La belleza única de la mujer en la Iglesia Católica, con velo o sin velo (1 de 2)

enero 14, 2018

.

Procesión del Señor de los Milagros en su paso por la Plaza de Armas de Lima.

.

La belleza única de la mujer en la Iglesia Católica, con velo o sin velo

¿Vuelve el uso del velo entre las mujeres católicas?

.

¿No habrá llegado el momento de redescubrir el significado del velo o de la mantilla entre las mujeres católicas? ¿Qué nos dicen los signos de los tiempos en la Iglesia y en el mundo sobre la mujer? ¿Tendrá el velo suficiente entidad como para promover una renovación de la función de la mujer en la Iglesia? ¿Qué capacidad significativa puede tener el velo en las mujeres?

.

Hace tiempo me ronda en la cabeza la idea de escribir algo sobre uno de los símbolos religiosos de la tradición judeocristiana: El velo o mantilla usados por las mujeres en las celebraciones religiosas.

Comienzo por recordar que hasta el Concilio Vaticano II estaba generalizado el uso del velo entre las mujeres en la Iglesia. El Concilio no lo prohibió pero tampoco lo mandó ni lo promovió. Sencillamente dejó libertad para usarlo o no, a criterio personal.

El resultado fue que en pocos años desapareció esa práctica en toda la Iglesia, sobre todo romana. Hoy solo se usa el velo o mantilla de manera protocolar en las visitas o encuentros oficiales con el Santo Padre; también lo usan las novias y las religiosas.

Como expresión de religiosidad popular peruana, reseño que en la procesión del Señor de los Milagros de Lima, las señoras que visten hábito morado y queman incienso, también llevan velo blanco.

Actualmente son muy escasas las mujeres que usan el velo o mantilla durante la misa, adoración del Santísimo o en otras celebraciones. Por lo general, estas personas visten el velo con mucha reverencia y convicción porque les ayuda grandemente en su oración.

No suelen provocar rechazo en los demás y las mujeres que las ven, por lo general, se muestran interesadas en conocer los motivos que tienen para usar el velo sobre todo durante la misa.

1. El velo es un signo religioso

¿Qué podemos decir sobre el velo o mantilla? Es un atuendo femenino que, usado en las celebraciones religiosas, se convierte en signo que expresa y facilita la relación con Dios, sobre todo en la oración personal y en el culto litúrgico. El velo bendecido se convierte en “sacramental”: Es decir, adquiere una carga significativa tanto para el que lo porta o usa como para los demás.

Tanto el velo, como el hábito religioso, una medalla, el aro matrimonial… son sacramentales que recuerdan al que los lleva el compromiso contraído de manera privada o pública, pero siempre personal. En ellos expresa el creyente su intención y su relación particular con Dios: su consagración testimonial.

A través de ellos la vivencia interior del creyente se robustece al hacerse pública, y a la vez esos signos ayudan al creyente a evitar los olvidos y las eventuales incoherencias prácticas. Es decir, le ayudan a mantener y hacer crecer su intención primigenia, su experiencia fundante o su consagración original.

Para los demás, esos signos son un testimonio, llaman la atención y les muestran las intenciones de la persona que los lleva. Ofrecen a todos un conocimiento de la persona en su experiencia religiosa, que puede conducir a los demás a valorar, respetar, admirar y hasta imitar a esas personas que manifiestan públicamente su fe. En fin, se fomenta el sentido de Iglesia.

2. Significado específico del velo en la mujer orante

Lo primero que se debe resaltar es que el velo siempre se consideró en la tradición cristiana como una prenda de vestir propia y específica de las mujeres, un atuendo femenino, no de los varones. Tiene referencia no sólo al cabello de las mujeres, sino a su mismo sentido de belleza y de presentación femenina en las oraciones públicas o privadas.

Quizás no sería exagerado ni atrevido afirmar de entrada que el velo tendría algo que ver con el ser y hacer de la mujer en la Iglesia, según los planes de Dios. Aparte de las connotaciones socioculturales, pareciera que el velo en sí “diría bien” con la función esencial y específica de la mujer en la Iglesia y concretamente en las oraciones y en la liturgia. El hecho de llevar velo ayudaría a la mujer en su identidad creyente y en su testimonio ante la comunidad eclesial y ante el mundo.

La Palabra nos dice que Dios los creó desde el principio hombre y mujer. Los hizo a su imagen y semejanza, iguales en su dignidad y en su vocación fundamental, pero distintos en su condición de seres sexuados, hechos el uno para el otro, es decir, esencialmente complementarios.

La sexualidad es mucho más que la genitalidad, pues abarca todos los aspectos del ser humano: autoconciencia, inteligencia, sensibilidad, capacidad de acoger y dar afecto, resistencia al dolor y al sufrimiento, aprecio de la vida, optimismo, religiosidad, etc. Hombres y mujeres somos diferentes; muy diferentes. Pero complementarios, hechos para vivir relacionados en la sociedad y particularmente en el matrimonio.

Se podría sostener que esta condición sexuada del ser humano refleja mejor, o al menos más explícitamente, la esencia de Dios; es expresión de la perfección infinita de Dios, que es Comunión trinitaria, unión en la diversidad, pluralidad en la unidad.

Es decir, la condición sexuada hace más comprensible a los humanos el misterio de Dios Uno y Trino a la vez, Único Dios en tres personas distintas. Además, le facilitaría experimentar la riqueza de la diversidad de los humanos, la belleza de la convivencia humana y las bondades de la complementariedad. Le abriría finalmente a la capacidad de la procreación, a la fecundidad del amor entre dos personas sexualmente diferentes y complementarias.

En la Historia de la Salvación Dios mismo se ha encargado de asumir y de santificar la condición sexuada del ser humano, mediante la Encarnación del Verbo y la Maternidad divina de la Virgen María.

Al encarnarse, Dios asume la condición humana en su totalidad y existencialmente sexuada: De hecho, necesitó una madre, la Santísima Virgen María, mujer y no varón; y en Jesús de Nazaret el Verbo de Dios asumió la condición humana como varón, no como mujer. Jesús no fue mujer. De María asumió Jesús la esencia del hombre y existencialmente fue varón, el hijo de José el carpintero.

Ahora ellos dos, Jesús y María, solamente ellos están resucitados y glorificados en el Cielo, los dos únicos seres humanos, hombre y mujer. Cada uno cumple la voluntad de Dios y sirve a la salvación de los hombres, según el plan único e inescrutable de Dios.

Ante estas consideraciones elementales de nuestra fe, ¡qué desenfocadas resultan ciertas apreciaciones en referencia a Jesús o a María! Así, algunas mujeres recriminan a Jesús que no hiciera apóstol y sacerdotisa a su madre María. Sería falta de amor. A otras les parece una discriminación que la Iglesia no permita a las mujeres acceder al sacerdocio.

3. En las cosas de Dios no hay autoservicio: todo se recibe, nada se toma por propia iniciativa

Lo primero que se desprende de lo expuesto es que Dios en la historia de salvación programa, dispensa y distribuye sus dones como a él le parece: En función del bien de todos y para su gloria. Nadie toma nada por su cuenta, todo se recibe y se agradece. Dios sabe poner a cada uno en el mejor lugar, con las mejores cualidades. Él provee a cada uno con largueza, y sin perjudicar a nadie.

Por tanto, la reivindicación no cabe en la Iglesia. Tampoco la emancipación. Nadie debe buscar su propio bien, su propio interés. Cada uno es un don para los demás. La caridad, que no busca lo propio, se entiende como la búsqueda del bien de los demás. Y la perfección del cristiano consiste en anteponer el bien común al propio.

Al razonar con estos criterios, qué lejos estaríamos del espíritu que, por lo general, ha inspirado la liberación de la mujer, la revolución sexual, el feminismo radical: contrarrestar la tradicional opresión sociocultural del varón y luchar por la conquista del poder de las mujeres sobre los hombres. Que las mujeres se rebelen y luchen por oprimir a los varones, aun a costa de renunciar a su condición de mujeres.

4. Dios sabe lo que hace: La mujer, reflejo y sacramento de la ternura, belleza y amor de Dios.

El Papa Francisco insiste una y otra vez en la necesidad de que la mujer vaya ocupando en la Iglesia el sitio que le pertenece. Porque algo resulta evidente: de hecho en la actualidad no está viviendo plena y específicamente la misión que le corresponde según el plan de Dios y en favor de la Iglesia. Es una tarea pendiente y urgente.

Para reconocer la dignidad y la sublimidad de la vocación propia de la mujer en la Iglesia y en la sociedad hay que rastrear con atención los planes de Dios manifestados en la historia de salvación: Hechos y palabras. No hay que inventar cosas ni pensar mucho.

