El maná de cada día, 1.2.15

enero 31, 2015

Domingo IV del Tiempo Ordinario, Ciclo B

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Hasta los espíritus inmundos le obedecen

Hasta los espíritus inmundos le obedecen

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Antífona de entrada: Sal 105, 17

Sálvanos, Señor y Dios nuestro; reúnenos de entre los gentiles: daremos gracias a tu santo nombre, y alabarte será nuestra gloria.


Oración colecta

Señor, concédenos amarte con todo el corazón y que nuestro amor se extienda también a todos los hombres. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.


PRIMERA LECTURA: Deuteronomio 18, 15-20

Moisés habló al pueblo, diciendo:

«Un profeta, de entre los tuyos, de entre tus hermanos, como yo, te suscitará el Señor, tu Dios. A él lo escucharéis. Es lo que pediste al Señor, tu Dios, en el Horeb el día de la asamblea: “No quiero volver a escuchar la voz del Señor, mi Dios, ni quiero ver más ese terrible incendio; no quiero morir.”

El Señor me respondió: “Tienen razón; suscitaré un profeta de entre sus hermanos, como tú. Pondré mis palabras en su boca, y les dirá lo que yo le mande. A quien no escuche las palabras que pronuncie en mi nombre, yo le pediré cuentas. Y el profeta que tenga la arrogancia de decir en mi nombre lo que yo no le haya mandado, o hable en nombre de dioses extranjeros, ese profeta morirá.”»


SALMO 94, 1-2. 6-7. 8-9

Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: «No endurezcáis vuestro corazón.»

Venid, aclamemos al Señor, demos vítores a la Roca que nos salva; entremos a su presencia dándole gracias, aclamándolo con cantos.

Entrad, postrémonos por tierra, bendiciendo al Señor, creador nuestro. Porque él es nuestro Dios, y nosotros su pueblo, el rebaño que él guía.

Ojalá escuchéis hoy su voz: «No endurezcáis el corazón como en Meribá, como el día de Masá en el desierto; cuando vuestros padres me pusieron a prueba y me tentaron, aunque habían visto mis obras.»


SEGUNDA LECTURA: 1 Corintios 7, 32-35

Hermanos:

Quiero que os ahorréis preocupaciones: el soltero se preocupa de los asuntos del Señor, buscando contentar al Señor; en cambio, el casado se preocupa de los asuntos del mundo, buscando contentar a su mujer, y anda dividido.

Lo mismo, la mujer sin marido y la soltera se preocupan de los asuntos del Señor, consagrándose a ellos en cuerpo y alma; en cambio, la casada se preocupa de los asuntos del mundo, buscando contentar a su marido.

Os digo todo esto para vuestro bien, no para poneros una trampa, sino para induciros a una cosa noble y al trato con el Señor sin preocupaciones.


Aclamación antes del Evangelio: Mt 4, 16

El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló.


EVANGELIO: Marcos 1, 21b-28

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos entraron en Cafarnaún, y cuando el sábado siguiente fue a la sinagoga a enseñar, se quedaron asombrados de su doctrina, porque no enseñaba como los escribas, sino con autoridad.

Estaba precisamente en la sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo, y se puso a gritar: «¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios».

Jesús lo increpó: «Cállate y sal de él».

El espíritu inmundo lo retorció y, dando un grito muy fuerte, salió. Todos se preguntaron estupefactos: «¿Qué es esto? Este enseñar con autoridad es nuevo. Hasta a los espíritus inmundos les manda y le obedecen».

Su fama se extendió en seguida por todas partes, alcanzando la comarca entera de Galilea.


Antífona de comunión: Sal 30, 17-18

Haz brillar tu rostro sobre tu siervo, sálvame por tu misericordia, Señor, que no me avergüence de haberte invocado.
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EL ESPÍRITU INMUNDO SALIÓ DE ÉL
P. Raniero Cantalamessa, ofmcap

«Entonces un hombre poseído por un espíritu inmundo se puso a gritar: “¿Qué tenemos nosotros contigo, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? Sé quién eres tú: el Santo de Dios”.

Jesús, entonces, le conminó diciendo: “Cállate y sal de él”. Y agitándose violentamente el espíritu inmundo dio un fuerte grito y salió de él». ¿Qué pensar de este episodio narrado en el evangelio de este domingo y de muchos otros sucesos análogos presentes en el Evangelio? ¿Existen aún los «espíritus inmundos»? ¿Existe el demonio?

Cuando se habla de la creencia en el demonio, debemos distinguir dos niveles: el nivel de las creencias populares y el nivel intelectual (literatura, filosofía y teología). En el nivel popular, o de costumbres, nuestra situación actual no es muy distinta de la de la Edad Media, o de los siglos XIV-XVI, tristemente famosos por la importancia otorgada a los fenómenos diabólicos.

Ya no hay, es verdad, procesos de inquisición, hogueras para endemoniados, caza de brujas y cosas por el estilo; pero las prácticas que tienen en el centro al demonio están aún más difundidas que entonces, y no sólo entre las clases pobres y populares.

Se ha transformado en un fenómeno social (¡y comercial!) de proporciones vastísimas. Es más, se diría que cuanto más se procura expulsar al demonio por la puerta, tanto más vuelve a entrar por la ventana; cuánto más es excluido por la fe, tanto más arrecia en la superstición.

Muy diferentes están las cosas en el nivel intelectual y cultural. Aquí reina ya el silencio más absoluto sobre el demonio. El enemigo ya no existe. El autor de la desmitificación, R. Bultmann, escribió : «No se puede usar la luz eléctrica y la radio, no se puede recurrir en caso de enfermedad a medios médicos y clínicos y a la vez creer en el mundo de los espíritus».

Creo que uno de los motivos por los que muchos encuentran difícil creer en el demonio es porque se le busca en los libros, mientras que al demonio no le interesan los libros, sino las almas, y no se le encuentra frecuentando los institutos universitarios, las bibliotecas y las academias, sino, precisamente, a las almas.

