Radio María, un éxito sin precedentes en España: salva vidas, logra conversiones y se codea con las grandes emisoras

enero 14, 2020

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Radio María está de celebración con su 20 aniversario en España

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Radio María, un éxito sin precedentes en España: salva vidas, logra conversiones y se codea con las grandes emisoras

Por Cari Filii

Radio María ha cumplido 20 años en España y es un fenómeno digno de estudio cómo se ha convertido en una de las radios españolas más escuchadas, compitiendo de tú a tú con las generalistas, y a la vez vivir única y exclusivamente de los donativos que ofrecen sus oyentes, sin nada de publicidad.

Y además donde muchas otras emisoras no logran llegar allí está esta emisora que está bajo la protección de la Virgen.

Pero si hay una característica que define a Radio María es su capacidad para cambiar vidas y llevar esperanza a cientos de miles de personas en España.

Luis Fernando de Prada, sacerdote y director de Radio María España, recuerda en un reportaje que publica Revista Misión “el caso de una chica casada y con dos hijas que había tenido cierta educación cristiana pero que se había alejado de la Iglesia. En un momento en que la vida le sabía a poco, descubrió Radio María y empezó a oírla. Un día, de repente, escuchó: ‘Cristo ha muerto por ti’. Y en ese momento le tocó el corazón hasta el punto de que se fue a confesar y ha vuelto a la Iglesia”.

Este es uno de los numerosos casos de vuelta a la fe o de conversión que ha propiciado Radio María en estas dos décadas. Pero incluso con más fuerza ha servido de consuelo y compañía para personas solas, enfermas o incluso encarceladas.  Hasta ha llegado a evitar suicidios o parar abortos.

Inmaculada, de 51 años, estaba desesperada hasta tal punto que estaba decidida a acabar con su vida. Un día, por casualidad, sintonizó Radio María: “Escuché algo que había olvidado: ‘Dios te ama’. Empecé a llorar desesperadamente. Vosotros me salvasteis del suicidio, gracias a vuestra ayuda mis hijos siguen teniendo madre”, escribía en el testimonio que envió a la emisora.

Una radio en crecimiento

Ernesto también la conoció por azar. Su dial cayó en ella mientras rezaban el rosario. Era el año 2007 y aquello le pareció como de los 60, pero se convirtió en oyente habitual.

En 2010 la vida le pegó un revés: la llegada de la crisis, la pérdida del trabajo y un divorcio con un niño pequeño de por medio. “Fueron momentos difíciles y Radio María me ayudó mucho a entender la vida en conexión con la fe”, explica.

Son solo dos de los miles de testimonios que les han llegado en dos décadas de existencia.

Era enero de 1999 cuando desde unos pequeños locales de la parroquia de Santa María de la Dehesa de Madrid comenzaron las emisiones de Radio María en España.

Una de aquellas voluntarias, y que todavía hoy lo sigue siendo, era Toñi Rodríguez. “Fueron unos comienzos muy difíciles, porque no teníamos nada. Y yo lo mismo locutaba que hacía el control de sonido, cogía la escoba o abría cartas de oyentes”, recuerda.

Además, explica que “a la hora de hablar, no hablaba yo, sino Ella, que estaba detrás, empujándome. Si hace 20 años me hubieran dicho que iba a tener la difusión por toda España y por el mundo que tiene hoy, hubiera pensado que era una locura”.

Por su parte, Yolanda Gómez, directora de informativos evoca aquellos inicios y asegura que para ella ha sido “un privilegio ver cómo ha ido creciendo esta radio que tanto bien hace. Es cosa de la Virgen, porque nosotros hacemos un poquito, pero cuando sale todo en antena a través de las ondas es Ella la que transforma los corazones”.

Hasta 170 programas

Actualmente, Radio María en España puede sobrevivir sin publicidad gracias a sus donantes y aún así recaudar fondos para que esta radio siga extendiéndose por el mundo.

En poco tiempo por fin se cumplirá el sueño de que Radio María pueda empezar a emitir desde Nazaret, al lado de la casa de la Virgen y del lugar en el que creció Jesús. Tras recaudar miles de euros para tal fin las obras ya comenzaron y en breve el mensaje de María también se podrá escuchar desde su hogar.

En España, Radio María tiene 170 programas. Desde la emisión de la misa o el rezo del Rosario y de la Liturgia de las Horas a programas dedicados a familias, niños, enfermos, música o la vida consagrada.  Y todo ello, gracias en su mayor parte a voluntarios.


Santa María, Madre de Dios

enero 1, 2020

1 de Enero de 2020

Estreno del Año Nuevo 2020: Feliz Año Nuevo a todos los seguidores del blog y en particular a las personas suscritas. El Señor siga estando grande con vosotros. Amén.

Jornada Mundial de la Paz
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La Palabra tomó de María nuestra condición humana

La Palabra tomó de María nuestra condición humana

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Antífona de entrada

¡Salve, Madre Santa!, Virgen, Madre del Rey, que gobierna cielo y tierra por los siglos de los siglos.


Oración colecta

Dios y Señor nuestro, que por la maternidad virginal de María entregaste a los hombres los bienes de la salvación, concédenos experimentar la intercesión de aquélla de quien hemos recibido a tu Hijo Jesucristo, el autor de la vida. Él, que vive y reina contigo.


PRIMERA LECTURA: Números 6, 22-27

El Señor habló a Moisés: «Di a Aarón y a sus hijos: Ésta es la fórmula con que bendeciréis a los israelitas:

“El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor se fije en ti y te conceda la paz.” Así invocarán mi nombre sobre los israelitas, y yo los bendeciré.»


SALMO 66

El Señor tenga piedad y nos bendiga.

El Señor tenga piedad y nos bendiga, ilumine su rostro sobre nosotros; conozca la tierra tus caminos, todos los pueblos tu salvación.

Que canten de alegría las naciones, porque riges el mundo con justicia, riges los pueblos con rectitud y gobiernas las naciones de la tierra.

Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben. Que Dios nos bendiga; que le teman hasta los confines del orbe.


SEGUNDA LECTURA: Gálatas 4, 4-7

Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la Ley, para rescatar a los que estaban bajo la Ley, para que recibiéramos el ser hijos por adopción.

Como sois hijos, Dios envió a nuestros corazones al Espíritu de su Hijo que clama: «¡Abba! (Padre).» Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si eres hijo, eres también heredero por voluntad de Dios.


Aclamación antes del Evangelio: Hebreos 1, 1-2

En distintas ocasiones habló Dios antiguamente a nuestros padres por los profetas. Ahora, en esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo.


EVANGELIO: Lucas 2, 16-21

En aquel tiempo, los pastores fueron corriendo a Belén y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que les habían dicho de aquel niño.

Todos los que lo oían se admiraban de lo que les decían los pastores. Y María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón.

Los pastores se volvieron dando gloria y alabanza a Dios por lo que habían visto y oído; todo corno les habían dicho.

Al cumplirse los ocho días, tocaba circuncidar al niño, y le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción.


Antífona de comunión: Hebreos 13, 8

Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre.


HIJA DE SU HIJO

P. Raniero Cantalamessa, ofmcap

El pasaje evangélico recuerda la base real e histórica sobre la que se funda el título de Madre de Dios: «Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidarle, se le dio el nombre de Jesús, el que le dio el ángel antes de ser concebido en el seno de la madre».

