Maná y Vivencias Pascuales (8), 8.4.18

abril 7, 2018

Domingo de la Octava de Pascua o Segundo Domingo de Pascua, Ciclo B

DOMINGO DE LA DIVINA MISERICORDIA

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jesusmisericordioso

¡Jesús, confío en ti! Llamada a la conversión y a la vida en abundancia

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Antífona de entrada: 1 Pedro 2, 2

Como niños recién nacidos, deseen una leche pura y espiritual que los haga crecer hacia la salvación. Aleluya.


Oración colecta

Dios de misericordia infinita, que reafirmas la fe de tu pueblo con el retorno anual de las fiestas pascuales, acrecienta en nosotros los dones de tu gracia, para que comprendamos mejor la inestimable riqueza del bautismo que nos ha purificado, del espíritu que nos ha hecho renacer y de la sangre que nos ha redimido. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: Hechos de los apóstoles 4, 32-35 – “Todos pensaban y sentían lo mismo”

En el grupo de los creyentes todos pensaban y sentían lo mismo: lo poseían todo en común y nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenía.

Los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con mucho valor. Y Dios los miraba a todos con mucho agrado. Ninguno pasaba necesidad, pues los que poseían tierras o casas las vendían, traían el dinero y lo ponían a disposición de los apóstoles; luego se distribuía según lo que necesitaba cada uno.

SALMO 117, 2-4. 16ab-18. 22-24

Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia.

Diga la casa de Israel: Eterna es su misericordia. Diga la casa de Aarón: Eterna es su misericordia. Digan los fieles del Señor: Eterna es su misericordia.

La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente. Éste es el día en que actuó el Señor: Sea nuestra alegría y nuestro gozo.

Señor, danos la salvación; Señor, danos prosperidad. Bendito el que viene en nombre del Señor, os bendecimos desde la casa del Señor; el Señor es Dios, él nos ilumina.

SEGUNDA LECTURA: 1 Juan 5, 1-6. “Todo lo que ha nacido de Dios vence al mundo”

Queridos hermanos: Todo el que cree que Jesús es el Cristo ha nacido de Dios; y todo el que ama a Dios que da el ser ama también al que ha nacido de él.

En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios: Si amamos a Dios y cumplimos sus mandamientos.

Pues en esto consiste el amor a Dios: En que guardemos sus mandamientos. Y sus mandamientos no son pesados, pues todo lo que ha nacido de Dios vence al mundo.

Y lo que ha conseguido la victoria sobre el mundo es nuestra fe. ¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?

Éste es el que vino con agua y con sangre: Jesucristo. No sólo con agua, sino con agua y con sangre; y el Espíritu es quien da testimonio, porque el Espíritu es la verdad.


Aclamación antes del Evangelio: Jn 20, 29

Porque me has visto, Tomás, has creído, –dice el Señor– . Dichosos los que crean sin haber visto.


EVANGELIO: Juan 20, 19-31 – “A los ocho días, llegó Jesús”

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros.»

Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegria al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.»

Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.»

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor.»

Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.»

A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a vosotros.»

Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.»

Contestó Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!»

Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.»

Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Éstos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.


Antífona de comunión: Juan 20, 27

Jesús dijo a Tomás: acerca tu mano, toca las cicatrices dejadas por los clavos y no seas incrédulo, sino creyente. Aleluya.

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VIVENCIAS PASCUALES (8)

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Misericordina

Misericordina, remedio de la gracia divina para el creyente. ¡Jesús es mi Señor!

Este domingo es un domingo especial por completar la Octava de Pascua; broche de oro de la gran fiesta de la Iglesia comenzada en la solemne Vigilia Pascual y prolongada, como un solo día, hasta este domingo.

Espiritualidad pascual de la Oración colecta

Dios de misericordia infinita, que reanimas la fe de tu pueblo con la celebración anual de las fiestas pascuales; acrecienta en nosotros los dones de tu gracia, para que comprendamos mejor que el bautismo nos ha purificado, que el Espíritu nos ha hecho renacer y que la sangre nos ha redimido. Por nuestro Señor.

NOTA: Nos unimos a todas las personas devotas del Señor de la Divina Misericordia. Recordamos con cariño a san Juan Pablo II, bendecido especialmente en los últimos días de su vida. El Señor siga estando grande con todos nosotros, que somos pecadores, pero que confiamos en su Divina Misericordia. Él dijo: Nadie me quita la vida; la entrego libremente; para que vosotros tengáis vida en abundancia.

Le agradecemos al Papa Francisco la convocatoria del Jubileo de la Misericordia. Que las gracias recibidas en aquel año sigan siendo una bendición para toda la Iglesia y para el mundo entero. Gracias, Señor Jesús.

Comentario de san Agustín a Jn 20,19-31:

Quería creer con los dedos

Escuchasteis cómo el Señor alaba a los que creen sin haber visto por encima de los que creen porque han visto y hasta han podido tocar. Cuando el Señor se apareció a sus discípulos, el apóstol Tomás estaba ausente; habiéndole dicho ellos que Cristo había resucitado, les contestó: Si no meto mi mano en su costado, no creeré (Jn 20, 25).

¿Qué hubiese pasado si el Señor hubiese resucitado sin las cicatrices? ¿O es que no podía haber resucitado su carne sin que quedaran en ella rastro de las heridas? Lo podía; pero si no hubiese conservado las cicatrices en su cuerpo, no hubiera sanado las heridas de nuestro corazón. Al tocarle lo reconoció. Le parecía poco el ver con los ojos; quería creer con los dedos. «Ven -le dijo-, mete aquí tus dedos, no suprimí toda huella, sino que dejé algo para que creyeras; mira también mi costado, y no seas incrédulo, sino creyente» (ib., 27).

Tan pronto como le manifestó aquello sobre lo que aún le quedaba duda, exclamó: «¡Señor mío y Dios mío!» (ib., 28). Tocaba la carne y proclamaba la divinidad. ¿Qué tocó? El cuerpo de Cristo. ¿Acaso el cuerpo de Cristo era la divinidad de Cristo? La divinidad de Cristo era la Palabra; la humanidad, el alma y la carne. Él no podía tocar ni siquiera el alma, pero podía advertir su presencia, puesto que el cuerpo, antes muerto, se movía ahora vivo.

Aquella Palabra, en cambio, ni cambia ni se la toca, ni decrece ni acrece, puesto que en el principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios (Jn 1,1). Esto proclamó Tomás; tocaba la carne e invocaba la Palabra, porque la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros (Jn 1,14).

(Sermón 145).

Sermón de san Agustín en la octava de Pascua:

La nueva creación en Cristo

Homilía dirigida a los bautizados en la Vigilia Pascual.

Me dirijo a vosotros, niños recién nacidos, párvulos en Cristo, nueva prole de la Iglesia, gracia del Padre, fecundidad de la Madre, retoño santo, muchedumbre renovada, flor de nuestro honor y fruto de nuestro trabajo, mi gozo y mi corona, todos los que perseveráis firmes en el Señor.

Me dirijo a vosotros con las palabras del Apóstol: vestíos del Señor Jesucristo, y que el cuidado de vuestro cuerpo no fomente los malos deseos, para que os revistáis de la vida que se os ha comunicado en el sacramento. Los que os habéis incorporado a Cristo por el bautismo, os habéis revestido de Cristo. Ya no hay distinción entre judíos y gentiles, esclavos y libres, hombres y mujeres, porque todos sois uno en Cristo Jesús.

En esto consiste la fuerza del sacramento: en que es el sacramento de la vida nueva, que empieza ahora con la remisión de todos los pecados pasados y que llegará a su plenitud con la resurrección de los muertos. Por el bautismo fuisteis sepultados con él en la muerte, para que, así como Cristo fue despertado de entre los muertos, así también andéis vosotros en una vida nueva.

Pues ahora, mientras vivís en vuestro cuerpo mortal, desterrados lejos del Señor, camináis por la fe; pero tenéis un camino seguro que es Cristo Jesús en cuanto hombre, el cual es al mismo tiempo el término al que tendéis, quien por nosotros ha querido hacerse hombre. Él ha reservado una inmensa dulzura para los que le temen y la manifestará y dará con toda plenitud a los que esperan en él, una vez que hayamos recibido la realidad de lo que ahora poseemos sólo en esperanza.

Hoy se cumplen los ocho días de vuestro renacimiento: y hoy se completa en vosotros el sello de la fe, que entre los antiguos padres se llevaba a cabo en la circuncisión de la carne a los ocho días del nacimiento carnal.

Por eso mismo, el Señor al despojarse con su resurrección de la carne mortal y hacer surgir un cuerpo, no ciertamente distinto, pero sí inmortal, consagró con su resurrección el domingo, que es el tercer día después de su pasión y el octavo contado a partir del sábado; y, al mismo tiempo, el primero.

