El maná de cada día, 24.10.17

octubre 24, 2017

Martes de la 29ª semana del Ordinario

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Estad como los que aguardan a que su señor vuelva de la boda

Estad como los que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle apenas llegue y llame



PRIMERA LECTURA: Romanos 5, 12. 15b. 17-19. 20b-21

Hermanos:

Lo mismo que por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte pasó a todos los hombres, porque todos pecaron.

Si por la transgresión de uno murieron todos, mucho más, la gracia otorgada por Dios, el don de la gracia que correspondía a un solo hombre, Jesucristo, sobró para la multitud.

Por el delito de un solo hombre comenzó el reinado de la muerte, por culpa de uno solo. Cuanto más ahora, por un solo hombre, Jesucristo, vivirán y reinarán todos los que han recibido un derroche de gracia y el don de la justificación.

En resumen: si el delito de uno trajo la condena a todos, también la justicia de uno traerá la justificación y la vida.

Si por la desobediencia de uno todos se convirtieron en pecadores, así por la obediencia de uno todos se convertirán en justos.

Si creció el pecado, más desbordante fue la gracia. Y así como reinó el pecado, causando la muerte, así también, por Jesucristo, nuestro Señor, reinará la gracia, causando una justificación que conduce a la vida eterna.


SALMO 39,7-8a.8b-9.10.17

Aquí estoy, Señor, para hacer tú voluntad.

Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, y, en cambio, me abriste el oído; no pides sacrificio expiatorio, entonces yo digo: «Aquí estoy.»

«–Como está escrito en mi libro– para hacer tu voluntad.» Dios mío, lo quiero, y llevo tu ley en las entrañas.

He proclamado tu salvación ante la gran asamblea; no he cerrado los labios: Señor, tú lo sabes.

Alégrense y gocen contigo todos los que te buscan; digan siempre: «Grande es el Señor» los que desean tu salvación.


Aclamación antes del Evangelio: Lc 21, 36

Estad siempre despiertos, pidiendo fuerza para manteneros en pie ante el Hijo del hombre.


EVANGELIO: Lucas 12, 35-38

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas. Vosotros estad como los que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle apenas venga y llame.

Dichosos los criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela; os aseguro que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y los irá sirviendo.

Y, si llega entrada la noche o de madrugada y los encuentra así, dichosos ellos.»
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ORDENA TU VIDA

El orden –o el desorden– dice mucho de ti y de Dios. El orden externo ayuda al orden interno. Ordena tu tiempo, tus cosas, tus actividades, tu trabajo, tus relaciones, y ordenarás también tus afectos, tu vida, tu relación con Dios, tu vida espiritual. No improvises, no salgas del paso, pero tampoco vivas con rigidez interior los imprevistos y circunstancias inesperadas.

Comienza por cuidar el orden de las cosas materiales que utilizas a diario en casa o en el trabajo. Cuida también el orden en tu imagen personal: el vestir, el hablar, el comer…

Ordena el horario de tu jornada poniendo en primer plano las cosas de Dios y el tiempo que, en justicia, debes dedicarle.

Ordena tus relaciones con los demás dando prioridad a los que Dios te ha encomendado directamente en tu propia familia, en tu apostolado, en la amistad… Ordena tu trabajo, comenzando por aquello que más te cuesta, por lo que menos te gusta, por lo más difícil.

Ordena, sobre todo, tu relación con Dios: tu Eucaristía diaria, tu confesión frecuente, tu oración cotidiana, tu apostolado, tu dirección espiritual, tu examen de conciencia al terminar cada jornada…

Pon a Dios en su sitio, por encima de todo, y verás que todo se hace más suave y llevadero, que el tiempo parece que cunde más, que las cosas se viven más serenamente, que el corazón logra esponjarse en todo y con todos. El orden es belleza y la belleza lleva a Dios.

www.mater-dei.es


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Novena al Señor de los Milagros, día primero.

octubre 18, 2017

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Procesión del Señor de los Milagros en Lima, dirigida por su Hermandad

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NOVENA AL SEÑOR DE LOS MILAGROS

Con reflexiones sobre la Santísima Trinidad

  1. Señal de la cruz

Por la señal de la santa cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor Dios nuestro; en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

  1. Acto de contrición

Yo confieso ante Dios todopoderoso y ante ustedes, hermanos, que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión; por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa.

Por eso ruego a santa María, siempre virgen, a los Ángeles, a los Santos y a ustedes, hermanos, que intercedan por mí ante Dios, nuestro Señor.

  1. Oración preparatoria para todos los días: Postrados ante el Señor de los Milagros. Adoración y petición.

Señor de los Milagros, me postro a tus pies y te reconozco como mi Salvador y mi Dios. Te adoro y te pido la gracia de hacer devotamente esta Novena en tu honor.

Te doy gracias, Señor Jesús, porque tú bajaste del cielo y viniste al mundo para demostrarnos cuánto nos ama el Padre, Dios invisible. Divino Jesús, tú sabías que el Padre desea que todos sus hijos se salven y tengan vida en abundancia.

Por eso, te ofreciste voluntariamente para cumplir la misión de Mesías y Salvador de todos los hombres. Eso fue lo que más te gustó. Nadie te obligó, a no ser tu amor incondicional y fiel a tu Padre Dios.

Señor Jesús, desde lo más íntimo de mi corazón te agradezco que te encarnaras y te hicieras hombre como uno de nosotros, igual en todo a nosotros, menos en el pecado. Te reconozco como mi Señor y mi Dios y te admiro por tu generosidad y tu solidaridad con los hombres.

Señor de los Milagros, mi Redentor, te bendigo y te alabo por tu bondad y tierna compasión hacia los hombres. Tú eres el puente entre Dios y los hombres. A través de ti, Señor Jesús, todos tenemos acceso seguro y directo al Padre Dios.

Por eso, Padre Santo, yo me postro en tu presencia, te adoro y te bendigo pues tú eres digno de toda bendición en el cielo y en la tierra. A ti la gloria y el poder porque gobiernas el mundo con sabiduría y misericordia. Tú eres el Creador, el Amo y Señor: Todo está en tus manos y nada está perdido.

