El maná de cada día, 12.11.20

noviembre 12, 2020

Jueves de la 32ª semana del Tiempo Ordinario

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Si os dicen que está aquí o está allí no os vayáis detrás.

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PRIMERA LECTURA: Filemón 7-20

Me alegró y animó mucho tu caridad, hermano, porque tú has aliviado los sufrimientos de los santos. Por eso, aunque tengo plena libertad en Cristo para mandarte lo que conviene hacer, prefiero rogártelo apelando a tu caridad, yo, Pablo, anciano y prisionero por Cristo Jesús.

Te recomiendo a Onésimo, mi hijo, a quien he engendrado en la prisión, que antes era tan inútil para ti, y ahora, en cambio, es tan útil para ti y para mí; te lo envío como algo de mis entrañas.

Me hubiera gustado retenerlo junto a mí, para que me sirviera en tu lugar, en esta prisión que sufro por el Evangelio; pero no he querido retenerlo sin contar contigo; así me harás este favor, no a la fuerza, sino con libertad.

Quizá se apartó de ti para que lo recobres ahora para siempre; y no como esclavo, sino mucho mejor: como hermano querido. Si yo lo quiero tanto, cuánto más lo has de querer tú, como hombre y como cristiano.

Si me consideras compañero tuyo, recíbelo a él como a mí mismo. Si en algo te ha perjudicado y te debe algo, ponlo en mi cuenta; yo, Pablo, te firmo el pagaré de mi puño y letra, para no hablar de que tú me debes tu propia persona. Por Dios, hermano, a ver si me das esta satisfacción en el Señor; alivia mi ansiedad, por amor a Cristo.

SALMO 145, 7.8-9a.9bc-10

Dichoso a quien auxilia el Dios de Jacob.

Que mantiene su fidelidad perpetuamente, que hace justicia a los oprimidos, que da pan a los hambrientos. El Señor liberta a los cautivos.

El Señor abre los ojos al ciego, el Señor endereza a los que ya se doblan, el Señor ama a los justos. El Señor guarda a los peregrinos.

Sustenta al huérfano y a la viuda y trastorna el camino de los malvados. El Señor reina eternamente, tu Dios, Sión, de edad en edad.

Aclamación antes del Evangelio: Juan 15, 5

Yo soy la vid, vosotros los sarmientos, dice el Señor; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante.

EVANGELIO: Lucas 17, 20-25

En aquel tiempo, a unos fariseos que le preguntaban cuándo iba a llegar el reino de Dios Jesús les contestó: «El reino de Dios no vendrá espectacularmente, ni anunciarán que está aquí o está allí; porque mirad, el reino de Dios está dentro de vosotros.»

Dijo a sus discípulos: «Llegará un tiempo en que desearéis vivir un día con el Hijo del hombre, y no podréis. Si os dicen que está aquí o está allí no os vayáis detrás. Como el fulgor del relámpago brilla de un horizonte a otro, así será el Hijo del hombre en su día. Pero antes tiene que padecer mucho y ser reprobado por esta generación.»

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Nos es útil tanto el saber que el Señor ha de venir como el ignorar el cuándo.

San Agustín, Comentario al salmo 36,1,1

Hemos escuchado que el último día ha de venir con terror para quienes rechazan la seguridad del vivir bien, y prefieren continuar en su mala vida. Es útil que Dios haya querido que ignorásemos aquel día, para que el corazón esté siempre preparado en la espera de lo que sabe que ha de llegar, aunque no sepa cuándo ha de ser.

Pues nuestro Señor Jesucristo, enviado a nosotros como maestro, a pesar de ser el Hijo del hombre, dijo que ignoraba ese día (Mc 13, 32).

Su magisterio no incluía el enseñarnos eso a nosotros. En efecto, nada hay que sepa el Padre y que ignore el Hijo, puesto que la ciencia del Padre se identifica con su Sabiduría, y su Sabiduría es su Hijo, su Palabra. Pero no era provechoso para nosotros conocer esa fecha, que conocía el que había venido para enseñarnos, pero no lo que él sabia que no nos era de provecho.

En su condición de maestro, no sólo enseñó, sino que también ocultó algo, pues en cuanto maestro sabía enseñar lo provechoso y ocultar lo dañino. Así, por cierta forma de hablar, se afirma que el Hijo ignora lo que no enseña: es decir, se dice que ignora lo que nos hace ignorar, según una forma de hablar que es habitual.

Hablamos de un día alegre, porque nos pone alegres, y de un día triste porque nos pone tristes, y del frío perezoso, porque nos vuelve perezosos. Igual que, de manera contraria, dice el Señor: «Ahora conozco».

Se dijo a Abrahán: Ahora conozco que tú temes a Dios (Gn 22, 12). Esto ya lo sabia Dios antes de ponerlo a prueba. Pues la prueba tuvo lugar para hacernos conocer a nosotros lo que Dios ya conocía, y a fin de que se escribiese para nuestra instrucción lo que él ya conocía antes de tener tal documento. Y hasta es posible que ni siquiera el mismo Abrahán conociese la fuerza de su fe.

Todo hombre se conoce al ser como interrogado por la tentación. Pedro desconocía las fuerzas de su fe, cuando dijo al Señor: Estaré contigo hasta la muerte. Pero el Señor, que le conocía, le predijo cuándo le iban a fallar las fuerzas, diagnosticándole su debilidad, como si hubiese tomado el pulso a su corazón (Lc 22, 33-34).

De esta manera Pedro que antes de la tentación había presumido de sí, en ella se conoció a si mismo. Por tanto, no es un absurdo suponer que también nuestro padre Abrahán llegó a conocer las fuerzas de su fe, cuando, tras mandársele sacrificar a su único hijo, no dudó ni temió ofrecer a Dios lo que él le había dado.

Pues del mismo modo que ignoraba cómo se lo había de dar cuando aún no había nacido, así creyó que podía restablecérselo, una vez inmolado. Dijo, por tanto, Dios: Ahora conozco. Que hemos de entenderlo de este modo: «Ahora te he hecho conocer», según las formas de hablar antes mencionadas, por las que hablamos de frío perezoso, porque nos vuelve perezosos, y de día alegre porque nos pone alegres.

De igual manera se dice conocer, porque nos hace conocer. Éste es el sentido de aquellas palabras: El Señor vuestro Dios os pone a prueba para saber si le amáis (Dt 13, 3).

Sin duda atribuirías al Señor nuestro Dios, el Dios sumo, Dios verdadero, una gran ignorancia -lo que es un gran sacrilegio, como bien comprendes- si interpretas las palabras: El Señor os pone a prueba para saber, como si hubiera en él ignorancia y obtuviese la ciencia mediante la prueba a que nos somete. Entonces, ¿qué significa: Os pone a prueba para saber? Os pone a prueba, para haceros saber.

Tomad, por contraste, la norma según la cual se han de entender tales palabras. Si cuando oís decir que Dios conoció, entendéis que os hizo conocer, de idéntica manera, cuando oís que el Hijo del hombre, es decir, Cristo ignora aquel día, tenéis que entender que él hace que lo ignoremos.

¿Qué quiero decir con «hace que lo ignoremos»? Que lo oculta para que ignoremos lo que no nos es provechoso que se nos descubra. Es lo que dije antes: que el maestro bueno sabe qué ha de enseñar y qué ha de ocultar. Así leemos que él difirió ciertas cosas.

Eso nos hace comprender que no se ha de manifestar todo aquello que no pueden comprender aquellos a quienes se les manifiesta. Dice, en efecto, en otro lugar: Tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no podéis soportarlas (Jn 16, 12). Y también el Apóstol: No pude hablaros a vosotros como a espirituales, sino como a carnales; como a párvulos en Cristo os di a beber leche, y no alimento sólido, pues no podíais tomarlo, como tampoco podéis ahora (1 Cor 3, 1-2).

¿A qué vienen estas palabras? Miran a que, como sabemos que ha de llegar el último día, y que nos es útil tanto el saber que ha de venir como el ignorar el cuándo, tengamos el corazón preparado mediante una vida santa, de forma que no sólo no temamos tal día, sino que hasta lo amemos. Pues, en verdad, ese día, aunque para los incrédulos signifique un aumento de fatigas, para los creyentes significará el fin de las mismas.

¿A cuál de estos dos grupos de personas quieres pertenecer? Ahora está en tu poder, antes de que venga; pero no una vez que haya llegado. Elige, mientras estás a tiempo, pues lo que Dios oculta por misericordia, lo difiere también por misericordia.


El maná de cada día, 1.11.20

octubre 31, 2020

Solemnidad de Todos los Santos

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Todos hemos sido llamados a la plenitud del amor con Dios, sus ángeles y con los hermanos. 


Antífona de entrada

Alegrémonos todos en el Señor al celebrar este día de fiesta en honor de todos los Santos. Los ángeles se alegran de esta solemnidad y alaban a una al Hijo de Dios.

Oración colecta

Dios todopoderoso y eterno, que nos has otorgado celebrar en una misma fiesta los méritos de todos los Santos, concédenos, por esta multitud de intercesores, la deseada abundancia de tu misericordia y tu perdón. Por nuestro Señor Jesucristo.

PRIMERA LECTURA: Apocalipsis 7,2-4. 9-14

Yo, Juan, vi a otro ángel que subía del oriente llevando el sello del Dios vivo. Gritó con voz potente a los cuatro ángeles encargados de dañar a la tierra y al mar, diciéndoles: «No dañéis a la tierra ni al mar ni a los árboles hasta que marquemos en la frente a los siervos de nuestro Dios.»

Oí también el número de los marcados, ciento cuarenta y cuatro mil, de todas las tribus de Israel.

Después de esto apareció en la visión una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua, de pie delante del trono y del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos. Y gritaban con voz potente: «¡La victoria es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero!»

Y todos los ángeles que estaban alrededor del trono y de los ancianos y de los cuatro vivientes cayeron rostro a tierra ante el trono, y rindieron homenaje a Dios, diciendo: «Amén. La alabanza y la gloria y la sabiduría y la acción de gracias y el honor y el poder y la fuerza son de nuestro Dios, por los siglos de los siglos. Amén.»

Y uno de los ancianos me dijo: «Ésos que están vestidos con vestiduras blancas, ¿quiénes son y de dónde han venido?»

Yo le respondí: «Señor mío, tú lo sabrás.»

Él me respondió. «Éstos son los que vienen de la gran tribulación: han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero.»