Por esto, también vosotros, ya que habéis resucitado con Cristo –aunque todavía no de hecho, pero sí ya en esperanza cierta, porque habéis recibido el sacramento de ello y las arras del Espíritu–, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. Porque habéis muerto; y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida vuestra, entonces también vosotros apareceréis juntamente con él, en gloria. (Sermón 8, en la octava de Pascua, 1, 4: PL 46, 838.841).

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Maná y Vivencias Cuaresmales (18), 3.3.18

marzo 3, 2018

Sábado de la 2ª semana de Cuaresma

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El Señor es compasivo y misericordioso



Antífona de entrada: Salmo 144, 8-9

El Señor es compasivo y misericordioso, lleno de paciencia y amor; el Señor es bueno con todos y su bondad se extiende a todas sus creaturas.


Oración colecta

Señor, Dios nuestro, que por medio de los sacramentos permites participar de los bienes de tu reino ya en nuestra vida mortal, dirígenos tú mismo en el camino de la vida, para que lleguemos a alcanzar la luz en la que habitas con tus santos. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: Miqueas: 7, 14-15.18-20

Señor, pastorea a tu pueblo con el cayado, a las ovejas de tu heredad, a las que habitan apartadas en la maleza, en medio del Carmelo. Pastarán en Basán y Galaad, como en tiempos antiguos; como cuando saliste de Egipto y te mostraba mis prodigios. ¿Qué Dios como tú, que perdonas el pecado y absuelves la culpa al resto de tu heredad?

No mantendrá por siempre la ira, pues se complace en la misericordia. Volverá a compadecerse y extinguirá nuestras culpas, arrojará a lo hondo del mar todos nuestros delitos. Serás fiel a Jacob, piadoso con Abrahán, como juraste a nuestros padres en tiempos remotos.


SALMO 102, 1-2.3-4.9-10.11-12

El Señor es compasivo y misericordioso

Bendice, alma mía, al Señor, y todo mi ser a su santo nombre. Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides sus beneficios.

Él perdona todas tus culpas y cura todas tus enfermedades; el rescata tu vida de la fosa y te colma de gracia y de ternura.

No está siempre acusando ni guarda rencor perpetuo; no nos trata como merecen nuestros pecados ni nos paga según nuestras culpas.

Como se levanta el cielo sobre la tierra, se levanta su bondad sobre sus fieles; como dista el oriente del ocaso, así aleja de nosotros nuestros delitos.


Aclamación antes del Evangelio: Lucas 15, 18

Me levantaré, volveré a mi padre y le diré: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti”.


EVANGELIO: Lucas 15, 1-3.11-32

En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos: «Ése acoge a los pecadores y come con ellos.»

Jesús les dijo esta parábola: «Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: “Padre, dame la parte que me toca de la fortuna.” El padre les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente.

Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces y tanto le insistió a un habitante de aquel país que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Le entraban ganas de saciarse de las algarrobas que comían los cerdos; y nadie le daba de comer.

Recapacitando entonces, se dijo: “Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros.”

Se puso en camino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y, echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo. Su hijo le dijo: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo.”

Pero el padre dijo a sus criados: “Sacad en seguida el mejor traje y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo; celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado.” Y empezaron el banquete.

Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y el baile, y llamando a uno de los mozos, le preguntó qué pasaba. Éste le contestó: “Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud.”

Él se indignó y se negaba a entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo. Y él replicó a su padre: “Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado.”

El padre le dijo: “Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado.”»

Antífona de comunión: Lucas 15, 32

Alégrate, hijo mío, porque tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y lo hemos encontrado.


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VIVENCIAS CUARESMALES

Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo.



18. SÁBADO

SEGUNDA SEMANA DE CUARESMA

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TEMA.- El hijo pródigo, paradigma de la confesión sacramental.

En la antífona de entrada una vez más se resalta la bondad de Dios. El Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad. El Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas” (Salmo 144, 8-9).

Una y otra vez, consideramos a Dios en lo específico suyo: la misericordia. ¿Cuándo nos convenceremos de ello? Él es Dios, no hombre. Nuestros parámetros no son apropiados para captar a Dios en su originalidad. En efecto, ninguno de los dos hijos llegó a conocer a su padre, aunque vivían en su casa día y noche.

El mayor era egoísta y había reducido su relación filial a un cumplimiento legalista y frío; él obedecía para que le premiaran. El menor era también egoísta y se entusiasmó con la idea de hacer su voluntad, de liberarse del padre, del “viejo”. La relación con él era rutinaria y le aburría esa vida. Quería romper la dependencia y emanciparse.

Los dos hijos vivían afectivamente lejos de su padre aunque convivieran con él, no lo conocían bien, no lo apreciaban, no lo amaban. Eran ingratos, desagradecidos y hasta injustos con un padre cuyo delito fue el haberles dado lo mejor que podía darles, y buscar lo mejor para ellos.

Si muchos se identifican con el hijo pródigo, no son menos los que podemos identificarnos con el hijo mayor. Él no amaba a su padre, y se constata que tampoco amaba a su hermano. No ama a su hermano y, por tanto, no lo puede excusar y menos aún perdonar.

Teme que, si lo perdona, su hermano seguirá en lo mismo, que no le va a doler lo que ha hecho. Piensa que si no se le aplica un correctivo a su hermano, éste no escarmentará y en el futuro será capaz de abusar de la bondad del padre y perjuficará a toda la familia; por eso critica la actitud indulgente del padre como excesivamente generosa hasta rayar en ingenua: le parece tonta, incomprensible y hasta injusta.

Nosotros, por lo general, igual que el hijo mayor, creemos que a la gente hay que cambiarla a como dé lugar; y eso se consigue cuadrando a la gente, ajustando cuentas, reprochando, humillando si es necesario, castigando, vengándose, y obligando a los demás a pagar en justicia todo lo adeudado. En fin, haciendo que el pecador pruebe lo amargo de las consecuencias de su falta.

Nos da miedo dejar libre al otro, decirle que no importa lo que ha hecho, que le comprendemos, que no ha pasado nada, que lo seguimos amando igual o más que antes, que le seguimos esperando y que confiamos en él, que le damos una nueva oportunidad, que sufrimos con él lo mal que se siente por lo que ha hecho, que quizás es él precisamente el que más lamenta lo sucedido y sufre por el pecado cometido, que él es más grande que su propio pecado, que no puede identificarse para siempre con lo que ha hecho.

Todo eso nos cuesta practicarlo porque no nos fiamos del hermano y no creemos en la capacidad regenerativa del hombre. Es posible que tampoco estemos dispuestos a que nos hagan otra jugarreta. No queremos pasar más aprietos.

En fin, nos cuesta aceptar a los hermanos en su proceso de crecimiento en libertad, en la “libertad de hijo” que nos ha dado el Padre, nuestro Padre, como un derecho a todos sus hijos sin excepción. Querríamos a nuestros prójimos más perfectos, más disciplinados, más agradecidos, pero es a Dios a quien deben dar cuentas, no a nosotros.

Eso es lo que nos cuesta: aceptar que Dios es el soberano y dueño de todo y de todos, y no nosotros. Querríamos poner nosotros la medida y las reglas de juego; pero eso, felizmente para todos, pertenece a Dios. Tanto nos atrae esa pretensión, que nos atrevemos a juzgar a Dios como el hijo mayor tachándole de ingenuo y aun de injusto.

Sin embargo, el Padre, el único bueno, a los operarios que le reclamaban, les dijo: ¿Por qué veis con malos ojos que yo sea bueno? ¿Quiénes sois vosotros para imponerme determinados comportamientos y para decirme lo que debo hacer y cómo tengo que amar y hacer justicia?

Porque es Dios, puede confiar sin medida en nosotros. Él es el Amor que todo lo espera, todo lo cree, todo lo soporta. Nosotros somos limitados: nosotros estamos invitados a imitar a nuestro Padre en esa característica tan propia y exclusiva de Dios. Es mucho lo que se nos pide: es algo imposible para el hombre, pero posible para Dios.

Deberíamos alegrarnos de que Dios sea tan bueno; y porque mucho se nos perdona, mucho queremos alabarlo. Dios cree que el amor y el perdón es el mejor antídoto al abuso y a la ingratitud del hombre pecador. Sólo el amor le hace salir de sí mismo y le cambia. Pues “amor saca amor”, sobre todo considerando el ejemplo de Cristo interpretado e interiorizado en nosotros por la acción del Espíritu Santo que ha sido derramado en nuestros corazones como prenda de vida eterna.

Esa vida eterna que consiste en conocer el amor del Padre y del Hijo; en disponerse a vivir en correspondencia a su Amor ingresando a la misma familia divina.

