Venta de trozos de bebé abortado: retiran 7 de las 11 demandas contra el provida David Daledein

julio 26, 2018

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David Daledein, joven católico y provida, ha sacado a la luz un negocio más que feo que la patronal abortista quiere ocultar.

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Venta de trozos de bebé abortado: retiran 7 de las 11 demandas contra el provida David Daledein

Los vídeos con cámara oculta del joven David Daledein han hecho tambalearse el negocio de venta de trozos de abortos
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David Daledein, activista provida, fue quien filmó y difundió en 2015 el escándalo de los empresarios abortistas que venden trozos de bebé abortado a empresas de investigación médica en EEUU. A la patronal del aborto no le gustó que se difundieran esos vídeos y denunciaron a Daledein acusándole de todo tipo de delitos de fraude, vídeos ilegales, etc… invirtiendo grandes cantidades de dinero para frenar la difusión de los vídeos.

Ahora, el lobby abortista ha tenido que retirar 7 de las 11 demandas que interpuso contra Daledein, y es probable que el resto de las acusaciones contra el activista provida no prosperen.

Acusaciones retiradas

Según informa Life News, la Federación Nacional del Aborto (NAF, por su siglas en inglés) se retractó el viernes 20 de julio de siete de las once demandas que había presentado contra Daleiden y su asociación Center for Medical Progress (CMP).

“¡Durante el fin de semana cayeron todas las acusaciones falsas de Planned Parenthood Action y la Federación Nacional del Aborto por RICO (Ley de Chantaje Civil, Influencia y Organizaciones Corruptas), fraude, vídeos ilegales, etc. contra mí!”, dijo Daleiden en su Twitter.

NAF presentó el recurso ante el juez William Orrick argumentando que se había difundido información confidencial grabada en secreto. En los vídeos se veía a responsables de negocios abortistas negociando precios por órganos y tejidos de bebés abortados, aunque la ley federal de Estados Unidos prohíbe comprar y vender tejido fetal.

Intentan acallar a Daledein y ocultar sus vídeos

NAF obtuvo de los tribunales una “orden mordaza” para que Daleiden y CMP no puedan publicar videos de los encuentros y convenciones de NAF -en las que sus jerarcas hablaban con libertad de esos negocios- mientras dure el litigio. Los vídeos siguen circulando en internet en varios formatos.

(Todos pueden verse, en inglés, aquí en el YouTube del CMP)

NAF está tratando de acelerar el caso para asegurar una orden de mordaza permanente contra Daleiden y CMP. De lograrlo, bloquearía la publicación de los videos, independientemente del resultado del juicio.

Charles LiMandri, abogado del Fondo de Defensa de la Libertad de Conciencia (FCDF, https://www.fcdflegal.org), dijo que las últimas maniobras de NAF muestran que este caso es solo para obtener “un silenciamiento inconstitucional de un héroe provida”.

Las demandas que permanecen contra Daleiden y CMP son por supuesta tergiversación fraudulenta, fraude, incumplimiento de contrato y conspiración civil.

David Daledein, joven católico y provida, ha sacado a la luz un negocio más que feo que la patronal abortista quiere ocultar.

Según la Federación Nacional del Aborto, Daleiden violó la ley porque habría transgredido los supuestos acuerdos de confidencialidad que firmó cuando acudió a la convención anual de NAF. LiMandri aseguró que “NAF está utilizando estos supuestos acuerdos de confidencialidad para ocultar sus acciones criminales”.

“Pero el público tiene derecho a saber sobre la verdadera naturaleza de la industria del aborto. Esperamos que a medida que este caso avance, la corte concluya que las demandas restantes de NAF carecen de mérito”, añadió.

Los abogados de FCDF y un miembro de la Thomas More Society presentarán una moción para desestimar las demandas restantes.

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Las Confesiones de san Agustín. III, 9.17

junio 15, 2018

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Diferencia de pecados (Conf. III, 9.17)

17. Pero entre las maldades, delitos y tanta muchedumbre de iniquidades están los pecados de los proficientes, que los hombres de buen juicio vituperan, según la regla de perfección, y alaban por la esperanza del fruto, como ocurre con el trigo en ciernes.

