Francisco: “Los Movimientos Populares en el mundo son la palanca de una gran transformación social”

agosto 19, 2019

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Francisco, con los Movimientos Populares. “El antídoto al populismo y a la política-espectáculo está en el protagonismo de los ciudadanos organizados”

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Francisco: “Los Movimientos Populares en el mundo son la palanca de una gran transformación social”

Los pobres no son solamente los destinatarios preferidos de la acción de la Iglesia, los privilegiados de su misión, sino que también son sujetos activos. Ellos anhelan la felicidad del “vivir bien” y no el ideal egoísta de la “buona vida”

La “globalización de la indiferencia” ha generado un “nuevo ídolo”: el del miedo y la seguridad. Es la “edad de la rabia”

Los Movimientos Populares:* pueden representar una fuente de energía moral, para revitalizar nuestras democracias, pueden ser una reserva de “pasión civil”, de “interés gratuito por el otro”, pueden regenerar un renovado sentido de participación, en la construcción de nuevos agregados sociales que afronten la solicitud en cuanto “fuerza del nosotros”, son la respuesta a la “cultura del yo”

En este estado de parálisis y desorientación la participación política de los Movimientos Populares puede vencer a la política de los falsos profetas, que explotan el miedo y la desesperación y que predican un bienestar egoísta y una seguridad ilusoria.

Está en venta ya en la red un interesante e importante libro sobre el magisterio del Papa Francisco, publicado por Libreria Editora del Vaticano, que ha sido organizado y elaborado por la CAL, Pontifica Comisión para América Latina guiada hasta hace algunos meses por el académico dell’Uruguay prof. Guzmán Carriquirry.

Dos son los principales elementos relevantes del volumen: el tema de los diversos artículos, es decir los Movimientos Populares en diversos continentes y países y la Presentación del libro, escrita y firmada por el Santo Padre Francisco.

Para este volumen han dado una especial y valiosa contribución diversas personas -estudiosos, expertos, periodistas, eclesiásticos- coordinados por G. Carriquirry. Los textos son de Gianni La Bella, padre Michael Czerny, cardenal Peter Turkson, el sociólogo italiano Thomas Leoncini y el mexicano Rodrigo Gerra.
Otros artículos han sido firmados por Juan Grabois, fundador del Encuentro Mundial de Movimientos Populares, el obispo auxiliar de Buenos Aires, mons. Gustavo Carrara; la Responsable de la edición semanal en español de L’Osservatore Romano Silvina Pérez y los argentinos Hernán Reyes Alcaide y Alberto Molina.

Presentación del Papa Francisco

Estoy particularmente gozoso de dar la salida a este volumen, fruto de la reflexión a más voces, de un grupo de estudiosos de distintas extracciones y competencias, que han hecho una relectura de la experiencia de los llamados “Movimientos Populares”, reconstruyendo la génesis, los eventos, el desarrollo y el significado que este ciclo de encuentros ha tenido. Un evento de verdad inédito en la historia reciente de la Iglesia, sobre el cual es útil volver.
Este archipiélago de grupos, asociaciones, movimientos, trabajadores precarios, familias sin techo, campesinos sin tierra, ambulantes, limpia-vidrios de los semáforos, artesanos de la calle, representantes de un mundo de pobres, de excluidos, de los no considerados, de irrelevantes, que tienen olor “a barrio, a pueblo, a lucha” representan, en el panorama de nuestro mundo contemporáneo, una semilla, un renuevo que como el grano de mostaza dará mucho fruto: la palanca de una gran transformación social.
El futuro de la humanidad “no está únicamente en manos de los grandes dirigentes, las grandes potencias y las élites. Está fundamentalmente en manos de los pueblos, en su capacidad de organizarse y también en sus manos que riegan con humildad y convicción este proceso de cambio” [1].
Este pueblo de pequeños que he definido como “poetas sociales”, hombres de la periferia, de una vez al centro, como es bien narrado en el volumen, con su propio bagaje de luchas desiguales y de sueños de resistencia, han venido a poner en la presencia de Dios, de la Iglesia y de los pueblos, una realidad muchas veces ignorada, que gracias al protagonismo y la tenacidad de su testimonio, ha salido a la luz.

Pobres que no se han resignado a sufrir en la propia carne de su vida la injusticia y el despojo sino que han escogido, como Jesús, dócil y humilde de corazón, de rebelarse pacíficamente “a manos desnudas” contra ello

Los pobres no son solamente los destinatarios preferidos de la acción de la Iglesia, los privilegiados de su misión, sino que también son sujetos activos.

Por eso tenía la intención de expresar, a nombre de la Iglesia, a esta galaxia de hombres y asociaciones, que anhela la felicidad del “vivir bien” y no de aquel ideal egoísta de la “buona vida”, mi genuina solidaridad. Decidiendo acompañarlos en su caminar autónomo.

Esta red de movimientos transnacionales, transculturales y de diversas culturas religiosas representa una expresión histórica tangible, en el modelo poliédrico [2] donde a la base se encuentra un diverso paradigma social, el de la cultura del encuentro.
Una cultura que tiene que ver con el otro, el diverso a sí. De la lectura de este volumen, que espero que ayude a tantos a comprender en profundidad, a dar mayor luz y significado al valor de estas experiencias, quiero brevemente subrayar algunos aspectos que me parecen importantes, en la esperanza que las palabras que les he dirigido a ellos hayan contribuido a solicitar en las conciencias de quienes rigen los destinos de este mundo, un renovado sentido de humanidad y de justicia, a mitigar las condiciones hostiles en las que los pobres viven en el mundo.

Una gran alternativa social

Los Movimientos Populares, y esto es lo primero que quiero subrayar, en mi opinión representan una gran alternativa social, un grito profundo, un signo de contradicción, una esperanza de que “todo puede cambiar”.
En su deseo de no uniformarse en ese sentido único centrado sobre la tiranía del dinero, mostrando con su vida, con su trabajo, con su testimonio, con su sufrimiento que es posible resistir, actuando con coraje buenas decisiones y a contracorriente.
Me gusta imaginar este archipiélago de “descartados” del sistema, que está comprometiendo al planeta entero, como “centinelas” que —aun en lo oscuro de la noche— escrutan con esperanza un futuro mejor.
El momento que estamos viviendo está caracterizado por un escenario inédito en la historia de la humanidad, que he tratado de describir a través de una expresión sintética: “más que como una época de cambios, como un cambio de época”, que es necesario comprender.
Una de la manifestaciones más evidentes de esta mutación es la crisis transnacional de la democracia liberal, fruto de la transformación humana y antropológica, producto de la “globalización de la indiferencia”, a la que he aludido tantas veces.
Esto ha generado un “nuevo ídolo”: el del miedo y la seguridad, de donde hoy uno de los signos más tangibles es la familiaridad que tantos tienen con las armas y la cultura del desprecio, característica de nuestra época, que un notable histórico de nuestro tiempo ha definido como: “la edad de la rabia”.
El miedo es hoy el medio de manipulación de las civilizaciones, el agente creador de xenofobias y de racismo. Un terror sembrado en las periferias del mundo, con saqueos, opresiones e injusticias, que explota como hemos visto en nuestro pasado reciente también en los centros del mundo Occidental.
Los Movimientos Populares pueden representar una fuente de energía moral, para revitalizar nuestras democracias, cada vez más claudicantes, amenazadas y puestas en mesa de discusión en innumerables factores

Una reserva de “pasión civil”, de “interés gratuito por el otro”, capaz de regenerar un renovado sentido de participación, en la construcción de nuevos agregados sociales que afronten la solicitud, mostrando una conciencia más positiva del otro.

El antídoto al populismo y a la política-espectáculo está en el protagonismo de los ciudadanos organizados, en particular de aquellos que crean -como lo es en el caso de tantas experiencias presentes en los Movimientos- en su cotidianeidad, fragmentos de otros mundos posibles que luchan por sobrevivir a la oscuridad de la exclusión, de donde “crecerán árboles grandes, surgirán bosques tupidos de esperanza para oxigenar este mundo” [3].

Los Movimientos Populares expresan cómo la “fuerza del nosotros” sea la respuesta a la “cultura del yo” que mira únicamente a la satisfacción de los propios intereses, cultivando -a pesar de su propia precariedad- el sueño de un mundo distinto y más humano.

El crecimiento de las desigualdades, ahora globalizadas y transversales -y no solamente, económicas, sino sociales, cognitivas, relacionales e intergeneracionales-, es reconocido unánimemente como uno de los más graves desafíos con los cuales la humanidad tendrá que medirse en las próximas décadas.
Fruto de una economía cada vez más separada de la ética, que privilegia el lucro y estimula la competencia, provocando una concentración de poder y de riqueza, que excluye y que pone a la puerta como “al pobre Lázaro” a miles de millones de hombres y mujeres.
El “presente” para millones de personas es hoy una condena, una prisión, marcada por la pobreza, por el despojo, por la falta de trabajo, pero sobre todo por la ausencia de futuro. Un infierno al que debemos ponerle fin.
En este sentido, los Movimientos Populares, -con su “resiliencia”- representan una resistencia activa y popular a este sistema idolátrico, que excluye y que degrada, y con su experiencia cuenta cómo la rivalidad, la envidia y la opresión no son necesariamente agentes de crecimiento, mostrando -por el contrario- que también la concordia, la gratuidad y la igualdad pueden hacer crecer el producto interno bruto.

