El maná de cada día, 15.8.17

agosto 15, 2017

La Asunción de la Virgen María

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SEXTO día de la Novena a San Ezequiel Moreno, agustino recoleto, cuya fiesta se celebra el 19 de éste. La encuentras al final de esta entrada o artículo.

Además de unirnos a todos los devotos de San Ezequiel, le confiamos a Dios por su intercesión todas las peticiones de salud y acciones de gracias que recibimos en este blog, con mucha frecuencia.

Dios se glorifique en esta novena. Hagamos respetuosa presión a nuestro Dios Compasivo por sus hijos preferidos, nuestros hermanos enfermos. De manera especial encomendemos a la misericordia de Dios a los que padecen cáncer o lo han sufrido y a cuantos los atienden y cuidan.

San Ezequiel sufrió cáncer al paladar y fosas nasales siendo obispo de Pasto en Colombia. Viajó a España para tratarse, y fue operado en Madrid sin resultados positivos y sufriendo muchos dolores. Entonces se retiró al convento de Monteagudo en Navarra, donde pasó los últimos días de su vida entregado a Dios y a la Virgen del Camino.  Allá murió y allá reposan sus restos mortales.

San Ezequiel Moreno, ruega por nosotros y por nuestros enfermos.
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Elevada a los cielos en cuerpo y alma

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Antífona de entrada: Ap 12, 1

Apareció una figura portentosa en el cielo: una mujer vestida del sol, la luna por pedestal, coronada con doce estrellas.


Oración Colecta

Dios todopoderoso y eterno, que has elevado en cuerpo y alma a los cielos a la inmaculada Virgen María, Madre de tu Hijo, concédenos, te rogamos, que, aspirando siempre a las realidades divinas, lleguemos a participar con ella de su misma gloria en el cielo. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: Apocalipsis 11, 19a;12,1.3-6a.10ab

Se abrió en el cielo el santuario de Dios y en su santuario apareció el arca de su alianza. Después apareció una figura portentosa en el cielo: Una mujer vestida de sol, la luna por pedestal, coronada con doce estrellas.

Apareció otra señal en el cielo: Un enorme dragón rojo, con siete cabezas y diez cuernos y siete diademas en las cabezas. Con la cola barrió del cielo un tercio de las estrellas, arrojándolas a la tierra. El dragón estaba enfrente de la mujer que iba a dar a luz, dispuesto a tragarse el niño en cuanto naciera.

Dio a luz un varón, destinado a gobernar con vara de hierro a los pueblos. Arrebataron al niño y lo llevaron junto al trono de Dios. La mujer huyó al desierto, donde tiene un lugar reservado por Dios.

Se oyó una gran voz en el cielo: «Ahora se estableció la salud y el poderío, y el reinado de nuestro Dios, y la potestad de su Cristo.»


SALMO 44, 10bc.11-12ab.16

De pie a tu derecha está la reina, enjoyada con oro de Ofir.

Hijas de reyes salen a tu encuentro, de pie a tu derecha está la reina, enjoyada con oro de Ofir.

Escucha, hija, mira: inclina el oído, olvida tu pueblo y la casa paterna; prendado está el rey de tu belleza: póstrate ante él, que él es tu señor.

Las traen entre alegría y algazara, van entrando en el palacio real.


SEGUNDA LECTURA: 1 Corintios 15, 20-27a

Cristo resucitó de entre los muertos: el primero de todos. Si por un hombre vino la muerte, por un hombre ha venido la resurrección. Si por Adán murieron todos, por Cristo todos volverán a la vida.

Pero cada uno en su puesto: primero Cristo, como primicia; después, cuando él vuelva, todos los que son de Cristo; después los últimos, cuando Cristo devuelva a Dios Padre su reino, una vez aniquilado todo principado, poder y fuerza.

Cristo tiene que reinar hasta que Dios haga de sus enemigos estrado de sus pies. El último enemigo aniquilado será la muerte. Porque Dios ha sometido todo bajo sus pies.


Aclamación antes del Evangelio

De pie a tu derecha está la reina, enjoyada con oro de Ofir.


EVANGELIO: Lucas 1, 39-56

En aquellos días, María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre.

Se llenó Isabel del Espíritu Santo y dijo a voz en grito: «¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá.»

María dijo: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación.

Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos. Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia –como lo había prometido a nuestros padres– en favor de Abrahán y su descendencia por siempre.»

María se quedó con Isabel unos tres meses y después volvió a su casa.


Antífona de comunión: Lc 1, 48-49

Me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí.


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TU CUERPO ES SANTO Y SOBREMANERA GLORIOSO

Constitución apostólica Munificentíssimus Deus del papa Pío XII

Los santos Padres y grandes doctores, en las homilías y disertaciones dirigidas al pueblo en la fiesta de la Asunción de la Madre de Dios, hablan de este hecho como de algo ya conocido y aceptado por los fieles y lo explican con toda precisión, procurando, sobre todo, hacerles comprender que lo que se conmemora en esta festividad es no sólo el hecho de que el cuerpo sin vida de la Virgen María no estuvo sujeto a la corrupción, sino también su triunfo sobre la muerte y su glorificación en el cielo, a imitación de su Hijo único Jesucristo.

Y, así, san Juan Damasceno, el más ilustre transmisor de esta tradición, comparando la asunción de la santa Madre de Dios con sus demás dotes y privilegios, afirma, con elocuencia vehemente:

«Convenía que aquella que en el parto había conservado intacta su virginidad conservara su cuerpo también después de la muerte libre de la corruptibilidad. Convenía que aquella que había llevado al Creador como un niño en su seno tuviera después su mansión en el cielo. Convenía que la esposa que el Padre había desposado habitara en el tálamo celestial.

Convenía que aquella que había visto a su Hijo en la cruz y cuya alma había sido atravesada por la espada del dolor, del que se había visto libre en el momento del parto, lo contemplara sentado a la derecha del Padre. Convenía que la Madre de Dios poseyera lo mismo que su Hijo y que fuera venerada por toda criatura como Madre y esclava de Dios».

Según el punto de vista de san Germán de Constantinopla, el cuerpo de la Virgen María, la Madre de Dios, se mantuvo incorrupto y fue llevado al cielo, porque así lo pedía no sólo el hecho de su maternidad divina, sino también la peculiar santidad de su cuerpo virginal:

«Tú, según está escrito, te muestras con belleza; y tu cuerpo virginal es todo él santo, todo él casto, todo él morada de Dios, todo lo cual hace que esté exento de disolverse y convertirse en polvo, y que, sin perder su condición humana, sea transformado en cuerpo celestial incorruptible, lleno de vida y sobremanera glorioso, incólume y partícipe de la vida perfecta».

Otro antiquísimo escritor afirma:

«La gloriosísima Madre de Cristo, nuestro Dios y salvador, dador de la vida y de la inmortalidad, por él es vivificada, con un cuerpo semejante al suyo en la incorruptibilidad, ya que él la hizo salir del sepulcro y la elevó hacia sí mismo, del modo que él solo conoce».

Todos estos argumentos y consideraciones de los santos Padres se apoyan, como en su último fundamento, en la sagrada Escritura; ella, en efecto, nos hace ver a la santa Madre de Dios unida estrechamente a su Hijo divino y solidaria siempre de su destino.

Y, sobre todo, hay que tener en cuenta que, ya desde el siglo segundo, los santos Padres presentan a la Virgen María como la nueva Eva asociada al nuevo Adán, íntimamente unida a él, aunque de modo subordinado, en la lucha contra el enemigo infernal, lucha que, como se anuncia en el protoevangelio, había de desembocar en una victoria absoluta sobre el pecado y la muerte, dos realidades inseparables en los escritos del Apóstol de los gentiles.

Por lo cual, así como la gloriosa resurrección de Cristo fue la parte esencial y el último trofeo de esta victoria, así también la participación que tuvo la santísima Virgen en esta lucha de su Hijo había de concluir con la glorificación de su cuerpo virginal, ya que, como dice el mismo Apóstol: Cuando esto mortal se vista de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra escrita: «La muerte ha sido absorbida en la victoria».

Por todo ello, la augusta Madre de Dios, unida a Jesucristo de modo arcano, desde toda la eternidad, por un mismo y único decreto de predestinación, inmaculada en su concepción, virgen integérrima en su divina maternidad, asociada generosamente a la obra del divino Redentor, que obtuvo un pleno triunfo sobre el pecado y sus consecuencias, alcanzó finalmente, como suprema coronación de todos sus privilegios, el ser preservada inmune de la corrupción del sepulcro y, a imitación de su Hijo, vencida la muerte, ser llevada en cuerpo y alma a la gloria celestial, para resplandecer allí como reina a la derecha de su Hijo, el rey inmortal de los siglos (AAS 42, 1950, 760-762.767-769).
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NOVENA A SAN EZEQUIEL MORENO

San Ezequiel Moreno, agustino recoleto




ORACIÓN PARA TODOS LOS DÍAS

Aquí me tienes, Dios mío y Padre mío, en tu presencia. Humildemente te pido perdón de todas mis culpas y la gracia de perseverar en tu santo servicio hasta la muerte. Deseo durante estos nueve días recordar las virtudes de san Ezequiel Moreno para renovar mi fe y mi entrega a ti, mi Señor.

Por intercesión de san Ezequiel, te ruego escuches mis ruegos y me concedas la gracia especial que te pido en esta novena. Finalmente, te encomiendo a todos los enfermos, en particular a los terminales y a los que sufren de cáncer. Por Jesucristo nuestro Señor.- Amén.


DÍA 6º.- Una de las cosas más recomendadas por Jesús es la oración. Él nos dio ejemplo y nos invitó a practicarla con perseverancia. El P. Ezequiel dedicaba cada día largas horas a la oración, especialmente ante el Santísimo Sacramento. De ahí brotaban su caridad ardiente, su celo, su austeridad de vida, su sabiduría espiritual y su fortaleza para practicar el bien. (Pausa de reflexión y oración)

Padre nuestro, muéstranos hoy a Jesús enseñándonos a orar y haz que podamos imitarlo con nuestras acciones y nuestros sentimientos. Que siguiendo a Jesús y con la ayuda de san Ezequiel, podamos acercarnos siempre a ti con toda confianza y agradecimiento. Por el mismo Jesucristo Nuestro Señor.- Amén.

(Pídase la gracia especial que se desee alcanzar en la novena)


Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

San Ezequiel Moreno, ruega por nosotros.


ORACIÓN FINAL PARA TODOS LOS DÍAS

Padre nuestro: la oración confiada y la certeza de la intercesión de san Ezequiel son para mí un remanso de paz y de consuelo en mis penas y trabajos. Haz que sus ejemplos me estimulen siempre hacia el bien y que no me falte nunca su protección bondadosa.

Te lo pido por Jesucristo Nuestro Señor.- Amén.
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Maná y Vivencias Pascuales (28), 13.5.17

mayo 13, 2017

Sábado de la 4ª semana de Pascua

Bienaventurada Virgen María de Fátima

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Nuestra Señora de Fátima 3

Centenario de las apariciones de Nuestra Señora de Fátima


Antífona de entrada: 1 Pedro 2, 9

Pueblo adquirido por Dios, proclamad las hazañas del que os llamó a salir de las tinieblas y a entrar en su luz maravillosa. Aleluya.

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TEXTOS ILUMINADORES

El sábado siguiente se reunió casi toda la ciudad para escuchar la palabra de Dios. Y creyeron todos los que estaban dispuestos para la vida eterna. La palabra de Dios se difundía por toda la región.

Pablo y Bernabé se fueron a la ciudad de Iconio dejando a los discípulos llenos de gozo y del Espíritu Santo.

