Hay salida para los jóvenes, según Christus vivit

octubre 9, 2019

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No dejes que te roben la esperanza y la alegría. Atrévete a ser más, porque tu ser importa más que cualquier cosa.

 

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Hay salida para los jóvenes, según Christus vivit

 

103. En este capítulo me detuve a mirar la realidad de los jóvenes en el mundo actual. Algunos otros aspectos aparecerán en los siguientes capítulos. Como ya dije, no pretendo ser exhaustivo con este análisis.

Exhorto a las comunidades a realizar con respeto y con seriedad un examen de su propia realidad juvenil más cercana, para poder discernir los caminos pastorales más adecuados. Pero no quiero terminar este capítulo sin dirigir algunas palabras a cada uno.

104. Te recuerdo la buena noticia que nos regaló la mañana de la Resurrección: que en todas las situaciones oscuras o dolorosas que mencionamos hay salida.

Por ejemplo, es verdad que el mundo digital puede ponerte ante el riesgo del ensimismamiento, del aislamiento o del placer vacío. Pero no olvides que hay jóvenes que también en estos ámbitos son creativos y a veces geniales. Es lo que hacía el joven venerable Carlos Acutis.

105. Él sabía muy bien que esos mecanismos de la comunicación, de la publicidad y de las redes sociales pueden ser utilizados para volvernos seres adormecidos, dependientes del consumo y de las novedades que podemos comprar, obsesionados por el tiempo libre, encerrados en la negatividad.

Pero él fue capaz de usar las nuevas técnicas de comunicación para transmitir el Evangelio, para comunicar valores y belleza.

106. No cayó en la trampa. Veía que muchos jóvenes, aunque parecen distintos, en realidad terminan siendo más de lo mismo, corriendo detrás de lo que les imponen los poderosos a través de los mecanismos de consumo y atontamiento. De ese modo, no dejan brotar los dones que el Señor les ha dado, no le ofrecen a este mundo esas capacidades tan personales y únicas que Dios ha sembrado en cada uno.

Así, decía Carlos, ocurre que “todos nacen como originales, pero muchos mueren como fotocopias”. No permitas que eso te ocurra.

107. No dejes que te roben la esperanza y la alegría, que te narcoticen para utilizarte como esclavo de sus intereses. Atrévete a ser más, porque tu ser importa más que cualquier cosa. No te sirve tener o aparecer. Puedes llegar a ser lo que Dios, tu Creador, sabe que eres, si reconoces que estás llamado a mucho.

Invoca al Espíritu Santo y camina con confianza hacia la gran meta: la santidad. Así no serás una fotocopia. Serás plenamente tú mismo.

108. Para eso necesitas reconocer algo fundamental: ser joven no es sólo la búsqueda de placeres pasajeros y de éxitos superficiales. Para que la juventud cumpla la finalidad que tiene en el recorrido de tu vida, debe ser un tiempo de entrega generosa, de ofrenda sincera, de sacrificios que duelen pero que nos vuelven fecundos. Es como decía un gran poeta:

«Si para recobrar lo recobrado
debí perder primero lo perdido,
si para conseguir lo conseguido
tuve que soportar lo soportado,

Si para estar ahora enamorado
fue menester haber estado herido,
tengo por bien sufrido lo sufrido,
tengo por bien llorado lo llorado.

Porque después de todo he comprobado
que no se goza bien de lo gozado
sino después de haberlo padecido.

Porque después de todo he comprendido
que lo que el árbol tiene de florido
vive de lo que tiene sepultado
» [61].

109. Si eres joven en edad, pero te sientes débil, cansado o desilusionado, pídele a Jesús que te renueve. Con Él no falta la esperanza. Lo mismo puedes hacer si te sientes sumergido en los vicios, las malas costumbres, el egoísmo o la comodidad enfermiza. Jesús, lleno de vida, quiere ayudarte para que ser joven valga la pena. Así no privarás al mundo de ese aporte que sólo tú puedes hacerle, siendo único e irrepetible como eres.

110. Pero quiero recordarte también que «es muy difícil luchar contra la propia concupiscencia y contra las asechanzas y tentaciones del demonio y del mundo egoísta si estamos aislados. Es tal el bombardeo que nos seduce que, si estamos demasiado solos, fácilmente perdemos el sentido de la realidad, la claridad interior, y sucumbimos» [62].

Esto vale especialmente para los jóvenes, porque ustedes unidos tienen una fuerza admirable. Cuando se entusiasman por una vida comunitaria, son capaces de grandes sacrificios por los demás y por la comunidad. En cambio, el aislamiento los debilita y los expone a los peores males de nuestro tiempo.

[61] Francisco Luis Bernárdez, «Soneto», en Cielo de tierra, Buenos Aires 1937.

[62] Exhort. ap. Gaudete et exsultate (19 marzo 2018), 140.

http://w2.vatican.va/content/francesco/es/apost_exhortations/documents/papa-francesco_esortazione-ap_20190325_christus-vivit.html

 


Oración a santa Mónica: ¡Ayuda a mi hijo a volver a Cristo!

octubre 4, 2019

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Santa Mónica es la amiga que nos consuela desde el cielo y que entiende bien la desesperación de los padres frustrados y confusos al ver a sus hijos alejarse de la Iglesia.

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Oración a santa Mónica: ¡Ayuda a mi hijo a volver a Cristo!

“Tu hijo, Agustín, también se descarrió…”

Por Elizabeth Scalia

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Santa Mónica, amantísima madre del gran santo Agustín de Hipona —Padre y Doctor de la Iglesia—  tenía mucha tarea con su hijo, que era un estudiante brillante y también un joven hedonista, padre de un hijo extramarital a los 19 años.Mujer cristiana casada con un pagano, Mónica observaba el camino de su hijo y rezaba fervorosamente por su conversión a Cristo. Durante muchos años, rezó porque el corazón y la mente de Agustín se abrieran por fin, porque tuviera un auténtico encuentro con Cristo y así fuera reformado y reorientado hacia la voluntad de Dios.

La fidelidad de Mónica fue compensada, y en uno de los fragmentos más conmovedores de las Confesiones de Agustín, el santo relata cómo Mónica identificó claramente su misión vital al conducir a sus hijos hasta la vida en la fe.

En Ostia, Mónica le dijo maravillada: “Hijo, por lo que a mí respecta, ya nada me deleita en esta vida. Qué es lo que hago aquí, y por qué estoy aún aquí, lo ignoro, pues no espero ya nada de este mundo. Una sola cosa me hacía desear que mi vida se prolongara por algún tiempo: el deseo de verte cristiano católico, antes de morir. Dios me lo ha concedido con creces, ya que te veo convertido en uno de sus siervos, habiendo renunciado a la felicidad terrena. ¿Qué hago ya en este mundo?”.

Unos días más tarde, Mónica contrajo una fiebre y dijo a Agustín y a su hermano que la enterraran allí, que no se preocuparan por sus restos mortales y les pidió un solo favor: “(…) Que me recordéis en el altar del Señor allá donde fuerais”.

Santa Mónica es la santa patrona de las personas que viven matrimonios difíciles, que tienen hijos problemáticos, y también patrona de las conversiones de familiares, en especial los hijos de uno.

Ella es la amiga que nos consuela desde el cielo y que entiende bien la desesperación de los padres frustrados y confusos al ver a sus hijos alejarse de la Iglesia. Mónica rezó y ayunó por que sus hijos conocieran a Jesucristo, así que ella es la poderosa compañía e intercesora de todos aquellos afligidos por los “caminos” de sus hijos e hijas.