Pero es Pablo quien, en la segunda lectura, nos ofrece la verdadera dimensión del misterio: «Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, y para que recibiéramos la filiación adoptiva».

Madre de Dios fue en el origen un título que concernía más a Jesús que a la Virgen. De Él nos atestigua que es verdadero hombre: «¿Por qué decimos que Cristo es hombre, sino porque es nacido de María que es una criatura humana?» (Tertuliano).

Nos atestigua, en segundo lugar, que es verdadero Dios. Sólo si Jesús es visto como Dios, es posible llamar a María «Madre de Dios».

Finalmente, de Jesús, atestigua que Él es Dios y hombre en una sola persona. Si en Jesús humanidad y divinidad hubieran estado unidas en cuanto a una unión sólo moral y no personal (así pensaban los herejes contra los cuales fue definido el título «Madre de Dios», Theotokos, en el Concilio de Éfeso del año 431), Ella no podría ya haber sido llamada Madre de «Dios», sino sólo Madre de «Jesús» o de «Cristo». María es aquella que hizo de Jesús nuestro hermano.

Eligiendo esta vía materna para manifestarse a nosotros, Dios reveló, al mismo tiempo, la dignidad de la mujer. «Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer».

Si San Pablo hubiera dicho: «nacido de María», se habría tratado sólo de un detalle biográfico; diciendo «nacido de mujer» dio a su afirmación un alcance universal e inmenso. Es la mujer misma, cada mujer, quien ha sido elevada, en María, a tal increíble altura. María es aquí la mujer.

Se habla mucho hoy de la promoción de la mujer, que es uno de los signos de los tiempos más bellos y alentadores. Pero Dios nos ha precedido mucho; confirió a la mujer un honor tal como para hacernos enmudecer a todos.

El título Madre de Dios nos habla, en fin, naturalmente de María. María es la única, en el universo, que puede decir, dirigiéndose a Jesús, lo que le dice a Él el Padre celestial: «¡Tú eres mi Hijo; yo te he engendrado hoy!» (Cf. Hb 1,5; Sal 2,7. Ndt).

San Ignacio de Antioquia dice, con toda sencillez, que Jesús es «de Dios y de María». Casi como decimos nosotros de un hombre que es hijo de éste y de ésta. Dante Alighieri encerró la doble paradoja de María, que es «virgen y madre» y «madre e hija», en un solo verso: «¡Virgen Madre, hija de tu Hijo!».

El título Madre de Dios basta por sí solo para fundar la grandeza de María y justificar el honor a Ella tributado. Se reprocha a veces a los católicos que exageran en el honor y en la importancia atribuidos a María, y en ocasiones hay que reconocer que el reproche no carecía de fundamento, al menos por el modo con que aquello se realizaba.

Pero jamás se piensa en lo que hizo Dios. Dios fue tan allá al honrar a María haciéndola Madre de Dios que ninguno puede decir más, «aunque tuviera -decía el propio Lutero- tantas lenguas cuantas briznas de hierba hay en la tierra».

El título de Madre de Dios es también hoy el punto de encuentro y la base común a todos los cristianos, del que volver a partir para reencontrar el acuerdo en torno al lugar de María en la fe.

Es el único título ecuménico, no sólo de derecho, porque fue definido en un Concilio ecuménico, sino también de hecho, en cuanto que es reconocido por todas las mayores Iglesias cristianas.

La oración mariana más antigua, Sub tuum praesidium, expresa la confianza y el consuelo que el pueblo cristiano siempre ha sacado de este título de la Virgen:

«Bajo tu protección nos acogemos, Santa Madre de Dios; no deseches las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades; antes bien, líbranos siempre de todo peligro, ¡oh Virgen gloriosa y bendita!».

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El maná de cada día, 29.12.19

diciembre 28, 2019

Domingo Octava de Navidad

La Sagrada Familia: Jesús, María y José

En Madrid Jornada Familia 2019.https://catequesis.archimadrid.es/jornada-familia-2019-la-familia-escuela-y-camino-de-la-santidad/

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José se levantó, cogió al niño y a su madre, de noche, y se fue a Egipto.

 

Antífona de entrada: Lucas 2, 16

Los pastores fueron corriendo y encontraron a María y a José y al niño acostado en un pesebre.


Oración colecta

Dios, Padre nuestro, que has propuesto a la Sagrada Familia como maravilloso ejemplo a los ojos de tu pueblo, concédenos, te rogamos, que imitando sus virtudes domésticas y su unión en el amor, lleguemos a gozar de los premios eternos en el hogar del cielo. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: Eclesiástico 3, 2-6. 12-14

Dios hace al padre más respetable que a los hijos y afirma la autoridad de la madre sobre su prole.

El que honra a su padre expía sus pecados, el que respeta a su madre acumula tesoros; el que honra a su padre se alegrará de sus hijos y, cuando rece, será escuchado; el que respeta a su padre tendrá larga vida, al que honra a su madre el Señor lo escucha.

Hijo mío, sé constante en honrar a tu padre, no lo abandones mientras vivas; aunque chochee, ten indulgencia, no lo abochornes mientras vivas.

La limosna del padre no se olvidará, será tenida en cuenta para pagar tus pecados.


SALMO 127, 1-2. 3. 4-5

Dichosos los que temen al Señor y siguen sus caminos.

Dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos. Comerás del fruto de tu trabajo, serás dichoso, te irá bien.

Tu mujer, como parra fecunda, en medio de tu casa; tus hijos, como renuevos de olivo, alrededor de tu mesa.

Ésta es la bendición del hombre que teme al Señor. Que el Señor te bendiga desde Sión, que veas la prosperidad de Jerusalén todos los días de tu vida.


SEGUNDA LECTURA: Colosenses 3, 12-21

Hermanos:

Como elegidos de Dios, santos y amados, vestíos de la misericordia entrañable, bondad, humildad, dulzura, comprensión.

Sobrellevaos mutuamente y perdonaos, cuando alguno tenga quejas contra otro.

El Señor os ha perdonado: haced vosotros lo mismo.

Y por encima de todo esto, el amor, que es el ceñidor de la unidad consumada.

Que la paz de Cristo actúe de árbitro en vuestro corazón; a ella habéis sido convocados, en un solo cuerpo.

Y sed agradecidos. La palabra de Cristo habite entre vosotros en toda su riqueza; enseñaos unos a otros con toda sabiduría; corregíos mutuamente.

Cantad a Dios, dadle gracias de corazón, con salmos, himnos y cánticos inspirados.

Y, todo lo que de palabra o de obra realicéis, sea todo en nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él.

Mujeres, vivid bajo la autoridad de vuestros maridos, como conviene en el Señor. Maridos, amad a vuestras mujeres, y no seáis ásperos con ellas.

Hijos, obedeced a vuestros padres en todo, que eso le gusta al Señor. Padres, no exasperéis a vuestros hijos, no sea que pierdan los ánimos.


Aclamación antes del Evangelio

Abre, Señor, nuestro corazón para que entendamos las palabras de tu Hijo.


EVANGELIO: Mateo 2, 13-15. 19-23

Cuando se marcharon los magos, el ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: «Levántate, coge al niño y a su madre, y huye a Egipto; quédate allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo.»

