El maná de cada día, 20.2.20

febrero 20, 2020

Jueves de la 6ª Semana del Tiempo Ordinario

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Les explicó con toda claridad que sería ejecutado y que resucitaría al tercer día

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PRIMERA LECTURA: Santiago 2, 1-9

No juntéis la fe en Nuestro Señor Jesucristo glorioso con la acepción de personas.

Por ejemplo: llegan dos hombres a la reunión litúrgica. Uno va bien vestido y hasta con anillos en los dedos; el otro es un pobre andrajoso. Veis al bien vestido y le decís: Por favor, siéntate aquí, en el puesto reservado. Al otro, en cambio: Estáte ahí de pie o siéntate en el suelo.

Si hacéis eso ¿no sois inconsecuentes y juzgáis con criterios malos?

Queridos hermanos, escuchad: ¿Acaso no ha elegido Dios a los pobres del mundo para hacerlos ricos en la fe y herederos del reino, que prometió a los que le aman? Vosotros, en cambio, habéis afrentado al pobre.

Y sin embargo, ¿no son los ricos los que os tratan con despotismo y los que os arrastran a los tribunales? ¿No son ellos los que denigran ese nombre tan hermoso que lleváis como apellido? ¿Cumplís la ley soberana que enuncia la Escritura: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo?»

Perfectamente. Pero si mostráis favoritismos, cometéis un pecado y la Escritura prueba vuestro delito.

SALMO 33, 2-3.4-5.6-7

Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha.

Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca; mi alma se gloría en el Señor: que los humildes lo escuchen y se alegren.

Proclamad conmigo la grandeza del Señor, ensalcemos juntos su nombre. Yo consulté al Señor y me respondió, me libró de todas mis ansias.

Contempladlo y quedaréis radiantes, vuestro rostro no se avergonzará. Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha v lo salva de sus angustias.

Aclamación antes del Evangelio: Jn 6, 63c. 68c

Tus palabras, Señor, son espíritu y vida; tú tienes palabras de vida eterna.

EVANGELIO: Marcos 8, 27-33

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se dirigieron a las aldeas de Cesarea de Felipe; por el camino preguntó a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que soy yo?»

Ellos le contestaron: «Unos, Juan Bautista; otros, Elías, y otros, uno de los profetas.»

Él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy?»
Pedro le contestó: «Tú eres el Mesías.»

Él les prohibió terminantemente decírselo a nadie. Y empezó a instruirlos: «El Hijo del Hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por los senadores, sumos sacerdotes y letrados, ser ejecutado y resucitar a los tres días.

Se lo explicaba con toda claridad. Entonces Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo.

Jesús se volvió, y de cara a los discípulos increpó a Pedro: «¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!»

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Corazón obediente de Cristo, ruega por nosotros

Obedeciste a la voluntad y al querer del Padre hasta la muerte y una muerte de cruz. Obedecías siempre al Espíritu Santo, que internamente alentaba y ungía de divinidad cada uno de los momentos de tu existencia.

Obedeciste a José, en cuya paternidad Dios Padre descansaba complacido. Obedeciste a María, de quien recibiste, en lo humano, toda tu forma y figura.

Obedeces a la Iglesia esposa, como el esposo que sigue entregándose hasta el extremo. Obedeces al sacerdote, con esa docilidad y mansedumbre que sólo un amor de proporciones divinas es capaz de explicar.

Tú siempre sumiso e inclinado a la voluntad ajena, mientras mi vida transcurre doblegada ante el trono de mi propio querer y voluntad, apuntalando más y más mi propio «yo», con buenas dosis de soberbia.

Siendo Dios, tuviste que enseñarme a ser hombre, precisamente la noche de Getsemaní, cuando el amor te arrancaba aquel “…mas no se haga mi voluntad sino la tuya”.

Cuánto me cuesta inclinar mi querer y mi voluntad ante las circunstancias que no entiendo o me sobrepasan. Cuánta resistencia a obedecer, no con la resignación de un soldado sino con el espíritu y las actitudes de Cristo, a todos los que tienen alguna autoridad sobre mí.

La clave de tu obra redentora fue tu obediencia sin límites al querer del Padre, mientras yo me invento mis propios caminos de salvación, centrados en mi propio capricho y voluntad.

Corazón obediente de Cristo, que te humillaste hasta el extremo de la Cruz y pasaste por el anonadamiento del sepulcro, para enseñarme a mí el valor de la obediencia a Dios, a través de los cauces humanos de la autoridad:

Que no sea esclavo de mí mismo, claudicando ante el imperio de mi propio criterio y querer, pues amas más la obediencia del hijo que la tiranía de mi voluntad.

Lañas diarias www.mater-dei.es


El maná de cada día, 8.2.20

febrero 8, 2020

Sábado de la 4ª semana del Tiempo Ordinario

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Tuvo lástima de la multitud y se puso a enseñarles con calma, sin prisas

Tuvo lástima de la multitud y se puso a enseñarles con calma, sin prisas



PRIMERA LECTURA: 1 Reyes 3, 4-15

En aquellos días, Salomón fue a Gabaón a ofrecer allí sacrificios, pues allí estaba la ermita principal. En aquel altar ofreció Salomón mil holocaustos.

En Gabaón el Señor se apareció en sueños a Salomón y le dijo: «Pídeme lo que quieras.»

