“Juntos afirmamos la incompatibilidad entre creer y odiar”

abril 28, 2017

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El Papa Francisco con el Gran Imán Al Tayyeb en la universidad sunita de al Azhar en El Cairo

 

“Juntos afirmamos la incompatibilidad entre creer y odiar”

Francisco en al Azhar: «Como líderes religiosos, estamos llamados a condenar los intentos de justificar cualquier forma de odio en nombre de la religión». Y hay que «detener los flujos de dinero y de armas hacia quienes fomentan la violencia»

Por Andrea Tornielli

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«Juntos afirmamos la incompatibilidad entre la fe y la violencia, entre creer y odiar. Como líderes religiosos, estamos llamados a condenar los intentos de justificar cualquier forma de odio en nombre de la religión».

Papa Francisco, en uno de los lugares más simbólicos del islam sunita, la universidad de al Azhar de El Cairo, frente a los líderes religiosos egipcios y a las personas que participan en la Conferencia de Paz, insiste en que no puede existir ninguna coartada religiosa para el terrorismo.

E invita a «cancelar las situaciones de pobreza y explotación», pues es en ellas en donde los extremismos florecen con mayor facilidad, frenando al mismo tiempo los «flujos de dinero y de armas hacia quienes fomentan la violencia».

Un minuto de silencio por las «víctimas del terrorismo de todas las nacionalidades» durante la Conferencia.

Lo pidió el Gran Imán de al Azhar, Ahmed al Tayyeb, al comenzar su discurso que fue transmitido por la televisión egipcia en vivo. Después de haber acogido al Papa en el Conference Centre de la Universidad sunita, en compañía de un grupo de niños de 60 países, el Gran Imán tomó la palabra:

La visita de Papa Francisco a Egipto y a al Azhar, es «histórica». Lo declaró el Gran Imán de al Azhar, Ahmad al Tayyeb en su discurso durante la Conferencia Internacional sobre la Paz en El Cairo, en la que también participó el Pontífice.

«La visita –añadió al Tayyeb– se da en un momento de paz perdida, buscada por los pueblos, las naciones y las gentes que huyen de sus países».

El Gran Imán de al Azhar afirma que «el islam no es una religión del terrorismo», así como tampoco lo son el cristianismo ni el hebraísmo. El islam «no es una religión del terrorismo» solo «porque existan personas que han malinterpretado» su mensaje «y han derramado la sangre de seres humanos, atemorizado a personas», precisó.

De la misma manera, «el cristianismo no es una religión del terrorismo» solo «porque haya habido una comunidad que elevó la cruz» y mató («cosechó almas»), añadió refiriéndose implícitamente a las cruzadas. Y «de la misma manera tampoco el hebraísmo es una religión del terrorismo» por «la ocupación de los territorios palestinos». Entonces, «si se califica al islam como “terrorista” no se salvará ninguna religión o civilización».

Además, al Tayyeb denunció el tráfico internacional de armas y algunas decisiones políticas, tomadas a nivel internacional, que serían las responsables del «estado de caos» que reina en muchos países. Al Tayyeb subrayó que ha llegado el momento para que las religiones hagan suyo el llamado a la paz, a la igualdad y a la dignidad de todos los seres humanos, «independientemente de la fe o del color de su piel».

Luego Bergoglio pronunció su primer discurso público del viaje, durante el cual llamó «hermano» al Gran Imán de al Azhar. En el Egipto que define «tierra de civilización y de alianzas», el Papa recuerda principalmente la importancia de una «educación adecuada de las jóvenes generaciones», de una formación que responda bien «a la naturaleza del hombre, ser abierto y relacional», para que se supere «la tentación de volverse rígidos y de encerrarse».

Francisco recuerda la enseñanza que aprendemos del pasado: «Del mal surge solo mal y de la violencia, solo violencia, en un espiral que acaba aprisionando». Volvió a impulsar el diálogo, «especialmente interreligioso», en el que «estamos llamados siempre a caminar juntos, en la convicción de que el porvenir de todos depende también del encuentro entre las religiones y culturas».

Y ofrece tres líneas fundamentales para este diálogo: el deber de la identidad, «porque no se puede entablar un diálogo verdadero sobre la ambigüedad o sobre el sacrificio del bien para complacer al otro»; la valentía de la alteridad, para que quien es «diferente de mí cultural o religiosamente» no sea tratado como enemigo; la sinceridad de las intenciones «porque el diálogo no es una estrategia con segundos fines».

El mejor camino para construir juntos el futuro es el de «educar a la apertura respetuosa y al diálogo sincero con el otro, reconociendo sus derechos y las libertades fundamentales, especialmente la libertad religiosa».

Porque «la única alternativa a la civilización del encuentro es la incivilización del desencuentro. Y, para contrarrestar verdaderamente la barbarie de quien sopla sobre el odio e incita a la violencia, hay que acompañar y hacer que maduren generaciones que respondan a la lógica incendiaria del mal con el paciente crecimiento del bien».

Papa Bergoglio citó en dos ocasiones a san Juan Pablo II, que invitaba a los cristianos y a los musulmanes a llamarse «los unos a los otros hermanos y hermanas», y observaba que «las diferencias de religión nunca han constituido un obstáculo, sino más bien una forma de enriquecimiento recíproco al servicio de la única comunidad nacional».

Invocando también la intercesión de san Francisco de Asís, «que hace ocho siglos vino a Egipto y se encontró con el Sultán Malik al Kamil».

Después, Francisco subrayó la actualidad del diálogo entre las religiones, «frente a esa peligrosa paradoja que persiste en nuestros días, según la cual por un lado se tiende a reducir la religión a la esfera privada, sin reconocerla como una dimensión constitutiva del ser humano y de la sociedad».

Mientras, por otra parte, «se confunden la esfera religiosa y la política sin distinguirlas adecuadamente». La primera es una referencia a las sociedades secularizadas occidentales; la segunda, a los países en donde las normas religiosas son impuestas a todos.

El Papa insistió en que está convencido de que, especialmente hoy, «la religión no es un problema sino parte de la solución»; el antídoto contra «la tentación de acomodarse en una vida sin relieve, donde todo comienza y termina en esta tierra».

Bergoglio citó los Diez Mandamientos y, en particular, el que dice «no matarás», y explicó que la violencia «es la negación de toda auténtica religiosidad».

«Como líderes religiosos –añadió– estamos llamados a desenmascarar la violencia que se disfraza de supuesta sacralidad, apoyándose en la absolutización de los egoísmos antes que en una verdadera apertura al Absoluto.

Estamos obligados a denunciar las violaciones que atentan contra la dignidad humana y contra los derechos humanos, a poner al descubierto los intentos de justificar todas las formas de odio en nombre de las religiones y a condenarlos como una falsificación idolátrica de Dios: su nombre es santo, él es el Dios de la paz, Dios salam.

Por tanto, sólo la paz es santa y ninguna violencia puede ser perpetrada en nombre de Dios porque profanaría su nombre».

«Juntos, desde esta tierra de encuentro entre el cielo y la tierra, de alianzas entre los pueblos y entre los creyentes, repetimos un “no” alto y claro a toda forma de violencia, de venganza y de odio cometidos en nombre de la religión o en nombre de Dios.

Juntos –insistió Francisco– afirmamos la incompatibilidad entre la fe y la violencia, entre creer y odiar. Juntos declaramos el carácter sagrado de toda vida humana frente a cualquier forma de violencia física, social, educativa o psicológica. La fe que no nace de un corazón sincero y de un amor auténtico a Dios misericordioso es una forma de pertenencia convencional o social que no libera al hombre, sino que lo aplasta».

En la parte final de su discurso, Bergoglio afirmó que no se necesita «levantar la voz y correr a rearmarse para protegerse: hoy se necesitan constructores de paz, no provocadores de conflictos; bomberos y no incendiarios; predicadores de reconciliación y no vendedores de destrucción».

Y dijo que hoy, «mientras por un lado nos alejamos de la realidad de los pueblos, en nombre de objetivos que no tienen en cuenta a nadie, por el otro, como reacción, surgen populismos demagógicos que ciertamente no ayudan a consolidar la paz y la estabilidad».

Pero «ninguna incitación a la violencia garantizará la paz», subrayó el Pontífice, «y cualquier acción unilateral que no ponga en marcha procesos constructivos y compartidos, en realidad, sólo beneficia a los partidarios del radicalismo y de la violencia».

Para prevenir los conflictos y construir la paz, concluyó el Papa, «es esencial trabajar para eliminar las situaciones de pobreza y de explotación, donde los extremismos arraigan fácilmente, así como evitar que el flujo de dinero y armas llegue a los que fomentan la violencia. Para ir más a la raíz, es necesario detener la proliferación de armas que, si se siguen produciendo y comercializando, tarde o temprano llegarán a utilizarse».

Por ello, «sólo sacando a la luz las turbias maniobras que alimentan el cáncer de la guerra se pueden prevenir sus causas reales».

Un compromiso «urgente y grave» al cual están llamados «los responsables de las naciones, de las instituciones y de la información, así como también nosotros responsables de cultura, llamados por Dios, por la historia y por el futuro a poner en marcha (cada uno en su propio campo) procesos de paz, sin sustraerse a la tarea de establecer bases para una alianza entre pueblos y estados».

http://www.lastampa.it/2017/04/28/vaticaninsider/es/vaticano/juntos-afirmamos-la-incompatibilidad-entre-creer-y-odiar-Pwg5Rqri9YHzhKFHM1rgWJ/pagina.html?utm_source=dlvr.it&utm_medium=facebook


Papa Francisco: La fe se basa en hechos concretos, no en teorías

abril 24, 2017

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El Papa Francisco predica en la misa celebrada en Santa Marta

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Papa Francisco: La fe se basa en hechos concretos, no en teorías

Por Álvaro de Juana

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VATICANO, 24 Abr. 17 / 04:14 am (ACI).- El Papa Francisco retomó la Misa de la mañana en la capilla de la residencia Santa Marta y explicó que la fe se sostiene sobre hechos concretos, como que Dios se hizo carne.

