El maná de cada día, 1.11.12

octubre 31, 2012

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SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS

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Todos hemos sido llamados a la plenitud del amor

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PRIMERA LECTURA: Apocalipsis 7, 2-4.9-14

Yo, Juan, vi a otro Ángel que subía del Oriente y tenía el sello de Dios vivo; y gritó con fuerte voz a los cuatro Ángeles a quienes había encomendado causar daño a la tierra y al mar: «No causéis daño ni a la tierra ni al mar ni a los árboles, hasta que marquemos con el sello la frente de los siervos de nuestro Dios.»

Y oí el número de los marcados con el sello: ciento cuarenta y cuatro mil sellados, de todas las tribus de los hijos de Israel. Después miré y había una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y el Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos.

Y gritan con fuerte voz: «La salvación es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero.»

Y todos los Ángeles que estaban en pie alrededor del trono de los Ancianos y de los cuatro Vivientes, se postraron delante del trono, rostro en tierra, y adoraron a Dios diciendo: «Amén, alabanza, gloria, sabiduría, acción de gracias, honor, poder y fuerza, a nuestro Dios por los siglos de los siglos, amén.»

Uno de los Ancianos tomó la palabra y me dijo: «Ésos que están vestidos con vestiduras blancas quiénes son y de dónde han venido?»

Yo le respondí: «Señor mío, tú lo sabrás.»

Me respondió: «Ésos son los que vienen de la gran tribulación; han lavado sus vestiduras y las han blanqueado con la Sangre del Cordero.»

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SALMO 23, 1-2.3-4ab.5-6

Éste es el grupo que viene a tu presencia, Señor.

Del Señor es la tierra y cuanto la llena, el orbe y todos sus habitantes: él la fundó sobre los mares, él la afianzó sobre los ríos.

¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en el recinto sacro? El hombre de manos inocentes y puro corazón, que no confía en los ídolos.

Ése recibirá la bendición del Señor, le hará justicia el Dios de salvación. Éste es el grupo que busca al Señor, que viene a tu presencia, Dios de Jacob.

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SEGUNDA LECTURA: Juan 3, 1-3

Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! El mundo no nos conoce porque no le conoció a él.

Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él porque le veremos tal cual es.

Todo el que tiene esta esperanza en él se purificará a sí mismo, como él es puro.


ALELUYA: Mateo 11, 28

Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré -dice el Señor.

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EVANGELIO: Mateo 5, 1-12

Viendo la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron. Y tomando la palabra, les enseñaba diciendo:

«Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros.»
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(Nota: Los subrayados con míos)

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GOZO Y ESPERANZA
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Entonces, en el cielo, tendrá lugar el regocijo grande y perfecto; entonces el gozo será pleno, cuando no sea la esperanza la que nos amamante, sino la realidad misma la que nos nutra.
No obstante, también ahora, en la tierra, antes que la realidad misma llegue a nosotros, antes que nosotros nos acerquemos a ella, alegrémonos en el Señor, pues no es pequeño el gozo que produce la esperanza de lo que luego será realidad.

 San Agustín (Sermón 21, 1).

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Apresurémonos hacia los hermanos que nos esperan

De los sermones de san Bernardo, abad

¿De qué sirven a los santos nuestras alabanzas, nuestra glorificación, esta misma solemnidad que celebramos? ¿De qué les sirven los honores terrenos, si reciben del Padre celestial los honores que les había prometido verazmente el Hijo? ¿De qué les sirven nuestros elogios? Los santos no necesitan de nuestros honores, ni les añade nada nuestra devoción. Es que la veneración de su memoria redunda en provecho nuestro, no suyo. Por lo que a mí respecta, confieso que, al pensar en ellos, se enciende en mí un fuerte deseo.

El primer deseo que promueve o aumenta en nosotros el recuerdo de los santos es el de gozar de su compañía, tan deseable, y de llegar a ser conciudadanos y compañeros de los espíritus bienaventurados, de convivir con la asamblea de los patriarcas, con el grupo de los profetas, con el senado de los apóstoles, con el ejército incontable de los mártires, con la asociación de los confesores con el coro de las vírgenes, para resumir, el de asociarnos y alegrarnos juntos en la comunión de todos los santos.

Nos espera la Iglesia de los primogénitos, y nosotros permanecemos indiferentes; desean los santos nuestra compañía, y nosotros no hacemos caso; nos esperan los justos, y nosotros no prestamos atención.

Despertémonos, por fin, hermanos; resucitemos con Cristo, busquemos los bienes de arriba, pongamos nuestro corazón en los bienes del cielo. Deseemos a los que nos desean, apresurémonos hacia los que nos esperan, entremos a su presencia con el deseo de nuestra alma. Hemos de desear no sólo la compañía, sino también la felicidad de que gozan los santos, ambicionando ansiosamente la gloria que poseen aquellos cuya presencia deseamos. Y esta ambición no es mala, ni incluye peli­gro alguno el anhelo de compartir su gloria.

El segundo deseo que enciende en nosotros la conmemoración de los santos es que, como a ellos, también a nosotros se nos manifieste Cristo, que es nuestra vida, y que nos manifestemos también nosotros con él, revestidos de gloria. Entretanto, aquel que es nuestra cabeza se nos representa no tal como es, sino tal como se hizo por nosotros, no coronado de gloria, sino rodeado de las espinas de nuestros pecados. Teniendo a aquel que es nuestra cabeza coronado de espinas, nosotros, miembros suyos, debemos avergonzarnos de nuestros refinamientos y de buscar cualquier púrpura que sea de honor y no de irrisión.

Llegará un día en que vendrá Cristo, y entonces ya no se anunciará su muerte, para recordar­os que también nosotros estamos muertos y nuestra vida está oculta con él. Se manifestará la cabeza gloriosa y, junto con él, brillarán glorificados sus miembros, cuand­o transfigurará nuestro pobre cuerpo en un cuerpo glorioso semejante a la cabeza, que es él.

Deseemos, pues, esta gloria con un afán seguro y total. Mas, para que nos sea permitido esperar esta gloria y aspirar a tan gran felicidad, debemos desear también, en gran manera, la intercesión de los santos, para que ella nos obtenga lo que supera nuestras fuerzas.

(Nota: Los subrayados con míos)

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Oración

Dios todopoderoso y eterno, que nos has otorgado celebrar en una misma fiesta los méritos de todos los santos, concédenos, por esta multitud de intercesores, la deseada abundancia de tu misericordia y tu perdón. Por nuestro Señor Jesucristo.

Con la confianza que inspira en nuestro corazón el Espíritu Santo, nos alegramos de que el Padre Celestial, de manera particular hoy, se goce al ver que la Sala del Festín de las Bodas de su Hijo está casi completamente llena de invitados. Mereció la pena disponerlo todo, desde la eternidad  y con gran ilusión, para que sus hijos se gocen con su Amor y Plenitud.

El Espíritu nos permite también gozarnos con el Hijo que hoy está viendo una multitud de Hermanos que, gracias a su Sangre, tienen vida en abundancia y alaban pletóricos de alegría y felicidad al Padre, de quien toma nombre toda familia en el cielo y en la tierra. Mereció la pena ser obediente y fiel hasta la muerte y muerte de Cruz. Mi alegría está en vosotros. Y mi alegría está también en el Padre. Me siento feliz al retomar mi condición de ser el Primogénito de muchos hermanos y hermanas para gloria de Dios Padre, que es digno de toda bendición. Así mi alegría llega a plenitud, pues con vosotros no he guardado secretos. Os dije todo lo que había oído a mi Padre. Venid, benditos de mi Padre. Amén, para siempre.

En el Espíritu nos congratulamos por esta mutua felicitación del Padre y del Hijo, por esa mutua complementariedad y solidaridad, en sí mismos, y en su relación con los hombres. Todo está cumplido, se ha cumplido lo dipuesto por el Padre, lo realizado por el Hijo. En el Espíritu abrazamos al Padre y al Hijo para formar la familia de Dios. Experimentamos qué bueno es vivir los hermanos unidos. El Espíritu abraza al Padre y al Hijo. Él es la comunión en persona. Él prolonga la comunión del Padre y del Hijo en la comunidad eclesial fundada en la comunión de los Hermanos en un mismo Espíritu. El Espíritu prolonga la familia trinitaria en la familia de los Hijos de Dios. Ven, Señor Jesús. Ven, Espíritu divino y haz nuevas todas las cosas. Amén.

Gloria al Padre, gloria al Hijo, gloria al Espíritu Santo, como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Dios sea bendito en sus Ángeles y en sus Santos. Amén. Aleluya.

(P. Ismael)

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Solemnidad de Todos los Santos

1º de noviembre del 2012

Por el R. P. José Jubera, oar.

Dios no ha hecho la muerte, ni se complace destruyendo a los vivos (Sb 1, 13)

Dios creó al hombre incorruptible y lo hizo a imagen de su propio ser, mas por envidia del diablo entró la muerte en el mundo y la experimentan los de su bando (Sb 2, 23-24)

Triunfadores

Bienaventurados, felices, dichosos… son algunos de los términos que usan los traductores de la Biblia de los sujetos de las bienaventuranzas con las que el evangelista Mateo inicia el llamado Sermón del Monte. Se trata de la proclamación de la ley de Cristo, que no anula la de Moisés, sino que le da plenitud en Cristo, quien es la verdadera y mejor bienaventuranza.

¿Quiénes son los bienaventurados?

Leer el libro del Apocalipsis es introducirnos en un mundo de símbolos entre los cuales los números ocupan un lugar importante. Los ciento cuarenta y cuatro mil triunfadores de las tribus de Israel (Cf. Ap. 7, 4) proyectan en su simbolismo los miles y millones de triunfadores en Cristo Jesús. Es lo que celebramos hoy en esta fiesta: no nos referimos sólo a los santos  reconocidos por el Pueblo de Dios, sino también a los miles y millones de hombres y mujeres, de toda edad, raza y condición que han triunfado con Cristo Jesús.

¡Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha abierto a la esperanza para que seamos triunfadores!  ¡Bendito sea Dios y glorificado en sus santos!

Todos los difuntos

Unida íntimamente a la fiesta de Todos los Santos está la Conmemoración de todos los Fieles Difuntos, que la hacemos mañana, dos de noviembre. Recordamos a nuestros familiares y amigos difuntos, y a todos los que han salido ya de esta vida. Es la fecha del agradecimiento para los que han estado unidos a nosotros en la vida y hoy lo hacemos oración. Al Dios de los vivos encomendamos a nuestros difuntos para que tengan la vida, la vida que es el cielo.

Es Cristo Jesús quien salva radicalmente a los que por medio de Él se acercaron a Dios (Heb. 7, 25). En un abrazo común nos unimos todos y la oración que nosotros hacemos por ellos y ellos por nosotros es la mejor comunión.

Eso nos lleva a la esperanza: somos caminantes hacia la bienaventuranza eterna.  


El maná de cada día, 31.10.12

octubre 31, 2012

Una decisión personal seguida de una conducta de vida coherente

Miércoles de la 30ª semana
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del Tiempo Ordinario



PRIMERA LECTURA: Efesios 6, 1-9

Hijos, obedeced a vuestros padres como el Señor quiere, porque eso es justo. «Honra a tu padre y a tu madre» es el primer mandamiento al que se añade una promesa: «Te irá bien y vivirás largo tiempo en la tierra.»

Padres, vosotros no exasperéis a vuestros hijos; criadlos educándolos y corrigiéndolos como haría el Señor.

Esclavos, obedeced a vuestros amos según la carne con temor y temblor, de todo corazón, como a Cristo. No por las apariencias, para quedar bien, sino como esclavos de Cristo que hacen lo que Dios quiere; con toda el alma, de buena gana, como quien sirve al Señor y no a hombres. Sabed que lo que uno haga de bueno, sea esclavo o libre se lo pagará el Señor.

Amos, correspondedles dejándoos de amenazas; sabéis que ellos y vosotros tenéis un amo en el cielo y que ése no es parcial con nadie.


SALMO 144, 10-11.12-13ab.13cd-14

El Señor es fiel a sus palabras.

Que todas tus criaturas te den gracias, Señor, que te bendigan tus fieles; que proclamen la gloria de tu reinado, que hablen de tus hazañas.

Explicando tus hazañas a los hombres, la gloria y majestad de tu reinado. Tu reinado es un reinado perpetuo, tu gobierno va de edad en edad.

El Señor es fiel a sus palabras, bondadoso en todas sus acciones. El Señor sostiene a los que van a caer, endereza a los que ya se doblan.


ALELUYA: 2 Tesalonicenses 2, 14


Dios nos llamó por medio del Evangelio, para que sea nuestra la gloria de nuestro Señor Jesucristo.


EVANGELIO: Lucas 13, 22-30

En aquel tiempo, Jesús, de camino hacia Jerusalén, recorría ciudades y aldeas enseñando. Uno le preguntó: «Señor, ¿serán pocos los que se salven?»

Jesús les dijo: «Esforzaos en entrar por la puerta estrecha. Os digo que muchos intentarán entrar y no podrán. Cuando el amo de la casa se levante y cierre la puerta, os quedaréis fuera y llamaréis a la puerta, diciendo: “Señor, ábrenos”; y él os replicará: “No sé quiénes sois.”

Entonces comenzaréis a decir: “Hemos comido y bebido contigo, y tú has enseñado en nuestras plazas.” Pero él os replicará: “No sé quiénes sois. Alejaos de mí, malvados.”

Entonces será el llanto y el rechinar de dientes, cuando veáis a Abrahán, Isaac y Jacob y a todos los profetas en el reino de Dios, y vosotros os veáis echados fuera. Y vendrán de oriente y occidente, del norte y del sur, y se sentarán a la mesa en el reino de Dios.

Mirad: hay últimos que serán primeros, y primeros que serán últimos.»

(Nota: Los subrayados son míos)

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LOS POCOS QUE SON MUCHOS

San Agustín, Sermón 111, 3

Aún recordáis la cuestión que hace poco nos propuso el evangelio. Preguntaron al Señor: ¿Son pocos los que se salvan? (Lc 13,23). ¿Qué respondió a esto? No dijo: «No son pocos, sino muchos los que se salvarán». No fue esa su respuesta. ¿Qué respondió, pues, a la pregunta de si eran pocos los que se salvarían? Esforzaos en entrar por la puerta estrecha (ib., 24). Habiendo escuchado el Señor la pregunta: ¿Son pocos los que se salvan?, lo confirmó (Lc 13,23-24). Por una puerta estrecha entran pocos.

El mismo Señor dijo en otro lugar: Estrecho y angosto es el camino que lleva a la vida, y pocos entran por él. Ancho y espacioso es el que conduce a la perdición, y son muchos los que caminan por él (Mt 7,13-14).

¿Por qué sentimos alegría frente a las multitudes? Oídme vosotros, los pocos. Sé que sois muchos, pero obedecéis pocos. Veo la era, pero busco el grano. Cuando se trilla en la era, el grano apenas se ve; pero llegará el tiempo de la bielda. Son pocos, pues, los que se salvan en comparación de los muchos que se pierden, pero estos pocos han de constituir una gran masa. Cuando venga el aventador trayendo en su mano el bieldo, limpiará su era, recogiendo el trigo en el granero, para quemar la paja en el fuego inextinguible (Mt 3,12).

