¿Qué son los sacramentales en la vida cristiana? Conoce algunos de ellos

febrero 22, 2018

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La Medalla Milagrosa bendecida (sacramental)

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¿Qué son los sacramentales en la vida cristiana? Conoce algunos de ellos

Redacción ACI Prensa

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La bloguera católica Jenny Uebbing escribió un reciente artículo en el que explica el sentido y el uso de los llamados sacramentales en la vida cotidiana del cristiano.

En el blog “Mama needs coffee” de CNA -agencia en inglés del Grupo ACI- Uebbing explica que la palabra “sacramental” es “utilizada por la teología para designar aquellos artículos aparentemente normales a los que tenemos acceso durante nuestra batalla contra el mal a lo largo de nuestra vida”.

Según el Catecismo, los sacramentales “son signos sagrados creados según el modelo de los sacramentos, por medio de los cuales se significan efectos, sobre todo de carácter espiritual, obtenidos por la intercesión de la Iglesia”.

“Por ellos, los hombres se disponen a recibir el efecto principal de los sacramentos y se santifican las diversas circunstancias de la vida”.

Uebbing explicó que “si bien la fe de la Iglesia impregna en estos elementos comunes (agua, sal, cruces, iconos, medallas, etc.) una bendición que es eficaz en sí misma, esta solo se concreta plenamente cuando se combina con la fe personal y una vida recta y ordenada”.

Haciendo referencia al Evangelio de San Juan sobre el pasaje de Jesús en el que aplica barro en los ojos a un hombre para que recupere la vista, Uebbing indicó que este milagro “no ocurrió por una superstición o por cualidades inherentes de la materia, sino por una reacción primordial entre la gracia de Cristo y la fe del hombre”.

Aquí algunos ejemplos de sacramentales propuestos por la bloguera católica:

1. Crucifijos

Uebbing aseguró que “con un crucifijo en cada habitación, se tiene un poderoso recordatorio para todos los que viven, trabajan y duermen bajo el mismo techo, de que es a Cristo a quien le pertenece el hogar”.

“No, el crucifijo no es Jesús, sino que es su imagen, representada con amor y destacada prominentemente”, precisó.

2. Agua bendita

La bloguera detalló que “cada parroquia debe tener (la mayoría lo hacen) una fuente de agua bendita por cada puerta y una fuente principal para el bautismo”.

“Mantenemos agua bendita en nuestra casa en todo momento, y la usamos todos los días para bendecir a nuestros hijos, sus habitaciones y nuestra casa, sobre todo si alguien está enfermo o tuvo un mal sueño, o después de una gran fiesta o cuando muchas personas han estado entrando y saliendo”.

Jenny aseguró que “vivimos en una falsa dicotomía entre lo espiritual y el mundo material en este siglo, sin embargo, el Dios que viene a nosotros en una oblea de pan no duda en conferir la gracia sacramental a través del agua”.

3. Sal bendita

La autora manifestó que la sal es buena “para bendecir las puertas y rociar a lo largo del perímetro de la casa como una barrera entre la familia y el mundo”.

Señaló que esto también es “un acto de fe el reclamar la tierra, la habitación y todo espacio” para Cristo.

4. Medallas

“Tanto la Medalla Milagrosa o el escapulario son poderosos devocionales a la Virgen, y la Iglesia enseña que, usados con fe y en concordancia con una vida de virtud, llevarán promesas poderosas unidas a ellos”, detalló.

Finalmente, Jenny Uebbing aseguró que “María intercederá por nosotros particularmente en el momento de la muerte. Puesto que Jesús no negará a su querida madre todo lo que ella pide”.

Para leer el artículo completo en su idioma original puede ingresar AQUÍ.

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El maná de cada día, 22.2.18

febrero 22, 2018

La Cátedra del apóstol san Pedro

22 de febrero de 2018

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Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia



Antífona de entrada: Lc 22, 32

El Señor dice a Simón Pedro: Yo he pedido por ti, para que tu fe no se apague. Y tú, cuando te recobres, da firmeza a tus hermanos.


Oración colecta

Dios todopoderoso, no permitas que seamos perturbados por ningún peligro, tú que nos has afianzado sobre la roca de la fe apostólica. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: 1 Pedro 5, 1-4

A los presbíteros en esa comunidad, yo, presbítero como ellos, testigo de los sufrimientos de Cristo y partícipe de la gloria que va a manifestarse, os exhorto:

Sed pastores del rebaño de Dios que tenéis a vuestro cargo, gobernándolo no a la fuerza, sino de buena gana, como Dios quiere; no por sórdida ganancia, sino con generosidad; no como déspotas sobre la heredad de Dios, sino convirtiéndoos en modelos del rebaño.

Y cuando aparezca el supremo Pastor, recibiréis la corona de gloria que no se marchita.


SALMO 22, 1-3.4.5.6

El Señor es mi pastor, nada me falta.

El Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas y repara, mis fuerzas; me guía por el sendero justo, por el honor de su nombre.

Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo: tu vara y tu cayado me sosiegan.

Preparas una mesa ante mí, enfrente de mis enemigos; me unges la cabeza con perfume, y mi copa rebosa.

Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida, y habitaré en la casa del Señor por años sin término.


Aclamación antes del Evangelio: Mt 16, 18

Tu eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré a mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará.


EVANGELIO: Mateo 16, 13-19

En aquel tiempo, al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?»

Ellos contestaron: «Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas.»

Él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?»

Simón Pedro tomó la palabra y dijo: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.»

Jesús le respondió: «¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. Ahora te digo yo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo.»


Antífona de comunión: Mt 16, 16. 18

Pedro dijo a Jesús: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Jesús le respondió: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia.
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Basílica de San Pedro, Roma

Basílica de San Pedro, Roma

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LA IGLESIA DE CRISTO SE LEVANTA SOBRE LA FIRMEZA DE LA FE DE PEDRO

De los sermones de san León Magno, papa

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De todos se elige a Pedro, a quien se pone al frente de la misión universal de la Iglesia, de todos los apóstoles y los Padres de la Iglesia; y, aunque en el pueblo de Dios hay muchos sacerdotes y muchos pastores, a todos los gobierna Pedro, aunque todos son regidos eminentemente ­por Cristo.

La bondad divina ha concedido a este hombre una excelsa y admirable participación de su poder, y todo lo que tienen de común con Pedro los otros jerarcas, les es concedido por medio de Pedro.

El Señor pregunta a sus apóstoles qué es lo que los hombres opinan de él, y en tanto coinciden sus respuestas en cuanto reflejan la ambigüedad de la ignorancia humana.

Pero, cuando urge qué es lo que piensan los mismos discípulos, es el primero en confesar al Señor aquel que es primero en la dignidad apostólica. A las palabras de Pedro: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo, le responde el Señor: ¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo.

Es decir: «Eres verdaderamente dichoso porque es mi Padre quien te lo ha revelado; la humana opinión no te ha inducido a error, sino que la revelación del cielo te ha iluminado, y no ha sido nadie de carne y hueso, sino que te lo ha enseñado aquel de quien soy el Hijo único».

Y añade: Ahora te digo yo, esto es: «Del mismo modo que mi Padre te ha revelado mi divinidad, igualmente yo ahora te doy a conocer tu dignidad: Tú eres Pedro, que soy la piedra inviolable, la piedra angular que ha hecho de los dos pueblos una sola cosa, yo, que soy el fundamento, fuera del cual nadie puede edificar, te digo a ti, Pedro, que eres también piedra, porque serás fortalecido por mi poder de tal forma que lo que me pertenece por propio poder sea común a ambos por tu participación conmigo».

Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. «Sobre esta fortaleza –quiere decir– construiré el templo eterno y la sublimidad de mi Iglesia, que alcanzará el cielo y se levantará sobre la firmeza de la fe de Pedro».

El poder del infierno no podrá con esta profesión de fe ni la encadenarán los lazos de la muerte, pues estas palabras son palabras de vida. Y del mismo modo que lleva al cielo a los confesores de la fe, igualmente arroja al infierno a los que la niegan.

Por esto dice al bienaventurado Pedro: Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo.

La prerrogativa de este poder se comunica también a los otros apóstoles y se transmite a todos los obispos de la Iglesia, pero no en vano se encomienda a uno o que se ordena a todos; de una forma especial se otorga esto a Pedro, porque la figura de Pedro se pone al frente de todos los pastores de la Iglesia.

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Jubileo de la Curia Vaticana: Papa Francisco pide vivir estas dos actitudes esenciales

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VATICANO, 22 Feb. 16 / 07:45 am (ACI).- El Papa Francisco presidió esta mañana una Misa en la Basílica de San Pedro por el Jubileo de la Curia Romana en el marco del Año Santo, y explicó la importancia de la fidelidad y la misericordia en el servicio cotidiano que realizan.

“Dejemos que el Señor nos libere de toda tentación que aleja de lo esencial de nuestra misión y redescubramos la belleza de profesar la fe en el Señor Jesús. La fidelidad al ministerio se conjuga bien con la misericordia de la que queremos hacer experiencia”, dijo el Santo Padre en el día en que la Iglesia celebra la fiesta de la Cátedra de San Pedro.

[Puede leer: Hoy la Iglesia celebra la fiesta de la Cátedra de San Pedro]

Esta mañana, miles de personas entre laicos, religiosos y sacerdotes participaron antes de una reflexión en el Aula Pablo VI desde donde caminaron en procesión hasta la Basílica, a la que ingresaron cruzando la Puerta Santa y donde el Papa celebró la Misa en latín.

En su homilía, el Santo Padre recordó que “en las Sagradas Escrituras, la fidelidad y la misericordia son un binomio inseparable” e hizo a los presentes la misma pregunta de Jesús: “’¿Quién dicen ustedes que soy yo?’ Una pregunta clara y directa ante la cual no es posible huir o permanecer neutral, ni encargar la respuesta o delegarla a algún otro. ¡Pero en ella no hay nada de inquisitorio sino que está llena de amor!”

“Estamos reunidos en la tumba del Apóstol Pedro para hacer nuestra profesión de fe y hoy la Palabra de Dios ilumina de modo especial nuestros gestos”.

Francisco explicó que “de esta profesión de fe deriva para cada uno de nosotros la tarea de corresponder a la llamada de Dios. A los pastores, primero que nada, se les pide tener como modelo a Dios mismo que sirve a su grey”.

“El profeta Ezequiel ha descrito el modo de actuar de Dios: Él va en busca de la oveja perdida, reconduce al rebaño a la descarriada, cura y atiende a la enferma. Un comportamiento que es signo del amor que no conoce límites. Es una dedicación fiel, constante, incondicional, para que a todos los más débiles pueda llegar su misericordia”.

El Pontífice resaltó luego que “nos hace bien a nosotros, llamados a ser pastores en la Iglesia, dejar que el rostro de Dios Buen Pastor nos ilumine, nos purifique, nos transforme y nos restituya plenamente renovados en nuestra misión”.

“Que también en nuestros ambientes de trabajo podamos sentir, cultivar, practicar un fuerte sentido pastoral, primero que nada hacia las personas que encontramos todos los días. Que nadie se sienta no atendido o maltratado sino que todos puedan experimentar, antes que nada aquí, el cuidado premuroso del Buen Pastor”.

El Papa cita también a San Agustín, cuando escribe que “la Iglesia, agitada y movida por las vivencias de la historia ‘no sucumbe, porque está fundada sobre la piedra, de donde surge el nombre de Pedro. No es la piedra que tiene su nombre por Pedro, sino Pedro que lo recibe por la piedra. Así como el nombre de Cristo no surge de cristiano, sino que el nombre cristiano es el que deriva de Cristo (…) La piedra es Cristo, el fundamento sobre el que Pedro ha sido edificado’”.