Con el salmista agradecemos el infinito amor y perdón de Dios. Que nuestra alabanza llene la tierra, que llene la Iglesia, como llenó el perfume de la Magdalena toda la casa: ella pudo amar mucho, porque mucho se le perdonó; y también, mucho se le pudo perdonar porque mucho amó. A quien poco se le perdona, poco ama. Quien no permite que se le perdone mucho, poco puede amar.

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ORACIÓN COLECTA

Señor, Dios nuestro, que, por medio de los sacramentos, nos permites participar de los bienes de tu reino ya en nuestra vida mortal; dirígenos tú mismo en el camino de la vida, para que lleguemos a alcanzar la luz en la que habitas con tus santos.

ORACIÓN DE LA COMUNIÓN

Señor, que la gracia de tus sacramentos llegue a lo más hondo de nuestro corazón y nos comunique su fuerza divina.

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PREFACIO DE LA PLEGARIA EUCARÍSTICA SOBRE LA RECONCILIACIÓN I. La reconciliación como retorno al Padre.

En verdad es justo y necesario darte gracias, Señor Padre santo, porque no dejas de llamarnos a una vida plenamente feliz.

Tú, Dios de bondad y misericordia, ofreces siempre tu perdón e invitas a los pecadores a recurrir confiadamente a tu clemencia. Muchas veces los hombres hemos quebrantado tu alianza; pero tú, en vez de abandonarnos, has sellado de nuevo con la familia humana, por Jesucristo, tu Hijo, nuestro Señor, un pacto tan sólido, que ya nada lo podrá romper.

Y ahora, mientras ofreces a tu pueblo un tiempo de gracia y reconciliación, lo alientas en Cristo para que vuelva a ti, obedeciendo más plenamente al Espíritu Santo, y se entregue al servicio de todos los hombres.

Por eso, llenos de admiración y agradecimiento, unimos nuestras voces a las de los coros celestiales para cantar la grandeza de tu amor y proclamar la alegría de nuestra salvación.

Santo, Santo, Santo es el Señor…

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HIMNO

Éste es el día en que actuó el Señor. Éste es el tiempo de la misericordia. ¡Exulten mis entrañas! ¡Alégrese mi pueblo! Porque el Señor que es justo revoca sus decretos: La salvación se anuncia donde acechó el infierno, porque el Señor habita en medio de su pueblo.

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¡No puedo perdonar! ¿Cómo lo hago? Siete claves para abrir tu corazón al perdón

marzo 2, 2018

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¡No puedo perdonar! ¿Cómo lo hago? Jesús, enséñame a perdonar y olvidar…

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¡No puedo perdonar! ¿Cómo lo hago? Siete claves para abrir tu corazón al perdón

Por H. Edgard Henríquez Carrasco

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¡Cuánto nos cuesta perdonar! El dolor de una herida recibida puede durar largo tiempo. Somos seres humanos, frágiles, pecadores, en relación con los demás, que sentimos y amamos. Nuestra vida de cristianos nos enseña a amar y a perdonar y, todos los días, este se convierte en un ejercicio constante de desprendimiento y confianza en Dios.

No podemos perdonar a otros si primero no nos perdonamos a nosotros mismos. ¡Gran tarea es ésta! Pero, ¿cómo perdonar aquello que es tan doloroso para mí? ¿Cómo olvidar el mal recibido? ¿Es posible perdonarlo todo?

Dios nos da algunas claves en las Sagradas Escrituras que podemos ir poniendo en práctica, pero no es algo que viene de una vez para siempre, es un ejercicio constante que debemos aceptar y asumir.

Quiero compartir contigo 7 claves que pueden ayudarte a perdonar. Pero debes saber que solo no puedes. Por tus propias fuerzas será imposible. Debes dejar actuar a Dios, abrirte a Él, que Él te enseñe el camino del perdón. Y verás que las cosas van tomando su rumbo normal, que vas perdonando, que vas abriendo tu corazón a este gran regalo que es el perdón.

Entonces, ¿cómo puedo perdonar?, ¿qué necesito?

1. Humildad

Quizás olvidas que tú también has sido sujeto de perdón para otros. Que has fallado en múltiples ocasiones, que has defraudado a muchos y traicionado a otros más. Eres humano y por la condición humana eres vulnerable a los errores.

Aquella frase “estamos todos cortados por la misma tijera” viene muy bien a la hora de analizar las propias actitudes. ¿Quién de nosotros no ha fallado alguna vez? Todos lo hemos hecho y seguiremos haciéndolo, porque somos humanos.

Pensar que tú también has sido ocasión de perdón para otros puede ayudarte a perdonar. Además, ¡Dios te ha perdonado mucho! Dentro de la humildad está el reconocerse pecador, pero no sólo a sí mismo, sino frente a Dios. El sacramento de la confesión siempre te ayudará a valorar el perdón, te enseñará a perdonar.

«Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, fiel y justo es Él para perdonarnos los pecados y purificarnos de toda iniquidad» (1 Juan 1, 8-9).

La humildad de reconocerte pecador, de reconocerlo ante Dios, es el inicio del camino hacia el perdón. ¿Estás dispuesto a recorrerlo? Busca siempre el camino seguro de la humildad.

«Humíllense bajo la mano poderosa de Dios, para que a su tiempo los exalte. Descarguen sobre Él todas sus preocupaciones, porque Él cuida de ustedes. Sean sobrios y vigilen, porque su adversario, el diablo, como un león rugiente, ronda buscando a quién devorar. Resístanle firmes en la fe, sabiendo que sus hermanos dispersos por el mundo soportan los mismos padecimientos» (1 Pedro 5, 6-9).

2. Abre el corazón al amor

«Donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón» (Mateo 6, 21). Ahora bien, ¿qué hay en tu corazón? ¿Qué tesoros tienes allí? ¿Qué cosas guardas en lo profundo de tu interior? Quizá sea el amor a ti mismo, el egocentrismo, el pensar solo en tus cosas.

Esta actitud cierra tu corazón a los demás, haciendo que vaya poco a poco oxidándose como el hierro erosionado por el agua. Tu corazón está hecho para recibir el amor de Dios y para amar a los demás.

Recuerdo que en un campamento de verano siempre nos hacían repetir: «Hemos sido creados para amar», lo hacíamos tantas veces al día que se quedó marcado en mi mente y en mi corazón. Has sido creado por el mismo Amor para que tú también puedas amar a otros.

Abrir tu corazón al amor significa dejar que venga Dios y lo sane, que lo restaure, que lo purifique. Él lo promete cuando dice: «les daré un solo corazón, derramaré en su interior un espíritu nuevo. Arrancaré de su cuerpo el corazón de piedra y les daré un corazón de carne» (Ezequiel 11, 19).

Pídele a Dios un corazón de carne, un corazón que sufra con los demás, un corazón abierto para acoger al otro tal como es. ¡Cuánto se necesitan hoy esos corazones disponibles para amar como Dios ama!

«Que su adorno no sea el de fuera: peinados, joyas de oro, vestidos llamativos, sino lo más íntimo suyo, lo oculto en el corazón, ataviado con la incorruptibilidad de un alma apacible y serena» (1 Pedro 3, 3-4).

3. Pide ayuda a Dios

La poca humildad y el excesivo amor propio van haciendo que confiemos primero en nuestras fuerzas para intentar solucionar los problemas de la vida. Pero, ¡cuán ciertas son las palabras de Jesús: «Sin mí no pueden hacer nada». Pedir ayuda a Dios se convierte en la última carta a jugar, en el salvavidas, en el último recurso disponible.

Cuando ya nada podemos hacer nos acercamos a Dios para pedirle ayuda. Si quieres evitar acordarte de Dios en casos extremos, debes comenzar desde ahora a confiar en Él y pedir su ayuda. Dios te conoce y sabe lo que le vas a pedir, pero quiere que confíes en su poder.

Por eso, aunque no tengas problemas y las cosas vayan bien, acércate con humildad a Dios para pedir ayuda en todo momento. La paz del cristiano tiene su raíz en la confianza en Dios, no en él mismo. El Señor no se deja ganar en generosidad y de seguro superará infinitamente tus expectativas.

«Confía en el Señor con todo tu corazón, y no te fíes de tu propio discernimiento. Reconócelo en todos tus caminos, y Él enderezará tus sendas» (Proverbios 3, 5-6). Confía en Dios, ¡confía en su poder! No tengas miedo a dejar tus seguridades en la orilla y lánzate al mar.

El Señor te espera, quiere que vayas y le cuentes tus problemas, que le pidas ayuda; Él está dispuesto siempre a darte lo que le pidas. «Acérquense a Dios y Él se acercará a ustedes» (Santiago 4, 8) nos recuerda el Apóstol, sigue su consejo, ¡atrévete!

