El maná de cada día, 18.1.18

enero 18, 2018

Jueves de la 2ª semana del Tiempo Ordinario

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18 de enero de 2018
Inicio del Octavario de oración por la unidad de los cristianos

EN EL PERÚ:

ESTA TARDE LLEGA EL PAPA FRANCISCO PROCEDENTE DE CHILE PARA VISITAR PERÚ
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Predicaba desde una barca debido a la multitud que lo seguía

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PRIMERA LECTURA: 1 Samuel 18, 6-9; 19,1-7

Cuando volvieron de la guerra, después de haber matado David al filisteo, las mujeres de todas las poblaciones de Israel salieron a cantar y recibir con bailes al rey Saúl, al son alegre de panderos y sonajas. Y cantaban a coro esta copla: «Saúl mató a mil, David a diez mil.»

A Saúl le sentó mal aquella copla, y comentó enfurecido: «iDiez mil a David, y a mí mil! ¡Ya sólo le falta ser rey!»

Y, a partir de aquel dia, Saúl le tomó ojeriza a David. Delante de su hijo Jonatán y de sus ministros, Saúl habló de matar a David.

Jonatán, hijo de Saúl, quería mucho a David y le avisó: «Mi padre Saúl te busca para matarte. Estáte atento mañana y escóndete en sitio seguro; yo saldré e iré al lado de mi padre, al campo donde tú estés; le hablaré de ti y, si saco algo en limpio, te lo comunicaré.»

Así, pues, Jonatán habló a su padre Saúl en favor de David: «¡Que el rey no ofenda a su siervo David! Él no te ha ofendido. Y lo que él hace es en tu provecho: se jugó la vida cuando mató al filisteo, y el Señor dio a Israel una gran victoria; bien que te alegraste al verlo. ¡No vayas a pecar derramando sangre inocente, matando a David sin motivo!»

Saúl hizo caso a Jonatán y juró: «¡Víve Dios, no morirá!»

Jonatán llamó a David y le contó la conversación; luego lo llevó adonde Saul, y David siguió en palacio como antes.


SALMO 55, 2-3.9-10.11-12.13

En Dios confío y no temo.

Misericordia, Dios mío, que me hostigan, me atacan y me acosan todo el día; todo el día me hostigan mis enemigos, me atacan en masa.

Anota en tu libro mi vida errante, recoge mis lágrimas en tu odre, Dios mío. Que retrocedan mis enemigos cuando te invoco, y así sabré que eres mi Dios.

En Dios, cuya promesa alabo, en el Señor, cuya promesa alabo, en Dios confío y no temo; ¿qué podrá hacerme un hombre?

Te debo, Dios mío, los votos que hice, los cumpliré con acción de gracias.


EVANGELIO: Marcos 3, 7-12

En aquel tiempo, Jesús se retiró con sus discípulos a la orilla del lago, y lo siguió una muchedumbre de Galilea. Al enterarse de las cosas que hacía, acudía mucha gente de Judea, de Jerusalén y de Idumea, de la Transjordania, de las cercanías de Tiro y Sidón.

Encargó a sus discípulos que le tuviesen preparada una lancha, no lo fuera a estrujar el gentío. Como había curado a muchos, todos los que sufrían de algo se le echaban encima para tocarlo.

Cuando lo veían, hasta los espíritus inmundos se postraban ante él, gritando: «Tú eres el Hijo de Dios.»

Pero él les prohibía severamente que lo diesen a conocer.

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La amistad verdadera es perfecta y constante

Del tratado del beato Elredo, abad, sobre la amistad espiritual
(Libro 3: PL 195, 692-693)

Jonatán, aquel excelente joven, sin atender a su estirpe regia y a su futura sucesión en el trono, hizo un pacto con David y, equiparando el siervo al Señor, precisamente cuando huía de su padre, cuando estaba escondido en el desierto, cuando estaba condenado a muerte, destinado a la ejecución, lo antepuso a sí mismo, abajándose a sí mis­mo y ensalzándolo a él: –le dice– serás el rey, y yo seré tu segundo.

¡Oh preclarísimo espejo de amistad verdadera! ¡Cosa admirable!

El rey estaba enfurecido con su siervo y con­citaba contra él a todo el país, como a un rival de su rei­no; asesina a los sacerdotes, basándose en la sola sospecha de traición; inspecciona los bosques, busca por los valles, asedia con su ejército los montes y peñascos, todos se com­prometen a vengar la indignación regia; sólo Jonatán, el único que podía tener algún motivo de envidia, juzgó que tenía que oponerse a su padre y ayudar a su amigo, acon­sejarlo en tan gran adversidad y, prefiriendo la amistad al reino, le dice: Tú serás el rey, y yo seré tu segundo.

Y fíja­te cómo el padre de este adolescente lo provocaba a envi­dia contra su amigo, agobiándolo con reproches, atemo­rizándolo con amenazas, recordándole que se vería despo­jado del reino y privado de los honores.

Y, habiendo pronunciado Saúl sentencia de muerte contra David, Jonatán no traicionó a su amigo. ¿Por qué va a morir David? ¿Qué ha hecho? El se jugó la vida cuando mató al filisteo; bien que te alegraste al verlo. ¿Por qué ha de morir?

El rey, fuera de sí al oír estas pala­bras, intenta clavar a Jonatán en la pared con su lanza, llenándolo además de improperios: ¡Hijo de perdida –le dice–, ya sabía yo que estabas confabulado con él, para vergüenza tuya y de tu madre!

Y, a continuación, vomita todo el veneno que llevaba dentro, intentando salpicar con él el pecho del joven, añadiendo aquellas palabras capaces de incitar su ambición, de fomentar su envidia, de provocar su emulación y su amargor: Mien­tras el hijo de Jesé esté vivo sobre la tierra, tu reino no estará seguro.

¿A quién no hubieran impresionado estas palabras? ¿A quién no le hubiesen provocado a envidia? Dichas a cual­quier otro, estas palabras hubiesen corrompido, disminui­do y hecho olvidar el amor, la benevolencia y la amistad.

Pero aquel joven, lleno de amor, no cejó en su amistad, y permaneció fuerte ante las amenazas, paciente ante las injurias, despreciando, por su amistad, el reino, olvidán­dose de los honores, pero no de su benevolencia. –dice– serás el rey, y yo seré tu segundo.

Esta es la verdadera, la perfecta, la estable y constante amistad: la que no se deja corromper por la envidia; la que no se enfría por las sospechas; la que no se disuelve por la ambición; la que, puesta a prueba de esta manera, no cede; la que, a pesar de tantos golpes, no cae; la que, batida por tantas injurias, se muestra inflexible; la que provocada por tantos ultrajes, permanece inmóvil.

