El maná de cada día, 26.2.19

febrero 26, 2019

Martes de la 7ª semana del Tiempo Ordinario

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Madre Teresa

El que acoge a un niño como este en mi nombre, me acoge a mí



PRIMERA LECTURA: Eclesiástico 2, 1-11

Hijo, si te acercas a servir al Señor, permanece firme en la justicia y en el temor, y prepárate para la prueba. Endereza tu corazón, mantente firme y no te angusties en tiempo de adversidad.

Pégate a él y no te separes, para que al final seas enaltecido. Todo lo que te sobrevenga, acéptalo, y sé paciente en la adversidad y en la humillación.

Porque en el fuego se prueba el oro, y los que agradan a Dios en el horno de la humillación. Confía en él y él te ayudará, endereza tus caminos y espera en él.

Los que teméis al Señor, aguardad su misericordia y no os desviéis, no sea que caigáis. Los que teméis al Señor, confiad en él, y no se retrasará vuestra recompensa.

Los que teméis al Señor, esperad bienes, gozo eterno y misericordia. Los que teméis al Señor, amadlo y vuestros corazones se llenarán de luz.

Fijaos en las generaciones antiguas y ved: ¿Quién confió en el Señor y quedó defraudado?, o ¿quién perseveró en su temor y fue abandonado?, o ¿quién lo invocó y fue desatendido?

Porque el Señor es compasivo y misericordioso, perdona los pecados y salva en tiempo de desgracia, y protege a aquellos que lo buscan sinceramente.


SALMO 36, 3-4. 18-19. 27-28. 39-40

Encomienda tu camino al Señor, y él actuará.

Confía en el Señor y haz el bien, habitarás tu tierra y reposarás en ella en fidelidad;sea el Señor tu delicia, y él te dará lo que pide tu corazón.

El Señor vela por los días de los buenos, y su herencia durará siempre; no se agostarán en tiempo de sequía, en tiempo de hambre se saciarán.

Apártate del mal y haz el bien, y siempre tendrás una casa; porque el Señor ama la justicia y no abandona a sus fieles. Los inicuos son exterminados, la estirpe de los malvados se extinguirá.

El Señor es quien salva a los justos, él es su alcázar en el peligro; el Señor los protege y los libra, los libra de los malvados y los salva porque se acogen a él.


ALELUYA: Ga 6, 14

Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz del Señor, por la cual el mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo.


EVANGELIO: Marcos 9, 30-37

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos atravesaron Galilea; no quería que nadie se enterase, porque iba instruyendo a sus discípulos.

Les decía: «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres y lo matarán; y después de muerto, a los tres días resucitará».

Pero no entendían lo que decía, y les daba miedo preguntarle.

Llegaron a Cafarnaún, y una vez en casa, les preguntó: «¿De qué discutíais por el camino?».

Ellos callaban, pues por el camino habían discutido quién era el más importante.

Jesús se sentó, llamó a los Doce y les dijo: «Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos».

Y tomando un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: «El que acoge a un niño como este en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, no me acoge a mí, sino al que me ha enviado».


El maná de cada día, 24.2.19

febrero 23, 2019

Domingo VII del Tiempo Ordinario, Ciclo C

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Sean misericordiosos como su Padre del cielo es misericordioso



Antífona de entrada: Sal 12, 6

Señor, yo confío en tu misericordia: mi alma gozará con tu salvación, y cantaré al Señor por el bien que me ha hecho.


Oración colecta

Concédenos, Dios todopoderoso, que, meditando siempre las realidades espirituales, cumplamos, de palabra y de obra, lo que a ti te complace. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: 1 Samuel 26, 2. 7-9. 12-13. 22-23

En aquellos días, Saúl emprendió la bajada al desierto de Zif, llevando tres mil hombres escogidos de Israel, para buscar a David allí.

David y Abisay llegaron de noche junto a la tropa. Saúl dormía, acostado en el cercado, con la lanza hincada en tierra a la cabecera. Abner y la tropa dormían en torno a él.

Abisay dijo a David: «Dios pone hoy al enemigo en tu mano. Déjame que lo clave de un golpe con la lanza en la tierra. No tendré que repetir».

David respondió: «No acabes con él, pues ¿quién ha extendido su mano contra el ungido del Señor y ha quedado impune?».

David cogió la lanza y el jarro de agua de la cabecera de Saúl, y se marcharon. Nadie los vio, ni se dio cuenta, ni se despertó. Todos dormían, porque el Señor había hecho caer sobre ellos un sueño profundo.

David cruzó al otro lado y se puso en pie sobre la cima de la montaña, lejos, manteniendo una gran distancia entre ellos, y gritó: «Aquí está la lanza del rey. Venga por ella uno de sus servidores, y que el Señor pague a cada uno según su justicia y su fidelidad. Él te ha entregado hoy en mi poder, pero yo no he querido extender mi mano contra el ungido del Señor».

SALMO 102, 1-2. 3-4. 8 et 10. 12-13

El Señor es compasivo y misericordioso.

Bendice, alma mía, al Señor, y todo mi ser a su santo nombre. Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides sus beneficios.

Él perdona todas tus culpas y cura todas tus enfermedades; él rescata tu vida de la fosa, y te colma de gracia y de ternura.

El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia. No nos trata como merecen nuestros pecados ni nos paga según nuestras culpas.

Como dista el oriente del ocaso, así aleja de nosotros nuestros delitos. Como un padre siente ternura por sus hijos, siente el Señor ternura por los que lo temen.


SEGUNDA LECTURA: 1 Corintios 15, 45-49

Hermanos: El primer hombre, Adán, se convirtió en ser viviente. El último Adán, en espíritu vivificante.

Pero no fue primero lo espiritual, sino primero lo material y después lo espiritual. El primer hombre, que proviene de la tierra, es terrenal; el segundo hombre es del cielo.

Como el hombre terrenal, así son los de la tierra; como el celestial, así son los del cielo. Y lo mismo que hemos llevado la imagen del hombre terrenal, llevaremos también la imagen del celestial.

ALELUYA: Jn 13, 34

Os doy un mandamiento nuevo —dice el Señor— : que os améis unos a otros, como yo os he amado.

EVANGELIO: Lucas 6, 27-38

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«A vosotros los que me escucháis os digo: amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os calumnian.

Al que te pegue en una mejilla, preséntale la otra; al que te quite la capa, no le impidas que tome también la túnica. A quien te pide, dale; al que se lleve lo tuyo, no se lo reclames.

Tratad a los demás como queréis que ellos os traten. Pues, si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores aman a los que los aman. Y si hacéis bien solo a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores hacen lo mismo.

Y si prestáis a aquellos de los que esperáis cobrar, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a otros pecadores, con intención de cobrárselo.

Por el contrario, amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada; será grande vuestra recompensa y seréis hijos del Altísimo, porque él es bueno con los malvados y desagradecidos.

Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante, pues con la medida con que midiereis se os medirá a vosotros».

Antífona de comunión: Sal 9, 2-3

Proclamo todas tus maravillas, me alegro y exulto contigo, y toco en honor de tu nombre, oh Altísimo.



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EL ESTILO DEL CRISTIANO
Papa Francisco en la Capilla de Casa Santa Marta
Jueves, 13 de septiembre de 2018

Según la lógica del mundo «amar a los enemigos» es una «locura». Pero es precisamente la «locura de la cruz» lo que debe guiar el comportamiento de cada cristiano, porque si queremos vivir «como hijos» tenemos que ser «misericordiosos como el Padre» y no dejarnos guiar por la «lógica de Satanás», el gran acusador que busca siempre «hacer el mal al otro».

Es el «estilo del cristiano» el centro de la meditación que el Papa Francisco desarrolló durante la misa celebrada en Santa Marta la mañana del jueves 13 de septiembre. Un tema, recordó en su homilía, que se repite «muchas veces en el Evangelio», en muchos pasajes en los que el Señor «nos dice cómo debería ser la vida de un discípulo, la vida de un cristiano. Nos da señales para avanzar en el camino».

Sucede, por ejemplo, en el discurso de las Bienaventuranzas, del cual, dijo el Papa, «surge algo revolucionario, porque parece la lógica de lo opuesto»: es «la lógica de lo contrario con respecto al espíritu del mundo». En esa ocasión «el Señor nos enseña cómo debe ser un cristiano». Y en el capítulo XXV de Mateo, donde se habla de las obras de misericordia, «el Señor nos enseña lo que una persona debe hacer para ser cristiano».