«Ésta es la confianza que tenemos en Él: si le pedimos algo según su voluntad, nos escucha. Y puesto que sabemos que nos va a escuchar en todo lo que pidamos, sabemos que tenemos ya lo que hemos pedido» (1 Juan 5, 14-15).

4. Purifica tu memoria

La memoria es como una bodega donde se almacenan recuerdos, experiencias, situaciones, nombres, lugares, olores, etc. Por lo general solemos guardar aquello que es importante o que ha tenido un impacto profundo interiormente; puede ser una emoción, una situación extrema o una experiencia traumante.

A veces se vuelve más fácil guardar las cosas negativas, los problemas no superados, las malas experiencias, las traiciones, los dolores y las ofensas. ¿Por qué? Porque tienen gran impacto emocional en el corazón, dejan huella y afectan emocionalmente.

Es normal que reposen aquellas situaciones en tu corazón; allí están buscando ansiosamente la paz que las libere de su cautiverio. Pero, ¿cómo purificar tu memoria a veces plagada de situaciones negativas? Precisamente con el efecto contrario: recordar las cosas buenas de la vida, la belleza de la creación, las conversaciones entre amigos, los momentos familiares, un buen paseo por el parque, etc.

Purificar la memoria es un proceso lento pero que da fruto cuando el corazón sabe valorar aquello que es importante. Es limpiar, hacer puro, renovar una situación. Purificar la memoria no significa olvidar, sino transformar lo malo en algo bueno.

¿Será posible? San Francisco de Asís nos da una pista: «aquello que me parecía amargo, se me convirtió en dulzura del alma y del cuerpo» (Testamento, n° 3). Purificar la memoria es preparar el terreno para poner la semilla del perdón. Ten fe en que germinará y dará fruto, un fruto abundante.

«Porque, he aquí que Yo creo unos cielos nuevos y una tierra nueva. Las cosas pasadas no serán recordadas, ni vendrán a la memoria. Al contrario, alégrense y regocíjense eternamente de lo que Yo voy a crear» (Isaías 65, 17-18).

5. Evalúa tu propia vida

En parte ya lo hemos hablado en el punto de la humildad, cuando veíamos que nosotros también somos sujetos de perdón para otros. Y es cierto, hay que hacerle hincapié, porque se nos olvida que también fallamos.

Aquí la invitación es a hacer una evaluación de tu vida, ver cómo vas, qué necesitas, hacia dónde te diriges. Es como ir al médico a realizarse un análisis general: ves si está bien la presión, el flujo sanguíneo, las plaquetas, la temperatura del cuerpo, el correcto funcionamiento de los órganos internos, etc.

Así también debes hacerlo con tu otra mitad, el alma. Ver cómo vas en la vida, si lo estás haciendo bien, si tus decisiones te traen paz o más tormentos. Sólo así podrás ser capaz de percibir lo que cotidianamente no percibes. Frena el ritmo de tu vida durante media hora para examinarte interiormente, quizá a mediodía o por la noche. Analiza tus deseos, frustraciones, desalientos, alegrías, emociones, reacciones, etc.

El Papa Francisco, hablando del examen de conciencia, señala: «Quién de nosotros en la noche, antes de terminar el día, cuando se queda solo no se pregunta: ¿qué sucedió hoy en mi corazón? ¿Qué sucedió? ¿Qué cosas pasaron por mi corazón?» (10 de octubre de 2014).

Este es un ejercicio que debe hacerse de manera perseverante. Evalúa tu propia vida primero, analiza tus decisiones, valora tus esfuerzos, renueva las intenciones y camina a paso seguro. ¡No te olvides!

«Examíname, Dios mío, y conoce mi corazón, ponme a prueba y conoce mis pensamientos. Mira si voy por el mal camino, y guíame por el camino eterno» (Salmo 139, 23-24).

6. Da un paso, avanza

Este es uno de los puntos más difíciles. Significa avanzar, hacer algo más, moverse, actuar. Significa ir, caminar, acercarte al otro, hacerle notar tu presencia, que sienta tu cercanía a pesar de haberte ofendido. Es decirle al otro sin palabras: «aquí estoy, creíste que te daría la espalda pero no soy así. Quiero perdonarte, pero no sé cómo. Ayúdame a hacerlo».

¡Difícil pero posible! El perdón es cosa de dos: uno que perdona y otro que es perdonado, una intención mutua de cambio, de querer arreglar las cosas y mejorar la situación. En el perdón se da y se recibe. Pero para eso hay que dar un paso adelante, avanzar.

Puede ser injusto a los ojos del mundo que quien ha hecho un mal viva como si nada hubiese sucedido, mientras que quien ha sufrido aquel mal no pueda siquiera conciliar el sueño. En la lógica de Dios es diverso: en el fondo sufren los dos, quien ofende y quien perdona, pero quien perdona está en ventaja, porque puede dar algo al otro, puede donarse, y eso también es amar.

«El amor todo lo cree, todo lo puede, todo lo espera y todo lo soporta» escribe Pablo a los Corintios. «El amor siempre puede más» (Juan Pablo II, Chile, 1987).

San José María Escrivá  tenía muy claro que la clave está en la confianza en Dios; al respecto señala que «sin el Señor no podrás dar un paso seguro. Esta certeza de que necesitas su ayuda, te llevará a unirte más a Él, con recta confianza, perseverante, ungida de alegría y de paz, aunque el camino se haga áspero y pendiente» (Surco, n° 770).

¡Atrévete a dar un paso, no te quedes a medio camino! ¡Sé valiente, pídele fuerzas a Dios!

«No devuelvan a nadie mal por mal: busquen hacer el bien delante de todos los hombres. Si es posible, en lo que está de su parte, vivan en paz con todos los hombres… Si tu enemigo tuviese hambre, dale de comer; si tuviese sed, dale de beber… No te dejes vencer por el mal; al contrario, vence el mal con el bien» (Romanos 12, 17-18.20-1).

7. No te canses de orar

La oración es el oxígeno del cristiano. Un cristiano que no ora es un cristiano asfixiado por los ataques del mundo. Sin oración la vida se vuelve frustrante, las problemas parecen no tener remedio y nos desanimamos con facilidad al ver un mundo que lucha entre sí.

Santa Teresita del Niño Jesús nos enseña: «Para mí la oración es un impulso del corazón, una sencilla mirada al cielo, un grito de agradecimiento y de amor tanto en las penas como en las alegrías». La oración es comunicación con Dios. Es un diálogo cuya respuesta puede parecer imperceptible para quien recién comienza el camino espiritual, y esclarecedora para quien la practica habitualmente.

¡Jamás te canses de orar! ¡Jamás te canses de hablar con Dios! Tienes que buscarle para encontrarle, encontrarle para seguirle, seguirle para conocerle y conocerle para amarle. Todos los santos han tenido dificultades en la oración, nosotros también las tenemos, lo importante es que luches día a día por perseverar en la oración. 

¡No te desanimes! En esta batalla no estás solo: piensa en la gran cantidad de cristianos que a diario hablan con Dios venciendo el cansancio, el sueño y la comodidad. Únete a ellos y recibe el oxígeno necesario para correr por la vida con alegría.

«Todo cuanto pidan en la oración, crean que ya lo recibieron y se les concederá. Y cuando se pongan de pie para orar, perdonen si tienen algo contra alguno, a fin de que también su Padre que está en los cielos les perdone sus pecados» (Marcos 11, 24-25).

No quisiera terminar el post sin antes citar estas palabras del Papa Francisco en su homilía matutina del 1 de marzo de 2016 en Casa Santa Marta hablando sobre el perdón y la misericordia:

«En el Padrenuestro rezamos: ‘Perdona nuestras deudas como nosotros perdonamos a nuestros deudores’. Es una ecuación, van juntas. Si tú no eres capaz de perdonar, ¿cómo podrá perdonarte Dios? Él te quiere perdonar, pero no podrá si tú tienes el corazón cerrado, y la Misericordia no puede entrar. ‘Pero, Padre, yo perdono, pero no puedo olvidar aquella cosa fea que me han hecho…’. ‘Eh, pide al Señor que te ayude a olvidar’: pero ésta es otra cosa. Se puede perdonar, pero no siempre se logra olvidar. Pero ‘perdonar’ y ‘me la pagarás’: ¡eso, no! Perdonar como perdona Dios: perdona al máximo».

Para profundizar más al respecto puedes leer:

  1. Papa Francisco, Audiencia general del 28 de septiembre de 2016.
  2. Papa Francisco, Carta Apostólica Misericordia et misera (20 de noviembre de 2016).
  3. Papa Francisco, “La ecuación del perdón” (1 de marzo de 2016).

