Maná y Vivencias Cuaresmales (28), 28.3.17

marzo 28, 2017

Martes de la 4ª semana de Cuaresma


Todos los seres vivos que bullan allí donde desemboque la corriente, tendrán vida

Todos los seres vivos que bullan allí donde desemboque la corriente, tendrán vida



Antífona de entrada: Isaías 55, 1

Todos los que tenéis sed, venid a beber agua; los que no tenéis dinero, venid, y de balde adquirid trigo, y comed; sin pagar nada, adquirid vino y leche.


Oración colecta

Te pedimos, Señor, que las prácticas santas de esta Cuaresma dispongan el corazón de tus fieles para celebrar dignamente el misterio pascual y anunciar a todos los hombres la grandeza de tu salvación. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: Ezequiel 47, 1-9.12

En aquellos días, el ángel me hizo volver a la entrada del templo. Del zaguán del templo manaba agua hacia levante –el templo miraba a levante–.

El agua iba bajando por el lado derecho del templo, al mediodía del altar. Me sacó por la puerta septentrional y me llevó a la puerta exterior que mira a levante. El agua iba corriendo por el lado derecho.

El hombre que llevaba el cordel en la mano salió hacia levante. Midió mil codos y me hizo atravesar las aguas: ¡agua hasta los tobillos! Midió otros mil y me hizo cruzar las aguas:¡agua hasta las rodillas! Midió otros mil y me hizo pasar: ¡agua hasta la cintura! Midió otros mil.

Era un torrente que no pude cruzar, pues habían crecido las aguas y no se hacía pie; era un torrente que no se podía vadear.

Me dijo entonces: «¿Has visto, hijo de Adán?» A la vuelta me condujo por la orilla del torrente. Al regresar, vi a la orilla del río una gran arboleda en sus dos márgenes.

«Estas aguas fluyen hacia la comarca levantina, bajarán hasta la estepa, desembocarán en el mar de las aguas salobres, y lo sanearán. Todos los seres vivos que bullan allí donde desemboque la corriente, tendrán vida; y habrá peces en abundancia. Al desembocar allí estas aguas, quedará saneado el mar y habrá vida dondequiera que llegue la corriente.

A la vera del río, en sus dos riberas, crecerán toda clase de frutales; no se marchitarán sus hojas ni sus frutos se acabarán; darán cosecha nueva cada luna, porque los riegan aguas que manan del santuario; su fruto será comestible y sus hojas medicinales.»

SALMO 45, 2-3.5-6.8-9

El Señor de los ejércitos está con nosotros, nuestro alcázar es el Dios de Jacob.

Dios es nuestro refugio y nuestra fuerza, poderoso defensor en el peligro. Por eso no tememos aunque tiemble la tierra, y los montes se desplomen en el mar.

El correr de las acequias alegra la ciudad de Dios, el Altísimo consagra su morada. Teniendo a Dios en medio, no vacila; Dios la socorre al despuntar la aurora.

El Señor de los ejércitos está con nosotros, nuestro alcázar es el Dios de Jacob. Venid a ver las obras del Señor, las maravillas que hace en la tierra.

Aclamación antes del Evangelio: Salmo 50, 12.14

Crea en mí, Señor, un corazón puro y devuélveme tu salvación, que regocija.

EVANGELIO: Juan 5, 1-3.5-16

En aquel tiempo, se celebraba una fiesta de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén. Hay en Jerusalén, junto a la puerta de las ovejas, una piscina que llaman en hebreo Betesda.

Ésta tiene cinco soportales, y allí estaban echados muchos enfermos, ciegos, cojos, paralíticos. Estaba también allí un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo.

Jesús, al verlo echado, y sabiendo que ya llevaba mucho tiempo, le dice: «¿Quieres quedar sano?»

El enfermo le contestó: «Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se remueve el agua; para cuando llego yo, otro se me adelantado.»
Jesús le dice: «Levántate, toma tu camilla y echa a andar.»

Y al momento el hombre quedó sano, tomó su camilla y echó a andar.
Aquel día era sábado, y los judíos dijeron al hombre que había quedado sano: «Hoy es sábado, y no se puede llevar la camilla.»

Él les contestó: «El que me ha curado es quien me ha dicho: Toma tu camilla y echa a andar.»

Ellos le preguntaron: «¿Quién es el que te ha dicho que tomes la camilla y eches a andar?»

Pero el que había quedado sano no sabía quién era, porque Jesús, aprovechando el barullo de aquel sitio, se había alejado.

Más tarde lo encuentra Jesús en el templo y le dice: «Mira, has quedado sano; no peques más, no sea que te ocurra algo peor.»

Se marchó aquel hombre y dijo a los judíos que era Jesús quien lo había sanado. Por esto los judíos acosaban a Jesús, porque hacía tales cosas en sábado.

Antífona de comunión: Salmo 22, 1-2

El Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas.

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VIVENCIAS CUARESMALES

¿Quieres quedar sano?




28.- MARTES

CUARTA SEMANA DE CUARESMA

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TEMA.- El baño del Bautismo. Las aguas de la vida brotaban del lado derecho del templo de Dios. Un soldado abrió el costado de Jesús, y al punto salió agua y sangre.

La antífona de entrada nos ayuda a reconocer que esa vida nueva que llega a nosotros por la fe no está dependiendo de nuestros merecimientos. Así se activa más la oración de alabanza porque Dios sabe que esa oración es la que mejor le permite actuar en el hombre, pues le deja a éste más despojado de sí mismo. El hombre viejo queda más relegado y también sus malas obras.

Oíd, sedientos todos, acudid por agua también los que no tenéis dinero (Is 55, 1). No os preocupéis si no tenéis con qué comprar el agua de la vida, venid y tomadla de balde, pues yo la doy gratuitamente.

No pretendáis merecerla, comprarla, porque os haríais despreciables, ya que no tiene precio, sólo se puede agradecer y desear con toda el alma, con todo el vigor de la fe, una fe creadora, que provoca el poder de Dios a favor del hombre.

Oremos: Señor, glorifícate en mi vida y haz en mí, o mejor dicho, haz de mí lo que quieras; sea lo que sea, te doy las gracias. Amén, amén.

Ezequiel 47, 1-9-12: Las aguas que salen del templo son expresión de la vida divina que debe llegar a cada hombre y a todas las áreas de su ser.

Esas aguas forman un estero, un río de agua viva que sanará y vivificará todo lo que alcance, allá adonde llegue el agua habrá peces en abundancia, las riberas del río serán pobladas por árboles frondosos y fecundos, frutales; no se les caerá la hoja ni les faltarán los frutos, sus hojas servirán de medicina y sus frutos de comida.

El agua expresa el poder de Dios que irrumpe en el hombre y le capacita para obrar según Dios, y a la vez le impulsa para dar frutos en abundancia. Esa agua vivificadora para nosotros es el agua del bautismo.

Ahora en la Cuaresma, tratamos de reasumir aquella fuerza de Dios que se nos entregó como germen divino de una vez por todas en el bautismo; ese germen es capaz de transformarnos totalmente, de convertirnos en hijos de Dios, llenos de gracia y santidad.

Sin embargo, nosotros no hemos colaborado con Dios para permitirle inundar de agua viva nuestras vidas. Son muchos los prejuicios y esclavitudes del hombre viejo que nos tienen paralizados y que nos impiden arrojarnos a la piscina sanadora, a Cristo mismo.

Atención, hermano, hermana: En cada Cuaresma, Cristo sigue pasando a tu lado como al lado del enfermo que llevaba postrado treinta y ocho años esperando la curación. Dichoso tú si no lo dejas pasar de largo, si lo reconoces y le clamas curación.

Cristo en cada Cuaresma pasa a nuestro lado, se detiene ante nosotros, siente lástima de nosotros por la situación en que nos encuentra, y nos pregunta a cada uno en particular: ¿Quieres sanar?

Felices nosotros si nos sentimos enfermos, débiles y desdichados, pero no desesperados. Porque él ha venido por los pecadores y los enfermos. Pues los sanos no necesitan médico. ¿Reconoces que estás enfermo? ¿Quieres confesar tu debilidad? ¿Quieres sanar de una vez por todas?

No te excuses ante esa invitación de Cristo. Pues nunca estarás del todo liberado ni sanado. Aún puedes vivir mejor la libertad y la plenitud de vida que te ofrece Cristo. Pídesela y dile que tenga misericordia de ti, que no pase de largo, por favor.

Oremos con todo el sentimiento: “Señor, no tengo a nadie que me meta a la piscina cuando se mueve el agua”.

Escuchemos el milagro realizado por Jesús.- Jesús, al ver al hombre enfermo echado, y sabiendo que ya llevaba mucho tiempo, le dice: ¿Quieres quedar sano? El enfermo le contestó: Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina.

Jesús le dice: Levántate, toma tu camilla y echa a andar. Y al momento el hombre quedó sano, tomó su camilla y echó a andar.

La piscina de Betsaida estaba dedicada al dios pagano Esculapio. El enfermo judío que acudía a ese lugar estaba cometiendo el pecado de buscar salvación fuera de Israel. Por eso llevaba ya treinta y ocho años, y no tenía a nadie que le ayudara.

Jesús se fue a ese lugar “sospechoso” para todo judío ortodoxo. Fue a buscar al pecador, sin que por ello aprobase lo que la gente creía. Jesús se interesa por el enfermo, y le pregunta. Le da la oportunidad de pronunciarse, de reconocer su impotencia. Además, todo esto Jesús lo hace en sábado, incluida la curación.

Los judíos descansan en sábado y quieren que Dios mismo también descanse y que no salve ese día a los hombres necesitados. Jesús justifica su actuación en sábado porque imita a su Padre que siempre actúa a favor de los hombres, y que, por tanto, también trabaja en día sábado, es decir, que no quiere que nadie se pierda. Y todos los días son apropiados y óptimos para esa liberación.

Su voluntad salvífica está por encima de todas las prescripciones humanas. Jesús se manifiesta en el templo de Dios, su Padre, no en la piscina. Y le invita al judío sanado a que no vuelva a pecar.

Por tu parte, hermano, vuélvete al Señor de tu justicia. No sigas buscando salvación en la curandería, en los horóscopos, en las sectas, en la violencia, en la marginación, en el desenfreno, la droga o el alcohol, en una vida al margen de Dios o contra Dios…

Vuélvete al Señor tu Dios en esta Cuaresma, recupera o revive lo que se te dio con el agua regeneradora del bautismo, y goza de una nueva efusión del Espíritu en ti; y no te eches atrás, no pierdas la libertad que te da Cristo, no sea que te suceda algo peor.

ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN: “Purifícanos, Señor, y renuévanos de tal modo con tus sacramentos que también nuestro cuerpo encuentre medios y fuerzas para la vida presente y el germen de su vida inmortal”.

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De los sermones de san León Magno, papa

Contemplación de la pasión del Señor

El verdadero venerador de la pasión del Señor tiene que contemplar de tal manera, con la mirada del corazón, a Jesús crucificado, que reconozca en él su propia carne.

Toda la tierra ha de estremecerse ante el suplicio del Redentor: las mentes infieles, duras como la piedra, han de romperse, y los que están en los sepulcros, quebradas las losas que los encierran, han de salir de sus moradas mortuorias.

Que se aparezcan también ahora en la ciudad santa, eso es, en la Iglesia de Dios, como un anuncio de la resurrección futura, y lo que un día ha de realizarse en los cuerpos efectúese ya ahora en los corazones.

A ninguno de los pecadores se le niega su parte en la cruz, ni existe nadie a quien no auxilie la oración de Cristo. Si ayudó incluso a sus verdugos, ¿cómo no va a beneficiar a los que se convierten a él?

Se eliminó la ignorancia, se suavizaron las dificultades, y la sangre de Cristo suprimió aquella espada de fuego que impedía la entrada en el paraíso de la vida. La oscuridad de la vieja noche cedió ante la luz verdadera.

Se invita a todo el pueblo cristiano a disfrutar de las riquezas del paraíso, y a todos los bautizados se les abre la posibilidad de regresar a la patria perdida, a no ser que alguien se cierre a sí mismo aquel camino que quedó abierto, incluso, ante la fe del ladrón arrepentido.

No dejemos, por tanto, que las preocupaciones y la soberbia de la vida presente se apoderen de nosotros, de modo que renunciemos al empeño de conformarnos a nuestro Redentor, a través de sus ejemplos, con todo el impulso de nuestro corazón.

Porque no dejó de hacer ni sufrir nada que fuera útil para nuestra salvación, para que la virtud que residía en la cabeza residiera también en el cuerpo.

Y, en primer lugar, el hecho de que Dios acogiera nuestra condición humana cuando la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, ¿a quién excluyó de su misericordia, sino al infiel? ¿Y quién no tiene una naturaleza común con Cristo, con tal de que acoja al que a su vez lo ha asumido a él, puesto que fue regenerado por el mismo Espíritu por el que él fue concebido?

Y además, ¿quién no reconocerá en él sus propias debilidades? ¿Quién dejará de advertir que el hecho de tomar aliento, buscar el descanso y el sueño, experimentar la solicitud de la tristeza y las lágrimas de la compasión es fruto de la condición humana del Señor?

Y como, desde antiguo, la condición humana esperaba ser sanada de sus heridas y purificada de sus pecados, el que era unigénito Hijo de Dios quiso hacerse también hijo de hombre, para que no le faltara ni la realidad de la naturaleza humana ni la plenitud de la naturaleza divina.

Nuestro es lo que, por tres días yació exánime en el sepulcro y, al tercer día resucitó; lo que ascendió sobre todas las alturas de los cielos hasta la diestra de la majestad paterna: para que también nosotros, si caminamos tras sus mandatos y no nos avergonzamos de reconocer lo que, en la humildad del cuerpo, tiene que ver con nuestra salvación, seamos llevados hasta la compañía de su gloria; puesto que habrá de cumplirse lo que manifiestamente proclamó:

Si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte ante mi Padre del cielo (Sermón 15 sobre la pasión del Señor, 3-4: PL 54, 366-367).


Entrevista al P. Ismael Ojeda al año y medio de volver a Perú

marzo 27, 2017

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P. Ismael con feligreses de la parroquia Santa Rita de Casia, Miraflores, Lima, Perú.

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Entrevista al P. Ismael Ojeda realizada por Francisco Audije para la revista “Toma y lee” de la Fraternidad Seglar Agustino-recoleta. Mayo 2016.

Por Francisco José Audije Pacheco

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Después de nueve años en España, ha vuelto a Perú, la tierra donde creció como sacerdote y religioso. ¿Cómo se siente?

R.- Me siento bien, podría decir que hasta muy bien, gracias a Dios. Contento. Cierto que en España me sentía a gusto y trabajé con ilusión en lo que me encomendaron. Pero, llegado el momento, los superiores creyeron que era conveniente mi traslado a Perú, y me vine sin dudar, por obediencia. Y aquí estoy, con ganas y con ilusión.

¿Qué diferencias encuentra entre un territorio de misiones, como es América latina, y Europa, que fue la encargada, en tiempos, de anunciar el Evangelio a la mayor parte del mundo?

R.- Evangelizar en España, y seguro en toda Europa, implica ir contra corriente de manera permanente. Según mi apreciación, allá uno tiene que proponerse expresa y valientemente anunciar el Evangelio con mucha imaginación, creatividad y originalidad… pues la gente, por lo general, se mueve de tejas abajo.

A la sociedad del bienestar y laicista no le interesa la sorpresa del Evangelio. Consciente o inconscientemente trata de ignorar al sacerdote y hasta de despojarlo de lo más sagrado y valioso que lleva consigo, por gracia, que es su condición de consagrado, de hombre de Dios y portador de un mensaje de salvación.

Por eso, al sacerdote se le busca como un profesional que presta servicios. No se le pide que sea testigo de Cristo y que evangelice. Por eso, a veces el sacerdote se limita a ejecutar ritos y dar sacramentos. Pero no debe meterse en la vida de la gente, ni pretender cambiarla. Esa praxis pastoral se comprende, pero no se puede justificar.

La realidad latinoamericana, según mi limitada experiencia, es bastante distinta. Hay más receptividad por parte de la gente: esta desea aprender más y hasta nos busca como hombres de Dios. Se valora y por lo general se respeta la misión del sacerdote o religioso. Es mucho más fácil el ejercicio ministerial, y nos resulta gratificante.

El peligro está en vivir de rentas, no prepararse bien y dar catequesis más que Evangelio, doctrinas y enseñanzas más que kerigma y anuncio. Tanto religiosos como sacerdotes deberíamos ejercitarnos con más decisión en una sincera conversión pastoral según el magisterio y la praxis del Papa Francisco.

Dada la situación de Europa, donde el catolicismo se encuentra en franco retroceso, con un laicismo cada vez más feroz y una crisis de vocaciones sin precedentes, ¿cómo le parece que está reaccionando la Iglesia?

R.- Salvadas las limitaciones de mi experiencia, creo que la Iglesia, tanto clero como laicos, cada vez están echando menos la culpa a los de fuera, a la sociedad, a la gente… y se están centrando en una autocrítica y en una sincera revisión de sus actitudes personales, comunitarias e institucionales.

Naturalmente se trata de un proceso lento y heterogéneo, con vaivenes no exentos de extremismos.

Me parece que se está tomando conciencia, serena y purificadora, de que somos una Iglesia perseguida, y a veces injustamente maltratada. Si eso lleva a una experiencia de un Dios misericordioso con todos, que está por encima de tantas discriminaciones y que busca que ninguno se pierda, estaríamos caminando en buena dirección y edificando una Iglesia nueva, que crecería de fe en fe.

Yo, cuando veo que los seminarios y las parroquias en España, se llenan de religiosos y sacerdotes de otros continentes, particularmente de América latina, me pregunto si no nos van a tener que reevangelizar desde aquellas tierras que nosotros fuimos a evangelizar en el Renacimiento. ¿Qué le parece esto?

R.- Indudablemente, en un mundo global la Iglesia tiene la oportunidad de vivir su catolicidad con una autenticidad más evangélica. La Iglesia es misionera por esencia y por praxis, y tiene que salir, estar en salida como dice el Papa Francisco. Necesita salir para valer más, para expresar mejor la primacía de lo único necesario… Para recordar y ejercitarse en su condición de peregrina hacia la Patria verdadera.

Esta condición itinerante cuadra paradigmáticamente a la vida religiosa. Ahí viviría en su hábitat natural.

Bien, pero volviendo a tu pregunta: lo que importa es la motivación con que un religioso, un sacerdote o una familia misionera está, vive y evangeliza fuera de su patria, lejos de su parentela. Eso es lo decisivo y lo específicamente valioso de los agentes de evangelización.

En este sentido quizás queden obsoletas muy pronto las características de raza, lengua, cultura, nación o continente… para pasar a las categorías de corrientes de pensamiento o de espiritualidad, de movimientos de innovación o de estilos de vida, de continentes digitales… que no solamente usan las nuevas tecnologías, sino que hasta viven en esos mundos virtuales e interrelacionados. ¿Qué nos deparará el futuro que se asoma ya…?

¿Cómo está viviendo la Orden el proceso de renovación que está llevando a cabo la Iglesia sobre todo el Papa Francisco con su magisterio y sus gestos proféticos?

R.- En esta, como en otras preguntas, mi respuesta puede resultar una caricatura de la realidad. Pero bueno, aun con ese riesgo, pienso que los superiores de la Orden han hecho un gran esfuerzo por promover la renovación personal y comunitaria de los religiosos y motivar su participación en la preparación del próximo capítulo general.

La revitalización de los religiosos y de las comunidades ni es automática, ni es homogénea, ni rápida. La tentación y la debilidad tanto de los superiores como de los religiosos es quedarnos en los medios, en lo exterior, en lo institucional, en las formalidades… y no llegar al fin, al compromiso personal, a la experiencia de una conversión radical en la comunidad y en la pastoral.

A todos nos haría bien la cercanía, el diálogo y la corrección fraterna en la comunidad y en el apostolado más inmediato. Creo que en esa cancha “doméstica” es donde nos jugamos casi todo. La opción por los pobres y la pobreza siguen teniendo vigencia, pero comenzando por la comunidad local y por los hermanos más próximos.

¿Cree usted, padre Ismael, que la velocidad de las reformas es la adecuada?

R.- Creo que vamos retrasados, lentos. La vida siempre se nos adelanta. Debemos aprender a vivir en la interacción. El mundo, la cultura, las innovaciones nos toman la delantera en todas partes y aquí en América, también.

Uno de los fenómenos que me impresiona permanentemente en esta sociedad y en esta Iglesia es su condición de realidad emergente, pujante, innovadora, juvenil… que pugna por asumir con decisión y valentía todos los retos y que apuesta por la vida y la esperanza. Una realidad también festiva, y en el fondo optimista, y que opta por la vida y la superación, casi por instinto.

