El maná de cada día, 19.7.17

julio 19, 2017

Miércoles de la 15ª semana de Tiempo Ordinario

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Yo estaré contigo

Yo estaré contigo



PRIMERA LECTURA: Éxodo 3, 1-6.9-12

En aquellos días, Moisés pastoreaba el rebaño de su suegro Jetró, sacerdote de Madián; llevó el rebaño trashumando por el desierto hasta llegar a Horeb, el monte de Dios.

El ángel del Señor se le apareció en una llamarada entre las zarzas. Moisés se fijó: la zarza ardía sin consumirse. Moisés se dijo: «Voy a acercarme a mirar este espectáculo admirable, a ver cómo es que no se quema la zarza.»

Viendo el Señor que Moisés se acercaba a mirar, lo llamó desde la zarza: «Moisés, Moisés.» Respondió él: «Aquí estoy.»

Dijo Dios: «No te acerques; quítate las sandalias de los pies, pues el sitio que pisas es terreno sagrado.» Y añadió: «Yo soy el Dios de tus padres, el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob.»

Moisés se tapó la cara, temeroso de ver a Dios.

El Señor le dijo: «El clamor de los israelitas ha llegado a mí, y he visto cómo los tiranizan los egipcios. Y ahora marcha, te envío al Faraón para que saques a mi pueblo, a los israelitas.»

Moisés replicó a Dios: «¿Quién soy yo para acudir al Faraón o para sacar a los israelitas de Egipto?» Respondió Dios: «Yo estoy contigo; y ésta es la señal de que yo te envío: cuando saques al pueblo de Egipto, daréis culto a Dios en esta montaña.»


SALMO 102, 1-2.3-4.6-7

El Señor es compasivo y misericordioso.

Bendice, alma mía, al Señor, y todo mi ser a su santo nombre. Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides sus beneficios.

Él perdona todas tus culpas y cura todas tus enfermedades; él rescata tu vida de la fosa y te colma de gracia y de ternura.

El Señor hace justicia y defiende a todos los oprimidos; enseñó sus caminos a Moisés y sus hazañas a los hijos de Israel.


Aclamación antes del Evangelio: Mt 11, 25

Bendito seas, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has revelado los secretos del reino a la gente sencilla.


EVANGELIO: Mateo 11,25-27

En aquel tiempo, exclamó Jesús:

«Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor.

Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.»


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Aprender a reconocer a Dios y obedecerle

La historia del pueblo de Israel manifiesta la continua protección de Dios. La misión de quienes habrían de guiarlo y protegerlo hasta llegar a la Tierra Prometida superaba con mucho sus fuerzas y sus posibilidades.

Cuando Moisés le expone al Señor su incapacidad para presentarse ante el Faraón y liberar de Egipto a los israelitas, el Señor le dice: Yo estaré contigo. Este mismo auxilio divino se garantiza a los Profetas y a todos aquellos que reciben especiales encargos.

En los cánticos de acción de gracias reconocen siempre que sólo por la fortaleza que han recibido de lo Alto han podido llevar a cabo su tarea. Los salmos no cesan de exaltar la fuerza protectora de Dios: Yahvé es la Roca de Israel, su fortaleza y su seguridad.

P. Francisco Fernández Carvajal, Hablar con Dios


El maná de cada día, 18.7.17

julio 18, 2017

Martes de la 15ª semana de Tiempo Ordinario

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Se puso a recriminar a las ciudades donde había hecho casi todos sus milagros, porque no se habían convertido



PRIMERA LECTURA: Éxodo 2, 1-15a

En aquellos días, un hombre de la tribu de Leví se casó con una mujer de la misma tribu; ella concibió y dio a luz un niño.

Viendo qué hermoso era, lo tuvo escondido tres meses. No pudiendo tenerlo escondido por más tiempo, tomó una cesta de mimbre, la embadurnó e barro y pez, colocó en ella a la criatura, y la depositó entre los juncos, junto a la orilla del Nilo.

Una hermana del niño observaba a distancia para ver en qué paraba. La hija del Faraón bajó a bañarse en el Nilo, mientras sus criadas la seguían por la orilla. Al descubrir la cesta entre los juncos, mandó la criada a recogerla.

La abrió, miró dentro, y encontró un niño llorando. Conmovida, comentó: «Es un niño de los hebreos.»

Entonces, la hermana del niño dijo a la hija del Faraón: «¿Quieres que vaya a buscarle una nodriza hebrea que críe al niño?»

Respondió la hija del Faraón: «Anda.»

La muchacha fue y llamó a la madre del niño. La hija del Faraón le dijo: «Llévate al niño y críamelo, y yo te pagaré.» La mujer tomó al niño y lo crió.

Cuando creció el muchacho, se lo llevó a la hija del Faraón, que lo adoptó como hijo y lo llamó Moisés, diciendo: «Lo he sacado del agua.»

Pasaron los años, Moisés creció, fue adonde estaban sus hermanos, y los encontró transportando cargas. Y vio cómo un egipcio maltrataba a un hebreo, uno de sus hermanos.

Miró a un lado y a otro, y, viendo que no había nadie, mató al egipcio y lo enterró en la arena. Al día siguiente, salió y encontró a dos hebreos riñendo, y dijo al culpable: «¿Por qué golpeas a tu compañero?»

Él le contestó: «¿Quién te ha nombrado jefe y juez nuestro? ¿Es que pretendes matarme como mataste al egipcio?» Moisés se asustó pensando: «La cosa se ha sabido.»

Cuando el Faraón se enteró del hecho, buscó a Moisés para darle muerte; pero Moisés huyó del Faraón y se refugió en el país de Madián.


SALMO 68, 3. 14. 30-31. 33-34

Humildes, buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón.

Me estoy hundiendo en un cieno profundo y no puedo hacer pie;he entrado en la hondura del agua, me arrastra la corriente.

Pero mi oración se dirige a ti, Dios mío, el día de tu favor; que me escuche tu gran bondad, que tu fidelidad me ayude.

Yo soy un pobre malherido; Dios mío, tu salvación me levante. Alabaré el nombre de Dios con cantos, proclamaré su grandeza con acción de gracias.

Miradlo los humildes, y alegraos, buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón. Que el Señor escucha a sus pobres, no desprecia a sus cautivos.


Aclamación antes del Evangelio: Sal 94, 8ab

No endurezcáis hoy vuestro corazón; escuchad la voz del Señor.


EVANGELIO: Mateo 10, 20-24

En aquel tiempo, se puso Jesús a recriminar a las ciudades donde había hecho casi todos sus milagros, porque no se habían convertido:

«¡Ay de ti, Corozaín, ay de ti, Betsaida! Si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que en vosotras, hace tiempo que se habrían convertido, cubiertas de sayal y ceniza.

Os digo que el día del juicio les será más llevadero a Tiro y a Sidón que a vosotras. Y tú, Cafarnaún, ¿piensas escalar el cielo? Bajarás al infierno. Porque si en Sodoma se hubieran hecho los milagros que en ti, habría durado hasta hoy.

Os digo que el día del juicio le será más llevadero a Sodoma que a ti.»