SALMO 23, 1-2. 3-4ab. 5-6

Este es el grupo que viene a tu presencia, Señor. 

Del Señor es la tierra y cuanto la llena, el orbe y todos sus habitantes: él la fundó sobre los mares, él la afianzó sobre los ríos.

¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en el recinto sacro? El hombre de manos inocentes y puro corazón, que no confía en los ídolos.

Ése recibirá la bendición del Señor, le hará justicia el Dios de salvación. Éste es el grupo que busca al Señor, que viene a tu presencia, Dios de Jacob.

SEGUNDA LECTURA: 1 Juan 3, 1-3

Queridos hermanos:

Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!

El mundo no nos conoce porque no le conoció a él.

Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es.

Todo el que tiene esperanza en él se purifica a sí mismo, como él es puro.

ALELUYA: Mt 11, 28

Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré, dice el Señor.

EVANGELIO: Mateo 5, 1-12

Viendo la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron. Y tomando la palabra, les enseñaba diciendo:

«Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra.

Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.

Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.

Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.

Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros.»

Antífona de comunión: Mt 5, 8-10

Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Dichosos los que trabajan por la paz, porque se llamarán los hijos de Dios. Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.

(Nota: Los subrayados son míos)

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GOZO Y ESPERANZA . Entonces, en el cielo, tendrá lugar el regocijo grande y perfecto; entonces el gozo será pleno, cuando no sea la esperanza la que nos amamante, sino la realidad misma la que nos nutra. No obstante, también ahora, en la tierra, antes que la realidad misma llegue a nosotros, antes que nosotros nos acerquemos a ella, alegrémonos en el Señor, pues no es pequeño el gozo que produce la esperanza de lo que luego será realidad.

San Agustín (Sermón 21, 1).

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Apresurémonos hacia los hermanos que nos esperan

De los sermones de san Bernardo, abad

¿De qué sirven a los santos nuestras alabanzas, nuestra glorificación, esta misma solemnidad que celebramos? ¿De qué les sirven los honores terrenos, si reciben del Padre celestial los honores que les había prometido verazmente el Hijo? ¿De qué les sirven nuestros elogios?

Los santos no necesitan de nuestros honores, ni les añade nada nuestra devoción. Es que la veneración de su memoria redunda en provecho nuestro, no suyo. Por lo que a mí respecta, confieso que, al pensar en ellos, se enciende en mí un fuerte deseo.

. El primer deseo que promueve o aumenta en nosotros el recuerdo de los santos es el de gozar de su compañía, tan deseable; y de llegar a ser conciudadanos y compañeros de los espíritus bienaventurados, de convivir con la asamblea de los patriarcas, con el grupo de los profetas, con el senado de los apóstoles, con el ejército incontable de los mártires, con la asociación de los confesores, con el coro de las vírgenes, para resumir, el de asociarnos y alegrarnos juntos en la comunión de todos los santos.

Nos espera la Iglesia de los primogénitos, y nosotros permanecemos indiferentes; desean los santos nuestra compañía, y nosotros no hacemos caso; nos esperan los justos, y nosotros no prestamos atención.

Despertémonos, por fin, hermanos; resucitemos con Cristo, busquemos los bienes de arriba, pongamos nuestro corazón en los bienes del cielo. Deseemos a los que nos desean, apresurémonos hacia los que nos esperan, entremos a su presencia con el deseo de nuestra alma.

Hemos de desear no sólo la compañía, sino también la felicidad de que gozan los santos, ambicionando ansiosamente la gloria que poseen aquellos cuya presencia deseamos. Y esta ambición no es mala, ni incluye peli­gro alguno el anhelo de compartir su gloria.

. El segundo deseo que enciende en nosotros la conmemoración de los santos es que, como a ellos, también a nosotros se nos manifieste Cristo, que es nuestra vida, y que nos manifestemos también nosotros con él, revestidos de gloria.

Entretanto, aquel que es nuestra cabeza se nos representa no tal como es, sino tal como se hizo por nosotros, no coronado de gloria, sino rodeado de las espinas de nuestros pecados.

Teniendo a aquel que es nuestra cabeza coronado de espinas, nosotros, miembros suyos, debemos avergonzarnos de nuestros refinamientos y de buscar cualquier púrpura que sea de honor y no de irrisión.

Llegará un día en que vendrá Cristo, y entonces ya no se anunciará su muerte, para recordar­os que también nosotros estamos muertos y nuestra vida está oculta con él.

Se manifestará la cabeza gloriosa y, junto con él, brillarán glorificados sus miembros, cuand­o transfigurará nuestro pobre cuerpo en un cuerpo glorioso semejante a la cabeza, que es él.

Deseemos, pues, esta gloria con un afán seguro y total. Mas, para que nos sea permitido esperar esta gloria y aspirar a tan gran felicidad, debemos desear también, en gran manera, la intercesión de los santos, para que ella nos obtenga lo que supera nuestras fuerzas.

(Nota: Los subrayados son míos)

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Oración

Dios todopoderoso y eterno, que nos has otorgado celebrar en una misma fiesta los méritos de todos los santos, concédenos, por esta multitud de intercesores, la deseada abundancia de tu misericordia y tu perdón. Por nuestro Señor Jesucristo.

Con la confianza que inspira en nuestro corazón el Espíritu Santo, nos trasladamos en fe, en esperanza y con el amor de Dios, a la contemplación de la Gloria eterna del cielo.

Y en primer lugar, nos alegramos de que el Padre Celestial, de manera particular hoy, se goce al ver que la Sala del Festín de las Bodas de su Hijo está casi completamente llena de invitados. Mereció la pena disponerlo todo, desde la eternidad y con gran ilusión, para que sus hijos se gocen con su Amor y Plenitud.

El Espíritu nos permite también gozarnos con el Hijo que hoy está viendo una multitud de Hermanos que, gracias a su Sangre, tienen vida en abundancia y alaban pletóricos de alegría y felicidad al Padre, de quien toma nombre toda familia en el cielo y en la tierra.

Mereció la pena ser obediente y fiel hasta la muerte y muerte de Cruz. Mi alegría está en vosotros. Y mi alegría está también en el Padre, y mi alegría es completa.

Me siento feliz al retomar mi condición de ser el Primogénito de muchos hermanos y hermanas para gloria de Dios Padre, que es digno de toda bendición. Así mi alegría llega a plenitud, pues con vosotros no he guardado secretos. Os dije todo lo que había oído a mi Padre. Venid, benditos de mi Padre. Amén, para siempre.

En el gozo del Espíritu nos congratulamos por esta mutua felicitación del Padre y del Hijo, por esa mutua complementariedad y solidaridad, por esa intercomunicación en sí mismos, y en su relación con los hombres. Todo está cumplido, se ha cumplido lo dispuesto por el Padre, lo realizado por el Hijo. En el Espíritu abrazamos al Padre y al Hijo para formar la familia de Dios.

Y así llegamos a experimentar como nunca qué bueno es vivir los hermanos unidos. El Espíritu abraza al Padre y al Hijo. Él es la comunión en persona. Él prolonga la comunión del Padre y del Hijo en la comunidad eclesial fundada en la comunión de los Hermanos en un mismo Espíritu.

El Espíritu prolonga la familia trinitaria en la familia de los Hijos de Dios. Ven, Señor Jesús. Ven, Espíritu divino, y haz nuevas todas las cosas. Amén.

Gloria al Padre, gloria al Hijo, gloria al Espíritu Santo, como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Dios sea bendito en sus Ángeles y en sus Santos. Amén. Aleluya.

(P. Ismael)

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Solemnidad de Todos los Santos

1º de noviembre del 2012

Por el R. P. José Jiménez, oar. (+12.12.2019)

Dios no ha hecho la muerte, ni se complace destruyendo a los vivos (Sb 1, 13)

Dios creó al hombre incorruptible y lo hizo a imagen de su propio ser, mas por envidia del diablo entró la muerte en el mundo y la experimentan los de su bando (Sb 2, 23-24)

Triunfadores

Bienaventurados, felices, dichosos… son algunos de los términos que usan los traductores de la Biblia de los sujetos de las bienaventuranzas con las que el evangelista Mateo inicia el llamado Sermón del Monte. Se trata de la proclamación de la ley de Cristo, que no anula la de Moisés, sino que le da plenitud en Cristo, quien es la verdadera y mejor bienaventuranza.

¿Quiénes son los bienaventurados?

Leer el libro del Apocalipsis es introducirnos en un mundo de símbolos entre los cuales los números ocupan un lugar importante. Los ciento cuarenta y cuatro mil triunfadores de las tribus de Israel (Cf. Ap. 7, 4) proyectan en su simbolismo los miles y millones de triunfadores en Cristo Jesús. Es lo que celebramos hoy en esta fiesta: no nos referimos sólo a los santos reconocidos por el Pueblo de Dios, sino también a los miles y millones de hombres y mujeres, de toda edad, raza y condición que han triunfado con Cristo Jesús.

¡Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha abierto a la esperanza para que seamos triunfadores! ¡Bendito sea Dios y glorificado en sus santos!

Todos los difuntos

Unida íntimamente a la fiesta de Todos los Santos está la Conmemoración de todos los Fieles Difuntos, que la hacemos mañana, dos de noviembre. Recordamos a nuestros familiares y amigos difuntos, y a todos los que han salido ya de esta vida. Es la fecha del agradecimiento para los que han estado unidos a nosotros en la vida y hoy lo hacemos oración. Al Dios de los vivos encomendamos a nuestros difuntos para que tengan la vida, la vida que es el cielo.

Es Cristo Jesús quien salva radicalmente a los que por medio de Él se acercaron a Dios (Heb. 7, 25). En un abrazo común nos unimos todos y la oración que nosotros hacemos por ellos y ellos por nosotros es la mejor comunión.

Eso nos lleva a la esperanza: somos caminantes hacia la bienaventuranza eterna.


El maná de cada día, 28.10.20

octubre 28, 2020

San Simón y san Judas, Apóstoles

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San Simón y San Judas Tadeo
San Simón y San Judas Tadeo

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Antífona de entrada

Éstos son los santos varones, a quienes eligió el Señor amorosamente y les dio una gloria eterna.

Oración colecta

Señor Dios nuestro, que nos llevaste al conocimiento de tu nombre por la predicación de los apóstoles, te rogamos que, por intercesión de san Simón y san Judas, tu Iglesia siga siempre creciendo con la conversión incesante de los pueblos. Por nuestro Señor Jesucristo.