En este marco de “Revitalización”, ¿cómo cree que saldrá parada la Fraternidad OAR?

R.- La Fraternidad seglar seguirá de cerca los derroteros de la Orden, de manera más o menos correlativa y lamentablemente un tanto o un mucho dependiente. Los laicos suelen ganarnos a nosotros los religiosos en disponibilidad y deseo de aprender y de renovarse. El clericalismo nos hace mal a la Orden y a la Fraternidad.

Hace cincuenta años o más ya se hablaba de la “hora de los laicos”, pero entre nosotros queda mucho por hacer todavía. Deberíamos examinar en comunión las dificultades y los logros obtenidos.

Debemos recordar todos que los laicos son Iglesia y tienen que ejercer su protagonismo peculiar y secular. La secularidad es su aporte propio y su mayor contribución a la construcción del Reino. Por tanto, los sacerdotes y religiosos no debemos “clericalizarlos” ni convertirlos en nuestros monaguillos.

El Papa Francisco está urgiendo por todas partes la “participación” de los laicos católicos en la vida pública y en la política, de manera especial en América Latina (Cf. CAL).

¿Qué relación encuentra entre santidad y “Revitalización”?

R.- Al religioso se le pide una inserción específica, según el carisma propio, en la vida de la Iglesia. En esa integración eclesial se producirá su mayor aporte a la Iglesia y a la Orden, y de manera casi automática se alcanzarán las mayores cotas de santidad del religioso y también de la comunidad.

Pues no se trata solo de la santidad individual, sino también del signo testimonial de la comunidad como tal. El mundo creerá cuando vea que nos amamos los unos a los otros: carácter profético de la comunidad.

Lamentablemente a veces la vivencia del carisma se enquista en la observancia externa, en la rutina y el individualismo o protagonismo tanto en el claustro como en la misión o ministerio y se le vacía del contenido evangélico de la comunión y la corresponsabilidad.

Nuestra santificación vendría de la mano de una autentificación de nuestra vida religiosa y ministerial. La observancia legalista monacal y el activismo pastoral se cuelan en la vida de los frailes. Y así la conversión sincera y radical es difícil, pues con harta frecuencia los frailes no nos consideramos tan pecadores que necesitemos cambiar mucho.

Hace tiempo se viene señalando que debemos ser testigos y profetas, que hemos de hablar en primera persona, hablar de nuestra propia experiencia. Pero nos resulta difícil y a veces nos contentamos con soltar rollos y dar conferencias que apenas reflejan experiencia de Dios.

Deberíamos convencernos de que, por la gracia de Dios, somos capaces de ir consiguiendo paso a paso con nuestros hermanos de comunidad y del apostolado una experiencia renovada de un Dios misericordioso, cercano y paciente, patrimonio de todos… sobre todo de los más pobres y necesitados o marginados.

Ahí tenemos el programa de santificación.

¿Cree usted, padre Ismael, que el papel de la Fraternidad en nuestra Orden, podría ser más activo, en el sentido de no solo ser ayudada a vivir el carisma de San Agustín, sino de ayudar a frailes y monjas a vivirlo también?

R.- Estoy convencido, porque lo he experimentado, gracias a Dios, que la Fraternidad representa para la Orden una gran oportunidad de conversión y de renovación, en particular para los religiosos asistentes: una de las instancias renovadoras más cercana y poderosa.

Pero, claro, si los frailes la acogemos y estamos dispuestos a dejarnos moldear por ella, y si apostamos por hacer un camino juntos de búsqueda del Dios siempre nuevo, al mismo ritmo y con mucha y mutua benevolencia y paciencia.

Pues la Fraternidad nos ayuda a bajar al llano, a buscar a Dios en la sencillez y en la autenticidad, a descubrirlo y sentirlo en el día a día, sin vivir de rentas, sin privilegios clericales, culturales, o de grados académicos… En fin, algo que nos haría mucho bien. Sencillamente una renovación sin ruido y desde dentro, en casa.

Aprovecho para agradecer a los hermanos fraternos que he tratado en los diversos ministerios lo mucho que me han enriquecido. Mi experiencia ha sido muy positiva. Seguramente ha sido mucho más lo que he recibido de ellos, que lo que les he dado.

Sabemos por las redes sociales que está haciendo un gran trabajo pastoral en su parroquia de Lima. ¿Nos puede comentar un poco?

R.- Sí, cierto, en esta parroquia hay mucha actividad, y esto viene de lejos, pero el que da el incremento es el Señor. Si no, hacer por hacer, puro activismo o fachada. Por eso, intento motivar la participación de los feligreses para que se sientan “nuevos” en cada “repetición” de lo que se hizo otros años.

Ahí está el asunto. En eso estoy trabajando: metiendo inquietud en el consejo parroquial y en los grupos: para que “evangelicen” a sus hermanos alejados y traigan gente nueva a la parroquia.

En segundo lugar, pienso que la parroquia debe realizar convocatorias cada mes a un retiro parroquial abierto a la gente que desee un encuentro personal con el Señor, una renovación integral de su vida personal o familiar. Se imparte en una mañana con resultados satisfactorios.

Y después, a las personas ya movidas, se las orienta para que participen en celebraciones parroquiales de cada mes: como la misa de sanación, noche de alabanza y misericordia, misa de madres mónicas y misa de santa Rita.

Lo último que se está organizando es una Comunidad de Viudas santa Rita: queremos atraer a la comunidad ese colectivo numeroso y también bastante abandonado pastoralmente y con una problemática específica. Está teniendo notable acogida. Profundizarán la espiritualidad de santa Rita y asistirán a la misa mensual todos los 22 de mes.

En tercer lugar, a través del grupo de liturgia hemos tratado de presentar y profundizar con la feligresía una espiritualidad mistérica basada en la vivencia de los tiempos litúrgicos. Deseamos que el hilo conductor de la vivencia parroquial esté y se sienta estrechamente iluminada y alimentada por la celebración litúrgica, sobre todo dominical, del misterio central de Cristo.

¿De dónde saca tanta energía y tanto ánimo para acometer todo este trabajo, a sus 70 años?

R.- Bueno, no es para tanto… Como acabo de expresar, esta parroquia viene funcionando desde hace tiempo de una manera compacta y estable; casi por sí misma, diría.

Como párroco, creo que mi responsabilidad consiste en animar e infundir alma y entusiasmo a las actividades programadas año tras año, y conocer y cuidar personalmente, si llega el caso, a los agentes de pastoral.

Además, pienso que debo fomentar la capacidad de la comunidad parroquial para acomodarse a las nuevas situaciones, responder a los nuevos retos y necesidades de las personas o de los colectivos.

En fin, se trata de asegurar la permanente evangelización: catequesis y proclamación del primer anuncio o kerigma, pluralismo y comunión o integración, corresponsabilidad y celebración gozosa de la salvación sobre todo dominical.

Una de las herramientas que estoy usando para evangelizar y formar a la feligresía en la fe es internet, a través de la página de la parroquia y del blog personal, y a través de las redes sociales sobre todo Facebook. Nos sirve no sólo como medio difusor sino también como parroquia virtual donde viven muchos feligreses con los que deseamos interactuar.

Finalmente, quiero aclarar que esta labor pastoral es compartida con los otros tres hermanos de comunidad que colaboran generosamente en la parroquia y que están al frente del colegio Santa Rita que está formando a unos 800 alumnos.

En el proyecto de vida y misión de la comunidad hemos plasmado aquellos elementos irrenunciables que deben orientar toda nuestra vida personal y comunitaria: la convivencia comunitaria es la primera exigencia de santificación y garantía del auténtico apostolado.

Tanto en la parroquia como en el colegio nos ayudan, según sus posibilidades, los formadores que residen en el Seminario Teologado, contiguo a la parroquia.

Gracias, Fran, por tu aprecio personal y por brindarme la oportunidad de seguir en contacto con la Fraternidad Seglar que me ha proporcionado, en diversos lugares, tan gratas experiencias. Que Dios les pague.

Francisco José Audije Pacheco

(Publicada en la Revista “Toma y lee”, boletín informativo de la Fraternidad Seglar, oar, España, en el número 48, pp. 20-22, y en el número 49, pp. 24-26).

 


Maná y Vivencias Cuaresmales (27), 27.3.17

marzo 27, 2017

Lunes de la 4ª semana de Cuaresma

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Te ensalzaré, Señor, porque me has librado



Antífona de entrada: Salmo 30, 7-8

Yo tengo mi confianza en ti, Señor, yo gozaré y me alegraré porque has mirado con bondad mi desgracia y conoces mis angustias.


Oración colecta

Oh Dios, que renuevas el mundo por medio de sacramentos divinos, concede a tu Iglesia la ayuda de estos auxilios del cielo sin que le falten los necesarios de la tierra. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: Isaías 65, 17-21

Así dice el Señor: «Mirad: yo voy a crear un cielo nuevo y una tierra nueva: de lo pasado no habrá recuerdo ni vendrá pensamiento, sino que habrá gozo y alegría perpetua por lo que voy a crear.

Mirad: voy a transformar a Jerusalén en alegría, y a su pueblo en gozo; me alegraré de Jerusalén y me gozaré de mi pueblo, y ya no se oirán en ella gemidos ni llantos; ya no habrá allí niños malogrados ni adultos que no colmen sus años, pues será joven el que muera a los cien años, y el que no los alcance se tendrá por maldito.

Construirán casas y las habitarán, plantarán viñas y comerán sus frutos.»

SALMO 29, 2.4.5-6.11-12a.13b

Te ensalzaré, Señor, porque me has librado.

Te ensalzaré, Señor, porque me has librado y no has dejado que mis enemigos se rían de mí. Señor, sacaste mi vida del abismo, me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa.

Tañed para el Señor, fieles suyos, dad gracias a su nombre santo; su cólera dura un instante; su bondad, de por vida; al atardecer nos visita el llanto; por la mañana, el júbilo.

Escucha, Señor, y ten piedad de mí; Señor, socórreme. Cambiaste mi luto en danzas. Señor, Dios mío, te daré gracias por siempre.

Aclamación antes del evangelio: Amos 5, 14

Buscad el bien y no el mal, y viviréis; así será verdad lo que decís: que el Señor, el Dios todopoderoso, está con vosotros.

EVANGELIO: Juan 4, 43-54

En aquel tiempo, salió Jesús de Samaria para Galilea. Jesús mismo había hecho esta afirmación: «Un profeta no es estimado en su propia patria.» Cuando llegó a Galilea, los galileos lo recibieron bien, porque habían visto todo lo que había hecho en Jerusalén durante la fiesta, pues también ellos habían ido a la fiesta.

