Carta Pastoral de la Conferencia Episcopal Peruana por la Visita del Papa Francisco al Perú

agosto 19, 2017

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Visita del Papa Francisco al Perú – Enero 2018

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C A R T A   P A S T O R A L de la CEP – VISITA PAPAL

 Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia…

Lo que ates en la tierra, quedará atado en los cielos

y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos (Mt 16, 18-20).

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A todos los fieles y personas de buena voluntad

Queridos hermanos: Paz en el Señor.

Les escribimos esta carta con ocasión de la próxima visita apostólica que va a realizar el Papa Francisco al Perú los días 18 al 21 de enero del próximo año 2018. Y lo hacemos con el propósito de orientar a todos sobre su sentido y el espíritu con que debemos prepararnos para recibir al Santo Padre y acoger el testimonio de fe y esperanza que nos trae en nombre del Señor Jesús.

El anuncio de la visita nos llena de alegría al pueblo cristiano y es motivo de esperanza para todo el Perú. El gozo que sentimos nos compromete a prepararnos adecuadamente para que esos días sean de gracia y bendición y ocasión de siembra generosa, llamada a dar frutos de renovación en nuestra vida cristiana y de fortalecimiento de los valores de convivencia cívicos, de los que estamos tan urgidos en el momento presente.

1. “Vayan y hagan discípulos a todas las gentes… y enséñenles a guardar todo lo que yo les he mandado (Mt 28, 19-20) 

¿Por qué viene el Papa al Perú? ¿A qué obedece esta decisión suya? La visita del Papa Francisco la entendemos a la luz del testamento de Jesús a los apóstoles. Este mandato misionero es un imperativo siempre actual y debe estar permanentemente presente en la vida de la Iglesia. “Evangelizar constituye la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar”, en feliz expresión del beato Pablo VI (En 14). Así ha sido a lo largo de los siglos y lo es en la actualidad. En esta clave hemos de entender toda la actividad de la Iglesia y la de cada uno de nosotros.

La responsabilidad del anuncio del evangelio compete en primer lugar a todos los obispos unidos al Papa. Este, como sucesor de Pedro y piedra sobre la que Cristo edifica su Iglesia, cumple su deber de muchas maneras; una de ellas son las visitas apostólicas que realiza a los diversos países. En estas procura que el encuentro con los distintos grupos de personas favorezca el encuentro de los creyentes con Jesucristo vivo y la transmisión de la fe a cuantos no lo conocen o se han alejado de Él.

Con las visitas el Papa siempre busca la cercanía con los fieles y personas de buena voluntad, para llevarlos al encuentro con Jesucristo vivo y hacer posible la transmisión de la fe a cuantos no lo conocen o se han alejado de Él. Igualmente promueve la unión de todos los cristianos, el respeto entre todos los grupos de creyentes, la convivencia entre los pueblos y el cuidado responsable de la creación. Con su cercanía, su anuncio gozoso de Jesús Salvador, su humilde servicio de evangelizador y el aroma evangélico que desprende su persona atrae a todos al encuentro con Jesús.

2. “Confirma a tus hermanos” (Lc 22, 32)

¿Para qué viene el Papa?

Sabiendo Jesús que el apóstol Pedro le negaría por tres veces, le dice: “Yo he rogado por ti, para que tu fe no flaquee, y tú, una vez convertido, confirma a tus hermanos en la fe” (Lc 22, 32). A esto viene el Papa al Perú. El Pedro de hoy viene a confirmarnos en la fe en Cristo para que seamos testimonio de unidad y coherencia.

La fe de los creyentes siempre necesita ser fortalecida, porque el pecado presente en la sociedad y en la vida de los cristianos, incluidos aquellos de quienes debiera  esperarse siempre un testimonio más claro de coherencia, pone en peligro la fe de los más débiles.

Tenemos la firme esperanza de que la presencia del Papa, su mensaje claro y estimulante de puro sabor evangélico, su testimonio de vida, su cercanía, especialmente con los últimos de la sociedad, su lenguaje franco y directo… contribuirán a que la fe de nuestro pueblo sea sacudida por el viento fuerte del Espíritu Santo, de suerte que a todos nos impulse a una renovada y más rica vivencia de la misma.

3. ¡Ay de mí, si no anuncio el evangelio! (1 Cor 9, 16

La urgencia evangelizadora que experimentó el apóstol Pablo nos empuja a una renovada vivencia de fe, que nos anime a hacer el camino de cada día en la humilde escucha y fiel seguimiento de la Palabra del Señor, en unión de todos los hermanos. Esta actitud nos tiene que impulsar a hacer llegar la Palabra de salvación a todas las personas, ambientes, grupos humanos… a los que todavía no ha llegado o adonde ha dejado de ser escuchada.

Hoy ya no es suficiente un cristianismo recibido principalmente por tradición o herencia. Nadie nace cristiano, nos hacemos cristianos por una decisión personal. El que ha optado por seguir a Jesús ha de tener muy presente que “la evangelización es tarea de la Iglesia”, y que todo el pueblo cristiano es sujeto de evangelización (Cf Eg 111). De ahí deriva la necesidad de ser testigos del Señor Jesús, que se ha hecho hombre y ha muerto y resucitado para que en Él tengamos vida, ahora y en la eternidad.