Gracias, Padre, por enviarnos a tu propio Hijo y también al Espíritu Santo derramado en nuestros corazones. Este Espíritu nos conduce a la Verdad total que nos trajo Jesucristo. El Espíritu Santo habla con suavidad y poder a nuestro espíritu asegurándonos que somos hijos amados del Padre y hermanos entrañables de Cristo. Él nos hace clamar ¡Abba, Padre!

Por eso, Padre de bondad, como hijos tuyos que somos en tu Hijo bendito, te pedimos que nos envíes el Espíritu. Ven, pues, Espíritu Santo, y llénanos del amor del Padre y del Hijo. Ven, dulce huésped del alma. Ven, Padre amoroso del pobre, y no pases de largo en esta Novena. Déjanos la huella de la santa unción que nos da fe, vida y salud.

Te pedimos, Espíritu Vivificador, que durante estos días podamos saborear el amor personal e incondicional del Padre Dios y la dulzura inefable de su bendito hijo Jesucristo, el Señor de los Milagros. Amén.

  1. Consideraciones bíblico-teológicas para cada día de la Novena:

DÍA PRIMERO: El Cuadro del Señor de los Milagros y el misterio de la Santísima Trinidad.

  1. El cuadro, la pintura 

La representación del Crucificado de las Nazarenas de Lima es conocida como el Señor de los Milagros. Originalmente fue una pintura realizada en el paño de una pared de barro en la Lima antigua. La tradición nos habla de que aquella representación era venerada por una comunidad de fieles de gente de color. Hubo un terremoto y se cree que milagrosamente la pared donde estaba pintado el Crucificado no sufrió daño. Por eso, comenzó a ser nombrado “Señor de los Milagros”.

La pintura del cuadro refleja la manera habitual como los artistas solían representar al Crucificado: La visión de conjunto del cuadro como tal, la distribución de las figuras y objetos, la composición de la escena, los gestos y expresiones de los personajes, la primacía de la finalidad catequética y devocional sobre el mero interés pictórico… son los rasgos comunes a este tipo de representaciones cristianas en las iglesias barrocas de la época colonial.

Todo esto nos hace evidente que la figura central es el Crucificado. A su alrededor sin embargo, descubrimos otros elementos esenciales de la fe cristiana católica, como es –y no podía ser de otra manera- el misterio de la Santísima Trinidad, y la Iglesia.

En este primer día de la Novena vamos a considerar este misterio central de nuestra fe, reflejado en el Cuadro del Señor de los Milagros. En la cúspide del cuadro aparece el Padre Eterno que afirma todo lo creado, lo gobierna y sostiene en su mano el globo del mundo. Entre la figura central del Crucificado y el Padre está representado el Espíritu en forma de paloma. Estamos, pues ante el misterio de la Santísima Trinidad.

La teología nos enseña a distinguir la Trinidad inmanente y la Trinidad económica o salvífica. No son dos realidades totalmente distintas y autónomas o independientes, sino la misma y única realidad. Es el mismo Dios Uno y Trino considerado en su eternidad, hacia dentro de sí, por un lado; y por otro, en su proyección en el espacio y en el tiempo, hacia afuera en la creación y en la historia de la salvación hasta nuestros días.

Los teólogos han estudiado la Trinidad inmanente, pero no realizando sus elucubraciones desde un laboratorio, sino tomando los datos y las huellas que la Trinidad salvífica nos ha dejado en la historia de la salvación. O sea que a la Trinidad la conocemos sólo en su actuar salvífico en el mundo, y en lo que Cristo mismo nos ha revelado. Él es la revelación en persona, el Verbo, la Palabra.

Por tanto, Dios no se ha revelado para satisfacer nuestra curiosidad intelectual o esotérica, sino en su acción salvadora y en su relación espiritual con los creyentes. De ahí que el cristiano no es el que “sabe” cosas de Dios, sino el que “conoce por experiencia personal y comunitaria” a Dios. El cristianismo no es una ideología, sino una persona viva: Cristo Jesús que nos lleva al Padre y al Hijo.

Nuestro Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos. Esto es muy importante y muy actual. Así, podríamos preguntarnos: Si de mi idea de Dios y de mi fe sobre Dios quitara todo lo que es aprendido o pura información ¿con qué me quedaría? ¿Realmente conozco a Dios por lo que ha hecho y hace en mí? ¿De qué me salva Dios en verdad? ¿Lo necesito realmente? ¿Es algo real y vivo, o es una idea vaga que apenas influye en mi vida?

Al hablar de la Trinidad nuestro lenguaje es necesariamente deficiente y simbólico. En verdad, es mucho más lo que dejamos de nombrar que lo nombramos de Dios; más lo que desconocemos que lo que conocemos realmente, pero no tenemos más remedio que expresarnos así para entendernos, conocer y experimentar la realidad divina, siempre situada “más allá de nosotros”. Este discurso y esta literatura se conocen como la “teología apofática” o negativa. Por eso, dirá San Agustín magistralmente: “Si tú me dices que lo entiendes, yo te digo que eso no es Dios”.

A pesar de esta pobreza y limitación, Dios nos ha comunicado lo suficiente de sí mismo como para ser plenamente felices. Y debemos seguir hablando de la Trinidad, porque lo que más desea Dios es que nosotros lo conozcamos lo mejor posible y seamos así felices amándolo de corazón y estableciendo una relación tan especial que nos lleve a la comunión real y verdadera con él.

Por tanto, si eso es lo que más quiere Dios darnos a conocer, debe de ser relativamente fácil conocer al verdadero Dios lo suficiente como para establecer una relación feliz y real con él. Ese conocimiento de la Trinidad tiene que ser algo que está al alcance de todos, no monopolio de personas superdotadas; tiene que ser como el abecé de nuestra fe, lo más elemental y accesible para todos los creyentes.

