Víctor Codina sj: “¿Por qué Dios permite la pandemia y calla? ¿Es un castigo? ¿Hay que pedirle milagros? ¿Dónde está Dios?”

marzo 24, 2020

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Flagelantes

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Víctor Codina sj: “¿Por qué Dios permite la pandemia y calla? ¿Es un castigo? ¿Hay que pedirle milagros? ¿Dónde está Dios?”

“¿Dónde está Dios? Está en las víctimas de esta pandemia, está en los médicos y sanitarios que los atienden, está en los científicos que buscan vacunas antivirus, está en todos los que en estos días colaboran y ayudan para solucionar el problema, está en los que rezan por los demás, en los que difunden esperanza”

“No estamos ante un enigma, sino ante un misterio, un misterio de fe que nos hace creer y confiar en un Dios Padre-Madre creador, que no castiga, que es bueno y misericordioso, que está siempre con nosotros”

“Quizás nuestra pandemia nos ayude a encontrar a Dios donde no lo esperábamos”

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Afortunadamente, junto a los terroríficos y casi morbosos noticiarios televisivos sobre la pandemia, aparecen otras voces alternativas, positivas y esperanzadoras.

Algunos recurren a la historia para recordarnos que la humanidad ha pasado y superado otros momentos de pestes y pandemias, como las de la Edad media y la de 1918, después de la primera guerra mundial.

Otros se asombran de la postura unitaria europea contra el virus, cuando hasta ahora discrepaban sobre el cambio climático, los inmigrantes y el armamentismo, seguramente porque esta pandemia rompe fronteras y afecta a los intereses de los poderosos.

Ahora a los europeos les toca sufrir algo de lo que padecen los refugiados e inmigrantes que no pueden cruzar fronteras.

Hay humanistas que señalan que esta crisis es una especie de “cuaresma secular” que nos concentra en los valores esenciales, como la vida, el amor y la solidaridad, y nos obliga a relativizar muchas cosas que hasta ahora creíamos indispensables e intocables.

De repente, baja la contaminación atmosférica y el frenético ritmo de vida consumista que hasta ahora no queríamos cambiar.

Ha caído nuestro orgullo occidental de ser omnipotentes protagonistas del mundo moderno, señores de la ciencia y del progreso. En plena cuarentena doméstica y sin poder salir a la calle, comenzamos a valorar la realidad de la vida familiar.

Nos sentimos más interdependientes, todos dependemos de todos, todos somos vulnerables, necesitamos unos de otros, estamos interconectados globalmente, para el bien y el mal.

También surgen reflexiones sobre el problema del mal, el sentido de la vida y la realidad de la muerte, un tema hoy tabú.

La novela La peste de Albert Camus de 1947 se ha convertido en un best seller. No solo es una crónica de la peste de Orán, sino una parábola del sufrimiento humano, del mal físico y moral del mundo, de la necesidad de ternura y solidaridad.

Los creyentes de tradición judeo-cristiana nos preguntamos por el silencio de Dios ante esta epidemia. ¿Por qué Dios lo permite y calla? ¿Es un castigo? ¿Hay que pedirle milagros, como pide el P. Penéloux en La peste?

¿Hemos de devolver a Dios el billete de la vida, como Iván Karamazov en Los hermanos Karamazov, al ver el sufrimiento de los inocentes? ¿Dónde está Dios?

No estamos ante un enigma, sino ante un misterio, un misterio de fe que nos hace creer y confiar en un Dios Padre-Madre creador, que no castiga, que es bueno y misericordioso, que está siempre con nosotros, es el Emanuel; creemos y confiamos en Jesús de Nazaret que viene a darnos vida en abundancia y se compadece de los que sufren; creemos y confiamos en un Espíritu vivificante, Señor y dador de vida.

Y esta fe no es una conquista, es un don del Espíritu del Señor, que nos llega a través de la Palabra en la comunidad eclesial.

Todo esto no impide que, como Job, nos quejemos y querellemos ante Dios al ver tanto sufrimiento, ni impide que como el Qohelet o Eclesiastés constatemos la brevedad, levedad y vanidad de la vida. Pero no hemos de pedir milagros a un Dios que respeta la creación y nuestra libertad, quiere que nosotros colaboremos en la realización de este mundo limitado y finito.

Jesús no nos resuelve teóricamente el problema del mal y del sufrimiento, sino que a través de sus llagas de crucificado-resucitado nos abre al horizonte nuevo de su pasión y resurrección; Jesús con su identificación con los pobres y los que sufren, ilumina nuestra vida; y con el don del Espíritu nos da fuerza y consuelo en nuestros momentos difíciles de sufrimiento y pasión.

¿Dónde está Dios? Está en las víctimas de esta pandemia, está en los médicos y sanitarios que los atienden, está en los científicos que buscan vacunas antivirus, está en todos los que en estos días colaboran y ayudan para solucionar el problema, está en los que rezan por los demás, en los que difunden esperanza.

Acabemos con un salmo de confianza que la Iglesia nos propone los domingos en la hora litúrgica de las Completas, para antes de ir a dormir:

“Tú que vives bajo el amparo del Altísimo y pasas la noche bajo la sombra del Todopoderoso, di al Señor: refugio, baluarte mío, mi Dios en quien confío.

Pues él te libra de la red del cazador, de la peste funesta: con sus plumas te protege, bajo sus alas hallas refugio: escudo es su fidelidad.

No temerás el terror de la noche, ni la saeta que vuela de día, ni la peste que avanza en las tinieblas, ni el azote que devasta a mediodía” (Salmo 90,2-7).

Quizás nuestra pandemia nos ayude a encontrar a Dios donde no lo esperábamos.

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Maná y Vivencias Cuaresmales (25), 21.3.20

marzo 21, 2020

Sábado de la 3ª semana de Cuaresma

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Adoración
No se atrevía ni a levantar la vista y rezaba así: ¡Oh Dios, ten compasión de esta pecadora!

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Antífona de entrada: Salmo 102, 2-3

Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides sus beneficios: Él perdona todas tus culpas.

Oración colecta

Llenos de alegría, al celebrar un año más la Cuaresma, te pedimos, Señor, vivir los sacramentos pascuales, y sentir en nosotros el gozo de su eficacia. Por nuestro Señor Jesucristo.

PRIMERA LECTURA: Oseas 6, 1-6

Vamos a volver al Señor: él, que nos despedazó, nos sanará; él, que nos hirió, nos vendará. En dos días nos sanará; al tercero nos resucitará; y viviremos delante de él.

Esforcémonos por conocer al Señor: su amanecer es como la aurora, y su sentencia surge como la luz. Bajará sobre nosotros como lluvia temprana, como lluvia tardía que empapa la tierra.

«¿Qué haré de ti, Efraín? ¿Qué haré de ti, Judá? Vuestra piedad es como nube mañanera, como rocío de madrugada que se evapora. Por eso os herí por medio de los profetas, os condené con la palabra de mi boca.

Quiero misericordia, y no sacrificios; conocimiento de Dios, más que holocaustos.»

SALMO 50, 3-4.18-19.20-21ab

Quiero misericordia, y no sacrificios.

Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa; lava del todo mi delito, limpia mi pecado.

Los sacrificios no te satisfacen: si te ofreciera un holocausto, no lo querrías. Mi sacrificio es un espíritu quebrantado; un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias.

Señor, por tu bondad, favorece a Sión, reconstruye las murallas de Jerusalén: entonces aceptarás los sacrificios rituales, ofrendas y holocaustos.

Aclamación antes del Evangelio: Salmo 94, 8

Hagámosle caso al Señor que nos dice: “No endurezcáis vuestro corazón”.

EVANGELIO: Lucas 18, 9-14

En aquel tiempo, a algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás, dijo Jesús esta parábola:

«Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, un publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: “¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo.”

El publicano, en cambio, se quedó atrás y no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo; sólo se golpeaba el pecho, diciendo: “¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador.”

Os digo que éste bajó a su casa justificado, y aquél no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.»

Antífona de comunión: Lucas 18, 13

El publicano, manteniéndose a distancia, se golpeaba el pecho y decía: Señor, ten piedad de mí porque soy un pecador.

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VIVENCIAS CUARESMALES

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Dichosos los limpios de corazón porque ellos verán a Dios

25. SÁBADO

TERCERA SEMANA DE CUARESMA

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NÚCLEO ILUMINADOR.- Todo hombre que se hace grande será humillado, y el que se humilla será hecho grande (Lc. 18, 14).

Hermano, cuando oras ¿qué presentas a Dios: tu propia exhibición o tus necesidades? ¿Te comunicas con Dios o contigo mismo? ¿Es tu oración un verdadero encuentro con Alguien lejano y cercano a la vez?

Con el recuerdo agradecido de que Dios nos acoge en su bendito Hijo, podemos comenzar esta Misa orando con el salmista: “Bendice, alma mía, al Señor y no olvides sus beneficios, él perdona todas tus culpas” (Salmo 102, 2-3).

No queremos olvidar que la misericordia de Dios destruye nuestros pecados. Él nos devuelve bien por mal, su amor ahoga el mal a fuerza de bien. Por eso, es digno de toda bendición; porque él nos amó mucho, le podemos amar mucho nosotros.

Lo queremos recordar adrede, una y otra vez, porque nos cuesta creerlo y convencernos de ello: “Dios perdona tus culpas, y sana todas tus enfermedades”. Somos criaturas nuevas en Cristo para gloria de Dios, por pura gracia, pues así le pareció bien para alabanza de su gloria.

Los mismos sentimientos se prolongan en la oración colecta: Llenos de alegría al celebrar un año más la Cuaresma, te pedimos, Señor, vivir los sacramentos pascuales y sentir en nosotros el gozo de su eficacia. Por Cristo, nuestro Señor. Amén.

A pesar de todo este gozo en Dios, persiste nuestra debilidad, persiste el dolor que nos insta a clamar. Si se acaba la aflicción, dirá san Agustín, se acaba la súplica; y si ésta muere, se disuelve la salvación. Él, por tanto, clamará: ¡Oh feliz culpa que nos mereció tal Redentor!