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo,
con el peso de mi carga de amor, recurro a ti, querida santa Mónica,
y solicito tu ayuda e intercesión.

Desde tu lugar en el cielo, te imploro que ruegues ante el Trono del Santísimo por el bien de mi hijo/a, [Nombre], que se ha desviado de la fe y de todo lo que tratamos de enseñarle.

Sé, querida Mónica, que nuestros hijos no nos pertenecen, sino a Dios, y que Dios a menudo permite esta deriva como parte del viaje hacia Él.

Tu hijo, Agustín, también se descarrió; terminó por encontrar la fe y, desde su fe, se convirtió en un auténtico maestro.

Así que ayúdame a tener paciencia y a creer que todas las cosas —incluso este decepcionante distanciamiento de la fe—  obran en última instancia según el buen propósito de Dios.
Por el bien del alma de mi hijo/a, rezo por entender esto y tener confianza.

Santa Mónica, te ruego me enseñes a ser perseverante en mi fiel oración, como tú misma hiciste por el bien de tu hijo Agustín.

Inspírame para comportarme de manera que no aumente la distancia entre mi hijo y Cristo, sino que solo atraiga a [Nombre] suavemente hacia la maravillosa luz de Cristo.

Por favor, muéstrame lo que sabes sobre este doloroso misterio de separación,
y cómo se reconcilia en la reorientación de nuestros hijos hacia el paraíso de la casa del Padre.

Oh, santa Mónica, amante de Cristo y de su Iglesia,
ruega por mí y por mi hijo/a [Nombre], para que ganemos el cielo y nos unamos allí contigo, en eterna alabanza y agradecimiento a Dios.

Amén.

Oración a santa Mónica: ¡Ayuda a mi hijo a volver a Cristo!


El ambiente digital en que se desenvuelven los jóvenes, según Christus vivit

octubre 3, 2019

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En numerosos países, web y redes sociales representan un lugar irrenunciable para llegar a los jóvenes e implicarlos, incluso en iniciativas y actividades pastorales.

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El ambiente digital en que se desenvuelven los jóvenes, según Christus vivit

Algunas cosas que les pasan a los jóvenes

El ambiente digital

86. «El ambiente digital caracteriza el mundo contemporáneo. Amplias franjas de la humanidad están inmersas en él de manera ordinaria y continua.

Ya no se trata solamente de “usar” instrumentos de comunicación, sino de vivir en una cultura ampliamente digitalizada, que afecta de modo muy profundo la noción de tiempo y de espacio, la percepción de uno mismo, de los demás y del mundo, el modo de comunicar, de aprender, de informarse, de entrar en relación con los demás.

Una manera de acercarse a la realidad que suele privilegiar la imagen respecto a la escucha y a la lectura incide en el modo de aprender y en el desarrollo del sentido crítico» [39].

87. La web y las redes sociales han creado una nueva manera de comunicarse y de vincularse, y «son una plaza en la que los jóvenes pasan mucho tiempo y se encuentran fácilmente, aunque el acceso no es igual para todos, en particular en algunas regiones del mundo.

En cualquier caso, constituyen una extraordinaria oportunidad de diálogo, encuentro e intercambio entre personas, así como de acceso a la información y al conocimiento.

Por otro lado, el entorno digital es un contexto de participación sociopolítica y de ciudadanía activa, y puede facilitar la circulación de información independiente capaz de tutelar eficazmente a las personas más vulnerables poniendo de manifiesto las violaciones de sus derechos.

En numerosos países, web y redes sociales representan un lugar irrenunciable para llegar a los jóvenes e implicarlos, incluso en iniciativas y actividades pastorales» [40]

88. Pero para comprender este fenómeno en su totalidad hay que reconocer que, como toda realidad humana, está atravesado por límites y carencias. No es sano confundir la comunicación con el mero contacto virtual. De hecho, «el ambiente digital también es un territorio de soledad, manipulación, explotación y violencia, hasta llegar al caso extremo del dark web.

Los medios de comunicación digitales pueden exponer al riesgo de dependencia, de aislamiento y de progresiva pérdida de contacto con la realidad concreta, obstaculizando el desarrollo de relaciones interpersonales auténticas.

Nuevas formas de violencia se difunden mediante los social media, por ejemplo el ciberacoso; la web también es un canal de difusión de la pornografía y de explotación de las personas para fines sexuales o mediante el juego de azar» [41]

89. No se debería olvidar que «en el mundo digital están en juego ingentes intereses económicos, capaces de realizar formas de control tan sutiles como invasivas, creando mecanismos de manipulación de las conciencias y del proceso democrático.

El funcionamiento de muchas plataformas a menudo acaba por favorecer el encuentro entre personas que piensan del mismo modo, obstaculizando la confrontación entre las diferencias. Estos circuitos cerrados facilitan la difusión de informaciones y noticias falsas, fomentando prejuicios y odios.

La proliferación de las fake news es expresión de una cultura que ha perdido el sentido de la verdad y somete los hechos a intereses particulares. La reputación de las personas está en peligro mediante juicios sumarios en línea. El fenómeno afecta también a la Iglesia y a sus pastores» [42]

90. En un documento que prepararon 300 jóvenes de todo el mundo antes del Sínodo, ellos indicaron que «las relaciones online pueden volverse inhumanas. Los espacios digitales nos ciegan a la vulnerabilidad del otro y obstaculizan la reflexión personal.

Problemas como la pornografía distorsionan la percepción que el joven tiene de la sexualidad humana. La tecnología usada de esta forma, crea una realidad paralela ilusoria que ignora la dignidad humana» [43].

La inmersión en el mundo virtual ha propiciado una especie de “migración digital”, es decir, un distanciamiento de la familia, de los valores culturales y religiosos, que lleva a muchas personas a un mundo de soledad y de autoinvención, hasta experimentar así una falta de raíces aunque permanezcan físicamente en el mismo lugar.

La vida nueva y desbordante de los jóvenes, que empuja y busca autoafirmar la propia personalidad, se enfrenta hoy a un desafío nuevo: interactuar con un mundo real y virtual en el que se adentran solos como en un continente global desconocido.

Los jóvenes de hoy son los primeros en hacer esta síntesis entre lo personal, lo propio de cada cultura, y lo global. Pero esto requiere que logren pasar del contacto virtual a una buena y sana comunicación.

[39] Carta enc. Laudato si’ (24 mayo 2015), 21: AAS 107 (2015)

[40] Ibíd., 22.

[41] Ibíd., 23.

[42] Ibíd., 24.

[43] Documento de la Reunión pre-sinodal para la preparación de la XV Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos (24 marzo 2018), I, 4.

http://w2.vatican.va/content/francesco/es/apost_exhortations/documents/papa-francesco_esortazione-ap_20190325_christus-vivit.html

 


¿Cuál es el papel de los católicos en las protestas de Hong Kong?

agosto 26, 2019

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Protestas en Hong Kong. Crédito: Wikipedia / Hf9631 CC BY-SA 4.0

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¿Cuál es el papel de los católicos en las protestas de Hong Kong?

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Mientras continúan las protestas multitudinarias en Hong Kong, un líder estudiantil asegura que los católicos tienen un papel decisivo a la hora de animar a los manifestantes a mantenerse pacíficos en sus reivindicaciones.

“Las protestas del pasado domingo fueron pacíficas. Afortunadamente no hubo conflictos relevantes entre la policía y los manifestantes”, aseguró Edwin Chow, presidente interino de la Federación de Estudiantes Católicos de Hong Kong a CNA, agencia en inglés del Grupo ACI.

