El maná de cada día, 15.6.19

junio 15, 2019

Sábado de la 10ª semana del Tiempo Ordinario

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Decid simplemente sí, cuando es sí, y no, cuando es no



PRIMERA LECTURA: 2 Corintios 5, 14-21

Hermanos: Nos apremia el amor de Cristo al considerar que, si uno murió por todos, todos murieron. Y Cristo murió por todos, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos.

De modo que nosotros desde ahora no conocemos a nadie según la carne; si alguna vez conocimos a Cristo según la carne, ahora ya no lo conocemos así.

Por tanto, si alguno está en Cristo es una criatura nueva. Lo viejo ha pasado, ha comenzado lo nuevo.

Todo procede de Dios, que nos reconcilió consigo por medio de Cristo y nos encargó el ministerio de la reconciliación.

Porque Dios mismo estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, sin pedirle cuentas de sus pecados, y ha puesto en nosotros el mensaje de la reconciliación.

Por eso, nosotros actuamos como enviados de Cristo, y es como si Dios mismo exhortara por medio de nosotros.

En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios. Al que no conocía el pecado, lo hizo pecado en favor nuestro, para que nosotros llegáramos a ser justicia de Dios en él.


SALMO 102, 1b-2. 3-4. 8-9. 11-12

El Señor es compasivo y misericordioso.

Bendice, alma mía, al Señor, y todo mi ser a su santo nombre. Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides sus beneficios

Él perdona todas tus culpas y cura todas tus enfermedades; él rescata tu vida de la fosa, y te colma de gracia y de ternura.

El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia; no está siempre acusando ni guarda rencor perpetuo.

Como se levanta el cielo sobre la tierra, se levanta su bondad sobre los que lo temen; como dista el oriente del ocaso, así aleja de nosotros nuestros delitos.


ALELUYA: Salmo 118, 36.29

Inclina mi corazón, oh, Dios, a tus preceptos; y dame la gracia de tu ley.


EVANGELIO: Mateo 5, 33-37

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No jurarás en falso” y “Cumplirás tus juramentos al Señor”. Pero yo os digo que no juréis en absoluto: ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, que es estrado de sus pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del Gran Rey. Ni jures por tu cabeza, pues no puedes volver blanco o negro un solo cabello. Que vuestro hablar sea sí, sí, no, no. Lo que pasa de ahí viene del Maligno».


El maná de cada día, 14.6.19

junio 14, 2019

Viernes de la 10ª semana del Tiempo Ordinario

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clay pots

Llevamos el tesoro en vasijas de barro

 

PRIMERA LECTURA: 2 Corintios 4, 7-15

Hermanos: Llevamos el tesoro en vasijas de barro, para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros.

Atribulados en todo, mas no aplastados; apurados, mas no desesperados; perseguidos, pero no abandonados; derribados, mas no aniquilados, llevando siempre y en todas partes en el cuerpo la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo.

Pues, mientras vivimos, continuamente nos están entregando a la muerte por causa de Jesús; para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal. De este modo, la muerte actúa en nosotros, y la vida en vosotros.

Pero teniendo el mismo espíritu de fe, según lo que está escrito: «Creí, por eso hablé», también nosotros creemos y por eso hablamos; sabiendo que quien resucitó al Señor Jesús también nos resucitará a nosotros con Jesús y nos presentará con vosotros ante él.

Pues todo esto es para vuestro bien, a fin de que cuantos más reciban la gracia, mayor sea el agradecimiento, para gloria de Dios.


SALMO 115, 10-11. 15-16. 17-18

Te ofreceré, Señor, un sacrificio de alabanza.

Tenia fe, aun cuando dije: «¡Qué desgraciado soy!» Yo decía en mi apuro: «Los hombres son unos mentirosos».

Mucho le cuesta al Señor la muerte de sus fieles. Señor, yo soy tu siervo, siervo tuyo, hijo de tu esclava: rompiste mis cadenas.

Te ofreceré un sacrificio de alabanza invocando tu nombre, Señor. Cumpliré al Señor mis votos en presencia de todo el pueblo.


ALELUYA: Filipenses 2, 15.16

Brilláis como lumbreras del mundo, manteniendo firme la palabra de la vida.


EVANGELIO: Mateo 5, 27-32

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«Habéis oído que se dijo: “No cometerás adulterio”. Pero yo os digo: todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón.

Si tu ojo derecho te induce a pecar, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser echado entero en la “gehenna”.

Si tu mano derecha te induce a pecar, córtatela y tírala, porque más te vale perder un miembro que ir a parar entero a la “gehenna”.

Se dijo: “El que repudie a su mujer, que le dé acta de repudio”. Pero yo os digo que si uno repudia a su mujer —no hablo de unión ilegítima— la induce a cometer adulterio, y el que se casa con la repudiada comete adulterio».
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RECONOCER NUESTRA VULNERABILIDAD
Papa Francisco. Capilla Casa Santa Marta
Viernes 16 de junio de 2017

El secreto para ser «muy felices» es reconocerse siempre débiles y pecadores, es decir «recipientes de barro», ese material pobre pero que sin embargo puede contener incluso «el tesoro más grande: la potencia de Dios que nos salva». Y es ante la tentación de muchos cristianos de maquillarse para aparentar ser «recipientes de oro» en cambio, hipócritamente «suficientes por si mismos», que Francisco puso en guardia en la misa celebrada el viernes 16 de junio en Santa Marta.

«En este cuarto capítulo de la segunda carta a los Corintios —enseguida hizo presente el Papa refiriéndose al pasaje propuesto por la liturgia (4, 7-15)— Pablo habla del misterio de Cristo, habla de la fuerza del misterio de Cristo, de la potencia del misterio de Cristo». Y luego, explicó, el apóstol «continua con el pasaje que hemos leído: “hermanos, llevamos este tesoro —Cristo— en recipientes de barro”». Entonces, volvió a insistir Francisco, «este tesoro de Cristo nosotros lo tenemos, pero en nuestra fragilidad: nosotros somos barro». Es «un gran tesoro en recipientes de barro: ¿pero esto por qué?». La respuesta de Pablo es clara: «para que aparezca que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no de nosotros».

He aquí entonces, afirmó el Pontífice, «la potencia de Dios, la fuerza de Dios que salva, que sana, que pone en pie, y la debilidad del barro, que somos nosotros». Con la conciencia, por ello, de que «ninguno de nosotros se puede salvar a si mismo: todos necesitamos la potencia de Dios, la potencia del Señor, para ser salvados».

Esta verdad, recordó el Pontífice, «es como un leitmotiv en las cartas de Pablo». Y efectivamente «el Señor dice a Pablo: “mi potencia se manifiesta plenamente en la debilidad. Si no hay debilidad, mi potencia no puede manifestarse”». De ahí la eficaz imagen del «recipiente, pero el recipiente débil, de barro». Así prosiguió el Papa, «cuando Pablo se lamenta y pide al señor que le libere de los ataques de Satanás, dice él, que le humilla y avergüenza, ¿qué responde el Señor? “Te basta mi gracia, tú continúa siendo barro, que la potencia de salvación la tengo yo”».

Precisamente «esta es la realidad de nuestra vulnerabilidad» explicó Francisco. Porque «todos nosotros somos vulnerables, frágiles, débiles y necesitamos ser sanados». Pablo lo dice con fuerza en su carta a los Corintios: «somos atribulados, aplastados, perseguidos, derribados como manifestación de nuestra debilidad». He aquí la «debilidad de Pablo, manifestación del barro». Y «esta es nuestra vulnerabilidad: una de las cosas más difíciles en la vida es reconocer la propia vulnerabilidad».

«Otras veces —admitió el Papa— intentamos cubrir la vulnerabilidad, que no se vea; o la maquillamos, para que no se vea»; o terminamos por «disimular». Tanto que «el mismo Pablo, al inicio de este capítulo» de la segunda carta a los Corintios, dice: «Cuando he caído en las disimulaciones vergonzosas». Porque «las disimulaciones son vergonzosas, siempre; son hipócritas, porque hay una hipocresía hacia los demás». Y efectivamente «a los doctores de la ley el Señor dice: “hipócritas”». Pero, advirtió el Pontífice, «hay otra hipocresía: afrontar a nosotros mismos, es decir cuando yo creo ser otra cosa distinta de lo que soy, creo que no necesito sanación, no necesito apoyo; creo que no estoy hecho de barro, que tengo un tesoro “mío”». Y esto, hizo presente Francisco, «es el camino, es el camino hacia la vanidad, la soberbia, la autorreferencialidad de los que no sintiéndose de barro, buscan la salvación, la plenitud de si mismos».

No se debe olvidar nunca por ello, que es «la potencia de Dios que nos salva», recordó el Pontífice. Porque «nuestra vulnerabilidad Pablo la reconoce», diciendo sin medios términos: «somos atribulados, pero no aplastados porque la potencia de Dios nos salva». Y por esta misma razón Pablo reconoce también que «estamos perplejos mas no desesperados: hay algo de Dios que nos da esperanza». Y entonces «somos perseguidos pero no abandonados; derribados pero no aniquilados: siempre hay esta relación entre el barro y la potencia, el barro y el tesoro». Así verdaderamente «nosotros tenemos un tesoro en recipientes de barro, pero la tentación es siempre la misma: cubrir, disimular, no creer que somos barro», cediendo así a «aquella hipocresía respecto a nosotros mismos».

«Pablo nos lleva, con este modo de pensar, de razonar, de predicar la palabra de Dios, a un diálogo entre el tesoro y el barro», siguió afirmando Francisco. «Un diálogo que continuamente debemos hacer para ser honestos» añadió, indicando a modo de ejemplo «cuando vamos a confesarnos» y quizás reconocemos: «sí, he hecho esto, he pensado esto». Y así «decimos los pecados como si fueran una lista de precios en el mercado: he hecho esto, esto, esto». Pero según el Papa, la verdadera pregunta que hay que plantearse es: «¿tú tienes conciencia de este barro, de esta debilidad, de esta vulnerabilidad tuya?». Porque «es difícil aceptarla».

«También cuando nosotros decimos “somos todos pecadores” —prosiguió el Pontífice— quizás es una palabra que decimos así», sin pensar del todo en el significado. Por lo que es oportuno hacer un examen de conciencia con uno mismo, preguntándonos si «tenemos conciencia de ser barro, débiles, pecadores», conscientes de que «sin la potencia de Dios» no podemos «seguir adelante». ¿O bien «creemos que la confesión sea blanquear un poco el barro y con esto es más fuerte? ¡no!». Pero «está la vergüenza —continuó afirmando Francisco— que ensancha el corazón para que entre la potencia de Dios, la fuerza de Dios». Precisamente «la vergüenza de ser barro y no ser un recipiente de plata y oro: ser barro». Y «si nosotros llegamos a este punto, seremos muy felices».

