Vivencias Cuaresmales 2010 (13)

febrero 28, 2010

La Transfiguración del Señor

 

 

 12. SEGUNDO DOMINGO

DE CUARESMA CICLO C

 

Textos bíblico-litúrgicos

1. Gén 15, 5-12.17-18

2. Sal 26

3. Flp 3, 17-4,1

4. Lc 9, 28b-36

 

TEXTO ILUMINADOR: Una voz desde la nube decía: “Este es mi Hijo, el escogido; escuchadlo”.

Dios nos llamó para destinarnos a ser santos, no en consideración a lo bueno que hubiéramos hecho nosotros, sino porque ese fue su propósito. Esa fue la gracia de Dios que nos concedió en Cristo Jesús desde la eternidad y que llevó a efecto con la aparición de Jesucristo, nuestro Salvador. Él destruyó la muerte e hizo resplandecer la vida y la inmortalidad por medio del Evangelio.

 

ORACIÓN COLECTA:

Señor, Padre Santo, tú que nos has mandado escuchar a tu Hijo, el predilecto, alimenta nuestro espíritu con tu Palabra; así, con mirada limpia, contemplaremos gozosos la gloria de tu rostro.

Esta oración se inspira en el relato evangélico de hoy: El Padre nos manda escuchar a su Hijo, la Palabra en persona. Por tanto, en la Cuaresma hay que escuchar más la palabra de Dios, alimentar nuestro espíritu, dejando otras lecturas y distracciones que frecuentamos. La palabra de Dios limpia el ojo interior, da buenas ideas, inclina hacia el bien, ahoga el mal, nos hace arder el corazón en deseos del bien, despierta y renueva dentro de nosotros lo mejor que Dios ha sembrado… Nos hace semejantes al Verbo, fuente de la sabiduría, y limpia nuestros ojos para contemplar el rostro de Dios.

Vosotros ya estáis limpios por la palabra que habéis escuchado… El que me ve a mí, ve al Padre. La fe de Abrahán en el Dios veraz le impulsa a salir de la tierra, a ponerse en camino “hacia donde no sabía”; no hay un lugar concreto a donde ir, pues, la fe es dependencia absoluta y permanente respecto de Dios; caminar siempre sin llegar nunca a un lugar para estar, para descansar; pues nuestro descanso no puede situarse en nada que no sea Dios mismo.

El Dios de la alianza le promete a Abrahán descendencia, le da el hijo de la promesa y luego se lo pide, le manda que se lo sacrifique. Humanamente, es una contradicción, algo absurdo. Abrahán debe preferir la lógica de la fe. Dios sabrá lo que hace. Abrahán lo pierde todo, menos su absoluta confianza en Dios, el único bueno y fiel. Renuncia a todo, y por ese desprendimiento lo consigue todo. Dios le devuelve al hijo y con él todas las bendiciones. Aplicación: en realidad, sólo tenemos seguro aquello que hemos entregado a Dios. Sólo tenemos y poseemos aquello que tenemos depositado en Dios. Es decir, lo que amamos en Dios y por Dios, y tal como él lo ama.

El Padre nos manda una sola cosa: escuchar a Jesús, imitar su vida. Por la negación de sí mismo a la gloria perfecta, por la pasión a la resurrección. Pero, por otro lado, Cristo ya pagó por nosotros. Su victoria nos pertenece. Ahora todos nosotros podemos pedir al Dios compasivo, con la confianza de hijos amados, todo tipo de curaciones y milagros. Podemos pedirle que nos libre del dolor y de la enfermedad, si nos conviene y es para su gloria. Tenemos absoluta confianza en Dios por medio de su Hijo que nos dado un espíritu filial. Todo es posible para Dios. Lo único necesario es la gloria de Dios, que sea glorificado en nuestra existencia, sea en vida o en muerte. Sólo importa la gloria de Dios, que sea bendecido. Si eso se realiza a través de milagros y portentos, que así sea, aunque me cueste creerlo. Porque resulta curioso que la gloria de Dios consiste en que el hombre viva plenamente: en que todo hombre experimente aquello mismo que hizo exclamar a Pedro “¡Qué bien se está aquí!”.

Para ser embargado del esplendor de Cristo hace falta traspasar las apariencias del Jesús histórico, para entendernos. Es decir, hay que pasar al Cristo de la fe. Y eso sólo se puede realizar plenamente con la resurrección del Señor. Por eso Jesús les advierte que no hablen de esa experiencia hasta que él haya resucitado de entre los muertos. Cuando sea constituido Señor y Salvador podrá enviar a raudales el Espíritu sobre los apóstoles conduciéndolos a la verdad plena. Pero para todo bautizado ya está todo realizado en Cristo de manera perfecta y ejemplar. La Cuaresma y la Pascua se implican mutuamente, pues no se pueden separar la Muerte y la Resurrección del Señor.

Por eso, todos nosotros debemos experimentar lo mismo que Pedro, aun en medio de la Cuaresma: Lo creo, Señor, pero aumenta mi fe. Antes te conocía de oídas, pero ahora te están viendo mis ojos, te estoy sintiendo en mi corazón. La transfiguración es una experiencia que capacita pedagógicamente a los discípulos para afrontar el dolor y la pasión con valentía y con gozo, de manera plenamente salvífica. Pero no hay que determinar de manera matemática el antes y el después del dolor y de los consuelos divinos, pues lo que Dios da lo da para siempre. La experiencia de Pedro persiste aunque baje de la montaña. La experiencia de Dios permanece en nosotros aunque salgamos del templo, aunque dejemos la oración contemplativa. La paz del Señor, que el mundo no puede dar, nos acompaña siempre.

Para conseguir esa vida nueva, gozosa y permanente, hay que morir a la ley del merecimiento, de lo debido… para pasar al amor, a la libertad, a la gratuidad, al compartir el gozo, no caprichoso ni arbitrario, pero sí maravilloso y nupcial de Dios con la humanidad, con cada uno de nosotros, sus hijos. Mirad que hago nuevas todas las cosas. Lo anterior pasó, llegaron los últimos tiempos, los del Esposo. El desierto está brotando. ¿Es que no lo notan?”.

 

Oración sugerida: Señor, ten paciencia conmigo y enséñame; da gloria a tu nombre y transfigúrame. Es preciso que tú crezcas y que yo disminuya. ¿Adónde iría lejos de ti? Estoy dispuesto a todo. Mi vida será gozarme en ti. Eres digno de toda bendición. Amén.

 

Para tu reflexión y oración reproduzco el texto de Filipenses. Pablo exhorta a los hermanos a que se mantengan firmes en el Señor. “Pues como ya os advertí muchas veces, y ahora tengo que recordároslo con lágrimas en los ojos, muchos de los que están entre vosotros son enemigos de la cruz de Cristo. Su paradero es la perdición; su dios, el vientre; se enorgullecen de lo que debería avergonzarlos y sólo piensan en las cosas de la tierra. Nosotros, en cambio, tenemos nuestra ciudadanía en los cielos, de donde esperamos como salvador a Jesucristo, el Señor. Él transformará nuestro mísero cuerpo en un cuerpo glorioso como el suyo, en virtud del poder que tiene para someter todas las cosas” (Flp 3, 18-21).

 

Himno de espiritualidad cuaresmal

Llorando los pecados tu pueblo está, Señor. Vuélvenos tu mirada y danos el perdón.

La Cuaresma es combate; las armas: oración, limosnas y vigilias por el reino de Dios.

“Convertid vuestra vida, volved a vuestro Dios, y volveré a vosotros”, esto dice el Señor.

Tus palabras de vida nos llevan hacia ti. Los días cuaresmales nos las hacen sentir. Amén.

 

Durante toda la Cuaresma, pero hoy de manera especial por ser el Día del Señor, podemos y debemos exclamar con Pedro: ¡Qué bien se está aquí! Pues si tenemos a Dios, ¿qué nos falta? Comenzamos a decirlo con verdad aquí en la tierra, como peregrinos. Y resultará beneficioso y gratificante ejercitarnos en esa percepción de fe y experiencia del amor de Dios. Un día esperamos decirlo con gozo y para siempre, en la gloria: ¡Qué bien se está aquí!