Felipe dijo: “Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta”. Jesús respondió: El que me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿No crees que yo estoy en el Padre, y que el Padre está en mí? Las Palabras que yo les he dicho no vienen de mí mismo. El Padre que está en mí obra por mí.

Créanme: Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Al menos créanmelo por mis obras.

ORACIÓN COLECTA

Oh, Dios, que hiciste a la Madre de tu Hijo también Madre nuestra, concédenos que, perseverando en la penitencia y en la plegaria por la salvación del mundo, podamos promover cada día con mayor eficacia el reino de Cristo. Él, que vive y reina contigo.

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS

Al celebrar la memoria de la bienaventurada Virgen María, recibe, Padre santo, la ofrenda de nuestra humildad, que te presentamos alegres, y concédenos que, asociados al sacrificio de Cristo, sea para nosotros consuelo temporal y causa de salvación eterna. Por Jesucristo, nuestro Señor.

PRIMERA LECTURA: Hechos 13, 44-52

El sábado siguiente se reunió casi toda la ciudad para escuchar la palabra de Dios. Los judíos al ver tal gentío se llenaron de envidia y se pusieron a contradecir con insultos lo que Pablo decía.

Entonces Pablo y Bernabé dijeron con firmeza: Ustedes eran los primeros a quienes debíamos anunciar el mensaje de Dios. Pero ahora, rechazándolo, se condenan a no recibir la vida eterna y nosotros nos dirigimos a los que no son judíos, ya que así nos ordenó el Señor: “Te puse como luz de las naciones para que lleves la salvación hasta los extremos del mundo”.

Los que no eran judíos, cuando oyeron esto, se alegraron, comenzaron a alabar el mensaje del Señor, y creyeron todos los que estaban dispuestos para la vida eterna. Mientras tanto la palabra de Dios se difundía por toda la región.

Los judíos entonces incitaron a mujeres distinguidas y devotas y también a los hombres importantes de la ciudad; organizaron una persecución contra Pablo y Bernabé y lograron que los echaran de su territorio.

Estos sacudieron el polvo de sus pies, como protesta contra ellos, y se fueron a la ciudad de Iconio, dejando a los discípulos llenos de gozo y del Espíritu Santo.

SALMO 97, 1-4

Canten al Señor un canto nuevo, porque ha hecho maravillas; su mano le ha dado la victoria, su santo brazo.

El Señor hace pública su victoria, a la vista de las naciones muestra su salvación, ha recordado su amor y su fidelidad en favor de Israel.

Toda la tierra ha visto la victoria de nuestro Dios. ¡Aclamen al Señor, habitantes de toda la tierra, estallen de gozo, griten de alegría, canten!

Aclamación: Juan 8, 31b-32.– Si os mantenéis en mi palabra, seréis de verdad discípulos míos y conoceréis la verdad, dice el Señor.

EVANGELIO: Juan 14, 7-14.- Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre.

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Si me conocieran a mí, también conocerían al Padre. En realidad, ya lo conocen y lo han visto.

Felipe dijo: “Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta” Jesús respondió: Hace tanto tiempo que estoy con ustedes ¿y todavía no me conoces, Felipe? El que me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo, pues, dices: Muéstranos al Padre? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y que el Padre está en mí?

Las Palabras que yo les he dicho no vienen de mí mismo. El Padre que está en mí obra por mí. Créanme: Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Al menos créanmelo por mis obras.

En verdad el que cree en mí hará las mismas cosas que yo hago, y aún hará cosas mayores que éstas; pues ahora me toca irme al Padre. Pero lo que ustedes pidan en mi nombre, lo haré yo para que den gloria al Padre a través de su Hijo. Y también, si me lo piden a mí en mi nombre, yo se lo daré.

Comunión: Juan 17, 24

Padre, éste es mi deseo: que los que me confiaste estén conmigo donde yo estoy y contemplen mi gloria, la que me diste, porque me amabas, antes de la fundación del mundo. Aleluya.


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SALUDO PASCUAL A LA VIRGEN MARÍA (4)

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La Iglesia tiene dos formas de saludar a la Virgen María durante el año litúrgico: el propio del tiempo pascual, el “Regina Coeli”, y el “Ángelus” para el resto del año. En su momento hicimos un comentario al Ángelus. Ahora vamos a comentar muy brevemente el saludo pascual: ¡Reina del cielo, alégrate! ¡Aleluya!

La Virgen María estuvo particularmente cercana a Jesús en los misterios de su muerte y resurrección, en el nacimiento de la Iglesia y en venida del Espíritu Santo. Cumplida su misión terrena fue llevada al Cielo y coronada de gloria junto a su Hijo, esperando que Cristo recapitule todas las cosas y las entregue al Padre.

María es la perfecta discípula del Señor que colaboró como nadie, y de manera totalmente excepcional, en la obra de la redención: comenzando por el misterio de la Encarnación y culminando su misión participando en la muerte y resurrección de su Hijo.

Recordemos que ella permaneció firme, fiel e íntegra ante el misterio de la muerte y sepultura de su hijo Jesús. Ella, la “mujer”, la nueva Eva, recibe el testamento del Crucificado: “Ahí tienes a tu hijo”.

Ella sabe en fe que Jesús no puede morir. Por eso, la Iglesia siempre ha creído que la Virgen María fue la primera que creyó en la resurrección, la primera que “vio” a Jesús como Resucitado y constituido Señor y Salvador. No le hacían falta apariciones. Ningún evangelista narra esas posibles apariciones.

De ahí que la Virgen María es la que mejor puede iniciarnos en la fe pascual, en la experiencia de la salvación plena en Cristo el Señor. Ella es la Madre del Resucitado.

De hecho María, rodeada de otras mujeres testigos de la resurrección, acompañó a los discípulos en el proceso pascual del alumbramiento del nuevo Israel, la Iglesia, hasta recibir la plenitud del Espíritu en Pentecostés, como la verdadera y única madre de los creyentes. Ella es la llena del Espíritu Santo.

Nadie mejor que ella nos puede acompañar en este tiempo pascual hasta que experimentemos la plena salvación en Cristo. Por eso, la Iglesia la saluda con especial devoción, alegría y esperanza durante el tiempo pascual.

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REINA DEL CIELO, ALÉGRATE, ALELUYA

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Alégrate, María, porque Dios está definitivamente prendado de tu belleza y santidad: Amándote con predilección, va forjando tu personalidad única. Eres su obra maravillosa, la llena de gracia.

Dios Padre bendice y corona a María porque todas las expectativas que proyectaba sobre ella han sido plenamente cumplidas. No le ha defraudado en lo más mínimo. Alégrate, María, aleluya. Y alaba a tu Dios porque ha hecho obras grandes en ti.

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PORQUE EL SEÑOR, A QUIEN HAS MERECIDO LLEVAR, ALELUYA

Vive el Señor a quien has merecido llevar, aleluya

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Vive el Señor, a quien has merecido llevar: primero por la fe en tu mente, y después en tu seno, Virgen María. Aleluya.

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María ha vivido la intimidad más delicada y tierna con el Hijo de Dios concebido en su seno por obra del Espíritu Santo.

Una experiencia inimaginable, que ni ojo puede ver, ni oído oír, ni puede venir a mente humana algo parecido.

El Hijo unigénito de Dios ha concedido a María -llena de gracia- la facilidad y el gozo de cumplir la voluntad del Padre creador, de una manera espontánea, querida de corazón, alegre y plena; por ello gratificante, pues colabora con el plan de Dios como si se tratara de algo soñado por ella misma.

Ninguna posibilidad de gracia venida del Padre ha sido despreciada o frustrada en María, gracias a la comunión que se le ha concedido experimentar con el que habita en el seno del Padre “comiendo” su voluntad, con el que es el Rostro de Dios, la Imagen del Padre.

En definitiva, con el que es su propio hijo. Un hijo al que la Virgen María da vida y conforma en su seno, pero a la vez, él conforma a su madre, la modela y perfecciona en una vida totalmente sumisa a la voluntad del Padre.

Por eso, ahora en el cielo, el Hijo de María corona a su Madre como Reina y Señora del universo, de cuanto fue creado y recreado en Cristo.

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El Señor ha resucitado, según su palabra. Aleluya

HA RESUCITADO, SEGÚN SU PALABRA, ALELUYA

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La Virgen María ha sido habitada por el Poder de Dios. El Espíritu de Dios ha venido sobre toda su persona, sobre todo su ser hasta hacer su morada en ella.

El Espíritu ha estado guiando sus pensamientos y acciones durante toda su existencia. Gracias al Espíritu María ha colaborado en la obra de la salvación como nadie.

Verdaderamente Dios, por su Espíritu, ha estado grande con ella: ha concebido al Hijo de Dios, y lo ha acompañado en toda la gesta de la salvación, pasando por su muerte y resurrección.

Ella, llena del Espíritu, ha mantenido la fe de los discípulos hasta el día de Pentecostés. Ella es Madre de la Iglesia. Y su misión continúa en el cielo intercediendo por los hijos de la Iglesia.

Así su maternidad llega a plenitud, según los designios de Dios; de un Dios que es comunión del Padre y del Hijo en el Espíritu. María entra de lleno en la vida íntima de la Trinidad.

Por eso, en verdad, la Virgen María es honrada como Hija de Dios Padre, Madre de Dios Hijo, y Esposa del Espíritu Santo. ¡Dichosa tú que has creído!

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RUEGA AL SEÑOR POR NOSOTROS, ALELUYA

– GOZA Y ALÉGRATE, VIRGEN MARÍA, ALELUYA

– PORQUE VERDADERAMENTE HA RESUCITADO EL SEÑOR, ALELUYA

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OREMOS

Oh Dios, que mediante la resurrección de tu Hijo Jesucristo, te has dignado alegrar al mundo; concédenos, por la intercesión de la Virgen María, alcanzar los gozos de la vida eterna. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

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La gracia de Dios en María y el cristianismo, según la RCC, por el P. Raniero Cantalamessa

mayo 8, 2017

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Anunciación del Ángel a María, la llena de gracia

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Charla del P. Raniero Cantalamessa en la asamblea regional de Madrid, Marzo, 2017

 

“ALÉGRATE, LLENA DE GRACIA”

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Como los organizadores me han pedido, el tema de esta enseñanza de acuerdo con la solemnidad de hoy, la Anunciación, será “Alégrate, llena de gracia”. María guía a la Iglesia y a la Renovación Carismática al buen descubrimiento de la gracia de Dios.

Entrando el Ángel donde estaba María, dijo: “Alégrate, llena de gracia” y de nuevo “No temas, María, que gozas del favor, de la gracia, de Dios”. El Ángel, al saludarla, no llama a María por su nombre, sino que la llama simplemente “Llena de gracia” o perfectamente volcada de gracia. No dice alégrate, María, sino que dice “Alégrate, “La Llena de Gracia” ”.

Es el nombre nuevo de María. En la gracia está la identidad más profunda de María. María es aquella que es querida para Dios. Querida, como caridad, deriva de la misma raíz que caritas, que significa gracia. La gracia de María está ciertamente en función de lo que sigue, del anuncio del Ángel, de su misión de madre de Dios. Pero no se agota en ella. María no es para Dios sólo una función, sino que es ante todo una persona.

Es una persona que es querida para Dios por la eternidad. María es así la proclamación viviente de que al comienzo de todo, en la relación entre Dios y las criaturas, está la gracia. La gracia es el centro y el lugar en el cual la criatura puede encontrar a su Creador. La gracia es aquello por lo que Dios sobresale y se inclina hacia la criatura. Es el ángulo convexo que llena, colmando con caridad, el vacío del ser humano, de Dios.

