Maná y Vivencias Cuaresmales (44), 29.3.18 – Jueves Santo, Triduo Pascual

marzo 29, 2018

Jueves Santo

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Misa Crismal

Misa Crismal



AMBIENTACIÓN.- En este día se celebran dos misas, una en la mañana y otra en la tarde: la Crismal y la Cena del Señor, en latín “In Coena Dómini”. Es un día sagrado y lleno de misterio: Jesús manifiesta su última voluntad y culmina la entrega de su vida.

En la misa Crismal, el obispo reúne a sus inmediatos colaboradores para celebrar la misericordia de Dios que les encomendó prolongar en el mundo su sacerdocio. En efecto, Jesús en la Última Cena, celebra su primera y única Eucaristía y encarga a los apóstoles “repetirla” en su nombre: “Haced esto en conmemoración mía”.

Durante la Misa, los sacerdotes renuevan, ante su obispo y ante el Pueblo santo de Dios, las promesas que formularon el día de su ordenación. El obispo bendice los óleos de los enfermos y de los catecúmenos y consagra el santo crisma que se usará en los sacramentos del bautismo, confirmación y orden sagrado.

Con la Eucaristía de esta tarde inauguramos el Triduo Pascual, que abarca el Viernes Santo, el Sábado Santo y la Vigilia Pascual del Domingo de Resurrección. En este Triduo celebramos el misterio central de todo el año litúrgico para los cristianos: la Muerte y Resurrección de Jesús, su Pascua, su “paso” a través de la muerte a la nueva existencia. Jesús, antes de ir a la cruz, quiso anticipar sacramentalmente su entrega en la Última Cena. Nosotros iniciamos este Triduo Santo celebrando su donación eucarística.

Hoy celebramos:

La institución de la Eucaristía.
El mandato de la caridad fraterna.
El origen del sacerdocio.



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¡Cuánto he deseado celebrar esta pascua con vosotros antes de morir!



Antífona de entrada: Gálatas 6, 14

Que nuestro único orgullo sea la cruz de nuestro Señor Jesucristo, porque en él tenemos la salvación, la vida y la resurrección, y por él hemos sido salvados y redimidos.

Oración colecta

Oh Dios, que por la unción del Espíritu Santo constituiste a tu Hijo Mesías y Señor, y a nosotros, miembros de su cuerpo, nos haces partícipes de su misma unción; ayúdanos a ser en el mundo testigos fieles de la redención que ofreces a todos los hombres. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: Éxodo 12, 1-8.11-14

En aquellos días, dijo el Señor a Moisés y a Aarón en tierra de Egipto: «Este mes será para vosotros el principal de los meses; será para vosotros el primer mes del año. Decid a toda la asamblea de Israel:

“El diez de este mes cada uno procurará un animal para su familia, uno por casa. Si la familia es demasiado pequeña para comérselo, que se junte con el vecino de casa, hasta completar el número de personas; y cada uno comerá su parte hasta terminarlo. Será un animal sin defecto, macho, de un año, cordero o cabrito. Lo guardaréis hasta el día catorce del mes, y toda la asamblea de Israel lo matará al atardecer.

Tomaréis la sangre y rociaréis las dos jambas y el dintel de la casa donde lo hayáis comido. Esa noche comeréis la carne, asada a fuego, comeréis panes sin fermentar y verduras amargas.

Y lo comeréis así: la cintura ceñida, las sandalias en los pies, un bastón en la mano; y os lo comeréis a toda prisa, porque es la Pascua, el paso del Señor. Esta noche pasaré por todo el país de Egipto, dando muerte a todos sus primogénitos, de hombres y de animales; y haré justicia de todos los dioses de Egipto. Yo soy el Señor.

La sangre será vuestra señal en las casas donde estéis: cuando vea la sangre, pasaré de largo; no os tocará la plaga exterminadora, cuando yo pase hiriendo a Egipto.

Este día será para vosotros memorable, en él celebraréis la fiesta al Señor, ley perpetua para todas las generaciones.”»

SALMO 115, 12-13.15-16bc.17-18

El cáliz de la bendición es comunión con la sangre de Cristo.

¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? Alzaré la copa de la salvación, invocando su nombre.

Mucho le cuesta al Señor la muerte de sus fieles. Señor, yo soy tu siervo, hijo de tu esclava; rompiste mis cadenas.

Te ofreceré un sacrificio de alabanza, invocando tu nombre, Señor. Cumpliré al Señor mis votos en presencia de todo el pueblo.

SEGUNDA LECTURA: 1 Corintios 11, 23-26

Yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido: Que el Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo, tomó pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo:
«Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía.»

Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo:
«Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre; haced esto cada vez que lo bebáis, en memoria mía.»

Por eso, cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva.

Aclamación antes del Evangelio: Juan 13, 34

Os doy un mandamiento nuevo, dice el Señor, que os améis los unos a los otros, como yo os he amado.

EVANGELIO: Juan 13, 1-15

Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo.

Estaban cenando, ya el diablo le había metido en la cabeza a Judas Iscariote, el de Simón, que lo entregara, y Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía, se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido.

Llegó a Simón Pedro, y éste le dijo: «Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?»

Jesús le replicó: «Lo que yo hago tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde.»

Pedro le dijo: «No me lavarás los pies jamás.»

Jesús le contestó: «Si no te lavo, no tienes nada que ver conmigo.»

Simón Pedro le dijo: «Señor, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza.»

Jesús le dijo: «Uno que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. También vosotros estáis limpios, aunque no todos.» Porque sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: «No todos estáis limpios.»

Cuando acabó de lavarles los pies, tomó el manto, se lo puso otra vez y les dijo: «¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis “el Maestro” y “el Señor”, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros; os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis.»

Antífona de comunión: 1 Corintios 11, 24.25

Éste es mi Cuerpo, que se da por vosotros. Este cáliz es la nueva alianza establecida por mi Sangre; cuantas veces lo bebáis, hacedlo en memoria mía, dice el Señor.



VIVENCIAS CUARESMALES

Lo que yo hago tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde.

44. JUEVES SANTO

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Hoy comienza el Triduo Pascual. Es el corazón del año litúrgico, el centro de toda celebración, el resumen del misterio de Cristo, Dios y Hombre a la vez. El Triduo Pascual es el punto de referencia por antonomasia, culmen y fuente de toda la vida cristiana.

Durante el Triduo Pascual se realiza la gran transformación que afectará a Jesús y a todos los hombres por compartir con él la misma naturaleza humana. Hasta ahora Jesús ha encarnado de forma única e intransferible la salvación preparada por Dios desde toda la eternidad.

Jesús, lleno de la gracia y del poder de Dios, ha pasado por el mundo haciendo el bien. Y a partir de ahora esa novedad de Cristo es confirmada mediante su muerte y resurrección y a la vez, y por eso precisamente, transferida a todos los hombres, mediante el Espíritu Santo.

Jesús se convierte en el Cristo de la salvación. Jesús es constituido como Salvador, se hace Universal por la fuerza del Espíritu Santo: lo que se ha dado en Jesús durante su vida es transferido como maravillosa posibilidad a todos los que crean en él.

Los discípulos que hasta ahora no entendían, que no podían expulsar a los demonios, que negaron a su adorable Maestro a la hora de la pasión, desde ahora serán revestidos del poder de lo alto para realizar las mismas obras que Jesús hacía en su vida mortal y aun mayores, como él mismo dijo.

Todo esto se manifestará y se realizará durante este Triduo; a partir de él se establecerá el Domingo sin ocaso, la victoria definitiva de Cristo y de su Iglesia para siempre sobre todo mal. El Domingo de Pascua es anticipación del Cielo y desembocará en la Jerusalén Celestial.

Durante los cuarenta días de la Cuaresma, nos hemos preparado para celebrar el Triduo Pascual: la Muerte y Resurrección de Cristo. La Iglesia celebra gozosamente la victoria de Cristo durante los cincuenta días de Pascua que culminan en la fiesta de Pentecostés. Son noventa días que constituyen la esencia del año litúrgico: la celebración más completa y nuclear de la vida cristiana.
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De los tratados de san Agustín, obispo,
sobre el Evangelio de San Juan.

La plenitud del amor

El señor, hermanos muy amados, quiso dejar bien claro en qué consiste aquella plenitud del amor con que debemos amarnos mutuamente, cuando dijo: Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Consecuencia de ello es lo que nos dice el mismo evangelista Juan en su carta: Cristo dio su vida por nosotros; también nosotros debemos dar nuestra vida por los hermanos, amándonos mutuamente como él nos amó, que dio su vida por nosotros.

Es la misma idea que encontramos en el libro de los Proverbios: Sentado a la mesa de un señor, mira bien qué te ponen delante, y pon la mano en ello pensando que luego tendrás que preparar tú algo semejante. Esta mesa de tal señor no es otra que aquella de la cual tomamos el cuerpo y la sangre de aquel que dio su vida por nosotros.

Sentarse a ella significa acercarse a la misma con humildad. Mirar bien lo que nos ponen delante equivale a tomar conciencia de la grandeza de este don. Y poner la mano en ello, pensando que luego tendremos que preparar algo semejante, significa lo que ya he dicho antes: que así como Cristo dio su vida por nosotros, también nosotros debemos dar la vida por los hermanos.

Como dice el Apóstol Pedro: Cristo padeció por nosotros, dejándonos un ejemplo para que sigamos sus huellas. Esto significa preparar algo semejante. Esto es lo que hicieron los mártires llevados por un amor ardiente; si no queremos celebrar en vano su recuerdo, y si nos acercamos a la mesa del Señor para participar del banquete en que ellos se saciaron, es necesario que, tal como ellos hicieron, preparemos luego nosotros algo semejante.

Por esto, al reunirnos junto a la mesa del Señor, no los recordamos del mismo modo que a los demás que descansan en paz, para rogar por ellos, sino más bien para que ellos rueguen por nosotros, a fin de que sigamos su ejemplo ya que ellos pusieron en práctica aquel amor del que dice el Señor que no hay otro más grande.

Ellos mostraron a sus hermanos la manera como hay que preparar algo semejante a lo que también ellos habían tomado de la mesa del Señor.

Lo que hemos dicho no hay que entenderlo como si nosotros pudiéramos igualarnos al Señor, aun en el caso de que lleguemos por él hasta el testimonio de nuestra sangre.

Él era libre para dar su vida y libre para volverla a tomar, nosotros no vivimos todo el tiempo que queremos y morimos aunque no queramos; él, en el momento de morir, mató en sí mismo a la muerte, nosotros somos librados de la muerte por su muerte; su carne no experimentó la corrupción, la nuestra ha de pasar por la corrupción, hasta que al final de este mundo seamos revestidos por él de la incorruptibilidad; él no necesitó de nosotros para salvarnos, nosotros sin él nada podemos hacer; él, a nosotros, sus sarmientos, se nos dio como vid, nosotros, separados de él, no podemos tener vida.

Finalmente, aunque los hermanos mueran por sus hermanos, ningún mártir derrama su sangre para el perdón de los pecados de sus hermanos, como hizo él por nosotros, ya que en esto no nos dio un ejemplo que imitar, sino un motivo para congratularnos. Los mártires, al derramar su sangre por sus hermanos, no hicieron sino mostrar lo que habían tomado de la mesa del Señor. Amémonos, pues, los unos a los otros, como Cristo nos amó y se entregó por nosotros (Tratado 84, 1-2: CCL 36, 536-538).

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Maná y Vivencias Cuaresmales (43), 28.3.18

marzo 28, 2018

Miércoles Santo

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Sugerencia:

Preparación para recibir el sacramento de la Reconciliación. Se ofrecen orientaciones para la Confesión al final de esta entrada.


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¿Cuánto vale Jesús, El Señor, para ti? ¿En cuánto lo tasas?



Antífona de entrada: Filipenses 2, 10.8.11

Al nombre de Jesús, doble la rodilla todo cuanto hay en el cielo, en la tierra y en los abismos, porque el Señor se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por eso, el Señor Jesucristo está en la gloria de Dios Padre.


Oración colecta

Oh Dios, que para librarnos del poder del enemigo, quisiste que tu Hijo muriera en la cruz, concédenos alcanzar la gracia de la resurrección. Por nuestro Señor Jesucristo.

PRIMERA LECTURA: Isaías 50, 4-9

El mismo Señor me ha dado una lengua de discípulo, para que yo sepa reconfortar al fatigado con una palabra de aliento. Cada mañana, él despierta mi oído para que yo escuche como un discípulo.

