Lectio divina: Una oración a tu alcance

febrero 13, 2020

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Dios te conceda el gusto por la oración para despachar todas tus preocupaciones y vivencias, con calma y consolación, ante quien sabes que te ama… Amén. 

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LECTIO DIVINA, DOMINGO III del TIEMPO ORDINARIO, CICLO A

Antes de abrir tu Biblia, abre tu corazón a la acción del Espíritu Santo.

Paso 1. Disponerse: Ponte en la presencia del Señor. Él te ha llamado, te espera. Míralo así: “Es Dios quien quiere hablar conmigo en la lectura”. Ponte a la escucha del Señor. El Espíritu te guía. Confíate a su acción y agradécele. María te acompaña…

Mateo 4, 12-23.-

Al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan se retiró a Galilea. Dejando Nazaret se estableció en Cafarnaún, junto al mar, en el territorio de Zabulón y Neftalí, para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías:

«Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló».

Desde entonces comenzó Jesús a predicar diciendo: «Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos».

Paseando junto al mar de Galilea vio a dos hermanos, a Simón, llamado Pedro, y a Andrés, que estaban echando la red en el mar, pues eran pescadores. Les dijo: «Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres». Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Y pasando adelante vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, su hermano, que estaban en la barca repasando las redes con Zebedeo, su padre, y los llamó. Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron.

Jesús recorría toda Galilea enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo.

Paso 2. Leer: Busca el sentido de cada frase. ¿Distingues estas cinco tareas que Jesús comenzó en Galilea: predicar la conversión, llamar a los discípulos, enseñar, proclamar el Evangelio del reino y curar las enfermedades del pueblo?

Jesús empieza su misión no en Jerusalén, ni en Judea, sino en territorio de paganos, en Galilea. Comienza por los alejados. Mateo ve a los galileos sumidos en la oscuridad y en la muerte. Jesús viene para cumplir la voluntad de su Padre y también para salvar a los hombres a los que él también ama de verdad, no sólo por obedecer a su Padre.

Repasa el texto tratando de identificar las formas como Jesús busca dar gloria al Padre: ¿Cómo sentiría Jesús pasión por agradar a su Padre, que deseos acariciaría, qué acciones ansiaba realizar para llevar a cabo su misión de acuerdo a los deseos y designios de su Padre Dios? ¡Cómo vibraría Jesús en su interior para complacer a su Padre, esa debía ser la razón de su vida, su anhelo más profundo, su mayor satisfacción!

De repente Jesús les trae la luz inmensa del Evangelio. Organiza su estrategia, pues no se trata de cualquier cosa: Elige a los discípulos de entre su gente y con ellos recorre Galilea anunciando el reino de Dios y repartiendo salud y vida al pueblo. Sin descuidar la formación de los discípulos.

Paso 3. Escuchar: Busca un mensaje del texto para tu vida, tal como estás ahora. Libérate de prejuicios. Estrena una mente amplia, acogedora, dócil. Ensánchate… ¿Cómo suenan en tu corazón estas palabras: conviértete, ven, sígueme, curando toda dolencia del pueblo…?

Jesús vive, pasa a tu lado y se acomoda a tu realidad y a tus necesidades: ¿Qué sientes que te dice? ¿Qué estás necesitando de él? Reconoce tus limitaciones y errores. Ábrete a la acción del Espíritu de Jesús.

Él transformó a los pescadores de oficio, en pescadores de hombres. El Espíritu respeta nuestro ser original y lo hace moldeable según la vocación recibida. Sé dócil y colabora con el Espíritu en esa operación de transformación, de reorientación vital de toda tu persona…

Trata de “escuchar” y percibir con toda claridad las intenciones de Jesús, sus vivencias, sus ilusiones, sus alegría más profunda, la razón de su vida: Realizar la misión que el Padre le ha encomendado, salvar a los hombres. Que nadie se pierda. Que todos los hombres conozcan el gran amor del Padre que los amó primero…

Jesús predica el reino de Dios: Estamos en los últimos tiempos; no hay tiempo que perder. El justo vive de fe. Hay que dejarlo todo, o someterlo todo a la nueva ley del Espíritu…

Paso 4. Orar: ¿Qué te hace decir al Señor esta lectura? ¿Te llega la luz de la que habla el texto: Algo así como una irrupción o desbordamiento del misterio de Dios?

Acerca tu corazón al Señor, su reino está muy cerca, dentro de ti. En esta catarata de Dios en tu vida puedes distinguir la acción específica de cada una de las tres personas divinas de la Trinidad.

Por tanto, tu oración puede también diversificase, pues todo lo hacen los tres divinos, pero a su manera, según su modo personal: Todo nos viene “del” Padre, “por” el Hijo, “en” el Espíritu.

Así, puedes agradecer a Dios Padre el don de tu existencia, pues él te ha creado, como único origen. Se adelantó y pensó en ti. Además, el Padre cree en ti y se goza con hacerte nuevo en cada momento de tu vida. Él te recrea constantemente para que tu vida sea plena.

El que te revela esa voluntad salvífica del Padre es el Hijo. Pues el Padre solo tiene un Hijo, y a través de él hace todo. El Hijo de Dios vive esa salvación personalmente como Dios en la eternidad. Es el Verbo increado. Y ahora hecho hombre experimenta como Verbo encarnado la salvación de Dios, y te la hace posible a ti con su ejemplo de hombre enviado por Dios y finalmente con su misterio pascual.

Por tanto, agradece a Jesús que te ha traído la salvación, adóralo, siéntelo cercano, hermano, pues él es el único que ha bajado del cielo, el único acreditado por el Padre para manifestarte su amor y su plan de salvación.

Y en tercer lugar, déjate llevar del impulso del Espíritu, permite que el amor del Padre llegue a ti por el Hijo, pues eres hijo de Dios en su Hijo. Y en y con Jesús devuélvele al Padre un amor de hijo, obediente y fiel.

Deja que el Espíritu, que es el abrazo del Padre y del Hijo en la Trinidad, te introduzca en la vida familiar del Dios Uno y Trino. Permítele al Espíritu del Padre y del Hijo que te envuelva, te sane, te encienda, te caliente, te plenifique… y goza con la salvación.

Trata de sentir cómo el Espíritu te acoge y consuela en tu debilidad, te sana y te hace crecer a la estatura de Cristo: Te cristifica. ¡Qué bien se está aquí!

Entra ahora en la intimidad de la Santísima Trinidad: gózate como hijo del Padre, como hermano de Cristo y templo del Espíritu. Ahora puedes sentir y experimentar que el reino de Dios está dentro de ti. Dios habita en ti. Tú llevas el cielo dentro de ti.

Habla con Jesús: Dile cuánto le agradeces que te haya considerado digno de conocer la nobleza de Jesús que se olvida de sí mismo para pensar sólo en su Padre y en la salvación de los hombres, sus hermanos. Admira la transparencia de Jesús: Se considera un don del Padre para su hermanos los hombres en el poder y acción del Espíritu. Jesús es así un hombre plenamente realizado, se siente plenamente feliz: Goza de ver contento al Padre, goza con él; y goza con la alegría de los hombres, sus hermanos más necesitados, al ver su contento al sentir el amor de Dios, al descubrir algo tan grande como la compasión del Padre que no cabe dentro de ellos…

Háblale a Jesús, da rienda suelta a tu afectividad y descansa en Dios. Gusta y ve qué bueno es el Señor: Adoración del Padre fuente de toda bendición, amor y confianza al Hijo como amigo y esposo fiel, y consolación del Espíritu que enjuga tus lágrimas, alienta tu ánimo, te vivifica y da vida en plenitud. Si conocieras el don de Dios y lo que él te tiene reservado… Adora, agradece, bendice y glorifica, alaba y encontrarás la paz.

Paso 5. Vivir: ¿Tú, cómo respondes hoy a la llamada de Jesús: ¡ven y sígueme!? ¿Tú, cómo trabajas en el reino de Dios? ¿Qué haces en la Iglesia?

Más en concreto y en clave trinitaria: ¿Cómo estás llevando al Padre a tus hermanos? El Padre quiere que su Casa se llene de invitados, que nadie desprecie el banquete de las bodas del Cordero. ¿Cómo colaboras con Cristo para que el Padre esté contento viendo su casa llena de invitados?

¿Estará Jesús orgulloso de tu trabajo por el Reino, estará feliz viéndole vibrar con el mismo celo que él por la gloria de su Padre? Aviva el celo apostólico que a él le embargaba, hasta quemarle por dentro de todo su ser y sentir.

Confíale a Cristo tu voluntad incondicional de extender su Reino hasta los confines del mundo. ¿Qué más podrías hacer en tu vida personal, familiar, laboral, social: Para que se cumpla la voluntad salvífica del Padre, para que nadie de tus hermanos se pierda? Que los que te ven, descubran a Cristo presente, vivo, real y glorioso en ti.

¿Qué te sugiere el Espíritu en esta oportunidad? ¿Sueles sentir el poder inspirador del Espíritu, su chispa de alegría y la fuente de tu gozo espiritual en todo lo que haces? Pídele al Espíritu que te haga otro Cristo en el mundo. Que esa luz la lleves en lo más nuclear de tu ser, de tu sentir y actuar.

Paso 6. Revisar, evaluar: Al final de la oración, saca un tiempo para darle el último retoque a la obra maestra de la oración que acabas de realizar y que Dios acaba de regalarte. Repasa brevemente los pensamientos más iluminadores y las experiencias más fuertemente sentidas en la oración. ¿Han predominado las iluminaciones intelectuales o las afectivas? A cuál de las dos eres más propenso.

¿Podrías resumir y sentir de nuevo las intuiciones de tu oración, lo más nuclear, lo más motivador, lo más precioso que el Señor te ha regalado? Agradécelo de nuevo. Pídele al Espíritu que lo grabe en tu corazón con fuego para que no lo olvides ni lo pierdas, sino forme parte de tu sentir profundo y de tu actuar según Dios. Y sobre todo, que no te falte la alegría. Que el gozo en el Señor sea tu fortaleza.