 

 


Vivencias Cuaresmales 2010 (12)

febrero 27, 2010

Tocar a los hermanos para comprender y amar

 

 

11. SÁBADO

PRIMERA SEMANA DE CUARESMA


Textos bíblico-litúrgicos:

Entrada: Salmo 18,8

1era. lectura: Deuteronomio 26, 16-19

Salmo: 118, 1-2. 4-5- 7-8

Aclamación: Amós 5,14

Evangelio: Mateo 5, 43-48

Comunión: Mateo 5, 48

 

TEXTO ILUMINADOR: Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen.

En el Antiguo Testamento, Dios hace alianza con su pueblo: “Yo te protegeré, seré tu Dios, y tú serás mi pueblo, mi pueblo fiel que cumple mis mandatos”. Esos mandatos se resumen en imitar a Dios mismo: Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto. Esa perfección es el amor sin límites, sin dejarse vencer por el mal, amando incluso al enemigo. Practicar un amor así constituye como el distintivo de los hijos de Dios.

Esta práctica no sólo es difícil sino que es imposible para el hombre abandonado a sus propias fuerzas. Es imposible sin la gracia de Dios, pero Dios da esa gracia a todos porque así es él, y a nadie reconoce como hijo a no ser que se le parezca a él por la práctica del amor y del perdón. Sólo el amor libera y salva, sólo el amor permanece porque Dios es amor, como enseña san Juan.

En la oración colecta de la misa de hoy pedimos que “nos entreguemos a la práctica de las obras de misericordia”. El amor verdadero, es decir el amor que recibimos de Dios mismo, se manifiesta necesariamente en el perdón y la misericordia hacia los hermanos. En eso se le reconoce que procede de Dios y no de nosotros mismos o del mal espíritu.

Aunque el perdón es principalmente don de Dios, también es un aprendizaje en el que debemos ejercitarnos siempre, pero especialmente en el tiempo de Cuaresma. Por eso, vamos a ofrecer en este día unas consideraciones sobre el perdón. Entendemos que perdonar y vivir reconciliados no es tanto el resultado de un acto voluntarista y casual, cuanto fruto de un esfuerzo procesual y progresivo. Perdonar supone un proceso, una secuencia existencial y espiritual.

A continuación voy a describir ese proceso. Señalaré unos pasos progresivos para alcanzar el más completo perdón hacia las personas que nos han ofendido. La meta será poder amarlas de verdad, como Dios las ama. Ojalá podamos incluso dar gloria a Dios por todo lo que él permitió que nos sucediera. En el proceso del perdón distinguimos hasta diez pasos graduales:

1. El primer paso consiste en romper el tifón que nos domina y nos hace recordar obsesivamente el mal que nos han causado. Es preciso desviar la atención de “mi” herida, para mirar hacia fuera y salir. Debo pensar: mi problema no es lo más importante del mundo. No tengo por qué recordar, revivir y menos contar a otros lo que pasó. ¿Para qué martirizarme con ello?

2. En segundo lugar, es preciso renovar la memoria para fijar nuestra atención, no ya en el mal que me han ocasionado, sino en todo lo bueno que esa persona, ahora enemiga, nos proporcionó en el pasado o en el presente no tan inmediato. Hay que ser más objetivos, más justos. Tratar de ver o de descubrir la otra parte… la parte buena. En fin, valorar las obras buenas.

3. Un paso más: consiste en tratar de comprender o entender al que nos ofendió. Acercarnos a las motivaciones reales de aquel que nos ofendió. Solemos reconocer que apenas nos conocemos a nosotros mismos, y ¿pretendemos conocer el mundo interno de los demás? ¿Qué grado de libertad y, por tanto de culpabilidad, tendrán los demás en sus comportamientos? Seguro que tu hermano, a quien ves ahora como enemigo o por lo menos adversario, no es tan malvado como tú piensas: nadie es malo gratuitamente, sin motivo. A lo mejor con su comportamiento pretendía defenderse, autoafirmarse, realizarse en la vida… Quizás es él, precisamente, el que más sufre por ser así o haberse portado así contigo. Quizás se equivocó, no se dio cuenta… ¿Qué no daría por borrar totalmente lo que hizo o pensó hacer? Si consiguiéramos comprender al otro, quizás no tendríamos que perdonarlo.

4. En cuarto lugar, es preciso suspender todo juicio condenatorio. Primero, porque no podemos calibrar bien su culpabilidad; y segundo, porque el juicio pertenece a Dios. Él es el único dueño de nuestro prójimo y por tanto el más ofendido. Nosotros ¿qué derechos tenemos sobre él? ¿Qué hemos hecho por él, qué nos debe, qué nos cuesta su vida? Si nuestro hermano no es nuestro, tampoco nos pertenece el juicio. Éste le corresponde a Dios

5. Debemos ser muy prudentes y respetuosos en las relaciones con los demás, porque no podemos saber si somos mejores o peores que los otros. Pues no sabemos lo que ellos han recibido. Quizás, en su caso, tú hubieras hecho lo mismo que tu prójimo. Si él hubiera recibido lo que has recibido tú, ¿qué habría sido en la vida, cuáles serían sus comportamientos?

6. Por consiguiente, en sexto lugar, no podemos ser muy exigentes con los demás, pues podríamos ser injustos exigiéndoles demasiado, y provocando en ellos el desánimo y hasta la desesperación. Es mejor echarlo todo a la mejor parte, por principio y de manera sistemática. Piensa bien de tu prójimo, y aun lo mejor, y así, al menos no pecarás. No parece que sea muy evangélico el dicho: Piensa mal y acertarás, ojo.

7.  No tenemos que llevar cuenta de los demás. Menos mal. Eso pertenece a Dios. Ya tenemos bastante con llevar cuenta de nosotros mismos, con tratar de aprender en todo, con atender al propio crecimiento espiritual. Hay que pasar del “acusar” a los demás al “acusarse” a sí mismo: y del “excusarse” a sí mismo al “excusar siempre” a los demás. Esta práctica nos llevará por el camino de la verdad, de la plenitud y de la felicidad. Esto no significa indiferencia, sino dejar a Dios ser Dios, y amar, en verdad y de verdad, al hermano: es decir, amarlo en Dios su Hacedor y su Dueño.

8. En octavo lugar, tratar de verlo todo desde la fe: nadie nos ha ofendido, sino que Dios lo ha permitido para nuestro bien. El último responsable es él. Por supuesto que Dios no quiere que nos ofendan, pero permite que el hombre, que es libre, cometa el mal. Sin embargo, no nos deja solos ante el mal, sino que Dios está siempre dispuesto a ayudarnos para que saquemos bien hasta del mal. Ahí está su grandeza. Por otro lado, la trampa en la que caemos con suma frecuencia es ver las cosas, únicamente, de tejas abajo: quedarnos en las mediaciones como si fueran causas únicas y definitivas; y comenzamos a buscar culpables y a defendernos. En eso nos equivocamos y nos enredamos, pues nada ni nadie manda en nuestra vida de manera absoluta, en todo caso influyen. Nada ni nadie nos gobierna, todo es providencia de Dios. Él gobierna el mundo. El hombre espiritual recurre siempre a Dios preguntándole acerca de todo cuanto acontece, y esperando sus explicaciones. Porque Dios es nuestro único dueño. Pues ni el azar ni la casualidad cuentan, ni siquiera la malevolencia humana puede dañarnos. Nada ni nadie nos pueden hacer infelices. Nuestra felicidad depende sólo de Dios y de nosotros. De lo contrario seríamos marionetas, no seríamos libres. Por tanto, nadie puede quitarnos la felicidad ni la paz. Como creyentes creemos que Dios lo ordena y dispone todo para nuestro bien y aprovechamiento, incluso las ofensas que recibimos de los demás y las injusticias. Por eso, en todo debemos salir airosos. Pues ¿quién nos podrá separar del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús?

9. Por tanto, debemos intentar renunciar de una vez por todas a que nos hagan justicia los humanos, a que se aclaren las cosas, a que reconozcan nuestra inocencia, a que nos devuelvan el aprecio y el honor… Es decir, debemos tratar de no condicionar nuestra felicidad personal a que los otros cambien. Eso no depende de nosotros. Renunciar de una vez por todas a cambiar a los demás como condición para alcanzar nosotros la felicidad; renunciar, y respirar hondo, liberarse de esa pesadilla, de una vez por todas, y dejarlo todo en manos de Dios. De inmediato darle gracias a Dios que nos permite poder perdonar, o, por lo menos, desearlo de corazón… dando nuestro brazo a torcer, doblegando nuestra cerviz, sometiendo nuestro amor propio y afán de venganza… para que triunfe la voluntad de Dios que nos manda perdonar. Y nos lo manda por nuestro bien. Sólo así le permitimos a él darnos su perdón y la felicidad eterna.

