El maná de cada día, 13.12.19

diciembre 13, 2019

Viernes de la 2ª semana de Adviento

.

El que te sigue, Señor, tendrá la luz de la vida

El que te sigue, Señor, tendrá la luz de la vida



PRIMERA LECTURA: Isaías 48, 17-19

Así dice el Señor, tu redentor, el Santo de Israel: «Yo, el Señor, tu Dios, te enseño para tu bien, te guío por el camino que sigues.

Si hubieras atendido a mis mandatos, sería tu paz como un río, tu justicia como las olas del mar; tu progenie sería como arena, como sus granos, los vástagos de tus entrañas; tu nombre no sería aniquilado ni destruido ante mí.»


SALMO 1, 1-2.3.4.6

El que te sigue, Señor, tendrá la luz de la vida.

Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los impíos, ni entra por la senda de los pecadores, ni se sienta en la reunión de los cínicos; sino que su gozo es la ley del Señor, y medita su ley día y noche.

Será como un árbol plantado al borde de la acequia: da fruto en su sazón y no se marchitan sus hojas; y cuanto emprende tiene buen fin.

No así los impíos, no así; serán paja que arrebata el viento. Porque el Señor protege el camino de los justos, pero el camino de los impíos acaba mal.


Aclamación antes del Evangelio

El Señor llega, salid a su encuentro; él es el Príncipe de la paz.


EVANGELIO: Mateo 11, 16-19

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente:

«¿A quién se parece esta generación? Se parece a los niños sentados en la plaza, que gritan a otros: “Hemos tocado la flauta, y no habéis bailado; hemos cantado lamentaciones, y no habéis llorado.”

Porque vino Juan, que ni comía ni bebía, y dicen: “Tiene un demonio.” Vino el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: “Ahí tenéis a un comilón y borracho, amigo de publicanos y pecadores.”

Pero los hechos dan razón a la sabiduría de Dios.»


.

NO OS CANSÉIS DE HACER EL BIEN

Es difícil no hacer el bien cuando sabemos que, en el fondo, algo conseguiremos a cambio. Aunque sean unas migajas de reconocimiento, de valoración personal, de subir puestos o de caer bien a los demás.

Pero, las personas somos tan volubles en nuestros sentimientos y estados de ánimo que, al final, ese buen actuar puede quedar a merced de la simpatía o antipatía que tengamos hacia los demás.

No, un bien así, apoyado en motivaciones humanas tan frágiles, a la larga no se sostiene.

Sólo la gracia es capaz de sostener, hasta lo inimaginable, esa caridad que debe impregnar tus gestos, palabras, actitudes, criterios, todo el entramado de tu día a día.

Y sólo la gracia es capaz de animar infatigablemente ese afán de hacer el bien en el que el alma encuentra su verdadero descanso.

Hace falta un corazón muy puro y desprendido, muy empapado de amor a Dios, para buscar siempre el bien y hacerlo sin cálculos ni reservas, sin reparar en si me dijo o no me dijo, si me hizo una vez o no me hizo, si me lo sabrá agradecer o no…

¿Crees que el Señor se dedicó en aquella oración de Getsemaní a sopesar y valorar si le convenía o no, si le compensaba o no abrazar la Cruz? ¿Crees que el Señor se dejó crucificar sólo porque tú y yo le caímos bien o íbamos a corresponder a su entrega?

Has de pedirle muchas veces al Señor que te sostenga en el bien. No te canses de repartirlo a manos llenas, aunque caiga, como aquella semilla, a lo largo del camino, en terreno pedregoso o entre abrojos.

http://www.mater-dei.es



.


El Pontífice considera a los pobres “el tesoro de la Iglesia” (III Jornada Mundial de los pobres)

noviembre 17, 2019

.

¡Qué bonito sería que los pobres ocuparan en nuestro corazón idéntico lugar al que ocupan en el corazón de Dios!

.

El pontífice celebró la misa por la Jornada Mundial de los Pobres, criticando las tentaciones “de la prisa y del yo”

“No hay que prestar atención a quien alimenta el miedo del otro y del futuro”

“La codicia de pocos acrecienta la pobreza de muchos”

.

El papa Francisco aseguró hoy que “no hay que prestar atención a quien alimenta el miedo“, al tiempo que, al celebrar en la Basílica de San Pedro la III Jornada Mundial de los Pobres, denunció que “la codicia de pocos acrecienta la pobreza de muchos”.

El pontífice centró su homilía en la advertencia de Jesús sobre dos “tentaciones”, y comenzó desarrollando la “de la prisa, del ahora mismo”.

No hay que prestar atención a quien difunde alarmismos y alimenta el miedo del otro y del futuro, porque el miedo paraliza el corazón y la mente!”, sentenció Jorge Bergoglio, en la tercera conmemoración de la Jornada que instituyó en 2016, al terminar el Año jubilar de la misericordia.

“!Sin embargo, cuántas veces nos dejamos seducir por la prisa de querer saberlo todo y ahora mismo, por el cosquilleo de la curiosidad, por la última noticia llamativa o escandalosa, por las historias turbias, por los chillidos del que grita más fuerte y más enfadado, por quien dice ahora o nunca. Pero esta prisa, este todo y ahora mismo, no viene de Dios”, reclamó.

“En el afán de correr, de conquistarlo todo y rápidamente, el que se queda atrás molesta y se considera como descarte. Cuántos ancianos, niños no nacidos, personas discapacitadas, pobres considerados inútiles. Se va de prisa, sin preocuparse de que las distancias aumentan, que la codicia de pocos acrecienta la pobreza de muchos”, lamentó el Papa.

Tentación del yo

La segunda tentación sobre la que advirtió el Papa es “la tentación del yo”, y planteó que: “El cristiano, como no busca el ahora mismo sino el siempre, no es entonces un discípulo del yo, sino del tú. Es decir, no sigue las sirenas de sus caprichos, sino el reclamo del amor, la voz de Jesús”.

¿”Cuántas veces, aun al hacer el bien, reina la hipocresía del yo: hago lo correcto, pero para ser considerado bueno; doy, pero para recibir a cambio; ayudo, pero para atraer la amistad de esa persona importante”?, se preguntó.