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Maná y Vivencias Cuaresmales (15), 28.2.18

febrero 28, 2018

Miércoles de la 2ª semana de Cuaresma


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El que quiera ser el primero, que sea el servidor de los demás


Antífona de entrada: Salmo 37, 22-23

Los que el Señor bendice, poseerán la tierra, y los que él maldice, serán exterminados. El Señor asegura los pasos del hombre en cuyo camino se complace.


Oración colecta

Señor, guarda, a tu familia en el camino del bien que tú le señalaste, y haz que protegida por tu mano en sus necesidades temporales, tienda con mayor libertad hacia los bienes eternos. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: Jeremías 18, 18-20

Dijeron: «Venid, maquinemos contra Jeremías, porque no falta la ley del sacerdote, ni el consejo del sabio, ni el oráculo del profeta; venid, lo heriremos con su propia lengua y no haremos caso de sus oráculos.»

Señor, hazme caso, oye cómo me acusan. ¿Es que se paga el bien con mal, que han cavado una fosa para mí? Acuérdate de cómo estuve en tu presencia, intercediendo en su favor, para apartar de ellos tu enojo.


SALMO 30, 5-6.14.15-16

Sálvame, Señor, por tu misericordia

Sácame de la red que me han tendido, porque tú eres mi amparo. A tus manos encomiendo mi espíritu: tú, el Dios leal, me librarás.

Oigo el cuchicheo de la gente, y todo me da miedo; se conjuran contra mí y traman quitarme la vida.

Pero yo confío en ti, Señor, te digo: «Tú eres mi Dios.» En tu mano están mis azares: líbrame de los enemigos que me persiguen.


Aclamación antes del Evangelio: Juan 8, 12

«Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la Vida».


EVANGELIO: Mateo 20, 17-28

En aquel tiempo, mientras iba subiendo Jesús a Jerusalén, tomando aparte a los Doce, les dijo por el camino: «Mirad, estamos subiendo a Jerusalén, y el Hijo del hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas, y lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles, para que se burlen de él, lo azoten y lo crucifiquen; y al tercer día resucitará.»

Entonces se le acercó la madre de los Zebedeos con sus hijos y se postró para hacerle una petición.

Él le preguntó: «¿Qué deseas?»

Ella contestó: «Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda.»

Pero Jesús replicó: «No sabéis lo que pedís. ¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber?»

Contestaron: «Lo somos.»

Él les dijo: «Mi cáliz lo beberéis; pero el puesto a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo, es para aquellos para quienes lo tiene reservado mi Padre.»

Los otros diez, que lo habían oído, se indignaron contra los dos hermanos. Pero Jesús, reuniéndolos, les dijo: «Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen.

No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo. Igual que el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos.»


Antífona de comunión: Mateo 20, 28

Hagan como el Hijo del Hombre, que no vino a ser servido, sino a servir y dar su vida como rescate por muchos.
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VIVENCIAS CUARESMALES

No será así entre vosotros

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15. MIÉRCOLES

SEGUNDA SEMANA DE CUARESMA

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TEXTO ILUMINADOR:

La Cuaresma es caminar con Jesús hacia Jerusalén, hacia la cruz. Él es víctima de la maldad de los impíos.

Apostar por la verdad implica estar dispuesto a soportar la persecución. Las tinieblas lucharán contra la luz porque la soberbia exige doblegar a todos, pero al creyente fiel nunca le faltará la serenidad interior y el descanso en Dios, la tranquilidad de conciencia. No puede devolver mal por mal y menos mal por bien como hacen ellos.

“Atiéndeme, Yahvé, mira lo que dice mi adversario: ¿Acaso se paga mal por bien, y cómo es que ellos están haciendo un hoyo para mí? ¿Así me pagan la defensa que hice ante ti en su favor? Recuerda cómo me presenté ante ti para hablarte en su favor y apartar de ellos tu ira” (Jer 18, 18-20).

Para no poner a prueba nuestra paciencia en medio de la adversidad, la oración colecta pide bienes materiales:

“Guarda a tu familia en el camino del bien, guárdala para que no se tuerza ni a izquierda ni a derecha, dosifica el sufrimiento que permites por maldad o ignorancia de los malvados o por la penuria material.

Protege con tu mano a tu propia familia en los bienes materiales que parecen depender más directamente de ti, Señor providente, pródigo en toda tu creación; así podremos aspirar con menos sobresaltos y fatigas, con más libertad, hacia los bienes eternos.

¡Qué bondad, qué delicadeza en la espiritualidad de la Iglesia de todos los tiempos! ¿Cuándo agradeceremos a Dios suficientemente por tanta riqueza?”

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EVANGELIO DE MATEO, 20, 17-20

Jesús acaba de anunciar a los discípulos, tomados aparte, que está subiendo a Jerusalén donde será condenado a muerte. Frente a la gravedad del asunto y frente a los sentimientos que podían embargar a Jesús, no deja de asombrarnos la inconsciencia de los discípulos que siguen preocupados de sus cosas, al margen de los intereses de su Maestro. La madre de los Cebedeos le dice a Jesús: “Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda”.

“Los otros diez, que lo habían oído, se indignaron contra los dos hermanos. Pero Jesús, reuniéndolos, les dijo: ‘Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo. Igual que el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos’”.

Cuando no amamos en el orden divino, producimos necesariamente violencia o conflicto en las relaciones humanas: pretendemos que nos llamen maestros o endiosamos a otros. La madre de Santiago y Juan ama a sus hijos desordenadamente, no con el amor de Dios. Éstos, conscientes, colocados por encima de los demás ignoran a los otros condiscípulos, y al mismo Jesús, su Maestro. Los demás apóstoles se sublevan, pues les duele ser postergados. No analizan el plan de Dios, ni sobre ellos, ni sobre los Cebedeos. Cada uno busca su propio bien pensando en sí mismo.

Por eso se crea un conflicto, un caos: todos contra todos, todos insatisfechos, porque todos buscan su propio interés, al margen de Dios o contra Dios. Jesús, con paciencia, los llama al orden y los invita a contestar: ¿Cómo se comportan los poderosos? ¿Y cómo se comporta él en medio de ellos? “Entre vosotros no será así”. Tajante. Tienen que vivir a imitación del Hijo del hombre que vino a servir, y no a ser servido. En eso no hay disculpas y excusas que valgan.

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PREFACIOS DE CUARESMA: Damos gracias a Dios en este tiempo de Cuaresma por varios motivos:

1. Porque has establecido generosamente este tiempo de gracia para renovar en santidad a nosotros tus hijos, de modo que, libres de todo afecto desordenado, vivamos las realidades temporales como primicias de las realidades eternas.

2. Porque con nuestras privaciones voluntarias nos enseñas a reconocer y agradecer tus dones, a dominar nuestro afán de suficiencia y a repartir nuestros bienes con los necesitados, imitando así tu generosidad.

3. Porque con el ayuno corporal refrenas nuestras pasiones, elevas nuestro espíritu, nos das fuerza y recompensa, por Cristo, Señor nuestro.

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Papa Francisco: La misericordia puede curar las heridas y cambiar la historia del hombre

Audiencia de hoy, miércoles, 24 de febrero de 2016

Por Álvaro de Juana

VATICANO, 24 Feb. 16 / 05:01 am (ACI).- El Papa Francisco habló de nuevo esta mañana en el Vaticano de la misericordia con motivo del Año Santo y pidió: “¡Abre tu corazón a la misericordia!” porque “la misericordia divina es más fuerte que el pecado de los hombres!”.

El Obispo de Roma aseguró que “la misericordia enseña también en este caso la vía maestra que se debe seguir” y subrayó que “la misericordia puede curar las heridas y puede cambiar la historia”.

De nuevo, la catequesis de la Audiencia General de este miércoles estuvo dedicada a la misericordia y aseguró que el poder de Jesús es totalmente distinto al de los poderosos de hoy en día. “Si se pierde la dimensión de servicio, el poder se transforma en arrogancia y se convierte en dominio y profanación”, manifestó Francisco.

“Jesucristo es el verdadero rey, pero su poder es completamente distinto. Su trono es la cruz. Él no es un rey que asesina, al contrario, da la vida. Su ir hacia todos, sobre todo hacia los más débiles, derrota la soledad y el destino de muerte al que conduce el pecado”.

“Jesucristo con su cercanía y ternura lleva a los pecadores al espacio de la gracia y del perdón”, añadió.

Francisco comenzó hablando de cómo en la Escritura se habla de “los potentes, los reyes, los hombres que están ‘en lo alto’ y de su arrogancia y sus abusos”.

