El maná de cada día, 11.12.19

diciembre 11, 2019

Miércoles de la 2ª semana de Adviento

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Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré

Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré



PRIMERA LECTURA: Isaías 40, 25-31

«¿A quién podéis compararme, que me asemeje?», dice el Santo. Alzad los ojos a lo alto y mirad: ¿Quién creó aquello?

El que cuenta y despliega su ejército y a cada uno lo llama por su nombre; tan grande es su poder, tan robusta su fuerza, que no falta ninguno.

Por qué andas hablando, Jacob, y diciendo, Israel: «Mi suerte está oculta al Señor, mi Dios ignora mi causa»? ¿Acaso no lo sabes, es que no lo has oído?

El Señor es un Dios eterno y creó los confines del orbe. No se cansa, no se fatiga, es insondable su inteligencia.

Él da fuerza al cansado, acrecienta el vigor del inválido; se cansan los muchachos, se fatigan, los jóvenes tropiezan y vacilan; pero los que esperan en el Señor renuevan sus fuerzas, echan alas como las águilas, corren sin cansarse, marchan sin fatigarse.


SALMO 102,1-2.3-4.8.10

Bendice, alma mía, al Señor.

Bendice, alma mía, al Señor, y todo mi ser a su santo nombre. Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides sus beneficios.

Él perdona todas tus culpas y cura todas tus enfermedades; él rescata tu vida de la fosa y te colma de gracia y de ternura.

El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia; no nos trata como merecen nuestros pecados ni nos paga según nuestras culpas.


Aclamación antes del Evangelio

Mirad que llega el Señor para salvar a su pueblo; dichosos los que están preparados para salir a su encuentro.

EVANGELIO: Mateo 11, 28-30

En aquel tiempo, exclamó Jesús:

«Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.»

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JESÚS, MODELO DE MANSEDUMBRE

P. Francisco Fernández Carvajal

El texto del profeta Isaías en la Primera lectura de la Misa (1), como el Salmo responsorial (2), nos invitan a contemplar la grandeza de Dios, frente a esa debilidad nuestra que conocemos por la experiencia de repetidas caídas.

Y nos dicen que el Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en misericordia (3), y quienes esperan en Él renuevan sus fuerzas, les nacen alas como de águila, corren sin cansarse, marchan sin fatigarse (4).

El Mesías trae a la humanidad un yugo y una carga, pero ese yugo es llevadero porque es liberado y la carga no es pesada, porque Él lleva la parte más dura. Nunca nos agobia el Señor con sus preceptos y mandatos; al contrario, ellos nos hacen más libres y nos facilitan siempre la existencia.

Venid a mí todos los fatigados y agobiados, y yo os aliviaré, nos dice Jesús en el Evangelio de la Misa. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas: porque mi yugo es suave y mi carga ligera (5).

Se propone a Sí mismo el Señor como modelo de mansedumbre y de humildad, virtudes y actitudes del corazón que irán siempre juntas.

Se dirige Jesús a aquellas gentes que le siguen, maltratadas y abatidas como ovejas sin pastor (6), y se gana su confianza con la mansedumbre de su corazón, siempre acogedor y comprensivo.

La liturgia de Adviento nos propone a Cristo manso y humilde para que vayamos a Él con sencillez, y también para que procuremos imitarle como preparación de la Navidad. Sólo así podremos comprender los sucesos de Belén; sólo así podremos hacer que quienes caminan junto a nosotros nos acompañen hasta el Niño Dios.

A un corazón manso y humilde, como el de Cristo, se abren las almas de par en par. Allí, en su Corazón amabilísimo, encontraban refugio y descanso las multitudes; y también ahora se sienten fuertemente atraídas por Él, y en Él hallan la paz.

El Señor nos ha dicho que aprendamos de Él. La fecundidad de todo apostolado estará siempre muy relacionada con esta virtud de la mansedumbre.

Si observamos de cerca a Jesús, le vemos paciente con los defectos de sus discípulos, y no tendrá inconveniente en repetir una y otra vez las mismas enseñanzas, explicándolas detalladamente, para que sus íntimos, lentos y distraídos, conozcan la doctrina de la salvación.

No se impacienta con sus tosquedades y faltas de correspondencia. Verdaderamente, Jesús, “que es Maestro y Señor nuestro, manso y humilde de corazón, atrajo e invitó pacientemente a sus discípulos” (7).

Imitar a Jesús en su mansedumbre es la medicina para nuestros enfados, impaciencias y faltas de cordialidad y de comprensión. Ese espíritu sereno y acogedor nacerá y crecerá en nosotros en la medida en que tengamos más presencia de Dios y consideremos con más frecuencia la vida de Nuestro Señor.

“Ojalá fuera tal tu compostura y tu conversación, que todos pudieran decir al verte o al oírte hablar: éste lee la vida de Jesucristo” (8). Especialmente la contemplación de Jesús nos ayudará a no ser altivos y a no impacientarnos ante las contrariedades.

No cometamos el error de pensar que ese “mal carácter” nuestro, manifestado en ocasiones y circunstancias bien determinadas, depende de la forma de ser de quienes nos rodean.

“La paz de nuestro espíritu no depende del buen carácter y benevolencia de los demás. Ese carácter bueno y esa benignidad de nuestros prójimos no están sometidos en modo alguno a nuestro poder y a nuestro arbitrio. Esto sería absurdo.

La tranquilidad de nuestro corazón depende de nosotros mismos. El evitar los efectos ridículos de la ira debe estar en nosotros, y no supeditarlo a la manera de ser de los demás. El poder de superar nuestro mal carácter no ha de depender de la perfección ajena, sino de nuestra virtud” (9).

La mansedumbre se ha de poner especialmente de manifiesto en aquellas circunstancias en las que la convivencia puede resultar más dificultosa.

(1) Cfr. Is 40, 25-31.- (2) Sal 102, 1-2. 8. 10.- (3) Sal 102, 8.- (4) Is 40-31.- (5) Mt 11, 28-30.- (6) Mt 9, 36.- (7) CONC. VAT. II, Decl. Dignitatis humanae, 11.- (8) J. ESCRIVA DE BALAGUER, Camino, n. 2.- (9) CASIANO, Constituciones, 8.-

www.homilética.org


El maná de cada día, 24.11.19

noviembre 23, 2019

Domingo XXXIV del Tiempo Ordinario, Ciclo C

Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo

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Él es anterior a todo, y todo se mantiene en Él.

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Antífona de entrada: Ap 5, 12; 1, 6

Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza y el honor. A él la gloria y el poder por los siglos de los siglos.


