Papa Francisco envía esta importante carta a la Iglesia y pueblo de Dios en Alemania

junio 29, 2019

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El Papa Francisco. Foto: Daniel Ibáñez / ACI Prensa

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Papa Francisco envía esta importante carta a la Iglesia y pueblo de Dios en Alemania

Por Mercedes de la Torre, de ACI Prensa

El Papa Francisco escribió una importante carta dirigida “al pueblo de Dios que peregrina en Alemania” fechada hoy 29 de junio, Solemnidad de San Pedro y San Pablo.

En la extensa misiva dividida en 13 puntos, el Santo Padre confirma su cercanía y asegura que quiere “compartir su preocupación con respecto al futuro de la Iglesia en Alemania”, alerta sobre el “decaimiento de la fe” y anima a no asumir la situación actual con “pasividad o resignación”. También exhorta a intensificar “la oración, la penitencia y la adoración”.

Además, el Santo Padre destaca la necesidad de “recuperar el primado de la evangelización para mirar el futuro con confianza y esperanza porque, evangelizadora, la Iglesia comienza por evangelizarse a sí misma”.

“Supone una invitación a tomar contacto con aquello que en nosotros y en nuestras comunidades está necrosado y necesita ser evangelizado y visitado por el Señor. Y esto requiere coraje porque lo que necesitamos es mucho más que un cambio estructural, organizativo o funcional”, afirma el Papa.

Por ello, el Pontífice señala que esta “transformación verdadera responde y reclama también exigencias que nacen de nuestro ser creyente y de la propia dinámica evangelizadora de la Iglesia, reclama la conversión pastoral”.

“Sin esta dimensión teologal, en las diversas innovaciones y propuestas que se realicen, repetiremos aquello mismo que hoy está impidiendo, a la comunidad eclesial, anunciar el amor misericordioso del Señor”, advierte.

A continuación, el texto completo de la carta del Papa Francisco a la Iglesia en Alemania:

Al Pueblo de Dios que peregrina en Alemania

Queridos hermanos y hermanas,

La meditación de las lecturas del libro de los Hechos de los Apóstoles que se nos propusieron en el tiempo pascual me movió a escribirles esta carta. Allí encontramos a la primera comunidad apostólica impregnada de esa vida nueva que el Espíritu les regaló transformando cada circunstancia en una buena ocasión para el anuncio.

Ellos lo habían perdido todo y en la mañana del primer día de la semana, entre la desolación y la amargura, escucharon de la boca de una mujer que el Señor estaba vivo. Nada ni nadie podía detener la irrupción pascual en sus vidas y ellos no podían callar lo que sus ojos habían contemplado y sus manos tocado (Cfr. 1 Jn. 1, 1).

En este clima y con la convicción de que el Señor «siempre puede, con su novedad, renovar nuestra vida y nuestra comunidad» quiero acercarme y compartir vuestra preocupación con respecto al futuro de la Iglesia en Alemania.

Somos conscientes que no vivimos sólo un tiempo de cambios sino un cambio de tiempos que despierta nuevas y viejas preguntas con las cuales es justo y necesario confrontarse. Situaciones e interrogantes que pude conversar con vuestros pastores en la pasada visita Ad limina y que seguramente siguen resonando en el seno de vuestras comunidades.

Como en esa ocasión quisiera brindarles mi apoyo, estar más cerca de Ustedes para caminar a su lado y fomentar la búsqueda para responder con parresía a la situación presente.

1. Con gratitud miro esa red capilar de comunidades, parroquias, capillas, colegios, hospitales, estructuras sociales que han tejido a lo largo de la historia y son testimonio de la fe viva que los ha sostenido, nutrido y vivificado durante varias generaciones.

Una fe que pasó por momentos de sufrimiento, confrontación y tribulación, pero también de constancia y vitalidad que se demuestra también hoy rica de frutos en tantos testimonios de vida y obras de caridad.

Las comunidades católicas alemanas, en su diversidad y pluralidad, son reconocidas en el mundo entero por su sentido de corresponsabilidad y de una generosidad que ha sabido tender su mano y acompañar la puesta en marcha de procesos de evangelización en regiones bastante sumergidas y carentes de posibilidades.

Tal generosidad no sólo se manifestó en la historia reciente como ayuda económico-material sino también compartiendo, a lo largo de los años, numerosos carismas y personas: sacerdotes, religiosas, religiosos y laicos que han cumplido fiel e incansablemente su servicio y misión en situaciones a menudo difíciles.

Han regalado a la Iglesia Universal grandes santos y santas, teólogos y teólogas, así como pastores y laicos que ayudaron a que el encuentro entre el Evangelio y las culturas pudiera alcanzar nuevas síntesis capaces de despertar lo mejor de ambos y ser ofrecidas a las nuevas generaciones con el mismo ardor de los inicios. Lo cual permitió un notable esfuerzo por individuar respuestas pastorales a la altura de los desafíos que se les presentaban.

Es de señalar el camino ecuménico que realizan y del cual pudimos ver los frutos durante la conmemoración del 500 aniversario de la Reforma, un camino que permite incentivar las instancias de oración, de intercambio cultural y ejercicio de la caridad capaz de superar los prejuicios y heridas del pasado permitiendo celebrar y testimoniar mejor la alegría del Evangelio.

2. Hoy, sin embargo, coincido con Ustedes en lo doloroso que es constatar la creciente erosión y decaimiento de la fe con todo lo que ello conlleva no sólo a nivel espiritual sino social y cultural.

Situación que se visibiliza y constata, como ya lo supo señalar Benedicto XVI, no sólo «en el Este, donde, como sabemos, la mayoría de la población está sin bautizar y no tiene contacto alguno con la Iglesia y, a menudo, no conoce en absoluto a Cristo» sino también en la así llamada «región de tradición católica [dónde se da] una caída muy fuerte de la participación en la Misa dominical, como de la vida sacramental».

Un deterioro, ciertamente multifacético y de no fácil y rápida solución, que pide un abordaje serio y consciente que nos estimule a volvernos, en el umbral de la historia presente, como aquel mendicante para escuchar las palabras del apóstol: «no tengo plata ni oro, pero te doy lo que tengo: en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y camina» (Hch. 3, 6).

3. Para enfrentar esta situación, vuestros pastores han sugerido un camino sinodal. Qué significa en concreto y cómo se desarrollará es algo que seguramente se está todavía considerando. De mi parte expresé mis reflexiones sobre la sinodalidad de la Iglesia en ocasión de la celebración de los cincuenta años del Sínodo de obispos.

En sustancia se trata de un synodos bajo la guía del Espíritu Santo, es decir, caminar juntos y con toda la Iglesia bajo su luz, guía e irrupción para aprender a escuchar y discernir el horizonte siempre nuevo que nos quiere regalar. Porque la sinodalidad supone y requiere la irrupción del Espíritu Santo.

En la reciente asamblea plenaria de los Obispos italianos tuve la oportunidad de reiterar esta realidad central para la vida de la Iglesia aportando la doble perspectiva que la misma opera: «sinodalidad desde abajo hacia arriba, o sea el deber de cuidar la existencia y el buen funcionamiento de la Diócesis: los consejos, las parroquias, la participación de los laicos… (cfr CIC 469-494), comenzando por la diócesis, pues no se puede hacer un gran sínodo sin ir a la base…; y después la sinodalidad desde arriba hacia abajo» que permite vivir de manera específica y singular la dimensión Colegial del ministerio episcopal y del ser eclesial.

Sólo así podemos alcanzar y tomar decisiones en cuestiones esenciales para la fe y la vida de la Iglesia. Lo cual será efectivamente posible si nos animamos a caminar juntos con paciencia, unción y con la humilde y sana convicción de que nunca podremos responder contemporáneamente a todas las preguntas y problemas.

La Iglesia es y será siempre peregrina en la historia, portadora de un tesoro en vasijas de barro (cfr. 2 Cor. 4, 7). Esto nos recuerda que nunca será perfecta en este mundo y que su vitalidad y hermosura radica en el tesoro del que es constitutivamente portadora.

Los interrogantes presentes, así como las respuestas que demos exigen, para que pueda gestarse una sana actualización, «una larga fermentación de la vida y la colaboración de todo un pueblo por años».

Esto estimula generar y poner en marcha procesos que nos construyan como Pueblo de Dios más que la búsqueda de resultados inmediatos que generen consecuencias rápidas y mediáticas pero efímeras por falta de maduración o porque no responden a la vocación a la que estamos llamados.

4. En este sentido, envueltos en serios e inevitables análisis, se puede caer en sutiles tentaciones a las que considero necesario prestarles especial atención y cuidado, ya que, lejos de ayudarnos a caminar juntos, nos mantendrán aferrados e instalados en recurrentes esquemas y mecanismos que acaben desnaturalizando o limitando nuestra misión; y además con el agravante de que, si no somos conscientes de los mismos, podremos terminar girando en torno a un complicado juego de argumentaciones, disquisiciones y resoluciones que no hacen más que alejarnos del contacto real y cotidiano del pueblo fiel y del Señor.

5. Asumir y sufrir la situación actual no implica pasividad o resignación y menos negligencia, por el contrario supone una invitación a tomar contacto con aquello que en nosotros y en nuestras comunidades está necrosado y necesita ser evangelizado y visitado por el Señor. Y esto requiere coraje porque lo que necesitamos es mucho más que un cambio estructural, organizativo o funcional.

Recuerdo que en el encuentro que mantuve con vuestros pastores en el 2015 les decía que una de las primeras y grandes tentaciones a nivel eclesial era creer que las soluciones a los problemas presentes y futuros vendrían exclusivamente de reformas puramente estructurales, orgánicas o burocráticas pero que, al final del día, no tocarían en nada los núcleos vitales que reclaman atención.

«Se trata de un nuevo pelagianismo, que nos conduce a poner la confianza en las estructuras administrativas y las organizaciones perfectas. Una excesiva centralización que, en vez de ayudarnos, complica la vida de la Iglesia y su dinámica misionera (Evangelii Gaudium, 32)».

Lo que está en la base de esta tentación es pensar que, frente a tantos problemas y carencias, la mejor respuesta sería reorganizar las cosas, hacer cambios y especialmente “remiendos” que permitan poner en orden y en sintonía la vida de la Iglesia adaptándola a la lógica presente o la de un grupo particular.

Por este camino pareciera que todo se soluciona y las cosas volverán a su cauce si la vida eclesial entrase en un “determinado” nuevo o antiguo orden que ponga fin a las tensiones propias de nuestro ser humanos y de las que el Evangelio quiere provocar.

Por ese camino la vida eclesial podría eliminar tensiones, estar “en orden y en sintonía” pero sólo provocaría, con el tiempo, adormecer y domesticar el corazón de nuestro pueblo y disminuir y hasta acallar la fuerza vital y evangélica que el Espíritu quiere regalar: «esto sería el pecado más grande de mundanidad y de espíritu mundano anti-evangélico».

Se tendría un buen cuerpo eclesial bien organizado y hasta “modernizado” pero sin alma y novedad evangélica; viviríamos un cristianismo “gaseoso” sin mordedura evangélica. «Hoy estamos llamados a gestionar el desequilibrio. Nosotros no podemos hacer algo bueno, evangélico si le tenemos miedo al desequilibrio».

No podemos olvidar que hay tensiones y desequilibrios que tienen sabor a Evangelio y que son imprescindibles mantener porque son anuncio de vida nueva.

6. Por eso me parece importante no perder de vista lo que «la Iglesia enseñó reiteradas veces: no somos justificados por nuestras obras o por nuestros esfuerzos, sino por la gracia del Señor que toma la iniciativa». Sin esta dimensión teologal, en las diversas innovaciones y propuestas que se realicen, repetiremos aquello mismo que hoy está impidiendo, a la comunidad eclesial, anunciar el amor misericordioso del Señor.

La manera que se tenga para asumir la situación actual será determinante de los frutos que posteriormente se desarrollarán. Por eso apelo a que se haga en clave teologal para que el Evangelio de la Gracia con la irrupción del Espíritu Santo sea la luz y guía para enfrentar estos desafíos.

Cada vez que la comunidad eclesial intentó salir sola de sus problemas confiando y focalizándose exclusivamente en sus fuerzas o en sus métodos, su inteligencia, su voluntad o prestigio, terminó por aumentar y perpetuar los males que intentaba resolver.

El perdón y la salvación no es algo que tenemos que comprar «o que tengamos que adquirir con nuestras obras o esfuerzos. El Señor nos perdona y nos libera gratis. Su entrega en la Cruz es algo tan grande que nosotros no podemos ni debemos pagarlo, sólo tenemos que recibirlo con inmensa gratitud y con la alegría de ser tan amados antes aún de que pudiéramos imaginarlo».

El escenario presente no tiene el derecho de hacernos perder de vista que nuestra misión no se sostiene sobre previsiones, cálculos o encuestas ambientales alentadoras o desalentadoras ni a nivel eclesial ni a nivel político como económico o social. Tampoco sobre los resultados exitosos de nuestros planes pastorales. Todas estas cosas es importante valorarlas, escucharlas, reflexionarlas y estar atentos, pero en sí no agotan nuestro ser creyente.

Nuestra misión y razón de ser radica en que «Dios amó tanto al mundo que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna» (Jn. 3, 16). «Sin vida nueva y auténtico espíritu evangélico, sin “fidelidad de la Iglesia a la propia vocación”, cualquier estructura nueva se corrompe en poco tiempo».

Por eso, la transformación a operarse no puede responder exclusivamente como reacción a datos o exigencias externas, como podrían ser el fuerte descenso de los nacimientos y el envejecimiento de las comunidades que no permiten visibilizar un recambio generacional. Causas objetivas y válidas pero que vistas aisladamente fuera del misterio eclesial favorecerían y estimularían una actitud reaccionaria (tanto positiva como negativa) ante los problemas.