Anda, pues, haz tú lo mismo.

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Homilía del Papa Francisco en el Parque O’Higgins de Santiago de Chile

enero 16, 2018

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Homilía del Papa Francisco en el Parque O’Higgins de Santiago de Chile durante su visita apostólica, enero 2018

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Homilía del Papa Francisco en el Parque O’Higgins de Santiago de Chile

Bienaventuranzas

«Al ver a la multitud» (Mt 5,1). En estas primeras palabras del Evangelio encontramos la actitud con la que Jesús quiere salir a nuestro encuentro, la misma actitud con la que Dios siempre ha sorprendido a su pueblo (cf. Ex 3,7). La primera actitud de Jesús es ver, es mirar el rostro de los suyos.

Esos rostros ponen en movimiento el amor visceral de Dios. No fueron ideas o conceptos los que movieron a Jesús… son los rostros, son personas; es la vida que clama a la Vida que el Padre nos quiere transmitir.

Al ver a la multitud, Jesús encuentra el rostro de la gente que lo seguía y lo más lindo es ver que ellos, a su vez, encuentran en la mirada de Jesús el eco de sus búsquedas y anhelos. De ese encuentro nace este elenco de bienaventuranzas que son el horizonte hacia el cual somos invitados y desafiados a caminar.

Las bienaventuranzas no nacen de una actitud pasiva frente a la realidad, ni tampoco pueden nacer de un espectador que se vuelve un triste autor de estadísticas de lo que acontece. No nacen de los profetas de desventuras que se contentan con sembrar desilusión.

Tampoco de espejismos que nos prometen la felicidad con un «clic», en un abrir y cerrar de ojos. Por el contrario, las bienaventuranzas nacen del corazón compasivo de Jesús que se encuentra con el corazón de hombres y mujeres que quieren y anhelan una vida bendecida; de hombres y mujeres que saben de sufrimiento; que conocen el desconcierto y el dolor que se genera cuando «se te mueve el piso» o «se inundan los sueños» y el trabajo de toda una vida se viene abajo; pero más saben de tesón y de lucha para salir adelante; más saben de reconstrucción y de volver a empezar.

¡Cuánto conoce el corazón chileno de reconstrucciones y de volver a empezar; cuánto conocen ustedes de levantarse después de tantos derrumbes! ¡A ese corazón apela Jesús; para ese corazón son las bienaventuranzas!

Las bienaventuranzas no nacen de actitudes criticonas ni de la «palabrería barata» de aquellos que creen saberlo todo pero no se quieren comprometer con nada ni con nadie, y terminan así bloqueando toda posibilidad de generar procesos de transformación y reconstrucción en nuestras comunidades, en nuestras vidas.

Las bienaventuranzas nacen del corazón misericordioso que no se cansa de esperar. Y experimenta que la esperanza «es el nuevo día, la extirpación de una inmovilidad, el sacudimiento de una postración negativa» (Pablo Neruda, El habitante y su esperanza, 5).

Jesús, al decirle bienaventurado al pobre, al que ha llorado, al afligido, al paciente, al que ha perdonado… viene a extirpar la inmovilidad paralizante del que cree que las cosas no pueden cambiar, del que ha dejado de creer en el poder transformador de Dios Padre y en sus hermanos, especialmente en sus hermanos más frágiles, en sus hermanos descartados.

Jesús, al proclamar las bienaventuranzas viene a sacudir esa postración negativa llamada resignación que nos hace creer que se puede vivir mejor si nos escapamos de los problemas, si huimos de los demás; si nos escondemos o encerramos en nuestras comodidades, si nos adormecemos en un consumismo tranquilizante (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 2).

Esa resignación que nos lleva a aislarnos de todos, a dividirnos, separarnos; a hacernos los ciegos frente a la vida y al sufrimiento de los otros.

Las bienaventuranzas son ese nuevo día para todos aquellos que siguen apostando al futuro, que siguen soñando, que siguen dejándose tocar e impulsar por el Espíritu de Dios. Qué bien nos hace pensar que Jesús desde el Cerro Renca o Puntilla viene a decirnos: bienaventurados…

Sí, bienaventurado vos y vos; bienaventurados ustedes que se dejan contagiar por el Espíritu de Dios y luchan y trabajan por ese nuevo día, por ese nuevo Chile, porque de ustedes será el reino de los cielos. «Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios» (Mt 5,9).

Frente a la resignación que como un murmullo grosero socava nuestros lazos vitales y nos divide, Jesús nos dice: bienaventurados los que se comprometen por la reconciliación. Felices aquellos que son capaces de ensuciarse las manos y trabajar para que otros vivan en paz. Felices aquellos que se esfuerzan por no sembrar división.

De esta manera, la bienaventuranza nos hace artífices de paz; nos invita a comprometernos para que el espíritu de la reconciliación gane espacio entre nosotros. ¿Quieres dicha? ¿Quieres felicidad? Felices los que trabajan para que otros puedan tener una vida dichosa. ¿Quieres paz?, trabaja por la paz.

No puedo dejar de evocar a ese gran pastor que tuvo Santiago cuando en un Te Deum decía: «“Si quieres la paz, trabaja por la justicia” … Y si alguien nos pregunta: “¿qué es la justicia?” o si acaso consiste solamente en “no robar”, le diremos que existe otra justicia: la que exige que cada hombre sea tratado como hombre» (Card. Raúl Silva Henríquez, Homilía en el Te Deum Ecuménico, 18 septiembre 1977).

¡Sembrar la paz a golpe de proximidad, de vecindad! A golpe de salir de casa y mirar rostros, de ir al encuentro de aquel que lo está pasando mal, que no ha sido tratado como persona, como un digno hijo de esta tierra. Esta es la única manera que tenemos de tejer un futuro de paz, de volver a hilar una realidad que se puede deshilachar.

El trabajador de la paz sabe que muchas veces es necesario vencer grandes o sutiles mezquindades y ambiciones, que nacen de pretender crecer y «darse un nombre», de tener prestigio a costa de otros. El trabajador de la paz sabe que no alcanza con decir: no le hago mal a nadie, ya que como decía san Alberto Hurtado: «Está muy bien no hacer el mal, pero está muy mal no hacer el bien» (Meditación radial, abril 1944).

Construir la paz es un proceso que nos convoca y estimula nuestra creatividad para gestar relaciones capaces de ver en mi vecino no a un extraño, a un desconocido, sino a un hijo de esta tierra.