Y aunque nuestro culto sea auténtico en un primer momento, fruto sincero de una verdadera conversión, enseguida degenera y se hace rutinario, desvinculado de los verdaderos sentimientos del corazón y en contradicción con la vida real de pecado y de mentira, sobre todo ante los demás; y así el culto se vuelve mentiroso, inútil para el hombre y ofensivo para Dios.

Por eso Dios se pregunta, medio desconcertado, podríamos decir: “¿Qué haré de ti, Efraín? ¿Qué haré de ti, Judá? Vuestra misericordia es como nube mañanera, como rocío de madrugada que se evapora. Por eso os herí por medio de profetas, os condené con las palabras de mi boca. Porque quiero misericordia y no sacrificios, conocimiento de Dios más que holocaustos”(Oseas 6, 1B.6).

La tentación de la rutina, de la claudicación, de la mentira, es muy fuerte en el hombre: éste se tuerce a izquierda o a derecha con facilidad, esquiva el encuentro directo y honesto con un Dios que siempre le pide más y que no le consiente endiosarse ante su propia carne, ante los demás hermanos, esclavizando a su prójimo; al hombre le aburre, le cansa ser misericordioso con su hermano como Dios lo es con él, y pretende vivir de rentas, quiere que le sirvan. Cede como arco falso, en expresión bíblica.

Parafraseando el comentario de la Biblia Latinoamericana: El hombre lamenta sus errores, pero su sinceridad no es tan real como para dejar sus pecados del todo, radicalmente.

Piensa contentar a Dios ofreciéndole algunos sacrificios; no sabe alcanzar el amor verdadero que se prueba con la obediencia, con la sumisión total, con la renuncia a la propia suficiencia, con la renuncia sincera a la práctica de una religión “a su manera”.

Preferimos con frecuencia ofrecer sacrificios costosos que “nosotros mismos decidimos”, en vez de obedecer lo que Dios nos pide de hecho en su Palabra, en las circunstancias de nuestra vida, mediante la purificación “pasiva”: es decir, aquélla que no programamos nosotros, a nuestra medida, sino la que nos impone Dios a través de las mediaciones humanas, de la vida real que nosotros no podemos prevenir ni manejar a nuestro gusto y capricho.

En el Evangelio, Lucas 18, 9-14, encontramos dos conductas contrapuestas: la del fariseo y la del publicano. El fariseo tiene todo bien programado desde él mismo; todo a su medida; puede vanagloriarse de su propia consistencia personal, privada y social; sabe conducirse a sí mismo, todo está controlado, o mejor, bajo control; no necesita de Dios, sino para que ratifique todo lo que se le presente como obra humana.

Por tanto, el fariseo no sale de sí; su religión no le cuesta gran cosa, es un arropamiento personal y vanidoso; su religión no vale porque, aunque le cueste algo, no le exige entregar lo que más vale: su propia vida y autogobierno.

Por otro lado encontramos al publicano que está dispuesto a dejarse cuestionar por Dios. Reconoce que sólo Dios justifica y que sólo él establece las reglas del juego: “Ten compasión, ten piedad de mí que soy un pecador”.

Escuchemos: “Puso además esta comparación por algunos que estaban convencidos de ser justos y que despreciaban a los demás. ‘Dos hombres subieron al Templo a orar, uno fariseo y el otro publicano. El publicano se quedaba atrás y no se atrevía ni siquiera a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios mío, ten piedad de mí que soy un pecador’”.

La justificación, la felicidad que Dios nos regala será proporcional a nuestra capacidad para permitirle a Dios cuestionar nuestra vida. Si le permitimos entrar en nuestro corazón nos librará constantemente de cualquier autoengaño que habite en nuestra mente o en nuestros sentimientos.

El Espíritu nos irá moviendo para que apostemos siempre por la verdad y por la misericordia entrañable para con el hermano, ya que a Dios no le podemos engañar.

Texto bíblico de Santiago 5, 16-19-20: “Confesaos los pecados unos a otros, y rezad unos por otros para que os curéis. Mucho puede hacer la oración intensa del justo. Hermanos míos, si alguno de vosotros se desvía de la verdad y otro lo encamina, sabed que uno que convierte al pecador de su extravío se salvará de la muerte y sepultará un sinfín de pecados”.

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Del libro de San Teófilo de Antioquía, obispo, a Autólico

Dichosos los limpios de corazón porque ellos verán a Dios

Si tú me dices: “muéstrame a tu Dios”, yo te diré a mi vez: “Muéstrame tú al hombre que hay en ti”, y yo te mostraré a mi Dios. Muéstrame, por tanto, si los ojos de tu mente ven, y si oyen los oídos de tu corazón.

Pues de la misma manera que los que ven con los ojos del cuerpo perciben con ellos las realidades de esta vida terrena y advierten las diferencias que se dan entre ellas -por ejemplo-, entre la luz y las tinieblas, lo blanco y lo negro, lo deforme y lo bello, lo proporcionado y lo desproporcionado, lo que está bien formado y lo que no está, lo que es superfluo y lo que es deficiente en las cosas-, y lo mismo se diga de lo que cae bajo el dominio del oído -sonidos agudos, graves o agradables-, eso mismo hay que decir de los oídos del corazón y de los ojos de la mente, en cuanto a su poder para captar a Dios.

En efecto, ven a Dios los que son capaces de mirarlo, porque tienen abiertos los ojos del espíritu. Porque todo el mundo tiene ojos, pero algunos los tienen oscurecidos y no ven la luz del sol. Y no porque los ciegos no vean ha de decirse que el sol ha dejado de lucir, sino que esto hay que atribuírselo a sí mismos y a sus propios ojos.

De la misma manera, tienes tú los ojos de tu alma oscurecidos a causa de tus pecados y malas acciones. El alma del hombre tiene que ser pura como un espejo brillante. Cuando en el espejo se produce el orín, no se puede ver el rostro de una persona; de la misma manera, cuando el pecado está en el hombre, el hombre ya no puede contemplar a Dios.

Pero puedes sanar, si quieres. Ponte en manos del médico y él punzará los ojos de tu alma y tu corazón. ¿Qué médico es éste? Dios, que sana y vivifica mediante su Palabra y su sabiduría. Pues por medio de la Palabra y la sabiduría se hizo todo.

Efectivamente, la Palabra del Señor hizo el cielo; el aliento de su boca, sus ejércitos. Su sabiduría está por encima de todo: Dios, con su sabiduría, puso el fundamento de la tierra; con su inteligencia, preparó los cielos; con su voluntad, rasgó los abismos, y las nubes derramaron su rocío.

Si entiendes todo esto y vives pura, santa y justamente, podrás ver a Dios; pero la fe y el temor de Dios han de tener la absoluta preferencia de tu corazón, y entonces entenderás todo esto. Cuando te despojes de lo mortal y te revistas de lo inmortal entonces verás a Dios de manera digna.

Dios hará que tu carne sea inmortal junto con el alma, y entonces, convertido en inmortal, verás al que es inmortal, con tal de que ahora creas en él (Libro 1, 2.7: PG 6, 1026-1027.1035).


Maná y Vivencias Cuaresmales (23), 19.3.20

marzo 19, 2020

Jueves de la 3ª semana de Cuaresma

NOTA: Este día cuaresmal con sus lecturas y comentarios ha sido sustituido por la liturgia propia de la Solemnidad de san José, 19 de marzo, en algunos lugares. Pero, en atención a las personas que quieran meditar la espiritualidad cuaresmal del jueves de la tercera semana, reproducimos lo propio de este día.
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Ojalá escuchen hoy la voz del Señor: «No endurezcan su corazón»

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Antífona de entrada

Yo soy la salvación del pueblo, dice el Señor. Cuando me llamen desde el peligro, yo les escucharé y seré para siempre su Señor.

Oración colecta

Te pedimos humildemente, Señor, que a medida que se acerca la fiesta de nuestra salvación, vaya creciendo en intensidad nuestra entrega para celebrar dignamente el misterio pascual. Por nuestro Señor Jesucristo.

PRIMERA LECTURA: Jeremías 7, 23-28

Así dice el Señor: «Ésta fue la orden que di a vuestros padres: “Escuchad mi voz. Yo seré vuestro Dios, y vosotros seréis mi pueblo; caminad por el camino que os mando, para que os vaya bien.”

Pero no escucharon ni prestaron oído, caminaban según sus ideas, según la maldad de su corazón obstinado, me daban la espalda y no la frente.

Desde que salieron vuestros padres de Egipto hasta hoy les envié a mis siervos, los profetas, un día y otro día; pero no me escucharon ni prestaron oído: endurecieron la cerviz, fueron peores que sus padres. Ya puedes repetirles este discurso, que no te escucharán; ya puedes gritarles, que no te responderán.

Les dirás. “Aquí está la gente que no escuchó la voz del Señor, su Dios, y no quiso escarmentar. La sinceridad se ha perdido, se la han arrancado de la boca.”»

SALMO 94, 1-2.6-7.8-9

Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: «No endurezcáis vuestro corazón»

Venid, aclamemos al Señor, demos vítores a la Roca que nos salva; entremos a su presencia dándole gracias, aclamándolo con cantos.

Entrad, postrémonos por tierra, bendiciendo al Señor, creador nuestro. Porque él es nuestro Dios, y nosotros su pueblo, el rebaño que él guía.

Ojalá escuchéis hoy su voz: «No endurezcáis el corazón como en Meribá, como el día de Masa en el desierto; cuando vuestros padres me pusieron a prueba y me tentaron, aunque habían visto mis obras.»

Aclamación antes del Evangelio: Joel 2, 12-13

Todavía es tiempo, dice el Señor. Arrepentíos de todo corazón y volveos a mí, que soy compasivo y misericordioso.

EVANGELIO: Lucas 11, 14-23

En aquel tiempo, Jesús estaba echando un demonio que era mudo y, apenas salió el demonio, habló el mudo. La multitud se quedó admirada, pero algunos de ellos dijeron: «Si echa los demonios es por arte de Belzebú, el príncipe de los demonios.» Otros, para ponerlo a prueba, le pedían un signo en el cielo.

Él, leyendo sus pensamientos, les dijo: «Todo reino en guerra civil va a la ruina y se derrumba casa tras casa. Si también Satanás está en guerra civil, ¿cómo mantendrá su reino? Vosotros decís que yo echo los demonios con el poder de Belzebú; y, si yo echo los demonios con el poder de Belzebú, vuestros hijos, ¿por arte de quién los echan? Por eso, ellos mismos serán vuestros jueces.

