El maná de cada día, 16.11.19

noviembre 16, 2019

Sábado de la 32ª semana del Tiempo Ordinario

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Orar sin desfallecer

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PRIMERA LECTURA: Sabiduría 18, 14-16;19,6-9

Un silencio sereno lo envolvía todo, y, al mediar la noche su carrera, tu palabra todopoderosa se abalanzó, como paladín inexorable, desde el trono real de los cielos al país condenado; llevaba la espada afilada de tu orden terminante; se detuvo y lo llenó todo de muerte; pisaba la tierra y tocaba el cielo.

Porque la creación entera, cumpliendo tus órdenes, cambió radicalmente de naturaleza, para guardar incólumes a tus hijos.

Se vio la nube dando sombra al campamento, la tierra firme emergiendo donde había antes agua, el mar Rojo convertido en camino practicable y el violento oleaje hecho una vega verde; por allí pasaron, en formación compacta, los que iban protegidos por tu mano, presenciando prodigios asombrosos.

Retozaban como potros y triscaban como corderos, alabándote a ti, Señor, su libertador.


SALMO 104, 2-3.36-37.42-43

Recordad las maravillas que hizo el Señor.

Cantadle al son de instrumentos, hablad de sus maravillas; gloriaos de su nombre santo, que se alegren los que buscan al Señor.

Hirió de muerte a los primogénitos del país, primicias de su virilidad. Sacó a su pueblo cargado de oro y plata, y entre sus tribus nadie tropezaba.

Porque se acordaba de la palabra sagrada que había dado a su siervo Abrahán, sacó a su pueblo con alegría, a sus escogidos con gritos de triunfo.

Aclamación antes del Evangelio: 2Ts 2, 14

Dios nos llamó por medio del Evangelio, para que sea nuestra la gloria de nuestro Señor Jesucristo.


EVANGELIO: Lucas 18, 1-8

En aquel tiempo, Jesús, para explicar a sus discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse, les propuso esta parábola:

«Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres. En la misma ciudad había una viuda que solía ir a decirle: “Hazme justicia frente a mi adversario”.

Por algún tiempo se negó, pero después se dijo: “Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esta viuda me está fastidiando, le haré justicia, no vaya a acabar pegándome en la cara”»

Y el Señor añadió: «Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?; ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar.

Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?

 

ORAR PARA SER EFICACES

Rezamos poco y mal. Se nos contagia fácilmente ese virus –muy propio de la mentalidad del mundo– que apoya la palanca de su eficacia tan sólo en los medios humanos, en nuestros cálculos y planes, en las propias cualidades y talentos, en las estrategias políticas, en el atractivo influjo del dinero o en el poder que conlleva ostentar un cargo o un título.

Se nos olvida a menudo esa otra eficacia, aparentemente más lenta pero más segura y fecunda, de quien se fía sobre todo del tiempo de Dios, de su hacer sosegado y misterioso, de su manera –a veces tan incomprensible– de solucionar las cosas.

Nos cuesta fiarnos de esa otra eficacia sobrenatural, propia de la providencia, que con aparentes carambolas y casualidades resuelve en un segundo entuertos y situaciones ante las que sólo quedaba ya el dolor de sentir la propia impotencia.

Deberíamos cambiar esa costumbre de rezar sólo –o sobre todo– cuando arrecian los problemas y sufrimientos, por esa otra de orar continuamente y, por tanto, también en las dificultades.

Orar sin desfallecer, orar siempre y en todas las circunstancias, orar con todos los medios, orar con la boca, con el corazón y con la cabeza, para que cuando vengan las tempestades la barquilla de nuestra fe pueda resistir los embates del viento y del furioso oleaje.

La oración del corazón lleva a amar a Dios sobre todas las cosas, también sobre esas que no entendemos, que nos hacen sufrir, que no podemos resolver, que nos superan.

La oración de la inteligencia lleva a inclinar nuestros razonamientos, nuestra forma de ver las cosas, los absurdos que no entendemos, en actitud de adoración y de acatamiento ante esa insondable sabiduría de Dios que todo lo conoce y penetra buscando nuestro mayor bien.

Si quieres ser realmente eficaz hunde tu azada en la tierra y trabaja; pero hunde también esa otra azada de tu oración en el corazón de Dios y deja que Él trabaje contigo.

www.mater-dei.es


Una poderosa oración de sanación interior para el corazón

noviembre 10, 2019

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En una oración de sanación interior entrega a Dios tus aflicciones, preocupaciones, miedos, angustias, problemas y vacíos.

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Una poderosa oración de sanación interior para el corazón

Redacción: Qriswell Quero, PildorasdeFe.net | Con aportes de: Padre Pedro José Guerra, S.E

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Una oración de sanación interior hecha con fe puede ser una poderosa oración que transforma el alma y el corazón.

La oración de sanación interior es una forma de comunicarse con Dios, en intimidad y mayor profundidad con Él, poniendo a sus pies todos nuestros anhelos, deseos, esperanzas, frustraciones, estados de ánimo y situaciones dolorosas por las que atravesamos, para que actúe en nuestra vida y nos alcance la sanación espiritual, física o mental, si es su voluntad.

Jesús no vino sólo para darnos la salvación eterna, sino que además también vino para darle sanación a nuestra alma y cuerpo.

Sabemos que hay, al menos, cuatro tipos de curación: Sanación física, espiritual, liberación de los espíritus malignos y sanación interior; también conocida esta última como sanación de las heridas emocionales o sanación de los recuerdos dolorosos de la infancia o adultez.

“Derrama tu paz, Señor de mi vida”: dice Isaías en el capítulo 6 que Él es príncipe de paz.

Entrega, pues, al Señor tus aflicciones, preocupaciones, tus miedos, angustias, soledades, confusiones, tus amarguras y vacíos…

Entrégale al Señor tus complejos, culpabilidades, tus estados de ánimo, traumas…

Dile confiadamente: “Aquí estoy delante de Ti, con mis problemas, con mis enfermedades, con todas mis situaciones existenciales, vitales, vivencias íntimas y temores”.

De inmediato, busca un espacio de silencio y comienza a hacer tuyas estas palabras. Con mucha fe, pronuncia cada una de ellas, como si estuvieses mirando el rostro del Señor en estos momentos y dile la poderosa oración de sanación interior que sigue desde el fondo de tu corazón (Elige el rostro, la imagen del Señor que más te guste, que más te sugiera; la que más suscite en ti amor, ternura, confianza, abandono, emoción y piedad, lágrimas incluso; nota de redacción).

Poderosa oración de sanación interior

Señor, sé que Tú me amas y me bendices, todos los días te alabo, te bendigo, te doy gracias porque eres grande y maravilloso, bendito seas.

En este momento quiero entregarte, darte, donarte todos mis problemas porque sé que Tú me puedes ayudar, porque sé que Tú me puedes dar la paz que necesito.

Buen Jesús, en los momentos de oscuridad ilumina mi vida, sé el sol que se asoma por mi ventana, permíteme saber hacia dónde caminar.

Te pido, amado mío, que en los momentos de tristeza me des alegría. Me entrego a Ti y te suplico que actúes en mi corazón.

Tú sabes que necesito de Ti, de tu protección, de tu fortaleza. Sin Ti no soy capaz de vencer, sin Ti los problemas me vencen pero contigo todo lo puedo.

Te digo, Señor, que Tú eres un Dios bueno: Alabado y glorificado seas.

Tú conoces mis debilidades y angustias en este momento, te pido que me llenes de tu bendición.

Sé que Tú, en este momento estás pasando por aquí, Tú estás llenando de paz y serenidad a todos los que en este momento rezan esta oración: Gloria a tu nombre, bendito por siempre.

Ven, Señor, a tocar mi corazón que te necesita por diferentes situaciones; hoy te necesito más que nunca en mi vida (tú lo sabes, Señor Jesús, porque tú eres compasivo).

Ven, Señor, en mi ayuda, ven en mi auxilio, clamo a Ti, clamo pidiendo tu protección, clamo implorando tu fortaleza, clamo suplicando tu perdón.

Entra a mi corazón y renuévame, quita de mí las indecisiones, la tristeza, la melancolía, todo sentimiento de fracaso, de depresión, de soledad, fobias, miedos, temores, todo pensamiento negativo, todo hastío…

Toma, Señor, mi dolor; bendito seas Jesús porque sólo Tú me puedes comprender, ya que tú pasaste por lo mismo en tu Dolorosa Pasión.

