Maná y Vivencias Cuaresmales (21), 26.3.19

marzo 26, 2019

Martes de la 3ª semana de Cuaresma

 

PERDONAR

Perdonar siempre



Antífona de entrada: Salmo 16, 6-8

Yo te invoco, Dios mío, porque tú me respondes; inclina tu oído hacia mí y escucha mis palabras. Protégeme como a la pupila de tus ojos; escóndeme a la sombra de tus alas.


Oración colecta

Señor, que tu gracia no nos abandone, para que, entregados plenamente a tu servicio, sintamos sobre nosotros tu protección continua. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: Daniel 3, 25.34-43

En aquellos días, Azarías se detuvo a orar y, abriendo los labios en medio del fuego, dijo: «Por el honor de tu nombre, no nos desampares para siempre, no rompas tu alianza, no apartes de nosotros tu misericordia. Por Abrahán, tu amigo; por Isaac, tu siervo; por Israel, tu consagrado; a quienes prometiste multiplicar su descendencia como las estrellas del cielo, como la arena de las playas marinas.

Pero ahora, Señor, somos el más pequeño de todos los pueblos; hoy estamos humillados por toda la tierra a causa de nuestros pecados. En este momento no tenemos príncipes, ni profetas, ni jefes; ni holocausto, ni sacrificios, ni ofrendas, ni incienso; ni un sitio donde ofrecerte primicias, para alcanzar misericordia.

Por eso, acepta nuestro corazón contrito y nuestro espíritu humilde, como un holocausto de carneros y toros o una multitud de corderos cebados. Que éste sea hoy nuestro sacrificio, y que sea agradable en tu presencia: porque los que en ti confían no quedan defraudados. Ahora te seguimos de todo corazón, te respetamos y buscamos tu rostro, no nos defraudes, Señor. Trátanos según tu piedad, según tu gran misericordia. Líbranos con tu poder maravilloso y da gloria a tu nombre, Señor.»


SALMO 24, 4-5ab.6.7bc.8-9

Señor, recuerda tu misericordia.

Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas: haz que camine con lealtad; enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador.

Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas; acuérdate de mí con misericordia, por tu bondad, Señor.

El Señor es bueno y es recto, y enseña el camino a los pecadores; hace caminar a los humildes con rectitud, enseña su camino a los humildes.


Aclamación antes del Evangelio: Joel 2, 12-13

Todavía es tiempo, dice el Señor. Arrepentíos de todo corazón y volveos a mí, que soy compasivo y misericordioso.


EVANGELIO: Mateo 18, 21-35

En aquel tiempo, se adelantó Pedro y preguntó a Jesús: «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?»

Jesús le contesta: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Y a propósito de esto, el reino de los cielos se parece a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus empleados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así.

El empleado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: “Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré todo.” El señor tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda.

Pero, al salir, el empleado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba, diciendo: “Págame lo que me debes.” El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba, diciendo: “Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré.” Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía.

Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: “¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?”

Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano.»


Antífona de comunión: Salmo 14, 1-2

Señor, ¿quién puede hospedarse en tu casa y descansar en tu monte santo? El que procede honradamente y practica la justicia.
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VIVENCIAS CUARESMALES

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Acepta nuestro corazón contrito y nuestro espíritu humilde; que éste sea hoy nuestro sacrificio

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21. MARTES

TERCERA SEMANA

DE CUARESMA

 

TEMA: Pedir perdón a Dios, sin imitarle en su compasión, equivale a un autoengaño fatal, nefasto, definitivamente suicida.

El capítulo 18 de Mateo es denominado capítulo “eclesial” porque trata de las relaciones entre creyentes al interior de la Iglesia. El evangelio de hoy se refiere al perdón. ¿Cuántas veces debo perdonar? ¿Hasta siete veces? Jesús responde que debemos perdonar siempre –setenta veces siete-, porque el perdón nos permite ser hijos de Dios. Si no perdonamos no podemos disfrutar de la salvación.

Pues no se perdona para que el otro cambie sino para cambiar yo: El perdón implica un amor incondicional a Dios y al hermano que es lo único que todos podemos y debemos cultivar siempre. Lo demás, por ejemplo el que el hermano cambie, no depende de nosotros.

El amor es lo que único que permanece; lo único que da vida. Además, el amor contiene en sí mismo el premio, él mismo es la recompensa, pues no está sino en función de sí mismo, porque nos hace semejantes a Dios que es amor. Al amar y perdonar nos hacemos verdaderos hijos de Dios.

Lectura del Evangelio según san Mateo 18, 21-35

La parábola pone de relieve la gran diferencia entre el perdón que recibimos de Dios y el que nosotros damos normalmente. “Siervo malvado, malo, ¿no debías compadecerte de tu compañero como yo me compadecí de ti?”

Perdonar de corazón significa olvidar la ofensa, renunciar de una vez por todas a llevar la razón, a que nos hagan justicia los hombres; renunciar a comentar, a vengarse, a desear mal a quien nos ofendió; renunciar a todo eso… para siempre, y así alcanzar la libertad, la despreocupación, el descanso en Dios.

Perdonar de corazón implica recibir el amor de Dios que proporciona una paz que nada ni nadie nos podrán arrebatar.

Pero ¡ojo! que este perdón es imposible para los hombres, pero posible para Dios. Y él lo ofrece a todos porque desea que todos tengamos vida en abundancia, que llevemos mucho fruto. Él quiere que todos podamos darlo sin medida, pues sólo así tendremos vida, y permitiremos a Dios repartirla a discreción. Por eso, nos puede mandar perdonar siempre.

Lectura del profeta Daniel 3, 25.34-43

“No nos abandones para siempre, por amor de tu nombre, no rechaces tu alianza. No nos retires tu misericordia, por Abraham, tu amigo, por Isaac, tu siervo, por Israel, tu santo… Señor, hemos pasado a ser la nación más pequeña de toda la tierra, a causa de nuestros pecados.

En esta hora ya no tenemos rey, ni profeta, ni jefe… No tenemos un lugar en que presentarte las primicias de nuestras cosechas… Pero, a lo menos, que al presentarnos con alma contrita y espíritu humillado te seamos agradables…

Que éste sea hoy nuestro sacrificio y nos consiga tu favor… Porque ahora sí te seguimos de todo corazón, te tememos y buscamos tu rostro… Líbranos de acuerdo a tus maravillas, y da, Señor, gloria a tu nombre”.

Ante la conciencia de nuestras faltas de perdón por la soberbia, por la falta de fe, por la sinrazón, debemos entonar el canto del arrepentimiento de Daniel: Hoy te presentamos un alma contrita y un espíritu humillado. No tenemos merecimientos.

Si no podemos perdonar es porque no le dejamos a Dios actuar en nosotros, porque contrarrestamos la acción del Espíritu Santo, es decir, el Espíritu de la comunión, el Espíritu del perdón derramado de una vez para siempre en nuestros corazones desde el bautismo.

Con el salmo 24 oramos: “Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas, haz que camine con lealtad”.

El Señor enseña el camino a los pecadores, hace caminar a los humildes con rectitud. Él nos permite imitarlo en el amor, el perdón y la paciencia con los hermanos: No sólo siete veces, sino hasta setenta veces siete. Ese comportamiento es fruto de una vida nueva; imposible para el hombre que por naturaleza es débil, rencoroso, egoísta, incapaz de olvidar, vengativo…

Para perdonar como quiere el Señor, por nuestro bien, hay que nacer de arriba, de nuevo, de lo alto; hay que ser una criatura nueva en Cristo. Es preciso vivir como hijo de Dios que es paciente con todos y manda la lluvia sobre justos y pecadores.

Durante la Cuaresma vamos disponiéndonos día a día para este alumbramiento maravilloso a una vida nueva en Cristo Resucitado, El Señor de la gloria. Ánimo, hermano, que merece la pena hacer con perseverancia y con deportividad este itinerario cuaresmal que culmina en Pascua.

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Mi sacrificio es un espíritu quebrantado

De los sermones de San Agustín, obispo

Yo reconozco mi culpa, dice el salmista. Si yo la reconozco, dígnate tú perdonarla. No tengamos en modo alguno la presunción de que vivimos rectamente y sin pecado. Lo que atestigua a favor de nuestra vida es el reconocimiento de nuestras culpas.

Los hombres sin remedio son aquellos que dejan de atender a sus propios pecados para fijase en los de los demás. No buscan lo que hay que corregir, sino en qué pueden morder. Y, al no poderse excusar a sí mismos, están siempre dispuestos a acusar a los demás.