Las protestas en Hong Kong comenzaron hace casi tres meses como una respuesta contra un proyecto de ley de extradición a China. Este proyecto de ley acabaría con la autonomía de Hong Kong, que cuenta con un sistema legal propio, con respecto de China continental, que es mucho más represiva.

A pesar de la amenaza de violencia de la policía y la creciente preocupación por una posible represión por parte de las autoridades chinas, se estima que 1,7 millones de personas salieron a las calles de Hong Kong el domingo 18 de agosto para participar en una manifestación pacífica.

Sin embargo, esta no fue la manifestación más numerosa en lo que va de año. La protesta del pasado 6 de junio reunió a unos dos millones de personas. No todas las manifestaciones hasta ahora han sido pacíficas, de hecho en numerosas ocasiones tanto la policía como los manifestantes recurrieron a la violencia.

“Desde el pasado junio hasta antes de esta última protesta, la policía casi siempre, había usado gases lacrimógenos y balas. Sin embargo durante el pasado fin de semana la policía no lo volvió a utilizar y tampoco mantuvo ningún enfrentamiento serio con los manifestantes”, aseguró Chow.

Por su parte, los manifestantes continúan denunciando el uso de la fuerza excesiva por parte de la policía, así como la posibilidad de que Hong Kong comience a extraditar a presuntos delincuentes para que sean juzgados en China continental.

Este es uno de los principales motivos de las manifestaciones en Hong Kong, ya que el pasado mes de febrero el Gobierno de China introdujo el proyecto de ley que propone extradiciones a China. Aunque por el momento su aprobación se ha suspendido indefinidamente.

Sin embargo, los cristianos en Hong Kong siguen preocupados de que el Gobierno comunista chino continúe buscando formas de perseguir a quienes ayudan a los cristianos en China continental, donde la libertad de religión está severamente restringida.

“El Gobierno chino reprime y presiona a la Iglesia en China continental y nos preocupa que cuando tengamos comunicación con miembros de esta Iglesia el gobierno pueda tomar represalias contra nosotros”, dijo Chow.

El Administrador Apostólico de Hong Kong, Cardenal John Tong, pidió al Gobierno que elimine por completo la ley de extradición y también que se realice una investigación independiente sobre el uso excesivo de la fuerza por parte de la policía de Hong Kong.

El pasado domingo la Federación de Estudiantes Católicos de Hong Kong participó en la protesta y celebró un momento de oración antes de la marcha.

Chow también explicó que actualmente hay previstas varias manifestaciones más durante el mes de agosto y que en septiembre también habrá otras protestas que coincidirán con el inicio de las clases.

“Mis clases comenzarán el 2 de septiembre, pero en realidad el sindicato de estudiantes, la mayoría de los estudiantes universitarios, estamos planeando hacer una huelga ese día. Creo que es un deber, esto sucederá. Iremos a la huelga”, indicó.

Chow, que estudia Gobierno y Estudios Internacionales en la Universidad Bautista de Hong Kong, manifestó a CNA su deseo de ver a los católicos y otros cristianos asumir un papel más importante en las protestas en curso contra el gobierno.

En ese sentido, Chow destacó el papel especialmente importante que los católicos tuvieron al inicio de las protestas, cuando dirigieron el canto de algunos himnos religiosos. Sin embargo, durante las semanas siguientes su papel disminuyó.

“Es una buena oportunidad para que católicos y otras denominaciones cristianas nos unamos. Creo que tenemos valores similares, el mismo objetivo… Así que podemos cooperar y de esta manera nuestros poderes serán mayores”, aseguró Chow a CNA la semana pasada.

Este joven también subrayó que considera que los manifestantes están cambiando sus tácticas para tratar de ser menos hostiles. Durante las últimas semanas se realizaron algunas protestas en el aeropuerto internacional de Hong Kong, lo que causó numerosos problemas.

“Ahí fue cuando los manifestantes replantearon su estrategia. Piensan que una protesta pacífica tal vez pueda tener más apoyo. Creo que por el choque anterior y la violencia excesiva, tal vez hemos perdido algo de apoyo y queremos volver a ganarlo”, explicó Chow.

“También considero que el tema principal de las protestas es la violencia policial. Es difícil convencer a la gente de que estamos en contra de la violencia cuando también tú la usas. Esta puede ser la razón principal por la que esta protesta de este fin de semana fue más pacífica”.

En ese sentido, Chow explica que los grupos cristianos pueden tener un papel importante para alentar a los manifestantes a mantener la paz.

“Los grupos cristianos tenemos la responsabilidad y el poder de calmar a nuestros amigos. Por ejemplo, cantar himnos crea una atmósfera pacífica y puede ayudar a mantener la tranquilidad”, precisó.

Chow también explicó que el clero católico ha sido muy solidario. La Federación invitó al Obispo Emérito de Hong Kong, Cardenal Joseph Zen, a celebrar la Misa el 16 de junio, frente a la sede del Gobierno.

El Obispo Auxiliar de Hong Kong, Mons. Joseph Ha Chi-shing también participó en algunas protestas y apoyó a los manifestantes. Mons. Ha participó en una oración ecuménica que tuvo lugar a las afueras del edificio del Consejo Legislativo junto a miles de cristianos.

“Católicos de todas las edades se han unido a nuestras actividades”, “no son sólo adolescentes los que participan en la protesta; también personas mayores, adultos, se nos unen y apoyan la protesta”.

En los Estados Unidos, la comunidad católica china de la Arquidiócesis de San Francisco y la Oficina de Vida y Dignidad Humanas están organizando una vigilia de oración con adoración eucarística para rezar por Hong Kong a las 6:30 pm el 26 de agosto en la Iglesia de Santa Ana en San Francisco.

Traducido y adaptado por Blanca Ruiz. Publicado originalmente en CNA.

https://www.aciprensa.com/noticias/cual-es-el-papel-de-los-catolicos-en-las-protestas-de-hong-kong-14882?fbclid=IwAR0H2peogCk4XJNkFYaAsm4g7dirGcYLQ4eUC3yyLK1JHc9nSEHOcsNjUTg


«Emigraré a Canadá porque Hong Kong perderá libertad y será como China»

agosto 18, 2019

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A pesar de vivir en una de las sociedades más desarrolladas del planeta, asegura una joven que también emigrará porque «Hong Kong no será libre bajo China».

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«Emigraré a Canadá porque Hong Kong perderá libertad y será como China»

Aumenta la emigración por miedo al régimen de Pekín en medio de las protestas contra su creciente autoritarismo

Por Pablo M. Díez, enviado especial

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Antes de la devolución de Hong Kong a China por parte del Reino Unido, hubo un éxodo masivo por los miedos que despertaba el régimen del Partido Comunista en esta ciudad, probablemente la más capitalista del mundo.

Por las facilidades que daba su Gobierno y la ventaja de compartir el inglés, esta emigración en masa se dirigió a Canadá, donde se calcula que se asentaron más de 300.000 hongkoneses entre 1980 y 1997, el año del traspaso.

Uno de ellos fue Matthew L., quien entonces tenía unos 40 años y trabajaba como representante de una empresa de maquinaria industrial. Junto a su mujer, sus dos hijos y su suegra, se mudó a Vancouver, una agradable ciudad en la costa del Pacífico con un alto nivel de vida donde reside una abundante comunidad tanto hongkonesa como de China continental.