  1. Consideraciones bíblico-teológicas sobre la Trinidad Inmanente

Apoyada en la historia de la salvación y en la vida y enseñanzas de Jesús, la teología trata de mostrarnos el inefable misterio de la Santísima Trinidad. En esa línea pretendemos movernos durante esta Novena.

El hombre es un espíritu encarnado o un cuerpo espiritualizado. Conforme. Pero Dios es puro espíritu. A Dios nadie lo ha visto jamás. Sólo el Hijo, la segunda persona de la Santísima Trinidad, se ha encarnado, se ha hecho hombre como nosotros. Sólo hemos visto a Jesús, el hijo de María y de José, el hijo del carpintero, el nazareno.

Por él hemos sabido que hay un Dios Padre y un Dios Espíritu. De hecho Jesús se relacionaba con un Dios al que llamaba Padre y al que le confiaba todos sus afanes. Se sentía Hijo suyo y su alimento era cumplir en todo su santa voluntad. De junto a él había venido al mundo y a él tenía que volver. El Padre constituía el sentido total de su vida.

A la vez, por Jesús sabemos que hay un Espíritu o Poder de Dios. De hecho Jesús se siente habitado por él: Animado por él, ora al Padre; empujado por él, sale a predicar; amparado en su fuerza habla con poder y expulsa a los espíritus inmundos y cura todas las enfermedades.

Es decir, Jesús nos revela la comunidad trinitaria. Dios no es un ser superior autosuficiente y solitario. Dios es comunidad, familia, comunión. No tiene nombre propio. Dios Padre existe porque tan pronto como es, se da y engendra un Hijo. Esencia y existencia son, en Dios, a la vez, simultáneas. Dios Padre existe porque desde siempre tiene un Hijo al que se da totalmente. Si no tuviera un Hijo no existiría ni como Padre ni como Dios.

Dios Hijo existe porque desde siempre y por siempre tiene un Dios Padre al que se da, obedece, busca su gloria. Está total y íntegramente volcado al Padre Dios. Si no fuera así, no existiría ni como Hijo ni como Dios.

La fuerza que hace salir a Dios Padre de sí para engendrar a Dios Hijo y la fuerza que mueve a Dios Hijo para volverse a Dios Padre es el Espíritu Santo. El abrazo de Dios Padre y de Dios Hijo constituye el Espíritu Santo. La comunicación, la comunión y la unión que se da entre ambos es el Espíritu Santo en persona.

No son tres dioses sino un solo Dios en tres personas distintas. Son iguales en su dignidad, en la perfección de su esencia y su existencia. Todo les es común menos su relación, hacia adentro de la familia trinitaria, desde toda la eternidad. El Padre engendra al Hijo. El Hijo es engendrado y el Espíritu es espirado tanto por el Padre como por el Hijo.

El Padre no es cualquier padre sino que es a la vez Dios porque es fuente, realización y culminación de todas las formas posibles de ser padre, de paternidad o maternidad, de dar vida, engendrar o crear… El Hijo no es cualquier hijo, sino también Dios porque es origen, realización y terminación de todas las formas posibles de ser hijo, de filiación, de obediencia, de pleitesía, de fidelidad… El Espíritu es Dios porque origina, realiza y completa toda forma de comunidad, de unión, de comunicación, de amor, de donación…

Como el Padre asume todas las formas posibles de ser “padre” sin dejar nada fuera, por eso es “Dios”; y no puede haber más que un “dios”. Si hubiera dos “dioses” eso sería una contradicción en sí. Como el Hijo no deja ninguna filiación “fuera de sí”, por eso es Dios. Y como el Espíritu asume toda forma de unión y comunión y no deja nada fuera, por eso es también Dios. No tres dioses, sino un único Dios pero en tres personalidades o formas distintas, para entendernos.

Abundando en lo mismo: El Padre origina, realiza y completa o acaba toda forma de paternidad o maternidad, de dar vida… El Hijo origina, realiza y agota toda forma de filiación, obediencia, fidelidad… El Espíritu hace brotar, realiza y completa toda forma de nexo, comunicación, relación, diálogo, simpatía, comunión, síntesis, inclusión, compenetración, abrazo, empatía…

  1. Consideraciones bíblico-teológicas sobre la Trinidad Salvífica

Si el hombre ha sido creado por Dios que es Uno y Trino, que es comunidad, que es comunión de las tres personas divinas, entonces el hombre tiene que parecerse a su Creador, tiene que ser esencialmente comunicativo, llamado a vivir en comunión con Dios, en primer lugar, y también con sus semejantes y con el mundo. ¿En qué cualidades del hombre se manifiestan los vestigios de la Trinidad creadora y salvadora?

En el plano natural de la creación, el hombre refleja de múltiples formas a su Hacedor. Entre ellas, destacamos en primer lugar que el hombre posee tres facultades superiores que lo diferencian específicamente de los demás seres creados: memoria, entendimiento y voluntad. Cada facultad podemos relacionarla específica y metodológicamente con una de las tres divinas personas.

Así, por la memoria, el hombre recuerda los hechos y experiencias puntuales de su historia personal. Además, tiene presente la “impronta” original recibida del Creador por la que es consciente de su dignidad, tiene conciencia moral y tiende de forma espontánea y natural a cumplir el proyecto divino de alcanzar la felicidad en Dios.

La memoria la referimos a Dios Padre porque él es origen, fuente y principio de todo. El Padre toma la iniciativa, él se adelanta a todo. Por eso, le atribuimos las palabras de la Escritura: Eternamente te he amado, he pensado en ti, he pronunciado tu nombre, tengo pensamientos de paz y no de aflicción sobre ti, eres único para mí (…).

Por la memoria, nos preguntamos sobre el proyecto que Dios Padre ha soñado desde toda la eternidad para cada uno de nosotros. La memoria nos recuerda las expectativas que el Padre se ha forjado sobre nosotros. Ese proyecto en el fondo está calcado de la realidad de su propio Hijo, y ya está perfectamente cumplido en Cristo. Por tanto, en la medida en que nos parezcamos y reproduzcamos a Cristo en nuestra vida estaremos cumpliendo las expectativas del Padre, realizando su proyecto y dándole gloria.