Si te parece conveniente y útil, puedes anotarlo en tu diario personal o en tu mente, y, si te es posible, que sea el comienzo de la próxima oración mental que realices. No andes picoteando por aquí y por allá. Que haya continuidad en tu vivencia espiritual, en tu amistad con el Señor. Notarás cierto crecimiento y te hará bien, una luz irá creciendo dentro de ti y te iluminará.

Recuerda que ese encuentro con Dios es lo más importante que realizas en tu vida, lo que debe iluminar toda tu existencia, lo único que te vas a llevar a la vida eterna, lo único que permanecerá. Dios te bendiga y te conceda el gusto por la oración para despachar todas tus preocupaciones y vivencias, con calma y consolación, ante quien sabes que te ama… Amén.

Inspirado enhttp://semillas-edit.es/

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El maná de cada día, 12.1.20

enero 11, 2020

El Bautismo del Señor, Ciclo A

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bautismo cristo

«Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto.»

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Antífona de entrada: Mt 3, 16-17

Apenas se bautizó el Señor, se abrió el cielo, y el Espíritu se posó sobre él como una paloma. Y se oyó la voz del Padre que decía: Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto.


Oración colecta

Señor, Dios nuestro, cuyo Hijo se manifestó en la realidad de nuestra carne, concédenos poder transformarnos interiormente a imagen de aquel que hemos conocido semejante a nosotros en su humanidad. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: Isaías 42, 1-4.6-7

Así dice el Señor:

«Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero. Sobre él he puesto mi espíritu, para que traiga el derecho a las naciones.

No gritará, no clamará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará.

Promoverá fielmente el derecho, no vacilará ni se quebrará, hasta implantar el derecho en la tierra, y sus leyes que esperan las islas.

Yo, el Señor, te he llamado con justicia, te he cogido de la mano, te he formado, y te he hecho alianza de un pueblo, luz de las naciones. Para que abras los ojos de los ciegos, saques a los cautivos de la prisión, y de la mazmorra a los que habitan las tinieblas.»


SALMO 28,1a.2.3ac-4.3b.9b-10

El Señor bendice a su pueblo con la paz.

Hijos de Dios, aclamad al Señor, aclamad la gloria del nombre del Señor, postraos ante el Señor en el atrio sagrado.

La voz del Señor sobre las aguas, el Señor sobre las aguas torrenciales. La voz del Señor es potente, la voz del Señor es magnífica.

El Dios de la gloria ha tronado. En su templo un grito unánime: «¡Gloria!» El Señor se sienta por encima del aguacero, el Señor se sienta como rey eterno.


SEGUNDA LECTURA: Hechos de los apóstoles 10, 34-38

En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo:

«Está claro que Dios no hace distinciones; acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea. Envió su palabra a los israelitas, anunciando la paz que traería Jesucristo, el Señor de todos. Conocéis lo que sucedió en el país de los judíos, cuando Juan predicaba el bautismo, aunque la cosa empezó en Galilea.

Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él.»


Aclamación antes del Evangelio: Mc 9, 7

Se abrió el cielo, y se oyó la voz del Padre: «Éste es mi Hijo amado; escuchadlo.»


EVANGELIO: Mateo 3, 13-17

En aquel tiempo, fue Jesús de Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara. Pero Juan intentaba disuadirlo, diciéndole: «Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?»

Jesús le contestó: «Déjalo ahora. Está bien que cumplamos así todo lo que Dios quiere.»

Entonces Juan se lo permitió.

Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrió el cielo y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él, y vino una voz del cielo que decía: «Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto.»


Antífona de comunión: Jn 1, 32. 34

Este es quien decía Juan: Yo lo he visto y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios.


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Efusión del Espíritu Santo
sobre toda carne
 
San Cirilo de Alejandría: Comentario sobre el evangelio de san Juan, 5,2
 
Cuando el Creador del universo decidió restaurar todas las cosas en Cristo, dentro del más maravilloso orden, y devolver a su anterior estado la naturaleza del hombre, prometió que, al mismo tiempo que los restantes bienes, le otorgaría también ampliamente el Espíritu Santo, ya que de otro modo no podría verse reintegrado a la pacífica y
estable posesión de aquellos bienes.
 
Determinó, por tanto, el tiempo en que el Espíritu Santo habría de descender hasta nosotros, a saber, el del advenimiento de Cristo, y lo prometió al decir: En aquellos días –se refiere a los del Salvador– derramaré mi Espíritu sobre toda carne.
 
Y cuando el tiempo de tan gran munificencia y libertad produjo para todos al Unigénito encarnado en el mundo, como hombre nacido de mujer –de acuerdo con la divina Escritura–, Dios Padre otorgó a su vez el Espíritu, y Cristo, como primicia de la naturaleza renovada, fue el primero que lo recibió.
 
Y esto fue lo que atestiguó Juan Bautista cuando dijo: He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo y se posó sobre él.
 
Decimos que Cristo, por su parte, recibió el Espíritu, en cuanto se había hecho hombre, y en cuanto convenía que el hombre lo recibiera; y, aunque es el Hijo de Dios Padre, engendrado de su misma substancia, incluso antes de la encarnación –más aún, antes de todos los siglos–, no se da por ofendido de que el Padre le diga, después que se hizo
hombre: Tú eres mi Hijo: yo te he engendrado hoy.
 
Dice haber engendrado hoy a quien era Dios, engendrado de él mismo desde antes de los siglos, a fin de recibirnos por su medio como hijos adoptivos; pues en Cristo, en cuanto hombre, se encuentra significada toda la naturaleza: y así también el Padre, que posee su propio Espíritu, se dice que se lo otorga a su Hijo, para que nosotros nos beneficiemos del Espíritu en él.
 
Por esta causa perteneció a la descendencia de Abrahán, como está escrito, y se asemejó en todo a sus hermanos. De manera que el Hijo unigénito recibe el Espíritu Santo no para sí mismo –pues es suyo, habita en él, y por su medio se comunica, como ya dijimos antes–, sino para instaurar y restituir a su integridad a la naturaleza entera, ya que, al haberse hecho hombre, la poseía en su totalidad.
 
Puede, por tanto, entenderse –si es que queremos usar nuestra recta razón, así como los testimonios de la Escritura– que Cristo no recibió el Espíritu para sí, sino más bien para nosotros en sí mismo: pues por su medio nos vienen todos los bienes.
 

«ME HA CONSAGRADO CON LA UNCIÓN»
P. Raniero Cantalamessa, ofmcap

Jesús mismo dio una explicación de lo que ocurrió en Él en el bautismo en el Jordán. De regreso, en la sinagoga de Nazaret se aplicó a sí mismo las palabras de Isaías: «El Espíritu del Señor está sobre mí: me ha consagrado con la unción…».

El mismo término de unción utiliza Pedro en la segunda lectura, hablando del bautismo de Jesús: «Dios a Jesús de Nazaret lo ungió con el Espíritu Santo y con poder».

Se trata de un concepto fundamental para la fe cristiana. Basta decir que el nombre Mesías en hebreo y Christos en griego significan exactamente eso: Ungido.

Nosotros mismos, decían los antiguos Padres, nos llamamos cristianos porque hemos sido ungidos a imitación de Cristo, el Ungido por excelencia. La palabra «ungido», en nuestro lenguaje, tiene muchos significados, no todos positivos.

En la antigüedad la unción era un elemento importante de la vida. Se ungían con aceite los atletas para estar sueltos y ágiles en las carreras, y se ungían con aceite perfumado hombres y mujeres para tener el rostro bello y resplandeciente.

Actualmente, con estos mismos objetivos, hay a disposición una infinidad de productos y cremas en gran parte derivados de distintos tipos de aceites.

En Israel el rito tenía un significado religioso. Se ungía a los reyes, a los sacerdotes y a los profetas con un ungüento perfumado y éste era el signo de que estaban consagrados al servicio divino. En Cristo todas estas unciones simbólicas se hacen realidad. En el bautismo en el Jordán Él es consagrado rey, profeta y sacerdote eterno por Dios Padre.

Pero no con un aceite físico, sino con el aceite espiritual que es el Espíritu del Señor, «el óleo de alegría», como lo define un salmo. Esto explica por qué la Iglesia da tanta importancia a la unción con el santo crisma.

Existe un rito de unción en el bautismo, en la confirmación y en la ordenación sacerdotal; existe una unción de los enfermos (en un tiempo llamada «extremaunción»).

Es porque a través de estos ritos se participa en la unción de Cristo, esto es, en su plenitud de Espíritu Santo. Se es literalmente «cristiano», esto es, ungido, consagrado, persona llamada -dice Pablo- «a difundir en el mundo el buen olor de Cristo».

Procuremos ver qué nos dice todo ello a los hombres de hoy. Actualmente está de moda hablar de aromaterapia. Se trata del empleo de aceites esenciales (o sea, los que exhalan perfume) para el mantenimiento de la salud o para la terapia de algunos trastornos.

Internet está lleno de anuncios de aromaterapia. No se contenta con prometer con ellos bienestar físico. Existen también «perfumes del alma», por ejemplo «el perfume de la paz interior».

No me corresponde dar un juicio sobre esta medicina alternativa. Si embargo veo que los médicos invitan a desconfiar de esta práctica que no está científicamente probada y que incluso implica en algunos casos contraindicaciones.

Lo que deseo expresar es que existe una aromaterapia segura, infalible, que excluye toda contraindicación: ¡la que está hecha a base del aroma especial, del ungüento perfumado, que es el Espíritu Santo!

Esta aromaterapia hecha de Espíritu Santo cura las enfermedades del alma y a veces, si Dios quiere, también las del cuerpo. Hay un canto espiritual afro-americano en el que no se hace más que repetir continuamente estas pocas palabras: «Hay un bálsamo en Gilead que cura las almas heridas» (There is a balm in Gilead / to make the wounded whole…). Gilead, o Galaad, es una localidad famosa en el Antiguo Testamento por sus perfumes y ungüentos (Jr 8,22).

El canto prosigue, diciendo: «A veces me siento desalentado y pienso que todo es en vano, pero entonces el Espíritu Santo reaviva el alma mía» (Some times I feel discouraged and think my work’s in vain but then the Holy Spirit revives my soul again).