“La riqueza y el poder son realidades que pueden ser buenas y útiles al bien común, si se ponen al servicio de los pobres y de todos, con justicia y caridad”, explicó.

Sin embargo, “como sucede demasiado a menudo, son vividas como privilegio, con egoísmo y prepotencia, y se transforman en instrumentos de corrupción y de muerte”, aseguró.

A continuación, recordó el Primer Libro de los Reyes, en la Biblia, en el que se habla de la “Viña de Nabot”. Aquí se cuenta que Ajab, rey de Israel, quiere comprar la viña de un hombre llamado Nabot, porque esta viña está junto al palacio real. “La propuesta parece legítima, además de generosa, pero en Israel las propiedades terrenas eran consideradas inalienables”.

“La tierra es sagrada porque es un don del Señor, que como tal es cuidada y conservada, en cuanto signo de la bendición divina que pasa de generación en generación y garantía de dignidad para todos”. Por esto, Nabot le da una negativa al rey y éste se siente ofendido.

Es el momento en el que su mujer, “una reina pagana que había incrementado los cultos idolátricos y hacía asesinar a los profetas del Señor, decide intervenir”.

“Ella pone el acento sobre el prestigio y sobre el poder del rey, que, según su modo de ver, es puesto en discusión por el rechazo de Nabot”. Se trata de “un poder que ella considera absoluto y por el cual cada deseo, por ser del rey todopoderoso, es una orden”.

En este episodio de la Biblia ocurre así, puesto que la mujer del rey decide eliminar a Nabot, quien es asesinado.

“Esta no es una historia de otros tiempos, es una historia actual, de los poderosos que para tener más dinero explotan a los pobres, a la gente; la historia de la trata de personas, del trabajo esclavo, de la gente pobre que trabaja en negro con lo mínimo, es la historia de los políticos corruptos que quieren siempre más y más y más”.

Francisco aseguró que es aquí donde se observa adónde lleva “ejercer una autoridad sin respeto por la vida, sin justicia, sin misericordia”, así como “la sed de poder”.

El Santo Padre puso otro ejemplo que refleja bien esta realidad y se encuentra en el Libro del Profeta Isaías: “¡Ay de los que acumulan una casa tras otra y anexionan un campo a otro, hasta no dejar más espacio y habitar ustedes solos en medio del país!”. “¡Y el profeta Isaías no era comunista!”, exclamó el Papa.

Dios es más grande que la maldad de los malvados y de los juegos sucios hechos por los seres humanos” y “en su misericordia envía al profeta Elías para ayudar a Ajab a convertirse”.

“Dios ha visto este crimen, pero llama al corazón de Ajab” y “el rey, ante su pecado, entiende, se humilla y pide perdón”, explicó el Pontífice.

“Qué bonito sería que los poderosos explotadores de hoy hicieran lo mismo. El Señor acepta su arrepentimiento; sin embargo, un inocente había sido asesinado, y la culpa cometida tendrá inevitables consecuencias. El mal cometido en efecto deja sus huellas dolorosas y la historia de los hombres lleva las heridas”.

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Maná y Vivencias Cuaresmales (6), 19.2.18

febrero 19, 2018

Lunes de la 1ª semana de Cuaresma

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Y pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda, y les dirá…

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Antífona de entrada: Salmo 122, 2-3

Como están los ojos de la esclava fijos en las manos de su señora, así están nuestros ojos en el Señor, Dios nuestro, esperando su misericordia.


Oración colecta

Conviértenos a ti, Dios salvador nuestro; ilumínanos con la luz de tu palabra, para que la celebración de esta Cuaresma produzca en nosotros sus mejores frutos. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: Levítico 19,1-2.11-18

El Señor habló a Moisés: «Habla a la asamblea de los hijos de Israel y diles: “Seréis santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo. No robaréis ni defraudaréis ni engañaréis a ninguno de vuestro pueblo. No juraréis en falso por mi nombre, profanando el nombre de Dios. Yo soy el Señor.

No explotarás a tu prójimo ni lo expropiarás. No dormirá contigo hasta el día siguiente el jornal del obrero. No maldecirás al sordo ni pondrás tropiezos al ciego. Teme a tu Dios. Yo soy el Señor.

No daréis sentencias injustas. No serás parcial ni por favorecer al pobre ni por honrar al rico. Juzga con justicia a tu conciudadano. No andarás con cuentos de aquí para allá, ni declararás en falso contra la vida de tu prójimo. Yo soy el Señor.

No odiarás de corazón a tu hermano. Reprenderás a tu pariente para que no cargues tú con su pecado. No te vengarás ni guardarás rencor a tus parientes, sino que amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo soy el Señor.”»


SALMO 18, 8.9.10.15

Tus palabras, Señor, son espíritu y vida.

La ley del Señor es perfecta y es descanso del alma; el precepto del Señor es fiel e instruye al ignorante.

Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón; la norma del Señor es límpida y da luz a los ojos.

La voluntad del Señor es pura y eternamente estable; los mandamientos del Señor son verdaderos y enteramente justos.

Que te agraden las palabras de mi boca, y llegue a tu presencia el meditar de mi corazón, Señor, roca mía, redentor mío.


Aclamación antes del Evangelio: 2 Corintios 6, 2

Éste es el tiempo favorable, éste es el día de la salvación.
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EVANGELIO: Mateo 25, 31-46

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Cuando venga en su gloria el Hijo del hombre, y todos los ángeles con él, se sentará en el trono de su gloria, y serán reunidas ante él todas las naciones. Él separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas de las cabras. Y pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda.

Entonces dirá el rey a los de su derecha: “Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme.”

Entonces los justos le contestarán: “Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?” Y el rey les dirá: “Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis.”

Y entonces dirá a los de su izquierda: “Apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, fui forastero y no me hospedasteis, estuve desnudo y no me vestisteis, enfermo y en la cárcel y no me visitasteis.”

Entonces también éstos contestarán: “Señor, ¿cuándo te vimos con hambre o con sed, o forastero o desnudo, o enfermo o en la cárcel, y no te asistimos?” Y él replicará: “Os aseguro que cada vez que no lo hicisteis con uno de éstos, los humildes, tampoco lo hicisteis conmigo.” Y éstos irán al castigo eterno, y los justos a la vida eterna.»


Antífona de comunión: Mateo 25, 40.34

En verdad os digo que cuanto hicieréis con el más insignificante de mis hermanos, conmigo lo habéis hecho, dice el Señor. Venid, benditos de mi Padre, y tomad posesión del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo.
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VIVENCIAS CUARESMALES

No te cierres a tu propia carne

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6. LUNES

PRIMERA SEMANA DE CUARESMA

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TEMA central iluminador:

La santidad de Dios se expresa en la cercanía a los pobres. La santidad del hombre consiste en imitar a Dios: Amarás a tu prójimo como a ti mismo (porque es imagen de Dios; porque el deseo de la felicidad es algo connatural a todo hombre; hay que amar al hermano “como Dios te ama a ti”).

Se pide en la oración colecta que Dios nos convierta, nos ilumine, además de extender su mano sobre nuestra debilidad para que la Cuaresma dé en nosotros sus mejores frutos.

En la Cuaresma Dios siente celos por su pueblo, por cada uno de nosotros, que fuimos iluminados en el Bautismo y llamados a ser sal de la tierra y luz del mundo.

Al ver nuestro desvalimiento y la incongruencia en la práctica cristiana, Dios se remanga el brazo como cuando sacó a los israelitas de Egipto “con mano poderosa y brazo extendido”.

Dijo en efecto a Moisés: He bajado y he visto que mi pueblo está oprimido, y quiero que tú lo saques de Egipto.

Dios jamás se resigna a vernos esclavizados en el pecado y viviendo como siervos cuando en realidad somos hijos.

El hijo pródigo no podía seguir viviendo entre cerdos, animales impuros, comiendo su mismo alimento. Era hijo del Rey. Le correspondía otro tipo de existencia. El padre salía todas las tardes a otear el horizonte por si regresaría su hijo perdido…

Dios no puede permanecer indiferente ante el sufrimiento de sus hijos.

He bajado, dice el Señor, y he visto el sufrimiento de mi pueblo en Egipto… Su santidad consiste en sentir en carne propia lo que viven sus hijos.

Por eso, le dice a Moisés que su nombre es: “El que está junto a ti”, “el que no te abandona”. Su santidad no significa tanto transcendencia cuanto cercanía, fidelidad, misericordia, como está poniendo de relieve el Papa Francisco, gracias a Dios.

Durante la Cuaresma, tratamos de acoger esa cercanía de Dios, permitiéndole que renueve y hasta rehaga nuestras vidas. Y en segundo lugar, tratamos de llevar a nuestros hermanos hasta Dios para que recuperen su libertad.

