Maná y Vivencias Cuaresmales (16), 16.3.17

marzo 16, 2017

Jueves de la 2ª semana de Cuaresma

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Como árbol plantado al borde de la acequia



Antífona de entrada: Salmo 138, 23-24

Ponme a prueba, Dios mío, y conocerás mi corazón; mira si es que voy por mal camino y condúceme tú por el camino recto.


Oración colecta

Señor, tú que amas la inocencia y la devuelves a quien la ha perdido, atrae hacia ti nuestros corazones y abrásalos con el fuego de tu Espíritu, para que permanezcamos firmes en la fe y eficaces en el bien obrar. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: Jeremías 17, 5-10

Así dice el Señor: «Maldito quien confía en el hombre, y en la carne busca su fuerza, apartando su corazón del Señor. Será como un cardo en la estepa, no verá llegar el bien; habitará la aridez del desierto, tierra salobre e inhóspita.

Bendito quien confía en el Señor y pone en el Señor su confianza. Será un árbol plantado junto al agua, que junto a la corriente echa raíces; cuando llegue el estío no lo sentirá, su hoja estará verde; en año de sequía no se inquieta, no deja de dar fruto.

Nada más falso y enfermo que el corazón: ¿quién lo entenderá? Yo, el Señor, penetro el corazón, sondeo las entrañas, para dar al hombre según su conducta, según el fruto de sus acciones.»


SALMO 1, 1-2.3.4.6

Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor.

Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los impíos, ni entra por la senda de los pecadores, ni se sienta en la reunión de los cínicos; sino que su gozo es la ley del Señor, y medita su ley día y noche.

Será como un árbol plantado al borde de la acequia: da fruto en su sazón y no se marchitan sus hojas; y cuanto emprende tiene buen fin.

No así los impíos, no así; serán paja que arrebata el viento. Porque el Señor protege el camino de los justos, pero el camino de los impíos acaba mal.


Aclamación antes del Evangelio: Lucas 8, 15

Dichosos los que cumplen la palabra del Señor con un corazón bueno y sincero, y perseveran hasta dar fruto.


EVANGELIO: Lucas 16, 19-31

En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos: «Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba espléndidamente cada día. Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que tiraban de la mesa del rico. Y hasta los perros se le acercaban a lamerle la llagas.

Sucedió que se murió el mendigo, y los ángeles lo llevaron al seno de Abrahán. Se murió también el rico, y lo enterraron.

Y, estando en el infierno, en medio de los tormentos, levantando los ojos, vio de lejos a Abrahán, y a Lázaro en su seno, y gritó: “Padre Abrahán, ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas.” Pero Abrahán le contestó: “Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tú padeces.

Y además, entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso, para que no puedan cruzar, aunque quieran, desde aquí hacia vosotros, ni puedan pasar de ahí hasta nosotros.”

El rico insistió: “Te ruego, entonces, padre, que mandes a Lázaro a casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que, con su testimonio, evites que vengan también ellos a este lugar de tormento.” Abrahán le dice: “Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen.” El rico contestó: “No, padre Abrahán. Pero si un muerto va a verlos, se arrepentirán.”

Abrahán le dijo: “Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto.”»

Antífona de comunión: Salmo 118, 1

Dichoso el que, con vida intachable, hace la voluntad del Señor.

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VIVENCIAS CUARESMALES

Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor

Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor



16. JUEVES

SEGUNDA SEMANA DE CUARESMA


TEMA: Al final, habrá un juicio definitivo, inapelable… y será el de Dios. ¿Lo sabemos, nos interesa recordarlo?

En este mundo, los hombres suelen ir por dos caminos bien diferentes, contrapuestos: el bien y el mal; Lázaro y el Epulón. ¿Por cuál estás tú transitando? Atrévete a reconocerlo. Estás a tiempo…

El camino de la Cuaresma es un camino de rectificación: el creyente se deja interpelar por Dios, y valientemente se somete a una revisión profunda de los fundamentos de su fe y de su práctica religiosa.

Por eso asume decididamente la oración del salmista en la antífona de entrada de la misa de hoy: Señor, sondéame y conoce mi corazón, ponme a prueba y conoce mis sentimientos, mira si mi camino se desvía, guíame por el camino recto (Salmo 138).

Pero sabiendo que somos arcos falsos que podemos ceder en cualquier momento a la mentira, a la cobardía, a la autojustificación, rezamos en la Oración colecta: Atrae hacia ti nuestros corazones y abrásalos en el fuego de tu Espíritu, para que permanezcamos firmes en la fe y eficaces en el bien obrar.

No es fácil conseguir lo que se pide; en realidad, es imposible para nosotros, pero posible para Dios y su acción misericordiosa, en especial durante el tiempo cuaresmal.

La verdad de Dios es pura y total. En Dios no hay sombra de oscuridad, por eso cuestiona constantemente nuestra vida tejida de luces y de sombras.

Cuestiona y afronta crudamente nuestras convicciones. Así habla Yahvé: “Maldito el hombre que confía en otro hombre, que busca su apoyo en un mortal y aparta su corazón de Yahvé”.

Texto bíblico: Jeremías 17, 5-10. “Maldito el hombre que confía en otro hombre y busca en él su apoyo”.

Podrá parecernos durísimo e inhumano ese término “maldito”, impropio de un Dios Padre, tierno y paciente. Maldito, “desdichado”: porque se perdería para siempre.

No se puede andar con ambigüedades y rodeos en esta verdad fundamental: Sólo Dios es la medida del hombre. Éste no puede contentarse con menos; pues negaría la sabiduría y la bondad infinita de Dios.

“Nos hiciste, Señor, para ti”, confiesa agradecido san Agustín. Porque así, Señor, te pareció bien, para alabanza de tu gloria. Sería gravísimo negar a Dios en su misma esencia, relativizar lo divino, lo único absoluto: su santidad, bondad, sabiduría y generosidad.

Sin embargo, se comprende este atrevimiento del ser humano, porque nada hay tan enfermo y voluble como el corazón del hombre. ¿Quién lo entenderá? Pero Dios sí lo entiende, porque él lo ha creado; su Espíritu penetra hasta el espíritu del hombre, hasta lo más íntimo del hombre.

Por eso lee y saborea de forma sosegada la oración del salmista: “Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor. Será como un árbol plantado al borde de la acequia: da fruto en su sazón, no se marchitan sus hojas. Cuanto emprende tiene buen fin” (Salmo 1, 1-2-3-4-y 6).

Dios, que desea nuestro mayor bien, quiere ahorrarnos sufrimientos inútiles y amargas decepciones y nos manda descansar sólo en él. Él es nuestra roca y fundamento esencial y existencial: y en él, todo lo demás; y sin él, nada.

Dice el Evangelio que Jesús no se fiaba de nadie, de ninguno de aquellos que le querían hacer rey, porque él sabía lo que hay dentro de cada uno.

Y no lo hace de manera despectiva, pues él sabe valorar al hombre como nadie, pero no se fiaba, no se dormía en los laureles, en las alabanzas del hombre; el hombre, no sólo por su volubilidad, sino sobre todo por su fragilidad creatural, no puede proporcionar la felicidad total de nadie. Eso pertenece al Creador.

Evangelio, por lo demás elocuente, el del rico Epulón y el pobre Lázaro, tomado de Lucas 16, 19-31. El rico -que no tiene nombre en el evangelio: por tanto, un ser vacío, sin misión ni sentido, como animal de engorde- encarna la ignorancia culpable del hombre y la vaciedad de la autosuficiencia.

En la tierra caben las mayores perversiones e injusticias, las más crueles tiranías y opresiones pero un día la tortilla se volteará: Tú recibiste bienes, y ahora sufres; él recibió males, justo es que él ahora goce porque permaneció fiel.