Francisco afirma luego que los que sirven en la Curia del Vaticano están llamados a “ser colaboradores de Dios en una empresa tan fundamental y única como la de testimoniar con nuestra existencia la fuerza de la gracia que transforma y la potencia del Espíritu que renueva”.


Maná y Vivencias Cuaresmales (9), 22.2.18

febrero 22, 2018

Jueves de la 1ª semana de Cuaresma

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Si vosotros, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos…



Antífona de entrada: Salmo 5, 2-3

Señor, oye mis palabras, escucha mi lamento, haz caso de mi voz suplicante, Rey mío y Dios mío.


Oración colecta

Concédenos, Señor, la gracia de conocer y practicar siempre el bien, y, pues sin ti no podemos ni siquiera existir, haz que vivamos siempre según tu voluntad. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: Ester 14, 1.3-5.12-14

En aquellos días, la reina Ester, temiendo el peligro inminente, acudió al Señor y rezó así al Señor, Dios de Israel:

«Señor mío, único rey nuestro. Protégeme, que estoy sola y no tengo otro defensor fuera de ti, pues yo misma me he expuesto al peligro. Desde mi infancia oí, en el seno de mi familia, cómo tú, Señor, escogiste a Israel entre las naciones, a nuestros padres entre todos sus antepasados, para ser tu heredad perpetua; y les cumpliste lo que habías prometido.

Atiende, Señor, muéstrate a nosotros en la tribulación y dame valor, Señor, rey de los dioses y señor de poderosos. Pon en mi boca un discurso acertado cuando tenga que hablar al león; haz que cambie y aborrezca a nuestro enemigo, para que perezca con todos sus cómplices.

A nosotros, líbranos con tu mano; y a mí, que no tengo otro auxilio fuera de ti, protégeme tú, Señor, que lo sabes todo.»


SALMO 137, 1-2a.2bc.3.7c-8

Cuando te invoqué, me escuchaste, Señor.

Te doy gracias, Señor, de todo corazón; delante de los ángeles tañeré para ti, me postraré hacia tu santuario.

Daré gracias a tu nombre, por tu misericordia y tu lealtad; cuando te invoqué, me escuchaste, acreciste el valor en mi alma.

Tu derecha me salva. El Señor completará sus favores conmigo: Señor, tu misericordia es eterna, no abandones la obra de tus manos.


Aclamación antes del Evangelio: Juan 3, 16

Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna.


EVANGELIO: Mateo 7, 7-12

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre. Si a alguno de vosotros le pide su hijo pan, ¿le va a dar una piedra?; y si le pide pescado, ¿le dará una serpiente?

Pues si vosotros, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre del cielo dará cosas buenas a los que le piden! En resumen: Tratad a los demás como queréis que ellos os traten; en esto consiste la Ley y los profetas.»


Antífona de comunión: Mateo 7, 8

Todo el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que toca, se le abrirá.


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VIVENCIAS CUARESMALES

Misterio, vida y comunión en la Santísima Trinidad

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9. JUEVES

PRIMERA SEMANA DE CUARESMA

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TEXTO ILUMINADOR: ¡Cuánto más vuestro Padre del cielo dará cosas buenas –Mateo-, dará el Espíritu Santo –Lucas- a los que le pidan!

TEMA: La voluntad de Dios es que el hombre tenga vida en abundancia.

La oración colecta de este día recoge magistralmente los sentimientos que culminaban la jornada de ayer: “Concédenos, Señor, la gracia de conocer y practicar siempre el bien, y, pues sin ti no podemos ni siquiera existir, haz que vivamos siempre según tu voluntad”.

Como si dijéramos: “Ya que nos das, Señor, el don primero, el de la vida, danos todo lo demás; ayúdanos a no apartarnos en lo más mínimo de lo que tú ya has dispuesto para nosotros con sabiduría y bondad eternas”. Amén.

Que ésta sea tu oración frecuente, estimado hermano, apreciada hermana, en este día hasta que embargue tu espíritu, lo pacifique y lo dilate en un gozoso descanso en el Señor. Repítela una y otra vez, si tienes posibilidades. El Espíritu irá haciendo su obra, sea que veles y te esfuerces, sea que descanses o bajes la guardia.

Dios es siempre el mismo: dador de vida por excelencia, por antonomasia. “El Dador de vida en persona”. La semilla de Dios crece por sí sola en tu corazón benevolente, acogedor, agradecido.

Sabemos que Dios desea lo mejor para nosotros; no podemos suponer maldad en él, aunque frecuentemente sentimos dificultades para ver sus planes de paz y bendición. El mal, el dolor, el pecado, las limitaciones nos escandalizan y perturban.

Por eso, Dios sale a nuestro encuentro por la palabra y la vida de su Hijo. “¿Quién de ustedes da una serpiente a su hijo en vez de un pez? Si ustedes, siendo malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre, el único bueno, dará el Espíritu a los que se lo pidieren!” (Mt. 7, 7-12).

“¿Quién de ustedes es capaz de darle una piedra a su hijo si le pide pan, o una culebra si le pide pescado? Si ustedes, que son malos, son capaces de dar cosas buenas a sus hijos ¡con mayor razón el Padre que está en los cielos dará cosas buenas al que se las pida!”.

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ORACIÓN TRINITARIA, SUGERIDA

Gracias, Señor Jesús, porque eres mi hermano mayor. Te confieso como mi Señor y Salvador. Gracias por tu condescendencia con nuestra flaqueza y por tu paciencia para repetirnos una y otra vez que el Padre también nos ama.

Perdona nuestra debilidad en creer; en fiarnos de la acción del Espíritu en nosotros que trata de convencernos del infinito amor del Padre. Ten paciencia con nosotros, Señor Jesús, e infúndenos tu santo Espíritu que ilumine nuestra mente y mueva nuestro corazón.

Señor Jesús, queremos escuchar tu voz que nos dice: ¿Tanto tiempo con ustedes y aún no han descubierto a mi Padre? ¿Aún no me conocen, no se dan cuenta de que el Padre es todo para mí? Él es mi fundamento, mi razón de ser, no hago sino lo que el Padre me encomienda. ¿Aún no me conocen en profundidad? ¿De dónde sacaría yo fuerzas y capacidad para devolver bien por mal, sino de él?

A él le confío constantemente todos mis asuntos; por eso, si me vieran en profundidad, verían claramente a mi Padre, porque él está en mis orígenes y en el transfondo de todo mi ser, de mi hablar y de mi actuar.

Quien me ve a mí, Felipe, ve al Padre. No soy yo quien predica, quien sana, quien perdona… es el Padre que está cumpliendo por mí y en mí y juntamente conmigo todo lo que había prometido a los patriarcas y profetas. Porque él es el único bueno. Él es mayor que yo…

Yo soy el amén del Padre: para su gloria y contento, y también para vuestra salvación; así mi alegría será cumplida, llegará a plenitud, en vosotros, a cuenta vuestra, por vuestra libertad y salvación. Con ustedes no tengo secretos; pues sois mis amigos, el pequeño rebaño que el Padre me confió y me encomendó.

Gracias, Señor Jesús, porque nos aseguras que cuanto ha hecho el Padre en ti y a través de ti durante tu vida mortal, lo quiere hacer en nosotros y por nosotros.

El Espíritu que vino sobre ti en el Jordán es el mismo Espíritu que el Padre ha derramado sobre nosotros en el bautismo; lo derramó sobre tus discípulos al glorificarte en la cruz, haciéndote perfecto a fuerza de sufrimientos y sumisión.

Desde la cruz abriste el santuario de tu costado y comenzó a fluir el río de agua viva que saciará la sed de todos los hombres.

Gracias, Padre bueno, porque apoyado en la palabra y las obras de tu bendito Hijo, puedo creer que tú quieres lo mejor para mí, quieres que tenga vida en abundancia y en plenitud; es lo que más te gusta, lo que te pareció mejor. Por eso enviaste a tu único Hijo y lo hiciste pecado por mí.

Si nos has dado al Hijo, ¿qué podrías reservarte ya? Por eso creo que tú me das con Cristo todas las cosas, es decir, el Espíritu de tu propio Hijo, el que reproduce en mí la imagen del Hijo y la conciencia de filiación, la de ser hijo tuyo; hijo adoptivo, sí; pero verdadero hijo en el Hijo primogénito.

Padre santo, el único generoso, fuente de toda vida, dame el Espíritu Santo y eso me bastará…

Glorifícate en mi vida, Padre de bondad, como te complazca, haz de mí lo que quieras; pues de ti nada malo me puede venir; no quiero ponerte ningún obstáculo, ningún reparo; quiero ser como tu Hijo; dispón de mí como quieras, restaura, poda, sana… enviándome el Santo Espíritu.

Ven, Espíritu Santo, padre amoroso del pobre; ven, dulce huésped del alma, y haz de mí lo que quieras. Sea lo que sea, te doy las gracias. Quiero que te derrames en todo mi ser para que pueda tener los sentimientos del Hijo, la mente de Cristo, la humildad de Jesús y su fidelidad hasta la muerte y muerte de cruz.

Toma en serio mi palabra, Padre de bondad; pues yo también quiero tomar en serio tu palabra y tu promesa que nos ha comunicado con verdad y autoridad tu propio Hijo hecho hombre.

Querría tener más fe, querría estar más convencido de todo esto que estoy expresando, y sentirlo más profundamente, pero tú me comprendes, pues sabes que soy de barro: ayúdame, y dame esa palabra gemida y sincera que el Espíritu suscita en mi corazón, el Espíritu que nos hace hijos en tu bendito Hijo Jesús. Amén.

“Si vosotros, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que le suplican!”.

ACLAMACIÓN AL EVANGELIO:

“Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo único para que todo el que crea en él tenga vida eterna”.

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Estimado lector, te ofrezco una versión del Padrenuestro que puede iluminar tu vivencia cuaresmal en este día. Se nos exhorta a que pidamos.

Pues oremos al Señor hasta que sintamos la fuerza y la suavidad del Espíritu que hace nuevas todas las cosas, comenzando por nuestro propio corazón.

El Espíritu que nos une al Padre y al Hijo, y que es el corazón de la Iglesia, que construye la comunidad de los hijos de Dios. Supliquemos se nos conceda el sentir con la Iglesia de Cristo.

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Padre nuestro, Padre de todos,
líbranos del orgullo de estar solo.

No vengo a la soledad cuando vengo a la oración,
pues sé que, estando contigo, con mis hermanos estoy;
y sé que, estando con ellos, tú estás en medio, Señor.

No he venido a refugiarme dentro de tu torreón,
como quien huye a un exilio de aristocracia interior.
Pues vine huyendo del ruido, pero de los hombres no.

Allí donde va un cristiano no hay soledad, sino amor,
pues lleva toda la Iglesia dentro de su corazón.
Y dice siempre “nosotros”, incluso si dice “yo”.
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La Cuaresma: Empeñarse en la vivencia de la “dimensión mariana” de la Iglesia

febrero 21, 2018

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¿Qué nos dicen los signos de los tiempos en la Iglesia y en el mundo sobre la mujer?

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Una aproximación a la mejor comprensión de la función de la mujer en la Iglesia. Pasos hacia el reforzamiento de la “dimensión mariana” de la Iglesia. La belleza única de la mujer en la Iglesia Católica.

A cuenta de ello: ¿No habrá llegado el momento de redescubrir el significado del velo o de la mantilla entre las mujeres católicas? ¿Qué nos dicen los signos de los tiempos en la Iglesia y en el mundo sobre la mujer? ¿Tendrá el velo suficiente entidad como para promover una renovación de la función de la mujer en la Iglesia? 

