El maná de cada día, 11.6.17

junio 10, 2017

Solemnidad de la Santísima Trinidad, Ciclo A

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a.The Holy Trinity an Orthodox wall painted icon at 2. the ceiling of the entrance (πρόστωον) Vatopedion Monastery at Agion Oros (Mount Athos), Greece

¡Bendito eres en la bóveda del cielo!


Antífona de Entrada

Bendito sea Dios Padre, y su Hijo Unigénito, y el Espíritu Santo, porque ha tenido misericordia de nosotros.


Oración colecta

Dios, Padre todopoderoso, que has enviado al mundo la Palabra de la verdad y el Espíritu de la santificación para revelar a los hombres tu admirable misterio; concédenos profesar la fe verdadera, conocer la gloria de la eterna Trinidad y adorar su unidad todopoderosa. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: Éxodo 34, 4-6.8-9

En aquellos días, Moisés subió de madrugada al monte Sinaí, como le había mandado el Señor, llevando en la mano las dos tablas de piedra. El Señor bajó en la nube y se quedó con él allí, y Moisés pronunció el nombre del Señor.

El Señor pasó ante él, proclamando: «Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad.»

Moisés, al momento, se inclinó y se echó por tierra. Y le dijo: «Si he obtenido tu favor, que mi Señor vaya con nosotros, aunque ése es un pueblo de cerviz dura; perdona nuestras culpas y pecados y tómanos como heredad tuya.»



SALMO: Dn 3, 52-56

A ti gloria y alabanza por los siglos.

Bendito eres, Señor, Dios de nuestros padres,
bendito tu nombre santo y glorioso.

Bendito eres en el templo de tu santa gloria.

Bendito eres sobre el trono de tu reino.

Bendito eres tú, que sentado sobre querubines
sondeas los abismos.

Bendito eres en la bóveda del cielo.



SEGUNDA LECTURA: 2 Corintios 13, 11-13

Hermanos:

Alegraos, enmendaos, animaos; tened un mismo sentir y vivid en paz. Y el Dios del amor y de la paz estará con vosotros.

Saludaos mutuamente con el beso ritual.

Os saludan todos los santos.

La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo esté siempre con todos vosotros.


Aclamación antes del Evangelio: Ap. 1, 8

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo, al Dios que es, que era y que viene.


EVANGELIO: Juan 3, 16-18

Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna.

Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.



Antífona de Comunión

Como sois hijos, Dios envió a vuestros corazones al Espíritu de su Hijo, que clama: ¡Abbá! Padre.
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LECTIO DIVINA,

Solemnidad de la Santísima Trinidad. Ciclo A

Busca un lugar tranquilo y céntrate en escuchar al Señor

Paso 1. Disponerse: Comienza haciendo sobre ti la señal de la cruz en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Reconoce tus limitaciones. Ponte en manos de María. Pídele ayuda.

Jn 3, 16-18

Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.

El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios.

Paso 2. Leer: ¿Qué te parece que Jesús hable así de su propia misión? ¿Quieres contar cuántas veces aparece la palabra “creer”? ¿Qué significa la palabra “mundo” en el Evangelio de Juan?

Paso 3. Escuchar: ¿Cuánto mide el amor de Dios por ti? ¿Te sientes más juzgado que salvado o más salvado que juzgado? ¿Qué es para ti creer en Jesús?

Paso 4. Orar: No te vayas a las nubes. Responde a quien te habla, cuéntale lo que te pasa y cómo te sientes. Orar es amar, más que hablar mucho y decir oraciones.

Paso 5. Vivir: La Palabra te enseña la sabiduría de los caminos del Señor. ¿Estás de acuerdo que creer en Jesús es vivir de verdad? No te quedes en ti mismo, no olvides la entrega y el servicio a los demás.

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PRECES DE LAUDES

Llenos de alegría, adoremos y glorifiquemos al Padre y al Hijo, y al Espíritu Santo: Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Padre santo, a nosotros, que no sabemos pedir lo que nos conviene, dígnate darnos el Espíritu Santo, para que venga en ayuda de nuestra debilidad e interceda por nosotros según tu voluntad.

Hijo de Dios, que pediste al Padre que diera a tu Iglesia el Defensor, haz que el Espíritu de la verdad esté siempre con nosotros.

Ven, Espíritu Santo, y comunícanos tus frutos: el amor, la alegría, la paz, la comprensión, la servicialidad, la bondad, la lealtad, la amabilidad, el dominio de sí, la sobriedad, la castidad.

Padre todopoderoso, que enviaste a nuestros corazones el Espíritu de tu Hijo, que clama: “¡Abba, Padre!”, haz que nos dejemos llevar por el Espíritu, para que seamos herederos tuyos y coherederos con Cristo.

Cristo, que enviaste el Defensor, que procede del Padre, para que diera testimonio de ti, haz que también nosotros demos testimonio de ti ante los hombres.

Dios, Padre todopoderoso, que has enviado al mundo la Palabra de la verdad y el Espíritu de la santificación para revelar a los hombres tu admirable misterio, concédenos profesar la fe verdadera, conocer la gloria de la eterna Trinidad y adorar su Unidad todopoderosa. Por nuestro Señor Jesucristo.

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De las Cartas de san Atanasio, obispo

Luz, resplandor y gracia en la Trinidad y por la Trinidad

Siempre resultará provechoso esforzarse en profundizar el contenido de la antigua tradición, de la doctrina y la fe de la Iglesia católica, tal como el Señor nos la entregó, tal como la predicaron los apóstoles y la conservaron los santos Padres.

En ella, efectivamente, está fundamentada la Iglesia, de manera que todo aquel que se aparta de esta fe deja de ser cristiano y ya no merece el nombre de tal.

Existe, pues, una Trinidad, santa y perfecta, de la cual se afirma que es Dios en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, que no tiene mezclado ningún elemento extraño o externo, que no se compone de uno que crea y de otro que es creado, sino que toda ella es creadora, es consistente por naturaleza, y su actividad es única.

El Padre hace todas las cosas a través del que es su Palabra, en el Espíritu Santo. De esta manera, queda a salvo la unidad de la santa Trinidad.

Así, en la Iglesia se predica un solo Dios, que lo trasciende todo, y lo penetra todo, y lo invade todo. Lo trasciende todo, en cuanto Padre, principio y fuente; lo penetra todo, por su Palabra; lo invade todo, en el Espíritu Santo.

San Pablo, hablando a los corintios acerca de los dones del Espíritu, lo reduce todo al único Dios Padre, como al origen de todo, con esas palabras: Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de funciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos.

El Padre es quien da, por mediación de aquel que es su Palabra, lo que el Espíritu distribuye a cada uno. Porque todo lo que es del Padre es también del Hijo; por esto, todo lo que da el Hijo en el Espíritu es realmente don del Padre.

De manera semejante, cuando el Espíritu está en nosotros, lo está también la Palabra, de quien recibimos el Espíritu, y en la Palabra está también el Padre, realizándose así aquellas palabras: El Padre y yo vendremos a él y haremos morada en él.

Porque, donde está la luz, allí está también el resplandor; y, donde está el resplandor, allí está también su eficiencia y su gracia esplendorosa.

Es lo que nos enseña el mismo Pablo en su segunda carta a los Corintios, cuando dice: La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo esté siempre con todos vosotros.

Porque toda gracia o don que se nos da en la Trinidad se nos da por el Padre, a través del Hijo, en el Espíritu Santo.

Pues, así como la gracia se nos da por el Padre, a través del Hijo, así también no podemos recibir ningún don si no es en el Espíritu Santo, ya que, hechos partícipes del mismo, poseemos el amor del Padre, la gracia del Hijo y la comunión de este Espíritu (Carta 1 a Serapión 28-30: PG 26, 594-595.599).

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Novena a Santa Rita de Casia (8), 20.5.17

mayo 20, 2017

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OCTAVO DÍA

RITA, ESPOSA DE JESUCRISTO


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1. Señal de la cruz

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor Dios nuestro; en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.


2. Acto de contrición

Yo confieso ante Dios todopoderoso y ante ustedes, hermanos, que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión; por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa.

Por eso ruego a Santa María, siempre Virgen, a los Ángeles, a los Santos y a ustedes, hermanos, que intercedan por mí ante Dios, nuestro Señor.


3. Oración preparatoria para todos los días

Señor y Dios nuestro, admirable en tus Santos. Venimos a ti, el único Santo, atraídos por el ejemplo de Rita, tu hija predilecta. Nos encomendamos a su poderosa intercesión y queremos imitar su vida de santidad.

Pues tú nos mandaste: “Sean santos porque Yo soy santo”. A la vez, tu Hijo nos ordenó: “Sean perfectos como su Padre celestial es perfecto”.

Padre de bondad, concédenos poder contemplar durante esta novena con gran admiración y devoción las maravillas que obraste en tu sierva Rita.

Hoy nos unimos a todos los devotos de santa Rita para darte gracias por los ejemplos de santidad que en ella nos dejaste. Concédenos imitarla en la tierra, para que así podamos alabarte con santa Rita y con todos los santos para siempre en el cielo.

Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que contigo vive y reina en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.


4. Datos biográficos o ejemplos de vida

Recordemos en primer lugar que Rita vivió en los siglos XIV y XV, en el Quattrocento, es decir, en la época de la espiritualidad gótico-renacentista, marcada por el descubrimiento de lo humano, de la belleza natural.

En el aspecto religioso, estos siglos se caracterizan por una espiritualidad centrada en la contemplación piadosa de la santa humanidad de Cristo, y no tanto en la divinidad estática e impasible preferida por la espiritualidad bizantina y románica.

En estos tiempos prevalece la veneración de los misterios del nacimiento, bautismo, pasión y muerte del Señor.

Rita recibió del ambiente religioso y cultural esta espiritualidad. Todos sus biógrafos destacan la temprana piedad de Rita todavía niña y adolescente.

Dice la tradición que a los trece años se retiró a una habitación para dedicarse a la penitencia y a las prácticas de piedad, venerando la santa humanidad de Cristo sobre todo en su pasión y muerte.

Rita amó tiernamente a Cristo humanado, el único rostro del Dios invisible. Sintió particular compasión por el Cristo sufriente.

Cuentan, además, las crónicas que pasaba largos ratos en profunda adoración ante Jesús Sacramentado. También lo veneraba en las personas afligidas por la pobreza o la enfermedad.

Los sentimientos de ternura, compasión y amor sincero que profesaba al Cristo adolorido, los proyectaba también hacia los pobres, hacia los más necesitados. Compartía con ellos vestidos y alimentos.

De esta forma, la espiritualidad de Rita era profundamente alegre y humanizadora: entendía que Cristo la había amado hasta entregarse por ella, y que, por tanto, ella debía corresponder a ese amor infinito con todas sus fuerzas y con todas las consecuencias.

Como se lo había demostrado Jesús a Rita y a todos nosotros, hasta el extremo.

Rita contemplaba admirada ese torrente de amor que llegaba hasta ella, lo agradecía ensimismada y se dejaba invadir del Espíritu del Amor Hermoso para poder, consiguientemente, transmitirlo a los hermanos y devolverlo al mismo Dios, multiplicado.

Con san Pablo, Rita exclamaba: ¡Él me amó y se entregó por mí; fui alcanzada por el amor de Dios cuando era pecadora. Él me amó primero!

Aceptaba gozosa los sufrimientos de la vida: en primer lugar, para imitar a Cristo y compartir sus dolores redentores porque “amor con amor se paga”; y, en segundo lugar, los ofrecía por sus propios pecados, por la conversión y la santificación de su prójimo comenzando por su misma familia y después por sus hermanas de comunidad.

