El maná de cada día, 4.1.18

enero 4, 2018

 

4 de Enero. Feria de Navidad

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Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él

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ANTÍFONA DE ENTRADA: Salmo 111, 4

Una luz se levanta en las tinieblas para los hombres de corazón recto: el Dios clemente, justo y compasivo.


ORACIÓN COLECTA:

Ilumina, Señor, a tus fieles y alumbra sus corazones con la luz de tu gloria, para que siempre reconozcan a su Salvador y se adhieran a él con total entrega. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: 1 Juan 3, 7-10

Hijos míos, que nadie os engañe. Quien obra la justicia es justo, como él es justo. Quien comete el pecado es del diablo, pues el diablo peca desde el principio. El Hijo de Dios se manifestó para deshacer las obras del diablo.

Todo el que ha nacido de Dios no comete pecado, porque su germen permanece en él, y no puede pecar, porque ha nacido de Dios. En esto se reconocen los hijos de Dios y los hijos del diablo: todo el que no obra la justicia no es de Dios, ni tampoco el que no ama a su hermano.


SALMO 97

Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios.

Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas: su diestra le ha dado la victoria, su santo brazo.

Retumbe el mar y cuanto contiene, la tierra y cuantos la habitan; aplaudan los ríos, aclamen los montes.
Al Señor, que llega para regir la tierra. Regirá el orbe con justicia y los pueblos con rectitud.


ACLAMACIÓN: Hebreos 1, 1-2

En distintas ocasiones habló Dios antiguamente a nuestros padres por los profetas. Ahora, en esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo.


EVANGELIO: Juan 1, 35-42

En aquel tiempo, estaba Juan con dos de sus discípulos y, fijándose en Jesús que pasaba, dice: «Éste es el Cordero de Dios.»

Los dos discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús. Jesús se volvió y, al ver que lo seguían, les pregunta: «¿Qué buscáis?»
Ellos le contestaron: «Rabí (que significa Maestro), ¿dónde vives?»
Él les dijo: «Venid y lo veréis.»

Entonces fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día; serían las cuatro de la tarde. Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que oyeron a Juan y siguieron a Jesús; encuentra primero a su hermano Simón y le dice: «Hemos encontrado al Mesías (que significa Cristo).»

Y lo llevó a Jesús. Jesús se le quedó mirando y le dijo: «Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que se traduce Pedro).»


ANTÍFONA DE COMUNIÓN: 1 Juan 4, 9

En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él.
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FELIZ AÑO NUEVO, FELIZ DÍA NUEVO

Año nuevo, un camino que se pierde en el horizonte

Año nuevo, un camino que se pierde en el horizonte

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LA VIDA EN PROCESO

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Ofrecimiento de obras

al comienzo de cada jornada


El año nuevo que nos lo deseamos muy feliz podría quedar reducido a una pura formalidad y palabra hueca, si nos olvidamos de lo concreto: es decir, de los meses, semanas y días de que se compone. Porque en realidad, es en esos espacios temporales donde se juega la suerte del año. Por tanto, tu nuevo año será lo que sean: tu mes, tu semana y tu día, cada jornada.

El ciclo semanal es muy importante pues cada domingo aparcamos los afanes temporales y, como creyentes, tratamos de acercar el cielo a la tierra. Ensayamos el talante existencial que allá disfrutaremos: seremos como ángeles, todos iguales ante Dios, nos ocuparemos de alabarlo gozando de su amor y de la compañía de los hermanos.

Pero el ciclo diario es el más determinante para alcanzar la meta: un año nuevo 2013 pleno y feliz.

Tu año será lo que vaya siendo cada jornada de este año. El combate se libra en el día a día. Y la jornada se libra de manera significativa en el comienzo del día. La nueva jornada casi queda determinada en los primeros momentos del día. Si comienzas bien el nuevo día, ya tienes garantizada por lo menos la mitad de la victoria.

El comienzo del día debe ser un momento de diálogo sincero entre Dios y la persona. Se trata de un encuentro de dos voluntades que va a determinar y orientar positivamente toda la jornada. Tradicionalmente hemos denominado ese momento como ofrecimiento de obras, o del nuevo día. La renovación del diálogo con Dios supone para el creyente recoger todas sus potencialidades y entregarlas o consagrarlas a Dios desde el primer momento, antes de nada.

El ofrecimiento del día supone tomar posesión de nuestro ser y sentir, para orientarlo todo hacia Dios, en ese día concreto. Es como una recreación de nuestra identidad cristiana: renovación de nuestra condición filial hacia el Padre, toma de conciencia de nuestro compromiso con Cristo Salvador y de cercanía con el Espíritu más interior a nosotros que nosotros mismos.

Esta consagración matinal es también la actualización de nuestra vocación. Es un ejercicio que mantiene vivo el primer amor. Pues si la vocación no se actualiza, se petrifica, se vuelve pura rutina y ritualismo; la sal pierde el sabor. En la vida espiritual no podemos vivir de rentas. En la relación con Dios, como en las relaciones humanas, lo que no se renueva, se pudre. Hay que hacerla siempre nueva, cada día. Eso es lo que sirve y vale, porque nos permite disfrutar de la vida sacándole todo su jugo. Vivir de otra manera, no es vivir, no merece la pena.

Por eso decimos que toda vocación es “matinal”: cada mañana hay que estrenar una nueva ilusión por el Dios siempre sorprendente, Dios de vivos y no de muertos. El corazón de la enamorada está siempre en fiesta. Cada jornada deberíamos vivirla como “el día en que actuó el Señor”, fuente de gozo y alegría.

Alguien puede pensar: esto es muy difícil pues supone estar siempre comenzando… Cierto, es imposible para los humanos, pero posible para Dios. Y además, es lo que más le gusta: que le busquemos sin desmayar. San Agustín decía que si encontraba a Dios alguna vez sería para seguir buscándolo con mayor avidez.

Nosotros, como agustinos recoletos, al comenzar cada día debemos tomar conciencia de que somos buscadores de Dios, que deseamos convertirnos en sal de la tierra y luz del mundo; que debemos ser especialistas en la interioridad, en la práctica de la oración, en la experiencia de Dios. En fin, que queremos ser gloria de Dios en este día, para que todos cuantos nos vean y traten sean arrastrados hasta Dios.

El ofrecimiento de obras se puede realizar de muchas maneras. Un servidor va a utilizar la conocida “Oración de san Ignacio” como marco referencial para consagrarnos al Dios Uno y Trino, a cuya imagen y semejanza fuimos creados.

Si el hombre es hechura de Dios, necesariamente debe llevar impreso un parecido a Dios. Me fijaré en las facultades superiores del hombre: libertad, memoria, entendimiento y voluntad. La libertad la refiero a Dios, el único Señor. La memoria la relaciono con Dios Padre; el entendimiento lo refiero al Verbo, a Dios Hijo; y la voluntad, a Dios Espíritu. Pero no de manera exclusiva pues hablaremos también de los sentidos.

