El maná de cada día, 30.9.12

septiembre 29, 2012

Domingo XXVI del Tiempo Ordinario, Ciclo B

Nada has traído a este mundo y nada podrás llevarte de él

PRIMERA LECTURA: Números 11, 25-29

El Señor bajó en la nube y habló a Moisés; tomó parte del espíritu que había en él y se lo pasó a los setenta ancianos. Cuando el espíritu de Moisés se posó sobre ellos, comenzaron a profetizar, pero esto no volvió a repetirse. Dos de ellos se habían quedado en el campamento, uno se llamaba Eldad y otro Medad. Aunque estaban entre los elegidos, no habían acudido a la tienda. Pero el espíritu vino también sobre ellos y se pusieron a profetizar en el campamento.

Un muchacho corrió a decir a Moisés: «Eldad y Medad están profetizando en el campamento.»
Josué, hijo de Nun, ayudante de Moisés desde joven, intervino diciendo: «¡Señor mío, Moisés, prohíbeselo!»

Moisés replicó: «¿Tienes celos por mí? ¡Ojalá que todo el pueblo profetizara y el Señor infundiera en todos su espíritu!»


SALMO 18

Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón

La ley del Señor es perfecta y es descanso del alma; el precepto del Señor es fiel e instruye al ignorante.

La voluntad del Señor es pura y eternamente estable; los mandamientos del Señor son verdaderos y enteramente justos.

Aunque tu siervo vigila para guardarlos con cuidado, ¿quién conoce sus faltas? Absuélveme de lo que se me oculta.

Preserva a tu siervo de la arrogancia, para que no me domine: así quedaré libre e inocente del gran pecado.


SEGUNDA LECTURA: Santiago 5, 1-6

Vosotros los ricos, gemid y llorad ante las desgracias que se os avecinan. Vuestra riqueza está podrida y vuestros vestidos son pasto de la polilla. Vuestro oro y vuestra plata están oxidados y este óxido será un testimonio contra vosotros y corroerá vuestras carnes como fuego. ¿Para qué amontonar riquezas si estamos en los últimos días? Mirad, el jornal de los obreros que segaron vuestros campos y ha sido retenido por vosotros está clamando y los gritos de los segadores están llegando a oídos del Señor todopoderoso. En la tierra habéis vivido lujosamente y os habéis entregado al placer; con ello habéis engordado para el día de la matanza. Habéis condenado, habéis asesinado al inocente, y ya no os ofrece resistencia.


EVANGELIO: Marcos 9, 38-43.45.47-48

En aquel tiempo, Juan dijo a Jesús: «Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre y se lo hemos prohibido, porque no es de nuestro grupo.»

Jesús replicó: «No se lo prohibáis, porque nadie que haga un milagro en mi nombre puede luego hablar mal de mí. Pues el que no está contra nosotros está a favor nuestro. Os aseguro que el que os dé a beber un vaso de agua porque sois del Mesías no quedará sin recompensa. Al que sea ocasión de pecado para uno de estos pequeños que creen en mí, más le valdría que le colgaran del cuello una piedra de molino y lo echaran al mar. Y si tu mano es ocasión de pecado para ti, córtatela. Más te vale entrar manco en la vida, que ir con las dos manos al fuego eterno que no se extingue. Y si tu pie es ocasión de pecado para ti, córtatelo. Más te vale entrar cojo en la vida, que ser arrojado con los dos pies al fuego eterno. Y si tu ojo es ocasión de pecado para ti, sácatelo. Más te vale entrar tuerto en el reino de Dios que ser arrojado con los dos ojos al fuego eterno, donde el gusano que roe no muere y el fuego no se extingue.»


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Intentas sobornar a Cristo juez
San Agustín, Sermón 39,6

Nada has traído a este mundo, y por eso mismo nada podrás llevarte de él. Envía hacia arriba lo que has encontrado y no lo perderás. Dáselo a Cristo. Él quiso recibir aquí abajo. Dándoselo a Cristo, ¿vas a perderlo? No lo pierdes si lo confías a tu criado, ¿y vas a perderlo si lo confías a Cristo? No pierdes, si lo confías a tu criado, lo que has adquirido, ¿y vas a perder lo que has recibido de Dios?

Cristo quiso padecer necesidad en este mundo, y todo por nosotros. Cristo pudo alimentar a cuantos pobres veis, del mismo modo que mediante el cuervo alimentó a Elías. Sin embargo, también a él le quitó el cuervo para que fuera alimentado por la viuda. El que fuera alimentado por la viuda no fue de provecho para Elías, sino para la viuda (3 Re 17,6). Luego cuando Dios empobrece a algunos, no queriendo que posean, lo hace para probar a los ricos. Así está escrito: Los pobres y los ricos se encontraron. ¿Dónde se encontraron? Aquí; en esta vida. Ambos nacieron, salieron al encuentro y se encontraron. ¿Quién hizo a los dos? El Señor (Prov 22,2). Hizo al rico para que ayudara al pobre; al pobre para probar al rico. Cada cual obre según sus posibilidades. No de modo que él mismo se halle en dificultad. No queremos esto. Lo que tú tienes de superfluo es necesario a otro. Acabáis de oírlo cuando se leía el evangelio: Quienquiera que dé un vaso de agua fría a uno de mis pequeños por causa mía, no quedará sin recompensa (Mt 10,42).

Cristo puso en venta el reino de los cielos y cifró su precio en un vaso de agua fría. Cuando es un pobre quien da limosna, basta que dé un vaso de agua fría. Quien más tiene, más dé. Así lo hizo la viuda de las dos monedas. Zaqueo dio la mitad de sus bienes y reservó la otra mitad para cancelar sus fraudes. La limosna aprovecha siempre a quienes cambiaron de género de vida. Das a Cristo pobre para redimir tus pecados pasados. Pero si el motivo de tu donación es para poder seguir pecando impunemente, no sólo alimentas a Cristo, sino que intentas sobornarlo en cuanto juez. Dad limosna, sí; mas para que vuestras oraciones sean escuchadas y para que Dios os ayude a cambiar vuestra vida por otra mejor. Por lo tanto, los que cambiáis de vida, cambiadla mejorándola. Por vuestras limosnas y oraciones bórrense vuestros pecados pasados y lleguen a vosotros los sempiternos bienes futuros.