No es así como nos enseña el salmo a orar y dar a Dios satisfacción, ya que dice: Pues yo reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado. El que así ora no atiende a los pecados ajenos, sino que se examina a sí mismo, y no de manera superficial, como quien palpa, sino profundizando en su interior. No se perdona a sí mismo, y por esto precisamente puede atreverse a pedir perdón.

¿Quieres aplacar a Dios? Conoce lo que has de hacer contigo mismo para que Dios te sea propicio. Atiende a lo que dice el mismo salmo: Los sacrificios no te satisfacen: si te ofreciera un holocausto, no lo querrías.

Pero continúa y verás qué dice: Mi sacrificio es un espíritu quebrantado; un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias. Dios rechaza los antiguos sacrificios, pero te enseña qué es lo que has de ofrecer. Nuestros padres ofrecían víctimas de sus rebaños, y éste era su sacrificio. Los sacrificios no te satisfacen, pero quieres otra clase de sacrificios.

Si te ofreciera un holocausto –dice- , no lo querrías. Si no quieres, pues, holocaustos, ¿vas a quedar sin sacrificios? De ningún modo. Mi sacrificio es un espíritu quebrantado; un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias.

Éste es el sacrificio que has de ofrecer. No busques en el rebaño, no prepares navíos para navegar hasta las más lejanas tierras a buscar perfumes. Busca en tu corazón la ofrenda grata a Dios. El corazón es lo que hay que quebrantar.

Y no temas perder el corazón al quebrantarlo, pues dice también el salmo: Oh Dios, crea en mí un corazón puro. Para que sea creado ese corazón puro, hay que quebrantar antes el impuro.

Sintamos disgusto de nosotros mismos cuando pecamos, ya que el pecado disgusta a Dios. Y, ya que no estamos libres de pecado, por lo menos asemejémonos a Dios en nuestro disgusto por lo que a él le disgusta. Así tu voluntad coincide en algo con la de Dios, en cuanto que te disgusta lo mismo que odia tu Hacedor (Sermón 19, 2-3, CCL 41, 252-254).

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Como nadie está libre de pecado, hoy puedes rezar el salmo penitencial por excelencia, el salmo 50:

Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa; lava del todo mi delito, limpia mi pecado. Pues yo reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado: contra ti, contra ti solo pequé, cometí la maldad que aborreces.

Finalmente, te recuerdo que sobre el proceso del perdón y de la reconciliación total, consigo mismo, con el hermano y con Dios, trata la entrada correspondiente al sábado de la primera semana de Cuaresma (https://ismaelojeda.wordpress.com/wp-admin/post.php?post=42969&action=edit).

Considero que uno de los frutos más importantes de la Cuaresma debe ser “la sanación por el perdón”, para todos y cada uno, sin excepción.

Pues, ¿quién puede afirmar que todo lo tiene perdonado y olvidado? Anímate a permitirle al Espíritu que te sane totalmente, para que puedas experimentar la libertad de los hijos de Dios.

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ORACIÓN SUGERIDA A DIOS PADRE (Anónima)

¡HASTA DÓNDE LLEGA TU AMOR, DIOS NUESTRO!

 

Tú, Padre de todos nosotros,

sales a nuestro encuentro, aunque te hayamos fallado,

nos recibes de nuevo una y mil veces,

nos esperas con los brazos abiertos

y nos entregas el anillo de tu confianza.

Nosotros, en cambio, nos ponemos furiosos,

cuando a otros nos parece que les tratas mejor,

nos quejamos de nuestra suerte

y sentimos envidia de otros hermanos,

juzgando tu comportamiento amoroso e incondicional.

Y es que tú, Padre, tienes un corazón blando,

al que nada le hiere, más que nuestro desamor,

al que sólo le preocupa nuestra felicidad,

y que sólo desea que nos amemos como hermanos.

Señor, Padre nuestro, ayúdanos a no volvernos duros

ni exigentes con nadie,

a pedir perdón por nuestros errores, con humildad,

a aceptar que otros tengan mejor suerte,

a sentir con el otro, a amarle desde el adentro, desde el corazón,

a descubrir y entender lo que vive, y a tratarle como le tratas tú.

Señor, Dios nuestro, te damos gracias

porque, por medio de Cristo Jesús,

sabemos ahora cómo es tu corazón:

tú nunca dejas de ser Padre y de comportarte como tal

con todos tus hijos e hijas.

¡Cuántas veces nos olvidamos del corazón del Padre

y no sentimos su amor, ni disfrutamos de su ternura!

Ayúdanos, Padre, a descubrir aquí y ahora

que tú nunca te olvidas de nosotros,

nunca nos arrojas de tu corazón.

Y aunque nos falte todo,

nunca jamás nos faltará tu amor.

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Maná y Vivencias Cuaresmales (19), 24.3.19

marzo 23, 2019

Domingo III de Cuaresma

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NOTA: Por su carácter de catequesis prebautismal, se pueden preferir las lecturas del Ciclo A. Las correspondientes al Ciclo C, aquí.

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Señor, dame esa agua

 

Antífona de entrada: Salmo 24,15-16

Tengo los ojos puestos en el Señor, porque él saca mis pies de la red. Mírame, oh Dios, y ten piedad de mí, que estoy solo y afligido.

Oración colecta

Señor, Padre de misericordia y origen de todo bien, que aceptas el ayuno, la oración y la limosna como remedio de nuestros pecados, mira con amor a tu pueblo penitente y restaura con tu misericordia a los que estamos hundidos bajo el peso de nuestras culpas. Por nuestro Señor Jesucristo.

Primera lectura: Éxodo 17,3-7

En aquellos días, el pueblo, torturado por la sed, murmuró contra Moisés: «¿Nos has hecho salir de Egipto para hacernos morir de sed a nosotros, a nuestros hijos y a nuestros ganados?»

Clamó Moisés al Señor y dijo: «¿Qué puedo hacer con este pueblo? Poco falta para que me apedreen.»

Respondió el Señor a Moisés. «Preséntate al pueblo llevando contigo algunos de los ancianos de Israel; lleva también en tu mano el cayado con que golpeaste el río, y vete, que allí estaré yo ante ti, sobre la peña, en Horeb; golpearás la peña, y saldrá de ella agua para que beba el pueblo.»

Moisés lo hizo así a la vista de los ancianos de Israel. Y puso por nombre a aquel lugar Masá y Meribá, por la reyerta de los hijos Israel y porque habían tentado al Señor, diciendo: «¿Está o no está el Señor en medio de nosotros?»


SALMO 94,1-2.6-7.8-9

Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: «No endurezcáis vuestro corazón.»

Venid, aclamemos al Señor, demos vítores a la Roca que nos salva; entremos a su presencia dándole gracias, aclamándolo con cantos.

Entrad, postrémonos por tierra, bendiciendo al Señor, creador nuestro. Porque él es nuestro Dios, y nosotros su pueblo, el rebaño que él guía.

Ojalá escuchéis hoy su voz: «No endurezcáis el corazón como en Meribá, como el día de Masá en el desierto; cuando vuestros padres me pusieron a prueba y me tentaron, aunque habían visto mis obras.»


SEGUNDA LECTURA: Romanos 5,1-2.5-8

Ya que hemos recibido la justificación por la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo. Por él hemos obtenido con la fe el acceso a esta gracia en que estamos: y nos gloriamos, apoyados en la esperanza de alcanzar la gloria de Dios. Y la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado.

En efecto, cuando nosotros todavía estábamos sin fuerza, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos; en verdad, apenas habrá quien muera por un justo; por un hombre de bien tal vez se atrevería uno a morir; mas la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros.


Aclamación antes del Evangelio: Juan 4,42.15

Señor, tú eres el Salvador del mundo. Dame de tu agua viva para que no vuelva a tener sed.


EVANGELIO: Juan 4,5-42

En aquel tiempo, llegó Jesús a un pueblo de Samaria llamado Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José; allí estaba el manantial de Jacob. Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al manantial. Era alrededor del mediodía.

Llega una mujer de Samaria a sacar agua, y Jesús le dice: «Dame de beber.» Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida.

La samaritana le dice: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?» Porque los judíos no se tratan con los samaritanos.

Jesús le contestó: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva.»

La mujer le dice: «Señor, si no tienes cubo, y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?»

Jesús le contestó: «El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna.»

La mujer le dice: «Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla. Veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén.»

Jesús le dice: «Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén daréis culto al Padre. Vosotros dais culto a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que le den culto así Dios es espíritu, y los que le dan culto deben hacerlo en espíritu y verdad.»

La mujer le dice: «Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo.»
Jesús le dice: «Soy yo, el que habla contigo.»

En aquel pueblo muchos creyeron en él. Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. Todavía creyeron muchos más por su predicación, y decían a la mujer: «Ya no creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo.»