Siempre respecto al «diálogo entre la potencia de Dios y la creada», el Pontífice sugirió pensar en «la lavanda de los pies, cuando Jesús se acerca a Pedro y le dice: “no, a mí no, Señor, pero por favor, ¿qué haces?». El hecho es que Pedro «no había entendido qué era barro, que necesitaba la potencia del Señor para ser salvado». Pero he aquí que «cuando el Señor le dice la verdad», Pedro no duda ni un segundo y responde: «ah, si es así, no solo los pies: todo el cuerpo, ¡incluso la cabeza!». Pedro es un hombre «generoso», explicó el Papa. De esa «generosidad» que lleva a «reconocer ser vulnerables, frágiles, débiles, pecadores: solamente si nosotros aceptamos ser barro, esta extraordinaria potencia de Dios vendrá a nosotros y nos dará la plenitud, la salvación, la felicidad, la alegría de ser salvados».

En conclusión, el Papa rogó al Señor precisamente para que «nos dé esta gracia», para ser siempre capaces de recibir «tu tesoro, Señor, con la sabiduría de ser de barro».

http://www.vatican.va


Los católicos de China se lamentan del declive de la Iglesia

junio 13, 2019

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La cueva donde vivió el obispo Bai se ha convertido en un lugar de peregrinación para los católicos en China. El fraile dominico se escondió allí huyendo de la dinastía Qing antes de que lo encontraran y ejecutaran en el 1700.

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Los católicos de China se lamentan del declive de la Iglesia

Por Ian Johnson, The New York Times

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Durante casi cuatro siglos, una franja de pueblos campesinos y pescadores en la costa sureste de China ha sobrevivido como un baluarte del catolicismo, a veces floreciente y otras marchito, su destino depende a menudo de las decisiones o conflictos lejanos en Pekín o Europa.

Ahora, un nuevo choque resuena en esta región rural, conocida como Mindong. Esta vez, se centra en las conversaciones entre China y el Vaticano para salvar sus diferencias históricas al definir el asunto más espinoso que los ha dividido: el control de los obispos y sacerdotes que dirigen la Iglesia católica romana en China.

El plan básico le daría al Vaticano un papel formal, e incluso tal vez el poder de veto, sobre la manera en que se designa a los clérigos en China. Esa sería una concesión inusual por parte de Pekín, que se muestra siempre profundamente suspicaz hacia la interferencia extranjera.

A cambio, el Vaticano podría forzar a muchas comunidades locales a aceptar a clérigos designados por las autoridades comunistas chinas en lugar de los líderes de la popular Iglesia “clandestina” que se han resistido al control del Estado durante décadas.

La perspectiva de un arreglo así ha desatado emociones intensas por todo el mundo, con críticos que acusan a la Santa Sede de “traicionar” a los católicos de China. Por su parte, los defensores del Vaticano argumentan que este debe ceder para evitar que los católicos chinos se separen aun más, en especial dado que el gobierno del presidente Xi Jinping endurece el control sobre la religión.

Sin embargo, la gente más afectada por estos cambios propuestos –los residentes de lugares como Mindong– dice que tiene una sensación de impotencia, como si estuviera esperando una tormenta que no puede controlar.

A muchos les preocupan menos las disputas sobre los clérigos que el que se produzca un hueco en la vida católica en el campo chino. Otros dicen que la visión binaria del mundo exterior sobre el catolicismo chino –de miembros leales a la Iglesia clandestina y lacayos gubernamentales– pasa por alto realidades más sutiles en la práctica.

“Eso es algo que decidirán los altos mandos”, dijo Huang Xiaofeng, de 40 años, el encargado de una tienda para los peregrinos que visitan una cueva santa en lo alto de una montaña. “Los creyentes solo vamos a la iglesia y rezamos”.

El Vaticano ya le pidió a Guo Xijin, el obispo clandestino de Mindong, que entregue su dirigencia de un estimado de 70,000 católicos a un clérigo nombrado por el gobierno que tiene el mando de cerca de 10,000 seguidores, lo que constituye una enorme concesión a Pekín.

Guo, de 59 años, que ha sido sacerdote en Mindong desde 1984, dijo en una entrevista que está dispuesto a aceptar si eso ayuda a sanar el largo distanciamiento entre las Iglesias clandestina y gubernamental.

Sin embargo, añadió que no solucionará problemas más grandes que disminuyen el catolicismo en este lugar. “El principal problema es el nivel educativo y los fundamentos espirituales de los creyentes”, dijo. “Tienen fe, pero no es profunda”.

Guo se refería al hecho de que el catolicismo es más fuerte en las partes rurales y más pobres de China, pero el campo se está quedando vacío. Hace unas cuantas décadas, el 80 por ciento de los chinos vivía en zonas rurales. Hoy lo hace solo la mitad.

En áreas como Mindong, eso ha significado un derrumbe en el número de feligreses. Guo calcula que más de un tercio de los católicos locales han dejado Mindong para buscar trabajo en otras partes. Casi todos los jóvenes se han ido y han dejado los pueblos con iglesias que solo usa una decreciente población de ancianos de manera alternada.

Los problemas en Mindong reflejan una tendencia más amplia. De acuerdo con encuestas de las iglesias oficial y clandestina, realizadas por Anthony Lam, un investigador del Centro de Estudios del Espíritu Santo en Hong Kong, la cantidad total de católicos en China llegó a su punto máximo de 12 millones alrededor del 2005, y desde entonces se ha reducido a 10 millones.

Esto convierte al catolicismo en el más pequeño de los principales grupos religiosos en China, y en el único que está reduciéndose, en tanto que otros cultos, sobre todo el budismo y el protestantismo, han crecido rápidamente en medio de un renacimiento religioso nacional.

El origen de los problemas de la Iglesia en China se remontan a mucho tiempo atrás. El emperador Qing prohibió el cristianismo durante aproximadamente un siglo antes de que las potencias occidentales forzaran a la dinastía a permitir de nuevo la llegada de misioneros.

Cuando los comunistas ganaron el control de China, en 1949, el catolicismo recibió un golpe muy fuerte debido a la estridente oposición del Vaticano al comunismo.

El nuevo gobierno también expulsó de China a la mayoría de los extranjeros, decapitando así a la Iglesia católica, que dependía de ellos para operar sus escuelas, orfanatos, seminarios y órdenes religiosas. El catolicismo sobrevivió como una religión rural basada en clanes, sin su antiguo impulso misionero.

En 1957, las autoridades añadieron problemas a la Iglesia cuando establecieron la Asociación Patriótica Católica China para sustituir al Vaticano en el nombramiento de los clérigos y dar a los dirigentes ateos de Pekín el control de la Iglesia.

Muchos devotos se resistieron. Boicotearon a la iglesia gubernamental a favor de iglesias clandestinas dirigidas por miembros del clero que ellos mismos elegían. Con el tiempo, el Vaticano aprobó a la mayoría de estos clérigos nombrados localmente. Eso creó dos linajes católicos en China: los designados por Pekín y los nombrados por el Vaticano.

Esta es la desavenencia en el centro de las negociaciones actuales, pero el panorama es más complicado de lo que parece.

Muchos obispos nombrados por el gobierno, por ejemplo, han recibido en secreto la bendición del Vaticano. En el 2007, el papa Benedicto dijo que los católicos fieles podían asistir a las iglesias chinas aprobadas por el gobierno.

Incluso el término “clandestino” es ahora un nombre poco apropiado. Aunque algunos clérigos han sido arrestados y enfrentan acoso, otros operan mayoritariamente de manera abierta. En muchos lugares, los católicos clandestinos han construido sus propias iglesias, en ocasiones grandes catedrales, sin la interferencia del gobierno.

Guo, por ejemplo, vive en una residencia de siete pisos al lado de una iglesia de doble capitel revestida de azulejos blancos. Mindong está salpicado con decenas de iglesias así, muchas de ellas con capiteles altos, capillas, residencias y conventos, todos ellos técnicamente ilegales.

Muchas de las construcciones obtuvieron permisos de construcción con la ayuda de Zhan Silu, el obispo nombrado por el gobierno al que el Vaticano ha pedido a Guo ceder su puesto.

Zhan se negó a ser entrevistado, pero los católicos locales dicen que autorizó los permisos para acercarse a los creyentes clandestinos.

“Eso muestra que no es para nada clandestino”, dijo Eugenio Menegon, profesor de historia de la Universidad de Boston, quien escribió un libro sobre las profundas raíces del catolicismo en Mindong. Durante el tiempo que pasó en la región, dice que descubrió que el clero no oficial a menudo se lleva muy bien con las autoridades locales.

Las tensiones surgen cuando un bando presiona al otro. Hace poco, la presión provino de Pekín, que ha adoptado nuevas regulaciones destinadas en parte a frenar las iglesias clandestinas.

El deseo del Vaticano de que Guo se haga a un lado a favor de Zhan también preocupa a los residentes. Muchos sienten que se les debería consultar sobre el nombramiento de su líder espiritual, un asunto que podría surgir en otras diócesis chinas donde es incierto el futuro de hasta 30 obispos clandestinos.

Una monja lega cuya orden está muy arraigada en Mindong dijo que Zhan tendría dificultades al dirigir la diócesis, pues la mayoría de los devotos pertenecen a la Iglesia clandestina y apoyan a Guo. Aun así, dijo que si el Vaticano reconoce a Zhan, ella obedecerá.

(Adam Wu colaboró con la investigación).

https://www.elnuevoherald.com/noticias/mundo/article201664064.html


Las cifras de la Iglesia en China Jun 28, 2018 OMPRESS-CHINA (28-06-18)

junio 13, 2019

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Niños chinos en ceremonia de la luz.

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OMPRESS-CHINA (28-06-18) El China Zentrum de Alemania acaba de publicar sus estadísticas anuales sobre religiones e iglesias en la República Popular China.

Los datos de 2017 se presentan junto a los datos de “ciber-religión”, es decir, la difusión de la religión y el interés de la población china por este tema en internet. Se recogen también las cifras de crecimiento del cristianismo protestante entre las minorías étnicas de la República Popular.

En cuanto a la Iglesia católica, por primera vez se tiene una cifra del número de bautismos. En 2017 también hubo un número muy alto, con respecto a los años anteriores, de ordenaciones sacerdotales. Desgraciadamente no se consagró ni un solo obispo, aunque nueve murieron durante el año, por lo que muchas diócesis están vacantes.