Estas palabras, lamentablemente, son actuales, pues muchos contemporáneos nuestros no reconocen sus raíces religiosas y cristianas.

La mayor pobreza del hombre actual consiste en pretender negar sus propios orígenes y tratar de vivir como si Dios no existiera, como ni no tuviera ni principio ni fin.

Un hombre sin vocación, no vocacionado. Es decir, un hombre a quien nadie ha llamado a la vida y a la fe, cuyo nombre nadie ha pronunciado.

¿Será el hombre fruto del azar, un estorbo para los demás, y sus afanes existenciales una pasión inútil?

Otra lección de esta parábola: cada uno responderá por sí mismo, nadie podrá suplantar a nadie. Nadie puede responder por otro: el encuentro con Dios es personal. Cada uno tiene que “mojarse” y dar el paso de la fe sin exigir a Dios excesivas pruebas de su llamada.

Pues si no se convierten con los medios ordinarios, ni aunque resucite un muerto se convertirán. No hay milagros que puedan forzar la libertad del hombre. Aparte de que el amor forzado no vale, no sirve.

Sólo creerá el que, de verdad, quiera creer. El que tenga oídos, que oiga.

Otra verdad: lo que se hizo, hecho está: con la muerte se acabó la hora de cambiar o de corregir; se pasó la oportunidad; las respuestas que se dan al rico indican que se vive sólo una sola vez, no hay reencarnación que valga.

¿No será esa pretendida segunda oportunidad una veleidad gratuita? Somos, o no somos; si somos, valemos; si no valemos, ¿para qué repetir la experiencia de una inutilidad mediante una reencarnación? ¿Quién nos aseguraría que a la segunda acertaríamos?

A veces nos admira la destreza y terquedad del hombre en buscar subterfugios para esconderse de Dios, para rechazar el camino recto y reinventar caminos torcidos y rodeos.

Pero nadie está libre, ojo. Busquemos la sencillez de los niños. De los que son como ellos es el Reino de los cielos.

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De las homilías de san Basilio Magno

El que se gloríe, que se gloríe en el Señor

No se gloríe el sabio de su sabiduría, no se gloríe el fuerte de su fortaleza, no se gloríe el rico de su riqueza. Entonces, ¿en qué puede gloriarse con verdad el hombre? ¿Dónde halla su grandeza? Quien se gloría -continúa el texto sagrado-, que se gloríe de esto: de conocerme y comprender que soy el Señor.

En esto consiste la sublimidad del hombre, su gloria y su dignidad: en conocer dónde se halla la verdadera grandeza y adherirse a ella con todas sus fuerzas; en buscar la gloria que procede del Señor de la gloria.

Dice, en efecto, el Apóstol: El que se gloríe, que se gloríe en el Señor, afirmación que se halla en aquel texto: Cristo, que Dios ha hecho para nosotros sabiduría, justicia, santificación y redención; y así, como dice la Escritura: “El que se gloríe, que se gloríe en el Señor”.

Por tanto, lo que hemos de hacer para gloriarnos de un modo perfecto e irreprochable en el Señor es no enorgullecernos de nuestra propia justicia, sino reconocer que en verdad carecemos de ella y que lo único que nos justifica es la fe en Cristo.

En esto precisamente se gloría Pablo, en despreciar su propia justicia y en buscar la que se obtiene por la fe y que procede de Dios, para así tener íntima experiencia de Cristo, del poder de su resurrección y de la comunión en sus padecimientos, muriendo su misma muerte, con la esperanza de alcanzar la resurrección de entre los muertos.

Así caen por tierra toda altivez y orgullo. El único motivo que te queda para gloriarte, oh hombre, y el único motivo de esperanza consiste en hacer morir todo lo tuyo y buscar la vida futura en Cristo; de esta vida poseemos ya las primicias, es algo ya incoado en nosotros, puesto que vivimos en la gracia y en el don de Dios.

Y, es el mismo Dios quien activa en nosotros el querer y la actividad para realizar su designio de amor. Y es Dios también el que, por su Espíritu, nos revela su sabiduría, la que de antemano destinó para nuestra gloria. Dios nos da fuerzas y resistencia en nuestros trabajos. He trabajado más que todos, dice Pablo; aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios conmigo.

Dios saca del peligro más allá de toda esperanza humana. En nuestro interior, dice también el Apóstol, dimos por descontada la sentencia de muerte; así aprendimos a no confiar en nosotros, sino en Dios que resucita a los muertos.

Él nos salvó y nos salva de esas muertes terribles, en él está nuestra esperanza, y nos seguirá salvando (Homilía 20, sobre la humildad, 3: PG 31, 530-531).

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El maná de cada día, 26.11.16

noviembre 26, 2016

Sábado de la 34ª semana del Tiempo Ordinario
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Dichoso quien hace caso del mensaje profético contenido en este libro

Dichoso quien hace caso del mensaje profético contenido en este libro

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PRIMERA LECTURA: Apocalipsis 22, 1-7

El ángel del Señor me mostró a mí, Juan, el río de agua viva, luciente como el cristal, que salía del trono de Dios y del Cordero. A mitad de la calle de la ciudad, a ambos lados del río, crecía un árbol de la vida; da doce cosechas, una cada mes del año, y las hojas del árbol sirven de medicina a las naciones. Allí no habrá ya nada maldito.

En la ciudad estarán el trono de Dios y el del Cordero, y sus siervos le prestarán servicio, lo verán cara a cara y llevarán su nombre en la frente. Ya no habrá más noche, ni necesitarán luz de lámpara o del sol, porque el Señor Dios irradiará luz sobre ellos, y reinarán por los siglos de los siglos.

Me dijo: «Estas palabras son ciertas y verdaderas. El Señor Dios, que inspira a los profetas, ha enviado su ángel para que mostrase a sus siervos lo que tiene que pasar muy pronto. Mira que estoy para llegar. Dichoso quien hace caso del mensaje profético contenido en este libro.»


SALMO 94

¡Marana tha! Ven, Señor Jesús.

Venid, aclamemos al Señor, demos vítores a la Roca que nos salva; entremos a su presencia dándole gracias, aclamándolo con cantos.

Porque el Señor es un Dios grande, soberano de todos los dioses: tiene en su mano las simas de la tierra, son suyas las cumbres de los montes; suyo es el mar, porque él lo hizo, la tierra firme que modelaron sus manos.

Entrad, postrémonos por tierra, bendiciendo al Señor, creador nuestro. Porque él es nuestro Dios, y nosotros su pueblo, el rebaño que él guía.


Aclamación antes del Evangelio: Lucas 21, 36

Estad siempre despiertos, pidiendo fuerza para manteneros en pie ante el Hijo del hombre.


EVANGELIO: Lucas 21, 34-36

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«Tened cuidado: no se os embote la mente con el vicio, la bebida y los agobios de la vida, y se os eche encima de repente aquel día; porque caerá como un lazo sobre todos los habitantes de la tierra.

Estad siempre despiertos, pidiendo fuerza para escapar de todo lo que está por venir y manteneros en pie ante el Hijo del hombre.»


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HACIA LA CASA DEL PADRE

P. Francisco Fernández Carvajal

La gloria accidental. Estar vigilantes.

En el Cielo veremos a Dios y gozaremos en Él con un gozo infinito, según la santidad y los méritos adquiridos aquí en la tierra. Pero la misericordia de Dios es tan grande, y tanta su largueza, que ha querido que sus elegidos encuentren también un nuevo motivo de felicidad en el Cielo a través de los bienes legítimos creados a los que el hombre aspira; es lo que llaman los teólogos gloria accidental.