Encomendémonos a la Virgen Inmaculada que desde el Cerro San Cristóbal cuida y acompaña esta ciudad. Que ella nos ayude a vivir y a desear el espíritu de las bienaventuranzas; para que en todos los rincones de esta ciudad se escuche como un susurro: «Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios» (Mt 5,9).

https://www.romereports.com/2018/01/16/homilia-del-papa-francisco-en-el-parque-ohiggins-de-santiago-de-chile/


Epifanía del Señor: El Papa invita a seguir la Estrella de Jesús y no el dinero y placeres

enero 6, 2018

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El Papa Francisco durante la Misa de la Epifanía del Señor este sábado 6 de enero en la Basílica de San Pedro del Vaticano

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Epifanía del Señor: El Papa invita a seguir la Estrella de Jesús y no el dinero y placeres

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Durante la Misa de la Epifanía del Señor este sábado 6 de enero en la Basílica de San Pedro del Vaticano, el Papa Francisco animó a los cristianos a seguir la verdadera Estrella que lleva a Jesús y no las estrellas deslumbrantes del éxito, el dinero y los placeres que más que estrellas “son meteoritos que sólo brillan un momento”.

En su homilía, el Pontífice destacó los tres gestos de los Magos “que guían nuestro viaje al encuentro del Señor”: ven la estrella, caminan y ofrecen regalos.

Ven la estrella

Francisco se preguntó que cómo fue posible que únicamente los Magos vieran la estrella: “Tal vez porque eran pocas las personas que alzaron la vista al cielo. Con frecuencia en la vida nos contentamos con mirar al suelo: nos basta la salud, algo de dinero y un poco de diversión”.

“Y me pregunto: ¿Sabemos todavía levantar la vista al cielo? ¿Sabemos soñar, desear a Dios, esperar su novedad, o nos dejamos llevar por la vida como una rama seca al viento? Los Reyes Magos no se conformaron con ir tirando, con vivir al día. Entendieron que, para vivir realmente, se necesita una meta alta y por eso hay que mirar hacia arriba”, señaló.

El Papa también invitó a preguntarse “qué estrella seguimos en la vida”. Explicó que hay varios tipos de estrellas: “Hay estrellas deslumbrantes, que despiertan emociones fuertes, pero que no orientan en el camino. Esto es lo que sucede con el éxito, el dinero, la carrera, los honores, los placeres buscados como finalidad en la vida”.

Esas estrellas, más que estrellas “son meteoritos: brillan un momento, pero pronto se estrellan y su brillo se desvanece. Son estrellas fugaces que, en vez de orientar, despistan”.

Por el contrario, “la estrella del Señor no siempre es deslumbrante, pero está siempre presente: te lleva de la mano en la vida, te acompaña. No promete recompensas materiales, pero garantiza la paz y da, como a los Magos, una ‘inmensa alegría’. Nos pide, sin embargo, que caminemos”.

Caminan

Esta segunda acción de los Magos “es esencial para encontrar a Jesús”, según la digresión del Santo Padre.

Recordó que la estrella invita a ponerse en camino, y muestra que “Jesús se deja encontrar por quien lo busca, pero para buscarlo hay que moverse, salir. No esperar; arriesgar. No quedarse quieto; avanzar. Jesús es exigente: a quien lo busca, le propone que deje el sillón de las comodidades mundanas y el calor agradable de sus estufas”.

Por otra parte, el Papa también advirtió que “ponerse en camino no es fácil”. Ejemplo de ello es la reacción de Herodes, “turbado por el temor de que el nacimiento de un rey amenace su poder. Por eso organiza reuniones y envía a otros a que se informen; pero él no se mueve, está encerrado en su palacio”.

También los sacerdotes y los escribas que indicaron a Herodes el lugar donde, según la profecía, debía nacer el Mesías. “Ellos conocen el lugar exacto y se lo indican a Herodes, citando también la antigua profecía. Lo saben, pero no dan un paso hacia Belén. Puede ser la tentación de los que creen desde hace mucho tiempo: se discute de la fe, como de algo que ya se sabe, pero no se arriesga personalmente por el Señor. Se habla, pero no se reza; hay queja, pero no se hace el bien”.

La actitud de los Magos es, en cambio, muy diferente: “hablan poco y caminan mucho. Aunque desconocen las verdades de la fe, están ansiosos y en camino, como lo demuestran los verbos del Evangelio: ‘Venimos a adorarlo’, ‘se pusieron en camino; entrando, cayeron de rodillas; volvieron’: siempre en movimiento”.

Ofrecen

Cuando los Magos llegan junto al Pesebre se produce un curioso paralelismo entre Jesús y los Reyes llegados de Oriente: “hacen como él: dan. Jesús está allí para ofrecer la vida, ellos ofrecen sus valiosos bienes: oro, incienso y mirra”.

“El Evangelio se realiza cuando el camino de la vida llega al don. Dar gratuitamente, por el Señor, sin esperar nada a cambio: esta es la señal segura de que se ha encontrado a Jesús, que dice: ‘Gratis habéis recibido, dad gratis’”.

El Papa explicó en qué consiste esta actitud de entrega, de ofrecer, de dar: “Hacer el bien sin cálculos, incluso cuando nadie nos lo pide, incluso cuando no ganamos nada con ello, incluso cuando no nos gusta. Dios quiere esto. Él, que se ha hecho pequeño por nosotros, nos pide que ofrezcamos algo para sus hermanos más pequeños”.

Esos hermanos más pequeños son “el necesitado, el que pasa hambre, el forastero, el que está en la cárcel, el pobre”.

“Ofrecer un don grato a Jesús es cuidar a un enfermo, dedicarle tiempo a una persona difícil, ayudar a alguien que no nos resulta simpático, ofrecer el perdón a quien nos ha ofendido. Son dones gratuitos, no pueden faltar en la vida cristiana. De lo contrario, nos recuerda Jesús, si amamos solo a los que nos aman, hacemos como los paganos”.

El Papa concluyó: “Miremos nuestras manos, a menudo vacías de amor, y tratemos de pensar hoy en un don gratuito, sin nada a cambio, que podamos ofrecer. Será agradable al Señor”.

https://www.aciprensa.com/noticias/epifania-del-senor-el-papa-invita-a-seguir-la-verdadera-estrella-de-jesus-y-no-meteoritos-81397


El maná de cada día, 4.1.18

enero 4, 2018

 

4 de Enero. Feria de Navidad

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Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él

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ANTÍFONA DE ENTRADA: Salmo 111, 4

Una luz se levanta en las tinieblas para los hombres de corazón recto: el Dios clemente, justo y compasivo.