Mueve tu mano sanadora en mí, mueve, Señor, tu mano poderosa para sentirme fortalecido/a. Que pueda yo creer en Ti.

A pesar de que mi vida sentimental esté pasando por momentos duros, mira la crisis de: (mi matrimonio, mi trabajo, mi hogar, mis familiares, mis amistades) Las cosas no salen como las espero, Señor mío.

Confío en Ti, confío en tu amor, sé que sólo Tú me puedes dar lo que nadie me puede dar.

Tú eres el amigo que nunca falla. Señor, transfórmame con tu poder y tu misericordia. Bendito seas, Jesús, bendito sea tu Santo Nombre.

Hoy, quiero entregarte, Señor, todo mi tiempo, mis emociones, mis sentimientos, mis pertenencias, mis bienes materiales, mi vida, mi enfermedad…

Te entrego, Señor mío, todo, absolutamente todo lo que tengo y todo lo que soy.

Santo, Santo, Santo eres Señor, Dios del Cielo y de la tierra, digno de adoración.

Bendito y alabado seas, Santo eres Tú. Gloria a Ti, Gloria y alabanza por siempre.

Quiero unirme a los coros celestiales, a todos los coros angelicales y glorificarte con todos ellos.

Te quiero bendecir por toda la eternidad con mi testimonio de vida. Tuyo soy, Señor, tuyo/a soy.

Sé que tu amor se derrama en mi vida en estos momentos y estás tocando lo profundo de mi corazón, sanando toda herida, toda frustración, todo dolor.

Vienes a mi vida a darme consuelo y fortalecerme con tu compañía.

Ven y quédate Jesús, quédate. (Permíteme descansar un momento en Ti, descargar mis agobios y ser una persona nueva, transformada por la fuerza de tu Amor; Nota de redacción). 

Amén.

https://www.pildorasdefe.net/aprender/oracion/oracion-sencilla-poderosa-sanacion-interior-heridas-emocionales


Una Oración por el Papa Francisco, de corazón.

noviembre 7, 2019

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Compadécete de nosotros, Señor, perdona nuestros muchos pecados, y llega hoy con toda tu fuerza y tu majestad al corazón del Papa. Amén. 

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Una Oración por el Papa Francisco, de corazón.

Por Fray Nelson, OP.

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Señor Jesucristo, Hijo del Dios vivo, que por amor a nosotros y por nuestra salvación te hiciste partícipe de la raza humana y, a precio de tu Sangre, nos adquiriste para siempre como tu Pueblo y ovejas de tu Rebaño;

Señor Jesucristo, que amaste a la Iglesia y te entregaste por ella, y en tu sabiduría quisiste que el apóstol San Pedro y sus Sucesores, sostenidos por tu propia oración, tuvieran la misión incomparable de confirmarnos en la fe, llevar a tu Rebaño a la plena unidad en ti y contigo, y atraer a todos los pueblos a la obediencia del Evangelio que predicaron con celo y fidelidad tus Santos Apóstoles;

Señor Jesucristo, porque sabemos que es necesario, y porque es nuestro deber y nuestro derecho como bautizados; y porque el mismo Papa Francisco lo ha pedido con humildad repetidas veces, te suplicamos por tu siervo, nuestro Papa Francisco, único y legítimo Papa, en estas horas de particular necesidad en la Santa Iglesia Católica.

Señor Jesucristo, apelando a tu Sagrado Corazón y a la eficaz intercesión de tu Santísima Madre, que ha sido saludada como Madre de la Iglesia, esto te pedimos para el Papa Francisco:

– Que tus Llagas Santas, Jesús, no se aparten de sus ojos; que simplemente no pueda olvidar el precio de amor que has pagado para que el demonio sea derrotado, los ídolos derribados, la muerte vencida, el pecado perdonado, y se abran las puertas de la gloria eterna a quienes creen y confiesan la fe.

– Que sus oídos sientan una alarma fuerte cada vez que las trampas del enemigo quieran persuadirlo de mezclar las aprobaciones del mundo o las presiones de la sociedad con la grandeza y pureza del Mensaje de Salvación que tú le has encomendado como Sucesor de Pedro.

– Que su boca reciba una gracia renovada, de modo que su palabra, apartándose de toda ambigüedad, defienda con claridad la sana doctrina, mientras sigue llamando a todos a la unidad en Cristo, para la gloria de Dios Padre.

– Que sus pies se orienten sin cesar hacia tu gloria, Jesús: buscándote en el silencio del Sagrario; reconociéndote en el testimonio de las Escrituras; predicando tu Evangelio con palabra diáfana y ardiente; y siempre sirviéndote, especialmente en los más pobres, es decir, los que menos saben de ti, Señor, puesto que no hay mayor miseria que ignorar cuál Dios nos ha amado tanto.

– Que su mente reciba una gracia singular del Espíritu Santo para reconocer y discernir, según el carisma propio de San Ignacio de Loyola, cuáles inspiraciones son de Dios, cuáles vienen de los interes puramente humanos y mundanos, y cuáles tienen su raíz en el espíritu de las tinieblas, que ronda buscando a quién devorar.

– Que sus manos realicen cada vez mejor la labor de cuidar el rebaño tuyo, Jesucristo, de modo que sea físicamente incapaz de firmar o apoyar lo que ensucia, confunde, degrada o niega la fe, la que defendieron los mártires, y en cambio tenga pulso firme para guiar el timón y conducir de nuevo la nave de la Iglesia a su ruta propia, más allá de los escollos e intereses de este mundo que pasa.

– Y finalmente, te pedimos, Señor Jesús, que el corazón del Papa sea sumergido en el fuego de tu propio Corazón, de modo que pueda corregirse de sus faltas, ya que todos las tenemos, y pueda predicarnos con fuerza y mucha luz sobre las raíces de nuestros pecados, y de los males que hoy se ciernen sobre la Tierra.

Estas intenciones ponemos sobre tu altar, Jesús.

Estas súplicas repetimos con humildad y constancia porque nos has dado amar tu Evangelio y tu Iglesia, Jesús.

Compadécete de nosotros, Señor, perdona nuestros muchos pecados, y llega hoy con toda tu fuerza y tu majestad al corazón del Papa.

Tú vives, tú reinas, con el Padre en la unidad del Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.


¿Qué es el Ministerio de Padres y Madres Orantes?

noviembre 4, 2019

 

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El Ministerio de Padres y Madres Orantes celebró el 20 aniversario en el Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe en Miami, Florida. 12. julio 2019

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Qué es el Ministerio de Padres y Madres Orantes?

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El Ministerio Padres y Madres Orantes (MPMO) son grupos de padres y madres llenos de amor a Dios y a sus familias, que se han formado como “Ministerios de Padres y Madres Orantes” en diferentes Parroquias de Miami y otros lugares de los Estados Unidos y de varios países de la América Latina.

Estos grupos de padres y madres en oración se han formado en MPMO debido a la gran necesidad que tienen los padres de familia de ayudar a los hijos a desarrollarse como personas de bien y para ayudarles a defenderse de todos los peligros a que están expuestos los jóvenes en esta sociedad actual.

(Los padres recurren a la oración…) Por el dolor que están sintiendo al ver los hijos acosados por los peligros de la droga, el licor, la violencia, el sexo libre y por todo tipo de peligros que los acechan y, lo más doloroso de todo, verlos tan alejados de Dios. Debido también a la dificultad que están teniendo los padres de familia para comunicarse con los hijos. Los hogares se han convertido en centros de angustia y discordias por la falta de comprensión entre los miembros de la familia.

Nuestros hijos, hoy más que nunca, necesitan de nuestras oraciones, para su protección y salvación. Si logramos que en cada hora del día se esté orando por nuestros hijos y los hijos del mundo entero, en algún lugar de este planeta… estaremos ayudando a la Virgen María a aplastarle la cabeza a Satanás.

Sabemos que las oraciones de los padres nunca son desatendidas por Dios y especialmente si nuestra intercesora y presentadora de las oraciones, es la misma Virgen María. Así lo hizo en las bodas de Caná, cuando vio que a los novios se les estaba acabando el vino, ella le pidió a su hijo Jesús, que hiciera su primer milagro, y Jesús, aunque le dijo que no había llegado su hora, la complació y convirtió el agua en el mejor vino.