Así Rita suplía lo que faltaba a los sufrimientos de Cristo para llegar hasta sus hermanos. Es decir, prolongaba los sufrimientos redentores de Cristo hasta hacerlos efectivos en favor de sus hermanos, en su familia, en su comunidad conventual.

5. Fuentes bíblicas

Rita respondió tiernamente al requerimiento de Jesús que busca consoladores, según aquel texto de Lamentaciones 1, 12.19.21.16.17:

Todos ustedes que pasan por el camino, miren y observen si hay dolor semejante al que me atormenta, con el que Yahvé me ha herido en el día de su ardiente cólera. Llamé a mis amigos, pero me traicionaron. Oye cómo gimo, no hay quien me consuele.

Por eso lloro yo, mis ojos se deshacen en lágrimas porque está lejos de mí el consolador que reanime mi alma. Sión tiende sus manos: no hay quien la consuele.

Rita acompañó y consoló al Siervo sufriente de Isaías:

… Hombre de dolores y familiarizado con el sufrimiento… estaba despreciado y no hemos hecho caso de él. Sin embargo, eran nuestras dolencias las que él llevaba, eran nuestros dolores los que le pesaban, y nosotros lo creíamos azotado por Dios, castigado y humillado.

Fue tratado como culpable a causa de nuestras rebeldías y aplastado por nuestros pecados. Fue detenido y enjuiciado injustamente sin que nadie se preocupara por él (Isaías 53, 2-9).

Rita, invadida por los sentimientos más ardientes de caridad y de dolor, pidió al Crucificado con muchas lágrimas: “Oh Jesús, hazme partícipe de tus dolores”, y Cristo le concedió el estigma de la espina.

Así pudo exclamar con san Pablo: Yo, por mi parte, llevo en mi cuerpo las señales de Jesús (Efesios 6, 17).

Y también: Al presente, me alegro cuando tengo que sufrir por ustedes, así completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo para bien de su Cuerpo que es la Iglesia (Colosenses 1, 24-25).

Estoy crucificado con Cristo, y ahora no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. Todo lo que me toca vivir, lo vivo transformado por la fe en el Hijo de Dios que me amó y se entregó por mí (Gálatas 2, 20).

También Rita dijo con su vida lo que escribió san Pablo a los Corintios:

Nosotros proclamamos un Mesías crucificado. Para los judíos, ¡qué escándalo más grande! Y para los griegos, ¡qué locura! Él, sin embargo, es Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios para aquellos que Dios ha llamado (1 Corintios 1, 23-24).

Me propuse no saber otra cosa entre ustedes sino a Cristo Jesús y a éste crucificado (1 Corintios 2, 2).

Dios me libre –exclamaba también san Pablo– de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, en la cual el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo.

Por último, Rita sublimaba todo sufrimiento, porque en verdad lo que sufrimos en la vida presente no se puede ni comparar con la gloria que se manifestará después en nosotros (Romanos 8, 12).

Preguntado Jesús sobre el mandamiento principal, contestó: El primer mandamiento es: Escucha, Israel, el Señor nuestro Dios es el único Señor. Al Señor tu Dios amarás con todo tu corazón y con toda tu alma, con toda tu inteligencia y con todas tus fuerzas.

Y después viene éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay ningún mandamiento más importante que éstos (Marcos 12, 29-31).


6. Consideraciones bíblicas y agustinianas

Como buena hija de Agustín, Rita llenó su vida del amor a Dios y al prójimo. Nada más justo y legítimo, porque el amor constituye el núcleo de la espiritualidad agustiniana.

El amor fue el motor de toda la vida de Agustín, la meta siempre perseguida y siempre inalcanzable, hilo conductor de su pensamiento y sus escritos.

La Regla que escribió para los monasterios la encabeza así: “Ante todo, queridos hermanos, amemos a Dios; después, también al prójimo, porque éstos son los mandatos principales que se nos han dado”.

Y al concluirla, resume así su intención: “El Señor os conceda cumplir todo esto por amor, como realmente enamorados de la belleza espiritual; y exhalando el buen perfume de Cristo con vuestra ejemplar convivencia”.

Tratando de acercarnos a la experiencia y enseñanza agustiniana diríamos, en primer lugar, que el plan de Dios y la gracia de Dios llevan al hombre más por la vía afectiva que por la intelectiva. Aceptamos la gracia de Dios en nosotros porque nos proporciona gusto y deleite en las cosas santas.

El hombre está hecho más para gozar que para entender: el imán que más atrae al alma es el amor. El alma humana es particularmente vulnerable al amor; es como la debilidad del hombre.

Por tanto, el hombre, necesaria y libremente, siente, busca y descansa sólo en la fruición del amor y del bien. El hombre busca ser feliz como la meta más añorada, y buscando la felicidad se mueve en todo su pensar y quehacer.

Pero aquí entra el misterio del pecado. ¿Por qué el hombre, si busca la felicidad por encima de todo, escoge el mal, el pecado, su propia perdición?

Porque es engañado: se le presenta un mal bajo apariencia de bien y cae. Elige un bien finito que le agrada de momento, pero que le aparta del bien supremo e infinito. Ese bien finito, se convierte en un mal porque el hombre sólo se saciará con el Bien de Dios, y el bien finito le deja más insatisfecho e infeliz, esclavo de las criaturas.

El hombre se autoengaña por instigación del diablo, que lo enreda en el disfrute de las cosas creadas, al margen de Dios, y aun en contra de Dios.

De esta forma, el hombre no sólo usa, sino que abusa de las cosas, cayendo en la codicia y haciéndose tan vano como las cosas mismas que le tienen atrapado.

Porque somos lo que amamos, dirá san Agustín, parafraseando este texto suyo: “Cada cual es lo que es su amor: amas la tierra, tierra eres; amas a Dios, no me atrevo a decirlo yo, escucha la Escritura: Yo dije: sois dioses e hijos todos del Altísimo”.

Por gracia, Dios nos inspira su amor; por el que podemos, en primer lugar, deleitarnos en sus mandatos y, en segundo lugar, desear y amar lo que nos manda. Así el que ama, no siente el trabajo y, por otra parte, cualquier trabajo resulta pesado para quienes no aman.

Por eso exclamará san Agustín: “Ama, y haz lo que quieras”. Porque de la raíz de la caridad no puede salir sino el bien; así como de la codicia salen todos los males (1 Timoteo 6, 10).

De todo esto se deduce que el camino de la perfección coincide con el camino de la caridad. El progreso en la vida cristiana se medirá por el amor alcanzado a Dios, al prójimo y a uno mismo.

San Agustín dirá: “Caminan los que aman, pues no corremos hacia Dios con nuestros pasos sino con nuestros afectos”.

La perfección cristiana consiste en imitar el amor de Dios o la santidad de Dios, pues son equivalentes: “Sed santos porque Yo soy santo. Sed perfectos como el Padre Celestial es perfecto”, es decir, misericordioso y paciente, que manda la lluvia sobre buenos y malos, que hace brillar el sol sobre justos y pecadores.

Amar a Dios sin medida, por puro amor y sin esperanza de recompensa; y al prójimo como a nosotros mismos, y por amor a Dios: Éste es el camino agustiniano del amor.

Las Constituciones de los Agustinos Recoletos resumen la prioridad del amor en la familia agustiniana: El carisma agustiniano se resume en el amor a Dios sin condición, que une las almas y los corazones en convivencia comunitaria de hermanos, y que se difunde hacia todos los hombres para ganarlos y unirlos en Cristo dentro de su Iglesia.

Elemento primordial del patrimonio de san Agustín y de la Orden es la contemplación, que es “vida bajo el amparo de Dios, vida con Dios, vida recibida de Dios, vida que es Dios mismo”; y, también, la entrega total e incondicionada del hombre a Dios.

El agustino recoleto se siente referido a Dios como a fin último y único. El conocimiento y el amor de Dios, sin otra recompensa que el mismo amor, constituyen el ejercicio del “amor casto”, de la contemplación, que es el principal cuidado del religioso en esta vida, y que se convertirá en felicidad perfecta en el reino celestial” (Constituciones, nn. 6, 8 y 9).

A continuación reproduzco una oración usada tradicionalmente para contemplar los sufrimientos y la pasión del Señor y también para expresar los sentimientos de arrepentimiento y dolor de los pecados que han provocado la pasión del Crucificado.

Un dolor no sólo de atrición o afligimiento sino incluso de contrición. La paternidad literaria de la siguiente oración es discutida. Algunos críticos la creen “agustiniana”. Reza así:

No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido;
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor; muéveme el verte
clavado en esa cruz y escarnecido;
muéveme el ver tu cuerpo tan herido;
muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, al fin, tu amor, y en tal manera
que, aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y, aunque no hubiera infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera;
pues, aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera. Amén.

7. Peticiones o plegaria universal

Presentemos a Dios nuestras peticiones implorando que nos inspire el Señor sentir y actuar como lo hizo santa Rita en toda su vida.

1. Señor, que te has revelado a los hombres,
– por la intercesión de santa Rita, muéstranos tu rostro, aumentándonos la fe en tu palabra de verdad, y nuestro amor a tu Hijo Jesucristo.

Invitación: Roguemos al Señor.
Respuesta: Te lo pedimos, Señor.

2. Señor, tu sierva santa Rita conservó la paciencia en medio de tantas pruebas y tribulaciones;
– haz que en nuestra vida no seamos jamás motivo de molestia, o irritación para los demás.

3. Señor, que te glorificaste en la vida familiar de santa Rita, utilizándola como instrumento de salvación para su esposo y sus hijos;
– haz que nosotros seamos colaboradores tuyos en la salvación de los hombres, comenzando por nuestros propios hogares, comunidades religiosas o eclesiales.

4. Señor, que concediste a santa Rita la constancia de llamar a las puertas del monasterio hasta ser admitida como religiosa;
– haz que aprendamos el valor del sacrificio y el de la perseverancia en todas las circunstancias de nuestra vida.

5. Señor, que moviste a santa Rita para que prefiriese la muerte de sus hijos a verlos manchados por el pecado del odio y de la condenación eterna,
– enséñanos a perdonar a nuestros enemigos y a vivir en paz con todo el mundo, para que así podamos gozar nosotros mismos de tu paz y bendición.

6. Señor, que diste a santa Rita la paz y la tranquilidad en el monasterio después de tantas penas como había sufrido,
– suscita muchas vocaciones a la vida religiosa, donde muchos hijos tuyos alcancen lo único necesario y adelanten el Reino a este mundo.

7. Pídase y formúlese ante el Señor la gracia específica que se desea obtener por la intercesión de santa Rita en esta novena.

8. Señor, que por tu resurrección venciste a la muerte y permitiste que Rita participara de tu victoria,
– concede la vida eterna a todos los fieles difuntos y en particular a los devotos de santa Rita.

Peticiones para el octavo día

9. Dios Todopoderoso, que concediste a Rita por medio del Espíritu ser revestida de los sentimientos de Cristo,
– ayúdanos, por intercesión de santa Rita, a practicar la obediencia y el silencio en el seguimiento de tu Hijo en nuestros hogares, y en la vida común.

10. Oh Santo Espíritu, derramado en nuestros corazones,
– concédenos, por intercesión de santa Rita, poder contemplar los sufrimientos de Cristo con tal amor que podamos descubrirlo presente en el dolor de nuestros hermanos a los que tratamos de servir en el hogar y en la comunidad de hermanos.


Oración conclusiva

Dios Todopoderoso, que te dignaste conceder a santa Rita amar a sus enemigos y llevar en su corazón y en su frente la señal de la pasión de tu Hijo, concédenos, siguiendo sus ejemplos, considerar de tal manera los dolores de la muerte de tu Hijo que podamos perdonar a nuestros enemigos, y así llegar a ser en verdad hijos tuyos, dignos de la vida eterna prometida a los mansos y sufridos.