José se levantó, cogió al niño y a su madre, de noche, se fue a Egipto y se quedó hasta la muerte de Herodes. Así se cumplió lo que dijo el Señor por el profeta: «Llamé a mi hijo, para que saliera de Egipto.»

Cuando murió Herodes, el ángel del Señor se apareció de nuevo en sueños a José en Egipto y le dijo: «Levántate, coge al niño y a su madre y vuélvete a Israel; ya han muerto los que atentaban contra la vida del niño.»

Se levantó, cogió al niño y a su madre, y volvió a Israel. Pero, al enterarse de que Arquelao reinaba en Judea como sucesor de su padre Herodes, tuvo miedo de ir allá. Y, avisado en sueños, se retiró a Galilea y se estableció en un pueblo llamado Nazaret. Así se cumplió lo que dijeron los profetas, que se llamaría Nazareno.


Antífona de comunión: Baruc 3, 38

Nuestro Dios apareció en el mundo y vivió entre los hombres.
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ORACIÓN DEL PAPA FRANCISCO A LA SAGRADA FAMILIA

Jesús, María y José, en vosotros contemplamos el esplendor del verdadero amor,
a vosotros, confiados, nos dirigimos.
Santa 
Familia de Nazaret, haz también de nuestras familias
lugar de comunión y cenáculo de oración,
auténticas escuelas del Evangelio y pequeñas iglesias domésticas.
Santa Familia de Nazaret,
que nunca más haya en las familias episodios de violencia, de cerrazón y división;
que quien haya sido herido o escandalizado sea pronto consolado y curado.
Santa Familia de Nazaret,
haz tomar conciencia a todos del carácter sagrado e inviolable de la familia,
de su belleza en el proyecto de Dios.
Jesús, María y José,
escuchad, acoged nuestra súplica.
Amén.

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«Hombre y mujer los creó». Raniero Cantalamessa, ofmcap

El domingo después de Navidad se celebra la festividad de la Sagrada Familia de Jesús, María y José.

En la segunda lectura san Pablo dice: «Mujeres, sed sumisas a vuestros maridos, como conviene en el Señor. Maridos, amad a vuestras mujeres, y no seáis ásperos con ellas. Hijos, obedeced en todo a vuestros padres, porque esto es grato a Dios en el Señor. Padres, no exasperéis a vuestros hijos, no sea que se vuelvan apocados».

En este texto se presentan las dos relaciones fundamentales que, juntas, constituyen la familia: la relación esposa-esposo y la relación padres-hijos.

De las dos relaciones la más importante es la primera, la relación de pareja, porque de ella depende en gran parte la segunda, la de los hijos. Leyendo con perspectiva moderna aquellas palabras de Pablo, de inmediato salta a la vista una dificultad.

Pablo recomienda al marido que «ame» a la mujer (y esto está bien), pero después recomienda a la mujer que sea «sumisa» al marido, y esto, en una sociedad fuertemente (y justamente) consciente de la igualdad de sexos, parece inaceptable.

Sobre este punto san Pablo está, al menos en parte, condicionado por la mentalidad de su tiempo. Con todo, la solución no es eliminar de las relaciones entre marido y mujer la palabra «sumisión», sino en todo caso hacerla recíproca, como recíproco debe ser también el amor.

En otras palabras: no sólo el marido debe amar a la mujer, sino que también la mujer al marido; no sólo la mujer debe ser sumisa al marido, sino también el marido a la mujer. La sumisión no es sino un aspecto y una exigencia del amor.

Para quien ama, someterse al objeto del propio amor no humilla, sino que le hace feliz. Someterse significa, en este caso, no decidir solo; saber a veces renunciar al propio punto de vista.

En resumen, recordar que se ha pasado a ser «cónyuges», o sea, literalmente, personas que están bajo «el mismo yugo» libremente acogido.

La Biblia plantea una relación estrecha entre ser creados «a imagen de Dios» y el hecho de ser «hombre y mujer» (v. Gn 1,27). La semejanza consiste en esto. Dios es único y solo, pero no es solitario. El amor exige comunión, intercambio interpersonal, requiere que haya un «yo» y un «tú».

Por eso el Dios cristiano es uno y trino. En Él coexisten unidad y distinción: unidad de naturaleza, de voluntad, de intención, y distinción de características y de personas. Precisamente en esto la pareja humana es imagen de Dios.

La familia humana es reflejo de la Trinidad. Marido y mujer son, en efecto, una sola carne, un solo corazón, una sola alma, aun en la diversidad de sexo y de personalidad.

Los esposos están uno ante otro como un «yo» y un «tú», y están frente a todo el resto del mundo, empezando por los propios hijos, como un «nosotros», como si se tratara de una sola persona, pero ya no singular, sino plural. «Nosotros», o sea, «tu madre y yo», «tu padre y yo». Así habló María a Jesús, después de encontrarlo en el templo.

Sabemos bien que éste es el ideal y que, como en todas las cosas, la realidad es con frecuencia bastante diferente, más humilde y más compleja, a veces incluso trágica.

Pero estamos tan bombardeados de casos de fracasos que a lo mejor, por una vez, no está mal volver a proponer el ideal de la pareja, primero en el plano sencillamente natural y humano, y después en el cristiano.

¡Ay del llegar a avergonzarse de los ideales en nombre de un malentendido realismo! El final de una sociedad, en este caso de la familia, estaría marcado.

Los jóvenes tienen derecho a que se les transmitan, por parte de los mayores, ideales, y no sólo escepticismo y cinismo. Nada tiene la fuerza de atracción que posee el ideal.

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QUE TU FAMILIA SE PAREZCA A LA DE NAZARET

EN EL AMOR, LA UNIDAD Y EL SERVICIO

— Jesús quiso comenzar la Redención del mundo enraizado en una familia.

Cuando cumplieron todas las cosas mandadas en la Ley del Señor regresaron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño iba creciendo y fortaleciéndose lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba en él1.

El Mesías quiso comenzar su tarea redentora en el seno de una familia sencilla, normal. Lo primero que santificó Jesús con su presencia fue un hogar. Nada ocurre de extraordinario en estos años de Nazaret, donde Jesús pasa la mayor parte de su vida.

José era el cabeza de familia; como padre legal, él era quien sostenía a Jesús y a María con su trabajo. Es él quien recibe el mensaje del nombre que ha de poner al Niño: Le pondrás por nombre Jesús; y los que tienen como fin la protección del Hijo: Levántate, toma al Niño y huye a Egipto. Levántate, toma al Niño y vuelve a la patria. No vayas a Belén, sino a Nazaret. De él aprendió Jesús su propio oficio, el medio de ganarse la vida. Jesús le manifestaría muchas veces su admiración y su cariño.

De María, Jesús aprendió formas de hablar, dichos populares llenos de sabiduría, que más tarde empleará en su predicación. Vio cómo Ella guardaba un poco de masa de un día para otro, para que se hiciera levadura; le echaba agua y la mezclaba con la nueva masa, dejándola fermentar bien arropada con un paño limpio.

Cuando la Madre remendaba la ropa, el Niño la observaba. Si un vestido tenía una rasgadura buscaba Ella un pedazo de paño que se acomodase al remiendo. Jesús, con la curiosidad propia de los niños, le preguntaba por qué no empleaba una tela nueva; la Virgen le explicaba que los retazos nuevos cuando se mojan tiran del paño anterior y lo rasgan; por eso había que hacer el remiendo con un paño viejo…

Los vestidos mejores, los de fiesta, solían guardarse en un arca. María ponía gran cuidado en meter también determinadas plantas olorosas para evitar que la polilla los destrozara. Años más tarde, esos sucesos aparecerán en la predicación de Jesús.

