El maná de cada día, 19.12.18

diciembre 19, 2018

El maná de cada día, 19.12.17

19 de Diciembre. Feria de Adviento

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Tu ruego ha sido escuchado: Tu mujer Isabel te dará un hijo

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Antífona de entrada: Hebreos 10, 37

El que viene, llegará sin retraso, y ya no habrá temor en nuestra tierra, porque él es nuestro Salvador.


Oración colecta

Dios y Señor nuestro, que en el parto de la Virgen María has querido revelar al mundo entero el esplendor de tu gloria, asístenos con tu gracia, para que proclamemos con fe íntegra y celebremos con piedad sincera el misterio admirable de la encarnación de tu Hijo. Él, que vive y reina contigo.


PRIMERA LECTURA: Jueces 13, 2-7.24-25a

En aquellos días, había en Sorá un hombre de la tribu de Dan, llamado Manoj. Su mujer era estéril y no había tenido hijos.

El ángel del Señor se apareció a la mujer y le dijo: «Eres estéril y no has tenido hijos. Pero concebirás y darás a luz un hijo; ten cuidado de no beber vino ni licor, ni comer nada impuro, porque concebirás y darás a luz un hijo. No pasará la navaja por su cabeza, porque el niño estará consagrado a Dios desde antes de nacer. Él empezará a salvar a Israel de los filisteos.»

La mujer fue a decirle a su marido: «Me ha visitado un hombre de Dios que, por su aspecto terrible, parecía un mensajero divino; pero no le pregunté de dónde era, ni él me dijo su nombre. Sólo me dijo: “Concebirás y darás a luz un hijo: ten cuidado de no beber vino ni licor, ni comer nada impuro; porque el niño estará consagrado a Dios desde antes de nacer hasta el día de su muerte.”»

La mujer de Manoj dio a luz un hijo y le puso de nombre Sansón. El niño creció y el Señor lo bendijo. Y el espíritu del Señor comenzó a agitarlo.


SALMO 70, 3-4a.5-6ab.16-17

Que mi boca esté llena de tu alabanza y cante tu gloria.

Sé tú mi roca de refugio, el alcázar donde me salve, porque mi peña y mi alcázar eres tú. Dios mío, líbrame de la mano perversa.

Porque tú, Dios mío, fuiste mi esperanza y mi confianza, Señor, desde mi juventud. En el vientre materno ya me apoyaba en ti, en el seno tú me sostenías.

Contaré tus proezas, Señor mío, narraré tu victoria, tuya entera. Dios mío, me instruiste desde mi juventud, y hasta hoy relato tus maravillas.


Aclamación antes del Evangelio

Renuevo del tronco de Jesé, que te alzas como un signo para los pueblos, ven a librarnos, no tardes más.


EVANGELIO: Lucas 1, 5-25

En tiempos de Herodes, rey de Judea, había un sacerdote llamado Zacarías, del turno de Abías, casado con una descendiente de Aarón llamada Isabel. Los dos eran justos ante Dios, y caminaban sin falta según los mandamientos y leyes del Señor. No tenían hijos, porque Isabel era estéril, y los dos eran de edad avanzada.

Una vez que oficiaba delante de Dios con el grupo de su turno, según el ritual de los sacerdotes, le tocó a él entrar en el santuario del Señor a ofrecer el incienso; la muchedumbre del pueblo estaba fuera rezando durante la ofrenda del incienso. Y se le apareció el ángel del Señor, de pie a la derecha del altar del incienso. Al verlo, Zacarías se sobresaltó y quedó sobrecogido de temor.

Pero el ángel le dijo: «No temas, Zacarías, porque tu ruego ha sido escuchado: tu mujer Isabel te dará un hijo, y le pondrás por nombre Juan. Te llenarás de alegría, y muchos se alegrarán de su nacimiento. Pues será grande a los ojos del Señor: no beberá vino ni licor; se llenará de Espíritu Santo ya en el vientre materno, y convertirá muchos israelitas al Señor, su Dios. Irá delante del Señor, con el espíritu y poder de Elías, para convertir los corazones de los padres hacía los hijos, y a los desobedientes, a la sensatez de los justos, preparando para el Señor un pueblo bien dispuesto.»

Zacarías replicó al ángel: «¿Cómo estaré seguro de eso? Porque yo soy viejo, y mi mujer es de edad avanzada.»

El ángel le contestó: «Yo soy Gabriel, que sirvo en presencia de Dios; he sido enviado a hablarte para darte esta buena noticia. Pero mira: te quedarás mudo, sin poder hablar, hasta el día en que esto suceda, porque no has dado fe a mis palabras, que se cumplirán en su momento.»

El pueblo estaba aguardando a Zacarías, sorprendido de que tardase tanto en el santuario. Al salir no podía hablarles, y ellos comprendieron que había tenido una visión en el santuario. Él les hablaba por señas, porque seguía mudo. Al cumplirse los días de su servicio en el templo volvió a casa. Días después concibió Isabel, su mujer, y estuvo sin salir cinco meses, diciendo: «Así me ha tratado el Señor cuando se ha dignado quitar mi afrenta ante los hombres.»


Antífona de comunión: Lucas 1, 78-79

Nos visitará el Sol que nace de lo alto, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz.
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LA ECONOMÍA DE LA ENCARNACIÓN REDENTORA

Del Tratado de San Ireneo, obispo, contra las herejías.
(Libro 3, 20,2-3)

La gloria del hombre es Dios; el hombre, en cambio, es el receptáculo de la actuación de Dios, de toda su sabiduría y su poder.

De la misma manera que los enfermos demuestran cuál sea el médico, así los hombres manifiestan cuál sea Dios. Por lo cual dice también Pablo: Pues Dios nos encerró a todos en la rebeldía para tener misericordia de todos. Esto lo dice del hombre, que desobedeció a Dios y fue privado de la inmortalidad, pero después alcanzó misericordia y, gracias al Hijo de Dios, recibió la filiación que es propia de éste.

Si el hombre acoge sin vanidad ni jactancia la verda­dera gloria procedente de cuanto ha sido creado y de quien lo creó, que no es otro que el poderosísimo Dios que hace que todo exista, y si permanece en el amor, en la sumisión y en la acción de gracias a Dios, recibirá de él aún más gloria, así como un acrecentamiento de su propio ser, hasta hacerse semejante a aquel que murió por él.

Porque el Hijo de Dios se encarnó en una carne pecadora como la nuestra, a fin de condenar al pecado y, una vez condenado, arrojarlo fuera de la carne. Asumió la carne para incitar al hombre a hacerse semejante a él y para proponerle a Dios como modelo a quien imitar. Le impuso la obediencia al Padre para que llegara a ver a Dios, dándole así el poder de alcanzar al Padre. La Palabra de Dios, que habitó en el hombre, se hizo también Hijo del hombre, para habituar al hombre a percibir a Dios, y a Dios a habitar en el hombre, según el beneplácito del Padre.

Por esta razón el mismo Señor nos dio como señal de nuestra salvación al que es Dios-con-nosotros, nacido de la Virgen, ya que era el Señor mismo quien salvaba a aquellos que no tenían posibilidad de salvarse por sí mis­mos; por lo que Pablo, al referirse a la debilidad humana, exclama: Sé que no es bueno eso que habita en mi carne, dando a entender que el bien de nuestra salvación no proviene de nosotros, sino de Dios; y añade: ¡Desgraciado de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo presa de la muer­te? Después de lo cual se refiere al libertador: la gracia nuestro Señor Jesucristo.

