El maná de cada día, 24.11.19

noviembre 23, 2019

Domingo XXXIV del Tiempo Ordinario, Ciclo C

Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo

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Él es anterior a todo, y todo se mantiene en Él.

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Antífona de entrada: Ap 5, 12; 1, 6

Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza y el honor. A él la gloria y el poder por los siglos de los siglos.


Oración colecta

Dios todopoderoso y eterno, que quisiste fundar todas las cosas en tu Hijo muy amado, Rey del Universo, haz que toda la creación, liberada de la esclavitud del pecado, sirva a tu majestad y te glorifique sin fin. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: 2 Samuel 5, 1-3

En aquellos días, todas las tribus de Israel fueron a Hebrón a ver a David y le dijeron: «Hueso tuyo y carne tuya somos; ya hace tiempo, cuando todavía Saúl era nuestro rey, eras tú quien dirigías las entradas y salidas de Israel. Además el Señor te ha prometido: “Tú serás el pastor de mi pueblo Israel, tú serás el jefe de Israel.”»

Todos los ancianos de Israel fueron a Hebrón a ver al rey, y el rey David hizo con ellos un pacto en Hebrón, en presencia del Señor, y ellos ungieron a David como rey de Israel.


SALMO 121,1-2.4-5

Vamos alegres a la casa del Señor.

Qué alegría cuando me dijeron: «Vamos a la casa del Señor»! Ya están pisando nuestros pies tus umbrales, Jerusalén.

Allá suben las tribus, las tribus del Señor, según la costumbre de Israel, a celebrar el nombre del Señor; en ella están los tribunales de justicia, en el palacio de David.


SEGUNDA LECTURA: Colosenses 1, 12-20

Hermanos: Damos gracias a Dios Padre, que nos ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo en la luz. Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido, por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados.

Él es imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura; porque por medio de él fueron creadas todas las cosas: celestes y terrestres, visibles e invisibles, Tronos, Dominaciones, Principados, Potestades; todo fue creado por él y para él.

Él es anterior a todo, y todo se mantiene en él. Él es también la cabeza del cuerpo: de la Iglesia.

Él es el principio, el primogénito de entre los muertos, y así es el primero en todo. Porque en él quiso Dios que residiera toda la plenitud. Y por él quiso reconciliar consigo todos los seres: los del cielo y los de la tierra, haciendo la paz por la sangre de su cruz.


Aclamación antes del Evangelio: Mc 11, 9b-10a

Bendito el que viene en nombre del Señor. Bendito el reino que llega, el de nuestro padre David.


EVANGELIO: Lucas 23, 35-43

En aquel tiempo, las autoridades hacían muecas a Jesús, diciendo: «A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido.»

Se burlaban de él también los soldados, ofreciéndole vinagre y diciendo: «Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo.»

Había encima un letrero en escritura griega, latina y hebrea: «Este es el rey de los judíos.»

Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros.»

Pero el otro lo increpaba: «¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en el mismo suplicio? Y lo nuestro es justo, porque recibimos el pago de lo que hicimos; en cambio, este no ha faltado en nada.»

Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino.» Jesús le respondió: «Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso.»


Antífona de comunión: Sal 28, 10-11

El Señor se sienta como rey eterno, el Señor bendice a su pueblo con la paz.
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CRISTO REY ¡PURA BENDICIÓN!

El arte de bendecir a discreción
como requisito para entrar al Reino de Cristo

La fiesta de Cristo Rey es una oportunidad para revisar nuestras actitudes ante el reinado de Cristo: ¿Le permitimos establecer su reinado dentro de nosotros mismos y en nuestro entorno familiar y social?

Si él es Rey, su reinado es único y nuestra mayor dicha consistirá en ofrecerle nuestra obediciencia obsequiosa y nuestra total y gozosa pleitesía, no tanto la propia de siervos, sino la de verdaderos amigos. Actuando no por temor sino por amor. 

Por tanto, nuestra felicidad consiste en trabajar por el Reino de Cristo, comenzando por nosotros mismos. Pues se nos dijo: El Reino no está aquí o allí, está dentro de vosotros mismos.

Estimada hermana, apreciable hermano: hoy te propongo vivir de manera “gloriosa” en el Reino de Cristo.

¿Sabes cómo? Bendiciendo a discreción: ejercitándote en el arte de la bendición. Es decir, sintonizando con el Corazón de Cristo para cumplir la voluntad del Padre que desea que todos tengamos vida, y la tengamos en abundancia.

Jesús habló muy bien de su Padre celestial, “dijo bien” de él, bendijo a su Padre con sus palabras y obras, con toda su vida. Tanto, que Jesús es la “bendición” en persona, nuestra bendición para el Padre Dios. En Cristo toda la humanidad, todas las cosas, se elevan hasta el Padre dándole gracias, bendiciéndolo: porque él es digno de toda bendición, porque sólo él es santo, sólo él es el bueno.

Esta elevación de Jesús hasta el Padre la realiza movido por el Espíritu Santo. Antes de salir a predicar el Reino, Jesús recibió el bautismo en el Jordán. En ese momento el Padre le envió el Espíritu Santo para que pudiera llevar a cabo su voluntad salvífica: que todos los hombres se salven y nadie se pierda. 

Cuando Jesús predicaba a las turbas y veía la mano del Padre salvando a los más pobres, quedaba admirado y se emocionaba. Y, conmovido interiormente por el Espíritu Santo, no podía menos que alabar a su Padre Dios porque todo lo ha dispuesto con sabiduría y amor. 

De esta manera, Jesús ofrece al Padre su obediencia filial y la acción de gracias de sus hermanos los hombres, y se convierte en la “bendición ascendente” que sube de la tierra hasta el cielo.

Pero a la vez, Jesús es la “bendición” que está bajando del cielo, pues, en Cristo, el Padre ha “dicho bien” de nosotros, ha hablado bien de toda la creación. Ha dicho la primera y última palabra sobre todo lo creado. El Padre nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bendiciones en el cielo y en la tierra. Cristo es la “bendición descendente” en persona. 

¿Cuál es entonces nuestra postura existencial y santa ante un Dios y Padre que nos bendice en su querido Hijo mediante la acción del Espíritu? Pues bendecir con nuestras obras y palabras a Dios primero, y después a todos nuestros hermanos tal y como nos bendice nuestro Padre Dios a través de Cristo, Rey del universo.

Sí, nuestra salvación está en que, gracias a la acción del Espíritu del Padre y del Hijo, nos dejemos llenar de la bondad de Dios Padre y de la humildad de Cristo Jesús para ser capaces de bendecir de corazón a todos nuestros hermanos y a toda la creación.

Bendecir, sí, nunca maldecir. Sacar, a la vez, de nuestro corazón toda ojeriza, resentimiento, fastidio y tristeza. Y bendecir a discreción a todo y a todos, hablar bien de los demás, comprender, respetar, admirar, venerar, perdonar incondicionalmente, confiar, dialogar, devolver bien por mal, convivir en paz y dar vida y bendición a discreción.

