La belleza única de la mujer en la Iglesia Católica, con velo o sin velo (2 de 2)

enero 14, 2018

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Mujer sujetándose el velo sobre la cabeza

(Continúa)

La belleza única de la mujer en la Iglesia Católica, con velo o sin velo

¿Vuelve el uso del velo entre las mujeres católicas?

¿No habrá llegado el momento de redescubrir el significado del velo o de la mantilla entre las mujeres católicas? ¿Qué nos dicen los signos de los tiempos en la Iglesia y en el mundo sobre la mujer? ¿Tendrá el velo suficiente entidad como para promover una renovación de la función de la mujer en la Iglesia? ¿Qué capacidad significativa puede tener el velo en las mujeres?

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6. La mujer, primera transmisora del don de la vida y de la fe, iniciadora de humanidad

La mujer es el sagrario de la vida, pues la fecundación acontece en sus entrañas y la implantación vital del embrión humano se realiza en el seno materno. Éste garantiza la permanente y segura acogida del nuevo ser, y con ello su incorporación a la familia humana.

Los esposos y padres, pero específicamente la madre, son los transmisores de la vida y de la experiencia religiosa. A este embrión es infundida el alma inmortal creada directamente por Dios para completar las condiciones vitales del nuevo ser, según los planes de Dios.

Así la esposa y madre se convierte en el primer recinto sagrado donde se desarrollará el nuevo ser humano. Ella será la primera trasmisora del reconocimiento de los padres y del mundo exterior hacia el nuevo ser humano: acogida, valoración, afirmación, seguridad, supervivencia, desarrollo vital, absorción de los valores humanos y de la experiencia religiosa.

La mujer, esposa y madre, comparte las vivencias y experiencias de la Santísima Virgen María. Con ella pronuncia el “fiat”: Hágase en mí, como tú digas. Con María, como mujer y madre, comparte su respuesta “personal” y en cierta soledad, pero no desamparo.

Es la sumisión obsequiosa de la fe a Dios, no al varón, ni al destino, ni a la visión cultural o moda social. Ella se siente feliz como criatura del Señor, vivencialmente como mujer, semejante a María, que es bendita entre todas las mujeres por su particular y personal obediencia a Dios.

“Ser madre no significa sólo traer al mundo un hijo, sino que es también una elección de vida. La elección de vida de una madre es la elección de dar vida. Y esto es grande, esto es bello. Sin las madres, no sólo no habría nuevos fieles, sino que la fe perdería buena parte de su calor sencillo y profundo. No somos huérfanos, somos hijos de la Iglesia, somos hijos de la Virgen y somos hijos de nuestras madres” (Papa Francisco).

7. La belleza polifacética de la mujer en la Iglesia

La mujer es icono de la ternura y belleza de Dios en el mundo, en la sociedad. En la Iglesia es icono de la nueva Eva, de María, la llena de gracia y bendita entre todas las mujeres. Representa a la Iglesia como la Esposa de Cristo. En fin, goza de un espectro magnífico y esplendoroso de gracia y belleza espiritual.

Por estas y otras mil razones, la mujer, en el orden de la gracia, en la Iglesia, en la familia, en la sociedad, en el mundo… posee una riqueza real y significativa casi infinita, según los planes de Dios. La grandiosidad de María nos es accesible en cada mujer, sobre todo en la propia madre, gracias a la cual ha venido al mundo todo ser humano y ha experimentado las vivencias más originales y fundantes.

En fin, es tan grande la mujer cristiana en los planes de Dios que ignorarla equivaldría a privar a la Iglesia y a la humanidad de una riqueza inimaginable y polifacética. Es mucho en efecto lo que Dios ha dispuesto depositar en María y en la mujer como don para la humanidad, para la sociedad y para la Iglesia, como un mar sin fondo en el que siempre podremos bucear para sacar más y más tesoros de gracia y bendición en Cristo.

Por eso, la mujer en la Iglesia debería ser considerada como una perla preciosa digna de todo respeto y veneración. En ella, Dios ha depositado bienes admirables e inefables para bendición de la Iglesia y de la humanidad entera.

En analogía con la vida religiosa que no es jerarquía, la mujer pertenecería al corazón de la Iglesia. Por tanto, estarían justificadas en ella todas las formas de vestir y de presentación que expresen ternura, belleza, recato, pureza, castidad, prudencia, humildad, servicio, disponibilidad, sobriedad, cercanía, acogida, perdón, reconciliación, paz…

8. El velo “dice bien” con la mujer que representa la feminidad en la Iglesia y la nupcialidad

En la tradición de la Iglesia ha existido hasta nuestros días la costumbre y la delicadeza de cubrir los objetos bendecidos o consagrados dedicados al culto, como son el tabernáculo o sagrario donde se reserva el Santísimo Sacramento. Los altares están cubiertos con manteles y adornados porque representan a Cristo. Son la “mesa” donde se preparan los dones que serán consagrados. Los vasos sagrados, copones y cálices, son adornados y también cubiertos artísticamente.

La Iglesia como tal es la “perla preciosa”, la nueva creación en gracia y santidad, la novia que representa a todas las naciones. Todos los laicos toman parte en la naturaleza femenina de la Iglesia, pero las mujeres simbolizan a la Iglesia como la novia.

Las mujeres recuerdan a los varones que la esencia de la Iglesia es su condición de “desposada” con Dios: Ha sido sacada de las tinieblas y del pecado y ha sido adornada como novia para su Esposo. Toda mujer bautizada es un icono de esa vocación de toda la Iglesia. Ésta no puede olvidarse de ese primer amor, fundante y definitivo.

Por eso, toda mujer en la Iglesia es digna de una veneración especial, de respeto, de estima y de cariño. Una comunidad cristiana madura debería reservar para toda mujer un sitial de honor por consideración a la Nueva Eva, la Santísima Virgen María, Madre de Dios, y en atención a la función humana y salvífica con la que Dios le ha distinguido y embellecido, no para su autocomplacencia y vanidad, sino para gloria de Dios y bien de la humanidad y de la Iglesia.

Esta disposición de Dios respecto de la mujer es sagrada y única, digna de todo respeto por parte del varón. Los laicos varones en la Iglesia representan a Cristo, el novio. De ahí que algunos varones accedan al sacerdocio ministerial de Cristo, para bien de la Iglesia, no para su propio interés y poder.

La función y la dignidad jerárquicas no debe generar en el clero actitudes de suficiencia, autoritarismo y discriminación respecto de las mujeres, sino más bien todo lo contrario: un ministerio sacerdotal y pastoral inspirado por la caridad y la atención personal según las necesidades de cada uno. Los clérigos deben imitar la humildad y delicadeza con que Jesús trataba a las mujeres de su tiempo.

El Papa Francisco ha denunciado los daños que causa el clericalismo en la Iglesia. Los pastores deberían ser especialmente atentos con la mujer en la Iglesia, sus más acérrimos defensores y promotores. Siempre será la mejor una prioridad pastoral. A veces ellas constituyen la verdadera opción por los pobres y marginados, o descartados.

Las palabras que el ángel dirigió a san José también se aplican a los clérigos: José, no tengas reparo en llevarte a María tu mujer. Ellos no deben tener ningún reparo en acoger todo lo que Dios ha depositado y realiza en ellas para enriquecer a la Iglesia y a la humanidad entera. Como José a María en su día, deben dar legitimidad y plena integración de las mujeres en la Iglesia y en la sociedad.

9. Al final, ¿usar velo, por qué, y para qué?

A estas alturas, la mujer consciente de lo dicho hasta aquí se preguntaría qué añade llevar velo o qué se pierde si deja de llevarlo. Quizás lo más acertado y valioso sea la voluntad y la libertad de cada mujer en la Iglesia. Lo más valioso de lo expuesto quizás sea el haber dado vueltas a un tema y a una experiencia que interesa a todos, para gloria de Dios, bien de la humanidad y crecimiento y belleza de la Iglesia.

Ante esta ambiciosa apuesta, el uso de un atuendo femenino en sí mismo puede parecer insignificante y hasta ridículo de cara a una causa tan noble, tan inmensa y santa. Sin embargo, no despreciable. El valor de este gesto a los ojos de Dios será infinito y de capital importancia para la madurez, belleza y fecundidad de la Iglesia en nuestro mundo.