No podemos olvidar esta enseñanza fundamental para nuestra vida corriente: “la casi totalidad de los días que Nuestra Señora pasó en la tierra transcurrieron de una manera muy parecida a las jornadas de otros millones de mujeres, ocupadas en cuidar de su familia, en educar a sus hijos, en sacar adelante las tareas del hogar. María santifica lo más menudo, lo que muchos consideran erróneamente como intrascendente y sin valor: el trabajo de cada día, los detalles de atención hacia las personas queridas, las conversaciones y las visitas con motivo de parentesco o de amistad. ¡Bendita normalidad, que puede estar llena de tanto amor a Dios!”2.

Entre José y María había cariño santo, espíritu de servicio, comprensión y deseos de hacerse la vida feliz mutuamente. Así es la familia de Jesús: sagrada, santa, ejemplar, modelo de virtudes humanas, dispuesta a cumplir con exactitud la voluntad de Dios.

El hogar cristiano debe ser imitación del de Nazaret: un lugar donde quepa Dios y pueda estar en el centro del amor que todos se tienen.

¿Es así nuestro hogar? ¿Le dedicamos el tiempo y la atención que merece? ¿Es Jesús el centro? ¿Nos desvivimos por los demás? Son preguntas que pueden ser oportunas en nuestra oración de hoy, mientras contemplamos a Jesús, a María y a José en la fiesta que les dedica la Iglesia. (HABLAR CON DIOS, P. Fernández Carvajal)


El maná de cada día, 25.12.19

diciembre 25, 2019

25 de Diciembre. Natividad del Señor

Misa del día

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Hoy, desde el Cielo, ha descendido la paz sobre nosotros

Hoy, desde el Cielo, ha descendido la paz sobre nosotros

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Antífona de entrada: Isaías 9, 6

Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado; lleva a hombros el principado, y es su nombre: Mensajero del designio divino.


Oración colecta

Oh Dios, que de modo admirable has creado al hombre a tu imagen y semejanza, y de un modo más admirable todavía restableciste su dignidad por Jesucristo, concédenos compartir la vida divina de aquél que hoy se ha dignado compartir con el hombre la condición humana. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: Isaías 52, 7-10

¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae la Buena Nueva, que pregona la victoria, que dice a Sión: «Tu Dios es rey!» Escucha: tus vigías gritan, cantan a coro, porque ven cara a cara al Señor, que vuelve a Sión.

Romped a cantar a coro, ruinas de Jerusalén, que el Señor consuela a su pueblo, rescata a Jerusalén; el Señor desnuda su santo brazo a la vista de todas las naciones, y verán los confines de la tierra la victoria de nuestro Dios.


SALMO 97, 1.2-3ab.3cd-4.5-6

Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios

Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas: su diestra le ha dado la victoria, su santo brazo.

El Señor da a conocer su victoria, revela a las naciones su justicia: se acordó de su misericordia y su fidelidad en favor de la casa de Israel.

Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios. Aclama al Señor, tierra entera; gritad, vitoread, tocad.

Tañed la cítara para el Señor, suenen los instrumentos: con clarines y al son de trompetas, aclamad al Rey y Señor.


SEGUNDA LECTURA: Hebreos 1, 1-6

En distintas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a nuestros padres por los profetas. Ahora, en esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo, al que ha nombrado heredero de todo, y por medio del cual ha ido realizando las edades del mundo.

Él es reflejo de su gloria, impronta de su ser. Él sostiene el universo con su palabra poderosa.

Y, habiendo realizado la purificación de los pecados, está sentado a la derecha de su majestad en las alturas; tanto más encumbrado sobre los ángeles, cuanto más sublime es el nombre que ha heredado.

Pues, ¿a qué ángel dijo jamás: «Hijo mío eres tú, hoy te he engendrado», o: «Yo seré para él un padre, y el será para mí un hijo»? Y en otro pasaje, al introducir en el mundo al primogénito, dice: «Adórenlo todos los ángeles de Dios.»


Aclamación antes del Evangelio

Nos ha amanecido un día sagrado; venid, naciones, adorad al Señor, porque hoy una gran luz ha bajado a la tierra.


EVANGELIO: Juan 1, 1-18

En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. La Palabra en el principio estaba junto a Dios.

Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho. En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió.

Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz. La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre.

Al mundo vino, y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre.

Éstos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios.

Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad. Juan da testimonio de él y grita diciendo: «Éste es de quien dije: “El que viene detrás de mí pasa delante de mí, porque existía antes que yo.”»

Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia. Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer.


Antífona de comunión: Salmo 98, 3

Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios.

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Reconoce, cristiano, tu dignidad

San León Magno, papa

(Sermón en la Natividad del Señor 1, 1-3)

Hoy, queridos hermanos, ha nacido nuestro Salvador; alegrémonos. No puede haber lugar para la tristeza, cuando acaba de nacer la vida; la misma que acaba con el te­nor de la mortalidad, y nos infunde la alegría de la eter­nidad prometida.

Nadie tiene por qué sentirse alejado de la participación de semejante gozo, a todos es común la razón para el júbi­lo: porque nuestro Señor, destructor del pecado y de la muerte, como no ha encontrado a nadie libre de culpa, ha venido para liberarnos a todos. Alégrese el santo, puesto que se acerca a la victoria; regocíjese el pecador, puesto que se le invita al perdón; anímese el gentil, ya que se le llama a la vida.

Pues el Hijo de Dios, al cumplirse la plenitud de los tiempos, establecidos por los inescrutables y supremos de­signios divinos, asumió la naturaleza del género humano para reconciliarla con su Creador, de modo que el demo­nio, autor de la muerte, se viera vencido por la misma naturaleza gracias a la cual había vencido.

Por eso, cuando nace el Señor, los ángeles cantan jubi­losos: Gloria a Dios en el cielo, y anuncian: y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor. Pues están viendo cómo la Jerusalén celestial se construye con gentes de todo el mundo; ¿cómo, pues, no habrá de alegrarse la humildad de los hombres con tan sublime acción de la piedad divina, cuando tanto se entusiasma la sublimi­dad de los ángeles?

Demos, por tanto, queridos hermanos, gracias a Dios Padre por medio de su Hijo, en el Espíritu Santo, puesto que se apiadó de nosotros a causa de la inmensa miseri­cordia con que nos amó; estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho vivir con Cristo, para que gracias a él fuésemos una nueva creatura, una nueva creación.

Despojémonos, por tanto, del hombre viejo con todas sus obras y, ya que hemos recibido la participación de la generación de Cristo, renunciemos a las obras de la carne.

Reconoce, cristiano, tu dignidad y, puesto que has sido hecho partícipe de la naturaleza divina, no pienses en volver con un comportamiento indigno a las antiguas vilezas. Piensa de qué cabeza y de qué cuerpo eres miembro. No olvides que fuiste liberado del poder de las tinie­blas y trasladado a la luz y al reino de Dios.