He aquí un camino de santidad, de liberación y de felicidad que nos mostró el Maestro cuando nos mandó expresamente: Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso.

Así como Jesús, antes de salir a predicar, recibió el Espíritu, así nosotros debemos asegurarnos de haber recibido la fuerza de lo alto; de tener nuestro corazón en paz y alegría. Porque sin Espíritu no podemos hacer la obra que Dios quiere. Jesús mandó a los apóstoles no salir de Jerusalén hasta recibir el Espíritu.

Por eso, ante cualquier propuesta de conversión y de compromiso apostólico, nos hace bien recordar las palabras de Jesús: Me quedan muchas cosas que deciros, pero por ahora no podéis cargar con ellas. Cuando venga el Espíritu os lo enseñará todo y os capacitará para ser mis testigos hasta los confines de la tierra.

Estimados hermanos, esta propuesta del “arte de bendecir” no la podemos realizar por nosotros mismos, con nuestras fuerzas, porque, debido al pecado, por naturaleza, somos egoístas, envidiosos, avariciosos, y hasta insensibles. El ideal es no criticar y despreciar, no juzgar y condenar a nadie.

De manera positiva, la meta es siempre amar y perdonar, por encima de todo. Esto es humanamente imposible, pero posible para Dios. Más aún, es lo que más desea Dios: quiere lo mejor para nosotros, y nos quiere ver libres y felices. La gloria de Dios está en que el hombre viva. Es lo que más le gusta.  

Así que vamos a pedirle a Dios el poder del Espíritu, o mejor, vamos a bendecirlo porque ya nos lo ha dado, ya nos está infundiendo el Espíritu de comunión que une a la Trinidad, el Espíritu que hace a la Iglesia comunidad de hermanos que tienen una sola alma y un solo corazón orientados hacia Dios.

Por tanto, apoyados en la fe y esperanza que no defraudan, tratemos de ensayar, en virtud de la inspiración del Espíritu Santo, un tipo de vida cristiana que nos lleve a bendecir a todas las personas con las que a diario convivimos llenándonos de sentimientos de aprecio, simpatía, comprensión y ternura.

Pediremos al Espíritu que las habite internamente a esas personal, dándoles salud, trabajo, satisfacción personal y felicidad. Intercederemos ante Dios para que les tenga paciencia, les enseñe en su interior, para que les perdone sus debilidades, les conceda progresar en todo hasta la felicidad plena en Cristo Jesús, el Rey del universo.

Repasaremos la exhortación de Jesús: bendecid sí, nunca maldigáis. No juzguéis para que no seáis juzgados. No condenéis para que no seáis condenados. Pues la medida que uséis con los demás, esa misma la usarán con vosotros. Al bendecir a los demás, la bendición recae sobre nosotros, en primer lugar, y después sobre los otros. Bendecid, sí, bendecid, pues estáis llamados a heredar una bendición.

¿A quién bendecir? A todos; y de corazón; con la mayor sinceridad posible. Absolutamente a todos. Bendecir especialmente al hermano que nos cae mal, al que nos ha ofendido o se manifiesta como enemigo gratuito, al que nos molesta, al que nos deprecia o nos trata injustamente…

Bendecirlo: comprender, disculpar, amar, perdonar incondicionalmente. Ejercitarse en ello aunque nos parezca hipocresía de nuestra parte porque no sentimos todo el afecto que desearíamos experimentar; querríamos sentir más cercanía, más paciencia y comprensión con ese hermano a quien estamos bendiciendo y queremos bendecir.

Esta misma deficiencia en el cariño hacia los otros debe estimularnos a seguir ejercitándonos en el arte de bendecir, de perdonar y de amar incondicionalmente a todo el mundo. La unción del Espíritu de Jesús va haciendo su obra en nosotros y nos va transformando.

Algunas personas se ejercitan diariamente, y casi de continuo, en esta práctica de la bendición y el resultado es que se sienten tan bendecidas que nunca pudieron imaginar tal cosa. Es consecuencia de la presencia del Espíritu que une, sana, alivia, renueva, vigoriza, pacifica… ¿Por qué no te animas a hacer lo mismo? Tú puedes ser una de esas personas plenas y felices, llenas del gozo del Espíritu.

Bien, hermana, bueno, hermano: que Cristo Rey nos bendiga trasmitiéndonos su santo Espíritu para que nosotros podamos bendecir cada vez más y mejor, a discreción, y así avanzar en el camino de la santidad, de la libertad y de la felicidad. Para la gloria de Dios. Amén.

P. Ismael Ojeda Lozano, oar.

Madrid, nov. 2019

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“¡Santa Trinidad! Dulce morada, nuestro propio hogar y casa paterna de la que nunca salir”

noviembre 7, 2019

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¡Trinidad Santa y palpitante! Eres… un Seno, Manos, Palabra, Amor que nos engendra constantemente, del que nos recibimos continuamente y que nos despliega hacia el Infinito en cada instante…

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“¡Santa Trinidad! Dulce morada, nuestro propio hogar y casa paterna de la que nunca salir”

En el Domingo – Solemnidad de la Santísima Trinidad

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“Padre, Yo les di a conocer tu Nombre, y se lo seguiré dando a conocer, para que el Amor con que me amaste sea en ellos, ¡y Yo en ellos!” (Jn.17, 26)

“Hay un Ser, el Amor, que nos invita a vivir en comunión con Él!” (Sta. Isabel de la Trinidad. Cta. 20-10-1906)

¡Santa Trinidad! ¡Único Dios eterno! Dulce y Fuerte Padre, Dulce y Fuerte Hijo, Dulce y Fuerte Espíritu, que estás sobre todo, por medio de todo y en todo por siempre…

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“¡Santa Trinidad! Dulce morada, nuestro propio hogar y casa paterna de la que nunca salir”

Misterio inimaginable e inimaginado por el hombre: ¿Quién nunca lo pensó? ¿Qué mente humana pudo diseñar tal Ser? “A Dios nadie lo ha visto jamás” (Jn.1,18)

El ser humano en busca del sentido del mundo y de sí mismo, jamás en su religiosidad, en su mitología, en su filosofía, pudo concebir tu Ser Amor Trinidad, si tú no me hubieras querido dar a conocer revelándote en la plenitud del tiempo a todos por Jesucristo, ¡Dios y hombre verdadero!

“El Hijo Único que está en el seno de Padre, Él es quien nos lo ha dado a conocer” (Jn.1,18). “Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros, y contemplamos su Gloria, Gloria cual Unigénito que procede del Padre” (Jn.1,14).

¡Trinidad Santa y palpitante! No eres una idea sobre la que elucubrar, sino un Seno, Manos, Palabra, Amor que nos engendra continuamente, del que nos recibimos continuamente y que nos despliega hacia el Infinito en cada instante…

¡Trinidad Santa! Origen, Guía y Meta del universo… Origen, Guía y Meta de mi “pequeño universo”, ¡ese pequeño universo que soy yo mismo!