Se describe un «estilo», frente al cual, como subrayó Francisco, «decimos: “Ser cristiano no es fácil”. No. Pero nos hace felices. Es el camino de la felicidad, de la paz interior».

También la liturgia del día se basó en un pasaje evangélico (Lucas 6, 27-38) dedicado a este tema. Este es un pasaje en el que «el Señor entra en detalles y nos ofrece cuatro para vivir la vida cristiana». Las palabras de Jesús son claras: «A vosotros que escucháis, os digo: amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, rezad por los que os tratan mal».

Son, dijo el Pontífice, «cuatro “mandamientos”» frente a los cuales el hombre normalmente se queda perplejo: «¿Cómo puedo amar a quien me hace daño? No vengarse, pero al menos defenderse».

La respuesta es: «Ama a tus enemigos». A lo que se podría rebatir, agregó el Papa: «¿Pero no puedo odiarlos? Tengo derecho a odiarlos, porque ellos me odian y yo debo odiarlos… ». Y la respuesta siempre es clara: «No. Amad. A los enemigos, a los que quieren destruiros: amad. “Haced bien a los que os odian”».

Hay un contraste entre lo que parece ser «normal» —«Si sé que una persona me odia, les diré a todos los amigos: “Este me odia. Este quiere destruirme”. Entro en el cotilleo»— y lo que se le pide al cristiano: «No. “Haz el bien”. Si sabes que alguien te odia y está en necesidad, tiene alguna necesidad o atraviesa una situación difícil, haz el bien».

La tercera indicación de Jesús es: «Bendecid a los que os maldicen». Aquí entramos, señaló el Papa, en la «lógica de la respuesta. Uno te dice una maldición y tú respondes con una más fuerte; el otro eleva el nivel de la maldición y el odio crece y termina en la guerra. Es la lógica de los insultos. Insultándose se acaba en guerra». En cambio, el Señor dice: «No. Detente, “bendice”. ¿Te maldijo? Tú, bendícelo».

Luego está «lo más difícil, lo que viene ahora: “Rezad por quienes os tratan mal”». En este sentido, Francisco preguntó: «¿Cuánto tiempo de oración dedico a pedirle al Señor por las personas que me molestan, o incluso me tratan mal?». Es bueno hacer «un examen de conciencia».

Todo esto, resumió el Pontífice, «es el estilo cristiano, esta es la forma de vida cristiana». Uno podría preguntar: «Pero si no hago estas cuatro cosas —amar a los enemigos, hacer el bien a los que me odian, bendecir a los que me maldicen y rezar por los que me tratan mal— ¿no soy cristiano?».

También en este caso la respuesta es clara: «Sí, eres cristiano porque has recibido el bautismo, pero no vives como un cristiano. Vives como un pagano, con el espíritu de mundanalidad». Y, agregó, «estas no son figuras poéticas: esto es lo que el Señor quiere que hagamos. Así, directo».

Estas son indicaciones concretas, porque «es muy fácil reunirse para hablar sobre los enemigos o aquellos que son de una parte diferente o incluso aquellos que no cuentan con nuestra simpatía. En cambio, la lógica cristiana es lo contrario».

Y no hay excepciones: «”Pero, padre, ¿es esto algo que siempre se debe seguir?”. Sí. “¿Pero esto es una locura?” Sí. Pablo claramente dice esto: “la locura de la Cruz”. Si tú, como cristiano, no estás apasionado por esta “locura de la Cruz”, no has entendido lo que significa ser cristiano».

Para confirmar lo que ha dicho, el Papa retomó el texto del Evangelio y subrayó la diferencia que Jesús mismo hace entre cristianos y paganos: «Usa la palabra “pecadores”. “Paganos”, “pecadores”, “mundanos”».

La síntesis de este razonamiento es ofrecida por la Escritura misma, donde el Señor, como en un «resumen», explica la razón de ciertas indicaciones: «Más bien, amad a vuestros enemigos; haced el bien y prestad sin esperar nada a cambio […], y seréis hijos del Altísimo, porque él es bueno con los ingratos y los perversos. Sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso».

El propósito de todo esto, explicó Francisco, es por lo tanto «llegar a comportarse como hijos, hijos de nuestro Padre, que siempre hace el bien, que es “misericordioso”: esta es la palabra clave».

Por eso, agregó, «al leer, escuchar estas cosas que dice Jesús, podemos hacernos la pregunta: ¿Soy misericordioso?». Podemos «entrar en el misterio de la misericordia» y preguntarnos: «¿Ha usado el Señor misericordia conmigo? ¿Escuché la misericordia del Señor? Si soy misericordioso, soy hijo del Padre».

Y como a veces se dice de un niño: «¡Pero cómo se parece al padre!», igualmente «solo los misericordiosos se parecen a Dios Padre» porque este «es el estilo del Padre».

Este camino, sin embargo, advirtió al Pontífice, va en contra de la corriente, «no acusa a los demás» y «va en contra del espíritu del mundo».

De hecho, explicó, «entre nosotros está el gran acusador, el que siempre nos acusa ante Dios, para destruirnos. Satanás: él es el gran acusador. Y cuando entro en esta lógica de acusar, maldecir, tratar de hacer daño a otro, entro en la lógica del gran acusador que es destructivo, que no conoce la palabra “misericordia”, no la conoce, no la ha vivido nunca».

Por lo tanto, dijo Francisco, el camino del cristiano siempre está ante una encrucijada: por un lado, «la invitación del Señor» a «ser misericordioso, una invitación que es una gracia, una gracia de filiación, para parecerse al Padre».

Por otro lado, está «el gran acusador, Satanás, que nos insta a acusar a otros, a destruirlos». No se puede, concluyó el Pontífice, «entrar en la lógica del acusador» y, de hecho, «la única acusación legítima que tenemos los cristianos es acusarnos a nosotros mismos. Para los demás solo misericordia, porque somos hijos del Padre que es misericordioso».

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Aplicando lo discernido en el Sínodo de los Jóvenes


El maná de cada día, 16.2.19

febrero 16, 2019

Sábado 5ª semana del Tiempo Ordinario

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La gente comió hasta quedar satisfecha, y de los trozos que sobraron llenaron siete canastas

La gente comió hasta quedar satisfecha, y de los trozos que sobraron llenaron siete canastas



PRIMERA LECTURA: Génesis 3, 9-24

El Señor llamó al hombre: «¿Dónde estás?»

Él contestó: «Oí tu ruido en el jardín, me dio miedo, porque estaba desnudo, y me escondí.»

El Señor le replicó: «¿Quién te informó de que estabas desnudo? ¿Es que has comido del árbol del que te prohibí comer?»

Adán respondió: «La mujer que me diste como compañera me ofreció del fruto, y comí.»

El Señor dijo a la mujer: «¿Qué es lo que has hecho?»

Ella respondió: «La serpiente me engañó, y comí.»

El Señor Dios dijo a la serpiente: «Por haber hecho eso, serás maldita entre todo el ganado y todas las fieras del campo; te arrastrarás sobre el vientre y comerás polvo toda tu vida; establezco hostilidades entre ti y la mujer, entre tu estirpe y la suya; ella te herirá en la cabeza cuando tú la hieras en el talón.»

A la mujer le dijo: «Mucho te haré sufrir en tu preñez, parirás hijos con dolor, tendrás ansia de tu marido, y él te dominará.»

Al hombre le dijo: «Porque le hiciste caso a tu mujer y comiste del árbol del que te prohibí comer, maldito el suelo por tu culpa: comerás de él con fatiga mientras vivas; brotará para ti cardos y espinas, y comerás hierba del campo. Con sudor de tu frente comerás el pan, hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella te sacaron; pues eres polvo y al polvo volverás.»

El hombre llamó a su mujer Eva, por ser la madre de todos los que viven. El Señor Dios hizo pellizas para el hombre y su mujer, y se las vistió.

Y el Señor Dios dijo: «Mirad, el hombre es ya como uno de nosotros en el conocimiento del bien y el mal. No vaya a echarle mano al árbol de la vida, coja de él, coma y viva para siempre.»