El Señor abrió mi oído y yo no me resistí ni me volví atrás. Ofrecí mi espalda a los que me golpeaban y mis mejillas a los que me arrancaban la barba; no retiré mi rostro cuando me ultrajaban y escupían. Pero el Señor viene en mi ayuda: por eso, no quedé confundido; por eso, endurecí mi rostro como el pedernal, y sé muy bien que no seré defraudado.

Está cerca el que me hace justicia: ¿quién me va a procesar? ¡Comparezcamos todos juntos! ¿Quién será mi adversario en el juicio? ¡Que se acerque hasta mí! Sí, el Señor viene en mi ayuda: ¿quién me va a condenar?

SALMO 68, 8-10. 21-22. 31. 33-34

¡Señor, Dios mío, por tu gran amor, respóndeme!

Por ti he soportado afrentas y la vergüenza cubrió mi rostro; me convertí en un extraño para mis hermanos, fui un extranjero para los hijos de mi madre: porque el celo de tu Casa me devora, y caen sobre mí los ultrajes de los que te agravian.

La vergüenza me destroza el corazón, y no tengo remedio. Espero compasión y no la encuentro, en vano busco un consuelo: pusieron veneno en mi comida, y cuando tuve sed me dieron vinagre.

Así alabaré con cantos el nombre de Dios, y proclamaré su grandeza dando gracias; que lo vean los humildes y se alegren, que vivan los que buscan al Señor: porque el Señor escucha a los pobres y no desprecia a sus cautivos.

Aclamación antes del Evangelio:

¡Salve, Rey nuestro! Sólo tú te has compadecido de nuestros errores.

O bien:

¡Salve, Rey nuestro, obediente al Padre! Fuiste llevado a la crucifixión, como un manso cordero a la matanza.

EVANGELIO: Mateo 26, 14-25

Uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a ver a los sumos sacerdotes y les dijo: ¿Cuánto me darán si se lo entrego?

Y resolvieron darle treinta monedas de plata. Desde ese momento, Judas buscaba una ocasión favorable para entregarlo. El primer día de los Ácimos, los discípulos fueron a preguntar a Jesús: ¿Dónde quieres que te preparemos la comida pascual?

Él respondió, vayan a la ciudad, a la casa de tal persona, y díganle: ‘El Maestro dice, se acerca mi hora, voy a celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos’.

Ellos hicieron como Jesús les había ordenado y prepararon la Pascua. Al atardecer, estaba a la mesa con los Doce y, mientras comían, Jesús les dijo: Les aseguro que uno de ustedes me entregará.

Profundamente apenados, ellos empezaron a preguntarle uno por uno: ¿Seré yo, Señor?

Él respondió: El que acaba de servirse de la misma fuente que yo, ése me va a entregar.

El Hijo del hombre se va, como está escrito de él, pero ¡ay de aquél por quien el Hijo del hombre será entregado: más le valdría no haber nacido!. Judas, el que lo iba a entregar, le preguntó: ¿Seré yo, Maestro? Tú lo has dicho, le respondió Jesús.

Antífona de comunión: Mateo 20, 28

El Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud.


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VIVENCIAS CUARESMALES

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Me levantaré, volveré junto a mi padre y le diré: He pecado

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43. MIÉRCOLES SANTO
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TEMA: Al nombre de Jesús toda rodilla se doble -en el cielo, en la tierra, en el abismo-, porque el Señor se rebajó hasta someterse incluso a la muerte y una muerte de cruz; por eso Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Reza con todo fervor, unción y agradecimiento la Oración Colecta:

Oh Dios, que, para librarnos del poder del enemigo, quisiste que tu Hijo muriera en la cruz; concédenos alcanzar la gracia de la resurrección. Por nuestro Señor Jesucristo.

Los pasos del siervo son decididos, el Señor le da fuerzas. Isaías 50, 4-9: “Tengo cerca mi abogado, ¿quién pleiteará contra mí? Vamos a enfrentarnos: ¿quién es mi rival? Que se acerque”.

Aclamación: Salve, Rey nuestro, solamente tú te has compadecido de nuestros errores. Gracias, Señor, pues tú eres el único que me entiende y me toma en serio. Mil gracias, Señor. Tú seas bendito. Amén.

Sin embargo, él no recibe el mínimo de comprensión y consolación de nuestra parte: Espero compasión y no la hay (Salmo 68, 8 34).

Terrible pecado el de Judas, y pensar que Jesús lo eligió con amor de predilección y durante días, meses y años lo siguió embelesado y hasta le confiaron un servicio delicado en el grupo de los discípulos: administración de las limosnas de la bolsa común.

Pero Judas comenzó a falsearse en pequeños asuntos, en detalles insignificantes, y se fue haciendo mañoso; y el que falló en lo poco se fue haciendo indigno de lo grande, y llegó hasta lo impensable, lo inaudito.

Quién lo iba a decir, si eran nimiedades. Y sin embargo, el fallo final es muy severo: “más le valdría no haber nacido”.

Escuchemos el relato evangélico. Piensa en tu honestidad, ante tu propia conciencia, ante Dios. ¿A qué das importancia? En cuestión de amor todo tiene su importancia; nada es despreciable. Es muy peligroso comenzar a trampear, porque no sabemos hasta dónde nos puede conducir la mala costumbre, el habituarnos a la mentira y la falsedad.

Repite hoy una y otra vez la oración sobre las ofrendas, pídelo de corazón: “Que consigas todos los frutos de la pasión de Cristo”. Comienza por escuchar reverentemente la descripción de sus padecimientos: 1era. lectura.

Con la oración postcomunión pide “sentir profundamente” la salvación, experimentar. Que toda tu persona quede marcada, seducida por el Señor. Que puedas decir con Job: Antes te conocía de oídas, ahora te han visto mis ojos. Lo que aprovecha es el Espíritu, la carne no sirve de nada; si no naces de arriba no puedes ver el reino de Dios.
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PREPARACIÓN PARA TU RECONCILIACIÓN INTEGRAL Y, POR TANTO, SACRAMENTAL


CONFESIÓN SACRAMENTAL

¿Cuál es la razón profunda de esta praxis eclesial de confesar también los pecados leves o veniales? La razón está, por un lado, en una vivencia gradual cada vez más intensa de la gracia del Bautismo. Un irnos conformando continuamente a la muerte de Cristo, para que se manifieste en nosotros la vida de Cristo.

Con ello el penitente se toma en serio el carácter combativo de la vida cristiana: el esfuerzo cristiano por alcanzar la salvación, pues el Reino de Dios exige entrega y laboriosidad de nuestra parte.

La segunda razón para recomendar la práctica frecuente del sacramento de la penitencia, sin pecados graves, la expresa de este modo Juan Pablo II:

“Hay que subrayar el hecho de que la gracia propia de la celebración sacramental tiene una gran virtud terapéutica y contribuye a quitar las raíces mismas del pecado”(Reconciliación y Penitencia 32).


EL ARREPENTIMIENTO

¿Qué es el arrepentimiento? No significa sólo que una persona reconozca haber actuado mal, y que anhele reparar el mal hecho, asumiendo responsablemente las consecuencias de pecado. Arrepentimiento no es solamente tener voluntad de mejorar. El arrepentimiento no se agota en esto. Es mucho más.

Arrepentirse significa apelar al Dios viviente. Dios es el único santo, inaccesible y que no transige ante la injusticia; pero, a la vez, es el Amor y el Creador, capaz no sólo de dar origen al hombre para que exista, sino de algo incomparablemente más hermoso: recrear, hacer nueva en toda su belleza original, la persona humana manchada por la debilidad y la culpa.

El arrepentimiento es un clamor que se hace al misterio más profundo del poder creador de Dios. Con la verdad de sus hechos se presenta el hombre ante Dios para decirle:

“Señor, confieso mi culpa. Acepto tus juicios. Estoy delante de ti y me declaro reo. Quiero que ganes en el juicio y que tu voluntad prevalezca sobre la mía porque yo sé que tú eres el único santo. Te amo con todo mi ser. Tú tienes toda la razón, aunque sabes que soy de barro. Contigo me juzgaré a mí mismo. Pero tú eres amor y apelo a tu compasión. No pretendo, Señor, de ninguna manera, sustraerme al rigor de tu justicia, porque tú eres siempre gracia y misericordia”.

Es decir, al hombre le toca arrepentirse, a Dios tener misericordia. Es un misterio en que se relacionan dos vidas para realizar una vida única de santidad: la vida del Dios amoroso que perdona y la vida del hombre creyente, capaz de arrepentirse.

Por eso, el arrepentimiento es un don de Dios. Yo, arrepintiéndome de mis pecados, no sólo no le oculto nada a Dios sino que vuelvo a la vida, me siento nuevo, y recomienzo. Casi diría, me rehago de nuevo.

Cuanto estamos expresando es un misterio grande que únicamente el Dios viviente nos puede hacer comprender y, sobre todo, experimentar.


PERDÓN DE DIOS

En el perdón, Dios continúa la creación, sigue atrayendo al hombre hacia sí y hacia su creación, con la intención de que se sumerja en lo inefable de su fuerza viviente y vivificadora.

Más todavía, Dios introduce al hombre en el misterio de su poder creador, que no es únicamente dar la vida a lo que no existe sino hacer inocente lo que ha sido culpable. Se realiza entonces una nueva creación: Dios introduce al hombre y su pecado dentro de sí mismo, en un misterio de amor inefable.

De allí el hombre sale nuevo e inocente. Dios ya no tiene que quitar su vista de este hombre, porque su culpa no existe. Tampoco nuestra conciencia tiene necesidad de desviar su mirada de nuestra persona porque la culpa ya no existe.


LA EXPERIENCIA DEL PERDÓN DE DIOS

Esta experiencia supone todo un proceso de conversión y vivificación. “Si nos acusa el corazón, Dios es más grande que nuestro corazón, y él lo sabe todo” (1 Juan 3, 20). El texto habla de una “acusación del corazón”, que parece no referirse únicamente a lo que diga la razón (“En esto fallaste”), o a lo que diga la conciencia (“En esto pecaste”).

Ambas acusaciones pesan mucho sobre el hombre. Pero la acusación del corazón pesa más todavía: Es algo que viene de las raíces de la vida. Es la vida misma la que te acusa diciendo: “Has sido injusto conmigo”.

Y en esta acusación late la tristeza de la juventud perdida; es también la sensación de haber perdido algo que ya no se puede recuperar; es el amor que no ha llegado a plenitud y que nos produce dolor; palpita igualmente la inquietud de una desolación indecible porque la vida reclama a gritos lo infinito, y pasa irremediablemente veloz.

Pero quien realmente y en el fondo nos acusa cuando el corazón acusa es Dios mismo. Es a él a quien hemos ofendido con nuestro pecado. Hemos ofendido la tierna y sana vida que él ha despertado en nuestro corazón. Hemos defraudado la sagrada confianza que él había establecido con sus hijos.

Así aparece el pecado en el Salmo 50. Es a una persona a la que hemos ofendido, a un Padre, que espera todos los días por si el hijo vuelve, al que llena de besos, a pesar de que quizás no vuelve muy arrepentido, sino más bien por interés.

Pero Dios es más grande que nuestro corazón. Si san Juan hace en su primera carta esta afirmación es que ahí está el remedio.Todo el bien que se haya podido perder es grande, pero Dios es todavía más grande.

El amor que ha sufrido una injusticia pesa muchísimo, pero Dios es un mar sin confines y en él se hace liviano lo pesado, por más grande que sea. Es muy grande la injusticia hecha a la vida por nuestros pecados, pero Dios es la vida, la gracia, el dador de la vida. Él es más que todo.

Por eso, Dios en el perdón de los pecados nos dice: Dales a estas cosas toda la seriedad que quieras, pero es a mí, tu Dios, al que le toca medirlas. Y sucede lo que siempre sucede cuando Dios se pone al frente de sus criaturas: que se esclarecen ellas mismas porque pierden lo que en ellas mismas había de limitación. Pero en Dios todo llega a su plenitud. Porque “él lo sabe todo”.

Este saber es tan luminoso como el sol y deja ver en su verdad la existencia de las cosas. Es un saber hondo como el mar. En él se hunde todo, y él lo abarca todo en su inmensidad. Es como el amor en el que se resuelven todas las cosas, pues “Dios es Dios”. “Yo soy Dios, el Viviente”. Ésta es la respuesta para todo y que lo abarca todo.