Fue Jesús otra vez a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino. Había un funcionario real que tenía un hijo enfermo en Cafarnaún. Oyendo que Jesús había llegado de Judea a Galilea, fue a verle, y le pedía que bajase a curar a su hijo que estaba muriéndose.

Jesús le dijo: «Como no veáis signos y prodigios, no creéis.»
El funcionario insiste: «Señor, baja antes de que se muera mi niño.»
Jesús le contesta: «Anda, tu hijo está curado.»

El hombre creyó en la palabra de Jesús y se puso en camino. Iba ya bajando, cuando sus criados vinieron a su encuentro diciéndole que su hijo estaba curado. Él les preguntó a qué hora había empezado la mejoría.
Y le contestaron: «Hoy a la una lo dejó la fiebre.»

El padre cayó en la cuenta de que ésa era la hora cuando Jesús le había dicho: «Tu hijo está curado.» Y creyó él con toda su familia. Este segundo signo lo hizo Jesús al llegar de Judea a Galilea.
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Antífona de comunión: Ezequiel 36, 27

Pondré en vosotros mi espíritu y haré que cumpláis mis leyes y decretos.


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VIVENCIAS CUARESMALES

El hombre creyó y se puso en camino



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27. LUNES

CUARTA SEMANA

DE CUARESMA



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TEMA: El poder de la fe produce los milagros de Jesús. “Vete, tu hijo está vivo. El hombre creyó en la palabra de Jesús y se puso en camino” (Jn. 4, 43-54).


La fe es la fuerza del hombre y la debilidad de Dios. La fe es darle crédito a Dios y hacer lo que él dice, antes que nada y por encima de todo, y no tanto poner nuestra confianza en la experiencia propia o la sabiduría, la imaginación.

El reconocimiento del pecado, no puede dejarnos en la inanición, desesperanza o negativismo, sino todo lo contrario. Reconocemos nuestra impotencia, pero a la vez el poder absoluto de Dios que “dice” y “pone por obra”. Lo que dice Dios es “lo seguro y normativo, lo correcto, lo único y definitivo”.

Su palabra, que se identifica con su voluntad, amor y poder, dice: “Mirad, yo voy a crear un cielo nuevo y una tierra nueva”. El hombre que reconoce su pequeñez experimenta en ese mismo grado el poder de Dios que lo hace criatura nueva.

Entonces, todo lo ve con nuevos ojos y sabe que es obra de Dios y no suya, y se llena su boca de alabanzas y se estremece profundamente en su corazón, con un sincero reconocimiento y un anonadamiento ante la infinita misericordia de Dios.

No es una pura emoción, pura sensiblería ante un fantasma irreal; hay realidades incontestables como la alegría, la paz, el perdón, la ilusión; signos inequívocos de la presencia del Espíritu de Dios que es Espíritu de santidad y buen juicio, donde no hay mentira, ni oscuridad, ni temor.

“Mirad mis manos y mis pies, soy yo, el Señor”. La verdadera religión supone un encuentro con un alguien. No es pura autosugestión. Y se reconoce por los hechos.

Escuchemos a Isaías que nos anuncia los milagros de Dios en nuestras vidas: Isaías 65, 17. Creer es fiarse de Dios y dejar todas nuestras seguridades; es abrirse a la alabanza, es disponerse a creer en la vida; es permanecer abierto al advenimiento de la luz en plenitud de existencia; en fin, es obra de Dios y colaboración del hombre.

Darle crédito a Dios es desencadenar el poder de Dios en nosotros que nos transforma de inmediato, lenta y progresivamente, siempre más.

Oigamos ahora el relato evangélico: El hombre creyó, dice el Evangelio, y se puso en camino.

Creer es tratar de ensayar un tipo nuevo de vida, es ponerse en camino como si ya estuviese concedido. Créelo y así será. Cree y da gracias a Dios por ello, por lo que hizo, hace y hará, pero verdaderamente.

“Cuando pidan algo, crean que ya se lo han dado, y así será”.

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De los sermones de san León Magno, papa
Del bien de la caridad

Dice el Señor en el evangelio de Juan: la señal por la que conocerán todos que sois discípulos míos será que os amáis unos a otros; y en la carta del mismo apóstol se puede leer: Queridos, amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios.

Que los fieles abran de par en par sus mentes y traten de penetrar, con un examen verídico, los afectos de su corazón; si llegan a encontrar alguno de los frutos de la caridad escondido en sus conciencias, no duden que tienen a Dios consigo, y, a fin de hacerse más capaces de acoger a tan excelso huésped, no dejen de multiplicar las obras de una misericordia perseverante. Pues, si Dios es amor, la caridad no puede tener fronteras, ya que la Divinidad no admite verse encerrada por ningún término.

Los presentes días, queridísimos hermanos, son especialmente indicados para ejercitarse en la caridad, por más que no hay tiempo que no sea a propósito para ello; quienes desean celebrar la Pascua del Señor con el cuerpo y el alma santificados deben poner especial empeño en conseguir, sobre todo, esta caridad, porque en ella se halla contenida la suma de todas las virtudes y con ella se cubre la muchedumbre de los pecados.

Por esto al disponernos a celebrar aquel misterio que es el más eminente, con el que la sangre de Jesucristo borró nuestras iniquidades, comencemos por preparar ofrendas de misericordia, para conceder por nuestra parte, a quienes pecaron contra nosotros, lo que la bondad de Dios nos concedió a nosotros.

La largueza ha de extenderse ahora, con mayor benignidad, hacia los pobres y los impedidos por diversas debilidades, para que el agradecimiento a Dios brote de muchas bocas, y nuestros ayunos sirvan de sustento a los menesterosos.

La devoción que más agrada a Dios es la de preocuparse de sus pobres, y, cuando Dios contempla el ejercicio de la misericordia, reconoce allí inmediatamente una imagen de su piedad.

No hay por qué temer la disminución de los propios haberes con esas expensas, ya que la benignidad misma es una gran riqueza, ni puede faltar materia para la largueza allí donde Cristo apacienta y es apacentado.

En toda esta faena interviene aquella mano que aumenta el pan cuando lo parte, y lo multiplica cuando lo da.

Quien distribuye limosnas debe sentirse seguro y alegre, porque obtendrá la mayor ganancia cuando se haya quedado con el mínimo, según dice el bienaventurado apóstol Pablo:

El que proporciona semilla para sembrar y pan para comer os proporcionará y aumentará la semilla, y multiplicará la cosecha de vuestra justicia en Cristo Jesús, Señor nuestro, que vive y reina con el Padre y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén (Sermón 10 sobre la Cuaresma, 3-5: PL 54, 299-301).



Mujer: compañera, madre y transformadora de la sociedad

marzo 26, 2017

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Mujer, esposa y madre, feliz con su vocación de fiat, como María, la Santa Virgen y Madre

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Mujer: compañera, esposa, madre y transformadora de la sociedad

“Fiat”: El amor en femenino

Por Sheila Morataya-Fleishman

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Decir “sí” a nuestra máxima vocación como mujeres en estos tiempos no es fácil. Por esto es importante contemplar el fiat (hágase) de María cuando se le anunció que iba a ser madre. ¿Cómo fue su respuesta ante el anuncio del Ángel? “Hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38).

El fiat de María es el sí más absoluto que podía salir de ella. Manifestaba la grandeza en sí como mujer y la calidad de su corazón así como su compromiso con la sociedad. Dice que se haga, no un “lo pensaré”. Necesitamos volver a Nazaret y contemplar al modelo de mujer que hemos heredado nosotras las cristianas.

Contemplar a la Santa Virgen para muchas mujeres es como contemplar a una mujer más allá de las propias posibilidades. Cuando en realidad, María representa todo lo que nosotras las mujeres modernas de hoy podemos llegar a ser como compañeras, esposas, madres y transformadoras de la sociedad.

Compañeras -y esposas-: que se traduce en sostenimiento y apoyo. Y para poder serlo hay que estar una misma bien asentada; pero esto sólo es posible si interiormente todo está en el orden debido y descansa en equilibrio. No podemos aspirar a ser sostenimiento y apoyo de un esposo si no hay paz interior y armonía en nuestro mundo íntimo.

Por esto es tan importante que volvamos y examinemos si somos mujeres de oración. La oración, como decía la Madre Teresa de Calcuta, es como la gasolina para los automóviles. Sin esta, el carro no funciona, incluso aunque todo su exterior e interior esté perfecto.

Sucede lo mismo en nosotras, la oración es lo que hace que nuestro cuerpo funcione óptimamente. Con una capacidad que sólo puede venir a través de esos minutos a solas conmigo y mi Padre Dios. Prepara todo nuestro sistema nervioso y espiritual para la entrega.

Ser madre: es proteger, custodiar y llevar a su desarrollo la humanidad verdadera. Sí, esto es ser madre, podemos resumirlo en una palabra tomada de Carmen Balmaseda en su libro, La Mujer frente a sí misma que, en definitiva, si soy mamá, “estoy atenta”. ¿Estoy educada para ello? ¿Cuál es mi actitud hacia la persona? ¿Qué es el hombre, el hijo, la sociedad para mí? ¿Cómo es la calidad del amor que brindo?

Realización:

Según la Carta apostólica de san Juan Pablo II La Dignidad de la Mujer, la virginidad y la maternidad son dos dimensiones particulares de la realización de la personalidad femenina.

La mujer encuentra y experimenta una plena realización de su ser al convertirse en potencialmente portadora de la vida. Por esto es que se hace tan necesario volver a la pregunta ¿qué es el hombre, el hijo, la sociedad para mí? ¿Soy consciente de que el hombre es el único ser de la creación que Dios ha amado por sí mismo?

Esto nos hace ver que también yo decido por mí misma y encuentro mi propia plenitud y felicidad en la entrega a los demás. Ser madre es entregarse, es abrirse, es elevarse a otra dimensión. La del fiat, la de la generosidad. Ser esclava, “porque a mí me da la gana” y al hacerlo no sentirme de la época pasada. Es la pura manifestación del amor, y el amor es el área en donde los valores son especialmente realizables.

San Agustín decía: mi amor es mi peso; por él voy adondequiera que voy; amor es gravitación hacia lo amado. ¿Hacia dónde estoy gravitando yo como mujer? ¿Cómo es mi apostolado hacia aquellas mujeres que se cierran hacia el don de la vida? ¿Pienso que no es mi problema? Y si ya soy madre, ¿cómo está siendo mi entrega?

Cada minuto que pasa, cada segundo es una oportunidad en el tiempo que se nos da para brindar lo mejor de nosotros mismos. San José María Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei, escribía en su libro Camino: cumple el pequeño deber de cada momento. Haz lo que debes y está en lo que haces.

Por esto no debemos olvidar que cuando estamos al cuidado de nuestros hijos, estamos escribiendo una novela, una historia personal que quedará grabada en lo más profundo de sus corazones. Si soy madre debo sentirme plenamente realizada y esto se verá en mi apertura para con mis hijos porque realmente “estaré” con ellos y para ellos.

Entrega:

La entrega es tener la valentía de renunciar a ser egoísta y decir sí al amor y los cuidados que vienen de la mano con el hijo. La entrega es estar dispuesta a quedarse en casa y desarrollar los seminarios de relaciones humanas que sabemos serán los más importantes de su vida.

La verdadera entrega te lleva a renunciar a las ganas de brillar; a quedarse con esa criatura o criaturas las 24 horas del día y abrazada a ese trabajo escondido y enseñar lo que es el amor, un término sublime tan maltratado en nuestros días. No se enseña con palabras, mucho menos inscribiendo a nuestros hijos en los mejores colegios. Se enseña con el “sí, el fiat”.

La felicidad es una meta natural en el hombre, pero esta es una consecuencia. La felicidad se encuentra en la atención a otro ser humano. Al tener nuestra atención desde nuestro mismo fondo y desde nuestro corazón, podremos experimentar ese gozo espiritual que se llama alegría.

Es la serenidad silenciosa que descansa en el fondo de cada una al ejecutar con amor total la tarea de cuidar, formar, iluminar el conocimiento y las ventanas del entendimiento hacia la experiencia de ser un ser humano.

Conocedoras de esto, el aburrimiento que viene con la rutina será más fácil de sobrellevar porque sabremos que en todo momento estamos siendo útiles; sembradoras de nuestras propias tierras.

Dios nos hace “ver” claramente que las citas de negocios se convierten en visitas al doctor y se disfrutan lo mismo. Los compromisos de eventos y fiestas se convierten en compromisos de paseos y entretenimientos para la educación intelectual y motriz de los niños y nos llevan a nosotras mismas a un aprendizaje diferente. El traje sastre y los zapatos de tacón vienen a ser sustituidos por camisetas blancas y un par de blue jeans.

¡Qué profesionales somos al quedarnos en casa! !Desarrollando el prestigio más importante y sublime de todos: en donde “la justicia y la paz se abrazan” al pronunciar aquel sí, gracias al cual “la tierra da su fruto”!

Por Sheila Morataya-Fleishman
Fragmento de un artículo publicado originalmente por Encuentra.com

Mujer: compañera, madre y transformadora de la sociedad


Maná y Vivencias Cuaresmales (26), 26.3.17

marzo 25, 2017

Domingo IV de Cuaresma, Ciclo A

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ciego de nacimiento 1

Señor, tú eres mi Salvador y mi Luz



Antífona de entrada: Isaías 66, 10-11

Alégrate, Jerusalén, y todos los que la aman, reúnanse. Regocíjense con ella todos los que participaban de su duelo y quedarán saciados con la abundancia de sus consuelos.


Oración colecta

Señor, que reconcilias contigo a los hombres por tu Palabra hecha carne, haz que el pueblo cristiano se apresure, con fe viva y entrega generosa, a celebrar las próximas fiestas pascuales. Por nuestro Señor Jesucristo.

PRIMERA LECTURA: Samuel 16, 1b.6-7.10-13a

En aquellos días, el Señor dijo a Samuel: «Llena la cuerna de aceite y vete, por encargo mío, a Jesé, el de Belén, porque entre sus hijos me he elegido un rey.»

Cuando llegó, vio a Eliab y pensó: «Seguro, el Señor tiene delante a su ungido.»
Pero el Señor le dijo: «No te fijes en las apariencias ni en su buena estatura. Lo rechazo. Porque Dios no ve como los hombres, que ven la apariencia; el Señor ve el corazón.»

Jesé hizo pasar a siete hijos suyos ante Samuel; y Samuel le dijo: «Tampoco a éstos los ha elegido el Señor.»
Luego preguntó a Jesé: «¿Se acabaron los muchachos?»
Jesé respondió: «Queda el pequeño, que precisamente está cuidando las ovejas.»
Samuel dijo: «Manda por él, que no nos sentaremos a la mesa mientras no llegue.»

Jesé mandó a por él y lo hizo entrar: era de buen color, de hermosos ojos y buen tipo.
Entonces el Señor dijo a Samuel: «Anda, úngelo, porque es éste.»
Samuel tomó la cuerna de aceite y lo ungió en medio de sus hermanos. En aquel momento, invadió a David el espíritu del Señor, y estuvo con él en adelante.


SALMO 22, 1-3a.3b-4.5.6

El Señor es mi pastor, nada me falta.

El Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar, me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas.

Me guía por el sendero justo, por el honor de su nombre. Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo: tu vara y tu cayado me sosiegan.

Preparas una mesa ante mí, enfrente de mis enemigos; me unges la cabeza con perfume, y mi copa rebosa.

Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida, y habitaré en la casa del Señor por años sin término.


SEGUNDA LECTURA: Efesios 5, 8-14

En otro tiempo erais tinieblas, ahora sois luz en el Señor.

Caminad como hijos de la luz –toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz–, buscando lo que agrada al Señor, sin tomar parte en las obras estériles de las tinieblas, sino más bien denunciadlas.

Pues hasta da vergüenza mencionar las cosas que ellos hacen a escondidas. Pero la luz, denunciándolas, las pone al descubierto, y todo lo descubierto es luz. Por eso dice: «Despierta, tú que duermes, levántate de entre los muertos, y Cristo será tu luz.»


Aclamación antes del Evangelio: Juan 8, 12

Yo soy la luz del mundo, dice el Señor, el que me sigue tendrá la luz de la vida.


EVANGELIO: Juan 9, 1-41

Yendo de camino vio Jesús a un hombre que había nacido ciego. Los discípulos le preguntaron:
–Maestro, ¿por qué nació ciego este hombre? ¿Por el pecado de sus padres o por su propio pecado?
Jesús les contestó:
–Ni por su propio pecado ni por el de sus padres, sino para que en él se demuestre el poder de Dios. Mientras es de día tenemos que hacer el trabajo que nos ha encargado el que me envió; luego viene la noche, cuando nadie puede trabajar. Mientras estoy en este mundo, soy la luz del mundo.
Dicho esto, Jesús escupió en el suelo, hizo con la saliva un poco de lodo y untó con él los ojos del ciego. Luego le dijo:
–Ve a lavarte al estanque de Siloé (que significa: “Enviado”).

El ciego fue y se lavó, y al regresar ya veía. Los vecinos y los que otras veces le habían visto pedir limosna se preguntaban:
–¿No es éste el que se sentaba a pedir limosna?
Unos decían:
–Sí, es él.
Y otros:
–No, no es él, aunque se le parece.
Pero él decía:
–Sí, soy yo.

Le preguntaron:
–¿Y cómo es que ahora puedes ver? – Él contestó:
–Ese hombre que se llama Jesús hizo lodo, me untó los ojos y me dijo: ‘Ve al estanque de Siloé y lávate.’ Yo fui, me lavé y comencé a ver.
Unos le preguntaron:
–¿Dónde está ese hombre?
Él respondió:
–No lo sé.
El día en que Jesús hizo lodo y dio la vista al ciego, era sábado. Por eso llevaron ante los fariseos al que había sido ciego, y ellos le preguntaron cómo era que podía ver. Les contestó:
–Me puso lodo sobre los ojos, me lavé y ahora veo.

Algunos fariseos dijeron:
–El que hizo eso no puede ser de Dios, porque no respeta el sábado.
Pero otros decían:
–¿Cómo puede alguien, siendo pecador, hacer esas señales milagrosas?
De manera que estaban divididos. Volvieron a preguntar al que había sido ciego:
–Puesto que te ha dado la vista, ¿qué dices tú de ese hombre?
–Yo digo que es un profeta –contestó.

Pero los judíos no quisieron creer que se trataba del mismo ciego, que ahora podía ver, hasta que llamaron a sus padres y les preguntaron:
–¿Es este vuestro hijo? ¿Decís vosotros que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?
Sus padres contestaron:
–Sabemos que este es nuestro hijo y que nació ciego, pero no sabemos cómo es que ahora ve, ni tampoco sabemos quién le dio la vista. Preguntádselo a él, que ya es mayor de edad y puede responder por sí mismo.
Sus padres dijeron esto por miedo, porque los judíos se habían puesto de acuerdo para expulsar de la sinagoga a cualquiera que reconociese a Jesús como el Mesías. Por eso dijeron sus padres: “Ya es mayor de edad; preguntádselo a él.”

Los judíos volvieron a llamar al que había sido ciego y le dijeron:
–Reconoce la verdad delante de Dios: nosotros sabemos que ese hombre es pecador.
Él les contestó:
–Yo no sé si es pecador o no. Lo único que sé es que yo era ciego y ahora veo.
Volvieron a preguntarle:
–¿Qué te hizo? ¿Qué hizo para darte la vista?
Les contestó:
–Ya os lo he dicho, pero no me hacéis caso. ¿Para qué queréis que lo repita? ¿Es que también vosotros queréis seguirle?

Entonces le insultaron y le dijeron:
–¡Tú sigues a ese hombre, pero nosotros seguimos a Moisés! Nosotros sabemos que Dios habló a Moisés, pero ese ni siquiera sabemos de dónde ha salido.
El hombre les contestó:
–¡Qué cosa tan rara, que vosotros no sabéis de dónde ha salido y a mí me ha dado la vista! Bien sabemos que Dios no escucha a los pecadores, sino solamente a quienes le adoran y hacen su voluntad. Nunca se ha oído decir de nadie que diera la vista a un ciego de nacimiento: si este hombre no viniera de Dios, no podría hacer nada.
Le dijeron entonces:
–Tú, que naciste lleno de pecado, ¿quieres darnos lecciones a nosotros?
Y lo expulsaron de la sinagoga.

