El maná de cada día, 10.2.17

febrero 10, 2017

Viernes de la 5ª semana del Tiempo Ordinario

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Effetá

Effetá



PRIMERA LECTURA: Génesis 3, 1-8

La serpiente era el más astuto de los animales del campo que el Señor Dios había hecho. Y dijo a la mujer: «¿Cómo es que os ha dicho Dios que no comáis de ningún árbol del jardín?»

La mujer respondió a la serpiente: «Podemos comer los frutos de los árboles del jardín; solamente del fruto del árbol que está en mitad del jardín nos ha dicho Dios: “No comáis de él ni lo toquéis, bajo pena de muerte.”»

La serpiente replicó a la mujer: «No moriréis. Bien sabe Dios que cuando comáis de él se os abrirán los ojos y seréis como Dios en el conocimiento del bien y el mal.»

La mujer vio que el árbol era apetitoso, atrayente y deseable, porque daba inteligencia; tomó del fruto, comió y ofreció a su marido, el cual comió.

Entonces se le abrieron los ojos a los dos y se dieron cuenta de que estaban desnudos; entrelazaron hojas de higuera y se las ciñeron.

Oyeron al señor que pasaba por el jardín a la hora de la brisa; el hombre y su mujer se escondieron de la vista del Señor Dios entre los árboles del jardín.


SALMO 31, 1-2.5.6.7

Dichoso el que está absuelto de su culpa.

Dichoso el que está absuelto de su culpa, a quien le han sepultado su pecado; dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta el delito.

Había pecado, lo reconocí, no te encubrí mi delito; propuse: «Confesaré al Señor mi culpa,» y tú perdonaste mi culpa y mi pecado.

Por eso, que todo fiel te suplique en el momento de la desgracia: la crecida de las aguas caudalosas no lo alcanzará.

Tú eres mi refugio, me libras del peligro, me rodeas de cantos de liberación.


Aclamación antes del Evangelio: Hch 16, 14b

Abre, Señor, nuestros corazones, para que atendamos a las palabras de tu Hijo.


EVANGELIO: Marcos 7, 31-37

En aquel tiempo, dejó Jesús el territorio de Tiro, pasó por Sidón, camino del lago de Galilea, atravesando la Decápolis. Y le presentaron un sordo que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga las manos.

El, apartándolo de la gente a un lado, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua. Y, mirando al cielo, suspiró y le dijo: «Effetá», esto es: «Ábrete.»

Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba sin dificultad.

Él les mandó que no lo dijeran a nadie; pero, cuanto más se lo mandaba, con más insistencia lo proclamaban ellos. Y en el colmo del asombro decían: «Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos.»

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S.S. Benedicto XVI. Angelus del domingo 9 de septiembre de 2012

En el centro del Evangelio de hoy (Mc 7, 31-37) hay una pequeña palabra, muy importante. Una palabra que —en su sentido profundo— resume todo el mensaje y toda la obra de Cristo. El evangelista san Marcos la menciona en la misma lengua de Jesús, en la que Jesús la pronunció, y de esta manera la sentimos aún más viva. Esta palabra es «Effetá», que significa: «ábrete». Veamos el contexto en el que está situada.

Jesús estaba atravesando la región llamada «Decápolis», entre el litoral de Tiro y Sidón y Galilea; una zona, por tanto, no judía. Le llevaron a un sordomudo, para que lo curara: evidentemente la fama de Jesús se había difundido hasta allí. Jesús, apartándolo de la gente, le metió los dedos en los oídos y le tocó la lengua; después, mirando al cielo, suspiró y dijo: «Effetá», que significa precisamente: «Ábrete». Y al momento aquel hombre comenzó a oír y a hablar correctamente (cf. Mc 7, 35).

He aquí el significado histórico, literal, de esta palabra: aquel sordomudo, gracias a la intervención de Jesús, «se abrió»; antes estaba cerrado, aislado; para él era muy difícil comunicar; la curación fue para él una «apertura» a los demás y al mundo, una apertura que, partiendo de los órganos del oído y de la palabra, involucraba toda su persona y su vida: por fin podía comunicar y, por tanto, relacionarse de modo nuevo.

Pero todos sabemos que la cerrazón del hombre, su aislamiento, no depende sólo de sus órganos sensoriales. Existe una cerrazón interior, que concierne al núcleo profundo de la persona, al que la Biblia llama el «corazón». Esto es lo que Jesús vino a «abrir», a liberar, para hacernos capaces de vivir en plenitud la relación con Dios y con los demás.

Por eso decía que esta pequeña palabra, «Effetá» —«ábrete»— resume en sí toda la misión de Cristo. Él se hizo hombre para que el hombre, que por el pecado se volvió interiormente sordo y mudo, sea capaz de escuchar la voz de Dios, la voz del Amor que habla a su corazón, y de esta manera aprenda a su vez a hablar el lenguaje del amor, a comunicar con Dios y con los demás.

Por este motivo la palabra y el gesto del «Effetá» han sido insertados en el rito del Bautismo, como uno de los signos que explican su significado: el sacerdote, tocando la boca y los oídos del recién bautizado, dice: «Effetá», orando para que pronto pueda escuchar la Palabra de Dios y profesar la fe.

Por el Bautismo, la persona humana comienza, por decirlo así, a «respirar» el Espíritu Santo, aquel que Jesús había invocado del Padre con un profundo suspiro, para curar al sordomudo.

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Papa Francisco predica en Santa Marta: Ante la tentación no se dialoga, se reza

Por Miguel Pérez Pichel

VATICANO, 10 Feb. 17 / 06:28 am (ACI).- “Ante la tentación no se dialoga, se reza”, afirmó el Papa Francisco en la homilía de la Misa celebrada en la Casa Santa Marta, en el Vaticano.

En este sentido, el Santo Padre propuso esta breve jaculatoria para hacer frente a las tentaciones: “Ayúdame Señor, soy débil. No quiero esconderme de ti”. Rezar de esta manera, señaló, supone un acto de “valentía” que permitirá “vencer” al diablo.

A partir de la lectura del Libro del Génesis, el Papa comparó las tentaciones de Adán y Eva con las sufridas por Jesús en el desierto. El Santo Padre explicó que el diablo, en forma de serpiente, se hizo atractivo a Adán y Eva y, con su astucia, consiguió engañarles. El diablo, “es el padre de la mentira. Es un traidor”, aseguró.

Francisco detalló los peligros de dialogar con el diablo. A Eva la hizo sentirse bien para empezar a hablar con ella. Después, paso a paso, la llevó a su terreno.

Por el contrario, con Jesús esa estrategia no le funcionó. El demonio también intentó hablar con Jesús, “porque cuando el diablo engaña a una persona lo hace con el diálogo”. Así, intentó engañar al Señor, pero Él no cedió.

El Santo Padre contrapuso la desnudez de Adán y Eva, fruto del pecado, con la desnudez de Cristo en la cruz, fruto de la obediencia a Dios: “también Jesús terminó desnudo en la cruz, pero por obediencia al Padre. Es un camino diferente”.

El Papa lamentó la corrupción que hay en el mundo por culpa del pecado, por culpa del diálogo de los hombres con el diablo.

“Hay muchos corruptos, muchos ‘peces gordos’ corruptos que están en el mundo y de los cuales sólo nos enteramos por los periódicos. Quizás comenzaron con pequeñas cosas. La corrupción comienza con poco, como aquel diálogo: ‘No, no es verdad que te hará daño este fruto. Cómelo. ¡Es bueno! Es poca cosa, nadie se dará cuenta. ¡Hazlo, hazlo!’”, dijo en referencia a la tentación del diablo a Eva.