Oración colecta

Dios todopoderoso y eterno, que quisiste fundar todas las cosas en tu Hijo muy amado, Rey del Universo, haz que toda la creación, liberada de la esclavitud del pecado, sirva a tu majestad y te glorifique sin fin. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: 2 Samuel 5, 1-3

En aquellos días, todas las tribus de Israel fueron a Hebrón a ver a David y le dijeron: «Hueso tuyo y carne tuya somos; ya hace tiempo, cuando todavía Saúl era nuestro rey, eras tú quien dirigías las entradas y salidas de Israel. Además el Señor te ha prometido: “Tú serás el pastor de mi pueblo Israel, tú serás el jefe de Israel.”»

Todos los ancianos de Israel fueron a Hebrón a ver al rey, y el rey David hizo con ellos un pacto en Hebrón, en presencia del Señor, y ellos ungieron a David como rey de Israel.


SALMO 121,1-2.4-5

Vamos alegres a la casa del Señor.

Qué alegría cuando me dijeron: «Vamos a la casa del Señor»! Ya están pisando nuestros pies tus umbrales, Jerusalén.

Allá suben las tribus, las tribus del Señor, según la costumbre de Israel, a celebrar el nombre del Señor; en ella están los tribunales de justicia, en el palacio de David.


SEGUNDA LECTURA: Colosenses 1, 12-20

Hermanos: Damos gracias a Dios Padre, que nos ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo en la luz. Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido, por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados.

Él es imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura; porque por medio de él fueron creadas todas las cosas: celestes y terrestres, visibles e invisibles, Tronos, Dominaciones, Principados, Potestades; todo fue creado por él y para él.

Él es anterior a todo, y todo se mantiene en él. Él es también la cabeza del cuerpo: de la Iglesia.

Él es el principio, el primogénito de entre los muertos, y así es el primero en todo. Porque en él quiso Dios que residiera toda la plenitud. Y por él quiso reconciliar consigo todos los seres: los del cielo y los de la tierra, haciendo la paz por la sangre de su cruz.


Aclamación antes del Evangelio: Mc 11, 9b-10a

Bendito el que viene en nombre del Señor. Bendito el reino que llega, el de nuestro padre David.


EVANGELIO: Lucas 23, 35-43

En aquel tiempo, las autoridades hacían muecas a Jesús, diciendo: «A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido.»

Se burlaban de él también los soldados, ofreciéndole vinagre y diciendo: «Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo.»

Había encima un letrero en escritura griega, latina y hebrea: «Este es el rey de los judíos.»

Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros.»

Pero el otro lo increpaba: «¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en el mismo suplicio? Y lo nuestro es justo, porque recibimos el pago de lo que hicimos; en cambio, este no ha faltado en nada.»

Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino.» Jesús le respondió: «Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso.»


Antífona de comunión: Sal 28, 10-11

El Señor se sienta como rey eterno, el Señor bendice a su pueblo con la paz.
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CRISTO REY ¡PURA BENDICIÓN!

El arte de bendecir a discreción
como requisito para entrar al Reino de Cristo

La fiesta de Cristo Rey es una oportunidad para revisar nuestras actitudes ante el reinado de Cristo: ¿Le permitimos establecer su reinado dentro de nosotros mismos y en nuestro entorno familiar y social?

Si él es Rey, su reinado es único y nuestra mayor dicha consistirá en ofrecerle nuestra obediciencia obsequiosa y nuestra total y gozosa pleitesía, no tanto la propia de siervos, sino la de verdaderos amigos. Actuando no por temor sino por amor. 

Por tanto, nuestra felicidad consiste en trabajar por el Reino de Cristo, comenzando por nosotros mismos. Pues se nos dijo: El Reino no está aquí o allí, está dentro de vosotros mismos.

Estimada hermana, apreciable hermano: hoy te propongo vivir de manera “gloriosa” en el Reino de Cristo.

¿Sabes cómo? Bendiciendo a discreción: ejercitándote en el arte de la bendición. Es decir, sintonizando con el Corazón de Cristo para cumplir la voluntad del Padre que desea que todos tengamos vida, y la tengamos en abundancia.

Jesús habló muy bien de su Padre celestial, “dijo bien” de él, bendijo a su Padre con sus palabras y obras, con toda su vida. Tanto, que Jesús es la “bendición” en persona, nuestra bendición para el Padre Dios. En Cristo toda la humanidad, todas las cosas, se elevan hasta el Padre dándole gracias, bendiciéndolo: porque él es digno de toda bendición, porque sólo él es santo, sólo él es el bueno.

Esta elevación de Jesús hasta el Padre la realiza movido por el Espíritu Santo. Antes de salir a predicar el Reino, Jesús recibió el bautismo en el Jordán. En ese momento el Padre le envió el Espíritu Santo para que pudiera llevar a cabo su voluntad salvífica: que todos los hombres se salven y nadie se pierda. 

Cuando Jesús predicaba a las turbas y veía la mano del Padre salvando a los más pobres, quedaba admirado y se emocionaba. Y, conmovido interiormente por el Espíritu Santo, no podía menos que alabar a su Padre Dios porque todo lo ha dispuesto con sabiduría y amor. 

De esta manera, Jesús ofrece al Padre su obediencia filial y la acción de gracias de sus hermanos los hombres, y se convierte en la “bendición ascendente” que sube de la tierra hasta el cielo.

Pero a la vez, Jesús es la “bendición” que está bajando del cielo, pues, en Cristo, el Padre ha “dicho bien” de nosotros, ha hablado bien de toda la creación. Ha dicho la primera y última palabra sobre todo lo creado. El Padre nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bendiciones en el cielo y en la tierra. Cristo es la “bendición descendente” en persona. 

¿Cuál es entonces nuestra postura existencial y santa ante un Dios y Padre que nos bendice en su querido Hijo mediante la acción del Espíritu? Pues bendecir con nuestras obras y palabras a Dios primero, y después a todos nuestros hermanos tal y como nos bendice nuestro Padre Dios a través de Cristo, Rey del universo.

Sí, nuestra salvación está en que, gracias a la acción del Espíritu del Padre y del Hijo, nos dejemos llenar de la bondad de Dios Padre y de la humildad de Cristo Jesús para ser capaces de bendecir de corazón a todos nuestros hermanos y a toda la creación.

Bendecir, sí, nunca maldecir. Sacar, a la vez, de nuestro corazón toda ojeriza, resentimiento, fastidio y tristeza. Y bendecir a discreción a todo y a todos, hablar bien de los demás, comprender, respetar, admirar, venerar, perdonar incondicionalmente, confiar, dialogar, devolver bien por mal, convivir en paz y dar vida y bendición a discreción.

He aquí un camino de santidad, de liberación y de felicidad que nos mostró el Maestro cuando nos mandó expresamente: Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso.