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Hace tiempo me ronda en la cabeza la idea de escribir algo sobre uno de los símbolos religiosos de la tradición judeocristiana: El velo o mantilla usados por las mujeres en las celebraciones religiosas. El artículo que reproduzco ya lo publiqué en este sitio con dos entregas o entradas.

Ahora lo saco de nuevo, única entrada, con motivo de la Cuaresma porque pienso que puede ser un tiempo apropiado para su uso y significación eclesial. Y además, porque todos sin excepción podemos ejercitarnos en comprender y vivir mejor la “dimensión mariana” de la Iglesia de la mano de la “mujer”, icono de la compasión y ternura de Dios y de la belleza de María, madre de la Iglesia. 

Comienzo por recordar que hasta el Concilio Vaticano II estaba generalizado el uso del velo entre las mujeres en la Iglesia. Mejor dicho: Estaba mandado. El Concilio no lo prohibió pero tampoco lo promovió. Simplemente suspendió la obligación de llevarlo. Dejó libertad para usarlo o no, a criterio personal.

El resultado fue que en pocos años desapareció esa práctica en toda la Iglesia, sobre todo romana. Hoy solo se usa el velo o mantilla de manera protocolar en las visitas o encuentros oficiales con el Santo Padre; también lo usan las novias y las religiosas.

Como expresión de religiosidad popular peruana, señalo que en la procesión del Señor de los Milagros de Lima, las señoras que visten hábito morado y queman incienso, también llevan velo blanco.

Actualmente son muy escasas las mujeres que usan el velo o mantilla durante la misa, adoración del Santísimo o en otras celebraciones. Por lo general, estas personas visten el velo con mucha reverencia y convicción porque les ayuda grandemente en su oración.

No suelen provocar rechazo en los demás y las mujeres que las ven, por lo general, se muestran interesadas en conocer los motivos que tienen para usar el velo sobre todo durante la misa.

 

El velo es un signo religioso

¿Qué podemos decir sobre el velo o mantilla? Es un atuendo femenino que, usado en las celebraciones religiosas, se convierte en signo que expresa y facilita la relación con Dios, sobre todo en la oración personal y en el culto litúrgico. El velo bendecido se convierte en “sacramental”: Es decir, adquiere una carga significativa tanto para el que lo porta o usa como para los demás.

Tanto el velo, como el hábito religioso, una medalla, el aro matrimonial… son sacramentales que recuerdan al que los lleva el compromiso contraído de manera privada o pública, pero siempre personal. En ellos expresa el creyente su intención y su relación particular con Dios: su consagración testimonial.

A través de ellos la vivencia interior del creyente se robustece al hacerse pública, y a la vez esos signos ayudan al creyente a evitar los olvidos y las eventuales incoherencias prácticas. Es decir, le ayudan a mantener y hacer crecer su intención primigenia, su experiencia fundante o su consagración original.

Para los demás, esos signos son un testimonio, llaman la atención y les muestran las intenciones de la persona que los lleva. Ofrecen a todos un conocimiento de la persona en su experiencia religiosa, que puede conducir a los demás a valorar, respetar, admirar y hasta imitar a esas personas que manifiestan públicamente su fe. En fin, se fomenta el sentido de Iglesia.

 

Significado específico del velo en la mujer orante

Lo primero que se debe resaltar es que el velo siempre se consideró en la tradición cristiana como una prenda de vestir propia y específica de las mujeres, un atuendo femenino, no de los varones. Tiene referencia no sólo al cabello de las mujeres, sino a su mismo sentido de belleza y de presentación femenina en las oraciones públicas o privadas.

Quizás no sería exagerado ni atrevido afirmar de entrada que el velo tendría algo que ver con el ser y hacer de la mujer en la Iglesia, según los planes de Dios, sobre todo en el culto y las oraciones.

Aparte de las connotaciones socioculturales, pareciera que el velo en sí “diría bien” con la función esencial y específica de la mujer en la Iglesia y concretamente en las oraciones y en la liturgia. El hecho de llevar velo ayudaría a la mujer en su identidad creyente y en su testimonio ante la comunidad eclesial y ante el mundo.

La Palabra nos dice que Dios los creó desde el principio hombre y mujer. Los hizo a su imagen y semejanza, iguales en su dignidad y en su vocación fundamental, pero distintos en su condición de seres sexuados, hechos el uno para el otro, es decir, esencialmente complementarios.

La sexualidad es mucho más que la genitalidad, pues abarca todos los aspectos del ser humano: autoconciencia, inteligencia, sensibilidad, capacidad de acoger y dar afecto, resistencia al dolor y al sufrimiento, aprecio de la vida, optimismo, religiosidad, etc.

Hombres y mujeres somos diferentes; muy diferentes. Pero complementarios, hechos para vivir relacionados en la sociedad y particularmente en el matrimonio.

Se podría sostener que esta condición sexuada del ser humano refleja mejor, o al menos más explícitamente, la esencia de Dios; es expresión de la perfección infinita de Dios, que es Comunión trinitaria, unión en la diversidad, pluralidad en la unidad.

Es decir, la condición sexuada hace más comprensible a los humanos el misterio de Dios Uno y Trino a la vez, Único Dios en tres personas distintas. Además, le facilitaría experimentar la riqueza de la diversidad de los humanos, la belleza de la convivencia humana y las bondades de la complementariedad.

Le abriría finalmente a la capacidad de la procreación, a la fecundidad del amor entre dos personas sexualmente diferentes y complementarias.

En la Historia de la Salvación Dios mismo se ha encargado de asumir y de santificar la condición sexuada del ser humano, mediante la Encarnación del Verbo y la Maternidad divina de la Virgen María.

Al encarnarse, Dios asume la condición humana en su totalidad y existencialmente sexuada: De hecho, necesitó una madre, la Santísima Virgen María, mujer y no varón; y en Jesús de Nazaret el Verbo de Dios asumió la condición humana como varón, no como mujer. Jesús no fue mujer. De María su madre asumió Jesús la esencia del hombre y existencialmente fue varón, el hijo de José el carpintero.

Ahora ellos dos, Jesús y María, solamente ellos están resucitados y glorificados en el Cielo, los dos únicos seres humanos, hombre y mujer. Cada uno cumple la voluntad de Dios y sirve a la salvación de los hombres, según el plan único e inescrutable de Dios.

Ante estas consideraciones elementales de nuestra fe, ¡qué desenfocadas resultan ciertas apreciaciones en referencia a Jesús o a María! Así, algunas mujeres recriminan a Jesús que no hiciera apóstol y sacerdotisa a su madre María. Sería falta de amor. A otras les parece una discriminación que la Iglesia no permita a las mujeres acceder al sacerdocio.

 

En las cosas de Dios no hay autoservicio: todo se recibe, nada se toma por propia iniciativa

Lo primero que se desprende de lo expuesto es que Dios en la historia de salvación programa, dispensa y distribuye sus dones como a él le parece: En función del bien de todos y para su gloria.

Nadie toma nada por su cuenta, todo se recibe y se agradece. Dios sabe poner a cada uno en el mejor lugar, con las mejores cualidades. Él provee a cada uno con largueza, y sin perjudicar a nadie.

Por tanto, la reivindicación no cabe en la Iglesia. Tampoco la emancipación. Nadie debe buscar su propio bien, su propio interés. Cada uno es un don para los demás. La caridad, que no busca lo propio, se entiende como la búsqueda del bien de los demás. Y la perfección del cristiano consiste en anteponer el bien común al propio.

Al razonar con estos criterios, qué lejos estaríamos del espíritu que, por lo general, ha inspirado la liberación de la mujer, la revolución sexual, el feminismo radical: contrarrestar la tradicional opresión sociocultural del varón y luchar por la conquista del poder de las mujeres sobre los hombres. Que las mujeres se rebelen y luchen por oprimir a los varones, aun a costa de renunciar a su condición de mujeres.

Esta manera de razonar y de actuar socaba los fundamentos de la maternidad, de la familia y de la sociedad como tal. Al fondo descubrimos un egocentrismo si no egoísmo nefasto que lleva a la esterilidad, a la infecundidad. El Papa Francisco atribuye al Diablo la esterilidad. La anticultura de la muerte -contracepción, aborto, homosexualidad y la ideología de género- está llevando a la destrucción de la comunidad humana, sobre todo en ciertos países, los más secularizados.

Esta transformación ideológica, moral y sociorreligiosa, lleva consigo la cosificación de la mujer, reduciéndola a un objeto de placer para el hombre, cebo de publicidad y comercialización de productos.

Por tanto, la salvación de la familia, de la sociedad y de la Iglesia, si se nos permite, pasará necesariamente por la reivindicación de la mujer en todo el esplendor de su vocación como “genio femenino”, esposa y madre, icono de la vida, la verdad y la belleza de Dios.

 

Dios sabe lo que hace: La mujer, reflejo de la ternura, belleza y amor de Dios.

El Papa Francisco insiste una y otra vez en la necesidad de que la mujer vaya ocupando en la Iglesia el sitio que le pertenece. Porque algo resulta evidente: de hecho en la actualidad no está viviendo plena y específicamente la misión que le corresponde según el plan de Dios y en favor de la Iglesia. Es una tarea pendiente y urgente.

Y esta es la cuestión más importante y casi única que pretendo abordar en estas líneas, un tanto prolijas si se quiere: Tenemos que estudiar, profundizar, dialogar, compartir nuestros sueños, frustraciones y esperanzas respecto de la función de la mujer en la Iglesia y en el mundo. Tal objetivo legitimaría suficientemente nuestro discurso.

Para reconocer la dignidad y la sublimidad de la vocación propia de la mujer en la Iglesia y en la sociedad hay que rastrear con atención los planes de Dios manifestados en la historia de la salvación: Hechos y palabras. No hay que inventar cosas ni pensar mucho.

En la Palabra, al principio, dijo Dios: No está bien que el hombre esté solo. Hagámosle una ayuda semejante a él, un ser “apropiado y proporcionado” para él. Y así Dios creó a la mujer, igual al varón. Ambos llamados a vivir en comunión, a complementarse como un don mutuo en el amor de Dios.

La mujer es un don de Dios deseado por el hombre, necesario y conveniente para él. Sin ella el hombre no es completo, no puede sentirse realizado plenamente.

El hombre y la mujer, por separado, son imagen de Dios y semejanza de Dios, sí, pero de manera imperfecta: Porque el hombre, a pesar de ser dueño de todas las cosas creadas, no hallaba en ellas un ser de su misma dignidad, un ser con el que pudiera entenderse, encontrarse, ayudarse, planificar juntos, gozar juntos…

Para establecer esta comunión conyugal, el hombre dejará a su padre y a su madre, se unirá a su mujer… y los dos serán una sola carne. Tanto el varón como la mujer sienten una atracción mutua para encontrarse, conocerse, dialogar, vivir en comunión, unirse maritalmente y procrear seres semejantes a ellos…

En una palabra, el varón y la mujer están llamados a reproducir en este mundo la comunión de las tres divinas personas. Y les dijo Dios: Crezcan, multiplíquense, llenen de hijos la tierra.

La vida humana surge en el seno de una comunidad y sólo en ella crece y llega a plenitud. Un individuo no puede engendrar vida ni puede garantizar su crecimiento y madurez. En esa comunidad conyugal, el papel de la mujer tiene unas características únicas.

Toda mujer está llamada a encarnar y hacer visible la ternura de Dios, su belleza, su cercanía providente, su capacidad de acogida y de comunión y su apuesta por la vida. Está llamada a ser esposa y así hacerse madre. En la generación de la vida, en su gestación y en la educación del nuevo ser humano, el papel de la mujer, esposa y madre es único, e intransferible.