Desde el China Zentrum advierten que la actualización estadística de las religiones en China se complementa con datos de investigaciones anteriores, información oficial y estimaciones. Los detalles a menudo varían mucho, dependiendo de la fuente.

Se estima que hay 10 millones de católicos en China, más o menos el 0,7% de la población. Las diócesis son 144, si bien según los datos de la Iglesia oficial son 96. Los obispos son 101, de los que 65 pertenecen a la Iglesia oficial y 36 a la Iglesia clandestina. Siete de los obispos de la Iglesia oficial no han sido reconocidos por la Santa Sede y cerca de 40 diócesis no tienen obispo. El número de sacerdotes es de 2.550, en la Iglesia oficial, y 1.320 en la Iglesia clandestina.

Existen 8 seminarios mayores con un total de 398 seminaristas. Hay unos 100 seminaristas en la Iglesia clandestina. Las religiosas alcanzan casi el número de 5.000 sumando ambas iglesias y se estima que hay unas 6.000 iglesias y oratorios.

Los bautismos alcanzaron el año 2017 la cifra de 48.556, no obstante desde la Iglesia clandestina apuntan que la cifra es incompleta y que podría alcanzar los 100.000 bautismos.

En 2017 se ordenaron 97 nuevos sacerdotes, por encima de los 61 de 2015, y los 59 de 2014. A este número habría que añadir las ordenaciones de la Iglesia clandestina cuyo número es difícil de concretar.

En cuanto a la difusión de la fe a través de la web, de los estudios presentados, el catolicismo sólo tiene un 12,5% de páginas webs religiosas dirigidas a la población china. Una cifra muy por detrás del protestantismo que cuenta con el 32,5%.

El China Zentrum se creó como fruto de la colaboración de diversas organizaciones católicas, órdenes religiosas y diócesis en Alemania, Austria, Suiza e Italia.

Las cifras de la Iglesia en China


La Renovación Carismática, para toda la Iglesia: textos completos del P. Cantalamessa en el Vaticano

junio 12, 2019

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La Renovación Carismática, para toda la Iglesia: textos completos del P. Cantalamessa en el Vaticano

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La Renovación Carismática, para toda la Iglesia: textos completos del P. Cantalamessa en el Vaticano

ReL 9 junio 2019

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Este 8 de junio de 2019, el Predicador de la Casa Pontificia, el padre capuchino Raniero Cantalamessa ha dirigido dos detalladas predicaciones a los miembros de la Renovación Carismática llegados a Roma para celebrar Pentecostés y la presentación de Charis, el nuevo órgano de comunión de las entidades carismáticas, creada por el Dicasterio para los Laicos.

Cantalamessa es ahora el asesor eclesiástico de Charis. El sacerdote Pablo Cervera, director de la revista Magníficat, ha traducido del italiano las dos grandes alocuciones que Cantalamessa proclamó ante los asistentes que publicamos completas.

La Renovación Carismática Católica, una corriente de gracia para toda la Iglesia

 Roma, Aula Pablo VI, 8 de junio de 2019; Inauguración del servicio de Charis

Parto de la convicción compartida por todos nosotros, y a menudo repetida por el papa Francisco, de que la Renovación Carismática Católica (RCC) es «una corriente de gracia para toda la Iglesia».

Si la RCC es una corriente de gracia para toda la Iglesia, tenemos el deber de explicarnos a nosotros mismos y a la Iglesia en qué consiste esta corriente de gracia y por qué está destinada y es necesaria para toda la Iglesia. Explicar, en definitiva, qué somos y qué ofrecemos —mejor, qué ofrece Dios— a la Iglesia con esta corriente de gracia.

De hecho, hasta ahora no hemos sido capaces —ni podíamos serlo— de decir con claridad qué es la Renovación Carismática.

En efecto, es necesario experimentar una forma de vida antes de poderla definir. Así ha sucedido siempre en el pasado, con ocasión de la aparición de nuevas formas de vida cristiana.

Pobres de esos movimientos y órdenes religiosas que nacen con mucho de regla y de constituciones establecidas minuciosamente de partida, que hay que poner luego en práctica como un protocolo a seguir. Es la vida la que, progresando, adquiere una fisonomía y se da una regla, como el río, al avanzar, se excava su propio lecho.

Debemos reconocer que hasta ahora hemos dado a la Iglesia ideas y representaciones de la Renovación Carismática diferentes y a veces contradictorias. Bastaría hacer una pequeña encuesta entre las personas que viven fuera de ella, para darnos cuenta de la confusión que reina en torno a la identidad de la Renovación Carismática.

Para algunos, es un movimiento de «entusiastas», no distinto de los movimientos «entusiastas e iluminados» del pasado, el pueblo del Aleluya, de las manos alzadas, que rezan y cantan en un lenguaje incomprensible, un fenómeno, en definitiva, emocional y superficial. Puedo decirlo con conocimiento de causa porque también yo, durante mucho tiempo, estaba entre los que pensaban así.

Para otros será identificado con personas que realizan oraciones de curación y realizan exorcismos; para otros incluso se trata de una «infiltración» protestante y pentecostal en la Iglesia católica. En el mejor de los casos la Renovación Carismática es vista como una realidad en la que se puede confiar para muchas cosas en la parroquia, pero por la que es mejor no dejarse implicar.

Como ha dicho alguien, gustan los frutos de la Renovación, pero no el árbol.

Después de 50 años de vida y de experiencia y con ocasión de la inauguración del nuevo organismo de servicio que es Charis, quizás ha llegado el momento de intentar hacer una relectura de esta realidad y dar una definición, aunque no sea definitiva, pues su camino no está del todo concluido.

Yo creo que la esencia de esta corriente de gracia está providencialmente encerrada en su nombre «Renovación Carismática», con la condición de comprender el verdadero significado de estas dos palabras. Es lo que me propongo hacer, dedicando la primera parte de mi intervención al sustantivo «Renovación» y la segunda parte al adjetivo «carismática».

I.- Primera parte: «Renovación»

Es necesario anteponer una premisa de carácter general para entender la relación que existe entre el sustantivo «renovación» y el adjetivo «carismática», y qué representa cada uno de ellos.

En la Biblia surgen claramente dos modos de obrar del Espíritu de Dios. Existe, ante todo, la forma que podemos llamar carismática. Consiste en el hecho de que el Espíritu de Dios viene sobre algunas personas, en circunstancias especiales, y les otorga dones y capacidades por encima de la capacidad humana para desempeñar la tarea que Dios espera de ellas.

Se habla del Espíritu de Dios que viene sobre algunas personas y les otorga sus dones artísticos para la construcción del templo (cf. Ex 31,3), que «irrumpe» sobre Sansón y le da un don de fuerza para guiar las batallas de Dios (Jue 14,6), viene sobre Saúl y lo unge rey (1 Sam 10,6), viene sobre los profetas y ellos profetizan (Is 61,1).

La característica de este modo de obrar del Espíritu de Dios es que se da a una persona, pero no para la persona misma, para hacerla más agradable ante Dios, sino para el bien de la comunidad, para el servicio. Algunos de los que en el Antiguo Testamento reciben estos dones terminarán llevando una vida en absoluto conforme con el querer de Dios.

Sólo en un segundo momento, prácticamente tras el exilio, se empieza a hablar de un modo distinto de actuar del Espíritu de Dios, un modo que posteriormente se llamará la acción santificadora del Espíritu (2 Tes 2,13). Por primera vez en el salmo 51 el Espíritu se define como «santo»: «No me quites tu Santo Espíritu». El testimonio más claro es la profecía de Ezequiel 36,26-27:

“Os daré un corazón nuevo, infundiré en vosotros un espíritu nuevo, os quitaré el corazón de piedra y os daré un corazón de carne. Pondré mi espíritu en vosotros y haré que os conduzcáis según mis leyes y haré que observéis y pongáis en práctica mis mandatos”.

La novedad de este modo de actuar del Espíritu es que será sobre una persona y permanece en ella y la transforma desde el interior, dándole un corazón nuevo y una capacidad nueva de observar la ley. A continuación, la teología llamará al primer modo de actuar del Espíritu «gratia gratis data», don gratuito, y al segundo «gratia gratum faciens», gracia que hace agradables a Dios.

Pasando del Antiguo al Nuevo Testamento, este doble modo de actuar del Espíritu se hace incluso más claro. Basta leer primero el capítulo 12 de la Primera Carta a los Corintios donde se habla de todo tipo carismas, y luego pasar al capítulo siguiente, el 13, donde se habla de un don único, igual y necesario para todos que es la caridad.

Esta caridad es «el amor de Dios derramado en los corazones mediante el Espíritu Santo» (Rom 5,5), el amor —así lo define santo Tomás de Aquino— «con el que Dios nos ama a nosotros y con el que nos hace capaces de amarle a él y a los hermanos» [1].

La relación entre la obra santificadora del Espíritu y su acción carismática es vista por Pablo como la relación que existe entre el ser y el actuar y como la relación que existe entre la unidad y la diversidad en la Iglesia. La acción santificadora se refiere al ser del cristiano, los carismas se refieren al actuar, al servicio; la primera fundamenta la unidad de la Iglesia, la segunda, la variedad de sus funciones.

Sobre esto basta leer Efesios 4,4-13. Allí el Apóstol expone primero lo que fundamenta el ser del cristiano y la unidad de todos los creyentes: un solo cuerpo, un solo Espíritu, un solo Señor, una sola fe, para pasar a hablar de la «gracia dada a cada uno según la medida del don de Cristo»: apóstoles, evangelistas, maestros…

Es cierto que el carisma no se ha dado por causa, o de cara a la santidad de una persona, pero también es cierto que no se mantiene sano e incluso se corrompe y termina por provocar daños, si no reposa sobre el terreno de una santidad personal.

Recordar la prioridad de la obra santificadora del Espíritu sobre la carismática es la contribución específica que la RCC puede llevar al movimiento evangélico y pentecostal, los cuales —es útil recordarlo— tuvieron entre sus matrices el llamado «movimiento de santidad» (Holiness Movement).

El Apóstol no se limita a poner de relieve los dos modos de obrar del Espíritu, sino que afirma también la prioridad absoluta de la acción santificadora sobre la acción carismática. El obrar depende del ser (agere sequitur esse), no al revés.

Pablo pasa revista a la mayoría de los carismas —hablar todas las lenguas, poseer el don de profecía, conocer todos los misterios, distribuir todo a los pobres— y concluye que, sin la caridad, no servirían de nada a quien los ejercita, aunque puedan beneficiar a quien los recibe.

Todo lo que he dicho de la acción renovadora y santificadora del Espíritu se encierra en el sustantivo «Renovación». ¿Por qué justamente ese término? ¿Por qué llamamos «Seminario de vida nueva en el Espíritu» al instrumento con el que uno se preparaba para recibir el bautismo en el Espíritu?