También Isaías dice lo mismo: Fortaleced las manos débiles, robusteced las rodillas vacilantes; decid a los co­bardes de corazón: «Sed fuertes, no temáis». Mirad a vuestro Dios que trae el desquite, viene en persona y os salvará; porque hemos de salvarnos, no por nosotros mis­mos, sino con la ayuda de Dios

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El maná de cada día, 15.12.18

diciembre 15, 2018

 

Sábado de la 2ª semana de Adviento

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Los discípulos entendieron que se refería a Juan el Bautista

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PRIMERA LECTURA: Eclesiástico 48, 1-4.9-11

Surgió Elías, un profeta como un fuego, cuyas palabras eran horno encendido.

Les quitó el sustento del pan, con su celo los diezmó; con el oráculo divino sujetó el cielo e hizo bajar tres veces el fuego.

¡Qué terrible eras, Elías!; ¿quién se te compara en gloria? Un torbellino te arrebató a la altura; tropeles de fuego, hacia el cielo.

Está escrito que te reservan para el momento de aplacar la ira antes de que estalle, para reconciliar a padres con hijos, para restablecer las tribus de Israel.

Dichoso quien te vea antes de morir, y más dichoso tú que vives.


SALMO: 79

Oh Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve.

Pastor de Israel, escucha, tú que te sientas sobre querubines, resplandece; despierta tu poder y ven a salvarnos.

Dios de los ejércitos, vuélvete: mira desde el cielo, fíjate, ven a visitar tu viña, la cepa que tu diestra plantó, y que tú hiciste vigorosa.

Que tu mano proteja a tu escogido, al hombre que tú fortaleciste. No nos alejaremos de ti: danos vida, para que invoquemos tu nombre.


Aclamación antes del Evangelio: Lucas 3, 4. 6

Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos. Todos verán la salvación de Dios.


EVANGELIO: Mateo 17, 10-13

Cuando bajaban de la montaña, los discípulos preguntaron a Jesús: «¿Por qué dicen los escribas que primero tiene que venir Elías?»

Él les contestó: «Elías vendrá y lo renovará todo. Pero os digo que Elías ya ha venido, y no lo reconocieron, sino que lo trataron a su antojo. Así también el Hijo del hombre va a padecer a manos de ellos.»

Entonces entendieron los discípulos que se refería a Juan el Bautista.

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Las promesas de Dios se nos conceden por su Hijo

San Agustín. Comentario sobre los salmos 109, 1-3

Dios estableció el tiempo de sus promesas y el momento de su cumplimiento.

El período de las promesas se extiende desde los profe­tas hasta Juan Bautista. El del cumplimiento, desde éste hasta el fin de los tiempos.

Fiel es Dios, que se ha constituido en deudor nuestro, no porque haya recibido nada de nosotros, sino por lo mucho que nos ha prometido. La promesa le pareció poco, incluso; por eso, quiso obligarse mediante escritura, ha­ciéndonos, por decirlo así, un documento de sus promesas para que, cuando empezara a cumplir lo que prometió, viésemos en el escrito el orden sucesivo de su cumplimiento. El tiempo profético era, como he dicho muchas veces, el del anuncio de las promesas.

Prometió la salud eterna, la vida bienaventurada en la compañía eterna de los ángeles, la herencia inmar­cesible, la gloria eterna, la dulzura de su rostro, la casa de su santidad en los cielos y la liberación del miedo a la muerte, gracias a la resurrección de los muertos. Esta última es como su promesa final, a la cual se enderezan todos nuestros esfuerzos y que, una vez alcanzada, hará que no deseemos ni busquemos ya cosa alguna. Pero tam­poco silenció en qué orden va a suceder todo lo relativo al final, sino que lo ha anunciado y prometido.

Prometió a los hombres la divinidad, a los mortales la inmortalidad, a los pecadores la justificación, a los mise­rables la glorificación.

Sin embargo, hermanos, como a los hombres les parecía increíble lo prometido por Dios –a saber, que los hombres habían de igualarse a los ángeles de Dios, saliendo de esta mortalidad, corrupción, bajeza, debilidad, polvo y ceni­za–, no sólo entregó la escritura a los hombres para que creyesen, sino que también puso un mediador de su fide­lidad. Y no a cualquier príncipe, o a un ángel o arcángel sino a su Hijo único. Por medio de éste había de mostrarnos y ofrecernos el camino por donde nos llevaría al fin prometido.

Poco hubiera sido para Dios haber hecho a su Hijo manifestador del camino. Por eso, le hizo camino, para que, bajo su guía, pudieras caminar por él.

Debía, pues, ser anunciado el unigénito Hijo de Dios en todos sus detalles: en que había de venir a los hombres y asumir lo humano, y, por lo asumido, ser hombre, morir y resucitar, subir al cielo, sentarse a la derecha del Padre y cumplir entre las gentes lo que prometió. Y, después del cumplimiento de sus promesas, también cumpliría su anuncio de una segunda venida, para pedir cuentas de sus dones, discernir los vasos de ira de los de misericordia, y dar a los impíos las penas con que amenazó, y a los justos los premios que ofreció.

Todo esto debió ser profetizado, anunciado, encomia­do como venidero, para que no asustase si acontecía de repente, sino que fuera esperado porque primero fue creído.


Jor­na­da de los Po­bres: “Dios y el pró­ji­mo, los au­tén­ti­cos te­so­ros de la vida”

noviembre 25, 2018

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Mi­re­mos qué hacemos: en­tre tan­tas co­sas, ¿ha­ce­mos algo gra­tui­to, al­gu­na cosa para los que no tie­nen cómo co­rres­pon­der? Esa será nues­tra mano ex­ten­di­da, nues­tra ver­da­de­ra ri­que­za en el cie­lo”.

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Jor­na­da de los Po­bres: “Dios y el pró­ji­mo, los au­tén­ti­cos te­so­ros de la vida”

Por Renato Martínez

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Ho­mi­lía del San­to Pa­dre en la Misa en oca­sión de la II Jor­na­da Mun­dial de los po­bres, ce­le­bra­da en la Ba­sí­li­ca de San Pe­dro, este 18 de no­viem­bre, en la que in­vi­tó a ir: “Ha­cia Dios, re­zan­do, y ha­cia los ne­ce­si­ta­dos, aman­do. Son los au­tén­ti­cos te­so­ros de la vida: Dios y el pró­ji­mo”.

La in­jus­ti­cia es la raíz per­ver­sa de la po­bre­za. El gri­to de los po­bres es cada día más fuer­te pero tam­bién me­nos es­cu­cha­do, so­fo­ca­do por el es­truen­do de unos po­cos ri­cos, que son cada vez me­nos pero más ri­cos”, lo dijo el Papa Fran­cis­co en su ho­mi­lía en la San­ta Misa en oca­sión de la II Jor­na­da Mun­dial de los po­bres, ce­le­bra­da en la Ba­sí­li­ca de San Pe­dro, este 18 de no­viem­bre, día tam­bién en el que la Igle­sia ce­le­bra la De­di­ca­ción de las Ba­sí­li­cas de San Pe­dro y San Pa­blo.

Tres ac­cio­nes de Je­sús: “deja, alien­ta y ex­tien­de su mano”

Co­men­tan­do las lec­tu­ras bí­bli­cas del XX­XIII Do­min­go del Tiem­po Or­di­na­rio, el San­to Pa­dre dijo que, Je­sús rea­li­za tres ac­cio­nes en el Evan­ge­lio.