Gilead es para nosotros la Iglesia, y el bálsamo que sana es el Espíritu Santo. Él es la estela de perfume que Jesús ha dejado tras de sí, al pasar por esta tierra.

El Espíritu Santo es especialista en las enfermedades del matrimonio. El matrimonio consiste en darse el uno al otro; es el sacramento de hacerse don. Y el Espíritu Santo es el don hecho persona: la donación del Padre al Hijo y del Hijo al Padre. Donde llega Él, renace la capacidad de hacerse don y con ella la alegría y la belleza de vivir juntos.

El filósofo Heidegger lanzó un juicio alarmado sobre el futuro de la sociedad humana: «Sólo un dios nos puede salvar», dijo. Pues yo digo que este Dios que nos puede salvar existe: es el Espíritu Santo. Nuestra sociedad necesita dosis masivas de Espíritu Santo.

http://www.homiletica.org


El maná de cada día, 30.12.19

diciembre 30, 2019

Día VI dentro de la octava de Navidad

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Alégrese el cielo y goce la tierra

Hoy una gran luz ha bajado a la tierra

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Antífona de entrada: Sb 18, 14-15

Un silencio lo envolvía todo, y al mediar la noche su carrera, tu Palabra todopoderosa, Señor, vino desde el trono real de los cielos.


Oración colecta

Dios todopoderoso, por este nuevo nacimiento de tu Hijo en nuestra carne, líbranos del yugo con que nos domina la antigua servidumbre del pecado. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: Juan 2, 12-17

Os escribo, hijos míos, que se os han perdonado vuestros pecados por su nombre. Os escribo, padres, que ya conocéis al que existía desde el principio. Os escribo, jóvenes, que ya habéis vencido al Maligno.

Os repito, hijos, que ya conocéis al Padre. Os repito, padres, que ya conocéis al que existía desde el principio. Os repito, jóvenes, que sois fuertes y que la palabra de Dios permanece en vosotros, y que ya habéis vencido al Maligno. No améis al mundo ni lo que hay en el mundo.

Si alguno ama al mundo, no está en él el amor del Padre. Porque lo que hay en el mundo -las pasiones de la carne, y la codicia de los ojos, y la arrogancia del dinero-, eso no procede del Padre, sino que procede del mundo.

Y el mundo pasa, con sus pasiones. Pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre.


SALMO 95, 7-8a.8b-9.10

Alégrese el cielo, goce la tierra.

Familias de los pueblos, aclamad al Señor, aclamad la gloria y el poder del Señor, aclamad la gloria del nombre del Señor.

Entrad en sus atrios trayéndole ofrendas, postraos ante el Señor en el atrio sagrado, tiemble en su presencia la tierra toda.

Decid a los pueblos: «El Señor es rey, él afianzó el orbe, y no se moverá; él gobierna a los pueblos rectamente.»


Aclamación antes del Evangelio

Nos ha amanecido un día sagrado; venid, naciones, adorad al Señor, porque hoy una gran luz ha bajado a la tierra.


EVANGELIO: Lucas 2, 36-40

En aquel tiempo, había una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era una mujer muy anciana; de jovencita había vivido siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones.

Acercándose en aquel momento, daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén.

Y cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios lo acompañaba.


Antífona de comunión: Jn 1, 16

De su plenitud todos hemos recibido gracia tras gracia.
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SER PEQUEÑOS PARA CRECER

El milagro de un Dios hecho niño, carne de nuestra carne, es algo que se escapa a cualquier lógica humana. Pero, ¿cuál es la lógica de Dios?

No es otra, sino la sencillez. Imaginarnos a un Dios lejano y distante, guerrero y destructivo, no tiene nada que ver con la realidad.

Si Dios se hizo hombre, y además niño, no fue fruto de un esfuerzo “titánico” para despistarnos; todo lo contrario, pertenece a lo más íntimo que hay en Él: simplicidad y sencillez.

Simplicidad, porque Dios es lo más simple que existe (no tiene limitación material alguna, ni ha sido creado por nada anterior a Él); sencillez, porque la absoluta transparencia de Dios hace que su actuar sea sin doblez ni engaño… todo es verdad en Él.

Si Dios se hace carne, sólo desde el mayor de los anonadamientos (la humildad de un Niño, absoluta fragilidad e indefensión de cara a los hombres), es posible conocer su intención y lo que significa para cada uno de nosotros.

Nos complicamos la existencia con razonamientos, problemas y dudas. Creemos que madurar es llevar una vida complicada, “llena” de responsabilidades y asuntos urgente.

Pero, una vida llevada hasta ese extremo nos hace toparnos con la frustración de que es el tiempo y las circunstancias las que nos esclavizan y nos impiden llevar a cabo lo que sí es importante: quién soy, de dónde vengo, a dónde voy.

Dios, con su Encarnación, nos enseña a relativizar aquello que condiciona nuestra libertad y nos recuerda que sólo siendo niños seremos capaces de crecer hacia el conocimiento de lo que somos (hijos de Dios), nuestro verdadero origen (el amor de Dios) y nuestro último destino (la verdadera felicidad de la que nada ni nadie podrá arrebatarnos… y para siempre).

Hacerse niño es mirar el milagro de Belén y enamorarnos de lo que allí acontece: una entrega sin condiciones para que tú y yo podamos tocar al mismo Dios.

Desde esa pequeñez es posible alcanzar la madurez de las cosas que valen la pena: generosidad de un alma que alcanza la plenitud de lo humano cuando se deja abrazar por el amor de Dios.

María, la Virgen, contempla a ese Niño y pondera en su interior la gracia de la sencillez de Dios, llenando todos sus deseos e intenciones… ninguna otra cosa acapara su corazón.

Mater Dei


Carta Apostólica “Admirabile signum” del Papa Francisco sobre el significado del pesebre

diciembre 1, 2019

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El belén forma parte del dulce y exigente proceso de transmisión de la fe: Dios ha querido compartir todo con nosotros para no dejarnos nunca solos. 

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CARTA APOSTÓLICA Admirabile signum DEL SANTO PADRE FRANCISCO
SOBRE EL SIGNIFICADO Y EL VALOR DEL BELÉN

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1. El hermoso signo del pesebre, tan estimado por el pueblo cristiano, causa siempre asombro y admiración. La representación del acontecimiento del nacimiento de Jesús equivale a anunciar el misterio de la encarnación del Hijo de Dios con sencillez y alegría. El belén, en efecto, es como un Evangelio vivo, que surge de las páginas de la Sagrada Escritura.

La contemplación de la escena de la Navidad, nos invita a ponernos espiritualmente en camino, atraídos por la humildad de Aquel que se ha hecho hombre para encontrar a cada hombre. Y descubrimos que Él nos ama hasta el punto de unirse a nosotros, para que también nosotros podamos unirnos a Él.

Con esta Carta quisiera alentar la hermosa tradición de nuestras familias que en los días previos a la Navidad preparan el belén, como también la costumbre de ponerlo en los lugares de trabajo, en las escuelas, en los hospitales, en las cárceles, en las plazas… Es realmente un ejercicio de fantasía creativa, que utiliza los materiales más dispares para crear pequeñas obras maestras llenas de belleza.

Se aprende desde niños: cuando papá y mamá, junto a los abuelos, transmiten esta alegre tradición, que contiene en sí una rica espiritualidad popular. Espero que esta práctica nunca se debilite; es más, confío en que, allí donde hubiera caído en desuso, sea descubierta de nuevo y revitalizada.

2. El origen del pesebre encuentra confirmación ante todo en algunos detalles evangélicos del nacimiento de Jesús en Belén. El evangelista Lucas dice sencillamente que María «dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no había sitio para ellos en la posada» (2,7). Jesús fue colocado en un pesebre; palabra que procede del latín: praesepium.

El Hijo de Dios, viniendo a este mundo, encuentra sitio donde los animales van a comer. El heno se convierte en el primer lecho para Aquel que se revelará como «el pan bajado del cielo» (Jn 6,41).

Un simbolismo que ya san Agustín, junto con otros Padres, había captado cuando escribía: «Puesto en el pesebre, se convirtió en alimento para nosotros» (Serm. 189,4). En realidad, el belén contiene diversos misterios de la vida de Jesús y nos los hace sentir cercanos a nuestra vida cotidiana.

Pero volvamos de nuevo al origen del belén tal como nosotros lo entendemos. Nos trasladamos con la mente a Greccio, en el valle Reatino; allí san Francisco se detuvo viniendo probablemente de Roma, donde el 29 de noviembre de 1223 había recibido del Papa Honorio III la confirmación de su Regla.

Después de su viaje a Tierra Santa, aquellas grutas le recordaban de manera especial el paisaje de Belén. Y es posible que el Poverello quedase impresionado en Roma, por los mosaicos de la Basílica de Santa María la Mayor que representan el nacimiento de Jesús, justo al lado del lugar donde se conservaban, según una antigua tradición, las tablas del pesebre.

Las Fuentes Franciscanas narran en detalle lo que sucedió en Greccio. Quince días antes de la Navidad, Francisco llamó a un hombre del lugar, de nombre Juan, y le pidió que lo ayudara a cumplir un deseo: «Deseo celebrar la memoria del Niño que nació en Belén y quiero contemplar de alguna manera con mis ojos lo que sufrió en su invalidez de niño, cómo fue reclinado en el pesebre y cómo fue colocado sobre heno entre el buey y el asno» [1].

Tan pronto como lo escuchó, ese hombre bueno y fiel fue rápidamente y preparó en el lugar señalado lo que el santo le había indicado. El 25 de diciembre, llegaron a Greccio muchos frailes de distintos lugares, como también hombres y mujeres de las granjas de la comarca, trayendo flores y antorchas para iluminar aquella noche santa.

Cuando llegó Francisco, encontró el pesebre con el heno, el buey y el asno. Las personas que llegaron mostraron frente a la escena de la Navidad una alegría indescriptible, como nunca antes habían experimentado.

Después el sacerdote, ante el Nacimiento, celebró solemnemente la Eucaristía, mostrando el vínculo entre la encarnación del Hijo de Dios y la Eucaristía. En aquella ocasión, en Greccio, no había figuras: el belén fue realizado y vivido por todos los presentes [2].