Dios es amor -dice San Juan- y cuando sale de la Trinidad esto equivale a decir que Dios es gracia. Sólo en el seno de la Trinidad, en las relaciones trinitarias, no hay gracia, no hay misericordia. En la Trinidad ¿sabéis? no hay misericordia; hay amor puro. Porque, que el Padre ame al Hijo no es gracia, concesión, misericordia; es naturaleza, es necesidad. El Padre es Padre en cuanto ama a su Hijo.

Que el Hijo ame a su Padre, no es gracia, no es concesión. Es naturaleza, porque el Hijo es Hijo en cuanto ama a su Padre. ¿Entendéis en qué sentido digo que en la Trinidad no hay pues misericordia? Hay amor puro. Cuando Dios hace algo fuera de sí, entonces su amor se vuelve misericordia, es gracia. No es debido, no es naturaleza. Es concesión y gracia.

De esta misteriosa gracia de Dios, María es una especie de icono viviente. Hablando de la humanidad de Jesús, San Agustín dice: “¿En base a qué la humanidad de Jesús mereció ser asumida por el Eterno Verbo del Padre en la unidad de su persona? ¿qué obra buena precedió a esta unión de parte de Jesús?, ¿qué hizo antes de este momento?, ¿en qué había creído o qué había pedido para ser enaltecido a tal inefable dignidad?” (Se habla de la naturaleza humana de Jesús asumida por el Verbo).

“Busca  mérito, busca justicia -sigue diciendo San Agustín-, reflexiona y ve si existe otra cosa que no sea gracia”. Estas palabras arrojan una luz singular sobre toda la persona de María. De ella se debe decir, aún con más razón que de la humanidad de Jesús, ¿qué había hecho María para merecer el privilegio de dar a Jesús su humanidad? ¿qué creyó?, ¿qué pidió? ¿qué esperó?, ¿qué sufrió para venir al mundo santa e inmaculada?

Busca también aquí el mérito, busca la justicia, busca todo lo que quieras… y fíjate si encuentras en ella, al comienzo, algo que no sea gracia. María puede hacer suyas con toda verdad las palabras del Apóstol Pablo y decir: “Por gracia de Dios soy lo que soy”.

En la gracia se sigue la explicación completa de María. Su grandeza y su belleza. Pero ¿qué es la gracia? Para descubrirlo, partamos del lenguaje corriente. Me parece que en español es lo mismo que en italiano. El significado más común de gracia es belleza, fascinación, amabilidad. De la misma raíz que kharis (gracia) deriva la palabra caritas y en francés charité.

Sin embargo, éste no es el único significado de la palabra gracia. Cuando decimos de un condenado a muerte que obtuvo la gracia ¿intentamos decir quizás que obtuvo la belleza, la fascinación? ¡No! ciertamente, intentamos decir que consiguió el perdón, el favor, la remisión de su pena. En efecto, éste es el significado primordial de gracia: favor no merecido, inmerecido.

También en el lenguaje de la Biblia se nombra el mismo doble significado. “Doy mi gracia a quien quiero -dice Dios- y me compadezco de quien quiero” (Éxodo, 32) . “Has hallado gracia a mis ojos”, le dice Dios a Moisés, exactamente como el Ángel le dice a María, que ha encontrado gracia junto a Dios. Y gracia indica aquí, una vez más, favor, agrado, misericordia. ¡Es claro!

Al lado de este significado principal, que es el perdón, el favor, la misericordia de Dios, se aclara en la Biblia también el otro significado que hemos mencionado, en el cual gracia implica una calidad inherente a la criatura, a veces vista como un efecto del favor divino, y que la vuelve bella, encantadora y amable. Así, por ejemplo, se habla en la Biblia de la gracia que  fluye sobre los labios del esposo leal y más bello entre los hijos de los hombres, y de una buena esposa se dice en Los Proverbios “que tiene la amabilidad de la sierva y la gracia de una gacela” (“Gracia”, ahí la palabra “gracia”).

Si ahora volvemos a María, notamos que en el saludo del ángel se reflejan los dos significados de gracia que hemos destacado. María encontró gracia, es decir, favor, cerca de Dios. Ella es reina del favor de Dios. ¿Qué es la gracia que encontraron a los ojos de Dios los patriarcas, los profetas, en comparación con la que encontró María? ¿Con quién el Señor ha permanecido más que con ella?

En ella Dios no estuvo sólo por poder o por providencia, sino también en persona, por presencia. No es entonces una presencia intencional, sino real. Dios no dio a María sólo su favor, sino que se ha dado él mismo por completo en su Hijo. “El Señor está contigo”,  esta frase dicha sobre María tiene un significado distinto que en cualquier otro. El Señor está contigo no sólo intencionalmente, con su amor lejano, sino que está contigo en tu seno.

En consecuencia, María es llena de gracia también en el otro significado, es decir, es bella. Una clase de belleza que llamamos santidad. “Toda pulcra”, dice la liturgia de la Iglesia, toda bella. Porque está llena del favor divino María es también hermosa. Esta gracia consistente en la santidad de María tiene también una característica que la pone por encima de la gracia de toda otra persona, en el Antiguo y en el Nuevo Testamento.

Es una gracia no contaminada. Hay una diferencia -decía un poeta francés- entre un papel blanco y un papel que ha sido blanqueado. Un papel que ha sido blanqueado no será jamás como un papel blanco. Y María es más importante. La Iglesia latina ha expresado este sentido con el título de “Inmaculada” y la Iglesia ortodoxa con el título de “panaguía“, que significa toda santa. Uno lo explica en sentido negativo: la ausencia de pecado; y el otro positivamente: la presencia de todas las virtudes.

Sin embargo, no quisiera detenerme demasiado sobre este significado secundario y derivado que es el sentido de belleza, que constituye el así llamado “atuendo de gracia de María”. También la predicación sobre la gracia, por cierto, tiene necesidad de una renovación en el Espíritu.

Y esta renovación consiste en volver a poner siempre de nuevo en primer plano el significado primordial de gracia. Aquel que vuelve a mirar a Dios antes que la criatura, al autor de la gracia antes que al destinatario de la gracia. Consiste en restituir a Dios su poder. Desde mi primer contacto con la Renovación Carismática ésta fue una definición que me impresionó mucho. La Renovación Carismática es restituir el poder de Dios.

Es fácil, hablando del título “Llena de gracia” dado por el ángel a María, caer en el equívoco de insistir más en la gracia de María que en la gracia de Dios. “Llena de gracia” ha sido el punto de partida privilegiado que constituyó la base sobre la que se definieron los dogmas de la Inmaculada Concepción, de la Asunción y casi todas las otras prerrogativas de María. Todo esto constituye un progreso para la fe, sin duda.

Sin embargo, una vez que esto está seguro, es necesario regresar rápidamente al significado primario de la palabra gracia. El que habla más de Dios que de María, más de aquel que da la gracia que de aquella que la recibe. Porque esto es lo que María misma desea de los creyentes, de nosotros. Sin este llamado de atención, gracia puede terminar indicando su significado contrario. Es decir, es mérito.

Gracia, dicha de Dios, de la cual María ha estado colmada, es también una gracia de Cristo (gratia Christi). Es la gracia de Dios dada en Cristo Jesús. Así la describe San Pablo en la Primera Carta a los Corintios, 4, es decir, el favor y la salvación que Dios concede ahora a los hombres a causa de la muerte redentora de Cristo. Su gracia (la gracia de María) es gracia de la nueva alianza.

María, ha declarado la Iglesia al definir el dogma de la Inmaculada Concepción, ha sido preservada del pecado en previsión de los méritos de Jesucristo Salvador. En este sentido, ella  es verdaderamente, como la llama Dante Alighieri, nuestro poeta italiano, es “Hija de su Hijo”.

En María contemplamos la novedad de la nueva alianza respecto de la antigua alianza. En ella se ha dado un salto cualitativo. “¿Qué novedad trajo el Hijo de Dios viniendo al mundo?” se preguntaban algunos en tiempo de San Ireneo, y San Ireneo respondía diciendo: “Trajo toda clase  de novedad trayéndose a sí mismo”.

La gracia de Dios ya no consiste en cualquier don de Dios sino el don de él mismo, de sí mismo. No consiste en cualquier favor suyo, sino en su presencia. Esto es la novedad de la gracia de Cristo en relación al sentido general del Antiguo Testamento del favor divino. Ahora la gracia para nosotros es siempre gracia de Dios en Cristo Jesús. Es la gracia  del agua que brota del monte Calvario.

La primera cosa que debe hacer, en respuesta a la gracia de Dios, la criatura -según San Pablo nos enseña- es dar gracias. Dice en la Primera Carta a los Corintios “siempre doy gracias a Dios por vosotros, por la gracia que Dios os ha concedido en Cristo Jesús”. En esta frase está todo. La gracia de Dios es la causa y el dar gracias es el efecto. “Siempre doy gracias a Dios por vosotros por la gracia que Dios os ha concedido en Cristo Jesús”.

A la gracia de Dios siempre debe seguir el “gracias” del hombre. Dar gracias no significa restituir el favor o dar una retribución. ¿Quién podría dar a Dios la retribución de algo? Agradecer significa sobre todo reconocer la gracia. Aceptar su gratuidad. ¡Y no es tan fácil! Porque nosotros queremos ser siempre acreedores de Dios y no deudores. No querer librarse ni pagar a Dios el rescate.

Por eso este es un comportamiento religioso fundamental: dar gracias. Agradecer significa aceptarse con Dios como dependientes, dejar que Dios sea Dios y acercarse gozosamente. No como quien se somete con tristeza. Es un reconocimiento gozoso.

Eso es lo que María hizo con el Magnificat. “Proclama mi alma la grandeza del Señor porque el poderoso ha hecho obras grandes por mí”. Él ha hecho obras grandes por mí. La lengua hebraica no conoce una palabra especial que signifique agradecimiento. Cuando quiere agradecer a Dios, el hombre bíblico comienza a alabar, exaltar, proclamar sus maravillas con gran entusiasmo.

Por esto quizá en el Magnificat no encontramos la palabra agradecer, sino que encontramos las palabras proclamar, exultar. Exulta en el Señor. Si no existe la palabra, no obstante existe el sentimiento correspondiente en la Biblia. María restituye de verdad a Dios su poder. Concentra en la gracia toda su gratuidad. Ella atribuye a la gracia de Dios, es decir, a la gracia, las cosas que le están sucediendo y no se atribuye ningún mérito.

“Ha mirado a la pequeñez de su sierva”. No se debería traducir “Ha mirado a la humildad de su sierva”. Humildad puede significar la virtud de la humildad. Tenemos que tener cuidado, porque hay un peligro si entendemos que María no atribuye nada a la acción del Señor, sino a su virtud de humildad.

Hubo alguien,  un santo, que dicen que dijo este error: ”Mirad la importancia de la humildad, María no se gloría de ninguna virtud sino de su humildad”. ¡Y así ha destruido la humildad de María! ¿No les parece? Si María atribuyese a su humildad, la elección de Dios, habría destruido la humildad. Tenemos que conocer que la palabra tapeinós, que es la palabra griega que está detrás de ésta, puede significar pequeñez objetiva y puede significar el sentido que yo tengo, el reconocimiento de mi propia pequeñez.

En este segundo significado subjetivo es la virtud de la humildad, pero en el significado objetivo significa la pequeñez objetiva. Entonces, María usa la palabra en el sentido objetivo. Dice: “ha mirado la nada de su sierva, la nada que soy yo frente a Dios”. ¡Claro! ¡Claro! Entonces, tenemos que tener cuidado de no atribuir a María la presunción de ser humilde, porque la humildad tiene un estatuto especial: la poseen los que no creen poseerla y no la poseen quienes creen poseerla.

Sin embargo, ha llegado el momento de recordarnos que María es figura y espejo de la Iglesia. ¿Qué significa para la Iglesia y para cada uno de nosotros el hecho de que la historia de María comience con la palabra “gracia”? Significa que también para nosotros, al comienzo de todo, está la gracia. La elección libre y gratuita de Dios, su favor inexplicable. Su venir al encuentro con nosotros en Cristo y donarse a nosotros por puro amor.

