Maná y Vivencias Pascuales (3), 18.4.17

abril 18, 2017

Martes de la Octava de Pascua

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Jesús le dice: Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quien buscas?

Jesús le dice: Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas?

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CLAVE DE ESPIRITUALIDAD PASCUAL: Oración colecta

Tú, Señor, que nos has salvado por el misterio pascual, continúa favoreciendo con dones celestes a tu pueblo, para que alcance la libertad verdadera y pueda gozar de la alegría del cielo, que ya ha empezado a gustar en la tierra.


Antífona de entrada: Eclesiástico 15, 3-4

El Señor les dará a beber el agua de la sabiduría; se apoyarán en Él y no vacilarán. Él los llenará de gloria eternamente. Aleluya.

PRIMERA LECTURA: Hechos de los apóstoles 2, 36-41. “Arrepiéntanse y bautícense en el nombre de Jesucristo“.

El díade Pentecostés decía Pedro a los judíos: «Sepa entonces con seguridad toda la gente de Israel que Dios ha hecho Señor y Cristo a este Jesús, a quien ustedes crucificaron».

Al oír esto, se afligieron profundamente. Dijeron, pues, a Pedro y a los demás apóstoles: «Hermanos, ¿qué debemos hacer?”

Pedro les contestó: «Conviértanse y háganse bautizar cada uno de ustedes en el nombre de Jesucristo, para que sus pecados sean perdonados. Y Dios les dará el Espíritu Santo; porque la promesa es para ustedes y para sus hijos, y para todos los extranjeros a los que el Señor llame”.

Con estas y otras muchas palabras les hablaba y les invitaba con insistencia: «Sálvense de esta generación malvada». Los que creyeron fueron bautizados y en aquel día se les unieron alrededor de tres mil personas.

SALMO 32, 4-5.18-19.20.22

La misericordia del Señor llena la tierra.

La palabra del Señor es sincera, y todas sus acciones son leales; él ama la justicia y el derecho, y su misericordia llena la tierra.

Los ojos del Señor están puestos en sus fieles, en los que esperan en su misericordia, para librar sus vidas de la muerte y reanimarlos en tiempo de hambre.

Nosotros aguardamos al Señor: él es nuestro auxilio y escudo. Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperarnos de ti.

Aclamación antes del Evangelio: Sal 117, 24

Éste es el día del triunfo del Señor, día de júbilo y de gozo.

EVANGELIO: Juan 20, 11-18 – “He visto al Señor y me ha dado este mensaje”.

María estaba llorando afuera, cerca del sepulcro. Mientras lloraba se agachó sobre el sepulcro, y vio a dos ángeles de blanco, sentados, uno a la cabecera y el otro a los pies, en donde había estado el cuerpo de Jesús.

Ellos le dijeron: «Mujer, ¿por qué lloras?» Les respondió: «Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde lo han puesto». Al decir, retrocedió y vio a Jesús, de pie, pero no lo reconoció.

Le dijo Jesús: «Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas?» Ella, creyendo que sería el cuidador del huerto, le contestó: «Señor, si tú lo has sacado, dime dónde lo pusiste y yo me lo llevaré».

Jesús le dice: «María». Entonces ella se dio vuelta y le dijo: «Rabboní» que en hebreo significa “maestro mío”.

«Suéltame, le dijo Jesús, pues aún no he vuelto donde mi Padre: anda a decir a mis hermanos que subo donde mi Padre, que es el Padre de ustedes; donde mi Dios que es el Dios de ustedes».

María Magdalena fue a los discípulos y les dijo: “He visto al Señor» y me ha dicho tales y tales cosas”.

Antífona de la comunión: Colosenses 3, 1-2

Puesto que ustedes han resucitado con Cristo, busquen las cosas del cielo, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios; aficiónense a los bienes del cielo, no a los de la tierra. Aleluya.

Clave hermenéutica de interpretación del relato evangélico: La narración de esta aparición hay que interpretarla teniendo como fondo el Cantar de los Cantares.

Por tanto, la clave nupcial aportará una gran iluminación teológica y espiritual: Resucitado-Comunidad cristiana; Cristo-Iglesia, esposa.

Términos sugerentes son: “huerto”, “mujer”, “darse media vuelta, volverse”, “buscar”, “hortelano”, “soltar o dejar de tocar” (Cf. Secundino Castro Sánchez, ocd.: Evangelio de Juan. DDB, 2008; pp. 349-357)


De los comentarios de san Agustín, obispo, sobre los salmos

El Aleluya pascual

No sólo vuestra voz debe alabar a Dios, sino también vuestro interior, vuestra vida

Toda nuestra vida presente debe discurrir en la alabanza de Dios, porque en ella consistirá la alegría sempiterna de la vida futura; y nadie puede ser idóneo de la vida futura si no se ejercita ahora en esta alabanza.

Ahora, alabamos a Dios, pero también le rogamos. Nuestra alabanza incluye la alegría, la oración, el gemido.

Es que se nos ha prometido algo que todavía no poseemos; y, porque es veraz el que lo ha prometido, nos alegramos por la esperanza; mas, porque todavía no lo poseemos, gemimos por el deseo.

Es cosa buena perseverar en este deseo, hasta que llegue lo prometido; entonces cesará el gemido y subsistirá la alabanza.

Por razón de estos dos tiempos -uno, el presente, que se desarrolla en medio de las pruebas y tribulaciones de esta vida, y el otro, el futuro, en el que gozaremos de la seguridad y la alegría perpetuas-, se ha instituido la celebración de un doble tiempo, el de antes y el de después de Pascua.

El que precede a la Pascua significa las tribulaciones que en esta vida pasamos; el que celebramos ahora, después de Pascua, significa la felicidad que luego poseeremos.

Por tanto, antes de Pascua celebramos lo mismo que ahora vivimos; después de Pascua celebramos y significamos lo que aún no poseemos.

Por esto, en aquel primer tiempo nos ejercitamos en ayunos y oraciones; en el segundo, el que ahora celebramos, descansamos de los ayunos y lo empleamos todo en alabanza. Esto significa el Aleluya que cantamos.

En aquel que es nuestra cabeza, hallamos figurado y demostrado este doble tiempo. La pasión del Señor nos muestra la penuria de la vida presente, en la que tenemos que padecer la fatiga y la tribulación, y finalmente la muerte; en cambio, la resurrección y la glorificación del Señor es una muestra de la vida que se nos dará.

Ahora, pues, hermanos, os exhortamos a la alabanza de Dios; y esta alabanza es la que nos expresamos mutuamente cuando decimos: Aleluya. “Alabad al Señor”, nos decimos unos a otros; y, así, todos hacen aquello a lo que se exhortan mutuamente.

Pero procurad alabarlo con toda vuestra persona, esto es, no sólo vuestra lengua y vuestra voz deben alabar a Dios, sino también vuestro interior, vuestra vida, vuestras acciones.

En efecto, lo alabamos ahora, cuando nos reunimos en la Iglesia; y, cuando volvemos a casa, parece que cesamos de alabarlo. Pero, si no cesamos en nuestra buena conducta, alabaremos continuamente a Dios. Dejas de alabar a Dios cuando te apartas de la justicia y de lo que a él le place.

Si nunca te desvías del buen camino, aunque calle tu lengua, hable tu conducta; y los oídos de Dios atienden a tu corazón. Pues, del mismo modo que nuestros oídos escuchan nuestra voz, así los oídos de Dios escuchan nuestros pensamientos (Salmo 148, 1 – 2: CCL 40, 2165 – 2166).


Maná y Vivencias Cuaresmales (38), 7.4.17

abril 7, 2017

Viernes de la 5ª semana de Cuaresma

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En el peligro invoqué al Señor, y me escuchó

En el peligro invoqué al Señor, y me escuchó



Antífona de entrada: Salmo 30, 10. 16.18

Ten piedad de mí, Señor, porque estoy angustiado; líbrame del poder de mis enemigos y de aquellos que me persiguen. Señor, que no me avergüence de haberte invocado.


Oración colecta

Perdona las culpas de tu pueblo, Señor, y que tu amor y tu bondad nos libren del poder del pecado, al que nos ha sometido nuestra debilidad. Por nuestro Señor Jesucristo.

PRIMERA LECTURA: Jeremías 20, 10-13

Oía el cuchicheo de la gente: «Pavor en torno; delatadlo, vamos a delatarlo.» Mis amigos acechaban mi traspié: «A ver si se deja seducir, y lo abatiremos, lo cogeremos y nos vengaremos de él.»

Pero el Señor está conmigo, como fuerte soldado; mis enemigos tropezarán y no podrán conmigo. Se avergonzarán de su fracaso con sonrojo eterno que no se olvidará. Señor de los ejércitos, que examinas al justo y sondeas lo íntimo del corazón, que yo vea la venganza que tomas de ellos, porque a ti encomendé mi causa.

Cantad al Señor, alabad al Señor, que libró la vida del pobre de manos de los impíos.


SALMO 17, 2-3a.3bc-4.5-6.7

En el peligro invoqué al Señor, y me escuchó.

Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza; Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador.

Dios mío, peña mía, refugio mío, escudo mío, mi fuerza salvadora, mi baluarte. Invoco al Señor de mi alabanza y quedo libre de mis enemigos.

Me cercaban olas mortales, torrentes destructores me aterraban, me envolvían las redes del abismo, me alcanzaban los lazos de la muerte.

En el peligro invoqué al Señor, grité a mi Dios. Desde su templo él escuchó mi voz, y mi grito llegó a sus oídos.

Aclamación antes del Evangelio: Juan 6, 63. 68

Tus palabras, Señor, son Espíritu y vida; tú tienes palabras de vida eterna.

EVANGELIO: Juan 10, 31-42

En aquel tiempo, los judíos agarraron piedras para apedrear a Jesús.

