El maná de cada día, 15.8.19

agosto 15, 2019

La Asunción de la Virgen María

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Sexto día de la Novena a San Ezequiel Moreno, agustino recoleto, cuya fiesta se celebra el 19 de éste. La encuentras al final de esta entrada o artículo. Además de unirnos a todos los devotos de San Ezequiel, le confiamos a Dios, por su intercesión, todas las peticiones de salud y de gracias que recibimos en este blog, con mucha frecuencia. Dios se glorifique en esta novena. San Ezequiel, ruega por nosotros.
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Elevada a los cielos en cuerpo y alma

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Antífona de entrada: Ap 12, 1

Apareció una figura portentosa en el cielo: una mujer vestida del sol, la luna por pedestal, coronada con doce estrellas.


Oración Colecta

Dios todopoderoso y eterno, que has elevado en cuerpo y alma a los cielos a la inmaculada Virgen María, Madre de tu Hijo, concédenos, te rogamos, que, aspirando siempre a las realidades divinas, lleguemos a participar con ella de su misma gloria en el cielo. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: Apocalipsis 11, 19a;12,1.3-6a.10ab

Se abrió en el cielo el santuario de Dios y en su santuario apareció el arca de su alianza. Después apareció una figura portentosa en el cielo: Una mujer vestida de sol, la luna por pedestal, coronada con doce estrellas.

Apareció otra señal en el cielo: Un enorme dragón rojo, con siete cabezas y diez cuernos y siete diademas en las cabezas. Con la cola barrió del cielo un tercio de las estrellas, arrojándolas a la tierra. El dragón estaba enfrente de la mujer que iba a dar a luz, dispuesto a tragarse el niño en cuanto naciera.

Dio a luz un varón, destinado a gobernar con vara de hierro a los pueblos. Arrebataron al niño y lo llevaron junto al trono de Dios. La mujer huyó al desierto, donde tiene un lugar reservado por Dios.

Se oyó una gran voz en el cielo: «Ahora se estableció la salud y el poderío, y el reinado de nuestro Dios, y la potestad de su Cristo.»


SALMO 44, 10bc.11-12ab.16

De pie a tu derecha está la reina, enjoyada con oro de Ofir.

Hijas de reyes salen a tu encuentro, de pie a tu derecha está la reina, enjoyada con oro de Ofir.

Escucha, hija, mira: inclina el oído, olvida tu pueblo y la casa paterna; prendado está el rey de tu belleza: póstrate ante él, que él es tu señor.

Las traen entre alegría y algazara, van entrando en el palacio real.


SEGUNDA LECTURA: 1 Corintios 15, 20-27a

Cristo resucitó de entre los muertos: el primero de todos. Si por un hombre vino la muerte, por un hombre ha venido la resurrección. Si por Adán murieron todos, por Cristo todos volverán a la vida.

Pero cada uno en su puesto: primero Cristo, como primicia; después, cuando él vuelva, todos los que son de Cristo; después los últimos, cuando Cristo devuelva a Dios Padre su reino, una vez aniquilado todo principado, poder y fuerza.

Cristo tiene que reinar hasta que Dios haga de sus enemigos estrado de sus pies. El último enemigo aniquilado será la muerte. Porque Dios ha sometido todo bajo sus pies.


Aclamación antes del Evangelio

De pie a tu derecha está la reina, enjoyada con oro de Ofir.


EVANGELIO: Lucas 1, 39-56

En aquellos días, María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre.

Se llenó Isabel del Espíritu Santo y dijo a voz en grito: «¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá.»

María dijo: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación.

Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos. Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia –como lo había prometido a nuestros padres– en favor de Abrahán y su descendencia por siempre.»

María se quedó con Isabel unos tres meses y después volvió a su casa.


Antífona de comunión: Lc 1, 48-49

Me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí.

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TU CUERPO ES SANTO Y SOBREMANERA GLORIOSO

Constitución apostólica Munificentíssimus Deus del papa Pío XII

Los santos Padres y grandes doctores, en las homilías y disertaciones dirigidas al pueblo en la fiesta de la Asunción de la Madre de Dios, hablan de este hecho como de algo ya conocido y aceptado por los fieles y lo explican con toda precisión, procurando, sobre todo, hacerles comprender que lo que se conmemora en esta festividad es no sólo el hecho de que el cuerpo sin vida de la Virgen María no estuvo sujeto a la corrupción, sino también su triunfo sobre la muerte y su glorificación en el cielo, a imitación de su Hijo único Jesucristo.

Y, así, san Juan Damasceno, el más ilustre transmisor de esta tradición, comparando la asunción de la santa Madre de Dios con sus demás dotes y privilegios, afirma, con elocuencia vehemente:

«Convenía que aquella que en el parto había conservado intacta su virginidad conservara su cuerpo también después de la muerte libre de la corruptibilidad. Convenía que aquella que había llevado al Creador como un niño en su seno tuviera después su mansión en el cielo. Convenía que la esposa que el Padre había desposado habitara en el tálamo celestial.

Convenía que aquella que había visto a su Hijo en la cruz y cuya alma había sido atravesada por la espada del dolor, del que se había visto libre en el momento del parto, lo contemplara sentado a la derecha del Padre. Convenía que la Madre de Dios poseyera lo mismo que su Hijo y que fuera venerada por toda criatura como Madre y esclava de Dios».

Según el punto de vista de san Germán de Constantinopla, el cuerpo de la Virgen María, la Madre de Dios, se mantuvo incorrupto y fue llevado al cielo, porque así lo pedía no sólo el hecho de su maternidad divina, sino también la peculiar santidad de su cuerpo virginal:

«Tú, según está escrito, te muestras con belleza; y tu cuerpo virginal es todo él santo, todo él casto, todo él morada de Dios, todo lo cual hace que esté exento de disolverse y convertirse en polvo, y que, sin perder su condición humana, sea transformado en cuerpo celestial incorruptible, lleno de vida y sobremanera glorioso, incólume y partícipe de la vida perfecta».

Otro antiquísimo escritor afirma:

«La gloriosísima Madre de Cristo, nuestro Dios y salvador, dador de la vida y de la inmortalidad, por él es vivificada, con un cuerpo semejante al suyo en la incorruptibilidad, ya que él la hizo salir del sepulcro y la elevó hacia sí mismo, del modo que él solo conoce».

Todos estos argumentos y consideraciones de los santos Padres se apoyan, como en su último fundamento, en la sagrada Escritura; ella, en efecto, nos hace ver a la santa Madre de Dios unida estrechamente a su Hijo divino y solidaria siempre de su destino.

Y, sobre todo, hay que tener en cuenta que, ya desde el siglo segundo, los santos Padres presentan a la Virgen María como la nueva Eva asociada al nuevo Adán, íntimamente unida a él, aunque de modo subordinado, en la lucha contra el enemigo infernal, lucha que, como se anuncia en el protoevangelio, había de desembocar en una victoria absoluta sobre el pecado y la muerte, dos realidades inseparables en los escritos del Apóstol de los gentiles.

Por lo cual, así como la gloriosa resurrección de Cristo fue la parte esencial y el último trofeo de esta victoria, así también la participación que tuvo la santísima Virgen en esta lucha de su Hijo había de concluir con la glorificación de su cuerpo virginal, ya que, como dice el mismo Apóstol: Cuando esto mortal se vista de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra escrita: «La muerte ha sido absorbida en la victoria».

Por todo ello, la augusta Madre de Dios, unida a Jesucristo de modo arcano, desde toda la eternidad, por un mismo y único decreto de predestinación, inmaculada en su concepción, virgen integérrima en su divina maternidad, asociada generosamente a la obra del divino Redentor, que obtuvo un pleno triunfo sobre el pecado y sus consecuencias, alcanzó finalmente, como suprema coronación de todos sus privilegios, el ser preservada inmune de la corrupción del sepulcro y, a imitación de su Hijo, vencida la muerte, ser llevada en cuerpo y alma a la gloria celestial, para resplandecer allí como reina a la derecha de su Hijo, el rey inmortal de los siglos (AAS 42, 1950, 760-762.767-769).
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NOVENA A SAN EZEQUIEL MORENO

San Ezequiel Moreno, agustino recoleto




ORACIÓN PARA TODOS LOS DÍAS

Aquí me tienes, Dios mío y Padre mío, en tu presencia. Humildemente te pido perdón de todas mis culpas y la gracia de perseverar en tu santo servicio hasta la muerte. Deseo durante estos nueve días recordar las virtudes de san Ezequiel Moreno para renovar mi fe y mi entrega a ti, mi Señor.

