El maná de cada día, 5.1.19

enero 5, 2019

Sábado 5 de enero. Feria de Navidad

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Aclama al Señor, tierra entera

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Antífona de entrada: Jn 1, 1

En el principio y antes de los siglos, el Verbo era Dios, y se ha dignado nacer como Salvador del mundo.

Oración colecta

Oh, Dios, que con el nacimiento de tu Unigénito has comenzado de modo admirable la redención de tu pueblo, te pedimos que concedas a tus fieles una fe tan sólida que, guiados por él, alcancemos el premio prometido de la gloria. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: 1 Juan 3, 11-21

Éste es el mensaje que habéis oído desde el principio: que nos amemos unos a otros. No seamos como Caín, que procedía del Maligno y asesinó a su hermano. ¿Y por qué lo asesinó? Porque sus obras eran malas, mientras que las de su hermano eran buenas.

No os sorprenda, hermanos, que el mundo os odie; nosotros hemos pasado de la muerte a la vida: lo sabemos porque amamos a los hermanos. El que no ama permanece en la muerte. El que odia a su hermano es un homicida. Y sabéis que ningún homicida lleva en sí vida eterna.

En esto hemos conocido el amor: en que él dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar nuestra vida por los hermanos. Pero si uno tiene de qué vivir y, viendo a su hermano en necesidad, le cierra sus entrañas, ¿cómo va a estar en él el amor de Dios?

Hijos míos, no amemos de palabra y de boca, sino de verdad y con obras. En esto conoceremos que somos de la verdad y tranquilizaremos nuestra conciencia ante él, en caso de que nos condene nuestra conciencia, pues Dios es mayor que nuestra conciencia y conoce todo. Queridos, si la conciencia no nos condena, tenemos plena confianza ante Dios.


SALMO 99

Aclama al Señor, tierra entera.

Aclama al Señor, tierra entera, servid al Señor con alegría, entrad en su presencia con vítores.

Sabed que el Señor es Dios: que él nos hizo y somos suyos, su pueblo y ovejas de su rebaño.

Entrad por sus puertas con acción de gracias, por sus atrios con himnos, dándole gracias y bendiciendo su nombre.

«El Señor es bueno, su misericordia es eterna, su fidelidad por todas las edades.»


ALELUYA

Nos ha amanecido un día sagrado; venid, naciones, adorad al Señor, porque hoy una gran luz ha bajado a la tierra.


EVANGELIO: Juan 1, 43-51

En aquel tiempo, determinó Jesús salir para Galilea; encuentra a Felipe y le dice: «Sígueme.»

Felipe era de Betsaida, ciudad de Andrés y de Pedro. Felipe encuentra a Natanael y le dice: «Aquel de quien escribieron Moisés en la Ley y los profetas, lo hemos encontrado: Jesús, hijo de José, de Nazaret.»

Natanael le replicó: «¿De Nazaret puede salir algo bueno?»

Felipe le contestó: «Ven y verás.»

Vio Jesús que se acercaba Natanael y dijo de él: «Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño.»

Natanael le contesta: «¿De qué me conoces?»

Jesús le responde: «Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi.»

Natanael respondió: «Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel.»

Jesús le contestó: «¿Por haberte dicho que te vi debajo de la higuera, crees? Has de ver cosas mayores.»

Y le añadió: «Yo os aseguro: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre.»


Antífona de comunión: Jn 3, 16

Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna.

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Seremos saciados con la visión de la Palabra

San Agustín, Sermón 194, 3-4

¿Qué ser humano podría conocer todos los tesoros de sabiduría y de ciencia ocultos en Cristo y escondidos en la pobreza de su carne? Porque, siendo rico, se hizo pobre por vosotros, para enriqueceros con su pobreza. Pues cuando asumió la condición mortal y experimentó la muerte, se mostró pobre: pero prometió riquezas para más adelante, y no perdió las que le habían quitado.

¡Qué inmensidad la de su dulzura, que escondió para que los que lo temen, y llevó a cabo para los que esperan en él!

Nuestro conocimientos son ahora parciales, hasta que se cumpla lo que es perfecto. Y para que nos hagamos capaces de alcanzarlo, él, que era igual al Padre en la forma de Dios, se hizo semejante a nosotros en la forma de siervo, para reformarnos a semejanza de Dios: y, con­vertido en hijo del hombre –él, que era único Hijo de Dios–, convirtió a muchos hijos de los hombres en hijos de Dios; y, habiendo alimentado a aquellos siervos con su forma visible de siervo, los hizo libres para que contem­plasen la forma de Dios.

Pues ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es. Pues ¿para qué son aquellos tesoros de sabiduría y de ciencia, para qué sirven aquellas riquezas divinas sino para colmarnos? ¿Y para qué la inmensidad de aquella dulzura sino para saciarnos? Muéstranos al Padre y nos basta.

Y en algún salmo, uno de nosotros, o en nosotros, o por nosotros, le dice: Me saciaré cuando se manifieste tu gloria. Pues él y el Padre son una misma cosa: y quien lo ve a él ve también al Padre. De modo que el Señor, Dios de los ejércitos, él es el Rey de la gloria. Volviendo a nosotros, nos mostrará su rostro; y nos salvaremos y quedaremos saciados, y eso nos bastará.

Pero mientras eso no suceda, mientras no nos muestre lo que habrá de bastarnos, mientras no le bebamos como fuente de vida y nos saciemos, mientras tengamos que andar en la fe y peregrinemos lejos de él, mientras tenemos hambre y sed de justicia y anhelamos con inefable ardor la belleza de la forma de Dios, celebremos con devota obsequiosidad el nacimiento de la forma de siervo.

Si no podemos contemplar todavía al que fue engendrado por el Padre antes que el lucero de la mañana, tratemos de acercarnos al que nació de la Virgen en medio de la noche. No comprendemos aún que su nombre dura como el sol; reconozcamos que su tienda ha sido puesta en el sol.

Todavía no podemos contemplar al Único que permanece en su Padre; recordemos al Esposo que sale de su alcoba. Todavía no estamos preparados para el banquete de nuestro Padre; reconozcamos al menos el pesebre de nuestro Señor Jesucristo.

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El maná de cada día, 26.11.18

noviembre 26, 2018

Lunes de la 34ª semana del Tiempo Ordinario

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Esa pobre viuda ha echado más que nadie



PRIMERA LECTURA: Apocalipsis 14, 1-3.4b-5

Yo, Juan, miré y en la visión apareció el Cordero de pie sobre el monte Sión, y con él ciento cuarenta y cuatro mil que llevaban grabado en la frente el nombre del Cordero y el nombre de su Padre.

Oí también un sonido que bajaba del cielo, parecido al estruendo del océano, y como el estampido de un trueno poderoso; era el son de arpistas que tañían sus arpas delante del trono, delante de los cuatro seres vivientes y los ancianos, cantando un cántico nuevo.

Nadie podía aprender el cántico fuera de los ciento cuarenta y cuatro mil, los adquiridos en la tierra. Éstos son los que siguen al Cordero adondequiera que vaya; los adquirieron como primicias de la humanidad para Dios y el Cordero. En sus labios no hubo mentira, no tienen falta.


SALMO 23, 1-2.3-4ab.5-6

Este es el grupo que viene a tu presencia, Señor.

Del Señor es la tierra y cuanto la llena, el orbe y todos sus habitantes: él la fundó sobre los mares, él la afianzó sobre los ríos.

¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en el recinto sacro? El hombre de manos inocentes y puro corazón, que no confía en los ídolos.

Ése recibirá la bendición del Señor, le hará justicia el Dios de salvación. Éste es el grupo que busca al Señor, que viene a tu presencia, Dios de Jacob.


Aclamación antes del Evangelio: Mateo 24, 42a. 44

Estad en vela y preparados, porque a la hora que menos pensáis viene el Hijo del hombre.


EVANGELIO: Lucas 21, 1-4

En aquel tiempo, alzando Jesús los ojos, vio unos ricos que echaban donativos en el arca de las ofrendas; vio también una viuda pobre que echaba dos reales, y dijo:

«Sabed que esa pobre viuda ha echado más que nadie, porque todos los demás han echado de lo que les sobra, pero ella, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir.»

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Audacia y fervor, según Gaudete et exsultate, nn. 129-139, (10). ¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en el recinto sacro? El hombre de manos inocentes y puro corazón, que no confía en los ídolos (Salmo 23).