Pero, si yo echo los demonios con el dedo de Dios, entonces es que el reino de Dios ha llegado a vosotros. Cuando un hombre fuerte y bien armado guarda su palacio, sus bienes están seguros. Pero, si otro más fuerte lo asalta y lo vence, le quita las armas de que se fiaba y reparte el botín. El que no está conmigo está contra mí; el que no recoge conmigo desparrama.»

Antífona de comunión: Salmo 118, 4-5

Tú promulgas tus preceptos para que se observen con exactitud. Que mi conducta se ajuste siempre al cumplimiento de tu voluntad.

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VIVENCIAS CUARESMALES
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A medida que avanza la Cuaresma vaya creciendo en intensidad mi entrega al Señor

23. JUEVES

TERCERA SEMANA DE CUARESMA

Entrada: Yo soy la salvación del pueblo, dice el Señor. Cuando me llamen desde el peligro, yo los escucharé y seré para siempre su Señor.

TEMA: El primer y único mandamiento, “Escucha, Israel”. Si no escucha, el hombre se deja llevar por sus propias ideas y antojos; en última instancia y según la Biblia, por la maldad del corazón.

Entonces, el hombre se adora a sí mismo, ignora a Dios y es capaz de llamar mentiroso a Dios, pecando contra el Espíritu.

El pecado contra el Espíritu: “Expulsa los demonios con el poder de Belzebú, jefe de los demonios”.

Tanto en la primera lectura como en el Evangelio, topamos con la incredulidad del hombre para fiarse de Dios, para obedecer la palabra de Dios. Terrible tragedia para el hombre, amarga desilusión para Dios. Es el pecado primero y el más grave, que corresponde al primer mandato de Dios: “Escucha, Israel”.

La actitud de escucha es la que mejor cuadra al hombre, pues ella expresa la condición fundamental del ser humano: su condición de creatura. Es decir, escuchar es reconocer que el hombre está religado esencialmente a Dios, a pesar de su libertad. El ejercicio supremo de su libertad será precisamente “elegir libremente” a Dios como su centro y meta. Y en eso consiste su merecimiento y su plenitud.

Lo más urgente es afinar y reafirmar esa docilidad a Dios; esa sumisión incondicional a la voluntad de Dios, mande lo que mande, sea cual sea esa voluntad. Esta obediencia será determinante. Lo de menos será lo que venga después, en qué mandatos o normas se concrete esa voluntad de Dios.

La primera obediencia de la criatura consiste en venir a la existencia, como respuesta a la Palabra que la llama al ser. Esa obediencia alcanza plena expresión cuando la criatura es libre de reconocerse y aceptarse como don del Creador, de decir “sí” a su propia procedencia de Dios. Ésta realiza así su primer acto de libertad, un acto de libertad verdadero, que es también el primero y fundamental acto de auténtica obediencia.

La obediencia propia de la persona creyente consiste en la adhesión a la Palabra con la cual Dios se revela y se comunica, y a través de la cual renueva cada día su alianza de amor. Por tanto, esa obediencia significa la aceptación de la propia historia y de las circunstancias y avatares de la vida (El servicio de la autoridad y la obediencia; Instrucción de la CIVCSVA, n. 7; 2008).

La esencia del hombre es atender a Dios, escucharle y poner por obra sus mandatos. El hombre vale en la medida en que es oyente. Si no escucha, no sólo está vacío, sino que es malvado, por no dar culto a Dios: El hombre ha sido creado para conocer y alabar a Dios.

No hay, por tanto, neutralidad en la religión: El que no avanza, retrocede; el que no recoge con Dios, desparrama; el que no se forma y crece, se deforma y disminuye, se devalúa. Si no escucha, no puede hablar, es mudo. Y si dijera algo, sería maldad, desvarío, vaciedad, despropósito…

Y el hombre tiende a justificar esa postura al margen de Dios y contra Dios. Se empecina, se pone terco, ciego en su recelo contra Dios, más visceral que lógico o intelectual. A pesar de los errores ajenos y propios, no queremos aprender ni en cabeza ajena, no damos el brazo a torcer, tratamos de justificarnos, y nos resistimos de todas las formas a reconocer y seguir el camino recto.

Ante este peligro, tan real y que nos amenaza a cada instante, rezamos hoy la oración colecta de todo corazón: Te pedimos humildemente, Señor, que, a medida que se acerca la fiesta de nuestra salvación, vaya creciendo en intensidad nuestra entrega para celebrar dignamente el misterio Pascual. Por nuestro Señor Jesucristo…

Escuchemos el relato evangélico de hoy: Lucas 11, 14-23.- La multitud se quedó admirada por la curación que hizo Jesús, pero algunos de ellos dijeron: “Si echa los demonios es por arte de Belzebú, el príncipe de los demonios”. Jesús les decía: “Si yo echo los demonios con el dedo de Dios, entonces es que el reino de Dios ha llegado a vosotros… El que no está conmigo, está contra mí; el que no recoge conmigo, desparrama”.

El Evangelio expresa hasta dónde puede llegar el atrevimiento del hombre que se cierra en sí mismo, que no escucha, o mejor que escucha solo sus propios impulsos: algunos testigos del milagro del endemoniado se niegan a ver la luz y la interpretan como oscuridad.

La resistencia del hombre a las inspiraciones del Espíritu puede crecer y desarrollarse hasta su última expresión: atribuirle al demonio las obras que son, a todas luces, obras de Dios. Es decir, afirmar: “Expulsa los demonios con el poder de Belzebú”.

Atrevimiento terrible, fatal; que, si es consciente y voluntario, encierra al hombre en el mal de tal manera que lo hace incapaz de convertirse, de cambiar. Por eso se dice que ese pecado no tiene perdón, es pecar contra el Espíritu de la verdad.

Pero Jesús no se da por vencido y arremete contra los incrédulos. “Los amigos de ustedes ¿con ayuda de quién los expulsan?”. El hombre no puede quedar sin salvación: si rechaza la divina, busca otra, la de los “amigos a la medida”. Pero esa salvación que preferimos a la de Dios, ¿tiene consistencia, es verdadera, razonable, convincente, quién la ofrece y asegura?

En ambas lecturas, Dios echa en cara la incredulidad de los pecadores, la resistencia a escuchar al Señor. Tomemos conciencia del “primer” mandamiento de Dios: escucharle. “Escucha, Israel”. Si lo quebrantamos, todo se desordena en nuestra vida; todo queda viciado.

Nos lo recuerda Jeremías 7, 23-28: “Esto dice el Señor: Ésta fue la orden que di a mi pueblo: escuchad mi voz… Pero no escucharon ni prestaron oído, caminaban según sus ideas, según la maldad de su corazón obstinado, me daban la espalda y no la frente… Les envié a mis siervos los profetas, un día y otro día; pero no me escucharon ni prestaron oído: endurecieron la cerviz, fueron peores que sus padres”.

Palabras graves por su misma expresividad y por la autoridad y santidad, por la honestidad de quien las pronuncia: el mismo Dios, su Espíritu que habla por los profetas.

Sin embargo, hay que advertir que con estas quejas, lamentos y reproches, Dios no pretende aplastarnos y dejarnos para siempre hundidos en nuestra propia debilidad y aun maldad, sino que su Espíritu pretende suscitar nuestra toma de conciencia y la posterior vuelta al buen camino y conversión.

Así, por obra del Espíritu el hijo pródigo “recapacitó” sobre su situación y reaccionó: volveré adonde mi padre y le confesaré mi pecado.

Oremos a Dios con estas o parecidas palabras:

Señor, ten misericordia de mí y dame la suficiente sinceridad para reconocer que me estoy auto-engañando, y la necesaria valentía para renunciar a los falsos dioses a quienes me someto.

¿Hasta cuándo buscaré lejos de ti? ¿Cuándo me convenceré de que son pozos secos sin agua viva, que son fantasmas, que son dioses muertos que no pueden salvar? Señor, ten compasión de mí; que vea; conviérteme a ti para que vaya a ti.- Amén.

Cristo es el único que nos da la victoria sobre el mal. A su lado hay que luchar. A él debemos someter todo nuestro ser; sólo así haremos la obra de Dios, edificaremos con él, cosecharemos con él. Cristo es tajante: “Quien no está conmigo, está contra mí”.

No hay término medio: hay que estar con el único Señor, explícita o implícitamente. Algunos realizan las obras buenas de Dios sin conocer del todo a Jesús, ni contarse entre sus inmediatos seguidores. No hagamos partidismos como los apóstoles: “Ésos no son de los nuestros; por tanto, prohíbeles hacer milagros en tu nombre”.

Jesús, en ese caso, defiende a los que son suyos implícitamente: “No se lo prohíban, les dice; uno que actúa en mi nombre no puede hablar mal de mí”. Una cosa es el señorío de Jesús y otra muy distinta es el partidismo fanático y exclusivista.

Jesús aquí plantea la radicalidad que debe practicar todo discípulo suyo: “No se puede servir a dos señores”. Jesús exige coherencia y radicalidad; no se pueden juntar las tinieblas con la luz. En ese campo no hay pequeñas cosas o insignificancias. Nada de ambigüedades: “Quien no recoge conmigo, desparrama”. No se trata sólo de no hacer cosas malas; se trata de hacer muchas cosas positivamente buenas.

El Salmista nos invita a aprender en cabeza ajena: No endurezcáis el corazón como en Meribá, no sea que os pase algo peor. Si después de conocer tanto, nos echamos atrás o no somos del todo íntegros, grande será nuestro pecado. Pues al que mucho se le dio, mucho se le pedirá. Desparramamos, no servimos para el Reino que padece violencia, que exige que nos definamos. El que pone la mano en el arado y mira hacia atrás no vale para el Reino.

Por tanto, debemos pedir a Dios la sencillez confiada del auténtico creyente. Nos lo enseña la oración sobre las ofrendas: “Señor, preserva de toda maldad a tu pueblo…”

HIMNO

Te damos gracias, Señor, porque has depuesto la ira y has detenido ante el pueblo la mano que lo castiga. Tú eres el Dios que nos salva, la luz que nos ilumina, la mano que nos sostiene y el techo que nos cobija.