¡Quiera Dios concedernos la gracia de conocer verdaderamente quién es él!

San Agustín pedía: “Conózcame a mí, conózcate a ti”. “Tú, Señor, cancelaste todos mis malos merecimientos, para no tener que castigar a estas manos mías con las que me alejé de ti. Previniste todos mis méritos buenos para premiar a tus manos, con las que me hiciste” (Confesiones 13, 1).
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De las instrucciones de san Doroteo, abad
La causa de toda perturbación consiste en que
nadie se acusa a sí mismo.

Tratemos de averiguar, hermanos, cuál es el motivo principal de un hecho que acontece con frecuencia: A saber, que a veces uno escucha una palabra desagradable y se comporta como si no la hubiera oído, sin sentirse molesto, y en cambio, otras veces, así que la oye, se siente turbado y afligido. ¿Cuál, me pregunto, es la causa de esta diversa reacción?

¿Hay una o varias explicaciones? Yo distingo diversas causas y explicaciones y sobre todo una, que es origen de todas las otras, como ha dicho alguien: “Muchas veces esto proviene del estado de ánimo en que se halla cada uno”.

En efecto, quien está fortalecido por la oración o la meditación tolerará fácilmente, sin perder la calma, a un hermano que lo insulta. Otras veces soportará con paciencia a su hermano porque se trata de alguien a quien profesa gran afecto.

A veces también por desprecio, porque tiene en nada al que quiere perturbarlo y no se digna tomarlo en consideración, como si se tratara del más despreciable de los hombres, ni se digna responderle palabra, ni mencionar a los demás sus maldiciones e injurias.

De ahí proviene, como he dicho, el que uno no se turbe ni se aflija, si desprecia y tiene en nada lo que dicen. En cambio, la turbación o aflicción por las palabras de un hermano proviene de una mala disposición momentánea o del odio hacia el hermano.

También pueden aducirse otras causas. Pero si examinamos atentamente la cuestión, veremos que la causa de toda perturbación consiste en que nadie se acusa a sí mismo.

De ahí deriva toda molestia y aflicción, de ahí deriva el que nunca hallemos descanso; y ello no debe extrañarnos, ya que los santos nos enseñan que esta acusación de sí mismo es el único camino que nos puede llevar a la paz.

Que esto es verdad, lo hemos comprobado en múltiples ocasiones; y nosotros, con todo, esperamos con anhelo hallar el descanso a pesar de nuestra desidia, o pensamos andar por el camino recto, a pesar de nuestras repetidas impaciencias y de nuestra resistencia en acusarnos a nosotros mismos.

Así son las cosas. Por más virtudes que posea un hombre, aunque sean innumerables si se aparta de este camino, nunca hallará el reposo sino que estará siempre afligido o afligirá a los demás, perdiendo así el mérito de todas sus fatigas (Instrucción 7, sobre la acusación de sí mismo, 1-2: PG 88, 1695-1699)


Maná y Vivencias Cuaresmales (42), 27.3.18

marzo 27, 2018

Martes Santo

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Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar. El Hijo del hombre tiene que irse. Pero al que lo entrega más le valdría no haber nacido

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Apreciado amigo, estimada amiga, hoy te ofrezco una corta oración para empezar la jornada. Feliz día.

Oración para consagrar el día:

Buenos días, Dios y Padre nuestro. Gracias por este nuevo día, gracias por la vida y por la fe. Porque tú eres Dios, digno de toda bendición. Me pongo en tus manos. Sólo soy un proyecto de tu amor y benevolencia. ¿Cómo responderte, Dios mío? Permíteme invocar a tu Hijo para que él responda por mí, ante ti.

Señor Jesús, ten compasión de mí. Acompáñame en este día. Dame el Santo Espíritu para que toda esta jornada sea una bendición para mí y para cuantos me encuentre en este día.

De manera especial te pido, Espíritu divino, que me ayudes a sintonizar con los sentimientos de Cristo en estos días santos. Que su muerte y resurrección los viva este año como nunca antes. Amén.

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Antífona de entrada: Salmo 26, 12

No me entregues al odio de mis adversarios, porque se levantan contra mí testigos falsos que respiran violencia.


Oración colecta

Dios todopoderoso y eterno, concédenos participar tan vivamente en las celebraciones de la pasión del Señor, que alcancemos tu perdón. Por nuestro Señor Jesucristo.

PRIMERA LECTURA: Isaías 49, 1-6

Escuchadme, islas; atended, pueblos lejanos: Estaba yo en el vientre, y el Señor me llamó; en las entrañas maternas, y pronunció mi nombre. Hizo de mi boca una espada afilada, me escondió en la sombra de su mano; me hizo flecha bruñida, me guardó en su aljaba y me dijo: «Tú eres mi siervo, de quien estoy orgulloso.»

Mientras yo pensaba: «En vano me he cansado, en viento y en nada he gastado mis fuerzas», en realidad mi derecho lo llevaba el Señor, mi salario lo tenía mi Dios.

Y ahora habla el Señor, que desde el vientre me formó siervo suyo, para que le trajese a Jacob, para que le reuniese a Israel –tanto me honró el Señor, y mi Dios fue mi fuerza–:

«Es poco que seas mi siervo y restablezcas las tribus de Jacob y conviertas a los supervivientes de Israel; te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra.»

SALMO 70, 1-2.3-4a.5-6ab.15.17

Mi boca contará tu salvación, Señor.

A ti, Señor, me acojo: no quede yo derrotado para siempre; tú que eres justo, líbrame y ponme a salvo, inclina a mí tu oído, y sálvame.

Sé tú mi roca de refugio, el alcázar donde me salve, porque mi peña y mi alcázar eres tú. Dios mío, líbrame de la mano perversa.

Porque tú, Dios mío, fuiste mi esperanza y mi confianza, Señor, desde mi juventud. En el vientre materno ya me apoyaba en ti, en el seno tú me sostenías.

Mi boca contará tu auxilio, y todo el día tu salvación. Dios mío, me instruiste desde mi juventud, y hasta hoy relato tus maravillas.

Aclamación antes del Evangelio:

Salve, Rey nuestro, obediente al Padre; fuiste llevado a la crucifixión, como un manso cordero a la matanza.

EVANGELIO: Juan 13, 21-33.36-38

En aquel tiempo, Jesús, profundamente conmovido, dijo: «Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar.»

Los discípulos se miraron unos a otros perplejos, por no saber de quién lo decía. Uno de ellos, el que Jesús tanto amaba, estaba reclinado a la mesa junto a su pecho. Simón Pedro le hizo señas para que averiguase por quién lo decía. Entonces él, apoyándose en el pecho de Jesús, le preguntó: «Señor, ¿quién es?»

Le contestó Jesús: «Aquel a quien yo le dé este trozo de pan untado.»
Y, untando el pan, se lo dio a Judas, hijo de Simón el Iscariote. Detrás del pan, entró en él Satanás.

Entonces Jesús le dijo: «Lo que tienes que hacer hazlo en seguida.»
Ninguno de los comensales entendió a qué se refería. Como Judas guardaba la bolsa, algunos suponían que Jesús le encargaba comprar lo necesario para la fiesta o dar algo a los pobres. Judas, después de tomar el pan, salió inmediatamente. Era de noche.

Cuando salió, dijo Jesús: «Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará. Hijos míos, me queda poco de estar con vosotros. Me buscaréis, pero lo que dije a los judíos os lo digo ahora a vosotros: “Donde yo voy, vosotros no podéis ir.”»

Simón Pedro le dijo: «Señor, ¿a dónde vas?»
Jesús le respondió: «Adonde yo voy no me puedes acompañar ahora, me acompañarás más tarde.»

Pedro replicó: «Señor, ¿por qué no puedo acompañarte ahora? Daré mi vida por ti.»
Jesús le contestó: «¿Con que darás tu vida por mí? Te aseguro que no cantará el gallo antes que me hayas negado tres veces.»

Antífona de comunión: Romanos 8, 32

Dios no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó a la muerte por nosotros.



VIVENCIAS CUARESMALES

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42. MARTES SANTO
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Mi derecho lo llevaba el Señor, mi salario lo tenía mi Dios. Abba, Padre, no se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú



TEMA.- Una certeza definitiva: en medio de las vicisitudes el Padre lleva adelante su salvación.

Lo más nuclear de nuestro pecado nos resulta muy difícil percibirlo, por eso no solemos pedir perdón. Pues bien, la Oración Colecta de hoy pide: Dios todopoderoso y eterno, concédenos participar tan vivamente en las celebraciones de la pasión del Señor, que alcancemos tu perdón. Por nuestro Señor Jesucristo tu Hijo.

Es decir, el perdón de nuestro pecado por haber rechazado al enviado de Dios y haberle dado muerte cruel, no sólo en el pasado, sino cada día, con nuestros pecados personales y sociales. Cristo fue entregado por un discípulo, que Jesús mismo eligió; fue traicionado por su propio amigo, quien lo entregó con un beso.

Con san Pedro nosotros le porfiamos a Jesús que nunca cometeremos tal desfachatez, pero Jesús nos advierte y nos pregunta para aquilatar nuestra decisión y nuestra querencia: ¿Tú, dar la vida por mí?

Escuchemos el relato evangélico. Cuando salió Judas, Jesús se sintió un tanto liberado. Cada hecho, cada acontecimiento, por más inusitado y perverso que parezca es un paso hacia el pleno cumplimiento del plan de Dios. Déjalo, aún no ha llegado mi hora. El Padre sigue actuando.

Son admirables las palabras de Cristo conmovido, emocionado, confirmado en su fe, decidido a seguir adelante hasta el fin, creciendo de fe en fe, sacando fuerzas de su debilidad: “Ahora es glorificado el Hijo del hombre y Dios es glorificado en él; pronto lo glorificará”.

Permítele, estimado hermano/a al Padre glorificar a su Hijo en ti. Trata de aceptar agradecido su perdón y dile que, con temor y temblor, quieres cumplir su voluntad. Pide la valentía, la fortaleza, el poder de la alabanza.

Reza con la mayor sinceridad y agradecimiento la oración sobre las ofrendas:

Mira, Señor, con bondad las ofrendas de esta familia tuya a la que invitas a tomar parte en tus sacramentos; concédele alcanzar la plenitud de lo que ellos significan y contienen. Por Jesucristo nuestro Señor.

Confírmate en la vivencia del sacramento siempre igual y siempre nuevo. Puede servirte la oración de la postcomunión:

Señor, tú que nos has alimentado con el cuerpo y la sangre de tu Hijo, concédenos que este mismo sacramento que sostiene nuestra vida temporal, nos lleve a participar de la vida eterna. Por Jesucristo.

Escuchemos: La primera lectura nos abre a los planes de Dios en medio de las borrascas de la existencia terrena; todo está bien, todo funciona bien, nada está perdido.

Existe un Dios que lo ve todo, lo trasciende todo. En él todo es luz y vida, aunque estemos rodeados de problemas, aunque nos sintamos en un túnel; pero pasando por él.

Dale, hermano, hermana, un voto de confianza a la esperanza, a Jesús que cargó con tus pecados. En sus heridas hemos sido sanados. Su debilidad nos conforta y nos salva. El justo sigue viviendo de la fe, avanza de fe en fe, como Jesús. Por la Cruz a la Victoria. Dios no se muda. Ánimo.
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De los sermones de san Agustín, obispo

Gloriémonos también nosotros
en la cruz de nuestro Señor Jesucristo.

La pasión de nuestro Señor y Salvador Jesucristo es una prenda de gloria y una enseñanza de paciencia. Pues ¿qué dejará de esperar de la gracia de Dios el corazón de los fieles, si por ellos el Hijo único de Dios, coeterno con el Padre, no se contentó con nacer como un hombre entre los hombres, sino que quiso incluso morir por manos de los hombres, que él mismo había creado?

Grande es lo que el Señor nos promete para el futuro, pero es mucho mayor aún aquello que celebramos recordando lo que ya ha hecho por nosotros. ¿Dónde estaban o quiénes eran los impíos cuando por ellos murió Cristo? ¿Quién dudará que a los santos pueda dejar el Señor de darles su vida, si él mismo les entregó su muerte? ¿Por qué vacila todavía la fragilidad humana en creer que un día será realidad el que los hombres vivan con Dios?

Lo que ya se ha realizado es mucho más increíble: Dios ha muerto por los hombres.

