El maná de cada día, 29.6.17

junio 28, 2017

San Pedro y san Pablo, apóstoles. Solemnidad

Misa del día

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San Pedro y San Pablo (El Greco)



Antífona de entrada

Estos son los que mientras estuvieron en la tierra, con su sangre plantaron la Iglesia: bebieron el cáliz del Señor y lograron ser amigos de Dios.


Oración colecta

Señor, tú que nos llenas de santa alegría en la celebración de la fiesta de san Pedro y san Pablo, haz que tu Iglesia se mantenga siempre fiel a las enseñanzas de aquellos que fueron fundamento de nuestra fe cristiana. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: Hechos de los Apóstoles 12, 1-11

En aquellos días, el rey Herodes se puso a perseguir a algunos miembros de la Iglesia. Hizo pasar a cuchillo a Santiago, hermano de Juan. Al ver que esto agradaba a los judíos, decidió detener a Pedro. Era la semana de Pascua.

Mandó prenderlo y meterlo en la cárcel, encargando su custodia a cuatro piquetes de cuatro soldados cada uno; tenía intención de presentarlo al pueblo pasadas las fiestas de Pascua. Mientras Pedro estaba en la cárcel bien custodiado, la Iglesia oraba insistentemente a Dios por él.

La noche antes de que lo sacara Herodes, estaba Pedro durmiendo entre dos soldados, atado con cadenas. Los centinelas hacían guardia a la puerta de la cárcel. De repente, se presentó el ángel del Señor y se iluminó la celda. Tocó a Pedro en el hombro, lo despertó y le dijo: «Date prisa, levántate.»

Las cadenas se le cayeron de las manos y el ángel añadió: «Ponte el cinturón y las sandalias.»

Obedeció y el ángel le dijo: «Échate el manto y sígueme.»

Pedro salió detrás, creyendo que lo que hacía el ángel era una visión y no realidad. Atravesaron la primera y la segunda guardia, llegaron al portón de hierro que daba a la calle, y se abrió solo. Salieron, y al final de la calle se marchó el ángel.

Pedro recapacitó y dijo: «Pues era verdad: el Señor ha enviado a su ángel para librarme de las manos de Herodes y de la expectación de los judíos.»

SALMO 33, 2-3.4-5.6-7.8-9

El Señor me libró de todas mis ansias.

Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca; mi alma se gloría en el Señor: que los humildes lo escuchen y se alegren.

Proclamad conmigo la grandeza del Señor, ensalcemos juntos su nombre. Yo consulté al Señor, y me respondió, me libró de todas mis ansias.

Contempladlo, y quedaréis radiantes, vuestro rostro no se avergonzará. Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha y lo salva de sus angustias.

El ángel del Señor acampa en torno a sus fieles y los protege. Gustad y ved qué bueno es el Señor, dichoso el que se acoge a él.


SEGUNDA LECTURA: 2 Timoteo 4, 6-8.17-18

Yo estoy a punto de ser sacrificado y el momento de mi partida es inminente.

He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe. Ahora me aguarda la corona merecida, con la que el Señor, juez justo, me premiará en aquel día; y no sólo a mí, sino a todos los que tienen amor a su venida.

El Señor me ayudó y me dio fuerzas para anunciar íntegro el mensaje, de modo que lo oyeran todos los gentiles. Él me libró de la boca del león. El Señor seguirá librándome de todo mal, me salvará y me llevará a su reino del cielo. A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén.


Aclamación antes del Evangelio: Mt 16, 18

Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará.


EVANGELIO: Mateo 16, 13-19

En aquel tiempo, al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?»

Ellos contestaron: «Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas.»
Él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?»

Simón Pedro tomó la palabra y dijo: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.»

Jesús le respondió: «¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás! porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. Ahora te digo yo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo.»


Antífona de Comunión: Mt 16, 16. 18

Pedro dijo a Jesús: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Jesús le respondió: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia.

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ESTOS MÁRTIRES, EN SU PREDICACIÓN, DABAN TESTIMONIO DE LO QUE HABÍAN VISTO

De los sermones de San Agustín, obispo

El día de hoy es para nosotros sagrado, porque en él celebramos el martirio de los santos apóstoles Pedro y Pablo. No nos referimos, ciertamente, a unos mártires desconocidos. A toda la tierra alcanza su pregón y hasta los límites del orbe su lenguaje. Estos mártires, en su predicación, daban testimonio de lo que habían visto con un desinterés absoluto, dieron a conocer la verdad hasta morir por ella.

San Pedro, el primero de los apóstoles, que amaba ardientemente a Cristo, y que llegó a oír de él estas palabras: Ahora te digo yo: Tú eres Pedro. Él había dicho antes: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Y Cristo le replicó: «Ahora te digo yo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia. Sobre esta piedra edificaré esta misma fe que profesas.

Sobre esta afirmación que tú has hecho: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo, edificaré mi Iglesia. Porque tú eres Pedro». «Pedro» es una palabra que se deriva de «piedra», y no al revés. «Pedro» viene de «piedra», del mismo modo que «cristiano» viene de «Cristo».

El Señor Jesús, antes de su pasión, como sabéis, eligió a sus discípulos, a los que dio el nombre de apóstoles. Entre ellos, Pedro fue el único que representó la totalidad de la Iglesia casi en todas partes. Por ello, en cuanto que él solo representaba en su persona a la totalidad de la Iglesia, pudo escuchar estas palabras: Te daré las llaves del reino de los cielos. Porque estas llaves las recibió no un hombre único, sino la Iglesia única.

De ahí la excelencia de la persona de Pedro, en cuanto que él representaba la universalidad y la unidad de la Iglesia, cuando se le dijo: Yo te entrego, tratándose de algo que ha sido entregado a todos. Pues, para que sepáis que la Iglesia ha recibido las llaves del reino de los cielos, escuchad lo que el Señor dice en otro lugar a todos sus apóstoles: Recibid el Espíritu Santo. Y a continuación: A quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedan retenidos.

En este mismo sentido, el Señor, después de su resurrección, encomendó también a Pedro sus ovejas para que las apacentara. No es que él fuera el único de los discípulos que tuviera el encargo de apacentar las ovejas del Señor; es que Cristo, por el hecho de referirse a uno solo, quiso significar con ello la unidad de la Iglesia; y, si se dirige a Pedro con preferencia a los demás, es porque Pedro es el primero entre los apóstoles.

No te entristezcas, apóstol; responde una vez, respon­de dos, responde tres. Venza por tres veces tu profesión de amor, ya que por tres veces el temor venció tu presunción. Tres veces ha de ser desatado lo que por tres veces habías ligado. Desata por el amor lo que habías ligado por el temor.

A pesar de su debilidad, por primera, por segunda y por tercera vez encomendó el Señor sus ovejas a Pedro.

En un solo día celebramos el martirio de los dos apóstoles. Es que ambos eran en realidad una sola cosa aunque fueran martirizados en días diversos Primero lo fue Pedro, luego Pablo. Celebramos la fiesta del día de hoy, sagrado para nosotros por la sangre de los apóstole­s. Procuremos imitar su fe, su vida, sus trabajos, sus sufrimientos, su testimonio y su doctrina.


El maná de cada día, 24.6.17

junio 24, 2017

Natividad de San Juan Bautista, Solemnidad


Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo

Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo



Antífona de entrada: Jn 1, 6-7; Lc 1, 17

Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan, éste venía para dar testimonio de la luz y preparar para el Señor un pueblo dispuesto a recibirlo.

Oración colecta

Oh Dios, que suscitaste a san Juan Bautista para que preparase a Cristo, el Señor, un pueblo bien dispuesto, concede a tu familia el don de la alegría espiritual y dirige la voluntad de tus hijos por el camino de la salvación y de la paz. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: Isaías 49, 1-6

Escuchadme, islas; atended, pueblos lejanos: Estaba yo en el vientre, y el Señor me llamó; en las entrañas maternas, y pronunció mi nombre.

Hizo de mi boca una espada afilada, me escondió en la sombra de su mano; me hizo flecha bruñida, me guardó en su aljaba y me dijo: «TÚ eres mi siervo, de quien estoy orgulloso.»

Mientras yo pensaba: «En vano me he cansado, en viento y en nada he gastado mis fuerzas», en realidad mi derecho lo llevaba el Señor, mi salario lo tenla mi Dios.

Y ahora habla el Señor, que desde el vientre me formó siervo suyo, para que le trajese a Jacob, para que le reuniese a Israel -tanto me honró el Señor, y mi Dios fue mi fuerza- :

«Es poco que seas mi siervo y restablezcas las tribus de Jacob y conviertas a los supervivientes de Israel; te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra.»


SALMO 138, 1-3. 13-14. 15

Te doy gracias, porque me has escogido portentosamente.

Señor, tú me sondeas y me conoces; me conoces cuando me siento o me levanto, de lejos penetras mis pensamientos; distingues mi camino y mi descanso, todas mis sendas te son familiares.

Tú has creado mis entrañas, me has tejido en el seno materno. Te doy gracias, porque me has escogido portentosamente, porque son admirables tus obras; conocías hasta el fondo de mi alma.

No desconocías mis huesos, cuando, en lo oculto, me iba formando, y entretejiendo en lo profundo de la tierra.


SEGUNDA LECTURA: Hechos de los apóstoles 13, 22-26

En aquellos días, dijo Pablo:

-«Dios nombró rey a David, de quien hizo esta alabanza: “Encontré a David, hijo de Jesé, hombre conforme a mi corazón, que cumplirá todos mis preceptos.” Según lo prometido, Dios sacó de su descendencia un salvador para Israel: Jesús.

Antes de que llegara, Juan predicó a todo Israel un bautismo de conversión; y, cuando estaba para acabar su vida, decía: “Yo no soy quien pensáis; viene uno detrás de mí a quien no merezco desatarle las sandalias.”

Hermanos, descendientes de Abrahán y todos los que teméis a Dios: A vosotros se os ha enviado este mensaje de salvación.»


Aclamación antes del Evangelio: Lc 1, 76

Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor a preparar sus caminos.


EVANGELIO: Lucas 1, 57-66. 80

A Isabel se le cumplió el tiempo del parto y dio a luz un hijo. Se enteraron sus vecinos y parientes de que el Señor le había hecho una gran misericordia, y la felicitaban.

A los ocho días fueron a circuncidar al niño, y lo llamaban Zacarías, como a su padre. La madre intervino diciendo: -«¡ No! Se va a llamar Juan. »

Le replicaron: -«Ninguno de tus parientes se llama así.»

Entonces preguntaban por señas al padre cómo quería que se llamase. Él pidió una tablilla y escribió: «Juan es su nombre.» Todos se quedaron extrañados.

Inmediatamente se le soltó la boca y la lengua, y empezó a hablar bendiciendo a Dios.

Los vecinos quedaron sobrecogidos, y corrió la noticia por toda la montaña de Judea. Y todos los que lo oían reflexionaban diciendo: -«¿Qué va a ser este niño?»

Porque la mano del Señor estaba con él. El niño iba creciendo, y su carácter se afianzaba; vivió en el desierto hasta que se presentó a Israel.


Antífona de comunión: Lc 1, 78

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios nos visitará el Sol que nace de lo alto.
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LA VOZ DEL QUE CLAMA EN EL DESIERTO

De los sermones de san Agustín, obispo

La Iglesia celebra el nacimiento de Juan como algo sa­grado y él es el único de los santos cuyo nacimiento se festeja; ­celebramos el nacimiento de Juan y el de Cristo.

Ello no deja de tener su significado, y, si nuestras explicaciones no alcanzaran a estar a la altura de misterio tan elevado, no hemos de perdonar esfuerzo para profundizarlo­, y sacar provecho de él.

Juan nace de una anciana estéril; Cristo, de una joven v­irgen. El futuro padre de Juan no cree el anuncio de su nacimiento y se queda mudo; la Virgen cree el del nacimie­nto de Cristo y lo concibe por la fe.

Esto es, en resume­n, lo que intentaremos penetrar y analizar; y, si el poco tiempo y las pocas facultades de que disponemos no nos permiten llegar hasta las profundidades de este mis­terio tan grande, mejor os adoctrinará aquel que habla en vuestro interior, aun en ausencia nuestra, aquel que es el objeto de vuestros piadosos pensamientos, aquel que habéis recibido en vuestro corazón y del cual habéis sido he­chos templo.

Juan viene a ser como la línea divisoria entre los dos Testamentos, el antiguo y el nuevo. Así lo atestigua el mismo Señor, cuando dice: La ley y los profetas llegaron hasta Juan. Por tanto, él es como la personificación de lo antiguo y el anuncio de lo nuevo.

Porque personifica lo antiguo, nace de padres ancianos; porque personifica lo nuevo, es declarado profeta en el seno de su madre. Aún no ha nacido y, al venir la Virgen María, salta de gozo en las entrañas de su madre.

