Los sacerdotes casados de rito latino, una realidad desde hace tiempo

marzo 9, 2020

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El Papa Francisco con familias de sacerdotes retirados ANSA

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Los sacerdotes casados de rito latino, una realidad desde hace tiempo

En contra de la intencionada omisión en ‘Querida Amazonía’

La dispensa del celibato sacerdotal se concede como una “gracia” extraordinaria concedida por el Romano Pontífice en el Código de derecho canónico
Los sacerdotes dispensados pueden considerarse una reserva más asequible, examinando caso por caso, de ministros de la eucaristía que la posibilidad futura de la ordenación de los viri probati

La exhortación apostólica postsinodal “Querida Amazonía” despertó gran interés mediático por las novedades en la disciplina de los sacramentos que propuso el Sínodo de los obispos en octubre de 2019. Teólogos latinoamericanos se apresuraron a anunciar que el papa Francisco haría propias las novedades planteadas por los obispos en el documento conclusivo.

Finalmente, el papa omitió intencionalmente referirse a las cuestiones disputadas a pesar de las mayorías logradas en el aula.

No obstante el silencio intencionado del papa Francisco, reconocidos teólogos anuncian ahora que se trata de una nueva hermenéutica en el Magisterio, según la cual, las Iglesias locales tendrán en lo sucesivo un mayor peso decisorio y Roma no será la única y decisiva palabra como ha sucedido en la tradición milenaria del rito latino. El tiempo dirá si esta vez tienen la razón.

De todos modos, aunque la ordenación de los “viri probati” para la Amazonía quedó por el momento “en el tintero” y en los sueños de una victoria pírrica de los padres sinodales, los sacerdotes casados de rito latino son una realidad desde hace tiempo.

En efecto, la dispensa del celibato sacerdotal se concede como una “gracia” extraordinaria concedida por el Romano Pontífice en el Código de derecho canónico que en el canon 290 anota que “Una vez recibida válidamente, la ordenación sagrada nunca se anula”, aunque el presbítero dispensado pierda el estado clerical con sus privilegios y obligaciones.

La continuidad de la validez de la ordenación sacerdotal es reconocida por el Código más adelante en el canon 976: “Todo sacerdote, aun desprovisto de facultad para confesar, absuelve válida y lícitamente a cualquier penitente que esté en peligro de muerte de cualesquiera censuras y pecados, aunque se encuentre presente un sacerdote aprobado”.

El Código menciona en el canon 293 incluso la posibilidad del regreso al estado clerical de los dispensados por medio de un rescripto de la Sede Apostólica.

De modo que en la normativa actual de la Iglesia los sacerdotes dispensados pueden considerarse una reserva más asequible, examinando caso por caso, de ministros de la eucaristía que la posibilidad futura de la ordenación de los viri probati (Subrayado del editor).

Canónicamente, la posibilidad existe, aun cuando en la práctica los retirados del ministerio sean tratados en algunos círculos eclesiásticos como los “Lapsi” de los primeros siglos que abjuraron de su fe ante la presión de las autoridades romanas y que eran rechazados por las comunidades cristianas.

Habría que distinguir aquí entre el rechazo manifiesto a la fe de la posibilidad humana de formar una familia bendecida por Dios en el matrimonio (Gn 2, 18-23).

Este es el caso de los sacerdotes dispensados y casados de rito latino, en plena comunión con la Iglesia; admitidos por gracia de Dios por medio del ministerio petrino a los sacramentos.

Una realidad que ya existe y que no depende de un sínodo, pero de la que nadie habla. Una reserva presente en todo el mundo que la Iglesia podría usar no sólo coyunturalmente en la Amazonia sino en todas las selvas de cemento que esperan ansiosas la reevangelización y los sacramentos.

La readmisión de sacerdotes dispensados y casados al ministerio podría efectuarse a discreción de los señores obispos y con permiso de la sede apostólica investigando caso por caso, como reconocimiento de la doble vocación al matrimonio y al ministerio sacerdotal en los fieles de la Iglesia que ya cuentan con ambos sacramentos.

Habría que ver cada caso porque las condiciones de la salida del ministerio son particulares. Algunos han salido resentidos y han terminado abjurando como los Lapsi de la fe católica, adhiriéndose a otras denominaciones religiosas más por necesidad laboral que por convencimiento interior.

Otros han “quemado las naves” y consideran su paso por el ministerio sacerdotal como una “narrativa ya superada por otras narrativas”. También hay quienes consideran que les interesa ahora “sólo la espiritualidad, no las religiones”, etc., etc.

De todos modos, valdría la pena que la Iglesia universal y las iglesias locales en la “nueva hermenéutica” revisaran a fondo la cuestión. Sacerdotes casados adscritos a parroquias o a comunidades en un laboratorio anterior a la posibilidad de ordenar “viri probati”.

Así, por el momento no habría que ordenar presbíteros a los diáconos permanentes a quienes la Iglesia reconoce la singularidad de su ministerio, ni alterar la norma del celibato sacerdotal para la mayoría del clero que sigue siendo fuente fecunda de gracia en la Iglesia de Cristo dentro de la diversidad de ministerios.

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¿Poder en la Iglesia? Las mujeres siempre lo han tenido

marzo 9, 2020

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La Iglesia católica, más que cualquier otro cuerpo institucional en la historia, elevó a las mujeres y las alentó a explotar al máximo su potencial.

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¿Poder en la Iglesia? Las mujeres siempre lo han tenido

Ninguna otra institución ha hecho más para dar poder a las mujeres y animarlas a pensar con su propia cabeza

Por Elizabeth Scalia

La periodista del New York Times Maureen Dowd aprovechó la ocasión de la visita del papa Francisco a Estados Unidos para referirse a él como al “perfecto papa del siglo XIX”, en gran parte porque no parece interesado en el sacerdocio femenino.Las afirmaciones de Dowd a menudo no tienen contexto, y el artículo no es particularmente interesante, pero viene bien porque nos permite considerar cómo la Iglesia católica, más que cualquier otro cuerpo institucional en la historia, elevó a las mujeres y las alentó a explotar al máximo su potencial (subrayado del editor).

Se puede argumentar con razón el hecho de que la Iglesia católica ha sido el medio para liberar a las mujeres, y no – como muchos acusan desconsideradamente – el medio de su opresión. Hasta hace 150 años, la gran mayoría de las mujeres instruidas y realizadas estaba compuesta por mujeres católicas religiosas, que concibieron ideas totalmente originales, y las llevaron a cabo.

Pensad en Elizabeth Bailey Seton, viuda con 5 hijos, desheredada por su familia a causa de su conversión, que concibió la que hemos llegado a conocer como la educación elemental católica, inventando sustancialmente los medios para que los hijos de los pobres y marginados fueran instruidos y competitivos en el “nuevo mundo”.

Pensad en Teresa de Ávila, que no sólo reformó una orden religiosa corrupta, sino que construyó 16 monasterios, tanto para hombres como para mujeres, aun sufriendo a menudo un dolor paralizante. Y escribió también algunos libros considerados clásicos de la teología, y ahora es Doctora de la Iglesia. ¡No está mal para una mujer que pasó la adolescencia leyendo novelillas!

Pensad en las estadounidenses Henriette De Lille, hija de esclavos liberados, y en Katharine Drexel, hija de un rico industrial, que fundaron ambas órdenes femeninas y gastaron tiempo y energías para construir escuelas y hospitales para los nativos americanos y los afroamericanos en el profundo Sur.

Pensad en Catalina de Siena, consejera de papas y reyes, que dictaba sus cartas a dos escribientes a la vez. Otra Doctora de la Iglesia. Es interesante que Catalina fuese casi del todo analfabeta y “poco dotada” en base a los estándares mundanos, pero la Iglesia –que no es una institución elitista– la define “Doctora” igual que a Santa Hildegarda de Bingen, una gigante intelectual de la música, la ciencia, la medicina, las letras y la teología. Como en el caso de Santa Teresa de Lisieux, que entró en el Carmelo a los 15 años y nunca lo abandonó, pero cuya influencia ha llegado muy lejos.