“Y poco a poco, se cae en el pecado, se cae en la corrupción”, lamentó.

“El diablo es un mal pagador, ¡no paga bien! ¡Es un estafador! Te promete todo y te deja sin nada. La serpiente, el diablo, es astuto: no se puede dialogar con el diablo. Todos nosotros sabemos qué son las tentaciones, todos lo sabemos porque todos las padecemos. Tentaciones de vanidad, de soberbia, de codicia, de avaricia”.

“¡Con el diablo no se dialoga!”, fue la conclusión del Pontífice.

Lectura comentada por el Papa Francisco:

Génesis 3:1-8
1 La serpiente era el más astuto de todos los animales del campo que Yahveh Dios había hecho. Y dijo a la mujer: «¿Cómo es que Dios os ha dicho: No comáis de ninguno de los árboles del jardín?»
2 Respondió la mujer a la serpiente: «Podemos comer del fruto de los árboles del jardín.
3 Mas del fruto del árbol que está en medio del jardín, ha dicho Dios: No comáis de él, ni lo toquéis, so pena de muerte.»
4 Replicó la serpiente a la mujer: «De ninguna manera moriréis.
5 Es que Dios sabe muy bien que el día en que comiereis de él, se os abrirán los ojos y seréis como dioses, conocedores del bien y del mal.»
6 Y como viese la mujer que el árbol era bueno para comer, apetecible a la vista y excelente para lograr sabiduría, tomó de su fruto y comió, y dio también a su marido, que igualmente comió.
7 Entonces se les abrieron a entrambos los ojos, y se dieron cuenta de que estaban desnudos; y cosiendo hojas de higuera se hicieron unos ceñidores.
8 Oyeron luego el ruido de los pasos de Yahveh Dios que se paseaba por el jardín a la hora de la brisa, y el hombre y su mujer se ocultaron de la vista de Yahveh Dios por entre los árboles del jardín.

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Francisco en el ángelus advierte sobre los profetas de desventuras

noviembre 14, 2016

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Ángelus

Ángelus del domingo 13 de noviembre, Clausura del Año de la Misericordia en las Iglesias locales del mundo. 

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Francisco en el ángelus advierte sobre los profetas de desventuras -Texto completo

Porque Dios es un padre fiel y atento que no abandona nunca a sus hijos

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(ZENIT – Ciudad del Vaticano).- Después de la misa celebrada en la basílica de San Pedro con motivo del Jubileo de las personas socialmente excluidas, el papa Francisco rezó la oración del ángelus desde la ventana de su estudio que da a la plaza de San Pedro, donde miles de personas le aguardaban.

“Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

La lectura del evangelio de hoy, contiene la primera parte de las palabras de Jesús sobre los últimos tiempos, escritas por Lucas. Jesús las pronuncia mientras se encuentra delante del Templo de Jerusalén y se apoya en las expresiones de admiración de la gente por la belleza del santuario y de sus decoraciones. Entonces Jesús dice:

“De todo lo que ustedes contemplan, un día no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido”. Podemos imaginar el efecto de estas palabras sobre los discípulos de Jesús. Pero él no quiere ofender al Templo sino hacerles entender a ellos y también a nosotros hoy, que las construcciones humanas incluso las más sagradas, son pasajeras y no tenemos que poner en ellas nuestras seguridades.

¡Cuántas presuntas certezas en nuestra vida pensábamos que eran definitivas y después se revelaron efímeras! De otra parte ¡cuántos problemas que parecían sin salida y después fueron superados!

Jesús sabe que existen siempre quienes especulan sobre la necesidad que los hombres tienen de seguridades. Por lo tanto dice: ‘Tengan cuidado, no se dejen engañar’, y pone en guardia ante tantos falsos mesías que se presentarán. También hoy los hay. Y Jesús añade que no hay que dejarse aterrorizar y desorientar por las guerras, revoluciones y calamidades, porque estas son también parte de la realidad de este mundo.

La historia de la Iglesia es rica en ejemplos de personas que soportaron tribulaciones y sufrimientos terribles con serenidad, porque eran conscientes de estar fuertemente en las manos de Dios. Él es un padre fiel y atento que no abandona nunca a sus hijos. Nunca, y esta certeza debemos tenerla en nuestro corazón. Dios no nos abandona nunca.

Quedarse firmes en el Señor, caminar en la esperanza de que no nos abandona nunca, trabajar para construir un mundo mejor, a pesar de las dificultades y los hechos tristes que marcan la existencia personal y colectiva es lo que realmente cuenta.

Es lo que la comunidad cristiana está llamada a hacer para ir al encuentro del ‘día del Señor’. Justamente en esta perspectiva queremos colocar el empeño que parte después de estos meses en los cuales hemos vivido con fe el Jubileo Extraordinario de la Misericordia, que hoy se concluye en las diócesis de todo el mundo, con el cierre de las Puertas Santas en las iglesias catedrales.

El Año Santo nos ha llamado, de una parte, a tener fija la mirada hacia el cumplimiento del Reino de Dios, y de otra a construir el futuro sobre esta tierra, trabajando para evangelizar el presente y para realizar un tiempo de salvación para todos.

Jesús en el Evangelio nos exhorta a tener firme en la mente y en el corazón la certeza de que Dios conduce nuestra historia y conoce el fin último de las cosas y de los eventos.

Bajo la mirada misericordiosa del Señor, se sucede la historia en su fluir incierto y en su entrelazarse del bien y del mal. Pero todo lo que sucede está conservado en Él, nuestra vida no se puede perder porque está en sus manos.

Recemos a la Virgen María, para que nos ayude a través de los hechos gozosos y tristes de este mundo a mantenernos firmes en la esperanza de la la eternidad de Dios. Recemos a la Virgen para que nos ayude a entender en profundidad la verdad de que Dios nunca abandona a sus hijos”.

El papa reza el ángelus y después dice las siguientes palabras:

Queridos hermanos y hermanas, en esta semana ha sido restituido a la devoción de los fieles el más antiguo crucifijo de madera de la basílica de San Pedro, que se remonta al siglo XIV. Después de una laboriosa restauración fue llevado al antiguo esplendor y será colocado en la capilla del Santísimo Sacramento, para recordar el Jubileo de la Misericordia.

Hoy se celebra en Italia la tradicional Jornada de agradecimiento por los frutos de la tierra y del trabajo humano. Me asocio a los obispos en el deseo de que la madre tierra sea siempre cultivada de manera sostenible. La Iglesia está con simpatía y reconocimiento al lado del mundo agrícola y no se olvida de quienes en diversas partes del mundo están privados de dones esenciales como los alimentos y el agua.

Saludo a todos, familias, parroquias, asociaciones y fieles, que han venido desde Italia y desde tantas partes del mundo. En particular saludo y agradezco a las asociaciones que en estos días han animado el Jubileo de las personas marginadas. Saludo a los peregrinos provenientes de Río de Janeiro, Salerno, Piacenza, Veroli y Acri, y también al consultorio ‘La familia’ de Milán, y a las fraternidades italianas de la Orden secular Trinitaria.

A todos les deseo un buen domingo. Por favor no se olviden de rezar por mí”. Y concluyó con el acostumbrado “¡Buon pranzo e arrivederci!”.