10. Finalmente, bendecir a Dios porque permitió que todo eso sucediera, y porque nos ha ayudado a transformar el mal en bien. Rezar por la persona que nos ofendió y pedirle a Dios que la comprenda, que no le tenga en cuenta su pecado, que la bendiga y le conceda todo lo que le pueda hacer feliz. Más todavía: dejarle a Dios ser Dios, y que se porte con ella conforme a su gran misericordia, siendo con ella más misericordioso, incluso más generoso que como lo hace con nosotros mismos, si es que nos podemos expresar así. Alegrarnos de que Dios se alegre por el perdón y la felicidad derrochados con el hijo pródigo. En fin, no ver con malos ojos que Dios sea bueno y hasta ingenuo, según nuestras apreciaciones, con el pecador. Intentar comprender los comportamientos misericordiosos de Dios. Él sí se fía de verdad, porque él es Dios no hombre: sus pensamientos son infinitamente superiores a los nuestros. Es decir, dejarnos inundar del amor infinito de Dios para gustar de la presencia de Dios que todo lo abarca llenándolo de vida y de bendición para sus hijos amados en su bendito Hijo Jesús, el primogénito entre muchos hermanos.

 

Texto iluminador:

Ustedes deben rezar así: Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden. Porque si ustedes perdonan las ofensas de los hombres, también el Padre celestial los perdonará. En cambio, si no perdonan las ofensas de los hombres, el Padre tampoco los perdonará a ustedes (Mt. 6, 8-15).

 

Estimado hermano, hermana: Ahora puedes hacer algún ejercicio de perdón, valiéndote de los puntos anteriormente expuestos. Merece la pena intentarlo en Cuaresma. Puedes pensar en alguna persona que te haya ofendido en la vida. Puedes recordar cómo te has sentido despreciado por otras personas, sobre todo, familiares o amigos. Anímate a perdonar y a olvidar para siempre, renunciando a guardar la ofensa dentro de ti. Dios te conceda poder respirar a pleno pulmón, dejando libre a tu ofensor, y abandonando en manos del Señor tus recuerdos dolorosos. Que te permita vivir más reconciliado durante esta Cuaresma. Como es gracia de Dios, permanecemos orando para que él se apiade de nosotros y nos conceda vida en abundancia. Amén.

 

 


Vivencias Cuaresmales 2010 (11)

febrero 26, 2010

La Santísima Trinidad y la Pasión y Muerte del Señor

 

 

10. VIERNES

PRIMERA SEMANA DE CUAREMA

 

Textos bíblico-litúrgicos

Entrada:  Salmo 24, 17-18 

1era. lectura: Ezequiel 18, 21-28 

Salmo 129,  1-2. 3-4. 5-7-8 

Aclamación:  Ezequiel 23, 11 

Evangelio:  Mateo 5, 20-26 

Comunión:  Ezequiel 33, 11

 

TEXTO ILUMINADOR: Dios quiere que el pecador se convierta y viva.

TEMA:  Reconciliación con Dios y con el hermano.

Dios es amor y no puede negarse a sí mismo. Él hizo todo para que exista y es principio de vida, de toda vida. Nosotros recibimos la bendición de Dios, cuando su Espíritu asegura a nuestro espíritu que somos hijos bien amados del Padre e hijos coherederos en el Hijo. Todo es gracia, no merecimiento propio. La única paga que se nos pide por ello es imitar la liberalidad de Dios, portándonos con los demás como Dios se portó con nosotros, perdonándonos mutuamente como Dios nos perdonó en Cristo. Es la única condición que pone Dios, no caprichosamente sino como ley de vida y fidelidad a su propio ser. Lo contrario sería negarse a sí mismo.

El texto bíblico es Mt. 5, 20-26: “Por eso cuando presentes una ofrenda ante el altar, si recuerdas que tu hermano tiene una queja contra ti, deja allí tu ofrenda junto al altar, anda primero a hacer las paces con tu hermano y entonces vuelve a presentarla”.

Por eso la conversión de la Cuaresma no puede concluir sin haber hecho una sincera y sentida confesión sacramental que se prolongue en un talante de vida reconciliada.  Vivir reconciliado implica: recibir el amor de Dios y transmitirlo a toda la creación, amando a discreción a todos, dando vida y festejando todo lo bueno, olvidando todo lo malo, ahogando el mal a fuerza de bien. El que ama, ora necesariamente por el hermano; y la oración del hermano reconciliado o justo tiene mucho poder delante de Dios porque eleva las manos limpias de sangre, y sólo los limpios de corazón pueden ver a Dios. Nada impuro puede ver a Dios, porque el que no perdona camina en tinieblas, vive en la oscuridad y en la cárcel.

“No saldrás de allí hasta que hayas pagado el último céntimo”. Hasta que tú mismo quieras salir aceptando el amor de Dios y su perdón para ti, y así capacitándote para darlo en consecuencia a los demás…

A la hora de pedir perdón, no debemos mirar quién comenzó, quién ofendió primero para que sea él quien se adelante a pedir perdón. El que más ama es el que se adelanta a pedir perdón porque la enemistad daña al reino de Dios, venga de donde viniere. Todos somos solidarios en el bien y en el mal. Por tu parte, que no quede el pedir perdón, pues el reino está cerca; si no te escucha tu hermano o se endurece en su aversión, sigue perdonando y devolviendo bien por mal; así amontonarás ascuas sobre su cabeza y su conciencia hasta que le llegue la hora del perdón y de la paz. Por eso, hermano, junto con el vivir reconciliado, pide por la conversión de los pecadores.

En la Cuaresma, toda la Iglesia, como madre próvida, sufre por sus hijos que se han olvidado de su bautismo y caminan en la confusión y el pecado. La Iglesia clama, hasta con lágrimas, día y noche para que los pecadores se conviertan del mal camino. Ellos se han apartado de la familia de la fe, sufren y hacen sufrir necesariamente a los demás, y se pueden perder para siempre si no cambian.

 

Estimado hermano, en este viernes de Cuaresma te ofrezco una consideración de la pasión del Señor. Muchos fieles acostumbran rezar el Via Crucis todos los viernes de Cuaresma. Es un ejercicio muy conveniente para acompañar a Cristo en los misterios de su pasión y muerte. Cada uno es libre para manifestar su amor al Señor y a los hermanos. Pero es verdad que en este tiempo debemos hacer algo especial. Pues amor con amor se paga. Feliz día. Dios te bendiga.

 

Del Espejo de caridad, del beato Elredo, abad

Debemos practicar la caridad fraterna según el ejemplo de Cristo

Nada nos anima tanto al amor de los enemigos, en el que consiste la perfección de la caridad fraterna, como la grata consideración de aquella admirable paciencia con la que aquél que era el más bello de los hombres entregó su atractivo rostro a las afrentas de los impíos, y sometió sus ojos, cuya mirada rige todas las cosas, a ser velados por los inicuos; aquella paciencia con la que presentó su espalda a la flagelación, y su cabeza, temible para los principados y potestades, a la aspereza de las espinas; aquella paciencia con la que se sometió a los oprobios y malos tratos, y con la que, en fin, admitió pacientemente la cruz, los clavos, la lanza, la hiel y el vinagre, sin dejar de mantenerse en todo momento suave, manso y tranquilo. En resumen, como cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría la boca.

¿Habrá alguien que, al escuchar aquella frase admirable, llena de dulzura, de caridad, de inmutable serenidad: “Padre, perdónalos”, no se apresure a abrazar con toda su alma a sus enemigos?  Padre -dijo-, perdónalos.  ¿Quedaba algo más de mansedumbre o de caridad que pudiera añadirse a esta petición?