La idea de novedad acompaña desde el principio hasta el final la revelación de la acción santificadora del Espíritu. Ya en Ezequiel se habla de un «Espíritu nuevo». Juan habla de un «nacer de nuevo por el agua y del Espíritu» (Jn 3,5).

Pero es sobre todo san Pablo quien ve en la «novedad» lo que caracteriza a toda la «nueva alianza» (2 Cor 3,6). Él define al creyente como un «hombre nuevo» (Ef 2,15; 4, 24) y al bautismo como «un baño de renovación en el Espíritu Santo» (Tit 3,5).

Lo que hay que poner en claro enseguida es que esta vida nueva es la vida traída por Cristo. Es él quien al resucitar de la muerte nos ha dado la posibilidad gracias a nuestro bautismo, de «caminar en una vida nueva» (Rom 6,4). Por tanto, es don, antes que deber, y un «hecho», antes que un «tener que hacer». 

En este momento se necesita una revolución copernicana en la mentalidad común del creyente católico (¡no en la doctrina oficial de la Iglesia!) y esta es una de las contribuciones más importantes que la Renovación Carismática puede aportar —y ya ha traído en parte— a la vida de la Iglesia.

Durante siglos se ha insistido mucho sobre la moral, el deber, sobre qué hacer para ganar la vida eterna, hasta invertir la relación y poner el deber antes que el don, haciendo de la gracia el efecto, en lugar de la causa, de nuestras buenas obras.

Incluso después de que el concilio de Trento, en respuesta a la reforma protestante, había reafirmado la verdadera doctrina católica de la prioridad de la gracia, la predicación popular, la dirección espiritual, en definitiva, la pastoral de la Iglesia, incluso en reacción a la posición extrema de Lutero, siguió insistiendo en las obras más que en la gracia.

Yo también hablo aquí por experiencia personal porque es la formación que yo mismo recibí y que era común antes del Concilio en los lugares de formación. Una formación denominada «voluntarista» por la insistencia unilateral sobre el papel del esfuerzo humano.

La Renovación Carismática, concretamente el bautismo en el Espíritu, ha obrado dentro de mí aquella revolución copernicana de la que hablaba y por eso estoy íntimamente convencido de que puede realizarla en toda la Iglesia. Y es la revolución de la que depende la posibilidad de evangelizar nuevamente el mundo post-cristiano.

La fe brota en presencia del kerygma, no en presencia de la didaché, es decir, no en presencia de la teología, de la apologética, de la moral. Estas cosas son necesarias para «formar» la fe y llevarla a la perfección de la caridad, pero no soy capaz de generarla.

El cristianismo, a diferencia de cualquier otra religión, no comienza diciendo a los hombres lo que deben hacer para salvarse; empieza diciendo lo que Dios ha hecho, en Cristo Jesús, para salvarlos. Es la religión de la gracia.

No hay peligro de que de este modo se caiga en el «quietismo», olvidando el compromiso por la adquisición de las virtudes. La Escritura y la experiencia no dejan escapatoria sobre este punto: el signo más cierto de la presencia del Espíritu de Cristo no son los carismas, sino los «frutos del Espíritu».

La RC debe, más bien, cuidarse de otro peligro: lo que san Pablo reprocha a los Gálatas: «terminar con la carne después de haber comenzado con el Espíritu» (cf. Gál 3,3), es decir, volver a un viejo legalismo y moralismo que sería exactamente la antítesis de lo que se entiende por «Renovación».

Existe también, es cierto, el peligro opuesto de hacer de la libertad «un pretexto para vivir según la carne» (Gál 5, 13), pero ello es más fácilmente reconocible.  

En qué consiste la vida nueva en el Espíritu

Pero ahora ha llegado el momento de bajar más a lo concreto y ver en qué consiste y cómo se manifiesta la vida nueva en el Espíritu y en qué consiste la verdadera «Renovación». Nos apoyamos en san Pablo y más concretamente en su Carta a los Romanos, porque es allí donde, casi programáticamente, se exponen sus elementos constitutivos.

Una vida vivida en la ley del Espíritu

La vida nueva es, ante todo, una vida vivida «en la ley del Espíritu».

No hay ninguna condena para los que están en Cristo Jesús, porque la ley del Espíritu, que da vida en Cristo Jesús, te liberó de la ley del pecado y de la muerte (Rom 8, 1-2).

No se entiende qué significa la expresión «ley del Espíritu» si no es a partir del acontecimiento de Pentecostés. En el Antiguo Testamento existieron dos interpretaciones fundamentales de la fiesta de Pentecostés. Al comienzo, Pentecostés era la fiesta de la cosecha (cf. Núm 28,26ss), cuando se ofrecía a Dios la primicia del trigo (cf. Ex 23,16; Dt 16,9).

Pero posteriormente, y ciertamente en el tiempo de Jesús, la fiesta se había enriquecido con un nuevo significado. Era la fiesta que recordaba la entrega de la ley sobre el monte Sinaí y la alianza establecida entre Dios y su pueblo; la fiesta, en definitiva, que conmemoraba los acontecimientos descritos en Ex 19-20. «Este día de la fiesta de las semanas —dice un texto de la actual liturgia judía de Pentecostés (Shavuot)— es el tiempo del don de nuestra Torá».

Parece que san Lucas ha descrito deliberadamente la venida del Espíritu Santo con los rasgos que marcaron la teofanía del Sinaí; usa, efectivamente, imágenes que recuerdan las del terremoto y del fuego. La liturgia de la Iglesia confirma esta interpretación, desde el momento que inserta Ex 19 entre las lecturas de la vigilia de Pentecostés.

¿Qué viene a decirnos, de nuestro Pentecostés, esta aproximación? ¿Qué significa, en otras palabras, el hecho de que el Espíritu Santo desciende sobre la Iglesia precisamente en el día en que Israel recordaba el don de la ley y de la alianza?

Ya san Agustín se planteaba esta pregunta y daba la siguiente respuesta. Cincuenta días después de la inmolación del cordero en Egipto, en el monte Sinaí, el dedo de Dios escribió la ley de Dios sobre tablas de piedra, y he aquí que cincuenta días después de la inmolación del verdadero Cordero de Dios que es Cristo, de nuevo el dedo de Dios, el Espíritu Santo, escribe la ley; pero esta vez no en tablas de piedra, sino sobre las tablas de carne de los corazones[2].

Esta interpretación se basa sobre la afirmación de Pablo, que define a la comunidad de la Nueva Alianza como una «carta de Cristo, compuesta no con tinta, sino con el Espíritu del Dios viviente, no en tablas de piedra, sino en las tablas de carne de los corazones» (cf. 2 Cor 3,3).

De golpe, se iluminan las profecías de Jeremías y de Ezequiel sobre la Nueva Alianza: «Esta será la alianza que yo pactaré con la casa de Israel, después de aquellos días, dice el Señor: Pondré mi Ley en su alma, la escribiré en su corazón» (Jer 31,33). No ya sobre tablas de piedra, sino sobre corazones; no ya una ley exterior, sino una ley interior.

¿Cómo actúa, en concreto, esta nueva ley que es el Espíritu y en qué sentido se puede llamar «ley»? ¡Actúa mediante el amor! La ley nueva es lo que Jesús llama el «mandamiento nuevo» (Jn 13,34). El Espíritu Santo ha escrito la nueva ley en nuestros corazones, infundiendo en ellos el amor: «El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que se nos ha dado» (Rom 5,5).

Este amor, nos ha explicado santo Tomás, es el amor con el que Dios nos ama y con el que, al mismo tiempo, hace que nosotros podamos volverlo a amar y amar al prójimo. Es una capacidad nueva de amar.

Hay dos maneras según las cuales el hombre puede ser inducido a hacer, o a no hacer, cierta cosa: o por coacción o por atracción; la ley exterior lo induce del primer modo, por coacción, con la amenaza del castigo; el amor lo induce del segundo modo, por atracción. De hecho, cada uno es atraído por lo que ama, sin que sufra ninguna coacción desde el exterior. La vida cristiana debe ser vivida por atracción, no por coacción, por amor, no por temor.

Una vida de hijos de Dios

En segundo lugar, la vida nueva en el Espíritu es una vida de hijos de Dios. Escribe también el Apóstol:

«Todos aquellos que son guiados por el Espíritu de Dios, estos son hijos de Dios. 15 Y vosotros no habéis recibido un espíritu de esclavos para recaer en el miedo, sino que habéis recibido el Espíritu que hace hijos adoptivos, por medio del cual exclamamos: “¡Abbá! ¡Padre!” 16 El Espíritu mismo, junto a nuestro espíritu, testifica que somos hijos de Dios» (Rom 8,14-16).

Esta es una idea central del mensaje de Jesús y de todo el Nuevo Testamento. Gracias al bautismo que nos ha injertado en Cristo, hemos sido hechos hijos en el Hijo.

¿Qué puede llevar de nuevo a la Renovación Carismática a este campo? Una cosa importantísima, a saber, el descubrimiento y la toma de conciencia existencial de la paternidad de Dios que ha hecho que más de uno rompa a llorar en el momento del bautismo en Espíritu.

De derecho nosotros somos hijos por el bautismo, pero de hecho lo llegamos a ser gracias a una acción del Espíritu Santo que continúa en la vida.

Y he aquí en qué consiste la obra del Espíritu Santo. Mientras el hombre vive en el régimen del pecado, Dios, dice el Apóstol, se le presenta inevitablemente como un antagonista y como un obstáculo. Respecto del Padre celestial, hay una sorda enemistad que la ley no hace más que poner de relieve. El hombre «cae en la concupiscencia», quiere determinadas cosas.

Ambiciona el poder, el placer, la gloria y Dios se le presenta como aquel que le bloquea la carretera, oponiéndose a esos deseos con sus imperiosos: «Tú debes», «Tú no debes»: «Tú no debes desear la mujer de los otros», «Tú no debes desear las pertenencias ajenas». «Los deseos de la carne están en rebelión contra Dios, porque no se someten a su ley» (Rom 8,7). El hombre viejo está en rebelión contra su Creador y, si pudiera, querría incluso que no existiera.

Ahora vemos qué hace el Espíritu Santo en la medida en que le permitimos actuar en nosotros. Él nos abre un ojo nuevo sobre Dios, nos lo hace ver no ya como el enemigo de nuestra alegría, sino, por el contrario, como nuestro aliado, aquel que nos es realmente favorable y que por nosotros «no se reservó a su Hijo». En definitiva, el Espíritu Santo lleva, en el corazón «el amor de Dios» (Rom 5,5).