Para su homilía, tomó el relato del encuentro de Nicodemo con Jesús y el testimonio de Pedro y Juan después de la curación del lisiado. Esto es “un hecho concreto”, “lo concreto de la fe” en contraposición a los doctores de la ley que “quieren negociar para llegar a compromisos”, explicó.

 

Sin embargo, Pedro y Juan “tienen el coraje, tienen la franqueza, la franqueza del Espíritu” que “significa hablar abiertamente, con valentía, la verdad sin compromisos”.

“A veces olvidamos que nuestra fe es concreta: el Verbo se ha hecho carne, no se ha hecho idea: se ha hecho carne. Y cuando recitamos el Credo, decimos todos cosas concretas: ‘Creo en Dios Padre, que ha hecho el cielo y la tierra, creo en Jesucristo que ha nacido, que ha muerto…’ son todo cosas concretas”.

Por eso el Credo no dice ‘creo que debo hacer esto, que tengo que hacer esto otro, que tengo que hacer esto o que las cosas son por esto…’ ¡no! Son cosas concretas. La concreción de la fe que lleva a la franqueza, al testimonio hasta el martirio, que está contra los compromisos o la idealización de la fe”.

Francisco reconoció que a veces la Iglesia ha caído también en una “teología del ‘sí se puede’ o del ‘no se puede”. Y para estos doctores de la ley, el Verbo “no se ha hecho carne, sino que se ha hecho ley: y se debe hacer esto hasta aquí y no más allá”.

“Y así estaban atrapados en esta mentalidad racionalista, que no ha terminado con ellos, ¿eh?, porque en la historia de la Iglesia muchas veces –la Iglesia misma que ha condenado el racionalismo, el iluminismo– después tantas veces ha caído en una teología del ‘sí se puede y no se puede’, ‘hasta aquí, hasta ahí’, y ha olvidado la fuerza, la libertad del Espíritu, este renacer del Espíritu que te da la libertad, la franqueza de la predicación, el anuncio de que Jesucristo es el Señor”.

Por tanto, “pidamos al Señor esta experiencia del Espíritu que va y viene y nos lleva adelante, del Espíritu que nos da la unción de la fe, la unción de la concreción de la fe”.

“El viento sopla donde quiere y escuchas su sonido, pero no sabes de dónde viene y a dónde va. Así es todo el que nace del Espíritu: siente su voz, sigue el viento, sigue la voz del Espíritu sin saber dónde terminará, porque ha tomado opción por la concreción de la fe y el renacer en el Espíritu”, manifestó el Papa.

“Que el Señor –pidió para concluir– nos dé a todos este Espíritu pascual, de ir sobre los caminos del Espíritu sin compromisos, sin rigidez, sino con la libertad de anunciar a Jesucristo como Él ha venido: haciéndose carne”.

 


Catequesis del Papa Francisco sobre la Resurrección de Jesús

abril 19, 2017

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El Papa Francisco en la Plaza de San Pedro. Audiencia

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TEXTO COMPLETO: Catequesis del Papa Francisco sobre la Resurrección de Jesús

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VATICANO, 19 Abr. 17 / 04:23 am (ACI).- La Resurrección de Jesús fue el tema de la catequesis del Papa Francisco para la primera Audiencia General después de Semana Santa. En ella el Papa pidió mirar a Cristo para darse cuenta de lo que significa el cristianismo: el encuentro con el Resucitado.

“No es una ideología, no es un sistema filosófico, sino que es un camino de fe que parte de un advenimiento, testimoniado por los primeros discípulos de Jesús”, afirmó.

A continuación, el texto completo de la catequesis:

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Nos encontramos hoy, en la luz de la Pascua, que hemos celebrado y continuamos celebrándola en la Liturgia. Por esto, en nuestro itinerario de catequesis sobre la esperanza cristiana, hoy deseo hablarles de Cristo Resucitado, nuestra esperanza, así como lo presenta San Pablo en la Primera Carta a los Corintios (Cfr. cap. 15).

El apóstol quiere resolver una problemática que seguramente en la comunidad de Corinto estaba al centro de las discusiones. La resurrección es el último argumento afrontado en la Carta, pero probablemente, en orden de importancia, es el primero: de hecho todo se apoya en este presupuesto.

Hablando a los cristianos, Pablo parte de un dato indudable, que no es el éxito de una reflexión de algún hombre sabio, sino un hecho, un simple hecho que ha intervenido en la vida de algunas personas. El cristianismo nace de aquí. No es una ideología, no es un sistema filosófico, sino que es un camino de fe que parte de un advenimiento, testimoniado por los primeros discípulos de Jesús.

Pablo lo resume de este modo: Jesús murió por nuestros pecados, fue sepultado, resucitó al tercer día y se apareció a Pedro y a los Doce (Cfr. 1 Cor 15,3-5). Este es el hecho. Ha muerto, fue sepultado, ha resucitado, se ha aparecido. Es decir: Jesús está vivo. Este es el núcleo del mensaje cristiano.

Anunciando este advenimiento, que es el núcleo central de la fe, Pablo insiste sobre todo en el último elemento del misterio pascual, es decir, en el hecho de que Jesús ha resucitado. Si de hecho, todo hubiese terminado con la muerte, en Él tendríamos un ejemplo de entrega suprema, pero esto no podría generar nuestra fe. Ha sido un héroe. ¡No! Ha muerto, pero ha resucitado. Porque la fe nace de la resurrección.

Aceptar que Cristo ha muerto, y ha muerto crucificado, no es un acto de fe, es un hecho histórico. En cambio, creer que ha resucitado sí. Nuestra fe nace en la mañana de Pascua. Pablo hace una lista de las personas a las cuales Jesús resucitado se les aparece (Cfr. vv. 5-7).

Tenemos aquí una pequeña síntesis de todas las narraciones pascuales y de todas las personas que han entrado en contacto con el Resucitado. Al inicio de la lista están Cefas, es decir, Pedro, y el grupo de los Doce, luego “quinientos hermanos” muchos de los cuales podían dar todavía sus testimonios, luego es citado Santiago. El último de la lista – como el menos digno de todos – es él mismo, Pablo dice de sí mismo: “como un aborto” (Cfr. v. 8).

Pablo usa esta expresión porque su historia personal es dramática: pero él no era un monaguillo, ¿eh? Él era un perseguidor de la Iglesia, orgulloso de sus propias convicciones; se sentía un hombre realizado, con una idea muy clara de cómo es la vida con sus deberes. Pero, en este cuadro perfecto –todo era perfecto en Pablo, sabía todo– en este cuadro perfecto de vida, un día sucedió lo que era absolutamente imprevisible: el encuentro con Jesús Resucitado, en el camino a Damasco.

Allí no había sólo un hombre que cayó en la tierra: había una persona atrapada por un advenimiento que le habría cambiado el sentido de la vida. Y el perseguidor se convierte en apóstol. ¿Por qué? ¡Porque yo he visto a Jesús vivo! ¡Yo he visto a Jesús resucitado! Este es el fundamento de la fe de Pablo, como de la fe de los demás apóstoles, como de la fe de la Iglesia, como de nuestra fe.

¡Qué bello es pensar que el cristianismo, esencialmente, es esto! No es tanto nuestra búsqueda en relación a Dios –una búsqueda, en verdad, casi incierta– sino mejor dicho la búsqueda de Dios en relación con nosotros. Jesús nos ha tomado, nos ha atrapado, nos ha conquistado para no dejarnos más.

El cristianismo es gracia, es sorpresa, y por este motivo presupone un corazón capaz de maravillarse. Un corazón cerrado, un corazón racionalista es incapaz de la maravilla, y no puede entender qué cosa es el cristianismo. Porque el cristianismo es gracia, y la gracia solamente se percibe, más: se encuentra en la maravilla del encuentro.

Y entonces, también si somos pecadores –pero todos lo somos– si nuestros propósitos de bien se han quedado en el papel, o quizás sí, mirando nuestra vida, nos damos cuenta de haber sumado tantos fracasos. En la mañana de Pascua podemos hacer como aquellas personas de las cuales nos habla el Evangelio: ir al sepulcro de Cristo, ver la gran piedra removida y pensar que Dios está realizando para mí, para todos nosotros, un futuro inesperado.

Ir a nuestro sepulcro: todos tenemos un poco dentro. Ir ahí, y ver cómo Dios es capaz de resucitar de ahí. Aquí hay felicidad, aquí hay alegría, vida, donde todos pensaban que había sólo tristeza, derrota y tinieblas. Dios hace crecer sus flores más bellas en medio a las piedras más áridas.

Ser cristianos significa no partir de la muerte, sino del amor de Dios por nosotros, que ha derrotado a nuestra acérrima enemiga. Dios es más grande que la nada, y basta sólo una luz encendida para vencer la más oscura de las noches. Pablo grita, evocando a los profetas: «¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está tu aguijón?» (v. 55).

En estos días de Pascua, llevemos este grito en el corazón. Y si nos preguntan el porqué de nuestra sonrisa donada y de nuestro paciente compartir, entonces podremos responder que Jesús está todavía aquí, que continúa estando vivo entre nosotros, que Jesús está aquí, en la Plaza, con nosotros: vivo y resucitado.


Homilía del Papa Francisco en la Vigilia Pascual 2017

abril 17, 2017

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El Papa Francisco preside la celebración de la Vigilia Pascual 2017

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TEXTO COMPLETO: Homilía del Papa Francisco en la Vigilia Pascual 2017

Vayamos a anunciar, a compartir, a descubrir que es cierto: el Señor está Vivo. Vivo y queriendo resucitar en tantos rostros que han sepultado la esperanza… Y si no somos capaces de dejar que el Espíritu nos conduzca por este camino, entonces no somos cristianos.

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VATICANO, 15 Abr. 17 / 03:30 pm (ACI).- El Papa Francisco presidió esta noche la Vigilia Pascual en la Basílica de San Pedro e invitó a llevar la Buena Nueva de Cristo resucitado en un celebración en la que bautizó a 11 personas de diferentes nacionalidades, entre ellas Italia, China, España o Albania.