Significa que la gracia es el primer principio del cristianismo. También la Iglesia tuvo su Anunciación. Y ¿cuál es el saludo que le dirige el mensajero divino a la Iglesia? Escuchad por ejemplo el saludo que San Pablo dirige a la Iglesia: Gracia a vosotros y paz de parte de Dios, Padre nuestro y del Señor Jesucristo”, así comienzan casi invariablemente las Cartas de los Apóstoles.

Veamos uno de estos anuncios directamente, para saborearle toda la fuerza y la dulzura. Se trata de la Primera Carta a los Corintios, capítulo primero, versículo del 1 al 7: “Pablo, llamado por voluntad de Dios a ser apóstol de Cristo Jesús y Sóstenes, el hermano, a la Iglesia de Dios que está en Corinto: a los santificados en Cristo Jesús y llamados a ser santos, con cuantos, en cualquier lugar invocan el nombre de Jesucristo, Señor nuestro y de ellos. Gracia a vosotros y paz de parte de Dios, Padre nuestro y del Señor Jesucristo.

Doy gracias a Dios sin cesar por vosotros, por la gracia que Dios os ha otorgado por medio de Cristo Jesús. Y es que por medio de él habéis recibido todas las riquezas, las de la palabra y las del conocimiento, en la medida en que se ha consolidado entre vosotros el testimonio de Cristo. Así, ya no os falta ningún don espiritual a los que esperáis la Revelación de nuestro Señor Jesucristo”.

La gracia y la paz no son solamente así un augurio, sino también una noticia. El verbo entendido no es “sea” sino “es”, “está”, “hay“gracias por vosotros. “Os anunciamos que estáis en la gracia, es decir, en el favor de Dios, a través de Cristo”.

Sobre todo, Pablo no se cansa nunca de anunciar a los creyentes la gracia de Dios y de suscitarles el sentimiento vivo de la gracia de Dios. Que no es una idea. La Renovación Carismática tendría que ayudarnos a cambiar las ideas en experiencias, pasar de las cabeza al corazón. También la palabra gracia tiene que decir algo aquí, en el corazón; no solamente en la cabeza.

San Pablo se considera él, el apóstol de la gracia de Dios, elegido para anunciar la buena noticia de la gracia de Dios. Esto se lee en un discurso de Pablo en los Hechos de los Apóstoles: Gracia es la palabra que resume por sí sola todo el anuncio cristiano y todo el Evangelio que es definido, de hecho, como el Evangelio de la gracia de Dios. De nuevo en los Hechos de los Apóstoles, capítulo 14, versículo 3.

Para descubrir la carta de novedad y de consolación contenida en este anuncio, hermanos y hermanas, sería necesario volver a hacer una escucha similar a la que los primeros destinatarios del Evangelio tuvieron. Su época, esta época a comienzos del cristianismo, ha sido definida como una época de angustia. El hombre pagano buscaba desesperadamente un camino de salida del sentido de condena y de lejanía de Dios en el que se debatía; de un modo considerado como una prisión. Y  lo buscaba en los más diversos cultos y en las más diversas filosofías.

Pensemos para hacernos una idea en un condenado a muerte que durante años vive en una incertidumbre opresiva, que se sacude de miedo por cada ruido de pasos que oye fuera de la celda. ¿Qué produce en su corazón la llegada imprevista de una persona amiga que, de lejos, agitando una hoja de papel, le grita: ”¡Gracia! ¡Gracia!, ¡has conseguido la gracia, la amnistía!”? De golpe, nace en él un sentimiento nuevo. El mundo mismo cambia su aspecto y él se siente una criatura renacida.

Un efecto similar debían producir en quienes lo escucharon las palabras del apóstol al comienzo del capítulo 8 de la Carta a los Romanos: “No hay ninguna condenación para los que están en Cristo Jesús, porque la ley del Espíritu que da la vida en Cristo Jesús te ha liberado de la ley, de la muerte y del pecado”.

Este es un kerigma magnífico. ¿Queréis ayudarme a hacerlo resonar en esta sala? Entonces, repetid después de mí: “No hay ninguna condenación, para los que están en Cristo Jesús, porque la ley del Espíritu que da la vida en Cristo Jesús, te ha liberado de la ley del pecado y de la muerte” (Aplausos…).

Y tendríamos que hacer resonar estas palabras porque también hoy, el hombre, en el mundo de hoy, con toda su tecnología, vive un tiempo de angustia… de angustia. Hay personas que se sienten rechazadas, condenadas. No solamente por los hombres, sino por Dios también. A estos también tendríamos que llevar esta buena nueva: “No hay ninguna condenación; si te condenan los hombres, Dios te absuelve por Cristo Jesús” (Aplausos…).

Tanto para la Iglesia como para María, la gracia debe ser el núcleo profundo de su realidad y la raíz de su existencia. Como ya hemos recordado, por la gracia María es lo que es. También ella tiene que repetir con San Pablo: Por gracia de Dios soy lo que soy. Esto también es válido en el plano sobrenatural para la Iglesia. La salvación en su raíz es gracia, no es resultado del querer del hombre. Porque vosotros habéis sido salvados por la fe, no por mérito propio, sino por la gracia de Dios (Efesios 2, 8).

Por lo tanto, antes del mandamiento, en la fe cristiana, viene el don. Y es el don el que genera el deber y no viceversa. No es la ley la que genera la gracia, sino que es la gracia la que genera la ley. La gracia, de hecho, es ley nueva del cristiano, la ley del Espíritu.

Por lo tanto, María recuerda el programa a la Iglesia sobre todo esto: Que todo es gracia. La gracia es el distintivo del cristianismo, en el sentido que se distingue de toda otra religión por la gracia. Desde el punto de vista de las doctrinas las morales y de los dogmas y de las obras buenas, puede haber semejanzas y equivalencias al menos parciales en las obras de algunos seguidores de otras religiones, sus obras pueden ser y son incluso y son mejor que las obras de muchos cristianos.

Pero es la gracia de Dios la diferencia. Y repito, en la gracia está lo único, la prerrogativa del cristianismo que lo distingue de toda otra religión y filosofía religiosa. No se habla de superioridad sino de diferencia. En cada religión el esquema es: se tiene que hacer algo para alcanzar el premio. Pueden ser especulaciones intelectuales, pueden ser renuncias ascéticas… pero el esquema siempre es lo mismo. Para alcanzar el objetivo (que puede ser paraíso, el nirvana…) se tiene que seguir un camino.

El cristianismo no comienza diciendo a los hombres lo que tienen que hacer para ser salvados; comienza diciendo lo que Dios ha hecho para salvarles. Es decir, el cristianismo comienza con el don, la gracia. Los diez mandamientos, los preceptos del Evangelio… todo eso está en segundo nivel. El primer nivel es la gracia, el don de Dios, de quien desciende el deber.

Si esto hubiera estado claro no habría existido la reforma protestante. Pero desgraciadamente se había olvidado precisamente esto, que no se llega a la fe a través de las virtudes. Lo decía San Gregorio Magno: No se llega a la fe a través de las virtudes, sino que se llega a las virtudes a través de la fe. Y ahora, gracias a Dios, estamos recobrando la unidad en esto. Será el tema de mi última charla a la Casa Pontificia este año. Cómo ahora, anunciar juntos, católicos y protestantes, este gran mensaje de la gracia de Dios, de la salvación gratuita. De quien descienden las obras.

Si hubo un error (como a veces, muchas veces, estoy invitado a hablar a mis hermanos protestantes, les digo) el error más fuerte durante la Reforma no fue que se cortó la Carta a los Romanos de todo el resto del Nuevo Testamento, haciendo de ella un canon en el canon. El error mayor fue recortar la primera parte de la carta a los Romanos de la segunda, porque si se leen juntas se ve que hay lugar para la fe, primero está la fe, lo que Cristo ha hecho, y la fe en Cristo que nos salva, y después a partir del capítulo 12 se comienza a hablar de las virtudes, de los frutos del Espíritu que tienen que seguir; de otra manera, la vida que se ha recibido se pierde.

Es lo que pasa también en la vida del hombre: el niño, la criatura ¿puede hacer algo para ser concebido en el seno de su madre? Me parece que no. Necesita el amor, al menos hasta ahora, necesita el amor de un hombre y una mujer. El niño no puede hacer nada para ser concebido, pero una vez que ha nacido, tiene que poner en obra sus pulmones y respirar; de otra manera muere. En la Carta de Santiago dice esto: la fe sin las obras está muerta. Y la fe sin las obras muere.

La más grande herejía del hombre moderno es pensar que puede prescindir de la gracia de Dios. En la cultura tecnológica en la que vivimos asistimos a una eliminación de la misma idea de gracia. Es el pelagianismo radical de la mentalidad moderna. ¿Sabéis qué es el pelagianismo? Una herejía contra la que luchó San Agustín que dice que el hombre con su buena voluntad, no por la voluntad de Dios, por la ley puede salvarse por sí mismo, por sus obras.

Es como decir que la gracia de Dios, la muerte de Cristo es algo opcional, algo que se añade, pero que no es indispensable. Se cree hoy que basta ayudar al paciente a conocer a la luz de la razón sus neurosis o sus complejos de Edipo para que esté curado, sin necesidad de una gracia de lo alto que lo cure. El caso típico de esto es el psicoanálisis. Pero no todo el psicoanálisis, sino el psicoanálisis que sale de una premonición materialista y que, desde el inicio, da por supuesto que no hay nada de espiritual en el hombre.

Si la gracia es lo que da valor al hombre, lo que lo eleva por encima del tiempo, de la corrupción, de la mortalidad… ¿qué es un hombre sin gracia o que rechaza la gracia? Es un hombre, una mujer, vacío, vacía. En el sentido fuerte de esta palabra. Vacío. El hombre moderno está justamente impresionado por las diferencias llamativas existentes entre los ricos y pobres, entre los saciados y los hambrientos. No obstante, no se preocupa por una diferencia infinitamente más dramática: la diferencia entre quienes viven en gracia de Dios y quienes viven sin gracia de Dios.

Pascal formuló el principio de los tres órdenes o niveles de grandezas que hay entre los hombres. Dice: hay tres niveles de grandeza. Hay primero el primer nivel de los cuerpos, la grandeza material, y en este nivel son grandes y excelentes los que tienen muchos bienes, los ricos, los que son muy hermosos, los “stars”,  los atletas que tienen una fuerza. No se deben despreciar estos bienes o valores que si están bien usados, vienen de Dios, pero están en un primer nivel.

Sobre esto, infinitamente más superior -dice Pascal- está el nivel del ingenio, de la inteligencia, del espíritu; y en este nivel son grandes los poetas, los artistas, los escritores, los científicos… todos los que han enriquecido la humanidad con obras de ingenio. Y en general la humanidad se para aquí. No conoce nada más que estas dos grandezas. Y Pascal dice ¡No!, ¡hay un tercer orden de grandeza, infinitamente más bello y superior que el segundo! y es el de la gracia, de la santidad, porque ésta es una grandeza eterna.

Es una grandeza que depende de nosotros. Porque no depende de nosotros el nacer ricos o pobres, hermosos o bellos… No depende de nosotros esto, ¿eh? Lo que depende de nosotros es ser buenas personas o malas personas, ser buenos o malos, santos o pecadores. Por esto esta grandeza realiza lo que hay de más precioso y noble en la criatura, es la grandeza máxima. La morada más alta, que diría Santa Teresa de Ávila.

