El maná de cada día, 21.6.17

junio 21, 2017

Miércoles de la 11ª semana del Tiempo Ordinario

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Siembra de arroz, plantación de arroz



PRIMERA LECTURA: 2 Corintios 9, 6-11

Hermanos:

El que siembra tacañamente, tacañamente cosechará; el que siembra generosamente, generosamente cosechará. Cada uno dé como haya decidido su conciencia: no a disgusto ni por compromiso; porque al que da de buena gana lo ama Dios.

Tiene Dios poder para colmaros de toda clase de favores, de modo que, teniendo siempre lo suficiente, os sobre para obras buenas. Como dice la Escritura: «Reparte limosna a los pobres, su justicia es constante, sin falta.»

El que proporciona semilla para sembrar y pan para comer os proporcionará y aumentará la semilla, y multiplicará la cosecha de vuestra justicia.

Siempre seréis ricos para ser generosos, y así, por medio nuestro, se dará gracias a Dios.


SALMO 111, 1-2. 3-4. 9

Dichoso quien teme al Señor.

Dichoso quien teme al Señor y ama de corazón sus mandatos. Su linaje será poderoso en la tierra, la descendencia del justo será bendita.

En su casa habrá riquezas y abundancia, su caridad es constante, sin falta. En las tinieblas brilla como una luz el que es justo, clemente y compasivo.

Reparte limosna a los pobres; su caridad es constante, sin falta, y alzará la frente con dignidad.


Aclamación antes del Evangelio: Jn 14, 23

El que me ama guardará mi palabra -dice el Señor-, y mi Padre lo amará, y vendremos a él.


EVANGELIO: Mateo 6, 1-6. 16-18

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario, no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial. Por tanto, cuando hagas limosna, no vayas tocando la trompeta por delante, como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles, con el fin de ser honrados por los hombres; os aseguro que ya han recibido su paga.

Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo pagará.

Cuando recéis, no seáis como los hipócritas, a quienes les gusta rezar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que los vea la gente. Os aseguro que ya han recibido su paga.

Tú, cuando vayas a rezar, entra en tu aposento, cierra la puerta y reza a tu Padre, que está en lo escondido, y tu Padre, que ve en lo escondido, te lo pagará.

Cuando ayunéis, no andéis cabizbajos, como los hipócritas que desfiguran su cara para hacer ver a la gente que ayunan. Os aseguro que ya han recibido su paga.

Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note, no la gente, sino tu Padre, que está en lo escondido; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará.»


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AMAR AL OTRO POR SÍ MISMO

La persona es un absoluto relativo; sólo Dios es el absoluto absoluto. Pero la persona humana, cada persona, tiene un valor único y precioso que sólo Dios ha podido darle por el hecho de haberla creado a imagen suya.

En sí misma considerada, toda persona es un bien tal que sólo puede ser adecuadamente correspondido con el amor. Por tanto, no es digno de ella, y por tanto de Dios, todo aquello que rebaje a un nivel infrapersonal el amor que debemos al otro.

Hay muchas formas descaradas de utilitarismo, de objetualización e instrumentalización del otro que son frontalmente rechazables por lo que suponen de humillación de la persona y deformación del verdadero amor.

Pero, tú y yo estamos llamados a purificar esas otras formas –mucho más disimuladas y sutiles– de instrumentalización y cierto utilitarismo que nos hacen amar al otro sólo por interés, por conveniencia, de forma pasajera, por puro compromiso, mientras me sirve para algo, porque es de los míos o mientras piensa como yo pienso.

No es justificable ninguna forma de utilizar o instrumentalizar al otro ni siquiera en nombre del bien, del apostolado, del servicio a la Iglesia o de la creencia en Dios.

Hemos de amar al otro por sí mismo, no por lo que tiene o hace, y buscando sólo su bien mayor que es Dios.

¿Te imaginas al Señor acercándose a los publicanos, fariseos, prostitutas, enfermos, a sus mismos discípulos y apóstoles, por mero interés proselitista, intentando aprovechar sus influencias, quedando bien con ellos para conseguir los intereses del Reino?

No des a otros el trato que no quieras recibir para ti y ama a todos con la medida con que tú eres amado por Dios.

Lañas diarias www.mater-dei.es


El maná de cada día, 9.6.17

junio 9, 2017

Viernes de la 9ª semana del Tiempo Ordinario

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Tu padre recobrará la vista y verá la luz



PRIMERA LECTURA: Tobit 11,5-17

En aquellos días, Ana estaba sentada, oteando el camino por donde tenía que llegar su hijo. Tuvo el presentimiento de que llegaba, y dijo al padre: «Mira, viene tu hijo con su compañero.»

Rafael dijo a Tobías, antes de llegar a casa: «Estoy seguro de que tu padre recuperará la vista. Úntale los ojos con la hiel del pez; el remedio hará que las nubes de los ojos se contraigan y se le desprendan. Tu padre recobrará la vista y verá la luz.»

Ana fue corriendo a arrojarse al cuello de su hijo, diciéndole: «Te veo, hijo, ya puedo morirme.»

Y se echó a llorar.

Tobit se puso en pie y, tropezando, salió por la puerta del patio. Tobías fue hacia él con la hiel del pez en la mano; le sopló en los ojos, le agarró la mano y le dijo: «Ánimo, padre.»

Le echó el remedio, se lo aplicó y luego con las dos manos le quitó como una piel de los lagrimales. Tobit se le arrojó al cuello, llorando, mientras decía: «Te veo, hijo, luz de mis ojos.»

Luego añadió: «Bendito sea Dios, bendito su gran nombre, benditos todos sus santos ángeles. Que su nombre glorioso nos proteja, porque si antes me castigó, ahora veo a mi hijo Tobías.»

Tobías entró en casa contento y bendiciendo a Dios a voz en cuello. Luego le contó a su padre lo bien que les había salido el viaje: traía el dinero y se había casado con Sara, la hija de Ragüel: «Está ya cerca, a las puertas de Nínive.»

Tobit salió al encuentro de su nuera, hacia las puertas de Nínive. Iba contento y bendiciendo a Dios, y los ninivitas, al verlo caminar con paso firme y sin ningún lazarillo, se sorprendían. Tobit les confesaba abiertamente que Dios había tenido misericordia y le había devuelto la vista.

Cuando llegó cerca de Sara, mujer de su hijo Tobías, le echó esta bendición: «¡Bien venida, hija! Bendito sea tu Dios, que te ha traído aquí. Bendito sea tu padre, bendito mi hijo Tobías, y bendita tú, hija. ¡Bien venida a ésta tu casa! Que goces de alegría y bienestar. Entra, hija.»

Todos los judíos de Nínive celebraron aquel día una gran fiesta.


SALMO 145, 1-2. 6b-7. 8-9a. 9bc-10

Alaba, alma mía, al Señor.

Alaba, alma mía, al Señor: alabaré al Señor mientras viva, tañeré para mi Dios mientras exista.

Que mantiene su fidelidad perpetuamente, que hace justicia a los oprimidos, que da pan a los hambrientos. El Señor liberta a los cautivos.

El Señor abre los ojos al ciego, el Señor endereza a los que ya se doblan, el Señor ama a los justos. El Señor guarda a los peregrinos.

Sustenta al huérfano y a la viuda y trastorna el camino de los malvados. El Señor reina eternamente, tu Dios, Sión, de edad en edad.


Aclamación antes del Evangelio: Jn 14, 23

El que me ama cumplirá mi palabra, y mi Padre lo amará y haremos en él nuestra morada, dice el Señor.


EVANGELIO: Marcos 12, 35-37

En aquel tiempo, mientras enseñaba en el templo, Jesús preguntó:

«¿Cómo dicen los escribas que el Mesías es hijo de David? El mismo David, inspirado por el Espíritu Santo, dice: “Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha, y haré de tus enemigos estrado de tus pies.” Si el mismo David lo llama Señor, ¿cómo puede ser hijo suyo?»

La gente, que era mucha, disfrutaba escuchándolo.


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PRESENCIA CONTINUA DEL ÁNGEL CUSTODIO

P. Francisco Fernández Carvajal

Además de la creación del mundo visible y del hombre, Dios quiso también difundir su bondad dando el ser a los ángeles, criaturas exclusivamente espirituales, de una perfección altísima.

Los ángeles, espíritus puros –sin composición de materia o cuerpo–, son las criaturas más perfectas de la creación. Por una parte, su inteligencia procede con una simplicidad y agudeza de las que el hombre es incapaz, y su voluntad es más perfecta que la humana. Por otra parte, al estar ya elevados a la visión beatífica, son criaturas glorificadas que ven a Dios cara a cara.

Esta mayor excelencia, por naturaleza y por gracia, constituye a los ángeles en ministros ordinarios de Dios –que quiere servirse corrientemente de causas segundas en el gobierno del mundo–, y les capacita para influir sobre los hombres y los seres inferiores. «El nombre que la Sagrada Escritura les atribuye indica que lo que más cuenta en la Revelación es la verdad sobre las tareas de los ángeles respecto a los hombres: ángel quiere decir, en efecto, mensajero»(1).

En muchos lugares del Nuevo y del Antiguo Testamento se nos habla de ellos, y de tal manera es patente su presencia que es inseparable de la acción salvadora de Dios en favor de los hombres(2).

Además de intervenir en acontecimientos singulares de la historia humana, los ángeles actúan continuamente en la vida personal de los hombres, pues «la providencia de Dios ha dado a los ángeles la misión de guardar al linaje humano y de socorrer a cada hombre»(3). Son una muestra más de la bondad divina con nosotros, y por eso socorren, animan, confortan, y nos llaman al bien, a la confianza y a la serenidad. Todo un libro del Antiguo Testamento está dedicado a relatar la ayuda de un arcángel, San Rafael, a la familia de Tobías(4).