 

La mujer, primera transmisora del don de la vida y de la fe, iniciadora de humanidad

La mujer es el sagrario de la vida, pues la fecundación acontece en sus entrañas y la implantación vital del embrión humano se realiza en el seno materno. Éste garantiza la permanente y segura acogida del nuevo ser, y con ello su incorporación a la familia humana.

Los esposos y padres, pero específicamente la madre, son los transmisores de la vida y de la experiencia religiosa. A este embrión es infundida el alma inmortal creada directamente por Dios para completar las condiciones vitales del nuevo ser, según los planes de Dios.

Así la esposa y madre se convierte en el primer recinto sagrado donde se desarrollará el nuevo ser humano. Ella será la primera trasmisora del reconocimiento de los padres y del mundo exterior hacia el nuevo ser humano: acogida, valoración, afirmación, seguridad, supervivencia, desarrollo vital, absorción de los valores humanos y de la experiencia religiosa.

La mujer, esposa y madre, comparte las vivencias y experiencias de la Santísima Virgen María. Con ella pronuncia el “fiat”: Hágase en mí, como tú digas. Con María, como mujer y madre, comparte su respuesta “personal” y en cierta soledad, pero no desamparo.

Es la sumisión obsequiosa de la fe a Dios, no al varón, ni al destino, ni a la visión cultural o moda social. Ella se siente feliz como criatura del Señor, vivencialmente como mujer, semejante a María, que es bendita entre todas las mujeres por su particular y personal obediencia a Dios.

“Ser madre no significa sólo traer al mundo un hijo, sino que también es una elección de vida. La elección de vida de una madre es la elección de dar vida. Y esto es grande, esto es bello. Sin las madres, no sólo no habría nuevos fieles, sino que la fe perdería buena parte de su calor sencillo y profundo. No somos huérfanos, somos hijos de la Iglesia, somos hijos de la Virgen y somos hijos de nuestras madres” (Papa Francisco).

 

La belleza polifacética de la mujer en la Iglesia

La mujer es icono de la ternura y belleza de Dios en el mundo, en la sociedad. En la Iglesia es icono de la nueva Eva, de María, la llena de gracia y bendita entre todas las mujeres. Representa a la Iglesia como la Esposa de Cristo. En fin, goza de un espectro magnífico y esplendoroso de gracia y belleza espiritual.

Por estas y otras mil razones, la mujer, en el orden de la gracia, en la Iglesia, en la familia, en la sociedad, en el mundo… posee una riqueza real y significativa casi infinita, según los planes de Dios. La grandiosidad de María nos es accesible en cada mujer, sobre todo en la propia madre, gracias a la cual hemos venido al mundo todos los seres humanos y hemos experimentado las vivencias más originales y fundantes.

En fin, es tan grande la mujer cristiana en los planes de Dios que ignorarla equivaldría a privar a la Iglesia y a la humanidad de una riqueza inimaginable y polifacética. Equivaldrá a un reduccionismo empobrecedor de la creación de Dios. Casi le quitaría el alma, la alegría.

Es mucho en efecto lo que Dios ha dispuesto depositar en María y en la mujer como don para la humanidad, para la sociedad y para la Iglesia, como un mar sin fondo en el que siempre podremos bucear para sacar más y más tesoros de gracia y bendición en Cristo.

Por eso, la mujer en la Iglesia debería ser considerada como una perla preciosa digna de todo respeto y veneración. En ella, Dios ha depositado bienes admirables e inefables para bendición de la Iglesia y de la humanidad entera.

En analogía con la vida religiosa que no es jerarquía, la mujer pertenecería al corazón de la Iglesia. Por tanto, estarían justificadas en ella todas las formas de vestir y de presentación que expresen ternura, belleza, recato, pureza, castidad, prudencia, humildad, servicio, disponibilidad, sobriedad, cercanía, acogida, perdón, reconciliación, paz…

Y todo ello para contento y admiración del varón que la contempla y respeta como el mayor don recibido de Dios, como “la ayuda apropiada y a medida” que Dios mismo le ha proporcionado con infinito amor y deferencia para bien de la humanidad y para su gloria, que al y al cabo, es lo mismo.

 

La mujer hace posible y exige una cultura del encuentro en nuestros tiempos, una evangelización de la ternura

Aquí, gracias a la consideración de la mujer en la grandeza de su vocación, nos topamos con un filón que debe ser descubierto con alegría, trabajado con denuedo y puesto a valer cultural y religiosamente para progreso y edificación del mundo entero.

Se ha dicho, no sin razón, que la cultura actual ha sido forjada más por el espíritu y talante del varón que de la mujer.

Consecuencia de este protagonismo y a veces imposición del varón, y también por el poder del pecado, nuestra cultura se caracteriza por la ley del más fuerte, la confrontación, la eficacia y el bienestar, la no sostenibilidad de una sociedad próspera, pacífica, inclusiva; la guerra, la muerte necesaria de un individuo o de un colectivo para que sobreviva el otro…

Pues no hay alimentos para todos; no hay tierra para todos; no hay prosperidad para todos; no cabemos todos en el mundo… Algunos tienen que morir necesariamente, desaparecer, o emigrar, o sufrir, o resignarse…

Frente a estas realidades, muchas personas abogan por ir creando, soñando y forjando, incluso ensayando una cultura hecha más según la inspiración de la mujer, según su sentir, sus necesidades, sus parámetros, sus ideales, su intuición y experiencia religiosa.

Según esto, habría que pensar en primer lugar en una cultura del diálogo, del encuentro, de la reconciliación y del perdón, de la opción por la vida como valor supremo y de la inclusión, no del desencuentro, de la guerra, del descarte. No, pues todos cabemos en el mundo, hay alimentos para todos, nadie debe morir, no hay que sacrificar a ningún ser vivo y menos a los hombres…

Es posible un mundo distinto, una sociedad de la acogida, de la convivencia pacífica, de la inclusión incondicional del otro, del respeto sagrado hacia todo ser humano más allá de su credo, cultura, raza, posición social, salud personal física o psíquica, por encima del bienestar material…

La forma de pensar, de sentir y de actuar de la mujer le conecta con un ser superior y con Dios, de una forma, diríamos “connatural” y afectuosa: Dios debe de ser algo así como una “mujer”, especialmente si ha llegado a ser esposa y madre; debe de sentir algo así como siente una mujer al varón, a la vida, al mundo, a los niños, a los hijos, a los ancianos, a sí misma…

Por tanto, Dios no debe de estar muy lejano de la vida de los hombres y de la sociedad, y no debe de alegrarse con la muerte de nadie, no debe ser promotor de guerras y de rivalidades, ni esclavo de la ambición, de la avaricia, del poder dominador… Es muy difícil creer y justificar que, en nombre de Dios, se pueda matar, se pueda declarar la guerra y promover conflictos, violencia o terrorismo…

La verdadera religión y el culto a Dios han de incluir y promover todo lo que significa reconciliación, compasión, perdón, diálogo, respeto e incluso ternura en las relaciones humanas entre las personas, las comunidades y los pueblos. La humanidad, antes que nada, tiene que ser una familia de hermanos que viven en paz y armonía y se sienten solidarios en la abundancia y en la escasez.

La mujer nos recuerda a los cristianos la necesidad de no olvidar jamás la “dimensión mariana” de la Iglesia. Ella es constitutiva de la Iglesia y anterior a la función petrina: esposa, madre, evangelizadora.

Todo intento de combatir la cultura de la muerte, la destrucción de la familia y de la sociedad necesariamente tendrá que pasar por la restauración y promoción de la dignidad de la mujer, garantía de la vida y de la familia.

 

El velo “dice bien” con la mujer que representa la feminidad en la Iglesia y la nupcialidad

En la tradición de la Iglesia ha existido hasta nuestros días la costumbre y la delicadeza de cubrir los objetos bendecidos o consagrados dedicados al culto, como son el tabernáculo o sagrario donde se reserva el Santísimo Sacramento.

Los altares están cubiertos con manteles y adornados porque representan a Cristo. Son la “mesa” donde se preparan los dones que serán consagrados. Los vasos sagrados, copones y cálices, son adornados y también cubiertos artísticamente.

La Iglesia como tal es la “perla preciosa”, la nueva creación en gracia y santidad, la novia que representa a todas las naciones. Todos los laicos toman parte en la naturaleza femenina de la Iglesia, pero las mujeres simbolizan a la Iglesia como la novia.

Las mujeres recuerdan a los varones que la esencia de la Iglesia es su condición de “desposada” con Dios: Ha sido sacada de las tinieblas y del pecado y ha sido adornada como novia para su Esposo. Toda mujer bautizada es un icono de esa vocación de toda la Iglesia. Ésta no puede olvidarse de ese primer amor, fundante y definitivo.

Por eso, toda mujer en la Iglesia es digna de una veneración especial, de respeto, de estima y de cariño. Una comunidad cristiana madura debería reservar para toda mujer un sitial de honor por consideración a la Nueva Eva, la Santísima Virgen María, Madre de Dios, y en atención a la función humana y salvífica con la que Dios le ha distinguido y embellecido, no para su autocomplacencia y vanidad, sino para gloria de Dios y bien de la humanidad y de la Iglesia.

Esta disposición de Dios respecto de la mujer es sagrada y única, digna de todo respeto por parte del varón. Los laicos varones en la Iglesia representan a Cristo, el novio. De ahí que algunos varones accedan al sacerdocio ministerial de Cristo, para bien de la Iglesia, no para su propio interés y poder.

La función y la dignidad jerárquicas no debe generar en el clero actitudes de suficiencia, autoritarismo y discriminación respecto de las mujeres, sino más bien todo lo contrario: un ministerio sacerdotal y pastoral inspirado por la caridad y la atención personal según las necesidades de cada uno. Los clérigos deben imitar la humildad y delicadeza con que Jesús trataba a las mujeres de su tiempo.

El Papa Francisco ha denunciado los daños que causa el clericalismo en la Iglesia. Los pastores deberían ser especialmente cuidadosos en el trato y consideración de la mujer en la Iglesia, sus más acérrimos defensores y promotores. Siempre será la mujer una prioridad pastoral. A veces ellas constituyen, de hecho, la verdadera opción por los pobres y marginados, o descartados.

Lamentablemente, la mujer suele ser víctima de la violencia, la marginación, el abuso, la soledad, la insolidaridad, el egoísmo cruel… Las “viudas” de la Sagrada Escritura son la personificación de los más abandonados en la sociedad y en la comunidad religiosa. Y Dios aparece frecuentemente como el “defensor de las viudas”.

Las palabras que el ángel dirigió a san José también se aplican a los clérigos: José, no tengas reparo en llevarte a María tu mujer. Ellos no deben tener ningún reparo en acoger todo lo que Dios ha depositado y realiza en ellas para enriquecer a la Iglesia y a la humanidad entera. Como José a María en su día, deben dar legitimidad y plena integración de las mujeres en la Iglesia y en la sociedad, como una bendición de Dios. “Le pondrás por nombre Jesús, que significa Salvador”.

El Papa Francisco aconsejaba no hace mucho a los jesuitas de Perú superar la vanidad y elitismo clerical y adoptar gestos y conductas cercanas al pueblo y más en concreto a las mujeres: “La mujer debe dar a la Iglesia toda aquella riqueza que von Balthasar llamaba «la dimensión mariana». Sin esta dimensión la Iglesia queda renga o tiene que usar muletas y entonces camina mal. Creo que en esto hay mucho que andar. Y repito, como les dije hoy a los obispos: «desprincipiar», estar cercanos a la gente…” (https://ismaelojeda.wordpress.com/2018/02/16/46026/).

 

Al final, ¿usar velo, por qué, y para qué?

