Las Confesiones de san Agustín. III, 2.2-4

mayo 23, 2018

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Afición al teatro (Conf. III, 2.2-4)

2. Me arrebataban los espectáculos teatrales, llenos de imágenes de mis miserias y de incentivos del fuego de mi pasión. Pero ¿qué será que el hombre quiera en ellos sentir dolor cuando contempla cosas tristes y trágicas que en modo alguno quisiera padecer?

Con todo, quiere el espectador sentir dolor con ellas, y aun este dolor es su deleite. ¿Qué es esto sino una incomprensible locura? Porque tanto más se conmueve uno con ellas cuanto menos libre se está de semejantes afectos, bien que cuando uno las padece se llamen miserias, y cuando se compadecen en otros, misericordia.

Pero ¿qué misericordia puede darse en cosas fingidas y escénicas? Porque allí no se provoca al espectador a que socorra a alguien, sino que se le invita a condolerse solamente, favoreciendo tanto más al autor de aquellas ficciones cuanto es mayor el sentimiento que siente con ellas.

De donde nace que si tales desgracias humanas —sean tomadas de las historias antiguas, sean fingidas— se representan de forma que no causen dolor al espectador, éste se marcha de allí aburrido y murmurando; pero si, al contrario, siente dolor en ellas, permanece atento y contento.

3. Luego ¿se aman las lágrimas y el dolor? Ciertamente que todo hombre quiere gozar; mas no agradando a nadie ser miserable, y siendo grato a todos ser misericordioso; y no pudiendo ser esto sin sentir dolor, ¿no será ésta la causa verdadera por que se amen los dolores?

También esto viene de la vena de la amistad; pero ¿adónde va? ¿Hacia qué parte fluye? ¿Por qué corre el torrente de la pez hirviendo, a los ardores horribles de negras liviandades, en las que aquélla se muda y vuelve por voluntad propia, alejada y privada de su celestial serenidad?

Luego ¿habrá que rechazar la compasión? De ningún modo. Preciso será, pues, que alguna vez se amen los dolores; mas guárdate en ello de la impureza, alma mía, bajo la tutela de mi Dios, el Dios de nuestros padres, alabado y ensalzado por todos los siglos1; guárdate de la impureza, porque ni aun al presente me hallo exento de tal compasión.

Pero entonces me complacía en los teatros con los amantes cuando ellos se gozaban en sus torpezas —aun cuando estas se ejecutasen sólo imaginariamente en juego escénico—. Y así, cuando alguno de ellos se perdía, me contristaba cuasi misericordioso, y lo uno y lo otro me deleitaba.

Pero ahora tengo más compasión del que se goza en sus pecados que del que padece recias cosas por la carencia de un pernicioso deleite o la pérdida de una mísera felicidad. Esta misericordia es ciertamente más verdadera, pero, en ella el dolor no causa deleite.

Porque si bien es cierto que merece aprobación quien por razón de caridad se compadece del miserable, sin embargo, quien es verdaderamente compasivo quisiera más que no hubiera de qué dolerse. Porque así como no es posible que exista una benevolencia malévola, tampoco lo es que haya alguien verdadera y sinceramente misericordioso que desee haya miserables para tener de quien compadecerse.

Hay, pues, algún dolor que merece aprobación, ninguno que merezca ser amado. Por eso tú, Dios mío, que amas las almas mucho más copiosa y elevadamente que nosotros, te compadeces de ellas de modo mucho más puro, por no sentir ningún dolor. Pero ¿quién será capaz de llegar a esto?

4. Pero yo, desventurado, amaba entonces el dolor y buscaba motivos de tenerle cuando en aquellas desgracias ajenas, falsas y mímicas, me agradaba tanto más la acción del histrión y me tenía tanto más suspenso cuanto me hacía derramar más copiosas lágrimas.