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Al mismo tiempo, la santidad es parresía: es audacia, es empuje evangelizador que deja una marca en este mundo. Para que sea posible, el mismo Jesús viene a nuestro encuentro y nos repite con serenidad y firmeza: «No tengáis miedo» (Mc 6,50). «Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos» (Mt 28,20).

Estas palabras nos permiten caminar y servir con esa actitud llena de coraje que suscitaba el Espíritu Santo en los Apóstoles y los llevaba a anunciar a Jesucristo.

Audacia, entusiasmo, hablar con libertad, fervor apostólico, todo eso se incluye en el vocablo parresía, palabra con la que la Biblia expresa también la libertad de una existencia que está abierta, porque se encuentra disponible para Dios y para los demás (cf. Hch 4,29; 9,28; 28,31; 2 Co 3,12; Ef 3,12; Hb 3,6; 10,19).

El beato Pablo VI mencionaba, entre los obstáculos de la evangelización, precisamente la carencia de parresía: «La falta de fervor, tanto más grave cuanto que viene de dentro».

¡Cuántas veces nos sentimos tironeados a quedarnos en la comodidad de la orilla! Pero el Señor nos llama para navegar mar adentro y arrojar las redes en aguas más profundas (cf. Lc 5,4).

Nos invita a gastar nuestra vida en su servicio. Aferrados a él nos animamos a poner todos nuestros carismas al servicio de los otros. Ojalá nos sintamos apremiados por su amor (cf. 2 Co 5,14) y podamos decir con san Pablo: «¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!» (1 Co 9,16).

Miremos a Jesús: su compasión entrañable no era algo que lo ensimismara, no era una compasión paralizante, tímida o avergonzada como muchas veces nos sucede a nosotros, sino todo lo contrario. Era una compasión que lo movía a salir de sí con fuerza para anunciar, para enviar en misión, para enviar a sanar y a liberar.

Reconozcamos nuestra fragilidad pero dejemos que Jesús la tome con sus manos y nos lance a la misión. Somos frágiles, pero portadores de un tesoro que nos hace grandes y que puede hacer más buenos y felices a quienes lo reciban. La audacia y el coraje apostólico son constitutivos de la misión.

La parresía es sello del Espíritu, testimonio de la autenticidad del anuncio. Es feliz seguridad que nos lleva a gloriarnos del Evangelio que anunciamos, es confianza inquebrantable en la fidelidad del Testigo fiel, que nos da la seguridad de que nada «podrá separarnos del amor de Dios» (Rm 8,39).

Necesitamos el empuje del Espíritu para no ser paralizados por el miedo y el cálculo, para no acostumbrarnos a caminar solo dentro de confines seguros. Recordemos que lo que está cerrado termina oliendo a humedad y enfermándonos.

Cuando los Apóstoles sintieron la tentación de dejarse paralizar por los temores y peligros, se pusieron a orar juntos pidiendo la parresía:

«Ahora, Señor, fíjate en sus amenazas y concede a tus siervos predicar tu palabra con toda valentía» (Hch 4,29). Y la respuesta fue que «al terminar la oración, tembló el lugar donde estaban reunidos; los llenó a todos el Espíritu Santo, y predicaban con valentía la palabra de Dios» (Hch 4,31).

Como el profeta Jonás, siempre llevamos latente la tentación de huir a un lugar seguro que puede tener muchos nombres: individualismo, espiritualismo, encerramiento en pequeños mundos, dependencia, instalación, repetición de esquemas ya prefijados, dogmatismo, nostalgia, pesimismo, refugio en las normas. Tal vez nos resistimos a salir de un territorio que nos era conocido y manejable.

Sin embargo, las dificultades pueden ser como la tormenta, la ballena, el gusano que secó el ricino de Jonás, o el viento y el sol que le quemaron la cabeza; y lo mismo que para él, pueden tener la función de hacernos volver a ese Dios que es ternura y que quiere llevarnos a una itinerancia constante y renovadora.

Dios siempre es novedad, que nos empuja a partir una y otra vez y a desplazarnos para ir más allá de lo conocido, hacia las periferias y las fronteras. Nos lleva allí donde está la humanidad más herida y donde los seres humanos, por debajo de la apariencia de la superficialidad y el conformismo, siguen buscando la respuesta a la pregunta por el sentido de la vida.

¡Dios no tiene miedo! ¡No tiene miedo! Él va siempre más allá de nuestros esquemas y no les teme a las periferias. Él mismo se hizo periferia (cf. Flp 2,6-8; Jn 1,14).

Por eso, si nos atrevemos a llegar a las periferias, allí lo encontraremos, él ya estará allí. Jesús nos primerea en el corazón de aquel hermano, en su carne herida, en su vida oprimida, en su alma oscurecida. Él ya está allí.

Es verdad que hay que abrir la puerta del corazón a Jesucristo, porque él golpea y llama (cf. Ap 3,20). Pero a veces me pregunto si, por el aire irrespirable de nuestra autorreferencialidad, Jesús no estará ya dentro de nosotros golpeando para que lo dejemos salir.

En el Evangelio vemos cómo Jesús «iba caminando de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo, proclamando y anunciando la Buena Noticia del reino de Dios» (Lc 8,1).

También después de la resurrección, cuando los discípulos salieron a predicar por todas partes, «el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban» (Mc 16,20). Esa es la dinámica que brota del verdadero encuentro.

La costumbre nos seduce y nos dice que no tiene sentido tratar de cambiar algo, que no podemos hacer nada frente a esta situación, que siempre ha sido así y que, sin embargo, sobrevivimos. A causa de ese acostumbrarnos ya no nos enfrentamos al mal y permitimos que las cosas «sean lo que son», o lo que algunos han decidido que sean.

Pero dejemos que el Señor venga a despertarnos, a pegarnos un sacudón en nuestra modorra, a liberarnos de la inercia. Desafiemos la costumbre, abramos bien los ojos y los oídos, y sobre todo el corazón, para dejarnos descolocar por lo que sucede a nuestro alrededor y por el grito de la Palabra viva y eficaz del Resucitado.

Nos moviliza el ejemplo de tantos sacerdotes, religiosas, religiosos y laicos que se dedican a anunciar y a servir con gran fidelidad, muchas veces arriesgando sus vidas y ciertamente a costa de su comodidad. Su testimonio nos recuerda que la Iglesia no necesita tantos burócratas y funcionarios, sino misioneros apasionados, devorados por el entusiasmo de comunicar la verdadera vida.

Los santos sorprenden, desinstalan, porque sus vidas nos invitan a salir de la mediocridad tranquila y anestesiante.

Pidamos al Señor la gracia de no vacilar cuando el Espíritu nos reclame que demos un paso adelante, pidamos el valor apostólico de comunicar el Evangelio a los demás y de renunciar a hacer de nuestra vida cristiana un museo de recuerdos.

En todo caso, dejemos que el Espíritu Santo nos haga contemplar la historia en la clave de Jesús resucitado. De ese modo la Iglesia, en lugar de estancarse, podrá seguir adelante acogiendo las sorpresas del Señor.

https://ismaelojeda.wordpress.com/2018/11/23/audacia-y-fervor-segun-gaudete-et-exsultate-129-139-10/

 


Jor­na­da de los Po­bres: “Dios y el pró­ji­mo, los au­tén­ti­cos te­so­ros de la vida”

noviembre 25, 2018

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Mi­re­mos qué hacemos: en­tre tan­tas co­sas, ¿ha­ce­mos algo gra­tui­to, al­gu­na cosa para los que no tie­nen cómo co­rres­pon­der? Esa será nues­tra mano ex­ten­di­da, nues­tra ver­da­de­ra ri­que­za en el cie­lo”.

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Jor­na­da de los Po­bres: “Dios y el pró­ji­mo, los au­tén­ti­cos te­so­ros de la vida”

Por Renato Martínez

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Ho­mi­lía del San­to Pa­dre en la Misa en oca­sión de la II Jor­na­da Mun­dial de los po­bres, ce­le­bra­da en la Ba­sí­li­ca de San Pe­dro, este 18 de no­viem­bre, en la que in­vi­tó a ir: “Ha­cia Dios, re­zan­do, y ha­cia los ne­ce­si­ta­dos, aman­do. Son los au­tén­ti­cos te­so­ros de la vida: Dios y el pró­ji­mo”.