¡Trinidad Santa!, eres Vida para vivirla Contigo, en Ti, en los Tres…

Creados a tu “imagen y semejanza”: sólo al haberte conocido hemos podido saber, al fin, quiénes somos.

Dios Padre Todopoderoso, Creador de los inabarcables cielos y tierra; Dios ¡mi Padre, nuestro Padre!, ¡tan tierno y humilde Padre!

“Porque aún llega a tanto la Ternura y verdad de Amor con que el inmenso Padre regala y  engrandece a esta humilde y amorosa alma, que se sujeta a ella verdaderamente para la engrandecer, como si Él fuese su esclavo y ella fuese su Dios ¡Tan profunda es la humildad y dulzura de Dios! (S. Juan de la Cruz. CB.27,1); (Christus Vivit 112-117).

Dios, Hijo Único, Palabra Única del Padre, por quien todo fue hecho, y Él mismo se hizo carne nuestra, sin retener ávidamente para Sí su condición de Dios y tomando la nuestra pasible, fue “varón de dolores y sabedor de dolencias” (Is.54), y alegría de nuestro pobre corazón humano… hasta la Cruz, Jesucristo que nos dio su Vida de Hijo eterno por su Muerte y resurrección, siendo Hermano y Amigo, Maestro y Amado nuestro, “Dulcísimo Jesús, Esposo de las fieles almas” (CB.40,7; Christus Vivit 118-129)

Dios Espíritu Santo, Amor mutuo y Gloria del Padre y del Hijo, Fuerza del Amor con que nosotros amados por Dios y por Quien podemos amar como Él mismo nos ama (CB.38,3), Consolador y Fiesta del alma (LLB.1,9), Agua viva que refresca nuestra sequía y se difunde en nuestro ser, enseñando, animando el conocimiento exterior, los sentidos, capacidades y todo nuestro ser haciéndolo experiencia viva, aceite que unge invisiblemente y suavizando todo nos pone en movimiento de Vida, porque el Amor no puede estar ocioso (LlB.1,8), porque el Fuego no puede sino arder y calentar e iluminar; ¡Humilde Espíritu Santo que desapareces entre el Padre y el Hijo! que desapareces en nosotros para hacernos brillar a nosotros… (Christus Vivit.130-133)

¡Santa Trinidad, fuerte y dulce, misterio insondable de la vida, fuente inagotable del ser y el existir… ¡amor infinito! que colmas todas nuestras ansias, búsquedas, soledad y preguntas, descansando el corazón, al fin, en Ti, en los Tres… ¡AMOR INFINITO! que alumbra nuestra oscuridad con la Luz y Vista de tu Infinita Belleza, y nos fijas absortos en tu Mirada en la pequeña vida de cada día haciéndola bella y siempre nueva en tu Amor.

¡Santa Trinidad! siempre más humillada que nuestra mayor humillación. Siempre más baja que nosotros para sostener nuestra indigencia y nuestro dolor, y levantarnos sobre tus hombros a la plena satisfacción de nuestras ansias a la ¡plena Alegría del Amor!

¡Trinidad Santa! Odre de todas nuestra lágrimas y eco de todas nuestras sonrisas, Tú has cautivado a todos los Santos y has fecundado toda la tierra del Carmelo con tu Presencia y Vida, y por más que se escriba de Ti nunca acabaremos de decir la Infinita Belleza, Verdad y Bondad de tu Amor…

Por eso en este domingo en que toda la Iglesia es sumergida por la Liturgia en la contemplación de Tu Misterio, nuestra Comunidad que lleva Tu Nombre y vive “a la sombra de tus alas” con María, nuestra Madre (Monasterio de la Santísima Trinidad y de la Virgen de Carmen), entrando nuestro tiempo en Tu Eternidad eleva a Ti su corazón y su alabanza en cantos y silencio de adoración en la Exposición Solemne del Santísimo Sacramento, toda esta jornada, en la Ofrenda perfecta de Cristo al Padre en el Espíritu Santo y, con Él, la alabanza de toda la creación.

Y nuestras vidas transformadas por tu Luz (“Tu luz nos hace ver la Luz” Sal.135) transformadas en lo que contemplamos, somos en lo más sencillo, sin apenas percibirse, hechas a imagen y semejanza de Tu ser Oblación plena de humilde Amor, con nuestros brazos elevados a Ti por el mundo, por cada persona que es a Ti a quien únicamente busca y necesita (aún sin saberlo) en las “cavernas insaciables” de sus deseos (LlB.3,18.22). Y en la entrega alegre de nuestra vida fraterna que en este día culmina para nosotras con la cena en la que nos reunimos nuevamente para compartir y agradecer juntas los tesoros de este Amor.

Y también con vosotros lo compartimos, nos alegramos juntos, porque la Trinidad es el Tesoro de todos vuestros corazones en los que Él habita amándonos sin cesar desde esa hondura de vuestro ser. ¡Felicísimo y santo día en esta Trinidad que es nuestra Patria y la Fuente de la aventura maravillosa, en el gozo y el dolor, de nuestra vida hacia Él, hacia los Tres! ¡Gracias a Ellos con María y a vosotros todos!

http://www.declausura.org

https://declausura.org/santa-trinidad-dia


El Papa: Santa Teresita del Niño Jesús acompaña a este “viejo” en sus “neurosis”

septiembre 7, 2019

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Francisco instruyó a las monjas carmelitas, de clausura, para que pidan ayuda, sepan dialogar y busquen el camino de la santidad.

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El Pontífice asistió a una Hora Media en el Monasterio de las Carmelitas Descalzas en Madagascar

El Papa: Santa Teresita del Niño Jesús acompaña a este “viejo” en sus “neurosis”  

Por Ary Waldir Ramos Díaz, 7 set. 2019

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En Antananarivo, Madagascar, este sábado 7 de septiembre, el papa Francisco asistió a una Hora Media en el Monasterio de las Carmelitas Descalzas. En este evento, ha dejado de lado el discurso preparado y dijo que Santa Teresita del Niño Jesús le acompaña para mitigar su “neurosis”. Francisco instruyó a las religiosas de clausura para que pidan ayuda, sepan dialogar y busquen el camino de la santidad.

Advirtió del peligro de pensar que al entrar en el convento han dejado fuera de la puerta al diablo, pues Jesús enseñaba que luego él vuelve como tentador con siete demonios más y no haciendo ruido, sino que se presenta “educado”, sofisticado. 

Para describir las tentaciones del convento, el Papa contó la historia de dos religiosas: una joven novicia y la otra una religiosa mayor neurótica. 

Al final, reveló que la religiosa joven era Santa Teresita del Niño Jesús (2 de enero de 1873, Alenzón, Francia, 30 de septiembre de 1897, Lisieux, Francia) y que la anciana era sor San Pedro que iba aún al coro y al refectorio, y tenía problemas físicos para moverse. Diez minutos antes de las seis, era necesario que una hermana se tomase la molestia de conducirla al refectorio.

