El maná de cada día, 24.12.18

diciembre 24, 2018

24 de Diciembre. Feria de Adviento

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Antífona de entrada: Gálatas 4, 4

Ya se cumple el tiempo en el que Dios envió a su Hijo a la tierra.


Oración colecta

Apresúrate, Señor Jesús, y no tardes, para que tu venida consuele y fortalezca a los que esperan todo de tu amor. Tú que vives y reinas.


PRIMERA LECTURA: 2 Samuel 7, 1-5.8b-12.14a.16

Cuando el rey David se estableció en su palacio, y el Señor le dio la paz con todos los enemigos que le rodeaban, el rey dijo al profeta Natán: «Mira, yo estoy viviendo en casa de cedro, mientras el arca del Señor vive en una tienda.»

Natán respondió al rey: «Ve y haz cuanto piensas, pues el Señor está contigo.»

Pero aquella noche recibió Natán la siguiente palabra del Señor: «Ve y dile a mi siervo David: “Esto dice el Señor: ¿Eres tú quien me va a construir una casa para que habite en ella? Yo te saqué de los apriscos, de andar tras las ovejas, para que fueras jefe de mi pueblo Israel. Yo estaré contigo en todas tus empresas, acabaré con tus enemigos, te haré famoso como a los más famosos de la tierra.

Daré un puesto a Israel, mi pueblo: lo plantaré para que viva en él sin sobresaltos, y en adelante no permitiré que los malvados lo aflijan como antes, cuando nombré jueces para gobernar a mi pueblo Israel. Te pondré en paz con todos tus enemigos, y, además, el Señor te comunica que te dará una dinastía.

Y cuando tus días se hayan cumplido y te acuestes con tus padres, afirmaré después de ti la descendencia que saldrá de tus entrañas, y consolidaré su realeza. Yo seré para él padre, y él será para mí hijo. Tu casa y tu reino durarán por siempre en mi presencia; tu trono permanecerá por siempre.”»


SALMO 88

Cantaré eternamente tus misericordias, Señor.

Cantaré eternamente las misericordias del Señor, anunciaré tu fidelidad por todas las edades. Porque dije: «Tu misericordia es un edificio eterno, más que el cielo has afianzado tu fidelidad.»

Sellé una alianza con mi elegido, jurando a David, mi siervo: «Te fundaré un linaje perpetuo, edificaré tu trono para todas las edades.»

Él me invocará: «Tú eres mi padre, mi Dios, mi Roca salvadora.» Le mantendré eternamente mi favor, y mi alianza con él será estable.


Aclamación antes del Evangelio

Sol que naces de lo alto, Resplandor de la luz eterna, Sol de justicia, ven ahora a iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte.


EVANGELIO: Lucas 1, 67-79

En aquel tiempo, Zacarías, padre de Juan, lleno del Espíritu Santo, profetizó diciendo:

«Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo, suscitándonos una fuerza de salvación en la casa de David, su siervo, según lo había predicho desde antiguo por boca de sus santos profetas.

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos y de la mano de todos los que nos odian; realizando la misericordia que tuvo con nuestros padres, recordando su santa alianza y el juramento que juró a nuestro padre Abrahán.

Para concedernos que, libres de temor, arrancados de la mano de los enemigos, le sirvamos con santidad y justicia, en su presencia, todos nuestros días.

Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor a preparar sus caminos, anunciando a su pueblo la salvación, el perdón de sus pecados.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz.»


Antífona de comunión: Lucas 1, 68

Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo.

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La fidelidad brota de la tierra
y la justicia mira desde el cielo

De los sermones de San Agustín, obispo
(Sermón 185: PL 38, 997-999)

Despiértate: Dios se ha hecho hombre por ti. Despier­ta, tú que duermes, levántate de entre los muertos, y Cris­to será tu luz. Por ti precisamente, Dios se ha hecho hom­bre.

Hubieses muerto para siempre, si él no hubiera nacido en el tiempo. Nunca te hubieses visto libre de la carne del pecado, si él no hubiera aceptado la semejanza de la carne del pecado. Una inacabable miseria se hubiera apoderado ti, si no se hubiera llevado a cabo esta misericordia.

Nunca hubieras vuelto a la vida, si él no hubiera venido al encuentro de tu muerte. Te hubieras derrumbado, si no te hubiera ayudado. Hubieras perecido, si él no hubiera venido.

Celebremos con alegría el advenimiento de nuestra salvación y redención. Celebremos el día afortunado en el que quien era el inmenso y eterno día, que procedía del inmenso y eterno día, descendió hasta este día nuestro tan breve y temporal.

Este se convirtió para nosotros en justicia, santificación y redención: y así –como dice la Escritura– : El que se gloríe, que se gloríe en el Señor.

Pues la verdad brota de la tierra: Cristo, que dijo: Yo soy la verdad, nació de una virgen. Y la justicia mira des­de el cielo: puesto que, al creer en el que ha nacido, el hombre no se ha encontrado justificado por sí mismo, sino por Dios.

La verdad brota de la tierra: porque la Palabra se hizo carne. Y la justicia mira desde el cielo: porque todo bene­ficio y todo don perfecto viene de arriba. La verdad brota de la tierra: la carne, de María. Y la justicia mira desde el cielo: porque el hombre no puede recibir nada, si no se lo dan desde el cielo.

Ya que hemos recibido la justificación por la fe, esta­mos en paz con Dios, porque la justicia y la paz se besan. Por medio de nuestro Señor Jesucristo, porque la verdad brota de la tierra. Por él hemos obtenido con la fe el acce­so a esta gracia en que estamos: y nos gloriamos apoya­dos en la esperanza de alcanzar la gloria de Dios.

No dice: «Nuestra gloria», sino: La gloria de Dios; porque la justicia no procede de nosotros, sino que mira desde el cielo. Por tanto, el que se gloríe, que se gloríe en el Señor, y no en sí mismo.

Por eso, después que la Virgen dio a luz al Señor, el pregón de las voces angélicas fue así: Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor. ¿Por qué la paz en la tierra, sino porque la verdad brota de la tierra, o sea, Cristo ha nacido de la carne? Y él es nuestra paz; él ha hecho de los dos pueblos una sola cosa: para que fuésemos hombres que ama el Señor, unidos suavemente con vínculos de unidad.

Alegrémonos, por tanto, con esta gracia, para que el testimonio de nuestra conciencia constituya nuestra gloria: y no nos gloriemos en nosotros mismos, sino en Dios.

Por eso se ha dicho: Tú eres mi gloria, tú mantienes alto mi cabeza. ¿Pues qué gracia de Dios pudo brillar más intensamente para nosotros que ésta: teniendo un Hijo unigénito, hacerlo hijo del hombre, para, a su vez, hacer al hijo del hombre hijo de Dios?

Busca méritos, busca justicia, busca motivos; y a ver si encuentras algo que no sea gracia.


“A Dios nadie lo ha visto nunca…” P. Raniero C. 3ª Predicación de Adviento, 2018.

diciembre 23, 2018

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Millones de cristianos de nuestro tiempo han hecho la experiencia personal del nuevo Pentecostés invocado por san Juan XXIII.

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P. Raniero Cantalamessa: “A Dios nadie lo ha visto nunca…”

Tercera predicación de Adviento 2018

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(ZENIT – 21 dic. 2018).- Esta mañana, a las 9 horas, en la Capilla Redemptoris Mater, en presencia del Santo Padre Francisco, el Predicador de la Casa Pontificia, el P. Raniero Cantalamessa, O.F.M. Cap., ha pronunciado el tercer sermón de Adviento sobre el tema: “Mi alma tiene sed del Dios vivo” (Salmo 42, 2).