Je­sús va con­tra­co­rrien­te, deja el éxi­to, lue­go la tran­qui­li­dad

La pri­me­ra ac­ción, se­ña­ló el Pon­tí­fi­ce, Je­sús lo rea­li­za en pleno día, deja: deja a la mul­ti­tud en el mo­men­to del éxi­to, cuan­do lo acla­ma­ban por ha­ber mul­ti­pli­ca­do los pa­nes. “En todo –afir­mó el Papa– Je­sús va con­tra­co­rrien­te: pri­me­ro deja el éxi­to, lue­go la tran­qui­li­dad. Nos en­se­ña el va­lor de de­jar: de­jar el éxi­to que hin­cha el co­ra­zón y la tran­qui­li­dad que ador­me­ce el alma”.

Je­sús deja el éxi­to, sub­ra­yó el Papa Fran­cis­co para ir ha­cia Dios, re­zan­do, y ha­cia los ne­ce­si­ta­dos, aman­do. Son los au­tén­ti­cos te­so­ros de la vida: Dios y el pró­ji­mo. “Subir ha­cia Dios y ba­jar ha­cia los her­ma­nos, aquí está la ruta que Je­sús nos se­ña­la –pun­tua­li­zó el Pon­tí­fi­ce– Él nos apar­ta del re­crear­nos sin com­pli­ca­cio­nes en las có­mo­das lla­nu­ras de la vida, del ir ti­ran­do ocio­sa­men­te en me­dio de las pe­que­ñas sa­tis­fac­cio­nes co­ti­dia­nas.

Los dis­cí­pu­los de Je­sús no es­tán he­chos para la pre­de­ci­ble tran­qui­li­dad de una vida nor­mal. Al igual que su Se­ñor, vi­ven en ca­mino, li­ge­ros, pron­tos para de­jar la glo­ria del mo­men­to, vi­gi­lan­tes para no ape­gar­se a los bie­nes que pa­san. El cris­tiano sabe que su pa­tria está en otra par­te, sabe que ya aho­ra es con­ciu­da­dano de los san­tos, y miem­bro de la fa­mi­lia de Dios.

“Des­piér­ta­nos, Se­ñor, de la cal­ma ocio­sa, de la tran­qui­la quie­tud de nues­tros puer­tos se­gu­ros. Desáta­nos de los ama­rres de la au­to­rre­fe­ren­cia­li­dad que las­tran la vida; li­bé­ra­nos de la bús­que­da de nues­tros éxi­tos. En­sé­ña­nos a sa­ber de­jar, para orien­tar nues­tra vida en la mis­ma di­rec­ción que la tuya: ha­cia Dios y ha­cia el pró­ji­mo”

Je­sús hoy nos dice: «Ánimo, soy yo, no ten­gan mie­do»

La se­gun­da ac­ción, se­ña­ló el Papa Fran­cis­co, Je­sús la rea­li­za en ple­na no­che, alien­ta. El Maes­tro se di­ri­ge ha­cia los su­yos, in­mer­sos en la os­cu­ri­dad, ca­mi­nan­do «so­bre el mar». “Je­sús, en otras pa­la­bras, va ha­cia los su­yos pi­so­tean­do a los ma­lig­nos enemi­gos del hom­bre.

Aquí está el sig­ni­fi­ca­do de este signo –pre­ci­só el Pon­tí­fi­ce– no es una ma­ni­fes­ta­ción en la que se ce­le­bra el po­der, sino la re­ve­la­ción para no­so­tros de la cer­te­za tran­qui­li­za­do­ra de que Je­sús, solo Je­sús, ven­ce a nues­tros gran­des enemi­gos: el dia­blo, el pe­ca­do, la muer­te, el mie­do, la mun­da­ni­dad.

“La bar­ca de nues­tra vida a me­nu­do se ve za­ran­dea­da por las olas y sa­cu­di­da por el vien­to, y cuan­do las aguas es­tán en cal­ma, pron­to vuel­ven a agi­tar­se. En­ton­ces la em­pren­de­mos con las tor­men­tas del mo­men­to, que pa­re­cen ser nues­tros úni­cos pro­ble­mas.

Pero el pro­ble­ma no es la tor­men­ta del mo­men­to –se­ña­ló el San­to Pa­dre– sino cómo na­ve­gar en la vida. El se­cre­to de na­ve­gar bien está en in­vi­tar a Je­sús a bor­do. Hay que dar­le a Él el ti­món de la vida para que sea él quien lle­ve la ruta. Solo Él da vida en la muer­te, y es­pe­ran­za en el do­lor; solo Él sana el co­ra­zón con el per­dón, y li­bra del mie­do con la con­fian­za”.

“Hay una gran ne­ce­si­dad de per­so­nas que se­pan con­so­lar, pero no con pa­la­bras va­cías, sino con pa­la­bras de vida. En el nom­bre de Je­sús, se da un au­tén­ti­co con­sue­lo. Solo la pre­sen­cia de Je­sús de­vuel­ve las fuer­zas, no las pa­la­bras de áni­mo for­ma­les y obli­ga­das. Alién­ta­nos, Se­ñor: con­for­ta­dos por ti, con­for­ta­re­mos ver­da­de­ra­men­te a los de­más”

Je­sús ex­tien­de su mano para que nos sa­que del mal

La ter­ce­ra ac­ción, ex­pli­có el Papa Fran­cis­co, Je­sús la rea­li­za, en me­dio de la tor­men­ta, ex­tien­de su mano. Aga­rra a Pe­dro que, te­me­ro­so, du­da­ba y, hun­dién­do­se, gri­ta­ba: «Se­ñor, sál­va­me». “Po­de­mos po­ner­nos en la piel de Pe­dro –in­vi­tó el Papa– so­mos gen­te de poca fe y es­ta­mos aquí men­di­gan­do la sal­va­ción. So­mos po­bres de vida au­tén­ti­ca y ne­ce­si­ta­mos la mano ex­ten­di­da del Se­ñor, que nos sa­que del mal.

Este es el co­mien­zo de la fe: va­ciar­nos de la or­gu­llo­sa con­vic­ción de creer­nos bue­nos, ca­pa­ces, au­tó­no­mos y re­co­no­cer que ne­ce­si­ta­mos la sal­va­ción. La fe cre­ce en este cli­ma, un cli­ma al que nos adap­ta­mos es­tan­do con quie­nes no se suben al pe­des­tal, sino que tie­nen ne­ce­si­dad y pi­den ayu­da”.

Por esta ra­zón, ex­pli­có el San­to Pa­dre, vi­vir la fe en con­tac­to con los ne­ce­si­ta­dos es im­por­tan­te para to­dos no­so­tros. No es una op­ción so­cio­ló­gi­ca, no es la moda de un pon­ti­fi­ca­do, es una exi­gen­cia teo­ló­gi­ca. Es re­co­no­cer­se como men­di­gos de la sal­va­ción, her­ma­nos y her­ma­nas de to­dos, pero es­pe­cial­men­te de los po­bres, pre­di­lec­tos del Se­ñor.

“Pi­da­mos la gra­cia de es­cu­char el gri­to de los que vi­ven en aguas tur­bu­len­tas. El gri­to de los po­bres. El gri­to de los po­bres es cada día más fuer­te pero tam­bién me­nos es­cu­cha­do, so­fo­ca­do por el es­truen­do de unos po­cos ri­cos, que son cada vez me­nos pero más ri­cos”

Pi­da­mos la gra­cia de es­cu­char el gri­to de los po­bres

Je­sús es­cu­chó el gri­to de Pe­dro, con­clu­yó el Papa Fran­cis­co y a par­tir de ello, pi­da­mos la gra­cia de es­cu­char el gri­to de los que vi­ven en aguas tur­bu­len­tas.

“El gri­to de los po­bres: es el gri­to aho­ga­do de los ni­ños que no pue­den ve­nir a la luz, de los pe­que­ños que su­fren ham­bre, de chi­cos acos­tum­bra­dos al es­truen­do de las bom­bas en lu­gar del ale­gre al­bo­ro­to de los jue­gos.