Gracias al sacramento del bautismo te has convertido en templo del Espíritu Santo; no se te ocurra ahuyentar con tus malas acciones a tan noble huésped, ni volver a someterte a la servidumbre del demonio: porque tu precio es la sangre de Cristo.



También nosotros seremos «gloria a Dios en las alturas» (Lc 2, 1-14)

Cuando se nos leyó el evangelio, escuchamos las palabras mediante las cuales los ángeles anunciaron a los pastores el nacimiento del Señor Jesucristo de una virgen: Gloria a Dios en los cielos, y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad. Palabras de fiesta y de congratulación no sólo para la mujer cuyo seno había dado a luz al niño, sino también para el género humano, en cuyo beneficio la virgen había alumbrado al Salvador.

En verdad era digno y de todo punto conveniente que la que había procreado al señor de cielo y tierra y había permanecido virgen después de dar a luz, viera celebrado su alumbramiento no con festejos humanos de algunas mujercillas, sino con los divinos cánticos de alabanza de un ángel.

Digámoslo, pues, también nosotros, y digámoslo con el mayor gozo que nos sea posible; nosotros que no anunciamos su nacimiento a pastores de ovejas, sino que lo celebramos en compañía de sus ovejas; digamos también nosotros, vuelvo a repetirlo, con un corazón lleno de fe y con devota voz: Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad.

Meditemos con fe, esperanza y caridad estas palabras divinas, este cántico de alabanza a Dios, este gozo angélico, considerado con toda la atención de que seamos capaces. Tal como creemos, esperamos y deseamos, también nosotros seremos «gloria a Dios en las alturas» cuando, una vez resucitado el cuerpo espiritual, seamos llevados al encuentro en las nubes con Cristo, a condición de que ahora, mientras nos hallamos en la tierra, busquemos la paz con buena voluntad.

Vida en las alturas ciertamente, porque allí está la región de los vivos; días buenos también allí donde el Señor es siempre el mismo y sus años no pasan. Pero quien ame la vida y desee ver los días buenos, cohíba su lengua del mal y no hablen mentira sus labios; apártese del mal y obre el bien, y conviértase así en hombre de buena voluntad. Busque la paz y persígala, pues paz en la tierra a los hombres de buena voluntad.

(San Agustín, Sermón 193, 1)

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El precio para comprar la Palabra es el mismo comprador

San Agustín, Sermón 117, 1-5

El comienzo del evangelio de san Juan que se nos acaba de leer, amadísimos hermanos, reclama la pureza del ojo del corazón. En él se nos presenta a nuestro Señor Jesucristo, tanto en su divinidad en cuanto creador de todo, como en su humanidad en cuanto reparador de la criatura caída. En el mismo evangelio encontramos quién fue Juan y cuál su grandeza.

En la excelencia, pues, del ministro podemos entrever cuán alto es el precio de la palabra que tal boca pudo proferir; mejor, cómo carece de precio la Palabra que supera a todas las palabras.

Es por relación a su precio por lo que una cosa se la iguala a otra o se la pone por debajo o por encima. Si alguien la compra en su valor hay ecuación entre el precio y lo comprado; si en menos, la cosa le queda por debajo; si en más, por encima.

Pero a la Palabra de Dios nada puede igualarse, ni es posible hacerla bajar de precio ni que nada la supere. Todas las cosas pueden quedar por debajo de la Palabra de Dios, puesto que todas han sido hechas por ella (Jn 1,3), mas no en concepto de precio de la Palabra, como si pudiese alguien apropiárselo dando algo.

Con todo, si puede hablarse así, y alguna razón o la costumbre admite este lenguaje, el precio para comprar la Palabra es el mismo comprador, si se da a sí mismo a esta Palabra en beneficio de sí mismo. Así, cuando compramos algo, recurrimos a algo que dar, para, dado su valor equivalente, adquirir la cosa que deseamos comprar.

Ahora bien, lo que damos es algo exterior a nosotros; o si está en nosotros, sale de nosotros lo que damos, para que venga a nosotros lo que compramos. Sea cual sea el valor al que recurre quien compra, necesariamente acontece que uno da lo que tiene para adquirir lo que no tiene. Mas quien da el precio permanece siendo el mismo, aunque se le agrega aquello por lo que ha dado el precio.

En cambio, quien quiera comprar esta Palabra, quien quiera poseerla, no busque fuera de sí qué dar, dése a sí mismo. Al hacerlo no se pierde a sí mismo como pierde el precio cuando compra algo.

La Palabra de Dios se ofrece a todos; cómprenla quienes puedan. Pueden todos los que piadosamente lo quieren. En esa Palabra se encuentra la paz; y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad (Cf. Lc 2,14).

Por tanto, quien quiera comprarla, dése a sí mismo. Él es como el precio de la Palabra, si es posible expresarse así; quien lo da no se pierde a sí mismo, a la vez que adquiere la Palabra por la que se da, y se adquiere a sí mismo en la Palabra por la que se da.

¿Qué da a la Palabra? Nada que no pertenezca ya a aquella por quien se da; antes bien, se devuelve a la Palabra para que ella rehaga lo que por ella fue hecho. Todas las cosas fueron hechas por ella (Jn 1,3).

Si todas las cosas, también el hombre. Si el cielo, si la tierra, si el mar, si cuanto hay en ellos, si toda criatura, más evidente es aún que también fue creado por la Palabra el hombre hecho a imagen de Dios.

No nos ocupamos ahora, hermanos, de cómo puedan entenderse estas palabras: En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba junto a Dios y la Palabra era Dios (Jn. 1,1).

Pueden ser entendidas de manera inefable; su inteligencia no la procuran las palabras humanas. Nos ocupamos de la Palabra de Dios e indicamos por qué no se la comprende. No hablamos ahora para hacerla comprensible, sino que exponemos lo que impide su comprensión.

La Palabra de Dios es una cierta forma, pero una forma no formada, forma de todos los seres que tienen forma; forma inmutable, estable, a la que nada le falta; sin tiempo ni lugar, que lo trasciende todo, que se alza por encima de todas las cosas, fundamento donde se apoyan y remate que a todas cobija.

Si dices que todas las cosas están en ella, dices verdad. A la misma Palabra se la designó como Sabiduría de Dios, pues dice la Escritura: Hiciste todas las cosas en la Sabiduría (Sal 103,24). Así, pues, en ella están todas las cosas y, con todo, por ser Dios, todas están debajo de ella. De lo dicho se deduce lo incomprensible del texto leído.

Pero fue leído no para que el hombre lo comprenda, sino para que se duela de no comprenderlo, descubra lo que le impide la comprensión, lo remueva y suspire por la percepción de la Palabra inconmutable, una vez que él haya cambiado de peor a mejor. La Palabra no obtiene provecho ni crece cuando la conocen; sea que tú te quedes, te marches o vuelvas, ella permanece íntegra en sí, aunque renueva todas las cosas.

Es, pues, la forma de todas la cosas, forma no hecha, sin tiempo ni lugar, como dijimos. Todo lo contenido en un lugar está circunscrito. La forma se circunscribe por sus límites, tiene un punto de partida y otro de llegada. Además, lo contenido en un lugar tiene cierto volumen y ocupa un espacio y es menor en la parte que en el todo. Haga Dios que lo entendáis.

Por los que tenemos ante los ojos, que vemos, tocamos, y entre los cuales andamos, podemos deducir que todo cuerpo que se halla en un lugar tiene una forma. Lo que ocupa un lugar es menor en la parte que en el todo.