Santa Teresita del Niño Jesús le costaba mucho ofrecerse para prestar aquel pequeño servicio, pues sabía que no era cosa fácil contentar a la pobre sor San Pedro, la cual sufría mucho, contó Francisco.

No obstante, la joven novicia no quería perder “aquella hermosa ocasión de ejercitar la caridad”, acordándose de que Jesús había dicho: “Lo que hicieres al más pequeño de los míos, a mí me lo habéis hecho”.

“Esa Teresa, ahora acompaña a un viejo”, dijo el papa Francisco al referirse a sí mismo. “Quiero dar mi testimonio, porque ella me ha acompañado en cada paso, me ha enseñado a dar los pasos necesarios… a veces soy un poco neurótico y le digo que se vaya, como sor San Pedro; a veces la escucho, los dolores no me dejan escucharla bien, pero es una amiga fiel”. 

Ante algunas decenas de religiosas en la capilla principal, el Papa aseguró que no hablaba de teorías, sino de algo que conoce bien, al referirse a las tentaciones de la vida religiosa y comunitaria.

Francisco ha dejado el discurso preparado y habló con el “corazón”. Destacó la valentía de seguir a Dios y de la lucha espiritual que dura toda la vida. “Es verdad que el trabajo más arduo lo hace Dios, pero se necesita valentía para dejarlo obrar”.

El Pontífice invitó a las religiosas de clausura a expresar lo que sienten cuando perciban alguna amenaza a su “serenidad”, incluso si la amenaza proviene de su director espiritual.

Rezar siempre y hablar con la priora, recomendó, “aunque no sea el premio Nobel de la simpatía”. “Por favor, hermana, si sientes algo extraño, habla enseguida… Si Eva hubiera hablado a tiempo: ‘Señor, mira esa serpiente, me propone esto’; Eva no habló, y sucedió un desastre”.

Por eso, indicó, su relación espiritual con Santa Teresita del Niño Jesús, que muestra a los religiosas y religiosas la dirección, hecha de pequeños gestos de amor, para el camino de la santidad. “¡Vayan adelante, valientes!”, se despidió el Papa. 

El Pontífice proseguiría su programa en Madagascar esta tarde con un encuentro con los obispos del país. Del mismo modo, visitará la tumba de la beata Victoire Rasoamanarivo, y también disfrutará de una vigilia con los jóvenes.

El Papa: Santa Teresita del Niño Jesús acompaña a este “viejo” en sus “neurosis”  


La Eucaristía: Abre al futuro de Dios

julio 27, 2019

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La Eucaristía es la cumbre, aquí abajo, de la alianza de amor entre Dios y su pueblo: signo y fuente de alegría cristiana, preparación para la fiesta eterna.

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La Eucaristía: Abre al futuro de Dios

Catequesis sobre la Eucaristía

Audiencia General, S.S. Juan Pablo II
25 de octubre, 2000

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1. “En la liturgia terrena pregustamos y participamos en la liturgia celeste” (Sacrosanctum Concilium, 8; cf. Gaudium et spes, 38). Estas palabras tan claras y esenciales del concilio Vaticano II nos presentan una dimensión fundamental de la Eucaristía: es “futurae gloriae pignus”, prenda de la gloria futura, según una hermosa expresión de la tradición cristiana (cf. Sacrosanctum Concilium, 47).

“Este sacramento -afirma santo Tomás de Aquino- no nos introduce inmediatamente en la gloria, pero nos da la fuerza para llegar a la gloria y por eso se le llama “viático”” (Summa Theol., III, 79, 2, ad 1). La comunión con Cristo que vivimos ahora mientras somos peregrinos y caminantes por las sendas de la historia anticipa el encuentro supremo del día en que “seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es” (1 Jn 3, 2).

Elías, que, caminando por el desierto, se sienta sin fuerzas bajo una retama y es fortalecido por un pan misterioso hasta llegar a la cumbre del encuentro con Dios (cf. 1 R 19, 1-8) es un símbolo tradicional del itinerario de los fieles, que en el pan eucarístico encuentran la fuerza para caminar hacia la meta luminosa de la ciudad santa.

2. También este es el sentido profundo del maná dado por Dios en las estepas del Sinaí, “pan de los ángeles”, que podía brindar todas las delicias y satisfacer todos los gustos, manifestación de la dulzura de Dios para con sus hijos (cf. Sb 16, 20-21).

Cristo mismo pondrá de relieve este significado espiritual del evento del Éxodo. Es él quien nos hace gustar en la Eucaristía el doble sabor de pan del peregrino y de alimento de la plenitud mesiánica en la eternidad (cf. Is 25, 6). Utilizando una expresión dedicada a la liturgia sabática judía, la Eucaristía es “gustar la eternidad en el tiempo” (A. J. Heschel).

Como Cristo vivió en la carne permaneciendo en la gloria de Hijo de Dios, así la Eucaristía es presencia divina y trascendente, comunión con lo eterno, signo de la “compenetración de la ciudad terrena y la ciudad celeste” (Gaudium et spes, 40).

Por su naturaleza, la Eucaristía, memorial de la Pascua de Cristo, introduce lo eterno y lo infinito en la historia humana.

3. Las palabras que Jesús pronuncia sobre el cáliz del vino en la última Cena (cf. Lc 22, 20; 1 Co 11, 25) ilustran este aspecto que abre la Eucaristía al futuro de Dios, aun dejándola anclada en la realidad presente. San Marcos y san Mateo evocan en esas mismas palabras la alianza en la sangre de los sacrificios del Sinaí (cf. Mc 14, 24; Mt 26, 28; Ex 24, 8).

San Lucas y san Pablo, por el contrario, revelan el cumplimiento de la “nueva alianza” anunciada por el profeta Jeremías: “He aquí que vienen días -oráculo de Yahveh- en que yo pactaré con la casa de Israel, y con la casa de Judá, una nueva alianza; no como la alianza que pacté con sus padres” (Jr 31, 31-32).

En efecto, Jesús declara. “Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre”. “Nuevo”, en lengua bíblica, indica generalmente progreso, perfección definitiva.

Son también san Lucas y san Pablo quienes subrayan que la Eucaristía es anticipación del horizonte de luz gloriosa propia del reino de Dios. Antes de la última Cena, Jesús declara:

“Con ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer; porque os digo que ya no la comeré más hasta que halle su cumplimiento en el reino de Dios. Y, tomando el cáliz, dadas las gracias, dijo: Tomad esto y repartidlo entre vosotros; porque os digo que, a partir de este momento, no beberé del producto de la vid hasta que llegue el reino de Dios” (Lc 22, 15-18).

También san Pablo recuerda explícitamente que la cena eucarística está orientada hacia la última venida del Señor: “Cada vez que coméis este pan y bebéis este cáliz, anunciáis la muerte del Señor, hasta que venga” (1 Co 11, 26).