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LA MISIÓN DE CRISTO

S.S. Juan Pablo II. Audiencia general del 8 de junio de 1988

1. Leemos en la Constitución Lumen gentium del Concilio Vaticano II respecto a la misión terrena de Jesucristo: “Vino, por tanto, el Hijo enviado por el Padre, quien nos eligió en El antes de la creación del mundo y nos predestinó a ser hijos adoptivos, porque se complació en restaurar en El todas las cosas (cf. Ef 1, 4-5 y 10). Así, pues, Cristo, en cumplimiento de la voluntad del Padre inauguró en la tierra el reino de los cielos, nos reveló su misterio y con su obediencia realizó la redención” (Lumen gentium, 3).

Este texto nos permite considerar de modo sintético todo lo que hemos hablado en las últimas catequesis. En ellas, hemos tratado de poner de relieve los aspectos esenciales de la misión mesiánica de Cristo. Ahora el texto conciliar nos propone de nuevo la verdad sobre la estrecha y profunda conexión que existe entre esta misión y el mismo Enviado: Cristo que, en su cumplimiento, manifiesta sus disposiciones y dotes personales. Se pueden subrayar ciertamente en toda la conducta de Jesús algunas características fundamentales, que tienen también expresión en su predicación y sirven para dar una plena credibilidad a su misión mesiánica.

2. Jesús en su predicación y en su conducta muestra ante todo su profunda unión con el Padre en el pensamiento y en las palabras. Lo que quiere transmitir a sus oyentes (y a toda la humanidad) proviene del Padre, que lo ha “enviado al mundo” (Jn 10, 36). “Porque yo no he hablado por mi cuenta, sino que el Padre que me ha enviado, me ha mandado lo que tengo que decir y hablar, y yo sé que su mandato es vida eterna. Por eso, lo que yo hablo, lo hablo como el Padre me lo ha dicho a mí” (Jn 12, 49-50). “Lo que el Padre me ha enseñado eso es lo que hablo” (Jn 8, 28).

Así leemos en el Evangelio de Juan. Pero también en los Sinópticos se transmite una expresión análoga pronunciada por Jesús: “Todo me ha sido entregado por mi Padre” (Mt 11, 27). Y con este “todo” Jesús se refiere expresamente al contenido de la Revelación traída por El a los hombres (cf. Mt 11, 25-27; análogamente Lc 10, 21-22). En estas palabras de Jesús encontramos la manifestación del Espíritu con el cual realiza su predicación. Él es y permanece como “el testigo fiel” (Ap 1, 5). En este testimonio se incluye y resalta esa especial “obediencia” del Hijo al Padre que en el momento culminante se demostrará como “obediencia hasta la muerte” (cf. Flp 2, 8).

3. En la predicación, Jesús demuestra que su fidelidad absoluta al Padre, como fuente primera y última de “todo” lo que debe revelarse, es el fundamento esencial de su veracidad y credibilidad. “Mi doctrina no es mía, sino del que me ha enviado”, dice Jesús, y añade: “El que habla por su cuenta busca su propia gloria, pero el que busca la gloria del que le ha enviado ése es veraz y no hay impostura en él” (Jn 7, 16. 18).

En la boca del Hijo de Dios pueden sorprender estas palabras. Las pronuncia el que es “de la misma naturaleza que el Padre”. Pero no podemos olvidar que El habla también como hombre. Tiene que lograr que sus oyentes no tengan duda alguna sobre un punto fundamental, esto es: que la verdad que El transmite es divina y procede de Dios. Tiene que lograr que los hombres, al escucharle, encuentren en su palabra el acceso a la misma fuente divina de la verdad revelada. Que no se detengan en quien la enseña sino que se dejen fascinar por la “originalidad” y por el “carácter extraordinario” de lo que en esta doctrina procede del mismo Maestro. El Maestro “no busca su propia gloria”. Busca sólo y exclusivamente “la gloria del que le ha enviado”. No habla “en nombre propio”, sino en nombre del Padre.

También es éste un aspecto del “despojo” (kénosis), que según San Pablo (cf. Flp 2, 7), alcanzará su culminación en el misterio de la cruz.

4. Cristo es el “testigo fiel”. Esta fidelidad —en la búsqueda exclusiva de la gloria del Padre, no de la propia— brota del amor que pretende probar: “Ha de saber el mundo que amo al Padre” (Jn 14, 31). Pero su revelación del amor al Padre incluye también su amor a los hombres. Él “pasa haciendo el bien” (cf. Act 10, 38). Toda su misión terrena está colmada de actos de amor hacia los hombres, especialmente hacia los más pequeños y necesitados. “Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados y yo os daré descanso” (Mt 11, 28). “Venid”: es una invitación que supera el circulo de los coetáneos que Jesús podía encontrar en los días de su vida y de su sufrimiento sobre la tierra; es una llamada para los pobres de todos los tiempos, siempre actual, también hoy, siempre volviendo a brotar en los labios y en el corazón de la Iglesia.

5. Paralela a esta exhortación hay otra: “Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón y hallaréis descanso para vuestras almas” (Mt 11, 29). La mansedumbre y humildad de Jesús llegan a ser atractivas para quien es llamado a acceder a su escuela: “Aprended de mí”. Jesús es “el testigo fiel” del amor que Dios nutre para con el hombre. En su testimonio están asociados la verdad divina y el amor divino. Por eso entre la palabra y la acción, entre lo que Él hace y lo que Él enseña hay una profunda cohesión, se diría que casi una homogeneidad. Jesús no sólo enseña el amor como el mandamiento supremo, sino que Él mismo lo cumple del modo más perfecto. No sólo proclama las bienaventuranzas en el sermón de la montaña, sino que ofrece en Sí mismo la encarnación de este sermón durante toda su vida. No sólo plantea la exigencia de amar a los enemigos, sino que Él mismo la cumple, sobre todo en el momento de la crucifixión: “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34).

6. Pero esta “mansedumbre y humildad de corazón” en modo alguno significa debilidad. Al contrario, Jesús es exigente. Su Evangelio es exigente. ¿No ha sido Él quien ha advertido: “El que no toma su cruz y me sigue detrás no es digno de mí?. Y poco después: “El que encuentre su vida la perderá y el que pierda su vida por mí la encontrará” (Mt 10, 38-39). Es una especie de radicalismo no sólo en el lenguaje evangélico, sino en las exigencias reales del seguimiento de Cristo, de las que no duda en reafirmar con frecuencia toda su amplitud: “No penséis que he venido a traer paz a la tierra. No he venido a traer paz, sino espada” (Mt 10, 34). Es un modo fuerte de decir que el Evangelio es también una fuente de “inquietud” para el hombre.

Jesús quiere hacernos comprender que el Evangelio es exigente y que exigir quiere decir también agitar las conciencias, no permitir que se recuesten en una falsa “paz”, en la cual se hacen cada vez más insensibles y obtusas, en la medida en que en ellas se vacían de valor las realidades espirituales, perdiendo toda resonancia.