La in­jus­ti­cia es la raíz per­ver­sa de la po­bre­za. El gri­to de los po­bres es cada día más fuer­te pero tam­bién me­nos es­cu­cha­do, so­fo­ca­do por el es­truen­do de unos po­cos ri­cos, que son cada vez me­nos pero más ri­cos”, lo dijo el Papa Fran­cis­co en su ho­mi­lía en la San­ta Misa en oca­sión de la II Jor­na­da Mun­dial de los po­bres, ce­le­bra­da en la Ba­sí­li­ca de San Pe­dro, este 18 de no­viem­bre, día tam­bién en el que la Igle­sia ce­le­bra la De­di­ca­ción de las Ba­sí­li­cas de San Pe­dro y San Pa­blo.

Tres ac­cio­nes de Je­sús: “deja, alien­ta y ex­tien­de su mano”

Co­men­tan­do las lec­tu­ras bí­bli­cas del XX­XIII Do­min­go del Tiem­po Or­di­na­rio, el San­to Pa­dre dijo que, Je­sús rea­li­za tres ac­cio­nes en el Evan­ge­lio.

Je­sús va con­tra­co­rrien­te, deja el éxi­to, lue­go la tran­qui­li­dad

La pri­me­ra ac­ción, se­ña­ló el Pon­tí­fi­ce, Je­sús lo rea­li­za en pleno día, deja: deja a la mul­ti­tud en el mo­men­to del éxi­to, cuan­do lo acla­ma­ban por ha­ber mul­ti­pli­ca­do los pa­nes. “En todo –afir­mó el Papa– Je­sús va con­tra­co­rrien­te: pri­me­ro deja el éxi­to, lue­go la tran­qui­li­dad. Nos en­se­ña el va­lor de de­jar: de­jar el éxi­to que hin­cha el co­ra­zón y la tran­qui­li­dad que ador­me­ce el alma”.

Je­sús deja el éxi­to, sub­ra­yó el Papa Fran­cis­co para ir ha­cia Dios, re­zan­do, y ha­cia los ne­ce­si­ta­dos, aman­do. Son los au­tén­ti­cos te­so­ros de la vida: Dios y el pró­ji­mo. “Subir ha­cia Dios y ba­jar ha­cia los her­ma­nos, aquí está la ruta que Je­sús nos se­ña­la –pun­tua­li­zó el Pon­tí­fi­ce– Él nos apar­ta del re­crear­nos sin com­pli­ca­cio­nes en las có­mo­das lla­nu­ras de la vida, del ir ti­ran­do ocio­sa­men­te en me­dio de las pe­que­ñas sa­tis­fac­cio­nes co­ti­dia­nas.

Los dis­cí­pu­los de Je­sús no es­tán he­chos para la pre­de­ci­ble tran­qui­li­dad de una vida nor­mal. Al igual que su Se­ñor, vi­ven en ca­mino, li­ge­ros, pron­tos para de­jar la glo­ria del mo­men­to, vi­gi­lan­tes para no ape­gar­se a los bie­nes que pa­san. El cris­tiano sabe que su pa­tria está en otra par­te, sabe que ya aho­ra es con­ciu­da­dano de los san­tos, y miem­bro de la fa­mi­lia de Dios.

“Des­piér­ta­nos, Se­ñor, de la cal­ma ocio­sa, de la tran­qui­la quie­tud de nues­tros puer­tos se­gu­ros. Desáta­nos de los ama­rres de la au­to­rre­fe­ren­cia­li­dad que las­tran la vida; li­bé­ra­nos de la bús­que­da de nues­tros éxi­tos. En­sé­ña­nos a sa­ber de­jar, para orien­tar nues­tra vida en la mis­ma di­rec­ción que la tuya: ha­cia Dios y ha­cia el pró­ji­mo”

Je­sús hoy nos dice: «Ánimo, soy yo, no ten­gan mie­do»

La se­gun­da ac­ción, se­ña­ló el Papa Fran­cis­co, Je­sús la rea­li­za en ple­na no­che, alien­ta. El Maes­tro se di­ri­ge ha­cia los su­yos, in­mer­sos en la os­cu­ri­dad, ca­mi­nan­do «so­bre el mar». “Je­sús, en otras pa­la­bras, va ha­cia los su­yos pi­so­tean­do a los ma­lig­nos enemi­gos del hom­bre.

Aquí está el sig­ni­fi­ca­do de este signo –pre­ci­só el Pon­tí­fi­ce– no es una ma­ni­fes­ta­ción en la que se ce­le­bra el po­der, sino la re­ve­la­ción para no­so­tros de la cer­te­za tran­qui­li­za­do­ra de que Je­sús, solo Je­sús, ven­ce a nues­tros gran­des enemi­gos: el dia­blo, el pe­ca­do, la muer­te, el mie­do, la mun­da­ni­dad.

“La bar­ca de nues­tra vida a me­nu­do se ve za­ran­dea­da por las olas y sa­cu­di­da por el vien­to, y cuan­do las aguas es­tán en cal­ma, pron­to vuel­ven a agi­tar­se. En­ton­ces la em­pren­de­mos con las tor­men­tas del mo­men­to, que pa­re­cen ser nues­tros úni­cos pro­ble­mas.

Pero el pro­ble­ma no es la tor­men­ta del mo­men­to –se­ña­ló el San­to Pa­dre– sino cómo na­ve­gar en la vida. El se­cre­to de na­ve­gar bien está en in­vi­tar a Je­sús a bor­do. Hay que dar­le a Él el ti­món de la vida para que sea él quien lle­ve la ruta. Solo Él da vida en la muer­te, y es­pe­ran­za en el do­lor; solo Él sana el co­ra­zón con el per­dón, y li­bra del mie­do con la con­fian­za”.

“Hay una gran ne­ce­si­dad de per­so­nas que se­pan con­so­lar, pero no con pa­la­bras va­cías, sino con pa­la­bras de vida. En el nom­bre de Je­sús, se da un au­tén­ti­co con­sue­lo. Solo la pre­sen­cia de Je­sús de­vuel­ve las fuer­zas, no las pa­la­bras de áni­mo for­ma­les y obli­ga­das. Alién­ta­nos, Se­ñor: con­for­ta­dos por ti, con­for­ta­re­mos ver­da­de­ra­men­te a los de­más”

Je­sús ex­tien­de su mano para que nos sa­que del mal

La ter­ce­ra ac­ción, ex­pli­có el Papa Fran­cis­co, Je­sús la rea­li­za, en me­dio de la tor­men­ta, ex­tien­de su mano. Aga­rra a Pe­dro que, te­me­ro­so, du­da­ba y, hun­dién­do­se, gri­ta­ba: «Se­ñor, sál­va­me». “Po­de­mos po­ner­nos en la piel de Pe­dro –in­vi­tó el Papa– so­mos gen­te de poca fe y es­ta­mos aquí men­di­gan­do la sal­va­ción. So­mos po­bres de vida au­tén­ti­ca y ne­ce­si­ta­mos la mano ex­ten­di­da del Se­ñor, que nos sa­que del mal.

Este es el co­mien­zo de la fe: va­ciar­nos de la or­gu­llo­sa con­vic­ción de creer­nos bue­nos, ca­pa­ces, au­tó­no­mos y re­co­no­cer que ne­ce­si­ta­mos la sal­va­ción. La fe cre­ce en este cli­ma, un cli­ma al que nos adap­ta­mos es­tan­do con quie­nes no se suben al pe­des­tal, sino que tie­nen ne­ce­si­dad y pi­den ayu­da”.

Por esta ra­zón, ex­pli­có el San­to Pa­dre, vi­vir la fe en con­tac­to con los ne­ce­si­ta­dos es im­por­tan­te para to­dos no­so­tros. No es una op­ción so­cio­ló­gi­ca, no es la moda de un pon­ti­fi­ca­do, es una exi­gen­cia teo­ló­gi­ca. Es re­co­no­cer­se como men­di­gos de la sal­va­ción, her­ma­nos y her­ma­nas de to­dos, pero es­pe­cial­men­te de los po­bres, pre­di­lec­tos del Se­ñor.

“Pi­da­mos la gra­cia de es­cu­char el gri­to de los que vi­ven en aguas tur­bu­len­tas. El gri­to de los po­bres. El gri­to de los po­bres es cada día más fuer­te pero tam­bién me­nos es­cu­cha­do, so­fo­ca­do por el es­truen­do de unos po­cos ri­cos, que son cada vez me­nos pero más ri­cos”

Pi­da­mos la gra­cia de es­cu­char el gri­to de los po­bres

Je­sús es­cu­chó el gri­to de Pe­dro, con­clu­yó el Papa Fran­cis­co y a par­tir de ello, pi­da­mos la gra­cia de es­cu­char el gri­to de los que vi­ven en aguas tur­bu­len­tas.

