La Eucaristía: Abre al futuro de Dios

julio 27, 2019

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La Eucaristía es la cumbre, aquí abajo, de la alianza de amor entre Dios y su pueblo: signo y fuente de alegría cristiana, preparación para la fiesta eterna.

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La Eucaristía: Abre al futuro de Dios

Catequesis sobre la Eucaristía

Audiencia General, S.S. Juan Pablo II
25 de octubre, 2000

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1. “En la liturgia terrena pregustamos y participamos en la liturgia celeste” (Sacrosanctum Concilium, 8; cf. Gaudium et spes, 38). Estas palabras tan claras y esenciales del concilio Vaticano II nos presentan una dimensión fundamental de la Eucaristía: es “futurae gloriae pignus”, prenda de la gloria futura, según una hermosa expresión de la tradición cristiana (cf. Sacrosanctum Concilium, 47).

“Este sacramento -afirma santo Tomás de Aquino- no nos introduce inmediatamente en la gloria, pero nos da la fuerza para llegar a la gloria y por eso se le llama “viático”” (Summa Theol., III, 79, 2, ad 1). La comunión con Cristo que vivimos ahora mientras somos peregrinos y caminantes por las sendas de la historia anticipa el encuentro supremo del día en que “seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es” (1 Jn 3, 2).

Elías, que, caminando por el desierto, se sienta sin fuerzas bajo una retama y es fortalecido por un pan misterioso hasta llegar a la cumbre del encuentro con Dios (cf. 1 R 19, 1-8) es un símbolo tradicional del itinerario de los fieles, que en el pan eucarístico encuentran la fuerza para caminar hacia la meta luminosa de la ciudad santa.

2. También este es el sentido profundo del maná dado por Dios en las estepas del Sinaí, “pan de los ángeles”, que podía brindar todas las delicias y satisfacer todos los gustos, manifestación de la dulzura de Dios para con sus hijos (cf. Sb 16, 20-21).

Cristo mismo pondrá de relieve este significado espiritual del evento del Éxodo. Es él quien nos hace gustar en la Eucaristía el doble sabor de pan del peregrino y de alimento de la plenitud mesiánica en la eternidad (cf. Is 25, 6). Utilizando una expresión dedicada a la liturgia sabática judía, la Eucaristía es “gustar la eternidad en el tiempo” (A. J. Heschel).

Como Cristo vivió en la carne permaneciendo en la gloria de Hijo de Dios, así la Eucaristía es presencia divina y trascendente, comunión con lo eterno, signo de la “compenetración de la ciudad terrena y la ciudad celeste” (Gaudium et spes, 40).

Por su naturaleza, la Eucaristía, memorial de la Pascua de Cristo, introduce lo eterno y lo infinito en la historia humana.

3. Las palabras que Jesús pronuncia sobre el cáliz del vino en la última Cena (cf. Lc 22, 20; 1 Co 11, 25) ilustran este aspecto que abre la Eucaristía al futuro de Dios, aun dejándola anclada en la realidad presente. San Marcos y san Mateo evocan en esas mismas palabras la alianza en la sangre de los sacrificios del Sinaí (cf. Mc 14, 24; Mt 26, 28; Ex 24, 8).

San Lucas y san Pablo, por el contrario, revelan el cumplimiento de la “nueva alianza” anunciada por el profeta Jeremías: “He aquí que vienen días -oráculo de Yahveh- en que yo pactaré con la casa de Israel, y con la casa de Judá, una nueva alianza; no como la alianza que pacté con sus padres” (Jr 31, 31-32).

En efecto, Jesús declara. “Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre”. “Nuevo”, en lengua bíblica, indica generalmente progreso, perfección definitiva.

Son también san Lucas y san Pablo quienes subrayan que la Eucaristía es anticipación del horizonte de luz gloriosa propia del reino de Dios. Antes de la última Cena, Jesús declara:

“Con ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer; porque os digo que ya no la comeré más hasta que halle su cumplimiento en el reino de Dios. Y, tomando el cáliz, dadas las gracias, dijo: Tomad esto y repartidlo entre vosotros; porque os digo que, a partir de este momento, no beberé del producto de la vid hasta que llegue el reino de Dios” (Lc 22, 15-18).

También san Pablo recuerda explícitamente que la cena eucarística está orientada hacia la última venida del Señor: “Cada vez que coméis este pan y bebéis este cáliz, anunciáis la muerte del Señor, hasta que venga” (1 Co 11, 26).

4. El cuarto evangelista, san Juan, destaca esta orientación de la Eucaristía hacia la plenitud del reino de Dios dentro del célebre discurso sobre el “pan de vida” que Jesús pronuncia en la sinagoga de Cafarnaúm. El símbolo que utiliza como punto de referencia bíblico es, como ya hemos mencionado, el del maná dado por Dios a Israel peregrino en el desierto.

A propósito de la Eucaristía Jesús afirma solemnemente: “Si uno come de este pan, vivirá para siempre (…). El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré el último día (…). Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron vuestros padres, y murieron; el que coma este pan vivirá para siempre” (Jn 6, 51. 54. 58).

La “vida eterna”, en el lenguaje del cuarto evangelio, es la misma vida divina que rebasa las fronteras del tiempo. La Eucaristía, al ser comunión con Cristo, es también participación en la vida de Dios, que es eterna y vence la muerte.

Por eso Jesús declara: “Esta es la voluntad del que me ha enviado; que no pierda nada de lo que él me ha dado, sino que lo resucite el último día. Porque esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que vea al Hijo y crea en él, tenga vida eterna y que yo lo resucite el último día” (Jn 6, 39-40).

5. Desde esta perspectiva, como decía sugestivamente un teólogo ruso, Sergej Bulgakov, “la liturgia es el cielo en la tierra”.