Jesús dirá ante Pilato: “Para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad” (Jn 18, 37). Estas palabras conciernen también a la luz que El proyecta sobre el campo entero de las acciones humanas, borrando la oscuridad de los pensamientos y especialmente de las conciencias para hacer triunfar la verdad en todo hombre. Se trata, pues, de ponerse del lado de la verdad. “Todo el que es de la verdad escucha mi voz” dirá Jesús (Jn 18, 37). Por ello, Jesús es exigente. No duro o inexorablemente severo: pero fuerte y sin equívocos cuando llama a alguien a vivir en la verdad.

7. De este modo las exigencias del Evangelio de Cristo penetran en el campo de la ley y de la moral. Aquel que es el “testigo fiel” (Ap 1, 5) de la verdad divina, de la verdad del Padre, dice desde el comienzo del sermón de la montaña: “Por tanto, el que traspase uno de estos mandamientos más pequeños y así lo enseñe a los hombres, será el más pequeño en el reino de los cielos” (Mt 5, 19). Al exhortar a la conversión, no duda en reprobar a las mismas ciudades donde la gente rechaza creerle: “¡Ay de ti, Corozain! ¡Ay de ti, Betsaida!” (Lc 10, 13). Mientras amonesta a todos y cada uno: “…si no os convertís, todos pereceréis” (Lc 13, 3).

8. Así, el Evangelio de la mansedumbre y de la humildad va al mismo paso que el Evangelio de las exigencias morales y hasta de las severas amenazas a quienes no quieren convertirse. No hay contradicción entre el uno y el otro. Jesús vive de la verdad que anuncia y del amor que revela y es éste un amor exigente como la verdad de la que deriva. Por lo demás, el amor ha planteado las mayores exigencias a Jesús mismo en la hora de Getsemaní, en la hora del Calvario, en la hora de la cruz. Jesús ha aceptado y secundado estas exigencias hasta el fondo, porque, como nos advierte el Evangelista, Él “amó hasta el extremo” (Jn 13, 1). Se trata de un amor fiel, por lo cual, el día antes de su muerte, podía decir al Padre: “Las palabras que tú me diste se las he dado a ellos” (Jn 17, 8).

9. Como “testigo fiel” Jesús ha cumplido la misión recibida del Padre en la profundidad del misterio trinitario. Era una misión eterna, incluida en el pensamiento del Padre que lo engendraba y predestinaba a cumplirla “en la plenitud de los tiempos” para la salvación del hombre —de todo hombre— y para el bien perfecto de toda la creación. Jesús tenía conciencia de esta misión suya en el centro del plan creador y redentor del Padre; y, por ello, con todo el realismo de la verdad y del amor traídos al mundo, podía decir: “Cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12, 32).

http://www.vatican.va


El maná de cada día, 16.7.17

julio 15, 2017

Domingo XV del Tiempo Ordinario, Ciclo A

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elsembrador

Tú cuidas de la tierra, la riegas y la enriqueces sin medida



Antífona de Entrada: Sal 16, 15

Yo, con mi apelación vengo a tu presencia y al despertar me saciaré de tu semblante.


Oración colecta

Oh Dios, que muestras la luz de tu verdad a los que andan extraviados para que puedan volver al buen camino, concede a todos los cristianos rechazar lo que es indigno de este nombre y cumplir cuanto en él se significa. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: Isaías 55, 10-11

Así dice el Señor:

«Como bajan la lluvia y la nieve del cielo, y no vuelven allá sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra, que sale de mí boca:

no volverá a mi vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo.»

SALMO 64, 10. 11. 12-13. 14

La semilla cayó en tierra buena y dio fruto.

Tú cuidas de la tierra, la riegas y la enriqueces sin medida; la acequia de Dios va llena de agua, preparas los trigales.

Riegas los surcos, igualas los terrones, tu llovizna los deja mullidos, bendices sus brotes.

Coronas el año con tus bienes, tus carriles rezuman abundancia; rezuman los pastos del páramo, y las colinas se orlan de alegría.

Las praderas se cubren de rebaños, y los valles se visten de mieses, que aclaman y cantan.


SEGUNDA LECTURA: Romanos 8, 18-23

Hermanos:

Sostengo que los sufrimientos de ahora no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá.

Porque la creación, expectante, está aguardando la plena manifestación de los hijos de Dios; ella fue sometida a la frustración, no por su voluntad, sino por uno que la sometió; pero fue con la esperanza de que la creación misma se vería liberada de la esclavitud de la corrupción, para entrar en la libertad gloriosa de los hijos de Dios.

Porque sabemos que hasta hoy la creación entera está gimiendo toda ella con dolores de parto.

Y no sólo eso; también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior, aguardando la hora de ser hijos de Dios, la redención de nuestro cuerpo.


Aclamación antes del Evangelio

La semilla es la palabra de Dios, el sembrador es Cristo; quien lo encuentra vive para siempre.


EVANGELIO: Mateo 13, 1-23

Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó junto al lago. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó, y la gente se quedó de pie en la orilla.

Les habló mucho rato en parábolas:

«Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, un poco cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se lo comieron.

Otro poco cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y, como la tierra no era profunda, brotó en seguida; pero, en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó.
Otro poco cayó entre zarzas, que crecieron y lo ahogaron.

El resto cayó en tierra buena y dio grano: unos, ciento; otros, sesenta; otros, treinta.

El que tenga oídos que oiga.»

Se le acercaron los discípulos y le preguntaron: «¿Por qué les hablas en parábolas?»

Él les contestó:

«A vosotros se os ha concedido conocer los secretos del reino de los cielos y a ellos no. Porque al que tiene se le dará y tendrá de sobra, y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene.

Por eso les hablo en parábolas, porque miran sin ver y escuchan sin oír ni entender.

Así se cumplirá en ellos la profecía de Isaías: “Oiréis con los oídos sin entender; miraréis con los ojos sin ver; porque está embotado el corazón de este pueblo, son duros de oído, han cerrado los ojos; para no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni entender con el corazón, ni convertirse para que yo los cure.”

¡Dichosos vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen! Os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis vosotros y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron.

Vosotros oíd lo que significa la parábola del sembrador:

Si uno escucha la palabra del reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado al borde del camino.

Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que la escucha y la acepta en seguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante, y, en cuanto viene una dificultad o persecución por la palabra, sucumbe.

Lo sembrado entre zarzas significa el que escucha la palabra; pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas la ahogan y se queda estéril. Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra y la entiende; ése dará fruto y producirá ciento o sesenta o treinta por uno.»


Antífona de la comunión: Sal 83, 4-5

Hasta el gorrión ha encontrado una casa, y la golondrina, un nido donde colocar sus polluelos; tus altares, Señor de los ejércitos, rey y Dios mío. Dichosos los que viven en tu casa, alabándote siempre.


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SI HUBIERA TEMIDO LA TIERRA MALA,
NO HUBIERA LLEGADO TAMPOCO A LA BUENA

San Agustín, Sermón 101, 3

De aquí recibió Pablo la semilla. Es enviado a la gentilidad y no lo calla, al recordar la gracia recibida de modo principal y especial para esta función. Dice en sus escritos que fue enviado a predicar el evangelio allí donde Cristo aún no había sido anunciado.

Pero como aquella otra siega ya tuvo lugar y los judíos que quedaron eran paja, prestemos atención a la mies que somos nosotros.