El maná de cada día 24.7.16

julio 23, 2016

Domingo XVII del Tiempo Ordinario, Ciclo C

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Oracion-del-corazon

Pedid y se os dará



Antífona de entrada: Sal 67, 6-7. 36

Dios vive en su santa morada. Dios que prepara casa a los desvalidos, da fuerza y poder a su pueblo.


Oración colecta

Oh Dios, protector de los que en ti esperan, sin ti nada es fuerte ni santo; multiplica sobre nosotros los signos de tu misericordia, para que, bajo tu guía providente, de tal modo nos sirvamos de los bienes pasajeros, que podamos adherirnos a los eternos. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.


PRIMERA LECTURA: Génesis 18, 20-32

En aquellos días, el Señor dijo: «La acusación contra Sodoma y Gomorra es fuerte, y su pecado es grave; voy a bajar, a ver si realmente sus acciones responden a la acusación; y si no, lo sabré.»

Los hombres se volvieron y se dirigieron a Sodoma, mientras el Señor seguía en compañía de Abrahán. Entonces Abrahán se acercó y dijo a Dios: «¿Es que vas a destruir al inocente con el culpable?

Si hay cincuenta inocentes en la ciudad, ¿los destruirás y no perdonarás al lugar por los cincuenta inocentes que hay en él? ¡Lejos de ti hacer tal cosa!, matar al inocente con el culpable, de modo que la suerte del inocente sea como la del culpable; ¡lejos de ti! El juez de todo el mundo, ¿no hará justicia?»

El Señor contestó: «Si encuentro en la ciudad de Sodoma cincuenta inocentes, perdonaré a toda la ciudad en atención a ellos.»

Abrahán respondió: «Me he atrevido a hablar a mi Señor, yo que soy polvo y ceniza. Si faltan cinco para el número de cincuenta inocentes, ¿destruirás, por cinco, toda la ciudad?»

Respondió el Señor: «No la destruiré, si es que encuentro allí cuarenta y cinco.»

Abrahán insistió: «Quizá no se encuentren más que cuarenta.»
Le respondió: «En atención a los cuarenta, no lo haré.»

Abrahán siguió: «Que no se enfade mi Señor, si sigo hablando. ¿Y si se encuentran treinta?»
Él respondió: «No lo haré, si encuentro allí treinta.»

Insistió Abrahán: «Me he atrevido a hablar a mi Señor. ¿Y si se encuentran sólo veinte?»
Respondió el Señor: «En atención a los veinte, no la destruiré.»

Abrahán continuó: «Que no se enfade mi Señor si hablo una vez más. ¿Y si se encuentran diez?»
Contestó el Señor: «En atención a los diez, no la destruiré.»

SALMO 137, 1-2a. 2bc-3. 6-7ab. 7c-8

Cuando te invoqué, Señor, me escuchaste.

Te doy gracias, Señor, de todo corazón; delante de los ángeles tañeré para ti, me postraré hacia tu santuario.

Daré gracias a tu nombre, por tu misericordia y tu lealtad. Cuando te invoqué, me escuchaste, acreciste el valor en mi alma.

El Señor es sublime, se fija en el humilde, y de lejos conoce al soberbio. Cuando camino entre peligros, me conservas la vida; extiendes tu brazo contra la ira de mi enemigo.

Tu derecha me salva. El Señor completará sus favores conmigo: Señor, tu misericordia es eterna, no abandones la obra de tus manos.


SEGUNDA LECTURA: Colosenses 2, 12-14

Por el bautismo fuisteis sepultados con Cristo, y habéis resucitado con él, porque habéis creído en la fuerza de Dios que lo resucitó de entre los muertos.

Estabais muertos por vuestros pecados, porque no estabais circuncidados; pero Dios os dio vida en él, perdonándoos todos los pecados.

Borró el protocolo que nos condenaba con sus cláusulas y era contrario a nosotros; lo quitó de en medio, clavándolo en la cruz.


Aclamación antes del Evangelio: Rm 8, 15bc

Habéis recibido un espíritu de hijos adoptivos, que nos hace gritar: «¡Abba!, Padre.»


EVANGELIO: Lucas 11, 1-13

Una vez que estaba Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: «Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos.»

Él les dijo: «Cuando oréis decid:

“Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, danos cada día nuestro pan del mañana, perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe algo, y no nos dejes caer en la tentación.”»

Y les dijo:
«Si alguno de vosotros tiene un amigo, y viene durante la medianoche para decirle: “Amigo, préstame tres panes, pues uno de mis amigos ha venido de viaje y no tengo nada que ofrecerle.”

Y, desde dentro, el otro le responde: “No me molestes; la puerta está cerrada; mis niños y yo estamos acostados; no puedo levantarme para dártelos.”

Si el otro insiste llamando, yo os digo que, si no se levanta y se los da por ser amigo suyo, al menos por la importunidad se levantará y le dará cuanto necesite.

Pues así os digo a vosotros: Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca halla, y al que llama se le abre.

¿Qué padre entre vosotros, cuando el hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿O si le pide un pez, le dará una serpiente? ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión?

Si vosotros, pues, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo piden?»


APRENDER A PEDIR

P. Francisco Fernández Carvajal
Homilética.org

—    El sentido de nuestra filiación divina debe estar presente siempre en nuestra oración.

—    Pedir bienes sobrenaturales, y también bienes materiales, si nos ayudan a amar a Dios.

—    La súplica de Abrahán.


I. Jesús se retiraba a orar, con frecuencia, muy de mañana y a lugares apartados1. Sus discípulos le encontraron muchas veces en un diálogo lleno de ternura con su Padre del Cielo. Y un día, al terminar la oración, le dijo uno de sus discípulos: Señor, enséñanos a orar2

Esto hemos de pedir también nosotros: Jesús, enséñame a tratarte, dime cómo y qué cosas debo pedirte… Porque en ocasiones –incluso aunque llevemos años haciendo oración– estamos delante de Dios como el niño que apenas sabe pronunciar unas cuantas palabras mal aprendidas.

El Señor les enseñó entonces el modo de rezar y la oración por excelencia: el Padrenuestro. Sus labios pronunciarían cada palabra de esta oración universal con una particular entonación.

Y nos señala la confianza que hemos de tener siempre en todo diálogo con Dios al mostrar nuestra radical necesidad, porque esa confianza es fundamento de toda oración verdadera:

¿Quién de vosotros que tenga un amigo, y acuda a él a medianoche y le diga: Amigo, préstame tres panes, porque un amigo mío ha llegado de viaje y no tengo qué ofrecerle…? Os digo que si no se levanta a dárselos por ser su amigo, al menos por su importunidad se levantará para darle cuanto necesite.

Una buena parte de nuestras relaciones con Dios están definidas por la petición confiada. Somos hijos de Dios, hijos necesitados, y Él solo desea darnos, y en abundancia:

pues, ¿qué padre habrá entre vosotros a quien si el hijo le pide un pez, en lugar de un pez le dé una serpiente? ¿O si le pide un huevo, le dé un escorpión?

El Señor mismo sale fiador de nuestra petición: todo el que pide, recibe; y el que busca, encuentra; y a quien llama, se le abrirá. No pudo ser más categórico. Solo nos iremos de vacío si nos sentimos satisfechos de nosotros mismos; si pensáramos que nada necesitamos, porque nos hubiéramos contentado con unas metas bien cortas, o porque hubiéramos pactado con defectos y flaquezas.