Por eso, en la carta apostólica Dies Domini, recogiendo palabras de Pablo VI, exhorté a los cristianos a no abandonar “este encuentro, este banquete que Cristo nos prepara con su amor. ¡Que la participación sea muy digna y festiva a la vez! Cristo, crucificado y glorificado, viene en medio de sus discípulos para conducirlos juntos a la renovación de su resurrección. Es la cumbre, aquí abajo, de la alianza de amor entre Dios y su pueblo: signo y fuente de alegría cristiana, preparación para la fiesta eterna” (n. 58; cf. Gaudete in Domino, conclusión).

Oraciones a la Eucaristía:

https://www.aciprensa.com/Oracion/papa8.htm


El Reino de Dios es paz y alegría en el Espíritu Santo, según la Imitación de Cristo

julio 24, 2019

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Tiene él un frecuente trato con el hombre interior, platica dulcemente con él, lo consuela suavemente, le infunde una paz profunda y tiene con él una familiaridad admirable en extremo.

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El Reino de Dios es paz y alegría en el Espíritu Santo,

según la Imitación de Cristo 

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Conviértete a Dios de todo corazón, despréndete de este mundo miserable, y tu alma encontrará la paz; pues el reino de Dios es paz y alegría en el Espíritu Santo.

Cristo vendrá a ti y te dará a probar su consuelo, si le preparas una digna morada en tu interior. Toda su gloria y hermosura está en lo interior, y allí se complace. Tiene él un frecuente trato con el hombre interior, platica dulcemente con él, lo consuela suavemente, le infunde una paz profunda y tiene con él una familiaridad admirable en extremo.

Ea pues, alma fiel, prepara tu corazón a este Esposo para que se digne venir a ti y habitar en ti. Pues él dice: El que me ama guardará mi palabra, y vendremos a él y haremos morada en él.

De modo que hazle en ti lugar a Cristo. Si posees a Cristo, serás rico, y con él te bastará. Él será tu proveedor y fiel procurador en todo, de manera que no tengas necesidad de esperar en los hombres. Pon en Dios toda tu confianza, y sea él el objeto de tu veneración y de tu amor. Él responderá por ti y todo lo hará bien, como mejor convenga.

No tienes aquí ciudad permanente. Dondequiera que estuvieres serás extranjero y peregrino; jamás tendrás reposo si no te unes íntimamente a Cristo. Pon tu pensamiento en el Altísimo y eleva a Cristo tu oración constantemente.

Si no sabes meditar cosas sublimes y celestes, descansa en la pasión de Cristo, deleitándote en contemplar sus preciosas llagas. Sufre por Cristo y con Cristo, si quieres reinar con Cristo.

Si una sola vez entrases perfectamente al interior de Jesús y gustases un poco de su ardiente amor, no te preocuparías ya de tus propias ventajas o desventajas; más bien te gozarías de las humillaciones que te hiciesen, porque el amor de Jesús hace que el hombre se menosprecie a sí mismo.

Del libro de la Imitación de Cristo, Libro 2, 1-6.


El maná de cada día, 17.7.19

julio 17, 2019

Miércoles de la 15ª semana de Tiempo Ordinario

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Yo estaré contigo

Yo estaré contigo



PRIMERA LECTURA: Éxodo 3, 1-6.9-12

En aquellos días, Moisés pastoreaba el rebaño de su suegro Jetró, sacerdote de Madián; llevó el rebaño trashumando por el desierto hasta llegar a Horeb, el monte de Dios.

El ángel del Señor se le apareció en una llamarada entre las zarzas. Moisés se fijó: la zarza ardía sin consumirse. Moisés se dijo: «Voy a acercarme a mirar este espectáculo admirable, a ver cómo es que no se quema la zarza.»

Viendo el Señor que Moisés se acercaba a mirar, lo llamó desde la zarza: «Moisés, Moisés.» Respondió él: «Aquí estoy.»

Dijo Dios: «No te acerques; quítate las sandalias de los pies, pues el sitio que pisas es terreno sagrado.» Y añadió: «Yo soy el Dios de tus padres, el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob.»

Moisés se tapó la cara, temeroso de ver a Dios.

El Señor le dijo: «El clamor de los israelitas ha llegado a mí, y he visto cómo los tiranizan los egipcios. Y ahora marcha, te envío al Faraón para que saques a mi pueblo, a los israelitas.»

Moisés replicó a Dios: «¿Quién soy yo para acudir al Faraón o para sacar a los israelitas de Egipto?» Respondió Dios: «Yo estoy contigo; y ésta es la señal de que yo te envío: cuando saques al pueblo de Egipto, daréis culto a Dios en esta montaña.»


SALMO 102, 1-2.3-4.6-7

El Señor es compasivo y misericordioso.

Bendice, alma mía, al Señor, y todo mi ser a su santo nombre. Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides sus beneficios.

Él perdona todas tus culpas y cura todas tus enfermedades; él rescata tu vida de la fosa y te colma de gracia y de ternura.

El Señor hace justicia y defiende a todos los oprimidos; enseñó sus caminos a Moisés y sus hazañas a los hijos de Israel.


Aclamación antes del Evangelio: Mt 11, 25

Bendito seas, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has revelado los secretos del reino a la gente sencilla.


EVANGELIO: Mateo 11,25-27

En aquel tiempo, exclamó Jesús:

«Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor.

Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.»


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Aprender a reconocer a Dios y obedecerle

La historia del pueblo de Israel manifiesta la continua protección de Dios. La misión de quienes habrían de guiarlo y protegerlo hasta llegar a la Tierra Prometida superaba con mucho sus fuerzas y sus posibilidades.

