La vida en la familia grande o ampliada, según Amoris laetitia, 187-198, (17)

julio 27, 2018

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Además del círculo pequeño que conforman los cónyuges y sus hijos, está la familia grande: parientes, familiares, amigos, familias amigas…

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La vida en la familia grande o ampliada

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El pequeño núcleo familiar no debería aislarse de la familia ampliada, donde están los padres, los tíos, los primos, e incluso los vecinos. En esa familia grande puede haber algunos necesitados de ayuda, o al menos de compañía y de gestos de afecto, o puede haber grandes sufrimientos que necesitan un consuelo.

El individualismo de estos tiempos a veces lleva a encerrarse en un pequeño nido de seguridad y a sentir a los otros como un peligro molesto. Sin embargo, ese aislamiento no brinda más paz y felicidad, sino que cierra el corazón de la familia y la priva de la amplitud de la existencia.

Ser hijos

En primer lugar, hablemos de los propios padres. Jesús recordaba a los fariseos que el abandono de los padres está en contra de la Ley de Dios (cf. Mc 7,8-13). A nadie le hace bien perder la conciencia de ser hijo.

En cada persona, «incluso cuando se llega a la edad de adulto o anciano, también si se convierte en padre, si ocupa un sitio de responsabilidad, por debajo de todo esto permanece la identidad de hijo. Todos somos hijos. Y esto nos reconduce siempre al hecho de que la vida no nos la hemos dado nosotros mismos sino que la hemos recibido. El gran don de la vida es el primer regalo que nos ha sido dado».

Por eso, «el cuarto mandamiento pide a los hijos […] que honren al padre y a la madre (cf Ex 20,12). Este mandamiento viene inmediatamente después de los que se refieren a Dios mismo. En efecto, encierra algo sagrado, algo divino, algo que está en la raíz de cualquier otro tipo de respeto entre los hombres.

Y en la formulación bíblica del cuarto mandamiento se añade: “para que se prolonguen tus días en la tierra que el Señor, tu Dios, te va a dar”.

El vínculo virtuoso entre las generaciones es garantía de futuro, y es garantía de una historia verdaderamente humana. Una sociedad de hijos que no honran a sus padres es una sociedad sin honor […] Es una sociedad destinada a poblarse de jóvenes desapacibles y ávidos».

Pero la moneda tiene otra cara: «Abandonará el hombre a su padre y a su madre» (Gn 2,24), dice la Palabra de Dios. Esto a veces no se cumple, y el matrimonio no termina de asumirse porque no se ha hecho esa renuncia y esa entrega.

Los padres no deben ser abandonados ni descuidados, pero para unirse en matrimonio hay que dejarlos, de manera que el nuevo hogar sea la morada, la protección, la plataforma y el proyecto, y sea posible convertirse de verdad en «una sola carne» (ibíd.).

En algunos matrimonios ocurre que se ocultan muchas cosas al propio cónyuge que, en cambio se hablan con los propios padres, hasta el punto que importan más las opiniones de los padres que los sentimientos y las opiniones del cónyuge. No es fácil sostener esta situación por mucho tiempo, y sólo cabe de manera provisoria, mientras se crean las condiciones para crecer en la confianza y en la comunicación.

El matrimonio desafía a encontrar una nueva manera de ser hijos.

Los ancianos

«No me rechaces ahora en la vejez, me van faltando las fuerzas, no me abandones» (Sal 71,9). Es el clamor del anciano, que teme el olvido y el desprecio. Así como Dios nos invita a ser sus instrumentos para escuchar la súplica de los pobres, también espera que escuchemos el grito de los ancianos.

Esto interpela a las familias y a las comunidades, porque «la Iglesia no puede y no quiere conformarse a una mentalidad de intolerancia, y mucho menos de indiferencia y desprecio, respecto a la vejez. Debemos despertar el sentido colectivo de gratitud, de aprecio, de hospitalidad, que hagan sentir al anciano parte viva de su comunidad. Los ancianos son hombres y mujeres, padres y madres que estuvieron antes que nosotros en el mismo camino, en nuestra misma casa, en nuestra diaria batalla por una vida digna».

Por eso, «¡cuánto quisiera una Iglesia que desafía la cultura del descarte con la alegría desbordante de un nuevo abrazo entre los jóvenes y los ancianos!».

San Juan Pablo II nos invitó a prestar atención al lugar del anciano en la familia, porque hay culturas que, «como consecuencia de un desordenado desarrollo industrial y urbanístico, han llevado y siguen llevando a los ancianos a formas inaceptables de marginación».

Los ancianos ayudan a percibir «la continuidad de las generaciones», con «el carisma de servir de puente». Muchas veces son los abuelos quienes aseguran la transmisión de los grandes valores a sus nietos, y «muchas personas pueden reconocer que deben precisamente a sus abuelos la iniciación a la vida cristiana».

Sus palabras, sus caricias o su sola presencia, ayudan a los niños a reconocer que la historia no comienza con ellos, que son herederos de un viejo camino y que es necesario respetar el trasfondo que nos antecede. Quienes rompen lazos con la historia tendrán dificultades para tejer relaciones estables y para reconocer que no son los dueños de la realidad.

Entonces, «la atención a los ancianos habla de la calidad de una civilización. ¿Se presta atención al anciano en una civilización? ¿Hay sitio para el anciano? Esta civilización seguirá adelante si sabe respetar la sabiduría, la sabiduría de los ancianos».

La ausencia de memoria histórica es un serio defecto de nuestra sociedad. Es la mentalidad inmadura del «ya fue». Conocer y poder tomar posición frente a los acontecimientos pasados es la única posibilidad de construir un futuro con sentido. No se puede educar sin memoria: «Recordad aquellos días primeros» (Hb 10,32).

Las narraciones de los ancianos hacen mucho bien a los niños y jóvenes, ya que los conectan con la historia vivida tanto de la familia como del barrio y del país. Una familia que no respeta y atiende a sus abuelos, que son su memoria viva, es una familia desintegrada; pero una familia que recuerda es una familia con porvenir.

Por lo tanto, «en una civilización en la que no hay sitio para los ancianos o se los descarta porque crean problemas, esta sociedad lleva consigo el virus de la muerte», ya que «se arranca de sus propias raíces».

El fenómeno de la orfandad contemporánea, en términos de discontinuidad, desarraigo y caída de las certezas que dan forma a la vida, nos desafía a hacer de nuestras familias un lugar donde los niños puedan arraigarse en el suelo de una historia colectiva.

Ser hermanos

La relación entre los hermanos se profundiza con el paso del tiempo, y «el vínculo de fraternidad que se forma en la familia entre los hijos, si se da en un clima de educación abierto a los demás, es una gran escuela de libertad y de paz. En la familia, entre hermanos, se aprende la convivencia humana […]

Tal vez no siempre somos conscientes de ello, pero es precisamente la familia la que introduce la fraternidad en el mundo. A partir de esta primera experiencia de hermandad, nutrida por los afectos y por la educación familiar, el estilo de la fraternidad se irradia como una promesa sobre toda la sociedad».