En la Palabra, al principio, dijo Dios: No está bien que el hombre esté solo. Hagámosle una ayuda semejante a él, un ser “apropiado y proporcionado” para él. Y así Dios creó a la mujer, igual al varón. Ambos llamados a vivir en comunión, a complementarse como un don mutuo en el amor de Dios.

La mujer es un don de Dios deseado por el hombre, necesario y conveniente para él. Sin ella el hombre no es completo, no puede sentirse realizado plenamente.

El hombre y la mujer, por separado, son imagen de Dios y semejanza de Dios, sí, pero de manera imperfecta: Porque el hombre, a pesar de ser dueño de todas las cosas creadas, no hallaba en ellas un ser de su misma dignidad, un ser con el que pudiera entenderse, encontrarse, ayudarse, planificar juntos, gozar juntos…

Para establecer esta comunión conyugal, el hombre dejará a su padre y a su madre, se unirá a su mujer… y los dos serán una sola carne. Tanto el varón como la mujer sienten una atracción mutua para encontrarse, conocerse, dialogar, vivir en comunión, unirse maritalmente y procrear seres semejantes a ellos…

En una palabra, el varón y la mujer están llamados a reproducir en este mundo la comunión de las tres divinas personas. Y les dijo Dios: Crezcan, multiplíquense, llenen de hijos la tierra.

La vida humana surge en el seno de una comunidad y sólo en ella crece y llega a plenitud. Un individuo no puede engendrar vida ni puede garantizar su crecimiento y madurez. En esa comunidad conyugal, el papel de la mujer tiene unas características únicas.

Toda mujer está llamada a encarnar y hacer visible la ternura de Dios, su belleza, su cercanía providente, su capacidad de acogida y de comunión y su apuesta por la vida. Está llamada a ser esposa y así hacerse madre. En la generación de la vida, en su gestación y en la educación del nuevo ser humano, el papel de la mujer, esposa y madre es único, e intransferible.

5. La mujer, primera transmisora del don de la vida y de la fe, iniciadora de humanidad

La mujer es el sagrario de la vida, pues la fecundación acontece en sus entrañas y la implantación vital del embrión humano se realiza en el seno materno. Éste garantiza la permanente y segura acogida del nuevo ser, y con ello su incorporación a la familia humana.

Los esposos y padres, pero específicamente la madre, son los transmisores de la vida y de la experiencia religiosa. A este embrión es infundida el alma inmortal creada directamente por Dios para completar las condiciones vitales del nuevo ser, según los planes de Dios.

Así la esposa y madre se convierte en el primer recinto sagrado donde se desarrollará el nuevo ser humano. Ella será la primera trasmisora del reconocimiento de los padres y del mundo exterior hacia el nuevo ser humano: acogida, valoración, afirmación, seguridad, supervivencia, desarrollo vital, absorción de los valores humanos y de la experiencia religiosa.

La mujer, esposa y madre, comparte las vivencias y experiencias de la Santísima Virgen María. Con ella pronuncia el “fiat”: Hágase en mí, como tú digas. Con María, como mujer y madre, comparte su respuesta “personal” y en cierta soledad, pero no desamparo.

Es la sumisión obsequiosa de la fe a Dios, no al varón, ni al destino, ni a la visión cultural o moda social. Ella se siente feliz como criatura del Señor, vivencialmente como mujer, semejante a María, que es bendita entre todas las mujeres por su particular y personal obediencia a Dios.

“Ser madre no significa sólo traer al mundo un hijo, sino que es también una elección de vida. La elección de vida de una madre es la elección de dar vida. Y esto es grande, esto es bello. Sin las madres, no sólo no habría nuevos fieles, sino que la fe perdería buena parte de su calor sencillo y profundo. No somos huérfanos, somos hijos de la Iglesia, somos hijos de la Virgen y somos hijos de nuestras madres” (Papa Francisco).

Puede interesar:

https://youtu.be/LWu_RFHBZmQ

http://adelantelafe.com/uso-del-velo-en-la-mujer-en-la-santa-misa/

Anuncios

El maná de cada día, 24.12.17

diciembre 24, 2017

Natividad del Señor

Misa de medianoche, o de gallo

.

Gloria a Dios en el cielo y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad

Gloria a Dios en el cielo y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad

.
Antífona de entrada: Salmo 2, 7

El Señor me ha dicho: Tú eres mi Hijo, yo te engendrado hoy.


Oración colecta

Oh Dios, que has iluminado esta noche santa con el nacimiento de Cristo, la luz verdadera, concédenos gozar en el cielo con el esplendor de su gloria a los que hemos experimentado la claridad de su presencia en la tierra. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: Isaías 9, 1-3. 5-6

El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban tierra de sombras, y una luz les brilló.

Acreciste la alegría, aumentaste el gozo; se gozan en tu presencia, como gozan al segar, como se alegran al repartirse el botín. Porque la vara del opresor, y el yugo de su carga, el bastón de su hombro, los quebrantaste como el día de Madián.

Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado: lleva a hombros el principado, y es su nombre: «Maravilla de Consejero, Dios guerrero, Padre perpetuo, Príncipe de la paz.»

Para dilatar el principado, con una paz sin límites, sobre el trono de David y sobre su reino. Para sostenerlo y consolidarlo con la justicia y el derecho desde ahora y por siempre. El celo del Señor lo realizará.


SALMO 95

Hoy nos ha nacido el Salvador: el Mesías, el Señor.

Cantad al Señor un cántico nuevo, cantad al Señor, toda la tierra; cantad al Señor, bendecid su nombre.

Proclamad día tras día su victoria. Contad a los pueblos su gloria, sus maravillas a todas las naciones.

Alégrese el cielo, goce la tierra, retumbe el mar y cuanto lo llena; vitoreen los campos y cuanto hay en ellos, aclamen los árboles del bosque.

Delante del Señor que ya llega, ya llega a regir la tierra: regirá el orbe con justicia y los pueblos con fidelidad.


SEGUNDA LECTURA: Tito 2, 11-14

Ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres, enseñándonos a renunciar a la impiedad y a los deseos mundanos, y a llevar ya desde ahora una vida sobria, honrada y religiosa, aguardando la dicha que esperamos: la aparición gloriosa del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo.

Él se entregó por nosotros para rescatarnos de toda maldad y para prepararse un pueblo purificado, dedicado a las buenas obras.


Aclamación antes del Evangelio: Lucas 2, 10-11

Os traigo una buena noticia, una gran alegría: nos ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor.


EVANGELIO: Lucas 2, 1-14

En aquel tiempo, salió un decreto del emperador Augusto, ordenando hacer un censo del mundo entero.

Este fue el primer censo que se hizo siendo Cirino gobernador de Siria. Y todos iban a inscribirse, cada cual a su ciudad.

También José, que era de la casa y familia de David, subió desde la ciudad de Nazaret, en Galilea, a la ciudad de David, que se llama Belén, en Judea, para inscribirse con su esposa María, que estaba encinta.

Y mientras estaba allí le llegó el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en la posada.

En aquella región había unos pastores que pasaban la noche al aire libre, velando por turno su rebaño.

Y un ángel del Señor se les presentó; la gloria del Señor los envolvió de claridad, y se llenaron de gran temor.

El ángel les dijo: «No temáis, os traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor. Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre.»

De pronto, en torno al ángel, apareció una legión del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: «Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor.»


Antífona de comunión: Juan 1, 14

La Palabra se hizo carne y hemos contemplado su gloria.

.

Palabras de fiesta y congratulación

San Agustín, Sermón 193, 1

Cuando se nos leyó el evangelio, escuchamos las palabras mediante las cuales los ángeles anunciaron a los pastores el nacimiento, de una virgen, de Jesucristo el Señor: Gloria a Dios en los cielos y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad (Lc 2,14).

Palabras de fiesta y de congratulación, no sólo para la mujer cuyo seno había dado a luz al niño, sino también para el género humano, en cuyo beneficio la virgen había alumbrado al Salvador.

En verdad era digno y de todo punto conveniente que la que había procreado al Señor de cielo y tierra y había permanecido virgen después de dar a luz, viera celebrado su alumbramiento no con festejos humanos de algunas mujercillas, sino con los divinos cánticos de alabanza de un ángel.

Digámoslo, pues, también nosotros, y digámoslo con el mayor gozo que nos sea posible; nosotros que no anunciamos su nacimiento a pastores de ovejas, sino que lo celebramos en compañía de sus ovejas; digamos también nosotros, vuelvo a repetirlo, con un corazón lleno de fe y con devota voz:

Gloria a Dios en el cielo y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad.

Meditemos con fe, esperanza y caridad estas palabras divinas, este cántico de alabanza a Dios, este gozo angélico, considerado con toda la atención de que seamos capaces.

