Nuevo Directorio para la Catequesis rechaza ideología de género: Dios creó varón y mujer

junio 25, 2020

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Imagen referencial. Crédito: Pexels (Pixabay)

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Nuevo Directorio para la Catequesis rechaza ideología de género: Dios creó varón y mujer

Redacción ACI Prensa, actualizada 25 junio 2020

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El nuevo Directorio para la Catequesis presentado en el Vaticano reafirmó la enseñanza de la Iglesia de que Dios creó al ser humano varón y mujer, y en ese sentido rechazó la ideología de género, con el que la persona niega su propia naturaleza.

Este 25 de junio el Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización publicó el nuevo Directorio para la Catequesis, aprobado por el Papa Francisco y que sustituye al “Directorio general para la catequesis” de 1997.

El documento de cerca de 300 páginas alienta la evangelización en el mundo digital, anima la pastoral con los migrantes y el trabajo a favor del medio ambiente; y enfatiza el rol de la enseñanza de la Iglesia en la bioética y frente a la ideología de género.

En ese sentido, en el capítulo “Catequesis y algunas cuestiones de bioética”, la Santa Sede advirtió que “una difundida orientación de lo que hoy se presenta bajo la denominación de gender (Ndr: ideología de género), pone en discusión el dato revelado: ‘hombre y mujer los creó’ (Gn 1,27).

“Según tal posición, la identidad de género, ya no sería un dato original que la persona debe acoger y llenar de sentido, sino una construcción social que se decide autónomamente, desvinculada completamente del sexo biológico. El hombre niega la propia naturaleza y decide creársela él mismo”.

“Sin embargo, según el relato bíblico de la creación, el ser humano ha sido creado por Dios como varón y mujer. La Iglesia es bien consciente de la complejidad de las situaciones personales vividas, a veces, de manera conflictiva. Ella no juzga a las personas, sino que invita a acompañarlas siempre, sea cual fuere su situación”.

El documento señala que la Iglesia “es consciente, sin embargo, desde una perspectiva de fe, que la sexualidad no es sólo un dato físico, sino una realidad personal, un valor confiado a la responsabilidad de la persona. De este modo, la identidad sexual y la vivencia existencial deberán ser una respuesta al llamado original de Dios”.

Investigación científica

En este mismo capítulo, el nuevo Directorio para la Catequesis explicó que “los principales temas tratados por la bioética se refieren al inicio de la vida (estatuto del embrión humano, procreación médicamente asistida…), a su fin (definición de muerte, eutanasia, cuidados paliativos), a la salud y a la experimentación sobre la persona (ingeniería genética, biotecnología…)”.

En ese sentido, afirmó que “las cuestiones de bioética interpelan la catequesis y su función formativa”. Por ello, alienta a los agentes pastorales a promover “itinerarios específicos de educación en la fe y en la moral cristiana, en temas como la vida humana en cuanto don de Dios, el respeto y el desarrollo integral de la persona, la ciencia y la técnica ordenadas al bien de la persona”.

“En el ámbito católico, la bioética se mueve sobre el plano racional, inspirándose, sin embargo, en los datos de la Revelación divina, que fundamenta a su vez la antropología cristiana”, afirmó el nuevo documento.

Además, recordó que la investigación científica y sus aplicaciones no son “moralmente neutrales, y los criterios de orientación no se pueden separar de la eficiencia técnica, de su uso o de las ideologías dominantes”.

En ese sentido, indicó que el científico “debe ser consciente de que no todo lo que es técnicamente posible es moralmente admisible” y que “una acción técnicamente eficaz podría estar en contradicción con la dignidad de la persona”.

También señaló que es importante distinguir “entre intervención terapéutica y manipulación. Para corregir las anomalías genéticas, la terapia será lícita si promueve el bien de la persona, sin menoscabar su identidad e integridad, sólo así se defiende la naturaleza humana”.

“La intervención terapéutica sobre las líneas somáticas es conforme a la dignidad de la persona, mientras aquella sobre las líneas germinales, manipulando la identidad de la especie humana es incompatible con el respeto a la persona”, advirtió.

Asimismo, llamó a “prestar mucha atención a los experimentos genéticos, en particular al riesgo de la eugenesia” por ser una práctica discriminatoria; así como a “las posibilidades técnicas de la llamada ingeniería genética”, que “tocan el núcleo mismo de la antropología en la concreta posibilidad de manipularse y autodefinirse, según la filosofía denominada transhumanismo, dando vida a individuos con un patrimonio genético diverso y determinado por el propio querer”.

Finalmente, este capítulo presenta una lista de los grandes criterios de la bioética. “La catequesis –indicó– educa a los catequistas en la formación de una conciencia sobre las preguntas de la vida, poniendo atención especial sobre los desafíos que plantean los desarrollos científicos y tecnológicos y evidenciando los elementos fundamentales para el anuncio de la fe”.

Estos elementos fundamentales son:

– Dios es la referencia inicial y última de la vida, desde su concepción hasta la muerte natural;

– la persona es siempre unidad de cuerpo y espíritu;

– la ciencia está al servicio de la persona;

– la vida se respeta en cualquier situación, ya que está redimida por el misterio pascual de Cristo.

https://www.aciprensa.com/noticias/nuevo-directorio-para-la-catequesis-rechaza-ideologia-de-genero-dios-creo-varon-y-mujer-70951


Qué cambiar en la comunidad cristiana parroquial después del covid-19

junio 17, 2020

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Álvaro Ginel Vielda, sdb. Presidente de la Asociación Española de Catequetas (AECA)

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QUÉ CAMBIAR EN LA COMUNIDAD CRISTIANA PARROQUIAL DESPUÉS DEL COVID-19

Algunas reflexiones y propuestas – PENTECOSTÉS 2020

Por Álvaro GINEL  sdb

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La realidad de la calle

Si uno pregunta a la gente: “Oye, ¿qué te sugiere la palabra Iglesia?”. Lo primero de todo es que a la persona probablemente le dé lo mismo que la palabra esté escrita con minúscula: “iglesia” (= edificio)  o con mayúscula: “Iglesia” (=conjunto de creyentes). Ya comenzamos reconociendo que la cultura religiosa llega hasta donde llega. Exigir a la gente, en general, muchos matices sobre cuestiones religiosas no es práctico.

Dejando a un lado este aspecto, lo normal es que podamos escuchar cosas como:

  • Ni sé dónde hay una iglesia, ni me interesa (referencia clara a iglesia de ladrillos);
  • “¡Ya!”, los obispos, curas, monjas y “derivados”…
  • ¡La riqueza de la Iglesia! ¡Ya podía vender sus tesoros o regalarlos para la sanidad en estos momentos!
  • ¡No me hables: es un nido de pederastas…!
  • Prefiero no hablar de curas (desconfianza en la “clase” clerical = hartura de clérigos que dicen y no hacen, que mandan, que aprisionan conciencias, que no son libres y crean ataduras a la gente, que no son testimonio, etc.).
  • ¡Creo que hice la primera comunión! He vuelto a la iglesia por compromisos en entierros y en una boda (¡que les dio por casarse en la iglesia!). No ha cambiado nada. Siguen igual.
  • ¡Cosas de otros tiempos! ¡Hoy no tiene sentido!
  • Como no cambie, no va a quedar uno que quiera ir a misa…
  • ¡Así no se puede tratar a la gente…! ¡Encima que vas a misa te echan una bronca!
  • Algo del “pasado”, sin novedad hoy.
  • De temas de religión prefiero no hablar.

Las iglesias, las nuestras, se han ido vaciando poco a poco. No nos asustaba, aunque nos dábamos cuenta, porque todavía contábamos con un resto que venía. Ocurría todo tan poco a poco que nos habíamos acostumbrado a que el “personal” de las misas fuera mayoritariamente personas de edad.

Pero de pronto, lo que estaba pasando, el lento vaciamiento, se hizo realidad generalizada cuando las iglesias (como los restaurantes, los museos, los cines…) se clausuraron por motivos de “salud pública”. En el caso de las iglesias fue más llamativo dado el momento en que ocurrió: el final de la Cuaresma y el inicio de la Semana Santa, los días más significativos del Año Litúrgico cristiano, el Triduo Pascual.

Una parte del clero se movilizó rápidamente para que llegara a los hogares lo que no podían ir a celebrar en la iglesia: “los oficios o celebraciones de los días Santos”. Los medios técnicos permitieron “el milagro” metiendo en las casas las celebraciones de Jueves Santo, Viernes Santo y Vigilia Pascual.

Ver las iglesias vacías por decreto gubernativo ante un mal mayor, la pandemia, nos ha abierto los ojos a lo que ya estaba ocurriendo, pero nuestros ojos tenían como escamas (Hch 9,18) y no nos dábamos cuenta, o no queríamos darnos cuenta de que se estaban vaciando y algunas ya estaban vacías [1].

Hay que reconocer que las iglesias han estado abiertas físicamente, aunque no se permitieran reuniones ni celebraciones. Y, es de reconocer que siempre, a cualquier hora del día, hombres y mujeres (¿creyentes  o no?), en las horas más impensadas, dentro de los estrechos márgenes permitidos de salir a la calle, había personas que se daban una vuelta por la iglesia que le venía de paso para hacer “una visita” al Señor sacramentado, o para tomarse un tiempo de respiro, de silencio, de estar tranquilos.

Y la que sí que ha estado abierta siempre ha sido la Iglesia: hombres, mujeres, niños, jóvenes, sacerdotes, religiosos y religiosas, movimientos, parroquias que “han salido” adonde estaban los necesitados y han acogido a los que tenían dolor, hambre, necesidad, sin pedir “identificación” de ningún tipo.

Circula por todas las partes la expresión: “Esta pandemia va a traer muchos cambios”. Es un genérico. ¿Qué cambios? Esta es la pregunta que me hago en el ámbito de la comunidad territorial eclesial llamada parroquia, lugar concreto de visibilización de la Iglesia Universal.

Tenemos que atrevernos a señalar, a nombrar, a soñar… la tendencia de algunos cambios. Porque también es posible que “no suceda nada” y, dentro de poco, creamos que todo fue una pesadilla que pasó sin que de verdad haya cambiado algo. Lo único que aconteció es que “todo pasó”, y hemos regresado “a la normalidad de antes”.

Pero, ¿no decimos que iban a cambiar muchas cosas? ¿Para qué han servido tantas horas de silencio, de humillación del engreimiento humano, y de comprobar que los piropos de que presumíamos tenemos la mejor sanidad del mundo eran palabras huecas?

  1. A Dios lo que es de Dios

La primera realidad que tiene que cambiar tras el acontecimiento de la pandemia es “rescatar la originalidad de Dios”: a Dios lo que es de Dios. Me refiero al hecho de redescubrir la originalidad de Dios para no achacarle “culpas que no tiene”. 

Muchos creyentes y no creyentes se han hecho la pregunta: “¿Cómo es posible que Dios de quien decimos que es todopoderoso y a quien definimos como amor permita un sufrimiento tan grande y extendido?”.

Una primera  aclaración: es lógico que se formule la pregunta sobre Dios ante la epidemia que hemos padecido (y aún padecemos), pero permítasenos una sugerencia. El mal, el dolor, la muerte y  la extorsión de los sencillos existen por todas partes y existían antes de la pandemia y  nos quedábamos tan “calladitos”.

Solo cuando nos “ha tocado a nosotros en propia carne” nos hemos planteado la pregunta. No deja de ser una pregunta interesada (el coronavirus nos tocaba a nosotros de cerca) y miope porque no ve la realidad del mal que continuamente, en muchas partes, y a muchos hombres y mujeres y niños está afectando de manera sangrante.

Se han dado muchas respuestas [2]Tomo aquí las palabras de Mons. M. Pelchat, obispo auxiliar de Quebec: ¿Por qué Dios permite el dolor? “El dolor de los humanos es siempre una prueba para la imagen de Dios” (Bruno Chenu). Dios no quiere el sufrimiento y, ante el dolor, nos llama a resistir y a luchar. Un pastor escribió un día que el Dios de la Biblia es “el Dios poderosamente débil” (Étienne Babut). El poder de Dios no puede ser otro que el amor y jamás Dios atropella nuestra libertad de hombres y de mujeres. La vida sigue su curso, las leyes de la naturaleza… En medio de esta historia que avanza desde la noche de los tiempos, es verdad que parece que Dios con frecuencia calla, guarda silencio, como Jesús cuando dormía en la barca durante la tempestad. Dios mantiene un enorme respeto por la libertad humana y envuelve al universo entero creado con sus cuidados tanto por su silencio como por su palabra que es “como una brisa ligera”. Porque Dios es también Palabra a través de la Historia” [3].