Sembraron los apóstoles y los profetas. Sembró el mismo Señor; él estaba, en efecto en los apóstoles, pues también él cosechó; nada hicieron ellos sin él; él sin ellos es perfecto, y a ellos les dice: Sin mí nada podéis hacer (Jn 15, 5).

¿Qué dice Cristo, sembrando entre los gentiles? Ved que salió el sembrador a sembrar (Mt 13, 3). Allí se envían segadores a cosechar; aquí sale a sembrar el sembrador no perezoso.

Pero ¿qué tuvo que ver con esto el que parte cayera en el camino, parte en tierra pedregosa, parte entre las zarzas? Si hubiera temido a esas tierras malas, no hubiera venido tampoco a la tierra buena. Por lo que toca a nosotros, ¿qué nos importa? ¿Qué nos interesa hablar ya de los judíos, de la paja?

Lo único que nos atañe es no ser camino, no ser piedras, no ser espinos, sino tierra buena: ¡Oh Dios!, mi corazón está preparado (Sal 56,8) para dar el treinta, el sesenta, el ciento, el mil por uno. Sea más, sea menos, siempre es trigo.

No sea camino donde el enemigo, cual ave, arrebate la semilla pisada por los transeúntes; ni pedregal donde la escasez de la tierra haga germinar pronto lo que luego no pueda soportar el calor del sol; ni zarzas que son las ambiciones terrenas y los cuidados de una vida viciosa y disoluta.

¿Y qué cosa peor que el que la preocupación por la vida no permita llegar a la vida? ¿Qué cosa más miserable que perder la vida por preocuparse de la vida? ¿Hay algo más desdichado que, por temor a la muerte, caer en la misma muerte? Estírpense las espinas, prepárese el campo, siémbrese la semilla, llegue la hora de la recolección, suspírese por llegar al granero y desaparezca el temor al fuego.


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LA CREACIÓN ESPERA

P. Raniero Cantalamessa, ofmcap

En la segunda lectura, del Apóstol Pablo, leemos: «La creación… fue sometida a la caducidad –no espontáneamente, sino por aquel que la sometió- en la esperanza de ser liberada de la esclavitud de la corrupción para participar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios… La creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto».

Este texto famoso nos habla de una solidaridad, en el bien y en el mal, entre el hombre y la creación. Juntos gimen, juntos esperan; el gemido del hombre es fruto de la corrupción de su libertad, el de la creación es participación en el destino del hombre.

Estamos ante el texto de la Escritura más cercano a lo que hoy se entiende por ecología y protección de la creación, y es este el tema al que queremos dedicar nuestra reflexión, para intentar sacar a la luz el fundamento bíblico.

Hay dos formas de hablar de ecología y de respeto de la creación: una a partir del hombre y otra a partir de Dios.

La primera tiene en el centro al hombre. En este caso, no hay tanta preocupación de las cosas por sí mismas, como en función del hombre: por el daño irreparable que el agotamiento, o la contaminación, del aire, del agua y la desaparición de ciertas especies animales ocasionarían a la vida humana en el planeta. Es un ecologismo que se puede resumir en el lema: «Salvemos la naturaleza y la naturaleza nos salvará a nosotros».

Este ecologismo es bueno, pero muy precario. Los intereses humanos varían, de hecho, de nación en nación, de un hemisferio a otro, y es difícil que se pongan todos de acuerdo.

Se ha visto a propósito del famoso agujero en el ozono. Ahora nos hemos percatado de que ciertos gases perjudican el ozono y querríamos poner un límite a refrigeradores, aerosoles y cosas por el estilo en las que tales gases se emplean. Pero en los países en vías de desarrollo, que sólo ahora llegan a dotarse de estas comodidades, nos responden justamente que es demasiado cómodo exigir de ellos estas renuncias, cuando nosotros desde hace tiempo nos hemos puesto a salvo.

Por esto es necesario encontrar en el ecologismo un fundamento más sólido. Y éste sólo puede ser de naturaleza religiosa.

La fe nos enseña que debemos respetar la creación no sólo por intereses egoístas, para no dañarnos a nosotros mismos, sino porque la creación no es nuestra.

Es verdad que al principio Dios dijo al hombre que «dominara» la tierra, pero en dependencia de él, de su voluntad; como administrador, no como amo absoluto. Él ordena «labrar y cuidar» el jardín (Gn 2,15); el hombre es por lo tanto custodio, no dueño de la tierra. Entre él y las cosas hay más una relación de solidaridad y de fraternidad que de dominio.

Había comprendido bien todo esto San Francisco de Asís que llamaba hermano o hermana a todas las criaturas: el sol, la luna, las flores, la tierra, el agua.

Estamos en pleno verano, tiempo de vacaciones. Lo que estamos diciendo nos puede ayudar a pasar las vacaciones más bellas y más sanas.

El mejor modo de volver a templar el cuerpo y el espíritu no es pasar los días arrimados unos a otros en las playas y luego la noche apretados en locales y discotecas, continuando así, en otro entorno, la misma vida artificial y caótica que se lleva el resto del año.

Debemos más bien buscar el contacto con la naturaleza, momentos en que nos sintamos en sintonía profunda con ella y con las cosas. Es increíble el poder que tiene el contacto con la naturaleza para ayudarnos a reencontrarnos a nosotros mismos y nuestro equilibrio interior.

El ecologismo espiritual nos enseña a ir más allá de la pura «protección» y del «respeto» de la creación; nos enseña a unirnos a la creación en la proclamación de la gloria de Dios.

http://www.homiletica.org


El maná de cada día, 11.7.17

julio 11, 2017

Martes de la 14ª semana de Tiempo Ordinario

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jacob

No te soltaré hasta que me bendigas



PRIMERA LECTURA: Génesis 32, 22-32

En aquellos días, todavía de noche se levantó Jacob, tomó a las dos mujeres, las dos siervas y los once hijos y cruzó el vado de Yaboc; pasó con ellos el torrente e hizo pasar sus posesiones. Y él quedó solo.

Un hombre luchó con él hasta la aurora; y, viendo que no le podía, le tocó la articulación del muslo y se la dejó tiesa, mientras peleaba con él.

Dijo: «Suéltame, que llega la aurora.»

Respondió: «No te soltaré hasta que me bendigas.»

Y le preguntó: «¿Cómo te llamas?»

Contestó: «Jacob.»

Le replicó: «Ya no te llamarás Jacob, sino Israel, porque has luchado con dioses y con hombres y has podido.»

Jacob, a su vez, preguntó: «Dime tu nombre.»

Respondió: «¿Por qué me preguntas mi nombre?» Y le bendijo.

Jacob llamó aquel lugar Penuel, diciendo: «He visto a Dios cara a cara y he quedado vivo. »

Mientras atravesaba Penuel salía el sol, y él iba cojeando. Por eso los israelitas, hasta hoy, no comen el tendón de la articulación del muslo, porque Jacob fue herido en dicho tendón del muslo.


SALMO 16, 1. 2-3. 6-7. 8 y 15

Yo con mi apelación vengo a tu presencia, Señor.

Señor, escucha mi apelación, atiende a mis clamores, presta oído a mi súplica, que en mis labios no hay engaño.

