El “cambio de época” en América Latina según el Papa Francisco

enero 17, 2019

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Urge poder definir y emprender grandes objetivos nacionales y latinoamericanos, con consensos fuertes y movilizaciones populares (Papa Francisco)

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El “cambio de época” en América Latina según el Papa Francisco

Una reflexión de Guzmán Carriquiry en las vísperas del viaje del Papa a Panamá

Por Guzmán Carriquiry Lecour (secretario encargado de la vicepresidencia de la Pontificia Comisión para América Latina).

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“¿Qué es lo que está pasando en América Latina?”, se preguntaba el papa Francisco en la presentación de mi libro “Memoria, coraje y esperanza a la luz del bicentenario de los países latinoamericanos”.

Es una pregunta que tenemos que hacérnosla todos los latinoamericanos preocupados por la situación actual. Es una pregunta que tienen que hacérsela las comunidades cristianas y especialmente sus Pastores, porque importa mucho para situar la misión de la Iglesia.

No estamos en tiempos aptos para sesudos análisis que tengan la pretensión de ser respuesta exhaustiva, pero no podemos no intentar iluminar, aunque sea en breves “flashes”, algunas situaciones que nos toca vivir, sufrir y afrontar con realismo esperanzador.

Comienzo por señalar que el papa Francisco ha repetido a menudo que más que en una época de cambios hemos entrado en un “cambio de época” (cfr. Aparecida, 33 y ss.). El mundo entero parece abocado a una convulsa y muy ardua transición epocal.
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¿Quién no puede reconocer esto después del derrumbe de los regímenes totalitarios del mesianismo ateo, de la conclusión del mundo bi-polar, de la impresionante aceleración de las innovaciones tecnológicas, del despliegue de la globalización –dato mayor de nuestro tiempo- con toda su carga de ambivalencias, de un cambio cultural marcado por tendencias relativistas e individualistas que toca todas las dimensiones de la vida de las personas, familias, pueblos y naciones?
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El desmoronamiento de las narraciones ideológicas –primero del marxismo leninismo y, después de un breve resurgimiento, de la utopía liberal-capitalista de la auto-regulación del mercado– dejó obsoletos a muchos marcos mentales de juicio histórico e incrementó las dificultades para darse parámetros y criterios para juzgar y orientar la política en nuestro tiempo, a menudo reducida al ámbito de la lucha cotidiana por el poder, del pragmatismo cortoplacista, si no de la confusión.
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Parece muy claro que ahora estamos pasando sorprendentemente por una coyuntura histórica mundial de repliegue reactivo, es decir reaccionario, ante las más variadas situaciones de incertidumbre y de miedo.

Son situaciones provocadas por el terrorismo, las migraciones de masa, los numerosos focos de la “tercera guerra mundial a pedazos”, el incremento de la violencia por doquier.

Son también provocadas por las aceleradas transformaciones, por la tremenda depresión económica desatada por las crisis bancarias y financieras y por todas las penosas consecuencias sociales que arrastra una globalización que deja multitudes de excluidos, pero que también son sentidas como amenazas para vastos sectores de clases medias de países de alto y medio nivel de desarrollo.

Esas situaciones de incertidumbre y de miedo se acrecientan y agudizan en poblaciones enteras que no encuentran sólidos pilares de referencia para la construcción de la propia existencia personal y colectiva.

El desfibramiento de los tejidos familiares y sociales y, con ello, la gradual disolución de los vínculos de pertenencia y socialización, dificultan toda cohesión social y van dejando a la gente en vacíos y orfandades, en “todos contra todos” o “sálvese quien pueda”.

La potente máquina de distracción (“divertissement”) y censura que opera por medio de la sociedad del consumo y del espectáculo ya no puede ocultar la confusión y la rabia que emergen por doquier.

Incluso las democracias se viven en un tembladeral, desprovistas de fundamentos y virtudes, cada vez más sometidas a los influjos determinantes de poderes económicos y mediáticos, muy frecuentemente caracterizadas por corrupciones de todo tipo y, por eso, cada vez más erosionadas.

No es de extrañar, pues, que mucha gente reaccione emotivamente, casi instintivamente, a veces con exuberancia irracional, dejándose guiar por el miedo y la rabia, y se aferre a las presuntas seguridades de nacionalismos estrechos, a las imágenes de los hombres (y mujeres) “fuertes”, a políticas autoritarias de orden y control social, a promesas ilusorias de regeneración social.

Así descuellan la aventuras inciertas de las presidencias de Trump y Bolsonaro, entre otras.

Hay quienes engloban toda esta coyuntura bajo el rótulo del “populismo”. Hay, sí, dosis de populismo cuando se cae en demagogia irresponsable, en la facilonería en afrontar los problemas y en el mero asistencialismo a los necesitados como clientelas políticas. Esta es una realidad de hoy, de ayer y de siempre.

Sin embargo, como interpretación general de la situación actual está tan usada y desgastada últimamente, por pereza intelectual, que ya ha ido perdiendo sentido. Muy cierta es la distinción que el Papa Francisco plantea sobre “populismos” y “políticas populares”.

En este sentido, se puede afirmar que hay populismos que se alimentan de las zozobras, los miedos, las rabias e incluso de tendencias xenofóbicas que sacuden al cuerpo social; y hay “políticas populares” cuando apuntan a promover la soberanía participativa de los pueblos, desde las entrañas de sus culturas, hacia la consecución de un bien común de inclusión y mayor justicia para todos.

Muchas veces se ha usado ideológicamente el mote de “populista” para desvirtuar estas políticas populares, sobre todo por parte de quienes temen toda irrupción del pueblo en la escena pública que ponga en jaque los intereses de los potentados del “establishment”.

La actual coyuntura expresa también el agotamiento de las izquierdas políticas e intelectuales, muy desconcertadas, mientras provoca la reacción contra sus tradicionales y “modernos” ideologismos. La crisis de credibilidad del marxismo-leninismo, por una parte, y el arrastrarse cansino y empobrecido de la social-democracia recostada en las sociedades de alto consumo, por otra, las han dejado huérfanas.

En general, las izquierdas tradicionales han ido perdiendo toda inteligencia y capacidad reales de transformación social, no han sabido imaginar nuevos caminos para esa transformación en las condiciones económicas, tecnológicas y sociales de nuestro tiempo.

Además, han ido sustituyendo u ofuscando, o también mezclando, cada vez más raídas proclamas e intenciones de transformación social con la aceptación acrítica de sub-productos culturales de las sociedades de alto consumo, con su relativismo hedonista, con sus formas de colonización cultural.

No extraña, pues, que los “establihments” bienpensantes de la izquierda se hayan convertido en propagadores de discursos sobre la liberalización del aborto, los matrimonios homosexuales, el alquiler de los vientres femeninos, la facilonería para el divorcio, considerando todo ello como signos de “progreso” (“progreso” por cierto lanzado y sostenido por grandes agencias y corporaciones internacionales y convertido en mentalidad común).

Es grave que las izquierdas se demuestren bastante incapaces de mirar la realidad con los ojos de los excluidos, “desechados y sobrantes”, y, a la vez, de proponer un proyecto nacional para el bien común de todos.

Incluso la sacrosanta lucha por la dignidad de los pueblos indígenas, especialmente vulnerables y hoy muy amenazados, se ha reducido a menudo a un indigenismo ideológico, de pura denuncia, sin repensar y alentar grandes proyectos de realización efectiva de esa dignidad, condiciones materiales, económicas y espirituales para hacerla posible y una gradual integración de estos pueblos, respetuosa de sus tierras y culturas, en las sociedades nacionales a la altura del siglo XXI.

La idolatría del poder y su ejercicio centralista y verticalista ha alejado las izquierdas políticas de los movimientos sociales y de la multiplicidad de modalidades de emergencia de la llamada “sociedad civil” y las ha mezclado en frecuentes situaciones de corrupción.