Y el Señor Dios lo expulsó del jardín de Edén, para que labrase el suelo de donde lo habían sacado. Echó al hombre, y a oriente del jardín de Edén colocó a los querubines y la espada llameante que se agitaba, para cerrar el camino del árbol de la vida.


SALMO 89, 2.3-4.5-6.12-13

Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación.

Antes que naciesen los montes, o fuera engendrado el orbe de la tierra, desde siempre y por siempre tú eres Dios.

Tu reduces el hombre a polvo, diciendo: «Retornad, hijos de Adán.»Mil años en tu presencia son un ayer, que pasó, una vela nocturna.

Los siembras año por año, como hierba que se renueva: que florece y se renueva por la mañana, y por la tarde la siegan y se seca.

Enséñanos a calcular nuestros años, para que adquiramos un corazón sensato. Vuélvete, Señor, ¿hasta cuándo? Ten compasión de tus siervos.


Aclamación antes del Evangelio: Mt 4, 4

No sólo de pan vive el hombre, sino también de toda palabra que sale de la boca de Dios.


EVANGELIO: Marcos 8, 1-10

Uno de aquellos días, como había mucha gente y no tenían qué comer, Jesús llamó a sus discipulos y les dijo: «Me da lástima de esta gente; llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer, y, si los despido a sus casas en ayunas, se van a desmayar por el camino. Además, algunos han venido desde lejos.»

Le replicaron sus discípulos: «¿Y de dónde se puede sacar pan, aquí, en despoblado, para que se queden satisfechos?»

Él les preguntó: «¿Cuántos panes tenéis?»

Ellos contestaron: «Siete.»

Mandó que la gente se sentara en el suelo, tomó los siete panes, pronunció la acción de gracias, los partió y los fue dando a sus discipulos para que los sirvieran. Ellos los sirvieron a la gente.

Tenían también unos cuantos peces; Jesús los bendijo, y mandó que los sirvieran también.

La gente comió hasta quedar satisfecha, y de los trozos que sobraron llenaron siete canastas; eran unos cuatro mil.

Jesús los despidió, luego se embarcó con sus discipulos y se fue a la región de Dalmanuta.


El maná de cada día, 5.1.19

enero 5, 2019

Sábado 5 de enero. Feria de Navidad

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Aclama al Señor, tierra entera

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Antífona de entrada: Jn 1, 1

En el principio y antes de los siglos, el Verbo era Dios, y se ha dignado nacer como Salvador del mundo.

Oración colecta

Oh, Dios, que con el nacimiento de tu Unigénito has comenzado de modo admirable la redención de tu pueblo, te pedimos que concedas a tus fieles una fe tan sólida que, guiados por él, alcancemos el premio prometido de la gloria. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: 1 Juan 3, 11-21

Éste es el mensaje que habéis oído desde el principio: que nos amemos unos a otros. No seamos como Caín, que procedía del Maligno y asesinó a su hermano. ¿Y por qué lo asesinó? Porque sus obras eran malas, mientras que las de su hermano eran buenas.

No os sorprenda, hermanos, que el mundo os odie; nosotros hemos pasado de la muerte a la vida: lo sabemos porque amamos a los hermanos. El que no ama permanece en la muerte. El que odia a su hermano es un homicida. Y sabéis que ningún homicida lleva en sí vida eterna.

En esto hemos conocido el amor: en que él dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar nuestra vida por los hermanos. Pero si uno tiene de qué vivir y, viendo a su hermano en necesidad, le cierra sus entrañas, ¿cómo va a estar en él el amor de Dios?

Hijos míos, no amemos de palabra y de boca, sino de verdad y con obras. En esto conoceremos que somos de la verdad y tranquilizaremos nuestra conciencia ante él, en caso de que nos condene nuestra conciencia, pues Dios es mayor que nuestra conciencia y conoce todo. Queridos, si la conciencia no nos condena, tenemos plena confianza ante Dios.


SALMO 99

Aclama al Señor, tierra entera.

Aclama al Señor, tierra entera, servid al Señor con alegría, entrad en su presencia con vítores.

Sabed que el Señor es Dios: que él nos hizo y somos suyos, su pueblo y ovejas de su rebaño.

Entrad por sus puertas con acción de gracias, por sus atrios con himnos, dándole gracias y bendiciendo su nombre.

«El Señor es bueno, su misericordia es eterna, su fidelidad por todas las edades.»


ALELUYA

Nos ha amanecido un día sagrado; venid, naciones, adorad al Señor, porque hoy una gran luz ha bajado a la tierra.


EVANGELIO: Juan 1, 43-51

En aquel tiempo, determinó Jesús salir para Galilea; encuentra a Felipe y le dice: «Sígueme.»

Felipe era de Betsaida, ciudad de Andrés y de Pedro. Felipe encuentra a Natanael y le dice: «Aquel de quien escribieron Moisés en la Ley y los profetas, lo hemos encontrado: Jesús, hijo de José, de Nazaret.»

Natanael le replicó: «¿De Nazaret puede salir algo bueno?»

Felipe le contestó: «Ven y verás.»

Vio Jesús que se acercaba Natanael y dijo de él: «Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño.»

Natanael le contesta: «¿De qué me conoces?»

Jesús le responde: «Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi.»

Natanael respondió: «Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel.»

Jesús le contestó: «¿Por haberte dicho que te vi debajo de la higuera, crees? Has de ver cosas mayores.»

Y le añadió: «Yo os aseguro: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre.»


Antífona de comunión: Jn 3, 16

Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna.

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Seremos saciados con la visión de la Palabra

San Agustín, Sermón 194, 3-4

¿Qué ser humano podría conocer todos los tesoros de sabiduría y de ciencia ocultos en Cristo y escondidos en la pobreza de su carne? Porque, siendo rico, se hizo pobre por vosotros, para enriqueceros con su pobreza. Pues cuando asumió la condición mortal y experimentó la muerte, se mostró pobre: pero prometió riquezas para más adelante, y no perdió las que le habían quitado.

¡Qué inmensidad la de su dulzura, que escondió para que los que lo temen, y llevó a cabo para los que esperan en él!

Nuestro conocimientos son ahora parciales, hasta que se cumpla lo que es perfecto. Y para que nos hagamos capaces de alcanzarlo, él, que era igual al Padre en la forma de Dios, se hizo semejante a nosotros en la forma de siervo, para reformarnos a semejanza de Dios: y, con­vertido en hijo del hombre –él, que era único Hijo de Dios–, convirtió a muchos hijos de los hombres en hijos de Dios; y, habiendo alimentado a aquellos siervos con su forma visible de siervo, los hizo libres para que contem­plasen la forma de Dios.

Pues ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es. Pues ¿para qué son aquellos tesoros de sabiduría y de ciencia, para qué sirven aquellas riquezas divinas sino para colmarnos? ¿Y para qué la inmensidad de aquella dulzura sino para saciarnos? Muéstranos al Padre y nos basta.

Y en algún salmo, uno de nosotros, o en nosotros, o por nosotros, le dice: Me saciaré cuando se manifieste tu gloria. Pues él y el Padre son una misma cosa: y quien lo ve a él ve también al Padre. De modo que el Señor, Dios de los ejércitos, él es el Rey de la gloria. Volviendo a nosotros, nos mostrará su rostro; y nos salvaremos y quedaremos saciados, y eso nos bastará.

Pero mientras eso no suceda, mientras no nos muestre lo que habrá de bastarnos, mientras no le bebamos como fuente de vida y nos saciemos, mientras tengamos que andar en la fe y peregrinemos lejos de él, mientras tenemos hambre y sed de justicia y anhelamos con inefable ardor la belleza de la forma de Dios, celebremos con devota obsequiosidad el nacimiento de la forma de siervo.

Si no podemos contemplar todavía al que fue engendrado por el Padre antes que el lucero de la mañana, tratemos de acercarnos al que nació de la Virgen en medio de la noche. No comprendemos aún que su nombre dura como el sol; reconozcamos que su tienda ha sido puesta en el sol.

Todavía no podemos contemplar al Único que permanece en su Padre; recordemos al Esposo que sale de su alcoba. Todavía no estamos preparados para el banquete de nuestro Padre; reconozcamos al menos el pesebre de nuestro Señor Jesucristo.