Colmó de bienes a los hambrientos, y a los ricos los despidió sin nada3. Debemos acudir al Sagrario como gente muy necesitada ante Quien todo lo puede: como acudían a Jesús los leprosos, los ciegos, los paralíticos…

«Rezar –señalaba Juan Pablo II al comentar este pasaje del Evangelio– significa sentir la propia insuficiencia a través de las diversas necesidades que se presentan al hombre, y que forman parte de su vida: la misma necesidad del pan a que se refiere Cristo, poniendo como ejemplo al hombre que despierta a su amigo a medianoche para pedírselo.

Tales necesidades son numerosas. La necesidad de pan es, en cierto sentido, el símbolo de todas las necesidades materiales, de las necesidades del cuerpo humano (…). Pero la escala de estas necesidades es más amplia…»4.

La humildad de sentirnos limitados, pobres, carentes de tantos dones, y la confianza en que Dios es el Padre incomparable pendiente de sus hijos, son las primeras disposiciones con las que debemos acudir diariamente a la oración.

«Si nosotros aprendemos en el sentido pleno de la palabra, en su plena dimensión, la realidad Padre, hemos aprendido todo (…). Aprender quién es el Padre quiere decir adquirir la certeza absoluta de que Él no podrá rechazar nada. Todo esto se dice en el Evangelio de hoy. Él no te rechaza ni siquiera cuando todo, material y psicológicamente, parece indicar el rechazo. Él no te rechaza jamás»5.

Nunca deja de atendernos. El sentido de nuestra filiación divina y la conciencia de la propia indigencia y debilidad deben estar siempre presentes en nuestro trato con Dios.

II. Todo el que pide, recibe; y el que busca, encuentra; y a quien llama, se le abrirá.

Ante todo debemos pedir y buscar los bienes del alma, querer amar cada día más al Señor, deseos auténticos de santidad en medio de las peculiares circunstancias en las que nos encontremos.

También debemos pedir los bienes materiales, en la medida en que nos sirvan para alcanzar a Dios: la salud, bienes económicos, lograr ese empleo que quizá nos es necesario…

«Pidamos los bienes temporales discretamente –nos aconseja San Agustín–, y tengamos la seguridad –si los recibimos– de que proceden de quien sabe que nos convienen. ¿Pediste y no recibiste? Fíate del Padre; si te conviniera te lo habría dado. Juzga por ti mismo.

Tú eres delante de Dios, por tu inexperiencia de las cosas divinas, como tu hijo ante ti con su inexperiencia de las cosas humanas. Ahí tienes a ese hijo llorando el día entero para que le des un cuchillo o una espada. Te niegas a dárselo y no haces caso de su llanto, para no tener que llorarle muerto.

Ahora gime, se enfada y da golpes para que le subas a tu caballo; pero tú no le haces caso porque, no sabiendo conducirlo, le tirará o le matará. Si le rehusas ese poco, es para reservárselo todo; le niegas ahora sus insignificantes demandas peligrosas para que vaya creciendo y posea sin peligro toda la fortuna»6.

Así hace el Señor con nosotros, pues somos como el niño pequeño que muchas veces no sabe lo que pide.

Dios quiere siempre lo mejor; por eso, la felicidad del hombre se encuentra siempre en la plena identificación con el querer divino, pues, aunque humanamente no lo parezca, por ese camino nos llegará la mayor de las dichas.

Cuenta el Papa Juan Pablo II cómo le impresionó la alegría de un hombre que encontró en un hospital de Varsovia después de la insurrección de aquella ciudad durante la Segunda Guerra Mundial. Estaba gravemente herido y, sin embargo, era evidente su extraordinaria felicidad.

«Este hombre llegó a la felicidad –comentaba el Pontífice– por otro camino, ya que juzgando visiblemente su estado físico desde el punto de vista médico, no había motivos para ser tan feliz, sentirse tan bien y considerarse escuchado por Dios. Y sin embargo había sido escuchado en otra dimensión de su humanidad»7, en aquella dimensión en la que el querer divino y el humano se hacen una sola cosa.

Por eso, lo que nosotros debemos pedir y desear es hacer la voluntad de Dios: hágase tu voluntad en la tierra como en el Cielo. Y este es siempre el medio para acertar, el mejor camino que podíamos haber soñado, pues es el que preparó nuestro Padre del Cielo.

«Dile: Señor, nada quiero más que lo que Tú quieras. Aun lo que en estos días vengo pidiéndote, si me aparta un milímetro de la Voluntad tuya, no me lo des»8. ¿Para qué lo quiero yo, si Tú no lo quieres? Tú sabes más. Hágase tu voluntad…

III. La Primera lectura9 de la Misa nos muestra otro ejemplo conmovedor: la súplica de Abrahán, el amigo de Dios, por aquellas ciudades que tanto habían ofendido a Dios y que iban a ser destruidas: ¿Es que vas a destruir al inocente con el culpable? Si hay cincuenta justos en la ciudad, ¿los destruirías y no perdonarás el lugar por los cincuenta inocentes que hay en él?

Abrahán tratará de salvar las ciudades, «regateando» con Dios, en el que confía y del que se siente verdaderamente querido. Y habla poniendo delante de Dios el inmenso tesoro que son unos cuantos justos, unos cuantos santos.

El Señor se complace tanto en quienes son justos, en quienes le aman y por tanto cumplen su voluntad, que estará dispuesto a perdonar a miles de pecadores que cometieron incontables ofensas contra Él, con tal de que se encuentren diez justos en la ciudad.

Tan agradable es a Dios el amor y la adoración de estos pocos que es capaz de olvidar las iniquidades de aquellas ciudades.

Es una enseñanza clara para nosotros, que queremos seguir al Señor de cerca –¡con obras!– y contarnos entre sus íntimos, pues a veces puede insinuarse en el alma la tentación de preguntarse: ¿de qué sirve que yo trate de luchar y de esforzarme en cumplir con fidelidad la voluntad de Dios, si son tantos los que le ofenden y quienes viven como si Él no existiera o como si no mereciera ningún interés?

Dios tiene otras medidas, bien distintas de las humanas, acerca de la utilidad de una vida.

Un día, al final, el Señor nos hará ver la eficacia enorme, más allá del tiempo y de la distancia, de aquella madre de familia que gastó sus días en sacar la familia adelante; el valor para toda la Iglesia del dolor de aquel enfermo que ofreció diariamente al Señor sus padecimientos; el «precio» de una hora de estudio o de trabajo convertida en oración…

Con una medida que solo la misericordia divina conoce, a Yahvé le hubieran bastado diez justos para salvar a Sodoma y Gomorra. Las obras de estos justos, puestas en una balanza, habrían pesado más que todos lo pecados de aquellos miles de infelices pecadores.

Nosotros, cuando procuramos ser fieles al Señor, hemos de experimentar la alegría de saber que esta entrega, a pesar de nuestros muchos defectos, es el gozo de Dios en el mundo. Él está pronto a escuchar nuestra oración. Y debemos pedir cada día por la sociedad que nos rodea, pues parece alejarse cada vez más de Dios.

«La oración de Abrahán –comenta el Papa Juan Pablo II– es muy actual en los tiempos en los que vivimos. Es necesaria una oración así, para que todo hombre justo trate de rescatar al mundo de la injusticia»10.

Terminemos nuestra oración haciendo el propósito de aprender a orar, de aprender a pedir como hijos. Hemos de acudir al Señor con mucha frecuencia, pues nos encontramos tan necesitados como aquellos que se agolpaban a la puerta11, esperando de Él la salud del alma o del cuerpo.