Por intercesión de san Ezequiel, te ruego escuches mis ruegos y me concedas la gracia especial que te pido en esta novena. Finalmente, te encomiendo a todos los enfermos, en particular a los terminales y a los que sufren de cáncer. Por Jesucristo nuestro Señor.- Amén.


DÍA 6º.- Una de las cosas más recomendadas por Jesús es la oración. Él nos dio ejemplo y nos invitó a practicarla con perseverancia. El P. Ezequiel dedicaba cada día largas horas a la oración, especialmente ante el Santísimo Sacramento. De ahí brotaban su caridad ardiente, su celo, su austeridad de vida, su sabiduría espiritual y su fortaleza para practicar el bien. (Pausa de reflexión y oración)

Padre nuestro, muéstranos hoy a Jesús enseñándonos a orar y haz que podamos imitarlo con nuestras acciones y nuestros sentimientos. Que siguiendo a Jesús y con la ayuda de san Ezequiel, podamos acercarnos siempre a ti con toda confianza y agradecimiento. Por el mismo Jesucristo Nuestro Señor.- Amén.

(Pídase la gracia especial que se desee alcanzar en la novena)


Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

San Ezequiel Moreno, ruega por nosotros.


ORACIÓN FINAL PARA TODOS LOS DÍAS

Padre nuestro: la oración confiada y la certeza de la intercesión de san Ezequiel son para mí un remanso de paz y de consuelo en mis penas y trabajos. Haz que sus ejemplos me estimulen siempre hacia el bien y que no me falte nunca su protección bondadosa.

Te lo pido por Jesucristo Nuestro Señor.- Amén.
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El maná de cada día, 26.7.19

julio 26, 2019

Viernes de la 16ª semana del Tiempo Ordinario

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Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo

La ley del Señor es perfecta



PRIMERA LECTURA: Éxodo 20, 1-17

En aquellos días, el Señor pronunció las siguientes palabras:

«Yo soy el Señor, tu Dios, que te saqué de Egipto, de la esclavitud. No tendrás otros dioses frente a mí. No te harás ídolos, figura alguna de lo que hay arriba en el cielo, abajo en la tierra o en el agua debajo de la tierra.

No te postrarás ante ellos, ni les darás culto; porque yo, el Señor, tu Dios, soy un dios celoso: castigo el pecado de los padres en los hijos, nietos y biznietos, cuando me aborrecen. Pero actúo con piedad por mil generaciones cuando me aman y guardan mis preceptos.

No pronunciarás el nombre del Señor, tu Dios, en falso. Porque no dejará el Señor impune a quien pronuncie su nombre en falso. Fíjate en el sábado para santificado.

Durante seis días trabaja y haz tus tareas, pero el día séptimo es un día de descanso, dedicado al Señor, tu Dios: no harás trabajo alguno, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu esclavo, ni tu esclava, ni tu ganado, ni el forastero que viva en tus ciudades.

Porque en seis días hizo el Señor el cielo, la tierra y el mar y lo que hay en ellos. Y el séptimo día descansó: por eso bendijo el Señor el sábado y lo santificó. Honra a tu padre y a tu madre: así prolongarás tus días en la tierra que el Señor, tu Dios, te va a dar.

No matarás.

No cometerás adulterio.

No robarás.

No darás testimonio falso contra tu prójimo.

No codiciarás los bienes de tu prójimo; no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su esclavo, ni su esclava, ni su buey, ni su asno, ni nada que sea de él.»



SALMO 18, 8. 9. 10. 11

Señor, tú tienes palabras de vida eterna.

La ley del Señor es perfecta y es descanso del alma; el precepto del Señor es fiel e instruye al ignorante.

Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón; la norma del Señor es límpida y da luz a los ojos.

La voluntad del Señor es pura y eternamente estable; los mandamientos del Señor son verdaderos y enteramente justos.

Más preciosos que el oro, más que el oro fino; más dulces que la miel de un panal que destila.


ALELUYA: 8, 15

Dichosos los que cumplen la palabra del Señor con un corazón bueno y sincero, y perseveran hasta dar fruto.


EVANGELIO: Mateo 13, 18-23

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«Vosotros oíd lo que significa la parábola del sembrador: Si uno escucha la palabra del reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado al borde del camino.

Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que la escucha y la acepta en seguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante, y, en cuanto viene una dificultad o persecución por la palabra, sucumbe.

Lo sembrado entre zarzas significa el que escucha la palabra; pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas la ahogan y se queda estéril.

Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra y la entiende; ése dará fruto y producirá ciento o sesenta o treinta por uno.»


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La unidad del Decálogo y la ley natural
Catecismo de la Iglesia Católica (2069-2071)

El Decálogo forma un todo indisociable. Cada una de las “diez palabras” remite a cada una de las demás y al conjunto; se condicionan recíprocamente. Las dos tablas se iluminan mutuamente; forman una unidad orgánica. Transgredir un mandamiento es quebrantar todos los otros (cf St 2, 10-11). No se puede honrar a otro sin bendecir a Dios su Creador. No se podría adorar a Dios sin amar a todos los hombres, que son sus creaturas. El Decálogo unifica la vida teologal y la vida social del hombre.

Los diez mandamientos pertenecen a la revelación de Dios. Nos enseñan al mismo tiempo la verdadera humanidad del hombre. Ponen de relieve los deberes esenciales y, por tanto indirectamente, los derechos fundamentales, inherentes a la naturaleza de la persona humana. El Decálogo contiene una expresión privilegiada de la “ley natural”:

«Desde el comienzo, Dios había puesto en el corazón de los hombres los preceptos de la ley natural. Primeramente se contentó con recordárselos. Esto fue el Decálogo, el cual, si alguien no lo guarda, no tendrá la salvación, y no les exigió nada más» (San Ireneo de Lyon, Adversus haereses, 4, 15, 1).

Aunque accesibles a la sola razón, los preceptos del Decálogo han sido revelados. Para alcanzar un conocimiento completo y cierto de las exigencias de la ley natural, la humanidad pecadora necesitaba esta revelación:

«En el estado de pecado, una explicación plena de los mandamientos del Decálogo resultó necesaria a causa del oscurecimiento de la luz de la razón y de la desviación de la voluntad» (San Buenaventura, In quattuor libros Sententiarum, 3, 37, 1, 3).

Conocemos los mandamientos de la ley de Dios por la revelación divina que nos es propuesta en la Iglesia, y por la voz de la con ciencia moral.


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26 de julio
San Joaquín y Santa Ana
Padres de la Virgen María

Una antigua tradición, que arranca del siglo II, atribuye estos nombres a los padres de la Santísima Virgen María. El culto a santa Ana se introdujo ya en la Iglesia oriental en el siglo VI, y pasó a la occidental en el siglo X; el culto a san Joaquín es más reciente.

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Por sus frutos los conoceréis
De los sermones de san Juan Damasceno, obispo

Ya que estaba determinado que la Virgen Madre de Dios nacería de Ana, la naturaleza no se atrevió a adelantarse al germen de la gracia, sino que esperó a dar su fruto hasta que la gracia hubo dado el suyo. Convenía, en efecto, que naciese como primogénita aquella de la había de nacer el primogénito de toda la creación, en el cual todo se mantiene.

¡Oh bienaventurados esposos Joaquín y Ana! Toda la creación os está obligada, ya que por vosotros ofreció al Creador el más excelente de todos los dones, a saber, aquella madre casta, la única digna del Creador.

Alégrate, Ana, la estéril, que no dabas a luz, cantar de júbilo, la que no tenías dolores. Salta de gozo, Joaquín, porque de tu hija un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado, y será llamado: «Ángel del gran de designio» de la salvación universal, «Dios guerrero». Este niño es Dios.

¡Oh bienaventurados esposos Joaquín y Ana, totalmente inmaculados! Sois conocidos por el fruto de vuestro vientre, tal como dice el Señor: Por sus frutos los conoceréis. Vosotros os esforzasteis en vivir siempre de una manera agradable a Dios y digna de aquella que tuvo en vosotros su origen. Con vuestra conducta casta y santa, ofrecisteis al mundo la joya de la virginidad, aquella que había de permanecer virgen antes del parto en el parto y después del parto; aquella que, de un modo único y excepcional, cultivaría siempre la virginidad en su mente, en su alma y en su cuerpo.