Cuando despojas a un cristiano, despojas a Cristo
San Agustín, Sermón 178,4-5

Pero me dice el ladrón de cosas ajenas: «Yo no soy como aquel rico. Celebro ágapes, llevo alimento a los encarcelados, visto a los desnudos, doy hospitalidad a los peregrinos». ¿Piensas que das? No quites y ya diste. A quien das, se alegra; pero a quien lo quitas, llora; ¿a quién de estos dos va a escuchar el Señor? Dices a quien diste: «Da gracias porque recibiste». Pero desde la parte contraria te dice el otro: «Lloro porque me lo quitaste». Quitaste a éste casi todo y diste a aquél sólo una mínima parte. Pero ni aunque hubieras dado a los necesitados todo lo que quitaste al otro, agradarían a Dios tales obras. Te dice Dios: «Necio; te mandé dar, pero no de lo ajeno. Si tienes, da de lo tuyo; si no tienes nada propio que dar, es mejor que no des a nadie antes de despojar a los otros».

Cuando Cristo el Señor se siente en el día del juicio y haga la separación poniendo a unos a la derecha y a otros a la izquierda, dirá a los que han obrado bien: Venid, benditos de mi Padre, recibid el reino; en cambio, a los estériles, los que nada bueno hicieron en favor de los pobres, les dirá: Id al fuego eterno. ¿Y qué ha de decir a los buenos? Pues tuve hambre y me disteis de comer, etc. Ellos responderán: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento? y él a ellos: Cuando lo hicisteis a uno de mis pequeños, a mí me lo hicisteis. Comprende, pues, necio, que quieres dar limosna de lo robado, que si cuando alimentas a un cristiano alimentas a Cristo, cuando despojas a un cristiano despojas también a Cristo. Considerad lo que ha de decir a los de la izquierda: Id al fuego eterno. ¿Por qué? Porque tuve hambre y no me disteis de comer; estuve desnudo y no me vestisteis (Mt 25,34-45). Si, pues, irá al fuego eterno aquel a quien Cristo diga: «Estuve desnudo y no me vestiste», ¿qué lugar tendrá en el ruego eterno aquel a quien diga: «Estuve vestido y me desnudaste»?

Es posible que te diga Cristo: «Estuve vestido y me desnudaste», y, cambiando de costumbre, pienses en despojar al pagano y vestir al cristiano. También entonces te responderá Cristo; mejor, te responderá ahora por cualquiera de sus ministros; te responderá y te dirá: «También aquí debes evitarmte males. Si siendo cristiano despojas a un pagano, le impides que se haga cristiano». Quizá tengas qué responder todavía a esto: «No le aplico el castigo por odio, sino más bien por amor a la disciplina misma; así, pues, despojo al pagano para que mediante esta disciplina dura y saludable se haga cristiano». Te escucharía y creería si le devolvieses siendo ya cristiano lo que le quitaste cuando era pagano.

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El maná de cada día, 29.9.12

septiembre 29, 2012

Sábado de la 25ª semana del Tiempo Ordinario

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Baje a nosotros la bondad del Señor y haga prósperas las obras de nuestras manos.

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PRIMERA LECTURA: Eclesiastés 11, 9–12,8

Disfruta mientras eres muchacho y pásalo bien en la juventud; déjate llevar del corazón, de lo que atrae a los ojos; y sabe que Dios te llevará a juicio para dar cuenta de todo. Rechaza las penas del corazón y rehuye los dolores del cuerpo: niñez y juventud son efímeras.

Acuérdate de tu Hacedor durante tu juventud, antes de que lleguen los días aciagos y alcances los años en que dirás: «No les saco gusto.» Antes de que se oscurezca la luz del sol, la luna y las estrellas, y a la lluvia siga el nublado.

Ese día temblarán los guardianes de casa y los robustos se encorvarán, las que muelen serán pocas y se pararán, las que miran por las ventanas se ofuscarán, las puertas de la calle se cerrarán y el ruido del molino se apagará, se debilitará el canto de los pájaros, las canciones se irán callando, darán miedo las alturas y rondarán los terrores.

Cuando florezca el almendro, y se arrastre la langosta, y no dé gusto la alcaparra, porque el hombre marcha a la morada eterna y el cortejo fúnebre recorre las calles. Antes de que se rompa el hilo de planta, y se destroce la copa de oro, y se quiebre el cántaro en la fuente, y se raje la polea del pozo, y el polvo vuelva a la tierra que fue, y el espíritu vuelva a Dios, que lo dio.

Vanidad de vanidades, dice Qohelet, todo es vanidad.


SALMO 89, 3-4.5-6.12-13.14.17

Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación.

Tú reduces el hombre a polvo, diciendo: «Retornad, hijos de Adán.» Mil años en tu presencia son un ayer, que pasó; una vela nocturna.

Los siembras año por año, como hierba que se renueva: que florece y se renueva por la mañana, y por la tarde la siegan y se seca.

Enséñanos a calcular nuestros años, para que adquiramos un corazón sensato. Vuélvete, Señor, ¿hasta cuándo? Ten compasión de tus siervos.

Por la mañana sácianos de tu misericordia, y toda nuestra vida será alegría y júbilo. Baje a nosotros la bondad del Señor y haga prósperas las obras de nuestras manos.


EVANGELIO: Lucas 9, 43b-45

En aquel tiempo, entre la admiración general por lo que hacia, Jesús dijo a sus discípulos: «Meteos bien esto en la cabeza: al Hijo del hombre lo van a entregar en manos de los hombres.»

Pero ellos no entendían este lenguaje; les resultaba tan oscuro que no cogían el sentido. Y les daba miedo preguntarle sobre el asunto.


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Mirar al Cielo

Nos cuesta mucho pensar en el «más allá», quizá porque no vivimos el «más acá» con un verdadero sentido trascendente. Estamos pegados a las cosas, a nuestras ambiciones, a nuestras necesidades, como si fueran la única razón, o la más importante, de nuestra existencia, buscando sustitutivos que nos motiven, aunque sepamos que nunca nos darán la felicidad plena que buscamos.

Muchas veces habla Jesús del Cielo. Incluso levanta los ojos para implorar al Padre, cuando le da gracias, cuando realiza un milagro, cuando busca la intercesión del Todopoderoso para que cuide a esos discípulos que deja en el mundo. Todos esos momentos tienen sentido en ese hogar definitivo que es el Cielo. Las Bienaventuranzas, por ejemplo, alcanzan su plenitud cuando, después de relatar los innumerables condicionamientos a los que estamos sujetos en esta tierra de sinsabores y limitaciones, anuncia que todo sufrimiento presente se transformará en un derroche de felicidad y una diche eterna, cuando lleguemos allá, a la patria del consuelo: el Cielo.