No se burle la paja del trigo. Esto es hablar verdad y no engañar a nadie. Sed muchos entre los muchos, pero sabiendo que en comparación de cierta clase de muchos sois pocos, porque de esta era ha de salir tanto grano, que llene los graneros del cielo, pero no puede contradecirse quien dijo que son pocos los que entran por la puerta estrecha y muchos los que entran por el camino ancho.

¿Puede contradecirse quien en otra ocasión dijo: Vendrán muchos de oriente y de occidente? (Mt 8,11). Vendrán muchos, sí, pero en otro sentido pocos. Pocos y muchos. ¿Unos serán los pocos y otros los muchos? No, sino que los mismos pocos que son muchos, serán pocos en comparación con los condenados y muchos en la compañía de los ángeles.

Oíd, amadísimos lo que está escrito: Después de estas cosas, vi una multitud que nadie podía contar, de toda lengua y nación y pueblo, que venían con estolas blancas y palmas en sus manos (Ap 7,9). Ésta es la multitud de los santos.

Cuando haya sido aventada la era, cuando haya sido separada la turba de los impuros y de los malos y falsos cristianos y, separada la paja, enviados al fuego eterno esos que oprimen y no tocan -cierta mujer tocaba la orla de Cristo mientras la multitud le oprimía (Lc 8,44)-; en fin, cuando se haya consumado la separación de todos los réprobos, ¡cuán clara será la voz con que diga esa multitud de pie a la derecha, purificada, sin temor a que se mezcle algún malo y sin miedo a que se pierda algún bueno, reinando ya con Cristo; con cuánta confianza ha de decir: «Yo conocí que el Señor es grande»! (Sal 134,5).

Hermanos míos, si hablo a granos, si los predestinados a la vida eterna comprenden lo que digo, hablen con los hechos, no con la boca. Me veo obligado a hablaros lo que no debía. Debía encontrar en vosotros algo que alabar, sin preocuparme de amonestaros. Con todo, os lo diré en pocas palabras, sin demorarme. Practicad la hospitalidad; por ella alguien llegó a Dios. Recibes al peregrino de quien también tú eres compañero de viaje, puesto que todos somos peregrinos.

Pero cristiano es el que se reconoce peregrino en su propia casa y patria: Nuestra patria se halla arriba; allí no seremos huéspedes, mientras que aquí todos lo son, incluso en su casa. Si no es huésped, que no salga de ella; y si ha de salir, es que es huésped. Quiera o no, es huésped. Y si deja la casa a sus hijos se trata de un huésped que la deja a otros huéspedes.

Si te encontrases en una posada, ¿no marcharías al llegar otro a ella? Esto lo haces hasta en tu casa. Tu padre te cedió el sitio; tú lo has de ceder a tus hijos. Ni tú has de permanecer siempre en tu casa, ni tampoco aquellos a quienes se la dejas. Por tanto, si todos pasamos, realicemos algo que no puede pasar a fin de que, cuando hayamos pasado y llegado al lugar de donde no hemos de pasar, encontremos nuestras buenas obras. Cristo es el guardián; ¿por qué, entonces; temes perder lo que das?


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ENTRAR POR LA PUERTA ESTRECHA

P. Raniero Cantalamessa, ofmcap

Existe un interrogante que siempre ha agobiado a los creyentes: ¿son muchos o pocos los que se salvan? En ciertas épocas, este problema se hizo tan agudo que sumergió a algunas personas en una angustia terrible. El Evangelio de este domingo nos informa de que un día se planteó a Jesús este problema: «Mientras caminaba hacia Jerusalén, uno le dijo: “Señor, ¿son pocos los que se salvan?”».

La pregunta, como se ve, trata sobre el número, sobre cuántos se salvan: ¿muchos o pocos? Jesús, en su respuesta, traslada el centro de atención de cuántos se salvan a cómo salvarse, esto es, entrando «por la puerta estrecha».

Es la misma actitud que observamos respecto al retorno final de Cristo. Los discípulos preguntan cuándo sucederá el regreso del Hijo del hombre, y Jesús responde indicando cómo prepararse para esa venida, qué hacer en la espera (Mt 24, 3-4).

Esta forma de actuar de Jesús no es extraña o descortés. Sencillamente es la manera de obrar de alguien que quiere educar a sus discípulos para que pasen del plano de la curiosidad al de la verdadera sabiduría; de las cuestiones ociosas que apasionan a la gente a los verdaderos problemas que importan en la vida.

En este punto ya podemos entender lo absurdo de aquellos que, como los Testigos de Jehová, creen saber hasta el número preciso de los salvados: ciento cuarenta y cuatro mil. Este número, que recurre en el Apocalipsis, tiene un valor puramente simbólico (12 al cuadrado, el número de las tribus de Israel, multiplicado por mil) y se explica inmediatamente con la expresión que le sigue: «una muchedumbre inmensa que nadie podría contar» (Ap 7, 4.9).

Además, si ese fuera de verdad el número de los salvados, entonces ya podemos cerrar la tienda, nosotros y ellos. En la puerta del paraíso debe estar colgado, desde hace tiempo, como en la entrada de los aparcamientos, el cartel de «Completo».

Por lo tanto, si a Jesús no le interesa tanto revelarnos el número de los salvados como el modo de salvarse, veamos qué nos dice al respecto. Dos cosas sustancialmente: una negativa, una positiva; primero, lo que no es necesario, después lo que sí lo es para salvarse. No es necesario, o en cualquier caso no basta, el hecho de pertenecer a un determinado pueblo, a una determinada raza, tradición o institución, aunque fuera el pueblo elegido del que proviene el Salvador.

Lo que sitúa en el camino de la salvación no es un cierto título de propiedad («Hemos comido y bebido en tu presencia…»), sino una decisión personal seguida de una coherente conducta de vida. Esto está más claro aún en el texto de Mateo, que contrapone dos caminos y dos entradas, una estrecha y otra ancha (Mateo 7, 13-14).

¿Por qué a estos dos caminos se les llama respectivamente el camino «ancho» y el «estrecho»? ¿Es tal vez el camino del mal siempre fácil y agradable de recorrer y el camino del bien siempre duro y fatigoso? Aquí hay que estar atentos para no caer en la frecuente tentación de creer que todo les va magníficamente bien, aquí abajo, a los malvados, y sin embargo todo les va siempre mal a los buenos.

El camino de los impíos es ancho, sí, pero sólo al principio; a medida que se adentran en él, se hace estrecho y amargo. Y en todo caso es estrechísimo al final, porque se llega a un callejón sin salida. El disfrute que en este camino se experimenta tiene como característica que disminuye a medida que se prueba, hasta generar náusea y tristeza.

Ello se ve en ciertos tipos de ebriedades, como la droga, el alcohol, el sexo. Se necesita una dosis o un estímulo cada vez mayor para lograr un placer de la misma intensidad. Hasta que el organismo ya no responde y llega la ruina, frecuentemente también física.

El camino de los justos en cambio es estrecho al comienzo, cuando se emprende, pero después se transforma en una vía espaciosa, porque en ella se encuentra esperanza, alegría y paz en el corazón.

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Un agente del FBI cuenta por qué quiso abortar a su hija con síndrome de Down…

octubre 30, 2012

Heath White con su hija Paisley

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Quería que su hija fuera perfecta y no soportaba la idea

“de cómo su discapacidad se reflejaba en mí”.

Una historia para llorar…

ACIPrensa/ReL

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Heath White, un atleta, piloto graduado de la Fuerza Aérea de Estados Unidos y agente del FBI, que creía tenerlo todo, pensó en abortar a su hija Paisley por tener síndrome de Down. Ahora corre maratones con ella y cuenta la historia que le dio luz a su vida.

Desde 2008, poco antes de que su pequeña cumpliera su primer año, White corre todo tipo de maratones llevándola en su auto, buscando formar conciencia sobre la dignidad de la vida de las personas con Síndrome de Down, y dando testimonio de su amor de padre.

En el programa E:60, conducido por Tom Rinaldi, del canal deportivo ESPN, se reveló la historia de White, quien estaba obsesionado por la perfección, y que esperaba que su primera hija fuera, en palabras de su esposa, Jennifer, “perfecta, como lo era él”.

Y Pepper White, que nació en 2005 cumplía los estándares esperados por los esposos White.

Sin embargo, un año después, al revelarse que Jennifer estaba embarazada por segunda vez, las pruebas prenatales revelaron que su segunda hija tendría Síndrome de Down.

Jennifer White confesó a Rinaldi que temía que su esposo “se fuera, que se escapara”.

Lo peor es que sabía que él probablemente querría que la abortase, porque sabía que sus convicciones no eran tan fuertes como las mías”, recordó.

En efecto, Heath White intentó denodadamente convencer a su esposa para abortar a su bebé, por temor a “lo que la gente pensaría de mí”.

Jennifer White recordó que durante el embarazo, su esposo, a quien confiesa amar “más que a la vida”, no era grosero o desagradable sino que “estaba ausente. Él simplemente no estaba ahí emocionalmente, en absoluto”.

“Tuve que pensar ‘¿Y si lo hago? ¿Qué pasa si la aborto, si me deshago de ella?´ Y recuerdo una pequeña voz en mi cabeza diciendo ‘No hay manera, no sucederá. Imposible’. Me refiero a que pensé en eso quizás por una hora. Él lo hizo durante meses”.

White sintió que le daban “un bebé roto” y se preguntaba una y otra vez “¿por qué yo?”.

En una carta que Heath White escribe a su hija Paisley, y que actúa como hilo conductor del reportaje, le confiesa que “antes de que tú nacieras sólo me preocupaba de cómo tu discapacidad se reflejaba en mí. Ahora no hay mejor espejo en el mundo. Tú eres mi luz en la oscuridad, y es un privilegio ser tu papá. Te ama siempre, papi”.

La carta, que Heath White comenzó a escribir cuando Paisley tenía 18 meses, es “solamente mi forma de arrepentirme. Las posibilidades apuntan a que ella nunca hubiera sabido la forma en la que me sentí antes de que ella naciera. Ese hubiera sido mi secreto sucio que guardaría para siempre. Pero no quería que fuese un secreto, quería que ella supiese que lo es todo para mí”.

Heath recordó que cuando Paisley nació, en marzo de 2007, su madre le dijo que su pequeña se veía como si no tuviera Síndrome de Down. Él, incómodo, dijo: “Ella está mintiendo. Puedes definitivamente ver que ella tiene Síndrome de Down”.

Su esposa recordó en el reportaje, entre sollozos y con la voz entrecortada, que sintió como si “hubiera perdido un bebé, a pesar de que tenía una sentada justo frente a mí”.

“Creo que fue después de que comencé a alimentarla que dije ‘ella está bien, es perfecta, vamos a estar bien”.

Para Heath, sin embargo, aceptar a su hija le tomó muchos meses. Sin embargo, llegó el día, un “momento crucial”, en que mientras jugaba con Paisley y le hacía cosquillas, ella se reía y lo empujaba.

“En ese momento me di cuenta de que ella era como cualquiera otra niña, ella es mi niña”.

Desde entonces, Heath White sintió la necesidad de mostrarle al mundo a su hija, por lo que decidió correr en maratones una vez más, luego de dejarlo por varios meses, pero esta vez llevando delante a Paisley, en su coche.

Heath dijo que quería que “todo el mundo viera que estaba orgulloso de ella”.

“Nadie sabía cómo me sentía antes de que ella naciera, y si puedo evitar que una familia, una persona viva con la culpa de casi cometer el error que yo casi cometí, va a valer el dolor que Paisley sentirá más adelante en su vida cuando sepa cómo me sentí”.

Heath reveló que su temor es que “un día, alguien la llame ‘retrasada’, que alguien use esa palabra en su presencia, o se burle de ella porque es diferente, y tener que explicarle sobre la sociedad, y tener que construirle un respaldo de autoestima para que sepa cuánto la amo”.

“Todo lo que he hecho, todo lo que he tratado de lograr, nunca iba a ser perfecto. Pero mi amor por Paisley es perfecto. Siempre voy a estar ahí para asegurarme de que ella llegue a la meta”, aseguró.

Vídeo en inglés

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El maná de cada día, 30.10.12

octubre 30, 2012

Martes de la 30ª semana del Tiempo Ordinario

Un poco levadura hace fermentar toda la masa


PRIMERA LECTURA: Efesios 5, 21-33

Sed sumisos unos a otros con respeto cristiano. Las mujeres, que se sometan a sus maridos como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la Iglesia; él, que es el salvador del cuerpo. Pues como la Iglesia se somete a Cristo, así también las mujeres a sus maridos en todo.

Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a su Iglesia. Él se entregó a sí mismo por ella, para consagrarla, purificándola con el baño del agua y la palabra, y para colocarla ante sí gloriosa, la Iglesia, sin mancha ni arruga ni nada semejante, sino santa e inmaculada.

Así deben también los maridos amar a sus mujeres, como cuerpos suyos que son. Amar a su mujer es amarse a sí mismo. Pues nadie jamás ha odiado su propia carne, sino que le da alimento y calor, como Cristo hace con la Iglesia, porque somos miembros de su cuerpo. «Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne.»

Es éste un gran misterio: y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia. En una palabra, que cada uno de vosotros ame a su mujer como a sí mismo, y que la mujer respete al marido.

SALMO 18, 2-3.4-5

Dichosos los que temen al Señor.

Dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos. Comerás del fruto de tu trabajo, serás dichoso, te irá bien.

Tu mujer, como parra fecunda, en medio de tu casa; tus hijos, como renuevos de olivo, alrededor de tu mesa.

Esta es la bendición del hombre que teme al Señor. Que el Señor te bendiga desde Sión, que veas la prosperidad de Jerusalén todos los días de tu vida.


ALELUYA: Mateo 11, 25

Bendito seas, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has revelado los secretos del Reino a la gente sencilla.


EVANGELIO: Lucas 13,18-21

En aquel tiempo, decía Jesús: «¿A qué se parece el reino de Dios? ¿A qué lo compararé? Se parece a un grano de mostaza que un hombre toma y siembra en su huerto; crece, se hace un arbusto y los pájaros anidan en sus ramas.»

Y añadió: «¿A qué compararé el reino de Dios? Se parece a la levadura que una mujer toma y mete en tres medidas de harina, hasta que todo fermenta.»

(Los subrayados con míos)

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CULTIVAR EL DETALLE

Las cosas pequeñas pueden encerrar significados grandes, incluso infinitos. El bien nunca es pequeño, aunque lo hagamos revestido de circunstancias y gestos humanamente insignificantes.

Y es ahí, en esos detalles, aparentemente intrascendentes, donde se nos presentan a diario tantas ocasiones de hacer el bien a los demás. Una sonrisa a tiempo, una palabra oportuna, un favor desinteresado, un gesto de acogida, un buen consejo, una llamada de teléfono. Cualquier detalle de trato o de convivencia es bueno para humanizar las relaciones y crear comunión con los demás.