El primer plano son los estados, las moradas. Aquí hay una morada noble. Y en este nivel, por supuesto, la cumbre es Jesús, el Santo de Dios, la fuente de santidad. ¡Me encanta este título de Jesús! Que fue el que le dio a Jesús, una vez, San Pedro: “¡a quién iremos Señor, tú solo tienes palabras de vida eterna, y nosotros hemos conocido y creído que tú eres el Santo de Dios.” Jesús es la santidad misma de Dios.

Después de Jesús, y en dependencia, María, la santa, y después los santos y después todos nosotros… Y por esto, recobrar el sentido de la gracia es vibrar. Sería una ganancia enorme si este día sirviera para tomar conciencia de este tesoro que tenemos en nosotros. Sería un día bien empleado.

Este redescubrimiento de la gracia, en el cual María nos está mirando, cambia el modo de considerar nuestra vida. Contiene un llamado personal y urgente a la conversión. Para muchas personas todo el problema de Dios se reduce a la pregunta si existe o no un más allá, algo después de la muerte o si existe un Creador. Todo lo que le impide romper del todo la comunión con la Iglesia y con la fe es la siguiente duda ¿y si existe algo después de la muerte?

En consecuencia, se cree que el alcance principal de la Iglesia es el de conducir a los hombres al Cielo; a encontrar a Dios, pero sólo después de la muerte. En las confrontaciones de este tipo de fe tiene un éxito fácil la crítica de aquellos que ven en el más allá, un paraíso, un escape, una proyección ilusoria de los deseos no satisfechos en la Tierra. Sin embargo, esta crítica tiene poco que hacer con las confrontaciones de la predicación genuina de la gracia, que no es sólo esperanza sino también experiencia y presencia de Dios, aquí y hoy.

La doctrina de la gracia es la única capaz de cambiar esta triste situación de la gente para quien la fe es simplemente creer que hay algo después de la muerte. “La gracia -dice un conocido principio teológico escolástico- es el inicio de la gloria”. ¿Recordáis en este dicho un principio de Santo Tomás de Aquino? La gracia es el principio de la gloria, es el inicio, no sólo la esperanza de la gloria; es el comienzo.

Esto quiere decir que la gracia hace ya presente de algún modo la vida eterna. Se nos hace ver y gustar a Dios hasta el final de esta vida. Es verdad que con esta esperanza nos han salvado, dice Pablo: “En la esperanza, estamos salvados.” Pero esto no significa que esperamos simplemente ser salvados un día. Significa que ya ahora, en la esperanza, experimentamos la salvación.

La esperanza cristiana no es el dirigir el alma a cualquier cosa que pudiera ocurrir. Esa es la esperanza entre los hombres, en sentido ordinario significa esto: el sentido que algo ocurra o el deseo de que algo pase. La esperanza cristiana no es simplemente el deseo que algún día pase algo para mí. De algún modo es ya una certeza, una posesión. Quien tiene la promesa del Espíritu posee la esperanza de la Resurrección. Tiene ya como regalo lo que espera. Este es un dicho de un padre de la Iglesia.

Aquí está uno de los acontecimientos más preciosos que la Renovación Carismática ha llevado a la vida cristiana: tener una experiencia, no sólo una idea del Espíritu de  Dios. ¿No os parece? Es un don que hemos recibido, no es nuestro, pero tenemos que tenerlo vivo y en la Iglesia difundirlo. La vida cristiana es tener una experiencia, no sólo una doctrina sobre el Espíritu Santo, aunque aquí no se necesita insistir en esto, porque ya veo, por la alabanza que aquí hay una experiencia.

La gracia es presencia de Dios. Las dos expresiones dirigidas a María: Llena de gracia y el Señor está contigo, son casi la misma cosa. Esta presencia de Dios en el hombre se realiza en Cristo y por Cristo. La vida cristiana bajo esta perspectiva encuentra una analogía y un símbolo en lo que era el compromiso en los hebreos, es decir, la situación de María en el momento de la Concepción.

La situación de María y José en el momento de la Anunciación es un símbolo, una parábola. Ella era ya esposa de José a título pleno. Ninguno podría rescindir el pacto nupcial y separarla de su esposo. Sin embargo, todavía no había ido María a vivir con él.

Así es el tiempo de la gracia respecto al tiempo de la gloria y de la fe. Respecto al tiempo de la visión. Somos ya de Dios y de Cristo y ninguno puede cortarnos de él, sino nosotros; aunque no hemos ido todavía a estar permanentemente con él.

¿Veis la analogía? Sabéis que en tiempo de María hasta un año después de las nupcias, de la boda, no vivían juntos. Así es nuestra vida, parecida a este tiempo hay entre el desposorio, las nupcias, y estar con el Esposo, vivir junto a él, y consumar el matrimonio.

Decía que el descubrimiento de la gracia contiene también una llamada a la conversión. De hecho, frente a ello urge rápidamente el interrogante ¿qué hice yo con la gracia de Dios? ¿qué estoy haciendo con la gracia de Dios? San Pablo amonestaba: “Como colaboradores de Dios os exhortamos a no recibir en vano la gracia de Dios” (2ª Corintios 6, 1)

Se puede, de hecho, recibir en vano la gracia de Dios, es decir, dejarla caer en el vacío. El lenguaje cristiano ha acuñado la expresión desperdiciar la gracia. Esto sucede cuando no se corresponde a la gracia. Cuando no se cultiva la gracia. De modo que ella pueda producir sus frutos, que son los frutos del Espíritu. Cuando el Apóstol dice: “¿O desprecias tal vez sus tesoros de bondad, paciencia y tolerancia sin reconocer que esa bondad te impulsa al arrepentimiento?” (Romanos 2, 4).

También en la época del Apóstol había algunas personas que creían que podían vivir al mismo tiempo en gracia y en el pecado. A ellos les responde: “¿Qué diremos, entonces, que tenemos que seguir pecando para que abunde la gracia? ¡Ni pensarlo!”, y todavía dice Pablo: “¿Vamos a pecar porque no estamos sometidos a la ley, sino bajo la gracia? De ningún modo” (Romanos 6). Es absurdo.

Es decir, es una monstruosidad, porque esto significa responder a la gracia con la ingratitud. Significa querer que la vida y la muerte estén juntas. Concretamente, esto significa que no se puede vivir una vida en el Espíritu permaneciendo voluntariamente, sin darse mucha preocupación, en el pecado. El caso extremo de este recibir en vano la gracia consiste en perderla, en vivir del pecado, es decir, en la des-gracia de Dios. Esto es terrible, porque es presagio de muerte eterna.

Si de hecho la gracia de Dios es el inicio de la gloria, la des-gracia de Dios es el inicio de la condenación, el infierno. Vivir en desgracia de Dios es vivir ya como un condenado. Es vivir ya la pena del daño aún si todavía no se es capaz de ver y experimentar de qué daño irreparable se trata. Vivir culpablemente sin gracia de Dios es estar muerto. Muerto de la segunda muerte.

Hermanos y hermanas ¡cuántos cadáveres circulan por nuestras calles y por nuestras plazas! A veces dan la imagen misma de (…?) y por el contrario, están muertos.

Un ateo muy conocido, Sartre, a quien un día se le preguntó en una entrevista: ¿Cómo te has sentido en el fondo de la conciencia y qué sensación has tenido llegado al final de tu vida?, y él respondió: “Viví toda la vida con la extraña sensación de aquel que viaja sin pasaje”.

No sé qué intentó decir exactamente, pero es cierto que su respuesta es verdadera. Vivir sin Dios, rechazando su gracia, es como viajar por la vida sin pasaje, con el peligro de ser sorprendido de un momento a otro y obligado a descender. Las palabras de Jesús sobre el hombre encontrado en la sala del banquete sin la vestidura apropiada que es atado de pies y manos y es tirado fuera, hace pensar lo mismo.

Llegamos al final, para vuestra consolación. El anuncio de la gracia contiene también una carga de consuelo y de coraje. Debemos tomar no solamente este llamado a la conversión. El ángel invita a María a alegrarse a causa de la gracia y a no tener miedo a causa de la misma gracia. Y nosotros también estamos invitados a hacer lo mismo. Si María es figura de la Iglesia, entonces es a cada uno y a cada una de nosotros, que se dirige también la invitación: “Alégrate, lleno o llena de gracia. No temas porque has encontrado la gracia”.

La gracia es la razón principal de nuestra alegría. En la letra griega en la que se escribió el Nuevo Testamento, al comienzo de las dos palabras la gracia y la alegría –caris y chara- casi se confunden. La gracia es lo que da alegría. Caris genera la chara. Alegrarse por la gracia significa deleitarse en el Señor y nada absolutamente anteponer al favor y a la amistad de Dios.

La gracia es también la razón fundamental de nuestro coraje. A San Pablo, que se lamentaba por la espina en la carne ¿qué le respondió Dios?: “Te basta mi gracia.” Repitámonos  esto todos ahora, también cuando estamos a punto de enfadarnos con Dios: “Te basta mi gracia”. Repitámoslo también para Raniero: a pesar de tus ochenta y tres años y de tu debilidad, “Te basta mi gracia”.

La gracia de Dios no es como la de los hombres, que con frecuencia decepciona. Dios es al mismo tiempo gracia y fidelidad. Su fidelidad dura por siempre, dice el Salmo. Todos nos pueden abandonar, incluso el padre y la madre -dice un salmo- pero Dios nos acoge siempre. Por eso podemos decir: la bondad y el amor me escoltan todos los días de mi vida. Es necesario hacer todo lo posible para renovar cada día el contacto con la gracia de Dios que está en nosotros. Tomar conciencia de la gracia.

No se trata de entrar en contacto con una cosa o con una idea, sino con una persona. De nuevo, de la gracia, hemos visto, que no es otra cosa que Cristo en nosotros esperanza de la gloria. Ahora gracia es una persona. Es la presencia de Cristo en nosotros. Por la gracia nosotros podemos tener hasta el fin de esta vida un cierto contacto espiritual con Dios, bastante más real que aquel que se pueda tener a través de la especulación sobre Dios.

Cada uno tiene su medio y su recurso preferido para establecer este contacto con la gracia. Como una especie de camino secreto, conocido sólo por él. Será un pensamiento, un recuerdo, una imagen interior (a veces el Señor habla a través de una imagen, sí), una palabra de Dios, un ejemplo recibido. Pensando de nuevo en esto se toma contacto con la gracia.

¿Cuál es el ejercicio para hacer ahora? Es un ejercicio de fe y gratitud y de absoluto. Debemos creer en la gracia, creer que Dios nos ama y que nos es verdaderamente favorable. Escuchar como dichas para cada uno de nosotros las palabras pronunciadas por Dios por medio del profeta: “Tú, Israel, (en lugar de Israel cada uno puede poner su nombre) siervo mío, Jacob mi elegido, a quien tomé, no temas que yo estoy contigo. No te angusties que yo soy tu Dios”.

Hemos escuchado cuál es el primer deber, la primera necesidad que nace de recibir la gracia. Es el de dar gracias, bendecir, exaltar a quien da la gracia. Decimos por lo tanto, también nosotros con los santos: “Qué bien inapreciable es tu gracia. ¿Queréis probar a decirlo ahora juntos?: “Tu gracia vale más que la vida”.

Son muchísimas, hermanos y hermanas, las ciudades y las catedrales y los santuarios en la cristiandad  (al menos en Italia), donde se venera a la Virgen con el título de “Santa María de las gracias”. Es uno de los títulos más queridos para el pueblo cristiano que acude en ciertas ocasiones delante de la imagen de la Virgen que así la representa, como Santa María de las Gracias.