Otras cosas hay semejantes a los pecados o delitos y que no lo son, porque ni te ofenden a ti, Señor Dios nuestro, ni son tampoco contra la sociedad humana, como acontece cuando se procuran algunas cosas convenientes para el uso de la vida y las circunstancias y no se sabe si ello nace o no del apetito de poseer, o cuando se castiga a algunos con deseo de que se corrijan, en uso de la potestad ordinaria, y no se sabe si es o no por el gusto de mortificar.

De aquí sucede que muchas realidades que parecen a los hombres vituperables son aprobadas por tu testimonio, y muchas alabadas por los hombres son condenadas por ti, su testigo, por ser con frecuencia una cosa las apariencias del hecho y otra el ánimo del que obra y las circunstancias secretas del tiempo.

Pero cuando tú mandas de repente algo inusitado e imprevisto, aun cuando lo hayas prohibido alguna vez, aun cuando ocultes por algún tiempo la causa de tu mandato, aun cuando sea contra el pacto de algunos hombres de la sociedad, ¿quién dudará de que se ha de hacer, siendo justa la sociedad humana que te sirve?

Pero felices los que saben que tú lo has mandado, porque los que te sirven lo hacen todo o porque así lo requiere el tiempo presente o para significar lo por venir.

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Las Confesiones de san Agustín. III, 8.15-16

junio 10, 2018

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La moral fundamental no es mudable (Conf. III, 8.15-16)

15. ¿Acaso ha sido alguna vez o en alguna parte ser injusto amar a Dios de todo corazón, con toda el alma y con toda la mente, y amar al prójimo como a uno mismo?9

Así pues, todos los pecados contra naturaleza, como fueron los de los sodomitas, han de ser detestados y castigados siempre y en todo lugar, los cuales, aunque todo el mundo los cometiera, no serían menos reos de crimen ante la ley divina, que no ha hecho a los hombres para usar tan torpemente de sí, puesto que se viola la sociedad que debemos tener con Dios cuando dicha naturaleza, de la que él es autor, se mancha con la perversidad de la libídine.

Respecto a los pecados que son contra las costumbres humanas, también se han de evitar según la diversidad de las costumbres, a fin de que el concierto mutuo entre pueblos o naciones, firmado por la costumbre o la ley, no se quebrante por ningún capricho de ciudadano o forastero, porque es indecorosa la parte que no se acomoda al todo.

Pero cuando Dios manda algo contra estas costumbres o pactos, sean cuales fueren, deberá hacerse, aunque no se haya hecho nunca; y si se dejó de hacer, ha de instaurarse, y si no estaba establecido, se ha de establecer.

Porque si es lícito a un rey mandar en la ciudad que gobierna cosas que ninguno antes de él ni aun él mismo había mandado y no es contra el bien de la sociedad obedecerle, antes lo sería el no obedecerle —por ser ley primordial de toda sociedad humana obedecer a sus reyes—, ¿cuánto más deberá ser Dios obedecido sin titubeos en todo cuanto ordenare, como rey del universo?

Porque así como entre los poderes humanos la mayor potestad es antepuesta a la menor en orden a la obediencia, así Dios lo ha de ser de todos.

16. Lo mismo ha de decirse de los delitos cometidos por deseo de hacer daño, sea por contumelia o sea por injuria; y ambas cosas, o por deseo de venganza, como ocurre entre enemigos; o por alcanzar algún bien sin trabajar, como el ladrón que roba al viajero; o por evitar algún mal, como el que teme; o por envidia, como acontece al desgraciado con el que es más dichoso, o al que ha prosperado y teme se le iguale o se duele de haberlo sido ya; o por el solo deleite, como el espectador de juegos gladiatorios o el que se ríe y burla de los demás.