Con ello queda ya señalada su misión, aun antes de nacer; queda demostrado de quién es precursor, antes de que él lo vea. Estas cosas pertenecen al orden de lo divino y sobrepasan la capacidad de la humana pequeñez.

Finalmente, nace, se le impone el nombre, queda expedita la lengua de su padre. Estos acontecimientos hay que entenderlos con toda la fuerza de su significado.

Zacarías calla y pierde el habla hasta que nace Juan, el precursor del Señor, y abre su boca. Este silencio de Zacarías significaba que, antes de la predicación de Cristo, el sentido de las profecías estaba en cierto modo latente, oculto, encerrado.

Con el advenimiento de aquel a quien se referían estas profecías, todo se hace claro. El hecho de que en el nacimiento de Juan se abre la boca de Zacarías tiene el mismo significado que el rasgarse el velo al morir Cristo en la cruz.

Si Juan se hubiera anunciado a sí mismo, la boca de Zacarías habría continuado muda. Si se desata su lengua es porque ha nacido aquel que es la voz; en efecto, cuando Juan cumplía ya su misión de anunciar al Señor, le dijeron: ¿Tú quién eres? Y él respondió: Yo soy la voz que grita en el desierto.

Juan era la voz; pero el Señor era la Palabra que en el principio ya existía. Juan era una voz pasajera, Cristo la palabra eterna desde el principio.


Novena a Santa Rita de Casia (3), 15.5.17

mayo 15, 2017

DÍA TERCERO
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RITA, ESPOSA ENAMORADA


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1. Señal de la cruz

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor Dios nuestro; en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.


2. Acto de contrición

Yo confieso ante Dios todopoderoso y ante ustedes, hermanos, que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión; por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa.

Por eso ruego a Santa María, siempre Virgen, a los Ángeles, a los Santos y a ustedes, hermanos, que intercedan por mí ante Dios, nuestro Señor.


3. Oración preparatoria para todos los días

Señor y Dios nuestro, admirable en tus Santos. Venimos a ti, el único Santo, atraídos por el ejemplo de Rita, tu hija predilecta. Nos encomendamos a su poderosa intercesión y queremos imitar su vida. Pues tú nos mandaste: “Sean santos porque Yo soy santo”. A la vez, tu Hijo nos ordenó: “Sean perfectos como su Padre celestial es perfecto”.

Padre de bondad, concédenos poder contemplar durante esta novena con gran admiración y devoción las maravillas que obraste en tu sierva Rita. Hoy nos unimos a todos los devotos de santa Rita para darte gracias por los ejemplos de santidad que en ella nos dejaste. Concédenos imitarla en la tierra, para que así podamos alabarte con santa Rita y con todos los santos para siempre en el cielo.

Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que contigo vive y reina en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.


4. Datos biográficos o ejemplos de vida

Cuenta la historia que Rita se desposó con el joven que le proponían sus padres, bien dispuesto aunque de carácter impulsivo. Rita pasó, sin duda, por un proceso de enamoramiento, a la vez sinceramente humano y libre, y a la vez, profundamente creyente, voluntarioso. En ello buscaba no tanto sus conveniencias egoístas sino la mayor gloria de Dios.

Rita, pues, se fue enamorando de Fernando, consciente y libremente; lo consideraba como un regalo maravilloso de Dios para ella: la prueba más palpable, después de sus padres, de que Dios la amaba, la valoraba, y quería verla feliz. Pues le regalaba un hombre que le perteneciera en exclusiva y de por vida.

Y Rita así aceptaba a Fernando. Por tanto se desposó tiernamente enamorada de Fernando y dando gracias a Dios por ese don inmerecido que le entregaba para siempre. Por su parte, ella se comprometió a quererlo, también para siempre, en el amor del Señor.

Por eso, dicen los biógrafos, que, como esposa, Rita procuraba conocer los deseos y necesidades de su esposo para complacerlo en todo lo que no se opusiera a la ley de Dios.

En este proceso entró el sentimiento y la voluntad debidamente balanceados que garantizan un amor maduro, verdadero: que involucra a toda la persona y para siempre.

Su esposo Pablo Fernando, dicen los biógrafos, era un hombre difícil, de carácter violento; por lo cual, además de hacer sufrir a Rita en el hogar, le acarreaba sin duda conflictos en la vida pública: enredos con malas compañías en diversiones peligrosas y juegos de azar, lo cual levantaba comentarios que comprometían a Rita y a los hijos.

Esta dificultad en la relación con su esposo, mal ejemplo a los hijos y escándalos en la sociedad, lejos de desanimar a Rita, la espoleaban para acoger a su esposo con mayor ternura, tratando de comprenderlo y perdonarlo, devolviendo bien por mal. Trataba además de reconciliar a las partes enemistadas como lo había aprendido de sus padres.

Como la mujer fuerte de la Escritura, no cedía a los lamentos depresivos, ni a la autoconmiseración. También sabía vencer la tentación de mendigar la justicia humana y las falsas compasiones, ya que le había tocado en suerte un mal esposo, le había salido malo…

Por supuesto que Rita tampoco hacía caso de las insinuaciones de la gente para que respondiera devolviendo mal por mal. Aunque le costaba entender y sobre todo practicar el perdón y la misericordia, Rita quería creer que Dios permitía todo aquello para bien. Él le daría fuerzas para llevarlo todo a buen puerto.

Buscaba en Dios, más que nunca, la fortaleza necesaria para devolver bien por mal, para no quejarse, ni acusar, ni maldecir, ni buscar ávidamente compasiones humanas.

Al revés, de su debilidad sacaba fuerzas para consolar y animar a sus hijos, para visitar a los enfermos llevándoles consuelo: ayudaba a los pobres y necesitados cuanto se lo permitían los deberes del hogar.

De esta manera, Rita aprendió a ser y a sentirse plena y feliz, aunque no fuera correspondida por su esposo Fernando. En la oración y en la vida diaria de servicio y fidelidad, Dios le fue enseñando que su felicidad no dependía de la correspondencia de su esposo y de sus hijos.

Si así fuera, debería sentirse fatalmente infeliz para siempre. Así se sentían algunas mujeres que estaban fracasando en su matrimonio y que se compadecían de Rita por los extravíos de su marido, y por su mala suerte en el matrimonio.

¿Pero no sería Dios capaz de hacerla feliz aun en medio de esas circunstancias que ella no podía cambiar ni había buscado?

Si la felicidad de Rita dependía irremediablemente de la correspondencia de su esposo y de sus hijos, Dios sería injusto. La condenaría a ser infeliz y desdichada en su vida. Pero no, Rita entendió que su felicidad dependía sólo de ella y de Dios. Al casarse se había unido a su esposo por amor a Dios, y a Dios le había prometido hacer feliz a su esposo y a llevarlo por el camino del bien. Y eso nadie se lo podía prohibir ni tampoco impedir.

Por otra parte, Dios sería el más interesado en darle esa posibilidad, porque para los hombres es imposible devolver bien por mal y ahogar el mal a fuerza de bien. Y ese amor divino derramado en ella sería fuente de felicidad. Más feliz es el que más ama…

Así, Rita aprendió a tener en Dios al mejor de los esposos y al mejor padre de sus hijos. Y al amar a Dios y por su amor hacer el bien a discreción, Rita se llenaba de felicidad y de satisfacción al sentirse creadora y redentora de los suyos en Dios, colaborando con Dios de manera incondicional como esposa y madre, desarrollando al máximo toda su feminidad y su maternidad, como mujer transformada por el Espíritu.

Pero lo que más le preocupaba a Rita era la conversión de su esposo, y por esta intención oraba sin interrupción. Al fin, Dios le concedió la gracia de la conversión y cambio de su esposo.

Esto le causó una inmensa alegría, que apenas pudo disfrutar, porque al poco tiempo su esposo Pablo Fernando, según dicen las crónicas, murió asesinado en una emboscada que le tendieron de noche cuando regresaba a casa. No sabemos el motivo.

Rita supo encajar este duro golpe de la vida con dignidad y entereza. Le arrebataban lo que más amaba de la vida, después de Dios. Su sufrimiento fue sereno, dando ejemplo a sus hijos, perturbados por la muerte cruel e injusta de su padre.

Lamentablemente, los dos hijos, entre desconcertados y dolidos, son instigados a la venganza y al odio. Rita tendrá que ayudarlos a perdonar, a olvidar y a amar a los asesinos de su propio padre.


5. Lecturas bíblicas y agustinianas

El primer relato bíblico de un matrimonio ritual entre judíos lo encontramos en Génesis 24, 1-53. Del texto se desprende que el matrimonio entre creyentes judíos está en función del cumplimiento de la Promesa. Leamos:

Abraham era ya muy viejo. Yahvé le había favorecido en todo. Abraham dijo a su servidor más antiguo, que era su mayordomo: “Te ruego pongas tu mano bajo mi muslo. Me vas a jurar por Yahvé, Dios del cielo y de la tierra, que no tomarás para mi hijo una mujer entre las hijas de los cananeos que nos rodean. Sino que tú irás a mi país a buscar, entre mi parentela, una mujer para mi hijo Isaac”.

El servidor respondió: “Y si la mujer no quisiera venir conmigo a esta tierra, ¿deberé llevar a tu hijo a la tierra de donde saliste?”

Abraham contestó: “Por ningún motivo llevarás para allá a mi hijo, pues Yahvé, Dios del cielo y de la tierra, que me sacó de la familia de mi padre y del país donde nací, me prometió con juramento que entregará este país a mi descendientes.

Yahvé enviará a su ángel delante de ti y tú tomarás allá una mujer para mi hijo. Si la mujer no quiere seguirte, estarás libre de este juramento; pero tú, en ningún caso lleves para allá a mi hijo”.

El mayordomo oró así: “Yahvé, Dios de mi patrón Abraham, haz que me vaya bien hoy y muestra tu benevolencia para con mi patrón Abraham. Voy a quedarme junto a la fuente, ahora que las muchachas de la ciudad vienen a buscar agua.

La joven a quien yo le dijere que incline su cántaro para que yo pueda tomar agua y ella me respondiere: ‘Toma y voy también a dar de beber a tus camellos’, haz que sea ella la que tú has destinado a tu servidor Isaac. Dame a conocer de este modo tu cariño para con mi patrón”.

Y más adelante, en los versículos 50 al 53, leemos:

Labán y Batuel dijeron al mayordomo de Abraham: “Se ve que la mano de Yahvé está en todo esto. No podemos oponernos. Ahí está Rebeca, llévatela y que sea la esposa del hijo de tu patrón como lo ha mandado Yahvé”.

Cuando el servidor de Abraham oyó lo que decían, se echó a tierra para adorar a Yahvé. Luego sacó joyas de oro y plata y vestidos, los que dio a Rebeca. Hizo también buenos regalos a su hermano y a su madre y familiares. Llamaron a Rebeca y le preguntaron: “¿Quieres irte con este hombre?” “Sí, me voy”, contestó.

Entonces dejaron partir a su hermana Rebeca y a su nodriza con el servidor de Abraham y con sus hombres.

En Tobías 7, 9-16, encontramos los detalles ceremoniales de la celebración del matrimonio:

Entonces Ragüel llamó a su hija Sara, le tomó la mano, se la entregó a Tobías, diciendo: “recíbela por esposa, según la ley y lo que está escrito en el libro de Moisés. Llévala a la casa de tu padre. El Dios del cielo los guíe por los caminos de la paz”.

Luego dijo a la madre que trajera una hoja de papiro, en ella escribió el contrato matrimonial, y lo firmaron. Terminado esto, se pusieron a comer y beber. Ragüel llamó a su esposa y le dijo: “Hermana, prepara otro dormitorio para Sara”.

Ella preparó la habitación y llevó a Sara, que se puso a llorar. La madre secó las lágrimas de su hija y le dijo: “Hija mía, ten confianza; que el Señor del Cielo te dé alegría en lugar de tristeza. Confianza, hija”. Y salió.

En el capítulo 8, 1 y siguientes, leemos:

Después de la cena, hablaron de acostarse y acompañaron al joven de la sala donde había comido a su habitación… Mientras tanto, los padres habían salido de la habitación.

Entonces Tobías dijo a Sara: “Levántate, hermana, y oremos para que el Señor tenga piedad de nosotros”. Luego dijo Tobías: “Bendito seas, Dios de nuestros padres, y bendito sea tu nombre santo y glorioso por los siglos de los siglos; que los cielos y todas las criaturas te bendigan.

Tú creaste a Adán y le diste a Eva su mujer, como ayuda y compañera, para que de los dos naciera la raza humana. Tú dijiste: No está bien que el hombre esté solo, démosle una compañera semejante a él.

Ahora, Señor, tomo a mi hermana con recta intención y no buscando el puro placer. Ten piedad de nosotros y que podamos llegar juntos a nuestra ancianidad”. Ella respondió: “Amén”. Y se acostaron los dos para pasar la noche.