Conclusión

Una vez recibido con gran alegría el anuncio de la llegada del Papa, la Iglesia en el Perú hemos comenzado a orar por los frutos espirituales y la renovada convivencia entre todo nuestro pueblo. Encomendamos a la intercesión de la Virgen María, Estrella de la evangelización, a los beatos mártires de Chimbote y a nuestros santos: Toribio, Rosa, Martín, Francisco Solano, Juan Macías… los frutos espirituales de esta visita apostólica del Papa Francisco a nuestra querida Patria, el Perú.

Con nuestro afecto y bendición.

Agosto 2017.

Los Obispos del Perú


Vaticano defiende en la ONU derechos y capacidades de los ancianos

julio 10, 2017

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El Papa Francisco bendice a una anciana durante su viaje a Paraguay 

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Vaticano defiende en la ONU derechos y capacidades de los ancianos

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VATICANO, 09 Jul. 17 / 01:08 pm (ACI).- Los ancianos, con su sabiduría y experiencia, tienen la capacidad de seguir contribuyendo al desarrollo de la sociedad, pero lamentablemente muchos de ellos son marginados con políticas y prejuicios que los dejan a merced de la pobreza y el aislamiento social, denunció recientemente la Santa Sede ante la ONU.

El Observador Permanente de la Santa Sede ante la ONU, Mons. Bernardito Auza, dijo estas palabras durante la octava sesión del grupo de trabajo sobre el envejecimiento, convocado entre el 5 y 7 de julio por el organismo mundial bajo el tema “Participación activa de las personas mayores en el desarrollo”.

El representante vaticano señaló que “a medida que la población anciana crece rápidamente en el mundo”, la atención a este sector es cada vez más crítica. Ello exige la urgente elaboración de “medidas concretas y prácticas” que garanticen la protección de sus derechos humanos y respondan a sus necesidades, afirmó en su discurso.

Según el último informe sobre población mundial elaborado por la ONU, a finales de 2017 se prevé que las personas con más de 60 años rozarán los 1.000 millones y representarán el 13% de la población total.

En ese sentido, Mons. Auza recordó las palabras del Papa Francisco, quien advirtió que si bien “gracias al progreso de la medicina, la esperanza de vida ha aumentado: ¡la sociedad no se ha  expandido a la vida!”, pues no se ha organizado lo suficiente como para dejarles espacio a los ancianos, “con el debido respeto y la consideración práctica de su fragilidad y dignidad”.

El Observador Permanente advirtió que los ancianos “son desproporcionadamente susceptibles a la pobreza, la mala salud, la discapacidad, el aislamiento social, la violencia, el abandono”, las guerras y factores que atentan contra su dignidad humana.

Por ello, el Prelado destacó el tema elegido para esta sesión, pues “con demasiada frecuencia vemos a los ancianos excluidos de la participación activa en la sociedad y el desarrollo”, a pesar de la sabiduría que han acumulado durante los años de vida, como tantas veces ha subrayado el Papa Francisco.

En ese sentido, el representante vaticano exhortó a que los esfuerzos del organismo internacional se centren en abordar y asegurar medidas que contrarresten “las políticas, prácticas y prejuicios” que suelen marginar a estas personas “que alguna vez estuvieron en el centro de nuestras familias y comunidades”.

Debemos “superar lo que el Papa Francisco denunció como ‘las deficiencias de una sociedad programada para la eficiencia’”, exhortó.

Para ello, Mons. Auza dijo que “es imprescindible trabajar políticas y prácticas que refuercen la participación política activa de las personas mayores, su implicación en la toma de decisiones, su continuidad como contribuyentes económicos, su participación en el mercado de trabajo, su capacidad para disfrutar de una jubilación sana y segura a una edad apropiada, así como el acceso a la formación continua y a la educación permanente”.

Asimismo, señaló que el mayor énfasis “en la contribución de las personas mayores al desarrollo debería combinarse con una mayor atención a sus necesidades”.

En ese sentido, indicó que los ancianos enfermos, con discapacidad o deterioro cognitivo y que pueden no estar en condiciones de contribuir al desarrollo, “están en su mayor momento de necesidad” y en esas circunstancias “debemos demostrar que nuestro amor y respeto por los ancianos y los impedidos van más allá de las consideraciones materiales, políticas y económicas”.

Los ancianos mantienen su dignidad humana y esta no disminuye porque decrezcan sus capacidades económicas o físicas, afirmó.

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Homilía del Papa Francisco en la Misa de Solemnidad de San Pedro y San Pablo

junio 29, 2017

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Solemnidad de San Pedro y San Pablo, columnas de la Iglesia Católica. El Papa Francisco celebra la Misa.

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TEXTO COMPLETO: Homilía Papa Francisco Misa Solemnidad San Pedro y San Pablo

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VATICANO, 29 Jun. 17 / 03:10 am (ACI).- El Papa Francisco celebró la Misa por la Solemnidad de San Pedro y San Pablo, patronos de Roma. Estuvo acompañado por los cinco nuevos cardenales creados el día anterior en el Consistorio celebrado en la Basílica de San Pedro. Además, el Papa bendijo los palios destinados a los Arzobispos metropolitanos nombrados a lo largo del año y que les serán impuestos en sus respectivas diócesis.