¡Oh castísimos esposos Joaquín y Ana! Vosotros, guardando la castidad prescrita por la ley natural, conseguisteis, por la gracia de Dios, un fruto superior a la ley natural, ya que engendrasteis para el mundo a la que fue madre de Dios sin conocer varón. Vosotros, comportándoos en vuestras relaciones humanas de un modo piadoso y santo, engendrasteis una hija superior a los ángeles, que es ahora la reina de los ángeles. ¡Oh bellísima niña, sumamente amable! ¡Oh hija de Adán y madre de Dios! ¡Bienaventuradas las entrañas y el vientre de los que saliste! ¡Bienaventurados los brazos que te llevaron, los labios que tuvieron el privilegio de besarte castamente, es decir, únicamente los de tus padres, para que siempre y en todo guardaras intacta tu virginidad!

Aclama al Señor, tierra entera; gritad, vitoread, tocad. Alzad fuerte la voz, alzadla, no temáis.

Oración

Señor, Dios de nuestros padres, tú concediste a san Joaquín y a santa Ana la gracia de traer a este mundo a la Madre de tu Hijo; concédenos, por la plegaria de estos santos, la salvación que has prometido a tu pueblo. Por nuestro Señor Jesucristo.


El maná de cada día, 16.7.19

julio 16, 2019

Martes de la 15ª semana de Tiempo Ordinario

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16 de julio
Nuestra Señora del Carmen
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Se puso a recriminar a las ciudades donde había hecho casi todos sus milagros, porque no se habían convertido



PRIMERA LECTURA: Éxodo 2, 1-15a

En aquellos días, un hombre de la tribu de Leví se casó con una mujer de la misma tribu; ella concibió y dio a luz un niño.

Viendo qué hermoso era, lo tuvo escondido tres meses. No pudiendo tenerlo escondido por más tiempo, tomó una cesta de mimbre, la embadurnó e barro y pez, colocó en ella a la criatura, y la depositó entre los juncos, junto a la orilla del Nilo.

Una hermana del niño observaba a distancia para ver en qué paraba. La hija del Faraón bajó a bañarse en el Nilo, mientras sus criadas la seguían por la orilla. Al descubrir la cesta entre los juncos, mandó la criada a recogerla.

La abrió, miró dentro, y encontró un niño llorando. Conmovida, comentó: «Es un niño de los hebreos.»

Entonces, la hermana del niño dijo a la hija del Faraón: «¿Quieres que vaya a buscarle una nodriza hebrea que críe al niño?»

Respondió la hija del Faraón: «Anda.»

La muchacha fue y llamó a la madre del niño. La hija del Faraón le dijo: «Llévate al niño y críamelo, y yo te pagaré.» La mujer tomó al niño y lo crió.

Cuando creció el muchacho, se lo llevó a la hija del Faraón, que lo adoptó como hijo y lo llamó Moisés, diciendo: «Lo he sacado del agua.»

Pasaron los años, Moisés creció, fue adonde estaban sus hermanos, y los encontró transportando cargas. Y vio cómo un egipcio maltrataba a un hebreo, uno de sus hermanos.

Miró a un lado y a otro, y, viendo que no había nadie, mató al egipcio y lo enterró en la arena. Al día siguiente, salió y encontró a dos hebreos riñendo, y dijo al culpable: «¿Por qué golpeas a tu compañero?»

Él le contestó: «¿Quién te ha nombrado jefe y juez nuestro? ¿Es que pretendes matarme como mataste al egipcio?» Moisés se asustó pensando: «La cosa se ha sabido.»

Cuando el Faraón se enteró del hecho, buscó a Moisés para darle muerte; pero Moisés huyó del Faraón y se refugió en el país de Madián.


SALMO 68, 3. 14. 30-31. 33-34

Humildes, buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón.

Me estoy hundiendo en un cieno profundo y no puedo hacer pie;he entrado en la hondura del agua, me arrastra la corriente.

Pero mi oración se dirige a ti, Dios mío, el día de tu favor; que me escuche tu gran bondad, que tu fidelidad me ayude.

Yo soy un pobre malherido; Dios mío, tu salvación me levante. Alabaré el nombre de Dios con cantos, proclamaré su grandeza con acción de gracias.

Miradlo los humildes, y alegraos, buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón. Que el Señor escucha a sus pobres, no desprecia a sus cautivos.


Aclamación antes del Evangelio: Sal 94, 8ab

No endurezcáis hoy vuestro corazón; escuchad la voz del Señor.


EVANGELIO: Mateo 10, 20-24

En aquel tiempo, se puso Jesús a recriminar a las ciudades donde había hecho casi todos sus milagros, porque no se habían convertido:

«¡Ay de ti, Corozaín, ay de ti, Betsaida! Si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que en vosotras, hace tiempo que se habrían convertido, cubiertas de sayal y ceniza.

Os digo que el día del juicio les será más llevadero a Tiro y a Sidón que a vosotras. Y tú, Cafarnaún, ¿piensas escalar el cielo? Bajarás al infierno. Porque si en Sodoma se hubieran hecho los milagros que en ti, habría durado hasta hoy.

Os digo que el día del juicio le será más llevadero a Sodoma que a ti.»

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LA MISIÓN DE CRISTO

S.S. Juan Pablo II. Audiencia general del 8 de junio de 1988

1. Leemos en la Constitución Lumen gentium del Concilio Vaticano II respecto a la misión terrena de Jesucristo: “Vino, por tanto, el Hijo enviado por el Padre, quien nos eligió en El antes de la creación del mundo y nos predestinó a ser hijos adoptivos, porque se complació en restaurar en El todas las cosas (cf. Ef 1, 4-5 y 10). Así, pues, Cristo, en cumplimiento de la voluntad del Padre inauguró en la tierra el reino de los cielos, nos reveló su misterio y con su obediencia realizó la redención” (Lumen gentium, 3).

Este texto nos permite considerar de modo sintético todo lo que hemos hablado en las últimas catequesis. En ellas, hemos tratado de poner de relieve los aspectos esenciales de la misión mesiánica de Cristo. Ahora el texto conciliar nos propone de nuevo la verdad sobre la estrecha y profunda conexión que existe entre esta misión y el mismo Enviado: Cristo que, en su cumplimiento, manifiesta sus disposiciones y dotes personales. Se pueden subrayar ciertamente en toda la conducta de Jesús algunas características fundamentales, que tienen también expresión en su predicación y sirven para dar una plena credibilidad a su misión mesiánica.

2. Jesús en su predicación y en su conducta muestra ante todo su profunda unión con el Padre en el pensamiento y en las palabras. Lo que quiere transmitir a sus oyentes (y a toda la humanidad) proviene del Padre, que lo ha “enviado al mundo” (Jn 10, 36). “Porque yo no he hablado por mi cuenta, sino que el Padre que me ha enviado, me ha mandado lo que tengo que decir y hablar, y yo sé que su mandato es vida eterna. Por eso, lo que yo hablo, lo hablo como el Padre me lo ha dicho a mí” (Jn 12, 49-50). “Lo que el Padre me ha enseñado eso es lo que hablo” (Jn 8, 28).

Así leemos en el Evangelio de Juan. Pero también en los Sinópticos se transmite una expresión análoga pronunciada por Jesús: “Todo me ha sido entregado por mi Padre” (Mt 11, 27). Y con este “todo” Jesús se refiere expresamente al contenido de la Revelación traída por El a los hombres (cf. Mt 11, 25-27; análogamente Lc 10, 21-22). En estas palabras de Jesús encontramos la manifestación del Espíritu con el cual realiza su predicación. Él es y permanece como “el testigo fiel” (Ap 1, 5). En este testimonio se incluye y resalta esa especial “obediencia” del Hijo al Padre que en el momento culminante se demostrará como “obediencia hasta la muerte” (cf. Flp 2, 8).