Es el gri­to de los an­cia­nos des­car­ta­dos y aban­do­na­dos. Es el gri­to de quie­nes se en­fren­tan a las tor­men­tas de la vida sin una pre­sen­cia ami­ga. Es el gri­to de quie­nes de­ben huir, de­jan­do la casa y la tie­rra sin la cer­te­za de un lu­gar de lle­ga­da.

Es el gri­to de po­bla­cio­nes en­te­ras, pri­va­das tam­bién de los enor­mes re­cur­sos na­tu­ra­les de que dis­po­nen. Es el gri­to de tan­tos Lá­za­ros que llo­ran, mien­tras que unos po­cos epu­lo­nes ban­que­tean con lo que en jus­ti­cia co­rres­pon­de a to­dos. La in­jus­ti­cia es la raíz per­ver­sa de la po­bre­za.

El gri­to de los po­bres es cada día más fuer­te pero tam­bién me­nos es­cu­cha­do, so­fo­ca­do por el es­truen­do de unos po­cos ri­cos, que son cada vez me­nos pero más ri­cos”.

El cre­yen­te ex­tien­de su mano, como lo hace Je­sús con él

Fi­nal­men­te, el Papa Fran­cis­co dijo que, ante la dig­ni­dad hu­ma­na pi­so­tea­da, a me­nu­do uno per­ma­ne­ce con los bra­zos cru­za­dos o con los bra­zos caí­dos, im­po­ten­tes ante la fuer­za os­cu­ra del mal. Pero el cris­tiano no pue­de es­tar con los bra­zos cru­za­dos, in­di­fe­ren­te, o con los bra­zos caí­dos, fa­ta­lis­ta; no.

El cre­yen­te –pun­tua­li­zó el Papa– ex­tien­de su mano, como lo hace Je­sús con él. El gri­to de los po­bres es es­cu­cha­do por Dios, ¿pero, y no­so­tros? ¿Te­ne­mos ojos para ver, oí­dos para es­cu­char, ma­nos ex­ten­di­das para ayu­dar?

«Es el pro­pio Cris­to quien en los po­bres le­van­ta su voz para des­per­tar la ca­ri­dad de sus dis­cí­pu­los» (ibíd.). Nos pide que lo re­co­noz­ca­mos en el que tie­ne ham­bre y sed, en el ex­tran­je­ro y des­po­ja­do de su dig­ni­dad, en el en­fer­mo y el en­car­ce­la­do.

“El Se­ñor ex­tien­de su mano: es un ges­to gra­tui­to, no obli­ga­do. Así es como se hace. No es­ta­mos lla­ma­dos a ha­cer el bien solo a los que nos aman –con­clu­yó el San­to Pa­dre– co­rres­pon­der es nor­mal, pero Je­sús pide ir más le­jos, dar a los que no tie­nen cómo de­vol­ver, es de­cir, amar gra­tui­ta­men­te.

Mi­re­mos lo que su­ce­de en cada una de nues­tras jor­na­das: en­tre tan­tas co­sas, ¿ha­ce­mos algo gra­tui­to, al­gu­na cosa para los que no tie­nen cómo co­rres­pon­der? Esa será nues­tra mano ex­ten­di­da, nues­tra ver­da­de­ra ri­que­za en el cie­lo”.

“Ex­tien­de tu mano ha­cia no­so­tros, Se­ñor, y agá­rra­nos. Ayú­da­nos a amar como tú amas. En­sé­ña­nos a de­jar lo que pasa, a alen­tar al que te­ne­mos a nues­tro lado, a dar gra­tui­ta­men­te a quien está ne­ce­si­ta­do. Amén”

(Re­na­to Mar­ti­nez – Ciu­dad del Va­ti­cano, va­ti­can­news.va)

https://www.agenciasic.es/2018/11/19/jornada-de-los-pobres-dios-y-el-projimo-los-autenticos-tesoros-de-la-vida/?fbclid=IwAR3KvQO61EvBpXlAURJd91zrYLKLnE8r8euVZK6jpwJtDNkCO634ijwYmEw


Carta de los Padres sinodales a los jóvenes del mundo

octubre 30, 2018

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Roma, 19.03.18. Papa Francisco posa con los jóvenes participantes de la reunión pre-sínodo. Foto: Víctor Sokolowicz

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Carta de los Padres sinodales a los jóvenes del mundo

En la escucha del “Cristo eternamente joven”, los Padres sinodales escriben a los jóvenes de todo el mundo una carta que fue leída al finalizar la misa de clausura del Sínodo de los Obispos: “Que nuestras debilidades no os desanimen, y los pecados no sean la causa de perder vuestra confianza. La Iglesia y el mundo necesitan urgentemente vuestro entusiasmo”.

Ciudad del Vaticano

Antes de finalizar la misa de clausura de la XV Asamblea Ordinaria del Sínodo de los Obispos, el Card. Lorenzo Baldisseri leyó, en nombre de los Padres sinodales, una carta dedicada a los jóvenes de todo el mundo, animándoles a seguir perseverando en el camino de la fe, a pesar de los obstáculos que surjan a lo largo de la vida:

“Que nuestras debilidades no os desanimen, y los pecados no sean la causa de perder vuestra confianza. La Iglesia y el mundo necesitan urgentemente vuestro entusiasmo. Sois el presente, sed el futuro más luminoso”, escriben.

A continuación, compartimos la traducción del texto integral en español:

Nos dirigimos a vosotros, jóvenes del mundo, nosotros como padres sinodales, con una palabra de esperanza, de confianza, de consuelo. En estos días hemos estado reunidos para escuchar la voz de Jesús, “el Cristo eternamente joven” y reconocer en Él vuestras muchas voces, vuestros gritos de alegría, los lamentos, los silencios.

Conocemos vuestras búsquedas interiores, vuestras alegrías y esperanzas, los dolores y las angustias que os inquietan. Deseamos que ahora podáis escuchar una palabra nuestra: queremos ayudaros en vuestras alegrías para que vuestras esperanzas se transformen en ideales.

Estamos seguros de que estáis dispuestos a entregaros con vuestras ganas de vivir para que vuestros sueños se hagan realidad en vuestra existencia y en la historia humana.

Que nuestras debilidades no os desanimen, que la fragilidad y los pecados no sean la causa de perder vuestra confianza. La Iglesia es vuestra madre, no os abandona y está dispuesta a acompañaros por caminos nuevos, por las alturas donde el viento del Espíritu sopla con más fuerza, haciendo desaparecer las nieblas de la indiferencia, de la superficialidad, del desánimo.

Cuando el mundo, que Dios ha amado tanto hasta darle a su Hijo Jesús, se fija en las cosas, en el éxito inmediato, en el placer y aplasta a los más débiles, vosotros debéis ayudarle a levantar la mirada hacia el amor, la belleza, la verdad, la justicia.

La Iglesia y el mundo tienen necesidad urgente de vuestro entusiasmo. Haceos compañeros de camino de los más débiles, de los pobres, de los heridos por la vida.

Sois el presente, sed el futuro más luminoso.

Roma, 28 octubre 2018

https://www.vaticannews.va/es/vaticano/news/2018-10/sinodo-jovenes-2018-carta-padres-sinodales-a-jovenes-del-mundo.html

https://www.vaticannews.va/es/papa/news/2018-10/sinodo-jovenes-2018-homilia-clausura-sinodo-papa-francisco.html#play


El maná de cada día, 29.8.18

agosto 29, 2018

Martirio de San Juan Bautista

 

San Juan Bautista-Zurbaran

Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos



Antífona de entrada: Sal 118, 46-47

Comentaré tus preceptos ante los reyes, Señor, y no me avergonzaré; serán mi delicia tus mandatos, que tanto amo.