Te lo pedimos por el mismo Jesucristo nuestro Señor. Amén.

8. Padre Nuestro, Ave María y Gloria (tres veces).

9. Oración final para todos los días

Oh Dios y Señor nuestro, admirable en tus santos, te alabamos porque hiciste de santa Rita un modelo insigne de amor a ti y a todos los hombres.

El amor fue el peso de su vida que la impulsó, cual río de agua viva, a través de todos los estados de su peregrinación por este mundo, dando a todos ejemplo de santidad, y manifestando la victoria de Cristo sobre todo mal.

Ella meditó continuamente la Pasión salvadora de tu Hijo y compartió sus dolores “completando en su carne lo que faltaba a los sufrimientos de Cristo por su cuerpo que es la Iglesia”.

Aleccionada en su interior por la consolación del Espíritu Santo, Rita se convirtió en ejemplo de penitencia y caridad, experimentando continua y gozosamente, cómo la cruz del sufrimiento conduce a la alegría verdadera y a la luz de la resurrección.

De esta manera, se convirtió en instrumento de salvación al servicio del Dios providente, para bien de todos los hombres, sus hermanos, sobre todo en su propio hogar, en su familia, y finalmente en la comunidad agustiniana y en tu Iglesia.

Te damos gracias, oh Padre de bondad, fuente de todo don, y te bendecimos por las maravillas obradas en la vida de santa Rita de Casia, tu sierva.

A la vez, te imploramos ser protegidos por su poderosa intercesión, de todo mal, llegando a cumplir tu voluntad en todas las circunstancias de nuestra vida, de acuerdo a los ejemplos de santidad que Rita nos dejó.

Te lo pedimos por Nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que contigo vive y reina en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.

10. Gozos a santa Rita

CORO

Tú que vives de amor,
y en el amor te recreas,
bendita por siempre seas,
dulce esposa del Señor.

ESTROFAS

1. Cual del ángel la belleza
difunde luz celestial,
exhalaba su pureza
tu corazón virginal.
Danos guardar esa flor,
que es la reina de las flores,
y ponga en ella su amor
el Dios de santos amores.

2. Santa madre, santa esposa,
en las penas y amarguras
brindaba tu amor dulzuras,
como fragancias las rosas.
Trocando en templo tu hogar
buscaste en Dios el consuelo:
almas que saben amar
hacen de un hogar un cielo.

3. Como esposa del Señor
con alma de serafín,
en tu amor ardió el amor
del corazón de Agustín.
Amor que Dios galardona
y en prenda de unión divina,
brota en tu frente una espina
y una flor en su corona.

11. Himno a santa Rita de Casia

Gloria del género humano,
Rita bienaventurada,
sé nuestra fiel abogada (tres veces)
cerca del Rey soberano.

Nido de castos amores,
fue tu corazón sencillo,
claro espejo, cuyo brillo
no hirieron negros vapores.
Haz que nunca amor profano
tenga en nuestro pecho entrada.

Gloria del género humano…


NOTA: Los contenidos de esta Novena a Santa Rita están tomados, con la debida autorización, del librito publicado por Ed. Paulinas, Lima 2015. Asociación Hijas de San Pablo, Lima, Perú.


La gracia de Dios en María y el cristianismo, según la RCC, por el P. Raniero Cantalamessa

mayo 8, 2017

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Anunciación del Ángel a María, la llena de gracia

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Charla del P. Raniero Cantalamessa en la asamblea regional de Madrid, Marzo, 2017

 

“ALÉGRATE, LLENA DE GRACIA”

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Como los organizadores me han pedido, el tema de esta enseñanza de acuerdo con la solemnidad de hoy, la Anunciación, será “Alégrate, llena de gracia”. María guía a la Iglesia y a la Renovación Carismática al buen descubrimiento de la gracia de Dios.

Entrando el Ángel donde estaba María, dijo: “Alégrate, llena de gracia” y de nuevo “No temas, María, que gozas del favor, de la gracia, de Dios”. El Ángel, al saludarla, no llama a María por su nombre, sino que la llama simplemente “Llena de gracia” o perfectamente volcada de gracia. No dice alégrate, María, sino que dice “Alégrate, “La Llena de Gracia” ”.

Es el nombre nuevo de María. En la gracia está la identidad más profunda de María. María es aquella que es querida para Dios. Querida, como caridad, deriva de la misma raíz que caritas, que significa gracia. La gracia de María está ciertamente en función de lo que sigue, del anuncio del Ángel, de su misión de madre de Dios. Pero no se agota en ella. María no es para Dios sólo una función, sino que es ante todo una persona.

Es una persona que es querida para Dios por la eternidad. María es así la proclamación viviente de que al comienzo de todo, en la relación entre Dios y las criaturas, está la gracia. La gracia es el centro y el lugar en el cual la criatura puede encontrar a su Creador. La gracia es aquello por lo que Dios sobresale y se inclina hacia la criatura. Es el ángulo convexo que llena, colmando con caridad, el vacío del ser humano, de Dios.

Dios es amor -dice San Juan- y cuando sale de la Trinidad esto equivale a decir que Dios es gracia. Sólo en el seno de la Trinidad, en las relaciones trinitarias, no hay gracia, no hay misericordia. En la Trinidad ¿sabéis? no hay misericordia; hay amor puro. Porque, que el Padre ame al Hijo no es gracia, concesión, misericordia; es naturaleza, es necesidad. El Padre es Padre en cuanto ama a su Hijo.

Que el Hijo ame a su Padre, no es gracia, no es concesión. Es naturaleza, porque el Hijo es Hijo en cuanto ama a su Padre. ¿Entendéis en qué sentido digo que en la Trinidad no hay pues misericordia? Hay amor puro. Cuando Dios hace algo fuera de sí, entonces su amor se vuelve misericordia, es gracia. No es debido, no es naturaleza. Es concesión y gracia.

De esta misteriosa gracia de Dios, María es una especie de icono viviente. Hablando de la humanidad de Jesús, San Agustín dice: “¿En base a qué la humanidad de Jesús mereció ser asumida por el Eterno Verbo del Padre en la unidad de su persona? ¿qué obra buena precedió a esta unión de parte de Jesús?, ¿qué hizo antes de este momento?, ¿en qué había creído o qué había pedido para ser enaltecido a tal inefable dignidad?” (Se habla de la naturaleza humana de Jesús asumida por el Verbo).

“Busca  mérito, busca justicia -sigue diciendo San Agustín-, reflexiona y ve si existe otra cosa que no sea gracia”. Estas palabras arrojan una luz singular sobre toda la persona de María. De ella se debe decir, aún con más razón que de la humanidad de Jesús, ¿qué había hecho María para merecer el privilegio de dar a Jesús su humanidad? ¿qué creyó?, ¿qué pidió? ¿qué esperó?, ¿qué sufrió para venir al mundo santa e inmaculada?

Busca también aquí el mérito, busca la justicia, busca todo lo que quieras… y fíjate si encuentras en ella, al comienzo, algo que no sea gracia. María puede hacer suyas con toda verdad las palabras del Apóstol Pablo y decir: “Por gracia de Dios soy lo que soy”.

En la gracia se sigue la explicación completa de María. Su grandeza y su belleza. Pero ¿qué es la gracia? Para descubrirlo, partamos del lenguaje corriente. Me parece que en español es lo mismo que en italiano. El significado más común de gracia es belleza, fascinación, amabilidad. De la misma raíz que kharis (gracia) deriva la palabra caritas y en francés charité.

Sin embargo, éste no es el único significado de la palabra gracia. Cuando decimos de un condenado a muerte que obtuvo la gracia ¿intentamos decir quizás que obtuvo la belleza, la fascinación? ¡No! ciertamente, intentamos decir que consiguió el perdón, el favor, la remisión de su pena. En efecto, éste es el significado primordial de gracia: favor no merecido, inmerecido.

También en el lenguaje de la Biblia se nombra el mismo doble significado. “Doy mi gracia a quien quiero -dice Dios- y me compadezco de quien quiero” (Éxodo, 32) . “Has hallado gracia a mis ojos”, le dice Dios a Moisés, exactamente como el Ángel le dice a María, que ha encontrado gracia junto a Dios. Y gracia indica aquí, una vez más, favor, agrado, misericordia. ¡Es claro!

Al lado de este significado principal, que es el perdón, el favor, la misericordia de Dios, se aclara en la Biblia también el otro significado que hemos mencionado, en el cual gracia implica una calidad inherente a la criatura, a veces vista como un efecto del favor divino, y que la vuelve bella, encantadora y amable. Así, por ejemplo, se habla en la Biblia de la gracia que  fluye sobre los labios del esposo leal y más bello entre los hijos de los hombres, y de una buena esposa se dice en Los Proverbios “que tiene la amabilidad de la sierva y la gracia de una gacela” (“Gracia”, ahí la palabra “gracia”).

Si ahora volvemos a María, notamos que en el saludo del ángel se reflejan los dos significados de gracia que hemos destacado. María encontró gracia, es decir, favor, cerca de Dios. Ella es reina del favor de Dios. ¿Qué es la gracia que encontraron a los ojos de Dios los patriarcas, los profetas, en comparación con la que encontró María? ¿Con quién el Señor ha permanecido más que con ella?

En ella Dios no estuvo sólo por poder o por providencia, sino también en persona, por presencia. No es entonces una presencia intencional, sino real. Dios no dio a María sólo su favor, sino que se ha dado él mismo por completo en su Hijo. “El Señor está contigo”,  esta frase dicha sobre María tiene un significado distinto que en cualquier otro. El Señor está contigo no sólo intencionalmente, con su amor lejano, sino que está contigo en tu seno.

En consecuencia, María es llena de gracia también en el otro significado, es decir, es bella. Una clase de belleza que llamamos santidad. “Toda pulcra”, dice la liturgia de la Iglesia, toda bella. Porque está llena del favor divino María es también hermosa. Esta gracia consistente en la santidad de María tiene también una característica que la pone por encima de la gracia de toda otra persona, en el Antiguo y en el Nuevo Testamento.

Es una gracia no contaminada. Hay una diferencia -decía un poeta francés- entre un papel blanco y un papel que ha sido blanqueado. Un papel que ha sido blanqueado no será jamás como un papel blanco. Y María es más importante. La Iglesia latina ha expresado este sentido con el título de “Inmaculada” y la Iglesia ortodoxa con el título de “panaguía“, que significa toda santa. Uno lo explica en sentido negativo: la ausencia de pecado; y el otro positivamente: la presencia de todas las virtudes.

Sin embargo, no quisiera detenerme demasiado sobre este significado secundario y derivado que es el sentido de belleza, que constituye el así llamado “atuendo de gracia de María”. También la predicación sobre la gracia, por cierto, tiene necesidad de una renovación en el Espíritu.

Y esta renovación consiste en volver a poner siempre de nuevo en primer plano el significado primordial de gracia. Aquel que vuelve a mirar a Dios antes que la criatura, al autor de la gracia antes que al destinatario de la gracia. Consiste en restituir a Dios su poder. Desde mi primer contacto con la Renovación Carismática ésta fue una definición que me impresionó mucho. La Renovación Carismática es restituir el poder de Dios.

Es fácil, hablando del título “Llena de gracia” dado por el ángel a María, caer en el equívoco de insistir más en la gracia de María que en la gracia de Dios. “Llena de gracia” ha sido el punto de partida privilegiado que constituyó la base sobre la que se definieron los dogmas de la Inmaculada Concepción, de la Asunción y casi todas las otras prerrogativas de María. Todo esto constituye un progreso para la fe, sin duda.

