Reevangelizar Occidente

junio 30, 2010

San Pedro y san Pablo

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EL PAPA CREARÁ

UN CONSEJO PONTIFICIO

PARA LA NUEVA EVANGELIZACIÓN

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Estará dedicado específicamente

a la reevangelización de Occidente

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ROMA, lunes 28 de junio de 2010 (ZENIT.org).- El Papa Benedicto XVI anunció hoy la creación de un nuevo dicasterio vaticano dedicado de forma específica a la nueva evangelización de los antiguos países cristianos, hoy secularizados.

El Papa hizo este anuncio durante la celebración de las Primeras Vísperas de la Solemnidad de san Pedro y san Pablo, en la Basílica de San Pablo Extramuros.

Este nuevo organismo, explicó el pontífice, tendrá la forma jurídica de “Consejo Pontificio”, y su tarea primordial será “promover una renovada evangelización en los países donde ya resonó el primer anuncio de la fe y están presentes Iglesias de antigua fundación, pero que están viviendo una progresiva secularización de la sociedad y una especie de eclipse del sentido de Dios”.

El nuevo Consejo quiere desarrollar un aspecto del decreto conciliar Ad gentes, que preveía tres tipos distintos de evangelización: una primera evangelización de los países que nunca han recibido el evangelio; una consolidación en los países evangelizados hace poco tiempo; y una nueva evangelización en los antiguos países cristianos, hoy secularizados.

En realidad, afirmó el Papa, este el “gran anhelo conciliar de la evangelización del mundo contemporáneo” no está sólo en el Decreto Ad gentes, sino que “permea todos los documentos del Vaticano II y que, antes aún, animaba los pensamientos y el trabajo de los Padres conciliares.

Juan Pablo II

Benedicto XVI afirmó que, en su forma y dirección concreta, este objetivo de la “nueva evangelización” fue la gran inspiración de su predecesor, Juan Pablo II.

“No hay palabras para explicar cómo el Venerable Juan Pablo II, en su largo pontificado, desarrolló esta proyección misionera”.

Juan Pablo II “representó ‘en vivo’ la naturaleza misionera de la Iglesia, con los viajes apostólicos y con la insistencia de su Magisterio sobre la urgencia de una ‘nueva evangelización’”, explicó el Papa.

“A todos es evidente que mi Predecesor dio un impulso extraordinario a la misión de la Iglesia, no sólo –repito– por las distancias que recorrió, sino sobre todo por el genuino espíritu misionero que le animaba y que nos dejó en herencia en el alba del tercer milenio”, afirmó Benedicto XVI.

El Papa se declaró “heredero” de Juan Pablo II, y recordó sus propias palabras al comienzo de su ministerio petrino: “la Iglesia es joven, abierta al futuro”.

“Y lo repito hoy, cerca del sepulcro de san Pablo: la Iglesia es en el mundo una inmensa fuerza renovadora, no ciertamente por sus fuerzas, sino por la fuerza del Evangelio, en el que sopla el Espíritu Santo de Dios, el Dios Creador y redentor del mundo”.

Hambre de Dios

Admitiendo que los desafíos de la época actual “están ciertamente por encima de las capacidades humanas: lo están los retos históricos y sociales, y con mayor razón los espirituales”, sin embargo recordó que “con la fe en Dios nada es imposible”.

Hoy, afirmó, “existe un hambre más profunda, que sólo Dios puede saciar. También el hombre del tercer milenio desea una vida auténtica y plena, tiene necesidad de verdad, de libertad profunda, de amor gratuito”.

“También en los desiertos del mundo secularizado, el alma del hombre tiene sed de Dios, del Dios vivo”, afirmó.

Espcialmente, se refirió a las naciones “en las que el Evangelio echó raíces durante muchos siglos, dando lugar a una verdadera tradición cristiana, pero en la que en los últimos siglos –con dinámicas complejas– el proceso de secularización ha producido una grave crisis del sentido de la fe cristiana y de la pertenencia a la Iglesia”.

Subrayó también la importancia del diálogo ecuménico en esta nueva evangelización, ante los miembros de la Delegación enviada por el Patriarca Bartolomé I con motivo de la Solemnidad de San Pedro y San Pablo, como es costumbre desde hace varios años.

“Que la intercesión de los santos apóstoles Pedro y Pablo obtenga, a la Iglesia entera, fe ardiente y valor apostólico, para anunciar al mundo la verdad de la que todos tenemos necesidad, la verdad que es Dios, origen y fin del universo y de la historia, Padre misericordioso y fiel, esperanza de vida eterna”, concluyó el Papa.

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Madres Mónicas en Querétaro, México

junio 29, 2010

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¿QUÉ SON LAS MADRES MÓNICAS?

¿QUÉ ES UN CORO DE ORACIÓN DE MADRES MÓNICAS?