Él les replicó: «Os he hecho ver muchas obras buenas por encargo de mi Padre: ¿por cuál de ellas me apedreáis?»

Los judíos le contestaron: «No te apedreamos por una obra buena, sino por una blasfemia: porque tú, siendo un hombre, te haces Dios.»

Jesús les replicó: «¿No está escrito en vuestra ley: “Yo os digo: Sois dioses”? Si la Escritura llama dioses a aquellos a quienes vino la palabra de Dios (y no puede fallar la Escritura), a quien el Padre consagró y envió al mundo, ¿decís vosotros que blasfema porque dice que es hijo de Dios? Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis, pero si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a las obras, para que comprendáis y sepáis que el Padre está en mí, y yo en el Padre.»

Intentaron de nuevo detenerlo, pero se les escabulló de las manos. Se marchó de nuevo al otro lado del Jordán, al lugar donde antes había bautizado Juan, y se quedó allí.

Muchos acudieron a él y decían: «Juan no hizo ningún signo; pero todo lo que Juan dijo de éste era verdad.»

Y muchos creyeron en él allí.

Antífona de comunión: 1 Pedro 2, 24

Jesús llevó a la cruz nuestros pecados, cargándolos en su cuerpo, a fin de que, muertos al pecado, vivamos para la justicia. Gracias a sus llagas, fuimos curados.

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VIVENCIAS CUARESMALES

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Os he hecho ver muchas obras buenas, ¿por cuál de ellas me apedreáis?

38. VIERNES

QUINTA SEMANA DE CUARESMA
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TEMA INSPIRADOR.- Sigue el conflicto. Jesús es el Hijo de Dios consagrado y enviado por el Padre. Falta sólo una semana para entrar en el Triduo Pascual.

Este viernes es conocido como el “viernes de pasión” y también “viernes de concilio”, sobre todo en América, porque en este día tuvieron consejo los jefes de los judíos para ver la manera de acabar con Jesús de una vez por todas y a como diese lugar.

Lo narra el evangelio de la misa de mañana, sábado.

Como norma sería conveniente que al comenzar esta reflexión o tu oración personal, dedicaras un par de minutos a recordar y revivir lo experimentado el día anterior. De esta forma quedaría más grabado en tu interior y en tu vida, y podrías empalmar con lo siguiente.

Si no fluye nada, no te preocupes, pasa adelante: al nuevo día, al nuevo mensaje, a la nueva experiencia que Dios te tiene preparada para la nueva jornada.

En este día viernes recuerda y revive la Eucaristía de ayer o del último domingo. Algo te impactaría seguramente, revívelo y agradécelo. Recuerda que la Misa constituye un mar sin fondo; cualquier esfuerzo que hagas para descubrir ese tesoro será muy bien empleado.

Por otra parte, cuanto más vayas entendiendo y viviendo, eso mismo será un estímulo para seguir buscando incansablemente.

Considera hoy que la alianza con Dios se establece en lo profundo de tu corazón, mediante la fe sincera; pero como la fe debe ser tan manifiesta como profunda, debes sentir y expresar esa alianza con Dios en la existencia diaria, en una conversión permanente que te conduzca a reforzar tu nueva vida en el Espíritu debilitando en ti al hombre viejo con toda su maldad. Recuerda los frutos del buen Espíritu: Gálatas 5, 13-16-25.

A la Misa llevas esa lucha diaria. Con dos finalidades: primero, para confirmar lo bueno, uniéndolo a la gloria que Cristo tributa a su Padre para perfeccionar o completar, si se puede hablar así, la ofrenda de Cristo; y en segundo lugar, para purificarte de todo lo malo que aún te domina, mediante una nueva efusión del poder de Dios en ti, del Espíritu Santo.

La Eucaristía es culmen y fuente. Te sientas y te dispones a escuchar la Palabra y a tomar el Pan de los ángeles para poder tú después preparar algo parecido para Dios mediante una vida santa. Aceptas la invitación de Dios con la intención de poder invitarlo tú después a tu propia mesa. Por eso, toma agradecido el don de Dios y estarás dispuesto a convertirte tú mismo en don para Dios, haciéndote don de Dios para los demás, pan partido para tus hermanos.

Sólo así se puede comulgar dignamente. Si cada Misa no supone el ascender un peldaño en la escala de santidad, no estás comulgando bien. Debes convertirte cada día más y más en lo que recibes: Cuerpo de Cristo, hermano universal para construir el Reino y realizar la obra de Dios.

Analiza todo esto siguiendo, hoy especialmente, más de cerca la celebración de la Misa en el corazón de la misma: en la palabra y la acción del sacerdote durante la plegaria eucarística y la comunión.

Reza de corazón la oración sobre las ofrendas: “Concédenos, Dios de misericordia, servir siempre a tu altar con dignidad y, participando en él frecuentemente, danos la salvación”.

Hoy constatamos en el Evangelio la oposición más radical a Jesús, y a la vez la fe sencilla de otros, que creen en Jesús; muy diferente suerte, que se libra no sólo fuera sino también dentro de nosotros mismos. De ahí que la oración colecta pida que la bondad y amor de Dios “Nos libren del poder del pecado al que nos ha sometido nuestra debilidad”.

Ese poder es muy grande y siempre constatamos su fuerza dentro de nosotros mismos por más que procuramos con sinceridad convertirnos a Dios. Por eso la oración después de la Comunión pide que: “El don de la eucaristía nos proteja siempre y aleje de nosotros todo mal”.

Puedes completar tu oración con la lectura de Jeremías 20, 10-13: Oía el cuchicheo de la gente: “Pavor en torno”. –Delatadlo, vamos a delatarlo. Mis amigos acechaban mi traspiés: -A ver si se deja seducir y lo violaremos, lo cogeremos y nos vengaremos de él. Pero el Señor está conmigo, como fuerte soldado; mis enemigos tropezarán y no podrán conmigo. Cantad al Señor, alabad al Señor, que libró la vida del pobre de manos de los impíos.

Salmo 17: En el peligro invoqué al Señor y me escuchó.

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De las instrucciones de san Doroteo, abad
La falsa paz de espíritu

El que se acusa a sí mismo acepta con alegría toda clase de molestias, daños, ultrajes, ignominias y otra aflicción cualquiera que haya de soportar, pues se considera merecedor de todo ello, y en modo alguno pierde la paz. Nada hay más apacible que un hombre de ese temple.

Pero quizá alguien me objetará: “Si un hermano me aflige, y yo, examinándome a mí mismo, no encuentro que le haya dado ocasión alguna, ¿por qué tengo que acusarme?”

En realidad, el que se examina con diligencia y con temor de Dios nunca se hallará del todo inocente, y se dará cuenta de que ha dado alguna ocasión, ya sea de obra, de palabra o con el pensamiento. Y, si en nada de esto se halla culpable, seguro que en otro tiempo habrá sido motivo de aflicción para aquel hermano, por la misma o por diferente causa; o quizá habrá causado molestia a algún otro hermano.

Por esto, sufre ahora en justa compensación, o también por otros pecados que haya podido cometer en muchas otras ocasiones.

Otro preguntará por qué deba acusarse si, estando sentado con toda paz y tranquilidad, viene un hermano y lo molesta con alguna palabra desagradable o ignominiosa y, sintiéndose incapaz de aguantarla, cree que tiene razón en alterarse y enfadarse con su hermano; porque, si éste no hubiese venido a molestarlo, él no hubiera pecado.

Este modo de pensar es, en verdad, ridículo y carente de toda razón. En efecto, no es que al decirle aquella palabra haya puesto en él la pasión de la ira, sino que más bien ha puesto al descubierto la pasión de que se hallaba aquejado; con ello, le ha proporcionado ocasión de enmendarse, si quiere.

Éste tal es semejante a un trigo nítido y brillante que, al ser roto, pone al descubierto la suciedad que contenía.

Así también el que está sentado en paz y tranquilidad según cree, esconde, sin embargo, en su interior una pasión que él no ve. Viene el hermano, le dice alguna palabra molesta y, al momento, aquél echa fuera todo el pus y la suciedad escondidos en su interior.

Por lo cual, si quiere alcanzar misericordia, mire de enmendarse, purifíquese, procure perfeccionarse, y verá que, más que atribuirle una injuria, lo que tenía que haber hecho era dar gracias a aquel hermano, ya que le ha sido motivo de tan gran provecho.

Y, en lo sucesivo, estas pruebas no le causarán tanta aflicción, sino que, cuanto más se vaya perfeccionando, más leves le parecerán. Pues el alma, cuanto más avanza en la perfección, tanto más fuerte y valerosa se vuelve en orden a soportar las penalidades que le puedan sobrevenir (Instr. 7, sobre la acusación de sí mismo, 2-3; PG 88, 1699).

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Maná y Vivencias Cuaresmales (37), 6.4.17

abril 6, 2017

Jueves de la 5ª semana de Cuaresma

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Postrarse como Abrahán, he ahí la actitud justa ante Dios

Postrarse como Abrahán, he ahí la actitud justa ante Dios



Antífona de entrada: Hebreos 9, 15

Cristo es el mediador de la nueva alianza, porque mediante su muerte, aquellos que han sido llamados, reciben la herencia eterna que les había sido prometida.


Oración colecta

Escucha nuestras súplicas, Señor, y mira con amor a los que han puesto su esperanza en tu misericordia; límpialos de todos sus pecados, para que perseveren en una vida santa y lleguen de este modo a heredar tus promesas. Por nuestro Señor Jesucristo.

PRIMERA LECTURA: Génesis 17, 3-9

En aquellos días, Abrán cayó de bruces, y Dios le dijo: «Mira, éste es mi pacto contigo: Serás padre de muchedumbre de pueblos.