En su homilía, el Papa dijo: “Preguntémonos si somos cristianos de salón, de esos que comentan cómo van las cosas en la Iglesia y en el mundo, o si somos apóstoles en camino, que confiesan a Jesús con la vida porque lo llevan en el corazón”.

A continuación, el texto completo de la homilía del Pontífice: 

La liturgia de hoy nos ofrece tres palabras fundamentales para la vida del apóstol: confesión, persecución, oración.

La confesión es la de Pedro en el Evangelio, cuando el Señor pregunta, ya no de manera general, sino particular. Jesús, en efecto, pregunta primero: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?» (Mt 16,13). Y de esta «encuesta» se revela de distintas maneras que la gente considera a Jesús un profeta.

Es entonces cuando el Maestro dirige a sus discípulos la pregunta realmente decisiva: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» (v. 15). A este punto, responde sólo Pedro: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo» (v. 16). Esta es la confesión: reconocer que Jesús es el Mesías esperado, el Dios vivo, el Señor de nuestra vida.

Jesús nos hace también hoy a nosotros esta pregunta esencial, la dirige a todos, pero especialmente a nosotros pastores. Es la pregunta decisiva, ante la que no valen respuestas circunstanciales porque se trata de la vida: y la pregunta sobre la vida exige una respuesta de vida. Pues de poco sirve conocer los artículos de la fe si no se confiesa a Jesús como Señor de la propia vida.

Él nos mira hoy a los ojos y nos pregunta: «¿Quién soy yo para ti?». Es como si dijera: «¿Soy yo todavía el Señor de tu vida, la orientación de tu corazón, la razón de tu esperanza, tu confianza inquebrantable?». Como san Pedro, también nosotros renovamos hoy nuestra opción de vida. Como Jesús nos hace también hoy a nosotros esta pregunta esencial, la dirige a todos, pero especialmente a nosotros pastores.

Como san Pedro, también nosotros renovamos hoy nuestra opción de vida como discípulos y apóstoles; pasamos nuevamente de la primera a la segunda pregunta de Jesús para ser «suyos», no sólo de palabra, sino con las obras y con nuestra vida.

Preguntémonos si somos cristianos de salón, de esos que comentan cómo van las cosas en la Iglesia y en el mundo, o si somos apóstoles en camino, que confiesan a Jesús con la vida porque lo llevan en el corazón.

Quien confiesa a Jesús sabe que no ha de dar sólo opiniones, sino la vida; sabe que no puede creer con tibieza, sino que está llamado a «arder» por amor; sabe que en la vida no puede conformarse con «vivir al día» o acomodarse en el bienestar, sino que tiene que correr el riesgo de ir mar adentro, renovando cada día el don de sí mismo.

Quien confiesa a Jesús se comporta como Pedro y Pablo: lo sigue hasta el final; no hasta un cierto punto sino hasta el final, y lo sigue en su camino, no en nuestros caminos. Su camino es el camino de la vida nueva, de la alegría y de la resurrección, el camino que pasa también por la cruz y la persecución.

Y esta es la segunda palabra, persecución. No fueron sólo Pedro y Pablo los que derramaron su sangre por Cristo, sino que desde los comienzos toda la comunidad fue perseguida, como nos lo ha recordado el libro de los Hechos de los Apóstoles (cf. 12,1).

Incluso hoy en día, en varias partes del mundo, a veces en un clima de silencio —un silencio con frecuencia cómplice—, muchos cristianos son marginados, calumniados, discriminados, víctimas de una violencia incluso mortal, a menudo sin que los que podrían hacer que se respetaran sus sacrosantos derechos hagan nada para impedirlo.

Por otra parte, me gustaría hacer hincapié especialmente en lo que el Apóstol Pablo afirma antes de «ser —como escribe— derramado en libación» (2 Tm 4,6). Para él la vida es Cristo (cf. Flp 1,21), y Cristo crucificado (cf. 1 Co 2,2), que dio su vida por él (cf. Ga 2,20). De este modo, como fiel discípulo, Pablo siguió al Maestro ofreciendo también su propia vida.

Sin la cruz no hay Cristo, pero sin la cruz no puede haber tampoco un cristiano. En efecto, «es propio de la virtud cristiana no sólo hacer el bien, sino también saber soportar los males» (Agustín, Disc. 46.13), como Jesús. Soportar el mal no es sólo tener paciencia y continuar con resignación; soportar es imitar a Jesús: es cargar el peso, cargarlo sobre los hombros por él y por los demás.

Es aceptar la cruz, avanzando con confianza porque no estamos solos: el Señor crucificado y resucitado está con nosotros. Así, como Pablo, también nosotros podemos decir que estamos «atribulados en todo, mas no aplastados; apurados, mas no desesperados; perseguidos, pero no abandonados» (2 Co 4,8-9).

Soportar es saber vencer con Jesús, a la manera de Jesús, no a la manera del mundo. Por eso Pablo —lo hemos oído— se considera un triunfador que está a punto de recibir la corona (cf. 2 Tm 4,8) y escribe: «He combatido el noble combate, he acabado la carrera, he conservado la fe» (v. 7).

Su comportamiento en la noble batalla fue únicamente no vivir para sí mismo, sino para Jesús y para los demás. Vivió «corriendo», es decir, sin escatimar esfuerzos, más bien consumándose.