Así nace nuestra tradición: todos alrededor de la gruta y llenos de alegría, sin distancia alguna entre el acontecimiento que se cumple y cuantos participan en el misterio.

El primer biógrafo de san Francisco, Tomás de Celano, recuerda que esa noche, se añadió a la escena simple y conmovedora el don de una visión maravillosa: uno de los presentes vio acostado en el pesebre al mismo Niño Jesús. De aquel belén de la Navidad de 1223, «todos regresaron a sus casas colmados de alegría» [3].

3. San Francisco realizó una gran obra de evangelización con la simplicidad de aquel signo. Su enseñanza ha penetrado en los corazones de los cristianos y permanece hasta nuestros días como un modo genuino de representar con sencillez la belleza de nuestra fe.

Por otro lado, el mismo lugar donde se realizó el primer belén expresa y evoca estos sentimientos. Greccio se ha convertido en un refugio para el alma que se esconde en la roca para dejarse envolver en el silencio.

¿Por qué el belén suscita tanto asombro y nos conmueve? En primer lugar, porque manifiesta la ternura de Dios. Él, el Creador del universo, se abaja a nuestra pequeñez. El don de la vida, siempre misterioso para nosotros, nos cautiva aún más viendo que Aquel que nació de María es la fuente y protección de cada vida.

En Jesús, el Padre nos ha dado un hermano que viene a buscarnos cuando estamos desorientados y perdemos el rumbo; un amigo fiel que siempre está cerca de nosotros; nos ha dado a su Hijo que nos perdona y nos levanta del pecado.

La preparación del pesebre en nuestras casas nos ayuda a revivir la historia que ocurrió en Belén. Naturalmente, los evangelios son siempre la fuente que permite conocer y meditar aquel acontecimiento; sin embargo, su representación en el belén nos ayuda a imaginar las escenas, estimula los afectos, invita a sentirnos implicados en la historia de la salvación, contemporáneos del acontecimiento que se hace vivo y actual en los más diversos contextos históricos y culturales.

De modo particular, el pesebre es desde su origen franciscano una invitación a “sentir”, a “tocar” la pobreza que el Hijo de Dios eligió para sí mismo en su encarnación. Y así, es implícitamente una llamada a seguirlo en el camino de la humildad, de la pobreza, del despojo, que desde la gruta de Belén conduce hasta la Cruz. Es una llamada a encontrarlo y servirlo con misericordia en los hermanos y hermanas más necesitados (cf. Mt 25,31-46).

4. Me gustaría ahora repasar los diversos signos del belén para comprender el significado que llevan consigo. En primer lugar, representamos el contexto del cielo estrellado en la oscuridad y el silencio de la noche. Lo hacemos así, no sólo por fidelidad a los relatos evangélicos, sino también por el significado que tiene. Pensemos en cuántas veces la noche envuelve nuestras vidas.

Pues bien, incluso en esos instantes, Dios no nos deja solos, sino que se hace presente para responder a las preguntas decisivas sobre el sentido de nuestra existencia: ¿Quién soy yo? ¿De dónde vengo? ¿Por qué nací en este momento? ¿Por qué amo? ¿Por qué sufro? ¿Por qué moriré?

Para responder a estas preguntas, Dios se hizo hombre. Su cercanía trae luz donde hay oscuridad e ilumina a cuantos atraviesan las tinieblas del sufrimiento (cf. Lc 1,79).

Merecen también alguna mención los paisajes que forman parte del belén y que a menudo representan las ruinas de casas y palacios antiguos, que en algunos casos sustituyen a la gruta de Belén y se convierten en la estancia de la Sagrada Familia. Estas ruinas parecen estar inspiradas en la Leyenda Áurea del dominico Jacopo da Varazze (siglo XIII), donde se narra una creencia pagana según la cual el templo de la Paz en Roma se derrumbaría cuando una Virgen diera a luz.

Esas ruinas son sobre todo el signo visible de la humanidad caída, de todo lo que está en ruinas, que está corrompido y deprimido. Este escenario dice que Jesús es la novedad en medio de un mundo viejo, y que ha venido a sanar y reconstruir, a devolverle a nuestra vida y al mundo su esplendor original.

5. ¡Cuánta emoción debería acompañarnos mientras colocamos en el belén las montañas, los riachuelos, las ovejas y los pastores! De esta manera recordamos, como lo habían anunciado los profetas, que toda la creación participa en la fiesta de la venida del Mesías. Los ángeles y la estrella son la señal de que también nosotros estamos llamados a ponernos en camino para llegar a la gruta y adorar al Señor.

«Vayamos, pues, a Belén, y veamos lo que ha sucedido y que el Señor nos ha comunicado» (Lc 2,15), así dicen los pastores después del anuncio hecho por los ángeles. Es una enseñanza muy hermosa que se muestra en la sencillez de la descripción. A diferencia de tanta gente que pretende hacer otras mil cosas, los pastores se convierten en los primeros testigos de lo esencial, es decir, de la salvación que se les ofrece. Son los más humildes y los más pobres quienes saben acoger el acontecimiento de la encarnación.

A Dios que viene a nuestro encuentro en el Niño Jesús, los pastores responden poniéndose en camino hacia Él, para un encuentro de amor y de agradable asombro. Este encuentro entre Dios y sus hijos, gracias a Jesús, es el que da vida precisamente a nuestra religión y constituye su singular belleza, y resplandece de una manera particular en el pesebre.

6. Tenemos la costumbre de poner en nuestros belenes muchas figuras simbólicas, sobre todo, las de mendigos y de gente que no conocen otra abundancia que la del corazón. Ellos también están cerca del Niño Jesús por derecho propio, sin que nadie pueda echarlos o alejarlos de una cuna tan improvisada que los pobres a su alrededor no desentonan en absoluto.

De hecho, los pobres son los privilegiados de este misterio y, a menudo, aquellos que son más capaces de reconocer la presencia de Dios en medio de nosotros.

Los pobres y los sencillos en el Nacimiento recuerdan que Dios se hace hombre para aquellos que más sienten la necesidad de su amor y piden su cercanía. Jesús, «manso y humilde de corazón» (Mt 11,29), nació pobre, llevó una vida sencilla para enseñarnos a comprender lo esencial y a vivir de ello. Desde el belén emerge claramente el mensaje de que no podemos dejarnos engañar por la riqueza y por tantas propuestas efímeras de felicidad.

El palacio de Herodes está al fondo, cerrado, sordo al anuncio de alegría. Al nacer en el pesebre, Dios mismo inicia la única revolución verdadera que da esperanza y dignidad a los desheredados, a los marginados: la revolución del amor, la revolución de la ternura.

Desde el belén, Jesús proclama, con manso poder, la llamada a compartir con los últimos el camino hacia un mundo más humano y fraterno, donde nadie sea excluido ni marginado.

Con frecuencia a los niños —¡pero también a los adultos!— les encanta añadir otras figuras al belén que parecen no tener relación alguna con los relatos evangélicos. Y, sin embargo, esta imaginación pretende expresar que en este nuevo mundo inaugurado por Jesús hay espacio para todo lo que es humano y para toda criatura.

Del pastor al herrero, del panadero a los músicos, de las mujeres que llevan jarras de agua a los niños que juegan…, todo esto representa la santidad cotidiana, la alegría de hacer de manera extraordinaria las cosas de todos los días, cuando Jesús comparte con nosotros su vida divina.

7. Poco a poco, el belén nos lleva a la gruta, donde encontramos las figuras de María y de José. María es una madre que contempla a su hijo y lo muestra a cuantos vienen a visitarlo. Su imagen hace pensar en el gran misterio que ha envuelto a esta joven cuando Dios ha llamado a la puerta de su corazón inmaculado.

Ante el anuncio del ángel, que le pedía que fuera la madre de Dios, María respondió con obediencia plena y total. Sus palabras: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38), son para todos nosotros el testimonio del abandono en la fe a la voluntad de Dios.

Con aquel “sí”, María se convertía en la madre del Hijo de Dios sin perder su virginidad, antes bien consagrándola gracias a Él. Vemos en ella a la Madre de Dios que no tiene a su Hijo sólo para sí misma, sino que pide a todos que obedezcan a su palabra y la pongan en práctica (cf. Jn 2,5).

Junto a María, en una actitud de protección del Niño y de su madre, está san José. Por lo general, se representa con el bastón en la mano y, a veces, también sosteniendo una lámpara. San José juega un papel muy importante en la vida de Jesús y de María. Él es el custodio que nunca se cansa de proteger a su familia. Cuando Dios le advirtió de la amenaza de Herodes, no dudó en ponerse en camino y emigrar a Egipto (cf. Mt 2,13-15).

Y una vez pasado el peligro, trajo a la familia de vuelta a Nazaret, donde fue el primer educador de Jesús niño y adolescente. José llevaba en su corazón el gran misterio que envolvía a Jesús y a María su esposa, y como hombre justo confió siempre en la voluntad de Dios y la puso en práctica.

8. El corazón del pesebre comienza a palpitar cuando, en Navidad, colocamos la imagen del Niño Jesús. Dios se presenta así, en un niño, para ser recibido en nuestros brazos. En la debilidad y en la fragilidad esconde su poder que todo lo crea y transforma. Parece imposible, pero es así: en Jesús, Dios ha sido un niño y en esta condición ha querido revelar la grandeza de su amor, que se manifiesta en la sonrisa y en el tender sus manos hacia todos.

El nacimiento de un niño suscita alegría y asombro, porque nos pone ante el gran misterio de la vida. Viendo brillar los ojos de los jóvenes esposos ante su hijo recién nacido, entendemos los sentimientos de María y José que, mirando al niño Jesús, percibían la presencia de Dios en sus vidas.

«La Vida se hizo visible» (1Jn 1,2); así el apóstol Juan resume el misterio de la encarnación. El belén nos hace ver, nos hace tocar este acontecimiento único y extraordinario que ha cambiado el curso de la historia, y a partir del cual también se ordena la numeración de los años, antes y después del nacimiento de Cristo.