¿A QUÉ NECESIDADES, PERSONALES, FAMILIARES Y DE COMPROMISO CRISTIANO QUIERE RESPONDER UNA COMUNIDAD DE MADRES CRISTIANAS “SANTA MÓNICA”?

¿CÓMO SURGE UNA COMUNIDAD DE MADRES CRISTIANAS SANTA MÓNICA Y CÓMO SE ORGANIZA?

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A éstas y a otras muchas inquietudes puede responder el artículo que a continuación reproducimos tomado de la página web de la Provincia San Nicolás de Tolentino, en la Vicaría de México. Con agrado nos hacemos eco de esta pastoral específica con inspiración carismática y con un futuro prometedor por delante.

"Madres Cristianas Santa Mónica" se abre camino en Querétaro

Madres Cristianas Santa Mónica de Querétaro con Iván Cano

 

“Madres Cristianas Santa Mónica” se abre camino en Querétaro

14-05-2010 México

Al carácter propio fundacional: “orar por la fe de los hijos”, en Querétaro las Madres Cristianas Santa Mónica se proponen “orar por las vocaciones, por los enfermos y estar muy atentas a las necesidades que van surgiendo en las personas con las que a diario conviven”.

La comunidad de Madres Cristianas Santa Mónica es una asociación que pertenece a la familia agustino-recoleta y comparte su espiritualidad, con una misión muy especial: orar por la fe de los propios hijos, de los ajenos y, desde luego, por las necesidades de la Iglesia. Tienen también la misión de su propia formación continua conociendo y amando su fe cristiana, desde la espiritualidad agustino-recoleta, poniendo un acento especial en conocer e imitar la vida y las virtudes de su patrona e intercesora Santa Mónica.

En la ciudad de Querétaro, las Mónicas –como familiarmente se les denomina en ocasiones–, se han tomado una tarea muy especial: orar por las vocaciones, por los enfermos y estar muy atentas a las necesidades que van surgiendo en las personas con las que a diario conviven. Quien necesita una oración “extra” se pone en contacto con las Mónicas y pronto todas ellas llevarán esa intención a su oración.

Para fomentar el espíritu comunitario en las Mónicas y el sentido de pertenencia a la familia agustino-recoleta, se reúnen la tarde del último jueves de cada mes en la casa de formación –aspirantado– San Pío X de Quéretaro, México con el fin de estudiar un poco, orar y compartir la eucaristía. Ya es una tradición celebrar la misa de la memoria de santa Mónica en esta casa de formación en esta ocasión.

En otras ocasiones especiales, como son las fiestas de la Orden de Agustinos Recoletos, se unen a toda la familia recoleta de Querétaro en el aspirantado San Pío X, que es la comunidad de referencia.

Además, algunas de ellas se reúnen todas las semanas, en alguno de sus domicilios particulares, para orar y formarse.

Finalmente, según la organización de las integrantes de cada coro, un día a la semana les corresponde hacer su oración ante el Santísimo, para presentar no sólo sus peticiones, sino las de las otras integrantes de ese coro.

El origen de las “Madres Mónicas” de Querétaro se remonta al año 2005 y está relacionado con la publicación del boletín Canta y Camina, ya que la inquietud nació en un grupito de maestras del colegio Fray Luis de León al leer un artículo publicado en este boletín referente a las Mónicas. Fue así como estas maestras pidieron ayuda a la señora Mercedes Oliva, agustina recoleta seglar, quien, con el apoyo de los agustinos recoletos Martín Luengo e Iván Cano, su actual asesor, se dieron a la tarea de documentarse y dar los pasos necesarios para formar el grupo de “Mónicas”.

Desde diciembre de 2005, están presentes las Mónicas en la casa de formación San Pío X. Actualmente están formados dos coros de siete personas casa uno, y está en proceso de formación el tercer coro. Los coros tienen la consigna de orar diariamente por las intenciones ya mencionadas arriba.

Las Madres Cristianas Santa Mónica, fundadas por el sacerdote agustino recoleto Lorenzo Infante, están presentes en numerosos países en que los agustinos recoletos tienen ministerios, como Perú, México, Panamá, Venezuela, Argentina, Estados Unidos, España, Brasil y otros, pero también en otros, como Hungría, en el que no ha habido presencia recoleta a lo largo de la historia de esta Orden religiosa. Organizadas sus miembros en pequeños coros, se cuentan a miles las madres que los integran.

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Saramago murió; Dios vive

junio 28, 2010

¿Quién os hizo? No nos hicimos nosotras

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Saramago murió; Dios vive

Por monseñor Felipe Arizmendi Esquivel,

obispo de San Cristóbal de Las Casas

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SAN CRISTÓBAL DE LAS CASAS, sábado, 26 de junio de 2010 (ZENIT.org).- Publicamos el artículo que ha escrito con el título “Saramago murió; Dios vive” monseñor Felipe Arizmendi Esquivel, obispo de San Cristóbal de Las Casas.

