El maná de cada día, 23.9.18

septiembre 22, 2018

Domingo XXV del Tiempo Ordinario, Ciclo B

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Seguir al Señor requiere al hombre una profunda conversión

Seguir al Señor requiere al hombre una profunda conversión



Antífona de entrada

Yo soy la salvación del pueblo -dice el Señor-. Cuando me llamen desde el peligro, yo les escucharé, y seré para siempre su Señor.


Oración colecta

Oh Dios, que has puesto la plenitud de la ley en el amor a ti y al prójimo, concédenos cumplir tus mandamientos para llegar así a la vida eterna. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: Sabiduría 2, 12. 17-20

Se dijeron los impíos:

«Acechemos al justo, que nos resulta incómodo: se opone a nuestras acciones, nos echa en cara nuestros pecados, nos reprende nuestra educación errada; veamos si sus palabras son verdaderas, comprobando el desenlace de su vida.

Si es el justo hijo de Dios, lo auxiliará y lo librará del poder de sus enemigos; lo someteremos a la prueba de la afrenta y la tortura, para comprobar su moderación y apreciar su paciencia; lo condenaremos a muerte ignominiosa, pues dice que hay quien se ocupa de él.»


SALMO 53, 3-4. 5. 6 y 8

El Señor sostiene mi vida.

Oh Dios, sálvame por tu nombre, sal por mí con tu poder. Oh Dios, escucha mi súplica, atiende a mis palabras.

Porque unos insolentes se alzan contra mí, y hombres violentos me persiguen a muerte, sin tener presente a Dios.

Pero Dios es mi auxilio, el Señor sostiene mi vida. Te ofreceré un sacrificio voluntario, dando gracias a tu nombre, que es bueno.


SEGUNDA LECTURA: Santiago 3, 16-4, 3

Queridos hermanos:

Donde hay envidias y rivalidades, hay desorden y toda clase de males.

La sabiduría que viene de arriba ante todo es pura y, además, es amante de la paz, comprensiva, dócil, llena de misericordia y buenas obras, constante, sincera.

Los que procuran la paz están sembrando la paz, y su fruto es la justicia.

¿De dónde proceden las guerras y las contiendas entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones, que luchan en vuestros miembros? Codiciáis y no tenéis; matáis, ardéis en envidia y no alcanzáis nada; os combatís y os hacéis la guerra.

No tenéis, porque no pedís. Pedís y no recibís, porque pedís mal, para dar satisfacción a vuestras pasiones.


ALELUYA: 2Ts 2, 14

Dios nos llamó por medio del Evangelio, para que sea nuestra la gloria de nuestro Señor Jesucristo.


EVANGELIO: Marcos 9, 30-37

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se marcharon de la montaña y atravesaron Galilea; no quería que nadie se enterase, porque iba instruyendo a sus discípulos. Les decía: «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán; y, después de muerto, a los tres días resucitará.»

Pero no entendían aquello, y les daba miedo preguntarle.

Llegaron a Cafarnaún, y, una vez en casa, les preguntó: «¿De qué discutíais por el camino?»

Ellos no contestaron, pues por el camino habían discutido quién era el más importante.

Jesús se sentó, llamó a los Doce y les dijo: «Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos.»

Y, acercando a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: «El que acoge a un niño como éste en mi nombre me acoge a mí; y el que me acoge a mí no me acoge a mí, sino al que me ha enviado.»


Antífona de la comunión: Sal 118, 4-5

Tú, Señor, promulgas tus decretos para que se observen exactamente; ojalá esté firme mi camino para cumplir tus consignas.


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Papa Benedicto XXVI
Ángelus del domingo 23 de septiembre de 2012

En nuestro camino con el Evangelio de san Marcos, el domingo pasado entramos en la segunda parte, esto es, el último viaje hacia Jerusalén y hacia el culmen de la misión de Jesús. Después de que Pedro, en nombre de los discípulos, profesara la fe en Él reconociéndolo como el Mesías (cf. Mc 8, 29), Jesús empieza a hablar abiertamente de lo que le sucederá al final.

El evangelista refiere tres predicciones sucesivas de la muerte y resurrección, en los capítulos 8, 9 y 10: en ellas Jesús anuncia de manera cada vez más clara el destino que le espera y su intrínseca necesidad.

El pasaje de este domingo contiene el segundo de estos anuncios. Jesús dice: «El Hijo del hombre —expresión con la que se designa a sí mismo— va a ser entregado en manos de los hombres y lo matarán; y después de muerto, a los tres días resucitará» (Mc 9, 31). Pero los discípulos «no entendían lo que decía y les daba miedo preguntarle» (v. 32).

En efecto, leyendo esta parte del relato de Marcos se evidencia que entre Jesús y los discípulos existía una profunda distancia interior; se encuentran, por así decirlo, en dos longitudes de onda distintas, de forma que los discursos del Maestro no se comprenden o sólo es así superficialmente.

El apóstol Pedro, inmediatamente después de haber manifestado su fe en Jesús, se permite reprocharle por qué ha predicho que tendrá que ser rechazado y matado. Tras el segundo anuncio de la pasión, los discípulos se ponen a discutir sobre quién de ellos será el más grande (cf. Mc 9, 34); y después del tercero, Santiago y Juan piden a Jesús poderse sentar a su derecha y a su izquierda, cuando esté en la gloria (cf. Mc 10, 34-35).

Existen más señales de esta distancia: por ejemplo, los discípulos no consiguen curar a un muchacho epiléptico, a quien después Jesús sana con la fuerza de la oración (cf. Mc 9, 14-29); o cuando se le presentan niños a Jesús, los discípulos les regañan y Jesús en cambio, indignado, hace que se queden y afirma que sólo quien es como ellos puede entrar en el Reino de Dios (cf. Mc 10, 13-16).

¿Qué nos dice todo esto? Nos recuerda que la lógica de Dios es siempre «otra» respecto a la nuestra, como reveló Dios mismo por boca del profeta Isaías: «Mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos» (Is 55, 8).

Por esto seguir al Señor requiere siempre del hombre una profunda conversión —de todos nosotros—, un cambio en el modo de pensar y de vivir; requiere abrir el corazón a la escucha para dejarse iluminar y transformar interiormente.