Jesús se enteró de que habían expulsado de la sinagoga a aquel ciego. Cuando se encontró con él le preguntó:
–¿Tú crees en el Hijo del hombre?
Él le dijo:
–Señor, dime quién es, para que crea en él.
Le contestó Jesús:
–Ya le has visto. Soy yo, con quien estás hablando.
El hombre le respondió:
–Creo, Señor –y se puso de rodillas delante de él.
Dijo Jesús:
–Yo he venido a este mundo para hacer juicio, para que los ciegos vean y los que ven se vuelvan ciegos.
Al oír esto, algunos fariseos que estaban reunidos con él le preguntaron:
–¿Acaso nosotros también somos ciegos?
Jesús les contestó:
–Si fuerais ciegos, no tendríais la culpa de vuestros pecados; pero como decís que veis, sois culpables.

Antífona de comunión: Juan 9, 11

El Señor me puso lodo sobre los ojos; yo fui a lavarme. Ahora veo y creo en Dios.


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VIVENCIAS CUARESMALES

Luz que ilumina. Ríos de agua viva.

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26.- CUARTO DOMINGO

DE CUARESMA

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Comienza a proclamarse el Evangelio de Juan.

La fe salva al mundo mediante la iluminación que produce en el creyente acerca del Hijo de Dios. Tercera confesión del ciego: “Creo en ti, Señor; tú eres mi Salvador y mi Luz”. Dios ha enviado a su Hijo al mundo para que todo el que crea en él, tenga vida eterna, tenga la luz de la vida. La condenación consiste en esto: en que vino la luz al mundo, pero algunos no vinieron a la luz porque sus obras eran malas.


ILUMINACIÓN.- La Palabra de Dios recogida en la Biblia es como una persona que nos habla, es la voz del mismo Dios. Quien la acoge en su corazón, comienza a conocer a Dios, entra en comunicación con él y le confía poco a poco todas sus preocupaciones. Comienza la experiencia de la fe. Gracias a ella toda la persona va iluminándose, se produce una purificación y finalmente todo su ser va siendo sanado.


El domingo siempre es un día de fiesta y por tanto de alegría, porque celebramos la resurrección del Señor. “No lloréis ni hagáis luto, porque es un día de fiesta; que el gozo en el Señor sea vuestra fortaleza”.

El domingo consiguientemente es el día más propicio para recordar nuestro bautismo y para revivirlo. Esto, mucho más en tiempo de Cuaresma. En efecto, en este domingo, los catecúmenos, es decir, los adultos que se preparaban para ser bautizados la noche de la Vigilia Pascual, eran examinados acerca de su conocimiento y aprecio de la Biblia, a ver si realmente se dejaban iluminar por la Palabra de Dios y estaban siendo sanados de su ceguera espiritual y existencial.

Por eso, hoy nos presenta la liturgia eucarística el milagro de la curación del ciego de nacimiento obrado por Jesús. En ese relato encontramos una doble actitud ante la palabra de Dios: los fariseos no aceptan sino lo suyo y rechazan todo lo que pueda perturbar sus intereses personales o grupales. Otra actitud muy distinta es la adoptada por el ciego de nacimiento, que experimenta y reconoce su incapacidad para ver y que busca con ansia y rectitud la salvación de Dios.

Pero escuchemos atentos este evangelio tan aleccionador, tan iluminador para cuantos queremos dejarnos interpelar por la voz del Espíritu contenida en la Sagrada Escritura, y más si es proclamada en la asamblea dominical: Jn 9, 1-41.

Según la carta apostólica de Juan Pablo II “Día del Señor” sobre el domingo, éste “fue el día del primer anuncio y de los primeros bautismos: Pedro proclamó a la multitud reunida que Cristo había resucitado y los que acogieron su palabra fueron bautizados” (Hch 2, 41; n. 20). La creación de la luz del primer día de la semana tiene una “singular conexión” con la resurrección del Señor, luz del mundo, acontecida también precisamente el primer día de la semana (n. 24).

El domingo es el día en el cual, más que en ningún otro, el cristiano está llamado a recordar la salvación que, ofrecida en el bautismo, le hace hombre nuevo en Cristo (n. 25). El día del sol de los paganos, se convierte en el día de Cristo-luz. Él es el verdadero “sol” de la humanidad, sol que nace de lo alto para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombras de muerte (Lc 1, 78-79), luz del mundo, luz para alumbrar a las naciones (Lc 2, 32; n. 27).

Para nosotros, es la ocasión de recordar nuestro bautismo. El agua con que fuimos bautizados nos recuerda que el pecado, tanto personal como original, constituye una especie de mancha, de suciedad, que es preciso lavar con agua hasta que desaparezca. Cuando el hombre peca, ensucia el esplendor de la imagen de Dios impresa en él, es decir, la pureza original del hombre, llamado a ser el administrador fiel de todo lo creado y amigo de Dios antes que nada.

Con su desconfianza, rebeldía y pecado de desobediencia, Adán y Eva se apartaron de Dios: tan pronto como pecaron se dieron cuenta de que estaban desnudos, se avergonzaron de su estado y corrieron a cubrir la impureza y la indecencia de todo su ser. Se sintieron “manchados” por el pecado.

En segundo lugar, el pecado tiene algo que ver con una falta de luz, una oscuridad. En un doble sentido: en cuanto que las malas acciones generalmente se cometen en la oscuridad, y una vez cometidas oscurecen al hombre en todo su ser.

El hombre malvado suele aprovechar la oscuridad para cometer el pecado: suele pecar cuando cree que nadie lo ve, a ocultas, o en la noche oscura. Es como una forma de adormecer su conciencia que le advierte del mal. Judas abandonó la mesa de Jesús para traicionarlo. Y Juan observa: “Era de noche”.

En nuestros días, muchas personas eligen la noche para dar rienda suelta a sus vicios y prácticas vergonzosas: consumo de alcohol, borracheras, orgías, sexo, droga, robos, delincuencia, brujería… hasta amanecerse. La oscuridad parecería atenuar su sentido de culpabilidad y como que facilitaría el libertinaje. Como los otros duermen, parecen no sentir su corrección y desaprobación.

¿No habrá una misteriosa sintonía entre la fealdad del pecado y la oscuridad de la noche? A los que eligen la noche para dar rienda suelta a sus tendencias negativas, la luz del nuevo día les molestaría y se retirarían furtivamente a digerir los estragos de sus vicios, la vaciedad y el hastío de sus desórdenes.

Todo pecado produce necesariamente oscuridad en el pecador. Desencadena un desorden que perturba la armonía primera del hombre recién salido de las manos de Dios. La imagen de Dios en el hombre queda empañada. Esa opacidad se manifiesta visiblemente en el mismo rostro del hombre caído, particularmente, en su mirada, pues los ojos son como el espejo del alma.

Por eso los niños que han cometido alguna falta rehuyen la mirada de sus padres, por ejemplo, o no pueden mirar de frente. Quizás temen que sus padres descubran en sus ojos la huella de la falta que han cometido. También entre adultos, cuando sospechamos que alguien nos está mintiendo le exigimos que nos mire a los ojos, que dé la cara.

En el bautismo, el agua limpió la suciedad del pecado y nos devolvió la inocencia de la amistad con Dios, y se nos concedió por gracia la dignidad de los hijos de Dios. Por eso, se nos impuso un paño blanco o un vestido blanco, signo de pureza, belleza y distinción. Con esa señal podemos entrar en el banquete de bodas.

Además, en el bautismo se nos entregó una vela encendida en el cirio pascual, símbolo de Cristo, luz del mundo. Se encargó a nuestros padres y padrinos que cuidaran esa luz inicial y débil en nosotros para que creciera en nuestras vidas iluminando toda nuestra existencia por nuestras buenas obras y por nuestros buenos ejemplos ante los demás.

Vosotros sois luz del mundo, sal de la tierra, se nos dijo, y se nos pidió, como a hijos de la luz, transmitir luz con nuestras palabras y con nuestras obras. Para que los hombres, al ver nuestras buenas obras, den gloria al Padre celestial.

Hermano, ¿cómo estás viviendo la gracia bautismal que recibiste como don de una forma definitiva, pues Dios no se arrepiente; pero que se te dio también como tarea, pues se te encargó acrecentarla todos los días de tu vida? El don de Dios se convierte en bendición para ti si lo conservas celosamente y lo cuidas para que crezca. Pero, lamentable y trágicamente será para ti motivo de condenación si permaneces en la incoherencia y con tus obras disminuyes y hasta ocultas la luz divina depositada en ti.

Anímate a dejarte iluminar por Cristo. Su corrección es suave. Él nos descubre la fealdad de nuestros pecados con la intención de que podamos corregirnos. Ya que él no pretende desanimarnos, como lo hace el diablo que acusa sin compasión, sino al revés levantarnos. Es lo que más desea. Por eso, pedimos que nos convierta para que podamos convertirnos. No te desanimes.

Hoy, el salmista viene en tu ayuda con una oración realmente tierna y confiada donde se expresa la condescendencia de Dios para con nosotros que debe sofocar nuestros sentimientos de pesimismo, angustia, desesperación. Este salmo 22 constituye una especie de medicina espiritual: “El Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas”.

Léelo una y otra vez, aunque no sientas gran cosa. Porque irá calando poco a poco dentro de ti, y te irá abriendo a un mundo nuevo de luz y de paz. Déjate iluminar por Cristo, como lo pide la segunda lectura.

“Hermanos: En otro tiempo erais tinieblas, ahora sois luz en el Señor. Caminad como hijos de la luz buscando lo que agrada al Señor, sin tomar parte en las obras estériles de las tinieblas. Pues hasta ahora da vergüenza mencionar las cosas que ellos hacen a escondidas. Pero la luz, denunciándolas, las pone al descubierto, y todo lo descubierto es luz. Por eso dice: ‘Despierta tú que duermes, levántante de entre los muertos y Cristo será tu luz’” (Ef. 5, 8-14).

Súplica.- Padre lleno de amor, te pedimos que, purificados por la penitencia y por la práctica de las buenas obras, nos mantengamos fieles a tus mandamientos, para llegar, bien dispuestos, a las fiestas de Pascua. Por Jesucristo nuestro Señor.- Amén.

“Cuando el hombre descubre sus pecados, Dios los cubre, cuando los esconde, Dios los descubre, cuando los reconoce, Dios los olvida” (San Agustín).

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De las cartas de San Máximo Confesor, abad

La misericordia de Dios para con los penitentes

Quienes anunciaron la verdad y fueron ministros de la gracia divina, cuantos desde el comienzo hasta nosotros trataron de explicar, en sus respectivos tiempos, la voluntad salvífica de Dios hacia nosotros, dicen que nada hay tan querido ni tan estimado de Dios como el que los hombres, con una verdadera penitencia, se conviertan a él.