Oh, y no olvidemos a Juana de Arco, una mujer guerrera que guiaba a los hombres en la batalla. Sí, hombres de la Iglesia la abatieron. Pero no los recordamos a ellos ni les llamamos santos, como a ella. ¿O no?

El hecho es que, aunque se hable de cómo la Iglesia ha sido opresora hacia las mujeres, no ha habido otra institución en la historia que haya dado a las mujeres una tal libertad de crear, explorar, descubrir, servir, gestionar, construir, expandir, en general con bien pocas ayudas de las cajas diocesanas donde trabajaban, y la mayor parte de las veces sin intervención por parte de la jerarquía masculina.

Rose Hawthorne, hija de Nathaniel Hawthorne, fundó las Dominicas de Hawthorne, una orden de monjas que cuidan a los enfermos de cáncer, gratis, y que se basa únicamente en donaciones.

Una mujer americana de nombre Vera Duss consiguió la licenciatura en Medicina en la Sorbona de París y después de una semana entró en una abadía benedictina parisina, donde escondía y cuidaba a judíos perseguidos por los nazis. Después de que Patton liberara París, Madre Benedicta Duss se sintió llamada a volver a América e instituyó una abadía benedictina en Connecticut, una de cuyos miembros es, ironía del destino, la nieta de Patton.

Casi desde el inicio, la Iglesia promovió la realización femenina. Sería difícil encontrar otra institución en el planeta que no sea la Iglesia católica, que haya permitido sencillamente a las mujeres pensar con su propia cabeza, ser lo que habían nacido para ser, y realizar grandes cosas.

La Iglesia ha promovido literalmente a miles de grandísimas mujeres, cuyos éxitos son injustamente ignorados hoy porque los realizaron llevando un hábito. Comparadlas a las mujeres “poderosas” de hoy, mujeres a menudo atrapadas en su vórtice amargo de expectativas no realizadas, o adiestradas para encontrar “microagresiones” en torno a ellas, y el contraste no podría ser más estridente.

¿Las mujeres modernas son de verdad más imaginativas, más conscientes a nivel social que esas mujeres católicas que básicamente inventaron los servicios sociales en la Iglesia, mucho antes de que los Gobiernos supieran qué hacer con los huérfanos y los hijos analfabetos de los pobres, o cómo curar a los enfermos? Es dudoso.

¿Las mujeres modernas son más libres que las mujeres religiosas que construyeron y sirvieron las iglesias? Por desgracia no, porque en nuestra sociedad secularista, la creatividad de las mujeres no sigue el curso de Dios, sino el que ya ha tenido éxito para los hombres. Su sentido del éxito se mide no por su servicio a los demás y al cielo, sino por estándares humanos falsos, y masculinos.

Piense lo que piense la Dowd del papa Francisco, vale la pena recordar que fue la Iglesia católica, antes que cualquier otro, en mirar a las mujeres que rodeaban al Ser más importante nunca aparecida en la tierra y a verlas como mujeres en plenitud, merecedoras de honor y respeto.

Sara, Rebeca, Esther y Rut tuvieron su propio papel y fueron honradas, con ese respeto –esa voluntad de mirar a las mujeres como algo más que simples notas a pie de página, como personas esenciales en la historia de la salvación– comenzado con María, la mujer llamada por la Iglesia la más grande de todos los santos y la más grande de la creación de Dios.

¿Poder en la Iglesia? Las mujeres siempre lo han tenido


Carta del papa Juan Pablo II a las mujeres

marzo 8, 2020

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La mujer “enriquece la comprensión del mundo y contribuye a la plena verdad de las relaciones humanas”,

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CARTA DEL PAPA JUAN PABLO II A LAS MUJERES

A vosotras, mujeres del mundo entero,
os doy mi más cordial saludo:

1. A cada una de vosotras dirijo esta carta con objeto de compartir y manifestar gratitud, en la proximidad de la IV Conferencia Mundial sobre la Mujer, que tendrá lugar en Pekín el próximo mes de septiembre.

Ante todo deseo expresar mi vivo reconocimiento a la Organización de las Naciones Unidas, que ha promovido tan importante iniciativa. La Iglesia quiere ofrecer también su contribución en defensa de la dignidad, papel y derechos de las mujeres, no sólo a través de la aportación específica de la Delegación oficial de la Santa Sede a los trabajos de Pekín, sino también hablando directamente al corazón y a la mente de todas las mujeres.

Recientemente, con ocasión de la visita que la Señora Gertrudis Mongella, Secretaria General de la Conferencia, me ha hecho precisamente con vistas a este importante encuentro, le he entregado un Mensaje en el que se recogen algunos puntos fundamentales de la enseñanza de la Iglesia al respecto.

Es un mensaje que, más allá de la circunstancia específica que lo ha inspirado, se abre a la perspectiva más general de la realidad y de los problemas de las mujeres en su conjunto, poniéndose al servicio de su causa en la Iglesia y en el mundo contemporáneo.

Por lo cual he dispuesto que se enviara a todas las Conferencias Episcopales, para asegurar su máxima difusión.

Refiriéndome a lo expuesto en dicho documento, quiero ahora dirigirme directamente a cada mujer, para reflexionar con ella sobre sus problemas y las perspectivas de la condición femenina en nuestro tiempo, deteniéndome en particular sobre el tema esencial de la dignidad y de los derechos de las mujeres, considerados a la luz de la Palabra de Dios.

El punto de partida de este diálogo ideal no es otro que dar gracias. « La Iglesia —escribía en la Carta apostólica Mulieris dignitatem— desea dar gracias a la Santísima Trinidad por el “misterio de la mujer” y por cada mujer, por lo que constituye la medida eterna de su dignidad femenina, por las “maravillas de Dios”, que en la historia de la humanidad se han realizado en ella y por ella » (n. 31).

2. Dar gracias al Señor por su designio sobre la vocación y la misión de la mujer en el mundo se convierte en un agradecimiento concreto y directo a las mujeres, a cada mujer, por lo que representan en la vida de la humanidad.

Te doy gracias, mujer-madre, que te conviertes en seno del ser humano con la alegría y los dolores de parto de una experiencia única, la cual te hace sonrisa de Dios para el niño que viene a la luz y te hace guía de sus primeros pasos, apoyo de su crecimiento, punto de referencia en el posterior camino de la vida.

Te doy gracias, mujer-esposa, que unes irrevocablemente tu destino al de un hombre, mediante una relación de recíproca entrega, al servicio de la comunión y de la vida.

Te doy gracias, mujer-hija mujer-hermana, que aportas al núcleo familiar y también al conjunto de la vida social las riquezas de tu sensibilidad, intuición, generosidad y constancia.

Te doy gracias, mujer-trabajadora, que participas en todos los ámbitos de la vida social, económica, cultural, artística y política, mediante la indispensable aportación que das a la elaboración de una cultura capaz de conciliar razón y sentimiento, a una concepción de la vida siempre abierta al sentido del «misterio», a la edificación de estructuras económicas y políticas más ricas de humanidad.

Te doy gracias, mujer-consagrada, que a ejemplo de la más grande de las mujeres, la Madre de Cristo, Verbo encarnado, te abres con docilidad y fidelidad al amor de Dios, ayudando a la Iglesia y a toda la humanidad a vivir para Dios una respuesta «esponsal», que expresa maravillosamente la comunión que Él quiere establecer con su criatura.

Te doy gracias, mujer, ¡por el hecho mismo de ser mujer! Con la intuición propia de tu femineidad enriqueces la comprensión del mundo y contribuyes a la plena verdad de las relaciones humanas.

3. Pero dar gracias no basta, lo sé. Por desgracia somos herederos de una historia de enormes condicionamientos que, en todos los tiempos y en cada lugar, han hecho difícil el camino de la mujer, despreciada en su dignidad, olvidada en sus prerrogativas, marginada frecuentemente e incluso reducida a esclavitud.

Esto le ha impedido ser profundamente ella misma y ha empobrecido la humanidad entera de auténticas riquezas espirituales. No sería ciertamente fácil señalar responsabilidades precisas, considerando la fuerza de las sedimentaciones culturales que, a lo largo de los siglos, han plasmado mentalidades e instituciones.