Un punto clave en el que Dios y el hombre se diferencian es el orgullo: en Dios no hay orgullo porque Él es toda la plenitud y tiende todo a amar y donar vida; en nosotros los hombres, en cambio, el orgullo está enraizado en lo íntimo y requiere constante vigilancia y purificación.

Nosotros, que somos pequeños, aspiramos a parecer grandes, a ser los primeros; mientras que Dios, que es realmente grande, no teme abajarse y hacerse el último. Y la Virgen María está perfectamente «sintonizada» con Dios. Invoquémosla con confianza para que nos enseñe a seguir fielmente a Jesús en el camino del amor y de la humildad.
http://www.vatican.va


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Del deseo de ambicionar puestos y
cargos mayores, líbrame Jesús

La competencia profesional, los cargos y puestos de responsabilidad en el ámbito civil o eclesial, pueden ser un arma de doble filo. Puestos al servicio del Evangelio y de Dios, dan mayor eficacia al apostolado y ayudan a producir buenos frutos en el campo de las almas.

Sin embargo, puestos al servicio del propio interés, se convierten en agua sucia que estropea y esteriliza la vida de los mejores campos. Nadie está libre de la tentación de poder. Nos agarramos a los cargos, puestos u oficios, aunque sean pequeños, con la avaricia y la ambición de quien se agarra a sus vestidos para cubrir la propia desnudez.

Y, cuando esa ambición se adorna y se camufla con el servicio en nombre de Dios, cuando la tentación de poder lleva a subir y trepar hacia lo más alto de la escala de las dignidades humanas, ese mismo servicio a Dios se convierte en una profunda fuente de insatisfacción y frustración personal, que no hace feliz a nadie y apenas deja huella de Dios en las almas.

Hace falta mucho desprendimiento de uno mismo para ocuparse con libertad de las cosas de Dios, sin hacer de ellas un instrumento al servicio del propio «yo». Hace falta mucha contemplación de la Cruz, para sacudirse ese polvo de honra humana que constantemente se nos pega en los zapatos. No pienses que la lógica del poder y los parámetros de la eficacia humana explican la encarnación del Verbo o el misterio de la Cruz.

El poder de Dios está, precisamente, en la fuerza de la debilidad, en lo que no cuenta a los ojos del mundo. Pero, no experimentarás en ti esa fuerza de Dios mientras sigas dejándote deslumbrar por los avalorios y espejismos que te ofrece el poder del mundo y la honra de los hombres.

No hay mayor poder en este mundo que el de la Cruz. Y, mientras no te lo creas, seguirás esclavo de la falsa eficacia humana.

www.mater-dei.es
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El maná de cada día, 19.9.18

septiembre 19, 2018

Miércoles de la 24ª semana del Tiempo Ordinario

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Si no tengo amor, nada soy

Si no tengo amor, nada soy: Si somos la paloma, gimamos, suframos, esperemos

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PRIMERA LECTURA: 1 Corintios 12, 31–13,13

Ambicionad los carismas mejores. Y aún os voy a mostrar un camino excepcional.

Ya podría yo hablar las lenguas de los hombres y de los ángeles; si no tengo amor, no soy más que un metal que resuena o unos platillos que aturden. Ya podría tener el don de profecía y conocer todos los secretos y todo el saber, podría tener fe como para mover montañas; si no tengo amor, no soy nada. Podría repartir en limosnas todo lo que tengo y aun dejarme quemar vivo; si no tengo amor, de nada me sirve.

El amor es paciente, afable; no tiene envidia; no presume ni se engríe; no es mal educado ni egoísta; no se irrita; no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad. Disculpa sin límites, cree sin límites, espera sin límites, aguanta sin límites.

El amor no pasa nunca. ¿El don de profecía?, se acabará. ¿El don de lenguas?, enmudecerá. ¿El saber?, se acabará. Porque limitado es nuestro saber y limitada es nuestra profecía; pero, cuando venga lo perfecto, lo limitado se acabará.

Cuando yo era niño, hablaba como un niño, sentía como un niño, razonaba como un niño. Cuando me hice un hombre acabé con las cosas de niño. Ahora vemos confusamente en un espejo; entonces veremos cara a cara. Mi conocer es por ahora limitado; entonces podré conocer como Dios me conoce.

En una palabra: quedan la fe, la esperanza, el amor: estas tres. La más grande es el amor.


SALMO 32

Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad

Dad gracias al Señor con la cítara, tocad en su honor el arpa de diez cuerdas; cantadle un cántico nuevo, acompañando los vítores con bordones.

Que la palabra del Señor es sincera, y todas sus acciones son leales; él ama la justicia y el derecho, y su misericordia llena la tierra.

Dichosa la nación cuyo Dios es el Señor, el pueblo que él se escogió como heredad. Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti.


Aclamación antes del Evangelio: Jn 6, 63c. 68c

Tus palabras, Señor, son espíritu y vida; tú tienes palabras de vida eterna.


EVANGELIO: Lucas 7, 31-35

En aquel tiempo, dijo el Señor: «¿A quién se parecen los hombres de esta generación? ¿A quién los compararemos?

Se parecen a unos niños, sentados en la plaza, que gritan a otros: “Tocamos la flauta y no bailáis, cantamos lamentaciones y no lloráis.”

Vino Juan el Bautista, que ni comía ni bebía, y dijisteis que tenía un demonio; viene el Hijo del hombre, que come y bebe, y decís: “Mirad qué comilón y qué borracho, amigo de publicanos y pecadores.”

Sin embargo, los discípulos de la sabiduría le han dado la razón.»


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Orad, predicad, amad: poderoso es el Señor

San Agustín, Comentarios sobre el evangelio de San Juan 6, 20-24

El fruto del olivo significa la caridad. ¿Cómo se prueba? No hay líquido que aprisione el aceite. El aceite se escabulle de entre ellos hasta salir fuera y colocarse sobre todos.

Así es la caridad. No puede quedar aprisionada abajo; siempre se eleva sobre lo más alto. De ella dice el Apóstol: Os voy a mostrar un camino todavía más excelente (1 Cor 12, 31).