Emane de ti la sentencia, miren tus ojos la rectitud. Aunque sondees mi corazón, visitándolo de noche, aunque me pruebes al fuego, no encontrarás malicia en mí.

Yo te invoco porque tú me respondes, Dios mío; inclina el oído y escucha mis palabras. Muestra las maravillas de tu misericordia, tú que salvas de los adversarios a quien se refugia a tu derecha.

Guárdame como a las niñas de tus ojos, a la sombra de tus alas escóndeme. Pero yo con mi apelación vengo a tu presencia, y al despertar me saciaré de tu semblante.


Aclamación antes del Evangelio: Jn 10, 14

Yo soy el buen Pastor -dice el Señor-, conozco a mis ovejas, y las mías me conocen.


EVANGELIO: Mateo 9, 32-38

En aquel tiempo, presentaron a Jesús un endemoniado mudo. Echó al demonio, y el mudo habló.

La gente decía admirada: «Nunca se ha visto en Israel cosa igual.»

En cambio, los fariseos decían: «Éste echa los demonios con el poder del jefe de los demonios. »

Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, anunciando el Evangelio del reino y curando todas las enfermedades y todas las dolencias.

Al ver a las gentes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor.

Entonces dijo a sus discípulos: «Las mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies.»


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LE LLEVARON UN ENDEMONIADO MUDO

La Palabra de Dios, que en el principio del Génesis liberó la creación del dominio de la nada y de la no existencia, liberó al endemoniado de aquella mudez que le reducía a la nada del silencio.

Nuestros silencios, a veces, están cargados de un mutismo egoísta y autosuficiente, que nos hace esconder en lo más secreto de la conciencia todo aquello que nos hace vernos en la propia realidad de nuestro pecado.

Nos cuesta, o nos humilla, contar a otros nuestros problemas, agobios, necesidades, por miedo a que los demás rechacen nuestra pobreza y limitación.

Cuántas tentaciones, angustias, inquietudes, tristezas, desaparecen, o pierden valor, cuando las desahogamos en alguien que nos ayuda a verlas desde Dios. El demonio mudo siempre te presentará como algo bueno no contar a nadie todo aquello que te aparta de Dios.

No rehúyas el esfuerzo de ser sincero en la dirección espiritual. No tengas miedo a contar todo lo que te cuesta reconocer o no te gusta, cuando se trata de acercar tu alma a Dios. Los silencios que nacen de la soberbia o autosuficiencia te aíslan y encierran en la cárcel de tu propio yo. Los silencios que no están llenos de Dios, terminan por llenarse de uno mismo.

Cuánta lástima debió causar en el corazón de Cristo aquel pobre endemoniado que, teniendo delante la Palabra misma del Padre, era incapaz de dialogar con ella.

Cuida tus silencios y procura llenarlos de Espíritu Santo, que es el habla de Dios en tu alma. Cuida también tu habla y tus palabras, pues mucho de ti mismo y de tu vida interior vuelcas en cada una de ellas.

Valora el silencio, no para aislarte de los demás, ni siquiera para huir del ruido de las cosas, sino ocasión y medio para llenarte de Dios, no sea que, teniendo delante de ti a Cristo, no le escuches y no le hables.

Lañas diarias www.mater-dei.es
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El hombre en oración
Lucha nocturna y encuentro con Dios

Papa Benedicto XVI. Audiencia general del 25 de mayo de 2011

Hoy quiero reflexionar con vosotros sobre un texto del Libro del Génesis que narra un episodio bastante particular de la historia del patriarca Jacob. Es un fragmento de difícil interpretación, pero importante en nuestra vida de fe y de oración; se trata del relato de la lucha con Dios en el vado de Yaboc, del que hemos escuchado un pasaje.

Como recordaréis, Jacob le había quitado a su gemelo Esaú la primogenitura a cambio de un plato de lentejas y después le había arrebatado con engaño la bendición de su padre Isaac, ya muy anciano, aprovechándose de su ceguera. Tras huir de la ira de Esaú, se había refugiado en casa de un pariente, Labán; se había casado, se había enriquecido y ahora volvía a su tierra natal, dispuesto a afrontar a su hermano después de haber tomado algunas medidas prudentes.

Pero cuando todo está preparado para este encuentro, después de haber hecho que los que estaban con él atravesaran el vado del torrente que delimitaba el territorio de Esaú, Jacob se queda solo y es agredido improvisamente por un desconocido con el que lucha durante toda la noche. Este combate cuerpo a cuerpo —que encontramos en el capítulo 32 del Libro del Génesis— se convierte para él en una singular experiencia de Dios.

La noche es el tiempo favorable para actuar a escondidas, por tanto, para Jacob es el tiempo mejor para entrar en el territorio de su hermano sin ser visto y quizás con el plan de tomar por sorpresa a Esaú. Sin embargo, es él quien se ve sorprendido por un ataque imprevisto, para el que no estaba preparado. Había usado su astucia para tratar de evitar una situación peligrosa, pensaba tenerlo todo controlado y, en cambio, ahora tiene que afrontar una lucha misteriosa que lo sorprende en soledad y sin darle la oportunidad de organizar una defensa adecuada.

Inerme, en la noche, el patriarca Jacob lucha con alguien. El texto no especifica la identidad del agresor; usa un término hebreo que indica «un hombre» de manera genérica, «uno, alguien»; se trata, por tanto, de una definición vaga, indeterminada, que a propósito mantiene al asaltante en el misterio.

Reina la oscuridad, Jacob no consigue distinguir claramente a su adversario; y también para el lector, para nosotros, permanece en el misterio; alguien se enfrenta al patriarca, y este es el único dato seguro que nos proporciona el narrador. Sólo al final, cuando la lucha ya haya terminado y ese «alguien» haya desaparecido, sólo entonces Jacob lo nombrará y podrá decir que ha luchado contra Dios.

El episodio tiene lugar, por tanto, en la oscuridad y es difícil percibir no sólo la identidad del asaltante de Jacob, sino también cómo se desarrolla la lucha.

Leyendo el texto, resulta difícil establecer cuál de los dos contrincantes logra vencer; los verbos se usan a menudo sin sujeto explícito, y las acciones se suceden casi de forma contradictoria, así que cuando parece que uno de los dos va a prevalecer, la acción sucesiva desmiente enseguida esto y presenta al otro como vencedor. De hecho, al inicio Jacob parece ser el más fuerte, y el adversario —dice el texto— «no lograba vencerlo» (v. 26); con todo, golpea a Jacob en la articulación del muslo, provocándole una luxación.

Se debería pensar entonces que Jacob va a sucumbir; sin embargo, es el otro el que le pide que lo deje ir; pero el patriarca se niega, poniendo una condición: «No te soltaré hasta que me bendigas» (v. 27). Aquel que con engaño le había quitado a su hermano la bendición del primogénito, ahora la pretende del desconocido, de quien quizás comienza a vislumbrar las connotaciones divinas, pero sin poderlo aún reconocer verdaderamente.

El rival, que parece detenido y por tanto vencido por Jacob, en lugar de acoger la petición del patriarca, le pregunta su nombre: «¿Cómo te llamas?». El patriarca le responde: «Jacob» (v. 28). Aquí la lucha da un viraje importante.