Mas ¿qué maravilla era que yo, infeliz ovejuela descarriada de tu rebaño por no sufrir tu guarda, estuviera plagado de roña asquerosa? De aquí nacían, sin duda, los deseos de aquellos sentimientos de dolor, que, sin embargo, no quería que me penetrasen muy adentro, porque no deseaba padecer cosas como las representadas, sino que aquéllas, oídas o fingidas, como que me rascasen por encima; mas, semejantemente a los que se rascan con las uñas, solía terminar produciéndome un tumor abrasador y una horrible postema y podredumbre. Tal era mi vida. Pero ¿era esto vida, Dios mío?

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Las Confesiones de san Agustín. II, 9.17

abril 19, 2018

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El contagio de las malas compañías (Conf. II, 9.17)

17. Y ¿qué afecto era aquel del alma? Ciertamente muy torpe, y yo un desgraciado en temerle. Pero ¿qué era en realidad? Y ¿quién hay que entienda los pecados?11 Era como una risa que nos retozaba en el cuerpo, nacida de ver que engañábamos a quienes no sospechaban de nosotros tales cosas y sabíamos que habían de llevarlas muy a mal.

Pero ¿por qué me deleitaba no pecar solo? ¿Acaso porque nadie se ríe fácilmente cuando está solo? Nadie fácilmente, es verdad; pero también lo es que a veces tienta y vence la risa a los que están solos, sin que nadie los vea, cuando se ofrece a los sentidos o al alma alguna cosa extraordinariamente ridícula. Porque la verdad es que yo solo no hubiera hecho nunca aquello, no; yo solo jamás lo hubiera hecho.

Vivo tengo delante de ti, Dios mío, el recuerdo de aquel estado de mi alma, y repito que yo solo no hubiera cometido aquel hurto, en el que no me deleitaba lo que robaba, sino porque robaba; lo que solo tampoco me hubiera agradado en modo alguno, ni yo lo hubiera hecho.

¡Oh amistad enemiga en demasía, seducción inescrutable del alma, ganas de hacer mal por pasatiempo y juego, apetito del daño ajeno sin provecho alguno propio y sin pasión de vengarse! Pero basta que se diga: «Vamos, hagamos», para que se sienta vergüenza de no ser desvergonzado.

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Las Confesiones de san Agustín. II, 8.16

abril 18, 2018

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Qué amó el adolescente Agustín en el hurto (Conf. II, 8.16)

16. Y ¿qué fruto saqué yo, miserable, de aquellas acciones que ahora recuerdo con rubor? ¿Sobre todo de aquel hurto en el que amé el hurto mismo, no otra cosa, siendo así que éste era nada, quedando yo más miserable con él?

Sin embargo, es cierto que yo sólo no lo hubiera hecho —a juzgar por la disposición de mi ánimo de entonces—; no, en modo alguno yo solo lo hubiera hecho. Luego amé también allí el consorcio de otros culpables que me acompañaran a cometerlo. Luego tampoco es cierto que no amara en el hurto otra cosa que el hurto; aunque no otra cosa amé, por ser nada también éste.

Pero ¿qué es realmente —quién me lo podrá enseñar, sino el que ilumina mi corazón y discierne sus sombras—, qué es lo que me viene a la mente y deseo averiguar, discutir y meditar, ya que si entonces amara aquellas peras que robé y deseara su deleite solamente, podía haber cometido solo, si yo me hubiera bastado, aquella iniquidad por la cual llegara a aquel deleite sin necesidad de excitar la picazón de mi apetito con el roce de almas cómplices?

Pero como no hallaba deleite alguno en las peras, ponía éste en el mismo pecado, siendo aquél causado por el consorcio de los que juntamente pecaban.

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Las Confesiones de san Agustín. II, 5.10-11

abril 11, 2018

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Alicientes del pecado (Conf. II, 5.10-11)

10. Todos los cuerpos que son hermosos, como el oro, la plata y todos los demás, tienen, en efecto, su encanto. En el tacto físico interviene por mucho la congruencia de las partes, y cada uno de los demás sentidos percibe en los cuerpos cierta modalidad propia. También el honor temporal y el poder mandar y dominar tiene su atractivo, de donde nace la avidez de venganza.