En el Nuevo Testamento encontramos maravillosas exhortaciones que, sin duda, Rita meditó y siguió ejemplarmente. Así, por ejemplo, en Efesios, 5, 22-33:

Que las esposas se sometan a sus maridos como al Señor. En efecto, el marido es cabeza de su esposa, como Cristo es cabeza de la Iglesia, cuerpo suyo, del cual es asimismo Salvador. Y así como la Iglesia se somete a Cristo, así también la esposa debe someterse en todo a su marido.

En otro lugar, el mismo san Pablo insiste: A los casados les ordeno, no yo, sino el Señor, que la mujer no se separe de su marido… Lo mismo que el marido no despida a su mujer.

Si alguna mujer tiene un esposo que, sin compartir su fe, está conforme en vivir con ella, no se divorcie, pues el esposo no creyente es santificado por su esposa, y la esposa no creyente es santificada por el marido que tiene fe… y los hijos también están consagrados a Dios (1 Corintios 7, 10-14).

Por su parte, san Pedro completa esta espiritualidad matrimonial: Que las mujeres obedezcan a sus maridos, y con eso seguramente ganarán a aquellos que se resisten a la predicación. Al verlas castas y serias en su conducta, esa misma conducta hará las veces de predicación.

No se preocupen tanto por lucir peinados rebuscados, collares de oro, vestidos lujosos, todas cosas exteriores. Sino que más bien, irradien de lo íntimo del corazón la belleza de un espíritu suave y tranquilo; eso sí que es muy precioso ante Dios (1 Pedro 3, 1-3).

Estas enseñanzas bíblicas sobre la familia se reflejan en la tradición agustiniana, de una manera específica, porque san Agustín tuvo una madre santa, Mónica. Es decir, Agustín forma parte de una familia de santos. Eso marca de manera especial el carisma que trasmite a sus hijos espirituales. La Orden agustiniana no surge de un individuo sino de una comunidad de santos: Agustín y Mónica.

De ahí que la Orden siempre ha presentado a la madre con el hijo, o al hijo con la madre; y así, necesariamente, ha iluminado el misterio de la familia humana. No es casualidad que santa Mónica haya sido presentada siempre en la Iglesia como modelo de esposa y de madre cristiana; y haya sido propuesta de manera especial por los agustinos.

Pues bien, desde niña, santa Rita estuvo en contacto con la espiritualidad agustiniana y debió de abrevarse en sus fuentes. El texto que vamos a reproducir enseguida refleja un paralelo providencial: Mónica y Rita, unidas en una vocación muy parecida, casi idéntica. Designios de Dios… San Agustín nos describe así el ejemplo de su madre:

“No callaré ninguno de los sentimientos que brotan en mi alma, inspirados por aquella sierva tuya que me alumbró en la carne para la vida temporal y me dio a la luz según su corazón para que renaciese a la vida eterna. No diré sus dones, sino tus dones en ella.

Educada en honestidad y templanza, y sujeta más por ti a sus padres que por sus padres a ti, llegada a la pubertad y entregada a su marido, sirvióle como a su señor y se afanó en ganarlo para ti. Hablándole de ti con sus costumbres, con las que la embellecías y hermoseabas haciéndola digna del respeto, del amor y de la admiración de su marido.

Y de tal manera soportó sus infidelidades que nunca tuvo por ello contienda con él; esperaba que tu misericordia descendiese sobre él, dándole al mismo tiempo la fe y la fidelidad.

Por otra parte, él era extremoso en el afecto, pero también fulmíneo en la ira. Pero ella tenía la prudencia de no enfurecerlo cuando estaba enojado, ni con obras, ni con palabras, y así, pasado el desahogo de la cólera y ya quieto y sosegado, aprovechaba ella la primera oportunidad para explicarle lo que había hecho, si él se había desmandado en la cólera…

Las amigas, sabedoras de lo feroz que era el marido de Mónica, se admiraban de cómo podía sobrellevarlo, hasta el punto de que no hubiera el menor indicio de que Patricio le hubiera puesto alguna vez las manos encima y hubiese tenido con ella alguna reyerta doméstica. Así era mi madre, siendo Tú su maestro íntimo en la escuela de su corazón.

Finalmente, ya en lo postrero de su vida temporal, ganó a su marido para ti y en él, fiel ya, no tuvo que llorar lo que había tenido que tolerar cuando era infiel” (Confesiones, Lib. 9, 8-9).

6. Consideraciones bíblico-teológicas

El relato del Génesis 24, enseña que el matrimonio está en función de la promesa de Dios, pues a Abraham se le prohíbe casar a su hijo con una mujer pagana, no judía, que anularía la realización de la promesa de Dios. Abraham quiere asegurar la descendencia a través de Isaac según la promesa del Señor y busca mujer para su hijo, pero una mujer que no aparte a su hijo de la fe recibida ni de la promesa de Dios.

El matrimonio, pues, no está en primer lugar en función de las conveniencias naturales o egoístas o familiares, sino que está siempre y en primer lugar en función de la gloria de Dios; no en función de los esposos, de sus gustos, realizaciones personales, sino en función de la realización del plan de salvación de Dios sobre los hombres.

Por otro lado, la felicidad de los esposos y la descendencia no sufrirán menoscabo por esa prioridad, sino al revés, quedarán garantizadas y perfeccionadas plenamente esas expectativas. Primero es la fidelidad al plan de Dios. La fe orienta al matrimonio y los hijos: antes que esposos y padres son creyentes.

El Antiguo Testamento ya nos proporciona la consistencia religiosa de la vida familiar. Cristo lo elevará a sacramento de su amor tierno y fiel a su propio Cuerpo, la Iglesia.

Por tanto, la fe entra de lleno en una experiencia tan fundamental en la vida humana como es la convivencia familiar. Los creyentes, por la fe se hacen esposos y padres. La fe constituye el fundamento suficiente y necesario para el matrimonio. Perfecciona cualquier otra motivación o fundamento.

Por tanto, la recepción del sacramento del matrimonio y la vivencia del mismo no constituyen algo opcional, sino algo necesario, para aquellos creyentes que deseen vivir esa experiencia como Dios lo ha dispuesto. El sacramento del matrimonio capacita a los que se casan ante Dios para superar lo que es imposible humanamente y amarse en toda la belleza y felicidad que Dios ha dispuesto sólo para sus hijos.

En la vida familiar, la relación constitutiva y fontal es la esponsal: ser y hacerse constantemente esposos, cada día más enamorados. Es la tarea más estimulante y la más difícil del matrimonio, la más fecunda y santificadora.

En el orden de importancia y de los principios aventaja a la relación de padres. La relación esponsal constituye la fuente de la felicidad de los esposos y padres. Por lo tanto, también para los hijos.

Por otra parte, solamente el amor de Dios puede garantizar la estabilidad y plena realización del matrimonio. En el matrimonio se comprometen tres: los esposos y Dios. La experiencia religiosa garantiza la fidelidad de los esposos, pues la alimenta constantemente.

Si falla una parte, Dios permanece fiel, dispuesto siempre a restaurar la unidad. Él consolará a la parte fiel, la robustecerá espiritualmente y además utilizará su dolor y sacrificio para salvar, tarde o temprano, pero de manera indefectible creemos, a la parte infiel.

Estamos seguros en la fe de que la parte equivocada no se puede perder para siempre, mientras haya fidelidad por la otra parte, pues Dios amontonará ascuas de remordimiento en el corazón del cónyuge infiel.

Y creemos que no se perderá por la misericordia de Dios expresada en la fidelidad de la parte creyente y santa.

El cónyuge fiel es el camino ordinario, poco menos que único, para que Dios actúe en la parte infiel. Porque nadie como él puede entender a su pareja y comprenderla mejor, y, por tanto, perdonar con el amor del Señor. Y ésta será la gran misión del cónyuge fiel: salvar, redimir a su pareja.

Una misión que merece la pena, y que le llenará de satisfacción humana y religiosa. Así sucedió en el caso de santa Mónica y en el caso de santa Rita: lograron la conversión de sus esposos, el primero pagano y el segundo inconsecuente con la fe recibida.

Esos ejemplos son normativos para las familias cristianas si es que se sienten como tales y como tales quieren conducirse.

7. Peticiones o plegaria universal

Presentemos a Dios nuestras peticiones implorando que nos inspire el Señor sentir y actuar como lo hizo santa Rita en toda su vida.

1. Señor, que te has revelado a los hombres,
– por la intercesión de santa Rita, muéstranos tu rostro, aumentándonos la fe en tu palabra de verdad, y nuestro amor a tu Hijo Jesucristo.

Invitación: Roguemos al Señor.
Respuesta: Te lo pedimos, Señor.

2. Señor, tu sierva santa Rita conservó la paciencia en medio de tantas pruebas y tribulaciones;
– haz que en nuestra vida no seamos jamás motivo de molestia, o irritación para los demás.

3. Señor, que te glorificaste en la vida familiar de santa Rita, utilizándola como instrumento de salvación para su esposo y sus hijos;
– haz que nosotros seamos colaboradores tuyos en la salvación de los hombres, comenzando por nuestros propios hogares, comunidades religiosas o eclesiales.

4. Señor, que concediste a santa Rita la constancia de llamar a las puertas del monasterio hasta ser admitida como religiosa;
– haz que aprendamos el valor del sacrificio y el de la perseverancia en todas las circunstancias de nuestra vida.

5. Señor, que moviste a santa Rita para que prefiriese la muerte de sus hijos a verlos manchados por el pecado del odio y de la condenación eterna,
– enséñanos a perdonar a nuestros enemigos y a vivir en paz con todo el mundo, para que así podamos gozar nosotros mismos de tu paz y bendición.

6. Señor, que diste a santa Rita la paz y la tranquilidad en el monasterio después de tantas penas como había sufrido,
– suscita muchas vocaciones a la vida religiosa, donde muchos hijos tuyos alcancen lo único necesario y adelanten el Reino a este mundo.

7. Pídase y formúlese ante el Señor la gracia específica que se desea obtener por la intercesión de santa Rita en esta novena.

8. Señor, que por tu resurrección venciste a la muerte y permitiste que Rita participara de tu victoria,
– concede la vida eterna a todos los fieles difuntos y en particular a los devotos de santa Rita.

Peticiones específicas para el día tercero

9. Oh Dios, que concediste a las santas mujeres de la Biblia, y a Rita en particular, conocer y amar a sus futuros esposos y novios en la fe y el amor a ti,
– concede a los jóvenes que se preparan para el matrimonio poder formar verdaderos hogares cimentados en las afinidades humanas, y sobre todo en la fe y el amor cristianos.

10. Oh Dios, siempre fiel a tu alianza y que no quieres que nadie se pierda,
– bendice a los esposos, santificados por tu gracia, para que se rediman el uno al otro, precisamente en el amor de Cristo y así aumenten con sus hijos tu familia en el mundo.

Oración conclusiva

Dios Todopoderoso, que te dignaste conceder a santa Rita amar a sus enemigos y llevar en su corazón y en su frente la señal de la pasión de tu Hijo, concédenos, siguiendo sus ejemplos, considerar de tal manera los dolores de la muerte de tu Hijo que podamos perdonar a nuestros enemigos, y así llegar a ser en verdad hijos tuyos, dignos de la vida eterna prometida a los mansos y sufridos.

Te lo pedimos por el mismo Jesucristo nuestro Señor. Amén.

8. Padre Nuestro, Ave María y Gloria (tres veces).

9. Oración final para todos los días

Oh Dios y Señor nuestro, admirable en tus santos, te alabamos porque hiciste de santa Rita un modelo insigne de amor a ti y a todos los hombres.

El amor fue el peso de su vida que la impulsó, cual río de agua viva, a través de todos los estados de su peregrinación por este mundo, dando a todos ejemplo de santidad, y manifestando la victoria de Cristo sobre todo mal.

Ella meditó continuamente la Pasión salvadora de tu Hijo y compartió sus dolores “completando en su carne lo que faltaba a los sufrimientos de Cristo por su cuerpo que es la Iglesia”.

Aleccionada en su interior por la consolación del Espíritu Santo, Rita se convirtió en ejemplo de penitencia y caridad, experimentando continua y gozosamente, cómo la cruz del sufrimiento conduce a la alegría verdadera y a la luz de la resurrección.

De esta manera, se convirtió en instrumento de salvación al servicio del Dios providente, para bien de todos los hombres, sus hermanos, sobre todo en su propio hogar, en su familia, y finalmente en la comunidad agustiniana y en tu Iglesia.

Te damos gracias, oh Padre de bondad, fuente de todo don, y te bendecimos por las maravillas obradas en la vida de santa Rita de Casia, tu sierva. A la vez, te imploramos ser protegidos por su poderosa intercesión, de todo mal, llegando a cumplir tu voluntad en todas las circunstancias de nuestra vida, de acuerdo a los ejemplos de santidad que Rita nos dejó.