Oración colecta

Señor, Dios nuestro, tú has querido que san Juan Bautista fuese el precursor del nacimiento y de la muerte de tu Hijo; concédenos, por su intercesión, que, así como él murió mártir de la verdad y la justicia, luchemos nosotros valerosamente por la confesión de nuestra fe. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: 2 Tesalonicenses 3, 6-10. 16-18

En nombre del Señor Jesucristo, os mandamos, hermanos, que os apartéis de todo hermano que lleve una vida desordenada y no conforme con la tradición que recibió de nosotros.

Ya sabéis vosotros cómo tenéis que imitar nuestro ejemplo: No vivimos entre vosotros sin trabajar, no comimos de balde el pan de nadie, sino que con cansancio y fatiga, día y noche, trabajamos a fin de no ser una carga para ninguno de vosotros. No porque no tuviéramos derecho, sino para daros en nosotros un modelo que imitar.

Además, cuando estábamos entre vosotros, os mandábamos que si alguno no quiere trabajar, que no coma.

Que el mismo Señor de la paz os dé la paz siempre y en todo lugar. El Señor esté con todos vosotros.

El saludo va de mi mano, Pablo; esta es la contraseña en toda carta; esta es mi letra.

La gracia de nuestro Señor Jesucristo esté con todos vosotros.



SALMO 127, 1bc-2. 4-5

Dichosos los que temen al Señor.

Dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos. Comerás del fruto de tu trabajo, serás dichoso, te irá bien.

Ésta es la bendición del hombre que teme al Señor. Que el Señor te bendiga desde Sión, que veas la prosperidad de Jerusalén todos los días de tu vida.



Aclamación antes del Evangelio: Mt 5, 10

Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos, dice el Señor.


EVANGELIO: Marcos 6, 17-29

En aquel tiempo, Herodes había mandado prender a Juan y lo había metido en la cárcel, encadenado.

El motivo era que Herodes se había casado con Herodías, mujer de su hermano Filipo, y Juan le decía que no le era lícito tener la mujer de su hermano.

Herodías aborrecía a Juan y quería quitarlo de en medio; no acababa de conseguirlo, porque Herodes respetaba a Juan, sabiendo que era un hombre honrado y santo, y lo defendía. Cuando lo escuchaba, quedaba desconcertado, y lo escuchaba con gusto.

La ocasión llegó cuando Herodes, por su cumpleaños, dio un banquete a sus magnates, a sus oficiales y a la gente principal de Galilea.

La hija de Herodías entró y danzó, gustando mucho a Herodes y a los convidados. El rey le dijo a la joven: «Pídeme lo que quieras, que te lo doy.»

Y le juró: «Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino.»

Ella salió a preguntarle a su madre: «¿Qué le pido?»

La madre le contestó: «La cabeza de Juan, el Bautista.»

Entró ella en seguida, a toda prisa, se acercó al rey y le pidió: «Quiero que ahora mismo me des en una bandeja la cabeza de Juan, el Bautista.»

El rey se puso muy triste; pero, por el juramento y los convidados, no quiso desairarla. En seguida le mandó a un verdugo que trajese la cabeza de Juan. Fue, lo decapitó en la cárcel, trajo la cabeza en una bandeja y se la entregó a la joven; la joven se la entregó a su madre.

Al enterarse sus discípulos, fueron a recoger el cadáver y lo enterraron.


Antífona de comunión: Jn 3, 27. 30

Contestó Juan: Él tiene que crecer y yo tengo que menguar.


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PRECURSOR DEL NACIMIENTO Y DE LA MUERTE DE CRISTO

De las homilías de san Beda el Venerable, presbítero

El santo Precursor del nacimiento, de la predicación y de la muerte del Señor mostró en el momento de la lucha suprema una fortaleza digna de atraer la mirada de Dios, ya que, como dice la Escritura, la gente pensaba que cumplía una pena, pero él esperaba de lleno la inmortalidad.

Con razón celebramos su día natalicio, que él ha solemnizado con su martirio y adornado con el fulgor purpúreo de su sangre; con razón veneramos con gozo espiritual la memoria de aquel que selló con su martirio el testimonio que había dado del Señor.

No debemos poner en duda que san Juan sufrió la cárcel y las cadenas y dio su vida en testimonio de nuestro Redentor, de quien fue precursor, ya que, si bien su perseguidor no lo forzó a que negara a Cristo, sí trató de obligarlo a que callara la verdad; ello es suficiente para afirmar que murió por Cristo.

Cristo, en efecto, dice: Yo soy la verdad; por consiguiente, si Juan derramó su sangre por la verdad, la derramó por Cristo; y él, que precedió a Cristo en su nacimiento, en su predicación y en su bautismo, anunció también con su martirio, anterior al de Cristo, la pasión fuera del Señor.

Este hombre tan eximio terminó, pues, su vida derramando su sangre, después de un largo y penoso cautiverio.

Él, que había evangelizado la libertad de una paz que viene de arriba, fue encarcelado por unos hombres malvados; fue encerrado en la oscuridad de un calabozo aquel que vino a dar testimonio de la luz y a quien Cristo, la luz en persona, dio el título de «lámpara que arde y brilla»; fue bautizado en su propia sangre aquel a quien fue dado bautizar al Redentor del mundo, oír la voz del Padre que resonaba sobre Cristo y ver la gracia del Espíritu Santo que descendía sobre él.

Mas, a él, todos aquellos tormentos temporales no le resultaban penosos, sino más bien leves y agradables, ya que los sufría por causa de la verdad y sabía que habían de merecerle un premio y un gozo sin fin.

La muerte –que de todas maneras había de acaecerle por ley natural– era para él algo apetecible, teniendo en cuenta que la sufría por la confesión del nombre de Cristo y que con ella alcanzaría la palma de la vida eterna. Bien dice el Apóstol: A vosotros se os ha concedido la gracia de estar del lado de Cristo, no sólo creyendo en él, sino sufriendo por él.

El mismo Apóstol explica, en otro lugar, por qué sea un don el hecho de sufrir por Cristo: Los su­frimientos de ahora no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá.

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El maná de cada día, 25.8.18

agosto 25, 2018

Sábado de la 20ª semana del Tiempo Ordinario

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Octavo día de la novena a santa Mónica

Haced y cumplid lo que os digan; pero no hagáis lo que ellos hacen

Haced y cumplid lo que os digan; pero no hagáis lo que ellos hacen



PRIMERA LECTURA: Ezequiel 43, 1-7a

En aquellos días, el ángel me condujo a la puerta oriental: vi la gloria del Dios de Israel que venia de oriente, con estruendo de aguas caudalosas: la tierra reflejó su gloria.

La visión que tuve era como la visión que había contemplado cuando vino a destruir la ciudad, como la visión que habla contemplado a orillas del río Quebar. Y caí rostro en tierra.

La gloria del Señor entró en el templo por la puerta oriental. Entonces me arrebató el espíritu y me llevó al atrio interior. La gloria del Señor llenaba el templo.

Entonces oí a uno que me hablaba desde el templo -el hombre seguía a mi lado-, y me decía: «Hijo de Adán, éste es el sitio de mi trono, el sitio de las plantas de mis pies, donde voy a residir para siempre en medio de los hijos de Israel.»


SALMO 84,9ab.10.11-12.13-14

La gloria del Señor habitará en nuestra tierra.

Voy a escuchar lo que dice el Señor: «Díos anuncia la paz a su pueblo y a sus amigos. » La salvación está ya cerca de sus fieles, y la gloria habitará en nuestra tierra.