El maná de cada día, 26.11.18

noviembre 26, 2018

Lunes de la 34ª semana del Tiempo Ordinario

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Esa pobre viuda ha echado más que nadie



PRIMERA LECTURA: Apocalipsis 14, 1-3.4b-5

Yo, Juan, miré y en la visión apareció el Cordero de pie sobre el monte Sión, y con él ciento cuarenta y cuatro mil que llevaban grabado en la frente el nombre del Cordero y el nombre de su Padre.

Oí también un sonido que bajaba del cielo, parecido al estruendo del océano, y como el estampido de un trueno poderoso; era el son de arpistas que tañían sus arpas delante del trono, delante de los cuatro seres vivientes y los ancianos, cantando un cántico nuevo.

Nadie podía aprender el cántico fuera de los ciento cuarenta y cuatro mil, los adquiridos en la tierra. Éstos son los que siguen al Cordero adondequiera que vaya; los adquirieron como primicias de la humanidad para Dios y el Cordero. En sus labios no hubo mentira, no tienen falta.


SALMO 23, 1-2.3-4ab.5-6

Este es el grupo que viene a tu presencia, Señor.

Del Señor es la tierra y cuanto la llena, el orbe y todos sus habitantes: él la fundó sobre los mares, él la afianzó sobre los ríos.

¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en el recinto sacro? El hombre de manos inocentes y puro corazón, que no confía en los ídolos.

Ése recibirá la bendición del Señor, le hará justicia el Dios de salvación. Éste es el grupo que busca al Señor, que viene a tu presencia, Dios de Jacob.


Aclamación antes del Evangelio: Mateo 24, 42a. 44

Estad en vela y preparados, porque a la hora que menos pensáis viene el Hijo del hombre.


EVANGELIO: Lucas 21, 1-4

En aquel tiempo, alzando Jesús los ojos, vio unos ricos que echaban donativos en el arca de las ofrendas; vio también una viuda pobre que echaba dos reales, y dijo:

«Sabed que esa pobre viuda ha echado más que nadie, porque todos los demás han echado de lo que les sobra, pero ella, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir.»

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Audacia y fervor, según Gaudete et exsultate, nn. 129-139, (10). ¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en el recinto sacro? El hombre de manos inocentes y puro corazón, que no confía en los ídolos (Salmo 23).

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Al mismo tiempo, la santidad es parresía: es audacia, es empuje evangelizador que deja una marca en este mundo. Para que sea posible, el mismo Jesús viene a nuestro encuentro y nos repite con serenidad y firmeza: «No tengáis miedo» (Mc 6,50). «Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos» (Mt 28,20).

Estas palabras nos permiten caminar y servir con esa actitud llena de coraje que suscitaba el Espíritu Santo en los Apóstoles y los llevaba a anunciar a Jesucristo.

Audacia, entusiasmo, hablar con libertad, fervor apostólico, todo eso se incluye en el vocablo parresía, palabra con la que la Biblia expresa también la libertad de una existencia que está abierta, porque se encuentra disponible para Dios y para los demás (cf. Hch 4,29; 9,28; 28,31; 2 Co 3,12; Ef 3,12; Hb 3,6; 10,19).

El beato Pablo VI mencionaba, entre los obstáculos de la evangelización, precisamente la carencia de parresía: «La falta de fervor, tanto más grave cuanto que viene de dentro».

¡Cuántas veces nos sentimos tironeados a quedarnos en la comodidad de la orilla! Pero el Señor nos llama para navegar mar adentro y arrojar las redes en aguas más profundas (cf. Lc 5,4).

Nos invita a gastar nuestra vida en su servicio. Aferrados a él nos animamos a poner todos nuestros carismas al servicio de los otros. Ojalá nos sintamos apremiados por su amor (cf. 2 Co 5,14) y podamos decir con san Pablo: «¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!» (1 Co 9,16).

Miremos a Jesús: su compasión entrañable no era algo que lo ensimismara, no era una compasión paralizante, tímida o avergonzada como muchas veces nos sucede a nosotros, sino todo lo contrario. Era una compasión que lo movía a salir de sí con fuerza para anunciar, para enviar en misión, para enviar a sanar y a liberar.

Reconozcamos nuestra fragilidad pero dejemos que Jesús la tome con sus manos y nos lance a la misión. Somos frágiles, pero portadores de un tesoro que nos hace grandes y que puede hacer más buenos y felices a quienes lo reciban. La audacia y el coraje apostólico son constitutivos de la misión.

La parresía es sello del Espíritu, testimonio de la autenticidad del anuncio. Es feliz seguridad que nos lleva a gloriarnos del Evangelio que anunciamos, es confianza inquebrantable en la fidelidad del Testigo fiel, que nos da la seguridad de que nada «podrá separarnos del amor de Dios» (Rm 8,39).

Necesitamos el empuje del Espíritu para no ser paralizados por el miedo y el cálculo, para no acostumbrarnos a caminar solo dentro de confines seguros. Recordemos que lo que está cerrado termina oliendo a humedad y enfermándonos.

Cuando los Apóstoles sintieron la tentación de dejarse paralizar por los temores y peligros, se pusieron a orar juntos pidiendo la parresía:

«Ahora, Señor, fíjate en sus amenazas y concede a tus siervos predicar tu palabra con toda valentía» (Hch 4,29). Y la respuesta fue que «al terminar la oración, tembló el lugar donde estaban reunidos; los llenó a todos el Espíritu Santo, y predicaban con valentía la palabra de Dios» (Hch 4,31).

Como el profeta Jonás, siempre llevamos latente la tentación de huir a un lugar seguro que puede tener muchos nombres: individualismo, espiritualismo, encerramiento en pequeños mundos, dependencia, instalación, repetición de esquemas ya prefijados, dogmatismo, nostalgia, pesimismo, refugio en las normas. Tal vez nos resistimos a salir de un territorio que nos era conocido y manejable.

Sin embargo, las dificultades pueden ser como la tormenta, la ballena, el gusano que secó el ricino de Jonás, o el viento y el sol que le quemaron la cabeza; y lo mismo que para él, pueden tener la función de hacernos volver a ese Dios que es ternura y que quiere llevarnos a una itinerancia constante y renovadora.

Dios siempre es novedad, que nos empuja a partir una y otra vez y a desplazarnos para ir más allá de lo conocido, hacia las periferias y las fronteras. Nos lleva allí donde está la humanidad más herida y donde los seres humanos, por debajo de la apariencia de la superficialidad y el conformismo, siguen buscando la respuesta a la pregunta por el sentido de la vida.

¡Dios no tiene miedo! ¡No tiene miedo! Él va siempre más allá de nuestros esquemas y no les teme a las periferias. Él mismo se hizo periferia (cf. Flp 2,6-8; Jn 1,14).

Por eso, si nos atrevemos a llegar a las periferias, allí lo encontraremos, él ya estará allí. Jesús nos primerea en el corazón de aquel hermano, en su carne herida, en su vida oprimida, en su alma oscurecida. Él ya está allí.

Es verdad que hay que abrir la puerta del corazón a Jesucristo, porque él golpea y llama (cf. Ap 3,20). Pero a veces me pregunto si, por el aire irrespirable de nuestra autorreferencialidad, Jesús no estará ya dentro de nosotros golpeando para que lo dejemos salir.

En el Evangelio vemos cómo Jesús «iba caminando de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo, proclamando y anunciando la Buena Noticia del reino de Dios» (Lc 8,1).

También después de la resurrección, cuando los discípulos salieron a predicar por todas partes, «el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban» (Mc 16,20). Esa es la dinámica que brota del verdadero encuentro.

La costumbre nos seduce y nos dice que no tiene sentido tratar de cambiar algo, que no podemos hacer nada frente a esta situación, que siempre ha sido así y que, sin embargo, sobrevivimos. A causa de ese acostumbrarnos ya no nos enfrentamos al mal y permitimos que las cosas «sean lo que son», o lo que algunos han decidido que sean.

Pero dejemos que el Señor venga a despertarnos, a pegarnos un sacudón en nuestra modorra, a liberarnos de la inercia. Desafiemos la costumbre, abramos bien los ojos y los oídos, y sobre todo el corazón, para dejarnos descolocar por lo que sucede a nuestro alrededor y por el grito de la Palabra viva y eficaz del Resucitado.