Porque ¿quién es Cristo, sino aquel de quien dice la Escritura: En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios? Esta Palabra de Dios se hizo carne y acampó entre en nosotros. Porque no habría poseído lo que era necesario para morir por nosotros, si no hubiera tomado de nosotros una carne mortal.

Así el inmortal pudo morir, así pudo dar su vida a los mortales; y hará que más tarde tengan parte en su vida aquellos de cuya condición él primero se había hecho partícipe. Pues nosotros, por nuestra naturaleza no teníamos posibilidad de vivir, ni él, por la suya, posibilidad de morir.

Él hizo, pues, con nosotros este admirable intercambio: tomó de nuestra naturaleza la condición mortal, y nos dio de la suya la posibilidad de vivir.

Por tanto, no sólo no debemos avergonzarnos de la muerte de nuestro Dios y Señor, sino que hemos de confiar en ella con todas nuestras fuerzas y gloriarnos en ella por encima de todo: pues al tomar de nosotros la muerte, que en nosotros encontró, nos prometió, con toda su fidelidad, que nos daría en sí mismo la vida que nosotros no podemos llegar a poseer por nosotros mismos.

Y si aquel que no tiene pecado nos amó hasta tal punto que por nosotros, pecadores, sufrió lo que habían merecido nuestros pecados, ¿cómo, después de habernos justificado, dejará de darnos lo que es justo?

Él, que promete con verdad, ¿cómo no va a darnos los premios de los santos, si soportó, sin cometer iniquidad, el castigo que los inicuos le infligieron?

Confesemos, por tanto, intrépidamente, hermanos, y declaremos bien a las claras que Cristo fue crucificado por nosotros: y hagámoslo no con miedo, sino con júbilo, no con vergüenza, sino con orgullo.

El Apóstol Pablo, que cayó en la cuenta de este misterio lo proclamó como un título de gloria. Y, siendo así que podía recordar muchos aspectos grandiosos y divinos de Cristo, no dijo que se gloriaba de estas maravillas -que hubiese creado el mundo, cuando, como Dios que era, se hallaba junto al Padre, y que hubiese imperado sobre el mundo, cuando era hombre como nosotros-, sino que dijo:

Dios me libre de gloriarme sino es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo (Sermón Güelferbitano 3: PLS 2, 545-546).


Maná y Vivencias Cuaresmales (40), 25.3.18

marzo 24, 2018

Domingo de Ramos, Ciclo B

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¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!

¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!

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Conmemoración de la entrada del Señor en Jerusalén: Marcos 11, 1-10

Cuando se acercaban a Jerusalén, junto a Betfagé y a Betania, frente al monte de los Olivos, Jesús envió dos de sus discípulos, y les dijo: “Entrad en la aldea y luego que entréis en ella, hallaréis un pollino atado, en el cual ningún hombre ha montado; desatadlo y traedlo. Y si alguien os dijere: ¿Por qué hacéis eso? decir que el Señor lo necesita, y que luego lo devolverá”.

Fueron, y hallaron el pollino atado afuera a la puerta, en el recodo del camino, y lo desataron. Y unos de los que estaban ahí les dijeron: “¿Qué hacéis desatando el pollino?” Ellos entonces les dijeron como Jesús había mandado; y los dejaron ir. Y trajeron el pollino a Jesús, y echaron sobre él sus mantos, y se sentó sobre él. También muchos tendían sus mantos por el camino, y otros cortaban ramas de los árboles, y las tendían por el camino. Y los que iban delante y los que venían detrás daban voces, diciendo: “¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Bendito el reino de nuestro padre David que viene! ¡Hosanna en las alturas!”

Y entró Jesús en Jerusalén, y en el templo; y habiendo mirado alrededor todas las cosas, como ya anochecía, se fue a Betania con los doce.

Antífona de entrada: Mateo 21, 9

Hosanna al Hijo de David, bendito el que viene en nombre del Señor, el Rey de Israel. ¡Hosanna en el cielo!


Oración colecta

Dios todopoderoso y eterno, tú quisiste que nuestro salvador se hiciese hombre y muriese en la cruz, para mostrar al género humano el ejemplo de una vida sumisa a tu voluntad; concédenos que las enseñanzas de su pasión nos sirvan de testimonio, y que un día participemos en su gloriosa resurrección. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: Isaías 50, 4-7

Mi Señor me ha dado una lengua de iniciado, para saber decir al abatido una palabra de aliento.

Cada mañana me espabila el oído, para que escuche como los iniciados.

El Señor me abrió el oído. Y yo no resistí ni me eché atrás: ofrecí la espalda a los que me apaleaban, las mejillas a los que mesaban mi barba; no me tapé el rostro ante ultrajes ni salivazos.

El Señor me ayuda, por eso no sentía los ultrajes; por eso endurecí el rostro como pedernal, sabiendo que no quedaría defraudado.

SALMO 21, 8-9.17-18a.19-20.23-24

Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Al verme, se burlan de mí, hacen visajes, menean la cabeza: «Acudió al Señor, que lo ponga a salvo; que lo libre, si tanto lo quiere.»

Me acorrala una jauría de mastines, me cerca una banda de malhechores; me taladran las manos y los pies, puedo contar mis huesos.

Se reparten mi ropa, echan a suertes mi túnica. Pero tú, Señor, no te quedes lejos; fuerza mía, ven corriendo a ayudarme.

Contaré tu fama a mis hermanos, en medio de la asamblea te alabaré. Fieles del Señor, alabadlo; linaje de Jacob, glorificadlo; temedlo, linaje de Israel.

SEGUNDA LECTURA: Filipenses 2, 6-11

Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Aclamación antes del Evangelio: Filipenses 2, 8-9

Cristo por nosotros se sometió incluso a la muerte, y una muerte de cruz: Por eso Dios lo levantó sobre todo, y le concedió el nombre sobre todo nombre.

EVANGELIO: Marcos 14, 1 – 15, 47

C. Faltaban dos días para la Pascua y los Ázimos. Los sumos sacerdotes y los escribas pretendían prender a Jesús a traición y darle muerte. Pero decían:

S. “No durante las fiestas; podría amotinarse el pueblo.”

C. Estando Jesús en Betania, en casa de Simón, el leproso, sentado a la mesa, llegó una mujer con un frasco de perfume muy caro, de nardo puro; quebró el frasco y lo derramó en la cabeza de Jesús. Algunos comentaban indignados:

S. “¿A qué viene este derroche de perfume? Se podía haber vendido por más de trescientos denarios para dárselo a los pobres.”

C. Y regañaban a la mujer. Pero Jesús replicó:

+. “Dejadla, ¿por qué la molestáis? Lo que ha hecho conmigo está bien. Porque a los pobres los tenéis siempre con vosotros y podéis socorrerlos cuando queráis; pero a mí no me tenéis siempre. Ella ha hecho lo que podía: se ha adelantado a embalsamar mi cuerpo para la sepultura. Os aseguro que, en cualquier parte del mundo donde se proclame el Evangelio, se recordará también lo que ha hecho ésta.”

C. Judas Iscariote, uno de los Doce, se presentó a los sumos sacerdotes para entregarles a Jesús. Al oírlo, se alegraron y le prometieron dinero. Él andaba buscando ocasión propicia para entregarlo.

¿Dónde está la habitación en que voy a comer la Pascua con mis discípulos?

C. El primer día de los Ázimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, le dijeron a Jesús sus discípulos:

S. “¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua?”

C. Él envió a dos discípulos, diciéndoles:

+. “Id a la cuidad, encontraréis un hombre que lleva un cántaro de agua; seguidlo y, en la casa en que entre, decidle al dueño: “El Maestro pregunta: ¿Dónde está la habitación en que voy a comer la Pascua con mis discípulos?” Os enseñará una sala grande en el piso de arriba, arreglada con divanes. Preparadnos allí la cena.”

C. Los discípulos se marcharon, llegaron a la ciudad, encontraron lo que les había dicho y prepararon la cena de Pascua.

C. Al atardecer fue él con los Doce. Estando a la mesa comiendo, dijo Jesús:

+. “Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar: uno que está comiendo conmigo.”

C. Ellos, consternados, empezaron a preguntarle uno tras otro:

S. “¿Seré yo?”

C. Respondió:

+. “Uno de los Doce, el que está mojando en la misma fuente que yo. El Hijo del hombre se va, como está escrito de él; pero, ¡ay del que va a entregar al Hijo del hombre!; ¡más le valdría no haber nacido!”

C. Mientras comían, Jesús tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio, diciendo:

+. “Tomad, esto es mi cuerpo.”

C. Cogiendo la copa, pronunció la acción de gracias, se la dio, y todos bebieron. Y les dijo:

+. “Ésta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por todos. Os aseguro que no volveré a beber del fruto de la vid hasta el día que beba el vino nuevo en el reino de Dios.”

C. Después de cantar el salmo, salieron para el monte de los Olivos. Jesús les dijo:

+. Todos vais a caer, como está escrito: “Heriré al pastor, y se dispersarán las ovejas.” Pero, cuando resucite, iré antes que vosotros a Galilea.”

C. Pedro replicó:

S. “Aunque todos caigan, yo no.”

C. Jesús le contestó:

+. “Te aseguro que tú hoy, esta noche, antes que el gallo cante dos veces, me habrás negado tres.”

C. Pero él insistía:

S. “Aunque tenga que morir contigo, no te negaré.”

C. Y los demás decían lo mismo.

C. Fueron a un huerto, que llaman Getsemaní, y dijo a sus discípulos:

+. “Sentaos aquí mientras voy a orar.”

C. Se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan, empezó a sentir terror y angustia, y les dijo:

+. “Me muero de tristeza; quedaos aquí velando.”

C. Y, adelantándose un poco, se postró en tierra pidiendo que, si era posible, se alejase de él aquella hora; y dijo:

+. “¡Abba! (Padre), tú lo puedes todo; aparta de mí este cáliz. Pero no lo que yo quiero, sino lo que tú quieres.”

C. Volvió y, al encontrarlos dormidos, dijo a Pedro:

+. “Simón, ¿duermes?; ¿no has podido velar ni una hora? Velad y orad, para no caer en la tentación; el espíritu es decidido, pero la carne es débil.”

C. De nuevo se apartó y oraba repitiendo las mismas palabras. Volvió, y los encontró otra vez dormidos, porque tenían los ojos cargados. Y no sabían qué contestarle. Volvió por tercera vez y les dijo:

+. “Ya podéis dormir y descansar. ¡Basta! Ha llegado la hora; mirad que el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levantaos, vamos! Ya está cerca el que me entrega.”

C. Todavía estaba hablando, cuando se presentó Judas, uno de los Doce, y con él gente con espadas y palos, mandada por los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos. El traidor les había dado una contraseña, diciéndoles:

S. “Al que yo bese, ése es; prendedlo y conducidlo bien sujeto.”

C. Y en cuanto llegó, se acercó y le dijo:

S. “¡Maestro!”

C. Y lo besó. Ellos le echaron mano y lo prendieron. Pero uno de los presentes, desenvainando la espada, de un golpe le cortó la oreja al criado del sumo sacerdote. Jesús tomó la palabra y les dijo:

+. “¿Habéis salido a prenderme con espadas y palos, como a un bandido? A diario os estaba enseñando en el templo, y no me detuvisteis. Pero, que se cumplan las Escrituras.”

C. Y todos lo abandonaron y huyeron. Lo iba siguiendo un muchacho, envuelto sólo en una sábana, y le echaron mano; pero él, soltando la sábana, se les escapó desnudo.

¿Eres tú el Mesías, el Hijo de Dios bendito?

C. Condujeron a Jesús a casa del sumo sacerdote, y se reunieron todos los sumos sacerdotes y los ancianos y los escribas. Pedro lo fue siguiendo de lejos, hasta el interior del palacio del sumo sacerdote; y se sentó con los criados a la lumbre para calentarse. Los sumos sacerdotes y el Sanedrín en pleno buscaban un testimonio contra Jesús, para condenarlo a muerte; y no lo encontraban. Pues, aunque muchos daban falso testimonio contra él, los testimonios no concordaban. Y algunos, poniéndose en pie, daban testimonio contra él, diciendo:

S. “Nosotros le hemos oído decir: “Yo destruiré este templo, edificado por hombres, y en tres días construiré otro no edificado por hombres.”