Así como Jesús, antes de salir a predicar, recibió el Espíritu, así nosotros debemos asegurarnos de haber recibido la fuerza de lo alto; de tener nuestro corazón en paz y alegría. Porque sin Espíritu no podemos hacer la obra que Dios quiere. Jesús mandó a los apóstoles no salir de Jerusalén hasta recibir el Espíritu.

Por eso, ante cualquier propuesta de conversión y de compromiso apostólico, nos hace bien recordar las palabras de Jesús: Me quedan muchas cosas que deciros, pero por ahora no podéis cargar con ellas. Cuando venga el Espíritu os lo enseñará todo y os capacitará para ser mis testigos hasta los confines de la tierra.

Estimados hermanos, esta propuesta del “arte de bendecir” no la podemos realizar por nosotros mismos, con nuestras fuerzas, porque, debido al pecado, por naturaleza, somos egoístas, envidiosos, avariciosos, y hasta insensibles. El ideal es no criticar y despreciar, no juzgar y condenar a nadie.

De manera positiva, la meta es siempre amar y perdonar, por encima de todo. Esto es humanamente imposible, pero posible para Dios. Más aún, es lo que más desea Dios: quiere lo mejor para nosotros, y nos quiere ver libres y felices. La gloria de Dios está en que el hombre viva. Es lo que más le gusta.  

Así que vamos a pedirle a Dios el poder del Espíritu, o mejor, vamos a bendecirlo porque ya nos lo ha dado, ya nos está infundiendo el Espíritu de comunión que une a la Trinidad, el Espíritu que hace a la Iglesia comunidad de hermanos que tienen una sola alma y un solo corazón orientados hacia Dios.

Por tanto, apoyados en la fe y esperanza que no defraudan, tratemos de ensayar, en virtud de la inspiración del Espíritu Santo, un tipo de vida cristiana que nos lleve a bendecir a todas las personas con las que a diario convivimos llenándonos de sentimientos de aprecio, simpatía, comprensión y ternura.

Pediremos al Espíritu que las habite internamente a esas personal, dándoles salud, trabajo, satisfacción personal y felicidad. Intercederemos ante Dios para que les tenga paciencia, les enseñe en su interior, para que les perdone sus debilidades, les conceda progresar en todo hasta la felicidad plena en Cristo Jesús, el Rey del universo.

Repasaremos la exhortación de Jesús: bendecid sí, nunca maldigáis. No juzguéis para que no seáis juzgados. No condenéis para que no seáis condenados. Pues la medida que uséis con los demás, esa misma la usarán con vosotros. Al bendecir a los demás, la bendición recae sobre nosotros, en primer lugar, y después sobre los otros. Bendecid, sí, bendecid, pues estáis llamados a heredar una bendición.

¿A quién bendecir? A todos; y de corazón; con la mayor sinceridad posible. Absolutamente a todos. Bendecir especialmente al hermano que nos cae mal, al que nos ha ofendido o se manifiesta como enemigo gratuito, al que nos molesta, al que nos deprecia o nos trata injustamente…

Bendecirlo: comprender, disculpar, amar, perdonar incondicionalmente. Ejercitarse en ello aunque nos parezca hipocresía de nuestra parte porque no sentimos todo el afecto que desearíamos experimentar; querríamos sentir más cercanía, más paciencia y comprensión con ese hermano a quien estamos bendiciendo y queremos bendecir.

Esta misma deficiencia en el cariño hacia los otros debe estimularnos a seguir ejercitándonos en el arte de bendecir, de perdonar y de amar incondicionalmente a todo el mundo. La unción del Espíritu de Jesús va haciendo su obra en nosotros y nos va transformando.

Algunas personas se ejercitan diariamente, y casi de continuo, en esta práctica de la bendición y el resultado es que se sienten tan bendecidas que nunca pudieron imaginar tal cosa. Es consecuencia de la presencia del Espíritu que une, sana, alivia, renueva, vigoriza, pacifica… ¿Por qué no te animas a hacer lo mismo? Tú puedes ser una de esas personas plenas y felices, llenas del gozo del Espíritu.

Bien, hermana, bueno, hermano: que Cristo Rey nos bendiga trasmitiéndonos su santo Espíritu para que nosotros podamos bendecir cada vez más y mejor, a discreción, y así avanzar en el camino de la santidad, de la libertad y de la felicidad. Para la gloria de Dios. Amén.

P. Ismael Ojeda Lozano, oar.

Madrid, nov. 2019

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El maná de cada día, 20.11.19

noviembre 20, 2019

Miércoles de la 33ª semana del Tiempo Ordinario

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Nunca nos pesará haberle amado

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PRIMERA LECTURA: 2 Macabeos 7, 1.20-31

En aquellos días, arrestaron a siete hermanos con su madre. El rey los hizo azotar con látigos y nervios para forzarlos a comer carne de cerdo, prohibida por la Ley.

Pero ninguno más admirable y digno de recuerdo que la madre. Viendo morir a sus siete hijos en el espacio de un día, lo soportó con entereza, esperando en el Señor.

Con noble actitud, uniendo un temple viril a la ternura femenina, fue animando a cada uno, y les decía en su lengua:

«Yo no sé cómo aparecisteis en mi seno; yo no os di el aliento ni la vida, ni ordené los elementos de vuestro organismo. Fue el creador del universo, el que modela la raza humana y determina el origen de todo. Él, con su misericordia, os devolverá el aliento y la vida, si ahora os sacrificáis por su ley.»

Antíoco creyó que la mujer lo despreciaba, y sospechó que lo estaba insultando. Todavía quedaba el más pequeño, y el rey intentaba persuadirlo, no sólo con palabras, sino que le juraba que si renegaba de sus tradiciones lo haría rico y feliz, lo tendría por amigo y le daría algún cargo.

Pero como el muchacho no hacía ningún caso, el rey llamó a la madre y le rogaba que aconsejase al chiquillo para su bien. Tanto le insistió, que la madre accedió a persuadir al hijo; se inclinó hacia él y, riéndose del cruel tirano, habló así en su idioma:

«Hijo mío, ten piedad de mí, que te llevé nueve meses en el seno, te amamanté y crié tres años y te he alimentado hasta que te has hecho un joven. Hijo mío, te lo suplico, mira el cielo y la tierra, fíjate en todo lo que contienen y verás que Dios lo creó todo de la nada, y el mismo origen tiene el hombre.

No temas a ese verdugo, no desmerezcas de tus hermanos y acepta la muerte. Así, por la misericordia de Dios, te recobraré junto con ellos.»

Estaba todavía hablando, cuando el muchacho dijo: «¿Qué esperáis? No me someto al decreto real. Yo obedezco los decretos de la ley dada a nuestros antepasados por medio de Moisés. Pero tú, que has tramado toda clase de crímenes contra los hebreos, no escaparás de las manos de Dios.»