Nace el sentimiento filial. Dios, de amo se convierte en padre. Este es el momento radiante en el que se exclama, por primera vez, con todo el movimiento del corazón: ¡Abbá, Padre mío! Es uno de los efectos más frecuentes del bautismo en el Espíritu.

Recuerdo a una señora anciana de Milán que, recibido el bautismo en el Espíritu, daba vueltas diciendo a todos los que encontraba de su grupo: «¡Me siento una niña, me siento una niña! ¡He descubierto que tengo a Dios como papá!». Experimentar la paternidad de Dios significa hacer la experiencia de su amor infinito y de su misericordia.

Una vida en el señorío de Cristo

Finalmente, la vida nueva es una vida en el señorío de Cristo. Escribe el Apóstol: Si con tu boca proclamas: «¡Jesús es el Señor!», y con tu corazón crees que Dios lo resucitó de entre los muertos, serás salvo» (Rom 10,9).

Y de nuevo poco después en la misma Carta: 7 Ninguno de nosotros, en efecto, vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo, 8 porque si vivimos, vivimos para el Señor, si morimos, morimos para el Señor. En la vida y en la muerte somos del Señor. 9 Para esto murió y resucitó Cristo: para ser el Señor de vivos y muertos (Rom 14,7-9).

Este especial conocimiento de Jesús es obra del Espíritu Santo: «Nadie puede decir: “¡Jesús es el Señor!”, si no es bajo la acción del Espíritu Santo» (1 Cor 12,3). El don más evidente que yo recibí con ocasión de mi bautismo en el Espíritu fue el descubrimiento del señorío de Cristo.

Hasta entonces yo era un estudioso de cristología, dictaba cursos y escribía libros sobre las doctrinas cristológicas antiguas; el Espíritu Santo me convirtió desde la cristología a Cristo. Qué emoción al escuchar en julio de 1977, en el estadio de Kansas City, a 40 mil creyentes de diversas denominaciones cristianas cantar: «He’s Lord, He is Lord. He’s risen from the dead and is Lord. Every shall bow every tongue confess that Jesus Christ is Lord». 

Para mí, todavía observador externo de la Renovación, aquel canto tenía resonancias cósmicas, cuestionaba lo que está en los cielos, en la tierra y en los abismos. ¿Por qué no repetir, en una ocasión como esta, aquella experiencia y proclamar juntos, en el canto, el señorío de Cristo…? Cantémoslo en inglés los que lo sepan…

¿Qué hay de especial, en la proclamación de Jesús como Señor, que la hace tan distinta y determinante? Que con ella no se hace sólo una profesión de fe, sino que se toma una decisión personal. Quien la pronuncia, decide el sentido de su vida. Es como si dijera: «Tú eres mi Señor; yo me someto a ti, yo te reconozco libremente como mi salvador, mi cabeza, mi maestro, aquel que tiene todos los derechos sobre mí. Te cedo con alegría las riendas de mi vida».

Este redescubrimiento luminoso de Jesús como Señor es quizás la gracia más hermosa que, en nuestros tiempos, Dios ha otorgado a su Iglesia a través de la RC. Al comienzo la proclamación de Jesús como Señor (Kyrios) fue, para la evangelización, lo que es la reja para el arado: esa especie de espada que primero surca el terreno y permite que el arado trace el surco.

En este punto intervino lamentablemente un cambio en el tránsito del ambiente judío al helénico. En el mundo judío el título Adonai, Señor, por sí solo, bastaba para proclamar la divinidad de Cristo. Y de hecho, con él, el día de Pentecostés, Pedro proclama al mundo a Jesucristo: «Sepa con certeza toda la casa de Israel que Dios ha constituido Señor y Mesías a aquel Jesús que vosotros habéis crucificado» (Hch 2, 36).

En la predicación a los paganos ese título ya no era suficiente. Muchos, a partir del emperador romano, se hacían llamar señores. Lo observa con tristeza el Apóstol: «Hay muchos dioses y muchos señores, pero para nosotros solo hay un Señor, Jesucristo» (cf. 1 Cor 8,5-6).

Ya en el siglo III el título de Señor no se comprende en su significado kerigmático; es considerado el título propio de quien todavía está en el estadio del «siervo» y del miedo, inferior, por tanto, al título de Maestro, que es propio del «discípulo« y del amigo[3].

Se sigue ciertamente hablando de Jesús «Señor», pero se ha convertido en un título como los demás, incluso más a menudo uno de los elementos del nombre completo de Cristo: «Nuestro Señor Jesucristo». Pero una cosa es decir «nuestro Señor Jesucristo» y otra decir: «¡Jesucristo es nuestro Señor!» (con exclamación).

¿Dónde está, en todo esto, el salto cualitativo que el Espíritu Santo nos impulsa a hacer en el conocimiento de Cristo? ¡Está en el hecho de que la proclamación de Jesús Señor es la puerta que introduce en el conocimiento de Cristo resucitado y vivo!

No ya un Cristo personaje, sino persona; no ya un conjunto de tesis, de dogmas (y de las correspondientes herejías), no ya solo objeto de culto y de memoria, sino realidad viviente en el Espíritu. Entre este Jesús vivo y el de los libros y las discusiones doctas sobre él, corre la misma diferencia que entre el cielo verdadero y un cielo dibujado en una hoja de papel.

Si queremos que la nueva evangelización no quede en un piadoso deseo, debemos poner la «reja» delante del arado, el kerygma delante de la parénesis.

La común experiencia del señorío de Cristo es también lo que más empuja a la unidad de los cristianos, como vemos que ocurre también aquí entre nosotros. Una de las tareas prioritarias de CHARIS, según las indicaciones del Santo Padre, es precisamente la de promover con todos los medios esta unidad entre todos los creyentes en Cristo, el respeto recíproco de la propia identidad.  

Una corriente de gracia para toda la Iglesia

Creo que a estas alturas está claro por qué decimos que la Renovación Carismática es una corriente de gracia para toda la Iglesia. Todo lo que la Palabra de Dios nos ha revelado sobre la vida nueva en Cristo —una vida vivida según la ley del Espíritu, una vida como hijos de Dios y una vida en el señorío de Cristo—, todo esto no es más que la sustancia de la vida y de la santidad cristianas.

Es la vida bautismal actuada en plenitud, es decir, no sólo pensada y creída, sino vivida y propuesta, y no a algunas almas privilegiadas solamente, sino para todo el pueblo santo de Dios. Una de las máximas que le gustan al papa Francisco es que «la realidad es superior a la idea» [4], y que lo vivido es superior a lo pensado.

Creo que la Renovación Carismática puede ser (y en parte ha sido) de gran ayuda para hacer pasar las grandes verdades de la fe desde lo pensado a lo vivido, para hacer pasar el Espíritu Santo de los libros de teología a la experiencia de los creyentes.

San Juan XXIII concibió el Concilio Vaticano como la ocasión para un «nuevo Pentecostés» para la Iglesia. El Señor ha respondido a esta oración del Papa más allá de toda expectativa. Pero, ¿qué significa «un nuevo Pentecostés»? No puede consistir sólo en una nueva floración de carismas, de ministerios, de señales y prodigios, en una bocanada de aire fresco en el rostro de la Iglesia.

Estas cosas son el reflejo y el signo de algo más profundo. Un nuevo Pentecostés, para ser verdaderamente tal, debe suceder en la profundidad que el Apóstol nos ha revelado; debe renovar el corazón de la Esposa, no sólo su vestido.

Sin embargo, para ser la corriente de gracia que hemos descrito, la Renovación Carismática necesita renovarse ella misma y a esto quiere contribuir la creación de Charis. «No pienses —escribió Orígenes en el siglo III— que basta ser renovados una sola vez; hay que renovar la misma novedad: “Ipsa novitas innovanda est”» [5].

No hay que asombrarse de ello. Es lo que sucede en cada proyecto de Dios en el momento en que se pone en manos del hombre.

Inmediatamente después de mi adhesión a la Renovación, un día, en oración, me impactaron algunos pensamientos. Me parecía intuir lo que el Señor estaba haciendo de nuevo en la Iglesia; cogí un folio y una pluma y escribí algunos pensamientos sobre los que yo mismo me asombraba, poco en ellos era fruto de mi reflexión.

Se encuentran impresos en mi libro La sobria embriaguez del Espíritu [6], pero me permito compartirlos de nuevo con vosotros porque me parece que es el punto desde el que debemos volver a empezar.

El Padre quiere glorificar a su Hijo Jesucristo sobre la tierra de modo nuevo, con una nueva invención. El Espíritu Santo es encargado de esta glorificación, porque está escrito: «Él me glorificará y tomará de lo mío». Una vida cristiana consagrada enteramente a Dios, sin fundador, ni regla, ni congregación nuevos. Fundador: ¡Jesús! Regla: ¡El Evangelio interpretado por el Espíritu Santo! Congregación: ¡La Iglesia!

No preocuparse del mañana, no querer hacer cosas que queden, no querer poner en marcha organismos reconocidos que se perpetúen con sucesores… Jesús es un Fundador que no muere nunca, por tanto no necesita de sucesores. Hay que dejarle hacer siempre cosas nuevas, también mañana. ¡El Espíritu Santo está también mañana en la Iglesia! 

II.- Segunda parte: «Carismático»

 Ahora ha llegado el momento de pasar a la segunda parte de mi discurso que será mucho más corta: ¿Qué añade el adjetivo «Carismático» al nombre de «Renovación»?

Pero antes siento el deber de concederos una breve pausa para interrumpir el esfuerzo de escuchar y para desentumecer las piernas. Lo hacemos cantando la primera estrofa del canto con el que los hermanos de lengua española proclaman el señorío de Cristo: «Vive Jesús el Señor»

En primer lugar, es importante decir que «carismático» debe seguir siendo un adjetivo y que no se convierta nunca en un sustantivo. En otras palabras, se debe evitar absolutamente por nuestra parte, el uso de la expresión «los carismáticos» para indicar a las personas que han hecho la experiencia de la Renovación.

Si acaso empléese la expresión «cristianos renovados», no carismáticos. El uso de este nombre suscita justamente resentimiento porque crea discriminación entre los miembros del Cuerpo de Cristo, como si algunos estuvieran dotados de carismas y otros no.

Yo no quiero hacer aquí una enseñanza sobre los carismas de los cuales se tienen muchas ocasiones de hablar. Mi intención es mostrar cómo, incluso en cuanto realidad carismática, la Renovación es una corriente de gracia destinada a toda la Iglesia. Para ilustrar esta afirmación es necesario dirigir una rápida mirada a la historia de los carismas en la Iglesia.