4. El cuarto evangelista, san Juan, destaca esta orientación de la Eucaristía hacia la plenitud del reino de Dios dentro del célebre discurso sobre el “pan de vida” que Jesús pronuncia en la sinagoga de Cafarnaúm. El símbolo que utiliza como punto de referencia bíblico es, como ya hemos mencionado, el del maná dado por Dios a Israel peregrino en el desierto.

A propósito de la Eucaristía Jesús afirma solemnemente: “Si uno come de este pan, vivirá para siempre (…). El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré el último día (…). Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron vuestros padres, y murieron; el que coma este pan vivirá para siempre” (Jn 6, 51. 54. 58).

La “vida eterna”, en el lenguaje del cuarto evangelio, es la misma vida divina que rebasa las fronteras del tiempo. La Eucaristía, al ser comunión con Cristo, es también participación en la vida de Dios, que es eterna y vence la muerte.

Por eso Jesús declara: “Esta es la voluntad del que me ha enviado; que no pierda nada de lo que él me ha dado, sino que lo resucite el último día. Porque esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que vea al Hijo y crea en él, tenga vida eterna y que yo lo resucite el último día” (Jn 6, 39-40).

5. Desde esta perspectiva, como decía sugestivamente un teólogo ruso, Sergej Bulgakov, “la liturgia es el cielo en la tierra”.

Por eso, en la carta apostólica Dies Domini, recogiendo palabras de Pablo VI, exhorté a los cristianos a no abandonar “este encuentro, este banquete que Cristo nos prepara con su amor. ¡Que la participación sea muy digna y festiva a la vez! Cristo, crucificado y glorificado, viene en medio de sus discípulos para conducirlos juntos a la renovación de su resurrección. Es la cumbre, aquí abajo, de la alianza de amor entre Dios y su pueblo: signo y fuente de alegría cristiana, preparación para la fiesta eterna” (n. 58; cf. Gaudete in Domino, conclusión).

Oraciones a la Eucaristía:

https://www.aciprensa.com/Oracion/papa8.htm


La celebración de la Eucaristía en la Iglesia primitiva

junio 27, 2019

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“Nadie alimenta a los convidados con su misma persona; pero esto es lo que hace Cristo el Señor: Él mismo es a la vez anfitrión, comida y bebida” (SAN AGUSTÍN, Sermón sobre el natalicio de los mártires, 1-2).

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La celebración de la Eucaristía en la Iglesia primitiva: “SIN EL DOMINGO NO PODEMOS VIVIR”

Así vivían los primeros cristianos la Eucaristía

Testimonio de los Apologistas y de los Padres de la Iglesia.

San Justino  (165 d.C.)

Mártir de la fe cristiana hacia el año 165, es considerado el mayor apologeta del Siglo II. En uno de los primeros textos cristianos, San Justino explica cómo se celebraba la Eucaristía en los primeros tiempos.

“El día que se llama día del sol tiene lugar la reunión en un mismo sitio de todos los que habitan en la ciudad o en el campo. Se leen las memorias de los Apóstoles y los escritos de los Profetas.

Cuando el lector ha terminado, el que preside toma la palabra para incitar y exhortar a la imitación de tan bellas cosas. Luego nos levantamos y oramos por nosotros… y por todos los demás dondequiera que estén, a fin de que seamos hallados justos en nuestra vida y nuestras acciones y seamos fieles a los mandamientos para alcanzar la salvación eterna.

Luego se lleva al que preside el pan y una copa con vino y agua mezclados. El que preside los toma y eleva alabanzas y gloria al Padre del universo, por el nombre del Hijo y del Espíritu Santo, y da gracias largamente porque hayamos sido juzgados dignos de estos dones. Cuando el que preside ha hecho la acción de gracias y el pueblo ha respondido “amén”, los que entre nosotros se llaman diáconos distribuyen a todos los que están presentes el pan y el vino “eucaristizados”.

En otro momento, dice:

“A nadie le es lícito participar en la Eucaristía, si no cree que son verdad las cosas que enseñamos y no se ha purificado en aquel baño que da la remisión de los pecados y la regeneración, y no vive como Cristo nos enseñó. Porque no tomamos estos alimentos como si fueran un pan común o una bebida ordinaria, sino que así como Cristo, nuestro salvador, se hizo carne y sangre a causa de nuestra salvación, de la misma manera hemos aprendido que el alimento sobre el que fue recitada la acción de gracias, que contiene las palabras de Jesús y con que se alimenta y transforma nuestra sangre y nuestra carne, es precisamente la carne y la sangre de aquel mismo Jesús que se encarnó.

Los apóstoles, en efecto, en sus tratados llamados Evangelios, nos cuentan que así les fue mandado, cuando Jesús, tomando pan y dando gracias dijo: “Haced esto en conmemoración mía. Esto es mi cuerpo”. Y luego, tomando del mismo modo en sus manos el cáliz, dio gracias y dijo: “Esta es mi sangre”, dándoselo a ellos solos.

Desde entonces seguimos recordándonos unos a otros estas cosas. Y los que tenemos bienes acudimos en ayuda de otros que no los tienen y permanecemos unidos. Y siempre que presentamos nuestras ofrendas alabamos al Creador de todo por medio de su Hijo Jesucristo y del Espíritu Santo”. (SAN JUSTINO, Carta a Antonino Pío, Emperador, año 155)

San Cirilo de Alejandría  (444 d.C.)

Padre de la Iglesia, quien entregó su vida para mostrar que Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre, ante las herejías de su época. En el Comentario al Evangelio de San Juan dice:

El Cuerpo de Cristo vivifica a los que de él participan: aleja la muerte al hacerse presente en nosotros, sujetos a la muerte, y aparta la corrupcion, ya que contiene en sí mismo la virtualidad necesaria para anularla totalmente” (SAN CIRILO DE ALEJANDRIA, Coment. Evang. S. Juan, 5).

San Cirilo emplea el símil de la cera para explicar la unión de nuestro cuerpo al de Cristo en la Eucaristía:

“Así como cuando uno junta dos trozos de cera y los derrite por medio del fuego, de los dos se forma una sola cosa, así también, por la participación del Cuerpo de Cristo y de su preciosa Sangre, Él se une a nosotros y nosotros nos unimos a Él” (SAN CIRILO DE ALEJANDRÍA, Coment. Evang. S. Juan, 10).

San Ambrosio de Milán

San Ambrosio, obispo de Milán (nacido en Tréveris hacia el año 340 y fallecido en Milán en el 397), quien introdujo en occidente la lectura meditada de las Escrituras, para hacer que penetre en el corazón, algo que hoy se conoce con el nombre de «lectio divina».

“No se nos ofrece (en la Comunión) el Cuerpo de Cristo como premio, sino como comunicacion de la gracia y de la vida celestial” (SAN AMBROSIO, en Catena Aurea, volt VI, p. 447).