“Vayamos a anunciar, a compartir, a descubrir que es cierto: el Señor está Vivo. Vivo y queriendo resucitar en tantos rostros que han sepultado la esperanza, que han sepultado los sueños, que han sepultado la dignidad. Y si no somos capaces de dejar que el Espíritu nos conduzca por este camino, entonces no somos cristianos”, aseguró.

A continuación, el texto completo de la homilía del Papa:

«En la madrugada del sábado, al alborear el primer día de la semana, fueron María la Magdalena y la otra María a ver el sepulcro» (Mt 28,1). Podemos imaginar esos pasos…, el típico paso de quien va al cementerio, paso cansado de confusión, paso debilitado de quien no se convence de que todo haya terminado de esa forma… Podemos imaginar sus rostros pálidos… bañados por las lágrimas y la pregunta, ¿cómo puede ser que el Amor esté muerto?

A diferencia de los discípulos, ellas están ahí —como también acompañaron el último respiro de su Maestro en la cruz y luego a José de Arimatea a darle sepultura—; dos mujeres capaces de no evadirse, capaces de aguantar, de asumir la vida como se presenta y de resistir el sabor amargo de las injusticias.

Y allí están, frente al sepulcro, entre el dolor y la incapacidad de resignarse, de aceptar que todo siempre tenga que terminar igual.

Y si hacemos un esfuerzo con nuestra imaginación, en el rostro de estas mujeres podemos encontrar los rostros de tantas madres y abuelas, el rostro de niños y jóvenes que resisten el peso y el dolor de tanta injusticia inhumana. Vemos reflejados en ellas el rostro de todos aquellos que caminando por la ciudad sienten el dolor de la miseria, el dolor por la explotación y la trata.

En ellas también vemos el rostro de aquellos que sufren el desprecio por ser inmigrantes, huérfanos de tierra, de casa, de familia; el rostro de aquellos que su mirada revela soledad y abandono por tener las manos demasiado arrugadas.

Ellas son el rostro de mujeres, madres que lloran por ver cómo la vida de sus hijos queda sepultada bajo el peso de la corrupción, que quita derechos y rompe tantos anhelos, bajo el egoísmo cotidiano que crucifica y sepulta la esperanza de muchos, bajo la burocracia paralizante y estéril que no permite que las cosas cambien. Ellas, en su dolor, son el rostro de todos aquellos que, caminando por la ciudad, ven crucificada la dignidad.

En el rostro de estas mujeres, están muchos rostros, quizás encontramos tu rostro y el mío. Como ellas, podemos sentir el impulso a caminar, a no conformarnos con que las cosas tengan que terminar así. Es verdad, llevamos dentro una promesa y la certeza de la fidelidad de Dios.

Pero también nuestros rostros hablan de heridas, hablan de tantas infidelidades, personales y ajenas, hablan de nuestros intentos y luchas fallidas. Nuestro corazón sabe que las cosas pueden ser diferentes pero, casi sin darnos cuenta, podemos acostumbrarnos a convivir con el sepulcro, a convivir con la frustración. Más aún, podemos llegar a convencernos de que esa es la ley de la vida, anestesiándonos con desahogos que lo único que logran es apagar la esperanza que Dios puso en nuestras manos.

Así son, tantas veces, nuestros pasos, así es nuestro andar, como el de estas mujeres, un andar entre el anhelo de Dios y una triste resignación. No sólo muere el Maestro, con él muere nuestra esperanza.

«De pronto tembló fuertemente la tierra» (Mt 28,2). De pronto, estas mujeres recibieron una sacudida, algo y alguien les movió el suelo. Alguien, una vez más, salió a su encuentro a decirles: «No teman», pero esta vez añadiendo: «Ha resucitado como lo había dicho» (Mt 28,6).

Y tal es el anuncio que generación tras generación esta noche santa nos regala: No temamos hermanos, ha resucitado como lo había dicho. «La vida arrancada, destruida, aniquilada en la cruz ha despertado y vuelve a latir de nuevo» (cfr R. Guardini, El Señor).

El latir del Resucitado se nos ofrece como don, como regalo, como horizonte. El latir del Resucitado es lo que se nos ha regalado, y se nos quiere seguir regalando como fuerza transformadora, como fermento de nueva humanidad.

Con la Resurrección, Cristo no ha movido solamente la piedra del sepulcro, sino que quiere también hacer saltar todas las barreras que nos encierran en nuestros estériles pesimismos, en nuestros calculados mundos conceptuales que nos alejan de la vida, en nuestras obsesionadas búsquedas de seguridad y en desmedidas ambiciones capaces de jugar con la dignidad ajena.

Cuando el Sumo Sacerdote y los líderes religiosos en complicidad con los romanos habían creído que podían calcularlo todo, cuando habían creído que la última palabra estaba dicha y que les correspondía a ellos establecerla, Dios irrumpe para trastocar todos los criterios y ofrecer así una nueva posibilidad.

Dios, una vez más, sale a nuestro encuentro para establecer y consolidar un nuevo tiempo, el tiempo de la misericordia. Esta es la promesa reservada desde siempre, esta es la sorpresa de Dios para su pueblo fiel: alégrate porque tu vida esconde un germen de resurrección, una oferta de vida esperando despertar.

Y eso es lo que esta noche nos invita a anunciar: el latir del Resucitado, Cristo Vive. Y eso cambió el paso de María Magdalena y de la otra María, eso es lo que las hace alejarse rápidamente y correr a dar la noticia (cf. Mt 28,8). Eso es lo que las hace volver sobre sus pasos y sobre sus miradas. Vuelven a la ciudad a encontrarse con los otros.

Así como ingresamos con ellas al sepulcro, los invito a que vayamos con ellas, que volvamos a la ciudad, que volvamos sobre nuestros pasos, sobre nuestras miradas. Vayamos con ellas a anunciar la noticia, vayamos… a todos esos lugares donde parece que el sepulcro ha tenido la última palabra, y donde parece que la muerte ha sido la única solución.

Vayamos a anunciar, a compartir, a descubrir que es cierto: el Señor está Vivo. Vivo y queriendo resucitar en tantos rostros que han sepultado la esperanza, que han sepultado los sueños, que han sepultado la dignidad. Y si no somos capaces de dejar que el Espíritu nos conduzca por este camino, entonces no somos cristianos.

Vayamos y dejémonos sorprender por este amanecer diferente, dejémonos sorprender por la novedad que sólo Cristo puede dar. Dejemos que su ternura y amor nos muevan el suelo, dejemos que su latir transforme nuestro débil palpitar.


El Papa lava los pies a un musulmán que será bautizado: «Esto no es una ceremonia folclórica»

abril 14, 2017

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Francisco visitó a presos con tuberculosis y en régimen de aislamiento en una ceremonia privada

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El Papa lava los pies a un musulmán que será bautizado: «Esto no es una ceremonia folclórica»

Francisco visitó a presos con tuberculosis y en régimen de aislamiento en una ceremonia privada (En la cárcel de Paliano, Italia)

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Este año el Papa Francisco decidió celebrar la “Messa in Coena Domini” con el rito del lavatorio de pies en una cárcel, en este caso la de Paliano, a unos 70 kilómetros de Roma. El Vaticano quiso que esta celebración fuera estrictamente privada por lo que no hubo ni periodistas ni fotógrafos aunque finalmente Radio Vaticano emitió la homilia en diferido.

“Jesús sabía que iba a sería traicionado por Judas. Habiendo amado a los suyos, Dios ama así, hasta el final. Y da la vida por cada uno de nosotros y se orgullece de esto y quiere esto porque Él es amor, amar hasta el final, que no es fácil porque todos nosotros somos pecadores, tenemos defectos, límites… todos sabemos amar, pero no somos como Dios nos ama. Sin mirar las consecuencias, hasta el fin”, dijo el Papa en la breve homilía que pronunció de forma improvisada, que recogió Aciprensa.

Encuentro con presos en aislamiento y tuberculosos

A las 15 horas de Roma, el Papa Francisco dejó su residencia, la Casa Santa Marta, para acudir a esta prisión. A su llegada, una hora más tarde, fue acogido por la directora y por el capellán, el P. Luigi Paoletti y luego se desplazó hasta la Plaza de Armas donde saludó al personal que trabaja en la prisión.

Tras el breve encuentro, el Pontífice se trasladó hasta la sala llamada “Unidad de Italia”, donde se encontró con 58 detenidos “colaboradores de la justicia”, es decir, que en su mayoría han participado en actividades de crimen organizado y han ayudado a esclarecer delitos vinculados usualmente a las mafias. La figura de colaborador de la justicia en Italia no exime a la persona de una pena de cárcel, como sí ocurre en otros países.

Otros dos detenidos, un hombre y una mujer, le encontraron de manera separada ya que se encuentran en régimen de aislamiento, al igual que otras ocho personas enfermas de tuberculosis a los que saludó a continuación.

Lavó los pies a tres mujeres y nueve hombres

Después celebró la Misa y lavó los pies a 12 detenidos, entre ellos tres mujeres y un musulmán que será bautizado el próximo mes de junio, convirtiéndose así al catolicismo. También fueron bautizados un argentino y un albanés, siendo el resto de nacionalidad italiana. Entre ellos, dos están condenados a cadena perpetua y los demás deberán concluir su pena entre los años 2019 y 2073.

Francisco destacó cómo Jesús, siendo “el jefe”, siendo “Dios” lava los pies a sus discípulos. “Eso de lavar los pies era una tradición que se hacía en la época antes de los almuerzos y las comidas, porque era gente que venía del camino y estaba sucia, con polvo del camino. Uno de los gestos para recibir a una persona en casa era lavarle los pies, pero esto lo hacían los esclavos”.

“Jesús lo hizo así. Simón Pedro no quería hacerlo, pero Jesús le explicó que era así, que Él había venido al mundo para servir, para servirnos, para hacerse esclavo para nosotros, para dar la vida por nosotros y amar hasta el final”.