Es sorprendente que los gobiernos de izquierda desalojados del poder en varios países de América Latina, y en otros subsistiendo en medio del fracaso, no hayan elaborado una severa autocrítica de los motivos de su derrota y, al contrario, queden encerrados en una apología engañosa y en una espera de su revancha.

Dos pueden ser consideradas como excepciones. La primera es la de la Bolivia de Evo Morales, quien en sus sucesivos mandatos de gobierno, más allá de una retórica ideológica más bien anacrónica, de no pocos excesos autoritarios y desplantes arbitrarios, ha sabido generar un crecimiento sostenido de la economía nacional, una modernización del país, una mejoría sustancial en las condiciones de vida de vastos sectores de población y una mayor autoestima del pueblo boliviano en su dignidad. (Lamentablemente, la tentación presente de querer “eternizarse” en el poder le ha jugado una mala pasada).

La otra es la de Andrés Manuel López Obrador, que cuenta actualmente con un enorme consenso popular en México y el control de gran parte de los poderes del Estado. Cierto es que hay que juzgarlo por sus hechos, y aún es demasiado pronto para hacerlo.

Amlo hereda una situación “imposible”: un país violentado por una criminalidad que parece incontrolable (sobre todo por las redes del narcotráfico, la difusión de armamentos y una cultura de violencia), una economía que ve puntas de alta tecnología y productividad con un enorme atraso en zonas rurales, una desigualdad social escandalosa entre las más grandes fortunas del mundo y grandísimos bolsones de pobreza, incluso de miseria y exclusión (sobre todo en algunas zonas indígenas).

Además, tiene que vérselas con la vecindad, por una parte, con el gigante del Norte y sus muros y, por otra, con el volcán centroamericano. López Obrador tiene la posibilidad de liderar un gran movimiento nacional y popular de regeneración y reconstrucción del país o puede sufrir la amenaza de reducirse poco a poco a una nueva versión del “ogro filantrópico” de la “revolución institucionalizada”.

Puede movilizar lo mejor del “orgullo” nacional del pueblo mexicano, confiado en la “Morenita”, o dejarse llevar por colonizaciones ideológicas o culturales de conventículos elitistas.

En todo caso, ante la obsesión de la administración norteamericana por el muro divisorio, las imágenes caricaturales que se propagan en Estados Unidos sobre los hispanos acusados de ser focos de delincuencia y las discriminaciones, persecuciones y deportaciones que sufren los hispanos en ese país, todo honesto latinoamericano tendría que repetirse: “somos todos mexicanos”.

México juega su destino en su capacidad de seria y firme negociación con el gigante del Norte y en su solidaridad e integración más estrechas con sus países hermanos de América Latina, y en especial con los centroamericanos.

¡Qué lamentable que la consigna y utopía de un “socialismo del siglo XXI” queden degeneradas por el régimen autocrático y cada vez más liberticida del presidente Maduro, en total fracaso económico y miseria social! No obstante ello, las élites opositoras se demuestran cada vez más divididas en su mezquindad e incapaces de proponer un gran proyecto alternativo de reconstrucción nacional y movilización popular.

Cuba importa para toda América Latina: la solidaridad latinoamericana, de sus pueblos, de su destino, es importante más allá de los regímenes y gobiernos en que se realiza. Por eso, muchas y variadas voces latinoamericanas manifestaron su disgusto y reprobación por el hecho de que la promisoria normalización de sus relaciones con los Estados Unidos, después de décadas en que se fue arrastrando una suerte de guerra fría, haya quedado suspendida y vuelvan a prospectarse pasos atrás amenazadores.

Sin embargo, ¿cómo no reconocer que el “socialismo real” cubano conlleva el límite congénito y las consecuencias muy pesadas de su régimen leninista y colectivista, y, por eso, no ha logrado dar mejores respuestas a las notorias limitaciones a las libertades públicas y sobrevive económicamente, sin poder ya poner como excusa el asedio y el odioso embargo del gigante del Norte?

Por cierto, no se advierten otros caminos alternativos en curso en los diversos países latinoamericanos. Reaccionando contra mucha corrupción, Argentina no logra zafarse de su pantano; el país continúa sumido en una crisis más que amenazadora, aferrada a políticas neoliberales que no dan otro fruto que la zozobra permanente y la dependencia del Fondo Monetario Internacional, con una pobreza creciente, en medio de una conflictualidad agresiva, permanente e incontrolable –concentrada sobre todo en el gran Buenos Aires-, una sociedad desfibrada y sin caminos alternativos, por el momento, que abran horizontes de razonable esperanza.

Perú ha vivido muchos años de fuerte y sostenido crecimiento económico, pero la mezquindad y corrupción de sus cúpulas políticas lo han sumido en la confusión. Y Colombia arrastra un necesario proceso de pacificación, en medio de fuertes resistencias; es país gobernado por la red de familias de sus “notables” sobre muy vastas muchedumbres de pobres y excluidos que pueden llegar a ser una bomba de tiempo. La ya tradicional cultura de la violencia que azota Colombia está alimentada por la presencia capilar del narcotráfico y de sus virus de corrupción.

Queda Chile, único país más bien exitoso en su política económica neoliberal –interior y exteriormente– mantenida con cierta continuidad, sin cambios sustanciales, entre los “Chicago boys” del régimen de Pinochet, los gobiernos de la concertación social-democrática y el actual del presidente Piñera, con grandes disparidades sociales.

La importante reconquista y consolidación democráticas dejando atrás los tiempos de dictadura deja paso ahora a una profunda crisis de las mayores instituciones del país.

El papa Francisco mantiene en alto la perspectiva y utopía de la “Patria Grande”. La integración latinoamericana es una necesidad y una prioridad ineludible y urgente, que está inscrita en nuestra vocación y destino.

Así lo reconocía Juan Pablo II cuando, inaugurando la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, en Santo Domingo, el 12 de octubre de 1992, señalaba: “Es grave responsabilidad (de los gobernantes) el favorecer el ya iniciado proceso de integración de unos pueblos a quienes la misma geografía, la fe cristiana, la lengua y la cultura han unido definitivamente en el camino de la historia”.

“No hay por cierto otra región que cuente con tantos factores de unidad como América Latina (…) –escribieron los Obispos latinoamericanos en el documento de Aparecida, n. 527-, pero se trata de una unidad desgarrada porque, atravesada por profundas dominaciones y contradicciones, todavía es incapaz de incorporar en sí ‘todas las sangres’ y de superar la brecha de estridentes desigualdades y marginaciones”.

Obviamente, estos factores de unidad están lejos de reducir la realidad latinoamericana a la uniformidad, sino que se conjugan y enriquecen con muchas diversidades locales, nacionales y culturales. No hay otro camino que la integración para ampliar los mercados y concertar una economía de escala que favorezca la industrialización, especialización, innovación tecnológica, los “tradings” productivos y un crecimiento auto-sostenido.

Es condición indispensable para enfrentar las exigencias impostergables de la lucha contra la pobreza, de la dignidad del trabajo para todos y de mayores condiciones de equidad en un sub-continente que tiene el lamentable récord de albergar abismales desigualdades sociales.

La integración política y económica es la única posibilidad de contar con un peso propio en el concierto internacional, con un mínimo de audiencia y de capacidad de imponer respeto. Helio Jaguaribe y Methol Ferré, entre otros, supieron evidenciar con clarividencia todos los desafíos y alternativas de la integración latinoamericana en los emergentes escenarios globales.

Lamentablemente el Mercosur, proyecto histórico fundamental desde una alianza argentino-brasileña-chilena, se ha ido empantanando desde hace demasiado tiempo y está sumamente desfibrado. Hoy es apenas una tenue zona de limitado libre comercio, sometido a las presiones e intereses de corporaciones de los diversos países.