Cuando Moisés le expone al Señor su incapacidad para presentarse ante el Faraón y liberar de Egipto a los israelitas, el Señor le dice: Yo estaré contigo. Este mismo auxilio divino se garantiza a los Profetas y a todos aquellos que reciben especiales encargos.

En los cánticos de acción de gracias reconocen siempre que sólo por la fortaleza que han recibido de lo Alto han podido llevar a cabo su tarea. Los salmos no cesan de exaltar la fuerza protectora de Dios: Yahvé es la Roca de Israel, su fortaleza y su seguridad.

P. Francisco Fernández Carvajal, Hablar con Dios


El maná de cada día, 16.6.19

junio 15, 2019

Solemnidad de la Santisima Trinidad, Ciclo C

 

1Trinidad400

Señor, dueño nuestro, ¡qué admirable es tu nombre en toda la tierra!



Antífona de Entrada

Bendito sea Dios Padre, y su Hijo Unigénito, y el Espíritu Santo, porque ha tenido misericordia de nosotros.


Oración colecta

Dios, Padre todopoderoso, que has enviado al mundo la Palabra de la verdad y el Espíritu de la santificación para revelar a los hombres tu admirable misterio; concédenos profesar la fe verdadera, conocer la gloria de la eterna Trinidad y adorar su unidad todopoderosa. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: Proverbios 8, 22-31

Así dice la sabiduría de Dios: «El Señor me estableció al principio de sus tareas, al comienzo de sus obras antiquísimas.

En un tiempo remotísimo fui formada, antes de comenzar la tierra.
Antes de los abismos fui engendrada, antes de los manantiales de las aguas.
Todavía no estaban aplomados los montes, antes de las montañas fui engendrada.

No había hecho aún la tierra y la hierba, ni los primeros terrones del orbe.
Cuando colocaba los cielos, allí estaba yo; cuando trazaba la bóveda sobre la faz del abismo; cuando sujetaba el cielo en la altura, y fijaba las fuentes abismales.

Cuando ponía un límite al mar, cuyas aguas no traspasan su mandato; cuando asentaba los cimientos de la tierra, yo estaba junto a él, como aprendiz, yo era su encanto cotidiano, todo el tiempo jugaba en su presencia: jugaba con la bola de la tierra, gozaba con los hijos de los hombres.»


SALMO 8, 4-5. 6-7a. 7b-9.

Señor, dueño nuestro, ¡qué admirable es tu nombre en toda la tierra!

Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que has creado, ¿qué es el hombre, para que te acuerdes de él, el ser humano, para darle poder?

Lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad, le diste el mando sobre las obras de tus manos.

Todo lo sometiste bajo sus pies: rebaños de ovejas y toros, y hasta las bestias del campo, las aves del cielo, los peces del mar, que trazan sendas por el mar.


SEGUNDA LECTURA: Romanos 5, 1-5

Hermanos:
Ya que hemos recibido la justificación por la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo.

Por él hemos obtenido con la fe el acceso a esta gracia en que estamos; y nos gloriamos, apoyados en la esperanza de alcanzar la gloria de Dios.

Más aún, hasta nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce constancia, la constancia, virtud probada, la virtud, esperanza, y la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado.


Aclamación antes del Evangelio: Ap. 1, 8

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo, al Dios que es, que era y que viene.


EVANGELIO: Juan 16, 12-15

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues lo que hable no será suyo: hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir.

Él me glorificará, porque recibirá de mí lo que os irá comunicando.

Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho que tomará de lo mío y os lo anunciará.


Antífona de Comunión

Como sois hijos, Dios envió a vuestros corazones al Espíritu de su Hijo, que clama: ¡Abbá! Padre.


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El mismo amor a lo conocido lleva a un conocimiento mayor

San Agustín, Comentarios sobre el evangelio de San Juan 96,4

Amadísimos, no esperéis oír de mis labios las cosas que entonces no quiso decir el Señor a sus discípulos, porque no podían soportarlas. Antes bien, progresad en el amor, que ha sido derramado en vuestros corazones por el Espíritu Santo que se os ha dado, a fin de que, con el Espíritu encendido y enamorados de las bellezas espirituales, podáis conocer con la vista y el oído interiores la luz y la voz espirituales, que los hombres carnales no pueden soportar, y que no se manifiestan de modo alguno a los ojos del cuerpo, ni tienen sonido capaz de ser escuchado por los oídos corporales.

No se ama lo que se desconoce totalmente. Mas cuando se ama lo que ya se conoce de algún modo, el mismo amor lleva a un conocimiento superior y más perfecto. Si, pues, progresáis en la caridad que el Espíritu Santo derrama en vuestros corazones él os enseñará toda la verdad, o, según se lee en otros códices, él os guiará a toda verdad (Jn 16,13). Por ello se dijo: Enséñame, ;oh Yavé!, tus caminos, para que camine en tu verdad (Sal 88,11).

De esta manera, sin necesidad de maestros externos, llegaréis a conocer las cosas que el Señor no quiso decir entonces. Dejaos instruir por Dios, para que podáis contemplar con vuestra propia inteligencia las cosas que habéis aprendido y creído a partir de las lecturas y explicaciones externas acerca de la naturaleza incorpórea de Dios, que no puede estar circunscrita a un lugar ni extendida como una masa enorme a través del espacio, sino que está en todo lugar íntegra, perfecta e infinita, sin brillo de colores ni configuraciones de líneas, sin signos de letras, sin sucesión de sílabas.

Quizá haya dicho algo que os puede haber resultado fuerte, pero lo habéis aceptado; no sólo lo habéis soportado, sino que lo oísteis con agrado.

Pero si el maestro interior, que dijo exteriormente a los discípulos: Aún tengo muchas cosas que deciros, mas no podéis soportarlas ahora (Jn 16,12), quiere deciros interiormente lo que yo os indiqué sobre la naturaleza incorpórea de Dios, del modo como lo dice a los santos ángeles que están viendo siempre el rostro de su Padre, no podríamos todavía soportar su peso.