Crecer entre hermanos brinda la hermosa experiencia de cuidarnos, de ayudar y de ser ayudados. Por eso, «la fraternidad en la familia resplandece de modo especial cuando vemos el cuidado, la paciencia, el afecto con los cuales se rodea al hermanito o a la hermanita más débiles, enfermos, o con discapacidad».

Hay que reconocer que «tener un hermano, una hermana que te quiere, es una experiencia fuerte, impagable, insustituible», pero hay que enseñar con paciencia a los hijos a tratarse como hermanos. Ese aprendizaje, a veces costoso, es una verdadera escuela de sociabilidad.

En algunos países existe una fuerte tendencia a tener un solo hijo, con lo cual la experiencia de ser hermano comienza a ser poco común. En los casos en que no se haya podido tener más de un hijo, habrá que encontrar las maneras de que el niño no crezca solo o aislado.

Un corazón grande

Además del círculo pequeño que conforman los cónyuges y sus hijos, está la familia grande que no puede ser ignorada.

Porque «el amor entre el hombre y la mujer en el matrimonio y, de forma derivada y más amplia, el amor entre los miembros de la misma familia —entre padres e hijos, entre hermanos y hermanas, entre parientes y familiares— está animado e impulsado por un dinamismo interior e incesante que conduce la familia a una comunión cada vez más profunda e intensa, fundamento y alma de la comunidad conyugal y familiar».

Allí también se integran los amigos y las familias amigas, e incluso las comunidades de familias que se apoyan mutuamente en sus dificultades, en su compromiso social y en su fe.

Esta familia grande debería integrar con mucho amor a las madres adolescentes, a los niños sin padres, a las mujeres solas que deben llevar adelante la educación de sus hijos, a las personas con alguna discapacidad que requieren mucho afecto y cercanía, a los jóvenes que luchan contra una adicción, a los solteros, separados o viudos que sufren la soledad, a los ancianos y enfermos que no reciben el apoyo de sus hijos, y en su seno tienen cabida «incluso los más desastrosos en las conductas de su vida».

También puede ayudar a compensar las fragilidades de los padres, o detectar y denunciar a tiempo posibles situaciones de violencia o incluso de abuso sufridas por los niños, dándoles un amor sano y una tutela familiar cuando sus padres no pueden asegurarla.

Finalmente, no se puede olvidar que en esta familia grande están también el suegro, la suegra y todos los parientes del cónyuge. Una delicadeza propia del amor consiste en evitar verlos como competidores, como seres peligrosos, como invasores.

La unión conyugal reclama respetar sus tradiciones y costumbres, tratar de comprender su lenguaje, contener las críticas, cuidarlos e integrarlos de alguna manera en el propio corazón, aun cuando haya que preservar la legítima autonomía y la intimidad de la pareja.

Estas actitudes son también un modo exquisito de expresar la generosidad de la entrega amorosa al propio cónyuge.

 

 

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Fecundidad ampliada, según Amoris laetitia, 178-186 (16)

julio 26, 2018

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¡Serás dichoso! He aquí el secreto de una familia feliz. El interés superior del niño debe primar en los procesos de adopción y acogida 

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Fecundidad ampliada

La fecundidad del matrimonio se amplía y se traduce en miles de maneras de hacer presente el amor de Dios en la sociedad.

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Muchas parejas de esposos no pueden tener hijos. Sabemos lo mucho que se sufre por ello. Por otro lado, sabemos también que «el matrimonio no ha sido instituido solamente para la procreación […] Por ello, aunque la prole, tan deseada, muchas veces falte, el matrimonio, como amistad y comunión de la vida toda, sigue existiendo y conserva su valor e indisolubilidad».

Además, «la maternidad no es una realidad exclusivamente biológica, sino que se expresa de diversas maneras».

La adopción es un camino para realizar la maternidad y la paternidad de una manera muy generosa, y quiero alentar a quienes no pueden tener hijos a que sean magnánimos y abran su amor matrimonial para recibir a quienes están privados de un adecuado contexto familiar.

Nunca se arrepentirán de haber sido generosos. Adoptar es el acto de amor de regalar una familia a quien no la tiene. Es importante insistir en que la legislación pueda facilitar los trámites de adopción, sobre todo en los casos de hijos no deseados, en orden a prevenir el aborto o el abandono.

Los que asumen el desafío de adoptar y acogen a una persona de manera incondicional y gratuita, se convierten en mediaciones de ese amor de Dios que dice: «Aunque tu madre te olvidase, yo jamás te olvidaría» (Is 49,15).

«La opción de la adopción y de la acogida expresa una fecundidad particular de la experiencia conyugal, no sólo en los casos de esposos con problemas de fertilidad […] Frente a situaciones en las que el hijo es querido a cualquier precio, como un derecho a la propia autoafirmación, la adopción y la acogida, entendidas correctamente, muestran un aspecto importante del ser padres y del ser hijos, en cuanto ayudan a reconocer que los hijos, tanto naturales como adoptados o acogidos, son otros sujetos en sí mismos y que hace falta recibirlos, amarlos, hacerse cargo de ellos y no sólo traerlos al mundo. El interés superior del niño debe primar en los procesos de adopción y acogida».

Por otra parte, «se debe frenar el tráfico de niños entre países y continentes mediante oportunas medidas legislativas y el control estatal».

Conviene también recordar que la procreación o la adopción no son las únicas maneras de vivir la fecundidad del amor. Aun la familia con muchos hijos está llamada a dejar su huella en la sociedad donde está inserta, para desarrollar otras formas de fecundidad que son como la prolongación del amor que la sustenta.

No olviden las familias cristianas que «la fe no nos aleja del mundo, sino que nos introduce más profundamente en él […] Cada uno de nosotros tiene un papel especial que desempeñar en la preparación de la venida del Reino de Dios».

La familia no debe pensar a sí misma como un recinto llamado a protegerse de la sociedad. No se queda a la espera, sino que sale de sí en la búsqueda solidaria. Así se convierte en un nexo de integración de la persona con la sociedad y en un punto de unión entre lo público y lo privado. Los matrimonios necesitan adquirir una clara y convencida conciencia sobre sus deberes sociales.

Cuando esto sucede, el afecto que los une no disminuye, sino que se llena de nueva luz, como lo expresan los siguientes versos:

«Tus manos son mi caricia
mis acordes cotidianos
te quiero porque tus manos
trabajan por la justicia
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Si te quiero es porque sos
mi amor mi cómplice y todo
y en la calle codo a codo
somos mucho más que dos
».

Ninguna familia puede ser fecunda si se concibe como demasiado diferente o «separada».

Para evitar este riesgo, recordemos que la familia de Jesús, llena de gracia y de sabiduría, no era vista como una familia «rara», como un hogar extraño y alejado del pueblo. Por eso mismo a la gente le costaba reconocer la sabiduría de Jesús y decía: «¿De dónde saca todo eso? […] ¿No es este el carpintero, el hijo de María?» (Mc 6,2-3). «¿No es el hijo del carpintero?» (Mc 6,2-3). «¿No es este el hijo del carpintero?» (Mt 13,55).

Esto confirma que era una familia sencilla, cercana a todos, integrada con normalidad en el pueblo. Jesús tampoco creció en una relación cerrada y absorbente con María y con José, sino que se movía gustosamente en la familia ampliada, que incluía a los parientes y amigos.