Pablo VI reafirmó con fuerza la doctrina bíblica y tradicional en torno a este «agente oscuro y enemigo que es el demonio». Escribió, entre otras cosas: «El mal ya no es sólo una deficiencia, sino una eficiencia, un ser vivo, espiritual, pervertido y pervertidor. Terrible realidad. Misteriosa y espantosa».

También en este campo, sin embargo, la crisis no ha pasado en vano y sin traer incluso frutos positivos. En el pasado a menudo se ha exagerado al hablar del demonio, se le ha visto donde no estaba, se han cometido muchas ofensas e injusticias con el pretexto de combatirle; es necesaria mucha discreción y prudencia para no caer precisamente en el juego del enemigo.

Ver al demonio por todas partes no es menos desviador que no verle por ninguna. Decía Agustín: «Cuando es acusado, el diablo se goza. Es más, quiere que le acuses, acepta gustosamente toda tu recriminación, ¡si esto sirve para disuadirte de hacer tu confesión!».

Se entiende por lo tanto la prudencia de la Iglesia al desalentar la práctica indiscriminada del exorcismo por parte de personas que no han recibido ningún mandato para ejercer este ministerio. Nuestras ciudades pululan de personas que hacen del exorcismo una de las muchas prácticas de pago y se jactan de quitar «hechizos, mal de ojo, mala suerte, negatividades malignas sobre personas, casas, empresas, actividades comerciales».

Sorprende que en una sociedad como la nuestra, tan atenta a los fraudes comerciales y dispuesta a denunciar casos de exaltado crédito y abusos en el ejercicio de la profesión, se encuentre a muchas personas dispuestas a beber patrañas como éstas.

Antes aún de que Jesús dijera algo aquel día en la sinagoga de Cafarnaúm, el espíritu inmundo se sintió desalojado y obligado a salir al descubierto. Era la «santidad» de Jesús que aparecía «insostenible» para el espíritu inmundo.

El cristiano que vive en gracia y es templo del Espíritu Santo, lleva en sí un poco de esta santidad de Cristo, y es precisamente ésta la que opera, en los ambientes donde vive, un silencioso y eficaz exorcismo.
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SERVICIO DE ORACIÓN
O MINISTERIO DE INTERCESIÓN – 145

1. Macarena
2. Julián
3. Carmen
4. Rebeca
5. Chela
6. Ana M.
7. Ali y Cipri
8. Susana
9. Julia R.
10. Anita
11. Jaime
12. Jesús
13. Ángel
14. Marcela
15. Carlos
16. María del Valle y Luis
17. Gerardo (hijo; cambio de actitudes; conversión…)

18. Edu, Mónica y Alba

19. Dorian Jesús

20. Samuel y Manuel

21. Mónica

22. + Rubén

23. + Julia A.

24. + Esteban

25. En favor de cuantos se encomienden a nuestras oraciones, por vivos y difuntos.

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El maná de cada día, 31.1.15

enero 31, 2015

Sábado de la 3ª semana del Tiempo Ordinario

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Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?

Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?



PRIMERA LECTURA: Hebreos 11, 1-2.8-19

Hermanos:

La fe es seguridad de lo que se espera, y prueba de lo que no se ve.

Por su fe son recordados los antiguos: por fe obedeció Abrahán a la llamada y salió hacia la tierra que iba a recibir en heredad. Salió sin saber adónde iba.

Por fe vivió como extranjero en la tierra prometida, habitando en tiendas —y lo mismo Isaac y Jacob, herederos de la misma promesa— mientras esperaba la ciudad de sólidos cimientos cuyo arquitecto y constructor iba a ser Dios.

Por fe también Sara, cuando ya le había pasado la edad, obtuvo fuerza para fundar un linaje, porque se fió de la promesa.

Y así, de una persona, y ésa estéril, nacieron hijos numerosos, como las estrellas del cielo y como la arena incontable de las playas.

Con fe murieron todos éstos, sin haber recibido la tierra prometida; pero viéndola y saludándola de lejos, confesando que eran huéspedes y peregrinos en la tierra.

Es claro que los que así hablan, están buscando una patria; pues si añoraban la patria de donde habían salido, estaban a tiempo para volver. Pero ellos ansiaban una patria mejor, la del cielo.

Por eso Dios no tiene reparo en llamarse su Dios: porque les tenía preparada una ciudad.

Por fe Abrahán, puesto a prueba, ofreció a Isaac: y era su hijo único lo que ofrecía,
el destinatario de la promesa, del cual le había dicho Dios: Isaac continuará tu descendencia». Pero Abrahán pensó que Dios tiene poder hasta para resucitar muertos. Y así recobró a Isaac como figura del futuro.


SALMO: Lc 1,69-70.71-72.73-75

Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado a su pueblo.

Nos ha suscitado una fuerza de salvación en la casa de David, su siervo, según lo había predicho desde antiguo por boca de sus santos profetas.

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos y de la mano de todos los que nos odian; realizando la misericordia que tuvo con nuestros padres, recordando su santa alianza.

Y el juramento que juró a nuestro padre Abrahán. Para concedernos que, libres de temor, arrancados de la mano de los enemigos, le sirvamos con santidad y justicia, en su presencia, todos nuestros días.


Aclamación antes del Evangelio: Jn 3, 16

Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único; todos los que creen en él tienen vida eterna.


EVANGELIO: Marcos 4, 35-41

Un día, al atardecer, dijo Jesús a sus discípulos: «Vamos a la otra orilla.»

Dejando a la gente, se lo llevaron en barca, como estaba; otras barcas lo acompañaban. Se levantó un fuerte huracán, y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua. Él estaba a popa, dormido sobre un almohadón.

Lo despertaron, diciéndole: «Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?»

Se puso en pie, increpó al viento y dijo al lago: «¡Silencio, cállate!»

El viento cesó y vino una gran calma. Él les dijo: «¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?»

Se quedaron espantados y se decían unos a otros: «¿Pero quién es éste? ¡Hasta el viento y las aguas le obedecen!»


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MAESTRO, ¿NO TE IMPORTA QUE NOS HUNDAMOS?