No te conformes con aprovechar las ocasiones extraordinarias y puntuales de hacer el bien. Tu santidad se labra con el cincel de cada día, y ha de ir cuajada de esos pequeños detalles, que hacen extraordinariamente divina la monotonía casi rutinaria de nuestra vida. No olvides que el lenguaje de Dios siempre es el de la pequeñez y sencillez, porque es el que todos entienden.

Has de cultivar esos pequeños detalles, con Dios y con los demás, en lo pequeño y ordinario de tu vida. Dicen mucho de tu delicadeza y finura de alma. Pero, han de nacer de esa magnanimidad de corazón, en la que no caben distinciones de trato, antipatías o simpatías.

La entrega de Cristo en la Cruz estuvo preparada y anticipada por muchas de esas pequeñas entregas, que sazonaron el día a día del Señor. Cuántos detalles de renuncia, de generosidad, de trabajo, de servicio, de alegría, de cariño, llenaron aquellos largos años del Señor, en la vida familiar de Nazaret.

Cuántos detalles de paciencia, de espera, de perdón, recibieron aquellos apóstoles, que conocieron tan de cerca el día a día apostólico de su Maestro. Cuántos detalles de Dios en el día a día de tu vida que pasan, quizá, inadvertidos a nuestra mirada superficial y atolondrada. En todas esas pequeñas ocasiones de entrega, en cada uno de los recovecos de tu vida, te espera siempre el Dios fiel.

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Mensaje final del Sínodo de la Nueva Evangelización

octubre 29, 2012

Vista del sínodo de los obispos

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Nueva evangelización para saciar

la verdad del corazón del hombre

Mensaje  final al Pueblo de Dios de la XIII Asamblea General Ordinaria de los Obispos, dedicado al tema “La nueva evangelización para la transmisión de la fe” (26-10-2012)
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Hermanos y hermanas:

“Gracia a vosotros de parte de Dios, nuestro Padre y del Señor Jesucristo” (Rm 1, 7). Obispos de todo el mundo, invitados por el Obispo de Roma, el Papa Benedicto XVI, nos hemos reunido para reflexionar juntos sobre “la nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana” y, antes de volver a nuestras Iglesias particulares, queremos dirigirnos a todos vosotros, para animar y orientar el servicio al Evangelio en los diversos contextos en los que estamos llamados a dar hoy testimonio.

1. Como la samaritana en el pozo

Nos dejamos iluminar por una página del Evangelio: el encuentro de Jesús con la mujer samaritana (cf. Jn 4, 5-42). No hay hombre o mujer que en su vida, como la mujer de Samaría, no se encuentre junto a un pozo con un cántaro vacío, con la esperanza de saciar el deseo más profundo del corazón, aquel que sólo puede dar significado pleno a la existencia. Hoy son muchos los pozos que se ofrecen a la sed del hombre, pero conviene hacer discernimiento para evitar aguas contaminadas. Es urgente orientar bien la búsqueda, para no caer en desilusiones que pueden ser ruinosas.

Como Jesús, en el pozo de Sicar, también la Iglesia siente el deber de sentarse junto a los hombres y mujeres de nuestro tiempo, para hacer presente al Señor en sus vidas, de modo que puedan encontrarlo, porque sólo su Espíritu es el agua que da la vida verdadera y eterna. Sólo Jesús es capaz de leer hasta lo más profundo del corazón y desvelarnos nuestra verdad: “Me ha dicho todo lo que he hecho”, cuenta la mujer a sus vecinos.

Esta palabra de anuncio –a la que se une la pregunta que abre a la fe: “¿Será Él el Cristo?”– muestra que quien ha recibido la vida nueva del encuentro con Jesús, a su vez no puede hacer menos que convertirse en anunciador de verdad y esperanza para con los demás. La pecadora convertida se convierte en mensajera de salvación y conduce a toda la ciudad hacia Jesús. De la acogida del testimonio la gente pasará después a la experiencia directa del encuentro: “Ya no creemos por lo que tú has dicho; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es verdaderamente el Salvador del mundo”.

2. Una nueva evangelización

Conducir a los hombres y las mujeres de nuestro tiempo hacia Jesús, al encuentro con Él, es una urgencia que aparece en todas las regiones, tanto las de antigua como las de reciente evangelización. En todos los lugares se siente la necesidad de reavivar una fe que corre el riesgo de apagarse en contextos culturales que obstaculizan su enraizamiento personal, su presencia social, la claridad de sus contenidos y sus frutos coherentes.

No se trata de comenzar todo de nuevo, sino –con el ánimo apostólico de Pablo, el cual afirma: “¡Ay de mí si non anuncio el Evangelio!” (1 Cor 9,16)– de insertarse en el largo camino de proclamación del Evangelio que, desde los primeros siglos de la era cristiana hasta el presente, ha recorrido la historia y ha edificado comunidades de creyentes por toda la tierra.

Por pequeñas o grandes que sean, éstas son el fruto de la entrega de tantos misioneros y de no pocos mártires, de generaciones de testigos de Jesús, de los cuales guardamos una memoria agradecida.

Los cambios sociales, culturales, económicos, políticos y religiosos nos llaman, sin embargo, a algo nuevo: a vivir de un modo renovado nuestra experiencia comunitaria de fe y el anuncio, mediante una evangelización “nueva en su ardor, en sus métodos, en sus expresiones” (Juan Pablo II, Discurso a la XIX Asamblea del CELAM, Port-au-Prince 9 marzo 1983, n. 3) como dijo Juan Pablo II.

Una evangelización dirigida, como nos ha recordado Benedicto XVI, “principalmente a las personas que, habiendo recibido el bautismo, se han alejado de la Iglesia y viven sin referencia alguna a la vida cristiana […], para favorecer en estas personas un nuevo encuentro con el Señor, el único que llena de significado profundo y de paz nuestra existencia; para favorecer el redescubrimiento de la fe, fuente de gracia que lleva consigo alegría y esperanza para la vida personal, familiar y social” (Benedicto XVI, Homilía en la celebración eucarística para la solemne inauguración de la XIII Asamblea general ordinaria del Sínodo de los Obispos, Roma 7 octubre 2012).

3. El encuentro personal con Jesucristo en la Iglesia

Antes de entrar en la cuestión sobre la forma que debe adoptar esta nueva evangelización, sentimos la exigencia de deciros, con profunda convicción, que la fe se decide, sobre todo, en la relación que establecemos con la persona de Jesús, que sale a nuestro encuentro. La obra de la nueva evangelización consiste en proponer de nuevo al corazón y a la mente, no pocas veces distraídos y confusos, de los hombres y mujeres de nuestro tiempo y, sobre todo a nosotros mismos, la belleza y la novedad perenne del encuentro con Cristo.

Os invitamos a todos a contemplar el rostro del Señor Jesucristo, a entrar en el misterio de su existencia, entregada por nosotros hasta la cruz, ratificada como don del Padre por su resurrección de entre los muertos y comunicada a nosotros mediante el Espíritu.

En la persona de Jesús se revela el misterio de amor de Dios Padre por la entera familia humana. Él no ha querido dejarla a la deriva de su imposible autonomía, sino que la ha unido a sí mismo por medio de una renovada alianza de amor.

La Iglesia es el espacio ofrecido por Cristo en la historia para poderlo encontrar, porque Él le ha entregado su Palabra, el bautismo que nos hace hijos de Dios, su Cuerpo y su Sangre, la gracia del perdón del pecado, sobre todo en el sacramento de la Reconciliación, la experiencia de una comunión que es reflejo mismo del misterio de la Santísima Trinidad y la fuerza del Espíritu que nos mueve a la caridad hacia los demás.

Hemos de constituir comunidades acogedoras, en las cuales todos los marginados se encuentren como en su casa, con experiencias concretas de comunión que, con la fuerza ardiente del amor, -“Mirad cómo se aman” (Tertulliano, Apologetico, 39, 7)– atraigan la mirada desencantada de la humanidad contemporánea.

La belleza de la fe debe resplandecer, en particular, en la sagrada liturgia, sobre todo en la Eucaristía dominical. Justo en las celebraciones litúrgicas la Iglesia muestra su rostro de obra de Dios y hace visible, en las palabras y en los gestos, el significado del Evangelio.

Es nuestra tarea hoy el hacer accesible esta experiencia de Iglesia y multiplicar, por tanto, los pozos a los cuales invitar a los hombres y mujeres sedientos y posibilitar su encuentro con Jesús, ofrecer oasis en los desiertos de la vida. De esto son responsables las comunidades cristianas y, en ellas, cada discípulo del Señor. Cada uno debe dar un testimonio insustituible para que el Evangelio pueda cruzarse con la existencia de tantas personas. Por eso, se nos exige la santidad de vida.

4. Las ocasiones del encuentro con Jesús y la escucha de la Escritura

Algunos preguntarán cómo llevar a cabo todo esto. No se trata de inventar nuevas estrategias, casi como si el Evangelio fuera un producto para poner en el mercado de las religiones sino descubrir los modos mediante los cuales, ante el encuentro con Jesús, las personas se han acercado a Él y por Él se han sentido llamadas y adaptarlos a las condiciones de nuestro tiempo.

Recordamos, por ejemplo, cómo Pedro, Andrés, Santiago y Juan han sido llamados por Jesús en el contexto de su trabajo, cómo Zaqueo ha podido pasar de la simple curiosidad al calor de la mesa compartida con el Maestro, cómo el centurión pide la intervención del Señor ante la enfermedad de una persona cercana, como el ciego de nacimiento lo ha invocado como liberador de su propia marginación, como Marta y María han visto recompensada su hospitalidad con su propia presencia.

Podemos continuar aún recorriendo las páginas de los Evangelios y encontrando tantos y tantos modos en los que la vida de las personas se ha abierto, desde diversas condiciones, a la presencia de Cristo. Y lo mismo podemos hacer con todo lo que la Escritura nos dice de la experiencia misionera de los apóstoles en la Iglesia naciente.

La lectura frecuente de la Sagrada Escritura, iluminada por la Tradición de la Iglesia que nos la entrega y la interpreta auténticamente, no sólo es un paso obligado para conocer el contenido mismo del Evangelio, esto es, la persona de Jesús en el contexto de la historia de la salvación, sino que, además, nos ayuda a hallar espacios nuevos de encuentro con Él, nuevas formas de acción verdaderamente evangélicas, enraizadas en las dimensiones fundamentales de la vida humana: la familia, el trabajo, la amistad, la pobreza y las pruebas de la vida, etc.

5. Evangelizarnos a nosotros mismos y disponernos a la conversión

Queremos resaltar que la nueva evangelización se refiere, en primer lugar, a nosotros mismos. En estos días, muchos obispos nos han recordado que, para poder evangelizar el mundo, la Iglesia debe, ante todo, ponerse a la escucha de la Palabra. La invitación a evangelizar se traduce en una llamada a la conversión.

Sentimos sinceramente el deber de convertirnos a la potencia de Cristo, que es capaz de hacer todas las cosas nuevas, sobre todo nuestras pobres personas. Hemos de reconocer con humildad que la miseria, las debilidades de los discípulos de Jesús, especialmente de sus ministros, hacen mella en la credibilidad de la misión. Somos plenamente conscientes, nosotros los Obispos los primeros, de no poder estar nunca a la altura de la llamada del Señor y del Evangelio que nos ha entregado para su anuncio a las gentes.

Sabemos que hemos de reconocer humildemente nuestra debilidad ante las heridas de la historia y no dejamos de reconocer nuestros pecados personales. Estamos, además, convencidos de que la fuerza del Espíritu del Señor puede renovar su Iglesia y hacerla de nuevo esplendorosa si nos dejamos transformar por Él. Lo muestra la vida de los santos, cuya memoria y el relato de sus vidas son instrumentos privilegiados de la nueva evangelización.

Si esta renovación fuese confiada a nuestras fuerzas, habría serios motivos de duda, pero en la Iglesia la conversión y la evangelización no tienen como primeros actores a nosotros, pobres hombres, sino al mismo Espíritu del Señor. Aquí está nuestra fuerza y nuestra certeza, que el mal no tendrá jamás la última palabra, ni en la Iglesia ni en la historia: “No se turbe vuestro corazón y no tengáis miedo” (Jn 14, 27), ha dicho Jesús a sus discípulos.

La tarea de la nueva evangelización descansa sobre esta serena certeza. Nosotros confiamos en la inspiración y en la fuerza del Espíritu, que nos enseñará lo que debemos decir y lo que debemos hacer, aun en las circunstancias más difíciles. Es nuestro deber, por eso, vencer el miedo con la fe, el cansancio con la esperanza, la indiferencia con el amor.

6. Reconocer en el mundo de hoy nuevas oportunidades de evangelización

Este sereno coraje sostiene también nuestra mirada sobre el mundo contemporáneo. No nos sentimos atemorizados por las condiciones del tiempo en que vivimos. Nuestro mundo está lleno de contradicciones y de desafíos, pero sigue siendo creación de Dios, y aunque herido por el mal, siempre es objeto de su amor y terreno suyo, en el que puede ser resembrada la semilla de la Palabra para que vuelva a dar fruto.

No hay lugar para el pesimismo en las mentes y en los corazones de aquellos que saben que su Señor ha vencido a la muerte y que su Espíritu actúa con fuerza en la historia. Con humildad, pero también con decisión –aquella que viene de la certeza de que la verdad siempre vence– nos acercamos a este mundo y queremos ver en él una invitación del Resucitado a ser testigos de su nombre. Nuestra Iglesia está viva y afronta los desafíos de la historia con la fortaleza de la fe y del testimonio de tantos hijos suyos.

Sabemos que en el mundo debemos afrontar una batalla contra “los Principados y las Potencias” y “los espíritus del mal” (Ef 6, 12). No ocultamos los problemas que tales desafíos suponen, pero no nos atemorizan. Esto lo señalamos especialmente ante los fenómenos de globalización, que deben ser para nosotros oportunidad para extender la presencia del Evangelio.

También las migraciones -aun con el peso del sufrimiento que conllevan, y con las que queremos estar sinceramente cercanos, con la acogida propia de los hermanos- son ocasiones, como ha sucedido en el pasado, de difusión de la fe y de comunión en todas sus formas. La secularización y la crisis del primado de la política y del Estado piden a la Iglesia repensar su propia presencia en la sociedad, sin renunciar a ella.

Las muchas y siempre nuevas formas de pobreza abren espacios inéditos al servicio de la caridad: la proclamación del Evangelio compromete a la Iglesia a estar al lado de los pobres y compartir con ellos sus sufrimientos, como lo hacía Jesús. También en las formas más ásperas de ateísmo y agnosticismo podemos reconocer, aun en modos contradictorios, no un vacío, sino una nostalgia, una espera que requiere una respuesta adecuada.

Frente a los interrogantes que las culturas dominantes plantean a la fe y a la Iglesia, renovamos nuestra fe en el Señor, seguros de que también en estos contextos el Evangelio es portador de luz y capaz de sanar la debilidad del hombre. No somos nosotros quiénes para conducir la obra de la evangelización, sino Dios.

Como nos ha recordado el Papa: “La primera palabra, la iniciativa verdadera, la actividad verdadera viene de Dios y sólo introduciéndonos en esta iniciativa divina, sólo implorando esta iniciativa divina, podemos nosotros también llegar a ser –con él y en él- evangelizadores”(Benedicto XVI, Meditación de la primera congregación general de la XIII Asamblea general ordinaria del Sínodo de los Obispos, Roma 8 octubre 2012).