Eso explica que, cuando volvían de Jerusalén, sus padres aceptaban que el niño de doce años se perdiera en la caravana un día entero, escuchando las narraciones y compartiendo las preocupaciones de todos: «Creyendo que estaba en la caravana, anduvieron el camino de un día» (Lc 2,44).

Sin embargo a veces sucede que algunas familias cristianas, por el lenguaje que usan, por el modo de decir las cosas, por el estilo de su trato, por la repetición constante de dos o tres temas, son vistas como lejanas, como separadas de la sociedad, y hasta sus propios parientes se sienten despreciados o juzgados por ellas.

Un matrimonio que experimente la fuerza del amor, sabe que ese amor está llamado a sanar las heridas de los abandonados, a instaurar la cultura del encuentro, a luchar por la justicia. Dios ha confiado a la familia el proyecto de hacer «doméstico» el mundo, para que todos lleguen a sentir a cada ser humano como un hermano:

«Una mirada atenta a la vida cotidiana de los hombres y mujeres de hoy muestra inmediatamente la necesidad que hay por todos lados de una robusta inyección de espíritu familiar […] No sólo la organización de la vida común se topa cada vez más con una burocracia del todo extraña a las uniones humanas fundamentales, sino, incluso, las costumbres sociales y políticas muestran a menudo signos de degradación».

En cambio, las familias abiertas y solidarias hacen espacio a los pobres, son capaces de tejer una amistad con quienes lo están pasando peor que ellas. Si realmente les importa el Evangelio, no pueden olvidar lo que dice Jesús: «Que cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25,40).

En definitiva, viven lo que se nos pide con tanta elocuencia en este texto: «Cuando des una comida o una cena, no llames a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a tus vecinos ricos. Porque si luego ellos te invitan a ti, esa será tu recompensa. Cuando des un banquete, llama a los pobres, a los lisiados, a los cojos, a los ciegos, y serás dichoso» (Lc 14,12-14).

¡Serás dichoso! He aquí el secreto de una familia feliz.

Con el testimonio, y también con la palabra, las familias hablan de Jesús a los demás, transmiten la fe, despiertan el deseo de Dios, y muestran la belleza del Evangelio y del estilo de vida que nos propone.

Así, los matrimonios cristianos pintan el gris del espacio público llenándolo del color de la fraternidad, de la sensibilidad social, de la defensa de los frágiles, de la fe luminosa, de la esperanza activa.

Su fecundidad se amplía y se traduce en miles de maneras de hacer presente el amor de Dios en la sociedad.

Discernir el cuerpo

En esta línea es conveniente tomar muy en serio un texto bíblico que suele ser interpretado fuera de su contexto, o de una manera muy general, con lo cual se puede descuidar su sentido más inmediato y directo, que es marcadamente social. Se trata de 1 Co 11,17-34, donde san Pablo enfrenta una situación vergonzosa de la comunidad.

Allí, algunas personas acomodadas tendían a discriminar a los pobres, y esto se producía incluso en el ágape que acompañaba a la celebración de la Eucaristía. Mientras los ricos gustaban sus manjares, los pobres se quedaban mirando y sin tener qué comer: Así, «uno pasa hambre, el otro está borracho. ¿No tenéis casas donde comer y beber? ¿O tenéis en tan poco a la Iglesia de Dios que humilláis a los pobres?» (vv.21-22).

La Eucaristía reclama la integración en un único cuerpo eclesial. Quien se acerca al Cuerpo y a la Sangre de Cristo no puede al mismo tiempo ofender este mismo Cuerpo provocando escandalosas divisiones y discriminaciones entre sus miembros.

Se trata, pues, de «discernir» el Cuerpo del Señor, de reconocerlo con fe y caridad, tanto en los signos sacramentales como en la comunidad, de otro modo, se come y se bebe la propia condenación (cf. v.11, 29).

Este texto bíblico es una seria advertencia para las familias que se encierran en su propia comodidad y se aíslan, pero más particularmente para las familias que permanecen indiferentes ante el sufrimiento de las familias pobres y más necesitadas.

La celebración eucarística se convierte así en un constante llamado para «que cada cual se examine» (v. 28) en orden a abrir las puertas de la propia familia a una mayor comunión con los descartables de la sociedad, y, entonces sí, recibir el Sacramento del amor eucarístico que nos hace un sólo cuerpo. No hay que olvidar que «la “mística” del Sacramento tiene un carácter social».

Cuando quienes comulgan se resisten a dejarse impulsar en un compromiso con los pobres y sufrientes, o consienten distintas formas de división, de desprecio y de inequidad, la Eucaristía es recibida indignamente.

En cambio, las familias que se alimentan de la Eucaristía con adecuada disposición refuerzan su deseo de fraternidad, su sentido social y su compromiso con los necesitados.


Fallece el obispo José María Setién a los 90 años

julio 11, 2018

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Monseñor José María Setién

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EL EMÉRITO DE SAN SEBASTIÁN SUFRIÓ UN ICTUS EL PASADO DOMINGO

Fallece el obispo José María Setién a los 90 años

Acusado de ser “un abertzale con sotana”, buscaba a su manera la paz en el País Vasco

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El obispo emérito de San Sebastián José María Setién ha fallecido esta madrugada en San Sebastián, tras haber sufrido un ictus el pasado domingo.

Setién, de 90 años y cuyo funeral tendrá lugar este miércoles a mediodía en la catedral del Buen Pastor de San Sebastián, fue ingresado en la Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital Donostia en estado muy grave tras sufrir el ictus el domingo por la mañana.

Nacido en Hernani (Gipuzkoa) en 1928, José María Setién Alberro fue obispo de San Sebastián entre 1979 y principios de 2000, cuando fue sustituido por Juan María Uriarte y éste, en el año 2010, por José Ignacio Munilla, actual prelado de la diócesis donostiarra.

Acusado de ser “un abertzale con sotana” o un “cura de ETA”, el obispo que estuvo durante 28 años al frente de la Iglesia vasca publicó en 2007 el libro ‘Un obispo vasco ante ETA’. Ahí repasaba su trabajo pastoral al frente de la diócesis y explicaba la génesis de la banda armada y su relación con el PNV.

Analizaba la lucha contra ETA, el papel del Estado, la represión, las víctimas y la situación de los presos etarras, pero también escribía sobre la importancia de llegar a la paz en el País Vasco a través del diálogo.

Un obispo controvertido por sus opiniones políticas

José María Setién fue obispo de San Sebastián durante los años más duros de ETA. Se erigió en una controvertida figura por sus opiniones afines al nacionalismo, en las que muchos vieron una cierta comprensión hacia los miembros de la banda terrorista a la que siempre pidió que dejara de matar.

Setién, tomó posesión como obispo de la diócesis de San Sebastián al día siguiente de haber cumplido 51 años. Le esperaban por delante dos largas décadas como prelado en las que se convirtió en un hacedor de titulares con sus polémicas declaraciones, pastorales y homilías.

Sus posiciones a favor del derecho de autodeterminación y de la negociación entre el Gobierno y ETA fueron muchas veces cuestionadas, así como sus críticas a algunas acciones policiales y su denuncia de las supuestas torturas infligidas a integrantes de ETA.