El entendimiento lo aplicamos al Verbo. El Padre no tiene más que un Hijo que es su Palabra y solamente a través de él se comunica hacia afuera de la Trinidad. Todas las cosas fueron creadas a través de él, por él y para él, y solo por medio de él pueden volver al Padre. Fuera del Verbo nada ha sido hecho. Él es la horma, el molde en el que se ha hecho todo lo creado. Por tanto, todo tiene “racionalidad” en el Verbo. Solo en él se pueden conocer y entender todas las cosas.

El cristiano no quiere saber nada fuera de Cristo. En él encuentra la solución, la explicación y la clave de todos los problemas humanos. En Cristo habitan todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia.

La voluntad la relacionamos con el Espíritu Santo. El hombre desea, se goza y disfruta de las cosas y de las personas por medio de la voluntad. El Espíritu es la simpatía de la Trinidad. Es amor, comunión, abrazo, descanso… El Espíritu hace apetitosas y gustosas las cosas de Dios. Sin él todo es arduo, misterioso, oscuro, pesado, insípido…

En el plano de la gracia, el cristiano se comunica con Dios Uno y Trino mediante las virtudes infusas recibidas en el bautismo como la primera gratuidad de la Trinidad. Son llamadas “teologales” porque permiten al creyente comunicarse directamente con Dios, de manera inmediata. Son las virtudes teologales: fe, esperanza y caridad.

La caridad o amor lo relacionamos con Dios Padre porque él ha tomado la iniciativa de amarnos cuando no éramos buenos; amándonos en su Hijo, nos hizo buenos. Tanto nos ha amado Dios Padre que ha enviado a su Hijo al mundo para hacernos sus hijos en su bendito Hijo Jesucristo.

La fe la atribuimos al Hijo porque solamente él ha hablado y nos ha dicho todo lo que necesitamos saber sobre Dios. Sólo él ha bajado del cielo, sólo él ha sido enviado y ha sido acreditado con palabras y hechos poderosos: Por tanto, a él hay que creerle. El que le crea, se salvará; el que no crea en él será condenado.

Y al Espíritu lo relacionamos con la esperanza. El Hijo ha vuelto al Padre pero nos han enviado otro consolador, el Espíritu que nunca se irá. Él nos hará comprender la verdad plena de lo que Jesús hizo y enseñó. Con él se inauguran los últimos tiempos y él nos ayudará para que seamos fieles hasta el final. Él asegura a nuestro espíritu la verdad del amor del Padre y del Hijo y nos infunde la esperanza que no defrauda.

El hombre es un ser deficitario, necesitado, no acabado. Por eso, los autores hablan de tres necesidades fundamentales del ser humano. Los padres satisfacen básicamente esas necesidades del hombre. Pero a la vez en esta estructura ontológica y existencial del hombre queremos ver un reflejo de la Trinidad. El hombre herido por el pecado es sanado mediante una relación específica con cada una de las tres divinas personas.

Todo hombre necesita ser afirmado, querido, valorado, acompañado… Los padres proporcionan ese fundamento existencial al ser humano de manera suficiente. Ellos participan así del amor del Padre Dios creador que da la plena fundamentación, sentido y derecho a la existencia a todo ser humano.

El amor personal e incondicional de Dios Padre subsana los vacíos afectivos que puede el hombre puede padecer. El creyente desarrolla todas sus potencialidades apoyado en el respaldo que experimenta en el sólido amor del Padre Dios que lo afirma, lo recrea constantemente y nunca lo niega. Que lo empuja hacia adelante siempre.

En segundo lugar, todo ser humano siente la necesidad de sentirse útil, de desarrollar sus talentos, de ser y sentirse valioso para los demás… El trabajo es dignidad. El Hijo de Dios nos convoca a compartir su gran misión en el mundo: Vayan por todo el mundo, y prediquen el Evangelio a toda criatura. Den gratuitamente lo que han recibido de balde. Al Padre le gusta que ustedes den mucho fruto.

Jesús no es celoso ni acaparador. Más bien goza con ver felices a los 72 discípulos cuando volvían contentos de la misión. No acabarán los pueblos de Israel antes de que llegue el Hijo del hombre. Sin embargo, no pongan su felicidad en los éxitos. Alégrense más bien porque sus nombres están escritos en el libro de la vida.

Y finalmente, el Espíritu Santo, sanará las heridas afectivas del hombre que necesita ser acogido incondicionalmente por lo que es, no por lo que tiene o produce. La unción del Espíritu satisface plenamente la necesidad de afecto y de gratuidad en todo hombre. Él es el consolador, el dulce huésped del alma que alegra el desposorio de Dios con su criatura.

Podríamos rastrear todavía mucho más las huellas dejadas en la creación, sobre todo en el ser humano, por el Creador, Uno y Trino a la vez. Encontraríamos con seguridad similitudes y analogías sin fin. Sólo cito una semejanza muy sugerente: Muchos autores distinguen en el hombre tres centros vitales estrechamente relacionados entre sí: cabeza, corazón y entrañas. Estarían relacionados con Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo respectivamente.

  1. Peticiones o plegaria universal 
  • Dios Padre misericordioso, te damos gracias porque tú eres digno de toda bendición. Haz que te alabemos siempre a través de tu propio Hijo Jesucristo, Roguemos al Señor. Te lo pedimos, Señor.
  • Gracias, Padre santo, porque enviaste a tu Hijo al mundo para salvarnos. Concédenos acoger a tu Hijo como el mayor regalo que nos has dado, Roguemos al Señor…
  • Padre todopoderoso, que todos los hombres reconozcan que tú, con el Hijo y el Espíritu Santo eres uno, para que crean, esperen y amen al Dios único, Roguemos al Señor…
  • Padre eterno, que a través de tu Hijo has creado todas las cosas y con el Espíritu Santo todo lo gobiernas y diriges, haz que sepamos cuidar del mundo en que vivimos, Roguemos al Señor…
  • Señor de los Milagros, honrado, venerado y adorado por generaciones de peruanos dentro y fuera del territorio patrio, bendice al Perú para que seamos un pueblo próspero y creyente para gloria de Dios Padre en el Espíritu Santo, Roguemos al Señor…
  • Señor Jesús, te adoramos y te bendecimos porque con tu santa cruz has redimido el mundo. Ayúdanos a colaborar con el Padre en la salvación de nuestros hermanos, Roguemos al Señor…
  • Espíritu Santo, don del Padre y del Hijo, ven a iluminar a todos los que estamos rezando esta novena a fin de que conozcamos mejor el amor del Padre y del Hijo, Roguemos al Señor…
  • Pídase y formúlese ante el Señor la gracia específica que se desea obtener en esta Novena (Pausa) Roguemos al Señor…
  1. Padre nuestro, Ave María y Gloria (tres veces).
  2. Oración final para todos los días

Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, te adoro y te bendigo como mi único Señor y mi Dios. Me postro ante tu divina majestad y me rindo totalmente en tu presencia como criatura tuya que soy y también como hijo tuyo en tu bendito Hijo Jesucristo.

Te adoro, mi único Dios y Señor, y te entrego toda mi libertad. Quiero pertenecerte en cuerpo y alma y me consagro íntegramente a tu divina voluntad y misericordia. Te entrego todas mis facultades y pongo ante ti todas mis posibilidades: Deseo hacer siempre tu santa voluntad, pues te confieso como mi único amo y señor. Quiero andar en tu presencia toda mi vida. No quiero vivir dividido, disperso, y renuncio a toda actitud o conducta que me separe y me aparte de ti.

Padre de bondad infinita, te consagro mi memoria y quiero recordar y considerar siempre lo que tú esperas de mí. Deseo vivir, Padre Santo, según las expectativas, planes y proyectos que, desde toda la eternidad, has acariciado, soñado y pensado sobre mí. Que nada me distraiga y me aparte de ese proyecto misterioso. Quiero que estés orgulloso de mí como lo estás de tu amado Hijo, Jesús.

A ti, Señor Jesús, Señor de los Milagros, te consagro mi entendimiento y toda mi capacidad de pensar, discurrir y soñar. Tú eres mi sabiduría y mi ciencia. En ti, divino Maestro, quiero aprender todos los secretos y todo el saber. En ti encuentro el sentido más pleno de mi vida y de mi existencia. No quiero saber ni entender nada fuera de ti. Tú eres mi luz, vida y esperanza. Renuncio a buscar al margen de ti razones para vivir y esperar.

A ti, Espíritu Consolador, te entrego toda mi voluntad. Te consagro toda mi capacidad de gozo y felicidad. Que sólo en ti encuentre alegría y contento. Dame, Espíritu Santo, gusto en las cosas santas. Dame la vida eterna, que es conocer de verdad y saborear el amor del Padre y del Hijo. Hazme sentir la belleza y la bondad de la vida cristiana, y valorar la sabiduría de la Cruz. Líbrame de la mentira y de la vanidad del mundo presente.

Ven, Espíritu Vivificador, y mira mi pequeñez, ten compasión de mí, Padre amoroso del pobre: Ven a iluminar lo que está oscuro en mí, ven a enderezar lo torcido, a calentar lo frío, a endulzar lo amargo, en fin a sanar mis heridas. Ven, Espíritu Santo, a pacificar a los violentos, a reconciliar a los enemistados, a robustecer a los débiles, a vivificar lo que languidece, y finalmente, a resucitar a los que están muertos.

Padre Santo, por tu bendito Jesús, derrama el Santo Espíritu sobre toda carne, sobre tu santa Iglesia, sobre el Perú y de manera especial sobre todos los devotos del Señor de los Milagros, y sobre los que estamos haciendo esta Novena en su honor. Amén.

Gloria al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo, como era en el principio, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

  1. Himno al Señor de los Milagros

Señor de los Milagros, a ti venimos en procesión
tus fieles devotos, a implorar tu bendición (bis)

Faro que guía, da a nuestras almas
la fe, esperanza, la caridad;
tu amor divino nos ilumine,
nos haga dignos de tu bondad.

Señor de los Milagros, a ti venimos en procesión
tus fieles devotos, a implorar tu bendición (bis)

Con paso firme de buen cristiano
hagamos grande nuestro Perú,
y unidos todos como una fuerza
te suplicamos nos des tu luz.

Señor de los Milagros, a ti venimos en procesión
tus fieles devotos, a implorar tu bendición (bis)

Letra y música: Isabel Rodríguez Larraín

 

 

 

 

 

 

 

 


El maná de cada día, 16.10.17

octubre 16, 2017

Lunes de la 28ª semana del Tiempo Ordinario
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1501_06_8---Alcazar-de-los-Reyes-Cristianos-The-Alcazar-of-the-Christian-Kings-Gardens_web

Aquí hay uno que es más que Jonás

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PRIMERA LECTURA: Romanos 1, 1-7

Pablo, sirvo de Cristo Jesús, llamado a ser apóstol, escogido para anunciar el Evangelio de Dios. Este Evangelio, prometido ya por sus profetas en las Escrituras santas, se refiere a su Hijo, nacido, según la carne, de la estirpe de David; constituido, según el Espíritu Santo, Hijo de Dios, con pleno poder por su resurrección de la muerte: Jesucristo, nuestro Señor.

Por él hemos recibido este don y esta misión: hacer que todos los gentiles respondan a la fe, para gloria de su nombre. Entre ellos estáis también vosotros, llamados por Cristo Jesús. A todos los de Roma, a quienes Dios ama y ha llamado a formar parte de los santos, os deseo la gracia y la paz de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo.


SALMO 97

El Señor da a conocer su victoria.

Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas: su diestra le ha dado la victoria, su santo brazo.

El Señor da a conocer su victoria, revela a las naciones su justicia: se acordó de su misericordia y su fidelidad en favor de la casa de Israel.

Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios. Aclamad al Señor, tierra entera; gritad, vitoread, tocad.