Pero la aburrida tranquilidad de Vancouver y la implantación del modelo «Un país, dos sistemas», que respetaba el capitalismo y las mayores libertades de Hong Kong, convencieron pronto a Matthew L. para emprender el camino de regreso.

Con su experiencia profesional y su dominio del mandarín, cantonés e inglés, podía ganarse la vida mucho mejor trabajando para el gigantesco mercado chino, cuya apertura ofrecía infinitas posibilidades.

Demostrando el carácter previsor de los hongkoneses, su suegra se quedó en Vancouver, disfrutando de su jubilación y con un pasaporte canadiense por si acaso la familia tenía que volver en el futuro.

Tras vender maquinaria pesada en las faraónicas infraestructuras que empezaban a cambiar el país, como la presa de las Tres Gargantas, Matthew L. pasó a ser contable de uno de los muchos fondos de inversión que operan en Hong Kong.

Como capital financiera de Asia, la antigua colonia británica es el destino para la mayoría de las grandes fortunas que se han amasado en China gracias a su frenético crecimiento de las últimas décadas. Con una veintena de clientes, Matthew L. gestiona una cartera de unos 50 millones de dólares (45 millones de euros) que le permite una vida cómoda.

Pero ha decidido emigrar de nuevo a Canadá por miedo a la ley de extradición a China, que ha sido suspendida pero no retirada.

La familia se separa

En su caso, le impulsan motivos ideológicos y también legales. «Todo el mundo sabe que los negocios en China se han hecho al amparo de la corrupción reinante y ahora hay cada vez más controles», explica a ABC en un restaurante cantonés en torno a una mesa del delicioso «dim sum».

«Si mis clientes caen en una purga anticorrupción porque no están en la rama correcta del régimen, a mí podrían perseguirme legalmente en caso de que Hong Kong tuviera un acuerdo de extradición con China», razona sus temores para oponerse al controvertido proyecto de ley.

Pase lo que pase de aquí a 2047, cuando en teoría expira el principio de «Un país, dos sistemas», Matthew L. ya ha tomado su decisión porque no se fía del Partido Comunista. «Emigraré a Canadá porque Hong Kong perderá libertad y será como China, que quiere asimilarnos y convertirnos en una ciudad más», asegura con resignación.

Con una edad próxima a la jubilación, ya es demasiado mayor para acogerse al cupo de emigrantes por motivos profesionales. Pero confía en que pueda hacerlo su hijo, que tiene unos 35 años y dirige una empresa de ventas por internet, y así tire de él por reagrupación familiar junto a la suegra que vive en Vancouver.

«Mi esposa quiere emigrar, pero mi hija, que es maestra, prefiere quedarse. A mí me dará mucha pena porque la familia se separará y perderé a mis amigos de aquí», se lamenta por una decisión que cambiará sus vidas para siempre.

Tras la devolución a China, muchos hongkoneses que habían emigrado regresaron a la ciudad por sus mayores oportunidades laborales y con el seguro de tener un pasaporte de otro país.

A tenor del periódico «South China Morning Post», se calcula que hay 300.000 residentes con pasaporte canadiense en Hong Kong, pero las autoridades solo contabilizan 16.500 porque no reconocen la doble nacionalidad.

Pérdida de libertades

Rompiendo la tendencia de los años anteriores, el flujo volvió a cambiar de sentido entre 2011 y 2016, cuando 8.000 emigrantes hongkoneses de ida y vuelta se marcharon otra vez a Canadá.

Además de buscar una mayor calidad de vida y huir de la carestía de la vivienda en esta superpoblada ciudad, entre sus motivos destacan el miedo a la inestabilidad política y la pérdida de libertades bajo el régimen chino.

Esa preocupación incluye el temor a una «educación patriótica» como la que ha vuelto a recomendar Pekín para acabar con las protestas de los jóvenes, que tienen revolucionada a la ciudad desde hace más de dos meses y derivan cada fin de semana en una «guerrilla urbana» contra la Policía.

«Ahora somos libres y no queremos una censura como la que hay en China ni que nos laven el cerebro con la propaganda», argumenta en medio de una barricada Stephanie, una estudiante de 16 años que forma parte de esa «generación rebelde» que ha crecido en esta ciudad hasta ahora tan pragmática y enfocada a los negocios.

A pesar de vivir en una de las sociedades más desarrolladas del planeta, asegura que también emigrará porque «Hong Kong no será libre bajo China».


Carta del Papa Francisco a los sacerdotes en el 160º aniversario de la muerte del Cura de Ars (2 de 2)

agosto 9, 2019

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Varios sacerdotes saludan efusivamente al Papa Francisco festejando su aprecio y cercanía

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Carta del Papa Francisco a los sacerdotes en el 160º aniversario de la muerte del Cura de Ars

A mis hermanos presbíteros.

Queridos hermanos: (Segunda parte, continuación)

ÁNIMO

«Mi deseo es que se sientan animados» (Col 2,2).

Mi segundo gran deseo, haciéndome eco de las palabras de san Pablo, es acompañarlos a renovar nuestro ánimo sacerdotal, fruto ante todo de la acción del Espíritu Santo en nuestras vidas. Frente a experiencias dolorosas todos tenemos necesidad de consuelo y de ánimo.

La misión a la que fuimos llamados no entraña ser inmunes al sufrimiento, al dolor e inclusive a la incomprensión [18]; al contrario, nos pide mirarlos de frente y asumirlos para dejar que el Señor los transforme y nos configure más a Él.

«En el fondo, la falta de un reconocimiento sincero, dolorido y orante de nuestros límites es lo que impide a la gracia actuar mejor en nosotros, ya que no le deja espacio para provocar ese bien posible que se integra en un camino sincero y real de crecimiento» [19].

Un buen “test” para conocer cómo está nuestro corazón de pastor es preguntarnos cómo enfrentamos el dolor. Muchas veces se puede actuar como el levita o el sacerdote de la parábola que dan un rodeo e ignoran al hombre caído (cf. Lc 10,31-32).

Otros se acercan mal, lo intelectualizan refugiándose en lugares comunes: “la vida es así”, “no se puede hacer nada”, dando lugar al fatalismo y la desazón; o se acercan con una mirada de preferencias selectivas que lo único que genera es aislamiento y exclusión.

«Como el profeta Jonás siempre llevamos latente la tentación de huir a un lugar seguro que puede tener muchos nombres: individualismo, espiritualismo, encerramiento en pequeños mundos…» [20], los cuales lejos de hacer que nuestras entrañas se conmuevan terminan apartándonos de las heridas propias, de las de los demás y, por tanto, de las llagas de Jesús [21].

En esta misma línea quisiera señalar otra actitud sutil y peligrosa que, como le gustaba decir a Bernanos, es «el más preciado de los elixires del demonio» [22] y la más nociva para quienes queremos servir al Señor porque siembra desaliento, orfandad y conduce a la desesperación [23].

Desilusionados con la realidad, con la Iglesia o con nosotros mismos, podemos vivir la tentación de apegarnos a una tristeza dulzona, que los padres de Oriente llamaban acedia.

El card. Tomáš Špidlík decía: «Si nos asalta la tristeza por cómo es la vida, por la compañía de los otros, porque estamos solos… entonces es porque tenemos una falta de fe en la Providencia de Dios y en su obra. La tristeza […] paraliza el ánimo de continuar con el trabajo, con la oración, nos hace antipáticos para los que viven junto a nosotros. Los monjes, que dedican una larga descripción a este vicio, lo llaman el peor enemigo de la vida espiritual» [24].