Los gobiernos de centro-izquierda de Brasil y Argentina se interesaron sólo por un Mercosur político, que quedaba “flotando” sin dar pasos importantes de integración económica, de gobierno supranacional y participación popular.

Hoy parece que los gobiernos de los grandes países implicados, más que refundar y relanzar el Mercosur, prefieren irlo sepultando o reduciéndolo a mínima expresión; ¡sin embargo, está destinado a resurgir de sus cenizas cuando se afronte con inteligencia y valentía el bien común de nuestros pueblos y naciones!

Sólo la Alianza para el Pacífico ha emprendido un camino de integración que habrá que seguir con atención.

La integración centroamericana marcha adelante, pero se necesitan líderes clarividentes y audaces que tengan presente que los 6 países que la componen, por separado, están como condenados a ciclos periódicos de depresión y violencia. Las actuales migraciones centroamericanas son un signo muy claro de ello. Se necesita apuntar a la creación de una Confederación centroamericana.

Se está requiriendo una vasta obra de educación y movilización de modo que la integración latinoamericana no se reduzca a los humores y veleidades de las élites sino que arraigue en los pueblos y que vayan formándose grandes consensos populares, transversales a todos los países en pos de esa integración.

Importantísimo es educar, conmover y movilizar las juventudes latinoamericanas con el ideario de construcción de su “Patria Grande”. Mientras tanto, quedamos a la espera de líderes y voluntades políticas más inteligentes, determinadas y apasionadas para dar nuevo ímpetu regional, nuevas realizaciones concretas y nuevos horizontes a la integración y unidad latinoamericanas.

En el Bicentenario de la Independencia de los países latinoamericanos tengamos bien presente que esa integración es condición necesaria para reafirmar hoy nuestra independencia contra todas las amenazas de nuevas modalidades de colonizaciones económicas, culturales e ideológicas que ya mismo atentan contra el bien de nuestros pueblos.

Si la mirada de un atento observador recorre y recapitula las pasadas décadas de América Latina, se queda asombrado de cómo la región podría continuar dependiendo de las variables políticas y económicas del concierto internacional y de cómo podría fluctuar en su conjunto de virajes periódicos.

Los horizontes que aparecen como cerrados, de golpe van abriéndose en forma reactiva al período anterior, pero poco se aprende de lo ensayado y vivido en cada coyuntura mundial y latinoamericana. No es para quedarse sentados esperando que pase la actual “racha” y soñando con un mañana mejor.

¡No! Se trata de empeñarse para ir animando, a través de las más numerosas y variadas acciones, convergentes en lo posible, procesos y experiencias de una convivencia en la que el pueblo pueda ejercer la fraternidad, sin desesperar, aguardando “confiadamente y con astucia los momentos oportunos para avanzar en la liberación tan ansiada” (Documento de Puebla, n. 452).

“Los pueblos, especialmente los pobres y sencillos –escribió el papa Francisco en la presentación de mi libro “Memoria, coraje y esperanza a la luz del Bicentenario de la independencia de los países latinoamericanos”– custodian sus buenas razones para vivir y convivir, para amar y sacrificarse, para rezar y mantener viva la esperanza. Y también para luchar por grandes causas”.

“Necesitamos cultivar y debatir –prosigue el Papa– proyectos históricos que apunten con realismo hacia una esperanza de vida más digna para las personas, familias y pueblos latinoamericanos. Urge poder definir y emprender grandes objetivos nacionales y latinoamericanos, con consensos fuertes y movilizaciones populares, más allá de ambiciones e intereses mundanos y lejos de maniqueísmos y exasperaciones, de aventuras peligrosas y explosiones incontrolables”.

https://www.lastampa.it/2019/01/17/vaticaninsider/el-cambio-de-pocaen-amrica-latina-segn-el-papa-francisco-LjLLeO4zBpkeKziAU1z93J/pagina.html?utm_source=dlvr.it&utm_medium=facebook

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El Papa: Populismo y violencia amenazan el mundo, urge nuevo diálogo

enero 7, 2019

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Los conflictos de América en el mensaje de inicio de año dirigido por Francisco a los embajadores acreditados en el Vaticano. Nicaragua y Venezuela en el pensamiento del Papa; pero también los migrantes, las nuevas formas de esclavitud, la depredación de la naturaleza y el armamentismo.

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El Papa: Populismo y violencia amenazan el mundo, urge nuevo diálogo

Los conflictos de América en el mensaje de inicio de año dirigido por Francisco a los embajadores acreditados en el Vaticano. Nicaragua y Venezuela en el pensamiento del Papa; pero también los migrantes, las nuevas formas de esclavitud, la depredación de la naturaleza y el armamentismo

Por Andrés Beltramo Álvarez

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Populismo y violencia. Son las preocupaciones número uno del Papa, en el ámbito de la política internacional. Así quedó claro en el discurso que pronunció ante los embajadores acreditados en el Vaticano.

En un denso y detallado mensaje, Francisco repasó los principales conflictos del mundo. De Nicaragua a Venezuela, del Congo a Ucrania, de Irak a la Tierra Santa. En el fondo de todas estas crisis identificó la decadencia del sistema multilateral. Por eso instó a forjar un nuevo diálogo entre las naciones, que pueda frenar el precipicio de una nueva guerra total.

Como es tradición, Jorge Mario Bergoglio recibió a los miembros del cuerpo diplomático al inicio del año. Lo hizo la mañana de este lunes en la Sala Regia del Palacio Apostólico, un escenario imponente para un discurso sin descuentos.

En él abordó también temas de candente actualidad eclesiástica como los abusos sexuales contra menores, el acuerdo provisional para el nombramiento de obispos en China y el próximo Sínodo de los Obispos sobre la Amazonia.

“La Santa Sede no busca interferir en la vida de los estados, sino que su pretensión no es otra que la de ser un observador atento y sensible de las problemáticas que afectan a la humanidad, con el sincero y humilde deseo de ponerse al servicio del bien de todo ser humano”, aclaró de entrada.

Inmediatamente después trazó un diagnóstico sobre los “momentos de dificultad” que afronta la comunidad internacional y el sistema multilateral en su conjunto.

Advirtió sobre el resurgir de las “tendencias nacionalistas que minan la vocación de las organizaciones internacionales de ser un espacio de diálogo y encuentro para todos los países”. Y estableció que, ante esa crisis, “prevalece la búsqueda de soluciones unilaterales y el dominio del más fuerte sobre el más débil”.

Sin mencionarlo claramente, el líder católico evocó un lema de moda: el “nosotros primero”. Recordó que, el siglo pasado, la Sociedad de las Naciones entró en crisis porque los miembros no fueron capaces de encontrar acuerdos compartidos y, en el arco de dos décadas, el planeta desbarrancó en la Segunda Guerra Mundial. Ahora, las principales organizaciones internacionales se ven amenazadas “por las mismas actitudes”, alertó.

“Esto es debido a cierta incapacidad del sistema multilateral para ofrecer soluciones eficaces a las situaciones que desde hace tiempo están pendientes de resolución, como algunos conflictos ‘congelados’, y para afrontar los desafíos actuales en modo satisfactorio para todos. En parte, es el resultado de la evolución de las políticas nacionales, condicionadas cada vez con mayor frecuencia por la búsqueda de un consenso inmediato y sectario, en lugar de buscar pacientemente el bien común con respuestas a largo plazo”, siguió.

Denunció además el avance de poderes y grupos de interés que imponen sus propias visiones e ideas dentro de los organismos internacionales, “desencadenando nuevas formas de colonización ideológica, que a menudo no respetan la identidad, la dignidad y la sensibilidad de los pueblos”.

Y comparó el tiempo actual con el ambiente vivido durante el periodo entre la primera y la segunda guerra mundial, cuando prevalecieron las tendencias populistas y nacionalistas. Ahora, sostuvo, la reaparición de corrientes similares es fruto de una falta general de confianza, una crisis de credibilidad y la marginación de los más vulnerables.