Fue calificado de equidistante desde las posiciones alejadas del nacionalismo, cuando no de amigo de ETA, pero nada de ello impidió que a lo largo de su ejercicio siguiera hablando del problema de la violencia en el País Vasco desde un punto de vista político. Y “ético”, según solía subrayar.

Los víctimas de ETA sintieron casi siempre lejano a Setién

“Queremos hacer una revisión de nuestras actitudes, ante la paz no podemos contentarnos con decir que la culpa de la falta de paz la tienen solo los otros”, aseguró en febrero de 1994 este religioso, una persona considerada de trato frío, al que gran parte de las víctimas de ETA sintieron casi siempre muy lejano.

Lamentó las muertes ocasionadas por la violencia terrorista y también las de los propios terroristas, como las de las víctimas del atentado contra el cuartel de Vic (Barcelona) en junio de 1991, y la de dos miembros de ETA en un posterior enfrentamiento con la Guardia Civil.

En una pastoral de finales de 1997, dijo que ni los atentados de ETA ni las acciones policiales “deben paralizar los esfuerzos orientados a buscar otros caminos más humanos de pacificación”. En septiembre ya había reclamado la apertura de un diálogo para lograr la paz y el año anterior había reiterado la disposición de la Iglesia vasca a “un servicio de mediación” entre el Gobierno y ETA.

En enero de 2000, unos días antes de su renuncia al cargo, volvió a hacer un nuevo pronunciamiento polémico. Afirmó que la paz tenía un precio y que el acuerdo al que debía llegarse es “qué precio se está dispuesto a pagar”.

Como pensador, ha dejado una obra prolífica, recogida a principios de este siglo en los tomos de sus “Obras Completas”, y que incluye títulos como ‘Conflicto cultural y comunidad cristiana’, ‘Pueblo vasco y soberanía. Aproximación histórica y reflexión ética’ y el anteriormente citado ‘Un obispo vasco ante ETA’.

Pidió “flexibilidad” al Gobierno y a la banda terrorista durante la tregua permanente

Los dos últimos se encuentran entre los que publicó a partir de 2000 y, aunque ya como obispo emérito, sus presentaciones y su participación en cursos o conferencias volvieron a ser fuente de titulares de prensa.

En 2006, durante la llamada tregua “permanente” de ETA, manifestó en un curso de verano de la Universidad del País Vasco, que el proceso de paz “difícilmente” avanzaría si no se producía una “flexibilidad” en los “planteamientos doctrinales” del Gobierno y de la banda terrorista, que hiciera posible que las “exigencias más radicales” cedieran en favor de “un acuerdo” que habría que “construir”.

Ese año recibió el galardón a “la trayectoria de todo una vida” de la Fundación Sabino Arana. Contaba ya con la Medalla de Oro de la Diputación de Gipuzkoa, otorgada en 2003

Las apariciones públicas de Setién han sido escasas en la segunda década de este siglo. Una de ellas fue su visita al tanatorio donde se encontraban los restos mortales del abogado y político vasco Juan María Bandrés en octubre de 2011.

18 años retirado

Han transcurrido 18 años entre su retirada, motivada en parte por razones de salud, y su fallecimiento, y casi 30 de su cese como miembro de la comisión ejecutiva de la Conferencia Episcopal, de la que fue también integrante de su comisión permanente.

Un ictus ha acabado con la vida de este religioso guipuzcoano, del que se construyó, a juicio de sus colaboradores, un personaje que no correspondía con la realidad.

“Ese estereotipo es el que ha servido para ‘demonizarle’ y también para que muchos tertulianos se desahogaran hablando de él, porque para algunos monseñor Setién ha sido una continua obsesión”, aseguraba el delegado de Medios de Comunicación del Obispado de San Sebastián, Jon Etxabe, tras la renuncia del prelado en 2000, una noticia que en su opinión había tenido una repercusión mediática “desmesurada”.

http://www.periodistadigital.com/religion/espana/2018/07/10/religion-iglesia-espana-diocesis-fallece-obispo-emerito-san-sebastian-jose-maria-setien-ictus-paz-eta-pais-vasco.shtml

(RD/Efe)


El arte del diálogo como ejercicio vital, en Amoris laetitia, 136-141.

junio 13, 2018

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Nunca hay que restarle importancia a lo que el otro diga, reclame o festeje.

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Diálogo, exigencia vital de la persona

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La persona está llamada a la comunicación, es un ser abierto, no acabado. El aprendizaje más importante y vital de la persona es aprender a comunicarse dándose gratuita y generosamente y también recibiendo lo que los demás le pueden ofrecer.

Esto lo realizamos casi de manera automática a cada momento, pero a la vez constituye una tarea siempre pendiente. Primero, aprender a comunicarse espontáneamente, de forma generosa, gratuita y sin exigencias ni condiciones. La persona es un don para los demás.

Desde la fe nos sentimos un regalo de Dios para los demás. Lo que Dios ha sembrado en nosotros y lo que va recreando con nosotros es en función de lo que los demás necesitan, es para ellos. Somos canales por donde fluye la gracia y bendición de Dios a todos sus hijos.

Toda nuestra persona es dialogal, abierta a los demás, comunicativa… Somos oferta permanente. Reconocerlo y gozarse en ello: Ahí radica nuestra felicidad y plenitud.

A la vez, debemos dejar que los demás sean también felices dándonos algo de ellos o incluso su misma persona. Tenemos que aprender a dejarnos querer y enriquecer por los demás, sentirnos necesitados de la ayuda de los demás. Debemos convivir con la deuda contraída con los demás.

El Papa Francisco nos ofrece unas pinceladas bellas y precisas sobre el diálogo, la comunicación en la familia. A continuación se las ofrezco con la esperanza de que les sirvan.

Diálogo

El diálogo es una forma privilegiada e indispensable de vivir, expresar y madurar el amor en la vida matrimonial y familiar. Pero supone un largo y esforzado aprendizaje. Varones y mujeres, adultos y jóvenes, tienen maneras distintas de comunicarse, usan un lenguaje diferente, se mueven con otros códigos.

El modo de preguntar, la forma de responder, el tono utilizado, el momento y muchos factores más, pueden condicionar la comunicación. Además, siempre es necesario desarrollar algunas actitudes que son expresión de amor y hacen posible el diálogo auténtico.

Darse tiempo, tiempo de calidad, que consiste en escuchar con paciencia y atención, hasta que el otro haya expresado todo lo que necesitaba. Esto requiere la ascesis de no empezar a hablar antes del momento adecuado. En lugar de comenzar a dar opiniones o consejos, hay que asegurarse de haber escuchado todo lo que el otro necesita decir.

Esto implica hacer un silencio interior para escuchar sin ruidos en el corazón o en la mente: despojarse de toda prisa, dejar a un lado las propias necesidades y urgencias, hacer espacio. Muchas veces uno de los cónyuges no necesita una solución a sus problemas, sino ser escuchado.

Tiene que sentir que se ha percibido su pena, su desilusión, su miedo, su ira, su esperanza, su sueño.