SALMO 16, 1.5-6.8.15

Al despertar, Señor, me saciaré de tu semblante.

Señor, escucha mi apelación, atiende a mis clamores, presta oído a mi súplica, que en mis labios no hay engaño.

Mis pies estuvieron firmes en tus caminos, y no vacilaron mis pasos. Yo te invoco porque tú me respondes, Dios mío; inclina el oído y escucha mis palabras.

Guárdame como a las niñas de tus ojos, a la sombra de tus alas escóndeme. Pero yo con mi apelación vengo a tu presencia, y al despertar me saciaré de tu semblante.


Aclamación antes del Evangelio: Jn 15, 16

Yo os he elegido del mundo, para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure, dice el Señor.


EVANGELIO: Lucas 19, 11-28

En aquel tiempo, dijo Jesús una parábola; el motivo era que estaba cerca de Jerusalén, y se pensaban que el reino de Dios iba a despuntar de un momento a otro. Dijo, pues:

«Un hombre noble se marchó a un país lejano para conseguirse el título de rey, y volver después. Llamó a diez empleados suyos y les repartió diez onzas de oro, diciéndoles: “Negociad mientras vuelvo.”

Sus conciudadanos, que lo aborrecían, enviaron tras él una embajada para informar: “No queremos que él sea nuestro rey.” Cuando volvió con el título real, mandó llamar a los empleados a quienes había dado el dinero, para enterarse de lo que había ganado cada uno.

El primero se presentó y dijo: “Señor, tu onza ha producido diez.” Él le contestó: “Muy bien, eres un empleado cumplidor; como has sido fiel en una minucia, tendrás autoridad sobre diez ciudades.” El segundo llegó y dijo: “Tu onza, señor, ha producido cinco.” A ése le dijo también: “Pues toma tú el mando de cinco ciudades.”

El otro llegó y dijo: “Señor, aquí está tu onza; la he tenido guardada en el pañuelo; te tenía miedo, porque eres hombre exigente, que reclamas lo que no prestas y siegas lo que no siembras.”

Él le contestó: “Por tu boca te condeno, empleado holgazán. ¿Conque sabías que soy exigente, que reclamo lo que no presto y siego lo que no siembro? Pues, ¿por qué no pusiste mi dinero en el banco? Al volver yo, lo habría cobrado con los intereses.”

Entonces dijo a los presentes: “Quitadle a este la onza y dádsela al que tiene diez.” Le replicaron: “Señor, si ya tiene diez onzas.” “Os digo: ‘Al que tiene se le dará, pero al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene.’

Y a esos enemigos míos, que no me querían por rey, traedlos acá y degolladlos en mi presencia.”»

Dicho esto, echó a andar delante de ellos, subiendo hacia Jerusalén.

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ESPÍRITU SANTO, DANOS EL FRUTO DE LA FIDELIDAD

“Dios es fiel en todas sus palabras, en todas sus obras” (Sal 145). La tónica general de la historia de Dios con el hombre es su fidelidad. Nada, ni siquiera el pecado, impide a Dios llevar adelante su plan de salvación, aunque el hombre caiga, una y otra vez, en la duda, en la traición, en la desidia o en la negación.

La fidelidad a Dios es un deber que ha de nacer de un profundo y delicado amor. No es cuestión de voluntarismo, ni siquiera de méritos. Es el juego del amor, que no mide la grandeza o pequeñez de los actos, ni siquiera de los deseos, sino que sólo se preocupa de amar y más amar.

“En esto conocemos que permanecemos en él, y él en nosotros: en que nos ha dado de su Espíritu” (1 Jn 4,13). La fidelidad, gracias a la acción del Espíritu Santo, nos habla de permanencia.

Permanecer en el amor no es, sin más, soportar con resignación, sino enamorarse de la fidelidad de Dios y corresponder con nuestra entrega concreta y constante.

La fidelidad es fundamento de nuestra existencia cristiana, y garante de una conciencia que sabe actuar en cada momento, considerando qué es lo más adecuado para vivir coherentemente con lo que se ha recibido.

Permanecer, en este sentido, es perpetuarse más allá de la materialidad cansina y rutinaria de las cosas. La fidelidad hace que el amor admire lo pequeño y hermoso que somos y tenemos, aunque otros no sepan reconocerlo, porque no pone el ejercicio de amar en las cosas sino en Dios mismo, y por Él mismo.

Pedimos al Espíritu Santo que la historia que nos toca vivir, la del día a día, no sea un tiempo más del calendario, sino un gran talento, la oportunidad de volcarnos, definitivamente, en manos del Dios fiel, capaz de amarnos sin que lo merezcamos.

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El maná de cada día, 11.11.19

noviembre 11, 2019

Lunes de la 32ª semana del Tiempo Ordinario

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Es inevitable que sucedan escandalos, pero ¡ay del que los provoca!



PRIMERA LECTURA: Sabiduría 1, 1-7

Amad la justicia, los que regís la tierra, pensad correctamente del Señor y buscadlo con corazón entero.

Lo encuentran los que no exigen pruebas, y se revela a los que no desconfían.

Los razonamientos retorcidos alejan de Dios, y su poder, sometido a prueba, pone en evidencia a los necios. La sabiduría no entra en alma de mala ley ni habita en cuerpo deudor del pecado.

El espíritu educador y santo rehúye la estratagema, levanta el campo ante los razonamientos sin sentido y se rinde ante el asalto de la injusticia.

La sabiduría es un espíritu amigo de los hombres que no deja impune al deslenguado; Dios penetra sus entrañas, vigila puntualmente su corazón y escucha lo que dice su lengua. Porque el espíritu del Señor llena la tierra y, como da consistencia al universo, no ignora ningún sonido.


SALMO 138,1-3a.3b-6.7-8.9-10

Guíame, Señor, por el camino eterno.

Señor, tú me sondeas y me conoces; me conoces cuando me siento o me levanto, de lejos penetras mis pensamientos; distingues mi camino y mi descanso.

Todas mis sendas te son familiares. No ha llegado la palabra a mi lengua, y ya, Señor, te la sabes toda. Me estrechas detrás y delante, me cubres con tu palma. Tanto saber me sobrepasa, es sublime, y no lo abarco.

¿Adónde iré lejos de tu aliento, adónde escaparé de tu mirada? Si escalo el cielo, allí estás tú; si me acuesto en el abismo, allí te encuentro.

Si vuelo hasta el margen de la aurora, si emigro hasta el confín del mar, allí me alcanzará tu izquierda, me agarrará tu derecha.


Aclamación antes del Evangelio: Flp 2, 15d. 16a

Brilláis como lumbreras del mundo, mostrando una razón para vivir.