Ya no te llamarás Abrán, sino que te llamarás Abrahán, porque te hago padre de muchedumbre de pueblos.

Te haré crecer sin medida, sacando pueblos de ti, y reyes nacerán de ti.

Mantendré mi pacto contigo y con tu descendencia en futuras generaciones, como pacto perpetuo. Seré tu Dios y el de tus descendientes futuros.

Os daré a ti y a tu descendencia futura la tierra en que peregrinas, la tierra de Canaán, como posesión perpetua, y seré su Dios.»

Dios añadió a Abrahán: «Tú guarda mi pacto, que hago contigo y tus descendientes por generaciones.»

SALMO 104, 4-5. 6-7. 8-9

El Señor se acuerda de su alianza eternamente

Recurrid al Señor y a su poder, buscad continuamente su rostro. Recordad las maravillas que hizo, sus prodigios, las sentencias de su boca.

¡Estirpe de Abrahán, su siervo; hijos de Jacob, su elegido! El Señor es nuestro Dios, él gobierna toda la tierra.

Se acuerda de su alianza eternamente, de la palabra dada, por mil generaciones; de la alianza sellada con Abrahán, del juramento hecho a lsaac.

Aclamación antes del Evangelio: Salmo 94, 8

Hagámosle caso al Señor, que nos dice: “No endurezcáis vuestro corazón”.

EVANGELIO: Juan 8, 51-59

En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: «Os aseguro: quien guarda mi palabra no sabrá lo que es morir para siempre.»

Los judíos le dijeron: «Ahora vemos claro que estás endemoniado; Abrahán murió, los profetas también, ¿y tú dices: “Quien guarde mi palabra no conocerá lo que es morir para siempre”? ¿Eres tú más que nuestro padre Abrahán, que murió? También los profetas murieron, ¿por quién te tienes?»

Jesús contestó: «Si yo me glorificara a mí mismo, mi gloria no valdría nada. El que me glorifica es mi Padre, de quien vosotros decís: “Es nuestro Dios”, aunque no lo conocéis. Yo sí lo conozco, y si dijera: “No lo conozco” sería, como vosotros, un embustero; pero yo lo conozco y guardo su palabra. Abrahán, vuestro padre, saltaba de gozo pensando ver mi día; lo vio, y se llenó de alegría.»

Los judíos le dijeron: «No tienes todavía cincuenta años, ¿y has visto a Abrahán?»

Jesús les dijo: «Os aseguro que antes que naciera Abrahán, existo yo.»

Entonces cogieron piedras para tirárselas, pero Jesús se escondió y salió del templo.

Antífona de comunión: Romanos 8, 32

Dios no escatimó la vida de su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros y con él nos ha dado todos los bienes.

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VIVENCIAS CUARESMALES


En la Misa se actualiza la alianza perfectamente cumplida



37. JUEVES

QUINTA SEMANA DE CUARESMA


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TEMA: Alianza con Abrahán y cumplimiento en Cristo.

Dos experiencias: La adoración de un Dios que toma la iniciativa y que promete y se compromete él solito, de manera unilateral; eso es lo decisivo. Y en segundo lugar, la respuesta dada por el mismo Dios en Jesucristo: Cristo realiza esa respuesta plenamente, como hombre y como Dios.

Como hombre, en nombre de todos los seres humanos; y la renueva sacramentalmente en la Eucaristía, para nosotros, para que crezcamos a su estatura: cada año, durante el devenir del año litúrgico; cada semana, en la misa dominical; cada día, en la misa diaria y sobre todo en la liturgia de las horas. En la Misa se realiza mistéricamente la salvación por la fe, después se realizará en la vida, como una prolongación.

Abrahán cae de bruces ante Dios, se prosterna ante él. He ahí la verdadera actitud del hombre ante su Dios, la de siempre, la justa. Por más confianza que nos inspire, por más íntimos que nos considere o nos consideremos, siempre Dios es un Misterio, el Otro, es el único Santo, el Infinito.

Todo respeto y adoración son poco, siempre. Él es digno de toda alabanza, de toda bendición. El hombre es indigno de hacer de Dios mención. “Nunca es digno el hombre de hacer de ti mención”, confesará san Francisco.

Cuando el hombre adora así a su Dios, se hace digno de escuchar su Palabra. Sólo entonces Dios habla para salvación y no para condenación, y esa Palabra es decisiva, normativa, absoluta, porque expresa una voluntad infinita y estable o una decisión del mismo Dios que se define como fiel a su Palabra y que por tanto realiza lo que la palabra significa. Es el Dios que da vida.

Esta lectura de Génesis 17, 3-9 expresa el designio salvífico de Dios:

“Abrán cayó de bruces y Dios le dijo: Mira, éste es mi pacto contigo: serás padre de muchedumbre de pueblos. Ya no te llamarás Abrán, sino Abrahán, porque te hago padre de muchedumbre. Cumpliré mi pacto contigo y con tu descendencia en futuras generaciones, como pacto perpetuo. Seré tu Dios y el de tus descendientes futuros. Dios añadió a Abrahán: Guardad mi alianza, tú y tus descendientes, por siempre”.

Se trata del único designio divino que tendrá muchas manifestaciones, pero el mismo en esencia, porque es el amor de Dios al hombre, a la humanidad de generación en generación. Es bueno adorar y bendecir a Dios por este designio salvífico manifestado a Abrahán aquí, y que culminará Cristo mismo. Él en persona encarna ese designio.

Alegrémonos por esa unidad, armonía y coherencia de Dios en todas sus palabras y acciones, en sus obras. Porque es eterna su fidelidad, su misericordia.

Por tanto, Dios no sólo habla de manera pasajera sino que establece una alianza con el hombre para siempre, inamovible. Ese compromiso de Dios afecta al hombre en todo su ser. Por eso Dios mismo cambia el nombre a Abrán. “Te llamarás Abrahán -que significa ‘muchedumbre’- porque te haré padre de un gran pueblo”.

Entre los hebreos el nombre de una persona expresa el ser y la misión de la misma, según la mente de Dios. No es algo anecdótico o postizo, como entre nosotros. Y menos puede haber contradicción entre lo que uno es y lo que hace. El nombre que Dios pone a cada persona se identifica con su misión, con su vocación porque el hombre es un ser esencialmente vocacionado. La respuesta a esa llamada es la personal historia de salvación.

Esta correspondencia entre el nombre y la misión constituye la coherencia radical del creyente. Se trata del orden establecido por Dios, cuyo resultado es la plenitud personal y la paz, en todas sus modalidades.

Según la Biblia, el hombre es, antes que “naturaleza” fija y terminada, vocación, esencialmente. Es decir, Dios “llama” al hombre a una vida de relación con él, y llamándolo, lo crea; y llamándolo a cada momento y en cada circunstancia lo recrea y lo hace vivir permanentemente en su presencia, en una historia de salvación tejida de palabras y de obras.

Dios capacita al hombre para esa relación o religación, y, consiguientemente, le da una naturaleza de ser inteligente, libre y racional: capaz de “responder o corresponder” a Dios, que es comunión. Por tanto el hombre es vocación, su esencia consiste en ser amado por Dios hasta convertirlo en su interlocutor y confidente.

Y esa vocación justifica su racionalidad e intencionalidad. La vocación determina su esencia y condición racional y su libertad. Ahí radica la mayor riqueza del hombre, toda su dignidad.

Esa vocación es fundamentalmente llamada a la santidad. Sed santos como santo es vuestro Padre que está en los cielos. Por tanto, si el hombre no alcanza esa relación con Dios, se convierte en un ser profundamente irrealizado, fracasado. Un ser descentrado, no logrado. Este fracaso es ontológico antes que nada y por encima de todo, no sólo moral y psicológico. Estos dos últimos aspectos son secundarios y consecuencia del primero.

De ahí que, cuando el hombre se aparta de este propósito de Dios, entra con facilidad en el camino de la incoherencia, de la tensión entre lo que las circunstancias de la vida le exigen y el capricho personal de vivir a su antojo.

Así descubrimos frecuentemente en muchos hombres de hoy que consideran el trabajo como una esclavitud, las tareas propias del hogar como una carga pesada. Muchos esperan ansiosamente que llegue la hora de salir del trabajo, para hacer su voluntad, para ser libre, para hacer lo que realmente les interesa y donde creen que se realizan.

En fin, concluimos que, sin Dios, sin el sometimiento a sus planes, todo se desordena y el hombre pierde el norte de su vida y se enreda en la maraña de sus pasiones, es presa fácil del propio egoísmo y de la avidez de los ojos y de la soberbia de la vida, de la seducción del poder y de la pasión insaciable del placer.

Por tu parte, hermano, trata de vivir hoy esa alianza con Dios participando en la Santa Misa, precisamente hoy día, jueves eucarístico. El próximo jueves será Jueves Santo. El Padre tomó la iniciativa y se comprometió enviando a su Hijo al mundo para cumplir su parte hasta el fin, y a la vez haciendo que un hombre como nosotros, Jesús de Nazaret, fuera obediente hasta la muerte y muerte de cruz. En Cristo, pues, toda la humanidad ya ha respondido de manera perfecta a la alianza con Dios.

En la Misa se actualiza esa alianza perfectamente cumplida por ambos lados en Cristo mismo, en su persona. Tú, hermano, procura aportar tu participación en el pan y en el vino y trata de experimentar cómo hay algo tuyo en el Pan y en el Vino, antes y después de la Consagración, antes y después de la Comunión.

Entra en el misterio de la Eucaristía: atiende a cada palabra y a cada signo que realiza el sacerdote sobre todo a partir de la presentación de los dones y de manera especial a partir del prefacio: “En verdad es justo y necesario”. Que cada Eucaristía te cambie, te ayude a sentir, expresar y realizar mejor tu identidad cristiana: en el templo y en el mundo.