La pregunta que quiere saber qué hace Dios ante el sufrimiento o si está cruzado de brazos, se vuelve pregunta para quien la formula: “¿Cómo estás (estamos) escuchando a Dios en la “brisa ligera” que está pronunciando, en el susurro de esta historia que vivimos y nos envuelve totalmente?

Los cristianos y las cristianas estamos invitados a prestar atención a estos “signos de los tiempos”, es decir, a estas llamadas de Dios para abrirnos al servicio a los demás, a mostrar la compasión hacia los menesterosos, los enfermos, los necesitados de cuidados psicológicos, en resumen, a vivir la fraternidad humana, la solidaridad social. Tener relación personal con un Dios misericordioso nos lleva a ser misericordiosos.

Ahí está, en Dios, la fuente de alimentación constante del creyente. En medio de los cadáveres que se amontonaban en las morgues, en medio del abandono y del dolor en que muchas personas morían, la pregunta es normal: “¡Dios! ¿Dónde estás?”.

Es la pregunta que un día Dios hizo a Adán (Gén 3,9) cuando se escondió. Es la pregunta que los “adanes” de todos los tiempos hacemos a Dios, cuando calla y se esconde. Y la respuesta es siempre la misma: “Estoy en el mismo sitio donde tú me haces la pregunta, pero no de la forma que tú esperas encontrarme. Aquí te estoy solicitando”.

Y así, quien pregunta, se vuelve buscador de un Dios que no nos permite convertirle en el dios que nosotros imaginábamos. Así Dios nos purifica y nos lleva siempre más allá, hasta el abandono total y la confianza total. Cuando llegamos ahí, al abandono y confianza total, abrimos los ojos y descubrimos que Dios está solicitándonos para que lo descubramos en el sufrimiento del otro y echemos una mano.

  1. La parroquia: de lugar de operaciones a lugar de referencia

Cuando hablamos de la parroquia como lugar de referencia y no lugar de operaciones (cuartel general) estamos entendiendo que el lugar de actuación “in situ” no es la parroquia, sino que los primeros y principales lugares de “operación o de acción de los bautizados” son aquellos donde el creyente se encuentra con hombres y mujeres que tienen la vida en juego: en angustia, en dolor, en marginación, en explotación, en olvido, en patera…

La expresión “la Iglesia, hospital de campaña [4]” la ha empleado el papa Francisco muchas veces. Es la concreción de lo que en Evangelii gaudium escribía: “Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades. No quiero una Iglesia preocupada por ser el centro y que termine clausurada en una maraña de obsesiones y procedimientos. Si algo debe inquietarnos santamente y preocupar nuestra conciencia, es que tantos hermanos nuestros vivan sin la fuerza, la luz, y el consuelo de la amistad con Jesucristo, sin  una comunidad de fe que los mantenga, sin un horizonte de sentido y de vida” (49).

La iglesia, con sus instalaciones, es el lugar de referencia donde los bautizados se reúnen y aprenden a salir. No se sale a la calle para “hacer algo porque hay que hacer algo”, sino porque hemos conocido el amor de Dios (1 Jn 4,16-18), porque hemos sentido que Él nos ama, porque hemos comprendido que el segundo mandamiento es semejante al primero (Mt 22,34).

En este sentido, la Iglesia, “hospital de campaña”, al menos en la mayoría de los sitios, ha dado la talla durante la pandemia, y se ha convertido en “lugar de referencia” de los pobres, donde encuentran comida y una palabra de consuelo pronunciada por creyentes que dan y se dan. Aún no somos capaces de imaginar los heridos y las heridas nuevas que van a llegar al hospital de campaña que es la comunidad cristiana.

  1. La parroquia: de lugar de sacramentalización al lugar de la reunión de la comunidad

Tenemos muchos testimonios de que los primeros cristianos se reunían el “día del Señor”, el primer día de la semana (Jn 20,1). La Didajé dice: “Reunidos cada día del Señor, romped el pan y dad gracias después de haber confesado vuestros pecados, a fin de que vuestro sacrificio sea puro” (XIV).

San Justino es también muy explícito: “El día que se llama día del sol tiene lugar la reunión en un mismo sitio de todos los que habitan en la ciudad o en el campo. Celebramos esta reunión general el día del sol, por ser el día primero, en que Dios, transformando las tinieblas y la materia, hizo el mundo, y el día también en que Jesucristo, nuestro Salvador, resucitó de entre los muertos; pues es de saber que le crucificaron el día antes del día de Saturno, y al siguiente al día de Saturno, que es el día del sol, se apareció a sus apóstoles (cf. Mt 28,9) y discípulos, enseñándoles estas mismas doctrinas que nosotros les exponemos para su examen” (Apología 1,69).

Si miramos lo que anuncian en sus tablones de información muchas parroquias, nos damos cuenta de que, por lo general, resalta el horario de misas, generalmente con muchas posibilidades los días festivos (aunque cada vez haya menos personas en misa, pero mantenemos las misas con la excusa de que hay que prestar servicio y dar facilidades para que vengan, razones que estaría bien analizar un poco más detalladamente).

No falta, además, el horario de confesiones (aunque después no se cumpla: no encuentras al sacerdote cuando vas, si bien en ocasiones te informan de que llames a tal timbre o teléfono…, algo que pocos suelen hacer); lo que se busca es que haya alguien esperando como el padre de la parábola (Lc 15,20).

Es decir, las parroquias anuncian  horarios de sacramentos de manera principal. Toda esta programación sacramental se nos fue a pique en tiempos de pandemia. Lo más anunciado fue lo primero en desaparecer. ¿Será tan central lo que estamos anunciando que ofrecemos?

En este hecho, yo veo una invitación grande a redescubrir el sentido de la celebración de los sacramentos y sobre todo del sacramento de la Eucaristía. Afirmo claramente que sin Eucaristía no podemos vivir como cristianos. Pero lo que está en juego no es la Eucaristía en sí, sino cómo la celebramos la Eucaristía.

Los documentos más arriba mencionados, y otros, hablan de la reunión y de la fracción del pan. Mi pregunta es: ¿No hemos suprimido en nuestra praxis el sentido más humano y de la reunión acentuando, o reduciendo todo, a la fracción del pan, el sacramento? ¿No hemos perdido el sentido de la importancia de reunirse, de estar juntos, de charlar, de perder el anonimato, de sentirnos alentados con la presencia de otros que confiesan y viven la misma fe en Jesús, el Señor?

Si echamos una mirada a lo que son territorios de misión nos daremos cuenta de que muchas comunidades cristianas, de hecho, viven sin Eucaristía semanal, por imperativo de las circunstancias, pero no viven sin reunirse, sin comentar la Palabra, sin orar, sin organizar el servicio de atención a los necesitados. Celebrar la Eucaristía, en estos territorios, no es un rutina. Es un acontecimiento que se gusta y regusta cuando se puede

Durante el confinamiento, muchos responsables de comunidades han intentado, con éxito, hay que reconocerlo, “llevar el sacramento de la Eucaristía” y otras celebraciones, a los hogares. Y está muy bien, sobre todo para personas de edad avanzada.

Hemos descubierto además que cada creyente o familia de creyentes era capaz de “montar” su altar, su espacio celebrativo de la Palabra de Dios, de la oración, de la alabanza. Lo que no sé si hemos descubierto es que nos faltaba “la reunión”. Y más aún, nos falta un adiestramiento práctico para ser celebrativos, para construir como familia nuestras celebraciones sin que nos lo tengan que dar todo hecho [5]

Creo que de esta situación de pandemia, sacamos una lección que tenemos pendiente: el sentido de reunión cristiana. Redescubrimos, al mismo tiempo, que la vida cristiana sacramental tiene que potenciar la dimensión comunitaria, festiva de la reunión de los dispersos que llegan para proclamar la acción de Dios a favor nuestro.

Posiblemente esto nos pueda llevar a “ofrecer” menos misa los días festivos, pero con horarios bien pensados y lo más cómodos posible al mayor número de personas.  Aburre más la rutina, la celebración “sin alma” que lo bien hecho y celebrado. Cuando nos sentimos envueltos en lo que participamos, el tiempo se nos va que vuela. Hemos pedido a los presidentes de la celebración “que fueran breves” porque enseguida venía “otra misa”.

Lo que les tendremos que exigir es que se prepararen mejor las homilías, que sean momentos que iluminen la vida, que toquen los corazones, que ayuden a vivir con alegría la fe, que los participantes puedan concluir: “Es verdad, hoy se cumple esta Escritura entre nosotros” (Lc 4,21).

No podemos estar, como en varias parroquias hoy, pendientes del reloj para que los que vienen a misa de 12 no tengan que esperar mucho a los que salen de la misa de 11, ya que se alargó mucho no sé qué parte… Sí, tendremos que reinventar qué significa “la reunión del día primero de la semana”. Ahora, con “una misa” ya la reunión cristiana “estaba hecha”.

¿Es posible enriquecer el contenido de la reunión de cristianos tanto cuando hay celebración sacramental como cuando no la hay? Esto nos llevará a plantear de otra manera nuestra celebración dominical y redescubrir el sentido de la reunión y a modificar horarios.

  1. La parroquia: lugar de irradiación

Los lugares geográficos son siempre elementos importantes tanto en la antropología personal como en las religiones. Antropológicamente, la mayor parte de las personas conserva en su memoria “lugares” que podemos denominar “sagrados”, es decir,  lugares donde “aconteció algo importante en su vida, en su historia, en su libertad, en sus opciones”. Estos lugares no se olvidan.

Suscitan una tendencia a volver a ellos, a visitarlos de nuevo para recordar, revivir, hacer presente el pasado: “Aquí, a los once años…”; “aquí fue donde pasé mi infancia…”; “aquí fue donde me encontré con…”; “aquí tuve un momento que cambió toda mi vida y mi pensamiento…”; “en esta piedra estaba sentado cuando…”, etc.

Las religiones también tienen lugares “sagrados” en los que aconteció una revelación, un hecho realizado por Dios a favor nuestro. Basta pensar en lo que es para los cristianos el lago de Galilea, o Jerusalén… Un lugar no es importante en sí, ni por la geografía donde se sitúa, ni por los ladrillos. Un lugar se convierte en significativo porque allí “aconteció y hoy rememoro y vuelve a acontecer” algo que me cambia la vida, o la orienta, le da sentido nuevo para emprender caminos.

Cuando una persona vive en un lugar algo significativo, ese lugar se convierte en lugar “sagrado” o lugar de “irradiación” de vida y de fuerza y de acción: ir, entrar, visitar “tal lugar” (la parroquia en nuestro caso) se convierte en alimento para mi vida porque es donde encuentro paz, personas con las que emprender algo interesante…

En este sentido creo que lo vivido nos lleva a dar un nuevo sentido a la parroquia como “lugar sagrado donde somos convocados y desde donde somos enviados y dispersados”, como en un nuevo Pentecostés o Ascensión.

¿Qué irradia la parroquia? Para poder irradiar, la parroquia tiene que ser, con sus reuniones y celebraciones, con su solicitud por acompañar la fe de sus miembros, un lugar de experiencia del Resucitado; un lugar donde regar la fe y favorecer que “el creyente viva una experiencia de fe”.

Después ya será lugar de irradiación o de lanzamiento o de aceptación de compromisos de todo tipo, según el don y la vocación que el Espíritu suscita en cada uno. Muchos cristianos se han visto obligados a “inventar” en estos días un servicio multicolor: en los balcones, en los hospitales, en los centros de acogida, en instituciones no directamente vinculadas a la parroquia, en tantos sitios…

Se es cristiano allí donde se está y se trabaja. No se es cristiano por venir a la parroquia, sino por “salir” de la parroquia con el alma caliente, los ojos abiertos, el espíritu encendido, las manos listas para atender al samaritano…

Algunos creyentes se lamentaban: “No puedo ir a la Iglesia a hacer mis prácticas piadosas”. Para hacer prácticas piadosas vale cualquier lugar del mundo mundial. Pero ninguna práctica piadosa mejor que las “obras de misericordia”, aquellas por las que de verdad seremos reconocidos como “buenos seguidores de Jesús”: “Tuve hambre y me disteis de comer….” (Mt 25).