“Entonces podemos preguntarnos: ¿Ayudo a alguien de quien no podré recibir? Yo, cristiano, ¿tengo al menos un pobre como amigo?”, continuó.

Almuerzo con 1.500 personas en situación de pobreza

Antes de encabezar un almuerzo con 1.500 personas en situación de pobreza a las que invitó al Aula Pablo VI del Vaticano, el Papa planteó que “los pobres nos facilitan el acceso al cielo; por eso el sentido de la fe del Pueblo de Dios los ha visto como los porteros del cielo”.

“Ya desde ahora son nuestro tesoro, el tesoro de la Iglesia, porque nos revelan la riqueza que nunca envejece, la que une tierra y cielo, y por la cual verdaderamente vale la pena vivir: el amor”, finalizó.

https://www.religiondigital.org/corresponsal_en_el_vaticano-_hernan_reyes_alcaide/Francisco-prestar-atencion-alimenta-miedo-pobres-vaticano_7_2177852196.html?utm_source=dlvr.it&utm_medium=twitter


Mensaje del papa Francisco para la III Jornada Mundial de los pobres

noviembre 16, 2019

.

En el corazón del Pueblo de Dios late esta fuerza salvífica, que no excluye a nadie y a todos congrega en una verdadera peregrinación de conversión para reconocer y amar a los pobres.

.

MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO
III JORNADA MUNDIAL DE LOS POBRES

Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario, 17 de noviembre de 2019

La esperanza de los pobres nunca se frustrará

1. «La esperanza de los pobres nunca se frustrará» (Sal 9,19). Las palabras del salmo se presentan con una actualidad increíble. Ellas expresan una verdad profunda que la fe logra imprimir sobre todo en el corazón de los más pobres: devolver la esperanza perdida a causa de la injusticia, el sufrimiento y la precariedad de la vida.

El salmista describe la condición del pobre y la arrogancia del que lo oprime (cf. 10,1-10); invoca el juicio de Dios para que se restablezca la justicia y se supere la iniquidad (cf. 10,14-15).

Es como si en sus palabras volviese de nuevo la pregunta que se ha repetido a lo largo de los siglos hasta nuestros días: ¿cómo puede Dios tolerar esta disparidad? ¿Cómo puede permitir que el pobre sea humillado, sin intervenir para ayudarlo? ¿Por qué permite que quien oprime tenga una vida feliz mientras su comportamiento debería ser condenado precisamente ante el sufrimiento del pobre?

Este salmo se compuso en un momento de gran desarrollo económico que, como suele suceder, también produjo fuertes desequilibrios sociales. La inequidad generó un numeroso grupo de indigentes, cuya condición parecía aún más dramática cuando se comparaba con la riqueza alcanzada por unos pocos privilegiados. El autor sagrado, observando esta situación, dibuja un cuadro lleno de realismo y verdad.

Era una época en la que la gente arrogante y sin ningún sentido de Dios perseguía a los pobres para apoderarse incluso de lo poco que tenían y reducirlos a la esclavitud.

Hoy no es muy diferente. La crisis económica no ha impedido a muchos grupos de personas un enriquecimiento que con frecuencia aparece aún más anómalo si vemos en las calles de nuestras ciudades el ingente número de pobres que carecen de lo necesario y que en ocasiones son además maltratados y explotados.

Vuelven a la mente las palabras del Apocalipsis: «Tú dices: “soy rico, me he enriquecido; y no tengo necesidad de nada”; y no sabes que tú eres desgraciado, digno de lástima, ciego y desnudo» (Ap 3,17).

Pasan los siglos, pero la condición de ricos y pobres se mantiene inalterada, como si la experiencia de la historia no nos hubiera enseñado nada. Las palabras del salmo, por lo tanto, no se refieren al pasado, sino a nuestro presente, expuesto al juicio de Dios.

2. También hoy debemos nombrar las numerosas formas de nuevas esclavitudes a las que están sometidos millones de hombres, mujeres, jóvenes y niños.

Todos los días nos encontramos con familias que se ven obligadas a abandonar su tierra para buscar formas de subsistencia en otros lugares; huérfanos que han perdido a sus padres o que han sido separados violentamente de ellos a causa de una brutal explotación; jóvenes en busca de una realización profesional a los que se les impide el acceso al trabajo a causa de políticas económicas miopes; víctimas de tantas formas de violencia, desde la prostitución hasta las drogas, y humilladas en lo más profundo de su ser.

¿Cómo olvidar, además, a los millones de inmigrantes víctimas de tantos intereses ocultos, tan a menudo instrumentalizados con fines políticos, a los que se les niega la solidaridad y la igualdad? ¿Y qué decir de las numerosas personas marginadas y sin hogar que deambulan por las calles de nuestras ciudades?

Con frecuencia vemos a los pobres en los vertederos recogiendo el producto del descarte y de lo superfluo, para encontrar algo que comer o con qué vestirse. Convertidos ellos mismos en parte de un vertedero humano son tratados como desperdicios, sin que exista ningún sentimiento de culpa por parte de aquellos que son cómplices en este escándalo.

Considerados generalmente como parásitos de la sociedad, a los pobres no se les perdona ni siquiera su pobreza. Se está siempre alerta para juzgarlos. No pueden permitirse ser tímidos o desanimarse; son vistos como una amenaza o gente incapaz, sólo porque son pobres.

Para aumentar el drama, no se les permite ver el final del túnel de la miseria. Se ha llegado hasta el punto de teorizar y realizar una arquitectura hostil para deshacerse de su presencia, incluso en las calles, últimos lugares de acogida. Deambulan de una parte a otra de la ciudad, esperando conseguir un trabajo, una casa, un poco de afecto…

Cualquier posibilidad que se les ofrezca se convierte en un rayo de luz; sin embargo, incluso donde debería existir al menos la justicia, a menudo se comprueba el ensañamiento en su contra mediante la violencia de la arbitrariedad.

Se ven obligados a trabajar horas interminables bajo el sol abrasador para cosechar los frutos de la estación, pero se les recompensa con una paga irrisoria; no tienen seguridad en el trabajo ni condiciones humanas que les permitan sentirse iguales a los demás. Para ellos no existe el subsidio de desempleo, indemnizaciones, ni siquiera la posibilidad de enfermarse.