La transformación verdadera responde y reclama también exigencias que nacen de nuestro ser creyente y de la propia dinámica evangelizadora de la Iglesia, reclama la conversión pastoral.

Se nos pide una actitud que buscando vivir y transparentar el evangelio rompa con «el gris pragmatismo de la vida cotidiana de la Iglesia en el cual aparentemente todo procede con normalidad, pero en realidad la fe se va desgastando y degenerando en mezquindad».

La conversión pastoral nos recuerda que la evangelización debe ser nuestro criterio-guía por excelencia sobre el cual discernir todos los movimientos que estamos llamados a dar como comunidad eclesial; la evangelización constituye la misión esencial de la Iglesia.

7. Es necesario, por tanto, como bien lo señalaron vuestros pastores, recuperar el primado de la evangelización para mirar el futuro con confianza y esperanza porque, «evangelizadora, la Iglesia comienza por evangelizarse a sí misma. Comunidad creyente, comunidad de esperanza vivida y comunicada, comunidad de amor fraterno, tiene necesidad de escuchar sin cesar lo que debe creer, las razones para esperar, el mandamiento nuevo del amor».

La evangelización, así vivida, no es una táctica de reposicionamiento eclesial en el mundo de hoy o un acto de conquista, dominio o expansión territorial; tampoco un “retoque” que la adapte al espíritu del tiempo pero que le haga perder su originalidad y profecía; como tampoco es la búsqueda para recuperar hábitos o prácticas que daban sentido en otro contexto cultural. No.

La evangelización es un camino discipular de respuesta y conversión en el amor a Aquel que nos amó primero (Cfr. 1 Jn. 4, 19); un camino que posibilite una fe vivida, experimentada, celebrada y testimoniada con alegría. La evangelización nos lleva a recuperar la alegría del Evangelio, la alegría de ser cristianos.

Es cierto, hay momentos duros, tiempos de cruz, pero nada puede destruir la alegría sobrenatural, que se adapta, se transforma y siempre permanece, al menos como un brote de luz que nace de la certeza personal de ser infinitamente amado, más allá de todo.

La evangelización genera seguridad interior, una serenidad esperanzadora que brinda su satisfacción espiritual incomprensible para los parámetros humanos.

El mal humor, la apatía, la amargura, el derrotismo, así como la tristeza no son buenos signos ni consejeros; es más, hay veces que «la tristeza tiene que ver con la ingratitud, con estar encerrado en sí mismo y uno se vuelve incapaz de reconocer los regalos de Dios».

8. De ahí que nuestra preocupación principal debe rondar en cómo compartir esta alegría abriéndonos y saliendo a encontrar a nuestros hermanos principalmente aquellos que están tirados en el umbral de nuestros templos, en las calles, en cárceles y hospitales, plazas y ciudades.

El Señor fue claro: «busquen primero el Reino y su justicia, y todo lo demás se les dará por añadidura» (Mt 6, 33). Salir a ungir con el espíritu de Cristo todas las realidades terrenas, en sus múltiples encrucijadas principalmente allí «donde se gestan los nuevos relatos y paradigmas, alcanzar con la Palabra de Jesús los núcleos más profundos del alma de las ciudades».

Ayudar a que la Pasión de Cristo toque real y concretamente las múltiples pasiones y situaciones donde su Rostro sigue sufriendo a causa del pecado y la inequidad.

Pasión que pueda desenmascarar las viejas y nuevas esclavitudes que hieren al hombre y la mujer especialmente hoy que vemos rebrotar discursos xenófobos y promueven una cultura basada en la indiferencia, el encierro, así como en el individualismo y la expulsión.

Y, a su vez, sea la Pasión del Señor la que despierte en nuestras comunidades y, especialmente en los más jóvenes, la pasión por su Reino.

Esto nos pide «desarrollar el gusto espiritual de estar cerca de la vida de la gente, hasta el punto de descubrir que eso es fuente de un gozo superior. La misión es una pasión por Jesús pero, al mismo tiempo, una pasión por su pueblo».

Deberíamos, por tanto, preguntarnos qué cosa el Espíritu dice hoy a la Iglesia (Ap. 2, 7), reconocer los signos de los tiempos, lo cual no es sinónimo de adaptarse simplemente al espíritu del tiempo sin más (Rm. 12, 2).

Todas estas dinámicas de escucha, reflexión y discernimiento tienen como objetivo volver a la Iglesia cada día más fiel, disponible, ágil y transparente para anunciar la alegría del Evangelio, base sobre la cual pueden ir encontrando luz y respuesta todas las cuestiones.

Los desafíos están para ser superados. Debemos ser realistas pero sin perder la alegría, la audacia y la entrega esperanzada. ¡No nos dejemos robar la fuerza misionera!.

9. El Concilio Vaticano II marcó un importante paso en la toma de conciencia que la Iglesia tiene tanto de sí misma como de su misión en el mundo contemporáneo. Este camino iniciado hace más de cincuenta años nos sigue estimulando en su recepción y desarrollo y todavía no llegó a su fin, sobre todo, en relación a la sinodalidad llamada a operarse en los distintos niveles de la vida eclesial (parroquia, diócesis, en el orden nacional, en la Iglesia universal, como en las diversas congregaciones y comunidades).

Este proceso, especialmente en estos tiempos de fuerte tendencia a la fragmentación y polarización, reclama desarrollar y velar para que el ‘Sensus Ecclesiae’ también viva en cada decisión que tomemos y nutra todos los niveles. Se trata de vivir y de sentir con la Iglesia y en la Iglesia, lo cual, en no pocas situaciones, también nos llevará a sufrir en la Iglesia y con la Iglesia.

La Iglesia Universal vive en y de las Iglesias particulares, así como las Iglesias particulares viven y florecen en y de la Iglesia Universal, y si se encuentran separadas del entero cuerpo eclesial, se debilitan, marchitan y mueren.

De ahí la necesidad de mantener siempre viva y efectiva la comunión con todo el cuerpo de la Iglesia, que nos ayuda a superar la ansiedad que nos encierra en nosotros mismos y en nuestras particularidades a fin de poder mirar a los ojos, escuchar o renunciar a las urgencias para acompañar al que se quedó al costado del camino.

A veces esta actitud puede manifestarse en el mínimo gesto, como el del padre del hijo pródigo, que se queda con las puertas abiertas para que, cuando regrese, pueda entrar sin dificultad.

Esto no es sinónimo de no caminar, avanzar, cambiar e inclusive no debatir y discrepar, sino es simplemente la consecuencia de sabernos constitutivamente parte de un cuerpo más grande que nos reclama, espera y necesita y que también nosotros reclamamos, esperamos y necesitamos. Es el gusto de sentirnos parte del santo y paciente Pueblo fiel de Dios.

Los desafíos que tenemos entre manos, las diferentes cuestiones e interrogantes a enfrentar no pueden ser ignoradas o disimuladas: han de ser asumidas pero cuidando de no quedar atrapados en ellas, perdiendo perspectiva, limitando el horizonte y fragmentando la realidad. «Cuando nos detenemos en la coyuntura conflictiva, perdemos el sentido de la unidad profunda de la realidad».

En este sentido el ‘Sensus Ecclesiae’ nos regala ese horizonte amplio de posibilidad desde donde buscar responder a las cuestiones que urgen y además nos recuerda la belleza del rostro pluriforme de la Iglesia.

Rostro pluriforme no sólo desde una perspectiva espacial en sus pueblos, razas, culturas, sino también desde su realidad temporal que nos permite sumergirnos en las fuentes de la más viva y plena Tradición la cual tiene la misión de mantener vivo el fuego más que conservar las cenizas y permite a todas las generaciones volver a encender, con la asistencia del Espíritu Santo, el primer amor.

El ‘Sensus Ecclesiae’ nos libera de particularismos y tendencias ideológicas para hacernos gustar de esa certeza del Concilio Vaticano II, cuando afirmaba que la Unción del Santo (1 Jn. 2, 20 y 27) pertenece a la totalidad de los fieles. La comunión con el santo Pueblo fiel de Dios, portador de la Unción, mantiene viva la esperanza y la certeza de saber que el Señor camina a nuestro a lado y es Él quien sostiene nuestros pasos.

Un sano caminar juntos debe traslucir esta convicción buscando los mecanismos para que todas las voces, especialmente las de los más sencillos y humildes, tengan espacio y visibilidad.

La Unción del Santo que ha sido derramada a todo el cuerpo eclesial «reparte gracias especiales entre los fieles de cualquier estado o condición y distribuye sus dones a cada uno según quiere (1 Cor 12, 11). Con esos dones hace que estén preparados y dispuestos a asumir diversas tareas o ministerios que contribuyen a renovar y construir más y más la Iglesia, según aquellas palabras: A cada uno se le da la manifestación del Espíritu para el bien común (1 Cor. 12, 7)».

Esto nos ayuda a estar atentos a esa antigua y siempre nueva tentación de los promotores del gnosticismo que, queriendo hacerse un nombre proprio y expandir su doctrina y fama, buscaban decir algo siempre nuevo y distinto de lo que la Palabra de Dios les regalaba.

Es lo que san Juan describe con el término proagon, el que se adelanta, el avanzado (2 Jn v. 9) y que pretende ir más allá del nosotros eclesial que preserva de los excesos que atentan a la comunidad.

10. Por tanto, velen y estén atentos ante toda tentación que lleve a reducir el Pueblo de Dios a un grupo ilustrado que no permita ver, saborear y agradecer esa santidad desparramada y que vive «en el pueblo de Dios paciente: en los padres que crían con tanto amor a sus hijos, en esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, en los enfermos, en las religiosas ancianas que siguen sonriendo… En esta constancia para seguir adelante día a día, veo la santidad de la Iglesia militante. Muchas veces la santidad “de la puerta de al lado”, de aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios».

Esa es la santidad que protege y reguardó siempre a la Iglesia de toda reducción ideológica cientificista y manipuladora. Santidad que evoca, recuerda e invita a desarrollar ese estilo mariano en la actividad misionera de la Iglesia capaz de articular la justicia con la misericordia, la contemplación con la acción, la ternura con la convicción.

«Porque cada vez que miramos a María volvemos a creer en lo revolucionario de la ternura y del cariño. En ella vemos que la humildad y la ternura no son virtudes de los débiles sino de los fuertes que no necesitan maltratar a otros para sentirse importantes».

En mi tierra natal, existe un sugerente y potente dicho que puede iluminar: «los hermanos sean unidos porque esa es la ley primera; tengan unión verdadera en cualquier tiempo que sea, porque si entre ellos pelean los devoran los de afuera».

Hermanos y hermanas cuidémonos unos a otros y estemos atentos a la tentación del padre de la mentira y la división, al maestro de la separación que, impulsando buscar un aparente bien o respuesta a una situación determinada, termina fragmentando de hecho el cuerpo del santo Pueblo fiel de Dios.

Como cuerpo apostólico caminemos y caminemos juntos, escuchándonos bajo la guía del Espíritu Santo, aunque no pensemos igual, desde la sapiente convicción que «la Iglesia, con el correr de los siglos, tiende constantemente a la plenitud de la verdad divina hasta que en ella se consuman las palabras de Dios».

11. La perspectiva sinodal no cancela los antagonismos o perplejidades, ni los conflictos quedan supeditados a resoluciones sincretistas de “buen consenso” o resultantes de la elaboración de censos o encuestas sobre tal o cual tema. Eso sería muy reductor.

La sinodalidad, con el trasfondo y centralidad de la evangelización y del ‘Sensus Ecclesiae’ como elementos determinantes de nuestro ADN eclesial, reclama asumir conscientemente un modo de ser Iglesia donde «el todo es más que la parte, y también es más que la mera suma de las partes… Siempre hay que ampliar la mirada para reconocer un bien mayor que nos beneficiará a todos. Pero hay que hacerlo sin evadirse, sin desarraigos… Se trabaja en lo pequeño, en lo cercano, pero con una perspectiva más amplia».

12. Esto requiere en todo el Pueblo de Dios, y especialmente en sus pastores, un estado de vigilia y conversión que permitan mantener vivas y operantes estas realidades. Vigilia y conversión son dones que sólo el Señor nos puede regalar. A nosotros nos basta pedir su gracia por medio de la oración y el ayuno.

Siempre me impresionó cómo durante la vida, especialmente en los momentos de las grandes decisiones, el Señor fue particularmente tentado. La oración y el ayuno tuvieron un lugar especial como determinante de todo su accionar posterior (Cfr. Mt. 4, 1-11).

La sinodalidad tampoco puede escapar a esta lógica, y tiene que ir siempre acompañada de la gracia de la conversión para que nuestro accionar personal y comunitario pueda representar y asemejarse cada vez más al de la kénosis de Cristo (cfr. Fil 2, 1- 11). Hablar, actuar y responder como Cuerpo de Cristo significa también hablar y actuar a la manera de Cristo con sus mismos sentimientos, trato y prioridad.

Por tanto, la gracia de la conversión, siguiendo el ejemplo del Maestro que «se anonadó a sí mismo, tomando la condición de servidor» (Fil. 2, 7), nos libra de falsos y estériles protagonismos, nos desinstala de la tentación de permanecer en posiciones protegidas y acomodadas y nos invita a ir a las periferias para encontrarnos y escuchar mejor al Señor.

Esta actitud de kénosis nos permite también experimentar la fuerza creativa y siempre rica de la esperanza que nace de la pobreza evangélica a la que estamos llamados, la cual nos hace libres para evangelizar y testimoniar. Así permitimos al Espíritu refrescar y renovar nuestra vida librándola de esclavitudes, inercias y conveniencias circunstanciales que impiden caminar y especialmente adorar.