En efecto, una mujer que usa el velo, con motivación religiosa, muestra a todas luces una gran reverencia ante Dios y ante la Iglesia, y fomenta su propio recogimiento para la oración; se honra a sí misma ante los demás valorando su pertenencia a Dios y su santo orgullo de pertenecer al corazón de la Iglesia, por deferencia del Poderoso. Simboliza también a toda la Iglesia en cuanto que es la esposa de Cristo.

San Pablo pide a las mujeres que se sometan a sus maridos por amor a Dios; análogamente la Iglesia debe someterse a Cristo; y Cristo llevó una vida sumisa a los designios del Padre. Por eso, Cristo amó a la Iglesia hasta el punto de sufrir y morir por ella. Los maridos imitando a Cristo amarán a sus esposas como a su propio cuerpo. Y este es un gran misterio, confesará san Pablo, y “yo lo refiero a Cristo y a su Iglesia”.

El velo es una prenda de vestir que la mujer utiliza para orar, para comunicarse con Dios por lo general en asamblea litúrgica. Es un gesto, un detalle, un estilo que, sin molestar a nadie, le ayuda a sentir y a expresar su identidad personal y su función especifica en la Iglesia.

Las mujeres tienen, de manera natural, un cabello hermoso, y el velo acentúa esa belleza, la resalta. Pero con la intención de agradar a Dios no a los hombres. Por tanto, con velo o sin velo, la mujer expresará siempre ante su Esposo y Señor sentimientos de humildad, delicadeza, amor apasionado y nupcial, recato, modestia, recogimiento, piedad y, en fin, contemplación. Esto es lo que interesa, esto es lo valioso, lo decisivo.

El Papa Francisco comenta la forma peculiar de sentir y de orar de María que guardaba todas estas cosas en su corazón: “Contemplando a la Madre nos sentimos animados a soltar tantos pesos inútiles y a encontrar lo que verdaderamente cuenta. El don de la Madre, el don de toda madre y de toda mujer es muy valioso para la Iglesia, que es madre y mujer”.

Prosigue el Papa con una referencia muy sugerente acerca de la manera peculiar de sentir, actuar y orar de san José y de todo varón: “Y mientras el hombre frecuentemente abstrae, afirma e impone ideas; la mujer, la madre, sabe custodiar, unir en el corazón, vivificar. Para que la fe no se reduzca sólo a una idea o doctrina, todos necesitamos de un corazón de madre, que sepa custodiar la ternura de Dios y escuchar los latidos del hombre. Que la Madre, que es el sello especial de Dios sobre la humanidad, custodie este año y traiga la paz de su Hijo al corazón de todos los hombres y al mundo entero” (https://www.aciprensa.com/noticias/texto-homilia-del-papa-francisco-en-la-solemnidad-de-santa-maria-madre-de-dios-12676).

A modo de conclusión

¿Por qué usar velo, por qué puedes usar velo? Porque quieres: Porque a Dios le encantó hacerte mujer, como María, con una misión única, original e intransferible. Quiso hacerte libre y le gusta verte libre y creativa, llena de amor y feliz como él, que es Amante de la vida. Dios te ha hecho libre como el querer, su fiel e íntima colaboradora en la salvación y en la vida de los hombres. ¿Por qué más? Porque estás orgullosa de ser mujer, porque te gustas en él, porque es tu respuesta entusiasta a Dios que te hizo mujer como María, y sabes por fe, y estás segura de que eso es lo mejor para ti, para todos.

¿Y para qué usar velo? Podrías llevarlo y usarlo cuando te parezca oportuno, para aprender a cumplir la voluntad de Dios, para aprender la fidelidad a tu vocación única y original de mujer como María… Para disponerte a ser esposa, a ser madre… Para colaborar de la mejor manera posible con los designios de Dios y salvar a todos los hombres, para ser sacramento de la ternura y de la libertad de Dios, para amar a discreción, como María, tu modelo y plenitud… bendita entre todas las mujeres. Y para llevar el Fruto bendito de su vientre, Jesús el Salvador, a todas las naciones, para gloria y alabanza de Dios Padre, Hijo y Espíritu. Amén.

Puede interesar:

https://youtu.be/LWu_RFHBZmQ

http://adelantelafe.com/uso-del-velo-en-la-mujer-en-la-santa-misa/

 

 

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La belleza única de la mujer en la Iglesia Católica, con velo o sin velo (1 de 2)

enero 14, 2018

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Procesión del Señor de los Milagros en su paso por la Plaza de Armas de Lima.

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La belleza única de la mujer en la Iglesia Católica, con velo o sin velo

¿Vuelve el uso del velo entre las mujeres católicas?

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¿No habrá llegado el momento de redescubrir el significado del velo o de la mantilla entre las mujeres católicas? ¿Qué nos dicen los signos de los tiempos en la Iglesia y en el mundo sobre la mujer? ¿Tendrá el velo suficiente entidad como para promover una renovación de la función de la mujer en la Iglesia? ¿Qué capacidad significativa puede tener el velo en las mujeres?

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Hace tiempo me ronda en la cabeza la idea de escribir algo sobre uno de los símbolos religiosos de la tradición judeocristiana: El velo o mantilla usados por las mujeres en las celebraciones religiosas.

Comienzo por recordar que hasta el Concilio Vaticano II estaba generalizado el uso del velo entre las mujeres en la Iglesia. El Concilio no lo prohibió pero tampoco lo mandó ni lo promovió. Sencillamente dejó libertad para usarlo o no, a criterio personal.

El resultado fue que en pocos años desapareció esa práctica en toda la Iglesia, sobre todo romana. Hoy solo se usa el velo o mantilla de manera protocolar en las visitas o encuentros oficiales con el Santo Padre; también lo usan las novias y las religiosas.

Como expresión de religiosidad popular peruana, reseño que en la procesión del Señor de los Milagros de Lima, las señoras que visten hábito morado y queman incienso, también llevan velo blanco.

Actualmente son muy escasas las mujeres que usan el velo o mantilla durante la misa, adoración del Santísimo o en otras celebraciones. Por lo general, estas personas visten el velo con mucha reverencia y convicción porque les ayuda grandemente en su oración.

No suelen provocar rechazo en los demás y las mujeres que las ven, por lo general, se muestran interesadas en conocer los motivos que tienen para usar el velo sobre todo durante la misa.

1. El velo es un signo religioso

¿Qué podemos decir sobre el velo o mantilla? Es un atuendo femenino que, usado en las celebraciones religiosas, se convierte en signo que expresa y facilita la relación con Dios, sobre todo en la oración personal y en el culto litúrgico. El velo bendecido se convierte en “sacramental”: Es decir, adquiere una carga significativa tanto para el que lo porta o usa como para los demás.

Tanto el velo, como el hábito religioso, una medalla, el aro matrimonial… son sacramentales que recuerdan al que los lleva el compromiso contraído de manera privada o pública, pero siempre personal. En ellos expresa el creyente su intención y su relación particular con Dios: su consagración testimonial.

A través de ellos la vivencia interior del creyente se robustece al hacerse pública, y a la vez esos signos ayudan al creyente a evitar los olvidos y las eventuales incoherencias prácticas. Es decir, le ayudan a mantener y hacer crecer su intención primigenia, su experiencia fundante o su consagración original.

Para los demás, esos signos son un testimonio, llaman la atención y les muestran las intenciones de la persona que los lleva. Ofrecen a todos un conocimiento de la persona en su experiencia religiosa, que puede conducir a los demás a valorar, respetar, admirar y hasta imitar a esas personas que manifiestan públicamente su fe. En fin, se fomenta el sentido de Iglesia.

2. Significado específico del velo en la mujer orante

Lo primero que se debe resaltar es que el velo siempre se consideró en la tradición cristiana como una prenda de vestir propia y específica de las mujeres, un atuendo femenino, no de los varones. Tiene referencia no sólo al cabello de las mujeres, sino a su mismo sentido de belleza y de presentación femenina en las oraciones públicas o privadas.

Quizás no sería exagerado ni atrevido afirmar de entrada que el velo tendría algo que ver con el ser y hacer de la mujer en la Iglesia, según los planes de Dios. Aparte de las connotaciones socioculturales, pareciera que el velo en sí “diría bien” con la función esencial y específica de la mujer en la Iglesia y concretamente en las oraciones y en la liturgia. El hecho de llevar velo ayudaría a la mujer en su identidad creyente y en su testimonio ante la comunidad eclesial y ante el mundo.

La Palabra nos dice que Dios los creó desde el principio hombre y mujer. Los hizo a su imagen y semejanza, iguales en su dignidad y en su vocación fundamental, pero distintos en su condición de seres sexuados, hechos el uno para el otro, es decir, esencialmente complementarios.