El brazo, por ejemplo, es una parte del cuerpo humano y, ciertamente es menor que el cuerpo entero. Y cuanto más pequeño sea el brazo, menor es el lugar que ocupa…

Del mismo modo, en todo lo que ocupa un lugar, la parte es menor que el todo. No nos imaginemos, no pensemos de la Palabra nada parecido. No nos figuremos las cosas espirituales al talle de la carne. Aquella Palabra, Dios, no es menor en la parte que en el todo.

Pero no puedes concebir una cosa tal. Vale más la ignorancia piadosa que la ciencia presuntuosa. Estamos hablando de Dios. Se dijo: La Palabra era Dios (Jn 1,1)

Hablamos de Dios: ¿qué tiene de extraño el que no lo comprendas? Si lo comprendes, no es Dios. Hagamos piadosa confesión de ignorancia, más que temeraria confesión de ciencia. Tocar a Dios con la mente, aunque sea un poquito, es una gran dicha; comprenderlo, es absolutamente imposible…

¿Qué se puede decir de la Palabra, hermanos? Si los cuerpos que tenemos ante los ojos no pueden abrazarse con la mirada, ¿qué ojo del corazón puede comprender a Dios? Basta con que le toque, si está purificado. Si le toca, lo hace con cierto tacto incorpóreo y espiritual, pero no lo comprende. Y aún aquello, a condición de estar purificado. El hombre se hace bienaventurado tocando con el corazón lo que permanece siempre bienaventurado.

En eso consiste la felicidad perpetua y la vida perpetua, de donde se deriva al hombre la vida; la sabiduría perfecta, de donde le viene al hombre el ser sabio; la luz sempiterna de donde la viene su luz al hombre. Ve ahora cómo tocándole te haces lo que no eras, sin convertir en lo que no era a lo que has tocado. Esto es lo que afirmo: Dios no es más por ser conocido, pero el conocedor sí es más conociendo a Dios.

No pensemos, hermanos, que prestamos un beneficio a Dios, por haber dicho que en cierto modo damos un precio por él. Nada le damos que le haga aumentar, puesto que aunque tú caigas, aunque vuelvas, él permanece íntegro, dispuesto a dejarse ver para hacer felices a los que retornan y cegar a los alejados. La primera represalia divina con el alma que se aleja de Dios es cegarla. Quien ciega los ojos a la luz verdadera, es decir, a Dios, queda sin más a oscuras. Aunque no experimente el castigo, ya lo tiene sobre sí.

 


El maná de cada día, 25.12.19

diciembre 24, 2019

Natividad del Señor

Misa de medianoche

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Gloria a Dios en el cielo y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad

Gloria a Dios en el cielo y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad

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Antífona de entrada: Salmo 2, 7

El Señor me ha dicho: Tú eres mi Hijo, yo te engendrado hoy.


Oración colecta

Oh Dios, que has iluminado esta noche santa con el nacimiento de Cristo, la luz verdadera, concédenos gozar en el cielo con el esplendor de su gloria a los que hemos experimentado la claridad de su presencia en la tierra. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: Isaías 9, 1-3. 5-6

El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban tierra de sombras, y una luz les brilló.

Acreciste la alegría, aumentaste el gozo; se gozan en tu presencia, como gozan al segar, como se alegran al repartirse el botín. Porque la vara del opresor, y el yugo de su carga, el bastón de su hombro, los quebrantaste como el día de Madián.

Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado: lleva a hombros el principado, y es su nombre: «Maravilla de Consejero, Dios guerrero, Padre perpetuo, Príncipe de la paz.»

Para dilatar el principado, con una paz sin límites, sobre el trono de David y sobre su reino. Para sostenerlo y consolidarlo con la justicia y el derecho desde ahora y por siempre. El celo del Señor lo realizará.


SALMO 95

Hoy nos ha nacido el Salvador: el Mesías, el Señor.

Cantad al Señor un cántico nuevo, cantad al Señor, toda la tierra; cantad al Señor, bendecid su nombre.

Proclamad día tras día su victoria. Contad a los pueblos su gloria, sus maravillas a todas las naciones.

Alégrese el cielo, goce la tierra, retumbe el mar y cuanto lo llena; vitoreen los campos y cuanto hay en ellos, aclamen los árboles del bosque.

Delante del Señor que ya llega, ya llega a regir la tierra: regirá el orbe con justicia y los pueblos con fidelidad.


SEGUNDA LECTURA: Tito 2, 11-14

Ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres, enseñándonos a renunciar a la impiedad y a los deseos mundanos, y a llevar ya desde ahora una vida sobria, honrada y religiosa, aguardando la dicha que esperamos: la aparición gloriosa del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo.

Él se entregó por nosotros para rescatarnos de toda maldad y para prepararse un pueblo purificado, dedicado a las buenas obras.


Aclamación antes del Evangelio: Lucas 2, 10-11

Os traigo una buena noticia, una gran alegría: nos ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor.


EVANGELIO: Lucas 2, 1-14

En aquel tiempo, salió un decreto del emperador Augusto, ordenando hacer un censo del mundo entero.

Este fue el primer censo que se hizo siendo Cirino gobernador de Siria. Y todos iban a inscribirse, cada cual a su ciudad.

También José, que era de la casa y familia de David, subió desde la ciudad de Nazaret, en Galilea, a la ciudad de David, que se llama Belén, en Judea, para inscribirse con su esposa María, que estaba encinta.

Y mientras estaba allí le llegó el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en la posada.

En aquella región había unos pastores que pasaban la noche al aire libre, velando por turno su rebaño.

Y un ángel del Señor se les presentó; la gloria del Señor los envolvió de claridad, y se llenaron de gran temor.

El ángel les dijo: «No temáis, os traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor. Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre.»

De pronto, en torno al ángel, apareció una legión del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: «Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor.»


Antífona de comunión: Juan 1, 14

La Palabra se hizo carne y hemos contemplado su gloria.


Palabras de fiesta y congratulación

San Agustín, Sermón 193, 1

Cuando se nos leyó el evangelio, escuchamos las palabras mediante las cuales los ángeles anunciaron a los pastores el nacimiento, de una virgen, de Jesucristo el Señor: Gloria a Dios en los cielos y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad (Lc 2,14).

Palabras de fiesta y de congratulación, no sólo para la mujer cuyo seno había dado a luz al niño, sino también para el género humano, en cuyo beneficio la virgen había alumbrado al Salvador.

En verdad era digno y de todo punto conveniente que la que había procreado al Señor de cielo y tierra y había permanecido virgen después de dar a luz, viera celebrado su alumbramiento no con festejos humanos de algunas mujercillas, sino con los divinos cánticos de alabanza de un ángel.

Digámoslo, pues, también nosotros, y digámoslo con el mayor gozo que nos sea posible; nosotros que no anunciamos su nacimiento a pastores de ovejas, sino que lo celebramos en compañía de sus ovejas; digamos también nosotros, vuelvo a repetirlo, con un corazón lleno de fe y con devota voz:

Gloria a Dios en el cielo y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad.

Meditemos con fe, esperanza y caridad estas palabras divinas, este cántico de alabanza a Dios, este gozo angélico, considerado con toda la atención de que seamos capaces.