7. Evangelización, familia y vida consagrada

Desde la primera evangelización la transmisión de la fe, en el transcurso de las generaciones, ha encontrado un lugar natural en la familia. En ella –con un rol muy significativo desarrollado por las mujeres, sin que con esto queramos disminuir la figura paterna y su responsabilidad– los signos de la fe, la comunicación de las primeras verdades, la educación en la oración, el testimonio de los frutos del amor, han sido infundidos en la vida de los niños y adolescentes en el contexto del cuidado que toda familia reserva al crecimiento de sus pequeños.

A pesar de la diversidad de las situaciones geográficas, culturales y sociales, todos los obispos del Sínodo han confirmado este papel esencial de la familia en la transmisión de la fe. No se puede pensar en una nueva evangelización sin sentirnos responsables del anuncio del Evangelio a las familias y sin ayudarles en la tarea educativa.

No escondemos el hecho de que hoy la familia, que se constituye con el matrimonio de un hombre y una mujer que los hace “una sola carne” (Mt 19, 6) abierta a la vida, está atravesada por todas partes por factores de crisis, rodeada de modelos de vida que la penalizan, olvidada de las políticas de la sociedad, de la cual es célula fundamental, no siempre respetada en sus ritmos ni sostenida en sus esfuerzos por las propias comunidades eclesiales.

Precisamente por esto, nos vemos impulsados a afirmar que tenemos que desarrollar un especial cuidado por la familia y por su misión en la sociedad y en la Iglesia, creando itinerarios específicos de acompañamiento antes y después del matrimonio. Queremos expresar nuestra gratitud a tantos esposos y familias cristianas que con su testimonio continúan mostrando al mundo una experiencia de comunión y de servicio que es semilla de una sociedad más fraterna y pacífica.

Nuestra reflexión se ha dirigido también a las situaciones familiares y de convivencia en las que no se muestra la imagen de unidad y de amor para toda la vida que el Señor nos ha enseñado. Hay parejas que conviven sin el vínculo sacramental del matrimonio; se extienden situaciones familiares irregulares construidas sobre el fracaso de matrimonios anteriores: acontecimientos dolorosos que repercuten incluso sobre la educación en la fe de los hijos.

A todos ellos les queremos decir que el amor de Dios no abandona a nadie, que la Iglesia los ama y es una casa acogedora con todos, que siguen siendo miembros de la Iglesia, aunque no puedan recibir la absolución sacramental ni la Eucaristía. Que las comunidades católicas estén abiertas a acompañar a cuantos viven estas situaciones y favorezcan caminos de conversión y de reconciliación.

La vida familiar es el primer lugar en el cual el Evangelio se encuentra con la vida ordinaria y muestra su capacidad de transformar las condiciones fundamentales de la existencia en el horizonte del amor. Pero no menos importante es, para el testimonio de la Iglesia, mostrar cómo esta vida en el tiempo se abre a una plenitud que va más allá de la historia de los hombres y que conduce a la comunión eterna con Dios.

Jesús no se presenta a la mujer samaritana simplemente como aquel que da la vida sino como el que da la “vida eterna” (Jn 4, 14). El don de Dios que la fe hace presente, no es simplemente la promesa de unas mejores condiciones de vida en este mundo, sino el anuncio de que el sentido último de nuestra vida va más allá de este mundo y se encuentra en aquella comunión plena con Dios que esperamos en el final de los tiempos.

De este sentido de la vida humana más allá de lo terrenal son particulares testigos en la Iglesia y en el mundo cuantos el Señor ha llamado a la vida consagrada, una vida que, precisamente porque está dedicada totalmente a él, en el ejercicio de la pobreza, la castidad y la obediencia, es el signo de un mundo futuro que relativiza cualquier bien de este mundo.

Que de la Asamblea del Sínodo de los Obispos llegue a estos hermanos y hermanas nuestros la gratitud por su fidelidad a la llamada del Señor y por la contribución que han hecho y hacen a la misión de la Iglesia, la exhortación a la esperanza en situaciones nada fáciles para ellos en estos tiempos de cambio y la invitación a reafirmarse como testigos y promotores de nueva evangelización en los varios ámbitos de la vida en que los carismas de cada instituto los sitúa.

8. La comunidad eclesial y los diversos agentes de la evangelización

La obra de la evangelización no es labor exclusiva de alguien en la Iglesia sino del conjunto de las comunidades eclesiales, donde se tiene acceso a la plenitud de los instumentos del encuentro con Jesús: la Palabra, los sacramentos, la comunión fraterna, el servicio de la caridad, la misión.

En esta perspectiva emerge sobre todo el papel de la parroquia como presencia de la Iglesia en el territorio en el que viven los hombres, “fuente de la villa”, como le gustaba llamarla a Juan XXIII, en la que todos pueden beber encontrando la frescura del Evangelio. Su función permanece imprescindible, aunque las condiciones particulares pueden requerir una articulación en pequeñas comunidades o vínculos de colaboración en contextos más amplios. Sentimos, ahora, el deber de exhortar a nuestras parroquias a unir a la tradicional cura pastoral del Pueblo de Dios las nuevas formas de misión que requiere la nueva evangelización. Éstas, deben alcanzar también a las variadas formas de piedad popular.

En la parroquia continúa siendo decisivo el ministerio del sacerdote, padre y pastor de su pueblo. A todos los presbíteros, los obispos de esta Asamblea sinodal expresan gratitud y cercanía fraterna por su no fácil tarea y les invitamos a unirse cada vez más al presbiterio diocesano, a una vida espiritual cada vez más intensa y a una formación permanente que los haga capaces de afrontar los cambios sociales.

Junto a los sacerdotes reconocemos la presencia de los diáconos así como la acción pastoral de los catequistas y de tantas figuras ministeriales y de animación en el campo del anuncio y de la catequesis, de la vida litúrgica, del servicio caritativo, así como las diversas formas de participación y de corresponsabilidad de parte de los fieles, hombres y mujeres, cuya dedicación en los diversos servicios de nuestras comunidades no será nunca suficientemente reconocida. También a todos ellos les pedimos que orienten su presencia y su servicio en la Iglesia en la óptica de la nueva evangelización, cuidando su propia formación humana y cristiana, el conocimiento de la fe y la sensibilidad a los fenómenos culturales actuales.

Mirando a los laicos, una palabra específica se dirige a las varias formas de asociación, antiguas y nuevas, junto con los movimientos eclesiales y las nuevas comunidades. Todas ellas son expresiones de la riqueza de los dones que el Espíritu entrega a la Iglesia. También a estas formas de vida y compromiso en la Iglesia expresamos nuestra gratitud, exhortándoles a la fidelidad al propio carisma y a la plena comunión eclesial, de modo especial en el ámbito de las Iglesias particulares.

Dar testimonio del Evangelio no es privilegio exclusivo de nadie. Reconocemos con gozo la presencia de tantos hombres y mujeres que con su vida son signos del Evangelio en medio del mundo. Lo reconocemos también en tantos de nuestros hermanos y hermanas cristianos con los cuales la unidad no es todavía perfecta, aunque han sido marcados con el bautismo del Señor y son sus anunciadores. En estos días nos ha conmovido la experiencia de escuchar las voces de tantos responsables de Iglesias y Comunidades eclesiales que nos han dado testimonio de su sed de Cristo y de su dedicación al anuncio del Evangelio, convencidos también ellos de que el mundo tiene necesidad de una nueva evangelización. Estamos agradecidos al Señor por esta unidad en la exigencia de la misión.

9. Para que los jóvenes puedan encontrarse con Cristo

Nos sentimos cercanos a los jóvenes de un modo muy especial, porque son parte relevante del presente y del futuro de la humanidad y de la Iglesia. La mirada de los obispos hacia ellos es todo menos pesimista. Preocupada, sí, pero no pesimista. Preocupada porque justo sobre ellos vienen a confluir los embates más agresivos de estos tiempos; no pesimista, sin embargo, sobre todo porque, lo resaltamos, el amor de Cristo es quien mueve lo profundo de la historia y además, porque descubrimos en nuestros jóvenes aspiraciones profundas de autenticidad, de verdad, de libertad, de generosidad, de las cuales estamos convencidos que sólo Cristo puede ser respuesta capaz de saciarlos.

Queremos ayudarles en su búsqueda e invitamos a nuestras comunidades a que, sin reservas, entren en una dinámica de escucha, de diálogo y de propuestas valientes ante la difícil condición juvenil. Para aprovechar y no apagar la potencia de su entusiasmo. Y para sostener en su favor la justa batalla contra los lugares comunes y las especulaciones interesadas de las fuerzas de este mundo, esforzadas en disipar sus energías y a agotarlas en su propio interés, suprimiendo en ellos cualquier memoria agradecida por el pasado y cualquier planteamiento serio por el futuro.

La nueva evangelización tiene un campo particularmente arduo pero al mismo tiempo apasionante en el mundo de los jóvenes, como muestran no pocas experiencias, desde las más multitudinarias como las Jornadas Mundiales de la Juventud, a aquellas más escondidas pero no menos importantes, como las numerosas y diversas experiencias de espiritualidad, servicio y misión. A los jóvenes les reconocemos un rol activo en la obra de la evangelización, sobre todo en sus ambientes.

10. El Evangelio en diálogo con la cultura y la experiencia humana y con las religiones

La nueva evangelización tiene su centro en Cristo y en la atención a la persona humana, para hacer posible el encuentro con él. Pero su horizonte es tan ancho como el mundo y no se cierra a ninguna experiencia del hombre. Eso significa que ella cultiva, con particular atención, el diálogo con las culturas, con la confianza de poder encontrar en todas ellas las “semillas del Verbo” de las que hablaban los Santos Padres.

En particular, la nueva evangelización tiene necesidad de una renovada alianza entre fe y razón, con la convicción de que la fe tiene recursos suficientes para acoger los frutos de una sana razón abierta a la trascendencia y tiene, al mismo tiempo, la fuerza de sanar los límites y las contradicciones en las que la razón puede tropezar. La fe no deja de contemplar los lacerantes interrogantes que supone la presencia del mal en la vida y la historia de los hombres, encontrando la luz de su esperanza en la Pascua de Cristo.

El encuentro entre fe y razón nutre el esfuerzo de la comunidad cristiana en el mundo de la educación y la cultura. Un lugar especial en este campo lo ocupan las instituciones educativas y de investigación: escuelas y universidades. Donde se desarrolla el conocimiento sobre el hombre y se da una acción educativa, la Iglesia se ve impulsada a testimoniar su propia experiencia y a contribuir a una formación integral de la persona.

En este ámbito merecen una atención especial las escuelas y universidades católicas, en las que la apertura a la trascendencia, propia de todo itinerario cultural sincero y educativo, debe completarse con caminos de encuentro con la persona de Jesucristo y de su Iglesia. Vaya la gratitud de los obispos a todos los que, en condiciones muchas veces difíciles, desempeñan esta tarea.

La evangelización exige que se preste gran atención al mundo de las comunicaciones sociales, que son un camino, especialmente en el caso de los nuevos medios, en el que se cruzan tantas vidas, tantos interrogantes y tantas expectativas. Son el lugar donde en muchas ocasiones se forman las conciencias y se muestran los hechos de la propia vida y deben ser una oportunidad nueva para llegar al corazón de los hombres.

Un particular ámbito de encuentro entre fe y razón se da hoy en el diálogo con el conocimiento científico. Éste, por otro lado, no se encuentra lejos de la fe, siendo manifestación de aquel principio espiritual que Dios ha puesto en sus criaturas y que les permite comprender las estructuras racionales que se encuentran en la base de la creación. Cuando la ciencia y la técnica no presumen de encerrar la concepción del hombre y del mundo en un árido materialismo se convierten, entonces, en un precioso aliado para el desarrollo de la humanización de la vida. También a los responsables de esta delicada tarea se dirige nuestro agradecimiento.

Queremos, además, agradecer su esfuerzo a los hombres y mujeres que se dedican a otra expresión del genio humano: el arte en sus varias formas, desde las más antiguas a las más recientes. En sus obras, en cuanto tienden a dar forma a la tensión del hombre hacia la belleza, reconocemos un modo particularmente significativo de expresión de la espiritualidad. Estamos especialmente agradecidos cuando sus bellas creaciones nos ayudan a hacer evidente la belleza del rostro de Dios y de sus criaturas. La vía de la belleza es un camino particularmente eficaz de la nueva evangelización.

Más allá del arte, toda obra del hombre es un espacio en el que, mediante el trabajo, él se hace cooperador de la creación divina. Al mundo de la economía y del trabajo queremos recordar como de la luz del Evangelio surgen algunas llamadas urgentes: liberar el trabajo de aquellas condiciones que no pocas veces lo transforman en un peso insoportable con una perspectiva incierta, amenazada por el desempleo, especialmente entre los jóvenes, poner a la persona humana en el centro del desarrollo económico y pensar este mismo desarrollo como una ocasión de crecimiento de la humanidad en justicia y unidad.

El hombre, a través del trabajo con el que transforma el mundo, está llamado a salvaguardar el rostro que Dios ha querido dar a su creación, también por responsabilidad hacia las generaciones venideras.

El Evangelio ilumina también las situaciones de sufrimiento en la enfermedad. En ellas, los cristianos están llamados a mostrar la cercanía de la Iglesia para con los enfermos y discapacitados y con los que con profesionalidad y humanidad trabajan por su salud.

Un ámbito en el que la luz de Evangelio puede y debe iluminar los pasos de la humanidad es el de la vida política, a la cual se le pide un compromiso de cuidado desinteresado y transparente por el bien común, desde el respeto total a la dignidad de la persona humana desde su concepción hasta su fin natural, de la familia fundada sobre el matrimonio de un hombre y una mujer, de la libertad educativa, en la promoción de la libertad religiosa, en la eliminación de las injusticias, las desigualdades, las discriminaciones, la violencia, el racismo, el hambre y la guerra. A los políticos cristianos que viven el precepto de la caridad se les pide un testimonio claro y transparente en el ejercicio de sus responsabilidades.

El diálogo de la Iglesia tiene su natural destinatario, finalmente, en los seguidores de las religiones. Si evangelizamos es porque estamos convencidos de la verdad de Cristo, y no porque estemos contra nadie. El Evangelio de Jesús es paz y alegría y sus discípulos se alegran de reconocer cuanto de bueno y verdadero el espíritu religioso humano ha sabido descubrir en el mundo creado por Dios y ha expresado en las diferentes religiones.

El diálogo con los creyentes de las diversas religiones quiere ser una contribución a la paz, rechaza todo fundamentalismo y denuncia cualquier violencia que se produce contra los creyentes y las graves violaciones de los derechos humanos. Las Iglesias de todo el mundo son cercanas desde la oración y la fraternidad a los hermanos que sufren y piden a quienes tienen en sus manos los destinos de los pueblos que salvaguarden el derecho de todos a la libre elección, confesión y testimonio de la propia fe.