Sin dar a conocer su condición angélica, acompaña al joven Tobías en un largo y difícil viaje, y le presta consejos y servicios inestimables; al final de la narración, él mismo se presenta: Yo soy Rafael, uno de los siete santos ángeles que presentamos las oraciones de los justos y tienen entrada ante la majestad del Santo(5).

El Señor conocía bien la conducta honrada de aquella familia: Cuando orabais (…) yo presentaba ante Dios vuestras oraciones. Cuando enterrabas a los muertos, también yo te asistía. Cuando con diligencia los sepultabas (…) yo estaba contigo(6).

Nuestra vida es también un largo camino, y al final de ella, cuando con la ayuda de la gracia estemos en la casa de nuestro Padre Dios, el Ángel Custodio también podrá decirnos: «yo estaba contigo», pues los Ángeles Custodios tienen la misión de ayudar a cada hombre a alcanzar el fin sobrenatural al que es llamado por Dios. Yo mandaré un Ángel delante de ti -dijo el Señor a Moisés- para que te defienda en el camino y te haga llegar al lugar que te he dispuesto(7).

Agradezcamos al Señor que haya querido encomendarnos a estos príncipes del Cielo tan inteligentes y eficaces en su operación, y manifestemos frecuentemente la estima que les profesamos.

1 Juan Pablo II, Audiencia general 30-VII-1986. — 2 Cfr. ídem, Audiencia general 9-VII-1986. — 3 Catecismo Romano, IV, 9, n. 4. — 4 Cfr. Primera lectura de la Misa, Año I, Tob 11, 5-17. — 5 Tob 12, 15. — 6 Cfr. Tob 12, 12-14. — 7 Ex 23, 20.

http://www.homiletica.org


Maná y Vivencias Pascuales (20), 5.5.17

mayo 5, 2017

Viernes de la 3ª semana de Pascua

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¡A ti la gloria porque asumiste un cuerpo y con la cruz llevaste a las almas al cielo, a la casa del Padre!

¡A ti la gloria porque asumiste un cuerpo y con la cruz llevaste a las almas al cielo, a la casa del Padre!



Entrada: Ap 5, 12.-

Se contaban por millones y millones, que gritaban a toda voz:

Digno es el Cordero, que ha sido degollado, de recibir el poder y la riqueza, la sabiduría y la fuerza, la honra, la gloria y la alabanza.

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ORACIÓN COLECTA

Te pedimos, Señor, que, ya que nos has dado la gracia de conocer la resurrección de tu Hijo, nos concedas también que el Espíritu Santo, con su amor, nos haga resucitar a una vida nueva. Por nuestro Señor.

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PRIMERA LECTURA: Hch 9, 1-20.

En aquellos días, Saulo seguía echando amenazas de muerte contra los discípulos del Señor.

Se presentó al jefe de los sacerdotes y le pidió documentos dirigidos a las sinagogas de Damasco, que lo autorizaran para llevar presos a Jerusalén a cuantos encontrara, hombres o mujeres, que estuvieran siguiendo el nuevo camino.

En el viaje hacia Damasco, cuando ya estaba cerca, lo rodeó de repente una luz que venía del cielo. Cayó al suelo y oyó una voz que le decía: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?”.

Él preguntó: “¿Quién eres, Señor?”. Respondió la voz: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues; levántate y entra en la ciudad, allí se te dirá lo que debes hacer”.

Los hombres que lo acompañaban se habían detenido, atónitos, pues oyeron la voz, pero no vieron a nadie. Saulo se levantó del suelo, y aunque tenía los ojos abiertos, no veía nada. Lo tomaron de la mano y lo llevaron a Damasco. Estaba ciego y permaneció tres días sin comer ni beber nada.

Vivía en Damasco un discípulo llamado Ananías, a quien el Señor llamó en una visión: “¡Ananías!”. Él respondió: “Aquí estoy, Señor”. Y el Señor le dijo: Anda a la calle llamada Recta y pregunta en la casa de Judas por un hombre llamado Saulo de Tarso, que está orando.

Y vio en visión un varón llamado Ananías, que entraba y le imponía las manos para que viera.

Entonces Ananías le respondió: “Señor, he oído a muchos hablar de los males que este hombre ha causado a tus santos en Jerusalén, y que ahora tiene poder de los jefes de los sacerdotes para tomar presos a todos los que invocan tu nombre”.

El Señor le contestó: “Anda, pues este hombre me será un instrumento muy valioso y dará a conocer mi nombre, tanto a los paganos y a sus reyes como al pueblo de Israel. Yo le mostraré todo lo que tendrá que sufrir por mi nombre”.

Fue Ananías, entró en la casa, le impuso las manos y le dijo: “Hermano Saulo, el Señor Jesús, que se te apareció en el camino por donde venías, me ha enviado a ti para devolverte la vista y para que quedes lleno del Espíritu Santo”.

Al instante cayeron de sus ojos como escamas y recobró la vista. Se levantó y fue bautizado. Comió y recobró las fuerzas. Saulo permaneció algunos días con los discípulos de Damasco, y muy pronto se puso a predicar en las sinagogas que Jesús es el Hijo de Dios.

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Salmo: 116, 1-2.- Id a todo el mundo a predicar el Evangelio (o Aleluya).

¡Aleluya! Alaben al Señor, todos los pueblos, y festéjenlo todos los países.

Porque grande es su amor hacia nosotros, su lealtad perdura para siempre.

Aclamación: Jn 6, 56.- El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.

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EVANGELIO: Jn 6, 52- 59.

En aquel tiempo, disputaban los judíos entre ellos. Unos decían: ¿Cómo este hombre va a darnos a comer su carne?.

Jesús les contestó: En verdad les digo: si no comen la carne del Hijo del Hombre, y no beben su sangre, no tienen vida de verdad. El que come mi carne y bebe mi sangre, vive de vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.

Mi carne es comida verdadera y mi sangre es bebida verdadera. El que come mi carne y bebe mi sangre vive en mí y yo en él. Como el Padre que vive me envió, y yo vivo por él, así, quien me come a mí tendrá de mí la vida.

Este es el pan que bajó del cielo, no como el que comieron sus antepasados, los cuales murieron. El que coma este pan vivirá para siempre. Así habló Jesús en la Casa de oración, en Cafarnaún.

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De los sermones de san Efrén, diácono

La cruz de Cristo, salvación del género humano

Nuestro Señor fue conculcado por la muerte, pero él, a su vez, conculcó la muerte, pasando por ella como si fuera un camino. Se sometió a la muerte y la soportó deliberadamente para acabar con la obstinada muerte.

En efecto, nuestro Señor salió cargado con su cruz, como deseaba la muerte; pero desde la cruz gritó, llamando a los muertos a la resurrección, en contra de lo que la muerte deseaba.

La muerte lo mató gracias al cuerpo que tenía; pero él, con las mismas armas, triunfó sobre la muerte. La divinidad se ocultó bajo los velos de la humanidad; sólo así pudo acercarse a la muerte, y la muerte le mató, pero él, a su vez, acabó con la muerte.

La muerte, en efecto, destruyó la vida natural, pero luego fue destruida, a su vez, por la vida sobrenatural.

La muerte, en efecto, no hubiera podido devorarlo si él no hubiera tenido un cuerpo, ni el infierno hubiera podido tragarlo si él no hubiera estado revestido de carne; por ello quiso el Señor descender al seno de una virgen para poder ser arrebatado en su ser carnal hasta el reino de la muerte.

Así, una vez que hubo asumido el cuerpo, penetró en el reino de la muerte, destruyó sus riquezas y desbarató sus tesoros.

Porque la muerte llegó hasta Eva, la madre de todos los vivientes. Eva era la viña, pero la muerte abrió una brecha en su cerco, valiéndose de las mismas manos de Eva; y Eva gustó el fruto de la muerte, por lo cual la que era madre de todos los vivientes se convirtió en fuente de muerte para todos ellos.

Pero luego apareció María, la nueva vid que reemplaza a la antigua; en ella habitó Cristo, la nueva Vida. La muerte, según su costumbre, fue en busca de su alimento y no advirtió que, en el fruto mortal, estaba escondida la Vida, destructora de la muerte; por ello mordió sin temor el fruto, pero entonces liberó a la vida, y a muchos juntamente con ella.

El admirable hijo del carpintero llevó su cruz a las moradas de la muerte, que todo lo devoraban, y condujo así a todo el género humano a la mansión de la vida. Y la humanidad entera, que a causa de un árbol había sido precipitada en el abismo inferior, por otro árbol, el de la cruz, alcanzó la mansión de la vida.

En el árbol, pues, en que había sido injertado un esqueje de muerte amarga, se injertó luego otro de vida feliz, para que confesemos que Cristo es Señor de toda la creación.

¡A ti la gloria, a ti que con tu cruz elevaste como un puente sobre la misma muerte, para que las almas pudieran pasar por él desde la región de la muerte a la región de la vida! ¡A ti la gloria, a ti que asumiste un cuerpo mortal e hiciste de él fuente de vida para todos los mortales!

Tú vives para siempre; los que te dieron muerte se comportaron como los agricultores: enterraron la vida en el sepulcro, como el grano de trigo se entierra en el surco, para que luego brotara y resucitara llevando consigo a otros muchos.

Venid, hagamos de nuestro amor una ofrenda grande y universal; elevemos cánticos y oraciones en honor de aquel que, en la cruz, se ofreció a Dios como holocausto para enriquecernos a todos (Sermón sobre nuestro Señor, 3-4.9: Opera, ed. Lamy, 1, 152-158. 166-168).