El redescubrimiento de los carismas en el Vaticano II

¿Qué sucedió, en realidad, a los carismas después de su tumultuosa aparición en los comienzos de la Iglesia? Los carismas no desaparecieron tanto de la vida de la Iglesia, cuanto de su teología.

Si recorremos la historia de la Iglesia, teniendo en mente las diversas listas de carismas del Nuevo Testamento, debemos concluir que, a excepción quizá de «hablar en lenguas» y de la «interpretación de las lenguas», ninguno de los carismas se ha perdido del todo.

La historia de la Iglesia está llena de evangelizadores carismáticos, de dones de sabiduría y de ciencia (baste pensar en los doctores de la Iglesia), de historias de curaciones milagrosas, de hombres dotados de espíritu de profecía, o de discernimiento de los espíritus, por no hablar de dones como visiones, arrebatos, éxtasis, iluminaciones, también ellos enumerados entre los carismas.

Entonces, ¿dónde está la novedad que nos permite hablar de un despertar de los carismas en nuestra época? ¿Qué estaba ausente antes? Los carismas, desde su marco propio de utilidad común y de la «organización de la Iglesia», fueron progresivamente circunscritos al ámbito privado y personal. Ya no entraban en la constitución de la Iglesia.

En la vida de la primitiva comunidad cristiana los carismas no eran hechos privados, eran lo que, unidamente a la autoridad apostólica, delineaban la fisonomía de la comunidad. Apóstoles y profetas eran las dos fuerzas que, juntamente, dirigían a la comunidad.

Muy pronto el equilibrio entre las dos instancias —la del cargo y la del carisma— se rompe en beneficio del cargo. El carisma es otorgado ahora con la ordenación y vive con él. Un elemento determinante fue el surgimiento de las primeras falsas doctrinas, especialmente de las gnósticas. Fue este hecho el que inclinó cada vez más la aguja de la balanza hacia los que detentaban el cargo, los pastores.

Otro hecho fue la crisis del movimiento profético difundido por Montano en Asia Menor en el siglo II que sirvió para desprestigiar aún más un cierto tipo de entusiasmo carismático colectivo.

De este hecho fundamental se derivan todas las consecuencias negativas sobre los carismas. Los carismas marginados de la vida de la Iglesia. Se tiene noticia, todavía durante algún tiempo, de persistencia, aquí y allá, de algunos de ellos.

San Ireneo, por ejemplo, dice que todavía existen en su tiempo «muchos hermanos de la Iglesia que tienen carismas proféticos, hablan todas las lenguas, manifiestan los secretos de los hombres en ventaja propia y explican los misterios de Dios» [7].

Pero es un fenómeno que se va agotando. Desaparecen sobre todo aquellos carismas que tenían como terreno de ejercicio, el culto y la vida de la comunidad: el hablar inspirado y la glosolalia, los llamados carismas pentecostales. La profecía viene a reducirse al carisma del magisterio de interpretar la revelación auténtica e infaliblemente. (Esta era la definición de la profecía en los tratados de eclesiología que se estudiaban en mi época).

Se intenta justificar esta situación incluso teológicamente. Según una teoría a menudo repetida desde san Juan Crisóstomo en adelante, hasta la víspera del Vaticano II, ciertos carismas habrían sido reservados a la Iglesia en su «estado naciente», pero posteriormente habrían «cesado», como ya no necesarios para la economía general de la Iglesia [8].

Otra consecuencia inevitable es la clericalización de los carismas. Vinculados a la santidad personal, terminan por estar asociados casi siempre a los representantes habituales de esta santidad: pastores, monjes, religiosos. Del ámbito de la eclesiología, los carismas pasan al de la hagiografía, es decir, al estudio de la vida de los santos.

El lugar de los carismas lo toman los «Siete dones del Espíritu» que al principio (en Isaías 11) y hasta la Escolástica, no eran más que una categoría particular de carismas, los prometidos al rey mesiánico y posteriormente a aquellos que tienen la tarea del gobierno pastoral.

Esta es la situación que el Concilio Vaticano II quiso remediar. En uno de los documentos más importantes del Vaticano II leemos el conocido texto:

«El Espíritu Santo no sólo santifica y dirige el Pueblo de Dios mediante los sacramentos y los misterios y le adorna con virtudes, sino que también distribuye gracias especiales entre los fieles de cualquier condición, distribuyendo a cada uno según quiere (1 Cor 12,11) sus dones, con los que les hace aptos y prontos para ejercer las diversas obras y deberes que sean útiles para la renovación y la mayor edificación de la Iglesia, según aquellas palabras: «A cada uno… se le otorga la manifestación del Espíritu para común utilidad» (1 Cor 12,7). Estos carismas, tanto los extraordinarios como los más comunes y difundidos, deben ser recibidos con gratitud y consuelo» [9].

Este texto no es una nota marginal dentro de la eclesiología del Vaticano II; es su coronamiento. Es el modo más claro y explícito de afirmar que junto a la dimensión jerárquica e institucional, la Iglesia tiene una dimensión neumática y que la primera está en función y al servicio de la segunda.

No es el Espíritu el que está al servicio de la institución, sino la institución al servicio del Espíritu. No es cierto, como hacía notar polémicamente, el gran eclesiólogo del siglo XIX Johannes Adam Möhler, que «Dios ha creado la jerarquía y así ha provisto más que suficientemente a las necesidades de la Iglesia hasta el fin del mundo» [10].

Jesús ha confiado su Iglesia a Pedro y a los demás Apóstoles, pero la ha confiado antes todavía al Espíritu Santo: «Él os enseñará, él os guiará a la verdad, él tomará de lo mío y os lo dará…» (cf. Jn 16, 4-15).

A estas alturas, celebrado el Concilio y recogidos en un volumen sus decretos, el peligro de marginar los carismas se presentaba bajo otra forma, no menos peligrosa: la de permanecer como un hermoso documento que los estudiosos no se cansan de estudiar y los predicadores de citar.

El Señor ha obviado, él mismo, este peligro haciendo ver con los propios ojos, a aquel que había deseado fuertemente ese texto sobre los carismas, que ellos habían vuelto no solo a la teología, sino también a la vida del pueblo de Dios.

Cuando, por primera vez, en 1973, el cardinal Leo Suenens, oyó hablar de la Renovación Carismática Católica, aparecida en los Estados Unidos, estaba escribiendo un libro titulado El Espíritu Santo, fuente de nuestras esperanzas [11], y esto es lo que relata en sus memorias:

«Dejé de escribir el libro. Pensé que era una cuestión de la más elemental coherencia prestar atención a la acción del Espíritu Santo, por lo que ella pudiera manifestar de manera sorprendente. Estaba particularmente interesado por la noticia del despertar de los carismas, puesto que el Concilio había invocado un despertar semejante».

Y esto es lo que escribió después de haber constatado con sus propios ojos lo que estaba sucediendo en la Iglesia:

«De repente, san Pablo y los Hechos de los apóstoles parecía que se hacían vivos y se convertían en parte del presente; lo que era auténticamente verdadero en el pasado, parece suceder de nuevo ante nuestros ojos. Es un descubrimiento de la verdadera acción del Espíritu Santo que está siempre a la obra, como Jesús mismo prometió. Él mantiene su palabra. Es de nuevo una explosión del Espíritu de Pentecostés, una alegría que se había hecho desconocida para la Iglesia» [12].

Ahora está claro, creo, por qué digo que también como realidad carismática, la Renovación es una corriente de gracia destinada y necesaria para toda la Iglesia. Es la misma Iglesia la que, en el Concilio, lo ha definido. Sólo queda pasar por la definición de la actuación, de los documentos a la vida. Y este es el servicio que CHARIS, en total continuidad con la RCC del pasado, está llamada a realizar en la Iglesia.

No se trata sólo de fidelidad al Concilio, sino de fidelidad a la misión misma de la Iglesia. Los carismas, se lee en el texto conciliar, son «útiles para la renovación y la mayor expansión de la Iglesia». (Quizás habría sido más correcto escribir «necesarios», en lugar de «útiles»). La fe, hoy como en el tiempo de Pablo y de los Apóstoles, no se transmite «con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con la manifestación del Espíritu y su potencia» (cf. 1 Cor 2,4-5; 1 Tes 1,5).

Si un tiempo, en un mundo convertido, al menos oficialmente, en «cristiano», se podía pensar que ya no había necesidad de carismas, de signos y prodigios, como al comienzo de la Iglesia, hoy ya no. Hemos vuelto a estar más cercanos al tiempo de los apóstoles que al de san Juan Crisóstomo. Ellos debían anunciar el Evangelio a un mundo pre-cristiano; nosotros, al menos en Occidente, a un mundo post-cristiano.

He dicho hasta aquí que la RC es una corriente de gracia necesaria para toda la Iglesia Católica. Debo añadir que lo es doblemente para algunas Iglesias nacionales que desde hace tiempo asisten a una dolorosa hemorragia de sus propios fieles hacia otras realidades carismáticas.

Es sabido que uno de los motivos más comunes de dicho éxodo es la necesidad de una expresión de la fe que responda más a la propia cultura: con más espacio dado a la espontaneidad, a la alegría y al cuerpo; una vida de fe en la que la religiosidad popular sea un valor añadido y no un sustituto del señorío de Cristo.

Se hacen análisis pastorales y sociológicos del fenómeno y se proponen remedios, pero hay dificultades para darse cuenta de que el Espíritu Santo ya ha provisto, de forma grandiosa, a esta necesidad. Ya no se puede seguir viendo la RCC como parte del problema del éxodo de los católicos, en lugar de la solución del problema.

Para que este remedio sea realmente eficaz no basta, sin embargo, que los pastores aprueben y animen a la RC, permaneciendo cuidadosamente fuera. Es necesario acoger en la propia vida la corriente de gracia. A esto nos empuja el ejemplo del Pastor de la Iglesia universal, también con la creación de Charis.

No pretendo extenderme más sobre el tema carismas y evangelización. De ello nos ha hablado nuestro querido coordinador Jean-Luc y nos hablará en breve, Mary Healy que, sobre este tema, además de una excelente formación teológica, posee también una notable experiencia madurada en el tajo diario. Yo termino con una reflexión sobre el ejercicio de los carismas.

Aludo a algunas de las actitudes o virtudes que más directamente contribuyen a mantener sano el carisma y a hacer que sirva «para la utilidad común». La primera virtud es la obediencia. Hablamos, en este caso, de obediencia, sobre todo a la institución, a quien ejerce el servicio de la autoridad.

Los verdaderos profetas y carismáticos, en la historia de la Iglesia católica también recientemente, han sido los que han aceptado morir a sus certezas, obedeciendo y callando, antes de ver que sus propuestas y críticas eran acogidas por la institución. Los carismas sin la institución están abocados al caos; la institución sin los carismas es abocada al inmovilismo.