Como el Padre nos trató enviando a su Hijo, así nosotros debemos comportarnos como hermanos unos de otros, prójimos o próximos y misericordiosos.

Sólo así podremos seguir gozando del amor de Dios, precisamente dándolo a discreción. Sólo así percibiremos en nuestra conciencia la voz clara del Espíritu de Cristo: Venid, benditos de mi Padre, porque tuve hambre y me disteis de comer.

Si Cristo no tuvo reparo en identificarse con cualquier hombre y también conmigo, ¿por qué voy a sentir repugnancia, si tengo ya su Santo Espíritu?

El milagro de la Cuaresma consistirá en la renovación del corazón de cada creyente, pasando del egoísmo al amor.

Corazones nuevos, hombres nuevos para crear la civilización del amor, un mundo más fraterno, más inclusivo, donde prevalezca el respeto, la misericordia y el perdón de las ofensas. En expresión del Papa Francisco, se trata de la “revolución de la ternura”.

Será la obra de Dios actuante en nosotros por la fuerza de su Espíritu que hace nuevas todas las cosas. Dejémonos transformar por él y supliquémosle: atráenos a ti para que podamos acercarnos a ti. Y en ti abrazaremos a todos los hombres y a toda la creación.

Ven, Espíritu divino, en esta Cuaresma y descúbrenos al Padre a través de Cristo el Señor, presente en todos los hombres, en particular, en los más necesitados. Amén.

ORACIÓN COLECTA

Conviértenos a ti, Dios Salvador nuestro; ilumínanos con la luz de tu Palabra, para que la celebración de esta Cuaresma produzca en nosotros sus mejores frutos.

Frutos de santidad: 1ª Lect. “Seréis santos, porque yo, el Señor vuestro Dios, soy santo. No robaréis. No mentiréis. No engañaréis a vuestro prójimo…” (Levítico l9, 1-2.11-18).

La santidad en Dios no significa tanto separación de la historia humana, o trascendencia, sino cercanía al hombre, plenitud en el amor.

Es el primer fruto de la filiación divina, imitar al Padre, el único bueno y misericordioso, ser pacientes como él, que manda el sol y la lluvia sobre buenos y sobre malos.

“Venid, benditos de mi Padre; heredad el reino… Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber…” (Mt 25, 31-46).

En la oración después de la comunión se pide que la recepción del cuerpo y sangre de Cristo y la nueva efusión del Espíritu Santo producida por la eucaristía, en el transcurso de la misa, constituya un alivio para el cuerpo y para el alma.

Toda misa es “sanadora” porque llega a la persona en toda su integridad, restaurando nuestro ser según la llamada original a ser imagen de Cristo, plenitud de todas las cosas, gracias al cual y mediante su Espíritu podemos establecer relaciones positivas con toda criatura.

Estamos llamados a ser bendecidos por el único Hijo en quien el Padre encuentra sus complacencias.

“Restaurar en Cristo la integridad de la persona”, “imagen” de Dios. Toda ascesis cristiana trata de hacernos volver a la “imagen prístina” que Dios puso en nosotros (purificar; iluminar). Salmo 102. Himno a la Misericordia de Dios. (Se recomienda meditar para pedir el perdón de Dios…).

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Comentario de San Agustín a Mt 25, 31-46:

Los pobres a quienes damos limosna, ¿qué son, sino nuestros portaequipajes, que nos ayudan a traspasar nuestros bienes de la tierra al cielo? Los entregas a tu portaequipajes y lleva al cielo lo que le das. “¿Cómo, dices, lo lleva al cielo? Estoy viendo que los consume en comida”.

Así es precisamente como los traslada, comiéndolos en vez de conservarlos. ¿O es que te has olvidado de las palabras del Señor? Venid, benditos de mi Padre, recibid el reino. Tuve hambre y me disteis de comer…

Si no despreciaste a quien mendigaba en tu presencia, mira a quién llegó lo que diste: Cuando lo hicisteis con uno de estos pequeños, conmigo lo hicisteis. Lo que tú diste lo recibió Cristo; lo recibió quien te dio qué dar; lo recibió quien al final se te dará a sí mismo…

Mi exhortación, hermanos míos, sería ésta: dad del pan terreno y llamad a las puertas del Pan celeste. El Señor es ese pan. Yo soy, dijo, el pan de vida (Jn 5, 35)… Dios quiere que le demos a él, puesto que también él nos ha dado a nosotros…

Aunque él es el verdadero Señor y no necesita de nuestros bienes, para que pudiéramos hacer algo en su favor, se dignó sufrir hambre en los pobres: Tuve hambre, dijo, y me disteis de comer… Cuando lo hicisteis con uno de estos mis pequeños, conmigo lo hicisteis (Sermón 389, 4-6).

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OBSERVACIÓN FINAL

Estimado lector, te propongo un ejercicio de síntesis en tu itinerario cuaresmal.

Puedes preguntarte: De todo lo que estoy pensando hoy, orando y conversando, ¿qué debo confirmar como ya logrado y conseguido? ¿Qué progreso experimento dentro de mí y en mi comportamiento con el hermano?

Haz un esfuerzo de autoanálisis invocando previamente la ayuda del Espíritu.

Y por otro lado, ¿qué debo cambiar, qué queda aún esperando ser aclarado, asumido, sanado, superado… con la gracia de Dios y la acción vivificadora y consoladora del Espíritu?

¡Feliz día: Que lo llenes de buenas obras!

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El maná de cada día, 12.2.18

febrero 12, 2018

Lunes de la 6ª semana del Tiempo Ordinario

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En caso de que alguno de vosotros se vea falto de sabiduría, que se la pida a Dios

En caso de que alguno de vosotros se vea falto de sabiduría, que se la pida a Dios

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PRIMERA LECTURA: Santiago 1, 1-11

Santiago, siervo de Dios y del Señor Jesucristo, saluda a las doce tribus dispersas.

Hermanos míos, teneos por muy dichosos cuando os veáis asediados por toda clase de pruebas. Sabed que, al ponerse a prueba vuestra fe, os dará constancia. Y si la constancia llega hasta el final, seréis perfectos e íntegros, sin falta alguna.

En caso de que alguno de vosotros se vea falto de sabiduría, que se la pida a Dios. Dios da generosamente y sin echar en cara, y él se la dará.

Pero tiene que pedir con fe, sin titubear lo más mínimo, porque quien titubea se parece al oleaje del mar sacudido y agitado por el viento. Un individuo así no se piense que va a recibir nada del Señor; no sabe lo que quiere y no sigue rumbo fijo.

El hermano de condición humilde esté orgulloso de su alta dignidad, y el rico, de su pobre condición, pues pasará como la flor del campo: sale el sol y con su ardor seca la hierba, cae la flor, y su bello aspecto perece; así se marchitará también el rico en sus empresas.


SALMO 118, 67.68.71.72.75.76

Cuando me alcance tu compasión, viviré, Señor.

Antes de sufrir, yo andaba extraviado, pero ahora me ajusto a tu promesa.

Tú eres bueno y haces el bien; instrúyeme en tus leyes.

Me estuvo bien el sufrir, así aprendí tus mandamientos.

Más estimo yo los preceptos de tu boca que miles de monedas de oro y plata.

Reconozco, Señor, que tus mandamientos son justos, que con razón me hiciste sufrir.

Que tu bondad me consuele, según la promesa hecha a tu siervo.


Aclamación antes del Evangelio: Jn 14, 6

Yo soy el camino, y la verdad, y la vida -dice el Señor-; nadie va al Padre, sino por mí.

EVANGELIO: Marcos 8, 11-13

En aquel tiempo, se presentaron los fariseos y se pusieron a discutir con Jesús; para ponerlo a prueba, le pidieron un signo del cielo.

Jesús dio un profundo suspiro y dijo: «¿Por qué esta generación reclama un signo? Os aseguro que no se le dará un signo a esta generación.»

Los dejó, se embarcó de nuevo y se fue a la otra orilla.

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Decálogo de la evangelización, por Mons. Francisco Cerro

1. Evangelizar es decir a cada persona humana: Dios te ama. Dios ha venido y ha muerto y resucitado por ti.

2. Evangelizar es cumplir el mandato de Jesús de llevar a toda la gente la buena noticia del Evangelio.

3. Cuando no estamos unidos a la Trinidad, la evangelización tiene el peligro de convertirse en proselitismo.

4. Los grandes evangelizadores de siempre han sido personas seducidas por el Corazón de Cristo.

5. Evangelizar es decir, en el lenguaje que entiende la gente, todo el Amor que le ha llevado a Jesús a dar la vida como nuestro Salvador.