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Reflexión del Papa Francisco sobre el evangelio de hoy (oct. de 2013)

Jesús expulsa los demonios y alguno empieza a dar explicaciones para disminuir la fuerza del Señor. Existe siempre la tentación de minimizar la figura de Jesús como si fuese, en el mejor de los casos un curandero, al cual no se tomaría muy en serio. Una actitud que ha llegado hasta nuestros días.

Hay algunos sacerdotes que cuando leen este pasaje del Evangelio, este y otros, dicen: «Pero Jesús ha sanado a una persona con una enfermedad mental». No leen esto aquí, ¿no? Es verdad que en aquel tiempo se podía confundir una epilepsia con la posesión del demonio; ¡pero también es cierto que existía el demonio!

Y nosotros no tenemos derecho a simplificar las cosas, como diciendo: «Todos esos no estaban poseídos; eran enfermos mentales». ¡No! La presencia del demonio está en la primera página de la Biblia, y la Biblia termina también con la presencia del demonio, con la victoria de Dios sobre el demonio.

No debemos ser ingenuos. El Señor nos da algunos criterios para discernir la presencia del mal y para seguir el camino cristiano cuando hay tentaciones.

Uno de los criterios es no seguir la victoria de Jesús sobre el mal, sólo a medias. O estás conmigo o estás contra mí. Jesús, ha venido para destruir al demonio, a liberarnos de la esclavitud del demonio sobre nosotros. Y no se puede decir que así exageramos. En este tema no hay matices. Es una lucha donde se juega la salud, la salud eterna, la salvación eterna de todos nosotros.

Luego está el criterio de la vigilancia. Siempre debemos vigilar contra el engaño, contra la seducción del maligno. Podemos hacernos la pregunta: «¿Vigilo sobre mí, sobre mi corazón, sobre mis sentimientos, sobre mis pensamientos? ¿Custodio el tesoro de la gracia? ¿Custodio la presencia del Espíritu Santo en mí? ¿O dejo las cosas así, seguro, creyendo que todo está bien?» Si tú no te custodias, viene aquel que es más fuerte que tú. Pero si llega uno más fuerte que él y lo vence, le quita las armas en las que confiaba y reparte el botín. ¡La vigilancia!

Pero, tres criterios, ¡eh! No hay que confundir la verdad:

  • Primer criterio: Jesús lucha contra el demonio (el demonio existe y nos tienta siempre).
  • Segundo criterio: quien no está con Jesús, está en contra de Jesús. No hay posiciones a medias.
  • Tercer criterio: la vigilancia sobre nuestro corazón, porque el demonio es astuto. ¡Jamás ha sido expulsado para siempre! Sólo el último día lo será.

(Homilía en Santa Marta, 10 de octubre de 2013)

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Papa Francisco explica cuál es el camino hacia la verdadera fidelidad a Dios

VATICANO, 03 Mar. 16 / 06:33 am (ACI).- La fidelidad y la misericordia de Dios fueron los dos temas que el Papa Francisco abordó en su homilía de hoy en la Casa Santa Marta. El Santo Padre comentó que en las lecturas del día se puede ver la fidelidad de Dios y la “fidelidad fallida” de su pueblo.

El Santo Padre pidió la “gracia de la fidelidad”. “El primer paso que se debe dar sobre este camino de la fidelidad es sentirse pecador. Si tú no te sientes pecador, has comenzado mal. Pidamos la gracia para que nuestro corazón no se endurezca, que esté abierto a la misericordia y a la gracia de la fidelidad”, añadió.

A su vez, recordó que Jesús habla claro: “Quien no está conmigo está contra mí”. “O eres fiel, con tu corazón abierto, al Dios que es fiel contigo, o estás contra Él”, dijo Francisco.

A pesar de ello, ¿existe un camino de en medio, un ‘negociado’”?, preguntó el Papa. “Sí, hay una salida: ¡confiésate pecador! Y si tú dices ‘yo soy un pecador’, el corazón se abre y entra la misericordia de Dios y comienzas a ser fiel”.

Dios siempre es fiel, porque no puede renegar de sí mismo”, señaló. Sobre la primera lectura de Jeremías comentó que el profeta relata las “muchas cosas que ha hecho Dios para atraer los corazones del pueblo”.

Como ya hiciera en otra homilía esta misma semana, el Pontífice recordó que “esta infidelidad del pueblo de Dios, también la nuestra, es nuestra propia infidelidad y endurece el corazón”.

“No deja entrar la voz del Señor que, como padre amoroso, nos pide siempre abrirnos a su misericordia y a su amor”.

“El Señor siempre nos habla así: también con ternura de padre que nos dice: ‘Vuelvan a mí con todo el corazón porque soy misericordioso y tengo piedad’”.

Pero “cuando el corazón es duro esto no se entiende. La misericordia de Dios solo se entiende si uno es capaz de abrir su corazón, para que pueda entrar”.

“El corazón se endurece y vemos la misma historia” en el Evangelio de San Lucas de este día. “Jesús es enfrentado contra aquellos que habían estudiado las Escrituras, los doctores de la ley que sabían la teología, pero eran cerrados”, explicó el Papa.

No obstante, la gente estaba “sorprendida”, “tenía fe en Jesús”. “Tenía el corazón abierto: imperfecto, pecador, pero el corazón abierto”, añadió.

Francisco también señaló que estos teólogos “siempre buscaban una explicación para entender el mensaje de Jesús” y “le pedían un signo del cielo”.

“Esta es la historia de la fidelidad fallida, la historia de los corazones cerrados, corazones que no dejan entrar la misericordia de Dios, que han olvidado la palabra ‘perdón’ simplemente porque no se sienten pecadores: se sienten jueces de los otros”, indicó.


Maná y Vivencias Cuaresmales (20), 16.3.20

marzo 16, 2020

Lunes de la 3ª Semana de Cuaresma


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Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío
Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca, Señor


Antífona de entrada: Salmo 83, 3

Mi alma se consume de deseos por los atrios del Señor. Mi corazón y mi carne claman ansiosos por el Dios viviente.

Oración colecta

Señor, purifica y protege a tu Iglesia con misericordia continua y, pues sin tu ayuda no puede mantenerse incólume, que tu protección la dirija y la sostenga siempre. Por nuestro Señor Jesucristo.

PRIMERA LECTURA: 2 Reyes 5, 1-15

En aquellos días, Naamán, general del ejército del rey sirio, era un hombre que gozaba de la estima y del favor de su señor, pues por su medio el Señor había dado la victoria a Siria. Era un hombre muy valiente, pero estaba enfermo de lepra.

En una incursión, una banda de sirios llevó de Israel a una muchacha, que quedó como criada de la mujer de Naamán, y dijo a su señora: «Ojalá mi señor fuera a ver al profeta de Samaria: él lo libraría de su enfermedad.»
Naamán fue a informar a su señor: «La muchacha israelita ha dicho esto y esto.»
El rey de Siria le dijo: «Ven, que te doy una carta para el rey de Israel.»

Naamán se puso en camino, llevando tres quintales de plata, seis mil monedas de oro y diez trajes. Presentó al rey de Israel la carta, que decía así: «Cuando recibas esta carta, verás que te envío a mi ministro Naamán para que lo libres de su enfermedad.»

Cuando el rey de Israel leyó la carta, se rasgó las vestiduras, exclamando: «¿Soy yo un dios capaz de dar muerte o vida, para que éste me encargue de librar a un hombre de su enfermedad? Fijaos bien, y veréis cómo está buscando un pretexto contra mí.»

El profeta Eliseo se enteró de que el rey de Israel se había rasgado las vestiduras y le envió este recado: «¿Por qué te has rasgado las vestiduras? Que venga a mí y verá que hay un profeta en Israel.»
Naamán llegó con sus caballos y su carroza y se detuvo ante la puerta de Eliseo.

Eliseo le mandó uno a decirle: «Ve a bañarte siete veces en el Jordán, y tu carne quedará limpia.»

Naamán se enfadó y decidió irse, comentando: «Yo me imaginaba que saldría en persona a verme, y que, puesto en pie, invocaría al Señor, su Dios, pasaría la mano sobre la parte enferma y me libraría de mi enfermedad. ¿Es que los ríos de Damasco, el Abana y el Farfar, no valen más que toda el agua de Israel? ¿No puedo bañarme en ellos y quedar limpio?»

Dio media vuelta y se marchaba furioso. Pero sus siervos se le acercaron y le dijeron: «Señor, si el profeta te hubiera prescrito algo difícil, lo harías. Cuanto más si lo que te prescribe para quedar limpio es simplemente que te bañes.»

Entonces Naamán bajó al Jordán y se bañó siete veces, como había ordenado el profeta, y su carne quedó limpia como la de un niño.
Volvió con su comitiva y se presentó al profeta, diciendo: «Ahora reconozco que no hay dios en toda la tierra más que el de Israel.»

SALMO 41, 2.3;42,3.4

Mi alma tiene sed del Dios vivo; ¿cuándo veré el rostro de Dios?

Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío.

Tiene sed de Dios, del Dios vivo; ¿cuándo entraré a ver el rostro de Dios?

Envía tu luz y tu verdad: que ellas me guíen y me conduzcan hasta tu monte santo, hasta tu morada.

Que yo me acerque al altar de Dios, al Dios de mi alegría; que te dé gracias al son de la cítara, Dios, Dios mío.

Aclamación antes del Evangelio: Salmo 129, 5.7

Espero en el Señor y confío en su palabra, porque en él se encuentra la misericordia y la redención en abundancia.

EVANGELIO: Lucas 4, 24-30

En aquel tiempo, dijo Jesús al pueblo en la sinagoga de Nazaret: «Os aseguro que ningún profeta es bien mirado en su tierra. Os garantizo que en Israel había muchas viudas en tiempos de Elías, cuando estuvo cerrado el cielo tres años y seis meses, y hubo una gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, más que a una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón.

Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo; sin embargo, ninguno de ellos fue curado, más que Naamán, el sirio.»

Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo empujaron fuera del pueblo hasta un barranco del monte en donde se alzaba su pueblo, con intención de despeñarlo. Pero Jesús se abrió paso entre ellos y se alejaba.