A continuación, ofrecemos la prédica del padre Raniero Cantalamessa:

Tercera predicación de Adviento

El Dios vivo es la Trinidad viviente, dijimos la última vez. Pero nosotros estamos en el tiempo y Dios está en la eternidad. ¿Cómo superar esta «infinita diferencia cualitativa»? ¿Cómo tender un puente sobre semejante abismo infinito? La respuesta está en la solemnidad que nos disponemos a celebrar: «El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros».

Entre nosotros y Dios —escribió el gran teólogo bizantino Nicolás Cabasilas— se elevan tres muros de separación: el de la naturaleza, porque Dios es espíritu y nosotros somos carne; el del pecado y el de la muerte.

El primero de estos muros ha sido abatido en la Encarnación, cuando la naturaleza humana y la naturaleza divina se unieron en la persona de Cristo; el muro del pecado fue abatido sobre la cruz; y el muro de la muerte en la resurrección.

Jesucristo es ahora el lugar definido del encuentro entre el Dios vivo y el hombre viviente. En él, el Dios lejano se ha hecho cercano, el Emmanuel, el Dios-con-nosotros.

El camino de búsqueda del Dios vivo que hemos emprendido en este Adviento tuvo un precedente ilustre: «El itinerario de la mente hacia Dios» (Itinerarium mentis in Deum), de san Buenaventura. Como filósofo y teólogo especulativo, identifica siete escalones por los cuales el alma asciende hacia el conocimiento de Dios. Ellos son:

La visión de él a través de sus vestigios en el universo.

La contemplación de Dios en sus vestigios en este mundo sensible.

La contemplación de Dios a través de su imagen impresa en las facultades naturales.

La contemplación de Dios en su imagen renovada por los dones de la gracia.

La visión de la Santísima Trinidad en su nombre, es decir, el bien.

El rapto místico del alma en el que cesa la obra del intelecto mientras que el amor pasa totalmente a Dios.

Después de haber pasado revista a los diferentes medios que tenemos para elevarnos al conocimiento del Dios vivo y los «lugares» donde podemos encontrarlo, san Buenaventura llega, pues, a la conclusión de que el medio definitivo, infalible y suficiente es la persona de Jesucristo. De hecho, así termina su tratado:

Ahora bien: al alma no le queda más que ir más allá de todo esto con la contemplación, y pasar más allá del mundo sensible, no solo, sino incluso más allá de sí misma. En este tránsito Cristo es camino y puerta; Cristo es escalera y vehículo como propiciatorio puesto encima del arca de Dios y sacramento oculto desde los siglos.

El filósofo Blaise Pascal, en su famoso Memorial, llega a la misma conclusión: al Dios de Abraham, Isaac y Jacob «solo se le encuentra por las vías que enseña el Evangelio». La razón de esto es simple: Jesucristo es «el Hijo del Dios vivo» (Mt 16,16). La Carta a los Hebreos basa en esto la novedad del Nuevo Testamento:

«Dios, que muchas veces y en diversos modos en los tiempos antiguos había hablado a los padres por medio de los profetas, últimamente, en estos días, nos ha hablado en el Hijo, al que ha establecido heredero de todas las cosas y mediante el cual hizo también el mundo» (Heb 1,1-2).

El Dios vivo ya no nos habla por persona interpuesta, sino en persona porque el Hijo «es el resplandor de su gloria e impronta de su sustancia» (Heb 1,3). Esto desde el punto de vista ontológico y objetivo.

Desde el punto de vista existencial, o subjetivo, la gran novedad es que ahora ya no es el hombre el que, «a tientas» (Hch 17, 27), va a la búsqueda del Dios vivo; es el Dios viviente, que desciende a la búsqueda del hombre, hasta morar en su mismo corazón.

Es allí donde, de ahora en adelante, se le puede encontrar y adorar en espíritu y verdad: «Si alguno me ama, dice Jesús, guardará mi palabra y mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos morada en él» (Jn 14,23).

«Nadie viene al Padre si no es por medio de mí»

Quien hizo esta verdad —es decir, que Jesucristo es el supremo revelador del Dios vivo, y el «lugar» donde se entra en contacto con él— es el evangelista Juan. Nos encomendamos a él para que nos ayude a hacer de la búsqueda del Dios vivo algo más que una simple «investigación»: una «experiencia» de él, no solo conocerle, sino un «sentimiento» vivo.

Para no perder la fuerza e inmediatez de su testimonio inspirado, evitemos imponer a los textos cualquier marco interpretativo. Pasamos simplemente revista a las palabras más explícitas en las cuales es Jesús mismo quien se presenta como el definitivo revelador de Dios. Cada una de estas palabras es capaz, por sí sola, de llevarnos al borde del misterio y hacernos asomar sobre un horizonte infinito.

Juan 1,18: «A Dios nadie lo ha visto jamás: el Hijo unigénito, que es Dios y está en el seno del Padre, es él quien lo ha revelado». Para comprender el sentido de estas palabras, hay que remitirse a toda la tradición bíblica sobre el Dios que no se puede ver sin morir.

Basta leer Éxodo 33, 18-20: «Le dijo (Moisés): “¡Muéstrame tu gloria!”. Dijo: “Yo haré pasar delante de ti toda mi bondad y proclamaré mi nombre, Señor, delante de ti. A quien quiera hacerle gracia se la haré y de quienes quiera tener misericordia la tendré”. Dijo: “Pero tú no podrás ver mi rostro, porque ningún hombre puede verme y permanecer vivo”».

Hay tal abismo entre la santidad de Dios y la indignidad del hombre que este debería morir viendo a Dios o solo oyéndolo. Por eso, Moisés (Ex 3,69) y también los serafines (Is 6,2) se tapan la cara con un velo delante de Dios. Manteniéndose en vida después de haber visto a Dios, se experimenta una sorpresa agradecida (Gén 32,31). Es un raro favor que Dios concede a Moisés (Ex 33,11) y a Elías (1 Reyes 19,11 s.), que, curiosamente, serán los dos admitidos en el Tabor a contemplar la gloria de Cristo.

Juan 10,30. «Yo y el Padre somos una sola cosa». Es la afirmación quizá más cargada de misterio de todo el Nuevo Testamento. Jesucristo no es solo el revelador del Dios vivo: ¡él mismo es el Dios vivo! Revelador y revelación son la misma persona. De esta afirmación partirá la reflexión de la Iglesia para llegar a la plena y explícita fe en el dogma trinitario. Lo que nosotros traducimos con la expresión «una sola cosa» es un sustantivo neutro (en, en griego, unum, en latín).

Si Jesús hubiese utilizado el masculino eis, unus se habría podido pensar que Padre e Hijo son una sola persona y la doctrina de la Trinidad quedaría excluida de raíz. Diciendo «unum», una sola cosa, los Padres deducirán de ahí acertadamente que Padre e Hijo (y más tarde el Espíritu Santo) son una misma naturaleza, pero no una sola persona.

Juan 12,6-7: Le dijo Jesús: «Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por medio de mí». Aquí debemos detenernos un poco más largamente. «Nadie va al Padre si no es por medio de mí»: leídas en el contexto actual del diálogo interreligioso, estas palabras plantean un interrogante que no podemos pasar en silencio.

¿Qué pensar de toda esa parte de la humanidad que no conoce a Cristo y su Evangelio? ¿Ninguno de ellos va al Padre? ¿Son excluidos de la mediación de Cristo y, por consiguiente, de la salvación?

Una cosa es cierta y de ella debe partir cualquier teología cristiana de las religiones: Cristo dio su vida «en rescate» y por amor de todos los hombres, porque todos son criaturas de su Padre y hermanos suyos. No ha hecho distinciones.

