritu y serán creados; y renovarás la faz de la tierra.

Quema, Señor, con el fuego del Espíritu Santo nuestras entrañas y nuestro corazón, para que te sirvamos con cuerpo limpio; y con un corazón puro te agrademos.

Te pedimos, Señor, que inspires nuestras acciones, las prevengas y las acompañes con tu auxilio, para que todos nuestros deseos, pensamientos y trabajos comiencen siempre en ti, como en su fuente, y tiendan siempre a ti, como a su fin.

Por Jesucristo nuestro Señor.- Amén.

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PREFACIO PARA DESPUÉS DE LA ASCENSIÓN

En verdad es justo y necesario que todas las criaturas… se unan en tu alabanza, Dios todopoderoso y eterno, por Jesucristo, tu Hijo, Señor del universo.

El cual, habiendo entrado una vez para siempre en el santuario del cielo, ahora intercede por nosotros, como mediador que asegura la perenne efusión del Espíritu.

Pastor y obispo de nuestras almas, nos invita a la plegaria unánime, a ejemplo de María y los Apóstoles, en la espera de un nuevo Pentecostés.

Por este misterio de santificación y de amor… cantamos sin cesar el himno de tu gloria: Santo, Santo, Santo…

 


Maná y Vivencias Pascuales (46), 27.5.20

mayo 27, 2020

Miércoles de la 7ª semana de Pascua

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DECENARIO DEL ESPÍRITU SANTO

SÉPTIMO DÍA

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Como el agua de la lluvia produce efectos distintos en la naturaleza, así es el Espíritu Santo
Como el agua de la lluvia produce efectos distintos en la naturaleza, así es el Espíritu Santo.

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Textos bíblico-litúrgicos.- Entrada: Sal 46, 2; 1era lectura: Hch 20, 28-38; Salmo: 67, 29-30.33-36; Aleluya: Jn 17, 17; Evangelio: Jn 17, 11b-19; Comunión: Jn 15, 26-27.

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ANTÍFONA DE ENTRADA.- Pueblos todos, batid palmas, aclamad a Dios con gritos de júbilo. Aleluya.

CONTINÚAN LOS RELATOS DE LAS DESPEDIDAS

Jesús regresa al Padre y ruega por los discípulos

Padre Santo, guárdalos en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros. Cuando estaba con ellos, yo guardaba en tu nombre a los que me diste y los custodiaba. Ahora voy a ti.

Como tú me enviaste al mundo, así yo también los envío al mundo. Y por ellos me consagro yo para que también ellos sean consagrados en la verdad.

Pablo debe llevar adelante la misión recibida

Ahora los encomiendo a ustedes a Dios y a su Palabra portadora de su gracia, que tiene eficacia para edificar sus personas y entregarles la herencia junto a todos los santos.

Dicho esto, Pablo se arrodilló con ellos y oró. Entonces empezaron todos a llorar y lo besaban abrazados a su cuello. Todos estaban muy afligidos porque les había dicho que no lo volverían a ver. Después lo acompañaron hasta el barco.

ORACIÓN COLECTA

Padre, lleno de amor, concede a tu Iglesia, congregada por el Espíritu Santo, dedicarse plenamente a tu servicio y vivir unida en el amor, según tu voluntad. Por nuestro Señor.

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PRIMERA LECTURA, Hch 20, 28-38

En aquellos días decía Pablo a los principales de la Iglesia de Éfeso: Cuiden de sí mismos y de todo el rebaño que el Espíritu Santo les ha encargado cuidar como pastores de la Iglesia de Dios, que él adquirió con la sangre de su Hijo.

Sé que después de mi partida se introducirán entre ustedes lobos voraces que no tendrán piedad del rebaño. De entre ustedes mismos surgirán hombres que enseñarán doctrinas falsas e intentarán arrastrar a los discípulos tras sí.

Estén, pues, atentos, y recuerden que durante tres años no he dejado de aconsejar a cada uno de ustedes noche y día, incluso entre lágrimas.