“El gri­to de los po­bres: es el gri­to aho­ga­do de los ni­ños que no pue­den ve­nir a la luz, de los pe­que­ños que su­fren ham­bre, de chi­cos acos­tum­bra­dos al es­truen­do de las bom­bas en lu­gar del ale­gre al­bo­ro­to de los jue­gos.

Es el gri­to de los an­cia­nos des­car­ta­dos y aban­do­na­dos. Es el gri­to de quie­nes se en­fren­tan a las tor­men­tas de la vida sin una pre­sen­cia ami­ga. Es el gri­to de quie­nes de­ben huir, de­jan­do la casa y la tie­rra sin la cer­te­za de un lu­gar de lle­ga­da.

Es el gri­to de po­bla­cio­nes en­te­ras, pri­va­das tam­bién de los enor­mes re­cur­sos na­tu­ra­les de que dis­po­nen. Es el gri­to de tan­tos Lá­za­ros que llo­ran, mien­tras que unos po­cos epu­lo­nes ban­que­tean con lo que en jus­ti­cia co­rres­pon­de a to­dos. La in­jus­ti­cia es la raíz per­ver­sa de la po­bre­za.

El gri­to de los po­bres es cada día más fuer­te pero tam­bién me­nos es­cu­cha­do, so­fo­ca­do por el es­truen­do de unos po­cos ri­cos, que son cada vez me­nos pero más ri­cos”.

El cre­yen­te ex­tien­de su mano, como lo hace Je­sús con él

Fi­nal­men­te, el Papa Fran­cis­co dijo que, ante la dig­ni­dad hu­ma­na pi­so­tea­da, a me­nu­do uno per­ma­ne­ce con los bra­zos cru­za­dos o con los bra­zos caí­dos, im­po­ten­tes ante la fuer­za os­cu­ra del mal. Pero el cris­tiano no pue­de es­tar con los bra­zos cru­za­dos, in­di­fe­ren­te, o con los bra­zos caí­dos, fa­ta­lis­ta; no.

El cre­yen­te –pun­tua­li­zó el Papa– ex­tien­de su mano, como lo hace Je­sús con él. El gri­to de los po­bres es es­cu­cha­do por Dios, ¿pero, y no­so­tros? ¿Te­ne­mos ojos para ver, oí­dos para es­cu­char, ma­nos ex­ten­di­das para ayu­dar?

«Es el pro­pio Cris­to quien en los po­bres le­van­ta su voz para des­per­tar la ca­ri­dad de sus dis­cí­pu­los» (ibíd.). Nos pide que lo re­co­noz­ca­mos en el que tie­ne ham­bre y sed, en el ex­tran­je­ro y des­po­ja­do de su dig­ni­dad, en el en­fer­mo y el en­car­ce­la­do.

“El Se­ñor ex­tien­de su mano: es un ges­to gra­tui­to, no obli­ga­do. Así es como se hace. No es­ta­mos lla­ma­dos a ha­cer el bien solo a los que nos aman –con­clu­yó el San­to Pa­dre– co­rres­pon­der es nor­mal, pero Je­sús pide ir más le­jos, dar a los que no tie­nen cómo de­vol­ver, es de­cir, amar gra­tui­ta­men­te.

Mi­re­mos lo que su­ce­de en cada una de nues­tras jor­na­das: en­tre tan­tas co­sas, ¿ha­ce­mos algo gra­tui­to, al­gu­na cosa para los que no tie­nen cómo co­rres­pon­der? Esa será nues­tra mano ex­ten­di­da, nues­tra ver­da­de­ra ri­que­za en el cie­lo”.

“Ex­tien­de tu mano ha­cia no­so­tros, Se­ñor, y agá­rra­nos. Ayú­da­nos a amar como tú amas. En­sé­ña­nos a de­jar lo que pasa, a alen­tar al que te­ne­mos a nues­tro lado, a dar gra­tui­ta­men­te a quien está ne­ce­si­ta­do. Amén”

(Re­na­to Mar­ti­nez – Ciu­dad del Va­ti­cano, va­ti­can­news.va)

https://www.agenciasic.es/2018/11/19/jornada-de-los-pobres-dios-y-el-projimo-los-autenticos-tesoros-de-la-vida/?fbclid=IwAR3KvQO61EvBpXlAURJd91zrYLKLnE8r8euVZK6jpwJtDNkCO634ijwYmEw


Mensaje del Papa Francisco: II Jornada Mundial de los Pobres.

noviembre 12, 2018

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Los pobres no pueden esperar. Los pobres no evangelizan.

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MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO

II JORNADA MUNDIAL DE LOS POBRES

Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario
18 de noviembre de 2018

Este pobre gritó y el Señor lo escuchó

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1. «Este pobre gritó y el Señor lo escuchó» (Sal 34,7). Las palabras del salmista las hacemos nuestras desde el momento en el que también nosotros estamos llamados a ir al encuentro de las diversas situaciones de sufrimiento y marginación en la que viven tantos hermanos y hermanas, que habitualmente designamos con el término general de “pobres”.

Quien ha escrito esas palabras no es ajeno a esta condición, sino más bien al contrario. Él ha experimentado directamente la pobreza y, sin embargo, la transforma en un canto de alabanza y de acción de gracias al Señor. Este salmo nos permite también hoy a nosotros, rodeados de tantas formas de pobreza, comprender quiénes son los verdaderos pobres, a los que estamos llamados a dirigir nuestra mirada para escuchar su grito y reconocer sus necesidades.

Se nos dice, ante todo, que el Señor escucha a los pobres que claman a él y que es bueno con aquellos que buscan refugio en él con el corazón destrozado por la tristeza, la soledad y la exclusión. Escucha a todos los que son atropellados en su dignidad y, a pesar de ello, tienen la fuerza de alzar su mirada al cielo para recibir luz y consuelo. Escucha a aquellos que son perseguidos en nombre de una falsa justicia, oprimidos por políticas indignas de este nombre y atemorizados por la violencia; y aun así saben que Dios es su Salvador.

Lo que surge de esta oración es ante todo el sentimiento de abandono y confianza en un Padre que escucha y acoge. A la luz de estas palabras podemos comprender más plenamente lo que Jesús proclamó en las bienaventuranzas: «Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos» (Mt 5,3).

En virtud de esta experiencia única y, en muchos sentidos, inmerecida e imposible de describir por completo, nace el deseo de contarla a otros, en primer lugar a los que, como el salmista, son pobres, rechazados y marginados. Nadie puede sentirse excluido del amor del Padre, especialmente en un mundo que con frecuencia pone la riqueza como primer objetivo y hace que las personas se encierren en sí mismas.

2. El salmo describe con tres verbos la actitud del pobre y su relación con Dios. Ante todo, “gritar”. La condición de pobreza no se agota en una palabra, sino que se transforma en un grito que atraviesa los cielos y llega hasta Dios. ¿Qué expresa el grito del pobre si no es su sufrimiento y soledad, su desilusión y esperanza?

Podemos preguntarnos: ¿Cómo es que este grito, que sube hasta la presencia de Dios, no consigue llegar a nuestros oídos, dejándonos indiferentes e impasibles? En una Jornada como esta, estamos llamados a hacer un serio examen de conciencia para darnos cuenta de si realmente hemos sido capaces de escuchar a los pobres.

Lo que necesitamos es el silencio de la escucha para poder reconocer su voz. Si somos nosotros los que hablamos mucho, no lograremos escucharlos. A menudo me temo que tantas iniciativas, aun siendo meritorias y necesarias, están dirigidas más a complacernos a nosotros mismos que a acoger el clamor del pobre.

En tal caso, cuando los pobres hacen sentir su voz, la reacción no es coherente, no es capaz de sintonizar con su condición. Estamos tan atrapados por una cultura que obliga a mirarse al espejo y a preocuparse excesivamente de sí mismo, que pensamos que basta con un gesto de altruismo para quedarnos satisfechos, sin tener que comprometernos directamente.