A estas alturas, la mujer consciente de lo dicho hasta aquí se preguntaría qué añade llevar velo o qué se pierde si deja de llevarlo. Quizás lo más acertado y valioso sea la voluntad y la libertad de cada mujer en la Iglesia. Lo más valioso de lo expuesto quizás sea el haber dado vueltas a un tema y a una experiencia que interesa a todos, para gloria de Dios, bien de la humanidad y crecimiento y belleza de la Iglesia.

Ante esta ambiciosa apuesta, el uso de un atuendo femenino en sí mismo puede parecer insignificante y hasta ridículo. Sin embargo, no despreciable. El valor de este gesto a los ojos de Dios será infinito y de capital importancia para la madurez, belleza y fecundidad de la Iglesia en nuestro mundo.

En efecto, una mujer que usa el velo, con motivación religiosa, muestra a todas luces una gran reverencia ante Dios y ante la Iglesia, y fomenta su propio recogimiento para la oración; se honra a sí misma ante los demás valorando su pertenencia a Dios. Simboliza también a toda la Iglesia en cuanto que es la esposa de Cristo.

San Pablo pide a las mujeres que se sometan a sus maridos por amor a Dios; análogamente la Iglesia debe someterse a Cristo; y Cristo llevó una vida sumisa a los designios del Padre. Por eso, Cristo amó a la Iglesia hasta el punto de sufrir y morir por ella. Los maridos imitando a Cristo amarán a sus esposas como a su propio cuerpo. Y este es un gran misterio, confesará san Pablo, y “yo lo refiero a Cristo y a su Iglesia”.

El velo es una prenda de vestir que la mujer utiliza para orar, para comunicarse con Dios por lo general en asamblea litúrgica. Las mujeres tienen naturalmente un cabello hermoso, y el velo acentúa esa belleza. Pero con la intención de agradar a Dios no a los hombres. Por tanto, con velo o sin velo, la mujer expresará siempre ante su Esposo y Señor sentimientos de humildad, delicadeza, amor apasionado y nupcial, recato, modestia, recogimiento, piedad y, en fin, contemplación.

El Papa Francisco comenta la forma peculiar de sentir y de orar de María que guardaba todas estas cosas en su corazón: “Contemplando a la Madre nos sentimos animados a soltar tantos pesos inútiles y a encontrar lo que verdaderamente cuenta. El don de la Madre, el don de toda madre y de toda mujer es muy valioso para la Iglesia, que es madre y mujer”.

Prosigue el Papa con una referencia muy sugerente acerca de la manera peculiar de sentir, actuar y orar de san José y de todo varón: “Y mientras el hombre frecuentemente abstrae, afirma e impone ideas; la mujer, la madre, sabe custodiar, unir en el corazón, vivificar. Para que la fe no se reduzca sólo a una idea o doctrina, todos necesitamos de un corazón de madre, que sepa custodiar la ternura de Dios y escuchar los latidos del hombre. Que la Madre, que es el sello especial de Dios sobre la humanidad, custodie este año y traiga la paz de su Hijo al corazón de todos los hombres y al mundo entero” (https://www.aciprensa.com/noticias/texto-homilia-del-papa-francisco-en-la-solemnidad-de-santa-maria-madre-de-dios-12676).

 

A modo de conclusión

¿Por qué usar velo? Porque quieres: Porque a Dios le encantó hacerte mujer, como María, con una misión única e intransferible. Quiso hacerte libre y le gusta verte libre y creativa, llena de amor y feliz como él, que Amante de la vida. Porque estás orgullosa de ser mujer, porque te gustas en él, porque es tu respuesta entusiasta a Dios que te hizo mujer como María, y sabes por fe, estás segura de que eso es lo mejor para ti, para todos.

¿Y para qué usar velo? Para aprender a cumplir la voluntad de Dios, para aprender la fidelidad a tu vocación única y original de mujer como María… Para disponerte a ser esposa, a ser madre… Para colaborar de la mejor manera posible con los designios de Dios y salvar a todos los hombres, para amar a discreción, como María… bendita entre todas las mujeres. Y para llevar el Fruto bendito de su vientre a todas las naciones, para gloria y alabanza de Dios Padre, Hijo y Espíritu. Amén.

Por si puede interesar: 

http://www.academia.edu/34679861/DIMENSI%C3%93N_MARIANA_DE_LA_IGLESIA_Y_MISERICORDIAhttp://www.academia.edu/34679861/DIMENSI%C3%93N_MARIANA_DE_LA_IGLESIA_Y_MISERICORDIA

http://nihilobstat.dominicos.org/articulos/una-iglesia-mariana/

https://youtu.be/LWu_RFHBZmQ

http://adelantelafe.com/uso-del-velo-en-la-mujer-en-la-santa-misa/

http://www.padremiguel.info/mujer-como-te-vistes-delante-de-dios/

 


Maná y Vivencias Cuaresmales (8), 21.2.18

febrero 21, 2018

Miércoles de la 1ª semana de Cuaresma

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Un corazón quebrantado y humillado, tú, Dios mío, no lo desprecias



Antífona de entrada: Salmo 24, 6.3.22

Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas y no permitas que nos derrote el enemigo. Sálvanos, Dios de Israel, de todas nuestras angustias.


Oración colecta

Señor, mira complacido a tu pueblo, que desea entregarse a ti con una vida santa; y a los que dominan su cuerpo con la penitencia transfórmales interiormente mediante el fruto de las buenas obras. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: Jonás 3, 1-10

Vino la palabra del Señor sobre Jonás: «Levántate y vete a Nínive, la gran ciudad, y predícale el mensaje que te digo.»

Se levantó Jonás y fue a Nínive, como mandó el Señor. Nínive era una gran ciudad, tres días hacían falta para recorrerla. Comenzó Jonás a entrar por la ciudad y caminó durante un día, proclamando: «¡Dentro de cuarenta días Nínive será destruida!»

Creyeron en Dios los ninivitas; proclamaron el ayuno y se vistieron de saco, grandes y pequeños.

Llegó el mensaje al rey de Nínive; se levantó del trono, dejó el manto, se cubrió de saco, se sentó en el polvo y mandó al heraldo a proclamar en su nombre a Nínive:

«Hombres y animales, vacas y ovejas, no prueben bocado, que no pasten ni beban; vístanse de saco hombres y animales; invoquen fervientemente a Dios, que se convierta cada cual de su mala vida y de la violencia de sus manos; quizá se arrepienta, se compadezca Dios, quizá cese el incendio de su ira, y no pereceremos.»

Y vio Dios sus obras, su conversión de la mala vida; se compadeció y se arrepintió Dios de la catástrofe con que había amenazado a Nínive, y no la ejecutó.


SALMO 50, 3-4.12-13.18-19

Un corazón quebrantado y humillado, tú, Dios mío, no lo desprecias.

Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa; lava del todo mi delito, limpia mi pecado.

Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme; no me arrojes lejos de tu rostro, no me quites tu santo espíritu.

Los sacrificios no te satisfacen: si te ofreciera un holocausto, no lo querrías.Mi sacrificio es un espíritu quebrantado; un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias.


Aclamación antes del Evangelio: Ezequiel 18, 31

Arrojad lejos de vosotros todo el mal y estrenad un corazón nuevo, y vivid con ánimo renovado.


EVANGELIO: Lucas 11, 29-32

En aquel tiempo, la gente se apiñaba alrededor de Jesús, y él se puso a decirles: «Esta generación es una generación perversa. Pide un signo, pero no se le dará más signo que el signo de Jonás.

Como Jonás fue un signo para los habitantes de Nínive, lo mismo será el Hijo del hombre para esta generación.

Cuando sean juzgados los hombres de esta generación, la reina del Sur se levantará y hará que los condenen; porque ella vino desde los confines de la tierra para escuchar la sabiduría de Salomón, y aquí hay uno que es más que Salomón.

Cuando sea juzgada esta generación, los hombres de Nínive se alzarán y harán que los condenen; porque ellos se convirtieron con la predicación de Jonás, y aquí hay uno que es más que Jonás.»


Antífona de comunión: Salmo 5, 12

Que se alegren, Señor, cuantos en ti confían, que se regocijen eternamente porque tú estás con ellos.


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VIVENCIAS CUARESMALES

San Agustín, maestro de la conversión cristiana

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8. MIÉRCOLES

PRIMERA SEMANA DE CUARESMA

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Esta generación es una generación perversa, porque los habitantes de Nínive se convirtieron con la predicación de Jonás; y aquí hay uno que es más que Jonás.


TEMA: La conversión, “la determinada determinación” de cambio. Intransigencia con toda forma de mal. Transformación del corazón.

La conversión es para todos sin excepción y no podemos excusarnos ni exigir demasiadas pruebas. Cristo ya ha venido, Dios ya no tiene más que hacer por nosotros; ahora se pone en acción nuestra respuesta generosa, nuestra creatividad, la hora de la Iglesia, la hora de la imaginación. ¿Sientes, hermano, celos y fuego por la gloria de Dios en ti y en los demás?

Deberías pedir a Dios con toda sinceridad que te purifique sin miramientos, deberías ponerte en sus manos cada día, pues él es un experto cirujano. El Espíritu intervendría en toda tu persona para que reprodujeras la imagen de Cristo.

Como solícito hortelano, Cristo podaría tus ramas muertas para que dieses más fruto aunque la poda te doliera. ¿Vives con deportividad tu entrega al Señor y a los hermanos? No busques muchas pruebas del amor de Dios hacia ti, ni de sus exigencias, para que seas verdaderamente libre.

La conversión de los bautizados supera la conversión de los ninivitas porque se abren a un Dios “siempre mayor”. Nuestra conversión consistirá en acoger todo el plan de Dios, pues llegaron los últimos tiempos. Esa acogida exige matar de raíz toda negligencia ante el advenimiento del reino de Dios pues se ha cumplido el plazo…

Por eso, Ezequiel 18, 31 nos pide: “Arrojad lejos de vosotros todo el mal y estrenad un corazón nuevo, y vivid con ánimo renovado” (Aclamación del Evangelio).

Nuestra conversión se traducirá en una auténtica renuncia al mal en todas sus formas, con total determinación, de manera absoluta. Renunciar a todo lo que Dios llama pecado aunque nosotros no lo percibamos del todo así, o no nos parezca tan malo; sólo de esta manera llegaremos a la verdad total y la libertad de los hijos de Dios.

Reza el salmo 50 una y otra vez, en esta cuaresma, porque es el salmo penitencial por excelencia. Tu oración cuaresmal, por excelencia. ¿Si no lo rezas ahora de verdad, cuándo lo harías? Además, ahora toda la Iglesia te acompaña, de manera especial.

¿No lo notas? Trata de sentirlo: La Iglesia es tu familia, no la sientas en modo alguno ajena. Tú rezas por la conversión de los otros y, al rezar, los comienzas a perdonar y pides que sus pecados les sean perdonados. Y los demás rezan por ti. Tus pecados, de alguna manera, son de los otros o afectan a todos. Lo que hacen los demás, lo haces tú con ellos. En la Cuaresma puedes sentir más intensamente la unidad de la Iglesia.

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Oración:

Misericordia, Dios mío; por tu bondad, por tu inmensa compasión, borra mi culpa. Mi sacrificio es un espíritu quebrantado; un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias. ¡Oh Dios!, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme. Y mi boca cantará tu alabanza. Amén.

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Amable lector, apreciada lectora, hace ocho días comenzamos el itinerario cuaresmal, con la imposición de la ceniza. Me alegra pensar que sigues con renovado amor el día a día de la Cuaresma. Pero nadie está libre de caer en la rutina.