Pero si en esto no han faltado, especialmente en determinados contextos históricos, responsabilidades objetivas incluso en no pocos hijos de la Iglesia, lo siento sinceramente. Que este sentimiento se convierta para toda la Iglesia en un compromiso de renovada fidelidad a la inspiración evangélica, que precisamente sobre el tema de la liberación de la mujer de toda forma de abuso y de dominio tiene un mensaje de perenne actualidad, el cual brota de la actitud misma de Cristo. 

Él, superando las normas vigentes en la cultura de su tiempo, tuvo en relación con las mujeres una actitud de apertura, de respeto, de acogida y de ternura. De este modo honraba en la mujer la dignidad que tiene desde siempre, en el proyecto y en el amor de Dios.

Mirando hacia Él, al final de este segundo milenio, resulta espontáneo preguntarse: ¿qué parte de su mensaje ha sido comprendido y llevado a término?

Ciertamente, es la hora de mirar con la valentía de la memoria, y reconociendo sinceramente las responsabilidades, la larga historia de la humanidad, a la que las mujeres han contribuido no menos que los hombres, y la mayor parte de las veces en condiciones bastante más adversas.

Pienso, en particular, en las mujeres que han amado la cultura y el arte, y se han dedicado a ello partiendo con desventaja, excluidas a menudo de una educación igual, expuestas a la infravaloración, al desconocimiento e incluso al despojo de su aportación intelectual.

Por desgracia, de la múltiple actividad de las mujeres en la historia ha quedado muy poco que se pueda recuperar con los instrumentos de la historiografía científica. Por suerte, aunque el tiempo haya enterrado sus huellas documentales, sin embargo se percibe su influjo benéfico en la linfa vital que conforma el ser de las generaciones que se han sucedido hasta nosotros.

Respecto a esta grande e inmensa «tradición» femenina, la humanidad tiene una deuda incalculable. ¡Cuántas mujeres han sido y son todavía más tenidas en cuenta por su aspecto físico que por su competencia, profesionalidad, capacidad intelectual, riqueza de su sensibilidad y en definitiva por la dignidad misma de su ser!

4. Y qué decir también de los obstáculos que, en tantas partes del mundo, impiden aún a las mujeres su plena inserción en la vida social, política y económica? Baste pensar en cómo a menudo es penalizado, más que gratificado, el don de la maternidad, al que la humanidad debe también su misma supervivencia. Ciertamente, aún queda mucho por hacer para que el ser mujer y madre no comporte una discriminación.

Es urgente alcanzar en todas partes la efectiva igualdad de los derechos de la persona y por tanto igualdad de salario respecto a igualdad de trabajo, tutela de la trabajadora-madre, justas promociones en la carrera, igualdad de los esposos en el derecho de familia, reconocimiento de todo lo que va unido a los derechos y deberes del ciudadano en un régimen democrático.

Se trata de un acto de justicia, pero también de una necesidad. Los graves problemas sobre la mesa, en la política del futuro, verán a la mujer comprometida cada vez más: tiempo libre, calidad de la vida, migraciones, servicios sociales, eutanasia, droga, sanidad y asistencia, ecología, etc.

Para todos estos campos será preciosa una mayor presencia social de la mujer, porque contribuirá a manifestar las contradicciones de una sociedad organizada sobre puros criterios de eficiencia y productividad, y obligará a replantear los sistemas en favor de los procesos de humanización que configuran la «civilización del amor».

5. Mirando también uno de los aspectos más delicados de la situación femenina en el mundo, cómo no recordar la larga y humillante historia —a menudo «subterránea»— de abusos cometidos contra las mujeres en el campo de la sexualidad? A las puertas del tercer milenio no podemos permanecer impasibles y resignados ante este fenómeno.

Es hora de condenar con determinación, empleando los medios legislativos apropiados de defensa, las formas de violencia sexual que con frecuencia tienen por objeto a las mujeres.

En nombre del respeto de la persona no podemos además no denunciar la difundida cultura hedonística y comercial que promueve la explotación sistemática de la sexualidad, induciendo a chicas incluso de muy joven edad a caer en los ambientes de la corrupción y hacer un uso mercenario de su cuerpo.

Ante estas perversiones, cuánto reconocimiento merecen en cambio las mujeres que, con amor heroico por su criatura, llevan a término un embarazo derivado de la injusticia de relaciones sexuales impuestas con la fuerza; y esto no sólo en el conjunto de las atrocidades que por desgracia tienen lugar en contextos de guerra todavía tan frecuentes en el mundo, sino también en situaciones de bienestar y de paz, viciadas a menudo por una cultura de permisivismo hedonístico, en que prosperan también más fácilmente tendencias de machismo agresivo.

En semejantes condiciones, la opción del aborto, que es siempre un pecado grave, antes de ser una responsabilidad de las mujeres, es un crimen imputable al hombre y a la complicidad del ambiente que lo rodea.

6. Mi «gratitud» a las mujeres se convierte pues en una llamada apremiante, a fin de que por parte de todos, y en particular por parte de los Estados y de las instituciones internacionales, se haga lo necesario para devolver a las mujeres el pleno respeto de su dignidad y de su papel.

A este propósito expreso mi admiración hacia las mujeres de buena voluntad que se han dedicado a defender la dignidad de su condición femenina mediante la conquista de fundamentales derechos sociales, económicos y políticos, y han tomado esta valiente iniciativa en tiempos en que este compromiso suyo era considerado un acto de transgresión, un signo de falta de femineidad, una manifestación de exhibicionismo, y tal vez un pecado.

Como expuse en el Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz de este año, mirando este gran proceso de liberación de la mujer, se puede decir que «ha sido un camino difícil y complicado y, alguna vez, no exento de errores, aunque sustancialmente positivo, incluso estando todavía incompleto por tantos obstáculos que, en varias partes del mundo, se interponen a que la mujer sea reconocida, respetada y valorada en su peculiar dignidad» (n. 4).

¡Es necesario continuar en este camino! Sin embargo estoy convencido de que el secreto para recorrer libremente el camino del pleno respeto de la identidad femenina no está solamente en la denuncia, aunque necesaria, de las discriminaciones y de las injusticias, sino también y sobre todo en un eficaz e ilustrado proyecto de promoción, que contemple todos los ámbitos de la vida femenina, a partir de una renovada y universal toma de conciencia de la dignidad de la mujer. 

A su reconocimiento, no obstante los múltiples condicionamientos históricos, nos lleva la razón misma, que siente la Ley de Dios inscrita en el corazón de cada hombre. Pero es sobre todo la Palabra de Dios la que nos permite descubrir con claridad el radical fundamento antropológico de la dignidad de la mujer, indicándonoslo en el designio de Dios sobre la humanidad.

7. Permitidme pues, queridas hermanas, que medite de nuevo con vosotras sobre la maravillosa página bíblica que presenta la creación del ser humano, y que dice tanto sobre vuestra dignidad y misión en el mundo.

El Libro del Génesis habla de la creación de modo sintético y con lenguaje poético y simbólico, pero profundamente verdadero: «Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios lo creó: varón y mujer los creó» (Gn 1, 27).

La acción creadora de Dios se desarrolla según un proyecto preciso. Ante todo, se dice que el ser humano es creado «a imagen y semejanza de Dios» (cf. Gn 1, 26), expresión que aclara en seguida el carácter peculiar del ser humano en el conjunto de la obra de la creación.

Se dice además que el ser humano, desde el principio, es creado como «varón y mujer» (Gn 1, 27). La Escritura misma da la interpretación de este dato: el hombre, aun encontrándose rodeado de las innumerables criaturas del mundo visible, ve que está solo (cf. Gn 2, 20). Dios interviene para hacerlo salir de tal situación de soledad: «No es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada» (Gn 2, 18).

En la creación de la mujer está inscrito, pues, desde el inicio el principio de la ayuda: ayuda —mírese bien— no unilateral, sino recíproca. La mujer es el complemento del hombre, como el hombre es el complemento de la mujer: mujer y hombre son entre sí complementarios. La femineidad realiza lo «humano» tanto como la masculinidad, pero con una modulación diversa y complementaria.