Tal como creemos, esperamos y deseamos, también nosotros seremos «gloria a Dios en las alturas» cuando, una vez resucitado el cuerpo espiritual, seamos llevados al encuentro en las nubes con Cristo, a condición de que ahora, mientras nos hallamos en la tierra, busquemos la paz con buena voluntad.

Vida en las alturas ciertamente, porque allí está la región de los vivos; días buenos también allí donde el Señor es siempre el mismo y sus años no pasan.

Pero quien ame la vida y desee ver días buenos, cohíba su lengua del mal y no hablen mentira sus labios; apártese del mal y obre el bien, y conviértase así en hombre de buena voluntad.

Busque la paz y persígala, pues paz en la tierra a los hombres de buena voluntad.


El maná de cada día, 22.12.19

diciembre 21, 2019

Domingo IV de Adviento, Ciclo A

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La virgen está encinta y dará a luz un hijo

 

Antífona de la O: ¡Oh llave de David!

Sagrado Cetro,
en donde Dios ejerce sus poderes:
recibes en herencia los misterios
y entregas sus riquezas al que quieres.
Si cierras Tú, cerrados permanecen,
y quedan manifiestos si los abres:
al hombre sin orgullo entrada ofreces
y ocultas su valor al arrogante.
Desata al pecador de su pecado
y da tu libertad al que es esclavo.

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Antífona de entrada: Is 45,8

Cielos, destilad el rocío; nubes, derramad la victoria; ábrase la tierra y brote la salvación.


Oración colecta

Derrama, Señor, tu gracia sobre nosotros, que por el anuncio del ángel hemos conocido la encarnación de tu Hijo, para que lleguemos por su pasión y su cruz a la gloria de la resurrección. Por nuestro Señor.


PRIMERA LECTURA: Is 7,10-14

En aquellos días, dijo el Señor a Acaz: «Pide una señal al Señor, tu Dios: en lo hondo del abismo o en lo alto del cielo».

Respondió Acaz: «No la pido, no quiero tentar al Señor».

Entonces dijo Dios: «Escucha, casa de David: ¿No os basta cansar a los hombres, que cansáis incluso a mi Dios? Pues el Señor, por su cuenta, os dará una señal: Mirad, la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa “Dios-con-nosotros”».


SALMO 23

Va a entrar el Señor, él es el Rey de la gloria.

Del Señor es la tierra y cuanto la llena, el orbe y todos sus habitantes: él la fundó sobre los mares, él la afianzó sobre los ríos.

¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en el recinto sacro? El hombre de manos inocentes y puro corazón, que no confía en los ídolos.

Ése recibirá la bendición del Señor, le hará justicia el Dios de salvación. Éste es el grupo que busca al Señor, que viene a tu presencia, Dios de Jacob.


SEGUNDA LECTURA: Rom 1, 1-7

Pablo, siervo de Cristo Jesús, llamado a ser apóstol, escogido para anunciar el Evangelio de Dios.

Este Evangelio, prometido ya por sus profetas en las Escrituras santas, se refiere a su Hijo, nacido, según la carne, de la estirpe de David; constituido, según el Espíritu Santo, Hijo de Dios, con pleno poder por su resurrección de la muerte: Jesucristo, nuestro Señor.

Por él hemos recibido este don y esta misión: hacer que todos los gentiles respondan a la fe, para gloria de su nombre. Entre ellos estáis también vosotros, llamados por Cristo Jesús.

A todos los de Roma, a quienes Dios ama y ha llamado a formar parte de los santos, os deseo la gracia y la paz de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo.


Aclamación antes del Evangelio: Mt 1, 23

Mirad, la Virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Enmanuel, «Dios-con-nosotros».


EVANGELIO: Mt 1, 18-24

El nacimiento de Jesucristo fue de esta manera: María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era justo y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto.

Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo: «José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados».

Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por el Profeta: «Mirad: la Virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Enmanuel, que significa “Dios-con-nosotros”».

Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y se llevó a casa a su mujer.


Antífona de comunión: Is 7, 14

Mirad: La Virgen está encinta y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Dios-con-nosotros.

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PREGUNTAS AL PAPA FRANCISCO SOBRE LA NAVIDAD

Francisco cuenta a “La Stampa” y a “Vatican Insider” su primera Navidad como Obispo de Roma.

¿Qué significa para usted la Navidad?

Es el encuentro con Jesús. Dios siempre ha buscado a su pueblo, lo ha guiado, lo ha custodiado, ha prometido que le estará siempre cerca. En el Libro del Deuteronomio leemos que Dios camina con nosotros, nos guía de la mano como hace un papá con su hijo. Esto es hermoso.

La Navidad es el encuentro de Dios con su pueblo. Y también es una consolación, un misterio de consolación. Muchas veces, después de la misa de Nochebuena, pasé algunas horas solo, en la capilla, antes de celebrar la misa de la aurora, con un sentimiento de profunda consolación y paz.

Recuerdo una vez aquí en Roma, creo que era la Navidad de 1974, en una noche de oración después de la misa en la residencia del Centro Astalli. Para mí la Navidad siempre ha sido esto: contemplar la visita de Dios a su pueblo.

¿Cuál es el mensaje de la Navidad para las personas de hoy?

Nos habla de la ternura y de la esperanza. Dios, al encontrarse con nosotros, nos dice dos cosas.

La primera: tengan esperanza. Dios siempre abre las puertas, no las cierra nunca. Es el papá que nos abre las puertas. Segunda: no tengan miedo de la ternura.

Cuando los cristianos se olvidan de la esperanza y de la ternura se vuelven una Iglesia fría, que no sabe dónde ir y se enreda en las ideologías, en las actitudes mundanas. Mientras la sencillez de Dios te dice: sigue adelante, yo soy un Padre que te acaricia. Tengo miedo cuando los cristianos pierden la esperanza y la capacidad de abrazar y acariciar.

Tal vez por esto, mirando hacia el futuro, hablo a menudo sobre los niños y los ancianos, es decir los más indefensos. En mi vida como sacerdote, yendo a la parroquia, siempre traté de transmitir esta ternura, sobre todo a los niños y a los ancianos. Me hace bien, y pienso en la ternura que Dios tiene por nosotros.

¿Cómo es posible creer que Dios, considerado por las religiones como infinito y omnipotente, se haga tan pequeño?

Los Padres griegos la llamaban “synkatábasis”, condescendencia divina. Dios que desciende y está con nosotros. Es uno de los misterios de Dios. En Belén, en el 2000, Juan Pablo II dijo que Dios se convirtió en un niño que dependía totalmente de los cuidados de un papá y de una mamá.

Por esto la Navidad nos da tanta alegría. Ya no nos sentimos solos, Dios descendió para estar con nosotros. Jesús se hizo uno de nosotros y sufrió por nosotros el final más terrible en la cruz, el de un criminal.

A menudo se presenta la Navidad como una fábula de ensueño. Pero Dios nace en un mundo en el que también hay mucho sufrimiento y miseria…

Lo que leemos en los Evangelios es un anuncio de alegría. Los evangelistas describen una alegría. No hacen consideraciones sobre el mundo injusto, sobre cómo pudo nacer Dios en un mundo así. Todo esto es fruto de nuestra contemplación: los pobres, el niño que nace en la precariedad.