Unámonos a ella, pues, en esta gran misión de salvar a nuestros hijos y los hijos del mundo entero, estando seguros de que Jesús también la complacerá en esta petición.

Objetivos específicos de cada Ministerio de Padres y Madres Orantes que, al estar unidos, forman el Ejército Eucarístico del Ministerio PMO

  • Salvar a nuestros hijos. No sólo eso, sino que queremos que se conviertan en apóstoles fieles y sumisos al llamado del Señor.
  • Nos unimos a la Bienaventurada Virgen María, Madre de Cristo, en el silencio de la oración de corazón pidiendo por nuestros hijos.
  • Orar incansablemente para defender a nuestros hijos siguiendo el ejemplo de Santa Mónica, madre de San Agustín.

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Planes de acción del MPMO

  • Misa y Hora Santa mensual de alabanza, petición y reparación por nuestros hijos.
  • Celebración especial el día 1ro. de Enero de cada año, en honor a la Madre de Cristo.
  • Ayudar a formar los grupos en cada Parroquia que se nos solicita, en cualquier País que lo desee.
  • Programas de radio en diferentes emisoras para dar ayuda y consuelos a los padres de familia.
  • Ofrecer conferencias y retiros de formación espiritual y sobre la relación entre los miembros de la familia.
  • Congresos de Padres y Madres Orantes en diferentes Países o Parroquias.
  • Distribución de folletos de formación en las Parroquias que tengan los Ministerios de PMO o en las que lo soliciten.
  • Poner a disposición de todos, por una donación mínima, material de recurso para evangelizar; tales como libros, vídeos, CDs de audio, etc.

Nuestra misión es ayudar a papá y mamá a trasmitir la fe, las virtudes y valores cristianos a los hijos y a formar hogares que sean dignos templos donde se desarrolle una familia sana y feliz.

Les enviamos muchas bendiciones y les recordamos que “oren y confíen”.

Luis y Loly García
Fundadores

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Quienes Somos

Celebración del 20 Aniversario del MPMO

NOTA: Este Ministerio de Padres y Madres Orantes tiene especial devoción a Santa Mónica, referente irrenunciable de las madres cristianas católicas. Modelo de esposas y madres cristianas. Entre sus recursos de inspiración cuentan con una bella oración en la que se implora la intercesión de Santa Mónica y San Agustín.

“Dios de bondad, consolador de los que lloran, tú que, lleno de compasión, acogiste las lágrimas que Santa Mónica derramaba pidiendo la conversión de su hijo Agustín, concédenos, por la intercesión de ambos, el arrepentimiento sincero de nuestros pecados y los de nuestros hijos. Que ellos vuelvan a ti como lo hizo San Agustín.

Santa Mónica, Madre de San Agustín, sigue rogando por las madres y por sus hijos, por las esposas y sus maridos, y por todos los pobres pecadores que necesitamos convertirnos.
Amén”


El maná de cada día, 27.10.19

octubre 26, 2019

Domingo XXX del Tiempo Ordinario, Ciclo C

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Sta. María Magdalena

Dos hombres subieron al Templo a orar

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Antífona de entrada Sal 104, 3-4

Que se alegren los que buscan al Señor. Recurrid al Señor y a su poder, buscad continuamente su rostro.


Oración colecta

Dios todopoderoso y eterno, aumenta nuestra fe, esperanza y caridad, y, para conseguir tus promesas, concédenos amar tus preceptos. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: Eclesiástico 35, 12-14. 16-18

El Señor es un Dios justo, que no puede ser parcial; no es parcial contra el pobre, escucha las súplicas del oprimido; no desoye los gritos del huérfano o de la viuda cuando repite su queja; sus penas consiguen su favor, y su grito alcanza las nubes; los gritos del pobre atraviesan las nubes y hasta alcanzar a Dios no descansan; no ceja hasta que Dios le atiende, y el juez justo le hace justicia.


SALMO 33, 2-3. 17-18. 19 y 23

Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha.

Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca; mi alma se gloría en el Señor: que los humildes lo escuchen y se alegren.

El Señor se enfrenta con los malhechores, para borrar de la tierra su memoria. Cuando uno grita, el Señor lo escucha y lo libra de sus angustias.

El Señor está cerca de los atribulados, salva a los abatidos. El Señor redime a sus siervos, no será castigado quien se acoge a él.


SEGUNDA LECTURA: 2 Timoteo 4, 6-8. 16-18

Querido hermano:

Yo estoy a punto de ser sacrificado, y el momento de mi partida es inminente. He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe.

Ahora me aguarda la corona merecida, con la que el Señor, juez justo, me premiará en aquel día; y no sólo a mí, sino a todos los que tienen amor a su venida.

La primera vez que me defendí, todos me abandonaron, y nadie me asistió. Que Dios los perdone.

Pero el Señor me ayudó y me dio fuerzas para anunciar íntegro el mensaje, de modo que lo oyeran todos los gentiles. Él me libró de la boca del león.

El Señor seguirá librándome de todo mal, me salvará y me llevará a su reino del cielo. A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén.


Aclamación antes del Evangelio: 2 Co 5, 19

Dios estaba en Cristo, reconciliando al mundo consigo, y a nosotros nos ha confiado la palabra de la reconciliación.


EVANGELIO: Lucas 18, 9-14

En aquel tiempo, a algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás, dijo Jesús esta parábola:

«Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, un publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: “¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo.”

El publicano, en cambio, se quedó atrás y no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo; sólo se golpeaba el pecho, diciendo: “¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador.”

Os digo que éste bajó a su casa justificado, y aquél no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.»

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Comentario al Evangelio:

Jesús con la parábola de hoy pone al descubierto la actitud farisaica del que se cree justo y por tanto se apoya “en sí mismo”. Es una provocación de Jesús a la gente religiosa de todos los tiempos. No es una simple invitación piadosa a ser “humildes”. Ni una reflexión moralizante. No, Jesús denuncia a una “religión” centrada en el mérito, en las obras y en la autosatisfacción por el cumplimiento exacto de una moral “externa”. La consecuencia de tal religiosidad es el juicio y el desprecio de los demás. Es una religión que “engorda el ego”. ¡Qué buena noticia para discernir y despertar a lo que somos! Vivamos desde la gratuidad, desde el desapego, sin juicios. ¡Todo es gracia! Un abrazo y feliz domingo,

José María Rastrojo.

COMENTARIO AL EVANGELIO

Por monseñor Jesús Sanz Montes, ofm

Quien se ha encontrado con el Dios vivo alguna vez, ha frecuentado su amistad y ha saboreado el amor de Dios, nunca se tendrá por justo, porque justo sólo es Dios; y acercarse al solo Justo supone hacer la experiencia de comprobar nuestra desproporcionada diferencia con él.

Saberse pecador, reconocerse como no justo, no significa vivir tristes, sin paz o sin esperanza, sino situar la seguridad en Dios y no en las propias fuerzas o en una hipócrita virtud.

Alguien que en verdad no ha orado nunca, seguirá necesitando afirmarse y convencerse de su propia seguridad, ya que la de Dios, la única fidedigna, ni siquiera la ha intuido. Y cuando alguien se tiene por justo, y está hinchado de su propia seguridad, es decir, cuando vive en su mentira, suele maltratar a sus prójimos, los desprecia “porque no llegan a su altura”, porque no están al nivel de “su” santidad.

Tenemos, pues, el retrato robot de quien estando incapacitado para orar por estas tres actitudes incompatibles con la auténtica oración, como el fariseo de la parábola, llega a creer que puede comprar a Dios la salvación. La moneda de pago sería su arrogante virtud, su postiza santidad. Hasta aquí el fariseo.

Pero había otro personaje en la parábola: el publicano, es decir, un proscrito de la legalidad, alguien que no formaba parte del censo de los buenos. Y al igual que otras veces, Jesús lo pondrá como ejemplo, no para resaltar morbosamente su condición pecadora, sino para que en ésta resplandezca la gracia que puede hacer nuevas todas las cosas.

Aquel publicano ni se sentía justo ante Dios, ni tenía seguridad en su propia coherencia, ni tampoco despreciaba a nadie. Ni siquiera a sí mismo. Sólo dijo una frase, al fondo del templo, en la penumbra de sus pecados: “Oh Dios, ten compasión de este pecador”.