Cuando el Génesis habla de «ayuda», no se refiere solamente al ámbito del obrar, sino también al del ser. Femineidad y masculinidad son entre sí complementarias no sólo desde el punto de vista físico y psíquico, sino ontológico. Sólo gracias a la dualidad de lo «masculino» y de lo «femenino» lo «humano» se realiza plenamente.

8. Después de crear al ser humano varón y mujer, Dios dice a ambos: «Llenad la tierra y sometedla» (Gn 1, 28). No les da sólo el poder de procrear para perpetuar en el tiempo el género humano, sino que les entrega también la tierra como tarea, comprometiéndolos a administrar sus recursos con responsabilidad. 

El ser humano, ser racional y libre, está llamado a transformar la faz de la tierra. En este encargo, que esencialmente es obra de cultura, tanto el hombre como la mujer tienen desde el principio igual responsabilidad.

En su reciprocidad esponsal y fecunda, en su común tarea de dominar y someter la tierra, la mujer y el hombre no reflejan una igualdad estática y uniforme, y ni siquiera una diferencia abismal e inexorablemente conflictiva: su relación más natural, de acuerdo con el designio de Dios, es la «unidad de los dos», o sea una «unidualidad» relacional, que permite a cada uno sentir la relación interpersonal y recíproca como un don enriquecedor y responsabilizante.

A esta «unidad de los dos» confía Dios no sólo la obra de la procreación y la vida de la familia, sino la construcción misma de la historia.

Si durante el Año internacional de la Familia, celebrado en 1994, se puso la atención sobre la mujer como madre, la Conferencia de Pekín es la ocasión propicia para una nueva toma de conciencia de la múltiple aportación que la mujer ofrece a la vida de todas las sociedades y naciones. 

Es una aportación, ante todo, de naturaleza espiritual y cultural, pero también socio-política y económica. ¡Es mucho verdaderamente lo que deben a la aportación de la mujer los diversos sectores de la sociedad, los Estados, las culturas nacionales y, en definitiva, el progreso de todo el genero humano!

9. Normalmente el progreso se valora según categorías científicas y técnicas, y también desde este punto de vista no falta la aportación de la mujer. Sin embargo, no es ésta la única dimensión del progreso, es más, ni siquiera es la principal.

Más importante es la dimensión ética y social, que afecta a las relaciones humanas y a los valores del espíritu: en esta dimensión, desarrollada a menudo sin clamor, a partir de las relaciones cotidianas entre las personas, especialmente dentro de la familia, la sociedad es en gran parte deudora precisamente al «genio de la mujer».

A este respecto, quiero manifestar una particular gratitud a las mujeres comprometidas en los más diversos sectores de la actividad educativa, fuera de la familia: asilos, escuelas, universidades, instituciones asistenciales, parroquias, asociaciones y movimientos.

Donde se da la exigencia de un trabajo formativo se puede constatar la inmensa disponibilidad de las mujeres a dedicarse a las relaciones humanas, especialmente en favor de los más débiles e indefensos. En este cometido manifiestan una forma de maternidad afectiva, cultural y espiritual, de un valor verdaderamente inestimable, por la influencia que tiene en el desarrollo de la persona y en el futuro de la sociedad.

¿Cómo no recordar aquí el testimonio de tantas mujeres católicas y de tantas Congregaciones religiosas femeninas que, en los diversos continentes, han hecho de la educación, especialmente de los niños y de las niñas, su principal servicio?

¿Cómo no mirar con gratitud a todas las mujeres que han trabajado y siguen trabajando en el campo de la salud, no sólo en el ámbito de las instituciones sanitarias mejor organizadas, sino a menudo en circunstancias muy precarias, en los Países más pobres del mundo, dando un testimonio de disponibilidad que a veces roza el martirio?

10. Deseo pues, queridas hermanas, que se reflexione con mucha atención sobre el tema del «genio de la mujer», no sólo para reconocer los caracteres que en el mismo hay de un preciso proyecto de Dios que ha de ser acogido y respetado, sino también para darle un mayor espacio en el conjunto de la vida social así como en la eclesial.

Precisamente sobre este tema, ya tratado con ocasión del Año Mariano, tuve oportunidad de ocuparme ampliamente en la citada Carta apostólica Mulieris dignitatempublicada en 1988.

Este año, además, con ocasión del Jueves Santo, a la tradicional Carta que envío a los sacerdotes he querido agregar idealmente la Mulieris dignitateminvitándoles a reflexionar sobre el significativo papel que la mujer tiene en sus vidas como madre, como hermana y como colaboradora en las obras apostólicas.

Es ésta otra dimensión, —diversa de la conyugal, pero asimismo importante— de aquella «ayuda» que la mujer, según el Génesis, está llamada a ofrecer al hombre.

La Iglesia ve en María la máxima expresión del «genio femenino» y encuentra en Ella una fuente de continua inspiración. María se ha autodefinido «esclava del Señor» (Lc 1, 38). Por su obediencia a la Palabra de Dios Ella ha acogido su vocación privilegiada, nada fácil, de esposa y de madre en la familia de Nazaret. Poniéndose al servicio de Dios, ha estado también al servicio de los hombres: un servicio de amor. 

Precisamente este servicio le ha permitido realizar en su vida la experiencia de un misterioso, pero auténtico «reinar». No es por casualidad que se la invoca como «Reina del cielo y de la tierra». Con este título la invoca toda la comunidad de los creyentes, la invocan como «Reina» muchos pueblos y naciones. ¡Su «reinar» es servir! ¡Su servir es «reinar»!

De este modo debería entenderse la autoridad, tanto en la familia como en la sociedad y en la Iglesia. El «reinar» es la revelación de la vocación fundamental del ser humano, creado a «imagen» de Aquel que es el Señor del cielo y de la tierra, llamado a ser en Cristo su hijo adoptivo.

El hombre es la única criatura sobre la tierra que «Dios ha amado por sí misma», como enseña el Concilio Vaticano II, el cual añade significativamente que el hombre «no puede encontrarse plenamente a sí mismo sino en la entrega sincera de sí mismo» (Gaudium et spes24).

En esto consiste el «reinar» materno de María. Siendo, con todo su ser, un don para el Hijo, es un don también para los hijos e hijas de todo el género humano, suscitando profunda confianza en quien se dirige a Ella para ser guiado por los difíciles caminos de la vida al propio y definitivo destino trascendente.

A esta meta final llega cada uno a través de las etapas de la propia vocación, una meta que orienta el compromiso en el tiempo tanto del hombre como de la mujer.

11. En este horizonte de «servicio» —que, si se realiza con libertad, reciprocidad y amor, expresa la verdadera «realeza» del ser humano— es posible acoger también, sin desventajas para la mujer, una cierta diversidad de papeles, en la medida en que tal diversidad no es fruto de imposición arbitraria, sino que mana del carácter peculiar del ser masculino y femenino. Es un tema que tiene su aplicación específica incluso dentro de la Iglesia.

Si Cristo —con una elección libre y soberana, atestiguada por el Evangelio y la constante tradición eclesial— ha confiado solamente a los varones la tarea de ser «icono» de su rostro de «pastor» y de «esposo» de la Iglesia a través del ejercicio del sacerdocio ministerial, esto no quita nada al papel de la mujer, así como al de los demás miembros de la Iglesia que no han recibido el orden sagrado, siendo por lo demás todos igualmente dotados de la dignidad propia del «sacerdocio común», fundamentado en el Bautismo.

En efecto, estas distinciones de papel no deben interpretarse a la luz de los cánones de funcionamiento propios de las sociedades humanas, sino con los criterios específicos de la economía sacramental, o sea, la economía de «signos» elegidos libremente por Dios para hacerse presente en medio de los hombres.

Por otra parte, precisamente en la línea de esta economía de signos, incluso fuera del ámbito sacramental, hay que tener en cuenta la «femineidad» vivida según el modelo sublime de María.