Por eso ratificó su preocupación por la tendencia impuesta por estos populismos que buscan hacer prevalecer los intereses de cada nación, que ignoran el derecho y la justicia como herramientas para resolver las controversias. Una actitud, apuntó el Papa, que es alimentada por quienes han sido llamados a gobernar y que se acentúa por el malestar creciente entre los ciudadanos de muchos países.

“Es oportuno que los políticos escuchen la voz de sus pueblos y busquen soluciones concretas para favorecer el bien mayor. Eso exige, sin embargo, el respeto del derecho y de la justicia, tanto dentro de la comunidad nacional como internacional, porque soluciones relativas, emotivas y apresuradas pueden conseguir acrecentar un consenso efímero, pero no contribuirán nunca a la solución de los problemas más profundos, al contrario, los aumentarán. A la política se le pide tener altura de miras y no limitarse a buscar soluciones de poco calado”, delineó.

Los focos de tensión americanos también encontraron espacio en el mensaje. Francisco reveló que sigue de cerca la situación en Nicaragua y deseó que “las distintas instancias políticas y sociales encuentren en el diálogo el camino principal para empeñarse por el bien de toda la nación”.

Para Venezuela, auguró “que se encuentren vías institucionales y pacíficas para solucionar la persistente crisis política, social y económica, vías que consientan asistir sobre todo a los que son probados por las tensiones de estos años y ofrecer a todo el pueblo venezolano un horizonte de esperanza y de paz”.

Garantizó el compromiso del Vaticano por ayudar concretamente a los más débiles, como la campaña humanitaria lanzada a favor de la población sufriente de Ucrania, ubicada en las regionales orientales del país y que padecen un conflicto “que dura desde hace casi cinco años y que ha tenido recientemente algunos episodios preocupantes en el Mar Negro”.

“La Santa Sede también espera que se reanude el diálogo entre israelíes y palestinos, para que finalmente se llegue a un acuerdo que responda a las aspiraciones legítimas de ambos pueblos, asegurando la convivencia entre los dos estados y el logro de una paz tan esperada y deseada”, dijo.

Para Medio Oriente invocó el compromiso para promover la paz en Yemen e Irak. Pidió a la comunidad internacional dar voz a las víctimas de la guerra en Siria, promoviendo una solución política al conflicto y detener las “violaciones de los derechos humanos, que causan sufrimientos inenarrables a la población civil, especialmente a mujeres y niños”.

Al mismo tiempo reconoció los avances en la Península Coreana donde, señaló, se buscan “soluciones compartidas y duraderas”. Alabó el acuerdo por reforzar las relaciones diplomáticas entre el Vaticano y Vietnam, donde se nombrará un representante pontificio residente en breve. Destacó los acuerdos entre Etiopía y Eritrea, en Sudán del Sur y otros “signos de esperanza” verificados en África.

Se mostró preocupado por la situación en la República Democrática del Congo, donde pidió respeto al resultado de las últimas elecciones como “factor determinante para una paz sostenible”. Y se mostró cercano con las víctimas de la violencia fundamentalista en Mali, Níger, Nigeria, así como de las persistentes tensiones internas en Camerún.

Un comentario aparte mereció el acuerdo provisional alcanzado entre la Santa Sede y la República Popular de China para el nombramiento de obispos en ese país asiático, firmado el 22 de septiembre. Lo atribuyó al fruto de un “largo y ponderado diálogo institucional”.

Agradeció a Dios porque, por primera vez después de tantos años, todos los obispos en China estén en plena comunión con el sucesor de Pedro y con la Iglesia universal. “Esperemos que la prosecución de los contactos para la aplicación del Acuerdo Provisional firmado contribuya a resolver las cuestiones abiertas y asegure los espacios necesarios para un desarrollo efectivo de la libertad religiosa”, continuó.

Más allá de los conflictos específicos, Bergoglio también desglosó otras grandes tragedias de la actualidad; como el problema de los cristianos en Medio Oriente. Instó a las autoridades políticas a no dejar de garantizarles la seguridad necesaria y todos aquellos requisitos que les permitan seguir viviendo en los países de los que son plenamente ciudadanos.

Urgió a defender a los migrantes y los refugiados. “Deseo llamar la atención de los gobiernos para que se ayude a quienes han emigrado a causa del flagelo de la pobreza, de todo tipo de violencia y persecución, así como de los desastres naturales y el cambio climático, y para que se tomen las medidas que permitan su integración social en los países de acogida”, clamó. Solicitó respeto a su dignidad y derechos humanos, advirtiendo que el desafío de la migración no puede resolverse “con la lógica de la violencia y del descarte, ni con soluciones parciales”.

Agradeció a los gobiernos que han colaborado en la acogida de migrantes durante el año pasado, y mencionó especialmente a Colombia que, junto a otros países de la región, ha recibido a un gran número de venezolanos. Al mismo tiempo aceptó que las olas migratorias de estos años han causado desconfianza y preocupación, llevando a los gobiernos de Europa y de América a limitar los flujos de entrada. Pero fustigó la tentación de construir nuevos muros.

“Las emergencias recientes han demostrado que se necesita una respuesta común, coordinada por todos los países, sin prevenciones y respetando todas las instancias legítimas, tanto de los Estados como de los migrantes y refugiados”, consideró.

Más adelante, el pontífice usó duras palabras contra la “plaga” de los abusos contra menores, que calificó como “uno de los peores y más viles crímenes posibles”, que “destruye inexorablemente lo mejor que la vida humana reserva para un inocente, causando daños irreparables para el resto de su existencia”.

Afirmó que la Iglesia trabaja para combatir y prevenir esos crímenes y su ocultamiento, para llegar a la verdad sobre los casos que involucran a eclesiásticos y para hacer justicia a los niños víctimas.

También condenó la violencia contra las mujeres. “Ante el flagelo del abuso físico y psicológico, es urgente volver a encontrar formas de relaciones justas y equilibradas, basadas en el respeto y el reconocimiento mutuos, en las que cada uno pueda expresar su identidad de manera auténtica, mientras que la promoción de algunas formas de indiferenciación corre el riesgo de desnaturalizar el mismo ser hombre o mujer”, precisó.

Defendió el derecho al empleo. Convocó a afrontar la disminución de puestos de trabajo y la pérdida de garantías económicas y sociales a causa del avance tecnológico. Exhortó a combatir el trabajo infantil y las nuevas formas de esclavitud, así como la disminución progresiva del valor de los salarios, especialmente en los países desarrollados, y la discriminación persistente de las mujeres en el ámbito laboral.

El Papa lamentó que el mercado de armas se mantenga en auge y avance la tendencia cada vez más generalizada a armarse, entre los individuos como entre los Estados. Expresó preocupación porque el crecimiento de armas cada vez más sofisticadas está sustituyendo al desarme nuclear.

“Las relaciones internacionales no pueden ser dominadas por las fuerzas militares, por las intimidaciones recíprocas, por la ostentación de los arsenales bélicos”, constató.

Animó a un compromiso más decisivo de los Estados para hacer frente con urgencia al fenómeno preocupante del calentamiento global, porque -dijo- la Tierra pertenece a todos y las consecuencias de su explotación recaen sobre la población mundial, y de manera más dramática en algunas regiones.


Mensaje del Santo Padre Francisco para la LII Jornada Mundial de la Paz 2019: La buena política está al servicio de la paz

diciembre 30, 2018

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La buena política está al servicio de la paz

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Mensaje del Santo Padre Francisco para la celebración de la LII Jornada Mundial de la Paz

Publicamos a continuación el texto del mensaje del Santo Padre Francisco para la LII Jornada Mundial de la Paz que se celebra el 1 de enero de 2019 y cuyo tema este año es: La buena política está al servicio de la paz. 