Al hablar de aceite se dijo que se sitúa por encima de todos los líquidos. ¿Se duda de que el Apóstol se refiere a la caridad cuando dice: Os voy a mostrar un camino más excelente?

Atención a lo que sigue: Aun cuando hable las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo caridad, soy como un metal que suena o un címbalo que retiñe (1 Cor 13, 1).

Ven ahora, Donato, y grita que eres elocuente. Anda, Donato, vocea, ya que eres un doctor. ¿Cuánta es tu elocuencia? ¿Cuánta tu sabiduría? ¿Hablas, por ventura, las lenguas de los ángeles? Pues aunque las hables, si no tienes caridad, mis oídos no oyen sino metales que suenan y címbalos que retiñen. Busco algo más sólido. ¡Ojalá encuentre frutos en las hojas, no sólo palabras!

Dirás, sin duda, que tienes un sacramento. Dices verdad. El sacramento es cosa divina. Tienes el bautismo, lo confieso. Pero, ¿sabes qué dice el mismo Apóstol? Aunque conozca todos los misterios, y posea el don de profecía, y tenga tanta fe que traslade las montañas -lo último lo dijo para que no digas que basta tener fe- … ¿Sabes lo que dice Santiago? También los demonios creen, pero tiemblan (Sant 2, 19).

Gran cosa es la fe, pero no aprovecha sin la caridad. Los demonios confesaban a Cristo. Era la fe, no el amor, lo que les obligaba a decir: ¿Qué hay entre ti y nosotros? (Mc 1, 24). Tenían fe, pero no amor. Por eso eran demonios.

No te gloríes de la fe, tú que todavía eres comparable a los demonios. No digas a Cristo: ¿Qué hay entre tú y yo? La unidad de Cristo te habla: Ven, conoce la paz, vuelve al corazón de la paloma. Estás bautizado fuera, sí; pero lleva fruto y ya estás de vuelta en el arca.

Sigues diciendo todavía: «¿Por qué nos buscáis si somos malos?». Para que seáis buenos. Os buscamos porque sois malos; si no fuerais malos ya se hubiera dado con vosotros, no andaríamos en vuestra búsqueda. Al bueno ya le encontramos; es al malo a quien hemos de buscar.

Por eso os buscamos: volved ya al arca. «Pero si ya tengo el bautismo». Aunque penetrara todos los misterios y tuviera el don de profecía y tanta fe que trasladara las montañas, si no tengo caridad, nada soy…

«Pero ¿qué es lo que dices? ¿No ves las muchas persecuciones de que somos víctimas?». -«Pero eso no lo sufrís por Cristo, sino por vuestros honores». Atentos a lo que sigue. A veces se jactan de que hacen muchas limosnas, de que dan a los pobres y de que sufren persecuciones; pero por Donato, no por Cristo.

Mira por quién sufres. Porque si sufres por Donato, sufres por uno que es orgulloso; no perteneces a la paloma si sufres por Donato. Él no era amigo del esposo; si lo fuera buscaría su gloria, no la propia personal.

Oye al amigo del esposo que dice: Éste es el que bautiza (Jn 1, 33). No es amigo del esposo aquel por quien padeces. No tiene el vestido nupcial. Si te presentas al banquete se te expulsará de él. Mejor dicho, ya estás fuera y por eso eres un miserable. Vuelve ya, por fin, no te engrías.

Oye lo que dice el Apóstol: Aunque diera todos mis bienes a los pobres y entregase mi cuerpo a las llamas, si no tengo caridad… He aquí lo que te falta. Si entregara -dice- mi cuerpo a las llamas, pero por el nombre de Cristo. Hay muchos que lo hacen por jactancia, no por caridad; por eso dice: aunque entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo caridad de nada me aprovecha (1 Cor 13, 3).

Por amor lo hicieron los mártires que sufrieron en tiempo de las persecuciones; por amor, sí. Éstos lo hacen por hinchazón y soberbia, porque, si faltan perseguidores, se dan muerte a sí mismos. «Ven, pues; ten caridad». -«También nosotros tenemos mártires»-. «¿Qué mártires? No son palomas; por eso, al intentar alzar el vuelo, se estrellaron contra la roca».

Todo esto, hermanos míos, como veis, da voces contra ellos: las páginas divinas, las profecías, el evangelio, los escritos apostólicos y todos los gemidos de la paloma. Y todavía siguen dormidos, todavía no despiertan. Si somos la paloma, gimamos, suframos, esperemos. La misericordia de Dios dará muestras de su presencia, hasta que vuestra sencillez encienda el fuego del Espíritu Santo. Entonces vendrán.

No perder la esperanza: orad, predicad, amad: poderoso es el Señor. Ya empiezan a conocer su desvergüenza. Muchos ya se dan cuenta; muchos se ruborizan ya. La presencia de Cristo hará que se den cuenta también los demás. Sí, hermanos míos, recoged todo el grano y que allí quede sólo la paja. Todo lo que allí lleva fruto sea traído al arca por la paloma.

 


El maná de cada día, 17.9.18

septiembre 17, 2018

Lunes de la 24ª semana del Tiempo Ordinario

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EP_CLESIS

Transformaos también vosotros en el cuerpo de Cristo



PRIMERA LECTURA: 1 Corintios 11, 17-26.33

Al recomendaros esto, no puedo aprobar que vuestras reuniones causen más daño que provecho. En primer lugar, he oído que cuando se reúne vuestra Iglesia os dividís en bandos; y en parte lo creo, porque hasta partidos tiene que haber entre vosotros, para que se vea quiénes resisten a la prueba.

Así, cuando os reunís en comunidad, os resulta imposible comer la cena del Señor, pues cada uno se adelanta a comerse su propia cena y, mientras uno pasa hambre, el otro está borracho. ¿No tenéis casas donde comer y beber? ¿O tenéis en tan poco a la Iglesia de Dios que humilláis a los pobres? ¿Qué queréis que os diga? ¿Que os apruebe? En esto no os apruebo.

Porque yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido: Que el Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo, tomó pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía.» Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: «Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre; haced esto cada vez que lo bebáis, en memoria mía.»

Por eso, cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva. Así que, hermanos míos, cuando os reunís para comer, esperaos unos a otros.