San Agustín

“Nadie alimenta a los convidados con su misma persona; pero esto es lo que hace Cristo el Señor: Él mismo es a la vez anfitrión, comida y bebida” (SAN AGUSTÍN, Sermón sobre el natalicio de los mártires, 1-2).

Otros testimonios:

Plinio

Plinio no tardó en aplicar la prohibición de las eterías a un caso particular que se le presentó en el otoño del 112. Bitinia estaba llena de cristianos. “Es una muchedumbre de todas las edades, de todas las condiciones, esparcida en las ciudades, en la aldeas y en el campo», escribe al emperador.

Continúa diciendo haber recibido denuncias por parte de los fabricantes de amuletos religiosos, estorbados por los Cristianos que predicaban la inutilidad de semejantes baratijas. Había instituido una especie de proceso para conocer bien los hechos, y había descubierto que ellos tenían:

“la costumbre de reunirse en un día fijado, antes de la salida del sol, de cantar un himno a Cristo como a un dios, de comprometerse con juramento a no perpetrar crímenes, a no cometer ni latrocinios ni pillajes ni adulterios, a no faltar a la palabra dada. Ellos tienen también la costumbre de reunirse para tomar su comida que, no obstante las habladurías, es comida ordinaria e inocua“.

Los cristianos no habían dejado estas reuniones ni siquiera después del edicto del gobernador que recalcaba la interdicción de las eterías.

Santo Cura de Ars

“Más dichosos que los santos del Antiguo Testamento, no solamente poseemos a Dios por la grandeza de su inmensidad, en virtud de la cual se halla en todas partes, sino que le tenemos con nosotros como estuvo en el seno de María durante nueve meses, como estuvo en la cruz. Más afortunados aún que los primeros cristianos, quienes hacían cincuenta o sesenta leguas de camino para tener la dicha de verle; nosotros le poseemos en cada parroquia, cada parroquia puede gozar a su gusto de tan dulce compañía. ¡Oh, pueblo feliz!“ (SANTO CURA DE ARS, Sermón sobre el Corpus Christi).

Benedicto XVI

Sin el domingo no podemos vivir: es lo que profesaban los primeros cristianos, incluso a costa de su vida, y lo mismo estamos llamados a repetir nosotros hoy” (BENEDICTO XVI, Ángelus 22 de mayo de 2005).

San Josemaría Escrivá

“Perseveraban todos en la doctrina de los Apóstoles, en la comunicación de la fracción del pan, y en las oraciones. Así nos describen las Escrituras la conducta de los primeros cristianos: congregados por la fe de los Apóstoles en perfecta unidad, al participar de la Eucaristía, unánimes en la oración. Fe, Pan, Palabra.

Jesús, en la Eucaristía, es prenda segura de su presencia en nuestras almas; de su poder, que sostiene el mundo; de sus promesas de salvación, que ayudarán a que la familia humana, cuando llegue el fin de los tiempos, habite perpetuamente en la casa del Cielo, en torno a Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo: Trinidad Beatísima, Dios Único. Es toda nuestra fe la que se pone en acto cuando creemos en Jesús, en su presencia real bajo los accidentes del pan y del vino” (Es Cristo que pasa, n. 153).

Catecismo de la Iglesia

“Fracción del pan porque este rito, propio del banquete judío, fue utilizado por Jesús cuando bendecía y distribuía el pan como cabeza de familia (cf Mt 14,19; 15,36; Mc 8,6.19), sobre todo en la última Cena (cf Mt 26,26; 1 Co 11,24). En este gesto los discípulos lo reconocerán después de su resurrección (Lc 24,13-35), y con esta expresión los primeros cristianos designaron sus asambleas eucarísticas (cf Hch 2,42.46; 20,7.11).

Con él se quiere significar que todos los que comen de este único pan, partido, que es Cristo, entran en comunión con él y forman un solo cuerpo en él (cf 1 Co 10,16-17)“.

Del libro:

ORAR CON LOS PRIMEROS CRISTIANOS

Gabriel Larrauri  (Ed. Planeta)

https://www.primeroscristianos.com/la-celebracion-de-la-eucaristia-en-la-iglesia-primitiva/


El gran poder del Cuerpo y la Sangre de Cristo

junio 23, 2019

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Banquete y Sacrificio de Alabanza: Cristo en persona, Dios y hombre glorificado.

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El arzobispo agustino recoleto de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán (Guatemala), Mons. Mario Alberto Molina, reflexiona sobre la Palabra de Dios de este domingo 23 de junio, solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo

El gran poder del Cuerpo y la Sangre de Cristo

“Este es el sacramento de nuestra fe” proclama el sacerdote después de la consagración. Este es el corazón de nuestra fe; este es el misterio, es decir, el lugar donde actúa Dios para realizar nuestra salvación.

Efectivamente en la eucaristía, actualización del sacrificio de Cristo en la cruz, memorial de la cena del Señor y anticipo de la plena realización del reino de Dios, se condensa toda la acción salvífica de Dios.

Esta fiesta tiene el propósito de agradecer a Dios el sacramento que actualiza el sacrificio de Cristo en la cruz y es medio por el cual quien lo recibe entra en comunión con Cristo y se hace un solo cuerpo místico con él.

Pero desde su origen, en el siglo XIII, la fiesta ha tenido también el propósito apologético de defender la comprensión católica del sacramento frente a los que negaban, ya en el siglo XIII, que Cristo pudiera estar real, sustancial y verdaderamente presente en el pan y el vino consagrados.

Esta comprensión, atestiguada hasta en la literatura cristiana más antigua, ha tenido siempre detractores, pues es una convicción que supera toda evidencia sensorial.

El propósito apologético de esta fiesta se hizo más agudo, cuando los reformadores protestantes se apartaron de la comprensión católica tanto de la eucaristía como del sacerdocio.

Ambos están estrechamente vinculados. Pues solo el poder de Dios puede lograr que el pan y el vino se transformen real y sustancialmente en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. La sola palabra humana simplemente evocaría, traería el recuerdo de la cena del Señor, pero no sería capaz de hacer presente el Cuerpo y la Sangre de Cristo.

La Iglesia cree, efectivamente, que Jesucristo concedió este poder a la Iglesia y por la acción del Espíritu sigue renovándolo para que se haga operativo por medio de los sacerdotes legítimamente constituidos como tales en su estructura apostólica o jerárquica. Este no es un poder humano, sino divino.

Por lo tanto, en la fiesta de hoy, junto con la adoración a la eucaristía debe estar también el agradecimiento a Dios por el sacerdocio que la hace posible. Donde no hay sacerdocio válido tampoco hay eucaristía real, hay solo símbolo.

La negación de la presencia real de Cristo en la eucaristía hizo perentorio proclamar su realidad, consistencia y verdad. Este énfasis, a veces unilateral, llevó a descuidar otros aspectos igualmente importantes de este sacramento central de la fe.

Hoy el sacramento pasa por una época de trivialización cuando lo despojamos de su sacralidad de múltiples modos en la práctica litúrgica, y quizá los más necesitados de tomar conciencia de lo que la Iglesia cree acerca de la eucaristía seamos nosotros los católicos.