Antífona de comunión: Salmo 116, 1-2

Alabad al Señor, todas las naciones, porque es inquebrantable su amor por nosotros.

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VIVENCIAS CUARESMALES

Os aseguro que ningún profeta es bien mirado en su tierra

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20. LUNES

TERCERA SEMANA DE CUARESMA

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TEMA.- La fe ilumina y sana: conduce al bautismo

Los caminos de Dios no son nuestros caminos. En la liturgia eucarística de este día nos encontramos con las mediaciones por las que Dios quiere llegar a los hombres.

Pero si el creyente no tiene mucho deseo de Dios y humildad, tropieza con la tentación del escándalo y el rechazo de la mediación dispuesta por Dios. Los personajes de las lecturas de hoy se indignan, protestan, se rasgan las vestiduras, se enojan, se enfurecen.

Lectura del segundo libro de los Reyes: 5, 1-15

Así el rey de Israel se indigna porque le piden un milagro. ¿”Acaso soy yo dios para dar muerte o vida”? ¿Para qué me mandó Dios este problema? Evidentemente, le falta la luz de la fe y la humildad necesarias y suficientes como para tantear los planes de Dios en los que no hay azar ni mucho menos despropósito ni injusticia. El hombre de Dios hará frente al problema desde la fe.

Naamán el sirio se escandaliza también, se decepciona, se molesta. Naamán se enojó y se retiró. Había pensado: ¿no podría bañarme en los ríos de Damasco? ¿no son mucho más grandes y cristalinos que todos los ríos de Israel? Los servidores de Naamán tienen más fe y más sentido común, y le sugieren obedecer. Él lo hace y así puede experimentar que no hay en el mundo otro Dios que el de Israel.

Lectura del Evangelio según san Lucas 4, 24-30

Los paisanos de Jesús se resisten a aceptar que Jesús, a quien todos conocen desde niño, tenga algo importante que decirles a ellos. No le creen, no le tienen fe. ¿Acaso no es el hijo de José? ¿No conocemos a todos sus familiares que viven en nuestro pueblo desde siempre? Y se resistían a creer.

Jesús les increpa su incredulidad: ningún profeta es bien recibido en su propia tierra o entre los suyos. Ellos reaccionan con mayor virulencia y hasta desprecio: “Se enojaron mucho, se amotinaron y lo arrastraron fuera de la ciudad”.

La incredulidad nos daña, pero también daña al hermano a quien se le despoja del “misterio” que esconde su persona, pues cada hermano, no sólo tiene un mensaje para nosotros de parte de Dios, sino que toda su persona es un mensaje del amor de Dios.

En realidad en ello consiste su mayor riqueza y valor: ser imagen de Dios, regalo de Dios para todo el que así lo quiera recibir y agradecer.

Cada hermano es un don y una interpelación de Dios: acogido, se transforma en bendición; rechazado, en tropiezo, en maldición y desgracia, como les sucedió a los nazarenos y después a los judíos que lo negaron ante Pilatos y lo crucificaron.

Por eso el salmista nos invita a fomentar el deseo de Dios, la búsqueda de Dios, el ansia de ver su rostro en cada persona; y a ver su mano providente en cada circunstancia de la vida. Salmo 41, 2-3. 42, 3-4: Mi alma tiene sed del Dios vivo: ¿Cuándo entraré a ver el rostro de Dios?

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ORACIÓN SUGERIDA

Mi alma tiene sed del Dios vivo, no de un dios muerto, domesticado y a mi medida. Tú, mi Dios, eres siempre un Dios sorpresivo, siempre mayor. Como busca la cierva sedienta, así te ansío, mi Dios.

Líbrame, Señor, de saber demasiado. Envíame tu luz y tu verdad; envíame la Palabra y el Espíritu: ellos me guiarán.

Señor, que yo te descubra detrás de todo cuanto sucede a mi alrededor: que la mirada de fe traspase los telones de las apariencias humanas, terrenas.

Si pudiera comprender de una vez que no hay casualidad, que todo es providencia, proyecto maravilloso de tu amor de predilección…

Ten paciencia conmigo, Señor, y enséñame tus caminos. Amén.

EJERCICIO ESPIRITUAL

Para habituarte a ver la disposición de Dios en todo, absolutamente en todo cuanto sucede, podrías hoy, especialmente al acabar el día, dar gracias a Dios por todo lo que has vivido y te ha sucedido, en particular por las cosas adversas.

Si lo haces así, seguramente tu mente y tu corazón se harán más capaces de descubrir la voluntad de Dios y se irán haciendo más dóciles para seguir los planes de Dios sobre ti y sobre los demás. Experimentarás una mayor liberación al no tener que entenderlo todo; ya no serás tú el único protagonista y responsable de todo.

Recuerda que los padres de Jesús no entendieron algún comportamiento de Jesús, por ejemplo su extravío en el Templo, pero María guardaba todo en su corazón.

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De los tratados morales de San Gregorio Magno, papa,
sobre el libro de Job:

Si aceptamos de Dios los bienes, ¿no vamos a aceptar los males?

El apóstol Pablo, considerando en sí mismo las riquezas de la sabiduría interior y viendo al mismo tiempo que en lo exterior no es más que un cuerpo corruptible, dice: Este tesoro lo llevamos en vasijas de barro.

En el bienaventurado Job, la vasija de barro experimenta exteriormente las desgarraduras de sus úlceras, pero el tesoro interior permanece intacto. En lo exterior crujen sus heridas, pero del tesoro de sabiduría que nace sin cesar en su interior emanan estas palabras llenas de santas enseñanzas: Si aceptamos de Dios los bienes, ¿no vamos a aceptar los males?

Entendiendo por bienes los dones de Dios, tanto temporales como eternos, y por males las calamidades presentes, acerca de las cuales dice el Señor por boca del profeta: Yo soy el Señor, y no hay otro; artífice de la luz, creador de las tinieblas; autor de la paz, creador de la desgracia.

Artífice de la luz, creador de las tinieblas, porque, cuando por las calamidades exteriores son creadas las tinieblas del sufrimiento, en lo interior se enciende la luz del conocimiento espiritual.

Autor de la paz, creador de la desgracia, porque precisamente entonces se nos devuelve la paz con Dios, cuando las cosas creadas, que son buenas en sí, pero que no siempre son rectamente deseadas, se nos convierten en calamidades y causa de desgracia.

Por el pecado perdemos la unión con Dios; es justo, por tanto, que volvamos a la paz con él a través de las calamidades; de este modo, cuando cualquier cosa creada, buena en sí misma, se nos convierte en causa de sufrimiento, ello nos sirve de corrección, para que volvamos humildemente al autor de la paz.

Pero, en estas palabras de Job, con las que responde a las imprecaciones de su esposa, debemos considerar principalmente lo llenas que están de buen sentido. Dice, en efecto: Si aceptamos de Dios los bienes, ¿no vamos a aceptar los males?

Es un gran consuelo en medio de la tribulación acordarnos, cuando llega la adversidad, de los dones recibidos de nuestro Creador. Si acude en seguida a nuestra mente el recuerdo reconfortante de los dones divinos, no nos dejaremos doblegar por el dolor. Por esto, dice la Escritura: En el día dichoso no te olvides de la desgracia, en el día desgraciado no te olvides de la dicha.

En efecto, aquel que en el tiempo de los favores se olvida del temor de la calamidad cae en la arrogancia por su actual satisfacción. Y el que en el tiempo de la calamidad no se consuela con el recuerdo de los favores recibidos es llevado a la más completa desesperación por el estado mental. Hay que juntar, pues, lo uno y lo otro, para que se apoyen mutuamente; así, el recuerdo de los favores templará el sufrimiento de la calamidad, y la previsión y temor de la calamidad moderará la alegría de los favores.

Por esto, aquel santo varón, en medio de los sufrimientos causados por sus calamidades, calmaba su mente angustiada por tantas heridas con el recuerdo de los favores pasados, diciendo: Si aceptamos de Dios los bienes, ¿no vamos a aceptar los males? (Libro 3, 15-16: PL 75, 606-608).


Maná y Vivencias Cuaresmales (16), 12.3.20

marzo 12, 2020

Jueves de la 2ª semana de Cuaresma

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Como árbol plantado al borde de la acequia


Antífona de entrada: Salmo 138, 23-24

Ponme a prueba, Dios mío, y conocerás mi corazón; mira si es que voy por mal camino y condúceme tú por el camino recto.

Oración colecta

Señor, tú que amas la inocencia y la devuelves a quien la ha perdido, atrae hacia ti nuestros corazones y abrásalos con el fuego de tu Espíritu, para que permanezcamos firmes en la fe y eficaces en el bien obrar. Por nuestro Señor Jesucristo.

PRIMERA LECTURA: Jeremías 17, 5-10

Así dice el Señor: «Maldito quien confía en el hombre, y en la carne busca su fuerza, apartando su corazón del Señor. Será como un cardo en la estepa, no verá llegar el bien; habitará la aridez del desierto, tierra salobre e inhóspita.

Bendito quien confía en el Señor y pone en el Señor su confianza. Será un árbol plantado junto al agua, que junto a la corriente echa raíces; cuando llegue el estío no lo sentirá, su hoja estará verde; en año de sequía no se inquieta, no deja de dar fruto.

Nada más falso y enfermo que el corazón: ¿quién lo entenderá? Yo, el Señor, penetro el corazón, sondeo las entrañas, para dar al hombre según su conducta, según el fruto de sus acciones.»

SALMO 1, 1-2.3.4.6

Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor.

Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los impíos, ni entra por la senda de los pecadores, ni se sienta en la reunión de los cínicos; sino que su gozo es la ley del Señor, y medita su ley día y noche.

Será como un árbol plantado al borde de la acequia: da fruto en su sazón y no se marchitan sus hojas; y cuanto emprende tiene buen fin.

No así los impíos, no así; serán paja que arrebata el viento. Porque el Señor protege el camino de los justos, pero el camino de los impíos acaba mal.

Aclamación antes del Evangelio: Lucas 8, 15

Dichosos los que cumplen la palabra del Señor con un corazón bueno y sincero, y perseveran hasta dar fruto.

EVANGELIO: Lucas 16, 19-31

En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos: «Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba espléndidamente cada día. Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que tiraban de la mesa del rico. Y hasta los perros se le acercaban a lamerle la llagas.