Por este motivo pienso que las palabras: Os enseñará toda verdad, u Os guiará a toda verdad, no pueden cumplirse en cualquier inteligencia en esta vida.

En efecto, ¿quién viviendo en este cuerpo que apesga al alma, será capaz de conocer toda la verdad, si dice el Apóstol que sabemos sólo en parte? Pero es el Espíritu Santo, de quien hemos recibido ahora la prenda, el que nos garantiza que llegaremos a la plenitud de que habla el mismo Apóstol: Entonces le veremos cara a cara; y: Ahora conozco sólo en parte, pero entonces conoceré como soy conocido yo (1 Cor 13,9.12).

No es en esta vida donde conoceremos todo ni donde llegaremos al perfecto conocimiento que el Señor nos prometió para el futuro mediante el amor del Espíritu Santo, al decir: Os enseñará toda la verdad, y os guiará a toda verdad.



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Hijos adoptivos por medio de Jesucristo

Si algo caracteriza a un bautizado es su condición de hijo de Dios. San Pablo habla de hijos de adopción, pues somos hijos en el Hijo. Jesucristo, Verbo de la Santísima Trinidad, ha restaurado con creces para cada uno de nosotros lo que, por culpa del pecado original, perdimos en esa situación primigenia, en la que Dios nos creó a su imagen y semejanza.

La filiación divina es esa elevación al orden sobrenatural que, sin perder nuestra condición humana, nos inserta en la comunión con la divinidad, para que cualquier acción que realicemos, en medio de nuestras tareas cotidianas, tenga un alcance salvífico.

De esta manera, la adopción divina no es algo accidental, sino que penetra todos los ámbitos de la persona, haciendo que su vocación, esa llamada peculiarísima y personal que nos hace Dios, sea permanente y sacramental. Permanente, porque, gracias al bautismo, Dios nos da ese «sello» de garantía sobrenatural, que será imborrable incluso en la eternidad. Sacramental, porque es cauce y signo para alcanzar cualquier gracia sobrenatural, sobre todo capacitándonos para ser testigos de Dios en Cristo Jesús ante el mundo.

¡Cuánto orgullo de ser hijos de Dios! No para dejarnos llevar por la vanidad o la vanagloria, sino para seguir participando, día a día, de esos requerimientos personales y concretos con los que Dios nos invita a reconocerle como Padre bueno. De esta manera, llegamos a transformar lo más cotidiano en verdaderas acciones de gracias por tanto bien recibido.

Lañas diarias en www.mater-dei.es


El maná de cada día, 13.6.19

junio 13, 2019

Nuestro Señor Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote

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Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote



Antífona de entrada: Hb 7,24

Cristo, mediador de una nueva alianza, como permanece para siempre, tiene el sacerdocio que no pasa.


Oración colecta

Oh Dios, que para gloria tuya y salvación del género humano constituiste a tu Hijo único sumo y eterno Sacerdote, concede a quienes él eligió para ministros y dispensadores de sus misterios la gracia de ser fieles en el cumplimiento del ministerio recibido. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: Isaías 52, 13-15; 53, 1-12

Mirad, mi siervo tendrá éxito, subirá y crecerá mucho. Como muchos se espantaron de él, porque desfigurado no parecía hombre, ni tenía aspecto humano, así asombrará a muchos pueblos, ante él los reyes cerrarán la boca, al ver algo inenarrable y contemplar algo inaudito.

¿Quién creyó nuestro anuncio?, ¿a quién se reveló el brazo del Señor?

Creció en su presencia como brote, como raíz en tierra árida, sin figura, sin belleza. Lo vimos sin aspecto atrayente, despreciado y evitado de los hombres, como un hombre de dolores, acostumbrado a sufrimientos, ante el cual se ocultan los rostros, despreciado y desestimado.

Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo estimamos leproso, herido de Dios y humillado; pero él fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes.

Nuestro castigo saludable cayó sobre él, sus cicatrices nos curaron. Todos errábamos como ovejas, cada uno siguiendo su camino; y el Señor cargó sobre él todos nuestros crímenes.

Maltratado, voluntariamente se humillaba y no abría la boca; como cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría la boca.

Sin defensa, sin justicia, se lo llevaron, ¿quien meditó en su destino? Lo arrancaron de la tierra de los vivos, por los pecados de mi pueblo lo hirieron. Le dieron sepultura con los malvados, y una tumba con los malhechores, aunque no había cometido crímenes ni hubo engaño en su boca.

El Señor quiso triturarlo con el sufrimiento, y entregar su vida como expiación; verá su descendencia, prolongará sus años, lo que el Señor quiere prosperará por su mano.

Por los trabajos de su alma verá la luz, el justo se saciará de conocimiento. Mi siervo justificará a muchos, porque cargó con los crímenes de ellos.

Le daré una multitud como parte, y tendrá como despojo una muchedumbre. Porque expuso su vida a la muerte y fue contado entre los pecadores, él tomó el pecado de muchos e intercedió por los pecadores.

SALMO 39, 6.10-11

Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.

Cuántas maravillas has hecho, Señor, Dios mío, cuántos planes en favor nuestro; nadie se te puede comparar. Intento proclamarlas, decirlas, pero superan todo número.

Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, y, en cambio, me abriste el oído; no pides sacrificio expiatorio.

Entonces yo digo: “Aquí estoy -como está escrito en mi libro- para hacer tu voluntad.” Dios mío, lo quiero, y llevo tu ley en las entrañas.

He proclamado tu salvación ante la gran asamblea; no he cerrado los labios; Señor, tú lo sabes.