Preciosa oración, tantas veces repetida por los muchos peregrinos que en su vida de oscuridad, de errores, de horrores quizás también, han comenzado a recibir gratis una salvación que con nada se puede comprar.

Jesús nos enseña a orar viviendo en la verdad, no en el disfraz de una vida engañosa y engañada ante todos menos ante Dios.

Tratar de amistad con quien nos ama, es reconocer que sólo él es Dios, que nosotros somos unos pobres pecadores a los que se les concede el don de volver a empezar siempre, de volver a la luz, a la alegría verdadera, a la esperanza, para rehacer aquello que en nosotros y entre nosotros, pueda haber manchado la gloria de Dios, el nombre de un hermano y nuestra dignidad.

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Novena al Señor de los Milagros, Día 4, Oct. 2019

octubre 24, 2019

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Te adoramos, Cristo, y te bendecimos. Porque con tu santa cruz redimiste al mundo. 

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NOVENA AL SEÑOR DE LOS MILAGROS, Día 4, Oct. 2019

Con reflexiones y oraciones sobre la Santísima Trinidad

 

  1. Señal de la cruz

Por la señal de la santa cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor Dios nuestro; en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

  1. Acto de contrición

Yo confieso ante Dios todopoderoso y ante ustedes, hermanos, que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión; por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa.

Por eso ruego a santa María, siempre virgen, a los Ángeles, a los Santos y a ustedes, hermanos, que intercedan por mí ante Dios, nuestro Señor.

  1. Oración preparatoria para todos los días: Postrados ante el Señor de los Milagros. Adoración y petición.

Señor de los Milagros, me postro a tus pies y te reconozco como mi Salvador y mi Dios. Te adoro y te pido la gracia de hacer devotamente esta Novena en tu honor.

Te doy gracias, Señor Jesús, porque tú bajaste del cielo y viniste al mundo para demostrarnos cuánto nos ama el Padre, el Dios invisible. Divino Jesús, tú sabías que el Padre desea que todos sus hijos se salven y tengan vida en abundancia.

Por eso, te ofreciste al Padre voluntariamente para venir al mundo y cumplir la misión de Mesías y Salvador del pueblo elegido Israel y después de todos los hombres. Eso fue lo que más te gustó, Señor Jesús. Nadie te obligó, a no ser tu amor incondicional a tu Padre Dios, y por él, a todos los hombres.

Señor Jesús, desde lo más íntimo de mi corazón te agradezco que te encarnaras y te hicieras hombre como uno de nosotros, igual en todo a nosotros, menos en el pecado. Te reconozco como mi Señor y mi Dios y te admiro por tu generosidad y tu solidaridad con los hombres.

Señor de los Milagros, mi Redentor, te bendigo y te alabo por tu bondad y tierna compasión hacia todos los hombres. Tú eres el puente entre Dios y los hombres. A través de ti, Señor Jesús, todos tenemos acceso seguro y directo al Padre Dios.

Por eso, Padre Santo, yo me postro en tu presencia, te adoro y te bendigo pues tú eres digno de toda bendición en el cielo y en la tierra. A ti la gloria y el poder porque gobiernas el mundo con sabiduría y misericordia. Tú eres el Creador, el Amo y Señor: Todo está en tus manos y nada está perdido.

Gracias, Padre, por enviarnos a tu propio Hijo y también al Espíritu Santo derramado en nuestros corazones. Este Espíritu nos conduce a la Verdad total que nos trajo Jesucristo. El Espíritu Santo habla con suavidad y poder persuasivo a nuestro espíritu asegurándonos que somos hijos amados del Padre y hermanos entrañables de Cristo. Él nos hace clamar: ¡Abba, Padre! Y también: ¡Jesús vive y es Señor!

Por eso, Padre de bondad, como hijos tuyos que somos en tu Hijo bendito, te pedimos que nos envíes el Espíritu y lo derrames en nuestros corazones. Ven, pues, Espíritu Santo, y llénanos del amor del Padre y del Hijo. Ven, dulce huésped del alma. Ven, Padre amoroso del pobre, y no pases de largo ante nosotros en esta Novena. Déjanos la huella de la santa unción que nos dé fe, vida y salud.

Te pedimos, Espíritu Vivificador, que durante estos días podamos saborear el amor personal e incondicional del Padre Dios y la dulzura inefable de su bendito hijo Jesucristo, el Señor de los Milagros. Amén.

  1. Consideraciones bíblico-teológicas para cada día de la Novena:

1. El Misterio de la Encarnación

Hoy queremos considerar el misterio de la Encarnación: El Hijo eterno de Dios, el Verbo Increado, la Palabra que estaba junto al Padre desde toda la eternidad y que hemos contemplado ayer, se ha encarnado y se ha hecho hombre en El Nazareno, en Jesús, el hijo de José y de María.

¿Por qué se hizo hombre y se encarnó de esa manera? El Catecismo de la Iglesia Católica, citando el Credo Niceno-Constantinopolitano, responde: “Por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María la Virgen y se hizo hombre” (n. 456).

¿Cuál ha sido la finalidad de la encarnación del Hijo de Dios? ¿Para qué lo envió el Padre? ¿Qué misión, qué encargo o encomienda ha traído el Hijo al mundo de parte del Padre Dios? ¿Cómo le ha ayudado el Espíritu Santo a cumplir la voluntad y los designios del Padre? La encarnación ¿ha alterado de alguna manera la pacífica y eterna convivencia de la Trinidad, las relaciones de las personas divinas, las funciones y los servicios de las tres divinas personas?

El Catecismo nos responde: El Verbo vino al mundo y se encarnó para salvarnos reconciliándonos con Dios (n. 457), para que nosotros conociésemos así el amor de Dios (n. 458), para ser nuestro modelo de santidad (n. 459) y para hacernos “partícipes de la naturaleza divina” (n. 460).

He aquí, bien resumido, el “admirable intercambio” realizado por el poder y el amor de Dios en la Encarnación del Hijo de Dios: Dios se hace hombre para que el hombre se pueda hacer Dios. Estamos ante el “misterio” del amor inefable de Dios por su propia criatura, tan fuerte y tan tierno que la biblia habla de “enamoramiento, de desposorio, de amor nupcial” entre Dios y el hombre.

De ahí la pregunta que muchos se han planteado, entre curiosidad y asombro, ¿la Encarnación se ha producido porque los hombres han pecado, o de todas formas Dios se habría encarnado como una consecuencia no necesaria, sino “libre” de su amor infinito y eternamente condescendiente con los hombres? Algunos piensan que la Encarnación no se explica ni se justifica totalmente por la existencia del pecado, sino por el infinito amor de Dios a su criatura.

En este sentido, escribe san Ireneo: “Porque tal es la razón por la que el Verbo se hizo hombre, y el Hijo de Dios, Hijo del hombre: para que el hombre al entrar en comunión con el Verbo y al recibir la filiación divina, se convirtiera en hijo de Dios”. Y lo completa san Atanasio: “Porque el Hijo de Dios se hizo hombre para hacernos Dios”.

Prosigue el Catecismo: “La Iglesia llama ‘Encarnación’ al hecho de que el Hijo de Dios haya asumido una naturaleza humana para llevar a cabo por ella nuestra salvación” (n. 461).

La Encarnación es un gran misterio si no el más importante y determinante, pues de él se derivan múltiples consecuencias y efectos salvíficos, más allá, claro está, de la destrucción del pecado. De ahí la expresión agustiniana: ¡Feliz culpa, la de Adán, que nos mereció tal redentor! El pregón pascual dirá que hemos salido beneficiados a cuenta del pecado de nuestros primeros padres, que el amor de Dios siempre se impone, prevalece…

De hecho el Catecismo afirma que la Encarnación “es el signo distintivo de la fe cristiana: ‘Podréis conocer en esto el Espíritu de Dios: todo espíritu que confiesa a Jesucristo, venido en carne, es de Dios’ (1 Jn 4, 2). Esa es la alegre convicción de la Iglesia desde sus comienzos cuando canta ‘el gran misterio de la piedad’: ‘Él ha sido manifestado en la carne’” (1 Tm 3, 16; n. 463).

2. Dos naturalezas pero una sola persona

A la primitiva Iglesia le costó tiempo y dolor formular debidamente este misterio. De nuevo el Catecismo nos ilustra: “El acontecimiento único y totalmente singular de la Encarnación del Hijo de Dios no significa que Jesucristo sea en parte Dios y en parte hombre, ni que sea el resultado de una mezcla confusa entre lo divino y lo humano. Él se hizo verdaderamente hombre sin dejar de ser verdaderamente Dios. Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre” (n. 464). 