A continuación comentaré la oración “Tomad, Señor”, aplicada a Dios Uno y Trino. El texto dice: Tomad, Señor, y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad. Todo mi haber y mi poseer tú me lo diste; a ti, Señor, lo devuelvo. Todo es vuestro. Disponed de mí, Señor, según vuestra santa voluntad. Dadme vuestro amor y vuestra gracia, que eso me basta. Hago ahora el comentario.

“Tomad, Señor, y recibid toda mi libertad”.

Nuestro Dios es un solo Señor que merece toda nuestra sumisión, adoración y alabanza. En la Biblia se nos manda: “Al Señor tu Dios adorarás, a él solo servirás, con toda tu mente, con todo tu corazón, con todo tu ser”. Nuestra libertad representa la posibilidad de elegir, de decidir; la libertad nos presenta muchas opciones; ella nos ofrece un abanico de posibilidades.

Pues bien, al consagrarle nuestra libertad, elegimos libremente a Dios como nuestra única opción y, consiguientemente, renunciamos a toda otra posibilidad, a toda “aventura” fuera de Dios, a todo cuanto pudiéramos imaginar, soñar, tantear, indagar… al margen de Dios o contra Dios.

Reconocemos a Dios como a nuestro único señor y soberano absoluto, y no queremos tener la libertad del libertinaje, sino la libertad de los hijos de Dios; elegimos la total sumisión a Dios como expresión del máximo amor, agradecimiento y fidelidad; paradójicamente, fuente de la mayor libertad, de la mayor felicidad por descansar sólo en Dios.

Después de esta consagración a Dios como único soberano, ahora nos consagramos a Dios Padre, Hijo y Espíritu.

“Mi memoria”

Tomad, Señor, mi memoria; nos dirigimos a Dios Padre. Él es la fuente primigenia, el origen de todo, el que toma toda iniciativa, aquel de quien todos hemos recibido gracia tras gracia; el que ha pensando en todo y en todos, el que ha soñado con crearnos y darnos vida en abundancia, el que lo ha dispuesto todo desde el principio, con sabiduría y amor.

A él le consagramos la memoria, la facultad de recordar, para que siempre nos acordemos del plan que Dios Padre ha tenido desde el principio sobre nosotros, es decir, el proyecto que más le gustó sobre cada persona, como ser único. Para que nosotros no queramos otra cosa fuera de lo que el Padre soñó, le gustó y dispuso.

Entonces, yo, respondiendo a ese amor, quiero que mi memoria me recuerde siempre que el Padre Dios ha pensado desde siempre en mí, que ha hecho proyectos sobre mi vida, que espera mucho de mí, que tiene una gran expectativa e ilusión sobre mi vida. En fin, que quiere verme plenamente feliz ahora y por siempre junto a él.

Cuando perdemos la memoria sobre Dios, quedamos sin norte y perdemos el sentido de nuestra vida; todo parece sin sentido y como absurdo. Cuando el pueblo judío salió de Egipto el espíritu malo le hacía olvidar los prodigios que Dios había obrado en su favor y entonces comenzaba a quejarse y a renegar de Dios y de Moisés.

Nosotros necesitamos, por tanto, recordar cada mañana lo que el Padre Dios espera de cada uno de nosotros en este día. No hay días grises ni tiempos muertos. Todo está habitado por las expectativas de un Dios que nos ama con pasión desde siempre, y que nunca se cansa de nosotros. Este recuerdo será un estímulo eficaz de renovación personal y de entusiasmo en el servicio de Dios y de los hermanos que debe vertebrar toda nuestra jornada.

“Mi entendimiento”.-

Tomad, Señor, mi entendimiento; nos dirigimos a Dios Hijo, al Verbo, a la Palabra. El Verbo es la expresión del amor del Padre, todo lo ha pensado, ideado y creado en él y por él. Nada ha hecho fuera del Verbo. Él es el arquetipo en el que todo ha sido pensado y creado. Por tanto, todo tiene en él su explicación, la clave de su comprensión, y el sentido de su misterio. Nada es inteligible fuera de La Palabra. Nada ha sido pronunciado fuera de ella.

Entonces nosotros a La Palabra en persona le confiamos nuestra capacidad de entender y comprender, se la consagramos: todo lo que yo quiera saber lo quiero saber en Cristo, quiero entenderlo todo en él.

Podemos rezar: Señor Jesús, yo quiero que tú seas mi única sabiduría, mi único saber y conocer. Te reconozco como la única Palabra que el Padre nos ha dado para conocerlo todo en él. En ti, Señor Jesús, nos lo ha dado todo. Ya no tengo necesidad de preguntar ni de buscar nada fuera de ti. Por tanto, en este día, no quiero saber ni entender nada fuera de ti; renuncio a buscar, “curiosear o a soñar algo” al margen y contra ti, durante esta jornada. Tú eres, Jesús, mi único Señor.

“Mi voluntad”.-

Tomad, Señor, mi voluntad; nos dirigimos al Espíritu Santo. El Espíritu Santo es la comunión en persona. Lo suyo es relacionar y unir a los demás poseyéndolos de alguna manera: en este caso al Padre y al Hijo. Por tanto, el Espíritu es la fuerza que mueve al Padre a engendrar y a proyectarse en el Hijo. Y es la energía que impulsa al Hijo a volverse al Padre en obediencia y glorificación.

Por eso decimos que es el Espíritu del Padre y del Hijo: Espíritu de paternidad y Espíritu de filiación. De esta manera viene a ser el abrazo del Padre y del Hijo, la comunicación entre ambos que florece en comunión íntima. El Espíritu crea la comunidad, es puro don. Más que la simpatía de Dios es la empatía de Dios: la interpenetración de las tres divinas personas formando una sola e inefable comunión de vida, libertad y amor. El Espíritu representa la consolación, la parte afectiva de Dios. El descanso en el amor.

Por eso, al Espíritu le consagramos, desde el comienzo de este nuevo día, nuestra afectividad y la voluntad, nuestra capacidad de sentir y de experimentar. Deseamos gozar hoy con las cosas de Dios, experimentar cuán bueno es el Señor. No queremos encontrar consuelo ni felicidad al margen de Dios: no querer gozarse, durante este día, en nada que no sea el Espíritu de Dios.

No agradarme en nada que esté al margen de Dios o contra él. Que no me contente con ser bueno en mi corazón, sino que me guste parecerlo. Que encuentre mi reposo en las realidades del Espíritu. Quiero experimentar hoy lo que dice el salmista: ”Gustad y ved qué bueno es el Señor”.