Sin embargo, se lo añadió. Era poco interceder por los enemigos; quiso también excusarlos. “Padre -dijo-, perdónalos, porque no saben lo que hacen.  Son, desde luego, grandes pecadores, pero muy poco perspicaces; por tanto, Padre, perdónalos. Crucifican; pero no saben a quién crucifican, porque, si lo hubieran sabido, nunca hubieran crucificado al Señor de la gloria; por eso, Padre, perdónalos. Piensan que se trata de un prevaricador de la ley, de alguien que se cree presuntuosamente Dios, de un seductor del pueblo. Pero yo les había escondido mi rostro, y no pudieron conocer mi majestad; por eso, Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

En consecuencia, para que el hombre se ame rectamente a sí mismo, procure no dejarse corromper por ningún atractivo mundano. Y para no sucumbir ante semejantes inclinaciones, trate de orientar todos sus afectos hacia la suavidad de la naturaleza humana del Señor. Luego, para sentirse serenado más perfecta y suavemente con los atractivos de la caridad fraterna, trate de abrazar también a sus enemigos con un verdadero amor.

Y para que este fuego divino no se debilite ante las injurias, considere siempre con los ojos de la mente la serena paciencia de su amado Señor y Salvador (Libro 3, 5:  PL 195, 582).

 

Consideración de la humanidad de Cristo:

1.  Para compadecerlo como víctima de nuestros pecados.

2.  Para imitarlo en su paciencia y perdón.

3.  Para comprender y acompañar a los demás cuando sufren por cualquier motivo.

 

 

 


Vivencias Cuaresmales 2010 (10)

febrero 25, 2010

Misterio, vida y comunión en la Santísima Trinidad

 

 

9. JUEVES

PRIMERA SEMANA DE CUARESMA

 

Textos bíblico-litúrgicos:

Entrada: Salmo 5, 2-3

1era. lectura: Ester 14, 1.3-5.12.14

Salmo: 137, 1-2-3. 7-8

Aclamación: Juan 3, 16

Evangelio: Mateo 7, 7-12

Comunión: Mateo 7, 8

 

TEXTO ILUMINADOR: ¡Cuánto más vuestro Padre del cielo dará cosas buenas –Mateo-, dará el Espíritu Santo –Lucas- a los que le pidan!

TEMA: La voluntad de Dios es que el hombre tenga vida en abundancia.

La oración colecta de este día recoge magistralmente los sentimientos que culminaban la jornada de ayer: “Concédenos, Señor, la gracia de conocer y practicar siempre el bien, y, pues sin ti no podemos ni siquiera existir, haz que vivamos siempre según tu voluntad”.

Como si dijéramos: “Ya que nos das, Señor, el don primero, el de la vida, danos todo lo demás; ayúdanos a no apartarnos en lo más mínimo de lo que tú ya has dispuesto para nosotros con sabiduría y bondad eternas”. Amén.

Que ésta sea tu oración frecuente en este día hasta que embargue tu espíritu, lo pacifique y lo dilate en un gozoso descanso en el Señor. Repítela una y otra vez, si tienes posibilidades. El Espíritu irá haciendo su obra, sea que veles y te esfuerces, sea que descanses o bajes la guardia. Dios es siempre el mismo: dador de vida por excelencia, por antonomasia. “El Dador de vida en persona”. La semilla de Dios crece por sí sola en tu corazón benevolente, acogedor, agradecido.

Sabemos que Dios desea lo mejor para nosotros; no podemos suponer maldad en él, aunque frecuentemente sentimos dificultades para ver sus planes de paz y bendición. El mal, el dolor, el pecado, las limitaciones nos escandalizan y perturban. Por eso Dios sale a nuestro encuentro por la palabra y la vida de su Hijo. “¿Quién de ustedes da una serpiente a su hijo en vez de un pez? Si ustedes, siendo malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre, el único bueno, dará el Espíritu a los que se lo pidieren!” (Mt. 7, 7-12).

“¿Quién de ustedes es capaz de darle una piedra a su hijo si le pide pan, o una culebra si le pide pescado? Si ustedes, que son malos, son capaces de dar cosas buenas a sus hijos ¡con mayor razón el Padre que está en los cielos dará cosas buenas al que se las pida!”.

 

ORACIÓN TRINITARIA, SUGERIDA

Gracias, Señor Jesús, por tu condescendencia con nuestra flaqueza y por tu paciencia para repetirnos una y otra vez que el Padre también nos ama. Perdona nuestra debilidad en creer; en fiarnos de la acción del Espíritu en nosotros que trata de convencernos del infinito amor del Padre. Ten paciencia con nosotros, Señor Jesús, e infúndenos tu santo Espíritu que ilumine nuestra mente y mueva nuestro corazón.

Señor Jesús, queremos escuchar tu voz que nos dice: ¿Tanto tiempo con ustedes y aún no han descubierto a mi Padre? ¿Aún no me conocen, no se dan cuenta de que el Padre es todo para mí? Él es mi fundamento, mi razón de ser, no hago sino lo que el Padre me encomienda. ¿Aún no me conocen en profundidad? ¿De dónde sacaría yo fuerzas y capacidad para devolver bien por mal, sino de él? A él le confío constantemente todos mis asuntos; por eso, si me vieses en profundidad, verías claramente a mi Padre, porque él está en mis orígenes y en el transfondo de todo mi ser, de mi hablar y de mi actuar.

Quien me ve a mí, Felipe, ve al Padre. No soy yo quien predica, quien sana, quien perdona… es el Padre que está cumpliendo por mí y en mí y juntamente conmigo todo lo que había prometido a los patriarcas y profetas. Porque él es el único bueno. Él es mayor que yo… Yo soy el amén del Padre: para su gloria y contento, y también para vuestra salvación; así mi alegría será cumplida, llegará a plenitud. Con ustedes no tengo secretos; pues sois mis amigos, el pequeño rebaño que el Padre me confió y me encomendó.

Gracias, Señor Jesús, porque nos aseguras que cuanto ha hecho el Padre en ti y a través de ti durante tu vida mortal, lo quiere hacer en nosotros y por nosotros. El Espíritu que vino sobre ti en el Jordán es el mismo Espíritu que el Padre ha derramado sobre nosotros en el bautismo; lo derramó sobre tus discípulos al glorificarte en la cruz, haciéndote perfecto a fuerza de sufrimientos y sumisión. Desde la cruz abriste el santuario de tu costado y comenzó a fluir el río de agua viva que saciará la sed de todos los hombres.

Gracias, Padre bueno, porque apoyado en la palabra y las obras de tu bendito Hijo, puedo creer que tú quieres lo mejor para mí, quieres que tenga vida en abundancia y en plenitud; es lo que más te gusta, lo que te pareció mejor. Por eso enviaste a tu único Hijo y lo hiciste pecado por mí. Si nos has dado al Hijo, ¿qué podrías reservarte ya? Por eso creo que tú me das con Cristo todas las cosas, es decir, el Espíritu de tu propio Hijo, el que reproduce en mí la imagen del Hijo y la conciencia de filiación, la de ser hijo tuyo; hijo adoptivo, sí; pero verdadero hijo en el Hijo primogénito.

Padre santo, el único generoso, fuente de toda vida, dame el Espíritu Santo y eso me bastará… Glorifícate en mi vida como te complazca, haz de mí lo que quieras; pues de ti nada malo me puede venir; no quiero ponerte ningún obstáculo, ningún reparo; quiero ser como tu Hijo, dispón de mí como quieras, restaura, poda, sana… Sea lo que sea, te doy las gracias. Toma en serio mi palabra, Padre de bondad; pues yo también quiero tomar en serio tu palabra y tu promesa que nos ha comunicado con verdad tu propio Hijo hecho hombre; querría estar más convencido de todo esto que estoy expresando, pero tú ayúdame, y dame esa palabra gemida y sincera que el Espíritu suscita en mi corazón, el Espíritu que nos hace hijos en tu bendito Hijo Jesús. Amén.

“Si vosotros, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que le suplican!”.

ACLAMACIÓN AL EVANGELIO:

“Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo único para que todo el que crea en él tenga vida eterna”.

 

Estimado lector, te ofrezco una versión del Padrenuestro que puede iluminar tu vivencia cuaresmal en este día. Se nos exhorta a que pidamos. Pues oremos al Señor hasta que sintamos la fuerza y la suavidad del Espíritu que hace nuestras todas las cosas, comenzando por nuestro propio corazón. El Espíritu que nos une al Padre y al Hijo, y que es el corazón de la Iglesia, que construye la comunidad de los hijos de Dios. Supliquemos se nos conceda el sentir con la Iglesia de Cristo.


 

Padre nuestro, Padre de todos,

líbranos del orgullo de estar solo.