6. Hacerse evangelio viviente: He aquí la tarea de los cristianos del tercer milenio.

7. No es posible evangelizar si no estamos convencidos de que llevar a Cristo es llevar con Él todo lo que necesita la humanidad: justicia, paz, solidaridad…

8. Los santos han sido los evangelizadores de la humanidad pues han amado al mundo para transformarlo al estilo de Jesús.

9. Evangelizar es asumir la cruz de la incomprensión y de las dificultades en nuestro mundo.

10. Si nos cuesta evangelizar tendremos que preguntarnos si no es porque nuestro amor al Señor es todavía muy pobre.

http://cpcr-caldes.blogspot.com.es/2013/09/decalogo-de-la-evangeliacion.html


Mensaje del Papa para la Jornada Mundial del Enfermo 2018

febrero 11, 2018

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El Papa Francisco acoge a niños enfermos

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Mensaje del Papa Francisco con motivo de la Jornada Mundial del Enfermo 2018

Mater Ecclesiae: «Ahí tienes a tu hijo… Ahí tienes a tu madre. Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa» (Jn 19,26-27)

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Queridos hermanos y hermanas:

La Iglesia debe servir siempre a los enfermos y a los que cuidan de ellos con renovado vigor, en fidelidad al mandato del Señor (cf. Lc 9,2-6; Mt 10,1-8; Mc 6,7-13), siguiendo el ejemplo muy elocuente de su Fundador y Maestro.

Este año, el tema de la Jornada del Enfermo se inspira en las palabras que Jesús, desde la cruz, dirige a su madre María y a Juan: «Ahí tienes a tu hijo… Ahí tienes a tu madre. Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa» (Jn 19,26-27).

1. Estas palabras del Señor iluminan profundamente el misterio de la Cruz. Esta no representa una tragedia sin esperanza, sino que es el lugar donde Jesús muestra su gloria y deja sus últimas voluntades de amor, que se convierten en las reglas constitutivas de la comunidad cristiana y de la vida de todo discípulo.

En primer lugar, las palabras de Jesús son el origen de la vocación materna de María hacia la humanidad entera. Ella será la madre de los discípulos de su Hijo y cuidará de ellos y de su camino. Y sabemos que el cuidado materno de un hijo o de una hija incluye todos los aspectos de su educación, tanto los materiales como los espirituales.

El dolor indescriptible de la cruz traspasa el alma de María (cf. Lc 2,35), pero no la paraliza. Al contrario, como Madre del Señor comienza para ella un nuevo camino de entrega.

En la cruz, Jesús se preocupa por la Iglesia y por la humanidad entera, y María está llamada a compartir esa misma preocupación. Los Hechos de los Apóstoles, al describir la gran efusión del Espíritu Santo en Pentecostés, nos muestran que María comenzó su misión en la primera comunidad de la Iglesia. Una tarea que no se acaba nunca.

2. El discípulo Juan, el discípulo amado, representa a la Iglesia, pueblo mesiánico. Él debe reconocer a María como su propia madre. Y al reconocerla, está llamado a acogerla, a contemplar en ella el modelo del discipulado y también la vocación materna que Jesús le ha confiado, con las inquietudes y los planes que conlleva: la Madre que ama y genera a hijos capaces de amar según el mandato de Jesús.

Por lo tanto, la vocación materna de María, la vocación de cuidar a sus hijos, se transmite a Juan y a toda la Iglesia. Toda la comunidad de los discípulos está involucrada en la vocación materna de María.

3. Juan, como discípulo que lo compartió todo con Jesús, sabe que el Maestro quiere conducir a todos los hombres al encuentro con el Padre. Nos enseña cómo Jesús encontró a muchas personas enfermas en el espíritu, porque estaban llenas de orgullo (cf. Jn 8,31-39) y enfermas en el cuerpo (cf. Jn 5,6).

A todas les dio misericordia y perdón, y a los enfermos también curación física, un signo de la vida abundante del Reino, donde se enjuga cada lágrima. Al igual que María, los discípulos están llamados a cuidar unos de otros, pero no exclusivamente. Saben que el corazón de Jesús está abierto a todos, sin excepción.

Hay que proclamar el Evangelio del Reino a todos, y la caridad de los cristianos se ha de dirigir a todos los necesitados, simplemente porque son personas, hijos de Dios.

4. Esta vocación materna de la Iglesia hacia los necesitados y los enfermos se ha concretado, en su historia bimilenaria, en una rica serie de iniciativas en favor de los enfermos. Esta historia de dedicación no se debe olvidar. Continúa hoy en todo el mundo.

En los países donde existen sistemas sanitarios públicos y adecuados, el trabajo de las congregaciones católicas, de las diócesis y de sus hospitales, además de proporcionar una atención médica de calidad, trata de poner a la persona humana en el centro del proceso terapéutico y de realizar la investigación científica en el respeto de la vida y de los valores morales cristianos.

En los países donde los sistemas sanitarios son inadecuados o inexistentes, la Iglesia trabaja para ofrecer a la gente la mejor atención sanitaria posible, para eliminar la mortalidad infantil y erradicar algunas enfermedades generalizadas.

En todas partes trata de cuidar, incluso cuando no puede sanar. La imagen de la Iglesia como un «hospital de campaña», que acoge a todos los heridos por la vida, es una realidad muy concreta, porque en algunas partes del mundo, sólo los hospitales de los misioneros y las diócesis brindan la atención necesaria a la población.

5. La memoria de la larga historia de servicio a los enfermos es motivo de alegría para la comunidad cristiana y especialmente para aquellos que realizan ese servicio en la actualidad. Sin embargo, hace falta mirar al pasado sobre todo para dejarse enriquecer por el mismo.

De él debemos aprender: la generosidad hasta el sacrificio total de muchos fundadores de institutos al servicio de los enfermos; la creatividad, impulsada por la caridad, de muchas iniciativas emprendidas a lo largo de los siglos; el compromiso en la investigación científica, para proporcionar a los enfermos una atención innovadora y fiable.

Este legado del pasado ayuda a proyectar bien el futuro. Por ejemplo, ayuda a preservar los hospitales católicos del riesgo del «empresarialismo», que en todo el mundo intenta que la atención médica caiga en el ámbito del mercado y termine descartando a los pobres.

La inteligencia organizacional y la caridad requieren más bien que se respete a la persona enferma en su dignidad y se la ponga siempre en el centro del proceso de la curación. Estas deben ser las orientaciones también de los cristianos que trabajan en las estructuras públicas y que, por su servicio, están llamados a dar un buen testimonio del Evangelio.

6. Jesús entregó a la Iglesia su poder de curar: «A los que crean, les acompañarán estos signos: […] impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos» (Mc 16,17-18). En los Hechos de los Apóstoles, leemos la descripción de las curaciones realizadas por Pedro (cf. Hch 3,4-8) y Pablo (cf. Hch 14,8-11).

La tarea de la Iglesia, que sabe que debe mirar a los enfermos con la misma mirada llena de ternura y compasión que su Señor, responde a este don de Jesús. La pastoral de la salud sigue siendo, y siempre será, una misión necesaria y esencial que hay que vivir con renovado ímpetu tanto en las comunidades parroquiales como en los centros de atención más excelentes.

No podemos olvidar la ternura y la perseverancia con las que muchas familias acompañan a sus hijos, padres y familiares, enfermos crónicos o discapacitados graves. La atención brindada en la familia es un testimonio extraordinario de amor por la persona humana que hay que respaldar con un reconocimiento adecuado y con unas políticas apropiadas.

Por lo tanto, médicos y enfermeros, sacerdotes, consagrados y voluntarios, familiares y todos aquellos que se comprometen en el cuidado de los enfermos, participan en esta misión eclesial. Se trata de una responsabilidad compartida que enriquece el valor del servicio diario de cada uno.

7. A María, Madre de la ternura, queremos confiarle todos los enfermos en el cuerpo y en el espíritu, para que los sostenga en la esperanza. Le pedimos también que nos ayude a acoger a nuestros hermanos enfermos. La Iglesia sabe que necesita una gracia especial para estar a la altura de su servicio evangélico de atención a los enfermos.

Por lo tanto, la oración a la Madre del Señor nos ve unidos en una súplica insistente, para que cada miembro de la Iglesia viva con amor la vocación al servicio de la vida y de la salud.

La Virgen María interceda por esta XXVI Jornada Mundial del Enfermo, ayude a las personas enfermas a vivir su sufrimiento en comunión con el Señor Jesús y apoye a quienes cuidan de ellas.

A todos, enfermos, agentes sanitarios y voluntarios, imparto de corazón la Bendición Apostólica.

Vaticano, 26 de noviembre de 2017.

Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo.

https://www.aciprensa.com/noticias/texto-mensaje-del-papa-francisco-para-la-jornada-mundial-del-enfermo-2018-80612


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