Nos moviliza el ejemplo de tantos sacerdotes, religiosas, religiosos y laicos que se dedican a anunciar y a servir con gran fidelidad, muchas veces arriesgando sus vidas y ciertamente a costa de su comodidad. Su testimonio nos recuerda que la Iglesia no necesita tantos burócratas y funcionarios, sino misioneros apasionados, devorados por el entusiasmo de comunicar la verdadera vida.

Los santos sorprenden, desinstalan, porque sus vidas nos invitan a salir de la mediocridad tranquila y anestesiante.

Pidamos al Señor la gracia de no vacilar cuando el Espíritu nos reclame que demos un paso adelante, pidamos el valor apostólico de comunicar el Evangelio a los demás y de renunciar a hacer de nuestra vida cristiana un museo de recuerdos.

En todo caso, dejemos que el Espíritu Santo nos haga contemplar la historia en la clave de Jesús resucitado. De ese modo la Iglesia, en lugar de estancarse, podrá seguir adelante acogiendo las sorpresas del Señor.

https://ismaelojeda.wordpress.com/2018/11/23/audacia-y-fervor-segun-gaudete-et-exsultate-129-139-10/

 


Jor­na­da de los Po­bres: “Dios y el pró­ji­mo, los au­tén­ti­cos te­so­ros de la vida”

noviembre 25, 2018

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Mi­re­mos qué hacemos: en­tre tan­tas co­sas, ¿ha­ce­mos algo gra­tui­to, al­gu­na cosa para los que no tie­nen cómo co­rres­pon­der? Esa será nues­tra mano ex­ten­di­da, nues­tra ver­da­de­ra ri­que­za en el cie­lo”.

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Jor­na­da de los Po­bres: “Dios y el pró­ji­mo, los au­tén­ti­cos te­so­ros de la vida”

Por Renato Martínez

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Ho­mi­lía del San­to Pa­dre en la Misa en oca­sión de la II Jor­na­da Mun­dial de los po­bres, ce­le­bra­da en la Ba­sí­li­ca de San Pe­dro, este 18 de no­viem­bre, en la que in­vi­tó a ir: “Ha­cia Dios, re­zan­do, y ha­cia los ne­ce­si­ta­dos, aman­do. Son los au­tén­ti­cos te­so­ros de la vida: Dios y el pró­ji­mo”.

La in­jus­ti­cia es la raíz per­ver­sa de la po­bre­za. El gri­to de los po­bres es cada día más fuer­te pero tam­bién me­nos es­cu­cha­do, so­fo­ca­do por el es­truen­do de unos po­cos ri­cos, que son cada vez me­nos pero más ri­cos”, lo dijo el Papa Fran­cis­co en su ho­mi­lía en la San­ta Misa en oca­sión de la II Jor­na­da Mun­dial de los po­bres, ce­le­bra­da en la Ba­sí­li­ca de San Pe­dro, este 18 de no­viem­bre, día tam­bién en el que la Igle­sia ce­le­bra la De­di­ca­ción de las Ba­sí­li­cas de San Pe­dro y San Pa­blo.

Tres ac­cio­nes de Je­sús: “deja, alien­ta y ex­tien­de su mano”

Co­men­tan­do las lec­tu­ras bí­bli­cas del XX­XIII Do­min­go del Tiem­po Or­di­na­rio, el San­to Pa­dre dijo que, Je­sús rea­li­za tres ac­cio­nes en el Evan­ge­lio.

Je­sús va con­tra­co­rrien­te, deja el éxi­to, lue­go la tran­qui­li­dad

La pri­me­ra ac­ción, se­ña­ló el Pon­tí­fi­ce, Je­sús lo rea­li­za en pleno día, deja: deja a la mul­ti­tud en el mo­men­to del éxi­to, cuan­do lo acla­ma­ban por ha­ber mul­ti­pli­ca­do los pa­nes. “En todo –afir­mó el Papa– Je­sús va con­tra­co­rrien­te: pri­me­ro deja el éxi­to, lue­go la tran­qui­li­dad. Nos en­se­ña el va­lor de de­jar: de­jar el éxi­to que hin­cha el co­ra­zón y la tran­qui­li­dad que ador­me­ce el alma”.

Je­sús deja el éxi­to, sub­ra­yó el Papa Fran­cis­co para ir ha­cia Dios, re­zan­do, y ha­cia los ne­ce­si­ta­dos, aman­do. Son los au­tén­ti­cos te­so­ros de la vida: Dios y el pró­ji­mo. “Subir ha­cia Dios y ba­jar ha­cia los her­ma­nos, aquí está la ruta que Je­sús nos se­ña­la –pun­tua­li­zó el Pon­tí­fi­ce– Él nos apar­ta del re­crear­nos sin com­pli­ca­cio­nes en las có­mo­das lla­nu­ras de la vida, del ir ti­ran­do ocio­sa­men­te en me­dio de las pe­que­ñas sa­tis­fac­cio­nes co­ti­dia­nas.

Los dis­cí­pu­los de Je­sús no es­tán he­chos para la pre­de­ci­ble tran­qui­li­dad de una vida nor­mal. Al igual que su Se­ñor, vi­ven en ca­mino, li­ge­ros, pron­tos para de­jar la glo­ria del mo­men­to, vi­gi­lan­tes para no ape­gar­se a los bie­nes que pa­san. El cris­tiano sabe que su pa­tria está en otra par­te, sabe que ya aho­ra es con­ciu­da­dano de los san­tos, y miem­bro de la fa­mi­lia de Dios.

“Des­piér­ta­nos, Se­ñor, de la cal­ma ocio­sa, de la tran­qui­la quie­tud de nues­tros puer­tos se­gu­ros. Desáta­nos de los ama­rres de la au­to­rre­fe­ren­cia­li­dad que las­tran la vida; li­bé­ra­nos de la bús­que­da de nues­tros éxi­tos. En­sé­ña­nos a sa­ber de­jar, para orien­tar nues­tra vida en la mis­ma di­rec­ción que la tuya: ha­cia Dios y ha­cia el pró­ji­mo”

Je­sús hoy nos dice: «Ánimo, soy yo, no ten­gan mie­do»

La se­gun­da ac­ción, se­ña­ló el Papa Fran­cis­co, Je­sús la rea­li­za en ple­na no­che, alien­ta. El Maes­tro se di­ri­ge ha­cia los su­yos, in­mer­sos en la os­cu­ri­dad, ca­mi­nan­do «so­bre el mar». “Je­sús, en otras pa­la­bras, va ha­cia los su­yos pi­so­tean­do a los ma­lig­nos enemi­gos del hom­bre.

Aquí está el sig­ni­fi­ca­do de este signo –pre­ci­só el Pon­tí­fi­ce– no es una ma­ni­fes­ta­ción en la que se ce­le­bra el po­der, sino la re­ve­la­ción para no­so­tros de la cer­te­za tran­qui­li­za­do­ra de que Je­sús, solo Je­sús, ven­ce a nues­tros gran­des enemi­gos: el dia­blo, el pe­ca­do, la muer­te, el mie­do, la mun­da­ni­dad.

“La bar­ca de nues­tra vida a me­nu­do se ve za­ran­dea­da por las olas y sa­cu­di­da por el vien­to, y cuan­do las aguas es­tán en cal­ma, pron­to vuel­ven a agi­tar­se. En­ton­ces la em­pren­de­mos con las tor­men­tas del mo­men­to, que pa­re­cen ser nues­tros úni­cos pro­ble­mas.

Pero el pro­ble­ma no es la tor­men­ta del mo­men­to –se­ña­ló el San­to Pa­dre– sino cómo na­ve­gar en la vida. El se­cre­to de na­ve­gar bien está en in­vi­tar a Je­sús a bor­do. Hay que dar­le a Él el ti­món de la vida para que sea él quien lle­ve la ruta. Solo Él da vida en la muer­te, y es­pe­ran­za en el do­lor; solo Él sana el co­ra­zón con el per­dón, y li­bra del mie­do con la con­fian­za”.