Jesucristo es Hijo de Dios por naturaleza y no por adopción. Jesucristo ha sido engendrado, no creado, de la misma sustancia o naturaleza que el Padre (n. 465). Es verdadero Dios y verdadero hombre, nn. 464-469: dos naturalezas, una persona. Unión hipostática. “No hay más que una hipóstasis -o persona- que es nuestro Señor Jesucristo, uno de la Trinidad” (DS 424).

Por tanto, todo en la humanidad de Jesucristo debe ser atribuido a su persona divina como a su propio sujeto (cf ya Cc Éfeso: DS 255), no solamente los milagros sino también los sufrimiento (cf DS 424) y la misma muerte: ‘El que ha sido crucificado en la carne, nuestro Señor Jesucristo, es verdadero Dios, Señor de la gloria y uno de la Santísima Trinidad (DS 432; n. 468). “La naturaleza humana ha sido asumida, no absorbida”, n. 470.

“Se ha de reconocer a un solo y mismo Cristo Señor, Hjo único en dos naturalezas, sin confusion, sin cambio, sin división, sin separación. La diferencia de naturalezas de ningún modo queda suprimida por su unión, sino que quedan a salvo las propiedades de cada una de las naturalezas y confluyen en un solo sujeto y en una sola persona” (DS 301-302; n. 467).

Por tanto, Jesucristo tiene dos naturalezas completas porque es verdaderamente Dios y verdaderamente hombre. Pero no tiene dos personalidades, dos sujetos de apropiación, sino una sola personalidad que es la divina. Dos naturalezas, pero una sola persona, la del Hijo de Dios o del Verbo.

Según el Catecismo, el Concilio de Éfeso confiesa que ‘“el Verbo, al unirse en su persona a una carne animada por un alma racional, se hizo hombre’ (DS 250). La humanidad de Cristo no tiene más sujeto que la persona divina del Hijo de Dios que la ha asumido y hecho suya desde su concepción” (n. 466).

“Por eso el Concilio de Éfeso proclamó en el año 431 que María llegó a ser con toda verdad Madre de Dios mediante la concepción humana del Hijo de Dios en su seno: ‘Madre de Dios, no porque el Verbo de Dios haya tomado de ella su naturaleza divina, sino porque es de ella, de quien tiene el cuerpo sagrado dotado de un alma racional, unido a la persona del Verbo, de quien se dice que el Verbo nació según la carne’” (DS 251; n. 466; “… porque es de ella… de quien se dice que el Verbo nació según la carne”).

Con estas afirmaciones nos estamos moviendo en el terreno sagrado de la fe: ¿Cómo podemos afirmar que Jesús es verdadera y completamente hombre si no tiene personalidad humana? Este hecho ¿implicaría necesariamente una imperfección, una privación de bien o bondad en Jesús? No, en absoluto. La naturaleza humana ha sido creada para ser dirigida por el Espíritu de Dios al bien y habitada totalmente por el Amor de Dios. Por eso, cuanto más dependa del amor de Dios, e incluso viva de él, mejor, más humana será y más divina a la vez, más plenamente realizada en su esencia y misión, según los designios divinos.

Es decir, lo que le faltaría a Jesús sería la personalidad “pecadora”, una carencia de bien. Al carecer de toda inclinación al mal y de todo pecado, Jesús vive totalmente animado por el Espíritu y plenamente habitado por el poder y la gracia y la santidad de Dios.

De hecho, la esencia de la vida cristiana consiste en echar fuera de nosotros al pecado para ser habitados por el Espíritu de Dios, porque el hombre ha sido creado “capaz” de Dios. La irrupción de lo divino en su ser y vivencia resulta tan extraordinaria y tan fuerte que san Pablo podrá exclamar: “vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí”.

El Catecismo enseña con toda claridad: “Siguiendo, pues, a los Santos Padres, enseñamos unánimemente que hay que confesar a un solo y mismo Hijo y Señor nuestro Jesucristo: perfecto en la divinidad, y perfecto en la humanidad; verdaderamente Dios y verdaderamente hombre compuesto de alma racional y cuerpo; consustancial con el Padre según la divinidad, y consustancial con nosotros según la humanidad, ‘en todo semejante a nosotros, excepto en el pecado’ (Hb 4, 15); nacido del Padre antes de todos los siglos según la divinidad; y por nosotros y por nuestra salvación, nacido en los últimos tiempos de la Virgen María, la Madre de Dios, según la humanidad” (n. 467).

“Puesto que en la unión misteriosa de la Encarnación ‘la naturaleza humana ha sido asumida, no absorbida” (GS 22, 2), la Iglesia ha llegado a confesar con el correr de los siglos, la plena realidad del alma humana, con sus operaciones de inteligencia y de voluntad, y del cuerpo humano de Cristo. Pero paralelamente, ha tenido que recordar en cada ocasión que la naturaleza humana de Cristo pertenece propiamente a la persona divina del Hijo de Dios que la ha asumido. Todo lo que es y hace en ella pertenece a ´uno de la Trinidad´. El Hijo de Dios comunica, pues, a su humanidad su propio modo personal de existir en la Trinidad. Así, en su alma como en su cuerpo, Cristo expresa humanamente las costumbres divinas de la Trinidad” (cf Jn 14, 9-10; n. 470).

Por tanto, entre la convivencia del Verbo dentro de la Trinidad Santísima y su comportamiento en la historia de la Salvación como Verbo encarnado hay una correspondencia, una continuidad; no hay dicotomía, ni discontinuidad ni mucho menos arbitrariedad o contradicción. Esta verdad de fe nos trae mucha paz, sosiego y asombro por la condescendencia de Dios en su revelación a los hombres, para hacerlos partícipes de su vida divina, miembros de la familia divina.

De ahí que el n. 470 concluya con estas afirmaciones: “El Hijo de Dios… trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de nosotros, en todo semejante a nosotros, excepto en el pecado” (GS 22, 2).

En síntesis, la encarnación del Hijo de Dios es el abrazo de Dios y el hombre para siempre, la unión y común unión del hombre y de Dios, sin perjuicio de ninguno de los dos, Creador y creatura. En perfecta armonía y misteriosa implicación o intercomunicación: Es decir, por una parte, Humanización de Dios, y por otra, Divinización del hombre. Desposorio de Dios con la humanidad, en el que Dios toma la iniciativa de manera unilateral, pero necesitando la benevolencia obsequiosa y la colaboración del hombre (cf Cantar, 2, 8-14).

  1. Peticiones o plegaria universal
  1. Dios Padre misericordioso, te damos gracias porque tú eres digno de toda bendición. Haz que te alabemos siempre a través de tu propio Hijo Jesucristo,

Invitación: Roguemos al Señor.

Respuesta: Te lo pedimos, Señor.

  1. Gracias, Padre santo, porque enviaste a tu Hijo al mundo para salvarnos. Concédenos acoger a tu Hijo como el mayor regalo que nos has dado,

Roguemos al Señor…

  1. Padre todopoderoso, que todos los hombres reconozcan que tú, con el Hijo y el Espíritu Santo eres un solo Dios, para que crean, esperen y amen al Dios único y verdadero,

Roguemos al Señor…

  1. Padre eterno, que a través de tu Hijo has creado todas las cosas y con el Espíritu Santo todo lo gobiernas y diriges, haz que sepamos cuidar del mundo en que vivimos,

Roguemos al Señor…

  1. Señor de los Milagros, honrado, venerado y adorado por generaciones de peruanos dentro y fuera del territorio patrio, bendice al Perú para que seamos un pueblo próspero y creyente para gloria de Dios Padre en el Espíritu Santo,

Roguemos al Señor…

  1. Señor Jesús, te adoramos y te bendecimos porque con tu santa cruz has redimido el mundo. Ayúdanos a colaborar siempre contigo en la salvación de nuestros hermanos para gloria del Padre,

Roguemos al Señor…

  1. Espíritu Santo, don del Padre y del Hijo, ven a iluminar a todos los que estamos rezando esta novena a fin de que conozcamos mejor el amor del Padre y del Hijo,

Roguemos al Señor…

  1. Pídase y formúlese ante el Señor la gracia específica que se desea obtener en esta Novena

(Pausa en silencio)

Roguemos al Señor…

6. Padre nuestro, Ave María y Gloria (tres veces).

7. Oración final para todos los días

Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, te adoro y te bendigo como mi único Señor y mi Dios. Me postro ante tu divina majestad y me rindo totalmente en tu presencia como criatura tuya que soy y también como hijo tuyo en tu bendito Hijo Jesucristo.