Resumiendo esta interpretación y comentario, ahora podríamos parafrasear la oración original de la siguiente manera:

Tomad, Señor, y recibid toda mi libertad, de manera que te esté plenamente sometido, adorándote como a mi único Señor. Tomad mi memoria, para acordarme siempre de ti, Padre bueno, que tanto esperas de mí. Tomad mi entendimiento, Señor Jesús, para que te conozca cada vez mejor y tenga por basura cualquiera otra sabiduría fuera de ti. Tomad, Espíritu Santo, mi voluntad, para que me complazca solamente en las cosas de Dios, para que pueda experimentar lo bueno que es el Señor; para que no encuentre gusto alguno ni en el error ni en el pecado.

La oración continúa: “Todo cuanto soy y poseo tú me lo diste, Señor; a ti lo devuelvo. Todo es vuestro. Disponed de mí, Señor, según vuestra santa voluntad. Dadme vuestro amor y vuestra gracia que esto me basta”. Con Carlos de Foucauld concluimos: haz de mí lo que quieras; sea lo que sea, te doy gracias. Porque de ti nada malo me puede venir. Te lo ofrezco todo, con ilimitada confianza porque tú eres mi Padre.

En esta última parte de la oración queremos expresar la consagración de toda la persona integralmente tomada: incluyendo las distintas dimensiones, estratos o áreas de nuestra personalidad: el mundo inconsciente, la realidad afectiva y emocional, y el ámbito de la sensibilidad o de los sentidos.

La unión con Dios que acontece en el santuario de la conciencia del creyente a través de las potencias superiores, memoria, entendimiento y voluntad, se proyecta hacia el exterior por los sentimientos y los sentidos, y a la vez es “afectada” por las impresiones y los estímulos que nos llegan de fuera.

Por tanto, la conversión del corazón y la consiguiente vida en el Espíritu, para que sean verdaderas, estables y plenas, deben involucrar necesariamente los sentidos; es decir, toda la persona.

Por eso, ahora le consagramos a Dios los sentidos por los que nos ponemos en contacto con las cosas y con los hermanos: queremos llenarlo todo con la luz divina. Que durante este nuevo día nuestros ojos trasmitan la mirada de Dios, que nuestras palabras sean creadoras como las de Dios, que todas nuestras acciones hablen “de Dios” porque nosotros estamos hablando “a Dios”, orando en medio de su creación.

A la vez pedimos que todo cuanto nos llegue de fuera lo recibamos como un don divino. Cuanto palpemos en este día, incluida la contrariedad, sea todo sentido como una caricia de Dios, porque él lo dispone todo para nuestro bien. Nada nos podrá entonces separar del amor de Dios. Así seremos capaces de ver a Dios en todos los acontecimientos, pues todo lo veremos como habitado por su presencia misteriosa. Nuestros sentidos nos harán permeables a la presencia y a la acción siempre creadora de Dios.

Concluimos, mis estimados amigos y amigas,

diciendo que toda nuestra persona quedaría consagrada a Dios desde el comienzo del día. Este ejercicio refuerza necesariamente la conciencia de la inhabitación de la Santísima Trinidad en lo más nuclear de nuestra personalidad.

También podríamos ejercitarnos en actos de fe, esperanza y caridad, que son las virtudes teologales que nos relacionan directamente con Dios. Pero esto lo dejamos para otra ocasión.

Que lo dicho nos sirva para comenzar este nuevo año siendo nuevos nosotros mismos haciendo de cada día un día realmente nuevo en el que actúe el Señor. Así labraremos, jornada a jornada, el feliz año nuevo 2013 que nos hemos deseado todos: año de gracia y de bendición del Señor. Amén.

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El maná de cada día, 27.12.17

diciembre 27, 2017

San Juan. Apóstol y evangelista

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Toda la vida de Juan estuvo centrada en su Señor y Maestro



Antífona de entrada

Este es el apóstol Juan, que durante la cena reclinó su cabeza en el pecho del Señor. Este es el apóstol que conoció los secretos divinos y difundió la palabra de vida por toda la tierra.


Oración colecta

Dios y Señor nuestro, que nos has revelado por medio del apóstol san Juan el misterio de tu Palabra hecha carne; concédenos, te rogamos, llegar a comprender y amar de corazón lo que tu apóstol nos dio a conocer. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: 1 Juan 1, 1-4

Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos: la Palabra de la vida (pues la vida se hizo visible), nosotros la hemos visto, os damos testimonio y os anunciamos la vida eterna que estaba con el Padre y se nos manifestó.

Eso que hemos visto y oído os lo anunciamos, para que estéis unidos con nosotros en esa unión que tenemos con el Padre y con su Hijo Jesucristo. Os escribimos esto, para que nuestra alegría sea completa.


SALMO 96, 1-2.5-6.11-12

Alegraos, justos, con el Señor.

El Señor reina, la tierra goza, se alegran las islas innumerables. Tiniebla y nube lo rodean, justicia y derecho sostienen su trono.

Los montes se derriten como cera ante el dueño de toda la tierra; los cielos pregonan su justicia, y todos los pueblos contemplan su gloria.

Amanece la luz para el justo, y la alegría para los rectos de corazón. Alegraos, justos, con el Señor, celebrad su santo nombre.


Aclamación antes del Evangelio

A ti, oh Dios, te alabamos, a ti, Señor, te reconocemos. A ti te ensalza el glorioso coro de los apóstoles.


EVANGELIO: Juan 20, 2-8

El primer día de la semana, María Magdalena echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quien tanto quería Jesús, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto.»

Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; y, asomándose, vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte.

Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó.
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Antífona de comunión: Juan 1, 14. 16

La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros. De su plenitud todos hemos recibido.
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La misma vida se ha manifestado en la carne

De los tratados de san Agustín, obispo,
sobre la primera carta de san Juan

Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos: la Palabra de la vida. ¿Quién es el que puede tocar con sus manos a la Palabra, si no es porque la Palabra se hizo carne y acam­pó entre nosotros?

Esta Palabra, que se hizo carne, para que pudiera ser tocada con las manos, comenzó siendo carne cuando se­ encarnó en el seno de la Virgen María; pero no en ese momento comenzó a existir la Palabra, porque el mismo san Juan dice que existía desde el principio. Ved cómo concuerdan su carta y su evangelio, en el que hace poco oísteis: En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios.

Quizá alguno entienda la expresión «la Palabra de la vida» como referida a la persona de Cristo y no al mismo cuerpo de Cristo, que fue tocado con las manos. Fijaos en lo que sigue: Pues la vida se hizo visible. Así, pues, Cristo es la Palabra de la vida.

¿Y cómo se hizo visible? Existía desde el principio, pero no se había manifestado a los hombres, pero sí a los ángeles, que la contemplaban y se alimentaban de ella, como de su pan. Pero, ¿qué dice la Escritura? El hombre comió pan de ángeles.