Tal como creemos, esperamos y deseamos, también nosotros seremos «gloria a Dios en las alturas» cuando, una vez resucitado el cuerpo espiritual, seamos llevados al encuentro en las nubes con Cristo, a condición de que ahora, mientras nos hallamos en la tierra, busquemos la paz con buena voluntad.

Vida en las alturas ciertamente, porque allí está la región de los vivos; días buenos también allí donde el Señor es siempre el mismo y sus años no pasan.

Pero quien ame la vida y desee ver días buenos, cohíba su lengua del mal y no hablen mentira sus labios; apártese del mal y obre el bien, y conviértase así en hombre de buena voluntad.

Busque la paz y persígala, pues paz en la tierra a los hombres de buena voluntad.


Las Confesiones de san Agustín, I, 3.3

noviembre 28, 2017

.

Las criaturas, vasos llenos de Dios.

.

Inmensidad de Dios, imposible de ser englobada. Las criaturas, vasos llenos de Dios (Conf. Libro I, 3.3)

.

3. ¿Te engloba acaso el cielo y la tierra por el hecho de que los llenas? ¿O es, más bien, que los llenas y aún sobra por no poderte abrazar? ¿Y dónde habrás de echar eso que sobra de ti, una vez llenos el cielo y la tierra?

¿Pero es que tienes tú, acaso, necesidad de ser contenido en algún lugar, tú que contienes todas las cosas, puesto que las que llenas las llenas conteniéndolas?

Porque no son los vasos llenos de ti los que te hacen estable, ya que, aunque se quiebren, tú no te has de derramar; y si se dice que te derramas sobre nosotros, no es cayendo tú, sino levantándonos a nosotros; ni es dilatándote tú, sino recogiéndonos a nosotros10.

Pero las cosas todas que llenas, ¿las llenas todas con todo tu ser o, tal vez, por no poderte contener totalmente todas, contienen una parte de ti? ¿Y esta parte tuya la contienen todas y al mismo tiempo o, más bien, cada una la suya, mayor las mayores y menor las menores?

Pero ¿es que hay en ti alguna parte mayor y alguna menor? ¿Acaso no estás todo en todas partes, sin que haya cosa alguna que te contenga totalmente?

http://www.augustinus.it/spagnolo/confessioni/index.htm


El maná de cada día, 1.11.17

octubre 31, 2017

Solemnidad de Todos los Santos

.

tutti-i-santi

Todos hemos sido llamados a la plenitud del amor



Antífona de entrada

Alegrémonos todos en el Señor al celebrar este día de fiesta en honor de todos los Santos. Los ángeles se alegran de esta solemnidad y alaban a una al Hijo de Dios.


Oración colecta

Dios todopoderoso y eterno, que nos has otorgado celebrar en una misma fiesta los méritos de todos los Santos, concédenos, por esta multitud de intercesores, la deseada abundancia de tu misericordia y tu perdón. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: Apocalipsis 7,2-4. 9-14

Yo, Juan, vi a otro ángel que subía del oriente llevando el sello del Dios vivo. Gritó con voz potente a los cuatro ángeles encargados de dañar a la tierra y al mar, diciéndoles: «No dañéis a la tierra ni al mar ni a los árboles hasta que marquemos en la frente a los siervos de nuestro Dios.»

Oí también el número de los marcados, ciento cuarenta y cuatro mil, de todas las tribus de Israel.

Después de esto apareció en la visión una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua, de pie delante del trono y del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos. Y gritaban con voz potente: «¡La victoria es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero!»

Y todos los ángeles que estaban alrededor del trono y de los ancianos y de los cuatro vivientes cayeron rostro a tierra ante el trono, y rindieron homenaje a Dios, diciendo: «Amén. La alabanza y la gloria y la sabiduría y la acción de gracias y el honor y el poder y la fuerza son de nuestro Dios, por los siglos de los siglos. Amén.»

Y uno de los ancianos me dijo: «Ésos que están vestidos con vestiduras blancas ¿quiénes son y de dónde han venido?»

Yo le respondí: «Señor mío, tú lo sabrás.»

Él me respondió. «Éstos son los que vienen de la gran tribulación: han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero.»


SALMO 23, 1-2. 3-4ab. 5-6

Este es el grupo que viene a tu presencia, Señor. 

Del Señor es la tierra y cuanto la llena, el orbe y todos sus habitantes: él la fundó sobre los mares, él la afianzó sobre los ríos.

¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en el recinto sacro? El hombre de manos inocentes y puro corazón, que no confía en los ídolos.

Ése recibirá la bendición del Señor, le hará justicia el Dios de salvación. Éste es el grupo que busca al Señor, que viene a tu presencia, Dios de Jacob.


SEGUNDA LECTURA: 1 Juan 3, 1-3

Queridos hermanos:

Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!

El mundo no nos conoce porque no le conoció a él.

Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es.

Todo el que tiene esperanza en él se purifica a sí mismo, como él es puro.


ALELUYA: Mt 11, 28

Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré, dice el Señor.


EVANGELIO: Mateo 5, 1-12

Viendo la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron. Y tomando la palabra, les enseñaba diciendo:

«Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra.

Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.

Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.

Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.

Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros.»


Antífona de comunión: Mt 5, 8-10

Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Dichosos los que trabajan por la paz, porque se llamarán los hijos de Dios. Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.

(Nota: Los subrayados son míos)
.

GOZO Y ESPERANZA
.
Entonces, en el cielo, tendrá lugar el regocijo grande y perfecto; entonces el gozo será pleno, cuando no sea la esperanza la que nos amamante, sino la realidad misma la que nos nutra.
No obstante, también ahora, en la tierra, antes que la realidad misma llegue a nosotros, antes que nosotros nos acerquemos a ella, alegrémonos en el Señor, pues no es pequeño el gozo que produce la esperanza de lo que luego será realidad.

San Agustín (Sermón 21, 1).

.

Apresurémonos hacia los hermanos que nos esperan

De los sermones de san Bernardo, abad

¿De qué sirven a los santos nuestras alabanzas, nuestra glorificación, esta misma solemnidad que celebramos? ¿De qué les sirven los honores terrenos, si reciben del Padre celestial los honores que les había prometido verazmente el Hijo? ¿De qué les sirven nuestros elogios? Los santos no necesitan de nuestros honores, ni les añade nada nuestra devoción. Es que la veneración de su memoria redunda en provecho nuestro, no suyo. Por lo que a mí respecta, confieso que, al pensar en ellos, se enciende en mí un fuerte deseo.

El primer deseo que promueve o aumenta en nosotros el recuerdo de los santos es el de gozar de su compañía, tan deseable, y de llegar a ser conciudadanos y compañeros de los espíritus bienaventurados, de convivir con la asamblea de los patriarcas, con el grupo de los profetas, con el senado de los apóstoles, con el ejército incontable de los mártires, con la asociación de los confesores con el coro de las vírgenes, para resumir, el de asociarnos y alegrarnos juntos en la comunión de todos los santos.

Nos espera la Iglesia de los primogénitos, y nosotros permanecemos indiferentes; desean los santos nuestra compañía, y nosotros no hacemos caso; nos esperan los justos, y nosotros no prestamos atención.

Despertémonos, por fin, hermanos; resucitemos con Cristo, busquemos los bienes de arriba, pongamos nuestro corazón en los bienes del cielo. Deseemos a los que nos desean, apresurémonos hacia los que nos esperan, entremos a su presencia con el deseo de nuestra alma. Hemos de desear no sólo la compañía, sino también la felicidad de que gozan los santos, ambicionando ansiosamente la gloria que poseen aquellos cuya presencia deseamos. Y esta ambición no es mala, ni incluye peli­gro alguno el anhelo de compartir su gloria.

El segundo deseo que enciende en nosotros la conmemoración de los santos es que, como a ellos, también a nosotros se nos manifieste Cristo, que es nuestra vida, y que nos manifestemos también nosotros con él, revestidos de gloria. Entretanto, aquel que es nuestra cabeza se nos representa no tal como es, sino tal como se hizo por nosotros, no coronado de gloria, sino rodeado de las espinas de nuestros pecados. Teniendo a aquel que es nuestra cabeza coronado de espinas, nosotros, miembros suyos, debemos avergonzarnos de nuestros refinamientos y de buscar cualquier púrpura que sea de honor y no de irrisión.

Llegará un día en que vendrá Cristo, y entonces ya no se anunciará su muerte, para recordar­os que también nosotros estamos muertos y nuestra vida está oculta con él. Se manifestará la cabeza gloriosa y, junto con él, brillarán glorificados sus miembros, cuand­o transfigurará nuestro pobre cuerpo en un cuerpo glorioso semejante a la cabeza, que es él.