Porque al adorar, el hombre cumple su deber supremo y es capaz de vislumbrar la claridad venidera, esa que nos ayuda a saborear la nueva creación.

Sin esta dimensión corremos el riesgo de partir desde nosotros mismos o del afán de autojustificación y autopreservación que nos llevará a realizar cambios y arreglos pero a mitad de camino, los cuales, lejos de solucionar los problemas, terminarán enredándonos en una espiral sin fondo que mata y asfixia el anuncio más hermoso, liberador y promitente que tenemos y que da sentido a nuestra existencia: Jesucristo es el Señor.

Necesitamos oración, penitencia y adoración que nos pongan en situación de decir como el publicano: «¡Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador!» (Lc. 18, 13); no como actitud mojigata, pueril o pusilánime sino con la valentía para abrir la puerta y ver lo que normalmente queda velado por la superficialidad, la cultura del bienestar y la apariencia.

En el fondo, estas actitudes, verdaderas medicinas espirituales (la oración, la penitencia y la adoración) permitirán volver a experimentar que ser cristiano es saberse bienaventurado y, por tanto, portador de bienaventuranza para los demás; ser cristiano es pertenecer a la Iglesia de las bienaventuranzas para los bienaventurados de hoy: los pobres, los que tienen hambre, los que lloran, los odiados, excluidos e insultados (cfr. Lc. 6, 20-23).

No nos olvidemos que «en las bienaventuranzas el Señor nos indica el camino. Caminándolas podemos arribar a la felicidad más auténticamente humana y divina. Las bienaventuranzas, son el espejo en donde mirarnos, lo que nos permite saber si estamos caminando sobre un sendero justo: es un espejo que no miente».

13. Queridos hermanos y hermanas, sé de vuestra constancia y de lo que han sufrido y sufren sin desfallecer por el nombre del Señor; sé también de vuestro deseo y ganas de reavivar eclesialmente el primer amor (cfr. Ap. 2, 1-5) con la fuerza del Espíritu, que no rompe la caña quebrada ni apaga la mecha que arde débilmente (Cfr. Is. 42,3), para que nutra, vivifique y haga florecer lo mejor de vuestro pueblo.

Quiero caminar y caminar a vuestro lado con la certeza de que, si el Señor nos consideró dignos de vivir esta hora, no lo hizo para avergonzarnos o paralizarnos frente a los desafíos sino para dejar que su Palabra vuelva, una vez más, a provocar y hacer arder el corazón como lo hizo con vuestros padres, para que vuestros hijos e hijas tengan visiones y vuestros ancianos vuelvan a tener sueños proféticos (Cfr. Joel 3, 1).

Su amor «nos permite levantar la cabeza y volver a empezar, con una ternura que nunca nos desilusiona y que siempre puede devolvernos la alegría. No huyamos de la Resurrección de Jesús, nunca nos declaremos muertos, pase lo que pase. ¡Que nada pueda más que su vida que nos lanza hacia adelante!».

Y, por favor, les pido que recen por mí.

Vaticano, 29 de junio de 2019.

FRANCISCO

 


El maná de cada día, 30.6.19

junio 29, 2019

Domingo XIII del Tiempo Ordinario, Ciclo C

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arar sin mirar hacia atrás

Arar sin mirar hacia atrás



Antífona de entrada: Sal. 46,2

Que todos los pueblos aplaudan y canten a Dios con alegría.



Oración colecta

Padre de bondad, que por la gracia de la adopción quisiste que seamos hijos de la luz; concédenos que no seamos envueltos en las tinieblas del error, sino que permanezcamos siempre en el esplendor de la verdad. Por nuestro Señor Jesucristo.



PRIMERA LECTURA: 1 Reyes 19, 16b. 19-21

En aquellos días, el Señor dijo a Elías: «Unge profeta sucesor tuyo a Eliseo, hijo de Safat, de Prado Bailén.»

Elías se marchó y encontró a Eliseo, hijo de Safat, arando con doce yuntas en fila, él con la última. Elías pasó a su lado y le echó encima el manto.

Entonces Eliseo, dejando los bueyes, corrió tras Elías y le pidió: «Déjame decir adiós a mis padres; luego vuelvo y te sigo.»

Elías le dijo: «Ve y vuelve; ¿quién te lo impide?»

Eliseo dio la vuelta, cogió la yunta de bueyes y los ofreció en sacrificio; hizo fuego con los aperos, asó la carne y ofreció de comer a su gente; luego se levantó, marchó tras Elías y se puso a su servicio.


SALMO 15, 1-2a y 5. 7-8. 9-10. 11

Tú, Señor, eres el lote de mi heredad.

Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti; yo digo al Señor: «Tú eres mi bien.» El Señor es el lote de mi heredad y mi copa; mi suerte está en tu mano.

Bendeciré al Señor, que me aconseja, hasta de noche me instruye internamente. Tengo siempre presente al Señor, con él a mi derecha no vacilaré.

Por eso se me alegra el corazón, se gozan mis entrañas, y mi carne descansa serena. Porque no me entregarás a la muerte, ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción.

Me enseñarás el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha.


SEGUNDA LECTURA: Gálatas 5, 1. 13-18

Hermanos: Para vivir en libertad, Cristo nos ha liberado. Por tanto, manteneos firmes, y no os sometáis de nuevo al yugo de la esclavitud.

Hermanos, vuestra vocación es la libertad: no una libertad para que se aproveche la carne; al contrario, sed esclavos unos de otros por amor. Porque toda la Ley se concentra en esta frase: «Amarás al prójimo como a ti mismo.»

Pero, atención: que si os mordéis y devoráis unos a otros, terminaréis por destruiros mutuamente.

Yo os lo digo: andad según el Espíritu y no realicéis los deseos de la carne; pues la carne desea contra el espíritu y el espíritu contra la carne. Hay entre ellos un antagonismo tal que no hacéis lo que quisierais.

En cambio, si os guía el Espíritu, no estáis bajo el dominio de la Ley.


Aclamación antes del Evangelio: 1 Sam 3, 9; Jn 6, 68c

Habla, Señor, que tu siervo te escucha; tú tienes palabras de vida eterna.


EVANGELIO: Lucas 9, 51-62

Cuando se iba cumpliendo el tiempo de ser llevado al cielo, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén. Y envió mensajeros por delante.

De camino, entraron en una aldea de Samaria para prepararle alojamiento. Pero no lo recibieron, porque se dirigía a Jerusalén.

Al ver esto, Santiago y Juan, discípulos suyos, le preguntaron: «Señor, ¿quieres que mandemos bajar fuego del cielo que acabe con ellos?»

Él se volvió y les regañó. Y se marcharon a otra aldea.

Mientras iban de camino, le dijo uno: «Te seguiré adonde vayas.»

Jesús le respondió: «Las zorras tienen madriguera, y los pájaros nido, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza.»

A otro le dijo: «Sígueme.»

Él respondió: «Déjame primero ir a enterrar a mi padre.»

Le contestó: «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el reino de Dios.»

Otro le dijo: «Te seguiré, Señor. Pero déjame primero despedirme de mi familia.»

Jesús le contestó: «El que echa mano al arado y sigue mirando atrás no vale para el reino de Dios.»


Antífona de comunión: Sal 102,1

Bendice al Señor, alma mía, que todo mi ser bendiga a su santo nombre.
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ARANDO Y MIRANDO HACIA ATRÁS

El Señor lo dijo muy claro: “Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de Dios” (Lc 9,62). Tú y yo podemos ser de los discípulos que, un día, se determinaron a poner su mano en el arado, para trabajar por el Evangelio y roturar los campos de la Iglesia.

Pero, sin retirar quizá la mano del arado, somos también de los que no dejan de mirar hacia atrás, añorando lo que hemos dejado, incómodos con renuncias que no terminamos de asumir, o ambicionando que llegue sin esfuerzo el tiempo de los frutos.

No retiramos nuestra mano del arado, y con eso creemos que somos ya de los discípulos que siguen al Señor. Pero, muchas veces nuestro arado no se hunde en la tierra, no hace surco, no deja huella, porque medimos demasiado nuestra entrega con esa falsa prudencia humana, que tanta mediocridad encierra, la adornamos con multitud de excusas buenas y necesarias, o la diluimos en los eternos buenos propósitos que nunca llegan a concretarse.

Quizá tenemos puesta la mano en el arado, pero el corazón sigue ocupado en nuestras cosas, planes e intereses personales. No retiramos la mano del arado, pero, quizá, trabajamos sólo por conseguir ese poco de gloria humana, de reconocimiento ajeno, de buena consideración, que tanto nos distingue y ensalza frente a aquellos que trabajan con nosotros en el mismo campo apostólico.

Tú, cuando pongas la mano en el arado, cuando trabajes en los surcos de la Iglesia, no busques tu propia gloria, no ambiciones tu propia fama y poder. Porque muchos discípulos hay que trabajan en la Iglesia y en nombre de Dios, pero no para la Iglesia ni por Dios, sino para sí mismos y buscando su propio interés.

Cuida tu arado, no sea que roturando la tierra de tu propia gloria y egoísmo, termines enterrado en el polvo de tu miseria y ambición.

Lañas diarias www.mater-dei.es


Papa: “El Espíritu es el creador de la comunión, el artista de la reconciliación”

junio 19, 2019

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Papa: “El Espíritu es el creador de la comunión, el artista de la reconciliación”

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Papa: “El Espíritu es el creador de la comunión, el artista de la reconciliación”

“El Espíritu hace crecer a la Iglesia ayudándola a ir más allá de los límites humanos, de los pecados y de cualquier escándalo”, insiste Francisco

“El amor es el lenguaje universal: incluso los analfabetos pueden entenderlo”, recuerda

“Queridos hermanos y hermanas: cincuenta días después de la Pascua, los Apóstoles vivieron un evento que superaba sus expectativas. Ellos estaban reunidos en oración y fueron sorprendidos por la irrupción de Dios, que no tolera las puertas cerradas; las abrió con un viento impetuoso que llenó toda la casa donde se encontraban”.

Lo dijo el Papa Francisco en la Audiencia General del tercer miércoles de junio de 2019, continuando con su ciclo de catequesis sobre la evangelización a partir del Libro de los Hechos de los Apóstoles, como preparación para el Mes Misionero Extraordinario del próximo mes de octubre.

El viento impetuoso, irrupción de Dios

En su catequesis, el Santo Padre recordó que, cincuenta días después de la Pascua, los Apóstoles vivieron en el cenáculo –que ahora es su hogar y donde la presencia de María, madre del Señor, es el elemento de cohesión– un acontecimiento que supera sus expectativas.

“Reunidos en oración –la oración, precisó el Papa, es el ‘pulmón’ que da respiro a los discípulos de todos los tiempos, sin oración no se puede ser discípulos de Jesús, es el alma de los cristianos– son sorprendidos por la irrupción de Dios”.

“Se trata de una irrupción que no tolera lo cerrado: abre las puertas con la fuerza de un viento que nos recuerda la ruah, el soplo primordial, y cumple la promesa de la ‘fuerza’ formulada por el Resucitado antes de su partida. De repente, llega desde arriba, un rugido, casi un viento que cae impetuoso y llena toda la casa donde estaban”.

El fuego, fuerza da la palabra del Resucitado

Al viento impetuoso, señaló el Papa Francisco, se añade el fuego que recuerda la zarza ardiente y el Sinaí con el don de las diez palabras.

“En la tradición bíblica –recuerda el Papa– el fuego acompaña la manifestación de Dios. En el fuego Dios entrega su palabra viva y enérgica que se abre al futuro; el fuego expresa simbólicamente su obra de calentar, iluminar y probar los corazones, su cuidado en probar la resistencia de las obras humanas, en purificarlas y revitalizarlas”.

“Mientras en el Sinaí se oye la voz de Dios, en Jerusalén, en la fiesta de Pentecostés, quien habla es Pedro, la roca sobre la que Cristo eligió construir su Iglesia. Su palabra, débil y hasta capaz de negar al Señor, atravesada por el fuego del Espíritu, adquiere fuerza, se hace capaz de traspasar los corazones y mover a la conversión. De hecho, Dios escoge lo que es débil en el mundo para confundir a los fuertes”.

La Iglesia nace del fuego del amor

Por ello, el Santo Padre subrayó que la Iglesia nace del fuego del amor, de un “fuego” que arde en Pentecostés y que manifiesta la fuerza de la Palabra del Resucitado impregnada del Espíritu Santo. La Alianza nueva y definitiva ya no se basa en una ley escrita en tablas de piedra, sino en la acción del Espíritu de Dios que hace nuevas todas las cosas y está grabada en los corazones de carne.

“La palabra de los Apóstoles es impregnada del Espíritu del Resucitado y se convierte en una palabra nueva, diferente, que se puede entender, como si se tradujera simultáneamente a todas las lenguas: de hecho, ‘cada uno los oía hablar en su propia lengua’.

Se trata del lenguaje de la verdad y del amor, que es el lenguaje universal: incluso los analfabetos pueden entenderlo”.

El Espíritu Santo, creador de comunión y reconciliación

Asimismo, el Papa Francisco precisó que el Espíritu Santo no sólo se manifiesta a través de una sinfonía de sonidos que une y compone armoniosamente la diversidad, sino que también se presenta como el director de la orquesta que toca las partituras de alabanzas de las “grandes obras” de Dios.

“El Espíritu Santo –puntualizó el Pontífice– es el creador de la comunión, el artista de la reconciliación que sabe cómo eliminar las barreras entre judíos y griegos, entre esclavos y libres, para hacer de ella un solo cuerpo. Construye la comunidad de los creyentes armonizando la unidad del cuerpo y la multiplicidad de sus miembros. Hace crecer a la Iglesia ayudándola a ir más allá de los límites humanos, de los pecados y de cualquier escándalo”.