El sacramento recibe diversos nombres. Se llama “santa cena” pues tuvo su origen en la última cena de Jesús con sus discípulos. Este es el nombre usual entre protestantes y evangélicos. Se llama “santo sacrificio de la misa” porque actualiza el sacrificio de Cristo en la cruz para nuestra salvación. Es nombre de indudable impronta católica.

La palabra “misa” o “santa misa”, también de cuño católico, deriva de la despedida final del celebrante, cuando oficiaba en latín, para referirse al envío del sacramento a los enfermos. Se llama “eucaristía”, es decir, “acción de gracias”, porque al instituirlo Jesús dio gracias a Dios por sus dones.

Se llama también “fracción del pan”, pues Jesús, al establecerlo durante su última cena, realizó el gesto de partir una torta de pan de harina sin levadura. Estos son nombres de raigambre bíblica.

Hay dos líneas principales de comprensión de este sacramento central de la fe católica. Una línea toma su punto de partida en el hecho de que es una comida, que Jesús la instituyó durante una cena, que evoca las comidas de Jesús durante su ministerio tanto con pecadores, como con amigos y con multitudes.

Hoy hemos escuchado en la lectura del evangelio según san Lucas el relato de la multiplicación de los panes y peces. Es el relato de una comida que Jesús ofrece a una multitud inmensa. Todos quedan saciados, incluso sobran restos a pesar de que toda esa abundancia surgió, por la palabra de Cristo, de unos pocos panes de factura humana.

El relato evoca la abundancia del don de Dios, que transforma el alimento humano en pan de vida eterna. Cuando se destaca la eucaristía como comida se acentúan los aspectos de comunión. La santa cena une a quienes comparten el sacramento con Cristo y entre sí.

La eucaristía es anticipo del cielo, de la vida eterna, que en el Nuevo Testamento tantas veces se describe con la imagen de un banquete en la presencia de Dios.

La otra línea de interpretación toma su punto de partida en las palabras que Jesús pronunció sobre el pan y el vino. Hoy hemos escuchado en la segunda lectura el testimonio de san Pablo. Ese es el testimonio más antiguo de cómo en tiempos del apóstol ya se celebraba la misa en las comunidades cristianas.

El rito consistió en narrar sobre el pan y el vino lo que Jesús hizo y dijo en la última cena. Jesús declaró que el pan es su Cuerpo que sería entregado al día siguiente a una muerte en cruz y también que el vino es su Sangre que sería derramada para el perdón de los pecados y con la que se establecía la nueva alianza entre Dios y los hombres.

Si partimos de las palabras de Jesús, entonces destacamos que en el rito hace presente el único sacrificio de Cristo, con el fin de permitir a quienes lo celebran y consumen participar en la muerte redentora de Cristo y alcanzar así su salvación.

El relato del Génesis, cuenta cómo el sacerdote Melquisedec, en tiempos de Abraham, al inicio de la historia de la salvación ofreció un sacrificio de alabanza y agradecimiento a Dios en la ofrenda de pan y de vino. Ese relato es un anticipo de cómo Jesús sacerdote, al ofrecer su Cuerpo y su Sangre en la cruz, nos trajo la reconciliación.

Tanto el significado de la eucaristía como comida como su significado como sacrificio destacan elementos constitutivos de la fe cristiana. Por eso la eucaristía es el misterio, el sacramento de nuestra fe.

Pero la santidad, importancia y eficacia del sacramento deriva de la convicción de que en el pan y el vino se hace presente real y sustancialmente Jesucristo resucitado, por la acción de Dios que actúa a través del ministerio del sacerdote.

Mons. Mario Alberto Molina OAR
Arzobispo de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán (Guatemala)

El gran poder del Cuerpo y la Sangre de Cristo


Mensaje del Santo Padre Francisco para la 53 Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales

junio 4, 2019

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El fenómeno de las redes sociales y la vocación del hombre a vivir en comunión

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MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO
PARA LA 53 JORNADA MUNDIAL
DE LAS COMUNICACIONES SOCIALES

« “Somos miembros unos de otros” (Ef 4, 25).
De las comunidades en las redes sociales a la comunidad humana »

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Queridos hermanos y hermanas:

Desde que internet ha estado disponible, la Iglesia siempre ha intentado promover su uso al servicio del encuentro entre las personas y de la solidaridad entre todos.

Con este Mensaje, quisiera invitarles una vez más a reflexionar sobre el fundamento y la importancia de nuestro estar-en-relación; y a redescubrir, en la vastedad de los desafíos del contexto comunicativo actual, el deseo del hombre que no quiere permanecer en su propia soledad.

Las metáforas de la “red” y de la “comunidad”

El ambiente mediático es hoy tan omnipresente que resulta muy difícil distinguirlo de la esfera de la vida cotidiana. La red es un recurso de nuestro tiempo. Constituye una fuente de conocimientos y de relaciones hasta hace poco inimaginable.

Sin embargo, a causa de las profundas transformaciones que la tecnología ha impreso en las lógicas de producción, circulación y disfrute de los contenidos, numerosos expertos han subrayado los riesgos que amenazan la búsqueda y la posibilidad de compartir una información auténtica a escala global.

Internet representa una posibilidad extraordinaria de acceso al saber; pero también es cierto que se ha manifestado como uno de los lugares más expuestos a la desinformación y a la distorsión consciente y planificada de los hechos y de las relaciones interpersonales, que a menudo asumen la forma del descrédito.

Hay que reconocer que, por un lado, las redes sociales sirven para que estemos más en contacto, nos encontremos y ayudemos los unos a los otros; pero por otro, se prestan también a un uso manipulador de los datos personales con la finalidad de obtener ventajas políticas y económicas, sin el respeto debido a la persona y a sus derechos.

Entre los más jóvenes, las estadísticas revelan que uno de cada cuatro chicos se ha visto envuelto en episodios de acoso cibernético [1].

Ante la complejidad de este escenario, puede ser útil volver a reflexionar sobre la metáfora de la red que fue propuesta al principio como fundamento de internet, para redescubrir sus potencialidades positivas.

La figura de la red nos invita a reflexionar sobre la multiplicidad de recorridos y nudos que aseguran su resistencia sin que haya un centro, una estructura de tipo jerárquico, una organización de tipo vertical. La red funciona gracias a la coparticipación de todos los elementos.

La metáfora de la red, trasladada a la dimensión antropológica, nos recuerda otra figura llena de significados: la comunidad.

Cuanto más cohesionada y solidaria es una comunidad, cuanto más está animada por sentimientos de confianza y persigue objetivos compartidos, mayor es su fuerza. La comunidad como red solidaria precisa de la escucha recíproca y del diálogo basado en el uso responsable del lenguaje.

Es evidente que, en el escenario actual, la social network community no es automáticamente sinónimo de comunidad.