Respondió Salomón: «Tú le hiciste una gran promesa a tu siervo, mi padre David, porque caminó en tu presencia con lealtad, justicia y rectitud de corazón; y le has cumplido esa gran promesa, dándole un hijo que se siente en su trono: es lo que sucede hoy. Pues bien, Señor, Dios mío, tú has hecho que tu siervo suceda a David, mi padre, en el trono, aunque yo soy un muchacho y no sé desenvolverme.

Tu siervo se encuentra en medio de tu pueblo, un pueblo inmenso, incontable, innumerable. Da a tu siervo un corazón dócil para gobernar a tu pueblo, para discernir el mal del bien, pues, ¿quién sería capaz de gobernar a este pueblo tan numeroso?»

Al Señor le agradó que Salomón hubiera pedido aquello, y Dios le dijo: «Por haber pedido esto y no haber pedido para ti vida larga ni riquezas ni la vida de tus enemigos, sino que pediste discernimiento para escuchar y gobernar, te cumplo tu petición:

te doy un corazón sabio e inteligente, como no lo ha habido antes ni lo habrá después de ti. Y te daré también lo que no has pedido: riquezas y fama, mayores que las de rey alguno.»


SALMO 118, 9.10.11.12.13.14

Enséñame, Señor, tus leyes.

¿Cómo podrá un joven andar honestamente? Cumpliendo tus palabras.

Te busco de todo corazón, no consientas que me desvíe de tus mandamientos.

En mi corazón escondo tus consignas, así no pecaré contra ti.

Bendito eres, Señor, enséñame tus leyes.

Mis labios van enumerando los mandamientos de tu boca.

Mi alegría es el camino de tus preceptos, más que todas las riquezas.


Aclamación antes del Evangelio: Jn 10, 27

Mis ovejas escuchan mi voz -dice el Señor- y yo las conozco y ellas me siguen.


EVANGELIO: Marcos 6, 30-34

En aquel tiempo, los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado.

Él les dijo: «Venid vosotros solos a un sitio tranquilo a descansar un poco.»

Porque eran tantos los que iban y venían que no encontraban tiempo ni para comer. Se fueron en barca a un sitio tranquilo y apartado.

Muchos los vieron marcharse y los reconocieron; entonces de todas las aldeas fueron corriendo por tierra a aquel sitio y se les adelantaron.

Al desembarcar, Jesús vio una multitud y le dio lástima de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles con calma.


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NO LES QUEDABA TIEMPO NI PARA COMER

El detalle que anota el evangelista nos da idea de la intensa actividad que tenían el Maestro y sus discípulos. Marcos lo recoge explicando con ello el por qué de la invitación del Maestro a sus apóstoles a apartarse a un lugar solitario a descansar:

“Pues los que iban y venían eran muchos, y no les quedaba tiempo ni para comer”.

A día de hoy, cualquiera de nosotros podríamos decir lo mismo. Cuántas veces acabamos nuestras jornadas con la impresión de haberlas pasado echando agua por un colador.

Cuántos ratos diarios de oración, cuántas Eucaristías diarias a las que no hemos asistido, cuántas oportunidades para hacer el bien, cuántos plantones hemos dado a Dios y a los demás dejando pasar ocasiones y justificando nuestra omisión con el activismo desordenado y estéril que nos provoca el trabajo o las obligaciones que nos buscamos.

Con frecuencia solemos dejar para después las cosas de Dios, que aparentemente son las menos urgentes, con el riesgo de convertirse en “para mañana” o “para nunca” lo que empezó siendo un “para después”.

Tenemos el peligro de hacer de la carcoma del activismo desordenado, las prisas o la dispersión no ya un defecto puntual y transitorio sino todo un estilo de vida, incluso justificado y hasta exigido en nombre del servicio al Evangelio.

La diferencia entre nuestro activismo y el de los apóstoles es que a ellos no les impedía estar con el Señor; es más, toda su intensa actividad tenía como centro y modelo al Señor. Pero, incluso en un activismo lleno de Dios, se hace también necesaria la respuesta a la invitación del Señor para descansar con Él en algún lugar solitario y apartado.

Has de aprender a ordenar tu tiempo, tu horario, tus actividades del día a día en función de tu único centro de gravedad que ha de ser tu Eucaristía diaria y tu oración. Has de comer del verdadero pan y alimentarte de intimidad con Dios si quieres encontrar en el amor a Dios el verdadero descanso de todos tus trabajos.

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El maná de cada día, 5.2.20

febrero 5, 2020

Miércoles de la 4ª semana del Tiempo Ordinario

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Y se extrañó de su falta de fe

Perdona, Señor, mi culpa y mi pecado



PRIMERA LECTURA: 2 Samuel 24, 2.9-17

En aquellos días, el rey David ordenó a Joab y a los jefes del ejército que estaban con él: «Id por todas las tribus de Israel, desde Dan hasta Berseba, a hacer el censo de la población, para que yo sepa cuánta gente tengo.»

Joab entregó al rey los resultados del censo: en Israel había ochocientos mil hombres aptos para el servicio militar, y en Judá quinientos mil.

Pero, después de haber hecho el censo del pueblo, a David le remordió la conciencia y dijo al Señor: «He cometido un grave error. Ahora, Señor, perdona la culpa de tu siervo, porque ha hecho una locura.»

Antes que David se levantase por la mañana, el profeta Gad, vidente de David, recibió la palabra del Señor: «Vete a decir a David: “Así dice el Señor: Te propongo tres castigos; elige uno, y yo lo ejecutaré.”»

Gad se presentó a David y le notificó: «¿Qué castigo escoges? Tres años de hambre en tu territorio, tres meses huyendo perseguido por tu enemigo, o tres dias de peste en tu territorio. ¿Qué le respondo al Señor, que me ha enviado?»