No vengo a la soledad cuando vengo a la oración,

pues sé que, estando contigo, con mis hermanos estoy;

y sé que, estando con ellos, tú estás en medio, Señor.


No he venido a refugiarme dentro de tu torreón,

como quien huye a un exilio de aristocracia interior.

Pues vine huyendo del ruido, pero de los hombres no.


Allí donde va un cristiano no hay soledad, sino amor,

pues lleva toda la Iglesia dentro de su corazón.

Y dice siempre “nosotros”, incluso si dice “yo”.

 

 

 


Vivencias Cuaresmales 2010 (9)

febrero 24, 2010

 

San Agustín, maestro de la conversión cristiana

 8. MIÉRCOLES

PRIMERA SEMANA DE CUARESMA

 

Esta generación es una generación perversa, porque los habitantes de Nínive se convirtieron con la predicación de Jonás; y aquí hay uno que es más que Jonás.

 

Textos bíblico-litúrgicos:

Entrada:  Salmo 24, 6. 3. 22

1era. lectura:  Isaías 3, 1-10

Salmo:  50, 3-4. 12-13. 18.19

Aclamación:  Ezequiel 18,31

Evangelio:  Lucas 11, 29-32

Comunión:  Salmo 5,12

 

TEMA: La conversión, “la determinada determinación” de cambio. Intransigencia con toda forma de mal. Transformación del corazón.

La conversión es para todos sin excepción y no podemos excusarnos ni exigir demasiadas pruebas. Cristo ya ha venido, Dios ya no tiene más que hacer por nosotros; ahora se pone en acción nuestra respuesta generosa, nuestra creatividad, la hora de la Iglesia, la hora de la imaginación. ¿Sientes, hermano, celos y fuego por la gloria de Dios en ti y en los demás?

Deberías pedir a Dios con toda sinceridad que te purifique sin miramientos, deberías ponerte en sus manos cada día, pues él es un experto cirujano. El Espíritu intervendría en toda tu persona para que reprodujeras la imagen de Cristo. Como solícito hortelano, Cristo podaría tus ramas muertas para que dieses más fruto aunque la poda te doliera. ¿Vives con deportividad tu entrega al Señor y a los hermanos? No busques muchas pruebas del amor de Dios hacia ti, ni de sus exigencias, para que seas verdaderamente libre.

La conversión de los bautizados supera la conversión de los ninivitas porque se abren a un Dios “siempre mayor”. Nuestra conversión consistirá en acoger todo el plan de Dios, pues llegaron los últimos tiempos. Esa acogida exige matar de raíz toda negligencia ante el advenimiento del reino de Dios pues se ha cumplido el plazo… Por eso, Ezequiel 18, 31 nos pide: “Arrojad lejos de vosotros todo el mal y estrenad un corazón nuevo, y vivid con ánimo renovado” (Aclamación del Evangelio).

Nuestra conversión se traducirá en una auténtica renuncia al mal en todas sus formas, con total determinación, de manera absoluta. Renunciar a todo lo que Dios llama pecado aunque nosotros no lo percibamos del todo así, o no nos parezca tan malo; sólo de esta manera llegaremos a la verdad total y la libertad de los hijos de Dios.

Reza el salmo 50 una y otra vez, en esta cuaresma, porque es el salmo penitencial por excelencia. Tu oración cuaresmal, por excelencia. ¿Si no lo rezas ahora de verdad, cuándo lo harías? Además, ahora toda la Iglesia te acompaña, de manera especial. ¿No lo notas? Trata de sentirlo. La Iglesia es tu familia, no la sientas en modo alguno ajena. Tú rezas por la conversión de los otros y, al rezar, los comienzas a perdonar y piden que sus pecados les sean perdonados. Y los demás rezan por ti. Tus pecados, de alguna manera, son de los otros o afectan a todos. Lo que hacen los demás, lo haces tú con ellos. En la Cuaresma puedes sentir más intensamente la unidad de la Iglesia.

Oración:

Misericordia, Dios mío; por tu bondad, por tu inmensa compasión, borra mi culpa. Mi sacrificio es un espíritu quebrantado; un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias. ¡Oh Dios!, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme. Y mi boca cantará tu alabanza. Amén.


Amable lector, hace ocho días comenzamos el itinerario cuaresmal, con la imposición de la ceniza. Me alegra pensar que sigues con renovado amor el día a día de la Cuaresma. Pero nadie está libre de caer en la rutina. Por eso, hermano, te invito a echar un vistazo atrás y preguntarte cómo has aprovechado estos ocho días: ¿Has encontrado algo nuevo que te ha impactado, que te hace vibrar, has avanzado en tu vida espiritual?

Da gracias a Dios por lo conseguido, y pide la gracia de una conversión sincera. San Agustín, el gran convertido, te recuerda: No necesitas escuchar novedades, sino ser nuevo tú mismo por el afán de aprender, de superarte, de conocer más a Dios y de hacer más felices a tus hermanos.

 

Pensando en los hermanos terciarios, pero sin excluir a nadie, a continuación te ofrezco un resumen de cómo entendía y sentía san Agustín la Cuaresma, y cómo la predicaba a sus fieles. A ver si sus palabras siguen teniendo inspiración y fuerza para ti. Suerte, con la gracia de Dios, y con el obsequio de tu actitud humilde. Hasta mañana, si Dios quiere.

 

 SAN AGUSTÍN EN VIVO, para la Cuaresma

El ciclo litúrgico de los misterios del Señor significa para la Iglesia una consagración y santificación del tiempo, totalmente opuesto a los ciclos cósmicos de la filosofía antigua. Contra el perpetuo rodar de los siglos sin esperanza, la Iglesia introdujo la Pascua, cuyo hecho central es la resurrección del Señor, y en esperanza la resurrección de todos los hombres.

Tal ha sido la máxima revolución de la historia, que ya ordena y encabeza los tiempos en Cristo dándoles un contenido espiritual que nunca tuvieron los paganos, ni tiene el tiempo entre los musulmanes o entre los hindúes.

Nuestro tiempo está lleno de Cristo, y por eso lo llamamos cristiano. Situándose, pues, San Agustín en medio de este acontecimiento cósmico, divide o acoge la división del tiempo en dos secciones: antes y después de Pascua.

El primero es de tentación, lucha y tristeza; el segundo, de triunfo y de gozo. “Este tiempo de miseria y gemido nuestro significa la cuaresma antes de la Pascua, y los cincuenta días posteriores dedicados a la alabanza divina representan el tiempo de alegría, del reposo en la felicidad, de la vida eterna, del reino sin fin que todavía no ha llegado.

Hay, pues, dos tiempos; uno, antes de la resurrección del Señor; otro, después de la misma; uno, en el que estamos ahora; otro, en el que esperamos estar. El tiempo cuaresmal, que es nuestro tiempo actual, es de tristeza. El aleluya pascual significa el tiempo de gozo, del descanso y del reino que poseeremos. Son frecuentes en la Iglesia las alabanzas de Dios -el canto del aleluya- para significar la vida de alabanzas incesantes del reino futuro.

La pasión del Señor significa nuestro tiempo, en que estamos. Los azotes, las ataduras, injurias, salivazos, corona de espinas, el vino con hiel, el vinagre en la esponja, los insultos, los oprobios y, finalmente, la cruz con el cuerpo pendiente en ella, ¿qué significan sino el tiempo en que vivimos, que es de tristeza, mortalidad, tentación?

Por eso es un tiempo feo… Tiempo feo; pero, si lo usamos bien, tiempo fiel. ¿Qué cosa más fea que un campo estercolado? Más hermoso estaba antes de recibir el estiércol; mas fue abonado para que diese fruto. La fealdad, pues, de este tiempo es un signo; ella sea para nosotros tiempo de fertilidad” (Sermón 254,5).

Aunque todo el tiempo cristiano, mientras vivimos en este mundo, tiene un rasgo cuaresmal en el sentido mencionado, la cuaresma cristiana comprende un espacio limitado de días para prepararse a la fiesta de la Pascua. Este tiempo se celebraba muy solemnemente en la época del Obispo de Hipona: “Ya llega el tiempo solemne que debo recomendarles para que reflexionen más seriamente sobre su alma y sobre la penitencia corporal. Porque éstos son los cuarenta días sacratísimos en todo el orbe de la tierra en que, al acercarse la Pascua, todo el mundo, que Dios reconcilia consigo en Cristo, celebra con loable devoción” (Sermón 209, 1).