Conocer el nombre de alguien implica una especie de poder sobre la persona, porque en la mentalidad bíblica el nombre contiene la realidad más profunda del individuo, desvela su secreto y su destino. Conocer el nombre de alguien quiere decir conocer la verdad del otro y esto permite poderlo dominar.

Por tanto, cuando, a petición del desconocido, Jacob revela su nombre, se está poniendo en las manos de su adversario, es una forma de rendición, de entrega total de sí mismo al otro.

Pero, paradójicamente, en este gesto de rendición también Jacob resulta vencedor, porque recibe un nombre nuevo, junto al reconocimiento de victoria por parte de su adversario, que le dice: «Ya no te llamarás Jacob, sino Israel, porque has luchado con Dios y con los hombres, y has vencido» (v. 29).

«Jacob» era un nombre que aludía al origen problemático del patriarca; de hecho, en hebreo recuerda el término «talón», y remite al lector al momento del nacimiento de Jacob cuando, al salir del seno materno, agarraba con la mano el talón de su hermano gemelo (cf. Gn 25, 26), casi presagiando la supremacía que alcanzaría en perjuicio de su hermano en la edad adulta, pero el nombre de Jacob remite también al verbo «engañar, suplantar».

Pues bien, ahora, en la lucha, el patriarca revela a su adversario, en un gesto de entrega y rendición, su propia realidad de engañador, de suplantador; pero el otro, que es Dios, transforma esta realidad negativa en positiva: Jacob el engañador se convierte en Israel, se le da un nombre nuevo que implica una nueva identidad. Pero también aquí el relato mantiene su voluntaria duplicidad, porque el significado más probable del nombre Israel es «Dios es fuerte, Dios vence».

Así pues, Jacob ha prevalecido, ha vencido —es el propio adversario quien lo afirma—, pero su nueva identidad, recibida del contrincante mismo, afirma y testimonia la victoria de Dios. Y cuando Jacob pregunta a su vez el nombre a su adversario, este no quiere decírselo, pero se le revelará en un gesto inequívoco, dándole la bendición.

Aquella bendición que el patriarca le había pedido al principio de la lucha se le concede ahora. Y no es la bendición obtenida con engaño, sino la gratuitamente concedida por Dios, que Jacob puede recibir porque estando solo, sin protección, sin astucias ni engaños, se entrega inerme, acepta la rendición y confiesa la verdad sobre sí mismo.

Por eso, al final de la lucha, recibida la bendición, el patriarca puede finalmente reconocer al otro, al Dios de la bendición: «He visto a Dios cara a cara —dijo—, y he quedado vivo» (v. 31); y ahora puede atravesar el vado, llevando un nombre nuevo pero «vencido» por Dios y marcado para siempre, cojeando por la herida recibida.

Las explicaciones que la exégesis bíblica puede dar respecto a este fragmento son muchas; en particular los estudiosos reconocen en él finalidades y componentes literarios de varios tipos, así como referencias a algún relato popular. Pero cuando estos elementos son asumidos por los autores sagrados y englobados en el relato bíblico, cambian de significado y el texto se abre a dimensiones más amplias.

El episodio de la lucha en el Yaboc se muestra al creyente como texto paradigmático en el que el pueblo de Israel habla de su propio origen y delinea los rasgos de una relación particular entre Dios y el hombre. Por esto, como afirma también el Catecismo de la Iglesia católica, «la tradición espiritual de la Iglesia ha tomado de este relato el símbolo de la oración como un combate de la fe y una victoria de la perseverancia» (n. 2573). El texto bíblico nos habla de la larga noche de la búsqueda de Dios, de la lucha por conocer su nombre y ver su rostro; es la noche de la oración que con tenacidad y perseverancia pide a Dios la bendición y un nombre nuevo, una nueva realidad, fruto de conversión y de perdón.

La noche de Jacob en el vado de Yaboc se convierte así, para el creyente, en un punto de referencia para entender la relación con Dios que en la oración encuentra su máxima expresión.

La oración requiere confianza, cercanía, casi en un cuerpo a cuerpo simbólico no con un Dios enemigo, adversario, sino con un Señor que bendice y que permanece siempre misterioso, que parece inalcanzable. Por esto el autor sagrado utiliza el símbolo de la lucha, que implica fuerza de ánimo, perseverancia, tenacidad para alcanzar lo que se desea. Y si el objeto del deseo es la relación con Dios, su bendición y su amor, entonces la lucha no puede menos de culminar en la entrega de sí mismos a Dios, en el reconocimiento de la propia debilidad, que vence precisamente cuando se abandona en las manos misericordiosas de Dios.

Queridos hermanos y hermanas, toda nuestra vida es como esta larga noche de lucha y de oración, que se ha de vivir con el deseo y la petición de una bendición a Dios que no puede ser arrancada o conseguida sólo con nuestras fuerzas, sino que se debe recibir de él con humildad, como don gratuito que permite, finalmente, reconocer el rostro del Señor. Y cuando esto sucede, toda nuestra realidad cambia, recibimos un nombre nuevo y la bendición de Dios.

Más aún: Jacob, que recibe un nombre nuevo, se convierte en Israel y da también un nombre nuevo al lugar donde ha luchado con Dios y le ha rezado; le da el nombre de Penuel, que significa «Rostro de Dios». Con este nombre reconoce que ese lugar está lleno de la presencia del Señor, santifica esa tierra dándole la impronta de aquel misterioso encuentro con Dios.

Quien se deja bendecir por Dios, quien se abandona a él, quien se deja transformar por él, hace bendito el mundo. Que el Señor nos ayude a combatir la buena batalla de la fe (cf. 1 Tm 6, 12; 2 Tm 4, 7) y a pedir, en nuestra oración, su bendición, para que nos renueve a la espera de ver su rostro. ¡Gracias!

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Vaticano defiende en la ONU derechos y capacidades de los ancianos

julio 10, 2017

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El Papa Francisco bendice a una anciana durante su viaje a Paraguay 

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Vaticano defiende en la ONU derechos y capacidades de los ancianos

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VATICANO, 09 Jul. 17 / 01:08 pm (ACI).- Los ancianos, con su sabiduría y experiencia, tienen la capacidad de seguir contribuyendo al desarrollo de la sociedad, pero lamentablemente muchos de ellos son marginados con políticas y prejuicios que los dejan a merced de la pobreza y el aislamiento social, denunció recientemente la Santa Sede ante la ONU.

El Observador Permanente de la Santa Sede ante la ONU, Mons. Bernardito Auza, dijo estas palabras durante la octava sesión del grupo de trabajo sobre el envejecimiento, convocado entre el 5 y 7 de julio por el organismo mundial bajo el tema “Participación activa de las personas mayores en el desarrollo”.

El representante vaticano señaló que “a medida que la población anciana crece rápidamente en el mundo”, la atención a este sector es cada vez más crítica. Ello exige la urgente elaboración de “medidas concretas y prácticas” que garanticen la protección de sus derechos humanos y respondan a sus necesidades, afirmó en su discurso.

