Maná y Vivencias Cuaresmales (43), 12.4.17

abril 12, 2017

Miércoles Santo

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Sugerencia:

Preparación para recibir el sacramento de la Reconciliación. Se ofrecen orientaciones para la Confesión al final de esta entrada.


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¿Cuánto vale Jesús, El Señor, para ti? ¿En cuánto lo tasas?



Antífona de entrada: Filipenses 2, 10.8.11

Al nombre de Jesús, doble la rodilla todo cuanto hay en el cielo, en la tierra y en los abismos, porque el Señor se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por eso, el Señor Jesucristo está en la gloria de Dios Padre.


Oración colecta

Oh Dios, que para librarnos del poder del enemigo, quisiste que tu Hijo muriera en la cruz, concédenos alcanzar la gracia de la resurrección. Por nuestro Señor Jesucristo.

PRIMERA LECTURA: Isaías 50, 4-9

El mismo Señor me ha dado una lengua de discípulo, para que yo sepa reconfortar al fatigado con una palabra de aliento. Cada mañana, él despierta mi oído para que yo escuche como un discípulo.

El Señor abrió mi oído y yo no me resistí ni me volví atrás. Ofrecí mi espalda a los que me golpeaban y mis mejillas a los que me arrancaban la barba; no retiré mi rostro cuando me ultrajaban y escupían. Pero el Señor viene en mi ayuda: por eso, no quedé confundido; por eso, endurecí mi rostro como el pedernal, y sé muy bien que no seré defraudado.

Está cerca el que me hace justicia: ¿quién me va a procesar? ¡Comparezcamos todos juntos! ¿Quién será mi adversario en el juicio? ¡Que se acerque hasta mí! Sí, el Señor viene en mi ayuda: ¿quién me va a condenar?

SALMO 68, 8-10. 21-22. 31. 33-34

¡Señor, Dios mío, por tu gran amor, respóndeme!

Por ti he soportado afrentas y la vergüenza cubrió mi rostro; me convertí en un extraño para mis hermanos, fui un extranjero para los hijos de mi madre: porque el celo de tu Casa me devora, y caen sobre mí los ultrajes de los que te agravian.

La vergüenza me destroza el corazón, y no tengo remedio. Espero compasión y no la encuentro, en vano busco un consuelo: pusieron veneno en mi comida, y cuando tuve sed me dieron vinagre.

Así alabaré con cantos el nombre de Dios, y proclamaré su grandeza dando gracias; que lo vean los humildes y se alegren, que vivan los que buscan al Señor: porque el Señor escucha a los pobres y no desprecia a sus cautivos.

Aclamación antes del Evangelio:

¡Salve, Rey nuestro! Sólo tú te has compadecido de nuestros errores.

O bien:

¡Salve, Rey nuestro, obediente al Padre! Fuiste llevado a la crucifixión, como un manso cordero a la matanza.

EVANGELIO: Mateo 26, 14-25

Uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a ver a los sumos sacerdotes y les dijo: ¿Cuánto me darán si se lo entrego?

Y resolvieron darle treinta monedas de plata. Desde ese momento, Judas buscaba una ocasión favorable para entregarlo. El primer día de los Ácimos, los discípulos fueron a preguntar a Jesús: ¿Dónde quieres que te preparemos la comida pascual?

Él respondió, vayan a la ciudad, a la casa de tal persona, y díganle: ‘El Maestro dice, se acerca mi hora, voy a celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos’.

Ellos hicieron como Jesús les había ordenado y prepararon la Pascua. Al atardecer, estaba a la mesa con los Doce y, mientras comían, Jesús les dijo: Les aseguro que uno de ustedes me entregará.

Profundamente apenados, ellos empezaron a preguntarle uno por uno: ¿Seré yo, Señor?

Él respondió: El que acaba de servirse de la misma fuente que yo, ése me va a entregar.

El Hijo del hombre se va, como está escrito de él, pero ¡ay de aquél por quien el Hijo del hombre será entregado: más le valdría no haber nacido!. Judas, el que lo iba a entregar, le preguntó: ¿Seré yo, Maestro? Tú lo has dicho, le respondió Jesús.

Antífona de comunión: Mateo 20, 28

El Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud.


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VIVENCIAS CUARESMALES

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Me levantaré, volveré junto a mi padre y le diré: He pecado

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43. MIÉRCOLES SANTO
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TEMA: Al nombre de Jesús toda rodilla se doble -en el cielo, en la tierra, en el abismo-, porque el Señor se rebajó hasta someterse incluso a la muerte y una muerte de cruz; por eso Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Reza con todo fervor, unción y agradecimiento la Oración Colecta:

Oh Dios, que, para librarnos del poder del enemigo, quisiste que tu Hijo muriera en la cruz; concédenos alcanzar la gracia de la resurrección. Por nuestro Señor Jesucristo.

Los pasos del siervo son decididos, el Señor le da fuerzas. Isaías 50, 4-9: “Tengo cerca mi abogado, ¿quién pleiteará contra mí? Vamos a enfrentarnos: ¿quién es mi rival? Que se acerque”.

Aclamación: Salve, Rey nuestro, solamente tú te has compadecido de nuestros errores. Gracias, Señor, pues tú eres el único que me entiende y me toma en serio. Mil gracias, Señor. Tú seas bendito. Amén.

Sin embargo, él no recibe el mínimo de comprensión y consolación de nuestra parte: Espero compasión y no la hay (Salmo 68, 8 34).

Terrible pecado el de Judas, y pensar que Jesús lo eligió con amor de predilección y durante días, meses y años lo siguió embelesado y hasta le confiaron un servicio delicado en el grupo de los discípulos: administración de las limosnas de la bolsa común.

Pero Judas comenzó a falsearse en pequeños asuntos, en detalles insignificantes, y se fue haciendo mañoso; y el que falló en lo poco se fue haciendo indigno de lo grande, y llegó hasta lo impensable, lo inaudito.

Quién lo iba a decir, si eran nimiedades. Y sin embargo, el fallo final es muy severo: “más le valdría no haber nacido”.

Escuchemos el relato evangélico. Piensa en tu honestidad, ante tu propia conciencia, ante Dios. ¿A qué das importancia? En cuestión de amor todo tiene su importancia; nada es despreciable. Es muy peligroso comenzar a trampear, porque no sabemos hasta dónde nos puede conducir la mala costumbre, el habituarnos a la mentira y la falsedad.

Repite hoy una y otra vez la oración sobre las ofrendas, pídelo de corazón: “Que consigas todos los frutos de la pasión de Cristo”. Comienza por escuchar reverentemente la descripción de sus padecimientos: 1era. lectura.

Con la oración postcomunión pide “sentir profundamente” la salvación, experimentar. Que toda tu persona quede marcada, seducida por el Señor. Que puedas decir con Job: Antes te conocía de oídas, ahora te han visto mis ojos. Lo que aprovecha es el Espíritu, la carne no sirve de nada; si no naces de arriba no puedes ver el reino de Dios.
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PREPARACIÓN PARA TU RECONCILIACIÓN INTEGRAL Y, POR TANTO, SACRAMENTAL


CONFESIÓN SACRAMENTAL

¿Cuál es la razón profunda de esta praxis eclesial de confesar también los pecados leves o veniales? La razón está, por un lado, en una vivencia gradual cada vez más intensa de la gracia del Bautismo. Un irnos conformando continuamente a la muerte de Cristo, para que se manifieste en nosotros la vida de Cristo.

Con ello el penitente se toma en serio el carácter combativo de la vida cristiana: el esfuerzo cristiano por alcanzar la salvación, pues el Reino de Dios exige entrega y laboriosidad de nuestra parte.

La segunda razón para recomendar la práctica frecuente del sacramento de la penitencia, sin pecados graves, la expresa de este modo Juan Pablo II:

“Hay que subrayar el hecho de que la gracia propia de la celebración sacramental tiene una gran virtud terapéutica y contribuye a quitar las raíces mismas del pecado”(Reconciliación y Penitencia 32).


EL ARREPENTIMIENTO

¿Qué es el arrepentimiento? No significa sólo que una persona reconozca haber actuado mal, y que anhele reparar el mal hecho, asumiendo responsablemente las consecuencias de pecado. Arrepentimiento no es solamente tener voluntad de mejorar. El arrepentimiento no se agota en esto. Es mucho más.

Arrepentirse significa apelar al Dios viviente. Dios es el único santo, inaccesible y que no transige ante la injusticia; pero, a la vez, es el Amor y el Creador, capaz no sólo de dar origen al hombre para que exista, sino de algo incomparablemente más hermoso: recrear, hacer nueva en toda su belleza original, la persona humana manchada por la debilidad y la culpa.

El arrepentimiento es un clamor que se hace al misterio más profundo del poder creador de Dios. Con la verdad de sus hechos se presenta el hombre ante Dios para decirle:

“Señor, confieso mi culpa. Acepto tus juicios. Estoy delante de ti y me declaro reo. Quiero que ganes en el juicio y que tu voluntad prevalezca sobre la mía porque yo sé que tú eres el único santo. Te amo con todo mi ser. Tú tienes toda la razón, aunque sabes que soy de barro. Contigo me juzgaré a mí mismo. Pero tú eres amor y apelo a tu compasión. No pretendo, Señor, de ninguna manera, sustraerme al rigor de tu justicia, porque tú eres siempre gracia y misericordia”.

Es decir, al hombre le toca arrepentirse, a Dios tener misericordia. Es un misterio en que se relacionan dos vidas para realizar una vida única de santidad: la vida del Dios amoroso que perdona y la vida del hombre creyente, capaz de arrepentirse.

Por eso, el arrepentimiento es un don de Dios. Yo, arrepintiéndome de mis pecados, no sólo no le oculto nada a Dios sino que vuelvo a la vida, me siento nuevo, y recomienzo. Casi diría, me rehago de nuevo.

Cuanto estamos expresando es un misterio grande que únicamente el Dios viviente nos puede hacer comprender y, sobre todo, experimentar.


PERDÓN DE DIOS

En el perdón, Dios continúa la creación, sigue atrayendo al hombre hacia sí y hacia su creación, con la intención de que se sumerja en lo inefable de su fuerza viviente y vivificadora.

Más todavía, Dios introduce al hombre en el misterio de su poder creador, que no es únicamente dar la vida a lo que no existe sino hacer inocente lo que ha sido culpable. Se realiza entonces una nueva creación: Dios introduce al hombre y su pecado dentro de sí mismo, en un misterio de amor inefable.

De allí el hombre sale nuevo e inocente. Dios ya no tiene que quitar su vista de este hombre, porque su culpa no existe. Tampoco nuestra conciencia tiene necesidad de desviar su mirada de nuestra persona porque la culpa ya no existe.


LA EXPERIENCIA DEL PERDÓN DE DIOS

Esta experiencia supone todo un proceso de conversión y vivificación. “Si nos acusa el corazón, Dios es más grande que nuestro corazón, y él lo sabe todo” (1 Juan 3, 20). El texto habla de una “acusación del corazón”, que parece no referirse únicamente a lo que diga la razón (“En esto fallaste”), o a lo que diga la conciencia (“En esto pecaste”).

Ambas acusaciones pesan mucho sobre el hombre. Pero la acusación del corazón pesa más todavía: Es algo que viene de las raíces de la vida. Es la vida misma la que te acusa diciendo: “Has sido injusto conmigo”.

Y en esta acusación late la tristeza de la juventud perdida; es también la sensación de haber perdido algo que ya no se puede recuperar; es el amor que no ha llegado a plenitud y que nos produce dolor; palpita igualmente la inquietud de una desolación indecible porque la vida reclama a gritos lo infinito, y pasa irremediablemente veloz.

Pero quien realmente y en el fondo nos acusa cuando el corazón acusa es Dios mismo. Es a él a quien hemos ofendido con nuestro pecado. Hemos ofendido la tierna y sana vida que él ha despertado en nuestro corazón. Hemos defraudado la sagrada confianza que él había establecido con sus hijos.

Así aparece el pecado en el Salmo 50. Es a una persona a la que hemos ofendido, a un Padre, que espera todos los días por si el hijo vuelve, al que llena de besos, a pesar de que quizás no vuelve muy arrepentido, sino más bien por interés.

Pero Dios es más grande que nuestro corazón. Si san Juan hace en su primera carta esta afirmación es que ahí está el remedio.Todo el bien que se haya podido perder es grande, pero Dios es todavía más grande.

El amor que ha sufrido una injusticia pesa muchísimo, pero Dios es un mar sin confines y en él se hace liviano lo pesado, por más grande que sea. Es muy grande la injusticia hecha a la vida por nuestros pecados, pero Dios es la vida, la gracia, el dador de la vida. Él es más que todo.

Por eso, Dios en el perdón de los pecados nos dice: Dales a estas cosas toda la seriedad que quieras, pero es a mí, tu Dios, al que le toca medirlas. Y sucede lo que siempre sucede cuando Dios se pone al frente de sus criaturas: que se esclarecen ellas mismas porque pierden lo que en ellas mismas había de limitación. Pero en Dios todo llega a su plenitud. Porque “él lo sabe todo”.

Este saber es tan luminoso como el sol y deja ver en su verdad la existencia de las cosas. Es un saber hondo como el mar. En él se hunde todo, y él lo abarca todo en su inmensidad. Es como el amor en el que se resuelven todas las cosas, pues “Dios es Dios”. “Yo soy Dios, el Viviente”. Ésta es la respuesta para todo y que lo abarca todo.

¡Quiera Dios concedernos la gracia de conocer verdaderamente quién es él!

San Agustín pedía: “Conózcame a mí, conózcate a ti”. “Tú, Señor, cancelaste todos mis malos merecimientos, para no tener que castigar a estas manos mías con las que me alejé de ti. Previniste todos mis méritos buenos para premiar a tus manos, con las que me hiciste” (Confesiones 13, 1).
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De las instrucciones de san Doroteo, abad
La causa de toda perturbación consiste en que
nadie se acusa a sí mismo.

Tratemos de averiguar, hermanos, cuál es el motivo principal de un hecho que acontece con frecuencia: A saber, que a veces uno escucha una palabra desagradable y se comporta como si no la hubiera oído, sin sentirse molesto, y en cambio, otras veces, así que la oye, se siente turbado y afligido. ¿Cuál, me pregunto, es la causa de esta diversa reacción?