En efecto, en la «femineidad» de la mujer creyente, y particularmente en el de la «consagrada», se da una especie de «profecía» inmanente (cf. Mulieris dignitatem29), un simbolismo muy evocador, podría decirse un fecundo «carácter de icono», que se realiza plenamente en María y expresa muy bien el ser mismo de la Iglesia como comunidad consagrada totalmente con corazón «virgen», para ser «esposa» de Cristo y «madre» de los creyentes.

En esta perspectiva de complementariedad «icónica» de los papeles masculino y femenino se ponen mejor de relieve las dos dimensiones imprescindibles de la Iglesia: el principio «mariano» y el «apostólico-petrino» (cf. ibid., 27).

Por otra parte —lo recordaba a los sacerdotes en la citada Carta del Jueves Santo de este año— el sacerdocio ministerial, en el plan de Cristo «no es expresión de dominio, sino de servicio» (n. 7).

Es deber urgente de la Iglesia, en su renovación diaria a la luz de la Palabra de Dios, evidenciar esto cada vez más, tanto en el desarrollo del espíritu de comunión y en la atenta promoción de todos los medios típicamente eclesiales de participación, como a través del respeto y valoración de los innumerables carismas personales y comunitarios que el Espíritu de Dios suscita para la edificación de la comunidad cristiana y el servicio a los hombres.

En este amplio ámbito de servicio, la historia de la Iglesia en estos dos milenios, a pesar de tantos condicionamientos, ha conocido verdaderamente el «genio de la mujer», habiendo visto surgir en su seno mujeres de gran talla que han dejado amplia y beneficiosa huella de sí mismas en el tiempo.

Pienso en la larga serie de mártires, de santas, de místicas insignes. Pienso de modo especial en santa Catalina de Siena y en santa Teresa de Jesús, a las que el Papa Pablo VI concedió el título de Doctoras de la Iglesia. Y ¿cómo no recordar además a tantas mujeres que, movidas por la fe, han emprendido iniciativas de extraordinaria importancia social especialmente al servicio de los más pobres?

En el futuro de la Iglesia en el tercer milenio no dejarán de darse ciertamente nuevas y admirables manifestaciones del «genio femenino».

12. Vosotras veis, pues, queridas hermanas, cuántos motivos tiene la Iglesia para desear que, en la próxima Conferencia, promovida por las Naciones Unidas en Pekín, se clarifique la plena verdad sobre la mujer. 

Que se dé verdaderamente su debido relieve al «genio de la mujer», teniendo en cuenta no sólo a las mujeres importantes y famosas del pasado o las contemporáneas, sino también a las sencillas, que expresan su talento femenino en el servicio de los demás en lo ordinario de cada día.

En efecto, es dándose a los otros en la vida diaria como la mujer descubre la vocación profunda de su vida; ella que quizá más aún que el hombre ve al hombre, porque lo ve con el corazón. Lo ve independientemente de los diversos sistemas ideológicos y políticos. Lo ve en su grandeza y en sus límites, y trata de acercarse a él y serle de ayuda. 

De este modo, se realiza en la historia de la humanidad el plan fundamental del Creador e incesantemente viene a la luz, en la variedad de vocaciones, la belleza —no solamente física, sino sobre todo espiritual— con que Dios ha dotado desde el principio a la criatura humana y especialmente a la mujer.

Mientras confío al Señor en la oración el buen resultado de la importante reunión de Pekín, invito a las comunidades eclesiales a hacer del presente año una ocasión para una sentida acción de gracias al Creador y al Redentor del mundo precisamente por el don de un bien tan grande como es el de la femineidad: ésta, en sus múltiples expresiones, pertenece al patrimonio constitutivo de la humanidad y de la misma Iglesia.

Que María, Reina del amor, vele sobre las mujeres y sobre su misión al servicio de la humanidad, de la paz y de la extensión del Reino de Dios.

Con mi Bendición.

Vaticano, 29 de junio, solemnidad de los santos Pedro y Pablo, del año 1995.

 

JUAN PABLO II

 


© Copyright – Libreria Editrice Vaticana

https://w2.vatican.va/content/john-paul-ii/es/letters/1995/documents/hf_jp-ii_let_29061995_women.html


Crece el catolicismo: ya son 1.300 millones de fieles en todo el mundo

marzo 8, 2020

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La Iglesia difundió sus estadísticas.

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Crece el catolicismo: ya son 1.300 millones de fieles en todo el mundo

EQUIVALEN AL 17,7% DE LA POBLACIÓN MUNDIAL
Hay una mayor proporción de fieles en África y Oceanía, mientras Asia se mantiene estable, y baja la presencia en América y Europa. Son datos relativos a 2015. La Iglesia cuenta con 415.000 sacerdotes, 351.797 misioneros laicos y 3.122.653 catequistas.

El Anuario Estadístico de la Iglesia Católica, con datos relativos a 2015 y elaborado por la agencia Fides, muestra que los católicos son casi 1.300 millones de personas, el 17,7 de la población mundial. En tanto, los bautizados ese año fueron 12,5 millones más respecto del año precedente.

Los datos relevantes del informe fueron difundidos hace pocas horas, en vísperas de la 91° Jornada Misionera Mundial, que se celebrará este domingo 22 de octubre.

Según las cifras, en África viven 1.100 millones de personas, de los cuales 19,42% son católicos (222 millones) con un aumento del 0,12%.

En América, sobre una población de 982,2 millones, el 63,6% se reconoce católico (625 millones), con una disminución del 0,08%.

En Asia sobre 4.300 millones de personas, los católicos son el 3,24% de la población (141 millones), lo que evidencia una estabilidad en las cifras.

En Europa crece la población, llegando a 716 millones, pero, por segundo año consecutivo, disminuyó el número de católicos, que son el 39,87% (285 millones), una baja de 0,21%.

En Oceanía viven 38,7 millones de personas, y el 26,36% son católicos (10,2 millones) con un aumento del 0,24% respecto del año precedente.

Las circunscripciones eclesiásticas católicas, entre diócesis, vicariatos, prefecturas apostólicas y otros organismos en el mundo, son 3.006, ocho más respecto de 2014: 538 se encuentran en Africa, 1.091 en América, 538 en Asia, 758 en Europa y 81 en Oceanía

Hay 67 obispos más en el mundo, 5.034 en total, mientras que disminuyó en 136 el conjunto de sacerdotes, que pasaron a ser 415.656.

El informe de Fides revela, entre otros datos, que en el mundo hay 351.797 misioneros laicos, mientras que los catequistas son 3.122.653

La Iglesia Católica gestiona 216.548 instituciones educativas en el mundo, frecuentadas por más de 60 millones de alumnos.

Hay casi cinco millones y medio de jóvenes en instituciones católicas en estudios en escuelas superiores y universitarias. A esto se suman cerca de 118.000 instituciones sociales y caritativas católicas, tales como hospitales, leprosorios, orfanatos y asilos de ancianos repartidos en el mundo.

Asimismo, se brindó un cuadro de actividades de cooperación misionera de las Pontificias Obras Misioneras (Propagación de la Fe, San Pedro Apóstol, Infancia Misionera, Unión Misionera) que, en su apoyo a las iglesias locales (construcción de capillas y seminarios, instrucción, actividades pastorales y de formación), gastaron en 2016 cerca de u$s 134 millones.

Fuente: ANSA

https://www.valoresreligiosos.com.ar/Noticias/crece-el-catolicismo-ya-son-1300-millones-de-fieles-en-todo-el-mundo-11091?fbclid=IwAR0PY_yMTVPe4oKXwLOERcyLeBjsRygEHoKZcdr6pirDPW0Zm1WzTqQRnV8


Los obispos consuman el cambio: Juan José Omella, nuevo presidente de la Conferencia Episcopal; Osoro, vicepresidente.

marzo 4, 2020

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Omella y Osoro, los hombres del Papa Francisco en España.

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Los obispos consuman el cambio: Juan José Omella, nuevo presidente de la Conferencia Episcopal; Osoro, vicepresidente.