Deseemos, pues, esta gloria con un afán seguro y total. Mas, para que nos sea permitido esperar esta gloria y aspirar a tan gran felicidad, debemos desear también, en gran manera, la intercesión de los santos, para que ella nos obtenga lo que supera nuestras fuerzas.

(Nota: Los subrayados son míos)

.

Oración

Dios todopoderoso y eterno, que nos has otorgado celebrar en una misma fiesta los méritos de todos los santos, concédenos, por esta multitud de intercesores, la deseada abundancia de tu misericordia y tu perdón. Por nuestro Señor Jesucristo.

Con la confianza que inspira en nuestro corazón el Espíritu Santo, nos alegramos de que el Padre Celestial, de manera particular hoy, se goce al ver que la Sala del Festín de las Bodas de su Hijo está casi completamente llena de invitados. Mereció la pena disponerlo todo, desde la eternidad y con gran ilusión, para que sus hijos se gocen con su Amor y Plenitud.

El Espíritu nos permite también gozarnos con el Hijo que hoy está viendo una multitud de Hermanos que, gracias a su Sangre, tienen vida en abundancia y alaban pletóricos de alegría y felicidad al Padre, de quien toma nombre toda familia en el cielo y en la tierra. Mereció la pena ser obediente y fiel hasta la muerte y muerte de Cruz. Mi alegría está en vosotros. Y mi alegría está también en el Padre.

Me siento feliz al retomar mi condición de ser el Primogénito de muchos hermanos y hermanas para gloria de Dios Padre, que es digno de toda bendición. Así mi alegría llega a plenitud, pues con vosotros no he guardado secretos. Os dije todo lo que había oído a mi Padre. Venid, benditos de mi Padre. Amén, para siempre.

En el Espíritu nos congratulamos por esta mutua felicitación del Padre y del Hijo, por esa mutua complementariedad y solidaridad, en sí mismos, y en su relación con los hombres. Todo está cumplido, se ha cumplido lo dispuesto por el Padre, lo realizado por el Hijo. En el Espíritu abrazamos al Padre y al Hijo para formar la familia de Dios.

Experimentamos qué bueno es vivir los hermanos unidos. El Espíritu abraza al Padre y al Hijo. Él es la comunión en persona. Él prolonga la comunión del Padre y del Hijo en la comunidad eclesial fundada en la comunión de los Hermanos en un mismo Espíritu.

El Espíritu prolonga la familia trinitaria en la familia de los Hijos de Dios. Ven, Señor Jesús. Ven, Espíritu divino, y haz nuevas todas las cosas. Amén.

Gloria al Padre, gloria al Hijo, gloria al Espíritu Santo, como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Dios sea bendito en sus Ángeles y en sus Santos. Amén. Aleluya.

(P. Ismael)

.

Solemnidad de Todos los Santos

1º de noviembre del 2012

Por el R. P. José Jiménez, oar.

Dios no ha hecho la muerte, ni se complace destruyendo a los vivos (Sb 1, 13)

Dios creó al hombre incorruptible y lo hizo a imagen de su propio ser, mas por envidia del diablo entró la muerte en el mundo y la experimentan los de su bando (Sb 2, 23-24)

Triunfadores

Bienaventurados, felices, dichosos… son algunos de los términos que usan los traductores de la Biblia de los sujetos de las bienaventuranzas con las que el evangelista Mateo inicia el llamado Sermón del Monte. Se trata de la proclamación de la ley de Cristo, que no anula la de Moisés, sino que le da plenitud en Cristo, quien es la verdadera y mejor bienaventuranza.

¿Quiénes son los bienaventurados?

Leer el libro del Apocalipsis es introducirnos en un mundo de símbolos entre los cuales los números ocupan un lugar importante. Los ciento cuarenta y cuatro mil triunfadores de las tribus de Israel (Cf. Ap. 7, 4) proyectan en su simbolismo los miles y millones de triunfadores en Cristo Jesús. Es lo que celebramos hoy en esta fiesta: no nos referimos sólo a los santos reconocidos por el Pueblo de Dios, sino también a los miles y millones de hombres y mujeres, de toda edad, raza y condición que han triunfado con Cristo Jesús.

¡Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha abierto a la esperanza para que seamos triunfadores! ¡Bendito sea Dios y glorificado en sus santos!

Todos los difuntos

Unida íntimamente a la fiesta de Todos los Santos está la Conmemoración de todos los Fieles Difuntos, que la hacemos mañana, dos de noviembre. Recordamos a nuestros familiares y amigos difuntos, y a todos los que han salido ya de esta vida. Es la fecha del agradecimiento para los que han estado unidos a nosotros en la vida y hoy lo hacemos oración. Al Dios de los vivos encomendamos a nuestros difuntos para que tengan la vida, la vida que es el cielo.

Es Cristo Jesús quien salva radicalmente a los que por medio de Él se acercaron a Dios (Heb. 7, 25). En un abrazo común nos unimos todos y la oración que nosotros hacemos por ellos y ellos por nosotros es la mejor comunión.

Eso nos lleva a la esperanza: somos caminantes hacia la bienaventuranza eterna.


Sarah pide silencio sagrado y actitud de adoración para renovar la liturgia tras ser «devastada»

octubre 23, 2017

.

Silencio, Adoración y Formación: el trípode del nuevo movimiento litúrgico, según el cardenal Robert Sarah.

,

Sarah pide silencio sagrado y actitud de adoración para renovar la liturgia tras ser «devastada»

Silencio, Adoración y Formación: el trípode del nuevo movimiento litúrgico, según el cardenal Robert Sarah.

.

El próximo 7 de julio se cumplen diez años del motu proprio Summorum Pontificum, con el cual Benedicto XVI, tras aclarar definitivamente que el rito de la misa anterior a la reforma de 1969, “nunca se ha abrogado” (art. 1), liberalizó su uso para toda la Iglesia latina, regulando su uso como “forma extraordinaria” del rito romano.

El cardenal Robert Sarah, prefecto de la Sagrada Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, es un decidido impulsor de la aplicación de Summorum Pontificum. Y también de su interpretación (más allá de su aplicación específica a la misa tradicional) como criterio general orientador de un nuevo movimiento litúrgico que, tanto en la forma extraordinaria como en la ordinaria, se fundamente en la centralidad de Cristo en el sacrificio del Altar y en la sacralidad de la liturgia.

En ese sentido se pronunció en una importante intervención (no presencial por razones de agenda) en los XVIII Encuentros Litúrgicos de Colonia que organizó el padre Guido Rodheudt del 29 de marzo al 1 de abril en Herzogenrath (al norte de Aquisgrán), donde es párroco de la iglesia de Santa Gertrudis.

En el mensaje enviado a estos Encuentros, el cardenal Sarah dejó algunas ideas clave que destacamos (ver al final el texto íntegro de la conferencia):

1. “En las parroquias donde el Motu proprio ha sido puesto en marcha, los párrocos testimonian de un mayor fervor entre los fieles y los sacerdotes… Se ha observado también una repercusión y una evolución espiritual positiva en la manera de vivir las celebraciones eucarísticas según la forma ordinaria, sobre todo el redescubrimiento de actitudes de adoración hacia el Santísimo Sacramento: arrodillarse, genuflexión y, también, un mayor recogimiento caracterizado por ese silencio sagrado que debe marcar los momentos importantes del Santo Sacrificio de la misa para permitir a los sacerdotes y a los fieles interiorizar el misterio de la fe que se está celebrando”.

2. “La liturgia debe reformarse siempre para ser más fiel a su esencia mística. Pero la mayor parte del tiempo esta ‘reforma’, que ha sustituido a la verdadera ‘restauración’ deseada por el Concilio Vaticano II, se ha realizado con un espíritu superficial y basándose en un único criterio: suprimir a toda costa una herencia que es percibida como totalmente negativa y superada, con el fin de abrir un abismo entre el antes y el después del Concilio”.

3. “El cardenal Joseph Ratzinger ha repetido incansablemente que la crisis que sacude a la Iglesia, cincuenta años después, sobre todo después del Vaticano II, está vinculada a la crisis de la liturgia y, por consiguiente, a la falta de respeto, a la desacralización y la eliminación de los elementos esenciales del culto divino“.

4. “No podemos cerrar los ojos ante el desastre, la devastación y el cisma que los promotores modernos de una liturgia viva han provocado al remodelar la liturgia de la Iglesia según sus propias ideas. Se han olvidado de que el acto litúrgico es no sólo una oración, sino también y sobre todo un misterio en el que se realiza, para nosotros, algo que nosotros no podemos comprender plenamente, pero que debemos aceptar y recibir con fe, amor, obediencia y un silencio adorante. Es éste el verdadero significado de la participación activa de los fieles. No se trata sólo de una actividad únicamente externa, de un repartir papeles o funciones dentro de la liturgia, sino más bien de una receptividad intensamente activa: la recepción es, en Cristo y con Cristo, la ofrenda humilde de sí mismo en la oración silenciosa y con una actitud plenamente contemplativa”.