Sí, nos cuesta mirar a lo alto. No es una invitación a evadirnos de la desabrida realidad, sino a darle su pleno y verdadero sentido. Nuestra vida ha de levantarse teniendo los pies firmes en el suelo y el corazón abierto, de par en par, a la misericordia de Dios. Él nos convida a rectificar constantemente nuestra intención, sabiendo que la esperanza, además de virtud cristiana, es el alimento permanente que nos sitúa en lo que somos: hijos de un Dios que busca nuestra salvación eterna. Has de desear y gustar el Cielo, ya ahora, aun en medio de tus sinsabores y disgustos, pues sólo la Cruz es camino hacia la Gloria. La vida nos ha de ir acostumbrando a esa gloria que nos espera para siempre junto a Dios.

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El maná de cada día, 28.9.12

septiembre 28, 2012

Viernes de la 25ª semana del Tiempo Ordinario

Tiempo para Dios, el más importante

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PRIMERA LECTURA: Eclesiastés 3,1 -11

Todo tiene su tiempo y sazón, todas las tareas bajo el sol:

tiempo de nacer, tiempo de morir; tiempo de plantar, tiempo de arrancar; tiempo de matar, tiempo de sanar; tiempo de derruir, tiempo de construir; tiempo de llorar, tiempo de reír; tiempo de hacer duelo, tiempo de bailar; tiempo de arrojar piedras, tiempo de recoger piedras; tiempo de abrazar, tiempo de desprenderse; tiempo de buscar, tiempo de perder; tiempo de guardar, tiempo de desechar; tiempo de rasgar, tiempo de coser; tiempo de callar, tiempo de hablar; tiempo de amar, tiempo de odiar; tiempo de guerra, tiempo de paz.

¿Qué saca el obrero de sus fatigas? Observé todas las tareas que Dios encomendó a los hombres para afligirlos: todo lo hizo hermoso en su sazón y dio al hombre el mundo para que pensara; pero el hombre no abarca las obras que hizo Dios desde el principio hasta el fin.


SALMO 143, 1a.2abc.3-4

Bendito el Señor, mi Roca

Bendito el Señor, mi Roca, mi bienhechor, mi alcázar, baluarte donde me pongo a salvo, mi escudo y mi refugio.

Señor, ¿qué es el hombre para que te fijes en él?;¿qué los hijos de Adán para que pienses en ellos? El hombre es igual que un soplo; sus días, una sombra que pasa.


EVANGELIO: Lucas 9, 18-22

Una vez que Jesús estaba orando solo, en presencia de sus discípulos, les preguntó: «¿Quién dice la gente que soy yo?»

Ellos contestaron: «Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros dicen que ha vuelto a la vida uno de los antiguos profetas.»

Él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?»
Pedro tomó la palabra y dijo: «El Mesías de Dios.»

Él les prohibió terminantemente decírselo a nadie. Y añadió: «El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día.»


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¿Cuánto tiempo dedico a Dios?

Sería bueno acabar cada jornada preguntándonos, en nuestro examen del día, cuánto tiempo hemos dedicado a Dios. Compara cuánto tiempo dedicas cada día al trabajo, al descanso, a los amigos, a la familia, a tus asuntos, y cuánto tiempo dedicas, también cada día, a Dios, al apostolado, a los demás.

Solemos dar la prioridad a las cosas urgentes, que pocas veces son las cosas de Dios, porque vivimos en un permanente estado de egocentrismo. Nos esforzamos, a veces, por hacer un hueco a nuestra oración diaria, o a la Eucaristía, pero tan apretado y ajustado que más parece que lo hacemos por obligación que por amor. Y, por la noche, estamos tan cansados y es tan tarde, que ni siquiera nos acordamos de ofrecer al Señor ni los últimos momentos del día ni el descanso de la noche.

Cuántas jornadas dejamos pasar, llenas de cosas y actividades en las que no ha estado Dios presente. Las adornamos, sí, con unas cuantas oraciones rezadas quizá rutinariamente, pero se acaban, una y otra vez, vacías de lo más esencial: Dios.

Y, sin darnos cuenta, se va ensanchando la distancia entre nuestra vida y nuestra fe, entre nuestro día a día, embarrado en el tráfago del activismo, y ese Dios que no se cansa de esperarte a la puerta de cada jornada.

Dios no se merece sólo unos minutos. A Él hay que dárselo todo. Todo el día debería ser para Él, porque “en Él vivimos, nos movemos y existimos”. Un corazón cumplidor y medidor se contenta con medir el amor por minutos. El corazón de Dios, en cambio, no mide, se entrega. Has de ir educando el sentido sobrenatural de las cosas y personas, para ir sazonando con el sabor de lo divino ese día a día sin Dios, en el que vives enredado y desperdigado.

Tu fe se vuelve insípida y estéril, si no empapas con ella cada instante de tus jornadas, y tus jornadas serán semillas vanas, si no están fuertemente arraigadas en la tierra del amor y de la presencia de Dios. El tiempo no es tuyo, es de Dios; no lo malgastes en infidelidades y mediocridades, pues es un talento precioso llamado a fructificar en obras y en vida interior.

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El maná de cada día, 27.9.12

septiembre 27, 2012

Jueves de la 25ª semana del Tiempo Ordinario

Querer ver a Jesús



PRIMERA LECTURA: Eclesiastés 1,2-11

¡Vanidad de vanidades, dice Qohelet; vanidad de vanidades, todo es vanidad! ¿Qué saca el hombre de todas las fatigas que lo fatigan bajo el sol?

Una generación se va, otra generación viene, mientras la tierra siempre está quieta. Sale el sol, se pone el sol, jadea por llegar a su puesto y de allí vuelve a salir. Camina al sur, gira al norte, gira y gira y camina el viento. Todos los ríos caminan al mar, y el mar no se llena; llegados al sitio adonde caminan, desde allí vuelven a caminar.

Todas las cosas cansan y nadie es capaz de explicarlas. No se sacian los ojos de ver ni se hartan los oídos de oír. Lo que pasó, eso pasará; lo que sucedió, eso sucederá: nada hay nuevo bajo el sol.