Aquel día, al atardecer, los apóstoles, una vez más, se dispusieron a atravesar el lago para llegar a la otra orilla. Nadie sospechaba que una espectacular tormenta iba a sorprenderles lejos de la orilla y bien entrados en alta mar.

A pesar de la agitación, de las voces de los marineros, de los tumbos que daba la barca entre las olas encrespadas, del afán por mantenerse a flote, de los trabajos por achicar el agua de la barca, el Señor lograba dormir, allá, en la popa del barco, recostado serenamente sobre una especie de almohadón.

El enfado de los apóstoles debió ser mayúsculo, más que por el aprieto de la situación por ver que el Maestro seguía dormido y, aparentemente, sin preocuparse lo más mínimo por las dificultades de los apóstoles y por el peligro de naufragar.

Sólo cuando el susto y el enfado se hicieron insoportables, los apóstoles despertaron al Maestro reprochándole su inacción y su desinterés. Le habían visto hacer tantos milagros, en situaciones aparentemente menos urgentes, que no podían entender cómo a ellos, a los suyos, no les sacaba de aquel apuro.

Debió desconcertarles la calma y la serena autoridad con que el Señor increpó a los vientos e hizo calmar las aguas. Y debió desconcertarles aún más el reproche que salió de sus labios: ¡hombres de poca fe! ¿por qué tenéis miedo?

El Señor no reprochó a aquellos expertos marineros sus enfados o su torpe pericia para salvarse de aquella tormenta. Tampoco les ahorró los trabajos y fatigas con los que intentaban salvar la barca del naufragio. Sólo cuándo los apóstoles dejaron de confiar sólo en sus propias fuerzas y recursos el Señor pudo hacer un milagro portentoso.

No fue el sueño y la inacción del Señor lo que les condujo a una situación límite; fueron los apóstoles los que, fiados de sí mismos, llegaron ellos solos a una situación límite, en la que no les quedó más remedio que rendirse y doblegar su autosuficiencia ante la omnipotencia de Dios.

Cuándo comprenderemos que es nuestra orgullosa autosuficiencia y nuestra ceguera para ver al Señor dentro de nuestra barca lo que retrasa y dificulta el poder y la acción de Dios.

http://www.mater-dei.es


Soy el cuarto hijo de una familia cristiana numerosa…

enero 30, 2015

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Ofrecemos la traducción de la Carta abierta de Héctor Franceschi, Profesor ordinario de Derecho Matrimonial Canónico en la Pontificia Universidad de la Santa Cruz, al director del diario Corriere della Sera, y publicada en la edición italiana de Aleteia.org.

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No es  tener pocos hijos, sino tenerlos responsablemente, ya sean dos, tres o diez

Tener los hijos responsablemente, ya sean dos, tres o diez

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Señor Director:

Soy el cuarto hijo de una familia cristiana numerosa. Somos diez hermanos, los dos últimos −huérfanos de una familia humilde− adoptados por mis padres cuando el octavo hijo estaba ya en la Universidad.

Debo decirle que me sentí desolado cuando, en el Corriere della Sera del 20 de enero, leí el título entrecomillado del artículo de Gian Guido Vecchi: «Serve una paternità responsabile. La famiglia ideale è quella con tre figli» (Hace falta una paternidad responsable. La familia ideal es la que tiene tres hijos). Me quedé sorprendido.

Como sabe usted bien, en el periodismo las palabras entre comillas significan palabras textuales. En todo caso, me sentí como “de sobra”, como ese que no tendría por qué estar si la familia ideal fuese la de los tres hijos. ¡Ya no digamos de los hermanos y hermanas que vinieron después!

Yo quiero mucho al Papa Francisco y fui enseguida a buscar esas palabras en la entrevista para intentar comprender en qué sentido las había dicho el Papa, y me quedé asombrado del modo en que sus palabras han sido malinterpretadas en el título del artículo.

Si nos atenemos a lo que el mismo Dr. Vecchi recoge en su artículo, las palabras textuales del Papa fueron: «Tres hijos es el número que los expertos consideran importante para mantener la población. Cuando desciende, sucede lo que he oído decir −no sé si es verdad− que podría pasar en Italia en el 2024: no habrá dinero para pagar a los pensionistas».

Valoren ustedes mismos si esas palabras dicen que tres es el número ideal o, en cambio, que por debajo de tres hijos no habrá recambio generacional, es decir, que tres es el número mínimo.

No sé ustedes, pero yo doy gracias a Dios todos los días por la generosidad de mis padres que, con grandes sacrificios, han criado nada menos que diez hijos, todos profesionales y hoy repartidos por el mundo: tres en Estados Unidos, uno en República Dominicana, otro en Kenia, donde ha creado una prestigiosa Facultad de Derecho, otros en Venezuela, nuestro país de origen, y yo en Roma desde hace más de veinte años, comprometido en la formación de juristas de todo el mundo. Entre los diez, los dos que me siguen y yo somos además sacerdotes, felices de nuestra vocación y al servicio de la Iglesia en tres países distintos.

La paternidad responsable de la que habla el Papa Francisco, como se deduce de sus mismas palabras en esa entrevista y en muchas otras ocasiones −véase el reciente Encuentro con familias numerosas en Roma y sus palabras en la Audiencia general del 21 de enero− no significa tener pocos hijos, sino tenerlos responsablemente, ya sean dos, tres o diez.

No es el número lo que hace la diferencia, sino el modo en que los padres, incluso con grandes esfuerzos y sacrificios, sacan adelante la familia y cuidan del crecimiento y la educación de sus hijos, que son su primera empresa, lo más importante que tienen entre manos, más que un trabajo exitoso, una situación económica desahogada, una gran fama…, porque todo eso pasa; los hijos, en cambio, no, como he visto en mi familia, en la que ahora, con los padres ancianos, somos nosotros, a veces con sacrificios económicos y de tiempo y la necesidad de una organización coordinada, los que cuidamos de ellos, en el intento, que nunca será suficiente, de devolverles todo lo que nos han dado.