C. Pero ni en esto concordaban los testimonios. El sumo sacerdote se puso en pie en medio e interrogó a Jesús:

S. “¿No tienes nada que responder? ¿Qué son estos cargos que levantan contra ti?”

C. Pero él callaba, sin dar respuesta. El sumo sacerdote lo interrogó de nuevo, preguntándole:

S. “¿Eres tú el Mesías, el Hijo de Dios bendito?…”

C. Jesús contestó:

+. “Sí lo soy. Y veréis que el Hijo del hombre está sentado a la derecha del Todopoderoso y que viene entre las nubes del cielo.”

C. El sumo sacerdote se rasgó las vestiduras, diciendo:

S. “¿Qué falta hacen más testigos? Habéis oído la blasfemia. ¿Qué decís?”

C. Y todos lo declararon reo de muerte. Algunos se pusieron a escupirle y, tapándole la cara, lo abofeteaban y le decían:

S. “Haz de profeta.

C. Y los criados le daban bofetadas.

C. Mientras Pedro estaba abajo en el patio, llegó una criada del sumo sacerdote y, al ver a Pedro calentándose, lo miró y dijo:

S. “También tú andabas con Jesús, el Nazareno.”

C. Él lo negó, diciendo:

S. “Ni sé ni entiendo lo que quieres decir.”

C. Salió fuera al zaguán, y un gallo cantó. La criada, al verlo, volvió a decir a los presentes:

S. “Éste es uno de ellos.”

C. Y él lo volvió a negar. Al poco rato, también los presentes dijeron a Pedro:

S. “Seguro que eres uno de ellos, pues eres galileo.”

C. Pero él se puso a echar maldiciones y a jurar:

S. “No conozco a ese hombre que decís.”

C. Y en seguida, por segunda vez, cantó un gallo. Pedro se acordó de las palabras que le había dicho Jesús: “Antes de que cante el gallo dos veces, me habrás negado tres”, y rompió a llorar.

C. Apenas se hizo de día, los sumos sacerdotes, con los ancianos, los escribas y el Sanedrín en pleno, se reunieron, y, atando a Jesús, lo llevaron y lo entregaron a Pilato. Pilato le pregunto:

S. “¿Eres tú el rey de los judíos?”

C. Él respondió:

+. “Tú lo dices.”

C. Y los sumos sacerdotes lo acusaban de muchas cosas. Pilato pregunto de nuevo:

S. “¿No contestas nada? Mira cuántos cargos presentan contra ti.”

C. Jesús no contestó más; de modo que Pilato estaba muy extrañado. Por la fiesta solía soltarse un preso, el que le pidieran. Estaba en la cárcel un tal Barrabás, con los revoltosos que habían cometido un homicidio en la revuelta. La gente subió y empezó a pedir el indulto de costumbre. Pilato les contestó:

S. “¿Queréis que os suelte al rey de los judíos?”

C. Pues sabía que los sumos sacerdotes se lo habían entregado por envidia. Pero los sumos sacerdotes soliviantaron a la gente para que pidieran la libertad de Barrabás. Pilato tomó de nuevo la palabra y les preguntó:

S. “¿Qué hago con el que llamáis rey de los judíos?”

C. Ellos gritaron de nuevo:

S. “¡Crucifícalo!”

C. Pilato les dijo:

S. “Pues, ¿qué mal ha hecho?”

C. Ellos gritaron más fuerte:

S. “¡Crucifícalo!”

C. Y Pilato, queriendo dar gusto a la gente, les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran.

C. Los soldados se lo llevaron al interior del palacio -al pretorio- y reunieron a toda la compañía. Lo vistieron de púrpura, le pusieron una corona de espinas, que habían trenzado, y comenzaron a hacerle el saludo:

S. “¡Salve, rey de los judíos!

C. Le golpearon la cabeza con una caña, le escupieron; y, doblando las rodillas, se postraban ante él. Terminada la burla, le quitaron la púrpura y le pusieron su ropa. Y lo sacaron para crucificarlo.

C. Y a uno que pasaba, de vuelta del campo, a Simón de Cirene, el padre de Alejandro y de Rufo, lo forzaron a llevar la cruz. Y llevaron a Jesús al Gólgota (que quiere decir lugar de “la Calavera”), y le ofrecieron vino con mirra; pero él no lo aceptó. Lo crucificaron y se repartieron sus ropas, echándolas a suerte, para ver lo que se llevaba cada uno. Era media mañana cuando lo crucificaron. En el letrero de la acusación estaba escrito: “El rey de los judíos”. Crucificaron con él a dos bandidos, uno a su derecha y otro a su izquierda.

C. Los que pasaban lo injuriaban, meneando la cabeza y diciendo:

S. “¡Anda!, tú que destruías el templo y lo construías en tres días sálvate a ti mismo bajando de la cruz.”

C. Los sumos sacerdotes con los escribas se burlaban también de él, diciendo:

S. “A otros ha salvado, y a sí mismo no se puede salvar. Que el Mesías, el rey de Israel, baje ahora de la cruz, para que lo veamos y creamos.”

C. También los que estaban crucificados con él lo insultaban.

C. Al llegar el mediodía, toda la región quedó en tinieblas hasta la media tarde. Y, a la media tarde, Jesús clamó con voz potente:

+. “Eloí, Eloí, lamá sabktaní.”

C. Que significa:

+. “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

C. Algunos de los presentes, al oírlo, decían:

S. “Mira, está llamando a Elías.”

C. Y uno echó a correr y, empapando una esponja en vinagre, la sujetó a una caña, y le daba de beber, diciendo:

S. “Dejad, a ver si viene Elías a bajarlo.”

C. Y Jesús, dando un fuerte grito, expiró.

* Todos se arrodillan, y se hace una pausa.

C. El velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo. El centurión, que estaba enfrente, al ver cómo había expirado, dijo:

S. “Realmente este hombre era Hijo de Dios.”

C. Había también unas mujeres que miraban desde lejos; entre ellas, María Magdalena, María, la madre de Santiago el Menor y de José, y Salomé, que, cuando él estaba en Galilea, lo seguían para atenderlo; y otras muchas que habían subido con él a Jerusalén.

C. Al anochecer, como era el día de la Preparación, víspera del sábado, vino José de Arimatea, noble senador, que también aguardaba el reino de Dios; armándose de valor, se presentó ante Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús. Pilato se extrañó de que hubiera muerto ya; y, llamando al centurión, le preguntó si hacía mucho tiempo que había muerto. Informado por el centurión, concedió el cadáver a José. Éste compró una sábana y, bajando a Jesús, lo envolvió en la sábana y lo puso en un sepulcro, excavado en una roca, y rodó una piedra en la entrada del sepulcro. María Magdalena y María la de José observaban dónde lo ponían.

Antífona de comunión: Mateo, 26,42

Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad.



VIVENCIAS CUARESMALES

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40.- DOMINGO DE RAMOS

CICLO B

RITO DE ENTRADA: Conmemoración de la entrada del Señor en Jerusalén.

Evangelio de la procesión de ramos, Marcos 11,1-10: “¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Bendito el reino de nuestro padre David que viene! ¡Hosanna en las alturas!

TEMA CENTRAL.- La entrada de Cristo en Jerusalén para cumplir su misterio Pascual.

En la oración de bendición de ramos se pide el don de la alabanza a Cristo victorioso y el don de la vida nueva ya aquí en la tierra y que crezca hasta conducirnos a la Jerusalén Celestial.

La oración colecta de hoy resume la finalidad del plan de salvación de Dios: Dios todopoderoso y eterno, tú quisiste que nuestro Salvador se hiciese hombre y muriese en la cruz, para mostrar al género humano el ejemplo de una vida sumisa a tu voluntad; concédenos que las enseñanzas de su pasión nos sirvan de testimonio, y que un día participemos en su gloriosa resurrección. Por nuestro Señor Jesucristo.

San Agustín resumirá en la humildad las enseñanzas de Cristo a los hombres: como él se sometió a la voluntad del Padre y, por amor a Dios, a los hombres, así el cristiano debe someterse en todo a los planes de Dios. Por eso se pide que las enseñanzas de su Pasión nos sirvan.

A ver si consideramos con verdadera devoción la Pasión Salvadora de Cristo y aprendemos sus grandes, misteriosas y definitivas enseñanzas para la humanidad de todos los tiempos.

La primera lectura de Isaías 50, 4-7 resume la valentía de Jesús ante Dios y ante los hombres, que consiste en su actitud noble y transparente que le conduce a la libertad plena. “El Señor Yahvé me ha concedido el poder hablar como su discípulo. Y ha puesto en mi boca las palabras para aconsejar como es debido al que está aburrido. Cada mañana, él me despierta y lo escucho como lo hacen los discípulos. El Señor Yahvé me ha abierto los oídos y yo no me resistí ni me eché atrás. He ofrecido mi espalda a los que me golpeaban y mis mejillas a quienes me tiraban de la barba, y no oculté mi rostro ante las injurias y los escupos. El Señor Yahvé viene en mi ayuda y por eso no me molestan las ofensas. Por eso puse mi cara dura como piedra”.

En la segunda lectura, esa transparencia recibe el nombre de anonadamiento: se aniquiló a sí mismo. Ante ese gesto de Jesús, Pablo invita a todos a bendecir a Cristo y a adorarlo como a verdadero Dios, constituido salvador universal y para siempre.

Cristo es el Señor, para gloria de Dios Padre, Filipenses 2, 6-11: “Jesús, que era de condición divina, no se aferró celoso a su igualdad con Dios, sino que se aniquiló a sí mismo tomando la condición de esclavo, y llegó a ser semejante a los hombres. Habiéndose comportado como hombre, se humilló, obedeciendo hasta la muerte, y muerte en una cruz. Por eso Dios lo engrandeció y le concedió un nombre que está sobre todo nombre. Para que ante el nombre de Jesús todos se arrodillen en los cielos, en la tierra y entre los muertos. Y que toda lengua proclame que Cristo es el Señor para la gloria de Dios Padre”.

Admira el misterio de Cristo en la pasión. Es el resumen de su vida: conclusivo y magnífico colofón de toda su vida terrena, que es también divina.

Comunión, Mateo 26, 42: Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad.


De los Sermones de san Andrés de Creta, obispo
Bendito el que viene, como Rey, en nombre del Señor

Venid, y al mismo tiempo que ascendemos al monte de los Olivos, salgamos al encuentro de Cristo, que vuelve hoy de Betania y, por propia voluntad, se apresura hacia su venerable y dichosa pasión, para llevar a plenitud el misterio de la salvación de los hombres.

Porque el que va libremente hacia Jerusalén es el mismo que por nosotros, los hombres, bajó del cielo, para levantar consigo a los que yacíamos en lo más profundo y colocarnos, como dice la Escritura, por encima de todo principado, potestad, fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido.

Y viene, no como quien busca su gloria por medio de la fastuosidad y de la pompa. No porfiará -dice-, no gritará, no boceará por las calles, sino que será manso y humilde, y se presentará sin espectacularidad alguna.

Ea, pues, corramos a una con quien se apresura a su pasión e imitemos a quienes salieron a su encuentro. Y no para extender por el suelo, a su paso, ramos de olivo, vestiduras o palmas, sino para prosternarnos nosotros mismos, con la disposición más humillada de que seamos capaces y con el más limpio propósito, de manera que acojamos al Verbo que viene, y así logremos a captar aquel Dios que nunca puede ser totalmente captado por nosotros.

Alegrémonos, pues, porque se nos ha presentado mansamente el que es manso y que asciende sobre el ocaso de nuestra ínfima vileza, para venir hasta nosotros y convivir con nosotros, de modo que pueda, por su parte, llevarnos hasta la familiaridad con él.

Ya que, si bien se dice que, habiéndose incorporado las primicias de nuestra condición, ascendió, con ese botín, sobre los cielos hacia el oriente, es decir, según me parece hacia su propia gloria y divinidad, no abandonó, con todo, su propensión hacia el género humano hasta haber sublimado al hombre, elevándolo progresivamente desde los más ínfimo de la tierra hasta lo más alto de los cielos.

Así es como nosotros deberíamos prosternarnos a los pies de Cristo, no poniendo bajo sus pies nuestras túnicas o unas ramas inertes, que muy pronto perderían su verdor, su fruto y su aspecto agradable sino revistiéndonos de su gracia, es decir, de Él mismo, pues los que os habéis incorporado a Cristo por el bautismo os habéis revestido de Cristo. Así debemos ponernos a sus pies como si fuéramos unas túnicas.

Y si antes, teñidos como estábamos de la escarlata del pecado, volvimos a encontrar la blancura de la lana gracias al saludable baño del bautismo, ofrezcamos ahora al vencedor de la muerte no ya ramas de palma, sino trofeos de victoria.