¡Los seguidores de Jesús no están borrachos!

La maravilla es tan grande, y algunas personas se preguntan si esos hombres están borrachos, pero los seguidores de Jesús no están borrachos, afirmó el Santo Padre, sino que viven lo que San Ambrosio llama “la sobria embriaguez del Espíritu”, que enciende la profecía entre el pueblo de Dios a través de sueños y visiones.

“A partir de ahora, el Espíritu de Dios mueve los corazones a acoger la salvación que pasa por una Persona, Jesucristo, a quien los hombres han clavado en el madero de la cruz y a quien Dios resucitó de entre los muertos ‘librándolo de los dolores de la muerte’. Es Él quien derramó ese Espíritu que orquesta la polifonía de la alabanza que todos pueden escuchar”.

El Paráclito dilate nuestro corazón

Antes de concluir su catequesis, el Papa Francisco saludó cordialmente a los peregrinos de lengua española venidos de España y Latinoamérica; en modo particular a los peregrinos de la Diócesis de León, acompañados por su Obispo, Mons. Julián López Martín.

“Los invito a que pidamos al Señor experimentar un nuevo Pentecostés en nuestras vidas, para que el Paráclito dilate nuestro corazón haciéndolo semejante al de Cristo, y así podamos testimoniar su amor en medio del mundo y de las personas que nos rodean”.

Texto completo del saludo del Papa en español

Queridos hermanos y hermanas:

Cincuenta días después de la Pascua, los Apóstoles vivieron un evento que superaba sus expectativas. Ellos estaban reunidos en oración y fueron sorprendidos por la irrupción de Dios, que no tolera las puertas cerradas; las abrió con un viento impetuoso que llenó toda la casa donde se encontraban.

Al viento del Espíritu se une el fuego que recuerda la zarza ardiente en el Sinaí, donde Dios habló y dio los diez mandamientos. En el fuego, Dios da su palabra viva y eficaz, que anima, ilumina y prueba los corazones. La Iglesia nace del fuego del amor, de un “incendio” que arde en Pentecostés y que manifiesta la fuerza de la Palabra del Resucitado, llena de Espíritu Santo.

La palabra de los apóstoles se llena del Espíritu del Resucitado y es palabra nueva, como si fuera traducida en todas las lenguas posibles; es el lenguaje de la verdad y del amor, que es el idioma universal, que todos pueden comprender. El Espíritu Santo es el artífice de la comunión y de la reconciliación que sabe derribar las barreras que dividen y hace crecer a la Iglesia más allá de los límites humanos.

Los seguidores de Jesús son los que viven según el Espíritu, porque Él es quien mueve los corazones para acoger la salvación que viene a través de Jesucristo.

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española venidos de España y Latinoamérica; en modo particular a los peregrinos de la Diócesis de León, acompañados por su obispo, Mons. Julián López Martín.

Los invito a que pidamos al Señor experimentar un nuevo Pentecostés en nuestras vidas, para que el Paráclito dilate nuestro corazón haciéndolo semejante al de Cristo, y así podamos testimoniar su amor en medio del mundo y de las personas que nos rodean. Que Dios los bendiga.

https://www.religiondigital.org/vaticano/Papa-Espiritu-creador-comunion-reconciliacion_0_2132486747.html?utm_source=dlvr.it&utm_medium=facebook

Texto completo de la Audiencia: https://es.zenit.org/articles/pentecostes-en-el-fuego-dios-da-su-palabra-viva-y-energica-catequesis-completa/?fbclid=IwAR3nSgJys-dfNCpsGPPBWpTxJU-xkP5pNgcVIlF93HhitM4bWbiEBsAtE-w


El maná de cada día, 15.6.19

junio 15, 2019

Sábado de la 10ª semana del Tiempo Ordinario

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Decid simplemente sí, cuando es sí, y no, cuando es no



PRIMERA LECTURA: 2 Corintios 5, 14-21

Hermanos: Nos apremia el amor de Cristo al considerar que, si uno murió por todos, todos murieron. Y Cristo murió por todos, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos.

De modo que nosotros desde ahora no conocemos a nadie según la carne; si alguna vez conocimos a Cristo según la carne, ahora ya no lo conocemos así.

Por tanto, si alguno está en Cristo es una criatura nueva. Lo viejo ha pasado, ha comenzado lo nuevo.

Todo procede de Dios, que nos reconcilió consigo por medio de Cristo y nos encargó el ministerio de la reconciliación.

Porque Dios mismo estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, sin pedirle cuentas de sus pecados, y ha puesto en nosotros el mensaje de la reconciliación.

Por eso, nosotros actuamos como enviados de Cristo, y es como si Dios mismo exhortara por medio de nosotros.

En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios. Al que no conocía el pecado, lo hizo pecado en favor nuestro, para que nosotros llegáramos a ser justicia de Dios en él.


SALMO 102, 1b-2. 3-4. 8-9. 11-12

El Señor es compasivo y misericordioso.

Bendice, alma mía, al Señor, y todo mi ser a su santo nombre. Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides sus beneficios

Él perdona todas tus culpas y cura todas tus enfermedades; él rescata tu vida de la fosa, y te colma de gracia y de ternura.

El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia; no está siempre acusando ni guarda rencor perpetuo.

Como se levanta el cielo sobre la tierra, se levanta su bondad sobre los que lo temen; como dista el oriente del ocaso, así aleja de nosotros nuestros delitos.


ALELUYA: Salmo 118, 36.29

Inclina mi corazón, oh, Dios, a tus preceptos; y dame la gracia de tu ley.


EVANGELIO: Mateo 5, 33-37

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No jurarás en falso” y “Cumplirás tus juramentos al Señor”. Pero yo os digo que no juréis en absoluto: ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, que es estrado de sus pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del Gran Rey. Ni jures por tu cabeza, pues no puedes volver blanco o negro un solo cabello. Que vuestro hablar sea sí, sí, no, no. Lo que pasa de ahí viene del Maligno».


El maná de cada día, 14.6.19

junio 14, 2019

Viernes de la 10ª semana del Tiempo Ordinario

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clay pots

Llevamos el tesoro en vasijas de barro

 

PRIMERA LECTURA: 2 Corintios 4, 7-15

Hermanos: Llevamos el tesoro en vasijas de barro, para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros.

Atribulados en todo, mas no aplastados; apurados, mas no desesperados; perseguidos, pero no abandonados; derribados, mas no aniquilados, llevando siempre y en todas partes en el cuerpo la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo.

Pues, mientras vivimos, continuamente nos están entregando a la muerte por causa de Jesús; para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal. De este modo, la muerte actúa en nosotros, y la vida en vosotros.

Pero teniendo el mismo espíritu de fe, según lo que está escrito: «Creí, por eso hablé», también nosotros creemos y por eso hablamos; sabiendo que quien resucitó al Señor Jesús también nos resucitará a nosotros con Jesús y nos presentará con vosotros ante él.

Pues todo esto es para vuestro bien, a fin de que cuantos más reciban la gracia, mayor sea el agradecimiento, para gloria de Dios.


SALMO 115, 10-11. 15-16. 17-18

Te ofreceré, Señor, un sacrificio de alabanza.

Tenia fe, aun cuando dije: «¡Qué desgraciado soy!» Yo decía en mi apuro: «Los hombres son unos mentirosos».

Mucho le cuesta al Señor la muerte de sus fieles. Señor, yo soy tu siervo, siervo tuyo, hijo de tu esclava: rompiste mis cadenas.

Te ofreceré un sacrificio de alabanza invocando tu nombre, Señor. Cumpliré al Señor mis votos en presencia de todo el pueblo.


ALELUYA: Filipenses 2, 15.16

Brilláis como lumbreras del mundo, manteniendo firme la palabra de la vida.


EVANGELIO: Mateo 5, 27-32

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«Habéis oído que se dijo: “No cometerás adulterio”. Pero yo os digo: todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón.

Si tu ojo derecho te induce a pecar, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser echado entero en la “gehenna”.

Si tu mano derecha te induce a pecar, córtatela y tírala, porque más te vale perder un miembro que ir a parar entero a la “gehenna”.

Se dijo: “El que repudie a su mujer, que le dé acta de repudio”. Pero yo os digo que si uno repudia a su mujer —no hablo de unión ilegítima— la induce a cometer adulterio, y el que se casa con la repudiada comete adulterio».
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RECONOCER NUESTRA VULNERABILIDAD
Papa Francisco. Capilla Casa Santa Marta
Viernes 16 de junio de 2017

El secreto para ser «muy felices» es reconocerse siempre débiles y pecadores, es decir «recipientes de barro», ese material pobre pero que sin embargo puede contener incluso «el tesoro más grande: la potencia de Dios que nos salva». Y es ante la tentación de muchos cristianos de maquillarse para aparentar ser «recipientes de oro» en cambio, hipócritamente «suficientes por si mismos», que Francisco puso en guardia en la misa celebrada el viernes 16 de junio en Santa Marta.

«En este cuarto capítulo de la segunda carta a los Corintios —enseguida hizo presente el Papa refiriéndose al pasaje propuesto por la liturgia (4, 7-15)— Pablo habla del misterio de Cristo, habla de la fuerza del misterio de Cristo, de la potencia del misterio de Cristo». Y luego, explicó, el apóstol «continua con el pasaje que hemos leído: “hermanos, llevamos este tesoro —Cristo— en recipientes de barro”». Entonces, volvió a insistir Francisco, «este tesoro de Cristo nosotros lo tenemos, pero en nuestra fragilidad: nosotros somos barro». Es «un gran tesoro en recipientes de barro: ¿pero esto por qué?». La respuesta de Pablo es clara: «para que aparezca que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no de nosotros».

He aquí entonces, afirmó el Pontífice, «la potencia de Dios, la fuerza de Dios que salva, que sana, que pone en pie, y la debilidad del barro, que somos nosotros». Con la conciencia, por ello, de que «ninguno de nosotros se puede salvar a si mismo: todos necesitamos la potencia de Dios, la potencia del Señor, para ser salvados».

Esta verdad, recordó el Pontífice, «es como un leitmotiv en las cartas de Pablo». Y efectivamente «el Señor dice a Pablo: “mi potencia se manifiesta plenamente en la debilidad. Si no hay debilidad, mi potencia no puede manifestarse”». De ahí la eficaz imagen del «recipiente, pero el recipiente débil, de barro». Así prosiguió el Papa, «cuando Pablo se lamenta y pide al señor que le libere de los ataques de Satanás, dice él, que le humilla y avergüenza, ¿qué responde el Señor? “Te basta mi gracia, tú continúa siendo barro, que la potencia de salvación la tengo yo”».

Precisamente «esta es la realidad de nuestra vulnerabilidad» explicó Francisco. Porque «todos nosotros somos vulnerables, frágiles, débiles y necesitamos ser sanados». Pablo lo dice con fuerza en su carta a los Corintios: «somos atribulados, aplastados, perseguidos, derribados como manifestación de nuestra debilidad». He aquí la «debilidad de Pablo, manifestación del barro». Y «esta es nuestra vulnerabilidad: una de las cosas más difíciles en la vida es reconocer la propia vulnerabilidad».

«Otras veces —admitió el Papa— intentamos cubrir la vulnerabilidad, que no se vea; o la maquillamos, para que no se vea»; o terminamos por «disimular». Tanto que «el mismo Pablo, al inicio de este capítulo» de la segunda carta a los Corintios, dice: «Cuando he caído en las disimulaciones vergonzosas». Porque «las disimulaciones son vergonzosas, siempre; son hipócritas, porque hay una hipocresía hacia los demás». Y efectivamente «a los doctores de la ley el Señor dice: “hipócritas”». Pero, advirtió el Pontífice, «hay otra hipocresía: afrontar a nosotros mismos, es decir cuando yo creo ser otra cosa distinta de lo que soy, creo que no necesito sanación, no necesito apoyo; creo que no estoy hecho de barro, que tengo un tesoro “mío”». Y esto, hizo presente Francisco, «es el camino, es el camino hacia la vanidad, la soberbia, la autorreferencialidad de los que no sintiéndose de barro, buscan la salvación, la plenitud de si mismos».

No se debe olvidar nunca por ello, que es «la potencia de Dios que nos salva», recordó el Pontífice. Porque «nuestra vulnerabilidad Pablo la reconoce», diciendo sin medios términos: «somos atribulados, pero no aplastados porque la potencia de Dios nos salva». Y por esta misma razón Pablo reconoce también que «estamos perplejos mas no desesperados: hay algo de Dios que nos da esperanza». Y entonces «somos perseguidos pero no abandonados; derribados pero no aniquilados: siempre hay esta relación entre el barro y la potencia, el barro y el tesoro». Así verdaderamente «nosotros tenemos un tesoro en recipientes de barro, pero la tentación es siempre la misma: cubrir, disimular, no creer que somos barro», cediendo así a «aquella hipocresía respecto a nosotros mismos».

«Pablo nos lleva, con este modo de pensar, de razonar, de predicar la palabra de Dios, a un diálogo entre el tesoro y el barro», siguió afirmando Francisco. «Un diálogo que continuamente debemos hacer para ser honestos» añadió, indicando a modo de ejemplo «cuando vamos a confesarnos» y quizás reconocemos: «sí, he hecho esto, he pensado esto». Y así «decimos los pecados como si fueran una lista de precios en el mercado: he hecho esto, esto, esto». Pero según el Papa, la verdadera pregunta que hay que plantearse es: «¿tú tienes conciencia de este barro, de esta debilidad, de esta vulnerabilidad tuya?». Porque «es difícil aceptarla».