La sexualidad es mucho más que la genitalidad, pues abarca todos los aspectos del ser humano: autoconciencia, inteligencia, sensibilidad, capacidad de acoger y dar afecto, resistencia al dolor y al sufrimiento, aprecio de la vida, optimismo, religiosidad, etc. Hombres y mujeres somos diferentes; muy diferentes. Pero complementarios, hechos para vivir relacionados en la sociedad y particularmente en el matrimonio.

Se podría sostener que esta condición sexuada del ser humano refleja mejor, o al menos más explícitamente, la esencia de Dios; es expresión de la perfección infinita de Dios, que es Comunión trinitaria, unión en la diversidad, pluralidad en la unidad.

Es decir, la condición sexuada hace más comprensible a los humanos el misterio de Dios Uno y Trino a la vez, Único Dios en tres personas distintas. Además, le facilitaría experimentar la riqueza de la diversidad de los humanos, la belleza de la convivencia humana y las bondades de la complementariedad. Le abriría finalmente a la capacidad de la procreación, a la fecundidad del amor entre dos personas sexualmente diferentes y complementarias.

En la Historia de la Salvación Dios mismo se ha encargado de asumir y de santificar la condición sexuada del ser humano, mediante la Encarnación del Verbo y la Maternidad divina de la Virgen María.

Al encarnarse, Dios asume la condición humana en su totalidad y existencialmente sexuada: De hecho, necesitó una madre, la Santísima Virgen María, mujer y no varón; y en Jesús de Nazaret el Verbo de Dios asumió la condición humana como varón, no como mujer. Jesús no fue mujer. De María asumió Jesús la esencia del hombre y existencialmente fue varón, el hijo de José el carpintero.

Ahora ellos dos, Jesús y María, solamente ellos están resucitados y glorificados en el Cielo, los dos únicos seres humanos, hombre y mujer. Cada uno cumple la voluntad de Dios y sirve a la salvación de los hombres, según el plan único e inescrutable de Dios.

Ante estas consideraciones elementales de nuestra fe, ¡qué desenfocadas resultan ciertas apreciaciones en referencia a Jesús o a María! Así, algunas mujeres recriminan a Jesús que no hiciera apóstol y sacerdotisa a su madre María. Sería falta de amor. A otras les parece una discriminación que la Iglesia no permita a las mujeres acceder al sacerdocio.

3. En las cosas de Dios no hay autoservicio: todo se recibe, nada se toma por propia iniciativa

Lo primero que se desprende de lo expuesto es que Dios en la historia de salvación programa, dispensa y distribuye sus dones como a él le parece: En función del bien de todos y para su gloria. Nadie toma nada por su cuenta, todo se recibe y se agradece. Dios sabe poner a cada uno en el mejor lugar, con las mejores cualidades. Él provee a cada uno con largueza, y sin perjudicar a nadie.

Por tanto, la reivindicación no cabe en la Iglesia. Tampoco la emancipación. Nadie debe buscar su propio bien, su propio interés. Cada uno es un don para los demás. La caridad, que no busca lo propio, se entiende como la búsqueda del bien de los demás. Y la perfección del cristiano consiste en anteponer el bien común al propio.

Al razonar con estos criterios, qué lejos estaríamos del espíritu que, por lo general, ha inspirado la liberación de la mujer, la revolución sexual, el feminismo radical: contrarrestar la tradicional opresión sociocultural del varón y luchar por la conquista del poder de las mujeres sobre los hombres. Que las mujeres se rebelen y luchen por oprimir a los varones, aun a costa de renunciar a su condición de mujeres.

4. Dios sabe lo que hace: La mujer, reflejo y sacramento de la ternura, belleza y amor de Dios.

El Papa Francisco insiste una y otra vez en la necesidad de que la mujer vaya ocupando en la Iglesia el sitio que le pertenece. Porque algo resulta evidente: de hecho en la actualidad no está viviendo plena y específicamente la misión que le corresponde según el plan de Dios y en favor de la Iglesia. Es una tarea pendiente y urgente.

Para reconocer la dignidad y la sublimidad de la vocación propia de la mujer en la Iglesia y en la sociedad hay que rastrear con atención los planes de Dios manifestados en la historia de salvación: Hechos y palabras. No hay que inventar cosas ni pensar mucho.

En la Palabra, al principio, dijo Dios: No está bien que el hombre esté solo. Hagámosle una ayuda semejante a él, un ser “apropiado y proporcionado” para él. Y así Dios creó a la mujer, igual al varón. Ambos llamados a vivir en comunión, a complementarse como un don mutuo en el amor de Dios.

La mujer es un don de Dios deseado por el hombre, necesario y conveniente para él. Sin ella el hombre no es completo, no puede sentirse realizado plenamente.

El hombre y la mujer, por separado, son imagen de Dios y semejanza de Dios, sí, pero de manera imperfecta: Porque el hombre, a pesar de ser dueño de todas las cosas creadas, no hallaba en ellas un ser de su misma dignidad, un ser con el que pudiera entenderse, encontrarse, ayudarse, planificar juntos, gozar juntos…

Para establecer esta comunión conyugal, el hombre dejará a su padre y a su madre, se unirá a su mujer… y los dos serán una sola carne. Tanto el varón como la mujer sienten una atracción mutua para encontrarse, conocerse, dialogar, vivir en comunión, unirse maritalmente y procrear seres semejantes a ellos…

En una palabra, el varón y la mujer están llamados a reproducir en este mundo la comunión de las tres divinas personas. Y les dijo Dios: Crezcan, multiplíquense, llenen de hijos la tierra.

La vida humana surge en el seno de una comunidad y sólo en ella crece y llega a plenitud. Un individuo no puede engendrar vida ni puede garantizar su crecimiento y madurez. En esa comunidad conyugal, el papel de la mujer tiene unas características únicas.

Toda mujer está llamada a encarnar y hacer visible la ternura de Dios, su belleza, su cercanía providente, su capacidad de acogida y de comunión y su apuesta por la vida. Está llamada a ser esposa y así hacerse madre. En la generación de la vida, en su gestación y en la educación del nuevo ser humano, el papel de la mujer, esposa y madre es único, e intransferible.

5. La mujer, primera transmisora del don de la vida y de la fe, iniciadora de humanidad

La mujer es el sagrario de la vida, pues la fecundación acontece en sus entrañas y la implantación vital del embrión humano se realiza en el seno materno. Éste garantiza la permanente y segura acogida del nuevo ser, y con ello su incorporación a la familia humana.

Los esposos y padres, pero específicamente la madre, son los transmisores de la vida y de la experiencia religiosa. A este embrión es infundida el alma inmortal creada directamente por Dios para completar las condiciones vitales del nuevo ser, según los planes de Dios.

Así la esposa y madre se convierte en el primer recinto sagrado donde se desarrollará el nuevo ser humano. Ella será la primera trasmisora del reconocimiento de los padres y del mundo exterior hacia el nuevo ser humano: acogida, valoración, afirmación, seguridad, supervivencia, desarrollo vital, absorción de los valores humanos y de la experiencia religiosa.

La mujer, esposa y madre, comparte las vivencias y experiencias de la Santísima Virgen María. Con ella pronuncia el “fiat”: Hágase en mí, como tú digas. Con María, como mujer y madre, comparte su respuesta “personal” y en cierta soledad, pero no desamparo.

Es la sumisión obsequiosa de la fe a Dios, no al varón, ni al destino, ni a la visión cultural o moda social. Ella se siente feliz como criatura del Señor, vivencialmente como mujer, semejante a María, que es bendita entre todas las mujeres por su particular y personal obediencia a Dios.

“Ser madre no significa sólo traer al mundo un hijo, sino que es también una elección de vida. La elección de vida de una madre es la elección de dar vida. Y esto es grande, esto es bello. Sin las madres, no sólo no habría nuevos fieles, sino que la fe perdería buena parte de su calor sencillo y profundo. No somos huérfanos, somos hijos de la Iglesia, somos hijos de la Virgen y somos hijos de nuestras madres” (Papa Francisco).