Su ofrecimiento de salvación, al menos, es seguro que es universal. «Cuando yo sea levantado de la tierra (¡sobre la cruz!), atraeré a todos hacia mí» (Jn 12,32); «No hay otro nombre dado a los hombres en el que se ha establecido que se salven», proclama Pedro delante del sanedrín (Hch 4,12).

Algunos, aun profesándose creyentes cristianos, no logran admitir que un hecho histórico particular, como es la muerte y resurrección de Cristo, pueda haber cambiado la situación de toda la humanidad frente a Dios, y sustituyen, por eso, el acontecimiento histórico con un principio universal «impersonal».

Ellos deberían plantearse, creo, otra pregunta, es decir, si creen realmente en el misterio con el que todo el cristianismo está en pie o cae: la encarnación del Verbo y la divinidad de Cristo. Una vez admitida esta, ya no aparece absurdo para la razón que un acto particular pueda tener un alcance universal. Sería extraño, más bien, pensar lo contrario.

El error más grande, al sustraerle tanta parte de la humanidad, no se le hace a Cristo o a la Iglesia, sino a esa misma humanidad. ¿No es posible partir de la afirmación de que «Cristo es la propuesta suprema, definitiva y normativa de salvación hecha por Dios al mundo», sin por ello mismo reconocer a todos los hombres el derecho de beneficiarse de esta salvación?

«Pero, ¿es realista —se pregunta uno—, seguir creyendo en una misteriosa presencia e influencia de Cristo en religiones que existen desde antes que él y que no sienten ninguna necesidad, después de veinte siglos, de acoger su evangelio?»

En la Biblia existe un dato que puede ayudarnos a dar una respuesta a esta objeción: la humildad de Dios, el escondimiento de Dios.

«Tú eres un Dios escondido, Dios de Israel salvador»: Vere tu es Deus absconditus (Is 45,15, Vulgata). Dios es humilde al crear. No pone su etiqueta sobre todo, como hacen los hombres. En las criaturas no está escrito que están hechas por Dios. Ha dejado a ellas que lo averigüen.

¿Cuánto tiempo se ha necesitado para que el hombre reconociera a quién le debía el ser, quién había creado para él el cielo y la tierra? ¿Cuánto faltará todavía hasta que todos lleguen a reconocerlo? ¿Deja de ser Dios, por eso, el Creador de todo? ¿Deja de calentar con su sol a quien lo conoce y a quien no lo conoce?

Lo mismo ocurre en la redención. Dios es humilde al crear y es humilde al salvar. Cristo está más preocupado de que todos los hombres se salven, que no que sepan quién es su Salvador.

Más que de la salvación de aquellos que no han conocido a Cristo, habría que preocuparse, creo, de la salvación de los que la han conocido, si viven como si no hubiera existido nunca, olvidados totalmente de su bautismo, ajenos a la Iglesia y a toda práctica religiosa.

En cuanto a la salvación de los primeros, la Escritura nos asegura que «Dios no hace preferencia de personas, pero acoge a quien le teme y practica la justicia, cualquiera que sea la nación a la que pertenece» (Hch 10,34-35). Francisco de Asís, a su vez, hace una afirmación casi increíble para su época: «Todo bien que se encuentra en los hombres, paganos o no, se debe referir a Dios, fuente de todo bien» [1].

El Paráclito guiará a la verdad plena

Al hablar del papel de Cristo respecto a las personas que viven fuera de la Iglesia, el Concilio Vaticano II afirma que «el Espíritu Santo, en un modo conocido sólo por Dios, da a toda persona la posibilidad de entrar en contacto con el misterio pascual de Cristo», es decir, con su obra redentora (Gaudium et spes, 22). Llegamos así a la última etapa de nuestro camino, el Espíritu Santo.

Al término de su vida terrena Jesús decía: Muchas cosas tengo todavía que deciros, pero por el momento no sois capaces de asumir su peso. Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará a toda la verdad, porque no hablará por sí mismo, sino que hablará de todo lo que haya oído, y os anunciará las cosas futuras. Él me glorificará, porque recibirá de lo que es mío y os lo anunciará. Todo lo que posee el Padre es mío; por eso he dicho que tomará de lo que es mío y os lo anunciará (Jn 16,12-15).

En el Espíritu Santo es Jesús quien sigue revelándonos al Padre, porque el Espíritu Santo es ya el Espíritu del Resucitado, el Espíritu que continúa y aplica la obra del Jesús terreno. Poco después de las palabras que acabamos de recordar, Jesús añade: «Estas cosas os las he hablado en forma velada, pero llega la hora en que ya no os hablaré en forma velada, y abiertamente os hablaré del Padre».

¿Cuándo podrá Jesús hablar a los discípulos abiertamente del Padre, si éstas están entre las últimas palabras pronunciadas como persona viva y poco después morirá en la cruz? Lo hará, precisamente, mediante el Espíritu Santo, que él enviará desde el Padre.

San Gregorio de Nisa escribió: «Si a Dios le quitamos el Espíritu Santo, lo que queda ya no es el Dios vivo, sino su cadáver» [2]. Es Jesús mismo quien explica la razón de esto. «El Espíritu —dice— es quien da la vida, la carne no sirve para nada» (Jn 6,63).

Aplicado en nuestro caso, esto significa: es el Espíritu quien da la vida a la idea de Dios y a la investigación sobre él. La razón humana, marcada como está por el pecado, por sí sola, no basta. Al contrario, no sirve prácticamente para nada, porque, aunque descubre que Dios existe, no es capaz, como afirma san Pablo de comportarse luego consecuentemente, dándole gloria y gracias, como le conviene (cf. Rom 1,18ss.).

El hombre que se dispone a hablar de Dios, con cualquier argumento, si es creyente, debe recordar que «los secretos de Dios nadie los ha podido conocer nunca, sino el Espíritu de Dios» (1 Cor 2,11).

El Espíritu Santo es el verdadero «ambiente vital», el Sitzt im Leben, donde nace y se desarrolla toda auténtica teología cristiana. El Espíritu Santo es el espacio invisible en el que es posible advertir el paso de Dios y en el que Dios mismo aparece como una realidad viva y activa. El Dios vivo, a diferencia de los ídolos, es un «Dios que respira», y el Espíritu Santo es su respiración.

Esto es verdad también respecto de Cristo. «En el Espíritu Santo» indica ese ámbito misterioso donde, después de su resurrección, se puede entrar en contacto con Cristo y experimentar la acción santificadora. Él vive ahora «en el Espíritu» (cf. Rom 1,4; 1 Pe 3,18). El Espíritu Santo es, en la historia, «el aliento del Resucitado».

El gran arco voltaico entre Dios y el hombre no se cierra, pues, y el repentino rayo de luz no se produce si no es dentro de este especial «campo magnético» que está constituido por el Espíritu del Dios vivo. Es él quien crea, en lo íntimo del hombre, ese estado de gracia por el que un día se tiene la gran «iluminación»: se descubre que Dios existe, es real, hasta tener «cortada la respiración».

A quien buscara a Dios en otros lugares, sólo entre las páginas de los libros o entre los razonamientos humanos, habría que repetirle lo que el ángel dijo a las mujeres: «¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?» (Lc 24,5). Del Espíritu Santo —escribe san Basilio— depende «la familiaridad con Dios». Es decir, depende si Dios nos es familiar o por el contrario ajeno, si somos sensibles, o bien alérgicos a su realidad [3].

El remedio es, pues, encontrar un contacto cada vez más pleno con la realidad, más aún, con la persona del Espíritu Santo. No contentarnos tampoco con una renovada neumatología, es decir, con una teología del Espíritu, sino aspirar a hacer de él también una experiencia personal.