Según el último informe sobre población mundial elaborado por la ONU, a finales de 2017 se prevé que las personas con más de 60 años rozarán los 1.000 millones y representarán el 13% de la población total.

En ese sentido, Mons. Auza recordó las palabras del Papa Francisco, quien advirtió que si bien “gracias al progreso de la medicina, la esperanza de vida ha aumentado: ¡la sociedad no se ha  expandido a la vida!”, pues no se ha organizado lo suficiente como para dejarles espacio a los ancianos, “con el debido respeto y la consideración práctica de su fragilidad y dignidad”.

El Observador Permanente advirtió que los ancianos “son desproporcionadamente susceptibles a la pobreza, la mala salud, la discapacidad, el aislamiento social, la violencia, el abandono”, las guerras y factores que atentan contra su dignidad humana.

Por ello, el Prelado destacó el tema elegido para esta sesión, pues “con demasiada frecuencia vemos a los ancianos excluidos de la participación activa en la sociedad y el desarrollo”, a pesar de la sabiduría que han acumulado durante los años de vida, como tantas veces ha subrayado el Papa Francisco.

En ese sentido, el representante vaticano exhortó a que los esfuerzos del organismo internacional se centren en abordar y asegurar medidas que contrarresten “las políticas, prácticas y prejuicios” que suelen marginar a estas personas “que alguna vez estuvieron en el centro de nuestras familias y comunidades”.

Debemos “superar lo que el Papa Francisco denunció como ‘las deficiencias de una sociedad programada para la eficiencia’”, exhortó.

Para ello, Mons. Auza dijo que “es imprescindible trabajar políticas y prácticas que refuercen la participación política activa de las personas mayores, su implicación en la toma de decisiones, su continuidad como contribuyentes económicos, su participación en el mercado de trabajo, su capacidad para disfrutar de una jubilación sana y segura a una edad apropiada, así como el acceso a la formación continua y a la educación permanente”.

Asimismo, señaló que el mayor énfasis “en la contribución de las personas mayores al desarrollo debería combinarse con una mayor atención a sus necesidades”.

En ese sentido, indicó que los ancianos enfermos, con discapacidad o deterioro cognitivo y que pueden no estar en condiciones de contribuir al desarrollo, “están en su mayor momento de necesidad” y en esas circunstancias “debemos demostrar que nuestro amor y respeto por los ancianos y los impedidos van más allá de las consideraciones materiales, políticas y económicas”.

Los ancianos mantienen su dignidad humana y esta no disminuye porque decrezcan sus capacidades económicas o físicas, afirmó.

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El maná de cada día, 1.7.17

julio 1, 2017

Sábado de la 12ª semana del Tiempo Ordinario

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No soy quién para que entres bajo mi techo. Basta que lo digas de palabra, y mi criado quedará sano

No soy quién para que entres bajo mi techo. Basta que lo digas de palabra, y mi criado quedará sano



PRIMERA LECTURA: Génesis 18, 1-15

En aquellos días, el Señor se apareció a Abrahán junto a la encina de Mambré, mientras él estaba sentado a la puerta de la tienda, porque hacía calor. Alzó la vista y vio a tres hombres en pie frente a él.

Al verlos, corrió a su encuentro desde la puerta de la tienda y se prosternó en tierra, diciendo: «Señor, si he alcanzado tu favor, no pases de largo junto a tu siervo. Haré que traigan agua para que os lavéis los pies y descanséis junto al árbol. Mientras, traeré un pedazo de pan para que cobréis fuerzas antes de seguir, ya que habéis pasado junto a vuestro siervo.»

Contestaron: «Bien, haz lo que dices.»

Abrahán entró corriendo en la tienda donde estaba Sara y le dijo: «Aprisa, tres cuartillos de flor de harina, amásalos y haz una hogaza.»

Él corrió a la vacada, escogió un ternero hermoso y se lo dio a un criado para que lo guisase en seguida. Tomó también cuajada, leche, el ternero guisado y se lo sirvió. Mientras él estaba en pie bajo el árbol, ellos comieron.

Después le dijeron: «¿Dónde está Sara, tu mujer?»

Contestó: «Aquí, en la tienda.»

Añadió uno: «Cuando vuelva a ti, dentro del tiempo de costumbre, Sara habrá tenido un hijo.»

Sara lo oyó, detrás de la entrada de la tienda. Abrahán y Sara eran ancianos, de edad muy avanzada, y Sara ya no tenía sus periodos.

Sara se rió por lo bajo, pensando: «Cuando ya estoy seca, ¿voy a tener placer con un marido tan viejo?»

Pero el Señor dijo a Abrahán: «¿Por qué se ha reído Sara, diciendo: “De verdad que voy a tener un hijo a mis años.” ¿Hay algo difícil para Dios? Cuando vuelva a visitarte por esta época, dentro del tiempo de costumbre, Sara habrá tenido un hijo.»

Pero Sara, que estaba asustada, lo negó: «No me he reído.»

Él replicó: «No lo niegues, te has reído.»


SALMO 1,46-47.48-49.50.53.54-55

El Señor se acuerda de la misericordia.

Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador.

Porque ha mirado la humillación de su esclava. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo.

Y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación. A los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia –como lo había prometido a nuestros padres– en favor de Abrahán y su descendencia por siempre.


Aclamación antes del Evangelio: Mt 8, 17

Cristo hizo suyas nuestras debilidades y cargó con nuestras dolencias.


EVANGELIO: Mateo 8,5-17

En aquel tiempo, al entrar Jesús en Cafarnaún, un centurión se le acercó rogándole: «Señor, tengo en casa un criado que está en cama paralítico y sufre mucho.»

Jesús le contestó: «Voy yo a curarlo.»

Pero el centurión le replicó: «Señor, no soy quién para que entres bajo mi techo. Basta que lo digas de palabra, y mi criado quedará sano. Porque yo también vivo bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes; y le digo a uno: “Ve” y va; al otro: “Ven”, y viene; a mi criado: “Haz esto”, y lo hace.»

Al oírlo, Jesús quedó admirado y dijo a los que le seguían: «Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe. Os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los cielos; en cambio, a los ciudadanos del reino los echarán fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes.»

Y al centurión le dijo: «Vuelve a casa, que se cumpla lo que has creído.»

Y en aquel momento se puso bueno el criado.

Al llegar Jesús a casa de Pedro, encontró a la suegra en cama con fiebre; la cogió de la mano, y se le pasó la fiebre; se levantó y se puso a servirles.

Al anochecer, le llevaron muchos endemoniados; él, con su palabra, expulsó los espíritus y curó a todos los enfermos. Así se cumplió lo que dijo el profeta Isaías: «Él tomó nuestras dolencias y cargó con nuestras enfermedades.»


El maná de cada día, 30.6.17

junio 30, 2017

Viernes de la 12ª semana del Tiempo Ordinario

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Y en seguida quedó limpio de la lepra

Y en seguida quedó limpio de la lepra



PRIMERA LECTURA: Génesis 17, 1.9-10.15-22

Cuando Abrán tenía noventa y nueve años, se le apareció el Señor y le dijo: «Yo soy el Dios Saday. Camina en mi presencia con lealtad.»