SALMO 39, 7-8a.8b-9.10.17

Proclamad la muerte del Señor, hasta que vuelva

Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, y, en cambio, me abriste el oído; no pides sacrificio expiatorio, entonces yo digo: «Aquí estoy.»

«Como está escrito en mi libro para hacer tu voluntad.» Dios mío, lo quiero, y llevo tu ley en las entrañas.

He proclamado tu salvación ante la gran asamblea; no he cerrado los labios: Señor, tú lo sabes.

Alégrense y gocen contigo todos los que te buscan; digan siempre: «Grande es el Señor» los que desean tu salvación.


ALELUYA: Jn 3, 16

Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Unigénito; todo el que cree en él tiene vida eterna.

EVANGELIO: Lucas 7, 1-10

En aquel tiempo, cuando terminó Jesús de hablar a la gente, entró en Cafarnaún. Un centurión tenía enfermo, a punto de morir, a un criado a quien estimaba mucho. Al oír hablar de Jesús, le envió unos ancianos de los judíos, para rogarle que fuera a curar a su criado.

Ellos, presentándose a Jesús, le rogaban encarecidamente: «Merece que se lo concedas, porque tiene afecto a nuestro pueblo y nos ha construido la sinagoga.»

Jesús se fue con ellos. No estaba lejos de la casa, cuando el centurión le envió unos amigos a decirle: «Señor, no te molestes; no soy yo quién para que entres bajo mi techo; por eso tampoco me creí digno de venir personalmente. Dilo de palabra, y mi criado quedará sano. Porque yo también vivo bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes, y le digo a uno: “Ve”, y va; al otro: “Ven”, y viene; y a mi criado: “Haz esto”, y lo hace.»

Al oír esto, Jesús se admiró de él y, volviéndose a la gente que lo seguía, dijo: «Os digo que ni en Israel he encontrado tanta fe.» Y al volver a casa, los enviados encontraron al siervo sano.



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COMED EL VÍNCULO QUE OS UNE, BEBED VUESTRO PRECIO

San Agustín, Sermón 228 B, 2-5

Cristo nuestro Señor que en su pasión ofreció por nosotros lo que había tomado de nosotros en su nacimiento, constituido príncipe de los sacerdotes para siempre, ordenó que se ofreciera el sacrificio que estáis viendo, el de su cuerpo y sangre.

En efecto, de su cuerpo, herido por la lanza, brotó sangre y agua, mediante la cual borró los pecados del mundo. Recordando esta gracia, al hacer realidad la liberación de vuestros pecados, puesto que es Dios quien la realiza en vosotros, acercaos con temor y temblor a participar de este altar. Reconoced en el pan lo que colgó del madero, y en el cáliz lo que manó del costado.

En su múltiple variedad, aquellos antiguos sacrificios del pueblo de Dios figuraban a este único sacrificio futuro. Cristo mismo es, a la vez, cordero por la inocencia y sencillez de su alma, y cabrito por su carne, semejante a la carne de pecado. Todo lo anunciado de muchas y variadas formas en los sacrificios del antiguo Testamento se refiere a este único sacrificio que ha revelado el Nuevo.

Recibid, pues, y comed el cuerpo de Cristo, transformados ya vosotros mismos en miembros de Cristo, en el cuerpo de Cristo; recibid y bebed la sangre de Cristo. No os desvinculéis, comed el vínculo que os une; no os estiméis en poco, bebed vuestro precio. A la manera como se transforma en vosotros cualquier cosa que coméis o bebéis, transformaos también vosotros en el cuerpo de Cristo viviendo en actitud obediente y piadosa.

Cuando se acercaba ya el momento de su pasión y estaba celebrando la pascua con sus discípulos, él bendijo el pan que tenía en sus manos y dijo: Esto es mi cuerpo que será entregado por vosotros (1 Cor 11, 24). Igualmente les dio el cáliz bendecido, diciendo: Ésta es mi sangre de la nueva alianza, que será derramada por muchos para el perdón de los pecados (Mt 26, 28).

Estas cosas las leíais en el evangelio o las escuchabais, pero ignorabais que esta eucaristía era el Hijo; ahora, en cambio, rociado vuestro corazón con la conciencia limpia y lavado vuestro cuerpo con el agua pura, acercaos a él y seréis iluminados y vuestros rostros no se avergonzarán (Sal 33, 6).

Si recibís santamente este sacramento que pertenece a la nueva alianza y os da motivo para esperar la herencia eterna, si guardáis el mandamiento nuevo de amaros unos a otros, tendréis vida en vosotros, pues recibís aquella carne de la que dice la Vida misma: El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo (Jn 6, 52) y quien no coma mi carne y beba mi sangre, no tendrá vida en sí.

Teniendo, pues, vida en él, seréis una carne con él. En efecto, este sacramento no ofrece el cuerpo de Cristo de forma que conlleve el estar separados de él. El Apóstol recuerda que esto se halla predicho ya en la Sagrada Escritura: Serán dos en una misma carne. Misterio grande es este, dice, pero yo lo aplico a Cristo y a la Iglesia (Ef 5, 31-32). En otro lugar dice también respecto a esta Eucaristía: Siendo muchos, somos un único pan, un único cuerpo (1 Cor 10, 17).

Comenzáis, pues, a recibir lo que ya habéis comenzado a ser, si no lo recibís indignamente, para no comer y beber vuestra propia condenación. Dice así. Quien come el pan y bebe el cáliz del Señor indignamente, será reo del cuerpo y de la sangre del Señor. Examínese el hombre a sí mismo, y luego coma del pan y beba del cáliz, pues quien come y bebe indignamente, come y bebe su condenación (1 Cor 11, 27-29).

Lo recibís dignamente si os guardáis del fermento de las doctrinas perversas, de forma que seáis panes ácimos de sinceridad y de verdad (1 Cor 5, 8); o si conserváis aquel fermento de la caridad que oculta la mujer en tres medidas de harina hasta que fermente toda la masa (Lc 13, 21).

Esta mujer es la sabiduría de Dios, aparecida en carne mortal gracias a una virgen, que sembró su evangelio en toda la tierra, que restauró después del diluvio a partir de los tres hijos de Noé cual si fuesen las tres medidas dichas hasta que fermentase la totalidad.