Tenemos que revisar nuestra vida cristiana diaria. Parece que es cristiano “lo que rezamos en nuestra intimidad”. Es cierto que sin oración y sin “trato con el Señor, el Resucitado” hay peligro de caer en pura acción. Pero el Señor nos lleva a la acción, a ser levadura en la masa.

El Papa habla así de la parroquia: “La parroquia no es una estructura caduca; precisamente porque tiene una gran plasticidad, puede tomar formas muy diversas que requieren la docilidad y la creatividad misionera del Pastor y de la comunidad… La parroquia es presencia eclesial en el territorio, ámbito de la escucha de la Palabra, del crecimiento de la vida cristiana, del diálogo, del anuncio, de la caridad generosa, de la adoración y la celebración. A través de todas sus actividades, la parroquia alienta y forma a sus miembros para que sean agentes de evangelización. Es comunidad de comunidades, santuario donde los sedientos van a beber para seguir caminando, y centro de constante envío misionero. Pero tenemos que reconocer que el llamado a la revisión y renovación de las parroquias todavía no ha dado suficientes frutos en orden a que estén todavía más cerca de la gente, que sean ámbitos de viva comunión y participación, y se orienten completamente a la misión” (EG 29).

  1. La parroquia: lugar de encuentro y relación

Me impresionó sobre manera cuando leí en el Documento final del Sínodo 2018 esta expresión: “No basta con tener estructuras si en ellas no se desarrollan relaciones auténticas; de hecho, lo que evangeliza es la calidad de tales relaciones” (128).

Y más adelante, en el mismo documento se explicita: “La parroquia está necesariamente involucrada en este proceso, para asumir la forma de una comunidad más generativa, un ambiente desde el que se irradia la misión hacia los últimos. En esta particular coyuntura histórica diversos signos testimonian que la parroquia, en distintos casos, no logra responder a las necesidades espirituales de los hombres y mujeres de nuestro tiempo, sobre todo debido a algunos factores que han modificado profundamente los estilos de vida de las personas. En efecto, vivimos en una cultura “sin fronteras”, marcada por una nueva relación espacio-temporal debida a la comunicación digital y caracterizada por la continua movilidad. En este contexto, una visión de la acción parroquial delimitada por los meros confines territoriales e incapaz de atraer con propuestas diversificadas la atención de los fieles —y en particular de los jóvenes— recluirían a la parroquia en una inmovilidad inaceptable y en una repetitividad pastoral preocupante. Es necesaria, por tanto, una reflexión sobre la pastoral de la parroquia, en una lógica de corresponsabilidad eclesial y de impulso misionero, desplegando sinergias en el territorio. Solo así podrá parecer un ambiente significativo en la vida de los jóvenes” (129).

Lo que esperamos y nos llena en la vida ordinaria es cómo somos tratados por el médico al que vamos, por el dependiente del comercio donde hacemos las compras. Aconsejamos a los amigos: “No vayas allí, que tratan muy mal”. “En tal sitio te tratan divinamente; vete”. Unas estructuras y un trato que no transmitan el Evangelio no son significativas. ¿Habremos aprendido esto en estos días de confinamiento?

– Relación con Dios: Es todo aquello que lleva a la persona a encontrarse consigo misma y con Dios en procesos largos de maduración cristiana. Todo lo que alude al “encuentro con Dios” exige tiempos largos. No puede haber buena relación con Dios si no maduramos y si el deseo de Dios no nos lleva a descubrir nuestra necesidad de salvación, nuestra original pobreza.

Una religiosidad que “tapona” nuestra menesterosidad o sirve para disimular nuestra falta de madurez, no es sana. Me gusta recordar siempre el texto del Éxodo 13,17-18: “Cuando el faraón dejó marchar al pueblo, Dios no los guió por el camino de la tierra de los filisteos, aunque es el más corto, pues dijo: «No sea que, al verse atacado, el pueblo se arrepienta y se vuelva a Egipto». Dios hizo que el pueblo diese un rodeo por el desierto hacia el mar Rojo. Pero los hijos de Israel habían salido de Egipto pertrechados”. 

En el camino largo, como los israelitas, perdemos todas las seguridades hasta darnos cuenta de que nuestra seguridad es Dios. Mientras nos apoyamos en nosotros mismos, espiritualmente queda una dimensión pendiente de maduración: el protagonismo de Dios en la relación que con él mantenemos.

Dios quiere “interlocutores” que se sientan pecadores, barro en sanación, que quieran dejarse curar, que deseen experimentar que él es el Salvador. Tener experiencia de Dios exige experiencia de trato con Dios. Sin trato no hay intimidad ni maduración. El “trato” es lo más difícil, (¡cómo lo han palpado hombres y mujeres en estos días de confinamiento de manera muy especial!). El trato con Dios es el que nos da “experiencia de Dios”.

– Relación con las personas: si a algo se nos llama a los que nos sentimos creyentes es a ser misericordiosos como el Padre es misericordioso. Lo que más abre a la acogida de Dios es la buena acogida del que se presenta como “seguidor y confesante” de Dios.  La gente necesita comprensión, cariño, escucha…

Unas parroquias se pueden convertir en comedores, otras en salas de atención y de escucha, donde la gente pueda llorar delante de alguien, derramar lágrimas de dolor… Otras tendrán que acoger a buscadores, a gente que está “de vuelta” y descubre que su vida está vacía, sin sentido, perdida, equivocada (“me he equivocado en la vida”, “he fracasado”), otras personas han hecho tantos experimentos, o han dado tantos tumbos que tienen “nostalgia de Dios”, de un Dios que les acoja como son y están y que les dé responsabilidad, sentido, perdón y libertad.

Venimos de situaciones de muchas esclavitudes a la que llamamos “sociedad de bienestar y del dinero”, pero en el fondo es sociedad de hacer “esclavos”, “personas dependientes” de modas, de lucir “cuerpo”, de tener un nivel de vida… Podemos decir esto “como teoría”, pero si una parroquia lo quiere poner en práctica, lo cambia todo. Y no es cuestión solo del párroco, sino de todos.

Nuestras parroquias son más conocidas por las “catequesis que organizan” que por la relación y encuentro personal que dispensan. ¡Algo tiene que cambiar! Hace poco escuchaba a un obispo auxiliar que decía a un presbítero: “Tú, con tal de que organices bien la catequesis, ya está”.

Habría que explicitar qué hay detrás de la expresión “organizar bien la catequesis”. Quizás el bien apunta a todas estas cosas de relación y encuentro con los adultos mencionadas más arriba. Si no fuera así, la frase es mejorable…

  1. Caminar juntos: conversión sinodal

La expresión “sinodal” está entrando (no sin dificultad) en el vocabulario ordinario de la Iglesia católica a partir del Sínodo de los jóvenes (2018). Desde siempre existió el término “sínodo” en su léxico y en su praxis. Pero no con la comprensión y praxis a las que hoy se apunta y que esperamos concretice más el Sínodo del 2022 [6].

Recordemos la etimología de sínodo, palabra que viene del griego: “sin” es “con”, y “odos” es “camino”. O sea, caminar con; caminar juntos. La Iglesia no es sinodal porque convoca “sínodos” o reuniones, sino porque vive y camina con Jesús, porque juntos –todos los bautizados- caminamos con Jesús.

En la Exhortación pastoral Evangelii gaudium, que tiene un sentido programático, se habla de la conversión pastoral y misionera que “no puede dejar las cosas como están. Ya no sirve una simple administración” (25). No se alude a “cambios pastorales” o “cambios en la pastoral”.

Se explicita: “conversión pastoral y misionera”. Conversión no coincide con “mover algo de un sitio a otro”, “suprimir unas cosas y poner otras en su lugar”. La conversión apunta al corazón mismo de las personas, no a cambios de cosas. Si estos se producen, serán consecuencia de lo que ha pasado por el corazón.

“El Concilio Vaticano II presentó la conversión eclesial como la apertura a una permanente reforma de sí por fidelidad a Jesucristo: «Toda la renovación de la Iglesia consiste esencialmente en el aumento de la fidelidad a su vocación […] Cristo llama a la Iglesia peregrinante hacia una perenne reforma, de la que la Iglesia misma, en cuanto institución humana y terrena, tiene siempre necesidad».

Hay estructuras eclesiales que pueden llegar a condicionar un dinamismo evangelizador; igualmente, las buenas estructuras sirven cuando hay una vida que las anima, las sostiene y las juzga. Sin vida nueva y auténtico espíritu evangélico, sin «fidelidad de la Iglesia a la propia vocación», cualquier estructura nueva se corrompe en poco tiempo (EG 26).

Quizá podamos aprender de la situación de confinamiento que la victoria sobre el virus requería el esfuerzo y la colaboración de todos. Ha sido una lección que hemos tenido que aprender con esfuerzo, sacrificio, renuncia y obediencia a unas normas rígidas. Solo la colaboración de todos podía aislar la transmisión del coronavirus.

Es una experiencia que nos favorecerá la comprensión de lo que significa “sinodalidad” en una parroquia, en la diócesis, en la Iglesia universal. Llevamos tantos siglos funcionando de una determinada manera (hemos vivido dejando de lado la sinodalidad) que no tenemos referencias cercanas a las que acudir.

Necesitaremos ensayos, ir a tientas, darnos “tiempo de prácticas”, humildad, búsqueda y reflexión e invocación al Espíritu para poner en marcha una Iglesia que sea sinodalidad sin copiar de los partidos políticos. Nuestro centro de referencia última no son unos estatutos que nos hemos dado y aprobado, sino un mensaje evangélico que hemos recibido de una Tradición viva, oral y escrita.

Contamos con la promesa del Señor: “Yo estoy con vosotros todos los días hasta el final del tiempo” (Mt 28,20), contamos con el Espíritu de verdad, “que nos guiará hasta la verdad plena” (Jn 16,13), contamos con el don que cada creyente ha recibido para la edificación común (1 Cor 12,3-13).

Es la hora de caminar juntos haciendo experiencia de la presencia del Señor en medio de nosotros y, por nosotros, en medio del mundo. 

Una conclusión

El coronavirus nos ha parado en seco a medio mundo o a todo el mundo. Pero nos ha parado para que  reiniciemos la “rentrée” “de manera nueva” porque “nos ha hecho pensar” y tocar con nuestras manos la fragilidad de tantas cosas “sistematizadas” según un esquema que se transmite de generación en generación y que se quebró de golpe.

Ahora que se nos obliga a lavarnos las manos una y otra vez al entrar y salir de casa, al comer y al tocar los productos en el mercado, entendemos bien los versículos de Marcos: 1 Se reunieron junto a él los fariseos y algunos escribas venidos de Jerusalén; 2 y vieron que algunos discípulos comían con manos impuras, es decir, sin lavarse las manos. 3 (Pues los fariseos, como los demás judíos, no comen sin lavarse antes las manos, restregando bien, aferrándose a la tradición de sus mayores, 4 y al volver de la plaza no comen sin lavarse antes, y se aferran a otras muchas tradiciones, de lavar vasos, jarras y ollas). 5 Y los fariseos y los escribas le preguntaron: «¿Por qué no caminan tus discípulos según las tradiciones de los mayores y comen el pan con manos impuras?». 6 Él les contestó: «Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. 7 El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos”. 8 Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres» (Mc 7,1-8).

Si de verdad ha pasado algo, no podemos ser como antes. Estamos invitados a discernir el vacío que nos habita y que disimulamos como podemos; a separar el grano de la paja, lo que es tradición rutinaria o simple precepto humano y lo que es mandamiento y querer del Señor. “Hemos aprendido mucho”, se dice. Pero de verdad, ¿qué hemos aprendido? ¿En qué acción pastoral se notará?

Aprender, en cristiano, creo que significa: “Hemos escuchado lo que Dios está gritando a las comunidades cristianas” que caminan en este momento de la historia. En cristiano, y con el  Evangelio en la mano, el único que da lecciones, el único que nos recuerda la verdad, el único que nos ilumina el camino y nos muestras caminos novedosos es el Espíritu.

“Yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros. El Espíritu de la verdad” (Jn 14,16). Sin Espíritu no somos nada o somos “programación humana”, no expresión de la voluntad y del querer de Dios en nuestros días.

Hay mucho que pensar y repensar. No podemos volver solo a lo que nos tranquiliza y da seguridad porque lo conocemos “de pe a pa”, porque es “la vieja rutina”.  No podemos seguir manteniendo una Iglesia sobre la base del clericalismo. Estamos invitados a sentirnos pueblo de Dios, responsables todos según el don recibido ya sea por el bautismo o por el sacramento del orden.

Es la hora de preparar los odres nuevos para el vino nuevo. Es la hora de revisar lo que es caduco y lo que permanece. Dios nos llama a ampliar el horizonte de miras. Dios puede estar donde pensamos que no está. Dios no es “encerrable” en espacios, en muros, en costumbres, en tradiciones, en esquemas.

Igual que una noche rompió la piedra del sepulcro que lo retenía muerto, hoy ha hecho saltar por los aires piedras y ataduras en que, sin querer, por comodidad nada más, intentábamos encerrarlo.

Estoy terminando esta reflexión en los días que preceden a Pentescotés. Dios ES pentecostés. Debajo del estruendo de la pandemia, con Pedro queremos escuchar: 12 Estaban todos estupefactos y desconcertados, diciéndose unos a otros: «¿Qué será esto?». 13 Otros, en cambio, decían en son de burla: «Están borrachos». 

14 Entonces Pedro, poniéndose en pie junto con los Once, levantó su voz y con toda solemnidad declaró ante ellos: «Judíos y vecinos todos de Jerusalén, enteraos bien y escuchad atentamente mis palabras. 15 No es, como vosotros suponéis, que estos estén borrachos, pues es solo la hora de tercia, 16 sino que ocurre lo que había dicho el profeta Joel: 17 Y sucederá en los últimos días, dice Dios, que derramaré mi Espíritu sobre toda carne y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán y vuestros jóvenes verán visiones y vuestros ancianos soñarán sueños; 18 y aun sobre mis siervos y sobre mis siervas derramaré mi Espíritu en aquellos días, y profetizarán (Hch 2,12-18).

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[1] T. Halik, “Aún así, no puedo evitar preguntarme si el tiempo de las iglesias vacías y cerradas no es una especie de advertencia sobre lo que podría suceder en un futuro no muy lejano: eso es lo que podría ocurrir en pocos años en una gran parte de nuestro mundo. ¿No hemos sido advertidos de lo que está sucediendo en muchos países, donde cada vez más iglesias, monasterios y seminarios se están vaciando y cerrando sus puertas? ¿Por qué durante tanto tiempo hemos atribuido este desarrollo a las influencias externas (“el tsunami secular”) en lugar de entender que un capítulo en la historia del cristianismo está llegando a su fin y que es hora de prepararse para esto? ¿qué viene? Esta era de vacío en los edificios de las iglesias puede revelar simbólicamente a las iglesias su vacío oculto y el futuro que les puede esperar, si no hacen un esfuerzo serio por mostrar al mundo una cara completamente diferente del cristianismo”. Cfr. https://parroquialosangeles.org/images/Parroquia/ActividadParroquial/19_20/Coronavirus/La_cristiandad.pdf

[2] Á. Ginel, Jesús señala una forma de convivir con el mal y de descubrir la gloria de Dios en el mal,  cfr: https://aeca-catequetas.es/wp-content/uploads/2020/04/CATEQUESIS-BÍBLICAS-PARA-VIVIR-COMO-CRISTIANOS-EN-TIEMPOS-DE-PANDEMIA.pdf; Thomas Halik, La cristiandad en la hora de la enfermedadhttps://parroquialosangeles.org/images/Parroquia/ActividadParroquial/19_20/Coronavirus/La_cristiandad.pdf A. Torres Queiruga, Seguimos hiriendo con nuestras palabras la ternura infinita de Dios Padre (Madre), https://www.religiondigital.org/opinion/Andres-Torres-Queiruga-Seguimos-Padre-palabras-oracion-peticion-queja-teologia-coronavirus-francisco_0_2222177792.html

[3] M. Pelchat, https://www.ecdq.org/dieu-nenvoie-pas-le-malheur/

[4] Cfr. Proyecto Hospital de campaña, Madrid PPC.

[5] Álvaro Ginel, Celebrar en familia, ¿de qué estamos hablando?, cfr. https://aeca-catequetas.es/index.php/2020/05/01/celebrar-en-familia-de-que-estamos-hablando/

[6] Por una Iglesia sinodal: comunión, participación y misión”. Este es el tema de la XVI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos convocada por el Papa Francisco para el otoño del 2022. El Santo Padre ha mencionado repetidamente que la sinodalidad es un camino principal en la vida de la Iglesia. Con motivo del 50 aniversario de la institución del Sínodo de los Obispos, el 17 de octubre de 2015, pronunció estas palabras: “Lo que el Señor nos pide, en cierto sentido, ya está contenido en la palabra Sínodo. Caminar juntos –laicos, pastores, obispo de Roma– es un concepto fácil de expresar, pero no tan fácil de poner en práctica”.

 

Presentación de la Asociación

 


Adquirir “el hábito del discernimiento” – Catequesis completa del Papa Francisco

septiembre 22, 2019

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El Papa Francisco ha pedido al Espíritu Santo “que actúe en nosotros para que, tanto personal como comunitariamente, podamos adquirir el hábito del discernimiento”.

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Adquirir “el hábito del discernimiento” – Catequesis completa del Papa Francisco

Ciclo de los Hechos de los Apóstoles

Por Larissa I. López. Audiencia General

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(ZENIT – 18 sept. 2019).- El Papa Francisco ha pedido al Espíritu Santo “que actúe en nosotros para que, tanto personal como comunitariamente, podamos adquirir el hábito del discernimiento” y “que nos haga ver siempre la unidad de la historia de la salvación a través de los signos del paso de Dios en nuestro tiempo y en los rostros de los que nos rodean (…)”.

Hoy, 18 de septiembre de 2019, el Santo Padre ha retomado el ciclo de catequesis sobre los Hechos de los Apóstoles a partir del pasaje “No sea que os encontréis luchando contra Dios (Hechos 5, 39). Los criterios de discernimiento del sabio Gamaliel (Hechos, 5-34-35.38-39)”.

Se trata de un fragmento en el que los apóstoles son llevados ante el Sanedrín para ser juzgados y el fariseo Gamaliel decide contener los deseos de condena de muerte para aquellos. Para ello, enseña a sus compañeros a ejercer “el arte del discernimiento ante situaciones que van más allá de los esquemas habituales”, describió el Papa.

“’Megáfonos’ del Espíritu Santo”

En primer lugar, el Pontífice destacó que este fragmento demuestra cómo, tras Pentecostés, el Espíritu Santo acompaña a los doce apóstoles y cómo, “de cobardes” durante la pasión y muerte de Jesús, se “volvieron valientes”.

En ese momento los discípulos se constituyen auténticos “testigos de Jesús Resucitado” a los que no les atemoriza nada. Este ejemplo es ofrecido por los mártires de todos los tiempos, como es el caso de los cristianos coptos ortodoxos que hace cuatro años fueron asesinados en Libia.

También señaló que, dado que los discípulos de Cristo se convierten en “’megáfonos’ del Espíritu Santo’” al difundir la salvación, el sistema religioso judío de la época se vio amenazado y reaccionó con violencia y ajusticiamientos.

Los proyectos de Dios no se derrumban

No obstante, relató el Santo Padre, entre los jueces se encontraba Gamaliel, que exhortó a liberar a los apóstoles, apuntando que si su trabajo era meramente humano, naufragaría, pero si “lleva la ‘firma’ de Dios está destinado a perdurar”.

Y agregó que, efectivamente, “los proyectos humanos siempre fracasan; tienen un tiempo, como nosotros”, mientras que en “la historia de los cristianos, también en la historia de la Iglesia, con tantos pecados, con tantos escándalos, con tantas cosas malas en estos dos milenios” no ha existido el derrumbamiento porque estaba Dios detrás.

Aprender a esperar

En consecuencia, Francisco considera que las palabras de Galamiel presentan una sabiduría profética porque incitan “a no ceder a la tentación de la prisa y a aprender a esperar el desarrollo de los procesos a lo largo del tiempo”.

“Son palabras serenas y clarividentes que nos permiten ver el evento cristiano desde una nueva perspectiva y nos ofrecen criterios que ‘saben a Evangelio’, porque nos invitan a reconocer el árbol por sus frutos (cf. Mt 7,16)”, remarcó el Pontífice.

A continuación, reproducimos la catequesis completa del Papa Francisco.

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Catequesis del Santo Padre

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Continuemos nuestra catequesis sobre los Hechos de los Apóstoles. Frente a la prohibición de los judíos de enseñar en nombre de Cristo, Pedro y los Apóstoles responden con valentía que no pueden obedecer a los que quieren detener el camino del Evangelio en el mundo.

Los Doce muestran así que poseen esa “obediencia de la fe” que luego querrán suscitar en todos los hombres (cf. Rm 1,5). Efectivamente, desde Pentecostés, ya no son hombres “solos”. Experimentan esa especial sinergia que les hace descentrarse de sí mismos y les hace decir: “nosotros y el Espíritu Santo” (Hch 5,32) o “el Espíritu Santo y nosotros”. Sienten que no pueden decir “yo”, solo, con hombres descentrados de sí mismos (Hch. 15,28).

Fortalecidos por esta alianza, los Apóstoles no se dejan atemorizar por nadie. ¡Tenían un valor impresionante! Pensemos que eran unos cobardes: todos escaparon, huyeron cuando Jesús fue arrestado. Pero, de cobardes se volvieron valientes. ¿Por qué? Porque el Espíritu Santo estaba con ellos.

Lo mismo nos pasa a nosotros: si tenemos el Espíritu Santo dentro de nosotros, tendremos el valor de seguir adelante, el valor de ganar tantas luchas, no para nosotros mismos sino para el Espíritu que está con nosotros. No retroceden en su marcha de intrépidos testigos de Jesús Resucitado, como los mártires de todos los tiempos, incluidos los nuestros. Los mártires, dan la vida, no ocultan que son cristianos.

Pensemos, hace unos años -también hoy hay muchos-, pero pensemos que hace cuatro años, esos cristianos coptos ortodoxos, verdaderos trabajadores, en la playa de Libia: todos fueron degollados. Pero la última palabra que dijeron fue “Jesús, Jesús”. No habían vendido la fe, porque estaba el Espíritu Santo con ellos. ¡Estos son los mártires de hoy!

Los Apóstoles son los “megáfonos” del Espíritu Santo, enviados por el Resucitado para difundir con prontitud y sin vacilación la Palabra que da la salvación.

Y realmente esta determinación hace temblar el “sistema religioso” judío, que se siente amenazado y responde con violencia y condenas a muerte. La persecución de los cristianos es siempre la misma: las personas que no quieren el cristianismo se sienten amenazadas y así dan muerte a los cristianos.

Pero, en medio del Sanedrín, se alza  la voz diferente de un fariseo que decide contener la reacción de los suyos: se llamaba Gamaliel, hombre prudente, “doctor de la Ley, estimado por todo el pueblo”. En su escuela, san Pablo aprendió a observar “la ley de los padres” (cf. Hch 22,3).

Gamaliel toma la palabra y enseña a sus hermanos a practicar el arte del discernimiento ante situaciones que van más allá de los esquemas habituales.

Demuestra, citando a algunos personajes que se habían hecho pasar por el Mesías, que todo proyecto humano primero puede despertar consenso y naufragar después, mientras que todo lo que viene de lo alto y lleva la “firma” de Dios está destinado a perdurar. Los proyectos humanos siempre fracasan; tienen un tiempo, como nosotros.

Pensad en tantos proyectos políticos, y en cómo cambian de un lado a otro, en todos los países. Pensad en los grandes imperios, pensad en las dictaduras del siglo pasado: se sentían muy poderosos, creían que dominaban el mundo. Y luego todos se derrumbaron.