A esta bienaventuranza pertenecen la compañía de Jesucristo, a quien veremos glorioso, al que reconoceremos después de tantos ratos de conversación con Él, de tantas veces como le recibimos en la Sagrada Comunión…, la compañía de la Virgen, de San José, de los Ángeles, en particular del propio Ángel Custodio, y de todos los santos. Especial alegría nos producirá encontrarnos con los que más amamos en la tierra: padres, hermanos, parientes, amigos…, personas que influyeron de una manera decisiva en nuestra salvación…

Además, como cada hombre, cada mujer, conserva su propia individualidad y sus facultades intelectuales, también en el Cielo es capaz de adquirir otros conocimientos utilizando sus potencias15. Por eso será un motivo de gozo la llegada de nuevas almas al Cielo, el progreso espiritual de las personas queridas que quedaron en la tierra, el fruto de los propios trabajos apostólicos a lo largo del tiempo, la fecundidad sobrenatural de las contrariedades y dificultades padecidas por servir al Maestro… A esto se añadirá, después del juicio universal, la posesión del propio cuerpo, resucitado y glorioso, para el que fue creada el alma. Esta gloria accidental aumentará hasta el día del juicio universal16.

Es bueno y necesario fomentar la esperanza del Cielo; consuela en los momentos más duros y ayuda a mantener firme la virtud de la fidelidad. Es tanto lo que nos espera dentro de poco tiempo que se entienden bien las continuas advertencias del Señor para estar vigilantes y no dejarnos envolver por los asuntos de la tierra de tal manera que olvidemos los del Cielo. En el Evangelio de la Misa de hoy17, el último del año litúrgico, nos advierte Jesús: Tened cuidado: no se os embote la mente con el vicio, la bebida, la preocupación del dinero y se os eche encima aquel día… Estad siempre despiertos… y manteneos en pie ante el Hijo del Hombre.

Pensemos con frecuencia en aquellas otras palabras de Jesús: Voy a prepararos un lugar18. Allí, en el Cielo, tenemos nuestra casa definitiva, muy cerca de Él y de su Madre Santísima. Aquí solo estamos de paso. «Y cuando llegue el momento de rendir nuestra alma a Dios, no tendremos miedo a la muerte. La muerte será para nosotros un cambio de casa. Vendrá cuando Dios quiera, pero será una liberación, el principio de la Vida con mayúscula. Vita mutatur, non tollitur (Prefacio I de Difuntos) (…). La vida se cambia, no nos la arrebatan. Empezaremos a vivir de un modo nuevo, muy unidos a la Santísima Virgen, para adorar eternamente a la Trinidad Beatísima, Padre, Hijo y Espíritu Santo, que es el premio que nos está reservado»19.

Mañana comienza el Adviento, el tiempo de la espera y de la esperanza; esperemos a Jesús muy cerca de María.

15 Cfr. Santo Tomás, o. c., 1, q. 89, ad 1 ad 3, aa. 5 y 6; 3, q. 67, a. 2. — 16 Cfr. Catecismo Romano, 1, 13, n. 8. — 17 Lc 21, 34-36. — 18 Jn 14, 2. — 19 A. del Portillo, Homilía 15-VIII-1989, en Romana, n. 9, VII-XII-89, p. 243.

El maná de cada día, 25.11.16

noviembre 25, 2016

Viernes de la 34ª semana del Tiempo Ordinario

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El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán



PRIMERA LECTURA: Apocalipsis 20, 1-4. 11-21, 2

Yo, Juan, vi un ángel que bajaba del cielo llevando la llave del abismo y una cadena grande en la mano. Agarró al dragón, que es la serpiente primordial, el diablo o Satanás, y lo encadenó para mil años; lo arrojó al abismo, echó la llave y puso un sello encima, para que no pueda extraviar a las naciones antes que se cumplan los mil años. Después tiene que estar suelto por un poco de tiempo.

Vi también unos tronos y en ellos se sentaron los encargados de juzgar; vi también las almas de los decapitados por el testimonio de Jesús y la palabra de Dios, los que no habían rendido homenaje a la bestia ni a su estatua y no habían recibido su señal en la frente ni en la mano. Éstos volvieron a la vida y reinaron con Cristo mil años.

Luego vi un trono blanco y grande, y al que estaba sentado en él. A su presencia desaparecieron cielo y tierra, porque no hay sitio para ellos. Vi a los muertos, pequeños y grandes, de pie ante el trono. Se abrieron los libros y se abrió otro libro, el libro de la vida.

Los muertos fueron juzgados según sus obras, escritas en los libros. El mar entregó sus muertos, muerte y abismo entregaron sus muertos, y todos fueron juzgados según sus obras.

Después muerte y abismo fueron arrojados al lago de fuego -el lago de fuego es la segunda muerte-. Los que no estaban escritos en el libro de la vida fueron arrojados al lago de fuego.

Luego vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra han pasado, y el mar ya no existe. Y vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo, enviada por Dios, arreglada como una novia que se adorna para su esposo.


SALMO 83, 3. 4. 5-6a y 8ª

Ésta es la morada de Dios con los hombres.

Mi alma se consume y anhela los atrios del Señor, mi corazón y mi carne retozan por el Dios vivo.

Hasta el gorrión ha encontrado una casa; la golondrina, un nido donde colocar sus polluelos: tus altares, Señor de los ejércitos, Rey mío y Dios mío.

Dichosos los que viven en tu casa, alabándote siempre. Dichosos los que encuentran en ti su fuerza: caminan de baluarte en baluarte.


Aclamación antes del Evangelio: Lc 21, 28

Levantaos, alzad la cabeza: se acerca vuestra liberación.


EVANGELIO: Lucas 21, 29-33

En aquel tiempo, expuso Jesús una parábola a sus discípulos:

«Fijaos en la higuera o en cualquier árbol: cuando echan brotes, os basta verlos para saber que el verano está cerca.

Pues, cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que está cerca el reino de Dios.

Os aseguro que antes que pase esta generación todo eso se cumplirá. El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán.»

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CINCO PASOS PARA LA LECTIO DIVINA O

LECTURA ORANTE DE LA PALABRA



Primer paso: Disponerse (composición de lugar)

Decídete a leer orando y creyendo. Conéctate a la luz de Dios: Entra en la presencia de Dios. Reconoce con humildad tu condición de creatura, por tanto, débil y limitada: Solo no puedes. Pide ayuda al Espíritu Santo. Pacifica tu corazón: acepta que es Dios quien quiere hablar contigo y saber de ti.

Estás disponiéndote porque el Señor te ha movido internamente. Cuando tú deseas encontrarte con Dios es porque él ya te ha encontrado. No temas. Entra en el santuario donde el Señor habita: Pues quiere verte. Ánimo. Jesús te toma de la mano. No tengas miedo.


Segundo paso: Leer (captar, legere en latín significa recoger, seleccionar, tomar: Contexto)

Lee despacio y varias veces el texto bíblico. Haz pausas de silencio. No tengas prisa por comprender y delimitar bien el texto y su significado. No te agobies por interpretar. Pon atención a cada palabra, frase o detalle. Para comprender mejor el texto, hazle preguntas al mismo: ¿por qué dice esto, y por qué no dice lo otro? Sitúa el texto dentro del libro al que pertenece. Si puedes recordar el autor, el contexto en que se escribe, la intención del autor, los destinatarios a los que se dirige… Todo eso ayuda.

Cuanto más y mejor centres el texto, sacarás más jugo: Esto es buscar el sentido literal del texto, no centrado en la materialidad del mismo. Puedes recurrir a las ayudas de tu Biblia: Notas, citas paralelas, vocabulario. También puedes hacer dos lecturas: Una con la inteligencia para conocer al Interlocutor, Dios mismo; y otra con el corazón para amar, acoger, alegrarte en Dios y con los personajes del texto. Finalmente, no te angusties por ninguna limitación o deficiencia en la realización y ejecución de este segundo paso.