Éstas son las cabezas o fuentes de iniquidad que brotan de la concupiscencia de mandar, ver o sentir, ya sea de una sola, ya de dos, ya de todas juntas, y por las cuales se vive mal, ¡oh Dios altísimo y dulcísimo!, contra los tres y siete, cual salterio de diez cuerdas, tu decálogo.

Pero ¿qué pecados puede haber en ti, que no sufres corrupción? ¿O qué crímenes pueden cometerse contra ti, a quien nadie puede hacer daño? Pero lo que tú vengas es lo que los hombres perpetran contra sí, porque hasta cuando pecan contra ti obran impíamente contra sus almas y se engaña a sí misma su iniquidad, ya corrompiendo y pervirtiendo su naturaleza —la cual has hecho y ordenado tú—, ya usando inmoderadamente de las cosas permitidas, ya deseando ardientemente las no permitidas, según el uso que es contra naturaleza10.

También se hacen reos del mismo crimen quienes de pensamiento y de palabra se enfurecen contra ti y dan coces contra el aguijón, o cuando, rotos los frenos de la humana sociedad, se alegran, audaces, con privadas conciliaciones o desuniones, según que fuere de su agrado o disgusto. Y todo esto se hace cuando eres abandonado tú, fuente de vida, único y verdadero creador y rector del universo, y con privada soberbia se ama en la parte una falsa unidad.

Así, pues, sólo con humilde piedad se vuelve uno a ti, y es como tú nos purificas de las malas costumbres, y te muestras propicio con los pecados de los que te confiesan, y escuchas los gemidos de los cautivos, y nos libras de los vínculos que nosotros mismos nos forjamos, con tal que no levantemos contra ti los cuernos de una falsa libertad, sea arrastrados por el ansia de poseer más, sea por el temor de perderlo todo, amando más nuestro propio interés que a ti, Bien de todos.

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Las Confesiones de san Agustín. III, 2.2-4

mayo 23, 2018

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Afición al teatro (Conf. III, 2.2-4)

2. Me arrebataban los espectáculos teatrales, llenos de imágenes de mis miserias y de incentivos del fuego de mi pasión. Pero ¿qué será que el hombre quiera en ellos sentir dolor cuando contempla cosas tristes y trágicas que en modo alguno quisiera padecer?

Con todo, quiere el espectador sentir dolor con ellas, y aun este dolor es su deleite. ¿Qué es esto sino una incomprensible locura? Porque tanto más se conmueve uno con ellas cuanto menos libre se está de semejantes afectos, bien que cuando uno las padece se llamen miserias, y cuando se compadecen en otros, misericordia.

Pero ¿qué misericordia puede darse en cosas fingidas y escénicas? Porque allí no se provoca al espectador a que socorra a alguien, sino que se le invita a condolerse solamente, favoreciendo tanto más al autor de aquellas ficciones cuanto es mayor el sentimiento que siente con ellas.

De donde nace que si tales desgracias humanas —sean tomadas de las historias antiguas, sean fingidas— se representan de forma que no causen dolor al espectador, éste se marcha de allí aburrido y murmurando; pero si, al contrario, siente dolor en ellas, permanece atento y contento.

3. Luego ¿se aman las lágrimas y el dolor? Ciertamente que todo hombre quiere gozar; mas no agradando a nadie ser miserable, y siendo grato a todos ser misericordioso; y no pudiendo ser esto sin sentir dolor, ¿no será ésta la causa verdadera por que se amen los dolores?

También esto viene de la vena de la amistad; pero ¿adónde va? ¿Hacia qué parte fluye? ¿Por qué corre el torrente de la pez hirviendo, a los ardores horribles de negras liviandades, en las que aquélla se muda y vuelve por voluntad propia, alejada y privada de su celestial serenidad?

Luego ¿habrá que rechazar la compasión? De ningún modo. Preciso será, pues, que alguna vez se amen los dolores; mas guárdate en ello de la impureza, alma mía, bajo la tutela de mi Dios, el Dios de nuestros padres, alabado y ensalzado por todos los siglos1; guárdate de la impureza, porque ni aun al presente me hallo exento de tal compasión.