EVANGELIO: Lucas 17,1-6

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos:

«Es inevitable que sucedan escándalos; pero ¡ay del que los provoca! Al que escandaliza a uno de estos pequeños, más le valdría que le encajaran en el cuello una piedra de molino y lo arrojasen al mar. Tened cuidado. Si tu hermano te ofende, repréndelo; si se arrepiente, perdónalo; si te ofende siete veces en un día, y siete veces vuelve a decirte: “Lo siento”, lo perdonarás.»

Los apóstoles le pidieron al Señor: «Auméntanos la fe.»

El Señor contestó: «Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esa morera: “Arráncate de raíz y plántate en el mar.” Y os obedecería.»

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Del deseo de afectos desordenados e impuros, líbrame Jesús

No vivimos encadenados a un cuerpo que sólo pide desaforos contra la voluntad de Dios. En la medida en que somos hijos de Dios, así es nuestra libertad.

El problema está en cómo ejerzo mi libertad, dónde pongo el corazón y el entendimiento para ser aún más libre. Perdemos de vista que es uno mismo el que elige, el que toma decisiones constantemente, el que, ante una situación concreta, hace un juicio u otro.

Esto ocurre todos los días, y a todas horas. Los demás, las circunstancias, el ambiente, no son excusas que nos impiden realizar actos buenos o responsables. El ambiente influye, y mucho. Pero, en último término, soy yo el que, en mi conciencia y en mi actuación, doy el paso definitivo.

Por tanto, ¿qué medios pongo, en mi día a día, para que lo que me afecte esté dirigido a la gloria de Dios? ¿Hago oración todos los días? ¿Rectifico la intención cuando algo no sale conforme a lo previsto?

¿Acudo con frecuencia al sacramento de la confesión? ¿Hago todas las noches un breve examen, ante la presencia de Dios, de cómo ha sido ese día? ¿Procuro adquirir un pequeño propósito para el día siguiente, aunque sólo se trate de un detalle de convivencia?

He de vivir en esta vela interior, para no dejarme atar por afectos desordenados, o por la impureza interior de los pensamientos, porque el corazón siempre necesitará un asidero en el que depositar sus querencias, aunque no sean las de Dios.

Poner nuestro corazón en sintonía con Dios, nos evitará desperdiciar el tiempo y la cabeza en apegos de los que, tiempo después, nos arrepentiremos.

Así vivió la Virgen, y así llevó hasta las últimas consecuencias aquel «sí» con el que entregó su corazón enteramente a Dios. Pídele cada día su protección materna, para que guarde la pureza de tu corazón y de tus intenciones.

Lañas diarias www.mater-dei.es


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NUESTRA SEÑORA DE LA ALMUDENA, Patrona de la archidiócesis de Madrid

noviembre 9, 2019

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Habitaré en medio de ti, y comprenderás que el Señor de los ejércitos me ha enviado a ti.

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PRIMERA LECTURA

Vi que manaba agua del lado derecho del templo, y habrá vida dondequiera que llegue la corriente

Lectura de la profecía de Zacarías 2,14-17

Alégrate y goza, hija de Sión, que yo vengo a habitar dentro de ti, oráculo del Señor.
Aquel día se unirán al Señor muchos pueblos, y serán Pueblo mío.

Habitaré en medio de ti, y comprenderás que el Señor de los ejércitos me ha enviado a ti.
El Señor tomará posesión de Judá sobre la tierra santa y elegirá de nuevo a Jerusalén.
Calle toda carne ante el Señor, cuando se levanta en su santa morada.

Salmo responsorial: Jdt 13,18bcde.19

R. Tú eres el orgullo de nuestra raza.

El Altísimo te ha bendecido, hija,
más que a todas las mujeres de la tierra.
Bendito el Señor, creador del cielo y tierra. R.

Que hoy ha glorificado tu nombre de tal modo,
que tu alabanza estará siempre
en la boca de todos los que se acuerden
de esta obra poderosa de Dios. R.

SEGUNDA LECTURA
Vi la nueva Jerusalén, arreglada como una novia que se adorna
para su esposo

Lectura del libro del Apocalipsis 21, 3-5a

Escuché una voz potente que decía desde el trono:

«Ésta es la morada de Dios con los hombres: acampará entre ellos. Ellos serán su pueblo, y Dios estará con ellos y será su Dios. Enjugará las lágrimas de sus ojos. Ya no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor. Porque el primer mundo ha pasado.»

Y el que estaba sentado en el trono dijo…
«Todo lo hago nuevo.»

EVANGELIO
Ahí tienes a tu hijo. Ahí tienes a tu madre

Lectura del santo evangelio según san Juan 19, 25-27

En aquel tiempo, junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena.

Jesús, al ver a su madre y cerca al discípulo que tanto quería, dijo a su madre:
«Mujer, ahí tienes a tu hijo.»

Luego, dijo al discípulo:
«Ahí tienes a tu madre.»

Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa.

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Nuestra Señora de la Almudena

Hoy, en la Archidiócesis de Madrid, celebramos la Solemnidad de la Virgen de la Almudena, nuestra patrona. Una antigua tradición señala que cuando los cristianos huyeron de la ciudad escondieron la imagen de la Virgen que, siglos más tarde cuando pudieron regresar a sus hogares, fue recuperada milagrosamente.

Esta historia nos hace pensar en una Madre que siempre nos está esperando para que podamos, a su alrededor, constituir un hogar. De hecho, si ella esperó entonces a sus hijos, también ahora desea que nos congreguemos junto a ella alrededor de su Hijo formando parte de esa gran familia que es la Iglesia.

Una autora alemana señalaba que la mujer es como la memoria del hombre. De manera plena la Virgen es la memoria de los cristianos. En el evangelio de san Lucas se señala por dos veces que María guardaba todos los acontecimientos de su Hijo en su corazón y los meditaba.

Si el guardar indica el afecto cuidadoso de la Madre que no desea que nada se pierda, el hecho de meditar indica la actualidad de la relación con su Hijo y la fecundidad de ello.

Podemos unirlo a la presencia de la Virgen junto a la cruz de su Hijo. También estaba allí para que no se perdiera nada de la sangre de su Hijo y para que la entrega sacrificial de la cruz fuera eficaz. A través del corazón de María, la entrega de Cristo sigue siendo fecunda, engendrando nuevos hogares que se incorporan al hogar que se forma en torno a María.

Pero también la Virgen nos enseña cómo formar verdaderamente este hogar. Ella es la presencia cercana y amorosa en torno a la cual sentimos en primer lugar la gracia de la acogida. Quien recibió en sus entrañas al Verbo eterno y, a través de ella se introdujo en el tiempo, nos lleva también a una relación con Dios. Nos introduce en la relación con su Hijo.