La Virgen Nuestra Madre nos enseñará a ser audaces en la petición. A Ella le rogamos que nos ayude a conseguir, con nuestro apostolado, que en todos los ambientes –en cada ciudad y en todo pueblo, en cada lugar de trabajo y en toda profesión– haya esos diez, veinte, cincuenta… justos que son agradables a Dios y en los que Él se puede apoyar.

1 Cfr. Mt 14, 23; Mc 1, 35; Lc 5, 16; 9, 18. — 2 Evangelio de la MisaLc 11, 1-13. — 3 Lc 1, 53. — 4 Juan Pablo II, Homilía 27-VII-1980. — 5 Ibídem. — 6 San Agustín, Sermón 80, 2, 7-8. — 7 Juan Pablo II, loc. cit. — 8San Josemaría Escrivá, Forja, n. 512. — 9 Gen 18, 20-32. — 10 Juan Pablo II, loc. cit. — 11 Cfr. Mc 1, 33.


Maná y Vivencias Pascuales (4), 30.3.16

marzo 30, 2016

Miércoles de la Octava de Pascua

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Sentado a la mesa con ellos, tomó pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio

Sentado a la mesa con ellos, tomó pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio



Oración colecta

¡Oh Dios!, que todos los años nos alegras con la solemnidad de la resurrección del Señor; concédenos, a través de la celebración de estas fiestas, llegar un día a la alegría eterna. Por nuestro Señor.

 

Antífona de entrada:

Estos santos varones han sido escogidos por Dios en su infinito amor y han recibido de Él la gloria eterna. Aleluya.

PRIMERA LECTURA: Hechos de los apóstoles 3, 1-10 – “Te voy a dar lo que tengo: En el nombre de Jesús, camina”

Pedro y Juan subían al Templo para la oración de las tres de la tarde. Había allí un hombre tullido de nacimiento, al que llevaban y ponían todos los días junto a la puerta del Templo llamada “Puerta Hermosa”, para que pidiera limosna a los que entraban.

El inválido, al ver a Pedro y Juan que entraban al Templo, les pidió limosna. Pedro, con Juan a su lado, fijó en él su mirada y le dijo: «Míranos».

El tullido los miró fijamente, esperando recibir algo. Pedro entonces le dijo: «No tengo oro ni plata; pero lo que tengo, te lo doy: en nombre de Jesucristo de Nazaret, camina». Y lo tomó de la mano derecha, lo levantó.

Inmediatamente sus tobillos y sus pies recuperaron la fuerza, y de un salto se puso de pie y caminó. Entró con ellos en el Templo andando, saltando y alabando a Dios.

Todo el pueblo lo vio caminar y alabar a Dios. Lo reconocían como el tullido que pedía limosna junto a la Puerta Hermosa del Templo, y quedaron asombrados y maravillados por lo que había sucedido.

SALMO 104, 1-2.3-4.6-7.8-9

Que se alegren los que buscan al Señor.

Dad gracias al Señor, invocad su nombre, dad a conocer sus hazañas a los pueblos. Cantadle al son de instrumentos, hablad de sus maravillas.

Gloriaos de su nombre santo, que se alegren los que buscan al Señor. Recurrid al Señor y a su poder, buscad continuamente su rostro.

¡Estirpe de Abrahán, su siervo; hijos de Jacob, su elegido! El Señor es nuestro Dios, él gobierna toda la tierra.

Se acuerda de su alianza eternamente, de la palabra dada, por mil generaciones; de la alianza sellada con Abrahán, del juramento hecho a Isaac.

Aclamación antes del Evangelio: Juan 14, 6. 9

Yo soy el camino, la verdad y la vida, dice el Señor. Felipe, el que me ve a mí, ve también al Padre.

EVANELIO: Lucas 24, 13-35 – “Lo reconocieron al partir el pan”

Ese mismo día, dos discípulos iban de camino a un pueblecito llamado Emaús, a unos treinta kilómetros de Jerusalén, conversando de todo lo que había pasado.

Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se les acercó y se puso a caminar a su lado, pero algo les impedía reconocerlo. Jesús les dijo: “¿Qué es lo que van conversando juntos por el camino?”

Uno de ellos, llamado Cleofás, le contestó: «¿Cómo, así que tú eres el único peregrino en Jerusalén que no sabe lo que pasó en estos días?”. “¿Qué pasó?”, preguntó Jesús.

Le contestaron: «Todo ese asunto de Jesús Nazareno. Este hombre se manifestó como profeta poderoso en obras y en palabras, aceptado tanto por Dios como por el pueblo entero. Hace unos días, los jefes de los sacerdotes y los jefes de nuestra nación lo hicieron condenar a muerte y clavar en la cruz.

Nosotros esperábamos que él sería el libertador de Israel; pero a todo esto van dos días que sucedieron estas cosas. En realidad, algunas mujeres de nuestro grupo nos dejaron sorprendidos. Fueron muy de mañana al sepulcro y, al no hallar su cuerpo, volvieron a contarnos que se les habían aparecido unos ángeles que decían que estaba vivo.

Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y hallaron todo tal como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron”.

Entonces Jesús les dijo: «¡Qué poco entienden ustedes y cuánto les cuesta creer todo lo que anunciaron los profetas! ¿Acaso no era necesario que el Cristo padeciera para entrar en su gloria?».

Y, comenzando por Moisés y recorriendo todos los profetas, les interpretó todo lo que las Escrituras decían sobre él. Cuando ya estaban cerca del pueblo al que ellos iban, él aparentó seguir adelante. Pero ellos le insistieron, diciéndole: «Quédate con nosotros, porque cae la tarde y se termina el día».

Entró entonces para quedarse con ellos, tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio. En ese momento se les abrieron los ojos y lo reconocieron pero ya había desaparecido.

Se dijeron uno al otro: «¿No sentíamos arder nuestro corazón cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?».

Y levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén. Allí encontraron reunidos a los Once y a los de su grupo. Éstos les dijeron: “¡Es verdad! El Señor resucitó y se dejó ver por Simón”.

Ellos, por su parte, contaron lo sucedido en el camino y cómo le habían conocido al partir el pan.

Antífona de comunión: Juan 14, 8-9

Señor, muéstranos al Padre y nos basta. Felipe, el que me ha visto a mí, ha visto también a mi Padre. Aleluya.

San Anastasio de Antioquía

Era necesario que el Mesías padeciera para entrar en su gloria.

Después que Cristo se había mostrado, a través de sus palabras y sus obras, como Dios verdadero y Señor del universo, decía a sus discípulos, a punto ya de subir a Jerusalén: Mirad, estamos subiendo a Jerusalén y el Hijo del hombre va a ser entregado a los gentiles y a los sumos sacerdotes y a los escribas, para que lo azoten, se burlen de él y lo crucifiquen.

Esto que decía estaba de acuerdo con las predicciones de los profetas, que habían anunciado de antemano el final que debía tener en Jerusalén.

Las sagradas Escrituras habían profetizado desde el principio la muerte de Cristo y todo lo que sufriría antes de su muerte; como también lo que había de suceder con su cuerpo, después de muerto; con ello predecían que este Dios, al que tales cosas acontecieron, era impasible e inmortal; y no podríamos tenerlo por Dios, si, al contemplar la realidad de su encarnación, no descubriésemos en ella el motivo justo y verdadero para profesar nuestra fe en ambos extremos; a saber, en su pasión y en su impasibilidad; como también el motivo por el cual el Verbo de Dios, por lo demás impasible, quiso sufrir la pasión: porque era el único modo como podía ser salvado el hombre.