Agradece a Cristo su confesión acerca de su relación con el Padre: Si yo me glorificara a mí mismo, mi gloria no valdría nada. El que me glorifica es mi Padre, a quien conozco y cuya palabra guardo.

San Agustín explica el amén de la Comunión: “Si sois de Cristo y sus miembros, es el sacramento de lo que sois lo que recibís. Es a lo que sois a lo que respondéis amén. Esa respuesta es vuestra firma. Oyes efectivamente: Cuerpo de Cristo. Y tú debes responder: amén”.

Sé miembro del Cuerpo de Cristo para que tu amén sea verdadero.


Maná y Vivencias Cuaresmales (35), 4.4.17

abril 4, 2017

Martes de la 5ª semana de Cuaresma

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Cuando levantéis al Hijo del hombre, sabréis que yo soy, y que no hago nada por mi cuenta, sino que hablo como el Padre me ha enseñado


Antífona de entrada: Salmo 26, 14

Espera en el Señor, sé valiente: ten ánimo, espera en el Señor.


Oración colecta

Concédenos, Señor, perseverar en el fiel cumplimiento de tu santa voluntad, para que, en nuestros días, crezca en santidad y en número el pueblo dedicado a tu servicio. Por nuestro Señor Jesucristo.

PRIMERA LECTURA: Números 21, 4-9

En aquellos días, desde el monte Hor se encaminaron los hebreos hacia el mar Rojo, rodeando el territorio de Edom.

El pueblo estaba extenuado del camino, y habló contra Dios y contra Moisés: «¿Por qué nos has sacado de Egipto para morir en el desierto? No tenemos ni pan ni agua, y nos da náusea ese pan sin cuerpo.»

El Señor envió contra el pueblo serpientes venenosas, que los mordían, y murieron muchos israelitas.

Entonces el pueblo acudió a Moisés, diciendo: «Hemos pecado hablando contra el Señor y contra ti; reza al Señor para que aparte de nosotros las serpientes.»

Moisés rezó al Señor por el pueblo, y el Señor le respondió: «Haz una serpiente venenosa y colócala en un estandarte: los mordidos de serpientes quedarán sanos al mirarla.»

Moisés hizo una serpiente de bronce y la colocó en un estandarte. Cuando una serpiente mordía a uno, él miraba a la serpiente de bronce y quedaba curado.

SALMO 101, 2-3.16-18.19-21

Señor, escucha mi oración, que mi grito llegue hasta ti.

Señor, escucha mi oración, que mi grito llegue hasta ti; no me escondas tu rostro el día de la desgracia. Inclina tu oído hacia mí; cuando te invoco, escúchame en seguida.

Los gentiles temerán tu nombre, los reyes del mundo, tu gloria. Cuando el Señor reconstruya Sión y aparezca en su gloria, y se vuelva a las súplicas de los indefensos, y no desprecie sus peticiones.

Quede esto escrito para la generación futura, y el pueblo que será creado alabará al Señor. Que el Señor ha mirado desde su excelso santuario, desde el cielo se ha fijado en la tierra, para escuchar los gemidos de los cautivos y librar a los condenados a muerte.

Aclamación antes del Evangelio:

La semilla es la palabra de Dios y el sembrador es Cristo; todo aquel que lo encuentra vivirá para siempre.

EVANGELIO: Juan 8, 21-30

En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos: «Yo me voy y me buscaréis, y moriréis por vuestro pecado. Donde yo voy no podéis venir vosotros.»

Y los judíos comentaban: «¿Será que va a suicidarse, y por eso dice: “Donde yo voy no podéis venir vosotros”?»

Y él continuaba: «Vosotros sois de aquí abajo, yo soy de allá arriba: vosotros sois de este mundo, yo no soy de este mundo. Con razón os he dicho que moriréis por vuestros pecados: pues, si no creéis que yo soy, moriréis por vuestros pecados.»

Ellos le decían: «¿Quién eres tú?»

Jesús les contestó: «Ante todo, eso mismo que os estoy diciendo. Podría decir y condenar muchas cosas en vosotros; pero el que me envió es veraz, y yo comunico al mundo lo que he aprendido de él.»

Ellos no comprendieron que les hablaba del Padre.

Y entonces dijo Jesús: «Cuando levantéis al Hijo del hombre, sabréis que yo soy, y que no hago nada por mi cuenta, sino que hablo como el Padre me ha enseñado. El que me envió está conmigo, no me ha dejado solo; porque yo hago siempre lo que le agrada.»

Cuando les exponía esto, muchos creyeron en él.

Antífona de comunión: Juan 12, 32

Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí, dice el Señor.

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VIVENCIAS CUARESMALES


Crezca en santidad y en número el pueblo dedicado a tu servicio

35. MARTES

QUINTA SEMANA DE CUARESMA


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TEMA ILUMINADOR.- La identidad de Jesús queda clarificada cuando es levantado en la Cruz. Miremos la Cruz como la máxima expresión del amor de Dios por nosotros:

“Cuando levantéis al Hijo del hombre sabréis que yo soy, y que no hago nada por mi cuenta, sino que hablo como el Padre me ha enseñado. El que me envió está conmigo, no me ha dejado solo, porque yo hago siempre lo que le agrada”.

En la misa de hoy, se reconoce la debilidad del hombre. Él tiene un corazón vacilante, propenso al desánimo. Por eso ya la antífona de entrada, Salmo 26, 14, increpa al creyente: “Espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor”.

Parecida exhortación se dirige a múltiples personajes bíblicos ante las exigencias de la vocación divina: a Moisés ante el faraón; a Josué ante la misión de introducir a Israel en la tierra prometida, etc. “Sé valiente, ten ánimo, no temas, el Señor está contigo, espera en él”.

Es muy fuerte la tentación de la desesperanza. Es grande la facilidad con la que se inflan los fantasmas del miedo, la inseguridad, y la incredulidad.

El temor resume los sentimientos más negativos y más dañinos que le amenazan al hombre de todas las épocas y en todos los momentos de su vida; por eso es tan reiterativa la exhortación bíblica, la del Espíritu bueno frente a la terquedad del espíritu malo para arrebatar de la mente del creyente la memoria y el recuerdo del poder de Dios, mil veces demostrado en la Historia Sagrada, tanto colectiva como personal.

Por eso pedimos en la oración colecta: “Concédenos, Señor, perseverar en el fiel cumplimiento de tu santa voluntad para que, en nuestros días, crezca en santidad y en número el pueblo dedicado a tu servicio”.

Perseverar porque nos desanimamos, y así, no sólo nos dañamos a nosotros mismos, sino que impedimos que la salvación llegue a otros hombres. Pedimos a Dios que la Iglesia crezca en calidadn o santidad y en cantidad, que tenga nuevos hijos. Para ello Dios nos necesita a nosotros. Se le recuerda esa mediación eclesial, dispuesta por él mismo en su bondad.

La Cuaresma tiene esas dos connotaciones: santificación de toda la iglesia mediante una mejor comprensión y vivencia del misterio cristiano; y a la vez, un crecimiento de la misma por la conversión de los pecadores y el bautismo de los nuevos creyentes en la Vigilia Pascual. Vamos tomando conciencia de nuestra condición misionera por el mero hecho de ser bautizados.

En nuestros días, algunos padres ya no bautizan a sus hijos, pero aumenta el número de los adultos que se convierten y se preparan como catecúmenos en el tiempo cuaresmal para recibir la vida nueva en Cristo mediante el bautismo administrado durante la Vigilia Pascual. Oremos con fervor renovado por estos nuevos hijos de Dios y miembros convencidos de la Iglesia.

La lectura de Números 21, 4-9 confirma una vez más que el pueblo murmura contra Dios porque se olvida de las maravillas realizadas por él contra Egipto y en favor de su pueblo.

Escuchemos: “El Dios que salva al pueblo a través de la serpiente levantada en alto es el mismo que salva a todos los hombres mediante el Crucificado”.

En la oración sobre las ofrendas se suplica a Dios que él mismo dirija “nuestro corazón vacilante”, en un acto de profunda sinceridad y reconocimiento del poder de Dios y de la debilidad radical del hombre.

La antífona de la comunión completa el texto leído. Dice: “Cuando yo sea elevado sobre la tierra atraeré a todos hacia mí, dice el Señor”.

El oficio de lectura de la liturgia de las horas, en esta semana, nos trae la carta a los Hebreos: En la medida en que el justo se somete a Dios se va haciendo salvador de sus hermanos. Toda la vida del justo sirve perfectamente a los planes de Dios. Le pareció bien llevarlo a la perfección a base de sufrimientos para que pueda compadecerse de sus hermanos (Capítulo 2, 8-18).

Puedes meditar, hermano, este aleccionador texto sobre la “paciencia de Cristo”: Cristo padeció por nosotros, dejándonos un ejemplo para que sigamos sus huellas. Él no cometió pecado ni encontraron engaño en su boca. Cuando lo insultaban, no devolvía el insulto; en su pasión no profería amenazas. Al contrario, se ponía en manos del que juzga justamente.
Cargado con nuestros pecados, subió al leño, para que, muertos al pecado, vivamos para la justicia. Sus heridas nos han curado (1 P 2, 21b-24).

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De las Instrucciones de San Doroteo Abad
Instr. 7, sobre la acusación de sí mismo
(1-2 PG 88, 1695-1699)

Tratemos de averiguar, hermanos, cuál es el motivo principal de un hecho que acontece con frecuencia, a saber, que a veces uno escucha una palabra desagradable y se comporta como si no la hubiera oído, sin sentirse molesto; y en cambio, otras veces, así que la oye, se siente turbado y afligido.