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https://youtu.be/LWu_RFHBZmQ

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Necesitamos mujeres líderes, enseña el papa Francisco

enero 5, 2018

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“Mientras el hombre frecuentemente abstrae, afirma e impone ideas; la mujer, la madre, sabe custodiar, unir en el corazón, vivificar”

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Necesitamos mujeres líderes, enseña el papa Francisco

Por Ary Waldir Ramos Díaz

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En la primera misa del año 2018, el papa Francisco ha señalado que la Madre de Dios, María, ha sido la primera discípula de Jesús. Antes que el Verbo tuviera la palabra, siendo niño y sin el habla, Jesús, en el Portal de Belén, fue acogido por una mujer que vivió su maternidad como una misión divina (desenfrenada, insensata o irracional ante ojos humanos).

María fue la primera que creyó que el niñito Jesús era el Mesías, incluso antes que los hombres de su tiempo y que su mismo esposo, José. El Papa insistió en que “mientras el hombre frecuentemente abstrae, afirma e impone ideas; la mujer, la madre, sabe custodiar, unir en el corazón, vivificar”.

El mundo necesita de buenos líderes; sean ellos hombres o mujeres, el género no determina la eficacia o la inhabilidad, podría ser más bien que indica características diversas inescrutables a simple vista, pero complementarias.

La mujer, representada en María, nos lleva a estar “animados a soltar tantos pesos inútiles y a encontrar lo que verdaderamente cuenta”, enseña Francisco. Entonces, hablamos del liderazgo que da una dirección para alcanzar nuevas metas, objetivos y sueños. “Mirar al centro de la persona, de los afectos, de la vida”, añadió el Papa.

Un pensador nos recuerda que la diferencia entre perseguir un sueño y una ilusión depende de si se sueña junto con otras personas para hacer de esos sueños una realidad o en cambio nos abstraemos y encerramos en nosotros mismos en una ilusión perenne e ineficaz.

Las mujeres no necesitan copiar el liderazgo masculino. Una mujer líder, con su estilo femenino y materno (por el don natural) podría hacer soñar con su dirección una empresa, una organización o una familia. Hoy es más frecuente encontrar en algunos lugares de trabajo grupos conformados en su mayoría por mujeres y madres de familia.

Las mujeres demuestran capacidades distintas y en algunos ámbitos, depende de la persona, con mayor desempeño que los hombres; por ejemplo, en la organización y en la realización de múltiples funciones. No se trata de destacar en que son mejores ellas respecto al varón. Cada uno puede observar en su propio contexto la riqueza del trabajo en equipo del personal mixto en varias circunstancias.

Por ejemplo en la Iglesia Católica, el Papa ha manifestado en varias ocasiones que el papel de la mujer no debe ser funcional con cuotas ‘rosa’ o instrumental al perseguir la equidad de género. De las palabras a los hechos hay mucho en el camino.

Sin embargo, se destaca que las mujeres líderes pueden y deberían desempeñar actividades de mando y responsabilidad hasta hoy exclusivas o limitadas a los varones. En futuro podemos soñar en la Iglesia con una mujer preparada para ser jefe del dicasterio vaticano ‘Laicos, Familia y Vida’.

A la espera, el Papa ha nombrado, por primera vez en la historia, un director de sus museos vaticanos, Jatta; mujer, capaz y preparada. Igualmente lo es la vice-directora de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, García Ovejero, profesional y curtida en el oficio periodístico.

Por eso, el liderazgo no tiene género. Se podría decir, en cambio, que el talento del liderazgo que pertenece a la persona, en la mujer tiene una variante de portada transformadora desde su unicidad de madre y de fémina y que abraza toda la realidad cuando se trata de dar una visión de conjunto y asumir directrices centradas en la persona.

Al mismo tiempo, se considera que no es una prerrogativa sólo femenina la del liderazgo que persigue lograr objetivos acompañando a las personas a la cuales se guía hacia un objetivo y en cada momento, como lo haría una madre con un hijo, valga el parangón.

Francisco insiste para salir de un liderazgo de la letra muerta, de los manuales y, se puede añadir que es una invitación a ejercer un “liderazgo emotivo” (Goleman 2001). De ahí, podemos interpretar sus palabras útiles y sin género, es decir para todos: “Para que la fe no sea sólo una doctrina, todos necesitamos de un corazón de madre” (01.01.2018). En otra ocasión, Francisco ha dicho que Dios es padre y madre a la vez.

Por lo tanto, un amor infinito por el bien común expresado en el liderazgo nos hace salir de la métrica convencional de que el liderazgo es cuestión sólo de varones.

Efectivamente, es justo y necesario que muchas mujeres se entusiasmen en compartir el gran talento que tienen para transformar nuestra realidad.

Al respecto y para concluir, presentamos algunas fotos que, de alguna manera, son representativas de ‘los gestos de liderazgo emotivo’ con protagonistas mujeres. Interesante, además, que las fotos hayan sido propuestas recientemente en la versión digital del diario vaticano, L’Osservatore Romano.

Necesitamos mujeres líderes, enseña el papa Francisco


Homilía del Papa Francisco en la Solemnidad de Santa María Madre de Dios

enero 2, 2018

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San Pedro en la celebración del Papa Francisco de la Solemnidad de Santa María Madre de Dios

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TEXTO: Homilía del Papa Francisco en la Solemnidad de Santa María Madre de Dios

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VATICANO, 01 Ene. 18 / 05:07 am (ACI).- El Papa Francisco reflexionó sobre el significado y la trascendencia de la Virgen María como Madre de Dios.

En la homilía que pronunció durante la Misa de la Solemnidad de Santa María Madre de Dios, al comienzo de este año 2018, el Santo Padre explicó que “desde que el Señor se encarnó en María, y por siempre, nuestra humanidad está indefectiblemente unida a Él. Ya no existe Dios sin el hombre: la carne que Jesús tomó de su Madre es suya también ahora y lo será para siempre. Decir Madre de Dios nos recuerda esto: Dios se ha hecho cercano con la humanidad como un niño a su madre que lo lleva en el seno”.

A continuación, el texto completo de la homilía del Papa:

El año se abre en el nombre de la Madre. Madre de Dios es el título más importante de la Virgen. Pero nos podemos plantear una cuestión: ¿Por qué decimos Madre de Dios y no Madre de Jesús? Algunos en el pasado pidieron limitarse a esto, pero la Iglesia afirmó: María es Madre de Dios.

Tenemos que dar gracias porque estas palabras contienen una verdad espléndida sobre Dios y sobre nosotros. Y es que, desde que el Señor se encarnó en María, y por siempre, nuestra humanidad está indefectiblemente unida a él. Ya no existe Dios sin el hombre: la carne que Jesús tomó de su Madre es suya también ahora y lo será para siempre. Decir Madre de Dios nos recuerda esto: Dios se ha hecho cercano con la humanidad como un niño a su madre que lo lleva en el seno.

La palabra madre (mater) hace referencia también a la palabra materia. En su Madre, el Dios del cielo, el Dios infinito se ha hecho pequeño, se ha hecho materia, para estar no solamente con nosotros, sino también para ser como nosotros. He aquí el milagro, la novedad: el hombre ya no está solo; ya no es huérfano, sino que es hijo para siempre. El año se abre con esta novedad. Y nosotros la proclamamos diciendo: ¡Madre de Dios! Es el gozo de saber que nuestra soledad ha sido derrotada.

Es la belleza de sabernos hijos amados, de conocer que no nos podrán quitar jamás esta infancia nuestra. Es reconocerse en el Dios frágil y niño que está en los brazos de su Madre y ver que para el Señor la humanidad es preciosa y sagrada. Por lo tanto, servir a la vida humana es servir a Dios, y que toda vida, desde la que está en el seno de la madre hasta que es anciana, la que sufre y está enferma, también la que es incómoda y hasta repugnante, debe ser acogida, amada y ayudada.

Dejémonos ahora guiar por el Evangelio de hoy. Sobre la Madre de Dios se dice una sola frase: «Custodiaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón» (Lc 2, 19). Custodiaba. Simplemente custodiaba. María no habla: el Evangelio no nos menciona ni tan siquiera una sola palabra suya en todo el relato de la Navidad. También en esto la Madre está unida al Hijo: Jesús es infante, es decir «sin palabra».

Él, el Verbo, la Palabra de Dios que «muchas veces y en diversos modos en los tiempos antiguos había hablado» (Hb 1, 1), ahora, en la «plenitud de los tiempos» (Ga 4, 4), está mudo. El Dios ante el cual se guarda silencio es un niño que no habla. Su majestad es sin palabras, su misterio de amor se revela en la pequeñez. Esta pequeñez silenciosa es el lenguaje de su realeza. La Madre se asocia al Hijo y custodia en el silencio.