VER

Ha fallecido José Saramago, de origen portugués, premio Nóbel de Literatura, escritor prolífico y profundo, crítico de los sistemas, comprometido con los marginados, agudo para analizar los fenómenos sociales y políticos, libre para denunciar opresiones, fiel a sus convicciones marxistas. No podemos regatear sus méritos literarios y sociales.

Fue un ateo convencido y beligerante. Atacó acremente a nuestra fe, haciendo una interpretación tendenciosa e históricamente incompleta del cristianismo, de la Iglesia y de la práctica religiosa. Manifestó no tener fe en otra vida con Dios, como la esperamos los creyentes, pues rechazó la misma existencia de un Ser Superior. Esto le trajo dividendos de fama e ingresos económicos, con grandes espacios en medios de la misma tendencia. Ya murió, pero Dios, a quien él negó, no morirá jamás. Mueren famosos literatos, como moriremos todos, pero nuestra fe en un Dios vivo y trascendente nos sostiene en la esperanza. La vida tiene pleno sentido en El, con El y por El.

JUZGAR

¿A qué se debe el ateísmo? ¿Cuáles son sus raíces y sus diversas manifestaciones?

Al respecto, dijo el Concilio Vaticano II desde 1965: “La palabra ‘ateísmo’ designa realidades muy diversas. Unos niegan a Dios expresamente. Otros afirman que nada puede decirse acerca de Dios. Los hay que someten la cuestión teológica a un análisis metodológico tal, que consideran como inútil el propio planteamiento de la cuestión. Muchos, rebasando indebidamente los límites de las ciencias positivas, pretenden explicarlo todo sobre esta base puramente científica, o por el contrario, rechazan sin excepción toda verdad absoluta. Hay quienes exaltan tanto al hombre, que dejan sin contenido la fe en Dios, ya que les interesa más, a lo que parece, la afirmación del hombre que la negación de Dios. Hay quienes se imaginan un Dios por ellos rechazado, que nada tiene que ver con el Dios del Evangelio. Otros ni siquiera se plantean la cuestión de la existencia de Dios, porque, al parecer, no sienten inquietud religiosa alguna y no perciben el motivo de preocuparse por el hecho religioso. Además, el ateísmo nace a veces como violenta protesta contra la existencia del mal en el mundo, o como adjudicación indebida del carácter absoluto de ciertos bienes humanos que son considerados prácticamente como sucedáneos de Dios.

Quienes voluntariamente pretenden apartar de su corazón a Dios y soslayar las cuestiones religiosas, desoyen el dictado de su conciencia y, por tanto, no carecen de culpa. Sin embargo, también los creyentes tienen en esto su parte de responsabilidad. Porque el ateísmo, considerado en su total integridad, no es un fenómeno originario, sino un fenómeno derivado de varias causas, entre las cuales se debe contar también la reacción crítica contra las religiones y, ciertamente en algunas zonas del mundo, contra la religión cristiana. Por lo cual, en esta génesis del ateísmo, pueden tener parte no pequeña los propios creyentes, en cuanto que, con el descuido de la educación religiosa, o con la exposición inadecuada de la doctrina, o incluso con los defectos de su vida religiosa, moral o social, han ocultado, más bien que revelado, el genuino rostro de Dios y de la religión” (GS 19).

ACTUAR

Afirma el Concilio: “El remedio del ateísmo hay que buscarlo en la exposición adecuada de la doctrina y en la integridad de vida de la Iglesia y de sus miembros. A la Iglesia toca hacer presentes y como visibles a Dios Padre y a su Hijo encarnado en la continua renovación y purificación propias bajo la guía del Espíritu Santo. Esto se logra principalmente con el testimonio de una fe viva y adulta y el amor fraterno” (GS 21). “En realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado” (GS 22).

Respetemos a los no creyentes, pero que éstos también nos respeten a nosotros. La mejor forma de contrarrestar el ateísmo, es cimentando nuestra fe en la Palabra de Dios y en la doctrina de la Iglesia, y sobre todo con nuestra coherencia de vida en la justicia, la verdad, la honestidad, el servicio fraterno, la opción por los pobres.


Domingo XIII del T. O. Ciclo C

junio 27, 2010

Venid, os haré pescadores de hombres

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DOMINGO XIII DEL T. O.

Ciclo C

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ORACIÓN COLECTA

Padre de bondad, que por la gracia de la adopción nos has hecho hijos de la luz, concédenos vivir fuera de las tinieblas del error y permanecer siempre en el esplendor de la verdad. Por nuestro Señor Jesucristo.

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PRECES DE LAUDES, O DE LA MAÑANA

Glorifiquemos al Señor Jesús, luz que alumbra a todo hombre y Sol de justicia que no conoce el ocaso, y digámosle:

R/. ¡Oh Señor, vida y salvación nuestra!

Creador del universo, al darte gracias por el nuevo día que ahora empieza, te pedimos que el recuerdo de tu santa resurrección sea nuestro gozo durante este domingo. R/.