Se abre una nueva etapa para el episcopado de nuestro país, liderada por Omella, con el apoyo indudable del Consejo de Cardenales (en el que se encuentra su gran aliado, Carlos Osoro) y la plena aquiescencia de Roma, personificada en el nuevo Nuncio, Bernardito Auza.
El cardenal de Barcelona, además, jugará un papel importante como mediador en el conflicto catalán, que ha entrado en una nueva fase.
La relación con el Gobierno, sin duda, mejorará. Y en breve se reunirá tanto con la vicepresidenta Calvo como como el presidente Sánchez.

Juan José Omella es, desde esta mañana, nuevo presidente de la Conferencia Episcopal española. Siete años después, al fin, los obispos españoles asumen la ‘línea Francisco’ y eligen al que, sin lugar a dudas, es el elegido por Bergoglio para liderar la transición en la Iglesia española.

La fuerza del sector rouquista, esta vez, no ha podido imponer a su candidato, y aunque la votación de sondeo no dejó nada claro, como adelantó RD, lo cierto es que, por una vez, se impuso la cordura y se optó por la mejor solución.

Se abre una nueva etapa para el episcopado de nuestro país, liderada por Omella, con el apoyo indudable del Consejo de Cardenales (en el que se encuentra su gran aliado, Carlos Osoro) y la plena aquiescencia de Roma, personificada en el nuevo Nuncio, Bernardito Auza.

Y, posteriormente, saltó otra sorpresa, si cabe más grande: Carlos Osoro será vicepresidente. Francisco llega para quedarse en España.

El prelado ha recibido la noticia con tranquilidad, sabedor de que su candidatura era la lógica, pese a los intentos de última hora de los sectores ultraconservadores -episcopales y mediáticos- por descabalgarle. Su elección, además, marcará un antes y un después en las relaciones con el Gobierno.

El cardenal de Barcelona, por otro lado, jugará un papel importante como mediador en el conflicto catalán, que ha entrado en una nueva fase.

Transición en el episcopado

Su cercanía con Roma hará, además, posible la necesaria transición entre el modelo de obispo tradicional en España y los deseos de Francisco. En estos dos próximos años, más de una treintena de diócesis quedarán vacantes.

El papel que jugará Omella (miembro de la Congregación de Obispos) junto a Osoro (el tiket que RD anunció en diciembre ha funcionado), Blázquez y Cañizares, y el nuncio Auza, será fundamental para cambiar el rostro de la Iglesia española.

Entre los retos, abordar la ‘mayoría de edad’ de los laicos españoles, como quedó demostrado en el reciente Congreso de Laicos. Su auxiliar, Toni Vadell, que pronunció la ponencia final, será un factor importante en esta tesitura.

También, el ‘aggiornamento’ en la relación con la sociedad y los medios de comunicación. La relación con el Gobierno, sin duda, mejorará. Y en breve se reunirá tanto con la vicepresidenta Calvo como como el presidente Sánchez.

Una breve biografía*

Juan José Omella nace en la localidad de Cretas, provincia de Teruel y archidiócesis de Zaragoza, el 21 de abril de 1946. Estudió en el Seminario de Zaragoza y en Centros de Formación de los Padres Blancos en Lovaina y Jerusalén. El 20 de septiembre de 1970 recibía la ordenación sacerdotal.

En su ministerio sacerdotal, trabajó como Coadjutor y como Párroco y entre 1990 y 1996 como Vicario Episcopal en la diócesis de Zaragoza. Durante un año fue misionero en Zaire.

El 15 de julio de 1996 fue nombrado Obispo auxiliar de Zaragoza. Fue ordenado Obispo el 22 de septiembre de ese mismo año. El 27 de octubre de 1999 fue nombrado Obispo de la diócesis de Barbastro-Monzón, de la que tomó posesión el 12 de diciembre de 1999.

Entre el 24 de agosto de 2001 y el 19 de diciembre de 2003 fue Administrador Apostólico de Huesca y entre el 19 de octubre de 2001 y el 19 de diciembre de 2003, también Administrador Apostólico de Jaca.

El día 8 de abril de 2004 es nombrado Obispo de la diócesis de Calahorra y La Calzada-Logroño. Tomó posesión de la diócesis el 29 de mayo del mismo año.

El 6 de noviembre de 2015 se hizo público su nombramiento como Arzobispo de Barcelona, sede de la que tomó posesión el 26 de diciembre del mismo año.

El 31 de mayo de 2013 fue investido Prior Honorario de la Virgen de Valvanera por el Capítulo de Caballeros debido a su labor con la peregrinación de la Virgen por los diferentes municipios riojanos con motivo del Año de la Fe.

Miembro de la Congregación para los Obispos desde noviembre de 2014, tras ser renovado en diciembre de 2017. El 23 de diciembre de 2017, el Santo Padre lo nombró también miembro del Tribunal Supremo de la Signatura Apostólica.

Creado cardenal por el papa Francisco el 28 de junio de 2017.

*Elaborada por la CEE

https://www.religiondigital.org/espana/Juan-Jose-Omella-Conferencia-Episcopal-presidente-obispos-espana_0_2209878992.html?utm_source=dlvr.it&utm_medium=facebook


Maná y Vivencias Cuaresmales – Introducción

febrero 25, 2020
cuaresma
Cuaresma, tiempo de conversión y autenticidad

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Estimado amigo, apreciada amiga:

Otro año más, y con toda ilusión te ofrezco estas “Vivencias Cuaresmales” para cada día de la Cuaresma. Son fruto de la reflexión, oración y vivencia realizadas por varios años en mi estadía en Perú, Venezuela y España, Perú de nuevo por cuatro años largos, y ahora recién estrenando mi nueva misión y apostolado en Argentina, Buenos Aires. 

Espero, y así se lo pido sinceramente al Señor, que estas Vivencias te ayuden a experimentar esta próxima Cuaresma de 2020 como nunca antes la hayas sentido, sí, como nunca antes, porque Dios no se repite; es siempre nuevo.

El Vaticano difundió este lunes 24 de febrero el mensaje del Papa Francisco para la Cuaresma de este año 2020. En su mensaje, que lleva por título “En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios”, inspirado en la Segunda Carta a los Corintios, el Pontífice invita a escuchar el Misterio Pascual, aprovechar la invitación de Cristo a la conversión y a entrar en diálogo con Dios (https://www.aciprensa.com/noticias/mensaje-del-papa-francisco-para-la-cuaresma-de-2020-72557).

La finalidad de estas Vivencias Cuaresmales es ayudar a personas comprometidas en su fe a vivir el año litúrgico, y en este caso particular la Cuaresma, con intensidad y día a día. A la vez, ayudarles a simplificar su vida en Cristo inspirándola y alimentándola en la liturgia eucarística y de las horas.

Analizaremos día a día la espiritualidad del camino cuaresmal sirviéndonos de los textos litúrgicos y de algunas lecturas de los santos Padres, intencionadamente seleccionadas.

Somos conscientes de que la Cuaresma y la Pascua no se pueden separar demasiado porque forman conjuntamente el corazón del año litúrgico: son noventa días de celebración de lo más esencial del misterio cristiano y, por tanto, forman un todo único: son 40 días de Cuaresma, como preparación penitencial, y 50 días de celebración gozosa de la Pascua.

Se pretende vivir el tiempo de Cuaresma como un retiro general de toda la Iglesia: todos y cada uno de los bautizados tienen la oportunidad de renovar lo más nuclear de su fe, de su experiencia religiosa.

Para realizar esos ejercicios espirituales no hace falta irse a una casa de retiros sino seguir de cerca la liturgia cuaresmal, día a día, sin necesidad de abandonar sus ocupaciones habituales. Pero eso sí, dedicando un tiempo a la oración y a la lectura espiritual; y, si se puede, participando en la eucaristía diariamente.

Recordemos que en los comienzos de la Iglesia los cristianos sólo celebraban una fiesta: la Resurrección del Señor, todos los domingos. Pues el Señor resucitó el primer día de la semana. La Iglesia recoge la espiritualidad del sábado judío, el día del descanso. Los demás días de la semana no tenían nombre propio: se contaban como “el primer día después del sábado”, “segundo después del sábado”, y así sucesivamente.