El salmista describe con crudo realismo la actitud de los ricos que despojan a los pobres: «Están al acecho del pobre para robarle, arrastrándolo a sus redes» (cf. Sal 10,9).

Es como si para ellos se tratara de una jornada de caza, en la que los pobres son acorralados, capturados y hechos esclavos. En una condición como esta, el corazón de muchos se cierra y se afianza el deseo de volverse invisibles.

Así, vemos a menudo a una multitud de pobres tratados con retórica y soportados con fastidio. Ellos se vuelven como transparentes y sus voces ya no tienen fuerza ni consistencia en la sociedad. Hombres y mujeres cada vez más extraños entre nuestras casas y marginados en nuestros barrios.

3. El contexto que el salmo describe se tiñe de tristeza por la injusticia, el sufrimiento y la amargura que afecta a los pobres. A pesar de ello, se ofrece una hermosa definición del pobre. Él es aquel que «confía en el Señor» (cf. v. 11), porque tiene la certeza de que nunca será abandonado.

El pobre, en la Escritura, es el hombre de la confianza. El autor sagrado brinda también el motivo de esta confianza: él “conoce a su Señor” (cf. ibíd.), y en el lenguaje bíblico este “conocer” indica una relación personal de afecto y amor.

Estamos ante una descripción realmente impresionante que nunca nos hubiéramos imaginado. Sin embargo, esto no hace sino manifestar la grandeza de Dios cuando se encuentra con un pobre. Su fuerza creadora supera toda expectativa humana y se hace realidad en el “recuerdo” que él tiene de esa persona concreta (cf. v. 13).

Es precisamente esta confianza en el Señor, esta certeza de no ser abandonado, la que invita a la esperanza. El pobre sabe que Dios no puede abandonarlo; por eso vive siempre en la presencia de ese Dios que lo recuerda. Su ayuda va más allá de la condición actual de sufrimiento para trazar un camino de liberación que transforma el corazón, porque lo sostiene en lo más profundo.

4. La descripción de la acción de Dios en favor de los pobres es un estribillo permanente en la Sagrada Escritura. Él es aquel que “escucha”, “interviene”, “protege”, “defiende”, “redime”, “salva”… En definitiva, el pobre nunca encontrará a Dios indiferente o silencioso ante su oración. Dios es aquel que hace justicia y no olvida (cf. Sal 40,18; 70,6); de hecho, es para él un refugio y no deja de acudir en su ayuda (cf. Sal 10,14).

Se pueden alzar muchos muros y bloquear las puertas de entrada con la ilusión de sentirse seguros con las propias riquezas en detrimento de los que se quedan afuera. No será así para siempre. El “día del Señor”, tal como es descrito por los profetas (cf. Am5,18; Is 2-5; Jl 1-3), destruirá las barreras construidas entre los países y sustituirá la arrogancia de unos pocos por la solidaridad de muchos.

La condición de marginación en la que se ven inmersas millones de personas no podrá durar mucho tiempo. Su grito aumenta y alcanza a toda la tierra. Como escribió D. Primo Mazzolari: «El pobre es una protesta continua contra nuestras injusticias; el pobre es un polvorín. Si le das fuego, el mundo estallará».

5. No hay forma de eludir la llamada apremiante que la Sagrada Escritura confía a los pobres. Dondequiera que se mire, la Palabra de Dios indica que los pobres son aquellos que no disponen de lo necesario para vivir porque dependen de los demás. Ellos son el oprimido, el humilde, el que está postrado en tierra.

Aun así, ante esta multitud innumerable de indigentes, Jesús no tuvo miedo de identificarse con cada uno de ellos: «Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25,40).

Huir de esta identificación equivale a falsificar el Evangelio y atenuar la revelación. El Dios que Jesús quiso revelar es éste: un Padre generoso, misericordioso, inagotable en su bondad y gracia, que ofrece esperanza sobre todo a los que están desilusionados y privados de futuro.

¿Cómo no destacar que las bienaventuranzas, con las que Jesús inauguró la predicación del Reino de Dios, se abren con esta expresión: «Bienaventurados los pobres» (Lc 6,20)?

El sentido de este anuncio paradójico es que el Reino de Dios pertenece precisamente a los pobres, porque están en condiciones de recibirlo. ¡Cuántas personas pobres encontramos cada día! A veces parece que el paso del tiempo y las conquistas de la civilización aumentan su número en vez de disminuirlo.

Pasan los siglos, y la bienaventuranza evangélica parece cada vez más paradójica; los pobres son cada vez más pobres, y hoy día lo son aún más.

Pero Jesús, que ha inaugurado su Reino poniendo en el centro a los pobres, quiere decirnos precisamente esto: Él ha inaugurado, pero nos ha confiado a nosotros, sus discípulos, la tarea de llevarlo adelante, asumiendo la responsabilidad de dar esperanza a los pobres.

Es necesario, sobre todo en una época como la nuestra, reavivar la esperanza y restaurar la confianza. Es un programa que la comunidad cristiana no puede subestimar. De esto depende que sea creíble nuestro anuncio y el testimonio de los cristianos.

6. La Iglesia, estando cercana a los pobres, se reconoce como un pueblo extendido entre tantas naciones cuya vocación es la de no permitir que nadie se sienta extraño o excluido, porque implica a todos en un camino común de salvación.

La condición de los pobres obliga a no distanciarse de ninguna manera del Cuerpo del Señor que sufre en ellos. Más bien, estamos llamados a tocar su carne para comprometernos en primera persona en un servicio que constituye auténtica evangelización.

La promoción de los pobres, también en lo social, no es un compromiso externo al anuncio del Evangelio, por el contrario, pone de manifiesto el realismo de la fe cristiana y su validez histórica.

El amor que da vida a la fe en Jesús no permite que sus discípulos se encierren en un individualismo asfixiante, soterrado en segmentos de intimidad espiritual, sin ninguna influencia en la vida social (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 183).

Hace poco hemos llorado la muerte de un gran apóstol de los pobres, Jean Vanier, quien con su dedicación logró abrir nuevos caminos a la labor de promoción de las personas marginadas. Jean Vanier recibió de Dios el don de dedicar toda su vida a los hermanos y hermanas con discapacidades graves, a quienes la sociedad a menudo tiende a excluir.