La institución no mortifica el carisma, pero es la que asegura al carisma un futuro y también un… pasado. Es decir, lo preserva de agotarse en un fuego de paja, y pone a su disposición toda la experiencia del Espíritu acumulada por las generaciones anteriores.

Es una bendición de Dios que el despertar carismático en la Iglesia católica haya nacido con un fuerte impulso a la comunión con la jerarquía y que el magisterio pontificio haya reconocido en él «una oportunidad para la Iglesia» y «los primeros signos de una gran primavera para la cristiandad» [13].

Esta obediencia nos debería ser mucho más fácil y debida hoy que la autoridad suprema de la Iglesia no se limita a alabar y animar a la corriente de gracia del RC, sino que ha trasladado con toda evidencia la causa y la propone con insistencia a toda la Iglesia.

Otra virtud vital para un uso constructivo de los carismas es la humildad. Los carismas son operaciones del Espíritu Santo, chispas del fuego mismo de Dios confiadas a los hombres. ¿Cómo se hace para no quemarse las manos con él? Esta es la tarea de la humildad. Ella permite a esta gracia de Dios que pase y circule dentro de la Iglesia y dentro de la humanidad, sin dispersarse o contaminarse.

La imagen de la «corriente de gracia» que se dispersa en la masa, se inspira claramente en al mundo de la electricidad. Pero paralela a la técnica de la electricidad está la técnica del aislante. Cuanto más alta es la tensión y potente la corriente eléctrica que pasa a través de un cable, más resistente debe ser el aislante que impida a la corriente provocar cortocircuitos.

La humildad es, en la RC y en la vida espiritual en general, el gran aislante que permite que la corriente divina de la gracia pase a través de una persona sin disiparse, o, peor aún, provocar llamas de orgullo y de rivalidad.

Jesús ha introducido el Espíritu en el mundo humillándose y haciéndose obediente hasta la muerte; nosotros podremos contribuir a difundir al Espíritu Santo en la Iglesia del mismo modo: siendo humildes y obedientes hasta la muerte, la muerte de nuestro «yo» y del hombre viejo que habita en nosotros.

Como asistente eclesiástico, he intentado dar, con esta enseñanza, mi contribución para una correcta visión de la RC en la historia y en el presente de la Iglesia. Sin embargo, serán el moderador y los componentes del Comité Internacional los que deberán sostener el peso mayor de este nuevo comienzo. A todos ellos expreso mi amistad fraterna y mi incondicional colaboración, mientras el Señor me dé aún la fuerza de hacerlo.

La carta a los Hebreos recomendaba a los primeros cristianos: «Acordaos de vuestros jefes, los cuales os han anunciado la palabra de Dios» (Heb 13,7).

Nosotros debemos hacer lo mismo, recordando con afecto y gratitud a aquellos que vivieron y promovieron los primeros el nuevo Pentecostés: Patti Mansfield, Ralph Martin, Steve Clark, Kevin y Dorothy Ranagan y todos los demás que posteriormente han servido a la RCC en el ICCRS, en la Catholic Fraternity y en otros órganos de servicio.

Termino con una palabra profética que proclamé la primera vez que me encontré predicando en presencia de san Juan Pablo II. Es la palabra que el profeta Ageo dirigió a los jefes y al pueblo de Israel en el momento en que se disponían a reconstruir el templo:

Ahora, sé valiente, Zorobabel —oráculo del Señor—, se valiente, Josué, hijo de Josadac, sumo sacerdote; se valiente, pueblo entero del país —oráculo del Señor— y a trabajar, porque yo estoy con vosotros» (Ag 2,4).

¡Sed valientes, Jean-Luc y miembros del comité, sed valientes, pueblo todo de la RCC y a trabajar porque yo estoy con vosotros, dice el Señor!»

©Traducido del original italiano por Pablo Cervera Barranco

[1] Cf. Santo Tomás de Aquino, Comentario de la Carta a los Romanos, cap. V, lect.1, n. 392.

[2] Cf. San Agustín, De Spiritu et littera, 16,28; Sermo Mai 158,4: PLS 2,525.

[3] Cf. Orígenes, Comentario a Juan, I, 29: SCh 120, 158.

[4] Evangelii gaudium, 169.

[5] Cf. Orígenes, In Rom. 5,8; PG 14, 1042.

[6] R. Cantalamessa, La sobria embriaguez del Espíritu (servicio de publicaciones de la R.C.C.E., Madrid 2010).

[7] Cf. S. Ireneo, contra las herejías, V, 6,1.

[8] Cf. F. Lambiasi, Lo Spíritu Santo: mistero e presenza (Bolonia 1987) 278s.

[9] Lumen gentium, 12.

[10] J. A. Möhler, en Tübinger Theologische Quartalschrift 5 (1823) 497.

[11] Recogido en L.J. SuenensEl Espíritu Santo, aliento vital de la Iglesia (Edicep, Valencia 2011).

[12] Leo-Joseph Suenens, Memories and Hopes (Veritas, Dublín 1992) 267 [trad. esp. Recuerdos y esperanzas (Edicep, Valencia 2000)].

[13] Así, respectivamente, Pablo VI en una alocución del 19 de mayo de 1975 (Insegnamenti di Paolo VI, vol. XIII, p. 538) y Juan Pablo II, en L’Osservatore Romano del 14 noviembre de 1996, p.8.

https://www.religionenlibertad.com/vaticano/108422398/La-Renovacion-Carismatica-para-toda-la-Iglesia-textos-completos-del-P-Cantalamessa-en-el-Vaticano.html?fbclid=IwAR3-PiUzIhu2XWh7tBVR4osVuM3FCgwy0rr04MLqr7kEsIiTnlr_LwaDzDg


Éstas son las ‘claves pastorales’ que el Papa ofreció a los obispos argentinos

junio 11, 2019

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El Papa con obispos argentinos en Visita ad límina

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Éstas son las ‘claves pastorales’ que el Papa ofreció a los obispos argentinos

“Sean hombres de oración, que sean hombres que tengan siempre la oración como lo principal en sus vidas”

El Papa invitó “profundamente a los obispos a vivir también el trabajo por la cultura del encuentro, tan necesaria en nuestro país”

El encuentro que el papa Francisco mantuvo hace un mes con los obispos argentinos de la región Buenos Aires, que integran el segundo grupo en visita ad límina, se dio en un clima de “fraternidad, diálogo y cercanía” y en el que los prelados pudieron profundizar con su compatriota el Pontífice varios temas que hacen a la realidad pastoral de la Argentina.

En declaraciones a AICA, el director de la Oficina de Comunicación de la Conferencia Episcopal Argentina (CEA), presbítero Máximo Jurcinovic, detalló los puntos abordados en la audiencia de más de dos horas de los obispos con el Santo Padre.

El portavoz episcopal dijo que por su conocimiento de la arquidiócesis de Buenos Aires, de la que fue pastor antes de su elección pontificia, y de las diócesis de la región metropolitana, Francisco pudo “alentar y acompañar en muchísimos de los desafíos pastorales que los obispos le fueron presentando”.

“Los obispos también le comentaron la importancia de esta visita ad límina, porque en los dicasterios han visto que se ha aceptado mucho la creatividad de la Conferencia Episcopal, al plantearles los distintos caminos pastorales de la Argentina”, puntualizó, y agregó: “Han visto la visita a los dicasterios como un lugar para poder compartir, para poder expresarse, para poder ser fieles a aquello que la Iglesia hoy nos pide”.

La necesidad de profundas cercanías

El sacerdote destacó que el Papa les habló a los obispos porteños y bonaerenses de la necesidad de que haya “profundas cercanías”, y entre otras enumeró: “Cercanía con los curas, cercanía con los pobres, cercanía con los jóvenes”. 

Asimismo, indicó que el Pontífice les pidió a los obispos que “sean hombres de oración, que sean hombres que tengan siempre la oración como lo principal en sus vidas”.

Y añadió: “También les habló de la sinodalidad, de esta necesaria experiencia que tiene que atravesar la Iglesia de hoy, de poder entrar en diálogo para discernir claramente los valores del Evangelio en esta sociedad y poder hacer más eficaz lo que significa la evangelización”.

Los fieles deben sostener a la Iglesia

En otro momento del intercambio, contó el vocero episcopal, Francisco destacó la figura del fallecido monseñor Carmelo Giaquinta, quien fue el primero en impulsar desde el episcopado los trabajos para la reforma económica de la Iglesia a través del Plan Compartir.

En este sentido, precisó, el Papa animó a los obispos a “seguir llevando adelante este trabajo de la reforma económica, para poder crecer en la conciencia de que a la Iglesia la tienen que mantener sus fieles”.

El sacerdote subrayó que al profundizar sobre el tema, el Papa les repitió: “La Iglesia necesita seguir avanzando en este camino de sostenerse por sus propios fieles”.

Laudato si’ y cultura del encuentro

El portavoz episcopal indicó que, en otro momento del encuentro, Francisco hizo hincapié en “el importante desafío de seguir ahondando en el camino y la enseñanza de la encíclica Laudato si’”. “La ecología es una problemática universal que también debe tener su eco en la Iglesia argentina”, les recordó.

El padre Jurcinovic dijo que el Papa invitó “a los obispos a vivir también el trabajo por la cultura del encuentro, tan necesaria en nuestro país. Una cultura del encuentro que abarque todo el país”. En este punto, dijo, el Pontífice “manifestó la necesidad de seguir creciendo en una Argentina cada día más federal y con los obispos siendo servidores de esa cultura del encuentro”.

El ejemplo de Enrique Shaw

“El papa Francisco compartió esta necesidad de seguir buscando ejemplos que pudieran ayudar a vivir una economía social de mercado, y ahí él puso la imagen de Enrique Shaw, como alguien que pudo vivir esta dimensión de buscar una economía que pueda tener los principios del Evangelio”, indicó el sacerdote.

El vocero episcopal consignó, además, que el Papa pidió a los obispos “fortalecer su presencia cercana a las familias, para iluminar y acompañar el camino de la vida de las familias, estar atento y presente en sus necesidades, tanto ellos como los sacerdotes”.

“También compartieron el tema de las vocaciones sacerdotales, y la necesidad de poder seguir acompañando con el testimonio a los jóvenes, para que puedan vivir la fe con alegría y ellos mismos ser los obispos testigos de esta alegría”.


El maná de cada día, 11.6.19

junio 11, 2019

San Bernabé, apóstol

Patrón de Logroño, La Rioja.
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San Bernabé, apóstol

San Bernabé, apóstol



Antífona de entrada: Hch 11, 24

Dichoso este santo que mereció ser contado entre los apóstoles, pues era hombre de bien, lleno de Espíritu Santo y de fe.