Te adoro, mi único Dios y Señor, y te entrego toda mi libertad. Quiero pertenecerte en cuerpo y alma y me consagro íntegramente a tu divina voluntad y misericordia. Te entrego todas mis facultades y pongo ante ti todas mis posibilidades: Deseo hacer siempre tu santa voluntad, pues te confieso como mi único amo y señor. Quiero andar en tu presencia toda mi vida. No quiero vivir dividido, disperso, y renuncio a toda actitud o conducta que me separe y me aparte de ti.

Padre de bondad infinita, te consagro mi memoria y quiero recordar y considerar siempre lo que tú esperas de mí. Deseo vivir, Padre Santo, según las expectativas, planes y proyectos que, desde toda la eternidad, has acariciado, soñado y pensado sobre mí. Que nada me distraiga y me aparte de ese proyecto misterioso. Quiero que estés orgulloso de mí como lo estás de tu amado Hijo, Jesús.

A ti, Señor Jesús, Señor de los Milagros, te consagro mi entendimiento y toda mi capacidad de pensar, discurrir y soñar. Tú eres mi sabiduría y mi ciencia. En tu vida narrada en el Evangelio, divino Maestro, quiero aprender todos los secretos y todo el saber. En ti encuentro el sentido más pleno de mi vida y de mi existencia. No quiero saber ni entender nada fuera de ti. Tú eres mi luz, vida y esperanza. Renuncio a buscar al margen de ti razones para vivir y esperar.

A ti, Espíritu Consolador, te entrego toda mi voluntad. Te consagro toda mi capacidad de gozo y felicidad. Que sólo en ti encuentre alegría y contento. Dame, Espíritu Santo, gusto en las cosas santas. Dame la vida eterna, que es conocer de verdad y saborear el amor del Padre y del Hijo. Hazme sentir la belleza y la bondad de la vida cristiana, y valorar la sabiduría de la Cruz. Líbrame de la mentira y de la vanidad del mundo presente.

Ven, Espíritu Vivificador, y mira mi pequeñez, ten compasión de mí, Padre amoroso del pobre: Ven a iluminar lo que está oscuro en mí, ven a enderezar lo torcido, a calentar lo frío, a endulzar lo amargo, en fin, a sanar mis heridas. Ven, Espíritu Santo, a pacificar a los violentos, a reconciliar a los enemistados, a robustecer a los débiles, a vivificar lo que languidece, y finalmente, a resucitar a los que están muertos.

Padre Santo, por tu bendito Jesús, derrama el Santo Espíritu sobre toda carne, sobre tu santa Iglesia, sobre el Perú, y de manera especial sobre todos los devotos del Señor de los Milagros, y sobre los que estamos haciendo esta Novena en su honor. Amén.

Gloria al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo, como era en el principio, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

8. Himno al Señor de los Milagros

Señor de los Milagros, a ti venimos en procesión

tus fieles devotos, a implorar tu bendición (bis)

 

Faro que guía, da a nuestras almas

la fe, esperanza, la caridad;

tu amor divino nos ilumine,

nos haga dignos de tu bondad.

 

Señor de los Milagros, a ti venimos en procesión

tus fieles devotos, a implorar tu bendición (bis)

 

Con paso firme de buen cristiano

hagamos grande nuestro Perú,

y unidos todos como una fuerza

te suplicamos nos des tu luz.

 

Señor de los Milagros, a ti venimos en procesión

tus fieles devotos, a implorar tu bendición (bis)

 

Letra y música: Isabel Rodríguez Larraín

NOTA: Revisado en San Millán, oct. de 2019

 

 

 


Novena al Señor de los Milagros, Día 3, Oct. 2019

octubre 23, 2019

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Por su dolorosa pasión, ten compasión de nosotros y del mundo entero.

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NOVENA AL SEÑOR DE LOS MILAGROS, Día 3, Oct. 2019

Con reflexiones y oraciones sobre la Santísima Trinidad

 

  1. Señal de la cruz

Por la señal de la santa cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor Dios nuestro; en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

  1. Acto de contrición

Yo confieso ante Dios todopoderoso y ante ustedes, hermanos, que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión; por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa.

Por eso ruego a santa María, siempre virgen, a los Ángeles, a los Santos y a ustedes, hermanos, que intercedan por mí ante Dios, nuestro Señor.

  1. Oración preparatoria para todos los días: Postrados ante el Señor de los Milagros. Adoración y petición. 

Señor de los Milagros, me postro a tus pies y te reconozco como mi Salvador y mi Dios. Te adoro y te pido la gracia de hacer devotamente esta Novena en tu honor.

Te doy gracias, Señor Jesús, porque tú bajaste del cielo y viniste al mundo para demostrarnos cuánto nos ama el Padre, el Dios invisible. Divino Jesús, tú sabías que el Padre desea que todos sus hijos se salven y tengan vida en abundancia.

Por eso, te ofreciste al Padre voluntariamente para venir al mundo y cumplir la misión de Mesías y Salvador del pueblo elegido Israel y después de todos los hombres. Eso fue lo que más te gustó, Señor Jesús. Nadie te obligó, a no ser tu amor incondicional a tu Padre Dios, y por él, a todos los hombres.

Señor Jesús, desde lo más íntimo de mi corazón te agradezco que te encarnaras y te hicieras hombre como uno de nosotros, igual en todo a nosotros, menos en el pecado. Te reconozco como mi Señor y mi Dios y te admiro por tu generosidad y tu solidaridad con los hombres.

Señor de los Milagros, mi Redentor, te bendigo y te alabo por tu bondad y tierna compasión hacia todos los hombres. Tú eres el puente entre Dios y los hombres. A través de ti, Señor Jesús, todos tenemos acceso seguro y directo al Padre Dios.

Por eso, Padre Santo, yo me postro en tu presencia, te adoro y te bendigo pues tú eres digno de toda bendición en el cielo y en la tierra. A ti la gloria y el poder porque gobiernas el mundo con sabiduría y misericordia. Tú eres el Creador, el Amo y Señor: Todo está en tus manos y nada está perdido.

Gracias, Padre, por enviarnos a tu propio Hijo y también al Espíritu Santo derramado en nuestros corazones. Este Espíritu nos conduce a la Verdad total que nos trajo Jesucristo. El Espíritu Santo habla con suavidad y poder persuasivo a nuestro espíritu asegurándonos que somos hijos amados del Padre y hermanos entrañables de Cristo. Él nos hace clamar: ¡Abba, Padre! Y también: ¡Jesús vive y es Señor!

Por eso, Padre de bondad, como hijos tuyos que somos en tu Hijo bendito, te pedimos que nos envíes el Espíritu y lo derrames en nuestros corazones. Ven, pues, Espíritu Santo, y llénanos del amor del Padre y del Hijo. Ven, dulce huésped del alma. Ven, Padre amoroso del pobre, y no pases de largo ante nosotros en esta Novena. Déjanos la huella de la santa unción que nos dé fe, vida y salud.

Te pedimos, Espíritu Vivificador, que durante estos días podamos saborear el amor personal e incondicional del Padre Dios y la dulzura inefable de su bendito hijo Jesucristo, el Señor de los Milagros. Amén.

  1. Consideraciones bíblico-teológicas para cada día de la Novena:

DÍA TERCERO: El Hijo de Dios, el Verbo increado

Ayer contemplamos la Imagen del Señor de los Milagros en su referencia al Misterio de la Santísima Trinidad. Hoy deseamos acercarnos al misterio de la identidad del Nazareno clavado en la cruz. ¿Quién es?

La fe nos asegura que “El Crucificado” es Dios y hombre a la vez, es el Verbo, la Palabra, el Hijo de Dios, y también en él adoramos a Jesucristo, el nuevo Adán que ha resucitado, ha subido al cielo, se ha sentado a la derecha de Dios Padre y nos ha enviado el Espíritu Santo.

Según esto, en Dios Hijo distinguimos tres estados de existencia, sin detrimento de su única Personalidad e Identidad divina:

– El Verbo increado o eterno que vive junto al Padre desde siempre y por siempre.