Repitamos cada día aquella sagrada exclamación que los niños cantaban, mientras agitamos los rayos espirituales del alma: Bendito el que viene, como Rey, en nombre del Señor (Sermón 9 sobre el domingo de Ramos; PG 97, 990-994).

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ESTIMADO HERMANO, APRECIADA HERMANA, estamos concluyendo el tiempo cuaresmal y entramos ya en la Semana Santa o Semana de Pasión. Te felicito por seguir con fidelidad este camino cuaresmal, día a día.

Hemos procurado ejercitarnos en la oración, el ayuno y la limosna: una mayor atención a la Palabra de Dios, un ejercicio de ascesis para orientar todas nuestras fuerzas hacia el amor de Dios y del prójimo, y finalmente una praxis de la compasión y de la misericordia con uno mismo y con los hermanos.

Pero esto no valdría gran cosa si no estuviera referido a Cristo, nuestro Maestro y único Dueño. Toda la Cuaresma culmina focalizando nuestra mente y nuestros sentimientos en la contemplación de Jesús, hijo del hombre e Hijo de Dios.

En estos próximos días, Jesús llevará a feliz término su gesta salvadora. Morirá en su ley, es decir, como ha vivido: lleno del amor de Dios y apasionado por la salvación de los hombres.

Hermanos, sigamos de cerca sus huellas para hacernos, de alguna manera, dignos de resucitar con él a una vida nueva. Ya lo estás consiguiendo, pero merece la pena seguir hasta el final, pues Dios es siempre sorpresivo, siempre quiere más: Mayores cosas verás. Enhorabuena y adelante.


Maná y Vivencias Cuaresmales (39), 24.3.18

marzo 24, 2018

Sábado de la 5ª semana de Cuaresma


La cruz produce en nosotros tristeza pero a la vez esperanza y confianza de ser salvos con Cristo

La cruz produce en nosotros tristeza pero a la vez esperanza y confianza de ser salvos con Cristo



Antífona de entrada: Salmo 21, 20. 7

Señor, no te quedes lejos; tú que eres mi fuerza, ven pronto a socorrerme. Yo soy un gusano, no un hombre, la gente me escarnece y el pueblo me desprecia.


Oración colecta

Señor, tú que realizas sin cesar la salvación de los hombres y concedes a tu pueblo, en los días de Cuaresma, gracias más abundantes, dígnate mirar con amor a tus elegidos y concede tu auxilio protector a los catecúmenos y los bautizados. Por nuestro Señor Jesucristo.

PRIMERA LECTURA: Ezequiel 37, 21-28

Así dice el Señor: «Yo voy a recoger a los israelitas por las naciones adonde marcharon, voy a congregarlos de todas partes y los voy a repatriar. Los haré un solo pueblo en su país, en los montes de Israel, y un solo rey reinará sobre todos ellos.

No volverán a ser dos naciones ni a desmembrarse en dos monarquías. No volverán a contaminarse con sus ídolos y fetiches y con todos sus crímenes. Los libraré de sus pecados y prevaricaciones, los purificaré: ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios.

Mi siervo David será su rey, el único pastor de todos ellos. Caminarán según mis mandatos y cumplirán mis preceptos, poniéndolos por obra. Habitarán en la tierra que le di a mi siervo Jacob, en la que habitaron vuestros padres; allí vivirán para siempre, ellos y sus hijos y sus nietos; y mi siervo David será su príncipe para siempre.

Haré con ellos una alianza de paz, alianza eterna pactaré con ellos. Los estableceré, los multiplicaré y pondré entre ellos mi santuario para siempre; tendré mi morada junto a ellos, yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo. Y sabrán las naciones que yo soy el Señor que consagra a Israel, cuando esté entre ellos mi santuario para siempre.»

SALMO: Jeremías 31, 10.11-12ab.13

El Señor nos guardará como un pastor a su rebaño.

Escuchad, pueblos, la palabra del Señor, anunciadla en las islas remotas: «El que dispersó a Israel lo reunirá, lo guardará como un pastor a su rebaño.»

Porque el Señor redimió a Jacob, lo rescató de una mano más fuerte. Vendrán con aclamaciones a la altura de Sión, afluirán hacia los bienes del Señor.

Entonces se alegrará la doncella en la danza, gozarán los jóvenes y los viejos; convertiré su tristeza en gozo, los alegraré y aliviaré sus penas.

Aclamación antes del Evangelio: Ezequiel 18, 31

Arrojen lejos de ustedes todas las rebeldías y háganse un corazón nuevo y un espíritu nuevo.

EVANGELIO: Juan 11, 45-57

En aquél tiempo, muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él. Pero algunos acudieron a los fariseos y les contaron lo que había hecho Jesús.

Los sumos sacerdotes y los fariseos convocaron el Sanedrín y dijeron: «¿Qué hacemos? Este hombre hace muchos signos. Si lo dejamos seguir, todos creerán en él, y vendrán los romanos y nos destruirán el lugar santo y la nación.»

Uno de ellos, Caifás, que era sumo sacerdote aquel año, les dijo: «Vosotros no entendéis ni palabra; no comprendéis que os conviene que uno muera por el pueblo, y que no perezca la nación entera.»

Esto no lo dijo por propio impulso, sino que, por ser sumo sacerdote aquel año, habló proféticamente, anunciando que Jesús iba a morir por la nación; y no sólo por la nación, sino también para reunir a los hijos de Dios dispersos. Y aquel día decidieron darle muerte.

Por eso Jesús ya no andaba públicamente con los judíos, sino que se retiró a la región vecina al desierto, a una ciudad llamada Efraín, y pasaba allí el tiempo con los discípulos. Se acercaba la Pascua de los judíos, y muchos de aquella región subían a Jerusalén, antes de la Pascua, para purificarse.

Buscaban a Jesús y, estando en el templo, se preguntaban: «¿Qué os parece? ¿No vendrá a la fiesta?»

Los sumos sacerdotes y fariseos habían mandado que el que se enterase de dónde estaba les avisara para prenderlo.

Antífona de comunión: Juan 11, 52

Cristo se entregó a la muerte, para congregar en la unidad a los hijos de Dios que estaban dispersos.



VIVENCIAS CUARESMALES

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Y aquel día decidieron darle muerte. Por eso Jesús ya no andaba públicamente con los judíos

39. SÁBADO

QUINTA SEMANA DE CUARESMA

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ILUMINACIÓN.- Ha llegado la hora de las tinieblas, la hora de las decisiones: Conviene que muera un solo hombre por el pueblo. Y ese mismo día decidieron matarlo.

A la entrada de la Semana Santa, la oración colecta nos recuerda que Dios concede gracias más abundantes en los días de Cuaresma.

Además, reconoce que Dios realiza sin cesar la salvación de los hombres. Por tanto, todos los momentos son buenos para Dios, pero al final de la Cuaresma se pide expresamente por los catecúmenos y por todos nosotros, los ya bautizados.

Señor, tú que realizas sin cesar la salvación de los hombres y concedes a tu pueblo, en los días de Cuaresma, gracias más abundantes, dígnate mirar con amor a tus elegidos y concede tu auxilio protector a los catecúmenos y a los bautizados. Por nuestro Señor Jesucristo.

La entrada triunfal de Cristo en Jerusalén el Domingo de Ramos es anunciada en la primera lectura tomada de Ezequiel 37, 21-28.

Esto dice el Señor Dios: Yo tomaré a los hijos de Israel de en medio de las naciones adonde fueron y los recogeré de todas partes y los llevaré a su tierra. Formaré con ellos una sola nación en la tierra y en los cerros de Israel y habrá solamente un rey que los mande a todos. Ya nunca más formarán dos naciones ni en el futuro estarán divididos en dos reinos.

No se mancharán más con sus ídolos ni con sus perversidades ni maldades: Yo los libraré de todos los pecados que cometieron y los purificaré. Ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios. Mi siervo David será su rey, uno solo será el pastor de todos ellos: observarán mis leyes y guardarán mis mandamientos y los pondrán por obra.

Vivirán en la tierra que di a mi siervo Jacob y que habitaron sus padres: ahí mismo vivirán ellos y sus hijos y los hijos de sus hijos para siempre. David, mi siervo, será perpetuamente su príncipe. Haré con ellos una alianza de paz, que será una alianza definitiva: les daré una estabilidad segura, los multiplicaré y colocaré para siempre mi Templo en medio de ellos.

Junto a ellos tendré mi morada; yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo. Las naciones conocerán que yo soy Yahvé, el que santifica a Israel, cuando mi santuario esté en medio de ellos para siempre.

Lo que se realiza de manera general en Israel, también se realiza de manera personal en cada creyente que se renueva en el Espíritu.

En efecto, la persona es “reunificada” al disminuir la dispersión de fuerzas, el creyente poseyéndose a sí mismo, puede escuchar mejor a su Dios y responderle debidamente mientras Dios coloca su morada en el interior de la persona.

Esta vida nueva en el Espíritu proporciona al creyente una paz que nada ni nadie podrán perturbar, ni mucho menos arrebatar.

La cruz y los apuros en que se encuentra Jesús producen en nosotros tristeza pero a la vez esperanza y confianza de ser salvos con Cristo; incluso, alabanza a Dios, que nos da en Cristo la salvación. Una salvación que no sólo pensamos, sino que también sentimos, experimentamos.

Es lo que reza el Salmo responsorial tomado de Jeremías 31, 10-11-13: “Entonces se alegrará la doncella en la danza; gozarán los jóvenes y los viejos; convertiré su tristeza en gozo, les alegraré y aliviaré sus penas”.

La aclamación abunda en estos sentimientos e incita a profundizar y expresar el gozo de sentirse salvados: “Quitaos de encima vuestros delitos, dice el Señor, y estrenad un corazón nuevo y un espíritu nuevo”.

Una vez más, recuerda que nuestro delito principal es no creerle a Dios, que nos tiene reservada una felicidad que ni ojo vio ni oído oyó y que aunque la hemos empezado a disfrutar, no creemos que eso sea sólo el comienzo.

Tendemos a acomodarnos, a vivir en nuestras seguridades; rehuimos depender siempre de Dios.

Jesús prefiere permanecer con sus discípulos un tanto retirado, pues dice el evangelista que ya no andaba públicamente entre los judíos. Aprovecha esa intimidad con Jesús. Él no desaprovecha ninguna oportunidad para revelarse a los suyos, instruirlos y afianzarlos en la fe.

Se olvida de sí mismo y de sus problemas para darse a los demás. Parecería que el dolor de la traición de Judas y el odio gratuito de los judíos le facilitaban sus confidencias con sus propios discípulos. Contempla pues a Cristo en su nobleza y magnanimidad.

Esta vida de intimidad se alimenta en un clima de fe, pues ésta facilita ese clima. Una fe sincera que confiesa la misericordia de Dios y que abre a la vida eterna. Ésta consiste en conocer al Padre y al Hijo en el poder del Espíritu; el Padre y el Hijo están muy unidos ahora por la persecución, por la oposición de los hombres al plan de salvación.

Reza la oración sobre las ofrendas: Señor todopoderoso, que por la confesión de tu nombre nos haces renacer a la vida eterna, en el sacramento del bautismo, recibe nuestros dones y atiende nuestras súplicas, para que cuantos en ti esperan puedan ver realizados sus deseos y perdonadas sus culpas. Por Jesucristo nuestro Señor.

Después de la comunión se pide participar en la naturaleza divina: es decir entrar en la vida íntima de la Santísima Trinidad que reluce con especial brillo en estos días santos, a partir de mañana Domingo de Ramos.

Humildemente te pedimos, Señor, que así como nos alimentas con el Cuerpo y Sangre de tu Hijo, nos des también parte en su naturaleza divina. Por Jesucristo nuestro Señor.

Escuchemos el relato evangélico que anuncia la muerte de Jesús: Entonces, los jefes de los sacerdotes y los fariseos se reunieron en Consejo. Decían: ¿Qué vamos a hacer? Este hombre va multiplicando los milagros.

Uno de ellos llamado Caifás tomó la palabra: ‘Vosotros no os dais cuenta de la situación. Conviene que muera un solo hombre por el pueblo y no que toda la nación perezca’.

Y ese mismo día decidieron matarlo.