Pero son frecuentes lamentos como estos: «No me escucha. Cuando parece que lo está haciendo, en realidad está pensando en otra cosa». «Hablo y siento que está esperando que termine de una vez». «Cuando hablo intenta cambiar de tema, o me da respuestas rápidas para cerrar la conversación».

Desarrollar el hábito de dar importancia real al otro. Se trata de valorar su persona, de reconocer que tiene derecho a existir, a pensar de manera autónoma y a ser feliz.

Nunca hay que restarle importancia a lo que diga o reclame, aunque sea necesario expresar el propio punto de vista.

Subyace aquí la convicción de que todos tienen algo que aportar, porque tienen otra experiencia de la vida, porque miran desde otro punto de vista, porque han desarrollado otras preocupaciones y tienen otras habilidades e intuiciones.

Es posible reconocer la verdad del otro, el valor de sus preocupaciones más hondas y el trasfondo de lo que dice, incluso detrás de palabras agresivas. Para ello hay que tratar de ponerse en su lugar e interpretar el fondo de su corazón, detectar lo que le apasiona, y tomar esa pasión como punto de partida para profundizar en el diálogo.

Amplitud mental, para no encerrarse con obsesión en unas pocas ideas, y flexibilidad para poder modificar o completar las propias opiniones. Es posible que, de mi pensamiento y del pensamiento del otro pueda surgir una nueva síntesis que nos enriquezca a los dos.

La unidad a la que hay que aspirar no es uniformidad, sino una «unidad en la diversidad», o una «diversidad reconciliada».

En ese estilo enriquecedor de comunión fraterna, los diferentes se encuentran, se respetan y se valoran, pero manteniendo diversos matices y acentos que enriquecen el bien común. Hace falta liberarse de la obligación de ser iguales. También se necesita astucia para advertir a tiempo las «interferencias» que puedan aparecer, de manera que no destruyan un proceso de diálogo.

Por ejemplo, reconocer los malos sentimientos que vayan surgiendo y relativizarlos para que no perjudiquen la comunicación.

Es importante la capacidad de expresar lo que uno siente sin lastimar; utilizar un lenguaje y un modo de hablar que pueda ser más fácilmente aceptado o tolerado por el otro, aunque el contenido sea exigente; plantear los propios reclamos pero sin descargar la ira como forma de venganza, y evitar un lenguaje moralizante que sólo busque agredir, ironizar, culpar, herir.

Muchas discusiones en la pareja no son por cuestiones muy graves. A veces se trata de cosas pequeñas, poco trascendentes, pero lo que altera los ánimos es el modo de decirlas o la actitud que se asume en el diálogo.

Tener gestos de preocupación por el otro y demostraciones de afecto. El amor supera las peores barreras. Cuando se puede amar a alguien, o cuando nos sentimos amados por él, logramos entender mejor lo que quiere expresar y hacernos entender.

Superar la fragilidad que nos lleva a tenerle miedo al otro, como si fuera un «competidor». Es muy importante fundar la propia seguridad en opciones profundas, convicciones o valores, y no en ganar una discusión o en que nos den la razón.

Finalmente, reconozcamos que para que el diálogo valga la pena hay que tener algo que decir, y eso requiere una riqueza interior que se alimenta en la lectura, la reflexión personal, la oración y la apertura a la sociedad. De otro modo, las conversaciones se vuelven aburridas e inconsistentes.

Cuando ninguno de los cónyuges se cultiva y no existe una variedad de relaciones con otras personas, la vida familiar se vuelve endogámica y el diálogo se empobrece.


El Papa inaugura el Pre-sínodo de los jóvenes: Aquí, la vergüenza se deja fuera de la puerta

marzo 19, 2018

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El Papa inaugura el Pre-sínodo de los jóvenes: Aquí, la vergüenza se deja fuera de la puerta

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El Papa inaugura el Pre-sínodo de los jóvenes: Aquí, la vergüenza se deja fuera de la puerta

Francisco tuvo palabras de cariño hacia los jóvenes del mundo congregados en Roma para participar en la XV Asamblea General Ordinaria del Sinodo de los Obispos (19-24 de marzo 2018)

Por Ary Waldir Ramos Díaz

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El papa Francisco inauguró este lunes 19 de marzo en la mañana el pre-sínodo dedicado a los jóvenes en la sede del Pontificio Consejo Internacional Maria Mater Ecclesiae en Roma y que concluirá el 24 de marzo.

Instó a los jóvenes a sacar todo lo que hay en el corazón: “Hablar con valentía […] ’Que tengo vergüenza ¡No! Aquí, la vergüenza se deja fuera de la puerta. Se habla con valentía. Lo que siento lo digo. Y si alguien se siente ofendido, pido perdón y sigo adelante (risas). ¡Pero, ustedes saben hablar así!”. 

Les invitó a “escuchar con humildad; si habla aquel que no me gusta debo escucharlo mucho más. Cada uno  tiene el derecho de ser escuchado, como cada uno tiene el derecho de hablar. Gracias por aceptar la invitación de haber venido hasta aquí, algunos de ustedes hicieron un largo viaje”, expresó Francisco.

Sobre la variedad de voces presentes en la Asamblea, insistió: “Ustedes no son todos cristianos, ni católicos, ni siquiera todos son creyentes. Pero, seguramente están animados por el deseo de dar lo mejor de ustedes. Y no tengo duda de esto”.

El Papa subrayó que este encuentro no es de “jueces” cristianos para indicar que los jóvenes con su frescura y su dinamismo deben ser francos al decir lo que sienten y para dar un aporte indispensable. 

Trescientos, 300, jóvenes llegados de los cinco continentes se encuentran reunidos en la ciudad eterna para ofrecer su voz, sus criticas a la Iglesia sobre la fe, el discernimiento vocacional.

Monseñor Lorenzo Baldissieri, Secretario General del Sínodo de los Obispos reafirmó el agradecimiento al Pontífice por querer escuchar a los jóvenes antes del Sínodo de octubre. Rememoró que con la contribución de los jóvenes se redactará un documento que servirá a los ‘padres sinodales’.

Esta mañana, el Papa entró en la sala en medio de aplausos y sonrisas. Los jóvenes de distintos credos y culturas fueron calurosos con el Pontífice, quien al inicio les invitó a rezar “cada uno en su propia religión”.

Al inicio de los trabajos, un grupo de jóvenes del movimiento de los Focolares prepararon una oración, casi un clamor juvenil que evocó la presencia de Dios en la vida de todos los días.

Hubo un mensaje personalizado bajo la silla para cada participante, incluido para ‘Su Santidad Francisco’: Era una tarjeta: “Dios te ama inmensamente”.

Asimismo, 15.000 jóvenes se conectaron en diferido y replicarán la señal a otros más. El Papa los saludó así: “Los 15.340, esperamos que mañana sean más”. Igualmente destacó el esfuerzo de seguir la Asamblea incluso de noche debido a los horarios de sus países.

Monseñor Lorenzo Baldissieri reiteró las palabras del Papa sobre los objetivos de la convocatoria  de la XV Asamblea General Ordinaria del Sinodo de los Obispos (19-24 de marzo 2018): “La Iglesia quiere escuchar la voz, la sensibilidad, de la fe y también las dudas de los jóvenes y de las críticas de los jóvenes”.