Que tu Espíritu Santo nos enseñe a cumplir tu voluntad, y que tu sabiduría dirija hoy nuestras acciones. R/.

Que, al celebrar la eucaristía de este domingo, tu palabra nos llene de gozo, y la participación en tu banquete haga crecer nuestra esperanza. R/.

Que sepamos contemplar las maravillas que tu generosidad nos concede, y vivamos durante todo el día en acción de gracias. R/.

Digamos ahora, todos juntos, la oración que nos enseñó el mismo Señor: Padre nuestro…

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PRIMERA LECTURA

I REYES 19, 16b.19-21

En aquellos días, el Señor dijo a Elías: «Unge profeta sucesor tuyo a Eliseo, hijo de Safat, de Prado Bailén». Elías se marchó y encontró a Eliseo, hijo de Safat, arando con doce yuntas en fila, él con la última. Elías pasó a su lado y le echó encima el manto. Entonces Eliseo, dejando los bueyes, corrió tras Elías y le pidió: «Déjame decir adiós a mis padres; luego vuelvo y te sigo». Elías le dijo: «Ve y vuelve; ¿quién te lo impide?». Eliseo dio la vuelta, cogió la yunta de bueyes y los ofreció en sacrificio; hizo fuego con los aperos, asó la carne y ofreció de comer a su gente; luego se levantó, marchó tras Elías y se puso a su servicio.

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SALMO RESPONSORIAL (Sal 15)

Tú, Señor, eres el lote de mi heredad.

Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti; yo digo al Señor: «Tú eres mi bien». El Señor es el lote de mi heredad y mi copa; mi suerte está en tu mano.

Tú, Señor, eres el lote de mi heredad.

Bendeciré al Señor, que me aconseja, hasta de noche me instruye internamente. Tengo siempre presente al Señor, con él a mi derecha no vacilaré.

Tú, Señor, eres el lote de mi heredad.

Por eso se me alegra el corazón, se gozan mis entrañas, y mi carne descansa serena. Porque no me entregarás a la muerte, ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción.

Tú, Señor, eres el lote de mi heredad.

Me enseñarás el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha.

Tú, Señor, eres el lote de mi heredad.

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SEGUNDA LECTURA

GÁLATAS 5, 1.13-18

Hermanos: Para vivir en libertad, Cristo nos ha liberado. Por tanto, manteneos firmes, y no os sometáis de nuevo al yugo de la esclavitud. Hermanos, vuestra vocación es la libertad: no una libertad para que se aproveche la carne; al contrario, sed esclavos unos de otros por amor. Porque toda la Ley se concentra en esta frase: «Amarás al prójimo como a ti mismo». Pero, atención: que si os mordéis y devoráis unos a otros, terminaréis por destruiros mutuamente. Yo os lo digo: andad según el Espíritu y no realicéis los deseos de la carne; pues la carne desea contra el espíritu y el espíritu contra la carne. Hay entre ellos un antagonismo tal que no hacéis lo que quisierais. En cambio, si os guía el Espíritu, no estáis bajo el dominio de la Ley.

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EVANGELIO

LUCAS 9, 51 62

Cuando se iba cumpliendo el tiempo de ser llevado al cielo, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén. Y envió mensajeros por delante. De camino, entraron en una aldea de Samaria para prepararle alojamiento. Pero no lo recibieron, porque se dirigía a Jerusalén. Al ver esto, Santiago y Juan, discípulos suyos, le preguntaron: «Señor, ¿quieres que mandemos bajar fuego del cielo que acabe con ellos?». Él se volvió y les regañó. Y se marcharon a otra aldea.

Mientras iban de camino, le dijo uno: «Te seguiré adonde vayas». Jesús le respondió: «Las zorras tienen madriguera, y los pájaros nido, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza». A otro le dijo: «Sígueme». Él respondió: «Déjame primero ir a enterrar a mi padre». Le contestó: «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el reino de Dios». Otro le dijo: «Te seguiré, Señor. Pero déjame primero despedirme de mi familia». Jesús le contestó: «El que echa mano al arado y sigue mirando atrás no vale para el reino de Dios».

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El Padrenuestro Comentado (y 7)

junio 22, 2010

Madre Teresa, palabras y hechos

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(y 7) Del tratado de san Cipriano, obispo y mártir,

sobre el Padrenuestro

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Hay que orar no sólo con palabras, sino también con hechos

No es de extrañar, queridos hermanos, que la oración que nos enseñó Dios con su magisterio resuma todas nues­tras peticiones en tan breves y saludables palabras. Esto ya había sido predicho anticipadamente por el profeta Isaías, cuando, lleno de Espíritu Santo, habló de la piedad y la majestad de Dios, diciendo: Palabra que acaba y abrevia en justicia, porque Dios abreviará su palabra en todo el orbe de la tierra.