El modo de actuar de Dios casi aturde, porque parece imposible que Él renuncie a su gloria para hacerse hombre como nosotros. Qué sorpresa ver a Dios que asume nuestros propios comportamientos: duerme, toma la leche de su madre, llora y juega como todos los niños. Como siempre, Dios desconcierta, es impredecible, continuamente va más allá de nuestros esquemas.

Así, pues, el pesebre, mientras nos muestra a Dios tal y como ha venido al mundo, nos invita a pensar en nuestra vida injertada en la de Dios; nos invita a ser discípulos suyos si queremos alcanzar el sentido último de la vida.

9. Cuando se acerca la fiesta de la Epifanía, se colocan en el Nacimiento las tres figuras de los Reyes Magos. Observando la estrella, aquellos sabios y ricos señores de Oriente se habían puesto en camino hacia Belén para conocer a Jesús y ofrecerle dones: oro, incienso y mirra. También estos regalos tienen un significado alegórico: el oro honra la realeza de Jesús; el incienso su divinidad; la mirra su santa humanidad que conocerá la muerte y la sepultura.

Contemplando esta escena en el belén, estamos llamados a reflexionar sobre la responsabilidad que cada cristiano tiene de ser evangelizador. Cada uno de nosotros se hace portador de la Buena Noticia con los que encuentra, testimoniando con acciones concretas de misericordia la alegría de haber encontrado a Jesús y su amor.

Los Magos enseñan que se puede comenzar desde muy lejos para llegar a Cristo. Son hombres ricos, sabios extranjeros, sedientos de lo infinito, que parten para un largo y peligroso viaje que los lleva hasta Belén (cf. Mt 2,1-12). Una gran alegría los invade ante el Niño Rey. No se dejan escandalizar por la pobreza del ambiente; no dudan en ponerse de rodillas y adorarlo.

Ante Él comprenden que Dios, igual que regula con soberana sabiduría el curso de las estrellas, guía el curso de la historia, abajando a los poderosos y exaltando a los humildes. Y ciertamente, llegados a su país, habrán contado este encuentro sorprendente con el Mesías, inaugurando el viaje del Evangelio entre las gentes.

10. Ante el belén, la mente va espontáneamente a cuando uno era niño y se esperaba con impaciencia el tiempo para empezar a construirlo. Estos recuerdos nos llevan a tomar nuevamente conciencia del gran don que se nos ha dado al transmitirnos la fe; y al mismo tiempo nos hacen sentir el deber y la alegría de transmitir a los hijos y a los nietos la misma experiencia.

No es importante cómo se prepara el pesebre, puede ser siempre igual o modificarse cada año; lo que cuenta es que este hable a nuestra vida. En cualquier lugar y de cualquier manera, el belén habla del amor de Dios, el Dios que se ha hecho niño para decirnos lo cerca que está de todo ser humano, cualquiera que sea su condición.

Queridos hermanos y hermanas: El belén forma parte del dulce y exigente proceso de transmisión de la fe. Comenzando desde la infancia y luego en cada etapa de la vida, nos educa a contemplar a Jesús, a sentir el amor de Dios por nosotros, a sentir y creer que Dios está con nosotros y que nosotros estamos con Él, todos hijos y hermanos gracias a aquel Niño Hijo de Dios y de la Virgen María. Y a sentir que en esto está la felicidad.

Que en la escuela de san Francisco abramos el corazón a esta gracia sencilla, dejemos que del asombro nazca una oración humilde: nuestro “gracias” a Dios, que ha querido compartir todo con nosotros para no dejarnos nunca solos.

Dado en Greccio, en el Santuario del Pesebre, 1 de diciembre de 2019.

FRANCISCO

[1] Tomás de Celano, Vida Primera, 84: Fuentes franciscanas (FF), n. 468.

[2] Cf. ibíd., 85: FF, n. 469.

[3] Ibíd., 86: FF, n. 470.

https://www.romereports.com/2019/12/01/texto-completo-de-la-carta-apostolica-admirabile-signum-del-papa-francisco-sobre-el-significado-del-pesebre/?fbclid=IwAR1HveY_tm89JUGc9ZhF_ZkTUa-fzOigCXiwCF4vyaUUv0de2pRuWJXuGxc


El maná de cada día, 24.11.19

noviembre 23, 2019

Domingo XXXIV del Tiempo Ordinario, Ciclo C

Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo

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Él es anterior a todo, y todo se mantiene en Él.

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Antífona de entrada: Ap 5, 12; 1, 6

Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza y el honor. A él la gloria y el poder por los siglos de los siglos.


Oración colecta

Dios todopoderoso y eterno, que quisiste fundar todas las cosas en tu Hijo muy amado, Rey del Universo, haz que toda la creación, liberada de la esclavitud del pecado, sirva a tu majestad y te glorifique sin fin. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: 2 Samuel 5, 1-3

En aquellos días, todas las tribus de Israel fueron a Hebrón a ver a David y le dijeron: «Hueso tuyo y carne tuya somos; ya hace tiempo, cuando todavía Saúl era nuestro rey, eras tú quien dirigías las entradas y salidas de Israel. Además el Señor te ha prometido: “Tú serás el pastor de mi pueblo Israel, tú serás el jefe de Israel.”»

Todos los ancianos de Israel fueron a Hebrón a ver al rey, y el rey David hizo con ellos un pacto en Hebrón, en presencia del Señor, y ellos ungieron a David como rey de Israel.


SALMO 121,1-2.4-5

Vamos alegres a la casa del Señor.

Qué alegría cuando me dijeron: «Vamos a la casa del Señor»! Ya están pisando nuestros pies tus umbrales, Jerusalén.

Allá suben las tribus, las tribus del Señor, según la costumbre de Israel, a celebrar el nombre del Señor; en ella están los tribunales de justicia, en el palacio de David.


SEGUNDA LECTURA: Colosenses 1, 12-20

Hermanos: Damos gracias a Dios Padre, que nos ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo en la luz. Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido, por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados.

Él es imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura; porque por medio de él fueron creadas todas las cosas: celestes y terrestres, visibles e invisibles, Tronos, Dominaciones, Principados, Potestades; todo fue creado por él y para él.

Él es anterior a todo, y todo se mantiene en él. Él es también la cabeza del cuerpo: de la Iglesia.

Él es el principio, el primogénito de entre los muertos, y así es el primero en todo. Porque en él quiso Dios que residiera toda la plenitud. Y por él quiso reconciliar consigo todos los seres: los del cielo y los de la tierra, haciendo la paz por la sangre de su cruz.


Aclamación antes del Evangelio: Mc 11, 9b-10a

Bendito el que viene en nombre del Señor. Bendito el reino que llega, el de nuestro padre David.


EVANGELIO: Lucas 23, 35-43

En aquel tiempo, las autoridades hacían muecas a Jesús, diciendo: «A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido.»

Se burlaban de él también los soldados, ofreciéndole vinagre y diciendo: «Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo.»

Había encima un letrero en escritura griega, latina y hebrea: «Este es el rey de los judíos.»

Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros.»

Pero el otro lo increpaba: «¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en el mismo suplicio? Y lo nuestro es justo, porque recibimos el pago de lo que hicimos; en cambio, este no ha faltado en nada.»

Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino.» Jesús le respondió: «Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso.»


Antífona de comunión: Sal 28, 10-11

El Señor se sienta como rey eterno, el Señor bendice a su pueblo con la paz.
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CRISTO REY ¡PURA BENDICIÓN!

El arte de bendecir a discreción
como requisito para entrar al Reino de Cristo

La fiesta de Cristo Rey es una oportunidad para revisar nuestras actitudes ante el reinado de Cristo: ¿Le permitimos establecer su reinado dentro de nosotros mismos y en nuestro entorno familiar y social?

Si él es Rey, su reinado es único y nuestra mayor dicha consistirá en ofrecerle nuestra obediciencia obsequiosa y nuestra total y gozosa pleitesía, no tanto la propia de siervos, sino la de verdaderos amigos. Actuando no por temor sino por amor. 

Por tanto, nuestra felicidad consiste en trabajar por el Reino de Cristo, comenzando por nosotros mismos. Pues se nos dijo: El Reino no está aquí o allí, está dentro de vosotros mismos.

Estimada hermana, apreciable hermano: hoy te propongo vivir de manera “gloriosa” en el Reino de Cristo.

¿Sabes cómo? Bendiciendo a discreción: ejercitándote en el arte de la bendición. Es decir, sintonizando con el Corazón de Cristo para cumplir la voluntad del Padre que desea que todos tengamos vida, y la tengamos en abundancia.

Jesús habló muy bien de su Padre celestial, “dijo bien” de él, bendijo a su Padre con sus palabras y obras, con toda su vida. Tanto, que Jesús es la “bendición” en persona, nuestra bendición para el Padre Dios. En Cristo toda la humanidad, todas las cosas, se elevan hasta el Padre dándole gracias, bendiciéndolo: porque él es digno de toda bendición, porque sólo él es santo, sólo él es el bueno.

Esta elevación de Jesús hasta el Padre la realiza movido por el Espíritu Santo. Antes de salir a predicar el Reino, Jesús recibió el bautismo en el Jordán. En ese momento el Padre le envió el Espíritu Santo para que pudiera llevar a cabo su voluntad salvífica: que todos los hombres se salven y nadie se pierda. 

Cuando Jesús predicaba a las turbas y veía la mano del Padre salvando a los más pobres, quedaba admirado y se emocionaba. Y, conmovido interiormente por el Espíritu Santo, no podía menos que alabar a su Padre Dios porque todo lo ha dispuesto con sabiduría y amor. 

De esta manera, Jesús ofrece al Padre su obediencia filial y la acción de gracias de sus hermanos los hombres, y se convierte en la “bendición ascendente” que sube de la tierra hasta el cielo.

Pero a la vez, Jesús es la “bendición” que está bajando del cielo, pues, en Cristo, el Padre ha “dicho bien” de nosotros, ha hablado bien de toda la creación. Ha dicho la primera y última palabra sobre todo lo creado. El Padre nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bendiciones en el cielo y en la tierra. Cristo es la “bendición descendente” en persona. 

¿Cuál es entonces nuestra postura existencial y santa ante un Dios y Padre que nos bendice en su querido Hijo mediante la acción del Espíritu? Pues bendecir con nuestras obras y palabras a Dios primero, y después a todos nuestros hermanos tal y como nos bendice nuestro Padre Dios a través de Cristo, Rey del universo.