No me he guardado en el pecho tu defensa, he contado tu fidelidad y tu salvación, no he negado tu misericordia y tu lealtad ante la gran asamblea.

Aclamación antes del Evangelio: Is 42, 1

Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero. Sobre él he puesto mi espíritu, para que traiga el derecho a las naciones.

EVANGELIO: Lucas 22, 14-20

Llegada la hora, se sentó Jesús con sus discípulos, y les dijo: “He deseado enormemente comer esta comida pascual con vosotros antes de padecer, porque os digo que ya no la volveré a comer hasta que se cumpla en el Reino de Dios.”

Y tomando una copa, dio gracias y dijo: “Tomad esto, repartidlo entre vosotros; porque os digo que no beberé desde ahora del fruto de la vid hasta que venga el Reino de Dios.”

Y tomando pan, pronunció la acción de gracias, lo partió y se lo dio diciendo: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros; haced esto en memoria mía.”

Después de cenar, hizo lo mismo con la copa, diciendo: “Esta copa es la nueva alianza, sellada con mi sangre, que se derrama por vosotros.”

Antífona de comunión: Mt 28, 20

Sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo -dice el Señor.


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Cristo, sacerdote y víctima
Pío XII. De la carta encíclica Mediator Dei

Cristo es ciertamente sacerdote, pero lo es para nosotros, no para sí mismo, ya que él, en nombre de todo el género humano, presenta al Padre eterno las aspiraciones y sentimientos religiosos de los hombres.

Es también víctima, pero lo es igualmente para nosotros, ya que se pone en lugar del hombre pecador.

Por esto, aquella frase del Apóstol: Tened los mismos sentimientos propios de Cristo Jesús exige de todos los cristianos que, en la media de las posibilidades humanas, reproduzcan en su interior las mismas disposiciones que tenía el divino Redentor cuando ofrecía el sacrificio de sí mismo: disposiciones de una humilde sumisión, de adoración a la suprema majestad divina, de honor, alabanza y acción de gracias.

Les exige asimismo que asuman en cierto modo la condición de víctimas, que se nieguen a sí mismos, conforme a las normas del Evangelio, que espontánea y libremente practiquen la penitencia, arrepintiéndose y expiando los pecados.

Exige finalmente que todos, unidos a Cristo, muramos místicamente en la cruz, de modo que podamos hacer nuestra aquella sentencia de san Pablo: Estoy crucificado con Cristo.

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Jueves después de Pentecostés
JESUCRISTO, SUMO Y ETERNO SACERDOTE
Fiesta
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Oración sobre las ofrendas
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Jesucristo, nuestro Mediador,
te haga aceptables estos dones, Señor,
y nos presente juntamente con él
como ofrenda agradable a tus ojos.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
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Prefacio:
Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote
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En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación,
darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno.
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Que constituiste a tu único Hijo
Pontífice de la Alianza nueva y eterna
por la unción del Espíritu Santo,
y determinaste, en tu designio salvífico,
perpetuar en la Iglesia su único sacerdocio.
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Él no sólo ha conferido el honor del sacerdocio real
a todo su pueblo santo,
sino también, con amor de hermano,
elige hombres de este pueblo
para que, por la imposición de las manos,
participen de su sagrada misión.
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Ellos renuevan en nombre de Cristo
el sacrificio de la redención,
preparan a tus hijos el banquete pascual,
presiden a tu pueblo santo en el amor,
lo alimentan con tu palabra
y lo fortalecen con tus sacramentos.
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Tus sacerdotes, Señor,
al entregar su vida por ti
y por la salvación de los hermanos,
van configurándose a Cristo,
y han de darle así
testimonio constante de fidelidad y amor.
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Por eso, nosotros, Señor, con los ángeles y los santos,
cantamos tu gloria diciendo: Santo, Santo, Santo…
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Oración después de la comunión
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La eucaristía que hemos ofrecido
y recibido, nos dé la vida, Señor,
para que, unidos a ti en caridad perpetua,
demos frutos que siempre permanezcan.
Por Jesucristo nuestro Señor.

 

Cristo vive siempre para interceder en nuestro favor
De las cartas de san Fulgencio de Ruspe, obispo

Fijaos que en la conclusión de las oraciones decimos: «Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo»; en cambio, nunca decimos: «Por el Espíritu Santo».

Esta práctica universal de la Iglesia tiene su explicación en aquel misterio según el cual, el mediador entre Dios y los hombres es el hombre Cristo Jesús, sacerdote eterno según el rito de Melquisedec, que entró una vez para siempre con su propia sangre en el santuario, pero no en un santuario construido por hombres, imagen del auténtico, sino en el mismo cielo, donde está a la derecha de Dios e intercede por nosotros.

Teniendo ante sus ojos este oficio sacerdotal de Cristo, dice el Apóstol: Por su medio, ofrezcamos continuamente a Dios un sacrificio de alabanza, es decir, el fruto de unos labios que profesan su nombre.

Por él, pues, ofre­cemos el sacrificio de nuestra alabanza y oración, ya que por su muerte fuimos reconciliados cuando éramos toda­vía enemigos.

Por él, que se dignó hacerse sacrificio por nosotros, puede nuestro sacrificio ser agradable en la presencia de Dios.

Por esto, nos exhorta san Pedro: Tam­bién vosotros, como piedras vivas, entráis en la construc­ción del templo del Espíritu, formando un sacerdocio sagrado, para ofrecer sacrificios espirituales que Dios acepta por Jesucristo.

Por este motivo, decimos a Dios Pa­dre: «Por nuestro Señor Jesucristo».

Al referirnos al sacerdocio de Cristo, necesariamente hacemos alusión al misterio de su encarnación, en el cual el Hijo de Dios, a pesar de su condición divina, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, según la cual se rebajó hasta someterse incluso a la muerte; es decir, fue hecho un poco inferior a los ángeles, conservando no obstante su divinidad igual al Padre.