ORACIÓN COLECTA:

Ilumina, Señor, a tus fieles y alumbra sus corazones con la luz de tu gloria, para que siempre reconozcan a su Salvador y se adhieran a él con total entrega. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: 1 Juan 3, 7-10

Hijos míos, que nadie os engañe. Quien obra la justicia es justo, como él es justo. Quien comete el pecado es del diablo, pues el diablo peca desde el principio. El Hijo de Dios se manifestó para deshacer las obras del diablo.

Todo el que ha nacido de Dios no comete pecado, porque su germen permanece en él, y no puede pecar, porque ha nacido de Dios. En esto se reconocen los hijos de Dios y los hijos del diablo: todo el que no obra la justicia no es de Dios, ni tampoco el que no ama a su hermano.


SALMO 97

Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios.

Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas: su diestra le ha dado la victoria, su santo brazo.

Retumbe el mar y cuanto contiene, la tierra y cuantos la habitan; aplaudan los ríos, aclamen los montes.
Al Señor, que llega para regir la tierra. Regirá el orbe con justicia y los pueblos con rectitud.


ACLAMACIÓN: Hebreos 1, 1-2

En distintas ocasiones habló Dios antiguamente a nuestros padres por los profetas. Ahora, en esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo.


EVANGELIO: Juan 1, 35-42

En aquel tiempo, estaba Juan con dos de sus discípulos y, fijándose en Jesús que pasaba, dice: «Éste es el Cordero de Dios.»

Los dos discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús. Jesús se volvió y, al ver que lo seguían, les pregunta: «¿Qué buscáis?»
Ellos le contestaron: «Rabí (que significa Maestro), ¿dónde vives?»
Él les dijo: «Venid y lo veréis.»

Entonces fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día; serían las cuatro de la tarde. Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que oyeron a Juan y siguieron a Jesús; encuentra primero a su hermano Simón y le dice: «Hemos encontrado al Mesías (que significa Cristo).»

Y lo llevó a Jesús. Jesús se le quedó mirando y le dijo: «Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que se traduce Pedro).»


ANTÍFONA DE COMUNIÓN: 1 Juan 4, 9

En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él.
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FELIZ AÑO NUEVO, FELIZ DÍA NUEVO

Año nuevo, un camino que se pierde en el horizonte

Año nuevo, un camino que se pierde en el horizonte

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LA VIDA EN PROCESO

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Ofrecimiento de obras

al comienzo de cada jornada


El año nuevo que nos lo deseamos muy feliz podría quedar reducido a una pura formalidad y palabra hueca, si nos olvidamos de lo concreto: es decir, de los meses, semanas y días de que se compone. Porque en realidad, es en esos espacios temporales donde se juega la suerte del año. Por tanto, tu nuevo año será lo que sean: tu mes, tu semana y tu día, cada jornada.

El ciclo semanal es muy importante pues cada domingo aparcamos los afanes temporales y, como creyentes, tratamos de acercar el cielo a la tierra. Ensayamos el talante existencial que allá disfrutaremos: seremos como ángeles, todos iguales ante Dios, nos ocuparemos de alabarlo gozando de su amor y de la compañía de los hermanos.

Pero el ciclo diario es el más determinante para alcanzar la meta: un año nuevo 2013 pleno y feliz.

Tu año será lo que vaya siendo cada jornada de este año. El combate se libra en el día a día. Y la jornada se libra de manera significativa en el comienzo del día. La nueva jornada casi queda determinada en los primeros momentos del día. Si comienzas bien el nuevo día, ya tienes garantizada por lo menos la mitad de la victoria.

El comienzo del día debe ser un momento de diálogo sincero entre Dios y la persona. Se trata de un encuentro de dos voluntades que va a determinar y orientar positivamente toda la jornada. Tradicionalmente hemos denominado ese momento como ofrecimiento de obras, o del nuevo día. La renovación del diálogo con Dios supone para el creyente recoger todas sus potencialidades y entregarlas o consagrarlas a Dios desde el primer momento, antes de nada.

El ofrecimiento del día supone tomar posesión de nuestro ser y sentir, para orientarlo todo hacia Dios, en ese día concreto. Es como una recreación de nuestra identidad cristiana: renovación de nuestra condición filial hacia el Padre, toma de conciencia de nuestro compromiso con Cristo Salvador y de cercanía con el Espíritu más interior a nosotros que nosotros mismos.

Esta consagración matinal es también la actualización de nuestra vocación. Es un ejercicio que mantiene vivo el primer amor. Pues si la vocación no se actualiza, se petrifica, se vuelve pura rutina y ritualismo; la sal pierde el sabor. En la vida espiritual no podemos vivir de rentas. En la relación con Dios, como en las relaciones humanas, lo que no se renueva, se pudre. Hay que hacerla siempre nueva, cada día. Eso es lo que sirve y vale, porque nos permite disfrutar de la vida sacándole todo su jugo. Vivir de otra manera, no es vivir, no merece la pena.

Por eso decimos que toda vocación es “matinal”: cada mañana hay que estrenar una nueva ilusión por el Dios siempre sorprendente, Dios de vivos y no de muertos. El corazón de la enamorada está siempre en fiesta. Cada jornada deberíamos vivirla como “el día en que actuó el Señor”, fuente de gozo y alegría.

Alguien puede pensar: esto es muy difícil pues supone estar siempre comenzando… Cierto, es imposible para los humanos, pero posible para Dios. Y además, es lo que más le gusta: que le busquemos sin desmayar. San Agustín decía que si encontraba a Dios alguna vez sería para seguir buscándolo con mayor avidez.

Nosotros, como agustinos recoletos, al comenzar cada día debemos tomar conciencia de que somos buscadores de Dios, que deseamos convertirnos en sal de la tierra y luz del mundo; que debemos ser especialistas en la interioridad, en la práctica de la oración, en la experiencia de Dios. En fin, que queremos ser gloria de Dios en este día, para que todos cuantos nos vean y traten sean arrastrados hasta Dios.

El ofrecimiento de obras se puede realizar de muchas maneras. Un servidor va a utilizar la conocida “Oración de san Ignacio” como marco referencial para consagrarnos al Dios Uno y Trino, a cuya imagen y semejanza fuimos creados.

Si el hombre es hechura de Dios, necesariamente debe llevar impreso un parecido a Dios. Me fijaré en las facultades superiores del hombre: libertad, memoria, entendimiento y voluntad. La libertad la refiero a Dios, el único Señor. La memoria la relaciono con Dios Padre; el entendimiento lo refiero al Verbo, a Dios Hijo; y la voluntad, a Dios Espíritu. Pero no de manera exclusiva pues hablaremos también de los sentidos.