¿Hay una o varias explicaciones? Yo distingo diversas causas y explicaciones y sobre todo una, que es origen de todas las otras, como ha dicho alguien: “Muchas veces esto proviene del estado de ánimo en que se halla cada uno”.

En efecto, quien está fortalecido por la oración o la meditación tolerará fácilmente, sin perder la calma, a un hermano que lo insulta. Otras veces soportará con paciencia a su hermano porque se trata de alguien a quien profesa gran afecto.

A veces también por desprecio, porque tiene en nada al que quiere perturbarlo y no se digna tomarlo en consideración, como si se tratara del más despreciable de los hombres, ni se digna responderle palabra, ni mencionar a los demás sus maldiciones e injurias.

De ahí proviene, como he dicho, el que uno no se turbe ni se aflija, si desprecia y tiene en nada lo que dicen. En cambio, la turbación o aflicción por las palabras de un hermano proviene de una mala disposición momentánea o del odio hacia el hermano.

También pueden aducirse otras causas. Pero si examinamos atentamente la cuestión, veremos que la causa de toda perturbación consiste en que nadie se acusa a sí mismo.

De ahí deriva toda molestia y aflicción, de ahí deriva el que nunca hallemos descanso; y ello no debe extrañarnos, ya que los santos nos enseñan que esta acusación de sí mismo es el único camino que nos puede llevar a la paz.

Que esto es verdad, lo hemos comprobado en múltiples ocasiones; y nosotros, con todo, esperamos con anhelo hallar el descanso a pesar de nuestra desidia, o pensamos andar por el camino recto, a pesar de nuestras repetidas impaciencias y de nuestra resistencia en acusarnos a nosotros mismos.

Así son las cosas. Por más virtudes que posea un hombre, aunque sean innumerables si se aparta de este camino, nunca hallará el reposo sino que estará siempre afligido o afligirá a los demás, perdiendo así el mérito de todas sus fatigas (Instrucción 7, sobre la acusación de sí mismo, 1-2: PG 88, 1695-1699)


Las meditaciones del Vía Crucis 2017 que el Papa Francisco presidirá en Roma

abril 11, 2017

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El Papa Francisco en el rezo del Via Crucis de Viernes Santo en Roma

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TEXTO: Las meditaciones del Vía Crucis 2017 que el Papa Francisco presidirá en Roma

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VATICANO, 10 Abr. 17 / 08:33 am (ACI).- El Papa Francisco encargó la preparación de las meditaciones del Vía Crucis del Viernes Santo 2017 a la biblista francesa Anne-Marie Pelletier, que decidió hacer algunas innovaciones en la estructura del mismo.

A continuación publicamos el texto completo de las meditaciones que se usarán en el Vía Crucis que presidirá el Santo Padre el día 14 de abril:

Introducción

La hora ha llegado. El caminar de Jesús por los caminos polvorientos de Galilea y Judea al encuentro de los que sufren en su cuerpo y en su corazón, empujado por la urgencia de anunciar el Reino, ese caminar suyo termina hoy, aquí. En la colina del Gólgota. Hoy la cruz cierra el camino. Jesús no irá más allá. Imposible andar más allá.

El amor de Dios alcanza aquí su medida más alta, sin medida.

Hoy, el amor del Padre, que quiere que todos los hombres se salven a través del Hijo, llega hasta el extremo, allí donde nosotros no tenemos ya palabras, donde estamos desorientados, donde la grandeza del plan de Dios supera nuestra religiosidad.

En el Gólgota, en efecto, aunque parezca lo contrario, se trata de vida. Y de gracia. Y de paz. Se trata, no del reino del mal que conocemos demasiado bien, sino de la victoria del amor.

Y precisamente bajo esa cruz, se trata de nuestro mundo, con todas sus caídas y dolores, sus demandas y sus rebeliones, todo lo que hoy clama a Dios desde las tierras de miseria o de guerra, en las familias desgarradas, en las cárceles, en las embarcaciones sobrecargadas de emigrantes…

Tantas lágrimas, tanta miseria en el cáliz que el Hijo bebe por nosotros. Tantas lágrimas, tanta miseria, que no se han de perder en el océano del tiempo, sino que él las recoge para transfigurarlas con el misterio de un amor que devora el mal.

El Gólgota tiene que ver con la fidelidad indestructible de Dios a la humanidad. Lo que allí se cumple es un nacimiento. Debemos tener el valor de decir que la alegría del Evangelio es la verdad de ese momento.

Si no llegamos a entender esa verdad, entonces quedaremos atrapados en las redes del sufrimiento y de la muerte. Y la Pasión de Cristo no dará fruto en nosotros.

Oración

Señor, nuestros ojos no tienen luz. Y, ¿cómo acompañarte hasta tan lejos? «Misericordia» es tu nombre. Pero este nombre es una locura. Que se rompan los odres viejos de nuestros corazones.

Sana nuestros ojos para que se llenen de luz con la buena noticia del Evangelio, cuando estemos al pie de la Cruz de tu Hijo. Y así celebraremos «lo ancho, lo largo, lo alto y lo profundo» (Ef 3,18) del amor de Cristo, con el corazón consolado e iluminado.

Primera Estación: Jesús es condenado a muerte

Lectura del santo Evangelio según san Lucas

Cuando se hizo de día, se reunieron los ancianos del pueblo, con los jefes de los sacerdotes y los escribas; lo condujeron ante su Sanedrín (22,66).

Lectura del santo Evangelio según san Marcos

Y todos lo declararon reo de muerte. Algunos se pusieron a escupirlo y, tapándole la cara, lo abofeteaban y le decían: «Profetiza». Y los criados le daban bofetadas (14,64-65).

Meditación

No tuvieron que discutir mucho los miembros del Sanedrín para pronunciarse. Desde hacía ya mucho tiempo la causa estaba decidida. Jesús debe morir.

Así pensaban ya aquellos que querían despeñarlo desde lo alto de la colina, aquel día en que, en la sinagoga de Nazaret, Jesús había desenrollado el libro proclamando en primera persona las palabras del libro de Isaías: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido, […] para proclamar el año de gracia del Señor» (Lc 4,18.19).

Desde que curó al paralítico en la piscina de Betesda, inaugurando el sábado de Dios que libera de toda esclavitud, las murmuraciones homicidas se desataron contra él (cf. Jn 5,1-18).

Y en la última parte del camino, cuando subía hacia Jerusalén para la Pascua, el nudo de la soga se fue estrechando inexorablemente: no escaparía más a sus enemigos (cf. Jn 11,45-57).

Pero hemos de remontarnos más lejos en el recuerdo. Desde Belén, desde el día de su nacimiento, Herodes había decretado su muerte. La espada de los esbirros del rey usurpador exterminó a los niños de Belén. En aquella ocasión, Jesús escapó a su furia. Pero sólo por un poco de tiempo. Él ya no era más que una vida en suspenso. En el llanto de Raquel por sus hijos, que ya no están, resuena, sollozando, la profecía del dolor que Simeón anunciará a María (cf. Mt 2,16-18; Lc 2,34-35).

Oración

Señor Jesús, Hijo predilecto, que viniste a visitarnos caminando entre nosotros y haciendo el bien, devolviendo a la vida a los que habitaban en sombras de muerte, tú conoces nuestros corazones retorcidos.

Nosotros decimos que amamos el bien y queremos la vida. Pero somos pecadores y cómplices de la muerte. Nos proclamamos discípulos tuyos, pero emprendemos caminos que se pierden lejos de tus designios, lejos de tu justicia y de tu misericordia.

No nos abandones a nuestra violencia. Que tu paciencia con nosotros no se agote. Líbranos del mal.

Pater noster

«Pueblo mío, ¿qué te he hecho?, ¿en qué te he molestado? ¡Respóndeme!»

Segunda Estación: Jesús es negado por Pedro

Lectura del santo Evangelio según san Lucas

Y pasada cosa de una hora, otro insistía diciendo: «Sin duda, este también estaba con él, porque es galileo». Pedro dijo: «Hombre, no sé de qué me hablas». Y enseguida, estando todavía él hablando, cantó un gallo. El Señor, volviéndose, le echó una mirada a Pedro, y Pedro se acordó de la palabra que el Señor le había dicho: «Antes de que cante hoy el gallo, me negarás tres veces». Y, saliendo afuera, lloró amargamente (22,59-62).

Meditación

Alrededor de un fuego, en el patio del Sanedrín, Pedro y alguno más buscan calentarse en aquellas frías horas de la noche, atravesada por un febril ir y venir de gente. Dentro, la suerte de Jesús está a punto de decidirse en el cara a cara con sus acusadores. Pedirán su muerte.

Como una marea que sube, la hostilidad va creciendo a su alrededor. Con la misma rapidez con que arde la estopa, el odio crece y se multiplica. Muy pronto una muchedumbre vociferante exigirá a Pilato la gracia para Barrabás y la condena de Jesús.

Es difícil declararse amigo de un condenado a muerte sin sentirse estremecido por el miedo. La fidelidad intrépida de Pedro sucumbe ante las palabras recelosas de la sierva, la portera de la casa.

Reconocerse discípulo del rabí galileo sería darle más importancia a la fidelidad a Jesús que a la propia vida. Cuando se exige tener un valor semejante, la verdad no encuentra fácilmente testigos… Los hombres están hechos de tal manera que muchos prefieren la mentira a la verdad; y Pedro pertenece a nuestra humanidad. Traiciona por tres veces. Después se cruza con la mirada de Jesús. Y sus lágrimas caen amargas y sin embargo dulces, como agua que lava la suciedad.

Muy pronto, después de algunos días, cerca de otro fuego, en la orilla del lago, Pedro reconocerá a su Señor resucitado, que le confiará el cuidado de sus ovejas. Pedro aprenderá el perdón sin medida que el Resucitado proclama sobre todas nuestras traiciones. Y empezará a vivir una fidelidad que, desde ese momento, le llevará a aceptar su propia muerte como una ofrenda unida a la de Cristo.

Oración

Señor, Dios nuestro, tú has querido que fuera Pedro, el discípulo renegado y perdonado, el que recibiera el encargo de guiar a tu grey.

Graba en nuestros corazones la confianza y la alegría de saber que, contigo, podemos atravesar los precipicios del miedo y la infidelidad.

Haz que, instruidos por Pedro, todos tus discípulos sean testigos de tu mirada sobre nuestras caídas. Que nunca nuestras resistencias y nuestras desesperaciones hagan que la Resurrección de tu Hijo sea en vano.

Pater noster

Cristo muerto por nuestros pecados, Cristo resucitado para vida nuestra, te rogamos, ten piedad de nosotros.

Tercera Estación: Jesús y Pilato

Lectura del santo Evangelio según san Marcos

Apenas se hizo de día, los sumos sacerdotes con los ancianos, los escribas y el Sanedrín en pleno, hicieron una reunión. Llevaron atado a Jesús y lo entregaron a Pilato. Y los sumos sacerdotes lo acusaban de muchas cosas. Pilato, queriendo complacer a la gente, les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran (15,1.3.15).

Lectura del santo Evangelio según san Mateo

Al ver Pilato que todo era inútil y que, al contrario, se estaba formando un tumulto, tomó agua y se lavó las manos ante la gente, diciendo: «Soy inocente de esta sangre. ¡Allá vosotros!» (27,24).

Lectura del libro del profeta Isaías

Todos errábamos como ovejas, cada uno siguiendo su camino; y el Señor cargó sobre él todos nuestros crímenes (53,6).

Meditación

La Roma de César Augusto, la nación civilizadora, cuyas legiones se proponen la misión de conquistar a los pueblos para llevarles los beneficios de su justo orden.

Roma, presente también en la Pasión de Jesús en la persona de Pilato, el representante del Emperador, el garante del derecho y de la justicia en tierra extranjera.

Y, sin embargo, el mismo Pilato, que afirma no haber encontrado ninguna culpa en Jesús, es el que ratifica su condena a muerte. En el pretorio, donde Jesús es procesado, la verdad resplandece: la justicia de los paganos no es superior a la del Sanedrín de los Judíos.

Verdaderamente este Justo, que extrañamente atrae sobre sí los propósitos homicidas del corazón humano, reconcilia a judíos y paganos. Pero lo lleva a cabo, por ahora, haciendo que los dos sean cómplices en su muerte. Sin embargo, llega la hora, es más, está ya cerca, en que este Justo los reconciliará de otro modo, por medio de la Cruz y de un perdón que alcanzará a todos, judíos y paganos, los curará de sus cobardías y los librará de su violencia.

La única condición para tener parte en este don será confesar la inocencia del único Inocente, el Cordero de Dios inmolado por el pecado del mundo; renunciar a la presunción que murmura dentro de nosotros: «Soy inocente de la sangre de este hombre»; declararse culpables, con la seguridad de que un amor infinito nos envuelve a todos, judíos y paganos, y de que Dios nos llama a todos a ser sus hijos.

Oración

Señor, Dios nuestro, ante Jesús entregado y condenado, no sabemos hacer otra cosa que disculparnos y acusar a los demás. Durante mucho tiempo los cristianos hemos cargado sobre tu pueblo Israel el peso de tu condena a muerte. Durante mucho tiempo hemos ignorado que todos debíamos reconocernos cómplices en el pecado, para poder ser salvados por la sangre de Jesús crucificado.

Concédenos reconocer en tu Hijo al Inocente, el único de toda la historia. Él, que ha aceptado hacerse «pecado en favor nuestro» (cf.  2 Co 5,21), para que por él tú pudieras encontrarnos de nuevo, humanidad recreada en la inocencia con la que nos creaste, y en la que nos haces hijos tuyos.

Pater noster

 Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Cuarta estación: Jesús rey de la gloria

Lectura del santo Evangelio según san Marcos

Los soldados se lo llevaron al interior del palacio —al pretorio— y convocaron a toda la compañía. Lo visten de púrpura, le ponen una corona de espinas, que habían trenzado, y comenzaron a hacerle el saludo: «¡Salve, rey de los judíos!» (15,16-18).