David contestó: «¡Estoy en un gran apuro! Mejores caer en manos de Dios, que es compasivo, que caer en manos de hombres.»

Y David escogió la peste. Eran los días de la recolección del trigo. El Señor mandó entonces la peste a Israel, desde la mañana hasta el tiempo señalado. Y desde Dan hasta Berseba, murieron setenta mil hombres del pueblo. El ángel extendió su mano hacia Jerusalén para asolarla.

Entonces David, al ver al ángel que estaba hiriendo a la población, dijo al Señor: «¡Soy yo el que ha pecado! ¡Soy yo el culpable! ¿Qué han hecho estas ovejas? Carga la mano sobre mí y sobre mi familia.»

El Señor se arrepintió del castigo, y dijo al ángel, que estaba asolando a la población: «¡Basta! ¡Detén tu mano!»


SALMO 31, 1-2.5.6.7

Perdona, Señor, mi culpa y mi pecado.

Dichoso el que está absuelto de su culpa, a quien le han sepultado su pecado; dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta el delito.

Había pecado, lo reconocí, no te encubrí mi delito; propuse: «Confesaré al Señor mi culpa», y tú perdonaste mi culpa y mi pecado.

Por eso, que todo fiel te suplique en el momento de la desgracia: la crecida de las aguas caudalosas no lo alcanzará.

Tú eres mi refugio, me libras del peligro, me rodeas de cantos de liberación.


Aclamación antes del Evangelio: Jn 10, 27

Mis ovejas escuchan mi voz, dice el Señor; y yo las conozco y ellas me siguen.


EVANGELIO: Marcos 6,1-6

En aquel tiempo, fue Jesús a su pueblo en compañía de sus discípulos.

Cuando llegó el sábado, empezó a enseñar en la sinagoga; la multitud que lo oía se preguntaba asombrada: «¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es ésa que le han enseñado? ¿Y esos milagros de sus manos? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? Y sus hermanas ¿no viven con nosotros aquí?»

Y esto les resultaba escandaloso.

Jesús les decía: «No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa.»

No pudo hacer allí ningún milagro, sólo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se extrañó de su falta de fe. Y recorría los pueblos de alrededor enseñando.

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SALIÓ DE ALLÍ Y VINO A SU PATRIA
P. Raniero Cantalamessa, ofmcap

Cuando ya se había hecho popular y famoso por sus milagros y su enseñanza, Jesús volvió un día a su lugar de origen, Nazaret, y como de costumbre se puso a enseñar en la sinagoga. Pero esta vez no suscitó ningún entusiasmo, ningún ¡ hosanna!

Más que escuchar cuanto decía y juzgarle según ello, la gente se puso a hacer consideraciones ajenas: «¿De dónde ha sacado esta sabiduría? No ha estudiado; le conocemos bien; es el carpintero, ¡el hijo de María!» «Y se escandalizaban de Él», o sea, encontraban un obstáculo para creerle en el hecho de que le conocían bien.

Jesús comentó amargamente: «Un profeta sólo en su patria, entre sus parientes y en su casa carece de prestigio». Esta frase se ha convertido en proverbial en la forma abreviada: Nemo propheta in patria, nadie es profeta en su tierra. Pero esto es sólo una curiosidad.

El pasaje evangélico nos lanza también una advertencia implícita que podemos resumir así: ¡atentos a no cometer el mismo error que cometieron los nazarenos! En cierto sentido, Jesús vuelve a su patria cada vez que su Evangelio es anunciado en los países que fueron, en un tiempo, la cuna del cristianismo.

Nuestra Italia, y en general Europa, son, para el cristianismo, lo que era Nazaret para Jesús: «el lugar donde fue criado» (el cristianismo nació en Asia, pero creció en Europa, ¡un poco como Jesús había nacido en Belén, pero fue criado en Nazaret!). Hoy corren el mismo riesgo que los nazarenos: no reconocer a Jesús. La carta constitucional de la nueva Europa unida no es el único lugar del que Él es actualmente «expulsado»…

El episodio del Evangelio nos enseña algo importante. Jesús nos deja libres; propone, no impone sus dones. Aquel día, ante el rechazo de sus paisanos, Jesús no se abandonó a amenazas e invectivas. No dijo, indignado, como se cuenta que hizo Publio Escipión, el africano, dejando Roma: «Ingrata patria, ¡no tendrás mis huesos!».

Sencillamente se marchó a otro lugar. Una vez no fue recibido en cierto pueblo; los discípulos indignados le propusieron hacer bajar fuego del cielo, pero Jesús se volvió y les reprendió (Lc 9, 54).

Así actúa también hoy. «Dios es tímido». Tiene mucho más respeto de nuestra libertad que la que tenemos nosotros mismos, los unos de la de los otros. Esto crea una gran responsabilidad. San Agustín decía: «Tengo miedo de Jesús que pasa» (Timeo Jesum transeuntem). Podría, en efecto, pasar sin que me percate, pasar sin que yo esté dispuesto a acogerle.

Su paso es siempre un paso de gracia. Marcos dice sintéticamente que, habiendo llegado a Nazaret en sábado, Jesús «se puso a enseñar en la sinagoga». Pero el Evangelio de Lucas especifica también qué enseñó y qué dijo aquel sábado. Dijo que había venido «para anunciar a los pobres la Buena Nueva, para proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos; para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor» (Lucas 4, 18-19).