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Antífona de comunión: Juan 4,13-14

El que beba del agua que yo le daré, dice el Señor, nunca más tendrá sed; el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en una fuente que salta hasta la vida eterna.


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VIVENCIAS CUARESMALES

19. DOMINGO TERCERO DE CUARESMA CICLO A

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¡Si conocieras el don de Dios!


TEMA: El Agua viva o el agua de la Vida.

Como en el desierto (A.T.), ahora Dios da vida; pero una vida superior. Es el mismo respirar del Espíritu Santo con nosotros (2da. Lectura) que en nuestro interior viene a ser como un manantial que siempre refresca y vitaliza nuestro obrar (Evangelio).

En la Eucaristía te alimentas del Cuerpo y de la Sangre de Cristo para robustecer la presencia de Dios en ti y en todas tus actitudes y comportamientos. Acude a conversar con Dios utilizando las oraciones y lecturas bíblicas de la liturgia eucarística.

En la primera lectura y en el Evangelio encontramos a los israelitas y a la mujer samaritana, representante de los no judíos, buscando y reclamando agua para apagar la sed. Esto nos indica que todo hombre, de cualquier raza, cultura y tiempo, desea satisfacer unas necesidades básicas. En una palabra: busca felicidad, placer, realización personal, plenitud, descanso. Todos los hombres sienten sed, aspiran a algo más, son eternos buscadores. En realidad, no sólo tienen sed, sino que son sed. Están hechos a la medida de Dios y sólo para Dios. No podía ser otro modo si Dios es el único Señor, único Dios.

Esta sed la ha puesto Dios mismo como la necesidad más elemental del hombre: ser feliz. Esa felicidad sólo la alcanzará en Dios. San Agustín después de muchos años de búsqueda, de tanteos y errores, encontró a Dios, se convirtió y se bautizó. Su experiencia de Dios la formuló y la resumió así para nosotros: “Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón estará siempre inquieto hasta que descanse en ti”. En un sentido complementario, también solía confesar humildemente: “Sólo sé una cosa: que fuera de ti me va muy mal”.

En la primera lectura, los israelitas se sienten agobiados por la necesidad inmediata, se olvidan de los prodigios obrados por Dios en su favor, se desesperan y se rebelan contra Dios y su profeta Moisés. Hasta dudan de la buena intención de Dios: los habría sacado de Egipto para exterminarlos en un inhóspito desierto. Como si dijeran: Si nos está dejando morir de sed, quiere decir que Dios ha tenido mala intención desde el principio, nos ha engañado. De ahí la pregunta: ¿Acaso está Yahvé en medio de nosotros, lo experimentamos como nuestro Dios poderoso y providente? Concluyen: No lo está porque no nos auxilia. Nos ha abandonado.

He ahí el pecado del pueblo contra Dios: paradigma de nuestro pecado, de nuestro pecado más frecuente y del que ahora en Cuaresma debemos arrepentirnos.

El salmista nos invita a superar la tentación de desesperación en la que cayeron los israelitas en el desierto: “Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor, no endurezcáis vuestro corazón” (Salmo 94).

Más todavía: Nos insta a que aprendamos a vencer la tentación con toda determinación. Nos exhorta vivamente a que escarmentemos en cabeza ajena: “No endurezcáis el corazón como en Meribá, como el día de Masá en el desierto, cuando vuestros padres me pusieron a prueba y me tentaron, aunque habían visto mis obras”.

En el Evangelio aparece Jesús cansado de tanto buscar a la oveja perdida para ofrecerle el agua viva. El Camino se ha cansado buscando a los hombres. Y se ha sentado para esperarlos en aquel lugar preciso adonde vendrán torturados por la sed buscando salvación. Así espera Jesús a la samaritana. Veámoslo en el evangelio de hoy: “El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna”.

Nos fijamos en una frase de Jesús que puede despertar nuestra conciencia en esta Cuaresma: “Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva”. Si conociéramos, si sospecháramos siquiera la bondad y la belleza del plan de Dios sobre nosotros, sobre cada uno de nosotros. Si conociéramos con cuánta delicadeza y paciencia Jesús nos espera en este tiempo cuaresmal para entrar en nuestras vidas por la fe, por una sincera conversión y renovación de nuestra experiencia de Dios…

Como a los apóstoles en la última cena, Jesús nos dice en esta Cuaresma: He esperado con ansia este tiempo, esta oportunidad, para encontrarme contigo, para cenar contigo. Dichoso tú si le abres, porque él tiene reservado para ti algo tan especial que ningún ojo ha visto y ningún oído ha escuchado, ni nadie se lo ha podido imaginar. Si conocieras el don de Dios y quién es el que habla contigo, tú le pedirías y él no te defraudaría. ¿Cuál será tu respuesta?

Y para ser prácticos y no divagar, permíteme preguntarte: ¿cuál está siendo tu respuesta a Jesús que, cansado de buscarte, te espera en el brocal del pozo de esta Cuaresma, día tras día, con una palabra nueva y liberadora para ti? Al principio de estas Vivencias quedamos en que esta Cuaresma podía ser la mejor de tu vida, hasta el presente. ¡Y esa meta está en tus manos! ¡Ánimo, merece la pena intentarlo! No estás solo en el intento. Permanecemos unidos en la oración a toda la Iglesia, esposa de Cristo, que se adorna para su Esposo.

Llega una mujer de Samaria a sacar agua

De los tratados de san Agustín, obispo, sobre el evangelio de san Juan

Llega una mujer. Se trata aquí de una figura de la Iglesia, no santa aún, pero sí a punto de serlo; de esto, habla nuestra lectura. La mujer llegó sin saber nada, encontró a Jesús, y él se puso a hablar con ella. Veamos cómo y por qué. Llega una mujer a Samaria a sacar agua. Los samaritanos no tenían nada que ver con los judíos; no eran del pueblo elegido. Y esto ya significa algo: aquella mujer, que representaba a la Iglesia, era una extranjera, porque la Iglesia iba a ser constituida por gente extraña al pueblo de Israel.

Pensemos, pues, que aquí se está hablando ya de nosotros: reconozcámonos en la mujer, y, como incluidos en ella, demos gracias a Dios. La mujer no era más que una figura, no era la realidad; sin embargo, ella sirvió de figura, y luego vino la realidad. Creyó, efectivamente en aquel que quiso darnos en ella una figura. Llega, pues, a sacar agua. Jesús le dice: “Dame de beber”. Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida. La samaritana le dice: “¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?” Porque los judíos no se tratan con los samaritanos.

Ved cómo se trata aquí de extranjeros: los judíos no querían ni siquiera usar sus vasijas. Y como aquella mujer llevaba una vasija para sacar el agua, se asombró de que un judío le pidiera de beber, pues no acostumbraban a hacer esto los judíos. Pero aquel que le pedía de beber tenía sed, en realidad, de la fe de aquella mujer. Fíjate en quién era aquel que le pedía de beber. Jesús le contestó: “Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva”. Le pedía de beber, y fue él mismo quien prometió darle el agua. Se presenta como quien tiene indigencia, como quien espera algo, y le promete abundancia, como quien está dispuesto a dar hasta la saciedad. Si conocieras -dice- el don de Dios. El don de Dios es el Espíritu Santo.

A pesar de que no habla aún claramente a la mujer, ya va penetrando poco a poco, en su corazón y ya la está adoctrinando. ¿Podría encontrarse algo más suave y más bondadoso que esta exhortación? Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú y él te daría agua viva. ¿De qué agua iba a darle, sino de aquella de la que está escrito: En ti está la fuente viva? Y ¿cómo podrían tener sed los que se nutren de lo sabroso de tu casa?

De manera que le estaba ofreciendo un manjar apetitoso y la saciedad del Espíritu Santo, pero ella no lo acababa de entender, y como no lo entendía, ¿qué respondió? La mujer le dice: “Señor, dame esa agua, así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla”. Por una parte, su indigencia la forzaba al trabajo, pero, por otra, su debilidad rehuía el trabajo. Ojalá hubiera podido escuchar: Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Esto era precisamente lo que Jesús quería darle a entender, para que no se sintiera ya agobiada; pero la mujer aún no lo entendía (Tratado 15, 10-12. 16-17: CCL 36, 154-156).


Maná y Vivencias Cuaresmales (18), 23.3.19

marzo 23, 2019

Sábado de la 2ª semana de Cuaresma

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El Señor es compasivo y misericordioso



Antífona de entrada: Salmo 144, 8-9

El Señor es compasivo y misericordioso, lleno de paciencia y amor; el Señor es bueno con todos y su bondad se extiende a todas sus creaturas.