“El jefe de la Iglesia es Jesús”

“Cuando venía de camino a esta prisión, había gente que saludaba porque venía el Papa. Pero el jefe de la Iglesia es Jesús. El Papa es la figura de Jesús. Yo quisiera hacer lo mismo que Él ha hecho. En esta ceremonia el párroco lava los pies a los fieles. Siempre el más grande debe hacer el trabajo de esclavo”, dijo a los reclusos.

El Papa comentó también que “para sembrar amor entre nosotros, no os digo que hoy vayáis los unos a los otros a lavaros los pies, pero el símbolo, la figura sí. Pido que si podéis realizar alguna ayuda, un servicio a tu compañero aquí en cárcel, lo hagáis porque esto es amor, esto es como lavar los pies, ser siervo de los otros”.

“Una vez los discípulos discutieron entre ellos sobre quién era el más grande, el más importante. Y Jesús dijo: ‘el que quiera ser más importante debe hacerse el más pequeño y el servidor de todos’. Así hace Él con nosotros. Todos nosotros somos pobres, pero Él es grande, es bueno y nos ama así como somos”.

“Esto no es una ceremonia folclórica”

Al concluir, Francisco pidió pensar “en Dios, en Jesús”. “Esta no es una ceremonia folclórica, es un gesto para recordar lo que ha dado Jesús. Después de esto tomó el pan y nos dio su cuerpo, tomó el vino y nos dio su sangre. Así es el amor de Dios con nosotros.

Los reclusos de la cárcel obsequiaron a Francisco con varios regalos: productos de su huerta biológica, cruces elaboradas con madera de olvido, un mantel de lana blanca y algunos dulces.


Homilía del Papa Francisco en la Misa Crismal del Jueves Santo 2017

abril 13, 2017

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El Papa Francisco durante la Misa Crismal de Jueves Santo, 13 de abril de 2017

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TEXTO COMPLETO: Homilía del Papa Francisco en la Misa Crismal del Jueves Santo 2017

Queridos sacerdotes, que la Buena Noticia tenga en nosotros la plenitud contagiosa que transmite con todo su ser nuestra Señora, la concreción inclusiva del anuncio de la Samaritana, y la integridad mansa con que el Espíritu brota y se derrama, incansablemente, del Corazón traspasado de Jesús nuestro Señor.

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VATICANO, 13 Abr. 17 / 03:23 am (ACI).- El Papa Francisco presidió en la mañana del Jueves Santo la Santa Misa Crismal en la Basílica de San Pedro.

Durante la celebración, los sacerdotes renovaron las promesas hechas en el momento de la Sagrada Ordenación y después se procedió a la bendición del aceite de los enfermos, del aceite de los catecúmenos y a la consagración del santo crisma.

Francisco habló de la Buena Noticia y afirmó que “nunca la misericordia de la Buena Noticia podrá ser una falsa conmiseración, que deja al pecador en su miseria porque no le da la mano para ponerse en pie y no lo acompaña a dar un paso adelante en su compromiso”.

A continuación, el texto completo:

«El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido para que dé la Buena noticia a los pobres, me ha enviado a anunciar la libertad a los cautivos y la vista a los ciegos, para poner en libertad a los oprimidos» (Lc 4, 18).

El Señor, Ungido por el Espíritu, lleva la Buena Noticia a los pobres. Todo lo que Jesús anuncia, y también nosotros, sacerdotes, es Buena Noticia. Alegre con la alegría evangélica: de quien ha sido ungido en sus pecados con el aceite del perdón y ungido en su carisma con el aceite de la misión, para ungir a los demás.

Y, al igual que Jesús, el sacerdote hace alegre al anuncio con toda su persona. Cuando predica la homilía, —breve en lo posible— lo hace con la alegría que traspasa el corazón de su gente con la Palabra con la que el Señor lo traspasó a él en su oración.

Como todo discípulo misionero, el sacerdote hace alegre el anuncio con todo su ser. Y, por otra parte, son precisamente los detalles más pequeños —todos lo hemos experimentado— los que mejor contienen y comunican la alegría: el detalle del que da un pasito más y hace que la misericordia se desborde en la tierra de nadie. El detalle del que se anima a concretar y pone día y hora al encuentro. El detalle del que deja que le usen su tiempo con mansa disponibilidad…

La Buena Noticia puede parecer una expresión más, entre otras, para decir «Evangelio»: como buena nueva o feliz anuncio. Sin embargo, contiene algo que cohesiona en sí todo lo demás: la alegría del Evangelio. Cohesiona todo porque es alegre en sí mismo.

La Buena Noticia es la perla preciosa del Evangelio. No es un objeto, es una misión. Lo sabe el que experimenta «la dulce y confortadora alegría de anunciar» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 10).

La Buena Noticia nace de la Unción. La primera, la «gran unción sacerdotal» de Jesús, es la que hizo el Espíritu Santo en el seno de María.

En aquellos días, la feliz noticia de la Anunciación hizo cantar el Magníficat a la Madre Virgen, llenó de santo silencio el corazón de José, su esposo, e hizo saltar de gozo a Juan en el seno de su madre Isabel.

Hoy, Jesús regresa a Nazaret, y la alegría del Espíritu renueva la Unción en la pequeña sinagoga del pueblo: el Espíritu se posa y se derrama sobre él ungiéndolo con oleo de alegría (cf. Sal 45,8).

La Buena Noticia. Una sola Palabra —Evangelio— que en el acto de ser anunciado se vuelve alegre y misericordiosa verdad.

Que nadie intente separar estas tres gracias del Evangelio: su Verdad —no negociable—, su Misericordia —incondicional con todos los pecadores— y su Alegría —íntima e inclusiva—.

Nunca la verdad de la Buena Noticia podrá ser sólo una verdad abstracta, de esas que no terminan de encarnarse en la vida de las personas porque se sienten más cómodas en la letra impresa de los libros.

Nunca la misericordia de la Buena Noticia podrá ser una falsa conmiseración, que deja al pecador en su miseria porque no le da la mano para ponerse en pie y no lo acompaña a dar un paso adelante en su compromiso.

Nunca podrá ser triste o neutro el Anuncio, porque es expresión de una alegría enteramente personal: «La alegría de un Padre que no quiere que se pierda ninguno de sus pequeñitos» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 237). La alegría de Jesús al ver que los pobres son evangelizados y que los pequeños salen a evangelizar (cf. ibíd., 5).

Las alegrías del Evangelio —lo digo ahora en plural, porque son muchas y variadas, según el Espíritu tiene a bien comunicar en cada época, a cada persona en cada cultura particular— son alegrías especiales. Vienen en odres nuevos, esos de los que habla el Señor para expresar la novedad de su mensaje.

Les comparto, queridos sacerdotes, queridos hermanos, tres íconos de odres nuevos en los que la Buena Noticia cabe bien, no se avinagra y se vierte abundantemente.

Un ícono de la Buena Noticia es el de las tinajas de piedra de las bodas de Caná (cf. Jn 2,6). En un detalle, espejan bien ese Odre perfecto que es —Ella misma, toda entera— Nuestra Señora, la Virgen María. Dice el Evangelio que «las llenaron hasta el borde» (Jn 2,7).

Imagino yo que algún sirviente habrá mirado a María para ver si así ya era suficiente y habrá sido un gesto suyo el que los llevó a echar un balde más. María es el odre nuevo de la plenitud contagiosa. «Ella es la esclavita del Padre que se estremece en la alabanza» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 286), Nuestra Señora de la prontitud, la que apenas ha concebido en su seno inmaculado al Verbo de vida, sale a visitar y a servir a su prima Isabel.

Su plenitud contagiosa nos permite superar la tentación del miedo: ese no animarnos a ser llenados hasta el borde, esa pusilanimidad de no salir a contagiar de gozo a los demás. Nada de eso: «La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús» (Ibíd., 1)

El segundo ícono de la Buena Noticia es aquella vasija que —con su cucharón de madera—, al pleno sol del mediodía, portaba sobre su cabeza la Samaritana. Refleja bien una cuestión esencial: la de la concreción. El Señor —que es la Fuente de Agua viva— no tenía «con qué» sacar agua para beber unos sorbos.

Y la Samaritana sacó agua de su vasija con el cucharón y sació la sed del Señor. Y la sació más con la confesión de sus pecados concretos. Agitando el odre de esa alma samaritana, desbordante de misericordia, el Espíritu Santo se derramó en todos los paisanos de aquel pequeño pueblo, que invitaron al Señor a hospedarse entre ellos.

Un odre nuevo con esta concreción inclusiva nos lo regaló el Señor en el alma samaritana que fue Madre Teresa. Él la llamó y le dijo: «Tengo sed», «pequeña mía, ven, llévame a los agujeros de los pobres. Ven, sé mi luz. No puedo ir solo. No me conocen, por eso no me quieren. Llévame hasta ellos».

Y ella, comenzando por uno concreto, con su sonrisa y su modo de tocar con las manos las heridas, llevó la Buena Noticia a todos.

El tercer ícono de la Buena Noticia es el Odre inmenso del Corazón traspasado del Señor: integridad mansa —humilde y pobre— que atrae a todos hacia sí. De él tenemos que aprender que anunciar una gran alegría a los muy pobres no puede hacerse sino de modo respetuoso y humilde hasta la humillación.

No puede ser presuntuosa la evangelización. No puede ser rígida la integridad de la verdad. El Espíritu anuncia y enseña «toda la verdad» (Jn 16,13) y no teme hacerla beber a sorbos. El Espíritu nos dice en cada momento lo que tenemos que decir a nuestros adversarios (cf. Mt 10,19) e ilumina el pasito adelante que podemos dar en ese momento.

Esta mansa integridad da alegría a los pobres, reanima a los pecadores, hace respirar a los oprimidos por el demonio.

Queridos sacerdotes, que contemplando y bebiendo de estos tres odres nuevos, la Buena Noticia tenga en nosotros la plenitud contagiosa que transmite con todo su ser nuestra Señora, la concreción inclusiva del anuncio de la Samaritana, y la integridad mansa con que el Espíritu brota y se derrama, incansablemente, del Corazón traspasado de Jesús nuestro Señor.