Sin embargo, una vez que esto está seguro, es necesario regresar rápidamente al significado primario de la palabra gracia. El que habla más de Dios que de María, más de aquel que da la gracia que de aquella que la recibe. Porque esto es lo que María misma desea de los creyentes, de nosotros. Sin este llamado de atención, gracia puede terminar indicando su significado contrario. Es decir, es mérito.

Gracia, dicha de Dios, de la cual María ha estado colmada, es también una gracia de Cristo (gratia Christi). Es la gracia de Dios dada en Cristo Jesús. Así la describe San Pablo en la Primera Carta a los Corintios, 4, es decir, el favor y la salvación que Dios concede ahora a los hombres a causa de la muerte redentora de Cristo. Su gracia (la gracia de María) es gracia de la nueva alianza.

María, ha declarado la Iglesia al definir el dogma de la Inmaculada Concepción, ha sido preservada del pecado en previsión de los méritos de Jesucristo Salvador. En este sentido, ella  es verdaderamente, como la llama Dante Alighieri, nuestro poeta italiano, es “Hija de su Hijo”.

En María contemplamos la novedad de la nueva alianza respecto de la antigua alianza. En ella se ha dado un salto cualitativo. “¿Qué novedad trajo el Hijo de Dios viniendo al mundo?” se preguntaban algunos en tiempo de San Ireneo, y San Ireneo respondía diciendo: “Trajo toda clase  de novedad trayéndose a sí mismo”.

La gracia de Dios ya no consiste en cualquier don de Dios sino el don de él mismo, de sí mismo. No consiste en cualquier favor suyo, sino en su presencia. Esto es la novedad de la gracia de Cristo en relación al sentido general del Antiguo Testamento del favor divino. Ahora la gracia para nosotros es siempre gracia de Dios en Cristo Jesús. Es la gracia  del agua que brota del monte Calvario.

La primera cosa que debe hacer, en respuesta a la gracia de Dios, la criatura -según San Pablo nos enseña- es dar gracias. Dice en la Primera Carta a los Corintios “siempre doy gracias a Dios por vosotros, por la gracia que Dios os ha concedido en Cristo Jesús”. En esta frase está todo. La gracia de Dios es la causa y el dar gracias es el efecto. “Siempre doy gracias a Dios por vosotros por la gracia que Dios os ha concedido en Cristo Jesús”.

A la gracia de Dios siempre debe seguir el “gracias” del hombre. Dar gracias no significa restituir el favor o dar una retribución. ¿Quién podría dar a Dios la retribución de algo? Agradecer significa sobre todo reconocer la gracia. Aceptar su gratuidad. ¡Y no es tan fácil! Porque nosotros queremos ser siempre acreedores de Dios y no deudores. No querer librarse ni pagar a Dios el rescate.

Por eso este es un comportamiento religioso fundamental: dar gracias. Agradecer significa aceptarse con Dios como dependientes, dejar que Dios sea Dios y acercarse gozosamente. No como quien se somete con tristeza. Es un reconocimiento gozoso.

Eso es lo que María hizo con el Magnificat. “Proclama mi alma la grandeza del Señor porque el poderoso ha hecho obras grandes por mí”. Él ha hecho obras grandes por mí. La lengua hebraica no conoce una palabra especial que signifique agradecimiento. Cuando quiere agradecer a Dios, el hombre bíblico comienza a alabar, exaltar, proclamar sus maravillas con gran entusiasmo.

Por esto quizá en el Magnificat no encontramos la palabra agradecer, sino que encontramos las palabras proclamar, exultar. Exulta en el Señor. Si no existe la palabra, no obstante existe el sentimiento correspondiente en la Biblia. María restituye de verdad a Dios su poder. Concentra en la gracia toda su gratuidad. Ella atribuye a la gracia de Dios, es decir, a la gracia, las cosas que le están sucediendo y no se atribuye ningún mérito.

“Ha mirado a la pequeñez de su sierva”. No se debería traducir “Ha mirado a la humildad de su sierva”. Humildad puede significar la virtud de la humildad. Tenemos que tener cuidado, porque hay un peligro si entendemos que María no atribuye nada a la acción del Señor, sino a su virtud de humildad.

Hubo alguien,  un santo, que dicen que dijo este error: ”Mirad la importancia de la humildad, María no se gloría de ninguna virtud sino de su humildad”. ¡Y así ha destruido la humildad de María! ¿No les parece? Si María atribuyese a su humildad, la elección de Dios, habría destruido la humildad. Tenemos que conocer que la palabra tapeinós, que es la palabra griega que está detrás de ésta, puede significar pequeñez objetiva y puede significar el sentido que yo tengo, el reconocimiento de mi propia pequeñez.

En este segundo significado subjetivo es la virtud de la humildad, pero en el significado objetivo significa la pequeñez objetiva. Entonces, María usa la palabra en el sentido objetivo. Dice: “ha mirado la nada de su sierva, la nada que soy yo frente a Dios”. ¡Claro! ¡Claro! Entonces, tenemos que tener cuidado de no atribuir a María la presunción de ser humilde, porque la humildad tiene un estatuto especial: la poseen los que no creen poseerla y no la poseen quienes creen poseerla.

Sin embargo, ha llegado el momento de recordarnos que María es figura y espejo de la Iglesia. ¿Qué significa para la Iglesia y para cada uno de nosotros el hecho de que la historia de María comience con la palabra “gracia”? Significa que también para nosotros, al comienzo de todo, está la gracia. La elección libre y gratuita de Dios, su favor inexplicable. Su venir al encuentro con nosotros en Cristo y donarse a nosotros por puro amor.

Significa que la gracia es el primer principio del cristianismo. También la Iglesia tuvo su Anunciación. Y ¿cuál es el saludo que le dirige el mensajero divino a la Iglesia? Escuchad por ejemplo el saludo que San Pablo dirige a la Iglesia: Gracia a vosotros y paz de parte de Dios, Padre nuestro y del Señor Jesucristo”, así comienzan casi invariablemente las Cartas de los Apóstoles.

Veamos uno de estos anuncios directamente, para saborearle toda la fuerza y la dulzura. Se trata de la Primera Carta a los Corintios, capítulo primero, versículo del 1 al 7: “Pablo, llamado por voluntad de Dios a ser apóstol de Cristo Jesús y Sóstenes, el hermano, a la Iglesia de Dios que está en Corinto: a los santificados en Cristo Jesús y llamados a ser santos, con cuantos, en cualquier lugar invocan el nombre de Jesucristo, Señor nuestro y de ellos. Gracia a vosotros y paz de parte de Dios, Padre nuestro y del Señor Jesucristo.

Doy gracias a Dios sin cesar por vosotros, por la gracia que Dios os ha otorgado por medio de Cristo Jesús. Y es que por medio de él habéis recibido todas las riquezas, las de la palabra y las del conocimiento, en la medida en que se ha consolidado entre vosotros el testimonio de Cristo. Así, ya no os falta ningún don espiritual a los que esperáis la Revelación de nuestro Señor Jesucristo”.

La gracia y la paz no son solamente así un augurio, sino también una noticia. El verbo entendido no es “sea” sino “es”, “está”, “hay“gracias por vosotros. “Os anunciamos que estáis en la gracia, es decir, en el favor de Dios, a través de Cristo”.

Sobre todo, Pablo no se cansa nunca de anunciar a los creyentes la gracia de Dios y de suscitarles el sentimiento vivo de la gracia de Dios. Que no es una idea. La Renovación Carismática tendría que ayudarnos a cambiar las ideas en experiencias, pasar de las cabeza al corazón. También la palabra gracia tiene que decir algo aquí, en el corazón; no solamente en la cabeza.

San Pablo se considera él, el apóstol de la gracia de Dios, elegido para anunciar la buena noticia de la gracia de Dios. Esto se lee en un discurso de Pablo en los Hechos de los Apóstoles: Gracia es la palabra que resume por sí sola todo el anuncio cristiano y todo el Evangelio que es definido, de hecho, como el Evangelio de la gracia de Dios. De nuevo en los Hechos de los Apóstoles, capítulo 14, versículo 3.

Para descubrir la carta de novedad y de consolación contenida en este anuncio, hermanos y hermanas, sería necesario volver a hacer una escucha similar a la que los primeros destinatarios del Evangelio tuvieron. Su época, esta época a comienzos del cristianismo, ha sido definida como una época de angustia. El hombre pagano buscaba desesperadamente un camino de salida del sentido de condena y de lejanía de Dios en el que se debatía; de un modo considerado como una prisión. Y  lo buscaba en los más diversos cultos y en las más diversas filosofías.

Pensemos para hacernos una idea en un condenado a muerte que durante años vive en una incertidumbre opresiva, que se sacude de miedo por cada ruido de pasos que oye fuera de la celda. ¿Qué produce en su corazón la llegada imprevista de una persona amiga que, de lejos, agitando una hoja de papel, le grita: ”¡Gracia! ¡Gracia!, ¡has conseguido la gracia, la amnistía!”? De golpe, nace en él un sentimiento nuevo. El mundo mismo cambia su aspecto y él se siente una criatura renacida.

Un efecto similar debían producir en quienes lo escucharon las palabras del apóstol al comienzo del capítulo 8 de la Carta a los Romanos: “No hay ninguna condenación para los que están en Cristo Jesús, porque la ley del Espíritu que da la vida en Cristo Jesús te ha liberado de la ley, de la muerte y del pecado”.

Este es un kerigma magnífico. ¿Queréis ayudarme a hacerlo resonar en esta sala? Entonces, repetid después de mí: “No hay ninguna condenación, para los que están en Cristo Jesús, porque la ley del Espíritu que da la vida en Cristo Jesús, te ha liberado de la ley del pecado y de la muerte” (Aplausos…).

Y tendríamos que hacer resonar estas palabras porque también hoy, el hombre, en el mundo de hoy, con toda su tecnología, vive un tiempo de angustia… de angustia. Hay personas que se sienten rechazadas, condenadas. No solamente por los hombres, sino por Dios también. A estos también tendríamos que llevar esta buena nueva: “No hay ninguna condenación; si te condenan los hombres, Dios te absuelve por Cristo Jesús” (Aplausos…).

Tanto para la Iglesia como para María, la gracia debe ser el núcleo profundo de su realidad y la raíz de su existencia. Como ya hemos recordado, por la gracia María es lo que es. También ella tiene que repetir con San Pablo: Por gracia de Dios soy lo que soy. Esto también es válido en el plano sobrenatural para la Iglesia. La salvación en su raíz es gracia, no es resultado del querer del hombre. Porque vosotros habéis sido salvados por la fe, no por mérito propio, sino por la gracia de Dios (Efesios 2, 8).

Por lo tanto, antes del mandamiento, en la fe cristiana, viene el don. Y es el don el que genera el deber y no viceversa. No es la ley la que genera la gracia, sino que es la gracia la que genera la ley. La gracia, de hecho, es ley nueva del cristiano, la ley del Espíritu.

Por lo tanto, María recuerda el programa a la Iglesia sobre todo esto: Que todo es gracia. La gracia es el distintivo del cristianismo, en el sentido que se distingue de toda otra religión por la gracia. Desde el punto de vista de las doctrinas las morales y de los dogmas y de las obras buenas, puede haber semejanzas y equivalencias al menos parciales en las obras de algunos seguidores de otras religiones, sus obras pueden ser y son incluso y son mejor que las obras de muchos cristianos.