11. En el año de la fe, la memoria del Concilio Vaticano II y la referencia al Catecismo de la Iglesia Católica

En el camino abierto por la nueva evangelización podremos sentirnos a veces como en un desierto, en medio de peligros y privados de referencias. El Santo Padre Benedicto XVI, en la homilía de la Misa de apertura del Año de la fe, ha hablado de una “desertificación espiritual” que ha avanzado en estos últimos decenios, pero él mismo nos ha dado fuerza afirmando que “a partir de esta experiencia de desierto, de este vacío, podemos nuevamente descubrir la alegría del creer, su importancia vital para nosotros, hombres y mujeres. En el desierto se descubre el valor de aquello que es esencial para vivir” (Benedicto XVI, Homilía en la celebración eucarística para la apertura del Año de la fe, Roma 11 octubre 2012).

En el desierto, como la mujer samaritana, se va en busca de agua y de un pozo del que sacarla: ¡dichoso el que en él encuentra a Cristo!

Agradecemos al Santo Padre por el don del Año de la Fe, preciosa entrada en el itinerario de la nueva evangelización. Le damos las gracias también por haber unido este Año a la memoria gozosa por los cincuenta años de la apertura del Concilio Vaticano II, cuyo magisterio fundamental para nuestro tiempo se refleja en el Catecismo de la Iglesia Católica, propuesto, a los veinte años de su publicación, como referencia segura de la fe.

Son aniversarios importantes que nos permiten reafirmar nuestra plena adhesión a las enseñanzas del Concilio y nuestro convencido esfuerzo en continuar su puesta en marcha.

12. Contemplando el misterio y cercanos a los pobres

En esta óptica queremos indicar a todos los fieles dos expresiones de la vida de la fe que nos parecen de especial relevancia para incluirlas en la nueva evangelización. El primero está constituido por el don y la experiencia de la contemplación.

Sólo desde una mirada adorante al misterio de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, sólo desde la profundidad de un silencio que se pone como seno que acoge la única Palabra que salva, puede desarrollarse un testimonio creíble para el mundo. Sólo este silencio orante puede impedir que la palabra de la salvación se confunda en el mundo con los ruidos que lo invaden.

Vuelve de nuevo a nuestros labios la palabra de agradecimiento, ahora dirigida a cuantos, hombres y mujeres, dedican su vida, en los monasterios y conventos, a la oración contemplativa. Necesitamos que momentos de contemplación se entrecrucen con la vida ordinaria de la gente. Lugares del espíritu y del territorio que son una llamada hacia Dios; santuarios interiores y templos de piedra que son cruce obligado por el flujo de experiencias que en ellos se suceden y en los cuales todos podemos sentirnos acogidos, incluso aquellos que no saben todavía lo que buscan.

El otro símbolo de autenticidad de la nueva evangelización tiene el rostro del pobre. Estar cercano a quien está al borde del camino de la vida no es sólo ejercicio de solidaridad, sino ante todo un hecho espiritual. Porque en el rostro del pobre resplandece el mismo rostro de Cristo: “Todo aquello que habéis hecho por uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt 25, 40).

A los pobres les reconocemos un lugar privilegiado en nuestras comunidades, un puesto que no excluye a nadie, pero que quiere ser un reflejo de cómo Jesús se ha unido a ellos. La presencia de los pobres en nuestras comunidades es misteriosamente potente: cambia a las personas más que un discurso, enseña fidelidad, hace entender la fragilidad de la vida, exige oración; en definitiva, conduce a Cristo.

El gesto de la caridad, al mismo tiempo, debe ser acompañado por el compromiso con la justicia, con una llamada que se realiza a todos, ricos y pobres. Por eso es necesaria la introducción de la doctrina social de la Iglesia en los itinerarios de la nueva evangelización y cuidar la formación de los cristianos que trabajan al servicio de la convivencia humana desde la vida social y política.

13. Una palabra a las Iglesias de las diversas regiones del mundo

La mirada de los obispos reunidos en Asamblea sinodal abraza a todas las comunidades eclesiales presentes en todo el mundo. Una mirada de unidad, porque única es la llamada al encuentro con Cristo, pero sin olvidar la diversidad.

Una consideración particular, llena de afecto y gratitud, reservamos los obispos reunidos en el Sínodo a vosotros, cristianos de las Iglesias Orientales Católicas, herederos de la primera difusión del Evangelio, experiencia custodiada por vosotros con amor y fidelidad y a vosotros, cristianos presentes en el Este de Europa. Hoy el Evangelio se os repropone como nueva evangelización a través de la vida litúrgica, la catequesis, la oración familiar diaria, el ayuno, la solidaridad entre las familias, la participación de los laicos en la vida de la comunidad y al diálogo con la sociedad.

En no pocos lugares vuestras Iglesias son sometidas a prueba y tribulaciones que dan testimonio de vuestra participación en la cruz de Cristo; algunos fieles están obligados a emigrar y, manteniendo viva la pertenencia a sus propias comunidades de origen, pueden contribuir a la tarea pastoral y a la obra de la evangelización en los países de acogida. El Señor continúe bendiciendo vuestra fidelidad y que sobre vuestro futuro brillen horizontes de firme confesión y práctica de la fe en condiciones de paz y de libertad religiosa.

Nos dirigimos a vosotros, hombres y mujeres, que vivís en los países de África y resaltamos nuestra gratitud por el testimonio que ofrecéis del Evangelio muchas veces en situaciones humanas muy difíciles. Os exhortamos a relanzar la evangelización recibida en tiempos aún recientes, a edificaros como Iglesia “familia de Dios”, a reforzar la identidad de la familia y a sostener la labor de los sacerdotes y catequistas, especialmente en las pequeñas comunidades cristianas.

Afirmamos, por otra parte, la exigencia de desarrollar el encuentro del Evangelio con las antiguas y nuevas culturas. Dirigimos una llamada de atención al mundo de la política y a los gobiernos de los diversos países africanos para que, con la colaboración de todos los hombres de buena voluntad, se promuevan los derechos humanos fundamentales y el continente sea liberado de la violencia y los conflictos que lo atormentan.

Los obispos de la Asamblea sinodal os invitan a los cristianos de Norteamérica a responder con gozo a la llamada de la nueva evangelización, mientras admiramos cómo en vuestra joven historia vuestras comunidades cristianas han dado frutos generosos de fe, caridad y misión. También conviene reconocer que muchas de las expresiones de la cultura de vuestra sociedad están lejos del Evangelio.

Se hace, pues, necesario una invitación a la conversión, de la que nace un compromiso que no os coloca fuera de vuestra cultura, sino que os llama a ofrecer a todos la luz de la fe y la fuerza de la vida.

Mientras acogéis en vuestras generosas tierras a nueva población de inmigrantes y refugiados, estad dispuestos a abrir las puertas de vuestras casas a la fe. Fieles a los compromisos adquiridos en la Asamblea sinodal para América, sed solidarios con la América Latina en la permanente tarea de evangelización de vuestro continente.

El mismo sentimiento de gratitud dirige la Asamblea del Sínodo a las Iglesia de América Latina y el Caribe. Nos llama la atención en particular cómo se han desarrollado a través de los siglos en vuestro países formas de piedad popular fuertemente enraizadas en los corazones de tantos de vosotros, formas de servicio en la caridad y de diálogo con las culturas. Ahora, frente a los desafíos del presente, sobre todo la pobreza y la violencia, la Iglesia en Latinoamérica y en el Caribe es exhortada a vivir en un estado permanente de misión, anunciando el Evangelio con esperanza y alegría, formando comunidades de verdaderos discípulos misioneros de Jesucristo, mostrando con vuestro testimonio cómo el Evangelio es fuente de una sociedad justa y fraterna. También el pluralismo religioso interroga a vuestras Iglesias y les exige un renovado anuncio del Evangelio.

También a vosotros, cristianos de Asia sentimos la necesidad de dirigiros una palabra de fortalecimiento y exhortación. Vuestra presencia, a pesar de ser una pequeña minoría en el continente en el que viven casi dos tercios de la población mundial, es una semilla profunda, confiada a la fuerza del Espíritu, que crece en el diálogo con las diversas culturas, con las antiguas religiones y con tantos pobres.

Aunque a veces está situada al margen de la vida social y en diversos lugares incluso perseguida, la Iglesia de Asia, con su fe fuerte, es una presencia preciosa del Evangelio de Cristo que anuncia justicia, vida y armonía. Cristianos de Asia, sentid la cercanía fraterna de los cristianos de los demás países del mundo, los cuales no pueden olvidar que en vuestro continente, en la Tierra Santa, nació, vivió, murió y resucitó el mismo Jesús.

Una palabra de reconocimiento y de esperanza queremos dirigir los obispos a las Iglesias del Continente europeo, hoy en parte marcado por una fuerte secularización, a veces agresiva, y todavía hoy herido por los largos decenios de gobiernos marcados por ideologías enemigas de Dios y del hombre. Reconocemos vuestro pasado y también vuestro presente, en el cual el Evangelio ha creado en Europa certezas y experiencias de fe concretas y decisivas para la evangelización del mundo entero, muchas veces rebosantes de santidad: riqueza del pensamiento teológico, variedad de expresiones carismáticas, formas variadas al servicio de la caridad con los pobres, profundas experiencias contemplativas, creación de una cultura humanística que ha contribuido a dar rostro a la dignidad de la persona y a la construcción del bien común.

Las dificultades del presente no os pueden dejar abatidos, queridos cristianos europeos: éstas os deben desafiar a un anuncio más gozoso y vivo de Cristo y de su Evangelio de vida.

Los obispos de la Asamblea sinodal saludan, finalmente, a los pueblos de Oceanía, que viven bajo la protección de la Cruz del Sur, y les damos gracias por el testimonio del Evangelio de Jesús. Nuestra plegaria por vosotros es para que, como la mujer samaritana en el pozo, también vosotros sintáis viva la sed de una vida nueva y podáis escuchar la Palabra de Jesús que dice: “¡Si conocieras el don de Dios!” (Jn 4, 10).

Comprometeos a predicar el Evangelio y a dar a conocer a Jesús en el mundo de hoy. Os exhortamos a encontrarlo en vuestra vida cotidiana, a escucharle y a descubrir, mediante la oración y la meditación, la gracia de poder decir: “Sabemos que este es verdaderamente el salvador del mundo” (Jn 4, 42).

14. La estrella de María ilumina el desierto

A punto de finalizar esta experiencia de comunión entre los obispos de todo el mundo y de colaboración con el ministerio del Sucesor de Pedro, sentimos resonar en nosotros el mandato de Jesús a sus apóstoles: “Id y haced discípulos de todos los pueblo […]. Sabed que yo estoy con vosotros, todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28, 19-20). La misión de la Iglesia no se dirige a un territorio en concreto, sino que sale al encuentro de los pliegues más oscuros del corazón de nuestros contemporáneos, para llevarlos al encuentro con Jesús, el Viviente que se hace presente en nuestras comunidades.

Esta presencia llena de gozo nuestros corazones. Agradecidos por el don recibido de él en estos días le dirigimos nuestro canto de alabanza: “Proclama mi alma la grandeza del Señor […] Ha hecho obras grandes por mí” (Lc 1, 46.49). Las palabras de María son también las nuestras: el Señor ha hecho realmente grandes cosas a través de los siglos por su Iglesia en los diversos rincones del mundo y nosotros lo alabamos, con la certeza de que no dejará de mirar nuestra pobreza para desplegar la potencia de su brazo incluso en nuestros días y sostenernos en el camino de la nueva evangelización.

La figura de María nos orienta en el camino. Este camino, como nos ha dicho Benedicto XVI, podrá parecer una ruta en el desierto; sabemos que tenemos que recorrerlo llevando con nosotros lo esencial: el don del Espíritu Santo, la cercanía de Jesús, la verdad de su Palabra, el pan eucarístico que nos alimenta, la fraternidad de la comunión eclesial y el impulso de la caridad.

Es el agua del pozo la que hace florecer el desierto y como en la noche en el desierto las estrellas se hacen más brillantes, así en el cielo de nuestro camino resplandece con vigor la luz de María, la Estrella de la nueva evangelización a quien, confiados, nos encomendamos.

Ecclesia Digital

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El maná de cada día, 29.10.12

octubre 29, 2012

Lunes de la 30ª semana del Tiempo Ordinario

Seamos imitadores de Dios, como hijos queridos



PRIMERA LECTURA: Efesios 4, 32–5,8

Sed buenos, comprensivos, perdonándoos unos a otros como Dios os perdonó en Cristo. Sed imitadores de Dios, como hijos queridos, y vivid en el amor como Cristo os amó y se entregó por nosotros a Dios como oblación y víctima de suave olor.

Por otra parte, de inmoralidad, indecencia o afán de dinero, ni hablar; es impropio de santos. Y nada de chabacanerías, estupideces o frases de doble sentido; todo eso está fuera de sitio.

Lo vuestro es alabar a Dios. Meteos bien esto en la cabeza: nadie que se da a la inmoralidad, a la indecencia o al afán de dinero, que es una idolatría, tendrá herencia en el reino de Cristo y de Dios.

Que nadie os engañe con argumentos especiosos; estas cosas son las que atraen el castigo de Dios sobre los rebeldes. No tengáis parte con ellos; porque en otro tiempo erais tinieblas, ahora sois luz en el Señor. Caminad como hijos de la luz.


SALMO 1, 1-2.3.4.6

Seamos imitadores de Dios, como hijos queridos.

Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los impíos, ni entra por la senda de los pecadores, ni se sienta en la reunión de los cínicos; sino que su gozo es la ley del Señor, y medita su ley día y noche.

Será como un árbol plantado al borde de la acequia: da fruto en su sazón y no se marchitan sus hojas; y cuanto emprende tiene buen fin.

No así los impíos, no así; serán paja que arrebata el viento. Porque el Señor protege el camino de los justos, pero el camino de los impíos acaba mal.


ALELUYA: Juan 17, 17ba

Tu Palabra, Señor, es verdad; conságranos en la verdad.


EVANGELIO: Lucas 13, 10-17

Un sábado, enseñaba Jesús en una sinagoga. Había una mujer que desde hacía dieciocho años estaba enferma por causa de un espíritu, y andaba encorvada, sin poderse enderezar.

Al verla, Jesús la llamó y le dijo: «Mujer, quedas libre de tu enfermedad.»
Le impuso las manos, y en seguida se puso derecha. Y glorificaba a Dios. Pero el jefe de la sinagoga, indignado porque Jesús había curado en sábado, dijo a la gente: «Seis días tenéis para trabajar; venid esos días a que os curen, y no los sábados.»

Pero el Señor, dirigiéndose a él, dijo: «Hipócritas: cualquiera de vosotros, ¿no desata del pesebre al buey o al burro y lo lleva a abrevar, aunque sea sábado? Y a ésta, que es hija de Abrahán, y que Satanás ha tenido atada dieciocho años, ¿no había que soltarla en sábado?»

A estas palabras, sus enemigos quedaron abochornados, y toda la gente se alegraba de los milagros que hacía.

(Nota: Los subrayados con míos)
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MIRAR AL CIELO

P. Francisco Fernández Carvajal

— La mujer encorvada y la misericordia de Jesús.

— Lo que nos impide mirar al Cielo.