3. En la predicación, Jesús demuestra que su fidelidad absoluta al Padre, como fuente primera y última de “todo” lo que debe revelarse, es el fundamento esencial de su veracidad y credibilidad. “Mi doctrina no es mía, sino del que me ha enviado”, dice Jesús, y añade: “El que habla por su cuenta busca su propia gloria, pero el que busca la gloria del que le ha enviado ése es veraz y no hay impostura en él” (Jn 7, 16. 18).

En la boca del Hijo de Dios pueden sorprender estas palabras. Las pronuncia el que es “de la misma naturaleza que el Padre”. Pero no podemos olvidar que El habla también como hombre. Tiene que lograr que sus oyentes no tengan duda alguna sobre un punto fundamental, esto es: que la verdad que El transmite es divina y procede de Dios. Tiene que lograr que los hombres, al escucharle, encuentren en su palabra el acceso a la misma fuente divina de la verdad revelada. Que no se detengan en quien la enseña sino que se dejen fascinar por la “originalidad” y por el “carácter extraordinario” de lo que en esta doctrina procede del mismo Maestro. El Maestro “no busca su propia gloria”. Busca sólo y exclusivamente “la gloria del que le ha enviado”. No habla “en nombre propio”, sino en nombre del Padre.

También es éste un aspecto del “despojo” (kénosis), que según San Pablo (cf. Flp 2, 7), alcanzará su culminación en el misterio de la cruz.

4. Cristo es el “testigo fiel”. Esta fidelidad —en la búsqueda exclusiva de la gloria del Padre, no de la propia— brota del amor que pretende probar: “Ha de saber el mundo que amo al Padre” (Jn 14, 31). Pero su revelación del amor al Padre incluye también su amor a los hombres. Él “pasa haciendo el bien” (cf. Act 10, 38). Toda su misión terrena está colmada de actos de amor hacia los hombres, especialmente hacia los más pequeños y necesitados. “Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados y yo os daré descanso” (Mt 11, 28). “Venid”: es una invitación que supera el circulo de los coetáneos que Jesús podía encontrar en los días de su vida y de su sufrimiento sobre la tierra; es una llamada para los pobres de todos los tiempos, siempre actual, también hoy, siempre volviendo a brotar en los labios y en el corazón de la Iglesia.

5. Paralela a esta exhortación hay otra: “Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón y hallaréis descanso para vuestras almas” (Mt 11, 29). La mansedumbre y humildad de Jesús llegan a ser atractivas para quien es llamado a acceder a su escuela: “Aprended de mí”. Jesús es “el testigo fiel” del amor que Dios nutre para con el hombre. En su testimonio están asociados la verdad divina y el amor divino. Por eso entre la palabra y la acción, entre lo que Él hace y lo que Él enseña hay una profunda cohesión, se diría que casi una homogeneidad. Jesús no sólo enseña el amor como el mandamiento supremo, sino que Él mismo lo cumple del modo más perfecto. No sólo proclama las bienaventuranzas en el sermón de la montaña, sino que ofrece en Sí mismo la encarnación de este sermón durante toda su vida. No sólo plantea la exigencia de amar a los enemigos, sino que Él mismo la cumple, sobre todo en el momento de la crucifixión: “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34).

6. Pero esta “mansedumbre y humildad de corazón” en modo alguno significa debilidad. Al contrario, Jesús es exigente. Su Evangelio es exigente. ¿No ha sido Él quien ha advertido: “El que no toma su cruz y me sigue detrás no es digno de mí?. Y poco después: “El que encuentre su vida la perderá y el que pierda su vida por mí la encontrará” (Mt 10, 38-39). Es una especie de radicalismo no sólo en el lenguaje evangélico, sino en las exigencias reales del seguimiento de Cristo, de las que no duda en reafirmar con frecuencia toda su amplitud: “No penséis que he venido a traer paz a la tierra. No he venido a traer paz, sino espada” (Mt 10, 34). Es un modo fuerte de decir que el Evangelio es también una fuente de “inquietud” para el hombre.

Jesús quiere hacernos comprender que el Evangelio es exigente y que exigir quiere decir también agitar las conciencias, no permitir que se recuesten en una falsa “paz”, en la cual se hacen cada vez más insensibles y obtusas, en la medida en que en ellas se vacían de valor las realidades espirituales, perdiendo toda resonancia.

Jesús dirá ante Pilato: “Para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad” (Jn 18, 37). Estas palabras conciernen también a la luz que El proyecta sobre el campo entero de las acciones humanas, borrando la oscuridad de los pensamientos y especialmente de las conciencias para hacer triunfar la verdad en todo hombre. Se trata, pues, de ponerse del lado de la verdad. “Todo el que es de la verdad escucha mi voz” dirá Jesús (Jn 18, 37). Por ello, Jesús es exigente. No duro o inexorablemente severo: pero fuerte y sin equívocos cuando llama a alguien a vivir en la verdad.

7. De este modo las exigencias del Evangelio de Cristo penetran en el campo de la ley y de la moral. Aquel que es el “testigo fiel” (Ap 1, 5) de la verdad divina, de la verdad del Padre, dice desde el comienzo del sermón de la montaña: “Por tanto, el que traspase uno de estos mandamientos más pequeños y así lo enseñe a los hombres, será el más pequeño en el reino de los cielos” (Mt 5, 19). Al exhortar a la conversión, no duda en reprobar a las mismas ciudades donde la gente rechaza creerle: “¡Ay de ti, Corozain! ¡Ay de ti, Betsaida!” (Lc 10, 13). Mientras amonesta a todos y cada uno: “…si no os convertís, todos pereceréis” (Lc 13, 3).

8. Así, el Evangelio de la mansedumbre y de la humildad va al mismo paso que el Evangelio de las exigencias morales y hasta de las severas amenazas a quienes no quieren convertirse. No hay contradicción entre el uno y el otro. Jesús vive de la verdad que anuncia y del amor que revela y es éste un amor exigente como la verdad de la que deriva. Por lo demás, el amor ha planteado las mayores exigencias a Jesús mismo en la hora de Getsemaní, en la hora del Calvario, en la hora de la cruz. Jesús ha aceptado y secundado estas exigencias hasta el fondo, porque, como nos advierte el Evangelista, Él “amó hasta el extremo” (Jn 13, 1). Se trata de un amor fiel, por lo cual, el día antes de su muerte, podía decir al Padre: “Las palabras que tú me diste se las he dado a ellos” (Jn 17, 8).

9. Como “testigo fiel” Jesús ha cumplido la misión recibida del Padre en la profundidad del misterio trinitario. Era una misión eterna, incluida en el pensamiento del Padre que lo engendraba y predestinaba a cumplirla “en la plenitud de los tiempos” para la salvación del hombre —de todo hombre— y para el bien perfecto de toda la creación. Jesús tenía conciencia de esta misión suya en el centro del plan creador y redentor del Padre; y, por ello, con todo el realismo de la verdad y del amor traídos al mundo, podía decir: “Cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12, 32).

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Virgen del Carmen.

16 de julio
Nuestra Señora del Carmen

Las sagradas Escrituras celebran la belleza del Carmelo, donde el profeta Elías defendió la pureza de la fe de Israel en el Dios vivo. En el siglo XII, algunos eremitas se retiraron a aquel monte, constituyendo más tarde una Orden dedicada a la vida contemplativa, bajo el patrocinio de la Virgen María.

María, antes de concebir corporalmente, concibió en su espíritu
De los sermones de San León Magno, papa

Dios elige a una virgen de la descendencia real de David; y esta virgen, destinada a llevar en su seno el fruto de una sagrada fecundación, antes de concebir corporalmente a su prole, divina y humana a la vez, la concibió en su espíritu. Y, para que no se espantara, ignorando los designios divinos, al observar en su cuerpo unos cambios inesperados, conoce, por la conversación con el ángel, lo que el Espíritu Santo ha de operar en ella. Y la que ha de ser Madre de Dios confía en que su virginidad ha de permanecer sin detrimento.

¿Por qué había de dudar de este nuevo género de concepción, si se le promete que el Altísimo pondrá en juego su poder? Su fe y su confianza quedan, además, confirmadas cuando el ángel le da una prueba de la eficacia maravillosa de este poder divino, haciéndole saber que Isabel ha obtenido también una inesperada fecundidad: el que es capaz de hacer concebir a una mujer estéril puede hacer lo mismo con una mujer virgen.