Por eso, hermano, hermana, te invito a echar un vistazo atrás y preguntarte cómo has aprovechado estos ocho días: ¿Has encontrado algo nuevo que te ha impactado, que te hace vibrar, has avanzado en tu vida espiritual?

Da gracias a Dios por lo conseguido, y pide la gracia de una conversión sincera. San Agustín, el gran convertido, te recuerda: No necesitas escuchar novedades, sino ser nuevo tú mismo por el afán de aprender, de superarte, de conocer más a Dios y de hacer más felices a tus hermanos.

Pensando en los hermanos terciarios, pero sin excluir a nadie, a continuación te ofrezco un resumen de cómo entendía y sentía san Agustín la Cuaresma, y cómo la predicaba a sus fieles.

A ver si sus palabras siguen teniendo inspiración y fuerza para ti. Suerte, con la gracia de Dios, y con el obsequio de tu actitud humilde. Hasta mañana, si Dios quiere.



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SAN AGUSTÍN EN VIVO, para la Cuaresma

El ciclo litúrgico de los misterios del Señor significa para la Iglesia una consagración y santificación del tiempo, totalmente opuesto a los ciclos cósmicos de la filosofía antigua. Contra el perpetuo rodar de los siglos sin esperanza, la Iglesia introdujo la Pascua, cuyo hecho central es la resurrección del Señor, y en esperanza la resurrección de todos los hombres.

Tal ha sido la máxima revolución de la historia, que ya ordena y encabeza los tiempos en Cristo dándoles un contenido espiritual que nunca tuvieron los paganos, ni tiene el tiempo entre los musulmanes o entre los hindúes.

Nuestro tiempo está lleno de Cristo, y por eso lo llamamos cristiano. Situándose, pues, San Agustín en medio de este acontecimiento cósmico, divide o acoge la división del tiempo en dos secciones: antes y después de Pascua.

El primero es de tentación, lucha y tristeza; el segundo, de triunfo y de gozo. “Este tiempo de miseria y gemido nuestro significa la cuaresma antes de la Pascua, y los cincuenta días posteriores dedicados a la alabanza divina representan el tiempo de alegría, del reposo en la felicidad, de la vida eterna, del reino sin fin que todavía no ha llegado.

Hay, pues, dos tiempos; uno, antes de la resurrección del Señor; otro, después de la misma; uno, en el que estamos ahora; otro, en el que esperamos estar. El tiempo cuaresmal, que es nuestro tiempo actual, es de tristeza. El aleluya pascual significa el tiempo de gozo, del descanso y del reino que poseeremos. Son frecuentes en la Iglesia las alabanzas de Dios -el canto del aleluya- para significar la vida de alabanzas incesantes del reino futuro.

La pasión del Señor significa nuestro tiempo, en que estamos. Los azotes, las ataduras, injurias, salivazos, corona de espinas, el vino con hiel, el vinagre en la esponja, los insultos, los oprobios y, finalmente, la cruz con el cuerpo pendiente en ella, ¿qué significan sino el tiempo en que vivimos, que es de tristeza, mortalidad, tentación?

Por eso es un tiempo feo… Tiempo feo; pero, si lo usamos bien, tiempo fiel. ¿Qué cosa más fea que un campo estercolado? Más hermoso estaba antes de recibir el estiércol; mas fue abonado para que diese fruto. La fealdad, pues, de este tiempo es un signo; ella sea para nosotros tiempo de fertilidad” (Sermón 254,5).

Aunque todo el tiempo cristiano, mientras vivimos en este mundo, tiene un rasgo cuaresmal en el sentido mencionado, la cuaresma cristiana comprende un espacio limitado de días para prepararse a la fiesta de la Pascua.

Este tiempo se celebraba muy solemnemente en la época del Obispo de Hipona: “Ya llega el tiempo solemne que debo recomendarles para que reflexionen más seriamente sobre su alma y sobre la penitencia corporal. Porque éstos son los cuarenta días sacratísimos en todo el orbe de la tierra en que, al acercarse la Pascua, todo el mundo, que Dios reconcilia consigo en Cristo, celebra con loable devoción” (Sermón 209, 1).

Este exordio solemne de un sermón cuaresmal indica bien la seriedad con que la Iglesia promovía la reconciliación de los cristianos con Dios. Pensamiento central de la cuaresma era el misterio de la redención humana obrada por Cristo, y que debía ser actuada por los cristianos con una cooperación espiritual y corporal.

En la raíz misma de la espiritualidad cuaresmal pone el Santo la humildad: “Porque este tiempo de humildad significado por estos días es la misma vida de este mundo en que Cristo, nuestro Señor, que murió una vez por nosotros, en cierto modo vuelve a padecer todos los años con el retorno de esta solemnidad. Pues lo que se realizó una vez en el tiempo para que fuese renovada nuestra vida, se celebra todos los años para traerlo a nuestra memoria.

Si, pues, durante todo el tiempo de nuestra peregrinación, viviendo en medio de tentaciones, debemos ser humildes de corazón, ¡cuánto más en estos días, en que no sólo se vive, sino que también se simboliza en la celebración este tiempo de nuestra humillación!

Humildes nos enseñó a ser la humildad de Cristo, pues se entregó a la muerte por los impíos; grandes nos hace la grandeza de Cristo, porque, resucitando, se adelantó a nuestra piedad” (Sermón 206, 1).

El cristiano, pues, ha de participar de la pasión y resurrección de Cristo. Por la humildad de la pasión, a la gloria de la resurrección: he aquí el itinerario espiritual de la cuaresma cristiana. Por eso la cruz se alza en medio de este tiempo, no sólo como signo de redención, sino también como bandera de la milicia cristiana: “Y en esta cruz, durante toda esta vida que se lleva en medio de tentaciones, debe estar siempre clavado el cristiano” (Sermón 205, 1).

¿Cuál es el programa espiritual de este tiempo? El de una más copiosa alimentación espiritual por la meditación de la palabra de Dios, o digamos de las verdades eternas; y el de la crucifixión o mortificación corporal, significada, sobre todo, por el ayuno.

Tres tipos de penitencia cuaresmal nos ofrece la Escritura en otros tres personajes de la historia de la salvación: Moisés, Elías y Cristo. Ellos nos enseñan que “no hemos de conformarnos y apegarnos a este mundo, sino crucificar al hombre viejo, no andando en comilonas y embriagueces, en los placeres carnales e impurezas, ni en discordias o envidias, sino que debemos revestirnos de Jesucristo, sin preocuparnos de las pasiones del cuerpo (Rom. 13,13-14).

Vive así siempre, ¡oh cristiano! Si no quieres sumergirte en el fango de la tierra, no desciendas de esta cruz. Y así se debe vivir, sobre todo en este tiempo cuaresmal, en espera de la vida nueva” (Sermón 205, 1).

La cuaresma tiene una significación total para la vida cristiana: la de renuncia a los deseos desordenados del mundo. Es la misma exigencia bautismal con su abnegación de las vanidades mundanas: “Se nos recomienda en nuestra conducta, mientras vivimos en este mundo, abstenernos de las codicias del siglo; esto indica el ayuno de este tiempo conocido de todos con el nombre de cuaresma” (Sermón 270, 3).

La ocupación de este tiempo se resume en la meditación de la palabra de Dios, en la penitencia corporal -significada particularmente por el ayuno- y en las obras de misericordia. La Iglesia recomienda más oración para este tiempo: “Durante estos días dedíquense a más frecuentes y fervorosas oraciones” (Sermón 205, 2). El fin es conseguir humildad y contrición de los pecados, o lo que llama el Santo “afanarse gimiendo” (in gemitu laborare).

El gemido de la oración reconoce dos causas: el sentimiento de los pecados y la ausencia de la patria durante la peregrinación. Reflexionar sobre la miseria del pecado y de la ausencia de Dios y de los grandes bienes que esperamos en la vida futura da a la cuaresma su sello de austeridad.

Por eso la memoria de la pasión de Cristo impregna todo este programa, porque el aniversario de los trabajos de Cristo en la pasión nos recuerda la condición temporal de la existencia cristiana, sujeta a tantas tentaciones, y nos confirma en la esperanza del perdón.

San Agustín da también una gran importancia al ejercicio de las obras de misericordia, y dedica un sermón cuaresmal al perdón de las ofensas. El hombre que odia es una cárcel tenebrosa para sí mismo; su corazón es su cárcel. Con este motivo comenta las palabras de san Juan: El que no ama a su hermano está en las tinieblas todavía (Jn 3, 15).

Este ejercicio es necesario para los cristianos durante su vida, pero en la cuaresma es cuando debe purificarse el corazón, y Agustín no se cansa de repetir que es uno de los ejercicios cuaresmales que más deben tenerse en cuenta:

“Atención todos, hombres y mujeres, pequeños y grandes, laicos y clérigos; y yo también me dirijo a mí mismo. Oigamos todos, temamos todos. Si hemos faltado contra los hermanos, hagamos lo que manda el Padre, que también será nuestro juez; pidamos perdón a todos, a los que tal vez hemos ofendido y dañado con nuestras faltas” (Sermón 211, 5).

El ejercicio del perdón mutuo era muy necesario en la diócesis de Hipona, porque los africanos eran vengativos. Ya se sabe también que el ayuno corporal era práctica universal de la Iglesia, con privación de cosas lícitas e ilícitas: “Castiguemos nuestro cuerpo y reduzcámoslo a servidumbre; y, a fin de que las pasiones insumisas no nos arrastren a cosas ilícitas, para dominarlas privémonos también de cosas lícitas” (Sermón 207, 2).

Pero lo que se le niega al cuerpo debe distribuirse a los necesitados, porque el ayuno no aprovecha al que lo guarda sin practicar la misericordia. Constantemente une el Santo las tres cosas -ayunos, oraciones y limosnas-, como medio de prepararse para la Pascua: “Hay que dar limosna, ayunar y orar para vencer las tentaciones del mundo, las insidias del diablo, los trabajos de la vida, las sugestiones de la carne, las turbulencias temporales y toda clase de adversidad corporal y espiritual” (Sermón 207, 1).

Toda esta ascética cuaresmal es propia de cualquier tiempo. Por eso san Agustín asemeja la cuaresma a la misma peregrinación humana, que avanza en este mundo entre contradicciones, fatigas y combates que sólo acabarán con el descanso de la Pascua. “Los pobres a quienes damos limosna, ¿qué otra cosa son sino nuestros portaequipajes, que nos ayudan a transportar nuestros bienes de la tierra al cielo? Los entregas al portaequipajes, y él lleva al cielo lo que le das” (Sermón 97 A, 1).

“Mi exhortación, hermanos, sería ésta: den del pan terreno y llamen a las puertas del Pan celeste. El Señor es ese Pan. Yo soy -dice- el pan de la vida (Jn 5, 35). ¿Cómo te lo va a dar a ti, cuando tú no se lo ofreces al necesitado? Ante ti está un necesitado, y tú mismo estás como necesitado ante otro. Pero aquél está como necesitado ante otro necesitado, mientras que aquél ante quien tú estás no necesita de nadie. Haz tú lo que quieres que se haga contigo (Sermón 389, 6).

(Del libro del P. Víctor Capánaga Agustín de Hipona, Maestro de la conversión cristiana, Madrid 1974, pp. 417-420; resumen del P. Pablo Panedas, oar).


Maná y Vivencias Cuaresmales (7), 20.2.18

febrero 20, 2018

Martes de la 1ª semana de Cuaresma


raining

Como la lluvia



Antífona de entrada: Salmo 89, 1-2

Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación. Desde siempre y por siempre tú eres Dios.