Además, como dice el mismo Pontífice −y esto no se menciona en los titulares−, la paternidad responsable hay que vivirla respetando la verdad de los actos conyugales, sin desnaturalizarlos con el uso de métodos anticonceptivos. No es solo una cuestión de moral de la Iglesia, sino algo que se refiere a la naturaleza y significado antropológico del acto conyugal, mediante el cual los esposos no solo expresan y refuerzan su unión, sino que se abren generosamente a otra dimensión intrínseca de esos actos, que es la de aceptar al otro cónyuge como potencial padre o madre de sus hijos.

Si usted me dice que la Iglesia también admite un método anticonceptivo, que es el de limitar los actos conyugales a los periodos infecundos cuando haya razones justas para retrasar la concepción de un hijo o no tener más, la respuesta se encuentra −y recomiendo su lectura− en la misma Encíclica Humanæ Vitæ, que el Papa Francisco califica como profética, y en la Familiaris Consortio de San Juan Pablo II.

La diferencia entre los anticonceptivos y los periodos infecundos no es una diferencia de método, sino dos modos profundamente diversos de afrontar el amor conyugal: en el primer caso, se instrumentaliza el acto, cuando no la misma persona; en el segundo, se respetan los ritmos de la naturaleza y requiere conocer mejor al otro cónyuge, es necesario el autocontrol −la vida virtuosa, diría mejor−, y se debe pensar primero en el bien ajeno: del otro cónyuge y de la misma familia.

Como se habrán dado cuenta, para los medios de comunicación ya es un “dato cierto” que, para el Papa Francisco, la familia ideal es la de tres hijos, cuando no ha dicho nada de eso. Basta haber visto el Telediario de anoche 21 de enero, en el que entrevistan a “la familia católica ideal”, una de tres hijos.

Estoy seguro de que son una buena familia católica, pero no por tener solo tres hijos. Son los cónyuges, siguiendo su conciencia bien formada y con generosidad −y muchas veces heroicidad− los que tendrán que valorar en su caso lo que Dios espera de ellos, porque, como ha recordado el mismo Papa Francisco, cada hijo es un don y una responsabilidad.

Termino, porque me he alargado demasiado, afirmando que en nuestra sociedad moderna, en la que muchos quieren tener la vida bajo control, dejando escapar a veces la posibilidad de ser sorprendidos por ella, se pierde toda auténtica esperanza para el futuro.

Ante estas posturas, hacen falta familias que sepan arriesgarse, que tengan confianza en la vida, en ellos mismos y en sus hijos, que en las grandes familias a menudo llegan incluso a ser educadores de los hermanos y hermanas más pequeños y crecen en responsabilidad, al saber compartir, al ocuparse unos de otros.

Además, si son creyentes, saben que la ayuda de Dios nunca les faltará. Es lo que yo he vivido en mi familia y visto en tantas otras familias, y que espero que muchos tengan el valor de vivir, de arriesgarse, porque quien no arriesga no vence.

Un cordial saludo,

Héctor Franceschi
Ordinario de Derecho Matrimonial Canónico
Pontificia Universidad de la Santa Cruz

 

http://www.almudi.org/


El maná de cada día, 30.1.15

enero 30, 2015

Viernes de la 3ª semana del Tiempo Ordinario

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La semilla germina y crece

La semilla germina y crece

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PRIMERA LECTURA: Hebreos 10, 32-39

Recordad aquellos días primeros, cuando, recién iluminados, soportasteis múltiples combates y sufrimientos: ya sea cuando os exponían públicamente a insultos y tormentos, ya cuando os hacíais solidarios de los que así eran tratados. Pues compartisteis el sufrimiento de los encarcelados, aceptasteis con alegría que os confiscaran los bienes, sabiendo que teníais bienes mejores, y permanentes.

No renunciéis, pues, a vuestra valentía, que tendrá una gran recompensa. Os falta constancia para cumplir la voluntad de Dios y alcanzar la promesa. «Un poquito de tiempo todavía, y el que viene llegará sin retraso; mi justo vivirá de fe, pero, si se arredra, le retiraré mi favor.»

Pero nosotros no somos gente que se arredra para su perdición, sino hombres de fe para salvar el alma.


SALMO 36, 3-4.5-6.23-24.39-40

El Señor es quien salva a los justos.

Confía en el Señor y haz el bien, habita tu tierra y practica la lealtad; sea el Señor tu delicia, y él te dará lo que pide tu corazón.

Encomienda tu camino al Señor, confía en él, y él actuará: hará tu justicia como el amanecer, tu derecho como el mediodía.

El Señor asegura los pasos del hombre, se complace en sus caminos; si tropieza, no caerá, porque el Señor lo tiene de la mano.

El Señor es quien salva a los justos, él es su alcázar en el peligro; el Señor los protege y los libra, los libra de los malvados y los salva porque se acogen a él.


Aclamación: Mateo 11, 25

Bendito seas, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has revelado los secretos del reino a la gente sencilla.


EVANGELIO: Marcos 4, 26-34

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: «El reino de Dios se parece a un hombre que echa simiente en la tierra. Él duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra va produciendo la cosecha ella sola: primero los tallos, luego la espiga, después el grano. Cuando el grano está a punto, se mete la hoz, porque ha llegado la siega.»

Dijo también: «¿Con qué podemos comparar el reino de Dios? ¿Qué parábola usaremos? Con un grano de mostaza: al sembrarlo en la tierra es la semilla más pequeña, pero después brota, se hace más alta que las demás hortalizas y echa ramas tan grandes que los pájaros pueden cobijarse y anidar en ellas.»

Con muchas parábolas parecidas les exponía la palabra, acomodándose a su entender. Todo se lo exponía con parábolas, pero a sus discípulos se lo explicaba todo en privado.

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LA FIDELIDAD A LA GRACIA

P. Francisco Fernández Carvajal

– La gracia de Dios da siempre sus frutos si nosotros no le ponemos obstáculos.

– Los frutos de la correspondencia.

– Evitar el desaliento por los defectos que no desaparecen y por las virtudes que no se alcanzan. Recomenzar muchas veces.