3. El segundo verbo es “responder”. El salmista dice que el Señor, no solo escucha el grito del pobre, sino que le responde. Su respuesta, como se muestra en toda la historia de la salvación, es una participación llena de amor en la condición del pobre. Así ocurrió cuando Abrahán manifestó a Dios su deseo de tener una descendencia, a pesar de que él y su mujer Sara, ya ancianos, no tenían hijos (cf. Gn 15,1-6).

También sucedió cuando Moisés, a través del fuego de una zarza que ardía sin consumirse, recibió la revelación del nombre divino y la misión de hacer salir al pueblo de Egipto (cf. Ex 3,1-15). Y esta respuesta se confirmó a lo largo de todo el camino del pueblo por el desierto, cuando sentía el mordisco del hambre y de la sed (cf. Ex 16,1-16; 17,1-7), y cuando caían en la peor miseria, es decir, la infidelidad a la alianza y la idolatría (cf. Ex 32,1-14).

La respuesta de Dios al pobre es siempre una intervención de salvación para curar las heridas del alma y del cuerpo, para restituir justicia y para ayudar a reemprender la vida con dignidad. La respuesta de Dios es también una invitación a que todo el que cree en él obre de la misma manera, dentro de los límites humanos.

La Jornada Mundial de los Pobres pretende ser una pequeña respuesta que la Iglesia entera, extendida por el mundo, dirige a los pobres de todo tipo y de cualquier lugar para que no piensen que su grito se ha perdido en el vacío. Probablemente es como una gota de agua en el desierto de la pobreza; y sin embargo puede ser un signo de cercanía para cuantos pasan necesidad, para que sientan la presencia activa de un hermano o una hermana.

Lo que no necesitan los pobres es un acto de delegación, sino el compromiso personal de aquellos que escuchan su clamor. La solicitud de los creyentes no puede limitarse a una forma de asistencia —que es necesaria y providencial en un primer momento—, sino que exige esa «atención amante» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 199), que honra al otro como persona y busca su bien.

4. El tercer verbo es “liberar”. El pobre de la Biblia vive con la certeza de que Dios interviene en su favor para restituirle la dignidad. La pobreza no es algo buscado, sino que es causada por el egoísmo, el orgullo, la avaricia y la injusticia. Males tan antiguos como el hombre, pero que son siempre pecados, que afectan a tantos inocentes, produciendo consecuencias sociales dramáticas.

La acción con la que el Señor libera es un acto de salvación para quienes le han manifestado su propia tristeza y angustia. Las cadenas de la pobreza se rompen gracias a la potencia de la intervención de Dios. Tantos salmos narran y celebran esta historia de salvación que se refleja en la vida personal del pobre: «[El Señor] no ha sentido desprecio ni repugnancia hacia el pobre desgraciado; no le ha escondido su rostro: cuando pidió auxilio, lo escuchó» (Sal 22,25).

Poder contemplar el rostro de Dios es signo de su amistad, de su cercanía, de su salvación. Te has fijado en mi aflicción, velas por mi vida en peligro; […] me pusiste en un lugar espacioso (cf. Sal 31,8-9). Ofrecer al pobre un “lugar espacioso” equivale a liberarlo de la “red del cazador” (cf. Sal 91,3), a alejarlo de la trampa tendida en su camino, para que pueda caminar libremente y mirar la vida con ojos serenos.

La salvación de Dios adopta la forma de una mano tendida hacia el pobre, que acoge, protege y hace posible experimentar la amistad que tanto necesita.

A partir de esta cercanía, concreta y tangible, comienza un genuino itinerario de liberación: «Cada cristiano y cada comunidad están llamados a ser instrumentos de Dios para la liberación y promoción de los pobres, de manera que puedan integrarse plenamente en la sociedad; esto supone que seamos dóciles y atentos para escuchar el clamor del pobre y socorrerlo» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 187).

5. Me conmueve saber que muchos pobres se han identificado con Bartimeo, del que habla el evangelista Marcos (cf. 10, 46-52). El ciego Bartimeo «estaba sentado al borde del camino pidiendo limosna» (v. 46), y habiendo escuchado que Jesús pasaba «empezó a gritar» y a invocar al «Hijo de David» para que tuviera piedad de él (cf. v. 47). «Muchos lo increpaban para que se callara. Pero él gritaba más fuerte» (v. 48).

El Hijo de Dios escuchó su grito: «“¿Qué quieres que haga por ti?”. El ciego le contestó: “Rabbunì, que recobre la vista”» (v. 51). Esta página del Evangelio hace visible lo que el salmo anunciaba como promesa. Bartimeo es un pobre que se encuentra privado de capacidades fundamentales, como son la de ver y trabajar. ¡Cuántas sendas conducen también hoy a formas de precariedad!

La falta de medios básicos de subsistencia, la marginación cuando ya no se goza de la plena capacidad laboral, las diversas formas de esclavitud social, a pesar de los progresos realizados por la humanidad…

Cuántos pobres están también hoy al borde del camino, como Bartimeo, buscando dar un sentido a su condición. Muchos se preguntan cómo han llegado hasta el fondo de este abismo y cómo poder salir de él. Esperan que alguien se les acerque y les diga: «Ánimo. Levántate, que te llama» (v. 49).

Por el contrario, lo que lamentablemente sucede a menudo es que se escuchan las voces del reproche y las que invitan a callar y a sufrir. Son voces destempladas, con frecuencia determinadas por una fobia hacia los pobres, a los que se les considera no solo como personas indigentes, sino también como gente portadora de inseguridad, de inestabilidad, de desorden para las rutinas cotidianas y, por lo tanto, merecedores de rechazo y apartamiento.

Se tiende a crear distancia entre los otros y uno mismo, sin darse cuenta de que así nos distanciamos del Señor Jesús, quien no solo no los rechaza sino que los llama a sí y los consuela.

En este caso, qué apropiadas se nos muestran las palabras del profeta sobre el estilo de vida del creyente: «Soltar las cadenas injustas, desatar las correas del yugo, liberar a los oprimidos, quebrar todos los yugos, partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, cubrir a quien ves desnudo» (Is 58,6-7).

Este modo de obrar permite que el pecado sea perdonado (cf. 1P 4,8), que la justicia recorra su camino y que, cuando seamos nosotros los que gritemos al Señor, entonces él nos responderá y dirá: ¡Aquí estoy! (cf. Is 58, 9).

6. Los pobres son los primeros capacitados para reconocer la presencia de Dios y dar testimonio de su proximidad en sus vidas. Dios permanece fiel a su promesa, e incluso en la oscuridad de la noche no deja que falte el calor de su amor y de su consolación.

Sin embargo, para superar la opresiva condición de pobreza es necesario que ellos perciban la presencia de los hermanos y hermanas que se preocupan por ellos y que, abriendo la puerta de su corazón y de su vida, los hacen sentir familiares y amigos. Solo de esta manera podremos «reconocer la fuerza salvífica de sus vidas» y «ponerlos en el centro del camino de la Iglesia» (Exhort. apost. Evangelii gaudium, 198).

En esta Jornada Mundial estamos invitados a concretar las palabras del salmo: «Los pobres comerán hasta saciarse» (Sal 22,27). Sabemos que tenía lugar el banquete en el templo de Jerusalén después del rito del sacrificio. Esta ha sido una experiencia que ha enriquecido en muchas Diócesis la celebración de la primera Jornada Mundial de los Pobres del año pasadoMuchos encontraron el calor de una casa, la alegría de una comida festiva y la solidaridad de cuantos quisieron compartir la mesa de manera sencilla y fraterna.

Quisiera que también este año, y en el futuro, esta Jornada se celebrara bajo el signo de la alegría de redescubrir el valor de estar juntos. Orar juntos en comunidad y compartir la comida en el domingo.

Una experiencia que nos devuelve a la primera comunidad cristiana, que el evangelista Lucas describe en toda su originalidad y sencillez: «Perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones. [….] Los creyentes vivían todos unidos y tenían todo en común; vendían posesiones y bienes y los repartían entre todos, según la necesidad de cada uno» (Hch 2,42.44-45).

7. Son innumerables las iniciativas que diariamente emprende la comunidad cristiana como signo de cercanía y de alivio a tantas formas de pobreza que están ante nuestros ojos.

A menudo, la colaboración con otras iniciativas, que no están motivadas por la fe sino por la solidaridad humana, nos permite brindar una ayuda que solos no podríamos realizar. Reconocer que, en el inmenso mundo de la pobreza, nuestra intervención es también limitada, débil e insuficiente, nos lleva a tender la mano a los demás, de modo que la colaboración mutua pueda lograr su objetivo con más eficacia.