Las tres T

El derecho a las “tres T”: tierra, techo, trabajo, derechos inalienables y fundamentales, representan los prerrequisitos indispensables de una democracia no solo formal, sino real, en la cual todos los hombres, independientemente de su ingreso o de su posición en la escala social, son protagonistas activos y responsables, actores del propio destino.
Sin participación, como algunos ensayistas contenidos en este libro han argumentado bien, la democracia se atrofia, llega a ser una formalidad porque deja fuera al pueblo de la construcción de su propio destino.
Quiero empeñar una palabra sobre la tercera de estas t, que según la Doctrina social de la Iglesia es un derecho sagrado. En los últimos años el mundo del trabajo ha cambiado vertiginosamente. Las recaídas antropológicas de estas transformaciones son profundas y radicales, y sus efectos no son del todo claros.
Estoy convencido desde hace tiempo que en el mundo postindustrial no hay futuro para una sociedad en la que solamente existe el “dar para tener” o el “dar por deber”. Se trata “de crear una nueva vía de salida a la sofocante alternativa entre las tesis neoliberales y las neoestatales.
Los Movimientos Populares son, en este sentido, un testimonio concreto, tangible, que muestra que es posible contrastar la cultura del descarte, que considera a los hombres, mujeres, infantes y ancianos como excedencias inútiles —y muchas veces dañinas— del proceso productivo, a través de generar nuevas formas de trabajo, centradas en la solidaridad y la dimensión comunitaria, en una economía artesanal y popular.
Por todo esto he decidido unir mi voz y sostener la causa de tantos que realizan los oficios más humildes, las más de las veces, privados del derecho de remuneración digna de la seguridad social y de una cobertura de pensiones.
En este estado de parálisis y desorientación la participación política de los Movimientos Populares puede vencer a la política de los falsos profetas, que explotan el miedo y la desesperación y que predican un bienestar egoísta y una seguridad ilusoria.
Todo cuanto les he dicho a ellos, como bien demuestra este volumen, está en plena sintonía con la Doctrina social de la Iglesia y con el Magisterio de mis predecesores.
Espero, en este sentido, que la publicación de este libro sea un modo para continuar —aunque sea a la distancia— a reforzar estas experiencias, que anticipan con sus sueños y con sus luchas, la urgencia de un nuevo humanismo, que ponga fin al analfabetismo de compasión y al progresivo eclipse de la cultura y de la noción del bien común.
Francisco.
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[1] Encuentro con los Movimientos Populares, Santa Cruz de la Sierra, en Bolivia, 9 de julio de 2015.
[2] Evangelii Gaudium.
[3] Encuentro con los Movimientos Populares, Santa Cruz de la Sierra, en Bolivia, 9 de Julio de 2015.

El clericalismo, ese flagelo

agosto 18, 2019

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En los últimos tiempos, el papa Francisco está hablando con mucha frecuencia del clericalismo y diciendo sobre él duras palabras…

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El clericalismo, ese flagelo

“El clericalismo, llevado a su extremo está en el origen de muchos abusos de todo tipo, incluidos los sexuales, que han azotado a la iglesia de manera inmisericorde y de los que tardaremos mucho tiempo en recuperarnos”

“Este clericalismo de algunos sacerdotes ha llevado a que tengamos hoy en España algunos obispos bastante imprudentes porque piensan que la mitra les concede un poder y una sabiduría especiales. Y me temo que un torpe con mitra es un torpe más peligroso aún que sin ella”

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En los últimos tiempos, el papa Francisco está hablando con mucha frecuencia del clericalismo y diciendo sobre él duras palabras que han de hacernos reflexionar.

No lo dice por capricho o esnobismo como algunos insinúan,  sino porque, en realidad, es uno de los grandes males que azota a nuestra Iglesia y que está causando muchos y grandes males en ella. Se habla ya de que muy pronto los católicos españoles serán solo el cuatro por ciento de manera evidente.

Este dato es algo que no me preocupa en demasía. Hace tiempo que vengo pensando y diciendo que, tal vez, sea necesario comenzar de nuevo, como en el Lago de Galilea, con poca gente, comunidades muy reducidas, pero en actitud de búsqueda y deseos de cultivar una honda experiencia de Dios, con buenas dosis de formación humana y bíblica.

Las grandes masas y asambleas creyentes de cumplimiento de misa dominical de precepto se están mostrando, cada vez más, como ineficaces a la hora de vivir y transmitir la fe.

Da la impresión, y cada día lo noto con más fuerza, que estamos ofreciendo sacramentos sin Cristo, o sea sin experiencia real de lo que un sacramento significa: bodas para la galería, matrimonios que duran cuatro días, bautizos sin compromiso, confirmaciones para poder ser padrinos en el futuro, si llega la ocasión, unciones, cada día menos para no impresionar al enfermo, pero sin decisión personal de vivir y amar la fe y hacer del Evangelio un programa de vida. Confesiones escasas y, además, desacreditadas. La gente ahora se “confiesa directamente con Dios”

Pero… ¿Qué es el clericalismo?

Es una especie de “virus”, alimentado desde el seminario menor. He sido formador en un seminario diocesano durante doce años, donde a los chicos se les educa para ser autoridad en la Iglesia, no tanto para ser servidores en la Iglesia.

Y esto se nota a la legua en muchos párrocos que han hecho de su parroquia un cortijo donde ellos hacen y deshacen a su antojo, muchas veces sin Consejos Parroquiales en activo que les orienten y donde los laicos solo son monaguillos en el sentido más despectivo de la palabra.

Sacerdotes que imponen más que proponen, que sacan el genio de la frustración en no pocas ocasiones y lanzan broncas descomunales que echan a la gente de la Iglesia y alejan a los jóvenes para siempre. Esto es así como lo digo porque yo mismo lo he visto en no pocas ocasiones.

No hace mucho tiempo me encontré con un sacerdote muy mayor, en una parroquia –su parroquia- lejos de la mía. Donde acudí para una boda, que lo primero que hizo fue darme todas las instrucciones de lo que se podía y lo que no se podía en la misa, como si yo fuera un sacerdote que no sé de qué va la cosa o un seminarista que está aprendiendo todavía.

Lo curioso es que luego me enteré de que es un hombre muy culto con varios doctorados y eso me hizo pensar que el buen pastor no es el que sabe mucho sino el que se acerca mucho. Así he entendido lo del “olor a oveja” del papa Francisco.

El Papa dice no al clericalismo

El sacerdocio no es un poder y, cuando lo es, entramos en una dinámica de fuerzas y de luchas que nos aleja del Evangelio. “No será así entre vosotros”.

Otra característica del sacerdocio ministerial ha de ser la gratuidad. Habrá que conjugar cómo lograr el sostenimiento de las iglesias y sus actividades con la necesaria gratuidad de los servicios sacramentales, pero en ningún caso poniendo precio a los sacramentos.

No hay testimonio más pobre que el que da un sacerdote rico o con ganas de serlo. El sacerdote ha de ser más para dar que para recibir. Y he notado que allí donde un sacerdote da mucho, recibe mucho. Y donde se nota un cierto interés por el dinero –y se nota enseguida-  cada vez se recibe menos.

Otro gran mal del clericalismo es creer que todo lo sabe. Tiene todas las respuestas a todo y no necesita aprender nada de nadie.

El clericalismo, llevado a su extremo está en el origen de muchos abusos de todo tipo, incluidos los sexuales, que han azotado a la iglesia de manera inmisericorde y de los que tardaremos mucho tiempo en recuperarnos.

No al clericalismo José Luis Cortés

Este clericalismo de algunos sacerdotes ha llevado a que tengamos hoy en España algunos obispos bastante imprudentes porque piensan que la mitra les concede un poder y una sabiduría especiales. Y me temo que un torpe con mitra es un torpe más peligroso aún que sin ella.

Los ejemplos podrían ser innumerables pero no merece la pena entrar en ese lodazal porque lo que yo quería era hablar del clericalismo al que el papa ha calificado, nada más y nada menos, que de “flagelo”. Ahí queda eso. No me extraña que la iglesia preconciliar esté que trina.

https://www.religiondigital.org/teselas/clericalismo-flagelo_7_2149954989.html


Carta del Papa Francisco a los sacerdotes en el 160º aniversario de la muerte del Cura de Ars (2 de 2)

agosto 9, 2019

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Varios sacerdotes saludan efusivamente al Papa Francisco festejando su aprecio y cercanía

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Carta del Papa Francisco a los sacerdotes en el 160º aniversario de la muerte del Cura de Ars

A mis hermanos presbíteros.

Queridos hermanos: (Segunda parte, continuación)

ÁNIMO

«Mi deseo es que se sientan animados» (Col 2,2).