¿Cuál, me pregunto, es la causa de esta diversa reacción? ¿Hay una o varias explicaciones? Yo distingo diversas causas y explicaciones… Pero, si examinamos atentamente la cuestión, veremos que la causa de toda perturbación consiste en que nadie se acusa a sí mismo.

De ahí deriva toda molestia y aflicción, de ahí deriva el que nunca hallemos descanso; y ello no debe extrañarnos, ya que los santos nos enseñan que esta acusación de sí mismo es el único camino que nos puede llevar a la paz.

Que esto es verdad, lo hemos comprobado en múltiples ocasiones; y nosotros, con todo, esperamos con anhelo hallar el descanso, a pesar de nuestra desidia, o pensamos andar por el camino recto, a pesar de nuestras repetidas impaciencias y de nuestra resistencia en acusarnos a nosotros mismos.

Así son las cosas. Por más virtudes que posea un hombre, aunque sean innumerables, si se aparta de este camino, nunca hallará el reposo, sino que estará siempre afligido o afligirá a los demás, perdiendo así el mérito de todas sus fatigas.


Nos unimos a la oración de toda la Iglesia por los nuevos catecúmenos que se preparan para recibir el bautismo en la noche de la Vigilia Pascual. También oramos unos por otros para que en esta Cuaresma y Pascua renovemos nuestro primer amor. Nos servimos de los textos del Ritual de la Iniciación Cristiana de Adultos (RICA):

“Oh Padre de la vida eterna, que no eres Dios de muertos, sino de vivos, y que enviaste a tu Hijo como mensajero de la vida, para arrancar a los hombres del reino de la muerte y conducirlos a la resurrección,

te rogamos que libres a estos elegidos de la potestad del espíritu maligno, que arrastra a la muerte, para que puedan recibir la nueva vida de Cristo resucitado y dar testimonio de ella. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén” (RICA, n. 178, p. 87).


Maná y Vivencias Cuaresmales (27), 27.3.17

marzo 27, 2017

Lunes de la 4ª semana de Cuaresma

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alabarle-der-med

Te ensalzaré, Señor, porque me has librado



Antífona de entrada: Salmo 30, 7-8

Yo tengo mi confianza en ti, Señor, yo gozaré y me alegraré porque has mirado con bondad mi desgracia y conoces mis angustias.


Oración colecta

Oh Dios, que renuevas el mundo por medio de sacramentos divinos, concede a tu Iglesia la ayuda de estos auxilios del cielo sin que le falten los necesarios de la tierra. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: Isaías 65, 17-21

Así dice el Señor: «Mirad: yo voy a crear un cielo nuevo y una tierra nueva: de lo pasado no habrá recuerdo ni vendrá pensamiento, sino que habrá gozo y alegría perpetua por lo que voy a crear.

Mirad: voy a transformar a Jerusalén en alegría, y a su pueblo en gozo; me alegraré de Jerusalén y me gozaré de mi pueblo, y ya no se oirán en ella gemidos ni llantos; ya no habrá allí niños malogrados ni adultos que no colmen sus años, pues será joven el que muera a los cien años, y el que no los alcance se tendrá por maldito.

Construirán casas y las habitarán, plantarán viñas y comerán sus frutos.»

SALMO 29, 2.4.5-6.11-12a.13b

Te ensalzaré, Señor, porque me has librado.

Te ensalzaré, Señor, porque me has librado y no has dejado que mis enemigos se rían de mí. Señor, sacaste mi vida del abismo, me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa.

Tañed para el Señor, fieles suyos, dad gracias a su nombre santo; su cólera dura un instante; su bondad, de por vida; al atardecer nos visita el llanto; por la mañana, el júbilo.

Escucha, Señor, y ten piedad de mí; Señor, socórreme. Cambiaste mi luto en danzas. Señor, Dios mío, te daré gracias por siempre.

Aclamación antes del evangelio: Amos 5, 14

Buscad el bien y no el mal, y viviréis; así será verdad lo que decís: que el Señor, el Dios todopoderoso, está con vosotros.

EVANGELIO: Juan 4, 43-54

En aquel tiempo, salió Jesús de Samaria para Galilea. Jesús mismo había hecho esta afirmación: «Un profeta no es estimado en su propia patria.» Cuando llegó a Galilea, los galileos lo recibieron bien, porque habían visto todo lo que había hecho en Jerusalén durante la fiesta, pues también ellos habían ido a la fiesta.

Fue Jesús otra vez a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino. Había un funcionario real que tenía un hijo enfermo en Cafarnaún. Oyendo que Jesús había llegado de Judea a Galilea, fue a verle, y le pedía que bajase a curar a su hijo que estaba muriéndose.

Jesús le dijo: «Como no veáis signos y prodigios, no creéis.»
El funcionario insiste: «Señor, baja antes de que se muera mi niño.»
Jesús le contesta: «Anda, tu hijo está curado.»

El hombre creyó en la palabra de Jesús y se puso en camino. Iba ya bajando, cuando sus criados vinieron a su encuentro diciéndole que su hijo estaba curado. Él les preguntó a qué hora había empezado la mejoría.
Y le contestaron: «Hoy a la una lo dejó la fiebre.»

El padre cayó en la cuenta de que ésa era la hora cuando Jesús le había dicho: «Tu hijo está curado.» Y creyó él con toda su familia. Este segundo signo lo hizo Jesús al llegar de Judea a Galilea.
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Antífona de comunión: Ezequiel 36, 27

Pondré en vosotros mi espíritu y haré que cumpláis mis leyes y decretos.


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VIVENCIAS CUARESMALES

El hombre creyó y se puso en camino



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27. LUNES

CUARTA SEMANA

DE CUARESMA



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TEMA: El poder de la fe produce los milagros de Jesús. “Vete, tu hijo está vivo. El hombre creyó en la palabra de Jesús y se puso en camino” (Jn. 4, 43-54).


La fe es la fuerza del hombre y la debilidad de Dios. La fe es darle crédito a Dios y hacer lo que él dice, antes que nada y por encima de todo, y no tanto poner nuestra confianza en la experiencia propia o la sabiduría, la imaginación.

El reconocimiento del pecado, no puede dejarnos en la inanición, desesperanza o negativismo, sino todo lo contrario. Reconocemos nuestra impotencia, pero a la vez el poder absoluto de Dios que “dice” y “pone por obra”. Lo que dice Dios es “lo seguro y normativo, lo correcto, lo único y definitivo”.

Su palabra, que se identifica con su voluntad, amor y poder, dice: “Mirad, yo voy a crear un cielo nuevo y una tierra nueva”. El hombre que reconoce su pequeñez experimenta en ese mismo grado el poder de Dios que lo hace criatura nueva.

Entonces, todo lo ve con nuevos ojos y sabe que es obra de Dios y no suya, y se llena su boca de alabanzas y se estremece profundamente en su corazón, con un sincero reconocimiento y un anonadamiento ante la infinita misericordia de Dios.

No es una pura emoción, pura sensiblería ante un fantasma irreal; hay realidades incontestables como la alegría, la paz, el perdón, la ilusión; signos inequívocos de la presencia del Espíritu de Dios que es Espíritu de santidad y buen juicio, donde no hay mentira, ni oscuridad, ni temor.

“Mirad mis manos y mis pies, soy yo, el Señor”. La verdadera religión supone un encuentro con un alguien. No es pura autosugestión. Y se reconoce por los hechos.

Escuchemos a Isaías que nos anuncia los milagros de Dios en nuestras vidas: Isaías 65, 17. Creer es fiarse de Dios y dejar todas nuestras seguridades; es abrirse a la alabanza, es disponerse a creer en la vida; es permanecer abierto al advenimiento de la luz en plenitud de existencia; en fin, es obra de Dios y colaboración del hombre.

Darle crédito a Dios es desencadenar el poder de Dios en nosotros que nos transforma de inmediato, lenta y progresivamente, siempre más.

Oigamos ahora el relato evangélico: El hombre creyó, dice el Evangelio, y se puso en camino.

Creer es tratar de ensayar un tipo nuevo de vida, es ponerse en camino como si ya estuviese concedido. Créelo y así será. Cree y da gracias a Dios por ello, por lo que hizo, hace y hará, pero verdaderamente.

“Cuando pidan algo, crean que ya se lo han dado, y así será”.

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De los sermones de san León Magno, papa
Del bien de la caridad

Dice el Señor en el evangelio de Juan: la señal por la que conocerán todos que sois discípulos míos será que os amáis unos a otros; y en la carta del mismo apóstol se puede leer: Queridos, amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios.

Que los fieles abran de par en par sus mentes y traten de penetrar, con un examen verídico, los afectos de su corazón; si llegan a encontrar alguno de los frutos de la caridad escondido en sus conciencias, no duden que tienen a Dios consigo, y, a fin de hacerse más capaces de acoger a tan excelso huésped, no dejen de multiplicar las obras de una misericordia perseverante. Pues, si Dios es amor, la caridad no puede tener fronteras, ya que la Divinidad no admite verse encerrada por ningún término.

Los presentes días, queridísimos hermanos, son especialmente indicados para ejercitarse en la caridad, por más que no hay tiempo que no sea a propósito para ello; quienes desean celebrar la Pascua del Señor con el cuerpo y el alma santificados deben poner especial empeño en conseguir, sobre todo, esta caridad, porque en ella se halla contenida la suma de todas las virtudes y con ella se cubre la muchedumbre de los pecados.

Por esto al disponernos a celebrar aquel misterio que es el más eminente, con el que la sangre de Jesucristo borró nuestras iniquidades, comencemos por preparar ofrendas de misericordia, para conceder por nuestra parte, a quienes pecaron contra nosotros, lo que la bondad de Dios nos concedió a nosotros.