5. “La grave crisis de fe, no sólo a nivel de los fieles cristianos, sino también y sobre todo de muchos sacerdotes y obispos, nos ha hecho incapaces de comprender la liturgia eucarística como un sacrificio, como el acto idéntico, llevado a cabo una vez por todas por Jesucristo, haciendo presente el Sacrificio de la Cruz de manera incruenta, en toda la Iglesia… A menudo tenemos la tendencia sacrílega a reducir la Santa Misa a una simple comida “comunitaria”, a la celebración de una fiesta profana y a una autocelebración de la comunidad”.

6. “La grave y profunda crisis que afecta a la liturgia y a la Iglesia desde el Concilio es debida al hecho de que su centro ya no es Dios y su adoración, sino los hombres y su pretendida capacidad de ‘hacer’ algo para estar ocupados durante las celebraciones eucarísticas“.

7. “Se reprocha a la Europa política el haber abandonado o negado sus raíces cristianas. Pero la primera que ha abandonado sus raíces y su pasado cristiano es, sin duda alguna la Iglesia católica post-conciliar“.

8. “No son de extrañar las devastaciones, las destrucciones y la guerra que vinieron a continuación y que persisten actualmente a nivel litúrgico, doctrinal y moral: la pretensión es que ninguna época como la nuestra ha sido capaz de comprender el ‘ideal evangélico’. Muchos se niegan a mirar a la cara la obra de autodestrucción que la propia Iglesia está llevando a cabo mediante la demolición planificada de sus fundamentos doctrinales, litúrgicos, morales y pastorales”.

9. “Lo más importante, ya sea que se celebre según la forma ordinaria o la extraordinaria, es proporcionar a los fieles lo que necesitan: la belleza de la liturgia, su sacralidad, el silencio, el recogimiento, la dimensión mística y la adoración. La liturgia tiene que ponernos cara a cara con Dios en una relación personal y de intensa intimidad. Debe favorecer que nos sumerjamos en la intimidad de la Santísima Trinidad”.

10. “Sin esta dimensión mística del silencio y sin un espíritu contemplativo, la liturgia seguirá siendo ocasión de rupturas causadas por el odio, de enfrentamientos ideológicos y de humillaciones públicas de los débiles por parte de quienes pretenden tener la autoridad, en lugar de ser el lugar de nuestra unidad y de nuestra comunión en el Señor”.

11. Me permito proponerles tres pistas que resumo en estas tres letras: SAF, es decir, Silencio-Adoración-Formación. Ante todo, el silencio sagrado, sin el cual no podemos encontrar a Dios.(…) Después, la adoración. (…) Por último, la formación litúrgica partiendo del anuncio de la fe o la catequesis, teniendo como referencia el Catecismo de la Iglesia Católica, lo que nos protege de posibles elucubraciones más o menos sabias de ciertos teólogos deseosos de ‘novedades'”.

12. “En este contexto global y en un espíritu de fe y de profunda comunión en obediencia a Cristo en la Cruz por lo que, humildemente, les pido aplicar con gran atención Summorum Pontificum; no como una medida negativa o retrógrada, que mira hacia el pasado, o como algo que construye muros y crea un gueto, sino como una contribución importante y verdadera para la vida litúrgica actual y futura de la Iglesia, así como para el movimiento litúrgico de nuestra época, por parte de un número cada vez mayor de personas, sobre todo jóvenes, que aportan tantas cosas verdaderas, buenas y hermosas”.

Sarah pide silencio sagrado y actitud de adoración para renovar la liturgia tras ser «devastada»


Novena al Señor de los Milagros, día primero.

octubre 18, 2017

.

Procesión del Señor de los Milagros en Lima, dirigida por su Hermandad

.

NOVENA AL SEÑOR DE LOS MILAGROS

Con reflexiones sobre la Santísima Trinidad

  1. Señal de la cruz

Por la señal de la santa cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor Dios nuestro; en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

  1. Acto de contrición

Yo confieso ante Dios todopoderoso y ante ustedes, hermanos, que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión; por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa.

Por eso ruego a santa María, siempre virgen, a los Ángeles, a los Santos y a ustedes, hermanos, que intercedan por mí ante Dios, nuestro Señor.

  1. Oración preparatoria para todos los días: Postrados ante el Señor de los Milagros. Adoración y petición.

Señor de los Milagros, me postro a tus pies y te reconozco como mi Salvador y mi Dios. Te adoro y te pido la gracia de hacer devotamente esta Novena en tu honor.

Te doy gracias, Señor Jesús, porque tú bajaste del cielo y viniste al mundo para demostrarnos cuánto nos ama el Padre, Dios invisible. Divino Jesús, tú sabías que el Padre desea que todos sus hijos se salven y tengan vida en abundancia.

Por eso, te ofreciste voluntariamente para cumplir la misión de Mesías y Salvador de todos los hombres. Eso fue lo que más te gustó. Nadie te obligó, a no ser tu amor incondicional y fiel a tu Padre Dios.

Señor Jesús, desde lo más íntimo de mi corazón te agradezco que te encarnaras y te hicieras hombre como uno de nosotros, igual en todo a nosotros, menos en el pecado. Te reconozco como mi Señor y mi Dios y te admiro por tu generosidad y tu solidaridad con los hombres.

Señor de los Milagros, mi Redentor, te bendigo y te alabo por tu bondad y tierna compasión hacia los hombres. Tú eres el puente entre Dios y los hombres. A través de ti, Señor Jesús, todos tenemos acceso seguro y directo al Padre Dios.

Por eso, Padre Santo, yo me postro en tu presencia, te adoro y te bendigo pues tú eres digno de toda bendición en el cielo y en la tierra. A ti la gloria y el poder porque gobiernas el mundo con sabiduría y misericordia. Tú eres el Creador, el Amo y Señor: Todo está en tus manos y nada está perdido.

Gracias, Padre, por enviarnos a tu propio Hijo y también al Espíritu Santo derramado en nuestros corazones. Este Espíritu nos conduce a la Verdad total que nos trajo Jesucristo. El Espíritu Santo habla con suavidad y poder a nuestro espíritu asegurándonos que somos hijos amados del Padre y hermanos entrañables de Cristo. Él nos hace clamar ¡Abba, Padre!

Por eso, Padre de bondad, como hijos tuyos que somos en tu Hijo bendito, te pedimos que nos envíes el Espíritu. Ven, pues, Espíritu Santo, y llénanos del amor del Padre y del Hijo. Ven, dulce huésped del alma. Ven, Padre amoroso del pobre, y no pases de largo en esta Novena. Déjanos la huella de la santa unción que nos da fe, vida y salud.

Te pedimos, Espíritu Vivificador, que durante estos días podamos saborear el amor personal e incondicional del Padre Dios y la dulzura inefable de su bendito hijo Jesucristo, el Señor de los Milagros. Amén.

  1. Consideraciones bíblico-teológicas para cada día de la Novena:

DÍA PRIMERO: El Cuadro del Señor de los Milagros y el misterio de la Santísima Trinidad.

  1. El cuadro, la pintura 

La representación del Crucificado de las Nazarenas de Lima es conocida como el Señor de los Milagros. Originalmente fue una pintura realizada en el paño de una pared de barro en la Lima antigua. La tradición nos habla de que aquella representación era venerada por una comunidad de fieles de gente de color. Hubo un terremoto y se cree que milagrosamente la pared donde estaba pintado el Crucificado no sufrió daño. Por eso, comenzó a ser nombrado “Señor de los Milagros”.

La pintura del cuadro refleja la manera habitual como los artistas solían representar al Crucificado: La visión de conjunto del cuadro como tal, la distribución de las figuras y objetos, la composición de la escena, los gestos y expresiones de los personajes, la primacía de la finalidad catequética y devocional sobre el mero interés pictórico… son los rasgos comunes a este tipo de representaciones cristianas en las iglesias barrocas de la época colonial.

Todo esto nos hace evidente que la figura central es el Crucificado. A su alrededor sin embargo, descubrimos otros elementos esenciales de la fe cristiana católica, como es –y no podía ser de otra manera- el misterio de la Santísima Trinidad, y la Iglesia.

En este primer día de la Novena vamos a considerar este misterio central de nuestra fe, reflejado en el Cuadro del Señor de los Milagros. En la cúspide del cuadro aparece el Padre Eterno que afirma todo lo creado, lo gobierna y sostiene en su mano el globo del mundo. Entre la figura central del Crucificado y el Padre está representado el Espíritu en forma de paloma. Estamos, pues ante el misterio de la Santísima Trinidad.