«También cuando nosotros decimos “somos todos pecadores” —prosiguió el Pontífice— quizás es una palabra que decimos así», sin pensar del todo en el significado. Por lo que es oportuno hacer un examen de conciencia con uno mismo, preguntándonos si «tenemos conciencia de ser barro, débiles, pecadores», conscientes de que «sin la potencia de Dios» no podemos «seguir adelante». ¿O bien «creemos que la confesión sea blanquear un poco el barro y con esto es más fuerte? ¡no!». Pero «está la vergüenza —continuó afirmando Francisco— que ensancha el corazón para que entre la potencia de Dios, la fuerza de Dios». Precisamente «la vergüenza de ser barro y no ser un recipiente de plata y oro: ser barro». Y «si nosotros llegamos a este punto, seremos muy felices».

Siempre respecto al «diálogo entre la potencia de Dios y la creada», el Pontífice sugirió pensar en «la lavanda de los pies, cuando Jesús se acerca a Pedro y le dice: “no, a mí no, Señor, pero por favor, ¿qué haces?». El hecho es que Pedro «no había entendido qué era barro, que necesitaba la potencia del Señor para ser salvado». Pero he aquí que «cuando el Señor le dice la verdad», Pedro no duda ni un segundo y responde: «ah, si es así, no solo los pies: todo el cuerpo, ¡incluso la cabeza!». Pedro es un hombre «generoso», explicó el Papa. De esa «generosidad» que lleva a «reconocer ser vulnerables, frágiles, débiles, pecadores: solamente si nosotros aceptamos ser barro, esta extraordinaria potencia de Dios vendrá a nosotros y nos dará la plenitud, la salvación, la felicidad, la alegría de ser salvados».

En conclusión, el Papa rogó al Señor precisamente para que «nos dé esta gracia», para ser siempre capaces de recibir «tu tesoro, Señor, con la sabiduría de ser de barro».

http://www.vatican.va


La Renovación Carismática, para toda la Iglesia: textos completos del P. Cantalamessa en el Vaticano

junio 12, 2019

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La Renovación Carismática, para toda la Iglesia: textos completos del P. Cantalamessa en el Vaticano

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La Renovación Carismática, para toda la Iglesia: textos completos del P. Cantalamessa en el Vaticano

ReL 9 junio 2019

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Este 8 de junio de 2019, el Predicador de la Casa Pontificia, el padre capuchino Raniero Cantalamessa ha dirigido dos detalladas predicaciones a los miembros de la Renovación Carismática llegados a Roma para celebrar Pentecostés y la presentación de Charis, el nuevo órgano de comunión de las entidades carismáticas, creada por el Dicasterio para los Laicos.

Cantalamessa es ahora el asesor eclesiástico de Charis. El sacerdote Pablo Cervera, director de la revista Magníficat, ha traducido del italiano las dos grandes alocuciones que Cantalamessa proclamó ante los asistentes que publicamos completas.

La Renovación Carismática Católica, una corriente de gracia para toda la Iglesia

 Roma, Aula Pablo VI, 8 de junio de 2019; Inauguración del servicio de Charis

Parto de la convicción compartida por todos nosotros, y a menudo repetida por el papa Francisco, de que la Renovación Carismática Católica (RCC) es «una corriente de gracia para toda la Iglesia».

Si la RCC es una corriente de gracia para toda la Iglesia, tenemos el deber de explicarnos a nosotros mismos y a la Iglesia en qué consiste esta corriente de gracia y por qué está destinada y es necesaria para toda la Iglesia. Explicar, en definitiva, qué somos y qué ofrecemos —mejor, qué ofrece Dios— a la Iglesia con esta corriente de gracia.

De hecho, hasta ahora no hemos sido capaces —ni podíamos serlo— de decir con claridad qué es la Renovación Carismática.

En efecto, es necesario experimentar una forma de vida antes de poderla definir. Así ha sucedido siempre en el pasado, con ocasión de la aparición de nuevas formas de vida cristiana.

Pobres de esos movimientos y órdenes religiosas que nacen con mucho de regla y de constituciones establecidas minuciosamente de partida, que hay que poner luego en práctica como un protocolo a seguir. Es la vida la que, progresando, adquiere una fisonomía y se da una regla, como el río, al avanzar, se excava su propio lecho.

Debemos reconocer que hasta ahora hemos dado a la Iglesia ideas y representaciones de la Renovación Carismática diferentes y a veces contradictorias. Bastaría hacer una pequeña encuesta entre las personas que viven fuera de ella, para darnos cuenta de la confusión que reina en torno a la identidad de la Renovación Carismática.

Para algunos, es un movimiento de «entusiastas», no distinto de los movimientos «entusiastas e iluminados» del pasado, el pueblo del Aleluya, de las manos alzadas, que rezan y cantan en un lenguaje incomprensible, un fenómeno, en definitiva, emocional y superficial. Puedo decirlo con conocimiento de causa porque también yo, durante mucho tiempo, estaba entre los que pensaban así.

Para otros será identificado con personas que realizan oraciones de curación y realizan exorcismos; para otros incluso se trata de una «infiltración» protestante y pentecostal en la Iglesia católica. En el mejor de los casos la Renovación Carismática es vista como una realidad en la que se puede confiar para muchas cosas en la parroquia, pero por la que es mejor no dejarse implicar.

Como ha dicho alguien, gustan los frutos de la Renovación, pero no el árbol.

Después de 50 años de vida y de experiencia y con ocasión de la inauguración del nuevo organismo de servicio que es Charis, quizás ha llegado el momento de intentar hacer una relectura de esta realidad y dar una definición, aunque no sea definitiva, pues su camino no está del todo concluido.

Yo creo que la esencia de esta corriente de gracia está providencialmente encerrada en su nombre «Renovación Carismática», con la condición de comprender el verdadero significado de estas dos palabras. Es lo que me propongo hacer, dedicando la primera parte de mi intervención al sustantivo «Renovación» y la segunda parte al adjetivo «carismática».

I.- Primera parte: «Renovación»

Es necesario anteponer una premisa de carácter general para entender la relación que existe entre el sustantivo «renovación» y el adjetivo «carismática», y qué representa cada uno de ellos.

En la Biblia surgen claramente dos modos de obrar del Espíritu de Dios. Existe, ante todo, la forma que podemos llamar carismática. Consiste en el hecho de que el Espíritu de Dios viene sobre algunas personas, en circunstancias especiales, y les otorga dones y capacidades por encima de la capacidad humana para desempeñar la tarea que Dios espera de ellas.

Se habla del Espíritu de Dios que viene sobre algunas personas y les otorga sus dones artísticos para la construcción del templo (cf. Ex 31,3), que «irrumpe» sobre Sansón y le da un don de fuerza para guiar las batallas de Dios (Jue 14,6), viene sobre Saúl y lo unge rey (1 Sam 10,6), viene sobre los profetas y ellos profetizan (Is 61,1).

La característica de este modo de obrar del Espíritu de Dios es que se da a una persona, pero no para la persona misma, para hacerla más agradable ante Dios, sino para el bien de la comunidad, para el servicio. Algunos de los que en el Antiguo Testamento reciben estos dones terminarán llevando una vida en absoluto conforme con el querer de Dios.

Sólo en un segundo momento, prácticamente tras el exilio, se empieza a hablar de un modo distinto de actuar del Espíritu de Dios, un modo que posteriormente se llamará la acción santificadora del Espíritu (2 Tes 2,13). Por primera vez en el salmo 51 el Espíritu se define como «santo»: «No me quites tu Santo Espíritu». El testimonio más claro es la profecía de Ezequiel 36,26-27:

“Os daré un corazón nuevo, infundiré en vosotros un espíritu nuevo, os quitaré el corazón de piedra y os daré un corazón de carne. Pondré mi espíritu en vosotros y haré que os conduzcáis según mis leyes y haré que observéis y pongáis en práctica mis mandatos”.

La novedad de este modo de actuar del Espíritu es que será sobre una persona y permanece en ella y la transforma desde el interior, dándole un corazón nuevo y una capacidad nueva de observar la ley. A continuación, la teología llamará al primer modo de actuar del Espíritu «gratia gratis data», don gratuito, y al segundo «gratia gratum faciens», gracia que hace agradables a Dios.

Pasando del Antiguo al Nuevo Testamento, este doble modo de actuar del Espíritu se hace incluso más claro. Basta leer primero el capítulo 12 de la Primera Carta a los Corintios donde se habla de todo tipo carismas, y luego pasar al capítulo siguiente, el 13, donde se habla de un don único, igual y necesario para todos que es la caridad.

Esta caridad es «el amor de Dios derramado en los corazones mediante el Espíritu Santo» (Rom 5,5), el amor —así lo define santo Tomás de Aquino— «con el que Dios nos ama a nosotros y con el que nos hace capaces de amarle a él y a los hermanos» [1].

La relación entre la obra santificadora del Espíritu y su acción carismática es vista por Pablo como la relación que existe entre el ser y el actuar y como la relación que existe entre la unidad y la diversidad en la Iglesia. La acción santificadora se refiere al ser del cristiano, los carismas se refieren al actuar, al servicio; la primera fundamenta la unidad de la Iglesia, la segunda, la variedad de sus funciones.

Sobre esto basta leer Efesios 4,4-13. Allí el Apóstol expone primero lo que fundamenta el ser del cristiano y la unidad de todos los creyentes: un solo cuerpo, un solo Espíritu, un solo Señor, una sola fe, para pasar a hablar de la «gracia dada a cada uno según la medida del don de Cristo»: apóstoles, evangelistas, maestros…

Es cierto que el carisma no se ha dado por causa, o de cara a la santidad de una persona, pero también es cierto que no se mantiene sano e incluso se corrompe y termina por provocar daños, si no reposa sobre el terreno de una santidad personal.

Recordar la prioridad de la obra santificadora del Espíritu sobre la carismática es la contribución específica que la RCC puede llevar al movimiento evangélico y pentecostal, los cuales —es útil recordarlo— tuvieron entre sus matrices el llamado «movimiento de santidad» (Holiness Movement).

El Apóstol no se limita a poner de relieve los dos modos de obrar del Espíritu, sino que afirma también la prioridad absoluta de la acción santificadora sobre la acción carismática. El obrar depende del ser (agere sequitur esse), no al revés.

Pablo pasa revista a la mayoría de los carismas —hablar todas las lenguas, poseer el don de profecía, conocer todos los misterios, distribuir todo a los pobres— y concluye que, sin la caridad, no servirían de nada a quien los ejercita, aunque puedan beneficiar a quien los recibe.

Todo lo que he dicho de la acción renovadora y santificadora del Espíritu se encierra en el sustantivo «Renovación». ¿Por qué justamente ese término? ¿Por qué llamamos «Seminario de vida nueva en el Espíritu» al instrumento con el que uno se preparaba para recibir el bautismo en el Espíritu?

La idea de novedad acompaña desde el principio hasta el final la revelación de la acción santificadora del Espíritu. Ya en Ezequiel se habla de un «Espíritu nuevo». Juan habla de un «nacer de nuevo por el agua y del Espíritu» (Jn 3,5).

Pero es sobre todo san Pablo quien ve en la «novedad» lo que caracteriza a toda la «nueva alianza» (2 Cor 3,6). Él define al creyente como un «hombre nuevo» (Ef 2,15; 4, 24) y al bautismo como «un baño de renovación en el Espíritu Santo» (Tit 3,5).

Lo que hay que poner en claro enseguida es que esta vida nueva es la vida traída por Cristo. Es él quien al resucitar de la muerte nos ha dado la posibilidad gracias a nuestro bautismo, de «caminar en una vida nueva» (Rom 6,4). Por tanto, es don, antes que deber, y un «hecho», antes que un «tener que hacer». 

En este momento se necesita una revolución copernicana en la mentalidad común del creyente católico (¡no en la doctrina oficial de la Iglesia!) y esta es una de las contribuciones más importantes que la Renovación Carismática puede aportar —y ya ha traído en parte— a la vida de la Iglesia.

Durante siglos se ha insistido mucho sobre la moral, el deber, sobre qué hacer para ganar la vida eterna, hasta invertir la relación y poner el deber antes que el don, haciendo de la gracia el efecto, en lugar de la causa, de nuestras buenas obras.

Incluso después de que el concilio de Trento, en respuesta a la reforma protestante, había reafirmado la verdadera doctrina católica de la prioridad de la gracia, la predicación popular, la dirección espiritual, en definitiva, la pastoral de la Iglesia, incluso en reacción a la posición extrema de Lutero, siguió insistiendo en las obras más que en la gracia.

Yo también hablo aquí por experiencia personal porque es la formación que yo mismo recibí y que era común antes del Concilio en los lugares de formación. Una formación denominada «voluntarista» por la insistencia unilateral sobre el papel del esfuerzo humano.

La Renovación Carismática, concretamente el bautismo en el Espíritu, ha obrado dentro de mí aquella revolución copernicana de la que hablaba y por eso estoy íntimamente convencido de que puede realizarla en toda la Iglesia. Y es la revolución de la que depende la posibilidad de evangelizar nuevamente el mundo post-cristiano.

La fe brota en presencia del kerygma, no en presencia de la didaché, es decir, no en presencia de la teología, de la apologética, de la moral. Estas cosas son necesarias para «formar» la fe y llevarla a la perfección de la caridad, pero no soy capaz de generarla.

El cristianismo, a diferencia de cualquier otra religión, no comienza diciendo a los hombres lo que deben hacer para salvarse; empieza diciendo lo que Dios ha hecho, en Cristo Jesús, para salvarlos. Es la religión de la gracia.

No hay peligro de que de este modo se caiga en el «quietismo», olvidando el compromiso por la adquisición de las virtudes. La Escritura y la experiencia no dejan escapatoria sobre este punto: el signo más cierto de la presencia del Espíritu de Cristo no son los carismas, sino los «frutos del Espíritu».