La buena política está al servicio de la paz

  1. “Paz a esta casa”

Jesús, al enviar a sus discípulos en misión, les dijo: «Cuando entréis en una casa, decid primero: “Paz a esta casa”. Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz; si no, volverá a vosotros» (Lc 10,5-6).

Dar la paz está en el centro de la misión de los discípulos de Cristo. Y este ofrecimiento está dirigido a todos los hombres y mujeres que esperan la paz en medio de las tragedias y la violencia de la historia humana.[1]

La “casa” mencionada por Jesús es cada familia, cada comunidad, cada país, cada continente, con sus características propias y con su historia; es sobre todo cada persona, sin distinción ni discriminación. También es nuestra “casa común”: el planeta en el que Dios nos ha colocado para vivir y al que estamos llamados a cuidar con interés.

Por tanto, este es también mi deseo al comienzo del nuevo año: “Paz a esta casa”.

  1.  El desafío de una buena política

La paz es como la esperanza de la que habla el poeta Charles Péguy; [2] es como una flor frágil que trata de florecer entre las piedras de la violencia. Sabemos bien que la búsqueda de poder a cualquier precio lleva al abuso y a la injusticia.

La política es un vehículo fundamental para edificar la ciudadanía y la actividad del hombre, pero cuando aquellos que se dedican a ella no la viven como un servicio a la comunidad humana, puede convertirse en un instrumento de opresión, marginación e incluso de destrucción.

Dice Jesús: «Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos» (Mc 9,35). Como subrayaba el Papa san Pablo VI: «Tomar en serio la política en sus diversos niveles ―local, regional, nacional y mundial― es afirmar el deber de cada persona, de toda persona, de conocer cuál es el contenido y el valor de la opción que se le presenta y según la cual se busca realizar colectivamente el bien de la ciudad, de la nación, de la humanidad».[3]

En efecto, la función y la responsabilidad política constituyen un desafío permanente para todos los que reciben el mandato de servir a su país, de proteger a cuantos viven en él y de trabajar a fin de crear las condiciones para un futuro digno y justo.

La política, si se lleva a cabo en el respeto fundamental de la vida, la libertad y la dignidad de las personas, puede convertirse verdaderamente en una forma eminente de la caridad.

  1. Caridad y virtudes humanas para una política al servicio de los derechos humanos y de la paz

El Papa Benedicto XVI recordaba que «todo cristiano está llamado a esta caridad, según su vocación y sus posibilidades de incidir en la polis. […] El compromiso por el bien común, cuando está inspirado por la caridad, tiene una valencia superior al compromiso meramente secular y político. […] La acción del hombre sobre la tierra, cuando está inspirada y sustentada por la caridad, contribuye a la edificación de esa ciudad de Dios universal hacia la cual avanza la historia de la familia humana».[4]

Es un programa con el que pueden estar de acuerdo todos los políticos, de cualquier procedencia cultural o religiosa que deseen trabajar juntos por el bien de la familia humana, practicando aquellas virtudes humanas que son la base de una buena acción política: la justicia, la equidad, el respeto mutuo, la sinceridad, la honestidad, la fidelidad.

A este respecto, merece la pena recordar las “bienaventuranzas del político”, propuestas por el cardenal vietnamita François-Xavier Nguyễn Vãn Thuận, fallecido en el año 2002, y que fue un fiel testigo del Evangelio:

Bienaventurado el político que tiene una alta consideración y una profunda conciencia de su papel.

Bienaventurado el político cuya persona refleja credibilidad.

Bienaventurado el político que trabaja por el bien común y no por su propio interés.

Bienaventurado el político que permanece fielmente coherente.

Bienaventurado el político que realiza la unidad.

Bienaventurado el político que está comprometido en llevar a cabo un cambio radical.

Bienaventurado el político que sabe escuchar.

Bienaventurado el político que no tiene miedo.[5]

Cada renovación de las funciones electivas, cada cita electoral, cada etapa de la vida pública es una oportunidad para volver a la fuente y a los puntos de referencia que inspiran la justicia y el derecho.

Estamos convencidos de que la buena política está al servicio de la paz; respeta y promueve los derechos humanos fundamentales, que son igualmente deberes recíprocos, de modo que se cree entre las generaciones presentes y futuras un vínculo de confianza y gratitud.

  1. Los vicios de la política

En la política, desgraciadamente, junto a las virtudes no faltan los vicios, debidos tanto a la ineptitud personal como a distorsiones en el ambiente y en las instituciones. Es evidente para todos que los vicios de la vida política restan credibilidad a los sistemas en los que ella se ejercita, así como a la autoridad, a las decisiones y a las acciones de las personas que se dedican a ella.

Estos vicios, que socavan el ideal de una democracia auténtica, son la vergüenza de la vida pública y ponen en peligro la paz social: la corrupción —en sus múltiples formas de apropiación indebida de bienes públicos o de aprovechamiento de las personas—, la negación del derecho, el incumplimiento de las normas comunitarias, el enriquecimiento ilegal, la justificación del poder mediante la fuerza o con el pretexto arbitrario de la “razón de Estado”, la tendencia a perpetuarse en el poder, la xenofobia y el racismo, el rechazo al cuidado de la Tierra, la explotación ilimitada de los recursos naturales por un beneficio inmediato, el desprecio de los que se han visto obligados a ir al exilio.

  1. La buena política promueve la participación de los jóvenes y la confianza en el otro

Cuando el ejercicio del poder político apunta únicamente a proteger los intereses de ciertos individuos privilegiados, el futuro está en peligro y los jóvenes pueden sentirse tentados por la desconfianza, porque se ven condenados a quedar al margen de la sociedad, sin la posibilidad de participar en un proyecto para el futuro.

En cambio, cuando la política se traduce, concretamente, en un estímulo de los jóvenes talentos y de las vocaciones que quieren realizarse, la paz se propaga en las conciencias y sobre los rostros. Se llega a una confianza dinámica, que significa “yo confío en ti y creo contigo” en la posibilidad de trabajar juntos por el bien común. La política favorece la paz si se realiza, por lo tanto, reconociendo los carismas y las capacidades de cada persona.

«¿Hay acaso algo más bello que una mano tendida? Esta ha sido querida por Dios para dar y recibir. Dios no la ha querido para que mate (cf. Gn 4,1ss) o haga sufrir, sino para que cuide y ayude a vivir. Junto con el corazón y la mente, también la mano puede hacerse un instrumento de diálogo».[6]

Cada uno puede aportar su propia piedra para la construcción de la casa común. La auténtica vida política, fundada en el derecho y en un diálogo leal entre los protagonistas, se renueva con la convicción de que cada mujer, cada hombre y cada generación encierran en sí mismos una promesa que puede liberar nuevas energías relacionales, intelectuales, culturales y espirituales.

Una confianza de ese tipo nunca es fácil de realizar porque las relaciones humanas son complejas. En particular, vivimos en estos tiempos en un clima de desconfianza que echa sus raíces en el miedo al otro o al extraño, en la ansiedad de perder beneficios personales y, lamentablemente, se manifiesta también a nivel político, a través de actitudes de clausura o nacionalismos que ponen en cuestión la fraternidad que tanto necesita nuestro mundo globalizado.

Hoy más que nunca, nuestras sociedades necesitan “artesanos de la paz” que puedan ser auténticos mensajeros y testigos de Dios Padre que quiere el bien y la felicidad de la familia humana.

  1. No a la guerra ni a la estrategia del miedo

Cien años después del fin de la Primera Guerra Mundial, y con el recuerdo de los jóvenes caídos durante aquellos combates y las poblaciones civiles devastadas, conocemos mejor que nunca la terrible enseñanza de las guerras fratricidas, es decir que la paz jamás puede reducirse al simple equilibrio de la fuerza y el miedo.