Oración colecta

Señor, mira, con amor a tu familia y a los que moderan su cuerpo con la penitencia, aviva en su espíritu el deseo de poseerte. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: Isaías 55, 10-11

Así dice el Señor: «Como bajan la lluvia y la nieve del cielo, y no vuelven allá sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra, que sale de mi boca: no volverá a mi vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo.»
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SALMO 33, 4-5.6-7.16-17.18-19

El Señor libra de sus angustias a los justos.

Proclamad conmigo la grandeza del Señor, ensalcemos juntos su nombre. Yo consulté al Señor, y me respondió, me libró de todas mis ansias.

Contempladlo, y quedaréis radiantes, vuestro rostro no se avergonzará. Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha y lo salva de sus angustias.

Los ojos del Señor miran a los justos, sus oídos escuchan sus gritos; pero el Señor se enfrenta con los malhechores, para borrar de la tierra su memoria.

Cuando uno grita, el Señor lo escucha y lo libra de sus angustias; el Señor está cerca de los atribulados, salva a los abatidos.


Aclamación antes del Evangelio: Mateo 4, 4

No sólo de pan vive el hombre, sino también de toda palabra que sale de la boca de Dios.

EVANGELIO: Mateo 6, 7-15

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Cuando recéis, no uséis muchas palabras, como los gentiles, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso. No seáis como ellos, pues vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes de que lo pidáis. Vosotros rezad así:

Padre nuestro del cielo, santificado sea tu nombre, venga tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo, danos hoy el pan nuestro de cada día, perdónanos nuestras ofensas, pues nosotros hemos perdonado a los que nos han ofendido, no nos dejes caer en la tentación, sino líbranos del Maligno.

Porque si perdonáis a los demás sus culpas, también vuestro Padre del cielo os perdonará a vosotros. Pero si no perdonáis a los demás, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras culpas.»


Antífona de comunión: Salmo 4, 2

Tú, Dios, defensor mío, que me escuchaste cuando te invoqué y me consolaste en la tribulación ten piedad de mí y escucha mi plegaria.


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VIVENCIAS CUARESMALES

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Nuestra dichosa dependencia vital y existencial respecto de Dios, fuente de vida

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7. MARTES

PRIMERA SEMANA DE CUARESMA

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TEXTO ILUMINADOR:

Dice el Señor: “Como baja la lluvia y la nieve de los cielos y no regresan allá sin haber empapado y fecundado la tierra y haberla hecho germinar… así será la Palabra que salga de mi boca; no volverá a mí sin haber hecho lo que yo quería y haber llevado a cabo su misión”.

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TEMA: Cristo, nuestra respuesta al Padre; nuestra gloria.

Marco de la primera semana, lectura de Isaías 55, 10-11.

La Cuaresma implica conversión y tomar conciencia de nuestros pecados, pero frecuentemente no nos consideramos, ni lo somos de hecho, grandes pecadores o personas perversas. No hemos cometido graves delitos, pero sí hemos dejado de hacer mucho bien que pudimos o debimos haber hecho.

Son muchísimos nuestros pecados de omisión; porque mucho se nos ha dado; mucho y bueno es lo que Dios ha sembrado en nosotros; por eso, mucho se nos pide. ¿Y qué fruto estamos dando nosotros? He ahí la cuestión.

Hoy nos lo recuerda la primera lectura tomada de Isaías. Nosotros somos tierra de Dios que él quiere fecundar para que dé frutos buenos y en abundancia. La lluvia fecundante es el Espíritu Santo, el poder de Dios.

La semilla dejada en nosotros es Cristo mismo, pues en él fuimos creados y en el fondo somos Cristo. Es lo más profundo de nosotros mismos. Hay un germen divino en nosotros, hay un hijo de Dios en germen que debe crecer a la estatura de Cristo.

Se nos ha dado como vocación ser hijos en el Hijo Primogénito. Fue el don precioso; ahora, se nos encomienda dar la talla: hacernos día a día verdaderos y auténticos hijos del Padre Dios en su bendito Hijo Jesucristo.

Pero esta tarea, aparte de no exceder nuestras fuerzas por la gracia de Dios, ya está realizada ejemplarmente y de forma misteriosa y plena en Cristo. Él ya ha respondido por nosotros, junto con el Espíritu.

Cristo es el rocío, es la lluvia que desciende a la tierra y de ésta ha brotado la justicia, la santidad, el tallo de Jesé, lleno del poder del Espíritu Santo, lleno de gracia y santidad. Sólo Cristo ha glorificado al Padre como éste se merece.

Él ha llevado a plenitud la voluntad del Padre en total fidelidad, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz. Sobre esa vara de Jesé, reposa el Espíritu de sabiduría, de entendimiento… los siete dones del Espíritu, toda la floración de los frutos del Espíritu Santo.

Todo lo bueno que los hombres hicieron antes de Cristo y todo lo que harán después de él, ya está recapitulado y realizado en Cristo: hacia él confluye todo y de él todo dimana, por la acción del único Espíritu, y para gloria del Padre.

Por eso nos alegramos en Cristo que es nuestro orgullo, nuestra gloria. Él nos libra de toda ansiedad y temor en nuestra relación con Dios. Él nos enseñó a llamar a Dios “Padre”. No tenemos por qué multiplicar las palabras, ni presentarnos a Dios sólo cuando nos consideramos dignos.

No podemos comprar la salvación, sería nuestra ruina el quedarnos para siempre aislados de Dios, condenados en nuestra propia autosuficiencia, en la mayor soledad, y en el legalismo letal.

Por Cristo, salimos de nosotros mismos para depender de Dios y alegrarnos siempre porque al Padre le pareció bien hacernos hijos en su bendito Hijo, sólo para que sea alabado su nombre.

La alabanza por la gratuidad de nuestra salvación es nuestra liberación radical, es pasar de la muerte a la vida, del temor al amor. La oración de alabanza es la más perfecta: la que más agrada a Dios porque es la que más nos libera de nosotros mismos y nos permite gozarnos en Dios.

La alegría en el Señor es nuestra salvación. La alabanza de Dios es nuestra fortaleza.

Dios ya lo ha hecho todo, ya dispuso el banquete de la Sabiduría: a nosotros sólo nos queda el dejarnos conducir por Cristo, tomados de su mano, hasta la presencia del Dueño de la casa, y dejarnos acomodar a la mesa por el mismo Cristo, el Dueño de la fiesta que está entre nosotros como el que sirve y ofreciéndonos el vino nuevo del Espíritu.

Agradecer la gratuidad divina es comenzar a imitarla, portándonos con los demás como Dios se ha comportado con nosotros, usando con los demás la medida que usa Dios con nosotros, para entrar así en su Reino donde se llega a tener dando; y donde renunciando, se llega a poseer.

Una de las experiencias más gratificantes para el ser humano es precisamente vivir la gratuidad: recibiéndola y dándola a discreción.

Finalmente, si el Padre nos ha enviado el nuevo Adán, Cristo, lleno de gracia y santidad, no debe extrañarnos que nos proporcione con él, en él y por él las palabras mismas con las que debemos agradecerle ese magnífico don. Si nos ha dado la Vida también nos ha dado la Palabra para agradecérsela.

Por eso, Jesús enseñó a sus discípulos a orar. La existencia santa de Jesús se proyecta en la oración para volver al Padre y así la oración está al servicio de la vida. Toda una corriente de vida que viene del Padre y vuelve al Padre por Cristo en el Espíritu Santo.

Y en esa corriente vital somos incorporados nosotros, por pura gracia: en virtud de la voluntad salvífica del Padre que nos ha predestinado antes de los siglos, a través de Cristo, para ser hijos en el Hijo bendito, mediante el Espíritu Santo, el del Padre y del Hijo.

Apreciemos la oración del Padrenuestro que Cristo mismo nos enseñó: la más apropiada para corresponder a la dignidad y valor del don recibido, la vida nueva en el Espíritu. La oración dominical es reconocida como “un sacramental”, es decir, tiene algo de sagrado o divino. No es una oración cualquiera.

Por tanto, de alguna forma está adornada con la presencia de la divinidad: en sus orígenes, en su contenido y en las consecuencias salvíficas que produce en quienes la usan con fe.

Ofrecemos a continuación unas consideraciones de San Cipriano sobre el Padrenuestro.

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Del tratado de San Cipriano, obispo y mártir,
sobre el Padrenuestro

El que nos dio la vida nos enseñó también a orar

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Los preceptos evangélicos, queridos hermanos, no son otra cosa que las enseñanzas divinas, fundamentos que edifican la esperanza, cimientos que corroboran la fe, alimentos del corazón, gobernalle del camino, garantía para la obtención de la salvación; ellos instruyen en la tierra las mentes dóciles de los creyentes, y los conducen a los reinos celestiales.

Muchas cosas quiso Dios que dijeran e hicieran oír los profetas, sus siervos; pero cuánto más importantes son las que habla su Hijo, las que atestigua con su propia voz la misma Palabra de Dios, que estuvo presente en los profetas, pues ya no pide que se prepare el camino al que viene, sino que es él mismo quien viene abriéndonos y mostrándonos el camino, de modo que quienes, ciegos y abandonados, errábamos antes en las tinieblas de la muerte, ahora nos viéramos iluminados por la luz de la gracia y alcanzáramos el camino de la vida, bajo la guía y dirección del Señor.

El cual, entre todos los demás saludables consejos y divinos preceptos con los que orientó a su pueblo para la salvación, le enseñó también la manera de orar, y, a su vez, él mismo nos instruyó y aconsejó sobre lo que teníamos que pedir.

El que nos dio la vida nos enseñó también a orar, con la misma benignidad con la que da y otorga todo lo demás, para que fuésemos escuchados con más facilidad, al dirigirnos al Padre con la misma oración que el Hijo no enseñó.

El Señor había ya predicho que se acercaba la hora en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad; y cumplió lo que antes había prometido de tal manera que nosotros, que habíamos recibido el espíritu y la verdad, como consecuencia de su santificación, adoráramos a Dios verdadera y espiritualmente, de acuerdo con sus normas.

¿Pues qué oración más espiritual puede haber que la que nos fue dada por Cristo, por quien nos fue también enviado el Espíritu Santo, y qué plegaria más verdadera ante el Padre que la que brotó de labios del Hijo, que es la verdad? De modo que orar de otra forma no es sólo ignorancia, sino culpa también, pues él mismo afirmó: Anuláis el mandamiento de Dios por mantener vuestra tradición.

Oremos, pues, hermanos queridos, como Dios, nuestro maestro, nos enseñó. A Dios le resulta amiga y familiar la oración que se le dirige con sus mismas palabras, la misma oración de Cristo que llega a sus oídos.

Cuando hacemos oración, que el Padre reconozca las palabras de su propio Hijo; el mismo que habita dentro del corazón sea el que resuene en la voz, y, puesto que lo tenemos como abogado por nuestros pecados ante el Padre, al pedir por nuestros delitos, como pecadores que somos, empleemos las mismas palabras de nuestro defensor.

Pues, si dice que hará lo que pidamos al Padre en su nombre, ¿cuánto más eficaz no será nuestra oración en el nombre de Cristo, si la hacemos, además, con sus propias palabras?

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Observación final

Estimado amigo, apreciada amiga, que estás haciendo el itinerario cuaresmal: si estas Vivencias están aportando bienestar a tu vida, ¿por qué no compartes tu alegría con otros hermanos?

Piensa en alguna persona, amiga o conocida, que pueda estar necesitando, y hasta buscando a tientas, una renovación de su fe y de su razón de vivir.

El Papa Benedicto, en su mensaje para la Cuaresma del 2012, nos invitaba a mirar y a fijarnos en el hermano para descubrir sus necesidades, para apreciarlo como Dios lo aprecia y lo ama. En definitiva, para conducirlo a Dios. Anímate a ser testigo del Señor, más consciente y valientemente.