La RC debe, más bien, cuidarse de otro peligro: lo que san Pablo reprocha a los Gálatas: «terminar con la carne después de haber comenzado con el Espíritu» (cf. Gál 3,3), es decir, volver a un viejo legalismo y moralismo que sería exactamente la antítesis de lo que se entiende por «Renovación».

Existe también, es cierto, el peligro opuesto de hacer de la libertad «un pretexto para vivir según la carne» (Gál 5, 13), pero ello es más fácilmente reconocible.  

En qué consiste la vida nueva en el Espíritu

Pero ahora ha llegado el momento de bajar más a lo concreto y ver en qué consiste y cómo se manifiesta la vida nueva en el Espíritu y en qué consiste la verdadera «Renovación». Nos apoyamos en san Pablo y más concretamente en su Carta a los Romanos, porque es allí donde, casi programáticamente, se exponen sus elementos constitutivos.

Una vida vivida en la ley del Espíritu

La vida nueva es, ante todo, una vida vivida «en la ley del Espíritu».

No hay ninguna condena para los que están en Cristo Jesús, porque la ley del Espíritu, que da vida en Cristo Jesús, te liberó de la ley del pecado y de la muerte (Rom 8, 1-2).

No se entiende qué significa la expresión «ley del Espíritu» si no es a partir del acontecimiento de Pentecostés. En el Antiguo Testamento existieron dos interpretaciones fundamentales de la fiesta de Pentecostés. Al comienzo, Pentecostés era la fiesta de la cosecha (cf. Núm 28,26ss), cuando se ofrecía a Dios la primicia del trigo (cf. Ex 23,16; Dt 16,9).

Pero posteriormente, y ciertamente en el tiempo de Jesús, la fiesta se había enriquecido con un nuevo significado. Era la fiesta que recordaba la entrega de la ley sobre el monte Sinaí y la alianza establecida entre Dios y su pueblo; la fiesta, en definitiva, que conmemoraba los acontecimientos descritos en Ex 19-20. «Este día de la fiesta de las semanas —dice un texto de la actual liturgia judía de Pentecostés (Shavuot)— es el tiempo del don de nuestra Torá».

Parece que san Lucas ha descrito deliberadamente la venida del Espíritu Santo con los rasgos que marcaron la teofanía del Sinaí; usa, efectivamente, imágenes que recuerdan las del terremoto y del fuego. La liturgia de la Iglesia confirma esta interpretación, desde el momento que inserta Ex 19 entre las lecturas de la vigilia de Pentecostés.

¿Qué viene a decirnos, de nuestro Pentecostés, esta aproximación? ¿Qué significa, en otras palabras, el hecho de que el Espíritu Santo desciende sobre la Iglesia precisamente en el día en que Israel recordaba el don de la ley y de la alianza?

Ya san Agustín se planteaba esta pregunta y daba la siguiente respuesta. Cincuenta días después de la inmolación del cordero en Egipto, en el monte Sinaí, el dedo de Dios escribió la ley de Dios sobre tablas de piedra, y he aquí que cincuenta días después de la inmolación del verdadero Cordero de Dios que es Cristo, de nuevo el dedo de Dios, el Espíritu Santo, escribe la ley; pero esta vez no en tablas de piedra, sino sobre las tablas de carne de los corazones[2].

Esta interpretación se basa sobre la afirmación de Pablo, que define a la comunidad de la Nueva Alianza como una «carta de Cristo, compuesta no con tinta, sino con el Espíritu del Dios viviente, no en tablas de piedra, sino en las tablas de carne de los corazones» (cf. 2 Cor 3,3).

De golpe, se iluminan las profecías de Jeremías y de Ezequiel sobre la Nueva Alianza: «Esta será la alianza que yo pactaré con la casa de Israel, después de aquellos días, dice el Señor: Pondré mi Ley en su alma, la escribiré en su corazón» (Jer 31,33). No ya sobre tablas de piedra, sino sobre corazones; no ya una ley exterior, sino una ley interior.

¿Cómo actúa, en concreto, esta nueva ley que es el Espíritu y en qué sentido se puede llamar «ley»? ¡Actúa mediante el amor! La ley nueva es lo que Jesús llama el «mandamiento nuevo» (Jn 13,34). El Espíritu Santo ha escrito la nueva ley en nuestros corazones, infundiendo en ellos el amor: «El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que se nos ha dado» (Rom 5,5).

Este amor, nos ha explicado santo Tomás, es el amor con el que Dios nos ama y con el que, al mismo tiempo, hace que nosotros podamos volverlo a amar y amar al prójimo. Es una capacidad nueva de amar.

Hay dos maneras según las cuales el hombre puede ser inducido a hacer, o a no hacer, cierta cosa: o por coacción o por atracción; la ley exterior lo induce del primer modo, por coacción, con la amenaza del castigo; el amor lo induce del segundo modo, por atracción. De hecho, cada uno es atraído por lo que ama, sin que sufra ninguna coacción desde el exterior. La vida cristiana debe ser vivida por atracción, no por coacción, por amor, no por temor.

Una vida de hijos de Dios

En segundo lugar, la vida nueva en el Espíritu es una vida de hijos de Dios. Escribe también el Apóstol:

«Todos aquellos que son guiados por el Espíritu de Dios, estos son hijos de Dios. 15 Y vosotros no habéis recibido un espíritu de esclavos para recaer en el miedo, sino que habéis recibido el Espíritu que hace hijos adoptivos, por medio del cual exclamamos: “¡Abbá! ¡Padre!” 16 El Espíritu mismo, junto a nuestro espíritu, testifica que somos hijos de Dios» (Rom 8,14-16).

Esta es una idea central del mensaje de Jesús y de todo el Nuevo Testamento. Gracias al bautismo que nos ha injertado en Cristo, hemos sido hechos hijos en el Hijo.

¿Qué puede llevar de nuevo a la Renovación Carismática a este campo? Una cosa importantísima, a saber, el descubrimiento y la toma de conciencia existencial de la paternidad de Dios que ha hecho que más de uno rompa a llorar en el momento del bautismo en Espíritu.

De derecho nosotros somos hijos por el bautismo, pero de hecho lo llegamos a ser gracias a una acción del Espíritu Santo que continúa en la vida.

Y he aquí en qué consiste la obra del Espíritu Santo. Mientras el hombre vive en el régimen del pecado, Dios, dice el Apóstol, se le presenta inevitablemente como un antagonista y como un obstáculo. Respecto del Padre celestial, hay una sorda enemistad que la ley no hace más que poner de relieve. El hombre «cae en la concupiscencia», quiere determinadas cosas.

Ambiciona el poder, el placer, la gloria y Dios se le presenta como aquel que le bloquea la carretera, oponiéndose a esos deseos con sus imperiosos: «Tú debes», «Tú no debes»: «Tú no debes desear la mujer de los otros», «Tú no debes desear las pertenencias ajenas». «Los deseos de la carne están en rebelión contra Dios, porque no se someten a su ley» (Rom 8,7). El hombre viejo está en rebelión contra su Creador y, si pudiera, querría incluso que no existiera.

Ahora vemos qué hace el Espíritu Santo en la medida en que le permitimos actuar en nosotros. Él nos abre un ojo nuevo sobre Dios, nos lo hace ver no ya como el enemigo de nuestra alegría, sino, por el contrario, como nuestro aliado, aquel que nos es realmente favorable y que por nosotros «no se reservó a su Hijo». En definitiva, el Espíritu Santo lleva, en el corazón «el amor de Dios» (Rom 5,5).

Nace el sentimiento filial. Dios, de amo se convierte en padre. Este es el momento radiante en el que se exclama, por primera vez, con todo el movimiento del corazón: ¡Abbá, Padre mío! Es uno de los efectos más frecuentes del bautismo en el Espíritu.

Recuerdo a una señora anciana de Milán que, recibido el bautismo en el Espíritu, daba vueltas diciendo a todos los que encontraba de su grupo: «¡Me siento una niña, me siento una niña! ¡He descubierto que tengo a Dios como papá!». Experimentar la paternidad de Dios significa hacer la experiencia de su amor infinito y de su misericordia.

Una vida en el señorío de Cristo

Finalmente, la vida nueva es una vida en el señorío de Cristo. Escribe el Apóstol: Si con tu boca proclamas: «¡Jesús es el Señor!», y con tu corazón crees que Dios lo resucitó de entre los muertos, serás salvo» (Rom 10,9).

Y de nuevo poco después en la misma Carta: 7 Ninguno de nosotros, en efecto, vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo, 8 porque si vivimos, vivimos para el Señor, si morimos, morimos para el Señor. En la vida y en la muerte somos del Señor. 9 Para esto murió y resucitó Cristo: para ser el Señor de vivos y muertos (Rom 14,7-9).

Este especial conocimiento de Jesús es obra del Espíritu Santo: «Nadie puede decir: “¡Jesús es el Señor!”, si no es bajo la acción del Espíritu Santo» (1 Cor 12,3). El don más evidente que yo recibí con ocasión de mi bautismo en el Espíritu fue el descubrimiento del señorío de Cristo.

Hasta entonces yo era un estudioso de cristología, dictaba cursos y escribía libros sobre las doctrinas cristológicas antiguas; el Espíritu Santo me convirtió desde la cristología a Cristo. Qué emoción al escuchar en julio de 1977, en el estadio de Kansas City, a 40 mil creyentes de diversas denominaciones cristianas cantar: «He’s Lord, He is Lord. He’s risen from the dead and is Lord. Every shall bow every tongue confess that Jesus Christ is Lord». 

Para mí, todavía observador externo de la Renovación, aquel canto tenía resonancias cósmicas, cuestionaba lo que está en los cielos, en la tierra y en los abismos. ¿Por qué no repetir, en una ocasión como esta, aquella experiencia y proclamar juntos, en el canto, el señorío de Cristo…? Cantémoslo en inglés los que lo sepan…

¿Qué hay de especial, en la proclamación de Jesús como Señor, que la hace tan distinta y determinante? Que con ella no se hace sólo una profesión de fe, sino que se toma una decisión personal. Quien la pronuncia, decide el sentido de su vida. Es como si dijera: «Tú eres mi Señor; yo me someto a ti, yo te reconozco libremente como mi salvador, mi cabeza, mi maestro, aquel que tiene todos los derechos sobre mí. Te cedo con alegría las riendas de mi vida».

Este redescubrimiento luminoso de Jesús como Señor es quizás la gracia más hermosa que, en nuestros tiempos, Dios ha otorgado a su Iglesia a través de la RC. Al comienzo la proclamación de Jesús como Señor (Kyrios) fue, para la evangelización, lo que es la reja para el arado: esa especie de espada que primero surca el terreno y permite que el arado trace el surco.

En este punto intervino lamentablemente un cambio en el tránsito del ambiente judío al helénico. En el mundo judío el título Adonai, Señor, por sí solo, bastaba para proclamar la divinidad de Cristo. Y de hecho, con él, el día de Pentecostés, Pedro proclama al mundo a Jesucristo: «Sepa con certeza toda la casa de Israel que Dios ha constituido Señor y Mesías a aquel Jesús que vosotros habéis crucificado» (Hch 2, 36).

En la predicación a los paganos ese título ya no era suficiente. Muchos, a partir del emperador romano, se hacían llamar señores. Lo observa con tristeza el Apóstol: «Hay muchos dioses y muchos señores, pero para nosotros solo hay un Señor, Jesucristo» (cf. 1 Cor 8,5-6).

Ya en el siglo III el título de Señor no se comprende en su significado kerigmático; es considerado el título propio de quien todavía está en el estadio del «siervo» y del miedo, inferior, por tanto, al título de Maestro, que es propio del «discípulo« y del amigo[3].

Se sigue ciertamente hablando de Jesús «Señor», pero se ha convertido en un título como los demás, incluso más a menudo uno de los elementos del nombre completo de Cristo: «Nuestro Señor Jesucristo». Pero una cosa es decir «nuestro Señor Jesucristo» y otra decir: «¡Jesucristo es nuestro Señor!» (con exclamación).

¿Dónde está, en todo esto, el salto cualitativo que el Espíritu Santo nos impulsa a hacer en el conocimiento de Cristo? ¡Está en el hecho de que la proclamación de Jesús Señor es la puerta que introduce en el conocimiento de Cristo resucitado y vivo!

No ya un Cristo personaje, sino persona; no ya un conjunto de tesis, de dogmas (y de las correspondientes herejías), no ya solo objeto de culto y de memoria, sino realidad viviente en el Espíritu. Entre este Jesús vivo y el de los libros y las discusiones doctas sobre él, corre la misma diferencia que entre el cielo verdadero y un cielo dibujado en una hoja de papel.

Si queremos que la nueva evangelización no quede en un piadoso deseo, debemos poner la «reja» delante del arado, el kerygma delante de la parénesis.

La común experiencia del señorío de Cristo es también lo que más empuja a la unidad de los cristianos, como vemos que ocurre también aquí entre nosotros. Una de las tareas prioritarias de CHARIS, según las indicaciones del Santo Padre, es precisamente la de promover con todos los medios esta unidad entre todos los creyentes en Cristo, el respeto recíproco de la propia identidad.  

Una corriente de gracia para toda la Iglesia

Creo que a estas alturas está claro por qué decimos que la Renovación Carismática es una corriente de gracia para toda la Iglesia. Todo lo que la Palabra de Dios nos ha revelado sobre la vida nueva en Cristo —una vida vivida según la ley del Espíritu, una vida como hijos de Dios y una vida en el señorío de Cristo—, todo esto no es más que la sustancia de la vida y de la santidad cristianas.