Lectura del libro del profeta Isaías

Creció en su presencia como brote, como raíz en tierra árida, sin figura, sin belleza. Lo vimos sin aspecto atrayente, despreciado y evitado de los hombres, como un hombre de dolores, acostumbrado a sufrimientos, ante el cual se ocultaban los rostros, despreciado y desestimado. Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo estimamos leproso, herido de Dios y humillado (53,2-4).

Meditación

Banalidad del mal. Son innumerables los hombres, las mujeres, incluso los niños violentados, humillados, torturados, asesinados, por todas partes y en todas las épocas de la historia.

Sin refugiarse en su propia condición divina, Jesús se incluye en el terrible cortejo de los sufrimientos que el hombre inflige al hombre. Conoce el abandono de los humillados y de los más marginados.

Pero, ¿de qué nos sirve el sufrimiento de otro inocente más? Aquel, que es uno como nosotros, es antes de nada el Hijo predilecto del Padre, que con su obediencia cumple toda justicia.

Y, de repente, todos los signos se invierten. Las palabras y los gestos de burla de sus torturadores nos desvelan —oh absoluta paradoja— una insondable verdad, la de la auténtica y única realeza, que se ha manifestado como un amor que no quiere conocer nada más que la voluntad del Padre y su deseo de que todos los hombres se salven. «Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, […]. Entonces yo digo: “Aquí estoy —como está escrito en mi libro— para hacer tu voluntad”» (Sal 40,7-9).

Esta hora del Viernes Santo nos lo proclama: hay una sola gloria en este mundo y en el otro, la de conocer y cumplir la voluntad del Padre. Ninguno de nosotros puede ambicionar una dignidad más alta que la de ser hijo en aquel que se ha hecho obediente por nosotros hasta la muerte en cruz.

Oración

Señor, Dios nuestro, te pedimos que en este día santo en el que se cumple tu designio destruyas nuestros ídolos y los del mundo. Tú que conoces su poder sobre nuestras mentes y nuestros corazones.

Destruye nuestras falsas figuras del éxito y de la gloria. Destruye las imágenes que siempre resurgen en nosotros de un Dios a medida de nuestros pensamientos, un Dios distante, tan alejado del rostro que se ha revelado en la alianza y que se manifiesta hoy en Jesús, más allá de cualquier previsión, por encima de toda esperanza. Él, que confesamos como el «reflejo de [tu] gloria» (Hb 1,3).

Haz que entremos en el gozo eterno, que nos hace aclamar a Jesús, revestido de púrpura y coronado de espinas, como el rey de la gloria que canta el salmo: «¡Portones!, alzad los dinteles, que se alcen las antiguas compuertas: va a entrar el Rey de la gloria» (24,9).

Pater noster

«¡Portones!, alzad los dinteles, que se alcen las antiguas compuertas: va a entrar el Rey de la gloria.

Quinta estación: Jesús con la cruz a cuestas

Lectura del libro de las Lamentaciones

Vosotros, los que pasáis por el camino, mirad y ved si hay dolor como el dolor que me atormenta, con el que el Señor me afligió el día de su ardiente ira (1,12).

Salmo 146

Dichoso a quien auxilia el Dios de Jacob, el que espera en el Señor, su Dios […]. El Señor liberta a los cautivos, el Señor abre los ojos al ciego, el Señor endereza a los que ya se doblan, […] el Señor guarda a los peregrinos, sustenta al huérfano y a la viuda (5.7-8.9).

Meditación

Por el áspero camino del Gólgota, Jesús no ha llevado la cruz como un trofeo. En nada se asemeja a los héroes de nuestra fantasía que triunfantes derriban a sus malvados enemigos.

Camina paso a paso, el cuerpo siempre más pesado y más lento. Siente su carne destrozada por el leño del suplicio, las piernas debilitadas bajo la carga.

De generación en generación, la Iglesia ha meditado sobre esta vía llena de tropiezos y caídas.

Jesús cae, se levanta, vuelve a caer, retoma el agotador camino, probablemente bajo los golpes de los guardias que lo escoltan, porque así es como son tratados, maltratados, los condenados en este mundo.

Él, que levantó a los cuerpos postrados, que enderezó a la mujer encorvada, que arrancó del lecho de la muerte a la hija de Jairo y puso en pie a los afligidos, hoy está ahí, hundido en el polvo.

El Altísimo está en el suelo. Fijemos la mirada en Jesús. A través de él, el Altísimo nos enseña que es, al mismo tiempo —increíblemente—, el más Humilde, dispuesto a descender hasta nosotros, incluso más abajo si fuera necesario, de modo que ninguno se pierda en los bajos fondos de su propia miseria.

Oración

Señor, Dios nuestro, tú desciendes a la profundidad de nuestra noche, sin poner límites a tu humillación, porque es allí que encuentras la tierra a menudo ingrata, y a veces devastada, de nuestra vida.

Te suplicamos que ayudes a tu Iglesia para que sepa mostrar cómo el Altísimo y el más Humilde son en ti un único rostro. Concédele que lleve la buena noticia del Evangelio a todos los que tropiezan y caen, que no hay caída que pueda apartarnos de tu misericordia; que no hay extravío ni abismo suficientemente profundo en el que no puedas encontrar a quien se ha perdido.

Pater noster

He aquí que vengo para hacer tu voluntad.

Sexta estación: Jesús y Simón de Cirene

Lectura del santo Evangelio según san Lucas

Mientras lo conducían, echaron mano de un cierto Simón de Cirene, que volvía del campo, y le cargaron la cruz, para que la llevase detrás de Jesús (23,26).

Lectura del santo Evangelio según san Mateo

«Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?» (25,37-39).

Meditación

Jesús tropieza por el camino, la espalda aplastada bajo el peso de la cruz. Pero es necesario continuar, caminar, seguir caminando, porque la meta del pelotón de soldados, que apremia a Jesús, es el Gólgota, el siniestro «lugar de la Calavera», fuera de los muros de la ciudad.

En ese momento, pasa por ahí un hombre, de brazos fuertes. Parece ajeno a lo ocurrido aquel día. Está volviendo a casa, sin saber lo que le ha sucedido al «rabí» Jesús, cuando los guardias le ordenan que lleve la cruz.

¿Qué sabría de aquel condenado que los guardias empujaban al suplicio? ¿Qué conocería de aquel que «no parecía hombre» (52,14), como el siervo desfigurado de Isaías?

Nada se nos dice de su sorpresa, de su posible rechazo inicial, del sentimiento de compasión que lo invadió. El Evangelio sólo ha conservado la memoria de su nombre, Simón, oriundo de Cirene. Pero el Evangelio ha querido hacernos llegar el nombre de este libio y su humilde gesto de ayuda para enseñarnos cómo Simón, aliviando el dolor de un condenado a muerte, ha aliviado el dolor de Jesús, el Hijo de Dios, con el que se cruzó en su camino, en esa condición de esclavo que había asumido por nosotros, por él, por la salvación del mundo. Sin que él lo supiese.

Oración

Señor, Dios nuestro, tú nos revelaste en cada pobre que está desnudo, prisionero, sediento, tú nos visitas y que en él es a ti a quien acogemos, visitamos, vestimos, calmamos la sed: «Fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme» (Mt 25,35-36). Misterio de tu encuentro con nuestra humanidad. Así llegas a cada hombre. Ninguno está excluido de este encuentro, si acepta ser un hombre de compasión.

Como una ofrenda santa, nosotros te presentamos todos los gestos de bondad, de acogida, de dedicación que cada día se realizan en este mundo. Dígnate reconocerlos como la verdad de nuestra humanidad, que habla más fuerte que todos los gestos de rechazo y de odio. Dígnate bendecir a los hombres y a las mujeres de compasión que te dan gloria, aun cuando no saben todavía pronunciar tu nombre.

Pater noster

Cristo muerto por nuestros pecados, Cristo resucitado para nuestra vida, Te rogamos, ten piedad de nosotros.

Séptima estación: Jesús y las hijas de Jerusalén

Lectura del santo Evangelio según san Lucas

Lo seguía un gran gentío del pueblo, y de mujeres que se golpeaban el pecho y lanzaban lamentos por él. Jesús se volvió hacia ellas y les dijo: «Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos, […] porque, si esto hacen con el leño verde, ¿qué harán con el seco?» (23,27-28.31).

Meditación

El llanto que Jesús confía a las hijas de Jerusalén como un gesto de compasión, este llanto de las mujeres no falta nunca en este mundo. Baja silenciosamente por las mejillas de las mujeres. Y, probablemente más a menudo, de forma invisible en su corazón, como las lágrimas de sangre de las que hablaba Catalina de Siena.

No es que las lágrimas correspondan de forma exclusiva a las mujeres, como si su destino en la historia fuese el de llorar, pasiva e impotentemente, mientras que son los hombres los que la escriben.

En efecto, sus llantos son también, y sobre todo, aquellos que ellas recogen lejos de toda mirada y de todo reconocimiento, en un mundo en el que hay mucho que llorar. El llanto de los niños aterrorizados, de los heridos en el campo de batalla que llaman a su madre, el llanto solitario de los enfermos y moribundos en el umbral de lo desconocido. El llanto de perdición que corre por el rostro de este mundo, que fue creado en el primer día por lágrimas de alegría, mientras el hombre y la mujer exultaban de júbilo.

Y también Etty Hillesum, mujer fuerte de Israel que se mantuvo en pie en medio de la tempestad de la persecución nazi, y que defendió hasta el fin la bondad de la vida, nos susurra al oído este secreto, que ella intuye al final de su camino: en el rostro de Dios hay lágrimas que consolar, cuando llora por la miseria de sus hijos. En el infierno que invade el mundo, ella se atreve a orar a Dios: «Voy a tratar de ayudarte», le dice. Qué audacia tan femenina y tan divina.

Oración

Señor, Dios nuestro, Dios de ternura y de piedad, Dios lleno de amor y fidelidad, enséñanos, en los días felices, a no despreciar las lágrimas de los pobres que claman a ti y que nos piden ayuda. Enséñanos a no pasar indiferentes junto a ellos. Enséñanos a tener el valor de llorar con ellos. Enséñanos también, en la noche de nuestros sufrimientos, de nuestras soledades, de nuestras desilusiones, a escuchar la palabra de gracia que tú nos revelaste en el monte: «Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados» (Mt 5,5).

Pater noster

Cristo muerto por nuestros pecados, Cristo Resucitado para vida nuestra, Te rogamos, ten piedad de nosotros

Octava estación: Jesús es despojado de sus vestiduras

Lectura del santo Evangelio según san Juan

Los soldados, cuando crucificaron a Jesús, cogieron su ropa, haciendo cuatro partes, una para cada soldado, y apartaron la túnica. Era una túnica sin costura, tejida toda de una pieza de arriba abajo (19,23).

Lectura del libro de Job

«Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré a él» (1,21).

Meditación

El cuerpo humillado de Jesús queda desnudo. Expuesto a las miradas de burla y desprecio. El cuerpo de Jesús plagado de heridas y destinado al suplicio extremo de la crucifixión. Humanamente, ¿qué otra cosa se puede hacer sino bajar los ojos para no aumentar su vergüenza?

Pero el Espíritu nos ayuda en nuestra confusión. Nos enseña a entender el lenguaje de Dios, el lenguaje de la kenosis, este abajamiento de Dios para llegar hasta donde estamos nosotros. De este lenguaje de Dios nos habla el teólogo ortodoxo Cristos Yanarás: «El lenguaje de la kenosis: Jesús recién nacido, desnudo en el pesebre, desnudo en el río mientras recibe el bautismo como un siervo, colgado en el árbol de la cruz, desnudo, como un malhechor. Por medio de todo esto, él ha manifestado su amor por nosotros».

Adentrándonos en este misterio de gracia, podemos volver a mirar el cuerpo martirizado de Jesús. Entonces comenzamos a descubrir aquello que nuestros ojos no pueden ver: su desnudez resplandece con aquella misma luz que irradiaba su túnica en el momento de la Transfiguración.

Luz que aleja toda tiniebla. Luz irresistible del amor hasta el extremo.

Oración

Señor, Dios nuestro, ponemos ante tus ojos la inmensa multitud de hombres que sufren la tortura, la asombrosa muchedumbre de cuerpos maltratados, temblando de angustia ante la amenaza de los golpes, muriendo en barrios miserables.

Te suplicamos, recoge su gemido. El mal nos deja sin voz e indefensos.

Pero tú sabes hacer lo que nosotros no sabemos. Sabes encontrar una salida en el caos y en la oscuridad del mal. Sabes hacer que la vida de la resurrección brille ya en la pasión de tu Hijo amado. ¡Aumenta nuestra fe!

Te presentamos también la locura de los torturadores y de los que les mandan. También esta nos deja sin palabras… excepto para rezarte e implorarte entre lágrimas con las palabras de la oración que nos enseñaste: «Líbranos del mal».

Pater noster

Cristo muerto por nuestros pecados, Cristo Resucitado para vida nuestra. Te rogamos, ten piedad de nosotros

Novena estación: Jesús es crucificado.

Lectura del santo Evangelio según san Lucas

Y cuando llegaron al lugar llamado «La Calavera», lo crucificaron allí, a él y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. Jesús decía: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (23,33-34).

Lectura del libro del Profeta Isaías

Nuestro castigo saludable cayó sobre él, sus cicatrices nos curaron (53,5).

Meditación

En verdad, Dios está donde no debería estar… El Hijo predilecto, el Santo de Dios, es ese cuerpo expuesto en una cruz de infamia, abandonado al deshonor, en medio de dos malhechores. Hombre de dolores ante quien se vuelve el rostro; a decir verdad, igual que se hace con tantos seres humanos desfigurados que encontramos por nuestras calles.

El Verbo de Dios, por quien todo fue creado, ya no es más que carne muda y sufriente. La crueldad de nuestra humanidad se ha cebado con él y ha vencido. Sí, Dios está allí donde no debería estar, y sin embargo necesitamos que esté allí.

Vino para compartir con nosotros su vida. «Tomad», dijo sin cesar mientras ofrecía la salud a los enfermos, su perdón a los corazones extraviados, su cuerpo en la cena pascual.

Pero ha caído en nuestras manos, en territorio de muerte y de violencia: la de cada día en el mundo, que nos deja atónitos; y la que se insinúa dentro de cada uno de nosotros.