PRIMERA LECTURA: Efesios 2,19-22

Ya no sois extranjeros ni forasteros, sino que sois ciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios. Estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular.

Por él todo el edificio queda ensamblado, y se va levantando hasta formar un templo consagrado al Señor. Por él también vosotros os vais integrando en la construcción, para ser morada de Dios, por el Espíritu.

SALMO 18,2-3.4-5

A toda la tierra alcanza su pregón.

El cielo proclama la gloria de Dios, el firmamento pregona la obra de sus manos: el día al día le pasa el mensaje, la noche a la noche se lo susurra.

Sin que hablen, sin que pronuncien, sin que resuene su voz, a toda la tierra alcanza su pregón y hasta los límites del orbe su lenguaje.

Aclamación antes del Evangelio

A ti, oh Dios, te alabamos, a ti, Señor, te reconocemos. A ti te ensalza el glorioso coro de los apóstoles.

EVANGELIO: Lucas 6,12-19

En aquel tiempo, subió Jesús a la montaña a orar, y pasó la noche orando a Dios.

Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, escogió a doce de ellos y los nombró apóstoles: Simón, al que puso de nombre Pedro, y Andrés, su hermano, Santiago, Juan, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago Alfeo, Simón, apodado el Celotes, Judas el de Santiago y Judas Iscariote, que fue el traidor.

Bajó del monte con ellos y se paró en un llano, con un grupo grande de discípulos y de pueblo, procedente de toda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y de Sidón.

Venían a oírlo y a que los curara de sus enfermedades; los atormentados por espíritus inmundos quedaban curados, y la gente trataba de tocarlo, porque salía de él una fuerza que los curaba a todos.

Antífona de comunión: Jn 14, 23

El que me ama guardará mi palabra, dice el Señor; y mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos morada en él.

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28 de octubre
San Simón y San Judas, apóstoles

El nombre de Simón figura en undécimo lugar en la lista de los apóstoles. Lo único que sabemos de él es que nació en Caná y que se le daba el apodo de «Zelotes». Judas, por sobrenombre Tadeo, es aquel apóstol que en la última cena preguntó al Señor por qué se manifestaba a sus discípulos y no al mundo (Jn 14, 22). La liturgia romana, a diferencia de la de los orientales, conmemora el mismo día, juntamente, a estos dos apóstoles.

Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo

Del comentario de san Cirilo de Alejandría, obispo, sobre el evangelio de san Juan

Nuestro Señor Jesucristo instituyó a aquellos que habían de ser guías y maestros de todo el mundo y administradores de sus divinos misterios, y les mandó que fueran como astros que iluminaran con su luz no sólo el país de los judíos, sino también a todos los países que hay bajo el sol, a todos los hombres que habitan la tierra entera.

Es verdad lo que afirma la Escritura: Nadie puede arrogarse este honor: Dios es quien llama. Fue, en efecto, nuestro Señor Jesucristo el que llamó a sus discípulos a la gloria del apostolado, con preferencia a todos los demás.

Aquellos bienaventurados discípulos fueron columnas y fundamento de la verdad; de ellos afirma el Señor que los envía como el Padre lo ha enviado a él, con las cuales palabras, al mismo tiempo que muestra la dignidad del apostolado y la gloria incomparable de la potestad que les ha sido conferida, insinúa también, según parece, cuál ha de ser su estilo de obrar.

En efecto, si el Señor tenía la convicción de que había de enviar a sus discípulos como el Padre lo había enviado a él, era necesario que ellos, que habían de ser imitadores de uno y otro, supieran con qué finalidad el Padre había enviado al Hijo.

Por esto, Cristo, exponiendo en diversas ocasiones las características de su propia misión, decía: No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a que se conviertan. Y también: He bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado. Porque Dios no mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.

De este modo, resume en pocas palabras la regla de conducta de los apóstoles, ya que, al afirmar que los envía como el Padre lo ha enviado a él, les da a entender que su misión consiste en invitar a los pecadores a que se arrepientan y curar a los enfermos de cuerpo y de alma, y que en el ejercicio de su ministerio no han de buscar su voluntad, sino la de aquel que los ha enviado, y que han de salvar al mundo con la doctrina que de él han recibido.

Leyendo los Hechos de los apóstoles o los escritos de san Pablo, nos damos cuenta fácilmente del empeño que pusieron los apóstoles en obrar según estas consignas recibidas.



Hoy es la fiesta de San Antonio María Claret, fundador de los Misioneros Claretianos

octubre 24, 2020

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San Antonio María Claret, promotor y fundador de la gran familia claretiana.

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Hoy es la fiesta de San Antonio María Claret, fundador de los Misioneros Claretianos

Redacción ACI Prensa – 24 octubre 2020

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“Oh Virgen y Madre de Dios… soy hijo y misionero vuestro, formado en la fragua de vuestra misericordia y amor”, decía San Antonio María Claret, cuya fiesta se celebra cada 24 de octubre.

San Antonio María Claret nació en Sallent, Barcelona, España, en 1807. En su juventud fue obrero textil, por lo que se le considera patrón de los tejedores y de la industria textil de Cataluña. Desde pequeño se destacó por su amor a la Eucaristía y a la Virgen María. De hecho, Antonio profesaba un gran amor por la Madre de Dios y la tenía como protectora.

Un día, siendo muy joven, fue de paseo a la playa con unos amigos. De pronto, mientras caminaba por la orilla, fue arrastrado mar adentro por una ola muy grande. Como no sabía nadar, empezó a ahogarse. Preso del pánico, alcanzó a gritar: “Virgen Santa, sálvame”. De pronto, -no sabía bien explicar cómo- estaba de regreso en la orilla, sano y salvo. Desde ese día Antonio supo muy bien que la Virgen lo había salvado.

Años más tarde ingresa al seminario y es ordenado sacerdote en 1835. Primero asumió un cargo parroquial, pero su deseo más grande era ser misionero. Renunciando a su cargo, empezó a predicar el Evangelio, primero en las periferias de Cataluña y luego en  las Islas Canarias. En 1849 fundó la orden de los Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María, conocidos como “claretianos”.

Posteriormente es enviado a Cuba por pedido del Papa, donde llegó a ser arzobispo de Santiago de Cuba. Allí trabajó en reordenar la vida eclesial -la arquidiócesis había estado sin pastor por más de una década-, y combatir las injusticias sociales.

El arzobispo Claret se enfrentó a los europeos que maltrataban a los indios y preparó una edición de las Leyes de Indias para facilitar su divulgación, ya que estas intentaban suavizar el trato hacia los esclavos.

Claret, odiado por los esclavistas, fue blanco de numerosas amenazas. Incluso un hombre intentó asesinarlo con un cuchillo. Providencialmente, el atacante solo logró cortarle parte del rostro y el brazo derecho. Aunque quedó mal herido por un buen tiempo, repuestas las fuerzas, inició uno más de sus recorridos por la arquidiócesis, hasta que abandonó la isla rumbo a España.

De regreso a Europa continuó escribiendo textos relacionados a la fe y la doctrina; así como textos espirituales para ayudar a la formación de los sacerdotes y religiosos.

En uno de ellos hace explícita su devoción y confianza en nuestra Madre: “Rezadle el Santo Rosario todos los días con devoción y fervor y veréis cómo María Santísima será vuestra Madre, vuestra abogada, vuestra medianera, vuestra maestra, vuestro todo después de Jesús”.

Antonio María se convirtió en confesor de la reina de España, Isabel II, cargo por el que sería desterrado junto a ella cuando fue destronada en 1868.

Por esa razón, permanece en Francia hasta el final de sus días. Solo interrumpió dicha estadía cuando fue convocado a Roma por Pio IX para participar del Concilio Vaticano I, en 1869. Dado que el Concilio no pudo concluir, regresó a Francia donde murió perseguido y desterrado, en 1870.

San Antonio María Claret también fue fundador de la Congregación de Religiosas de María Inmaculada, hoy Misioneras Claretianas.

Más información en:

https://www.aciprensa.com/noticias/hoy-se-celebra-a-san-antonio-maria-claret-fundador-de-los-claretianos-94107?fbclid=IwAR0x6UL87ujyKIYDkVGObnFn8a0fUaYcTuEmKFX9FRrKmAefEh7IMEMY7dk


Claret y la Corona

octubre 24, 2020

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Antonio María Claret. Su divisa: «Mi espíritu es para todo el mundo».

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Claret y la Corona

La fe cristiana y la existencia de una Iglesia libre sitúa al Estado y a la vida política en sus verdaderas dimensiones, garantiza la libertad personal y cierra el camino a las tentaciones totalitarias

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El 24 de octubre se cumplen 150 años de la muerte de san Antonio María Claret, arzobispo de Santiago de Cuba y confesor de la reina Isabel II. Su labor espiritual y pastoral a un lado y otro del Atlántico están sobradamente acreditadas. Su memoria y su legado llegan hasta nuestros días bajo el signo de su divisa: «mi espíritu es para todo el mundo».

No obstante, en este tiempo en que se miran con lupa las relaciones Iglesia-Estado y se pone bajo sospecha a quien se atreve a hacer valer su fe en su vida ciudadana, vale la pena evocar desde esta óptica a quien le tocara vivir entre el palacio y el templo gran parte del turbulento siglo XIX español.

(Por cierto, por esa época J. H. Newman en este tema ya dejó claro, en su confrontación con el primer ministro Gladstone, que no había oposición entre religión y ciudadanía: «No veo que haya incoherencia entre ser un buen católico y un buen inglés»).

Ante todo, no podemos caer en la tentación de juzgar con ojos de hoy la España isabelina de entonces. No tendría sentido. Las circunstancias históricas de las relaciones Trono-Altar eran de otra índole. 

Lo importante es que Claret vivió y entendió los encargos de la Reina como auténtica encomienda vital. No los asumió desde el punto de vista funcional o funcionarial, sino desde el prisma del cumplimiento de una misión eclesial y social mediada por la Corona.

En relación a la integridad, valga una muestra. Claret tuvo que vérselas con una corte llena de camarillas de palacio y un funcionariado en el que, al parecer, no faltaba la «pandemia» de la corrupción y el enchufismo: «Hombres hay que, al lado de SS.MM., siempre están cazando y cogiendo grados, honores, mayores sueldos y grandes cantidades; pero yo nada he cogido, antes bien he perdido» (Autobiografía, 635).