La teología nos enseña a distinguir la Trinidad inmanente y la Trinidad económica o salvífica. No son dos realidades totalmente distintas y autónomas o independientes, sino la misma y única realidad. Es el mismo Dios Uno y Trino considerado en su eternidad, hacia dentro de sí, por un lado; y por otro, en su proyección en el espacio y en el tiempo, hacia afuera en la creación y en la historia de la salvación hasta nuestros días.

Los teólogos han estudiado la Trinidad inmanente, pero no realizando sus elucubraciones desde un laboratorio, sino tomando los datos y las huellas que la Trinidad salvífica nos ha dejado en la historia de la salvación. O sea que a la Trinidad la conocemos sólo en su actuar salvífico en el mundo, y en lo que Cristo mismo nos ha revelado. Él es la revelación en persona, el Verbo, la Palabra.

Por tanto, Dios no se ha revelado para satisfacer nuestra curiosidad intelectual o esotérica, sino en su acción salvadora y en su relación espiritual con los creyentes. De ahí que el cristiano no es el que “sabe” cosas de Dios, sino el que “conoce por experiencia personal y comunitaria” a Dios. El cristianismo no es una ideología, sino una persona viva: Cristo Jesús que nos lleva al Padre y al Hijo.

Nuestro Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos. Esto es muy importante y muy actual. Así, podríamos preguntarnos: Si de mi idea de Dios y de mi fe sobre Dios quitara todo lo que es aprendido o pura información ¿con qué me quedaría? ¿Realmente conozco a Dios por lo que ha hecho y hace en mí? ¿De qué me salva Dios en verdad? ¿Lo necesito realmente? ¿Es algo real y vivo, o es una idea vaga que apenas influye en mi vida?

Al hablar de la Trinidad nuestro lenguaje es necesariamente deficiente y simbólico. En verdad, es mucho más lo que dejamos de nombrar que lo nombramos de Dios; más lo que desconocemos que lo que conocemos realmente, pero no tenemos más remedio que expresarnos así para entendernos, conocer y experimentar la realidad divina, siempre situada “más allá de nosotros”. Este discurso y esta literatura se conocen como la “teología apofática” o negativa. Por eso, dirá San Agustín magistralmente: “Si tú me dices que lo entiendes, yo te digo que eso no es Dios”.

A pesar de esta pobreza y limitación, Dios nos ha comunicado lo suficiente de sí mismo como para ser plenamente felices. Y debemos seguir hablando de la Trinidad, porque lo que más desea Dios es que nosotros lo conozcamos lo mejor posible y seamos así felices amándolo de corazón y estableciendo una relación tan especial que nos lleve a la comunión real y verdadera con él.

Por tanto, si eso es lo que más quiere Dios darnos a conocer, debe de ser relativamente fácil conocer al verdadero Dios lo suficiente como para establecer una relación feliz y real con él. Ese conocimiento de la Trinidad tiene que ser algo que está al alcance de todos, no monopolio de personas superdotadas; tiene que ser como el abecé de nuestra fe, lo más elemental y accesible para todos los creyentes.

  1. Consideraciones bíblico-teológicas sobre la Trinidad Inmanente

Apoyada en la historia de la salvación y en la vida y enseñanzas de Jesús, la teología trata de mostrarnos el inefable misterio de la Santísima Trinidad. En esa línea pretendemos movernos durante esta Novena.

El hombre es un espíritu encarnado o un cuerpo espiritualizado. Conforme. Pero Dios es puro espíritu. A Dios nadie lo ha visto jamás. Sólo el Hijo, la segunda persona de la Santísima Trinidad, se ha encarnado, se ha hecho hombre como nosotros. Sólo hemos visto a Jesús, el hijo de María y de José, el hijo del carpintero, el nazareno.

Por él hemos sabido que hay un Dios Padre y un Dios Espíritu. De hecho Jesús se relacionaba con un Dios al que llamaba Padre y al que le confiaba todos sus afanes. Se sentía Hijo suyo y su alimento era cumplir en todo su santa voluntad. De junto a él había venido al mundo y a él tenía que volver. El Padre constituía el sentido total de su vida.

A la vez, por Jesús sabemos que hay un Espíritu o Poder de Dios. De hecho Jesús se siente habitado por él: Animado por él, ora al Padre; empujado por él, sale a predicar; amparado en su fuerza habla con poder y expulsa a los espíritus inmundos y cura todas las enfermedades.

Es decir, Jesús nos revela la comunidad trinitaria. Dios no es un ser superior autosuficiente y solitario. Dios es comunidad, familia, comunión. No tiene nombre propio. Dios Padre existe porque tan pronto como es, se da y engendra un Hijo. Esencia y existencia son, en Dios, a la vez, simultáneas. Dios Padre existe porque desde siempre tiene un Hijo al que se da totalmente. Si no tuviera un Hijo no existiría ni como Padre ni como Dios.

Dios Hijo existe porque desde siempre y por siempre tiene un Dios Padre al que se da, obedece, busca su gloria. Está total y íntegramente volcado al Padre Dios. Si no fuera así, no existiría ni como Hijo ni como Dios.

La fuerza que hace salir a Dios Padre de sí para engendrar a Dios Hijo y la fuerza que mueve a Dios Hijo para volverse a Dios Padre es el Espíritu Santo. El abrazo de Dios Padre y de Dios Hijo constituye el Espíritu Santo. La comunicación, la comunión y la unión que se da entre ambos es el Espíritu Santo en persona.

No son tres dioses sino un solo Dios en tres personas distintas. Son iguales en su dignidad, en la perfección de su esencia y su existencia. Todo les es común menos su relación, hacia adentro de la familia trinitaria, desde toda la eternidad. El Padre engendra al Hijo. El Hijo es engendrado y el Espíritu es espirado tanto por el Padre como por el Hijo.

El Padre no es cualquier padre sino que es a la vez Dios porque es fuente, realización y culminación de todas las formas posibles de ser padre, de paternidad o maternidad, de dar vida, engendrar o crear… El Hijo no es cualquier hijo, sino también Dios porque es origen, realización y terminación de todas las formas posibles de ser hijo, de filiación, de obediencia, de pleitesía, de fidelidad… El Espíritu es Dios porque origina, realiza y completa toda forma de comunidad, de unión, de comunicación, de amor, de donación…

Como el Padre asume todas las formas posibles de ser “padre” sin dejar nada fuera, por eso es “Dios”; y no puede haber más que un “dios”. Si hubiera dos “dioses” eso sería una contradicción en sí. Como el Hijo no deja ninguna filiación “fuera de sí”, por eso es Dios. Y como el Espíritu asume toda forma de unión y comunión y no deja nada fuera, por eso es también Dios. No tres dioses, sino un único Dios pero en tres personalidades o formas distintas, para entendernos.

Abundando en lo mismo: El Padre origina, realiza y completa o acaba toda forma de paternidad o maternidad, de dar vida… El Hijo origina, realiza y agota toda forma de filiación, obediencia, fidelidad… El Espíritu hace brotar, realiza y completa toda forma de nexo, comunicación, relación, diálogo, simpatía, comunión, síntesis, inclusión, compenetración, abrazo, empatía…

  1. Consideraciones bíblico-teológicas sobre la Trinidad Salvífica

Si el hombre ha sido creado por Dios que es Uno y Trino, que es comunidad, que es comunión de las tres personas divinas, entonces el hombre tiene que parecerse a su Creador, tiene que ser esencialmente comunicativo, llamado a vivir en comunión con Dios, en primer lugar, y también con sus semejantes y con el mundo. ¿En qué cualidades del hombre se manifiestan los vestigios de la Trinidad creadora y salvadora?

En el plano natural de la creación, el hombre refleja de múltiples formas a su Hacedor. Entre ellas, destacamos en primer lugar que el hombre posee tres facultades superiores que lo diferencian específicamente de los demás seres creados: memoria, entendimiento y voluntad. Cada facultad podemos relacionarla específica y metodológicamente con una de las tres divinas personas.

Así, por la memoria, el hombre recuerda los hechos y experiencias puntuales de su historia personal. Además, tiene presente la “impronta” original recibida del Creador por la que es consciente de su dignidad, tiene conciencia moral y tiende de forma espontánea y natural a cumplir el proyecto divino de alcanzar la felicidad en Dios.

La memoria la referimos a Dios Padre porque él es origen, fuente y principio de todo. El Padre toma la iniciativa, él se adelanta a todo. Por eso, le atribuimos las palabras de la Escritura: Eternamente te he amado, he pensado en ti, he pronunciado tu nombre, tengo pensamientos de paz y no de aflicción sobre ti, eres único para mí (…).