Este exordio solemne de un sermón cuaresmal indica bien la seriedad con que la Iglesia promovía la reconciliación de los cristianos con Dios. Pensamiento central de la cuaresma era el misterio de la redención humana obrada por Cristo, y que debía ser actuada por los cristianos con una cooperación espiritual y corporal.

En la raíz misma de la espiritualidad cuaresmal pone el Santo la humildad: “Porque este tiempo de humildad significado por estos días es la misma vida de este mundo en que Cristo, nuestro Señor, que murió una vez por nosotros, en cierto modo vuelve a padecer todos los años con el retorno de esta solemnidad. Pues lo que se realizó una vez en el tiempo para que fuese renovada nuestra vida, se celebra todos los años para traerlo a nuestra memoria.

Si, pues, durante todo el tiempo de nuestra peregrinación, viviendo en medio de tentaciones, debemos ser humildes de corazón, ¡cuánto más en estos días, en que no sólo se vive, sino que también se simboliza en la celebración este tiempo de nuestra humillación!

Humildes nos enseñó a ser la humildad de Cristo, pues se entregó a la muerte por los impíos; grandes nos hace la grandeza de Cristo, porque, resucitando, se adelantó a nuestra piedad” (Sermón 206, 1).

El cristiano, pues, ha de participar de la pasión y resurrección de Cristo. Por la humildad de la pasión, a la gloria de la resurrección: he aquí el itinerario espiritual de la cuaresma cristiana. Por eso la cruz se alza en medio de este tiempo, no sólo como signo de redención, sino también como bandera de la milicia cristiana: “Y en esta cruz, durante toda esta vida que se lleva en medio de tentaciones, debe estar siempre clavado el cristiano” (Sermón 205, 1).

¿Cuál es el programa espiritual de este tiempo? El de una más copiosa alimentación espiritual por la meditación de la palabra de Dios, o digamos de las verdades eternas; y el de la crucifixión o mortificación corporal, significada, sobre todo, por el ayuno.

Tres tipos de penitencia cuaresmal nos ofrece la Escritura en otros tres personajes de la historia de la salvación: Moisés, Elías y Cristo. Ellos nos enseñan que “no hemos de conformarnos y apegarnos a este mundo, sino crucificar al hombre viejo, no andando en comilonas y embriagueces, en los placeres carnales e impurezas, ni en discordias o envidias, sino que debemos revestirnos de Jesucristo, sin preocuparnos de las pasiones del cuerpo (Rom. 13,13-14).

Vive así siempre, ¡oh cristiano! Si no quieres sumergirte en el fango de la tierra, no desciendas de esta cruz. Y así se debe vivir, sobre todo en este tiempo cuaresmal, en espera de la vida nueva” (Sermón 205, 1).

La cuaresma tiene una significación total para la vida cristiana: la de renuncia a los deseos desordenados del mundo. Es la misma exigencia bautismal con su abnegación de las vanidades mundanas: “Se nos recomienda en nuestra conducta, mientras vivimos en este mundo, abstenernos de las codicias del siglo; esto indica el ayuno de este tiempo conocido de todos con el nombre de cuaresma” (Sermón 270, 3).

La ocupación de este tiempo se resume en la meditación de la palabra de Dios, en la penitencia corporal -significada particularmente por el ayuno- y en las obras de misericordia. La Iglesia recomienda más oración para este tiempo: “Durante estos días dedíquense a más frecuentes y fervorosas oraciones” (Sermón 205, 2). El fin es conseguir humildad y contrición de los pecados, o lo que llama el Santo “afanarse gimiendo” (in gemitu laborare).

El gemido de la oración reconoce dos causas: el sentimiento de los pecados y la ausencia de la patria durante la peregrinación. Reflexionar sobre la miseria del pecado y de la ausencia de Dios y de los grandes bienes que esperamos en la vida futura da a la cuaresma su sello de austeridad. Por eso la memoria de la pasión de Cristo impregna todo este programa, porque el aniversario de los trabajos de Cristo en la pasión nos recuerda la condición temporal de la existencia cristiana, sujeta a tantas tentaciones, y nos confirma en la esperanza del perdón.

San Agustín da también una gran importancia al ejercicio de las obras de misericordia, y dedica un sermón cuaresmal al perdón de las ofensas. El hombre que odia es una cárcel tenebrosa para sí mismo; su corazón es su cárcel. Con este motivo comenta las palabras de san Juan: El que no ama a su hermano está en las tinieblas todavía (Jn 3, 15).

Este ejercicio es necesario para los cristianos durante su vida, pero en la cuaresma es cuando debe purificarse el corazón, y Agustín no se cansa de repetir que es uno de los ejercicios cuaresmales que más deben tenerse en cuenta: “Atención todos, hombres y mujeres, pequeños y grandes, laicos y clérigos; y yo también me dirijo a mí mismo. Oigamos todos, temamos todos. Si hemos faltado contra los hermanos, hagamos lo que manda el Padre, que también será nuestro juez; pidamos perdón a todos, a los que tal vez hemos ofendido y dañado con nuestras faltas” (Sermón 211, 5).

El ejercicio del perdón mutuo era muy necesario en la diócesis de Hipona, porque los africanos eran vengativos. Ya se sabe también que el ayuno corporal era práctica universal de la Iglesia, con privación de cosas lícitas e ilícitas: “Castiguemos nuestro cuerpo y reduzcámoslo a servidumbre; y, a fin de que las pasiones insumisas no nos arrastren a cosas ilícitas, para dominarlas privémonos también de cosas lícitas” (Sermón 207, 2).

Pero lo que se le niega al cuerpo debe distribuirse a los necesitados, porque el ayuno no aprovecha al que lo guarda sin practicar la misericordia. Constantemente une el Santo las tres cosas -ayunos, oraciones y limosnas-, como medio de prepararse para la Pascua: “Hay que dar limosna, ayunar y orar para vencer las tentaciones del mundo, las insidias del diablo, los trabajos de la vida, las sugestiones de la carne, las turbulencias temporales y toda clase de adversidad corporal y espiritual” (Sermón 207, 1).

Toda esta ascética cuaresmal es propia de cualquier tiempo. Por eso san Agustín asemeja la cuaresma a la misma peregrinación humana, que avanza en este mundo entre contradicciones, fatigas y combates que sólo acabarán con el descanso de la Pascua. “Los pobres a quienes damos limosna, ¿qué otra cosa son sino nuestros portaequipajes, que nos ayudan a transportar nuestros bienes de la tierra al cielo? Los entregas al portaequipajes, y él lleva al cielo lo que le das” (Sermón 97 A, 1).

“Mi exhortación, hermanos, sería ésta: den del pan terreno y llamen a las puertas del Pan celeste. El Señor es ese Pan. Yo soy -dice- el pan de la vida (Jn 5, 35). ¿Cómo te lo va a dar a ti, cuando tú no se lo ofreces al necesitado? Ante ti está un necesitado, y tú mismo estás como necesitado ante otro. Pero aquél está como necesitado ante otro necesitado, mientras que aquél ante quien tú estás no necesita de nadie. Haz tú lo que quieres que se haga contigo (Sermón 389, 6).

(Del libro del P. Víctor Capánaga Agustín de Hipona, Maestro de la conversión cristiana, Madrid 1974, pp. 417-420; resumen del P. Pablo Panedas, oar).

 

 

 


Vivencias Cuaresmales 2010 (8)

febrero 23, 2010

Nuestra dichosa dependencia vital y existencial respecto de Dios, fuente de vida

 

7. MARTES

PRIMERA SEMANA DE CUARESMA

 

Textos bíblico-litúrgicos

Entrada: Salmo 89, 1-2

1era. lectura: Isaías 55, 10-11

Salmo: 34, 4-5. 6-7. 16-17-18-19

Aclamación: Lucas 8, 15

Evangelio: Mateo 6, 7-15

Comunión: Salmo 4, 2

 

TEXTO ILUMINADOR:

Dice el Señor: “Como baja la lluvia y la nieve de los cielos y no regresan allá sin haber empapado y fecundado la tierra y haberla hecho germinar… así será la Palabra que salga de mi boca; no volverá a mí sin haber hecho lo que yo quería y haber llevado a cabo su misión”.

 

TEMA: Cristo, nuestra respuesta al Padre; nuestra gloria.