La largueza ha de extenderse ahora, con mayor benignidad, hacia los pobres y los impedidos por diversas debilidades, para que el agradecimiento a Dios brote de muchas bocas, y nuestros ayunos sirvan de sustento a los menesterosos.

La devoción que más agrada a Dios es la de preocuparse de sus pobres, y, cuando Dios contempla el ejercicio de la misericordia, reconoce allí inmediatamente una imagen de su piedad.

No hay por qué temer la disminución de los propios haberes con esas expensas, ya que la benignidad misma es una gran riqueza, ni puede faltar materia para la largueza allí donde Cristo apacienta y es apacentado.

En toda esta faena interviene aquella mano que aumenta el pan cuando lo parte, y lo multiplica cuando lo da.

Quien distribuye limosnas debe sentirse seguro y alegre, porque obtendrá la mayor ganancia cuando se haya quedado con el mínimo, según dice el bienaventurado apóstol Pablo:

El que proporciona semilla para sembrar y pan para comer os proporcionará y aumentará la semilla, y multiplicará la cosecha de vuestra justicia en Cristo Jesús, Señor nuestro, que vive y reina con el Padre y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén (Sermón 10 sobre la Cuaresma, 3-5: PL 54, 299-301).



Mujer: compañera, madre y transformadora de la sociedad

marzo 26, 2017

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Mujer, esposa y madre, feliz con su vocación de fiat, como María, la Santa Virgen y Madre

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Mujer: compañera, esposa, madre y transformadora de la sociedad

“Fiat”: El amor en femenino

Por Sheila Morataya-Fleishman

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Decir “sí” a nuestra máxima vocación como mujeres en estos tiempos no es fácil. Por esto es importante contemplar el fiat (hágase) de María cuando se le anunció que iba a ser madre. ¿Cómo fue su respuesta ante el anuncio del Ángel? “Hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38).

El fiat de María es el sí más absoluto que podía salir de ella. Manifestaba la grandeza en sí como mujer y la calidad de su corazón así como su compromiso con la sociedad. Dice que se haga, no un “lo pensaré”. Necesitamos volver a Nazaret y contemplar al modelo de mujer que hemos heredado nosotras las cristianas.

Contemplar a la Santa Virgen para muchas mujeres es como contemplar a una mujer más allá de las propias posibilidades. Cuando en realidad, María representa todo lo que nosotras las mujeres modernas de hoy podemos llegar a ser como compañeras, esposas, madres y transformadoras de la sociedad.

Compañeras -y esposas-: que se traduce en sostenimiento y apoyo. Y para poder serlo hay que estar una misma bien asentada; pero esto sólo es posible si interiormente todo está en el orden debido y descansa en equilibrio. No podemos aspirar a ser sostenimiento y apoyo de un esposo si no hay paz interior y armonía en nuestro mundo íntimo.

Por esto es tan importante que volvamos y examinemos si somos mujeres de oración. La oración, como decía la Madre Teresa de Calcuta, es como la gasolina para los automóviles. Sin esta, el carro no funciona, incluso aunque todo su exterior e interior esté perfecto.

Sucede lo mismo en nosotras, la oración es lo que hace que nuestro cuerpo funcione óptimamente. Con una capacidad que sólo puede venir a través de esos minutos a solas conmigo y mi Padre Dios. Prepara todo nuestro sistema nervioso y espiritual para la entrega.

Ser madre: es proteger, custodiar y llevar a su desarrollo la humanidad verdadera. Sí, esto es ser madre, podemos resumirlo en una palabra tomada de Carmen Balmaseda en su libro, La Mujer frente a sí misma que, en definitiva, si soy mamá, “estoy atenta”. ¿Estoy educada para ello? ¿Cuál es mi actitud hacia la persona? ¿Qué es el hombre, el hijo, la sociedad para mí? ¿Cómo es la calidad del amor que brindo?

Realización:

Según la Carta apostólica de san Juan Pablo II La Dignidad de la Mujer, la virginidad y la maternidad son dos dimensiones particulares de la realización de la personalidad femenina.

La mujer encuentra y experimenta una plena realización de su ser al convertirse en potencialmente portadora de la vida. Por esto es que se hace tan necesario volver a la pregunta ¿qué es el hombre, el hijo, la sociedad para mí? ¿Soy consciente de que el hombre es el único ser de la creación que Dios ha amado por sí mismo?

Esto nos hace ver que también yo decido por mí misma y encuentro mi propia plenitud y felicidad en la entrega a los demás. Ser madre es entregarse, es abrirse, es elevarse a otra dimensión. La del fiat, la de la generosidad. Ser esclava, “porque a mí me da la gana” y al hacerlo no sentirme de la época pasada. Es la pura manifestación del amor, y el amor es el área en donde los valores son especialmente realizables.

San Agustín decía: mi amor es mi peso; por él voy adondequiera que voy; amor es gravitación hacia lo amado. ¿Hacia dónde estoy gravitando yo como mujer? ¿Cómo es mi apostolado hacia aquellas mujeres que se cierran hacia el don de la vida? ¿Pienso que no es mi problema? Y si ya soy madre, ¿cómo está siendo mi entrega?

Cada minuto que pasa, cada segundo es una oportunidad en el tiempo que se nos da para brindar lo mejor de nosotros mismos. San José María Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei, escribía en su libro Camino: cumple el pequeño deber de cada momento. Haz lo que debes y está en lo que haces.

Por esto no debemos olvidar que cuando estamos al cuidado de nuestros hijos, estamos escribiendo una novela, una historia personal que quedará grabada en lo más profundo de sus corazones. Si soy madre debo sentirme plenamente realizada y esto se verá en mi apertura para con mis hijos porque realmente “estaré” con ellos y para ellos.

Entrega:

La entrega es tener la valentía de renunciar a ser egoísta y decir sí al amor y los cuidados que vienen de la mano con el hijo. La entrega es estar dispuesta a quedarse en casa y desarrollar los seminarios de relaciones humanas que sabemos serán los más importantes de su vida.

La verdadera entrega te lleva a renunciar a las ganas de brillar; a quedarse con esa criatura o criaturas las 24 horas del día y abrazada a ese trabajo escondido y enseñar lo que es el amor, un término sublime tan maltratado en nuestros días. No se enseña con palabras, mucho menos inscribiendo a nuestros hijos en los mejores colegios. Se enseña con el “sí, el fiat”.

La felicidad es una meta natural en el hombre, pero esta es una consecuencia. La felicidad se encuentra en la atención a otro ser humano. Al tener nuestra atención desde nuestro mismo fondo y desde nuestro corazón, podremos experimentar ese gozo espiritual que se llama alegría.

Es la serenidad silenciosa que descansa en el fondo de cada una al ejecutar con amor total la tarea de cuidar, formar, iluminar el conocimiento y las ventanas del entendimiento hacia la experiencia de ser un ser humano.

Conocedoras de esto, el aburrimiento que viene con la rutina será más fácil de sobrellevar porque sabremos que en todo momento estamos siendo útiles; sembradoras de nuestras propias tierras.

Dios nos hace “ver” claramente que las citas de negocios se convierten en visitas al doctor y se disfrutan lo mismo. Los compromisos de eventos y fiestas se convierten en compromisos de paseos y entretenimientos para la educación intelectual y motriz de los niños y nos llevan a nosotras mismas a un aprendizaje diferente. El traje sastre y los zapatos de tacón vienen a ser sustituidos por camisetas blancas y un par de blue jeans.

¡Qué profesionales somos al quedarnos en casa! !Desarrollando el prestigio más importante y sublime de todos: en donde “la justicia y la paz se abrazan” al pronunciar aquel sí, gracias al cual “la tierra da su fruto”!

Por Sheila Morataya-Fleishman
Fragmento de un artículo publicado originalmente por Encuentra.com

Mujer: compañera, madre y transformadora de la sociedad


Maná y Vivencias Cuaresmales (26), 26.3.17

marzo 25, 2017

Domingo IV de Cuaresma, Ciclo A

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ciego de nacimiento 1

Señor, tú eres mi Salvador y mi Luz



Antífona de entrada: Isaías 66, 10-11

Alégrate, Jerusalén, y todos los que la aman, reúnanse. Regocíjense con ella todos los que participaban de su duelo y quedarán saciados con la abundancia de sus consuelos.


Oración colecta

Señor, que reconcilias contigo a los hombres por tu Palabra hecha carne, haz que el pueblo cristiano se apresure, con fe viva y entrega generosa, a celebrar las próximas fiestas pascuales. Por nuestro Señor Jesucristo.

PRIMERA LECTURA: Samuel 16, 1b.6-7.10-13a

En aquellos días, el Señor dijo a Samuel: «Llena la cuerna de aceite y vete, por encargo mío, a Jesé, el de Belén, porque entre sus hijos me he elegido un rey.»

Cuando llegó, vio a Eliab y pensó: «Seguro, el Señor tiene delante a su ungido.»
Pero el Señor le dijo: «No te fijes en las apariencias ni en su buena estatura. Lo rechazo. Porque Dios no ve como los hombres, que ven la apariencia; el Señor ve el corazón.»

Jesé hizo pasar a siete hijos suyos ante Samuel; y Samuel le dijo: «Tampoco a éstos los ha elegido el Señor.»
Luego preguntó a Jesé: «¿Se acabaron los muchachos?»
Jesé respondió: «Queda el pequeño, que precisamente está cuidando las ovejas.»
Samuel dijo: «Manda por él, que no nos sentaremos a la mesa mientras no llegue.»

Jesé mandó a por él y lo hizo entrar: era de buen color, de hermosos ojos y buen tipo.
Entonces el Señor dijo a Samuel: «Anda, úngelo, porque es éste.»
Samuel tomó la cuerna de aceite y lo ungió en medio de sus hermanos. En aquel momento, invadió a David el espíritu del Señor, y estuvo con él en adelante.