Sin embargo, para conseguir todas estas cosas no es necesario abandonarte a ti, ni desviarse un ápice de tu ley. También la vida que aquí vivimos tiene sus encantos, por cierta manera suya de belleza y por la correspondencia que tiene con las inferiores. Cara es, finalmente, la amistad de los hombres por la unión que hace de muchas almas con el dulce nudo del amor.

Por todas estas cosas y otras semejantes se peca cuando por una inclinación inmoderada a ellas —no obstante que sean bienes ínfimos— son abandonados los mejores y sumos, como eres tú, Señor, Dios nuestro; tu Verdad y tu Ley.

Cierto que también estos bienes ínfimos tienen sus deleites, pero no como los de Dios, hacedor de todas las cosas, porque en él se deleita el justo y hallan sus delicias los rectos de corazón8.

11. Ésta es la razón por que cuando se inquiere la causa de un crimen no descansa uno hasta haber averiguado qué apetito de los bienes que hemos dicho ínfimos o qué temor de perderlos pudo moverle a cometerlo. Hermosos son, sin duda, y apetecibles, aunque comparados con los bienes superiores y beatíficos son viles y despreciables.

Uno comete un homicidio; ¿por qué habrá sido? Porque amó la esposa del muerto o su finca, o porque quiso robar para tener con qué vivir, o temió sufrir de él otro tanto, o bien, herido, ardió en deseos de venganza. ¿Acaso hubiera cometido el crimen sin motivo, por sólo el gusto de matar? ¿Quién lo podrá creer?

Porque aun de cierto hombre sin entrañas y excesivamente cruel, de quien se dijo que era malo y cruel de balde, se añadió, sin embargo, el motivo: «Para que la ociosidad no embotara su mano o el sentimiento».

Mas si todavía indagares por qué esto es así, te diré que para con aquel ejercicio de crímenes, tomada la ciudad, consiguiese honores, poderes y riquezas y careciese del miedo a las leyes y de los apremios de la vida, causados por la escasez de su patrimonio y de la conciencia de sus crímenes.

Así, pues, ni aun el mismo Catilina amaba sus crímenes, sino otra cosa, por cuyo motivo los cometía.

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Las Confesiones de san Agustín. II, 4.9

abril 10, 2018

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El hurto de unas peras (Conf. II, 4.9)

9. Ciertamente, Señor, que tu ley castiga el hurto, ley de tal modo escrita en el corazón de los hombres, que ni la misma iniquidad puede borrar. ¿Qué ladrón hay que sufra con paciencia a otro ladrón? Ni aun el rico tolera esto al forzado por la indigencia.

También yo quise cometer un hurto y lo cometí, no forzado por la necesidad, sino por penuria y fastidio de justicia y abundancia de iniquidad, pues robé aquello que tenía en abundancia y mucho mejor. Ni era el gozar de aquello lo que yo apetecía en el hurto, sino el mismo hurto y pecado.

Había un peral en las inmediaciones de nuestra viña cargado de peras, que ni por el aspecto ni por el sabor tenían nada de tentadoras. A hora intempestiva de la noche —pues hasta entonces habíamos estado jugando en las eras, según nuestra mala costumbre— nos encaminamos a él, con ánimo de sacudirlo y vendimiarlo, unos cuantos mozalbetes.

Y llevamos de él grandes cargas, no para regalarnos, sino más bien para tener que echárselas a los puercos, aunque algunas comimos, siendo nuestro deleite hacer aquello que nos placía por el hecho mismo de que nos estaba prohibido.

He aquí, Señor, mi corazón; he aquí mi corazón, del cual tuviste misericordia cuando estaba en lo profundo del abismo. Que este mi corazón te diga qué era lo que allí buscaba para ser malo de balde y que mi maldad no tuviese más causa que la maldad. Fea era, y yo la amé; amé el perecer, amé mi defecto, no aquello por lo que faltaba, sino mi mismo defecto. Torpe alma mía, que saltando fuera de tu base ibas al exterminio, no buscando algo en la ignominia, sino la ignominia misma.