Oración colecta

Señor, Dios nuestro, que por medio de los sacramentos permites participar de los bienes de tu reino ya en nuestra vida mortal, dirígenos tú mismo en el camino de la vida, para que lleguemos a alcanzar la luz en la que habitas con tus santos. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: Miqueas: 7, 14-15.18-20

Señor, pastorea a tu pueblo con el cayado, a las ovejas de tu heredad, a las que habitan apartadas en la maleza, en medio del Carmelo. Pastarán en Basán y Galaad, como en tiempos antiguos; como cuando saliste de Egipto y te mostraba mis prodigios. ¿Qué Dios como tú, que perdonas el pecado y absuelves la culpa al resto de tu heredad?

No mantendrá por siempre la ira, pues se complace en la misericordia. Volverá a compadecerse y extinguirá nuestras culpas, arrojará a lo hondo del mar todos nuestros delitos. Serás fiel a Jacob, piadoso con Abrahán, como juraste a nuestros padres en tiempos remotos.


SALMO 102, 1-2.3-4.9-10.11-12

El Señor es compasivo y misericordioso

Bendice, alma mía, al Señor, y todo mi ser a su santo nombre. Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides sus beneficios.

Él perdona todas tus culpas y cura todas tus enfermedades; el rescata tu vida de la fosa y te colma de gracia y de ternura.

No está siempre acusando ni guarda rencor perpetuo; no nos trata como merecen nuestros pecados ni nos paga según nuestras culpas.

Como se levanta el cielo sobre la tierra, se levanta su bondad sobre sus fieles; como dista el oriente del ocaso, así aleja de nosotros nuestros delitos.


Aclamación antes del Evangelio: Lucas 15, 18

Me levantaré, volveré a mi padre y le diré: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti”.


EVANGELIO: Lucas 15, 1-3.11-32

En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos: «Ése acoge a los pecadores y come con ellos.»

Jesús les dijo esta parábola: «Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: “Padre, dame la parte que me toca de la fortuna.” El padre les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente.

Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces y tanto le insistió a un habitante de aquel país que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Le entraban ganas de saciarse de las algarrobas que comían los cerdos; y nadie le daba de comer.

Recapacitando entonces, se dijo: “Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros.”

Se puso en camino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y, echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo. Su hijo le dijo: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo.”

Pero el padre dijo a sus criados: “Sacad en seguida el mejor traje y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo; celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado.” Y empezaron el banquete.

Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y el baile, y llamando a uno de los mozos, le preguntó qué pasaba. Éste le contestó: “Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud.”

Él se indignó y se negaba a entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo. Y él replicó a su padre: “Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado.”

El padre le dijo: “Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado.”»

Antífona de comunión: Lucas 15, 32

Alégrate, hijo mío, porque tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y lo hemos encontrado.


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VIVENCIAS CUARESMALES

Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo.



18. SÁBADO

SEGUNDA SEMANA DE CUARESMA

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TEMA.- El hijo pródigo, paradigma de la confesión sacramental.

En la antífona de entrada una vez más se resalta la bondad de Dios. El Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad. El Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas” (Salmo 144, 8-9).

Una y otra vez, consideramos a Dios en lo específico suyo: la misericordia. ¿Cuándo nos convenceremos de ello? Él es Dios, no hombre. Nuestros parámetros no son apropiados para captar a Dios en su originalidad. En efecto, ninguno de los dos hijos llegó a conocer a su padre, aunque vivían en su casa día y noche.

El mayor era egoísta y había reducido su relación filial a un cumplimiento legalista y frío; él obedecía para que le premiaran. El menor era también egoísta y se entusiasmó con la idea de hacer su voluntad, de liberarse del padre, del “viejo”. La relación con él era rutinaria y le aburría esa vida. Quería romper la dependencia y emanciparse.

Los dos hijos vivían afectivamente lejos de su padre aunque convivieran con él, no lo conocían bien, no lo apreciaban, no lo amaban. Eran ingratos, desagradecidos y hasta injustos con un padre cuyo delito fue el haberles dado lo mejor que podía darles, y buscar lo mejor para ellos.

Si muchos se identifican con el hijo pródigo, no son menos los que podemos identificarnos con el hijo mayor. Él no amaba a su padre, y se constata que tampoco amaba a su hermano. No ama a su hermano y, por tanto, no lo puede excusar y menos aún perdonar.

Teme que, si lo perdona, su hermano seguirá en lo mismo, que no le va a doler lo que ha hecho. Piensa que si no se le aplica un correctivo a su hermano, éste no escarmentará y en el futuro será capaz de abusar de la bondad del padre y perjuficará a toda la familia; por eso critica la actitud indulgente del padre como excesivamente generosa hasta rayar en ingenua: le parece tonta, incomprensible y hasta injusta.

Nosotros, por lo general, igual que el hijo mayor, creemos que a la gente hay que cambiarla a como dé lugar; y eso se consigue cuadrando a la gente, ajustando cuentas, reprochando, humillando si es necesario, castigando, vengándose, y obligando a los demás a pagar en justicia todo lo adeudado. En fin, haciendo que el pecador pruebe lo amargo de las consecuencias de su falta.

Nos da miedo dejar libre al otro, decirle que no importa lo que ha hecho, que le comprendemos, que no ha pasado nada, que lo seguimos amando igual o más que antes, que le seguimos esperando y que confiamos en él, que le damos una nueva oportunidad, que sufrimos con él lo mal que se siente por lo que ha hecho, que quizás es él precisamente el que más lamenta lo sucedido y sufre por el pecado cometido, que él es más grande que su propio pecado, que no puede identificarse para siempre con lo que ha hecho.

Todo eso nos cuesta practicarlo porque no nos fiamos del hermano y no creemos en la capacidad regenerativa del hombre. Es posible que tampoco estemos dispuestos a que nos hagan otra jugarreta. No queremos pasar más aprietos.

En fin, nos cuesta aceptar a los hermanos en su proceso de crecimiento en libertad, en la “libertad de hijo” que nos ha dado el Padre, nuestro Padre, como un derecho a todos sus hijos sin excepción. Querríamos a nuestros prójimos más perfectos, más disciplinados, más agradecidos, pero es a Dios a quien deben dar cuentas, no a nosotros.

Eso es lo que nos cuesta: aceptar que Dios es el soberano y dueño de todo y de todos, y no nosotros. Querríamos poner nosotros la medida y las reglas de juego; pero eso, felizmente para todos, pertenece a Dios. Tanto nos atrae esa pretensión, que nos atrevemos a juzgar a Dios como el hijo mayor tachándole de ingenuo y aun de injusto.

Sin embargo, el Padre, el único bueno, a los operarios que le reclamaban, les dijo: ¿Por qué veis con malos ojos que yo sea bueno? ¿Quiénes sois vosotros para imponerme determinados comportamientos y para decirme lo que debo hacer y cómo tengo que amar y hacer justicia?

Porque es Dios, puede confiar sin medida en nosotros. Él es el Amor que todo lo espera, todo lo cree, todo lo soporta. Nosotros somos limitados: nosotros estamos invitados a imitar a nuestro Padre en esa característica tan propia y exclusiva de Dios. Es mucho lo que se nos pide: es algo imposible para el hombre, pero posible para Dios.

Deberíamos alegrarnos de que Dios sea tan bueno; y porque mucho se nos perdona, mucho queremos alabarlo. Dios cree que el amor y el perdón es el mejor antídoto al abuso y a la ingratitud del hombre pecador. Sólo el amor le hace salir de sí mismo y le cambia. Pues “amor saca amor”, sobre todo considerando el ejemplo de Cristo interpretado e interiorizado en nosotros por la acción del Espíritu Santo que ha sido derramado en nuestros corazones como prenda de vida eterna.

Esa vida eterna que consiste en conocer el amor del Padre y del Hijo; en disponerse a vivir en correspondencia a su Amor ingresando a la misma familia divina.

Con el salmista agradecemos el infinito amor y perdón de Dios. Que nuestra alabanza llene la tierra, que llene la Iglesia, como llenó el perfume de la Magdalena toda la casa: ella pudo amar mucho, porque mucho se le perdonó; y también, mucho se le pudo perdonar porque mucho amó. A quien poco se le perdona, poco ama. Quien no permite que se le perdone mucho, poco puede amar.

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ORACIÓN COLECTA

Señor, Dios nuestro, que, por medio de los sacramentos, nos permites participar de los bienes de tu reino ya en nuestra vida mortal; dirígenos tú mismo en el camino de la vida, para que lleguemos a alcanzar la luz en la que habitas con tus santos.

ORACIÓN DE LA COMUNIÓN

Señor, que la gracia de tus sacramentos llegue a lo más hondo de nuestro corazón y nos comunique su fuerza divina.