A continuación comentaré la oración “Tomad, Señor”, aplicada a Dios Uno y Trino. El texto dice: Tomad, Señor, y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad. Todo mi haber y mi poseer tú me lo diste; a ti, Señor, lo devuelvo. Todo es vuestro. Disponed de mí, Señor, según vuestra santa voluntad. Dadme vuestro amor y vuestra gracia, que eso me basta. Hago ahora el comentario.

“Tomad, Señor, y recibid toda mi libertad”.

Nuestro Dios es un solo Señor que merece toda nuestra sumisión, adoración y alabanza. En la Biblia se nos manda: “Al Señor tu Dios adorarás, a él solo servirás, con toda tu mente, con todo tu corazón, con todo tu ser”. Nuestra libertad representa la posibilidad de elegir, de decidir; la libertad nos presenta muchas opciones; ella nos ofrece un abanico de posibilidades.

Pues bien, al consagrarle nuestra libertad, elegimos libremente a Dios como nuestra única opción y, consiguientemente, renunciamos a toda otra posibilidad, a toda “aventura” fuera de Dios, a todo cuanto pudiéramos imaginar, soñar, tantear, indagar… al margen de Dios o contra Dios.

Reconocemos a Dios como a nuestro único señor y soberano absoluto, y no queremos tener la libertad del libertinaje, sino la libertad de los hijos de Dios; elegimos la total sumisión a Dios como expresión del máximo amor, agradecimiento y fidelidad; paradójicamente, fuente de la mayor libertad, de la mayor felicidad por descansar sólo en Dios.

Después de esta consagración a Dios como único soberano, ahora nos consagramos a Dios Padre, Hijo y Espíritu.

“Mi memoria”

Tomad, Señor, mi memoria; nos dirigimos a Dios Padre. Él es la fuente primigenia, el origen de todo, el que toma toda iniciativa, aquel de quien todos hemos recibido gracia tras gracia; el que ha pensando en todo y en todos, el que ha soñado con crearnos y darnos vida en abundancia, el que lo ha dispuesto todo desde el principio, con sabiduría y amor.

A él le consagramos la memoria, la facultad de recordar, para que siempre nos acordemos del plan que Dios Padre ha tenido desde el principio sobre nosotros, es decir, el proyecto que más le gustó sobre cada persona, como ser único. Para que nosotros no queramos otra cosa fuera de lo que el Padre soñó, le gustó y dispuso.

Entonces, yo, respondiendo a ese amor, quiero que mi memoria me recuerde siempre que el Padre Dios ha pensado desde siempre en mí, que ha hecho proyectos sobre mi vida, que espera mucho de mí, que tiene una gran expectativa e ilusión sobre mi vida. En fin, que quiere verme plenamente feliz ahora y por siempre junto a él.

Cuando perdemos la memoria sobre Dios, quedamos sin norte y perdemos el sentido de nuestra vida; todo parece sin sentido y como absurdo. Cuando el pueblo judío salió de Egipto el espíritu malo le hacía olvidar los prodigios que Dios había obrado en su favor y entonces comenzaba a quejarse y a renegar de Dios y de Moisés.

Nosotros necesitamos, por tanto, recordar cada mañana lo que el Padre Dios espera de cada uno de nosotros en este día. No hay días grises ni tiempos muertos. Todo está habitado por las expectativas de un Dios que nos ama con pasión desde siempre, y que nunca se cansa de nosotros. Este recuerdo será un estímulo eficaz de renovación personal y de entusiasmo en el servicio de Dios y de los hermanos que debe vertebrar toda nuestra jornada.

“Mi entendimiento”.-

Tomad, Señor, mi entendimiento; nos dirigimos a Dios Hijo, al Verbo, a la Palabra. El Verbo es la expresión del amor del Padre, todo lo ha pensado, ideado y creado en él y por él. Nada ha hecho fuera del Verbo. Él es el arquetipo en el que todo ha sido pensado y creado. Por tanto, todo tiene en él su explicación, la clave de su comprensión, y el sentido de su misterio. Nada es inteligible fuera de La Palabra. Nada ha sido pronunciado fuera de ella.

Entonces nosotros a La Palabra en persona le confiamos nuestra capacidad de entender y comprender, se la consagramos: todo lo que yo quiera saber lo quiero saber en Cristo, quiero entenderlo todo en él.

Podemos rezar: Señor Jesús, yo quiero que tú seas mi única sabiduría, mi único saber y conocer. Te reconozco como la única Palabra que el Padre nos ha dado para conocerlo todo en él. En ti, Señor Jesús, nos lo ha dado todo. Ya no tengo necesidad de preguntar ni de buscar nada fuera de ti. Por tanto, en este día, no quiero saber ni entender nada fuera de ti; renuncio a buscar, “curiosear o a soñar algo” al margen y contra ti, durante esta jornada. Tú eres, Jesús, mi único Señor.

“Mi voluntad”.-

Tomad, Señor, mi voluntad; nos dirigimos al Espíritu Santo. El Espíritu Santo es la comunión en persona. Lo suyo es relacionar y unir a los demás poseyéndolos de alguna manera: en este caso al Padre y al Hijo. Por tanto, el Espíritu es la fuerza que mueve al Padre a engendrar y a proyectarse en el Hijo. Y es la energía que impulsa al Hijo a volverse al Padre en obediencia y glorificación.

Por eso decimos que es el Espíritu del Padre y del Hijo: Espíritu de paternidad y Espíritu de filiación. De esta manera viene a ser el abrazo del Padre y del Hijo, la comunicación entre ambos que florece en comunión íntima. El Espíritu crea la comunidad, es puro don. Más que la simpatía de Dios es la empatía de Dios: la interpenetración de las tres divinas personas formando una sola e inefable comunión de vida, libertad y amor. El Espíritu representa la consolación, la parte afectiva de Dios. El descanso en el amor.

Por eso, al Espíritu le consagramos, desde el comienzo de este nuevo día, nuestra afectividad y la voluntad, nuestra capacidad de sentir y de experimentar. Deseamos gozar hoy con las cosas de Dios, experimentar cuán bueno es el Señor. No queremos encontrar consuelo ni felicidad al margen de Dios: no querer gozarse, durante este día, en nada que no sea el Espíritu de Dios.

No agradarme en nada que esté al margen de Dios o contra él. Que no me contente con ser bueno en mi corazón, sino que me guste parecerlo. Que encuentre mi reposo en las realidades del Espíritu. Quiero experimentar hoy lo que dice el salmista: ”Gustad y ved qué bueno es el Señor”.