Dios añadió a Abrahán: «Tú guarda mi pacto, que hago contigo y tus descendientes por generaciones. Éste es el pacto que hago con vosotros y con tus descendientes y que habéis de guardar: circuncidad a todos vuestros varones.»

Dios dijo a Abrahán: «Saray, tu mujer, ya no se llamará Saray, sino Sara. La bendeciré, y te dará un hijo, y lo bendeciré; de ella nacerán pueblos y reyes de naciones.»

Abrahán cayó rostro en tierra y se dijo sonriendo: «¿Un centenario va a tener un hijo, y Sara va a dar a luz a los noventa?»

Y Abrahán dijo a Dios: «Me contento con que te guardes vivo a Ismael.»

Dios replicó: «No; es Sara quien te va a dar un hijo, a quien llamarás Isaac; con él estableceré mi pacto y con sus descendientes, un pacto perpetuo. En cuanto a Ismael, escucho tu petición: lo bendeciré, lo haré fecundo, lo haré multiplicarse sin medida, engendrará doce príncipes y haré de él un pueblo numeroso. Pero mi pacto lo establezco con Isaac, el hijo que te dará Sara el año que viene por estas fechas.»

Cuando Dios terminó de hablar con Abrahán, se retiró.


SALMO 127, 1-2.3.4-5

Ésta es la bendición del hombre que teme al Señor.

Dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos. Comerás del fruto de tu trabajo, serás dichoso, te irá bien.

Tu mujer, como parra fecunda, en medio de tu casa; tus hijos, como renuevos de olivo, alrededor de tu mesa.

Ésta es la bendición del hombre que teme al Señor. Que el Señor te bendiga desde Sión, que veas la prosperidad de Jerusalén todos los días de tu vida.


Aclamación antes del Evangelio: Mt 8, 17

Cristo hizo suyas nuestras debilidades y cargó con nuestros dolores.


EVANGELIO: Mateo 8, 1-4

En aquel tiempo, al bajar Jesús del monte, lo siguió mucha gente.

En esto, se le acercó un leproso, se arrodilló y le dijo: «Señor, si quieres, puedes limpiarme.»

Extendió la mano y lo tocó, diciendo: «Quiero, queda limpio.»

Y en seguida quedó limpio de la lepra.

Jesús le dijo: «No se lo digas a nadie, pero, para que conste, ve a presentarte al sacerdote y entrega la ofrenda que mandó Moisés.»


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EXTENDIÓ LA MANO Y LO TOCÓ

El gesto de Jesús, acercando su mano para tocar la lepra de aquel hombre, debió impresionar mucho al evangelista. No era frecuente que los leprosos se acercaran a la gente, pues tenían obligación de abandonar familia y posesiones, para vivir desterrados fuera de las aldeas. Su enfermedad era considerada como un castigo de Yahvé por algún pecado personal o del pueblo.

Jesús, con un gesto así, podía quedar contagiado de esa terrible enfermedad y, además, caía en la impureza legal de tocar a un leproso. Pero, sanando su enfermedad, el Señor quería curar, sobre todo, ese corazón humano, tan mezquino y encogido, que teme a Dios como a Aquel que castiga impasible y despiadadamente la debilidad y la miseria del hombre por Él creado.

Jesús quiso sanar el corazón leproso de aquellos discípulos, mostrando cómo la mano de la compasión y la ternura de Dios es capaz de tocar y sanar toda llaga humana.

Aquella mano de Cristo, acariciando sin titubeos la carne desfigurada y maloliente del leproso, hablaba a las gentes de un amor de Dios compasivo y tierno, que la ley judía y la justicia de los hombres eran incapaces de sospechar.

En tu oración diaria, en tu confesión frecuente, en tus caídas, no te canses de presentar al Señor esas llagas de tu alma, quizá siempre las mismas, por las que supura el hedor de tanto pecado y desidia.

Dios quiere sanar, en ti y en los demás, esa lepra de tantos pecados, que nos postra en el destierro de la separación de Dios. No dejes que la lepra de la tibieza, de los agobios y cansancios de la vida, de los dolores y afanes de tu día a día, desfigure el rostro y la vida de tu alma.

Muchos esperan de ti que seas esa mano por la que Dios toca y alivia tanto dolor y sufrimiento.

Lañas diarias www.mater-dei.es

JESÚS EXTENDIÓ LA MANO Y LO TOCÓ

Beata Teresa de Calcuta, Camino de sencillez

En nuestros días, en Occidente, la peor enfermedad no es la tuberculosis o la lepra sino el sentirse indeseable, abandonado, privado de amor. Sabemos cuidar las enfermedades del cuerpo por medio de la medicina, pero el único remedio para la soledad, el desconcierto y el desespero es el amor.

Hay mucha gente que muere en el mundo por falta de un trozo de pan, pero hay muchos más que mueren por falta de un poco de amor. La pobreza de Occidente es una pobreza diferente.

No es sólo una pobreza de soledad, sino también de falta de espiritualidad. Existe un hambre de amor como existe un hambre de Dios…

www.evangeliodeldia.org


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LA PACIENCIA DE DIOS

Papa Francisco en Casa Santa Marta
Viernes 28 de junio de 2013

No existe «un protocolo de la acción de Dios en nuestra vida», pero podemos estar seguros de que, tarde o temprano, interviene «a su modo». Por ello no podemos dejarnos llevar por la impaciencia o por el escepticismo, porque cuando nos desanimamos y «decidimos bajar de la cruz, lo hacemos siempre cinco minutos antes de la revelación». Saber aceptar y reconocer los tiempos de Dios fue la invitación del Papa durante la misa que celebró el viernes 28 de junio en la capilla de la Domus Sanctae Mathae.

Dios camina siempre con nosotros «y esto es seguro», dijo el Pontífice. «Desde el primer momento de la creación —explicó— el Señor se involucró con nosotros. Nos creó a su imagen y semejanza». El Señor está cerca de su pueblo, muy cerca, Él mismo lo dice: ¿Qué nación tiene un Dios tan cercano como vosotros?».

«Esta cercanía del Señor —afirmó el Papa— es un signo de su amor. La vida es un camino que Él ha querido recorrer junto a nosotros». Pero, precisó, «cuando el Señor viene, no siempre lo hace de la misma manera. No existe un protocolo de la acción de Dios en nuestra vida. Una vez lo hace de una manera, y en otra ocasión lo hace distinto. Pero lo hace siempre». «El Señor toma su tiempo —continuó el Pontífice—, pero también, en esta relación con nosotros, tiene mucha paciencia. Nos espera hasta el final de la vida, como al buen ladrón que al final reconoció a Dios».

«En la vida, algunas veces, las cosas llegan a ser muy oscuras —explicó el Papa—. Y sentimos ganas, si estamos en dificultad, de bajar de la cruz. Y éste es el momento preciso: la noche es más oscura cuando el alba se acerca. Siempre cuando bajamos de la cruz, lo hacemos cinco minutos antes de que venga la revelación. Es el momento de la impaciencia más grande». Aquí nos ayuda la enseñanza de Jesús que «en la cruz sentía que lo desafiábamos: “¡baja!, ¡ven!”». Se requiere «paciencia hasta el final, porque Él tiene paciencia con nosotros».

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