Una cosa dice que conservó: no la salud, sino la fe, es decir la confesión de Cristo. Por amor a Jesús experimentó las pruebas, las humillaciones y los sufrimientos, que no se deben nunca buscar, sino aceptarse. Y así, en el misterio del sufrimiento ofrecido por amor, en este misterio que muchos hermanos perseguidos, pobres y enfermos encarnan también hoy, brilla el poder salvador de la cruz de Jesús.

La tercera palabra es oración. La vida del apóstol, que brota de la confesión y desemboca en el ofrecimiento, transcurre cada día en la oración. La oración es el agua indispensable que alimenta la esperanza y hace crecer la confianza. La oración nos hace sentir amados y nos permite amar. Nos hace ir adelante en los momentos más oscuros, porque enciende la luz de Dios.

En la Iglesia, la oración es la que nos sostiene a todos y nos ayuda a superar las pruebas. Nos lo recuerda la primera lectura: «Mientras Pedro estaba en la cárcel bien custodiado, la Iglesia oraba insistentemente a Dios por él» (Hch 12,5).

Una Iglesia que reza está protegida por el Señor y camina acompañada por él. Orar es encomendarle el camino, para que nos proteja. La oración es la fuerza que nos une y nos sostiene, es el remedio contra el aislamiento y la autosuficiencia que llevan a la muerte espiritual. Porque el Espíritu de vida no sopla si no se ora y sin oración no se abrirán las cárceles interiores que nos mantienen prisioneros.

Que los santos Apóstoles nos obtengan un corazón como el suyo, cansado y pacificado por la oración: cansado porque pide, toca e intercede, lleno de muchas personas y situaciones para encomendar; pero al mismo tiempo pacificado, porque el Espíritu trae consuelo y fortaleza cuando se ora. Qué urgente es que en la Iglesia haya maestros de oración, pero que sean ante todo hombres y mujeres de oración, que viven la oración.

El Señor interviene cuando oramos, él, que es fiel al amor que le hemos confesado y que nunca nos abandona en las pruebas. Él acompañó el camino de los Apóstoles y os acompañará también a vosotros, queridos hermanos Cardenales, aquí reunidos en la caridad de los Apóstoles que confesaron la fe con su sangre.

Estará también cerca de vosotros, queridos hermanos Arzobispos que, recibiendo el palio, seréis confirmados en vuestro vivir para el rebaño, imitando al Buen Pastor, que os sostiene llevándoos sobre sus hombros. El mismo Señor, que desea ardientemente ver a todo su rebaño reunido, bendiga y custodie también a la Delegación del Patriarcado Ecuménico, y al querido hermano Bartolomé, que la ha enviado como señal de comunión apostólica.

 


El maná de cada día, 26.6.17

junio 26, 2017

Lunes de la 12ª semana del Tiempo Ordinario

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La medida que uséis, la usarán con vosotros

La medida que uséis, la usarán con vosotros



PRIMERA LECTURA: Génesis 12, 1-9

En aquellos días, el Señor dijo a Abrán: «Sal de tu tierra y de la casa de tu padre, hacia la tierra que te mostraré. Haré de ti un gran pueblo, te bendeciré, haré famoso tu nombre, y será una bendición. Bendeciré a los que te bendigan, maldeciré a los que te maldigan. Con tu nombre se bendecirán todas las familias del mundo.»

Abrán marchó, como le había dicho el Señor, y con él marchó Lot. Abrán tenía setenta y cinco años cuando salió de Harán. Abrán llevó consigo a Saray, su mujer, a Lot, su sobrino, todo lo que había adquirido y todos los esclavos que había ganado en Harán.

Salieron en dirección de Canaán y llegaron a la tierra de Canaán. Abrán atravesó el país hasta la región de Siquén, hasta la encina de Moré. En aquel tiempo habitaban allí los cananeos.

El Señor se apareció a Abrán y le dijo: «A tu descendencia le daré esta tierra.»

Él construyó allí un altar en honor del Señor, que se le había aparecido. Desde allí continuó hacia las montañas al este de Betel, y plantó allí su tienda, con Betel a poniente y Ay a levante; construyó allí un altar al Señor e invocó el nombre del Señor. Abrán se trasladó por etapas al Negueb.

SALMO 32, 12-13. 18-19. 20 y 22

Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad.

Dichosa la nación cuyo Dios es el Señor, el pueblo que él se escogió como heredad. El Señor mira desde el cielo, se fija en todos los hombres.

Los ojos del Señor están puestos en sus fieles, en los que esperan en su misericordia, para librar sus vidas de la muerte y a reanimarlos en tiempo de hambre.

Nosotros aguardamos al Señor: él es nuestro auxilio y escudo. Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti.


Aclamación antes del Evangelio: Hb 4, 12

La palabra de Dios es viva y eficaz; juzga los deseos e intenciones del corazón.


EVANGELIO: Mateo 7, 1-5

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «No juzguéis y no os juzgarán; porque os van a juzgar como juzguéis vosotros, y la medida que uséis, la usarán con vosotros.

¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: “Déjame que te saque la mota del ojo”, teniendo una viga en el tuyo?