El Hijo fue hecho un poco inferior a los ángeles en cuanto que, permane­ciendo igual al Padre, se dignó hacerse como un hombre cualquiera.

Se abajó cuando se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo. Más aún, el abajarse de Cristo es el total anonadamiento, que no otra cosa fue el tomar la condición de esclavo.

Cristo, por tanto, permaneciendo en su condición divi­na, en su condición de Hijo único de Dios, según la cual le ofrecemos el sacrificio igual que al Padre, al tomar la condición de esclavo, fue constituido sacerdote, para que, por medio de él, pudiéramos ofrecer la hostia viva, santa, grata a Dios.

Nosotros no hubiéramos podido ofrecer nuestro sacrificio a Dios si Cristo no se hubiese hecho sacrificio por nosotros: en él nuestra propia raza humana es un verdadero y saludable sacrificio.

En efecto, cuando precisamos que nuestras oraciones son ofrecidas por nuestro Señor, sacerdote eterno, reconocemos en él la verdadera carne de nuestra misma raza, de conformidad con lo que dice el Apóstol: Todo sumo sacerdote, escogido de entre los hombres, está puesto para representar a los hombres en el culto a Dios: para ofrecer dones y sacrificios por los pecados.

Pero, al decir: «tu Hijo», añadimos: «que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo», para recordar, con esta adición, la unidad de naturaleza que tienen el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y significar, de este modo, que el mismo Cristo, que por nosotros ha asumido el oficio de sacerdote, es por naturaleza igual al Padre y al Espíritu Santo (Carta 14, 36-37: CCL 91, 429-431).


Maná y Vivencias Pascuales (47), 6.6.19

junio 6, 2019

Jueves de la 7ª semana de Pascua

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DECENARIO DEL ESPÍRITU SANTO

Octavo día

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Pascua y Pentecostés: Ahora Cristo, sentado a la derecha de Dios, asegura la perenne efusión del Espíritu sobre sus hermanos

Pascua y Pentecostés: Ahora Cristo, sentado a la derecha de Dios, asegura la perenne efusión del Espíritu sobre sus hermanos

Textos bíblico-litúrgicos.- Entrada: Heb 4, 16; 1era lectura: Hch 22, 30; 23, 6-11; Salmo: 15, 1-2.5-11; Aclamación, Jn 17, 21; Evangelio: Jn 17, 20-26; Comunión 16, 7.

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ANTÍFONA DE ENTRADA.- Acerquémonos confiadamente al trono de la gracia, a fin de alcanzar misericordia y hallar gracia en el tiempo oportuno. Aleluya.

TEXTO ILUMINADOR

Cristo Jesús, habiendo entrado una vez para siempre en el santuario del cielo, intercede por nosotros, como mediador que asegura la perenne efusión del Espíritu.

Pastor y obispo de nuestras almas, nos invita a la plegaria unánime, a ejemplo de María y los Apóstoles, en la espera de un nuevo Pentecostés.

ORACIÓN COLECTA

Que tu Espíritu, Señor, nos penetre con tu fuerza, para que nuestro pensar te sea grato y nuestra obra concuerde con tu voluntad. Por nuestro Señor.

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PRIMERA LECTURA, Hch 22, 30; 23, 6-11

En aquellos días, queriendo el tribuno poner en claro de qué lo acusaban los judíos, mandó desatarlo, ordenó que se reunieran los sumos sacerdotes y el Consejo en pleno, bajó a Pablo y se lo presentó a ellos.

Pablo sabía que una parte del Sanedrín eran fariseos y otra saduceos, y gritó: Hermanos, yo soy fariseo e hijo de fariseos. Y ahora me están juzgando a causa de nuestra esperanza en la resurrección de los muertos.

Apenas hizo esta declaración, se originó una gran discusión entre los fariseos y los saduceos, y la asamblea se dividió. (Los saduceos dicen que no hay resurrección, ni ángeles, ni espíritus, mientras que los fariseos admiten todo esto).

Se armó un griterío, y algunos letrados del partido de los fariseos se pusieron en pie, afirmando: Nosotros no hallamos nada malo en este hombre; ¿y si le ha hablado un espíritu o un ángel?

La discusión se hizo tan violenta que el capitán tuvo miedo de que despedazaran a Pablo, y ordenó, entonces, que vinieran los soldados, sacaran a Pablo de allí y lo llevaran de nuevo a la fortaleza.

La noche siguiente el Señor se acercó a Pablo y le dijo: ¡Ánimo! Así como has dado testimonio de mí aquí en Jerusalén, tendrás que darlo también en Roma.

 

SALMO 15, 1-2.5-11

Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti. Yo digo al Señor: “Tú eres mi bien”. El Señor es el lote de mi heredad y mi copa, mi suerte está en tu mano.

Bendeciré al Señor que me aconseja, hasta de noche me instruye internamente. Tengo siempre presente al Señor, con él a mi derecha no vacilaré.

Por eso se me alegra el corazón, se gozan mis entrañas, y mi carne descansa serena: Porque no me entregarás a la muerte, ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción.

Me enseñarás el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha.

 

ACALAMACIÓN Jn 17, 21.- Que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, para que el mundo crea que tú me has enviado, dice el Señor. Aleluya.

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EVANGELIO, Jn 17, 20-26

En aquel tiempo, levantando los ojos al cielo, Jesús oró diciendo: Padre Santo, no sólo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también lo sean en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado.

También les di a ellos la gloria que me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno: yo en ellos y tú en mí, para que sean completamente uno, de modo que el mundo sepa que tú me has enviado y los has amado como me has amado a mí.