Mantener al otro bajo amenaza significa reducirlo al estado de objeto y negarle la dignidad. Es la razón por la que reafirmamos que el incremento de la intimidación, así como la proliferación incontrolada de las armas son contrarios a la moral y a la búsqueda de una verdadera concordia.

El terror ejercido sobre las personas más vulnerables contribuye al exilio de poblaciones enteras en busca de una tierra de paz. No son aceptables los discursos políticos que tienden a culpabilizar a los migrantes de todos los males y a privar a los pobres de la esperanza.

En cambio, cabe subrayar que la paz se basa en el respeto de cada persona, independientemente de su historia, en el respeto del derecho y del bien común, de la creación que nos ha sido confiada y de la riqueza moral transmitida por las generaciones pasadas.

Asimismo, nuestro pensamiento se dirige de modo particular a los niños que viven en las zonas de conflicto, y a todos los que se esfuerzan para que sus vidas y sus derechos sean protegidos. En el mundo, uno de cada seis niños sufre a causa de la violencia de la guerra y de sus consecuencias, e incluso es reclutado para convertirse en soldado o rehén de grupos armados.

El testimonio de cuantos se comprometen en la defensa de la dignidad y el respeto de los niños es sumamente precioso para el futuro de la humanidad.

  1. Un gran proyecto de paz

Celebramos en estos días los setenta años de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que fue adoptada después del segundo conflicto mundial.

Recordamos a este respecto la observación del Papa san Juan XXIII: «Cuando en un hombre surge la conciencia de los propios derechos, es necesario que aflore también la de las propias obligaciones; de forma que aquel que posee determinados derechos tiene asimismo, como expresión de su dignidad, la obligación de exigirlos, mientras los demás tienen el deber de reconocerlos y respetarlos».[7]

La paz, en efecto, es fruto de un gran proyecto político que se funda en la responsabilidad recíproca y la interdependencia de los seres humanos, pero es también un desafío que exige ser acogido día tras día. La paz es una conversión del corazón y del alma, y es fácil reconocer tres dimensiones inseparables de esta paz interior y comunitaria:

–          la paz con nosotros mismos, rechazando la intransigencia, la ira, la impaciencia y ―como aconsejaba san Francisco de Sales― teniendo “un poco de dulzura consigo mismo”, para ofrecer “un poco de dulzura a los demás”;

–          la paz con el otro: el familiar, el amigo, el extranjero, el pobre, el que sufre…; atreviéndose al encuentro y escuchando el mensaje que lleva consigo;

–          la paz con la creación, redescubriendo la grandeza del don de Dios y la parte de responsabilidad que corresponde a cada uno de nosotros, como habitantes del mundo, ciudadanos y artífices del futuro.

La política de la paz ―que conoce bien y se hace cargo de las fragilidades humanas― puede recurrir siempre al espíritu del Magníficat que María, Madre de Cristo salvador y Reina de la paz, canta en nombre de todos los hombres: «Su misericordia llega a sus fieles de generación en generación. Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes; […] acordándose de la misericordia como lo había prometido a nuestros padres en favor de Abrahán y su descendencia por siempre» (Lc 1,50-55).

Vaticano, 8 de diciembre de 2018

FRANCISCO

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 [1] Cf. Lc 2,14: «Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad».

[2] Cf. Le Porche du mystère de la deuxième vertu, París 1986.

[3] Carta ap. Octogesima adveniens (14 mayo 1971), 46.

[4] Carta enc. Caritas in veritate (29 junio 2009), 7.

[5] Cf. Discurso en la exposición-congreso “Civitas” de Padua: “30giorni” (2002), 5.

[6] Benedicto XVI, Discurso a las Autoridades de Benín (Cotonou, 19 noviembre 2011).

[7] Carta enc. Pacem in terris (11 abril 1963), 44.

 


¿Miramos a otro lado cuando hablamos de venta de armas?

diciembre 26, 2018

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¿Miramos a otro lado cuando hablamos de venta de armas?

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¿Miramos a otro lado cuando hablamos de venta de armas?

¿Por que la justificamos diciendo que este sector crea puestos de trabajo?

Por César Nebot

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¿Consideramos aceptable no acabar con un grupo terrorista simplemente porque su constante amenaza genera demanda de servicios de seguridad y, por lo tanto, desde el punto de vista económico, puestos de trabajo? ¿Qué pensaríamos si además quien vendiera armas argumentara que es armamento de precisión? Indignados clamaríamos por los derechos humanos y nos repugnarían los pretexto peregrinos.

Pero claro, si las muertes que provocan no son cercanas y pueden no ser televisadas entonces nos quedan lejos. Si el comprador es Arabia Saudí y los muertos son yemeníes, ya es harina de otro costal. Caemos rápidamente en el conformismo y miramos a otro lado.

“Es un contrato de bombas asépticas que apenas matan; es bueno para luchar contra el desempleo”, nos repetimos como Gollum de “El Señor de los Anillos”, para adormilar conciencias, batallando en su ambivalencia. Con tal de aceptar lo que sea, nos aferramos a lo que nos tranquilice y permita pervivir exentos de responsabilidad. 

Siempre me saltan todas las alarmas cuando pretenden venderme como bueno algo aludiendo a que pretenden luchar contra el desempleo. Es el comodín estrella que suele esconder otra realidad. Una vez usado nadie cuestiona, nadie protesta.

Curiosamente, quienes defienden a capa y espada la movilidad y readaptación laboral a nuevos sectores, cuando se trata del sector de la venta de armas, suelen olvidar la reconversión en este caso. Esa incoherencia compromete la supuesta honestidad en su lucha contra el desempleo. 

Como el bienestar proviene de lo que disponemos y la conciencia de lo que conocemos, tenemos tendencia a ignorar ciertas realidades y a adquirir argumentos anestésicos para adormilarnos. 

Preferimos vendarnos los ojos y seguir con nuestra película, observando conflictos y muerte por televisión mientras olvidamos que parte de nuestro bienestar depende de vender armamento.

La inquietante intro de la película “El Señor de la Guerra” muestra el recorrido de una bala desde su fabricación hasta que atraviesa la cabeza de un niño en el tercer mundo. Las rentas de ese negocio recorren el camino contrario engrosando nuestro bienestar civilizado, azotea desde la que indignarnos exentos de culpabilidad y responsabilidad. Nos exculpamos desde una torre de superioridad moral exenta de redención.

Lo primero que deberíamos hacer es aceptar la realidad desnuda. De igual manera que para poder resucitar se precisa aceptar la cruz, aceptar nuestra realidad social es el primer paso para permitir su transformación.

La cruda realidad es que unos pocos obtienen suculentas comisiones de este negocio y fomentan argumentos clorofórmicos (pues admitir abiertamente que el objeto último y principal es su acumulación de riqueza) que socialmente aceptamos.

Como perros en torno a una mesa de la que caen las migajas, el resto nos beneficiamos vía impuestos, empleo o consumo del suculento y cruento negocio. No disparar nos exime de culpa pero no de responsabilidad. En consecuencia, es necesario que demos respuesta no de compasión o caridad, sino de justicia. 

Un amigo misionero, procurando civilizadamente sembrar paz en el deprimido norte de Uganda, se quedó desarmado de argumentos cuando su ayudante indígena extrajo una bala Made in Spain del cadáver de un niño de cinco años.

Aunque en nuestro mundo nos creamos en una perfecta burbuja moral, desde fuera nada genera mayor descrédito que nuestra hipocresía.

Individualmente, como pequeños Davides, es difícil que podamos hacer nada contra los Goliath pero, tal vez, si el político necesita esconder las vergüenzas, podemos negarnos a aceptar adormilar nuestras conciencias ante la obstinada declaración de nuestros políticos que pretenden desviar la atención. 

¿Miramos a otro lado cuando hablamos de venta de armas?