Aclamación antes del Evangelio: Sal 94, 8ab

No endurezcáis hoy vuestro corazón; escuchad la voz del Señor.


EVANGELIO: Lucas 11, 29-32

En aquel tiempo, la gente se apiñaba alrededor de Jesús, y él se puso a decirles: «Esta generación es una generación perversa. Pide un signo, pero no se le dará más signo que el signo de Jonás. Como Jonás fue un signo para los habitantes de Nínive, lo mismo será el Hijo del hombre para esta generación.

Cuando sean juzgados los hombres de esta generación, la reina del Sur se levantará y hará que los condenen; porque ella vino desde los confines de la tierra para escuchar la sabiduría de Salomón, y aquí hay uno que es más que Salomón.

Cuando sea juzgada esta generación, los hombres de Nínive se alzarán y harán que los condenen; porque ellos se convirtieron con la predicación de Jonás, y aquí hay uno que es más que Jonás.»

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El cristiano no es vengativo porque en él triunfa siempre la misericordia, dice el Papa

octubre 10, 2017

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Jonás era un “testarudo” aunque más que eso, “era un rígido”, porque estaba “enfermo de rigidez” y tenía “el alma almidonada”

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El cristiano no es vengativo porque en él triunfa siempre la misericordia, dice el Papa

Por Álvaro de Juana

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VATICANO, 10 Oct. 17 / 05:16 am (ACI).- El Profeta Jonás fue el protagonista de la homilía del Papa Francisco en Santa Marta, donde el Pontífice aprovechó para denunciar a los rígidos de corazón y a los que se vengan cuando alguien les ha hecho mal.

Francisco recordó cómo Dios le pide convertir la ciudad de Nínive, pero la primera vez lo rechaza y la segunda acepta, aunque permanece “indignado”, “enfadado” por el perdón que Dios concede al pueblo.

Jonás era un “testarudo” aunque más que eso, “era un rígido”, porque estaba “enfermo de rigidez” y tenía “el alma almidonada”.

“Los testarudos del alma, los rígidos, no entienden lo que es la misericordia de Dios. Son como Jonás: ‘debemos predicar esto, que estos sean castigados porque han hecho mal y tienen que ir al infierno’. Los rígidos no saben alargar el corazón como el Señor”, señaló.

“Los rígidos son pusilánimes, con el pequeño corazón cerrado, apegados a la justicia desnuda. Y olvidan que la justicia de Dios se ha hecho carne en su Hijo, se ha hecho misericordia, se ha hecho perdón; que el corazón de Dios siempre está abierto al perdón”.

Y lo que olvidan los testarudos es que “la omnipotencia de Dios se hace ver, se manifiesta sobre todo en su misericordia y en el perdón”.

“No es fácil entender la misericordia de Dios, no es fácil. Se necesita mucha oración para entenderla porque es una gracia. Estamos acostumbrados al ‘me has hecho esto, yo te lo devuelvo’; a esa justicia de ‘lo has hecho, lo pagas’. Pero Jesús ha pagado por nosotros y continúa pagando”.

El Papa hizo notar que Dios había podido dejar a Jonás en su testarudez y su rigidez, sin embargo le habló y lo convenció. “Es el Dios de la paciencia, el Dios que da caricias, que sabe alargar los corazones”.

“Este es el mensaje de este libro profético”, aseguró. Es “un diálogo entre la profecía, la penitencia, la misericordia y la pusilanimidad o la testarudez”. Pero “siempre triunfa la misericordia de Dios, porque es su omnipotencia que se manifiesta justo en la misericordia”.

“Me permito aconsejarles que tomen la Biblia y lean este Libro de Jonás –es muy pequeño, son tres páginas– y miren cómo actúa el Señor, cómo es su misericordia, cómo el Señor transforma nuestros corazones”.

Lectura comentada por el Papa:

Primera lectura

Jonás 3:1-10
1 Por segunda vez fue dirigida la palabra de Yahveh a Jonás en estos términos:
2 «Levántate, vete a Nínive, la gran ciudad y proclama el mensaje que yo te diga.»
3 Jonás se levantó y fue a Nínive conforme a la palabra de Yahveh. Nínive era una ciudad grandísima, de un recorrido de tres días.
4 Jonás comenzó a adentrarse en la ciudad, e hizo un día de camino proclamando: «Dentro de cuarenta días Nínive será destruida.»
5 Los ninivitas creyeron en Dios: ordenaron un ayuno y se vistieron de sayal desde el mayor al menor.
6 La palabra llegó hasta el rey de Nínive, que se levantó de su trono, se quitó su manto, se cubrió de sayal y se sentó en la ceniza.
7 Luego mandó pregonar y decir en Nínive: «Por mandato del rey y de sus grandes, que hombres y bestias, ganado mayor y menor, no prueben bocado ni pasten ni beban agua.
8 Que se cubran de sayal y clamen a Dios con fuerza; que cada uno se convierta de su mala conducta y de la violencia que hay en sus manos.
9 ¡Quién sabe! Quizás vuelva Dios y se arrepienta, se vuelva del ardor de su cólera, y no perezcamos.»
10 Vio Dios lo que hacían, cómo se convirtieron de su mala conducta, y se arrepintió Dios del mal que había determinado hacerles, y no lo hizo.

 


Novena al Señor de los Milagros: Oración preparatoria

octubre 9, 2017

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Imagen del Señor de los Milagros, con el Padre Eterno y el Espíritu Santo

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NOVENA AL SEÑOR DE LOS MILAGROS

Con reflexiones sobre la Santísima Trinidad

I. Secuencia de la Novena y partes fijas para todos los días

  1. Señal de la cruz

Por la señal de la santa cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor Dios nuestro; en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

  1. Acto de contrición

Yo confieso ante Dios todopoderoso y ante ustedes, hermanos, que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión; por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa.

Por eso ruego a santa María, siempre virgen, a los Ángeles, a los Santos y a ustedes, hermanos, que intercedan por mí ante Dios, nuestro Señor.