Al hacerlo es para nosotros fuente de consuelo, refugio, amparo… tantas cosas de las que en este tiempo nosotros tenemos necesidad, especialmente en estos tiempos en que las circunstancias nos hacen percibir con mayor crudeza nuestra fragilidad e indigencia.

En estos tiempos de desorientación su mirada amorosa nos atrae, y sabemos que en ella podemos alcanzar la serenidad que buscamos, porque ella tiene lo más grande. De sus brazos podemos recibir a Cristo, que nos ofrece con su corazón de madre. Al don del Hijo se añade el modo como se nos entrega, a través de su madre.

Cuando nos paramos a contemplar la imagen es difícil no dejarse arrastrar por la ternura que envuelve la imagen y que es una llamada a abrir nuestro corazón, y a llamarla, desde los balbuceos de nuestra incapacidad: madre. Porque su Hijo quiere que también sea nuestra madre, que la que Él ha colmado de gracia, sea el canal para que su amor llegue hasta todos nosotros; un amor transformante que nos hace ser verdaderamente hijos.

Tras la acogida, introducidos en esa relación filial, y en el hogar de la Iglesia somos conducidos a vivir como ella. A vivir un amor concreto hacia los que tenemos más cerca, aquí en Madrid. Somos llamados a extender ese hogar a nuestro alrededor, difundiendo el amor de Cristo a discreción y con generosidad. Ese amor que es la única respuesta a las necesidades y anhelos más profundos de todos los hombres.

http://www.purisimaconcepcionquart.es/comentario/9-11-2012/


El maná de cada día, 31.10.19

octubre 31, 2019

Jueves de la 30ª semana del Tiempo Ordinario

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Como la clueca reúne a sus pollitos bajo las alas

Como la clueca reúne a sus pollitos bajo las alas

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PRIMERA LECTURA: Romanos 8, 31b-39

Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?

El que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará todo con él? ¿Quién acusará a los elegidos de Dios? ¿Dios, el que justifica? ¿Quién condenará?

¿Será acaso Cristo, que murió, más aún, resucitó y está a la derecha de Dios, y que intercede por nosotros?

¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo?: ¿la aflicción?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada?, como dice la Escritura: «Por tu causa nos degüellan cada día, nos tratan como a ovejas de matanza.»

Pero en todo esto vencemos fácilmente por aquel que nos ha amado. Pues estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni criatura alguna podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro.


SALMO 108, 21-22.26-27.30-31

Sálvame, Señor, por tu bondad.

Tú, Señor, trátame bien, por tu nombre, líbrame con la ternura de tu bondad; que yo soy un pobre desvalido, y llevo dentro el corazón traspasado.

Socórreme, Señor, Dios mío, sálvame por tu bondad. Reconozcan que aquí está tu mano, que eres tú, Señor, quien lo ha hecho.

Yo daré gracias al Señor con voz potente, lo alabaré en medio de la multitud: porque se puso a la derecha del pobre, para salvar su vida de los jueces.


Aclamación antes del Evangelio: Lc 19, 38

¡Bendito el que viene como rey, en nombre del Señor! Paz en el cielo y gloria en lo alto.


EVANGELIO: Lucas 13, 31-35

En aquella ocasión, se acercaron unos fariseos a decirle: «Márchate de aquí, porque Herodes quiere matarte.»

Él contestó: «ld a decirle a ese zorro:

“Hoy y mañana seguiré curando y echando demonios; pasado mañana llego a mi término.” Pero hoy y mañana y pasado tengo que caminar, porque no cabe que un profeta muera fuera de Jerusalén. ¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que se te envían! ¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como la clueca reúne a sus pollitos bajo las alas! Pero no habéis querido. Vuestra casa se os quedará vacía. Os digo que no me volveréis a ver hasta el día que exclaméis: “Bendito el que viene en nombre del Señor.”»


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EL AMOR DE JESÚS

— Nuestro refugio y protección están en el amor a Dios. Acudir al Sagrario.

— Jesús Sacramentado nos prestará todas las ayudas necesarias.

— Cerca del Sagrario, ganaremos todas las batallas. Almas de Eucaristía.

I. En el camino hacia Jerusalén, que con tanto detalle describe San Lucas, Jesús dejó escapar del fondo de su corazón esta queja hacia la Ciudad Santa que rehusó su mensaje: Jerusalén, Jerusalén…, cuántas veces he querido reunir a tus hijos como la gallina a sus polluelos bajo las alas…1.

Así nos sigue protegiendo el Señor: como la gallina a sus polluelos indefensos. Desde el Sagrario, Jesús vela nuestro caminar y está atento a los peligros que nos acechan, cura nuestras heridas y nos da constantemente su Vida.

Muchas veces le hemos repetido: Pie pellicane, Iesu Domine, me immundum munda tuo sanguine… Señor Jesús, bondadoso pelícano, límpiame, a mí, inmundo, con tu Sangre, de la que una sola gota puede liberar de todos los crímenes al mundo entero2. En Él está nuestra salud y nuestro refugio.

La imagen del justo que busca protección en el Señor «como los polluelos se cobijan bajo las alas de su madre» se encuentra con frecuencia en la Sagrada Escritura: Guárdame como a la niña de tus ojos, escóndeme bajo la sombra de tus alas3pues Tú eres mi refugio, la torre fortificada frente al enemigo. Sea yo tu huésped por siempre en tu tabernáculo, me acogeré bajo el amparo de tus alas4, leemos en los Salmos.

El Profeta Isaías recurre a esta imagen para asegurar al Pueblo elegido que Dios lo defenderá contra los sitiadores. Así como los pájaros despliegan sus alas sobre sus hijos, así el Eterno todopoderoso protegerá a Jerusalén5.

Al final de nuestra vida, Jesús será nuestro Juez y nuestro Amigo. Mientras vivía aquí en la tierra, y también mientras dure nuestro peregrinar, su misión es salvarnos, dándonos todas las ayudas que necesitemos.

Desde el Sagrario Jesús nos protege de mil formas. ¿Cómo podemos tener la imagen de un Jesús distanciado de las dificultades que padecemos, indiferente a lo que nos preocupa?

Ha querido quedarse en todos los rincones del mundo para que le encontremos fácilmente y hallemos remedio y ayuda al calor de su amistad. «Si sufrimos penas y disgustos, Él nos alivia y nos consuela. Si caemos enfermos, o bien será nuestro remedio, o bien nos dará fuerzas para sufrir, a fin de que merezcamos el cielo. Si nos hacen la guerra el demonio y las pasiones, nos dará armas para luchar, para resistir y para alcanzar victoria. Si somos pobres, nos enriquecerá con toda suerte de bienes en el tiempo y en la eternidad»6.