Entre los encargos, aceptados y asumidos como misión, destaca la ingente tarea restauradora material, intelectual y espiritual del Monasterio de El Escorial, «que no me ha dado ni me da utilidad ninguna, sino disgustos y penas, acarreándome persecuciones, calumnias y gastos» (Aut. 636). «Es el potro de atormentar a quienes lo han de cuidar», dijo a su sucesor al frente del monasterio.

En segundo lugar, se puede afirmar que toda su relación con la Corona estuvo basada en la libertad y el servicio. Claret fue libre para confrontar a la Reina en aquellas cuestiones que no le parecían adecuadas de su comportamiento privado. (Dos veces interrumpió su ministerio de confesor a causa de escándalos palaciegos íntimos).

Y, al mismo tiempo, supo situarse con la distancia justa en la corte española, trabajando denodadamente sin perder el horizonte apostólico y evangelizador: «En estos viajes, la Reina reúne a la gente y yo les predico», escribió a un amigo.

En tercer lugar, la difícil doble fidelidad. La compleja cuestión del reconocimiento del reino de Italia en 1865 (que tanto dolor le produjo a Isabel II por suponer la legitimación de la usurpación y expolio de los Estados Pontificios) le colocó en una posición extremadamente delicada.

Por coherencia e integridad, primero tuvo que abandonar la corte y, poco después, por obediencia al expreso mandato del papa Pío IX, regresar junto a la Reina.

Su fidelidad a la Iglesia y a la monarca llegará hasta el 30 de septiembre de 1868 (aunque con la Reina siguió hasta el 30 de marzo del 1869, cuando salió de París) en que emprendió la partida al exilio acompañando a Isabel II hacia Francia.

Doce días antes, en la bahía de Cádiz, los veintiún cañonazos de la fragata «Zaragoza» anunciaron el destronamiento de aquella Reina de los Tristes Destinos.

Otro servicio de carácter discreto, pero también fundamental, fue el decisivo consejo al Nuncio y a la Reina de cara a la selección y provisión de obispos.

Con ello, ayudó a conformar un episcopado de corte pastoral que tendría que afrontar la situación eclesial y social en aquella España que venía herida de las guerras carlistas y se preparaba para afrontar un escenario de desánimo moral y de inestabilidad y precariedad socioeconómica.

A pesar de su entrega constante, le tocó sufrir algunas campañas de difamación en las «redes sociales» de la época, con caricaturas e ilustraciones de desagradable obscenidad, dibujadas a «pincel armado» y atribuidas a los hermanos Béquer.

Y tampoco se libró de algunos intentos de acabar con su vida, incluido el veneno, aunque no fuera polonio radioactivo.

Situándonos en nuestro tiempo, en España, desde 1978 y amparados en la Constitución de la concordia y la reconciliación, vivimos dentro de un estado aconfesional, en un régimen de separación y colaboración constructiva entre Iglesia y Estado.

Ambas instancias están llamadas a entenderse y a trabajar juntas, respetando cada una la esfera propia de la otra, sin prejuicios ideológicos, ingenierías sociales ni, precisamente, «tics» decimonónicos.

La fe cristiana y la existencia de una Iglesia libre sitúa al Estado y a la vida política en sus verdaderas dimensiones, garantiza la libertad personal y cierra el camino a las tentaciones totalitarias.

El Estado debe respetar y garantizar la libertad religiosa de los ciudadanos como un valor y un derecho que forma parte del bien común y de las libertades que tiene que proteger y favorecer. Con esto cumple su misión y agota sus competencias.

Frente a un laicismo ignorante, intolerante y agresivo, la verdadera «laicidad» del Estado tiene que ver con algo positivo, un espíritu y una sinergia dignos de ser favorecidos y preservados en la búsqueda del bien común.

La libertad, la integridad y la fidelidad siempre llevan aparejadas un alto precio. Después de haber participado en el Concilio Vaticano I, Claret fue perseguido hasta el último momento, llegando a tener que refugiarse en el monasterio cisterciense de Fontfroide (sur de Francia).

Allí, en un sereno amanecer de otoño de 1870 nació para la vida que no tiene fin. Sobre una fría lápida los monjes esculpieron estas palabras de Gregorio VII: «Amé la justicia y odié la iniquidad; por eso, muero en el exilio».

Caminamos en la era digital del siglo XXI con «una Monarquía renovada para un tiempo nuevo» (Felipe VI), pero la esencia de la figura de este santo permanece. Claret es buen ejemplo para hoy, con la justa distancia a su tiempo y contexto, de servicio al Estado y a la sociedad desde su misión eclesial.

Buena enseñanza para celebrar el sesquicentenario de un hombre libre, un misionero apasionado y un pastor que, con mirada universal, se entregó al bien de la Iglesia, su nación y sus gentes.

(*) CARLOS MARTÍNEZ OLIVERAS (CMF) es profesor del Instituto Teológico de Vida Religiosa

https://www.abc.es/sociedad/abci-carlos-martinez-oliveras-claret-y-corona-202010240130_noticia.html


San Juan Pablo II: El gigante de Wadowice

octubre 22, 2020

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El Papa que “viene de lejos” se asomó al mundo el 26 de octubre de 1978. Foto: CNS.

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San Juan Pablo II: El gigante de Wadowice

Desde hace seis años celebramos cada 22 de octubre la fiesta de san Juan Pablo II, un Papa que ha marcado la historia personal y colectiva de la Iglesia del tercer milenio

Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo

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El 18 de mayo de 1920 veía la luz en Wadowice, un pequeño pueblo al sur de Polonia, un niño sin el cual no podría entenderse la historia del siglo XX. Karol Jozef Wojtyla, futuro Juan Pablo II, conoció desgracias similares a las de sus contemporáneos en todo el mundo, pero el dedo de Dios hizo de su vida un espejo en que se miraron millones de personas para encontrar esperanza.

A los 21 años ya era huérfano de padre y madre. Durante la Segunda Guerra Mundial vivió la ocupación nazi y la soviética, y cursó sus estudios en el seminario clandestino de Cracovia. Ordenado sacerdote tras la guerra, en 1958 fue nombrado obispo auxiliar de Cracovia. Seis años después fue nombrado arzobispo y participó en las sesiones del Concilio. En 1967 Pablo VI lo creó cardenal.

El 16 de octubre de 1978 subió a la sede de Pedro el primer Papa no italiano en casi cinco siglos. «¡No tengáis miedo, abrid de par en par las puertas a Cristo!», exclamó en la Misa con la que dio inicio su pontificado.

Los 27 años siguientes los dedicó en cuerpo y alma a la tarea de hacer giratorias estas puertas, de modo que Cristo pudiera entrar en un mundo sacudido por la Guerra Fría, la revolución sexual y las hambrunas.

Dicen que como no pudo reformar la Curia, salía del Vaticano para evangelizar, y por eso realizó 104 viajes apostólicos por todo el mundo. Ya en casa, dedicaba su jornada a rezar, recibir gente y escribir.

Fueron 14 las encíclicas que escribió: la moral sexual de la Iglesia –que desgranó en su teología del cuerpo–, la relación entre razón y fe, la unidad entre todas las iglesias, el mundo del trabajo, la centralidad de la Eucaristía o la misericordia divina fueron algunos de los legados que dejó al pueblo de Dios, sin olvidar el impulso que dio a la elaboración del nuevo Catecismo.

Fue el Papa de los jóvenes, porque bajo su pontificado auspició el nacimiento de las jornadas mundiales de la juventud y con ellas multitud de vocaciones. Y también fue el Papa de la familia, a la que definió como «el camino de la Iglesia».

Además, se convirtió en el primer Papa en entrar a rezar a una iglesia luterana, a una mezquita y a una sinagoga, y fue el que dio el primer impulso a los encuentros de Asís, que marcaron el camino para el diálogo interreligioso de hoy.

Gorbachov lo denominó «la autoridad moral más importante del mundo», aunque no fue un jefe de Estado al uso. Se opuso con firmeza a la guerra de Irak ante los líderes mundiales del momento, al mismo tiempo que no dudó en visitar a los católicos en países conflictivos, desde el Chile de Pinochet a la Cuba de Fidel Castro.

Juan Pablo II conoció de primera mano los excesos del comunismo, y por eso impulsó las beatificaciones de cientos de mártires en todo el mundo. Él mismo llegó a dar su sangre cuando recibió los disparos de Ali Agca el 13 de mayo de 1981. Al salir del hospital acudió a la celda del turco para dar un precioso testimonio de perdón ante el mundo.

El deterioro físico de sus últimos años no solo no mermó su talla de gigante, sino que la acrecentó, pues el mundo entero pudo asistir a un vía crucis particular en el que trasparentó al mismo Cristo. Entregó su alma el 2 de abril de 2005, en la víspera de la fiesta de la Divina Misericordia, que él instituyó.

«Tratan de entenderme desde fuera, pero solo se me puede entender desde dentro», dijo una vez. Si ese fuera fue tan fecundo, solo Dios sabe cómo de lleno estaba ese dentro.

Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo 

https://alfayomega.es/22-de-octubre-san-juan-pablo-ii-el-gigante-de-wadowice/?fbclid=IwAR0wwPkNQGOtUiHGF0nrpVyHfOLcj2RmV3_E5e-8KKxdxydm6yvXqraMJbo

El maná de cada día, 20.10.20

octubre 20, 2020

Martes de la 29ª semana del Tiempo Ordinario


Fiesta de Santa Magdalena de Nagasaki, virgen y mártir
Patrona de la Fraternidad Seglar Agustino-Recoleta
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el-candil-candil---
Dichosos los criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela.


PRIMERA LECTURA: Efesios 2, 12-22

Antes no teníais un Mesías, erais extranjeros a la ciudadanía de Israel y ajenos a las instituciones portadoras de la promesa. En el mundo no teníais ni esperanza ni Dios. Ahora, en cambio, estáis en Cristo Jesús.

Ahora, por la sangre de Cristo, estáis cerca los que antes estabais lejos. Él es nuestra paz. Él ha hecho de los dos pueblos una sola cosa, derribando con su carne el muro que los separaba: el odio. Él ha abolido la Ley con sus mandamientos y reglas, haciendo las paces, para crear con los dos, en él, un solo hombre nuevo.