Y el silencio nos dice que también nosotros, si queremos custodiarnos, tenemos necesidad de silencio. Tenemos necesidad de permanecer en silencio mirando el pesebre. Porque delante del pesebre nos descubrimos amados, saboreamos el sentido genuino de la vida. Y contemplando en silencio, dejamos que Jesús nos hable al corazón: que su pequeñez desarme nuestra soberbia, que su pobreza desconcierte nuestra fastuosidad, que su ternura sacuda nuestro corazón insensible.

Reservar cada día un momento de silencio con Dios es custodiar nuestra alma; es custodiar nuestra libertad frente a las banalidades corrosivas del consumo y la ruidosa confusión de la publicidad, frente a la abundancia de palabras vacías y las olas impetuosas de las murmuraciones y quejas.

El Evangelio sigue diciendo que María custodiaba todas estas cosas, meditándolas. ¿Cuáles eran estas cosas? Eran gozos y dolores: por una parte, el nacimiento de Jesús, el amor de José, la visita de los pastores, aquella noche luminosa. Pero por otra parte: el futuro incierto, la falta de un hogar, «porque para ellos no había sitio en la posada» (Lc 2, 7), la desolación del rechazo, la desilusión de ver nacer a Jesús en un establo.

Esperanzas y angustias, luz y tiniebla: todas estas cosas poblaban el corazón de María. Y ella, ¿qué hizo? Las meditaba, es decir las repasaba con Dios en su corazón. No se guardó nada para sí misma, no ocultó nada en la soledad ni lo ahogó en la amargura, sino que todo lo llevó a Dios. Así custodió. Confiando se custodia: no dejando que la vida caiga presa del miedo, del desconsuelo o de la superstición, no cerrándose o tratando de olvidar, sino haciendo de toda ocasión un diálogo con Dios. Y Dios que se preocupa de nosotros, viene a habitar nuestras vidas.

Este es el secreto de la Madre de Dios: custodiar en el silencio y llevar a Dios. Y como concluye el Evangelio, todo esto sucedía en su corazón. El corazón invita a mirar al centro de la persona, de los afectos, de la vida.

También nosotros, cristianos en camino, al inicio del año sentimos la necesidad de volver a comenzar desde el centro, de dejar atrás los fardos del pasado y de empezar de nuevo desde lo que importa.

Aquí está hoy, frente a nosotros, el punto de partida: la Madre de Dios. Porque María es exactamente como Dios quiere que seamos nosotros, como quiere que sea su Iglesia: Madre tierna, humilde, pobre de cosas y rica de amor, libre del pecado, unida a Jesús, que custodia a Dios en su corazón y al prójimo en su vida. Para recomenzar, contemplemos a la Madre. En su corazón palpita el corazón de la Iglesia. La fiesta de hoy nos dice que para ir hacia delante es necesario volver de nuevo al pesebre, a la Madre que lleva en sus brazos a Dios.

La devoción a María no es una cortesía espiritual, es una exigencia de la vida cristiana. Contemplando a la Madre nos sentimos animados a soltar tantos pesos inútiles y a encontrar lo que verdaderamente cuenta. El don de la Madre, el don de toda madre y de toda mujer es muy valioso para la Iglesia, que es madre y mujer.

Y mientras el hombre frecuentemente abstrae, afirma e impone ideas; la mujer, la madre, sabe custodiar, unir en el corazón, vivificar. Para que la fe no se reduzca sólo a una idea o doctrina, todos necesitamos de un corazón de madre, que sepa custodiar la ternura de Dios y escuchar los latidos del hombre. Que la Madre, que es el sello especial de Dios sobre la humanidad, custodie este año y traiga la paz de su Hijo al corazón de todos los hombres y al mundo entero.

https://www.aciprensa.com/noticias/texto-homilia-del-papa-francisco-en-la-solemnidad-de-santa-maria-madre-de-dios-12676


En fiesta de María Madre de Dios el Papa invita a empezar el año sin “fardos del pasado”

enero 1, 2018

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Papa Francisco predica durante la misa en San Pedro.

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En fiesta de María Madre de Dios el Papa invita a empezar el año sin “fardos del pasado”

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VATICANO, 01 Ene. 18 / 04:42 am (ACI).- En su primera homilía del año, pronunciada durante la Misa de la Solemnidad de Santa María Madre de Dios este lunes 1º de enero, el Papa Francisco invitó a los cristianos a mirar en su corazón para comenzar el nuevo año “desde el centro, dejar atrás los fardos del pasado y empezar de nuevo desde lo que importa”.

El Santo Padre planteó la siguiente cuestión: “¿Por qué decimos Madre de Dios y no Madre de Jesús?”. Recordó que, en el pasado, algunas voces dentro de la Iglesia pedían que se limitara a reconocer a Jesús únicamente como Madre de Jesús, “pero la Iglesia afirmó: María es Madre de Dios”.

“Desde que el Señor se encarnó en María, y por siempre, nuestra humanidad está indefectiblemente unida a Él. Ya no existe Dios sin el hombre: la carne que Jesús tomó de su Madre es suya también ahora y lo será para siempre. Decir Madre de Dios nos recuerda esto: Dios se ha hecho cercano con la humanidad como un niño a su madre que lo lleva en el seno”.

En su homilía, el Pontífice también subrayó que “la palabra madre (mater) hace referencia también a la palabra materia. En su Madre, el Dios del cielo, el Dios infinito se ha hecho pequeño, se ha hecho materia, para estar no solamente con nosotros, sino también para ser como nosotros”.

“He aquí el milagro, la novedad: el hombre ya no está solo; ya no es huérfano, sino que es hijo para siempre. El año se abre con esta novedad. Y nosotros la proclamamos diciendo: ¡Madre de Dios!”.

“Nuestra soledad ha sido derrotada”, continuó. Por ello, “servir a la vida humana es servir a Dios”.

El valor del silencio

El Papa Francisco también destacó una de las principales características del relato evangélico de la Navidad: el silencio.

En concreto, llamó la atención sobre esta frase del Evangelio de San Lucas: “Custodiaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón”.

“Custodiaba. Simplemente custodiaba. María no habla: el Evangelio no nos menciona ni tan siquiera una sola palabra suya en todo el relato de la Navidad. También en esto la Madre está unida al Hijo: Jesús es infante, es decir ‘sin palabra’. Él, el Verbo, la Palabra de Dios que ‘muchas veces y en diversos modos en los tiempos antiguos había hablado’, ahora, en la ‘plenitud de los tiempos’, está mudo”.

El Pontífice destacó que también esto tiene un sentido en la historia de la salvación, y pone de relieve la realeza de Jesús: “El Dios ante el cual se guarda silencio es un niño que no habla. Su majestad es sin palabras, su misterio de amor se revela en la pequeñez. Esta pequeñez silenciosa es el lenguaje de su realeza. La Madre se asocia al Hijo y custodia en el silencio”.

El misterio del silencio en el nacimiento de Jesús supone una oportunidad para la meditación del cristiano, y el Papa explicó cómo: “El silencio nos dice que también nosotros, si queremos custodiarnos, tenemos necesidad de silencio. Tenemos necesidad de permanecer en silencio mirando el pesebre. Porque delante del pesebre nos descubrimos amados, saboreamos el sentido genuino de la vida. Y contemplando en silencio, dejamos que Jesús nos hable al corazón”.

Así, invitó a dedicar unos instantes al día a contemplar a Dios en silencio: “Reservar cada día un momento de silencio con Dios es custodiar nuestra alma; es custodiar nuestra libertad frente a las banalidades corrosivas del consumo y la ruidosa confusión de la publicidad, frente a la abundancia de palabras vacías y las olas impetuosas de las murmuraciones y quejas”.

También explicó que las cosas que María custodiaba en su corazón eran los “gozos y dolores” de aquellos días: “el futuro incierto, la falta de un hogar, la desolación del rechazo, la desilusión de ver nacer a Jesús en un establo”.

María “meditaba” todas estas cosas, “es decir las repasaba con Dios en su corazón. No se guardó nada para sí misma, no ocultó nada en la soledad ni lo ahogó en la amargura, sino que todo lo llevó a Dios. Así custodió”.

“Este es el secreto de la Madre de Dios: custodiar en el silencio y llevar a Dios. Y como concluye el Evangelio, todo esto sucedía en su corazón”.