Marco de la primera semana, lectura de Isaías 55, 10-11.

La Cuaresma implica conversión y tomar conciencia de nuestros pecados, pero frecuentemente no nos consideramos, ni lo somos de hecho, grandes pecadores o personas pervertidas. No hemos cometido graves delitos, pero sí hemos dejado de hacer mucho bien que pudimos o debimos haber hecho. Son muchísimos nuestros pecados de omisión; porque mucho se nos ha dado; mucho y bueno es lo que Dios ha sembrado en nosotros; por eso, mucho se nos pide. ¿Y qué fruto estamos dando nosotros? He ahí la cuestión.

Hoy nos lo recuerda la primera lectura tomada de Isaías. Nosotros somos tierra de Dios que él quiere fecundar para que dé frutos buenos y en abundancia. La lluvia fecundante es el Espíritu Santo, el poder de Dios. La semilla dejada en nosotros es Cristo mismo, pues en él fuimos creados y en el fondo somos Cristo. Es lo más profundo de nosotros mismos. Hay un germen divino en nosotros, hay un hijo de Dios en germen que debe crecer a la estatura de Cristo. Se nos ha dado como vocación ser hijos en el Hijo Primogénito. Fue el don precioso; ahora, se nos encomienda dar la talla: hacernos día a día verdaderos y auténticos hijos del Padre Dios en su bendito Hijo Jesucristo.

Pero esta tarea, aparte de no exceder nuestras fuerzas por la gracia de Dios, ya está realizada ejemplarmente y de forma misteriosa y plena en Cristo. Él ya ha respondido por nosotros, junto con el Espíritu. Cristo es el rocío, es la lluvia que desciende a la tierra y de ésta ha brotado la justicia, la santidad, el tallo de Jesé, lleno del poder del Espíritu Santo, lleno de gracia y santidad. Sólo Cristo ha glorificado al Padre como él se merece.

Él ha llevado a plenitud la voluntad del Padre en total fidelidad, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz. Sobre esa vara de Jesé, reposa el Espíritu de sabiduría, de entendimiento… los siete dones del Espíritu, toda la floración de los frutos del Espíritu Santo. Todo lo bueno que los hombres hicieron antes de Cristo y todo lo que harán después de él, ya está recapitulado y realizado en Cristo: hacia él confluye todo y de él todo dimana, por la acción del único Espíritu, y para gloria del Padre.

Por eso nos alegramos en Cristo que es nuestro orgullo, nuestra gloria. Él nos libra de toda ansiedad y temor en nuestra relación con Dios. Él nos enseñó a llamar a Dios “Padre”. No tenemos por qué multiplicar las palabras, ni presentarnos a Dios sólo cuando nos consideramos dignos. No podemos comprar la salvación, sería nuestra ruina el quedarnos para siempre aislados de Dios, condenados en nuestra propia autosuficiencia, en la mayor soledad. Por Cristo, salimos de nosotros mismos para depender de Dios y alegrarnos siempre porque le pareció bien hacernos hijos en su bendito Hijo, sólo para que sea alabado su nombre.

La alabanza por la gratuidad es nuestra liberación radical, es pasar de la muerte a la vida, del temor al amor. La oración de alabanza es la más perfecta: la que más agrada a Dios porque es la que más nos libera de nosotros mismos y nos hace gozarnos en Dios. La alegría en el Señor es nuestra salvación. La alabanza de Dios es nuestra fortaleza. Dios ya lo ha hecho todo, ya dispuso el banquete de la Sabiduría: a nosotros sólo nos queda el dejarnos conducir por Cristo, tomados de su mano, hasta la presencia del Dueño de la casa, y dejarnos acomodar a la mesa por el mismo Cristo, el Dueño de la fiesta que está entre nosotros como el que sirve y ofreciéndonos el vino nuevo del Espíritu. Agradecer la gratuidad divina es comenzar a imitarla, portándonos con los demás como Dios se ha comportado con nosotros, usando con los demás la medida que usa Dios con nosotros, para entrar así en su Reino donde se llega a tener dando; y donde renunciando, se llega a poseer. Una de las experiencias más gratificantes para el ser humano es precisamente vivir la gratuidad: recibiéndola y dándola a discreción.

Finalmente, si el Padre nos ha enviado el nuevo Adán, lleno de gracia y santidad, no debe extrañarnos que nos proporcione en él y por él las palabras mismas con las que debemos agradecerle ese magnífico don. Si nos ha dado la Vida también nos ha dado la Palabra para agradecérsela. Por eso, Jesús enseñó a sus discípulos a orar. La existencia santa de Jesús se proyecta en la oración para volver al Padre y así la oración está al servicio de la vida. Toda una corriente de vida que viene del Padre y vuelve al Padre por Cristo en el Espíritu Santo. Y en esa corriente vital somos incorporados nosotros, por pura gracia: en virtud de la voluntad salvífica del Padre que nos ha predestinado antes de los siglos, a través de Cristo siendo hijos en el Hijo bendito, en el Espíritu Santo, el del Padre y del Hijo.

Apreciemos la oración del Padrenuestro que Cristo mismo nos enseñó: la más apropiada para corresponder a la dignidad y valor del don recibido, la vida nueva en el Espíritu. La oración dominical es reconocida como “un sacramental”, es decir, tiene algo de sagrado o divino. No es una oración cualquiera. Por tanto, de alguna forma está adornada con la presencia de la divinidad: en sus orígenes, en su contenido y en las consecuencias salvíficas que produce en quienes la usan con fe.

 

Ofrecemos a continuación unas consideraciones de San Cipriano sobre el Padrenuestro.

 

Del tratado de San Cipriano, obispo y mártir,

sobre el Padrenuestro

El que nos dio la vida nos enseñó también a orar

 

Los preceptos evangélicos, queridos hermanos, no son otra cosa que las enseñanzas divinas, fundamentos que edifican la esperanza, cimientos que corroboran la fe, alimentos del corazón, gobernalle del camino, garantía para la obtención de la salvación; ellos instruyen en la tierra las mentes dóciles de los creyentes, y los conducen a los reinos celestiales. Muchas cosas quiso Dios que dijeran e hicieran oír los profetas, sus siervos; pero cuánto más importantes son las que habla su Hijo, las que atestigua con su propia voz la misma Palabra de Dios, que estuvo presente en los profetas, pues ya no pide que se prepare el camino al que viene, sino que es él mismo quien viene abriéndonos y mostrándonos el camino, de modo que quienes, ciegos y abandonados, errábamos antes en las tinieblas de la muerte, ahora nos viéramos iluminados por la luz de la gracia y alcanzáramos el camino de la vida, bajo la guía y dirección del Señor.

El cual, entre todos los demás saludables consejos y divinos preceptos con los que orientó a su pueblo para la salvación, le enseñó también la manera de orar, y, a su vez, él mismo nos instruyó y aconsejó sobre lo que teníamos que pedir. El que nos dio la vida nos enseñó también a orar, con la misma benignidad con la que da y otorga todo lo demás, para que fuésemos escuchados con más facilidad, al dirigirnos al Padre con la misma oración que el Hijo no enseñó. El Señor había ya predicho que se acercaba la hora en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad; y cumplió lo que antes había prometido de tal manera que nosotros, que habíamos recibido el espíritu y la verdad, como consecuencia de su santificación, adoráramos a Dios verdadera y espiritualmente, de acuerdo con sus normas.

¿Pues qué oración más espiritual puede haber que la que nos fue dada por Cristo, por quien nos fue también enviado el Espíritu Santo, y qué plegaria más verdadera ante el Padre que la que brotó de labios del Hijo, que es la verdad? De modo que orar de otra forma no es sólo ignorancia, sino culpa también, pues él mismo afirmó: Anuláis el mandamiento de Dios por mantener vuestra tradición.

 

 Oremos, pues, hermanos queridos, como Dios, nuestro maestro, nos enseñó. A Dios le resulta amiga y familiar la oración que se le dirige con sus mismas palabras, la misma oración de Cristo que llega a sus oídos. Cuando hacemos oración, que el Padre reconozca las palabras de su propio Hijo; el mismo que habita dentro del corazón sea el que resuene en la voz, y, puesto que lo tenemos como abogado por nuestros pecados ante el Padre, al pedir por nuestros delitos, como pecadores que somos, empleemos las mismas palabras de nuestro defensor. Pues, si dice que hará lo que pidamos al Padre en su nombre, ¿cuánto más eficaz no será nuestra oración en el nombre de Cristo, si la hacemos, además, con sus propias palabras?