I. El Evangelio de la Misa (1) nos presenta una pequeña parábola, que recoge sólo San Marcos. Nos habla en ella el Señor del crecimiento de la semilla echada en la tierra; una vez sembrada crece con independencia de que el dueño del campo duerma o vele, y sin que sepa cómo se produce. Así es la semilla de la gracia que cae en las almas; si no se le ponen obstáculos, si se le permite crecer, da su fruto sin falta, no dependiendo de quien siembra o de quien riega, sino de Dios que da el incremento (2).

Nos da gran confianza en el apostolado considerar frecuentemente que «la doctrina, el mensaje que hemos de propagar, tiene una fecundidad propia e infinita, que no es nuestra, sino de Cristo» (3). En la propia vida interior también nos llena de esperanza saber que la gracia de Dios, si nosotros no lo impedimos, reliza silenciosamente en el alma una honda transformación, mientras dormimos o velamos, en todo tiempo, haciendo brotar en nuestro interior –quizá ahora mismo, en la oración- resoluciones de fidelidad, de entrega y de correspondencia.

El Señor nos ofrece constantemente su gracia para ayudarnos a ser fieles, cumpliendo el pequeño deber de cada momento, en el que se nos manifiesta su voluntad y en el que está nuestra santificación. De nuestra parte queda aceptar esas ayudas y cooperar con generosidad y docilidad. Sucede al alma algo parecido a lo que le ocurre al cuerpo: los pulmones necesitan aspirar oxígeno continuamente para renovar la sangre. Quien no respira, acaba por morir de asfixia; quien no recibe con docilidad la gracia que Dios da continuamente, termina por morir de asfixia espiritual (4).

Recibir la gracia con docilidad es empeñarnos en llevar a cabo aquello que el Espíritu Santo nos sugiere en la intimidad de nuestro corazón: cumplir cabalmente nuestros deberes –en primer lugar todo lo que se refiere a nuestros compromisos con Dios-; empeñarnos con decisión en alcanzar una meta en una determinada virtud; llevar con garbo sobrenatural y sencillez una contrariedad que quizá se prolonga y nos resulta costosa… Dios que nos mueve interiormente, recordándonos a menudo las orientaciones recibidas en la dirección espiritual, y cuando mayor es la fidelidad a esas gracias, mejor nos disponemos para recibir otras, más facilidad encontramos para realizar obras buenas, mayor alegría hay en nuestra vida, porque la alegría siempre está muy relacionada con la correspondencia a la gracia.


II. La docilidad a las inspiraciones del Espíritu Santo es necesaria para conservar la vida de la gracia y para tener frutos sobrenaturales. Como nos dice el Señor en la parábola que venimos meditando, la semilla en nuestro corazón tiene la fuerza necesaria para germinar, crecer y dar fruto. Pero en primer lugar es necesario dejar que llegue al alma, darle cabida en nuestro interior, acogerla y no dejarla a un lado, pues «las oportunidades de Dios no esperan. Llegan y pasan.

La palabra de vida no aguarda; si no nos la apropiamos, se la llevará el demonio. Él no es perezoso, antes bien, tiene los ojos siempre abiertos y está siempre preparado para saltar, y llevarse el don que vosotros no usáis» (5): vivir la pequeña mortificación de dejar ordenados los instrumentos de trabajo, confesar el día que se había previsto, hacer el examen de conciencia con el empeño necesario para darse cuenta de lo que falla y en qué quiere el Señor que se ponga la lucha al día siguiente, vivir el «minuto heroico» al levantarse, desviar o al menos callar en esa conversación en la que no queda bien una persona ausente…

La resistencia a la gracia produce sobre el alma el mismo efecto que «el granizo sobre un árbol en flor que prometía abundantes frutos; las flores quedan agostadas y el fruto no llega a sazón» (6). La vida interior se empobrece y muere.

El Espíritu Santo nos da innumerables gracias para evitar el pecado venial deliberado y aquellas faltas que, sin ser propiamente un pecado, desagradan a Dios; los santos han sido quienes con mayor delicadeza respondieron a estas ayudar sobrenaturales. También recibimos incontables gracias para santificar las acciones de la vida ordinaria, realizándolas con empeño humano, con perfección, con pureza de intención, por motivos humanos nobles y por motivos sobrenaturales.

Si somos fieles, desde por la mañana hasta la noche, a las ayudas que recibimos, nuestros días terminarán llenos de actos de amor a Dios y al prójimo, en los momento agradables y en los que quizá nos sentimos más cansados, con menos fuerzas y ánimos: todos son buenos para dar fruto. Una gracia lleva consigo otra –al que tiene se le dará (7), leíamos ayer en el Evangelio de la Misa- y el alma se fortalece en el bien en la medida en que lo practica, cuanto más trecho se recorre.

Cada día es un gran regalo que nos hace el Señor para que lo llenemos de amor en una correspondencia alegre, contando con las dificultades y obstáculos y con el impulso divino para superarnos y convertirlos en motivo de santidad y de apostolado. Todo es bien distinto cuando lo realizamos por amor y para el Amor.


III. «El hombre echa la semilla en la tierra cuando forma en su corazón el buen propósito (…); y la semilla germina y crece sin él darse cuenta, porque, aunque todavía no puede advertir su crecimiento, la virtud, una vez concebida, camina a la perfección, y de suyo la tierra fructifica, porque, con la ayuda de la gracia, el alma del hombre se levanta espontáneamente a obrar el bien. Pero la tierra primero produce el trigo en hierba, luego la espiga, y al fin la espiga en trigo» (8). La vida interior necesita tiempo, crece y madura como el trigo en el campo.

La fidelidad a los impulsos que el Señor quiere darnos también se manifiesta en evitar el desaliento por nuestras faltas y la impaciencia al ver que sigue costando, quizá, llevar a término con profundidad la oración, desarraigar un defecto o acordarse más veces del Señor mientras se trabaja.

El labriego es paciente: no desentierra la semilla ni abandona el campo por no encontrar el fruto esperado en un tiempo que él juzga suficiente para recogerlo; los labradores conocen bien que deben trabajar y esperar, contar con la escarcha y con los días soleados; saben que la semilla está madurando sin que él sepa cómo, y que llegará el tiempo de la siega.