Mi segundo gran deseo, haciéndome eco de las palabras de san Pablo, es acompañarlos a renovar nuestro ánimo sacerdotal, fruto ante todo de la acción del Espíritu Santo en nuestras vidas. Frente a experiencias dolorosas todos tenemos necesidad de consuelo y de ánimo.

La misión a la que fuimos llamados no entraña ser inmunes al sufrimiento, al dolor e inclusive a la incomprensión [18]; al contrario, nos pide mirarlos de frente y asumirlos para dejar que el Señor los transforme y nos configure más a Él.

«En el fondo, la falta de un reconocimiento sincero, dolorido y orante de nuestros límites es lo que impide a la gracia actuar mejor en nosotros, ya que no le deja espacio para provocar ese bien posible que se integra en un camino sincero y real de crecimiento» [19].

Un buen “test” para conocer cómo está nuestro corazón de pastor es preguntarnos cómo enfrentamos el dolor. Muchas veces se puede actuar como el levita o el sacerdote de la parábola que dan un rodeo e ignoran al hombre caído (cf. Lc 10,31-32).

Otros se acercan mal, lo intelectualizan refugiándose en lugares comunes: “la vida es así”, “no se puede hacer nada”, dando lugar al fatalismo y la desazón; o se acercan con una mirada de preferencias selectivas que lo único que genera es aislamiento y exclusión.

«Como el profeta Jonás siempre llevamos latente la tentación de huir a un lugar seguro que puede tener muchos nombres: individualismo, espiritualismo, encerramiento en pequeños mundos…» [20], los cuales lejos de hacer que nuestras entrañas se conmuevan terminan apartándonos de las heridas propias, de las de los demás y, por tanto, de las llagas de Jesús [21].

En esta misma línea quisiera señalar otra actitud sutil y peligrosa que, como le gustaba decir a Bernanos, es «el más preciado de los elixires del demonio» [22] y la más nociva para quienes queremos servir al Señor porque siembra desaliento, orfandad y conduce a la desesperación [23].

Desilusionados con la realidad, con la Iglesia o con nosotros mismos, podemos vivir la tentación de apegarnos a una tristeza dulzona, que los padres de Oriente llamaban acedia.

El card. Tomáš Špidlík decía: «Si nos asalta la tristeza por cómo es la vida, por la compañía de los otros, porque estamos solos… entonces es porque tenemos una falta de fe en la Providencia de Dios y en su obra. La tristeza […] paraliza el ánimo de continuar con el trabajo, con la oración, nos hace antipáticos para los que viven junto a nosotros. Los monjes, que dedican una larga descripción a este vicio, lo llaman el peor enemigo de la vida espiritual» [24].

Conocemos esa tristeza que lleva al acostumbramiento y conduce paulatinamente a la naturalización del mal y a la injusticia con el tenue susurrar del “siempre se hizo así”. Tristeza que vuelve estéril todo intento de transformación y conversión propagando resentimiento y animosidad.

«Ésa no es la opción de una vida digna y plena, ése no es el deseo de Dios para nosotros, ésa no es la vida en el Espíritu que brota del corazón de Cristo Resucitado» [25] y para la que fuimos llamados.

Hermanos, cuando esa tristeza dulzona amenace con adueñarse de nuestra vida o de nuestra comunidad, sin asustarnos ni preocuparnos, pero con determinación, pidamos y hagamos pedir al Espíritu que «venga a despertarnos, a pegarnos un sacudón en nuestra modorra, a liberarnos de la inercia. Desafiemos las costumbres, abramos bien los ojos, los oídos y sobre todo el corazón, para dejarnos descolocar por lo que sucede a nuestro alrededor y por el grito de la Palabra viva y eficaz del Resucitado» [26].

Permítanme repetirlo, todos necesitamos del consuelo y la fortaleza de Dios y de los hermanos en los tiempos difíciles. A todos nos sirven aquellas sentidas palabras de san Pablo a sus comunidades: «Les pido, por tanto, que no se desanimen a causa de las tribulaciones» (Ef 3,13); «Mi deseo es que se sientan animados» (Col 2,2), y así poder llevar adelante la misión que cada mañana el Señor nos regala: transmitir «una buena noticia, una alegría para todo el pueblo» (Lc 2,10).

Pero, eso sí, no ya como teoría o conocimiento intelectual o moral de lo que debería ser, sino como hombres que en medio del dolor fueron transformados y transfigurados por el Señor, y como Job llegan a exclamar: «Yo te conocía sólo de oídas, pero ahora te han visto mis ojos» (42,5). Sin esta experiencia fundante, todos nuestros esfuerzos nos llevarán por el camino de la frustración y el desencanto.

A lo largo de nuestra vida, hemos podido contemplar cómo «con Jesucristo siempre nace y renace la alegría» [27]. Si bien existen distintas etapas en esta vivencia, sabemos que más allá de nuestras fragilidades y pecados Dios siempre «nos permite levantar la cabeza y volver a empezar, con una ternura que nunca nos desilusiona y que siempre puede devolvernos la alegría» [28].

Esa alegría no nace de nuestros esfuerzos voluntaristas o intelectualistas sino de la confianza de saber que siguen actuantes las palabras de Jesús a Pedro: en el momento que seas zarandeado, no te olvides que «yo mismo he rogado por ti, para que no te falte la fe» (Lc 22,32). El Señor es el primero en rezar y en luchar por vos y por mí. Y nos invita a entrar de lleno en su oración.

Inclusive pueden llegar momentos en los que tengamos que sumergirnos en «la oración de Getsemaní, la más humana y la más dramática de las plegarias de Jesús […]. Hay súplica, tristeza, angustia, casi una desorientación (Mc 14,33s.)» [29].

Sabemos que no es fácil permanecer delante del Señor dejando que su mirada recorra nuestra vida, sane nuestro corazón herido y lave nuestros pies impregnados de la mundanidad que se adhirió en el camino e impide caminar.

En la oración experimentamos nuestra bendita precariedad que nos recuerda que somos discípulos necesitados del auxilio del Señor y nos libera de esa tendencia «prometeica de quienes en el fondo sólo confían en sus propias fuerzas y se sienten superiores a otros por cumplir determinadas normas» [30].

Hermanos, Jesús más que nadie, conoce nuestros esfuerzos y logros, así como también los fracasos y desaciertos. Él es el primero en decirnos: «Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré. Carguen sobre Ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio» (Mt 11,28-29).

En una oración así sabemos que nunca estamos solos. La oración del pastor es una oración habitada tanto por el Espíritu «que clama a Dios llamándolo ¡Abba!, es decir, ¡Padre!» (Ga 4,6) como por el pueblo que le fue confiado. Nuestra misión e identidad se entienden desde esta doble vinculación.

La oración del pastor se nutre y encarna en el corazón del Pueblo de Dios. Lleva las marcas de las heridas y alegrías de su gente a la que presenta desde el silencio al Señor para que las unja con el don del Espíritu Santo. Es la esperanza del pastor que confía y lucha para que el Señor cure nuestra fragilidad, la personal y la de nuestros pueblos.

Pero no perdamos de vista que precisamente en la oración del Pueblo de Dios es donde se encarna y encuentra lugar el corazón del pastor. Esto nos libra a todos de buscar o querer respuestas fáciles, rápidas y prefabricadas, permitiéndole al Señor que sea Él (y no nuestras recetas y prioridades) quien muestre un camino de esperanza.

No perdamos de vista que, en los momentos más difíciles de la comunidad primitiva, tal como leemos en el libro de los Hechos de los Apóstoles, la oración se constituyó en la verdadera protagonista.

Hermanos, reconozcamos nuestra fragilidad, sí; pero dejemos que Jesús la transforme y nos lance una y otra vez a la misión. No nos perdamos la alegría de sentirnos “ovejas”, de saber que él es nuestro Señor y Pastor.

Para mantener animado el corazón es necesario no descuidar estas dos vinculaciones constitutivas de nuestra identidad: la primera, con Jesús. Cada vez que nos desvinculamos de Jesús o descuidamos la relación con Él, poco a poco nuestra entrega se va secando y nuestras lámparas se quedan sin el aceite capaz de iluminar la vida (cf. Mt 25,1-13):

«Así como el sarmiento no puede dar fruto si no permanece en la vid, tampoco Ustedes, si no permanecen en mí. Permanezcan en mi amor (…) porque separados de mí, nada pueden hacer» (Jn 15,4-5).

En este sentido, quisiera animarlos a no descuidar el acompañamiento espiritual, teniendo a algún hermano con quien charlar, confrontar, discutir y discernir en plena confianza y transparencia el propio camino; un hermano sapiente con quien hacer la experiencia de saberse discípulos. Búsquenlo, encuéntrenlo y disfruten de la alegría de dejarse cuidar, acompañar y aconsejar.

Es una ayuda insustituible para poder vivir el ministerio haciendo la voluntad del Padre (cf. Hb 10,9) y dejar al corazón latir con «los mismos sentimientos de Cristo» (Flp 2,5). Qué bien nos hacen las palabras del Eclesiastés: «Valen más dos juntos que uno solo… si caen, uno levanta a su compañero, pero ¡pobre del que está solo y se cae, sin tener nadie que lo levante!» (4,9-10).