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A LA LUZ DE LA PALABRA QUE DIOS ME REGALA HOY


POR LA MAÑANA.- Puedes preguntarte:

1) ¿Cuál podría ser el plan de Dios sobre mi vida en este nuevo día, que no es uno más, sino único para Dios porque su amor es siempre nuevo?

2) ¿Qué podría mejorar en mi relación con Dios durante el día de hoy? ¿Qué me está pidiendo su Palabra en este día?

3) ¿A quién podría estar lastimando en este día, a quién le podría estar haciendo sufrir? ¿A quién puedo, de hecho, estar defraudando, apenando, comenzando por la propia familia, y por la comunidad parroquial?

4) ¿A quién podría ayudar en este día? ¿Cómo voy a transmitir el amor de Dios en este día, con qué personas me voy a ver? ¿Quién puede estar esperando algo de mí? Si Jesús estuviera en mi lugar, ¿qué puedo suponer que diría o haría?

5) ¿Cómo me debe cambiar hoy la Resurrección del Señor, y su actualización sacramental realizada en la Eucaristía, sea diaria o dominical? ¿Qué fruto espiritual derivado de la misa dominical podría cultivar hoy: sinceridad, petición de perdón, afabilidad, alegría, alabanza y bendición?


POR LA NOCHE.- Puedes preguntarte:

1) ¿Cómo he respondido al plan de Dios sobre este día ya pasado? ¿En qué he cumplido y en qué he fallado?

2) ¿Cómo le ofrezco a Dios lo bueno, y le pido perdón de lo deficiente?

3) ¿Cómo le agradezco a Dios su paciencia conmigo, y cómo renuevo mi confianza en Dios que siempre me espera y me da nuevas oportunidades? Le doy gracias por lo bueno, y le ofrezco lo malo para que Jesús supla mis deficiencias: él dio gloria perfecta a Dios Padre por mí y en mi lugar. Me alegro en Jesús, mi hermano mayor, mi Redentor.

4) ¿Cómo rezar debidamente la oración del anciano Simeón, antes de acostarse: “Ahora, Señor, según tu palabra puedes dejar a tu siervo irse en paz, porque mis ojos han visto a tu Salvador…”

Que siempre alcancemos esa paz antes de descansar para poder decir con el salmista: En paz me acuesto y en seguida me duermo porque tú estás conmigo, tú solo me haces vivir tranquilo.

Papa Francisco pide a los rígidos de la Ley imitar a Saulo y dejarse guiar por Jesús

Comentario homilético del Papa Francisco en la misa de esta mañana en Santa Marta

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VATICANO, 05 May. 17 / 05:03 am (ACI).- En la homilía de la Misa celebrada el viernes en la Casa Santa Marta, en el Vaticano, el Papa Francisco animó a los “rígidos” que están en la Iglesia, pero que son honestos, a imitar el ejemplo de Saulo-San Pablo y dejarse llevar hacia la moderación de la mano del Señor.

Como en días anteriores, el Santo Padre articuló su homilía a partir de la lectura del Libro de los Hechos de los Apóstoles. En concreto, se ha fijado en la figura de San Pablo, quien se convirtió en apóstol del Evangelio después de haber sido perseguidor de los primeros cristianos.

Francisco observó que “la primera vez que aparece el nombre de Saulo es en la lapidación de Esteban”. “Saulo –recordó– era joven, rígido e idealista”. Estaba “prisionero” de la rigidez de la Ley. Pese a ello, Saulo “era honesto”, destacó el Pontífice.

En este sentido, contrapuso la rigidez a la honestidad. Advirtió contra aquellos que son “rígidos de la doble vida. Se presentan bellos y honestos, pero cuando nadie les ve, hacen cosas deshonestas”.

“Sin embargo, este joven –Saulo– era honesto. Cuando digo esto, pienso en muchos chicos que caen en la tentación de la rigidez, hoy en la Iglesia. Algunos son honestos, son buenos. Debemos rezar para que el Señor los ayude a crecer en el camino de la moderación”.

Otros, “usan la rigidez para cubrir las debilidades, los pecados, los problemas de personalidad”. Saulo creció en esa rigidez, explicó en su homilía el Obispo de Roma, y no podía tolerar aquello que para él era una herejía. Por eso comenzó a perseguir a los cristianos.

Entonces, Saulo se dirige a Damasco para hacer prisioneros a los cristianos que se encontraban allí y conducirlos a Jerusalén. Pero ocurrió algo inesperado: en el camino se encontró “con otro hombre que habla con un lenguaje de ternura: ‘Saulo, Saulo. ¿Por qué me persigues?’”.

Saulo, que a partir de su conversión empieza a utilizar su otro nombre, Pablo, es el ejemplo de que “el joven rígido que se convierte en un hombre rígido, pero honesto, si se vuelve a hacer niño y se deja conducir adonde el Señor lo ha llamado, recibirá la fuerza de la ternura del Señor”.

A partir de ese momento, Pablo comienza a anunciar al Señor hasta el martirio. “Así, este hombre, a partir de su propia experiencia, comienza a predicar a los demás de un lugar a otro”. Pablo, por su conversión, “es perseguido, padece muchos problemas, incluso en la Iglesia, y sufrió por el hecho de que los mismos cristianos se pelearan entre sí”.

“Pero él, que había perseguido al Señor con el celo de la Ley, dirá a los cristianos: ‘Con lo mismo con lo que os habéis alejado del Señor, con lo que habéis pecado, la mente, el cuerpo, todo, con esos mismos miembros, también podéis ser perfectos y dar gloria a Dios’”.

Francisco exhortó a la Iglesia a imitar a Pablo, pues él es el mejor ejemplo de cómo un cristiano debe imitar a Jesús. El camino de Saulo es “el camino del cristiano: andar adelante siguiendo las trazas que Jesús ha dejado, las trazas del sufrimiento, la traza de la Cruz, la traza de la resurrección”.

El Papa finalizó la homilía “pidiendo a Saulo, hoy, de forma especial por los rígidos que están en la Iglesia; por los rígidos honestos como él, que tienen celo pero están equivocados. Y por los rígidos hipócritas, que tienen una doble vida, aquellos de los que Jesús decía: ‘Haced lo que dicen, pero no lo que hacen’. Recemos hoy por los rígidos”.

Lectura comentada por el Papa Francisco:

Hechos 9:1-20

1 Entretanto Saulo, respirando todavía amenazas y muerte contra los discípulos del Señor, se presentó al Sumo Sacerdote,

2 y le pidió cartas para las sinagogas de Damasco, para que si encontraba algunos seguidores del Camino, hombres o mujeres, los pudiera llevar atados a Jerusalén.

3 Sucedió que, yendo de camino, cuando estaba cerca de Damasco, de repente le rodeó una luz venida del cielo,

4 cayó en tierra y oyó una voz que le decía: «Saúl, Saúl, ¿por qué me persigues?»

5 El respondió: «¿Quién eres, Señor?» Y él: «Yo soy Jesús, a quien tú persigues.

6 Pero levántate, entra en la ciudad y se te dirá lo que debes hacer.»

7 Los hombres que iban con él se habían detenido mudos de espanto; oían la voz, pero no veían a nadie.

8 Saulo se levantó del suelo, y, aunque tenía los ojos abiertos, no veía nada. Le llevaron de la mano y le hicieron entrar en Damasco.

9 Pasó tres días sin ver, sin comer y sin beber.

10 Había en Damasco un discípulo llamado Ananías. El Señor le dijo en una visión: «Ananías.» El respondió: «Aquí estoy, Señor.»

11 Y el Señor: «Levántate y vete a la calle Recta y pregunta en casa de Judas por uno de Tarso llamado Saulo; mira, está en oración

12 y ha visto que un hombre llamado Ananías entraba y le imponía las manos para devolverle la vista.»

13 Respondió Ananías: «Señor, he oído a muchos hablar de ese hombre y de los muchos males que ha causado a tus santos en Jerusalén

14 y que está aquí con poderes de los sumos sacerdotes para apresar a todos los que invocan tu nombre.»

15 El Señor le contestó: «Vete, pues éste me es un instrumento de elección que lleve mi nombre ante los gentiles, los reyes y los hijos de Israel.

16 Yo le mostraré todo lo que tendrá que padecer por mi nombre.»

17 Fue Ananías, entró en la casa, le impuso las manos y le dijo: «Saúl, hermano, me ha enviado a ti el Señor Jesús, el que se te apareció en el camino por donde venías, para que recobres la vista y seas lleno del Espíritu Santo.»

18 Al instante cayeron de sus ojos unas como escamas, y recobró la vista; se levantó y fue bautizado.

19 Tomó alimento y recobró las fuerzas. Estuvo algunos días con los discípulos de Damasco,

20 y en seguida se puso a predicar a Jesús en las sinagogas: que él era el Hijo de Dios.


Papa Francisco en Divina Misericordia: El fundamento de nuestra fe es el perdón

abril 24, 2017

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Una imagen de la Divina Misericordia en la Plaza de San Pedro.

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Papa Francisco en Divina Misericordia: El fundamento de nuestra fe es el perdón

Por Álvaro de Juana

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VATICANO, 23 Abr. 17 / 05:12 am (ACI).- El Papa Francisco presidió el Regina Coeli desde la ventana del estudio pontificio y recordó que hoy se celebra el día de la Divina Misericordia que es la “piedra angular” de la fe y es un instrumento contra la violencia y el rencor.

“La misericordia abre la puerta de la mente para comprender mejor el misterio de Dios y de nuestra existencia personal. Hace entender que la violencia, el rencor y la venganza no tienen ningún sentido, y la primera víctima es quien vive de estos sentimientos porque se priva de la propia dignidad”.