Lo sabían bien los monjes asesinados en Tibhirine, los cuales, a la oración «desármalos» añadían la petición «desármanos». Era necesario que la dulzura de Dios visitase nuestro infierno, era el único modo de librarnos del mal.

Era necesario que Jesucristo trajese la infinita ternura de Dios al corazón del pecado del mundo. Era necesario esto, para que la muerte, puesta ante la vida de Dios, se retirase y cayese, como un enemigo que encuentra un rival más fuerte que él y se dispersa en la nada.

Oración

Señor, Dios nuestro, acoge nuestra alabanza silenciosa.

Como los reyes que se quedan sin palabras ante la obra del Siervo revelada por el profeta Isaías (cf. 52,15), nos quedamos estupefactos ante el cordero inmolado por nuestra vida y la del mundo, y confesamos que por tus llagas hemos sido curados. «¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? Te ofreceré un sacrificio de alabanza, invocando el nombre del Señor» (Sal 116,12.17).

Pater noster

Cristo muerto por nuestros pecados, Cristo Resucitado para vida nuestra. Te rogamos, ten piedad de nosotros.

Décima estación: Jesús en la cruz es humillado

Lectura del santo Evangelio según san Lucas

El pueblo estaba mirando, pero los magistrados le hacían muecas, diciendo: «A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido». Se burlaban de él también los soldados, que se acercaban y le ofrecían vinagre, diciendo: «Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo». Había también por encima de él un letrero: «Este es el rey de los judíos». Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros» (23,35-39).

«Si eres Hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan». […] «Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, porque está escrito: […] (los ángeles) te sostendrán en sus manos» (4,3.9-11).

Meditación

¿No habría podido Jesús bajarse de la cruz? A duras penas nos atrevemos a hacernos esta pregunta. ¿Acaso el Evangelio no la pone en boca de los impíos?

Y sin embargo, ella nos persigue en la medida en que aún seguimos formando parte del mundo de la tentación a la que Jesús se enfrentó durante los cuarenta días en el desierto, preludio e inicio de su ministerio: «Si eres Hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan, tírate desde la parte superior del templo, porque Dios cuida del que es su amigo». Pero en la medida en que bautizados en su muerte y resurrección seguimos a Jesucristo en su camino, el desafío del Maligno ya no tiene poder sobre nosotros, se reduce a nada, su mentira queda desenmascarada.

Es entonces cuando se descubre la importancia absoluta de aquel «era necesario» (Lc 24,26), que Jesús enseña con paciencia y ardor a los caminantes de Emaús. «Era necesario» que Cristo entrara en esta obediencia y en esta impotencia, para llegar hasta nosotros en esa impotencia a la que nos ha llevado nuestra desobediencia.

Comenzamos así a comprender que «sólo el Dios que sufre puede salvarnos», como escribió el pastor Dietrich Bonhoeffer unos meses antes de morir asesinado, de tal manera que, experimentando en profundidad el poder del mal, pudo resumir en esta verdad, simple y vertiginosa, la profesión de fe cristiana.

Oración

Señor, Dios nuestro, ¿quién nos librará de las insidias del poder mundano? ¿Quién nos librará de la tiranía de la mentira, que nos lleva a enaltecer a los poderosos y buscar a la vez las falsas glorias? Sólo tú puedes convertir nuestros corazones.

Sólo tú puedes hacernos amar los senderos de la humildad. Sólo tú…, que nos revelas que la única victoria es la del amor y que todo lo demás no es más que paja que dispersa el viento, ilusión que desaparece frente a tu verdad.

Te rogamos, Señor, disipa las mentiras que pretenden reinar en nuestros corazones y en el mundo. Haznos vivir según tus caminos, para que el mundo reconozca el poder de la Cruz.

Pater noster

Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Undécima estación: Jesús y su Madre

Lectura del santo Evangelio según San Juan

Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo al que amaba, dijo a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Luego, dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre». Y desde aquella hora, el discípulo la recibió como algo propio (19,25-27).

Meditación

También María ha llegado al final del camino. Ha llegado aquel día del que hablaba el anciano Simeón. Cuando tomó en sus brazos temblorosos al niño y su acción de gracias continuó con palabras misteriosas, que entrelazaban contemporáneamente drama y esperanza, dolor y salvación.

«Este —había dicho— ha sido puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; y será como un signo de contradicción —y a ti misma una espada te traspasará el alma—, para que se pongan de manifiesto los pensamientos de muchos corazones» (Lc 2,34-35).

Ya la visita del ángel había hecho resonar en su corazón un anuncio increíble: Dios había escogido su vida para hacer florecer la novedad prometida a Israel, que «ni el ojo vio, ni el oído oyó» (1 Co 2,9; cf. Is 64,3). Y ella aceptó ese proyecto divino que comenzó a transformar su cuerpo y, que más tarde, condujo por caminos impredecibles al hijo nacido de sus entrañas.

En los días ocultos de Nazaret y luego también en el tiempo de la vida pública, cuando llegó la exigencia de hacerle sitio a la otra familia —la de los discípulos, esos desconocidos que Jesús decía que eran sus hermanos, hermanas y madres—, ella conservó todas estas cosas en su corazón, las confió a la gran paciencia de su fe.

Hoy es el tiempo del cumplimiento. La lanza que atraviesa el costado del Hijo traspasa también su corazón. También María se sumerge en la confianza sin apoyo, en la que Jesús vive totalmente su obediencia al Padre. De pie, ella no huye. Stabat Mater. En la oscuridad, pero convencida, sabe que Dios cumple sus promesas. En la oscuridad, pero convencida, sabe que Jesús es la promesa y su cumplimiento.

Oración

María, Madre de Dios y mujer de nuestra estirpe, tú que nos engendras maternalmente en aquel que has engendrado, sostén nuestra fe en las horas de oscuridad, enséñanos a esperar contra toda esperanza.

Haz que toda la Iglesia se mantenga en una espera fiel, a imagen de tu fidelidad, humildemente dócil a los proyectos de Dios, que nos llevan hacia donde no pensábamos ir; y que, más allá de toda expectativa, nos asocian a la obra de la salvación.

Pater noster

Salve, Regina, Mater Misericordiae; vita, dulcedo et spes nostra, salve.

Duodécima estación: Jesús muere en la cruz

Lectura del santo Evangelio según san Juan

[Jesús] dijo: «Tengo sed». Había allí un jarro lleno de vinagre. Y, sujetando una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo, se la acercaron a la boca. Jesús, cuando tomó el vinagre, dijo: «Está cumplido». E, inclinando la cabeza, entregó el espíritu. […] Pero al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados, con la lanza, le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua. El que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero, y él sabe que dice verdad, para que también vosotros creáis (19,28-30.33-35).

Meditación

Ahora todo está cumplido. La misión de Jesús está concluida. Vino desde el Padre para la misión de la misericordia. La cumplió con una fidelidad que lo llevó hasta el extremo del amor. Todo está cumplido. Jesús encomienda su espíritu en las manos de Padre.

Es verdad, aparentemente todo parece hundirse en el silencio de la muerte que desciende sobre el Gólgota y las tres cruces levantadas. En este día de la Pasión, que llega a su fin, quien pasa por ese camino sólo puede ver la derrota de Jesús, el fracaso de una esperanza que había alentado a muchos, consolado a los pobres, levantado a los humillados, que hizo vislumbrar a los discípulos que había llegado el tiempo en que Dios cumpliría las promesas anunciadas por los profetas. Todo eso parecía perdido, destruido, derrumbado.

Sin embargo, en medio de tanta decepción, el evangelista Juan hace que pongamos los ojos en un pequeño detalle, y se detiene en él con solemnidad. Agua y sangre brotan del costado del crucificado. ¡Oh maravilla! La herida abierta por la lanza del soldado hace que salga el agua y la sangre que nos hablan de vida y de nacimiento.

El mensaje es extremadamente discreto, pero muy elocuente para los corazones que tienen un poco de memoria. Del cuerpo de Jesús brota el manantial que el profeta vio salir del templo. El manantial que crece y se convierte en un río caudaloso, cuyas aguas sanan y fecundan todo lo que tocan a su paso. ¿No había Jesús dicho un día que su cuerpo es el nuevo templo? Y la «sangre de la alianza» acompaña el agua. ¿No había Jesús hablado de su carne y su sangre como alimento para la vida eterna?

Oración

Señor Jesús, en estos días santos del misterio pascual renueva en nosotros el gozo de nuestro bautismo. Al contemplar el agua y la sangre que brotan de tu costado, enséñanos a reconocer en qué fuente se engendra nuestra vida, de qué caridad está edificada tu Iglesia, para qué esperanza, que compartir con el mundo, tú nos has elegido y enviado.

Aquí está la fuente de vida que lava todo el universo, que brota de la herida de Cristo. Que nuestro bautismo sea para nosotros la única gloria, con una acción de gracias llena de asombro.

Pater noster

Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza por los siglos de los siglos.

Decimotercera estación: Jesús es bajado de la cruz

Lectura del santo Evangelio según san Lucas

[José de Arimatea], bajándolo de la cruz, lo envolvió en una sábana y lo colocó en un sepulcro excavado en la roca, donde nadie había sido puesto todavía (23,53).

Meditación

Gestos de atención y de honor para el cuerpo profanado y humillado de Jesús. Algunos hombres y mujeres se encuentran al pie de la cruz. José, oriundo de Arimatea, hombre «bueno y justo» (Lc 23,50), que pide el cuerpo a Pilato, como refiere san Lucas; Nicodemo, aquel que fue a encontrar a Jesús de noche, añade san Juan; y algunas mujeres que, tenazmente fieles, observaban. La meditación de la Iglesia ha querido añadir a la Virgen María, que estaba ciertamente también presente en este momento.

María, Madre de piedad, que recibe en sus brazos el cuerpo nacido de su carne y que ha acompañado tiernamente, discretamente durante sus años de vida, como madre que siempre cuida de su hijo. Ahora es un cuerpo inmenso el que ella recoge, a medida de su dolor, a medida de la nueva creación que nace de la pasión del amor que ha atravesado el corazón del hijo y de la madre.

En el gran silencio que se creó después del griterío de los soldados, de las burlas de los que pasaban y del murmullo de la crucifixión, los gestos son ahora de dulzura, una caricia de respeto. José baja el cuerpo que se abandona entre sus brazos. Lo envuelve en una sábana, lo pone dentro de un sepulcro completamente nuevo, que espera a su huésped, en el jardín que está al lado.

Jesús ha sido arrancado de las manos de sus verdugos. Ahora, muerto, se encuentra entre aquellas de la ternura y de la compasión. La violencia de los hombres homicidas ha pasado. La dulzura ha vuelto al lugar del suplicio.

Dulzura de Dios y de los suyos, esos corazones mansos a los que Jesús promete un día que poseerán la tierra. Dulzura originaria de la creación y del hombre a imagen de Dios. Dulzura del final, cuando toda lágrima será enjugada, cuando el lobo habitará con el cordero, porque está lleno el país del conocimiento del Señor (cf. Is 11, 6.9).

Canto a María

Oh María, no llores más: tu hijo, nuestro Señor, duerme en paz. Y su Padre, en la gloria, abre las puertas de la vida. Oh María, alégrate: Jesús resucitado venció a la muerte.

Pater noster

En paz me acuesto y enseguida me duermo; me despierto y tú me sostienes.

Decimocuarta estación: Jesús en el sepulcro y las mujeres

Lectura del santo Evangelio según san Lucas

Las mujeres que lo habían acompañado desde Galilea lo siguieron, y vieron el sepulcro y cómo había sido colocado su cuerpo. Al regresar, prepararon aromas y mirra. Y el sábado descansaron de acuerdo con el precepto (23,55-56).

Meditación

Las mujeres se han marchado. Ya no está el que habían acompañado, caminando premurosas e incansables por los caminos de Galilea. En esta tarde, les deja únicamente por compañía el recuerdo de la visión del sepulcro y de la sábana donde ahora reposa. Pobre y precioso recuerdo de los intensos días pasados. Soledad y silencio. Por otra parte, se acerca el shabbat, que invita a Israel a concluir el trabajo, como también hizo Dios cuando completó la creación, llevándola a plenitud con su bendición.

Hoy se trata de otra plenitud; por ahora escondida e impenetrable. Un Shabbat para quedarse hoy quietos con el corazón recogido y la memoria oscurecida por las lágrimas. Para preparar también los perfumes y los aromas con los que ellas mañana, al amanecer, rendirán el último tributo a su cuerpo.

Sin embargo, con este gesto, ¿se preparan solamente a embalsamar su esperanza? ¿Y si Dios hubiera predispuesto una respuesta a su solicitud que ellas no logran ni siquiera prever, imaginar, intuir? El descubrimiento de una tumba vacía…, el anuncio de que él ya no está allí, porque ha destruido las puertas de la muerte…

Oración

Señor, Dios nuestro, dígnate ver y bendecir todos los gestos de las mujeres que honran en este mundo la fragilidad del cuerpo humano, que ellas rodean de dulzura y de honor.

Y a nosotros, que te hemos acompañado en este camino de amor hasta el final, dígnate protegernos, junto a las mujeres del Evangelio, en la oración y en la espera que han sido colmadas con la resurrección de Jesús, y que tu Iglesia se dispone a celebrar en el júbilo de la noche pascual.

Pater noster

A quien corresponden la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.

 


Maná y Vivencias Cuaresmales (42), 11.4.17

abril 11, 2017

Martes Santo

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Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar. El Hijo del hombre tiene que irse. Pero al que lo entrega más le valdría no haber nacido

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Apreciado amigo, estimada amiga, hoy te ofrezco una corta oración para empezar la jornada. Feliz día.

Oración para consagrar el día:

Buenos días, Dios y Padre nuestro. Gracias por este nuevo día, gracias por la vida y por la fe. Porque tú eres Dios, digno de toda bendición. Me pongo en tus manos. Sólo soy un proyecto de tu amor y benevolencia. ¿Cómo responderte, Dios mío? Permíteme invocar a tu Hijo para que él responda por mí, ante ti.

Señor Jesús, ten compasión de mí. Acompáñame en este día. Dame el Santo Espíritu para que toda esta jornada sea una bendición para mí y para cuantos me encuentre en este día.