(Los subrayados son del editor)


Las meditaciones del Vía Crucis 2017 que el Papa Francisco presidirá en Roma

abril 11, 2017

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El Papa Francisco en el rezo del Via Crucis de Viernes Santo en Roma

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TEXTO: Las meditaciones del Vía Crucis 2017 que el Papa Francisco presidirá en Roma

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VATICANO, 10 Abr. 17 / 08:33 am (ACI).- El Papa Francisco encargó la preparación de las meditaciones del Vía Crucis del Viernes Santo 2017 a la biblista francesa Anne-Marie Pelletier, que decidió hacer algunas innovaciones en la estructura del mismo.

A continuación publicamos el texto completo de las meditaciones que se usarán en el Vía Crucis que presidirá el Santo Padre el día 14 de abril:

Introducción

La hora ha llegado. El caminar de Jesús por los caminos polvorientos de Galilea y Judea al encuentro de los que sufren en su cuerpo y en su corazón, empujado por la urgencia de anunciar el Reino, ese caminar suyo termina hoy, aquí. En la colina del Gólgota. Hoy la cruz cierra el camino. Jesús no irá más allá. Imposible andar más allá.

El amor de Dios alcanza aquí su medida más alta, sin medida.

Hoy, el amor del Padre, que quiere que todos los hombres se salven a través del Hijo, llega hasta el extremo, allí donde nosotros no tenemos ya palabras, donde estamos desorientados, donde la grandeza del plan de Dios supera nuestra religiosidad.

En el Gólgota, en efecto, aunque parezca lo contrario, se trata de vida. Y de gracia. Y de paz. Se trata, no del reino del mal que conocemos demasiado bien, sino de la victoria del amor.

Y precisamente bajo esa cruz, se trata de nuestro mundo, con todas sus caídas y dolores, sus demandas y sus rebeliones, todo lo que hoy clama a Dios desde las tierras de miseria o de guerra, en las familias desgarradas, en las cárceles, en las embarcaciones sobrecargadas de emigrantes…

Tantas lágrimas, tanta miseria en el cáliz que el Hijo bebe por nosotros. Tantas lágrimas, tanta miseria, que no se han de perder en el océano del tiempo, sino que él las recoge para transfigurarlas con el misterio de un amor que devora el mal.

El Gólgota tiene que ver con la fidelidad indestructible de Dios a la humanidad. Lo que allí se cumple es un nacimiento. Debemos tener el valor de decir que la alegría del Evangelio es la verdad de ese momento.

Si no llegamos a entender esa verdad, entonces quedaremos atrapados en las redes del sufrimiento y de la muerte. Y la Pasión de Cristo no dará fruto en nosotros.

Oración

Señor, nuestros ojos no tienen luz. Y, ¿cómo acompañarte hasta tan lejos? «Misericordia» es tu nombre. Pero este nombre es una locura. Que se rompan los odres viejos de nuestros corazones.

Sana nuestros ojos para que se llenen de luz con la buena noticia del Evangelio, cuando estemos al pie de la Cruz de tu Hijo. Y así celebraremos «lo ancho, lo largo, lo alto y lo profundo» (Ef 3,18) del amor de Cristo, con el corazón consolado e iluminado.

Primera Estación: Jesús es condenado a muerte

Lectura del santo Evangelio según san Lucas

Cuando se hizo de día, se reunieron los ancianos del pueblo, con los jefes de los sacerdotes y los escribas; lo condujeron ante su Sanedrín (22,66).

Lectura del santo Evangelio según san Marcos

Y todos lo declararon reo de muerte. Algunos se pusieron a escupirlo y, tapándole la cara, lo abofeteaban y le decían: «Profetiza». Y los criados le daban bofetadas (14,64-65).

Meditación

No tuvieron que discutir mucho los miembros del Sanedrín para pronunciarse. Desde hacía ya mucho tiempo la causa estaba decidida. Jesús debe morir.

Así pensaban ya aquellos que querían despeñarlo desde lo alto de la colina, aquel día en que, en la sinagoga de Nazaret, Jesús había desenrollado el libro proclamando en primera persona las palabras del libro de Isaías: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido, […] para proclamar el año de gracia del Señor» (Lc 4,18.19).

Desde que curó al paralítico en la piscina de Betesda, inaugurando el sábado de Dios que libera de toda esclavitud, las murmuraciones homicidas se desataron contra él (cf. Jn 5,1-18).

Y en la última parte del camino, cuando subía hacia Jerusalén para la Pascua, el nudo de la soga se fue estrechando inexorablemente: no escaparía más a sus enemigos (cf. Jn 11,45-57).

Pero hemos de remontarnos más lejos en el recuerdo. Desde Belén, desde el día de su nacimiento, Herodes había decretado su muerte. La espada de los esbirros del rey usurpador exterminó a los niños de Belén. En aquella ocasión, Jesús escapó a su furia. Pero sólo por un poco de tiempo. Él ya no era más que una vida en suspenso. En el llanto de Raquel por sus hijos, que ya no están, resuena, sollozando, la profecía del dolor que Simeón anunciará a María (cf. Mt 2,16-18; Lc 2,34-35).

Oración

Señor Jesús, Hijo predilecto, que viniste a visitarnos caminando entre nosotros y haciendo el bien, devolviendo a la vida a los que habitaban en sombras de muerte, tú conoces nuestros corazones retorcidos.

Nosotros decimos que amamos el bien y queremos la vida. Pero somos pecadores y cómplices de la muerte. Nos proclamamos discípulos tuyos, pero emprendemos caminos que se pierden lejos de tus designios, lejos de tu justicia y de tu misericordia.

No nos abandones a nuestra violencia. Que tu paciencia con nosotros no se agote. Líbranos del mal.

Pater noster

«Pueblo mío, ¿qué te he hecho?, ¿en qué te he molestado? ¡Respóndeme!»

Segunda Estación: Jesús es negado por Pedro

Lectura del santo Evangelio según san Lucas

Y pasada cosa de una hora, otro insistía diciendo: «Sin duda, este también estaba con él, porque es galileo». Pedro dijo: «Hombre, no sé de qué me hablas». Y enseguida, estando todavía él hablando, cantó un gallo. El Señor, volviéndose, le echó una mirada a Pedro, y Pedro se acordó de la palabra que el Señor le había dicho: «Antes de que cante hoy el gallo, me negarás tres veces». Y, saliendo afuera, lloró amargamente (22,59-62).

Meditación

Alrededor de un fuego, en el patio del Sanedrín, Pedro y alguno más buscan calentarse en aquellas frías horas de la noche, atravesada por un febril ir y venir de gente. Dentro, la suerte de Jesús está a punto de decidirse en el cara a cara con sus acusadores. Pedirán su muerte.

Como una marea que sube, la hostilidad va creciendo a su alrededor. Con la misma rapidez con que arde la estopa, el odio crece y se multiplica. Muy pronto una muchedumbre vociferante exigirá a Pilato la gracia para Barrabás y la condena de Jesús.

Es difícil declararse amigo de un condenado a muerte sin sentirse estremecido por el miedo. La fidelidad intrépida de Pedro sucumbe ante las palabras recelosas de la sierva, la portera de la casa.

Reconocerse discípulo del rabí galileo sería darle más importancia a la fidelidad a Jesús que a la propia vida. Cuando se exige tener un valor semejante, la verdad no encuentra fácilmente testigos… Los hombres están hechos de tal manera que muchos prefieren la mentira a la verdad; y Pedro pertenece a nuestra humanidad. Traiciona por tres veces. Después se cruza con la mirada de Jesús. Y sus lágrimas caen amargas y sin embargo dulces, como agua que lava la suciedad.

Muy pronto, después de algunos días, cerca de otro fuego, en la orilla del lago, Pedro reconocerá a su Señor resucitado, que le confiará el cuidado de sus ovejas. Pedro aprenderá el perdón sin medida que el Resucitado proclama sobre todas nuestras traiciones. Y empezará a vivir una fidelidad que, desde ese momento, le llevará a aceptar su propia muerte como una ofrenda unida a la de Cristo.

Oración

Señor, Dios nuestro, tú has querido que fuera Pedro, el discípulo renegado y perdonado, el que recibiera el encargo de guiar a tu grey.

Graba en nuestros corazones la confianza y la alegría de saber que, contigo, podemos atravesar los precipicios del miedo y la infidelidad.

Haz que, instruidos por Pedro, todos tus discípulos sean testigos de tu mirada sobre nuestras caídas. Que nunca nuestras resistencias y nuestras desesperaciones hagan que la Resurrección de tu Hijo sea en vano.

Pater noster

Cristo muerto por nuestros pecados, Cristo resucitado para vida nuestra, te rogamos, ten piedad de nosotros.

Tercera Estación: Jesús y Pilato

Lectura del santo Evangelio según san Marcos

Apenas se hizo de día, los sumos sacerdotes con los ancianos, los escribas y el Sanedrín en pleno, hicieron una reunión. Llevaron atado a Jesús y lo entregaron a Pilato. Y los sumos sacerdotes lo acusaban de muchas cosas. Pilato, queriendo complacer a la gente, les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran (15,1.3.15).

Lectura del santo Evangelio según san Mateo

Al ver Pilato que todo era inútil y que, al contrario, se estaba formando un tumulto, tomó agua y se lavó las manos ante la gente, diciendo: «Soy inocente de esta sangre. ¡Allá vosotros!» (27,24).

Lectura del libro del profeta Isaías

Todos errábamos como ovejas, cada uno siguiendo su camino; y el Señor cargó sobre él todos nuestros crímenes (53,6).

Meditación

La Roma de César Augusto, la nación civilizadora, cuyas legiones se proponen la misión de conquistar a los pueblos para llevarles los beneficios de su justo orden.

Roma, presente también en la Pasión de Jesús en la persona de Pilato, el representante del Emperador, el garante del derecho y de la justicia en tierra extranjera.