Padre, éste es mi deseo: que los que me confiaste estén conmigo, donde yo estoy y que contemplen mi gloria, la que me diste, porque me amabas, antes de la fundación del mundo.

Padre justo, si el mundo no te ha conocido, yo te he conocido, y éstos han conocido que tú me enviaste. Les he dado a conocer y les daré a conocer tu nombre, para que el amor que me tenías esté en ellos, como también yo estoy en ellos.

COMUNIÓN Jn 16, 7.- Lo que les digo es la verdad: les conviene que yo me vaya, porque si no me voy no vendrá a ustedes el Paráclito. Aleluya.

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DECENARIO AL ESPÍRITU SANTO

ORACIÓN PREPARATORIA

Oh Dios que, por el misterio de Pentecostés, santificas a tu Iglesia, extendida por todas las naciones, derrama los dones de tu Espíritu sobre todos los confines de la tierra y no dejes de realizar hoy, en el corazón de tus fieles, aquellas mismas maravillas que obraste en los comienzos de la predicación evangélica.- Por Jesucristo nuestro Señor.

DÍA OCTAVO

Amemos a la tercera persona de la Trinidad beatísima, el Espíritu Santo. Escuchemos en la intimidad de nuestro ser las mociones divinas, esos alientos o esos suaves reproches.

Caminemos por la tierra dentro de la luz derramada en nuestras almas, y el Dios de la esperanza nos colmará de toda suerte de paz. Así la esperanza crecerá en nosotros siempre más y más, por la virtud del Espíritu Santo.

Vivir según el Espíritu equivale a vivir de fe, de esperanza, y de caridad: dejar que Dios tome posesión de nosotros y cambie de raíz nuestros corazones para hacerlos a su medida. Se trata de la inhabitación de la santísima Trinidad en nosotros, comienzo de la vida eterna ya en este mundo.

Señor Jesús, que prometiste enviarnos el Espíritu de la verdad para que diera testimonio de ti, envíanos este Espíritu para que nos haga tus fieles testigos.

ORACIÓN FINAL

Ven Espíritu Santo, llena nuestros corazones y enciéndelos con el fuego de tu amor. Envía tu Espíritu y serán creados; y renovarás la faz de la tierra.

Quema, Señor, con el fuego del Espíritu Santo nuestras entrañas y nuestro corazón, para que te sirvamos con cuerpo limpio; y con un corazón puro te agrademos.

Te pedimos, Señor, que inspires nuestras acciones, las prevengas y las acompañes con tu auxilio, para que todos nuestros deseos, pensamientos y trabajos comiencen siempre en ti, como en su fuente, y tiendan siempre a ti, como a su fin.

Por Jesucristo nuestro Señor.- Amén.

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PREFACIO PARA DESPUÉS DE LA ASCENSIÓN

En verdad es justo y necesario que todas las criaturas… se unan en tu alabanza, Dios todopoderoso y eterno, por Jesucristo, tu Hijo, Señor del universo.

El cual, habiendo entrado una vez para siempre en el santuario del cielo, ahora intercede por nosotros, como mediador que asegura la perenne efusión del Espíritu.

Pastor y obispo de nuestras almas, nos invita a la plegaria unánime, a ejemplo de María y los Apóstoles, en la espera de un nuevo Pentecostés.

Por este misterio de santificación y de amor… cantamos sin cesar el himno de tu gloria: Santo, Santo, Santo…

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Maná y Vivencias Pascuales (31), 21.5.19

mayo 21, 2019

Martes de la 5ª semana de Pascua

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¡Oh Trinidad eterna! ¿Podías darme algo más preciado que tú mismo?

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ENTRADA

Alabad a nuestro Dios todos sus siervos, y los que le teméis, pequeños y grandes, porque ya llega la victoria, el poder y el mando de su Mesías. Aleluya.

ORACIÓN COLECTA

Señor, tú que en la resurrección de Jesucristo nos has engendrado de nuevo para que renaciéramos a una vida eterna, fortifica la fe de tu pueblo y afianza su esperanza, a fin de que nunca dudemos que llegará a realizarse lo que nos tienes prometido. Por nuestro Señor.

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PRIMERA LECTURA: Hech 14, 19-28

En aquellos días llegaron unos judíos de Antioquía y de Icononio y se ganaron a la gente; apedrearon a Pablo y lo arrastraron fuera de la ciudad dejándolo por muerto. Entonces lo rodearon los discípulos; él se levantó y volvió a la ciudad.

Al día siguiente salió con Bernabé para Derbe. Después de haber evangelizado esa ciudad, donde hicieron muchos discípulos, regresaron de nuevo a Listra y de allí fueron a Iconio y Antioquía.

A su paso animaban a los discípulos y los invitaban a perseverar en la fe; les decían: “Es necesario que pasemos por muchas pruebas para entrar en el Reino de Dios».

En cada Iglesia designaban presbíteros y, después de orar y ayunar, los encomendaban al Señor en quien habían creído. Atravesaron la provincia de Pisidia y llegaron a la de Panfilia.

Predicaron la Palabra en Perge y bajaron después a Atalía. Allí se embarcaron para volver a Antioquía, de donde habían partido encomendados a la gracia de Dios para la obra que acababan de realizar.

A su llegada reunieron a la Iglesia y les contaron todo lo que Dios había hecho por medio de ellos y cómo había abierto las puertas de la fe a los pueblos paganos. Permanecieron allí bastante tiempo con los discípulos.

 

SALMO 144, 10-21

Que todas tus criaturas te den gracias, Señor. Que te bendigan tus fieles, que proclamen la gloria de tu reinado, que hablen de tus hazañas.

Explicando tus hazañas a los hombres, la gloria y majestad de tu reinado. Tu reinado es un reinado perpetuo, tu gobierno va de edad en edad.