Fue un “santo de la puerta de al lado” de la nuestra; con su entusiasmo supo congregar en torno suyo a muchos jóvenes, hombres y mujeres, que con su compromiso cotidiano dieron amor y devolvieron la sonrisa a muchas personas débiles y frágiles, ofreciéndoles una verdadera “arca” de salvación contra la marginación y la soledad.

Este testimonio suyo ha cambiado la vida de muchas personas y ha ayudado al mundo a mirar con otros ojos a las personas más débiles y frágiles. El grito de los pobres ha sido escuchado y ha producido una esperanza inquebrantable, generando signos visibles y tangibles de un amor concreto que también hoy podemos reconocer.

7. «La opción por los últimos, por aquellos que la sociedad descarta y desecha» (ibíd., 195) es una opción prioritaria que los discípulos de Cristo están llamados a realizar para no traicionar la credibilidad de la Iglesia y dar esperanza efectiva a tantas personas indefensas.

En ellas, la caridad cristiana encuentra su verificación, porque quien se compadece de sus sufrimientos con el amor de Cristo recibe fuerza y confiere vigor al anuncio del Evangelio.

El compromiso de los cristianos, con ocasión de esta Jornada Mundial y sobre todo en la vida ordinaria de cada día, no consiste sólo en iniciativas de asistencia que, si bien son encomiables y necesarias, deben tender a incrementar en cada uno la plena atención que le es debida a cada persona que se encuentra en dificultad.

«Esta atención amante es el inicio de una verdadera preocupación» (ibíd., 199) por los pobres en la búsqueda de su verdadero bien.

No es fácil ser testigos de la esperanza cristiana en el contexto de una cultura consumista y de descarte, orientada a acrecentar el bienestar superficial y efímero. Es necesario un cambio de mentalidad para redescubrir lo esencial y darle cuerpo y efectividad al anuncio del Reino de Dios.

La esperanza se comunica también a través de la consolación, que se realiza acompañando a los pobres no por un momento, cargado de entusiasmo, sino con un compromiso que se prolonga en el tiempo. Los pobres obtienen una esperanza verdadera no cuando nos ven complacidos por haberles dado un poco de nuestro tiempo, sino cuando reconocen en nuestro sacrificio un acto de amor gratuito que no busca recompensa.

8. A los numerosos voluntarios, que muchas veces tienen el mérito de ser los primeros en haber intuido la importancia de esta preocupación por los pobres, les pido que crezcan en su dedicación.

Queridos hermanos y hermanas: Os exhorto a descubrir en cada pobre que encontráis lo que él realmente necesita; a no deteneros ante la primera necesidad material, sino a ir más allá para descubrir la bondad escondida en sus corazones, prestando atención a su cultura y a sus maneras de expresarse, y así poder entablar un verdadero diálogo fraterno.

Dejemos de lado las divisiones que provienen de visiones ideológicas o políticas, fijemos la mirada en lo esencial, que no requiere muchas palabras sino una mirada de amor y una mano tendida. No olvidéis nunca que «la peor discriminación que sufren los pobres es la falta de atención espiritual» (ibíd., 200).

Antes que nada, los pobres tienen necesidad de Dios, de su amor hecho visible gracias a personas santas que viven junto a ellos, las que en la sencillez de su vida expresan y ponen de manifiesto la fuerza del amor cristiano. Dios se vale de muchos caminos y de instrumentos infinitos para llegar al corazón de las personas.

Por supuesto, los pobres se acercan a nosotros también porque les distribuimos comida, pero lo que realmente necesitan va más allá del plato caliente o del bocadillo que les ofrecemos. Los pobres necesitan nuestras manos para reincorporarse, nuestros corazones para sentir de nuevo el calor del afecto, nuestra presencia para superar la soledad. Sencillamente, ellos necesitan amor.

9. A veces se requiere poco para devolver la esperanza: basta con detenerse, sonreír, escuchar. Por un día dejemos de lado las estadísticas; los pobres no son números a los que se pueda recurrir para alardear con obras y proyectos.

Los pobres son personas a las que hay que ir a encontrar: son jóvenes y ancianos solos a los que se puede invitar a entrar en casa para compartir una comida; hombres, mujeres y niños que esperan una palabra amistosa. Los pobres nos salvan porque nos permiten encontrar el rostro de Jesucristo.

A los ojos del mundo, no parece razonable pensar que la pobreza y la indigencia puedan tener una fuerza salvífica; sin embargo, es lo que enseña el Apóstol cuando dice: «No hay en ella muchos sabios en lo humano, ni muchos poderosos, ni muchos aristócratas; sino que, lo necio del mundo lo ha escogido Dios para humillar a los sabios, y lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar lo poderoso. Aún más, ha escogido la gente baja del mundo, lo despreciable, lo que no cuenta, para anular a lo que cuenta, de modo que nadie pueda gloriarse en presencia del Señor» (1 Co 1,26-29).

Con los ojos humanos no se logra ver esta fuerza salvífica; con los ojos de la fe, en cambio, se la puede ver en acción y experimentarla en primera persona. En el corazón del Pueblo de Dios que camina late esta fuerza salvífica, que no excluye a nadie y a todos congrega en una verdadera peregrinación de conversión para reconocer y amar a los pobres.

10. El Señor no abandona al que lo busca y a cuantos lo invocan; «no olvida el grito de los pobres» (Sal 9,13), porque sus oídos están atentos a su voz. La esperanza del pobre desafía las diversas situaciones de muerte, porque él se sabe amado particularmente por Dios, y así logra vencer el sufrimiento y la exclusión.

Su condición de pobreza no le quita la dignidad que ha recibido del Creador; vive con la certeza de que Dios mismo se la restituirá plenamente, pues él no es indiferente a la suerte de sus hijos más débiles, al contrario, se da cuenta de sus afanes y dolores y los toma en sus manos, y a ellos les concede fuerza y valor (cf. Sal10,14).

La esperanza del pobre se consolida con la certeza de ser acogido por el Señor, de encontrar en él la verdadera justicia, de ser fortalecido en su corazón para seguir amando (cf. Sal 10,17).

La condición que se pone a los discípulos del Señor Jesús, para ser evangelizadores coherentes, es sembrar signos tangibles de esperanza.