Sucedió que se murió el mendigo, y los ángeles lo llevaron al seno de Abrahán. Se murió también el rico, y lo enterraron.

Y, estando en el infierno, en medio de los tormentos, levantando los ojos, vio de lejos a Abrahán, y a Lázaro en su seno, y gritó: “Padre Abrahán, ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas.” Pero Abrahán le contestó: “Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tú padeces.

Y además, entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso, para que no puedan cruzar, aunque quieran, desde aquí hacia vosotros, ni puedan pasar de ahí hasta nosotros.”

El rico insistió: “Te ruego, entonces, padre, que mandes a Lázaro a casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que, con su testimonio, evites que vengan también ellos a este lugar de tormento.” Abrahán le dice: “Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen.” El rico contestó: “No, padre Abrahán. Pero si un muerto va a verlos, se arrepentirán.”

Abrahán le dijo: “Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto.”»

Antífona de comunión: Salmo 118, 1

Dichoso el que, con vida intachable, hace la voluntad del Señor.

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VIVENCIAS CUARESMALES

Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor
Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor


16. JUEVES

SEGUNDA SEMANA DE CUARESMA

TEMA: Al final, habrá un juicio definitivo, inapelable… y será el de Dios. ¿Lo sabemos, nos interesa recordarlo?

En este mundo, los hombres suelen ir por dos caminos bien diferentes, contrapuestos: el bien y el mal; Lázaro y el Epulón. ¿Por cuál estás tú transitando? Atrévete a reconocerlo. Estás a tiempo…

El camino de la Cuaresma es un camino de rectificación: el creyente se deja interpelar por Dios, y valientemente se somete a una revisión profunda de los fundamentos de su fe y de su práctica religiosa.

Por eso asume decididamente la oración del salmista en la antífona de entrada de la misa de hoy: Señor, sondéame y conoce mi corazón, ponme a prueba y conoce mis sentimientos, mira si mi camino se desvía, guíame por el camino recto (Salmo 138).

Pero sabiendo que somos arcos falsos que podemos ceder en cualquier momento a la mentira, a la cobardía, a la autojustificación, rezamos en la Oración colecta: Atrae hacia ti nuestros corazones y abrásalos en el fuego de tu Espíritu, para que permanezcamos firmes en la fe y eficaces en el bien obrar.

No es fácil conseguir lo que se pide; en realidad, es imposible para nosotros, pero posible para Dios y su acción misericordiosa, en especial durante el tiempo cuaresmal.

La verdad de Dios es pura y total. En Dios no hay sombra de oscuridad, por eso cuestiona constantemente nuestra vida tejida de luces y de sombras.

Cuestiona y afronta crudamente nuestras convicciones. Así habla Yahvé: “Maldito el hombre que confía en otro hombre, que busca su apoyo en un mortal y aparta su corazón de Yahvé”.

Texto bíblico: Jeremías 17, 5-10. “Maldito el hombre que confía en otro hombre y busca en él su apoyo”.

Podrá parecernos durísimo e inhumano ese término “maldito”, impropio de un Dios Padre, tierno y paciente. Maldito, “desdichado”: porque se perdería para siempre.

No se puede andar con ambigüedades y rodeos en esta verdad fundamental: Sólo Dios es la medida del hombre. Éste no puede contentarse con menos; pues negaría la sabiduría y la bondad infinita de Dios.

“Nos hiciste, Señor, para ti”, confiesa agradecido san Agustín. Porque así, Señor, te pareció bien, para alabanza de tu gloria. Sería gravísimo negar a Dios en su misma esencia, relativizar lo divino, lo único absoluto: su santidad, bondad, sabiduría y generosidad.

Sin embargo, se comprende este atrevimiento del ser humano, porque nada hay tan enfermo y voluble como el corazón del hombre. ¿Quién lo entenderá? Pero Dios sí lo entiende, porque él lo ha creado; su Espíritu penetra hasta el espíritu del hombre, hasta lo más íntimo del hombre.

Por eso lee y saborea de forma sosegada la oración del salmista: “Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor. Será como un árbol plantado al borde de la acequia: da fruto en su sazón, no se marchitan sus hojas. Cuanto emprende tiene buen fin” (Salmo 1, 1-2-3-4-y 6).

Dios, que desea nuestro mayor bien, quiere ahorrarnos sufrimientos inútiles y amargas decepciones y nos manda descansar sólo en él. Él es nuestra roca y fundamento esencial y existencial: y en él, todo lo demás; y sin él, nada.

Dice el Evangelio que Jesús no se fiaba de nadie, de ninguno de aquellos que le querían hacer rey, porque él sabía lo que hay dentro de cada uno.

Y no lo hace de manera despectiva, pues él sabe valorar al hombre como nadie, pero no se fiaba, no se dormía en los laureles, en las alabanzas del hombre; el hombre, no sólo por su volubilidad, sino sobre todo por su fragilidad creatural, no puede proporcionar la felicidad total a nadie. Eso pertenece al Creador.

Evangelio, por lo demás elocuente, el del rico Epulón y el pobre Lázaro, tomado de Lucas 16, 19-31. El rico -que no tiene nombre en el evangelio: por tanto, un ser vacío, sin misión ni sentido, como animal de engorde- encarna la ignorancia culpable del hombre y la vaciedad de la autosuficiencia.

En la tierra caben las mayores perversiones e injusticias, las más crueles tiranías y opresiones pero un día la tortilla se volteará: Tú recibiste bienes, y ahora sufres; él recibió males, justo es que él ahora goce porque permaneció fiel.

Estas palabras, lamentablemente, son actuales, pues muchos contemporáneos nuestros no reconocen sus raíces religiosas y cristianas.

La mayor pobreza del hombre actual consiste en pretender negar sus propios orígenes y tratar de vivir como si Dios no existiera, como ni no tuviera ni principio ni fin.

Un hombre sin vocación, no vocacionado. Es decir, un hombre a quien nadie ha llamado a la vida y a la fe, cuyo nombre nadie ha pronunciado.

¿Será el hombre fruto del azar, un estorbo para los demás, y sus afanes existenciales una pasión inútil?

Otra lección de esta parábola: cada uno responderá por sí mismo, nadie podrá suplantar a nadie. Nadie puede responder por otro: el encuentro con Dios es personal. Cada uno tiene que “mojarse” y dar el paso de la fe sin exigir a Dios excesivas pruebas de su llamada.

Pues si no se convierten con los medios ordinarios, ni aunque resucite un muerto se convertirán. No hay milagros que puedan forzar la libertad del hombre. Aparte de que el amor forzado no vale, no sirve.

Sólo creerá el que, de verdad, quiera creer. El que tenga oídos, que oiga.

Otra verdad: lo que se hizo, hecho está: con la muerte se acabó la hora de cambiar o de corregir; se pasó la oportunidad; las respuestas que se dan al rico indican que se vive sólo una sola vez, no hay reencarnación que valga.

¿No será esa pretendida segunda oportunidad una veleidad gratuita? Somos, o no somos; si somos, valemos; si no valemos, ¿para qué repetir la experiencia de una inutilidad mediante una reencarnación? ¿Quién nos aseguraría que a la segunda acertaríamos?

A veces nos admira la destreza y terquedad del hombre en buscar subterfugios para esconderse de Dios, para rechazar el camino recto y reinventar caminos torcidos y rodeos.

Pero nadie está libre, ojo. Busquemos la sencillez de los niños. De los que son como ellos es el Reino de los cielos.

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De las homilías de san Basilio Magno

El que se gloríe, que se gloríe en el Señor

No se gloríe el sabio de su sabiduría, no se gloríe el fuerte de su fortaleza, no se gloríe el rico de su riqueza. Entonces, ¿en qué puede gloriarse con verdad el hombre? ¿Dónde halla su grandeza? Quien se gloría -continúa el texto sagrado-, que se gloríe de esto: de conocerme y de comprender que soy el Señor.

En esto consiste la sublimidad del hombre, su gloria y su dignidad: en conocer dónde se halla la verdadera grandeza y adherirse a ella con todas sus fuerzas; en buscar la gloria que procede del Señor de la gloria.

Dice, en efecto, el Apóstol: El que se gloríe, que se gloríe en el Señor, afirmación que se halla en aquel texto: Cristo, que Dios ha hecho para nosotros sabiduría, justicia, santificación y redención; y así, como dice la Escritura: “El que se gloríe, que se gloríe en el Señor”.

Por tanto, lo que hemos de hacer para gloriarnos de un modo perfecto e irreprochable en el Señor es no enorgullecernos de nuestra propia justicia, sino reconocer que en verdad carecemos de ella y que lo único que nos justifica es la fe en Cristo.

En esto precisamente se gloría Pablo, en despreciar su propia justicia y en buscar la que se obtiene por la fe y que procede de Dios, para así tener íntima experiencia de Cristo, del poder de su resurrección y de la comunión en sus padecimientos, muriendo su misma muerte, con la esperanza de alcanzar la resurrección de entre los muertos.

Así caen por tierra toda altivez y orgullo. El único motivo que te queda para gloriarte, oh hombre, y el único motivo de esperanza consiste en hacer morir todo lo tuyo y buscar la vida futura en Cristo; de esta vida poseemos ya las primicias, es algo ya incoado en nosotros, puesto que vivimos en la gracia y en el don de Dios.

Y, es el mismo Dios quien activa en nosotros el querer y la actividad para realizar su designio de amor. Y es Dios también el que, por su Espíritu, nos revela su sabiduría, la que de antemano destinó para nuestra gloria. Dios nos da fuerzas y resistencia en nuestros trabajos. He trabajado más que todos, dice Pablo; aunque, se apresura a reconocer, no he sido yo, sino la gracia de Dios conmigo.

Dios saca del peligro más allá de toda esperanza humana. En nuestro interior, dice también el Apóstol, dimos por descontada la sentencia de muerte; así aprendimos a no confiar en nosotros, sino en Dios que resucita a los muertos.

Él nos salvó y nos salva de esas muertes terribles, en él está nuestra esperanza, y nos seguirá salvando (Homilía 20, sobre la humildad, 3: PG 31, 530-531).