Pronuncie mi boca la alabanza del Señor, todo viviente bendiga su santo nombre, por siempre jamás.

ACLAMACIÓN: Lc 24, 26.- Era necesario que el Mesías padeciera, y resucitara de entre los muertos, para entrar en su gloria.

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EVANGLIO: Jn 14, 27-31a

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: La paz les dejo, mi paz les doy: la paz que yo les doy no es como la que da el mundo. Que no haya en ustedes angustia ni miedo.

Saben que les dije: Me voy, pero volveré a ustedes. Si me amaran, se alegrarían de que vaya al Padre, porque el Padre es más que yo. Les he dicho estas cosas ahora, antes de que sucedan, para que cuando sucedan, ustedes crean.

Ya no hablaré mucho más con ustedes, pues se acerca el Príncipe de este mundo; no es que él tenga poder sobre mí, pero es necesario que el mundo comprenda que yo amo al Padre, y que lo que el Padre me manda, yo lo hago.

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Del Diálogo de santa Catalina de Siena, virgen, sobre la divina providencia

Gusté y vi

¡Oh Deidad eterna, oh eterna Trinidad, que por la unión de la naturaleza divina diste tanto valor a la sangre de tu Hijo unigénito! Tú, Trinidad eterna, eres como un mar profundo en el que cuanto más busco, más encuentro, y cuanto más encuentro, más te busco.

Tú sacias al alma de una manera en cierto modo insaciable, pues en tu insondable profundidad sacias al alma de tal forma que siempre queda hambrienta y sedienta de ti, Trinidad eterna, con el deseo ansioso de verte a ti, la luz, en tu misma luz.

Con la luz de la inteligencia gusté y vi en tu luz tu abismo, eterna Trinidad, y la hermosura de tu criatura, pues, revistiéndome yo misma de ti, vi que sería imagen tuya, ya que tú, Padre eterno, me haces partícipe de tu poder y de tu sabiduría, sabiduría que es propia de tu Hijo unigénito.

Y el Espíritu Santo, que procede del Padre y del Hijo, me ha dado la voluntad que me hace capaz para el amor.

Tú, Trinidad eterna, eres el Hacedor y yo la hechura, por lo que, iluminada por ti, conocí, en la recreación que de mí hiciste por medio de la sangre de tu Hijo unigénito, que estás amoroso de la belleza de tu hechura.

¡Oh abismo, oh Trinidad eterna, oh Deidad, oh mar profundo!: ¿podías darme algo más preciado que tú mismo? Tú eres el fuego que siempre arde sin consumir; tú eres el que consumes con tu calor los amores egoístas del alma. Tú eres también el fuego que disipa toda frialdad; tú iluminas las mentes con tu luz, en la que me has hecho conocer tu verdad.

En el espejo de esta luz te conozco a ti, bien sumo, bien sobre todo bien, bien dichoso, bien incomprensible, bien inestimable, belleza sobre toda belleza, sabiduría sobre toda sabiduría; pues tú mismo eres la sabiduría, tú, el pan de los ángeles, que por ardiente amor te has entregado a los hombres.

Tú, el vestido que cubre mi desnudez; tú nos alimentas a nosotros, que estábamos hambrientos, con tu dulzura, tú que eres la dulzura sin amargor, ¡oh Trinidad eterna! (Cap. 167, Acción de gracias a la Santísima Trinidad: edición latina, Ingolstadt 1583, ff. 290v-291).

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A LA LUZ DE LA PALABRA QUE DIOS ME REGALA HOY


POR LA MAÑANA.- Puedes preguntarte:

1) ¿Cuál podría ser el plan de Dios sobre mi vida en este nuevo día, que no es uno más, sino único para Dios porque su amor es siempre nuevo?

2) ¿Qué podría mejorar en mi relación con Dios durante el día de hoy? ¿Qué me está pidiendo su Palabra en este día?

3) ¿A quién podría estar lastimando en este día, a quién le podría estar haciendo sufrir? ¿A quién puedo, de hecho, estar defraudando, apenando, comenzando por la propia familia, y por la comunidad parroquial?

4) ¿A quién podría ayudar en este día? ¿Cómo voy a transmitir el amor de Dios en este día, con qué personas me voy a ver? ¿Quién puede estar esperando algo de mí? Si Jesús estuviera en mi lugar, ¿qué puedo suponer que diría o haría?

5) ¿Cómo me debe cambiar hoy la Resurrección del Señor, y su actualización sacramental realizada en la Eucaristía, sea diaria o dominical? ¿Qué fruto espiritual derivado de la misa dominical podría cultivar hoy: sinceridad, petición de perdón, afabilidad, alegría, alabanza y bendición?


POR LA NOCHE.- Puedes preguntarte:

1) ¿Cómo he respondido al plan de Dios sobre este día ya pasado? ¿En qué he cumplido y en qué he fallado?

2) ¿Cómo le ofrezco a Dios lo bueno, y le pido perdón de lo deficiente?

3) ¿Cómo le agradezco a Dios su paciencia conmigo, y cómo renuevo mi confianza en Dios que siempre me espera y me da nuevas oportunidades? Le doy gracias por lo bueno, y le ofrezco lo malo para que Jesús supla mis deficiencias: él dio gloria perfecta a Dios Padre por mí y en mi lugar. Me alegro en Jesús, mi hermano mayor, mi Redentor.

4) ¿Cómo rezar debidamente la oración del anciano Simeón, antes de acostarse: “Ahora, Señor, según tu palabra puedes dejar a tu siervo irse en paz, porque mis ojos han visto a tu Salvador…” Que siempre alcancemos esa paz antes de descansar para poder decir con el salmista: En paz me acuesto y en seguida me duermo porque tú estás conmigo, tú solo me haces vivir tranquilo.

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