Y, sin embargo, el mismo Pilato, que afirma no haber encontrado ninguna culpa en Jesús, es el que ratifica su condena a muerte. En el pretorio, donde Jesús es procesado, la verdad resplandece: la justicia de los paganos no es superior a la del Sanedrín de los Judíos.

Verdaderamente este Justo, que extrañamente atrae sobre sí los propósitos homicidas del corazón humano, reconcilia a judíos y paganos. Pero lo lleva a cabo, por ahora, haciendo que los dos sean cómplices en su muerte. Sin embargo, llega la hora, es más, está ya cerca, en que este Justo los reconciliará de otro modo, por medio de la Cruz y de un perdón que alcanzará a todos, judíos y paganos, los curará de sus cobardías y los librará de su violencia.

La única condición para tener parte en este don será confesar la inocencia del único Inocente, el Cordero de Dios inmolado por el pecado del mundo; renunciar a la presunción que murmura dentro de nosotros: «Soy inocente de la sangre de este hombre»; declararse culpables, con la seguridad de que un amor infinito nos envuelve a todos, judíos y paganos, y de que Dios nos llama a todos a ser sus hijos.

Oración

Señor, Dios nuestro, ante Jesús entregado y condenado, no sabemos hacer otra cosa que disculparnos y acusar a los demás. Durante mucho tiempo los cristianos hemos cargado sobre tu pueblo Israel el peso de tu condena a muerte. Durante mucho tiempo hemos ignorado que todos debíamos reconocernos cómplices en el pecado, para poder ser salvados por la sangre de Jesús crucificado.

Concédenos reconocer en tu Hijo al Inocente, el único de toda la historia. Él, que ha aceptado hacerse «pecado en favor nuestro» (cf.  2 Co 5,21), para que por él tú pudieras encontrarnos de nuevo, humanidad recreada en la inocencia con la que nos creaste, y en la que nos haces hijos tuyos.

Pater noster

 Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Cuarta estación: Jesús rey de la gloria

Lectura del santo Evangelio según san Marcos

Los soldados se lo llevaron al interior del palacio —al pretorio— y convocaron a toda la compañía. Lo visten de púrpura, le ponen una corona de espinas, que habían trenzado, y comenzaron a hacerle el saludo: «¡Salve, rey de los judíos!» (15,16-18).

Lectura del libro del profeta Isaías

Creció en su presencia como brote, como raíz en tierra árida, sin figura, sin belleza. Lo vimos sin aspecto atrayente, despreciado y evitado de los hombres, como un hombre de dolores, acostumbrado a sufrimientos, ante el cual se ocultaban los rostros, despreciado y desestimado. Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo estimamos leproso, herido de Dios y humillado (53,2-4).

Meditación

Banalidad del mal. Son innumerables los hombres, las mujeres, incluso los niños violentados, humillados, torturados, asesinados, por todas partes y en todas las épocas de la historia.

Sin refugiarse en su propia condición divina, Jesús se incluye en el terrible cortejo de los sufrimientos que el hombre inflige al hombre. Conoce el abandono de los humillados y de los más marginados.

Pero, ¿de qué nos sirve el sufrimiento de otro inocente más? Aquel, que es uno como nosotros, es antes de nada el Hijo predilecto del Padre, que con su obediencia cumple toda justicia.

Y, de repente, todos los signos se invierten. Las palabras y los gestos de burla de sus torturadores nos desvelan —oh absoluta paradoja— una insondable verdad, la de la auténtica y única realeza, que se ha manifestado como un amor que no quiere conocer nada más que la voluntad del Padre y su deseo de que todos los hombres se salven. «Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, […]. Entonces yo digo: “Aquí estoy —como está escrito en mi libro— para hacer tu voluntad”» (Sal 40,7-9).

Esta hora del Viernes Santo nos lo proclama: hay una sola gloria en este mundo y en el otro, la de conocer y cumplir la voluntad del Padre. Ninguno de nosotros puede ambicionar una dignidad más alta que la de ser hijo en aquel que se ha hecho obediente por nosotros hasta la muerte en cruz.

Oración

Señor, Dios nuestro, te pedimos que en este día santo en el que se cumple tu designio destruyas nuestros ídolos y los del mundo. Tú que conoces su poder sobre nuestras mentes y nuestros corazones.

Destruye nuestras falsas figuras del éxito y de la gloria. Destruye las imágenes que siempre resurgen en nosotros de un Dios a medida de nuestros pensamientos, un Dios distante, tan alejado del rostro que se ha revelado en la alianza y que se manifiesta hoy en Jesús, más allá de cualquier previsión, por encima de toda esperanza. Él, que confesamos como el «reflejo de [tu] gloria» (Hb 1,3).

Haz que entremos en el gozo eterno, que nos hace aclamar a Jesús, revestido de púrpura y coronado de espinas, como el rey de la gloria que canta el salmo: «¡Portones!, alzad los dinteles, que se alcen las antiguas compuertas: va a entrar el Rey de la gloria» (24,9).

Pater noster

«¡Portones!, alzad los dinteles, que se alcen las antiguas compuertas: va a entrar el Rey de la gloria.

Quinta estación: Jesús con la cruz a cuestas

Lectura del libro de las Lamentaciones

Vosotros, los que pasáis por el camino, mirad y ved si hay dolor como el dolor que me atormenta, con el que el Señor me afligió el día de su ardiente ira (1,12).

Salmo 146

Dichoso a quien auxilia el Dios de Jacob, el que espera en el Señor, su Dios […]. El Señor liberta a los cautivos, el Señor abre los ojos al ciego, el Señor endereza a los que ya se doblan, […] el Señor guarda a los peregrinos, sustenta al huérfano y a la viuda (5.7-8.9).

Meditación

Por el áspero camino del Gólgota, Jesús no ha llevado la cruz como un trofeo. En nada se asemeja a los héroes de nuestra fantasía que triunfantes derriban a sus malvados enemigos.

Camina paso a paso, el cuerpo siempre más pesado y más lento. Siente su carne destrozada por el leño del suplicio, las piernas debilitadas bajo la carga.

De generación en generación, la Iglesia ha meditado sobre esta vía llena de tropiezos y caídas.

Jesús cae, se levanta, vuelve a caer, retoma el agotador camino, probablemente bajo los golpes de los guardias que lo escoltan, porque así es como son tratados, maltratados, los condenados en este mundo.

Él, que levantó a los cuerpos postrados, que enderezó a la mujer encorvada, que arrancó del lecho de la muerte a la hija de Jairo y puso en pie a los afligidos, hoy está ahí, hundido en el polvo.

El Altísimo está en el suelo. Fijemos la mirada en Jesús. A través de él, el Altísimo nos enseña que es, al mismo tiempo —increíblemente—, el más Humilde, dispuesto a descender hasta nosotros, incluso más abajo si fuera necesario, de modo que ninguno se pierda en los bajos fondos de su propia miseria.

Oración

Señor, Dios nuestro, tú desciendes a la profundidad de nuestra noche, sin poner límites a tu humillación, porque es allí que encuentras la tierra a menudo ingrata, y a veces devastada, de nuestra vida.

Te suplicamos que ayudes a tu Iglesia para que sepa mostrar cómo el Altísimo y el más Humilde son en ti un único rostro. Concédele que lleve la buena noticia del Evangelio a todos los que tropiezan y caen, que no hay caída que pueda apartarnos de tu misericordia; que no hay extravío ni abismo suficientemente profundo en el que no puedas encontrar a quien se ha perdido.

Pater noster

He aquí que vengo para hacer tu voluntad.

Sexta estación: Jesús y Simón de Cirene

Lectura del santo Evangelio según san Lucas

Mientras lo conducían, echaron mano de un cierto Simón de Cirene, que volvía del campo, y le cargaron la cruz, para que la llevase detrás de Jesús (23,26).

Lectura del santo Evangelio según san Mateo

«Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?» (25,37-39).

Meditación

Jesús tropieza por el camino, la espalda aplastada bajo el peso de la cruz. Pero es necesario continuar, caminar, seguir caminando, porque la meta del pelotón de soldados, que apremia a Jesús, es el Gólgota, el siniestro «lugar de la Calavera», fuera de los muros de la ciudad.

En ese momento, pasa por ahí un hombre, de brazos fuertes. Parece ajeno a lo ocurrido aquel día. Está volviendo a casa, sin saber lo que le ha sucedido al «rabí» Jesús, cuando los guardias le ordenan que lleve la cruz.

¿Qué sabría de aquel condenado que los guardias empujaban al suplicio? ¿Qué conocería de aquel que «no parecía hombre» (52,14), como el siervo desfigurado de Isaías?

Nada se nos dice de su sorpresa, de su posible rechazo inicial, del sentimiento de compasión que lo invadió. El Evangelio sólo ha conservado la memoria de su nombre, Simón, oriundo de Cirene. Pero el Evangelio ha querido hacernos llegar el nombre de este libio y su humilde gesto de ayuda para enseñarnos cómo Simón, aliviando el dolor de un condenado a muerte, ha aliviado el dolor de Jesús, el Hijo de Dios, con el que se cruzó en su camino, en esa condición de esclavo que había asumido por nosotros, por él, por la salvación del mundo. Sin que él lo supiese.

Oración

Señor, Dios nuestro, tú nos revelaste en cada pobre que está desnudo, prisionero, sediento, tú nos visitas y que en él es a ti a quien acogemos, visitamos, vestimos, calmamos la sed: «Fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme» (Mt 25,35-36). Misterio de tu encuentro con nuestra humanidad. Así llegas a cada hombre. Ninguno está excluido de este encuentro, si acepta ser un hombre de compasión.

Como una ofrenda santa, nosotros te presentamos todos los gestos de bondad, de acogida, de dedicación que cada día se realizan en este mundo. Dígnate reconocerlos como la verdad de nuestra humanidad, que habla más fuerte que todos los gestos de rechazo y de odio. Dígnate bendecir a los hombres y a las mujeres de compasión que te dan gloria, aun cuando no saben todavía pronunciar tu nombre.