Pensad también hoy en los imperios de hoy: se derrumbarán, si Dios no está con ellos, porque la fuerza que los hombres tienen en sí mismos no es duradera. Sólo la fuerza de Dios perdura. Pensemos en la historia de los cristianos, también en la historia de la Iglesia, con tantos pecados, con tantos escándalos, con tantas cosas malas en estos dos milenios. ¿Y por qué no se ha derrumbado? Porque Dios está ahí.

Somos pecadores, y a menudo también damos lugar a escándalos. Pero Dios está con nosotros. Y Dios primero nos salva a nosotros, y luego a ellos; pero siempre salva, el Señor. La fuerza es “Dios con nosotros”. Gamaliel demuestra citando a algunos personajes que se habían hecho pasar por el Mesías, que todo proyecto humano primero puede despertar consenso y naufragar después.

Por eso Gamaliel concluye que, si los discípulos de Jesús de Nazaret han creído a un impostor, están destinados a desvanecerse; pero si siguen a alguien que viene de Dios, es mejor renunciar a combatirlos; y advierte: “¡No sea que os encontréis luchando contra Dios!” (Hechos 5:39).

Este hombre libre e inspirado se da cuenta de que los seguidores de Cristo son diferentes de cualquier secta, y se muestra lleno de temor de Dios al querer defender la vida de aquellos que, según sus hermanos, merecerían la muerte.

Gamaliel demuestra, además, que está dotado de sabiduría profética, porque invita a los demás a no ceder a la tentación de la prisa y a aprender a esperar el desarrollo de los procesos a lo largo del tiempo. De hecho, Dios habla y se manifiesta también a través del tiempo, manifestando la “duración” o no de cada cosa.

Son palabras serenas y clarividentes que nos permiten ver el evento cristiano desde una nueva perspectiva y nos ofrecen criterios que “saben a Evangelio”, porque nos invitan a reconocer el árbol por sus frutos (cf. Mt 7,16). Llegan al corazón y logran el efecto deseado: los demás miembros del Sanedrín siguen su consejo y renuncian a las intenciones de la muerte, es decir de matar a los Apóstoles.

Pidamos al Espíritu Santo que actúe en nosotros para que, tanto personal como comunitariamente, podamos adquirir el hábito del discernimiento.

Pidámosle que nos haga ver siempre la unidad de la historia de la salvación a través de los signos del paso de Dios en nuestro tiempo y en los rostros de los que nos rodean, para que aprendamos que el tiempo y los rostros humanos son mensajeros del Dios vivo.

© Librería Editorial Vaticana

https://es.zenit.org/articles/adquirir-el-habito-del-discernimiento-catequesis-completa/

II Predicación de Adviento del P. Cantalamessa: Dios vivo es la Trinidad viviente (2018)

diciembre 14, 2018

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El Papa asiste a la segunda predicación de Adviento del Padre Cantalamessa (Vatican Media)

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II Predicación de Adviento del P. Cantalamessa: Dios vivo es la Trinidad viviente

“El Dios vivo es la Trinidad viviente”. Es el tema general de esta segunda predicación de Adviento del Padre Raniero Cantalamessa, predicador de la Casa Pontificia, a cuyos miembros se dirigió esta mañana en la Capilla Redemptoris Mater del Palacio Apostólico y ante la presencia del Papa Francisco

Por María Fernanda Bernasconi – Ciudad del Vaticano

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Al igual que el viernes pasado, el Santo Padre asistió esta mañana a las 9.00, en la capilla Redemptoris Mater del Palacio Apostólico a la segunda predicación de Adviento del Padre Raniero Cantalamessa, junto a los demás miembros de la Casa Pontificia.

Todas las gracias pertenecen a la Iglesia

“Cuando se trata del conocimiento del Dios vivo –comenzó diciendo el Predicador– una experiencia vale más que muchos razonamientos”.

Por esta razón comenzó su segunda meditación de Adviento relatando la experiencia de una persona a la que seguía espiritualmente, una mujer casada y fallecida hace algunos años, de la que dijo que “la autenticidad de sus experiencias está confirmada por el hecho de que se las ha llevado consigo a la tumba, sin hablar nunca a nadie, excepto a su padre espiritual”. A lo que añadió que “todas las gracias pertenecen a la Iglesia”.

Dios es amor y por eso es Trinidad

El Padre Cantalamessa tras referirse a la “experiencia del Dios vivo”, ahondó en el tema de Dios que “es amor y por eso es Trinidad”.

Y comenzó preguntándose: “¿A quién nos dirigimos, nosotros los cristianos, cuando pronunciamos la palabra ‘Dios’, sin otra especificación? ¿A quién se refiere ese ‘tú’, cuando, con las palabras del Salmo, decimos: ‘Oh Dios, tú eres mi Dios’ (Sal 63,2)? ¿Quién responde a ello, por así decirlo, del otro lado del cable?”.

Dios comunión de amor forma una “Tri-unidad”

Y explicó que “ese ‘tú” no es simplemente Dios Padre, la primera persona divina, como si hubiera existido o fuera pensable, un solo instante, sin las otras dos. Tampoco es la esencia divina indeterminada, como si existiera una esencia divina que sólo en un segundo momento se especifica en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo”.

Sino que el “único Dios, aquel que en la Biblia dice: ‘¡Yo Soy!’, es el Padre que engendra al Hijo y que, con él, espira el Espíritu, comunicándoles toda su divinidad. Es el Dios comunión de amor, en el que unidad y trinidad proceden de la misma raíz y del mismo acto y forman una ‘Tri-unidad’, en la que ninguna de las dos cosas –unidad y pluralidad– precede a la otra, o existe sin la otra, ninguno de los dos niveles es superior al otro o más ‘profundo’ que el otro”.

Dios es amor desde siempre

En conclusión, dijo el Predicador, el Dios vivo de los cristianos no es otra cosa “que la Trinidad viviente”. Y tras aludir a los pensadores griegos y, en general, a las filosofías religiosas de todos los tiempos, al concebir a Dios, sobre todo como ‘pensamiento’, se refirió a la respuesta de la revelación, expuesta por la Iglesia.

“Dios –dijo el Padre Cantalamessa– es amor desde siempre, ab aeterno, porque antes de que existiera un objeto fuera de sí para ser amado, tenía en sí mismo al Verbo, el Hijo que amaba con amor infinito, es decir, ‘en el Espíritu Santo’”.

Contemplar a la Trinidad

También abordó el tema de “contemplar a la Trinidad para vencer la odiosa división del mundo”. Y a modo de ejemplo afirmó que “una cosa impacta sobre todo al contemplar el icono de Rublev: la paz profunda y la unidad que emana del conjunto. Del icono se desprende un silencioso grito: ‘Sean una sola cosa, como nosotros somos una sola cosa’”.

Llamamiento a la unidad

De esta visión de la Trinidad añadió el Predicador que recogemos sobre todo el llamamiento a la unidad. Unidad que todos queremos. Sí porque “después de la palabra felicidad, no hay ninguna otra que responda a una necesidad tan apremiante del corazón humano como la palabra unidad”.

Y recordó que “nosotros somos ‘seres finitos, capaces de infinito’”, lo que significa que “somos criaturas limitadas que aspiramos a superar nuestro límite, para ser ‘todo de alguna manera’”. De modo que “no nos resignamos a ser sólo lo que somos”.

Entrar en la Trinidad

“Entrar en la Trinidad” fue el último punto que abordó el Predicador de la Casa Pontificia en esta segunda meditación de Adviento.

Y explicó que “hay algo todavía más dichoso que podemos hacer respecto a la Trinidad que contemplarla e imitarla, y es ¡entrar en ella!”. Y si bien “no podemos abrazar el océano”, podemos “entrar en él”; de modo que “no podemos abrazar el misterio de la Trinidad con nuestra mente, pero ¡podemos entrar en él!”.

Y  Cristo “nos ha dejado un medio concreto para hacerlo, la Eucaristía”.

“La Trinidad –concluyó diciendo el Padre Raniero Cantalamessa– no es sólo un misterio y un artículo de nuestra fe, es una realidad viva y palpitante.

Como decía al principio, el Dios vivo de la Biblia al que estamos buscando no es otro que la Trinidad viviente. Que el Espíritu nos introduzca también a nosotros en ella y nos haga gustar su dulce compañía”.

Escuche el informe: https://media.vaticannews.va/media/audio/s1/2018/12/14/13/134775315_F134775315.mp3

“El amor a Dios y el amor al prójimo son inseparables, se apoyan mutuamente”

noviembre 4, 2018

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Plaza de San Pedro en día lluvioso, Ángelus… Amor a Dios y amor al prójimo

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“El amor a Dios y el amor al prójimo son inseparables, se apoyan mutuamente”

FRANCISCO ANIMA A “PERDONAR SIN LÍMITES Y CULTIVAR RELACIONES DE COMUNIÓN Y FRATERNIDAD”

El papa advierte a las comunidades del riesgo de ser “estaciones de servicio”, pero no de compañía

Por Jesús Bastante

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“El hambriento necesita no sólo un plato de sopa, sino también una sonrisa, ser escuchado, y también de una oración juntos”. El Papa glosó este mediodía, durante el rezo del Angelus en una lluviosa plaza de San Pedro, el gran mandamiento del amor, y advirtió a las comunidades cristianas del riesgo de ser “estaciones de servicio“, que impartan sacramentos pero no acompañen a los hombres y mujeres.

Francisco, que expresó su “dolor” por “el ataque terrorista que afectó a la Iglesia ortodoxa copta hace dos días en Egipto“, y que acabó con la vida de siete personas. “Rezo por las víctimas, peregrinos asesinados solo porque son cristianos”, clamó Francisco.

“El amor a Dios y el amor al prójimo son inseparables, se apoyan mutuamente” reiteró el Papa recordando el gran mandato de Jesús. ¿Cuál es el primero de los mandamientos? “Hay un solo Señor, y ese Señor es ‘nuestro‘, en el sentido de que se vincula a nosotros por un pacto indisoluble”, explicó. “Nos amó, nos ama y nos amará por siempre”.

De ahí surge el doble mandamiento para los cristianos: amar a Dios, pero también al prójimo. “Jesús enseñó de una vez por todas que el amor por Dios y el amor al prójimo son inseparables, y más aún, se apoyan mutuamente“, insistió Bergoglio.

“Incluso, si se colocan en secuencia, son las dos caras de una sola moneda: vividas juntas, ¡son la verdadera fuerza del creyente! Amar a Dios es vivir de él y para él, por lo que es y por lo que hace”.

Porque “Dios es donación sin reservas, es perdón sin límites, es una relación que promueve y crece”, constató Francisco, quien incidió en que “amar a Dios significa invertir nuestras energías todos los días para ser sus colaboradores en el servicio a nuestro prójimo sin reservas, buscar perdonar sin límites y cultivar relaciones de comunión y fraternidad”.

¿Quien es el prójimo? Marcos no lo especifica, “porque el prójimo es la persona que encuentro en el viaje de mis días. No se trata de preseleccionar a mi prójimo, eso no es cristiano, es pagano. Se trata de tener ojos para verlo y un corazón para querer su bien”, recordó el Papa, quien añadió que “si nos ejercitamos para ver con la mirada de Jesús, siempre escucharemos y escucharemos a aquellos que lo necesitan”.

Y es que “las necesidades de los demás requieren ciertas respuestas eficaces, pero antes requieren que se comparta”, insistió Bergoglio. “El Evangelio de hoy nos invita a todos acudir no solo hacia las urgencias de los hermanos más pobres, sino, sobre todo, a estar atentos a sus necesidades de cercanía, ternura y sentido”.