Francisco explicó que “cada domingo hacemos memoria de la resurrección del Señor Jesús, pero en este tiempo después de Pascua el domingo se viste de un significado todavía más luminoso”.

“No olvidemos nunca que la misericordia es la piedra angular en la vida de la fe, y la forma concreta con la que damos visibilidad a la resurrección de Jesús”.

El Pontífice señaló que la misión de la Iglesia es “llevar el anuncio concreto del perdón” y este signo “lleva consigo la paz del corazón y la alegría del encuentro renovado con el Señor”.

Francisco recordó que “en el Jubileo del año 2000, San Juan Pablo II estableció que este domingo fuese dedicado a la Divina Misericordia” lo que fue “¡una hermosa intuición!”.

“La misericordia abre también la puerta del corazón y le permite expresar la cercanía, sobre todo con los que están solos y son marginados, porque allí le hace sentir hermanos e hijos de un solo Padre”.

El Papa añadió que la misericordia “calienta el corazón o lo hace más sensible a la necesidad de los hermanos con el compartir y la participación”. En definitiva, hace a todos “instrumentos de justicia, reconciliación y de paz”.

“En la tradición de la Iglesia, este domingo se llamaba ‘in albis’ y hacía referencia al rito que realizaban los que habían recibido el bautismo en la Vigilia de Pascua”. “A cada uno de ellos le era entregada una vestidura blanca –alba– para indicar la nueva dignidad de los hijos de Dios”.

“Y todavía hoy –continuó– a los recién nacidos se les da una pequeña vestidura simbólica, mientras los adultos se ponen una verdadera. Esa vestidura blanca, en el pasado, se llevaba durante una semana, hasta el domingo in albis, cuando los neófitos iniciaban su nueva vida en Cristo y en la Iglesia”.

“Este domingo nos invita a retomar con fuerza la gracia que proviene de la misericordia de Dios”, subrayó al hablar de nuevo de la misericordia.

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VIDEO: Hoy la Iglesia celebra la Fiesta de la Divina Misericordia http://bit.ly/1nwnfir


Maná y Vivencias Cuaresmales (34), 3.4.17

abril 3, 2017

Lunes de la 5ª semana de Cuaresma

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Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más

Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más

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Antífona de entrada: Salmo 55, 2

Ten compasión de mí, Señor, porque me pisotean y acosan todo el día mis enemigos.


Oración colecta

Señor Dios nuestro, cuyo amor sin medida nos enriquece con toda bendición, haz que, abandonando la corrupción del hombre viejo, nos preparemos como hombres nuevos, a tomar parte de la gloria de tu reino. Por nuestro Señor Jesucristo.

PRIMERA LECTURA: Daniel 13, 1-9.15-17.19-30.33-62

Vivía en Babilonia un hombre llamado Joaquín.
Se había casado con una mujer llamada Susana, hija de Jilquías, que era muy bella y temerosa de Dios; sus padres eran justos y habían educado a su hija según la ley de Moisés. Joaquín era muy rico, tenía un jardín contiguo a su casa, y los judíos solían acudir donde él, porque era el más prestigioso de todos.

Aquel año habían sido nombrados jueces dos ancianos, escogidos entre el pueblo, de aquellos de quienes dijo el Señor: «La iniquidad salió en Babilonia de los ancianos y jueces que se hacían guías del pueblo.» Venían éstos a menudo a casa de Joaquín, y todos los que tenían algún litigio se dirigían a ellos. Cuando todo el mundo se había retirado ya, a mediodía, Susana entraba a pasear por el jardín de su marido.

Los dos ancianos, que la veían entrar a pasear todos los días, empezaron a desearla. Perdieron la cabeza dejando de mirar hacia el cielo y olvidando sus justos juicios. Mientras estaban esperando la ocasión favorable, un día entró Susana en el jardín como los días precedentes, acompañada solamente de dos jóvenes doncellas, y como hacía calor quiso bañarse en el jardín. No había allí nadie, excepto los dos ancianos que, escondidos, estaban al acecho.

Dijo ella a las doncellas: «Traedme aceite y perfume, y cerrad las puertas del jardín, para que pueda bañarme.»

En cuanto salieron las doncellas, los dos ancianos se levantaron, fueron corriendo donde ella, y le dijeron: «Las puertas del jardín están cerradas y nadie nos ve. Nosotros te deseamos; consiente, pues, y entrégate a nosotros. Si no, daremos testimonio contra ti diciendo que estaba contigo un joven y que por eso habías despachado a tus doncellas.»

Susana gimió: «¡Ay, qué aprieto me estrecha por todas partes! Si hago esto, es la muerte para mí; si no lo hago, no escaparé de vosotros. Pero es mejor para mí caer en vuestras manos sin haberlo hecho que pecar delante del Señor.»

Y Susana se puso a gritar a grandes voces. Los dos ancianos gritaron también contra ella, y uno de ellos corrió a abrir las puertas del jardín. Al oír estos gritos en el jardín, los domésticos se precipitaron por la puerta lateral para ver qué ocurría, y cuando los ancianos contaron su historia, los criados se sintieron muy confundidos, porque jamás se había dicho una cosa semejante de Susana. A la mañana siguiente, cuando el pueblo se reunió en casa de Joaquín, su marido, llegaron allá los dos ancianos, llenos de pensamientos inicuos contra Susana para hacerla morir.

Y dijeron en presencia del pueblo: «Mandad a buscar a Susana, hija de Jilquías, la mujer de Joaquín.» Mandaron a buscarla, y ella compareció acompañada de sus padres, de sus hijos y de todos sus parientes.

Todos los suyos lloraban, y también todos los que la veían. Los dos ancianos, levantándose en medio del pueblo, pusieron sus manos sobre su cabeza. Ella, llorando, levantó los ojos al cielo, porque su corazón tenía puesta su confianza en Dios.

Los ancianos dijeron: «Mientras nosotros nos paseábamos solos por el jardín, entró ésta con dos doncellas. Cerró las puertas y luego despachó a las doncellas. Entonces se acercó a ella un joven que estaba escondido y se acostó con ella. Nosotros, que estábamos en un rincón del jardín, al ver esta iniquidad, fuimos corriendo donde ellos. Los sorprendimos juntos, pero a él no pudimos atraparle porque era más fuerte que nosotros, y abriendo la puerta se escapó. Pero a ésta la agarramos y le preguntamos quién era aquel joven. No quiso revelárnoslo. De todo esto nosotros somos testigos.»

La asamblea les creyó como ancianos y jueces del pueblo que eran. Y la condenaron a muerte.
Entonces Susana gritó fuertemente: «Oh Dios eterno, que conoces los secretos, que todo lo conoces antes que suceda, tú sabes que éstos han levantado contra mí falso testimonio. Y ahora voy a morir, sin haber hecho nada de lo que su maldad ha tramado contra mí.»

El Señor escuchó su voz y, cuando era llevada a la muerte, suscitó el santo espíritu de un jovencito llamado Daniel, que se puso a gritar: «¡Yo estoy limpio de la sangre de esta mujer!»

Todo el pueblo se volvió hacia él y dijo: «¿Qué significa eso que has dicho?»

Él, de pie en medio de ellos, respondió: «¿Tan necios sois, hijos de Israel, para condenar sin investigación y sin evidencia a una hija de Israel? ¡Volved al tribunal, porque es falso el testimonio que éstos han levantado contra ella!»

Todo el pueblo se apresuró a volver allá, y los ancianos dijeron a Daniel: «Ven a sentarte en medio de nosotros y dinos lo que piensas, ya que Dios te ha dado la dignidad de la ancianidad.»

Daniel les dijo entonces: «Separadlos lejos el uno del otro, y yo les interrogaré.»

Una vez separados, Daniel llamó a uno de ellos y le dijo: «Envejecido en la iniquidad, ahora han llegado al colmo los delitos de tu vida pasada, dictador de sentencias injustas, que condenabas a los inocentes y absolvías a los culpables, siendo así que el Señor dice: “No matarás al inocente y al justo.” Conque, si la viste, dinos bajo qué árbol los viste juntos.»

Respondió él: «Bajo una acacia.»

«En verdad –dijo Daniel– contra tu propia cabeza has mentido, pues ya el ángel de Dios ha recibido de él la sentencia y viene a partirte por el medio.»

Retirado éste, mandó traer al otro y le dijo: «¡Raza de Canaán, que no de Judá; la hermosura te ha descarriado y el deseo ha pervertido tu corazón! Así tratabais a las hijas de Israel, y ellas, por miedo, se entregaban a vosotros. Pero una hija de Judá no ha podido soportar vuestra iniquidad. Ahora pues, dime: ¿Bajo qué árbol los sorprendiste juntos?»

Él respondió: «Bajo una encina.»

«En verdad –dijo Daniel– tú también has mentido contra tu propia cabeza: ya está el ángel del Señor esperando, espada en mano, para partirte por el medio, a fin de acabar con vosotros.»

Entonces la asamblea entera clamó a grandes voces, bendiciendo a Dios que salva a los que esperan en él.

Luego se levantaron contra los dos ancianos, a quienes, por su propia boca, había convencido Daniel de falso testimonio y, para cumplir la ley de Moisés, les aplicaron la misma pena que ellos habían querido infligir a su prójimo: les dieron muerte, y aquel día se salvó una sangre inocente.

SALMO 22, 1-3a.3b-4.5.6

Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo.

El Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas.

Me guía por el sendero justo, por el honor de su nombre. Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo: tu vara y tu cayado me sosiegan.

Preparas una mesa ante mí, enfrente de mis enemigos; me unges la cabeza con perfume, y mi copa rebosa.

Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida, y habitaré en la casa del Señor por años sin término.



Aclamación antes del Evangelio: Ezequiel 33, 11

Yo, el Señor, juro por mi vida que no quiero la muerte del malvado, sino que cambie de conducta y viva.


EVANGELIO: Juan 8, 1-11

En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba.

Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?»

Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo.

Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: «El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra.»

E inclinándose otra vez, siguió escribiendo. Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos. Y quedó solo Jesús, con la mujer, en medio, que seguía allí delante.

Jesús se incorporó y le preguntó: «Mujer, ¿dónde están tus acusadores?, ¿ninguno te ha condenado?»

Ella contestó: «Ninguno, Señor.»

Jesús dijo: «Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más.»



Antífona de comunión: Juan 8, 10-11

Mujer, ¿dónde están? ¿Ninguno te ha condenado? Contestó ella: Ninguno, Señor. Jesús le dijo: Tampoco yo te condeno. Vete y no vuelvas a pecar.

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VIVENCIAS CUARESMALES

Yo soy la luz del mundo: el que me sigue tendrá la luz de la vida

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34. LUNES

QUINTA SEMANA DE CUARESMA

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TEMA ILUMINADOR: Controversia entre Jesús y los judíos. Lucha entre la luz y las tinieblas.

El tiempo cuaresmal está llegando a su fin y con él el desenlace final de la vida terrena del Señor. De ahí que se nos invita a sentir más de cerca cuanto acontece en el corazón de Cristo y cuanto preocupa su mente.

Por eso precisamente, en estos días previos a la Semana Santa, se utiliza el prefacio de pasión en la misa y se usan opcionalmente los himnos de Semana Santa en la Liturgia de las Horas.

Se acerca el desenlace de la vida de Jesús. Una pregunta obvia: ¿Cuánto tiempo disfruta Jesús del lado bueno y gratificante de su misión, previo a la cruz? ¿Es un tiempo cronológico? ¿La cruz es algo inherente a la entrega a Dios? ¿No habrá algún tiempo de vacaciones para liberarnos del dolor y de cuesta arriba que supone nuestra existencia terrena?

Cristo, el Señor, nos da ejemplo de la asunción de la cruz en la vida de cada día y en los momentos más duros de la muerte. Los evangelios nos muestran, cada uno a su estilo, esa experiencia realmente suprema y definitiva del Señor. Él vivía siempre en Dios, asentado en Dios, afirmado en su Padre Dios; aunque no siempre lo sentía de igual manera.

Dice la Carta a los Hebreos: “Notad que tiende una mano a los hijos de Abrahán, no a los ángeles. Por eso tenía que parecerse en todo a sus hermanos, para ser sumo sacerdote compasivo y fiel en lo que a Dios se refiere, y expiar así los pecados del pueblo. Como él ha pasado por la prueba del dolor, puede auxiliar a los que ahora pasan por ella” (2, 17-18).

Se suele decir que si no nos cuesta la fe, si no nos acarrea dolor y problemas es muy sospechosa. Se dice en la Escritura: Hombre, si te dispones a servir a Dios, prepárate para el combate. El servicio del hombre sobre la tierra es una milicia.

La oración colecta de hoy es muy linda: Dios nos tiene un amor sin medida y nos da su Espíritu sin medida; y así nos enriquece con toda bendición. Pedimos que ese amor nos arranque del hombre viejo para disfrutar como hombres nuevos del reino de Dios. Lo antiguo es lo puramente natural. Pues todo fue recreado en Cristo.

Él es el hombre nuevo por excelencia. Él es la mismísima “novedad” en persona, la manifestación del poder de Dios. El hombre nuevo vive agradecido, en plena gratuidad, como María, conservándolo todo en su corazón y alabando constantemente a Dios porque ha mirado la humildad de su sierva.

La casta Susana personifica al justo calumniado por los malvados pero liberada por el poder de Dios que suscita profetas de la verdad. Al final de los tiempos suscitó al profeta de Dios por antonomasia, Cristo Jesús. Por eso el salmista puede confiar en su Señor porque él le pastorea y le cuida día y noche: Salmo 22, 1-3-4-5-6.

Este salmo contiene una oración que es capaz de levantar el ánimo del creyente más abrumado y oprimido. Habría que rezarla todos los días para experimentar su fuerza sanadora y gratificante.

Nuevamente en la oración sobre las ofrendas se vuelve al hombre renovado. Todos los esfuerzos ascéticos cuaresmales están encaminados a dejarnos invadir por el Espíritu de Dios que renueva todo nuestro ser. Por más predicaciones que escuchemos, por más lecturas que reflexionemos y más oraciones que formulemos, mientras no venga el Espíritu, de poco nos servirá.

Por eso decía Jesús, al final de su vida: “Muchas cosas me quedan aún por deciros, pero ahora no podéis cargar con ellas; cuando venga el Espíritu él os conducirá a la Verdad plena” (Jn 16, 12-13).

Por eso, todas nuestras prácticas cuaresmales han de desembocar en la súplica del envío del Espíritu. Si ellas han provocado en nosotros ansia del Espíritu, han dado su mejor fruto: Ven, Espíritu Santo, dulce huésped del alma; ven, padre amoroso del pobre; ven, en tus dones espléndido.

Si falta algo por transformar, lo colocamos en el pan y en el vino para que lo transforme el Espíritu que descenderá sobre ellos. Que al asumirlos en la comunión sean medicina eficaz para el cuerpo y para el alma proporcionándonos una nueva efusión del poder divino en nosotros que ahoga el mal a fuerza de bien. Toda eucaristía debe proporcionarnos una nueva efusión del poder de Dios, de su Espíritu.

Escuchemos una vez más y con renovado agradecimiento la confesión de Jesús: Yo soy la luz del mundo. Y permitámosle iluminar todo nuestro ser. ¿Cómo haces la oración personal después de comulgar sacramentalmente? La liturgia te ofrece unos momentos de silencio sagrado para facilitar el trato íntimo con tu Señor, el Amigo que nunca falla. Aparte de esa oración de intimidad, en otros momentos de la jornada o de la semana, podrías hacer comuniones espirituales. Seguramente eso te ayudaría a valorar más la comunión sacramental.

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De la primera Apología de san Justino, mártir,
en defensa de los cristianos

La celebración de la Eucaristía

A nadie es lícito participar de la eucaristía si no cree que son verdad las cosas que enseñamos y no se ha purificado en aquel baño que da la remisión de los pecados y la regeneración, y no vive como Cristo nos enseñó.

Porque no tomamos estos alimentos como si fueran un pan común o una bebida ordinaria, sino que, así como Cristo, nuestro salvador, se hizo carne por la Palabra de Dios y tuvo carne y sangre a causa de nuestra salvación, de la misma manera hemos aprendido que el alimento sobre el que fue recitada la acción de gracias que contiene las palabras de Jesús, y con que se alimenta y transforma nuestra sangre y nuestra carne, es precisamente la carne y la sangre de aquel mismo Jesús que se encarnó.

Los apóstoles, en efecto, en sus tratados llamados Evangelios, nos cuentan que así les fue mandado, cuando Jesús, tomando pan y dando gracias, dijo: Haced esto en conmemoración mía. Esto es mi cuerpo; y luego, tomando del mismo modo en sus manos el cáliz, dio gracias y dijo: Esto es mi sangre, dándoselo a ellos solos.

Desde entonces seguimos recordándonos siempre unos a otros estas cosas; y los que tenemos bienes acudimos en ayuda de los que no los tienen, y permanecemos unidos. Y siempre que presentamos nuestras ofrendas alabamos al Creador de todo por medio de su Hijo Jesucristo y del Espíritu Santo.

El día llamado del sol se reúnen todos en un lugar, lo mismo los que habitan en la ciudad que los que viven en el campo, y, según conviene, se leen los tratados de los apóstoles o los escritos de los profetas, según el tiempo lo permita. Luego, cuando el lector termina, el que preside se encarga de amonestar, con palabras de exhortación, a la imitación de cosas tan admirables.

Después nos levantamos todos a la vez y recitamos preces; y a continuación, como ya dijimos, una vez que concluyen las plegarias, se trae pan, vino y agua: y el que preside pronuncia fervorosamente preces y acciones de gracias, y el pueblo responde Amén; tras de lo cual se distribuyen los dones sobre los que se ha pronunciado la acción de gracias, comulgan todos, y los diáconos se encargan de llevárselo a los ausentes.

Los que poseen bienes de fortuna y quieren, cada uno da, a su arbitrio, lo que bien le parece, y lo que se recoge se deposita ante el que preside, que es quien se ocupa de repartirlo entre los huérfanos y las viudas, los que por enfermedad u otra causa cualquiera pasan necesidad, así como a los presos y a los que se hallan de paso como huéspedes; en una palabra, él es quien se encarga de todos los necesitados.

Y nos reunimos todos el día del sol, primero porque este día es el primero de la creación, cuando Dios empezó a obrar sobre las tinieblas y la materia; y también porque es el día en que Jesucristo, nuestro Salvador, resucitó de entre los muertos. Le crucificaron, en efecto, la víspera del día de Saturno, y al día siguiente del de Saturno, o sea el día del sol, se dejó ver de sus apóstoles y discípulos y les enseñó todo lo que hemos expuesto a vuestra consideración (Caps. 66-67: PG 6, 427-431).

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La oposición a Jesús va creciendo y su apresamiento y condena a muerte parecen inminentes. Por eso, durante la quinta semana de Cuaresma se dice el Prefacio I de la Pasión del Señor que reza así:

En verdad es justo y necesario darte gracias, Dios todopoderoso y eterno, “porque en la pasión salvadora de tu Hijo el universo aprende a proclamar tu grandeza y, por la fuerza de la cruz, el mundo es juzgado como reo y el Crucificado exaltado como juez poderoso”.