Así, pues, el Verbo de Dios, que es Dios, el Hijo de Dios, que en el principio estaba junto a Dios, por medio del cual se hizo todo, y sin el cual no se hizo nada, se hace hombre para librar al hombre de la muerte eterna; se abaja hasta asumir nuestra pequeñez, sin menguar por ello su majestad, de tal modo que, permaneciendo lo que era y asumiendo lo que no era, une la auténtica condición de esclavo a su condición divina, por la que es igual al Padre; la unión que establece entre ambas naturalezas es tan admirable, que ni la gloria de la divinidad absorbe la humanidad, ni la humanidad disminuye en nada la divinidad.

Quedando, pues, a salvo el carácter propio de cada una de las naturalezas, y unidas ambas en una sola persona, la majestad asume la humildad, el poder la debilidad, la eternidad la mortalidad; y, para saldar la deuda contraída por nuestra condición pecadora, la naturaleza invulnerable se une a la naturaleza pasible, Dios verdadero y hombre verdadero se conjugan armoniosamente en la única persona del Señor; de este modo, tal como convenía para nuestro remedio, el único y mismo mediador entre Dios y los hombres pudo a la vez morir y resucitar, por la conjunción en él de esta doble condición.

Con razón, pues, este nacimiento salvador había de dejar intacta la virginidad de la madre, ya que fue a la vez salvaguarda del pudor y alumbramiento de la verdad.

Tal era, amadísimos, la clase de nacimiento que convenía a Cristo, fuerza y sabiduría de Dios; con él se mostró igual a nosotros por su humanidad, superior a nosotros por su divinidad. Si no hubiera sido Dios verdadero, si no hubiera podido remediar nuestra situación; si no hubiera sido hombre verdadero, no hubiera podido darnos ejemplo.

Por eso, al nacer el Señor, los ángeles cantan llenos de gozo: Gloria a Dios en el cielo, y proclaman: y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor. Ellos ven, en efecto, que la Jerusalén celestial se va edificando por medio de todas las naciones del orbe. ¿Cómo, pues, no habría de alegrarse la pequeñez humana ante esta obra inenarrable de la misericordia divina, cuando incluso los coros sublimes de los ángeles encontraban en ella un gozo tan intenso?


El maná de cada día, 10.6.19

junio 10, 2019

Bienaventurada Virgen María, Madre de la Iglesia

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Maria Madre de la Iglesia

María, Madre de la Iglesia



Antífona de entrada: Hch 1, 14

Los discípulos perseveraban unánimes en la oración con María, la madre de Jesús.


Oración colecta

Oh, Dios, Padre de misericordia, cuyo Unigénito, clavado en la cruz, proclamó a santa María Virgen, su Madre, como Madre también nuestra, concédenos, por su cooperación amorosa, que tu Iglesia, cada día más fecunda, se llene de gozo por la santidad de sus hijos y atraiga a su seno a todas las familias de los pueblos. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: Génesis 3, 9-15. 20

Después de comer Adán del árbol, el Señor Dios lo llamó y le dijo: «Dónde estás?».

Él contestó: «Oí tu ruido en el jardín, me dio miedo, porque estaba desnudo, y me escondí».

El Señor Dios le replicó: «¿Quién te informó de que estabas desnudo?, ¿es que has comido del árbol del que te prohibí comer?».

Adán respondió: «La mujer que me diste como compañera me ofreció del fruto y comí».

El Señor Dios dijo a la mujer: «¿Qué has hecho?».

La mujer respondió: «La serpiente me sedujo y comí».

El Señor Dios dijo a la serpiente: «Por haber hecho eso, maldita tú entre todo el ganado y todas las fieras del campo; te arrastrarás sobre el vientre y comerás polvo toda tu vida; pongo hostilidad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y su descendencia; esta te aplastará la cabeza cuando tú la hieras en el talón».

Adán llamó a su mujer Eva, por ser la madre de todos los que viven.


SALMO 86, 1-2. 3 y 5. 6-7

¡Qué pregón tan glorioso para ti, ciudad de Dios!

Él la ha cimentado sobre el monte santo; y el Señor prefiere las puertas de Sion a todas las moradas de Jacob.

¡Qué pregón tan glorioso para ti, ciudad de Dios! Se dirá de Sion: «Uno por uno, todos han nacido en ella; el Altísimo en persona la ha fundado».

El Señor escribirá en el registro de los pueblos: «Este ha nacido allí». Y cantarán mientras danzan: «Todas mis fuentes están en ti».


ALELUYA

¡Oh, feliz Virgen que engendraste al Señor! ¡Oh, Bienaventurada Madre de la Iglesia, que infundes en nosotros el Espíritu de tu Hijo Jesucristo!


EVANGELIO: Juan 19, 25-34

En aquel tiempo, junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena.

Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo al que amaba, dijo a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo».

Luego, dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre».

Y desde aquella hora, el discípulo la recibió como algo propio.

Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura, dijo: «Tengo sed».

Había allí un jarro lleno de vinagre. Y, sujetando una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo, se la acercaron a la boca. Jesús, cuando tomó el vinagre, dijo: «Está cumplido».

E inclinando la cabeza, entregó el espíritu.

Los judíos entonces, como era el día de la Preparación, para que no se quedaran los cuerpos en la cruz el sábado, porque aquel sábado era un día grande, pidieron a Pilato que les quebraran las piernas y que los quitaran. Fueron los soldados, le quebraron las piernas al primero y luego al otro que habían crucificado con él; pero al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados, con la lanza, le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua.


Antífona de la comunión: Jn 2, 1. 11

Había una boda en Caná de Galilea y la madre de Jesús estaba allí; entonces Jesús comenzó sus signos y manifestó su gloria, y creyeron los discípulos en él.
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LA IGLESIA ES MUJER Y MADRE
Papa Francisco en la capilla de la Casa Santa Marta
Lunes, 21 de mayo de 2018

En Santa Marta, el 21 de mayo, el Papa Francisco celebró por primera vez la misa en la memoria de la bienaventurada Virgen María, Madre de la Iglesia: desde este año, de hecho, la solemnidad en el calendario romano general se celebra el lunes después de Pentecostés, como fue dispuesto por el Pontífice con el decreto Ecclesia mater de la Congregación para el culto divino y la disciplina de los sacramentos (11 febrero 2018), precisamente para «favorecer el crecimiento del sentido materno de la Iglesia en los pastores, en los religiosos y en los fieles, como también de la genuina piedad mariana».

«En los Evangelios cada vez que se habla de María se habla de la “madre de Jesús”» hizo notar Francisco en la homilía, refiriéndose al pasaje evangélico de Juan (19, 25-34). Y «aunque en la Anunciación no se dice la palabra “madre”, el contexto es de maternidad: la madre de Jesús» afirmó el Papa, subrayando que «esta actitud de madre acompaña su obra durante toda la vida de Jesús: es madre». Tanto que, prosiguió, «al final Jesús la da como madre a los suyos, en la persona de Juan: “Yo me voy, pero esta es vuestra madre”». He ahí, por tanto, «la maternidad de María».

«Las palabras de la Virgen son palabras de madre» explicó el Papa. Y lo son «todas: después de aquellas, al principio, de disponibilidad a la voluntad de Dios y de alabanza a Dios en el Magníficat, todas las palabras de la Virgen son palabras de madre». E incluso «antes, en Nazaret, lo hace crecer, lo cría, lo educa, pero después lo sigue: “Tu madre está ahí”». María «es madre desde el principio, desde el momento en el que aparece en los Evangelios, desde el momento de la Anunciación hasta el final, ella es madre». De ella «no se dice “la señora” o “la viuda de José”» —y en realidad «podían decirlo»— sino que siempre María «es madre».

«Los padres de la Iglesia han entendido bien esto —afirmó el Pontífice— y han entendido también que la maternidad de María no termina en ella; va más allá». También los padres «dicen que María es madre, la Iglesia es madre y tu alma es madre: hay femenino en la Iglesia, que es maternal». Por eso, explicó Francisco, «la Iglesia es femenina porque es “iglesia”, “esposa”: es femenina y es madre, da a luz». Es, por tanto «esposa y madre», pero «los padres van más allá y dicen: “También tu alma es esposa de Cristo y madre”».

«En esta actitud que viene de María que es madre de la Iglesia —hizo presente el Papa— podemos entender esta dimensión femenina de la Iglesia: cuando no está, la Iglesia pierde la verdadera identidad y se convierte en una asociación de beneficencia o en un equipo de fútbol o cualquier otra cosa, pero no la Iglesia».