Sí, nuestra salvación está en que, gracias a la acción del Espíritu del Padre y del Hijo, nos dejemos llenar de la bondad de Dios Padre y de la humildad de Cristo Jesús para ser capaces de bendecir de corazón a todos nuestros hermanos y a toda la creación.

Bendecir, sí, nunca maldecir. Sacar, a la vez, de nuestro corazón toda ojeriza, resentimiento, fastidio y tristeza. Y bendecir a discreción a todo y a todos, hablar bien de los demás, comprender, respetar, admirar, venerar, perdonar incondicionalmente, confiar, dialogar, devolver bien por mal, convivir en paz y dar vida y bendición a discreción.

He aquí un camino de santidad, de liberación y de felicidad que nos mostró el Maestro cuando nos mandó expresamente: Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso.

Así como Jesús, antes de salir a predicar, recibió el Espíritu, así nosotros debemos asegurarnos de haber recibido la fuerza de lo alto; de tener nuestro corazón en paz y alegría. Porque sin Espíritu no podemos hacer la obra que Dios quiere. Jesús mandó a los apóstoles no salir de Jerusalén hasta recibir el Espíritu.

Por eso, ante cualquier propuesta de conversión y de compromiso apostólico, nos hace bien recordar las palabras de Jesús: Me quedan muchas cosas que deciros, pero por ahora no podéis cargar con ellas. Cuando venga el Espíritu os lo enseñará todo y os capacitará para ser mis testigos hasta los confines de la tierra.

Estimados hermanos, esta propuesta del “arte de bendecir” no la podemos realizar por nosotros mismos, con nuestras fuerzas, porque, debido al pecado, por naturaleza, somos egoístas, envidiosos, avariciosos, y hasta insensibles. El ideal es no criticar y despreciar, no juzgar y condenar a nadie.

De manera positiva, la meta es siempre amar y perdonar, por encima de todo. Esto es humanamente imposible, pero posible para Dios. Más aún, es lo que más desea Dios: quiere lo mejor para nosotros, y nos quiere ver libres y felices. La gloria de Dios está en que el hombre viva. Es lo que más le gusta.  

Así que vamos a pedirle a Dios el poder del Espíritu, o mejor, vamos a bendecirlo porque ya nos lo ha dado, ya nos está infundiendo el Espíritu de comunión que une a la Trinidad, el Espíritu que hace a la Iglesia comunidad de hermanos que tienen una sola alma y un solo corazón orientados hacia Dios.

Por tanto, apoyados en la fe y esperanza que no defraudan, tratemos de ensayar, en virtud de la inspiración del Espíritu Santo, un tipo de vida cristiana que nos lleve a bendecir a todas las personas con las que a diario convivimos llenándonos de sentimientos de aprecio, simpatía, comprensión y ternura.

Pediremos al Espíritu que las habite internamente a esas personal, dándoles salud, trabajo, satisfacción personal y felicidad. Intercederemos ante Dios para que les tenga paciencia, les enseñe en su interior, para que les perdone sus debilidades, les conceda progresar en todo hasta la felicidad plena en Cristo Jesús, el Rey del universo.

Repasaremos la exhortación de Jesús: bendecid sí, nunca maldigáis. No juzguéis para que no seáis juzgados. No condenéis para que no seáis condenados. Pues la medida que uséis con los demás, esa misma la usarán con vosotros. Al bendecir a los demás, la bendición recae sobre nosotros, en primer lugar, y después sobre los otros. Bendecid, sí, bendecid, pues estáis llamados a heredar una bendición.

¿A quién bendecir? A todos; y de corazón; con la mayor sinceridad posible. Absolutamente a todos. Bendecir especialmente al hermano que nos cae mal, al que nos ha ofendido o se manifiesta como enemigo gratuito, al que nos molesta, al que nos deprecia o nos trata injustamente…

Bendecirlo: comprender, disculpar, amar, perdonar incondicionalmente. Ejercitarse en ello aunque nos parezca hipocresía de nuestra parte porque no sentimos todo el afecto que desearíamos experimentar; querríamos sentir más cercanía, más paciencia y comprensión con ese hermano a quien estamos bendiciendo y queremos bendecir.

Esta misma deficiencia en el cariño hacia los otros debe estimularnos a seguir ejercitándonos en el arte de bendecir, de perdonar y de amar incondicionalmente a todo el mundo. La unción del Espíritu de Jesús va haciendo su obra en nosotros y nos va transformando.

Algunas personas se ejercitan diariamente, y casi de continuo, en esta práctica de la bendición y el resultado es que se sienten tan bendecidas que nunca pudieron imaginar tal cosa. Es consecuencia de la presencia del Espíritu que une, sana, alivia, renueva, vigoriza, pacifica… ¿Por qué no te animas a hacer lo mismo? Tú puedes ser una de esas personas plenas y felices, llenas del gozo del Espíritu.

Bien, hermana, bueno, hermano: que Cristo Rey nos bendiga trasmitiéndonos su santo Espíritu para que nosotros podamos bendecir cada vez más y mejor, a discreción, y así avanzar en el camino de la santidad, de la libertad y de la felicidad. Para la gloria de Dios. Amén.

P. Ismael Ojeda Lozano, oar.

Madrid, nov. 2019

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El maná de cada día, 10.11.19

noviembre 9, 2019

Domingo XXXII del Tiempo Ordinario, Ciclo C

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Moisés lo indica en el episodio de la zarza

Y que resucitan los muertos, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza



Antífona de entrada: Sal 87, 3

Llegue hasta ti mi súplica; inclina tu oído a mi clamor, Señor.


Oración colecta

Dios omnipotente y misericordioso, aparta de nosotros todos los males, para que, bien dispuesto nuestro cuerpo y nuestro espíritu, podamos libremente cumplir tu voluntad. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: 2 Macabeos 7, 1-2.9-14

En aquellos días, arrestaron a siete hermanos con su madre. El rey los hizo azotar con látigos y nervios para forzarlos a comer carne de cerdo, prohibida por la Ley.

Uno de ellos habló en nombre de los demás: «¿Qué pretendes sacar de nosotros? Estamos dispuestos a morir antes que quebrantar la ley de nuestros padres.»

El segundo, estando para morir, dijo: «Tú, malvado, nos arrancas la vida presente; pero, cuando hayamos muerto por su ley, el rey del universo nos resucitará para una vida eterna.»

Después se divertían con el tercero. Invitado a sacar la lengua, lo hizo en seguida, y alargó las manos con gran valor. Y habló dignamente: «De Dios las recibí, y por sus leyes las desprecio; espero recobrarlas del mismo Dios.»

El rey y su corte se asombraron del valor con que el joven despreciaba los tormentos. Cuando murió éste, torturaron de modo semejante al cuarto. Y, cuando estaba para morir, dijo: «Vale la pena morir a manos de los hombres, cuando se espera que Dios mismo nos resucitará. Tú, en cambio, no resucitarás para la vida.»


SALMO 16,1.5-6.8.15

Al despertar me saciaré de tu semblante, Señor.

Señor, escucha mi apelación, atiende a mis clamores, presta oído a mi súplica, que en mis labios no hay engaño.

Mis pies estuvieron firmes en tus caminos, y no vacilaron mis pasos. Yo te invoco porque tú me respondes, Dios mío; inclina el oído y escucha mis palabras.

Guárdame como a las niñas de tus ojos, a la sombra de tus alas escóndeme. Yo con mi apelación vengo a tu presencia, y al despertar me saciaré de tu semblante.


SEGUNDA LECTURA: 2 Tesalonicenses 2, 16–3,5

Que Jesucristo, nuestro Señor, y Dios, nuestro Padre, que nos ha amado tanto y nos ha regalado un consuelo permanente y una gran esperanza, os consuele internamente y os dé fuerza para toda clase de palabras y de obras buenas.

Por lo demás, hermanos, rezad por nosotros, para que la palabra de Dios siga el avance glorioso que comenzó entre vosotros, y para que nos libre de los hombres perversos y malvados, porque la fe no es de todos. El Señor, que es fiel, os dará fuerzas y os librará del Maligno.

Por el Señor, estamos seguros de que ya cumplís y seguiréis cumpliendo todo lo que os hemos enseñado. Que el Señor dirija vuestro corazón, para que améis a Dios y tengáis constancia de Cristo.


Aclamación antes del Evangelio: Ap 1, 5a y 6b

Jesucristo es el primogénito de entre los muertos; a él la gloria y el poder por los siglos de los siglos.


EVANGELIO: Lucas 20, 27-38

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos saduceos, que niegan la resurrección, y le preguntaron: «Maestro, Moisés nos dejó escrito: Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer, pero sin hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su hermano.

Pues bien, había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos. Y el segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete murieron sin dejar hijos. Por último murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete han estado casados con ella.»

Jesús les contestó: «En esta vida, hombres y mujeres se casan; pero los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos no se casarán. Pues ya no pueden morir, son como ángeles; son hijos de Dios, porque participan en la resurrección.

Y que resucitan los muertos, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor “Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob.” No es Dios de muertos, sino de vivos; porque para él todos están vivos.»


Antífona de comunión: Sal 22, 1-2

El Señor es mi pastor, nada me falta; en verdes praderas me hace recostar, me conduce hacia fuentes tranquilas.
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LECTIO DIVINA, DOMINGO 32º del TIEMPO ORDINARIO, CICLO C

Antes de abrir tu Biblia, abre tu corazón a la acción del Espíritu Santo.

Paso 1. Disponerse: Puedes repetir varias veces: Habla, Señor, que tu siervo escucha. Ponte en manos de María. ¿Cómo sueles estar con alguien que tiene ganas de entrevistarse contigo? ¿En qué notas que el Espíritu interviene en la lectura? Ponte en manos de María la Madre, con una sentida oración.