Hipócrita; sácate primero la viga del ojo; entonces verás claro y podrás sacar la mota del ojo de tu hermano.»
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NADIE PUEDE JUZGAR

Papa Francisco en la capilla de la Casa Santa Marta
Lunes 23 de junio de 2014

Quien juzga se pone en el lugar de Dios y haciendo esto se encamina a una derrota segura en la vida porque será correspondido con la misma moneda. Y vivirá en la confusión, cambiando «la paja» en el ojo del hermano por la «viga» que le obstruye la vista. Es una invitación a defender a los demás y a no juzgarlos la que lanzó el Papa en la misa celebrada el lunes 23 de junio, por la mañana, en la capilla de la Casa Santa Marta.

El pasaje evangélico de la liturgia (Mateo 7, 1-5), hizo notar el Pontífice, presenta precisamente a Jesús que «quiere convencernos de que no juzguemos»: un mandamiento que repite muchas veces». En efecto, «juzgar a los demás nos lleva a la hipocresía». Y Jesús define precisamente «hipócritas» a quienes se ponen a juzgar. Porque, explicó el Papa, «la persona que juzga se equivoca, se confunde y se convierte en una persona derrotada».

Quien juzga «se equivoca siempre». Y se equivoca, afirmó, «porque se pone en el lugar de Dios, que es el único juez: ocupa precisamente ese puesto y se equivoca de lugar». En la práctica, cree tener «el poder de juzgar todo: las personas, la vida, todo». Y «con la capacidad de juzgar» considera que tiene «también la capacidad de condenar».

El Evangelio refiere que «juzgar a los demás era una de las actitudes de esos doctores de la ley a quienes Jesús llama «hipócritas». Se trata de personas que «juzgaban todo». Pero lo más «grave» es que obrando así, «ocupan el lugar de Dios, que es el único juez». Y «Dios, para juzgar, se toma tiempo, espera». En cambio estos hombres «lo hacen inmediatamente: por eso el que juzga se equivoca, simplemente porque toma un lugar que no es para él».

Pero, precisó el Papa, «no sólo se equivoca; también se confunde». Y «está tan obsesionado de eso que quiere juzgar, de esa persona —tan, tan obsesionado— que esa pajilla no le deja dormir». Y repite: «Pero yo quiero quitarte esa pajilla». Sin darse cuenta, sin embargo, de la viga que tiene él» en su propio ojo. En este sentido se «confunde» y «cree que la viga sea esa pajilla». Así que quien juzga es un hombre que «confunde la realidad», es un iluso.

No sólo. Para el Pontífice el que juzga, «se convierte en un derrotado» y no puede no terminar mal, «porque la misma medida se usará para juzgarle a él», como dice Jesús en el Evangelio de Mateo. Por lo tanto, «el juez soberbio y suficiente que se equivoca de lugar, porque toma el lugar de Dios, apuesta por una derrota». Y ¿cuál es la derrota? «La de ser juzgado con la misma medida con la que él juzga», recalcó el obispo de Roma. Porque el único que juzga es Dios y aquellos a quienes Dios les da el poder de hacerlo. Los demás no tienen derecho de juzgar: por eso hay confusión, por eso existe la derrota».

Aún más, prosiguió el Pontífice, «también la derrota va más allá, porque quien juzga acusa siempre». En el «juicio contra los demás —el ejemplo que pone el Señor es la «pajilla en tu ojo»— siempre hay una acusación». Exactamente lo opuesto de lo que «Jesús hace ante el Padre». En efecto, Jesús «jamás acusa» sino que, al contrario, defiende. Él «es el primer Paráclito. Después nos envía al segundo, que es el Espíritu». Jesús es «el defensor: está ante el Padre para defendernos de las acusaciones».

Pero si existe un defensor, hay también un acusador. «En la Biblia —explicó el Pontífice— el acusador se llama demonio, satanás». Jesús «juzgará al final de los tiempos, pero en el ínterin intercede, defiende». Juan, señaló el Papa, «lo dice muy bien en su Evangelio: no pequéis, por favor, pero si alguno peca, piense que tenemos a uno que abogue ante el Padre».

Así, afirmó, «si queremos seguir el camino de Jesús, más que acusadores debemos ser defensores de los demás ante el Padre». De aquí la invitación a defender a quien sufre «algo malo»: sin pensarlo demasiado, aconsejó, «ve a rezar y defiéndelo delante del Padre, como hace Jesús. Reza por él».

Pero sobre todo, repitió el Papa, «no juzgues, porque si lo haces, cuando tú hagas algo malo, serás juzgado». Es una verdad, sugirió, que es bueno recordar «en la vida de cada día, cuando nos vienen las ganas de juzgar a los demás, de criticar a los demás, que es una forma de juzgar».

En fin, reafirmó el Pontífice, «quien juzga se equivoca de lugar, se confunde y se convierte en un derrotado». Y obrando así «no imita a Jesús, que siempre defiende ante el Padre: es un abogado defensor». Quien juzga, más bien, «es un imitador del príncipe de este mundo, que va siempre detrás de las personas para acusarlas ante el Padre».

El Papa Francisco concluyó orando al Señor para que «nos dé la gracia de imitar a Jesús intercesor, defensor, abogado nuestro y de los demás». Y «no imitar al otro, que al final nos destruirá».

www.vatican.va


“Ir de misiones no es hacer turismo, es ser testigo del Señor”, recuerda el Papa Francisco

junio 25, 2017

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Ángelus: El Papa Francisco, testigo del Señor ante la Iglesia y ante el mundo. 