Ésta es la totalidad que en griego se dice «holon», donde estaréis si guardáis el vÍnculo de la paz «según la totalidad», que en griego recibe el nombre de «catholon», de donde viene el nombre de católica.

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Los ‘lobos’ también quieren morder a Francisco

septiembre 16, 2018

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El papa Francisco reza en San Pedro en el Vaticano, en agosto. ANGELO CARCONI (EFE)

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Los ‘lobos’ también quieren morder a Francisco

La guerra a la luz del día contra el Pontífice es más del Vaticano que de la Iglesia

Por Juan Arias

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La guerra a la luz del día contra el papa Francisco es más del Vaticano que de la Iglesia. Son intereses político-económicos más que dogmáticos. Se ubican en las iglesias conservadoras de la América de Trump y en la Europa con nostalgias fascistas, y no en las jóvenes iglesias latinoamericanas, africanas o asiáticas que apoyan la revolución evangélica del Papa.

Es la de los lobos que obligaron abdicar al papa Ratzinger y que, al parecer, siguen vivos y con ganas de morder también a Francisco.

La otra Iglesia, la que exige la fidelidad a sus orígenes contaminada por los poderes mundanos que acabaron incrustándose en la jerarquía vaticana, esa es la que aplaude a Francisco. Es la Iglesia que se mantuvo fiel a la revolución abierta por el Concilio Vaticano II.

La embestida contra el papa Francisco era de esperar. Se trata del primer sucesor de Pedro que llegó a Roma despojándose de la mundanidad de la Curia Romana y abriendo las puertas de la Iglesia a la caravana de los que habían sido alejados de ella, los mismos a los que Jesús había dado sus preferencias.

Quizás Francisco sea sólo un Papa de transición que pueda aún acabar devorado por quienes prefieren a la antigua Iglesia del poder romano, centrada en la burocracia más que en el Evangelio. Si así fuera, dejará una puerta abierta a la esperanza.

Francisco podría hacer algo más. ¿Por qué no imitar a su antecesor, Juan XXIII, que en tiempos más duros aún sorprendió con la convocación de un Concilio Ecuménico?

Tenía la misma edad que hoy Francisco. La Curia conservadora lo tenía bajo observación. Le temía. Llegaron a pensar en deponerlo por osado. Cuando ya no pudieron, intentaron manipular el Concilio. Juan XXIII, con su libertad de espíritu, acabó ganando la batalla.

Fue la fuerza de aquel Concilio la que hizo posible que, medio siglo después, llegara a la silla de Pedro, desde la periferia del mundo, un papa como Francisco que se negó a ser una copia de los antiguos emperadores romanos. Puede que también a él le haya salpicado la vieja estrategia de la Iglesia de esconder los pecados sexuales de sus representantes. Aún no lo sabemos.

Lo que sí es cierto es que su pontificado ha creado un terremoto en la Iglesia descolocando su eje de poder. A una Iglesia que hasta ahora había sido fundamentalmente europea, le dijo en su primer saludo que estaba llegando “desde muy lejos” . Llegaba de los barrios del mundo.

Y tuvo la osadía, ya en aquel primer momento, de no limitarse a ofrecer urbi et orbi la tradicional bendición papal. Pidió a los presentes en la plaza de San Pedro que también ellos “bendijeran al obispo de Roma”, casi una herejía. Renunciando a los palacios pontificios, se fue a vivir a una sencilla residencia para sacerdotes. Y allí sigue. ¿Más vulnerable o más fuerte?

Sean los que sean los pecados de los que las fuerzas conservadoras le acusan, lo cierto es que Francisco supone un peligro para la Iglesia que siempre se negó a ser refundada. No es fácil quebrar paradigmas que parecían eternos.

https://elpais.com/internacional/2018/09/08/actualidad/1536431427_006211.html


A la luz del Maestro, según Gaudete et exsultate, 63-79, (5)

septiembre 14, 2018

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Jesús explicó con toda sencillez qué es ser santos, y lo hizo cuando nos dejó las bienaventuranzas (cf. Mt 5,3-12; Lc 6,20-23).

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A la luz del Maestro 

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Puede haber muchas teorías sobre lo que es la santidad, abundantes explicaciones y distinciones.

Esa reflexión podría ser útil, pero nada es más iluminador que volver a las palabras de Jesús y recoger su modo de transmitir la verdad. Jesús explicó con toda sencillez qué es ser santos, y lo hizo cuando nos dejó las bienaventuranzas (cf. Mt 5,3-12; Lc 6,20-23).

Son como el carnet de identidad del cristiano. Así, si alguno de nosotros se plantea la pregunta: «¿Cómo se hace para llegar a ser un buen cristiano?», la respuesta es sencilla: es necesario hacer, cada uno a su modo, lo que dice Jesús en el sermón de las bienaventuranzas.

En ellas se dibuja el rostro del Maestro, que estamos llamados a transparentar en lo cotidiano de nuestras vidas.

La palabra «feliz» o «bienaventurado», pasa a ser sinónimo de «santo», porque expresa que la persona que es fiel a Dios y vive su Palabra alcanza, en la entrega de sí, la verdadera dicha.

A contracorriente

Aunque las palabras de Jesús puedan parecernos poéticas, sin embargo van muy a contracorriente con respecto a lo que es costumbre, a lo que se hace en la sociedad; y, si bien este mensaje de Jesús nos atrae, en realidad el mundo nos lleva hacia otro estilo de vida.

Las bienaventuranzas de ninguna manera son algo liviano o superficial; al contrario, ya que solo podemos vivirlas si el Espíritu Santo nos invade con toda su potencia y nos libera de la debilidad del egoísmo, de la comodidad, del orgullo.

Volvamos a escuchar a Jesús, con todo el amor y el respeto que merece el Maestro. Permitámosle que nos golpee con sus palabras, que nos desafíe, que nos interpele a un cambio real de vida.

De otro modo, la santidad será solo palabras. Recordamos ahora las distintas bienaventuranzas en la versión del evangelio de Mateo (cf. Mt 5,3-12).