Nos mueve la fe y el imperativo de la caridad, aunque sabemos reconocer otras formas de ayuda y de solidaridad que, en parte, se fijan los mismos objetivos; pero no descuidemos lo que nos es propio, a saber, llevar a todos hacia Dios y hacia la santidad. Una respuesta adecuada y plenamente evangélica que podemos dar es el diálogo entre las diversas experiencias y la humildad en el prestar nuestra colaboración sin ningún tipo de protagonismo.

En relación con los pobres, no se trata de jugar a ver quién tiene el primado en el intervenir, sino que con humildad podamos reconocer que el Espíritu suscita gestos que son un signo de la respuesta y de la cercanía de Dios. Cuando encontramos el modo de acercarnos a los pobres, sabemos que el primado le corresponde a él, que ha abierto nuestros ojos y nuestro corazón a la conversión.

Lo que necesitan los pobres no es protagonismo, sino ese amor que sabe ocultarse y olvidar el bien realizado. Los verdaderos protagonistas son el Señor y los pobres. Quien se pone al servicio es instrumento en las manos de Dios para que se reconozca su presencia y su salvación.

Lo recuerda san Pablo escribiendo a los cristianos de Corinto, que competían ente ellos por los carismas, en busca de los más prestigiosos: «El ojo no puede decir a la mano: “No te necesito”; y la cabeza no puede decir a los pies: “No os necesito”» (1 Co 12,21). El Apóstol hace una consideración importante al observar que los miembros que parecen más débiles son los más necesarios (cf. v. 22); y que «los que nos parecen más despreciables los rodeamos de mayor respeto; y los menos decorosos los tratamos con más decoro; mientras que los más decorosos no lo necesitan» (vv. 23-24).

Pablo, al mismo tiempo que ofrece una enseñanza fundamental sobre los carismas, también educa a la comunidad a tener una actitud evangélica con respecto a los miembros más débiles y necesitados. Los discípulos de Cristo, lejos de albergar sentimientos de desprecio o de pietismo hacia ellos, están más bien llamados a honrarlos, a darles precedencia, convencidos de que son una presencia real de Jesús entre nosotros. «Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25,40).

8. Aquí se comprende la gran distancia que hay entre nuestro modo de vivir y el del mundo, el cual elogia, sigue e imita a quienes tienen poder y riqueza, mientras margina a los pobres, considerándolos un desecho y una vergüenza.

Las palabras del Apóstol son una invitación a darle plenitud evangélica a la solidaridad con los miembros más débiles y menos capaces del cuerpo de Cristo: «Y si un miembro sufre, todos sufren con él; si un miembro es honrado, todos se alegran con él» (1 Co 12,26).

Siguiendo esta misma línea, así nos exhorta en la Carta a los Romanos: «Alegraos con los que están alegres; llorad con los que lloran. Tened la misma consideración y trato unos con otros, sin pretensiones de grandeza, sino poniéndoos al nivel de la gente humilde» (12,15-16). Esta es la vocación del discípulo de Cristo; el ideal al que aspirar con constancia es asimilar cada vez más en nosotros los «sentimientos de Cristo Jesús» (Flp 2,5).

9. Una palabra de esperanza se convierte en el epílogo natural al que conduce la fe. Con frecuencia, son precisamente los pobres los que ponen en crisis nuestra indiferencia, fruto de una visión de la vida excesivamente inmanente y atada al presente.

El grito del pobre es también un grito de esperanza con el que manifiesta la certeza de que será liberado. La esperanza fundada en el amor de Dios, que no abandona a quien confía en él (cf. Rm 8,31-39). Así escribía santa Teresa de Ávila en su Camino de perfección: «La pobreza es un bien que encierra todos los bienes del mundo. Es un señorío grande. Es señorear todos los bienes del mundo a quien no le importan nada» (2,5).

En la medida en que sepamos discernir el verdadero bien, nos volveremos ricos ante Dios y sabios ante nosotros mismos y ante los demás. Así es: en la medida en que se logra dar a la riqueza su sentido justo y verdadero, crecemos en humanidad y nos hacemos capaces de compartir.

10. Invito a los hermanos obispos, a los sacerdotes y en particular a los diáconos, a quienes se les impuso las manos para el servicio de los pobres (cf. Hch 6,1-7), junto con las personas consagradas y con tantos laicos y laicas que en las parroquias, en las asociaciones y en los movimientos, hacen tangible la respuesta de la Iglesia al grito de los pobres, a que vivan esta Jornada Mundial como un momento privilegiado de nueva evangelización.

Los pobres nos evangelizan, ayudándonos a descubrir cada día la belleza del Evangelio. No echemos en saco roto esta oportunidad de gracia. Sintámonos todos, en este día, deudores con ellos, para que tendiendo recíprocamente las manos unos a otros, se realice el encuentro salvífico que sostiene la fe, vuelve operosa la caridad y permite que la esperanza prosiga segura en su camino hacia el Señor que llega.

Vaticano, 13 de junio de 2018
Memoria litúrgica de san Antonio de Padua

Francisco

http://w2.vatican.va/content/francesco/es/messages/poveri/documents/papa-francesco_20180613_messaggio-ii-giornatamondiale-poveri-2018.html

 


El maná de cada día, 12.11.18

noviembre 12, 2018

Lunes de la 32ª semana del Tiempo Ordinario

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Piedra de molino



PRIMERA LECTURA: Tito 1, 1-9

Pablo, siervo de Dios y apóstol de Jesucristo, para promover la fe de los elegidos de Dios, y el conocimiento de la verdad, según la piedad apoyada en la esperanza de la vida eterna.

Dios, que no miente, había prometido esa vida desde tiempos inmemoriales; al llegar el momento, la ha manifestado abiertamente con la predicación que se me ha confiado, según lo dispuso Dios, nuestro salvador.

Querido Tito, verdadero hijo mío en la fe que compartimos; te deseo la gracia y la paz de Dios Padre y de Cristo Jesús, salvador nuestro. Mi intención al dejarte en Creta era que pusieras en regla lo que faltaba y establecieses presbíteros en cada ciudad, siguiendo las instrucciones que te di.

El candidato, que sea un hombre sin tacha, fiel a su única mujer, con hijos creyentes, que no sean indóciles ni acusados de mala conducta. Porque el obispo, siendo administrador de Dios, tiene que ser intachable, no arrogante ni colérico, no dado al vino ni pendenciero, ni tampoco ávido de ganancias.

Al contrario, ha de ser hospitalario, amigo de lo bueno, prudente, justo, fiel, dueño de sí. Debe mostrar adhesión a la doctrina cierta, para ser capaz de predicar una enseñanza sana y de rebatir a los adversarios.


SALMO 23, 1-2.3-4ab.5-6

Éste es el grupo que viene a tu presencia, Señor.

Del Señor es la tierra y cuanto la llena, el orbe y todos sus habitantes: él la fundó sobre los mares, él la afianzó sobre los ríos.

¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en el recinto sacro? El hombre de manos inocentes y puro corazón, que no confía en los ídolos.

Ése recibirá la bendición del Señor, le hará justicia el Dios de salvación. Éste es el grupo que busca al Señor, que viene a tu presencia, Dios de Jacob.


Aclamación antes del Evangelio: Filipenses 2, 15d.16a

Brilláis como lumbreras del mundo, mostrando una razón para vivir.


EVANGELIO: Lucas 17, 1-6

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Es inevitable que sucedan escándalos; pero ¡ay del que los provoca!

Al que escandaliza a uno de estos pequeños, más le valdría que le encajaran en el cuello una piedra de molino y lo arrojasen al mar.

Tened cuidado. Si tu hermano te ofende, repréndelo; si se arrepiente, perdónalo; si te ofende siete veces en un día, y siete veces vuelve a decirte: “Lo siento”, lo perdonarás.»

Los apóstoles le pidieron al Señor: «Auméntanos la fe.»

El Señor contestó: «Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esa morera: “Arráncate de raíz y plántate en el mar.” Y os obedecería.»


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Busque cada uno no sólo su propio interés,
sino también el de la comunidad

San Clemente I (Corintios 46, 2 –47,4; 48, 1-6)

Escrito está: Juntaos con los santos, porque los que se juntan con ellos se santificarán. Y otra vez, en otro lugar, dice: Con el hombre inocente serás inocente; con el ele­gido serás elegido, y con el perverso te pervertirás. Jun­témonos, pues, con los inocentes y justos, porque ellos son elegidos de Dios.