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De la Constitución Sacrosánctum Concílium, sobre la sagrada liturgia, del Concilio Vaticano II: La economía de la salvación

Dios, que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad, en distintas ocasiones y de muchas maneras habló antiguamente a nuestros padres por los profetas, y, cuando llegó la plenitud de los tiempos, envió a su Hijo, el Verbo hecho carne, ungido por el Espíritu Santo, para evangelizar a los pobres, y curar a los contritos de corazón, como médico corporal y espiritual, como Mediador entre Dios y los hombres.

En efecto, su misma humanidad, unida a la persona del Verbo, fue instrumento de nuestra salvación. Por esto, en Cristo se realizó plenamente nuestra reconciliación, y se nos otorgó la plenitud del culto divino.

Esta obra de la redención humana y de la perfecta glorificación de Dios, cuyo preludio habían sido las maravillas divinas llevadas a cabo en el pueblo del antiguo Testamento, Cristo la realizó principalmente por el misterio pascual de la bienaventurada pasión, resurrección de entre los muertos y gloriosa ascensión.

Por este misterio, muriendo destruyó nuestra muerte, y resucitando restauró la vida. Pues el admirable sacramento de la Iglesia entera brotó del costado de Cristo dormido en la cruz.

Por esta razón, así como Cristo fue enviado por el Padre, él mismo, a su vez, envió a los apóstoles, llenos del Espíritu Santo.

No sólo los envió para que, al predicar el Evangelio a toda criatura, anunciaran que el Hijo de Dios, con su muerte y resurrección, nos libró del poder de Satanás y de la muerte y nos condujo al reino del Padre, sino también a que realizaran la obra de la salvación que proclamaban, mediante el sacrificio y los sacramentos, en torno a los cuales gira toda la vida litúrgica.

Así, por el bautismo, los hombres son injertados en el misterio pascual de Jesucristo: mueren con él, son sepultados con él y resucitan con él, reciben el espíritu de hijos adoptivos que nos hace gritar: “¡Abba!” (Padre), y se convierten así en los verdaderos adoradores que busca el Padre.

Del mismo modo, cuantas veces comen la cena del Señor proclaman su muerte hasta que vuelva. Por eso precisamente el mismo día de Pentecostés, en que la Iglesia se manifestó al mundo, los que aceptaron las palabras de Pedro se bautizaron.

Y eran constantes en escuchar la enseñanza de los apóstoles, en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones, alabando a Dios, y eran bien vistos de todo el pueblo.

Desde entonces, la Iglesia nunca ha dejado de reunirse para celebrar el misterio pascual: leyendo lo que se refiere a él en toda la Escritura, celebrando la Eucaristía, en la cual se hace de nuevo presente la victoria y el triunfo de su muerte, y dando gracias, al mismo tiempo, a Dios por su don inexpresable en Cristo Jesús, para alabanza de su gloria (núm. 5-6).


Maná y Vivencias Cuaresmales (38), 23.3.18

marzo 23, 2018

Viernes de la 5ª semana de Cuaresma

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En el peligro invoqué al Señor, y me escuchó

En el peligro invoqué al Señor, y me escuchó



Antífona de entrada: Salmo 30, 10. 16.18

Ten piedad de mí, Señor, porque estoy angustiado; líbrame del poder de mis enemigos y de aquellos que me persiguen. Señor, que no me avergüence de haberte invocado.


Oración colecta

Perdona las culpas de tu pueblo, Señor, y que tu amor y tu bondad nos libren del poder del pecado, al que nos ha sometido nuestra debilidad. Por nuestro Señor Jesucristo.

PRIMERA LECTURA: Jeremías 20, 10-13

Oía el cuchicheo de la gente: «Pavor en torno; delatadlo, vamos a delatarlo.» Mis amigos acechaban mi traspié: «A ver si se deja seducir, y lo abatiremos, lo cogeremos y nos vengaremos de él.»

Pero el Señor está conmigo, como fuerte soldado; mis enemigos tropezarán y no podrán conmigo. Se avergonzarán de su fracaso con sonrojo eterno que no se olvidará. Señor de los ejércitos, que examinas al justo y sondeas lo íntimo del corazón, que yo vea la venganza que tomas de ellos, porque a ti encomendé mi causa.

Cantad al Señor, alabad al Señor, que libró la vida del pobre de manos de los impíos.


SALMO 17, 2-3a.3bc-4.5-6.7

En el peligro invoqué al Señor, y me escuchó.

Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza; Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador.

Dios mío, peña mía, refugio mío, escudo mío, mi fuerza salvadora, mi baluarte. Invoco al Señor de mi alabanza y quedo libre de mis enemigos.

Me cercaban olas mortales, torrentes destructores me aterraban, me envolvían las redes del abismo, me alcanzaban los lazos de la muerte.

En el peligro invoqué al Señor, grité a mi Dios. Desde su templo él escuchó mi voz, y mi grito llegó a sus oídos.

Aclamación antes del Evangelio: Juan 6, 63. 68

Tus palabras, Señor, son Espíritu y vida; tú tienes palabras de vida eterna.

EVANGELIO: Juan 10, 31-42

En aquel tiempo, los judíos agarraron piedras para apedrear a Jesús.

Él les replicó: «Os he hecho ver muchas obras buenas por encargo de mi Padre: ¿por cuál de ellas me apedreáis?»

Los judíos le contestaron: «No te apedreamos por una obra buena, sino por una blasfemia: porque tú, siendo un hombre, te haces Dios.»

Jesús les replicó: «¿No está escrito en vuestra ley: “Yo os digo: Sois dioses”? Si la Escritura llama dioses a aquellos a quienes vino la palabra de Dios (y no puede fallar la Escritura), a quien el Padre consagró y envió al mundo, ¿decís vosotros que blasfema porque dice que es hijo de Dios? Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis, pero si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a las obras, para que comprendáis y sepáis que el Padre está en mí, y yo en el Padre.»

Intentaron de nuevo detenerlo, pero se les escabulló de las manos. Se marchó de nuevo al otro lado del Jordán, al lugar donde antes había bautizado Juan, y se quedó allí.

Muchos acudieron a él y decían: «Juan no hizo ningún signo; pero todo lo que Juan dijo de éste era verdad.»

Y muchos creyeron en él allí.

Antífona de comunión: 1 Pedro 2, 24

Jesús llevó a la cruz nuestros pecados, cargándolos en su cuerpo, a fin de que, muertos al pecado, vivamos para la justicia. Gracias a sus llagas, fuimos curados.

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VIVENCIAS CUARESMALES

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Os he hecho ver muchas obras buenas, ¿por cuál de ellas me apedreáis?

38. VIERNES

QUINTA SEMANA DE CUARESMA
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TEMA INSPIRADOR.- Sigue el conflicto. Jesús es el Hijo de Dios consagrado y enviado por el Padre. Falta sólo una semana para entrar en el Triduo Pascual.

Este viernes es conocido como el “viernes de pasión” y también “viernes de concilio”, sobre todo en América, porque en este día tuvieron consejo los jefes de los judíos para ver la manera de acabar con Jesús de una vez por todas y a como diese lugar.

Lo narra el evangelio de la misa de mañana, sábado.

Como norma sería conveniente que al comenzar esta reflexión o tu oración personal, dedicaras un par de minutos a recordar y revivir lo experimentado el día anterior. De esta forma quedaría más grabado en tu interior y en tu vida, y podrías empalmar con lo siguiente.

Si no fluye nada, no te preocupes, pasa adelante: al nuevo día, al nuevo mensaje, a la nueva experiencia que Dios te tiene preparada para la nueva jornada.

En este día viernes recuerda y revive la Eucaristía de ayer o del último domingo. Algo te impactaría seguramente, revívelo y agradécelo. Recuerda que la Misa constituye un mar sin fondo; cualquier esfuerzo que hagas para descubrir ese tesoro será muy bien empleado.

Por otra parte, cuanto más vayas entendiendo y viviendo, eso mismo será un estímulo para seguir buscando incansablemente.

Considera hoy que la alianza con Dios se establece en lo profundo de tu corazón, mediante la fe sincera; pero como la fe debe ser tan manifiesta como profunda, debes sentir y expresar esa alianza con Dios en la existencia diaria, en una conversión permanente que te conduzca a reforzar tu nueva vida en el Espíritu debilitando en ti al hombre viejo con toda su maldad. Recuerda los frutos del buen Espíritu: Gálatas 5, 13-16-25.

A la Misa llevas esa lucha diaria. Con dos finalidades: primero, para confirmar lo bueno, uniéndolo a la gloria que Cristo tributa a su Padre para perfeccionar o completar, si se puede hablar así, la ofrenda de Cristo; y en segundo lugar, para purificarte de todo lo malo que aún te domina, mediante una nueva efusión del poder de Dios en ti, del Espíritu Santo.

La Eucaristía es culmen y fuente. Te sientas y te dispones a escuchar la Palabra y a tomar el Pan de los ángeles para poder tú después preparar algo parecido para Dios mediante una vida santa. Aceptas la invitación de Dios con la intención de poder invitarlo tú después a tu propia mesa. Por eso, toma agradecido el don de Dios y estarás dispuesto a convertirte tú mismo en don para Dios, haciéndote don de Dios para los demás, pan partido para tus hermanos.

Sólo así se puede comulgar dignamente. Si cada Misa no supone el ascender un peldaño en la escala de santidad, no estás comulgando bien. Debes convertirte cada día más y más en lo que recibes: Cuerpo de Cristo, hermano universal para construir el Reino y realizar la obra de Dios.

Analiza todo esto siguiendo, hoy especialmente, más de cerca la celebración de la Misa en el corazón de la misma: en la palabra y la acción del sacerdote durante la plegaria eucarística y la comunión.

Reza de corazón la oración sobre las ofrendas: “Concédenos, Dios de misericordia, servir siempre a tu altar con dignidad y, participando en él frecuentemente, danos la salvación”.

Hoy constatamos en el Evangelio la oposición más radical a Jesús, y a la vez la fe sencilla de otros, que creen en Jesús; muy diferente suerte, que se libra no sólo fuera sino también dentro de nosotros mismos. De ahí que la oración colecta pida que la bondad y amor de Dios “Nos libren del poder del pecado al que nos ha sometido nuestra debilidad”.

Ese poder es muy grande y siempre constatamos su fuerza dentro de nosotros mismos por más que procuramos con sinceridad convertirnos a Dios. Por eso la oración después de la Comunión pide que: “El don de la eucaristía nos proteja siempre y aleje de nosotros todo mal”.

Puedes completar tu oración con la lectura de Jeremías 20, 10-13: Oía el cuchicheo de la gente: “Pavor en torno”. –Delatadlo, vamos a delatarlo. Mis amigos acechaban mi traspiés: -A ver si se deja seducir y lo violaremos, lo cogeremos y nos vengaremos de él. Pero el Señor está conmigo, como fuerte soldado; mis enemigos tropezarán y no podrán conmigo. Cantad al Señor, alabad al Señor, que libró la vida del pobre de manos de los impíos.

Salmo 17: En el peligro invoqué al Señor y me escuchó.

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De las instrucciones de san Doroteo, abad
La falsa paz de espíritu

El que se acusa a sí mismo acepta con alegría toda clase de molestias, daños, ultrajes, ignominias y otra aflicción cualquiera que haya de soportar, pues se considera merecedor de todo ello, y en modo alguno pierde la paz. Nada hay más apacible que un hombre de ese temple.

Pero quizá alguien me objetará: “Si un hermano me aflige, y yo, examinándome a mí mismo, no encuentro que le haya dado ocasión alguna, ¿por qué tengo que acusarme?”

En realidad, el que se examina con diligencia y con temor de Dios nunca se hallará del todo inocente, y se dará cuenta de que ha dado alguna ocasión, ya sea de obra, de palabra o con el pensamiento. Y, si en nada de esto se halla culpable, seguro que en otro tiempo habrá sido motivo de aflicción para aquel hermano, por la misma o por diferente causa; o quizá habrá causado molestia a algún otro hermano.

Por esto, sufre ahora en justa compensación, o también por otros pecados que haya podido cometer en muchas otras ocasiones.

Otro preguntará por qué deba acusarse si, estando sentado con toda paz y tranquilidad, viene un hermano y lo molesta con alguna palabra desagradable o ignominiosa y, sintiéndose incapaz de aguantarla, cree que tiene razón en alterarse y enfadarse con su hermano; porque, si éste no hubiese venido a molestarlo, él no hubiera pecado.

Este modo de pensar es, en verdad, ridículo y carente de toda razón. En efecto, no es que al decirle aquella palabra haya puesto en él la pasión de la ira, sino que más bien ha puesto al descubierto la pasión de que se hallaba aquejado; con ello, le ha proporcionado ocasión de enmendarse, si quiere.