Si de algo se dice:«Mira, esto es nuevo», ya sucedió en otros tiempos mucho antes de nosotros. Nadie se acuerda de los antiguos y lo mismo pasará con los que vengan: no se acordarán de ellos sus sucesores.


SALMO 89,

3-4.5-6.12-13.14.17

Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación

Tú reduces el hombre a polvo, diciendo: «Retornad, hijos de Adán.» Mil años en tu presencia son un ayer que pasó; una vela nocturna.

Los siembras año por año, como hierba que se renueva: que florece y se renueva por la mañana, y por la tarde la siegan y se seca.

Enséñanos a calcular nuestros años, para que adquiramos un corazón sensato. Vuélvete, Señor, ¿hasta cuándo? Ten compasión de tus siervos.

Por la mañana sácianos de tu misericordia, y toda nuestra vida será alegría y júbilo. Baje a nosotros la bondad del Señor y haga prósperas las obras de nuestras manos.


EVANGELIO: Lucas 9, 7-9

En aquel tiempo, el virrey Herodes se enteró de lo que pasaba y no sabía a qué atenerse, porque unos decían que Juan había resucitado, otros que había aparecido Elías, y otros que había vuelto a la vida uno de los antiguos profetas.

Herodes se decía: «A Juan lo mandé decapitar yo. ¿Quién es éste de quien oigo semejantes cosas?»
Y tenía ganas de ver a Jesús.


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QUERER VER A JESUS

— Limpiar la mirada para contemplar a Jesús en medio de nuestros quehaceres normales.

— La Santísima Humanidad del Señor, fuente de amor y de fortaleza.

— Jesús nos espera en el Sagrario.

I. En el Evangelio de la Misa, San Lucas nos dice que Herodes deseaba encontrar a Jesús: Et quaerebat videre eum, buscaba la manera de verle1. Le llegaban frecuentes noticias del Maestro y quería conocerlo.

Muchas de las personas que aparecen a lo largo del Evangelio muestran su interés por ver a Jesús. Los Magos se presentan en Jerusalén preguntando: ¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido?2. Y declaran enseguida su propósito: vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarle: su propósito es bien distinto del de Herodes. Le encontraron en el regazo de María.

En otra ocasión son unos gentiles llegados a Jerusalén los que se acercan a Felipe para decirle: Queremos ver a Jesús3. Y en circunstancias bien diversas, la Virgen, acompañada de unos parientes, bajó desde Nazaret a Cafarnaún porque deseaba verle. Había tanta gente en la casa que hubieron de avisarle: Tu Madre y tus hermanos están fueran y quieren verte4. ¿Podremos imaginar el interés y el amor que movieron a María a encontrarse con su Hijo?

Contemplar a Jesús, conocerle, tratarle es también nuestro mayor deseo y nuestra mayor esperanza. Nada se puede comparar a este don. Herodes, teniéndole tan cerca, no supo ver al Señor; incluso tuvo la oportunidad de poder ser enseñado por el Bautista –el que señalaba con el dedo al Mesías que había llegado ya– y, en vez de seguir sus enseñanzas, le mandó matar.

Ocurrió con Herodes como con aquellos fariseos a los que el Señor dirige la profecía de Isaías: Con el oído oiréis, pero no entenderéis, con la vista miraréis, pero no veréis. Porque se ha embotado el corazón de este pueblo, han hecho duros sus oídos y han cerrado sus ojos…5. Por el contrario, los Apóstoles tuvieron la inmensa suerte de tener presente al Mesías, y con Él todo lo que podían desear. Bienaventurados, en cambio, vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen6, les dice el Maestro.

Los grandes Patriarcas y los mayores Profetas del Antiguo Testamento nada vieron en comparación a lo que ahora pueden contemplar sus discípulos. Moisés contempló la zarza ardiente como símbolo de Dios Vivo7.

Jacob, después de su lucha con aquel misterioso personaje, pudo decir: He visto cara a cara a Dios8; y lo mismo Gedeón: He visto cara a cara a Yahvé9…, pero estas visiones eran oscuras y poco precisas en comparación con la claridad de aquellos que ven a Cristo cara a cara. Pues en verdad os digo que muchos profetas y justos ansiaron ver lo que vosotros estáis viendo…10.

La gloria de Esteban –el primero que dio su vida por el Maestro– consistirá precisamente en eso: en ver los Cielos abiertos y a Jesús sentado a la derecha del Padre11. Jesús vive y está muy cerca de nuestros quehaceres normales. Hemos de purificar nuestra mirada para contemplarlo. Su rostro amable será siempre el principal motivo para ser fieles en los momentos difíciles y en las tareas de cada día.

Le diremos muchas veces, con palabras de los Salmos: Vultum tuum Domine requiram…12, buscaré, Señor, tu rostro… siempre y en todas las cosas.

II. Quien busca, halla13. La Virgen y San José buscaron a Jesús durante tres días, y lo encontraron14. Zaqueo, que también deseaba verlo, puso los medios y el Maestro se le adelantó invitándose a su casa15. Las multitudes que salieron en su busca tuvieron luego la dicha de estar con Él16.

Nadie que de verdad haya buscado a Cristo ha quedado defraudado. Herodes, como se verá más tarde en la Pasión, solo trataba de ver al Señor por curiosidad, por capricho…, y así no se le encuentra. Cuando se lo remitió Pilato, al ver a Jesús, se alegró mucho, pues deseaba verlo hacía mucho tiempo, porque había oído muchas cosas acerca de Él y esperaba verle hacer algún milagro. Le preguntó con muchas palabras, pero Él no le respondió nada17.

Jesús no le dijo nada, porque el Amor nada tiene que decir ante la frivolidad. Él viene a nuestro encuentro para que nos entreguemos, para que correspondamos a su Amor infinito.

A Jesús, presente en el Sagrario, ¡y tan cercano a nuestras vidas!, le vemos cuando deseamos purificar el alma en el sacramento de la Confesión, cuando no dejamos que los bienes pasajeros –incluso los lícitos– llenen nuestro corazón como si fueran definitivos, pues –como enseña San Agustín– «el amor a las sombras hace a los ojos del alma más débiles e incapaces para llegar a ver el rostro de Dios.

Por eso, el hombre mientras más gusto da a su debilidad más se introduce en la oscuridad»18.