En esta Cuaresma el Señor nos dice: En el tiempo oportuno yo te escucho; pues mira, ahora es tiempo de salvación.


Sacerdote cubano: «Por nuestra carta a Castro podemos morir… en un accidente de coche»

febrero 19, 2018

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El sacerdote cubano Castor José Álvarez Devesa. Uno de los tres que firmaron la carta dirigida a Castro en enero. 

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Sacerdote cubano: «Por nuestra carta a Castro podemos morir… en un accidente de coche»

Por María Martínez López

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Castor José Álvarez Devesa es uno de los sacerdotes que, en enero, hizo llegar a Raúl Castro una carta pidiendo elecciones libres y denunciando que el totalitarismo permea toda la sociedad cubana. Asegura a Alfa y Omega que los obispos cubanos no les han puesto ningún obstáculo a significarse de esta manera tan clara, y explica cómo es el día a día de sus fieles: la imposibilidad de sobrevivir sin el mercado negro, las restricciones a la vida de la parroquia, y el miedo constante a los espías del régimen

«Sentíamos que había que iluminar la realidad social cubana desde la doctrina social de la Iglesia». Así explica el sacerdote cubano Castor José Álvarez Devesa la decisión que tomaron él y otros dos presbíteros, José Conrado Rodríguez Alegre y Roque Nelvis Morales Fonseca, de escribir una carta a Raúl Castro pidiendo que en este país, en vez de las «votaciones» previstas para el próximo marzo, se celebren elecciones en libertad.

En el texto, denuncian también que desde el triunfo de la revolución en 1959 y la implantación del Partido Comunista como partido único «el estilo totalitario ha permeado cada capa de la sociedad» cubana.

El padre Álvarez Devesa relata a Alfa y Omega que detrás de la carta hay sacerdotes de todo el país. «Aquí nos conocemos los de todas las diócesis. Durante la convivencia que hacemos todos los años, presentamos la propuesta a los demás, y con los que quisieron formamos un grupo para rezar juntos, reflexionar y dialogar. La mayoría de este grupo participó en la elaboración de la carta», junto con algunos laicos.

Sin embargo, solo la firmaron tres, los que tenían «ese carisma, esa llamada». Eran totalmente conscientes de las posibles consecuencias. «No van a meternos presos o fusilarnos por la carta. Pero sabemos que nos pueden jugar una mala pasada. Puedes acabar muriendo de otra forma, en un accidente de coche o porque te enfermen. O acabar en la cárcel porque te pongan material pornográfico en casa y te juzguen por ello».

Espaldarazo de la Iglesia

Esta iniciativa ha multiplicado su repercusión al haber sido recibidos a comienzos de febrero por el secretario de Estado del Vaticano, cardenal Pietro Parolin. «Fue muy amable, me sentí como un hijo con su padre –recuerda–. En el Vaticano tienen una visión universal, que a veces puede ser mayor que la nuestra». Pero querían que se escuchara, específicamente, una visión cercana de la realidad de Cuba.

También, añade, con el objetivo de que esta visión «llegue a otras sociedades y a todo el mundo. En Venezuela hay una situación que puede ser iluminada por nuestra realidad. La Iglesia en ese país tiene un reto similar al que ha tenido en Cuba».

Le preocupaba, también, que se escuchara su voz en Europa. «La Unión Europea nos ha dejado atónitos al declarar [en su informe anual sobre derechos humanos, ndr] que vivimos en una “democracia de partido único”. No puedo sino pensar que esto se debe a intereses económicos», para no quedarse atrás después del restablecimiento de relaciones entre la isla y Estados Unidos. «Y esto me preocupa muchísimo».

Los obispos les «dejan hacer»

Con todo, el primer fruto del encuentro con el cardenal Parolin es el respaldo eclesial a su iniciativa que este gesto transmite. La postura de los obispos cubanos ha sido un más discreto «dejar hacer».

«El secretario adjunto de la Conferencia Episcopal, el padre Pepe Félix, ha dicho que no se van a pronunciar porque no es una cuestión doctrinal», explica el padre Castor. Es decir, que «no han encontrado [en la carta] un error doctrinal», y respetan «nuestros criterios personales dentro del magisterio de la doctrina social de la Iglesia».

«No nos han puesto ningún impedimento» ni a enviar la carta a Raúl Castro ni a viajar al Vaticano para presentarla a la Secretaría de Estado. De hecho, «algún obispo nos dio luz verde. Otro obispo ha subrayado que en nuestra carta hay cantidad de cosas que ya estaban en un documento de la Conferencia Episcopal en 2013, La esperanza no defrauda».

Acusados a veces de callar ante el régimen, el sacerdote ha aclarado a otros medios que «los obispos de Cuba actúan como muchos cubanos, en este ambiente en el que el gobierno deja muy poco terreno para actuar: tratando de hacer lo que se puede. Nosotros hemos querido dar un paso más, de forma más abierta».

Cree, por ejemplo, que parte de estrategia del episcopado cubano para construir alternativas al régimen comunista es la apuesta por los laicos, que ha marcado los últimos años de sus estrategias pastorales y en la que «este año han puesto un especial énfasis».

El templo, en el patio de un feligrés

El padre Castor José está al frente de la zona pastoral de Modelo, en Camagüey. A su cargo están una zona periférica de la ciudad y varios pueblos, uno de ellos a 34 kilómetros de distancia.

El único templo está construido en el patio de la casa de un feligrés. «Él nos lo cedió y allí tenemos la estructura, los bancos, el altar y el ambón –explica a Alfa y Omega–. Pero no podemos adquirirlo legalmente».

Los obstáculos para la construcción de nuevos templos son una de las limitaciones a la libertad de la Iglesia, que también tiene dificultades para prestar atención religiosa a los presos o aparecer con normalidad en los medios de comunicación.

La falta de templos obliga a las parroquias a funcionar, en gran medida, gracias a casas de misión. Es decir, a hogares que las familias ceden durante un rato para que la comunidad se reúna allí, o que un laico compra y dedica totalmente al uso de la parroquia, aunque esta no sea la titular.

Espías en cada Misa…

En su templo «cedido», la comunidad del padre Castor José celebra Misa dos veces a la semana, los domingos por la mañana y los miércoles por la noche. Los sábados y los domingos por la tarde la Misa es en dos de los pueblos de su territorio. También tienen catequesis de niños y de adultos. «La gente puede venir y no la molestan, en eso tenemos libertad».

Eso sí, es perfectamente consciente de que «normalmente en las misas hay gente vigilando lo que decimos. Posiblemente, varias personas. Algún pobre al que ayudaba me ha dicho que la Seguridad del Estado le había enviado para espiarme».

En ocasiones, otros feligreses acuden a él con sospechas de que algún otro sea un confidente del régimen, o él mismo lo detecta. Por ejemplo, «si viene a la iglesia pero no trae a sus hijos a catequesis».

… e intenta evangelizarlos

¿Qué hace en estos casos? «Si quien nos advierte es muy digno de confianza, intentamos no dar a esa persona sospechosa facilidades para acceder a información. Pero tampoco puedes caer en el prejuicio hacia ellos».

Por eso, normalmente no toman más medidas, a no ser que los agentes del régimen empiecen a crear división o causar problemas por los que se les pueda recriminar «de forma objetiva. Tenemos que velar por la unión de la Iglesia, porque el diablo va a dividir, crear mal ambiente, desmoralizar al sacerdote, calumniar…».

Con todo, el padre Castor José tiene muy claro, e insiste en ello varias veces durante la entrevista, que «lo nuestro es evangelizar, predicar el Evangelio con mucha fe, también a ellos, con la esperanza de que alcancen la verdad de Jesucristo».

«Es difícil vivir sin el mercado negro»

Entre sus feligreses los ha de todas las edades, aunque como en el resto del país predominan los mayores de 60 años y los menores de 30. Muchos de los adultos jóvenes han emigrado fuera de la isla, buscando un futuro mejor, así que hay muchos mayores solos o que deben cuidar a sus nietos.

Este sacerdote conoce bien las necesidades diarias de la gente: «El salario promedio son 23 dólares al mes, cuando un litro de aceite te cuesta dos dólares, y un litro de gasolina o un paquete de detergente, un dólar. Es muy difícil que alguien viva sin participar en el mercado negro, que es amplísimo».

Y pone un ejemplo ilustrativo: trabajadores de la estación de autobuses que venden combustible sobrante para lograr unos ingresos extra, mientras la empresa de autobuses también se ve obligada a comprar las piezas necesarias para las reparaciones de forma clandestina, acudiendo a otros obreros que las han “cogido” de la fábrica donde se producen.

Preocupación: los ancianos y la familia

En la carta que le enviaron a Raúl Castro, se aludía de forma particular a la situación de los jubilados. «A veces cobran por debajo del salario mínimo, que son 130 dólares al año. El otro día, uno me dijo que pasó todo el día haciendo cola para adquirir la tarjeta magnética que les piden para cobrar la jubilación. Y todos los jueves hay gente haciendo cola en la farmacia, porque es el día que llegan los medicamentos, y muchos se acaban».

Una cuestión que le causa gran preocupación al sacerdote es la falta de relevancia social que tiene la familia. «Aquí la gente no se casa, solo empiezan a convivir. Juan Pablo II decía que en este tipo de sociedades socialistas el error fundamental es que no hay instituciones intermedias entre el individuo y el Estado. Y la primera de ellas es la familia. Por eso en nuestra carta pedíamos una sociedad en la que se cuide el matrimonio entre un hombre y una mujer».

Las consecuencias de hablar

En su carta, los sacerdotes también aluden al entramado de silencio y mentiras en el que los cubanos están forzados a vivir, a pesar de una cierta relajación de la persecución desde la caída de la URSS. «El miedo a criticar al gobierno se ha ido relajando.

En mi juventud nunca se contaban chistes contra el sistema –recuerda el padre Castor José–, pero ahora la gente ya habla más. También se fueron tomando libertades, como vender cosas. Y el gobierno lo tolera, aunque sea ilegal».

En la misma línea, las visitas de san Juan Pablo II en 1998 y de Benedicto XVI en 2012 han ido abriendo algunos espacios más de libertad religiosa, como pequeñas apariciones de líderes católicos en los medios; aunque de forma muy restringida.

«Hay tres niveles –explica el padre Castor José–: vivir engañado, creyendo que fuera de Cuba todo está mal y dentro bien; saber que eso es un engaño pero callarte; y hablar y que te repriman. La mayoría de la gente sigue en el segundo nivel, aunque poco a poco aumenta el número de gente que empieza a hablar un poco más».

Eso sí, siempre con el miedo de que «se te cierre la vida. La mayoría de los trabajos –medios de transporte, las grandes fábricas– son estatales, y si alguien se pone contra el Estado pueden perder el empleo. Los que son claramente opositores no pueden trabajar», explica.

Otra arma del régimen contra la gente que se significa es perseguirles por otros crímenes. Puede ser un montaje, como la posibilidad a la que aludía el sacerdote de que le acusen de posesión de pornografía.

Pero por lo general no hace falta llegar a esos extremos: «Como normalmente si respetas la ley no te da para vivir, si haces algo ilegal como vender en el mercado negro y a la vez te manifiestas contra el gobierno, pueden llevarte preso por lo primero», aunque el motivo real sea el segundo.

http://www.alfayomega.es/142584/sacerdote-cubano-por-nuestra-carta-a-castro-podemos-morir-en-un-accidente-de-coche

Carta de tres sacerdotes cubanos a Castro: https://ismaelojeda.wordpress.com/2018/01/25/cuba-sacerdotes-piden-a-raul-castro-elecciones-libres/