La misericordia y la fidelidad se encuentran, la justicia y la paz se besan; la fidelidad brota de la tierra, y la justicia mira desde el cielo.

El Señor nos dará la lluvia, y nuestra tierra dará su fruto. La justicia marchará ante él, la salvación seguirá sus pasos.


Aclamación antes del Evangelio: Mt 23, 9b. 10b

Uno sólo es vuestro Padre, el del cielo, y uno sólo es vuestro consejero, Cristo.


EVANGELIO: Mateo 23, 1-12

En aquel tiempo, Jesús habló a la gente y a sus discípulos, diciendo:

«En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos: haced y cumplid lo que os digan; pero no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos no hacen lo que dicen.

Ellos lían fardos pesados e insoportables y se los cargan a la gente en los hombros, pero ellos no están dispuestos a mover un dedo para empujar.

Todo lo que hacen es para que los vea la gente: alargan las filacterias y ensanchan las franjas del manto; les gustan los primeros puestos en los banquetes y los asientos de honor en las sinagogas; que les hagan reverencias por la calle y que la gente los llame maestros.

Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar maestro, porque uno solo es vuestro maestro, y todos vosotros sois hermanos. Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre, el del cielo.

No os dejéis llamar consejeros, porque uno solo es vuestro consejero, Cristo. El primero entre vosotros será vuestro servidor. El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.»


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NOVENA A SANTA MÓNICA (8)

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Modelo de esposa y madre cristiana

Con textos bíblicos para la misa

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.Rito de entrada

V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre…

1. Oración preparatoria

Padre y Señor nuestro, misericordia de cuantos en ti esperan, tú concediste a tu sierva santa Mónica el don inapreciable de saber reconciliar las almas entre sí y contigo; danos a nosotros el ser mensajeros de unión y de paz en nuestros ambientes, sobre todo en la familia, y el poder llevar a ti los corazones de nuestros hermanos con el ejemplo de nuestra vida.

Tú que hiciste a Mónica modelo y ejemplo de esposas, de madres y de viudas, concede por su intercesión la paz y mutuo amor a los casados; el celo y la solicitud en la educación de los hijos, a las madres; obediencia y docilidad, a los hijos; la santidad de vida, a las viudas; y a todos, el fiel seguimiento de Cristo, nuestro único y verdadero maestro. Te lo pedimos por el mismo Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

2. Textos bíblicos y agustinianos para el octavo día.

Santa Mónica en Casiciaco, con Agustín y sus compañeros

1.- Textos bíblicos para la misa

• Romanos, 12, 9-16b. M. Ag. p. 72.
• Salmo 72, 25-28. Para mí lo bueno es estar junto a Dios. M. Ag. pág. 61.
• San Juan, 15, 1-14.

2.- Textos agustinianos

“Estábamos en aquel silvestre apartamiento en compañía de mi madre, que se había asociado a nosotros con atuendo femenino, fe varonil, seguridad de anciana, amor de madre y piedad cristiana” (Confesiones 9, 4).

Uno de los días, mientras se discute al estilo de los filósofos, llega Mónica, y Agustín quiere se tome nota de su entrada en escena. Ella se opone. Sin embargo, Agustín, entre otras cosas, le dice: “En estos escritos míos te expondría, pues, al ridículo si tú no amaras la sabiduría; no te despreciarías si la amases solamente un poco, y mucho menos, si la amases como yo mismo.

Pero tú la amas mucho más de lo que me amas a mí, y bien sé cuánto me amas, y has progresado tanto en ella que no te dejas asustar por el temor de una posible desgracia e incluso de la muerte. Esta tal disposición fue difícil de encontrar incluso en filósofos eminentes, y es, por unánime acuerdo de todos, la cumbre del amor de la sabiduría. Y yo, ¿no debería ser discípulo?

A este punto, con expresión dulce y caritativa, me respondió que jamás había dicho yo tantas mentiras” (Del orden 2, 33).

“Dios escucha largamente a quien vive bien. Oremos, pues, no para que nos dé riquezas, honores o bienes semejantes caducos e inciertos, a pesar de cualquier esfuerzo, sino aquellos bienes que nos hacen buenos y felices.

A ti, sobre todo, madre mía, confiamos el cometido de que nuestros deseos se cumplan en la fe. Yo creo sin duda ninguna y afirmo que por tus oraciones Dios me ha concedido la intención de no proponer, no querer, no pensar, no amar otra cosa que la con-secución de la verdad.

Y continúo creyendo que por tus peticiones conseguiremos un bien tan grande, al que hemos aspirado por tus méritos” (Del Orden, 2, 20, 53).


3. Oración de los fieles

Dios, Nuestro Señor, concedió a santa Mónica la conversión de su esposo Patricio y de su hijo Agustín. Pidamos por intercesión de ella un espíritu de verdadera conversión y una verdadera comprensión y amor a los demás.

Después de cada invocación: Señor, que tu gracia nos santifique.

– Por todos los cónyuges cristianos que tienen dificultades en su vida familiar, para que sepan ofrecerse mutuamente consuelo y ayuda. Oremos.
R. Señor, que tu gracia nos santifique.

– Por todas las madres cristianas del mundo, para que sepan conducir a sus hijos hacia ti. Oremos.
R. Señor, que tu gracia nos santifique.

– Por cuantos sufren soledad y abandono en la sociedad o sufren por las debilidades morales de sus seres queridos. Oremos.
R. Señor, que tu gracia nos santifique.

– Por todos los que buscan la verdad y trabajan por ser fieles a tus preceptos y enseñanzas. Oremos.
R. Señor, que tu gracia nos santifique.

– Por el florecimiento de vocaciones a la vida agustino-recoleta seglar y religiosa, y por la perseverancia y fidelidad de cuantos se han comprometido a seguir a Cristo imitando a san Agustín. Oremos.
R. Señor, que tu gracia nos santifique.

– Por los profesores y los hombres de ciencia, para que siempre se dejen guiar en sus enseñanzas e investigaciones por la luz del Evangelio. Oremos.
R. Señor, que tu gracia nos santifique.

Se pide la gracia que se desea alcanzar (pausa)

4. Oración final

Escucha, Padre de bondad, nuestras oraciones, y tú que concediste a santa Mónica que con su vida, sus oraciones y sus lágrimas ganara para ti a su marido Patricio y a su hijo Agustín, concédenos, por su intercesión, que hagamos de nuestras vidas una ofrenda perenne en tu honor y al servicio de los hermanos.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.

Rito de despedida

El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
Amén.

V. Bienaventurada santa Mónica
R. Ruega por nosotros.
V. Glorioso padre san Agustín
R. Ruega por nosotros.


El maná de cada día, 18.8.18

agosto 18, 2018

Sábado de la 19ª semana del Tiempo Ordinario

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NOTA: El próximo 27 de agosto la familia agustiniana celebra con gran alegría por todo el mundo la fiesta de Santa Mónica, modelo de esposas y de madres cristianas.

Por eso, en este día, 18 de agosto, comenzamos la novena a Santa Mónica. Es curioso, providencial diría yo: justo concluimos la novena a San Ezequiel y a la vez comenzamos la de Santa Mónica. Agosto es el mes agustiniano, sin duda.

Pues bien, a partir de hoy, ofrecemos a las madres cristianas la novena de Santa Mónica con oraciones, lecturas de la misa para cada día, y consideraciones sobre su patrona.

El 28 de agosto celebraremos la fiesta del hijo de Santa Mónica, el hijo de tantas lágrimas, San Agustín, nuestro Padre.