Tercer paso: Escuchar

Es difícil escuchar, y más en un mundo de tanto ruido como el nuestro. Para escuchar hay que hacer silencio dentro de uno mismo, dejar hablar al interlocutor, en este caso a Dios. En este momento, él es el más importante. Toda la persona del oyente de la Palabra debe quedar como tendida u orientada, tensada hacia Dios. Ábrete a lo que Dios quiera. Que la curiosidad del pensamiento no distraiga tu atención interior, la del corazón, la del afecto o amor a Dios.

Por eso, guarda en tu corazón la Palabra y particularmente las realidades más cuestionantes o importantes, como lo hizo María. Aunque los padres de Jesús no entendieron su respuesta, María lo guardaba todo en su corazón. Ahí se hace “entrañable” la voluntad de Dios, sus planes sobre ti y sobre los demás. Mira a Jesús, rumia su Palabra, fíjate en él. Acaricia y saborea las palabras que más te llegan al corazón. Las que consideres más importantes.

Recuerda finalmente que la invitación a “escuchar” es el primer mandamiento de Dios. Es la llave para encontrarse con Dios. De ahí la insistencia de Dios a su pueblo: Escucha, Israel, a tu Dios; escucha sus mandatos y preceptos, y te irá bien. Es la actitud fundamental para establecer la relación salvífica con Dios y crecer en gracia y en amistad.


Cuarto paso: Orar

Es la hora de comenzar a dirigirse a Dios de manera confiada, respetuosa pero a la vez confidencial: Es hora de hablarle a Dios desde tu intimidad y desde tu pobreza de criatura, pero también desde tu dignidad de hijo de Dios, por gracia; porque eso fue lo que más le gustó a él. Por eso, debes orar con alegría.

Cuéntale a Dios lo que su Palabra te dice y te inspira decirle. Exprésale tus sentimientos, tus afectos, tus emociones… que pueden llegar hasta tus sentidos, debes vibrar: Puedes llegar a reír cuando hablas a Dios, puedes llorar de emoción y de agradecimiento, puedes pedir perdón, cantarle alabanzas con entusiasmo, darle gracias con estremecimiento de todo tu ser… Si el Espíritu te lo permite, déjate de ideas brillantes o rebuscadas y de palabras huecas. Pon amor en lo que dices y ten confianza siempre. Deja que el Espíritu guíe tu oración.

Conviene que tu oración tenga un rostro, no sea genérica, impersonal… porque tu Dios también tiene un rostro: Es el Padre de nuestro Señor Jesucristo. Dios es uno, pero no solitario. Es Dios en tres personas distintas: Padre, Hijo y Espíritu. Un solo Dios, sí, pero en tres personas distintas. Es el misterio central de nuestra fe y que debe centrar también nuestro diálogo con él. Lo que hace cada persona como propio lo hacen los tres a la vez: Los tres crean, los tres redimen, los tres santifican, pero cada una de manera especial, propia, personal.

Por eso, podemos distinguir y conviene diferenciar una oración dirigida al Padre, otra dirigida al Hijo y otra dirigida al Espíritu. Las tres van dirigidas a Dios, pero a cada persona le agradecemos lo que hace de manera personal.

De ahí que al Padre corresponde que le tributemos una oración de adoración, de postración, de agradecimiento, de alabanza, de glorificación, de silencio contemplativo… porque él es el origen de todo, digno de toda bendición, el único santo y bueno, etc.

Al Hijo le corresponde una oración de nuestra parte basada en expresiones de confianza, de agradecimiento, de solidaridad, de amistad, de intimidad… porque él es nuestro hermano mayor, el que va delante, el que mejor nos puede comprender porque ha pasado por las mismas pruebas que nosotros experimentamos, es el compañero de camino, él ha triunfado llevando a cabo el encargo que el Padre le confió; si lo seguimos él nos garantiza el triunfo definitivo sobre todo mal.

Al Espíritu Santo, como es el abrazo del Padre y el Hijo, es la simpatía de Dios, es el constructor de la comunidad intradivina y eclesial, él está dentro de nosotros mismos, más interior a nosotros que nosotros mismos… a él le dirigiremos una oración emocionada de intimidad por ser acogidos con todo afecto, oración de cercanía y descanso, gozosa y jubilosa pues todo es gracia y bendición, una oración llena de espíritu de alegría, comunión y reconciliación, sanación de toda apetencia mala… Una oración que nos introduce en el mismo seno de la Santísima Trinidad: Cuanto tenemos lo ofrecemos generosamente y a discreción a todos, y lo de todos es nuestro. No hay barreras, no hay división… todo es amor y paz en el Señor.

Aunque todo esto te pueda parecer un mundo complicado, no te angusties, vete haciendo y sintiendo lo que el Señor te permita, lo que él quiera regalarte. Pues sus planes sobre ti son de paz y no de aflicción. Y lo que tiene reservado para ti es tan especial que ni ojo vio, ni oído escuchó ni pudo imaginar mente humana… Así que: Ánimo. Todo es vuestro, vosotros de Cristo y Cristo de Dios. Suerte, y que Dios se glorifique en tu vida y en tu oración.


Quinto y último paso: Vivir. Es decir, acción y misión

La Palabra me lleva al compromiso con los demás. Si realmente nos dejamos impactar por la Palabra, no podemos quedarnos indiferentes y resignados como si nada hubiera pasado. Los apóstoles después de recibir al Espíritu en Pentecostés no podían dejar de hablar las maravillas de Dios, no podían acallar y silenciar la experiencia sufrida. Tal era su entusiasmo y su ímpetu que la gente decía que estaban como borrachos.

Después de escuchar lo que Dios quiere de mí, después de captar la misión a la que Dios me envía, ya no puedo permanecer en la montaña de la transfiguración, en el quinto cielo… Hay que bajar inmediatamente de la montaña para ir al encuentro de los hermanas y hermanas para proclamarles lo que Dios ha hecho conmigo, como en el caso de los apóstoles o de la samaritana. Si no proclamamos, si no sentimos pasión por dar testimonio es que no hemos sentido, no hemos sido alcanzados por el poder de Dios, por el fuego del Espíritu.

Los que se han encontrado con Dios en la oración, salen renovados y transformados, con ganas de comerse el mundo entero. Tienen un halo especial, y viven entusiasmados (en griego, “como en-diosados”). Necesariamente se les notará que han hablado con Dios, como se le notaba a Moisés: Llevarán el brillo de la Verdad de Cristo en sus rostros. No tendrán que llamar la atención con acciones espectaculares o extravagantes. Aunque hagan lo mismo de siempre, llamarán la atención y los demás lo notarán. Serán, necesariamente, sal de la tierra y luz del mundo; cuantos los vean darán gloria a Dios.

Más que maestros que enseñan teorías, serán testigos de la Verdad por todo el mundo. No podrán ocultar lo que han visto y oído. La persona que se ha encontrado con Dios, o mejor, la persona que haya sido encontrada por Dios, haya sido reconocida por Dios, se convertirá en un sacramento elocuente del poder de Dios. El orante se convierte en testigo, en profeta de Dios. Oración, acción y misión se implican necesariamente porque son, dentro del creyente y de la comunidad eclesial, un reflejo de la misma vida intratrinitaria.

La Iglesia será mística, su comunión es prolongación de la intercomunión trinitaria y la Iglesia vive para evangelizar: No puede vivir en razón de sí misma, para sí misma, porque Dios es amor, comunión, vida que fluye. Es decir, las personas divinas dándolo todo lo tienen todo. Son misterio de Amor. La Iglesia merece la vida divina dándola. En la medida en que la Iglesia sea canal transparente y limpio del agua de la vida que fluye abundante para los hombres, en esa misma medida ella será plena y vivificada. Siempre al servicio del Reino y para que los hombres tengan vida en abundancia.