Conocemos esa tristeza que lleva al acostumbramiento y conduce paulatinamente a la naturalización del mal y a la injusticia con el tenue susurrar del “siempre se hizo así”. Tristeza que vuelve estéril todo intento de transformación y conversión propagando resentimiento y animosidad.

«Ésa no es la opción de una vida digna y plena, ése no es el deseo de Dios para nosotros, ésa no es la vida en el Espíritu que brota del corazón de Cristo Resucitado» [25] y para la que fuimos llamados.

Hermanos, cuando esa tristeza dulzona amenace con adueñarse de nuestra vida o de nuestra comunidad, sin asustarnos ni preocuparnos, pero con determinación, pidamos y hagamos pedir al Espíritu que «venga a despertarnos, a pegarnos un sacudón en nuestra modorra, a liberarnos de la inercia. Desafiemos las costumbres, abramos bien los ojos, los oídos y sobre todo el corazón, para dejarnos descolocar por lo que sucede a nuestro alrededor y por el grito de la Palabra viva y eficaz del Resucitado» [26].

Permítanme repetirlo, todos necesitamos del consuelo y la fortaleza de Dios y de los hermanos en los tiempos difíciles. A todos nos sirven aquellas sentidas palabras de san Pablo a sus comunidades: «Les pido, por tanto, que no se desanimen a causa de las tribulaciones» (Ef 3,13); «Mi deseo es que se sientan animados» (Col 2,2), y así poder llevar adelante la misión que cada mañana el Señor nos regala: transmitir «una buena noticia, una alegría para todo el pueblo» (Lc 2,10).

Pero, eso sí, no ya como teoría o conocimiento intelectual o moral de lo que debería ser, sino como hombres que en medio del dolor fueron transformados y transfigurados por el Señor, y como Job llegan a exclamar: «Yo te conocía sólo de oídas, pero ahora te han visto mis ojos» (42,5). Sin esta experiencia fundante, todos nuestros esfuerzos nos llevarán por el camino de la frustración y el desencanto.

A lo largo de nuestra vida, hemos podido contemplar cómo «con Jesucristo siempre nace y renace la alegría» [27]. Si bien existen distintas etapas en esta vivencia, sabemos que más allá de nuestras fragilidades y pecados Dios siempre «nos permite levantar la cabeza y volver a empezar, con una ternura que nunca nos desilusiona y que siempre puede devolvernos la alegría» [28].

Esa alegría no nace de nuestros esfuerzos voluntaristas o intelectualistas sino de la confianza de saber que siguen actuantes las palabras de Jesús a Pedro: en el momento que seas zarandeado, no te olvides que «yo mismo he rogado por ti, para que no te falte la fe» (Lc 22,32). El Señor es el primero en rezar y en luchar por vos y por mí. Y nos invita a entrar de lleno en su oración.

Inclusive pueden llegar momentos en los que tengamos que sumergirnos en «la oración de Getsemaní, la más humana y la más dramática de las plegarias de Jesús […]. Hay súplica, tristeza, angustia, casi una desorientación (Mc 14,33s.)» [29].

Sabemos que no es fácil permanecer delante del Señor dejando que su mirada recorra nuestra vida, sane nuestro corazón herido y lave nuestros pies impregnados de la mundanidad que se adhirió en el camino e impide caminar.

En la oración experimentamos nuestra bendita precariedad que nos recuerda que somos discípulos necesitados del auxilio del Señor y nos libera de esa tendencia «prometeica de quienes en el fondo sólo confían en sus propias fuerzas y se sienten superiores a otros por cumplir determinadas normas» [30].

Hermanos, Jesús más que nadie, conoce nuestros esfuerzos y logros, así como también los fracasos y desaciertos. Él es el primero en decirnos: «Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré. Carguen sobre Ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio» (Mt 11,28-29).

En una oración así sabemos que nunca estamos solos. La oración del pastor es una oración habitada tanto por el Espíritu «que clama a Dios llamándolo ¡Abba!, es decir, ¡Padre!» (Ga 4,6) como por el pueblo que le fue confiado. Nuestra misión e identidad se entienden desde esta doble vinculación.

La oración del pastor se nutre y encarna en el corazón del Pueblo de Dios. Lleva las marcas de las heridas y alegrías de su gente a la que presenta desde el silencio al Señor para que las unja con el don del Espíritu Santo. Es la esperanza del pastor que confía y lucha para que el Señor cure nuestra fragilidad, la personal y la de nuestros pueblos.

Pero no perdamos de vista que precisamente en la oración del Pueblo de Dios es donde se encarna y encuentra lugar el corazón del pastor. Esto nos libra a todos de buscar o querer respuestas fáciles, rápidas y prefabricadas, permitiéndole al Señor que sea Él (y no nuestras recetas y prioridades) quien muestre un camino de esperanza.

No perdamos de vista que, en los momentos más difíciles de la comunidad primitiva, tal como leemos en el libro de los Hechos de los Apóstoles, la oración se constituyó en la verdadera protagonista.

Hermanos, reconozcamos nuestra fragilidad, sí; pero dejemos que Jesús la transforme y nos lance una y otra vez a la misión. No nos perdamos la alegría de sentirnos “ovejas”, de saber que él es nuestro Señor y Pastor.

Para mantener animado el corazón es necesario no descuidar estas dos vinculaciones constitutivas de nuestra identidad: la primera, con Jesús. Cada vez que nos desvinculamos de Jesús o descuidamos la relación con Él, poco a poco nuestra entrega se va secando y nuestras lámparas se quedan sin el aceite capaz de iluminar la vida (cf. Mt 25,1-13):

«Así como el sarmiento no puede dar fruto si no permanece en la vid, tampoco Ustedes, si no permanecen en mí. Permanezcan en mi amor (…) porque separados de mí, nada pueden hacer» (Jn 15,4-5).

En este sentido, quisiera animarlos a no descuidar el acompañamiento espiritual, teniendo a algún hermano con quien charlar, confrontar, discutir y discernir en plena confianza y transparencia el propio camino; un hermano sapiente con quien hacer la experiencia de saberse discípulos. Búsquenlo, encuéntrenlo y disfruten de la alegría de dejarse cuidar, acompañar y aconsejar.

Es una ayuda insustituible para poder vivir el ministerio haciendo la voluntad del Padre (cf. Hb 10,9) y dejar al corazón latir con «los mismos sentimientos de Cristo» (Flp 2,5). Qué bien nos hacen las palabras del Eclesiastés: «Valen más dos juntos que uno solo… si caen, uno levanta a su compañero, pero ¡pobre del que está solo y se cae, sin tener nadie que lo levante!» (4,9-10).

La otra vinculación constitutiva: acrecienten y alimenten el vínculo con su pueblo. No se aíslen de su gente y de los presbiterios o comunidades. Menos aún se enclaustren en grupos cerrados y elitistas. Esto, en el fondo, asfixia y envenena el alma.

Un ministro animado es un ministro siempre en salida; y “estar en salida” nos lleva a caminar «a veces delante, a veces en medio y a veces detrás: delante, para guiar a la comunidad; en medio, para mejor comprenderla, alentarla y sostenerla; detrás, para mantenerla unida y que nadie se quede demasiado atrás… y también por otra razón: porque el pueblo tiene “olfato”.

Tiene olfato en encontrar nuevas sendas para el camino, tiene el “sensus fidei” [cf. LG 12]. ¿Hay algo más bello?» [31]. Jesús mismo es el modelo de esta opción evangelizadora que nos introduce en el corazón del pueblo.