Jóvenes, enséñennos a llorar 

“Nosotros los adultos, tantas veces, hemos olvidado la capacidad de llorar. Estamos acostumbrados a decir: ‘El mundo es así, que se las arreglen’. Por eso, yo exhorto, por favor, sean valientes estos días: Di todo lo que tengas en la boca”, expresó Francisco.

Dejarse interpelar por los jóvenes 

“Frecuentemente se habla de los jóvenes, sin dejarse interpelar por ellos. Cuando alguien quiere hacer una campaña elogia a los jóvenes, pero no permite a los jóvenes que le interpelen. Elogiar es una manera de contentar a la gente. Pero no, la gente no es tonta, la gente entiende… Elogia al tonto y lo verás trabajar’, se dice en español”, expresó Francisco entre aplausos. “Ustedes no son tontos”.

No Informes, mejor rostros 

El Papa indicó que ningún informe sobre los problemas juveniles sustituye el confronto cara a cara. “La juventud no existe. Existen los jóvenes, rostros, historias, ilusiones”.  Francisco fue crítico sobre las abstracciones que provienen de los datos estadísticos e indicó la importancia de dialogar con ellos.

No distancias de seguridad

Entretanto, lamentó que a veces se piense a los jóvenes para poner una distancia de seguridad entre ellos y los adultos para evitar las provocaciones. “No es suficiente intercambiar algún mensajito (en redes sociales) y alguna foto simpática… No van tomados en serio”.

Idolatría de la juventud sin escucha

El Obispo de Roma lamentó la idolatría de la juventud para que no pase jamás, pero sin escuchar a la juventud, “excluyendo tantos jóvenes de ser protagonistas”. Gente que esconde su edad y que llamó: “la filosofía del maquillaje”.

Jóvenes mendigando oportunidades

Igualmente denunció que los jóvenes hoy en varios contextos deban mendigar una oportunidad de empleo que siendo mal pagado no les garantice una vida mejor. Citó los datos del desempleo en Italia 35% desocupación juvenil y 45% en varias zonas de Europa.

“Es curioso que las estadísticas de suicidio juvenil sean maquilladas”, así lamentó que por la falta de sentido en sus vidas, haya jóvenes que se suicidan o son seducidos y reclutados por grupos como el ISIS o terroristas que les prometen ser útiles a una causa; “un sentido de vida, y un sueldo mensual”.

Jóvenes profetas 

El Papa indicó que Dios en la Biblia ha querido hablar al mundo a través de los jóvenes y citó a los personajes Samuel, David y a Daniel. “Tengo confianza que en estos días, (Dios) hablará a través de ustedes”. “Si faltan ustedes, nos falta a nosotros (adultos) una parte del acceso a Dios”. Además, evocó el pacto generacional. “Los jóvenes son profetas”, solo a pacto que sueñen con los ancianos.

El corazón de la Iglesia es joven

El Sucesor de Pedro aseguró que el corazón de la Iglesia es joven porque sigue la renovación constante del Evangelio y los jóvenes pueden colaborar en “esta fecundidad” y dar “vida” también en este camino sinodal. “Necesitamos  apropiarnos de nuevo del entusiasmo” y “nuevos horizontes”, aunque con “el riesgo”.   “Una institución que no asume riesgos se queda infantil”.

El Papa inaugura el Pre-sínodo de los jóvenes: Aquí, la vergüenza se deja fuera de la puerta


Cinco años con Francisco entre las sorpresas del Espíritu

marzo 13, 2018

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Primer saludo del Papa Francisco a los fieles reunidos en la Plaza de San Pedro poco después de su elección, 13 marzo 2013

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Cinco años con Francisco entre las sorpresas del Espíritu

El Pontificado de Francisco cumple cinco años. Su programa va adelante: pide una Iglesia misionera, con las puertas abiertas que sepa anunciar la alegría del Evangelio

Por Sergio Centofanti – Ciudad del Vaticano

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Hace cinco años, el 13 de marzo del 2013, era elegido el Papa Francisco.

Dos Encíclicas (Lumen fidei, sobre la fe, que continúa lo escrito por Benedicto XVI, y Laudato sí, sobre el cuidado de la casa común, cuidar la Creación no es de los verdes sino de los cristianos), dos Exhortaciones apostólicas (Evangelii gaudium, texto programático del Pontificado para una Iglesia “en salida”, misionera, y Amoris Laetitia sobre el amor en la familia),

23 Motu Propios (reforma de la Curia Romana, gestión y transparencia económica, reforma del proceso de nulidad matrimonial, traducción de textos litúrgicos, con indicaciones para un mayor descentramiento y más poderes a las Conferencias Episcopales),

Dos Sínodos sobre la familia, un Jubileo dedicado a la Misericordia, 22 viajes internacionales con más de 30 países visitados y 17 visitas pastorales en Italia, 8 ciclos de catequesis en la audiencia general de los miércoles (Profesión de fe, Sacramentos, Dones del Espíritu Santo, la Iglesia, la familia, la misericordia, la esperanza cristiana, la Santa Misa).

Y casi 600 homilías espontáneas en las misas en Santa Marta, más de 46 millones de seguidores en Twiter y más de 5 millones en Instagram. Sin contar los innumerables discursos, mensajes y cartas y los millones de hombres, mujeres y niños de todo el mundo encontrados, abrazados, acariciados.

La Iglesia de puertas abiertas de Francisco

Francisco es el primer Papa jesuita, primero procedente de América latina, primero con el nombre del Pobrecito de Asís, 265 Sucesor de Pedro, que desea una Iglesia de puertas abiertas que anuncia a todos la alegría y la frescura del Evangelio.

Una Iglesia acogedora, “donde hay lugar para cada uno con su vida difícil”, no una aduana que controle la gracia en cambio de facilitarla. Una Iglesia que se arriesgue a ser “accidentada, herida y sucia” con tal de alcanzar y estar en medio de la gente, más bien que una “Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de agarrarse a las propias seguridades”.

Francisco pide que se abandone un estilo defensivo y negativo, de pura condena, para proponer la belleza de la fe, que es encontrar a Dios.

El Espíritu Santo trastorna

La suya es una invitación a dejarse sorprender por el Espíritu Santo, el verdadero protagonista de la Iglesia, que continúa a hablar y a decirnos cosas nuevas.

El Espíritu Santo “desbarajusta” porque “agita, hace caminar, empuja la Iglesia a ir adelante,” mientras es mucho más fácil y seguro “acomodarse en las propias posiciones estáticas e inmutables”, decía Francisco en Estambul en noviembre del 2014.

Es mucho más tranquilizador creer que la verdad sea “poseer” un paquete de doctrinas bien confeccionado, que podemos administrar bien, más bien que pertenecer nosotros mismos a la Verdad: es el Espíritu que nos guía a la verdad toda entera.

El cristiano tiene todavía tanto que aprender porque Dios se revela siempre más. Es así que Francisco puede decir que tiene tantas dudas, “en sentido positivo” –asegura– “son un signo de que queremos conocer mejor a Jesús y el misterio de su amor hacia nosotros”.