Te lo pedimos por Nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que contigo vive y reina en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.


10. Gozos a santa Rita

CORO

Tú que vives de amor,
y en el amor te recreas,
bendita por siempre seas,
dulce esposa del Señor.

ESTROFAS

1. Cual del ángel la belleza
difunde luz celestial,
exhalaba su pureza
tu corazón virginal.
Danos guardar esa flor,
que es la reina de las flores,
y ponga en ella su amor
el Dios de santos amores.

2. Santa madre, santa esposa,
en las penas y amarguras
brindaba tu amor dulzuras,
como fragancias las rosas.
Trocando en templo tu hogar
buscaste en Dios el consuelo:
almas que saben amar
hacen de un hogar un cielo.

3. Como esposa del Señor
con alma de serafín,
en tu amor ardió el amor
del corazón de Agustín.
Amor que Dios galardona
y en prenda de unión divina,
brota en tu frente una espina
y una flor en su corona.


11. Himno a santa Rita de Casia

Gloria del género humano,
Rita bienaventurada,
sed nuestra fiel abogada (tres veces)
cerca del Rey soberano.

Nido de castos amores,
fue tu corazón sencillo,
claro espejo, cuyo brillo
no hirieron negros vapores.
Haz que nunca amor profano
tenga en nuestro pecho entrada.

Gloria del género humano…


NOTA: Los contenidos de esta Novena a Santa Rita están tomados, con la debida autorización, del librito publicado por Ed. Paulinas, Lima 2015. Asociación Hijas de San Pablo, Lima, Perú.


Novena a Santa Rita de Casia (1), 13.5.17

mayo 13, 2017

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DÍA PRIMERO

ORÍGENES DE SANTA RITA


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1. Señal de la cruz

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor Dios nuestro; en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.


2. Acto de contrición

Yo confieso ante Dios todopoderoso y ante ustedes, hermanos, que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión; por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa.

Por eso ruego a Santa María, siempre Virgen, a los Ángeles, a los Santos y a ustedes, hermanos, que intercedan por mí ante Dios, nuestro Señor.


3. Oración preparatoria para todos los días

Señor y Dios nuestro, admirable en tus Santos. Venimos a ti, el único Santo, atraídos por el ejemplo de Rita, tu hija predilecta. Nos encomendamos a su poderosa intercesión y queremos imitar su vida.

Pues tú nos mandaste: “Sean santos porque Yo soy santo”. A la vez, tu Hijo nos ordenó: “Sean perfectos como su Padre celestial es perfecto”.

Padre de bondad, concédenos poder contemplar durante esta novena con gran admiración y devoción las maravillas que obraste en tu sierva Rita.

Hoy nos unimos a todos los devotos de santa Rita para darte gracias por los ejemplos de santidad que en ella nos dejaste.

Concédenos imitarla en la tierra, para que así podamos alabarte con santa Rita y con todos los santos para siempre en el cielo.

Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que contigo vive y reina en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.


4. Datos biográficos o ejemplos de vida

La historia nos dice que los padres de Rita fueron Antonio Lotti y Amanda Ferri. Eran fervorosos cristianos y esposos ejemplares. Destacaban por estas virtudes: la práctica de la caridad con los más necesitados y el empeño en reconciliar y construir la paz entre sus paisanos.

Por esta cualidad eran reconocidos con el sobrenombre de “pacificadores en el nombre de Cristo”. Finalmente, era notoria su especial devoción a la pasión del Señor.

Dios les regaló una única hija que constituyó su alegría y la de todos sus vecinos. Su nacimiento lo adorna así la tradición: un ángel se le aparece en sueños a Amanda, revelándole que iba a ser madre de una niña, cuya vida ejemplar serviría de modelo a la mujer cristiana en todos los estados de la vida.

Además le revela el nombre de la niña con el que debería bautizarla. La noticia del nacimiento corrió de boca en boca por la aldea y los alrededores, causando admiración y alegría por lo que se presagiaba acerca de la niña.

La tradición destaca otro prodigio del nacimiento: a los pocos días de nacida, un enjambre de abejas blancas apareció junto a la cuna. Las abejas entraban y salían de la boca de Rita mientras ella dormía, y elaboraban un rico panal en los labios de la niña, sin causarle ningún mal.

Indudablemente se veía la mano de Dios en estos hechos milagrosos. Aquella niña sería grande ante Dios y a los ojos de los hombres.


5. Lecturas bíblicas y agustinianas

Puede elegirse una sola lectura o varias de las propuestas, según las circunstancias. Para las citas bíblicas se ha utilizado la Biblia Latinoamericana, año 1981, XXXVII edición.

En la Biblia, Dios aparece como Padre, Hijo y Espíritu Santo, un solo Dios en tres personas distintas. Un solo Dios que es familia, amor, donación, comunidad. Dios vive en familia y en familia da vida al mundo y a los hombres, primero creándolos y después redimiéndolos.

Así dice san Juan, 1, 1-3: En el principio era el Verbo y el Verbo estaba frente a Dios y el Verbo era Dios. Todo se hizo por Él y sin Él no existe nada de lo que se ha hecho.

San Pablo, exclama emocionado en Efesios 1, 3-6: Bendito sea Dios, Padre de Cristo Jesús, nuestro Señor, que nos bendijo desde el cielo, en Cristo, con toda clase de bendiciones espirituales.

En Cristo, Dios nos eligió desde antes de la creación del mundo, para andar en el amor y estar en su presencia sin culpa ni mancha. Determinó desde la eternidad que nosotros fuéramos sus hijos adoptivos por medio de Cristo Jesús.

Eso es lo que quiso y más le gustó, para que se alabe su gloria, por esa gracia suya que nos manifiesta en el Bien Amado.

En la primera carta de san Juan, 3, 1, leemos: Vean qué amor singular nos ha dado el Padre: que no solamente nos llamamos hijos de Dios, sino que lo somos; y por eso el mundo no nos conoce porque no lo conoció a Él.

Y en la misma carta, 4, 7-8, san Juan nos amonesta así: Queridos míos, amémonos los unos a los otros, porque el amor viene de Dios. Todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. El que no ama, no ha conocido a Dios, pues Dios es amor…

No somos nosotros los que hemos amado a Dios, sino que Él nos amó primero. Lo supimos por Jesús, en Él lo vimos. Nos amamos entre nosotros precisamente por el gran amor que Él nos dio.

Los relatos del nacimiento de Rita se inspiran indudablemente en los evangelios de la infancia. Escogemos como normativo el relato del nacimiento de san Juan Bautista. Escribe Lucas en su evangelio, 1, 6-16:

Zacarías e Isabel eran personas realmente buenas a los ojos de Dios: vivían de acuerdo a todos los mandamientos y leyes del Señor. No tenían hijos, porque Isabel no podía tener familia, y ambos eran ya de avanzada edad…

Mientras Zacarías estaba sirviendo en el Templo… se le apareció el Ángel del Señor… Zacarías, al verlo, se turbó y tuvo miedo. El ángel le dijo entonces:

“No temas, Zacarías, porque tu oración ha sido escuchada, y tu esposa Isabel te dará un hijo al que llamarás Juan. Grande será tu felicidad y muchos se alegrarán con su nacimiento, porque tu hijo ha de ser grande ante el Señor”.


6. Consideraciones bíblico-teológicas

Dios, amándonos, nos ha dado peso y valor porque nos ha amado mucho más que a ninguna otra criatura; por eso somos personas y valemos más que los animales, las plantas y las cosas.

A las cosas, Dios las amó y las creó en consideración al hombre. Es decir, las hizo para el hombre que es el dueño de la creación. Al hombre, en cambio, Dios lo amó por sí mismo; y por eso llega a ser persona: tiene valor absoluto después de Dios y está por encima de todas las cosas.

No es un objeto más, sino el centro de la creación, el sentido de la misma. Y por encima del hombre, sólo Dios.

El amor de Dios constituye, por tanto, nuestra valía y perfección. Dice san Agustín: “Mi peso es mi amor”; o sea, mi valor está en proporción al amor que estoy recibiendo: de mis padres, de los demás hombres, pero después del de Dios, y de forma accidental, no fundamental.

El amor recibido de Dios, por ser infinito, nos da un valor único: no tenemos un valor relativo, sino absoluto ante los demás seres creados; y no podemos morir para siempre.

Dios, amándonos, nos da la existencia, nos crea y nos da consistencia.

Nosotros, recibiendo su amor, podemos en primer lugar, amarnos a nosotros mismos; valorarnos como imagen y semejanza de Dios, y podemos, a la vez, amar a los demás, respetarlos y valorarlos en Dios; y finalmente, podemos amar a Dios o mejor, podemos, por influjo e inspiración del Espíritu Santo, permitirle a Dios que se ame a sí mismo en nosotros, con nosotros, por nosotros.

Es decir, permitirle a Dios que se glorifique en nosotros. Por supuesto, siempre en Cristo Jesús, el Hijo único de Dios.

Los datos biográficos de santa Rita nos muestran, en primer lugar, que la santidad, como la vida misma, no aparece al azar y por casualidad, sino que se genera en familia, se transmite y se desarrolla sólo en el ambiente adecuado de una vida familiar de fe y santo temor de Dios, y amor sincero a los hombres, nuestros hermanos.

Rita vino a la vida en un hogar bien constituido. Se habla de padres creyentes y ejemplares; es decir, antes de ser padres, son cristianos. No se habla, curiosamente, de la mamá o del papá por separado; señalando así que lo importante es ser pareja, es decir, esposos primero, antes que padres. Ya que la vida nunca la da un solo individuo por sí mismo, sino que la vida se da siempre en comunidad, en la comunidad conyugal.

Consiguientemente, se desarrollará siempre en una comunidad, la comunidad familiar.

De padres santos nacen hijos santos. La santidad se vive en racimo. Nadie da lo que no tiene: los padres santos generan, transmiten y cultivan santidad en sus hijos, como lo más natural.

Los niños son siempre el reflejo de los padres, pues en la vida somos, en gran medida y principalmente, lo que hemos recibido. Si hemos recibido mucho de nuestros padres, somos mucho en la vida. Así descubrimos que los valores morales y las virtudes cristianas que Rita practicará en grado máximo, ya están de alguna forma, y germinalmente, en sus padres.

De ellos aprende Rita a querer y amar a los pobres, a perdonar a los enemigos, a sentir compasión por los dolores de Cristo, en su pasión y crucifixión, en una palabra a vivir en santo temor de Dios.

Lo que era importante para sus padres, también lo será para Rita. Ella será como una prolongación, como una floración de lo que ellos sembraron en su hija.

El hogar, la familia es siempre la primera iglesia, la pequeña iglesia. Se la llama con razón iglesia doméstica. El hogar es también, por supuesto, el primer seminario.

La familia es el valor fundamental en la sociedad y en la Iglesia: es la escuela donde los hombres aprenden a vivir en humanidad y en fe.

El patrimonio humano y espiritual que los padres proporcionan y siembran generosamente en los hijos es determinante en la vida de los mismos; pesará para toda la vida.

Todas estas enseñanzas y vivencias las encontramos de manera ejemplar en la Sagrada Familia de Nazaret, modelo de toda familia: José, “varón justo”, y María, “la llena de gracia”, forman al “más bello de los hombres, en cuyos labios se derramaba la gracia”.

A pesar del silencio de los biógrafos, indudablemente, la Santísima Virgen representó para santa Rita una constante referencia, tanto en el mundo como en el claustro.

María, en efecto, ocupa un lugar central en la espiritualidad agustiniana, como lo demuestran las abundantes advocaciones, sobre todo la de La Consolación, y del Buen Consejo, y los innumerables testimonios de los religiosos ilustres y de los santos de la Orden.


7. Peticiones o plegaria universal

Presentemos a Dios nuestras peticiones implorando que nos inspire el Señor sentir y actuar como lo hizo santa Rita en toda su vida.

1. Señor, que te has revelado a los hombres,
– por la intercesión de santa Rita, muéstranos tu rostro, aumentándonos la fe en tu palabra de verdad, y nuestro amor a tu Hijo Jesucristo.

Invitación: Roguemos al Señor.
Respuesta: Te lo pedimos, Señor.

2. Señor, tu sierva santa Rita conservó la paciencia en medio de tantas pruebas y tribulaciones;
– haz que en nuestra vida no seamos jamás motivo de molestia, o irritación para los demás.

3. Señor, que te glorificaste en la vida familiar de santa Rita, utilizándola como instrumento de salvación para su esposo y sus hijos;
– haz que nosotros seamos colaboradores tuyos en la salvación de los hombres, comenzando por nuestros propios hogares, comunidades religiosas o eclesiales.

4. Señor, que concediste a santa Rita la constancia de llamar a las puertas del monasterio hasta ser admitida como religiosa;
– haz que aprendamos el valor del sacrificio y el de la perseverancia en todas las circunstancias de nuestra vida.