Reconcilió con Dios a los dos pueblos, uniéndolos en un solo cuerpo mediante la cruz, dando muerte, en él, al odio. Vino y trajo la noticia de la paz: paz a vosotros, los de lejos; paz también a los de cerca. Así, unos y otros, podemos acercarnos al Padre con un mismo Espíritu.

Por lo tanto, ya no sois extranjeros ni forasteros, sino que sois ciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios. Estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular. Por él todo el edificio queda ensamblado, y se va levantando hasta formar un templo consagrado al Señor.

Por él también vosotros os vais integrando en la construcción, para ser morada de Dios, por el Espíritu.

SALMO 84, 9ab-10.11-12.13-14

Dios anuncia la paz a su pueblo

Voy a escuchar lo que dice el Señor: «Dios anuncia la paz a su pueblo y a sus amigos.» La salvación está ya cerca de sus fieles, y la gloria habitará en nuestra tierra.

La misericordia y la fidelidad se encuentran, la justicia y la paz se besan; la fidelidad brota de la tierra, y la justicia mira desde el cielo.

El Señor nos dará la lluvia, y nuestra tierra dará su fruto. La justicia marchará ante él, la salvación seguirá sus pasos.

Aclamación antes del Evangelio: Lc 21, 36

Estad siempre despiertos, pidiendo fuerza para manteneros en pie ante el Hijo del hombre.

EVANGELIO: Lucas 12, 35-38

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas.

Vosotros estad como los que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle apenas venga y llame.

Dichosos los criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela; os aseguro que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y los irá sirviendo.

Y, si llega entrada la noche o de madrugada y los encuentra así, dichosos ellos.»

ESTE DESEO Y ESPERANZA
SON LOS QUE NOS HACEN CRISTIANOS

San Agustín, Sermón 108, 1-4

Acabáis de oír lo que nos advierte el evangelio precaviéndonos y queriendo que estemos dispuestos y preparados a la espera del último día. De forma que, después del último día de este mundo que ha de temerse, llegue el descanso que no tiene fin.

Bienaventurados quienes lo consigan. Entonces estarán seguros quienes ahora carecen de seguridad, y temerán quienes ahora no quieren temer. Este deseo y esperanza son los que nos hacen cristianos. ¿Acaso nuestra esperanza es una esperanza mundana?

No amemos el mundo. Fuimos llamados del amor de este siglo para amar y esperar el otro. En éste debemos abstenernos de todos los deseos ilícitos, es decir, debemos ceñir nuestros lomos y hervir y brillar en buenas obras, que equivale a tener encendidas las lámparas.

En otro lugar del evangelio dijo el Señor a sus discípulos: Nadie enciende una lámpara y la coloca bajo el celemín, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos los que están en la casa. Y para indicar por qué lo decía, añadió estas palabras: Luzca así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos (Mt 5, 15-16).

Así, pues, quiso que tuviéramos ceñidos nuestros lomos y encendidas las lámparas. ¿Qué significa ceñir los lomos? Apártate del mal. ¿Qué significa lucir? ¿Qué tener encendidas las lámparas? Y haz el bien (Sal 36, 27). Y ¿qué significa lo añadido: Y vosotros sed semejantes a los hombres que esperan a su Señor cuando regrese de las bodas (Lc 12, 36), sino lo que se consigna en el salmo: Busca la paz y persíguela? (Sal 33, 15).

Estas tres cosas, a saber, el abstenerse del mal, el obrar el bien y el esperar el premio eterno se mencionan en los Hechos de los Apóstoles, donde se escribe que San Pablo les enseñaba la continencia, la justicia y la vida eterna (Hch 24, 25).

A la continencia corresponde el tener los lomos ceñidos; a la justicia las lámparas encendidas y a la expectación del Señor la esperanza de la vida eterna. Luego el apartarse del mal es la continencia, es decir, tener los lomos ceñidos; haz el bien, es la justicia, o sea, las lámparas encendidas; busca la paz y persíguela es la expectación del siglo futuro.

Por tanto, sed semejantes a los hombres que esperan a su Señor, cuando regrese de las bodas.

Teniendo estos mandatos y promesas, ¿por qué buscamos los días buenos en la tierra donde no podemos encontrarlos? Sé que los buscáis, al menos cuando estáis enfermos u os halláis en medio de las tribulaciones que abundan en este mundo.

Porque cuando la edad toca a su fin, el anciano está lleno de achaques y sin gozo alguno. En medio de las tribulaciones que torturan al género humano, los hombres no hacen otra cosa que buscar días buenos y desear una vida larga que no pueden conseguir aquí.

La vida larga del hombre, en efecto, es tan corta en comparación con la duración de aquel siglo universal, como una gota de agua lo es en comparación con la inmensidad del mar; pues, ¿qué es la vida del hombre, incluso la que se denomina larga? Llaman vida larga a la que ya en este siglo es breve y a la que, como dije, está llena de gemidos hasta la decrépita vejez.

Aquí todo es corto y breve y, sin embargo ¡con qué afán la buscan los hombres! ¡Con cuánto esmero, con cuánto trabajo, con cuántos cuidados y desvelos, con cuántos esfuerzos buscan los hombres vivir largos años y llegar a viejos! Y el mismo vivir largo tiempo, ¿qué es sino correr hacia el fin de la vida?

Viviste el día de ayer y quieres vivir el día de mañana. Pero, al pasar el de hoy y el de mañana, ésos tendrás de menos. De aquí que cuando deseas que brille un día nuevo, deseas al mismo tiempo que se acerque aquel otro al que no quieres llegar.

Invitas a tus amigos a un alegre aniversario y a quienes te felicitan les oyes decir: «Que vivas muchos años». Y tú deseas que acontezca según ellos te dijeron. Pero ¿qué deseas? Que se sucedan unos a otros y que, sin embargo, no llegue el último. Tus deseos se contradicen: quieres andar y no quieres llegar.

Si, como dije, a pesar de las fatigas diarias, perpetuas y gigantescas, ponen los hombres tanto cuidado en morir lo más tarde posible, ¡cuánto mayor no debe ser el esmero para no morir nunca! Mas en esto nadie quiere pensar. A diario se buscan los días buenos en este siglo en que no los hay y nadie quiere vivir de modo adecuado para llegar a donde se encuentran.

Por ello nos amonesta la Escritura con estas palabras: ¿Quién es el hombre que ama la vida y quiere ver días buenos? (Sal 33, 13). La pregunta la hizo la Escritura que ya sabía lo que iba a responder. Sabe, en efecto, que todos los hombres buscan la vida y los días buenos.

También vosotros, al hablaros y preguntar: ¿Quién es el hombre que ama la vida y quiere ver días buenos? respondisteis en vuestro corazón: «Yo». Porque también yo que os hablo amo la vida y los días buenos. Lo que buscáis vosotros, eso busco yo también.

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APUNTE BIOGRÁFICO Y

LECTURAS PROPIAS DE LA FIESTA DE

SANTA MAGDALENA DE NAGASAKI

Patrona de la Fraternidad Seglar Agustino-Recoleta

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imagen oficial de santa magdalena, obra de adriano ambrosioni
Señor, que tu fuego arda en nuestros corazones.

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Hija de nobles y fervientes cristianos, nació en 1611 en las proximidades de la ciudad japonesa de Nagasaki. Los padres y hermanos de Magdalena habían sido condenados a muerte y martirizados por su fe católica cuando ella era todavía muy joven.

En 1624 conoció a los beatos Francisco de Jesús y Vicente de san Antonio, agustinos recoletos, y, atraída por su espiritualidad, se consagró a Dios como terciaria de su Orden. Los beatos le encomendaron la enseñanza del catecismo a los niños; y pedía limosnas a los comerciantes portugueses para socorrer a los pobres.

Tuvo que refugiarse en 1628 con los agustinos recoletos y miles de cristianos en las montañas de Nagasaki. Allí siguió ejerciendo su apostolado, primero bajo la coordinación y animación de los dos religiosos recoletos y luego por cuenta propia cuando fueron capturados ambos, en noviembre de 1929.

Vestida con su hábito de terciaria, en septiembre de 1634, se presentó valientemente ante los jueces. Al ver que era una joven de veinte a veintidós años, intentaron conquistarla con halagos que ella rechazó. La sometieron, entonces, a los peores suplicios.

Finalmente, estuvo colgada trece días boca abajo con medio cuerpo metido en una hoya, hasta que una intensa lluvia inundó la fosa y Magdalena pereció ahogada.

Los verdugos quemaron su cuerpo y esparcieron las cenizas en el mar. Sus restos desaparecieron, pero, pasados los siglos, el juicio de Dios y de la Iglesia sobre su vida ganó para siempre la partida al olvido.

Fue beatificada en 1981 y canonizada por el Papa Juan Pablo II el 18 de octubre de 1987, coincidiendo con la Jornada Mundial de Oración por las Misiones.

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ORACIÓN COLECTA

Dios todopoderoso y eterno, que concediste a la virgen y mártir santa Magdalena predicar con entusiasmo el Evangelio de tu Hijo y derramar su sangre por ti en supremo acto de amor; concédenos, por su intercesión, ser testigos fieles de tu Hijo y conseguir también su gloria en el cielo. Por nuestro Señor Jesucristo.

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PRIMERA LECTURA: Eclesiástico 51, 1-12

Te alabo, mi Dios y salvador, te doy gracias, Dios de mi padre. Contaré tu fama, refugio de mi vida, porque me has salvado de la muerte, detuviste mi cuerpo ante la fosa, libraste mis pies de las garras del abismo, me salvaste del látigo de la lengua calumniosa y de los labios que se pervierten con la mentira, estuviste conmigo frente a mis rivales.

Me auxiliaste con tu gran misericordia: del lazo de los que acechan mi traspié, del poder de los que me persiguen a muerte; me salvaste de múltiples peligros: del cerco apretado de las llamas, del incendio de un fuego que no ardía, del vientre de un océano sin agua, de labios mentirosos e insinceros, de las flechas de una lengua traidora.

Cuando estaba ya para morir, y casi en lo profundo del abismo, me volvía a todas partes, y nadie me auxiliaba, buscaba un protector, y no lo había. Recordé la compasión del Señor y su misericordia eterna, que libra a los que se acogen a él, y los rescata de todo mal.

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SALMO 123, 2-3.4-5.7b8 (R/.: 7a)

Hemos salvado la vida, como un pájaro, de la trampa del cazador

Si el Señor no hubiera estado de nuestra parte, cuando nos asaltaban los hombres, nos habrían tragado vivos: tanto ardía su ira contra nosotros.