Vultum tuum, Domine, requiram…, buscaré, Señor, tu rostro… La contemplación de la Humanidad Santísima del Señor es inagotable fuente de amor y de fortaleza en medio de las dificultades de la vida. Muchas veces nos acercaremos a las escenas del Evangelio; consideraremos despacio que el mismo Jesús de Betania, de Cafarnaún, el que recibe bien a todos… es el que tenemos, quizá a pocos metros, en el Sagrario.

En otras ocasiones nos servirán las imágenes que lo representan para tener como un recuerdo vivo de su presencia, como hicieron los santos. «Entrando un día en el oratorio –escribe Santa Teresa de Jesús–, vi una imagen que habían traído allí a guardar (…).

Era de Cristo muy llagado y tan devota que, en mirándola, toda me turbó de verle tal, porque representaba bien lo que pasó por nosotros. Fue tanto lo que sentí de lo mal que había agradecido aquellas llagas, que el corazón me parece se me partía y arrojéme cabe Él con grandísimo derramamiento de lágrimas, suplicándole me fortaleciese ya de una vez para no ofenderle»19.

Este amor, que de alguna manera necesita nutrirse de los sentidos, es fortaleza para la vida y un enorme bien para el alma. ¡Qué cosa más natural que buscar en un retrato, en una imagen, el rostro de quien tanto se ama! La misma Santa exclamaba: «¡Desventurados de los que por su culpa pierden este bien! Bien parece que no aman al Señor, porque si le amaran, holgáranse de ver su retrato, como acá aun da contento ver el de quien se quiere bien»20.

III. Iesu, quem velatum nunc aspicio…21. Jesús, a quien ahora veo escondido, te ruego que se cumpla lo que tanto ansío: que al mirar tu rostro ya no oculto, sea yo feliz viendo tu gloria, rezamos en el Himno Adoro te devote.

Un día, con la ayuda de la gracia, veremos a Cristo glorioso lleno de majestad que nos recibe en su Reino. Le reconoceremos como al Amigo que nunca nos falló, a quien procuramos tratar y servir aun en lo más pequeño. Estando muy metidos en medio del mundo, en las tareas seculares que a cada uno han correspondido, y amando ese mundo, que es donde debemos santificarnos, podemos decir, sin embargo, con San Agustín: «la sed que tengo es de llegar a ver el rostro de Dios; siento sed en la peregrinación, siento sed en el camino; pero me saciaré a la llegada»22. Nuestro corazón solo experimentará la plenitud con los bienes de Dios.

Ya tenemos a Jesús con nosotros, hasta el fin de los siglos. En la Sagrada Eucaristía está Cristo completo: su Cuerpo glorioso, su Alma humana y su Persona divina, que se hacen presentes por las palabras de la Consagración. Su Humanidad Santísima, escondida bajo los accidentes eucarísticos, se encuentra en lo que tiene de más humilde, de más común con nosotros –su Cuerpo y su Sangre, aunque en estado glorioso–; y especialmente asequible: bajo las especies de pan y de vino.

De modo particular en el momento de la Comunión, al hacer la Visita al Santísimo…, hemos de ir con un deseo grande de verle, de encontrarnos con Él, como Zaqueo, como aquellas multitudes que tenían puesta en Él toda su esperanza, como acudían los ciegos, los leprosos… Mejor aún, con el afán y el deseo con que le buscaron María y José, como hemos contemplado tantas veces en el Quinto misterio de gozo del Santo Rosario.

A veces, por nuestras miserias y falta de fe, nos podrá resultar costoso apreciar el rostro amable de Jesús. Es entonces cuando debemos pedir a Nuestra Señora un corazón limpio, una mirada clara, un mayor deseo de purificación. Nos puede ocurrir como a los Apóstoles después de la resurrección, que, aunque estaban seguros de que era Él, no se atrevían a preguntarle; tan seguros que ninguno de los discípulos se atrevió a preguntarle: ¿Tú quién eres?, porque sabían que era el Señor23.

¡Era algo tan grande encontrar a Jesús vivo, el de siempre, después de verle morir en la Cruz! ¡Es tan inmenso encontrar a Jesús vivo en el Sagrario, donde nos espera!

1 Lc 9, 7-9. — 2 Mt 2, 3. — 3 Jn 12, 21. — 4 Lc 8, 20. — 5 Mt 13, 14-15. — 6 Mt 13, 16. — 7 Cfr. Ex 3, 2. — 8 Gen 32, 31. — 9 Jue 6, 22. — 10 Mt 13, 17. — 11 Hech 7, 55. — 12 Sal 26, 8. — 13 Mt 7, 8. — 14 Cfr. Lc 2, 48. — 15 Cfr. Lc 19, 1 ss. — 16 Cfr. Lc 6, 9 ss. — 17 Lc 23, 8-9. — 18 San Agustín, Del libre albedrío, 1, 16, 43. — 19 Santa Teresa, Vida, 9, 1. — 20 Ibídem, 6. — 21 Himno Adoro te devote. — 22 San Agustín, Comentarios a los Salmos, 41, 5. — 23 Jn 21, 12.

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El maná de cada dá, 26.9.12

septiembre 26, 2012

Miércoles de la 25ª semana de Tiempo Ordinario

Sin alforja, sin bastón y sin pan


PRIMERA LECTURA: Proverbios 30, 5-9

La palabra de Dios es acendrada, él es escudo para los que se refugian en él.

No añadas nada a sus palabras, porque te replicará y quedarás por mentiroso.

Dos cosas te he pedido; no me las niegues antes de morir:
aleja de mi falsedad y mentira; no me des riqueza ni pobreza, concédeme mi ración de pan; no sea que me sacie y reniegue de ti, diciendo:

«¿Quién es el Señor?»; no sea que, necesitando, robe y blasfeme el nombre de mi Dios.

SALMO 118, 29. 72. 89. 101. 104. 163

Lámpara es tu palabra para mis pasos, Señor.

Apártame del camino falso, y dame la gracia de tu voluntad.

Más estimo yo los preceptos de tu boca que miles de monedas de oro y plata.

Tu palabra, Señor, es eterna, más estable que el cielo.

Aparto mi pie de toda senda mala, para guardar tu palabra.

Considero tus decretos, y odio el camino de la mentira.

Detesto y aborrezco la mentira, y amo tu voluntad.


EVANGELIO: Lucas 9, 1-6

En aquel tiempo, Jesús reunió a los Doce y les dio poder y autoridad sobre toda clase de demonios y para curar enfermedades.