5. Señor, que moviste a santa Rita para que prefiriese la muerte de sus hijos a verlos manchados por el pecado del odio y de la condenación eterna,
– enséñanos a perdonar a nuestros enemigos y a vivir en paz con todo el mundo, para que así podamos gozar nosotros mismos de tu paz y bendición.

6. Señor, que diste a santa Rita la paz y la tranquilidad en el monasterio después de tantas penas como había sufrido,
– suscita muchas vocaciones a la vida religiosa, donde muchos hijos tuyos alcancen lo único necesario y adelanten el Reino a este mundo.

7. Pídase y formúlese ante el Señor la gracia específica que se desea obtener por la intercesión de santa Rita en esta novena.

8. Señor, que por tu resurrección venciste a la muerte y permitiste que Rita participara de tu victoria,
– concede la vida eterna a todos los fieles difuntos y en particular a los devotos de santa Rita.

Preces específicas para el día primero

9. Oh Dios, fuente de vida y origen de toda paternidad en el cielo y en la tierra,
– perdónanos por no haber sabido imitarte como dadores de vida, en la familia, en la escuela, en la sociedad.

10. Oh Dios, que nos has dado la vida y la fe a través de nuestros padres y de nuestros hogares,
– te damos gracias y te bendecimos porque tú nos has cuidado por nuestros padres, hermanos, maestros, catequistas y sacerdotes; y te pedimos imitar los ejemplos de los padres de Rita, Antonio y Amanda.


Oración conclusiva

Dios Todopoderoso, que te dignaste conceder a santa Rita amar a sus enemigos y llevar en su corazón y en su frente la señal de la pasión de tu Hijo, concédenos, siguiendo sus ejemplos, considerar de tal manera los dolores de la muerte de tu Hijo que podamos perdonar a nuestros enemigos, y así llegar a ser en verdad hijos tuyos, dignos de la vida eterna prometida a los mansos y sufridos.

Te lo pedimos por el mismo Jesucristo nuestro Señor. Amén.


8. Padre Nuestro, Ave María y Gloria (tres veces).


9. Oración final para todos los días

Oh Dios y Señor nuestro, admirable en tus santos, te alabamos porque hiciste de santa Rita un modelo insigne de amor a ti y a todos los hombres.

El amor fue el peso de su vida que la impulsó, cual río de agua viva, a través de todos los estados de su peregrinación por este mundo, dando a todos ejemplo de santidad, y manifestando la victoria de Cristo sobre todo mal.

Ella meditó continuamente la Pasión salvadora de tu Hijo y compartió sus dolores “completando en su carne lo que faltaba a los sufrimientos de Cristo por su cuerpo que es la Iglesia”.

Aleccionada en su interior por la consolación del Espíritu Santo, Rita se convirtió en ejemplo de penitencia y caridad, experimentando continua y gozosamente, cómo la cruz del sufrimiento conduce a la alegría verdadera y a la luz de la resurrección.

De esta manera, se convirtió en instrumento de salvación al servicio del Dios providente, para bien de todos los hombres, sus hermanos, sobre todo en su propio hogar, en su familia, y finalmente en la comunidad agustiniana y en tu Iglesia.

Te damos gracias, oh Padre de bondad, fuente de todo don, y te bendecimos por las maravillas obradas en la vida de santa Rita de Casia, tu sierva.

A la vez, te imploramos ser protegidos por su poderosa intercesión, de todo mal, llegando a cumplir tu voluntad en todas las circunstancias de nuestra vida, de acuerdo a los ejemplos de santidad que Rita nos dejó.

Te lo pedimos por Nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que contigo vive y reina en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.


10. Gozos a santa Rita

CORO

Tú que vives de amor,
y en el amor te recreas,
bendita por siempre seas,
dulce esposa del Señor.

ESTROFAS

1. Cual del ángel la belleza
difunde luz celestial,
exhalaba su pureza
tu corazón virginal.
Danos guardar esa flor,
que es la reina de las flores,
y ponga en ella su amor
el Dios de santos amores.

2. Santa madre, santa esposa,
en las penas y amarguras
brindaba tu amor dulzuras,
como fragancias las rosas.
Trocando en templo tu hogar
buscaste en Dios el consuelo:
almas que saben amar
hacen de un hogar un cielo.

3. Como esposa del Señor
con alma de serafín,
en tu amor ardió el amor
del corazón de Agustín.
Amor que Dios galardona
y en prenda de unión divina,
brota en tu frente una espina
y una flor en su corona.


11. Himno a santa Rita de Casia

Gloria del género humano,
Rita bienaventurada,
sed nuestra fiel abogada (tres veces)
cerca del Rey soberano.

Nido de castos amores,
fue tu corazón sencillo,
claro espejo, cuyo brillo
no hirieron negros vapores.
Haz que nunca amor profano
tenga en nuestro pecho entrada.

Gloria del género humano…

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NOTA: Los contenidos de esta Novena a Santa Rita están tomados, con la debida autorización, del librito publicado por Ed. Paulinas, Lima 2015. Asociación Hijas de San Pablo, Lima, Perú.


La gracia de Dios en María y el cristianismo, según la RCC, por el P. Raniero Cantalamessa

mayo 8, 2017

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Anunciación del Ángel a María, la llena de gracia

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Charla del P. Raniero Cantalamessa en la asamblea regional de Madrid, Marzo, 2017

 

“ALÉGRATE, LLENA DE GRACIA”

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Como los organizadores me han pedido, el tema de esta enseñanza de acuerdo con la solemnidad de hoy, la Anunciación, será “Alégrate, llena de gracia”. María guía a la Iglesia y a la Renovación Carismática al buen descubrimiento de la gracia de Dios.

Entrando el Ángel donde estaba María, dijo: “Alégrate, llena de gracia” y de nuevo “No temas, María, que gozas del favor, de la gracia, de Dios”. El Ángel, al saludarla, no llama a María por su nombre, sino que la llama simplemente “Llena de gracia” o perfectamente volcada de gracia. No dice alégrate, María, sino que dice “Alégrate, “La Llena de Gracia” ”.

Es el nombre nuevo de María. En la gracia está la identidad más profunda de María. María es aquella que es querida para Dios. Querida, como caridad, deriva de la misma raíz que caritas, que significa gracia. La gracia de María está ciertamente en función de lo que sigue, del anuncio del Ángel, de su misión de madre de Dios. Pero no se agota en ella. María no es para Dios sólo una función, sino que es ante todo una persona.

Es una persona que es querida para Dios por la eternidad. María es así la proclamación viviente de que al comienzo de todo, en la relación entre Dios y las criaturas, está la gracia. La gracia es el centro y el lugar en el cual la criatura puede encontrar a su Creador. La gracia es aquello por lo que Dios sobresale y se inclina hacia la criatura. Es el ángulo convexo que llena, colmando con caridad, el vacío del ser humano, de Dios.

Dios es amor -dice San Juan- y cuando sale de la Trinidad esto equivale a decir que Dios es gracia. Sólo en el seno de la Trinidad, en las relaciones trinitarias, no hay gracia, no hay misericordia. En la Trinidad ¿sabéis? no hay misericordia; hay amor puro. Porque, que el Padre ame al Hijo no es gracia, concesión, misericordia; es naturaleza, es necesidad. El Padre es Padre en cuanto ama a su Hijo.

Que el Hijo ame a su Padre, no es gracia, no es concesión. Es naturaleza, porque el Hijo es Hijo en cuanto ama a su Padre. ¿Entendéis en qué sentido digo que en la Trinidad no hay pues misericordia? Hay amor puro. Cuando Dios hace algo fuera de sí, entonces su amor se vuelve misericordia, es gracia. No es debido, no es naturaleza. Es concesión y gracia.

De esta misteriosa gracia de Dios, María es una especie de icono viviente. Hablando de la humanidad de Jesús, San Agustín dice: “¿En base a qué la humanidad de Jesús mereció ser asumida por el Eterno Verbo del Padre en la unidad de su persona? ¿qué obra buena precedió a esta unión de parte de Jesús?, ¿qué hizo antes de este momento?, ¿en qué había creído o qué había pedido para ser enaltecido a tal inefable dignidad?” (Se habla de la naturaleza humana de Jesús asumida por el Verbo).

“Busca  mérito, busca justicia -sigue diciendo San Agustín-, reflexiona y ve si existe otra cosa que no sea gracia”. Estas palabras arrojan una luz singular sobre toda la persona de María. De ella se debe decir, aún con más razón que de la humanidad de Jesús, ¿qué había hecho María para merecer el privilegio de dar a Jesús su humanidad? ¿qué creyó?, ¿qué pidió? ¿qué esperó?, ¿qué sufrió para venir al mundo santa e inmaculada?

Busca también aquí el mérito, busca la justicia, busca todo lo que quieras… y fíjate si encuentras en ella, al comienzo, algo que no sea gracia. María puede hacer suyas con toda verdad las palabras del Apóstol Pablo y decir: “Por gracia de Dios soy lo que soy”.

En la gracia se sigue la explicación completa de María. Su grandeza y su belleza. Pero ¿qué es la gracia? Para descubrirlo, partamos del lenguaje corriente. Me parece que en español es lo mismo que en italiano. El significado más común de gracia es belleza, fascinación, amabilidad. De la misma raíz que kharis (gracia) deriva la palabra caritas y en francés charité.

Sin embargo, éste no es el único significado de la palabra gracia. Cuando decimos de un condenado a muerte que obtuvo la gracia ¿intentamos decir quizás que obtuvo la belleza, la fascinación? ¡No! ciertamente, intentamos decir que consiguió el perdón, el favor, la remisión de su pena. En efecto, éste es el significado primordial de gracia: favor no merecido, inmerecido.

También en el lenguaje de la Biblia se nombra el mismo doble significado. “Doy mi gracia a quien quiero -dice Dios- y me compadezco de quien quiero” (Éxodo, 32) . “Has hallado gracia a mis ojos”, le dice Dios a Moisés, exactamente como el Ángel le dice a María, que ha encontrado gracia junto a Dios. Y gracia indica aquí, una vez más, favor, agrado, misericordia. ¡Es claro!

Al lado de este significado principal, que es el perdón, el favor, la misericordia de Dios, se aclara en la Biblia también el otro significado que hemos mencionado, en el cual gracia implica una calidad inherente a la criatura, a veces vista como un efecto del favor divino, y que la vuelve bella, encantadora y amable. Así, por ejemplo, se habla en la Biblia de la gracia que  fluye sobre los labios del esposo leal y más bello entre los hijos de los hombres, y de una buena esposa se dice en Los Proverbios “que tiene la amabilidad de la sierva y la gracia de una gacela” (“Gracia”, ahí la palabra “gracia”).

Si ahora volvemos a María, notamos que en el saludo del ángel se reflejan los dos significados de gracia que hemos destacado. María encontró gracia, es decir, favor, cerca de Dios. Ella es reina del favor de Dios. ¿Qué es la gracia que encontraron a los ojos de Dios los patriarcas, los profetas, en comparación con la que encontró María? ¿Con quién el Señor ha permanecido más que con ella?

En ella Dios no estuvo sólo por poder o por providencia, sino también en persona, por presencia. No es entonces una presencia intencional, sino real. Dios no dio a María sólo su favor, sino que se ha dado él mismo por completo en su Hijo. “El Señor está contigo”,  esta frase dicha sobre María tiene un significado distinto que en cualquier otro. El Señor está contigo no sólo intencionalmente, con su amor lejano, sino que está contigo en tu seno.

En consecuencia, María es llena de gracia también en el otro significado, es decir, es bella. Una clase de belleza que llamamos santidad. “Toda pulcra”, dice la liturgia de la Iglesia, toda bella. Porque está llena del favor divino María es también hermosa. Esta gracia consistente en la santidad de María tiene también una característica que la pone por encima de la gracia de toda otra persona, en el Antiguo y en el Nuevo Testamento.

Es una gracia no contaminada. Hay una diferencia -decía un poeta francés- entre un papel blanco y un papel que ha sido blanqueado. Un papel que ha sido blanqueado no será jamás como un papel blanco. Y María es más importante. La Iglesia latina ha expresado este sentido con el título de “Inmaculada” y la Iglesia ortodoxa con el título de “panaguía“, que significa toda santa. Uno lo explica en sentido negativo: la ausencia de pecado; y el otro positivamente: la presencia de todas las virtudes.

Sin embargo, no quisiera detenerme demasiado sobre este significado secundario y derivado que es el sentido de belleza, que constituye el así llamado “atuendo de gracia de María”. También la predicación sobre la gracia, por cierto, tiene necesidad de una renovación en el Espíritu.

Y esta renovación consiste en volver a poner siempre de nuevo en primer plano el significado primordial de gracia. Aquel que vuelve a mirar a Dios antes que la criatura, al autor de la gracia antes que al destinatario de la gracia. Consiste en restituir a Dios su poder. Desde mi primer contacto con la Renovación Carismática ésta fue una definición que me impresionó mucho. La Renovación Carismática es restituir el poder de Dios.

Es fácil, hablando del título “Llena de gracia” dado por el ángel a María, caer en el equívoco de insistir más en la gracia de María que en la gracia de Dios. “Llena de gracia” ha sido el punto de partida privilegiado que constituyó la base sobre la que se definieron los dogmas de la Inmaculada Concepción, de la Asunción y casi todas las otras prerrogativas de María. Todo esto constituye un progreso para la fe, sin duda.

Sin embargo, una vez que esto está seguro, es necesario regresar rápidamente al significado primario de la palabra gracia. El que habla más de Dios que de María, más de aquel que da la gracia que de aquella que la recibe. Porque esto es lo que María misma desea de los creyentes, de nosotros. Sin este llamado de atención, gracia puede terminar indicando su significado contrario. Es decir, es mérito.

Gracia, dicha de Dios, de la cual María ha estado colmada, es también una gracia de Cristo (gratia Christi). Es la gracia de Dios dada en Cristo Jesús. Así la describe San Pablo en la Primera Carta a los Corintios, 4, es decir, el favor y la salvación que Dios concede ahora a los hombres a causa de la muerte redentora de Cristo. Su gracia (la gracia de María) es gracia de la nueva alianza.

María, ha declarado la Iglesia al definir el dogma de la Inmaculada Concepción, ha sido preservada del pecado en previsión de los méritos de Jesucristo Salvador. En este sentido, ella  es verdaderamente, como la llama Dante Alighieri, nuestro poeta italiano, es “Hija de su Hijo”.

En María contemplamos la novedad de la nueva alianza respecto de la antigua alianza. En ella se ha dado un salto cualitativo. “¿Qué novedad trajo el Hijo de Dios viniendo al mundo?” se preguntaban algunos en tiempo de San Ireneo, y San Ireneo respondía diciendo: “Trajo toda clase  de novedad trayéndose a sí mismo”.

La gracia de Dios ya no consiste en cualquier don de Dios sino el don de él mismo, de sí mismo. No consiste en cualquier favor suyo, sino en su presencia. Esto es la novedad de la gracia de Cristo en relación al sentido general del Antiguo Testamento del favor divino. Ahora la gracia para nosotros es siempre gracia de Dios en Cristo Jesús. Es la gracia  del agua que brota del monte Calvario.

La primera cosa que debe hacer, en respuesta a la gracia de Dios, la criatura -según San Pablo nos enseña- es dar gracias. Dice en la Primera Carta a los Corintios “siempre doy gracias a Dios por vosotros, por la gracia que Dios os ha concedido en Cristo Jesús”. En esta frase está todo. La gracia de Dios es la causa y el dar gracias es el efecto. “Siempre doy gracias a Dios por vosotros por la gracia que Dios os ha concedido en Cristo Jesús”.

A la gracia de Dios siempre debe seguir el “gracias” del hombre. Dar gracias no significa restituir el favor o dar una retribución. ¿Quién podría dar a Dios la retribución de algo? Agradecer significa sobre todo reconocer la gracia. Aceptar su gratuidad. ¡Y no es tan fácil! Porque nosotros queremos ser siempre acreedores de Dios y no deudores. No querer librarse ni pagar a Dios el rescate.

Por eso este es un comportamiento religioso fundamental: dar gracias. Agradecer significa aceptarse con Dios como dependientes, dejar que Dios sea Dios y acercarse gozosamente. No como quien se somete con tristeza. Es un reconocimiento gozoso.

Eso es lo que María hizo con el Magnificat. “Proclama mi alma la grandeza del Señor porque el poderoso ha hecho obras grandes por mí”. Él ha hecho obras grandes por mí. La lengua hebraica no conoce una palabra especial que signifique agradecimiento. Cuando quiere agradecer a Dios, el hombre bíblico comienza a alabar, exaltar, proclamar sus maravillas con gran entusiasmo.

Por esto quizá en el Magnificat no encontramos la palabra agradecer, sino que encontramos las palabras proclamar, exultar. Exulta en el Señor. Si no existe la palabra, no obstante existe el sentimiento correspondiente en la Biblia. María restituye de verdad a Dios su poder. Concentra en la gracia toda su gratuidad. Ella atribuye a la gracia de Dios, es decir, a la gracia, las cosas que le están sucediendo y no se atribuye ningún mérito.

“Ha mirado a la pequeñez de su sierva”. No se debería traducir “Ha mirado a la humildad de su sierva”. Humildad puede significar la virtud de la humildad. Tenemos que tener cuidado, porque hay un peligro si entendemos que María no atribuye nada a la acción del Señor, sino a su virtud de humildad.

Hubo alguien,  un santo, que dicen que dijo este error: ”Mirad la importancia de la humildad, María no se gloría de ninguna virtud sino de su humildad”. ¡Y así ha destruido la humildad de María! ¿No les parece? Si María atribuyese a su humildad, la elección de Dios, habría destruido la humildad. Tenemos que conocer que la palabra tapeinós, que es la palabra griega que está detrás de ésta, puede significar pequeñez objetiva y puede significar el sentido que yo tengo, el reconocimiento de mi propia pequeñez.

En este segundo significado subjetivo es la virtud de la humildad, pero en el significado objetivo significa la pequeñez objetiva. Entonces, María usa la palabra en el sentido objetivo. Dice: “ha mirado la nada de su sierva, la nada que soy yo frente a Dios”. ¡Claro! ¡Claro! Entonces, tenemos que tener cuidado de no atribuir a María la presunción de ser humilde, porque la humildad tiene un estatuto especial: la poseen los que no creen poseerla y no la poseen quienes creen poseerla.

Sin embargo, ha llegado el momento de recordarnos que María es figura y espejo de la Iglesia. ¿Qué significa para la Iglesia y para cada uno de nosotros el hecho de que la historia de María comience con la palabra “gracia”? Significa que también para nosotros, al comienzo de todo, está la gracia. La elección libre y gratuita de Dios, su favor inexplicable. Su venir al encuentro con nosotros en Cristo y donarse a nosotros por puro amor.

Significa que la gracia es el primer principio del cristianismo. También la Iglesia tuvo su Anunciación. Y ¿cuál es el saludo que le dirige el mensajero divino a la Iglesia? Escuchad por ejemplo el saludo que San Pablo dirige a la Iglesia: Gracia a vosotros y paz de parte de Dios, Padre nuestro y del Señor Jesucristo”, así comienzan casi invariablemente las Cartas de los Apóstoles.

Veamos uno de estos anuncios directamente, para saborearle toda la fuerza y la dulzura. Se trata de la Primera Carta a los Corintios, capítulo primero, versículo del 1 al 7: “Pablo, llamado por voluntad de Dios a ser apóstol de Cristo Jesús y Sóstenes, el hermano, a la Iglesia de Dios que está en Corinto: a los santificados en Cristo Jesús y llamados a ser santos, con cuantos, en cualquier lugar invocan el nombre de Jesucristo, Señor nuestro y de ellos. Gracia a vosotros y paz de parte de Dios, Padre nuestro y del Señor Jesucristo.

Doy gracias a Dios sin cesar por vosotros, por la gracia que Dios os ha otorgado por medio de Cristo Jesús. Y es que por medio de él habéis recibido todas las riquezas, las de la palabra y las del conocimiento, en la medida en que se ha consolidado entre vosotros el testimonio de Cristo. Así, ya no os falta ningún don espiritual a los que esperáis la Revelación de nuestro Señor Jesucristo”.

La gracia y la paz no son solamente así un augurio, sino también una noticia. El verbo entendido no es “sea” sino “es”, “está”, “hay“gracias por vosotros. “Os anunciamos que estáis en la gracia, es decir, en el favor de Dios, a través de Cristo”.

Sobre todo, Pablo no se cansa nunca de anunciar a los creyentes la gracia de Dios y de suscitarles el sentimiento vivo de la gracia de Dios. Que no es una idea. La Renovación Carismática tendría que ayudarnos a cambiar las ideas en experiencias, pasar de las cabeza al corazón. También la palabra gracia tiene que decir algo aquí, en el corazón; no solamente en la cabeza.

San Pablo se considera él, el apóstol de la gracia de Dios, elegido para anunciar la buena noticia de la gracia de Dios. Esto se lee en un discurso de Pablo en los Hechos de los Apóstoles: Gracia es la palabra que resume por sí sola todo el anuncio cristiano y todo el Evangelio que es definido, de hecho, como el Evangelio de la gracia de Dios. De nuevo en los Hechos de los Apóstoles, capítulo 14, versículo 3.

Para descubrir la carta de novedad y de consolación contenida en este anuncio, hermanos y hermanas, sería necesario volver a hacer una escucha similar a la que los primeros destinatarios del Evangelio tuvieron. Su época, esta época a comienzos del cristianismo, ha sido definida como una época de angustia. El hombre pagano buscaba desesperadamente un camino de salida del sentido de condena y de lejanía de Dios en el que se debatía; de un modo considerado como una prisión. Y  lo buscaba en los más diversos cultos y en las más diversas filosofías.

Pensemos para hacernos una idea en un condenado a muerte que durante años vive en una incertidumbre opresiva, que se sacude de miedo por cada ruido de pasos que oye fuera de la celda. ¿Qué produce en su corazón la llegada imprevista de una persona amiga que, de lejos, agitando una hoja de papel, le grita: ”¡Gracia! ¡Gracia!, ¡has conseguido la gracia, la amnistía!”? De golpe, nace en él un sentimiento nuevo. El mundo mismo cambia su aspecto y él se siente una criatura renacida.

Un efecto similar debían producir en quienes lo escucharon las palabras del apóstol al comienzo del capítulo 8 de la Carta a los Romanos: “No hay ninguna condenación para los que están en Cristo Jesús, porque la ley del Espíritu que da la vida en Cristo Jesús te ha liberado de la ley, de la muerte y del pecado”.

Este es un kerigma magnífico. ¿Queréis ayudarme a hacerlo resonar en esta sala? Entonces, repetid después de mí: “No hay ninguna condenación, para los que están en Cristo Jesús, porque la ley del Espíritu que da la vida en Cristo Jesús, te ha liberado de la ley del pecado y de la muerte” (Aplausos…).

Y tendríamos que hacer resonar estas palabras porque también hoy, el hombre, en el mundo de hoy, con toda su tecnología, vive un tiempo de angustia… de angustia. Hay personas que se sienten rechazadas, condenadas. No solamente por los hombres, sino por Dios también. A estos también tendríamos que llevar esta buena nueva: “No hay ninguna condenación; si te condenan los hombres, Dios te absuelve por Cristo Jesús” (Aplausos…).

Tanto para la Iglesia como para María, la gracia debe ser el núcleo profundo de su realidad y la raíz de su existencia. Como ya hemos recordado, por la gracia María es lo que es. También ella tiene que repetir con San Pablo: Por gracia de Dios soy lo que soy. Esto también es válido en el plano sobrenatural para la Iglesia. La salvación en su raíz es gracia, no es resultado del querer del hombre. Porque vosotros habéis sido salvados por la fe, no por mérito propio, sino por la gracia de Dios (Efesios 2, 8).

Por lo tanto, antes del mandamiento, en la fe cristiana, viene el don. Y es el don el que genera el deber y no viceversa. No es la ley la que genera la gracia, sino que es la gracia la que genera la ley. La gracia, de hecho, es ley nueva del cristiano, la ley del Espíritu.

Por lo tanto, María recuerda el programa a la Iglesia sobre todo esto: Que todo es gracia. La gracia es el distintivo del cristianismo, en el sentido que se distingue de toda otra religión por la gracia. Desde el punto de vista de las doctrinas las morales y de los dogmas y de las obras buenas, puede haber semejanzas y equivalencias al menos parciales en las obras de algunos seguidores de otras religiones, sus obras pueden ser y son incluso y son mejor que las obras de muchos cristianos.

Pero es la gracia de Dios la diferencia. Y repito, en la gracia está lo único, la prerrogativa del cristianismo que lo distingue de toda otra religión y filosofía religiosa. No se habla de superioridad sino de diferencia. En cada religión el esquema es: se tiene que hacer algo para alcanzar el premio. Pueden ser especulaciones intelectuales, pueden ser renuncias ascéticas… pero el esquema siempre es lo mismo. Para alcanzar el objetivo (que puede ser paraíso, el nirvana…) se tiene que seguir un camino.

El cristianismo no comienza diciendo a los hombres lo que tienen que hacer para ser salvados; comienza diciendo lo que Dios ha hecho para salvarles. Es decir, el cristianismo comienza con el don, la gracia. Los diez mandamientos, los preceptos del Evangelio… todo eso está en segundo nivel. El primer nivel es la gracia, el don de Dios, de quien desciende el deber.

Si esto hubiera estado claro no habría existido la reforma protestante. Pero desgraciadamente se había olvidado precisamente esto, que no se llega a la fe a través de las virtudes. Lo decía San Gregorio Magno: No se llega a la fe a través de las virtudes, sino que se llega a las virtudes a través de la fe. Y ahora, gracias a Dios, estamos recobrando la unidad en esto. Será el tema de mi última charla a la Casa Pontificia este año. Cómo ahora, anunciar juntos, católicos y protestantes, este gran mensaje de la gracia de Dios, de la salvación gratuita. De quien descienden las obras.

Si hubo un error (como a veces, muchas veces, estoy invitado a hablar a mis hermanos protestantes, les digo) el error más fuerte durante la Reforma no fue que se cortó la Carta a los Romanos de todo el resto del Nuevo Testamento, haciendo de ella un canon en el canon. El error mayor fue recortar la primera parte de la carta a los Romanos de la segunda, porque si se leen juntas se ve que hay lugar para la fe, primero está la fe, lo que Cristo ha hecho, y la fe en Cristo que nos salva, y después a partir del capítulo 12 se comienza a hablar de las virtudes, de los frutos del Espíritu que tienen que seguir; de otra manera, la vida que se ha recibido se pierde.

Es lo que pasa también en la vida del hombre: el niño, la criatura ¿puede hacer algo para ser concebido en el seno de su madre? Me parece que no. Necesita el amor, al menos hasta ahora, necesita el amor de un hombre y una mujer. El niño no puede hacer nada para ser concebido, pero una vez que ha nacido, tiene que poner en obra sus pulmones y respirar; de otra manera muere. En la Carta de Santiago dice esto: la fe sin las obras está muerta. Y la fe sin las obras muere.

La más grande herejía del hombre moderno es pensar que puede prescindir de la gracia de Dios. En la cultura tecnológica en la que vivimos asistimos a una eliminación de la misma idea de gracia. Es el pelagianismo radical de la mentalidad moderna. ¿Sabéis qué es el pelagianismo? Una herejía contra la que luchó San Agustín que dice que el hombre con su buena voluntad, no por la voluntad de Dios, por la ley puede salvarse por sí mismo, por sus obras.

Es como decir que la gracia de Dios, la muerte de Cristo es algo opcional, algo que se añade, pero que no es indispensable. Se cree hoy que basta ayudar al paciente a conocer a la luz de la razón sus neurosis o sus complejos de Edipo para que esté curado, sin necesidad de una gracia de lo alto que lo cure. El caso típico de esto es el psicoanálisis. Pero no todo el psicoanálisis, sino el psicoanálisis que sale de una premonición materialista y que, desde el inicio, da por supuesto que no hay nada de espiritual en el hombre.

Si la gracia es lo que da valor al hombre, lo que lo eleva por encima del tiempo, de la corrupción, de la mortalidad… ¿qué es un hombre sin gracia o que rechaza la gracia? Es un hombre, una mujer, vacío, vacía. En el sentido fuerte de esta palabra. Vacío. El hombre moderno está justamente impresionado por las diferencias llamativas existentes entre los ricos y pobres, entre los saciados y los hambrientos. No obstante, no se preocupa por una diferencia infinitamente más dramática: la diferencia entre quienes viven en gracia de Dios y quienes viven sin gracia de Dios.

Pascal formuló el principio de los tres órdenes o niveles de grandezas que hay entre los hombres. Dice: hay tres niveles de grandeza. Hay primero el primer nivel de los cuerpos, la grandeza material, y en este nivel son grandes y excelentes los que tienen muchos bienes, los ricos, los que son muy hermosos, los “stars”,  los atletas que tienen una fuerza. No se deben despreciar estos bienes o valores que si están bien usados, vienen de Dios, pero están en un primer nivel.

Sobre esto, infinitamente más superior -dice Pascal- está el nivel del ingenio, de la inteligencia, del espíritu; y en este nivel son grandes los poetas, los artistas, los escritores, los científicos… todos los que han enriquecido la humanidad con obras de ingenio. Y en general la humanidad se para aquí. No conoce nada más que estas dos grandezas. Y Pascal dice ¡No!, ¡hay un tercer orden de grandeza, infinitamente más bello y superior que el segundo! y es el de la gracia, de la santidad, porque ésta es una grandeza eterna.

Es una grandeza que depende de nosotros. Porque no depende de nosotros el nacer ricos o pobres, hermosos o bellos… No depende de nosotros esto, ¿eh? Lo que depende de nosotros es ser buenas personas o malas personas, ser buenos o malos, santos o pecadores. Por esto esta grandeza realiza lo que hay de más precioso y noble en la criatura, es la grandeza máxima. La morada más alta, que diría Santa Teresa de Ávila.

El primer plano son los estados, las moradas. Aquí hay una morada noble. Y en este nivel, por supuesto, la cumbre es Jesús, el Santo de Dios, la fuente de santidad. ¡Me encanta este título de Jesús! Que fue el que le dio a Jesús, una vez, San Pedro: “¡a quién iremos Señor, tú solo tienes palabras de vida eterna, y nosotros hemos conocido y creído que tú eres el Santo de Dios.” Jesús es la santidad misma de Dios.

Después de Jesús, y en dependencia, María, la santa, y después los santos y después todos nosotros… Y por esto, recobrar el sentido de la gracia es vibrar. Sería una ganancia enorme si este día sirviera para tomar conciencia de este tesoro que tenemos en nosotros. Sería un día bien empleado.

Este redescubrimiento de la gracia, en el cual María nos está mirando, cambia el modo de considerar nuestra vida. Contiene un llamado personal y urgente a la conversión. Para muchas personas todo el problema de Dios se reduce a la pregunta si existe o no un más allá, algo después de la muerte o si existe un Creador. Todo lo que le impide romper del todo la comunión con la Iglesia y con la fe es la siguiente duda ¿y si existe algo después de la muerte?

En consecuencia, se cree que el alcance principal de la Iglesia es el de conducir a los hombres al Cielo; a encontrar a Dios, pero sólo después de la muerte. En las confrontaciones de este tipo de fe tiene un éxito fácil la crítica de aquellos que ven en el más allá, un paraíso, un escape, una proyección ilusoria de los deseos no satisfechos en la Tierra. Sin embargo, esta crítica tiene poco que hacer con las confrontaciones de la predicación genuina de la gracia, que no es sólo esperanza sino también experiencia y presencia de Dios, aquí y hoy.

La doctrina de la gracia es la única capaz de cambiar esta triste situación de la gente para quien la fe es simplemente creer que hay algo después de la muerte. “La gracia -dice un conocido principio teológico escolástico- es el inicio de la gloria”. ¿Recordáis en este dicho un principio de Santo Tomás de Aquino? La gracia es el principio de la gloria, es el inicio, no sólo la esperanza de la gloria; es el comienzo.

Esto quiere decir que la gracia hace ya presente de algún modo la vida eterna. Se nos hace ver y gustar a Dios hasta el final de esta vida. Es verdad que con esta esperanza nos han salvado, dice Pablo: “En la esperanza, estamos salvados.” Pero esto no significa que esperamos simplemente ser salvados un día. Significa que ya ahora, en la esperanza, experimentamos la salvación.

La esperanza cristiana no es el dirigir el alma a cualquier cosa que pudiera ocurrir. Esa es la esperanza entre los hombres, en sentido ordinario significa esto: el sentido que algo ocurra o el deseo de que algo pase. La esperanza cristiana no es simplemente el deseo que algún día pase algo para mí. De algún modo es ya una certeza, una posesión. Quien tiene la promesa del Espíritu posee la esperanza de la Resurrección. Tiene ya como regalo lo que espera. Este es un dicho de un padre de la Iglesia.

Aquí está uno de los acontecimientos más preciosos que la Renovación Carismática ha llevado a la vida cristiana: tener una experiencia, no sólo una idea del Espíritu de  Dios. ¿No os parece? Es un don que hemos recibido, no es nuestro, pero tenemos que tenerlo vivo y en la Iglesia difundirlo. La vida cristiana es tener una experiencia, no sólo una doctrina sobre el Espíritu Santo, aunque aquí no se necesita insistir en esto, porque ya veo, por la alabanza que aquí hay una experiencia.

La gracia es presencia de Dios. Las dos expresiones dirigidas a María: Llena de gracia y el Señor está contigo, son casi la misma cosa. Esta presencia de Dios en el hombre se realiza en Cristo y por Cristo. La vida cristiana bajo esta perspectiva encuentra una analogía y un símbolo en lo que era el compromiso en los hebreos, es decir, la situación de María en el momento de la Concepción.

La situación de María y José en el momento de la Anunciación es un símbolo, una parábola. Ella era ya esposa de José a título pleno. Ninguno podría rescindir el pacto nupcial y separarla de su esposo. Sin embargo, todavía no había ido María a vivir con él.

Así es el tiempo de la gracia respecto al tiempo de la gloria y de la fe. Respecto al tiempo de la visión. Somos ya de Dios y de Cristo y ninguno puede cortarnos de él, sino nosotros; aunque no hemos ido todavía a estar permanentemente con él.

¿Veis la analogía? Sabéis que en tiempo de María hasta un año después de las nupcias, de la boda, no vivían juntos. Así es nuestra vida, parecida a este tiempo hay entre el desposorio, las nupcias, y estar con el Esposo, vivir junto a él, y consumar el matrimonio.

Decía que el descubrimiento de la gracia contiene también una llamada a la conversión. De hecho, frente a ello urge rápidamente el interrogante ¿qué hice yo con la gracia de Dios? ¿qué estoy haciendo con la gracia de Dios? San Pablo amonestaba: “Como colaboradores de Dios os exhortamos a no recibir en vano la gracia de Dios” (2ª Corintios 6, 1)

Se puede, de hecho, recibir en vano la gracia de Dios, es decir, dejarla caer en el vacío. El lenguaje cristiano ha acuñado la expresión desperdiciar la gracia. Esto sucede cuando no se corresponde a la gracia. Cuando no se cultiva la gracia. De modo que ella pueda producir sus frutos, que son los frutos del Espíritu. Cuando el Apóstol dice: “¿O desprecias tal vez sus tesoros de bondad, paciencia y tolerancia sin reconocer que esa bondad te impulsa al arrepentimiento?” (Romanos 2, 4).

También en la época del Apóstol había algunas personas que creían que podían vivir al mismo tiempo en gracia y en el pecado. A ellos les responde: “¿Qué diremos, entonces, que tenemos que seguir pecando para que abunde la gracia? ¡Ni pensarlo!”, y todavía dice Pablo: “¿Vamos a pecar porque no estamos sometidos a la ley, sino bajo la gracia? De ningún modo” (Romanos 6). Es absurdo.

Es decir, es una monstruosidad, porque esto significa responder a la gracia con la ingratitud. Significa querer que la vida y la muerte estén juntas. Concretamente, esto significa que no se puede vivir una vida en el Espíritu permaneciendo voluntariamente, sin darse mucha preocupación, en el pecado. El caso extremo de este recibir en vano la gracia consiste en perderla, en vivir del pecado, es decir, en la des-gracia de Dios. Esto es terrible, porque es presagio de muerte eterna.

Si de hecho la gracia de Dios es el inicio de la gloria, la des-gracia de Dios es el inicio de la condenación, el infierno. Vivir en desgracia de Dios es vivir ya como un condenado. Es vivir ya la pena del daño aún si todavía no se es capaz de ver y experimentar de qué daño irreparable se trata. Vivir culpablemente sin gracia de Dios es estar muerto. Muerto de la segunda muerte.

Hermanos y hermanas ¡cuántos cadáveres circulan por nuestras calles y por nuestras plazas! A veces dan la imagen misma de (…?) y por el contrario, están muertos.

Un ateo muy conocido, Sartre, a quien un día se le preguntó en una entrevista: ¿Cómo te has sentido en el fondo de la conciencia y qué sensación has tenido llegado al final de tu vida?, y él respondió: “Viví toda la vida con la extraña sensación de aquel que viaja sin pasaje”.

No sé qué intentó decir exactamente, pero es cierto que su respuesta es verdadera. Vivir sin Dios, rechazando su gracia, es como viajar por la vida sin pasaje, con el peligro de ser sorprendido de un momento a otro y obligado a descender. Las palabras de Jesús sobre el hombre encontrado en la sala del banquete sin la vestidura apropiada que es atado de pies y manos y es tirado fuera, hace pensar lo mismo.

Llegamos al final, para vuestra consolación. El anuncio de la gracia contiene también una carga de consuelo y de coraje. Debemos tomar no solamente este llamado a la conversión. El ángel invita a María a alegrarse a causa de la gracia y a no tener miedo a causa de la misma gracia. Y nosotros también estamos invitados a hacer lo mismo. Si María es figura de la Iglesia, entonces es a cada uno y a cada una de nosotros, que se dirige también la invitación: “Alégrate, lleno o llena de gracia. No temas porque has encontrado la gracia”.