 


El maná de cada día, 1.1.18

diciembre 31, 2017

Santa Virgen María, Madre de Dios

Estreno del Año Nuevo 2018: Feliz Año Nuevo a todos los seguidores del blog y en particular a las personas suscritas. El Señor siga estando grande con ustedes. Amén.

Jornada Mundial de la Paz
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La Palabra tomó de María nuestra condición humana

La Palabra tomó de María nuestra condición humana

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Antífona de entrada

¡Salve, Madre Santa!, Virgen, Madre del Rey, que gobierna cielo y tierra por los siglos de los siglos.


Oración colecta

Dios y Señor nuestro, que por la maternidad virginal de María entregaste a los hombres los bienes de la salvación, concédenos experimentar la intercesión de aquélla de quien hemos recibido a tu Hijo Jesucristo, el autor de la vida. Él, que vive y reina contigo.


PRIMERA LECTURA: Números 6, 22-27

El Señor habló a Moisés: «Di a Aarón y a sus hijos: Ésta es la fórmula con que bendeciréis a los israelitas:

“El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor se fije en ti y te conceda la paz.” Así invocarán mi nombre sobre los israelitas, y yo los bendeciré.»


SALMO 66

El Señor tenga piedad y nos bendiga.

El Señor tenga piedad y nos bendiga, ilumine su rostro sobre nosotros; conozca la tierra tus caminos, todos los pueblos tu salvación.

Que canten de alegría las naciones, porque riges el mundo con justicia, riges los pueblos con rectitud y gobiernas las naciones de la tierra.

Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben. Que Dios nos bendiga; que le teman hasta los confines del orbe.


SEGUNDA LECTURA: Gálatas 4, 4-7

Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la Ley, para rescatar a los que estaban bajo la Ley, para que recibiéramos el ser hijos por adopción.

Como sois hijos, Dios envió a nuestros corazones al Espíritu de su Hijo que clama: «¡Abba! (Padre).» Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si eres hijo, eres también heredero por voluntad de Dios.


Aclamación antes del Evangelio: Hebreos 1, 1-2

En distintas ocasiones habló Dios antiguamente a nuestros padres por los profetas. Ahora, en esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo.


EVANGELIO: Lucas 2, 16-21

En aquel tiempo, los pastores fueron corriendo a Belén y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que les habían dicho de aquel niño.

Todos los que lo oían se admiraban de lo que les decían los pastores. Y María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón.

Los pastores se volvieron dando gloria y alabanza a Dios por lo que habían visto y oído; todo como les habían dicho.

Al cumplirse los ocho días, tocaba circuncidar al niño, y le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción.


Antífona de comunión: Hebreos 13, 8

Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre.


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AVEMARÍA COMENTADA

MARÍA dijo:

“Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava.”

San Beda el Venerable trata de introducirse en los sentimientos de la Virgen María, una vez dado su consentimiento al mensaje del Ángel, y los describe bellamente con estas palabras:

El Señor -dice- me ha engrandecido con un don tan inmenso y tan inaudito, que no hay posibilidad de explicarlo con palabras, ni apenas el afecto más profundo del corazón es capaz de comprenderlo; por ello ofrezco todas las fuerzas del alma en acción de gracias, y me dedico con todo mi ser, mis sentidos y mi inteligencia a contemplar con agradecimiento la grandeza de aquel que no tiene fin, ya que mi espíritu se complace en la eterna divinidad de Jesús, mi salvador, con cuya temporal concepción ha quedado fecundada mi carne.”

MARÍA prosigue:

“Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación”.

En estos días santos, nosotros con gusto aceptamos la invitación de María a proclamar las grandezas de nuestro Dios. Pues él ha estado grande con nosotros en el misterio de la Navidad, al desposarse, a través de María y en ella misma, con la humanidad entera, con la Iglesia, con cada uno de nosotros.

Por eso, con alegría alabamos a Dios saludando a María de muchas maneras, pero particularmente con el Avemaría. Con esta plegaria, que a continuación comentaré, nos unimos a todas las generaciones que proclaman dichosa y siempre bienaventurada a la Virgen María, Madre de Dios y madre nuestra.

Como se hizo con la oración del “Ángelus”, hoy comentaré el “Avemaría”, brevemente y en clave trinitaria.

Rosario

Dios te salve, María: Dios Padre pronuncia el nombre de María eternamente y proyecta sobre ella un maravilloso plan para dar vida a los hombres y salvarlos de todo mal. Es el mejor proyecto, juntamente y después del de Cristo, que el Padre ha podido imaginar, como Dios, desde toda la eternidad.

Llena eres de gracia: Dios Hijo le concede a María ser totalmente fiel al plan del Padre en todas las posibilidades. El Hijo, que es la respuesta perfecta al Padre, capacita a María para que corresponda plenamente al Padre: para que no defraude en nada las expectativas del Padre que quiere que todos los hombres se salven.

El Señor está contigo: Dios Espíritu Santo inunda a María de la santidad divina hasta desposarse con ella para hacer presente a Dios en el mundo en la persona del Verbo: Jesús, Dios y hombre verdadero; “Dios con nosotros”.

Así, el Padre, el Hijo y el Espíritu no pudieron hacer más con una criatura de lo que hicieron y siguen haciendo en María, con María y por María. Ella es plenamente dichosa: ”Bendita sea tu pureza y eternamente lo sea pues todo un Dios se recrea en tan graciosa belleza”.

Bendita tú eres entre todas las mujeres: Dios creó al ser humano a su imagen y semejanza, hombre y mujer. Ambos reflejan la gloria de Dios de manera específica: varonil y femenina. María es la encarnación perfecta de la ternura, el amor y la belleza de Dios en la expresión femenina.

Por eso, es la gloria y el honor ante Dios de todas las mujeres, desde siempre y para siempre. Por la gracia de Dios, María es mujer única.

Y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús: Toda mujer está llamada a ser madre: espiritual o materialmente. María fue tan anegada por el poder y el amor de Dios que se convirtió en su esposa; ella, con el poder de Dios, ha transmitido la vida de Dios y la vida humana a un ser único, Jesús, Dios y hombre verdadero.

María es la mujer más fecunda, plena y feliz: la madre del hombre más bello nacido de mujer, que es a la vez Hijo del Altísimo. María fue pura transparencia y gratuidad: Cuanto recibe de Dios, no lo retiene para sí, lo devuelve a Dios, y, en él, lo da a los hombres. Por eso es el orgullo de nuestra raza.


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La Palabra tomó de María nuestra condición

De las cartas de san Atanasio, obispo
Carta a Epicteto, 5-9

La Palabra tendió una mano a los hijos de Abrahán, afirma el Apóstol, y por eso tenía que parecerse en todo a sus hermanos y asumir un cuerpo semejante al nuestro. Por esta razón, en verdad, María está presente en este misterio, para que de ella la Palabra tome un cuerpo, y, como propio, lo ofrezca por nosotros.

La Es­critura habla del parto y afirma: Lo envolvió en pañales; se proclaman dichosos los pechos que amamantaron al Señor, y, por el nacimiento de este primogénito, fue ofrecido el sacrificio prescrito.

El ángel Gabriel había anunciado esta concepción con palabras muy precisas, cuando dijo a María no simplemente «lo que nacerá en ti» –para que no se creyese que se trataba de un cuerpo in­troducido desde el exterior–, sino de ti, para que creyé­semos que aquel que era engendrado en María procedía realmente de ella.

Las cosas sucedieron de esta forma para que la Pala­bra, tomando nuestra condición y ofreciéndola en sacrificio, la asumiese completamente, y revistiéndonos des­pués a nosotros de su condición, diese ocasión al Apóstol para afirmar lo siguiente: Esto corruptible tiene que ves­tirse de incorrupción, y esto mortal tiene que vestirse de inmortalidad.

Estas cosas no son una ficción, como algunos juzga­ron; ¡tal postura es inadmisible! Nuestro Salvador fue verdaderamente hombre, y de él ha conseguido la salvación el hombre entero. Porque de ninguna forma es ficticia nuestra salvación ni afecta sólo al cuerpo, sino que la sal­vación de todo el hombre, es decir, alma y cuerpo, se ha realizado en aquel que es la Palabra.

Por lo tanto, el cuerpo que el Señor asumió de María era un verdadero cuerpo humano, conforme lo atestiguan las Escrituras; verdadero, digo, porque fue un cuerpo igual al nuestro. Pues María es nuestra hermana, ya que todos nosotros hemos nacido de Adán.