Ahora los encomiendo a Dios y a su Palabra portadora de su gracia, que tiene eficacia para edificar sus personas y entregarles la herencia junto a todos los santos. De nadie he codiciado plata, oro o vestidos. Miren mis manos: con ellas he conseguido lo necesario para mí y para mis compañeros, como ustedes bien saben.

Con este ejemplo les he enseñado claramente que deben trabajar duro para ayudar a los débiles. Recuerden las palabras del Señor Jesús: Hay mayor felicidad en dar que en recibir.

Dicho esto, Pablo se arrodilló con ellos y oró. Entonces empezaron todos a llorar y lo besaban abrazados a su cuello. Todos estaban muy afligidos porque les había dicho que no lo volverían a ver. Después lo acompañaron hasta el barco.

SALMO 67, 29-30.33-36

V/ Reyes de la tierra, cantad a Dios.

Oh Dios, despliega tu poder, tu poder, oh Dios, que manifestaste con nosotros. A tu templo de Jerusalén, traigan los reyes su tributo.

Reyes de la tierra, canten a Dios, toquen para el Señor, que avanza por los cielos, los cielos antiquísimos; que lanza su voz, su voz poderosa: Reconozcan el poder de Dios.

Sobre Israel resplandece su majestad, y su poder, sobre las nubes. ¡Dios sea bendito!

ACLAMACIÓN Jn 17, 17.- Tu palabra, Señor, es verdad; conságralos en la verdad.

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EVANGELIO Jn 17, 11b-19

En aquel tiempo, levantando los ojos al cielo, Jesús oró diciendo: Padre Santo, guárdalos en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros.

Cuando estaba con ellos, yo guardaba en tu nombre a los que me diste y los custodiaba, y ninguno de ellos se perdió, sino el hijo de la perdición, para que se cumpliera la Escritura. Ahora voy a ti, y digo esto al mundo, para que ellos mismos tengan mi alegría cumplida.

Yo les he dado tu palabra, y el mundo los ha odiado, porque no son del mundo como tampoco yo soy del mundo. No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del mal. Ellos no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo.

Santifícalos en la verdad: tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así yo también los envío al mundo. Y por ellos me consagro yo para que también ellos sean consagrados en la verdad.

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COMUNIÓN Jn 15, 26-27.- Cuando venga el Paráclito, que les enviaré desde el Padre, el Espíritu de la Verdad que procede del Padre, él dará testimonio de mí, y también ustedes darán testimonio, dice el Señor. Aleluya.

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DECENARIO AL ESPÍRITU SANTO

ORACIÓN PREPARATORIA

Oh Dios que, por el misterio de Pentecostés, santificas a tu Iglesia, extendida por todas las naciones, derrama los dones de tu Espíritu sobre todos los confines de la tierra y no dejes de realizar hoy, en el corazón de tus fieles, aquellas mismas maravillas que obraste en los comienzos de la predicación evangélica.- Por Jesucristo nuestro Señor.

DÍA SÉPTIMO

Hemos de vivir de la fe, pues el justo vive de fe. Es lo mismo que vivir según el Espíritu.

Ojalá se pudiera decir de cada uno de nosotros lo que escribía hace siglos san Basilio, padre de la iglesia oriental: de la misma manera que los cuerpos transparentes y nítidos, al recibir los rayos de luz, se vuelven resplandecientes e irradian brillo, las almas que son llevadas por el Espíritu Santo se vuelven también ellas espirituales y llevan a los demás la luz de la gracia.

Del Espíritu Santo proviene el conocimiento de las cosas futuras, la inteligencia de los misterios, la comprensión de las verdades ocultas, la distribución de los dones, la ciudadanía celeste, la conversación con los ángeles. De él, la alegría que nunca termina, la perseverancia en Dios y, lo más sublime que se pueda pensar o desear: que el hombre llegue a ser como Dios.

Señor Jesús, tú que prometiste darnos el Espíritu Santo para que nos lo enseñara todo y nos fuera recordando todo lo que nos habías dicho, envíanos este Espíritu para que ilumine nuestra fe.