Pater noster

Cristo muerto por nuestros pecados, Cristo resucitado para nuestra vida, Te rogamos, ten piedad de nosotros.

Séptima estación: Jesús y las hijas de Jerusalén

Lectura del santo Evangelio según san Lucas

Lo seguía un gran gentío del pueblo, y de mujeres que se golpeaban el pecho y lanzaban lamentos por él. Jesús se volvió hacia ellas y les dijo: «Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos, […] porque, si esto hacen con el leño verde, ¿qué harán con el seco?» (23,27-28.31).

Meditación

El llanto que Jesús confía a las hijas de Jerusalén como un gesto de compasión, este llanto de las mujeres no falta nunca en este mundo. Baja silenciosamente por las mejillas de las mujeres. Y, probablemente más a menudo, de forma invisible en su corazón, como las lágrimas de sangre de las que hablaba Catalina de Siena.

No es que las lágrimas correspondan de forma exclusiva a las mujeres, como si su destino en la historia fuese el de llorar, pasiva e impotentemente, mientras que son los hombres los que la escriben.

En efecto, sus llantos son también, y sobre todo, aquellos que ellas recogen lejos de toda mirada y de todo reconocimiento, en un mundo en el que hay mucho que llorar. El llanto de los niños aterrorizados, de los heridos en el campo de batalla que llaman a su madre, el llanto solitario de los enfermos y moribundos en el umbral de lo desconocido. El llanto de perdición que corre por el rostro de este mundo, que fue creado en el primer día por lágrimas de alegría, mientras el hombre y la mujer exultaban de júbilo.

Y también Etty Hillesum, mujer fuerte de Israel que se mantuvo en pie en medio de la tempestad de la persecución nazi, y que defendió hasta el fin la bondad de la vida, nos susurra al oído este secreto, que ella intuye al final de su camino: en el rostro de Dios hay lágrimas que consolar, cuando llora por la miseria de sus hijos. En el infierno que invade el mundo, ella se atreve a orar a Dios: «Voy a tratar de ayudarte», le dice. Qué audacia tan femenina y tan divina.

Oración

Señor, Dios nuestro, Dios de ternura y de piedad, Dios lleno de amor y fidelidad, enséñanos, en los días felices, a no despreciar las lágrimas de los pobres que claman a ti y que nos piden ayuda. Enséñanos a no pasar indiferentes junto a ellos. Enséñanos a tener el valor de llorar con ellos. Enséñanos también, en la noche de nuestros sufrimientos, de nuestras soledades, de nuestras desilusiones, a escuchar la palabra de gracia que tú nos revelaste en el monte: «Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados» (Mt 5,5).

Pater noster

Cristo muerto por nuestros pecados, Cristo Resucitado para vida nuestra, Te rogamos, ten piedad de nosotros

Octava estación: Jesús es despojado de sus vestiduras

Lectura del santo Evangelio según san Juan

Los soldados, cuando crucificaron a Jesús, cogieron su ropa, haciendo cuatro partes, una para cada soldado, y apartaron la túnica. Era una túnica sin costura, tejida toda de una pieza de arriba abajo (19,23).

Lectura del libro de Job

«Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré a él» (1,21).

Meditación

El cuerpo humillado de Jesús queda desnudo. Expuesto a las miradas de burla y desprecio. El cuerpo de Jesús plagado de heridas y destinado al suplicio extremo de la crucifixión. Humanamente, ¿qué otra cosa se puede hacer sino bajar los ojos para no aumentar su vergüenza?

Pero el Espíritu nos ayuda en nuestra confusión. Nos enseña a entender el lenguaje de Dios, el lenguaje de la kenosis, este abajamiento de Dios para llegar hasta donde estamos nosotros. De este lenguaje de Dios nos habla el teólogo ortodoxo Cristos Yanarás: «El lenguaje de la kenosis: Jesús recién nacido, desnudo en el pesebre, desnudo en el río mientras recibe el bautismo como un siervo, colgado en el árbol de la cruz, desnudo, como un malhechor. Por medio de todo esto, él ha manifestado su amor por nosotros».

Adentrándonos en este misterio de gracia, podemos volver a mirar el cuerpo martirizado de Jesús. Entonces comenzamos a descubrir aquello que nuestros ojos no pueden ver: su desnudez resplandece con aquella misma luz que irradiaba su túnica en el momento de la Transfiguración.

Luz que aleja toda tiniebla. Luz irresistible del amor hasta el extremo.

Oración

Señor, Dios nuestro, ponemos ante tus ojos la inmensa multitud de hombres que sufren la tortura, la asombrosa muchedumbre de cuerpos maltratados, temblando de angustia ante la amenaza de los golpes, muriendo en barrios miserables.

Te suplicamos, recoge su gemido. El mal nos deja sin voz e indefensos.

Pero tú sabes hacer lo que nosotros no sabemos. Sabes encontrar una salida en el caos y en la oscuridad del mal. Sabes hacer que la vida de la resurrección brille ya en la pasión de tu Hijo amado. ¡Aumenta nuestra fe!

Te presentamos también la locura de los torturadores y de los que les mandan. También esta nos deja sin palabras… excepto para rezarte e implorarte entre lágrimas con las palabras de la oración que nos enseñaste: «Líbranos del mal».

Pater noster

Cristo muerto por nuestros pecados, Cristo Resucitado para vida nuestra. Te rogamos, ten piedad de nosotros

Novena estación: Jesús es crucificado.

Lectura del santo Evangelio según san Lucas

Y cuando llegaron al lugar llamado «La Calavera», lo crucificaron allí, a él y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. Jesús decía: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (23,33-34).

Lectura del libro del Profeta Isaías

Nuestro castigo saludable cayó sobre él, sus cicatrices nos curaron (53,5).

Meditación

En verdad, Dios está donde no debería estar… El Hijo predilecto, el Santo de Dios, es ese cuerpo expuesto en una cruz de infamia, abandonado al deshonor, en medio de dos malhechores. Hombre de dolores ante quien se vuelve el rostro; a decir verdad, igual que se hace con tantos seres humanos desfigurados que encontramos por nuestras calles.

El Verbo de Dios, por quien todo fue creado, ya no es más que carne muda y sufriente. La crueldad de nuestra humanidad se ha cebado con él y ha vencido. Sí, Dios está allí donde no debería estar, y sin embargo necesitamos que esté allí.

Vino para compartir con nosotros su vida. «Tomad», dijo sin cesar mientras ofrecía la salud a los enfermos, su perdón a los corazones extraviados, su cuerpo en la cena pascual.

Pero ha caído en nuestras manos, en territorio de muerte y de violencia: la de cada día en el mundo, que nos deja atónitos; y la que se insinúa dentro de cada uno de nosotros.

Lo sabían bien los monjes asesinados en Tibhirine, los cuales, a la oración «desármalos» añadían la petición «desármanos». Era necesario que la dulzura de Dios visitase nuestro infierno, era el único modo de librarnos del mal.

Era necesario que Jesucristo trajese la infinita ternura de Dios al corazón del pecado del mundo. Era necesario esto, para que la muerte, puesta ante la vida de Dios, se retirase y cayese, como un enemigo que encuentra un rival más fuerte que él y se dispersa en la nada.

Oración

Señor, Dios nuestro, acoge nuestra alabanza silenciosa.

Como los reyes que se quedan sin palabras ante la obra del Siervo revelada por el profeta Isaías (cf. 52,15), nos quedamos estupefactos ante el cordero inmolado por nuestra vida y la del mundo, y confesamos que por tus llagas hemos sido curados. «¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? Te ofreceré un sacrificio de alabanza, invocando el nombre del Señor» (Sal 116,12.17).

Pater noster

Cristo muerto por nuestros pecados, Cristo Resucitado para vida nuestra. Te rogamos, ten piedad de nosotros.

Décima estación: Jesús en la cruz es humillado

Lectura del santo Evangelio según san Lucas

El pueblo estaba mirando, pero los magistrados le hacían muecas, diciendo: «A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido». Se burlaban de él también los soldados, que se acercaban y le ofrecían vinagre, diciendo: «Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo». Había también por encima de él un letrero: «Este es el rey de los judíos». Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros» (23,35-39).

«Si eres Hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan». […] «Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, porque está escrito: […] (los ángeles) te sostendrán en sus manos» (4,3.9-11).

Meditación

¿No habría podido Jesús bajarse de la cruz? A duras penas nos atrevemos a hacernos esta pregunta. ¿Acaso el Evangelio no la pone en boca de los impíos?

Y sin embargo, ella nos persigue en la medida en que aún seguimos formando parte del mundo de la tentación a la que Jesús se enfrentó durante los cuarenta días en el desierto, preludio e inicio de su ministerio: «Si eres Hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan, tírate desde la parte superior del templo, porque Dios cuida del que es su amigo». Pero en la medida en que bautizados en su muerte y resurrección seguimos a Jesucristo en su camino, el desafío del Maligno ya no tiene poder sobre nosotros, se reduce a nada, su mentira queda desenmascarada.

Es entonces cuando se descubre la importancia absoluta de aquel «era necesario» (Lc 24,26), que Jesús enseña con paciencia y ardor a los caminantes de Emaús. «Era necesario» que Cristo entrara en esta obediencia y en esta impotencia, para llegar hasta nosotros en esa impotencia a la que nos ha llevado nuestra desobediencia.

Comenzamos así a comprender que «sólo el Dios que sufre puede salvarnos», como escribió el pastor Dietrich Bonhoeffer unos meses antes de morir asesinado, de tal manera que, experimentando en profundidad el poder del mal, pudo resumir en esta verdad, simple y vertiginosa, la profesión de fe cristiana.

Oración

Señor, Dios nuestro, ¿quién nos librará de las insidias del poder mundano? ¿Quién nos librará de la tiranía de la mentira, que nos lleva a enaltecer a los poderosos y buscar a la vez las falsas glorias? Sólo tú puedes convertir nuestros corazones.

Sólo tú puedes hacernos amar los senderos de la humildad. Sólo tú…, que nos revelas que la única victoria es la del amor y que todo lo demás no es más que paja que dispersa el viento, ilusión que desaparece frente a tu verdad.