«La Iglesia es “mujer” —reiteró Francisco— y cuando nosotros pensamos en el rol de la mujer en la Iglesia debemos remontarnos hasta esta fuente: María, madre». Y «la Iglesia es “mujer” porque es madre, porque es capaz de “dar a luz hijos”: su alma es femenina porque es madre, es capaz de dar a luz actitudes de fecundidad».

«La maternidad de María es algo grande» insistió el Pontífice. Dios, de hecho, «ha querido nacer de una mujer para enseñarnos este camino». Es más, «Dios se ha enamorado de su pueblo como un esposo con la esposa: esto se dice en el Antiguo Testamento. Y es «un misterio grande». Como consecuencia, prosiguió Francisco, «nosotros podemos pensar» que «si la Iglesia es madre, las mujeres deberán tener funciones en la Iglesia: sí, es verdad, deberán tener funciones, muchas funciones que hacen, gracias a Dios son más las funciones que las mujeres tienen en la Iglesia».

Pero «esto no es lo más significativo» advirtió el Papa, porque «lo importante es que la Iglesia sea mujer, que tenga esta actitud de esposa y de madre». Con la conciencia de que «cuando olvidamos esto, es una Iglesia masculina sin esta dimensión, y tristemente se convierte en una Iglesia de solterones, que viven en este aislamiento, incapaces de amor, incapaces de fecundidad». Por tanto, afirmó el Pontífice, «sin la mujer la Iglesia no va adelante, porque ella es mujer, y esta actitud de mujer le viene de María, porque Jesús lo ha querido así».

Francisco, al respecto, también quiso indicar «el gesto, diría la actitud, que diferencia mayormente a la Iglesia como mujer, la virtud que la diferencia más como mujer». Y sugirió reconocerlo en el «gesto de María en el nacimiento de Jesús: “Dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo puso en un pesebre”». Una imagen en la que se encuentra «precisamente la ternura de toda madre con su hijo: curarlo con ternura, para que no se hiera, para que esté bien cubierto». Y «la ternura» por eso es también «la actitud de la Iglesia que se siente mujer y se siente madre».

«San Pablo —lo escuchamos ayer, también en el breviario lo hemos rezado— nos recuerda las virtudes del Espíritu y nos habla de la mansedumbre, la humildad, de estas virtudes llamadas “pasivas”» afirmó el Papa, haciendo notar que sin embargo «son las virtudes fuertes, las virtudes de las madres». He ahí que, añadió, «una Iglesia que es madre va por el camino de la ternura; conoce el lenguaje de tanta sabiduría de las caricias, del silencio, de la mirada que sabe de compasión, que sabe de silencio». Y «también un alma, una persona que vive esta pertenencia a la Iglesia, sabiendo que también es madre debe ir por el mismo camino: una persona mansa, tierna, sonriente, llena de amor».

«María, madre; la Iglesia, madre; nuestra alma, madre» repitió Francisco, invitando a pensar «en esta riqueza grande de la Iglesia y nuestra; y dejemos que el Espíritu Santo nos fecunde, a nosotros y a la Iglesia, para convertirnos también nosotros en madres de los otros, con actitud de ternura, de mansedumbre, de humildad. Seguros de que este es el camino de María». Y, en conclusión, el Papa hizo notar también que «curioso es el lenguaje de María en los Evangelios: cuando habla al Hijo, es para decirle cosas que los demás necesitan; y cuando habla a los demás, es para decirles: “haced todo lo que Él os diga”».

http://w2.vatican.va/content/francesco/es/cotidie/2018/documents/papa-francesco-cotidie_20180521_iglesia-mujer-madre.html


Maná y Vivencias Pascuales (38), 28.5.19

mayo 28, 2019

Martes de la 6ª semana de Pascua

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Si no me voy, no vendrá a ustedes el Paráclito



TEXTO ILUMINADOR

Decía Jesús a los discípulos: En verdad les conviene que yo me vaya, porque mientras yo no me vaya, el Paráclito no vendrá a ustedes. En cambio, si me voy, es para enviárselo.

En estas dos últimas semanas de Pascua el tema del Espíritu será recurrente. Constituyen una especie de “adviento” mientras esperamos al Espíritu. Jesús promete a los discípulos que no los dejará huérfanos. Él tiene que volver al Padre pero vendrá otro Consolador.

Desaparece la presencia física de Jesús pero se inaugura otra clase de presencia, la del Espíritu de la verdad: Les enseñará todas las cosas, les dará fuerzas para proclamar a Jesús como Salvador y permanecerá para siempre con los discípulos, con la Iglesia.

En los próximos días comenzaremos en esta página unos ejercicios de preparación para recibir una nueva efusión del Espíritu como colofón de la celebración pascual.

Trataremos de acompañar a la Virgen María y a los discípulos reunidos en el Cenáculo, en la espera de la venida del Espíritu.

Así la fiesta de Pentecostés nos inundará del gozo y de la paz del Resucitado, “completando o coronando la experiencia pascual”, si es que podemos hablar así.

Con la oración sobre las ofrendas, rezamos: Concédenos, Señor, darte gracias siempre por medio de estos misterios pascuales; y ya que continúan en nosotros la obra de tu redención, sean también fuente de gozo incesante. Por Jesucristo.

 

ORACIÓN COLECTA

Que tu pueblo, Señor, exulte siempre al verse renovado y rejuvenecido en el espíritu; y que la alegría de haber recobrado la adopción filial afiance su esperanza de resucitar gloriosamente. Por nuestro Señor.

 

PRIMERA LECTURA: Hch 16, 22-34.

En aquellos días, la gente de Filipos se amotinó contra Pablo y Silas, y los magistrados mandaron arrancarles las ropas y los hicieron apalear. Después de haberles dado muchos golpes, los echaron a la cárcel, dando orden al carcelero de vigilarlos con todo cuidado.

Éste, al recibir dicha orden, los metió en el calabozo interior, y les sujetó los pies con cadenas al piso del calabozo.

Hacia la media noche Pablo y Silas estaban cantando himnos a Dios, y los demás presos los escuchaban. De repente se produjo un temblor tan fuerte que se conmovieron los cimientos de la cárcel; todas las puertas se abrieron de golpe y a todos los presos se les soltaron las cadenas.

Se despertó el carcelero y vio todas las puertas de la cárcel abiertas. Creyendo que los presos se habían escapado, sacó la espada para matarse, pero Pablo le gritó: No te hagas daño, que estamos todos aquí.

El hombre pidió una luz, entró de un salto y, después de encerrar bien a los demás presos, se arrojó temblando a los pies de Pablo y Silas. Después los sacó fuera y les preguntó: Señores, ¿qué debo hacer para salvarme? Le respondieron: Ten fe en el Señor Jesús y te salvarás tú y tu familia.

Así que le anunciaron la Palabra del Señor a él y a todos los de su casa, y él, sin más demora, les lavó las heridas y se bautizó con todos los suyos, los subió a su casa a aquellas horas de la noche, les preparó la mesa e hicieron fiesta con todos los suyos por haber creído en Dios.

 

SALMO 137, 1-8

Te doy gracias, Señor, de todo corazón, pues oíste las palabras de mi boca. Canto para ti en presencia de los ángeles, y me postro ante tu templo santo.

Doy gracias a tu nombre por tu amor y tu verdad, porque tu promesa supera a tu fama. El día en que clamé, me respondiste y aumentaste la fuerza en mi alma.

El Señor completará sus favores conmigo: Señor, tu misericordia es eterna, no abandones la obra de tus manos.



Aclamación: Juan 16, 7.13

Les voy a enviar el Espíritu de la verdad, dice el Señor; él les enseñará la verdad plena.

EVANGELIO Juan 16, 5-11

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Me voy al que me envió, y ninguno de ustedes me pregunta: ¿adónde vas? Se han llenado de tristeza al oír lo que les dije, pero es verdad lo que les digo: les conviene que yo me vaya, porque mientras yo no me vaya, el Paráclito no vendrá a ustedes. En cambio, si me voy, es para enviárselo.

Y cuando venga él, rebatirá al mundo en lo que toca al pecado, al camino de justicia y al juicio. ¿Qué pecado? Que no creyeron en mí. ¿Qué camino de justicia? Mi partida hacia el Padre mientras ustedes ya no me verán. ¿Qué juicio? El Príncipe de este mundo ya ha sido condenado.