En efecto, cuando vino aquel que es la Palabra de Dios en persona, nuestro Señor Jesu­cristo, para reunir a todos, sabios e ignorantes, y para enseñar a todos, sin distinción de sexo o edad, el camino de salvación, quiso resumir en un sublime compendio todas sus enseñanzas, para no sobrecargar la memoria de los que aprendían su doctrina celestial y para que aprendiesen con facilidad lo elemental de la fe cristiana.

Y así, al enseñar en qué consiste la vida eterna, nos re­sumió el misterio de esta vida en estas palabras tan breves y llenas de divina grandiosidad: Ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Je­sucristo.

Asimismo, al discernir los primeros y más impor­tantes mandamientos de la ley y los profetas, dice: Escu­cha, Israel; el Señor, Dios nuestro, es el único Señor; y: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser. Éste es el primero. El segundo es semejante a él: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Estos dos mandamientos sostienen la ley entera y los pro­fetas. Y también: Tratad a los demás como queréis que ellos os traten; en esto consiste la ley y los profetas.

Además, Dios nos enseñó a orar no sólo con palabras, sino también con hechos, ya que él oraba con frecuencia, mostrando, con el testimonio de su ejemplo, cuál ha de ser nuestra conducta en este aspecto; leemos, en efecto: Jesús solía retirarse a despoblado para orar; y también: Subió a la montaña a orar, y pasó la noche orando a Dios.

El Señor, cuando oraba, no pedía por sí mismo –¿qué podía pedir por sí mismo, si él era inocente?–, sino por nuestros pecados, como lo declara con aquellas palabras que dirige a Pedro: Satanás os ha reclamado para criba­ros como trigo. Pero yo he pedido por ti; para que tu fe no se apague. Y luego ruega al Padre por todos, dicien­do: No sólo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también lo sean en nosotros.

Gran benignidad y bondad la de Dios para nuestra salvación: no contento con redimirnos con su sangre, ruega también por nosotros. Pero atendamos cuál es el deseo de Cristo, expresado en su oración: que así como el Padre y el Hijo son una misma cosa, así también nosotros imitemos esta unidad (Núms. 39-40: CCL 69, 340-341).

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Domingo XII del T. O. Ciclo C

junio 20, 2010

¿Quién dice la gente que soy yo? ¿Y vosotros...?

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DOMINGO XII DEL T. O.

Ciclo C

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ORACIÓN COLECTA

Concédenos vivir siempre, Señor, en el amor y respeto a tu santo nombre, porque jamás dejas de dirigir a quienes estableces en el sólido fundamento de tu amor. Por nuestro Señor Jesucristo.

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PRECES DE LAUDES, O DE LA MAÑANA

Dios nos ama y sabe lo que nos hace falta; aclamemos, pues, su poder y su bondad, abriendo, gozosos, nuestros corazones a la alabanza:

R/. Te alabamos, Señor, y confiamos en ti.

Te bendecimos, Dios todopoderoso, Rey del universo, porque a nosotros, injustos y pecadores, nos has llamado al conocimiento de la verdad; haz que te sirvamos con santidad y justicia. R/.

Vuélvete a nosotros, oh Dios, tú que has querido abrirnos la puerta de tu misericordia, y haz que nunca nos apartemos del camino que lleva a la vida. R/.

Ya que hoy celebramos la resurrección del Hijo de tu amor, haz que este día transcurra lleno de gozo espiritual. R/.

Da, Señor, a tus fieles el espíritu de oración y de alabanza, para que en toda ocasión te demos gracias. R/.

Movidos ahora todos por el mismo Espíritu que nos da Cristo resucitado, acudamos a Dios, de quien somos verdaderos hijos, diciendo: Padre nuestro…

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PRIMERA LECTURA

Mirarán al que atravesaron

Lectura de la profecía de Zacarías 12, 10-11; 13, 1

Así dice el Señor: «Derramaré sobre la dinastía de David y sobre los habitantes de Jerusalén un espíritu de gracia y de clemencia. Me mirarán a mí, a quien traspasaron, harán llanto como llanto por el hijo único, y llorarán como se llora al primogénito.

Aquel día, será grande el luto en Jerusalén, como el luto de Hadad-Rimón en el valle de Meguido».

Aquel día, se alumbrará un manantial, a la dinastía de David y a los habitantes de Jerusalén, contra pecados e impurezas.

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SALMO 62, 2. 3-4. 5-6. 8-9

R. Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío.

Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo, mi alma está sedienta de ti; mi carne tiene ansia de ti, como tierra reseca, agostada, sin agua. R.

¡Cómo te contemplaba en el santuario viendo tu fuerza y tu gloria! Tu gracia vale más que la vida, te alabarán mis labios. R.

Toda mi vida te bendeciré y alzaré las manos invocándote. Me saciaré como de enjundia y de manteca, y mis labios te alabarán jubilosos. R.