«La gracia actúa, de ordinario, como la naturaleza: por grados. –No podemos propiamente adelantarnos a la acción de la gracia: pero, en lo que de nosotros depende, hemos de preparar el terreno y cooperar, cuando Dios nos la concede.

»Es menester lograr que las almas apunten muy alto: empujarlas hacia el ideal de Cristo; llevarlas hasta las últimas consecuencias, sin atenuantes ni paliativos de ningún género, sin olvidar que la santidad no es primordialmente obra de brazos. La gracia, normalmente, sigue sus horas, y no gusta de violencias.

»Fomenta tus santas impaciencias…, pero no me pierdas la paciencia» (9), como no la pierde el labriego con una sabiduría de siglos. Aprendamos a «apuntar muy alto» en la santidad y en el apostolado esperando el tiempo oportuno, sin desalentarnos jamás, recomenzando muchas veces en nuestros propósitos audaces.

Es necesario saber esperar y luchar con paciente perseverancia, convencidos de que la superación de un defecto o la adquisición de una virtud no depende normalmente de violentos esfuerzos esporádicos, sino de la continuidad humilde de la lucha, de la constancia en intentarlo una y otra vez, contando con la misericordia del Señor.

No podemos, por impaciencia, dejar de ser fieles a las gracias que recibimos; esa impaciencia hunde sus raíces, casi siempre, en la soberbia. «Hay que tener paciencia con todo el mundo –señala San Francisco de Sales-, pero, en primer lugar, con uno mismo» (10).

Nada es irremediable para quien espera en el Señor; nada está totalmente perdido; siempre hay posibilidad de perdón y de volver a empezar: humildad, sinceridad, arrepentimiento… y volver a empezar, correspondiendo al Señor, que está empeñado en que superemos los obstáculos.

Hay una alegría profunda cada vez que recomenzamos de nuevo. Y en nuestro paso por la tierra habremos de hacerlo muchas veces, porque faltas las habrá siempre, y tendremos deficiencias, fragilidades, pecados.

Seamos humildes y pacientes. El Señor cuenta con los fracasos, pero también espera muchas pequeñas victorias a lo largo de nuestros días; victorias que se alcanzan cada vez que somos fieles a una inspiración, a una moción del Espíritu Santo.

(1) Mc 4, 26-32. – (2) Cfr. 1 Cor 3, 5-9. – (3) J. Escrivá de Balaguer, Es Cristo que pasa, 159. – (4) Cfr. R. Garrigou-Lagrange, Las tres edades de la vida interior, vol. I, p. 104. – (5) Card. J. H. Newman, Sermón para el Domingo de Sexagésima: Llamadas de la gracia. – (6) R. Garrigou-Lagrange, loc. cit., p. 105. – (8) Mc 4, 25. – (8) San Gregorio Magno, Homilías sobre Ezequiel, 2, 3. – (9) J. Escrivá de Balaguer, Surco, n. 668, . (10) san Francisco de Sales, Cartas, frag. 139, en Obras selectas de…, BAC, Madrid 1954, II, p. 774.



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El Papa en Sta. Marta: ‘Recordar el primer encuentro con Jesús’

En la homilía de este viernes el Santo Padre indica que la memoria y la esperanza son necesarias para no ser tibio

Ciudad del Vaticano, 30 de enero de 2015 (Zenit.org) Redacción | 60 hits

Un cristiano tiene que custodiar la “memoria” de su primer encuentro con Cristo y la “esperanza” en Él. Esto lo llevará a actuar en la vida con el “coraje” de la fe. Este fue el pensamiento central del papa Francisco en su homilía de este viernes en la misa que celebró en la capilla de la residencia Santa Marta.
El Papa toma la idea de la frase inicial de la carta a los Hebreos, en el que el autor invita a todos a evocar “la memoria de aquellos primeros días,” cuando recibieron “la luz de Cristo.”

En particular, “el día del encuentro con Jesús” no tiene que ser nunca olvidado, porque es el día de “una gran alegría”. Y además de la memoria, tampoco hay que perder “el coraje de los primeros tiempos” y “entusiasmo”, la “franqueza” que nacen del recuerdo del primer amor:

“La memoria es muy importante para recordar la gracia recibida, porque si expulsamos este entusiasmo que viene del recuerdo del primer amor, los cristianos nos exponemos a un peligro muy grande: la tibieza”.

“Los cristianos “tibios”, están ahí, sí, son cristianos, pero perdieron la memoria del primer amor. Y si perdieron el entusiasmo, también perdieron la paciencia para “tolerar” las dificultades de la vida con el espíritu del amor de Jesús”.

Las dos imágenes de los cristianos tibios, indica Francisco, son la evocada por Pedro: “Perro que vuelve a su vómito”; y otra de Jesús: las personas que deciden seguir el Evangelio, expulsaron al demonio, pero cuando éste regresa le abren la puerta. Así el diablo “toma posesión de la casa”, inicialmente limpia y hermosa”.

“El cristiano -prosiguió el Papa- tiene estos dos parámetros: la memoria y la esperanza. La memoria para no perder la experiencia del primer amor tan hermoso, y que da esperanza”.

Y si bien, recuerda el Santo Padre, “muchas veces la esperanza no queda clara, va adelante porque sabe que la esperanza en Jesús no desilusiona”.

Estos dos parámetros justamente son el marco “para que la pequeña semilla de mostaza crezca y dé su fruto”.

Y concluyó pidiendo oraciones por estos cristianos que “fracasaron en este camino hacia Jesús”, porque “perdieron la memoria del primer amor y no tienen esperanza”. Y rezar “para cuidar este regalo, el don de la salvación”.

(Texto de la Radio Vaticano traducido y adaptado por ZENIT).


Pastoral de los divorciados vueltos a casar y la Comunión sacramental

enero 29, 2015

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 Los esposos paraguayos Víctor y Stella Domínguez,

Los esposos paraguayos Víctor y Stella Domínguez,

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ROMA, 25 Ene. 15 / 07:24 pm (ACI/EWTN Noticias).- Los esposos paraguayos Víctor y Stella Domínguez, viajaron a Roma del 22 al 24 de enero para participar en el Congreso internacional de movimientos, grupos y asociaciones de familia y vida, titulado “La vocación y la misión de la familia en la Iglesia y en el mundo contemporáneo”, donde compartieron su experiencia en la pastoral para divorciados en nueva unión.