COMUNIÓN: Lucas 24, 46.26.

Era necesario que el Mesías padeciera y resucitara de entre los muertos, para entrar en su gloria. Aleluya.

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Del comentario de san Cirilo de Alejandría, obispo,

sobre el evangelio de san Juan

Efusión del Espíritu Santo sobre toda carne

Cuando el Creador del universo decidió restaurar todas las cosas en Cristo, dentro del más maravilloso orden, y devolver a su anterior estado la naturaleza del hombre, prometió que, al mismo tiempo que los restantes bienes, le otorgaría también ampliamente el Espíritu Santo, ya que de otro modo no podría verse reintegrado a la pacífica y estable posesión de aquellos bienes.

Determinó, por tanto, el tiempo en que el Espíritu Santo habría de descender hasta nosotros, a saber, el del advenimiento de Cristo, y lo prometió al decir: En aquellos días, se refiere a los del Salvador, derramaré mi Espíritu sobre toda carne.

Y cuando el tiempo de tan gran munificencia y libertad produjo para todos al Unigénito encarnado en el mundo, como hombre nacido de mujer, de acuerdo con la divina Escritura, Dios Padre otorgó a su vez el Espíritu, y Cristo, como primicia de la naturaleza renovada, fue el primero que lo recibió.

Y esto fue lo que atestiguó Juan Bautista cuando dijo: He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo y se posó sobre él.

Decimos que Cristo, por su parte, recibió el Espíritu, en cuanto se había hecho hombre, y en cuanto convenía que el hombre lo recibiera; y, aunque es el Hijo de Dios Padre, engendrado de su misma substancia, incluso antes de la encarnación, más aún, antes de todos los siglos, no se da por ofendido de que el Padre le diga, después que se hizo hombre: Tú eres mi Hijo: yo te he engendrado hoy.

Dice haber engendrado hoy a quien era Dios, engendrado de él mismo desde antes de los siglos, a fin de recibirnos por su medio como hijos adoptivos; pues en Cristo, en cuanto hombre, se encuentra significada toda la naturaleza; y así también el Padre, que posee su propio Espíritu, se dice que se lo otorga a su Hijo, para que nosotros nos beneficiemos del Espíritu en él.

Por esta causa perteneció a la descendencia de Abrahán, como está escrito, y se asemejó en todo a sus hermanos.

De manera que el Hijo unigénito recibe el Espíritu Santo no para sí mismo, pues es suyo, habita en él, y por su medio se comunica, como ya dijimos antes, sino para instaurar y restituir a su integridad a la naturaleza entera, ya que, al haberse hecho hombre, la poseía en su totalidad.

Puede, por tanto, entenderse, si es que queremos usar nuestra recta razón, así como los testimonios de la Escritura, que Cristo no recibió el Espíritu para sí, sino más bien para nosotros en sí mismo: pues por su medio nos vienen todos los bienes (libro 5, cap. 2: PG 73, 751-754).


Carlos Osoro: Acompañados por María y José para defender la vida

mayo 27, 2019

Cardenal Carlos Osoro con obispos auxiliares

Carlos Osoro: Acompañados por María y José para defender la vida

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Hay momentos en los que el Señor te hace entrar de lleno y con suma claridad en ciertas páginas del Evangelio, que fraguan e iluminan nuestro vivir y hacer. La Anunciación es una de esas páginas. Hace unos 20 días, me fui al Museo del Prado para contemplar una Anunciación del Greco, estuve mucho tiempo. Leía el relato de la Anunciación despacio mientras miraba el cuadro.

Me hice más consciente de la grandeza y hondura que tiene, de lo que ha supuesto en la historia humana la estancia de Dios con nosotros, de las perspectivas en las que nos pone y del horizonte que nos da… En estos momentos de la historia en los que la vida misma se pone en discusión, esa página del Evangelio (cfr. Lc 1, 26-38) nos sigue dando una luz especial.

Os invito a que la leáis y meditéis todos los hombres y mujeres de buena voluntad, los que buscáis la verdad, los que deseáis dar a esta humanidad la luz que necesita para sustentarse siempre buscando la vida. Todo ser humano tiene que saber escuchar y acoger lo que en el fondo de su vida hay. La escucha se hace en el silencio, no en el ruido; se hace no queriendo defender a ultranza posiciones personales que responden a la ideología que cada uno tenga.

En silencio, escuchando en lo profundo de la vida, se descubre que la conciencia llama siempre a defender la vida, desde su inicio hasta el final. Es más, cualquier ser humano siente la llamada a vivir y no a morir, y percibe que esto es lo que él, con sus fuerzas si no quiere contar con otras más fuertes, es lo que tiene que buscar: esa verdad que se escucha en lo más hondo de la conciencia.

Esta página nos ayuda a entrar en lo profundo de la vida: la que viene de Dios y se nos ofrece para entregar a todos los hombres. Dos personas protagonizan la defensa de la vida: santa María y san José. La Virgen está en Nazaret, ha vivido los desposorios con José.

Y aparece en la Anunciación como la mujer que escucha a Dios, discierne lo que escucha y decide sobre la propuesta de Dios con todas las consecuencias. De la misma manera le pasa a san José.

Él era justo, no quería jugar con la vida y, en el momento de tomar una decisión, Dios se hace presente: «José, hijo de David, no temas acoger a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados».

Con una fe absoluta en Dios, lo escucha, discierne y decide: «Hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y acogió a su mujer» (cfr. Mt 1, 18-24).

Para ser defensores de la vida necesitamos encontrar las palabras, las motivaciones y los testimonios que nos ayuden a tocar el corazón de todos los hombres hoy, para que acojan la fuerza sanadora de la gracia y la luz del Evangelio; teniendo cuidado siempre de no convertirlo en piedra que lanzamos contra los demás y que, en lugar de sanar y convertir, duele, nos distancia y no promueve entrar en otros horizontes donde la defensa de la vida se hace tan evidente, se convierte en alegría, llena el corazón, nos libera de la tristeza, del vacío y de todo aislamiento.

¿Cómo decir hoy a los hombres dónde está el futuro de una sociedad, de la humanidad entera? En la defensa de la vida. Y la familia es uno de los tesoros más importantes, es patrimonio de la humanidad. Si asume su ser y su misión, se convierte en la defensa más lograda de la vida. Nos lo ha enseñado la familia de Nazaret.

La familia sigue siendo el nido de la vida. Allí donde un hombre y una mujer se aman, se genera la vida y se manifiesta al Dios creador y salvador. Se revela la realidad íntima de Dios. También se manifiesta en el amor fecundo, en el amor de un hombre y una mujer fruto del cual traen vida a este mundo.

Un amor que se fragua en los límites, en los desafíos e imperfecciones, en la escucha y llamada a crecer juntos, cultivando la solidez de la unión pase lo que pase, sin cerrarse en sí mismos, abiertos a la fecundidad.

Os invito a vivir tres realidades que nos hacen celebrar más profundamente la defensa de la vida:

1. Escucha al Señor en el silencio de tu corazón. Te habla, alcanza tu corazón, te pregunta y pide permiso para entrar en tu vida. Todo ser humano verá que nos llama a amar con todas las consecuencias. Y que cada uno ha de buscar dónde Dios lo llama a vivir desde el amor para engendrar vida. Quienes habéis sido llamados al matrimonio descubriréis, precisamente desde la alianza de amor, la necesidad de engendrar vida, que se despliega en la paternidad y en la maternidad, en la filiación y en la fraternidad, en el compromiso por una sociedad mejor.

2. Discierne lo que escuchas de Jesucristo. Dejémonos iluminar por Él. El discernimiento es un proceso abierto, es un viaje en el que Dios da a conocer la meta y la ayuda para moverse. Hagámoslo sabiendo que el tiempo es superior al espacio; es importante iniciar procesos más que poseer espacios, se trata de llegar a convicciones claras y hacerlo con tenacidad.