Porque fuiste mi auxilio, y a la sombra de tus alas canto con júbilo; mi alma está unida a ti, y tu diestra me sostiene. R.

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SEGUNDA LECTURA

Los que habéis sido bautizados os habéis revestido de Cristo

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Gálatas 3, 26-29

Hermanos: Todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. Los que os habéis incorporado a Cristo por el bautismo os habéis revestido de Cristo. Ya no hay distinción entre judíos y gentiles, esclavos y libres, hombres y mujeres, porque todos sois uno en Cristo Jesús. Y, si sois de Cristo, sois descendencia de Abrahán y herederos de la promesa.

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EVANGELIO

Tú eres el Mesías de Dios. El Hijo del hombre tiene que padecer mucho

Lectura del santo evangelio según san Lucas 9, 18-24

Una vez que Jesús estaba orando solo, en presencia de sus discípulos, les preguntó:

– «¿Quién dice la gente que soy yo?»

Ellos contestaron:

– «Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros dicen que ha vuelto a la vida uno de los antiguos profetas.»

Él les preguntó:

– «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?»

Pedro tomó la palabra y dijo: «El Mesías de Dios»

El les prohibió terminantemente decírselo a nadie. Y añadió:

– «El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día»

Y, dirigiéndose a todos, dijo:

– «El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo. Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará».

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El Padrenuestro Comentado (6)

junio 19, 2010

Como hijos de Dios permanezcamos en la paz de Dios

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(6) Del tratado de san Cipriano, obispo y mártir,

sobre el Padrenuestro

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Que los que somos hijos de Dios permanezcamos en la paz de Dios

El Señor añade una condición necesaria e ineludible, que es, a la vez, un mandato y una promesa, esto es, que pidamos el perdón de nuestras ofensas en la medida en que nosotros perdonamos a los que nos ofenden, para que sepamos que es imposible alcanzar el perdón que pedimos de nuestros pecados si nosotros no actuamos de modo se­mejante con los que nos han hecho alguna ofensa.

Por ello, dice también en otro lugar: La medida que uséis, la usarán con vosotros. Y aquel siervo del Evangelio, a quien su amo había perdonado toda la deuda y que no quiso luego perdonarla a su compañero, fue arrojado a la cárcel. Por no haber querido ser indulgente con su compañero, perdió la indulgencia que había conseguido de su amo.

Y vuelve Cristo a inculcarnos esto mismo, todavía con más fuerza y energía, cuando nos manda severamente: Cuando os pongáis a orar, perdonad lo que tengáis contra otros, para que también vuestro Padre del cielo os perdo­ne vuestras culpas. Pero, si vosotros no perdonáis, tam­poco vuestro Padre celestial perdonará vuestros pecados. Ninguna excusa tendrás en el día del juicio, ya que serás juzgado según tu propia sentencia y serás tratado confor­me a lo que tú hayas hecho.

Dios quiere que seamos pacíficos y concordes y que ha­bitemos unánimes en su casa, y que perseveremos en nuestra condición de renacidos a una vida nueva, de tal modo que los que somos hijos de Dios permanezcamos en la paz de Dios y los que tenemos un solo espíritu ten­gamos también un solo pensar y sentir.

Por esto, Dios tampoco acepta el sacrificio del que no está en concor­dia con alguien, y le manda que se retire del altar y vaya primero a reconciliarse con su hermano; una vez que se haya puesto en paz con él, podrá también reconciliarse con Dios en sus plegarias.

El sacrificio más importante a los ojos de Dios es nuestra paz y concordia fraterna y un pueblo cuya unión sea un reflejo de la unidad que existe entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Además, en aquellos primeros sacrificios que ofrecieron Abel y Caín, lo que miraba Dios no era la ofrenda en sí, sino la intención del oferente, y, por eso, le agradó la ofrenda del que se la ofrecía con intención recta. Abel, el pacífico y justo, con su sacrificio irreprochable, enseñó a los demás que, cuando se acerquen al altar para hacer su ofrenda, deben hacerlo con temor de Dios, con rectitud de corazón, con sinceridad, con paz y concordia.

En efec­to, el justo Abel, cuyo sacrificio había reunido estas cualidades, se convirtió más tarde él mismo en sacrificio y así con su sangre gloriosa, por haber obtenido la justicia y la paz del Señor, fue el primero en mostrar lo que había de ser el martirio, que culminaría en la pasión del Señor. Aquellos que lo imitan son los que serán coronados por el Señor, los que serán reivindicados el día del juicio.

Por lo demás, los discordes, los disidentes, los que no están en paz con sus hermanos no se librarán del pecado de su discordia, aunque sufran la muerte por el nombre de Cristo, como atestiguan el Apóstol y otros lugares de la sagrada Escritura, pues está escrito: El que odia a su hermano es un homicida, y el homicida no puede alcanzar el reino de los cielos y vivir con Dios. No puede vivir con Cristo el que prefiere imitar a Judas y no a Cristo (Caps. 23-24: CSEL 3, 284-285).