Millones de cristianos de nuestro tiempo han hecho la experiencia personal del nuevo Pentecostés invocado por san Juan XXIII. He aquí cómo describe sus efectos uno de aquellos primeros que hicieron esta experiencia en la Iglesia católica:

«Nuestra fe se ha hecho viva; nuestro creer se ha convertido en una especie de conocer. De repente, lo sobrenatural se ha vuelto más real que lo natural. En resumen, Jesús es una persona viva para nosotros. Prueba a abrir el Nuevo Testamento y a leerlo como si fuera literalmente verdadero ahora, cada palabra, cada línea. La oración y los sacramentos se han convertido verdaderamente en nuestro pan cotidiano, y no en genéricas prácticas piadosas. Un amor hacia las Escrituras que yo jamás habría creído posible, una transformación de nuestras relaciones con los demás, una necesidad y una fuerza para testimoniar más allá de cualquier expectativa: todo esto se ha convertido en parte de nuestra vida. La experiencia inicial del bautismo del Espíritu no nos dio particular emoción exterior, pero la vida se ha rociado de calma, confianza, alegría y paz» [4].

«Y el Verbo se hizo carne»

Una meditación sobre el papel de Cristo revelador único del Dios vivo no puede concluir de modo más digno que con el Prólogo de Juan. No como un pasaje de Evangelio a comentar —esto lo haremos el día de Navidad—, sino como un himno de alabanza que brota ahora desde nuestro corazón para gloria de la Santísima Trinidad.

Que una porción tan representativa de la Iglesia, en un lugar como este, proclame su absoluta fe en Cristo Hijo de Dios y Luz del mundo reviste un valor salvífico. En un acto de fe como este Cristo fundó su Iglesia y prometió que «las potencias del infierno no prevalecerán contra ella».

Lo recitamos juntos de pie con el corazón lleno de asombro y gratitud:

En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios.

Este estaba en el principio junto a Dios.

Por medio de él se hizo todo, y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho.

En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.

5Y la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no lo recibió […]

El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo.

10En el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de él, y el mundo no lo conoció.

11 Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron.

12 Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre.

13 Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios.

14 Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad[…]

18 A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer.

 


El maná de cada día, 23.12.18

diciembre 22, 2018

Domingo IV de Adviento, Ciclo C

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¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?

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ANTÍFONA DE ENTRADA: Isaías 45, 8

Cielos, destilad el rocío; nubes, derramad al Justo; ábrase la tierra y brote al Salvador.

ORACIÓN COLECTA

Derrama, Señor, tu gracia sobre nosotros, que, por el anuncio del ángel, hemos conocido la encarnación de tu Hijo, para que lleguemos, por su pasión y su cruz, a la gloria de la resurrección. Por nuestro Señor Jesucristo.



PRIMERA LECTURA: Miqueas 5, 1-4ª

Así dice el Señor:

«Pero tú, Belén de Efrata, pequeña entre las aldeas de Judá, de ti saldrá el jefe de Israel. Su origen es desde lo antiguo, de tiempo inmemorial.

Los entrega hasta el tiempo en que la madre dé a luz, el resto de sus hermanos retornará a los hijos de Israel. En pie, pastoreará con la fuerza del Señor, por el nombre glorioso del Señor, su Dios.

Habitarán tranquilos, porque se mostrará grande hasta los confines de la tierra, y éste será nuestra paz.»


SALMO 79, 2ac y 3b. 15-16. 18-19

Oh Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve.

Pastor de Israel, escucha, tú que te sientas sobre querubines, resplandece. Despierta tu poder y ven a salvarnos.

Dios de los ejércitos, vuélvete: mira desde el cielo, fíjate, ven a visitar tu viña, la cepa que tu diestra plantó, y que tú hiciste vigorosa.

Que tu mano proteja a tu escogido, al hombre que tú fortaleciste, no nos alejaremos de ti; danos vida, para que invoquemos tu nombre.


SEGUNDA LECTURA: Hebreos 10, 5-10

Hermanos:

Cuando Cristo entró en el mundo dijo: «Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, pero me has preparado un cuerpo; no aceptas holocaustos ni víctimas expiatorias. Entonces yo dije lo que está escrito en el libro: “Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad.”»

Primero dice: «No quieres ni aceptas sacrificios ni ofrendas, holocaustos ni víctimas expiatorias», que se ofrecen según la Ley. Después añade: «Aquí estoy yo para hacer tu voluntad.»

Niega lo primero, para afirmar lo segundo. Y conforme a esa voluntad todos quedamos santificados por la oblación del cuerpo de Jesucristo, hecha una vez para siempre.


ACLAMACIÓN: Lucas 1, 38

Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra.


EVANGELIO: Lucas 1, 39-45

En aquellos días, María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel.

En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo y dijo a voz en grito:

«¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre!

¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá.»


ANTÍFONA DE COMUNIÓN: Isaías 7, 14

Mirad: la Virgen está encinta y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Dios-con-nosotros.
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La visitación de santa María Virgen

San Ambrosio. Exposición sobre el evangelio de San Lucas 2, 19.22-23.26-27

El ángel que anunciaba los misterios, para llevar a la fe mediante algún ejemplo, anunció a la Virgen María la maternidad de una mujer estéril y ya entrada en años, manifestando así que Dios puede hacer todo cuanto le place.

Desde que lo supo, María, no por falta de fe en la profecía, no por incertidumbre respecto al anuncio, no por duda acerca del ejemplo indicado por el ángel, sino con el regocijo de su deseo, como quien cumple un piadoso de­ber, presurosa por el gozo, se dirigió a las montañas.

Llena de Dios de ahora en adelante, ¿cómo no iba a elevarse apresuradamente hacia las alturas? La lentitud en el esfuerzo es extraña a la gracia del Espíritu. Bien pronto se manifiestan los beneficios de la llegada de María y de la presencia del Señor; pues en el momento mismo en que Isabel oyó el saludo de María, saltó la cria­tura en su vientre, y ella se llenó del Espíritu Santo.

Considera la precisión y exactitud de cada una de las palabras: Isabel fue la primera en oír la voz, pero Juan fue el primero en experimentar la gracia, porque Isabel escuchó según las facultades de la naturaleza, pero Juan, en cambio, se alegró a causa del misterio.

Isabel sintió la proximidad de María, Juan la del Señor; la mujer oyó la salutación de la mujer, el hijo sintió la presencia del Hijo; ellas proclaman la gracia, ellos, viviéndola interiormente, logran que sus madres se aprovechen de este don hasta tal punto que, con un doble milagro, ambas empiezan a pro­fetizar por inspiración de sus propios hijos.

El niño saltó de gozo y la madre fue llena del Espíritu Santo, pero no fue enriquecida la madre antes que el hijo, sino que, después que fue repleto el hijo, quedó también colmada la madre. Juan salta de gozo y María se alegra en su espíritu.

En el momento que Juan salta de gozo, Isabel se llena del Espíritu, pero, si observas bien, de María no se dice que fuera llena del Espíritu, sino que se afirma únicamente que se alegró en su espíritu (pues en ella actuaba ya el Espíritu de una manera incomprensible); en efecto: Isabel fue llena del Espíritu después de concebir; María, en cambio, lo fue ya antes de concebir porque de ella se dice: ¡Dichosa tú que has creído!

Pero dichosos también vosotros, porque habéis oído y creído; pues toda alma creyente concibe y engendra la Palabra de Dios y reconoce sus obras.

Que en todos resida el alma de María para glorificar al Señor; que en todos esté el espíritu de María para alegrarse en Dios. Porque si corporalmente no hay más que una madre de Cristo, en cambio, por la fe, Cristo es el fruto de todos; pues toda alma recibe la Palabra de Dios, a condición de que, sin mancha y preservada de los vicios, guarde la castidad con una pureza intachable.