A todas las comunidades cristianas y a cuantos sienten la necesidad de llevar esperanza y consuelo a los pobres, pido que se comprometan para que esta Jornada Mundial pueda reforzar en muchos la voluntad de colaborar activamente para que nadie se sienta privado de cercanía y solidaridad.

Que nos acompañen las palabras del profeta que anuncia un futuro distinto: «A vosotros, los que teméis mi nombre, os iluminará un sol de justicia y hallaréis salud a su sombra» (Mal 3,20).

Vaticano, 13 de junio de 2019
Memoria litúrgica de san Antonio de Padua

Francisco

https://www.conferenciaepiscopal.es/mensaje-del-papa-francisco-para-la-iii-jornada-mundial-de-los-pobres-2019/


Una poderosa oración de sanación interior para el corazón

noviembre 10, 2019

.

En una oración de sanación interior entrega a Dios tus aflicciones, preocupaciones, miedos, angustias, problemas y vacíos.

.

Una poderosa oración de sanación interior para el corazón

Redacción: Qriswell Quero, PildorasdeFe.net | Con aportes de: Padre Pedro José Guerra, S.E

.

Una oración de sanación interior hecha con fe puede ser una poderosa oración que transforma el alma y el corazón.

La oración de sanación interior es una forma de comunicarse con Dios, en intimidad y mayor profundidad con Él, poniendo a sus pies todos nuestros anhelos, deseos, esperanzas, frustraciones, estados de ánimo y situaciones dolorosas por las que atravesamos, para que actúe en nuestra vida y nos alcance la sanación espiritual, física o mental, si es su voluntad.

Jesús no vino sólo para darnos la salvación eterna, sino que además también vino para darle sanación a nuestra alma y cuerpo.

Sabemos que hay, al menos, cuatro tipos de curación: Sanación física, espiritual, liberación de los espíritus malignos y sanación interior; también conocida esta última como sanación de las heridas emocionales o sanación de los recuerdos dolorosos de la infancia o adultez.

“Derrama tu paz, Señor de mi vida”: dice Isaías en el capítulo 6 que Él es príncipe de paz.

Entrega, pues, al Señor tus aflicciones, preocupaciones, tus miedos, angustias, soledades, confusiones, tus amarguras y vacíos…

Entrégale al Señor tus complejos, culpabilidades, tus estados de ánimo, traumas…

Dile confiadamente: “Aquí estoy delante de Ti, con mis problemas, con mis enfermedades, con todas mis situaciones existenciales, vitales, vivencias íntimas y temores”.

De inmediato, busca un espacio de silencio y comienza a hacer tuyas estas palabras. Con mucha fe, pronuncia cada una de ellas, como si estuvieses mirando el rostro del Señor en estos momentos y dile la poderosa oración de sanación interior que sigue desde el fondo de tu corazón (Elige el rostro, la imagen del Señor que más te guste, que más te sugiera; la que más suscite en ti amor, ternura, confianza, abandono, emoción y piedad, lágrimas incluso; nota de redacción).

Poderosa oración de sanación interior

Señor, sé que Tú me amas y me bendices, todos los días te alabo, te bendigo, te doy gracias porque eres grande y maravilloso, bendito seas.

En este momento quiero entregarte, darte, donarte todos mis problemas porque sé que Tú me puedes ayudar, porque sé que Tú me puedes dar la paz que necesito.

Buen Jesús, en los momentos de oscuridad ilumina mi vida, sé el sol que se asoma por mi ventana, permíteme saber hacia dónde caminar.

Te pido, amado mío, que en los momentos de tristeza me des alegría. Me entrego a Ti y te suplico que actúes en mi corazón.

Tú sabes que necesito de Ti, de tu protección, de tu fortaleza. Sin Ti no soy capaz de vencer, sin Ti los problemas me vencen pero contigo todo lo puedo.

Te digo, Señor, que Tú eres un Dios bueno: Alabado y glorificado seas.

Tú conoces mis debilidades y angustias en este momento, te pido que me llenes de tu bendición.

Sé que Tú, en este momento estás pasando por aquí, Tú estás llenando de paz y serenidad a todos los que en este momento rezan esta oración: Gloria a tu nombre, bendito por siempre.

Ven, Señor, a tocar mi corazón que te necesita por diferentes situaciones; hoy te necesito más que nunca en mi vida (tú lo sabes, Señor Jesús, porque tú eres compasivo).

Ven, Señor, en mi ayuda, ven en mi auxilio, clamo a Ti, clamo pidiendo tu protección, clamo implorando tu fortaleza, clamo suplicando tu perdón.

Entra a mi corazón y renuévame, quita de mí las indecisiones, la tristeza, la melancolía, todo sentimiento de fracaso, de depresión, de soledad, fobias, miedos, temores, todo pensamiento negativo, todo hastío…

Toma, Señor, mi dolor; bendito seas Jesús porque sólo Tú me puedes comprender, ya que tú pasaste por lo mismo en tu Dolorosa Pasión.

Mueve tu mano sanadora en mí, mueve, Señor, tu mano poderosa para sentirme fortalecido/a. Que pueda yo creer en Ti.

A pesar de que mi vida sentimental esté pasando por momentos duros, mira la crisis de: (mi matrimonio, mi trabajo, mi hogar, mis familiares, mis amistades) Las cosas no salen como las espero, Señor mío.

Confío en Ti, confío en tu amor, sé que sólo Tú me puedes dar lo que nadie me puede dar.

Tú eres el amigo que nunca falla. Señor, transfórmame con tu poder y tu misericordia. Bendito seas, Jesús, bendito sea tu Santo Nombre.

Hoy, quiero entregarte, Señor, todo mi tiempo, mis emociones, mis sentimientos, mis pertenencias, mis bienes materiales, mi vida, mi enfermedad…

Te entrego, Señor mío, todo, absolutamente todo lo que tengo y todo lo que soy.

Santo, Santo, Santo eres Señor, Dios del Cielo y de la tierra, digno de adoración.

Bendito y alabado seas, Santo eres Tú. Gloria a Ti, Gloria y alabanza por siempre.

Quiero unirme a los coros celestiales, a todos los coros angelicales y glorificarte con todos ellos.

Te quiero bendecir por toda la eternidad con mi testimonio de vida. Tuyo soy, Señor, tuyo/a soy.