“Estas dudas hacen crecer”, decía en la audiencia general del 23 de noviembre de 2016. También Pedro ante los paganos ha podido decir: “Estoy dándome cuenta de que Dios no hace preferencias entre las personas, sino que quien le teme y pone en práctica la justicia, independientemente del pueblo al que pertenezca, es aceptado por él”. Aumenta la inteligencia de la fe.

¿Es un Papa de derecha o de izquierda?

Inicialmente todos o casi todos hablaban bien de Francisco. Sin embargo, poco a poco comenzaron a llegar las críticas. Se trata de una buena noticia teniendo en cuenta lo que dijo Jesús: “Ay de ustedes cuando todos hablen bien de ustedes”.

Desde la derecha se acusa al Papa de ser comunista, porque ataca el actual sistema económico liberal: “Es injusto desde la raíz”, “esta economía mata”, hace prevalecer la “ley del más fuerte” que “se come al más débil”.  Y habla demasiado de los migrantes y de los pobres: hoy “los excluidos no son explotados, sino desechos, sobras”.

Desde la izquierda se acusa al Papa de estar detenido en las cuestiones éticas: defiende con fuerza la vida, contra el aborto y la eutanasia: “No es progresista pretender resolver los problemas eliminando una vida humana”, dice.

Defiende la familia fundada en el matrimonio entre un hombre y una mujer, condena la ideología de género, “equivocación de la mente humana”, la dictadura del pensamiento único y las colonizaciones ideológicas, incluso en las escuelas, que hacen que se corra el riesgo de convertirse en campos de reeducación.

Advierte ante estos temas acerca de la disminución del derecho a la objeción de conciencia. Observa la proliferación de los derechos individuales, “individualistas” dice, pero sin preocuparnos por los deberes, y mientras se habla de nuevos derechos –afirma– está quien padece aún el hambre.

Críticas internas

También aumentaron las críticas dentro de la Iglesia. Hay quien incluso califica al Papa de “hereje”, quien dice que rompe con la tradición secular de la Iglesia, quien se enfada porque “aporrea” a los cercanos y acaricia a los alejados, quien lo contrapone a los Papas precedentes.

Y sin embargo, Benedicto XVI ya había invitado a reflexionar sobre el discernimiento en la cuestión de la Comunión a los divorciados vueltos a casar en ciertos casos especiales. También Juan Pablo II ya había respondido a Monseñor Lefebvre –hace cuarenta años– explicando el verdadero significado de la Tradición que “encuentra su origen en los Apóstoles y progresa en la Iglesia bajo la asistencia del Espíritu Santo”.

En efecto, “la comprensión, tanto de las cosas cuanto de las palabras transmitidas, crece (…) con la reflexión y el estudio de los creyentes”. Pero es “sobre todo contradictoria” –afirmaba San Juan Pablo II– “una noción de Tradición que se opone al Magisterio universal de la Iglesia, de la que es poseedor el Obispo de Roma y el Cuerpo de los Obispos.

No se puede permanecer fieles a la Tradición rompiendo el vínculo eclesial con aquel al que el mismo Cristo, en la persona del Apóstol Pedro, ha encomendado el ministerio de la unidad en su Iglesia”. “La autodestrucción o el fuego de los conmilitones –afirma el Papa Francisco–  es el peligro más solapado. Es el mal que perjudica desde dentro; y, como dice Cristo, todo reino dividido en sí mismo cae en ruinas”.

El Papa Francisco cita con frecuencia al diablo: Es el que trata de destruir a la Iglesia. La suya “es una guerra sucia” y “nosotros, ingenuos, estamos a su juego”.

Obras abiertas

Dos acciones que Francisco ha aprobado con fuerza están aún en camino: la primera es la reforma de la Curia, por la complejidad de reorganizar una institución secular (“hacer reformas en Roma es como limpiar la Esfinge de Egipto con un cepillo de dientes –dijo el Papa citando a Monseñor de Mérode–. Y también los escándalos, como “Vatileaks2”, no detienen al Papa Bergoglio.

La segunda acción es la lucha contra los abusos sexuales en la Iglesia. De la Pontificia Comisión para la tutela de los menores,  –creada por Francisco– han renunciado algunos miembros, denunciando resistencias y retrasos. Pero el Papa reafirma la “tolerancia cero” porque “no hay lugar en el ministerio para aquellos que abusan de los menores”. Y Francisco va adelante.

Diplomacia de la paz

Francisco promueve la cultura del encuentro en ámbito ecuménico, interreligioso, social y político, sin olvidar la dimensión humana. Se mueve hacia la unidad, pero sin borrar las diferencias y las identidades. Es importante su rol en el deshielo entre Estados Unidos y Cuba y en el proceso de paz en Colombia y en la República Centroafricana.

Ataca a los que fabrican y venden armas. Al mismo tiempo, denuncia con firmeza las persecuciones contra los cristianos, quizás hoy más graves que ayer, en el «silencio cómplice de tantas potencias», que pueden detenerlas. Lanza llamamientos contra la trata de seres humanos «nueva forma de esclavitud».

Tiempo de la misericordia, pero hasta cierto punto

Sin duda, la palabra central de este Pontificado es «misericordia»: es el sentido de la Encarnación del Verbo. Es una palabra que escandaliza. Francisco se da cuenta. Dios es excesivo en su amor a sus criaturas.

Sin embargo, hay un límite: la corrupción. El corrupto es el que no sabe que lo es, el que rechaza la misericordia divina. Y Dios no se impone. Hay un juicio final.

Por ello, el Papa propone siempre el capítulo 25 del Evangelio según San Mateo: «Tuve hambre y me disteis de comer…». En el ocaso de la vida seremos juzgados sobre el amor.

Menos clericalismo en la Iglesia, más espacio a laicos, mujeres y jóvenes

Francisco se opone al clericalismo, porque el pastor debe «servir» y tener «olor a oveja». Afirma que los laicos deben descubrir cada vez más su propia identidad en la Iglesia: no deben permanecer al margen de las decisiones. Basta ya de «obispos pilotos».

Relanza el rol de la mujer, pero mirando su misterio, no su funcionalidad: no se trata de una lucha por el poder o de reivindicaciones imposibles, como el sacerdocio. Se trata de reflexionar sobre la hermenéutica de la mujer porque –reitera– María es más importante que los Apóstoles.

Invita a los jóvenes a tener mayor protagonismo y a incomodar a los pastores con su creatividad.

Evangelizadores con Espíritu

El Papa pide a todos los cristianos que sean «evangelizadores con Espíritu» para «anunciar la novedad del Evangelio con audacia, en voz alta y en todo tiempo y lugar, también a contracorriente», tocando «la carne de los que sufren», dando «razón de nuestra esperanza, pero no como enemigos que apuntan con el dedo y condenan».

«Si logro ayudar a una persona a vivir mejor –afirma Francisco– con eso es suficiente para justificar el don de mi vida».


Laicos en las curias diocesanas: «Trabajo para mi familia: la Iglesia»

marzo 4, 2018

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La canciller de Barcelona, Mariòn Roca, con el cardenal Omella.

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Laicos en las curias diocesanas: «Trabajo para mi familia: la Iglesia»

Por Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo
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«Yo pensaba que me iba a resultar muy difícil, pero son los sacerdotes y el obispo los que me lo han puesto muy fácil», dice Maribel del Real, nueva responsable de finanzas de la diócesis de Getafe desde el pasado enero.