El éxodo de 8 millones de venezolanos, por Andrés Oppenheimer

diciembre 17, 2018

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“¿Qué pasaría si el éxodo venezolano crece a 8 millones, como lo pronostica el estudio de Brookings?” (Ilustración: Giovanni Tazza)

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El éxodo de 8 millones de venezolanos, por Andrés Oppenheimer

“Sería el mayor éxodo masivo del mundo en los últimos tiempos y podría desestabilizar la región”.

Por Andrés Oppenheimer 

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Un nuevo estudio de Brookings Institution según el cual el número de refugiados venezolanos se disparará a 8 millones debería estar causando alarma en Estados Unidos y América Latina. Sería el mayor éxodo masivo del mundo en los últimos tiempos, más grande que la crisis de refugiados sirios, y podría desestabilizar la región.

El estudio del economista venezolano-israelí de Brookings, Dany Bahar, y del investigador Douglas Barrios, dice que la proyección de 8 millones incluye a los 3 millones de venezolanos que, según las Naciones Unidas, ya han abandonado su país debido a la crisis humanitaria. La mayoría de los refugiados ha huido a Colombia.

El estudio no especifica el marco de tiempo en que se llegaría a la cifra de 8 millones, por lo que llamé a Bahar y le pedí que fuera más específico. ¿Estamos hablando de una década o de dos o tres décadas?, le pregunté. “No, estamos hablando de un período de tiempo mucho más corto, de unos dos o tres años”, me dijo Bahar.

El estudio toma en cuenta la tasa de pobreza del 87% de Venezuela, el colapso económico del país, los pronósticos mundiales de precios del petróleo y también las remesas familiares de los venezolanos que ya están enviando dinero desde el exterior.

Cuando le pregunté si la cifra de 8 millones de refugiados es el escenario más optimista o pesimista de su estudio, Bahar me respondió que “es un escenario con suposiciones bastante realistas. Si erra, erra para el lado conservador”.

Si el estudio es correcto, es difícil prever cómo Estados Unidos y América Latina podrían lidiar con este éxodo masivo. Colombia ya está pidiendo ayuda internacional, pero está recibiendo mucho menos de lo que necesita.

Cuando recientemente le pregunté a la vicepresidenta de Colombia, Marta Lucía Ramírez, si su país podría aceptar a un millón adicional de inmigrantes venezolanos en el 2019, como lo ha proyectado la Oficina de Migración de su país, me dijo: “No, no podríamos realmente”.

De hecho, las ciudades colombianas en la frontera con Venezuela ya están desbordadas. Sus escuelas y hospitales están repletos y difícilmente podrían recibir más inmigrantes.

Y el presidente Trump, a pesar de su retórica de línea dura contra la dictadura de Venezuela, no ha sido muy bondadoso con los inmigrantes venezolanos, probablemente porque tenderles una mano a los refugiados venezolanos socavaría su falsa demagogia de que Estados Unidos tiene una crisis inmigratoria.

De hecho, el número de inmigrantes indocumentados en Estados Unidos ha disminuido significativamente en los últimos diez años, según el Centro de Investigación Pew.

La semana pasada se presentó en el Senado un proyecto de ley bipartidista para otorgar el estatus de protección temporal (TPS, por sus siglas en inglés) a los refugiados venezolanos, pero el esfuerzo fue liderado por un demócrata, el senador Bob Menéndez.

Entonces, ¿qué pasaría si el éxodo venezolano crece a 8 millones, como lo pronostica el estudio de Brookings?

Algunos especulan que el presidente electo ultraderechista brasileño Jair Bolsonaro lideraría una intervención militar respaldada por Estados Unidos para derrocar al dictador venezolano Nicolás Maduro.

Quienes creen en ese escenario señalan que Bolsonaro ya se ha comprometido a ser un aliado cercano de Trump, y que la última vez que Brasil y Estados Unidos fueron aliados cercanos, en la década de 1960, las fuerzas brasileñas y estadounidenses invadieron la República Dominicana.

Pero Bolsonaro va a estar demasiado concentrado en tratar de resucitar la economía de Brasil para gastar su capital político en una intervención extranjera.

Y lo más probable es que Trump esté demasiado ocupado tratando de defenderse de cargos cada vez más serios de que habría cometido varios delitos antes y durante su campaña electoral del 2016. Aunque también es cierto que Trump –acorralado por sus propios errores– también podría iniciar una guerra para desviar la atención pública de sus problemas domésticos.

En cualquier caso, este nuevo estudio de Brookings debería tomarse muy en serio.

La comunidad internacional debería escalar sus sanciones diplomáticas a Maduro antes de que asuma el cargo el 10 de enero por un nuevo período de seis años. Si el mundo mira hacia otro lado, pronto estaremos ante una crisis regional mucho más grave.

© El Nuevo Herald. Distribuido por Tribune Content Agency, LLC

https://elcomercio.pe/opinion/columnistas/exodo-8-millones-venezolanos-andres-oppenheimer-noticia-588469


“¿De extrema derecha? No, somos de extrema necesidad”

diciembre 9, 2018

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Representantes de Vox, agrupación fundada a fines del 2013, en Sevilla. Han sorprendido los resultados cosechados en Andalucía el último fin de semana.

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¿De extrema derecha? No, somos de extrema necesidad”

Entrevista a Mazaly Aguilar, vicepresidenta de Vox. 

La representante de Vox defiende la irrupción de la ultra derecha en las elecciones andaluzas y fustiga la inmigración musulmana.

Por YOLANDA VACCARO

.En el local central de Vox, en Madrid, sus integrantes dicen que no se dan abasto para atender a los simpatizantes que quieren afiliarse y ser voluntarios de este partido. En los comicios del domingo pasado, en la región de An-dalucía, Vox obtuvo 395.978 votos (11% del total), lo que le otorga 12 escaños en el Parlamento regional.