Lc 20,27-38

Se acercaron algunos saduceos, los que dicen que no hay resurrección, y le preguntaron: «Maestro, Moisés nos dejó escrito: “Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer pero sin hijos, que tome la mujer como esposa y dé descendencia a su hermano”. Pues bien, había siete hermanos; el primero se casó y murió sin hijos. El segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete, y murieron todos sin dejar hijos. Por último, también murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete la tuvieron como mujer». Jesús les dijo: «En este mundo los hombres se casan y las mujeres toman esposo, pero los que sean juzgados dignos de tomar parte en el mundo futuro y en la resurrección de entre los muertos no se casarán ni ellas serán dadas en matrimonio. Pues ya no pueden morir, ya que son como ángeles; y son hijos de Dios, porque son hijos de la resurrección. Y que los muertos resucitan, lo indicó el mismo Moisés en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor: “Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob”. No es Dios de muertos, sino de vivos: porque para él todos están vivos».

Paso 2. Leer: ¿Ves cómo los saduceos rizan el rizo de la ley para ver si pillan a Jesús fuera de juego? ¿Sabes qué es una pregunta capciosa? Los saduceos pretenden ridiculizar la fe en la resurrección. Jesús responde con mucha paciencia y con deseo de instruir: La resurrección nos transforma en ángeles de Dios, un Dios de vivos no de muertos.

Paso 3. Escuchar: ¿Qué te dice la interpretación de la ley al pie de la letra? ¿Qué te parece, qué tiene que ver contigo la respuesta de Jesús? ¿Ves cómo propone la nueva ley de la vida con amor? Contempla a Jesús que no se altera por la intención de sus interlocutores; no se ofende ni responde con ira o soberbia; no hiere ni humilla. Van por él, pero Jesús evita los choques y las polémicas. No los condena. ¿No te impresiona la serenidad y el dominio de la situación que tiene Jesús?

Paso 4. Orar: Mira qué brota en tu corazón, qué te hace decir al Señor la lectura. Habla de tu vida con el Dios de los vivos. Cuéntale tus cosas a tu Padre, con mucho amor y confianza. Habla de tu vida con el Dios de los vivos. Permite que él también te hable. Escúchale.

Paso 5. Vivir: ¿Tú también tratas a Jesús como si fuera un diccionario? ¿Qué tiene que ver con tus cosas de cada día el Dios de los vivos? No hay que hacer grandes cosas sino poner amor en lo que hacemos a diario. ¿Escuchar y rumiar la Palabra pone amor en tu vida, a discreción? Déjate llevar del Espíritu de Dios, que da vida, alegría, esperanza… amor.

http://semillas-edit.es/
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LA DIGNIDAD DEL CUERPO HUMANO

P. Francisco Fernández Carvajal/Homiletica.org

La resurrección de los cuerpos, declarada por Jesús.

— Los cuerpos están destinados a dar gloria a Dios junto con el alma.

— Nuestra filiación divina, iniciada ya en el alma por la gracia, será consumada por la glorificación del cuerpo.

I. La liturgia de la Misa de este domingo propone a nuestra consideración una de las verdades de fe recogidas en el Credo, y que hemos repetido muchas veces: la resurrección de los cuerpos y la existencia de una vida eterna para la que hemos sido creados.

La Primera lectura1 nos habla de aquellos siete hermanos que, junto con su madre, prefirieron la muerte antes que traspasar la Ley del Señor.

Mientras eran torturados, confesaron con firmeza su fe en una vida más allá de la muerte: Vale la pena morir a manos de los hombres cuando se espera que Dios mismo nos resucitará.

Otros lugares del Antiguo Testamento también expresan esta verdad fundamental revelada por Dios. Era una creencia universalmente admitida entre los judíos en tiempos de Jesús, salvo por el partido de los saduceos, que tampoco creían en la inmortalidad del alma, en la existencia de los ángeles y en la acción de la Providencia divina2.

En el Evangelio de la Misa3 leemos cómo se acercaron a Jesús con la intención de ponerle en un aprieto. Según la ley del levirato4, si un hombre moría sin dejar hijos, el hermano estaba obligado a casarse con la viuda para suscitar descendencia.

Así –le dicen a Jesús– ocurrió con siete hermanos: Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete han estado casados con ella. Les parecía que las consecuencias de esta ley provocaban una situación ridícula a la hora de poder explicar la resurrección de los cuerpos.

Jesús deshace esta cuestión, frívola en el fondo, reafirmando la resurrección y enseñando las propiedades de los cuerpos resucitados. La vida eterna no será igual a esta: allí no tomarán ni mujer ni marido…, pues son iguales a los ángeles e hijos de Dios, siendo hijos de la resurrección.

Y, citando la Sagrada Escritura5, pone de manifiesto el grave error de los saduceos, y argumenta: No es Dios de muertos, sino de vivos; todos viven para Él. Moisés llamó al Señor Dios de Abrahán, Dios de Isaac y Dios de Jacob, que hacía tiempo que habían muerto.

Por tanto, aunque estos justos hayan muerto en cuanto al cuerpo, viven con verdadera vida en Dios, pues sus almas son inmortales, y esperan la resurrección de los cuerpos6. Los saduceos ya no se atrevían a preguntarle más.

Los cristianos profesamos en el Credo nuestra esperanza en la resurrección del cuerpo y en la vida eterna. Este artículo de la fe «expresa el término y el fin del designio de Dios» sobre el hombre. «Si no existe la resurrección, todo el edificio de la fe se derrumba, como afirma vigorosísimamente San Pablo (cfr. 1 Cor 15).

Si el cristiano no está seguro del contenido de las palabras vida eterna, las promesas del Evangelio, el sentido de la Creación y de la Redención desaparecen, e incluso la misma vida terrena queda desposeída de toda esperanza (cfr. Heb 11, l)»7.

Ante la atracción de las cosas de aquí abajo, que pueden aparecer en ocasiones como las únicas que cuentan, hemos de considerar repetidamente que nuestra alma es inmortal, y que se unirá al propio cuerpo al fin de los tiempos; ambos –el hombre entero: alma y cuerpo– están destinados a una eternidad sin término.

Todo lo que llevemos a cabo en este mundo hemos de hacerlo con la mirada puesta en esa vida que nos espera, pues «pertenecemos totalmente a Dios, con alma y cuerpo, con la carne y con los huesos, con los sentidos y con las potencias»8.

II. La muerte, como enseña la Sagrada Escritura, no la hizo Dios; es pena del pecado de Adán9. Cristo mostró con su resurrección el poder sobre la muerte: mortem nostram moriendo destruxit et vita resurgendo reparavit, muriendo destruyó nuestra muerte, y resurgiendo reparó nuestra vida, canta la Iglesia en el Prefacio pascual.

Con la resurrección de Cristo la muerte ha perdido su aguijón, su maldad, para tornarse redentora en unión con la Muerte de Cristo. Y en Él y por Él nuestros cuerpos resucitarán al final de los tiempos, para unirse al alma, que, si hemos sido fieles, estará dando gloria a Dios desde el instante mismo de la muerte, si nada tuvo que purificar.

Resucitar significa volver a levantarse aquello que cayó10, la vuelta a la vida de lo que murió, levantarse vivo aquello que sucumbió en el polvo. La Iglesia predicó desde el principio la resurrección de Cristo, fundamento de toda nuestra fe, y la resurrección de nuestros propios cuerpos, de la propia carne, de «esta en que vivimos, subsistimos y nos movemos»11. El alma volverá a unirse al propio cuerpo para el que fue creada.

Y precisa el Magisterio de la Iglesia: los hombres «resucitarán con los propios cuerpos que ahora llevan»12. Al meditar que nuestros cuerpos darán también gloria a Dios, comprendemos mejor la dignidad de cada hombre y sus características esenciales e inconfundibles, distintas de cualquier otro ser de la Creación.

El hombre no solo posee un alma libre, «bellísima entre las obras de Dios, hecha a imagen y semejanza del Creador, e inmortal porque así lo quiso Dios»13, que le hace superior a los animales, sino un cuerpo que ha de resucitar y que, si se está en gracia, es templo del Espíritu Santo.

San Pablo recordaba frecuentemente esta verdad gozosa a los primeros cristianos: ¿no sabéis que vuestros cuerpos son templos del Espíritu Santo, que habita en vosotros?14.

Nuestros cuerpos no son una especie de cárcel que el alma abandona cuando sale de este mundo, no «son lastre, que nos vemos obligados a arrastrar, sino las primicias de eternidad encomendadas a nuestro cuidado»15. El alma y el cuerpo se pertenecen mutuamente de manera natural, y Dios creó el uno para el otro.

«Respétalo –nos exhorta San Cirilo de Jerusalén–, ya que tiene la gran suerte de ser templo del Espíritu Santo. No manches tu carne y si te has atrevido a hacerlo, purifícala ahora con la penitencia. Límpiala mientras tienes tiempo»16.

III. La altísima dignidad del hombre se encuentra ya presente en su creación, y con la Encarnación del Verbo, en la que existe como un desposorio del Verbo con la carne humana17, llega a su plena manifestación.

Cada hombre «ha sido comprendido en el misterio de la redención, con cada uno ha sido unido Cristo, para siempre, por parte de este misterio. Todo hombre viene al mundo concebido en el seno materno, naciendo de madre, y es precisamente por razón del misterio de la Redención por lo que es confiado a la solicitud de la Iglesia.

Tal solicitud afecta al hombre entero y está centrada sobre él de manera del todo particular. El objeto de esta premura es el hombre en su única e irrepetible realidad humana, en la que permanece intacta la imagen y semejanza de Dios mismo»18.

Enseña Santo Tomás que nuestra filiación divina, iniciada ya por la acción de la gracia en el alma, «será consumada por la glorificación del cuerpo (…), de forma que así como nuestra alma ha sido redimida del pecado, así nuestro cuerpo será redimido de la corrupción de la muerte»19.

Y cita a continuación las palabras de San Pablo a los filipenses: Nosotros somos ciudadanos del Cielo, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo, el cual transformará nuestro humilde cuerpo conforme a su Cuerpo glorioso en virtud del poder que tiene para someter a sí todas las cosas20.

El Señor transformará nuestro cuerpo débil y sujeto a la enfermedad, a la muerte y a la corrupción, en un cuerpo glorioso. No podemos despreciarlo, ni tampoco exaltarlo como si fuera la única realidad en el hombre. Hemos de tenerlo sujeto mediante la mortificación porque, a consecuencia del desorden producido por el pecado original, tiende a «hacernos traición»21.