Así, pues, la Vida misma se ha manifestado en la carne, para que, en esta manifestación, aquello que sólo podía ser visto con el corazón fuera también visto con los ojos, y de esta forma sanase los corazones. Pues la Palabra se ve sólo con el corazón, pero la carne se ve también con los ojos corporales.

Éramos capaces de ver la carne, pero no lo éramos de ver la Palabra. La Palabra se hizo carne, a la cual podemos ver, para sanar en nosotros aquello que nos hace capaces de ver la Palabra.

Os damos testimonio y os anunciamos la vida eterna que estaba con el Padre y se nos manifestó, es decir, se ha manifestado entre nosotros, y, para decirlo aún más claramente, se manifestó en nosotros.

Eso que hemos visto y oído os lo anunciamos. Que vuestra caridad preste atención: Eso que hemos visto y oído os lo anunciamos. Ellos vieron al mismo Señor pre­sente en la carne, oyeron las palabras de su boca y lo han anunciado a nosotros. Por tanto, nosotros hemos oído, pero no hemos visto.

Y por ello, ¿somos menos afortunados que aquellos que vieron y oyeron? ¿Y cómo es que añade: Para que estéis unidos con nosotros? Aquéllos vieron, nosotros no; y, sin embargo, estamos en comunión, pues poseemos una misma fe.

En esa unión que tenemos con el Padre y con su Hijo Jesucristo. Os escribimos esto, para que nuestra alegría sea completa. La alegría completa es la que se encuentra en la misma comunión, la misma caridad, la misma unidad.

Oración

Dios y Señor nuestro, que nos has revelado por medio del apóstol san Juan el misterio de tu Palabra hecha carne, concédenos, te rogamos, llegar a comprender y a amar de corazón lo que tu apóstol nos dio a conocer. Por nuestro Señor Jesucristo.


Confesiones de san Agustín. I. 5.5; 5.6

diciembre 1, 2017

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¿Que soy yo para ti, Dios mío? ¿Qué eres tú para mí…?

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¿Qué soy yo para ti, Dios mío? ¿Qué eres tú para mí?  (Conf. Libro I, 5.5; 5.C6)

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5. ¿Quién me dará descansar en ti? ¿Quién me dará que vengas a mi corazón y le embriagues, para que olvide mis maldades y me abrace contigo, único bien mío? ¿Qué es lo que eres para mí? Apiádate de mí para que te lo pueda decir.

¿Y qué soy yo para ti para que me mandes que te ame y si no lo hago te aíres contra mí y me amenaces con ingentes miserias?14  ¿Acaso es ya pequeña la misma de no amarte? ¡Ay de mí! Dime por tus misericordias, Señor y Dios mío, qué eres para mí. Di a mi alma: «Yo soy tu salud»15. Dilo de forma que yo lo oiga.

Los oídos de mi corazón están ante ti, Señor; ábrelos y di a mi alma: «Yo soy tu salud». Que yo corra tras esta voz y te dé alcance. No quieras esconderme tu rostro. Muera yo para que no muera y pueda así verle16.

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6. Angosta es la casa de mi alma para que vengas a ella: sea ensanchada por ti. Ruinosa está: repárala. Hay en ella cosas que ofenden tus ojos: lo confieso y lo sé; pero ¿quién la limpiará o a quién otro clamaré fuera de ti: De los pecados ocultos líbrame, Señor, y de los ajenos perdona a tu siervo?17

Creo, por eso hablo18. Tú lo sabes, Señor. ¿Acaso no he confesado ante ti mis delitos contra mí, ¡oh Dios mío!, y tú has remitido la impiedad de mi corazón?19 No quiero contender en juicio contigo, que eres la verdad, y no quiero engañarme a mí mismo, para que no se engañe a sí misma mi iniquidad20.

No quiero contender en juicio contigo, porque si miras a las iniquidades, Señor, ¿quién, Señor, subsistirá?21

http://www.augustinus.it/spagnolo/confessioni/index.htm


El maná de cada día, 1.12.17

diciembre 1, 2017

Viernes de la 34ª semana del Tiempo Ordinario

Tercer día de la novena a la Inmaculada Concepción
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Cuanto germina en la tierra, bendiga al Señor.



PRIMERA LECTURA: Daniel 7, 2-14

Yo, Daniel, tuve una visión nocturna: los cuatro vientos del cielo agitaban el océano. Cuatro fieras gigantescas salieron del mar, las cuatro distintas.

La primera era como un león con alas de águila; mientras yo miraba, le arrancaron las alas, la alzaron del suelo, la pusieron de pie como un hombre y le dieron mente humana.

La segunda era como un oso medio erguido, con tres costillas en la boca, entre los dientes. Le dijeron: «¡Arriba! Come carne en abundancia.»

Después vi otra fiera como un leopardo, con cuatro alas de ave en el lomo y cuatro cabezas. Y le dieron el poder.

Después tuve otra visión nocturna: una cuarta fiera, terrible, espantosa, fortísima; tenía grandes dientes de hierro, con los que comía y descuartizaba, y las sobras las pateaba con las pezuñas. Era diversa de las fieras anteriores, porque tenía diez cuernos.

Miré atentamente los cuernos y vi que entre ellos salía otro cuerno pequeño; para hacerle sitio, arrancaron tres de los cuernos precedentes. Aquel cuerno tenía ojos humanos y una boca que profería insolencias.

Durante la visión, vi que colocaban unos tronos, y un anciano se sentó; su vestido era blanco como nieve, su cabellera como lana limpísima; su trono, llamas de fuego; sus ruedas, llamaradas. Un río impetuoso de fuego brotaba delante de él. Miles y miles le servían, millones estaban a sus órdenes.

Comenzó la sesión y se abrieron los libros. Yo seguía mirando, atraído por las insolencias que profería aquel cuerno; hasta que mataron a la fiera, la descuartizaron y la echaron al fuego. A las otras fieras les quitaron el poder, dejándolas vivas una temporada.

Mientras miraba, en la visión nocturna vi venir en las nubes del cielo como un hijo de hombre, que se acercó al anciano y se presentó ante él. Le dieron poder real y dominio; todos los pueblos, naciones y lenguas lo respetarán. Su dominio es eterno y no pasa, su reino no tendrá fin.


SALMO: Dn 3, 75.76.77.78.79.80.81

Ensalzadlo con himnos por los siglos.

Montes y cumbres, bendecid al Señor.

Cuanto germina en la tierra, bendiga al Señor.

Manantiales, bendecid al Señor.

Mares y ríos, bendecid al Señor.

Cetáceos y peces, bendecid al Señor.

Aves del cielo, bendecid al Señor.

Fieras y ganados, bendecid al Señor.


Aclamación antes del Evangelio: Lc 21, 28

Levantaos, alzad la cabeza: se acerca vuestra liberación.