SALMO 22, 1-3a.3b-4.5.6

El Señor es mi pastor, nada me falta.

El Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar, me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas.

Me guía por el sendero justo, por el honor de su nombre. Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo: tu vara y tu cayado me sosiegan.

Preparas una mesa ante mí, enfrente de mis enemigos; me unges la cabeza con perfume, y mi copa rebosa.

Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida, y habitaré en la casa del Señor por años sin término.


SEGUNDA LECTURA: Efesios 5, 8-14

En otro tiempo erais tinieblas, ahora sois luz en el Señor.

Caminad como hijos de la luz –toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz–, buscando lo que agrada al Señor, sin tomar parte en las obras estériles de las tinieblas, sino más bien denunciadlas.

Pues hasta da vergüenza mencionar las cosas que ellos hacen a escondidas. Pero la luz, denunciándolas, las pone al descubierto, y todo lo descubierto es luz. Por eso dice: «Despierta, tú que duermes, levántate de entre los muertos, y Cristo será tu luz.»


Aclamación antes del Evangelio: Juan 8, 12

Yo soy la luz del mundo, dice el Señor, el que me sigue tendrá la luz de la vida.


EVANGELIO: Juan 9, 1-41

Yendo de camino vio Jesús a un hombre que había nacido ciego. Los discípulos le preguntaron:
–Maestro, ¿por qué nació ciego este hombre? ¿Por el pecado de sus padres o por su propio pecado?
Jesús les contestó:
–Ni por su propio pecado ni por el de sus padres, sino para que en él se demuestre el poder de Dios. Mientras es de día tenemos que hacer el trabajo que nos ha encargado el que me envió; luego viene la noche, cuando nadie puede trabajar. Mientras estoy en este mundo, soy la luz del mundo.
Dicho esto, Jesús escupió en el suelo, hizo con la saliva un poco de lodo y untó con él los ojos del ciego. Luego le dijo:
–Ve a lavarte al estanque de Siloé (que significa: “Enviado”).

El ciego fue y se lavó, y al regresar ya veía. Los vecinos y los que otras veces le habían visto pedir limosna se preguntaban:
–¿No es éste el que se sentaba a pedir limosna?
Unos decían:
–Sí, es él.
Y otros:
–No, no es él, aunque se le parece.
Pero él decía:
–Sí, soy yo.

Le preguntaron:
–¿Y cómo es que ahora puedes ver? – Él contestó:
–Ese hombre que se llama Jesús hizo lodo, me untó los ojos y me dijo: ‘Ve al estanque de Siloé y lávate.’ Yo fui, me lavé y comencé a ver.
Unos le preguntaron:
–¿Dónde está ese hombre?
Él respondió:
–No lo sé.
El día en que Jesús hizo lodo y dio la vista al ciego, era sábado. Por eso llevaron ante los fariseos al que había sido ciego, y ellos le preguntaron cómo era que podía ver. Les contestó:
–Me puso lodo sobre los ojos, me lavé y ahora veo.

Algunos fariseos dijeron:
–El que hizo eso no puede ser de Dios, porque no respeta el sábado.
Pero otros decían:
–¿Cómo puede alguien, siendo pecador, hacer esas señales milagrosas?
De manera que estaban divididos. Volvieron a preguntar al que había sido ciego:
–Puesto que te ha dado la vista, ¿qué dices tú de ese hombre?
–Yo digo que es un profeta –contestó.

Pero los judíos no quisieron creer que se trataba del mismo ciego, que ahora podía ver, hasta que llamaron a sus padres y les preguntaron:
–¿Es este vuestro hijo? ¿Decís vosotros que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?
Sus padres contestaron:
–Sabemos que este es nuestro hijo y que nació ciego, pero no sabemos cómo es que ahora ve, ni tampoco sabemos quién le dio la vista. Preguntádselo a él, que ya es mayor de edad y puede responder por sí mismo.
Sus padres dijeron esto por miedo, porque los judíos se habían puesto de acuerdo para expulsar de la sinagoga a cualquiera que reconociese a Jesús como el Mesías. Por eso dijeron sus padres: “Ya es mayor de edad; preguntádselo a él.”

Los judíos volvieron a llamar al que había sido ciego y le dijeron:
–Reconoce la verdad delante de Dios: nosotros sabemos que ese hombre es pecador.
Él les contestó:
–Yo no sé si es pecador o no. Lo único que sé es que yo era ciego y ahora veo.
Volvieron a preguntarle:
–¿Qué te hizo? ¿Qué hizo para darte la vista?
Les contestó:
–Ya os lo he dicho, pero no me hacéis caso. ¿Para qué queréis que lo repita? ¿Es que también vosotros queréis seguirle?

Entonces le insultaron y le dijeron:
–¡Tú sigues a ese hombre, pero nosotros seguimos a Moisés! Nosotros sabemos que Dios habló a Moisés, pero ese ni siquiera sabemos de dónde ha salido.
El hombre les contestó:
–¡Qué cosa tan rara, que vosotros no sabéis de dónde ha salido y a mí me ha dado la vista! Bien sabemos que Dios no escucha a los pecadores, sino solamente a quienes le adoran y hacen su voluntad. Nunca se ha oído decir de nadie que diera la vista a un ciego de nacimiento: si este hombre no viniera de Dios, no podría hacer nada.
Le dijeron entonces:
–Tú, que naciste lleno de pecado, ¿quieres darnos lecciones a nosotros?
Y lo expulsaron de la sinagoga.

Jesús se enteró de que habían expulsado de la sinagoga a aquel ciego. Cuando se encontró con él le preguntó:
–¿Tú crees en el Hijo del hombre?
Él le dijo:
–Señor, dime quién es, para que crea en él.
Le contestó Jesús:
–Ya le has visto. Soy yo, con quien estás hablando.
El hombre le respondió:
–Creo, Señor –y se puso de rodillas delante de él.
Dijo Jesús:
–Yo he venido a este mundo para hacer juicio, para que los ciegos vean y los que ven se vuelvan ciegos.
Al oír esto, algunos fariseos que estaban reunidos con él le preguntaron:
–¿Acaso nosotros también somos ciegos?
Jesús les contestó:
–Si fuerais ciegos, no tendríais la culpa de vuestros pecados; pero como decís que veis, sois culpables.

Antífona de comunión: Juan 9, 11

El Señor me puso lodo sobre los ojos; yo fui a lavarme. Ahora veo y creo en Dios.


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VIVENCIAS CUARESMALES

Luz que ilumina. Ríos de agua viva.

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26.- CUARTO DOMINGO

DE CUARESMA

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Comienza a proclamarse el Evangelio de Juan.

La fe salva al mundo mediante la iluminación que produce en el creyente acerca del Hijo de Dios. Tercera confesión del ciego: “Creo en ti, Señor; tú eres mi Salvador y mi Luz”. Dios ha enviado a su Hijo al mundo para que todo el que crea en él, tenga vida eterna, tenga la luz de la vida. La condenación consiste en esto: en que vino la luz al mundo, pero algunos no vinieron a la luz porque sus obras eran malas.


ILUMINACIÓN.- La Palabra de Dios recogida en la Biblia es como una persona que nos habla, es la voz del mismo Dios. Quien la acoge en su corazón, comienza a conocer a Dios, entra en comunicación con él y le confía poco a poco todas sus preocupaciones. Comienza la experiencia de la fe. Gracias a ella toda la persona va iluminándose, se produce una purificación y finalmente todo su ser va siendo sanado.


El domingo siempre es un día de fiesta y por tanto de alegría, porque celebramos la resurrección del Señor. “No lloréis ni hagáis luto, porque es un día de fiesta; que el gozo en el Señor sea vuestra fortaleza”.

El domingo consiguientemente es el día más propicio para recordar nuestro bautismo y para revivirlo. Esto, mucho más en tiempo de Cuaresma. En efecto, en este domingo, los catecúmenos, es decir, los adultos que se preparaban para ser bautizados la noche de la Vigilia Pascual, eran examinados acerca de su conocimiento y aprecio de la Biblia, a ver si realmente se dejaban iluminar por la Palabra de Dios y estaban siendo sanados de su ceguera espiritual y existencial.

Por eso, hoy nos presenta la liturgia eucarística el milagro de la curación del ciego de nacimiento obrado por Jesús. En ese relato encontramos una doble actitud ante la palabra de Dios: los fariseos no aceptan sino lo suyo y rechazan todo lo que pueda perturbar sus intereses personales o grupales. Otra actitud muy distinta es la adoptada por el ciego de nacimiento, que experimenta y reconoce su incapacidad para ver y que busca con ansia y rectitud la salvación de Dios.

Pero escuchemos atentos este evangelio tan aleccionador, tan iluminador para cuantos queremos dejarnos interpelar por la voz del Espíritu contenida en la Sagrada Escritura, y más si es proclamada en la asamblea dominical: Jn 9, 1-41.

Según la carta apostólica de Juan Pablo II “Día del Señor” sobre el domingo, éste “fue el día del primer anuncio y de los primeros bautismos: Pedro proclamó a la multitud reunida que Cristo había resucitado y los que acogieron su palabra fueron bautizados” (Hch 2, 41; n. 20). La creación de la luz del primer día de la semana tiene una “singular conexión” con la resurrección del Señor, luz del mundo, acontecida también precisamente el primer día de la semana (n. 24).

El domingo es el día en el cual, más que en ningún otro, el cristiano está llamado a recordar la salvación que, ofrecida en el bautismo, le hace hombre nuevo en Cristo (n. 25). El día del sol de los paganos, se convierte en el día de Cristo-luz. Él es el verdadero “sol” de la humanidad, sol que nace de lo alto para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombras de muerte (Lc 1, 78-79), luz del mundo, luz para alumbrar a las naciones (Lc 2, 32; n. 27).