Maribel no lleva ni un año trabajando en la curia diocesana y tiene claro que «la forma de trabajar es distinta a la de cualquier otra empresa que conozca. La Iglesia no es una empresa al uso. En otros sitios lo que impera es la productividad, los beneficios, los objetivos, quedar bien en el ranking de empresas, pero en la Iglesia importa sobre todo la persona.

¡Claro que la Iglesia no tiene que perder dinero y tiene que cuadrar los presupuestos, y yo estoy aquí para eso! Pero aquí no existe el agobio que hay en otras organizaciones que solo miran el euro. La visión es otra y el objetivo es otro, y el dinero es solo un medio para llegar a ese objetivo. Eso me ha resultado sorprendente y maravilloso. Es lo que más me ha chocado al trabajar aquí. Y es para mí una bendición y un privilegio», asegura.

La experiencia de Maribel no es única entre los laicos que tienen responsabilidades diocesanas. Francisco Albalá y Toñi Caro son los responsables del área de Matrimonio y Familia en Bilbao desde hace siete años, y allí «nos han acogido muy bien, pero lo teníamos muy fácil ya que en nuestra diócesis los curas están muy acostumbrados a trabajar con laicos, y al revés. Esa transición la hicimos aquí hace 30 años, y es algo ya normalizado. Para nosotros es una relación en un doble sentido: te pones a su servicio y al mismo tiempo demandas de ellos su trabajo y sus capacidades».

Complementariedad

En realidad, la colaboración entre sacerdotes y laicos es un fenómeno cada vez más normalizado dentro de las curias diocesanas. Mariòn Roca, la secretaria general canciller del Arzobispado de Barcelona desde el mes de septiembre, confirma que el trabajo común se desarrolla «con toda normalidad, con un trato agradable y natural. Me he sentido acogida en seguida y a gusto. Además, el señor cardenal es una persona afable, que confía en los demás, y eso ayuda mucho».

Mariòn destaca que sacerdotes y laicos «trabajamos bien, ¡y trabajamos mucho!, con el deseo de formar parte de un equipo e intentar agilizar los trámites tanto como sea posible», y resume en una palabra –«complementariedad»–, la relación entre curas y laicos:

«Siendo mujer y laica podría entenderse que el encaje es complejo entre tantos sacerdotes, pero no es así en absoluto. La complementariedad de las personas, con la empatía y generosidad de cada una, la familiaridad de trato, la confianza mutua… es algo fundamental, como en todos los ámbitos de la vida. Todos somos Iglesia y trabajamos por y para ella, cada uno desde su cargo y responsabilidades y con su propia personalidad».

«Les digo lo que deberían hacer»

«Curas y laicos encajamos muy bien. Es algo muy bonito», añade Teresa Valero, delegada de Nueva Evangelización en la diócesis de Solsona. En su caso, esta colaboración con el clero va más allá porque en ocasiones se encuentra dando para ellos sesiones de formación en toda España.

«Ahora estoy dando un curso de liderazgo para la conversión pastoral al que están asistiendo varios sacerdotes y un obispo. En realidad les estoy diciendo qué es lo que tienen que hacer en una parroquia para que pueda crecer. Es muy bonito porque ellos son unos expertos en este tema pero están abiertos a lo que se está haciendo en otras partes en el campo de la renovación de las parroquias, y ahí no tienen ningún problema en escuchar las aportaciones de los laicos», afirma.

Para Teresa, su labor pastoral es una tarea «conjunta y de comunión, de trabajar codo a codo y de igual a igual, cada uno desde su carisma».

Francisco coincide con ella en que «juntos estamos construyendo el reino de Dios, y es un regalo constatar que cuentan contigo para ello». Los delegados de Familia de Bilbao subrayan una palabra en este sentido: naturalidad.

«Es muy importante para ellos la aportación de los laicos. Todos contribuimos y ofrecemos visiones distintas, pero siempre complementarias. Somos distintos pero iguales de cara a la pastoral. A nosotros nos enriquece mucho su formación, todo lo que han estudiado. Te sientes muy bien acompañado entre ellos, no te sientes raro, hay mucha normalidad. Creo que es lo mejor que puede pasar en un ámbito en el que estamos llamados a  colaborar».

Intuición femenina

«Mi trabajo al final es el mismo, y daría igual si lo hiciera una u otra persona –reconoce Maribel– pero los laicos podemos aportar una visión propia, quizá porque estamos más en contacto con la gente de fuera, o porque venimos de otros trabajos en los que hemos estado trabajando de otra manera. Y en mi caso creo que aporto también una sensibilidad propia de las mujeres. Siempre me acuerdo de un día en que me crucé con don Joaquín, nuestro anterior obispo, y me dijo: “Me agrada mucho que siempre tengas una sonrisa en la cara”. Pues eso es lo que quiero, poder regalar esa sonrisa a cuantos se acerquen a mi mesa de trabajo».

Teresa subraya también «la especial aportación de la intuición femenina», además de que los laicos en general «pueden ofrecer una normalidad en la relación con la gente. De hecho, en el ámbito de la nueva evangelización, la figura del laico parece que llega mejor en un primer momento a las personas que están más alejadas, quizá porque se pueden ver más reflejadas y les acerca otro lenguaje y otra forma de presentarse que no conocían».

Mariòn añade que «además de mi experiencia personal y profesional», ofrece al trabajo común «una visión práctica del día a día, que se intenta adaptar a la realidad laboral de la curia, tan llena de particularidades. Me gustaría creer que mi labor no sólo responde al deseo de ser profesional y ejercer el cargo dignamente sino que también esa labor es fruto de un compromiso cristiano».

Hombres de Dios

Por otro lado, el contacto con tantos sacerdotes «me ayuda y me aporta mucho –dice la canciller de Barcelona–. Tomo notas constantes en mi interior. Algunos sacerdotes han sido y son grandes ejemplos para mí. Son sacerdotes referentes en mi vida, que aprecio y de los que he aprendido y aprendo mucho. En determinadas circunstancias su ejemplo ha renovado mi fe. Forma parte de vivir más cerca de Dios cada día y con más naturalidad».

Para Maribel, «los curas te ofrecen otra visión de las cosas, porque ellos están más volcados en lo pastoral. A mí personalmente me aportan paz, muchísima paz, y confianza, porque son hombres de Dios y lo demuestran todos los días. El contacto con ellos me ha hecho crecer en la fe. No sé qué más puedo pedir».

A Teresa, la figura del sacerdote «me infunde mucho respeto, son unas personas muy queridas para mí, hasta los más mayores que a lo mejor les cuesta más entrar en esta visión de la nueva evangelización. Son personas que han dedicado toda la vida a la Iglesia y se merecen mucho respeto. Estoy muy agradecida de verdad de poder trabajar codo a codo con ellos».

Por eso, formar parte de un equipo que se dedica a hacer crecer la Iglesia y llevar a otros la fe es para la delgada de nueva evangelización de Solsona «una suerte, y una vocación, la de tratar de hacer que otros descubran a Dios y a su Iglesia. En realidad es trabajar para lo que más quiero: mi familia de la Iglesia».


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