Lo que Jesús proclamaba en la sinagoga de Nazaret era, por lo tanto, el primer jubileo cristiano de la historia, el primer gran «año de gracia», del que todos los jubileos y «años santos» son una conmemoración.
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El maná de cada día, 4.2.20

febrero 4, 2020

Martes de la 4ª semana del Tiempo Ordinario

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Talitha, qumi

Talitha, qumi. A ti te lo digo: Levántate

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PRIMERA LECTURA: 2 Samuel 18, 9-10.14b.24-25a.30–19,3

En aquellos días, Absalón fue a dar en un destacamento de David. Iba montado en un mulo, y, al meterse el mulo bajo el ramaje de una encina copuda, se le enganchó a Absalón la cabeza en la encina y quedó colgando entre el cielo y la tierra, mientras el mulo que cabalgaba se le escapó.

Lo vio uno y avisó a Joab: «¡Acabo de ver a Absalón colgado de una encina!»

Agarró Joab tres venablos y se los clavó en el corazón a Absalón. David estaba sentado entre las dos puertas. El centinela subió al mirador, encima de la puerta, sobre la muralla, levantó la vista y miró: un hombre venía corriendo solo.

El centinela gritó y avisó al rey. El rey dijo: «Retírate y espera ahí.» Se retiró y esperó allí.

Y en aquel momento llegó el etíope y dijo: «¡Albricias, majestad! ¡El Señor te ha hecho hoy justicia de los que se habían rebelado contra ti!»

El rey le preguntó: «¿Está bien mi hijo Absalón?»

Respondió el etíope: «¡Acaben como él los enemigos de vuestra majestad y cuantos se rebelen contra ti!»

Entonces el rey se estremeció, subió al mirador de encima de la puerta y se echó a llorar, diciendo mientras subía: «¡Hijo mío, Absalón, hijo mío! iHijo mío, Absalón! ¡Ojalá hubiera muerto yo en vez de ti, Absalón, hijo mío, hijo mío!»

A Joab le avisaron: «El rey está llorando y lamentándose por Absalón.»

Así la victoria de aquel dia fue duelo para el ejército, porque los soldados oyeron decir que el rey estaba afligido a causa de su hijo. Y el ejército entró aquel día en la ciudad a escondidas, como se esconden los soldados abochornados cuando han huído del combate.


SALMO Sal 85, 1b-2. 3-4. 5-6

Inclina tu oído, Señor, escúchame.

Inclina tu oído, Señor, escúchame, que soy un pobre desamparado; protege mi vida, que soy un fiel tuyo; salva, Dios mío, a tu siervo, que confía en ti.

Piedad de mí, Señor, que a ti te estoy llamando todo el día; alegra el alma de tu siervo, pues levanto mi alma hacia ti, Señor.

Porque tú, Señor, eres bueno y clemente, rico en misericordia con los que te invocan. Señor, escucha mi oración, atiende a la voz de mi súplica.


Aclamación antes del Evangelio: Mt 8, 17

Cristo tomó nuestras dolencias y cargó con nuestras enfermedades.


EVANGELIO: Marcos 5, 21-43

En aquel tiempo, Jesús atravesó de nuevo en barca a la otra orilla, se le reunió mucha gente a su alrededor, y se quedó junto al lago.

Se acercó un jefe de la sinagoga, que se llamaba Jairo, y, al verlo, se echó a sus pies, rogándole con insistencia: «Mi niña está en las últimas; ven, pon las manos sobre ella, para que se cure y viva.»

Jesús se fue con él, acompañado de mucha gente que lo apretujaba. Había una mujer que padecía flujos de sangre desde hacía doce años. Muchos médicos la habían sometido a toda clase de tratamientos, y se había gastado en eso toda su fortuna; pero, en vez de mejorar, se había puesto peor.

Oyó hablar de Jesús y, acercándose por detrás, entre la gente, le tocó el manto, pensando que con sólo tocarle el vestido curaría. Inmediatamente se secó la fuente de sus hemorragias, y notó que su cuerpo estaba curado.

Jesús, notando que había salido fuerza de él, se volvió en seguida, en medio de la gente, preguntando: «¿Quién me ha tocado el manto?»

Los discípulos le contestaron: «Ves cómo te apretuja la gente y preguntas: “¿Quién me ha tocado?”»

Él seguía mirando alrededor, para ver quién había sido. La mujer se acercó asustada y temblorosa, al comprender lo que había pasado, se le echó a los pies y le confesó todo.

Él le dijo: «Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud.»

Todavía estaba hablando, cuando llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decirle: «Tu hija se ha muerto. ¿Para qué molestar más al maestro?» Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga: «No temas; basta que tengas fe.»

No permitió que lo acompañara nadie, más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Llegaron a casa del jefe de la sinagoga y encontró el alboroto de los que lloraban y se lamentaban a gritos.

Entró y les dijo: «¿Qué estrépito y qué lloros son éstos? La niña no está muerta, está dormida.»

Se reían de él. Pero él los echó fuera a todos y, con el padre y la madre de la niña y sus acompañantes, entró donde estaba la niña, la cogió de la mano y le djo: «Talitha, qumi» (que significa: «Contigo hablo, niña, levántate»).

La niña se puso en pie inmediatamente y echó a andar; tenía doce años. Y se quedaron viendo visiones. Les insistió en que nadie se enterase; y les dijo que dieran de comer a la niña.
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CUANDO DIOS LLORA
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Papa Francisco en Casa Santa Marta.
Martes 4 de febrero de 2014

Todo buen padre «necesita del hijo: le espera, le busca, le ama, le perdona, le quiere cerca de sí, tan cerca como la gallina quiere a sus polluelos». Lo dijo el Papa Francisco en la homilía de la misa del martes 4 de febrero.