Las portadas de los medios y los debates en España están hoy monopolizados por la irrupción de esta agrupación de extrema derecha –por primera vez desde la muerte de Francisco Franco, un partido de esta línea llega a un Congreso regional– que amenaza desestabilizar el panorama político del país. 
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Mazaly Aguilar, vicepresidenta de Relaciones Institucionales de Vox, nos dio unos minutos para hablar de este fenómeno.
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—¿Cuál es su postura en torno a la inmigración?
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No estamos en contra de la inmigración en general, sino de la inmigración ilegal, y principalmente, de esa inmigración que viene en pos de las ayudas sociales que da este país. No es lo mismo un inmigrante musulmán, que no tiene nuestra cultura ni nuestro idioma, que un inmigrante hispanoamericano que viene con la misma educación, la misma lengua, las mismas costumbres, y que no viene a pedir sino a dar.
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Todos somos hispanoamericanos, esta es nuestra patria común. Conozco a muchos hispanoamericanos que trabajan duro para sacar a sus familias adelante y pagan sus impuestos porque entienden que lo que les da su Madre Patria hay que devolverlo. Y cuando ven que vienen de países musulmanes a querer imponernos su cultura y modo de vida, pues no lo entienden, y nosotros tampoco.
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Por eso diferenciamos entrinmigración legal hispana e inmigración ilegal que proviene, fundamentalmente, de países musulmanes.
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—¿Cuál es el caballo de batalla de Vox? ¿Acabar con las autonomías o con la inmigración ilegal?
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Las autonomías son el cáncer económico de España. La Constitución dice que los españoles tienen que ser iguales ante la ley y no lo son. En 1978 se cometió el error grave de dar preponderancia a circunscripciones territoriales a las que se les llamó comunidades autónomas por encima de otras. 
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Eso ha hecho crecer 17 miniestados que cuestan un Perú –y me encanta esa frase– a la economía española. Tendría que haber descentralización administrativa, pero centralización de lo importante: sanidad, cultura, educación, justicia. No una España con regiones que se quieren desgajar solo porque se creen más que otras. El costo económico es brutal. Las autonomías tienen que desaparecer.
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—¿Qué opinan cuando los califican de extrema derecha?
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No, somos de extrema necesidad. En este país cuando a uno no le gusta otro, en lugar de argumentar descalifica con insultos, pero todos los insultos nos dan muchos más votos. Cuando me dicen que somos de extrema derecha les digo que se metan en la página web y lean las cien medidas de Vox y que, si están de acuerdo con un 10%, son de Vox y aún no lo saben.
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Si ser de extrema derecha es querer la unidad de tu patria, apoyar a la familia, a los más necesitados, quitar el poder a los 17 miniestados que tenemos, apoyar a los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado, una buena ley de sanidad, pues sí, lo somos.
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—¿Cómo se sienten cuando personajes como Marine Le Pen (líder de la extrema derecha francesa) los felicitan efusivamente?
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Con el programa de Le Pen solo tenemos dos posiciones en común: la soberanía nacional y el rechazo de la inmigración. Ellos están totalmente desbordados, llevan años con guetos en las grandes ciudades, y en España ya los empezamos a tener. Que nadie nos robe la soberanía nacional y que unos funcionarios de Bruselas no nos digan qué debemos hacer.
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—¿Quieren que España salga de la Unión Europea (UE)?
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España es soberana. No estamos en contra de Europa sino de que Europa nos diga, como si fuéramos indolentes, lo que tenemos que hacer. Las políticas comunitarias están bien si apoyan a todos los miembros de la UE por igual. No estamos a favor de salir de la UE, sino en contra de una UE como la que tenemos ahora, donde los funcionarios, liderados sobre todo por Alemania, marcan las directrices.
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—¿Por qué están en contra de la ley contra la violencia de género?
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Hablamos de violencia en el seno familiar. Santiago Abascal, nuestro presidente, tiene madre, hermanas, hijas y esposa, claro que está a favor de que nadie haga daño a las mujeres, pero él también tiene hijos y dice: ‘Yo no puedo estar de acuerdo con que a mis hijos simplemente por ser hombres se los penalice’.
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Muchos abogados aconsejan a las mujeres denunciar falsamente a sus maridos. Hay violencia intrafamiliar, de hijos a padres, de hijos a abuelos, de esposas a esposos, no solo violencia de género.
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—¿Cuál es la filiación de Vox en el escenario internacional?
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Somos muy liberales en el aspecto económico y conservadores en muchos otros puntos. Si no es un eufemismo decir liberal-conservador, podríamos estar en esa definición.
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https://es.scribd.com/document/395210595/Yolanda-Vaccaro-entrevista-Vocepresidenta-de-VOX-Mazaly-Aguilar-en-El-Comercio-8-12-18
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Pueden ver también: https://www.larazon.es/espana/santiago-abascal-extremos-vox-esta-lleno-de-espanoles-con-sentido-comun-CN20879029

Los médicos cubanos en Brasil, por Andrés Oppenheimer

diciembre 4, 2018

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“Los médicos cubanos recibían menos del 10% de sus salarios, y Cuba conservaba la mayor parte del resto”. (Ilustración: Giovanni Tazza)

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Los médicos cubanos en Brasil, por Andrés Oppenheimer

“Estaríamos ante una agencia de la ONU que habría lucrado con un negocio de esclavitud moderna”.

Por Andrés Oppenheimer

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El escándalo en torno a los 15.000 médicos cubanos que han trabajado en condiciones de virtual esclavitud en Brasil está creciendo: varios de ellos presentaron una demanda en Miami contra la Organización Panamericana de la Salud (OPS), afirmando que la organización regional no solo supervisó el programa, sino también se embolsó US$75 millones de sus fondos.

Sam Dubbin, un abogado de Miami que representa a cuatro médicos cubanos que desertaron en Brasil, me dijo que la demanda alega que la OPS, una agencia de la Organización Mundial de la Salud de las Naciones Unidas con sede en Washington D.C., supervisó y se benefició de un esquema ilegal bajo el cual los médicos cubanos tenían que trabajar en condiciones que violan las leyes internacionales contra el trabajo forzado.

Dubbin agregó que la OPS ganó US$75 millones del acuerdo entre Brasil Cuba en los últimos cinco años.

El programa, conocido como Mais Medicos, fue establecido en octubre del 2013 por el gobierno de la ex presidenta brasileña Dilma Rousseff. Bajo el acuerdo, los médicos cubanos han estado trabajando en áreas remotas de Brasil, donde pocos médicos brasileños quieren vivir.

Cuba anunció la semana pasada que estaba comenzando a repatriar a sus médicos de Brasil, luego de que el presidente electo ultraderechista de Brasil, Jair Bolsonaro, denunciara que Mais Medicos es un programa de esclavitud moderna.

Bajo el acuerdo entre Brasil Cuba supervisado por la OPS, los médicos cubanos recibían menos del 10% de sus salarios, y Cuba conservaba la mayor parte del resto, según la planeada demanda legal contra la OPS.

Bolsonaro, quien asumirá el cargo el 1 de enero, amenazó con cancelar el programa Mais Medicos a menos que Cuba aceptara que los médicos cubanos reciban su salario completo, que Brasil valide sus títulos médicos y que se les permita traer a sus familias. El presidente electo más tarde tuiteó que, “desafortunadamente, Cuba no ha aceptado”.

Según un estudio reciente realizado por la Escuela Wharton de la Universidad de Pennsylvania, en el 2015 había unos 37.000 médicos cubanos que trabajaban en 77 países, la mayoría en Venezuela, Brasil y América Central.

Dubbin me dijo que sus clientes “quieren poner fin a esta práctica de que los médicos cubanos sean tratados como esclavos”. Agregó que están buscando el pago de sus salarios completos y daños, y “quieren exponer a una institución internacional que opera aquí mismo en Estados Unidos y que está involucrada en la trata de personas”.

La doctora Ramona Matos, una de las demandantes, dijo que “simplemente estamos pidiendo la compensación total que todos merecemos”, según el despacho de Dubbin.

Dubbin citó varios documentos, incluida una auditoría del programa Mais Medicos realizada por la Oficina de Responsabilidad Suprema de Brasil, según los cuales en los últimos cinco años Brasil habría pagado alrededor de US$1.500 millones a la OPS por el programa.

De ese dinero, la OPS pagó US$1.300 millones a Cuba y se quedó con US$75 millones. Cuba, a su vez, pagó a los médicos cubanos en Brasil unos US$125 millones, dijo Dubbin.

Los US$75 millones que habría recibido la OPS no se utilizaron para pagar los gastos operativos, ya que estos fueron pagados por instituciones brasileñas, agregó Dubbin.

Consultado al respecto, el portavoz de la OPS, Luis Felipe Sardenberg, me dijo en un correo electrónico que los fondos “son cargos cobrados a todas las contribuciones voluntarias recibidas por la OPS para cubrir los costos relacionados con la gestión y administración de un programa”.

Agregó que “todas las organizaciones de las Naciones Unidas… imponen este tipo de cargos”. Los médicos demandantes dijeron que, además de recibir solo una fracción de sus salarios, la mayoría de ellos no podían traer a sus familias con ellos de Cuba, y que tenían un toque de queda diario a las 6 p.m.

Cuando escribí por primera vez sobre la situación de los médicos cubanos en Brasil en setiembre del 2013, describí este acuerdo –y a la supervisión de la OPS– como “escandaloso”.

Ahora, si resulta que la OPS también ganó US$75 millones con este programa, estaríamos frente a una agencia de la ONU que habría lucrado con un negocio de esclavitud moderna. Eso ya no sería solo inmoral, sino que podría ser criminal.

© El Nuevo Herald. Distribuido por Tribune Content Agency, LLC

https://elcomercio.pe/opinion/columnistas/onu-medicos-cubanos-brasil-andres-oppenheimer-noticia-583628


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