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“Ir de misiones no es hacer turismo, es ser testigo del Señor”, recuerda el Papa Francisco

Por Miguel Pérez Pichel

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VATICANO, 25 Jun. 17 / 05:21 am (ACI).- Durante el rezo del Ángelus este domingo en la Plaza de San Pedro, el Papa Francisco exhortó a asumir la vocación de todo cristiano a la misión, a dar testimonio de Cristo, pero afirmó: “ir de misiones no es hacer turismo”, y recordó la advertencia que hizo Jesús a sus discípulos: “encontraréis persecuciones”.

No obstante, el Santo Padre también subrayó la insistencia con que Jesús animaba a sus discípulos a no tener miedo: “¡No tengáis miedo!”. “No tengáis miedo –repitió Francisco–, porque somos muy valiosos para Dios y Él nunca nos abandona”.

Además hizo hincapié en que “en el testimonio de la fe no cuentan los éxitos, sino la fidelidad a Cristo”.

“En el Evangelio de hoy, el Señor Jesús, después de haber llamado y enviado a la misión a sus discípulos, los instruye y los prepara para afrontar las pruebas y las persecuciones que deberán afrontar”, comenzó a explicar el Santo Padre.

Francisco advierte que “el envío a la misión por parte de Jesús, no garantiza a los discípulos el éxito, así como no les protege del fracaso y del sufrimiento. Deben contar tanto con el posible rechazo como con la persecución”.

En este sentido, afirmó que “el discípulo está llamado a hacer que su vida confluya con la de Cristo, que fue perseguido por los hombres, conoció el rechazo, el abandono y la muerte en la Cruz”.

“En la misión cristiana –continuó– no existe la bandera de la tranquilidad; las dificultades y tribulaciones forman parte de la obra de evangelización, y nosotros estamos llamados a encontrar en ellas las ocasiones para verificar la autenticidad de nuestra fe, de nuestra relación con Dios”.

Por ello, “debemos considerar estas dificultades como una posibilidad para ser todavía más misioneros y para crecer en la confianza en Dios, nuestro Padre, que no abandona a sus hijos en la hora de la tempestad. En las dificultades del testimonio cristiano en el mundo, no hemos sido nunca olvidados, sino que siempre nos asiste la preocupación amorosa del Padre”.

No obstante, el Pontífice subrayó que la realidad de las persecuciones no es algo del pasado, sino que “también en nuestros días está presente la persecución contra los cristianos. Recemos por nuestros hermanos y hermanas que son perseguidos y demos gracias a Dios porque, a pesar de ello, continúan dando testimonio con valentía y con fidelidad a su fe”.

El ejemplo de estos cristianos perseguidos “nos ayuda a no vacilar a la hora de tomar partido en favor de Cristo, testimoniándolo valientemente en las situaciones de cada día, también en contextos aparentemente tranquilos. En efecto, una forma de prueba puede ser también la existencia de hostilidad y de tribulaciones”.

Destacó que “al igual que ‘ovejas en medio de lobos’, el Señor, también en nuestro tiempo, nos envía como centinelas en medio de gente que no quiere despertar del sueño mundano, que ignora las palabras de Verdad del Evangelio, construyéndose sus propias vidas efímeras”.

Sin embargo, no quiso finalizar su discurso sin antes ofrecer la clave de la esperanza en medio de las persecuciones: “El Señor está con nosotros”; “en medio de todo esto, el Señor continúa diciéndonos , como les decía a los discípulos de su tiempo: ‘¡No tengáis miedo!’. No tengáis miedo de quienes os ridiculicen y os maltraten, no tengáis miedo de quien os ignore”. “Jesús no nos deja solos porque somos muy valiosos para Él”.

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La primavera del Papa apuesta por la desclericalización de las órdenes religiosas

junio 20, 2017

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El Papa Francisco con los cuatrro priores generales de la familia franciscana

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El Papa Francisco quiere que los franciscanos elijan hermanos legos a puestos de autoridad

Les ha pedido que inicien el camino de la unidad de todas las ramas franciscanas

El clericalismo es una señal de falta de fe, una falta de confianza: confianza en Dios, en los demás y, en último término, en uno mismo
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(Cameron Doody).- Del clericalismo a la “menoría”. De la “movilidad ascendente” al deseo de ir el último. Este es el proyecto que el Papa Francisco quiere para la totalidad de las órdenes religiosas, empezando con los franciscanos. Y eso después de que los ministros generales de las cuatro ramas de esta familia religiosa pidieran al pontífice una dispensa para que los hermanos no ordenados puedan asumir puestos de autoridad hasta ahora reservados a sacerdotes.

“Le hemos solicitado formalmente una dispensa… (que) permitiría que los hermanos legos (no clérigos) pudiesen ser guardianes de una fraternidad local, provinciales e incluso ministro general. Todos los roles de servicio en la Orden”.

Así es como Michael Perry, ministro general de la orden de los Frailes Menores, resumió la petición que hizo al Papa a principios de abril, junto con los ministros generales de los Conventuales, los Capuchinos y de la Tercera Orden. Una propuesta que entusiasmó completamente al obispo de Roma, añadió Perry, quien “con nosotros está estudiando las posibilidades de llevar este proyecto a cabo”.