Resumiendo esta interpretación y comentario, ahora podríamos parafrasear la oración original de la siguiente manera:

Tomad, Señor, y recibid toda mi libertad, de manera que te esté plenamente sometido, adorándote como a mi único Señor. Tomad mi memoria, para acordarme siempre de ti, Padre bueno, que tanto esperas de mí. Tomad mi entendimiento, Señor Jesús, para que te conozca cada vez mejor y tenga por basura cualquiera otra sabiduría fuera de ti. Tomad, Espíritu Santo, mi voluntad, para que me complazca solamente en las cosas de Dios, para que pueda experimentar lo bueno que es el Señor; para que no encuentre gusto alguno ni en el error ni en el pecado.

La oración continúa: “Todo cuanto soy y poseo tú me lo diste, Señor; a ti lo devuelvo. Todo es vuestro. Disponed de mí, Señor, según vuestra santa voluntad. Dadme vuestro amor y vuestra gracia que esto me basta”. Con Carlos de Foucauld concluimos: haz de mí lo que quieras; sea lo que sea, te doy gracias. Porque de ti nada malo me puede venir. Te lo ofrezco todo, con ilimitada confianza porque tú eres mi Padre.

En esta última parte de la oración queremos expresar la consagración de toda la persona integralmente tomada: incluyendo las distintas dimensiones, estratos o áreas de nuestra personalidad: el mundo inconsciente, la realidad afectiva y emocional, y el ámbito de la sensibilidad o de los sentidos.

La unión con Dios que acontece en el santuario de la conciencia del creyente a través de las potencias superiores, memoria, entendimiento y voluntad, se proyecta hacia el exterior por los sentimientos y los sentidos, y a la vez es “afectada” por las impresiones y los estímulos que nos llegan de fuera.

Por tanto, la conversión del corazón y la consiguiente vida en el Espíritu, para que sean verdaderas, estables y plenas, deben involucrar necesariamente los sentidos; es decir, toda la persona.

Por eso, ahora le consagramos a Dios los sentidos por los que nos ponemos en contacto con las cosas y con los hermanos: queremos llenarlo todo con la luz divina. Que durante este nuevo día nuestros ojos trasmitan la mirada de Dios, que nuestras palabras sean creadoras como las de Dios, que todas nuestras acciones hablen “de Dios” porque nosotros estamos hablando “a Dios”, orando en medio de su creación.

A la vez pedimos que todo cuanto nos llegue de fuera lo recibamos como un don divino. Cuanto palpemos en este día, incluida la contrariedad, sea todo sentido como una caricia de Dios, porque él lo dispone todo para nuestro bien. Nada nos podrá entonces separar del amor de Dios. Así seremos capaces de ver a Dios en todos los acontecimientos, pues todo lo veremos como habitado por su presencia misteriosa. Nuestros sentidos nos harán permeables a la presencia y a la acción siempre creadora de Dios.

Concluimos, mis estimados amigos y amigas,

diciendo que toda nuestra persona quedaría consagrada a Dios desde el comienzo del día. Este ejercicio refuerza necesariamente la conciencia de la inhabitación de la Santísima Trinidad en lo más nuclear de nuestra personalidad.

También podríamos ejercitarnos en actos de fe, esperanza y caridad, que son las virtudes teologales que nos relacionan directamente con Dios. Pero esto lo dejamos para otra ocasión.

Que lo dicho nos sirva para comenzar este nuevo año siendo nuevos nosotros mismos haciendo de cada día un día realmente nuevo en el que actúe el Señor. Así labraremos, jornada a jornada, el feliz año nuevo 2013 que nos hemos deseado todos: año de gracia y de bendición del Señor. Amén.


Homilía del Papa Francisco en la Solemnidad de Santa María Madre de Dios

enero 2, 2018

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San Pedro en la celebración del Papa Francisco de la Solemnidad de Santa María Madre de Dios

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TEXTO: Homilía del Papa Francisco en la Solemnidad de Santa María Madre de Dios

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VATICANO, 01 Ene. 18 / 05:07 am (ACI).- El Papa Francisco reflexionó sobre el significado y la trascendencia de la Virgen María como Madre de Dios.

En la homilía que pronunció durante la Misa de la Solemnidad de Santa María Madre de Dios, al comienzo de este año 2018, el Santo Padre explicó que “desde que el Señor se encarnó en María, y por siempre, nuestra humanidad está indefectiblemente unida a Él. Ya no existe Dios sin el hombre: la carne que Jesús tomó de su Madre es suya también ahora y lo será para siempre. Decir Madre de Dios nos recuerda esto: Dios se ha hecho cercano con la humanidad como un niño a su madre que lo lleva en el seno”.

A continuación, el texto completo de la homilía del Papa:

El año se abre en el nombre de la Madre. Madre de Dios es el título más importante de la Virgen. Pero nos podemos plantear una cuestión: ¿Por qué decimos Madre de Dios y no Madre de Jesús? Algunos en el pasado pidieron limitarse a esto, pero la Iglesia afirmó: María es Madre de Dios.

Tenemos que dar gracias porque estas palabras contienen una verdad espléndida sobre Dios y sobre nosotros. Y es que, desde que el Señor se encarnó en María, y por siempre, nuestra humanidad está indefectiblemente unida a él. Ya no existe Dios sin el hombre: la carne que Jesús tomó de su Madre es suya también ahora y lo será para siempre. Decir Madre de Dios nos recuerda esto: Dios se ha hecho cercano con la humanidad como un niño a su madre que lo lleva en el seno.

La palabra madre (mater) hace referencia también a la palabra materia. En su Madre, el Dios del cielo, el Dios infinito se ha hecho pequeño, se ha hecho materia, para estar no solamente con nosotros, sino también para ser como nosotros. He aquí el milagro, la novedad: el hombre ya no está solo; ya no es huérfano, sino que es hijo para siempre. El año se abre con esta novedad. Y nosotros la proclamamos diciendo: ¡Madre de Dios! Es el gozo de saber que nuestra soledad ha sido derrotada.

Es la belleza de sabernos hijos amados, de conocer que no nos podrán quitar jamás esta infancia nuestra. Es reconocerse en el Dios frágil y niño que está en los brazos de su Madre y ver que para el Señor la humanidad es preciosa y sagrada. Por lo tanto, servir a la vida humana es servir a Dios, y que toda vida, desde la que está en el seno de la madre hasta que es anciana, la que sufre y está enferma, también la que es incómoda y hasta repugnante, debe ser acogida, amada y ayudada.

Dejémonos ahora guiar por el Evangelio de hoy. Sobre la Madre de Dios se dice una sola frase: «Custodiaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón» (Lc 2, 19). Custodiaba. Simplemente custodiaba. María no habla: el Evangelio no nos menciona ni tan siquiera una sola palabra suya en todo el relato de la Navidad. También en esto la Madre está unida al Hijo: Jesús es infante, es decir «sin palabra».