¡Qué bien nos hace mirarlo cercano a todos! La entrega de Jesús en la cruz no es más que la culminación de ese estilo evangelizador que marcó toda su existencia.

Hermanos, el dolor de tantas víctimas, el dolor del Pueblo de Dios, así como el nuestro propio no puede ser en vano. Es Jesús mismo quien carga todo este peso en su cruz y nos invita a renovar nuestra misión para estar cerca de los que sufren, para estar, sin vergüenzas, cerca de las miserias humanas y, por qué no, vivirlas como propias para hacerlas eucaristía [32].

Nuestro tiempo, marcado por viejas y nuevas heridas necesita que seamos artesanos de relación y de comunión, abiertos, confiados y expectantes de la novedad que el Reino de Dios quiere suscitar hoy. Un Reino de pecadores perdonados invitados a testimoniar la siempre viva y actuante compasión del Señor; «porque eterna es su misericordia».

ALABANZA

«Proclama mi alma la grandeza del Señor» (Lc 1,46).

Es imposible hablar de gratitud y ánimo sin contemplar a María. Ella, mujer de corazón traspasado (cf. Lc 2,35), nos enseña la alabanza capaz de abrir la mirada al futuro y devolver la esperanza al presente. Toda su vida quedó condensada en su canto de alabanza (cf. Lc 1,46-55) que también somos invitados a entonar como promesa de plenitud.

Cada vez que voy a un Santuario Mariano, me gusta “ganar tiempo” mirando y dejándome mirar por la Madre, pidiendo la confianza del niño, del pobre y del sencillo que sabe que ahí está su Madre y es capaz de mendigar un lugar en su regazo.

Y en ese estar mirándola, escuchar una vez más como el indio Juan Diego: «¿Qué hay, hijo mío, el más pequeño?, ¿qué entristece tu corazón? ¿Acaso no estoy yo aquí, yo que tengo el honor de ser tu madre?» [33].

Mirar a María es volver «a creer en lo revolucionario de la ternura y del cariño. En ella vemos que la humildad y la ternura no son virtudes de los débiles sino de los fuertes, que no necesitan maltratar a otros para sentirse importantes» [34].

Si alguna vez, la mirada comienza a endurecerse, o sentimos que la fuerza seductora de la apatía o la desolación quiere arraigar y apoderarse del corazón; si el gusto por sentirnos parte viva e integrante del Pueblo de Dios comienza a incomodar y nos percibimos empujados hacia una actitud elitista… no tengamos miedo de contemplar a María y entonar su canto de alabanza.

Si alguna vez nos sentimos tentados de aislarnos y encerrarnos en nosotros mismos y en nuestros proyectos protegiéndonos de los caminos siempre polvorientos de la historia, o si el lamento, la queja, la crítica o la ironía se adueñan de nuestro accionar sin ganas de luchar, de esperar y de amar… miremos a María para que limpie nuestra mirada de toda “pelusa” que puede estar impidiéndonos ser atentos y despiertos para contemplar y celebrar a Cristo que Vive en medio de su Pueblo.

Y si vemos que no logramos caminar derecho, que nos cuesta mantener los propósitos de conversión, digámosle como le suplicaba, casi con complicidad, ese gran párroco, poeta también, de mi anterior diócesis: «Esta tarde, Señora / la promesa es sincera; / por las dudas no olvides / dejar la llave afuera» [35].

«Ella es la amiga siempre atenta para que no falte vino en nuestras vidas. Ella es la del corazón abierto por la espada, que comprende todas las penas. Como madre de todos, es signo de esperanza para los pueblos que sufren dolor de parto hasta que brote la justicia… como una verdadera madre, ella camina con nosotros, lucha con nosotros, y derrama incesantemente la cercanía del Amor de Dios» [36].

Hermanos, una vez más, «doy gracias sin cesar por Ustedes» (Ef 1,16) por su entrega y misión con la confianza que «Dios quita las piedras más duras, contra las que se estrellan las esperanzas y las expectativas: la muerte, el pecado, el miedo, la mundanidad.

La historia humana no termina ante una piedra sepulcral, porque hoy descubre la “piedra viva” (cf. 1 P 2,4): Jesús resucitado. Nosotros, como Iglesia, estamos fundados en Él, e incluso cuando nos desanimamos, cuando sentimos la tentación de juzgarlo todo en base a nuestros fracasos, Él viene para hacerlo todo nuevo» [37].

Dejemos que sea la gratitud lo que despierte la alabanza y nos anime una vez más en la misión de ungir a nuestros hermanos en la esperanza. A ser hombres que testimonien con su vida la compasión y misericordia que sólo Jesús nos puede regalar.

Que el Señor Jesús los bendiga y la Virgen Santa los cuide. Y, por favor, les pido que no se olviden de rezar por mí.

Fraternalmente,

Francisco

Roma, junto a San Juan de Letrán, 4 de agosto de 2019.
Memoria litúrgica del santo Cura de Ars.


[18] Cf. Misericordia et Misera, 13.

[19] Gaudete et Exsultate, 50.

[20] Gaudete et Exsultate, 134.

[21] Cf. J. M. Bergoglio, Reflexiones en esperanza, LEV 2013, p. 14.

[22] Journal d’un curé de campagne, 135. Cf. Evangelii Gaudium, 83.

[23] Cf. Barsanufio, Cartas; en V. Cutro – M. T. Szwemin, Bisogno di paternità, Varsavia 2018, p. 124.

[24] Cf. El arte de purificar el corazón, Monte Carmelo 2003, p. 60.

[25] Evangelii Gaudium, 2.

[26] Gaudete et Exsultate, 137.

[27] Evangelii Gaudium, 1.

[28] Ibíd., 3.

[29] J. M. Bergoglio, Reflexiones en esperanza, LEV 2013, p. 26.

[30] Evangelii Gaudium, 94.

[31] Encuentro con el clero, personas de vida consagrada y miembros de consejos pastorales, Asís (4 octubre 2013).

[32] Cf. Evangelii Gaudium, 268-270.

[33] Cf. Nican Mopohua, 107, 118, 119.

[34] Evangelii Gaudium, 288.

[35] Cf. A. L. Calori, Aula Fúlgida, Buenos Aires 1946.

[36] Evangelii Gaudium, 286.

[37] Homilía en la Vigilia Pascual (20 abril 2019).

http://w2.vatican.va/content/francesco/es/letters/2019/documents/papa-francesco_20190804_lettera-presbiteri.html


Carta del Papa Francisco a los sacerdotes en el 160º aniversario de la muerte del Cura de Ars (1 de 2)

agosto 8, 2019

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El Papa Francisco a los sacerdotes: Como hermano mayor y padre quiero agradecerles en nombre del santo Pueblo fiel de Dios todo lo que recibe de Ustedes y, a su vez, animarlos

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Carta del Papa Francisco a los sacerdotes en el 160º aniversario de la muerte del Cura de Ars

A mis hermanos presbíteros.

Queridos hermanos:

Recordamos los 160 años de la muerte del santo Cura de Ars a quien Pío XI presentó como patrono para todos los párrocos del mundo [1]. En su fiesta quiero escribirles esta carta, no sólo a los párrocos sino también a todos Ustedes hermanos presbíteros que sin hacer ruido “lo dejan todo” para estar empeñados en el día a día de sus comunidades.