No dejemos cada día de acompañarle. Esos pocos minutos que dure la Visita serán los momentos mejor aprovechados del día. «¡Ah!, y ¿qué haremos, preguntáis algunas veces, en la presencia de Dios Sacramentado? Amarle, alabarle, agradecerle y pedirle. ¿Qué hace un pobre en la presencia de un rico? ¿Qué hace un enfermo delante del médico? ¿Qué hace un sediento en vista de una fuente cristalina?»7.

II. Nuestra confianza en que saldremos adelante en todas las pruebas, peligros y padecimientos no está en nuestra fuerzas, siempre escasas, sino en la protección de Dios, que nos ha amado desde la eternidad y no dudó en entregar a su Hijo a la muerte para nuestra salvación. El mismo Jesús se ha quedado cerca, en el Sagrario, quizá a no mucha distancia de donde vivimos o trabajamos, para ayudarnos, curar las heridas y darnos nuevos ánimos en ese camino que ha de acabar en el Cielo.

Basta que nos acerquemos a Él, que espera siempre. Nada de lo que nos puede ocurrir podrá separarnos de Dios, como nos enseña San Pablo en una de las lecturas de la Misa8, pues si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros? El que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará en Él todas las cosas?… ¿Quién nos apartará del amor de Cristo? ¿La tribulación, o la angustia, o la persecución, o el hambre, o la desnudez, o el peligro, o la espada? Nada nos podrá separar de Él, si nosotros no nos alejamos.

«Revestidos de la gracia, cruzaremos a través de los montes (cfr. Sal 103, 10), y subiremos la cuesta del cumplimiento del deber cristiano, sin detenernos. Utilizando estos recursos, con buena voluntad, y rogando al Señor que nos otorgue una esperanza cada día más grande, poseeremos la alegría contagiosa de los que se saben hijos de Dios:si Dios está con nosotros, ¿quién nos podrá derrotar? (Rom 8, 31)»9.

Aunque el Señor permita tentaciones muy fuertes o que crezcan las dificultades familiares, y llegue la enfermedad o se haga más costoso el camino…, ninguna prueba por sí misma es lo suficientemente fuerte para separarnos de Jesús. Es más, con una visita al Sagrario más próximo, con una oración bien hecha, nos encontraremos con la mano poderosa de Dios y podremos decir: Omnia possum in eo qui me confortat10.

Todo lo puedo en Aquel que me conforta. Porque estoy convencido –continúa San Pablo en laPrimera lectura de la Misa– de que ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los principados, ni las cosas presentes, ni las futuras, ni las potestades, ni la altura, ni la profundidad, ni cualquier otra criatura podrá separarnos del amor de Dios, que está en Cristo Jesús. Es un canto de confianza y de optimismo que hoy podemos hacer nuestro.

San Juan Crisóstomo nos recuerda que «Pablo mismo tuvo que luchar contra numerosos enemigos. Los bárbaros le atacaban, sus propios guardianes le tendían trampas, hasta los fieles, a veces en gran número, se levantaron contra él, y sin embargo Pablo triunfó de todo. No olvidemos que el cristiano fiel a las leyes de su Dios vencerá tanto a los hombres como a Satanás mismo»11.

Si nos mantenemos muy cerca de Jesús, presente en la Eucaristía, venceremos en todas las batallas, aunque a veces parezca que perdemos… El Sagrario será nuestra fortaleza, pues Jesús se ha querido quedar para ampararnos, para ayudarnos en cualquier necesidad. Venid a Mí… nos llama todos los días.

III. La serenidad que hemos de tener no nace de cerrar los Ojos a la realidad o de pensar que no tendremos tropiezos y dificultades, sino de mirar el presente y el futuro con optimismo, porque sabemos que el Señor ha querido quedarse para socorrernos.

De las mismas pruebas de la vida resultará un gran bien, y nunca estaremos solos en las circunstancias más difíciles. Si en estas ocasiones se agradece tanto la cercanía de un amigo, ¿cómo será la paz que alcanzaremos junto al Amigo, en el Sagrario más próximo?

Allí hemos de ir enseguida a encontrar el consuelo, la paz y las fuerzas necesarias. «¿Qué más queremos tener al lado que un tan buen Amigo, que no nos dejará en los trabajos y tribulaciones, como hacen los del mundo?»12, escribe Santa Teresa de Jesús.

Cuando ya podía vislumbrarse que iba a ser perseguido, Santo Tomás Moro fue llamado a comparecer ante el tribunal de Lambeth. Moro se despidió de los suyos, pero no quiso que le acompañaran, como era su costumbre, hasta el embarcadero. Solo iban con él William Roper, esposo de su hija mayor y predilecta, Margaret, y algunos criados. Nadie en el bote se atrevía a romper el silencio.

Al cabo de un rato, y de improviso, susurró Tomás al oído de Roper: Son Roper, I thank our Lord the field is won: «Hijo mío Roper, doy gracias a Dios, porque la batalla está ganada». Roper confesaría más tarde no haber entendido bien el significado de esas palabras. Más tarde comprendió que el amor de Moro había crecido tanto que le daba esta seguridad de triunfar sobre cualquier obstáculo13.

Era la certeza del que, sabiéndose cercano a su último combate, esperaba que el Señor no le abandonaría en el momento supremo. Si nos mantenemos cerca de Jesús, si somos almas de Eucaristía, Él nos cobijará, como las aves a sus polluelos, y siempre, ante los mayores obstáculos, podremos decir de antemano: la batalla está ganada.

«¡Sé alma de Eucaristía!

»—Si el centro de tus pensamientos y esperanzas está en el Sagrario, hijo, ¡qué abundantes los frutos de santidad y de apostolado!»14.

Santa María, que tantas veces habló con Él aquí en la tierra y ahora le contempla para siempre en el Cielo, nos pondrá en los labios las palabras oportunas si alguna vez no sabemos muy bien qué decirle. Ella acude siempre prontamente para remediar nuestra torpeza.

1 Lc 13, 34. — 2 Himno Adoro te devote. — 3 Sal 17, 8. — 4 Sal 61, 45. — 5 Is 31, 5. — 6 Santo cura de Ars, Sermón sobre el Jueves Santo. — 7 San Alfonso Mª de Ligorio,Visitas al Santísimo Sacramento, 1. — 8 Primera lectura. Año I. Rom 8, 31-39. — 9 San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, 219. — 10 Fil 4, 13. — 11 San Juan Crisóstomo,Homilías sobre la Epístola a los Romanos, 15. — 12 Santa Teresa, Vida, 22, 6-7. — 13 Cfr. Santo Tomás Moro, La agonía de Cristo, Rialp, Madrid 1988, Introducc., p. XXXII. — 14 San Josemaría Escrivá, Forja, n. 835.