“Hay una gran ne­ce­si­dad de per­so­nas que se­pan con­so­lar, pero no con pa­la­bras va­cías, sino con pa­la­bras de vida. En el nom­bre de Je­sús, se da un au­tén­ti­co con­sue­lo. Solo la pre­sen­cia de Je­sús de­vuel­ve las fuer­zas, no las pa­la­bras de áni­mo for­ma­les y obli­ga­das. Alién­ta­nos, Se­ñor: con­for­ta­dos por ti, con­for­ta­re­mos ver­da­de­ra­men­te a los de­más”

Je­sús ex­tien­de su mano para que nos sa­que del mal

La ter­ce­ra ac­ción, ex­pli­có el Papa Fran­cis­co, Je­sús la rea­li­za, en me­dio de la tor­men­ta, ex­tien­de su mano. Aga­rra a Pe­dro que, te­me­ro­so, du­da­ba y, hun­dién­do­se, gri­ta­ba: «Se­ñor, sál­va­me». “Po­de­mos po­ner­nos en la piel de Pe­dro –in­vi­tó el Papa– so­mos gen­te de poca fe y es­ta­mos aquí men­di­gan­do la sal­va­ción. So­mos po­bres de vida au­tén­ti­ca y ne­ce­si­ta­mos la mano ex­ten­di­da del Se­ñor, que nos sa­que del mal.

Este es el co­mien­zo de la fe: va­ciar­nos de la or­gu­llo­sa con­vic­ción de creer­nos bue­nos, ca­pa­ces, au­tó­no­mos y re­co­no­cer que ne­ce­si­ta­mos la sal­va­ción. La fe cre­ce en este cli­ma, un cli­ma al que nos adap­ta­mos es­tan­do con quie­nes no se suben al pe­des­tal, sino que tie­nen ne­ce­si­dad y pi­den ayu­da”.

Por esta ra­zón, ex­pli­có el San­to Pa­dre, vi­vir la fe en con­tac­to con los ne­ce­si­ta­dos es im­por­tan­te para to­dos no­so­tros. No es una op­ción so­cio­ló­gi­ca, no es la moda de un pon­ti­fi­ca­do, es una exi­gen­cia teo­ló­gi­ca. Es re­co­no­cer­se como men­di­gos de la sal­va­ción, her­ma­nos y her­ma­nas de to­dos, pero es­pe­cial­men­te de los po­bres, pre­di­lec­tos del Se­ñor.

“Pi­da­mos la gra­cia de es­cu­char el gri­to de los que vi­ven en aguas tur­bu­len­tas. El gri­to de los po­bres. El gri­to de los po­bres es cada día más fuer­te pero tam­bién me­nos es­cu­cha­do, so­fo­ca­do por el es­truen­do de unos po­cos ri­cos, que son cada vez me­nos pero más ri­cos”

Pi­da­mos la gra­cia de es­cu­char el gri­to de los po­bres

Je­sús es­cu­chó el gri­to de Pe­dro, con­clu­yó el Papa Fran­cis­co y a par­tir de ello, pi­da­mos la gra­cia de es­cu­char el gri­to de los que vi­ven en aguas tur­bu­len­tas.

“El gri­to de los po­bres: es el gri­to aho­ga­do de los ni­ños que no pue­den ve­nir a la luz, de los pe­que­ños que su­fren ham­bre, de chi­cos acos­tum­bra­dos al es­truen­do de las bom­bas en lu­gar del ale­gre al­bo­ro­to de los jue­gos.

Es el gri­to de los an­cia­nos des­car­ta­dos y aban­do­na­dos. Es el gri­to de quie­nes se en­fren­tan a las tor­men­tas de la vida sin una pre­sen­cia ami­ga. Es el gri­to de quie­nes de­ben huir, de­jan­do la casa y la tie­rra sin la cer­te­za de un lu­gar de lle­ga­da.

Es el gri­to de po­bla­cio­nes en­te­ras, pri­va­das tam­bién de los enor­mes re­cur­sos na­tu­ra­les de que dis­po­nen. Es el gri­to de tan­tos Lá­za­ros que llo­ran, mien­tras que unos po­cos epu­lo­nes ban­que­tean con lo que en jus­ti­cia co­rres­pon­de a to­dos. La in­jus­ti­cia es la raíz per­ver­sa de la po­bre­za.

El gri­to de los po­bres es cada día más fuer­te pero tam­bién me­nos es­cu­cha­do, so­fo­ca­do por el es­truen­do de unos po­cos ri­cos, que son cada vez me­nos pero más ri­cos”.

El cre­yen­te ex­tien­de su mano, como lo hace Je­sús con él

Fi­nal­men­te, el Papa Fran­cis­co dijo que, ante la dig­ni­dad hu­ma­na pi­so­tea­da, a me­nu­do uno per­ma­ne­ce con los bra­zos cru­za­dos o con los bra­zos caí­dos, im­po­ten­tes ante la fuer­za os­cu­ra del mal. Pero el cris­tiano no pue­de es­tar con los bra­zos cru­za­dos, in­di­fe­ren­te, o con los bra­zos caí­dos, fa­ta­lis­ta; no.

El cre­yen­te –pun­tua­li­zó el Papa– ex­tien­de su mano, como lo hace Je­sús con él. El gri­to de los po­bres es es­cu­cha­do por Dios, ¿pero, y no­so­tros? ¿Te­ne­mos ojos para ver, oí­dos para es­cu­char, ma­nos ex­ten­di­das para ayu­dar?

«Es el pro­pio Cris­to quien en los po­bres le­van­ta su voz para des­per­tar la ca­ri­dad de sus dis­cí­pu­los» (ibíd.). Nos pide que lo re­co­noz­ca­mos en el que tie­ne ham­bre y sed, en el ex­tran­je­ro y des­po­ja­do de su dig­ni­dad, en el en­fer­mo y el en­car­ce­la­do.

“El Se­ñor ex­tien­de su mano: es un ges­to gra­tui­to, no obli­ga­do. Así es como se hace. No es­ta­mos lla­ma­dos a ha­cer el bien solo a los que nos aman –con­clu­yó el San­to Pa­dre– co­rres­pon­der es nor­mal, pero Je­sús pide ir más le­jos, dar a los que no tie­nen cómo de­vol­ver, es de­cir, amar gra­tui­ta­men­te.

Mi­re­mos lo que su­ce­de en cada una de nues­tras jor­na­das: en­tre tan­tas co­sas, ¿ha­ce­mos algo gra­tui­to, al­gu­na cosa para los que no tie­nen cómo co­rres­pon­der? Esa será nues­tra mano ex­ten­di­da, nues­tra ver­da­de­ra ri­que­za en el cie­lo”.

“Ex­tien­de tu mano ha­cia no­so­tros, Se­ñor, y agá­rra­nos. Ayú­da­nos a amar como tú amas. En­sé­ña­nos a de­jar lo que pasa, a alen­tar al que te­ne­mos a nues­tro lado, a dar gra­tui­ta­men­te a quien está ne­ce­si­ta­do. Amén”

(Re­na­to Mar­ti­nez – Ciu­dad del Va­ti­cano, va­ti­can­news.va)

https://www.agenciasic.es/2018/11/19/jornada-de-los-pobres-dios-y-el-projimo-los-autenticos-tesoros-de-la-vida/?fbclid=IwAR3KvQO61EvBpXlAURJd91zrYLKLnE8r8euVZK6jpwJtDNkCO634ijwYmEw


Mensaje del Papa Francisco: II Jornada Mundial de los Pobres.

noviembre 12, 2018

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Los pobres no pueden esperar. Los pobres no evangelizan.

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MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO

II JORNADA MUNDIAL DE LOS POBRES

Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario
18 de noviembre de 2018

Este pobre gritó y el Señor lo escuchó

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1. «Este pobre gritó y el Señor lo escuchó» (Sal 34,7). Las palabras del salmista las hacemos nuestras desde el momento en el que también nosotros estamos llamados a ir al encuentro de las diversas situaciones de sufrimiento y marginación en la que viven tantos hermanos y hermanas, que habitualmente designamos con el término general de “pobres”.

Quien ha escrito esas palabras no es ajeno a esta condición, sino más bien al contrario. Él ha experimentado directamente la pobreza y, sin embargo, la transforma en un canto de alabanza y de acción de gracias al Señor. Este salmo nos permite también hoy a nosotros, rodeados de tantas formas de pobreza, comprender quiénes son los verdaderos pobres, a los que estamos llamados a dirigir nuestra mirada para escuchar su grito y reconocer sus necesidades.