Toda alma, pues, que llega a tal estado proclama la grandeza del Señor, igual que el alma de María la ha pro­clamado, y su espíritu se ha alegrado en Dios Salvador.

El Señor, en efecto, es engrandecido, según puede leer­se en otro lugar: Proclamad conmigo la grandeza del Señor. No porque con la palabra humana pueda añadirse algo a Dios, sino porque él queda engrandecido en noso­tros. Pues Cristo es la imagen de Dios y, por esto, el alma que obra justa y religiosamente engrandece esa imagen de Dios, a cuya semejanza ha sido creada, y, al engrande­cerla, también la misma alma queda engrandecida por una mayor participación de la grandeza divina.


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La exultación fue obra divina en el niño,
no obra humana de él

San Agustín. Carta 187, 7, 23-25

Las palabras de Isabel, madre de Juan, son sin duda éstas: Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre. Y ¿de dónde a mí que venga la madre de mi Señor a mí? He aquí que al sonar la voz de tu saludo en mis oídos exultó de gozo el niño en mis entrañas (Lc 1, 42-44).

El evangelista advierte que para decir esto fue llena del Espíritu Santo. Sin duda por su revelación conoció lo que significaba la exultación del niño, esto es: que había venido la madre de aquel cuyo precursor y heraldo había de ser. Pudo, pues, darse esa significación de un prodigio tan nuevo para que lo conocieran los mayores, pero sin que lo conociera el niño.

Cuando el evangelio lo narra, no dice «creyó», sino exultó el niño en sus entrañas. Tampoco dijo Isabel: «Exultó en la fe el niño en mis entrañas», sino Exultó en gozo. Tal exultación la vemos no sólo en los niños, sino también en los animales, aunque no proviene de la fe, de la religión o de cualquier otro conocimiento racional.

Esta exultación fue inusitada y nueva, porque se realizó en las entrañas y a la llegada de aquella que había de dar a luz al Salvador de los hombres. Por eso fue milagrosa y digna de ser contada entre los grandes milagros.

Por lo tanto, esa exultación, o diríamos resalutación ofrecida a la madre del Señor, como suele acaecer en los milagros, fue obra divina en el niño, no obra humana del niño.

Supongamos que aquel niño se hubiera acelerado tanto en el uso de razón y de voluntad, que dentro de las entrañas maternales pudiese ya conocer, creer, consentir, cosas que en los demás niños han de venir con la edad. Eso mismo sería un milagro del poder divino, y no puede servir de modelo para la naturaleza humana…

Los niños no conocen las cosas divinas, pues ni aún las humanas conocen; si quiero demostrarlo con palabras, temo hacer injuria a nuestra capacidad, pues trato de probar con palabras una cosa en la que la evidencia de la verdad supera bien todas las habilidades y funciones de la palabra. ¿No vemos a esos niños cuando comienzan a dar algunas señales de voz articulada y después de su mudez comienzan a hablar?

Sienten y dicen tales cosas, que, si no progresasen, y siguiesen en ese estado, ninguno, por muy fatuo que fuese, dudaría en tenerlos por fatuos. A no ser que creamos, y es lo único que nos queda, que esos niños fueron sabios en los vagidos de su infancia, pero que al empezar a hablar con nosotros progresaron hasta llegar a esa ignorancia que descubrimos en ellos.

Ya ves cuán absurdo es opinar así; el sentido de los niños que ya prorrumpen en palabras, es casi nulo en comparación con la sabiduría de los mayores; pero casi puede llamarse inteligencia si se compara con el estado en que nacieron. Por eso, en el mismo momento de otorgarles el beneficio de la salud, cuando la gracia cristiana los socorre, ellos resisten con las voces y movimientos que pueden; pero no se les imputa.

Toda su resistencia no les es tenida en cuenta hasta que se realiza en ellos el sacramento con el que expira la condenación original que heredaron. ¿Y por qué así, sino porque no saben lo que hacen, hasta el punto que no lo estimamos como hacer?

Si entonces utilizasen la libertad de su voluntad y razón, tendrían que dar el consentimiento a esa santificación, y sería un gran mal resistir a grandes gracias. No sólo no les aprovecharía el sacramento recibido, sino que contraerían un nuevo reato. ¿Qué cristiano lo ignora?


El maná de cada día, 22.12.18

diciembre 22, 2018

22 de Diciembre. Feria de Adviento

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Proclama mi alma la grandeza del Señor



Antífona de entrada: Salmo 23, 7

¡Portones!, alzad los dinteles; que se alcen las antiguas compuertas: va a entrar el Rey de la gloria.

Oración colecta:

Señor Dios, que con la venida de tu Hijo, has querido redimir al hombre sentenciado a muerte, concede a los que van a adorarlo, hecho niño en Belén, participar de los bienes de la redención. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: 1 Samuel 1, 24-28

En aquellos días, cuando Ana hubo destetado a Samuel, subió con él al templo del Señor, de Siló, llevando un novillo de tres años, una fanega de harina y un odre de vino. El niño era aún muy pequeño.

Cuando mataron el novillo, Ana presentó el niño a Elí, diciendo: «Señor, por tu vida, yo soy la mujer que estuvo aquí junto a ti, rezando al Señor. Este niño es lo que yo pedía; el Señor me ha concedido mi petición. Por eso se lo cedo al Señor de por vida, para que sea suyo.»
Después se postraron ante el Señor.


SALMO: 1 Samuel 2, 1.45.6-7.8abcd

Mi corazón se regocija por el Señor, mi Salvador.

Mi corazón se regocija por el Señor, mi poder se exalta por Dios; mi boca se ríe de mis enemigos, porque gozo con tu salvación.

Se rompen los arcos de los valientes, mientras los cobardes se ciñen de valor; los hartos se contratan por el pan, mientras los hambrientos engordan; la mujer estéril da a luz siete hijos, mientras la madre de muchos queda baldía.

El Señor da la muerte y la vida, hunde en el abismo y levanta; da la pobreza y la riqueza, humilla y enaltece.

Él levanta del polvo al desvalido, alza de la basura al pobre, para hacer que se siente entre príncipes y que herede un trono de gloria.


Aclamación antes del Evangelio:

Rey de las naciones y Piedra angular de la Iglesia, ven y salva al hombre que formaste del barro de la tierra.


EVANGELIO: Lucas 1, 46-56

En aquel tiempo, María dijo:

«Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación.

Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos. Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia, como lo había prometido a nuestros padres en favor de Abrahán y su descendencia por siempre.»

María se quedó con Isabel unos tres meses y después volvió a su casa.


Antífona de comunión: Lucas 1, 46-49

Proclama mi alma la grandeza del Señor, porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí.
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MAGNIFICAT

De la Exposición de san Beda el Venerable, prebítero,
sobre el evangelio de san Lucas

María dijo: Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi Espíritu en Dios, mi salvador.

«El Señor, dice, me ha engrandecido con un don tan inmenso y tan inaudito, que no hay posibilidad de explicarlo con palabras, ni apenas el afecto más pro­fundo del corazón es capaz de comprenderlo; por ello ofrezco todas las fuerzas del alma en acción de gracias, y me dedico con todo mi ser, mis sentidos y mi inteli­gencia a contemplar con agradecimiento la grandeza de aquel que no tiene fin, ya que mi espíritu se compla­ce en la eterna divinidad de Jesús, mi salvador, con cuya temporal concepción ha quedado fecundada mi carne».

Porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo.

Se refiere al comienzo del himno, donde había dicho: Proclama mi alma la grandeza del Señor. Porque sólo aquella alma a la que el Señor se digna hacer grandes favores puede proclamar la grandeza del Señor con dig­nas alabanzas y dirigir a quienes comparten los mismos votos y propósitos una exhortación como ésta: Procla­mad conmigo la grandeza del Señor, ensalcemos juntos su nombre.