El congreso sirve como preparación a la XIV Asamblea General del Sínodo de los Obispos en octubre de 2015, y estuvo organizado por el Pontificio Consejo para la Familia, quienes acogieron a 80 movimientos y más de 300 expertos para hablar sobre la pastoral familiar.

Los Domínguez, casados desde hace años, sirven en la Obra Familiar de Schoenstatt de Paraguay y dirigen, dentro de la Conferencia Episcopal de Paraguay, “la Pastoral de la Esperanza”, que pretende ser una respuesta de acogida de la Iglesia hacia las personas divorciadas que tienen una nueva relación.

En declaraciones a ACI Prensa el 22 de enero, Stella Domínguez explicó que los divorciados en nueva unión desean la comunión con Dios, y la primera pregunta que hacen cuando llegan a la pastoral es saber si van a poder comulgar.

Domínguez afirma que muchos de ellos desconocen que existen dos tipos de Comunión: la Comunión espiritual y la Comunión eucarística.

“Nosotros les explicamos con la caridad, en la bondad y en la verdad… que ellos tienen que hacer la comunión espiritual, y la viven muy intensamente. Nos impacta cómo ellos desean tanto recibirla. Ellos hacen suya esta frase que decimos durante la Misa: ‘una sola palabra tuya bastará para sanarme’”, señaló.

El Proyecto Esperanza nació gracias a un encuentro del CELAM en Cochabamba (Bolivia), donde en 2005 se trató la situación de las familias en situaciones irregulares. Esta pastoral no tiene muchos años y, según explican, es una nueva herramienta pastoral que está en continuo desarrollo.

“Estamos aprendiendo con ellos. Esto es un proceso, porque no tenemos la solución a todo, todas las respuestas que ellos quieren; pero se sienten acogidos, ellos hacen la alianza de amor a la Madre, para que ella sea educadora de sus familias. Nosotros aprendemos de ellos, porque la entrega que tienen a la Iglesia, el deseo de servir a sus hermanos que viven la misma situación, nos enseña la caridad y la bondad”, afirmó.

Por último, la experta señaló que su objetivo es ayudar a los divorciados en nueva unión a crecer en la fe y que encuentren en la Iglesia una madre y maestra, un lugar de acogida y de amor donde se sientan hijos de Dios.

“Ellos necesitan esa sanación para tener una vida de amor, de entrega, como todos los hijos de Dios”, concluyó.

Los divorciados vueltos a casar y el sacramento de la Comunión

La Congregación de la Doctrina para la Fe expresó en su carta a todos los obispos del mundo en octubre de 1994, que una persona divorciada en nueva unión no puede participar de la Comunión eucarística, porque el matrimonio “es la imagen de la relación entre Cristo y su Iglesia”.

En ese aspecto, la Iglesia explica que estas personas, sin un decreto de nulidad para el primer matrimonio, se encuentran en una relación de adulterio que no les permite arrepentirse honestamente, para recibir la absolución de sus pecados y por consiguiente, la Santa Comunión.

Dentro de este marco, para acercarse a los Sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía, deben resolver la irregularidad matrimonial por el Tribunal de los Procesos Matrimoniales.

Al respecto San Juan Pablo II señala que “la Iglesia desea que estas parejas participen de la vida de la Iglesia hasta donde les sea posible (y esta participación en la Misa, adoración Eucarística, devociones y otros serán de gran ayuda espiritual para ellos) mientras trabajan para lograr la completa participación sacramental”.

 

 

 


El maná de cada día, 29.1.15

enero 29, 2015

Jueves de la 3ª semana de Tiempo Ordinario

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Candil

Lámpara es tu Palabra para mis pasos, luz en mi sendero



PRIMERA LECTURA: Hebreos 10, 19-25

Hermanos, teniendo entrada libre al santuario, en virtud de la sangre de Jesús, contando con el camino nuevo y vivo que él ha inaugurado para nosotros a través de la cortina, o sea, de su carne, y teniendo un gran sacerdote al frente de la casa de Dios, acerquémonos con corazón sincero y llenos de fe, con el corazón purificado de mala conciencia y con el cuerpo lavado en agua pura.

Mantengámonos firmes en la esperanza que profesamos, porque es fiel quien hizo la promesa; fijémonos los unos en los otros, para estimularnos a la caridad y a las buenas obras.

No desertéis de las asambleas, como algunos tienen por costumbre, sino animaos tanto más cuanto más cercano veis el Día.


SALMO 23, 1-2. 3-4ab. 5-6

Esta es la generación que busca tu rostro, Señor.

Del Señor es la tierra y cuanto la llena, el orbe y todos sus habitantes: él la fundó sobre los mares, él la afianzó sobre los ríos.

¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en el recinto sacro? El hombre de manos inocentes y puro corazón, que no confía en los ídolos.

Ése recibirá la bendición del Señor, le hará justicia el Dios de salvación. Éste es el grupo que busca al Señor, que viene a tu presencia, Dios de Jacob.


Aclamación antes del Evangelio: Salmo 118, 105

Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero.


EVANGELIO: Marcos 4, 21-25

En aquel tiempo, dijo Jesús a la muchedumbre: «¿Se trae el candil para meterlo debajo del celemín o debajo de la cama, o para ponerlo en el candelero? Si se esconde algo, es para que se descubra; si algo se hace a ocultas, es para que salga a la luz. El que tenga oídos para oír, que oiga.»

Les dijo también: «Atención a lo que estáis oyendo: la medida que uséis la usarán con vosotros, y con creces. Porque al que tiene se le dará y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene.»


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EL CANDELERO Y EL CELEMÍN

Los cristianos estamos llamados a alumbrar con la luz de Cristo esos rincones del alma, de la Iglesia y del mundo en donde anida aún la oscuridad tenebrosa y ciega de tanto pecado.