«Felices los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos»

El Evangelio nos invita a reconocer la verdad de nuestro corazón, para ver dónde colocamos la seguridad de nuestra vida. Normalmente el rico se siente seguro con sus riquezas, y cree que cuando están en riesgo, todo el sentido de su vida en la tierra se desmorona.

Jesús mismo nos lo dijo en la parábola del rico insensato, de ese hombre seguro que, como necio, no pensaba que podría morir ese mismo día (cf. Lc 12,16-21).

Las riquezas no te aseguran nada. Es más: cuando el corazón se siente rico, está tan satisfecho de sí mismo que no tiene espacio para la Palabra de Dios, para amar a los hermanos ni para gozar de las cosas más grandes de la vida.

Así se priva de los mayores bienes. Por eso Jesús llama felices a los pobres de espíritu, que tienen el corazón pobre, donde puede entrar el Señor con su constante novedad.

Esta pobreza de espíritu está muy relacionada con aquella «santa indiferencia» que proponía san Ignacio de Loyola, en la cual alcanzamos una hermosa libertad interior: «Es menester hacernos indiferentes a todas las cosas criadas, en todo lo que es concedido a la libertad de nuestro libre albedrío, y no le está prohibido; en tal manera, que no queramos de nuestra parte más salud que enfermedad, riqueza que pobreza, honor que deshonor, vida larga que corta, y por consiguiente en todo lo demás».

Lucas no habla de una pobreza «de espíritu» sino de ser «pobres» a secas (cf. Lc 6,20), y así nos invita también a una existencia austera y despojada. De ese modo, nos convoca a compartir la vida de los más necesitados, la vida que llevaron los Apóstoles, y en definitiva a configurarnos con Jesús, que «siendo rico se hizo pobre» (Co 8,9).

Ser pobre en el corazón, esto es santidad.

«Felices los mansos, porque heredarán la tierra»

Es una expresión fuerte, en este mundo que desde el inicio es un lugar de enemistad, donde se riñe por doquier, donde por todos lados hay odio, donde constantemente clasificamos a los demás por sus ideas, por sus costumbres, y hasta por su forma de hablar o de vestir.

En definitiva, es el reino del orgullo y de la vanidad, donde cada uno se cree con el derecho de alzarse por encima de los otros.

Sin embargo, aunque parezca imposible, Jesús propone otro estilo: la mansedumbre. Es lo que él practicaba con sus propios discípulos y lo que contemplamos en su entrada a Jerusalén: «Mira a tu rey, que viene a ti, humilde, montado en una borrica» (Mt 21,5; cf. Za 9,9).

Él dijo: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas» (Mt 11,29).

Si vivimos tensos, engreídos ante los demás, terminamos cansados y agotados. Pero cuando miramos sus límites y defectos con ternura y mansedumbre, sin sentirnos más que ellos, podemos darles una mano y evitamos desgastar energías en lamentos inútiles.

Para santa Teresa de Lisieux «la caridad perfecta consiste en soportar los defectos de los demás, en no escandalizarse de sus debilidades».

Pablo menciona la mansedumbre como un fruto del Espíritu Santo (cf. Ga 5,23). Propone que, si alguna vez nos preocupan las malas acciones del hermano, nos acerquemos a corregirle, pero «con espíritu de mansedumbre» (Ga 6,1), y recuerda: «Piensa que también tú puedes ser tentado» (ibíd.).

Aun cuando uno defienda su fe y sus convicciones debe hacerlo con mansedumbre (cf. 1 P 3,16), y hasta los adversarios deben ser tratados con mansedumbre (cf. 2 Tm 2,25). En la Iglesia muchas veces nos hemos equivocado por no haber acogido este pedido de la Palabra divina.

La mansedumbre es otra expresión de la pobreza interior, de quien deposita su confianza solo en Dios. De hecho, en la Biblia suele usarse la misma palabra anawin para referirse a los pobres y a los mansos.

Alguien podría objetar: «Si yo soy tan manso, pensarán que soy un necio, que soy tonto o débil». Tal vez sea así, pero dejemos que los demás piensen esto. Es mejor ser siempre mansos, y se cumplirán nuestros mayores anhelos: los mansos «poseerán la tierra», es decir, verán cumplidas en sus vidas las promesas de Dios.

Porque los mansos, más allá de lo que digan las circunstancias, esperan en el Señor, y los que esperan en el Señor poseerán la tierra y gozarán de inmensa paz (cf. Sal 37,9.11). Al mismo tiempo, el Señor confía en ellos: «En ese pondré mis ojos, en el humilde y el abatido, que se estremece ante mis palabras» (Is 66,2).

Reaccionar con humilde mansedumbre, esto es santidad.

«Felices los que lloran, porque ellos serán consolados»

El mundo nos propone lo contrario: el entretenimiento, el disfrute, la distracción, la diversión, y nos dice que eso es lo que hace buena la vida. El mundano ignora, mira hacia otra parte cuando hay problemas de enfermedad o de dolor en la familia o a su alrededor.

El mundo no quiere llorar: prefiere ignorar las situaciones dolorosas, cubrirlas, esconderlas. Se gastan muchas energías por escapar de las circunstancias donde se hace presente el sufrimiento, creyendo que es posible disimular la realidad, donde nunca, nunca, puede faltar la cruz.

La persona que ve las cosas como son realmente, se deja traspasar por el dolor y llora en su corazón, es capaz de tocar las profundidades de la vida y de ser auténticamente feliz.

Esa persona es consolada, pero con el consuelo de Jesús y no con el del mundo. Así puede atreverse a compartir el sufrimiento ajeno y deja de huir de las situaciones dolorosas. De ese modo encuentra que la vida tiene sentido socorriendo al otro en su dolor, comprendiendo la angustia ajena, aliviando a los demás.

Esa persona siente que el otro es carne de su carne, no teme acercarse hasta tocar su herida, se compadece hasta experimentar que las distancias se borran. Así es posible acoger aquella exhortación de san Pablo: «Llorad con los que lloran» (Rm 12,15).

Saber llorar con los demás, esto es santidad.

«Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos quedarán saciados»

«Hambre y sed» son experiencias muy intensas, porque responden a necesidades primarias y tienen que ver con el instinto de sobrevivir. Hay quienes con esa intensidad desean la justicia y la buscan con un anhelo tan fuerte.

Jesús dice que serán saciados, ya que tarde o temprano la justicia llega, y nosotros podemos colaborar para que sea posible, aunque no siempre veamos los resultados de este empeño.

Pero la justicia que propone Jesús no es como la que busca el mundo, tantas veces manchada por intereses mezquinos, manipulada para un lado o para otro. La realidad nos muestra qué fácil es entrar en las pandillas de la corrupción, formar parte de esa política cotidiana del «doy para que me den», donde todo es negocio.

Y cuánta gente sufre por las injusticias, cuántos se quedan observando impotentes cómo los demás se turnan para repartirse la torta de la vida. Algunos desisten de luchar por la verdadera justicia, y optan por subirse al carro del vencedor. Eso no tiene nada que ver con el hambre y la sed de justicia que Jesús elogia.

Tal justicia empieza por hacerse realidad en la vida de cada uno siendo justo en las propias decisiones, y luego se expresa buscando la justicia para los pobres y débiles.

Es cierto que la palabra «justicia» puede ser sinónimo de fidelidad a la voluntad de Dios con toda nuestra vida, pero si le damos un sentido muy general olvidamos que se manifiesta especialmente en la justicia con los desamparados: «Buscad la justicia, socorred al oprimido, proteged el derecho del huérfano, defended a la viuda» (Is 1,17).

Buscar la justicia con hambre y sed, esto es santidad.

(NOTA: Lo resaltado con letra cursiva es iniciativa de un servidor)

 

 

 


El maná de cada día, 13.9.18

septiembre 13, 2018

Jueves de la 23ª semana del Tiempo Ordinario

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Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian

Haced el bien a los que os odian

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PRIMERA LECTURA: 1 Corintios 8, 1b-7.11-13

El conocimiento engríe, lo constructivo es el amor. Quien se figura haber terminado de conocer algo, aún no ha empezado a conocer como es debido. En cambio, al que ama a Dios, Dios lo reconoce.

Vengamos a eso de comer de lo sacrificado. Sabemos que en el mundo real un ídolo no es nada, y que Dios no hay más que uno; pues, aunque hay los llamados dioses en el cielo y en la tierra –y son numerosos los dioses y numerosos los señores–, para nosotros no hay más que un Dios, el Padre, de quien procede el universo y a quien estamos destinados nosotros, y un solo Señor, Jesucristo, por quien existe el universo y por quien existimos nosotros.

Sin embargo, no todos tienen ese conocimiento: algunos, acostumbrados a la idolatría hasta hace poco, comen pensando que la carne está consagrada al ídolo y, como su conciencia está insegura, se mancha. Así, tu conocimiento llevará al desastre al inseguro, a un hermano por quien Cristo murió. Al pecar de esa manera contra los hermanos, turbando su conciencia insegura, pecáis contra Cristo.

Por eso, si por cuestión de alimento peligra un hermano mío, nunca volveré a comer carne, para no ponerlo en peligro.


SALMO 138, 1-3.13-14ab.23-24

Guíame, Señor, por el camino eterno

Señor, tú me sondeas y me conoces; me conoces cuando me siento o me levanto, de lejos penetras mis pensamientos; distingues mi camino y mi descanso, todas mis sendas te son familiares.

Tú has creado mis entrañas, me has tejido en el seno materno. Te doy gracias, porque me has escogido portentosamente, porque son admirables tus obras.

Señor, sondéame y conoce mi corazón, ponme a prueba y conoce mis sentimientos, mira si mi camino se desvía, guíame por el camino eterno.


Aclamación antes del Evangelio: 1Jn 4, 12

Si nos amamos los unos a los otros, Dios permanece en nosotros y su caridad llega en nosotros a su plenitud.


EVANGELIO: Lucas 6, 27-38

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «A los que me escucháis os digo: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os injurian. Al que te pegue en una mejilla, preséntale la otra; al que te quite la capa, déjale también la túnica. A quien te pide, dale; al que se lleve lo tuyo, no se lo reclames.

Tratad a los demás como queréis que ellos os traten. Pues, si amáis sólo a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores aman a los que los aman. Y si hacéis bien sólo a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores lo hacen. Y si prestáis sólo cuando esperáis cobrar, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a otros pecadores, con intención de cobrárselo.

¡No! Amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada; tendréis un gran premio y seréis hijos del Altísimo, que es bueno con los malvados y desagradecidos. Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante.

La medida que uséis, la usarán con vosotros.»


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DICHOSOS LOS QUE TRABAJAN POR LA PAZ

De un sermón atribuido a san Pedro Crisólogo, obispo

Dichosos los que trabajan por la paz –dice el evange­lista, amadísimos hermanos–, porque ellos se llamarán los hijos de Dios.

Con razón cobran especial lozanía las virtudes cristianas en aquel que posee la armonía de paz cristiana, y no se llega a la denominación de hijo de Dios si no es a través de la práctica de la paz.

La paz, amadísimos hermanos, es la que despoja al hombre de su condición de esclavo y le otorga el nombre de libre y cambia su situación ante Dios, convirtiéndolo de criado en hijo, de siervo en hombre libre.

La paz entre los hermanos es la realización de la voluntad divina, el gozo de Cristo, la perfección de la santidad, la norma de la justicia, la maestra de la doctrina, la guarda de las buenas costumbres, la que regula convenientemente todos nuestros actos.

La paz recomienda nuestras peticiones ante Dios y es el camino más fácil para que obtengan su efecto, haciendo así que se vean colmados todos nuestros deseos legítimos. La paz es madre del amor, vínculo de la concordia e indicio manifiesto de la pureza de nuestra mente; ella alcanza de Dios todo lo que quiere, ya que su petición es siempre eficaz.

Cristo, el Señor, nuestro rey, es quien nos manda conservar esta paz, ya que él ha dicho: La paz os dejo, mi paz os doy, lo que equivale a decir: «Os dejo en paz, y quiero encontraros en paz»; lo que nos dio al marchar quiere encontrarlo en todos cuando vuelva.