EVANGELIO: Lucas 21, 29-33

En aquel tiempo, expuso Jesús una parábola a sus discípulos:

«Fijaos en la higuera o en cualquier árbol: cuando echan brotes, os basta verlos para saber que el verano está cerca. Pues, cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que está cerca el reino de Dios.

Os aseguro que antes que pase esta generación todo eso se cumplirá. El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán.»
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PENSAMIENTO LIBRE

Papa Francisco en Casa Santa Marta
Viernes 29 de noviembre de 2013

Una invitación a «pensar en cristiano», porque «un cristiano no piensa sólo con la cabeza, piensa también con el corazón y con el espíritu que tiene dentro», dirigió el Papa Francisco el viernes 29 de noviembre. Una invitación especialmente actual en un contexto social donde —destacó el Pontífice— se insinúa cada vez más «un pensamiento débil, un pensamiento uniforme, un pensamiento pret-à-porter».

El Papa centró su reflexión en el pasaje evangélico de Lucas (21, 29-33) propuesto durante la liturgia, donde el Señor «con ejemplos sencillos enseña a los discípulos a comprender lo que sucede». En este caso, Jesús invita a observar «la planta de higo y todos los árboles», porque cuando brotan se comprende que el verano está cerca.

En otros contextos el Señor usa ejemplos análogos para reprender a los fariseos que no quieren comprender «los signos de los tiempos»; quienes no ven «el paso de Dios en la historia», en la historia del pueblo de Israel, en la historia del corazón del hombre, «en la historia de la humanidad».

La enseñanza, según el Santo Padre, es que «Jesús con palabras sencillas alienta a pensar para comprender». Y es una invitación a pensar «no sólo con la cabeza», sino también «con el corazón, con el espíritu», con todo nosotros mismos. Es esto, precisamente, “pensar en cristiano”, para poder «comprender los signos de los tiempos». Y a quienes no comprenden, como sucede en el caso de los discípulos de Emaús, Cristo les define «necios y tardos de corazón».

Porque —explicó— quien «no comprende las cosas de Dios es una persona así», necia y dura de entendimiento, mientras que «el Señor quiere que comprendamos lo que sucede en nuestro corazón, en nuestra vida, en el mundo, en la historia»; y entendamos «el significado de lo que sucede ahora». En efecto, en las respuestas a estas preguntas es donde podemos individuar «los signos de los tiempos».

Sin embargo, no siempre las cosas suceden así. Hay un enemigo al acecho. Es «el espíritu del mundo», que —recordó el Papa— «nos hace otras propuestas». Porque «no nos quiere como pueblo, nos quiere masa. Sin pensamiento y sin libertad». El espíritu del mundo, en esencia, nos empuja a lo largo de «un camino de uniformidad, pero sin ese espíritu que forma el cuerpo de un pueblo», tratándonos «como si no tuviésemos la capacidad de pensar, como personas sin libertad».

Al respecto el Papa Francisco clarificó expresamente los mecanismos de persuasión oculta: existe un determinado modo de pensar que debe ser impuesto, «se hace publicidad de este pensamiento» y «se debe pensar» de ese modo. Es «el pensamiento uniforme, el pensamiento homogéneo, el pensamiento débil»; lamentablemente, un pensamiento «muy difundido», comentó el Obispo de Roma.

En la práctica «el espíritu del mundo no quiere que nos preguntemos delante de Dios: ¿por qué sucede ésto?». Y para distraernos de las preguntas esenciales, «nos propone un pensamiento pret-à-porter, según nuestros gustos: yo pienso como me gusta». Este modo de pensar «es correcto» para el espíritu del mundo; mientras que lo que él «no quiere es lo que nos pide Jesús: el pensamiento libre, el pensamiento de un hombre y de una mujer que son parte del pueblo de Dios». Por lo demás, «la salvación ha sido precisamente ésta: hacernos pueblo, pueblo de Dios. Tener libertad». Porque «Jesús nos pide que pensemos libremente, pensar para comprender lo que sucede».

Cierto, advirtió el Papa Francisco, «solos no podemos» hacer todo: «necesitamos la ayuda del Señor, necesitamos al Espíritu Santo para comprender los signos de los tiempos». En efecto, es precisamente el Espíritu quien nos dona «la inteligencia para comprender». Se trata de un regalo personal realizado a cada hombre, gracias al cual «yo debo comprender por qué me sucede esto a mí» y «cuál es el camino que el Señor quiere» para mi vida.

De aquí la exhortación conclusiva a «pedir al Señor Jesús la gracia que nos envíe su espíritu de inteligencia», para que «no tengamos un pensamiento débil, un pensamiento uniforme, un pensamiento según nuestros gustos», para tener, en cambio, «sólo un pensamiento según Dios». Y «con este pensamiento —de mente, de corazón y de alma— que es don del Espíritu», buscar comprender «qué significan las cosas, comprender bien los signos de los tiempos».

http://www.vatican.va

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NOVENA A LA INMACULADA CONCEPCIÓN

milagrosa

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DÍA TERCERO

La Anunciación


Dijo María: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.” (Lc 1,38)

Oración

Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios; no desprecies las plegarias que te dirigimos en nuestras necesidades; antes bien, líbranos siempre de todo peligro, ¡oh Virgen gloriosa y bendita!

Reflexión

Los teólogos sostienen que seguramente María sería una adolescente cuando el Ángel Gabriel le transmitió el anuncio de salvación de parte de Dios. Ese día, Dios reveló a María su vocación y el papel que jugaría en la salvación del mundo. Le reveló que él tenía un Hijo que vendría al mundo para salvar a todos los hombres del pecado, la muerte y el dominio de Satanás.

Dios le pidió a María, la nueva Eva, que fuera la madre virgen de su Hijo eterno. Su plan dependía del “Sí” de María. Dios quería abrir las compuertas de la misericordia a la humanidad a través del consentimiento de María para ser la Madre virgen de Dios hecho hombre. Dios, que no necesita a nadie para hacer lo que se propone, quiso enviarnos a su Hijo a través del asentimiento de fe de María.

María ofició ante Dios de representante del Pueblo de Israel, y más aún, de todo el género humano. En ese momento, todo dependió de su fiat, de su hágase en mí según tu palabra. En el Concilio Vaticano II, la Iglesia enfatizó la idea de la participación activa de María en la redención del mundo. Los Padres conciliares recordaron las palabras de San Ireneo de Lyon, obispo del siglo II.

Así María, hija de Adán, al aceptar el mensaje divino, se convirtió en Madre de Jesús, y al abrazar de todo corazón y sin entorpecimiento de pecado alguno la voluntad salvífica de Dios, se consagró totalmente como esclava del Señor a la persona y a la obra de su Hijo, sirviendo con diligencia al misterio de la redención con El y bajo El, con la gracia de Dios omnipotente.