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PREFACIO DE LA PLEGARIA EUCARÍSTICA SOBRE LA RECONCILIACIÓN I. La reconciliación como retorno al Padre.

En verdad es justo y necesario darte gracias, Señor Padre santo, porque no dejas de llamarnos a una vida plenamente feliz.

Tú, Dios de bondad y misericordia, ofreces siempre tu perdón e invitas a los pecadores a recurrir confiadamente a tu clemencia. Muchas veces los hombres hemos quebrantado tu alianza; pero tú, en vez de abandonarnos, has sellado de nuevo con la familia humana, por Jesucristo, tu Hijo, nuestro Señor, un pacto tan sólido, que ya nada lo podrá romper.

Y ahora, mientras ofreces a tu pueblo un tiempo de gracia y reconciliación, lo alientas en Cristo para que vuelva a ti, obedeciendo más plenamente al Espíritu Santo, y se entregue al servicio de todos los hombres.

Por eso, llenos de admiración y agradecimiento, unimos nuestras voces a las de los coros celestiales para cantar la grandeza de tu amor y proclamar la alegría de nuestra salvación.

Santo, Santo, Santo es el Señor…

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HIMNO

Éste es el día en que actuó el Señor. Éste es el tiempo de la misericordia. ¡Exulten mis entrañas! ¡Alégrese mi pueblo! Porque el Señor que es justo revoca sus decretos: La salvación se anuncia donde acechó el infierno, porque el Señor habita en medio de su pueblo.

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Maná y Vivencias Cuaresmales (13), 18.3.19

marzo 18, 2019

Lunes de la 2ª semana de Cuaresma

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flores-moradas-roca

Señor, no nos trates, como merecen nuestros pecados

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Antífona de entrada: Salmo 25, 11-12

Líbrame, Señor, y concédeme tu gracia. Mis pies están firmes sobre el camino llano, y en la asamblea bendeciré al Señor.


Oración colecta

Señor, Padre santo, que para nuestro bien espiritual nos mandaste dominar nuestro cuerpo mediante la austeridad, ayúdanos a librarnos de la seducción del pecado y a entregarnos al cumplimiento filial de tu santa ley. Por nuestro Señor Jesucristo.

PRIMERA LECTURA: Daniel 9, 4b-10

Señor, Dios grande y terrible, que guardas la alianza y eres leal con los que te aman y cumplen tus mandamientos. Hemos pecado, hemos cometido crímenes y delitos, nos hemos rebelado apartándonos de tus mandatos y preceptos. No hicimos caso a tus siervos, los profetas, que hablaban en tu nombre a nuestros reyes, a nuestros príncipes, padres y terratenientes.

Tú, Señor, tienes razón, a nosotros nos abruma hoy la vergüenza: a los habitantes de Jerusalén, a judíos e israelitas, cercanos y lejanos, en todos los países por donde los dispersaste por los delitos que cometieron contra ti. Señor, nos abruma la vergüenza: a nuestros reyes, príncipes y padres, porque hemos pecado contra ti.

Pero, aunque nosotros nos hemos rebelado, el Señor, nuestro Dios, es compasivo y perdona. No obedecimos al Señor, nuestro Dios, siguiendo las normas que nos daba por sus siervos, los profetas.

SALMO 78, 8.9.11.13

Señor, no nos trates como merecen nuestros pecados

No recuerdes contra nosotros las culpas de nuestros padres; que tu compasión nos alcance pronto, pues estamos agotados.

Socórrenos, Dios, salvador nuestro, por el honor de tu nombre; líbranos y perdona nuestros pecados a causa de tu nombre.

Llegue a tu presencia el gemido del cautivo: con tu brazo poderoso, salva a los condenados a muerte.

Mientras, nosotros, pueblo tuyo, ovejas de tu rebaño, te daremos gracias siempre, contaremos tus alabanzas de generación en generación.

Aclamación antes del Evangelio: Juan 6, 63. 68

Tus palabras, Señor, son Espíritu y Vida; tú tienes palabras de Vida eterna.

EVANGELIO: Lucas 6, 36-38

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante. La medida que uséis, la usarán con vosotros.»

Antífona de Comunión: Lucas 6, 36

Dice el Señor: “Sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso.

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VIVENCIAS CUARESMALES

Ante Dios en espíritu y verdad

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13. LUNES

SEGUNDA SEMANA DE CUARESMA

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TEXTO ILUMINADOR: Señor, para ti la justicia, para nosotros, la cara llena de vergüenza.

La finalidad de la penitencia y de las privaciones corporales es educar el espíritu para buscar a Dios y disciplinarlo para que actúe más ágilmente en la procura del bien; con mayor presteza y decisión. Por eso hoy, en la oración colecta, pedimos: Ayúdanos a librarnos de la seducción del pecado y a entregarnos al cumplimiento filial de tu santa ley.

El mal nos atrae y hasta llega a seducirnos porque se nos presenta bajo la apariencia de bien y como algo gratificante. Por lo general, en la tentación se nos propone una doble mentira existencial: la simulación de lo que no somos, y la disimulación de lo que realmente somos, tanto ante Dios como ante los hombres. El diablo, padre de la mentira, nos invita a imitarle en su desobediencia y elección del camino fácil y placentero.

De hecho, desde niño el hombre se siente inclinado al mal y le fascina la curiosidad por probarlo todo, en especial lo prohibido. Desea casi de manera irresistible ser adulto, no depender de nadie para indagar libremente y curiosear cuanto le apetezca, al margen de la ley, e incluso a espaldas de Dios o contra sus mandamientos.

Por eso, en la oración colecta, pedimos el cumplimiento filial de la santa ley de Dios. Cumplimiento no servil, sino en libertad y amor como corresponde a los hijos de Dios. La ley de Dios es santa y sagrada: porque expresa el infinito amor de Dios hacia nosotros, pensada desde toda la eternidad, manifestada ahora en la plenitud de los tiempos por Cristo mismo y cumplida en forma perfecta y suficiente por él.

Justamente la primera lectura de hoy expresa la gran sinceridad que la Cuaresma exige de nosotros. Debemos cultivar la honestidad para con Dios. Nada de actitudes turbias o ambiguas. A nosotros, limitados y pecadores, nos corresponde la ignorancia, la vergüenza, el pecado, la fragilidad. A Dios le corresponde la sabiduría, la santidad, la justicia y el poder.

Medita esta magnífica página de la Escritura, tomada del capítulo 9 del libro de Daniel:

“Señor, Dios grande y terrible, que mantienes la alianza y eres fiel con aquellos que te aman y cumplen tus mandamientos. Nosotros hemos pecado, somos reos de incontables delitos; hemos sido perversos y rebeldes y nos hemos apartado de tus mandatos y preceptos. No hemos hecho caso a tus siervos los profetas, que hablaban en tu nombre a nuestros reyes, a nuestros príncipes, a nuestros antepasados y a todo nuestro pueblo. Tú, Señor, eres justo; nosotros, en cambio, hombres de Judá y habitantes de Jerusalén, nos sentimos hoy avergonzados… porque hemos pecado contra ti. Pero el Señor, nuestro Dios, es misericordioso y clemente”.

Al final, Daniel resume su oración así: “¡Señor, escucha! ¡Señor, perdona! ¡Atiende, Señor, y actúa sin tardanza! Hazlo en defensa de tu honor, pues tu ciudad y tu pueblo están consagrados a tu nombre” (9, 19).

Pedimos perdón a Dios por no usar con los demás, la medida que él usa con nosotros. Se nos cae la cara de vergüenza, pero Dios comprende, pues sabe que somos de barro. Por eso nos atrevemos a pedirle que tenga paciencia con nosotros y nos dé capacidad para comprender, generosidad para excusar, compasión para no juzgar, incluso para orar por los enemigos y bendecirlos sinceramente.

Comprender al hermano débil y pecador, excusarlo y perdonarlo: odiando el pecado que hace, pero amándolo como imagen de Dios que es, y por tanto capaz de convertirse y de corresponder a la gracia divina.

Hay que odiar los comportamientos pecaminosos pero sin identificar al pecador con sus propias debilidades. Condenar equivale a juntar al pecador con su pecado sin darle la oportunidad de separarse de él, de cambiar y de arrepentirse. Ahí radica la maldad.

Por tanto, no deberíamos decir que una persona “es” mala, sino que “tiene” comportamientos malos. Es decir, nos resistimos a pensar que está totalmente empecatada o pervertida, y a la vez queremos creer que, más o menos habitualmente, se comporta de manera defectuosa, pero sin sentirse identificada con ese mal que ciertamente hace o realiza, pero que en el fondo no lo quiere, lo rechaza.