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Casi 200 muertes diarias por sobredosis de opiáceos en Estados Unidos

marzo 20, 2018

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Sustancias opiáceas, como la heroína, pero también otras que forman parte de recetas médicas habituales, como el oxicodona, hidrocodona, codeína, morfina, fentanilo y otras

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Casi 200 muertes diarias por sobredosis de opiáceos en Estados Unidos

El número de fallecimientos se ha multiplicado por cinco en quince años, en la mayor epidemia de la historia del país

Por Manuel Erice Oronoz

 

Como en una vuelta a un pasado no tan lejano, que devastó a miles de jóvenes estadounidenses en los años 70 y 80, el abuso de las drogas se ha convertido otra vez en uno de los grandes problemas sociales del país entrado el siglo XXI.

El dramático caldo de cultivo hay que situarlo, en buena parte, en la demoledora crisis financiera y económica recién superada. Y en especial, en el imparable deterioro que ha azotado los últimos años a los estados industriales del este y del norte. La caída de la actividad del acero, el aluminio, la minería y otros subsectores ha creado zonas deprimidas donde el futuro parece haber cerrado sus puertas.

Con el hombre blanco de edad madura y avanzada como víctima tipo, el mismo que trasladó su desánimo en las urnas desde los demócratas al populista Trump, son los estados que crearon el vuelco electoral los más afectados: West Virginia, Ohio, Pensilvania, New Hampshire y Kentucky.

El aumento de potenciales consumidores de calmantes se ha visto retroalimentado los últimos años por un mayor número de prescripciones médicas de sustancias, que antes se limitaban a traumas agudos posoperatorios o a enfermos terminales. La inclusión de pacientes con síntomas leves, dolores más o menos crónicos, que en Estados Unidos superan los 110 millones de personas, ha disparado el número de productos farmacéuticos en el mercado.

Como dato, el número de recetas de estas sustancias se ha triplicado los últimos quince años. Un cóctel explosivo cuya consecuencia fatal ha sido el fuerte incremento del número de adictos a las sustancias opiáceas. Con efectos funestos.

En 2016, último año en que se llevó a cabo un censo oficial de este tipo, casi 64.000 estadounidenses murieron a causa de una sobredosis. Como resultado, una sobrecogedora media de 175 fallecimientos cada día y un número cinco veces mayor que en 1999, año desde el cual son más de 600.000 las vidas perdidas.

Más víctimas que la guerra de Vietnam

Las estadísticas no engañan. La epidemia de opiáceos que intenta combatir ahora la Administración Trump ya ha matado a más estadounidenses que en toda la Guerra de Vietnam, cuyo balance trágico ascendió a 58.000 combatientes.

Por si fuera poco, los últimos datos registrados la convierten en la mayor plaga que haya sufrido nunca el país. Un dramático récord que hasta ahora ostentaba la tragedia del sida, cuyo pico más alto de víctimas mortales se registró en 1995, año en que fallecieron 43.000 personas.

Frente al dramático impacto que también muestra a menudo la cocaína, las sustancias opiáceas, aquellas como la heroína, pero también otras que forman parte de recetas médicas habituales, como el oxicodona, hidrocodona, codeína, morfina, fentanilo y otras, están generando este balance sin precedentes en todos los terrenos.

Su uso y abuso han disparado también los últimos años el número de adictos, que supera los dos millones. Según las estadísticas, casi 600.000 de ellos están enganchados a la heroína.

El efecto de la epidemia de los opiáceos que azota Estados Unidos incluye más lecturas. Su traducción económica supone ya un coste de 500.000 millones dólares, contando las muertes por sobredosis, los gastos de salud, el sistema criminal y el impacto de la oportunidad por trabajo perdido, según la última estimación elaborada por la Casa Blanca.