3. Decide según lo que nos pide Jesucristo. En estos momentos nos está pidiendo que la familia sea querida, valorada, respetada y que asumamos la preocupación por ella como uno de los ejes fundamentales de la acción evangelizadora de la Iglesia. Necesitamos implementar en todos los lugares, y muy especialmente en nuestras comunidades parroquiales, una pastoral familiar intensa y vigorosa, donde se proclame con fuerza el evangelio de la familia, se promueva la cultura de la vida y se trabaje por los derechos de la familia para que sean reconocidos y respetados, estableciendo relaciones que hagan cada día más conscientes a los legisladores y profesionales de la dignidad de la vida humana y de la fuerza de la familia.

Con gran afecto, os bendice,

+Carlos Cardenal Osoro, arzobispo de Madrid

https://www.archimadrid.org/index.php/arzobispo/cartas/303-cartas/9031416-acompanados-por-maria-y-jose-para-defender-la-vida?fbclid=IwAR2dkNKaXksn4dlQ_u7Uvc-9olPj9yJua2R88k52YJnrNVn3qVQ293QnO3U


Maná y Vivencias Pascuales (3), 23.4.19

abril 23, 2019

Martes de la Octava de Pascua

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Jesús le dice: Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quien buscas?

Jesús le dice: Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas?

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CLAVE DE ESPIRITUALIDAD PASCUAL: Oración colecta

Tú, Señor, que nos has salvado por el misterio pascual, continúa favoreciendo con dones celestes a tu pueblo, para que alcance la libertad verdadera y pueda gozar de la alegría del cielo, que ya ha empezado a gustar en la tierra.


Antífona de entrada: Eclesiástico 15, 3-4

El Señor les dará a beber el agua de la sabiduría; se apoyarán en Él y no vacilarán. Él los llenará de gloria eternamente. Aleluya.

PRIMERA LECTURA: Hechos de los apóstoles 2, 36-41. “Arrepiéntanse y bautícense en el nombre de Jesucristo“.

El díade Pentecostés decía Pedro a los judíos: «Sepa entonces con seguridad toda la gente de Israel que Dios ha hecho Señor y Cristo a este Jesús, a quien ustedes crucificaron».

Al oír esto, se afligieron profundamente. Dijeron, pues, a Pedro y a los demás apóstoles: «Hermanos, ¿qué debemos hacer?”

Pedro les contestó: «Conviértanse y háganse bautizar cada uno de ustedes en el nombre de Jesucristo, para que sus pecados sean perdonados. Y Dios les dará el Espíritu Santo; porque la promesa es para ustedes y para sus hijos, y para todos los extranjeros a los que el Señor llame”.

Con estas y otras muchas palabras les hablaba y les invitaba con insistencia: «Sálvense de esta generación malvada». Los que creyeron fueron bautizados y en aquel día se les unieron alrededor de tres mil personas.

SALMO 32, 4-5.18-19.20.22

La misericordia del Señor llena la tierra.

La palabra del Señor es sincera, y todas sus acciones son leales; él ama la justicia y el derecho, y su misericordia llena la tierra.

Los ojos del Señor están puestos en sus fieles, en los que esperan en su misericordia, para librar sus vidas de la muerte y reanimarlos en tiempo de hambre.

Nosotros aguardamos al Señor: él es nuestro auxilio y escudo. Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperarnos de ti.

Aclamación antes del Evangelio: Sal 117, 24

Éste es el día del triunfo del Señor, día de júbilo y de gozo.

EVANGELIO: Juan 20, 11-18 – “He visto al Señor y me ha dado este mensaje”.

María estaba llorando afuera, cerca del sepulcro. Mientras lloraba se agachó sobre el sepulcro, y vio a dos ángeles de blanco, sentados, uno a la cabecera y el otro a los pies, en donde había estado el cuerpo de Jesús.

Ellos le dijeron: «Mujer, ¿por qué lloras?» Les respondió: «Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde lo han puesto». Al decir, retrocedió y vio a Jesús, de pie, pero no lo reconoció.

Le dijo Jesús: «Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas?» Ella, creyendo que sería el cuidador del huerto, le contestó: «Señor, si tú lo has sacado, dime dónde lo pusiste y yo me lo llevaré».

Jesús le dice: «María». Entonces ella se dio vuelta y le dijo: «Rabboní» que en hebreo significa “maestro mío”.

«Suéltame, le dijo Jesús, pues aún no he vuelto donde mi Padre: anda a decir a mis hermanos que subo donde mi Padre, que es el Padre de ustedes; donde mi Dios que es el Dios de ustedes».

María Magdalena fue a los discípulos y les dijo: “He visto al Señor» y me ha dicho tales y tales cosas”.

Antífona de la comunión: Colosenses 3, 1-2

Puesto que ustedes han resucitado con Cristo, busquen las cosas del cielo, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios; aficiónense a los bienes del cielo, no a los de la tierra. Aleluya.

Clave hermenéutica de interpretación del relato evangélico: La narración de esta aparición hay que interpretarla teniendo como fondo el Cantar de los Cantares.

Por tanto, la clave nupcial aportará una gran iluminación teológica y espiritual: Resucitado-Comunidad cristiana; Cristo-Iglesia, esposa.

Términos sugerentes son: “huerto”, “mujer”, “darse media vuelta, volverse”, “buscar”, “hortelano”, “soltar o dejar de tocar” (Cf. Secundino Castro Sánchez, ocd.: Evangelio de Juan. DDB, 2008; pp. 349-357)

 

De los comentarios de san Agustín, obispo, sobre los salmos

El Aleluya pascual

No sólo vuestra voz debe alabar a Dios, sino también vuestro interior, vuestra vida

Toda nuestra vida presente debe discurrir en la alabanza de Dios, porque en ella consistirá la alegría sempiterna de la vida futura; y nadie puede ser idóneo de la vida futura si no se ejercita ahora en esta alabanza.

Ahora, alabamos a Dios, pero también le rogamos. Nuestra alabanza incluye la alegría, la oración, el gemido.

Es que se nos ha prometido algo que todavía no poseemos; y, porque es veraz el que lo ha prometido, nos alegramos por la esperanza; mas, porque todavía no lo poseemos, gemimos por el deseo.

Es cosa buena perseverar en este deseo, hasta que llegue lo prometido; entonces cesará el gemido y subsistirá la alabanza.

Por razón de estos dos tiempos -uno, el presente, que se desarrolla en medio de las pruebas y tribulaciones de esta vida, y el otro, el futuro, en el que gozaremos de la seguridad y la alegría perpetuas-, se ha instituido la celebración de un doble tiempo, el de antes y el de después de Pascua.

El que precede a la Pascua significa las tribulaciones que en esta vida pasamos; el que celebramos ahora, después de Pascua, significa la felicidad que luego poseeremos.

Por tanto, antes de Pascua celebramos lo mismo que ahora vivimos; después de Pascua celebramos y significamos lo que aún no poseemos.

Por esto, en aquel primer tiempo nos ejercitamos en ayunos y oraciones; en el segundo, el que ahora celebramos, descansamos de los ayunos y lo empleamos todo en alabanza. Esto significa el Aleluya que cantamos.

En aquel que es nuestra cabeza, hallamos figurado y demostrado este doble tiempo. La pasión del Señor nos muestra la penuria de la vida presente, en la que tenemos que padecer la fatiga y la tribulación, y finalmente la muerte; en cambio, la resurrección y la glorificación del Señor es una muestra de la vida que se nos dará.

Ahora, pues, hermanos, os exhortamos a la alabanza de Dios; y esta alabanza es la que nos expresamos mutuamente cuando decimos: Aleluya. “Alabad al Señor”, nos decimos unos a otros; y, así, todos hacen aquello a lo que se exhortan mutuamente.

Pero procurad alabarlo con toda vuestra persona, esto es, no sólo vuestra lengua y vuestra voz deben alabar a Dios, sino también vuestro interior, vuestra vida, vuestras acciones.

En efecto, lo alabamos ahora, cuando nos reunimos en la Iglesia; y, cuando volvemos a casa, parece que cesamos de alabarlo. Pero, si no cesamos en nuestra buena conducta, alabaremos continuamente a Dios. Dejas de alabar a Dios cuando te apartas de la justicia y de lo que a él le place.

Si nunca te desvías del buen camino, aunque calle tu lengua, hable tu conducta; y los oídos de Dios atienden a tu corazón. Pues, del mismo modo que nuestros oídos escuchan nuestra voz, así los oídos de Dios escuchan nuestros pensamientos (Salmo 148, 1 – 2: CCL 40, 2165 – 2166).


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