La otra vinculación constitutiva: acrecienten y alimenten el vínculo con su pueblo. No se aíslen de su gente y de los presbiterios o comunidades. Menos aún se enclaustren en grupos cerrados y elitistas. Esto, en el fondo, asfixia y envenena el alma.

Un ministro animado es un ministro siempre en salida; y “estar en salida” nos lleva a caminar «a veces delante, a veces en medio y a veces detrás: delante, para guiar a la comunidad; en medio, para mejor comprenderla, alentarla y sostenerla; detrás, para mantenerla unida y que nadie se quede demasiado atrás… y también por otra razón: porque el pueblo tiene “olfato”.

Tiene olfato en encontrar nuevas sendas para el camino, tiene el “sensus fidei” [cf. LG 12]. ¿Hay algo más bello?» [31]. Jesús mismo es el modelo de esta opción evangelizadora que nos introduce en el corazón del pueblo.

¡Qué bien nos hace mirarlo cercano a todos! La entrega de Jesús en la cruz no es más que la culminación de ese estilo evangelizador que marcó toda su existencia.

Hermanos, el dolor de tantas víctimas, el dolor del Pueblo de Dios, así como el nuestro propio no puede ser en vano. Es Jesús mismo quien carga todo este peso en su cruz y nos invita a renovar nuestra misión para estar cerca de los que sufren, para estar, sin vergüenzas, cerca de las miserias humanas y, por qué no, vivirlas como propias para hacerlas eucaristía [32].

Nuestro tiempo, marcado por viejas y nuevas heridas necesita que seamos artesanos de relación y de comunión, abiertos, confiados y expectantes de la novedad que el Reino de Dios quiere suscitar hoy. Un Reino de pecadores perdonados invitados a testimoniar la siempre viva y actuante compasión del Señor; «porque eterna es su misericordia».

ALABANZA

«Proclama mi alma la grandeza del Señor» (Lc 1,46).

Es imposible hablar de gratitud y ánimo sin contemplar a María. Ella, mujer de corazón traspasado (cf. Lc 2,35), nos enseña la alabanza capaz de abrir la mirada al futuro y devolver la esperanza al presente. Toda su vida quedó condensada en su canto de alabanza (cf. Lc 1,46-55) que también somos invitados a entonar como promesa de plenitud.

Cada vez que voy a un Santuario Mariano, me gusta “ganar tiempo” mirando y dejándome mirar por la Madre, pidiendo la confianza del niño, del pobre y del sencillo que sabe que ahí está su Madre y es capaz de mendigar un lugar en su regazo.

Y en ese estar mirándola, escuchar una vez más como el indio Juan Diego: «¿Qué hay, hijo mío, el más pequeño?, ¿qué entristece tu corazón? ¿Acaso no estoy yo aquí, yo que tengo el honor de ser tu madre?» [33].

Mirar a María es volver «a creer en lo revolucionario de la ternura y del cariño. En ella vemos que la humildad y la ternura no son virtudes de los débiles sino de los fuertes, que no necesitan maltratar a otros para sentirse importantes» [34].

Si alguna vez, la mirada comienza a endurecerse, o sentimos que la fuerza seductora de la apatía o la desolación quiere arraigar y apoderarse del corazón; si el gusto por sentirnos parte viva e integrante del Pueblo de Dios comienza a incomodar y nos percibimos empujados hacia una actitud elitista… no tengamos miedo de contemplar a María y entonar su canto de alabanza.

Si alguna vez nos sentimos tentados de aislarnos y encerrarnos en nosotros mismos y en nuestros proyectos protegiéndonos de los caminos siempre polvorientos de la historia, o si el lamento, la queja, la crítica o la ironía se adueñan de nuestro accionar sin ganas de luchar, de esperar y de amar… miremos a María para que limpie nuestra mirada de toda “pelusa” que puede estar impidiéndonos ser atentos y despiertos para contemplar y celebrar a Cristo que Vive en medio de su Pueblo.

Y si vemos que no logramos caminar derecho, que nos cuesta mantener los propósitos de conversión, digámosle como le suplicaba, casi con complicidad, ese gran párroco, poeta también, de mi anterior diócesis: «Esta tarde, Señora / la promesa es sincera; / por las dudas no olvides / dejar la llave afuera» [35].

«Ella es la amiga siempre atenta para que no falte vino en nuestras vidas. Ella es la del corazón abierto por la espada, que comprende todas las penas. Como madre de todos, es signo de esperanza para los pueblos que sufren dolor de parto hasta que brote la justicia… como una verdadera madre, ella camina con nosotros, lucha con nosotros, y derrama incesantemente la cercanía del Amor de Dios» [36].

Hermanos, una vez más, «doy gracias sin cesar por Ustedes» (Ef 1,16) por su entrega y misión con la confianza que «Dios quita las piedras más duras, contra las que se estrellan las esperanzas y las expectativas: la muerte, el pecado, el miedo, la mundanidad.

La historia humana no termina ante una piedra sepulcral, porque hoy descubre la “piedra viva” (cf. 1 P 2,4): Jesús resucitado. Nosotros, como Iglesia, estamos fundados en Él, e incluso cuando nos desanimamos, cuando sentimos la tentación de juzgarlo todo en base a nuestros fracasos, Él viene para hacerlo todo nuevo» [37].

Dejemos que sea la gratitud lo que despierte la alabanza y nos anime una vez más en la misión de ungir a nuestros hermanos en la esperanza. A ser hombres que testimonien con su vida la compasión y misericordia que sólo Jesús nos puede regalar.

Que el Señor Jesús los bendiga y la Virgen Santa los cuide. Y, por favor, les pido que no se olviden de rezar por mí.

Fraternalmente,

Francisco

Roma, junto a San Juan de Letrán, 4 de agosto de 2019.
Memoria litúrgica del santo Cura de Ars.


[18] Cf. Misericordia et Misera, 13.

[19] Gaudete et Exsultate, 50.

[20] Gaudete et Exsultate, 134.

[21] Cf. J. M. Bergoglio, Reflexiones en esperanza, LEV 2013, p. 14.

[22] Journal d’un curé de campagne, 135. Cf. Evangelii Gaudium, 83.

[23] Cf. Barsanufio, Cartas; en V. Cutro – M. T. Szwemin, Bisogno di paternità, Varsavia 2018, p. 124.

[24] Cf. El arte de purificar el corazón, Monte Carmelo 2003, p. 60.

[25] Evangelii Gaudium, 2.

[26] Gaudete et Exsultate, 137.

[27] Evangelii Gaudium, 1.

[28] Ibíd., 3.

[29] J. M. Bergoglio, Reflexiones en esperanza, LEV 2013, p. 26.

[30] Evangelii Gaudium, 94.

[31] Encuentro con el clero, personas de vida consagrada y miembros de consejos pastorales, Asís (4 octubre 2013).

[32] Cf. Evangelii Gaudium, 268-270.

[33] Cf. Nican Mopohua, 107, 118, 119.

[34] Evangelii Gaudium, 288.

[35] Cf. A. L. Calori, Aula Fúlgida, Buenos Aires 1946.

[36] Evangelii Gaudium, 286.

[37] Homilía en la Vigilia Pascual (20 abril 2019).

http://w2.vatican.va/content/francesco/es/letters/2019/documents/papa-francesco_20190804_lettera-presbiteri.html


Carta del Papa Francisco a los sacerdotes en el 160º aniversario de la muerte del Cura de Ars (1 de 2)

agosto 8, 2019

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El Papa Francisco a los sacerdotes: Como hermano mayor y padre quiero agradecerles en nombre del santo Pueblo fiel de Dios todo lo que recibe de Ustedes y, a su vez, animarlos

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Carta del Papa Francisco a los sacerdotes en el 160º aniversario de la muerte del Cura de Ars

A mis hermanos presbíteros.

Queridos hermanos:

Recordamos los 160 años de la muerte del santo Cura de Ars a quien Pío XI presentó como patrono para todos los párrocos del mundo [1]. En su fiesta quiero escribirles esta carta, no sólo a los párrocos sino también a todos Ustedes hermanos presbíteros que sin hacer ruido “lo dejan todo” para estar empeñados en el día a día de sus comunidades.

A Ustedes que, como el Cura de Ars, trabajan en la “trinchera”, llevan sobre sus espaldas el peso del día y del calor (cf. Mt 20,12) y, expuestos a un sinfín de situaciones, “dan la cara” cotidianamente y sin darse tanta importancia, a fin de que el Pueblo de Dios esté cuidado y acompañado.

Me dirijo a cada uno de Ustedes que, tantas veces, de manera desapercibida y sacrificada, en el cansancio o la fatiga, la enfermedad o la desolación, asumen la misión como servicio a Dios y a su gente e, incluso con todas las dificultades del camino, escriben las páginas más hermosas de la vida sacerdotal.