Los cristianos le dieron nombre propio al día de la Resurrección del Señor, que ciertamente aconteció el primer día después del sábado, y lo llamaron “Día del Señor”; en latín, “Dies Domini”, o “Dies dominica”, que deriva en lengua romance “domingo”.

En realidad, para los primitivos cristianos sólo el día del Señor tenía nombre propio, los demás días de la semana eran conocidos como el primer día después del Día del Señor, segundo día después del Día del Señor, etc. En la liturgia latina se les conoce como feria prima, feria secunda, etc.

La centralidad del Día del Señor que orientaba la semana entera acaparaba toda la vida de los primitivos cristianos y la de las comunidades cristianas. De tal forma que un día entero les venía corto para celebrar la Resurrección del Señor.

No celebraban más fiestas. No celebraban más eucaristías, sino la dominical. Los días de la semana no eran sino la preparación para la celebración dominical, o consecuencia de la misma.

La Resurrección del Señor llenaba todo el domingo, como el día central de la semana. A la celebración traían los cristianos toda su existencia, con sus alegrías y sus penas y también sus pertenencias en forma de dones para compartirlo todo con los hermanos formando el Cuerpo de Cristo. Ese día nadie pasaba necesidad y desaparecían las clases sociales.

Se adelantaba o anticipaba el cielo a la tierra. Se traía comida para los pobres. La celebración eucarística se enmarcaba dentro de un ágape comunitario, previo o consecuente a la celebración sacramental. La comunidad hacía la eucaristía y ésta hacía o constituía a la comunidad.

No hacían falta más celebraciones durante la semana porque la celebración de la Resurrección era la experiencia fundante y suficiente de la comunidad y de cada creyente.

Lamentablemente, con el correr de los tiempos la celebración dominical se fue reduciendo a lo mínimo hasta degenerar en una caricatura del original Día del Señor, imponiendo la obligación de no trabajar y escuchar la misa.

Al principio no había necesidad de tal precepto dominical porque no se podía materialmente celebrar la Resurrección del Señor y estar ocupado en otros quehaceres durante aquel día tan especial y sagrado para todos.

Además, necesitaban celebrar la eucaristía, como algo vital. Sin eucaristía, no podían vivir. Y algunos murieron mártires por no renunciar a la misa dominical.

No obstante lo anterior, por diferentes motivos, en algunas comunidades se fue introduciendo la costumbre de prepararse siquiera una vez al año, de manera especial, para celebrar lo mejor posible la Muerte y Resurrección del Señor.

Es decir, además de la celebración semanal de la Resurrección del Señor, habría una celebración extraordinaria, una vez al año, de la Muerte y Resurrección del Señor.

Así fueron apareciendo prácticas litúrgicas que dieron lugar a los tiempos sagrados del actual año litúrgico y concretamente al tiempo cuaresmal y pascual tal como los conocemos hoy y los celebramos.

Sin pretender entrar en mayores precisiones históricas y litúrgicas y atendiendo a nuestra comprensión y vivencia espiritual, se podría describir la historia de la Cuaresma en tres apartados:

a) En la primitiva Iglesia, la Cuaresma fue la preparación inmediata e intensiva de los neófitos para ser bautizados la noche de la Vigilia Pascual. La Iglesia, madre y misionera, da a luz a nuevos hijos en la fe por la proclamación de la Palabra y la celebración del sacramento del bautismo, de la confirmación y de la eucaristía.

En la actualidad, crecen cada vez más las personas adultas que se preparan para recibir la iniciación cristiana en la noche de Pascua, en la Vigilia Pascual. Es una oportunidad que no debemos desaprovechar, ya que, por diversas circunstancias, cada vez se quedan más niños sin bautizar.

b) La Iglesia primitiva se encontró con el problema de la infidelidad de los bautizados. Algunos cristianos habían devenido en pecadores públicos, por su dejadez, por las persecuciones y otros motivos: la Cuaresma era el tiempo en que los pecadores públicos hacían penitencia y reasumían el bautismo recibido; eran perdonados por Dios y por la Iglesia, y aceptados nuevamente a la participación eclesial expresada en la comunión eucarística.

En el tiempo de la Cuaresma toda la Iglesia ora, intercede y se sacrifica por estos hijos que no vivían de acuerdo con la fe, clamando a Dios para que se convirtieran. Pues constituían un escándalo dentro de la Iglesia y de cara a los paganos. Después de una penitencia pública y cambio real de vida, eran acogidos de nuevo en el seno de la comunidad creyente.

c) Además, toda la Iglesia acompañaba a los neófitos renovando la gracia bautismal.

En la Iglesia actual, nosotros, toda la Iglesia vuelve durante la cuaresma a su primer amor; y empalmando con la Pascua, vive lo fundamental y primigenio de su fe: la muerte y la resurrección del Señor. Cuarenta días de preparación por la penitencia, la oración, la limosna… y cincuenta días de celebración de la Pascua.

Durante noventa días, todos los fieles, una vez al año, reviven la salvación que se les dio como don y tarea; y tratan de reasumir los sacramentos del bautismo y de la confirmación actualizados en la celebración eucarística.

Se trata de los tres sacramentos de la iniciación cristiana que contienen lo nuclear del misterio cristiano, base para toda otra experiencia religiosa o misión particular.

Cuaresma y Pascua son la preparación y la vivencia del Misterio central de nuestra fe: la muerte y la resurrección de Cristo.

Las siguientes consideraciones, denominadas “Vivencias Cuaresmales” son pinceladas fundamentalmente bíblicas referidas a las lecturas y a la liturgia de la Eucaristía diaria durante la Cuaresma. También se ha recurrido a los textos de la liturgia de las horas propia del tiempo, preferentemente.

En estas reflexiones y exhortaciones se intenta profundizar en las raíces de la vida cristiana a fin de facilitar su vivencia convencida y gozosa. Las lecturas bíblicas seleccionadas para este tiempo litúrgico, sobre todo las de la misa, ofrecen un resumen enjundioso del misterio cristiano: que gira en torno a los sacramentos del bautismo, de la confirmación y de la eucaristía.

Estos tres sacramentos de la iniciación cristiana deben ser reasumidos constantemente por los creyentes, de tal forma que esa reasunción de lo recibido es prácticamente la razón de toda la actividad pastoral de la Iglesia.

Lo que se nos regaló de una vez por todas en el bautismo y la confirmación se actualiza en la celebración eucarística tantas veces cuantas necesite el cristiano: una vez a la semana, el domingo, para todos los fieles; en la misa diaria, para otros; y esporádicamente en otras circunstancias que enmarcan una experiencia importante en la vida de los creyentes como la celebración del natalicio, aniversario matrimonial, misa de salud o por los enfermos, fallecimiento de algún ser querido, etc.

En el orden del trabajo y de exposición de la Vivencias Cuaresmales, se tratará de resaltar algunas constantes de la espiritualidad cuaresmal.

Pretendo transmitir no tanto ideas y teorías sino sobre todo realidades vivenciales, expuestas de forma sencilla, sucinta e interpeladora. A veces habrá una oración final. Se suele recoger con bastante atención y ponderación la oración colecta, considerada como una señal muy significativa de la espiritualidad propia de cada celebración eucarística.

Estas Vivencias Cuaresmales se ofrecen a todos los interesados como una ayuda para vivir un tiempo especial de reflexión, de serenamiento, de oración y renovación espiritual, y de remisión de los pecados personales y sociales.

Las ofrezco como un retiro espiritual que puede ejercitarnos día a día en el crecimiento espiritual integral.

El gran milagro que podemos alcanzar en esta Cuaresma será nuestra propia conversión al Señor y a los hermanos, un poco más sincera y sentida. Que seamos personas nuevas, transformadas por el amor de Dios.

¡Qué lindo sería que todos los miembros de la familia, de la parroquia, de la comunidad, de nuestra patria, pudiéramos comulgar por Pascua Florida, dejando atrás nuestros pecados personales y sociales!

En cuanto dependa de ti, hermano, hermana, hazlo realidad. La gracia de lo alto no te faltará, pues eso es precisamente lo que más quiere Dios.