¿Por qué no dar un paso adelante y descubrir un título todavía más bello, todavía más necesario?: “Santa María de la Gracia”, en singular. ¿Por qué, antes de pedir a la Virgen obtenernos las gracias, no pedimos obtener la gracia? Las gracias que se piden a la Virgen y por las cuales se encienden velas y se hacen exvotos y novenas, son en general gracias materiales, para esta vida, buenas ¿verdad?, para esta vida. Son las cosas que Dios da en exceso a quien busca primero el Reino de Dios, es decir, la gracia.

¡Qué alegría damos en el Cielo a María y qué progreso realizamos en su culto si, sin despreciar el título Santa María de las Gracias, no nos ponemos a auparla, a invocarla, como nos la ha revelado la Palabra de Dios, es decir, como “Santa María de la Gracia”! Amén.

Transcrita por Chus Villarroel, op.


Maná y Vivencias Pascuales (16), 1.5.17

mayo 1, 2017

Lunes de la 3ª semana de Pascua

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1º DE MAYO DE 2015

– SAN JOSÉ OBRERO : https://www.aciprensa.com/noticias/hoy-es-fiesta-de-san-jose-obrero-patrono-de-los-trabajadores-21231/

– COMIENZA EL MES DE MAYO CONSAGRADO A LA VIRGEN MARÍA

Esto es lo que el Padre espera de vosotros: que creáis al que él ha enviado

Esto es lo que el Padre espera de vosotros: que creáis al que él ha enviado


TEXTO ILUMINADOR.-

Ellos le preguntaron: “¿Qué tenemos que hacer, y cuáles son las obras que Dios nos encomienda?” Jesús respondió: “La obra que Dios les pide es creer al Enviado de Dios”.

Para llegar a la fe hay que ir más allá de las acciones que se ven, del alimento que se saborea, de las palabras que escuchamos. Todo el evangelio hay que verlo como un “signo” de Dios.

Todo cuanto sucede y observamos en nuestro alrededor hay que sentirlo y descubrirlo como “señal” de Dios. Algunos que comieron el pan multiplicado por Jesús no “vieron” la señal de Dios, el signo de Dios.

La experiencia de la fe se capta con todas las facultades de la personas, desde los sentidos más externos o superificiales hasta las capas más íntimas e insondables del alma, del espíritu humano.

A cuenta del paso del Mar Rojo, el libro del Éxodo describe así la experiencia religiosa y liberadora del pueblo judío: Israel miró a los egipcios muertos en la orilla, vio la mano poderosa de Yahvé, y creyó en él y en Moisés su enviado; y entonces entonó un canto de alabanza a Dios su salvador.

Por tanto, hay que despertar en nosotros la capacidad de admiración para descubrir, para “ver” y sentir los gestos amorosos de Dios en todo cuanto vivimos: oímos, vemos y hacemos. Es el proceso de la fe que desemboca en el reconocimiento de Dios, como el mejor amigo del hombre; en la alabanza al Señor nuestro salvador.

Hermano, hermana: todo, absolutamente todo debería ser un mensaje de Dios para ti. A ver si hoy consigues que todo te hable de Dios. Nada es casualidad. No hay fatalismo. Todo tiene en Dios su explicación para cuantos ama el Señor y para cuantos se dejan enseñar por Dios.

Que hoy, hermano, todo redunde en bendición para ti. Dios es capaz de hacértelo sentir. Es la prueba de la resurrección del Señor en ti. Que el Señor te bendiga durante todo este día y por todo cuanto suceda en esta jornada. Amén.

Antífona de entrada

Ha resucitado el Buen Pastor, que dio la vida por sus ovejas y que se dignó morir por su grey. Aleluya.

ORACIÓN COLECTA.- Oh Dios, que muestras la luz de tu verdad a los que andan extraviados, para que puedan volver al buen camino, concede a todos los cristianos rechazar lo que es indigno de este nombre, y cumplir cuanto en él se significa. Por nuestro Señor Jesucristo.

PRIMERA LECTURA: Hechos 6, 8-15

En aquellos días, Esteban, lleno de gracia y fortaleza, realizaba grandes prodigios y señales milagrosas en el pueblo.

Algunos que pertenecían a la sinagoga llamada de los Libertos, cirenenses y alejandrinos, y otros de Cilicia y Asia acudieron para rebatir a Esteban, pero no pudieron hacer frente a la sabiduría y al Espíritu que hablaba por él.

Entonces sobornaron a unos hombres que dijeran: “Nosotros lo hemos oído hablar contra Moisés y contra Dios”.

Así excitaron al pueblo, a los Ancianos y a los maestros de la Ley; vinieron de repente, lo arrestaron y lo llevaron al Sanedrín.

Allí presentaron testigos falsos que declararon: “Este hombre siempre habla en contra de nuestro Lugar Santo y contra la Ley. Le oímos decir que Jesús Nazareno destruirá este Lugar y cambiará las costumbres que nos dejó Moisés”.

Todos los que estaban sentados en el Sanedrín, cuando miraron a Esteba, vieron su rostro como el de un ángel.

SALMO: 118, 23-24. 26-27. 29-30.- Dichoso el que camina con vida intachable

Aunque los poderosos se reúnan en contra mía, tu servidor sigue meditando tus leyes. Tus prescripciones son mis delicias, y tus mandamientos mis consejeros.

Te manifesté mis propósitos y me oíste: muéstrame tus deseos. Instrúyeme sobre tus mandamientos, y yo meditaré tus maravillas.

Apártame del camino extraviado y concédeme la gracia de seguir tu ley. Yo he elegido el camino verdadero, y tengo tu Ley presente ante mis ojos.

Aclamación antes del Evangelio: Mateo 4, 4b

Pero Jesús respondió: “Dice la Escritura que el hombre no vive solamente de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”.

EVANGELIO: Juan 6, 22-29

Al día siguiente, la gente que se había quedado al otro lado del lago, notó que allí no había habido más que una lancha y que Jesús no había embarcado con sus discípulos, sino que sus discípulos se habían marchado solos.

Entretanto, unas lanchas de Tiberíades llegaron cerca del sitio donde habían comido el pan, sobre el que el Señor pronunció la acción de gracias. Cuando la gente vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, se embarcaron y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús.

Al encontrarlo en la otra orilla del lago le preguntaron: Maestro, ¿cuándo has venido aquí?.

Jesús les contestó: Os lo aseguro: me buscáis, no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros. Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura, el que os dará el Hijo del hombre; pues a éste lo ha sellado el Padre, Dios.

Ellos le preguntaron: “¿Qué tenemos que hacer, y cuáles son las obras que Dios nos encomienda?” Jesús respondió: “La obra que Dios les pide es creer al Enviado de Dios”.

Antífona de comunión: Juan 14,27

Les dejo la paz, les doy mi paz. La paz que yo les doy no es como la que da el mundo. Que no haya en ustedes ni angustia ni miedo.


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Del comentario de san Cirilo de Alejandría, obispo, sobre el evangelio de san Juan

Cristo es el vínculo del universo

Todos los que participamos de la sangre sagrada de Cristo alcanzamos la unión corporal con él, como atestigua San Pablo, cuando dice, refiriéndose al misterio del amor misericordioso del Señor:

no había sido manifestado a los hombres en otros tiempos, como ha sido revelado ahora por el Espíritu a sus santos apóstoles y profetas, que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la promesa en Jesucristo.

Si, pues, todos nosotros formamos un mismo cuerpo en Cristo, y no sólo unos con otros, sino también en relación con aquel que se halla en nosotros gracias a su carne, ¿cómo nos mostramos abiertamente todos nosotros esa unidad entre nosotros y en Cristo? Pues Cristo, que es Dios y hombre a la vez, es el vínculo de la unidad.

Y, si seguimos por el camino de la unión espiritual habremos de decir que todos nosotros, una vez recibido el único y mismo Espíritu, a saber, el Espíritu Santo nos fundimos entre nosotros y con Dios.

Pues aunque seamos muchos por separado, y Cristo haga que el Espíritu del Padre y suyo habite en cada uno de nosotros, ese Espíritu único e indivisible, reduce por sí mismo a la unidad a quienes son distintos entre sí en cuanto subsisten en su respectiva singularidad, y hace que todos aparezcan como una sola cosa en sí mismo.

Y así como la virtud de la santa humanidad de Cristo hace que formen un mismo cuerpo todos aquellos en quienes ella se encuentra, pienso que de la misma manera el Espíritu de Dios que habita en todos, único e indivisible, los reduce a todos a la unidad espiritual.

Por esto nos exhorta también San Pablo: sobrellevaos mutuamente con amor, esforzaos en mantener la unidad del Espíritu, con el vínculo de la paz. Un solo cuerpo y un solo Espíritu, como una sola es la esperanza de la vocación a la que habéis sido convocados. Un Señor, una fe, un bautismo. Un Dios, Padre de todos, que lo trasciende todo, y lo penetra todo, y lo invade todo.

Pues siendo uno solo el Espíritu que habita en nosotros, Dios será en nosotros el único Padre de todos por medio de su Hijo, con lo que reducirá a una unidad mutua y consigo a cuantos participan del Espíritu. Ya desde ahora se manifiesta de alguna manera el hecho de que estemos unidos por participación del Espíritu Santo.

Pues si abandonamos la vida puramente natural y nos atenemos a las leyes espirituales, ¿no es evidente que hemos abandonado en cierta manera nuestra vida anterior, que hemos adquirido una configuración especial y en cierto modo nos hemos transformado en otra naturaleza mediante la unión del Espíritu Santo con nosotros, y que ya no nos tenemos simplemente por hombres, sino como hijos de Dios y hombres celestiales, puesto que hemos llegado a ser participantes de la naturaleza divina?

De manera que todos nosotros ya no somos más que una sola cosa en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo: una sola cosa por identidad de condición, por la asimilación que obra en el amor, por comunión de la santa humanidad de Cristo y por participación del único y Santo Espíritu (Libro 11, cap. 11: PG 74, 559–562).


Maná y Vivencias Cuaresmales (46), 15.4.17 – Sábado Santo, Triduo Pascual

abril 15, 2017

Sábado Santo

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María, la nueva Eva, la Madre de los que viven

María, la nueva Eva, la Madre de los que viven

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AMBIENTACIÓN.- Durante el Sábado Santo la Iglesia permanece junto al sepulcro del Señor, meditando, consternada, su pasión y muerte.

En este acto de piedad y santo temor de Dios, la Madre Iglesia vuelve los ojos a María, la Mujer creyente y hoy la Madre Dolorosa.

Como siempre la Mujer Fuerte nos enseña muchas cosas con el recogimiento adolorido y la soledad serena de la Madre más tierna.

María, la mujer curtida en el dolor y sostenida por el Espíritu del Amor y del Perdón, hoy sábado santo, se constituye en modelo y promotora de la cultura del encuentro y de la reconciliación.

¿Por qué? Pues porque hoy la Iglesia permanece boquiabierta contemplando, en el cuerpo muerto de Jesús y en la rigidez y frialdad del sepulcro de Jesús, las consecuencias fatales y dolorosas del enfrentamiento entre los hombres: La división, las rencillas, el odio, la crueldad, la lucha por la supervivencia, las venganzas, la soberbia y la tiranía, la insaciable hambre de poder…

Hoy los hombres experimentan cada vez con más fuerza el deseo de una pacificación de la humanidad: Ya basta de enfrentamientos, guerras, luchas, venganzas… con la lógica de que “tú debes morir para que yo viva, tú debes permanecer sometido para que yo esté por encima de ti, tú debes caer para que yo sobresalga…”

María resplandece como la posibilitadora de la reconciliación. Ya basta de una cultura hecha por el “varón” fuerte con la necesaria exclusión de la “mujer” débil. Una forma de sentir y de actuar basada en la ley de la supervivencia, de la lucha y de la ley del más fuerte. En una palabra: cultura del desencuentro.