¿A qué vienen entre vosotros con­tiendas y riñas, banderías, escisiones y guerras. ¿O es que no tenemos un solo Dios y un solo Cristo y un solo Espíritu de gracia que fue derramado sobre nosotros? ¿No es uno solo nuestro llamamiento en Cristo? ¿A qué fin desgarramos y despedazamos los miembros de Cristo y nos sublevamos contra nuestro propio cuerpo, llegando a tal punto de insensatez que nos olvidamos de que somos los unos miembros de los otros?

Acordaos de las palabras de Jesús, nuestro Señor. Él dijo, en efecto: ¡Ay de aquel hombre! Más le valiera no haber nacido, que escandalizar a uno solo de mis escogidos. Mejor le fuera que le colgaran una piedra de molino al cuello y lo hundieran en el mar, que no extraviar a uno solo de mis escogidos.

Vuestra escisión extravió a mu­chos, desalentó a muchos, hizo dudar a muchos, nos su­mió en la tristeza a todos nosotros. Y, sin embargo, vues­tra sedición es contumaz.

Tomad en vuestra mano la carta del bienaventurado Pablo, apóstol. ¿Cómo os escribió en los comienzos del Evangelio? A la verdad, divinamente inspirado, os escri­bió acerca de sí mismo, de Cefas y de Apolo, como quiera que ya desde entonces fomentabais las parcialidades. Mas aquella parcialidad fue menos culpable que la actual, pues al cabo os inclinabais a apóstoles acreditados por Dios y a un hombre acreditado por éstos.

Arranquemos, pues, con rapidez ese escándalo y postrémonos ante el Señor, suplicándole con lágrimas sea pro­picio con nosotros, nos reconcilie consigo y nos restablezca en el sagrado y puro comportamiento de nuestra fraternidad.

Porque ésta es la puerta de la justicia, abierta para la vida, conforme está escrito: Abridme las puertas de la justicia, y entraré para dar gracias al Señor. Ésta puerta del Señor: los justos entrarán por ella. Ahora siendo muchas las puertas que están abiertas, ésta es la puerta de la justicia, a saber: la que se abre en Cristo.

Bienaventurados todos los que por ella entraren y enderezaren sus pasos en santidad y justicia, cumpliendo todas las cosas sin perturbación.

Enhorabuena que uno tenga carisma de fe, que otro sea poderoso en explicar los cono­cimientos, otro sabio en el discernimiento de discursos, otro casto en su conducta.

El hecho es que cuanto mayor parezca uno ser, tanto más debe humillarse y buscar no sólo su propio interés, sino también el de la comunidad.



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El maná de cada día, 6.11.18

noviembre 6, 2018

Lecturas del Martes de la 31ª semana de Tiempo Ordinario

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Los mismos sentimientos de Jesús



PRIMERA LECTURA: Filipenses 2, 5-11

Hermanos:

Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús.

Él, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.


SALMO 21, 26b-27. 28-30a. 31-32

El Señor es mi alabanza en la gran asamblea.

Cumpliré mis votos delante de sus fieles. Los desvalidos comerán hasta saciarse, alabarán al Señor los que lo buscan: viva su corazón por siempre.

Lo recordarán y volverán al Señor hasta de los confines del orbe; en su presencia se postrarán las familias de los pueblos.

Porque del Señor es el reino, el gobierna a los pueblos. Ante él se postrarán las cenizas de la tumba.

Mi descendencia le servirá, hablarán del Señor a la generación futura, contarán su justicia al pueblo que ha de nacer: todo lo que hizo el Señor.


Aclamación antes del Evangelio: Mt 11, 28

Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré -dice el Señor.


EVANGELIO: Lucas 14, 15-24

En aquel tiempo, uno de los comensales dijo a Jesús: «¡Dichoso el que coma en el banquete del reino de Dios!»

Jesús le contestó:
«Un hombre daba un gran banquete y convidó a mucha gente; a la hora del banquete mandó un criado a avisar a los convidados: “Venid, que ya está preparado.”

Pero ellos se excusaron uno tras otro. El primero le dijo: “He comprado un campo y tengo que ir a verlo. Dispénsame, por favor.” Otro dijo: “He comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlas. Dispénsame, por favor.” Otro dijo: “Me acabo de casar y, naturalmente, no puedo ir.”

El criado volvió a contárselo al amo.

Entonces el dueño de casa, indignado, le dijo al criado: “Sal corriendo a las plazas y calles de la ciudad y tráete a los pobres, a los lisiados, a los ciegos y a los cojos.”

El criado dijo: “Señor, se ha hecho lo que mandaste, y todavía queda sitio.”

Entonces el amo le dijo: “Sal por los caminos y senderos e insísteles hasta que entren y se me llene la casa.”

Y os digo que ninguno de aquellos convidados probará mi banquete.»


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Cristo, sacerdote y víctima
Pío XII. De la carta encíclica Mediator Dei

Cristo es ciertamente sacerdote, pero lo es para nosotros, no para sí mismo, ya que él, en nombre de todo el género humano, presenta al Padre eterno las aspiraciones y sentimientos religiosos de los hombres. Es también víctima, pero lo es igualmente para nosotros, ya que se pone en lugar del hombre pecador.

Por esto, aquella frase del Apóstol: Tened los mismos sentimientos propios de Cristo Jesús exige de todos los cristianos que, en la media de las posibilidades humanas, reproduzcan en su interior las mismas disposiciones que tenía el divino Redentor cuando ofrecía el sacrificio de sí mismo: disposiciones de una humilde sumisión, de adoración a la suprema majestad divina, de honor, alabanza y acción de gracias.

Les exige asimismo que asuman en cierto modo la condición de víctimas, que se nieguen a sí mismos, conforme a las normas del Evangelio, que espontánea y libremente practiquen la penitencia, arrepintiéndose y expiando los pecados.

Exige finalmente que todos, unidos a Cristo, muramos místicamente en la cruz, de modo que podamos hacer nuestra aquella sentencia de san Pablo: Estoy crucificado con Cristo.
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Alegraos con los que se alegran, llorad con los que lloran

Compartir el sufrimiento con los demás es algo propiamente cristiano. El desinterés egoísta con el que normalmente «vamos a lo nuestro» resulta algo común en la sociedad actual. Estamos acostumbrados a exigir comportamientos de otros, pero nos cuesta mucho darnos con gratuidad a los demás.

Descubrir que hay gente que sufre a nuestro alrededor nos puede parecer, en ocasiones, una pérdida de tiempo, pues siempre tenemos otras cosas y asuntos más importantes o urgentes que hacer. Se trata, en definitiva, de «ir a lo práctico» y aprovechar al máximo el propio tiempo.

Jesús, sin embargo, puso en práctica algo que llamó la atención de sus contemporáneos: la compasión. Pero no con un compadecerse lejano o abstracto, sino que su compasión, fruto de la misericordia, llegaba a adentrarse en el corazón mismo de aquel que sufría para elevarlo, así, hasta Dios.

Cristo murió en la Cruz porque Dios se compadecía de nuestros pecados, origen de cualquier sufrimiento, dándonos a entender que sólo Él podía curar semejante enfermedad del alma.

Un hijo de Dios, tú y yo, participa de esa muerte redentora de Jesús. Por eso, ante el sufrimiento de otros, nuestro corazón se une a ellos con la misma piedad de Cristo, para hacer vida la bienaventuranza del Evangelio: “Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados”.

Serán dichosos aquellos que soportan el agobio en su vida, porque otros, tú y yo, les acompañaremos en su sufrimiento. Más que realizar una obra de misericordia, se trata de vivir identificados con los mismos sentimientos de Cristo Jesús que, desde la Cruz, intercedió al Padre de Dios para que todos fuéramos perdonados.

¿No es esto motivo para alegrarnos con los que se alegran y llorar con los que lloran?

http://www.mater-dei.es


Aguante, paciencia y mansedumbre, según Gaudete et exsultate, nn. 110-121 (8)

noviembre 5, 2018

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Aguante, paciencia y mansedumbre. Perseverancia y comunidad, compasión.