Cosas, todas éstas, que sólo las conoce él y aquellos a quienes él se las revela; él, en efecto, conoce todo lo que atañe al Padre, de la misma manera que el Espíritu sondea la profundidad de los misterios divinos.

El Mesías, pues, tenía que padecer, y su pasión era totalmente necesaria, como él mismo lo afirmó cuando calificó de hombres sin inteligencia y cortos de entendimiento a aquellos discípulos que ignoraban que el Mesías tenía que padecer para entrar en su gloria.

Porque él, en verdad, vino para salvar a su pueblo, dejando aquella gloria que tenía junto al Padre antes que el mundo existiese; y esta salvación es aquella perfección que había de obtenerse por medio de la pasión, y que había de ser atribuida al guía de nuestra salvación, como nos enseña la carta a los Hebreos, cuando dice que él es el guía de nuestra salvación, perfeccionado y consagrado con sufrimientos.

Y vemos, en cierto modo, cómo aquella gloria que poseía como Unigénito, y a la que por nosotros había renunciado por un breve tiempo, le es restituida a través de la cruz en la misma carne que había asumido;

dice, en efecto, san Juan, en su evangelio, al explicar en qué consiste aquella agua que dijo el Salvador que manaría como un torrente de las entrañas del que crea en él. Decía esto refiriéndose al Espíritu, que habían de recibir los que creyeran en él. Todavía no se había dado el Espíritu, porque Jesús no había sido glorificado;aquí el evangelista identifica la gloria con la muerte en cruz.

Por eso el Señor, en la oración que dirige al Padre antes de la pasión, le pide que lo glorifique con aquella gloria que tenía junto a él, antes que el mudo existiese (Sermón 4, 1-2: PG 89, 1347-1349)


Discurso del Papa Francisco en el encuentro con las familias en México, Chiapas

febrero 16, 2016

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Papa con Guadalupe

El Papa Francisco con la sagrada imagen de La  Guadalupana. Chiapas.

 

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Discurso del Papa Francisco en el encuentro con las familias en México

TUXTLA GUTIÉRREZ, 15 Feb. 16 / 05:56 pm (ACI).- El Papa Francisco preside un multitudinario encuentro con las familias en el estadio Víctor Manuel Reyna. A ellos les dirigió el siguiente discurso:

Queridos hermanos y hermanas

Doy gracias a Dios por estar en esta tierra chiapaneca. Qué bueno estar en este suelo, es bueno estar en esta tierra, es  bueno estar en este lugar que con ustedes tiene sabor a familia, a hogar. Le doy gracias por sus rostros, por su presencia, le doy gracias a Dios por el palpitar de su presencia en la familia de ustedes. Y gracias también a ustedes, familias y amigos, que nos han regalado sus testimonios, que nos han abierto las puertas de sus casas, las puertas de sus vidas; nos han permitido estar en sus «mesas» compartiendo el pan que los alimenta y el sudor frente a las dificultades cotidianas. El pan de las alegrías, de la esperanza, de los sueños y el sudor frente a las amarguras, la desilusión y las caídas. Gracias por permitirnos entrar en sus familias, en su mesa, en su hogar.

Manuel, antes de darte gracias por tu testimonio quiero dar gracias a tus padres, los dos, de rodillas, delante tuyo teniéndote el papel. ¿Vieron qué imagen es esa? Los padres de rodillas ante el hijo que está enfermo. No nos olvidemos de esa imagen. Por ahí de vez en cuando ellos se pelean por algo. Qué marido y qué mujer no se pelean y más cuando se mete la suegra, qué importa, pero se aman y nos han demostrado que se aman y son capaces por el amor que se tienen de ponerse de rodillas delante de su hijo enfermo. Gracias, amigos, por ese testimonio que han dado y sigan adelante. Y a vos, Manuel, gracias por tu testimonio y especialmente gracias por tu ejemplo. Me gustó esa expresión que usaste: «Echarle ganas», como la actitud que tomaste después de hablar con tus padres.

Comenzaste a echarle ganas a la vida, echarle ganas a tu familia, echar ganas entre tus amigos; y nos has echado ganas a nosotros aquí reunidos. Gracias. Creo que es lo que el Espíritu Santo siempre quiere hacer en medio nuestro: echarnos ganas, regalarnos motivos para seguir apostando a la familia, soñando, construyendo, una vida que tenga sabor a hogar y a familia. ¿Le echamos ganas? Así me gusta, gracias.

Y es lo que el Padre Dios siempre ha soñado y por lo que desde los tiempos lejanos el Padre Dios ha peleado. Cuando parecía todo perdido esa tarde en el jardín del Edén, el Padre Dios le echó ganas a esa joven pareja y le dijo que no todo estaba perdido. Y cuando el Pueblo de Israel sentía que no daba más en el camino por el desierto, el Padre Dios le echó ganas con el maná. Y cuando llegó la plenitud de los tiempos, el Padre Dios le echó ganas a la humanidad para siempre y nos mandó a su Hijo.

De la misma manera, todos los que estamos acá hemos hecho experiencia de eso, en muchos momentos y de diferentes formas: el Padre Dios le ha echado ganas a nuestra vida. Podemos preguntarnos: ¿Por qué?

Porque no sabe hacer otra cosa. Nuestro Padre Dios no sabe hacer otra cosa que querernos y echarnos ganas y echarnos adelante. No sabe hacer otra cosa, porque su nombre es amor, su nombre es donación, su nombre es entrega, su nombre es misericordia. Eso nos lo ha manifestado con toda fuerza y claridad en Jesús, su Hijo, que se la jugó hasta el extremo para volver a hacer posible el Reino de Dios. Un Reino que nos invita a participar de esa nueva lógica, que pone en movimiento una dinámica capaz de abrir los cielos, capaz de abrir nuestros corazones, nuestras mentes, nuestras manos y desafiarnos con nuevos horizontes. Un reino que sabe de familia, que sabe de vida compartida.

En Jesús y con Jesús ese reino es posible. Él es capaz de transformar nuestras miradas, nuestras actitudes, nuestros sentimientos muchas veces aguados en vino de fiesta superficial. Él es capaz de sanar nuestros corazones e invitarnos una y otra vez, setenta veces siete, a volver a empezar. Él es capaz de hacer siempre todas las cosas nuevas.

Manuel, vos me pediste, que rezara por muchos adolescentes que están desanimados y andan por malos pasos. ¿Lo sabemos, no? Muchos adolescentes sin ánimo, sin fuerza, sin ganas. Y, como bien dijiste, Manuel, muchas veces esa actitud nace porque se sienten solos, porque no tienen con quién hablar. Piénsenlo padres, piensen las madres, hablen con sus hijos y sus hijas o ¿están siempre ocupados o apurados? ¿Juegan con sus hijos y sus hijas? Y eso me recordó el testimonio que nos regaló Beatriz. Beatriz, vos dijiste: «La lucha siempre ha sido difícil por la precariedad y la soledad».

Cuántas veces te sentiste señalada, juzgada, esa… Pensemos en toda la gente, todas las mujeres, que pasan por lo que pasó Beatriz. La precariedad, la escasez, el no tener muchas veces lo mínimo nos puede desesperar, nos puede hacer sentir una angustia fuerte ya que no sabemos cómo hacer para seguir adelante y más cuando tenemos hijos a cargo. La precariedad no sólo amenaza al estómago (y eso es ya decir mucho, eh), sino que puede amenazar el alma, nos puede desmotivar, sacar fuerza y tentar con caminos o alternativas de aparente solución, pero que al final no solucionan nada. Y vos fuiste valiente, Beatriz, gracias. Existe una precariedad que puede ser muy peligrosa, que se nos puede ir colando sin darnos cuenta, es la precariedad que nace de la soledad y el aislamiento. Y el aislamiento siempre es un mal consejero.