Hoy la Iglesia contempla a María para aprender a fomentar la cultura del encuentro del mundo de Dios y del mundo de los hombres, el encuentro entre los hombres que se sienten hermanos: Una Iglesia del encuentro, de la reconciliación, de la compasión, de la ternura, de la sinceridad con uno mismo y del reconocimiento de la verdadera grandeza del hombre que se arrodilla ante Dios y tiende la mano al hermano.

Santa María, Madre de Dios y de los hombres, abrázanos para que podamos abrazar. Amén.


Nuestra fe católica nos invita a reflexionar sobre aquel “descenso a los infiernos”, al lugar de los muertos, que confesamos en el Credo.

Ese descenso, por una parte, prolonga la humillación de la cruz, y, por otra, manifiesta claramente el realismo de la muerte de Jesús, cuya alma conoció en verdad la separación del cuerpo, para entendernos, y se unió a las restantes almas de los justos.

Pero el descenso al reino de la muerte es también el primer movimiento de la victoria de Cristo sobre la misma, como lo expresa magníficamente un autor desconocido de los primeros tiempos de la Iglesia, en la lectura elegida para este día en la Liturgia de las Horas.

Hoy no se celebra el sacrificio de la Misa ni se recibe la comunión, a no ser en caso de viático, aunque se reza la Liturgia de las Horas. El altar permanece, por todo ello, desnudo, hasta que, después de la solemne Vigilia o expectación nocturna de la resurrección, se inauguren los gozos de la Pascua, cuya exuberancia inundará los cincuenta días pascuales.


DESCENDIÓ A LOS INFIERNOS

En la profesión de la fe afirmamos que Jesús crucificado, muerto y sepultado “descendió a los infiernos”. Y en esta frase se encuentra una enseñanza importante. “Los Infiernos” a que se refiere el Credo no representan el lugar de los condenados, sino el lugar de los muertos.

En efecto, los judíos del Antiguo Testamento creían que todo aquel que moría iba a un lugar de oscuridad, silencio e incertidumbre. Por eso, Jesús, muerto en la cruz, también va a este lugar de oscuridad. Con esto se enseña que la muerte de Jesús es una muerte real y verdadera, como la de todo ser humano.

Pero esa afirmación fundamental de la muerte real y humana de Jesús, muy pronto dio pie, en la reflexión cristiana, a una nueva afirmación: Jesús, solidario en la muerte con todos los hombres, se encuentra, en el lugar de los muertos, con toda la humanidad que espera. Allí la toma de la mano y la conduce a la vida definitiva.

Por tanto, hermano, hermana, te invito a leer y saborear esta lectura patrística del descenso del Señor a los infiernos para liberar a los justos que esperaban la victoria de su Resurrección.

Jesús desciende a los infiernos y toma de la mano a Adán y se lo lleva con él: “porque tú en mí, y yo en ti, formamos una sola e indivisible persona”.

Adán y Eva. Es decir, toda la humanidad. Todos los hombres que no se nieguen a tomar la mano de Jesús, que no se nieguen a prenderse de la mano del Resucitado, primicia de los que duermen, y que serán despertados a una resurrección gloriosa. Todos ellos serán llevados por Cristo como trofeo de victoria a la presencia del Padre Celestial.

Ora, medita, estimado hermano, apreciada hermana, y aprende a poblar tu vida de la presencia de Dios. Precisamente tú, que vives en una sociedad ruidosa, extrovertida y superficial. El silencio del sábado santo junto al sepulcro: todo un signo profético para nuestro tiempo.

De una homilía antigua sobre el grande y santo Sábado
El descenso del Señor al abismo

¿Qué es lo que hoy sucede? Un gran silencio envuelve la tierra; un gran silencio y una gran soledad. Un gran silencio porque el Rey duerme. La tierra está temerosa y sobrecogida porque Dios se ha dormido en la carne y ha despertado a los que dormían desde antiguo. Dios ha muerto en la carne y ha puesto en conmoción al abismo.

Va a buscar a nuestro primer padre como si éste fuera la oveja perdida. Quiere visitar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte. Él, que es al mismo tiempo Dios e Hijo de Dios, va a librar de sus prisiones y de sus dolores a Adán y a Eva.

El Señor, teniendo en sus manos las armas vencedoras de la cruz, se acerca a ellos. Al verlo, nuestro primer padre Adán, asombrado por tan gran acontecimiento, exclama y dice a todos: “Mi Señor esté con todos”. Y Cristo, respondiendo, dice a Adán: “Y con tu espíritu”.

Y, tomándolo por la mano, lo levanta, diciéndole: “Despierta, tú que duermes, levántate de entre los muertos, y Cristo será tu luz. Yo soy tu Dios, que por ti y por todos los que han de nacer de ti me he hecho tu hijo; y ahora te digo que tengo el poder de anunciar a los que están encadenados: “Salid”, y a los que se encuentran en las tinieblas: “Iluminaos”, y a los que duermen: “Levantaos”.

A ti te mando: Despierta tú que duermes, porque no te creé para que permanezcas cautivo en el abismo; levántate de entre los muertos, pues yo soy la vida de los muertos. Levántate, obra de mis manos; levántate, imagen mía, creado a mi semejanza. Levántate, salgamos de aquí, porque tú en mí, y yo en ti, formamos una sola e indivisible persona.

Por ti, yo, tu Dios, me he hecho tu hijo; por ti, yo, tu Señor, he revestido tu condición servil; por ti, yo, que estoy sobre los cielos, he venido a la tierra y he bajado al abismo; por ti, me he hecho hombre, semejante a un inválido que tiene su cama entre los muertos; por ti, que fuiste expulsado del huerto, he sido entregado a los Judíos en el huerto, y en el huerto he sido crucificado.

Contempla los salivazos de mi cara, que he soportado para devolverte tu primer aliento de vida; contempla los golpes de mis mejillas, que he soportado para reformar, de acuerdo con mi imagen, tu imagen deformada; contempla los azotes en mis espaldas, que he aceptado para aliviarte del peso de los pecados, que habían sido cargados sobre tu espalda; contempla los clavos que me han sujetado fuertemente al madero, pues los he aceptado por ti, que maliciosamente extendiste una mano al árbol prohibido.

Dormí en la cruz y la lanza atravesó mi costado, por ti, que en el paraíso dormiste, y de tu costado diste origen a Eva. Mi costado ha curado el dolor del tuyo. Mi sueño te saca del sueño del abismo. Mi lanza eliminó aquella espada que te amenazaba en el paraíso.

Levántate, salgamos de aquí. El enemigo te sacó del paraíso; yo te coloco no ya en el paraíso, sino en el trono celeste. Te prohibí comer del árbol de la vida, que no era sino imagen del verdadero árbol; yo soy el verdadero árbol, yo, que soy la vida y que estoy unido a ti. Coloqué un querubín que fielmente te vigilara; ahora te concedo que el querubín, reconociendo tu dignidad, te sirva.

El trono de los querubines está a punto, los portadores atentos y preparados, el tálamo construido, los alimentos prestos; se han embellecido los eternos tabernáculos y moradas, han sido abiertos los tesoros de todos los bienes y el reino de los cielos está preparado desde toda la eternidad”.

LA MADRE DOLOROSA

Dame tu mano, María, la de las tocas moradas; clávame tus siete espadas en esta carne baldía. Quiero ir contigo en la impía tarde negra y amarilla. Aquí, en mi torpe mejilla, quiero ver si se retrata esa lividez de plata, esa lágrima que brilla.

¿Dónde está ya el mediodía luminoso en que Gabriel, desde el marco del dintel, te saludó: “Ave, María”? Virgen ya de la agonía, tu Hijo es el que cruza ahí. Déjame hacer junto a ti ese augusto itinerario. Para ir al monte Calvario, cítame en Getsemaní.

Déjame que te restañe ese llanto cristalino, y a la vera del camino permite que te acompañe. Deja que en lágrimas bañe la orla negra de tu manto a los pies del árbol santo, donde tu fruto se mustia. Capitana de la angustia: no quiero que sufras tanto.

Qué lejos, Madre, la cuna y tus gozos de Belén: “No, mi Niño, no. No hay quien de mis brazos te desuna”. Y rayos tibios de luna, entre las pajas de miel, le acariciaban la piel sin despertarle. ¡Qué larga es la distancia y qué amarga de Jesús muerto a Emmanuel!

A ti, doncella graciosa, hoy maestra de dolores, playa de los pecadores, nido en que el alma reposa, a ti, ofrezco, pulcra rosa, las jornadas de esta vía. A ti, Madre, a quien quería cumplir mi humilde promesa. A ti, celestial princesa, Virgen sagrada María.- Amén

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La Anunciación del Señor

marzo 25, 2017

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maria

He aquí la esclava del Señor: Hágase en mí, de mí…



Antífona de entrada: Hb 10, 5. 7

Cuando el Señor entró en el mundo dijo: Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad.


Oración colecta

Señor, tú has querido que la Palabra se encarnase en el seno de la Virgen María; concédenos, en tu bondad, que cuantos confesamos a nuestro Redentor, como Dios y como hombre verdadero, lleguemos a hacernos semejantes a él en su naturaleza divina. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: Isaías 7, 10-14;8,10

En aquel tiempo, el Señor habló a Acaz: «Pide una señal al Señor, tu Dios: en lo hondo del abismo o en lo alto del cielo.»

Respondió Acaz: «No la pido, no quiero tentar al Señor.»

Entonces dijo Dios: «Escucha, casa de David: ¿No os basta cansar a los hombres, que cansáis incluso a mi Dios? Pues el Señor, por su cuenta, os dará una señal: Mirad: la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa “Dios-con-nosotros”.»


SALMO 39,7-8a.8b-9.10.11

Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.

Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, y, en cambio, me abriste el oído; no pides sacrificio expiatorio, entonces yo digo: «Aquí estoy.»

«Como está escrito en mi libro para hacer tu voluntad.» Dios mío, lo quiero, y llevo tu ley en las entrañas.

He proclamado tu salvación ante la gran asamblea; no he cerrado los labios: Señor, tú lo sabes.

No me he guardado en el pecho tu defensa, he contado tu fidelidad y tu salvación, no he negado tu misericordia y tu lealtad ante la gran asamblea.


SEGUNDA LECTURA: Hebreos 10, 4-10

Es imposible que la sangre de los toros y de los machos cabríos quite los pecados.

Por eso, cuando Cristo entró en el mundo dijo: «Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, pero me has preparado un cuerpo; no aceptas holocaustos ni víctimas expiatorias. Entonces yo dije lo que está escrito en el libro: “Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad.”»

Primero dice: «No quieres ni aceptas sacrificios ni ofrendas, holocaustos ni victimas expiatorias», que se ofrecen según la Ley. Después añade: «Aquí estoy yo para hacer tu voluntad.»

Niega lo primero, para afirmar lo segundo. Y conforme a esa voluntad todos quedamos santificados por la oblación del cuerpo de Jesucristo, hecha una vez para siempre.


Aclamación antes del Evangelio: Jn 1, 14ab

La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria.


EVANGELIO: Lucas 1, 26-38

A los seis meses, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María.

El ángel, entrando en su presencia, dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.»

Ella se turbó ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquél.

El ángel le dijo: «No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.»

Y María dijo al ángel: «¿Cómo será eso, pues no conozco a varón?»

El ángel le contestó: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios. Ahí tienes a tu pariente Isabel, que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible.»

María contestó: «Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.»

Y la dejó el ángel.


Antífona de comunión: Is 7, 14

Mirad: la Virgen está encinta y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Dios-con-nosotros.


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25 de Marzo
La Anunciación del Señor

La Anunciación del Plan Salvífico y Encarnación del Verbo en la Virgen María: Comienzo de la salvación.