— Solo en Dios comprendemos la verdadera realidad de la propia vida y de todo lo creado.

I. En el Evangelio de la Misa1, San Lucas nos relata cómo Jesús entró a enseñar un sábado en la sinagoga, según era su costumbre. Y había allí una mujer poseída por un espíritu, enferma desde hacía dieciocho años, y estaba encorvada sin poder enderezarse de ningún modo. Y Jesús, sin que nadie se lo pidiera, movido por su compasión, la llamó y le dijo: Mujer, quedas libre de tu enfermedad. Y le impuso las manos, y al instante se enderezó y glorificaba a Dios.

El jefe de la sinagoga se indignó porque Jesús curaba en sábado. Con su alma pequeña no comprende la grandeza de la misericordia divina que libera a esta mujer postrada desde hacía tanto tiempo. Celoso en apariencia de la observancia del sábado prescrita en la Ley2, el fariseo no sabe ver la alegría de Dios al contemplar a esta hija suya sana de alma y de cuerpo. Su corazón, frío y embotado –falto de piedad–, no sabe penetrar en la verdadera realidad de los hechos: no ve al Mesías, presente en aquel lugar, que se manifiesta como anunciaban las Escrituras.

Y no atreviéndose a murmurar directamente de Jesús, lo hace de quienes se acercan a Él: Seis días hay en los que es necesario trabajar; venid, pues, en ellos a ser curados y no en día de sábado. Y el Señor, como en otras ocasiones, no calla: les llama hipócritas, falsos, y contesta –recogiendo la alusión al trabajo– señalando que, así como ellos se daban buena prisa en soltar del pesebre a su asno o a su buey para llevarlos a beber aunque fuera sábado, a esta, que es hija de Abrahán, a la que Satanás ató hace ya dieciocho años, ¿no era conveniente soltarla de esta atadura aun en día de sábado?

Aquella mujer, en su encuentro con Cristo recupera su dignidad; es tratada como hija de Abrahán y su valor está muy por encima del buey o del asno. Sus adversarios quedaron avergonzados, y toda la gente sencilla se alegraba por todas las maravillas que hacía.

La mujer quedó libre del mal espíritu que la tenía encadenada y de la enfermedad del cuerpo. Ya podía mirar a Cristo, y al Cielo, y a las gentes, y al mundo. Nosotros hemos de meditar muchas veces estos pasajes en los que la compasiva misericordia del Señor, de la que tan necesitados andamos, se pone singularmente de relieve.

Esa delicadeza y cariño la manifiesta Jesús no solo con un grupo pequeño de discípulos, sino con todos. Con las santas mujeres, con representantes del Sanedrín como Nicodemo y con publicanos como Zaqueo, con enfermos y con sanos, con doctores de la ley y con paganos, con personas individuales y con muchedumbres enteras.

»Nos narran los Evangelios que Jesús no tenía dónde reclinar su cabeza, pero nos cuentan también que tenía amigos queridos y de confianza, deseosos de acogerlo en su casa. Y nos hablan de su compasión por los enfermos, de su dolor por los que ignoran y yerran, de su enfado ante la hipocresía»3.

La consideración de estas escenas del Evangelio nos debe llevar a confiar más en Jesús, especialmente cuando nos veamos más necesitados del alma o del cuerpo, cuando experimentemos con fuerza la tendencia a mirar solo lo material, lo de abajo, y a imitarle en nuestro trato con las gentes: no pasemos nunca con indiferencia ante el dolor o la desgracia. Hagamos igual que el Maestro, que se compadece y pone remedio.

II. «Así encontró el Señor a esta mujer que había estado encorvada durante dieciocho años: no se podía erguir (Lc 13, 11). Como ella –comenta San Agustín– son los que tienen su corazón en la tierra»4; después de un tiempo han perdido la capacidad de mirar al Cielo, de contemplar a Dios y de ver en Él la maravilla de todo lo creado. «El que está encorvado, siempre mira a la tierra, y quien busca lo de abajo, no se acuerda de a qué precio fue redimido»5. Se olvida de que todas las cosas creadas han de llevarle al Cielo y contempla solo un universo empobrecido.

El demonio mantuvo dieciocho años sin poder mirar al Cielo a la mujer curada por Jesús. Otros, por desgracia, pasan la vida entera mirando a la tierra, atados por la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida6. La concupiscencia de la carne impide ver a Dios, pues solo lo verán los limpios de corazón7; esta mala tendencia «no se reduce exclusivamente al desorden de la sensualidad, sino también a la comodidad, a la falta de vibración, que empuja a buscar lo más fácil, lo más placentero, el camino en apariencia más corto, aun a costa de ceder en la fidelidad a Dios (…).

»El otro enemigo (…) es la concupiscencia de los ojos, una avaricia de fondo, que lleva a no valorar sino lo que se puede tocar. Los ojos que se quedan como pegados a las cosas terrenas, pero también los ojos que, por eso mismo, no saben descubrir las realidades sobrenaturales. Por tanto, podemos utilizar la expresión de la Sagrada Escritura, para referirnos a la avaricia de los bienes materiales, y además a esa deformación que lleva a observar lo que nos rodea –los demás, las circunstancias de nuestra vida y de nuestro tiempo– solo con visión humana.

»Los ojos del alma se embotan; la razón se cree autosuficiente para entender todo, prescindiendo de Dios (…). La existencia nuestra puede, de este modo, entregarse sin condiciones en manos del tercer enemigo, de la superbia vitae. No se trata solo de pensamientos efímeros de vanidad o de amor propio: es un engreimiento general. No nos engañemos, porque este es el peor de los males, la raíz de todos los descaminos»8. Ninguno de estos enemigos podrá con nosotros si tenemos la sinceridad necesaria para descubrir sus primeras manifestaciones, por pequeñas que sean, y suplicamos al Señor que nos ayude a levantar de nuevo nuestra mirada hacia Él.

III. La fe en Cristo se ha de manifestar en los pequeños incidentes de un día corriente, y ha de llevarnos a «organizar la vida cotidiana sobre la tierra sabiendo mirar al Cielo, esto es, a Dios, fin supremo y último de nuestras tensiones y nuestros deseos»9.

Cuando, mediante la fe, tenemos la capacidad de mirar a Dios, comprendemos la verdad de la existencia: el sentido de los acontecimientos, que tienen una nueva dimensión; la razón de la cruz, del dolor y del sufrimiento; el valor sobrenatural que podemos imprimir a nuestro trabajo diario y a cualquier circunstancia que, en Dios y por Dios, recibe una eficacia sobrenatural.

El cristiano no está cerrado en absoluto a las realidades terrenas; por el contrario, «puede y debe amar las cosas creadas por Dios. Pues de Dios las recibe, y las mira y respeta como objetos salidos de las manos de Dios»10, pero solo «usando y gozando de las criaturas en pobreza y con libertad de espíritu, entra de veras en posesión del mundo, como quien nada tiene y es dueño de todo: Todas las cosas son vuestras, vosotros sois de Cristo y Cristo de Dios (1 Cor 3, 22)»11.

San Pablo recomendaba a los primeros cristianos de Filipos: Por lo demás, hermanos, cuanto hay de verdadero, de honorable, de justo, de íntegro, de amable y de encomiable; todo lo que sea virtuoso y digno de alabanza, tenedlo en estima12.

El cristiano adquiere una particular grandeza de alma cuando tiene el hábito de referir a Dios las realidades humanas y los sucesos, grandes o pequeños, de su vida corriente. Cuando los aprovecha para dar gracias, para solicitar ayuda y ofrecer la tarea que lleva entre manos, para pedir perdón por sus errores…

Cuando, en definitiva, no olvida que es hijo de Dios todas las horas del día y en todas las circunstancias, y no se deja envolver de tal manera por los acontecimientos, por el trabajo, por los problemas que surgen… que olvide la gran realidad que da razón a todo: el sentido sobrenatural de su vida. «¡Galopar, galopar!… ¡Hacer, hacer!… Fiebre, locura de moverse… Maravillosos edificios materiales…

»Espiritualmente: tablas de cajón, percalinas, cartones repintados… ¡galopar!, ¡hacer! —Y mucha gente corriendo: ir y venir.

»Es que trabajan con vistas al momento de ahora: “están” siempre “en presente”. —Tú… has de ver las cosas con ojos de eternidad, “teniendo en presente” el final y el pasado…

»Quietud. —Paz. —Vida intensa dentro de ti. Sin galopar, sin la locura de cambiar de sitio, desde el lugar que en la vida te corresponde, como una poderosa máquina de electricidad espiritual, ¡a cuántos darás luz y energía!…, sin perder tu vigor y tu luz»13.

Acudamos a la misericordia del Señor para que nos conceda ese don, vivir de fe, para poder andar por la tierra con los ojos puestos en el Cielo, con la mirada fija en Él, en Jesús,

1 Lc 13, 10-17. — 2 Cfr. Ex 20, 8. — 3 San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 108. — 4 San Agustín, Comentario al Salmo 37, 10. — 5 San Gregorio Magno, Homilías sobre los Evangelios, 31, 8. — 6 Cfr. 1 Jn 2, 16. — 7 Cfr. Mt 5, 8. — 8 San Josemaría Escrivá, o. c., 56. — 9Juan Pablo II, Ángelus 8-XI-1979. 10 Conc. Vat. II, Const. Gaudium et spes, 37. — 11 Ibídem. — 12 Flp 4, 8. — 13 San Josemaría Escrivá, Camino, n. 837.

http://www.homiletica.org


Internet y las redes sociales son herramientas espléndidas para la Iglesia

octubre 28, 2012

Logo de “Blogueros con el Papa”

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Habla Néstor Mora,

presidente de la Asociación Internacional

de Blogueros con el Papa

Por D.N.R.
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CÁDIZ, sábado 27 octubre 2012 (ZENIT.org).-

Los días 5, 6 y 7 de octubre se celebró el II Encuentro de “Blogueros con el Papa” en Santander, España, y es interesante conocer de primera mano qué hay detrás de esta iniciativa. Esta asociación de personas que escriben diarios en la red de dirigen a aquellos que “aprecian la labor y la misión del Papa y desean mostrarle su apoyo”.

Sólo se enlazan aquellos blogs que lo han solicitado expresamente, indicando el país al que pertenecen sus autores. Para solicitar el enlace bastará dejar un comentario en cualquiera de las entradas o suscribirse como seguidor del blog.

Néstor Mora es presidente de la Asociación Internacional de Blogueros con el Papa. Está casado, tiene tres hijos y es profesor del departamento de Ingeniería de Sistemas y Automática de la Universidad de Cádiz. Hemos entrevistado a este innovador de los medios de evangelización que entra plenamente en línea con lo que en estos días tratan los padres, expertos y auditores del Sínodo sobre la Nueva Evangelización para la Transmisión de la Fe.

¿Qué es y cómo nació “Blogueros con el Papa”?

–Néstor Mora: “Blogueros con el Papa” surgió espontáneamente como un movimiento internacional de blogueros que en el mes de junio de 2010 unieron sus esfuerzos para apoyar al papa Benedicto XVI, especialmente para la preparación de las visitas a Santiago de Compostela y Barcelona, durante el año 2010 y de la Jornada Mundial de la Juventud de Madrid 2011.

Coincidiendo con el inicio de la JMJ 2011 se realizó el primer encuentro de “Blogueros con el Papa” en Madrid y se decidió ir dando pasos para la consolidación dentro de los diferentes ámbitos nacionales, como asociaciones y de forma internacional, a través de una federación de asociaciones. En estos momentos ya estamos asociados legalmente en España y esperamos que se vayan creando otras asociaciones poco a poco.

¿Cuáles son sus objetivos?

Desde sus orígenes, Blogueros con el Papa ha perseguido como principal objetivo de su unión el apoyo incondicional a la persona del Romano Pontífice y al ministerio por él ejercido. Ésta es al mismo tiempo la nota distintiva de los miembros y la finalidad principal de la Asociación.

–Néstor Mora: También es un objetivo primordial de la Asociación, aunque no necesariamente de todos sus miembros, la Evangelización en internet y en las redes sociales mediante el recurso de las nuevas tecnologías.

Aunque no figure en nuestros estatutos, en todos nosotros existe un interés especial en sentirnos y conformar una comunidad de creyentes que evangelizamos utilizando las Nuevas Tecnologías de la Información.

Blogueros con el Papa se pone bajo la protección de san Pedro Apóstol y de santa Teresa de Ávila, que son sus santos patronos.

Es interesante lo que nos cuenta de crear comunidad. ¿No es algo que se echa de menos en la Iglesia?

–Néstor Mora: La Iglesia es ante todo una comunidad, por lo que no debería ser algo tan extraño. De hecho la Iglesia está llena de comunidades que van desde las más sencillas y básicas a comunidades que abarcan a muchos miles o millones de personas. Quizás los católicos no seamos demasiado conscientes de ello y por eso no le damos la relevancia que tiene.

Hay personas que temen entrar en internet o redes sociales ¿Qué les diría?

–Néstor Mora: Internet y las redes sociales son herramientas espléndidas para la Iglesia, pero no dejan de tener sus peligros de forma similar a cualquier herramienta. Con un cincel y un martillo se puede esculpir una estatua maravillosa o cometer un crimen. El problema no es la herramienta, sino quiénes la manejan y cómo se utiliza.

Es cierto que necesitamos ser precavidos, pero no por ello podemos tener miedo. El miedo es evidencia de que ignoramos lo que tenemos delante de nosotros. Para poder superarlo, necesitamos formarnos convenientemente. Una vez que sepamos cómo movernos con seguridad por la red, sólo tendremos que temer lo mismo que puede suceder al pasearnos por una calle de nuestra ciudad.

¿Cómo se puede evangelizar desde un ordenador?

–Néstor Mora: La evangelización es una acción que se produce entre personas, el medio es importante, pero no es lo fundamental. En estos momentos nadie se sorprende de que se evangelice por la radio o mediante libros. Internet es un medio de comunicación que supera cualquiera de los que hemos conocido hasta ahora. La distancia o los husos horarios ya no son impedimento para evangelizar.

Si me pregunta sobre una manera concreta de evangelizar, le puedo decir que es tan sencillo como evangelizar en una plaza de nuestra ciudad. Tan sólo tenemos que tener a personas interesadas en escucharnos, leernos o revisar los contenidos que les enviemos. Pero lo maravilloso de internet es que es posible interaccionar y a través de esa interacción, establecerse vínculos entre las personas. Por eso es posible crear comunidades virtuales y no comunidades de lectores de una revista.

¿Sustituirá internet a los libros, la radio o la televisión?

–Néstor Mora: Creo que no lo hará. De hecho la TV no ha sustituido a la radio ni la radio a los libros. Cada medio tiene su espacio y su utilidad. Lo que sí puede pasar es que la televisión, la radio y los libros sean accesibles mediante la red. En cuanto a la evangelización, no creo que se pierdan los medios tradicionales, pero creo que cada vez será más habitual tener el primer contacto con la religión a través de la red. Para este primer contacto, la red tiene ventajas indudables.

¿Qué destacaría del II Encuentro que acaban de realizar en Santander?