Para lograr esa meta, irás meditando, día a día, la Palabra de Dios. Ella es eficaz para producir en ti un cambio muy notable, si no total. Casi de manera insensible Dios amanecerá en tu vida durante esta Cuaresma si eres perseverante.

Te ofreceremos muchos medios para lograrlo. Entre ellos, ejercicios para el perdón y el proyecto personal de vida cristiana.

Enhorabuena por esta oportunidad. Dios te ama mucho y no se resigna a que andes por el mundo de cualquier manera. No quiere que permanezcas trancado en el camino hacia la felicidad y la libertad que nos pertenece en Cristo. Dios, como padre amoroso, te corrige para el bien, porque para él eres un hijo preferido.

¡Ánimo, hermano, hermana, y decídete a experimentar la mejor Cuaresma de tu vida!

Como anotación final: se te recomienda la participación diaria en la Misa o los días que puedas. Si no te es posible asistir, te ofrecemos los textos bíblicos utilizados en la misa para que los conozcas, los leas, según tus posibilidades, los repases, e incluso los medites en tu casa o en la iglesia.

Conclusión

Según San León Magno, la Cuaresma es “un retiro colectivo de cuarenta días, durante los cuales la Iglesia, proponiendo a sus fieles el ejemplo de Cristo en su retiro al desierto, se prepara para la celebración de las solemnidades pascuales con la purificación del corazón y una práctica perfecta de la vida cristiana” (Esta definición es deducida del análisis del sermón 42).

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NOTA: Algunas mujeres se plantean la conveniencia de usar velo o mantilla en la misa o en ciertos momentos de oración y de piedad. El tiempo cuaresmal y la semana santa parecen como más apropiados para usar velo. Pensando en las personas interesadas ofrezco estos dos enlaces:

Uno del Padre Miguel Martínez, http://www.padremiguel.info/mujer-como-te-vistes-delante-de-dios/;

Y otro personal, https://ismaelojeda.wordpress.com/2018/02/13/vuelve-el-uso-del-velo-o-mantilla-entre-las-mujeres-catolicas/

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El maná de cada día, 23.2.20

febrero 22, 2020

Domingo VII del Tiempo Ordinario, Ciclo A

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Amad a vuestros enemigos, y rezad por los que os persiguen
Amad a vuestros enemigos, y rezad por los que os persiguen


Antífona de entrada

Confío, Señor, en tu misericordia; alegra mi corazón con tu auxilio. Cantaré al Señor por el bien que me ha hecho.

Oración colecta

Concédenos, Señor, ser dóciles a las inspiraciones de tu Espíritu para que realicemos siempre en nuestra vida tu santa voluntad. Por nuestro Señor Jesucristo.

PRIMERA LECTURA: Levítico 19, 1-2. 17-18

El Señor habló a Moisés: «Habla a la asamblea de los hijos de Israel y diles: “Seréis santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo.

No odiarás de corazón a tu hermano. Reprenderás a tu pariente, para que no cargues tú con su pecado.

No te vengarás ni guardarás rencor a tus parientes, sino que amarás a tu prójimo como a ti mismo.

Yo soy el Señor”»


SALMO 102

El Señor es compasivo y misericordioso.

Bendice, alma mía, al Señor, y todo mi ser a su santo nombre. Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides sus beneficios.

Él perdona todas tus culpas y cura todas tus enfermedades; él rescata tu vida de la fosa y te colma de gracia y de ternura.

El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia; no nos trata como merecen nuestros pecados ni nos paga según nuestras culpas.

Como dista el oriente del ocaso, así aleja de nosotros nuestros delitos. Como un padre siente ternura por sus hijos, siente el Señor ternura por sus fieles.


SEGUNDA LECTURA: 1 Corintios 3, 16-23

Hermanos:

¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?

Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él; porque el templo de Dios es santo: ese templo sois vosotros.

Que nadie se engañe. Si alguno de vosotros se cree sabio en este mundo, que se haga necio para llegar a ser sabio.

Porque la sabiduría de este mundo es necedad ante Dios, como está escrito: “Él caza a los sabios en su astucia” Y también: “El Señor penetra los pensamientos de los sabios y conoce que son vanos”

Así, pues, que nadie se gloríe en los hombres, pues todo es vuestro: Pablo, Apolo, Cefas, el mundo, la vida, la muerte, lo presente, lo futuro. Todo es vuestro, vosotros de Cristo, y Cristo de Dios.

Aclamación antes del Evangelio: 1 Jn 2, 5

Quien guarda la palabra de Cristo, ciertamente el amor de Dios ha llegado en él a su plenitud.

EVANGELIO: Mateo 5, 38-48

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Habéis oído que se dijo: “Ojo por ojo, diente por diente”. Yo, en cambio, os digo: No hagáis frente al que os agravia.

Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también la capa; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos; a quien te pide, dale, y al que te pide prestado, no lo rehuyas.

Habéis oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo”. Yo, en cambio, os digo: Amad a vuestros enemigos, y rezad por los que os persiguen. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, que hace salir el sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos.

Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y, si saludáis sólo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto.»

Antífona de comunión: Jn 11, 27

Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.

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SIN LA CARIDAD, TODO ES VANIDAD DE VANIDADES

De los Capítulos de san Máximo Confesor, abad, sobre la caridad

La caridad es aquella buena disposición del ánimo que nada antepone al conocimiento de Dios. Nadie que esté subyugado por las cosas terrenas podrá nunca alcanzar esta virtud del amor a Dios.

El que ama a Dios antepone su conocimiento a todas las cosas por él creadas, y todo su deseo y amor tienden continuamente hacia él.

Como sea que todo lo que existe ha sido creado por Dios y para Dios, y Dios es inmensamente superior a sus criaturas, el que dejando de lado a Dios, incomparable­mente mejor, se adhiere a las cosas inferiores demuestra con ello que tiene en menos a Dios que a las cosas por él creadas.

El que me ama –dice el Señor– guardará mis mandamientos. Éste es mi mandamiento: que os améis unos a otros. Por tanto, el que no ama al prójimo no guarda su mandamiento. Y el que no guarda su mandamiento no puede amar a Dios.

Dichoso el hombre que es capaz de amar a todos los hombres por igual.

El que ama a Dios ama también inevitablemente al prójimo; y el que tiene este amor verdadero no puede guardar para sí su dinero, sino que lo reparte según Dios a todos los necesitados.

El que da limosna no hace, a imitación de Dios, discri­minación alguna, en lo que atañe a las necesidades corpo­rales, entre buenos y malos, justos e injustos, sino que reparte a todos por igual, a proporción de las necesidades de cada uno, aunque su buena voluntad le inclina a pre­ferir a los que se esfuerzan en practicar la virtud, más bien que a los malos.

La caridad no se demuestra solamente con la limosna, sino, sobre todo, con el hecho de comunicar a los demás las enseñanzas divinas y prodigarles cuidados corporales.

El que, renunciando sinceramente y de corazón a las cosas de este mundo, se entrega sin fingimiento a la prác­tica de la caridad con el prójimo pronto se ve liberado de toda pasión y vicio, y se hace partícipe del amor y del conocimiento divinos.

El que ha llegado a alcanzar en sí la caridad divina no se cansa ni decae en el seguimiento del Señor, su Dios, según dice el profeta Jeremías, sino que soporta con for­taleza de ánimo todas las fatigas, oprobios e injusticias, sin desear mal a nadie.

No digáis –advierte el profeta Jeremías–: «Somos tem­plo del Señor». Tú no digas tampoco: «La sola y escueta fe en nuestro Señor Jesucristo puede darme la salvación» Ello no es posible si no te esfuerzas en adquirir también la caridad para con Cristo, por medio de tus obras. Por lo que respecta a la fe sola, dice la Escritura: También los demonios creen y tiemblan.

El fruto de la caridad consiste en la beneficencia since­ra y de corazón para con el prójimo, en la liberalidad y la paciencia; y también en el recto uso de las cosas (Centuria 1, cap. 1,4-5.16-17.23-24.26-28.30-40).

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