– El Verbo encarnado, Dios y hombre a la vez: Jesús de Nazaret

– El Señor Jesucristo, Cristo Resucitado, Cabeza de la nueva creación.

1.- El dato bíblico de la relación de Jesús con su Padre Dios

Podemos hablar del Verbo eterno porque Jesús, un hombre como nosotros, con una historia personal y familiar bien concreta, se presentó en el mundo asegurando que él conocía a Dios eternamente, porque venía del cielo y había sido enviado por Dios a quien llamaba con toda su alma y en verdad “Padre”.

Los discípulos de Jesús fueron testigos de esta experiencia única, la creyeron y la predicaron a la Iglesia; también la pusieron por escrito, sobre todo Juan evangelista, como patrimonio espiritual de la comunidad cristiana.

Escribe, en efecto: Al principio existía el Verbo, la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. Vino a este mundo a dar testimonio de la verdad. Nosotros hemos conocido la Palabra, la hemos visto y oído, la hemos tocado con nuestras propias manos. Y damos testimonio de la misma. Y sabemos que decimos la verdad. Damos testimonio para que ustedes crean lo mismo que nosotros… y sabemos que decimos la verdad (Jn 1, 1 ss.; 1 Jn 1, 1 ss.)

Desde la experiencia del Jesús histórico que los discípulos recordaban y guardaban celosamente y con la ayuda de la vivencia pascual nos remontamos hasta la vida intratrinitaria de “ese Nazareno”, vida escondida en Dios antes de los siglos.

Jesús vivió en constante comunicación con su Padre Dios. Se sentía enviado por él para salvar a todos los hombres. No tenía un proyecto ni un mensaje propio, sino el mismo del Padre. Sólo hablaba de lo que había visto y oído junto al Padre, sólo predicaba lo que el Padre le había revelado, sin aumentarle ni quitarle nada. Su doctrina no era suya. Su alimento era cumplir la voluntad de su Padre, porque sólo él es bueno, lo sabe todo y lo gobierna todo con sabiduría y amor.

Esta familiaridad de Jesús con su Padre Dios tenía tan impactados a los discípulos que, un buen día, Felipe le dijo a Jesús: Muéstranos al Padre y eso nos basta, no te preguntaremos más cosas, seguro que eso será suficiente para nosotros.

Jesús le respondió: ¿No te has dado cuenta, Felipe, de que el Padre y yo somos uno? Quien me ve a mí, ve al Padre, quien me conoce, conoce al Padre. Jesús y el Padre están íntimamente unidos, viven en plena comunión (Jn 14, 8, ss.)

2.- Formulación eclesial y teológica de esa relación “misteriosa”

Acogiendo estos elementos bíblicos y las enseñanzas de la primitiva Iglesia los teólogos nos han ayudado a comprender mejor el misterio de la Santísima Trinidad, y más en concreto la relación entre el Padre y el Hijo. Gracias a esta tradición la Iglesia no invita y enseña a creer en la comunión que existe entre el Padre y el Hijo en el Espíritu Santo.

Así, afirmamos que nuestro Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, el Dios uno y trino a la vez no es un individuo o una personalidad única, sino una familia, una comunidad: Un solo Dios, sí, pero en tres personas distintas iguales en su ser y dignidad. Dios es comunión o intercomunicación de las tres divinas personas.

En Dios, ser y existir es a la vez, es lo mismo, desde siempre e infinitamente. Dios Padre existe porque tiene un Hijo. No existe primero como Dios y después se hace Padre. No. El Padre, desde siempre engendra al Hijo, y a él le da todo, sin reservarse nada, excepto su relación o referencia al Hijo. No tiene nombre propio. Su nombre como su entidad personal es esencialmente referencial. Si no engendrara al Hijo, no existiría ni como Padre ni como Dios Padre.

Y ese Padre es Dios porque no existen más formas de ser “padre”, otras maneras de ser origen, amor, dador de vida, que engendra, que afirma, que protege, que sostiene… El Padre es Dios porque genera toda forma de “paternidad”, realiza todas las formas posibles e imaginables de paternidad y acaba, agota, todas las posibles maneras de ser “padre”, origen, dador y protector de la vida…

Por eso, es “Dios” porque no queda ninguna “paternidad” fuera de él… Todo lo da al Hijo, esencialmente, desde siempre y, por siempre, eterna e infinitamente, sólo hace eso, y nada más… de una manera simplicísima y purísima: Es la “paternidad en persona, en esencia y eternamente”.

Respecto de Dios Hijo, afirmamos algo parecido: Dios Hijo existe porque tiene un Padre. No existe primero como Dios y después se hace Hijo. No. El Hijo, el Verbo, la Palabra, desde siempre es engendrado por Dios Padre y desde siempre está vuelto al Padre, adorándolo, glorificándolo, dándole todo su amor y ternura, sin reservarse nada, excepto su relación o referencia al Padre, o su relación filial.

No tiene nombre propio, es decir, existir primero como algo consistente, sólido y autosuficiente en sí, y después “darse” al Padre, no; tiene nombre común, “hijo” o engendrado. Si no tuviera al Padre, no existiría. Si no tuviera una referencia esencial al Padre, no existiría, ni como Hijo ni como Dios Hijo.

Y ese Hijo es Dios porque no existen más formas de ser “hijo”, engendrado, amado, respetuoso, obediente, que glorifica, que cumple la voluntad del Padre… El Hijo es Dios porque genera toda forma de “filiación”, de sumisión obsequiosa y libre, dependiente esencialmente, porque realiza todas las formas posibles de obediencia y acaba, agota, todas las formas de ser “hijo bien nacido y agradecido”, fiel, amoroso, entregado, tierno…

Por eso, el Hijo es “Dios” porque no queda ninguna “forma de filiación” fuera de él… Todo lo agradece al Padre, está esencial y totalmente vuelto al Padre, adorándolo, desde siempre y, por siempre, eterna e infinitamente, sólo hace eso, y nada más… de una manera simplicísima y purísima: Es la “filiación en persona, en esencia y eternamente”.

Escribe el P. Nereo Silanes, trinitario: “Si el Padre es solo Padre, el Hijo es solo Hijo. Ser Hijo, en la segunda persona de la Trinidad es el mismo ser divino en su plenitud infinita, en entrega filial. El Padre es solo Padre, pero el Hijo, de igual forma, es solo Hijo, constitutivamente Hijo. Todo su ser divino es filial. ¿Y qué es ser Hijo? Estar recibiendo constantemente la divinidad del Padre, ser engendrado ininterrumpidamente por el Padre… El Hijo… nunca sale del Padre. Ser Padre y ser Hijo en la Trinidad se corresponden…” (El don de Dios, La Trinidad en nuestra vida; págs. 136 y 137).

3.- Teología trinitaria

El Padre da todo lo que es, se autodona desde siempre… El Hijo devuelve todo lo recibido, toda su sustancia, filialmente. “Ser Padre constitutiva y esencialmente es comunicar toda su riqueza infinita al Hijo; y ser Hijo constitutiva y sustancialmente es eso: no ser nada más que Hijo: entregarse plena y totalmente al Padre” (Ibíd., pág. 137).

Tanto el Padre como el Hijo descansan en esa comunión, son un don mutuo y gratuito en el Espíritu Santo: sin distracción, sin fluctuación, sin dispersión, sin egoísmo ni rivalidad… de manera simplicísima y recíproca, plena, generosa y amorosa, total, desde siempre y para siempre.

Así, en Dios Hijo todo su ser filial es estar vuelto, estar volviendo, estar contemplando, agradeciendo al Padre… diciéndole “tú eres mi Padre”, soy tu Hijo amado, solo tu Hijo… Es lo que más me gusta. Todo es poco para agradecerte suficientemente, por eso te obedezco en todo, es mi delicia cumplir tu voluntad, me ofrezco totalmente, qué quieres de mí, en qué te puedo agradar… Aquí estoy para hacer tu voluntad… (Is 6, 8 ss.).

Eternamente el Padre Dios se dirige al Hijo para expresarle todo su amor hacia dentro de la Santísima Trinidad, y también hacia fuera. Y el Hijo también eternamente responde al Padre. Por tanto “dialogan” entre ellos o mejor “tria-logan” porque se comunican en el Espíritu.