Pero es la gracia de Dios la diferencia. Y repito, en la gracia está lo único, la prerrogativa del cristianismo que lo distingue de toda otra religión y filosofía religiosa. No se habla de superioridad sino de diferencia. En cada religión el esquema es: se tiene que hacer algo para alcanzar el premio. Pueden ser especulaciones intelectuales, pueden ser renuncias ascéticas… pero el esquema siempre es lo mismo. Para alcanzar el objetivo (que puede ser paraíso, el nirvana…) se tiene que seguir un camino.

El cristianismo no comienza diciendo a los hombres lo que tienen que hacer para ser salvados; comienza diciendo lo que Dios ha hecho para salvarles. Es decir, el cristianismo comienza con el don, la gracia. Los diez mandamientos, los preceptos del Evangelio… todo eso está en segundo nivel. El primer nivel es la gracia, el don de Dios, de quien desciende el deber.

Si esto hubiera estado claro no habría existido la reforma protestante. Pero desgraciadamente se había olvidado precisamente esto, que no se llega a la fe a través de las virtudes. Lo decía San Gregorio Magno: No se llega a la fe a través de las virtudes, sino que se llega a las virtudes a través de la fe. Y ahora, gracias a Dios, estamos recobrando la unidad en esto. Será el tema de mi última charla a la Casa Pontificia este año. Cómo ahora, anunciar juntos, católicos y protestantes, este gran mensaje de la gracia de Dios, de la salvación gratuita. De quien descienden las obras.

Si hubo un error (como a veces, muchas veces, estoy invitado a hablar a mis hermanos protestantes, les digo) el error más fuerte durante la Reforma no fue que se cortó la Carta a los Romanos de todo el resto del Nuevo Testamento, haciendo de ella un canon en el canon. El error mayor fue recortar la primera parte de la carta a los Romanos de la segunda, porque si se leen juntas se ve que hay lugar para la fe, primero está la fe, lo que Cristo ha hecho, y la fe en Cristo que nos salva, y después a partir del capítulo 12 se comienza a hablar de las virtudes, de los frutos del Espíritu que tienen que seguir; de otra manera, la vida que se ha recibido se pierde.

Es lo que pasa también en la vida del hombre: el niño, la criatura ¿puede hacer algo para ser concebido en el seno de su madre? Me parece que no. Necesita el amor, al menos hasta ahora, necesita el amor de un hombre y una mujer. El niño no puede hacer nada para ser concebido, pero una vez que ha nacido, tiene que poner en obra sus pulmones y respirar; de otra manera muere. En la Carta de Santiago dice esto: la fe sin las obras está muerta. Y la fe sin las obras muere.

La más grande herejía del hombre moderno es pensar que puede prescindir de la gracia de Dios. En la cultura tecnológica en la que vivimos asistimos a una eliminación de la misma idea de gracia. Es el pelagianismo radical de la mentalidad moderna. ¿Sabéis qué es el pelagianismo? Una herejía contra la que luchó San Agustín que dice que el hombre con su buena voluntad, no por la voluntad de Dios, por la ley puede salvarse por sí mismo, por sus obras.

Es como decir que la gracia de Dios, la muerte de Cristo es algo opcional, algo que se añade, pero que no es indispensable. Se cree hoy que basta ayudar al paciente a conocer a la luz de la razón sus neurosis o sus complejos de Edipo para que esté curado, sin necesidad de una gracia de lo alto que lo cure. El caso típico de esto es el psicoanálisis. Pero no todo el psicoanálisis, sino el psicoanálisis que sale de una premonición materialista y que, desde el inicio, da por supuesto que no hay nada de espiritual en el hombre.

Si la gracia es lo que da valor al hombre, lo que lo eleva por encima del tiempo, de la corrupción, de la mortalidad… ¿qué es un hombre sin gracia o que rechaza la gracia? Es un hombre, una mujer, vacío, vacía. En el sentido fuerte de esta palabra. Vacío. El hombre moderno está justamente impresionado por las diferencias llamativas existentes entre los ricos y pobres, entre los saciados y los hambrientos. No obstante, no se preocupa por una diferencia infinitamente más dramática: la diferencia entre quienes viven en gracia de Dios y quienes viven sin gracia de Dios.

Pascal formuló el principio de los tres órdenes o niveles de grandezas que hay entre los hombres. Dice: hay tres niveles de grandeza. Hay primero el primer nivel de los cuerpos, la grandeza material, y en este nivel son grandes y excelentes los que tienen muchos bienes, los ricos, los que son muy hermosos, los “stars”,  los atletas que tienen una fuerza. No se deben despreciar estos bienes o valores que si están bien usados, vienen de Dios, pero están en un primer nivel.

Sobre esto, infinitamente más superior -dice Pascal- está el nivel del ingenio, de la inteligencia, del espíritu; y en este nivel son grandes los poetas, los artistas, los escritores, los científicos… todos los que han enriquecido la humanidad con obras de ingenio. Y en general la humanidad se para aquí. No conoce nada más que estas dos grandezas. Y Pascal dice ¡No!, ¡hay un tercer orden de grandeza, infinitamente más bello y superior que el segundo! y es el de la gracia, de la santidad, porque ésta es una grandeza eterna.

Es una grandeza que depende de nosotros. Porque no depende de nosotros el nacer ricos o pobres, hermosos o bellos… No depende de nosotros esto, ¿eh? Lo que depende de nosotros es ser buenas personas o malas personas, ser buenos o malos, santos o pecadores. Por esto esta grandeza realiza lo que hay de más precioso y noble en la criatura, es la grandeza máxima. La morada más alta, que diría Santa Teresa de Ávila.

El primer plano son los estados, las moradas. Aquí hay una morada noble. Y en este nivel, por supuesto, la cumbre es Jesús, el Santo de Dios, la fuente de santidad. ¡Me encanta este título de Jesús! Que fue el que le dio a Jesús, una vez, San Pedro: “¡a quién iremos Señor, tú solo tienes palabras de vida eterna, y nosotros hemos conocido y creído que tú eres el Santo de Dios.” Jesús es la santidad misma de Dios.

Después de Jesús, y en dependencia, María, la santa, y después los santos y después todos nosotros… Y por esto, recobrar el sentido de la gracia es vibrar. Sería una ganancia enorme si este día sirviera para tomar conciencia de este tesoro que tenemos en nosotros. Sería un día bien empleado.

Este redescubrimiento de la gracia, en el cual María nos está mirando, cambia el modo de considerar nuestra vida. Contiene un llamado personal y urgente a la conversión. Para muchas personas todo el problema de Dios se reduce a la pregunta si existe o no un más allá, algo después de la muerte o si existe un Creador. Todo lo que le impide romper del todo la comunión con la Iglesia y con la fe es la siguiente duda ¿y si existe algo después de la muerte?

En consecuencia, se cree que el alcance principal de la Iglesia es el de conducir a los hombres al Cielo; a encontrar a Dios, pero sólo después de la muerte. En las confrontaciones de este tipo de fe tiene un éxito fácil la crítica de aquellos que ven en el más allá, un paraíso, un escape, una proyección ilusoria de los deseos no satisfechos en la Tierra. Sin embargo, esta crítica tiene poco que hacer con las confrontaciones de la predicación genuina de la gracia, que no es sólo esperanza sino también experiencia y presencia de Dios, aquí y hoy.

La doctrina de la gracia es la única capaz de cambiar esta triste situación de la gente para quien la fe es simplemente creer que hay algo después de la muerte. “La gracia -dice un conocido principio teológico escolástico- es el inicio de la gloria”. ¿Recordáis en este dicho un principio de Santo Tomás de Aquino? La gracia es el principio de la gloria, es el inicio, no sólo la esperanza de la gloria; es el comienzo.

Esto quiere decir que la gracia hace ya presente de algún modo la vida eterna. Se nos hace ver y gustar a Dios hasta el final de esta vida. Es verdad que con esta esperanza nos han salvado, dice Pablo: “En la esperanza, estamos salvados.” Pero esto no significa que esperamos simplemente ser salvados un día. Significa que ya ahora, en la esperanza, experimentamos la salvación.

La esperanza cristiana no es el dirigir el alma a cualquier cosa que pudiera ocurrir. Esa es la esperanza entre los hombres, en sentido ordinario significa esto: el sentido que algo ocurra o el deseo de que algo pase. La esperanza cristiana no es simplemente el deseo que algún día pase algo para mí. De algún modo es ya una certeza, una posesión. Quien tiene la promesa del Espíritu posee la esperanza de la Resurrección. Tiene ya como regalo lo que espera. Este es un dicho de un padre de la Iglesia.

Aquí está uno de los acontecimientos más preciosos que la Renovación Carismática ha llevado a la vida cristiana: tener una experiencia, no sólo una idea del Espíritu de  Dios. ¿No os parece? Es un don que hemos recibido, no es nuestro, pero tenemos que tenerlo vivo y en la Iglesia difundirlo. La vida cristiana es tener una experiencia, no sólo una doctrina sobre el Espíritu Santo, aunque aquí no se necesita insistir en esto, porque ya veo, por la alabanza que aquí hay una experiencia.

La gracia es presencia de Dios. Las dos expresiones dirigidas a María: Llena de gracia y el Señor está contigo, son casi la misma cosa. Esta presencia de Dios en el hombre se realiza en Cristo y por Cristo. La vida cristiana bajo esta perspectiva encuentra una analogía y un símbolo en lo que era el compromiso en los hebreos, es decir, la situación de María en el momento de la Concepción.

La situación de María y José en el momento de la Anunciación es un símbolo, una parábola. Ella era ya esposa de José a título pleno. Ninguno podría rescindir el pacto nupcial y separarla de su esposo. Sin embargo, todavía no había ido María a vivir con él.

Así es el tiempo de la gracia respecto al tiempo de la gloria y de la fe. Respecto al tiempo de la visión. Somos ya de Dios y de Cristo y ninguno puede cortarnos de él, sino nosotros; aunque no hemos ido todavía a estar permanentemente con él.

¿Veis la analogía? Sabéis que en tiempo de María hasta un año después de las nupcias, de la boda, no vivían juntos. Así es nuestra vida, parecida a este tiempo hay entre el desposorio, las nupcias, y estar con el Esposo, vivir junto a él, y consumar el matrimonio.

Decía que el descubrimiento de la gracia contiene también una llamada a la conversión. De hecho, frente a ello urge rápidamente el interrogante ¿qué hice yo con la gracia de Dios? ¿qué estoy haciendo con la gracia de Dios? San Pablo amonestaba: “Como colaboradores de Dios os exhortamos a no recibir en vano la gracia de Dios” (2ª Corintios 6, 1)

Se puede, de hecho, recibir en vano la gracia de Dios, es decir, dejarla caer en el vacío. El lenguaje cristiano ha acuñado la expresión desperdiciar la gracia. Esto sucede cuando no se corresponde a la gracia. Cuando no se cultiva la gracia. De modo que ella pueda producir sus frutos, que son los frutos del Espíritu. Cuando el Apóstol dice: “¿O desprecias tal vez sus tesoros de bondad, paciencia y tolerancia sin reconocer que esa bondad te impulsa al arrepentimiento?” (Romanos 2, 4).

También en la época del Apóstol había algunas personas que creían que podían vivir al mismo tiempo en gracia y en el pecado. A ellos les responde: “¿Qué diremos, entonces, que tenemos que seguir pecando para que abunde la gracia? ¡Ni pensarlo!”, y todavía dice Pablo: “¿Vamos a pecar porque no estamos sometidos a la ley, sino bajo la gracia? De ningún modo” (Romanos 6). Es absurdo.