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NOVENO Y ÚLTIMO día de la Novena a San Ezequiel Moreno, agustino recoleto, cuya fiesta se celebra el 19 de éste. La encuentras al final de esta entrada o artículo.

Además de unirnos a todos los devotos de San Ezequiel, le confiamos a Dios por su intercesión todas las peticiones de salud y acciones de gracias que recibimos en este blog, con mucha frecuencia.

Dios se glorifique en esta novena. Hagamos respetuosa presión a nuestro Dios Compasivo por sus hijos preferidos, nuestros hermanos enfermos. De manera especial encomendemos a la misericordia de Dios a los que padecen cáncer o lo han sufrido y a cuantos los atienden y cuidan.

San Ezequiel sufrió cáncer al paladar y fosas nasales siendo obispo de Pasto en Colombia. Viajó a España para tratarse, y fue operado en Madrid sin resultados positivos y sufriendo muchos dolores. Entonces se retiró al convento de Monteagudo en Navarra, donde pasó los últimos días de su vida entregado a Dios y a la Virgen del Camino. Allá murió y allá reposan sus restos mortales.

San Ezequiel Moreno, ruega por nosotros y por nuestros enfermos.

No impidáis a los niños acercarse a mí

No impidáis a los niños acercarse a mí



PRIMERA LECTURA: Ezequiel 18, 1-10. 13b. 30-32

Me vino esta palabra del Señor:

«¿Por qué andáis repitiendo este refrán en la tierra de Israel: “Los padres comieron agraces, y los hijos tuvieron dentera”?

Por mi vida os juro -oráculo del Señor que nadie volverá a repetir ese refrán en Israel.

Sabedlo: todas las vidas son mías; lo mismo que la vida del padre, es mía la vida del hijo; el que peca es el que morirá.

El hombre que es justo, que observa el derecho y la justicia, que no come en los montes, levantando los ojos a los ídolos de Israel, que no profana a la mujer de su prójimo, ni se llega a la mujer en su regla, que no explota, sino que devuelve la prenda empeñada, que no roba, sino que da su pan al hambriento y viste al desnudo, que no presta con usura ni acumula intereses, que aparta la mano de la iniquidad y juzga imparcialmente los delitos, que camina según mis preceptos y guarda mis mandamientos, cumpliéndolos fielmente: ese hombre es justo, y ciertamente vivirá -oráculo del Señor-.

Si éste engendra un hijo criminal y homicida, que quebranta alguna de estas prohibiciones ciertamente no vivirá; por haber cometido todas esas abominaciones, morirá ciertamente y será responsable de sus crímenes.

Pues bien, casa de Israel, os juzgaré a cada uno según su proceder -oráculo del Señor-. Arrepentíos y convertíos de vuestros delitos, y no caeréis en pecado.

Quitaos de encima los delitos que habéis perpetrado y estrenad un corazón nuevo y un espíritu nuevo; y así no moriréis, casa de Israel. Pues no quiero la muerte de nadie -oráculo del Señor-. ¡Arrepentíos y viviréis!»


SALMO 50, 12-13. 14-15. 18-19

Oh Dios, crea en mí un corazón puro.

Oh Dios, crea en mi un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme; no me arrojes lejos de tu rostro, no me quites tu santo espíritu.

Devuélveme la alegría de tu salvación, afiánzame con espíritu generoso: enseñaré a los malvados tus caminos, los pecadores volverán a ti.

Los sacrificios no te satisfacen: si te ofreciera un holocausto, no lo querrías. Mi sacrificio es un espíritu quebrantado; un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias.


Aclamación antes del Evangelio: Mt 11, 25

Bendito seas, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has revelado los secretos del reino a la gente sencilla.


EVANGELIO: Mateo 19, 13-15

En aquel tiempo, le acercaron unos niños a Jesús para que les impusiera las manos y rezara por ellos, pero los discípulos los regañaban. Jesús dijo:

«Dejadlos, no impidáis a los niños acercarse a mí; de los que son como ellos es el reino de los cielos.»

Les impuso las manos y se marchó de allí.
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INFANCIA ESPIRITUAL Y HUMILDAD

P. Francisco Fernández Carvajal

Nuestra piedad debe ser filial, llena de amor, y ¿cómo podríamos servir a Dios con amor, si no se comienza por reconocerle como un Padre lleno de amor hacia sus hijos?

Quizá muchos cristianos viven alejados de Dios, o con unas relaciones obstaculizadas por la inmadurez de los caprichos o señaladas por la rigidez y la frialdad, porque no han descubierto en su vida el sentido de la filiación divina y el camino de la infancia espiritual, que para tantas almas ha sido el comienzo definitivo de una verdadera vida interior.

Danos, Señor, el sentido de la filiación divina, ayúdanos a considerarla frecuentemente.

En verdad os digo: quien no reciba el Reino de Dios como un niño, no entrará en él (10). «¿Por qué se dice –se pregunta San Ambrosio– que los niños son aptos para el Reino de los Cielos? Quizá porque de ordinario no tienen malicia, ni saben engañar, ni se atreven a engañarse; desconocen la lujuria, no apetecen las riquezas e ignoran la ambición.

Pero la virtud de todo esto no consiste en el desconocimiento del mal, sino en su repulsa; no consiste en la imposibilidad de pecar, sino en no consentir en el pecado. Por tanto, el Señor no se refiere a la niñez como tal, sino a la inocencia que tienen los niños en su sencillez» (11).

En la vida cristiana, la madurez se da precisamente cuando nos hacemos niños delante de Dios, hijos suyos que confían y se abandonan en Él como un niño pequeño en brazos de su padre. Entonces vemos los acontecimientos del mundo como son, en su verdadero valor, y no tenemos otra preocupación que agradar a nuestro Padre y Señor.

Hacerse como niños, la vida de infancia, es un camino espiritual que exige la virtud sobrenatural de la fortaleza para vencer la tendencia al orgullo y a la autosuficiencia, que impide que nos comportemos como hijos de Dios y conduce, al ver una y otra vez los propios fracasos, al desaliento, a la aridez y a la soledad.

La piedad filial, por el contrario, fortalece la esperanza, la certeza de llegar a la meta, y da la paz y la alegría en esta vida. Ante las dificultades de la vida no nos sentiremos jamás solos, por muy grandes que sean. El Señor no nos abandona, y esta confianza será para nosotros como el agua para el viajero en el desierto. Sin ella no podríamos seguir adelante.

Pidamos a la Virgen, nuestra Madre, que nos lleve siempre de la mano como a hijos pequeños, con más cuidado cuanto mayor sea la madurez que los años y la experiencia nos van dando.

10 Lc 18, 17. — 11 San Ambrosio, Comentario al Evangelio de San Lucas, 18, 17.

Homilética.org
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NOVENA A SAN EZEQUIEL MORENO

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San Ezequiel Moreno, agustino recoleto

ORACIÓN PARA TODOS LOS DÍAS

Aquí me tienes, Dios mío y Padre mío, en tu presencia. Humildemente te pido perdón de todas mis culpas y la gracia de perseverar en tu santo servicio hasta la muerte. Deseo durante estos nueve días recordar las virtudes de san Ezequiel Moreno para renovar mi fe y mi entrega a ti, mi Señor.

Por intercesión de san Ezequiel, te ruego escuches mis ruegos y me concedas la gracia especial que te pido en esta novena. Finalmente, te encomiendo a todos los enfermos, en particular a los terminales y a los que sufren de cáncer. Por Jesucristo nuestro Señor.- Amén.