ORACIÓN FINAL

Ven, Espíritu Santo, llena nuestros corazones y enciéndelos con el fuego de tu amor. Envía tu Espíritu y serán creados; y renovarás la faz de la tierra.

Quema, Señor, con el fuego del Espíritu Santo nuestras entrañas y nuestro corazón, para que te sirvamos con cuerpo limpio; y con un corazón puro te agrademos.

Te pedimos, Señor, que inspires nuestras acciones, las prevengas y las acompañes con tu auxilio, para que todos nuestros deseos, pensamientos y trabajos comiencen siempre en ti, como en su fuente, y tiendan siempre a ti, como a su fin.

Por Jesucristo nuestro Señor.- Amén.

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PREFACIO PASCUAL para después de la Ascensión que acentúa la espera del Espíritu

Es justo y necesario darte gracias… por Jesucristo, tu Hijo, Señor del universo,

el cual, habiendo entrado una vez para siempre en el santuario del cielo,

ahora intercede por nosotros,

como mediador que asegura la perenne efusión del Espíritu.

Pastor y obispo de nuestras almas, nos invita a la plegaria unánime,

a ejemplo de María y los Apóstoles, en la espera de un nuevo Pentecostés…

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De las Catequesis de san Cirilo de Jerusalén, obispo

El agua viva del Espíritu Santo

El agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna. Una nueva clase de agua que corre y salta; pero que salta en los que son dignos de ella.

¿Por qué motivo se sirvió del término agua, para denominar la gracia del Espíritu?

Pues, porque el agua lo sostiene todo; porque es imprescindible para la hierba y los anima­les; porque el agua de la lluvia desciende del cielo, y además, porque desciende siempre de la misma forma y, sin embargo, produce efectos diferentes: Unos en las palmeras, otros en las vides, todo en todas las cosas.

De por sí el agua no tiene más que un único modo de ser; por eso, la lluvia no transforma su na­turaleza propia para descender en modos distintos, sino que se acomoda a las exigencias de los seres que la reciben y da a cada cosa lo que le corresponde.

De la misma manera, también el Espíritu Santo, aunque es único, y con un solo modo de ser, e indivisible, reparte a cada uno la gracia según quiere. Y así como un tronco seco que recibe agua germina, del mismo modo el alma pecadora que, por la penitencia, se hace digna del Espíritu Santo, produce frutos de santidad.

Y aunque no tenga más que un solo e idéntico modo de ser, el Espíritu, bajo el impulso de Dios y en nombre de Cristo, produce múltiples efectos.

Se sirve de la lengua de unos para el caris­ma de la sabiduría; ilustra la mente de otros con el don de la profecía; a éste le concede poder para expulsar los demonios; a aquél le otorga el don de interpretar las divinas Es­crituras.

Fortalece, en unos, la templanza; en otros, la misericordia; a éste enseña a prac­ticar el ayuno y la vida ascética; a aquél, a dominar las pasiones; al otro, le prepara para el martirio.

El Espíritu se manifiesta, pues, distinto en cada uno, pero nunca distinto de sí mismo, según está escrito: En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común.

Llega mansa y suavemente, se le experi­menta como finísima fragancia, su yugo no puede ser más ligero. Fulgurantes rayos de luz y de conocimiento anuncian su venida.

Se acerca con los sentimientos entrañables de un auténtico protector: pues viene a salvar, a sanar, a enseñar, a aconsejar, a fortalecer, a consolar, a iluminar el alma primero, de quien lo recibe; luego mediante éste, las de los demás.

Y, así como quien antes se movía en tinie­blas, al contemplar y recibir la luz del sol en sus ojos corporales, es capaz de ver claramente lo que poco antes no podía ver, de este modo, el que se ha hecho digno del don del Espíritu Santo, es iluminado en su alma y, elevado sobrenaturalmente, llega a percibir lo que antes ignoraba (Catequesis 16, sobre el Espíritu Santo, 1,11-12.16: PG 33, 931-935.939-942).

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