Es decir, es una monstruosidad, porque esto significa responder a la gracia con la ingratitud. Significa querer que la vida y la muerte estén juntas. Concretamente, esto significa que no se puede vivir una vida en el Espíritu permaneciendo voluntariamente, sin darse mucha preocupación, en el pecado. El caso extremo de este recibir en vano la gracia consiste en perderla, en vivir del pecado, es decir, en la des-gracia de Dios. Esto es terrible, porque es presagio de muerte eterna.

Si de hecho la gracia de Dios es el inicio de la gloria, la des-gracia de Dios es el inicio de la condenación, el infierno. Vivir en desgracia de Dios es vivir ya como un condenado. Es vivir ya la pena del daño aún si todavía no se es capaz de ver y experimentar de qué daño irreparable se trata. Vivir culpablemente sin gracia de Dios es estar muerto. Muerto de la segunda muerte.

Hermanos y hermanas ¡cuántos cadáveres circulan por nuestras calles y por nuestras plazas! A veces dan la imagen misma de (…?) y por el contrario, están muertos.

Un ateo muy conocido, Sartre, a quien un día se le preguntó en una entrevista: ¿Cómo te has sentido en el fondo de la conciencia y qué sensación has tenido llegado al final de tu vida?, y él respondió: “Viví toda la vida con la extraña sensación de aquel que viaja sin pasaje”.

No sé qué intentó decir exactamente, pero es cierto que su respuesta es verdadera. Vivir sin Dios, rechazando su gracia, es como viajar por la vida sin pasaje, con el peligro de ser sorprendido de un momento a otro y obligado a descender. Las palabras de Jesús sobre el hombre encontrado en la sala del banquete sin la vestidura apropiada que es atado de pies y manos y es tirado fuera, hace pensar lo mismo.

Llegamos al final, para vuestra consolación. El anuncio de la gracia contiene también una carga de consuelo y de coraje. Debemos tomar no solamente este llamado a la conversión. El ángel invita a María a alegrarse a causa de la gracia y a no tener miedo a causa de la misma gracia. Y nosotros también estamos invitados a hacer lo mismo. Si María es figura de la Iglesia, entonces es a cada uno y a cada una de nosotros, que se dirige también la invitación: “Alégrate, lleno o llena de gracia. No temas porque has encontrado la gracia”.

La gracia es la razón principal de nuestra alegría. En la letra griega en la que se escribió el Nuevo Testamento, al comienzo de las dos palabras la gracia y la alegría –caris y chara- casi se confunden. La gracia es lo que da alegría. Caris genera la chara. Alegrarse por la gracia significa deleitarse en el Señor y nada absolutamente anteponer al favor y a la amistad de Dios.

La gracia es también la razón fundamental de nuestro coraje. A San Pablo, que se lamentaba por la espina en la carne ¿qué le respondió Dios?: “Te basta mi gracia.” Repitámonos  esto todos ahora, también cuando estamos a punto de enfadarnos con Dios: “Te basta mi gracia”. Repitámoslo también para Raniero: a pesar de tus ochenta y tres años y de tu debilidad, “Te basta mi gracia”.

La gracia de Dios no es como la de los hombres, que con frecuencia decepciona. Dios es al mismo tiempo gracia y fidelidad. Su fidelidad dura por siempre, dice el Salmo. Todos nos pueden abandonar, incluso el padre y la madre -dice un salmo- pero Dios nos acoge siempre. Por eso podemos decir: la bondad y el amor me escoltan todos los días de mi vida. Es necesario hacer todo lo posible para renovar cada día el contacto con la gracia de Dios que está en nosotros. Tomar conciencia de la gracia.

No se trata de entrar en contacto con una cosa o con una idea, sino con una persona. De nuevo, de la gracia, hemos visto, que no es otra cosa que Cristo en nosotros esperanza de la gloria. Ahora gracia es una persona. Es la presencia de Cristo en nosotros. Por la gracia nosotros podemos tener hasta el fin de esta vida un cierto contacto espiritual con Dios, bastante más real que aquel que se pueda tener a través de la especulación sobre Dios.

Cada uno tiene su medio y su recurso preferido para establecer este contacto con la gracia. Como una especie de camino secreto, conocido sólo por él. Será un pensamiento, un recuerdo, una imagen interior (a veces el Señor habla a través de una imagen, sí), una palabra de Dios, un ejemplo recibido. Pensando de nuevo en esto se toma contacto con la gracia.

¿Cuál es el ejercicio para hacer ahora? Es un ejercicio de fe y gratitud y de absoluto. Debemos creer en la gracia, creer que Dios nos ama y que nos es verdaderamente favorable. Escuchar como dichas para cada uno de nosotros las palabras pronunciadas por Dios por medio del profeta: “Tú, Israel, (en lugar de Israel cada uno puede poner su nombre) siervo mío, Jacob mi elegido, a quien tomé, no temas que yo estoy contigo. No te angusties que yo soy tu Dios”.

Hemos escuchado cuál es el primer deber, la primera necesidad que nace de recibir la gracia. Es el de dar gracias, bendecir, exaltar a quien da la gracia. Decimos por lo tanto, también nosotros con los santos: “Qué bien inapreciable es tu gracia. ¿Queréis probar a decirlo ahora juntos?: “Tu gracia vale más que la vida”.

Son muchísimas, hermanos y hermanas, las ciudades y las catedrales y los santuarios en la cristiandad  (al menos en Italia), donde se venera a la Virgen con el título de “Santa María de las gracias”. Es uno de los títulos más queridos para el pueblo cristiano que acude en ciertas ocasiones delante de la imagen de la Virgen que así la representa, como Santa María de las Gracias.

¿Por qué no dar un paso adelante y descubrir un título todavía más bello, todavía más necesario?: “Santa María de la Gracia”, en singular. ¿Por qué, antes de pedir a la Virgen obtenernos las gracias, no pedimos obtener la gracia? Las gracias que se piden a la Virgen y por las cuales se encienden velas y se hacen exvotos y novenas, son en general gracias materiales, para esta vida, buenas ¿verdad?, para esta vida. Son las cosas que Dios da en exceso a quien busca primero el Reino de Dios, es decir, la gracia.

¡Qué alegría damos en el Cielo a María y qué progreso realizamos en su culto si, sin despreciar el título Santa María de las Gracias, no nos ponemos a auparla, a invocarla, como nos la ha revelado la Palabra de Dios, es decir, como “Santa María de la Gracia”! Amén.

Transcrita por Chus Villarroel, op.


Santos Felipe y Santiago, apóstoles

mayo 3, 2017

3 de Mayo

Santos Felipe y Santiago, apóstoles

En el Perú, Veneración de la Santa Cruz, fiesta, “La Cruz de mayo”. (Como en la Exaltación de la Santa Cruz, 14 de septiembre)

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Sts Philp and James

Santos Felipe y Santiago, apóstoles



Antífona de entrada

Estos son los santos varones a quienes eligió el Señor amorosamente y les dio una gloria eterna. Aleluya.


Oración colecta

Señor Dios nuestro, que nos alegras todos los años con la fiesta de los santos apóstoles Felipe y Santiago; concédenos, por su intercesión, participar en la muerte y resurrección de tu Hijo, para que merezcamos llegar a contemplar en el cielo el esplendor de tu gloria. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: 1 Corintios 15, 1-8

Os recuerdo, hermanos, el Evangelio que os proclamé y que vosotros aceptasteis, y en el que estáis fundados, y que os está salvando, si es que conserváis el Evangelio que os proclamé; de lo contrario, se ha malogrado vuestra adhesión a la fe.

Porque lo primero que yo os transmití, tal como lo había recibido, fue esto:

que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se le apareció a Cefas y más tarde a los Doce; después se apareció a más de quinientos hermanos juntos, la mayoría de los cuales viven todavía, otros han muerto; después se le apareció a Santiago, después a todos los apóstoles; por último, se me apareció también a mí.


SALMO 18, 2-3. 4-5

A toda la tierra alcanza su pregón.

El cielo proclama la gloria de Dios, el firmamento pregona la obra de sus manos: el día al día le pasa el mensaje, la noche a la noche se lo susurra.

Sin que hablen, sin que pronuncien, sin que resuene su voz, a toda la tierra alcanza su pregón, y hasta los límites del orbe su lenguaje.


Aclamación antes del Evangelio: Jn 14, 6b y 9c

Yo soy el camino, y la verdad, y la vida –dice el Señor–; Felipe, quien me ha visto a mí ha visto al Padre.


EVANGELIO: Juan 14, 6-14

En aquel tiempo, dijo Jesús a Tomás: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre, sino por mí. Si me conocéis a mi, conoceréis también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto.»

Felipe le dice: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta.»

Jesús le replica: «Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mi ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre” ? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí?

Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, hace sus obras, Creedme: yo estoy en el Padre, y el Padre en mí. Si no, creed a las obras.

Os lo aseguro: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores. Porque yo me voy al Padre; y lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo.

Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré.»


Antífona de comunión: Jn 14, 8-9

Señor, muéstranos al Padre y nos basta. Felipe, quien me ha visto a mí, ha visto al Padre. Aleluya.


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3 de mayo
San Felipe y Santiago, apóstoles

Felipe, nacido en Betsaida, primeramente fue discípulo Juan Bautista y después siguió a Cristo. Santiago, pariente del Señor, hijo de Alfeo, rigió la Iglesia de Jerusalén; escribió una carta canónica; llevó una vida de gran mortificación y convirtió a la fe a muchos judíos. Recibió la palma del martirio el año 62.

LA PREDICACIÓN APOSTÓLICA
Del tratado de Tertuliano, presbítero, sobre la prescripción de los herejes

Cristo Jesús, nuestro Señor, durante su vida terrena, iba enseñando por sí mismo quién era él, qué había sido desde siempre, cuál era el designio del Padre que él realizaba en el mundo, cuál ha de ser la conducta del hombre para que sea conforme a este mismo designio; y lo enseñaba unas veces abiertamente ante el pueblo, otras aparte a sus discípulos, principalmente a los doce que había elegido para que estuvieran junto a él, y a los que había destinado como maestros de las naciones.

Y así, después de la defección de uno de ellos, cuando estaba para volver al Padre, después de su resurrección, mandó a los otros once que fueran por el mundo a adoctrinar a los hombres y bautizarlos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Los apóstoles –palabra que significa «enviados»–, después de haber elegido a Matías, echándolo a suertes, para sustituir a Judas y completar así el número de doce (apoyados para esto en la autoridad de una profecía contenida en un salmo de David), y después de haber obtenido la fuerza del Espíritu Santo para hablar y realizar milagros, como lo había prometido el Señor, dieron primero en Judea testimonio de la fe en Jesucristo e instituyeron allí Iglesias, después fueron por el mundo para proclamar a las naciones la misma doctrina y la misma fe.

De modo semejante, continuaron fundando Iglesias en cada población, de manera que las demás Iglesias fundadas posteriormente, para ser verdaderas Iglesias, tomaron y siguen tomando de aquellas primeras Iglesias el retoño de su fe y la semilla de su doctrina. Por esto también aquellas Iglesias son consideradas apostólicas, en cuanto que son descendientes de las Iglesias apostólicas.

Es norma general que toda cosa debe ser referida a su origen. Y, por esto, toda la multitud de Iglesias son una con aquella primera Iglesia fundada por los apóstoles, de la que proceden todas las otras.

En este sentido son todas primeras y todas apostólicas, en cuanto que todas juntas forman una sola. De esta unidad son prueba la comunión y la paz que reinan entre ellas, así como su mutua fraternidad y hospitalidad. Todo lo cual no tiene otra razón de ser que su unidad en una misma tradición apostólica.

El único medio seguro de saber qué es lo que predicaron los apóstoles, es decir, qué es lo que Cristo les reveló, es el recurso a las Iglesias fundadas por los mismos apóstoles, las que ellos adoctrinaron de viva voz y, más tarde, por carta.