Es de nuevo San Pablo el que nos exhorta: Habéis sido comprados a gran precio. Glorificad, por tanto, a Dios en vuestro cuerpo22.

Y comenta el Papa San Juan Pablo II: «La pureza como virtud, es decir, capacidad de mantener el propio cuerpo en santidad y respeto (cfr. 1 Tes 4, 4), aliada con el don de piedad, como fruto de la inhabitación del Espíritu Santo en el templo del cuerpo, realiza en él una plenitud tan grande de dignidad en las relaciones interpersonales, que Dios mismo es glorificado en él. La pureza es gloria del cuerpo humano ante Dios. Es la gloria de Dios en el cuerpo humano»23.

Nuestra Madre Santa María, que fue asunta al Cielo en cuerpo y alma, nos recordará en toda ocasión que también nuestro cuerpo ha sido hecho para dar gloria a Dios, aquí en la tierra y en el Cielo por toda la eternidad.

12 Mac 7, 1-2; 9-14. — 2 Cfr. J. Dheilly, Diccionario bíblico, voz Saduceos, p. 921. — 3 Lc 20, 27-38. — 4 Cfr. Dt 25, 5 ss. — 5 Ex 3, 2; 6. — 6 Cfr. Sagrada Biblia, Santos Evangelios, EUNSA, Pamplona 1983, nota a Lc 20, 27-40. — 7 S. C. para la Doctrina de la Fe, Carta sobre algunas cuestiones referentes a la escatología. 17-V-1979. — 8 San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, 177. — 9 Cfr. Rom 5. 12. — 10 Cfr. San Juan Damasceno, Sobre la fe ortodoxa, 27. — 11 Cfr. J. Ibáñez-F. Mendoza, La fe divina y católica de la Iglesia, Magisterio Español, Madrid 1978. nn. 7, 216 y 779. — 12 Ibídem. — 13 San Cirilo de Jerusalén, Catequesis, IV, 18. — 14 1 Cor 6, 19. — 15 Cfr. R. A. Knox, El torrente oculto, Rialp, Madrid 1956, p. 346. — 16 San Cirilo de Jerusalén, Catequesis, IV, 25. — 17 Tertuliano, Sobre la resurrección, 63. — 18 Juan Pablo II, Enc. Redemptor hominis, 4-III-1979, 13. — 19 Santo Tomás, Comentario a la Carta a los Romanos, 8, 5. — 20 Flp 3, 21. — 21 Cfr. San Josemaría Escrivá, Camino, n. 196 — 22 1 Cor 6, 20, — 23 Juan Pablo II, Audiencia general 18-III-1981.

 


“¡Santa Trinidad! Dulce morada, nuestro propio hogar y casa paterna de la que nunca salir”

noviembre 7, 2019

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¡Trinidad Santa y palpitante! Eres… un Seno, Manos, Palabra, Amor que nos engendra constantemente, del que nos recibimos continuamente y que nos despliega hacia el Infinito en cada instante…

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“¡Santa Trinidad! Dulce morada, nuestro propio hogar y casa paterna de la que nunca salir”

En el Domingo – Solemnidad de la Santísima Trinidad

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“Padre, Yo les di a conocer tu Nombre, y se lo seguiré dando a conocer, para que el Amor con que me amaste sea en ellos, ¡y Yo en ellos!” (Jn.17, 26)

“Hay un Ser, el Amor, que nos invita a vivir en comunión con Él!” (Sta. Isabel de la Trinidad. Cta. 20-10-1906)

¡Santa Trinidad! ¡Único Dios eterno! Dulce y Fuerte Padre, Dulce y Fuerte Hijo, Dulce y Fuerte Espíritu, que estás sobre todo, por medio de todo y en todo por siempre…

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“¡Santa Trinidad! Dulce morada, nuestro propio hogar y casa paterna de la que nunca salir”

Misterio inimaginable e inimaginado por el hombre: ¿Quién nunca lo pensó? ¿Qué mente humana pudo diseñar tal Ser? “A Dios nadie lo ha visto jamás” (Jn.1,18)

El ser humano en busca del sentido del mundo y de sí mismo, jamás en su religiosidad, en su mitología, en su filosofía, pudo concebir tu Ser Amor Trinidad, si tú no me hubieras querido dar a conocer revelándote en la plenitud del tiempo a todos por Jesucristo, ¡Dios y hombre verdadero!

“El Hijo Único que está en el seno de Padre, Él es quien nos lo ha dado a conocer” (Jn.1,18). “Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros, y contemplamos su Gloria, Gloria cual Unigénito que procede del Padre” (Jn.1,14).

¡Trinidad Santa y palpitante! No eres una idea sobre la que elucubrar, sino un Seno, Manos, Palabra, Amor que nos engendra continuamente, del que nos recibimos continuamente y que nos despliega hacia el Infinito en cada instante…

¡Trinidad Santa! Origen, Guía y Meta del universo… Origen, Guía y Meta de mi “pequeño universo”, ¡ese pequeño universo que soy yo mismo!

¡Trinidad Santa!, eres Vida para vivirla Contigo, en Ti, en los Tres…

Creados a tu “imagen y semejanza”: sólo al haberte conocido hemos podido saber, al fin, quiénes somos.

Dios Padre Todopoderoso, Creador de los inabarcables cielos y tierra; Dios ¡mi Padre, nuestro Padre!, ¡tan tierno y humilde Padre!

“Porque aún llega a tanto la Ternura y verdad de Amor con que el inmenso Padre regala y  engrandece a esta humilde y amorosa alma, que se sujeta a ella verdaderamente para la engrandecer, como si Él fuese su esclavo y ella fuese su Dios ¡Tan profunda es la humildad y dulzura de Dios! (S. Juan de la Cruz. CB.27,1); (Christus Vivit 112-117).

Dios, Hijo Único, Palabra Única del Padre, por quien todo fue hecho, y Él mismo se hizo carne nuestra, sin retener ávidamente para Sí su condición de Dios y tomando la nuestra pasible, fue “varón de dolores y sabedor de dolencias” (Is.54), y alegría de nuestro pobre corazón humano… hasta la Cruz, Jesucristo que nos dio su Vida de Hijo eterno por su Muerte y resurrección, siendo Hermano y Amigo, Maestro y Amado nuestro, “Dulcísimo Jesús, Esposo de las fieles almas” (CB.40,7; Christus Vivit 118-129)

Dios Espíritu Santo, Amor mutuo y Gloria del Padre y del Hijo, Fuerza del Amor con que nosotros amados por Dios y por Quien podemos amar como Él mismo nos ama (CB.38,3), Consolador y Fiesta del alma (LLB.1,9), Agua viva que refresca nuestra sequía y se difunde en nuestro ser, enseñando, animando el conocimiento exterior, los sentidos, capacidades y todo nuestro ser haciéndolo experiencia viva, aceite que unge invisiblemente y suavizando todo nos pone en movimiento de Vida, porque el Amor no puede estar ocioso (LlB.1,8), porque el Fuego no puede sino arder y calentar e iluminar; ¡Humilde Espíritu Santo que desapareces entre el Padre y el Hijo! que desapareces en nosotros para hacernos brillar a nosotros… (Christus Vivit.130-133)

¡Santa Trinidad, fuerte y dulce, misterio insondable de la vida, fuente inagotable del ser y el existir… ¡amor infinito! que colmas todas nuestras ansias, búsquedas, soledad y preguntas, descansando el corazón, al fin, en Ti, en los Tres… ¡AMOR INFINITO! que alumbra nuestra oscuridad con la Luz y Vista de tu Infinita Belleza, y nos fijas absortos en tu Mirada en la pequeña vida de cada día haciéndola bella y siempre nueva en tu Amor.

¡Santa Trinidad! siempre más humillada que nuestra mayor humillación. Siempre más baja que nosotros para sostener nuestra indigencia y nuestro dolor, y levantarnos sobre tus hombros a la plena satisfacción de nuestras ansias a la ¡plena Alegría del Amor!

¡Trinidad Santa! Odre de todas nuestra lágrimas y eco de todas nuestras sonrisas, Tú has cautivado a todos los Santos y has fecundado toda la tierra del Carmelo con tu Presencia y Vida, y por más que se escriba de Ti nunca acabaremos de decir la Infinita Belleza, Verdad y Bondad de tu Amor…

Por eso en este domingo en que toda la Iglesia es sumergida por la Liturgia en la contemplación de Tu Misterio, nuestra Comunidad que lleva Tu Nombre y vive “a la sombra de tus alas” con María, nuestra Madre (Monasterio de la Santísima Trinidad y de la Virgen de Carmen), entrando nuestro tiempo en Tu Eternidad eleva a Ti su corazón y su alabanza en cantos y silencio de adoración en la Exposición Solemne del Santísimo Sacramento, toda esta jornada, en la Ofrenda perfecta de Cristo al Padre en el Espíritu Santo y, con Él, la alabanza de toda la creación.

Y nuestras vidas transformadas por tu Luz (“Tu luz nos hace ver la Luz” Sal.135) transformadas en lo que contemplamos, somos en lo más sencillo, sin apenas percibirse, hechas a imagen y semejanza de Tu ser Oblación plena de humilde Amor, con nuestros brazos elevados a Ti por el mundo, por cada persona que es a Ti a quien únicamente busca y necesita (aún sin saberlo) en las “cavernas insaciables” de sus deseos (LlB.3,18.22). Y en la entrega alegre de nuestra vida fraterna que en este día culmina para nosotras con la cena en la que nos reunimos nuevamente para compartir y agradecer juntas los tesoros de este Amor.

Y también con vosotros lo compartimos, nos alegramos juntos, porque la Trinidad es el Tesoro de todos vuestros corazones en los que Él habita amándonos sin cesar desde esa hondura de vuestro ser. ¡Felicísimo y santo día en esta Trinidad que es nuestra Patria y la Fuente de la aventura maravillosa, en el gozo y el dolor, de nuestra vida hacia Él, hacia los Tres! ¡Gracias a Ellos con María y a vosotros todos!

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