En muchos casos, la persona que peca lamenta profundamente lo que hace, pero apenas se siente con fuerza para obrar de manera distinta. Por lo general, ¡qué más querría uno no haber cometido tal falta, tal error; qué más querría uno que ser o sentirse diferente, pero no puede, no acierta, no sabe! Él quizás es el que más sufre por actuar así, el que más lamenta lo sucedido.

Por eso, aprendamos, sobre todo en la Cuaresma, a ser muy indulgentes con los demás, y un poco más exigentes con nosotros mismos. Por ahí vamos caminando hacia la perfección: Acusarse a sí mismo y excusar a los demás.

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PREFACIO DE CUARESMA I

En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno, por Cristo nuestro Señor.

Por él concedes a tus hijos anhelar, año tras año, con el gozo de habernos purificado, la solemnidad de la Pascua, para que, dedicados con mayor entrega a la alabanza divina y al amor fraterno, por la celebración de los misterios que nos dieron nueva vida, lleguemos a ser con plenitud hijos de Dios.

Por eso, con los ángeles y los arcángeles y con todos los coros celestiales, cantamos sin cesar el himno de tu gloria.

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RECORDATORIO

Permítanme recordarles, estimados hermanos y hermanas, que estas Vivencias Cuaresmales pretenden ayudar a las personas interesadas en su crecimiento espiritual a que hagan durante la Cuaresma litúrgica una especie de retiro espiritual dedicando un tiempo, día a día, a la oración personal, a la lectura de la Palabra, al diálogo y dirección espiritual, y a la práctica sacramental y de las buenas obras, según el estado de vida de cada persona.

Esa es nuestra intención y deseo sincero, y también nuestra sentida y perseverante oración. Porque el Señor dice: ¿Acaso quiero yo la muerte del pecador? Que el Señor se nos muestre con toda su misericordia. Amén.

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Maná y Vivencias Cuaresmales (10), 15.3.19

marzo 15, 2019

Viernes de la 1ª semana de Cuaresma

 

perdon

La misericordia y el perdón vienen de Dios



Antífona de entrada: Salmo 24, 17-18

Sálvame, Señor, de todas mis angustias. Mira mis trabajos y mis penas, y perdona todos mis pecados.


PRIMERA LECTURA: Ezequiel 18, 21-28

Así dice el Señor Dios:

«Si el malvado se convierte de los pecados cometidos y guarda mis preceptos, practica el derecho y la justicia, ciertamente vivirá y no morirá. No se le tendrán en cuenta los delitos que cometió, por la justicia que hizo, vivirá.

¿Acaso quiero yo la muerte del malvado –oráculo del Señor–, y no que se convierta de su conducta y que viva?

Si el justo se aparta de su justicia y comete maldad, imitando las abominaciones del malvado, ¿vivirá acaso?; no se tendrá en cuenta la justicia que hizo: por la iniquidad que perpetró y por el pecado que cometió, morirá.

Comentáis: “No es justo el proceder del Señor.” Escuchad, casa de Israel: ¿Es injusto mi proceder?, ¿o no es vuestro proceder el que es injusto?

Cuando el justo se aparta de su justicia, comete la maldad y muere, muere por la maldad que cometió.

Y cuando el malvado se convierte de la maldad que hizo y practica el derecho y la justicia, él mismo salva su vida. Si recapacita y se convierte de los delitos cometidos, ciertamente vivirá y no morirá.»


SALMO 129, 1-2.3-4.5-7a.7bc-8

Si llevas cuenta de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir?

Desde lo hondo a ti grito, Señor; Señor, escucha mi voz; estén tus oídos atentos a la voz de mi súplica.

Si llevas cuenta de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir? Pero de ti procede el perdón, y así infundes respeto.

Mi alma espera en el Señor, espera en su palabra; mi alma aguarda al Señor, más que el centinela la aurora. Aguarde Israel al Señor, como el centinela la aurora.

Porque del Señor viene la misericordia, la redención copiosa; y él redimirá a Israel de todos sus delitos.


Aclamación antes del Evangelio: Ezequiel 18, 31

Echad de vosotros todas vuestras transgresiones con que habéis pecado, y haceos un corazón nuevo y un espíritu nuevo.


EVANGELIO: Mateo 5, 20-26

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Si no sois mejores que los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos.

Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No matarás”, y el que mate será procesado. Pero yo os digo: Todo el que esté peleado con su hermano será procesado. Y si uno llama a su hermano “imbécil”, tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama “renegado”, merece la condena del fuego.

Por tanto, si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda.

Con el que te pone pleito, procura arreglarte en seguida, mientras vais todavía de camino, no sea que te entregue al juez, y el juez al alguacil, y te metan en la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último cuarto.»


Antífona de comunión: Ezequiel 33, 11

Tan cierto como que vivo, dice el Señor, no quiero la muerte del pecador, sino que se convierta y viva.


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VIVENCIAS CUARESMALES

La Santísima Trinidad y la Pasión y Muerte del Señor

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10. VIERNES

PRIMERA SEMANA DE CUAREMA

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TEXTO ILUMINADOR:
Dios quiere que el pecador se convierta y viva.

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TEMA: Reconciliación con Dios y con el hermano.

Dios es amor y no puede negarse a sí mismo. Él hizo todo para que exista y es principio de vida, de toda vida. Nosotros recibimos la bendición de Dios, cuando su Espíritu asegura a nuestro espíritu que somos hijos bien amados del Padre e hijos coherederos en el Hijo.

Todo es gracia, no merecimiento propio. La única paga que se nos pide por ello es imitar la liberalidad de Dios, portándonos con los demás como Dios se portó con nosotros, perdonándonos mutuamente como Dios nos perdonó en Cristo.

Es la única condición que pone Dios, no caprichosamente sino como ley de vida y fidelidad a su propio ser. Lo contrario sería negarse a sí mismo.

El texto bíblico es Mt. 5, 20-26: “Por eso cuando presentes una ofrenda ante el altar, si recuerdas que tu hermano tiene una queja contra ti, deja allí tu ofrenda junto al altar, anda primero a hacer las paces con tu hermano y entonces vuelve a presentarla”.

Por eso la conversión de la Cuaresma no puede concluir sin haber hecho una sincera y sentida confesión sacramental que se prolongue en un talante de vida reconciliada.

Vivir reconciliado implica: recibir el amor de Dios y transmitirlo a toda la creación, amando a discreción a todos, dando vida y festejando todo lo bueno, olvidando todo lo malo, ahogando el mal a fuerza de bien.

El que ama, ora necesariamente por el hermano; y la oración del hermano reconciliado o justo tiene mucho poder delante de Dios porque eleva las manos limpias de sangre, y sólo los limpios de corazón pueden ver a Dios.

Nada impuro puede ver a Dios, porque el que no perdona camina en tinieblas, vive en la oscuridad y permanece maniatado en la cárcel.

“No saldrás de allí hasta que hayas pagado el último céntimo”. Hasta que tú mismo quieras salir aceptando el amor de Dios y su perdón para ti, en primer lugar; y así, capacitándote para darlo en consecuencia a los demás…

A la hora de pedir perdón, no debemos mirar quién comenzó, quién ofendió primero para que sea él quien se adelante a pedir perdón. El que más ama es el que se adelanta a pedir perdón porque la enemistad daña al reino de Dios, venga de donde viniere. Todos somos solidarios en el bien y en el mal.

Por tu parte, que no quede el pedir perdón, pues el reino está cerca; si no te escucha tu hermano o se endurece en su aversión, sigue perdonando y devolviendo bien por mal; así amontonarás ascuas sobre su cabeza y su conciencia hasta que le llegue la hora del perdón y de la paz.

Por eso, hermano, junto con el vivir reconciliado, pide por la conversión de los pecadores.

En la Cuaresma, toda la Iglesia, como madre próvida, sufre por sus hijos que se han olvidado de su bautismo y caminan en la confusión y el pecado.

La Iglesia clama, hasta con lágrimas, día y noche para que los pecadores se conviertan del mal camino. Ellos se han apartado de la familia de la fe, sufren y hacen sufrir necesariamente a los demás, y se pueden perder para siempre si no cambian.

Estimado hermano, en este viernes de Cuaresma te ofrezco una consideración de la pasión del Señor. Muchos fieles acostumbran rezar el Via Crucis todos los viernes de Cuaresma.

Es un ejercicio muy conveniente para acompañar a Cristo en los misterios de su pasión y muerte. Cada uno es libre para manifestar su amor al Señor y a los hermanos. Pero es verdad que en este tiempo debemos hacer algo especial. Pues amor con amor se paga. Feliz día. Dios te bendiga.