Hace un tiempo manifestaba a los obispos italianos la preocupación de que, en no pocas regiones, nuestros sacerdotes se sienten ridiculizados y “culpabilizados” por crímenes que no cometieron y les decía que ellos necesitan encontrar en su obispo la figura del hermano mayor y el padre que los aliente en estos tiempos difíciles, los estimule y sostenga en el camino [2].

Como hermano mayor y padre también quiero estar cerca, en primer lugar para agradecerles en nombre del santo Pueblo fiel de Dios todo lo que recibe de Ustedes y, a su vez, animarlos a renovar esas palabras que el Señor pronunció con tanta ternura el día de nuestra ordenación y constituyen la fuente de nuestra alegría: «Ya no los llamo siervos…, yo los llamo amigos» (Jn 15,15) [3].

DOLOR

«He visto la aflicción de mi pueblo» (Ex 3,7).

En estos últimos tiempos hemos podido oír con mayor claridad el grito, tantas veces silencioso y silenciado, de hermanos nuestros, víctimas de abuso de poder, de conciencia y sexual por parte de ministros ordenados. Sin lugar a dudas es un tiempo de sufrimiento en la vida de las víctimas que padecieron las diferentes formas de abusos; también para sus familias y para todo el Pueblo de Dios.

Como Ustedes saben estamos firmemente comprometidos con la puesta en marcha de las reformas necesarias para impulsar, desde la raíz, una cultura basada en el cuidado pastoral de manera tal que la cultura del abuso no encuentre espacio para desarrollarse y, menos aún, perpetuarse. No es tarea fácil y de corto plazo, reclama el compromiso de todos.

Si en el pasado la omisión pudo transformarse en una forma de respuesta, hoy queremos que la conversión, la transparencia, la sinceridad y solidaridad con las víctimas se convierta en nuestro modo de hacer la historia y nos ayude a estar más atentos ante todo sufrimiento humano [4].

Este dolor no es indiferente tampoco a los presbíteros. Así lo pude constatar en las diferentes visitas pastorales tanto en mi diócesis como en otras donde tuve la oportunidad de mantener encuentros y charlas personales con sacerdotes.

Muchos de ellos me manifestaron su indignación por lo sucedido, y también cierta impotencia, ya que además del «desgaste por la entrega han vivido el daño que provoca la sospecha y el cuestionamiento, que en algunos o muchos pudo haber introducido la duda, el miedo y la desconfianza» [5].

Numerosas son las cartas de sacerdotes que comparten este sentir. Por otra parte, consuela encontrar pastores que, al constatar y conocer el dolor sufriente de las víctimas y del Pueblo de Dios, se movilizan, buscan palabras y caminos de esperanza.

Sin negar y repudiar el daño causado por algunos hermanos nuestros sería injusto no reconocer a tantos sacerdotes que, de manera constante y honesta, entregan todo lo que son y tienen por el bien de los demás (cf. 2 Co 12,15) y llevan adelante una paternidad espiritual capaz de llorar con los que lloran; son innumerables los sacerdotes que hacen de su vida una obra de misericordia en regiones o situaciones tantas veces inhóspitas, alejadas o abandonadas incluso a riesgo de la propia vida.

Reconozco y agradezco su valiente y constante ejemplo que, en momentos de turbulencia, vergüenza y dolor, nos manifiesta que Ustedes siguen jugándose con alegría por el Evangelio [6].

Estoy convencido de que, en la medida en que seamos fieles a la voluntad de Dios, los tiempos de purificación eclesial que vivimos nos harán más alegres y sencillos y serán, en un futuro no lejano, muy fecundos.

«¡No nos desanimemos! El señor está purificando a su Esposa y nos está convirtiendo a todos a Sí. Nos permite experimentar la prueba para que entendamos que sin Él somos polvo. Nos está salvando de la hipocresía y de la espiritualidad de las apariencias. Está soplando su Espíritu para devolver la belleza a su Esposa sorprendida en flagrante adulterio. Nos hará bien leer hoy el capítulo 16 de Ezequiel. Esa es la historia de la Iglesia. Esa es mi historia, puede decir alguno de nosotros. Y, al final, a través de tu vergüenza, seguirás siendo un pastor. Nuestro humilde arrepentimiento, que permanece en silencio, en lágrimas ante la monstruosidad del pecado y la insondable grandeza del perdón de Dios, es el comienzo renovado de nuestra santidad» [7].

GRATITUD

«Doy gracias sin cesar por Ustedes» (Ef 1,16).

La vocación, más que una elección nuestra, es respuesta a un llamado gratuito del Señor. Es bueno volver una y otra vez sobre esos pasajes evangélicos donde vemos a Jesús rezar, elegir y llamar «para que estén con Él y para enviarlos a predicar» (Mc 3,14).

Quisiera recordar aquí a un gran maestro de vida sacerdotal de mi país natal, el padre Lucio Gera quien, hablando a un grupo de sacerdotes en tiempos de muchas pruebas en América Latina, les decía: “Siempre, pero sobre todo en las pruebas, debemos volver a esos momentos luminosos en que experimentamos el llamado del Señor a consagrar toda nuestra vida a su servicio”.

Es lo que me gusta llamar “la memoria deuteronómica de la vocación” que nos permite volver «a ese punto incandescente en el que la gracia de Dios me tocó al comienzo del camino y con esa chispa volver a encender el fuego para el hoy, para cada día y llevar calor y luz a mis hermanos y hermanas. Con esta chispa se enciende una alegría humilde, una alegría que no ofende el dolor y la desesperación, una alegría buena y serena» [8].

Un día pronunciamos un “sí” que nació y creció en el seno de una comunidad cristiana de la mano de esos santos «de la puerta de al lado» [9] que nos mostraron con fe sencilla que valía la pena entregar todo por el Señor y su Reino. Un “sí” cuyo alcance ha tenido y tendrá una trascendencia impensada, que muchas veces no llegaremos a imaginar todo el bien que fue y es capaz de generar.

¡Qué lindo cuando un cura anciano se ve rodeado y visitado por esos pequeños —ya adultos— que bautizó en sus inicios y, con gratitud, le vienen a presentar la familia! Allí descubrimos que fuimos ungidos para ungir y la unción de Dios nunca defrauda y me hace decir con el Apóstol: «Doy gracias sin cesar por Ustedes» (Ef 1,16) y por todo el bien que han hecho.

En momentos de tribulación, fragilidad, así como en los de debilidad y manifestación de nuestros límites, cuando la peor de todas las tentaciones es quedarse rumiando la desolación [10] fragmentando la mirada, el juicio y el corazón, en esos momentos es importante —hasta me animaría a decir crucial— no sólo no perder la memoria agradecida del paso del Señor por nuestra vida, la memoria de su mirada misericordiosa que nos invitó a jugárnosla por Él y por su Pueblo, sino también animarse a ponerla en práctica y con el salmista poder armar nuestro propio canto de alabanza porque «eterna es su misericordia» (Sal 135).

El agradecimiento siempre es un “arma poderosa”. Sólo si somos capaces de contemplar y agradecer concretamente todos los gestos de amor, generosidad, solidaridad y confianza, así como de perdón, paciencia, aguante y compasión con los que fuimos tratados, dejaremos al Espíritu regalarnos ese aire fresco capaz de renovar (y no emparchar) nuestra vida y misión.

Dejemos que, al igual que Pedro en la mañana de la “pesca milagrosa”, el constatar tanto bien recibido nos haga despertar la capacidad de asombro y gratitud que nos lleve a decir: «Aléjate de mí, Señor, porque soy un pecador» (Lc 5,8) y, escuchemos una vez más de boca del Señor su llamado: «No temas, de ahora en adelante serás pescador de hombres» (Lc 5,10); porque «eterna es su misericordia».

Hermanos, gracias por su fidelidad a los compromisos contraídos. Es todo un signo que, en una sociedad y una cultura que convirtió “lo gaseoso” en valor, existan personas que apuesten y busquen asumir compromisos que exigen toda la vida.

Sustancialmente estamos diciendo que seguimos creyendo en Dios que jamás ha quebrantado su alianza, inclusive cuando nosotros la hemos quebrantado incontablemente. Esto nos invita a celebrar la fidelidad de Dios que no deja de confiar, creer y apostar a pesar de nuestros límites y pecados, y nos invita a hacer lo mismo.

Conscientes de llevar un tesoro en vasijas de barro (cf. 2 Co4,7), sabemos que el Señor triunfa en la debilidad (cf. 2 Co 12,9), no deja de sostenernos y llamarnos, dándonos el ciento por uno (cf. Mc 10,29-30) porque «eterna es su misericordia».

Gracias por la alegría con la que han sabido entregar sus vidas, mostrando un corazón que con los años luchó y lucha para no volverse estrecho y amargo y ser, por el contrario, cotidianamente ensanchado por el amor a Dios y a su pueblo; un corazón que, como al buen vino, el tiempo no lo ha agriado, sino que le dio una calidad cada vez más exquisita; porque «eterna es su misericordia».

Gracias por buscar fortalecer los vínculos de fraternidad y amistad en el presbiterio y con su obispo, sosteniéndose mutuamente, cuidando al que está enfermo, buscando al que se aísla, animando y aprendiendo la sabiduría del anciano, compartiendo los bienes, sabiendo reír y llorar juntos, ¡cuán necesarios son estos espacios!