Es la vida bautismal actuada en plenitud, es decir, no sólo pensada y creída, sino vivida y propuesta, y no a algunas almas privilegiadas solamente, sino para todo el pueblo santo de Dios. Una de las máximas que le gustan al papa Francisco es que «la realidad es superior a la idea» [4], y que lo vivido es superior a lo pensado.

Creo que la Renovación Carismática puede ser (y en parte ha sido) de gran ayuda para hacer pasar las grandes verdades de la fe desde lo pensado a lo vivido, para hacer pasar el Espíritu Santo de los libros de teología a la experiencia de los creyentes.

San Juan XXIII concibió el Concilio Vaticano como la ocasión para un «nuevo Pentecostés» para la Iglesia. El Señor ha respondido a esta oración del Papa más allá de toda expectativa. Pero, ¿qué significa «un nuevo Pentecostés»? No puede consistir sólo en una nueva floración de carismas, de ministerios, de señales y prodigios, en una bocanada de aire fresco en el rostro de la Iglesia.

Estas cosas son el reflejo y el signo de algo más profundo. Un nuevo Pentecostés, para ser verdaderamente tal, debe suceder en la profundidad que el Apóstol nos ha revelado; debe renovar el corazón de la Esposa, no sólo su vestido.

Sin embargo, para ser la corriente de gracia que hemos descrito, la Renovación Carismática necesita renovarse ella misma y a esto quiere contribuir la creación de Charis. «No pienses —escribió Orígenes en el siglo III— que basta ser renovados una sola vez; hay que renovar la misma novedad: “Ipsa novitas innovanda est”» [5].

No hay que asombrarse de ello. Es lo que sucede en cada proyecto de Dios en el momento en que se pone en manos del hombre.

Inmediatamente después de mi adhesión a la Renovación, un día, en oración, me impactaron algunos pensamientos. Me parecía intuir lo que el Señor estaba haciendo de nuevo en la Iglesia; cogí un folio y una pluma y escribí algunos pensamientos sobre los que yo mismo me asombraba, poco en ellos era fruto de mi reflexión.

Se encuentran impresos en mi libro La sobria embriaguez del Espíritu [6], pero me permito compartirlos de nuevo con vosotros porque me parece que es el punto desde el que debemos volver a empezar.

El Padre quiere glorificar a su Hijo Jesucristo sobre la tierra de modo nuevo, con una nueva invención. El Espíritu Santo es encargado de esta glorificación, porque está escrito: «Él me glorificará y tomará de lo mío». Una vida cristiana consagrada enteramente a Dios, sin fundador, ni regla, ni congregación nuevos. Fundador: ¡Jesús! Regla: ¡El Evangelio interpretado por el Espíritu Santo! Congregación: ¡La Iglesia!

No preocuparse del mañana, no querer hacer cosas que queden, no querer poner en marcha organismos reconocidos que se perpetúen con sucesores… Jesús es un Fundador que no muere nunca, por tanto no necesita de sucesores. Hay que dejarle hacer siempre cosas nuevas, también mañana. ¡El Espíritu Santo está también mañana en la Iglesia! 

II.- Segunda parte: «Carismático»

 Ahora ha llegado el momento de pasar a la segunda parte de mi discurso que será mucho más corta: ¿Qué añade el adjetivo «Carismático» al nombre de «Renovación»?

Pero antes siento el deber de concederos una breve pausa para interrumpir el esfuerzo de escuchar y para desentumecer las piernas. Lo hacemos cantando la primera estrofa del canto con el que los hermanos de lengua española proclaman el señorío de Cristo: «Vive Jesús el Señor»

En primer lugar, es importante decir que «carismático» debe seguir siendo un adjetivo y que no se convierta nunca en un sustantivo. En otras palabras, se debe evitar absolutamente por nuestra parte, el uso de la expresión «los carismáticos» para indicar a las personas que han hecho la experiencia de la Renovación.

Si acaso empléese la expresión «cristianos renovados», no carismáticos. El uso de este nombre suscita justamente resentimiento porque crea discriminación entre los miembros del Cuerpo de Cristo, como si algunos estuvieran dotados de carismas y otros no.

Yo no quiero hacer aquí una enseñanza sobre los carismas de los cuales se tienen muchas ocasiones de hablar. Mi intención es mostrar cómo, incluso en cuanto realidad carismática, la Renovación es una corriente de gracia destinada a toda la Iglesia. Para ilustrar esta afirmación es necesario dirigir una rápida mirada a la historia de los carismas en la Iglesia.

El redescubrimiento de los carismas en el Vaticano II

¿Qué sucedió, en realidad, a los carismas después de su tumultuosa aparición en los comienzos de la Iglesia? Los carismas no desaparecieron tanto de la vida de la Iglesia, cuanto de su teología.

Si recorremos la historia de la Iglesia, teniendo en mente las diversas listas de carismas del Nuevo Testamento, debemos concluir que, a excepción quizá de «hablar en lenguas» y de la «interpretación de las lenguas», ninguno de los carismas se ha perdido del todo.

La historia de la Iglesia está llena de evangelizadores carismáticos, de dones de sabiduría y de ciencia (baste pensar en los doctores de la Iglesia), de historias de curaciones milagrosas, de hombres dotados de espíritu de profecía, o de discernimiento de los espíritus, por no hablar de dones como visiones, arrebatos, éxtasis, iluminaciones, también ellos enumerados entre los carismas.

Entonces, ¿dónde está la novedad que nos permite hablar de un despertar de los carismas en nuestra época? ¿Qué estaba ausente antes? Los carismas, desde su marco propio de utilidad común y de la «organización de la Iglesia», fueron progresivamente circunscritos al ámbito privado y personal. Ya no entraban en la constitución de la Iglesia.

En la vida de la primitiva comunidad cristiana los carismas no eran hechos privados, eran lo que, unidamente a la autoridad apostólica, delineaban la fisonomía de la comunidad. Apóstoles y profetas eran las dos fuerzas que, juntamente, dirigían a la comunidad.

Muy pronto el equilibrio entre las dos instancias —la del cargo y la del carisma— se rompe en beneficio del cargo. El carisma es otorgado ahora con la ordenación y vive con él. Un elemento determinante fue el surgimiento de las primeras falsas doctrinas, especialmente de las gnósticas. Fue este hecho el que inclinó cada vez más la aguja de la balanza hacia los que detentaban el cargo, los pastores.

Otro hecho fue la crisis del movimiento profético difundido por Montano en Asia Menor en el siglo II que sirvió para desprestigiar aún más un cierto tipo de entusiasmo carismático colectivo.

De este hecho fundamental se derivan todas las consecuencias negativas sobre los carismas. Los carismas marginados de la vida de la Iglesia. Se tiene noticia, todavía durante algún tiempo, de persistencia, aquí y allá, de algunos de ellos.

San Ireneo, por ejemplo, dice que todavía existen en su tiempo «muchos hermanos de la Iglesia que tienen carismas proféticos, hablan todas las lenguas, manifiestan los secretos de los hombres en ventaja propia y explican los misterios de Dios» [7].

Pero es un fenómeno que se va agotando. Desaparecen sobre todo aquellos carismas que tenían como terreno de ejercicio, el culto y la vida de la comunidad: el hablar inspirado y la glosolalia, los llamados carismas pentecostales. La profecía viene a reducirse al carisma del magisterio de interpretar la revelación auténtica e infaliblemente. (Esta era la definición de la profecía en los tratados de eclesiología que se estudiaban en mi época).

Se intenta justificar esta situación incluso teológicamente. Según una teoría a menudo repetida desde san Juan Crisóstomo en adelante, hasta la víspera del Vaticano II, ciertos carismas habrían sido reservados a la Iglesia en su «estado naciente», pero posteriormente habrían «cesado», como ya no necesarios para la economía general de la Iglesia [8].

Otra consecuencia inevitable es la clericalización de los carismas. Vinculados a la santidad personal, terminan por estar asociados casi siempre a los representantes habituales de esta santidad: pastores, monjes, religiosos. Del ámbito de la eclesiología, los carismas pasan al de la hagiografía, es decir, al estudio de la vida de los santos.

El lugar de los carismas lo toman los «Siete dones del Espíritu» que al principio (en Isaías 11) y hasta la Escolástica, no eran más que una categoría particular de carismas, los prometidos al rey mesiánico y posteriormente a aquellos que tienen la tarea del gobierno pastoral.

Esta es la situación que el Concilio Vaticano II quiso remediar. En uno de los documentos más importantes del Vaticano II leemos el conocido texto:

«El Espíritu Santo no sólo santifica y dirige el Pueblo de Dios mediante los sacramentos y los misterios y le adorna con virtudes, sino que también distribuye gracias especiales entre los fieles de cualquier condición, distribuyendo a cada uno según quiere (1 Cor 12,11) sus dones, con los que les hace aptos y prontos para ejercer las diversas obras y deberes que sean útiles para la renovación y la mayor edificación de la Iglesia, según aquellas palabras: «A cada uno… se le otorga la manifestación del Espíritu para común utilidad» (1 Cor 12,7). Estos carismas, tanto los extraordinarios como los más comunes y difundidos, deben ser recibidos con gratitud y consuelo» [9].

Este texto no es una nota marginal dentro de la eclesiología del Vaticano II; es su coronamiento. Es el modo más claro y explícito de afirmar que junto a la dimensión jerárquica e institucional, la Iglesia tiene una dimensión neumática y que la primera está en función y al servicio de la segunda.

No es el Espíritu el que está al servicio de la institución, sino la institución al servicio del Espíritu. No es cierto, como hacía notar polémicamente, el gran eclesiólogo del siglo XIX Johannes Adam Möhler, que «Dios ha creado la jerarquía y así ha provisto más que suficientemente a las necesidades de la Iglesia hasta el fin del mundo» [10].

Jesús ha confiado su Iglesia a Pedro y a los demás Apóstoles, pero la ha confiado antes todavía al Espíritu Santo: «Él os enseñará, él os guiará a la verdad, él tomará de lo mío y os lo dará…» (cf. Jn 16, 4-15).

A estas alturas, celebrado el Concilio y recogidos en un volumen sus decretos, el peligro de marginar los carismas se presentaba bajo otra forma, no menos peligrosa: la de permanecer como un hermoso documento que los estudiosos no se cansan de estudiar y los predicadores de citar.

El Señor ha obviado, él mismo, este peligro haciendo ver con los propios ojos, a aquel que había deseado fuertemente ese texto sobre los carismas, que ellos habían vuelto no solo a la teología, sino también a la vida del pueblo de Dios.

Cuando, por primera vez, en 1973, el cardinal Leo Suenens, oyó hablar de la Renovación Carismática Católica, aparecida en los Estados Unidos, estaba escribiendo un libro titulado El Espíritu Santo, fuente de nuestras esperanzas [11], y esto es lo que relata en sus memorias:

«Dejé de escribir el libro. Pensé que era una cuestión de la más elemental coherencia prestar atención a la acción del Espíritu Santo, por lo que ella pudiera manifestar de manera sorprendente. Estaba particularmente interesado por la noticia del despertar de los carismas, puesto que el Concilio había invocado un despertar semejante».

Y esto es lo que escribió después de haber constatado con sus propios ojos lo que estaba sucediendo en la Iglesia:

«De repente, san Pablo y los Hechos de los apóstoles parecía que se hacían vivos y se convertían en parte del presente; lo que era auténticamente verdadero en el pasado, parece suceder de nuevo ante nuestros ojos. Es un descubrimiento de la verdadera acción del Espíritu Santo que está siempre a la obra, como Jesús mismo prometió. Él mantiene su palabra. Es de nuevo una explosión del Espíritu de Pentecostés, una alegría que se había hecho desconocida para la Iglesia» [12].

Ahora está claro, creo, por qué digo que también como realidad carismática, la Renovación es una corriente de gracia destinada y necesaria para toda la Iglesia. Es la misma Iglesia la que, en el Concilio, lo ha definido. Sólo queda pasar por la definición de la actuación, de los documentos a la vida. Y este es el servicio que CHARIS, en total continuidad con la RCC del pasado, está llamada a realizar en la Iglesia.

No se trata sólo de fidelidad al Concilio, sino de fidelidad a la misión misma de la Iglesia. Los carismas, se lee en el texto conciliar, son «útiles para la renovación y la mayor expansión de la Iglesia». (Quizás habría sido más correcto escribir «necesarios», en lugar de «útiles»). La fe, hoy como en el tiempo de Pablo y de los Apóstoles, no se transmite «con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con la manifestación del Espíritu y su potencia» (cf. 1 Cor 2,4-5; 1 Tes 1,5).

Si un tiempo, en un mundo convertido, al menos oficialmente, en «cristiano», se podía pensar que ya no había necesidad de carismas, de signos y prodigios, como al comienzo de la Iglesia, hoy ya no. Hemos vuelto a estar más cercanos al tiempo de los apóstoles que al de san Juan Crisóstomo. Ellos debían anunciar el Evangelio a un mundo pre-cristiano; nosotros, al menos en Occidente, a un mundo post-cristiano.

He dicho hasta aquí que la RC es una corriente de gracia necesaria para toda la Iglesia Católica. Debo añadir que lo es doblemente para algunas Iglesias nacionales que desde hace tiempo asisten a una dolorosa hemorragia de sus propios fieles hacia otras realidades carismáticas.

Es sabido que uno de los motivos más comunes de dicho éxodo es la necesidad de una expresión de la fe que responda más a la propia cultura: con más espacio dado a la espontaneidad, a la alegría y al cuerpo; una vida de fe en la que la religiosidad popular sea un valor añadido y no un sustituto del señorío de Cristo.