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Del Espejo de caridad, del beato Elredo, abad

Debemos practicar la caridad fraterna
según el ejemplo de Cristo

Nada nos anima tanto al amor de los enemigos, en el que consiste la perfección de la caridad fraterna, como la grata consideración de

aquella admirable paciencia con la que aquél que era el más bello de los hombres entregó su atractivo rostro a las afrentas de los impíos, y sometió sus ojos, cuya mirada rige todas las cosas, a ser velados por los inicuos;

aquella paciencia con la que presentó su espalda a la flagelación, y su cabeza, temible para los principados y potestades, a la aspereza de las espinas;

aquella paciencia con la que se sometió a los oprobios y malos tratos, y con la que, en fin, admitió pacientemente la cruz, los clavos, la lanza, la hiel y el vinagre, sin dejar de mantenerse en todo momento suave, manso y tranquilo.

En resumen, como cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría la boca.

¿Habrá alguien que, al escuchar aquella frase admirable, llena de dulzura, de caridad, de inmutable serenidad: “Padre, perdónalos”, no se apresure a abrazar con toda su alma a sus enemigos? Padre -dijo-, perdónalos. ¿Quedaba algo más de mansedumbre o de caridad que pudiera añadirse a esta petición?

Sin embargo, se lo añadió. Era poco interceder por los enemigos; quiso también excusarlos. “Padre -dijo-, perdónalos, porque no saben lo que hacen. Son, desde luego, grandes pecadores, pero muy poco perspicaces; por tanto, Padre, perdónalos.

Crucifican; pero no saben a quién crucifican, porque, si lo hubieran sabido, nunca hubieran crucificado al Señor de la gloria; por eso, Padre, perdónalos. Piensan que se trata de un prevaricador de la ley, de alguien que se cree presuntuosamente Dios, de un seductor del pueblo.

Pero yo les había escondido mi rostro, y no pudieron conocer mi majestad; por eso, Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

En consecuencia, para que el hombre se ame rectamente a sí mismo, procure no dejarse corromper por ningún atractivo mundano. Y para no sucumbir ante semejantes inclinaciones, trate de orientar todos sus afectos hacia la suavidad de la naturaleza humana del Señor.

Luego, para sentirse serenado más perfecta y suavemente con los atractivos de la caridad fraterna, trate de abrazar también a sus enemigos con un verdadero amor.

Y para que este fuego divino no se debilite ante las injurias, considere siempre con los ojos de la mente la serena paciencia de su amado Señor y Salvador (Libro 3, 5: PL 195, 582).

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Consideración de la humanidad de Cristo:

1. Para compadecerlo como víctima de nuestros pecados. (También nosotros somos con frecuencia víctimas de los pecados y agravios de los demás).

2. Para imitarlo en su paciencia y perdón. (Si Él, siendo inocente, sufrió, perdonó y tuvo paciencia infinita… quiénes somos nosotros para quejarnos).

3. Para comprender y acompañar a los demás cuando sufren por cualquier motivo. (El que más da, más puede seguir dando; al que tiene se le dará y tendrá en abundancia; el cristiano es una persona que crece en madurez, saca fuerzas de su debilidad, hasta devuelve bien por mal, ahogando el mal a fuerza de bien. Las madres cristianas están llamadas a esta madurez y fortaleza en Cristo).

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Maná y Vivencias Cuaresmales (3), 8.3.19

marzo 8, 2019

Viernes después de Ceniza

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Ayunarán cuando se lleven al novio



Antífona de entrada: Salmo 29, 11

El Señor me escuchó, tuvo piedad de mí y ha venido en mi ayuda.


Oración colecta

Confírmanos, Señor, en el espíritu de penitencia con que hemos empezado la Cuaresma; y que la austeridad exterior que practicamos vaya siempre acompañada por la sinceridad de corazón. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: Isaías 58, 1-9a

Así dice el Señor Dios:

«Grita a plena voz, sin cesar, alza la voz como una trompeta, denuncia a mi pueblo sus delitos, a la casa de Jacob sus pecados. Consultan mi oráculo a diario, muestran deseo de conocer mi camino, como un pueblo que practicara la justicia y no abandonase el mandato de Dios. Me piden sentencias justas, desean tener cerca a Dios. “¿Para qué ayunar, si no haces caso?; ¿mortificarnos, si tú no te fijas?”

Mirad: el día de ayuno buscáis vuestro interés y apremiáis a vuestros servidores; mirad: ayunáis entre riñas y disputas, dando puñetazos sin piedad. No ayunéis como ahora, haciendo oír en el cielo vuestras voces.

¿Es ése el ayuno que el Señor desea para el día en que el hombre se mortifica?, mover la cabeza como un junco, acostarse sobre saco y ceniza, ¿a eso lo llamáis ayuno, día agradable al Señor?

El ayuno que yo quiero es éste: Abrir las prisiones injustas, hacer saltar los cerrojos de los cepos, dejar libres a los oprimidos, romper todos los cepos, partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al que ves desnudo y no cerrarte a tu propia carne.

Entonces romperá tu luz como la aurora, en seguida te brotará la carne sana; te abrirá camino la justicia, detrás irá la gloria del Señor. Entonces clamarás al Señor, y te responderá; gritarás, y te dirá: “Aquí estoy.”»


SALMO: Sal 50, 3-4.5-6a.18-19

Un corazón quebrantado y humillado, tú, Dios mío, no lo desprecias.

Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa; lava del todo mi delito, limpia mi pecado.

Pues yo reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado: contra ti, contra ti solo pequé, cometí la maldad que aborreces.

Los sacrificios no te satisfacen: si te ofreciera un holocausto, no lo querrías. Mi sacrificio es un espíritu quebrantado; un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias.


Aclamación antes del Evangelio: Amós 5, 14

Buscad el bien y no el mal, para que vivais, y el Señor estará con vosotros.


EVANGELIO: Mateo 9, 14-15

En aquel tiempo, se acercaron los discípulos de Juan a Jesús, preguntándole: «Por qué nosotros y los fariseos ayunamos a menudo y, en cambio, tus discípulos no ayunan?»

Jesús les dijo: «¿Es que pueden guardar luto los invitados a la boda, mientras el novio está con ellos? Llegará un día en que se lleven al novio y entonces ayunarán.»


Antífona de comunión: Salmo 24, 4

Señor, enséñame tus caminos, dime cuáles son tus senderos.


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VIVENCIAS CUARESMALES

Todos los viernes, días penitenciales



3. VIERNES DESPUÉS DE CENIZA


TEMA CENTRAL

Coherencia del cristiano: Amor a Dios y amor al hombre


La apuesta por la rectitud y la verdad, que es el verdadero amor, se manifiesta inmediatamente en el amor al hermano.

Pues las mismas actitudes que adoptamos con Dios, las adoptamos con el hermano.

Si uno se acerca rectamente a Dios, se acerca correctamente a los hombres, porque todos procedemos de Dios, y todo lo creado se hizo por la Palabra. Y fuera de ella nada se ha hecho.

Por tanto, en el fondo, toda la creación es comunicación y todo está llamado a convivir en el amor y la complementariedad.

Se da una especie de globalización espiritual en el Verbo: Dios y los hombres, Creador y creatura son inseparables para siempre, por efecto del misterio de la Encarnación. Por ella se ha celebrado un matrimonio perpetuo entre Dios y el hombre.

La actitud religiosa hacia Dios lleva consigo una recta orientación del hombre mismo desde lo más profundo de su ser; y, por tanto, todos sus comportamientos serán rectos, constructivos, buenos.

La benevolencia con Dios lleva a la benevolencia con el hermano. No puede haber contradicción entre Dios y el hombre, entre el amor a Dios y el amor al hombre. Todo ayuno y sacrificio, todo esfuerzo por llegar a Dios debe hacer al hombre más grande y más cercano a sus hermanos.

El ayuno está en función del amor. Sólo el amor dice bien del ser del hombre. Sólo el amor plenifica al hombre, lo centra, lo libera del mal, lo hace feliz al ponerlo en comunión con toda la realidad, tomada de manera integral.

Todo ha sido creado en el Verbo, en la Palabra, y fuera de la Palabra, nada se hizo de lo que ha sido hecho.

Texto bíblico: “¿No saben cuál es el ayuno que me agrada?, dice el Señor. Romper las cadenas injustas, desatar las amarras del yugo… Entonces tu luz surgirá como la aurora… Si llamas a Yahvé, responderá: aquí estoy” (Isaías 58, 1-9).

Exigencia: Todo ayuno, toda religión del cumplimiento debe desembocar en el Nuevo Testamento, en el encuentro con el Amado. Es preciso pasar del temor al amor, de la letra al espíritu, de la obligación a la libertad, de la tristeza y ansiedad a la alegría y al gozo, del amor servil al desposorio, del ritualismo a la alabanza, del legalismo a la caridad liberadora; de la ideología a la humilde y solidaria cercanía; en fin, de la queja y la maldición a la bendición liberadora.