Y para manifestarlo de una manera más propia de Dios que todas las otras cosas, la Palabra divina de Dios Padre, el primero y único reflejo insigne de la bondad infinita, sin que haya palabras que puedan explicar su humillación y descenso hasta nuestra realidad, se dignó, mediante su encarnación, convivir con nosotros; y llevó a cabo, padeció y habló todo aquello que parecía conveniente para reconciliarnos con Dios Padre, a nosotros, que éramos sus enemigos; de forma que, extraños como éramos a la vida eterna, de nuevo nos viéramos llamados a ella.

Pues no sólo sanó nuestras enfermedades con la fuerza de los milagros, sino que, habiendo aceptado las debilidades de nuestras pasiones y el suplicio de la muerte -como si él mismo fuera culpable, siendo así que se hallaba inmune de toda culpa-, nos liberó mediante el pago de nuestra deuda, de muchos y tremendos delitos y, en fin, nos aconsejó, con múltiples enseñanzas, que nos hiciéramos semejantes a él, imitándolo con una condescendiente benignidad y una caridad más perfecta hacia los demás.

Por ello clamaba: No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a que se conviertan. Y también: No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Por ello añadió que había venido a buscar la oveja que se había perdido, y que, precisamente, había sido enviado a las ovejas que habían perecido de la casa de Israel. Y, aunque no con tanta claridad, dio a entender lo mismo con la parábola de la dracma perdida: que había venido para restablecer en el hombre la imagen divina empañada con la fealdad de los vicios. Y acaba: Os digo que habrá alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta.

Así también, alivió con vino, aceite y vendas, al que había caído en manos de ladrones y, desprovisto de toda vestidura, había sido abandonado medio muerto a causa de los malos tratos; después de subirlo sobre su cabalgadura, lo dejó en el mesón para que lo cuidaran y, si bien dejó lo que parecía suficiente para su cuidado, prometió pagar a su vuelta lo que hubiera quedado pendiente.

Consideró que era un padre excelente aquel hombre que esperaba el regreso de su hijo pródigo, al que abrazó porque volvía con disposición de penitencia, y al que agasajó con amor paterno, sin pensar en reprocharle nada de todo lo que antes había cometido.

Por la misma razón, después de haber encontrado la ovejilla alejada de las cien ovejas divinas, que erraba por montes y collados, no volvió a conducirla al redil con empujones y amenazas, ni de malas maneras, sino que, lleno de misericordia, la puso sobre sus hombros y la volvió, incólume, junto a las otras.

Por ello dijo también: Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Y también: Cargad con mi yugo; es decir, llama “yugo” a los mandamientos, o sea, la vida de acuerdo con el Evangelio; y llama “carga” a la penitencia, que puede parecer a veces algo más pesado y molesto: Porque mi yugo es llevadero -dice- y mi carga ligera.

Y de nuevo, al enseñarnos la justicia y la bondad divina, manda y dice: Sed santos, perfectos, compasivos, como lo es vuestro Padre. Y también: Perdonad y seréis perdonados. Y: Tratad a los demás como queréis que ellos os traten (Cartas 11: PG 91, 454-455).



La Anunciación del Señor

marzo 25, 2017

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maria

He aquí la esclava del Señor: Hágase en mí, de mí…



Antífona de entrada: Hb 10, 5. 7

Cuando el Señor entró en el mundo dijo: Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad.


Oración colecta

Señor, tú has querido que la Palabra se encarnase en el seno de la Virgen María; concédenos, en tu bondad, que cuantos confesamos a nuestro Redentor, como Dios y como hombre verdadero, lleguemos a hacernos semejantes a él en su naturaleza divina. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: Isaías 7, 10-14;8,10

En aquel tiempo, el Señor habló a Acaz: «Pide una señal al Señor, tu Dios: en lo hondo del abismo o en lo alto del cielo.»

Respondió Acaz: «No la pido, no quiero tentar al Señor.»

Entonces dijo Dios: «Escucha, casa de David: ¿No os basta cansar a los hombres, que cansáis incluso a mi Dios? Pues el Señor, por su cuenta, os dará una señal: Mirad: la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa “Dios-con-nosotros”.»


SALMO 39,7-8a.8b-9.10.11

Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.

Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, y, en cambio, me abriste el oído; no pides sacrificio expiatorio, entonces yo digo: «Aquí estoy.»

«Como está escrito en mi libro para hacer tu voluntad.» Dios mío, lo quiero, y llevo tu ley en las entrañas.

He proclamado tu salvación ante la gran asamblea; no he cerrado los labios: Señor, tú lo sabes.

No me he guardado en el pecho tu defensa, he contado tu fidelidad y tu salvación, no he negado tu misericordia y tu lealtad ante la gran asamblea.


SEGUNDA LECTURA: Hebreos 10, 4-10

Es imposible que la sangre de los toros y de los machos cabríos quite los pecados.

Por eso, cuando Cristo entró en el mundo dijo: «Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, pero me has preparado un cuerpo; no aceptas holocaustos ni víctimas expiatorias. Entonces yo dije lo que está escrito en el libro: “Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad.”»

Primero dice: «No quieres ni aceptas sacrificios ni ofrendas, holocaustos ni victimas expiatorias», que se ofrecen según la Ley. Después añade: «Aquí estoy yo para hacer tu voluntad.»

Niega lo primero, para afirmar lo segundo. Y conforme a esa voluntad todos quedamos santificados por la oblación del cuerpo de Jesucristo, hecha una vez para siempre.


Aclamación antes del Evangelio: Jn 1, 14ab

La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria.


EVANGELIO: Lucas 1, 26-38

A los seis meses, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María.

El ángel, entrando en su presencia, dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.»

Ella se turbó ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquél.

El ángel le dijo: «No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.»

Y María dijo al ángel: «¿Cómo será eso, pues no conozco a varón?»

El ángel le contestó: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios. Ahí tienes a tu pariente Isabel, que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible.»

María contestó: «Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.»

Y la dejó el ángel.


Antífona de comunión: Is 7, 14

Mirad: la Virgen está encinta y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Dios-con-nosotros.


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25 de Marzo
La Anunciación del Señor

La Anunciación del Plan Salvífico y Encarnación del Verbo en la Virgen María: Comienzo de la salvación.

La Anunciación del Plan Salvífico de Dios Trinidad y Encarnación del Verbo en el seno de la Virgen María: Comienzo de la salvación

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EL MISTERIO DE NUESTRA RECONCILIACIÓN
De las cartas de san León Magno, papa

La majestad asume la humildad, el poder la debilidad, la eternidad la mortalidad; y, para saldar la deuda contraída por nuestra condición pecadora, la naturaleza invul­nerable se une a la naturaleza pasible; de este modo, como convenía para nuestro remedio, el único y mismo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre también él, pudo ser a la vez mortal e inmortal, por la conjunción en él de esta doble condición.

El que es Dios verdadero nace como hombre verdadero, sin que falte nada a la integridad de su naturaleza huma­na, conservando la totalidad de la esencia que le es propia y asumiendo la totalidad de nuestra esencia humana. Y, al decir nuestra esencia humana, nos referimos a la que fue plasmada en nosotros por el Creador, y que él asume para restaurarla.

Esta naturaleza nuestra quedó viciada cuando el hombre ­se dejó engañar por el maligno, pero ningún vestigio de este vicio original hallamos en la naturaleza asumida por el Salvador. Él, en efecto, aunque hizo suya nuestra misma debilidad, no por esto se hizo partícipe de nues­tros pecados.

Tomó la condición de esclavo, pero libre de la sordidez del pecado, ennobleciendo nuestra humanidad sin mermar su divinidad, porque aquel anonadamiento suyo –por el cual, él, que era invisible, se hizo visible, y él, que es el Creador y Señor de todas las cosas, quiso ser uno más entre los mortales– fue una dignación de su misericor­dia, no una falta de poder. Por tanto, el mismo que, perman­eciendo en su condición divina, hizo al hombre es el mismo que se hace él mismo hombre, tomando la condición ­de esclavo.

Y, así, el Hijo de Dios hace su entrada en la bajeza de este mundo, bajando desde el trono celestial, sin dejar la gloria que tiene junto al Padre, siendo engendrado en un nuevo orden de cosas.

En un nuevo orden de cosas, porque el que era invisible por su naturaleza se hace visible en la nuestra, el que era inaccesible a nuestra mente quiso hacerse accesible el que existía antes del tiempo empezó a existir en el tiempo, el Señor de todo el universo, velando la inmensidad de su majestad, asume la condición de esclavo, el Dios impasible e inmortal se digna hacerse hombre pasible y sujeto a las leyes de la muerte.

El mismo que es Dios verdadero es también hombre verdadero, y en él, con toda verdad, se unen la pequeñez del hombre y la grandeza de Dios.

Ni Dios sufre cambio alguno con esta dignación de su piedad, ni el hombre queda destruido al ser elevado a esta dignidad. Cada una de las dos naturalezas realiza sus actos propios en comunión con la otra, a saber, la Palabra realiza lo que es propio de la Palabra, y la carne lo que es propio de la carne.

En cuanto que es la Palabra, brilla por sus milagros; en cuanto que es carne, sucumbe a las injurias. Y así cómo la Palabra retiene su gloria igual al Padre, así también su carne conserva la naturaleza propia de nuestra raza.

La misma y única persona, no nos cansaremos de repetirlo, es verdaderamente Hijo de Dios y verdaderamente hijo del hombre. Es Dios, porque en el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios; es hombre, porque la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros.


Maná y Vivencias Cuaresmales (25), 25.3.17

marzo 25, 2017

Sábado de la 3ª semana de Cuaresma

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Adoración

No se atrevía ni a levantar la vista y rezaba así: ¡Oh Dios, ten compasión de esta pecadora!

Antífona de entrada: Salmo 102, 2-3

Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides sus beneficios: Él perdona todas tus culpas.


Oración colecta

Llenos de alegría, al celebrar un año más la Cuaresma, te pedimos, Señor, vivir los sacramentos pascuales, y sentir en nosotros el gozo de su eficacia. Por nuestro Señor Jesucristo.

PRIMERA LECTURA: Oseas 6, 1-6

Vamos a volver al Señor: él, que nos despedazó, nos sanará; él, que nos hirió, nos vendará. En dos días nos sanará; al tercero nos resucitará; y viviremos delante de él.

Esforcémonos por conocer al Señor: su amanecer es como la aurora, y su sentencia surge como la luz. Bajará sobre nosotros como lluvia temprana, como lluvia tardía que empapa la tierra.