Él, el Verbo, la Palabra de Dios que «muchas veces y en diversos modos en los tiempos antiguos había hablado» (Hb 1, 1), ahora, en la «plenitud de los tiempos» (Ga 4, 4), está mudo. El Dios ante el cual se guarda silencio es un niño que no habla. Su majestad es sin palabras, su misterio de amor se revela en la pequeñez. Esta pequeñez silenciosa es el lenguaje de su realeza. La Madre se asocia al Hijo y custodia en el silencio.

Y el silencio nos dice que también nosotros, si queremos custodiarnos, tenemos necesidad de silencio. Tenemos necesidad de permanecer en silencio mirando el pesebre. Porque delante del pesebre nos descubrimos amados, saboreamos el sentido genuino de la vida. Y contemplando en silencio, dejamos que Jesús nos hable al corazón: que su pequeñez desarme nuestra soberbia, que su pobreza desconcierte nuestra fastuosidad, que su ternura sacuda nuestro corazón insensible.

Reservar cada día un momento de silencio con Dios es custodiar nuestra alma; es custodiar nuestra libertad frente a las banalidades corrosivas del consumo y la ruidosa confusión de la publicidad, frente a la abundancia de palabras vacías y las olas impetuosas de las murmuraciones y quejas.

El Evangelio sigue diciendo que María custodiaba todas estas cosas, meditándolas. ¿Cuáles eran estas cosas? Eran gozos y dolores: por una parte, el nacimiento de Jesús, el amor de José, la visita de los pastores, aquella noche luminosa. Pero por otra parte: el futuro incierto, la falta de un hogar, «porque para ellos no había sitio en la posada» (Lc 2, 7), la desolación del rechazo, la desilusión de ver nacer a Jesús en un establo.

Esperanzas y angustias, luz y tiniebla: todas estas cosas poblaban el corazón de María. Y ella, ¿qué hizo? Las meditaba, es decir las repasaba con Dios en su corazón. No se guardó nada para sí misma, no ocultó nada en la soledad ni lo ahogó en la amargura, sino que todo lo llevó a Dios. Así custodió. Confiando se custodia: no dejando que la vida caiga presa del miedo, del desconsuelo o de la superstición, no cerrándose o tratando de olvidar, sino haciendo de toda ocasión un diálogo con Dios. Y Dios que se preocupa de nosotros, viene a habitar nuestras vidas.

Este es el secreto de la Madre de Dios: custodiar en el silencio y llevar a Dios. Y como concluye el Evangelio, todo esto sucedía en su corazón. El corazón invita a mirar al centro de la persona, de los afectos, de la vida.

También nosotros, cristianos en camino, al inicio del año sentimos la necesidad de volver a comenzar desde el centro, de dejar atrás los fardos del pasado y de empezar de nuevo desde lo que importa.

Aquí está hoy, frente a nosotros, el punto de partida: la Madre de Dios. Porque María es exactamente como Dios quiere que seamos nosotros, como quiere que sea su Iglesia: Madre tierna, humilde, pobre de cosas y rica de amor, libre del pecado, unida a Jesús, que custodia a Dios en su corazón y al prójimo en su vida. Para recomenzar, contemplemos a la Madre. En su corazón palpita el corazón de la Iglesia. La fiesta de hoy nos dice que para ir hacia delante es necesario volver de nuevo al pesebre, a la Madre que lleva en sus brazos a Dios.

La devoción a María no es una cortesía espiritual, es una exigencia de la vida cristiana. Contemplando a la Madre nos sentimos animados a soltar tantos pesos inútiles y a encontrar lo que verdaderamente cuenta. El don de la Madre, el don de toda madre y de toda mujer es muy valioso para la Iglesia, que es madre y mujer.

Y mientras el hombre frecuentemente abstrae, afirma e impone ideas; la mujer, la madre, sabe custodiar, unir en el corazón, vivificar. Para que la fe no se reduzca sólo a una idea o doctrina, todos necesitamos de un corazón de madre, que sepa custodiar la ternura de Dios y escuchar los latidos del hombre. Que la Madre, que es el sello especial de Dios sobre la humanidad, custodie este año y traiga la paz de su Hijo al corazón de todos los hombres y al mundo entero.

https://www.aciprensa.com/noticias/texto-homilia-del-papa-francisco-en-la-solemnidad-de-santa-maria-madre-de-dios-12676


Francisco, a los teólogos: “Asuman la tarea de repensar la Iglesia para que sea conforme al Evangelio”

diciembre 30, 2017

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El Papa Francisco aboga por un trabajo teológico serio, siempre al servicio de la Iglesia para ofrecer el corazón del evangelio a las mujeres y los hombres de hoy

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Francisco, a los teólogos: “Asuman la tarea de repensar la Iglesia para que sea conforme al Evangelio”

“EL TEÓLOGO ESTUDIA, PIENSA, REFLEXIONA, PERO LO HACE DE RODILLAS”, SOSTIENE

Por J. Bastante/Aica

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“Se necesita una teología que esté formada por cristianas y cristianos que no piensen sólo en hablar entre ellos mismos, sino que sepan estar al servicio de las diversas Iglesias y de la Iglesia“, señaló el Papa Francisco a los miembros de la Asociación Teológica italiana, a quienes pidió que “asuman también la tarea de repensar la Iglesia para que sea conforme al Evangelio que debe anunciar”.

Durante el encuentro, celebrado en la sala Clementina, el Pontífice alentó a proponer una teología que muestre al Dios Salvífico y misericordioso. “En estos días estamos inmersos en la contemplación de nuestro Dios, que se ha implicado y comprometido con nuestra pobre humanidad hasta llegar a enviar a su Hijo y a tomar, en Él nuestra frágil carne”, recalcó.

“Todo pensamiento teológico cristiano no puede no comenzar siempre e incesantemente desde aquí, en una reflexión que nunca extinguirá el manantial vivo del Amor divino, que se ha dejado tocar, mirar y saborear en la gruta de Belén”, apuntó el Papa.

Francisco invitó a los teólogos italianos a perseverar “en el espíritu de servicio y de comunión indicado por el Concilio Ecuménico Vaticano II” impulsando la “fidelidad creativa” y el “hacer teología juntos”, y poniéndose en guardia contra el individualismo.

El Papa Francisco hizo hincapié en la importancia de la misión de los teólogos, al afirmar que con su tarea la Iglesia pueda seguir anunciando el corazón del Evangelio a las mujeres y a los hombres de hoy, en una cultura profundamente cambiada.