Y es que ahora, en una nueva entrevista con CNS, Perry ha dado más detalles sobre qué ha motivado esta petición de los franciscanos, y sobre cuáles serían las implicaciones para el liderazgo, la autoridad y el gobierno en la Iglesia entera en caso de que la propuesta finalmente recibiera el visto bueno.

En su raíz, explicó el padre Perry, la petición parte de una preocupación por saber qué significa el liderazgo entre las comunidades franciscanas. “¿El liderazgo trata de organizar las cosas de tal forma que uno tiene control absoluto sobre todo?”, se preguntó. “¿O acaso se trata de empoderar a la gente para que haya sinergia, una confluencia de todas las fortalezas que tiene una comunidad?”.

Tiene que ser claramente la segunda de estas opciones, matizó, y eso aun preservando la identidad del ministerio ordenado. La propuesta al Papa, aclaró, “no busca retar a la autoridad espiritual o al papel del pastor. Más bien, busca liberar al pastor para que se pueda fijar en las ovejas y no se tenga que preocupar por las puertas y las vallas”.

Se trata, en fin, de realizar el ideal del liderazgo soñado por el propio Poverello de Asís, quien tampoco fue clérigo sino un humilde laico. La propuesta franciscana, relató Perry, es la de realizar entre todos los hermanos, ordenados o no, el ideal de “menoría”: el de no querer “subir”, sino “bajar”. El espíritu de esta “menoría” es opuesto diametralmente al clericalismo, según lo retrató Perry.

El clericalismo, dijo el religioso, “es un impulso hacia arriba como si la movilidad ascendente ofreciera algo: alguna seguridad y garantía de la fidelidad, una manera de controlar a la gente de modo que permanezca fiel a la verdad”. En cambio, “los franciscanos no lo concebimos (el liderazgo) de esta forma”, añadió.

Y es más: según Perry, “el clericalismo es una señal de una falta de fe, una falta de confianza: confianza en Dios, en los demás y, en último término, en uno mismo”. Un modelo que, en fin, no solo “ha pisoteado” la dignidad, dones, habilidades y llamado al servicio de todos los bautizados, sino que, a veces -y lejos de estimular los talentos- “ha premiado la ineptitud”.

Massimo Faggioli, historiador de la Iglesia y profesor de teología en la Universidad de Villanova, subrayó a CNS lo que está en juego en la propuesta de los franciscanos de que los hermanos legos asuman cargos de responsabilidad en las cuatro órdenes.

Si el Papa les concede la dispensa, dijo, “señalaría a la Iglesia entera un cambio, en el sentido de una desclericalización de las órdenes religiosas y una vuelta a la inspiración original de sus fundadores”. El padre Perry coincide en semejante apreciación al considerar que la visión del Poverello constituye un reto para la Iglesia entera.

“San Francisco de Asís llamó a un nuevo modelo”, explicó por último el religioso. “Un modelo que no desafiaría de ninguna de las formas la naturaleza de la Iglesia y los diferentes roles que hay en ella, sino que le recordaría que todos estos están al servicio de algo más alto, algo más grande”, sentenció.

La desclericalización al servicio de la unificación franciscana

Además de servir como modelo para la Iglesia universal, el impulso que la familia franciscana está dando a la desclericalización puede ayudar incluso a unificar a las cuatro ramas que actualmente la compone. Eso es lo que se desprende de los comentarios que realizaron Perry y sus hermanos ministros generales a Radio Vaticana justo después de su audiencia con el Papa a principios de abril.

Por su parte, el responsable de la Tercera Orden Regular, Nicholas Edward Polichnowski, declaró que el Papa les dijo a los cuatro ministros generales que “necesitamos un sentido de unificación. En la familia franciscana ahora estamos haciendo sólo un movimiento en esa dirección”.

Este paso hacia la unidad solo ha resultado posible en este pontificado, añadió, ya que “antes, los frailes menores, los conventuales, los capuchinos y la Tercera Orden, eran independientes entre sí”. Ahora, precisó, “con el Papa Francisco se vive una visión, se vive una atmósfera de unificación, bajo la acción de la misericordia”.

En sus declaraciones el padre Perry especificó en qué han consistido las diversas iniciativas hacia la unificación que Francisco está inspirando a las cuatro órdenes franciscanas.

“En primer lugar, estamos en un proceso de reunificación de la Universidad Franciscana de Roma”, recordó el ministro general de los Frailes Menores. “Luego hay otros proyectos para la comunión en la Tierra Santa y otros lugares”, y el diálogo que los diferentes responsables mantienen “varias veces al año con el fin de fortalecer y hacer hincapié en la dimensión de comunión entre nosotros”.

Tal es el estímulo que el Papa Francisco ha dado a los franciscanos para que trabajen por la unidad que, según el ministro general de los capuchinos, Mauro Johri, los frailes mismos han invitado al Papa a reunirse con ellos este año para la conmemoración de la aprobación de su Regla, el próximo 29 de noviembre.

“Sobre todo porque este año se recuerda la bula Ite vos que buscaba la unificación y provocó la separación”, señaló Johri. “Y nosotros queremos recordar aquel evento haciendo un camino, al contrario, el de la unión”.