E inclusive siendo constantes y perseverantes cuando tuvieron que asumir alguna misión áspera o impulsar a algún hermano a asumir sus responsabilidades; porque «eterna es su misericordia».

Gracias por el testimonio de perseverancia y “aguante” (hypomoné) en la entrega pastoral que tantas veces, movidos por la parresía del pastor [11], nos lleva a luchar con el Señor en la oración, como Moisés en aquella valiente y hasta riesgosa intercesión por el pueblo (cf. Nm 14,13-19; Ex 32,30-32; Dt 9,18-21); porque «eterna es su misericordia».

Gracias por celebrar diariamente la Eucaristía y apacentar con misericordia en el sacramento de la reconciliación, sin rigorismos ni laxismos, haciéndose cargo de las personas y acompañándolas en el camino de conversión hacia la vida nueva que el Señor nos regala a todos.

Sabemos que por los escalones de la misericordia podemos llegar hasta lo más bajo de nuestra condición humana —fragilidad y pecados incluidos— y, en el mismo instante, experimentar lo más alto de la perfección divina: «Sean misericordiosos como el Padre es misericordioso» [12].

Y así ser «capaces de caldear el corazón de las personas, de caminar con ellas en la noche, de saber dialogar e incluso descender a su noche y su oscuridad sin perderse» [13]; porque «eterna es su misericordia».

Gracias por ungir y anunciar a todos, con ardor, “a tiempo y a destiempo” el Evangelio de Jesucristo (cf. 2 Tm 4,2), sondeando el corazón de la propia comunidad «para buscar dónde está vivo y ardiente el deseo de Dios y también dónde ese diálogo, que era amoroso, fue sofocado o no pudo dar fruto» [14]; porque «eterna es su misericordia».

Gracias por las veces en que, dejándose conmover en las entrañas, han acogido a los caídos, curado sus heridas, dando calor a sus corazones, mostrando ternura y compasión como el samaritano de la parábola (cf. Lc 10,25-37). Nada urge tanto como esto: proximidad, cercanía, hacernos cercanos a la carne del hermano sufriente. ¡Cuánto bien hace el ejemplo de un sacerdote que se acerca y no les huye a las heridas de sus hermanos! [15].

Reflejo del corazón del pastor que aprendió el gusto espiritual de sentirse uno con su pueblo [16]; que no se olvida que salió de él y que sólo en su servicio encontrará y podrá desplegar su más pura y plena identidad, que le hace desarrollar un estilo de vida austera y sencilla, sin aceptar privilegios que no tienen sabor a Evangelio; porque «eterna es su misericordia».

Gracias demos, también por la santidad del Pueblo fiel de Dios que somos invitados a apacentar y, a través del cual, el Señor también nos apacienta y cuida con el regalo de poder contemplar a ese pueblo en esos «padres que cuidan con tanto amor a sus hijos, en esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, en los enfermos, en las religiosas ancianas que siguen sonriendo.

En esta constancia para seguir adelante día a día, veo la santidad de la Iglesia militante» [17]. Agradezcamos por cada uno de ellos y dejémonos socorrer y estimular por su testimonio; porque «eterna es su misericordia».


[1] Carta ap. Anno Iubilari: AAS 21 (1929), 313.

[2] Conferencia Episcopal Italiana (20 mayo 2019). La paternidad espiritual que impulsa al Obispo a no dejar huérfanos a sus presbíteros, y se puede “palpar” no sólo en la capacidad que estos tengan de tener abiertas sus puertas para todos sus curas sino en ir a buscarlos para cuidar y acompañar.

[3] Cf. S. Juan XXIII, Carta enc. Sacerdotii nostri primordia, en el I centenario del tránsito del santo Cura de Ars (1 agosto 1959).

[4] Cf. Carta al Pueblo de Dios (20 agosto 2018).

[5] Encuentro con los sacerdotes, religiosos/as, consagrados/as y seminaristasSantiago de Chile (16 enero 2018).

[6] Cf. Carta al Pueblo de Dios que peregrina en Chile (31 mayo 2018).

[7] Encuentro con los sacerdotes de la Diócesis de Roma (7 marzo 2019).

[8] Homilía en la Vigilia Pascual (19 abril 2014).

[9] Gaudete et Exsultate, 7.

[10] Cf. J. M. Bergoglio, Las cartas de la tribulación, Herder 2019, p. 21.

[11] Cf. Encuentro con los sacerdotes de la Diócesis de Roma (6 marzo 2014).

[12] Retiro con ocasión del Jubileo de los Sacerdotes, Primera Meditación (2 junio 2016).

[13] A. Spadaro, Intervista a Papa Francesco, “La Civiltà Cattolica” 3918 (19 settembre 2013), 462.

[14] Evangelii Gaudium, 137.

[15] Cf. Encuentro con los sacerdotes de la Diócesis de Roma (6 marzo 2014).

[16] Cf. Evangelii Gaudium, 268.

[17] Gaudete et Exsultate, 7.

http://w2.vatican.va/content/francesco/es/letters/2019/documents/papa-francesco_20190804_lettera-presbiteri.html


El Papa Francisco aplica la doctrina jesuita para revolucionar la Iglesia

julio 31, 2019

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Papa Francisco: Está siendo fiel al espíritu de San Ignacio de Loyola, siempre en el corazón del Evangelio y de la Iglesia.

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El Papa Francisco aplica la doctrina jesuita para revolucionar la Iglesia

Por Agustín Rivera, Roma (actualizado 2013)
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“¡Francesco, Francesco!”, gritan los fieles. El Mercedes blanco matrícula SCV1 da la primera vuelta a la Plaza de San Pedro. El Papa sonríe, saluda con la mano y ve a un niño con síndrome de Down. El conductor del “obispo de Roma”, como se define Jorge Mario Bergoglio y le gusta que le llamen, se para unos segundos.

Francisco coge y abraza al chico, de unos cinco años. Son las 10.15 horas. Católicos y curiosos arropan, con entusiasmo y alegría incontrolada, el recorrido del ‘Papamóvil’ durante la audiencia de los miércoles.

La ‘Franciscomanía’ se palpa por toda Roma. En las tiendas de souvenires de la Via della Conciliazione, junto a San Pedro; en Santa María del Trastevere, junto a las obras del Coliseo o incluso en un kiosco de Campo de Fiori, la única plaza romana sin signos religiosos.

Se exhiben banderas con su imagen ,que se venden a un euro; también camisetas con el lema “I love Papa Francesco”. Su carisma no para de crecer.

En seis meses de pontificado, Bergoglio ha ofrecido apenas un esbozo, las primeras señales, de la revolución   -tranquila, sin aspavientos- que quiere impulsar en la Iglesia Católica y, antes que nada, en la jerarquía del Vaticano, dominada por cardenales conservadores, acusados de ocultar casos de pederastia de sacerdotes católicos.

Su corazón jesuita resulta clave para entender a este sucesor de Pedro al que muchos comparan con Juan XXIII, el cerebro del Concilio Vaticano II, que será canonizado junto a Juan Pablo II el 27 de abril del próximo año. ¿Le permitirán y dará tiempo a Francisco a poner en marcha todos los cambios que planea?

“Francisco está siendo fiel al espíritu de San Ignacio de Loyola y lo más interesante no es que sea un Papa jesuita, sino cómo la espiritualidad de San Ignacio puede influir en su Pontificado y eso para nosotros es fundamental.

Y lo está haciendo desde el primer minuto”, explica a El Confidencial el historiador Ignacio Narváez, de 27 años, que investiga en archivos de Roma el arte en los colegios jesuitas españoles.

Los miembros de la Compañía de Jesús, que regentan cinco de las 6.000 iglesias existentes en Roma, valoran cómo el Papa ha intentado desligarse del aparato de la riqueza y materializa los cambios poco a poco, “siempre con mano izquierda, utilizando mucho los gestos, los símbolos y hablando claro: eso lo hemos visto siempre en la Compañía, lo vemos en el Papa y para nosotros es una gozada”, señala Narváez que estudió primaria, ESO y Bachillerato en un centro jesuita.

La Iglesia del Gesù, situada frente a la sede principal del histórico partido de la Democracia Cristiana, la mandó construir San Ignacio de Loyola. A las 17.30 horas, hay un espectáculo de luz y música barroca. En uno de los laterales, detrás de un cuadro, hay una escultura en plata del fundador de la compañía.

Por pudor de no exhibir riqueza, la reproducción sólo se muestra diez minutos al día. La tumba de San Ignacio, adornada con el mayor fragmento de lapislázuli del planeta, y el brazo derecho de San Francisco Javier (Xabieru), el jesuita que cristianizó Japón, están también en el Gesù.

Arrupe y las dos visitas al Gesù de Roma

Francisco ha visitado dos veces este templo. Una vez el pasado 31 de julio, el aniversario de la muerte del fundador de la Compañía de Jesús. También hace dos semanas, cuando acudió al centro Astalli, que entrega comida a los inmigrantes, situado en la espalda de la iglesia.