Al comentar las lecturas de la liturgia el Pontífice afrontó el tema de la paternidad, relacionándolo a las dos figuras principales descritas en el Evangelio de san Marcos (5, 21-43) y en el segundo libro de Samuel (18, 9-10.14.24-25.30; 19, 1-4): o sea Jairo, uno de los jefes de la sinagoga en tiempos de Jesús, «que fue a pedir la salud para su hija», y David, «que sufría por la guerra que estaba haciendo su hijo». Dos hechos que, según el obispo de Roma, muestran cómo todo padre tiene «una unción que viene del hijo: no se puede comprender a sí mismo sin el hijo».

Deteniéndose primero en el rey de Israel, el Papa recordó que a pesar de que el hijo Absalón se había convertido en su enemigo, David «esperaba noticias de la guerra. Estaba sentado entre las dos puertas del palacio y miraba». Y si bien todos estaban seguros de que esperaba «noticias de una buena victoria», en realidad «esperaba otra cosa: esperaba al hijo. Le interesaba el hijo. Era rey, era jefe del país, pero» sobre todo «era padre». Y así, «cuando llegó la noticia del final de su hijo», David «se estremeció. Subió a la habitación superior y se puso a llorar. Decía al subir: “¡Hijo mío, Absalón, hijo mío! ¡Hijo mío, Absalón! ¡Quién me diera haber muerto en tu lugar! ¡Absalón, hijo mío, hijo mío!”».

Éste —comentó el Papa Francisco— «es el corazón de un padre, que no reniega jamás de su hijo», incluso si «es un bandido o un enemigo», y llora por él. Al respecto, el Pontífice hizo notar cómo en la Biblia, David llora dos veces por los hijos: en esta circunstancia y en la que estaba por morir el hijo del adulterio: «también en esa ocasión hizo ayuno y penitencia para salvar la vida del hijo», porque «era padre».

Volviendo luego a la descripción del pasaje bíblico, el obispo de Roma destacó otro elemento de la escena: el silencio. «Los soldados regresaron a la ciudad tras la batalla en silencio» —destacó— mientras que cuando David era joven, al volver a la ciudad después de matar al Filisteo, todas las mujeres salieron de las casas para «alabarle, en fiesta; porque así volvían los soldados después de una victoria». En cambio, con ocasión de la muerte de Absalón, «la victoria fue disimulada porque el rey lloraba»; en efecto, «más que rey y vencedor» David era sobre todo «un padre afligido».

En cuanto al personaje evangélico, el jefe de la sinagoga, el Papa Francisco destacó en qué sentido se trataba de una «persona importante», que, sin embargo, «ante la enfermedad de la hija» no tuvo vergüenza de tirarse a los pies de Jesús e implorarle: «Mi niña está en las últimas; ven, impón las manos sobre ella, para que se cure y viva». Este hombre no reflexiona acerca de las consecuencias de su gesto. No se detiene a pensar si Cristo «en lugar de un profeta fuese un brujo», se arriesgaba a hacer el ridículo. Al ser «padre —dijo el Pontífice— no piensa: arriesga, se lanza y pide». Y también en esta escena, cuando los protagonistas entran en la casa encuentran llantos y gritos. «Había personas que gritaban fuerte porque era su trabajo: trabajaban así, llorando en las casas de los difuntos». Pero su llanto «no era el llanto de un padre».

He aquí entonces la relación entre las dos figuras de padres. Para ellos la prioridad son los hijos. Y esto «hace pensar en la primera cosa que decimos a Dios en el Credo: “Creo en Dios padre”. Hace pensar en la paternidad de Dios. Dios es así con nosotros». Alguien podría observar: «Pero padre, Dios no llora». Objeción a la que el Papa respondió: «¡Cómo no! Recordemos a Jesús cuando lloraba contemplando Jerusalén: «Jerusalén, Jerusalén, cuántas veces intenté reunir a tus hijos», como la gallina reúne a sus polluelos bajo las alas». Por lo tanto, «Dios llora; Jesús lloró por nosotros». Y en ese llanto está la representación del llanto del padre, «que nos quiere a todos consigo en los momentos difíciles».

El Pontífice recordó también que en la Biblia hay al menos «dos momentos en los que el padre responde» al llanto del hijo. El primero es el episodio de Isaac conducido al monte por Abrahán para ofrecerlo en holocausto: él se da cuenta de «que llevaban la leña y el fuego, pero no el cordero para el sacrificio». Por ello «tenía angustia en el corazón. ¿Y qué dice? «Padre». Y de inmediato la respuesta: “Aquí estoy, hijo”». El segundo episodio es el de «Jesús en el huerto de los Olivos, con esa angustia en el corazón: «Padre, si es posible aleja de mí este cáliz». Y los ángeles vinieron a darle fuerza. Así es nuestro Dios: es padre».

Pero no es sólo esto: la imagen de David que espera noticias sentado entre las dos puertas del palacio trae a la memoria la parábola del capítulo 15 del evangelio de san Lucas, la del padre que esperaba al hijo pródigo, «que se había marchado con todo el dinero, con toda la herencia. ¿Cómo sabemos que le esperaba?», se preguntó el Papa Francisco. Porque —es la respuesta que nos dan las Escrituras— «lo vio de lejos. Y porque todos los días subía a esperar» a que el hijo volviese. En ese padre misericordioso, en efecto, está «nuestro Dios», que «es padre». De aquí el deseo de que la paternidad física de los padres de familia y la paternidad espiritual de los consagrados, de los sacerdotes, de los obispos, sean siempre como la de los dos protagonistas de las lecturas: «dos hombres, que son padres».