A Ustedes que, como el Cura de Ars, trabajan en la “trinchera”, llevan sobre sus espaldas el peso del día y del calor (cf. Mt 20,12) y, expuestos a un sinfín de situaciones, “dan la cara” cotidianamente y sin darse tanta importancia, a fin de que el Pueblo de Dios esté cuidado y acompañado.

Me dirijo a cada uno de Ustedes que, tantas veces, de manera desapercibida y sacrificada, en el cansancio o la fatiga, la enfermedad o la desolación, asumen la misión como servicio a Dios y a su gente e, incluso con todas las dificultades del camino, escriben las páginas más hermosas de la vida sacerdotal.

Hace un tiempo manifestaba a los obispos italianos la preocupación de que, en no pocas regiones, nuestros sacerdotes se sienten ridiculizados y “culpabilizados” por crímenes que no cometieron y les decía que ellos necesitan encontrar en su obispo la figura del hermano mayor y el padre que los aliente en estos tiempos difíciles, los estimule y sostenga en el camino [2].

Como hermano mayor y padre también quiero estar cerca, en primer lugar para agradecerles en nombre del santo Pueblo fiel de Dios todo lo que recibe de Ustedes y, a su vez, animarlos a renovar esas palabras que el Señor pronunció con tanta ternura el día de nuestra ordenación y constituyen la fuente de nuestra alegría: «Ya no los llamo siervos…, yo los llamo amigos» (Jn 15,15) [3].

DOLOR

«He visto la aflicción de mi pueblo» (Ex 3,7).

En estos últimos tiempos hemos podido oír con mayor claridad el grito, tantas veces silencioso y silenciado, de hermanos nuestros, víctimas de abuso de poder, de conciencia y sexual por parte de ministros ordenados. Sin lugar a dudas es un tiempo de sufrimiento en la vida de las víctimas que padecieron las diferentes formas de abusos; también para sus familias y para todo el Pueblo de Dios.

Como Ustedes saben estamos firmemente comprometidos con la puesta en marcha de las reformas necesarias para impulsar, desde la raíz, una cultura basada en el cuidado pastoral de manera tal que la cultura del abuso no encuentre espacio para desarrollarse y, menos aún, perpetuarse. No es tarea fácil y de corto plazo, reclama el compromiso de todos.

Si en el pasado la omisión pudo transformarse en una forma de respuesta, hoy queremos que la conversión, la transparencia, la sinceridad y solidaridad con las víctimas se convierta en nuestro modo de hacer la historia y nos ayude a estar más atentos ante todo sufrimiento humano [4].

Este dolor no es indiferente tampoco a los presbíteros. Así lo pude constatar en las diferentes visitas pastorales tanto en mi diócesis como en otras donde tuve la oportunidad de mantener encuentros y charlas personales con sacerdotes.

Muchos de ellos me manifestaron su indignación por lo sucedido, y también cierta impotencia, ya que además del «desgaste por la entrega han vivido el daño que provoca la sospecha y el cuestionamiento, que en algunos o muchos pudo haber introducido la duda, el miedo y la desconfianza» [5].

Numerosas son las cartas de sacerdotes que comparten este sentir. Por otra parte, consuela encontrar pastores que, al constatar y conocer el dolor sufriente de las víctimas y del Pueblo de Dios, se movilizan, buscan palabras y caminos de esperanza.

Sin negar y repudiar el daño causado por algunos hermanos nuestros sería injusto no reconocer a tantos sacerdotes que, de manera constante y honesta, entregan todo lo que son y tienen por el bien de los demás (cf. 2 Co 12,15) y llevan adelante una paternidad espiritual capaz de llorar con los que lloran; son innumerables los sacerdotes que hacen de su vida una obra de misericordia en regiones o situaciones tantas veces inhóspitas, alejadas o abandonadas incluso a riesgo de la propia vida.

Reconozco y agradezco su valiente y constante ejemplo que, en momentos de turbulencia, vergüenza y dolor, nos manifiesta que Ustedes siguen jugándose con alegría por el Evangelio [6].

Estoy convencido de que, en la medida en que seamos fieles a la voluntad de Dios, los tiempos de purificación eclesial que vivimos nos harán más alegres y sencillos y serán, en un futuro no lejano, muy fecundos.

«¡No nos desanimemos! El señor está purificando a su Esposa y nos está convirtiendo a todos a Sí. Nos permite experimentar la prueba para que entendamos que sin Él somos polvo. Nos está salvando de la hipocresía y de la espiritualidad de las apariencias. Está soplando su Espíritu para devolver la belleza a su Esposa sorprendida en flagrante adulterio. Nos hará bien leer hoy el capítulo 16 de Ezequiel. Esa es la historia de la Iglesia. Esa es mi historia, puede decir alguno de nosotros. Y, al final, a través de tu vergüenza, seguirás siendo un pastor. Nuestro humilde arrepentimiento, que permanece en silencio, en lágrimas ante la monstruosidad del pecado y la insondable grandeza del perdón de Dios, es el comienzo renovado de nuestra santidad» [7].

GRATITUD

«Doy gracias sin cesar por Ustedes» (Ef 1,16).

La vocación, más que una elección nuestra, es respuesta a un llamado gratuito del Señor. Es bueno volver una y otra vez sobre esos pasajes evangélicos donde vemos a Jesús rezar, elegir y llamar «para que estén con Él y para enviarlos a predicar» (Mc 3,14).

Quisiera recordar aquí a un gran maestro de vida sacerdotal de mi país natal, el padre Lucio Gera quien, hablando a un grupo de sacerdotes en tiempos de muchas pruebas en América Latina, les decía: “Siempre, pero sobre todo en las pruebas, debemos volver a esos momentos luminosos en que experimentamos el llamado del Señor a consagrar toda nuestra vida a su servicio”.

Es lo que me gusta llamar “la memoria deuteronómica de la vocación” que nos permite volver «a ese punto incandescente en el que la gracia de Dios me tocó al comienzo del camino y con esa chispa volver a encender el fuego para el hoy, para cada día y llevar calor y luz a mis hermanos y hermanas. Con esta chispa se enciende una alegría humilde, una alegría que no ofende el dolor y la desesperación, una alegría buena y serena» [8].

Un día pronunciamos un “sí” que nació y creció en el seno de una comunidad cristiana de la mano de esos santos «de la puerta de al lado» [9] que nos mostraron con fe sencilla que valía la pena entregar todo por el Señor y su Reino. Un “sí” cuyo alcance ha tenido y tendrá una trascendencia impensada, que muchas veces no llegaremos a imaginar todo el bien que fue y es capaz de generar.

¡Qué lindo cuando un cura anciano se ve rodeado y visitado por esos pequeños —ya adultos— que bautizó en sus inicios y, con gratitud, le vienen a presentar la familia! Allí descubrimos que fuimos ungidos para ungir y la unción de Dios nunca defrauda y me hace decir con el Apóstol: «Doy gracias sin cesar por Ustedes» (Ef 1,16) y por todo el bien que han hecho.

En momentos de tribulación, fragilidad, así como en los de debilidad y manifestación de nuestros límites, cuando la peor de todas las tentaciones es quedarse rumiando la desolación [10] fragmentando la mirada, el juicio y el corazón, en esos momentos es importante —hasta me animaría a decir crucial— no sólo no perder la memoria agradecida del paso del Señor por nuestra vida, la memoria de su mirada misericordiosa que nos invitó a jugárnosla por Él y por su Pueblo, sino también animarse a ponerla en práctica y con el salmista poder armar nuestro propio canto de alabanza porque «eterna es su misericordia» (Sal 135).