Se nos dice, ante todo, que el Señor escucha a los pobres que claman a él y que es bueno con aquellos que buscan refugio en él con el corazón destrozado por la tristeza, la soledad y la exclusión. Escucha a todos los que son atropellados en su dignidad y, a pesar de ello, tienen la fuerza de alzar su mirada al cielo para recibir luz y consuelo. Escucha a aquellos que son perseguidos en nombre de una falsa justicia, oprimidos por políticas indignas de este nombre y atemorizados por la violencia; y aun así saben que Dios es su Salvador.

Lo que surge de esta oración es ante todo el sentimiento de abandono y confianza en un Padre que escucha y acoge. A la luz de estas palabras podemos comprender más plenamente lo que Jesús proclamó en las bienaventuranzas: «Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos» (Mt 5,3).

En virtud de esta experiencia única y, en muchos sentidos, inmerecida e imposible de describir por completo, nace el deseo de contarla a otros, en primer lugar a los que, como el salmista, son pobres, rechazados y marginados. Nadie puede sentirse excluido del amor del Padre, especialmente en un mundo que con frecuencia pone la riqueza como primer objetivo y hace que las personas se encierren en sí mismas.

2. El salmo describe con tres verbos la actitud del pobre y su relación con Dios. Ante todo, “gritar”. La condición de pobreza no se agota en una palabra, sino que se transforma en un grito que atraviesa los cielos y llega hasta Dios. ¿Qué expresa el grito del pobre si no es su sufrimiento y soledad, su desilusión y esperanza?

Podemos preguntarnos: ¿Cómo es que este grito, que sube hasta la presencia de Dios, no consigue llegar a nuestros oídos, dejándonos indiferentes e impasibles? En una Jornada como esta, estamos llamados a hacer un serio examen de conciencia para darnos cuenta de si realmente hemos sido capaces de escuchar a los pobres.

Lo que necesitamos es el silencio de la escucha para poder reconocer su voz. Si somos nosotros los que hablamos mucho, no lograremos escucharlos. A menudo me temo que tantas iniciativas, aun siendo meritorias y necesarias, están dirigidas más a complacernos a nosotros mismos que a acoger el clamor del pobre.

En tal caso, cuando los pobres hacen sentir su voz, la reacción no es coherente, no es capaz de sintonizar con su condición. Estamos tan atrapados por una cultura que obliga a mirarse al espejo y a preocuparse excesivamente de sí mismo, que pensamos que basta con un gesto de altruismo para quedarnos satisfechos, sin tener que comprometernos directamente.

3. El segundo verbo es “responder”. El salmista dice que el Señor, no solo escucha el grito del pobre, sino que le responde. Su respuesta, como se muestra en toda la historia de la salvación, es una participación llena de amor en la condición del pobre. Así ocurrió cuando Abrahán manifestó a Dios su deseo de tener una descendencia, a pesar de que él y su mujer Sara, ya ancianos, no tenían hijos (cf. Gn 15,1-6).

También sucedió cuando Moisés, a través del fuego de una zarza que ardía sin consumirse, recibió la revelación del nombre divino y la misión de hacer salir al pueblo de Egipto (cf. Ex 3,1-15). Y esta respuesta se confirmó a lo largo de todo el camino del pueblo por el desierto, cuando sentía el mordisco del hambre y de la sed (cf. Ex 16,1-16; 17,1-7), y cuando caían en la peor miseria, es decir, la infidelidad a la alianza y la idolatría (cf. Ex 32,1-14).

La respuesta de Dios al pobre es siempre una intervención de salvación para curar las heridas del alma y del cuerpo, para restituir justicia y para ayudar a reemprender la vida con dignidad. La respuesta de Dios es también una invitación a que todo el que cree en él obre de la misma manera, dentro de los límites humanos.

La Jornada Mundial de los Pobres pretende ser una pequeña respuesta que la Iglesia entera, extendida por el mundo, dirige a los pobres de todo tipo y de cualquier lugar para que no piensen que su grito se ha perdido en el vacío. Probablemente es como una gota de agua en el desierto de la pobreza; y sin embargo puede ser un signo de cercanía para cuantos pasan necesidad, para que sientan la presencia activa de un hermano o una hermana.

Lo que no necesitan los pobres es un acto de delegación, sino el compromiso personal de aquellos que escuchan su clamor. La solicitud de los creyentes no puede limitarse a una forma de asistencia —que es necesaria y providencial en un primer momento—, sino que exige esa «atención amante» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 199), que honra al otro como persona y busca su bien.

4. El tercer verbo es “liberar”. El pobre de la Biblia vive con la certeza de que Dios interviene en su favor para restituirle la dignidad. La pobreza no es algo buscado, sino que es causada por el egoísmo, el orgullo, la avaricia y la injusticia. Males tan antiguos como el hombre, pero que son siempre pecados, que afectan a tantos inocentes, produciendo consecuencias sociales dramáticas.

La acción con la que el Señor libera es un acto de salvación para quienes le han manifestado su propia tristeza y angustia. Las cadenas de la pobreza se rompen gracias a la potencia de la intervención de Dios. Tantos salmos narran y celebran esta historia de salvación que se refleja en la vida personal del pobre: «[El Señor] no ha sentido desprecio ni repugnancia hacia el pobre desgraciado; no le ha escondido su rostro: cuando pidió auxilio, lo escuchó» (Sal 22,25).

Poder contemplar el rostro de Dios es signo de su amistad, de su cercanía, de su salvación. Te has fijado en mi aflicción, velas por mi vida en peligro; […] me pusiste en un lugar espacioso (cf. Sal 31,8-9). Ofrecer al pobre un “lugar espacioso” equivale a liberarlo de la “red del cazador” (cf. Sal 91,3), a alejarlo de la trampa tendida en su camino, para que pueda caminar libremente y mirar la vida con ojos serenos.

La salvación de Dios adopta la forma de una mano tendida hacia el pobre, que acoge, protege y hace posible experimentar la amistad que tanto necesita.

A partir de esta cercanía, concreta y tangible, comienza un genuino itinerario de liberación: «Cada cristiano y cada comunidad están llamados a ser instrumentos de Dios para la liberación y promoción de los pobres, de manera que puedan integrarse plenamente en la sociedad; esto supone que seamos dóciles y atentos para escuchar el clamor del pobre y socorrerlo» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 187).

5. Me conmueve saber que muchos pobres se han identificado con Bartimeo, del que habla el evangelista Marcos (cf. 10, 46-52). El ciego Bartimeo «estaba sentado al borde del camino pidiendo limosna» (v. 46), y habiendo escuchado que Jesús pasaba «empezó a gritar» y a invocar al «Hijo de David» para que tuviera piedad de él (cf. v. 47). «Muchos lo increpaban para que se callara. Pero él gritaba más fuerte» (v. 48).

El Hijo de Dios escuchó su grito: «“¿Qué quieres que haga por ti?”. El ciego le contestó: “Rabbunì, que recobre la vista”» (v. 51). Esta página del Evangelio hace visible lo que el salmo anunciaba como promesa. Bartimeo es un pobre que se encuentra privado de capacidades fundamentales, como son la de ver y trabajar. ¡Cuántas sendas conducen también hoy a formas de precariedad!

La falta de medios básicos de subsistencia, la marginación cuando ya no se goza de la plena capacidad laboral, las diversas formas de esclavitud social, a pesar de los progresos realizados por la humanidad…

Cuántos pobres están también hoy al borde del camino, como Bartimeo, buscando dar un sentido a su condición. Muchos se preguntan cómo han llegado hasta el fondo de este abismo y cómo poder salir de él. Esperan que alguien se les acerque y les diga: «Ánimo. Levántate, que te llama» (v. 49).

Por el contrario, lo que lamentablemente sucede a menudo es que se escuchan las voces del reproche y las que invitan a callar y a sufrir. Son voces destempladas, con frecuencia determinadas por una fobia hacia los pobres, a los que se les considera no solo como personas indigentes, sino también como gente portadora de inseguridad, de inestabilidad, de desorden para las rutinas cotidianas y, por lo tanto, merecedores de rechazo y apartamiento.