Sé que tu amor se derrama en mi vida en estos momentos y estás tocando lo profundo de mi corazón, sanando toda herida, toda frustración, todo dolor.

Vienes a mi vida a darme consuelo y fortalecerme con tu compañía.

Ven y quédate Jesús, quédate. (Permíteme descansar un momento en Ti, descargar mis agobios y ser una persona nueva, transformada por la fuerza de tu Amor; Nota de redacción). 

Amén.

https://www.pildorasdefe.net/aprender/oracion/oracion-sencilla-poderosa-sanacion-interior-heridas-emocionales


El maná de cada día, 7.11.19

noviembre 7, 2019

Jueves de la 31ª semana del Tiempo Ordinario

.

Tenemos un Pastor que nunca nos da por perdidos



PRIMERA LECTURA: Romanos 14, 7-12

Ninguno de nosotros vive para sí mismo ni muere para sí mismo: si vivimos, para el Señor vivimos, y si morimos, para el Señor morimos.

Por lo tanto, ya sea que estemos vivos o que hayamos muerto, somos del Señor. Porque Cristo murió y resucitó para ser Señor de vivos y muertos.

Pero tú, ¿por qué juzgas mal a tu hermano? ¿Por qué lo deprecias?

Todos vamos a comparecer ante el tribunal de Dios, como dice la Escritura: Juro por mí mismo, dice el Señor, que todos doblarán la rodilla ante mí y todos reconocerán públicamente que yo soy Dios.

En resumen, cada uno de nosotros tendrá que dar cuenta de sí mismo a Dios.


SALMO 26, 1. 4. 13-14

El Señor es mi luz y mi salvación.

El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién voy a tenerle miedo? El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién podrá hacerme temblar?

Lo único que pido, lo único que busco es vivir en la casa del Señor toda mi vida, para disfrutar las bondades del Señor y estar continuamente en su presencia.

Espero ver la bondad del Señor en esta misma vida. Ármate de valor y fortaleza y confía en el Señor.


Aclamación antes del Evangelio: Mt 11, 28

Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré, dice el Señor.


EVANGELIO: Lucas 15, 1-10

En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos: «Ése acoge a los pecadores y come con ellos.»

Jesús les dijo esta parábola: «Si uno de vosotros tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿no deja las noventa y nueve en el campo y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento; y, al llegar a casa, reúne a los amigos y a los vecinos para decirles: “¡Felicitadme!, he encontrado la oveja que se me había perdido.”

Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse.

Y si una mujer tiene diez monedas y se le pierde una, ¿no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, reúne a las amigas y a las vecinas para decirles: “¡Felicitadme!, he encontrado la moneda que se me había perdido.”

Os digo que la misma alegría habrá entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta.»


.

VALORAR LA CONFESIÓN

Qué sacramento tan desconocido, porque desconocidos son el perdón y la misericordia de Dios. ¿Por qué no aprovechamos más este arrollador canal de gracia? ¿Sólo porque nos cuesta examinar la conciencia y acusarnos de nuestros pecados?

Además de ayudarnos en la práctica de la humildad, conocer nuestros pecados y hacer firme propósito de no volver a consentir una mínima caída en ellos nos hace dar pasos de gigante en nuestro camino de santidad.

¿Te cuesta, quizá, acusarte de tus pecados ante un sacerdote? Aviva tu fe en la acción de Dios a través de sus medios humanos y, sobre todo, a través del poder de la Iglesia.

¿Crees que hay algún otro poder que, siendo meramente humano, sea capaz de proporcionarte, con real eficacia, siquiera una brizna de consuelo y de perdón, o de embellecer tu alma como lo hace la gracia en la confesión?

No esperes a tener pecados mortales para acercarte al corazón misericordioso de Cristo. Tampoco vayas retrasando tu confesión porque sólo tienes faltas y pecados leves.

Acércate con frecuencia a recibir, además del perdón, la gracia de este sacramento sin la que no podemos caminar en nuestra vida espiritual. Porque, en el sacramento de la reconciliación es más lo que se te da, la gracia, que lo que se te perdona, tus pecados.

Valora la práctica de la confesión frecuente no sólo porque tu alma necesita ser perdonada sino, sobre todo, porque necesita ser fortalecida y alimentada.

Acércate a Cristo, como aquella mujer que buscaba tocar siquiera la orla de su manto para ser curada de su larga y humillante enfermedad, y te encontrarás, como ella, con esos piadosos ojos de Cristo que miran enternecidos la belleza de tu alma en gracia.

www.mater-dei.es


Homilía del Papa Francisco en la Misa por los Cardenales y Obispos fallecidos

noviembre 4, 2019

.

El Papa Francisco pronuncia su homilía. Foto: Vatican Media

.

Homilía del Papa Francisco en la Misa por los Cardenales y Obispos fallecidos

.

El Papa Francisco presidió este lunes 4 de noviembre la Misa celebrada en la Basílica de San Pedro del Vaticano en sufragio por los Cardenales y Obispos fallecidos en el trascurso de este año.

En su homilía, el Santo Padre recordó que “no hemos nacido para la muerte, sino para la resurrección”.

“También hoy nosotros podemos preguntarnos: ¿Qué me sugiere la idea de la resurrección? ¿Cómo respondo a mi llamada a resucitar? Una primera indicación nos la ofrece Jesús, que en el Evangelio de hoy dice: ‘Al que venga a mí no lo echaré afuera’.

Esta es su invitación: ‘Venid a mí’. Ir a Jesús, el que vive, para vacunarse contra la muerte, contra el miedo a que todo termine. Ir a Jesús: puede parecer una exhortación espiritual obvia y genérica”.

A continuación, la homilía completa del Papa Francisco:

Las lecturas que hemos escuchado nos recuerdan que hemos venido al mundo para resucitar: no hemos nacido para la muerte, sino para la resurrección. Como escribe en la segunda lectura san Pablo, ya desde ahora «somos ciudadanos del cielo» (Flp 3,20) y, como dice Jesús en el Evangelio, resucitaremos en el último día (cf. Jn 6,40).

Y es también la idea de la resurrección la que sugiere a Judas Macabeo en la primera lectura una obra de gran rectitud y nobleza (2M 12,43). También hoy nosotros podemos preguntarnos: ¿Qué me sugiere la idea de la resurrección? ¿Cómo respondo a mi llamada a resucitar?