La Anunciación del Plan Salvífico de Dios Trinidad y Encarnación del Verbo en el seno de la Virgen María: Comienzo de la salvación

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EL MISTERIO DE NUESTRA RECONCILIACIÓN
De las cartas de san León Magno, papa

La majestad asume la humildad, el poder la debilidad, la eternidad la mortalidad; y, para saldar la deuda contraída por nuestra condición pecadora, la naturaleza invul­nerable se une a la naturaleza pasible; de este modo, como convenía para nuestro remedio, el único y mismo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre también él, pudo ser a la vez mortal e inmortal, por la conjunción en él de esta doble condición.

El que es Dios verdadero nace como hombre verdadero, sin que falte nada a la integridad de su naturaleza huma­na, conservando la totalidad de la esencia que le es propia y asumiendo la totalidad de nuestra esencia humana. Y, al decir nuestra esencia humana, nos referimos a la que fue plasmada en nosotros por el Creador, y que él asume para restaurarla.

Esta naturaleza nuestra quedó viciada cuando el hombre ­se dejó engañar por el maligno, pero ningún vestigio de este vicio original hallamos en la naturaleza asumida por el Salvador. Él, en efecto, aunque hizo suya nuestra misma debilidad, no por esto se hizo partícipe de nues­tros pecados.

Tomó la condición de esclavo, pero libre de la sordidez del pecado, ennobleciendo nuestra humanidad sin mermar su divinidad, porque aquel anonadamiento suyo –por el cual, él, que era invisible, se hizo visible, y él, que es el Creador y Señor de todas las cosas, quiso ser uno más entre los mortales– fue una dignación de su misericor­dia, no una falta de poder. Por tanto, el mismo que, perman­eciendo en su condición divina, hizo al hombre es el mismo que se hace él mismo hombre, tomando la condición ­de esclavo.

Y, así, el Hijo de Dios hace su entrada en la bajeza de este mundo, bajando desde el trono celestial, sin dejar la gloria que tiene junto al Padre, siendo engendrado en un nuevo orden de cosas.

En un nuevo orden de cosas, porque el que era invisible por su naturaleza se hace visible en la nuestra, el que era inaccesible a nuestra mente quiso hacerse accesible el que existía antes del tiempo empezó a existir en el tiempo, el Señor de todo el universo, velando la inmensidad de su majestad, asume la condición de esclavo, el Dios impasible e inmortal se digna hacerse hombre pasible y sujeto a las leyes de la muerte.

El mismo que es Dios verdadero es también hombre verdadero, y en él, con toda verdad, se unen la pequeñez del hombre y la grandeza de Dios.

Ni Dios sufre cambio alguno con esta dignación de su piedad, ni el hombre queda destruido al ser elevado a esta dignidad. Cada una de las dos naturalezas realiza sus actos propios en comunión con la otra, a saber, la Palabra realiza lo que es propio de la Palabra, y la carne lo que es propio de la carne.

En cuanto que es la Palabra, brilla por sus milagros; en cuanto que es carne, sucumbe a las injurias. Y así cómo la Palabra retiene su gloria igual al Padre, así también su carne conserva la naturaleza propia de nuestra raza.

La misma y única persona, no nos cansaremos de repetirlo, es verdaderamente Hijo de Dios y verdaderamente hijo del hombre. Es Dios, porque en el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios; es hombre, porque la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros.


Homilía del Papa Francisco en la Misa por la Solemnidad de María Madre de Dios

enero 1, 2017

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Papa Francisco Bendice

El Papa Francisco saluda y bendice

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TEXTO: Homilía del Papa Francisco en la Misa por la Solemnidad de María Madre de Dios

VATICANO, 01 Ene. 17 / 06:04 am (ACI).- Este domingo 1 de enero de 2017, el Papa Francisco presidió la Misa de la Solemnidad de Santa María Madre de Dios, en la Basílica de San Pedro del Vaticano.

El Pontífice afirmó que “celebrar la maternidad de María como Madre de Dios y madre nuestra, al comenzar un nuevo año, significa recordar una certeza que acompañará nuestros días: somos un pueblo con Madre, no somos huérfanos”.

El Santo Padre aseguró que “las madres son el antídoto más fuerte ante nuestras tendencias individualistas y egoístas, ante nuestros encierros y apatías. Una sociedad sin madres no sería solamente una sociedad fría sino una sociedad que ha perdido el corazón, que ha perdido el ‘sabor a hogar’. Una sociedad sin madres sería una sociedad sin piedad que ha dejado lugar sólo al cálculo y a la especulación”.

A continuación, el texto completo de la homilía del Santo Padre:

«Mientras tanto, María conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón» (Lc 2, 19). Así Lucas describe la actitud con la que María recibe todo lo que estaban viviendo en esos días.

Lejos de querer entender o adueñarse de la situación, María es la mujer que sabe conservar, es decir proteger, custodiar en su corazón el paso de Dios en la vida de su Pueblo. Desde sus entrañas aprendió a escuchar el latir del corazón de su Hijo y eso le enseñó, a lo largo de toda su vida, a descubrir el palpitar de Dios en la historia.

Aprendió a ser madre y, en ese aprendizaje, le regaló a Jesús la hermosa experiencia de saberse Hijo. En María, el Verbo Eterno no sólo se hizo carne sino que aprendió a reconocer la ternura maternal de Dios. Con María, el Niño-Dios aprendió a escuchar los anhelos, las angustias, los gozos y las esperanzas del Pueblo de la promesa.

Con ella se descubrió a sí mismo Hijo del santo Pueblo fiel de Dios. En los evangelios María aparece como mujer de pocas palabras, sin grandes discursos ni protagonismos pero con una mirada atenta que sabe custodiar la vida y la misión de su Hijo y, por tanto, de todo lo amado por Él. Ha sabido custodiar los albores de la primera comunidad cristiana, y así aprendió a ser madre de una multitud.

Ella se ha acercado en las situaciones más diversas para sembrar esperanza. Acompañó las cruces cargadas en el silencio del corazón de sus hijos. Tantas devociones, tantos santuarios y capillas en los lugares más recónditos, tantas imágenes esparcidas por las casas, nos recuerdan esta gran verdad.

María, nos dio el calor materno, ese que nos cobija en medio de la dificultad; el calor materno que permite que nada ni nadie apague en el seno de la Iglesia la revolución de la ternura inaugurada por su Hijo. Donde hay madre, hay ternura.

Y María con su maternidad nos muestra que la humildad y la ternura no son virtudes de los débiles sino de los fuertes, nos enseña que no es necesario maltratar a otros para sentirse importantes (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 288). Y desde siempre el santo Pueblo fiel de Dios la ha reconocido y saludado como la Santa Madre de Dios.

Celebrar la maternidad de María como Madre de Dios y madre nuestra, al comenzar un nuevo año, significa recordar una certeza que acompañará nuestros días: somos un pueblo con Madre, no somos huérfanos.

Las madres son el antídoto más fuerte ante nuestras tendencias individualistas y egoístas, ante nuestros encierros y apatías. Una sociedad sin madres no sería solamente una sociedad fría sino una sociedad que ha perdido el corazón, que ha perdido el «sabor a hogar».

Una sociedad sin madres sería una sociedad sin piedad que ha dejado lugar sólo al cálculo y a la especulación. Porque las madres, incluso en los peores momentos, saben dar testimonio de la ternura, de la entrega incondicional, de la fuerza de la esperanza.

He aprendido mucho de esas madres que teniendo a sus hijos presos, o postrados en la cama de un hospital, o sometidos por la esclavitud de la droga, con frío o calor, lluvia o sequía, no se dan por vencidas y siguen peleando para darles a ellos lo mejor. O esas madres que en los campos de refugiados, o incluso en medio de la guerra, logran abrazar y sostener sin desfallecer el sufrimiento de sus hijos.

Madres que dejan literalmente la vida para que ninguno de sus hijos se pierda. Donde está la madre hay unidad, hay pertenencia, pertenencia de hijos.

Comenzar el año haciendo memoria de la bondad de Dios en el rostro maternal de María, en el rostro maternal de la Iglesia, en los rostros de nuestras madres, nos protege de la corrosiva enfermedad de «la orfandad espiritual», esa orfandad que vive el alma cuando se siente sin madre y le falta la ternura de Dios.

Esa orfandad que vivimos cuando se nos va apagando el sentido de pertenencia a una familia, a un pueblo, a una tierra, a nuestro Dios.

Esa orfandad que gana espacio en el corazón narcisista que sólo sabe mirarse a sí mismo y a los propios intereses y que crece cuando nos olvidamos que la vida ha sido un regalo —que se la debemos a otros— y que estamos invitados a compartirla en esta casa común.

Tal orfandad autorreferencial fue la que llevó a Caín a decir: «¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?» (Gn 4, 9), como afirmando: él no me pertenece, no lo reconozco. Tal actitud de orfandad espiritual es un cáncer que silenciosamente corroe y degrada el alma.

Y así nos vamos degradando ya que, entonces, nadie nos pertenece y no pertenecemos a nadie: degrado la tierra, porque no me pertenece, degrado a los otros, porque no me pertenecen, degrado a Dios porque no le pertenezco, y finalmente termina degradándonos a nosotros mismos porque nos olvidamos quiénes somos, qué «apellido» divino tenemos.

La pérdida de los lazos que nos unen, típica de nuestra cultura fragmentada y dividida, hace que crezca ese sentimiento de orfandad y, por tanto, de gran vacío y soledad. La falta de contacto físico (y no virtual) va cauterizando nuestros corazones (cf. Carta enc. Laudato si’, 49) haciéndolos perder la capacidad de la ternura y del asombro, de la piedad y de la compasión.

La orfandad espiritual nos hace perder la memoria de lo que significa ser hijos, ser nietos, ser padres, ser abuelos, ser amigos, ser creyentes. Nos hace perder la memoria del valor del juego, del canto, de la risa, del descanso, de la gratuidad.

Celebrar la fiesta de la Santa Madre de Dios nos vuelve a dibujar en el rostro la sonrisa de sentirnos pueblo, de sentir que nos pertenecemos; de saber que solamente dentro de una comunidad, de una familia, las personas podemos encontrar «el clima», «el calor» que nos permita aprender a crecer humanamente y no como meros objetos invitados a «consumir y ser consumidos».

Celebrar la fiesta de la Santa Madre de Dios nos recuerda que no somos mercancía intercambiable o terminales receptoras de información. Somos hijos, somos familia, somos Pueblo de Dios.

Celebrar a la Santa Madre de Dios nos impulsa a generar y cuidar lugares comunes que nos den sentido de pertenencia, de arraigo, de hacernos sentir en casa dentro de nuestras ciudades, en comunidades que nos unan y nos ayuden (cf. Carta enc. Laudato si’, 151).

Jesucristo en el momento de mayor entrega de su vida, en la cruz, no quiso guardarse nada para sí y entregando su vida nos entregó también a su Madre. Le dijo a María: aquí está tu Hijo, aquí están tus hijos.

Y nosotros queremos recibirla en nuestras casas, en nuestras familias, en nuestras comunidades, en nuestros pueblos. Queremos encontrarnos con su mirada maternal. Esa mirada que nos libra de la orfandad; esa mirada que nos recuerda que somos hermanos: que yo te pertenezco, que tú me perteneces, que somos de la misma carne.

Esa mirada que nos enseña que tenemos que aprender a cuidar la vida de la misma manera y con la misma ternura con la que ella la ha cuidado: sembrando esperanza, sembrando pertenencia, sembrando fraternidad.

Celebrar a la Santa Madre de Dios nos recuerda que tenemos Madre; no somos huérfanos, tenemos una Madre. Confesemos juntos esta verdad. Y los invito a aclamarla tres veces como lo hicieron los fieles de Éfeso: Santa Madre de Dios, Santa Madre de Dios, Santa Madre de Dios.