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Homilía del Papa Francisco en la Misa del Corpus Christi 2017

junio 18, 2017

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Homilía del Papa Francisco en la Misa del Corpus Christi 2017

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Homilía del Papa Francisco en la Misa del Corpus Christi 2017

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VATICANO, 18 Jun. 17 / 01:00 pm (ACI).- El Papa Francisco presidió esta tarde en el exterior de la Basílica de San Juan de Letrán la Misa por la Solemnidad del Corpus Christi, en la que dijo que la Eucaristía es el sacramento de la memoria que nos recuerda la historia del amor de Dios por nosotros.

“En el Pan de vida, el Señor nos visita haciéndose alimento humilde que sana con amor nuestra memoria, enferma de frenesí. Porque la Eucaristía es el memorial del amor de Dios”.

A continuación el texto completo de la homilía del Papa Francisco en la Misa del Corpus Christi 2017:

En la solemnidad del Corpus Christi aparece una y otra vez el tema de la memoria: «Recuerda todo el camino que el Señor, tu Dios, te ha hecho recorrer […]. No olvides al Señor, […] que te alimentó en el desierto con un maná» (Dt 8,2.14.16) —dijo Moisés al pueblo—. «Haced esto en memoria mía» (1 Co 11,24) —dirá Jesús a nosotros—. El «pan vivo que ha bajado del cielo» (Jn 6,51) es el sacramento de la memoria que nos recuerda, de manera real y tangible, la historia del amor de Dios por nosotros.

Recuerda, nos dice hoy la Palabra divina a cada uno de nosotros. El recuerdo de las obras del Señor ha hecho que el pueblo en el desierto caminase con más determinación; nuestra historia personal de salvación se funda en el recuerdo de lo que el Señor ha hecho por nosotros.

Recordar es esencial para la fe, como el agua para una planta: así como una planta no puede permanecer con vida y dar fruto sin ella, tampoco la fe si no se sacia de la memoria de lo que el Señor ha hecho por nosotros.

Recuerda. La memoria es importante, porque nos permite permanecer en el amor, recordar, es decir, llevar en el corazón, no olvidar que nos ama y que estamos llamados a amar. Sin embargo esta facultad única, que el Señor nos ha dado, está hoy más bien debilitada.

En el frenesí en el que estamos inmersos, son muchas personas y acontecimientos que parecen como si pasaran por nuestra vida sin dejar rastro. Se pasa página rápidamente, hambrientos de novedad, pero pobres de recuerdos.

Así, eliminando los recuerdos y viviendo al instante, se corre el peligro de permanecer en lo superficial, en la moda del momento, sin ir al fondo, sin esa dimensión que nos recuerda quiénes somos y de dónde venimos. Entonces la vida exterior se fragmenta y la interior se vuelve inerte.

En cambio, la solemnidad de hoy nos recuerda que, en la fragmentación de la vida, el Señor sale a nuestro encuentro con una fragilidad amorosa que es la Eucaristía. En el Pan de vida, el Señor nos visita haciéndose alimento humilde que sana con amor nuestra memoria, enferma de frenesí. Porque la Eucaristía es el memorial del amor de Dios.

Ahí «se celebra el memorial de su pasión» (Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, Antífona al Magníficat de las II Vísperas), del amor de Dios por nosotros, que es nuestra fuerza, el apoyo para nuestro caminar. Por eso, nos hace tanto bien el memorial eucarístico: no es una memoria abstracta, fría o conceptual, sino la memoria viva y consoladora del amor de Dios.

En la Eucaristía está todo el sabor de las palabras y de los gestos de Jesús, el gusto de su Pascua, la fragancia de su Espíritu. Recibiéndola, se imprime en nuestro corazón la certeza de ser amados por él. Y mientras digo esto, pienso de modo particular en vosotros, niños y niñas, que hace poco habéis recibido la Primera Comunión y que estáis aquí presentes en gran número.

Así la Eucaristía forma en nosotros una memoria agradecida, porque nos reconocemos hijos amados y saciados por el Padre; una memoria libre, porque el amor de Jesús, su perdón, sana las heridas del pasado y nos mitiga el recuerdo de las injusticias sufridas e infligidas; una memoria paciente, porque en medio de la adversidad sabemos que el Espíritu de Jesús permanece en nosotros.

La Eucaristía nos anima: incluso en el camino más accidentado no estamos solos, el Señor no se olvida de nosotros y cada vez que vamos a él nos conforta con amor. La Eucaristía nos recuerda además que no somos individuos, sino un cuerpo. Como el pueblo en el desierto recogía el maná caído del cielo y lo compartía en familia (cf. Ex 16), así Jesús, Pan del cielo, nos convoca para recibirlo juntos y compartirlo entre nosotros.

La Eucaristía no es un sacramento «para mí», es el sacramento de muchos que forman un solo cuerpo. Nos lo ha recordado san Pablo: «Porque el pan es uno, nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo, pues todos comemos del mismo pan» (1 Co 10,17).

La Eucaristía es el sacramento de la unidad. Quien la recibe se convierte necesariamente en artífice de unidad, porque nace en él, en su «ADN espiritual», la construcción de la unidad.

Que este Pan de unidad nos sane de la ambición de estar por encima de los demás, de la voracidad de acaparar para sí mismo, de fomentar discordias y diseminar críticas; que suscite la alegría de amarnos sin rivalidad, envidias y chismorreos calumniadores.

Y ahora, viviendo la Eucaristía, adoremos y agradezcamos al Señor por este don supremo: memoria viva de su amor, que hace de nosotros un solo cuerpo y nos conduce a la unidad.