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ALGUNAS NOTAS DE LA SANTIDAD
EN EL MUNDO ACTUAL

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Dentro del gran marco de la santidad que nos proponen las bienaventuranzas y Mateo 25,31-46, quisiera recoger algunas notas o expresiones espirituales que, a mi juicio, no deben faltar para entender el estilo de vida al que el Señor nos llama.

No me detendré a explicar los medios de santificación que ya conocemos: los distintos métodos de oración, los preciosos sacramentos de la Eucaristía y la Reconciliación, la ofrenda de sacrificios, las diversas formas de devoción, la dirección espiritual, y tantos otros.

Solo me referiré a algunos aspectos del llamado a la santidad que espero resuenen de modo especial.

Estas notas que quiero destacar no son todas las que pueden conformar un modelo de santidad, pero son cinco grandes manifestaciones del amor a Dios y al prójimo que considero de particular importancia, debido a algunos riesgos y límites de la cultura de hoy.

En ella se manifiestan: la ansiedad nerviosa y violenta que nos dispersa y nos debilita; la negatividad y la tristeza; la acedia cómoda, consumista y egoísta; el individualismo, y tantas formas de falsa espiritualidad sin encuentro con Dios que reinan en el mercado religioso actual.

Aguante, paciencia y mansedumbre

La primera de estas grandes notas es estar centrado, firme en torno a Dios que ama y que sostiene. Desde esa firmeza interior es posible aguantar, soportar las contrariedades, los vaivenes de la vida, y también las agresiones de los demás, sus infidelidades y defectos: «Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?» (Rm 8,31).

Esto es fuente de la paz que se expresa en las actitudes de un santo. A partir de tal solidez interior, el testimonio de santidad, en nuestro mundo acelerado, voluble y agresivo, está hecho de paciencia y constancia en el bien.

Es la fidelidad del amor, porque quien se apoya en Dios (pistis) también puede ser fiel frente a los hermanos (pistós), no los abandona en los malos momentos, no se deja llevar por su ansiedad y se mantiene al lado de los demás aun cuando eso no le brinde satisfacciones inmediatas.

San Pablo invitaba a los romanos a no devolver «a nadie mal por mal» (Rm 12,17), a no querer hacerse justicia «por vuestra cuenta» (v.19), y a no dejarse vencer por el mal, sino a vencer «al mal con el bien» (v.21).

Esta actitud no es expresión de debilidad sino de la verdadera fuerza, porque el mismo Dios «es lento para la ira pero grande en poder» (Na 1,3). La Palabra de Dios nos reclama: «Desterrad de vosotros la amargura, la ira, los enfados e insultos y toda maldad» (Ef 4,31).

Hace falta luchar y estar atentos frente a nuestras propias inclinaciones agresivas y egocéntricas para no permitir que se arraiguen: «Si os indignáis, no lleguéis a pecar; que el sol no se ponga sobre vuestra ira» (Ef 4,26).

Cuando hay circunstancias que nos abruman, siempre podemos recurrir al ancla de la súplica, que nos lleva a quedar de nuevo en las manos de Dios y junto a la fuente de la paz: «Nada os preocupe; sino que, en toda ocasión, en la oración y en la súplica, con acción de gracias, vuestras peticiones sean presentadas a Dios. Y la paz de Dios, que supera todo juicio, custodiará vuestros corazones» (Flp 4,6-7).

También los cristianos pueden formar parte de redes de violencia verbal a través de internet y de los diversos foros o espacios de intercambio digital. Aun en medios católicos se pueden perder los límites, se suelen naturalizar la difamación y la calumnia, y parece quedar fuera toda ética y respeto por la fama ajena.

Así se produce un peligroso dualismo, porque en estas redes se dicen cosas que no serían tolerables en la vida pública, y se busca compensar las propias insatisfacciones descargando con furia los deseos de venganza.

Es llamativo que a veces, pretendiendo defender otros mandamientos, se pasa por alto completamente el octavo: «No levantar falso testimonio ni mentir», y se destroza la imagen ajena sin piedad. Allí se manifiesta con descontrol que la lengua «es un mundo de maldad» y «encendida por el mismo infierno, hace arder todo el ciclo de la vida» (St 3,6).

La firmeza interior que es obra de la gracia, nos preserva de dejarnos arrastrar por la violencia que invade la vida social, porque la gracia aplaca la vanidad y hace posible la mansedumbre del corazón.

El santo no gasta sus energías lamentando los errores ajenos, es capaz de hacer silencio ante los defectos de sus hermanos y evita la violencia verbal que arrasa y maltrata, porque no se cree digno de ser duro con los demás, sino que los considera como superiores a uno mismo (cf. Flp 2,3).

No nos hace bien mirar desde arriba, colocarnos en el lugar de jueces sin piedad, considerar a los otros como indignos y pretender dar lecciones permanentemente. Esa es una sutil forma de violencia.

San Juan de la Cruz proponía otra cosa: «Sea siempre más amigo de ser enseñado por todos que de querer enseñar aun al que es menos que todos».

Y agregaba un consejo para tener lejos al demonio: «Gozándote del bien de los otros como de ti mismo, y queriendo que los pongan a ellos delante de ti en todas las cosas, y esto con verdadero corazón. De esta manera vencerás el mal con el bien y echarás lejos al demonio y traerás alegría de corazón. Procura ejercitarlo más con los que menos te caen en gracia. Y sabe que si no ejercitas esto, no llegarás a la verdadera caridad ni aprovecharás en ella».

La humildad solamente puede arraigarse en el corazón a través de las humillaciones. Sin ellas no hay humildad ni santidad. Si tú no eres capaz de soportar y ofrecer algunas humillaciones no eres humilde y no estás en el camino de la santidad.

La santidad que Dios regala a su Iglesia viene a través de la humillación de su Hijo, ése es el camino. La humillación te lleva a asemejarte a Jesús, es parte ineludible de la imitación de Jesucristo: «Cristo padeció por vosotros, dejándoos un ejemplo para que sigáis sus huellas» (12,21).

Él a su vez expresa la humildad del Padre, que se humilla para caminar con su pueblo, que soporta sus infidelidades y murmuraciones (cf. Ex 34,6-9; Sb 11,23-12,2; Lc 6,36).

Por esta razón los Apóstoles, después de la humillación, «salieron del Sanedrín dichosos de haber sido considerados dignos de padecer por el nombre de Jesús» (Hch 5,41).

No me refiero solo a las situaciones crudas de martirio, sino a las humillaciones cotidianas de aquellos que callan para salvar a su familia, o evitan hablar bien de sí mismos y prefieren exaltar a otros en lugar de gloriarse, eligen las tareas menos brillantes, e incluso a veces prefieren soportar algo injusto para ofrecerlo al Señor: «En cambio, que aguantéis cuando sufrís por hacer el bien, eso es una gracia de parte de Dios» (2,20).

No es caminar con la cabeza baja, hablar poco o escapar de la sociedad. A veces, precisamente porque está liberado del egocentrismo, alguien puede atreverse a discutir amablemente, a reclamar justicia o a defender a los débiles ante los poderosos, aunque eso le traiga consecuencias negativas para su imagen.

No digo que la humillación sea algo agradable, porque eso sería masoquismo, sino que se trata de un camino para imitar a Jesús y crecer en la unión con él. Esto no se entiende naturalmente y el mundo se burla de semejante propuesta. Es una gracia que necesitamos suplicar: «Señor, cuando lleguen las humillaciones, ayúdame a sentir que estoy detrás de ti, en tu camino».

Tal actitud supone un corazón pacificado por Cristo, liberado de esa agresividad que brota de un yo demasiado grande. La misma pacificación que obra la gracia nos permite mantener una seguridad interior y aguantar, perseverar en el bien «aunque camine por cañadas oscuras» (Sal 23,4) o «si un ejército acampa contra mí» (Sal 27,3).

Firmes en el Señor, la Roca, podemos cantar: «En paz me acuesto y enseguida me duermo, porque tú solo, Señor, me haces vivir tranquilo» (Sal 4,9). En definitiva, Cristo «es nuestra paz» (Ef 2,14), vino a «guiar nuestros pasos por el camino de la paz» (Lc 1,79).

Él transmitió a santa Faustina Kowalska que «la humanidad no encontrará paz hasta que no se dirija con confianza a la misericordia divina».

Entonces no caigamos en la tentación de buscar la seguridad interior en los éxitos, en los placeres vacíos, en las posesiones, en el dominio sobre los demás o en la imagen social: «Os doy mi paz; pero no como la da el mundo» (Jn 14,27).


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