–Néstor Mora: Destacaría la cercanía e ilusión con que vivimos este encuentro. Nos reconocimos como una familia que disfruta viéndonos y trabajando juntos. Tuvimos la gracia de contar con tres amigas blogueras puertorriqueñas y de personas como Carmen Álvarez, de Aleteia, Alberto Chinchilla de Home Reports, Íñigo Ben Ruiz de Pellón, Delegación diocesana de Medios Comunicación Social de Santander, Luis Javier Moxó y del padre Fortea, entre otras personas de relevancia.

¿Qué proyectos tiene Blogueros con el Papa?

–Néstor Mora: A corto plazo ir consolidando nuestra presencia en la red. Mejorar la dinámica de nuestro portal, Facebook, Twitter y otras redes sociales. También queremos consolidar la asociación española y fomentar que creen otras asociaciones nacionales. A medio plazo, nos gustaría crear la federación internacional de asociaciones y ofrecer nuestra plataforma y conocimiento a quien lo necesitase dentro de la Iglesia.

¿Algo más que añadir?

–Néstor Mora: Creo que es necesario agradecer el esfuerzo de muchas personas que no dudan en apoyar y ayudar en lo que necesitamos. Ya que estamos iniciando el Año de la Fe, quisiera solicitar que pusiéramos junto a la Iglesia y al papa Benedicto XVI nuestra voluntad, oración y conocimientos, para que se cumplan los objetivos de este importantísimo año. Gracias a Zenit por contactar con nosotros para dar noticia de nuestros objetivos y proyectos.

http://www.bloguerosconelpapa.org/

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El maná de cada día, 28.10.12

octubre 27, 2012

Domingo XXX del Tiempo Ordinario, Ciclo B

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¿Qué quieres que haga por ti?

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PRIMERA LECTURA: Jeremías 31, 7-9

Así dice el Señor: «Gritad de alegría por Jacob, regocijaos por el mejor de los pueblos; proclamad, alabad y decid: El Señor ha salvado a su pueblo, al resto de Israel. Mirad que yo os traeré del país del norte, os congregaré de los confines de la tierra.

Entre ellos hay ciegos y cojos, preñadas y paridas: una gran multitud retorna. Se marcharon llorando, los guiaré entre consuelos; los llevaré a torrentes de agua, por un camino llano en que no tropezarán. Seré un padre para Israel, Efraín será mi primogénito.»


SALMO 125, 1-2ab.2cd-3.4-5.6

El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres.

Cuando el Señor cambió la suerte de Sión, nos parecía soñar: la boca se nos llenaba de risas, la lengua de cantares.

Hasta los gentiles decían: «El Señor ha estado grande con ellos.» El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres.

Que el Señor cambie nuestra suerte, como los torrentes del Negueb. Los que sembraban con lágrimas cosechan entre cantares.

Al ir, iba llorando, llevando la semilla; al volver, vuelve cantando, trayendo sus gavillas.


SEGUNDA LECTURA: Hebreos 5, 1-6

Todo sumo sacerdote, escogido entre los hombres, está puesto para representar a los hombres en el culto a Dios: para ofrecer dones y sacrificios por los pecados. Él puede comprender a los ignorantes y extraviados, ya que él mismo está envuelto en debilidades. A causa de ellas, tiene que ofrecer sacrificios por sus propios pecados, como por los del pueblo.

Nadie puede arrogarse este honor: Dios es quien llama, como en el caso de Aarón. Tampoco Cristo se confirió a sí mismo la dignidad de sumo sacerdote, sino aquel que le dijo: «Tú eres mi Hijo: yo te he engendrado hoy», o, como dice otro pasaje de la Escritura: «Tú eres sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec.»


ALELUYA: 2 Timoteo 1, 10

Nuestro Salvador Jesucristo destruyó la muerte y sacó a la luz la vida, por medio del Evangelio.


EVANGELIO: Marcos 10, 46-52

En aquel tiempo, al salir Jesús de Jericó con sus discípulos y bastante gente, el ciego Bartimeo, el hijo de Timeo, estaba sentado al borde del camino, pidiendo limosna.

Al oír que era Jesús Nazareno, empezó a gritar: «Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí.» Muchos lo regañaban para que se callara. Pero él gritaba más: «Hijo de David, ten compasión de mí.»

Jesús se detuvo y dijo: «Llamadlo.» Llamaron al ciego, diciéndole: «Ánimo, levántate, que te llama.» Soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús.

Jesús le dijo: «¿Qué quieres que haga por ti?» El ciego le contestó: «Maestro, que pueda ver.»
Jesús le dijo: «Anda, tu fe te ha curado.»

Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino.

(Los subrayados son míos)

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Amad a Cristo; desead la luz que es Cristo

San Agustín, Sermón 349, 5-6

Amad a Dios, puesto que nada encontraréis mejor que él. Amáis la plata porque es mejor que el hierro y el bronce; amáis el oro más todavía, porque es mejor que la plata; amáis aún más las piedras preciosas, porque superan incluso el precio del oro; amáis, por último esta luz que teme perder todo hombre que teme la muerte; amáis, repito, esta luz igual que la deseaba con gran amor quien gritaba detrás de Jesús: Ten compasión de mí, hijo de David.

Gritaba el ciego cuando pasaba Jesús. Temía que pasara y no lo curara. ¿Cómo gritaba? Hasta el punto de no callar, aunque se lo ordenaba la muchedumbre. Venció, oponiéndose a ella, y obtuvo al Salvador. Al vocear la muchedumbre y prohibirle gritar, se paró Jesús, lo llamó y le dijo: ¿Qué quieres que te haga? Señor -le dijo- que vea. Mira, tu fe te ha salvado (Lc 18,38-42).

Amad a Cristo, desead la luz que es Cristo. Si aquél deseó la luz corporal, ¡cuánto más debéis desear vosotros la del corazón! Gritemos ante él, no con la voz, sino con las costumbres. Vivamos santamente, despreciemos el mundo; consideremos como nulo todo lo que pasa. Si vivimos así nos reprenderán, como si lo hicieran por amor nuestro, los hombres mundanos, amantes de la tierra, saboreadores del polvo, que nada traen del cielo, que no tienen más aliento vital que el que respiran por la nariz, sin otro en el corazón.

Sin duda, cuando nos vean despreciar estas cosas humanas y terrenas, nos han de recriminar y decir: «¿Por qué sufres? ¿Te has vuelto loco?». Es la muchedumbre que trata de impedir que el ciego grite. Y hasta son cristianos algunos de los que impiden vivir cristianamente; en efecto, también aquella turba caminaba al lado de Cristo y ponía obstáculos al hombre que vociferaba junto a Cristo y deseaba su luz como regalo del mismo Cristo. Hay cristianos así; pero venzámoslos, vivamos santamente; sea nuestra vida nuestro grito a Cristo. Él se parará, puesto que ya está parado.

También aquí se encierra un gran misterio. Pasaba él cuando el ciego gritaba; para sanarlo se paró. El pasar de Cristo ha de mantenernos atentos para gritar. ¿Cuál es el pasar de Cristo? Todo lo que sufrió por nosotros es su pasar. Nació: pasó; ¿acaso nace todavía? Creció: pasó; ¿acaso crece todavía? Tomó el pecho: ¿acaso lo toma todavía? Cansado se durmió, ¿acaso duerme todavía? Comió y bebió: ¿lo hace todavía? Finalmente fue apresado, encadenado, azotado, coronado de espinas, abofeteado, cubierto de esputos, colgado del madero, muerto, herido con la lanza y, sepultado, resucitó: todavía pasa. Subió al cielo, está sentado a la derecha del Padre: se paró.

Grita cuanto puedas, que ahora te otorga la visión. En efecto, cuando era la Palabra junto a Dios estaba parado ciertamente, porque no sufría mutación alguna. Y la Palabra era Dios y la Palabra se hizo carne (Jn 1,1.14). La Palabra hizo muchas cosas al pasar y también las sufrió, mas la Palabra se mantuvo parada. La misma Palabra es la que ilumina el corazón, puesto que la carne que recibió recibe su honor de la Palabra.

Elimina la Palabra, ¿qué es su carne? Lo mismo que la tuya. Para que la carne de Cristo fuese honrada, la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. Gritemos, pues, y vivamos santamente.

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Domingo XXX del tiempo ordinario  Ciclo “B”

28 de octubre del 2012

Comentario homilético, por el P. José Jubera, oar.

La ceguera es más frecuente en los hombres, mucho más de lo que aparentan a primera vista. Además, normalmente, es una ceguera selectiva sobre lo que nos conviene o no, sobre todo en referencia a los demás. Son como los que se oponen a que el ciego de nacimiento llegue a Jesús. Por eso mismo dice Jesús: No hay peor ciego que el que no quiere ver. ¿Qué impide ver? Sus actitudes de autosuficiencia, de inmovilismo, de desprecios o predilecciones.

Desde la fe

La sociedad se fundamenta en la fe. Necesitamos creer, y lo hacemos  en todo momento. Desde el niño que confía en lo que dicen sus padres, del alumno que pone fe en lo que enseña el profesor… hasta el obrero que sale temprano de su casa confiado  -teniendo fe– en que el autobús va a pasar por la esquina de su casa para llegar a tiempo al trabajo…

Es este mundo, que practica el dicho tan conocido: Yo, ver para creer, como santo Tomás, pero que está demostrando creer en todo y por todo, le falla el creer en lo espiritual, en Dios Creador, Padre y Salvador.

El Dios que nos salva

Ha sido hermoso escuchar al profeta Jeremías dándonos ánimos:  ¡El Señor ha salvado a su pueblo, ha salvado al resto de Israel! (Jr 31, 79). Y son salvados los que no cuentan para los éxitos del mundo: ciegos, cojos, mujeres en estado…   personas que andan por la vida con dificultades y no pueden valerse en muchas cosas por sí mismas… y  no sólo no reciben ayuda, sino que, como al ciego del evangelio, quieren marginarlos de la marcha del progreso, del camino de la liberación, de la realidad del amor.

El rechazo y la acogida a Bartimeo

Hay un ciego que ha escuchado hablar de Jesús y se entera que está pasando cerca y pide ayuda. Es una persona que la comunidad en la que escribe Marcos conoce, es Bartimeo, el hijo de Timeo. Sus limitaciones le impiden acercarse y grita pidiendo ayuda. Y entonces aparecen los que quieren monopolizar al Maestro, seguros de su verdad, distinta a la de los otros: Muchos le increpaban para que se callara (Mc 10, 48).

En la vida encontramos oposición a seguir el camino del bien. Dice un dicho castellano: Piensa el ladrón que todos son de su condición,  y del cual hago yo la siguiente glosa: Quiere el malo que todos sean malos.

Es lo que intentan realizar con el profeta: Ellos dijeron: “Venga, tramemos un plan contra Jeremías porque no faltará  la ley del sacerdote, ni el consejo del sabio, ni el oráculo del profeta. Venga, vamos a hablar mal de él y no hagamos caso de sus oráculos” (Jr 18, 18).

Decisión y valentía como Bartimeo

El ciego Bartimeo no se deja amedrentar cuando le increpan que se calle. Él no hizo caso y empezó a gritar: “Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí”  (Mc 10, 48). Su grito llega al Maestro que le hace llamar y le pide que le exponga su necesidad y él le dice: Maestro, que vea. Escucha las palabras de Jesús: Anda, tu fe te ha salvado. Y al momento recuperó la vista y le seguía por el camino (Mc 10, 51-52).

Bartimeo recibe la iluminación externa, ve, y también, lo que de verdad quiere recalcar el evangelista, la iluminación interior que lo lleva  a seguir a Jesús, a hacerse su discípulo… pero después de soltar el manto, la mundanidad.

Nuestra actitud

Como Bartimeo desde la humildad reconocemos nuestras debilidades que las manifestamos –rompiendo miedos e increpaciones de otros– a Jesús. Y eso nos lleva a la fe, a la verdad trascendente… porque la fe nos da todo.

Jesús es quien nos llama, nos da confianza para pedirle lo que necesitamos… Con el salmo rezamos: Yo sé que el Señor hace justicia al afligido y defiende el derecho del pobre (140 (139, 13).

 


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Ciegos que ven y videntes ciegos

Comentario al evangelio del Domingo 30º del T.O./B

ROMA, viernes 26 octubre 2012 (ZENIT.org).-Ofrecemos el comentario al evangelio del próximo domingo de nuestro colaborador padre Jesús Álvarez, paulino.

Por Jesús Álvarez, SSP

La ceguera en tiempos de Jesús –y también hoy en muchos casos–, condena a los pacientes a una vida dura, pobre y marginada. Y en los países pobres no tienen otra salida que mendigar o morir de hambre en la angustia de sus tinieblas.

Sin embargo, también se dan muchos casos de ciegos que saben aprovechar su deficiencia visual como ocasión para aumentar su visión mental y espiritual, e incluso ganarse la vida con su trabajo. En ese sentido me decía un amigo que en un accidente perdió la vista y a su esposa, el encanto de sus ojos: “Desde que estoy ciego, veo mucho mejor”.

Como hay una ceguera física, así hay una ceguera mental por falta de formación, cultura, información, comunicación, inercia. Hay una ceguera espiritual, que consiste en el desconocimiento de Dios y del destino eterno de la vida: incapacidad para ver más allá de lo material e inmediato. Es la peor ceguera y miseria.

La multitud que seguía a Jesús iba buscando luz y sentido eterno para su vida. Sin embargo, entre los que entonces se juntaban con él y entre los que hoy aparentan seguir a Jesús, hay quienes ven la esperanza de su vida en lo destinado a perecer. El Hijo de Dios y su plan de salvación no entran en sus mezquinos planes egoístas. Asisten a celebraciones religiosas, y luego ignoran a Cristo vivo presente en la Eucaristía, en la Biblia, en la creación, en los que sufren y en la propia vida. Se “ciegan” ante el amor de Dios y el amor al prójimo, y por tanto se cierran a la salvación.

A casi nadie de los que acompañaban a Jesús le interesaba el horrible sufrimiento del pobre ciego. Solo Jesús sintió compasión e interés por él. ¿No sucede hoy lo mismo con tantos que se profesan cristianos, católicos, pero pasan indiferentes y cierran los ojos del rostro y del corazón ante el sufrimiento de multitud de hermanos? Incluso de hermanos con los que conviven cada día. No hay peor ciego que el que no quiere ver.

Sólo quien se reconoce ciego y pobre, puede desear, pedir y recibir la curación de su ceguera. Creer en Jesús no es cuestión solo de palabras, doctrinas, ideas y rezos o ritos, sino fundamentalmente de hechos, de adhesión amorosa a Él allí donde se manifiesta: Eucaristía, Biblia, prójimo, naturaleza…

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El maná de cada día, 27.10.12

octubre 27, 2012

Sábado de la 29ª semana del Tiempo Ordinario

Señor, déjalo todavía un año



PRIMERA LECTURA: Efesios 4, 7-16

A cada uno de nosotros se le ha dado la gracia según la medida del don de Cristo. Por eso dice la Escritura: «Subió a lo alto llevando cautivos y dio dones a los hombres.» El «subió» supone que había bajado a lo profundo de la tierra; y el que bajó es el mismo que subió por encima de todos los cielos para llenar el universo.