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El maná de cada día, 30.10.19

octubre 30, 2019

Miércoles de la 30ª semana del Tiempo Ordinario

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Esforzaos en entrar por la puerta estrecha

Esforzaos en entrar por la puerta estrecha


PRIMERA LECTURA: Romanos 8, 26-30

El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad, porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables.

Y el que escudriña los corazones sabe cuál es el deseo del Espíritu, y que su intercesión por los santos es según Dios.

Sabemos también que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien: a los que ha llamado conforme a su designio.

A los que había escogido, Dios los predestinó a ser imagen de su Hijo, para que él fuera el primogénito de muchos hermanos. A los que predestinó, los llamó; a los que llamó, los justificó; a los que justificó, los glorificó.



SALMO 12, 4-5.6

Yo confío, Señor, en tu misericordia

Atiende y respóndeme, Señor, Dios mío; da luz a mis ojos para que no me duerma en la muerte, para que no diga mi enemigo: «Le he podido», ni se alegre mi adversario de mi fracaso.

Porque yo confío en tu misericordia: alegra mi corazón con tu auxilio, y cantaré al Señor por el bien que me ha hecho.


Aclamación antes del Evangelio: 2Ts 2, 14

Dios nos llamó por medio del Evangelio, para que sea nuestra la gloria de nuestro Señor Jesucristo.


EVANGELIO: Lucas 13, 22-30

En aquel tiempo, Jesús, de camino hacia Jerusalén, recorría ciudades y aldeas enseñando.

Uno le preguntó: «Señor, ¿serán pocos los que se salven?»

Jesús les dijo: «Esforzaos en entrar por la puerta estrecha. Os digo que muchos intentarán entrar y no podrán.

Cuando el amo de la casa se levante y cierre la puerta, os quedaréis fuera y llamaréis a la puerta, diciendo: “Señor, ábrenos”; y él os replicará: “No sé quiénes sois.”

Entonces comenzaréis a decir: “Hemos comido y bebido contigo, y tú has enseñado en nuestras plazas.”

Pero él os replicará: “No sé quiénes sois. Alejaos de mí, malvados.”

Entonces será el llanto y el rechinar de dientes, cuando veáis a Abrahán, Isaac y Jacob y a todos los profetas en el reino de Dios, y vosotros os veáis echados fuera. Y vendrán de oriente y occidente, del norte y del sur, y se sentarán a la mesa en el reino de Dios.

Mirad: hay últimos que serán primeros, y primeros que serán últimos.»

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LA PUERTA ESTRECHA

Papa Francisco.  Ángelus del domingo 25 de agosto de 2013

El Evangelio de hoy nos invita a reflexionar sobre el tema de la salvación. Jesús está saliendo de Galilea hacia la ciudad de Jerusalén y a lo largo del camino uno – relata el evangelista Lucas – se le acerca y le pregunta: “Señor, ¿son pocos los que se salvan?” (13, 23). Jesús no responde directamente a la pregunta: no es importante saber cuántos se salvan, sino que más bien es importante saber cuál es el camino de la salvación.

Y he aquí entonces que a la pregunta Jesús responde diciendo: “Luchen por entrar por la puerta estrecha, porque, les digo, muchos pretenderán entrar y no podrán”. (v. 24). ¿Qué quiere decir Jesús? ¿Cuál es la puerta por la que debemos entrar? ¿Y por qué Jesús habla de una puerta estrecha?

La imagen de la puerta vuelve varias veces en el Evangelio y se remonta a la de la casa, a la del hogar doméstico, donde encontramos seguridad, amor y calor. Jesús nos dice que hay una puerta que nos hace entrar en la familia de Dios, en el calor de la casa de Dios, de la comunión con Él.

Y esa puerta es el mismo Jesús (Cfr. Jn 10, 9). Él es la puerta. Él es el pasaje para la salvación. Él nos conduce al Padre. Y la puerta que es Jesús jamás está cerrada, esta puerta jamás está cerrada. Está abierta siempre y a todos sin distinción, sin exclusiones, sin privilegios.

Porque saben, Jesús no excluye a nadie. Alguno de ustedes quizá podrá decirme, pero Padre, yo estoy excluido, porque soy un gran pecador. He hecho cosas feas. He hecho tantas en la vida. No, no estás excluido. Precisamente por esto eres el preferido. Porque Jesús prefiere al pecador. Siempre, para perdonarlo, para amarlo. Jesús te está esperando para abrazarte, para perdonarte. No tengas miedo. Él te espera. Anímate, ten coraje para entrar por su puerta.

Todos somos invitamos a pasar esta puerta, a atravesar la puerta de la fe, a entrar en su vida, y a hacerlo entrar en nuestra vida, para que Él la transforme, la renueve, le de alegría plena y duradera.

En la actualidad pasamos ante tantas puertas que invitan a entrar prometiendo una felicidad que después nos damos cuenta de que duran un instante. Que se agota en sí misma y que no tiene futuro. Pero yo les pregunto: ¿Por cuál puerta queremos entrar? Y ¿a quién queremos hacer entrar por la puerta de nuestra vida?

Quisiera decir con fuerza: no tengamos miedo de atravesar la puerta de la fe en Jesús, de dejarlo entrar cada vez más en nuestra vida, de salir de nuestros egoísmos, de nuestras cerrazones, de nuestras indiferencias hacia los demás.

Porque Jesús ilumina nuestra vida con una luz que no se apaga jamás. No es un fuego artificial, un flash, no, es una luz tranquila, que dura siempre. Y que nos da paz. Así es la luz que encontramos si entramos por la puerta de Jesús.

Ciertamente la de Jesús es una puerta estrecha, no porque es una sala de tortura, no por eso. Sino porque nos pide abrir nuestro corazón a Él, reconocernos pecadores, necesitados de su salvación, de su perdón, de su amor, de tener la humildad de acoger su misericordia y hacernos renovar por Él.

Jesús en el Evangelio nos dice que el ser cristianos no es tener una “etiqueta”. Y yo les pregunto a ustedes: ¿Ustedes son cristianos de etiqueta o de verdad? Que cada uno se responda dentro. Jamás cristianos de etiqueta, cristianos de verdad, de corazón. Ser cristianos es vivir y testimoniar la fe en la oración, en las obras de caridad, en promover la justicia, en realizar el bien.

Por la puerta estrecha que es Cristo debe pasar toda nuestra vida.

A la Virgen María, Puerta del Cielo, le pedimos que nos ayude a pasar la puerta de la fe, a dejar que su Hijo transforme nuestra existencia como ha transformado la suya para llevar a todos la alegría del Evangelio.


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