Luego los envió a proclamar el reino de Dios y a curar a los enfermos, diciéndoles:

-«No llevéis nada para el camino: ni bastón ni alforja, ni pan ni dinero; tampoco llevéis túnica de repuesto.

Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio.

Y si alguien no os recibe, al salir de aquel pueblo sacudíos el polvo de los pies, para probar su culpa. »

Ellos se pusieron en camino y fueron de aldea en aldea, anunciando el Evangelio y curando en todas partes.


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Sin alforja, sin bastón y sin pan

Cuando Lucas narra la misión de los Doce insiste en un detalle importante: el Señor les mandó a anunciar el Reino de Dios sin más provisión que su autoridad y su poder sobre todos los demonios.

Y les mandó que no llevaran nada más para el camino: ni bastón, ni alforja, ni pan, ni dinero, ni siquiera una túnica de repuesto. Debía bastarles ese poder y autoridad que habían recibido de Cristo, debían fiarse de Él y no de su bastón, de sus provisiones, de su dinero o de su túnica.

No niega el Señor el valor y la necesidad de los medios humanos. Enseña, más bien, que esos medios se quedan muy cortos y limitados cuando se trata de las cosas del Reino y de la expulsión de los demonios.

No son suficientes; es más, pueden mostrarse innecesarios y hasta inútiles frente a los planes y modos de hacer de Dios, que Él suele realizar a su modo y no al nuestro. Esta es la libertad interior que requiere nuestro apostolado para que sea realmente una obra de Dios y no una cosa nuestra.

Si Cristo hubiera programado y planificado la redención del hombre al modo humano con toda seguridad que no habría muerto en la cruz ni habría elegido el camino de la humillación y del dolor. No te fíes de tus planes apostólicos, de tus cualidades, de tus dotes y recursos, de tus estrategias y gestiones, cuando se trata de las cosas de Dios.

Es verdad que Él cuenta contigo, como quiso contar con los apóstoles. Pero para una misión sobrenatural has de trabajar, sobre todo, con medios sobrenaturales: la oración, la eficacia de la Palabra de Dios, la gracia que te llega por los sacramentos, la comunión con la Iglesia y mucha confianza en que las cosas de Dios no se resuelven con regla y compás.

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El maná de cada día, 25.9.12

septiembre 25, 2012

Martes de la 25ª semana del Tiempo Ordinario 

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Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la palabra de Dios, y la ponen por obra



PRIMERA LECTURA: Proverbios 21, 1-6. 10-13

El corazón del rey es una acequia en manos de Dios, la dirige adonde quiere.
Al hombre le parece siempre recto su camino, pero es Dios quien pesa los corazones.

Practicar el derecho y la justicia Dios lo prefiere a los sacrificios.
Ojos altivos, mente ambiciosa, el pecado es el distintivo de los malvados.
Los planes del diligente traen ganancia, los del atolondrado traen indigencia.

Tesoros ganados por boca embustera son humo que se disipa y lazos mortales.
Afán del malvado es buscar el mal, no mira con piedad a su prójimo.

Cuando el cínico la paga, aprende el inexperto, pero el sensato aprende con la experiencia. El honrado observa cómo la casa del malvado precipita al malvado en la ruina.

Quien cierra los oídos al clamor del necesitado no será escuchado cuando grite.


SALMO 118, 1. 27. 30. 34. 35. 44

Guíame, Señor, por la senda de tus mandato

Dichoso el que, con vida intachable, camina en la voluntad del Señor.

Instrúyeme en el camino de tus decretos, y meditaré tus maravillas.

Escogí el camino verdadero, deseé tus mandamientos.

Enséñame a cumplir tu voluntad y a guardarla de todo corazón.

Guíame por la senda de tus mandatos, porque ella es mi gozo.

Cumpliré sin cesar tu voluntad, por siempre jamás.


EVANGELIO: Lucas 8, l9-21

En aquel tiempo, vinieron a ver a Jesús su madre y sus hermanos, pero con el gentío no lograban llegar hasta él.

Entonces lo avisaron:
-«Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren verte.»

Él les contestó:
-«Mi madre y mis hermanos son éstos: los que escuchan la palabra de Dios y la ponen por obra.»


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EL SILENCIO DE MARIA

— La Virgen ponderaba en su corazón los acontecimientos de su vida.

— Silencio de María en los tres años de la vida pública de Jesús.

— El recogimiento interior del cristiano.

I. Muchas veces hemos deseado que los Evangelistas narraran más sucesos y palabras de Santa María. El amor nos hace desear haber tenido más noticias de Nuestra Madre del Cielo. Sin embargo, Dios se encargó de dar a conocer todo lo necesario, tanto durante la vida de Nuestra Señora aquí en la tierra, como ahora, después de veinte siglos, a través del Magisterio de la Iglesia cuando, con la asistencia del Espíritu Santo, desarrolla y explicita los datos revelados.

Poco tiempo después de la Anunciación, aunque la Virgen no comunicó nada a Isabel, esta penetró en el misterio de su prima por revelación divina. Tampoco Nuestra Señora manifestó suceso alguno a José, y un ángel le informó en sueños sobre la grandeza de la misión de la que ya era su esposa. En el nacimiento del Mesías también María guardó silencio, pero los pastores fueron informados puntualmente del acontecimiento más grande de la humanidad, y estos comunicaron a sus amigos y conocidos la gran noticia. Y todos los que les escucharon se maravillaron de cuanto los pastores les habían dicho1.

Nada dijeron María y José a Simeón y a Ana, la profetisa, cuando como un joven matrimonio más subieron al Templo para presentar al Niño. Y en Egipto primero y luego en Nazaret, a nadie habló María del misterio divino que llenaba su vida. Nada comentó con sus parientes y vecinos. Se limitó a guardar estas cosas ponderándolas en su corazón2. El silencio de María dio lugar a que Natanael se equivocara en el comentario que le hizo a Felipe sobre aquella pequeña ciudad fronteriza con Caná, su tierra: ¿De Nazaret puede salir algo bueno?3.

«La Virgen no buscaba, como tú y como yo, la gloria que los hombres se dan unos a otros. Le basta saber que Dios lo sabe todo. Y que no necesita pregoneros para anunciar a los hombres sus prodigios. Que, cuando Él quiere, ya los cielos refieren su gloria y el firmamento anuncia las obras de sus manos; un día trasmite al otro su palabra y una noche a la siguiente sus noticias (Sal 18, 1-2). Él sabe hacer de sus vientos, mensajeros; y del fuego abrasador, embajadores (Sal 104, 4)»4.