Una primera indicación nos la ofrece Jesús, que en el Evangelio de hoy dice: «Al que venga a mí no lo echaré afuera» (Jn 6,37). Esta es su invitación: «Venid a mí» (Mt 11,28). Ir a Jesús, el que vive, para vacunarse contra la muerte, contra el miedo a que todo termine. Ir a Jesús: puede parecer una exhortación espiritual obvia y genérica.

Pero probemos a hacerla concreta, haciéndonos preguntas como estas: Hoy, en el trabajo que he tenido entre manos en la oficina, ¿me he acercado al Señor? ¿Lo he convertido en ocasión de diálogo con Él? ¿Y con las personas que he encontrado, he acudido a Jesús, las he llevado a Él en la oración? ¿O he hecho todo más bien encerrándome en mis pensamientos, alegrándome solo de lo que me salía bien y lamentándome de lo que me salía mal?

¿En definitiva, vivo yendo al Señor o doy vueltas sobre mí mismo? ¿Cuál es la dirección de mi camino? ¿Busco solo causar buena impresión, conservar mi puesto, mi tiempo, mi espacio, o voy al Señor?

La frase de Jesús es desconcertante: El que viene a mí no lo echaré afuera. Está afirmando la expulsión del cristiano que no va a Él. Para el que cree no hay término medio: no se puede ser de Jesús y girar sobre sí mismos. Quien es de Jesús vive en salida hacia Él.

La vida es toda una salida: del seno materno para venir a la luz, de la infancia para entrar en la adolescencia, de la adolescencia hacia la vida adulta y así sucesivamente, hasta la salida de este mundo. Hoy, mientras rezamos por nuestros hermanos Cardenales y Obispos, que han salido de esta vida para ir al encuentro del Resucitado, no podemos olvidar la salida más importante y más difícil, que da sentido a todas las demás: la de nosotros mismos.

Sólo saliendo de nosotros mismos abrimos la puerta que lleva al Señor. Pidamos esa gracia: “Señor, deseo ir a ti, a través de los caminos y de los compañeros de viaje de cada día. Ayúdame a salir de mí mismo, para ir a tu encuentro, tú que eres la vida”.

Quiero expresar una segunda idea, referida a la resurrección, tomada de la primera Lectura, del noble gesto realizado por Judas Macabeo por los difuntos. Allí está escrito que él lo hizo porque consideraba «que a los que habían muerto piadosamente les estaba reservado un magnífico premio» (2M 12,45).

Es decir, son los sentimientos de piedad los que generan un magnífico premio. La piedad hacia los demás abre de par en par las puertas de la eternidad. Inclinarse sobre los necesitados para servirlos es entrar en la antesala del paraíso. Si, como recuerda san Pablo, «la caridad no pasa nunca» (1 Co 13,8), entonces ella es precisamente el puente que une la tierra al cielo.

Podemos así preguntarnos si estamos avanzando sobre este puente: ¿me dejo conmover por la situación de alguno que está en necesidad? ¿Sé llorar por el que sufre? ¿Rezo por aquellos a los que nadie recuerda? ¿Ayudo a alguno que no tiene con qué devolverme el favor? No es buenismo, no es caridad trivial, son preguntas de vida, cuestiones de resurrección.

Finalmente, un tercer estímulo en vista de la resurrección. Lo tomo de los Ejercicios Espirituales, en los que san Ignacio sugiere que, antes de tomar una decisión importante, hay que imaginarse en la presencia de Dios al final de los tiempos. Esa es la cita que no se puede posponer, el punto de llegada de todos, de todos nosotros.

Entonces, cada elección de vida afrontada en esa perspectiva está bien orientada, porque está más cerca de la resurrección, que es el sentido y la finalidad de la vida. Igual que el momento de salir se calcula por el lugar de llegada, igual que la semilla se juzga por la cosecha, así la vida se juzga bien a partir de su final, de su fin.

San Ignacio escribe: «Considerando cómo me hallaré el día del juicio, pensar cómo entonces querría haber deliberado acerca de la cosa presente; y la regla que entonces querría haber tenido, tomarla agora» (Ejercicios Espirituales, 187).

Puede ser un ejercicio útil para ver la realidad con los ojos del Señor y no solo con los nuestros; para tener una mirada proyectada hacia el futuro, hacia la resurrección, y no sólo sobre el hoy que pasa; para tomar decisiones que tengan el sabor de la eternidad, el gusto del amor.

¿Salgo de mí para ir cada día hacia el Señor? ¿Tengo sentimientos y gestos de piedad con los necesitados? ¿Tomo las decisiones importantes en la presencia de Dios? Dejémonos provocar al menos por uno de estos tres estímulos. Estaremos más en sintonía con el deseo de Jesús en el Evangelio de hoy: no perder nada de cuanto el Padre le ha dado (cf. Jn 6,39).

En medio de tantas voces del mundo que nos hacen perder el sentido de la existencia, sintonicémonos con la voluntad de Jesús, resucitado y vivo: haremos del momento presente un alba de resurrección.

https://www.aciprensa.com/noticias/homilia-del-papa-francisco-en-la-misa-por-los-cardenales-y-obispos-fallecidos-24460


La oportunidad de Zaqueo

noviembre 3, 2019

.

Baja aprisa, Zaqueo, porque tengo que hospedarme en tu casa.

.

La oportunidad de Zaqueo

.

El arzobispo agustino recoleto de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán (Guatemala), Mons. Mario Alberto Molina, reflexiona sobre la Palabra de Dios de este domingo 3 de noviembre.

Evangelio según san Lucas (19, 1-10)

La historia de Zaqueo es un episodio de la vida de Jesús que conocemos solo a través de san Lucas. El hecho ocurre a la entrada de la ciudad de Jericó, cuando Jesús está ya muy cerca de Jerusalén.

Zaqueo es un publicano, un cobrador de impuestos. Es decir, era una persona con fama de corrupta, que se enriqueció con fraudes, que era tenida en la opinión pública por ser un pecador descarado. Además, era el jefe del gremio de publicanos. Por lo tanto, era un hombre que gozaba de prestigio y renombre, al menos entre los de su clase.