Nos habrían arrollado la aguas, llegándonos el torrente hasta el cuello; nos habrían llegado hasta el cuello las aguas espumantes.

La trampa se rompió y escapamos. Nuestro auxilio es el nombre del Señor, que hizo el cielo y la tierra.

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EVANGELIO: Lucas 9, 23-26

En aquel tiempo, dirigiéndose a todos, dijo Jesús: “El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo. Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará.

¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero si se pierde o se perjudica a sí mismo? Pues si uno se avergüenza de mí y de mis palabras, también el Hijo del Hombre se avergonzará de él cuando venga en su gloria, con la del Padre y la de los ángeles santos”.

 


El maná de cada día, 17.10.20

octubre 17, 2020

Sábado de la 28ª semana del Tiempo Ordinario

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Séptimo día de la novena a Santa Magdalena de Nagasaki
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Si uno se pone de mi parte ante los hombres, también el Hijo del hombre se pondrá de su parte ante los ángeles de Dios.


PRIMERA LECTURA: Efesios 1, 15-23

Yo, que he oído hablar de vuestra fe en el Señor Jesús y de vuestro amor a todos los santos, no ceso de dar gracias por vosotros, recordándoos en mi oración, a fin de que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo.

Ilumine los ojos de vuestro corazón, para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, y cuál la extraordinaria grandeza de su poder para nosotros, los que creemos, según la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo, por encima de todo principado, potestad, fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido, no sólo en este mundo, sino en el futuro.

Y todo lo puso bajo sus pies, y lo dio a la Iglesia, como cabeza, sobre todo. Ella es su cuerpo, plenitud del que lo acaba todo en todos.

SALMO: 8, 2-3a.4-5.6-7a

Diste a tu Hijo el mando sobre las obras de tus manos

Señor, dueño nuestro, ¡qué admirable es tu nombre en toda la tierra! Ensalzaste tu majestad sobre los cielos. De la boca de los niños de pecho has sacado una alabanza.

Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que has creado, ¿qué es el hombre, para que te acuerdes de él, el ser humano, para darle poder?

Lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad, le diste el mando sobre las obras de tus manos.

EVANGELIO: Lucas 12, 8-12

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Si uno se pone de mi parte ante los hombres, también el Hijo del hombre se pondrá de su parte ante los ángeles de Dios. Y si uno me reniega ante los hombres, lo renegarán a él ante los ángeles de Dios.

Al que hable contra el Hijo del hombre se le podrá perdonar, pero al que blasfeme contra el Espíritu Santo no se le perdonará.

Cuando os conduzcan a la sinagoga, ante los magistrados y las autoridades, no os preocupéis de lo que vais a decir, o de cómo os vais a defender. Porque el Espíritu Santo os enseñará en aquel momento lo que tenéis que decir.»
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El pecado contra el Espíritu Santo

Juan Pablo II – Encíclica “Dominum et vivificantem”, No. 46

¿Por qué la blasfemia contra el Espíritu Santo es imperdonable? ¿Cómo se entiende esta blasfemia? Responde Santo Tomás de Aquino que se trata de un pecado «irremisible según su naturaleza, en cuanto excluye aquellos elementos, gracias a los cuales se da la remisión de los pecados».183

Según esta exégesis la «blasfemia» no consiste en el hecho de ofender con palabras al Espíritu Santo; consiste, por el contrario, en el rechazo de aceptar la salvación que Dios ofrece al hombre por medio del Espíritu Santo, que actúa en virtud del sacrificio de la Cruz. Si el hombre rechaza aquel «convencer sobre el pecado», que proviene del Espíritu Santo y tiene un carácter salvífico, rechaza a la vez la «venida» del Paráclito, aquella «venida» que se ha realizado en el misterio pascual, en la unidad mediante la fuerza redentora de la Sangre de Cristo. La Sangre que « purifica de las obras muertas nuestra conciencia ».

Sabemos que un fruto de esta purificación es la remisión de los pecados. Por tanto, el que rechaza el Espíritu y la Sangre, permanece en las «obras muertas», o sea en el pecado. Y la blasfemia contra el Espíritu Santo consiste precisamente en el rechazo radical de aceptar esta remisión, de la que el mismo Espíritu es el íntimo dispensador y que presupone la verdadera conversión obrada por él en la conciencia. Si Jesús afirma que la blasfemia contra el Espíritu Santo no puede ser perdonada ni en esta vida ni en la futura, es porque esta «no-remisión» está unida, como causa suya, a la no-penitencia, es decir al rechazo radical del convertirse.

Lo que significa el rechazo de acudir a las fuentes de la Redención, las cuales, sin embargo, quedan «siempre» abiertas en la economía de la salvación, en la que se realiza la misión del Espíritu Santo. El Paráclito tiene el poder infinito de sacar de estas fuentes: «recibirá de lo mío», dijo Jesús. De este modo el Espíritu completa en las almas la obra de la Redención realizada por Cristo, distribuyendo sus frutos.

Ahora bien la blasfemia contra el Espíritu Santo es el pecado cometido por el hombre, que reivindica un pretendido derecho de perseverar en el mal en cualquier pecado— y rechaza así la Redención del hombre encerrado en el pecado, haciendo imposible por su parte la conversión y, por consiguiente, también la remisión de sus pecados, que considera no esencial o sin importancia para su vida.

Esta es una condición de ruina espiritual, dado que la blasfemia contra el Espíritu Santo no permite al hombre salir de su autoprisión y abrirse a las fuentes divinas de la purificación de las conciencias y remisión de los pecados.

47. La acción del Espíritu de la verdad, que tiende al salvífico «convencer en lo referente al pecado», encuentra en el hombre que se halla en esta condición una resistencia interior, como una impermeabilidad de la conciencia, un estado de ánimo que podría decirse consolidado en razón de una libre elección: es lo que la Sagrada Escritura suele llamar «dureza de corazón».184

En nuestro tiempo a esta actitud de mente y corazón corresponde quizás la pérdida del sentido del pecado, a la que dedica muchas páginas la Exhortación Apostólica Reconciliatio et paenitentia.185 Anteriormente el Papa Pío XII había afirmado que «el pecado de nuestro siglo es la pérdida del sentido del pecado» 186 y esta pérdida está acompañada por la «pérdida del sentido de Dios».

En la citada Exhortación leemos: «En realidad, Dios es la raíz y el fin supremo del hombre y éste lleva en sí un germen divino. Por ello, es la realidad de Dios la que descubre e ilumina el misterio del hombre. Es vano, por lo tanto, esperar que tenga consistencia un sentido del pecado respecto al hombre y a los valores humanos, si falta el sentido de la ofensa cometida contra Dios, o sea, el verdadero sentido del pecado».187

La Iglesia, por consiguiente, no cesa de implorar a Dios la gracia de que no disminuya la rectitud en las conciencias humanas, que no se atenúe su sana sensibilidad ante el bien y el mal. Esta rectitud y sensibilidad están profundamente unidas a la acción íntima del Espíritu de la verdad. Con esta luz adquieren un significado particular las exhortaciones del Apóstol: «No extingáis el Espíritu», «no entristezcáis al Espíritu Santo».188

Pero la Iglesia, sobre todo, no cesa de suplicar con gran fervor que no aumente en el mundo aquel pecado llamado por el Evangelio blasfemia contra el Espíritu Santo; antes bien que retroceda en las almas de los hombres y también en los mismos ambientes y en las distintas formas de la sociedad, dando lugar a la apertura de las conciencias, necesaria para la acción salvífica del Espíritu Santo. La Iglesia ruega que el peligroso pecado contra el Espíritu deje lugar a una santa disponibilidad a aceptar su misión de Paráclito, cuando viene para «convencer al mundo en lo referente al pecado, en lo referente a la justicia y en lo referente al juicio».

48. Jesús en su discurso de despedida ha unido estos tres ámbitos del convencer como componentes de la misión del Paráclito: el pecado, la justicia y el juicio. Ellos señalan la dimensión de aquel misterio de la piedad, que en la historia del hombre se opone al pecado, es decir al misterio de la impiedad.189 Por un lado, como se expresa San Agustín, existe el «amor de uno mismo hasta el desprecio de Dios»; por el otro, existe el «amor de Dios hasta el desprecio de uno mismo».190

La Iglesia eleva sin cesar su oración y ejerce su ministerio para que la historia de las conciencias y la historia de las sociedades en la gran familia humana no se abajen al polo del pecado con el rechazo de los mandamientos de Dios «hasta el desprecio de Dios», sino que, por el contrario, se eleven hacia el amor en el que se manifiesta el Espíritu que da la vida.

Los que se dejan «convencer en lo referente al pecado» por el Espíritu Santo, se dejan convencer también en lo referente a «la justicia y al juicio». EL Espíritu de la verdad que ayuda a los hombres, a las conciencias humanas, a conocer la verdad del pecado, a la vez hace que conozcan la verdad de aquella justicia que entró en la historia del hombre con Jesucristo. De este modo, los que «convencidos en lo referente al pecado» se convierten bajo la acción del Paráclito, son conducidos, en cierto modo, fuera del ámbito del « juicio »: de aquel «juicio» mediante el cual « el Príncipe de este mundo está juzgado ».191

La conversión, en la profundidad de su misterio divino-humano, significa la ruptura de todo vínculo mediante el cual el pecado ata al hombre en el conjunto del misterio de la impiedad. Los que se convierten, pues, son conducidos por el Espíritu Santo fuera del ámbito del «juicio» e introducidos en aquella justicia, que está en Cristo Jesús, porque la «recibe» del Padre,192 como un reflejo de la santidad trinitaria. Esta es la justicia del Evangelio y de la Redención, la justicia del Sermón de la montaña y de la Cruz, que realiza la purificación de la conciencia por medio de la Sangre del Cordero. Es la justicia que el Padre da al Hijo y a todos aquellos, que se han unido a él en la verdad y en el amor.

En esta justicia el Espíritu Santo, Espíritu del Padre y del Hijo, que « convence al mundo en lo referente al pecado » se manifiesta y se hace presente al hombre como Espíritu de vida eterna.