Pues quien, una vez que haya conocido al Señor, ten­ga en menos el proclamar su grandeza y santificar su nombre en la medida de sus fuerzas será el menos importante en el reino de los cielos. Ya que el nombre del Señor se llama santo, porque con su singular poder trasciende a toda creatura y dista ampliamente de todas las cosas que ha hecho.

Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia. Bellamente llama a Israel siervo del Señor, ya que efectivamente el Señor lo ha acogido para salvarlo por ser obediente y humilde, de acuerdo con lo que dice Oseas: Israel es mi siervo, y yo lo amo.

Porque quien rechaza la humillación tampoco puede acoger la salvación, ni exclamar con el profeta: Dios es mi auxilio, el Señor sostiene mi vida, y el que se haga pequeño como este niño, ése es el más grande en el rei­no de los cielos.

Como lo había prometido a nuestros padres, en favor de Abrahán y su descendencia por siempre. No se re­fiere a la descendencia carnal de Abrahán, sino a la espi­ritual, o sea, no habla de los nacidos solamente de su carne, sino de los que siguieron las huellas de su fe, lo mismo dentro que fuera de Israel. Pues Abrahán había creído antes de la circuncisión, y su fe le fue tenida en cuenta para la justificación.

De modo que el advenimiento del Salvador se le pro­metió a Abrahán y a su descendencia por siempre, o sea, a los hijos de la promesa, de los que se dice: Si sois de Cristo, sois descendencia de Abrahán y herederos de la promesa.

Con razón, pues, fueron ambas madres quienes anun­ciaron con sus profecías los nacimientos del Señor y de Juan, para que, así como el pecado empezó por medio de las mujeres, también los bienes comiencen por ellas, y la vida que pereció por el engaño de una sola mujer sea devuelta al mundo por la proclamación de dos mujeres que compiten por anunciar la salvación.


El maná de cada día, 21.12.18

diciembre 21, 2018

21 de Diciembre. Feria de Adviento

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magnificat

El amor es generoso y servicial

 

Antífona de entrada: Isaías 7, 14; 8, 10

Muy pronto vendrá el Señor que domina los pueblos, y se llamará Emmanuel, porque tendremos a Dios-con-nosotros.


Oración colecta

Escucha, Señor, la oración de tu pueblo, alegre por la venida de tu Hijo en carne mortal, y haz que, cuando vuelva en su gloria, al final de los tiempos, podamos alegrarnos de escuchar de sus labios la invitación a poseer el reino eterno. Por nuestro Señor Jesucristo.

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PRIMERA LECTURA: Cantar de los Cantares 2, 8-14

¡Oíd, que llega mi amado, saltando sobre los montes, brincando por los collados! Es mi amado como un gamo, es mi amado un cervatillo.

Mirad: se ha parado detrás de la tapia, atisba por las ventanas, mira por las celosías. Habla mi amado y me dice: «¡Levántate, amada mía, hermosa mía, ven a mí!

Porque ha pasado el invierno, las lluvias han cesado y se han ido, brotan flores en la vega, llega el tiempo de la poda, el arrullo de la tórtola se deja oír en los campos; apuntan los frutos en la higuera, la viña en flor difunde perfume.

¡Levántate, amada mía, hermosa mía, ven a mí!

Paloma mía, que anidas en los huecos de la peña, en las grietas del barranco, déjame ver tu figura, déjame escuchar tu voz, porque es muy dulce tu voz, y es hermosa tu figura.»
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SALMO 32, 2-3.11-12.20-21

Aclamad, justos, al Señor, cantadle un cántico nuevo.

Dad gracias al Señor con la cítara, tocad en su honor el arpa de diez cuerdas; cantadle un cántico nuevo, acompañando los vítores con bordones.

El plan del Señor subsiste por siempre, los proyectos de su corazón, de edad en edad. Dichosa la nación cuyo Dios es el Señor, el pueblo que él se escogió como heredad.

Nosotros aguardamos al Señor: él es nuestro auxilio y escudo; con él se alegra nuestro corazón, en su santo nombre confiamos.
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Aclamación antes del Evangelio

Emmanuel, rey y legislador nuestro, ven a salvarnos, Señor, Dios nuestro.


EVANGELIO: Lucas 1, 39-45

Unos días después, María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre.

Se llenó Isabel del Espíritu Santo y dijo a voz en grito: «¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?

En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá.»


Antífona de comunión: Lucas 1,45

Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá.
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GENEROSIDAD Y ESPÍRITU DE SERVICIO

P. Francisco Fernández Carvajal

Por aquellos días, María se levantó, y marchó deprisa a la montaña, a una ciudad de Judá; y entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel1.

La Virgen se da del todo a lo que Dios le pide. En un momento sus planes personales –los tendría– quedan en un rincón para hacer lo que Dios le propone. No puso excusas. Desde el primer momento, Jesús es el ideal único y grandioso para el que vive.

Nuestra Señora manifestó una generosidad sin límites a lo largo de toda su existencia aquí en la tierra. De los pocos pasajes del Evangelio que se refieren a su vida, dos de ellos nos hablan directamente de su atención a los demás: fue generosa con su tiempo para atender a su prima Santa Isabel hasta que nació Juan2; estuvo preocupada por el bienestar de los demás, como nos muestra su intervención en las bodas de Caná3.

Fueron actitudes habituales en Ella. Mucho tendrían que decirnos sus paisanos de Nazaret de los incontables detalles de María con ellos en la convivencia diaria.

La Virgen no piensa en sí misma, sino en los demás. Trabaja en las faenas de la casa con la mayor sencillez y con mucha alegría; también con gran recogimiento interior, porque sabe que el Señor está en Ella. Todo queda santificado en la casa de Isabel por la presencia de la Virgen y del Niño que va en su seno.

En María comprobamos que la generosidad es la virtud de las almas grandes, que saben encontrar la mejor retribución en el haber dado: habéis recibido gratis, dad gratis4. La persona generosa sabe dar cariño, comprensión, ayudas materiales…, y no exige que la quieran, la comprendan, la ayuden.

Da, y se olvida de que ha dado. Ahí está toda su riqueza. Ha comprendido que es mejor dar que recibir5.

Descubre que amar «es esencialmente entregarse a los demás. Lejos de ser una inclinación instintiva, el amor es una decisión consciente de la voluntad de ir hacia los otros. Para poder amar de verdad conviene desprenderse de todas las cosas y, sobre todo, de uno mismo, dar gratuitamente… Esta desposesión de uno mismo (…) es fuente de equilibrio. Es el secreto de la felicidad»6.

El dar ensancha el corazón y lo hace más joven, con más capacidad de amar. El egoísmo empobrece, hace el propio horizonte más pequeño. Cuanto más damos, más nos enriquecemos.

A la Virgen le suplicamos hoy que nos enseñe a ser generosos, en primer lugar con Dios, y luego con los demás, con quienes conviven o trabajan junto a nosotros, con quienes nos encontramos en las diversas circunstancias de la vida. Que sepamos darnos en el servicio a los demás, en la vida ordinaria de cada día.

1 Evangelio de la Misa, Lc 1, 39-40. — 2 Lc 1, 31. — 3 Jn 2, 1 ss. — 4 Mt 10, 8. 5 Hech 20, 35. — 6 Juan Pablo II, Alocución, 1-VI-1980.

www.homiletica.org


¿Por qué no hubo sexo entre María y José? Responde Fulton Sheen

diciembre 20, 2018

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¿Por qué no hubo sexo entre María y José? No fue necesario; sobraba porque su matrimonio fue consumado con Jesús. María y José se unieron con Jesús.

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¿Por qué no hubo sexo entre María y José?

Responde Fulton Sheen

A continuación una exhortación del arzobispo norteamericano Fulton Sheen (1895-1979) sobre el matrimonio cristiano vivido a ejemplo de la Sagrada Familia de Nazaret. ¡Es una preciosidad!

“Quiero hablarles de un matrimonio que formó una familia: del constituido por la Virgen María y san José.

Para explicar la singularidad de sus bodas, hay que tener presente una verdad: puede haber habido matrimonio aun sin unión física. 

Este caso puede existir por tres motivos: porque los sentidos, satisfechos ya, se hayan vuelto insensibles; porque los esposos, después de haberse unido, hayan hecho voto a Dios de renunciar al placer para dedicarse a los más sublimes éxtasis del espíritu; y, finalmente, porque los esposos, a pesar del matrimonio, hayan hecho voto de virginidad, renunciado a sus recíprocos derechos.

la virginidad resultó ser el centro de atracción de esta unión.

Una cosa es renunciar a los placeres de la vida conyugal por estar hartos de ellos, y otra muy distinta renunciar a esos placeres antes de haberlos probado para formar solamente una unión de corazones, como ocurrió con las bodas de María y José.

Ellos se unieron como dos estrellas que no se enlazan nunca mientras que sus rayos luminosos se entrecruzan en el espacio.

Fue un matrimonio parecido a lo que sucede en la primavera entre las flores que juntan sus perfumes o a dos instrumentos que juntan sus melodías al unísono formando una sola.

Los esposos, al renunciar a sus recíprocos derechos por un móvil más elevado, no destruyen la esencia del matrimonio, pues como dice san Agustín, “la base de un matrimonio de amor es la unión de los corazones”.

Esto nos lleva a una pregunta: ¿Por qué fue necesario el matrimonio habiendo hecho voto de virginidad la Virgen y san José?

El matrimonio era necesario a pesar del voto de virginidad para preservar a la Virgen de cualquier sospecha mientras no le llegase el tiempo de revelar el misterio del nacimiento de Jesús.

Se consideró, en efecto, que Nuestro Señor fuera hijo de san José. De este modo, no quedó expuesto al sarcasmo del pueblo el nacimiento de Cristo y no sirvió de escándalo para los débiles en la fe.

De esta manera, además, pudo tener en José un testigo la pureza de María.

Pero todo privilegio de la gracia debe tener su correspondencia, y María y José hubieron de pagarlo con su mayor dolor.

El Ángel no había dicho a la Virgen que revelase la obra del Espíritu Santo que se había realizado en ella, y por eso se calló María. San José, al no poderse explicar el fenómeno, pensó repudiarla.

Una vez hizo la Virgen la siguiente revelación a un santo: “Nunca experimenté una angustia tan intensa, con excepción de la del Gólgota, como la que sentí al tener que desagradar, mal de mi gusto, a José, que era un hombre justo”.

San José sufría al no poder comprender lo sucedido: sabía que María, lo mismo que él, había hecho el voto de virginidad, y por eso la consideraba fuera de toda sospecha y no se atrevía ni a pensar que tuviese culpa alguna. ¿Cómo debería explicárselo entonces?

La sorpresa del casto José era comparable a la de la Virgen María cuando en el momento de la Anunciación hubo de preguntar: “¿Cómo puede suceder eso si no conozco a hombre alguno?” María deseaba saber cómo podría ser virgen y madre a un mismo tiempo, y san José no sabía cómo podría ser virgen y padre.

Y el Ángel del Señor explicó a ambos que solamente Dios tenía poder para hacer semejante cosa, y no la ciencia humana. Solamente pueden penetrar en estos misterios los que entienden la voz de los ángeles.

Como quiera que san José quería repudiar secretamente a la Virgen, el Ángel le corrió el velo del misterio: efectivamente, tan pronto como tal pensamiento se afianzó en la mente del santo, un ángel se le apareció en sueños y le dijo: “José, hijo de David, no temas de vivir con tu esposa, María, porque lo nacido en ella es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, al que le pondrás por nombre Jesús. Él liberará a su pueblo de los pecados” (San Mateo 1, 20-21).

De este modo, conociendo las razones del nacimiento de Jesús, pudo san José volver a encontrar la paz. Su alma se llenó de felicidad al tener noticia de que sería el padre putativo del Salvador del mundo y guardián protector de la Madre de aquel a quien no pueden contener los cielos.

Vayamos ahora a la segunda pregunta: ¿Era san José viejo o joven?

La mayor parte de las esculturas y de los cuadros nos presentan un san José viejo, con una larga barba canosa. No existe, desde luego, ningún dato histórico que nos indique su edad.

Si buscamos las razones por las que el arte nos lo representa viejo, descubrimos que se da ese aspecto por entenderse que es el que más se dice con su papel de custodio de la virginidad de María.

Sin embargo, notamos que el arte ha hecho de san José un esposo puro y casto más por edad que por virtud.

Eso se parece al creer que la mejor manera de representar a un hombre honrado, incapaz de robar, sería pintarlo sin manos.

Ante todo, se olvida que en los viejos pueden arder los mismos malos deseos que en los jóvenes. Tenemos un ejemplo en el caso de Susana, pues viejos eran los que la tentaron en el jardín.

Al representar tan viejo a san José, hasta se da un mérito a la edad de un hombre y no a su virtud.

Juzgar a san José puro, por ser viejo, es como querer ensalzar a un torrente de montaña, carente de agua.

Parece, además, lógico pensar que Nuestro Señor prefiriese escoger para padre putativo a un hombre que sabía y quería sacrificarse, y no a uno que se veía obligado a ello.

¿Es, además, presumible que Dios quisiese dar a un viejo por compañero a una jovencita? Si el Señor no tuvo a menos confiar, desde la Cruz, su madre a un joven como san Juan, ¿por qué había de ligarla a un viejo desde el alborear de la vida?

El amor de la mujer determina al del hombre.

La mujer es educadora silenciosa de la virilidad de su esposo. Siendo María el símbolo de la virginidad y la sublime inspiradora de la pureza para todos, ¿por qué no habría de emplear esa su fascinación de maravilla con su José, el justo?

La Virgen conquistó el corazón de su joven esposo, no con la disminución del amor, sino sublimándolo.

A mi parecer, por tanto, san José debió de ser, al casarse con la Virgen, un hombre joven, fuerte, viril, atlético, bien parecido y casto; un prototipo del hombre que puede verse hoy en una pradera apacentando un rebaño o piloteando un avión, o en el taller de un carpintero.

Y no un impotente, sino, por el contrario, rebosante de vigor varonil; no un fruto secado, sino una flor lozana y llena de promesa; no en el ocaso de la vida, sino en el amanecer, derrochando energía, fuerza y pasión.

¡Cómo se agigantan las figuras de la Virgen y de san José cuando, deteniéndonos en el examen de su vida, descubrimos en ella el Primer Poema de Amor!

El corazón humano no se conmueve ante el amor de un viejo por una joven; pero ¿cómo no admirarse profundamente del amor de dos jóvenes unidos por un vínculo divino?

María y José eran ambos jóvenes, muy bien parecidos y llenos de promesas.

Dios siente predilección, por las impetuosas cataratas y por las turbulentas cascadas, pero estoy seguro de que las prefiere cuando, con la energía desarrollada por ellas, se alumbran las ciudades y con sus aguas se aplaca la sed de un niño, a cuando con su ímpetu tronchan las flores brotadas en la orilla.

En María y José no encontramos una cascada de aguas puras y encauzadas ni un lago desecado, sino dos jóvenes que antes de conocer la hermosura de una y la potente fuerza del otro, renuncian a su disfrute para darse por entero a la “pasión sin pasión” y a la “impetuosa calma” de Jesús.

María y José llevaron a su boda no sólo su voto de virginidad, sino también dos corazones llenos de un gran amor, más grande que cualquier otro amor que corazón humano haya podido nunca contener.

Ninguna pareja de casados se ha querido nunca tanto.

Puedo preguntarles a los que son casados: “¿A qué aspiran después de haberse amado? Al Infinito, a un eterno éxtasis sin fin. Pero no se puede probar en su plenitud porque el Infinito al que aspira su alma está aprisionado por el cuerpo.

Este les obstaculiza la progresión hacia Dios, al que se tiende.

Pero si hoy no les hace gustar una delicia infinita el acto de amor, les será dado gozar de ella en el cielo.

En el cielo no será necesaria la unión de los cuerpos porque su amor será infinito.

He aquí por qué ha dicho Dios que en el cielo no existirán matrimonios. No serán necesarias las apariencias porque tendremos la sustancia.

¿Nos afanaríamos por un rayo de sol reflejado por un espejo pudiendo gozarlo directamente? Pues bien: María y José ya probaron la dicha sin igual que es la posesión del amor eterno del cielo, sin ansiedades, al que tiende vuestro matrimonio en Cristo.

Ustedes los casados tienen ahora necesidad de la unión material porque no poseen la realidad de Dios. Como la Virgen y san José poseían a Jesús, ya no deseaban nada más.

Se tiene necesidad de la comunión física para comprender la unión de Cristo con su Iglesia.

Ellos no tenían esa necesidad porque poseían a la Divinidad.

Como dijo León XIII de modo admirable: “Su matrimonio fue consumado con Jesús”. Ustedes se unen con los cuerpos. María y José se unieron con Jesús.

¿Para qué querían afanarse tras los efímeros goces de la carne, cuando en su amor estaba la Luz del mundo?

En realidad de verdad, Jesús es la voluptuosidad de los corazones, por lo que estando Él presente, todo lo demás sobra.

Del mismo modo que marido y mujer se olvidan de sí mismos al contemplar ambos al hijito recién nacido recostadito en su cuna, así también María y José no pensaron más que en Jesús.

Amor más profundo, ni lo ha habido ni lo habrá ya nunca en esta tierra.

La Virgen y san José no llegaron a Dios a través de su amor recíproco, sino que gustaron del grande y puro amor del uno para el otro después de haberse dirigido antes a Jesús.

José renunció a la paternidad de la sangre, pero la encontró en el espíritu, porque fue padre putativo de Jesús. La Virgen renunció a la maternidad y la encontró en su propia virginidad.

La Virgen María fue como el jardín cerrado en el que sólo penetró la Luz del mundo, que no rompió nada para entrar, de la misma manera que la luz solar atraviesa los cristales y entra en una habitación.

Dedico esta transmisión a los que están casados cristianamente y a todos los que un día serán admitidos en el gran misterio del amor.

Que el ejemplo de María y José les sirva para hacerles comprender que el mayor error de una pareja matrimonial es creer que para el casamiento sólo se precisan dos personas: él y ella.

¡No! Se necesitan tres: él, ella y Dios.

¿Me permiten ustedes, marido, mujer e hijos, que les pida que recen juntos en familia, como homenaje al perfecto amor de la Sagrada Familia, un Rosario todas las noches?

Todas las parejas que he unido en matrimonio podrán atestiguar que mi recomendación de siempre ha sido ésta: recen juntos.

La oración de una familia reunida es más grata a Dios que la hecha por separado, porque la familia representa la unidad de la sociedad.

El cristianismo es la única religión que tiene un carácter familiar, porque tiene su origen en una Madre y un Hijo.

Mientras recen todas las noches el santo Rosario en familia, la Virgen les revelará el secreto del Amor y tal vez susurren el uno al otro: “Te quiero, pero no según mi voluntad, sino conforme a la de Dios.”

Si en su cariño solo buscan el amor terreno, no encontrarán nada, pero si a través de él buscan a Dios, entonces lo tendrán todo, porque, lo repito, para que haya amor verdadero, se necesitan tres: él, ella y Dios.

¡Por el amor de Jesús!”

Por Fulton Sheen

¿Por qué no hubo sexo entre María y José?

 


¿Era san José un anciano o un esposo sin vigor?

diciembre 20, 2018

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En el portal de Belén haya un san José joven, vestido como un israelita, con cara serena y rostro amable.

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¿Era san José un anciano o un esposo sin vigor?

Eso no lo dice el Evangelio, más bien se deduce todo lo contrario

Por Salvador Aragonés

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Estos días las familias preparan la Navidad, y con ella también un Belén con figuritas de pastores, de mujeres que llevan presentes al Niño Jesús que acaba de nacer.

Y también ponen en una cueva las figuras de Jesús, María y José, junto a un buey y un asno. Cerca de la cueva están los tres Reyes Magos que esperan su día para adorar al Niño Dios.

En el Belén o Pesebre lo más importante es el Nacimiento. Hay una multiplicidad de imágenes sobre el portal de Belén, todas con Jesús, María y José.

Esta vez nos vamos a fijar en la imagen de san José. ¿Era José de Nazaret un anciano? ¿Era José de Nazaret un esposo sin vigor? ¿Cómo era san José?

José era un “hombre justo” (Mt, 1, 19), es decir santo, un carpintero que amaba con todo su corazón a una muchacha bella no solo por fuera, sino sobre todo por dentro, porque había nacido sin pecado original (Inmaculada). Conocía tanto la bondad de María que no la quería repudiar.

La imagen de José de Nazaret ha sido presentada a lo largo de los 2.000 años de historia del cristianismo de manera diversa.

Si analizamos los textos de la Escritura, especialmente el comienzo de los evangelios de Mateo y Lucas, no hay ningún signo que indique que José de Nazaret era un hombre entrado en años.

¿Por qué? Por dos razones principales.

La primera: María de Nazaret, una jovencita “llena de gracia” (Lc, 1, 28), no podía enamorarse de un anciano, o un hombre ya entrado en años, mucho mayor que ella. Sería como eclipsar el sentido de la belleza del corazón de la Virgen María.

La segunda: si José -elegido por Dios para cuidar a la Virgen y al hijo de Dios- hubiera sido un anciano, ¿cómo podría haber viajado con la Virgen -encinta del último mes- de Nazaret a Belén? Y después viajar a Egipto y vuelta a Israel y trabajar de carpintero… ¿Hubiera elegido Dios a un anciano?

Entonces ¿cómo pudo mantener su castidad siendo joven? Dios, a través de su Ángel, le anunció a José la virginidad de María y lo eligió esposo de una Virgen y custodio del Hijo de Dios.

O sea que Dios le dio la gracia para llevar a cabo su misión de cuidar tanto del Niño como de su madre con su virginidad. Cuando el amor es tan profundo, la virtud de la castidad supera cualquier obstáculo.

En no pocos pesebres José de Nazaret aparece con rostro envejecido, incluso con barba blanca y calvo.

Esta figura de san José se adueñó de la imaginería religiosa de la Edad Media y Moderna porque creyeron que así se resaltaba la virginidad de María.

En los tiempos actuales, los artistas esculpen, dibujan o representan a san José con barba poblada negra o de color castaño, con todo el pelo de un hombre joven y con un cuerpo bien compuesto, sin curvaturas.

Este es el San José bíblico, el padre del Hijo de Dios según la Ley. Ya no son los tiempos en que para las representaciones teatrales del Nacimiento de Jesús se eligiera al anciano del pueblo para el papel de san José.

Así, pues, en el portal moderno de Belén haya un san José joven, vestido como un israelita, con cara serena y rostro amable.


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