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El Padrenuestro Comentado (5)

junio 18, 2010

Después del pan de cada día, pedimos el perdón de los pecados

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(5) Del tratado de san Cipriano, obispo y mártir,

sobre el Padrenuestro

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Después del alimento, pedimos el perdón de los pecados

Continuamos la oración y decimos: El pan nuestro de cada día dánosle hoy. Esto puede entenderse en sentido espiritual o literal, pues de ambas maneras aprovecha a nuestra salvación. En efecto, el pan de vida es Cristo, y este pan no es sólo de todos en general, sino también nuestro en particular. Porque, del mismo modo que deci­mos: Padre nuestro, en cuanto que es Padre de los que lo conocen y creen en él, de la misma manera decimos: El pan nuestro, ya que Cristo es el pan de los que entramos en contacto con su cuerpo.

Pedimos que se nos dé cada día este pan, a fin de que los que vivimos en Cristo y recibimos cada día su euca­ristía como alimento saludable no nos veamos privados, por alguna falta grave, de la comunión del pan celestial y quedemos separados del cuerpo de Cristo, ya que él mis­mo nos enseña: Yo soy el pan que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.

Por lo tanto, si él afirma que los que coman de este pan vivirán para siempre, es evidente que los que entran en contacto con su cuerpo y participan rectamente de la eucaristía poseen la vida; por el contrario, es de temer, y hay que rogar que no suceda así, que aquellos que se pri­van de la unión con el cuerpo de Cristo queden también privados de la salvación, pues el mismo Señor nos conmi­na con estas palabras: Si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. Por eso, pedimos que nos sea dado cada día nuestro pan, es decir, Cristo, para que todos los que vivimos y perma­necemos en Cristo no nos apartemos de su cuerpo que nos santifica.

Después de esto, pedimos también por nuestros peca­dos, diciendo: Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores. Después del alimento, pedimos el perdón de los pecados.

Esta petición nos es muy conveniente y provecho­sa, porque ella nos recuerda que somos pecadores, ya que, al exhortarnos el Señor a pedir el perdón de los pecados, despierta con ello nuestra conciencia. Al mandarnos que pidamos cada día el perdón de nuestros pecados, nos ense­ña que cada día pecamos, y así nadie puede vanagloriarse de su inocencia ni sucumbir al orgullo.

Es lo mismo que nos advierte Juan en su carta, cuan­do dice: Si decimos que no hemos pecado, nos engañamos y no somos sinceros. Pero, si confesamos nuestros peca­dos, él, que es fiel y justo, nos perdonará los pecados. Dos cosas nos enseña en esta carta: que hemos de pedir el per­dón de nuestros pecados, y que esta oración nos alcanza el perdón. Por esto, dice que el Señor es fiel, porque él nos ha prometido el perdón de los pecados y no puede faltar a su palabra, ya que, al enseñarnos a pedir que sean perdo­nadas nuestras ofensas y pecados, nos ha prometido su misericordia paternal y, en consecuencia, su perdón (Caps. 18.22: CSEL 3, 280-281.283-284).

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El Padrenuestro Comentado (4)

junio 17, 2010

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Venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad

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(4) Del tratado de san Cipriano, obispo y mártir,

sobre el Padrenuestro

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Venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad

Prosigue la oración que comentamos: Venga a nosotros tu reino. Pedimos que se haga presente en nosotros el reino de Dios, del mismo modo que suplicamos que su nombre sea santificado en nosotros. Porque no hay un solo momento en que Dios deje de reinar, ni puede empe­zar lo que siempre ha sido y nunca dejará de ser.

Pedi­mos a Dios que venga a nosotros nuestro reino que tene­mos prometido, el que Cristo nos ganó con su sangre y su pasión, para que nosotros, que antes servimos al mun­do, tengamos después parte en el reino de Cristo, como él nos ha prometido, con aquellas palabras: Venid voso­tros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo.

También podemos entender, hermanos muy amados, este reino de Dios, cuya venida deseamos cada día, en el sentido de la misma persona de Cristo, cuyo próximo advenimiento es también objeto de nuestros deseos. Él es la resurrección, ya que en él resucitaremos, y por esto podemos identificar el reino de Dios con su persona, ya que en él hemos de reinar.

Con razón, pues, pedimos el reino de Dios, esto es, el reino celestial, porque existe también un reino terrestre. Pero el que ya ha renunciado al mundo está por encima de los honores y del reino de este mundo.

Pedimos a continuación: Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo, no en el sentido de que Dios haga lo que quiera, sino de que nosotros seamos capaces de hacer lo que Dios quiere. ¿Quién, en efecto, puede impedir que Dios haga lo que quiere? Pero a nosotros sí que el diablo puede impedirnos nuestra total sumisión a Dios en sentimientos y acciones; por esto pedimos que se haga en nosotros la voluntad de Dios, y para ello necesi­tamos de la voluntad de Dios, es decir, de su protección y ayuda, ya que nadie puede confiar en sus propias fuer­zas, sino que la seguridad nos viene de la benignidad y mi­sericordia divinas.