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LA HOMILÍA DE HOY DEL PAPA FRANCISCO: Tres mujeres, tres jueces corruptos. 

Donde no hay misericordia no hay justicia, y muchas veces hoy el pueblo de Dios sufre un juicio sin misericordia: así, en síntesis, habló el Papa Francisco durante la misa de la mañana de este lunes 23 de marzo en la Casa Santa Marta del Vaticano.

Comentando las lecturas del día, y refiriéndose también a otro pasaje evangélico, el Papa Francisco habla de tres mujeres y tres jueces: una mujer inocente, Susana, una pecadora, la adúltera, y una pobre viuda necesitada: “Las tres – explica – según algunos Padres de la Iglesia, son figuras alegóricas de la Iglesia: la Iglesia santa, la Iglesia pecadora y la Iglesia necesitada”.

“Los tres jueces son malos” y “corruptos”, observa el Papa: está en primer lugar el juicio de los escribas y fariseos que llevan a la adúltera a Jesús. “Tenían en el corazón la corrupción de la rigidez”. Se sentían puros porque observaban “la letra de la ley”: “la ley dice esto y se debe hacer esto”.

“Pero estos no eran santos, eran corruptos, corruptos porque una rigidez semejante sólo puede prosperar con una doble vida, y estos que condenaban a estas mujeres, después iban a buscarlas por detrás, a escondidas, para divertirse un poco’. Los rígidos son -uso el adjetivo que les daba Jesús– hipócritas, tienen doble vida. Los que juzgan, pensemos en la Iglesia –las tres mujeres son figuras alegóricas de la Iglesia–, los que juzgan con rigidez a la Iglesia tienen doble vida. Con la rigidez no se puede ni respirar”.

Después están los dos jueces ancianos que chantajean a una mujer, Susana, para que se les entregue, pero ella resiste: “Eran jueces viciosos –subraya el Papa– tenían la corrupción del vicio, en este caso de la lujuria. Y se dice que cuando está este vicio de la lujuria, con los años se hace más feroz, más malvado”.

Finalmente, está el juez interpelado por la pobre viuda. Este juez “no temía a Dios y no le importaba nadie: no le importaba nada, sólo se importaba él mismo”: Era “un hombre de negocios, un juez que con su profesión de juzgar hacía negocios”. Era “un corrupto del dinero, del prestigio”. Estos jueces –explica el Papa–, el hombre de negocios, los viciosos y los rígidos, “no conocían una palabra, no conocían lo que es la misericordia”.

“La corrupción les llevaba lejos de comprender la misericordia, de ser misericordiosos. Y la Biblia nos dice que la misericordia es precisamente el juicio justo. Y las tres mujeres –la santa, la pecadora y la necesitada, figuras alegóricas de la Iglesia– sufren por esta falta de misericordia”.

“También hoy el pueblo de Dios, cuando se encuentra con estos jueces, sufre un juicio sin misericordia, tanto en lo civil como en lo eclesiástico. Y donde no hay misericordia no hay justicia. Cuando el pueblo de Dios se acerca voluntariamente para pedir perdón, para ser juzgado, cuántas veces encuentra a uno de estos”.

Encuentra a los viciosos que “son capaces de intentar explotarles”, y este “es uno de los pecados más graves”; encuentra a los “hombres de negocio” que “no dan oxígeno a ese alma, no dan esperanza”; y encuentra “a los rígidos que castigan en los penitentes lo que esconden en su alma”. “Esto – dice el Papa – se llama falta de misericordia”.

Y concluye: “Quisiera sólo decir una de las palabras más bellas del Evangelio que me conmueve mucho: ‘¿Nadie te ha condenado?’ – ‘No, nadie, Señor’ – ‘Tampoco yo te condeno’. Tampoco yo te condeno: una de las palabras más bellas, porque está llena de misericordia”.

Traducción propia de Aleteia del servicio de Radio Vaticano

sources: ALETEIA


Maná y Vivencias Cuaresmales (29), 29.3.17

marzo 29, 2017

Miércoles de la 4ª semana de Cuaresma


amapolas

Cerca está el Señor de los que lo invocan sinceramente



Antífona de entrada: Salmo 68, 14

Ahora, Señor, que estás dispuesto a escucharme, elevo a ti mi súplica: Respóndeme, Dios mío, según tu gran amor y tu fidelidad a las promesas.


Oración colecta

Señor, Dios nuestro, que concedes a los justos el premio de sus méritos y a los pecadores que hacen penitencia les perdonas sus pecados, ten piedad de nosotros y danos, por la humilde confesión de nuestras culpas, tu paz y tu perdón. Por nuestro Señor Jesucristo.

PRIMERA LECTURA: Isaías 49, 8-15

Así dice el Señor: «En tiempo de gracia te he respondido, en día propicio te he auxiliado; te he defendido y constituido alianza del pueblo, para restaurar el país, para repartir heredades desoladas, para decir a los cautivos: “Salid”, a los que están en tinieblas: “Venid a la luz.”

Aun por los caminos pastarán, tendrán praderas en todas las dunas; no pasarán hambre ni sed, no les hará daño el bochorno ni el sol; porque los conduce el compasivo y los guía a manantiales de agua. Convertiré mis montes en caminos, y mis senderos se nivelarán. Miradlos venir de lejos; miradlos, del norte y del poniente, y los otros del país de Sin.

Exulta, cielo; alégrate, tierra; romped a cantar, montañas, porque el Señor consuela a su pueblo y se compadece de los desamparados. Sión decía: “Me ha abandonado el Señor, mi dueño me ha olvidado.”

¿Es que puede una madre olvidarse de su criatura, no conmoverse por el hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvide, yo no te olvidaré.»


SALMO 144, 8-9.13cd-14.17-18

El Señor es clemente y misericordioso

El Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad; el Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas.

El Señor es fiel a sus palabras, bondadoso en todas sus acciones. El Señor sostiene a los que van a caer, endereza a los que ya se doblan.

El Señor es Justo en todos sus caminos, es bondadoso en todas sus acciones; cerca está el Señor de los que lo invocan, de los que lo invocan sinceramente.

Aclamación antes del Evangelio: Juan 11, 25-26

Yo soy la resurrección y la vida, dice el Señor; el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá.


EVANGELIO: Juan 5, 17-30

En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: «Mi Padre sigue actuando, y yo también actúo.»

Por eso los judíos tenían más ganas de matarlo: porque no sólo abolía el sábado, sino también llamaba a Dios Padre suyo, haciéndose igual a Dios.

Jesús tomó la palabra y les dijo: «Os lo aseguro: El Hijo no puede hacer por su cuenta nada que no vea hacer al Padre. Lo que hace éste, eso mismo hace también el Hijo, pues el Padre ama al Hijo y le muestra todo lo que él hace, y le mostrará obras mayores que ésta, para vuestro asombro.

Lo mismo que el Padre resucita a los muertos y les da vida, así también el Hijo da vida a los que quiere.

Porque el Padre no juzga a nadie, sino que ha confiado al Hijo el juicio de todos, para que todos honren al Hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo no honra al Padre que lo envió.

Os lo aseguro: Quien escucha mi palabra y cree al que me envió posee la vida eterna y no se le llamará a juicio, porque ha pasado ya de la muerte a la vida.

Os aseguro que llega la hora, y ya está aquí, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que hayan oído vivirán. Porque, igual que el Padre dispone de la vida, así ha dado también al Hijo el disponer de la vida. Y le ha dado potestad de juzgar, porque es el Hijo del hombre.

No os sorprenda, porque viene la hora en que los que están en el sepulcro oirán su voz: los que hayan hecho el bien saldrán a una resurrección de vida; los que hayan hecho el mal, a una resurrección de juicio.

Yo no puedo hacer nada por mí mismo; según le oigo, juzgo, y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió.»

Antífona de comunión: Juan 3, 17

Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.


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VIVENCIAS CUARESMALES

Mi Padre sigue actuando y yo también actúo

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29. MIÉRCOLES

CUARTA SEMANA DE CUARESMA

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Por si había alguna duda, el Señor viene en ayuda de nuestra fe porque a veces dudamos de su ternura y de los efectos de su salvación. El Señor pregunta: ¿Puede una madre olvidarse del niño que está criando, o dejar de querer al hijo de sus entrañas?

¿Cabe mayor condescendencia, mayor compasión, paciencia y magnanimidad del Creador para con su criatura? Oremos: Haz, Señor, que crea de todo corazón y perdona mi incredulidad.

Te cantaré, Señor, y no me cansaré de repetir para mí mismo y para los demás: “El Señor es clemente y misericordioso” (Salmo 144, 8-9-13-14-11-18). En la antífona de comunión, Juan 3, 17: Tanto nos ama el Padre que ha enviado a su Hijo al mundo para salvarlo, para que nadie dude más, no para condenar, sino para salvar.

Si crees en Cristo ya eres salvo, si no crees, nadie te condena, ni el Padre, ni el Hijo, sino tú mismo, porque te sales, te apartas de la familia divina a la que fuiste invitado. El Padre y el Hijo mutuamente se dan crédito, se dan confianza y amor en un mismo Espíritu Santo, y los tres quieren tu salvación.

¿Cabe mayor consideración y ternura hacia ti? ¿Podrá olvidarse una madre de la criatura de sus entrañas?

Tú eres criatura de Dios. Eternamente él ha pensado en ti. Dios ha pronunciado tu nombre, eres único para él: desde toda la eternidad. No te cabe en la cabeza pero él te lo asegura una y mil veces para que te lo creas, porque Dios sabe que eres de barro, voluble y olvidadizo.