  1. Oración preparatoria para todos los días: Postrados ante el Señor de los Milagros.

Señor de los Milagros, me postro a tus pies y te reconozco como mi Salvador y mi Dios. Te adoro y te pido la gracia de hacer devotamente esta Novena en tu honor.

Te doy gracias, Señor Jesús, porque tú bajaste del cielo y viniste al mundo para demostrarnos cuánto nos ama el Padre, Dios invisible. Divino Jesús, tú sabías que el Padre desea que todos sus hijos se salven y tengan vida en abundancia.

Por eso, te ofreciste voluntariamente para cumplir la misión de Mesías y Salvador de todos los hombres. Eso fue lo que más te gustó. Nadie te obligó, a no ser tu amor incondicional y fiel a tu Padre Dios.

Señor Jesús, desde lo más íntimo de mi corazón te agradezco que te encarnaras y te hicieras hombre como uno de nosotros, igual en todo a nosotros, menos en el pecado. Te reconozco como mi Señor y mi Dios y te admiro por tu generosidad y tu solidaridad con los hombres.

Señor de los Milagros, mi Redentor, te bendigo y te alabo por tu bondad y tierna compasión hacia los hombres. Tú eres el puente entre Dios y los hombres. A través de ti, Señor Jesús, todos tenemos acceso seguro y directo al Padre Dios.

Por eso, Padre Santo, yo me postro en tu presencia, te adoro y te bendigo pues tú eres digno de toda bendición en el cielo y en la tierra. A ti la gloria y el poder porque gobiernas el mundo con sabiduría y misericordia. Tú eres el Creador, el Amo y Señor: Todo está en tus manos y nada está perdido.

Gracias, Padre, por enviarnos a tu propio Hijo y también al Espíritu Santo derramado en nuestros corazones. Este Espíritu nos conduce a la Verdad total que nos trajo Jesucristo. El Espíritu Santo habla con suavidad y poder a nuestro espíritu asegurándonos que somos hijos amados del Padre y hermanos entrañables de Cristo. Él nos hace clamar ¡Abba, Padre!

Padre de bondad, como hijos tuyos que somos en tu Hijo bendito, te pedimos que nos envíes el Espíritu. Ven, pues, Espíritu Santo, y llénanos del amor del Padre y del Hijo. Ven, dulce huésped del alma. Ven, Padre amoroso del pobre, y no pases de largo en esta Novena. Déjanos la huella de la santa unción que nos da fe, vida y salud.

Te pedimos, Espíritu Vivificador, que durante estos días podamos saborear el amor personal e incondicional del Padre Dios y la dulzura inefable de su bendito hijo Jesucristo, el Señor de los Milagros. Amén.

(Continuará)

 


El maná de cada día, 7.10.17

octubre 7, 2017

Sábado de la 26ª semana del Tiempo Ordinario

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Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos, y las has revelado a la gente sencilla

Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos, y las has revelado a la gente sencilla



PRIMERA LECTURA: Baruc 4, 5-12. 27-29

Ánimo, pueblo mío, que llevas el nombre de Israel.

Os vendieron a los gentiles, pero no para ser aniquilados; por la cólera de Dios contra vosotros os entregaron a vuestros enemigos, porque irritasteis a vuestro Creador, sacrificando a demonios y no a Dios; os olvidasteis del Señor eterno que os había criado, y afligisteis a Jerusalén que os sustentó.

Cuando ella vio que el castigo de Dios se avecinaba dijo:

«Escuchad, habitantes de Sión, Dios me ha enviado una pena terrible: vi cómo el Eterno desterraba a mis hijos e hijas; yo los crié con alegría, los despedí con lágrimas de pena.

Que nadie se alegre viendo a esta viuda abandonada de todos. Si estoy desierta, es por los pecados de mis hijos, que se apartaron de la ley de Dios.

Ánimo, hijos, gritad a Dios, que el que os castigó se acordará de vosotros. Si un día os empeñasteis en alejaros de Dios, volveos a buscarlo con redoblado empeño.

El que os mandó las desgracias os mandará el gozo eterno de vuestra salvación.»


SALMO 68, 33-35. 36-37

El Señor escucha a sus pobres.

Miradlo, los humildes, y alegraos, buscad al Señor, y vivirá vuestro corazón. Que el Señor escucha a sus pobres, no desprecia a sus cautivos. Alábenlo el cielo y la tierra, las aguas y cuanto bulle en ellas.

El Señor salvará a Sión, reconstruirá las ciudades de Judá, y las habitarán en posesión. La estirpe de sus siervos la heredará, los que aman su nombre vivirán en ella.


ALELUYA: Mt 11, 25

Bendito seas, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has revelado los secretos del reino a la gente sencilla.


EVANGELIO: Lucas 10, 17-24

En aquel tiempo, los setenta y dos volvieron muy contentos y dijeron a Jesús: «Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre.»

Él les contestó: «Veía a Satanás caer del cielo como un rayo. Mirad: os he dado potestad para pisotear serpientes y escorpiones y todo el ejército del enemigo. Y no os hará daño alguno. Sin embargo, no estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo.»

En aquel momento, lleno de la alegría del Espíritu Santo, exclamó: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos, y las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo, sino el Padre; ni quién es el Padre, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiere revelar.»

Y volviéndose a sus discípulos, les dijo aparte: «¡Dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes desearon ver lo que veis vosotros, y no lo vieron; y oír lo que oís, y no lo oyeron.»
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LA RAZÓN DE LA ALEGRÍA
P. Francisco Fernández Carvajal

Abiertos a la alegría

El Evangelio de la Misa (1) resalta la alegría de los setenta y dos discípulos, cuando vuelven de predicar por todas partes la llegada del Reino de Dios. Con toda sencillez le dicen a Jesús: hasta los demonios se nos someten en tu nombre. El Maestro participa también de este gozo: Veía a Satanás caer como un rayo.

Pero a continuación les advierte: Mirad: os he dado potestad para pisotear serpientes y escorpiones y todo el ejército del enemigo. Y no os hará daño. Sin embargo -les previene-, no estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad contentos porque vuestros nombres están escritos en el Cielo.