Maná y Vivencias Cuaresmales (15), 11.3.20

marzo 11, 2020

Miércoles de la 2ª semana de Cuaresma

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El que quiera ser el primero, que sea el servidor de todos. 

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Antífona de entrada: Salmo 37, 22-23

Los que el Señor bendice, poseerán la tierra, y los que él maldice, serán exterminados. El Señor asegura los pasos del hombre en cuyo camino se complace.

Oración colecta

Señor, guarda, a tu familia en el camino del bien que tú le señalaste, y haz que protegida por tu mano en sus necesidades temporales, tienda con mayor libertad hacia los bienes eternos. Por nuestro Señor Jesucristo.

PRIMERA LECTURA: Jeremías 18, 18-20

Dijeron: «Venid, maquinemos contra Jeremías, porque no falta la ley del sacerdote, ni el consejo del sabio, ni el oráculo del profeta; venid, lo heriremos con su propia lengua y no haremos caso de sus oráculos.»

Señor, hazme caso, oye cómo me acusan. ¿Es que se paga el bien con mal, que han cavado una fosa para mí? Acuérdate de cómo estuve en tu presencia, intercediendo en su favor, para apartar de ellos tu enojo.

SALMO 30, 5-6.14.15-16

Sálvame, Señor, por tu misericordia

Sácame de la red que me han tendido, porque tú eres mi amparo. A tus manos encomiendo mi espíritu: tú, el Dios leal, me librarás.

Oigo el cuchicheo de la gente, y todo me da miedo; se conjuran contra mí y traman quitarme la vida.

Pero yo confío en ti, Señor, te digo: «Tú eres mi Dios.» En tu mano están mis azares: líbrame de los enemigos que me persiguen.

Aclamación antes del Evangelio: Juan 8, 12

«Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la Vida».

EVANGELIO: Mateo 20, 17-28

En aquel tiempo, mientras iba subiendo Jesús a Jerusalén, tomando aparte a los Doce, les dijo por el camino: «Mirad, estamos subiendo a Jerusalén, y el Hijo del hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas, y lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles, para que se burlen de él, lo azoten y lo crucifiquen; y al tercer día resucitará.»

Entonces se le acercó la madre de los Zebedeos con sus hijos y se postró para hacerle una petición.

Él le preguntó: «¿Qué deseas?»

Ella contestó: «Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda.»

Pero Jesús replicó: «No sabéis lo que pedís. ¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber?»

Contestaron: «Lo somos.»

Él les dijo: «Mi cáliz lo beberéis; pero el puesto a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo, es para aquellos para quienes lo tiene reservado mi Padre.»

Los otros diez, que lo habían oído, se indignaron contra los dos hermanos. Pero Jesús, reuniéndolos, les dijo: «Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen.

No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo. Igual que el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos.»

Antífona de comunión: Mateo 20, 28

Hagan como el Hijo del Hombre, que no vino a ser servido, sino a servir y dar su vida como rescate por muchos.
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VIVENCIAS CUARESMALES

No será así entre vosotros

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15. MIÉRCOLES

SEGUNDA SEMANA DE CUARESMA

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TEXTO ILUMINADOR:

La Cuaresma es caminar con Jesús hacia Jerusalén, hacia la cruz. Él es víctima de la maldad de los impíos.

Apostar por la verdad implica estar dispuesto a soportar la persecución. Las tinieblas lucharán contra la luz porque la soberbia exige doblegar a todos, pero al creyente fiel nunca le faltará la serenidad interior y el descanso en Dios, la tranquilidad de conciencia. No puede devolver mal por mal y menos mal por bien como hacen ellos.

“Atiéndeme, Yahvé, mira lo que dice mi adversario: ¿Acaso se paga mal por bien, y cómo es que ellos están haciendo un hoyo para mí? ¿Así me pagan la defensa que hice ante ti en su favor? Recuerda cómo me presenté ante ti para hablarte en su favor y apartar de ellos tu ira” (Jer 18, 18-20).

Para no poner a prueba nuestra paciencia en medio de la adversidad, la oración colecta pide bienes materiales:

“Guarda a tu familia en el camino del bien, guárdala para que no se tuerza ni a izquierda ni a derecha, dosifica el sufrimiento que permites por maldad o ignorancia de los malvados o por la penuria material.

Protege con tu mano a tu propia familia en los bienes materiales que parecen depender más directamente de ti, Señor providente, pródigo en toda tu creación; así podremos aspirar con menos sobresaltos y fatigas, con más libertad, hacia los bienes eternos.

¡Qué bondad, qué delicadeza en la espiritualidad de la Iglesia de todos los tiempos! ¿Cuándo agradeceremos a Dios suficientemente por tanta riqueza?”

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EVANGELIO DE MATEO, 20, 17-20

Jesús acaba de anunciar a los discípulos, tomados aparte, que está subiendo a Jerusalén donde será condenado a muerte. Frente a la gravedad del asunto y frente a los sentimientos que podían embargar a Jesús, no deja de asombrarnos la inconsciencia de los discípulos que siguen preocupados de sus cosas, al margen de los intereses de su Maestro. La madre de los Cebedeos le dice a Jesús: “Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda”.

“Los otros diez, que lo habían oído, se indignaron contra los dos hermanos. Pero Jesús, reuniéndolos, les dijo: ‘Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo. Igual que el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos’”.

Cuando no amamos en el orden divino, producimos necesariamente violencia o conflicto en las relaciones humanas: pretendemos que nos llamen maestros o endiosamos a otros. La madre de Santiago y Juan ama a sus hijos desordenadamente, no con el amor de Dios. Éstos, conscientes, colocados por encima de los demás ignoran a los otros condiscípulos, y al mismo Jesús, su Maestro.

Los demás apóstoles se sublevan, pues les duele ser postergados. No analizan el plan de Dios, ni sobre ellos, ni sobre los Cebedeos. Cada uno busca su propio bien pensando en sí mismo.

Por eso se crea un conflicto, un caos: todos contra todos, todos insatisfechos, porque todos buscan su propio interés, al margen de Dios o contra Dios. Jesús, con paciencia, los llama al orden y los invita a contestar: ¿Cómo se comportan los poderosos? ¿Y cómo se comporta él en medio de ellos? “Entre vosotros no será así”. Tajante. Tienen que vivir a imitación del Hijo del hombre que vino a servir, y no a ser servido. En eso no hay disculpas y excusas que valgan.

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PREFACIOS DE CUARESMA: Damos gracias a Dios en este tiempo de Cuaresma por varios motivos:

1. Porque has establecido generosamente este tiempo de gracia para renovar en santidad a nosotros tus hijos, de modo que, libres de todo afecto desordenado, vivamos las realidades temporales como primicias de las realidades eternas.

2. Porque con nuestras privaciones voluntarias nos enseñas a reconocer y agradecer tus dones, a dominar nuestro afán de suficiencia y a repartir nuestros bienes con los necesitados, imitando así tu generosidad.

3. Porque con el ayuno corporal refrenas nuestras pasiones, elevas nuestro espíritu, nos das fuerza y recompensa, por Cristo, Señor nuestro.

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Papa Francisco: La misericordia puede curar las heridas y cambiar la historia del hombre

Audiencia de hoy, miércoles, 24 de febrero de 2016

Por Álvaro de Juana

VATICANO, 24 Feb. 16 / 05:01 am (ACI).- El Papa Francisco habló de nuevo esta mañana en el Vaticano de la misericordia con motivo del Año Santo y pidió: “¡Abre tu corazón a la misericordia!” porque “la misericordia divina es más fuerte que el pecado de los hombres!”.

El Obispo de Roma aseguró que “la misericordia enseña también en este caso la vía maestra que se debe seguir” y subrayó que “la misericordia puede curar las heridas y puede cambiar la historia”.

De nuevo, la catequesis de la Audiencia General de este miércoles estuvo dedicada a la misericordia y aseguró que el poder de Jesús es totalmente distinto al de los poderosos de hoy en día. “Si se pierde la dimensión de servicio, el poder se transforma en arrogancia y se convierte en dominio y profanación”, manifestó Francisco.

“Jesucristo es el verdadero rey, pero su poder es completamente distinto. Su trono es la cruz. Él no es un rey que asesina, al contrario, da la vida. Su ir hacia todos, sobre todo hacia los más débiles, derrota la soledad y el destino de muerte al que conduce el pecado”.

“Jesucristo con su cercanía y ternura lleva a los pecadores al espacio de la gracia y del perdón”, añadió.

Francisco comenzó hablando de cómo en la Escritura se habla de “los potentes, los reyes, los hombres que están ‘en lo alto’ y de su arrogancia y sus abusos”.

“La riqueza y el poder son realidades que pueden ser buenas y útiles al bien común, si se ponen al servicio de los pobres y de todos, con justicia y caridad”, explicó.

Sin embargo, “como sucede demasiado a menudo, son vividas como privilegio, con egoísmo y prepotencia, y se transforman en instrumentos de corrupción y de muerte”, aseguró.

A continuación, recordó el Primer Libro de los Reyes, en la Biblia, en el que se habla de la “Viña de Nabot”. Aquí se cuenta que Ajab, rey de Israel, quiere comprar la viña de un hombre llamado Nabot, porque esta viña está junto al palacio real. “La propuesta parece legítima, además de generosa, pero en Israel las propiedades terrenas eran consideradas inalienables”.

“La tierra es sagrada porque es un don del Señor, que como tal es cuidada y conservada, en cuanto signo de la bendición divina que pasa de generación en generación y garantía de dignidad para todos”. Por esto, Nabot le da una negativa al rey y éste se siente ofendido.

Es el momento en el que su mujer, “una reina pagana que había incrementado los cultos idolátricos y hacía asesinar a los profetas del Señor, decide intervenir”.

“Ella pone el acento sobre el prestigio y sobre el poder del rey, que, según su modo de ver, es puesto en discusión por el rechazo de Nabot”. Se trata de “un poder que ella considera absoluto y por el cual cada deseo, por ser del rey todopoderoso, es una orden”.

En este episodio de la Biblia ocurre así, puesto que la mujer del rey decide eliminar a Nabot, quien es asesinado.

“Esta no es una historia de otros tiempos, es una historia actual, de los poderosos que para tener más dinero explotan a los pobres, a la gente; la historia de la trata de personas, del trabajo esclavo, de la gente pobre que trabaja en negro con lo mínimo, es la historia de los políticos corruptos que quieren siempre más y más y más”.