Esto desafía a nuestras comunidades cristianas” recalcó. “Se trata de evitar el riesgo de ser comunidades que viven de muchas iniciativas pero con pocas relaciones: ‘estaciones de servicio’ pero de poca compañía”. Frente a ello, recordó, “sería una ilusión afirmar que amamos a nuestro prójimo sin amar a Dios; y sería igualmente ilusorio pretender amar a Dios sin amar a nuestro prójimo“.

https://www.periodistadigital.com/religion/vaticano/2018/11/04/el-amor-a-dios-y-el-amor-al-projimo-son-inseparables-se-apoyan-mutuamente-religion-iglesia-vaticano-papa-francisco-angelus-francisco-anima-a-perdonar-sin-limites-y-cultivar-relaciones-de-comunion-y-fraternidad.shtml?fbclid=IwAR2GMGPqDhPJqorz-Z_oi6qIoZzOOarTLBlYf6v-yenMHXsbYso4bNCjePo#.W97pi4tD44c.facebook


El Papa vuelve a defender la vida desde la concepción hasta la muerte natural

mayo 6, 2018

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El Papa Francisco durante el rezo del Ángelus en San Pedro: Defiende la vida desde la concepción…

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El Papa vuelve a defender la vida desde la concepción hasta la muerte natural

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Durante el rezo del Regina Coeli este domingo 6 de mayo en la Plaza de San Pedro del Vaticano, el Papa Francisco hizo una defensa de la vida desde el momento de la concepción hasta la muerte natural.

El Santo Padre afirmó que las personas están llamadas a amarse siguiendo el ejemplo de Jesús, lo cual debe llevar a una serie de actitudes como el cuidado de los ancianos, el cuidado de los enfermos o la defensa del no nacido.

“Este amor por los demás no puede estar reservado a momentos excepcionales –explicó el Santo Padre–, sino que debe convertirse en la constante de nuestra existencia”.

“He ahí por qué estamos llamados a custodiar a los ancianos como un tesoro precioso y con amor, incluso si crean problemas económicos y dificultades. He ahí por qué a los enfermos, incluso en la última fase de la enfermedad, debemos ofrecerles toda la asistencia posible. Es por eso por lo que los niños por nacer siempre son bienvenidos. Por qué, en definitiva, la vida siempre debe cuidarse y ser amada desde el momento de la concepción hasta el ocaso natural”.

En su enseñanza, Francisco destacó que “en este tiempo pascual la Palabra de Dios continúa mostrándonos estilos de vida coherentes para pertenecer a la comunidad del Resucitado. Entre ellos, el Evangelio de hoy presenta la consigna de Jesús: ‘Permaneced en mi amor’”.

“Habitar en la corriente del amor de Dios para mantenerse estables es la condición para asegurarse de que nuestro amor no pierda su ardor y su audacia en la calle. También nosotros, como Jesús, debemos acoger con gratitud el amor que viene del Padre y permanecer en ese amor, tratando de no separarnos con el egoísmo y con el pecado. Es un programa difícil pero no imposible”.

El Papa señaló que “es importante tomar conciencia de que el amor de Cristo no es un sentimiento superficial, sino una actitud fundamental del corazón que se manifiesta en el vivir como Él quiere”.

“Jesús, de hecho, afirma: ‘Si observáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he observado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor’. El amor se realiza en la vida de cada día, en nuestro comportamiento, en nuestras acciones; de lo contrario, tan solo es algo ilusorio. Jesús nos pide observar sus mandamientos que se resumen en este: ‘amaos los unos a los otros como yo os he amado’”.

En su catequesis se preguntó: “¿Cómo hacer para que este amor que el Señor Resucitado nos entrega pueda compartirse con los demás?”.

“Muchas veces Jesús ha indicado quién es el otro al que amar no con las palabras, sino mediante los actos. Es aquel que encuentro en mi camino y que, con su rostro y su historia, me interpela. Es aquel que, con su misma presencia, me empuja a salir de mis intereses, de mis seguridades. Es aquel que espera mi disponibilidad para escuchar y hacer junto a mí un trozo de mi camino”.

En este sentido, pidió mostrar una “disponibilidad hacia el hermano y la hermana, sea quien sea, y en cualquier situación que encontremos, comenzando por aquel que se encuentra junto a mí, en mi familia, en mi comunidad, en el trabajo, en la escuela… De este modo, si permanezco unido a Jesús, su amor podrá alcanzar al otro y acercarlo a Él, a su amistad”.

El Papa Francisco finalizó: “Nosotros somos amados por Dios en Jesucristo, que nos pide amarnos como Él nos ama. Pero esto no podemos hacerlo si no tenemos en nosotros su mismo corazón. La Eucaristía, a la cual estamos llamados a participar cada domingo, tiene el propósito de formar en nosotros el Corazón de Cristo, de modo que toda nuestra vida sea guiada por su misma actitud generosa”.


Audiencia general, 10 enero 2018 – Texto completo

enero 12, 2018

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El Papa Francisco saluda en audiencia general del 10 de enero de 2018

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Audiencia general, 10 enero 2018 – Texto completo

Sexta catequesis del Papa Francisco dedicada a la Misa

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(ZENIT – 9 enero 2018).- “¡Ojalá la liturgia se convierta para todos nosotros en una verdadera escuela de oración!”, es el deseo que ha expresado el Papa Francisco en la audiencia general, dedicada a la Eucaristía y en concreto al “Gloria a Dios” y a la oración colecta.

El Santo Padre Francisco ha celebrado la audiencia general esta mañana, 10 de enero de 2018, en el aula Pablo VI, como es habitual en invierno, ante miles de peregrinos provenientes de Italia y de otros países del mundo.

La catequesis de hoy ha sido la 6ª catequesis que Francisco dedica a la Santa Misa. La última de este ciclo, dedicado a la Eucaristía, tuvo lugar el pasado miércoles, 3 de enero de 2018, dedicada al acto penitencial, al que ha hecho referencia también al comienzo de la reflexión de hoy.

A continuación, les ofrecemos el texto completo de la catequesis del Santo Padre:

Catequesis del Papa Francisco

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En el recorrido de las catequesis sobre la celebración eucarística hemos visto que el Acto penitencial nos ayuda a despojarnos de nuestras presunciones y a presentarnos ante Dios como realmente somos, conscientes de ser pecadores, con la esperanza de ser perdonados.

Precisamente del encuentro entre la miseria humana y la misericordia divina brota la gratitud expresada en el “Gloria”, “un himno antiquísimo y venerable con el que la Iglesia, congregada en el Espíritu Santo, glorifica a Dios Padre y glorifica y le suplica al Cordero” (Instrucción General del Misal Romano, 53).

El inicio de este himno –“Gloria a Dios en lo alto del cielo”- retoma el canto de los ángeles en el nacimiento de Jesús en Belén, el anuncio gozoso del abrazo entre el cielo y la tierra. Este canto también nos involucra reunidos en oración: “Gloria a Dios en lo alto del cielo y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad”.

Después del “Gloria”, o cuando no lo hay, inmediatamente después del Acto penitencial, la oración asume una forma particular en la llamada “colecta” que expresa el carácter propio de la celebración, variable según los días y tiempos del año (ver ibid., 54).

Con la invitación “oremos”, el sacerdote exhorta al pueblo  a recogerse con él en un momento de silencio, para hacerse conscientes de que están en la presencia de Dios y para que emerjan, del corazón de cada uno, las intenciones personales con las que participa en la misa (cf. ibid., 54).

El sacerdote dice “oremos”; y después hay unos instantes de silencio y cada uno piensa en lo que necesita, en lo que quiere pedir, en la oración.

El silencio no se limita a la ausencia de palabras; es estar dispuesto a escuchar otras voces: la de nuestro corazón y, sobre todo, la voz del Espíritu Santo. En la liturgia, la naturaleza del silencio sagrado depende del momento en que se observa: “En el acto penitencial y después de la invitación a orar, cada uno se recoge en sí mismo; pero terminada la lectura o la homilía, todos meditan brevemente lo que escucharon; y después de la Comunión, alaban a Dios en su corazón y oran” (ibid., 45).

Por lo tanto, antes de la oración inicial, el silencio nos ayuda a recogernos en nosotros mismos y a pensar en por qué estamos allí. De ahí la importancia de escuchar nuestro ánimo para abrirlo luego al Señor.

Tal vez venimos de días fatigosos, o de alegría, de dolor, y queremos decírselo al Señor, invocar su ayuda, pedirle que esté cerca de nosotros; tenemos familiares y amigos que están enfermos o que atraviesan pruebas difíciles; deseamos confiarle a Dios las suertes de la Iglesia y del mundo.

Para esto sirve el breve silencio antes de que el sacerdote, recogiendo las intenciones de cada uno, exprese en voz alta a Dios, en nombre de todos, la oración común que concluye los ritos de introducción, haciendo la “colecta” de las intenciones individuales.

Recomiendo encarecidamente a los sacerdotes que observen este momento de silencio y no vayan deprisa: “oremos”, y que se haga silencio. Se lo recomiendo a los sacerdotes. Sin ese silencio corremos el peligro de descuidar el recogimiento del alma.

El sacerdote reza esta súplica, esta oración de colecta, con los brazos abiertos y la actitud del orante, asumido por los cristianos desde los primeros siglos –como demuestran los frescos de las catacumbas romanas- para imitar a Cristo con los brazos abiertos en el madero de la cruz. Está allí. ¡Cristo es el Orante y al mismo tiempo la oración!

En el Crucificado reconocemos al Sacerdote que ofrece a Dios el culto que le agrada, es decir la obediencia filial.

En el Rito romano las oraciones son concisas, pero repletas de significado: se pueden hacer tantas meditaciones hermosas sobre estas oraciones. ¡Tan bellas! Volver a meditar sobre los textos, incluso fuera de la misa, puede ayudarnos a aprender cómo acudir a Dios, qué pedir, qué palabras usar.

¡Ojalá la liturgia se convierta para todos nosotros en una verdadera escuela de oración!

© Librería Editorial Vaticano


Redescubrir el propio bautismo

enero 7, 2018

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La Iglesia da mucha importancia actualmente a la llamada «iniciación cristiana de los adultos». Ésta ofrece al joven o al adulto sin bautizar la ocasión de formarse, prepararse y decidir con toda libertad.

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Redescubrir el propio bautismo

La Iglesia da mucha importancia actualmente a la llamada «iniciación cristiana de los adultos». Ésta ofrece al joven o al adulto sin bautizar la ocasión de formarse, prepararse y decidir con toda libertad.

Por Raniero Cantalamessa

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«En aquellos días vino Jesús desde Nazaret de Galilea, y fue bautizado por Juan en el Jordán. En cuanto salió del agua vio que los cielos se rasgaban y que el Espíritu, en forma de paloma, bajaba a él. Y se oyó una voz que venía de los cielos: “Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco”».

¿Es que tal vez Jesús necesitaba, también él, ser bautizado como nosotros? Ciertamente no. Él quiso, con aquel gesto, mostrar que se había hecho uno de nosotros en todo. Sobre todo quería poner término al bautismo de «agua» e inaugurar el «de Espíritu».

En el Jordán no fue el agua la que santificó a Jesús, sino Jesús quien santificó el agua. No sólo el agua del Jordán, sino la de todos los baptisterios del mundo.

La fiesta del Bautismo de Jesús es la ocasión anual para reflexionar sobre nuestro bautismo. Una pregunta que frecuentemente la gente se plantea acerca del bautismo es: ¿por qué bautizar a los niños de pequeños? ¿Por qué no esperar a que sean mayores y decidan por sí mismos libremente?

Es una cuestión seria, pero puede ocultar un engaño. Al procrear un hijo y darle la vida, ¿es que los padres le piden antes permiso? Convencidos de que la vida es un don inmenso, suponen justamente que el niño un día les estará agradecido por ello.

No se pide permiso a una persona cuando se trata de darle un don, y el bautismo es esencialmente esto: el don de la vida dado al hombre por los méritos de Cristo.

Cierto; todo esto supone que los padres sean ellos mismos creyentes y tengan intención de ayudar al niño a desarrollar el don de la fe. La Iglesia les reconoce una competencia decisiva en este campo y no quiere que un niño sea bautizado contra la voluntad de ellos.

Nadie, por lo demás, dice hoy que, por el sencillo hecho de no estar bautizado, uno será condenado e irá al infierno. Los niños fallecidos sin bautismo, así como las personas que han vivido, sin culpa suya, fuera de la Iglesia, pueden salvarse (estas últimas, se entiende, si viven según los dictados de su propia conciencia).

Olvidemos la idea del limbo como el lugar sin alegría y sin tristeza en el que acabarían los niños no bautizados. La suerte de los niños no bautizados no es diferente a la de los Santos Inocentes que hemos celebrado justo después de Navidad. El motivo de ello es que Dios es amor y «quiere que todos se salven», ¡y Cristo murió también por ellos!