Como conclusión, el Pontífice invitó a meditar sobre estos dos «iconos» —David que llora y el jefe de la sinagoga que se postra ante Jesús sin ninguna vergüenza, sin temor de pasar por ridículo, porque estaban «en juego sus hijos»— y pidió a los fieles que renovasen la profesión de fe, diciendo «Creo en Dios Padre» y pidiendo al Espíritu Santo que nos enseñe a decir «Abbá, Padre». Porque —concluyó— «es una gracia poder decir a Dios: Padre, con el corazón».

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El maná de cada día, 30.1.20

enero 30, 2020

Jueves de la 3ª semana del Tiempo Ordinario

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Lámpara es tu palabra para mis pasos



PRIMERA LECTURA: 2 Samuel 7, 18-19.24-29

Después que Natán habló a David, el rey fue a presentarse ante el Señor y dijo:

«¿Quién soy yo, mi Señor, y qué es mi familia, para que me hayas hecho llegar hasta aquí? ¡Y, por si fuera poco para ti, mi Señor, has hecho a la casa de tu siervo una promesa para el futuro, mientras existan hombres, mi Señor!

Has establecido a tu pueblo Israel como pueblo tuyo para siempre, y tú, Señor, eres su Dios. Ahora, pues, Señor Dios, mantén siempre la promesa que has hecho a tu siervo y su familia, cumple tu palabra. Que tu nombre sea siempre famoso. Que digan: “¡El Señor de los ejércitos es Dios de Israel!” Y que la casa de tu siervo David permanezca en tu presencia.

Tú, Señor de los ejércitos, Dios de Israel, has hecho a tu siervo esta revelación: “Te edificaré una casa”; por eso tu siervo se ha atrevido a dirigirte esta plegaria. Ahora, mi Señor, tú eres el Dios verdadero, tus palabras son de fiar, y has hecho esta promesa a tu siervo.

Dígnate, pues, bendecir a la casa de tu siervo, para que esté siempre en tu presencia; ya que tú, mi Señor, lo has dicho, sea siempre bendita la casa de tu siervo.»


SALMO 131, 1-2.3-5.11.12.13-14

El Señor Dios le dará el trono de David, su padre.

Señor, tenle en cuenta a David todos sus afanes: cómo juró al Señor e hizo voto al Fuerte de Jacob.

«No entraré bajo el techo de mi casa, no subiré al lecho de mi descanso, no daré sueño a mis ojos, ni reposo a mis párpados, hasta que encuentre un lugar para el Señor, una morada para el Fuerte de Jacob.»

El Señor ha jurado a David una promesa que no retractara: «A uno de tu linaje pondré sobre tu trono.»

«Si tus hijos guardan mi alianza y los mandatos que les enseño, también sus hijos, por siempre, se sentarán sobre tu trono.»

Porque el Señor ha elegido a Sión, ha deseado vivir en ella: «Ésta es mi mansión por siempre, aquí viviré, porque la deseo.»


Aclamación antes del Evangelio: Sal 118, 105

Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero.


EVANGELIO: Marcos 4, 21-25

En aquel tiempo, dijo Jesús a la muchedumbre: «¿Se trae el candil para meterlo debajo del celemín o debajo de la cama, o para ponerlo en el candelero? Si se esconde algo, es para que se descubra; si algo se hace a ocultas, es para que salga a la luz. El que tenga oídos para oír, que oiga.»

Les dijo también: «Atención a lo que estáis oyendo: la medida que uséis la usarán con vosotros, y con creces. Porque al que tiene se le dará y al que no tiene se le quitará con creces hasta lo que tiene.»


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CRECER EN VIDA INTERIOR

P. Francisco Fernández Carvajal

La vida interior está destinada a crecer. Corresponder a las gracias recibidas.

Jesús llama unas veces la atención de los Apóstoles para que escuchen su doctrina; otras, los convoca para explicarles de nuevo, a solas, una parábola o para que no dejen de observar algún suceso del que deben retener una enseñanza, pues reciben un tesoro para toda la Iglesia del que luego deberán dar cuenta.

Prestad atención, les dice en cierta ocasión. Y les da esta enseñanza: Al que tiene se le dará; y al que no tiene, incluso lo que parece tener se le quitará (1).

Y comenta San Juan Crisóstomo: “Al que es diligente y fervoroso, se le dará toda la ayuda que depende de Dios: pero al que no tiene amor ni fervor ni hace lo que de él depende, tampoco se le dará lo de Dios. Porque aun lo que parece tener -dice el Señor- lo perderá; no porque Dios se lo quite, sino porque se incapacita para nuevas gracias” (2).

Al que tiene se le dará… Es una enseñanza fundamental para la vida interior de cada cristiano. A quien corresponde a la gracia se le dará más gracia todavía y tendrá aún más; pero el que no hace fructificar las inspiraciones, mociones y ayudas del Espíritu Santo, quedará cada vez más empobrecido.

Aquellos que negociaron con los talentos en depósito, recibieron una fortuna más cuantiosa; pero el que enterró el suyo, lo perdió (3). La vida interior, como el amor, está destinada a crecer: “Si dices: basta, ya has muerto” (4); exige siempre un progreso, corresponder, estar abierto a nuevas gracias. Cuando no se avanza, se retrocede.