Francisco aseguró que es aquí donde se observa adónde lleva “ejercer una autoridad sin respeto por la vida, sin justicia, sin misericordia”, así como “la sed de poder”.

El Santo Padre puso otro ejemplo que refleja bien esta realidad y se encuentra en el Libro del Profeta Isaías: “¡Ay de los que acumulan una casa tras otra y anexionan un campo a otro, hasta no dejar más espacio y habitar ustedes solos en medio del país!”. “¡Y el profeta Isaías no era comunista!”, exclamó el Papa.

Dios es más grande que la maldad de los malvados y de los juegos sucios hechos por los seres humanos” y “en su misericordia envía al profeta Elías para ayudar a Ajab a convertirse”.

“Dios ha visto este crimen, pero llama al corazón de Ajab” y “el rey, ante su pecado, entiende, se humilla y pide perdón”, explicó el Pontífice.

“Qué bonito sería que los poderosos explotadores de hoy hicieran lo mismo. El Señor acepta su arrepentimiento; sin embargo, un inocente había sido asesinado, y la culpa cometida tendrá inevitables consecuencias. El mal cometido en efecto deja sus huellas dolorosas y la historia de los hombres lleva las heridas”.


Maná y Vivencias Cuaresmales (13), 9.3.20

marzo 9, 2020

Lunes de la 2ª semana de Cuaresma

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Señor, no nos trates, como merecen nuestros pecados

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Antífona de entrada: Salmo 25, 11-12

Líbrame, Señor, y concédeme tu gracia. Mis pies están firmes sobre el camino llano, y en la asamblea bendeciré al Señor.

Oración colecta

Señor, Padre santo, que para nuestro bien espiritual nos mandaste dominar nuestro cuerpo mediante la austeridad, ayúdanos a librarnos de la seducción del pecado y a entregarnos al cumplimiento filial de tu santa ley. Por nuestro Señor Jesucristo.

PRIMERA LECTURA: Daniel 9, 4b-10

Señor, Dios grande y terrible, que guardas la alianza y eres leal con los que te aman y cumplen tus mandamientos. Hemos pecado, hemos cometido crímenes y delitos, nos hemos rebelado apartándonos de tus mandatos y preceptos. No hicimos caso a tus siervos, los profetas, que hablaban en tu nombre a nuestros reyes, a nuestros príncipes, padres y terratenientes.

Tú, Señor, tienes razón, a nosotros nos abruma hoy la vergüenza: a los habitantes de Jerusalén, a judíos e israelitas, cercanos y lejanos, en todos los países por donde los dispersaste por los delitos que cometieron contra ti. Señor, nos abruma la vergüenza: a nuestros reyes, príncipes y padres, porque hemos pecado contra ti.

Pero, aunque nosotros nos hemos rebelado, el Señor, nuestro Dios, es compasivo y perdona. No obedecimos al Señor, nuestro Dios, siguiendo las normas que nos daba por sus siervos, los profetas.

SALMO 78, 8.9.11.13

Señor, no nos trates como merecen nuestros pecados

No recuerdes contra nosotros las culpas de nuestros padres; que tu compasión nos alcance pronto, pues estamos agotados.

Socórrenos, Dios, salvador nuestro, por el honor de tu nombre; líbranos y perdona nuestros pecados a causa de tu nombre.

Llegue a tu presencia el gemido del cautivo: con tu brazo poderoso, salva a los condenados a muerte.

Mientras, nosotros, pueblo tuyo, ovejas de tu rebaño, te daremos gracias siempre, contaremos tus alabanzas de generación en generación.

Aclamación antes del Evangelio: Juan 6, 63. 68

Tus palabras, Señor, son Espíritu y Vida; tú tienes palabras de Vida eterna.

EVANGELIO: Lucas 6, 36-38

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante. La medida que uséis, la usarán con vosotros.»

Antífona de Comunión: Lucas 6, 36

Dice el Señor: “Sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso.

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VIVENCIAS CUARESMALES

Ante Dios en espíritu y verdad

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13. LUNES

SEGUNDA SEMANA DE CUARESMA

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TEXTO ILUMINADOR: Señor, para ti la justicia, para nosotros, la cara llena de vergüenza.

La finalidad de la penitencia y de las privaciones corporales es educar el espíritu para buscar a Dios y disciplinarlo para que actúe más ágilmente en la procura del bien; con mayor presteza y decisión. Por eso hoy, en la oración colecta, pedimos: Ayúdanos a librarnos de la seducción del pecado y a entregarnos al cumplimiento filial de tu santa ley.

El mal nos atrae y hasta llega a seducirnos porque se nos presenta bajo la apariencia de bien y como algo gratificante. Por lo general, en la tentación se nos propone una doble mentira existencial: la simulación de lo que no somos, y la disimulación de lo que realmente somos, tanto ante Dios como ante los hombres. El diablo, padre de la mentira, nos invita a imitarle en su desobediencia y elección del camino fácil y placentero.

De hecho, desde niño el hombre se siente inclinado al mal y le fascina la curiosidad por probarlo todo, en especial lo prohibido. Desea casi de manera irresistible ser adulto, no depender de nadie para indagar libremente y curiosear cuanto le apetezca, al margen de la ley, e incluso a espaldas de Dios o contra sus mandamientos.

Por eso, en la oración colecta, pedimos el cumplimiento filial de la santa ley de Dios. Cumplimiento no servil, sino en libertad y amor como corresponde a los hijos de Dios. La ley de Dios es santa y sagrada: porque expresa el infinito amor de Dios hacia nosotros, pensada desde toda la eternidad, manifestada ahora en la plenitud de los tiempos por Cristo mismo y cumplida en forma perfecta y suficiente por él.

Justamente la primera lectura de hoy expresa la gran sinceridad que la Cuaresma exige de nosotros. Debemos cultivar la honestidad para con Dios. Nada de actitudes turbias o ambiguas. A nosotros, limitados y pecadores, nos corresponde la ignorancia, la vergüenza, el pecado, la fragilidad. A Dios le corresponde la sabiduría, la santidad, la justicia y el poder.

Medita esta magnífica página de la Escritura, tomada del capítulo 9 del libro de Daniel:

“Señor, Dios grande y terrible, que mantienes la alianza y eres fiel con aquellos que te aman y cumplen tus mandamientos. Nosotros hemos pecado, somos reos de incontables delitos; hemos sido perversos y rebeldes y nos hemos apartado de tus mandatos y preceptos. No hemos hecho caso a tus siervos los profetas, que hablaban en tu nombre a nuestros reyes, a nuestros príncipes, a nuestros antepasados y a todo nuestro pueblo. Tú, Señor, eres justo; nosotros, en cambio, hombres de Judá y habitantes de Jerusalén, nos sentimos hoy avergonzados… porque hemos pecado contra ti. Pero el Señor, nuestro Dios, es misericordioso y clemente”.

Al final, Daniel resume su oración así: “¡Señor, escucha! ¡Señor, perdona! ¡Atiende, Señor, y actúa sin tardanza! Hazlo en defensa de tu honor, pues tu ciudad y tu pueblo están consagrados a tu nombre” (9, 19).

Pedimos perdón a Dios por no usar con los demás, la medida que él usa con nosotros. Se nos cae la cara de vergüenza, pero Dios comprende, pues sabe que somos de barro. Por eso nos atrevemos a pedirle que tenga paciencia con nosotros y nos dé capacidad para comprender, generosidad para excusar, compasión para no juzgar, incluso para orar por los enemigos y bendecirlos sinceramente.

Comprender al hermano débil y pecador, excusarlo y perdonarlo: odiando el pecado que hace, pero amándolo como imagen de Dios que es, y por tanto capaz de convertirse y de corresponder a la gracia divina.

Hay que odiar los comportamientos pecaminosos pero sin identificar al pecador con sus propias debilidades. Condenar equivale a juntar al pecador con su pecado sin darle la oportunidad de separarse de él, de cambiar y de arrepentirse. Ahí radica la maldad.

Por tanto, no deberíamos decir que una persona “es” mala, sino que “tiene” comportamientos malos. Es decir, nos resistimos a pensar que está totalmente empecatada o pervertida, y a la vez queremos creer que, más o menos habitualmente, se comporta de manera defectuosa, pero sin sentirse identificada con ese mal que ciertamente hace o realiza, pero que en el fondo no lo quiere, lo rechaza.

En muchos casos, la persona que peca lamenta profundamente lo que hace, pero apenas se siente con fuerza para obrar de manera distinta. Por lo general, ¡qué más querría uno no haber cometido tal falta, tal error; qué más querría uno que ser o sentirse diferente, pero no puede, no acierta, no sabe! Él quizás es el que más sufre por actuar así, el que más lamenta lo sucedido.

Por eso, aprendamos, sobre todo en la Cuaresma, a ser muy indulgentes con los demás, y un poco más exigentes con nosotros mismos. Por ahí vamos caminando hacia la perfección: Acusarse a sí mismo y excusar a los demás.

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PREFACIO DE CUARESMA I

En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno, por Cristo nuestro Señor.

Por él concedes a tus hijos anhelar, año tras año, con el gozo de habernos purificado, la solemnidad de la Pascua, para que, dedicados con mayor entrega a la alabanza divina y al amor fraterno, por la celebración de los misterios que nos dieron nueva vida, lleguemos a ser con plenitud hijos de Dios.

Por eso, con los ángeles y los arcángeles y con todos los coros celestiales, cantamos sin cesar el himno de tu gloria.

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RECORDATORIO

Permítanme recordarles, estimados hermanos y hermanas, que estas Vivencias Cuaresmales pretenden ayudar a las personas interesadas en su crecimiento espiritual a que hagan durante la Cuaresma litúrgica una especie de retiro espiritual dedicando un tiempo, día a día, a la oración personal, a la lectura de la Palabra, al diálogo y dirección espiritual, y a la práctica sacramental y de las buenas obras, según el estado de vida de cada persona.

Esa es nuestra intención y deseo sincero, y también nuestra sentida y perseverante oración. Porque el Señor dice: ¿Acaso quiero yo la muerte del pecador? Que el Señor se nos muestre con toda su misercordia. Amén.

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