El mandamiento celestial nos obliga a conservar esta paz que se nos ha dado, y el deseo de Cristo puede resumirse en pocas palabras: volver a encontrar lo que nos ha dejado. Plantar y hacer arraigar la paz es cosa Dios; arrancarla de raíz es cosa del enemigo. En efecto, así como el amor fraterno procede de Dios, así el odio procede del demonio; por esto, debemos apartar de nosotros toda clase de odio, pues dice la Escritura: El que odia a su hermano es un homicida.

Veis, pues, hermanos muy amados, la razón por la que hay que procurar y buscar la paz y la concordia; estas virtudes son las que engendran y alimentan la caridad. Sabéis, como dice san Juan, que el amor es de Dios; por consiguiente, el que no tiene este amor vive apartado de Dios.

Observemos, por tanto, hermanos, estos mandamientos ­de vida; hagamos por mantenernos unidos en el amor fraterno, mediante los vínculos de una paz profunda y el nexo saludable de la caridad, que cubre la multitud de los pecados. Todo vuestro afán ha de ser la consecuc­ión de este amor, capaz de alcanzar todo bien y todo premio.

La paz es la virtud que hay que guardar con más empeño, ya que Dios está siempre rodeado de una atmósfera de paz. Amad la paz, y hallaréis en todo la tranquilidad del espíritu; de este modo, aseguráis nuestro premio y vuestro gozo, y la Iglesia de Dios, fundamen­tada en la unidad de la paz, se mantendrá fiel a las en­señanzas de Cristo.

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El maná de cada día, 10.9.18

septiembre 10, 2018

Lunes de la 23ª semana del Tiempo Ordinario

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7T4EYo438488-02

¿Qué está permitido en sábado, hacer el bien o el mal?



PRIMERA LECTURA: 1 Corintios 5, 1-8

Se sabe de buena tinta que hay un caso de unión ilegítima en vuestra comunidad, y tan grave que ni los gentiles la toleran: me refiero a ése que vive con la mujer de su padre. ¿Y todavía tenéis humos?

Estaría mejor ponerse de luto y pidiendo que el que ha hecho eso desaparezca de vuestro grupo. Lo que es yo, ausente en el cuerpo pero presente en espíritu, ya he tomado una decisión como si estuviera presente: reunidos vosotros en nombre de nuestro Señor Jesús, y yo presente en espíritu, con el poder de nuestro Señor Jesús, entregar al que ha hecho eso en manos del diablo; humanamente quedará destrozado, pero así la persona se salvará en el día del Señor.

Ese orgullo vuestro no tiene razón de ser. ¿No sabéis que un poco de levadura fermenta toda la masa? Barred la levadura vieja para ser una masa nueva, ya que sois panes ázimos. Porque ha sido inmolada nuestra víctima pascual: Cristo. Así pues, celebremos la Pascua, no con levadura vieja (levadura de corrupción y de maldad), sino con los panes ázimos de la sinceridad y la verdad.


SALMO 5

Señor, guíame con tu justicia

Tú no eres un Dios que ame la maldad, ni el malvado es tu huésped, ni el arrogante se mantiene en tu presencia.

Detestas a los malhechores, destruyes a los mentirosos; al hombre sanguinario y traicionero lo aborrece el Señor.

Que se alegren los que se acogen a ti, con júbilo eterno; protégelos, para que se llenen de gozo los que aman tu nombre.


ALELUYA: Jn 10, 27

Mis ovejas escuchan mi voz -dice el Señor-, y yo las conozco, y ellas me siguen.


EVANGELIO: Lucas 6, 6-11

Un sábado, entró Jesús en la sinagoga a enseñar. Había allí un hombre que tenía parálisis en el brazo derecho. Los escribas y los fariseos estaban al acecho para ver si curaba en sábado, y encontrar de qué acusarlo.

Pero él, sabiendo lo que pensaban, dijo al hombre del brazo paralítico: «Levántate y ponte ahí en medio.» Él se levantó y se quedó en pie.

Jesús les dijo: «Os voy a hacer una pregunta: ¿Qué está permitido en sábado, hacer el bien o el mal, salvar a uno o dejarlo morir?»

Y, echando en torno una mirada a todos, le dijo al hombre: «Extiende el brazo.»

Él lo hizo, y su brazo quedó restablecido. Ellos se pusieron furiosos y discutían qué había que hacer con Jesús.


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EXTIENDE TU MANO

Entrando un día en la Sinagoga se topó el Señor con un hombre que tenía una mano seca y paralizada. Los fariseos aprovecharon la ocasión para sacarle el tema del descanso sabático y poder acusarle de faltar a la Ley de Moisés. Debió de impresionarle al Señor aquella mano, viendo cómo un solo miembro muerto inutilizaba la actividad de todo el cuerpo y restaba vida a aquel pobre hombre. Así era también la Ley en la que se apoyaban aquellos fariseos: seca, sin vida, enferma de parálisis, incapaz de sanar y tocar lo más profundo del corazón humano.

Precisamente la Ley y los Profetas estaban plagados de referencias y alusiones a la mano y al dedo de Dios, que tantas veces intervino portentosamente en la historia de Israel. Él mismo, al inicio de los tiempos, había sido, junto con el Espíritu Santo, mano creadora del Padre. En aquellos inicios, el Padre había creado también al hombre como mano suya, como co-creador y dueño de una creación recibida como don y tarea. En aquel primer sábado de la creación, en el que Yahvé descansó contemplando su obra, sólo había sobre la tierra vida y belleza.

Se agolparon en el corazón del Señor demasiadas emociones como para no curar la mano seca de aquel hombre y devolver así la vida a todo el cuerpo. No podía permitir el Señor, precisamente en sábado, que aquel miembro siguiera sin vida. Tampoco quería que un día hubiera en el cuerpo de su Iglesia miembros muertos o paralizados.

No quieras ser tú uno de ellos. Extiende ante el Señor tus manos paralizadas por tanta omisión, autosuficiencia y comodidad. Deja que Él sane todos esos rincones del alma que aún no has dejado tocar por la mano y el dedo de Dios. Verás que también en ti, como en aquel primer sábado del Principio, Dios descansará contemplando la vida y la belleza de tu alma en gracia.

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