Pero entonces me complacía en los teatros con los amantes cuando ellos se gozaban en sus torpezas —aun cuando estas se ejecutasen sólo imaginariamente en juego escénico—. Y así, cuando alguno de ellos se perdía, me contristaba cuasi misericordioso, y lo uno y lo otro me deleitaba.

Pero ahora tengo más compasión del que se goza en sus pecados que del que padece recias cosas por la carencia de un pernicioso deleite o la pérdida de una mísera felicidad. Esta misericordia es ciertamente más verdadera, pero, en ella el dolor no causa deleite.

Porque si bien es cierto que merece aprobación quien por razón de caridad se compadece del miserable, sin embargo, quien es verdaderamente compasivo quisiera más que no hubiera de qué dolerse. Porque así como no es posible que exista una benevolencia malévola, tampoco lo es que haya alguien verdadera y sinceramente misericordioso que desee haya miserables para tener de quien compadecerse.

Hay, pues, algún dolor que merece aprobación, ninguno que merezca ser amado. Por eso tú, Dios mío, que amas las almas mucho más copiosa y elevadamente que nosotros, te compadeces de ellas de modo mucho más puro, por no sentir ningún dolor. Pero ¿quién será capaz de llegar a esto?

4. Pero yo, desventurado, amaba entonces el dolor y buscaba motivos de tenerle cuando en aquellas desgracias ajenas, falsas y mímicas, me agradaba tanto más la acción del histrión y me tenía tanto más suspenso cuanto me hacía derramar más copiosas lágrimas.

Mas ¿qué maravilla era que yo, infeliz ovejuela descarriada de tu rebaño por no sufrir tu guarda, estuviera plagado de roña asquerosa? De aquí nacían, sin duda, los deseos de aquellos sentimientos de dolor, que, sin embargo, no quería que me penetrasen muy adentro, porque no deseaba padecer cosas como las representadas, sino que aquéllas, oídas o fingidas, como que me rascasen por encima; mas, semejantemente a los que se rascan con las uñas, solía terminar produciéndome un tumor abrasador y una horrible postema y podredumbre. Tal era mi vida. Pero ¿era esto vida, Dios mío?

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Las Confesiones de san Agustín. II, 9.17

abril 19, 2018

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El contagio de las malas compañías (Conf. II, 9.17)

17. Y ¿qué afecto era aquel del alma? Ciertamente muy torpe, y yo un desgraciado en temerle. Pero ¿qué era en realidad? Y ¿quién hay que entienda los pecados?11 Era como una risa que nos retozaba en el cuerpo, nacida de ver que engañábamos a quienes no sospechaban de nosotros tales cosas y sabíamos que habían de llevarlas muy a mal.

Pero ¿por qué me deleitaba no pecar solo? ¿Acaso porque nadie se ríe fácilmente cuando está solo? Nadie fácilmente, es verdad; pero también lo es que a veces tienta y vence la risa a los que están solos, sin que nadie los vea, cuando se ofrece a los sentidos o al alma alguna cosa extraordinariamente ridícula. Porque la verdad es que yo solo no hubiera hecho nunca aquello, no; yo solo jamás lo hubiera hecho.

Vivo tengo delante de ti, Dios mío, el recuerdo de aquel estado de mi alma, y repito que yo solo no hubiera cometido aquel hurto, en el que no me deleitaba lo que robaba, sino porque robaba; lo que solo tampoco me hubiera agradado en modo alguno, ni yo lo hubiera hecho.

¡Oh amistad enemiga en demasía, seducción inescrutable del alma, ganas de hacer mal por pasatiempo y juego, apetito del daño ajeno sin provecho alguno propio y sin pasión de vengarse! Pero basta que se diga: «Vamos, hagamos», para que se sienta vergüenza de no ser desvergonzado.