El cálculo prevé que en apenas tres años más, el coste se eleve a un billón de dólares. Un fortísimo incremento que también tiene explicaciones de carácter social. Como el obligado aumento del cuidado de niños, en especial en las áreas más depauperadas.

En el reparto territorial del drama, son las zonas rurales las más castigadas, dado el mayor número de accidentes laborales. A lo que hay que sumar la mayor dificultad de una adecuada gestión médica que controle el consumo de los opiáceos.


Las Confesiones de san Agustín. II, 2.2-4

marzo 16, 2018

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El ardor de la pubertad (Conf. II, 2.2-4)

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2. ¿Y qué era lo que me deleitaba, sino amar y ser amado? Pero no guardaba modo en ello, yendo de alma a alma, como señalan los términos luminosos de la amistad, sino que del fango de mi concupiscencia carnal y del manantial de la pubertad se levantaban como unas nieblas que obscurecían y ofuscaban mi corazón hasta no discernir la serenidad de la dirección de la tenebrosidad de la libídine.

Uno y otro abrasaban y arrastraban mi flaca edad por lo abrupto de mis apetitos y me sumergían en un mar de torpezas. Tu ira había arreciado sobre mí y yo no lo sabía.

Me había hecho sordo con el ruido de la cadena de mi mortalidad, justo castigo de la soberbia de mi alma, y me iba alejando cada vez más de ti, y tú lo consentías; y me agitaba, y derramaba, y esparcía, y hervía con mis fornicaciones y tú callabas, ¡oh tardo gozo mío!; tú callabas entonces, y yo me iba cada vez más lejos de ti tras muchísimas semillas estériles de dolores con una degradación llena de arrogancia y una inquieta laxitud.

3. ¡Oh, quién hubiera regulado aquella mi miseria, y convertido en uso recto las fugaces hermosuras de las criaturas inferiores, y puesto límites a sus suavidades, a fin de que las olas de aquella mi edad rompiesen en la playa conyugal, si es que no podía haber paz en ellas, conteniéndose dentro de los límites de lo matrimonial, como prescribe tu ley, Señor, tú que formas el germen transmisor de nuestra vida mortal y con mano suave puedes templar la dureza de las espinas, que quisiste estuviesen excluidas de tu paraíso!

Porque no está lejos de nosotros tu omnipotencia, aun cuando nosotros estemos lejos de ti.

Al menos debiera haber atendido con más diligencia al sonido de tus nubes1: Igualmente padecerán las tribulaciones de la carne; mas yo os perdono… y bueno es al hombre no tocar a mujer… y el que está sin mujer piensa en las cosas de Dios y en cómo le ha de agradar; pero el que está ligado con el matrimonio piensa en las cosas del mundo y en cómo ha de agradar a la mujer2.

Estas voces son las que yo debiera haber escuchado atentamente, y haberme mutilado por el reino de Dios3 hubiera suspirado más feliz por tus abrazos.

4. Pero yo, miserable, pospuesto tú, me convertí en un hervidero, siguiendo el ímpetu de mi pasión, y traspasé todos tus preceptos, aunque no evadí tus castigos; y ¿quién lo logró de los mortales?

Porque tú siempre estabas a mi lado, ensañándote misericordiosamente conmigo y rociando con amarguísimas contrariedades todos mis goces ilícitos para que buscara así el gozo sin pesadumbre y, cuando yo lo hallara, en modo alguno fuese fuera de ti, Señor; fuera de ti, que finges dolor en mandar4, y hieres para sanar, y nos das muerte para que no muramos sin ti.

Pero ¿dónde estaba yo? ¡Oh, y qué lejos, desterrado de las delicias de tu casa en aquel año decimosexto de mi edad carnal, cuando empuñó su cetro sobre mí, y yo me rendí totalmente a ella, la furia de la libídine, permitida por la desvergüenza humana, pero ilícita según tus leyes!

Ni aun los míos se cuidaron de recogerme en el matrimonio al verme caer en ella; su cuidado fue sólo de que aprendiera a componer discursos magníficos y a persuadir con la palabra.

 

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