Cuando Zaqueo se entera de que Jesús está para llegar a la ciudad deja todo para ir a verlo. Mucha gente debió tener el mismo propósito, pues se juntó una gran multitud, que le impedía la vista a Zaqueo que era de baja estatura. Jesús venía rodeado de discípulos y su fama, que iba por delante, atraía a numerosas personas a la calle para saludarlo a la entrada de la ciudad.

Zaqueo decide subirse a un árbol a la vera del camino para ver mejor a Jesús. Pero al mismo tiempo, y sin quererlo, de ese modo él facilitó que Jesús también lo viera a él. Uno puede pensar que una inquietud interior movía a Zaqueo. Quizá ya sentía algún disgusto por la vida que llevaba. Quizá buscaba la oportunidad de cambiar de vida, sin saber si eso sería posible.

Es posible que ya hubiera oído hablar de Jesús, pues de otro modo no se entiende bien ese deseo tan fuerte de verlo, que hasta se sube a un árbol como si fuera un niño. Él, un hombre que gozaba de prestigio entre los publicanos por ser su jefe, no tiene consideraciones para guardar el respeto propio, y se encarama a un árbol.

Jesús cuando pasa junto al árbol se detiene. Lo llama por su nombre y se auto invita para quedarse en su casa: Zaqueo, bájate pronto, porque hoy tengo que hospedarme en tu casa. ¿Alguien le habló a Jesús de Zaqueo? ¿Alguien le hizo ver a Jesús al hombre encaramado en el árbol y le explicó quién era? ¿Acaso Jesús, por su conocimiento superior, leyó el corazón del hombre y conoció a Zaqueo desde dentro?

La parábola no responde a estas preguntas, no se interesa por esos detalles. Pero sin duda, Zaqueo cuando oyó a Jesús debió de pensar que lo había reconocido, que conoció su deseo de verlo, que incluso quizá conoció su disgusto e inquietud interior. En todo caso, Zaqueo baja del árbol y conduce a Jesús a su casa.

Al ver esto, comenzaron todos a murmurar. ¿Quiénes son esos que murmuran? ¿Los que venían con Jesús? ¿Los que salieron a verlo? ¿Unos y otros? La acción de Jesús causa sorpresa, indignación, perplejidad. Lo que murmuran es una gran verdad: Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador.

¿Cómo es posible que el Hijo de Dios pida hospedaje precisamente en la casa del peor pecador de la ciudad? ¿No son acaso incompatibles la santidad de Dios con el pecado humano?

Sin embargo, para Zaqueo esta es la oportunidad que buscaba. Casi como si fueran las palabras de bienvenida, Zaqueo, que no necesitaba confesar sus pecados pues eran públicos y notorios, comienza a declarar su propósito de repararlos, su propósito de enmendarse, su propósito de resarcir a quienes había hecho daño con sus fraudes, con su corrupción, con sus robos.

Mira, Señor, voy a dar a los pobres la mitad de mis bienes, y si he defraudado a alguien, le restituiré cuatro veces más. Hay que saber que el perdón de Dios va por delante de nosotros. La auto invitación que Jesús se hizo fue para Zaqueo la señal de que Dios le ofrecía su perdón. Jesús no lo rechazaba por ser pecador, sino que lo buscó para mostrarle su ofrecimiento de perdón.

No es nuestro arrepentimiento el que mueve a Dios a perdonar; es el perdón ofrecido de Dios el que nos mueve a arrepentirnos. Pero hay que saber que para hacernos idóneos para recibir y acoger el perdón de Dios no basta con reconocernos pecadores, sino que también hay que reparar, en la medida de lo posible, el daño que hemos hecho con nuestros pecados.

Reparar el daño y lograr que las cosas vuelvan al estado en que estaban antes de nuestro pecado no es posible a cabalidad. Como dice gráficamente el dicho popular: no es posible sacar la pasta de dientes de su tubo y luego volverla a meter. Pero gestos de reparación deben acompañar nuestro arrepentimiento.

Precisamente los actos de reparación expresan mejor el arrepentimiento que la mera confesión verbal del pecado cometido. Si omitimos la reparación del daño, del perjuicio, de la ofensa, que causamos con nuestras acciones, nuestro arrepentimiento puede ser de pura palabra y no de hecho. Zaqueo manifestó voluntad de cambiar de vida.

Jesús por eso declara: Hoy ha llegado la salvación a esta casa, porque también él es hijo de Abraham, y el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que se había perdido. Zaqueo, pecador, no ha perdido su dignidad, es hijo de Abraham. Se ha desviado, ha renegado de su identidad con su pecado, pero de hecho no la ha perdido. Es capaz de ser rescatado, si se arrepiente.

No debe sorprender que Jesús haya elegido hospedarse precisamente en la casa del mayor pecador de la ciudad, pues para eso vino al mundo, para buscar y ofrecer el perdón a los pecadores.

Una de las grandes necesidades humanas es la de recuperar el valor de la propia vida cuando nos hemos visto implicados en el mal, cuando hemos elegido hacer el mal, cuando hemos sido pecadores, agentes de Satanás. El pecador, cuando se da cuenta del mal que ha hecho, piensa que su vida ha perdido valor, que su vida está destinada al fracaso, que no es posible comenzar de nuevo.

Por eso uno de los mensajes centrales del Evangelio de Jesús es el anuncio del perdón a los pecadores. El perdón de Dios está disponible. Lo acoge quien se declara pecador, se arrepiente y repara el daño que hizo.

El sacramento del bautismo para los que comienzan su vida cristiana y el de la confesión para los que ya estamos en ella son los medios por los que Dios nos otorga su perdón. Por eso la hermosa oración que hemos escuchado como primera lectura alaba a Dios por esta su bondad.

Con esa oración concluimos nuestra reflexión: Te compadeces de todos. Aparentas no ver los pecados de los hombres, para darles ocasión de arrepentirse. Porque tú amas todo cuanto existe y no aborreces nada de lo que has hecho. Tú perdonas a todos, porque todos son tuyos. Por eso, a los que caen, los vas corrigiendo poco a poco, los reprendes y les traes a la memoria sus pecados, para que se arrepientan de sus maldades y crean en ti, Señor.

Mons. Mario Alberto Molina OAR
Arzobispo de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán (Guatemala)

La oportunidad de Zaqueo


A %d blogueros les gusta esto: