Maná y Vivencias Cuaresmales (16), 16.3.17

marzo 16, 2017

Jueves de la 2ª semana de Cuaresma

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Como árbol plantado al borde de la acequia



Antífona de entrada: Salmo 138, 23-24

Ponme a prueba, Dios mío, y conocerás mi corazón; mira si es que voy por mal camino y condúceme tú por el camino recto.


Oración colecta

Señor, tú que amas la inocencia y la devuelves a quien la ha perdido, atrae hacia ti nuestros corazones y abrásalos con el fuego de tu Espíritu, para que permanezcamos firmes en la fe y eficaces en el bien obrar. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: Jeremías 17, 5-10

Así dice el Señor: «Maldito quien confía en el hombre, y en la carne busca su fuerza, apartando su corazón del Señor. Será como un cardo en la estepa, no verá llegar el bien; habitará la aridez del desierto, tierra salobre e inhóspita.

Bendito quien confía en el Señor y pone en el Señor su confianza. Será un árbol plantado junto al agua, que junto a la corriente echa raíces; cuando llegue el estío no lo sentirá, su hoja estará verde; en año de sequía no se inquieta, no deja de dar fruto.

Nada más falso y enfermo que el corazón: ¿quién lo entenderá? Yo, el Señor, penetro el corazón, sondeo las entrañas, para dar al hombre según su conducta, según el fruto de sus acciones.»


SALMO 1, 1-2.3.4.6

Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor.

Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los impíos, ni entra por la senda de los pecadores, ni se sienta en la reunión de los cínicos; sino que su gozo es la ley del Señor, y medita su ley día y noche.

Será como un árbol plantado al borde de la acequia: da fruto en su sazón y no se marchitan sus hojas; y cuanto emprende tiene buen fin.

No así los impíos, no así; serán paja que arrebata el viento. Porque el Señor protege el camino de los justos, pero el camino de los impíos acaba mal.


Aclamación antes del Evangelio: Lucas 8, 15

Dichosos los que cumplen la palabra del Señor con un corazón bueno y sincero, y perseveran hasta dar fruto.


EVANGELIO: Lucas 16, 19-31

En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos: «Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba espléndidamente cada día. Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que tiraban de la mesa del rico. Y hasta los perros se le acercaban a lamerle la llagas.

Sucedió que se murió el mendigo, y los ángeles lo llevaron al seno de Abrahán. Se murió también el rico, y lo enterraron.

Y, estando en el infierno, en medio de los tormentos, levantando los ojos, vio de lejos a Abrahán, y a Lázaro en su seno, y gritó: “Padre Abrahán, ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas.” Pero Abrahán le contestó: “Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tú padeces.

Y además, entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso, para que no puedan cruzar, aunque quieran, desde aquí hacia vosotros, ni puedan pasar de ahí hasta nosotros.”

El rico insistió: “Te ruego, entonces, padre, que mandes a Lázaro a casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que, con su testimonio, evites que vengan también ellos a este lugar de tormento.” Abrahán le dice: “Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen.” El rico contestó: “No, padre Abrahán. Pero si un muerto va a verlos, se arrepentirán.”

Abrahán le dijo: “Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto.”»

Antífona de comunión: Salmo 118, 1

Dichoso el que, con vida intachable, hace la voluntad del Señor.

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VIVENCIAS CUARESMALES

Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor

Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor



16. JUEVES

SEGUNDA SEMANA DE CUARESMA


TEMA: Al final, habrá un juicio definitivo, inapelable… y será el de Dios. ¿Lo sabemos, nos interesa recordarlo?

En este mundo, los hombres suelen ir por dos caminos bien diferentes, contrapuestos: el bien y el mal; Lázaro y el Epulón. ¿Por cuál estás tú transitando? Atrévete a reconocerlo. Estás a tiempo…

El camino de la Cuaresma es un camino de rectificación: el creyente se deja interpelar por Dios, y valientemente se somete a una revisión profunda de los fundamentos de su fe y de su práctica religiosa.

Por eso asume decididamente la oración del salmista en la antífona de entrada de la misa de hoy: Señor, sondéame y conoce mi corazón, ponme a prueba y conoce mis sentimientos, mira si mi camino se desvía, guíame por el camino recto (Salmo 138).

Pero sabiendo que somos arcos falsos que podemos ceder en cualquier momento a la mentira, a la cobardía, a la autojustificación, rezamos en la Oración colecta: Atrae hacia ti nuestros corazones y abrásalos en el fuego de tu Espíritu, para que permanezcamos firmes en la fe y eficaces en el bien obrar.

No es fácil conseguir lo que se pide; en realidad, es imposible para nosotros, pero posible para Dios y su acción misericordiosa, en especial durante el tiempo cuaresmal.

La verdad de Dios es pura y total. En Dios no hay sombra de oscuridad, por eso cuestiona constantemente nuestra vida tejida de luces y de sombras.

Cuestiona y afronta crudamente nuestras convicciones. Así habla Yahvé: “Maldito el hombre que confía en otro hombre, que busca su apoyo en un mortal y aparta su corazón de Yahvé”.

Texto bíblico: Jeremías 17, 5-10. “Maldito el hombre que confía en otro hombre y busca en él su apoyo”.

Podrá parecernos durísimo e inhumano ese término “maldito”, impropio de un Dios Padre, tierno y paciente. Maldito, “desdichado”: porque se perdería para siempre.

No se puede andar con ambigüedades y rodeos en esta verdad fundamental: Sólo Dios es la medida del hombre. Éste no puede contentarse con menos; pues negaría la sabiduría y la bondad infinita de Dios.

“Nos hiciste, Señor, para ti”, confiesa agradecido san Agustín. Porque así, Señor, te pareció bien, para alabanza de tu gloria. Sería gravísimo negar a Dios en su misma esencia, relativizar lo divino, lo único absoluto: su santidad, bondad, sabiduría y generosidad.

Sin embargo, se comprende este atrevimiento del ser humano, porque nada hay tan enfermo y voluble como el corazón del hombre. ¿Quién lo entenderá? Pero Dios sí lo entiende, porque él lo ha creado; su Espíritu penetra hasta el espíritu del hombre, hasta lo más íntimo del hombre.

Por eso lee y saborea de forma sosegada la oración del salmista: “Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor. Será como un árbol plantado al borde de la acequia: da fruto en su sazón, no se marchitan sus hojas. Cuanto emprende tiene buen fin” (Salmo 1, 1-2-3-4-y 6).

Dios, que desea nuestro mayor bien, quiere ahorrarnos sufrimientos inútiles y amargas decepciones y nos manda descansar sólo en él. Él es nuestra roca y fundamento esencial y existencial: y en él, todo lo demás; y sin él, nada.

Dice el Evangelio que Jesús no se fiaba de nadie, de ninguno de aquellos que le querían hacer rey, porque él sabía lo que hay dentro de cada uno.

Y no lo hace de manera despectiva, pues él sabe valorar al hombre como nadie, pero no se fiaba, no se dormía en los laureles, en las alabanzas del hombre; el hombre, no sólo por su volubilidad, sino sobre todo por su fragilidad creatural, no puede proporcionar la felicidad total de nadie. Eso pertenece al Creador.

Evangelio, por lo demás elocuente, el del rico Epulón y el pobre Lázaro, tomado de Lucas 16, 19-31. El rico -que no tiene nombre en el evangelio: por tanto, un ser vacío, sin misión ni sentido, como animal de engorde- encarna la ignorancia culpable del hombre y la vaciedad de la autosuficiencia.

En la tierra caben las mayores perversiones e injusticias, las más crueles tiranías y opresiones pero un día la tortilla se volteará: Tú recibiste bienes, y ahora sufres; él recibió males, justo es que él ahora goce porque permaneció fiel.

Estas palabras, lamentablemente, son actuales, pues muchos contemporáneos nuestros no reconocen sus raíces religiosas y cristianas.

La mayor pobreza del hombre actual consiste en pretender negar sus propios orígenes y tratar de vivir como si Dios no existiera, como ni no tuviera ni principio ni fin.

Un hombre sin vocación, no vocacionado. Es decir, un hombre a quien nadie ha llamado a la vida y a la fe, cuyo nombre nadie ha pronunciado.

¿Será el hombre fruto del azar, un estorbo para los demás, y sus afanes existenciales una pasión inútil?

Otra lección de esta parábola: cada uno responderá por sí mismo, nadie podrá suplantar a nadie. Nadie puede responder por otro: el encuentro con Dios es personal. Cada uno tiene que “mojarse” y dar el paso de la fe sin exigir a Dios excesivas pruebas de su llamada.

Pues si no se convierten con los medios ordinarios, ni aunque resucite un muerto se convertirán. No hay milagros que puedan forzar la libertad del hombre. Aparte de que el amor forzado no vale, no sirve.

Sólo creerá el que, de verdad, quiera creer. El que tenga oídos, que oiga.

Otra verdad: lo que se hizo, hecho está: con la muerte se acabó la hora de cambiar o de corregir; se pasó la oportunidad; las respuestas que se dan al rico indican que se vive sólo una sola vez, no hay reencarnación que valga.

¿No será esa pretendida segunda oportunidad una veleidad gratuita? Somos, o no somos; si somos, valemos; si no valemos, ¿para qué repetir la experiencia de una inutilidad mediante una reencarnación? ¿Quién nos aseguraría que a la segunda acertaríamos?

A veces nos admira la destreza y terquedad del hombre en buscar subterfugios para esconderse de Dios, para rechazar el camino recto y reinventar caminos torcidos y rodeos.

Pero nadie está libre, ojo. Busquemos la sencillez de los niños. De los que son como ellos es el Reino de los cielos.

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De las homilías de san Basilio Magno

El que se gloríe, que se gloríe en el Señor

No se gloríe el sabio de su sabiduría, no se gloríe el fuerte de su fortaleza, no se gloríe el rico de su riqueza. Entonces, ¿en qué puede gloriarse con verdad el hombre? ¿Dónde halla su grandeza? Quien se gloría -continúa el texto sagrado-, que se gloríe de esto: de conocerme y comprender que soy el Señor.

En esto consiste la sublimidad del hombre, su gloria y su dignidad: en conocer dónde se halla la verdadera grandeza y adherirse a ella con todas sus fuerzas; en buscar la gloria que procede del Señor de la gloria.

Dice, en efecto, el Apóstol: El que se gloríe, que se gloríe en el Señor, afirmación que se halla en aquel texto: Cristo, que Dios ha hecho para nosotros sabiduría, justicia, santificación y redención; y así, como dice la Escritura: “El que se gloríe, que se gloríe en el Señor”.

Por tanto, lo que hemos de hacer para gloriarnos de un modo perfecto e irreprochable en el Señor es no enorgullecernos de nuestra propia justicia, sino reconocer que en verdad carecemos de ella y que lo único que nos justifica es la fe en Cristo.

En esto precisamente se gloría Pablo, en despreciar su propia justicia y en buscar la que se obtiene por la fe y que procede de Dios, para así tener íntima experiencia de Cristo, del poder de su resurrección y de la comunión en sus padecimientos, muriendo su misma muerte, con la esperanza de alcanzar la resurrección de entre los muertos.

Así caen por tierra toda altivez y orgullo. El único motivo que te queda para gloriarte, oh hombre, y el único motivo de esperanza consiste en hacer morir todo lo tuyo y buscar la vida futura en Cristo; de esta vida poseemos ya las primicias, es algo ya incoado en nosotros, puesto que vivimos en la gracia y en el don de Dios.

Y, es el mismo Dios quien activa en nosotros el querer y la actividad para realizar su designio de amor. Y es Dios también el que, por su Espíritu, nos revela su sabiduría, la que de antemano destinó para nuestra gloria. Dios nos da fuerzas y resistencia en nuestros trabajos. He trabajado más que todos, dice Pablo; aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios conmigo.

Dios saca del peligro más allá de toda esperanza humana. En nuestro interior, dice también el Apóstol, dimos por descontada la sentencia de muerte; así aprendimos a no confiar en nosotros, sino en Dios que resucita a los muertos.

Él nos salvó y nos salva de esas muertes terribles, en él está nuestra esperanza, y nos seguirá salvando (Homilía 20, sobre la humildad, 3: PG 31, 530-531).

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El maná de cada día, 11.1.17

enero 11, 2017

Miércoles de la 1ª semana del Tiempo Ordinario

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curación de la suegra de pedro

Se le pasó la fiebre y se puso a servirles



PRIMERA LECTURA: Hebreos 2, 14-18

Los hijos de una familia son todos de la misma carne y sangre, y de nuestra carne y sangre participó también Jesús; así, muriendo, aniquiló al que tenía el poder de la muerte, es decir, al diablo, y liberó a todos los que por miedo a la muerte pasaban la vida entera como esclavos.

Notad que tiende una mano a los hijos de Abrahán, no a los ángeles. Por eso tenia que parecerse en todo a sus hermanos, para ser sumo sacerdote compasivo y fiel en lo que a Dios se refiere, y expiar así los pecados del pueblo. Como él ha pasado por la prueba del dolor, puede auxiliar a los que ahora pasan por ella.


SALMO 104, 1-2.3-4.6-7.8-9

El Señor se acuerda de su alianza eternamente.

Dad gracias al Señor, invocad su nombre, dad a conocer sus hazañas a los pueblos. Cantadle al son de instrumentos, hablad de sus maravillas.

Gloriaos de su nombre santo, que se alegren los que buscan al Señor. Recurrid al Señor y a su poder, buscad continuamente su rostro.

¡Estirpe de Abrahán, su siervo; hijos de Jacob, su elegido! El Señor es nuestro Dios, él gobierna toda la tierra.

Se acuerda de su alianza eternamente, de la palabra dada, por mil generaciones; de la alianza sellada con Abrahán, del juramento hecho a Isaac.


Aclamación antes del Evangelio: Juan 10, 27

Mis ovejas escuchan mi voz -dice el Señor-, y yo las conozco, y ellas me siguen.


EVANGELIO: Marcos 1, 29-39

En aquel tiempo, al salir Jesús de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, y se lo dijeron. Jesús se acercó, la cogió de la mano y la levantó. Se le pasó la fiebre y se puso a servirles.

Al anochecer, cuando se puso el sol, le llevaron todos los enfermos y endemoniados. La población entera se agolpaba a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios; y como los demonios lo conocían, no les permitía hablar.

Se levantó de madrugada, se marchó al descampado y allí se puso a orar.

Simón y sus compañeros fueron y, al encontrarlo, le dijeron: «Todo el mundo te busca.»

Él les respondió: «Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he salido.»
Así recorrió toda Galilea, predicando en las sinagogas y expulsando los demonios.


El siguiente texto es parte de la homilía de S.S. Benedicto XVI en la parroquia Santa Ana, Roma, el domingo 5 de febrero de 2006

El evangelio que acabamos de escuchar comienza con un episodio muy simpático, muy hermoso, pero también lleno de significado. El Señor va a casa de Simón Pedro y Andrés, y encuentra enferma con fiebre a la suegra de Pedro; la toma de la mano, la levanta y la mujer se cura y se pone a servir. En este episodio aparece simbólicamente toda la misión de Jesús.

Jesús, viniendo del Padre, llega a la casa de la humanidad, a nuestra tierra, y encuentra una humanidad enferma, enferma de fiebre, de la fiebre de las ideologías, las idolatrías, el olvido de Dios.

El Señor nos da su mano, nos levanta y nos cura. Y lo hace en todos los siglos; nos toma de la mano con su palabra, y así disipa la niebla de las ideologías, de las idolatrías. Nos toma de la mano en los sacramentos, nos cura de la fiebre de nuestras pasiones y de nuestros pecados mediante la absolución en el sacramento de la Reconciliación. Nos da la capacidad de levantarnos, de estar de pie delante de Dios y delante de los hombres. Y precisamente con este contenido de la liturgia dominical el Señor se encuentra con nosotros, nos toma de la mano, nos levanta y nos cura siempre de nuevo con el don de su palabra, con el don de sí mismo.

Pero también la segunda parte de este episodio es importante; esta mujer, recién curada, se pone a servirlos, dice el evangelio. Inmediatamente comienza a trabajar, a estar a disposición de los demás, y así se convierte en representación de tantas buenas mujeres, madres, abuelas, mujeres de diversas profesiones, que están disponibles, se levantan y sirven, y son el alma de la familia, el alma de la parroquia.

Como se ve en el cuadro pintado sobre el altar, no sólo prestan servicios exteriores. Santa Ana introduce a su gran hija, la Virgen, en las sagradas Escrituras, en la esperanza de Israel, en la que ella sería precisamente el lugar del cumplimiento.

Las mujeres son también las primeras portadoras de la palabra de Dios del evangelio, son verdaderas evangelistas. Y me parece que este episodio del evangelio, aparentemente tan modesto, precisamente aquí, en la iglesia de Santa Ana, nos brinda la ocasión de expresar sinceramente nuestra gratitud a todas las mujeres que animan esta parroquia, a las mujeres que sirven en todas las dimensiones, que nos ayudan siempre de nuevo a conocer la palabra de Dios, no sólo con el intelecto, sino también con el corazón.

Volvamos al evangelio:  Jesús duerme en casa de Pedro, pero a primeras horas de la mañana, cuando todavía reina la oscuridad, se levanta, sale, busca un lugar desierto y se pone a orar.

Aquí aparece el verdadero centro del misterio de Jesús. Jesús está en coloquio con el Padre y eleva su alma humana en comunión con la persona del Hijo, de modo que la humanidad del Hijo, unida a él, habla en el diálogo trinitario con el Padre; y así hace posible también para nosotros la verdadera oración.

En la liturgia, Jesús ora con nosotros, nosotros oramos con Jesús, y así entramos en contacto real con Dios, entramos en el misterio del amor eterno de la santísima Trinidad.

Jesús habla con el Padre; esta es la fuente y el centro de todas las actividades de Jesús; vemos cómo su predicación, las curaciones, los milagros y, por último, la Pasión salen de este centro, de su ser con el Padre.

Y así este evangelio nos enseña el centro de la fe y de nuestra vida, es decir, la primacía de Dios. Donde no hay Dios, tampoco se respeta al hombre. Sólo si el esplendor de Dios se refleja en el rostro del hombre, el hombre, imagen de Dios, está protegido con una dignidad que luego nadie puede violar.

La primacía de Dios. Las tres primeras peticiones del “Padre nuestro” se refieren precisamente a esta primacía de Dios:  pedimos que sea santificado el nombre de Dios; que el respeto del misterio divino sea vivo y anime toda nuestra vida; que “venga el reino de Dios” y “se haga su voluntad” son las dos caras diferentes de la misma medalla; donde se hace la voluntad de Dios, es ya el cielo, comienza también en la tierra algo del cielo, y donde se hace la voluntad de Dios está presente el reino de Dios; porque el reino de Dios no es una serie de cosas; el reino de Dios es la presencia de Dios, la unión del hombre con Dios. Y Dios quiere guiarnos a este objetivo.

El centro de su anuncio es el reino de Dios, o sea, Dios como fuente y centro de nuestra vida, y nos dice: sólo Dios es la redención del hombre. Y la historia del siglo pasado nos muestra cómo en los Estados donde se suprimió a Dios, no sólo se destruyó la economía, sino que se destruyeron sobre todo las almas. Las destrucciones morales, las destrucciones de la dignidad del hombre son las destrucciones fundamentales, y la renovación sólo puede venir de la vuelta a Dios, o sea, del reconocimiento de la centralidad de Dios.

En estos días, un obispo del Congo en visita ad limina me dijo: los europeos nos dan generosamente muchas cosas para el desarrollo, pero no quieren ayudarnos en la pastoral; parece que consideran inútil la pastoral, creen que sólo importa el desarrollo técnico-material. Pero es verdad lo contrario —dijo—, donde no hay palabra de Dios el desarrollo no funciona, y no da resultados positivos. Sólo si hay antes palabra de Dios, sólo si el hombre se reconcilia con Dios, también las cosas materiales pueden ir bien.

El texto evangélico, con su continuación, confirma esto con fuerza. Los Apóstoles dicen a Jesús: vuelve, todos te buscan. Y él dice: no, debo ir a las otras aldeas para anunciar a Dios y expulsar los demonios, las fuerzas del mal; para eso he venido.

Jesús no vino —el texto griego dice: “salí del Padre”— para traer las comodidades de la vida, sino para traer la condición fundamental de nuestra dignidad, para traernos el anuncio de Dios, la presencia de Dios, y para vencer así a las fuerzas del mal.

Con gran claridad nos indica esta prioridad: no he venido para curar —aunque lo hago, pero como signo—; he venido para reconciliaros con Dios. Dios es nuestro creador, Dios nos ha dado la vida, nuestra dignidad: a él, sobre todo, debemos dirigirnos.

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El maná de cada día, 28.11.16

noviembre 28, 2016

Lunes de la 1ª semana de Adviento
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Venid, subamos al monte del Señor



Antífona de entrada: Jr 31, 10; Is 35, 4

Escuchad, pueblos, la palabra del Señor, anunciadla en los confines de la tierra: Mirad a nuestro Salvador que viene: no temáis.


Oración colecta

Concédenos, Señor Dios nuestro, permanecer alertas a la venida de tu Hijo, para que, cuando llegue y llame a la puerta, nos encuentre en vela y orando. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: Isaías 2, 1-5

Visión de Isaías, hijo de Amós, acerca de Judá y de Jerusalén: Al final de los días estará firme el monte de la casa del Señor en la cima de los montes, encumbrado sobre las montañas. Hacia él confluirán los gentiles, caminarán pueblos numerosos.

Dirán: «Venid, subamos al monte del Señor, a la casa del Dios de Jacob: él nos instruirá en sus caminos y marcharemos por sus sendas; porque de Sión saldrá la ley, de Jerusalén, la palabra del Señor.»

Será el árbitro de las naciones, el juez de pueblos numerosos. De las espadas forjarán arados, de las lanzas, podaderas. No alzará la espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la guerra. Casa de Jacob, ven, caminemos a la luz del Señor.


SALMO 121, 1-2.4-5.6-7.8-9

Vamos alegres a la casa del Señor.

¡Qué alegría cuando me dijeron: «Vamos a la casa del Señor»! Ya están pisando nuestros pies tus umbrales, Jerusalén.

Allá suben las tribus, las tribus del Señor, según la costumbre de Israel, a celebrar el nombre del Señor; en ella están los tribunales de justicia, en el palacio de David.

Desead la paz a Jerusalén: «Vivan seguros los que te aman, haya paz dentro de tus muros, seguridad en tus palacios.»

Por mis hermanos y compañeros, voy a decir: «La paz contigo.» Por la casa del Señor, nuestro Dios, te deseo todo bien.


Aclamación antes del Evangelio: Sal 79, 4

Ven a librarnos, Señor, Dios nuestro, que brille tu rostro y nos salve.


EVANGELIO: Mateo 8, 5-11

En aquel tiempo, al entrar Jesús en Cafarnaún, un centurión se le acercó rogándole: «Señor, tengo en casa un criado que está en cama paralítico y sufre mucho.»

Jesús le contestó: «Voy yo a curarlo.»

Pero el centurión le replicó: «Señor, no soy quién para que entres bajo mi techo. Basta que lo digas de palabra, y mi criado quedará sano. Porque yo también vivo bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes; y le digo a uno: “Ve”, y va; al otro: “Ven”, y viene; a mi criado: “Haz esto”, y lo hace.»

Al oírlo, Jesús quedó admirado y dijo a los que le seguían: «Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe. Os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los cielos.»


Antífona de la comunión: Sal 106, 4-5; Is 38, 3

Ven, Señor; visítanos con tu paz, y nos alegraremos en tu presencia de todo corazón.
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SOBRE EL TIEMPO DE ADVIENTO

De las cartas pastorales de San Carlos Borromeo, obispo

Ha llegado, amadísimos hermanos, aquel tiempo tan importante y solemne, que, como dice el Espíritu Santo, es tiempo favorable, día de la salvación, de la paz y de la reconciliación; el tiempo que tan ardientemente desearon los patriarcas y profetas y que fue objeto de tantos suspiros y anhelos; el tiempo que Simeón vio lleno de alegría, que la Iglesia celebra solemnemente y que también nosotros debemos vivir en todo momento con fervor, alabando y dando gracias al Padre eterno por la misericordia que en este misterio nos ha manifestado.

El Padre, por su inmenso amor hacia nosotros, pecadores, nos envió a su Hijo único, para librarnos de la tiranía y del poder del demonio, invitarnos al cielo e introducirnos en lo más profundo de los misterios de su reino, manifestarnos la verdad, enseñarnos la honestidad de costumbres, comunicarnos el germen de las virtudes, enriquecernos con los tesoros de su gracia y hacernos sus hijos adoptivos y herederos de la vida eterna.

La Iglesia celebra cada año el misterio de este amor tan grande hacia nosotros, exhortándonos a tenerlo siempre presente. A la vez nos enseña que la venida de Cristo no sólo aprovechó a los que vivían en el tiempo del Salvador, sino que su eficacia continúa, y aún hoy se nos comunica si queremos recibir, mediante la fe y los sacramentos, la gracia que él nos prometió, y si ordenamos nuestra conducta conforme a sus mandamientos.

La Iglesia desea vivamente hacernos comprender que así como Cristo vino una vez al mundo en la carne, de la misma manera está dispuesto a volver en cualquier momento, para habitar espiritualmente en nuestra alma con la abundancia de sus gracias, si nosotros, por nuestra parte, quitamos todo obstáculo.

Por eso, durante este tiempo, la Iglesia, como madre amantísima y celosísima de nuestra salvación, nos enseña, a través de himnos, cánticos y otras palabras del Espíritu Santo y de diversos ritos, a recibir convenientemente y con un corazón agradecido este beneficio tan grande, a enriquecernos con su fruto y a preparar nuestra alma para la venida de nuestro Señor Jesucristo con tanta solicitud como si hubiera él de venir nuevamente al mundo.

No de otra manera nos lo enseñaron con sus palabras y ejemplos los patriarcas del antiguo Testamento para que en ello los imitáramos.
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El maná de cada día, 27.11.16

noviembre 26, 2016

Domingo I de Adviento, comienzo del Ciclo A

 

Al final de la entrada, una nota sobre la Corona de Adviento, orígenes, simbolismo y oraciones para cada domingo.

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Corona de Adviento. Primer domingo: ¡Estad en vela!

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Antífona de entrada: Sal 24,1-3.

A ti, Señor, levanto mi alma: Dios mío, en ti confío; no quede yo defraudado; que no triunfen de mí mis enemigos, pues los que esperan en ti no quedan defraudados.


Oración Colecta

Dios todopoderoso, aviva en tus fieles, al comenzar el Adviento, el deseo de salir al encuentro de Cristo, acompañados por las buenas obras, para que, colocados un día a su derecha, merezcan poseer el reino eterno. Por nuestros Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: Isaías 2, 1-5

Visión de Isaías, hijo de Amós, acerca de Judá y de Jerusalén:

Al final de los días estará firme el monte de la casa del Señor, en la cima de los montes, encumbrado sobre las montañas. Hacia él confluirán los gentiles, caminarán pueblos numerosos. Dirán: venid, subamos al mente del Señor, a la casa del Dios de Jacob.

El nos instruirá en sus caminos y marcharemos por sus sendas; porque de Sión saldrá la ley, de Jerusalén la palabra del Señor. Será el árbitro de las naciones, el juez de pueblos numerosos. De las espadas forjarán arados; de las lanzas, podaderas. No alzará la espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la guerra.

Casa de Jacob, ven; caminemos a la luz del Señor.


SALMO: 121

Qué alegría cuando me dijeron: “Vamos a la casa del Señor”.

Qué alegría cuando me dijeron: “Vamos a la casa del Señor”. Ya están pisando nuestros pies tus umbrales Jerusalén.

Allá suben las tribus, las tribus del Señor. Según la costumbre de Israel, a celebrar el nombre del Señor. En ella están los tribunales de justicia en el palacio de David.

Desead la paz a Jerusalén: vivan seguros los que te aman, haya paz dentro de tus muros, seguridad en tus palacios.

Por mis hermanos y compañeros voy a decir: “la paz contigo”. Por la casa del Señor nuestro Dios, te deseo todo bien.


SEGUNDA LECTURA: Romanos 13, 11-14

Hermanos:

Dios cuenta del momento en que vivís; ya es hora de espabilarse, porque ahora nuestra salvación está más cerca que cuando empezamos a creer. La noche está avanzada, el día se echa encima; dejemos las actividades de las tinieblas y pertrechémonos con las armas de la luz.

Conduzcámonos como en pleno día, con dignidad. Nada de comilonas ni borracheras, nada de lujuria ni desenfreno, nada de riñas ni pendencias. Vestíos del Señor Jesucristo y que el cuidado de nuestro cuerpo no fomente los malos deseos.


Aclamación antes del Evangelio: Sal 84,8

Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación.


EVANGELIO: Mateo 24, 37-44

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«Cuando venga el Hijo del hombre, pasará como en tiempo de Noé. Antes del diluvio, la gente comía y bebía y se casaba, hasta el día en que Noé entró en el arca; y cuando menos lo esperaban llegó el diluvio y se los llevó a todos; lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre:

Dos hombres estarán en el campo: a uno se lo llevarán y a otro lo dejarán; dos mujeres estarán moliendo: a una se la llevarán y a otra la dejarán.

Por tanto, estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor.

Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora de la noche viene el ladrón, estaría en vela y no dejarla abrir un boquete en su casa.

Por eso, estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre.»


Antífona de comunión: Sal 84, 13

El Señor nos dará sus bienes y nuestra tierra dará su fruto.


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LECTIO DIVINA, DOMINGO 1º de ADVIENTO, CICLO A

Antes de abrir tu Biblia, abre tu corazón a la acción del Espíritu Santo

Paso 1. Disponerse: Antes de comenzar la lectura párate un rato, para ablandar tu corazón. Dale tiempo al Espíritu para que te prepare para acoger la Palabra.

Mt 24, 37-44

Cuando venga el Hijo del hombre, pasará como en tiempo de Noé. En los días antes del diluvio, la gente comía y bebía, se casaban los hombres y las mujeres tomaban esposo, hasta el día en que Noé entró en el arca; y cuando menos lo esperaban llegó el diluvio y se los llevó a todos; lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre: dos hombres estarán en el campo, a uno se lo llevarán y a otro lo dejarán; dos mujeres estarán moliendo, a una se la llevarán y a otra la dejarán. Por tanto, estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor. Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora de la noche viene el ladrón, estaría en vela y no dejaría que abrieran un boquete en su casa. Por eso, estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre.

Paso 2. Leer: Busca comprender lo que dicen las palabras humanas del texto. En ellas encontrarás Palabra de Dios. Fíjate en estas tres expresiones: preparados, estar en vela, vendrá…

Paso 3. Escuchar:
¿Cómo te suena eso de estar en vela y alerta? ¿Entiendes lo del ladrón? ¿Qué te dice lo de preparar la venida del Señor?

Paso 4. Orar: ¿Cómo te deja el corazón esta lectura? ¿Qué te sale decir al Señor? Háblale desde la verdad que está pasando en tu vida.

Paso 5. Vivir: ¿Cuándo te vas enterar de todo lo que necesitas a Jesús? No es una doctrina, es un amigo que no te falla. Entrégale tu corazón, llena tu vida con Él.

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¡VELAD!

P. Raniero Cantalamessa, ofmcap

Empieza [el domingo] el primer año del ciclo litúrgico trienal, llamado año A. En él nos acompaña el Evangelio de Mateo. Algunas características de este Evangelio son: la amplitud con la que se refieren las enseñanzas de Jesús (los famosos sermones, como el de la montaña), la atención a la relación Ley-Evangelio (el Evangelio es la «nueva Ley»).

Se le considera como el Evangelio más «eclesiástico» por el relato del primado a Pedro y por el uso del término «Ecclesia», Iglesia, que no se encuentra en los otros tres Evangelios.

La palabra que destaca sobre todas, en el Evangelio de este primer domingo de Adviento, es: «Velad, pues, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor… Estad preparados, porque en el momento que menos penséis, vendrá el Hijo del hombre».

Se pregunta uno a veces por qué Dios nos esconde algo tan importante como es la hora de su venida, que para cada uno de nosotros, considerado singularmente, coincide con la hora de la muerte. La respuesta tradicional es: «Para que estuviéramos alerta, sabiendo cada uno que ello puede suceder en sus días» (San Efrén el Sirio).

Pero el motivo principal es que Dios nos conoce; sabe qué terrible angustia habría sido para nosotros conocer con antelación la hora exacta y asistir a su lenta e inexorable aproximación. Es lo que más atemoriza de ciertas enfermedades.

Son más numerosos hoy los que mueren de afecciones imprevistas de corazón que los que mueren de «penosas enfermedades». Si embargo dan más miedo estas últimas porque nos parece que privan de esa incertidumbre que nos permite esperar.

La incertidumbre de la hora no debe llevarnos a vivir despreocupados, sino como personas vigilantes. El año litúrgico está en sus comienzos, mientras que el año civil llega a su fin. Una ocasión óptima para hacer hueco a una reflexión sabia sobre el sentido de nuestra existencia.

La misma naturaleza en otoño nos invita a reflexionar sobre el tiempo que pasa. Lo que decía el poeta Giuseppe Ungaretti de los soldados en la trinchera del Carso, durante la primera guerra mundial, vale para todos los hombres:

«Se está / como en otoño / en los árboles / las hojas». Esto es, a punto de caer, de un momento a otro. «El tiempo pasa y el hombre no se da cuenta», decía Dante.

Un antiguo filósofo expresó esta experiencia fundamental con una frase que se ha hecho célebre: «panta rei», o sea, todo pasa. Ocurre en la vida como en la pantalla televisiva: los programas se suceden rápidamente y cada uno anula el precedente. La pantalla sigue siendo la misma, pero las imágenes cambian. Es igual con nosotros: el mundo permanece, pero nosotros nos vamos uno tras otro.

De todos los nombres, los rostros, las noticias que llenan los periódicos y los telediarios del día –de mí de ti, de todos nosotros–, ¿qué permanecerá de aquí a algún año o década? Nada de nada. El hombre no es más que «un trazo que crea la ola en la arena del mar y que borra la ola siguiente».

Veamos qué tiene que decirnos la fe a propósito de este dato de hecho de que todo pasa. «El mundo pasa, pero quien cumple la voluntad de Dios permanece para siempre» (1 Jn 2, 17).

Así que existe alguien que no pasa, Dios, y existe un modo de que nosotros no pasemos del todo: hacer la voluntad de Dios, o sea, creer, adherirnos a Dios.

En esta vida somos como personas en una balsa que lleva un río en crecida a mar abierto, sin retorno. En cierto momento, la balsa pasa cerca de la orilla. El náufrago dice: «¡Ahora o nunca!», y salta a tierra firme. ¡Qué suspiro de alivio cuando siente la roca bajo sus pies! Es la sensación que experimenta frecuentemente quien llega a la fe.

Podríamos recordar, como conclusión de esta reflexión, las palabras que santa Teresa de Ávila dejó como una especie de testamento espiritual: «Nada te turbe, nada te espante. Todo se pasa. Sólo Dios basta».

Homilética.org

Adviento, desear a Dios

Adviento, desear a Dios

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La corona o guirnalda de Adviento es el primer anuncio de Navidad. El Adviento inicia el 2 de diciembre

La palabra ADVIENTO es de origen latín y quiere decir VENIDA. Es el tiempo en que los cristianos nos preparamos para la venida de Jesucristo. El tiempo de adviento abarca cuatro semanas antes de Navidad.

Origen: La corona de adviento encuentra sus raíces en las costumbres pre-cristianas de los germanos (Alemania).

Nueva realidad: Los cristianos supieron apreciar la enseñanza de Jesús: Juan 8,12: «Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida.». La luz que prendemos en la oscuridad del invierno nos recuerda a Cristo que vence la oscuridad. Nosotros, unidos a Jesús, también somos luz: Mateo 5,14 «Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en la cima de un monte.”

En el siglo XVI católicos y protestantes alemanes utilizaban este símbolo para celebrar el adviento: Aquellas costumbres primitivas contenían una semilla de verdad que ahora podía expresar la verdad suprema: Jesús es la luz que ha venido, que está con nosotros y que vendrá con gloria. Las velas anticipan la venida de la luz en la Navidad: Jesucristo.

La corona de adviento se hace con follaje verde sobre el que se insertan cuatro velas. Tres velas son color violeta, una es rosa. El primer domingo de adviento encendemos la primera vela y cada domingo de adviento encendemos una vela más hasta llegar a la Navidad. La vela rosa corresponde al tercer domingo y representa el gozo. Mientras se encienden las velas se hace una oración, utilizando algún pasaje de la Biblia y se entonan cantos. Esto lo hacemos en las misas de adviento y también es recomendable hacerlo en casa, por ejemplo antes o después de la cena. Si no hay velas de esos colores aun se puede hacer la corona ya que lo más importante es el significado: la luz que aumenta con la proximidad del nacimiento de Jesús quien es la Luz del Mundo. La corona se puede llevar a la iglesia para ser bendecida por el sacerdote.

La corona de adviento encierra varios simbolismos:

La forma circular: El círculo no tiene principio ni fin. Es señal del amor de Dios que es eterno, sin principio y sin fin, y también de nuestro amor a Dios y al prójimo que nunca debe de terminar.

Las ramas verdes: Verde es el color de esperanza y vida. Dios quiere que esperemos su gracia, el perdón de los pecados y la gloria eterna al final de nuestras vidas. El anhelo más importante en nuestras vidas debe ser llegar a una unión más estrecha con Dios, nuestro Padre.

Las cuatro velas: Nos hacen pensar en la obscuridad provocada por el pecado que ciega al hombre y lo aleja de Dios. Después de la primera caída del hombre, Dios fue dando poco a poco una esperanza de salvación que iluminó todo el universo como las velas la corona. Así como las tinieblas se disipan con cada vela que encendemos, los siglos se fueron iluminando con la cada vez más cercana llegada de Cristo a nuestro mundo. Son cuatro velas las que se ponen en la corona y se prenden de una en una, durante los cuatro domingos de adviento al hacer la oración en familia.

Las manzanas rojas que adornan la corona: Representan los frutos del jardín del Edén con Adán y Eva que trajeron el pecado al mundo pero recibieron también la promesa del Salvador Universal.

El listón rojo: Representa nuestro amor a Dios y el amor de Dios que nos envuelve.

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Corona de Adviento: Origen, simbolismo y oraciones.

Corona de Adviento: Origen, simbolismo y oraciones

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BENDICIÓN DE LA CORONA DE ADVIENTO

En algunas parroquias o colegios se hace la bendición de las Coronas de Adviento. Si no se puede asistir a estas celebraciones, se puede hacer la bendición en familia con la siguiente oración:

Señor Dios, bendice con tu poder nuestra corona de adviento

para que, al encenderla, despierte en nosotros

el deseo de esperar la venida de Cristo practicando las buenas obras,

y para que así, cuando Él llegue, seamos admitidos al Reino de los Cielos.

Te lo pedimos por Cristo nuestro Señor.

Todos: Amén.

La bendición de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo descienda sobre esta Corona y sobre todos los que con ella queremos preparar la venida de Jesús.

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PROPONEMOS ESTE ESQUEMA SENCILLO PARA ORAR AL ENCENDER LA VELA DE ADVIENTO

PRIMER DOMINGO   LLAMADA A LA VIGILANCIA

ENCENDIDO DE LA VELA. Oración.

Guía: Encendemos, Señor, esta luz, como aquel que enciende su lámpara para salir, en la noche, al encuentro del amigo que ya viene. En esta primer semana de Adviento queremos levantarnos para esperarte preparados, para recibirte con alegría. Muchas sombras nos envuelven. Muchos halagos nos adormecen.

Queremos estar despiertos y vigilantes, porque tú traes la luz más clara, la paz más profunda y la alegría más verdadera. ¡Ven, Señor Jesús! ¡Ven, Señor Jesús!

SEGUNDO DOMINGO

ENCENDIDO DE LA VELA. Oración.

Guía: Los profetas mantenían encendida la esperanza de Israel. Nosotros, como un símbolo, encendemos estas dos velas. El viejo tronco está rebrotando se estremece porque Dios se ha sembrado en nuestra carne…

Que cada uno de nosotros, Señor, te abra su vida para que brotes, para que florezcas, para que nazcas y mantengas en nuestro corazón encendida la esperanza. ¡Ven pronto, Señor! ¡Ven, Salvador!

TERCER DOMINGO

ENCENDIDO DE LA VELA. Oración.

Guía: En las tinieblas se encendió una luz, en el desierto clamó una voz. Se anuncia la buena noticia: ¡El Señor va a llegar! ¡Preparen sus caminos, porque ya se acerca! Adornen su alma como una novia se engalana el día de su boda. ¡Ya llega el mensajero!. Juan Bautista no es la luz, sino el que nos anuncia la luz.

Cuando encendemos estas tres velas cada uno de nosotros quiere ser antorcha tuya para que brilles, llama para que calientes. ¡Ven, Señor, a salvarnos, envuélvenos en tu luz, caliéntanos en tu amor!

CUARTO DOMINGO

SE ENCIENDEN LAS CUATRO VELAS

Humildad y gloria

El Nacimiento de Jesús

Guía: Lectura del Evangelio según San Lucas (2:6-7)

“Y sucedió que, mientras ellos estaban allí, se le cumplieron

los días del alumbramiento, y dio a luz a su hijo primogénito,

le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en el alojamiento.”

“Palabra de Dios”

Todos: “Te alabamos Señor”.


El maná de cada día, 25.11.16

noviembre 25, 2016

Viernes de la 34ª semana del Tiempo Ordinario

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El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán



PRIMERA LECTURA: Apocalipsis 20, 1-4. 11-21, 2

Yo, Juan, vi un ángel que bajaba del cielo llevando la llave del abismo y una cadena grande en la mano. Agarró al dragón, que es la serpiente primordial, el diablo o Satanás, y lo encadenó para mil años; lo arrojó al abismo, echó la llave y puso un sello encima, para que no pueda extraviar a las naciones antes que se cumplan los mil años. Después tiene que estar suelto por un poco de tiempo.

Vi también unos tronos y en ellos se sentaron los encargados de juzgar; vi también las almas de los decapitados por el testimonio de Jesús y la palabra de Dios, los que no habían rendido homenaje a la bestia ni a su estatua y no habían recibido su señal en la frente ni en la mano. Éstos volvieron a la vida y reinaron con Cristo mil años.

Luego vi un trono blanco y grande, y al que estaba sentado en él. A su presencia desaparecieron cielo y tierra, porque no hay sitio para ellos. Vi a los muertos, pequeños y grandes, de pie ante el trono. Se abrieron los libros y se abrió otro libro, el libro de la vida.

Los muertos fueron juzgados según sus obras, escritas en los libros. El mar entregó sus muertos, muerte y abismo entregaron sus muertos, y todos fueron juzgados según sus obras.

Después muerte y abismo fueron arrojados al lago de fuego -el lago de fuego es la segunda muerte-. Los que no estaban escritos en el libro de la vida fueron arrojados al lago de fuego.

Luego vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra han pasado, y el mar ya no existe. Y vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo, enviada por Dios, arreglada como una novia que se adorna para su esposo.


SALMO 83, 3. 4. 5-6a y 8ª

Ésta es la morada de Dios con los hombres.

Mi alma se consume y anhela los atrios del Señor, mi corazón y mi carne retozan por el Dios vivo.

Hasta el gorrión ha encontrado una casa; la golondrina, un nido donde colocar sus polluelos: tus altares, Señor de los ejércitos, Rey mío y Dios mío.

Dichosos los que viven en tu casa, alabándote siempre. Dichosos los que encuentran en ti su fuerza: caminan de baluarte en baluarte.


Aclamación antes del Evangelio: Lc 21, 28

Levantaos, alzad la cabeza: se acerca vuestra liberación.


EVANGELIO: Lucas 21, 29-33

En aquel tiempo, expuso Jesús una parábola a sus discípulos:

«Fijaos en la higuera o en cualquier árbol: cuando echan brotes, os basta verlos para saber que el verano está cerca.

Pues, cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que está cerca el reino de Dios.

Os aseguro que antes que pase esta generación todo eso se cumplirá. El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán.»

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CINCO PASOS PARA LA LECTIO DIVINA O

LECTURA ORANTE DE LA PALABRA



Primer paso: Disponerse (composición de lugar)

Decídete a leer orando y creyendo. Conéctate a la luz de Dios: Entra en la presencia de Dios. Reconoce con humildad tu condición de creatura, por tanto, débil y limitada: Solo no puedes. Pide ayuda al Espíritu Santo. Pacifica tu corazón: acepta que es Dios quien quiere hablar contigo y saber de ti.

Estás disponiéndote porque el Señor te ha movido internamente. Cuando tú deseas encontrarte con Dios es porque él ya te ha encontrado. No temas. Entra en el santuario donde el Señor habita: Pues quiere verte. Ánimo. Jesús te toma de la mano. No tengas miedo.


Segundo paso: Leer (captar, legere en latín significa recoger, seleccionar, tomar: Contexto)

Lee despacio y varias veces el texto bíblico. Haz pausas de silencio. No tengas prisa por comprender y delimitar bien el texto y su significado. No te agobies por interpretar. Pon atención a cada palabra, frase o detalle. Para comprender mejor el texto, hazle preguntas al mismo: ¿por qué dice esto, y por qué no dice lo otro? Sitúa el texto dentro del libro al que pertenece. Si puedes recordar el autor, el contexto en que se escribe, la intención del autor, los destinatarios a los que se dirige… Todo eso ayuda.

Cuanto más y mejor centres el texto, sacarás más jugo: Esto es buscar el sentido literal del texto, no centrado en la materialidad del mismo. Puedes recurrir a las ayudas de tu Biblia: Notas, citas paralelas, vocabulario. También puedes hacer dos lecturas: Una con la inteligencia para conocer al Interlocutor, Dios mismo; y otra con el corazón para amar, acoger, alegrarte en Dios y con los personajes del texto. Finalmente, no te angusties por ninguna limitación o deficiencia en la realización y ejecución de este segundo paso.


Tercer paso: Escuchar

Es difícil escuchar, y más en un mundo de tanto ruido como el nuestro. Para escuchar hay que hacer silencio dentro de uno mismo, dejar hablar al interlocutor, en este caso a Dios. En este momento, él es el más importante. Toda la persona del oyente de la Palabra debe quedar como tendida u orientada, tensada hacia Dios. Ábrete a lo que Dios quiera. Que la curiosidad del pensamiento no distraiga tu atención interior, la del corazón, la del afecto o amor a Dios.

Por eso, guarda en tu corazón la Palabra y particularmente las realidades más cuestionantes o importantes, como lo hizo María. Aunque los padres de Jesús no entendieron su respuesta, María lo guardaba todo en su corazón. Ahí se hace “entrañable” la voluntad de Dios, sus planes sobre ti y sobre los demás. Mira a Jesús, rumia su Palabra, fíjate en él. Acaricia y saborea las palabras que más te llegan al corazón. Las que consideres más importantes.

Recuerda finalmente que la invitación a “escuchar” es el primer mandamiento de Dios. Es la llave para encontrarse con Dios. De ahí la insistencia de Dios a su pueblo: Escucha, Israel, a tu Dios; escucha sus mandatos y preceptos, y te irá bien. Es la actitud fundamental para establecer la relación salvífica con Dios y crecer en gracia y en amistad.


Cuarto paso: Orar

Es la hora de comenzar a dirigirse a Dios de manera confiada, respetuosa pero a la vez confidencial: Es hora de hablarle a Dios desde tu intimidad y desde tu pobreza de criatura, pero también desde tu dignidad de hijo de Dios, por gracia; porque eso fue lo que más le gustó a él. Por eso, debes orar con alegría.

Cuéntale a Dios lo que su Palabra te dice y te inspira decirle. Exprésale tus sentimientos, tus afectos, tus emociones… que pueden llegar hasta tus sentidos, debes vibrar: Puedes llegar a reír cuando hablas a Dios, puedes llorar de emoción y de agradecimiento, puedes pedir perdón, cantarle alabanzas con entusiasmo, darle gracias con estremecimiento de todo tu ser… Si el Espíritu te lo permite, déjate de ideas brillantes o rebuscadas y de palabras huecas. Pon amor en lo que dices y ten confianza siempre. Deja que el Espíritu guíe tu oración.

Conviene que tu oración tenga un rostro, no sea genérica, impersonal… porque tu Dios también tiene un rostro: Es el Padre de nuestro Señor Jesucristo. Dios es uno, pero no solitario. Es Dios en tres personas distintas: Padre, Hijo y Espíritu. Un solo Dios, sí, pero en tres personas distintas. Es el misterio central de nuestra fe y que debe centrar también nuestro diálogo con él. Lo que hace cada persona como propio lo hacen los tres a la vez: Los tres crean, los tres redimen, los tres santifican, pero cada una de manera especial, propia, personal.

Por eso, podemos distinguir y conviene diferenciar una oración dirigida al Padre, otra dirigida al Hijo y otra dirigida al Espíritu. Las tres van dirigidas a Dios, pero a cada persona le agradecemos lo que hace de manera personal.

De ahí que al Padre corresponde que le tributemos una oración de adoración, de postración, de agradecimiento, de alabanza, de glorificación, de silencio contemplativo… porque él es el origen de todo, digno de toda bendición, el único santo y bueno, etc.

Al Hijo le corresponde una oración de nuestra parte basada en expresiones de confianza, de agradecimiento, de solidaridad, de amistad, de intimidad… porque él es nuestro hermano mayor, el que va delante, el que mejor nos puede comprender porque ha pasado por las mismas pruebas que nosotros experimentamos, es el compañero de camino, él ha triunfado llevando a cabo el encargo que el Padre le confió; si lo seguimos él nos garantiza el triunfo definitivo sobre todo mal.

Al Espíritu Santo, como es el abrazo del Padre y el Hijo, es la simpatía de Dios, es el constructor de la comunidad intradivina y eclesial, él está dentro de nosotros mismos, más interior a nosotros que nosotros mismos… a él le dirigiremos una oración emocionada de intimidad por ser acogidos con todo afecto, oración de cercanía y descanso, gozosa y jubilosa pues todo es gracia y bendición, una oración llena de espíritu de alegría, comunión y reconciliación, sanación de toda apetencia mala… Una oración que nos introduce en el mismo seno de la Santísima Trinidad: Cuanto tenemos lo ofrecemos generosamente y a discreción a todos, y lo de todos es nuestro. No hay barreras, no hay división… todo es amor y paz en el Señor.

Aunque todo esto te pueda parecer un mundo complicado, no te angusties, vete haciendo y sintiendo lo que el Señor te permita, lo que él quiera regalarte. Pues sus planes sobre ti son de paz y no de aflicción. Y lo que tiene reservado para ti es tan especial que ni ojo vio, ni oído escuchó ni pudo imaginar mente humana… Así que: Ánimo. Todo es vuestro, vosotros de Cristo y Cristo de Dios. Suerte, y que Dios se glorifique en tu vida y en tu oración.


Quinto y último paso: Vivir. Es decir, acción y misión

La Palabra me lleva al compromiso con los demás. Si realmente nos dejamos impactar por la Palabra, no podemos quedarnos indiferentes y resignados como si nada hubiera pasado. Los apóstoles después de recibir al Espíritu en Pentecostés no podían dejar de hablar las maravillas de Dios, no podían acallar y silenciar la experiencia sufrida. Tal era su entusiasmo y su ímpetu que la gente decía que estaban como borrachos.

Después de escuchar lo que Dios quiere de mí, después de captar la misión a la que Dios me envía, ya no puedo permanecer en la montaña de la transfiguración, en el quinto cielo… Hay que bajar inmediatamente de la montaña para ir al encuentro de los hermanas y hermanas para proclamarles lo que Dios ha hecho conmigo, como en el caso de los apóstoles o de la samaritana. Si no proclamamos, si no sentimos pasión por dar testimonio es que no hemos sentido, no hemos sido alcanzados por el poder de Dios, por el fuego del Espíritu.

Los que se han encontrado con Dios en la oración, salen renovados y transformados, con ganas de comerse el mundo entero. Tienen un halo especial, y viven entusiasmados (en griego, “como en-diosados”). Necesariamente se les notará que han hablado con Dios, como se le notaba a Moisés: Llevarán el brillo de la Verdad de Cristo en sus rostros. No tendrán que llamar la atención con acciones espectaculares o extravagantes. Aunque hagan lo mismo de siempre, llamarán la atención y los demás lo notarán. Serán, necesariamente, sal de la tierra y luz del mundo; cuantos los vean darán gloria a Dios.

Más que maestros que enseñan teorías, serán testigos de la Verdad por todo el mundo. No podrán ocultar lo que han visto y oído. La persona que se ha encontrado con Dios, o mejor, la persona que haya sido encontrada por Dios, haya sido reconocida por Dios, se convertirá en un sacramento elocuente del poder de Dios. El orante se convierte en testigo, en profeta de Dios. Oración, acción y misión se implican necesariamente porque son, dentro del creyente y de la comunidad eclesial, un reflejo de la misma vida intratrinitaria.

La Iglesia será mística, su comunión es prolongación de la intercomunión trinitaria y la Iglesia vive para evangelizar: No puede vivir en razón de sí misma, para sí misma, porque Dios es amor, comunión, vida que fluye. Es decir, las personas divinas dándolo todo lo tienen todo. Son misterio de Amor. La Iglesia merece la vida divina dándola. En la medida en que la Iglesia sea canal transparente y limpio del agua de la vida que fluye abundante para los hombres, en esa misma medida ella será plena y vivificada. Siempre al servicio del Reino y para que los hombres tengan vida en abundancia.

Ojalá, hermanos, podáis alimentar vuestro espíritu cada mañana con la Palabra de Vida para que vuestra jornada sea cada día más plena, más victoriosa, más esplendorosa ante los hombres y más gratificante para vosotros mismos. La Palabra tiene fuerza por sí misma, y ella os hará libres y felices. Dios se complazca en vuestras vidas. Amén.

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El maná de cada día, 24.11.16

noviembre 24, 2016

Jueves de la 34ª semana del Tiempo Ordinario


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Dichosos los invitados al banquete de bodas del Cordero

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PRIMERA LECTURA: Apocalipsis 18, 1-2.21-23; 19,1-3.9a

Yo, Juan, vi un ángel que bajaba del cielo; venía con gran autoridad y su resplandor iluminó la tierra.

Gritó a pleno pulmón: «¡Cayó, cayó la gran Babilonia! Se ha convertido en morada de demonios, en guarida de todo espíritu impuro, en guarida de todo pájaro inmundo y repugnante.»

Un ángel vigoroso levantó una piedra grande como una rueda de molino y la tiró al mar, diciendo: «Así, de golpe, precipitarán a Babilonia, la gran metrópoli, y desaparecerá. El son de arpistas y músicos, de flautas y trompetas, no se oirá más en ti. Artífices de ningún arte habrá más en ti, ni murmullo de molino se oirá más en ti; ni luz de lámpara brillará más en ti, ni voz de novio y novia se oirá más en ti, porque tus mercaderes eran los magnates de la tierra, y con tus brujerías embaucaste a todas las naciones.»

Oí después en el cielo algo que recordaba el vocerío de una gran muchedumbre; cantaban: «Aleluya. La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios, porque sus juicios son verdaderos y justos. Él ha condenado a la gran prostituta que corrompía a la tierra con sus fornicaciones, y le ha pedido cuenta de la sangre de sus siervos.»

Y repitieron: «Aleluya. El humo de su incendio sube por los siglos de los siglos.»

Luego me dice: «Escribe: “Dichosos los invitados al banquete de bodas del Cordero.”»


SALMO 99, 2.3.4.5

Dichosos los invitados al banquete de bodas del Cordero.

Aclama al Señor, tierra entera, servid al Señor con alegría, entrad en su presencia con vítores.

Sabed que el Señor es Dios: que él nos hizo y somos suyos, su pueblo y ovejas de su rebaño.

Entrad por sus puertas con acción de gracias, por sus atrios con himnos, dándole gracias y bendiciendo su nombre.

«El Señor es bueno, su misericordia es eterna, su fidelidad por todas las edades.»


Aclamación antes del Evangelio: Lucas 21, 28

Levantaos, alzad la cabeza: se acerca vuestra liberación.


EVANGELIO: Lucas 21, 20-28

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Cuando veáis a Jerusalén sitiada por ejércitos, sabed que está cerca su destrucción. Entonces, los que estén en Judea, que huyan a la sierra; los que estén en la ciudad, que se alejen; los que estén en el campo, que no entren en la ciudad; porque serán días de venganza en que se cumplirá todo lo que está escrito.

¡Ay de las que estén encinta o criando en aquellos días! Porque habrá angustia tremenda en esta tierra y un castigo para este pueblo. Caerán a filo de espada, los llevarán cautivos a todas las naciones, Jerusalén será pisoteada por los gentiles, hasta que a los gentiles les llegue su hora. Habrá signos en el sol y la luna y las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, enloquecidas por el estruendo del mar y el oleaje.

Los hombres quedarán sin aliento por el miedo y la ansiedad ante lo que se le viene encima al mundo, pues los astros se tambalearán. Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y majestad. Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza: se acerca vuestra liberación.»


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RECHACEMOS EL TEMOR A LA MUERTE

CON EL PENSAMIENTO DE LA INMORTALIDAD QUE LE SIGUE

San Cipriano, Tratado sobre la muerte 18, 24.26

Nunca debemos olvidar que nosotros no hemos de cum­plir nuestra propia voluntad, sino la de Dios, tal como el Señor nos mandó pedir en nuestra oración cotidiana. ¡Qué contrasentido y qué desviación es no someterse inmedia­tamente al imperio de la voluntad del Señor, cuando él nos llama para salir de este mundo! Nos resistimos y luchamos, somos conducidos a la presencia del Señor como unos siervos rebeldes, con tristeza y aflicción, y partimos de este mundo forzados por una ley necesaria, no por la sumisión de nuestra voluntad; y pretendemos que nos honre con el premio celestial aquel a cuya presencia llegamos por la fuerza.

¿Para qué rogamos y pedimos que venga el reino de los cielos, si tanto nos deleita la cautividad terrena? ¿Por qué pedimos con tanta insistencia la pronta venida del día del reino, si nuestro desea de servir en este mundo al diablo supera al deseo de reinar con Cristo?

Si el mundo odia al cristiano, ¿por qué amas al que te odia, y no sigues más bien a Cristo, que te ha redimido y te ama? Juan, en su carta, nos exhorta con palabras bien elocuentes a que no amemos al mundo ni sigamos sus apetencias de la carne: No améis al mundo –dice– ni lo que hay en el mundo. Si alguno ama al mundo, no está en él el amor del Padre. Porque lo que hay en el mundo –las pasiones de la carne y la codicia de los ojos y la arrogancia del dinero–, eso no procede del Padre, sino que procede del mundo. Y el mundo pasa, con sus pasiones. Pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre.

Procuremos más bien, hermanos muy que­ridos, con una mente íntegra, con una fe firme, con una virtud robusta, estar dispuestos a cumplir la voluntad de Dios, cualquiera que ésta sea; rechacemos el temor a la muerte con el pensamiento de la inmortalidad que la sigue. Demostremos que somos lo que creemos.

Debemos pensar y meditar, hermanos muy amados, que hemos renunciado al mundo y que, mientras vivimos él, somos como extranjeros y peregrinos. Deseemos con ardor aquel día en que se nos asignará nuestro propio domicilio, en que se nos restituirá al paraíso y al reino, después de habernos arrancado de las ataduras que en este mundo nos retienen. El que está lejos de su patria natural que tenga prisa por volver a ella.

Para noso­tros, nuestra patria es el paraíso; allí nos espera un gran número de seres queridos, allí nos aguarda el numeroso grupo de nuestros padres, hermanos e hijos, seguros ya de su suerte, pero solícitos aún de la nuestra. Tanto para ellos como para nosotros, significará una gran alegría el poder llegar a su presencia y abrazarlos; la felicidad plena y sin término la hallaremos en el reino celestial, donde no existirá ya el temor a la muerte, sino la vida sin fin.

Allí está el coro celestial de los apóstoles, la multitud exultante de los profetas, la innumerable muchedumbre de los mártires, coronados por el glorioso certamen de su pasión; allí las vírgenes triunfantes, que, con el vigor de su continencia, dominaron la concupiscencia de su carne y de su cuerpo; allí los que han obtenido el premio de su misericordia, los que practicaron el bien, socorriendo a los necesitados con sus bienes, los que, obedeciendo el consejo del Señor, trasladaron su patrimonio terreno a los tesoros celestiales.

Deseemos ávidamente, herma­nos muy amados, la compañía de todos ellos. Que Dios vea estos nuestros pensamientos, que Cristo contemple este deseo de nuestra mente y de nuestra fe, ya que tanto mayor será el premio de su amor, cuanto mayor sea nues­tro deseo de él.

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SANTOS ANDRÉS DUNG-LAC, presbítero, y compañeros mártires

24 de Noviembre

Durante el siglo XVI, varias familias religiosas anunciaron el Evangelio en las diversas regiones del Vietnam. Mucha gente del pueblo recibió con alegría la Buena Noticia del Evangelio. Esta aceptación de la fe cristiana fue enseguida probada por la persecución. Durante los siglos XVII, XVIII y XIX, a pesar de que hubo breves intervalos de paz, muchos cristianos obtuvieron el don del martirio. Entre ellos hubo obispos, presbíteros, religiosos, religiosas, catequistas, tanto hombres como mujeres, y laicos de sexo y condición diversa. El papa Juan Pablo II canonizó ciento diecisiete mártires el día 19 de junio de 1988; este grupo de mártires estaba formado por noventa y seis vietnamitas, once misioneros dominicos españoles y diez franceses. A petición del episcopado vietnamita, el mismo Papa ha introducido en el Calendario romano la memoria del presbítero Andrés Dung-Lac y sus compañeros.

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LA PARTICIPACIÓN DE LOS MÁRTIRES
EN LA VICTORIA DE CRISTO CABEZA

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De la carta de san Pablo Le-Bao-Tinh
a los alumnos del seminario de Ke-Vinh,
enviada el año mil ochocientos cuarenta y tres

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Yo, Pablo, encarcelado por el nombre de Cristo, os quiero explicar las tribulaciones en que me veo sumergido cada día, para que, enfervorizados en el amor a Dios, alabéis conmigo al Señor, porque es eterna su misericordia.

Esta cárcel es un verdadero infierno: a los crueles suplicios de toda clase, como son grillos, cadenas de hierro y ataduras, hay que añadir el odio, las venganzas, las calumnias, palabras indecentes, peleas, actos perversos, juramentos injustos, maldiciones y, finalmente, angustias y tristeza. Pero Dios, que en otro tiempo libró a los tres jóvenes del horno de fuego, está siempre conmigo y me libra de estas tribulaciones y las convierte en dulzura, porque es eterna su misericordia.

En medio de estos tormentos, que aterrorizarían a cualquiera, por la gracia de Dios estoy lleno de gozo y alegría, porque no estoy solo, sino que Cristo está conmigo.

Él, nuestro maestro, aguanta todo el peso de la cruz, dejándome a mí solamente la parte más pequeña e insignificante. Él, no sólo es espectador de mi combate, sino que toma parte en él, vence y lleva a feliz término toda la lucha. Por esto en su cabeza lleva la corona de la victoria, de cuya gloria participan también sus miembros.

¿Cómo resistir este espectáculo, viendo cada día cómo los emperadores, los mandarines y sus cortesanos blasfeman tu santo nombre, Señor, que te sientas sobre querubines y serafines? ¡Mira, tu cruz es pisoteada por los paganos! ¿Dónde está tu gloria? Al ver todo esto, prefiero, encendido en tu amor, morir descuartizado, en testimonio de tu amor.

Muestra, Señor, tu poder, sálvame y dame tu apoyo, para que la fuerza se manifieste en mi debilidad y sea glorificada ante los gentiles, ya que, si llegara a vacilar en el camino, tus enemigos podrían levantar la cabeza con soberbia.

Queridos hermanos, al escuchar todo esto, llenos de alegría, tenéis que dar gracias incesantes a Dios, de quien procede todo bien; bendecid conmigo al Señor, porque es eterna su misericordia. Proclame mi alma la grandeza del Señor, se alegre mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humillación de su siervo y desde ahora me felicitarán todas las generaciones futuras, porque es eterna su misericordia.

Alabad al Señor, todas las naciones, aclamadlo, todos los pueblos, porque lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar el poder, y lo despreciable, lo que no cuenta, lo ha escogido Dios para humillar lo elevado. Por mi boca y mi inteligencia humilla a los filósofos, discípulos de los sabios de este mundo, porque es eterna su misericordia.

Os escribo todo esto para que se unan vuestra fe y la mía. En medio de esta tempestad echo el ancla hasta el trono de Dios, esperanza viva de mi corazón.

En cuanto a vosotros, queridos hermanos, corred de manera que ganéis el premio, haced que la fe sea vuestra coraza y empuñad las armas de Cristo con la derecha y con la izquierda, como enseña san Pablo, mi patrono. Más os vale entrar tuertos o mancos en la vida que ser arrojados fuera con todos los miembros.

Ayudadme con vuestras oraciones para que pueda combatir como es de ley, que pueda combatir bien mi combate y combatirlo hasta el final, corriendo así hasta alcanzar felizmente la meta; en esta vida ya no nos veremos, pero hallaremos la felicidad en el mundo futuro, cuando, ante el trono del Cordero inmaculado, cantaremos juntos sus alabanzas, rebosantes de alegría por el gozo de la victoria para siempre. Amén (A. Launay, Le clergé tonkinois et ses pretres martyrs, MEP, Paris 1925, pp. 80-83).

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COMENTARIO

La persecución de los seguidores de Jesús, hoy, como siempre, sigue perteneciendo a la esencia de la identidad cristiana. Según las estadísticas, actualmente unos 350 millones de cristianos sufren persecución en el mundo. Nos sentimos unidos a ellos y orgullosos de nuestra fe, y del poder del Señor en medio de nuestro mundo.

Cuando nos vaya todo bien, deberíamos preocuparnos: Ay de vosotros cuando todo el mundo hable bien de vosotros, cuando recibáis honores y glorias mundanas… Eso mismo hicieron vuestros padres con los falsos profestas.

Por el contrario, dichosos vosotros cuando os persigan, calumnien y maldigan por causa del Reino, porque eso mismo hicieron con los verdaderos profetas. El profeta por antonomasia es Cristo y también sufrió por nosotros hasta la muerte y muerte de cruz. Sufriendo, aprendió a obedecer. Dios sea bendito en sus ángeles y en sus santos. Amén.



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El maná de cada día, 23.11.16

noviembre 23, 2016

Miércoles de la 34ª semana del Tiempo Ordinario

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bibliaquemada

Os perseguirán por causa mía

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PRIMERA LECTURA: Apocalipsis 15, 1-4

Yo, Juan, vi en el cielo otra señal, magnífica y sorprendente: siete ángeles que llevaban siete plagas, las últimas, pues con ellas se puso fin al furor de Dios. Vi una especie de mar de vidrio veteado de fuego; en la orilla estaban de pie los que habían vencido a la fiera, a su imagen y al número que es cifra de su nombre; tenían en la mano las arpas que Dios les había dado.

Cantaban el cántico de Moisés, el siervo de Dios, y el cántico del Cordero, diciendo: «Grandes y maravillosas son tus obras, Señor, Dios omnipotente, justos y verdaderos tus caminos, ¡oh Rey de los siglos! ¿Quién no temerá, Señor, y glorificará tu nombre? Porque tú solo eres santo, porque vendrán todas las naciones y se postrarán en tu acatamiento, porque tus juicios se hicieron manifiestos.»


SALMO 97, 1.2-3ab.7-8.9

Grandes y maravillosas son tus obras, Señor, Dios omnipotente.

Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas: su diestra le ha dado la victoria, su santo brazo.

El Señor da a conocer su victoria, revela a las naciones su justicia: se acordó de su misericordia y su fidelidad en favor de la casa de Israel.

Retumbe el mar y cuanto contiene, la tierra y cuantos la habitan; aplaudan los ríos, aclamen los montes.

Al Señor, que llega para regir la tierra. Regirá el orbe con justicia y los pueblos con rectitud.


Aclamación antes del Evangelio: Apocalipsis 2, 10c

Sé fiel hasta la muerte, dice el Señor, y te daré la corona de la vida.


EVANGELIO: Lucas 21, 12-19

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«Os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a la cárcel, y os harán comparecer ante reyes y gobernadores, por causa mía. Así tendréis ocasión de dar testimonio. Haced propósito de no preparar vuestra defensa, porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro. Y hasta vuestros padres, y parientes, y hermanos, y amigos os traicionarán, y matarán a algunos de vosotros, y todos os odiarán por causa mía.

Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá; con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas.»


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SI SOMOS OVEJAS, VENCEMOS;
SI NOS CONVERTIMOS EN LOBOS, SOMOS VENCIDOS

San Juan Crisóstomo,
Homilías sobre el evangelio de san Mateo 33, 1.2

Mientras somos ovejas, vencemos y superamos a los lobos, aunque nos rodeen en gran número; pero, si nos convertimos en lobos, entonces somos vencidos, porque nos vemos privados de la protección del Pastor. Este, en efecto, no pastorea lobos, sino ovejas, y, por esto, te aban­dona y se aparta entonces de ti, porque no le dejas mos­trar su poder.

Es como si dijera: «No os alteréis por el hecho de que os envío en medio de lobos y, al mismo tiempo, os mando que seáis como ovejas y como palomas. Hubiera podido hacer que fuera al revés y enviaros de modo que no tu­vierais que sufrir mal alguno ni enfrentaros como ovejas ante lobos, podía haberos hecho más temibles que leo­nes; pero eso no era lo conveniente, porque así vosotros hubierais perdido prestigio y yo la ocasión de manifestar mi poder.

Es lo mismo que decía a Pablo: Te basta mi gracia: la fuerza se realiza en la debilidad. Así es como yo he determinado que fuera». Al decir: Os mando como ovejas, dice implícitamente: «No desmayéis: yo sé muy bien que de este modo sois invencibles».

Pero, además, para que pusieran también ellos algo de su parte y no pensaran que todo había de ser pura gracia y que habían de ser coronados sin mérito propio, añade: Por eso, sed sagaces como serpientes y sencillos como palomas. «Mas, ¿de qué servirá nuestra sagacidad –es como si dijesen– en medio de tantos peligros? ¿Cómo podremos ser sagaces en medio de tantos embates? Por mucha que sea la sagacidad de la oveja, ¿de qué le aprove­chará cuando se halle en medio de los lobos, y en tan gran número? Por mucha que sea la sencillez de la paloma, ¿de qué le servirá, acosada por tantos gavilanes?» Ciertamente, la sagacidad y la sencillez no sirven para nada a estos animales irracionales, pero a vosotros os sirven de mucho.

Pero veamos cuál es la sagacidad que exige aquí el Señor. «Como serpientes –dice–. Así como a la serpiente no le importa perderlo todo, aunque sea seccionado su cuerpo, con tal que conserve la cabeza, así también tú –dice– debes estar dispuesto a perderlo todo, tu dinero, tu cuerpo y aun la misma vida, con tal que conserves la fe. La fe es la cabeza y la raíz; si la conservas, aunque pierdas todo lo demás, lo recuperarás luego con creces».

Así, pues, no te manda que seas sólo sencillo ni sólo sagaz, sino ambas cosas a la vez, porque en ello consiste la verdadera virtud. La sagacidad de la serpiente te hará invulnerable a los golpes mortales; la sencillez de la paloma frenará tus impulsos de venganza contra los que te dañan o te ponen asechanzas, pues, sin esto, en nada aprovecha la sagacidad.

Nadie piense que estos mandatos son imposibles de cumplir. El Señor conoce más que nadie la naturaleza de las cosas: él sabe que la violencia no se vence con la violencia, sino con la mansedumbre.

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