La Navidad no fue una denuncia de la injusticia social, de la pobreza, sino un anuncio de alegría. Todo lo demás son conclusiones que sacamos nosotros. Algunas correctas, otras menos y otras más ideologizadas. La Navidad es alegría, alegría religiosa, alegría de Dios, interior, de luz, de paz.

Cuando no se tiene la capacidad o se está en una situación humana que no te permite comprender esta alegría, se vive la fiesta con alegría mundana. Pero entre la alegría profunda y la alegría mundana hay mucha diferencia.

Es su primera Navidad como Obispo de Roma, en un mundo lleno de conflictos y guerras…

Dios nunca da un don a quien no es capaz de recibirlo. Si nos ofrece el don de la Navidad es porque todos tenemos la capacidad para comprenderlo y recibirlo. Todos, desde el más santo hasta el más pecador, desde el más limpio hasta el más corrupto. Incluso el corrupto tiene esta capacidad: pobrecito, la tiene un poco oxidada, pero la tiene.

La Navidad en este tiempo de conflictos es un llamado de Dios, que nos da este don. ¿Queremos recibirlo o preferimos otros regalos? Esta Navidad en un mundo afectado por las guerras me hace pensar en la paciencia de Dios.

La principal virtud de Dios, indicada en la Biblia, es que Él es amor. Él nos espera, no se cansa nunca de esperarnos. Él da el don y después nos espera. Esto sucede en la vida de cada uno de nosotros. Hay algunos que lo ignoran. Pero Dios es paciente y la paz, la serenidad de la noche de Navidad, es un reflejo de la paciencia de Dios hacia nosotros.

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Carta Apostólica del Papa Francisco sobre el significado del Pesebre, “Admirabile Signum:

https://ismaelojeda.wordpress.com/2019/12/01/carta-apostolica-admirabile-signum-del-papa-francisco-sobre-el-significado-del-pesebre/


El maná de cada día, 21.12.19

diciembre 21, 2019

21 de Diciembre. Feria de Adviento

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El amor es generoso y servicial

 

Antífona de entrada: Isaías 7, 14; 8, 10

Muy pronto vendrá el Señor que domina los pueblos, y se llamará Emmanuel, porque tendremos a Dios-con-nosotros.


Oración colecta

Escucha, Señor, la oración de tu pueblo, alegre por la venida de tu Hijo en carne mortal, y haz que, cuando vuelva en su gloria, al final de los tiempos, podamos alegrarnos de escuchar de sus labios la invitación a poseer el reino eterno. Por nuestro Señor Jesucristo.

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PRIMERA LECTURA: Cantar de los Cantares 2, 8-14

¡Oíd, que llega mi amado, saltando sobre los montes, brincando por los collados! Es mi amado como un gamo, es mi amado un cervatillo.

Mirad: se ha parado detrás de la tapia, atisba por las ventanas, mira por las celosías. Habla mi amado y me dice: «¡Levántate, amada mía, hermosa mía, ven a mí!

Porque ha pasado el invierno, las lluvias han cesado y se han ido, brotan flores en la vega, llega el tiempo de la poda, el arrullo de la tórtola se deja oír en los campos; apuntan los frutos en la higuera, la viña en flor difunde perfume.

¡Levántate, amada mía, hermosa mía, ven a mí!

Paloma mía, que anidas en los huecos de la peña, en las grietas del barranco, déjame ver tu figura, déjame escuchar tu voz, porque es muy dulce tu voz, y es hermosa tu figura.»
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SALMO 32, 2-3.11-12.20-21

Aclamad, justos, al Señor, cantadle un cántico nuevo.

Dad gracias al Señor con la cítara, tocad en su honor el arpa de diez cuerdas; cantadle un cántico nuevo, acompañando los vítores con bordones.

El plan del Señor subsiste por siempre, los proyectos de su corazón, de edad en edad. Dichosa la nación cuyo Dios es el Señor, el pueblo que él se escogió como heredad.

Nosotros aguardamos al Señor: él es nuestro auxilio y escudo; con él se alegra nuestro corazón, en su santo nombre confiamos.
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Aclamación antes del Evangelio

Emmanuel, rey y legislador nuestro, ven a salvarnos, Señor, Dios nuestro.


EVANGELIO: Lucas 1, 39-45

Unos días después, María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre.

Se llenó Isabel del Espíritu Santo y dijo a voz en grito: «¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?

En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá.»


Antífona de comunión: Lucas 1,45

Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá.
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GENEROSIDAD Y ESPÍRITU DE SERVICIO

P. Francisco Fernández Carvajal

Por aquellos días, María se levantó, y marchó deprisa a la montaña, a una ciudad de Judá; y entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel1.

La Virgen se da del todo a lo que Dios le pide. En un momento sus planes personales –los tendría– quedan en un rincón para hacer lo que Dios le propone. No puso excusas. Desde el primer momento, Jesús es el ideal único y grandioso para el que vive.

Nuestra Señora manifestó una generosidad sin límites a lo largo de toda su existencia aquí en la tierra. De los pocos pasajes del Evangelio que se refieren a su vida, dos de ellos nos hablan directamente de su atención a los demás: fue generosa con su tiempo para atender a su prima Santa Isabel hasta que nació Juan2; estuvo preocupada por el bienestar de los demás, como nos muestra su intervención en las bodas de Caná3.

Fueron actitudes habituales en Ella. Mucho tendrían que decirnos sus paisanos de Nazaret de los incontables detalles de María con ellos en la convivencia diaria.

La Virgen no piensa en sí misma, sino en los demás. Trabaja en las faenas de la casa con la mayor sencillez y con mucha alegría; también con gran recogimiento interior, porque sabe que el Señor está en Ella. Todo queda santificado en la casa de Isabel por la presencia de la Virgen y del Niño que va en su seno.

En María comprobamos que la generosidad es la virtud de las almas grandes, que saben encontrar la mejor retribución en el haber dado: habéis recibido gratis, dad gratis4. La persona generosa sabe dar cariño, comprensión, ayudas materiales…, y no exige que la quieran, la comprendan, la ayuden.

Da, y se olvida de que ha dado. Ahí está toda su riqueza. Ha comprendido que es mejor dar que recibir5.

Descubre que amar «es esencialmente entregarse a los demás. Lejos de ser una inclinación instintiva, el amor es una decisión consciente de la voluntad de ir hacia los otros. Para poder amar de verdad conviene desprenderse de todas las cosas y, sobre todo, de uno mismo, dar gratuitamente… Esta desposesión de uno mismo (…) es fuente de equilibrio. Es el secreto de la felicidad»6.

El dar ensancha el corazón y lo hace más joven, con más capacidad de amar. El egoísmo empobrece, hace el propio horizonte más pequeño. Cuanto más damos, más nos enriquecemos.

A la Virgen le suplicamos hoy que nos enseñe a ser generosos, en primer lugar con Dios, y luego con los demás, con quienes conviven o trabajan junto a nosotros, con quienes nos encontramos en las diversas circunstancias de la vida. Que sepamos darnos en el servicio a los demás, en la vida ordinaria de cada día.

1 Evangelio de la Misa, Lc 1, 39-40. — 2 Lc 1, 31. — 3 Jn 2, 1 ss. — 4 Mt 10, 8. 5 Hech 20, 35. — 6 Juan Pablo II, Alocución, 1-VI-1980.

www.homiletica.org


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