Por la memoria, nos preguntamos sobre el proyecto que Dios Padre ha soñado desde toda la eternidad para cada uno de nosotros. La memoria nos recuerda las expectativas que el Padre se ha forjado sobre nosotros. Ese proyecto en el fondo está calcado de la realidad de su propio Hijo, y ya está perfectamente cumplido en Cristo. Por tanto, en la medida en que nos parezcamos y reproduzcamos a Cristo en nuestra vida estaremos cumpliendo las expectativas del Padre, realizando su proyecto y dándole gloria.

El entendimiento lo aplicamos al Verbo. El Padre no tiene más que un Hijo que es su Palabra y solamente a través de él se comunica hacia afuera de la Trinidad. Todas las cosas fueron creadas a través de él, por él y para él, y solo por medio de él pueden volver al Padre. Fuera del Verbo nada ha sido hecho. Él es la horma, el molde en el que se ha hecho todo lo creado. Por tanto, todo tiene “racionalidad” en el Verbo. Solo en él se pueden conocer y entender todas las cosas.

El cristiano no quiere saber nada fuera de Cristo. En él encuentra la solución, la explicación y la clave de todos los problemas humanos. En Cristo habitan todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia.

La voluntad la relacionamos con el Espíritu Santo. El hombre desea, se goza y disfruta de las cosas y de las personas por medio de la voluntad. El Espíritu es la simpatía de la Trinidad. Es amor, comunión, abrazo, descanso… El Espíritu hace apetitosas y gustosas las cosas de Dios. Sin él todo es arduo, misterioso, oscuro, pesado, insípido…

En el plano de la gracia, el cristiano se comunica con Dios Uno y Trino mediante las virtudes infusas recibidas en el bautismo como la primera gratuidad de la Trinidad. Son llamadas “teologales” porque permiten al creyente comunicarse directamente con Dios, de manera inmediata. Son las virtudes teologales: fe, esperanza y caridad.

La caridad o amor lo relacionamos con Dios Padre porque él ha tomado la iniciativa de amarnos cuando no éramos buenos; amándonos en su Hijo, nos hizo buenos. Tanto nos ha amado Dios Padre que ha enviado a su Hijo al mundo para hacernos sus hijos en su bendito Hijo Jesucristo.

La fe la atribuimos al Hijo porque solamente él ha hablado y nos ha dicho todo lo que necesitamos saber sobre Dios. Sólo él ha bajado del cielo, sólo él ha sido enviado y ha sido acreditado con palabras y hechos poderosos: Por tanto, a él hay que creerle. El que le crea, se salvará; el que no crea en él será condenado.

Y al Espíritu lo relacionamos con la esperanza. El Hijo ha vuelto al Padre pero nos han enviado otro consolador, el Espíritu que nunca se irá. Él nos hará comprender la verdad plena de lo que Jesús hizo y enseñó. Con él se inauguran los últimos tiempos y él nos ayudará para que seamos fieles hasta el final. Él asegura a nuestro espíritu la verdad del amor del Padre y del Hijo y nos infunde la esperanza que no defrauda.

El hombre es un ser deficitario, necesitado, no acabado. Por eso, los autores hablan de tres necesidades fundamentales del ser humano. Los padres satisfacen básicamente esas necesidades del hombre. Pero a la vez en esta estructura ontológica y existencial del hombre queremos ver un reflejo de la Trinidad. El hombre herido por el pecado es sanado mediante una relación específica con cada una de las tres divinas personas.

Todo hombre necesita ser afirmado, querido, valorado, acompañado… Los padres proporcionan ese fundamento existencial al ser humano de manera suficiente. Ellos participan así del amor del Padre Dios creador que da la plena fundamentación, sentido y derecho a la existencia a todo ser humano.

El amor personal e incondicional de Dios Padre subsana los vacíos afectivos que puede el hombre puede padecer. El creyente desarrolla todas sus potencialidades apoyado en el respaldo que experimenta en el sólido amor del Padre Dios que lo afirma, lo recrea constantemente y nunca lo niega. Que lo empuja hacia adelante siempre.

En segundo lugar, todo ser humano siente la necesidad de sentirse útil, de desarrollar sus talentos, de ser y sentirse valioso para los demás… El trabajo es dignidad. El Hijo de Dios nos convoca a compartir su gran misión en el mundo: Vayan por todo el mundo, y prediquen el Evangelio a toda criatura. Den gratuitamente lo que han recibido de balde. Al Padre le gusta que ustedes den mucho fruto.

Jesús no es celoso ni acaparador. Más bien goza con ver felices a los 72 discípulos cuando volvían contentos de la misión. No acabarán los pueblos de Israel antes de que llegue el Hijo del hombre. Sin embargo, no pongan su felicidad en los éxitos. Alégrense más bien porque sus nombres están escritos en el libro de la vida.

Y finalmente, el Espíritu Santo, sanará las heridas afectivas del hombre que necesita ser acogido incondicionalmente por lo que es, no por lo que tiene o produce. La unción del Espíritu satisface plenamente la necesidad de afecto y de gratuidad en todo hombre. Él es el consolador, el dulce huésped del alma que alegra el desposorio de Dios con su criatura.

Podríamos rastrear todavía mucho más las huellas dejadas en la creación, sobre todo en el ser humano, por el Creador, Uno y Trino a la vez. Encontraríamos con seguridad similitudes y analogías sin fin. Sólo cito una semejanza muy sugerente: Muchos autores distinguen en el hombre tres centros vitales estrechamente relacionados entre sí: cabeza, corazón y entrañas. Estarían relacionados con Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo respectivamente.

  1. Peticiones o plegaria universal 
  • Dios Padre misericordioso, te damos gracias porque tú eres digno de toda bendición. Haz que te alabemos siempre a través de tu propio Hijo Jesucristo, Roguemos al Señor. Te lo pedimos, Señor.
  • Gracias, Padre santo, porque enviaste a tu Hijo al mundo para salvarnos. Concédenos acoger a tu Hijo como el mayor regalo que nos has dado, Roguemos al Señor…
  • Padre todopoderoso, que todos los hombres reconozcan que tú, con el Hijo y el Espíritu Santo eres uno, para que crean, esperen y amen al Dios único, Roguemos al Señor…
  • Padre eterno, que a través de tu Hijo has creado todas las cosas y con el Espíritu Santo todo lo gobiernas y diriges, haz que sepamos cuidar del mundo en que vivimos, Roguemos al Señor…
  • Señor de los Milagros, honrado, venerado y adorado por generaciones de peruanos dentro y fuera del territorio patrio, bendice al Perú para que seamos un pueblo próspero y creyente para gloria de Dios Padre en el Espíritu Santo, Roguemos al Señor…
  • Señor Jesús, te adoramos y te bendecimos porque con tu santa cruz has redimido el mundo. Ayúdanos a colaborar con el Padre en la salvación de nuestros hermanos, Roguemos al Señor…
  • Espíritu Santo, don del Padre y del Hijo, ven a iluminar a todos los que estamos rezando esta novena a fin de que conozcamos mejor el amor del Padre y del Hijo, Roguemos al Señor…
  • Pídase y formúlese ante el Señor la gracia específica que se desea obtener en esta Novena (Pausa) Roguemos al Señor…
  1. Padre nuestro, Ave María y Gloria (tres veces).
  2. Oración final para todos los días

Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, te adoro y te bendigo como mi único Señor y mi Dios. Me postro ante tu divina majestad y me rindo totalmente en tu presencia como criatura tuya que soy y también como hijo tuyo en tu bendito Hijo Jesucristo.

Te adoro, mi único Dios y Señor, y te entrego toda mi libertad. Quiero pertenecerte en cuerpo y alma y me consagro íntegramente a tu divina voluntad y misericordia. Te entrego todas mis facultades y pongo ante ti todas mis posibilidades: Deseo hacer siempre tu santa voluntad, pues te confieso como mi único amo y señor. Quiero andar en tu presencia toda mi vida. No quiero vivir dividido, disperso, y renuncio a toda actitud o conducta que me separe y me aparte de ti.

Padre de bondad infinita, te consagro mi memoria y quiero recordar y considerar siempre lo que tú esperas de mí. Deseo vivir, Padre Santo, según las expectativas, planes y proyectos que, desde toda la eternidad, has acariciado, soñado y pensado sobre mí. Que nada me distraiga y me aparte de ese proyecto misterioso. Quiero que estés orgulloso de mí como lo estás de tu amado Hijo, Jesús.

A ti, Señor Jesús, Señor de los Milagros, te consagro mi entendimiento y toda mi capacidad de pensar, discurrir y soñar. Tú eres mi sabiduría y mi ciencia. En ti, divino Maestro, quiero aprender todos los secretos y todo el saber. En ti encuentro el sentido más pleno de mi vida y de mi existencia. No quiero saber ni entender nada fuera de ti. Tú eres mi luz, vida y esperanza. Renuncio a buscar al margen de ti razones para vivir y esperar.