En ambas ocasiones el Papa oró al lado de la tumba del español Pedro Arrupe, general de los jesuitas entre 1965 y 1983, cuyos restos mortales también reposan en el Gesù. Y eso que Bergoglio no se llevaba bien con Arrupe…

Juan Pablo II, que arrinconó a los jesuitas durante su Pontificado, lo sabía y nombró cardenal al que era obispo de Buenos Aires y provincial de la orden religiosa. La decisión no fue bien recibida en la cúpula de la Compañía de Jesús. Es más, cuando visitaba Roma no se alojaba en casas de jesuitas, sino en residencias diocesanas.

Las declaraciones sobre el respeto a la homosexualidad sirvieron para asentar la imagen de que Francisco es distinto, un aire fresco en medio de una trama presuntamente corrupta que rodeó a los dos anteriores Papas en el Vaticano.

La tensión entre la jerarquía jesuita y Bergoglio era más que evidente. Entre los jesuitas no era conocido el actual Papa como una persona progresista, pero ya desde el balcón de San Pedro sorprendió con la frase “Obispo y pueblo” y con lo de “recen por mí”.

Ahí se empezó a conocer a Bergoglio. Algunos detalles humanos ya los relató a este diario Benita Moreno, su excocinera en Argentina.

Las declaraciones sobre el respeto a la homosexualidad que hizo a los periodistas en el avión de vuelta a Roma desde Río de Janeiro, donde en julio se celebró la Jornada Mundial de la Juventud, sirvieron para asentar la imagen de que Francisco es distinto, un aire fresco en medio de una trama presuntamente corrupta que rodeó a los dos anteriores Papas en el Vaticano.

La decisión de vivir en la residencia Santa Marta, en vez de hacerlo en las lujosas estancias vaticanas, desplazarse por Roma a bordo de un automóvil modesto -un Renault 4 “cuatro latas” de 1984-, o visitar a los trabajadores de los talleres del Vaticano (el primer Papa que lo hace) expresan gestos de pobreza y humildad, características esenciales de la doctrina jesuita en las que profundizó Arrupe, autor del libro Yo viví la bomba atómica -fue testigo en agosto de 1945 de la explosión sobre Hiroshima-.

“Alejaos de los ropajes de oro”

Los últimos años del generalato de Arrupe coinciden con la expansión de la Teología de la Liberación, que aplicó el marxismo en zonas de Latinoamérica y uno de cuyos máximos ideólogos fue Ignacio Ellacuría, asesinado en noviembre de 1989 en San Salvador.

¿Es próximo Bergoglio a esta teología? De ninguna manera en la utilización del marxismo, ni de ninguna otra ideología; y sí en la idea de vivir lejos de la opulencia, más cerca del Nuevo Testamento, y en la crítica al sistema económico neoliberal que genera “injusticia”, como criticó el pasado domingo en Cerdeña.

Una frase concreta del Papa también aconseja a los sacerdotes: “Cuidad mucho la liturgia, pero alejaos de los ropajes de oro”.

Francisco no tiene una ideología particular, se guía por el corazón del Evangelio, lo que hizo Jesús”, explica Vicenzo Anselmo, napolitano de 34 años, que será ordenado sacerdote jesuita en la primavera de 2014, en la sacristía del Gesù.

“Yo le veo como un hombre lleno de humanidad, un sueño de esperanza para toda la Iglesia”, apunta Anselmo tras la misa del pasado miércoles, mientras se apagan las luces de la iglesia. “Se siente profundamente jesuita y eso se nota en su espiritualidad”, añade.

La jerarquía del Vaticano sufre el handicap de ser observada como un régimen político y, aunque se trata de un Estado dentro de Roma e Italia, tiene un ritmo ejecutivo diferente, preso de la tradición. El informe sobre la reforma de la curia, previsto para el mes de octubre, será un momento clave para saber hasta qué punto Francisco es capaz de ejecutar un Plan Renove interno en el catolicismo.

“No hace falta un Concilio Vaticano III, con aplicar lo que decía el II, ya estará muy bien”, apunta el historiador Narváez, que señala: “Con Juan Pablo II perdimos décadas, se retrocedió en todo lo avanzado antes”. Algunos señalan a Francisco como el renovador definitivo del catolicismo que podría haber sido Juan Pablo I.

“No soy de derechas”

Francisco no rehúye el debate y, aunque mide las palabras, opina con libertad. En la entrevista de seis horas concedida a la revista La Civiltà Cattolica, órgano oficioso del Vaticano controlado por los jesuitas, Bergoglio dejó claro que él nunca había sido “de derechas”.

El término podría ser equívoco. En Argentina no ser “de derechas” significa no haber sido simpatizante de la dictadura militar. En España equivaldría a no ser franquista, en ningún caso si pertenece o no al Ala Este de la ideología.

Melina Duesi, de 71 años, y María Rosa Sarasino, de 60 años, son argentinas y escuchan al Papa en la Plaza de San Pedro. “En Buenos Aires estuvo siempre al lado de la gente que necesitó, ni de los militares, ni de los otros políticos. Allá era pobre, muy humilde, si iba a la cárcel tomaba de vuelta el colectivo [autobús]”, narra Duesi.

“Yo estoy contenta porque parece que va a revolucionar el mundo entero; siempre recalca que la Iglesia es una para todos”, precisa Mónica Maragliano, de 55 años, otra argentina natural de Rosario que ha viajado con una amiga a Roma para ver a su compatriota.

Alba Montero, de Córdoba (Argentina), de 33 años, recuerda cómo el Papa trabajaba en los barrios. “Con él siento mucha paz”, relata. “Es muy cercano y se le entiende muy bien”, comenta María Isabel Palomino, residente en Madrid.

Contra la vanidad y el “chisme”

En San Pedro, en la Plaza de Pío XII y en la Via della Conciliazione hay monjas del Congo, como Judith o indias, como Sor Rina y Sor Magdalena, ahora en conventos italianos, y sacerdotes diocesanos, como los mexicanos Oswaldo Ávalos, Jesús Barragán y Gregorio García que acaban de escuchar el mensaje del Papa de la humildad frente a la vanidad y el chisme: “Antes de hablar mal del otro, un cristiano debe morderse la lengua”, remarca Bergoglio.

“Francisco le ha dado un giro, un vuelco, una nueva página a la Iglesia para rescatar los valores de la sencillez y la alegría de servir a los demás”, cuenta a este diario Jesús Barragán, de 31 años, con gafas de sol y gorra con el nombre de Italia.

En la audiencia, el Papa, con fondo de música de órgano, una veintena de altavoces y varias pantallas gigantes para que nadie se pierda sus palabras, se refiere a las 3.000 diócesis del mundo, a la importancia de la fe (es el Año de la Fe) y arremete contra los que privatizan la Iglesia “para su propia comunidad o país”.

Estos mensajes, igual que el de los chismes, podrían explicarse en clave interna contra algunos cardenales que se resisten a los cambios.

Un nuevo rol de la mujer

De Francisco se espera “un cambio de rol de la mujer en el Gobierno de la Iglesia”, vaticina Anselmo, de la iglesia del Gesù, aunque todavía parece muy lejos que las mujeres puedan convertirse en sacerdotes. También se vaticina una doctrina menos centrada en la sexualidad y más en el ser una buena persona y ayudar a los demás, con máximas como la tolerancia y la aplicación del Evangelio en la vida diaria.

El Pontífice ya se ha referido en varias ocasiones a que la salvación no es patrimonio exclusivo de los creyentes, sino también de los agnósticos y ateos, como en la carta que envió al periodista Eugenio Scalfari, fundador del diario La Reppublica.

El mensaje de Francisco está vivo, sólo lleva seis meses en la jefatura del Vaticano, pero el Papa no quiere convertirse en un celebrity sin contenido. Ha prometido renovar la Iglesia.

Su edad (nació en 1936) y la resistencia interna en el Vaticano son sus principales obstáculos de este jesuita que aún sueña con perderse un día por las calles de Roma, entremezclándose con los turistas, como en la película Habemus Papam de Nanni Moretti y visitar el Gesù a solas, sin focos.
https://www.elconfidencial.com/sociedad/2013-09-29/el-papa-francisco-aplica-la-doctrina-jesuita-para-revolucionar-la-iglesia_33654/

Ángelus: Lo que pedimos en el “Padre Nuestro” ya se ha cumplido

julio 28, 2019

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Actúen de forma rápida y decisiva para evitar que se repitan tales tragedias. El Papa Francisco expresó su “dolor” después del naufragio en el que murieron 62 inmigrantes en Libia el 25 de julio de 2019.

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Ángelus: Lo que pedimos en el “Padre Nuestro” ya se ha cumplido

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ZENIT – 28 julio 2018).- En este domingo XVII del tiempo ordinario el Papa Francisco reza el Ángelus desde la ventana del despacho del Palacio Apostólico, ante los peregrinos y visitantes reunidos en la plaza de San Pedro.