«Es tan hermosa la Madre en el perenne recogimiento con que el Evangelio nos la muestra…: ¡Conservaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón! Aquel silencio pleno tiene su encanto para la persona que am a»5.

Allí, en la intimidad de su alma, Nuestra Señora fue penetrando más y más en el misterio que le había sido revelado. María, Maestra de oración, nos enseña a descubrir a Dios, ¡tan cercano a nuestras vidas!, en el silencio y en la paz de nuestros corazones, pues «solo a quien pondera con espíritu cristiano las cosas en su corazón le es dado descubrir la inmensa riqueza del mundo interior, del mundo de la gracia: de ese tesoro escondido que está dentro de nosotros (…). Fue la ponderación de las cosas en el corazón lo que hizo que, al compás del tiempo, fuera creciendo la Virgen María en la comprensión del misterio, en santidad, en unión con Dios»6.

También a nosotros nos pide el Señor ese recogimiento interior donde guardar tantos encuentros con el Maestro, preservarlos en la intimidad de miradas indiscretas o vacías, guardarlos para tratar de ellos a solas «con quien sabemos nos ama»7.

II. «La Anunciación representa el momento culminante de la fe de María a la espera de Cristo, pero es además el punto de partida de donde se inicia todo su camino hacia Dios, todo su camino de fe»8. Esta fe fue creciendo de plenitud en plenitud, pues Nuestra Señora no lo comprendió todo al mismo tiempo en sus múltiples manifestaciones.

Quizá con el paso de los días sonreiría ante el recuerdo de su sorpresa al formular al ángel la pregunta sobre la guarda de su virginidad, o al interrogar a Jesús hallado en el Templo, como si no hubiera tenido sobradas razones para actuar así y no se debiera primero a su Padre… Podía extrañarse ahora de no haber comprendido entonces lo que ya se le manifestaba9.

El recogimiento de María –donde Ella penetra en los misterios divinos acerca de su Hijo– es paralelo al de su discreción, «pues es condición indispensable para que las cosas puedan guardarse en el interior, y ponderarlas luego en el corazón, que haya silencio. El silencio es el clima que hace posible la profundidad del pensamiento.

El mucho hablar disipa el corazón y este pierde cuanto de valioso guarda en su interior; es entonces como un frasco de esencia que, por estar destapado, pierde el perfume, quedando en él solo agua y apenas un tenue aroma que recuerda el precioso contenido que alguna vez tuvo»10.

La Virgen también guardó un discreto silencio durante los tres años de vida pública de Jesús. La marcha de su Hijo, el entusiasmo de las multitudes, los milagros, no cambiaron su actitud. Solo su corazón experimentó la ausencia de Jesús. Incluso cuando los Evangelistas hablan de las mujeres que acompañaban al Maestro y le servían con sus bienes11 nada dicen de María, que con toda probabilidad permaneció en Nazaret. Parece normal que la Virgen se acercara en alguna ocasión para ver a su Hijo, oírle, hablar con Él…

El Evangelio de la Misa12 narra una de estas ocasiones. Vino a verle su Madre y algunos parientes y, al llegar a la puerta de la casa, no pudieron entrar por el gran número de gente que se agolpaba alrededor de su Hijo. Le avisaron a Jesús que su Madre estaba fuera y que deseaba verle. Entonces, según indica San Mateo, Jesús extendió la mano sobre los discípulos13; San Marcos14 señala que Jesús, mirando a los que estaban sentados a su alrededor, respondió: Mi madre y mis hermanos son aquellos que oyen la palabra de Dios y la cumplen.

La Virgen no se desconcertó por la respuesta. Ella comprendió que era la mejor alabanza que podía dirigirle su Hijo. Su vida de fe y de oración le llevó a entender que su Hijo se refería muy particularmente a Ella, pues nadie estuvo jamás más unido a Jesús que su Madre. Nadie cumplió con tanto amor la voluntad del Padre.

La Iglesia nos recuerda que la Santísima Virgen «acogió las palabras con las que el Hijo, exaltando el Reino por encima de las condiciones y lazos de la carne y de la sangre, proclamó bienaventurados a los que escuchan y guardan la palabra de Dios, como Ella lo hacía fielmente»15. María es más amada por Jesús a causa de los lazos creados en ambos por la gracia que en razón de la generación natural, que hizo de Ella su Madre en el orden humano.

María también guardó silencio en aquella ocasión, a nadie explicó que las palabras del Maestro estaban especialmente destinadas a Ella. Después, quizá a los pocos minutos, la Madre se encontró con su Hijo y le agradeció tan extraordinaria alabanza.

Jesús se dirige a nosotros de muchas maneras, pero solo entenderemos su lenguaje en un clima habitual de recogimiento, de guarda de los sentidos, de oración, de paciente espera. Porque el cristiano, como el poeta, el escritor y el artista, ha de saber aquietar «la impaciencia y el temor al paso del tiempo. Aprender –con dolor, quizá– que solamente cuando la semilla escondida en tierra ha germinado y prendido y tiene numerosas raíces, entonces brota una pequeña planta.

Y al oír que preguntan sonrientes: ¿y eso es todo?, hay que decir que sí, y estar convencido de que solo si está bien radicada, la planta irá creciendo, hasta que ya árbol muestre con sus ramas –según se creía en antiguas épocas– la extensión de su profundidad»16.

III. El silencio interior, el recogimiento que debe tener el cristiano es plenamente compatible con el trabajo, la actividad social y el tráfago que muchas veces trae la vida, pues «los hijos de Dios hemos de ser contemplativos: personas que, en medio del fragor de la muchedumbre, sabemos encontrar el silencio del alma en coloquio permanente con el Señor: y mirarle como se mira a un Padre, como se mira a un Amigo, al que se quiere con locura»17.

La misma vida humana, si no está dominada por la frivolidad, por la vanidad o por la sensualidad, tiene siempre una dimensión profunda, íntima, un cierto recogimiento que tiene su pleno sentido en Dios. Es ahí donde conocemos la verdad acerca de los acontecimientos y el valor de las cosas. Recogerse –«juntar lo separado», restablecer el orden perdido– consiste, en buena parte, en evitar la dispersión de los sentidos y potencias, en buscar a Dios en el silencio del corazón, que da sentido a todo el acontecer diario.