183 S. Tomás De Aquino, Summa Theol. IIa-IIae, q. 14, a. 3; cf. S. Agustín, Epist. 185, 11, 48-49: PL 33, 814 s.; S. Buenaventura, Comment. in Evang. S. Lucae cap. XIV, 15-16: Ad Claras Aquas, VII, pp. 314 s. 184 Cf. Sal 81 [80], 13; Jer 7, 24, Mc 3, 5. 185 Juan Pablo II, Exhort. Apost. postsinodal Reconciliatio et paenitentia (2 de diciembre de 1984), 18: AAS 77 (1985), pp. 224-228. 186 Pío XII, Radiomensaje al Congreso Catequístico Nacional de los Estados Unidos de América en Boston (26 de octubre de 1946): Discursos y radiomensajes, VIII (1946), 288. 187 Juan Pablo II, Exhort. Apost. postsinodal Reconciliatio et paenitentia (2 de diciembre de 1984), 18: AAS 77 (1985), pp. 225 s. 188 1 Tes 5, 19; Ef 4, 30. 189 Juan Pablo II, Exhort. Apost. postsinodal Reconcitiatio et paenitentia (2 de didembre de 1984), 14-22: AAS 77 (1985), pp. 211-233. 190 Cf. S. Agustín, De Civitate Dei, XIV, 28: CCL 48, 451. 191 Cf. Jn 16, 11. 192 Cf. Jn 16,15.


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Novena a Santa Magdalena de Nagasaki (7)

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Rito de entrada para todos los días:

V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.

Oración

Oh Padre, que te complaces en escoger a los pequeños y débiles para manifestarnos las maravillas de tu amor, y que escogiste a la joven Magdalena de Nagasaki para que propagara el Evangelio entre sus conciudadanos, velara por su fidelidad a Cristo, hiciera a ti ofrenda de su vida como terciaria seglar agustino-recoleta y muriera mártir de la fe, concédenos, por su intercesión, que sepamos, ser siempre testimonios fieles de Cristo en nuestro vivir cotidiano y sepamos amar a nuestros hermanos con amor sincero y desinteresado. Danos, Señor, saber colaborar activamente en la difusión del Evangelio. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

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Reflexión para el día séptimo:

Magdalena, misionera solitaria

El cuatro de septiembre, llegaban al Japón otros dos misioneros agustinos recoletos: Martín de san Nicolás, zaragozano, y Melchor de san Agustín, granadino. Con algunos terciarios agustino-recoletos japoneses, que les han preparado un escondite, se ocultan en los montes.

Allí los encuentra Magdalena, la infatigable catequista, la heredera espiritual de Francisco y Vicente. Los abraza y los presenta orgullosa a los cristianos. Les sirve con devoción y trata de hacerles aprender la lengua. De noche los lleva a otros refugios para que administren los sacramentos a los moribundos. Ella, que conoce muy bien los parajes, va y viene. Como una diaconisa, lleva la comunión a los enfermos.

Pero Martín y Melchor siguen muy pronto por el camino del martirio a Francisco y Vicente. Y Magdalena queda en cierto modo, huérfana. Y esta vez para siempre. Ha quedado completamente sola en las montañas de Nagasaki. Asistirá a la última y más cruel embestida de la persecución. Con gusto se entregaría al martirio. Pero siente la responsabilidad de sus hermanos, los terciarios agustino-recoletos.

Además, la reclaman los pobres, escondidos en los montes. No puede abandonar a los que ha ayudado a nacer en la fe, a los que ha levantado en el camino. Recorre los montes para compartir las penas y aflicciones de los cristianos. Todos reclaman su presencia. Su sonrisa inspira serenidad y da vigor al espíritu. Pone en práctica las nociones de medicina que había aprendido del padre Vicente, y cura y atiende a los enfermos. Infunde en todas partes optimismo. Casi no hay sacerdotes ya por los montes de Nagasaki. Y Magdalena, con gran sacrificio, trata de suplir su falta.

Entre tanto, la persecución se hace cada vez más dura. Durante el suplicio de la horca y hoya algunos cristianos, incluso algún misionero, han renegado de la fe. No basta ya la palabra encendida de Magdalena. Hace falta una víctima, que sirva de ejemplo y dé testimonio de fortaleza a los atemorizados cristianos.

Y Magdalena se pregunta si no debe dar la cara al enemigo y ofrecerse como víctima. Su ejemplo podrá servir quizá para frenar aquel triste desfile de apostasías. Por otra parte, no logra borrar de su recuerdo a su familia, a sus padres espirituales, a tantos terciarios que están gozando de la dulce compañía de Dios. Quiere encontrarlos y encontrar a su Amado. En su pecho arde una llama que la empuja irresistiblemente hacia Cristo.

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Oración de los fieles para todos los días:

Elevemos, hermanos, nuestras oraciones al Padre común, por intercesión de santa Magdalena de Nagasaki, virgen y mártir, y patrona de nuestra fraternidad seglar agustino-recoleta.

– Por todos los misioneros, especialmente por los agustinos recoletos, para que sepan predicar única y exclusivamente a Cristo, y éste crucificado. Oremos.
R. Te rogamos, óyenos.

– Por todos los catequistas, para que sepan ayudar en el robustecimiento de la fe, esperanza y caridad de los creyentes y catecúmenos. Oremos.
R. Te rogamos, óyenos.

– Por nuestras fraternidades seglares agustino- recoletas, para que imiten los ejemplos de caridad, sencillez, desprendimiento, sacrificio y fidelidad hasta el martirio de santa Magdalena de Nagasaki. Oremos.
R. Te rogamos, óyenos.

– Por todos los pueblos del Extremo Oriente, para que se abran a la luz de Cristo y crean en el Evangelio. Oremos.
R. Te rogamos, óyenos.

Por todos los que sufren persecución a causa del Evangelio, para que sepan mantenerse íntegros en la fe, constantes en la esperanza y animosos en la caridad. Oremos.
R. Te rogamos, óyenos.

Para añadir a la oración comunitaria:

– Por todos los que vacilan en su fe, o se dejan atenazar por la duda para que con nuestro ejemplo sepan hallar a Cristo Camino, Verdad y Vida. Oremos.

R. Te rogamos, óyenos.

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Oración final para todos los días:

Padre y Señor nuestro, tu mártir Magdalena de Nagasaki predicó sin desfallecer el Evangelio y derramó su sangre por ti; concédenos, por su intercesión, ser fíeles testigos de tu Palabra, seguidores de sus ejemplos y participar con ella de tu gloria por la eternidad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.

 


Santa Teresa de Perú: Presencia de siete de sus hermanos en nuestra tierra

octubre 16, 2020

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José Antonio Benito Rodríguez, Miembro del Instituto Secular Cruzados de Santa María. Doctor en Historia. Miembro de la Asociación Española de Americanistas.