¡He aquí la novedad de la oración cristiana! subrayó. Es un diálogo entre personas que se aman, un diálogo basado en la confianza, apoyado por la escucha y abierto al compromiso solidario. Es un diálogo del Hijo al Padre, un diálogo entre hijos y Padre, esta es la oración cristiana.

Palabras del Papa Francisco antes de la oración del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En la página del Evangelio de hoy (cf. Lc 11, 1-13), san Lucas cuenta las circunstancias en las que Jesús enseña el “Padre Nuestro” a sus discípulos.

Ellos ya saben rezar, recitando las fórmulas de la tradición judía, pero también desean ellos poder vivir la misma “calidad” de la oración de Jesús porque ellos pueden ver que la oración es una dimensión esencial en la vida de su Maestro, de hecho cada acción importante de Él se caracteriza por pausas prolongadas de oración.

Además, siguen siendo fascinados porque ven que Jesús no reza como otros maestros de la época, sino que su oración es un vínculo íntimo con el Padre, hasta el punto de que desean participar en estos momentos de unión con Dios, para saborear plenamente su dulzura.

Así que, un día, esperan a que Jesús termine su oración, en un lugar apartado, y luego le piden: “Señor, enséñanos a orar” (v. 1). Respondiendo a la pregunta explícita de los discípulos, Jesús no da una definición abstracta de la oración, ni enseña una técnica efectiva para orar y “obtener” algo.

En cambio, invita a sus seguidores a experimentar la oración, colocándolos directamente en comunicación con el Padre, despertando en ellos la nostalgia de una relación  personal con Él, con Dios, con el Padre. ¡He aquí la novedad de la oración cristiana!

Es un diálogo entre personas que se aman, un diálogo basado en la confianza, apoyado por la escucha y abierto al compromiso solidario. Es un diálogo del Hijo al Padre, un diálogo entre hijos y Padre, esta es la oración cristiana.

Por eso les entrega la oración del “Padre Nuestro”, que es quizás uno de los dones más preciosos que nos ha dejado el divino Maestro en su misión terrenal.

Después de habernos revelado su misterio de Hijo y hermano, con esta oración Jesús nos hace penetrar en la paternidad de Dios; quiero subrayar esto: cuando Jesús nos enseña que el Padrenuestro nos hace entrar en la paternidad de Dios y nos muestra el modo para entrar en el diálogo orante y directo con Él a través del camino de la confianza filial. Es un diálogo entre el papá y su hijo, de hijo con el papá.

Lo que pedimos en el “Padre Nuestro” ya se ha cumplido y nos ha sido dado en el Hijo unigénito: la santificación del Nombre, la venida del Reino, el don del pan, el perdón y la liberación del mal.

Cuando pedimos, abrimos nuestras manos para recibir. Recibimos los dones que el Padre nos ha hecho ver en el Hijo. La oración que el Señor nos ha enseñado es la síntesis de cada oración y nosotros la dirigimos al Padre siempre en comunión con nuestros hermanos.

A veces sucede que en la oración hay distracciones pero muchas veces sentimos como las ganas de detenernos en la primera palabra: “Padre” y sentir esa paternidad en el corazón.

A continuación, Jesús cuenta la parábola del amigo inoportuno y nos invita a insistir en la oración y me viene a la mente aquello que hacen los niños, entre los tres, tres años y medio, empiezan a preguntar cosas, cosas que no entienden.

En mi tierra se llama “la edad del por qué”, creo que aquí también se dice así y los niños comienzan a mirar a sus padres, al papá y le dicen: “Papá, ¿por qué?, ¿por qué?” Piden explicaciones.

Seamos cuidadosos: cuando el papá empieza a explicar ese “por qué”, ellos vienen con otra pregunta sin escuchar la explicación completa. ¿Qué es lo que pasa? Sucede que los niños se sienten inseguros acerca de tantas cosas que empiezan a entender por la mitad. Sólo quieren atraer sobre él, la mirada del papá y por eso preguntan: “¿Por qué, por qué, por qué?”

Nosotros, en la oración del Padrenuestro, si nos detenemos en la primera palabra, Padre, haremos lo mismo que hacíamos cuando éramos pequeños, atraeremos la mirada del padre sobre nosotros y diremos: “Padre, Padre”, también podemos decirle: “¿Por qué?. Y Él nos mirará.

Pidamos a María, la mujer orante, que nos ayude a orar al Padre en unión con Jesús para vivir el Evangelio, guiados por el Espíritu Santo.

Naufragio en Libia: Dolor y llamada del Papa Francisco

Actúen de forma rápida y decisiva para evitar que se repitan tales tragedias

(ZENIT – 28 julio 2019).- El Papa Francisco expresó su “dolor” después del naufragio en el que murieron 62 inmigrantes en Libia el 25 de julio de 2019.

Durante el Ángelus que presidió en la Plaza de San Pedro, tres días después, el 28 de julio, el Papa invitó a la multitud a orar con él “por las víctimas y sus familias” y “preguntar desde el fondo de sus corazones: Padre ¿por que?”.

“He sabido con dolor la noticia del dramático hundimiento en los últimos días en las aguas del Mediterráneo, donde decenas de migrantes, incluidas mujeres y niños, han perdido la vida”, dijo después de la oración mariana.

Y el Papa agregó: “Renuevo un llamamiento urgente para que la comunidad internacional actúe con rapidez y decisión para evitar que vuelvan a ocurrir tales tragedias y para garantizar la seguridad y la dignidad de todos”.

Naufragio en Libia: Dolor y llamada del Papa Francisco

Ángelus: Lo que pedimos en el “Padre Nuestro” ya se ha cumplido


Nueva entrevista a Benedicto XVI: El Papa emérito habla sobre Francisco

julio 17, 2019

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Es la certeza de Benedicto XVI que todos recuerdan: “El Papa es uno, Francisco”

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Nueva entrevista a Benedicto XVI: El Papa emérito habla sobre Francisco

El Papa emérito recuerda en una nueva entrevista, que la historia de la Iglesia siempre ha estado atravesada por luchas internas y habla de Francisco

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El Papa Benedicto XVI ha concedido una entrevista al diario italiano ‘Corriere della Sera’ donde ha reivindicado la unidad en la Iglesia. En el avance de la entrevista que se ha publicado el 27 de junio habla sobre el Papa Francisco.

“La unidad de la Iglesia siempre ha estado en peligro, durante siglos. Lo ha sido por toda su historia. Guerras, conflictos internos, fuerzas centrífugas, amenazas de cismas. Pero al final, siempre ha prevalecido la conciencia de que la Iglesia está y debe permanecer unida. Su unidad siempre ha sido más fuerte que las luchas y las guerras internas “.

Es la certeza de Benedicto XVI que todos recuerdan: “El Papa es uno, Francisco”.

Su preocupación por la unidad de la Iglesia se vuelve aún más fuerte en nuestros tiempos, en los que los cristianos a menudo parecen estar divididos en la plaza pública y se enfrentan entre sí incluso con tonos encendidos, tal vez utilizando el mismo nombre de Ratzinger de una manera absolutamente impropia.

Las palabras de Benedicto estarán publicadas en el Corriere della Sera, que anuncia la próxima publicación de una entrevista con el Papa emérito en su semanario.

Unidad en la diversidad

Estas son palabras que se refieren al gran compromiso de fortalecer la comunión eclesial que caracterizó todo el pontificado de Benedicto XVI, hasta el último día de su ministerio petrino: “Permanezcamos unidos, queridos hermanos”, dijo en su último discurso a los cardenales el 28 de Febrero de 2013.

Permanecer en “esta profunda unidad” donde las diversidades, expresión de la Iglesia universal, siempre contribuyen a la armonía superior y armoniosa, “y” así servimos a la Iglesia y al conjunto de la humanidad”.

Y había asegurado su oración por la elección de su sucesor: “Que el Señor le muestre lo que Él desea. Y entre ustedes, entre el Colegio de Cardenales, también está el futuro Papa a quien ya le prometo mi Reverencia incondicional y obediencia”.

Nueva entrevista

Benedicto XVI insiste en una entrevista con el semanario del diario Italiano ‘Corriere della Sera’ en la unidad de la Iglesia pese a las luchas internas y los cismas. “El Papa es uno, Francisco”, señala.

Según informa Vatican News, la entrevista en el semanario, que se publicará este viernes 27 de junio, el papa emérito insiste en que la unidad siempre debe prevalecer.

“La unidad de la Iglesia siempre ha estado en peligro, durante siglos. Lo ha sido por toda su historia. Guerras, conflictos internos, fuerzas centrífugas, amenazas de cismas. Pero al final, siempre ha prevalecido la conciencia de que la Iglesia está y debe permanecer unida. Su unidad siempre ha sido más fuerte que las luchas y las guerras internas”, asegura.

Una imagen de Benedicto XVI en los Jardines del Vaticano será la portada del semanario para representar el encuentro del papa emérito con el periodista Massimo Franco.

https://www.cope.es/religion/actualidad-religiosa/vaticano/noticias/nueva-entrevista-benedicto-xvi-papa-emerito-habla-sobre-francisco-20190627_446060


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