Distinto es, en cambio, el caso de quien descuida recibir el bautismo sólo por pereza o indiferencia, aun advirtiendo quizá, en el fondo de su conciencia, su importancia y necesidad. En este caso conserva toda su seriedad la palabra de Jesús: sólo «quien crea y sea bautizado, se salvará» (Cf. Mc 16,16).

Cada vez hay más personas en nuestra sociedad que por diversos motivos no han sido bautizadas en la niñez. Existe el riesgo de que crezcan y nadie decida ya nada, ni en un sentido ni en otro. Los padres no se ocupan más de ello porque ya, piensan, no es su tarea; los hijos porque tienen otras cosas en qué pensar, y también porque no ha entrado aún en la mentalidad común que una persona deba tomar, ella misma, la iniciativa de bautizarse.

Para salir al encuentro de esta situación, la Iglesia da mucha importancia actualmente a la llamada «iniciación cristiana de los adultos». Ésta ofrece al joven o al adulto sin bautizar la ocasión de formarse, prepararse y decidir con toda libertad. Es necesario superar la idea de que el bautismo es algo sólo para niños.

El bautismo expresa su significado pleno precisamente cuando es querido y decidido personalmente, como una adhesión libre y consciente a Cristo y a su Iglesia, si bien no hay que desconocer en absoluto la validez y el don que representa estar bautizados desde niños, por los motivos que he explicado más arriba.

Personalmente estoy agradecido a mis padres por haberme hecho bautizar en los primeros días de vida. ¡No es lo mismo vivir la infancia y la juventud con la gracia santificante que sin ella!

https://www.religionenlibertad.com/redescubrir-propio-bautismo-60379.htm?utm_source=dlvr.it&utm_medium=twitter


“La Misa empieza con la señal de la Cruz”

diciembre 21, 2017

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Audiencia General con catequesis sobre la Misa y la Señal de la Cruz.

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Audiencia general, 20 diciembre de 2017 – Texto completo

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(ZENIT – 20 Dic. 2017).- “Por favor, mamá, papá, abuelos, enseñad a los niños desde el principio, desde cuando son pequeños, a hacerse bien la señal de la cruz. Y explicadles qué es tener como protección la cruz de Jesús”, ha invitado Francisco en la audiencia general: “La Misa empieza con la señal de la Cruz”.

El Santo Padre Francisco ha ofrecido hoy, 20 de diciembre de 2017, en la audiencia general la 5ª catequesis sobre la Eucaristía titulada “Ritos introductorios”, que ha pronunciado ante miles de fieles y visitantes de Italia y otros países en el Aula Pablo VI, del Palacio Apostólico Vaticano.

El Papa ha querido entrar con esta reflexión en el “corazón” de la celebración eucarística. Así, ha recordado que la Misa empieza con la señal de la cruz, con estos ritos introductorios, porque “allí empezamos a adorar a Dios como comunidad” y ha aclarado que cuando miramos al altar, “miramos precisamente donde está Cristo. El altar es Cristo”.

Estos gestos –ha señalado el Papa– que corren el riesgo de pasar desapercibidos, “son muy significativos”, porque expresan desde el principio que la Misa es un “encuentro de amor con Cristo”. “Por eso –ha recordado el Papa– es importante prever no llegar con retraso, sino con adelanto, para preparar el corazón a este rito, a esta celebración de la comunidad”.

“Enseñad a los niños desde el principio”

Asimismo, el Pontífice ha indicado la importancia de la señal de la cruz: “¿Habéis visto cómo los niños se hacen la señal de la cruz? No saben lo que hacen: a veces hacen un dibujo, que no es la señal de la cruz. Por favor, mamá, papá, abuelos, enseñad a los niños desde el principio, desde cuando son pequeños, a hacerse bien la señal de la cruz. Y explicadles qué es tener como protección la cruz de Jesús”.

La misa empieza con la señal de la cruz, ha recordado: Toda la oración se mueve, por así decirlo, en el espacio de la Santísima Trinidad, –“en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo”– que es un espacio de comunión infinita; tiene como origen y fin el amor de Dios Uno y Trino, manifestado y dado a nosotros en la Cruz de Cristo.

Tras resumir su discurso en diversas lenguas, el Santo Padre ha saludado en particular a los grupos de fieles presentes. La audiencia general ha terminado con el canto del  Pater Noster y con la bendición apostólica del Papa a todos.

RD

A continuación, sigue el texto completo de la catequesis del Papa Francisco:

Catequesis del Papa Francisco

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy me gustaría entrar en el corazón de la celebración eucarística. La misa se compone de dos partes, que son la Liturgia de la Palabra y la Liturgia eucarística, tan estrechamente unidas entre sí que constituyen un solo acto de culto (cf. Sacrosanctum Concilium, 56; Instrucción General del Misal Romano, 28).

Introducida por algunos ritos preparatorios y concluida por otros, la celebración, por lo tanto, es un cuerpo único  y no puede separarse, pero para una mejor comprensión trataré de explicar sus diversos momentos, cada uno de los cuales es capaz de tocar e involucrar  una dimensión de nuestra humanidad . Es necesario conocer estos signos santos  para vivir plenamente la misa y saborear toda su belleza.

Cuando el pueblo está reunido, la celebración se abre con los ritos introductorios, que comprenden la entrada de los celebrantes o del celebrante, el saludo -“El Señor esté con vosotros”, “La paz sea con vosotros”- , el acto penitencial, “Yo confieso”, donde pedimos perdón por nuestros pecados, el Señor, ten piedad, el Gloria y la oración colecta.

Se llama “oración colecta” no porque se efectúe la colecta monetaria: es la colecta de las intenciones de oración de todos los pueblos; y esa colecta de las intenciones de los pueblos sube al cielo como oración.

Su propósito, el de estos ritos de introducción, es “hacer que los fieles reunidos en la unidad construyan la comunión y se dispongan debidamente a escuchar la Palabra de Dios y a celebrar dignamente la Eucaristía.” (Instrucción general del Misal Romano, 46).

No es una buena costumbre mirar el reloj y decir: “Llego a tiempo, llego después del sermón y así cumplo el precepto”. La misa empieza con la señal de la cruz, con estos ritos introductorios, porque allí empezamos a adorar a Dios como comunidad. Y por eso es importante prever no llegar con retraso, sino con adelanto, para preparar el corazón a este rito, a esta celebración de la comunidad”.

Habitualmente durante el canto de entrada, el sacerdote con los otros ministros llega en procesión al presbiterio, y aquí saluda el altar con una reverencia y, como signo de veneración, lo besa y, cuando hay incienso, lo inciensa. ¿Por qué? Porque el altar es Cristo: es figura de Cristo. Cuando miramos al altar, miramos precisamente donde está Cristo. El altar es Cristo.

Estos gestos, que corren el riesgo de pasar desapercibidos, son muy significativos, porque expresan desde el principio que la Misa es un encuentro de amor con Cristo, que “con la inmolación de  su cuerpo en la cruz […] quiso ser al mismo tiempo sacerdote, víctima y  altar” (Prefacio de  Pascua V).

De hecho, como signo de Cristo, el altar “es el centro de la acción de gracias que se consuma en la Eucaristía” (Instrucción general del Misal Romano, 296), y toda la comunidad alrededor del altar, que es Cristo; no para mirarse la cara, sino para mirar a Cristo, porque Cristo está en el centro de la comunidad, no está lejos de ella.

Luego está la señal de la cruz. El sacerdote que preside se persigna y lo mismo hacen todos los miembros de la asamblea, conscientes de que el acto litúrgico se cumple “en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”.  Y aquí paso a un argumento muy breve. ¿Habéis visto cómo los niños se hacen la señal de la cruz? No saben lo que hacen: a veces hacen un dibujo, que no es la señal de la cruz.

Por favor, mamá, papá, abuelos, enseñad a los niños desde el principio, desde cuando son pequeños, a hacerse bien la señal de la cruz. Y explicadles qué es tener como protección la cruz de Jesús. Y la misa empieza con la señal de la cruz. Toda la oración se mueve, por así decirlo, en el espacio de la Santísima Trinidad, –“en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo”– que es un espacio de comunión infinita; tiene como origen y fin el amor de Dios Uno y Trino, manifestado y dado a nosotros en la Cruz de Cristo.

Efectivamente, su misterio pascual es un don de la Trinidad, y la Eucaristía brota siempre de su corazón traspasado. Persignándonos, por lo tanto, no sólo recordamos nuestro bautismo, sino que afirmamos que la oración litúrgica es el encuentro con Dios en Cristo Jesús, que por nosotros se encarnó, murió en la cruz y resucitó en gloria.

Después, el sacerdote dirige el saludo litúrgico con la frase: “El Señor esté con vosotros” u otra similar –hay varias- ; y la asamblea responde: «Y con tu espíritu». Estamos dialogando; estamos al comienzo de la misa y debemos pensar en el significado de todos estos gestos y palabras.

Estamos entrando en una “sinfonía” en la que resuenan varios tonos de voces, incluyendo tiempos de silencio, con el fin de crear el ”acorde” entre los participantes, es decir, reconocerse animados por un único Espíritu, y por un mismo fin.

En efecto, “el saludo sacerdotal y la respuesta del pueblo manifiestan el misterio de la Iglesia reunida” (Instrucción general del Misal Romano, 50). Se expresa, pues, la fe común y el deseo mutuo de estar con el Señor y de vivir la unidad con toda la comunidad.

Y esta es una sinfonía de oración que se está creando y presenta enseguida un momento muy conmovedor, porque aquellos que presiden invitan a todos a reconocer sus propios pecados. Todos somos pecadores. No sé, a lo mejor alguno de vosotros no es pecador… Si hay alguno que no es pecador que levante la mano, por favor, así podemos verlo todos. Pero no hay manos levantadas; bien: ¡vuestra fe es buena!

Todos somos pecadores y por eso al principio de la misa pedimos perdón. Es el acto penitencial. No se trata solo de pensar en los pecados cometidos, sino mucho más: es la invitación a confesarse pecadores ante Dios y ante la comunidad, ante los hermanos, con humildad y sinceridad, como el publicano en el templo.

Si verdaderamente la Eucaristía hace presente el misterio pascual, es decir, el paso de Cristo de la muerte a la vida, entonces lo primero que tenemos que hacer es reconocer cuáles son nuestras situaciones de muerte para poder resucitar con Él a una vida nueva.

Esto nos hace comprender cuán importante es el acto penitencial. Y por eso, retomaremos el tema en la próxima catequesis. Vamos paso a paso en la explicación de la misa. Pero, por favor, enseñad a los niños a hacerse bien la señal de la cruz.

© Librería Editorial Vaticano


Francisco exige a Donald Trump “respetar el status quo” de Jerusalén

diciembre 6, 2017

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“EL FUTURO DE ASIA SE CONSTRUIRÁ NO CON LAS ARMAS, SINO CON LA FRATERNIDAD”, RECUERDA EL PAPA FRANCISCO

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Francisco exige a Donald Trump “respetar el status quo” de Jerusalén

Pide “perdón por nuestro silencio ante la minoría rohingyá” y anima a “proteger a todos los grupos perseguidos “

Por Jesús Bastante

Ante la sacudida que Donald Trump quiere dar a Tierra Santa declarando Jerusalén como capital de Israel, el Papa Francisco ha alzado la voz para exigir “respetar el status quo de la ciudad, en conformidad con las pertinentes resoluciones de Naciones Unidas”.

En su saludo en italiano tras la Audiencia de los miércoles, el Pontífice pidió que esta identidad “sea reservada y reforzada”, y que prevalezca “la prudencia para evitar nuevos elementos de tensión en un panorama mundial ya convulso y surcado por tantos crueles conflictos”.

Toda una bofetada al presidente de Estados Unidos, que con su decisión de trasladar la embajada de su país a la Ciudad Santa puede hacer estallar el polvorín de Tierra Santa. El Papa, que habló ayer con el presidente de la Autoridad Nacional Palestina, Mahmoud Abbas, confesó que “mi pensamiento hoy está en Jerusalén”.

“No puedo dejar de mostrar mi preocupación por la situación creada en los últimos días”, denunció Francisco, quien no citó expresamente a Trump, aunque sí apeló a que “sea empeño de todos respetar el status quo” de la ciudad.