El Señor nos ha prometido que tendremos siempre las ayudas necesarias. En cada instante podremos decir con el Salmista: el Señor anda solícito por mí (5).

Las dificultades, las tentaciones, los obstáculos internos o externos son motivo para crecer; cuanto más fuerte es la dificultad, mayor es la gracia; y si fueran muy grandes las tentaciones o las contradicciones, más serían las ayudas del Señor para convertir lo que parecía entorpecer o imposibilitar la santidad en motivo de progreso espiritual y de eficacia en el apostolado.

Sólo el desamor, la tibieza, hace enfermar o morir la vida del alma. Sólo la mala voluntad, la falta de generosidad con Dios, retrasa o impide la unión con Él. “Según la capacidad que el vaso de la fe lleve a una fuente, así es lo que recibe” (6).

Jesucristo es una fuente inagotable de ayuda, de amor, de comprensión: ¿con qué capacidad -con qué deseos- nos acercamos a Él? ¡Señor, le decimos en nuestra oración, danos más y más sed de Ti, que te deseemos con más intensidad que el pobre que anda perdido en el desierto, a punto de morir por falta de agua!

(1) Mc 4, 24-25.- (2) SAN JUAN CRISOSTOMO, Homilías sobre el Evangelio de San Mateo, 45, 1.- (3) Cfr. Mt 25, 14-30.- (4) SAN AGUSTIN, Sermón 51, 3.- (5) Sal 39, 19.- (6) SAN AGUSTIN, Tratado sobre el evangelio de San Juan, 17.-

http://www.homilética.org


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El maná de cada día, 29.1.20

enero 29, 2020

Miércoles de la 3ª semana del Tiempo Ordinario

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El resto cayó en tierra buena: nació, creció y dio grano; y la cosecha fue del treinta o del sesenta o del ciento por uno

El resto cayó en tierra buena: nació, creció y dio grano



PRIMERA LECTURA: 2 Samuel 7, 4-17

En aquellos días, recibió Natán la siguiente palabra del Señor:

«Ve y dile a mi siervo David: “Así dice el Señor: ¿Eres tú quien me va a construir una casa para que habite en ella? Desde el día en que saqué a los israelitas de Egipto hasta hoy, no he habitado en una casa, sino que he viajado de acá para allá en una tienda que me servía de santuario. Y, en todo el tiempo que viajé de acá para allá con los israelitas, ¿encargué acaso a algún juez de Israel, a los que mandé pastorear a mi pueblo Israel, que me construyese una casa de cedro?”

Pues bien, di esto a mi siervo David: “Así dice el Señor de los ejércitos: Yo te saqué de los apriscos, de andar tras las ovejas, para que fueras jefe de mi pueblo Israel. Yo estaré contigo en todas tus empresas, acabaré con tus enemigos, te haré famoso como a los más famosos de la tierra. Daré un puesto a Israel, mi pueblo: lo plantaré para que viva en él sin sobresaltos, y en adelante no permitiré que los malvados lo aflijan como antes, cuando nombré jueces para gobernar a mi pueblo Israel.

Te pondré en paz con todos tus enemigos, y, además, el Señor te comunica que te dará una dinastía. Y, cuando tus días se hayan cumplido y te acuestes con tus padres, afirmaré después de ti la descendencia que saldrá de tus entrañas, y consolidaré su realeza.

Él construirá una casa para mi nombre, y yo consolidaré el trono de su realeza para siempre. Yo seré para él padre, y él será para mí hijo; si se tuerce, lo corregiré con varas y golpes como suelen los hombres, pero no le retiraré mi lealtad como se la retiré a Saúl, al que aparté de mi presencia. Tu casa y tu reino durarán por siempre en mi presencia; tu trono permanecerá por siempre.”»

Natán comunicó a David toda la visión y todas estas palabras.

SALMO 88,4-5.27-28.29-30

Le mantendré eternamente mi favor.

Sellé una alianza con mi elegido, jurando a David, mi siervo: «Te fundaré un linaje perpetuo, edificaré tu trono para todas las edades.»

«Él me invocará: “Tú eres mi padre, mi Dios, mi Roca salvadora”; y yo lo nombraré mi primogénito, excelso entre los reyes de la tierra.»

«Le mantendré eternamente mi favor, y mi alianza con él será estable; le daré una prosperidad perpetua y un trono duradero como el cielo.»



Aclamación antes del Evangelio

La semilla es la palabra de Dios, el sembrador es Cristo; quien lo encuentra vive para siempre.


EVANGELIO: Marcos 4, 1-20

En aquel tiempo, Jesús se puso a enseñar otra vez junto al lago. Acudió un gentío tan enorme que tuvo que subirse a una barca; se sentó, y el gentío se quedó en la orilla.

Les enseñó mucho rato con parábolas, como él solía enseñar:

«Escuchad: Salió el sembrador a sembrar; al sembrar, algo cayó al borde del camino, vinieron los pájaros y se lo comieron. Otro poco cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra; como la tierra no era profunda, brotó en seguida; pero, en cuanto salió el sol, se abrasó y, por falta de raíz, se secó. Otro poco cayó entre zarzas; las zarzas crecieron, lo ahogaron, y no dio grano. El resto cayó en tierra buena: nació, creció y dio grano; y la cosecha fue del treinta o del sesenta o del ciento por uno.»

Y añadió: «El que tenga oídos para oír, que oiga.»