Dios pide tu fe: es decir, que te comprendas a ti mismo desde la fe, desde el designio y proyecto que Dios tiene sobre tu vida, desde siempre. Él pensó en ti, estás proyectado por él y para él. ¡Nos hiciste, Señor, para ti!, exclamará san Agustín.

Por eso, cuando te olvidas de tus orígenes, pecas. Lo mismo le sucedía al pueblo de Israel, al salir de Egipto cuando caminaba por el desierto: en vez de mirar adelante, hacia la tierra prometida, miraba hacia atrás, añorando la casa de la esclavitud, y pecaban. No te dejes arrebatar la “memoria de Dios”, la impronta original e imborrable que Dios depositó en ti por la creación y por la recreación en Cristo Jesús (“memoria Dei”).

Seguramente alguna vez habrás considerado tu condición de hijo de Dios Padre y habrás meditado en su proyecto sobre ti. Ahora puedes recordarlo, durante la Cuaresma. Encuentras su plan sobre ti, resumido en Efesios 1, 13-14.

Nos llamó a ser sus hijos en su Único Hijo. El Padre ha acreditado a Jesucristo como su Palabra, no tiene otra: quien escuche a Jesús y lo siga, se salvará. Quien lo rechace, se condenará, se autoexcluirá.

Tratemos de descubrir este plan maravilloso de Dios Padre sobre nosotros, en el pasado de Israel, en el presente y en el futuro: él nos sacará de todas las esclavitudes, él nos hará volver de todos los destierros.

Por eso, “exulta, cielo; alégrate, tierra; romped a cantar, montañas, porque el Señor consuela a su pueblo, se compadece de los desamparados. Sión decía: ‘Me ha abandonado el Señor, mi dueño se ha olvidado’.

¿Es que puede una madre olvidarse de su criatura, no conmoverse por el hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvide, yo no te olvidaré, dice el Señor todopoderoso” (Is 49, 13-15).

Jesús ha realizado la salvación prometida por el Padre. Lo estamos viendo estos días en el evangelio de Juan: la curación del ciego de nacimiento, el domingo, ciclo A; el envío del Hijo al mundo para salvarlo, no para condenarlo, domingo, ciclo B; la curación del hijo del funcionario de Cafarnaún, el lunes; y la del paralítico de la piscina de Betsaida, el martes, ayer.

En el Evangelio de hoy, Jesús nos revela su comunión con el Padre. Nos introduce en la vida trinitaria. ¡Gran confidencia! “Mi Padre sigue actuando y yo también actúo. Os lo aseguro: el Hijo no puede hacer por su cuenta nada que no vea hacer al Padre. Yo no puedo hacer nada por mí mismo; según le oigo, juzgo, y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió” (Jn 5, 17-30).

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Del comentario de san Juan Fisher, obispo y mártir,
sobre los salmos

Si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre

Cristo Jesús es nuestro sumo sacerdote, y su precioso cuerpo, que inmoló en el ara de la cruz por la salvación de todos los hombres, es nuestro sacrificio. La sangre que se derramó para nuestra redención no fue la de los becerros y los machos cabríos (como en la ley antigua), sino la del inocentísimo Cordero, Cristo Jesús, nuestro salvador.

El templo en el que nuestro sumo sacerdote ofrecía el sacrificio no era hecho por manos de hombres, sino que había sido levantado por el solo poder de Dios; pues Cristo derramó su sangre a la vista del mundo: un templo ciertamente edificado por la sola mano de Dios. Y ese templo tiene dos partes: una es la tierra, que ahora nosotros habitamos; la otra nos es aún desconocida a nosotros, mortales.

Así, primero, ofreció su sacrificio aquí en la tierra, cuando sufrió la más acerba muerte. Luego, cuando revestido de la nueva vestidura de la inmortalidad entró por su propia sangre en el santuario, o sea, en el cielo, presentó ante el trono del Padre celestial aquella sangre de inmenso valor, que había derramado una vez para siempre en favor de todos los hombres, pecadores.

Este sacrificio resultó tan grato y aceptable a Dios, que así que lo hubo visto, compadecido inmediatamente de nosotros, no pudo menos que otorgar su perdón a todos los verdaderos penitentes.

Es además un sacrificio perenne, de forma que no sólo cada año (como entre los judíos se hacía), sino también cada día, y hasta cada hora y cada instante, sigue ofreciéndose para nuestro consuelo, para que no dejemos de tener la ayuda más imprescindible. Por lo que el Apóstol añade: Consiguiendo la liberación eterna.

De este santo y definitivo sacrificio se hacen partícipes todos aquellos que llegaron a tener verdadera contrición y aceptaron la penitencia por sus crímenes, aquellos que con firmeza decidieron no repetir en adelante sus maldades, sino que perseveran con constancia en el inicial propósito de las virtudes.

Sobre lo cual, san Juan se expresa en estos términos: Hijos míos, os escribo esto para que no pequéis. Pero, si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo, el Justo. Él es víctima de propiciación por nuestros pecados, no sólo por los nuestros, sino también por los del mundo entero (Salmo 129: opera omnia, edición, p. 1610).


Maná y Vivencias Cuaresmales (28), 28.3.17

marzo 28, 2017

Martes de la 4ª semana de Cuaresma


Todos los seres vivos que bullan allí donde desemboque la corriente, tendrán vida

Todos los seres vivos que bullan allí donde desemboque la corriente, tendrán vida



Antífona de entrada: Isaías 55, 1

Todos los que tenéis sed, venid a beber agua; los que no tenéis dinero, venid, y de balde adquirid trigo, y comed; sin pagar nada, adquirid vino y leche.


Oración colecta

Te pedimos, Señor, que las prácticas santas de esta Cuaresma dispongan el corazón de tus fieles para celebrar dignamente el misterio pascual y anunciar a todos los hombres la grandeza de tu salvación. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: Ezequiel 47, 1-9.12

En aquellos días, el ángel me hizo volver a la entrada del templo. Del zaguán del templo manaba agua hacia levante –el templo miraba a levante–.

El agua iba bajando por el lado derecho del templo, al mediodía del altar. Me sacó por la puerta septentrional y me llevó a la puerta exterior que mira a levante. El agua iba corriendo por el lado derecho.

El hombre que llevaba el cordel en la mano salió hacia levante. Midió mil codos y me hizo atravesar las aguas: ¡agua hasta los tobillos! Midió otros mil y me hizo cruzar las aguas:¡agua hasta las rodillas! Midió otros mil y me hizo pasar: ¡agua hasta la cintura! Midió otros mil.

Era un torrente que no pude cruzar, pues habían crecido las aguas y no se hacía pie; era un torrente que no se podía vadear.

Me dijo entonces: «¿Has visto, hijo de Adán?» A la vuelta me condujo por la orilla del torrente. Al regresar, vi a la orilla del río una gran arboleda en sus dos márgenes.

«Estas aguas fluyen hacia la comarca levantina, bajarán hasta la estepa, desembocarán en el mar de las aguas salobres, y lo sanearán. Todos los seres vivos que bullan allí donde desemboque la corriente, tendrán vida; y habrá peces en abundancia. Al desembocar allí estas aguas, quedará saneado el mar y habrá vida dondequiera que llegue la corriente.

A la vera del río, en sus dos riberas, crecerán toda clase de frutales; no se marchitarán sus hojas ni sus frutos se acabarán; darán cosecha nueva cada luna, porque los riegan aguas que manan del santuario; su fruto será comestible y sus hojas medicinales.»

SALMO 45, 2-3.5-6.8-9

El Señor de los ejércitos está con nosotros, nuestro alcázar es el Dios de Jacob.

Dios es nuestro refugio y nuestra fuerza, poderoso defensor en el peligro. Por eso no tememos aunque tiemble la tierra, y los montes se desplomen en el mar.

El correr de las acequias alegra la ciudad de Dios, el Altísimo consagra su morada. Teniendo a Dios en medio, no vacila; Dios la socorre al despuntar la aurora.

El Señor de los ejércitos está con nosotros, nuestro alcázar es el Dios de Jacob. Venid a ver las obras del Señor, las maravillas que hace en la tierra.

Aclamación antes del Evangelio: Salmo 50, 12.14

Crea en mí, Señor, un corazón puro y devuélveme tu salvación, que regocija.

EVANGELIO: Juan 5, 1-3.5-16

En aquel tiempo, se celebraba una fiesta de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén. Hay en Jerusalén, junto a la puerta de las ovejas, una piscina que llaman en hebreo Betesda.

Ésta tiene cinco soportales, y allí estaban echados muchos enfermos, ciegos, cojos, paralíticos. Estaba también allí un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo.

Jesús, al verlo echado, y sabiendo que ya llevaba mucho tiempo, le dice: «¿Quieres quedar sano?»

El enfermo le contestó: «Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se remueve el agua; para cuando llego yo, otro se me adelantado.»
Jesús le dice: «Levántate, toma tu camilla y echa a andar.»

Y al momento el hombre quedó sano, tomó su camilla y echó a andar.
Aquel día era sábado, y los judíos dijeron al hombre que había quedado sano: «Hoy es sábado, y no se puede llevar la camilla.»

Él les contestó: «El que me ha curado es quien me ha dicho: Toma tu camilla y echa a andar.»

Ellos le preguntaron: «¿Quién es el que te ha dicho que tomes la camilla y eches a andar?»

Pero el que había quedado sano no sabía quién era, porque Jesús, aprovechando el barullo de aquel sitio, se había alejado.