Ojalá, hermanos, podáis alimentar vuestro espíritu cada mañana con la Palabra de Vida para que vuestra jornada sea cada día más plena, más victoriosa, más esplendorosa ante los hombres y más gratificante para vosotros mismos. La Palabra tiene fuerza por sí misma, y ella os hará libres y felices. Dios se complazca en vuestras vidas. Amén.

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El Papa en Sta. Marta: “La corrupción es una forma de blasfemia”

noviembre 24, 2016

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Papa en Dt. Marta

Papa Francisco celebra misa en Santa Marta

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LA CORRUPCIÓN ES UNA FORMA DE BLASFEMIA

(ZENIT  – Ciudad del Vaticano).- El papa Francisco, en la homilía de este jueves en Santa Marta, ha asegurado que la corrupción es una forma de blasfemia, el lenguaje de Babilonia por el cual “no hay Dios” sino solo “el dios dinero, el dios bienestar, el dios explotación”.

Así, el Santo Padre ha recordado que en esta última semana del Año litúrgico, la Iglesia pide reflexionar sobre el final del mundo y sobre nuestro final.

La homilía de Francisco se ha basado en la lectura del día del Apocalipsis que habla de tres voces. La primera es el grito del ángel: “ha caído Babilonia”, la gran ciudad, “la que sembraba la corrupción en los corazones de la gente” y que lleva “a todos por el camino de la corrupción”.

De este modo, ha precisado que “la corrupción es la forma de vivir en la blasfemia, la corrupción es una forma de blasfemia”. El lenguaje –ha añadido– de esta Babilonia, de esta mundanidad, es blasfemia, no hay Dios: está el dios dinero, el dios bienestar, el dios explotación. Por eso ha asegurado que esta mundanidad que seduce a los grandes de la tierra, caerá.

Asimismo ha explicado que en contraste con el grito del ángel, que era un grito de victoria por la caída de “esta civilización corrupta”, hay otra voz potente, el grito de la multitud que desde allí alaba a Dios: “Salvación, gloria y poder son de nuestro Dios”.

Es la voz “poderosa de la adoración, de la adoración del pueblo de Dios que se salva y también del pueblo en camino, que todavía está en la tierra”. El pueblo de Dios, ha proseguido, pecador pero no corrupto: pecador que sabe pedir perdón, pecador que busca la salvación de Jesucristo.

Este pueblo se “alegra cuando ve el final y la alegría de la victoria se hace adoración”, ha explicado el Papa. No se puede permanecer solamente con el grito del ángel, si no hay “esta voz poderosa de la adoración de Dios”.

Pero –ha advertido– para los cristianos “no es fácil adorar”. Así, ha asegurado que “somos buenos cuando rezamos pidiendo algo” pero la oración de alabanza “no es fácil hacerla”. Por esta razón, el Pontífice ha precisado que hay que aprenderla “desde ahora” para no “aprenderla rápidamente cuando lleguemos allí”.

Así, ha subrayado “la belleza de la oración de adoración, delante del Tabernáculo”. Una oración que dice solamente: “Tú eres Dios. Yo soy un pobre hijo amado delante de ti”.

Finalmente, la tercera voz es un susurro. El ángel que dice escribir: “¡Beatos los invitados al banquete de las bodas del Cordero!”. La invitación del Señor no es un grito sino “una voz suave”. Al respecto ha señalado que “la voz de Dios cuando habla al corazón es así: como un hilo de silencio sonoro”. Y esta invitación a las “bodas del cordero” será el final, “nuestra salvación”, ha dicho el Papa.

Para concluir, el Santo Padre ha pedido que Dios “nos dé esta gracia de esperar esa voz, de prepararnos a escuchar esta voz: ‘ven, ven, ven siervo fiel –pecador pero fiel– ven, ven al banquete de tu Señor”.


El maná de cada día, 24.11.16

noviembre 24, 2016

Jueves de la 34ª semana del Tiempo Ordinario


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Dichosos los invitados al banquete de bodas del Cordero

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PRIMERA LECTURA: Apocalipsis 18, 1-2.21-23; 19,1-3.9a

Yo, Juan, vi un ángel que bajaba del cielo; venía con gran autoridad y su resplandor iluminó la tierra.

Gritó a pleno pulmón: «¡Cayó, cayó la gran Babilonia! Se ha convertido en morada de demonios, en guarida de todo espíritu impuro, en guarida de todo pájaro inmundo y repugnante.»

Un ángel vigoroso levantó una piedra grande como una rueda de molino y la tiró al mar, diciendo: «Así, de golpe, precipitarán a Babilonia, la gran metrópoli, y desaparecerá. El son de arpistas y músicos, de flautas y trompetas, no se oirá más en ti. Artífices de ningún arte habrá más en ti, ni murmullo de molino se oirá más en ti; ni luz de lámpara brillará más en ti, ni voz de novio y novia se oirá más en ti, porque tus mercaderes eran los magnates de la tierra, y con tus brujerías embaucaste a todas las naciones.»

Oí después en el cielo algo que recordaba el vocerío de una gran muchedumbre; cantaban: «Aleluya. La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios, porque sus juicios son verdaderos y justos. Él ha condenado a la gran prostituta que corrompía a la tierra con sus fornicaciones, y le ha pedido cuenta de la sangre de sus siervos.»

Y repitieron: «Aleluya. El humo de su incendio sube por los siglos de los siglos.»

Luego me dice: «Escribe: “Dichosos los invitados al banquete de bodas del Cordero.”»


SALMO 99, 2.3.4.5

Dichosos los invitados al banquete de bodas del Cordero.

Aclama al Señor, tierra entera, servid al Señor con alegría, entrad en su presencia con vítores.

Sabed que el Señor es Dios: que él nos hizo y somos suyos, su pueblo y ovejas de su rebaño.

Entrad por sus puertas con acción de gracias, por sus atrios con himnos, dándole gracias y bendiciendo su nombre.

«El Señor es bueno, su misericordia es eterna, su fidelidad por todas las edades.»


Aclamación antes del Evangelio: Lucas 21, 28

Levantaos, alzad la cabeza: se acerca vuestra liberación.


EVANGELIO: Lucas 21, 20-28

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Cuando veáis a Jerusalén sitiada por ejércitos, sabed que está cerca su destrucción. Entonces, los que estén en Judea, que huyan a la sierra; los que estén en la ciudad, que se alejen; los que estén en el campo, que no entren en la ciudad; porque serán días de venganza en que se cumplirá todo lo que está escrito.

¡Ay de las que estén encinta o criando en aquellos días! Porque habrá angustia tremenda en esta tierra y un castigo para este pueblo. Caerán a filo de espada, los llevarán cautivos a todas las naciones, Jerusalén será pisoteada por los gentiles, hasta que a los gentiles les llegue su hora. Habrá signos en el sol y la luna y las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, enloquecidas por el estruendo del mar y el oleaje.

Los hombres quedarán sin aliento por el miedo y la ansiedad ante lo que se le viene encima al mundo, pues los astros se tambalearán. Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y majestad. Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza: se acerca vuestra liberación.»


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RECHACEMOS EL TEMOR A LA MUERTE

CON EL PENSAMIENTO DE LA INMORTALIDAD QUE LE SIGUE

San Cipriano, Tratado sobre la muerte 18, 24.26

Nunca debemos olvidar que nosotros no hemos de cum­plir nuestra propia voluntad, sino la de Dios, tal como el Señor nos mandó pedir en nuestra oración cotidiana. ¡Qué contrasentido y qué desviación es no someterse inmedia­tamente al imperio de la voluntad del Señor, cuando él nos llama para salir de este mundo! Nos resistimos y luchamos, somos conducidos a la presencia del Señor como unos siervos rebeldes, con tristeza y aflicción, y partimos de este mundo forzados por una ley necesaria, no por la sumisión de nuestra voluntad; y pretendemos que nos honre con el premio celestial aquel a cuya presencia llegamos por la fuerza.