El recogimiento es patrimonio de todos los fieles que buscan con empeño al Señor. Sin esta lucha decidida, no sería posible –contando siempre con la ayuda de la gracia– este silencio interior en medio del ruido de la calle, ni tampoco en la mayor de las soledades.

Para tener a Dios con nosotros en cualquier circunstancia, y nosotros estar metidos en Él mientras trabajamos o descansamos, nos serán de gran ayuda –quizá imprescindibles– esos ratos que dedicamos especialmente al Señor, como este en el que procuramos estar en su presencia, hablarle, pedirle… «Procura lograr diariamente unos minutos de esa bendita soledad que tanta falta hace para tener en marcha la vida interior»18.

Y junto a la oración, el hábito de mortificación en todo aquello que separa de Dios y también en cosas de suyo lícitas, de las que nos privamos para ofrecerlas al Señor.

En un mundo de tantos reclamos externos necesitamos «esta estima por el silencio, esa admirable e indispensable condición de nuestro espíritu, asaltado por tantos clamores (…). Oh silencio de Nazaret, enséñanos el recogimiento, la interioridad, la disponibilidad para escuchar las buenas inspiraciones y las palabras de los verdaderos maestros. Enséñanos la necesidad y el valor de la preparación del estudio, de la meditación, de la vida personal e interior, de la plegaria secreta que solo Dios ve»19.

De la Virgen Nuestra Señora aprendemos a estimar cada día más ese silencio del corazón que no es vacío sino riqueza interior, y que, lejos de separarnos de los demás, nos acerca más a ellos, a sus inquietudes y necesidades.

1 Lc 2, 18. — 2 Lc 2, 51.  3 Jn 1, 46. — 4 S. Muñoz Iglesias, El Evangelio de María, Palabra, Madrid 1973, pp. 27-28. —5 Ch. Lubich, Meditaciones, Ciudad Nueva, Madrid 1989, p. 14. — 6 F. Suárez, La Virgen Nuestra Señora, Rialp, 17ª ed., Madrid 1984, p. 198. — 7 Santa Teresa, Vida, 8, 2. — 8 Juan Pablo II, Enc. Redemptoris Mater, 25-III-1987, 14. — 9 Cfr. J. Guitton, La Virgen María, Rialp, 2ª ed., Madrid 1964, p. 109. — 10 F. Suárez, o. c., pp. 200-201. — 11 Cfr. Lc 81 2-3. — 12 Lc 8, 19-21. — 13 Mt 12, 49. — 14 Mc 3, 34. — 15 Conc. Vat. II, Const. Lumen gentium, 58. — 16 F. Delclaux, El silencio creador, Rialp, Madrid 1969, p. 15. — 17 San Josemaría Escrivá, Forja, n. 738. — 18 ídem, Camino, n. 304. — 19 Pablo VI, Alocución en Nazareth, 5-I-1964.

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El maná de cada día, 24.9.12

septiembre 24, 2012

Lunes de la 25ª semana del Tiempo Ordinario

Llamados a alumbrar con la luz de Cristo



PRIMERA LECTURA:  Proverbios 3, 27-34

Hijo mío, no niegues un favor a quien lo necesita, si está en tu mano hacérselo. Si tienes, no digas al prójimo: «Anda, vete; mañana te lo daré.»

No trames daños contra tu prójimo, mientras él vive confiado contigo; no pleitees con nadie sin motivo, si no te ha hecho daño; no envidies al violento, ni sigas su camino; porque el Señor aborrece al perverso, pero se confía a los hombres rectos; el Señor maldice la casa del malvado y bendice la morada del honrado; se burla de los burlones y concede su favor a los humildes; otorga honores a los sensatos y reserva baldón para los necios.


SALMO 14, 2-3ab.3cd-4ab.5

El justo habitará en tu monte santo, Señor

El que procede honradamente y practica la justicia,el que tiene intenciones leales y no calumnia con su lengua.

El que no hace mal a su prójimo ni difama al vecino, el que considera despreciable al impío y honra a los que temen al Señor.

El que no presta dinero a usura ni acepta soborno contra el inocente. El que así obra nunca fallará.


EVANGELIO: Lucas 8, 16-18

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: «Nadie enciende un candil y lo tapa con una vasija o lo mete debajo de la cama; lo pone en el candelero para que los que entran tengan luz.

Nada hay oculto que no llegue a descubrirse, nada secreto que no llegue a saberse o a hacerse público.

A ver si me escucháis bien: al que tiene se le dará, al que no tiene se le quitará hasta lo que cree tener.»


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El candelero y el celemín

Los cristianos estamos llamados a alumbrar con la luz de Cristo esos rincones del alma, de la Iglesia y del mundo en donde anida aún la oscuridad tenebrosa y ciega de tanto pecado.

Sin embargo, no todas las luces alumbran por igual. Algunas sólo adornan, porque parece que relegan su fe y su cristianismo al saco de las actividades de ocio y tiempo libre. Otras, incluso molestan a los ojos porque, en nombre del Dios cristiano, se permiten arrancar las páginas, escenas y frases del Evangelio que más molestan o que no responden al patrón de lo política y eclesialmente correcto.

Otras luces llegan a ser espectaculares fuegos artificiales, que alumbran unos momentos con un cierto liderazgo y, al poco, se apagan tan rápidamente como se encendieron. Hay también luces que se contentan con alumbrar ese pequeño rincón y reino, surgido al aire de un piadoso y desviado capillismo, que hace del propio grupo o movimiento el centro de todo el sistema solar.

Hay, además, cristianos que viven escondidos debajo del celemín de sus propios complejos, ideologías, medianías, autosuficiencias, excusas y comodidades, y que reducen la luz de Cristo a un mero resplandor tenue que crea un ambiente agradable y confortable, propicio al relax.

Otros hacen del candelero su ideal de vida, y convierten el cristianismo o la propia vocación en un medio de subsistencia con el que logran ser un pequeño «alguien» en ese pequeño mundo en que consiguen hacer carrera o ser reconocidos con cargos y prestigio.

Es difícil esconder la luz, porque el resplandor acaba filtrándose por las rendijas del celemín. Es también difícil iluminar la oscuridad desde un candelero en donde brilla la luz propia y no la de Dios. Mira, pues, que la luz que haya en ti no sea tu propia oscuridad, porque allí donde hay oscuridad no está Dios.

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