Y él ha constituido a unos, apóstoles, a otros, profetas, a otros, evangelizadores, a otros, pastores y maestros, para el perfeccionamiento de los santos, en función de su ministerio, y para la edificación del cuerpo de Cristo; hasta que lleguemos todos a la unidad en la fe y en el conocimiento del Hijo de Dios, al hombre perfecto, a la medida de Cristo en su plenitud.

Para que ya no seamos niños sacudidos por las olas y llevados al retortero por todo viento de doctrina, en la trampa de los hombres, que con astucia conduce al error; sino que, realizando la verdad en el amor, hagamos crecer todas las cosas hacia él, que es la cabeza: Cristo, del cual todo el cuerpo, bien ajustado y unido a través de todo el complejo de junturas que lo nutren, actuando a la medida de cada parte, se procura el crecimiento del cuerpo, para construcción de sí mismo en el amor


SALMO 121, 1-2.3-4a.4b-5

Vamos alegres a la casa del Señor

¡Qué alegría cuando me dijeron: «Vamos a la casa del Señor»! Ya están pisando nuestros pies tus umbrales, Jerusalén.

Jerusalén está fundada como ciudad bien compacta. Allá suben las tribus, las tribus del Señor.

Según la costumbre de Israel,  a celebrar el nombre del Señor;  en ella están los tribunales de justicia,  en el palacio de David.


ALELUYA: Ezequiel 33, 11

No quiero la muerte del malvado -dice el Señor-, sino que cambie de conducta y viva.


EVANGELIO: Lucas 13, 1-9

En una ocasión, se presentaron algunos a contar a Jesús lo de los galileos cuya sangre vertió Pilato con la de los sacrificios que ofrecían.

Jesús les contestó: «¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque acabaron así? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis lo mismo. Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera.»

Y les dijo esta parábola: «Uno tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: “Ya ves: tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde?” Pero el viñador contestó: “Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, la cortas.”»


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UN MISERICORDIOSO INTERCEDE ANTE EL MISERICORDIOSO

San Agustín, Sermón 254, 3-4

Con razón dice también el Señor en el evangelio a propósito de cierto árbol estéril: Hace ya tres años que me acerco a él sin encontrar fruto: lo cortaré para que no estorbe en el campo (Lc 13,7). Intercede el colono; intercede cuando ya el hacha está a punto de caer, para cortar las raíces estériles; intercede el colono como intercedió Moisés ante Dios; intercede el colono diciendo: Señor, déjalo todavía un año; cavaré a su alrededor y le echaré un cesto de estiércol; si da fruto, bien; si no, podrás venir y cortarlo (Lc 13,8-9).

Este árbol es el género humano. El Señor lo visita en la época de los patriarcas: el primer año, por así decir. Lo visitó en la época de la ley y los profetas: el segundo año. He aquí que amanece el tercer año; casi debió ser cortado ya, pero un misericordioso intercede ante el Misericordioso. Se mostró como intercesor quien quería mostrarse misericordioso.

«Déjesele, dijo, todavía este año. Cávese a su alrededor -la fosa es signo de humildad-; échesele un cesto de estiércol, por si da fruto». Más todavía: puesto que una parte da fruto y otra no lo da, vendrá su dueño y la dividirá (Mt 24,51). ¿Qué significa la dividirá? Que ahora los hay buenos y los hay malos, como formando un solo montón, un solo cuerpo.

Por tanto, hermanos míos, como dije, el estiércol en el sitio adecuado da fruto y en el inadecuado llena de porquería el lugar. Hay alguien triste; veo que alguien está triste. Veo el estiércol, busco su lugar. -«Dime, amigo, ¿por qué estás triste?» -«He perdido el dinero». No hay más que un lugar sucio; el fruto será nulo. Escuche al Apóstol: La tristeza mundana causa la muerte (2 Cor 7,10). No sólo es nulo el fruto; también el daño es enorme.

Dígase lo mismo de las restantes cosas que producen gozo mundano, y que es largo enumerar. Veo que otro está triste, gime y llora. Veo gran cantidad de estiércol; también en este caso busco su lugar. Cuando lo vi triste y llorando, advertí también que estaba orando. Triste, con gemidos y llanto, y en oración: me hizo pensar en no sé qué buen augurio; pero todavía busco el lugar. ¿Y si ese que ora y gime con gran llanto pide la muerte para sus enemigos? El motivo es ese; pero está en llanto, oración y súplica. No hay más que un lugar sucio, el fruto será nulo.

Más grave es lo que encontramos en la Escritura. Cuando pide la muerte de su enemigo, viene a parar en la maldición que pesa sobre Judas: Su oración se convierte en pecado (Sal 108,7). Me he fijado de nuevo en otro que gemía, lloraba y oraba. Advierto el estiércol, busco el lugar. Presté oído a su oración, y le escuché decir: Yo he dicho: «Señor, ten compasión de mí; sana mi alma, porque he pecado contra ti» (Sal 40,5). Gime por sus pecados; reconozco el campo y quedo a la espera del fruto. ¡Gracias a Dios! El estiércol está en buen lugar; no está ahí de más, está produciendo fruto.

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Una experiencia mística radical, 6.300 km a pie con una cruz y 43 años como predicador laico

octubre 26, 2012

Jim Murphy

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Durante un tiempo buscó tesoros bajo el mar, pero Dios le hizo buscarlos en los corazones. Ha presidido a 9 millones de católicos carismáticos en EEUU.

Predicó en Madrid el pasado fin de semana en el colegio Virgen del Recuerdo.

Religion en Libertad
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Jim Murphy nació en 1952 en una familia católica en Detroit, Michigan. Estudió en un colegio católico, y con sus dos hermanos acompañaba a sus padres a misa cada domingo. En casa, solían rezar juntos por la noche.

Como es común, a los 16 años empezó a cuestionarse su relación con la fe. “¿Creo en esto por mí mismo?”, se preguntaba. Y ¿qué sentido tenía vivir? ¿Para qué? Inició una búsqueda y “pronto me di cuenta de que buscaba algo que el mundo no podía darme”. Pero eso no era ningún consuelo.

Una experiencia mística en la noche

Y en la noche de Pascua de 1969, con 17 años, Jim tuvo una experiencia mística que cambió su vida para siempre.

“Era de noche. Yo estaba en mi habitación, con la puerta cerrada, y lloraba, porque no veía qué sentido tenía la vida. Entonces sentí una presencia, real. Supe que alguien estaba allí, conmigo. Era una presencia de gran poder y de gran amor. No vi luces, no hubo sonidos, pero en mi interior sentí paz y amor.”

“Y entonces noté en mi corazón una voz que me hablaba. No era una imagen o una sensación. Eran palabras. Era un mensaje con palabras, muy claras, precisas. Me decían: “Has intentado encontrar la forma de ser feliz, pleno. Siempre tú, tú, tú. Nunca me dejaste ser parte de tu vida”.

“Supe que era Jesús. Tuve la sensación de que Dios me estaba ofreciendo su ayuda para mi vida. Y tuve una visión, muy clara. Era como ver un vídeo. Veía a Jesús en la Cruz. Estaba vivo en la Cruz, sufría de forma horrible, yo veía la sangre y las heridas, era terrible.

Y me dijo: “cuando pasé por esto, no pensaba que tu respuesta sería, simplemente, ir a misa o ayudar en la parrroquia. No pasé esto sólo para que vayas a misa. Pasé esto para que seamos amigos y para ser parte de tu vida”.

“Y toda mi comprensión de lo que era ser cristiano cambió. Entendí que ser cristiano no es hacer cosas. Entendí que es una actitud. Que Jesús quería más. Sí, claro que es bueno ir a misa. Él no estaba criticando la misa o la Iglesia: me estaba reclamando a mí.”

Predicador desde los 17 años

Jim pudo hablar de su experiencia con su hermana, dos años mayor que él. “Ella había tenido una experiencia de conversión en la Renovación Carismática, que acababa de nacer en 1967 y se extendía por Michigan, y me la había contado, pero yo no entendí nada de lo que me contaba ella ni le presté ninguna atención.

Hasta que me pasó a mí”, explica Murphy. A través de su hermana, empezó a tratar con grupos carismáticos. “Ella aún es responsable en una comunidad de Ann Arbor, en Michigan”, explica. Ese mismo año, invitaron a Jim a dar una charla en la parroquia, a cinco adolescentes. Desde entonces, no ha dejado de predicar.

Durante mucho tiempo intentó compaginar su llamado a la predicación y evangelización con sus otras pasiones. “Mi padre era capitán de barco. Yo quería dedicarme a rescatar tesoros submarinos, hacer arqueología… ¡Conocí España leyendo de sus galeones! Yo tenía barco para practicar”.

Se sacó un título de graduado social, pero trabajó en mil cosas asombrosas: prospecciones en Alaska, investigación arqueológica en Hispanoamérica, guitarrista en una banda, conductor de camión, conductor de barco en viajes charter, trabajó en una tienda de verduras… y una vez fue guardaspaldas de la Madre Teresa de Calcuta. Y sin dejar de predicar.

Pero llegó un momento en que decidió dedicarse al Evangelio a tiempo completo. “Sentí que Dios me decía que hay muchos tesoros que rescatar, que no están bajo el mar sino en los corazones de la gente”, explica.

Cruzando EEUU a pie con la cruz

Jim y su cruz a los 40 años

En 1992, con 40 años, después de leer una carta de la Conferencia Episcopal de EEUU titulada “Herencia y esperanza”, Jim tomó una cruz de madera de 1,8 metros y se puso a caminar por Estados Unidos, de Florida a California, viviendo de la Providencia y la caridad, y durmiendo en cualquier sitio.

“A menudo venía gente a pedirme que rezara por ellos, por sus parientes enfermos, etc…”, explica. “El hombre que camina con la cruz”, titulaba la prensa. Caminó 6.300 kilómetros: el equivalente a 8 veces el Camino de Santiago desde Roncesvalles. Le costó 18 meses y gastó 14 pares de zapatos.

Poco después de acabar su gran viaje evangelizador, con 42 años, se casó. “Tenemos un hijo de 16 años, y vivimos de la providencia de Dios. Yo voy a donde me invitan a predicar y predico. Si me pagan, ¡gloria a Dios!, puedo pagar mis facturas. Pero no siempre me pagan.

Mi mujer, Susan, lleva la casa y atiende a nuestro hijo. Yo viajo mucho. Yo ya se lo dije: mira, Susan, mi vida es así, este soy yo, y ella dijo, OK, quiero sumarme. A veces ha sido duro, claro, pero ya lo sabíamos”.

Perspectiva para evangelizar

Jim tiene ahora 60 años recién cumplidos y 43 años de experiencia como predicador itinerante. Fue presidente durante un tiempo de la Renovación Carismática Católica en EEUU (que implica a unos 9 millones de personas), presidente de una asociación ecuménica de evangelización de jóvenes y, actualmente, un miembro de ICCRS (www.iccrs.org), la coordinadora central de la Renovación Carismática, con oficinas en el Vaticano.

Eso le da cierta perspectiva para hablar de la Nueva Evangelización. Acudió a Madrid para predicar en la asamblea anual de la Renovación Carismática Católica en el Espíritu, en el colegio Virgen del Recuerdo, y nos explicó su visión del Sínodo y la evangelización.

“Me gustaría que el Sínodo de Nueva Evangelización no se quede sólo en documentos para que lea la gente”, comenta Jim. “Le pido a Dios que haya un gran movimiento del Espíritu Santo y que la Iglesia salga a la calle, al mundo”.

El papel de los nuevos métodos

Recupera la definición de Juan Pablo II de la nueva evangelización como “nuevo ardor, nuevos métodos y nueva expresión” y la desarrolla.

“Claro que necesitamos nuevos métodos, cursos, programas, seminarios… todo eso es bueno y llega a mucha gente. Pero ¿cuál es su objeto? Por ejemplo, el Seminario de Vida en el Espíritu, el método tradicional carismático para evangelizar, ¿lo queremos para dar un “toque momentáneo” del Espíritu? No. Lo queremos para cambiar toda una vida.

A veces la gente emplea programas o convoca a seminarios, etc… y no sabe para qué, qué es lo que buscan. Cada objetivo necesita su método. Una cosa es invitar al alejado de la Iglesia y otra formar al que ya cree y practica”, explica.

Jim piensa que hay varios objetivos: uno es sanar a la gente herida por las fatigas de la vida o el pecado; otro es convertir, que se giren hacia el Señor. Por último, gente que se ha convertido en un primer momento no persevera en la exigente vida cristiana porque le falta una comunidad que ayude, forme y apoye con un nuevo estilo de vida.

Escuchar mucho antes de hablar

Hay elementos comunes a todos los métodos de evangelización que funcionan, señala. Por ejemplo, antes de predicar, hay que escuchar. “Tenemos dos orejas y sólo una lengua: escuchemos el doble que hablamos”, propone. “Además, es psicología básica: cuando la gente se sabe escuchada, tiene más confianza en su interlocutor y se abre más”.

Por otra parte, añade, “hay que dejar espacio al Espíritu Santo, dejar que Jesús actúe, confiar en Él más que en el método, por bueno que sea”.

Es bueno invitar a retiros, charlas, encuentros, afirma, pero para eso antes hay que hacer una conexión personal. “Sin la conexión personal, sólo los que ya son creyentes vienen a nuestros programas o encuentros. Está bien encontrarse, pero si no vienen alejados, no es evangelizador”.

¿Laicos evangelizadores con sueldo?

¿Y qué dice él, predicador laico por cuatro décadas, de la necesidad de contratar laicos para evangelizar?

“Por un lado, si se quiere calidad y eficacia, es necesaria cierta profesionalización. Es cierto que para evangelizar es mejor un buen cristiano con algo de habilidad musical, que un magnífico músico con sólo un poco de cristianismo. Yo mismo toco la guitarra y muchas veces he pensado: me da igual como suene mientras la gente se acerque al Señor y lo ame. Pero si me oyes cantar horriblemente Vive Jesús El Señor, no te atraerá.

Quizá necesitamos un Hillsong católico”, plantea, refiriéndose al grupo evangélico profesional de música cristiana que mueve masas y vende cientos de miles de discos.

“Quizá ha llegado el momento de rezar y ayunar y pedir al Señor un Hillsong católico. La música es poderosa, toca el corazón de la gente. Los católicos tenemos buenos músicos. Ellos saben que son buenos, pero se dedican sólo a tiempo parcial al evangelio. La profesionalización tiene un cierto riesgo de engendrar soberbia y, con el orgullo, Dios puede retirar tu don. Por eso hay que formar para la humildad.”

Invertir para mejorar

“Muchos no entienden lo de pagar a los músicos, pero es necesario dedicar tiempo para mejorar. Si a unos músicos que aman al Señor les dices que durante un año les cubres todos sus gastos, su sostenimiento, y que se dedicarán a evangelizar con la música a tiempo completo, lo harán encantados.

Y lo mismo a jóvenes que se dediquen a la evangelización de otros jóvenes. ¿Vamos a invertir en esto? Si la gente pagara diezmos, esto sería factible. ¿Cuánto lo deseamos? ¿Podemos imaginar lo que puede hacer un joven evangelizador, bien formado, dedicado un año a tiempo completo?”

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