El agradecimiento siempre es un “arma poderosa”. Sólo si somos capaces de contemplar y agradecer concretamente todos los gestos de amor, generosidad, solidaridad y confianza, así como de perdón, paciencia, aguante y compasión con los que fuimos tratados, dejaremos al Espíritu regalarnos ese aire fresco capaz de renovar (y no emparchar) nuestra vida y misión.

Dejemos que, al igual que Pedro en la mañana de la “pesca milagrosa”, el constatar tanto bien recibido nos haga despertar la capacidad de asombro y gratitud que nos lleve a decir: «Aléjate de mí, Señor, porque soy un pecador» (Lc 5,8) y, escuchemos una vez más de boca del Señor su llamado: «No temas, de ahora en adelante serás pescador de hombres» (Lc 5,10); porque «eterna es su misericordia».

Hermanos, gracias por su fidelidad a los compromisos contraídos. Es todo un signo que, en una sociedad y una cultura que convirtió “lo gaseoso” en valor, existan personas que apuesten y busquen asumir compromisos que exigen toda la vida.

Sustancialmente estamos diciendo que seguimos creyendo en Dios que jamás ha quebrantado su alianza, inclusive cuando nosotros la hemos quebrantado incontablemente. Esto nos invita a celebrar la fidelidad de Dios que no deja de confiar, creer y apostar a pesar de nuestros límites y pecados, y nos invita a hacer lo mismo.

Conscientes de llevar un tesoro en vasijas de barro (cf. 2 Co4,7), sabemos que el Señor triunfa en la debilidad (cf. 2 Co 12,9), no deja de sostenernos y llamarnos, dándonos el ciento por uno (cf. Mc 10,29-30) porque «eterna es su misericordia».

Gracias por la alegría con la que han sabido entregar sus vidas, mostrando un corazón que con los años luchó y lucha para no volverse estrecho y amargo y ser, por el contrario, cotidianamente ensanchado por el amor a Dios y a su pueblo; un corazón que, como al buen vino, el tiempo no lo ha agriado, sino que le dio una calidad cada vez más exquisita; porque «eterna es su misericordia».

Gracias por buscar fortalecer los vínculos de fraternidad y amistad en el presbiterio y con su obispo, sosteniéndose mutuamente, cuidando al que está enfermo, buscando al que se aísla, animando y aprendiendo la sabiduría del anciano, compartiendo los bienes, sabiendo reír y llorar juntos, ¡cuán necesarios son estos espacios!

E inclusive siendo constantes y perseverantes cuando tuvieron que asumir alguna misión áspera o impulsar a algún hermano a asumir sus responsabilidades; porque «eterna es su misericordia».

Gracias por el testimonio de perseverancia y “aguante” (hypomoné) en la entrega pastoral que tantas veces, movidos por la parresía del pastor [11], nos lleva a luchar con el Señor en la oración, como Moisés en aquella valiente y hasta riesgosa intercesión por el pueblo (cf. Nm 14,13-19; Ex 32,30-32; Dt 9,18-21); porque «eterna es su misericordia».

Gracias por celebrar diariamente la Eucaristía y apacentar con misericordia en el sacramento de la reconciliación, sin rigorismos ni laxismos, haciéndose cargo de las personas y acompañándolas en el camino de conversión hacia la vida nueva que el Señor nos regala a todos.

Sabemos que por los escalones de la misericordia podemos llegar hasta lo más bajo de nuestra condición humana —fragilidad y pecados incluidos— y, en el mismo instante, experimentar lo más alto de la perfección divina: «Sean misericordiosos como el Padre es misericordioso» [12].

Y así ser «capaces de caldear el corazón de las personas, de caminar con ellas en la noche, de saber dialogar e incluso descender a su noche y su oscuridad sin perderse» [13]; porque «eterna es su misericordia».

Gracias por ungir y anunciar a todos, con ardor, “a tiempo y a destiempo” el Evangelio de Jesucristo (cf. 2 Tm 4,2), sondeando el corazón de la propia comunidad «para buscar dónde está vivo y ardiente el deseo de Dios y también dónde ese diálogo, que era amoroso, fue sofocado o no pudo dar fruto» [14]; porque «eterna es su misericordia».

Gracias por las veces en que, dejándose conmover en las entrañas, han acogido a los caídos, curado sus heridas, dando calor a sus corazones, mostrando ternura y compasión como el samaritano de la parábola (cf. Lc 10,25-37). Nada urge tanto como esto: proximidad, cercanía, hacernos cercanos a la carne del hermano sufriente. ¡Cuánto bien hace el ejemplo de un sacerdote que se acerca y no les huye a las heridas de sus hermanos! [15].

Reflejo del corazón del pastor que aprendió el gusto espiritual de sentirse uno con su pueblo [16]; que no se olvida que salió de él y que sólo en su servicio encontrará y podrá desplegar su más pura y plena identidad, que le hace desarrollar un estilo de vida austera y sencilla, sin aceptar privilegios que no tienen sabor a Evangelio; porque «eterna es su misericordia».

Gracias demos, también por la santidad del Pueblo fiel de Dios que somos invitados a apacentar y, a través del cual, el Señor también nos apacienta y cuida con el regalo de poder contemplar a ese pueblo en esos «padres que cuidan con tanto amor a sus hijos, en esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, en los enfermos, en las religiosas ancianas que siguen sonriendo.

En esta constancia para seguir adelante día a día, veo la santidad de la Iglesia militante» [17]. Agradezcamos por cada uno de ellos y dejémonos socorrer y estimular por su testimonio; porque «eterna es su misericordia».


[1] Carta ap. Anno Iubilari: AAS 21 (1929), 313.

[2] Conferencia Episcopal Italiana (20 mayo 2019). La paternidad espiritual que impulsa al Obispo a no dejar huérfanos a sus presbíteros, y se puede “palpar” no sólo en la capacidad que estos tengan de tener abiertas sus puertas para todos sus curas sino en ir a buscarlos para cuidar y acompañar.

[3] Cf. S. Juan XXIII, Carta enc. Sacerdotii nostri primordia, en el I centenario del tránsito del santo Cura de Ars (1 agosto 1959).

[4] Cf. Carta al Pueblo de Dios (20 agosto 2018).

[5] Encuentro con los sacerdotes, religiosos/as, consagrados/as y seminaristasSantiago de Chile (16 enero 2018).

[6] Cf. Carta al Pueblo de Dios que peregrina en Chile (31 mayo 2018).

[7] Encuentro con los sacerdotes de la Diócesis de Roma (7 marzo 2019).

[8] Homilía en la Vigilia Pascual (19 abril 2014).

[9] Gaudete et Exsultate, 7.

[10] Cf. J. M. Bergoglio, Las cartas de la tribulación, Herder 2019, p. 21.

[11] Cf. Encuentro con los sacerdotes de la Diócesis de Roma (6 marzo 2014).

[12] Retiro con ocasión del Jubileo de los Sacerdotes, Primera Meditación (2 junio 2016).

[13] A. Spadaro, Intervista a Papa Francesco, “La Civiltà Cattolica” 3918 (19 settembre 2013), 462.

[14] Evangelii Gaudium, 137.

[15] Cf. Encuentro con los sacerdotes de la Diócesis de Roma (6 marzo 2014).

[16] Cf. Evangelii Gaudium, 268.

[17] Gaudete et Exsultate, 7.

http://w2.vatican.va/content/francesco/es/letters/2019/documents/papa-francesco_20190804_lettera-presbiteri.html


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