«¿Qué haré de ti, Efraín? ¿Qué haré de ti, Judá? Vuestra piedad es como nube mañanera, como rocío de madrugada que se evapora. Por eso os herí por medio de los profetas, os condené con la palabra de mi boca.

Quiero misericordia, y no sacrificios; conocimiento de Dios, más que holocaustos.»

SALMO 50, 3-4.18-19.20-21ab

Quiero misericordia, y no sacrificios.

Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa; lava del todo mi delito, limpia mi pecado.

Los sacrificios no te satisfacen: si te ofreciera un holocausto, no lo querrías. Mi sacrificio es un espíritu quebrantado; un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias.

Señor, por tu bondad, favorece a Sión, reconstruye las murallas de Jerusalén: entonces aceptarás los sacrificios rituales, ofrendas y holocaustos.

Aclamación antes del Evangelio: Salmo 94, 8

Hagámosle caso al Señor que nos dice: “No endurezcáis vuestro corazón”.

EVANGELIO: Lucas 18, 9-14

En aquel tiempo, a algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás, dijo Jesús esta parábola:

«Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, un publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: “¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo.”

El publicano, en cambio, se quedó atrás y no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo; sólo se golpeaba el pecho, diciendo: “¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador.”

Os digo que éste bajó a su casa justificado, y aquél no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.»

Antífona de comunión: Lucas 18, 13

El publicano, manteniéndose a distancia, se golpeaba el pecho y decía: Señor, ten piedad de mí porque soy un pecador.

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VIVENCIAS CUARESMALES

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Dichosos los limpios de corazón porque ellos verán a Dios

25. SÁBADO

TERCERA SEMANA DE CUARESMA

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NÚCLEO ILUMINADOR.- Todo hombre que se hace grande será humillado, y el que se humilla será hecho grande (Lc. 18, 14).

Hermano, cuando oras ¿qué presentas a Dios: tu propia exhibición o tus necesidades? ¿Te comunicas con Dios o contigo mismo? ¿Es tu oración un verdadero encuentro con Alguien lejano y cercano a la vez?

Con el recuerdo agradecido de que Dios nos acoge en su bendito Hijo, podemos comenzar esta Misa orando con el salmista: “Bendice, alma mía, al Señor y no olvides sus beneficios, él perdona todas tus culpas” (Salmo 102, 2-3).

No queremos olvidar que la misericordia de Dios destruye nuestros pecados. Él nos devuelve bien por mal, su amor ahoga el mal a fuerza de bien. Por eso, es digno de toda bendición; porque él nos amó mucho, le podemos amar mucho nosotros.

Lo queremos recordar adrede, una y otra vez, porque nos cuesta creerlo y convencernos de ello: “Dios perdona tus culpas, y sana todas tus enfermedades”. Somos criaturas nuevas en Cristo para gloria de Dios, por pura gracia, pues así le pareció bien para alabanza de su gloria.

Los mismos sentimientos se prolongan en la oración colecta: Llenos de alegría al celebrar un año más la Cuaresma, te pedimos, Señor, vivir los sacramentos pascuales y sentir en nosotros el gozo de su eficacia. Por Cristo, nuestro Señor. Amén.

A pesar de todo este gozo en Dios, persiste nuestra debilidad, persiste el dolor que nos insta a clamar. Si se acaba la aflicción, dirá san Agustín, se acaba la súplica; y si ésta muere, se disuelve la salvación. Él, por tanto, clamará: ¡Oh feliz culpa que nos mereció tal Redentor!

Y aunque nuestro culto sea auténtico en un primer momento, fruto sincero de una verdadera conversión, enseguida degenera y se hace rutinario, desvinculado de los verdaderos sentimientos del corazón y en contradicción con la vida real de pecado y de mentira, sobre todo ante los demás; y así el culto se vuelve mentiroso, inútil para el hombre y ofensivo para Dios.

Por eso Dios se pregunta, medio desconcertado, podríamos decir: “¿Qué haré de ti, Efraín? ¿Qué haré de ti, Judá? Vuestra misericordia como nube mañanera, como rocío de madrugada que se evapora. Por eso os herí por medio de profetas, os condené con las palabras de mi boca. Porque quiero misericordia y no sacrificios, conocimiento de Dios más que holocaustos”(Oseas 6, 1B.6).

La tentación de la rutina, de la claudicación, de la mentira, es muy fuerte en el hombre: éste se tuerce a izquierda o a derecha con facilidad, esquiva el encuentro directo y honesto con un Dios que siempre le pide más y que no le consiente endiosarse ante su propia carne, ante los demás hermanos, esclavizando a su prójimo; al hombre le aburre, le cansa ser misericordioso con su hermano como Dios lo es con él, y pretende vivir de rentas, quiere que le sirvan. Cede como arco falso, en expresión bíblica.

Parafraseando el comentario la Biblia Latinoamericana: El hombre lamenta sus errores, pero su sinceridad no es tan real como para dejar sus pecados del todo, radicalmente.

Piensa contentar a Dios ofreciéndole algunos sacrificios; no sabe alcanzar el amor verdadero que se prueba con la obediencia, con la sumisión total, con la renuncia a la propia suficiencia, con la renuncia sincera a la práctica de una religión “a su manera”.

Preferimos con frecuencia ofrecer sacrificios costosos que nosotros mismos decidimos, en vez de obedecer lo que Dios nos pide de hecho en su Palabra, en las circunstancias de nuestra vida, mediante la purificación “pasiva”: es decir, aquélla que no programamos nosotros, a nuestra medida, sino la que nos impone Dios a través de las mediaciones humanas, de la vida real que nosotros no podemos prevenir ni manejar a nuestro gusto y capricho.

En el Evangelio, Lucas 18, 9-14, encontramos dos conductas contrapuestas: la del fariseo y la del publicano. El fariseo tiene todo bien programado desde él mismo; todo a su medida; puede vanagloriarse de su propia consistencia personal, privada y social; sabe conducirse a sí mismo, todo está controlado, o mejor, bajo control; no necesita de Dios, sino para que ratifique todo lo que se le presente como obra humana.

Por tanto, el fariseo no sale de sí; su religión no le cuesta gran cosa, es un arropamiento personal y vanidoso; su religión no vale porque, aunque le cueste algo, no le exige entregar lo que más vale: su propia vida y autogobierno.

Por otro lado encontramos al publicano que está dispuesto a dejarse cuestionar por Dios. Reconoce que sólo Dios justifica y que sólo él establece las reglas del juego: “Ten compasión, ten piedad de mí que soy un pecador”.

Escuchemos: “Puso además esta comparación por algunos que estaban convencidos de ser justos y que despreciaban a los demás. ‘Dos hombres subieron al Templo a orar, uno fariseo y el otro publicano. El publicano se quedaba atrás y no se atrevía ni siquiera a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios mío, ten piedad de mí que soy un pecador’”.

La justificación, la felicidad que Dios nos regala será proporcional a nuestra capacidad para permitirle a Dios cuestionar nuestra vida. Si le permitimos entrar en nuestro corazón nos librará constantemente de cualquier autoengaño que habite en nuestra mente o en nuestros sentimientos.

El Espíritu nos irá moviendo para que apostemos siempre por la verdad y por la misericordia entrañable para con el hermano, ya que a Dios no le podemos engañar.

Texto bíblico de Santiago 5, 16-19-20: “Confesaos los pecados unos a otros, y rezad unos por otros para que os curéis. Mucho puede hacer la oración intensa del justo.

Hermanos míos, si alguno de vosotros se desvía de la verdad y otro lo encamina, sabed que uno que convierte al pecador de su extravío se salvará de la muerte y sepultará un sinfín de pecados”.

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Del libro de San Teófilo de Antioquía, obispo, a Autólico

Dichosos los limpios de corazón porque ellos verán a Dios

Si tú me dices: “muéstrame a tu Dios”, yo te diré a mi vez: “Muéstrame tú al hombre que hay en ti”, y yo te mostraré a mi Dios. Muéstrame, por tanto, si los ojos de tu mente ven, y si oyen los oídos de tu corazón.

Pues de la misma manera que los que ven con los ojos del cuerpo perciben con ellos las realidades de esta vida terrena y advierten las diferencias que se dan entre ellas -por ejemplo-, entre la luz y las tinieblas, lo blanco y lo negro, lo deforme y lo bello, lo proporcionado y lo desproporcionado, lo que está bien formado y lo que no está, lo que es superfluo y lo que es deficiente en las cosas-, y lo mismo se diga de lo que cae bajo el dominio del oído -sonidos agudos, graves o agradables-, eso mismo hay que decir de los oídos del corazón y de los ojos de la mente, en cuanto a su poder para captar a Dios.

En efecto, ven a Dios los que son capaces de mirarlo, porque tienen abiertos los ojos del espíritu. Porque todo el mundo tiene ojos, pero algunos los tienen oscurecidos y no ven la luz del sol. Y no porque los ciegos no vean ha de decirse que el sol ha dejado de lucir, sino que esto hay que atribuírselo a sí mismos y a sus propios ojos.

De la misma manera, tienes tú los ojos de tu alma oscurecidos a causa de tus pecados y malas acciones. El alma del hombre tiene que ser pura como un espejo brillante. Cuando en el espejo se produce el orín, no se puede ver el rostro de una persona; de la misma manera, cuando el pecado está en el hombre, el hombre ya no puede contemplar a Dios.

Pero puedes sanar, si quieres. Ponte en manos del médico y él punzará los ojos de tu alma y tu corazón. ¿Qué médico es éste? Dios, que sana y vivifica mediante su Palabra y su sabiduría. Pues por medio de la Palabra y la sabiduría se hizo todo.

Efectivamente, la Palabradel Señor hizo el cielo; el aliento de su boca, sus ejércitos. Su sabiduría está por encima de todo: Dios, con su sabiduría, puso el fundamento de la tierra; con su inteligencia, preparó los cielos; con su voluntad, rasgó los abismos, y las nubes derramaron su rocío.

Si entiendes todo esto y vives pura, santa y justamente, podrás ver a Dios; pero la fe y el temor de Dios han de tener la absoluta preferencia de tu corazón, y entonces entenderás todo esto. Cuando te despojes de lo mortal y te revistas de lo inmortal entonces verás a Dios de manera digna.

Dios hará que tu carne sea inmortal junto con el alma, y entonces, convertido en inmortal, verás al que es inmortal, con tal de que ahora creas en él (Libro 1, 2.7: PG 6, 1026-1027.1035).

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