De manera especial te pido, Espíritu divino, que me ayudes a sintonizar con los sentimientos de Cristo en estos días santos. Que su muerte y resurrección los viva este año como nunca antes. Amén.

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Antífona de entrada: Salmo 26, 12

No me entregues, al odio de mis adversarios, porque se levantan contra mí testigos falsos que respiran violencia.


Oración colecta

Dios todopoderoso y eterno, concédenos participar tan vivamente en las celebraciones de la pasión del Señor, que alcancemos tu perdón. Por nuestro Señor Jesucristo.

PRIMERA LECTURA: Isaías 49, 1-6

Escuchadme, islas; atended, pueblos lejanos: Estaba yo en el vientre, y el Señor me llamó; en las entrañas maternas, y pronunció mi nombre. Hizo de mi boca una espada afilada, me escondió en la sombra de su mano; me hizo flecha bruñida, me guardó en su aljaba y me dijo: «Tú eres mi siervo, de quien estoy orgulloso.»

Mientras yo pensaba: «En vano me he cansado, en viento y en nada he gastado mis fuerzas», en realidad mi derecho lo llevaba el Señor, mi salario lo tenía mi Dios.

Y ahora habla el Señor, que desde el vientre me formó siervo suyo, para que le trajese a Jacob, para que le reuniese a Israel –tanto me honró el Señor, y mi Dios fue mi fuerza–:

«Es poco que seas mi siervo y restablezcas las tribus de Jacob y conviertas a los supervivientes de Israel; te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra.»

SALMO 70, 1-2.3-4a.5-6ab.15.17

Mi boca contará tu salvación, Señor.

A ti, Señor, me acojo: no quede yo derrotado para siempre; tú que eres justo, líbrame y ponme a salvo, inclina a mí tu oído, y sálvame.

Sé tú mi roca de refugio, el alcázar donde me salve, porque mi peña y mi alcázar eres tú. Dios mío, líbrame de la mano perversa.

Porque tú, Dios mío, fuiste mi esperanza y mi confianza, Señor, desde mi juventud. En el vientre materno ya me apoyaba en ti, en el seno tú me sostenías.

Mi boca contará tu auxilio, y todo el día tu salvación. Dios mío, me instruiste desde mi juventud, y hasta hoy relato tus maravillas.

Aclamación antes del Evangelio:

Salve, Rey nuestro, obediente al Padre; fuiste llevado a la crucifixión, como un manso cordero a la matanza.

EVANGELIO: Juan 13, 21-33.36-38

En aquel tiempo, Jesús, profundamente conmovido, dijo: «Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar.»

Los discípulos se miraron unos a otros perplejos, por no saber de quién lo decía. Uno de ellos, el que Jesús tanto amaba, estaba reclinado a la mesa junto a su pecho. Simón Pedro le hizo señas para que averiguase por quién lo decía. Entonces él, apoyándose en el pecho de Jesús, le preguntó: «Señor, ¿quién es?»

Le contestó Jesús: «Aquel a quien yo le dé este trozo de pan untado.»
Y, untando el pan, se lo dio a Judas, hijo de Simón el Iscariote. Detrás del pan, entró en él Satanás.

Entonces Jesús le dijo: «Lo que tienes que hacer hazlo en seguida.»
Ninguno de los comensales entendió a qué se refería. Como Judas guardaba la bolsa, algunos suponían que Jesús le encargaba comprar lo necesario para la fiesta o dar algo a los pobres. Judas, después de tomar el pan, salió inmediatamente. Era de noche.

Cuando salió, dijo Jesús: «Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará. Hijos míos, me queda poco de estar con vosotros. Me buscaréis, pero lo que dije a los judíos os lo digo ahora a vosotros: “Donde yo voy, vosotros no podéis ir.”»

Simón Pedro le dijo: «Señor, ¿a dónde vas?»
Jesús le respondió: «Adonde yo voy no me puedes acompañar ahora, me acompañarás más tarde.»

Pedro replicó: «Señor, ¿por qué no puedo acompañarte ahora? Daré mi vida por ti.»
Jesús le contestó: «¿Con que darás tu vida por mí? Te aseguro que no cantará el gallo antes que me hayas negado tres veces.»

Antífona de comunión: Romanos 8, 32

Dios no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó a la muerte por nosotros.



VIVENCIAS CUARESMALES

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42. MARTES SANTO
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Mi derecho lo llevaba el Señor, mi salario lo tenía mi Dios. Abba, Padre, no se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú



TEMA.- Una certeza definitiva: en medio de las vicisitudes el Padre lleva adelante su salvación.

Lo más nuclear de nuestro pecado nos resulta muy difícil percibirlo, por eso no solemos pedir perdón. Pues bien, la Oración Colecta de hoy pide: Dios todopoderoso y eterno, concédenos participar tan vivamente en las celebraciones de la pasión del Señor, que alcancemos tu perdón. Por nuestro Señor Jesucristo tu Hijo.

Es decir, el perdón de nuestro pecado por haber rechazado al enviado de Dios y haberle dado muerte cruel, no sólo en el pasado, sino cada día, con nuestros pecados personales y sociales. Cristo fue entregado por un discípulo, que Jesús mismo eligió; fue traicionado por su propio amigo, quien lo entregó con un beso.

Con san Pedro nosotros le porfiamos a Jesús que nunca cometeremos tal desfachatez, pero Jesús nos advierte y nos pregunta para aquilatar nuestra decisión y nuestra querencia: ¿Tú, dar la vida por mí?

Escuchemos el relato evangélico. Cuando salió Judas, Jesús se sintió un tanto liberado. Cada hecho, cada acontecimiento, por más inusitado y perverso que parezca es un paso hacia el pleno cumplimiento del plan de Dios. Déjalo, aún no ha llegado mi hora. El Padre sigue actuando.

Son admirables las palabras de Cristo conmovido, emocionado, confirmado en su fe, decidido a seguir adelante hasta el fin, creciendo de fe en fe, sacando fuerzas de su debilidad: “Ahora es glorificado el Hijo del hombre y Dios es glorificado en él; pronto lo glorificará”.

Permítele, estimado hermano/a al Padre glorificar a su Hijo en ti. Trata de aceptar agradecido su perdón y dile que, con temor y temblor, quieres cumplir su voluntad. Pide la valentía, la fortaleza, el poder de la alabanza.

Reza con la mayor sinceridad y agradecimiento la oración sobre las ofrendas:

Mira, Señor, con bondad las ofrendas de esta familia tuya a la que invitas a tomar parte en tus sacramentos; concédele alcanzar la plenitud de lo que ellos significan y contienen. Por Jesucristo nuestro Señor.

Confírmate en la vivencia del sacramento siempre igual y siempre nuevo. Puede servirte la oración de la postcomunión:

Señor, tú que nos has alimentado con el cuerpo y la sangre de tu Hijo, concédenos que este mismo sacramento que sostiene nuestra vida temporal, nos lleve a participar de la vida eterna. Por Jesucristo.

Escuchemos: La primera lectura nos abre a los planes de Dios en medio de las borrascas de la existencia terrena; todo está bien, todo funciona bien, nada está perdido.

Existe un Dios que lo ve todo, lo trasciende todo. En él todo es luz y vida, aunque estemos rodeados de problemas, aunque nos sintamos en un túnel; pero pasando por él.

Dale, hermano, hermana, un voto de confianza a la esperanza, a Jesús que cargó con tus pecados. En sus heridas hemos sido sanados. Su debilidad nos conforta y nos salva. El justo sigue viviendo de la fe, avanza de fe en fe, como Jesús. Por la Cruz a la Victoria. Dios no se muda. Ánimo.
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De los sermones de san Agustín, obispo

Gloriémonos también nosotros
en la cruz de nuestro Señor Jesucristo.

La pasión de nuestro Señor y Salvador Jesucristo es una prenda de gloria y una enseñanza de paciencia. Pues ¿qué dejará de esperar de la gracia de Dios el corazón de los fieles, si por ellos el Hijo único de Dios, coeterno con el Padre, no se contentó con nacer como un hombre entre los hombres, sino que quiso incluso morir por manos de los hombres, que él mismo había creado?

Grande es lo que el Señor nos promete para el futuro, pero es mucho mayor aún aquello que celebramos recordando lo que ya ha hecho por nosotros. ¿Dónde estaban o quiénes eran los impíos cuando por ellos murió Cristo? ¿Quién dudará que a los santos pueda dejar el Señor de darles su vida, si él mismo les entregó su muerte? ¿Por qué vacila todavía la fragilidad humana en creer que un día será realidad el que los hombres vivan con Dios?

Lo que ya se ha realizado es mucho más increíble: Dios ha muerto por los hombres.

Porque ¿quién es Cristo, sino aquel de quien dice la Escritura: En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios? Esta Palabra de Dios se hizo carne y acampó entre en nosotros. Porque no habría poseído lo que era necesario para morir por nosotros, si no hubiera tomado de nosotros una carne mortal.

Así el inmortal pudo morir, así pudo dar su vida a los mortales; y hará que más tarde tengan parte en su vida aquellos de cuya condición él primero se había hecho partícipe. Pues nosotros, por nuestra naturaleza no teníamos posibilidad de vivir, ni él, por la suya, posibilidad de morir.

Él hizo, pues, con nosotros este admirable intercambio: tomó de nuestra naturaleza la condición mortal, y nos dio de la suya la posibilidad de vivir.

Por tanto, no sólo no debemos avergonzarnos de la muerte de nuestro Dios y Señor, sino que hemos de confiar en ella con todas nuestras fuerzas y gloriarnos en ella por encima de todo: pues al tomar de nosotros la muerte, que en nosotros encontró, nos prometió, con toda su fidelidad, que nos daría en sí mismo la vida que nosotros no podemos llegar a poseer por nosotros mismos.

Y si aquel que no tiene pecado nos amó hasta tal punto que por nosotros, pecadores, sufrió lo que habían merecido nuestros pecados, ¿cómo, después de habernos justificado, dejará de darnos lo que es justo?

Él, que promete con verdad, ¿cómo no va a darnos los premios de los santos, si soportó, sin cometer iniquidad, el castigo que los inicuos le infligieron?

Confesemos, por tanto, intrépidamente, hermanos, y declaremos bien a las claras que Cristo fue crucificado por nosotros: y hagámoslo no con miedo, sino con júbilo, no con vergüenza, sino con orgullo.

El Apóstol Pablo, que cayó en la cuenta de este misterio lo proclamó como un título de gloria. Y, siendo así que podía recordar muchos aspectos grandiosos y divinos de Cristo, no dijo que se gloriaba de estas maravillas -que hubiese creado el mundo, cuando, como Dios que era, se hallaba junto al Padre, y que hubiese imperado sobre el mundo, cuando era hombre como nosotros-, sino que dijo:

Dios me libre de gloriarme sino es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo (Sermón Güelferbitano 3: PLS 2, 545-546).


Maná y Vivencias Cuaresmales (41), 10.4.17

abril 10, 2017

Lunes Santo

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María tomó una libra de perfume de nardo, auténtico y costoso, le ungió a Jesús los pies y se los enjugó con su cabellera

María tomó una libra de perfume de nardo, auténtico y costoso, le ungió a Jesús los pies y se los enjugó con su cabellera



Antífona de entrada: Salmo 34, 1-2

Defiéndeme, Señor, contra los que me atacan, protégeme contra los que me hacen guerra; levántate y ven en mi auxilio, Señor Dios, mi fuerte Salvador.


Oración colecta

Dios todopoderoso, mira la fragilidad de nuestra naturaleza, y levanta nuestra débil esperanza con la fuerza de la pasión de tu Hijo. Él, que vive y reina contigo.

PRIMERA LECTURA: Isaías 42, 1-7

Así dice el Señor: «Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero. Sobre él he puesto mi espíritu, para que traiga el derecho a las naciones. No gritará, no clamará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará. Promoverá fielmente el derecho, no vacilará ni se quebrará, hasta implantar el derecho en la tierra, y sus leyes que esperan las islas.»

Así dice el Señor Dios, que creó y desplegó los cielos, consolidó la tierra con su vegetación, dio el respiro al pueblo que la habita y el aliento a los que se mueven en ella:

«Yo, el Señor, te he llamado con justicia, te he cogido de la mano, te he formado, y te he hecho alianza de un pueblo, luz de las naciones. Para que abras los ojos de los ciegos, saques a los cautivos de la prisión, y de la mazmorra a los que habitan las tinieblas.»

SALMO 26, 1.2.3.13-14

El Señor es mi luz y mi salvación.

El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar?

Cuando me asaltan los malvados para devorar mi carne, ellos, enemigos y adversarios, tropiezan y caen.

Si un ejército acampa contra mí, mi corazón no tiembla; si me declaran la guerra, me siento tranquilo.

Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida. Espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor.

Aclamación antes del Evangelio:

¡Salve, Rey nuestro! Sólo tú te has compadecido de nuestros errores.

EVANGELIO: Juan 12, 1-11

Seis días antes de la Pascua, fue Jesús a Betania, donde vivía Lázaro, a quien había resucitado de entre los muertos. Allí le ofrecieron una cena; Marta servía, y Lázaro era uno de los que estaban con él a la mesa. María tomó una libra de perfume de nardo, auténtico y costoso, le ungió a Jesús los pies y se los enjugó con su cabellera. Y la casa se llenó de la fragancia del perfume.

Judas Iscariote, uno de sus discípulos, el que lo iba a entregar, dice: «¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios para dárselos a los pobres?»
Esto lo dijo, no porque le importasen los pobres, sino porque era un ladrón; y como tenía la bolsa llevaba lo que iban echando.

Jesús dijo: «Déjala; lo tenía guardado para el día de mi sepultura; porque a los pobres los tenéis siempre con vosotros, pero a mí no siempre me tenéis.»

Una muchedumbre de judíos se enteró de que estaba allí y fueron, no sólo por Jesús, sino también para ver a Lázaro, al que había resucitado de entre los muertos. Los sumos sacerdotes decidieron matar también a Lázaro, porque muchos judíos, por su causa, se les iban y creían en Jesús.

Antífona de comunión: Salmo 101, 3

No me ocultes tu rostro, Señor, el día de la desgracia. Inclina tu oído hacia mí; cuando te invoco, escúchame en seguida.