Te rogamos, Señor, disipa las mentiras que pretenden reinar en nuestros corazones y en el mundo. Haznos vivir según tus caminos, para que el mundo reconozca el poder de la Cruz.

Pater noster

Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Undécima estación: Jesús y su Madre

Lectura del santo Evangelio según San Juan

Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo al que amaba, dijo a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Luego, dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre». Y desde aquella hora, el discípulo la recibió como algo propio (19,25-27).

Meditación

También María ha llegado al final del camino. Ha llegado aquel día del que hablaba el anciano Simeón. Cuando tomó en sus brazos temblorosos al niño y su acción de gracias continuó con palabras misteriosas, que entrelazaban contemporáneamente drama y esperanza, dolor y salvación.

«Este —había dicho— ha sido puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; y será como un signo de contradicción —y a ti misma una espada te traspasará el alma—, para que se pongan de manifiesto los pensamientos de muchos corazones» (Lc 2,34-35).

Ya la visita del ángel había hecho resonar en su corazón un anuncio increíble: Dios había escogido su vida para hacer florecer la novedad prometida a Israel, que «ni el ojo vio, ni el oído oyó» (1 Co 2,9; cf. Is 64,3). Y ella aceptó ese proyecto divino que comenzó a transformar su cuerpo y, que más tarde, condujo por caminos impredecibles al hijo nacido de sus entrañas.

En los días ocultos de Nazaret y luego también en el tiempo de la vida pública, cuando llegó la exigencia de hacerle sitio a la otra familia —la de los discípulos, esos desconocidos que Jesús decía que eran sus hermanos, hermanas y madres—, ella conservó todas estas cosas en su corazón, las confió a la gran paciencia de su fe.

Hoy es el tiempo del cumplimiento. La lanza que atraviesa el costado del Hijo traspasa también su corazón. También María se sumerge en la confianza sin apoyo, en la que Jesús vive totalmente su obediencia al Padre. De pie, ella no huye. Stabat Mater. En la oscuridad, pero convencida, sabe que Dios cumple sus promesas. En la oscuridad, pero convencida, sabe que Jesús es la promesa y su cumplimiento.

Oración

María, Madre de Dios y mujer de nuestra estirpe, tú que nos engendras maternalmente en aquel que has engendrado, sostén nuestra fe en las horas de oscuridad, enséñanos a esperar contra toda esperanza.

Haz que toda la Iglesia se mantenga en una espera fiel, a imagen de tu fidelidad, humildemente dócil a los proyectos de Dios, que nos llevan hacia donde no pensábamos ir; y que, más allá de toda expectativa, nos asocian a la obra de la salvación.

Pater noster

Salve, Regina, Mater Misericordiae; vita, dulcedo et spes nostra, salve.

Duodécima estación: Jesús muere en la cruz

Lectura del santo Evangelio según san Juan

[Jesús] dijo: «Tengo sed». Había allí un jarro lleno de vinagre. Y, sujetando una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo, se la acercaron a la boca. Jesús, cuando tomó el vinagre, dijo: «Está cumplido». E, inclinando la cabeza, entregó el espíritu. […] Pero al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados, con la lanza, le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua. El que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero, y él sabe que dice verdad, para que también vosotros creáis (19,28-30.33-35).

Meditación

Ahora todo está cumplido. La misión de Jesús está concluida. Vino desde el Padre para la misión de la misericordia. La cumplió con una fidelidad que lo llevó hasta el extremo del amor. Todo está cumplido. Jesús encomienda su espíritu en las manos de Padre.

Es verdad, aparentemente todo parece hundirse en el silencio de la muerte que desciende sobre el Gólgota y las tres cruces levantadas. En este día de la Pasión, que llega a su fin, quien pasa por ese camino sólo puede ver la derrota de Jesús, el fracaso de una esperanza que había alentado a muchos, consolado a los pobres, levantado a los humillados, que hizo vislumbrar a los discípulos que había llegado el tiempo en que Dios cumpliría las promesas anunciadas por los profetas. Todo eso parecía perdido, destruido, derrumbado.

Sin embargo, en medio de tanta decepción, el evangelista Juan hace que pongamos los ojos en un pequeño detalle, y se detiene en él con solemnidad. Agua y sangre brotan del costado del crucificado. ¡Oh maravilla! La herida abierta por la lanza del soldado hace que salga el agua y la sangre que nos hablan de vida y de nacimiento.

El mensaje es extremadamente discreto, pero muy elocuente para los corazones que tienen un poco de memoria. Del cuerpo de Jesús brota el manantial que el profeta vio salir del templo. El manantial que crece y se convierte en un río caudaloso, cuyas aguas sanan y fecundan todo lo que tocan a su paso. ¿No había Jesús dicho un día que su cuerpo es el nuevo templo? Y la «sangre de la alianza» acompaña el agua. ¿No había Jesús hablado de su carne y su sangre como alimento para la vida eterna?

Oración

Señor Jesús, en estos días santos del misterio pascual renueva en nosotros el gozo de nuestro bautismo. Al contemplar el agua y la sangre que brotan de tu costado, enséñanos a reconocer en qué fuente se engendra nuestra vida, de qué caridad está edificada tu Iglesia, para qué esperanza, que compartir con el mundo, tú nos has elegido y enviado.

Aquí está la fuente de vida que lava todo el universo, que brota de la herida de Cristo. Que nuestro bautismo sea para nosotros la única gloria, con una acción de gracias llena de asombro.

Pater noster

Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza por los siglos de los siglos.

Decimotercera estación: Jesús es bajado de la cruz

Lectura del santo Evangelio según san Lucas

[José de Arimatea], bajándolo de la cruz, lo envolvió en una sábana y lo colocó en un sepulcro excavado en la roca, donde nadie había sido puesto todavía (23,53).

Meditación

Gestos de atención y de honor para el cuerpo profanado y humillado de Jesús. Algunos hombres y mujeres se encuentran al pie de la cruz. José, oriundo de Arimatea, hombre «bueno y justo» (Lc 23,50), que pide el cuerpo a Pilato, como refiere san Lucas; Nicodemo, aquel que fue a encontrar a Jesús de noche, añade san Juan; y algunas mujeres que, tenazmente fieles, observaban. La meditación de la Iglesia ha querido añadir a la Virgen María, que estaba ciertamente también presente en este momento.

María, Madre de piedad, que recibe en sus brazos el cuerpo nacido de su carne y que ha acompañado tiernamente, discretamente durante sus años de vida, como madre que siempre cuida de su hijo. Ahora es un cuerpo inmenso el que ella recoge, a medida de su dolor, a medida de la nueva creación que nace de la pasión del amor que ha atravesado el corazón del hijo y de la madre.

En el gran silencio que se creó después del griterío de los soldados, de las burlas de los que pasaban y del murmullo de la crucifixión, los gestos son ahora de dulzura, una caricia de respeto. José baja el cuerpo que se abandona entre sus brazos. Lo envuelve en una sábana, lo pone dentro de un sepulcro completamente nuevo, que espera a su huésped, en el jardín que está al lado.

Jesús ha sido arrancado de las manos de sus verdugos. Ahora, muerto, se encuentra entre aquellas de la ternura y de la compasión. La violencia de los hombres homicidas ha pasado. La dulzura ha vuelto al lugar del suplicio.

Dulzura de Dios y de los suyos, esos corazones mansos a los que Jesús promete un día que poseerán la tierra. Dulzura originaria de la creación y del hombre a imagen de Dios. Dulzura del final, cuando toda lágrima será enjugada, cuando el lobo habitará con el cordero, porque está lleno el país del conocimiento del Señor (cf. Is 11, 6.9).

Canto a María

Oh María, no llores más: tu hijo, nuestro Señor, duerme en paz. Y su Padre, en la gloria, abre las puertas de la vida. Oh María, alégrate: Jesús resucitado venció a la muerte.

Pater noster

En paz me acuesto y enseguida me duermo; me despierto y tú me sostienes.

Decimocuarta estación: Jesús en el sepulcro y las mujeres

Lectura del santo Evangelio según san Lucas

Las mujeres que lo habían acompañado desde Galilea lo siguieron, y vieron el sepulcro y cómo había sido colocado su cuerpo. Al regresar, prepararon aromas y mirra. Y el sábado descansaron de acuerdo con el precepto (23,55-56).

Meditación

Las mujeres se han marchado. Ya no está el que habían acompañado, caminando premurosas e incansables por los caminos de Galilea. En esta tarde, les deja únicamente por compañía el recuerdo de la visión del sepulcro y de la sábana donde ahora reposa. Pobre y precioso recuerdo de los intensos días pasados. Soledad y silencio. Por otra parte, se acerca el shabbat, que invita a Israel a concluir el trabajo, como también hizo Dios cuando completó la creación, llevándola a plenitud con su bendición.

Hoy se trata de otra plenitud; por ahora escondida e impenetrable. Un Shabbat para quedarse hoy quietos con el corazón recogido y la memoria oscurecida por las lágrimas. Para preparar también los perfumes y los aromas con los que ellas mañana, al amanecer, rendirán el último tributo a su cuerpo.

Sin embargo, con este gesto, ¿se preparan solamente a embalsamar su esperanza? ¿Y si Dios hubiera predispuesto una respuesta a su solicitud que ellas no logran ni siquiera prever, imaginar, intuir? El descubrimiento de una tumba vacía…, el anuncio de que él ya no está allí, porque ha destruido las puertas de la muerte…

Oración

Señor, Dios nuestro, dígnate ver y bendecir todos los gestos de las mujeres que honran en este mundo la fragilidad del cuerpo humano, que ellas rodean de dulzura y de honor.

Y a nosotros, que te hemos acompañado en este camino de amor hasta el final, dígnate protegernos, junto a las mujeres del Evangelio, en la oración y en la espera que han sido colmadas con la resurrección de Jesús, y que tu Iglesia se dispone a celebrar en el júbilo de la noche pascual.

Pater noster

A quien corresponden la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.