Se hacen análisis pastorales y sociológicos del fenómeno y se proponen remedios, pero hay dificultades para darse cuenta de que el Espíritu Santo ya ha provisto, de forma grandiosa, a esta necesidad. Ya no se puede seguir viendo la RCC como parte del problema del éxodo de los católicos, en lugar de la solución del problema.

Para que este remedio sea realmente eficaz no basta, sin embargo, que los pastores aprueben y animen a la RC, permaneciendo cuidadosamente fuera. Es necesario acoger en la propia vida la corriente de gracia. A esto nos empuja el ejemplo del Pastor de la Iglesia universal, también con la creación de Charis.

No pretendo extenderme más sobre el tema carismas y evangelización. De ello nos ha hablado nuestro querido coordinador Jean-Luc y nos hablará en breve, Mary Healy que, sobre este tema, además de una excelente formación teológica, posee también una notable experiencia madurada en el tajo diario. Yo termino con una reflexión sobre el ejercicio de los carismas.

Aludo a algunas de las actitudes o virtudes que más directamente contribuyen a mantener sano el carisma y a hacer que sirva «para la utilidad común». La primera virtud es la obediencia. Hablamos, en este caso, de obediencia, sobre todo a la institución, a quien ejerce el servicio de la autoridad.

Los verdaderos profetas y carismáticos, en la historia de la Iglesia católica también recientemente, han sido los que han aceptado morir a sus certezas, obedeciendo y callando, antes de ver que sus propuestas y críticas eran acogidas por la institución. Los carismas sin la institución están abocados al caos; la institución sin los carismas es abocada al inmovilismo.

La institución no mortifica el carisma, pero es la que asegura al carisma un futuro y también un… pasado. Es decir, lo preserva de agotarse en un fuego de paja, y pone a su disposición toda la experiencia del Espíritu acumulada por las generaciones anteriores.

Es una bendición de Dios que el despertar carismático en la Iglesia católica haya nacido con un fuerte impulso a la comunión con la jerarquía y que el magisterio pontificio haya reconocido en él «una oportunidad para la Iglesia» y «los primeros signos de una gran primavera para la cristiandad» [13].

Esta obediencia nos debería ser mucho más fácil y debida hoy que la autoridad suprema de la Iglesia no se limita a alabar y animar a la corriente de gracia del RC, sino que ha trasladado con toda evidencia la causa y la propone con insistencia a toda la Iglesia.

Otra virtud vital para un uso constructivo de los carismas es la humildad. Los carismas son operaciones del Espíritu Santo, chispas del fuego mismo de Dios confiadas a los hombres. ¿Cómo se hace para no quemarse las manos con él? Esta es la tarea de la humildad. Ella permite a esta gracia de Dios que pase y circule dentro de la Iglesia y dentro de la humanidad, sin dispersarse o contaminarse.

La imagen de la «corriente de gracia» que se dispersa en la masa, se inspira claramente en al mundo de la electricidad. Pero paralela a la técnica de la electricidad está la técnica del aislante. Cuanto más alta es la tensión y potente la corriente eléctrica que pasa a través de un cable, más resistente debe ser el aislante que impida a la corriente provocar cortocircuitos.

La humildad es, en la RC y en la vida espiritual en general, el gran aislante que permite que la corriente divina de la gracia pase a través de una persona sin disiparse, o, peor aún, provocar llamas de orgullo y de rivalidad.

Jesús ha introducido el Espíritu en el mundo humillándose y haciéndose obediente hasta la muerte; nosotros podremos contribuir a difundir al Espíritu Santo en la Iglesia del mismo modo: siendo humildes y obedientes hasta la muerte, la muerte de nuestro «yo» y del hombre viejo que habita en nosotros.

Como asistente eclesiástico, he intentado dar, con esta enseñanza, mi contribución para una correcta visión de la RC en la historia y en el presente de la Iglesia. Sin embargo, serán el moderador y los componentes del Comité Internacional los que deberán sostener el peso mayor de este nuevo comienzo. A todos ellos expreso mi amistad fraterna y mi incondicional colaboración, mientras el Señor me dé aún la fuerza de hacerlo.

La carta a los Hebreos recomendaba a los primeros cristianos: «Acordaos de vuestros jefes, los cuales os han anunciado la palabra de Dios» (Heb 13,7).

Nosotros debemos hacer lo mismo, recordando con afecto y gratitud a aquellos que vivieron y promovieron los primeros el nuevo Pentecostés: Patti Mansfield, Ralph Martin, Steve Clark, Kevin y Dorothy Ranagan y todos los demás que posteriormente han servido a la RCC en el ICCRS, en la Catholic Fraternity y en otros órganos de servicio.

Termino con una palabra profética que proclamé la primera vez que me encontré predicando en presencia de san Juan Pablo II. Es la palabra que el profeta Ageo dirigió a los jefes y al pueblo de Israel en el momento en que se disponían a reconstruir el templo:

Ahora, sé valiente, Zorobabel —oráculo del Señor—, se valiente, Josué, hijo de Josadac, sumo sacerdote; se valiente, pueblo entero del país —oráculo del Señor— y a trabajar, porque yo estoy con vosotros» (Ag 2,4).

¡Sed valientes, Jean-Luc y miembros del comité, sed valientes, pueblo todo de la RCC y a trabajar porque yo estoy con vosotros, dice el Señor!»

©Traducido del original italiano por Pablo Cervera Barranco

[1] Cf. Santo Tomás de Aquino, Comentario de la Carta a los Romanos, cap. V, lect.1, n. 392.

[2] Cf. San Agustín, De Spiritu et littera, 16,28; Sermo Mai 158,4: PLS 2,525.

[3] Cf. Orígenes, Comentario a Juan, I, 29: SCh 120, 158.

[4] Evangelii gaudium, 169.

[5] Cf. Orígenes, In Rom. 5,8; PG 14, 1042.

[6] R. Cantalamessa, La sobria embriaguez del Espíritu (servicio de publicaciones de la R.C.C.E., Madrid 2010).

[7] Cf. S. Ireneo, contra las herejías, V, 6,1.

[8] Cf. F. Lambiasi, Lo Spíritu Santo: mistero e presenza (Bolonia 1987) 278s.

[9] Lumen gentium, 12.

[10] J. A. Möhler, en Tübinger Theologische Quartalschrift 5 (1823) 497.

[11] Recogido en L.J. SuenensEl Espíritu Santo, aliento vital de la Iglesia (Edicep, Valencia 2011).

[12] Leo-Joseph Suenens, Memories and Hopes (Veritas, Dublín 1992) 267 [trad. esp. Recuerdos y esperanzas (Edicep, Valencia 2000)].

[13] Así, respectivamente, Pablo VI en una alocución del 19 de mayo de 1975 (Insegnamenti di Paolo VI, vol. XIII, p. 538) y Juan Pablo II, en L’Osservatore Romano del 14 noviembre de 1996, p.8.

https://www.religionenlibertad.com/vaticano/108422398/La-Renovacion-Carismatica-para-toda-la-Iglesia-textos-completos-del-P-Cantalamessa-en-el-Vaticano.html?fbclid=IwAR3-PiUzIhu2XWh7tBVR4osVuM3FCgwy0rr04MLqr7kEsIiTnlr_LwaDzDg


El maná de cada día, 12.6.19

junio 12, 2019

Miércoles de la 10ª semana del Tiempo Ordinario

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Si lo caduco tuvo su resplandor, figuraos cuál será el de lo permanente.

Si lo caduco tuvo su resplandor, figuraos cuál será el de lo permanente



PRIMERA LECTURA: 2 Corintios 3, 4-11

Esta confianza con Dios la tenemos por Cristo.

No es que por nosotros mismos estemos capacitados para apuntarnos algo, como realización nuestra; nuestra capacidad nos viene de Dios, que nos ha capacitado para ser ministros de una alianza nueva: no de código escrito, sino de espíritu; porque la ley escrita mata, el Espíritu da vida.

Aquel ministerio de muerte –letras grabadas en piedra– se inauguró con gloria; tanto que los israelitas no podían fijar la vista en el rostro de Moisés, por el resplandor de su rostro, caduco y todo como era. Pues con cuánta mayor razón el ministerio del Espíritu resplandecerá de gloria.

Si el ministerio de la condena se hizo con resplandor, cuánto más resplandecerá el ministerio del perdón. El resplandor aquel ya no es resplandor, eclipsado por esta gloria incomparable. Si lo caduco tuvo su resplandor, figuraos cuál será el de lo permanente.



SALMO 98, 5.6.7.8.9

Santo eres, Señor, Dios nuestro.

Ensalzad al Señor, Dios nuestro, postraos ante el estrado de sus pies: Él es santo.

Moisés y Aarón con sus sacerdotes, Samuel con los que invocan su nombre, invocaban al Señor, y él respondía.

Dios les hablaba desde la columna de nube; oyeron sus mandatos y la ley que les dio.

Señor, Dios nuestro, tú les respondías, tú eras para ellos un Dios de perdón, y un Dios vengador de sus maldades.

Ensalzad al Señor, Dios nuestro; postraos ante su monte santo: Santo es el Señor, nuestro Dios.


Aclamación antes del Evangelio: Sal 24, 4b. 5a

Enséñame, Dios mío, tus sendas, enderézame en tu verdad.


EVANGELIO: Mateo 5, 17-19

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «No creáis que he venido a abolir la Ley y los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud. Os aseguro que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la Ley.

El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes, y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos. Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos.»

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Homilía del Papa Francisco en la misa celebrada
el 12 de junio de 2013, en la Casa Santa Marta

Andreas SOLARO / AFP

No debemos tener miedo de la libertad que nos da el Espíritu Santo: es lo que ha destacado el Papa Francisco en la Misa de esta mañana en la Casa Santa Marta. El Papa ha destacado que en este momento la Iglesia debe tener cuidado con dos tentaciones: la de volver atrás y la del “progresismo adolescente”.

En la Misa, concelebrada por el cardenal João Braz de Aviz, ha participado un grupo de sacerdotes, religiosos y laicos de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada. Entre los participantes estaba también el cardenal Bernard Agré.

“No penséis que yo he venido para abolir la ley”. El Papa Francisco ha realizado su homilía partiendo de estas palabras que Jesús dirigió a los discípulos observando que esta cita evangélica va justo detrás de las Bienaventuranzas, “expresiones de la nueva ley”, más exigente que la de Moisés. Esta ley, añadió el Papa, “es fruto de la Alianza”, y no se puede entender sin esta.

“Esta Alianza -dijo-, esta ley es sagrada porque llevaba el pueblo hacia Dios”. Comparando la “madurez de esta ley” con el “brote que se abre y se convierte en flor”, Jesús, afirmó, “es la expresión de la madurez de la ley” y añadió que Pablo nos habla de dos tiempos “sin cortar la continuidad” entre la ley de la historia y la ley del Espíritu.

“La hora del cumplimiento de la ley, la hora en que la ley llega a su madurez: es la ley del Espíritu. Este ir hacia delante en este camino es un poco arriesgado pero es el único camino de la madurez para salir de los tiempos en los que no somos maduros. En este camino hacia la madurez de la ley, que viene justamente con la predicación de Jesús, hay siempre un temor, miedo a la libertad que nos da el Espíritu. ¡La ley del Espíritu nos hace libres! Esta libertad nos da miedo porque tememos confundir la libertad del Espíritu con otra libertad humana”.

La ley del Espíritu, dijo de nuevo, “nos lleva hacia un camino de discernimiento continuo para hacer la voluntad de Dios y esto nos da miedo”. Un miedo, advirtió, que “tiene dos tentaciones”. La primera es la “de volver hacia atrás”, de decir hasta aquí podemos llegar y por tanto nos quedamos aquí. Esta, dijo, es la tentación del miedo a la libertad, del miedo al Espíritu Santo”. Un miedo “que nos hace caminar a lo seguro”.

El Papa ha contado que un superior general, en los años 30, había recogido todas las prescripciones “anticarisma” para sus religiosos, “un trabajo de años”. Fue a Roma a reunirse con un abad benedictino que, al escuchar lo que había hecho, le dijo que “había asesinado el carisma de su Congregación”, “había matado la libertad” ya que este “carisma da fruto en la libertad y él lo había detenido”.

Esta tentación de volver atrás acontece porque estamos más ‘seguros’ detrás. Sin embargo, la seguridad plena está en el Espíritu Santo que nos lleva adelante, que nos da esta confianza –como dice Pablo- la confianza en el Espíritu, que es más exigente. Jesús nos dice: ‘En verdad os digo: hasta que no pasen cielo y tierra, no pasará una sola coma de la ley’. ¡Es más exigente! Pero no nos da esta seguridad humana. No podemos controlar el Espíritu Santo: ¡Este es el problema! Esto es una tentación.

Después, dijo, hay otra tentación que es la del “progresismo adolescente”, que nos “hace salir del camino”. Ver una cultura “y no separarse del todo de esta”.

“Tomamos de aquí y de allá, los valores de esta cultura ¿quieren hacer esta ley? Adelante con esta ley. ¿Quieren seguir adelante con lo otro? Hagamos más ancho el camino. Al final, como digo, no es un verdadero progresismo. Es un progresismo adolescente, como los adolescentes que quieren tenerlo todo y ¿al final? Se resbala… Es como cuando la carretera tiene hielo y nos salimos de ella con el coche… ¡Es otra tentación en este momento! Nosotros, en este momento de la historia de la Iglesia, ¡no podemos volver atrás ni salirnos de la carretera!

El camino, dijo, “es el de la libertad en el Espíritu Santo, que nos hace libres, en el discernimiento continuo sobre la voluntad de Dios para seguir adelante en este camino, sin volver atrás ni salirnos de él”. Pidamos al Señor, concluyó, “la gracia que nos da el Espíritu Santo para seguir hacia delante”.


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