Sin embargo, no todas las luces alumbran por igual. Algunas sólo adornan, porque parece que relegan su fe y su cristianismo al saco de las actividades de ocio y tiempo libre. Otras, incluso molestan a los ojos porque, en nombre del Dios cristiano, se permiten arrancar las páginas, escenas y frases del Evangelio que más molestan o que no responden al patrón de lo política y eclesialmente correcto.

Otras luces llegan a ser espectaculares fuegos artificiales, que alumbran unos momentos con un cierto liderazgo y, al poco, se apagan tan rápidamente como se encendieron.

Hay también luces que se contentan con alumbrar ese pequeño rincón y reino, surgido al aire de un piadoso y desviado capillismo, que hace del propio grupo o movimiento el centro de todo el sistema solar.

Hay, además, cristianos que viven escondidos debajo del celemín de sus propios complejos, ideologías, medianías, autosuficiencias, excusas y comodidades, y que reducen la luz de Cristo a un mero resplandor tenue que crea un ambiente agradable y confortable, propicio al relax.

Otros hacen del candelero su ideal de vida, y convierten el cristianismo o la propia vocación en un medio de subsistencia con el que logran ser un pequeño «alguien» en ese pequeño mundo en que consiguen hacer carrera o ser reconocidos con cargos y prestigio.

Es difícil esconder la luz, porque el resplandor acaba filtrándose por las rendijas del celemín. Es también difícil iluminar la oscuridad desde un candelero en donde brilla la luz propia y no la de Dios. Mira, pues, que la luz que haya en ti no sea tu propia oscuridad, porque allí donde hay oscuridad no está Dios.

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La vida sexual es algo muy sublime en el plan de Dios

enero 28, 2015

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Pareja con campo verde

Vio Dios todo lo que había hecho y era muy bueno

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El sexo, como Dios manda…

Por Felipe Aquino

 

Antes que nada el matrimonio cristiano necesita conocer bien el sentido del sexo en el plan de Dios. Él lo quiere. De todas las alternativas posibles que Dios podría haber empleado para generar y mantener la especie humana, escogió la relación física y espiritual del amor conyugal. Dios quiso que la pareja humana fuera el arquetipo de la humanidad y que su generación fuera por medio de la vía sexual.

Además de eso, por medio de este acto, quiso profundizar el amor de la pareja. Entonces, la conclusión a la que se llega es que Dios no sólo inventó el sexo, sino que lo dotó de una profunda dignidad y sentido y, por eso, colocó normas para que fuera vivido de manera correcta, para que no causara desajustes y sufrimiento.

Dios quiso que el ser humano fuera material y espiritual, algo como una bella síntesis del animal que sólo tiene cuerpo, como el ángel que sólo es espíritu.

Y dotándolo de cuerpo quiso que el hombre fuera sexuado como los animales: sin embargo, su vida sexual debía ser guiada no por el instinto, como en los animales, sino por el alma, e iluminada por la inteligencia, embellecida por la libertad, conducida por la voluntad y vivida en el amor.

La vida sexual es algo muy sublime en el plan de Dios; por eso, una pareja jamás debe pensar que Dios está lejos en el momento de su unión más íntima, pues este acto es santo y santificador en el matrimonio y querido por Dios.

El amor conyugal tiene un sentido único; el amor entre dos seres del mismo sexo -como por ejemplo, el padre y el hijo o dos amigos- no se complementan en el plano físico.

El uso del sexo en su debido lugar, en el matrimonio, bien entendido en sus aspectos espiritual y psicológico, es uno de los actos más nobles y significativos que el ser humano puede realizar; pues es fuente de vida y de celebración del amor. La virtud de la castidad, más que renunciar al sexo, significa su uso adecuado.

Dice el Dr. Alphone H. Clemens, Director del Centro de Asesoramiento de la Universidad Católica de América, Washington, D. C., sobre el acto sexual:

Es un acto de gran belleza y profundo significado espiritual, pues el amor conyugal entre dos cristianos en estado de gracia, es una fusión de dos cuerpos que son templos de la Trinidad y una fusión de dos almas que participan de la misma Vida Divina… Por otro lado, usado con propiedad, se vuelve una fuente de unión, armonía, paz y ajuste.

Intensifica el amor entre el esposo y la esposa, y funciona como escudo contra la infidelidad y la incontinencia. La personalidad humana integral, incluso en sus aspectos sobrenaturales, es enriquecida por el sexo, una vez que el acto de amor conyugal también es merecedor de gracias” (Clemens, 1969, p. 175).

Raoul de Gutchenere afirma en Judgment on Birth Control:

Fue reconocido hace bastante tiempo que, (…) las relaciones sexuales producen efectos psicológicos profundos, especialmente en la mujer”, una vez que el esperma absorbido por su cuerpo, desempeña un papel dinamógeno, promoviendo el equilibrio

Generalmente, el acto de amor conyugal provoca relajación, vigor, autoconfianza, satisfacción, sensación general de bienestar, sensación de seguridad y una disposición que conduce a olvidar las dificultades y tensiones de menor importancia entre la pareja” (Apud Clemens, p. 177).

No es por casualidad que san Pablo, hace 2000 años ya recomendara a los cónyuges cristianos: “No os neguéis el uno al otro… para que Satanás no os tiente” (1 Co 7, 5).

Rechazar el sexo sin motivo puede representar no sólo una injusticia para el cónyuge, sino también un peligro de exponerlo a la infidelidad y el matrimonio al fracaso. Eso muestra que la pareja no debe quedar mucho tiempo separada cualesquiera que sean los motivos, especialmente por razones menores.

El alejamiento prolongado entre los esposos puede generar una situación de stress especialmente para el hombre. Algunos logran superar esa abstinencia sexual forzada con una sublimación religiosa, pero no todos tienen la misma disposición.

Sin embargo, es necesario decir que los especialistas muestran en sus investigaciones que “otros factores son más importantes para la felicidad matrimonial que el sexo”, una vez que muchas parejas superan sus problemas y angustias con un amor auténtico.

 

http://www.aleteia.org/es/estilo-de-vida/articulo/el-sexo-como-dios-manda-5829509106368512