Se tiende a crear distancia entre los otros y uno mismo, sin darse cuenta de que así nos distanciamos del Señor Jesús, quien no solo no los rechaza sino que los llama a sí y los consuela.

En este caso, qué apropiadas se nos muestran las palabras del profeta sobre el estilo de vida del creyente: «Soltar las cadenas injustas, desatar las correas del yugo, liberar a los oprimidos, quebrar todos los yugos, partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, cubrir a quien ves desnudo» (Is 58,6-7).

Este modo de obrar permite que el pecado sea perdonado (cf. 1P 4,8), que la justicia recorra su camino y que, cuando seamos nosotros los que gritemos al Señor, entonces él nos responderá y dirá: ¡Aquí estoy! (cf. Is 58, 9).

6. Los pobres son los primeros capacitados para reconocer la presencia de Dios y dar testimonio de su proximidad en sus vidas. Dios permanece fiel a su promesa, e incluso en la oscuridad de la noche no deja que falte el calor de su amor y de su consolación.

Sin embargo, para superar la opresiva condición de pobreza es necesario que ellos perciban la presencia de los hermanos y hermanas que se preocupan por ellos y que, abriendo la puerta de su corazón y de su vida, los hacen sentir familiares y amigos. Solo de esta manera podremos «reconocer la fuerza salvífica de sus vidas» y «ponerlos en el centro del camino de la Iglesia» (Exhort. apost. Evangelii gaudium, 198).

En esta Jornada Mundial estamos invitados a concretar las palabras del salmo: «Los pobres comerán hasta saciarse» (Sal 22,27). Sabemos que tenía lugar el banquete en el templo de Jerusalén después del rito del sacrificio. Esta ha sido una experiencia que ha enriquecido en muchas Diócesis la celebración de la primera Jornada Mundial de los Pobres del año pasadoMuchos encontraron el calor de una casa, la alegría de una comida festiva y la solidaridad de cuantos quisieron compartir la mesa de manera sencilla y fraterna.

Quisiera que también este año, y en el futuro, esta Jornada se celebrara bajo el signo de la alegría de redescubrir el valor de estar juntos. Orar juntos en comunidad y compartir la comida en el domingo.

Una experiencia que nos devuelve a la primera comunidad cristiana, que el evangelista Lucas describe en toda su originalidad y sencillez: «Perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones. [….] Los creyentes vivían todos unidos y tenían todo en común; vendían posesiones y bienes y los repartían entre todos, según la necesidad de cada uno» (Hch 2,42.44-45).

7. Son innumerables las iniciativas que diariamente emprende la comunidad cristiana como signo de cercanía y de alivio a tantas formas de pobreza que están ante nuestros ojos.

A menudo, la colaboración con otras iniciativas, que no están motivadas por la fe sino por la solidaridad humana, nos permite brindar una ayuda que solos no podríamos realizar. Reconocer que, en el inmenso mundo de la pobreza, nuestra intervención es también limitada, débil e insuficiente, nos lleva a tender la mano a los demás, de modo que la colaboración mutua pueda lograr su objetivo con más eficacia.

Nos mueve la fe y el imperativo de la caridad, aunque sabemos reconocer otras formas de ayuda y de solidaridad que, en parte, se fijan los mismos objetivos; pero no descuidemos lo que nos es propio, a saber, llevar a todos hacia Dios y hacia la santidad. Una respuesta adecuada y plenamente evangélica que podemos dar es el diálogo entre las diversas experiencias y la humildad en el prestar nuestra colaboración sin ningún tipo de protagonismo.

En relación con los pobres, no se trata de jugar a ver quién tiene el primado en el intervenir, sino que con humildad podamos reconocer que el Espíritu suscita gestos que son un signo de la respuesta y de la cercanía de Dios. Cuando encontramos el modo de acercarnos a los pobres, sabemos que el primado le corresponde a él, que ha abierto nuestros ojos y nuestro corazón a la conversión.

Lo que necesitan los pobres no es protagonismo, sino ese amor que sabe ocultarse y olvidar el bien realizado. Los verdaderos protagonistas son el Señor y los pobres. Quien se pone al servicio es instrumento en las manos de Dios para que se reconozca su presencia y su salvación.

Lo recuerda san Pablo escribiendo a los cristianos de Corinto, que competían ente ellos por los carismas, en busca de los más prestigiosos: «El ojo no puede decir a la mano: “No te necesito”; y la cabeza no puede decir a los pies: “No os necesito”» (1 Co 12,21). El Apóstol hace una consideración importante al observar que los miembros que parecen más débiles son los más necesarios (cf. v. 22); y que «los que nos parecen más despreciables los rodeamos de mayor respeto; y los menos decorosos los tratamos con más decoro; mientras que los más decorosos no lo necesitan» (vv. 23-24).

Pablo, al mismo tiempo que ofrece una enseñanza fundamental sobre los carismas, también educa a la comunidad a tener una actitud evangélica con respecto a los miembros más débiles y necesitados. Los discípulos de Cristo, lejos de albergar sentimientos de desprecio o de pietismo hacia ellos, están más bien llamados a honrarlos, a darles precedencia, convencidos de que son una presencia real de Jesús entre nosotros. «Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25,40).

8. Aquí se comprende la gran distancia que hay entre nuestro modo de vivir y el del mundo, el cual elogia, sigue e imita a quienes tienen poder y riqueza, mientras margina a los pobres, considerándolos un desecho y una vergüenza.

Las palabras del Apóstol son una invitación a darle plenitud evangélica a la solidaridad con los miembros más débiles y menos capaces del cuerpo de Cristo: «Y si un miembro sufre, todos sufren con él; si un miembro es honrado, todos se alegran con él» (1 Co 12,26).

Siguiendo esta misma línea, así nos exhorta en la Carta a los Romanos: «Alegraos con los que están alegres; llorad con los que lloran. Tened la misma consideración y trato unos con otros, sin pretensiones de grandeza, sino poniéndoos al nivel de la gente humilde» (12,15-16). Esta es la vocación del discípulo de Cristo; el ideal al que aspirar con constancia es asimilar cada vez más en nosotros los «sentimientos de Cristo Jesús» (Flp 2,5).

9. Una palabra de esperanza se convierte en el epílogo natural al que conduce la fe. Con frecuencia, son precisamente los pobres los que ponen en crisis nuestra indiferencia, fruto de una visión de la vida excesivamente inmanente y atada al presente.

El grito del pobre es también un grito de esperanza con el que manifiesta la certeza de que será liberado. La esperanza fundada en el amor de Dios, que no abandona a quien confía en él (cf. Rm 8,31-39). Así escribía santa Teresa de Ávila en su Camino de perfección: «La pobreza es un bien que encierra todos los bienes del mundo. Es un señorío grande. Es señorear todos los bienes del mundo a quien no le importan nada» (2,5).

En la medida en que sepamos discernir el verdadero bien, nos volveremos ricos ante Dios y sabios ante nosotros mismos y ante los demás. Así es: en la medida en que se logra dar a la riqueza su sentido justo y verdadero, crecemos en humanidad y nos hacemos capaces de compartir.

10. Invito a los hermanos obispos, a los sacerdotes y en particular a los diáconos, a quienes se les impuso las manos para el servicio de los pobres (cf. Hch 6,1-7), junto con las personas consagradas y con tantos laicos y laicas que en las parroquias, en las asociaciones y en los movimientos, hacen tangible la respuesta de la Iglesia al grito de los pobres, a que vivan esta Jornada Mundial como un momento privilegiado de nueva evangelización.

Los pobres nos evangelizan, ayudándonos a descubrir cada día la belleza del Evangelio. No echemos en saco roto esta oportunidad de gracia. Sintámonos todos, en este día, deudores con ellos, para que tendiendo recíprocamente las manos unos a otros, se realice el encuentro salvífico que sostiene la fe, vuelve operosa la caridad y permite que la esperanza prosiga segura en su camino hacia el Señor que llega.

Vaticano, 13 de junio de 2018
Memoria litúrgica de san Antonio de Padua

Francisco

http://w2.vatican.va/content/francesco/es/messages/poveri/documents/papa-francesco_20180613_messaggio-ii-giornatamondiale-poveri-2018.html

 


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