Además, el Señor, dando pruebas de la debilidad humana, que él había asumido, dice: Padre mío, si es posible, que pase y se aleje de mí ese cáliz, y, para dar ejemplo a sus discípulos de que hay que antepo­ner la voluntad de Dios a la propia, añade: Pero, no se haga lo que yo quiero, sino lo que tú quieres.

La voluntad de Dios es la que Cristo cumplió y enseñó. La humildad en la conducta, la firmeza en la fe, el respeto en las palabras, la rectitud en las acciones, la misericordia en las obras, la moderación en las costumbres; el no hacer agravio a los demás y tolerar los que nos hacen a nosotros, el conservar la paz con nuestros hermanos; el amar al Señor de todo corazón, amarlo en cuanto Padre, temerlo en cuanto Dios; el no anteponer nada a Cristo, ya que él nada antepuso a nosotros; el mantenernos inseparable­mente unidos a su amor, el estar junto a su cruz con for­taleza y confianza; y, cuando está en juego su nombre y su honor, el mostrar en nuestras palabras la constancia de la fe que profesamos, en los tormentos, la confianza con que luchamos y, en la muerte, la paciencia que nos obtiene la corona.

Esto es querer ser coherederos de Cristo, esto es cumplir el precepto de Dios y la voluntad del Padre (Caps. 13-15: CSEL 3, 275-278).

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El Padrenuestro Comentado (3)

junio 16, 2010

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(3) Del tratado de san Cipriano, obispo y mártir,

sobre el Padrenuestro

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Santificado sea tu nombre

Santificado sea tu nombre

Cuán grande es la benignidad del Señor, cuán abun­dante la riqueza de su condescendencia y de su bondad para con nosotros, pues ha querido que, cuando nos pone­mos en su presencia para orar, lo llamemos con el nom­bre de Padre y seamos nosotros llamados hijos de Dios, a imitación de Cristo, su Hijo; ninguno de nosotros se hubiera nunca atrevido a pronunciar este nombre en la oración, si él no nos lo hubiese permitido.

Por tanto, hermanos muy amados, debemos recordar y saber que, pues llamamos Padre a Dios, tenemos que obrar como hijos suyos, a fin de que él se complazca en nosotros, como nosotros nos complacemos de tenerlo por Padre.

Sea nuestra conducta cual conviene a nuestra condi­ción de templos de Dios, para que se vea de verdad que Dios habita en nosotros. Que nuestras acciones no desdi­gan del Espíritu: hemos comenzado a ser espirituales y celestiales y, por consiguiente, hemos de pensar y obrar cosas espirituales y celestiales, ya que el mismo Señor Dios ha dicho: Yo honro a los que me honran, y serán humillados los que me desprecian.

Asimismo el Apóstol dice en una de sus cartas: No os poseéis en propiedad, porque os han comprado pagando un precio por vosotros. Por tanto, ¡glorificad a Dios con vuestro cuerpo!

A continuación, añadimos: Santificado sea tu nombre, no en el sentido de que Dios pueda ser santificado por nuestras oraciones, sino en el sentido de que pedimos a Dios que su nombre sea santificado en nosotros. Por lo demás, ¿por quién podría Dios ser santificado, si es él mis­mo quien santifica?

Mas, como sea que él ha dicho: Sed santos, porque yo soy santo, por esto, pedimos y rogamos que nosotros, que fuimos santificados en el bautismo, per­severemos en esta santificación inicial.

Y esto lo pedimos cada día. Necesitamos, en efecto, de esta santificación co­tidiana, ya que todos los días delinquimos, y por esto ne­cesitamos ser purificados mediante esta continua y reno­vada santificación.

El Apóstol nos enseña en qué consiste esta santificación que Dios se digna concedernos, cuando dice: Los inmo­rales, idólatras, adúlteros, afeminados, invertidos, ladro­nes, codiciosos, borrachos, difamadores o estafadores no heredarán el reino de Dios. Así erais algunos antes. Pero os lavaron, os consagraron, os perdonaron en el nombre de nuestro Señor Jesucristo y por el Espíritu de nuestro Dios. Afirma que hemos sido consagrados en el nombre de nuestro Señor Jesucristo y por el Espíritu de nuestro Dios.

Lo que pedimos, pues, es que permanezca en noso­tros esta consagración o santificación y –acordándonos de que nuestro juez y Señor conminó a aquel hombre que él había curado y vivificado a que no volviera a pecar más, no fuera que le sucediese algo peor– no dejamos de pedir a Dios, de día y de noche, que la santificación y vivificación que nos viene de su gracia sea conservada en nosotros con ayuda de esta misma gracia (Caps. 11-12: CSEL 3, 274-275).

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