Manuel y Beatriz usaron sin darse cuenta la misma expresión, ambos nos muestran cómo muchas veces la mayor tentación a la que nos enfrentamos es «encontrarnos solos» y lejos de «echarle ganas»; esa actitud es como una polilla que nos va corroyendo el alma, nos va secando el alma.

La forma de combatir esta precariedad y aislamiento, que nos deja vulnerables a tantas aparentes soluciones, como las que Beatriz mencionaba, se tiene que dar a diversos niveles. Una, es por medio de legislaciones que protejan y garanticen los mínimos necesarios para que cada hogar y para que cada persona pueda desarrollarse por medio del estudio y un trabajo digno. Por otro lado, como bien lo resaltaba el testimonio de Humberto y Claudia cuando nos decían que buscaban la manera de transmitir el amor de Dios que habían experimentado en el servicio y en la entrega a los demás. Leyes y compromiso personal son un buen binomio para romper la espiral de la precariedad.

Ustedes se animaron, ustedes rezan, y ustedes van con Jesús, y ustedes están integrados en la vida de la Iglesia. Usaron una linda expresión: comulgamos con el hermano débil, el enfermo, el necesitado, el preso. Gracias, gracias. Hoy en día vemos y vivimos por distintos frentes cómo la familia está siendo debilitada, cómo está siendo cuestionada. Cómo se cree que es un modelo que ya pasó y que ya  no tiene espacio en nuestra sociedad  y que bajo la pretensión de modernidad, propician cada vez más un modelo basado en el aislamiento.

Y se van inoculando en nuestras sociedades, se dicen sociedades libres, democráticas, soberanas, se van inoculando colonizaciones ideológicas que las destruyen y terminamos siendo colonias de ideologías destructoras de la familia, del núcleo de la familia que es la base de toda sana sociedad. Es cierto, vivir en familia no siempre es fácil, muchas veces es doloroso y fatigoso, pero creo que se puede aplicar a la familia lo que más de una vez he referido a la Iglesia: prefiero una familia herida, que intenta todos los días conjugar el amor, a una familia y sociedad enferma por el encierro o la comodidad del miedo a amar.

Prefiero una familia que una y otra vez intenta volver a empezar, a una familia y sociedad narcisista y obsesionada por el lujo y el confort. ¿Cuántos chicos tenés? No, no tenemos porque claro nos gusta salir de vacaciones, ir al  turismo, quiero comprarme una quinta, el lujo y el confort, y los hijos quedan, y cuando quisiste tener uno ya se te pasó la hora. ¡Qué daño que hace eso! Prefiero una familia con rostro cansado por la entrega a familia con rostros maquillados que no han sabido de ternura y compasión.

Prefiero un hombre y una mujer, don Aniceto y señora, con el rostro arrugado por las luchas de todos los días que después de más de 50 años se siguen queriendo y ahí los tenemos, y el hijo aprendió la lección, ya lleva 25 de casado. Esas son las familias. Cuando les pregunté recién a Don Aniceto y señora quién tuvo más paciencia en estos más de 50 años… los dos, padre.

Porque en la familia para llegar a lo que ellos llegaron hay que tener paciencia, amor, hay que saber perdonarse; padre, una familia perfecta nunca discute. Mentira, es conveniente que de vez en cuando discutan y que vuele algún plato, está bien. No le tengan miedo. El único consejo es que no terminen el día sin hacer las paces porque si terminan el día en guerra van a amanecer ya en guerra fría y la guerra fría es muy peligrosa en la familia porque va socavando desde abajo las arrugas de la fidelidad conyugal.

Gracias por el testimonio de quererse por más de 50 años, muchas gracias. Y hablando de arrugas para cambiar un poco el tema, recuerdo el testimonio de una gran actriz, actriz de cine, latinoamericana. Cuando ya casi sesentona comenzaban a mostrarse las arrugas de la cara y le aconsejaron un arreglito para poder seguir trabajando bien… su respuesta fue muy clara: estas arrugas me costaron mucho trabajo, mucho esfuerzo, mucho dolor y una vida plena. Ni soñando las quiero tocar, son las huellas de mi historia, y siguió siendo una gran actriz.

En el matrimonio pasa lo mismo. La vida matrimonial tiene que renovarse todos los días. Como dije antes, prefiero familias arrugadas con heridas, con cicatrices pero que siguen andando, porque esas heridas, esas cicatrices, esas arrugas son fruto de la fidelidad, de un amor que no siempre fue fácil. El amor no es fácil, no, pero es lo más lindo que un hombre y una mujer se pueden dar entre sí, el verdadero amor, para toda la vida.

Me han pedido que rezara por ustedes y quiero empezar a hacerlo ahora mismo, con ustedes. Ustedes, queridos mexicanos, tienen un plus, corren con ventaja. Tienen a la Madre: la Guadalupana quiso visitar estas tierras y esto nos da la certeza de tener su intercesión para que este sueño llamado familia no se pierda por la precariedad y la soledad. Ella es Madre y está siempre dispuesta a defender nuestras familias, a defender nuestro futuro; está siempre dispuesta a «echarle ganas» dándonos a su Hijo. Por eso, los invito como están, sin moverse mucho a tomarse de las manos y decir junto a Ella: Dios te salve María… Y no nos olvidemos de San José, calladito, trabajador pero siempre al frente, siempre cuidando la familia. Gracias. Que Dios los bendiga y recen por mí.

Y ahora los quiero invitar en este marco de fiesta familiar, a que los matrimonios aquí presentes en silencio renueven sus promesas matrimoniales y los que están de novios pidan la gracia de una familia fiel y llena de amor. En silencio, renovar sus promesas matrimoniales y los que están de novios pedir la gracia de una familia fiel y llena de amor.


Anunciar el Evangelio con la palabra y la vida es la esencia del cristiano

enero 24, 2016

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Papa Ángelus

Papa Francisco en el Ángelus del 24 de enero de 2016

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Papa Francisco: Anunciar el Evangelio con la palabra y la vida es la esencia del cristiano

Por Álvaro de Juana

VATICANO, 24 Ene. 16 / 06:18 am (ACI).- Anunciar el Evangelio es la misión de cada bautizado. Es la afirmación que realizó esta mañana el Papa Francisco al presidir el rezo del Ángelus desde la ventana del estudio del palacio apostólico del Vaticano.

“Ser cristiano y ser misionero es la misma cosa. Anunciar el Evangelio, con la palabra e incluso antes, con la vida, es la finalidad principal de la comunidad cristiana y de cada miembro suyo”.

“En el Evangelio de hoy, el Evangelista Lucas, antes de presentar el discurso programático de Jesús en Nazaret, nos resume brevemente la actividad evangelizadora”, comenzó diciendo para explicar las lecturas del día.

El Pontífice habló de “evangelizar a los pobres” y de lo que esto significa: “Ésta es la misión de Jesús, esta es también la misión de la Iglesia y de cada bautizado en la Iglesia”, indicó.

Pero, “¿qué significa evangelizar a los pobres?”, dijo. “Significa acercarse a ellos, servirlos, liberarlos de su opresión, y todo esto en el nombre y con el Espíritu de Cristo, porque es Él el Evangelio de Dios, es Él la Misericordia de Dios, es Él la liberación de Dios”, respondió.