Jesús pronunciaría estas palabras lleno de un gozo radiante, comunicativo, externo. Enseguida estalló en un canto de júbilo y de agradecimiento: En aquel mismo momento se llenó de gozo del Espíritu Santo y dijo: Yo te alabo, Padre, Señor del Cielo y de la tierra, porque ocultaste estas cosas a los sabios y prudentes y las revelaste a los pequeños. Sí, Padre, pues así fue tu beneplácito.

Los discípulos recordarían siempre aquel momento con todas las circunstancias que lo rodearon: sus confidencias al Maestro, relatándole sus primeras experiencias apostólicas; su dicha al sentirse instrumentos del Salvador; el rostro resplandeciente de Jesús; su canto de júbilo y de agradecimiento a su Padre celestial… y aquellas palabras inolvidables: alegraos porque vuestros nombres están escritos en el Cielo.

La esperanza de la bienaventuranza, el permanecer siempre junto a Dios, es la fuente inagotable de la alegría. Al entrar en la gloria eterna, si somos fieles, escucharemos de boca de Jesús estas inefables palabras: entra en el gozo de tu Señor (2).

Aquí en la tierra, cada paso que damos hacia Cristo nos acerca a la felicidad verdadera. No hay felicidad estable fuera de Dios. Y, a la vez, el gozo del cristiano presupone el esfuerzo paciente para reconocer las alegrías naturales, sencillas, que el Señor pone en nuestro camino: «la alegría de la existencia y de la vida; la alegría del amor honesto y santificado; la alegría tranquilizadora de la naturaleza y del silencio; la alegría a veces austera del trabajo esmerado; la alegría y satisfacción del deber cumplido; la alegría transparente de la pureza, del servicio, del saber compartir; la alegría exigente del sacrificio.

El cristiano podrá purificarlas, completarlas, sublimarlas: no puede despreciarlas. La alegría cristiana supone un hombre capaz de alegrías naturales» (3).

Muchas veces, el Señor se sirvió de estos gozos de la vida corriente para anunciar las maravillas del Reino: la alegría del sembrador y del segador; la del hombre que halla el tesoro escondido; la del pastor que encuentra una oveja perdida; el gozo de los invitados a un banquete; el júbilo de las bodas; el profundo gozo del padre que recibe a su hijo; el de una mujer que acaba de dar a luz a un niño…

El discípulo de Cristo no es un hombre «desencarnado», distanciado de lo humano, como no lo fue el Maestro. Nuestros amigos, quienes conviven con nosotros, nos han de notar cada vez más abiertos, con más capacidad para hacernos cargo de esas pequeñas alegrías nobles y limpias que Dios pone en nuestro camino para hacerlo más suave. Esta disposición estable supondrá en muchos momentos sacrificio y mortificación para vencer otros estados de ánimo o el cansancio.

1 Lc 10, 17-24. — 2 Mt 25, 21. — 3 Pablo VI, Exhort. Apost. Gaudete in Domino, 9-V-1975.

http://www.homiletica.org


¿Por qué la misa del sábado por la noche es válida para el domingo?

septiembre 25, 2017

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Por qué la misa del sábado por la noche es válida para el domingo

 

 

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La capacidad de cumplir con la obligación dominical en un sábado tiene unas sorprendentes raíces bíblicas

¿Por qué la misa del sábado por la noche es válida para el domingo?

Por Philip Kosloski

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Durante la mayoría de la historia de la Iglesia, se exigía los cristianos acudir a misa durante las 24 horas de un domingo para cumplir con su obligación hacia el Señor. Así se hacía de acuerdo con el mandamiento de santificar el día sagrado.

Luego, tras el Concilio Vaticano Segundo, se tomó la decisión de permitir que las misas celebradas la tarde antes “se convalidaran” como la obligación dominical. Así se estableció en el Derecho Canónico, en el que ahora se lee: “Cumple el precepto de participar en la Misa quien asiste a ella, dondequiera que se celebre en un rito católico, tanto el día de la fiesta como el día anterior por la tarde” (Can. 1248 §1).

Las motivaciones detrás de este cambio eran principalmente pastorales y se vieron influidas por cambios producidos por todo el mundo. Por ejemplo, varios gobiernos y cambios culturales ya no protegían el domingo como día no laboral, así que la Iglesia en su sabiduría ideó una solución que fuera acorde con la tradición.

Ante todo, la Iglesia no se inventó la celebración de un día festivo en la tarde anterior. Según el padre Edward McNamara, “el concepto de ‘día’ en el mundo antiguo (…) dividía nuestras 24 horas en cuatro vigilias nocturnas y cuatro horas de luz, con el comienzo del día en la primera vigilia”. Esto significaba que el ‘día’ no comenzaba a la medianoche, sino con el ocaso (recordemos que los pueblos antiguos no tenían relojes).

Esto se confirmó aún más con la práctica judía de observar el sabbat el sábado. Según la ley judía, “el sabbat es un día de reposo y celebración que comienza el viernes con el ocaso y termina la tarde del día siguiente con la caída de la noche”. Una de sus justificaciones para esta práctica viene de un suceso ocurrido durante el exilio en el desierto.

Para satisfacer las necesidades físicas de su pueblo, Dios envió codornices y maná. Moisés dice en Éxodo: “Esta tarde ustedes sabrán que ha sido el Señor el que los hizo salir de Egipto, y por la mañana verán la gloria del Señor (…) Esta tarde el Señor les dará carne para comer, y por la mañana hará que tengan pan hasta saciarse, ya que escuchó las protestas que ustedes dirigieron contra él” (Éxodo 16, 6-8). En este caso, Dios proporcionó alimento tanto para la tarde anterior como para la mañana siguiente.

En el simbolismo cristiano, esto hace referencia al maná y la carne eucarísticos que Dios ofrece a su Iglesia durante la misa.

Así que, aunque pueda parecer extraño celebrar el domingo un sábado, no es nada nuevo, sino que tiene unas sorprendentes raíces bíblicas.