Cuando se quedó solo, los que estaban alrededor y los Doce le preguntaban el sentido de las parábolas.

Él les dijo: «A vosotros se os han comunicado los secretos del reino de Dios; en cambio, a los de fuera todo se les presenta en parábolas, para que, por más que miren, no vean, por más que oigan, no entiendan, no sea que se conviertan y los perdonen.”»

Y añadió: «¿No entendéis esta parábola? ¿Pues, cómo vais a entender las demás? El sembrador siembra la palabra. Hay unos que están al borde del camino donde se siembra la palabra; pero, en cuanto la escuchan, viene Satanás y se lleva la palabra sembrada en ellos.

Hay otros que reciben la simiente como terreno pedregoso; al escucharla, la acogen con alegría, pero no tienen raíces, son inconstantes y, cuando viene una dificultad o persecución por la palabra, en seguida sucumben.

Hay otros que reciben la simiente entre zarzas; éstos son los que escuchan la palabra, pero los afanes de la vida, la seducción de las riquezas y el deseo de todo lo demás los invaden, ahogan la palabra, y se queda estéril.

Los otros son los que reciben la simiente en tierra buena; escuchan la palabra, la aceptan y dan una cosecha del treinta o del sesenta o del ciento por uno.»


El maná de cada día, 28.1.20

enero 28, 2020

Martes de la 3ª semana del Tiempo Ordinario

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Cumplir la voluntad de Dios para ser verdaderos hermanos de Jesús

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PRIMERA LECTURA: 2 Samuel 6, 12b-15.17-19

En aquellos días, fue David y llevó el arca de Dios desde la casa de Obededom a la Ciudad de David, haciendo fiesta. Cuando los portadores del arca del Señor avanzaron seis pasos, sacrificó un toro y un ternero cebado. E iba danzando ante el Señor con todo entusiasmo, vestido sólo con un roquete de lino.

Así iban llevando David y los israelitas el arca del Señor entre vítores y al sonido de las trompetas. Metieron el arca del Señor y la instalaron en su sitio, en el centro de la tienda que David le había preparado.

David ofreció holocaustos y sacrificios de comunión al Señor y, cuando terminó de ofrecerlos, bendijo al pueblo en el nombre del Señor de los ejércitos; luego repartió a todos, hombres y mujeres de la multitud israelita, un bollo de pan, una tajada de carne y un pastel de uvas pasas a cada uno. Después se marcharon todos, cada cual a su casa.


SALMO 23, 7.8.9.10

¿Quién es ese Rey de la gloria? Es el Señor en persona.

¡Portones!, alzad los dinteles, que se alcen las antiguas compuertas: va a entrar el Rey de la gloria.

¿Quién es ese Rey de la gloria? El Señor, héroe valeroso; el Señor, héroe de la guerra.

¡Portones!, alzad los dinteles, que se alcen las antiguas compuertas: va a entrar el Rey de la gloria.

¿Quién es ese Rey de la gloria? El Señor, Dios de los ejércitos. Él es el Rey de la gloria.


Aclamación antes del Evangelio: Mt 11, 25

Bendito seas, Padre, Señor de cielo y la tierra, porque has revelado los secretos del reino a la gente sencilla.


EVANGELIO: Marcos 3, 31-35

En aquel tiempo, llegaron la madre y los hermanos de Jesús y desde fuera lo mandaron llamar.

La gente que tenía sentada alrededor le dijo: «Mira, tu madre y tus hermanos están fuera y te buscan.»

Les contestó: «¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?»

Y, paseando la mirada por el corro, dijo: «Éstos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre.»

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LA VOLUNTAD DE DIOS

Si aprendiéramos a centrar nuestra vida espiritual en el único deseo de hacer la voluntad de Dios, y no la nuestra, habría más santos en la Iglesia.

El mayor y único deseo de Cristo, el centro de su vida, su mayor aspiración, el sentido de todo, fue siempre cumplir la voluntad de su Padre.

Una forma sencilla y asequible de hacer la voluntad de Dios, sin salir de tu día a día, es el cumplimiento de los deberes propios de tu estado, de tu profesión, de tu vida cristiana y de tu relación con Dios.

Lo que Dios quiere de ti te lo hace ver y te lo pide en el lugar y circunstancias en las que te ha puesto, con esas personas concretas y no otras, en esas responsabilidades que debes desempeñar por trabajo, vocación o estado de vida.

También es cierta y segura la voluntad de Dios en lo que te sobreviene sin esperarlo ni imaginarlo: un fracaso, una enfermedad, un inoportuno atasco, un esguince de tobillo o el premio de una lotería.

Son esos “pequeños milagros” que a veces nos sorprenden como guiños de Dios, esas carambolas de la providencia de las que alcanzamos a conocer sólo la superficie, sin atisbar toda la misteriosa profundidad de bienes y de gracia que conllevan.

Dios te habla con voz firme y segura cuando las circunstancias te sobrepasan y no está en tu mano gobernarlas ni entenderlas.

Por eso, lo absurdo, lo inútil, lo que no entiendes, es de una extraordinaria fecundidad espiritual, si sabes vivirlo abandonado en la aceptación oscura y difícil de una voluntad, la de Dios, que no coincide con la tuya.

Tu oración diaria, la dirección espiritual, la Palabra de Dios, los sacramentos, son también medios para ir atisbando esa voluntad de Dios sobre tu vida.

Aprende a simplificar tu vida espiritual apuntando, sin rodeos, a la voluntad de Dios, entregándole una y otra vez la tuya.

Lañas diarias www.mater-dei.es


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