VIVENCIAS CUARESMALES

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41. LUNES SANTO

Y la casa se llenó de la fragancia del perfume

Y la casa se llenó de la fragancia del perfume

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AMBIENTACIÓN.- Oración colecta: Dios todopoderoso, mira la fragilidad de nuestra naturaleza y, con la fuerza de la pasión de tu Hijo, levanta nuestra débil esperanza. Por nuestro Señor Jesucristo.

Lectura de Isaías 42, 1-7 Primer Cántico del Siervo de Yahvé: “Esto dice el Señor: He aquí a mi siervo a quien yo sostengo, mi elegido, el preferido de mi corazón. He puesto mi Espíritu sobre él. Él les enseñará el derecho a las naciones.

No clamará, no gritará, ni alzará en las calles su voz. No romperá la caña quebrada ni aplastará la mecha que está por apagarse. Enseñará a las naciones mis juicios sin dejarse quebrar ni aplastar, hasta que reine el derecho en la tierra. Los países lejanos esperan sus ordenanzas. Así habla Yahvé, el que creó los cielos y los estiró, que le puso firmes cimientos a la tierra y produjo todas sus plantas, que dio aliento a sus habitantes y respiración a los seres que se mueven en ella.

Yo, Yahvé, te he llamado para cumplir mi justicia, te he formado y tomado de la mano, te he destinado para que unas a mi pueblo y seas luz para todas las naciones. Para abrir los ojos a los ciegos, para sacar a los presos de la cárcel, y del calabozo a los que estaban en la oscuridad”.

En el evangelio, Juan 12, 1-11, aparecen distintos personajes: ¿tú, dónde te sitúas? Identifícate especialmente con María quien tomó una libra de perfume de nardo, auténtico y costoso, le ungió a Jesús los pies y se los enjugó con su cabellera. Y la casa se llenó de la fragancia del perfume.

Considera la parte humana de Jesús: Se refugia en casa de sus amigos que podemos llamar “íntimos”: Lázaro, Marta y María. Aloja en tu corazón a Jesús. Espiritualmente, déjate inundar de la ternura de su Espiritu, acógelo después en los hermanos que hoy sufren algo parecido a lo que soportó Jesús en estos días: Inseguridad, asedio, desprecio, amenaza, secuestro, pánico, terror, desengaños.

El Salmo 26 expresa muy bien los sentimientos de Jesús en estos últimos días de su vida. Acompáñalo. El Señor es mi luz y mi salvación.

El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar? Cuando me asaltan los malvados, para devorar mi carne, ellos, enemigos y adversarios, tropiezan y caen.

Si un ejército acampa contra mí, mi corazón no tiembla; si me declaran la guerra, me siento tranquilo. Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida. Espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor.

HIMNO

Pastor, que con tus silbos amorosos me despertaste del profundo sueño; tú, que hiciste cayado de ese leño, en que tiendes los brazos poderosos, vuelve los ojos a mi fe piadosos, pues te confieso por mi amor y dueño, y la palabra de seguir empeño tus dulces silbos y tus pies hermosos.

Oye, Pastor, que por amores mueres, no te espante el rigor de mis pecados, pues tan amigo de rendidos eres. Espera, pues, y escucha mis cuidados. Pero ¿cómo te digo que me esperes, si estás, para esperar, los pies clavados? Amén.

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De la primera Apología de San Justino, mártir,
en defensa de los cristianos.

El bautismo del nuevo nacimiento

Vamos a exponer de qué manera, renovados por Cristo nos hemos consagrado a Dios. A quienes aceptan y creen que son verdad las cosas que enseñamos y exponemos y prometen vivir de acuerdo con estas enseñanzas, les instruimos para que oren a Dios con ayunos, y pidan perdón de sus pecados pasados, mientras nosotros, por nuestra parte, oramos y ayunamos también juntamente con ellos.

Luego los conducimos a un lugar donde hay agua, para que sean regenerados del mismo modo que fuimos regenerados nosotros. Entonces reciben el baño del bautismo en el nombre de Dios, Padre y Soberano del universo, y de nuestro Salvador Jesucristo, y del Espíritu Santo. Pues Cristo dijo: El que no nazca de nuevo, no podrá entrar en el reino de los cielos. Ahora bien, es evidente para todos que no es posible, una vez nacidos, volver a entrar en el seno de nuestras madres.

También el profeta Isaías nos dice de qué modo pueden librarse de sus pecados quienes pecaron y quieren convertirse: Lavaos, purificaos, apartad de mi vista vuestras malas acciones. Cesad de obrar mal, aprended a obrar bien; buscad el derecho, enderezad al oprimido, defended al huérfano, proteged a la viuda.

Entonces venid y litigaremos, dice el Señor. Aunque vuestros pecados sean como púrpura, blanquearán como nieve; aunque sean rojos como escarlata, quedarán como lana. Si sabéis obedecer, lo sabroso de la tierra comeréis; si rehusáis y os rebeláis, la espada os comerá. Lo ha dicho el Señor.

Los apóstoles nos explican la razón de todo esto. En nuestra primera generación, fuimos engendrados de un modo inconsciente por nuestra parte, y por una ley natural y necesaria, por la acción del germen paterno en la unión de nuestros padres y sufrimos la influencia de costumbres malas y de una instrucción desviada.

Mas, para que tengamos también un nacimiento, no ya fruto de la necesidad natural e inconsciente, sino de nuestra libre y consciente elección, y lleguemos a obtener el perdón de nuestros pecados pasados, se pronuncia, sobre quienes desean ser regenerados y se convierten de sus pecados, mientras están en el agua, el nombre de Dios, Padre y Soberano del universo, único nombre que invoca el ministro cuando introduce en el agua al que va a ser bautizado.

Nadie, en efecto, es capaz de poner nombre al Dios inefable, y si alguien se atreve a decir que hay un nombre que expresa lo que es Dios es que está rematadamente loco. A este baño lo llamamos “iluminación” para dar a entender que los que son iniciados en esta doctrina quedan iluminados. También se invoca sobre el que ha de ser iluminado el nombre de Jesucristo, que fue crucificado bajo Poncio Pilatos, y el nombre del Espíritu Santo que, por medio de los profetas, anunció de antemano todo lo que se refiere a Jesús (Cap. 61: PG 6, 419-422).

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ISIS ataca iglesias en Domingo de Ramos y mata a decenas de cristianos en Egipto

abril 9, 2017

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Atentados en dos iglesias coptas de Egipto durante la celebración del Domingo de Ramos

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ISIS ataca iglesias en Domingo de Ramos y mata a decenas de cristianos en Egipto

Por Miguel Pérez Pichel

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VATICANO, 09 Abr. 17 / 05:22 am (ACI).- El fundamentalismo islamista ha vuelto a golpear a los cristianos de Egipto luego de que dos atentados contra dos iglesias coptas, una en las cercanías de El Cairo, y otra en Alejandría, dejasen hasta el momento unos 36 muertos y decenas de heridos. Ambos ataques han sido reivindicados por el grupo terrorista Estado Islámico (ISIS).

Un primer artefacto hizo explosión durante la celebración de la Misa del Domingo de Ramos en la iglesia copta de San Jorge, en la localidad egipcia de Tanta, cerca de El Cairo, y ha provocado unas 25 muertes y más de 70 heridos. El templo se encontraba repleto de fieles. Según informaron fuentes de las fuerzas de seguridad egipcias, la bomba estaba colocada debajo de uno de los bancos para los fieles.

Momentos después, una segunda bomba explotó en la iglesia de Morkoseya, en Alejandría.

Según informan medios de comunicación egipcios, en este segundo ataque habrían muerto 11 personas y decenas habrían resultado heridas.

Luego de unas horas, el ISIS reivindicó ambos ataques a través de su agencia Amaq.

Durante el rezo del Ángelus, en la Plaza de San Pedro, en el Vaticano, el Papa Francisco condenó estos atentados y mostró su solidaridad con las víctimas.

“Confío a la Virgen Santa las víctimas del atentado que tuvo lugar esta mañana en El Cairo en una iglesia copta. A mi querido hermano, Su Santidad el Papa Tawardos II, a la Iglesia Copta y a toda la querida nación egipcia expreso mis condolencias, rezo por las víctimas, por los muertos, por toda la comunidad. Permanezco cercano a ellos. Que el Señor convierta los corazones de los hombres que siembran terror, violencia y muerte; que convierta también el corazón de aquellos que fabrican y trafican con armas”, dijo el Santo Padre.

En su mensaje, Francisco también recordó a las víctimas del reciente atentado terrorista en Estocolmo, Suecia.

Estos ataques se producen pocos días antes del viaje del Papa a Egipto, que tendrá lugar del 28 al 29 de abril. Esta visita tendrá un fuerte contenido ecuménico e interreligioso.

Desde hace meses, la comunidad cristiana de Egipto está siendo víctima de una persecución sin medida por parte del grupo yihadista Estado Islámico.

El pasado 23 de febrero, tres cristianos murieron asesinados por terroristas de esta organización en la península del Sinaí. Aquel acto terrorista provocó el éxodo de cientos de cristianos coptos que huyeron ante la inseguridad reinante en la región.

Antes, el 19 de febrero, el Estado Islámico había amenazado a los cristianos egipcios mediante un vídeo en el que anunciaba nuevos atentados contra iglesias.

Aquel vídeo incluía una reivindicación del atentado suicida con coche bomba que el pasado mes de diciembre provocó la muerte de 27 cristianos en la catedral copta de San Marcos, en El Cairo.

Egipto, con casi 84 millones de habitantes, tiene una de las minorías cristianas más grandes del mundo islámico. Entre el 5 y el 10 % de sus habitantes es cristiano, la mayoría de ellos de la Iglesia Copta Ortodoxa, aunque también hay una minoría católica.

El Estado Islámico, y otros grupos terroristas, han conseguido hacerse fuertes en la península del Sinaí. Los ataques contra la comunidad cristiana son constantes en esta región. Desde el pasado 16 de octubre, el ejército egipcio está desarrollando una gran operación contra el Estado Islámico en la península del Sinaí, sin que de momento hayan conseguido grandes resultados.


Maná y Vivencias Cuaresmales (40), 9.4.17

abril 8, 2017

Domingo de Ramos, Ciclo A

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“Hosanna al Hijo de David, bendito el que viene en nombre del Señor”

“Hosanna al Hijo de David, bendito el que viene en nombre del Señor”



RITO DE ENTRADA: Conmemoración de la entrada del Señor en Jerusalén.


Antífona de entrada: Mt 21, 9

Hosanna al Hijo de David, bendito el que viene en nombre del Señor, el Rey de Israel. ¡Hosanna en el cielo!


EVANGELIO: Mateo 21, 1-11

Cuando se acercaba a Jerusalén y llegaron a Betfagé, junto al monte de los Olivos, Jesús mandó a dos discípulos, diciéndoles:

— Id a la aldea de enfrente, encontraréis en seguida una borrica atada con su pollino, desatadlos y traédmelos. Si alguien os dice algo, constestadle que el Señor los necesita y los devolverá pronto.

Esto ocurrió para que se cumpliese lo que dijo el profeta:
«Decid a la hija de Sión: Mira a tu rey, que viene a ti humilde, montado en un asno, en un pollino, hijo de acémila.»

Fueron los discípulos e hicieron lo que les había mandado Jesús: trajeron la borrica y el pollino, echaron encima sus mantos y Jesús se montó. La multitud extendió sus mantos por el camino; algunos cortaban ramos de árboles y alfombraban la calzada, y la gente que iba delante y detrás gritaba:

—¡Viva el Hijo de David!
—¡Bendito el que viene en nombre del Señor!
—¡Viva el Altísimo!”

Al entrar en Jerusalén, toda la ciudad preguntaba alborotada:
— ¿Quién es éste?

La gente que venía con él decía:
—Es Jesús, el profeta de Nazaret de Galilea.

Oración colecta

Dios todopoderoso y eterno, tú quisiste que nuestro salvador se hiciese hombre y muriese en la cruz, para mostrar al género humano el ejemplo de una vida sumisa a tu voluntad; concédenos que las enseñanzas de su pasión nos sirvan de testimonio, y que un día participemos en su gloriosa resurrección. Por nuestro Señor Jesucristo.

PRIMERA LECTURA: Isaías 50, 4-7

Mi Señor me ha dado una lengua de iniciado, para saber decir al abatido una palabra de aliento. Cada mañana me espabila el oído, para que escuche como los iniciados. El Señor me abrió el oído. Y yo no resistí ni me eché atrás: ofrecí la espalda a los que me apaleaban, las mejillas a los que mesaban mi barba; no me tapé el rostro ante ultrajes ni salivazos.

El Señor me ayuda, por eso no sentía los ultrajes; por eso endurecí el rostro como pedernal, sabiendo que no quedaría defraudado.


SALMO 21,8-9.17-18a.19-20.23-24

Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Al verme, se burlan de mí, hacen visajes, menean la cabeza: «Acudió al Señor, que lo ponga a salvo; que lo libre, si tanto lo quiere.»

Me acorrala una jauría de mastines, me cerca una banda de malhechores; me taladran las manos y los pies, puedo contar mis huesos.

Se reparten mi ropa, echan a suertes mi túnica. Pero tú, Señor, no te quedes lejos; fuerza mía, ven corriendo a ayudarme.

Contaré tu fama a mis hermanos, en medio de la asamblea te alabaré. Fieles del Señor, alabadlo; linaje de Jacob, glorificadlo; temedlo, linaje de Israel.


SEGUNDA LECTURA: Filipenses 2, 6-11

Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.


Aclamación antes del Evangelio: Flp 2, 8-9

Cristo, por nosotros, se sometió incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el «Nombre–sobre–todo–nombre».



EVANGELIO: Mateo 26, 14–27,66

C. En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a los sumos sacerdotes y les propuso:

S. «¿Qué estáis dispuestos a darme, si os lo entrego?»

C. Ellos se ajustaron con él en treinta monedas. Y desde entonces andaba buscando ocasión propicia para entregarlo.

C. El primer día de los Ázimos se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron:

S. -«¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?»

C. Él contestó:

+ «Id a la ciudad, a casa de Fulano, y decidle: “El Maestro dice: Mi momento está cerca; deseo celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos.”»