A ti, Espíritu Consolador, te entrego toda mi voluntad. Te consagro toda mi capacidad de gozo y felicidad. Que sólo en ti encuentre alegría y contento. Dame, Espíritu Santo, gusto en las cosas santas. Dame la vida eterna, que es conocer de verdad y saborear el amor del Padre y del Hijo. Hazme sentir la belleza y la bondad de la vida cristiana, y valorar la sabiduría de la Cruz. Líbrame de la mentira y de la vanidad del mundo presente.

Ven, Espíritu Vivificador, y mira mi pequeñez, ten compasión de mí, Padre amoroso del pobre: Ven a iluminar lo que está oscuro en mí, ven a enderezar lo torcido, a calentar lo frío, a endulzar lo amargo, en fin a sanar mis heridas. Ven, Espíritu Santo, a pacificar a los violentos, a reconciliar a los enemistados, a robustecer a los débiles, a vivificar lo que languidece, y finalmente, a resucitar a los que están muertos.

Padre Santo, por tu bendito Jesús, derrama el Santo Espíritu sobre toda carne, sobre tu santa Iglesia, sobre el Perú y de manera especial sobre todos los devotos del Señor de los Milagros, y sobre los que estamos haciendo esta Novena en su honor. Amén.

Gloria al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo, como era en el principio, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

  1. Himno al Señor de los Milagros

Señor de los Milagros, a ti venimos en procesión
tus fieles devotos, a implorar tu bendición (bis)

Faro que guía, da a nuestras almas
la fe, esperanza, la caridad;
tu amor divino nos ilumine,
nos haga dignos de tu bondad.

Señor de los Milagros, a ti venimos en procesión
tus fieles devotos, a implorar tu bendición (bis)

Con paso firme de buen cristiano
hagamos grande nuestro Perú,
y unidos todos como una fuerza
te suplicamos nos des tu luz.

Señor de los Milagros, a ti venimos en procesión
tus fieles devotos, a implorar tu bendición (bis)

Letra y música: Isabel Rodríguez Larraín

 

 

 

 

 

 

 

 


Novena al Señor de los Milagros: Oración preparatoria y final para todos los días

octubre 11, 2017

.

La imagen del Señor de los Milagros en procesión, cargada por cofrades de su Hermandad

.

NOVENA AL SEÑOR DE LOS MILAGROS

Con reflexiones sobre la Santísima Trinidad

.

I. Secuencia de la Novena y partes fijas para todos los días

1. Señal de la cruz

Por la señal de la santa cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor Dios nuestro; en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

2. Acto de contrición

Yo confieso ante Dios todopoderoso y ante ustedes, hermanos, que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión; por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa.

Por eso ruego a santa María, siempre virgen, a los Ángeles, a los Santos y a ustedes, hermanos, que intercedan por mí ante Dios, nuestro Señor.

3. Oración preparatoria para todos los días: Postrados ante el Señor de los Milagros.

Señor de los Milagros, me postro a tus pies y te reconozco como mi Salvador y mi Dios. Te adoro y te pido la gracia de hacer devotamente esta Novena en tu honor.

Te doy gracias, Señor Jesús, porque tú bajaste del cielo y viniste al mundo para demostrarnos cuánto nos ama el Padre, Dios invisible. Divino Jesús, tú sabías que el Padre desea que todos sus hijos se salven y tengan vida en abundancia.

Por eso, te ofreciste voluntariamente para cumplir la misión de Mesías y Salvador de todos los hombres. Eso fue lo que más te gustó. Nadie te obligó, a no ser tu amor incondicional y fiel a tu Padre Dios.

Señor Jesús, desde lo más íntimo de mi corazón te agradezco que te encarnaras y te hicieras hombre como uno de nosotros, igual en todo a nosotros, menos en el pecado. Te reconozco como mi Señor y mi Dios y te admiro por tu generosidad y tu solidaridad con los hombres.

Señor de los Milagros, mi Redentor, te bendigo y te alabo por tu bondad y tierna compasión hacia los hombres. Tú eres el puente entre Dios y los hombres. A través de ti, Señor Jesús, todos tenemos acceso seguro y directo al Padre Dios.

Por eso, Padre Santo, yo me postro en tu presencia, te adoro y te bendigo pues tú eres digno de toda bendición en el cielo y en la tierra. A ti la gloria y el poder porque gobiernas el mundo con sabiduría y misericordia. Tú eres el Creador, el Amo y Señor: Todo está en tus manos y nada está perdido.

Gracias, Padre, por enviarnos a tu propio Hijo y también al Espíritu Santo derramado en nuestros corazones. Este Espíritu nos conduce a la Verdad total que nos trajo Jesucristo. El Espíritu Santo habla con suavidad y poder a nuestro espíritu asegurándonos que somos hijos amados del Padre y hermanos entrañables de Cristo. Él nos hace clamar ¡Abba, Padre!

Por eso, Padre de bondad, como hijos tuyos que somos en tu Hijo bendito, te pedimos que nos envíes el Espíritu. Ven, pues, Espíritu Santo, y llénanos del amor del Padre y del Hijo. Ven, dulce huésped del alma. Ven, Padre amoroso del pobre, y no pases de largo en esta Novena. Déjanos la huella de la santa unción que nos da fe, vida y salud.

Te pedimos, Espíritu Vivificador, que durante estos días podamos saborear el amor personal e incondicional del Padre Dios y la dulzura inefable de su bendito hijo Jesucristo, el Señor de los Milagros. Amén.

4. Consideraciones bíblico-teológicas para cada día de la Novena

5. Peticiones o plegaria universal

6. Padre nuestro, Ave María y Gloria (tres veces).

7. Oracion final para todos los días 

Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, te adoro y te bendigo como mi único Señor y mi Dios. Me postro ante tu divina majestad y me rindo totalmente en tu presencia como criatura tuya que soy y también como hijo tuyo en tu bendito Hijo Jesucristo.

Te adoro, mi único Dios y Señor, y te entrego toda mi libertad. Quiero pertenecerte en cuerpo y alma y me consagro íntegramente a tu divina voluntad y misericordia. Te entrego todas mis facultades y pongo ante ti todas mis posibilidades: Deseo hacer siempre tu santa voluntad, pues te confieso como mi único amo y señor. Quiero andar en tu presencia toda mi vida. No quiero vivir dividido, disperso, y renuncio a toda actitud o conducta que me separe y me aparte de ti.

Padre de bondad infinita, te consagro mi memoria y quiero recordar y considerar siempre lo que tú esperas de mí. Deseo vivir, Padre Santo, según las expectativas, planes y proyectos que, desde toda la eternidad, has acariciado, soñado y pensado sobre mí. Que nada me distraiga y me aparte de ese proyecto misterioso. Quiero que estés orgulloso de mí como lo estás de tu amado Hijo, Jesús.

A ti, Señor Jesús, Señor de los Milagros, te consagro mi entendimiento y toda mi capacidad de pensar, discurrir y soñar. Tú eres mi sabiduría y mi ciencia. En ti, divino Maestro, quiero aprender todos los secretos y todo el saber. En ti encuentro el sentido más pleno de mi vida y de mi existencia. No quiero saber ni entender nada fuera de ti. Tú eres mi luz, vida y esperanza. Renuncio a buscar al margen de ti razones para vivir y esperar.

A ti, Espíritu Consolador, te entrego toda mi voluntad. Te consagro toda mi capacidad de gozo y felicidad. Que sólo en ti encuentre alegría y contento. Dame, Espíritu Santo, gusto en las cosas santas. Dame la vida eterna, que es conocer de verdad y saborear el amor del Padre y del Hijo. Hazme sentir la belleza y la bondad de la vida cristiana, y valorar la sabiduría de la Cruz. Líbrame de la mentira y de la vanidad del mundo presente.

Ven, Espíritu Vivificador, y mira mi pequeñez, ten compasión de mí, Padre amoroso del pobre: Ven a iluminar lo que está oscuro en mí, ven a enderezar lo torcido, a calentar lo frío, a endulzar lo amargo, en fin a sanar mis heridas. Ven, Espíritu Santo, a pacificar a los violentos, a reconciliar a los enemistados, a robustecer a los débiles, a vivificar lo que languidece, y finalmente, a resucitar a los que están muertos.

Padre Santo, por tu bendito Jesús, derrama el Santo Espíritu sobre toda carne, sobre tu santa Iglesia, sobre el Perú y de manera especial sobre todos los devotos del Señor de los Milagros, y sobre los que estamos haciendo esta Novena en su honor. Amén.

Gloria al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo, como era en el principio, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

(Continuará)