Para nosotros, es la ocasión de recordar nuestro bautismo. El agua con que fuimos bautizados nos recuerda que el pecado, tanto personal como original, constituye una especie de mancha, de suciedad, que es preciso lavar con agua hasta que desaparezca. Cuando el hombre peca, ensucia el esplendor de la imagen de Dios impresa en él, es decir, la pureza original del hombre, llamado a ser el administrador fiel de todo lo creado y amigo de Dios antes que nada.

Con su desconfianza, rebeldía y pecado de desobediencia, Adán y Eva se apartaron de Dios: tan pronto como pecaron se dieron cuenta de que estaban desnudos, se avergonzaron de su estado y corrieron a cubrir la impureza y la indecencia de todo su ser. Se sintieron “manchados” por el pecado.

En segundo lugar, el pecado tiene algo que ver con una falta de luz, una oscuridad. En un doble sentido: en cuanto que las malas acciones generalmente se cometen en la oscuridad, y una vez cometidas oscurecen al hombre en todo su ser.

El hombre malvado suele aprovechar la oscuridad para cometer el pecado: suele pecar cuando cree que nadie lo ve, a ocultas, o en la noche oscura. Es como una forma de adormecer su conciencia que le advierte del mal. Judas abandonó la mesa de Jesús para traicionarlo. Y Juan observa: “Era de noche”.

En nuestros días, muchas personas eligen la noche para dar rienda suelta a sus vicios y prácticas vergonzosas: consumo de alcohol, borracheras, orgías, sexo, droga, robos, delincuencia, brujería… hasta amanecerse. La oscuridad parecería atenuar su sentido de culpabilidad y como que facilitaría el libertinaje. Como los otros duermen, parecen no sentir su corrección y desaprobación.

¿No habrá una misteriosa sintonía entre la fealdad del pecado y la oscuridad de la noche? A los que eligen la noche para dar rienda suelta a sus tendencias negativas, la luz del nuevo día les molestaría y se retirarían furtivamente a digerir los estragos de sus vicios, la vaciedad y el hastío de sus desórdenes.

Todo pecado produce necesariamente oscuridad en el pecador. Desencadena un desorden que perturba la armonía primera del hombre recién salido de las manos de Dios. La imagen de Dios en el hombre queda empañada. Esa opacidad se manifiesta visiblemente en el mismo rostro del hombre caído, particularmente, en su mirada, pues los ojos son como el espejo del alma.

Por eso los niños que han cometido alguna falta rehuyen la mirada de sus padres, por ejemplo, o no pueden mirar de frente. Quizás temen que sus padres descubran en sus ojos la huella de la falta que han cometido. También entre adultos, cuando sospechamos que alguien nos está mintiendo le exigimos que nos mire a los ojos, que dé la cara.

En el bautismo, el agua limpió la suciedad del pecado y nos devolvió la inocencia de la amistad con Dios, y se nos concedió por gracia la dignidad de los hijos de Dios. Por eso, se nos impuso un paño blanco o un vestido blanco, signo de pureza, belleza y distinción. Con esa señal podemos entrar en el banquete de bodas.

Además, en el bautismo se nos entregó una vela encendida en el cirio pascual, símbolo de Cristo, luz del mundo. Se encargó a nuestros padres y padrinos que cuidaran esa luz inicial y débil en nosotros para que creciera en nuestras vidas iluminando toda nuestra existencia por nuestras buenas obras y por nuestros buenos ejemplos ante los demás.

Vosotros sois luz del mundo, sal de la tierra, se nos dijo, y se nos pidió, como a hijos de la luz, transmitir luz con nuestras palabras y con nuestras obras. Para que los hombres, al ver nuestras buenas obras, den gloria al Padre celestial.

Hermano, ¿cómo estás viviendo la gracia bautismal que recibiste como don de una forma definitiva, pues Dios no se arrepiente; pero que se te dio también como tarea, pues se te encargó acrecentarla todos los días de tu vida? El don de Dios se convierte en bendición para ti si lo conservas celosamente y lo cuidas para que crezca. Pero, lamentable y trágicamente será para ti motivo de condenación si permaneces en la incoherencia y con tus obras disminuyes y hasta ocultas la luz divina depositada en ti.

Anímate a dejarte iluminar por Cristo. Su corrección es suave. Él nos descubre la fealdad de nuestros pecados con la intención de que podamos corregirnos. Ya que él no pretende desanimarnos, como lo hace el diablo que acusa sin compasión, sino al revés levantarnos. Es lo que más desea. Por eso, pedimos que nos convierta para que podamos convertirnos. No te desanimes.

Hoy, el salmista viene en tu ayuda con una oración realmente tierna y confiada donde se expresa la condescendencia de Dios para con nosotros que debe sofocar nuestros sentimientos de pesimismo, angustia, desesperación. Este salmo 22 constituye una especie de medicina espiritual: “El Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas”.

Léelo una y otra vez, aunque no sientas gran cosa. Porque irá calando poco a poco dentro de ti, y te irá abriendo a un mundo nuevo de luz y de paz. Déjate iluminar por Cristo, como lo pide la segunda lectura.

“Hermanos: En otro tiempo erais tinieblas, ahora sois luz en el Señor. Caminad como hijos de la luz buscando lo que agrada al Señor, sin tomar parte en las obras estériles de las tinieblas. Pues hasta ahora da vergüenza mencionar las cosas que ellos hacen a escondidas. Pero la luz, denunciándolas, las pone al descubierto, y todo lo descubierto es luz. Por eso dice: ‘Despierta tú que duermes, levántante de entre los muertos y Cristo será tu luz’” (Ef. 5, 8-14).

Súplica.- Padre lleno de amor, te pedimos que, purificados por la penitencia y por la práctica de las buenas obras, nos mantengamos fieles a tus mandamientos, para llegar, bien dispuestos, a las fiestas de Pascua. Por Jesucristo nuestro Señor.- Amén.

“Cuando el hombre descubre sus pecados, Dios los cubre, cuando los esconde, Dios los descubre, cuando los reconoce, Dios los olvida” (San Agustín).

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De las cartas de San Máximo Confesor, abad

La misericordia de Dios para con los penitentes

Quienes anunciaron la verdad y fueron ministros de la gracia divina, cuantos desde el comienzo hasta nosotros trataron de explicar, en sus respectivos tiempos, la voluntad salvífica de Dios hacia nosotros, dicen que nada hay tan querido ni tan estimado de Dios como el que los hombres, con una verdadera penitencia, se conviertan a él.

Y para manifestarlo de una manera más propia de Dios que todas las otras cosas, la Palabra divina de Dios Padre, el primero y único reflejo insigne de la bondad infinita, sin que haya palabras que puedan explicar su humillación y descenso hasta nuestra realidad, se dignó, mediante su encarnación, convivir con nosotros; y llevó a cabo, padeció y habló todo aquello que parecía conveniente para reconciliarnos con Dios Padre, a nosotros, que éramos sus enemigos; de forma que, extraños como éramos a la vida eterna, de nuevo nos viéramos llamados a ella.

Pues no sólo sanó nuestras enfermedades con la fuerza de los milagros, sino que, habiendo aceptado las debilidades de nuestras pasiones y el suplicio de la muerte -como si él mismo fuera culpable, siendo así que se hallaba inmune de toda culpa-, nos liberó mediante el pago de nuestra deuda, de muchos y tremendos delitos y, en fin, nos aconsejó, con múltiples enseñanzas, que nos hiciéramos semejantes a él, imitándolo con una condescendiente benignidad y una caridad más perfecta hacia los demás.

Por ello clamaba: No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a que se conviertan. Y también: No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Por ello añadió que había venido a buscar la oveja que se había perdido, y que, precisamente, había sido enviado a las ovejas que habían perecido de la casa de Israel. Y, aunque no con tanta claridad, dio a entender lo mismo con la parábola de la dracma perdida: que había venido para restablecer en el hombre la imagen divina empañada con la fealdad de los vicios. Y acaba: Os digo que habrá alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta.

Así también, alivió con vino, aceite y vendas, al que había caído en manos de ladrones y, desprovisto de toda vestidura, había sido abandonado medio muerto a causa de los malos tratos; después de subirlo sobre su cabalgadura, lo dejó en el mesón para que lo cuidaran y, si bien dejó lo que parecía suficiente para su cuidado, prometió pagar a su vuelta lo que hubiera quedado pendiente.

Consideró que era un padre excelente aquel hombre que esperaba el regreso de su hijo pródigo, al que abrazó porque volvía con disposición de penitencia, y al que agasajó con amor paterno, sin pensar en reprocharle nada de todo lo que antes había cometido.

Por la misma razón, después de haber encontrado la ovejilla alejada de las cien ovejas divinas, que erraba por montes y collados, no volvió a conducirla al redil con empujones y amenazas, ni de malas maneras, sino que, lleno de misericordia, la puso sobre sus hombros y la volvió, incólume, junto a las otras.

Por ello dijo también: Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Y también: Cargad con mi yugo; es decir, llama “yugo” a los mandamientos, o sea, la vida de acuerdo con el Evangelio; y llama “carga” a la penitencia, que puede parecer a veces algo más pesado y molesto: Porque mi yugo es llevadero -dice- y mi carga ligera.

Y de nuevo, al enseñarnos la justicia y la bondad divina, manda y dice: Sed santos, perfectos, compasivos, como lo es vuestro Padre. Y también: Perdonad y seréis perdonados. Y: Tratad a los demás como queréis que ellos os traten (Cartas 11: PG 91, 454-455).