C. Los discípulos cumplieron las instrucciones de Jesús y prepararon la Pascua.

C. Al atardecer se puso a la mesa con los Doce. Mientras comían dijo:

+ «Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar.»

C. Ellos, consternados, se pusieron a preguntarle uno tras otro:

S. «¿Soy yo acaso, Señor?»

C. Él respondió:

+ «El que ha mojado en la misma fuente que yo, ése me va a entregar. El Hijo del hombre se va, como está escrito de él; pero, ¡ay del que va a entregar al Hijo del hombre!; más le valdría no haber nacido.»

C. Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar:

S. «¿Soy yo acaso, Maestro?»

C. Él respondió:

+ «Tú lo has dicho.»

C. Durante la cena, Jesús cogió pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo:

+ «Tomad, comed: esto es mi cuerpo.»

C. Y, cogiendo una copa, pronunció la acción de gracias y se la dio diciendo:

+ «Bebed todos; porque ésta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por todos para el perdón de los pecados. Y os digo que no beberé más del fruto de la vid, hasta el día que beba con vosotros el vino nuevo en el reino de mi Padre.»

C. Cantaron el salmo y salieron para el monte de los Olivos.

C. Entonces Jesús les dijo:

+ «Esta noche vais a caer todos por mi causa, porque está escrito: “Heriré al pastor, y se dispersarán las ovejas del rebaño.” Pero cuando resucite, iré antes que vosotros a Galilea.»

C. Pedro replicó:

S. «Aunque todos caigan por tu causa, yo jamás caeré.»

C. Jesús le dijo:

+ «Te aseguro que esta noche, antes que el gallo cante, me negarás tres veces.»

C . Pedro le replicó:

S. «Aunque tenga que morir contigo, no te negaré. »

C. Y lo mismo decían los demás discípulos.

C. Entonces Jesús fue con ellos a un huerto, llamado Getsemaní, y les dijo:

+ «Sentaos aquí, mientras voy allá a orar.»

C. Y, llevándose a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, empezó a entristecerse y a angustiarse. Entonces dijo:

+ «Me muero de tristeza: quedaos aquí y velad conmigo.»

C. Y, adelantándose un poco, cayó rostro en tierra y oraba diciendo:

+ «Padre mío, si es posible, que pase y se aleje de mí ese cáliz. Pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que tú quieres.»

C. Y se acercó a los discípulos y los encontró dormidos. Dijo a Pedro:

+ «¿No habéis podido velar una hora conmigo? Velad y orad para no caer en la tentación, pues el espíritu es decidido, pero la carne es débil.»

C. De nuevo se apartó por segunda vez y oraba diciendo:

+ «Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad.»

C. Y, viniendo otra vez, los encontró dormidos, porque tenían los ojos cargados. Dejándolos de nuevo, por tercera vez oraba, repitiendo las mismas palabras. Luego se acercó a sus discípulos y les dijo:

+ «Ya podéis dormir y descansar. Mirad, está cerca la hora, y el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levantaos, vamos! Ya está cerca el que me entrega.»

C. Todavía estaba hablando, cuando apareció Judas, uno de los Doce, acompañado de un tropel de gente, con espadas y palos, mandado por los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo. El traidor les había dado esta contraseña:

S. «Al que yo bese, ése es; detenedlo.»

C. Después se acercó a Jesús y le dijo:

S. «¡Salve, Maestro!»

C. Y lo besó. Pero Jesús le contestó:

+ «Amigo, ¿a qué vienes?»

C. Entonces se acercaron a Jesús y le echaron mano para detenerlo. Uno de los que estaban con él agarró la espada, la desenvainó y de un tajo le cortó la oreja al criado del sumo sacerdote. Jesús le dijo:

+ «Envaina la espada; quien usa espada, a espada morirá. ¿Piensas tú que no puedo acudir a mi Padre? Él me mandaría en seguida más de doce legiones de ángeles. Pero entonces no se cumpliría la Escritura, que dice que esto tiene que pasar.»

C. Entonces dijo Jesús a la gente:

+ «¿Habéis salido a prenderme con espadas y palos, como a un bandido? A diario me sentaba en el templo a enseñar y, sin embargo, no me detuvisteis.»

C. Todo esto ocurrió para que se cumpliera lo que escribieron los profetas. En aquel momento todos los discípulos lo abandonaron y huyeron. Los que detuvieron a Jesús lo llevaron a casa de Caifás, el sumo sacerdote, donde se habían reunido los escribas y los ancianos. Pedro lo seguía de lejos, hasta el palacio del sumo sacerdote, y, entrando dentro, se sentó con los criados para ver en qué paraba aquello.

Los sumos sacerdotes y el sanedrín en pleno buscaban un falso testimonio contra Jesús para condenarlo a muerte y no lo encontraban, a pesar de los muchos falsos testigos que comparecían. Finalmente, comparecieron dos, que dijeron:

S. «Éste ha dicho: “Puedo destruir el templo de Dios y reconstruirlo en tres días.”»

C. El sumo sacerdote se puso en pie y le dijo:

S. «¿No tienes nada que responder? ¿Qué son estos cargos que levantan contra ti?»

C. Pero Jesús callaba. Y el sumo sacerdote le dijo:

S. «Te conjuro por Dios vivo a que nos digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios.»

C. Jesús le respondió:

+ «Tú lo has dicho. Más aún, yo os digo: Desde ahora veréis que el Hijo del hombre está sentado a la derecha del Todopoderoso y que viene sobre las nubes del cielo.»

C. Entonces el sumo sacerdote rasgó sus vestiduras, diciendo:

S. «Ha blasfemado. ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Acabáis de oír la blasfemia. ¿Qué decidís?»

C. Y ellos contestaron:

S. «Es reo de muerte.»

C. Entonces le escupieron a la cara y lo abofetearon; otros lo golpearon, diciendo:

S. «Haz de profeta, Mesías; ¿quién te ha pegado?»

C. Pedro estaba sentado fuera en el patio, y se le acercó una criada y le dijo:

S. «También tú andabas con Jesús el Galileo.»

C. Él lo negó delante de todos, diciendo:

S. «No sé qué quieres decir.»

C. Y, al salir al portal, lo vio otra y dijo a los que estaban allí:

S. «Éste andaba con Jesús el Nazareno.»

C. Otra vez negó él con juramento:

S. «No conozco a ese hombre.»

C. Poco después se acercaron los que estaban allí y dijeron a Pedro:

S. «Seguro; tú también eres de ellos, te delata tu acento.»

C. Entonces él se puso a echar maldiciones y a jurar, diciendo:

S. «No conozco a ese hombre.»

C. Y en seguida cantó un gallo. Pedro se acordó de aquellas palabras de Jesús: «Antes de que cante el gallo, me negarás tres veces.» Y, saliendo afuera, lloró amargamente. Al hacerse de día, todos los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo se reunieron para preparar la condena a muerte de Jesús. Y, atándolo, lo llevaron y lo entregaron a Pilato, el gobernador.

Entonces Judas, el traidor, al ver que habían condenado a Jesús, sintió remordimiento y devolvió las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y ancianos, diciendo:

S. «He pecado, he entregado a la muerte a un inocente.»

C. Pero ellos dijeron:

S. «¿A nosotros qué? ¡Allá tú!»

C. Él, arrojando las monedas en el templo, se marchó; y fue y se ahorcó. Los sumos sacerdotes, recogiendo las monedas, dijeron:

S. «No es lícito echarlas en el arca de las ofrendas, porque son precio de sangre.»

C. Y, después de discutirlo, compraron con ellas el Campo del Alfarero para cementerio de forasteros. Por eso aquel campo se llama todavía «Campo de Sangre». Así se cumplió lo escrito por Jeremías, el profeta: «Y tomaron las treinta monedas de plata, el precio de uno que fue tasado, según la tasa de los hijos de Israel, y pagaron con ellas el Campo del Alfarero, como me lo había ordenado el Señor.» Jesús fue llevado ante el gobernador, y el gobernador le preguntó:

S. «¿Eres tú el rey de los judíos?»

C. Jesús respondió:

+ «Tú lo dices.»

C. Y, mientras lo acusaban los sumos sacerdotes y los ancianos, no contestaba nada. Entonces Pilato le preguntó:

S. «¿No oyes cuántos cargos presentan contra ti?»

C. Como no contestaba a ninguna pregunta, el gobernador estaba muy extrañado. Por la fiesta, el gobernador solía soltar un preso, el que la gente quisiera. Había entonces un preso famoso, llamado Barrabás. Cuando la gente acudió, les dijo Pilato:

S. «¿A quién queréis que os suelte, a Barrabás o a Jesús, a quien llaman el Mesías?»

C. Pues sabía que se lo habían entregado por envidia. Y, mientras estaba sentado en el tribunal, su mujer le mandó a decir:

S. «No te metas con ese justo, porque esta noche he sufrido mucho soñando con él.»

C. Pero los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la gente que pidieran el indulto de Barrabás y la muerte de Jesús. El gobernador preguntó:

S. «¿A cuál de los dos queréis que os suelte?»

C. Ellos dijeron:

S. «A Barrabás.»

C. Pilato les preguntó:

S. «¿Y qué hago con Jesús, llamado el Mesías?»

C. Contestaron todos:

S. «Que lo crucifiquen.»

C. Pilato insistió:

S. «Pues, ¿qué mal ha hecho?»

C. Pero ellos gritaban más fuerte:

S. «¡Que lo crucifiquen!»

C. Al ver Pilato que todo era inútil y que, al contrario, se estaba formando un tumulto, tomó agua y se lavó las manos en presencia de la multitud, diciendo:

S. «Soy inocente de esta sangre. ¡Allá vosotros!»

C. Y el pueblo entero contestó:

S. «¡Su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos!»

C. Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran. Los soldados del gobernador se llevaron a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de él a toda la compañía; lo desnudaron y le pusieron un manto de color púrpura y, trenzando una corona de espinas, se la ciñeron a la cabeza y le pusieron una caña en la mano derecha. Y, doblando ante él la rodilla, se burlaban de él, diciendo:

S. «¡Salve, rey de los judíos!»

C. Luego le escupían, le quitaban la caña y le golpeaban con ella la cabeza. Y, terminada la burla, le quitaron el manto, le pusieron su ropa y lo llevaron a crucificar. Al salir, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo forzaron a que llevara la cruz. Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota (que quiere decir: «La Calavera»), le dieron a beber vino mezclado con hiel; él lo probó, pero no quiso beberlo.

Después de crucificarlo, se repartieron su ropa, echándola a suertes, y luego se sentaron a custodiarlo. Encima de su cabeza colocaron un letrero con la acusación: «Éste es Jesús, el rey de los judíos.» Crucificaron con él a dos bandidos, uno a la derecha y otro a la izquierda. Los que pasaban lo injuriaban y decían, meneando la cabeza:

S. «Tú que destruías el templo y lo reconstruías en tres días, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, baja de la cruz.»

C. Los sumos sacerdotes con los escribas y los ancianos se burlaban también, diciendo:

S. «A otros ha salvado, y él no se puede salvar. ¿No es el rey de Israel? Que baje ahora de la cruz, y le creeremos. ¿No ha confiado en Dios? Si tanto lo quiere Dios, que lo libre ahora. ¿No decía que era Hijo de Dios?»

C. Hasta los bandidos que estaban crucificados con él lo insultaban. Desde el mediodía hasta la media tarde, vinieron tinieblas sobre toda aquella región. A media tarde, Jesús gritó:

+ «Elí, Elí, lamá sabaktaní.»

C. (Es decir:

+ «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»)

C. Al oírlo, algunos de los que estaban por allí dijeron:

S. «A Elías llama éste.»

C. Uno de ellos fue corriendo; en seguida, cogió una esponja empapada en vinagre y, sujetándola en una caña, le dio a beber. Los demás decían:

S. «Déjalo, a ver si viene Elías a salvarlo.»

C. Jesús dio otro grito fuerte y exhaló el espíritu.
Todos se arrodillan, y se hace una pausa

C. Entonces, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo; la tierra tembló, las rocas se rajaron. Las tumbas se abrieron, y muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron. Después que él resucitó, salieron de las tumbas, entraron en la Ciudad santa y se aparecieron a muchos. El centurión y sus hombres, que custodiaban a Jesús, el ver el terremoto y lo que pasaba, dijeron aterrorizados:

S. «Realmente éste era Hijo de Dios.»

C. Había allí muchas mujeres que miraban desde lejos, aquellas que habían seguido a Jesús desde Galilea para atenderlo; entre ellas, María Magdalena y María, la madre de Santiago y José, y la madre de los Zebedeos.

Al anochecer, llegó un hombre rico de Arimatea, llamado José, que era también discípulo de Jesús. Éste acudió a Pilato a pedirle el cuerpo de Jesús. Y Pilato mandó que se lo entregaran. José, tomando el cuerpo de Jesús, lo envolvió en una sábana limpia, lo puso en el sepulcro nuevo que se había excavado en una roca, rodó una piedra grande a la entrada del sepulcro y se marchó.

María Magdalena y la otra María se quedaron allí, sentadas enfrente del sepulcro. A la mañana siguiente, pasado el día de la Preparación, acudieron en grupo los sumos sacerdotes y los fariseos a Pilato y le dijeron:

S. «Señor, nos hemos acordado que aquel impostor, estando en vida, anunció: “A los tres días resucitaré.” Por eso, da orden de que vigilen el sepulcro hasta el tercer día, no sea que vayan sus discípulos, roben el cuerpo y digan al pueblo: “Ha resucitado de entre los muertos.” La última impostura sería peor que la primera.»

C. Pilato contestó:

S. «Ahí tenéis la guardia. Id vosotros y asegurad la vigilancia como sabéis.»

C. Ellos fueron, sellaron la piedra y con la guardia aseguraron la vigilancia del sepulcro.


Antífona de comunión: Mt 26, 42

Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad.


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VIVENCIAS CUARESMALES (42)

¡Bendito el que viene como rey, en nombre del Señor!

¡Bendito el que viene como rey, en nombre del Señor!



DOMINGO DE RAMOS, CICLO A

RITO DE ENTRADA: Conmemoración de la entrada del Señor en Jerusalén.