“Se necesita una teología que ayude a todos los cristianos a anunciar y mostrar, sobre todo, el rostro salvífico de Dios, el Dios misericordioso, en especial ante algunos desafíos inéditos que involucran hoy a la humanidad: como el de la crisis ecológica, el desarrollo de las neurociencias o de las técnicas que pueden modificar al hombre; como el desafío de las cada vez más grandes desigualdades sociales o de las migraciones de pueblos enteros”, sostuvo, y añadió: “Como el del relativismo teórico, pero también el del relativismo práctico”.

El Obispo de Roma afirmó que un teólogo no debe “perder la capacidad de sorprenderse” y recordó, sobre todo, que la teología se “hace de rodillas”.

El teólogo es aquel que estudia, piensa, reflexiona, pero lo hace de rodillas. Hay que hacer teología de rodillas como los grandes Padres de la Iglesia que pensaban, oraban, adoraban y loaban a Dios. Teología es también ser teólogos en la Iglesia, esto es, en el santo pueblo de Dios que tiene, lo diré con una palabra no teológica, el olfato de la fe”, profundizó.

Francisco aseguró que “es sobre todo en el deseo y la perspectiva de una Iglesia en salida misionera que el ministerio teológico resulta, en esta coyuntura histórica, particularmente importante y urgente”.

“Para que la Iglesia pueda continuar haciendo oír el corazón del Evangelio a las mujeres y a los hombres de hoy, para que el Evangelio alcance de verdad a las personas en su singularidad y con el fin de que impregne a la sociedad en todas sus dimensiones”, concluyó.

http://www.periodistadigital.com/religion/vaticano/2017/12/29/francisco-a-los-teologos-asuman-tambien-la-tarea-de-repensar-la-iglesia-para-que-sea-conforme-al-evangelio-religion-iglesia-vaticano.shtml


El maná de cada día, 27.12.17

diciembre 27, 2017

San Juan. Apóstol y evangelista

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Toda la vida de Juan estuvo centrada en su Señor y Maestro



Antífona de entrada

Este es el apóstol Juan, que durante la cena reclinó su cabeza en el pecho del Señor. Este es el apóstol que conoció los secretos divinos y difundió la palabra de vida por toda la tierra.


Oración colecta

Dios y Señor nuestro, que nos has revelado por medio del apóstol san Juan el misterio de tu Palabra hecha carne; concédenos, te rogamos, llegar a comprender y amar de corazón lo que tu apóstol nos dio a conocer. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: 1 Juan 1, 1-4

Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos: la Palabra de la vida (pues la vida se hizo visible), nosotros la hemos visto, os damos testimonio y os anunciamos la vida eterna que estaba con el Padre y se nos manifestó.

Eso que hemos visto y oído os lo anunciamos, para que estéis unidos con nosotros en esa unión que tenemos con el Padre y con su Hijo Jesucristo. Os escribimos esto, para que nuestra alegría sea completa.


SALMO 96, 1-2.5-6.11-12

Alegraos, justos, con el Señor.

El Señor reina, la tierra goza, se alegran las islas innumerables. Tiniebla y nube lo rodean, justicia y derecho sostienen su trono.

Los montes se derriten como cera ante el dueño de toda la tierra; los cielos pregonan su justicia, y todos los pueblos contemplan su gloria.

Amanece la luz para el justo, y la alegría para los rectos de corazón. Alegraos, justos, con el Señor, celebrad su santo nombre.


Aclamación antes del Evangelio

A ti, oh Dios, te alabamos, a ti, Señor, te reconocemos. A ti te ensalza el glorioso coro de los apóstoles.


EVANGELIO: Juan 20, 2-8

El primer día de la semana, María Magdalena echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quien tanto quería Jesús, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto.»

Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; y, asomándose, vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte.

Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó.
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Antífona de comunión: Juan 1, 14. 16

La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros. De su plenitud todos hemos recibido.
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La misma vida se ha manifestado en la carne

De los tratados de san Agustín, obispo,
sobre la primera carta de san Juan

Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos: la Palabra de la vida. ¿Quién es el que puede tocar con sus manos a la Palabra, si no es porque la Palabra se hizo carne y acam­pó entre nosotros?

Esta Palabra, que se hizo carne, para que pudiera ser tocada con las manos, comenzó siendo carne cuando se­ encarnó en el seno de la Virgen María; pero no en ese momento comenzó a existir la Palabra, porque el mismo san Juan dice que existía desde el principio. Ved cómo concuerdan su carta y su evangelio, en el que hace poco oísteis: En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios.

Quizá alguno entienda la expresión «la Palabra de la vida» como referida a la persona de Cristo y no al mismo cuerpo de Cristo, que fue tocado con las manos. Fijaos en lo que sigue: Pues la vida se hizo visible. Así, pues, Cristo es la Palabra de la vida.

¿Y cómo se hizo visible? Existía desde el principio, pero no se había manifestado a los hombres, pero sí a los ángeles, que la contemplaban y se alimentaban de ella, como de su pan. Pero, ¿qué dice la Escritura? El hombre comió pan de ángeles.

Así, pues, la Vida misma se ha manifestado en la carne, para que, en esta manifestación, aquello que sólo podía ser visto con el corazón fuera también visto con los ojos, y de esta forma sanase los corazones. Pues la Palabra se ve sólo con el corazón, pero la carne se ve también con los ojos corporales.

Éramos capaces de ver la carne, pero no lo éramos de ver la Palabra. La Palabra se hizo carne, a la cual podemos ver, para sanar en nosotros aquello que nos hace capaces de ver la Palabra.

Os damos testimonio y os anunciamos la vida eterna que estaba con el Padre y se nos manifestó, es decir, se ha manifestado entre nosotros, y, para decirlo aún más claramente, se manifestó en nosotros.

Eso que hemos visto y oído os lo anunciamos. Que vuestra caridad preste atención: Eso que hemos visto y oído os lo anunciamos. Ellos vieron al mismo Señor pre­sente en la carne, oyeron las palabras de su boca y lo han anunciado a nosotros. Por tanto, nosotros hemos oído, pero no hemos visto.

Y por ello, ¿somos menos afortunados que aquellos que vieron y oyeron? ¿Y cómo es que añade: Para que estéis unidos con nosotros? Aquéllos vieron, nosotros no; y, sin embargo, estamos en comunión, pues poseemos una misma fe.

En esa unión que tenemos con el Padre y con su Hijo Jesucristo. Os escribimos esto, para que nuestra alegría sea completa. La alegría completa es la que se encuentra en la misma comunión, la misma caridad, la misma unidad.

Oración

Dios y Señor nuestro, que nos has revelado por medio del apóstol san Juan el misterio de tu Palabra hecha carne, concédenos, te rogamos, llegar a comprender y a amar de corazón lo que tu apóstol nos dio a conocer. Por nuestro Señor Jesucristo.