En el mejor de los casos, las comunidades de las redes sociales consiguen dar prueba de cohesión y solidaridad; pero a menudo se quedan solamente en agregaciones de individuos que se agrupan en torno a intereses o temas caracterizados por vínculos débiles.

Además, la identidad en las redes sociales se basa demasiadas veces en la contraposición frente al otro, frente al que no pertenece al grupo: este se define a partir de lo que divide en lugar de lo que une, dejando espacio a la sospecha y a la explosión de todo tipo de prejuicios (étnicos, sexuales, religiosos y otros).

Esta tendencia alimenta grupos que excluyen la heterogeneidad, que favorecen, también en el ambiente digital, un individualismo desenfrenado, terminando a veces por fomentar espirales de odio. Lo que debería ser una ventana abierta al mundo se convierte así en un escaparate en el que exhibir el propio narcisismo.

La red constituye una ocasión para favorecer el encuentro con los demás, pero puede también potenciar nuestro autoaislamiento, como una telaraña que atrapa.

Los jóvenes son los más expuestos a la ilusión de pensar que las redes sociales satisfacen completamente en el plano relacional; se llega así al peligroso fenómeno de los jóvenes que se convierten en “ermitaños sociales”, con el consiguiente riesgo de apartarse completamente de la sociedad.

Esta dramática dinámica pone de manifiesto un grave desgarro en el tejido relacional de la sociedad, una laceración que no podemos ignorar.

Esta realidad multiforme e insidiosa plantea diversas cuestiones de carácter ético, social, jurídico, político y económico; e interpela también a la Iglesia. Mientras los gobiernos buscan vías de reglamentación legal para salvar la visión original de una red libre, abierta y segura, todos tenemos la posibilidad y la responsabilidad de favorecer su uso positivo.

Está claro que no basta con multiplicar las conexiones para que aumente la comprensión recíproca. ¿Cómo reencontrar la verdadera identidad comunitaria siendo conscientes de la responsabilidad que tenemos unos con otros también en la red?

“Somos miembros unos de otros”

Se puede esbozar una posible respuesta a partir de una tercera metáfora, la del cuerpo y los miembros, que san Pablo usa para hablar de la relación de reciprocidad entre las personas, fundada en un organismo que las une. «Por lo tanto, dejaos de mentiras, y hable cada uno con verdad a su prójimo, que somos miembros unos de otros» (Ef 4, 25).

El ser miembros unos de otros es la motivación profunda con la que el Apóstol exhorta a abandonar la mentira y a decir la verdad: la obligación de custodiar la verdad nace de la exigencia de no desmentir la recíproca relación de comunión.

De hecho, la verdad se revela en la comunión. En cambio, la mentira es el rechazo egoísta del reconocimiento de la propia pertenencia al cuerpo; es el no querer donarse a los demás, perdiendo así la única vía para encontrarse a uno mismo.

La metáfora del cuerpo y los miembros nos lleva a reflexionar sobre nuestra identidad, que está fundada en la comunión y la alteridad. Como cristianos, todos nos reconocemos miembros del único cuerpo del que Cristo es la cabeza. Esto nos ayuda a ver a las personas no como competidores potenciales, sino a considerar incluso a los enemigos como personas.

Ya no hay necesidad del adversario para autodefinirse, porque la mirada de inclusión que aprendemos de Cristo nos hace descubrir la alteridad de un modo nuevo, como parte integrante y condición de la relación y de la proximidad.

Esta capacidad de comprensión y de comunicación entre las personas humanas tiene su fundamento en la comunión de amor entre las Personas divinas. Dios no es soledad, sino comunión; es amor, y, por ello, comunicación, porque el amor siempre comunica, es más, se comunica a sí mismo para encontrar al otro.

Para comunicar con nosotros y para comunicarse a nosotros, Dios se adapta a nuestro lenguaje, estableciendo en la historia un verdadero diálogo con la humanidad (cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Dei Verbum, 2).

En virtud de nuestro ser creados a imagen y semejanza de Dios, que es comunión y comunicación-de-sí, llevamos siempre en el corazón la nostalgia de vivir en comunión, de pertenecer a una comunidad.

«Nada es tan específico de nuestra naturaleza –afirma san Basilio– como el entrar en relación unos con otros, el tener necesidad unos de otros» [2].

El contexto actual nos llama a todos a invertir en las relaciones, a afirmar también en la red y mediante la red el carácter interpersonal de nuestra humanidad. Los cristianos estamos llamados con mayor razón, a manifestar esa comunión que define nuestra identidad de creyentes.

Efectivamente, la fe misma es una relación, un encuentro; y mediante el impulso del amor de Dios podemos comunicar, acoger, comprender y corresponder al don del otro.

La comunión a imagen de la Trinidad es lo que distingue precisamente la persona del individuo. De la fe en un Dios que es Trinidad se sigue que para ser yo mismo necesito al otro. Soy verdaderamente humano, verdaderamente personal, solamente si me relaciono con los demás.

El término persona, de hecho, denota al ser humano como ‘rostro’ dirigido hacia el otro, que interactúa con los demás. Nuestra vida crece en humanidad al pasar del carácter individual al personal.

El auténtico camino de humanización va desde el individuo que percibe al otro como rival, hasta la persona que lo reconoce como compañero de viaje.

Del “like” al “amén”

La imagen del cuerpo y de los miembros nos recuerda que el uso de las redes sociales es complementario al encuentro en carne y hueso, que se da a través del cuerpo, el corazón, los ojos, la mirada, la respiración del otro.

Si se usa la red como prolongación o como espera de ese encuentro, entonces no se traiciona a sí misma y sigue siendo un recurso para la comunión. Si una familia usa la red para estar más conectada y luego se encuentra en la mesa y se mira a los ojos, entonces es un recurso.

Si una comunidad eclesial coordina sus actividades a través de la red, para luego celebrar la Eucaristía juntos, entonces es un recurso.

Si la red me proporciona la ocasión para acercarme a historias y experiencias de belleza o de sufrimiento físicamente lejanas de mí, para rezar juntos y buscar juntos el bien en el redescubrimiento de lo que nos une, entonces es un recurso.

Podemos pasar así del diagnóstico al tratamiento: abriendo el camino al diálogo, al encuentro, a la sonrisa, a la caricia… Esta es la red que queremos. Una red hecha no para atrapar, sino para liberar, para custodiar una comunión de personas libres.

La Iglesia misma es una red tejida por la comunión eucarística, en la que la unión no se funda sobre los “like” sino sobre la verdad, sobre el “amén” con el que cada uno se adhiere al Cuerpo de Cristo acogiendo a los demás.

Vaticano, 24 de enero de 2019, fiesta de san Francisco de Sales.

Franciscus


[1] Para reaccionar ante este fenómeno, se instituirá un Observador internacional sobre el acoso cibernético con sede en el Vaticano.

[2] Regole ampie, III, 1: PG 31, 917; cf. Benedicto XVI, Mensaje para la 43 Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales (2009).


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