ORACIÓN COLECTA (Que lo exterior conduzca a la renovación de las actitudes internas y del corazón)

“Confírmanos, Señor, en el espíritu de penitencia

con que hemos empezado la Cuaresma

y que la austeridad exterior que practicamos

vaya siempre acompañada por la sinceridad de corazón.

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¿Qué vamos a hacer si todo está tan mal?

¿Qué harías si te dijeran que mañana se acaba el mundo? Algo así le preguntó a San Luis Gonzaga un compañero, mientras estaban jugando. El santo respondió: seguiría jugando. Ante el inminente peligro de que todo desaparezca, San Luis Gonzaga pensaba que lo mejor era continuar con lo que estaba haciendo.

Cambio de pregunta, para quedarme con la misma respuesta: ¿qué voy a hacer a la vista de tanta corrupción social y tanto pecado eclesial? ¿A quién voy a votar si en todos los partidos hay políticos que se aprovechan del cargo, mienten descaradamente, hacen de la política su negocio privado, sin interesarse por el bien de los ciudadanos? ¿Voy a dejar la Iglesia porque de pronto aparecen historias que avergüenzan e indignan a todos, sea cual sea el interés que hay detrás de la propagación de tales historias?

En línea con la respuesta de San Luis Gonzaga, yo voy a seguir haciendo lo mismo, voy a votar al partido que me parezca menos malo (porque bueno del todo no hay ninguno, y dejar de votar aún es peor que votar al menos malo), voy a continuar celebrando la eucaristía con la mayor dignidad posible, a seguir preparado mis homilías, conferencias y clases con todo interés.

¿Estoy diciendo que el mal no tiene importancia? Estoy diciendo que el mal no va a condicionar mi trabajo, ni mis esfuerzos por hacer el bien, ni mi necesidad de rezar (aunque sea una pobre oración), ni la normalidad de mis relaciones, ni mi libertad a la hora de expresarme. Cuando me parezca conveniente diré una palabra crítica ante los males sociales y eclesiales. Y cuando lo crea oportuno diré una palabra laudatoria sobre tantos bienes, que pasan desapercibidos y que, precisamente por eso, no llaman la atención.

Algo así decía Jesús: que tu mano izquierda no sepa lo que hace tu derecha; o, cuando des limosna, no vayas pregonándolo a bombo y platillo. Y, sin embargo, son precisamente las buenas personas, los muchos funcionarios honrados, los muchos políticos decentes, los muchos clérigos entregados y limpios, los que mantienen en pie las instituciones.

El mal, tan antiguo como la historia, no es algo abstracto, se encarna en personas y realidades. La diferencia entre el pasado y el presente no es la existencia del mal; la diferencia está en que hoy tenemos una cantidad de información como nunca ha habido. ¿Hay hoy más gente mala, más políticos aprovechados o más clérigos indecentes que en tiempos pasados?

Es dudoso. Precisamente porque hay más información, la gente va con más cuidado. El miedo guarda la viña. El miedo a que lo sepan hace que me contenga. Hoy y siempre el trigo y la cizaña han crecido juntos. Arrancar la cizaña es deseable. Lo peligroso es arrancar el trigo creyendo arrancar cizaña. Lo peligroso es no valorar el bien, no darse cuenta del bien que hay en medio de tanto mal. A pesar de la gran cantidad de información que tenemos sobre el mal, el bien supera con creces al mal.

Martín Gelabert, sacerdote dominico

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De las homilías del Pseudo Crisóstomo

La oración es luz del alma

El sumo bien está en la plegaria y en el diálogo con Dios, porque equivale a una íntima unión con él: y así como los ojos del cuerpo se iluminan cuando contemplan la luz, así también el alma dirigida hacia Dios se ilumina con su inefable luz.

Una plegaria, por supuesto, que no sea de rutina, sino hecha de corazón; que no esté limitada a un tiempo concreto o a unas horas determinadas, sino que se prolongue día y noche sin interrupción.

Conviene, en efecto, que elevemos la mente a Dios no sólo cuando nos dedicamos expresamente a la oración, sino también cuando atendemos a otras ocupaciones, como el cuidado de los pobres o las útiles tareas de la munificencia, en todas las cuales debemos mezclar el anhelo y el recuerdo de Dios, de modo que todas nuestras obras, como si estuvieran condimentadas con la sal del amor de Dios, se conviertan en un alimento dulcísimo para el Señor.

Pero sólo podremos disfrutar perpetuamente de la abundancia que de Dios brota, si le dedicamos mucho tiempo.

La oración es luz del alma, verdadero conocimiento de Dios, mediadora entre Dios y los hombres.

Hace que el alma se eleve hasta el cielo y se adhiera a Dios con inefables abrazos, apeteciendo la leche divina, como el niño que, llorando, llama a su madre; por la oración, el alma expone sus propios deseos y recibe dones mejores que toda la naturaleza visible.

Pues la oración se presenta ante Dios como venerable intermediaria, alegra nuestro espíritu y tranquiliza sus afectos.

Me estoy refiriendo a la oración de verdad, no a las simples palabras: la oración que es un deseo de Dios, una inefable piedad, no otorgada por los hombres, sino concedida por la gracia divina, de la que también dice el Apóstol: Nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables.

El don de semejante súplica, cuando Dios lo otorga a alguien, es una riqueza inagotable y un alimento celestial que satura el alma; quien lo saborea se enciende en un deseo indeficiente del Señor, como en un fuego ardiente que inflama su alma.

Cuando quieras reconstruir en ti aquella morada que Dios se edificó en el primer hombre, adórnate con la modestia y la humildad y hazte resplandeciente con la luz de la justicia; decora tu ser con buenas obras, como con oro acrisolado; y embellécelo con la fe y la grandeza de alma, a manera de muros y piedras;

y, por encima de todo, como quien pone la cúspide para coronar un edificio, coloca la oración, a fin de preparar a Dios una casa perfecta y poderle recibir en ella como si fuera una mansión regia y espléndida, ya que, por la gracia divina, es como si poseyeras la misma imagen de Dios colocada en el templo del alma (Suplemento, Homilía 6 sobre la oración: PG 64, 462-466).
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El maná de cada día, 5.3.19

marzo 5, 2019

Martes de la 8ª semana del Tiempo Ordinario

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Bendito seas, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has revelado los misterios del reino a los pequeños



PRIMERA LECTURA: Eclesiástico 35, 1-12

Quien observa la ley multiplica las ofrendas, quien guarda los mandamientos ofrece sacrificios de comunión.

Quien devuelve un favor hace una ofrenda de flor de harina, quien da limosna ofrece sacrificios de alabanza.

Apartarse del mal es complacer al Señor, un sacrificio de expiación es apartarse de la injusticia. No te presentes ante el Señor con las manos vacías, pues esto es lo que prescriben los mandamientos.

La ofrenda del justo enriquece el altar, su perfume sube hasta el Altísimo. El sacrificio del justo es aceptable, su memorial no se olvidará.

Glorifica al Señor con generosidad, y no escatimes las primicias de tus manos. Cuando hagas tus ofrendas, pon cara alegre y paga los diezmos de buena gana.

Da al Altísimo como él te ha dado a ti, con generosidad, según tus posibilidades. Porque el Señor sabe recompensar y te devolverá siete veces más.

No trates de sobornar al Señor, porque no lo aceptará; no te apoyes en sacrificio injusto. Porque el Señor es juez, y para él no cuenta el prestigio de las personas.


SALMO 49, 5-6. 7-8. 14 y 23

Al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios.

«Congregadme a mis fieles, que sellaron mi pacto con un sacrificio». Proclame el cielo su justicia; Dios en persona va a juzgar.

«Escucha, pueblo mío, voy a hablarte; Israel, voy a dar testimonio contra ti; -yo soy Dios, tu Dios-. No te reprocho tus sacrificios, pues siempre están tus holocaustos ante mí».

Ofrece a Dios un sacrificio de alabanza, cumple tus votos al Altísimo. «El que me ofreceacción de gracias, ése me honra; al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios».


ALELUYA: Mt 11, 25

Bendito seas, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has revelado los misterios del reino a los pequeños.


EVANGELIO: Marcos 10, 28-31

En aquel tiempo, Pedro se puso a decir a Jesús: «Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido».

Jesús dijo: «En verdad os digo que no hay nadie que haya dejado casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, que no reciba ahora, en este tiempo, cien veces más —casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones— y en la edad futura, vida eterna. Muchos primeros serán últimos, y muchos últimos primeros».


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