¿Para qué rogamos y pedimos que venga el reino de los cielos, si tanto nos deleita la cautividad terrena? ¿Por qué pedimos con tanta insistencia la pronta venida del día del reino, si nuestro desea de servir en este mundo al diablo supera al deseo de reinar con Cristo?

Si el mundo odia al cristiano, ¿por qué amas al que te odia, y no sigues más bien a Cristo, que te ha redimido y te ama? Juan, en su carta, nos exhorta con palabras bien elocuentes a que no amemos al mundo ni sigamos sus apetencias de la carne: No améis al mundo –dice– ni lo que hay en el mundo. Si alguno ama al mundo, no está en él el amor del Padre. Porque lo que hay en el mundo –las pasiones de la carne y la codicia de los ojos y la arrogancia del dinero–, eso no procede del Padre, sino que procede del mundo. Y el mundo pasa, con sus pasiones. Pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre.

Procuremos más bien, hermanos muy que­ridos, con una mente íntegra, con una fe firme, con una virtud robusta, estar dispuestos a cumplir la voluntad de Dios, cualquiera que ésta sea; rechacemos el temor a la muerte con el pensamiento de la inmortalidad que la sigue. Demostremos que somos lo que creemos.

Debemos pensar y meditar, hermanos muy amados, que hemos renunciado al mundo y que, mientras vivimos él, somos como extranjeros y peregrinos. Deseemos con ardor aquel día en que se nos asignará nuestro propio domicilio, en que se nos restituirá al paraíso y al reino, después de habernos arrancado de las ataduras que en este mundo nos retienen. El que está lejos de su patria natural que tenga prisa por volver a ella.

Para noso­tros, nuestra patria es el paraíso; allí nos espera un gran número de seres queridos, allí nos aguarda el numeroso grupo de nuestros padres, hermanos e hijos, seguros ya de su suerte, pero solícitos aún de la nuestra. Tanto para ellos como para nosotros, significará una gran alegría el poder llegar a su presencia y abrazarlos; la felicidad plena y sin término la hallaremos en el reino celestial, donde no existirá ya el temor a la muerte, sino la vida sin fin.

Allí está el coro celestial de los apóstoles, la multitud exultante de los profetas, la innumerable muchedumbre de los mártires, coronados por el glorioso certamen de su pasión; allí las vírgenes triunfantes, que, con el vigor de su continencia, dominaron la concupiscencia de su carne y de su cuerpo; allí los que han obtenido el premio de su misericordia, los que practicaron el bien, socorriendo a los necesitados con sus bienes, los que, obedeciendo el consejo del Señor, trasladaron su patrimonio terreno a los tesoros celestiales.

Deseemos ávidamente, herma­nos muy amados, la compañía de todos ellos. Que Dios vea estos nuestros pensamientos, que Cristo contemple este deseo de nuestra mente y de nuestra fe, ya que tanto mayor será el premio de su amor, cuanto mayor sea nues­tro deseo de él.

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SANTOS ANDRÉS DUNG-LAC, presbítero, y compañeros mártires

24 de Noviembre

Durante el siglo XVI, varias familias religiosas anunciaron el Evangelio en las diversas regiones del Vietnam. Mucha gente del pueblo recibió con alegría la Buena Noticia del Evangelio. Esta aceptación de la fe cristiana fue enseguida probada por la persecución. Durante los siglos XVII, XVIII y XIX, a pesar de que hubo breves intervalos de paz, muchos cristianos obtuvieron el don del martirio. Entre ellos hubo obispos, presbíteros, religiosos, religiosas, catequistas, tanto hombres como mujeres, y laicos de sexo y condición diversa. El papa Juan Pablo II canonizó ciento diecisiete mártires el día 19 de junio de 1988; este grupo de mártires estaba formado por noventa y seis vietnamitas, once misioneros dominicos españoles y diez franceses. A petición del episcopado vietnamita, el mismo Papa ha introducido en el Calendario romano la memoria del presbítero Andrés Dung-Lac y sus compañeros.

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LA PARTICIPACIÓN DE LOS MÁRTIRES
EN LA VICTORIA DE CRISTO CABEZA

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De la carta de san Pablo Le-Bao-Tinh
a los alumnos del seminario de Ke-Vinh,
enviada el año mil ochocientos cuarenta y tres

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Yo, Pablo, encarcelado por el nombre de Cristo, os quiero explicar las tribulaciones en que me veo sumergido cada día, para que, enfervorizados en el amor a Dios, alabéis conmigo al Señor, porque es eterna su misericordia.

Esta cárcel es un verdadero infierno: a los crueles suplicios de toda clase, como son grillos, cadenas de hierro y ataduras, hay que añadir el odio, las venganzas, las calumnias, palabras indecentes, peleas, actos perversos, juramentos injustos, maldiciones y, finalmente, angustias y tristeza. Pero Dios, que en otro tiempo libró a los tres jóvenes del horno de fuego, está siempre conmigo y me libra de estas tribulaciones y las convierte en dulzura, porque es eterna su misericordia.

En medio de estos tormentos, que aterrorizarían a cualquiera, por la gracia de Dios estoy lleno de gozo y alegría, porque no estoy solo, sino que Cristo está conmigo.

Él, nuestro maestro, aguanta todo el peso de la cruz, dejándome a mí solamente la parte más pequeña e insignificante. Él, no sólo es espectador de mi combate, sino que toma parte en él, vence y lleva a feliz término toda la lucha. Por esto en su cabeza lleva la corona de la victoria, de cuya gloria participan también sus miembros.

¿Cómo resistir este espectáculo, viendo cada día cómo los emperadores, los mandarines y sus cortesanos blasfeman tu santo nombre, Señor, que te sientas sobre querubines y serafines? ¡Mira, tu cruz es pisoteada por los paganos! ¿Dónde está tu gloria? Al ver todo esto, prefiero, encendido en tu amor, morir descuartizado, en testimonio de tu amor.

Muestra, Señor, tu poder, sálvame y dame tu apoyo, para que la fuerza se manifieste en mi debilidad y sea glorificada ante los gentiles, ya que, si llegara a vacilar en el camino, tus enemigos podrían levantar la cabeza con soberbia.

Queridos hermanos, al escuchar todo esto, llenos de alegría, tenéis que dar gracias incesantes a Dios, de quien procede todo bien; bendecid conmigo al Señor, porque es eterna su misericordia. Proclame mi alma la grandeza del Señor, se alegre mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humillación de su siervo y desde ahora me felicitarán todas las generaciones futuras, porque es eterna su misericordia.

Alabad al Señor, todas las naciones, aclamadlo, todos los pueblos, porque lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar el poder, y lo despreciable, lo que no cuenta, lo ha escogido Dios para humillar lo elevado. Por mi boca y mi inteligencia humilla a los filósofos, discípulos de los sabios de este mundo, porque es eterna su misericordia.

Os escribo todo esto para que se unan vuestra fe y la mía. En medio de esta tempestad echo el ancla hasta el trono de Dios, esperanza viva de mi corazón.

En cuanto a vosotros, queridos hermanos, corred de manera que ganéis el premio, haced que la fe sea vuestra coraza y empuñad las armas de Cristo con la derecha y con la izquierda, como enseña san Pablo, mi patrono. Más os vale entrar tuertos o mancos en la vida que ser arrojados fuera con todos los miembros.

Ayudadme con vuestras oraciones para que pueda combatir como es de ley, que pueda combatir bien mi combate y combatirlo hasta el final, corriendo así hasta alcanzar felizmente la meta; en esta vida ya no nos veremos, pero hallaremos la felicidad en el mundo futuro, cuando, ante el trono del Cordero inmaculado, cantaremos juntos sus alabanzas, rebosantes de alegría por el gozo de la victoria para siempre. Amén (A. Launay, Le clergé tonkinois et ses pretres martyrs, MEP, Paris 1925, pp. 80-83).