“Jerusalén es una ciudad única, sagrada para judíos, cristianos y musulmanes, con una vocación especial para la paz. Rezo para que tal identidad sea preservada y reforzada, para beneficio de Tierra Santa, Oriente Medio y el mundo entero”, clamó Bergoglio.

Atrapado ante una maraña de abrazos.

La llegada del Papa Francisco al Aula Pablo VI, donde hoy se celebró la audiencia de los miércoles, estuvo cargada de efusividad. Manotazos, besos, abrazos de los que no sueltan… Domenico Gianni tuvo que hacer gala de toda su diplomacia para ‘separar’ a Bergoglio de varias personas que no querían soltarlo. El Papa sonrió, tendió la mano, repartió besos… aunque no pudo evitar cierto agobio.

Una audiencia muy musical, con canciones evocadoras a la naturaleza o el poder del pueblo. ‘Viva la gente’ o ‘De qué color es la piel de Dios’ sonaban mientras Francisco recorría los pasillos del aula hacia el estrado principal, en el que reflexionó sobre el pasaje de San Mateo en el que Jesús habla de sus discípulos como “la luz del mundo”.

Las primeras filas, como siempre, reservadas a los enfermos y discapacitados, la luz de este mundo y de este pontificado. Al lado, el belén y el árbol de Navidad, que ya se muestran en la sala.

Francisco quiso dedicar su catequesis a repasar el reciente viaje a Myanmar y Bangladesh. Unos jóvenes de este país jalearon el discurso, mostrando banderas del país y un gran cartel con un “¡Gracias!”, que el Papa cumplimentó con una sonrisa y un saludo.

Bergoglio quiso agradecer “a las autoridades y obispos de los dos países, por todo el trabajo de preparación y acogida”. También, a los fieles de ambos estados, “que me han demostrado tanto afecto y cariño”.

“Un sucesor de Pedro visitaba por primera vez Myanmar”, recordó Francisco, quien destacó “la cercanía de Cristo y de la Iglesia a un pueblo que ha sufrido a causa de la violencia y la represión, y que ahora está caminando, lentamente, hacia un futuro de paz”.

El Papa reconoció la fuerza de la religión budista en el país, y apuntó cómo “los cristianos son una pequeña grey del rebaño del pueblo de Dios. Una iglesia, viva y fervorosa”, que ha sufrido “la persecución a causa de la fe en Jesús”.

El futuro de Asia se construirá no con las armas, sino con la fraternidad”, recalcó Francisco, quien recordó que “nadie debe ser excluido en la tarea de cooperar en el proceso de reconciliación, con el respeto preciso a todos”.

El Papa también recordó su encuentro con el Supremo Consejo de monjes budistas, y apuntó que “cristianos y budistas pueden ayudar a las personas a amar a Dios y al prójimo, rechazando toda violencia y cambiando el mal por bien”.

Tras el repaso a sus días en Myamar, Bergoglio habló de su llegada a Bangladesh, un país de mayoría musulmana, y donde vivió “un paso en favor del respeto y el diálogo entre el Cristianismo y el Islam”. En este sentido, recordó cómo “la Santa Sede ha sostenido la voluntad del pueblo bengalí de constituirse como nación independiente”, donde siempre “sea tutelada la libertad religiosa”.

En particular, el Papa quiso agradecer a Bangladesh “su solidaridad en el empeño de socorrer a los prófugos rohingyá, que llegan en masa a su territorio, la densidad de población es la más alta del mundo”.

Bergoglio vivió estos días como “un fuerte momento de diálogo interreligioso”, que permitirá “abrir los corazones como base de la cultura del encuentro”, y recordó especialmente la visita a la casa Madre Teresa, donde la santa se alojaba cuando iba a la ciudad, “y que acoge a muchos huérfanos y personas con discapacidad”.

“Recuerdo de las monjas su sonrisa -improvisó el Papa-. Son hermanas que oran tanto, que trabajan por los que más sufren, y siempre con una sonrisa. Son un gran testimonio, que les agradezco”.

“El último evento fue con los jóvenes bengalíes… ¡Cómo bailan de bien estos bengalíes! Una fiesta que ha manifestado la alegría del Evangelio, una alegría fecundada por el sacrificio de tantos misioneros y catequistas, culminó el Papa, quien recordó cómo en el encuentro “había jóvenes musulmanes, y de otras religiones, lo que supone un signo de esperanza para Bangladesh, para Asia y para el mundo entero“.

En su saludo en árabe, el Papa volvió a recordar expresamente a los rohingyá, pidiendo “perdón por nuestro silencio ante la minoría rohingya“, animando a “proteger a todos los grupos perseguidos en el mundo”.

Saludo en castellano:

Queridos hermanos y hermanas: Hoy quiero compartir con ustedes y dar gracias a Dios por el viaje apostólico que he realizado a Myanmar y Bangladesh.

Mi visita a Myanmar ha sido la primera de un Papa a aquel país; una nación que a pesar de haber sufrido mucho, se encamina hacia una nueva realidad de paz y libertad. Allí la comunidad cristiana es un pequeño fermento del Reino de Dios, que ha sabido dar testimonio de la fe y que cuenta con una juventud llena de esperanza y de alegría. Al encontrarme con el Consejo Supremo de los monjes budistas, he querido manifestar mi deseo de que trabajemos unidos para ayudar a las personas a amar a Dios y al prójimo, rechazando todo tipo de violencia.

Después he realizado mi visita a Bangladesh, siguiendo las huellas del beato Pablo VI y de san Juan Pablo II. Ha sido un paso más en favor del respeto y del diálogo entre el islam y el cristianismo. Allí he querido expresar también mi solidaridad con Bangladesh en su compromiso por socorrer a los prófugos Rohingya.

Dos momentos de particular alegría han sido: la ordenación de 16 sacerdotes y el encuentro con los jóvenes, quienes con sus cantos y danzas manifestaron la alegría del Evangelio. Fue muy significativo que estuvieran también presentes jóvenes musulmanes y de otras religiones, siendo un signo éste de esperanza para Bangladesh, para Asia y para el mundo entero.
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Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular a los grupos provenientes de España y Latinoamérica.

En este tiempo de Adviento los animo a fortalecer su vida cristiana con la oración, la escucha de la Palabra de Dios y las obras de caridad, y, siguiendo el ejemplo de la Inmaculada Virgen María, cuya solemnidad celebraremos pasado mañana, preparen su corazón para recibir al Señor que ya viene. Muchas gracias.

Texto completo de la catequesis del Papa Francisco

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! Hoy quisiera hablar del Viaje Apostólico que he realizado en los días pasados a Myanmar y Bangladés. Ha sido un gran de Dios, y por eso le agradezco a Él por cada cosa, especialmente por los encuentros que he podido tener. Renuevo la expresión de mi gratitud a las Autoridades de los dos Países y a los respectivos Obispos, por todo el trabajo de preparación y por la acogida reservada a mí y a mis colaboradores. Un “gracias” sincero quiero dirigir a la gente birmana y aquella bangladesí, que me han demostrado tanta fe y tanto afecto: ¡gracias!

Por primera vez un sucesor de Pedro visitaba Myanmar, y esto ha sucedido poco después que se han establecido las relaciones diplomáticas entre este País y la Santa Sede. He querido, también en este caso, expresar la cercanía de Cristo y de la Iglesia a un pueblo que ha sufrido a causa de conflictos y represiones, y que ahora está lentamente caminando hacia una nueva condición de libertad y de paz. Un pueblo en el que la religión budista está fuertemente enraizada, con sus principios espirituales y éticos, y donde los cristianos están presentes como una pequeña grey y levadura del Reino de Dios.

A esta Iglesia, viva y fervorosa, he tenido la alegría de confirmar en la fe y en la comunión, en el encuentro con los Obispos de los países y en las dos celebraciones eucarísticas. La primera ha sido en la gran área deportiva en el centro de Rangún, y el Evangelio de ese día ha recordado que las persecuciones a causa de la fe en Jesús son normales para sus discípulos, como ocasión de testimonio, pero “ni siquiera un cabello se les caerá” (Cfr. Lc 21,12-19).

La segunda Misa, último acto de la visita a Myanmar, estuvo dedicada a los jóvenes: un signo de esperanza y un regalo especial de la Virgen María, en la catedral que lleva su nombre. En los rostros de esos jóvenes, llenos de alegría, he visto el futuro de Asia: un futuro que será no de quien construye armas, sino de quien siembra fraternidad. Y siempre en el signo de esperanza he bendecido las primeras piedras de dieciséis iglesias, del seminario y de la nunciatura, dieciocho.

Además de la Comunidad católica, he podido encontrar a las Autoridades de Myanmar, animando los esfuerzos de pacificación del País y deseando que todos los diversos componentes de la nación, ninguna excluida, puedan cooperar en este proceso en el respeto recíproco. En este espíritu, he querido encontrar a los representantes de las diversas comunidades religiosas presentes en el País. En particular, al Supremo Consejo de monjes budistas he manifestado la estima de la Iglesia por su antigua tradición espiritual, y la confianza que cristianos y budistas puedan juntos ayudar a las personas a amar a Dios y al prójimo, rechazando toda violencia y oponiéndose al mal con el bien.

Dejando Myanmar, me he dirigido a Bangladés, donde en primer lugar he rendido homenaje a los mártires de la lucha por la independencia y al “Padre de la Nación”. La población de Bangladés es en grandísima parte de religión musulmana, y por ello mi visita -siguiendo las huellas del Beato Pablo VI y de San Juan Pablo II- ha marcado un paso más en favor del respeto y del diálogo entre cristianismo e islam.

A las Autoridades del País he recordado que la Santa Sede ha sostenido desde el inicio la voluntad del pueblo bangladesí de constituirse como nación independiente, como también la exigencia que en ella sea siempre tutelada la libertad religiosa. En particular, he querido expresar solidaridad a Bangladés en su empeño de socorrer a los prófugos Rohingya llegados en masa a su territorio, donde la densidad de población está ya entre las más altas del mundo.

La Misa celebrada en un histórico parque de Daca fue enriquecida por la Ordenación de dieciséis sacerdotes, y esto ha sido uno de los eventos más significativos y gozosos del viaje. De hecho, sea en Bangladés como en Myanmar y en los otros países del sureste asiático, gracias a Dios las vocaciones no faltan, signo de comunidades vivas, donde resuena la voz del Señor que llama a seguirlo.

He compartido esta alegría con los Obispos de Bangladés, y los he animado en su generoso trabajo por las familias, por los pobres, por la educación, por el diálogo y la paz social. Y he compartido esta alegría con tantos sacerdotes, consagradas y consagrados del país, como también con los seminaristas, las novicias y novicios, en quienes he visto los brotes de la Iglesia en aquella tierra.

En Daca hemos vivido un momento fuerte de diálogo interreligioso y ecuménico, que me ha dado la ocasión de subrayar la apertura del corazón como base de la cultura del encuentro, de la armonía y de la paz.

Además he visitado la “Casa Madre Teresa”, donde la santa se hospedaba cuando se encontraba en esta ciudad, y que acoge a muchísimos huérfanos y personas con discapacidad. Allí, según su carisma, las religiosas viven cada día la oración de adoración y el servicio a Cristo pobre y sufriente. Y jamás -jamás- se pierde de sus labios la sonrisa: religiosas que oran tanto, que sirven a los que sufren continuamente con la sonrisa. Es un bonito testimonio. Agradezco mucho a estas religiosas.

El último evento ha sido con los jóvenes bangladesí, rico de testimonios, cantos y danzas. ¿Y qué bien danzaban, estos bangladesí? ¡Saben danzar bien! Una fiesta que ha manifestado la alegría del Evangelio acogido por esta cultura; una alegría fecundada por los sacrificios de tantos misioneros, de tantos catequistas y padres cristianos. En el encuentro estaban presentes también jóvenes musulmanes y de otras religiones: un signo de esperanza para Bangladés, para Asia y para el mundo entero. Gracias.

http://www.periodistadigital.com/religion/vaticano/2017/12/06/religion-iglesia-vaticano-papa-francisco-donald-trump-jerusalen-capital-israel-palestina-tierra-santa-rohingya-bangladesh-myanmar.shtml


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