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SANTA TERESA DE PERÚ. Presencia de siete de sus hermanos en nuestra tierra
Por José Antonio Benito
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Sí, amigo, has leído bien, Teresa de Cepeda y Ahumada, Teresa de Ávila, Teresa de Jesús, podemos darle el título “de Perú”. Hasta aquí se bilocó, desde aquí le llegó la plata para sus conventos (sobre todo a través de su hermano Lorenzo), y en el Perú estuvieron más de la mitad de sus hermanos, hasta siete.
Al aproximarnos a esta figura pionera del Carmelo americano en tierras de Castilla, resuena con más rotundidad la elegante y nostálgica glosa de Fray Luis de León sobre la personalidad de la santa reformadora de la que celebramos 500 años de su nacimiento en 1515:
“Yo no conocí ni vi a la Madre Teresa de Jesús mientras estuvo en la tierra; mas ahora que vive en el cielo la conozco y veo casi siempre en dos imágenes vivas que nos dejó de sí, que son sus hijas y sus libros, que a mi juicio son también testigos fieles y mayores de toda excepción de su gran virtud”.
¡Qué bien lo dijo el maestro Fray Luis! Para conocer a Teresa nada como sus libros (¡anímense a leer sus textos!) y sus hijas, las Carmelitas; visitémoslas en el Carmen Alto, en las Nazarenas, en el Callao o en provincias: Cañete, Ica, Tacna, Moquegua, Arequipa, Juliaca-Puno, Yurimaguas-Loreto, Lircay-Huancavelica, Chiclayo, el Cuzco, Trujillo.
Y, junto a las hijas, los Padres Carmelitas, quienes merecen un capítulo aparte. Además, yo añadiría una tercera imagen: su familia natural, de sangre, que tanto tiene que ver con el Perú.
Tal como escribe la Santa en su autobiografía, fueron doce hermanos: “éramos tres hermanas y nueve hermanos” (Vida I, 4) : María, hermanastra, 10 años mayor que ella; Juan de Cepeda, nacido en 1507, capitán de infantería, que murió en plena juventud en la guerra de África; Hernando, Teresa, Rodrigo, Juan de Ahumada, Lorenzo, Antonio, Pedro, Jerónimo, Agustín y Juana [1]. La mayoría, siete, se establecieron en América.
1. Hernando.
El mayor, nacido en 1510, se embarcó en 1532. Participó en algunas entradas en la región de Puerto Viejo y Guayaquil, actuando con el capitán Gonzalo Díaz de Pineda en la jornada de los Quijos. Fue conquistador de Pasto y Quillacinga, lugares donde ganó repartimiento de indios.
Participó como Alférez Real o portador del estandarte en Añaquito, junto al Virrey Blasco Núñez de Vela, quien fue vencido por el rebelde Gonzalo Pizarro. A pesar de las heridas recibidas en la batalla, se restableció, se avecindó en Pasto, donde en 1547 figura como regidor perpetuo de la villa.
Los últimos meses de su vida ejerció como Lugarteniente de Justicia Mayor buscando “el buen tratamiento y conservación de los indios naturales y que sean ilustrados en las cosas de nuestra santa fe católica, procurando con todo cuidado vengan en conocimiento de ella”. Murió un 28 de enero de 1567.
2. Rodrigo.
Nacido hacia 1512, fue el compañero inseparable de Teresa en sus años infantiles. Inolvidable la aventura en que se fugaron para ir a Tierra de moros a ser decapitados por los moros.
Salió rumbo a la Plata en agosto de 1535, haciendo a su Hermana heredera de su legítima. Participó de la fundación de Buenos Aires. Acompañó a Juan de Ayolas en la expedición por el sur del Tahuantinsuyo. Luchó en Añaquito al lado de sus hermanos y a favor del virrey.
Nuevamente en el sur, en Chile, murió el 10 de agosto de 1557 a manos de los araucanos, en palabras de María de San José, “mostrando en el fin los buenos principios que había tenido, y yo oí decir a nuestra Madre que lo tenía por mártir, porque murió en defensa de la fe” .
3. Antonio.
Nació en 1520 y se embarcó para América tras la muerte de su padre Don Alonso (Navidad de 1543), uniéndose a su hermano Hernando que estaba en Pasto. Participó en Añaquito donde fue herido mortalmente, asistido espiritualmente por el clérigo Gómez Tapia.
4. Pedro.
Partió en 1548 con la expedición de Nueva España. En 1563 se reúne con su hermano Hernando en Pasto, donde ejerció como regidor y mayordomo del Hospital “Madre de Dios”. Se casó con Ana Pérez en 1562, de la que enviudó en 1574 sin tener descendencia.
En 1575 regresó a España con su hermano Lorenzo. Intentó conseguir mercedes reales e ingresar en la Compañía de Jesús, pero no logró ni una cosa ni la otra. A consecuencia de la pobreza tuvo que depender económicamente de Lorenzo.
5. Jerónimo.
Nacido en 1522, vino a América en 1540 con su hermano Lorenzo, en cuya compañía estuvo siempre. Participó en la conquista de Popayán con Belacázar, y en Añaquito junto a sus hermanos y el Virrey.
Posteriormente apoya a La Gasca batallando en Jaquijahuana con sus hermanos Lorenzo y Agustín, donde fue derrotado Gonzalo Pizarro. Posteriormente vivió en Quito, desempeñando el oficio de Tesorero de la Real Hacienda. Tuvo dos hijos naturales, Juana y Lorenzo, presbítero. Cuando regresaba a España con Lorenzo muere en Nombre de Dios, víctima del paludismo.
6. Agustín.
Nacido en 1526 y partido para Perú con la armada de Pedro de La Gasca. Fue el más aventurero de los hermanos. Siguió al capitán Hernán Mejía en campañas de conquista por la Sierra y participó con sus hermanos Lorenzo y Jerónimo en Jaquijahuana.
En la guerra con Girón partió de Lima para Huamanga con su primo el capitán Luis de Tapia. Vuelto a Lima se halló en Ate, Surco y Pachacamac, logrando vencer en Pucará. Se trasladó a Chile con el Gobernador García Hurtado de Mendoza, luchando contra los araucanos.
Fue uno de los fundadores de Cañete, donde fungió como regidor, alcalde y corregidor. Participó en la expedición descubridora de Chiloé, sirvió como capitán en el fuerte de Aracuco y fue teniente del Gobernador Rodrigo de Quiroga.
El Virrey Toledo le responsabilizó del gobierno de los Quijos, Sumaco y la Canela, por considerarle “hombre cuerdo y atinado”.
Regresa a España en busca de mercedes como la conseguida gobernación de Tucumán y una encomienda de indios que le proporcionaba 1500 pesos de renta.
Olvidando los consejos de su Hermana para que dejase vida tan codiciosa, regresó a América. Llegado a Lima, enfermó y murió en 1591, con el consuelo de ver a su lado al P. Luis de Valdivia, recordando a su santa hermana.
7. Lorenzo.
Vino a Perú con la expedición de Vaca de Castro en 1540. En Pasto se encontró con su hermano Hernando. Tras participar en las campañas pacificadoras con Lagasca en Perú, vuelve a Pasto donde, siempre en compañía de Jerónimo, se reúne con Hernando y Antonio, que acababa de llegar.
En unión de sus hermanos, luchará al lado del infortunado nuevo Virrey, paisano y amigo de la familia. Cayó herido y se retiró a Popayán con el Sello Real oculto, otorgado por el virrey, y que entregó al pacificador La Gasca a su llegada. La victoriosa batalla de Jaquijahuana le traerá como premio una rica encomienda de indios en el valle de Chillón.
Se avecina en Quito hacia 1549. El 1° de enero de 1550 fue nombrado regidor del cabildo y, el 23 del mismo mes, tesorero de las Cajas Reales. Desempeñó los cargos de teniente de gobernador y capitán general, así como de alcalde ordinario de la ciudad.
El 18 de mayo de 1556 se casa con doña Juana de Fuentes y Espinosa, oriunda de Trujillo (Perú) e hija de Francisco de Fuentes y Bárbola Espinosa, uno de los primeros conquistadores del Perú, partícipe de la captura y rescate del Inca Atahualpa.
Juana, esposa de Lorenzo, en el momento de la boda contaba 18 años y pertenecía a la alta sociedad limeña. En los 11 años que duró su matrimonio le nacieron 7 hijos. Los primeros, 5 varones y una niña, Teresita, que será la primera carmelita de América, ingresando en San José de Ávila.

Católicos rezan y protestan pacíficamente por derribo de estatua de San Junípero Serra

octubre 15, 2020

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El P. Kyle Faller dirige las oraciones en el lugar donde la estatua de San Junípero Serra fue destruida / Crédito: Valerie Schmalz / Arquidiócesis de San Francisco.

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Católicos rezan y protestan pacíficamente por derribo de estatua de San Junípero Serra

Redacción ACI Prensa, 15 de octubre de 2020

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Los católicos en California se reunieron en una manifestación pacífica el martes por la noche en el lugar donde una estatua de San Junípero Serra fue desfigurada y derribada por activistas a inicios de semana.

El disturbio que llevó a la destrucción de la estatua ocurrió el 12 de octubre en la Misión San Rafael Arcángel, en San Rafael, al norte de la Bahía de San Francisco.

El P. Kyle Faller, vicario parroquial de la Misión, dirigió un Rosario el 13 de octubre con entre 75 y 100 personas, muchas de las cuales portaban carteles que decían “Free the Mass”, (Liberen la Misa), en referencia a las restricciones de la ciudad sobre el culto público debido al COVID-19, y que han sido calificadas por el Arzobispo de San Francisco de injustas.

El P. Faller también dirigió una Letanía de Reparación por la destrucción de la estatua, así como la oración a San Miguel Arcángel. El Arzobispo local, Mons. Salvatore Cordileone, ofrecerá el 17 de octubre oraciones de exorcismo en el antiguo espacio que ocupaba la estatua.

“Que este sea un momento para que todos ustedes se animen y no tengan miedo, como dijo nuestro gran Papa San Juan Pablo II”, dijo el P. Faller a la multitud.

“Esto es lo que significa que nuestra fe no se restringe a la vida privada o en la iglesia misma. Nuestra fe está destinada a ser vivida en la iglesia, pero también en las calles, en nuestros hogares, en nuestros lugares de trabajo”, añadió.

San Junípero Serra, un sacerdote y misionero franciscano del siglo XVIII, es visto por algunos activistas como un símbolo del colonialismo y de los abusos que sufrieron muchos nativos americanos después del contacto con los europeos. Sin embargo, los historiadores dicen que el misionero protestó por los abusos y buscó luchar contra la opresión colonial.

Si bien muchos pueblos indígenas sufrieron abusos terribles, los activistas tienden a combinar los abusos que sufrieron los nativos mucho después de la muerte de San Junípero Serra con el período en el que éste estaba vivo y construía las misiones. El Papa Francisco canonizó a Junípero Serra en 2015 durante una visita a Estados Unidos.

Aunque el propio San Junípero no fundó la Misión San Rafael, debe la existencia a su legado, ya que fundó las primeras nueve misiones en territorios que se convertirían en California.

La manifestación de una hora del 12 de octubre, organizada por miembros de la tribu Coast Miwok, marcó el Día de los Pueblos Indígenas, la festividad que algunas ciudades y estados, incluida California, han designado para reemplazar el Día de la Raza.

Un trabajador de mantenimiento de la iglesia había cubierto la estatua con cinta adhesiva antes de la protesta para protegerla de los grafitis y tapó las ventanas de la misión. Numerosas estatuas del santo han sido vandalizadas o destruidas este año, la mayoría de ellas en California.

Los activistas enmascarados quitaron la cinta adhesiva y rociaron pintura roja en la cara de la estatua. Algunos de ellos intentaron evitar que las cámaras de noticias locales filmaran el derrumbe, pero Fox2 capturó la caída de la estatua en video. Se puede ver al menos a cinco personas tirando de la cabeza de la estatua con cuerdas y sogas de nylon.

La cinta parece mostrar la estatua cayendo sobre uno de los manifestantes, aunque no se han reportado heridos.

El P. Faller dijo que cuando él y el párroco, el P. Luello Palacpac, miraron a los activistas que derribaban la estatua, vieron a “personas que necesitan ser amadas”.

El P. Faller animó a los asistentes a perseverar en la oración y ofreció una reflexión sobre el perdón de Jesús ante la persecución. “No se amargue ni se endurezca su corazón en el odio o la ira”, exhortó a la multitud.

“En la cruz, cuando Cristo miró a los que lo perseguían, a los que clamaban por su muerte, ¿qué dijo? No los condenó. No les gritó. Le dijo a su Padre: ‘Perdónalos, porque no saben lo que hacen’. Esa es la oración de los golpes de la cruz, y esa debe ser nuestra oración todos los días”, dijo el presbítero.

La policía arrestó a cinco mujeres en relación con el incidente y las acusó del delito grave de vandalismo, informó Fox2.

No se pudo contactar al P. Palacpac para dar más comentarios, pero una portavoz arquidiocesana dijo a CNA –agencia en inglés del Grupo ACI– que él cree que la Misión podrá restaurar la estatua.

El Departamento de Policía de San Rafael dijo en un comunicado del 13 de octubre que las cinco mujeres habían recibido citaciones y fueron puestas en libertad, y que los casos habían sido remitidos a la oficina del fiscal de distrito.

El vandalismo en San Rafael es el último de una serie de ataques a iglesias y estatuas católicas en todo el país este año. El 11 de julio, un incendio provocado destruyó la Misión San Gabriel de 249 años en Los Ángeles, una iglesia misionera fundada por San Junípero Serra.

El 83% de los posibles votantes católicos están preocupados por los ataques a iglesias en los últimos meses, según una encuesta realizada del 27 de agosto al 1 de septiembre por Real Clear Opinion Research en asociación con EWTN News.

Traducido y adaptado por Diego López Marina. Publicado originalmente en CNA.

https://www.aciprensa.com/noticias/san-junipero-serra-catolicos-rezan-y-protestan-pacificamente-por-derribo-de-estatua-87199


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