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COMENTARIO

La persecución de los seguidores de Jesús, hoy, como siempre, sigue perteneciendo a la esencia de la identidad cristiana. Según las estadísticas, actualmente unos 350 millones de cristianos sufren persecución en el mundo. Nos sentimos unidos a ellos y orgullosos de nuestra fe, y del poder del Señor en medio de nuestro mundo.

Cuando nos vaya todo bien, deberíamos preocuparnos: Ay de vosotros cuando todo el mundo hable bien de vosotros, cuando recibáis honores y glorias mundanas… Eso mismo hicieron vuestros padres con los falsos profestas.

Por el contrario, dichosos vosotros cuando os persigan, calumnien y maldigan por causa del Reino, porque eso mismo hicieron con los verdaderos profetas. El profeta por antonomasia es Cristo y también sufrió por nosotros hasta la muerte y muerte de cruz. Sufriendo, aprendió a obedecer. Dios sea bendito en sus ángeles y en sus santos. Amén.



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El maná de cada día, 22.11.16

noviembre 22, 2016

Martes de la 34ª semana del Tiempo Ordinario

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El Señor llega a regir la tierra

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PRIMERA LECTURA: Apocalipsis 14, 14-19

Yo, Juan, miré y en la visión apareció una nube blanca; estaba sentado encima uno con aspecto de hombre, llevando en la cabeza una corona de oro y en la mano una hoz afilada.

Del santuario salió otro ángel y gritó fuerte al que estaba sentado en la nube: «Arrima tu hoz y siega; ha llegado la hora de la siega, pues la mies de la tierra está más que madura.»

Y el que estaba sentado encima de la nube acercó su hoz a la tierra y la segó. Otro ángel salió del santuario celeste llevando él también una hoz afilada.

Del altar salió otro, el ángel que tiene poder sobre el fuego, y le gritó fuerte al de la hoz afilada: «Arrima tu hoz afilada y vendimia los racimos de la viña de la tierra, porque las uvas están en sazón.»

El ángel acercó su hoz a la tierra y vendimió la viña de la tierra y echó las uvas en el gran lagar del furor de Dios. Pisotearon el lagar fuera de la ciudad, y del lagar corrió tanta sangre, que subió hasta los bocados de los caballos en un radio de sesenta leguas.


SALMO 95, 10.11-12.13

El Señor llega a regir la tierra.

Decid a los pueblos: «El Señor es rey, él afianzó el orbe, y no se moverá; él gobierna a los pueblos rectamente.»

Alégrese el cielo, goce la tierra, retumbe el mar y cuanto lo llena; vitoreen los campos y cuanto hay en ellos, aclamen los árboles del bosque.

Delante del Señor, que ya llega, ya llega a regir la tierra: regirá el orbe con justicia y los pueblos con fidelidad.


Aclamación antes del Evangelio: Apocalipsis 2, 10c

Sé fiel hasta la muerte -dice el Señor-, y te daré la corona de la vida.

EVANGELIO: Lucas 21, 5-11

En aquel tiempo, algunos ponderaban la belleza del templo, por la calidad de la piedra y los exvotos.

Jesús les dijo: «Esto que contempláis, llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido.»

Ellos le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo va a ser eso?, ¿y cuál será la señal de que todo eso está para suceder?»

Él contestó: «Cuidado con que nadie os engañe. Porque muchos vendrán usurpando mi nombre, diciendo: “Yo soy”, o bien “El momento está cerca”; no vayáis tras ellos. Cuando oigáis noticias de guerras y de revoluciones, no tengáis pánico. Porque eso tiene que ocurrir primero, pero el final no vendrá en seguida.»

Luego les dijo: «Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino, habrá grandes terremotos, y en diversos países epidemias y hambre. Habrá también espantos y grandes signos en el cielo.»


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LLEGARÁS A LA FUENTE, VERÁS LA LUZ

San Agustín. Tratados sobre el evan­gelio de san Juan 35, 8-9

Nosotros, los cristianos, en comparación con los infie­les, somos ya luz, como dice el Apóstol: En otro tiempo erais tinieblas, ahora sois luz en el Señor. Caminad como hijos de la luz. Y en otro lugar dice: La noche está avanzando, el día se echa encima: dejemos las actividades de las tinieblas y pertrechémonos con las armas de la luz. Conduzcámonos como en pleno día, con dignidad.

No obstante, porque el día en que vivimos es todavía noche en comparación con aquella luz a la que esperamos llegar, oigamos lo que dice el apóstol Pedro. Nos dice que vino sobre Cristo, el Señor, desde la sublime gloria, aquella voz que decía: «Éste es mi Hijo amado, mi predilecto». Esta voz –dice– traída del cielo, la oímos nosotros, estando con él en la montaña sagrada.

Pero, como nosotros no estábamos allí y no oímos esta voz del cielo, nos dice el mismo Pedro: Esto nos confirma la palabra de los profetas, y hacéis muy bien en prestarle atención, como a una lámpara que brilla en un lugar oscuro, hasta que despunte el día y el lucero nazca en vuestros cora­zones.

Por lo tanto, cuando vendrá nuestro Señor Jesucristo y –como dice también el apóstol Pablo– iluminará lo que esconden las tinieblas y pondrá al descubierto los designios del corazón, y cada uno recibirá la alabanza de Dios, entonces, con la presencia de este día, ya no ten­dremos necesidad de lámparas: no será necesario que se nos lean los libros proféticos ni los escritos del Apóstol, ya no tendremos que indagar el testimonio de Juan, y el mismo Evangelio dejará de sernos necesario. Ya no ten­drán razón de ser todas las Escrituras que en la noche de este mundo se nos encendían a modo de lámparas, para que no quedásemos en tinieblas.

Suprimido, pues, todo esto, que ya no nos será nece­sario, cuando los mismos hombres de Dios por quienes fueron escritas estas cosas verán, junto con nosotros, aquella verdadera y clara luz, sin la ayuda de sus escri­tos, ¿qué es lo que veremos? ¿Con qué se alimentará nuestro espíritu? ¿De qué se alegrará nuestra mirada? ¿De dónde procederá aquel gozo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar? ¿Qué es lo que veremos?

Os lo ruego, amemos juntos, corramos juntos el camino de nuestra fe; deseemos la patria celestial, suspiremos por ella, sintámonos peregrinos en este mundo. ¿Qué es lo que veremos entonces? Que nos lo diga ahora el Evange­lio: En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios.

Entonces llega­rás a la fuente con cuya agua has sido rociado; entonces verás al descubierto la luz cuyos rayos, por caminos obli­cuos y sinuosos, fueron enviados a las tinieblas de tu corazón, y para ver y soportar la cual eres entretanto purificado. Queridos –dice el mismo Juan–, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es.

Noto cómo vuestros sentimientos se elevan junto con los míos hacia las cosas celestiales; pero el cuerpo mortal es lastre del alma, y la tienda terrestre abruma la mente que medita. Ha llegado ya el momento en que yo tengo que dejar el libro santo y vosotros tenéis que regresar cada uno a sus ocupaciones. Hemos pasado un buen rato disfrutando de una luz común, nos hemos llenado de gozo y alegría; pero, aunque nos separemos ahora unos de otros, procuremos no separarnos de él.


El maná de cada día, 20.11.16

noviembre 19, 2016

Domingo XXXIV del Tiempo Ordinario, Ciclo C

Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo

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Él es anterior a todo, y todo se mantiene en él

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Antífona de entrada: Ap 5, 12; 1, 6

Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza y el honor. A él la gloria y el poder por los siglos de los siglos.