Evangelio de la procesión de ramos, Mateo 21, 1-9: “Hosanna al Hijo de David: Bendito el que viene en nombre del Señor, el Rey de Israel. ¡Hosanna en el cielo!


TEMA CENTRAL.- La entrada de Cristo en Jerusalén para cumplir su misterio Pascual.

En la oración de bendición de ramos se pide el don de la alabanza a Cristo victorioso y el don de la vida nueva ya aquí en la tierra y que crezca hasta conducirnos a la Jerusalén Celestial.

La oración colecta de hoy resume la finalidad del plan de salvación de Dios: Dios todopoderoso y eterno, tú quisiste que nuestro Salvador se hiciese hombre y muriese en la cruz, para mostrar al género humano el ejemplo de una vida sumisa a tu voluntad; concédenos que las enseñanzas de su pasión nos sirvan de testimonio,y que un día participemos en su gloriosa resurrección. Por nuestro Señor Jesucristo.

San Agustín resumirá en la humildad las enseñanzas de Cristo a los hombres: como él se sometió a la voluntad del Padre y, por amor a Dios, a los hombres, así el cristiano debe someterse en todo a los planes de Dios. Por eso se pide que las enseñanzas de su Pasión nos sirvan.

A ver si consideramos con verdadera devoción la Pasión Salvadora de Cristo y aprendemos sus grandes, misteriosas y definitivas enseñanzas para la humanidad de todos los tiempos.

La primera lectura de Isaías 50, 4-7 resume la valentía de Jesús ante Dios y ante los hombres, que consiste en su actitud noble y transparente que le conduce a la libertad plena.

“El Señor Yahvé me ha concedido el poder hablar como su discípulo. Y ha puesto en mi boca las palabras para aconsejar como es debido al que está aburrido. Cada mañana, él me despierta y lo escucho como lo hacen los discípulos. El Señor Yahvé me ha abierto los oídos y yo no me resistí ni me eché atrás. He ofrecido mi espalda a los que me golpeaban y mis mejillas a quienes me tiraban de la barba, y no oculté mi rostro ante las injurias y los escupos. El Señor Yahvé viene en mi ayuda y por eso no me molestan las ofensas. Por eso puse mi cara dura como piedra”.

En la segunda lectura, esa transparencia recibe el nombre de anonadamiento: se aniquiló a sí mismo. Ante ese gesto de Jesús, Pablo invita a todos a bendecir a Cristo y a adorarlo como a verdadero Dios, constituido salvador universal y para siempre.

Cristo es el Señor, para gloria de Dios Padre, Filipenses 2, 6-11: “Jesús, que era de condición divina, no se aferró celoso a su igualdad con Dios, sino que se aniquiló a sí mismo tomando la condición de esclavo, y llegó a ser semejante a los hombres. Habiéndose comportado como hombre, se humilló, obedeciendo hasta la muerte, y muerte en una cruz. Por eso Dios lo engrandeció y le concedió un nombre que está sobre todo nombre. Para que ante el nombre de Jesús todos se arrodillen en los cielos, en la tierra y entre los muertos. Y que toda lengua proclame que Cristo es el Señor para la gloria de Dios Padre”.

Admira el misterio de Cristo en la pasión. Es el resumen de su vida: conclusivo y magnífico colofón de toda su vida terrena, que es también divina.

Comunión, Mateo 26, 42: Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad.

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De los Sermones de san Andrés de Creta, obispo
Bendito el que viene, como Rey, en nombre del Señor

Venid, y al mismo tiempo que ascendemos al monte de los Olivos, salgamos al encuentro de Cristo, que vuelve hoy de Betania y, por propia voluntad, se apresura hacia su venerable y dichosa pasión, para llevar a plenitud el misterio de la salvación de los hombres.

Porque el que va libremente hacia Jerusalén es el mismo que por nosotros, los hombres, bajó del cielo, para levantar consigo a los que yacíamos en lo más profundo y colocarnos, como dice la Escritura, por encima de todo principado, potestad, fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido.

Y viene, no como quien busca su gloria por medio de la fastuosidad y de la pompa. No porfiará -dice-, no gritará, no boceará por las calles, sino que será manso y humilde, y se presentará sin espectacularidad alguna.

Ea, pues, corramos a una con quien se apresura a su pasión e imitemos a quienes salieron a su encuentro. Y no para extender por el suelo, a su paso, ramos de olivo, vestiduras o palmas, sino para prosternarnos nosotros mismos, con la disposición más humillada de que seamos capaces y con el más limpio propósito, de manera que acojamos al Verbo que viene, y así logremos captar a aquel Dios que nunca puede ser totalmente captado por nosotros.

Alegrémonos, pues, porque se nos ha presentado mansamente el que es manso y que asciende sobre el ocaso de nuestra ínfima vileza, para venir hasta nosotros y convivir con nosotros, de modo que pueda, por su parte, llevarnos hasta la familiaridad con él.

Ya que, si bien se dice que, habiéndose incorporado las primicias de nuestra condición, ascendió, con ese botín, sobre los cielos hacia el oriente, es decir, según me parece hacia su propia gloria y divinidad, no abandonó, con todo, su propensión hacia el género humano hasta haber sublimado al hombre, elevándolo progresivamente desde lo más ínfimo de la tierra hasta lo más alto de los cielos.

Así es como nosotros deberíamos prosternarnos a los pies de Cristo, no poniendo bajo sus pies nuestras túnicas o unas ramas inertes, que muy pronto perderían su verdor, su fruto y su aspecto agradable sino revistiéndonos de su gracia, es decir, de Él mismo, pues los que os habéis incorporado a Cristo por el bautismo os habéis revestido de Cristo. Así debemos ponernos a sus pies como si fuéramos unas túnicas.

Y si antes, teñidos como estábamos de la escarlata del pecado, volvimos a encontrar la blancura de la lana gracias al saludable baño del bautismo, ofrezcamos ahora al vencedor de la muerte no ya ramas de palma, sino trofeos de victoria.

Repitamos cada día aquella sagrada exclamación que los niños cantaban, mientras agitamos los rayos espirituales del alma: Bendito el que viene, como Rey, en nombre del Señor (Sermón 9 sobre el domingo de Ramos; PG 97, 990-994).

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ESTIMADO HERMANO, APRECIADA HERMANA, estamos concluyendo el tiempo cuaresmal y entramos ya en la Semana Santa o Semana de Pasión. Te felicito por seguir con fidelidad este camino cuaresmal, día a día.

Hemos procurado ejercitarnos en la oración, el ayuno y la limosna: una mayor atención a la Palabra de Dios, un ejercicio de ascesis para orientar todas nuestras fuerzas hacia el amor de Dios y del prójimo, y finalmente una praxis de la compasión y de la misericordia con uno mismo y con los hermanos.

Pero esto no valdría gran cosa si no estuviera referido a Cristo, nuestro Maestro y único Dueño. Toda la Cuaresma culmina focalizando nuestra mente y nuestros sentimientos en la contemplación de Jesús, hijo del hombre e Hijo de Dios.

En estos próximos días, Jesús llevará a feliz término su gesta salvadora. Morirá en su ley, es decir, como ha vivido: lleno de amor de Dios y apasionado por la salvación de los hombres.

Hermanos, sigamos de cerca sus huellas para hacernos, de alguna manera, dignos de resucitar con él a una vida nueva. Ya lo estás consiguiendo, pero merece la pena seguir hasta el final, pues Dios es siempre sorpresivo, siempre quiere más: Mayores cosas verás. Enhorabuena y adelante.


Las nueve cosas que debes saber sobre el Domingo de Ramos

abril 8, 2017

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Doningo de Ramos, o Domingo de Pasión

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Las nueve cosas que debes saber sobre el Domingo de Ramos

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REDACCIÓN CENTRAL, 07 Abr. 17 / 10:32 pm (ACI).- El Domingo de Ramos se celebra este 9 de abril y marcará el inicio de Semana Santa conmemorando no uno sino dos acontecimientos muy significativos en la vida de Cristo.

Aquí las nueve cosas que necesita saber sobre esta fecha.

1. Este día se llama “Domingo de Ramos” o “Domingo de Pasión”

El primer nombre proviene del hecho que se conmemora: la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, cuando la multitud lo recibió con hojas de palma (Juan 12:13).

El segundo nombre proviene del relato de la Pasión que se lee en este domingo. Porque de no ser así no se leería en un domingo, ya que en el próximo la lectura tratará sobre la Resurrección.

Según el documento del Vaticano “Carta circular sobre la preparación y la celebración de las fiestas pascuales” (Carta de fiestas pascuales) de 1988, el Domingo de Ramos “comprende a la vez el presagio del triunfo real de Cristo y el anuncio de la Pasión”. “La relación entre los dos aspectos del misterio pascual se han de evidenciar en la celebración en la catequesis del día”.

2. Se realiza una procesión antes de la Misa

La procesión puede tener lugar solo una vez, antes de la Misa. Puede realizarse el sábado o domingo.

“La entrada del Señor en Jerusalén, ya desde antiguo, se conmemora con una procesión, en la cual los cristianos celebran el acontecimiento, imitando las aclamaciones y gestos, que hicieron los niños hebreos cuando salieron al encuentro del Señor, cantando el fervoroso ‘Hossana’”, detalla la Carta de fiestas pascuales.

3. Se pueden portar palmas u otros tipos de plantas en la procesión

No es necesario utilizar hojas de palma en la procesión, porque se pueden utilizar otros tipos de plantas locales como el olivo, sauce, abeto o de otros árboles.

Según el Directorio sobre la Piedad Popular y la Liturgia: “A los fieles les gusta conservar en sus hogares, y a veces en el lugar de trabajo, los ramos de olivo o de otros árboles, que han sido bendecidos y llevados en la procesión”.

4. Los fieles deben ser instruidos sobre la celebración

Según el Directorio sobre la Piedad Popular y la Liturgia “los fieles deben ser instruidos sobre el significado de esta celebración para que puedan captar su significado”.

“Debe recordarse oportunamente que lo importante es la participación en la procesión y no solo en la obtención de hojas de palma o de olivo”, que tampoco deben mantenerse “como amuletos, ni por razones terapéuticas o mágicas para disipar los malos espíritus o para evitar el daño que causan en los campos o en los hogares”.

5. Jesús reclama el derecho de los reyes en la entrada triunfal a Jerusalén

El Papa Emérito Benedicto XVI explica en su libro “Jesús de Nazaret: desde la entrada en Jerusalén a la resurrección” que Jesucristo reclamó el derecho de los reyes, conocido a lo largo de la antigüedad, de demandar modos de transporte particulares.

El uso de un animal (el burro) en el que nadie se había sentado aún es un indicador más del derecho de la realeza. Jesús quería que su camino y su accionar sean entendidos en términos de las promesas del Antiguo Testamento cumplidas en su persona.

“Al mismo tiempo, a través de este anclaje del texto en Zacarías 9:9, una exégesis ‘fanática’ del reino está excluida: Jesús no está construyendo sobre la violencia; no está instigando una revuelta militar contra Roma. Su poder es de otro tipo: es en la pobreza y la paz de Dios, que identifica el único poder que puede redimir”, detalla en su libro

6. Los peregrinos reconocieron a Jesús como su rey mesiánico

Benedicto XVI también señala que el hecho de que los peregrinos coloquen sus mantos en el suelo para que Jesús camine por encima también “pertenece a la tradición de la realeza israelita (2 Reyes 9:13)”.

“Lo que hacen los discípulos es un gesto de entronización en la tradición de la monarquía davídica (del Rey David) y apunta a la esperanza mesiánica que surgió a partir de ésta”, indica el texto.

Los peregrinos, prosigue, “sacan ramas de los árboles y gritan versos del Salmo 118, palabras de bendición de la liturgia de los peregrinos de Israel que en sus labios se convierten en una proclamación mesiánica: “¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Bendito sea el reino de nuestro padre David que viene! ¡Hosanna en lo más alto!” (Mc 11: 9-10, ver Sal 118: 26)”.

7. “Hossana” es un grito de júbilo y una oración profética

En el tiempo de Jesús esta palabra tenía matices mesiánicos. En la aclamación de Hosanna se expresan las emociones de los peregrinos que acompañan a Jesús y a sus discípulos: la alabanza alegre a Dios en el momento de la entrada procesional, la esperanza de que la hora del Mesías había llegado.

Al mismo tiempo era una oración que indicaba que el reinado davídico, y por lo tanto el reinado de Dios sobre Israel, sería restablecido.

8. La multitud que aplaudió la llegada de Jesús no es la misma que exigió su crucifixión

En su libro, Benedicto XVI argumenta que en los tres evangelios sinópticos, así como en San Juan, se deja claro que quienes lo aplaudieron a Jesús en su entrada a Jerusalén no fueron sus habitantes, sino las multitudes que lo acompañaban e ingresaron a la Ciudad Santa con él.

Este punto se hace más claramente en el relato de Mateo a través del pasaje que sigue al Hosanna dirigido a Jesús: “Cuando entró en Jerusalén, toda la ciudad se agitó diciendo: ¿Quién es este? Y las multitudes decían: Este es el profeta Jesús de Nazaret de Galilea” (Mt 21, 10-11).

La gente había oído hablar del profeta de Nazaret, pero no parecía tener ninguna importancia para Jerusalén, y la gente allí no lo conocía.

9. El relato de la Pasión goza de una especial solemnidad en la liturgia

Así lo afirma la Carta de fiestas pascuales en el numeral 33: “Es aconsejable que se mantenga la tradición en el modo de cantarla o leerla, es decir, que sean tres personas que hagan las veces de Cristo, del narrador y del pueblo. La Pasión ha de ser proclamada ya por diáconos o presbíteros, ya, en su defecto, por lectores, en cuyo caso, la parte correspondiente a Cristo se reserva al sacerdote.

Para la proclamación de la Pasión no se llevan ni luces ni incienso, ni se hace al principio el saludo al pueblo como de ordinario para el Evangelio, ni se signa el libro. Tan solo los diáconos piden la bendición al sacerdote.

Para el bien espiritual de los fieles conviene que se lea por entero la narración de la Pasión, y que no se omitan las lecturas que la preceden”.

Traducido y adaptado por Diego López Marina. Publicado originalmente en National Catholic Register.