Con razón, pues, piensan los Santos Padres que María no fue un instrumento puramente pasivo en las manos de Dios, sino que cooperó a la salvación de los hombres con fe y obediencia libres. Como dice San Ireneo, “obedeciendo, se convirtió en causa de salvación para sí misma y para todo el género humano.” Por eso no pocos Padres antiguos afirman gustosamente con él en su predicación que “el nudo de la desobediencia de Eva fue desatado por la obediencia de María; que lo atado por la virgen Eva con su incredulidad, fue desatado por la virgen María mediante su fe;” y comparándola con Eva, llaman a María «Madre de los vivientes,” afirmando aún con mayor frecuencia que “la muerte vino por Eva, la vida por María” (Lumen Gentium, 56).

A través del poder del Altísimo que la cubrió con su sombra, María abrazó a Cristo, primero con su mente por la fe, luego con su corazón por medio de la esperanza y la caridad, y finalmente con su cuerpo mediante el milagro que sólo Dios podía realizar. Ella consintió con todo su ser su maternidad virginal con la plena conciencia de que su hijo se llamaría Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados (Mateo 1,21). Con su fiat, María nos dio a Jesús, por lo cual en los planes de Dios, es la humana causa de nuestra salvación. Todo lo bueno en nuestras vidas, lo debemos a María, la Causa de nuestra alegría.


Oración

Dios, Padre Todopoderoso, cuando María se entregó a tu Palabra, concibió a Cristo primero en su mente por la fe, después en su corazón por la esperanza y el amor, y finalmente en su cuerpo por obra de tu Espíritu Santo. Gracias a su deseo de ser la madre de tu Hijo, María abrió para todos los hombres las compuertas de tu amor misericordioso. Que ella ayude a todos los hombres a vivir en fe, esperanza y caridad, obedeciendo tu voluntad. Que ella nos recuerde siempre que lo que Tú quieres es dar la salvación a nuestros hermanos por medio de nuestra fe y buenas obras. Ayúdanos a aceptar plenamente nuestra responsabilidad en la lucha contra la cultura de la muerte y la promoción de la cultura de la vida en nuestra sociedad. Te lo pedimos por Cristo, Nuestro Señor. Amén.


V. Oh María, sin pecado concebida.
R. Ruega por nosotros que recurrimos a Ti.


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Las Confesiones de san Agustín, I, 4.4

noviembre 29, 2017

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Las Confesiones de san Agustín, alabanzas, diálogos y consideraciones llenos del amor a Dios

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¿Qué eres, Dios mío? (Conf. Libro I, 4.4)

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4. Pues ¿qué es entonces mi Dios? ¿Qué, repito, sino el Señor Dios? ¿Y qué Señor hay fuera del Señor o qué Dios fuera de nuestro Dios?11

Sumo, óptimo, poderosísimo, omnipotentísimo, misericordiosísimo y justísimo; secretísimo y presentísimo, hermosísimo y fortísimo, estable e incomprensible, inmutable, mudando todas las cosas; nunca nuevo y nunca viejo; renueva todas las cosas y conduce a la vejez a los soberbios sin ellos saberlo; siempre obrando y siempre en reposo; siempre recogiendo y nunca necesitado; siempre sosteniendo, llenando y protegiendo; siempre creando, nutriendo y perfeccionando; siempre buscando y nunca falto de nada.

Amas y no sientes pasión; tienes celos y estás seguro; te arrepientes y no sientes dolor; te aíras y estás tranquilo; mudas de obra, pero no de consejo; recibes lo que encuentras y nunca has perdido nada; nunca estás pobre y te gozas con los lucros; no eres avaro y exiges usuras12.

Te ofrecemos de más para hacerte nuestro deudor; pero ¿quién es el que tiene algo que no sea tuyo, pagando tú deudas que no debes a nadie y perdonando deudas, sin perder nada con ello?13

¿Y qué es cuanto hemos dicho, Dios mío, vida mía, dulzura mía santa, o qué es lo que puede decir alguien cuando habla de ti? Al contrario, ¡ay de los que te silencian, porque no son más que mudos charlatanes!

http://www.augustinus.it/spagnolo/confessioni/index.htm


El maná de cada día, 26.11.17

noviembre 25, 2017

Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo

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Cuanto hicisteis con uno de éstos mis pequeños, conmigo lo hicisteis

Venga a nosotros tu Reino



Antífona de entrada: Ap 5, 12; 1, 6

Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza y el honor. A él la gloria y el poder por los siglos de los siglos.


Oración colecta

Dios todopoderoso y eterno, que quisiste fundar todas las cosas en tu Hijo muy amado, Rey del Universo, haz que toda la creación, liberada de la esclavitud del pecado, sirva a tu majestad y te glorifique sin fin. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: Ezequiel 34, 11-12. 15-17

Así dice el Señor Dios:

«Yo mismo en persona buscaré a mis ovejas, siguiendo su rastro.

Como sigue el pastor el rastro de su rebaño, cuando las ovejas se le dispersan, así seguiré yo el rastro de mis ovejas y las libraré, sacándolas de todos los lugares por donde se desperdigaron un día de oscuridad y nubarrones.

Yo mismo apacentaré mis ovejas, yo mismo las haré sestear -oráculo del Señor Dios-.

Buscaré las ovejas perdidas, recogeré a las descarriadas; vendaré a las heridas; curaré a las enfermas: a las gordas y fuertes las guardaré y las apacentaré como es debido.

Y a vosotras, mis ovejas, así dice el Señor: Voy a juzgar entre oveja y oveja, entre carnero y macho cabrio.»


SALMO 22, 1-2a. 2b-3. 5. 6

El señor es mi pastor, nada me falta.

El Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar.

Me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas; me guía por el sendero justo, por el honor de su nombre.

Preparas una mesa ante mí, enfrente de mis enemigos; me unges la cabeza con perfume, y mi copa rebosa.

Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida, y habitaré en la casa del Señor por años sin término.


SEGUNDA LECTURA: 1 Corintios 15, 20-26. 28

Hermanos:

Cristo resucitó de entre los muertos: el primero de todos.

Si por un hombre vino la muerte, por un hombre ha venido la resurrección. Si por Adán murieron todos, por Cristo todos volverán a la vida.

Pero cada uno en su puesto: primero Cristo, como primicia; después, cuando él vuelva, todos los que son de Cristo; después los últimos, cuando Cristo devuelva a Dios Padre su reino, una vez aniquilado todo principado, poder y fuerza.’

Cristo tiene que reinar hasta que Dios haga de sus enemigos estrado de sus pies. El último enemigo aniquilado será la muerte.

Y, cuando todo esté sometido, entonces también el Hijo se someterá a Dios, al que se lo había sometido todo. Y así Dios lo será todo para todos.