Oración colecta

Dios todopoderoso y eterno, que quisiste fundar todas las cosas en tu Hijo muy amado, Rey del Universo, haz que toda la creación, liberada de la esclavitud del pecado, sirva a tu majestad y te glorifique sin fin. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: 2 Samuel 5, 1-3

En aquellos días, todas las tribus de Israel fueron a Hebrón a ver a David y le dijeron: «Hueso tuyo y carne tuya somos; ya hace tiempo, cuando todavía Saúl era nuestro rey, eras tú quien dirigías las entradas y salidas de Israel. Además el Señor te ha prometido: “Tú serás el pastor de mi pueblo Israel, tú serás el jefe de Israel.”»

Todos los ancianos de Israel fueron a Hebrón a ver al rey, y el rey David hizo con ellos un pacto en Hebrón, en presencia del Señor, y ellos ungieron a David como rey de Israel.


SALMO 121,1-2.4-5

Vamos alegres a la casa del Señor.

Qué alegría cuando me dijeron: «Vamos a la casa del Señor»! Ya están pisando nuestros pies tus umbrales, Jerusalén.

Allá suben las tribus, las tribus del Señor, según la costumbre de Israel, a celebrar el nombre del Señor; en ella están los tribunales de justicia, en el palacio de David.


SEGUNDA LECTURA: Colosenses 1, 12-20

Hermanos: Damos gracias a Dios Padre, que nos ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo en la luz. Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido, por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados.

Él es imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura; porque por medio de él fueron creadas todas las cosas: celestes y terrestres, visibles e invisibles, Tronos, Dominaciones, Principados, Potestades; todo fue creado por él y para él.

Él es anterior a todo, y todo se mantiene en él. Él es también la cabeza del cuerpo: de la Iglesia.

El es el principio, el primogénito de entre los muertos, y así es el primero en todo. Porque en él quiso Dios que residiera toda la plenitud.

Y por él quiso reconciliar consigo todos los seres: los del cielo y los de la tierra, haciendo la paz por la sangre de su cruz.


Aclamación antes del Evangelio: Mc 11, 9b-10a

Bendito el que viene en nombre del Señor. Bendito el reino que llega, el de nuestro padre David.


EVANGELIO: Lucas 23, 35-43

En aquel tiempo, las autoridades hacían muecas a Jesús, diciendo: «A otros ha salvado; que se salve a si mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido.»

Se burlaban de él también los soldados, ofreciéndole vinagre y diciendo: «Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo.»

Había encima un letrero en escritura griega, latina y hebrea: «Éste es el rey de los judíos.»

Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros.»

Pero el otro lo increpaba: «¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en el mismo suplicio? Y lo nuestro es justo, porque recibimos el pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha faltado en nada.»

Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino.»

Jesús le respondió: «Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso.»


Antífona de comunión: Sal 28, 10-11

El Señor se sienta como rey eterno, el Señor bendice a su pueblo con la paz.
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CRISTO REY ¡PURA BENDICIÓN!

El arte de bendecir a discreción
como requisito para entrar al Reino de Cristo

La fiesta de Cristo Rey es una oportunidad para revisar nuestras actitudes ante el reinado de Cristo: ¿Le permitimos establecer su reinado dentro de nosotros mismos?

Si él es Rey, su reinado es único y nuestra mayor dicha consistirá en ofrecerle nuestra obediciencia obsequiosa y nuestra total y gozosa pleitesía, no tanto de siervos, sino de verdaderos amigos.

Por tanto, nuestra felicidad consiste en trabajar por el Reino de Cristo, comenzando por nosotros mismos. Se nos dijo: El Reino no está aquí o allá, está dentro de vosotros mismos.

Estimado hermano, apreciable hermana: hoy te propongo vivir de manera gloriosa en el Reino de Cristo. ¿Sabes cómo? Bendiciendo a discreción: ejercitándote en el arte de la bendición. Es decir, sintonizando con el Corazón de Cristo para cumplir la voluntad del Padre que desea que todos tengan vida, y la tengan en abundancia.

Jesús habló muy bien de su Padre celestial, “dijo bien”, bendijo a su Padre con sus palabras y obras, con toda su vida. Tanto, que Jesús es la “bendición” en persona. En Cristo toda la humanidad, todas las cosas, se elevan hasta el Padre dándole gracias, bendiciéndolo: porque él es digno de toda bendición, porque sólo él es santo, sólo él es el bueno.

A la vez, Jesús es la “bendición” que baja del cielo: en Cristo, el Padre ha “dicho bien” de nosotros, ha hablado bien de toda la creación. El Padre nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bendiciones.

¿Cuál es entonces nuestra postura existencial y santa ante un Dios y Padre que nos bendice en su querido Hijo? Bendecir con nuestras obras y palabras tal y como bendice nuestro Padre Dios a través de Cristo, Rey del universo.

Sí, nuestra salvación está en que nos dejemos llenar de la bondad de Dios y de la humildad de Cristo para ser capaces de bendecir de corazón a todos nuestros hermanos y a toda la creación. Bendecir, sí, nunca maldecir. Bendecir, hablar bien, comprender, respetar, admirar, perdonar, confiar y dar vida a discreción.

He aquí un camino de santidad, de liberación y de felicidad. Es preciso aclarar que esta apuesta no la podemos realizar sino con la gracia de Dios. Por nosotros solos no podemos, pues por el pecado somos egoístas, envidiosos, insolidarios y hasta insensibles. Lejos de nosotros criticar y despreciar, juzgar y condenar a nadie. Siempre amar y perdonar, por encima de todo. Humanamente imposible, pero posible para Dios.

Hemos de pedirlo todo al Señor que nos quiere libres y felices: Es lo que más le agrada y le da gloria.

Así que por nuestra parte y contando con su gracias nos ejercitaremos en bendecir a todas las personas con las que a diario convivimos pidiendo para ellas salud, trabajo, satisfacción personal y felicidad. Intercedemos ante Dios para que les tenga paciencia, les enseñe en su interior, para que les perdone sus debilidades, les conceda progresar en todo hasta la felicidad plena en Cristo Jesús, el Rey del universo.

Recordemos el evangelio: bendecid sí, no maldigáis. No juzguéis para que no seáis juzgados. No condenéis para que no seáis condenados. La medida que uséis con los demás la usarán con vosotros. Al bendecir a los demás, la bendición recae sobre nosotros, en primer lugar, y después sobre los otros. Bendecid, sí, pues estáis llamados a heredar una bendición.

¿A quién bendecir? A todos; y de corazón; con la mayor sinceridad posible. Bendecir especialmente al hermano que nos cae mal, al que nos ha ofendido o se manifiesta como enemigo gratuito, al que nos molesta, al que nos deprecia o nos trata injustamente…

Bendecirlo: comprender, disculpar, amar, perdonar incondicionalmente. Ejercitarse en ello aunque nos parezca hipocresía de nuestra parte porque no sentimos todo el afecto que desearíamos experimentar; querríamos sentir más cercanía, más ternura por ese hermano a quien estamos bendiciendo y queremos bendecir.

Pero eso mismo debe estimularnos a seguir ejercitándonos en el arte de bendecir, de perdonar y de amar incondicionalmente a todo el mundo. La gracia va haciendo su obra y nos va transformando.

Algunas personas se ejercitan diariamente, y casi de continuo, en esta práctica de la bendición y el resultado es que se sienten tan bendecidas que nunca pudieron imaginar tal cosa. ¿Por qué no te animas a hacer lo mismo? Tú puedes ser una de esas personas plenas y felices.

Bien, hermano, bueno, hermana, que Cristo Rey nos bendiga para que nosotros podamos bendecir cada vez más y mejor y así avanzar en el camino de la santidad, de la libertad y de la felicidad. Amén.

P. Ismael Ojeda Lozano, oar.

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