El Señor había dicho en cierta ocasión: Muchas cosas quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas hora; pero añadió a continuación: Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena; con estas palabras demostraba que nada habían de ignorar, ya que les prometía que el Espíritu de la verdad les daría el conocimiento de la verdad plena.

Y esta promesa la cumplió, ya que sabemos por los Hechos de los apóstoles que el Espíritu Santo bajó efectivamente sobre ellos.


Discurso del Papa a sacerdotes, religiosos y seminaristas de Egipto

mayo 1, 2017

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Discurso del Papa Francisco a los sacerdotes, religiosos y seminaristas en el Seminario Al-Maadi de El Cairo durante su visita a Egipto

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TEXTO Y VIDEO: Discurso del Papa a sacerdotes, religiosos y seminaristas de Egipto

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EL CAIRO, 29 Abr. 17 / 08:05 am (ACI).- Antes de regresar a Roma, el Papa Francisco se reunió en el Seminario Al-Maadi con sacerdotes, religiosos, religiosas y seminaristas para orar junto a ellos. Tras la oración el Santo Padre les dirigió un discurso en el que detalló 7 tentaciones que pueden asaltar a la persona consagrada y cómo derrotarlas.

“El peligro es grave cuando el consagrado, en lugar de ayudar a los pequeños a crecer y de regocijarse con el éxito de sus hermanos y hermanas, se deja dominar por la envidia y se convierte en uno que hiere a los demás con la murmuración”, advirtió Francisco.

A continuación, el texto completo del discurso del Papa:

Al Salamò Alaikum! / La paz esté con vosotros.

«Este es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo. Cristo ha vencido para siempre la muerte. Gocemos y alegrémonos en él».

Me siento muy feliz de estar con vosotros en este lugar donde se forman los sacerdotes, y que simboliza el corazón de la Iglesia Católica en Egipto. Con alegría saludo en vosotros, sacerdotes, consagrados y consagradas de la pequeña grey católica de Egipto, a la «levadura» que Dios prepara para esta bendita Tierra, para que, junto con nuestros hermanos ortodoxos, crezca en ella su Reino (cf. Mt 13,13).

Deseo, en primer lugar, daros las gracias por vuestro testimonio y por todo el bien que hacéis cada día, trabajando en medio de numerosos retos y, a menudo, con pocos consuelos. Deseo también animaros. No tengáis miedo al peso de cada día, al peso de las circunstancias difíciles por las que algunos de vosotros tenéis que atravesar. Nosotros veneramos la Santa Cruz, que es signo e instrumento de nuestra salvación. Quien huye de la Cruz, escapa de la resurrección.

«No temas, pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el reino» (Lc 12,32).

Se trata, por tanto, de creer, de dar testimonio de la verdad, de sembrar y cultivar sin esperar ver la cosecha. De hecho, nosotros cosechamos los frutos que han sembrado muchos otros hermanos, consagrados y no consagrados, que han trabajado generosamente en la viña del Señor. Vuestra historia está llena de ellos.

En medio de tantos motivos para desanimarse, de numerosos profetas de destrucción y de condena, de tantas voces negativas y desesperadas, sed una fuerza positiva, sed la luz y la sal de esta sociedad, la locomotora que empuja el tren hacia adelante, llevándolo hacia la meta; sed sembradores de esperanza, constructores de puentes y artífices de diálogo y de concordia.

Todo esto será posible si la persona consagrada no cede a las tentaciones que encuentra cada día en su camino. Me gustaría destacar algunas significativas.

1- La tentación de dejarse arrastrar y no guiar. El Buen Pastor tiene el deber de guiar a su grey (cf. Jn 10,3-4), de conducirla hacia verdes prados y a las fuentes de agua (cf. Sal 23). No puede dejarse arrastrar por la desilusión y el pesimismo: «Pero, ¿qué puedo hacer yo?».

Está siempre lleno de iniciativas y creatividad, como una fuente que sigue brotando incluso cuando está seca. Sabe dar siempre una caricia de consuelo, aun cuando su corazón está roto. Saber ser padre cuando los hijos lo tratan con gratitud, pero sobre todo cuando no son agradecidos (cf. Lc 15,11-32).

Nuestra fidelidad al Señor no puede depender nunca de la gratitud humana: «Tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará» (Mt 6,4.6.18).

2- La tentación de quejarse continuamente. Es fácil culpar siempre a los demás: por las carencias de los superiores, las condiciones eclesiásticas o sociales, por las pocas posibilidades.

Sin embargo, el consagrado es aquel que con la unción del Espíritu transforma cada obstáculo en una oportunidad, y no cada dificultad en una excusa. Quien anda siempre quejándose en realidad no quiere trabajar.

Por eso el Señor, dirigiéndose a los pastores, dice: «fortaleced las manos débiles, robusteced las rodillas vacilantes» (Hb 12,12; cf. Is 35,3).

3- La tentación de la murmuración y de la envidia. El peligro es grave cuando el consagrado, en lugar de ayudar a los pequeños a crecer y de regocijarse con el éxito de sus hermanos y hermanas, se deja dominar por la envidia y se convierte en uno que hiere a los demás con la murmuración.

Cuando, en lugar de esforzarse en crecer, se pone a destruir a los que están creciendo, y cuando en lugar de seguir los buenos ejemplos, los juzga y les quita su valor.

La envidia es un cáncer que destruye en poco tiempo cualquier organismo: «Un reino dividido internamente no puede subsistir; una familia dividida no puede subsistir» (Mc 3,24-25). De hecho, «por envidia del diablo entró la muerte en el mundo» (Sb 2,24). Y la murmuración es el instrumento y el arma.

4- La tentación de compararse con los demás. La riqueza se encuentra en la diversidad y en la unicidad de cada uno de nosotros. Compararnos con los que están mejor nos lleva con frecuencia a caer en el resentimiento, compararnos con los que están peor, nos lleva, a menudo, a caer en la soberbia y en la pereza.

Quien tiende siempre a compararse con los demás termina paralizado. Aprendamos de los santos Pedro y Pablo a vivir la diversidad de caracteres, carismas y opiniones en la escucha y docilidad al Espíritu Santo.

5- La tentación del «faraonismo», es decir, de endurecer el corazón y cerrarlo al Señor y a los demás. Es la tentación de sentirse por encima de los demás y de someterlos por vanagloria, de tener la presunción de dejarse servir en lugar de servir.

Es una tentación común que aparece desde el comienzo entre los discípulos, los cuales — dice el Evangelio— «por el camino habían discutido quién era el más importante» (Mc 9,34). El antídoto a este veneno es: «Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos» (Mc 9,35).

6- La tentación del individualismo. Como dice el conocido dicho egipcio: «Después de mí, el diluvio». Es la tentación de los egoístas que por el camino pierden la meta y, en vez de pensar en los demás, piensan sólo en sí mismos, sin experimentar ningún tipo de vergüenza, más bien al contrario, se justifican.

La Iglesia es la comunidad de los fieles, el cuerpo de Cristo, donde la salvación de un miembro está vinculada a la santidad de todos (cf. 1Co 12,12-27; Lumen gentium, 7). El individualista es, en cambio, motivo de escándalo y de conflicto.

7- La tentación del caminar sin rumbo y sin meta. El consagrado pierde su identidad y acaba por no ser «ni carne ni pescado». Vive con el corazón dividido entre Dios y la mundanidad. Olvida su primer amor (cf. Ap 2,4). En realidad, el consagrado, si no tiene una clara y sólida identidad, camina sin rumbo y, en lugar de guiar a los demás, los dispersa.

Vuestra identidad como hijos de la Iglesia es la de ser coptos —es decir, arraigados en vuestras nobles y antiguas raíces— y ser católicos —es decir, parte de la Iglesia una y universal—: como un árbol que cuanto más enraizado está en la tierra, más alto crece hacia el cielo.

Queridos consagrados, hacer frente a estas tentaciones no es fácil, pero es posible si estamos injertados en Jesús: «Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí» (Jn 15,4).

Cuanto más enraizados estemos en Cristo, más vivos y fecundos seremos. Así el consagrado conservará la maravilla, la pasión del primer encuentro, la atracción y la gratitud en su vida con Dios y en su misión. La calidad de nuestra consagración depende de cómo sea nuestra vida espiritual.

Egipto ha contribuido a enriquecer a la Iglesia con el inestimable tesoro de la vida monástica.

Os exhorto, por tanto, a sacar provecho del ejemplo de san Pablo el eremita, de san Antonio Abad, de los santos Padres del desierto y de los numerosos monjes que con su vida y ejemplo han abierto las puertas del cielo a muchos hermanos y hermanas; de este modo, también vosotros seréis sal y luz, es decir, motivo de salvación para vosotros mismos y para todos los demás, creyentes y no creyentes y, especialmente, para los últimos, los necesitados, los abandonados y los descartados.

Que la Sagrada Familia os proteja y os bendiga a todos, a vuestro País y a todos sus habitantes. Desde el fondo de mi corazón deseo a cada uno de vosotros lo mejor, y a través de vosotros saludo a los fieles que Dios ha confiado a vuestro cuidado.

Que el Señor os conceda los frutos de su Espíritu Santo: «Amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, lealtad, modestia, dominio de sí» (Ga 5,22-23).

Os tendré siempre presentes en mi corazón y en mis oraciones. Ánimo y adelante, guiados por el Espíritu Santo. «Este es el día en que actúo el Señor, sea nuestra alegría». Y por favor, no olvidéis de rezar por mí.

 


Maná y Vivencias Pascuales (5), 20.4.17

abril 20, 2017

Jueves de la Octava de Pascua


Para que se cumplieran las Escrituras. Como estaba anunciado. Tal como estaba escrito.

Para que se cumplieran las Escrituras. Como estaba anunciado. Tal como estaba escrito.


CREER EN EL NOMBRE DEL SEÑOR JESÚS

Clave de interpretación y gracia de Dios, fundamental para poder creer: “Cumplimiento de las Escrituras” en la vida, pasión, muerte y resurrección del Señor Jesús.

Esta gracia de Dios que abre la mente de los discípulos de Jesús para entender las Escrituras genera la fe personal dentro de una comunidad y en contacto vital con ella. A la vez, y de manera inmediata, Dios crea el nuevo Israel, la Iglesia: un nuevo pueblo de reyes y sacerdotes, de profetas y de hijos de Dios.

La característica fundamental, imprescindible y suficiente, de los miembros del nuevo pueblo de Dios será su condición de testigos. Todos serán enseñados por el Espíritu de Dios, y entre ellos serán hermanos y testigos de una experiencia de Dios, única y total que no podrán dejar de proclamar ante todos los pueblos.


ANTÍFONA DE ENTRADA: Salmo 67, 8-9. 20

Cuando saliste, Señor, al frente de tu pueblo y le abriste camino a través del desierto, la tierra se estremeció y hasta los cielos se fundieron. Aleluya.


Oración colecta

Oh Dios, que has reunido pueblos diversos en la confesión de tu nombre, concede a los que han renacido en la fuente bautismal, una misma fe en su espíritu y una misma caridad en su vida. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: Hechos 3, 11-26 “Ustedes le dieron muerte al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos”.

En aquellos días, el hombre paralítico que había sanado no se apartaba de Pedro ni de Juan, de manera que todo el pueblo, asombrado, corrió junto a ellos al pórtico llamado de Salomón.

Pedro, al ver la gente reunida, les dijo: “Israelitas, ¿por qué se admiran de esto?, ¿por qué nos miran asombrados? ¿Acaso le hicimos andar por nuestro propio poder o por nuestra santidad?

El Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres, ha glorificado a su siervo Jesús, a quien ustedes entregaron y a quien negaron ante Pilato, cuando éste quería ponerlo en libertad. Ustedes renegaron del Santo y del Justo y pidieron como una gracia la libertad de un asesino, mientras que al Señor de la vida lo hicieron morir.

Pero Dios lo resucitó de entre los muertos, y nosotros somos testigos de ello. Y por la fe en su Nombre ha sido sanado este hombre que ustedes ven y conocen. Es, pues, la fe la que lo ha restablecido totalmente delante de todos ustedes.

Yo sé, hermanos, que actuaron así por ignorancia al igual que sus jefes. Pero Dios cumplió de esta manera lo que había anunciado por intermedio de todos los profetas: que su Cristo padecería.

Arrepiéntanse entonces y conviértanse, para que todos sus pecados sean borrados. Y así el Señor hará venir los tiempos del alivio enviando al Cristo que les ha sido destinado. Este Cristo es Jesús que ha de permanecer en el cielo, hasta que llegue el momento de la restauración del mundo, de la cual Dios habló por intermedio de sus santos profetas.

Moisés así lo dijo: El Señor Dios les hará surgir un profeta como yo de entre sus hermanos. Escuchen todo lo que él les va a decir. Todo el que no escuche a ese profeta será eliminado del pueblo.

Y todos los profetas que desde Samuel y sus sucesores han hablado, anunciaron también estos días.

Ustedes son los hijos de los profetas y de los hombres con los cuales Dios pactó la alianza al decir a Abrahán: En tu descendencia serán bendecidas todas las familias de la tierra.Para ustedes primeramente, Dios ha resucitado a su Servidor y lo ha enviado para que los bendiga, apartándose cada uno de sus actos malos”.

SALMO 8, 2a.5.6-7.8-9

“¡Señor, Dios nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!”

¡Oh Señor, nuestro Dios, qué glorioso tu nombre por la tierra! ¿Quién es el hombre, para que te acuerdes de él, el hijo de Adán, para que de él cuides?

Apenas inferior a un dios lo hiciste, coronándolo de gloria y grandeza; le entregaste las obras de tus manos, bajo sus pies has puesto cuanto existe.

Ovejas y bueyes todos juntos, como también las fieras salvajes, aves del cielo y peces del mar que andan por las sendas de los mares.


ACLAMACIÓN ANTES DEL EVANGELIO: Juan 20, 29

Tomás, tú crees porque me has visto; dichosos los que creen sin haberme visto, dice el Señor.


EVANGELIO: Lucas 24, 35-48 – “Está escrito que Cristo tenía que padecer y tenía que resucitar de entre los muertos al tercer día”

En aquel tiempo contaban los discípulos lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan. Mientras estaban hablando de todo esto, Jesús se presentó en medio de ellos. Les dijo: «Paz a ustedes».

Estaban atónitos y asustados, pensando que veían a algún espíritu. Pero les dijo: «¿Por qué se asustan tanto, y por qué les vienen estas dudas?” Miren mis manos y mis pies; soy yo. Tóquenme y fíjense bien que un espíritu no tiene carne ni huesos, como ustedes ven que yo tengo».

Y al mismo tiempo les mostró sus manos y sus pies. Y como en medio de tanta alegría no podían creer y seguían maravillados, les dijo: «¿Tienen aquí algo que comer?».

Ellos le ofrecieron un pedazo de pescado asado, y él lo tomó y comió ante ellos. Jesús les dijo: «Todo esto se lo había dicho cuando estaba entre ustedes. Tenía que cumplirse lo que está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos respecto a mí».

Entonces les abrió la mente para que lograran entender las Escrituras, y les dijo: «Esto estaba escrito: los sufrimientos de Cristo, su resurrección de entre los muertos al tercer día, y la predicación que ha de hacerse en su nombre a todas las naciones, comenzando por Jerusalén, invitándolas a que se conviertan y sean perdonadas de sus pecados. Y ustedes son testigos de todo esto”.


ANTIFONA DE COMUNIÓN: Mateo 28, 20

Yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo. Aleluya
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A LA LUZ DE LA PALABRA DE DIOS QUE ME REGALA EN ESTE NUEVO DÍA:

POR LA MAÑANA.- Puedes preguntarte:

1) ¿Cuál puede ser el plan de Dios sobre mi vida en esta nueva jornada?

2) ¿Qué puedo mejorar en mi relación con Dios durante el día de hoy?

3) ¿A quién puedo estar lastimando en este día, a quién le estoy haciendo sufrir? ¿A quién puedo estar defraudando, apenando?

4) ¿A quién puedo ayudar en este día? ¿Cómo voy a transmitir el amor de Dios en este día, con qué personas me voy a ver? ¿Quién puede estar esperando algo de mí?

5) ¿Cómo me debe cambiar hoy la Resurrección del Señor?

POR LA NOCHE.- Puedes preguntarte:

1) ¿Cómo he respondido al plan de Dios sobre este día ya pasado? ¿En qué he cumplido y en qué he fallado?

2) ¿Cómo le ofrezco a Dios lo bueno, y le pido perdón de lo deficiente?

3) ¿Cómo le agradezco a Dios su paciencia conmigo, y cómo renuevo mi confianza en Dios que siempre me espera y me da nuevas oportunidades?


Catequesis del Papa Francisco sobre la Resurrección de Jesús

abril 19, 2017

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El Papa Francisco en la Plaza de San Pedro. Audiencia

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TEXTO COMPLETO: Catequesis del Papa Francisco sobre la Resurrección de Jesús

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VATICANO, 19 Abr. 17 / 04:23 am (ACI).- La Resurrección de Jesús fue el tema de la catequesis del Papa Francisco para la primera Audiencia General después de Semana Santa. En ella el Papa pidió mirar a Cristo para darse cuenta de lo que significa el cristianismo: el encuentro con el Resucitado.

“No es una ideología, no es un sistema filosófico, sino que es un camino de fe que parte de un advenimiento, testimoniado por los primeros discípulos de Jesús”, afirmó.

A continuación, el texto completo de la catequesis:

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Nos encontramos hoy, en la luz de la Pascua, que hemos celebrado y continuamos celebrándola en la Liturgia. Por esto, en nuestro itinerario de catequesis sobre la esperanza cristiana, hoy deseo hablarles de Cristo Resucitado, nuestra esperanza, así como lo presenta San Pablo en la Primera Carta a los Corintios (Cfr. cap. 15).

El apóstol quiere resolver una problemática que seguramente en la comunidad de Corinto estaba al centro de las discusiones. La resurrección es el último argumento afrontado en la Carta, pero probablemente, en orden de importancia, es el primero: de hecho todo se apoya en este presupuesto.

Hablando a los cristianos, Pablo parte de un dato indudable, que no es el éxito de una reflexión de algún hombre sabio, sino un hecho, un simple hecho que ha intervenido en la vida de algunas personas. El cristianismo nace de aquí. No es una ideología, no es un sistema filosófico, sino que es un camino de fe que parte de un advenimiento, testimoniado por los primeros discípulos de Jesús.

Pablo lo resume de este modo: Jesús murió por nuestros pecados, fue sepultado, resucitó al tercer día y se apareció a Pedro y a los Doce (Cfr. 1 Cor 15,3-5). Este es el hecho. Ha muerto, fue sepultado, ha resucitado, se ha aparecido. Es decir: Jesús está vivo. Este es el núcleo del mensaje cristiano.

Anunciando este advenimiento, que es el núcleo central de la fe, Pablo insiste sobre todo en el último elemento del misterio pascual, es decir, en el hecho de que Jesús ha resucitado. Si de hecho, todo hubiese terminado con la muerte, en Él tendríamos un ejemplo de entrega suprema, pero esto no podría generar nuestra fe. Ha sido un héroe. ¡No! Ha muerto, pero ha resucitado. Porque la fe nace de la resurrección.

Aceptar que Cristo ha muerto, y ha muerto crucificado, no es un acto de fe, es un hecho histórico. En cambio, creer que ha resucitado sí. Nuestra fe nace en la mañana de Pascua. Pablo hace una lista de las personas a las cuales Jesús resucitado se les aparece (Cfr. vv. 5-7).

Tenemos aquí una pequeña síntesis de todas las narraciones pascuales y de todas las personas que han entrado en contacto con el Resucitado. Al inicio de la lista están Cefas, es decir, Pedro, y el grupo de los Doce, luego “quinientos hermanos” muchos de los cuales podían dar todavía sus testimonios, luego es citado Santiago. El último de la lista – como el menos digno de todos – es él mismo, Pablo dice de sí mismo: “como un aborto” (Cfr. v. 8).

Pablo usa esta expresión porque su historia personal es dramática: pero él no era un monaguillo, ¿eh? Él era un perseguidor de la Iglesia, orgulloso de sus propias convicciones; se sentía un hombre realizado, con una idea muy clara de cómo es la vida con sus deberes. Pero, en este cuadro perfecto –todo era perfecto en Pablo, sabía todo– en este cuadro perfecto de vida, un día sucedió lo que era absolutamente imprevisible: el encuentro con Jesús Resucitado, en el camino a Damasco.

Allí no había sólo un hombre que cayó en la tierra: había una persona atrapada por un advenimiento que le habría cambiado el sentido de la vida. Y el perseguidor se convierte en apóstol. ¿Por qué? ¡Porque yo he visto a Jesús vivo! ¡Yo he visto a Jesús resucitado! Este es el fundamento de la fe de Pablo, como de la fe de los demás apóstoles, como de la fe de la Iglesia, como de nuestra fe.

¡Qué bello es pensar que el cristianismo, esencialmente, es esto! No es tanto nuestra búsqueda en relación a Dios –una búsqueda, en verdad, casi incierta– sino mejor dicho la búsqueda de Dios en relación con nosotros. Jesús nos ha tomado, nos ha atrapado, nos ha conquistado para no dejarnos más.

El cristianismo es gracia, es sorpresa, y por este motivo presupone un corazón capaz de maravillarse. Un corazón cerrado, un corazón racionalista es incapaz de la maravilla, y no puede entender qué cosa es el cristianismo. Porque el cristianismo es gracia, y la gracia solamente se percibe, más: se encuentra en la maravilla del encuentro.

Y entonces, también si somos pecadores –pero todos lo somos– si nuestros propósitos de bien se han quedado en el papel, o quizás sí, mirando nuestra vida, nos damos cuenta de haber sumado tantos fracasos. En la mañana de Pascua podemos hacer como aquellas personas de las cuales nos habla el Evangelio: ir al sepulcro de Cristo, ver la gran piedra removida y pensar que Dios está realizando para mí, para todos nosotros, un futuro inesperado.

Ir a nuestro sepulcro: todos tenemos un poco dentro. Ir ahí, y ver cómo Dios es capaz de resucitar de ahí. Aquí hay felicidad, aquí hay alegría, vida, donde todos pensaban que había sólo tristeza, derrota y tinieblas. Dios hace crecer sus flores más bellas en medio a las piedras más áridas.

Ser cristianos significa no partir de la muerte, sino del amor de Dios por nosotros, que ha derrotado a nuestra acérrima enemiga. Dios es más grande que la nada, y basta sólo una luz encendida para vencer la más oscura de las noches. Pablo grita, evocando a los profetas: «¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está tu aguijón?» (v. 55).

En estos días de Pascua, llevemos este grito en el corazón. Y si nos preguntan el porqué de nuestra sonrisa donada y de nuestro paciente compartir, entonces podremos responder que Jesús está todavía aquí, que continúa estando vivo entre nosotros, que Jesús está aquí, en la Plaza, con nosotros: vivo y resucitado.