En definitiva, el texto de Isaías “indica que el anuncio misionero mesiánico del Reino de Dios venido en medio de nosotros se dirige de modo preferencial a los marginados, a los prisioneros, a los oprimidos”.

“Probablemente en tiempos de Jesús estas personas no estaban en el centro de la comunidad de fe”, subrayó.

Francisco pidió que cada uno se pregunte: hoy, en nuestras comunidades parroquiales, en las asociaciones, en los movimientos, ¿somos fieles al programa de Jesús?”. “¿La evangelización de los pobres, llevarles a ellos el anuncio de la buena noticia, es la prioridad?”, dijo de nuevo.

“Atención: no se trata de hacer asistencia social, y mucho menos actividad política”, advirtió. “Se trata de ofrecer la fuerza del Evangelio de Dios, que convierte los corazones, resana las heridas, transforma las relaciones humanas y sociales según la lógica del amor” porque “los pobres, en efecto, están en el centro del Evangelio”.

Sobre lo que hizo Jesús en la Sinagoga y narra el Evangelio de Lucas, el Papa explicó que se trata de “una actividad que Él cumple con la potencia del Espíritu Santo: su palabra es original, porque revela el sentido de las Escrituras; es una palabra autoritaria porque manda a los espíritus impuros y estos le obedecen”.

Pero “Jesús es diferente a los maestros de su tiempo: no ha abierto una escuela para el estudio de la ley, sino que sale a predicar y enseña en todas partes: en las sinagogas, por las calles, en las casas”.

El Papa pidió entonces “entrar también nosotros ahora en la sinagoga de Nazaret, el pueblo donde Jesús creció hasta cerca de los treinta años”. “Aquello que acontece es un hecho importante que dibuja la misión de Jesús. Él se levanta para leer la Sagrada Escritura. Abre el rollo del profeta Isaías y toma el pasaje en el que está escrito: ‘El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado con la unción y me ha mandado llevar a los pobres la buena noticia’. Y después dice: “Hoy se ha cumplido esta Escritura que ustedes han escuchado”.

 


Festejar el día del Bautismo significa reafirmar nuestra adhesión a Jesús

enero 10, 2016

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Saludo del Papa a

Saludo del Papa Francisco desde la venta a la multitud reunida el día del Bautismo de Jesús

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En la fiesta del Bautismo del Señor, el papa Francisco rezó este domingo la oración del ángelus desde la ventana de su estudio en el Palacio Apostólico, ante una multitud que le atendía en la Plaza de San Pedro.

Dirigiéndose a los fieles y peregrinos venidos de todo el mundo, que le acogieron con un largo y caluroso aplauso, el Pontífice les dijo:

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En este domingo después de la Epifanía celebramos el Bautismo de Jesús, y hacemos memoria grata de nuestro Bautismo. En este contexto, esta mañana bauticé a 26 recién nacidos. ¡Recemos por ellos!

El Evangelio nos presenta a Jesús, en las aguas del río Jordán, al centro de una maravillosa revelación divina. Escribe san Lucas: “Todo el pueblo se hacía bautizar, y también fue bautizado Jesús. Y mientras estaba orando, se abrió el cielo y el Espíritu Santo descendió sobre él en forma corporal, como una paloma. Se oyó entonces una voz del cielo: Tú eres mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección”. De este modo Jesús es consagrado y manifestado por el Padre como el Mesías salvador y liberador.

En este evento –testificado por los cuatro Evangelios– tuvo lugar el paso del bautismo de Juan Bautista –basado en el símbolo del agua– al Bautismo de Jesús “en el Espíritu Santo y en el fuego”. De hecho, el Espíritu Santo en el Bautismo cristiano es el artífice principal: es Él que quema y destruye el pecado original, restituyendo al bautizado la belleza de la gracia divina; es Él que nos libera del dominio de las tinieblas, es decir, del pecado y nos traslada al reino de la luz, es decir, del amor, de la verdad y de la paz.

Este es el reino de la luz. ¡Pensemos en la dignidad a la que nos eleva el Bautismo! “Mirad qué amor tan singular nos ha tenido el Padre que no solo nos llamamos hijos de Dios, sino que lo somos”, y lo somos realmente, exclama el apóstol Juan.

Tan estupenda realidad de ser hijos de Dios comporta la responsabilidad de seguir a Jesús, el Siervo obediente, y reproducir en nosotros mismos sus rasgos, es decir: mansedumbre, humildad, ternura. Y esto no es fácil, especialmente si en torno a nosotros hay tanta intolerancia, soberbia, dureza. ¡Pero con la fuerza que nos llega del Espíritu Santo es posible!

El Espíritu Santo, recibido por primera vez el día de nuestro Bautismo, nos abre el corazón a la verdad, a toda la verdad. El Espíritu empuja nuestra vida hacia el camino laborioso pero gozoso de la caridad y de la solidaridad hacia nuestros hermanos.

El Espíritu nos dona la ternura del perdón divino y nos impregna con la fuerza invencible de la misericordia del Padre. No olvidemos que el Espíritu Santo es una presencia viva y vivificante en quien lo recibe, reza con nosotros y nos llena de alegría espiritual.

Hoy, fiesta del Bautismo de Jesús, pensemos en el nuestro, en el día de nuestro Bautismo; todos nosotros hemos sido bautizados, agradezcamos este don. Y os hago una pregunta: ¿Quién conoce la fecha de su Bautismo? Seguramente, no todos. Por eso, os invito a ir a buscar la fecha preguntando por ejemplo a vuestros padres, a vuestros abuelos, a vuestros padrinos, o yendo a la parroquia.

Es muy importante conocerla porque es una fecha para festejar: es la fecha de nuestro renacimiento como hijos de Dios. Por eso, la tarea para esta semana: ir a buscar la fecha de mi Bautismo. Festejar este día significa reafirmar nuestra adhesión a Jesús, con el compromiso de vivir como cristianos, miembros de la Iglesia y de una humanidad nueva, en la cual todos somos hermanos.

La Virgen María, primera discípula de su Hijo Jesús, nos ayude a vivir con alegría y fervor apostólico nuestro Bautismo, recibiendo cada día el don del Espíritu Santo, que nos hace hijos de Dios.

Al término de estas palabras, el Santo Padre rezó la oración mariana:

Angelus Domini nuntiavit Mariae…

Al concluir la plegaria, llegó el turno de los saludos que tradicionalmente realiza el Papa:

Os saludo a todos vosotros, fieles de Roma y peregrinos llegados desde Italia y desde diferentes países.

Saludo en particular a los estudiantes del Instituto Bachiller Diego Sánchez de Talavera La Real, España; al coro de los Alpinos de Martinengo con sus familiares; al grupo de adolescentes de San Bernardo en Lodi.

Como decía, en esta fiesta del Bautismo de Jesús, según la tradición he bautizado a numerosos niños. Ahora querría hacer llegar una especial bendición a todos los niños que han sido bautizados recientemente, pero también a los jóvenes y adultos que han recibido desde hace poco los Sacramentos de la iniciación cristiana o que se están preparando para ellos. ¡La gracia de Cristo os acompañe siempre!

Francisco terminó su intervención diciendo:

Os deseo a todos un feliz domingo. No os olvidéis de la tarea para casa: buscar la fecha del Bautismo. Y por favor, no os olvidéis también de rezar por mí. ¡Buen almuerzo y hasta pronto!

(Texto traducido y transcrito del audio por ZENIT)