Lo que Juan afirma: La Palabra se hizo carne, tiene la misma significación, como se puede concluir de la idén­tica forma de expresarse. En san Pablo encontramos escri­to: Cristo se hizo por nosotros un maldito. Pues al cuerpo humano, por la unión y comunión con la Palabra, se le ha concedido un inmenso beneficio: de mortal se ha hecho inmortal, de animal se ha hecho espiritual, y de terreno ha penetrado las puertas del cielo.

Por otra parte, la Trinidad, también después de la encarnación de la Palabra en María, siempre sigue siendo la Trinidad, no admitiendo ni aumentos ni disminuciones; siempre es perfecta, y en la Trinidad se reconoce una única Deidad, y así la Iglesia confiesa a un único Dios, Padre de la Palabra.

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Santa María, Madre de Dios. “Nacido de una mujer” (Ga 4, 4)

Aquella verdad dogmática que el concilio de Éfeso proclamó en el año 431 sigue hoy resonando incansable en los ecos de la liturgia. Todas las demás fiestas litúrgicas del año nacen de esta Solemnidad en la que la Iglesia celebra la maternidad divina y virginal de María.

Si algo faltaba a la omnipotencia de Dios era precisamente nacer de una mujer para hacerse carne de la carne que él mismo creó. Y si algo faltaba a aquel misterio de la mujer, que empezó a revelarse ya en la creación de Eva, era precisamente que una mujer fuera la Madre de Dios.

Naciendo de una Mujer, el Verbo traspasó de eucaristía el misterio de la feminidad. Naciendo de una Mujer, la maternidad quedó para siempre traspasada de Dios. Ecos de aquella maternidad de María hay en toda maternidad. Y mucho de femenino y de maternidad hay allí donde la gracia de Dios engendra y da a luz a Cristo.

La Iglesia contempla en María su ser y su corazón de Madre, deseosa de entregar a los hombres ese Hijo nacido de sus entrañas virginales. La Iglesia es también, como María, madre de Dios en las almas. Venera hoy a María, tu Virgen Madre, con especial cariño de hijo.

Encomiéndate a Ella, encerrando en su corazón materno todas tus fatigas, tareas y dolores. Besa con el alma esas manos de Madre que tiernamente te cuidan, quizá sin que tú lo agradezcas. Déjate enamorar por esos ojos que tanto contemplaron a Dios en la carne. Confíale tus deseos, entrégale tus ilusiones, descansa en Ella todas tus preocupaciones.

Y pídele, especialmente hoy, por Mater Dei, en el día especial de nuestra fiesta, para que Ella guarde esta obra suya en su corazón de Madre como guardó también allí las cosas de su Hijo.

¡Feliz Año 2018!

¡Feliz fiesta de la Mater Dei, de la Virgen María la Santa Madre de Dios!

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El maná de cada día, 31.12.17

diciembre 30, 2017

Domingo Octava de Navidad

La Sagrada Familia: Jesús, María y José

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Lo primero que santificó Jesús con su presencia fue un hogar

Lo primero que santificó Jesús con su presencia fue un hogar


Antífona de entrada: Lucas 2, 16

Los pastores fueron corriendo y encontraron a María y a José y al niño acostado en un pesebre.


Oración colecta

Dios, Padre nuestro, que has propuesto a la Sagrada Familia como maravilloso ejemplo a los ojos de tu pueblo, concédenos, te rogamos, que imitando sus virtudes domésticas y su unión en el amor, lleguemos a gozar de los premios eternos en el hogar del cielo. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: Eclesiástico 3, 2-6. 12-14

Dios hace al padre más respetable que a los hijos y afirma la autoridad de la madre sobre su prole.

El que honra a su padre expía sus pecados, el que respeta a su madre acumula tesoros; el que honra a su padre se alegrará de sus hijos y, cuando rece, será escuchado; el que respeta a su padre tendrá larga vida, al que honra a su madre el Señor lo escucha.

Hijo mío, sé constante en honrar a tu padre, no lo abandones mientras vivas; aunque chochee, ten indulgencia, no lo abochornes mientras vivas.

La limosna del padre no se olvidará, será tenida en cuenta para pagar tus pecados.


SALMO 127, 1-2. 3. 4-5

Dichosos los que temen al Señor y siguen sus caminos.

Dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos. Comerás del fruto de tu trabajo, serás dichoso, te irá bien.

Tu mujer, como parra fecunda, en medio de tu casa; tus hijos, como renuevos de olivo, alrededor de tu mesa.

Ésta es la bendición del hombre que teme al Señor. Que el Señor te bendiga desde Sión, que veas la prosperidad de Jerusalén todos los días de tu vida.


SEGUNDA LECTURA: Colosenses 3, 12-21

Hermanos:

Como elegidos de Dios, santos y amados, vestíos de la misericordia entrañable, bondad, humildad, dulzura, comprensión.

Sobrellevaos mutuamente y perdonaos, cuando alguno tenga quejas contra otro.

El Señor os ha perdonado: haced vosotros lo mismo.

Y por encima de todo esto, el amor, que es el ceñidor de la unidad consumada.

Que la paz de Cristo actúe de árbitro en vuestro corazón; a ella habéis sido convocados, en un solo cuerpo.

Y sed agradecidos. La palabra de Cristo habite entre vosotros en toda su riqueza; enseñaos unos a otros con toda sabiduría; corregíos mutuamente.

Cantad a Dios, dadle gracias de corazón, con salmos, himnos y cánticos inspirados.

Y, todo lo que de palabra o de obra realicéis, sea todo en nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él.

Mujeres, vivid bajo la autoridad de vuestros maridos, como conviene en el Señor . Maridos, amad a vuestras mujeres, y no seáis ásperos con ellas.

Hijos, obedeced a vuestros padres en todo, que eso le gusta al Señor. Padres, no exasperéis a vuestros hijos, no sea que pierdan los ánimos.


Aclamación antes del Evangelio

Abre, Señor, nuestro corazón para que entendamos las palabras de tu Hijo.


EVANGELIO: Lucas 2,22-40

Cuando llegó el tiempo de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén, para presentarlo al Señor. (De acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: “Todo primogénito varón será consagrado al Señor”), y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: “un par de tórtolas o dos pichones”. Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre honrado y piadoso, que aguardaba el Consuelo de Israel; y el Espíritu Santo moraba en él. Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo.

Cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo previsto por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel.»

Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño.

Simeón los bendijo, diciendo a María, su madre: «Mira, éste está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti, una espada te traspasará el alma.»

Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era una mujer muy anciana; de jovencita había vivido siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. Acercándose en aquel momento, daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén.

Y cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios lo acompañaba.


Antífona de comunión: Baruc 3, 38

Nuestro Dios apareció en el mundo y vivió entre los hombres.
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LA FAMILIA DE NAZARET

— Jesús quiso comenzar la Redención del mundo enraizado en una familia.

— La misión de los padres. Ejemplo de María y de José.

— La Sagrada Familia, ejemplo para todas las familias.

I. Cuando cumplieron todas las cosas mandadas en la Ley del Señor regresaron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño iba creciendo y fortaleciéndose lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba en él1.

El Mesías quiso comenzar su tarea redentora en el seno de una familia sencilla, normal. Lo primero que santificó Jesús con su presencia fue un hogar. Nada ocurre de extraordinario en estos años de Nazaret, donde Jesús pasa la mayor parte de su vida.

José era el cabeza de familia; como padre legal, él era quien sostenía a Jesús y a María con su trabajo. Es él quien recibe el mensaje del nombre que ha de poner al Niño: Le pondrás por nombre Jesús; y los que tienen como fin la protección del Hijo: Levántate, toma al Niño y huye a Egipto. Levántate, toma al Niño y vuelve a la patria. No vayas a Belén, sino a Nazaret. De él aprendió Jesús su propio oficio, el medio de ganarse la vida. Jesús le manifestaría muchas veces su admiración y su cariño.

De María, Jesús aprendió formas de hablar, dichos populares llenos de sabiduría, que más tarde empleará en su predicación. Vio cómo Ella guardaba un poco de masa de un día para otro, para que se hiciera levadura; le echaba agua y la mezclaba con la nueva masa, dejándola fermentar bien arropada con un paño limpio.