Aclamación antes del Evangelio: Mc 11, 9b-10a

Bendito el que viene en nombre del Señor. Bendito el reino que llega, el de nuestro padre David.


EVANGELIO: Mateo 25, 31-46

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«Cuando venga en su gloria el Hijo del hombre, y todos los ángeles con él, se sentará en el trono de su gloria, y serán reunidas ante él todas las naciones.

Él separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas, de las cabras. Y pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda.

Entonces dirá el rey a los de su derecha: “Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme.”

Entonces los justos le contestarán: “Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?”

Y el rey les dirá: “Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis.”

Y entonces dirá a los de su izquierda: “Apartaos de mi, malditos, id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, fui forastero y no me hospedasteis, estuve desnudo y no me vestisteis, enfermo y en la cárcel y no me visitasteis.

Entonces también éstos contestarán: “Señor, ¿cuándo te vimos con hambre o con sed, o forastero o desnudo, o enfermo o en la cárcel, y no te asistirnos?”

Y él replicará: “Os aseguro que cada vez que no lo hicisteis con uno de éstos, los humildes, tampoco lo hicisteis conmigo.”

Y éstos irán al castigo eterno, y los justos a la vida eterna.»


Antífona de comunión: Sal 28, 10-11

El Señor se sienta como rey eterno, el Señor bendice a su pueblo con la paz.


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VENGA A NOSOTROS TU REINO

Orígenes. Opúsculo sobre la oración 25

Si, como dice nuestro Señor y Salvador, el reino de Dios no vendrá espectacularmente, ni anunciarán que está aquí o está allí, sino que el reino de Dios está dentro de nosotros, pues la palabra está cerca de nosotros, en los labios y en el corazón, sin duda, cuando pedimos que venga el reino de Dios, lo que pedimos es que este reino de Dios, que está dentro de nosotros, salga afuera, produzca fruto y se vaya perfeccionando.

Efectivamente, Dios reina ya en cada uno de los santos, ya que éstos se someten a su ley espiritual, y así Dios habita en ellos como en una ciudad bien gobernada. En el alma perfecta está presente el Padre, y Cristo reina en ella, junto con el Padre, de acuerdo con aquellas palabras del Evangelio: Vendremos a él y haremos morada en él.

Este reino de Dios que está dentro de nosotros llegará, con nuestra cooperación, a su plena perfección cuando se realice lo que dice el Apóstol, esto es, cuando Cristo, una vez sometidos a él todos sus enemigos, entregue a Dios Padre su reino, y así Dios lo será todo para todos.

Por esto, rogando incesantemente con aquella actitud interior que se hace divina por la acción del Verbo, digamos a nuestro Padre que está en los cielos: Santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino.

Con respecto al reino de Dios, hay que tener también esto en cuenta: del mismo modo que no tiene que ver la luz con las tinieblas, ni la justicia con la maldad, ni pueden estar de acuerdo Cristo y el diablo, así tampoco pueden coexistir el reino de Dios y el reino del pecado.

Por consiguiente, si queremos que Dios reine en nosotros, procuremos que de ningún modo el pecado siga dominando nuestro cuerpo mortal, antes bien, mortifiquemos todo lo terreno que hay en nosotros y fructifiquemos por el Espíritu; de este modo, Dios se paseará por nuestro interior como por un paraíso espiritual y reinará en nosotros él solo con su Cristo, el cual se sentará en nosotros a la derecha de aquella virtud espiritual que deseamos alcanzar: se sentará hasta que todos sus enemigos que hay en nosotros sean puestos por estrado de sus pies, y sean reducidos a la nada en nosotros todos los principados, todos los poderes y todas las fuerzas.

Todo esto puede realizarse en cada uno de nosotros, y el último enemigo, la muerte, puede ser reducido a la nada, de modo que Cristo diga también en nosotros: ¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón?

Ya desde ahora este nuestro ser, corruptible, debe vestirse de santidad y de incorrupción, y este nuestro ser, mortal, debe revestirse de la inmortalidad del Padre, después de haber reducido a la nada el poder de la muerte, para que así, reinando Dios en nosotros, comencemos a disfrutar de los bienes de la regeneración y de la resurrección.


EL ARTE DE BENDECIR A DISCRECIÓN

COMO REQUISITO PARA ENTRAR AL REINO DE CRISTO

La fiesta de Cristo Rey es una oportunidad para revisar nuestras actitudes ante el reinado de Cristo: ¿Le permitimos establecer su reinado dentro de nosotros mismos?

Si él es Rey, su reinado es único y nuestra mayor dicha consistirá en ofrecerle nuestra obediencia obsequiosa y nuestra total y gozosa pleitesía, no tanto de siervos, sino de verdaderos amigos.

Por tanto, nuestra felicidad consiste en trabajar por el Reino de Cristo, comenzando por nosotros mismos. Se nos dijo: El Reino no está aquí o allá, está dentro de vosotros mismos.

Estimado hermano, apreciable hermana: hoy te propongo vivir de manera gloriosa en el Reino de Cristo. ¿Sabes cómo? Bendiciendo a discreción: ejercitándote en el arte de la bendición. Es decir, sintonizando con el Corazón de Cristo para cumplir la voluntad del Padre que desea que todos tengan vida, y la tengan en abundancia.

Jesús habló muy bien de su Padre celestial, “dijo bien”, bendijo a su Padre con sus palabras y obras, con toda su vida. Tanto, que Jesús es la “bendición” en persona. En Cristo toda la humanidad, todas las cosas, se elevan hasta el Padre dándole gracias, bendiciéndolo: porque él es digno de toda bendición, porque sólo él es santo, sólo él es el bueno.

A la vez, Jesús es la “bendición” que baja del cielo: en Cristo, el Padre ha “dicho bien” de nosotros, ha hablado bien de toda la creación. El Padre nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bendiciones.

¿Cuál es entonces nuestra postura existencial y santa ante un Dios y Padre que nos bendice en su querido Hijo? Bendecir con nuestras obras y palabras tal y como bendice nuestro Padre Dios a través de Cristo, Rey del universo.

Sí, nuestra salvación está en que nos dejemos llenar de la bondad de Dios y de la humildad de Cristo para ser capaces de bendecir de corazón a todos nuestros hermanos y a toda la creación. Bendecir, sí, nunca maldecir. Bendecir, hablar bien, comprender, respetar, admirar, perdonar, confiar y dar vida a discreción.

He aquí un camino de santidad, de liberación y de felicidad. Es preciso aclarar que esta apuesta no la podemos realizar sino con la gracia de Dios. Por nosotros solos no podemos, pues por el pecado somos egoístas, envidiosos, insolidarios y hasta insensibles.

Lejos de nosotros criticar y despreciar, juzgar y condenar a nadie. Siempre amar y perdonar, por encima de todo. Humanamente imposible, pero posible para Dios.