DÍA 9º.- Jesucristo nos redimió por medio del sufrimiento. San Ezequiel vivió con mucha austeridad y sacrificio para servir a Dios y a los hermanos en su ministerio sacerdotal. Durante más de un año sufrió con heroísmo de mártir y admirable dulzura el cáncer en la boca y fosas nasales. (Pausa de reflexión y oración)

Padre nuestro, el único compasivo: remedia nuestras necesidades y haz que los sufrimientos de esta vida, por intercesión de san Ezequiel, nos sirvan para purificarnos, hacernos semejantes a ti y conseguir así la vida eterna. Por Jesucristo Nuestro Señor.- Amén.

(Pídase la gracia especial que se desee alcanzar en la novena)


Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

San Ezequiel Moreno, ruega por nosotros.


ORACIÓN FINAL PARA TODOS LOS DÍAS

Padre nuestro: la oración confiada y la certeza de la intercesión de san Ezequiel son para mí un remanso de paz y de consuelo en mis penas y trabajos. Haz que sus ejemplos me estimulen siempre hacia el bien y que no me falte nunca su protección bondadosa.

Te lo pido por Jesucristo Nuestro Señor.- Amén.

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NOTA: Agradecemos a todos los devotos de san Ezequiel que han seguido al día su novena. Los felicito y confío en que el Señor escuche sus súplicas y atienda a sus necesidades. Él nunca falla. Es fiel. Sigamos caminando, firmes en la fe, arraigados en la esperanza que no defrauda. Un abrazo, p. Ismael

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NOVENA A SANTA MÓNICA (1)



Modelo de esposa y madre cristiana

Con textos bíblicos para la misa

NOTA: Con esta novena nos unimos a todas las mujeres que desean sinceramente ser fieles a su vocación de esposas y de madres cristianas. Asumimos sus alegrías y sus penas y les animamos a seguir los ejemplos de Santa Mónica.

Que sus lágrimas y oraciones, unidas a su intercesión en el Cielo, hagan retornar a todos los esposos e hijos extraviados, como sucedió con Patricio y Agustín.

No lo olvidemos: Dios es capaz de hacer milagros, milagros de conversión. ¿Acaso me complazco en la muerte del pecador? Por tanto, perseveremos en la oración y veremos las obras de Dios. Amén.

Rito de entrada

V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre…

1. Oración preparatoria

Padre y Señor nuestro, misericordia de cuantos en ti esperan, tú concediste a tu sierva santa Mónica el don inapreciable de saber reconciliar las almas entre sí y contigo; danos a nosotros el ser mensajeros de unión y de paz en nuestros ambientes, sobre todo en la familia, y el poder llevar a ti los corazones de nuestros hermanos con el ejemplo de nuestra vida.

Tú que hiciste a Mónica modelo y ejemplo de esposas, de madres y de viudas, concede por su intercesión la paz y mutuo amor a los casados; el celo y la solicitud en la educación de los hijos, a las madres; obediencia y docilidad, a los hijos; la santidad de vida, a las viudas; y a todos, el fiel seguimiento de Cristo, nuestro único y verdadero maestro. Te lo pedimos por el mismo Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

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2. Textos bíblicos y agustinianos para el día primero

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EDUCACIÓN CRISTIANA DE SANTA MÓNICA

1.- Textos bíblicos para la misa

• Proverbios, 2, 1-15. Se esforzaba en enseñar a sus hijos con todas sus fuerzas las buenas costumbres. M. Ag. p. 47.
• Salmo 26, 1.3-5.11.13. M. Ag. p. 48-49.
• Lucas, 2, 39-52. Jesús perdido y hallado en el Templo.

2.- Textos agustinianos

“No callaré, dice Agustín, ninguno de los sentimientos que brotan en mi alma, inspirados por aquella sierva vuestra que me dio a luz en la carne para que naciese a la vida temporal, y me dio a luz en su corazón para que renaciese a la vida eterna.

No diré los dones de ella, sino vuestros dones en ella. Pues no se hizo ella a sí misma, ni se había creado a sí misma. La creaste tú (Dios), y ni su padre ni su madre sabían qué sería ella. El Espíritu de vuestro Hijo único la educó en vuestro temor, en el seno de una familia fiel, miembro bueno de vuestra Iglesia.

No tanto mi madre alababa la diligencia de la suya por lo que hacía a su crianza, como la de una criada de casa. Por su ancianidad y por sus óptimas costumbres en la casa cristiana, era tratada con suma deferencia por sus dueños. Por ellos, con diligencia, tenía el cuidado de las hijas de los señores, y las reprendía cuando era menester con severidad vehemente y santa, y las instruía con una presencia llena de sobriedad y tacto.

Ella, aunque se abrasasen de sed fuera de aquellas horas en que comían con muchísima templanza en la mesa de sus padres, no consentía a las hijas de sus amos beber ni agua clara. Precavía así una costumbre funesta, y añadía al veto esta advertencia sensata: ‘Ahora bebéis agua, porque no tenéis vino a mano; pero cuando seáis casadas, con las llaves en el cinto de despensas y bodegas, el agua os hederá, y prevalecerá el instinto de beber’.

Con este sistema de aconsejar y con la autoridad de mandar refrenaba la avidez de la edad tierna y ajustaba la sed de las muchachas a una morigerada templanza, para que no les agradase aquello que no les estaba bien” (Confesiones 9, 8).

3. Oración de los fieles

Dios, Nuestro Señor, concedió a santa Mónica la conversión de su esposo Patricio y de su hijo Agustín. Pidamos por intercesión de ella un espíritu de verdadera conversión y una verdadera comprensión y amor a los demás.

Después de cada invocación: Señor, que tu gracia nos santifique.

– Por todos los cónyuges cristianos que tienen dificultades en su vida familiar, para que sepan ofrecerse mutuamente consuelo y ayuda. Oremos.
R. Señor, que tu gracia nos santifique.

– Por todas las madres cristianas del mundo, para que sepan conducir a sus hijos hacia ti. Oremos.
R. Señor, que tu gracia nos santifique.

– Por cuantos sufren soledad y abandono en la sociedad o sufren por las debilidades morales de sus seres queridos. Oremos.
R. Señor, que tu gracia nos santifique.

– Por todos los que buscan la verdad y trabajan por ser fieles a tus preceptos y enseñanzas. Oremos.
R. Señor, que tu gracia nos santifique.

– Por el florecimiento de vocaciones a la vida agustino-recoleta seglar y religiosa, y por la perseverancia y fidelidad de cuantos se han comprometido a seguir a Cristo imitando a san Agustín. Oremos.
R. Señor, que tu gracia nos santifique.

– Por todos los niños, para que sean dóciles a sus educadores y crezcan en la fe, la esperanza y el amor. Oremos.
R. Señor, que tu gracia nos santifique.

– Por los padres y educadores cristianos, para que, colaborando con Dios, siembren en el corazón de los niños el don de la vocación religiosa y sacerdotal. Oremos.
R. Señor, que tu gracia nos santifique.

– Por las esposas cristianas a fin de que, imitando a santa Mónica, se conviertan en el signo más visible del infinito amor de Dios hacia los suyos, y en el sacramento de la ternura de Dios en la propia familia, la pequeña iglesia. Oremos.
R. Señor, que tu gracia nos santifique.

Se pide la gracia que se desea alcanzar (pausa).

4. Oración final

Escucha, Padre de bondad, nuestras oraciones, y tú que concediste a santa Mónica que con su vida, sus oraciones y sus lágrimas ganara para ti a su marido Patricio y a su hijo Agustín, concédenos, por su intercesión, que hagamos de nuestras vidas una ofrenda perenne en tu honor y al servicio de los hermanos.

Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.

Rito de despedida

El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
Amén.

V. Bienaventurada santa Mónica
R. Ruega por nosotros.
V. Glorioso padre san Agustín
R. Ruega por nosotros.

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