 

 

Observación final

Estimado amigo que estás haciendo el itinerario cuaresmal, si estas Vivencias están aportando bienestar a tu vida, ¿por qué no compartes tu alegría con otros hermanos? Piensa en alguna persona, amiga o conocida, que pueda estar necesitando una renovación de su fe y de su razón de vivir. En esta Cuaresma el Señor nos dice: En el tiempo oportuno yo te escucho; pues mira, ahora es tiempo de salvación.



Vivencias Cuaresmales 2010 (7)

febrero 22, 2010

No te cierres a tu propia carne

6. LUNES

PRIMERA SEMANA DE CUARESMA


NOTA: Aunque hoy la Iglesia celebra la Fiesta de la Cátedra de san Pedro, nosotros hoy, en atención a las personas que están haciendo el itinerario cuaresmal con estas Vivencias, les ofrecemos, como todos los días, las siguientes consideraciones.


Lecturas bíblico-litúrgicas:

Entrada: Salmo 122, 2-3

1era. lectura: Levítico 19, 1-2. 11. 18

Salmo: 18, 8-9-10. 15

Aclamación: Lucas 8, 15

Evangelio: Mateo 25, 31-46

Comunión: Mateo 25, 40. 34

TEMA central iluminador: La santidad de Dios se expresa en la cercanía a los pobres. La santidad del hombre consiste en imitar a Dios: Amarás a tu prójimo como a ti mismo (porque es imagen de Dios; porque el deseo de la felicidad es algo connatural a todo hombre; hay que amar al hermano “como Dios te ama a ti”).

Se pide en la oración colecta que Dios nos convierta, nos ilumine, además de extender su mano sobre nuestra debilidad para que la Cuaresma dé en nosotros sus mejores frutos.

En la Cuaresma Dios siente celos por su pueblo, por cada uno de nosotros, que fuimos iluminados en el Bautismo y llamados a ser sal de la tierra y luz del mundo. Al ver nuestro desvalimiento y la incongruencia en la práctica cristiana, Dios se remanga el brazo como cuando sacó a los israelitas de Egipto “con mano poderosa y brazo extendido”. Dijo en efecto a Moisés: He bajado y he visto que mi pueblo está oprimido, y quiero que tú lo saques de Egipto.

Dios, jamás se resigna a vernos esclavizados en el pecado y viviendo como siervos cuando en realidad somos hijos. El hijo pródigo no podía seguir viviendo entre cerdos, animales impuros, comiendo su mismo alimento. Era hijo del Rey. Le correspondía otro tipo de existencia. El padre salía todas las tardes a otear el horizonte por si regresaría su hijo… Dios no puede permanecer indiferente ante el sufrimiento de sus hijos. He bajado… Su santidad consiste en sentir en carne propia lo que viven sus hijos. Por eso, le dice a Moisés que su nombre es: “El que está junto a ti”, “el que no te abandona”. Su santidad es cercanía, fidelidad, misericordia.

Durante la Cuaresma, tratamos de acoger esa cercanía de Dios, permitiéndole que renueve y hasta rehaga nuestras vidas. Y en segundo lugar, tratamos de llevar a nuestros hermanos hasta Dios para que recuperen su libertad. Como el Padre nos trató enviando a su Hijo, así nosotros debemos comportarnos como hermanos unos de otros, prójimos o próximos y misericordiosos.

Sólo así podremos seguir gozando del amor de Dios, precisamente dándolo a discreción. Sólo así percibiremos en nuestra conciencia la voz clara del Espíritu de Cristo: Venid, benditos de mi Padre, porque tuve hambre y me disteis de comer. Si Cristo no tuvo reparo en identificarse con cualquier hombre y también conmigo, por qué voy a sentir repugnancia, si tengo ya su Santo Espíritu.

El milagro de la Cuaresma consistirá en la renovación del corazón de cada creyente, pasando del egoísmo al amor. Corazones nuevos, hombres nuevos para crear la civilización del amor, un mundo más fraterno donde prevalezca el respeto, la misericordia y el perdón de las ofensas.

Será la obra de Dios actuante en nosotros por la fuerza de su Espíritu que hace nuevas todas las cosas. Dejémonos transformar por él y supliquémosle: atráenos a ti para que podamos acercarnos a ti. Y en ti abrazaremos a todos y a toda la creación.

Ven, Espíritu divino, en esta Cuaresma y descúbrenos al Padre a través de Cristo el Señor, presente en todos los hombres, en particular, en los más necesitados. Amén.

ORACIÓN COLECTA

Conviértenos a ti, Dios Salvador nuestro; ilumínanos con la luz de tu Palabra, para que la celebración de esta Cuaresma produzca en nosotros sus mejores frutos.

Frutos de santidad: 1ª Lect. “Seréis santos, porque yo, el Señor vuestro Dios, soy santo. No robaréis. No mentiréis. No engañaréis a vuestro prójimo…” (Levítico l9, 1-2.11-18.).

La santidad en Dios no significa tanto separación de la historia humana, o trascendencia, sino cercanía al hombre, plenitud en el amor. Es el primer fruto de la filiación divina, imitar al Padre, el único bueno y misericordioso, ser pacientes como él, que manda el sol y la lluvia sobre buenos y sobre malos.

“Venid, benditos de mi Padre; heredad el reino… Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber…” (Mt 25, 31-46).

En la oración después de la comunión se pide que la recepción del cuerpo y sangre de Cristo y la nueva efusión del Espíritu Santo producida por la eucaristía, durante toda la misa, constituya un alivio para el cuerpo y para el alma. Toda misa es sanadora porque llega a la persona en toda su integridad, restaurando nuestro ser según la llamada original a ser imagen de Cristo, plenitud de todas las cosas, gracias al cual y mediante su Espíritu podemos establecer relaciones positivas con toda criatura. Estamos llamados a ser bendecidos por el único Hijo en quien el Padre encuentra sus complacencias.

“Restaurar en Cristo la integridad de la persona”, “imagen” de Dios. Toda ascesis cristiana trata de hacernos volver a la “imagen prístina” que Dios puso en nosotros (purificar; iluminar). Salmo 102. Himno a la Misericordia de Dios. (Se recomienda meditar para pedir el perdón de Dios…).

Comentario de San Agustín a Mt 25, 31-46:

Los pobres a quienes damos limosna, ¿qué son, sino nuestros portaequipajes, que nos ayudan a traspasar nuestros bienes de la tierra al cielo? Los entregas a tu portaequipajes y lleva al cielo lo que le das. “¿Cómo, dices, lo lleva al cielo? Estoy viendo que los consume en comida”. Así es precisamente como los traslada, comiéndolos en vez de conservarlos. ¿O es que te has olvidado de las palabras del Señor? Venid, benditos de mi Padre, recibir el reino. Tuve hambre y me disteis de comer…

Si no despreciaste a quien mendigaba en tu presencia, mira a quién llegó lo que diste: Cuando lo hicisteis con uno de estos pequeños, conmigo lo hicisteis. Lo que tú diste lo recibió Cristo; lo recibió quien te dio qué dar; lo recibió quien al final se te dará a sí mismo…

Mi exhortación, hermanos míos, sería ésta: dad del pan terreno y llamad a las puertas del Pan celeste. El Señor es ese pan. Yo soy, dijo, el pan de vida (Jn 5, 35)… Dios quiere que le demos a él, puesto que también él nos ha dado a nosotros… Aunque él es el verdadero Señor y no necesita de nuestros bienes, para que pudiéramos hacer algo en su favor, se dignó sufrir hambre en los pobres: Tuve hambre, dijo, y me disteis de comer… Cuando lo hicisteis con uno de estos mis pequeños, conmigo lo hicisteis (Sermón 389, 4-6).

OBSERVACIÓN FINAL

Estimado lector, te propongo un ejercicio de síntesis en tu itinerario cuaresmal. Puedes preguntarte: De todo lo que estoy pensando hoy, orando y conversando, ¿qué debo confirmar como ya logrado y conseguido? Y por otro lado, ¿qué debo cambiar, qué queda aún esperando ser aclarado, asumido, sanado, superado… con la gracia de Dios y la acción vivificadora y consoladora del Espíritu?