Más tarde lo encuentra Jesús en el templo y le dice: «Mira, has quedado sano; no peques más, no sea que te ocurra algo peor.»

Se marchó aquel hombre y dijo a los judíos que era Jesús quien lo había sanado. Por esto los judíos acosaban a Jesús, porque hacía tales cosas en sábado.

Antífona de comunión: Salmo 22, 1-2

El Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas.

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VIVENCIAS CUARESMALES

¿Quieres quedar sano?




28.- MARTES

CUARTA SEMANA DE CUARESMA

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TEMA.- El baño del Bautismo. Las aguas de la vida brotaban del lado derecho del templo de Dios. Un soldado abrió el costado de Jesús, y al punto salió agua y sangre.

La antífona de entrada nos ayuda a reconocer que esa vida nueva que llega a nosotros por la fe no está dependiendo de nuestros merecimientos. Así se activa más la oración de alabanza porque Dios sabe que esa oración es la que mejor le permite actuar en el hombre, pues le deja a éste más despojado de sí mismo. El hombre viejo queda más relegado y también sus malas obras.

Oíd, sedientos todos, acudid por agua también los que no tenéis dinero (Is 55, 1). No os preocupéis si no tenéis con qué comprar el agua de la vida, venid y tomadla de balde, pues yo la doy gratuitamente.

No pretendáis merecerla, comprarla, porque os haríais despreciables, ya que no tiene precio, sólo se puede agradecer y desear con toda el alma, con todo el vigor de la fe, una fe creadora, que provoca el poder de Dios a favor del hombre.

Oremos: Señor, glorifícate en mi vida y haz en mí, o mejor dicho, haz de mí lo que quieras; sea lo que sea, te doy las gracias. Amén, amén.

Ezequiel 47, 1-9-12: Las aguas que salen del templo son expresión de la vida divina que debe llegar a cada hombre y a todas las áreas de su ser.

Esas aguas forman un estero, un río de agua viva que sanará y vivificará todo lo que alcance, allá adonde llegue el agua habrá peces en abundancia, las riberas del río serán pobladas por árboles frondosos y fecundos, frutales; no se les caerá la hoja ni les faltarán los frutos, sus hojas servirán de medicina y sus frutos de comida.

El agua expresa el poder de Dios que irrumpe en el hombre y le capacita para obrar según Dios, y a la vez le impulsa para dar frutos en abundancia. Esa agua vivificadora para nosotros es el agua del bautismo.

Ahora en la Cuaresma, tratamos de reasumir aquella fuerza de Dios que se nos entregó como germen divino de una vez por todas en el bautismo; ese germen es capaz de transformarnos totalmente, de convertirnos en hijos de Dios, llenos de gracia y santidad.

Sin embargo, nosotros no hemos colaborado con Dios para permitirle inundar de agua viva nuestras vidas. Son muchos los prejuicios y esclavitudes del hombre viejo que nos tienen paralizados y que nos impiden arrojarnos a la piscina sanadora, a Cristo mismo.

Atención, hermano, hermana: En cada Cuaresma, Cristo sigue pasando a tu lado como al lado del enfermo que llevaba postrado treinta y ocho años esperando la curación. Dichoso tú si no lo dejas pasar de largo, si lo reconoces y le clamas curación.

Cristo en cada Cuaresma pasa a nuestro lado, se detiene ante nosotros, siente lástima de nosotros por la situación en que nos encuentra, y nos pregunta a cada uno en particular: ¿Quieres sanar?

Felices nosotros si nos sentimos enfermos, débiles y desdichados, pero no desesperados. Porque él ha venido por los pecadores y los enfermos. Pues los sanos no necesitan médico. ¿Reconoces que estás enfermo? ¿Quieres confesar tu debilidad? ¿Quieres sanar de una vez por todas?

No te excuses ante esa invitación de Cristo. Pues nunca estarás del todo liberado ni sanado. Aún puedes vivir mejor la libertad y la plenitud de vida que te ofrece Cristo. Pídesela y dile que tenga misericordia de ti, que no pase de largo, por favor.

Oremos con todo el sentimiento: “Señor, no tengo a nadie que me meta a la piscina cuando se mueve el agua”.

Escuchemos el milagro realizado por Jesús.- Jesús, al ver al hombre enfermo echado, y sabiendo que ya llevaba mucho tiempo, le dice: ¿Quieres quedar sano? El enfermo le contestó: Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina.

Jesús le dice: Levántate, toma tu camilla y echa a andar. Y al momento el hombre quedó sano, tomó su camilla y echó a andar.

La piscina de Betsaida estaba dedicada al dios pagano Esculapio. El enfermo judío que acudía a ese lugar estaba cometiendo el pecado de buscar salvación fuera de Israel. Por eso llevaba ya treinta y ocho años, y no tenía a nadie que le ayudara.

Jesús se fue a ese lugar “sospechoso” para todo judío ortodoxo. Fue a buscar al pecador, sin que por ello aprobase lo que la gente creía. Jesús se interesa por el enfermo, y le pregunta. Le da la oportunidad de pronunciarse, de reconocer su impotencia. Además, todo esto Jesús lo hace en sábado, incluida la curación.

Los judíos descansan en sábado y quieren que Dios mismo también descanse y que no salve ese día a los hombres necesitados. Jesús justifica su actuación en sábado porque imita a su Padre que siempre actúa a favor de los hombres, y que, por tanto, también trabaja en día sábado, es decir, que no quiere que nadie se pierda. Y todos los días son apropiados y óptimos para esa liberación.

Su voluntad salvífica está por encima de todas las prescripciones humanas. Jesús se manifiesta en el templo de Dios, su Padre, no en la piscina. Y le invita al judío sanado a que no vuelva a pecar.

Por tu parte, hermano, vuélvete al Señor de tu justicia. No sigas buscando salvación en la curandería, en los horóscopos, en las sectas, en la violencia, en la marginación, en el desenfreno, la droga o el alcohol, en una vida al margen de Dios o contra Dios…

Vuélvete al Señor tu Dios en esta Cuaresma, recupera o revive lo que se te dio con el agua regeneradora del bautismo, y goza de una nueva efusión del Espíritu en ti; y no te eches atrás, no pierdas la libertad que te da Cristo, no sea que te suceda algo peor.

ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN: “Purifícanos, Señor, y renuévanos de tal modo con tus sacramentos que también nuestro cuerpo encuentre medios y fuerzas para la vida presente y el germen de su vida inmortal”.

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De los sermones de san León Magno, papa

Contemplación de la pasión del Señor

El verdadero venerador de la pasión del Señor tiene que contemplar de tal manera, con la mirada del corazón, a Jesús crucificado, que reconozca en él su propia carne.

Toda la tierra ha de estremecerse ante el suplicio del Redentor: las mentes infieles, duras como la piedra, han de romperse, y los que están en los sepulcros, quebradas las losas que los encierran, han de salir de sus moradas mortuorias.

Que se aparezcan también ahora en la ciudad santa, eso es, en la Iglesia de Dios, como un anuncio de la resurrección futura, y lo que un día ha de realizarse en los cuerpos efectúese ya ahora en los corazones.

A ninguno de los pecadores se le niega su parte en la cruz, ni existe nadie a quien no auxilie la oración de Cristo. Si ayudó incluso a sus verdugos, ¿cómo no va a beneficiar a los que se convierten a él?

Se eliminó la ignorancia, se suavizaron las dificultades, y la sangre de Cristo suprimió aquella espada de fuego que impedía la entrada en el paraíso de la vida. La oscuridad de la vieja noche cedió ante la luz verdadera.

Se invita a todo el pueblo cristiano a disfrutar de las riquezas del paraíso, y a todos los bautizados se les abre la posibilidad de regresar a la patria perdida, a no ser que alguien se cierre a sí mismo aquel camino que quedó abierto, incluso, ante la fe del ladrón arrepentido.

No dejemos, por tanto, que las preocupaciones y la soberbia de la vida presente se apoderen de nosotros, de modo que renunciemos al empeño de conformarnos a nuestro Redentor, a través de sus ejemplos, con todo el impulso de nuestro corazón.

Porque no dejó de hacer ni sufrir nada que fuera útil para nuestra salvación, para que la virtud que residía en la cabeza residiera también en el cuerpo.

Y, en primer lugar, el hecho de que Dios acogiera nuestra condición humana cuando la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, ¿a quién excluyó de su misericordia, sino al infiel? ¿Y quién no tiene una naturaleza común con Cristo, con tal de que acoja al que a su vez lo ha asumido a él, puesto que fue regenerado por el mismo Espíritu por el que él fue concebido?

Y además, ¿quién no reconocerá en él sus propias debilidades? ¿Quién dejará de advertir que el hecho de tomar aliento, buscar el descanso y el sueño, experimentar la solicitud de la tristeza y las lágrimas de la compasión es fruto de la condición humana del Señor?

Y como, desde antiguo, la condición humana esperaba ser sanada de sus heridas y purificada de sus pecados, el que era unigénito Hijo de Dios quiso hacerse también hijo de hombre, para que no le faltara ni la realidad de la naturaleza humana ni la plenitud de la naturaleza divina.

Nuestro es lo que, por tres días yació exánime en el sepulcro y, al tercer día resucitó; lo que ascendió sobre todas las alturas de los cielos hasta la diestra de la majestad paterna: para que también nosotros, si caminamos tras sus mandatos y no nos avergonzamos de reconocer lo que, en la humildad del cuerpo, tiene que ver con nuestra salvación, seamos llevados hasta la compañía de su gloria; puesto que habrá de cumplirse lo que manifiestamente proclamó:

Si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte ante mi Padre del cielo (Sermón 15 sobre la pasión del Señor, 3-4: PL 54, 366-367).