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Las Confesiones de san Agustín. II, 8.16

abril 18, 2018

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Qué amó el adolescente Agustín en el hurto (Conf. II, 8.16)

16. Y ¿qué fruto saqué yo, miserable, de aquellas acciones que ahora recuerdo con rubor? ¿Sobre todo de aquel hurto en el que amé el hurto mismo, no otra cosa, siendo así que éste era nada, quedando yo más miserable con él?

Sin embargo, es cierto que yo sólo no lo hubiera hecho —a juzgar por la disposición de mi ánimo de entonces—; no, en modo alguno yo solo lo hubiera hecho. Luego amé también allí el consorcio de otros culpables que me acompañaran a cometerlo. Luego tampoco es cierto que no amara en el hurto otra cosa que el hurto; aunque no otra cosa amé, por ser nada también éste.

Pero ¿qué es realmente —quién me lo podrá enseñar, sino el que ilumina mi corazón y discierne sus sombras—, qué es lo que me viene a la mente y deseo averiguar, discutir y meditar, ya que si entonces amara aquellas peras que robé y deseara su deleite solamente, podía haber cometido solo, si yo me hubiera bastado, aquella iniquidad por la cual llegara a aquel deleite sin necesidad de excitar la picazón de mi apetito con el roce de almas cómplices?

Pero como no hallaba deleite alguno en las peras, ponía éste en el mismo pecado, siendo aquél causado por el consorcio de los que juntamente pecaban.

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Las Confesiones de san Agustín. II, 5.10-11

abril 11, 2018

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Alicientes del pecado (Conf. II, 5.10-11)

10. Todos los cuerpos que son hermosos, como el oro, la plata y todos los demás, tienen, en efecto, su encanto. En el tacto físico interviene por mucho la congruencia de las partes, y cada uno de los demás sentidos percibe en los cuerpos cierta modalidad propia. También el honor temporal y el poder mandar y dominar tiene su atractivo, de donde nace la avidez de venganza.

Sin embargo, para conseguir todas estas cosas no es necesario abandonarte a ti, ni desviarse un ápice de tu ley. También la vida que aquí vivimos tiene sus encantos, por cierta manera suya de belleza y por la correspondencia que tiene con las inferiores. Cara es, finalmente, la amistad de los hombres por la unión que hace de muchas almas con el dulce nudo del amor.

Por todas estas cosas y otras semejantes se peca cuando por una inclinación inmoderada a ellas —no obstante que sean bienes ínfimos— son abandonados los mejores y sumos, como eres tú, Señor, Dios nuestro; tu Verdad y tu Ley.

Cierto que también estos bienes ínfimos tienen sus deleites, pero no como los de Dios, hacedor de todas las cosas, porque en él se deleita el justo y hallan sus delicias los rectos de corazón8.

11. Ésta es la razón por que cuando se inquiere la causa de un crimen no descansa uno hasta haber averiguado qué apetito de los bienes que hemos dicho ínfimos o qué temor de perderlos pudo moverle a cometerlo. Hermosos son, sin duda, y apetecibles, aunque comparados con los bienes superiores y beatíficos son viles y despreciables.

Uno comete un homicidio; ¿por qué habrá sido? Porque amó la esposa del muerto o su finca, o porque quiso robar para tener con qué vivir, o temió sufrir de él otro tanto, o bien, herido, ardió en deseos de venganza. ¿Acaso hubiera cometido el crimen sin motivo, por sólo el gusto de matar? ¿Quién lo podrá creer?

Porque aun de cierto hombre sin entrañas y excesivamente cruel, de quien se dijo que era malo y cruel de balde, se añadió, sin embargo, el motivo: «Para que la ociosidad no embotara su mano o el sentimiento».

Mas si todavía indagares por qué esto es así, te diré que para con aquel ejercicio de crímenes, tomada la ciudad, consiguiese honores, poderes y riquezas y careciese del miedo a las leyes y de los apremios de la vida, causados por la escasez de su patrimonio y de la conciencia de sus crímenes.

Así, pues, ni aun el mismo Catilina amaba sus crímenes, sino otra cosa, por cuyo motivo los cometía.

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