Y así el Padre le expresa al Hijo que todo lo que él pueda imaginar y crear lo hará siempre a través del Hijo, contando con él, por medio de él, según su peculiaridad filial… y asegurándole que por él y en él encontrarán entidad y consistencia todas las cosas… y que sólo aceptará gloria de parte de la creación a través de él y por él, pues en él ha fundado todas las cosas y les da consistencia (Jn 14, 10 y ss.; 17, 1 y ss.). Nada puede volver al Padre si no es a través del Hijo, por el Hijo, siendo de alguna manera el mismo y único Hijo en el Espíritu.

Todo cuanto existe fuera de la Trinidad ha sido creado en el Hijo, a través del Verbo, de la Palabra. Por tanto, de alguna manera tiene relación estrecha con el Hijo, es como una prolongación del Verbo ya que nada ha sido creado fuera de él. El Verbo, por ser horma o molde de la creación, es causa ejemplar de la misma, y también causa final pues todo debe volver al Padre por medio de él y en la medida en que se parezca a él será salvo y grato a Dios Padre. No será por esencia sino por participación o gracia.

Y cuando el hombre se aparta del proyecto de Dios por el pecado y arrastra consigo a toda la creación, el Padre le confía al Hijo su preocupación: ¿A quién enviaré, quién irá por mí, cómo hacerle entender al hombre su gran equivocación, cómo hacerle volver a la casa paterna? (Is 6, 8. Salmo 11).

Y el Hijo se ofrece sin pensarlo dos veces y responde inmediatamente: Aquí estoy, yo iré, dame un cuerpo y mándame a mí, yo iré y les hablaré de ti y te los devolveré para que tu casa se llene de invitados y tu banquete no sea despreciado (Hebreos, 10, 5-7. Salmo 40; Jn 17, 1-5).

En la Biblia, la segunda persona de la Trinidad toma diversos nombres que nos ayudan a comprender y gustar la realidad bendita del Hijo de Dios, el engendrado por el Padre desde siempre. Los enumeramos someramente: Palabra del Padre, Verbo, del latín, o Logos en griego. Es la mente o inteligencia del Padre, el lenguaje del Padre, su gesto o su rostro. Es impronta de su sustancia. Imagen, manifestación o esplendor del Padre.

El Hijo del Padre es conocido como la sabiduría divina en persona, es amable, pacífica, dulce, paciente, humilde, amante de los hombres, casta, noble… (Prov 8, 22; Eclesiástico, 24, 1 y ss.; Sab 7, 21 y ss.; Prov. 9, 1-6).

La Palabra de Dios es revelación del Padre, proyección y sacramento, icono del Padre, es el amén al Padre y el amén de los hombres a Dios. Es también la bendición descendente desde el Padre y la bendición ascendente desde los hombres al Creador.

 

  1. Peticiones o plegaria universal

 

  1. Dios Padre misericordioso, te damos gracias porque tú eres digno de toda bendición. Haz que te alabemos siempre a través de tu propio Hijo Jesucristo,

Invitación: Roguemos al Señor.

Respuesta: Te lo pedimos, Señor.

  1. Gracias, Padre santo, porque enviaste a tu Hijo al mundo para salvarnos. Concédenos acoger a tu Hijo como el mayor regalo que nos has dado,

Roguemos al Señor…

  1. Padre todopoderoso, que todos los hombres reconozcan que tú, con el Hijo y el Espíritu Santo eres un solo Dios, para que crean, esperen y amen al Dios único y verdadero,

Roguemos al Señor…

  1. Padre eterno, que a través de tu Hijo has creado todas las cosas y con el Espíritu Santo todo lo gobiernas y diriges, haz que sepamos cuidar del mundo en que vivimos,

Roguemos al Señor…

  1. Señor de los Milagros, honrado, venerado y adorado por generaciones de peruanos dentro y fuera del territorio patrio, bendice al Perú para que seamos un pueblo próspero y creyente para gloria de Dios Padre en el Espíritu Santo,

Roguemos al Señor…

  1. Señor Jesús, te adoramos y te bendecimos porque con tu santa cruz has redimido el mundo. Ayúdanos a colaborar siempre contigo en la salvación de nuestros hermanos para gloria del Padre,

Roguemos al Señor…

  1. Espíritu Santo, don del Padre y del Hijo, ven a iluminar a todos los que estamos rezando esta novena a fin de que conozcamos mejor el amor del Padre y del Hijo,

Roguemos al Señor…

  1. Pídase y formúlese ante el Señor la gracia específica que se desea obtener en esta Novena

(Pausa en silencio)

Roguemos al Señor…

7. Padre nuestro, Ave María y Gloria (tres veces).

8. Oración final para todos los días

Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, te adoro y te bendigo como mi único Señor y mi Dios. Me postro ante tu divina majestad y me rindo totalmente en tu presencia como criatura tuya que soy y también como hijo tuyo en tu bendito Hijo Jesucristo.

Te adoro, mi único Dios y Señor, y te entrego toda mi libertad. Quiero pertenecerte en cuerpo y alma y me adhiero y me consagro íntegramente a tu divina voluntad y misericordia. Te entrego todas mis facultades y pongo ante ti todas mis posibilidades: Deseo hacer siempre tu santa voluntad, pues te confieso como mi único amo y señor. Quiero andar en tu presencia toda mi vida. No quiero vivir dividido, disperso, y renuncio a toda actitud o conducta que me separe y me aparte de ti.

Padre de bondad infinita, te consagro mi memoria y quiero recordar y considerar siempre lo que tú esperas de mí. Deseo vivir, Padre Santo, según las expectativas, planes y proyectos que, desde toda la eternidad, has acariciado, soñado y pensado sobre mí. Que nada me distraiga y me aparte de ese proyecto misterioso. Quiero que estés orgulloso de mí como lo estás de tu amado Hijo, Jesús.

A ti, Señor Jesús, Señor de los Milagros, te consagro mi entendimiento y toda mi capacidad de pensar, discurrir y soñar. Tú eres mi sabiduría y mi ciencia. En tu vida narrada en el Evangelio, divino Maestro, quiero aprender todos los secretos y todo el saber. En ti encuentro el sentido más pleno de mi vida y de mi existencia. No quiero saber ni entender nada fuera de ti. Tú eres mi luz, vida y esperanza. Renuncio a buscar al margen de ti razones para vivir y esperar.

A ti, Espíritu Consolador, te entrego toda mi voluntad. Te consagro toda mi capacidad de gozo y felicidad. Que sólo en ti encuentre alegría y contento. Dame, Espíritu Santo, gusto en las cosas santas. Dame la vida eterna, que es conocer de verdad y saborear el amor del Padre y del Hijo. Hazme sentir la belleza y la bondad de la vida cristiana, y valorar la sabiduría de la Cruz. Líbrame de la mentira y de la vanidad del mundo presente.

Ven, Espíritu Vivificador, y mira mi pequeñez, ten compasión de mí, Padre amoroso del pobre: Ven a iluminar lo que está oscuro en mí, ven a enderezar lo torcido, a calentar lo frío, a endulzar lo amargo, en fin, a sanar mis heridas. Ven, Espíritu Santo, a pacificar a los violentos, a reconciliar a los enemistados, a robustecer a los débiles, a vivificar lo que languidece, y finalmente, a resucitar a los que están muertos.

Padre Santo, por tu bendito Jesús, derrama el Santo Espíritu sobre toda carne, sobre tu santa Iglesia, sobre el Perú, y de manera especial sobre todos los devotos del Señor de los Milagros, y sobre los que estamos haciendo esta Novena en su honor. Amén.

Gloria al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo, como era en el principio, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

  1. Himno al Señor de los Milagros

Señor de los Milagros, a ti venimos en procesión

tus fieles devotos, a implorar tu bendición (bis)

 

Faro que guía, da a nuestras almas

la fe, esperanza, la caridad;

tu amor divino nos ilumine,

nos haga dignos de tu bondad.

 

Señor de los Milagros, a ti venimos en procesión

tus fieles devotos, a implorar tu bendición (bis)

 

Con paso firme de buen cristiano

hagamos grande nuestro Perú,

y unidos todos como una fuerza

te suplicamos nos des tu luz.

 

Señor de los Milagros, a ti venimos en procesión

tus fieles devotos, a implorar tu bendición (bis)

 

Letra y música: Isabel Rodríguez Larraín

NOTA: Revisado en San Millán, oct. de 2019


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