Hemos de pedirlo todo al Señor que nos quiere libres y felices: Es lo que más le agrada y le da gloria.

Así que por nuestra parte y contando con su gracia nos ejercitaremos en bendecir a todas las personas con las que a diario convivimos pidiendo para ellas salud, trabajo, satisfacción personal y felicidad.

Intercederemos ante Dios para que les tenga paciencia, les enseñe en su interior, para que les perdone sus debilidades, les conceda progresar en todo hasta la felicidad plena en Cristo Jesús, el Rey del universo.

Recordemos el evangelio: bendecid sí, no maldigáis. No juzguéis para que no seáis juzgados. No condenéis para que no seáis condenados. La medida que uséis con los demás la usarán con vosotros. Al bendecir a los demás, la bendición recae sobre nosotros, en primer lugar, y después sobre los otros. Bendecid, sí, pues estáis llamados a heredar una bendición.

¿A quién bendecir? A todos; y de corazón; con la mayor sinceridad posible. Bendecir especialmente al hermano que nos cae mal, al que nos ha ofendido o se manifiesta como enemigo gratuito, al que nos molesta, al que nos deprecia o nos trata injustamente…

Bendecirlo: comprender, disculpar, amar, perdonar incondicionalmente. Ejercitarse en ello, aunque nos parezca hipocresía de nuestra parte porque no sentimos todo el afecto que desearíamos experimentar; aunque no sintamos toda la cercanía y ternura que querríamos sentir por ese hermano a quien estamos bendiciendo y queremos bendecir.

Pero eso mismo debe estimularnos a seguir ejercitándonos en el arte de bendecir, de perdonar y de amar incondicionalmente a todo el mundo. La gracia va haciendo su obra y nos va transformando.

Algunas personas se ejercitan diariamente, y casi de continuo, en esta práctica de la bendición y el resultado es que se sienten tan bendecidas que nunca pudieron imaginar tal cosa. ¿Por qué no te animas a hacer tú lo mismo? Tú puedes ser una de esas personas plenas y felices.

Bien, hermano, bueno, hermana, que Cristo Rey nos bendiga para que nosotros podamos bendecir cada vez más y mejor y así avanzar en el camino de la santidad, de la libertad y de la felicidad en el amor. Amén.

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El Papa en Todos los Santos: Bienaventuranzas son para nosotros y no para superhombres

noviembre 1, 2017

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El Papa en Todos los Santos: Bienaventuranzas no son para “superhombres” sino para todos nosotros y constituyen el “mapa” de la vida cristiana para la felicidad

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El Papa en Todos los Santos: Bienaventuranzas son para nosotros y no para superhombres

VATICANO, 01 Nov. 17 / 07:12 am (ACI).- Al presidir este miércoles 1 de noviembre, Solemnidad de Todos los Santos, el rezo del Ángelus, el Papa Francisco explicó que las bienaventuranzas no son para “superhombres” sino para todos nosotros y constituyen el “mapa” de la vida cristiana para la felicidad.

Antes del rezo de la oración mariana en la Plaza de San Pedro, el Pontífice explicó que “los ingredientes para la vida feliz se llaman bienaventuranzas”.

“Son bienaventurados los simples, los humildes que hacen lugar a Dios, que saben llorar por los otros y por los propios errores, que se mantienen sencillos, que luchan por la justicia, son misericordiosos con todos, custodian la pureza del corazón, obran siempre por la paz y permanecen en la alegría, no odian e, incluso cuando sufren, responden al mal con el bien”.

“Estas son las bienaventuranzas. No exigen gestos extraordinarios, no son para superhombres sino para quien vive las pruebas y las fatigas de cada día. Para nosotros”.

Así, continuó, “son los santos: respiran como todos el aire del mal que hay en el mundo pero en el camino nunca pierden de vista el trazado por Jesús, aquel indicado en las bienaventuranzas, que son como el mapa de la vida cristiana”.

Hoy, prosiguió el Pontífice, “es la fiesta de aquellos que han alcanzado la meta indicada por este mapa: no solo de los santos del calendario, sino de muchos hermanos y hermanas que caminan a nuestro lado, que tal vez nos hemos encontrado y conocido”.

Francisco recordó que “la Solemnidad de Todos los Santos es ‘nuestra’ fiesta: no porque seamos buenos, sino porque la santidad de Dios ha tocado nuestra vida. Los santos no son modelos perfectos, sino personas atravesadas por Dios”.

“Podemos compararlos con los vitrales de las iglesias que hacen entrar la luz en diversos tonos de color. Los santos son nuestros hermanos y hermanas que han acogido la luz de Dios en su corazón y la han transmitido al mundo, cada uno según su propia tonalidad. Pero todos han sido transparentes, han luchado por limpiar las manchas y las oscuridades del pecado, así dejan pasar la luz amable de Dios”.

Este, precisó el Papa, “es el objetivo de la vida, dejar pasar la luz de Dios, también el marco de nuestra vida. De hecho hoy en el Evangelio Jesús se dirige a los suyos, a todos nosotros, diciendo ‘bienaventurados’, esa palabra con la que inicia su predicación, que es ‘evangelio’, buena noticia porque es el camino de la felicidad. Quien está con Jesús es bienaventurado, es feliz”.

“La felicidad no está en tener alguna cosa o en convertirse en alguno, no. La felicidad verdadera es estar con el Señor y vivir por amor. ¿Ustedes creen esto?”

Hoy, dijo también el Papa Francisco, “es una fiesta de familia, de muchas personas sencillas y escondidas que en realidad ayudan a Dios a seguir adelante (y presente en el) al mundo. ¡Y hay muchos también hoy! Hermanos y hermanas que ayudan a seguir adelante en el mundo. Los saludamos con un bello aplauso, a todos”.

El Papa explicó que la primera bienaventuranza se refiere a la pobreza de espíritu. Eso quiere decir que los santos, los bienaventurados “no viven para el éxito, el poder o el dinero. Saben que quien acumula tesoros para sí no se enriquece delante de Dios. Creen en cambio que el Señor es el tesoro de la vida y que el amor al prójimo es la única fuente de ganancia”.

El Pontífice se refirió asimismo a otra “bienaventuranza que no se encuentra en el Evangelio sino al final de la Biblia y que habla del final de la vida: ‘Bienaventurados los muertos que mueren en el Señor’”.

“Mañana seremos llamados a acompañar con la oración a nuestros difuntos para que gocen por siempre del Señor. Recordemos con gratitud a nuestros seres queridos y recemos por ellos”.

Para terminar, el Santo Padre hizo votos para que “la Madre de Dios, Reina de los Santos y Puerta del Cielo, interceda por nuestro camino de santidad y por nuestros seres queridos que nos han precedido y que ya participan de la Patria celeste”.