Cuando la Madre remendaba la ropa, el Niño la observaba. Si un vestido tenía una rasgadura buscaba Ella un pedazo de paño que se acomodase al remiendo. Jesús, con la curiosidad propia de los niños, le preguntaba por qué no empleaba una tela nueva; la Virgen le explicaba que los retazos nuevos cuando se mojan tiran del paño anterior y lo rasgan; por eso había que hacer el remiendo con un paño viejo…

Los vestidos mejores, los de fiesta, solían guardarse en un arca. María ponía gran cuidado en meter también determinadas plantas olorosas para evitar que la polilla los destrozara. Años más tarde, esos sucesos aparecerán en la predicación de Jesús.

No podemos olvidar esta enseñanza fundamental para nuestra vida corriente: «la casi totalidad de los días que Nuestra Señora pasó en la tierra transcurrieron de una manera muy parecida a las jornadas de otros millones de mujeres, ocupadas en cuidar de su familia, en educar a sus hijos, en sacar adelante las tareas del hogar.

María santifica lo más menudo, lo que muchos consideran erróneamente como intrascendente y sin valor: el trabajo de cada día, los detalles de atención hacia las personas queridas, las conversaciones y las visitas con motivo de parentesco o de amistad. ¡Bendita normalidad, que puede estar llena de tanto amor a Dios!»2.

Entre José y María había cariño santo, espíritu de servicio, comprensión y deseos de hacerse la vida feliz mutuamente. Así es la familia de Jesús: sagrada, santa, ejemplar, modelo de virtudes humanas, dispuesta a cumplir con exactitud la voluntad de Dios. El hogar cristiano debe ser imitación del de Nazaret: un lugar donde quepa Dios y pueda estar en el centro del amor que todos se tienen.

¿Es así nuestro hogar? ¿Le dedicamos el tiempo y la atención que merece? ¿Es Jesús el centro? ¿Nos desvivimos por los demás? Son preguntas que pueden ser oportunas en nuestra oración de hoy, mientras contemplamos a Jesús, a María y a José en la fiesta que les dedica la Iglesia.

II. En la familia, «los padres deben ser para sus hijos los primeros educadores de la fe, mediante la Palabra y el ejemplo»3. Esto se cumplió de manera singularísima en el caso de la Sagrada Familia. Jesús aprendió de sus padres el significado de las cosas que le rodeaban.

La Sagrada Familia recitaría con devoción las oraciones tradicionales que se rezaban en todos los hogares israelitas, pero en aquella casa todo lo que se refería a Dios particularmente tenía un sentido y un contenido nuevo. ¡Con qué prontitud, fervor y recogimiento repetiría Jesús los versículos de la Sagrada Escritura que los niños hebreos tenían que aprender!4. Recitaría muchas veces estas oraciones aprendidas de labios de sus padres.

Al meditar estas escenas, los padres han de considerar con frecuencia las palabras del Papa Pablo VI recordadas por Juan Pablo II: «¿Enseñáis a vuestros niños las oraciones del cristiano? ¿Preparáis, de acuerdo con los sacerdotes, a vuestros hijos para los sacramentos de la primera edad: confesión, comunión, confirmación? ¿Los acostumbráis, si están enfermos, a pensar en Cristo que sufre? ¿A invocar la ayuda de la Virgen y de los santos? ¿Rezáis el Rosario en familia? (…)

¿Sabéis rezar con vuestros hijos, con toda la comunidad doméstica, al menos alguna vez? Vuestro ejemplo en la rectitud del pensamiento y de la acción, apoyado por alguna oración común, vale una lección de vida, vale un acto de culto de mérito singular; lleváis de este modo la paz al interior de los muros domésticos: Pax huic domui. Recordad: así edificáis la Iglesia»5.

Los hogares cristianos, si imitan el que formó la Sagrada Familia de Nazaret, serán «hogares luminosos y alegres»6, porque cada miembro de la familia se esforzará en primer lugar en su trato con el Señor, y con espíritu de sacrificio procurará una convivencia cada día más amable.

La familia es escuela de virtudes y el lugar ordinario donde hemos de encontrar a Dios. «La fe y la esperanza se han de manifestar en el sosiego con que se enfocan los problemas, pequeños o grandes, que en todos los hogares ocurren, en la ilusión con que se persevera en el cumplimiento del propio deber.

La caridad lo llenará así todo, y llevará a compartir las alegrías y los posibles sinsabores; a saber sonreír, olvidándose de las propias preocupaciones para atender a los demás; a escuchar al otro cónyuge o a los hijos, mostrándoles que de verdad se les quiere y comprende; a pasar por alto menudos roces sin importancia que el egoísmo podría convertir en montañas; a poner un gran amor en los pequeños servicios de que está compuesta la convivencia diaria.

»Santificar el hogar día a día, crear, con el cariño, un auténtico ambiente de familia: de eso se trata. Para santificar cada jornada se han de ejercitar muchas virtudes cristianas; las teologales en primer lugar y, luego, todas las otras: la prudencia, la lealtad, la sinceridad, la humildad, el trabajo, la alegría…»7.

Esta virtudes fortalecerán la unidad que la Iglesia nos enseña a pedir: Tú, que al nacer en una familia fortaleciste los vínculos familiares, haz que las familias vean crecer la unidad8.

III. Una familia unida a Cristo es un miembro de su Cuerpo místico y ha sido llamada «iglesia doméstica»9.

Esa comunidad de fe y de amor se ha de manifestar en cada circunstancia, como la Iglesia misma, como testimonio vivo de Cristo. «La familia cristiana proclama en voz muy alta tanto las presentes virtudes del reino, como la esperanza de la vida bienaventurada»10.

La fidelidad de los esposos a su vocación matrimonial les llevará incluso a pedir la vocación de sus hijos para dedicarse con abnegación al servicio del Señor.

En la Sagrada Familia cada hogar cristiano tiene su ejemplo más acabado; en ella, la familia cristiana puede descubrir lo que debe hacer y el modo de comportarse, para la santificación y la plenitud humana de cada uno de sus miembros.

«Nazaret es la escuela donde empieza a entenderse la vida de Jesús, es la escuela donde se inicia el conocimiento de su Evangelio. Aquí aprendemos a observar, a escuchar, a meditar, a penetrar en el sentido profundo y misterioso de esta sencilla, humilde y encantadora manifestación del Hijo de Dios entre los hombres. Aquí se aprende incluso quizá de una manera casi insensible, a imitar esta vida»11.

La familia es la forma básica y más sencilla de la sociedad. Es la principal «escuela de todas las virtudes sociales». Es el semillero de la vida social, pues es en la familia donde se ejercita la obediencia, la preocupación por los demás, el sentido de responsabilidad, la comprensión y ayuda, la coordinación amorosa entre las diversas maneras de ser.

Esto se realiza especialmente en las familias numerosas, siempre alabadas por la Iglesia12. De hecho, se ha comprobado que la salud de una sociedad se mide por la salud de las familias.

De aquí que los ataques directos a la familia (como es el caso de la introducción del divorcio en la legislación) sean ataques directos a la sociedad misma, cuyos resultados no se hacen esperar.

«Que la Virgen María, Madre de la Iglesia, sea también Madre de la “Iglesia doméstica”, y, gracias a su ayuda materna, cada familia cristiana pueda llegar a ser verdaderamente una pequeña Iglesia de Cristo.

Sea ella, Esclava del Señor, ejemplo de acogida humilde y generosa de la voluntad de Dios; sea ella, Madre Dolorosa a los pies de la Cruz, la que alivie los sufrimientos y enjugue las lágrimas de cuantos sufren por las dificultades de sus familias.

»Que Cristo Señor, Rey del universo, Rey de las familias, esté presente, como en Caná, en cada hogar cristiano para dar luz, alegría, serenidad y fortaleza»13.

De modo muy especial le pedimos hoy a la Sagrada Familia por cada uno de los miembros de nuestra familia, por el más necesitado.

1 Lc 2, 39-40. — 2 San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 148. 3 Conc. Vat. II, Const. Lumen gentium, 11. — 4 Cfr. Sal 55, 18; Dan 6, 11; Sal 119. — 5 Juan Pablo II, Exhort. Apost. Familiaris consortio, 60. — 6 Cfr. San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 22. — 7 Ibídem, 23. — 8 Preces. II Vísperas del día 1 de enero. — 9 Conc. Vat. II, Const.Lumen gentium, 11. — 10 Ibídem, 35. 11 Pablo VI, Aloc. Nazaret, 5-I-1964. — 12 Cfr. Conc. Vat. II, Const. Gaudium et spes, 52. 13 Juan Pablo II, Exhort. Apost. Familiaris consortio, 86.

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