Éste tal es semejante a un trigo nítido y brillante que, al ser roto, pone al descubierto la suciedad que contenía.

Así también el que está sentado en paz y tranquilidad según cree, esconde, sin embargo, en su interior una pasión que él no ve. Viene el hermano, le dice alguna palabra molesta y, al momento, aquél echa fuera todo el pus y la suciedad escondidos en su interior.

Por lo cual, si quiere alcanzar misericordia, mire de enmendarse, purifíquese, procure perfeccionarse, y verá que, más que atribuirle una injuria, lo que tenía que haber hecho era dar gracias a aquel hermano, ya que le ha sido motivo de tan gran provecho.

Y, en lo sucesivo, estas pruebas no le causarán tanta aflicción, sino que, cuanto más se vaya perfeccionando, más leves le parecerán. Pues el alma, cuanto más avanza en la perfección, tanto más fuerte y valerosa se vuelve en orden a soportar las penalidades que le puedan sobrevenir (Instr. 7, sobre la acusación de sí mismo, 2-3; PG 88, 1699).

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Maná y Vivencias Cuaresmales (37), 22.3.18

marzo 22, 2018

Jueves de la 5ª semana de Cuaresma

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Postrarse como Abrahán, he ahí la actitud justa ante Dios

Postrarse como Abrahán, he ahí la actitud justa ante Dios



Antífona de entrada: Hebreos 9, 15

Cristo es el mediador de la nueva alianza, porque mediante su muerte, aquellos que han sido llamados, reciben la herencia eterna que les había sido prometida.


Oración colecta

Escucha nuestras súplicas, Señor, y mira con amor a los que han puesto su esperanza en tu misericordia; límpialos de todos sus pecados, para que perseveren en una vida santa y lleguen de este modo a heredar tus promesas. Por nuestro Señor Jesucristo.

PRIMERA LECTURA: Génesis 17, 3-9

En aquellos días, Abrán cayó de bruces, y Dios le dijo: «Mira, éste es mi pacto contigo: Serás padre de muchedumbre de pueblos.

Ya no te llamarás Abrán, sino que te llamarás Abrahán, porque te hago padre de muchedumbre de pueblos.

Te haré crecer sin medida, sacando pueblos de ti, y reyes nacerán de ti.

Mantendré mi pacto contigo y con tu descendencia en futuras generaciones, como pacto perpetuo. Seré tu Dios y el de tus descendientes futuros.

Os daré a ti y a tu descendencia futura la tierra en que peregrinas, la tierra de Canaán, como posesión perpetua, y seré su Dios.»

Dios añadió a Abrahán: «Tú guarda mi pacto, que hago contigo y tus descendientes por generaciones.»

SALMO 104, 4-5. 6-7. 8-9

El Señor se acuerda de su alianza eternamente

Recurrid al Señor y a su poder, buscad continuamente su rostro. Recordad las maravillas que hizo, sus prodigios, las sentencias de su boca.

¡Estirpe de Abrahán, su siervo; hijos de Jacob, su elegido! El Señor es nuestro Dios, él gobierna toda la tierra.

Se acuerda de su alianza eternamente, de la palabra dada, por mil generaciones; de la alianza sellada con Abrahán, del juramento hecho a lsaac.

Aclamación antes del Evangelio: Salmo 94, 8

Hagámosle caso al Señor, que nos dice: “No endurezcáis vuestro corazón”.

EVANGELIO: Juan 8, 51-59

En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: «Os aseguro: quien guarda mi palabra no sabrá lo que es morir para siempre.»

Los judíos le dijeron: «Ahora vemos claro que estás endemoniado; Abrahán murió, los profetas también, ¿y tú dices: “Quien guarde mi palabra no conocerá lo que es morir para siempre”? ¿Eres tú más que nuestro padre Abrahán, que murió? También los profetas murieron, ¿por quién te tienes?»

Jesús contestó: «Si yo me glorificara a mí mismo, mi gloria no valdría nada. El que me glorifica es mi Padre, de quien vosotros decís: “Es nuestro Dios”, aunque no lo conocéis. Yo sí lo conozco, y si dijera: “No lo conozco” sería, como vosotros, un embustero; pero yo lo conozco y guardo su palabra. Abrahán, vuestro padre, saltaba de gozo pensando ver mi día; lo vio, y se llenó de alegría.»

Los judíos le dijeron: «No tienes todavía cincuenta años, ¿y has visto a Abrahán?»

Jesús les dijo: «Os aseguro que antes que naciera Abrahán, existo yo.»

Entonces cogieron piedras para tirárselas, pero Jesús se escondió y salió del templo.

Antífona de comunión: Romanos 8, 32

Dios no escatimó la vida de su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros y con él nos ha dado todos los bienes.

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VIVENCIAS CUARESMALES


En la Misa se actualiza la alianza perfectamente cumplida



37. JUEVES

QUINTA SEMANA DE CUARESMA


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TEMA: Alianza con Abrahán y cumplimiento en Cristo.

Dos experiencias: La adoración de un Dios que toma la iniciativa y que promete y se compromete él solito, de manera unilateral; eso es lo decisivo. Y en segundo lugar, la respuesta dada por el mismo Dios en Jesucristo: Cristo realiza esa respuesta plenamente, como hombre y como Dios.

Como hombre, en nombre de todos los seres humanos; y la renueva sacramentalmente en la Eucaristía, para nosotros, para que crezcamos a su estatura: cada año, durante el devenir del año litúrgico; cada semana, en la misa dominical; cada día, en la misa diaria y sobre todo en la liturgia de las horas. En la Misa se realiza mistéricamente la salvación por la fe, después se realizará en la vida, como una prolongación.

Abrahán cae de bruces ante Dios, se prosterna ante él. He ahí la verdadera actitud del hombre ante su Dios, la de siempre, la justa. Por más confianza que nos inspire, por más íntimos que nos considere o nos consideremos, siempre Dios es un Misterio, el Otro, es el único Santo, el Infinito.

Todo respeto y adoración son poco, siempre. Él es digno de toda alabanza, de toda bendición. El hombre es indigno de hacer de Dios mención. “Nunca es digno el hombre de hacer de ti mención”, confesará san Francisco.

Cuando el hombre adora así a su Dios, se hace digno de escuchar su Palabra. Sólo entonces Dios habla para salvación y no para condenación, y esa Palabra es decisiva, normativa, absoluta, porque expresa una voluntad infinita y estable o una decisión del mismo Dios que se define como fiel a su Palabra y que por tanto realiza lo que la palabra significa. Es el Dios que da vida.

Esta lectura de Génesis 17, 3-9 expresa el designio salvífico de Dios:

“Abrán cayó de bruces y Dios le dijo: Mira, éste es mi pacto contigo: serás padre de muchedumbre de pueblos. Ya no te llamarás Abrán, sino Abrahán, porque te hago padre de muchedumbre. Cumpliré mi pacto contigo y con tu descendencia en futuras generaciones, como pacto perpetuo. Seré tu Dios y el de tus descendientes futuros. Dios añadió a Abrahán: Guardad mi alianza, tú y tus descendientes, por siempre”.

Se trata del único designio divino que tendrá muchas manifestaciones, pero el mismo en esencia, porque es el amor de Dios al hombre, a la humanidad de generación en generación. Es bueno adorar y bendecir a Dios por este designio salvífico manifestado a Abrahán aquí, y que culminará Cristo mismo. Él en persona encarna ese designio.

Alegrémonos por esa unidad, armonía y coherencia de Dios en todas sus palabras y acciones, en sus obras. Porque es eterna su fidelidad, su misericordia.

Por tanto, Dios no sólo habla de manera pasajera sino que establece una alianza con el hombre para siempre, inamovible. Ese compromiso de Dios afecta al hombre en todo su ser. Por eso Dios mismo cambia el nombre a Abrán. “Te llamarás Abrahán -que significa ‘muchedumbre’- porque te haré padre de un gran pueblo”.

Entre los hebreos el nombre de una persona expresa el ser y la misión de la misma, según la mente de Dios. No es algo anecdótico o postizo, como entre nosotros. Y menos puede haber contradicción entre lo que uno es y lo que hace. El nombre que Dios pone a cada persona se identifica con su misión, con su vocación porque el hombre es un ser esencialmente vocacionado. La respuesta a esa llamada es la personal historia de salvación.

Esta correspondencia entre el nombre y la misión constituye la coherencia radical del creyente. Se trata del orden establecido por Dios, cuyo resultado es la plenitud personal y la paz, en todas sus modalidades.

Según la Biblia, el hombre es, antes que “naturaleza” fija y terminada, vocación, esencialmente. Es decir, Dios “llama” al hombre a una vida de relación con él, y llamándolo, lo crea; y llamándolo a cada momento y en cada circunstancia lo recrea y lo hace vivir permanentemente en su presencia, en una historia de salvación tejida de palabras y de obras.

Dios capacita al hombre para esa relación o religación, y, consiguientemente, le da una naturaleza de ser inteligente, libre y racional: capaz de “responder o corresponder” a Dios, que es comunión. Por tanto el hombre es vocación, su esencia consiste en ser amado por Dios hasta convertirlo en su interlocutor y confidente.

Y esa vocación justifica su racionalidad e intencionalidad. La vocación determina su esencia y condición racional y su libertad. Ahí radica la mayor riqueza del hombre, toda su dignidad.

Esa vocación es fundamentalmente llamada a la santidad. Sed santos como santo es vuestro Padre que está en los cielos. Por tanto, si el hombre no alcanza esa relación con Dios, se convierte en un ser profundamente irrealizado, fracasado. Un ser descentrado, no logrado. Este fracaso es ontológico antes que nada y por encima de todo, no sólo moral y psicológico. Estos dos últimos aspectos son secundarios y consecuencia del primero.

De ahí que, cuando el hombre se aparta de este propósito de Dios, entra con facilidad en el camino de la incoherencia, de la tensión entre lo que las circunstancias de la vida le exigen y el capricho personal de vivir a su antojo.

Así descubrimos frecuentemente en muchos hombres de hoy que consideran el trabajo como una esclavitud, las tareas propias del hogar como una carga pesada. Muchos esperan ansiosamente que llegue la hora de salir del trabajo, para hacer su voluntad, para ser libre, para hacer lo que realmente les interesa y donde creen que se realizan.

En fin, concluimos que, sin Dios, sin el sometimiento a sus planes, todo se desordena y el hombre pierde el norte de su vida y se enreda en la maraña de sus pasiones, es presa fácil del propio egoísmo y de la avidez de los ojos y de la soberbia de la vida, de la seducción del poder y de la pasión insaciable del placer.

Por tu parte, hermano, trata de vivir hoy esa alianza con Dios participando en la Santa Misa, precisamente hoy día, jueves eucarístico. El próximo jueves será Jueves Santo. El Padre tomó la iniciativa y se comprometió enviando a su Hijo al mundo para cumplir su parte hasta el fin, y a la vez haciendo que un hombre como nosotros, Jesús de Nazaret, fuera obediente hasta la muerte y muerte de cruz. En Cristo, pues, toda la humanidad ya ha respondido de manera perfecta a la alianza con Dios.

En la Misa se actualiza esa alianza perfectamente cumplida por ambos lados en Cristo mismo, en su persona. Tú, hermano, procura aportar tu participación en el pan y en el vino y trata de experimentar cómo hay algo tuyo en el Pan y en el Vino, antes y después de la Consagración, antes y después de la Comunión.

Entra en el misterio de la Eucaristía: atiende a cada palabra y a cada signo que realiza el sacerdote sobre todo a partir de la presentación de los dones y de manera especial a partir del prefacio: “En verdad es justo y necesario”. Que cada Eucaristía te cambie, te ayude a sentir, expresar y realizar mejor tu identidad cristiana: en el templo y en el mundo.

Agradece a Cristo su confesión acerca de su relación con el Padre: Si yo me glorificara a mí mismo, mi gloria no valdría nada. El que me glorifica es mi Padre, a quien conozco y cuya palabra guardo.

San Agustín explica el amén de la Comunión: “Si sois de Cristo y sus miembros, es el sacramento de lo que sois lo que recibís. Es a lo que sois a lo que respondéis amén. Esa respuesta es vuestra firma. Oyes efectivamente: Cuerpo de Cristo. Y tú debes responder: amén”.

Sé miembro del Cuerpo de Cristo para que tu amén sea verdadero.