La gracia es la razón principal de nuestra alegría. En la letra griega en la que se escribió el Nuevo Testamento, al comienzo de las dos palabras la gracia y la alegría –caris y chara- casi se confunden. La gracia es lo que da alegría. Caris genera la chara. Alegrarse por la gracia significa deleitarse en el Señor y nada absolutamente anteponer al favor y a la amistad de Dios.

La gracia es también la razón fundamental de nuestro coraje. A San Pablo, que se lamentaba por la espina en la carne ¿qué le respondió Dios?: “Te basta mi gracia.” Repitámonos  esto todos ahora, también cuando estamos a punto de enfadarnos con Dios: “Te basta mi gracia”. Repitámoslo también para Raniero: a pesar de tus ochenta y tres años y de tu debilidad, “Te basta mi gracia”.

La gracia de Dios no es como la de los hombres, que con frecuencia decepciona. Dios es al mismo tiempo gracia y fidelidad. Su fidelidad dura por siempre, dice el Salmo. Todos nos pueden abandonar, incluso el padre y la madre -dice un salmo- pero Dios nos acoge siempre. Por eso podemos decir: la bondad y el amor me escoltan todos los días de mi vida. Es necesario hacer todo lo posible para renovar cada día el contacto con la gracia de Dios que está en nosotros. Tomar conciencia de la gracia.

No se trata de entrar en contacto con una cosa o con una idea, sino con una persona. De nuevo, de la gracia, hemos visto, que no es otra cosa que Cristo en nosotros esperanza de la gloria. Ahora gracia es una persona. Es la presencia de Cristo en nosotros. Por la gracia nosotros podemos tener hasta el fin de esta vida un cierto contacto espiritual con Dios, bastante más real que aquel que se pueda tener a través de la especulación sobre Dios.

Cada uno tiene su medio y su recurso preferido para establecer este contacto con la gracia. Como una especie de camino secreto, conocido sólo por él. Será un pensamiento, un recuerdo, una imagen interior (a veces el Señor habla a través de una imagen, sí), una palabra de Dios, un ejemplo recibido. Pensando de nuevo en esto se toma contacto con la gracia.

¿Cuál es el ejercicio para hacer ahora? Es un ejercicio de fe y gratitud y de absoluto. Debemos creer en la gracia, creer que Dios nos ama y que nos es verdaderamente favorable. Escuchar como dichas para cada uno de nosotros las palabras pronunciadas por Dios por medio del profeta: “Tú, Israel, (en lugar de Israel cada uno puede poner su nombre) siervo mío, Jacob mi elegido, a quien tomé, no temas que yo estoy contigo. No te angusties que yo soy tu Dios”.

Hemos escuchado cuál es el primer deber, la primera necesidad que nace de recibir la gracia. Es el de dar gracias, bendecir, exaltar a quien da la gracia. Decimos por lo tanto, también nosotros con los santos: “Qué bien inapreciable es tu gracia. ¿Queréis probar a decirlo ahora juntos?: “Tu gracia vale más que la vida”.

Son muchísimas, hermanos y hermanas, las ciudades y las catedrales y los santuarios en la cristiandad  (al menos en Italia), donde se venera a la Virgen con el título de “Santa María de las gracias”. Es uno de los títulos más queridos para el pueblo cristiano que acude en ciertas ocasiones delante de la imagen de la Virgen que así la representa, como Santa María de las Gracias.

¿Por qué no dar un paso adelante y descubrir un título todavía más bello, todavía más necesario?: “Santa María de la Gracia”, en singular. ¿Por qué, antes de pedir a la Virgen obtenernos las gracias, no pedimos obtener la gracia? Las gracias que se piden a la Virgen y por las cuales se encienden velas y se hacen exvotos y novenas, son en general gracias materiales, para esta vida, buenas ¿verdad?, para esta vida. Son las cosas que Dios da en exceso a quien busca primero el Reino de Dios, es decir, la gracia.

¡Qué alegría damos en el Cielo a María y qué progreso realizamos en su culto si, sin despreciar el título Santa María de las Gracias, no nos ponemos a auparla, a invocarla, como nos la ha revelado la Palabra de Dios, es decir, como “Santa María de la Gracia”! Amén.

Transcrita por Chus Villarroel, op.


Hoy es la fiesta de María de San José, primera Beata de Venezuela

mayo 7, 2017

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BeataMadre María de San José

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Hoy es la fiesta de María de San José, primera Beata de Venezuela

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REDACCIÓN CENTRAL, 07 May. 17 / 12:02 am (ACI).- La primera Beata de Venezuela, Madre María de San José, fue una religiosa, cofundadora y primera Superiora General de la Congregación “Hermanas Agustinas Recoletas del Corazón de Jesús”, la cual se dedicó a la atención hospitalaria de ancianos pobres, niños abandonados y enfermos de su país.

La religiosa nació el 25 de abril de 1875 en el pueblo de Choroní en Venezuela y fue bautizada en octubre de ese mismo año con el nombre de Laura Evangelista Alvarado Cardozo.

A la edad de 5 se mudó con sus padres a la ciudad de Maracay y a los 13 años recibió la primera comunión, haciendo un voto de virginidad el 8 de diciembre de 1888, día de la Inmaculada Concepción.

En 1893, el sacerdote y párroco de Maracay, Justo Vicente López Aveledo, fundó la Sociedad de las Hijas de María, de la que Laura formaría parte y donde renovaría sus primeros votos de virginidad perpetua.

Ese mismo año López Avelado fundó el primer hospital de su ciudad, el Hospital San José, y la Beata se dedicó al cuidado de los enfermos como hermana hospitalaria. Asimismo, el 22 de enero de 1901 fue consagrada como hermana hospitalaria agustina adoptando el nombre de Sor María de San José.

Cerca de los 24 años, Laura recibió del padre López la dirección y administración del hospital. Al poco tiempo se fundó la congregación “Hermanas Agustinas Recoletas del Corazón de Jesús” y en 1903 Laura se convierte en la Superiora de la comunidad adoptando el nombre Madre María de San José.

La actividad de su congregación se caracterizó por la fundación de asilos, orfanatos, casas maternas, hospitales y, colegios. En total se fundaron 35 casas a nivel nacional.

La Beata falleció el 2 de abril 1967 en Maracay. Sus restos reposan en la Capilla de las Hermanas Agustinas Recoletas del Hogar “Inmaculada Concepción” de Maracay donde transcurrió la mayor parte de su vida.

En 1982 ocurrió el milagro por el cual sería beatificada: la curación de la hermana Teresa Silva, que quedó inválida por una penosa enfermedad y a quien la Madre le había profetizado su curación años antes.

El 7 de mayo de 1995 el Papa San Juan Pablo II la declaró oficialmente beata. “La Madre María es una mujer que supo fundir de manera admirable oración y acción (…) consumándose en un amor ilimitado hacia Dios y en la práctica de la más genuina caridad hacia el prójimo”, dijo en aquella oportunidad el Santo Padre.


Santos Felipe y Santiago, apóstoles

mayo 3, 2017

3 de Mayo

Santos Felipe y Santiago, apóstoles

En el Perú, Veneración de la Santa Cruz, fiesta, “La Cruz de mayo”. (Como en la Exaltación de la Santa Cruz, 14 de septiembre)

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Sts Philp and James

Santos Felipe y Santiago, apóstoles



Antífona de entrada

Estos son los santos varones a quienes eligió el Señor amorosamente y les dio una gloria eterna. Aleluya.


Oración colecta

Señor Dios nuestro, que nos alegras todos los años con la fiesta de los santos apóstoles Felipe y Santiago; concédenos, por su intercesión, participar en la muerte y resurrección de tu Hijo, para que merezcamos llegar a contemplar en el cielo el esplendor de tu gloria. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: 1 Corintios 15, 1-8

Os recuerdo, hermanos, el Evangelio que os proclamé y que vosotros aceptasteis, y en el que estáis fundados, y que os está salvando, si es que conserváis el Evangelio que os proclamé; de lo contrario, se ha malogrado vuestra adhesión a la fe.

Porque lo primero que yo os transmití, tal como lo había recibido, fue esto:

que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se le apareció a Cefas y más tarde a los Doce; después se apareció a más de quinientos hermanos juntos, la mayoría de los cuales viven todavía, otros han muerto; después se le apareció a Santiago, después a todos los apóstoles; por último, se me apareció también a mí.


SALMO 18, 2-3. 4-5

A toda la tierra alcanza su pregón.

El cielo proclama la gloria de Dios, el firmamento pregona la obra de sus manos: el día al día le pasa el mensaje, la noche a la noche se lo susurra.

Sin que hablen, sin que pronuncien, sin que resuene su voz, a toda la tierra alcanza su pregón, y hasta los límites del orbe su lenguaje.


Aclamación antes del Evangelio: Jn 14, 6b y 9c

Yo soy el camino, y la verdad, y la vida –dice el Señor–; Felipe, quien me ha visto a mí ha visto al Padre.


EVANGELIO: Juan 14, 6-14

En aquel tiempo, dijo Jesús a Tomás: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre, sino por mí. Si me conocéis a mi, conoceréis también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto.»

Felipe le dice: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta.»

Jesús le replica: «Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mi ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre” ? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí?

Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, hace sus obras, Creedme: yo estoy en el Padre, y el Padre en mí. Si no, creed a las obras.

Os lo aseguro: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores. Porque yo me voy al Padre; y lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo.

Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré.»


Antífona de comunión: Jn 14, 8-9

Señor, muéstranos al Padre y nos basta. Felipe, quien me ha visto a mí, ha visto al Padre. Aleluya.


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3 de mayo
San Felipe y Santiago, apóstoles

Felipe, nacido en Betsaida, primeramente fue discípulo Juan Bautista y después siguió a Cristo. Santiago, pariente del Señor, hijo de Alfeo, rigió la Iglesia de Jerusalén; escribió una carta canónica; llevó una vida de gran mortificación y convirtió a la fe a muchos judíos. Recibió la palma del martirio el año 62.

LA PREDICACIÓN APOSTÓLICA
Del tratado de Tertuliano, presbítero, sobre la prescripción de los herejes

Cristo Jesús, nuestro Señor, durante su vida terrena, iba enseñando por sí mismo quién era él, qué había sido desde siempre, cuál era el designio del Padre que él realizaba en el mundo, cuál ha de ser la conducta del hombre para que sea conforme a este mismo designio; y lo enseñaba unas veces abiertamente ante el pueblo, otras aparte a sus discípulos, principalmente a los doce que había elegido para que estuvieran junto a él, y a los que había destinado como maestros de las naciones.

Y así, después de la defección de uno de ellos, cuando estaba para volver al Padre, después de su resurrección, mandó a los otros once que fueran por el mundo a adoctrinar a los hombres y bautizarlos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Los apóstoles –palabra que significa «enviados»–, después de haber elegido a Matías, echándolo a suertes, para sustituir a Judas y completar así el número de doce (apoyados para esto en la autoridad de una profecía contenida en un salmo de David), y después de haber obtenido la fuerza del Espíritu Santo para hablar y realizar milagros, como lo había prometido el Señor, dieron primero en Judea testimonio de la fe en Jesucristo e instituyeron allí Iglesias, después fueron por el mundo para proclamar a las naciones la misma doctrina y la misma fe.

De modo semejante, continuaron fundando Iglesias en cada población, de manera que las demás Iglesias fundadas posteriormente, para ser verdaderas Iglesias, tomaron y siguen tomando de aquellas primeras Iglesias el retoño de su fe y la semilla de su doctrina. Por esto también aquellas Iglesias son consideradas apostólicas, en cuanto que son descendientes de las Iglesias apostólicas.

Es norma general que toda cosa debe ser referida a su origen. Y, por esto, toda la multitud de Iglesias son una con aquella primera Iglesia fundada por los apóstoles, de la que proceden todas las otras.

En este sentido son todas primeras y todas apostólicas, en cuanto que todas juntas forman una sola. De esta unidad son prueba la comunión y la paz que reinan entre ellas, así como su mutua fraternidad y hospitalidad. Todo lo cual no tiene otra razón de ser que su unidad en una misma tradición apostólica.

El único medio seguro de saber qué es lo que predicaron los apóstoles, es decir, qué es lo que Cristo les reveló, es el recurso a las Iglesias fundadas por los mismos apóstoles, las que ellos adoctrinaron de viva voz y, más tarde, por carta.

El Señor había dicho en cierta ocasión: Muchas cosas quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas hora; pero añadió a continuación: Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena; con estas palabras demostraba que nada habían de ignorar, ya que les prometía que el Espíritu de la verdad les daría el conocimiento de la verdad plena.

Y esta promesa la cumplió, ya que sabemos por los Hechos de los apóstoles que el Espíritu Santo bajó efectivamente sobre ellos.