Oración colecta

Señor, tu mandaste que san Bernabé, varón lleno de fe y de Espíritu Santo, fuera designado para llevar a las naciones tu mensaje de salvación; concédenos, te rogamos, que el Evangelio de Cristo, que él anunció con tanta firmeza, sea siempre proclamado en la Iglesia con fidelidad, de palabra y de obra. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: Hechos de los apóstoles 11, 21b-26;13,1-3

En aquellos días, gran número creyó y se convirtió al Señor.

Llegó noticia a la Iglesia de Jerusalén, y enviaron a Bernabé a Antioquía; al llegar y ver la acción de la gracia de Dios, se alegró mucho, y exhortó a todos a seguir unidos al Señor con todo empeño; como era hombre de bien, lleno de Espíritu Santo y de fe, una multitud considerable se adhirió al Señor.

Más tarde, salió para Tarso, en busca de Saulo; lo encontró y se lo llevó a Antioquía. Durante un año fueron huéspedes de aquella Iglesia e instruyeron a muchos.

Fue en Antioquía donde por primera vez llamaron a los discípulos cristianos. En la Iglesia de Antioquia había profetas y maestros: Bernabé, Simeón, apodado el Moreno, Lucio el Cireneo, Manahén, hermano de leche del virrey Herodes, y Saulo.

Un día que ayunaban y daban culto al Señor, dijo el Espíritu Santo: «Apartadme a Bernabé y a Saulo para la misión a que los he llamado.» Volvieron a ayunar y a orar, les impusieron las manos y los despidieron.


SALMO 97,1.2-3ab.3c-4.5-6

El Señor revela a las naciones su justicia.

Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas: su diestra le ha dado la victoria, su santo brazo.

El Señor da a conocer su victoria, revela a las naciones su justicia: se acordó de su misericordia y su fidelidad en favor de la casa de Israel.

Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios. Aclama al Señor, tierra entera; gritad, vitoread, tocad.

Tañed la citara para el Señor, suenen los instrumentos: con clarines y al son de trompetas, aclamad al Rey y Señor.


Aclamación antes del Evangelio: Mt 5, 16

Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo.


EVANGELIO: Mateo 10, 7-13

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles:

«ld y proclamad que el reino de los cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios. Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis. No llevéis en la faja oro, plata ni calderilla; ni tampoco alforja para el camino, ni túnica de repuesto, ni sandalias, ni bastón; bien merece el obrero su sustento.

Cuando entréis en un pueblo o aldea, averiguad quién hay allí de confianza y quedaos en su casa hasta que os vayáis. Al entrar en una casa, saludad; si la casa se lo merece, la paz que le deseáis vendrá a ella. Si no se lo merece, la paz volverá a vosotros.»


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San Bernabé, apóstol

Nacido en la isla de Chipre, fue uno de los primeros fieles de Jerusalén, predicó en Antioquía y acompañó a Pablo en su primer viaje. Intervino en el Concilio de Jerusalén. Volvió a su patria, predicó el Evangelio y allí murió.

 

VOSOTROS SOIS LA LUZ DEL MUNDO

De los tratados de san Cromacio, obispo,
sobre el evangelio de san Mateo

Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa. El Señor llamó a sus discípulos sal de la tierra, porque habían de condimentar con la sabiduría del cielo los corazones de los hombres, insípidos por obra del diablo.

Ahora les llama también luz del mundo, porque, después de haber sido iluminados por el, que es la luz verdadera y eterna, se han convertido ellos mismos en luz que disipa las tinieblas.

Siendo él el sol de justicia, llama con razón a sus discípulos luz del mundo; a través de ellos, como brillantes rayos, difunde por el mundo entero la luz de su conocimiento. En efecto, los apóstoles, manifestando la luz de la verdad, alejaron del corazón de los hombres las tinieblas del error.

Iluminados por éstos, también nosotros nos hemos convertido en luz, según dice el Apóstol: En otro tiempo erais tinieblas, ahora sois luz en el Señor; caminad como hijos de la luz e hijos del día; no lo sois de la noche ni de las tinieblas.

Con razón dice san Juan en su carta: Dios es luz, y quien permanece en Dios está en la luz, como él está en la luz. Nuestra alegría de vernos libres de las tinieblas del error debe llevarnos a caminar como hijos de la luz.

Por eso dice el Apóstol: Brilláis como lumbrera del mundo, ­mostrando una razón para vivir. Si no obramos así, es como si, con nuestra infidelidad, pusiéramos un velo que tapa y oscurece esta luz tan útil y necesaria, en perjuicio nuestro y de los demás. Ya sabemos que aquel que recibió un talento y prefirió esconderlo antes que negociar con él para conseguir la vida del cielo, sufrió el castigo justo.

Por eso la esplendorosa luz que se encendió para nuestra salvación debe lucir constantemente en nosotros. Tenemos la lámpara del mandato celeste y de la gracia espiritual, de la que dice David: Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero. De ella dice también Salomón: El precepto de la ley es una lámpara.

Esta lámpara de la ley y de la fe no debe nunca ocultar­se, sino que debe siempre colocarse sobre el candelero de la Iglesia para la salvación de muchos; así podremos alegrarnos con la luz de su verdad y todos los creyentes serán iluminados.

Oración

Señor, tú mandaste que san Bernabé, varón lleno de fe y de Espíritu Santo, fuera designado para llevar a las naciones tu mensaje de salvación; concédenos, te rogamos, ­que el Evangelio de Cristo, que él anunció con tanta firmeza, sea siempre proclamado en la Iglesia con fidelidad, de palabra y de obra. Por nuestro Señor Jesucristo.

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La pobreza en la Iglesia nos vuelve testigos y no empresarios
Papa Francisco en la misa del martes 11 de junio de 2013, en Santa Marta

Por Redacción

ROMA, 11 de junio de 2013 (Zenit.org) – El evangelio es proclamado con sencillez y generosidad: es lo que ha subrayado esta mañana el papa durante la misa celebrada en la Casa Santa Marta. El papa también reiteró que, en la Iglesia, el testimonio de la pobreza nos salva de convertirnos en meros organizadores de las obras.

Y advirtió que cuando queremos hacer una “Iglesia rica”, la Iglesia “envejece”, “no tiene vida”. A la misa –concelebrada, entre otros, por el arzobispo Gerhard Ludwig Müller, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe–, asistieron presbíteros y empleados de dicho dicasterio.

Dar gratuitamente

“No procurarse ni oro ni plata, ni dinero en sus carteras”. Así ha desarrollado Francisco su homilía, partiendo de la exhortación dirigida por Jesús a los apóstoles, enviados a proclamar el Reino de Dios. Un anuncio –ha dicho–, que el Señor “quiere que hagamos con simplicidad”. Esa simplicidad “que da paso a la fuerza de la Palabra de Dios”, porque si los apóstoles no habrían tenido “confianza en la Palabra de Dios”, “tal vez hubieran hecho otra cosa”.

El papa por lo tanto ha identificado la “palabra clave” del encargo dado por Jesús: “Han recibido gratuitamente, dénlo gratuitamente”. Todo es gracia, añadió, y “cuando lo que queremos es actuar en un modo en que la gracia” es “dejada un poco de lado, el evangelio no es eficaz”:

“La predicación del evangelio nace de la gratuidad, del asombro de la salvación que viene, y aquello que me dieron de forma gratuita, tengo que darlo de forma gratuita. Y desde el inicio aquello fue así. San Pedro no tenía una cuenta bancaria, y cuando tuvo que pagar impuestos, el Señor lo envió al mar para pescar y encontrar la moneda dentro del pescado, para pagar. Felipe, cuando se encontró con el ministro de Economía de la reina Candace, no pensaba, ‘Ah, bien, hagamos una organización para sostener el evangelio…’ ¡No! Él no hizo un “negocio” con él: sino que le predicó, bautizó y se fue”.

Hacia una Iglesia pobre

El Reino de Dios, continuó, “es un regalo”. Y señaló que, desde el inicio de la comunidad cristiana, esta actitud ha sido sometida a la tentación. Allí está, dijo, “la tentación de buscar la fuerza” en otro lugar que no fuera en la gratuidad, mientras que “nuestra fuerza es la gratuidad del evangelio”. Por otra parte, ha destacado que “siempre, en la Iglesia, ha habido esta tentación.” Y esto crea “un poco de confusión”, pues, “el anuncio parece ser proselitismo, y de esa manera no va”.

El Señor, añadió, “nos ha invitado a predicar, no a hacer proselitismo”. Citando a Benedicto XVI, ha insistido que “la Iglesia crece no por proselitismo, sino por atracción”. Y esta atracción, dijo, viene del testimonio de “aquellos que desde la gratuidad anuncian la gratuidad de la salvación”:

“Todo es gracia. Todo. ¿Y cuáles son las señales de cuando un apóstol vive esta gratuidad? Hay muchos, pero insisto solo en dos: en primer lugar, la pobreza. El anuncio del evangelio debe ir por el camino de la pobreza. El testimonio de esta pobreza: no tengo riquezas, mi riqueza es solamente el don que he recibido, Dios. Esta gratuidad: ¡esta es nuestra riqueza!

Y esta pobreza nos salva de convertirnos en organizadores, empresarios… Se deben llevar a cabo las obras de la Iglesia, y algunas son un poco complicadas; pero con corazón de pobreza, no con corazón de inversionista o de un empresario, ¿no?”

“La Iglesia –añadió–, no es una ONG: es otra cosa, más importante, y nace de esta gratuidad. Recibida y anunciada”. La pobreza, ha reiterado, “es uno de los signos de esta gratuidad”. El otro signo, añadió el papa Francisco, “es la capacidad de alabanza: cuando un apóstol no vive esta gratuidad, pierde la capacidad de alabar al Señor”. Alabar al Señor, de hecho, “es esencialmente gratuita, es una oración gratuita: no pedimos, solo alabamos”.

“Estos dos son las señales de que un apóstol vive esta gratuidad: la pobreza y la capacidad de alabar al Señor. Y cuando encontramos apóstoles que quieren hacer una Iglesia rica y una Iglesia sin la gratuidad de la alabanza, la Iglesia envejece, la Iglesia se convierte en una ONG, la Iglesia no tiene vida. Pidamos hoy al Señor la gracia de reconocer esta gratuidad: “Gratuitamente han recibido, dénlo gratuitamente”. Reconociendo esta gratuidad, este don de Dios. Y también nosotros, ir hacia adelante en la predicación del evangelio con esta gratuidad”.

Traducido del italiano por José Antonio Varela V.

 


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