Día de la Madre 2010 (4)

mayo 29, 2010

La madre y esposa, sacramento de la ternura de Dios

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ORACIÓN

POR LAS ESPOSAS

Y MADRES CRISTIANAS

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Como fruto de la celebración pascual y en particular de la celebración de Pentecostés, a continuación ofrezco una oración de intercesión por las madres y esposas pidiendo la efusión del Espíritu.

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Oremos

Te damos gracias, Señor y Padre nuestro, por el don de la vida, por el don de la fe. Creemos en ti y te adoramos como fuente de toda paternidad, de toda maternidad. Pero sobre todo, te alabamos porque tú eres digno de toda bendición. Tú eres el único santo y compasivo.

Padre de bondad, mira con predilección a estas tus hijas aquí congregadas en el amor del Espíritu Santo que tú has derramado en sus corazones por medio de tu bendito Hijo Jesucristo. Son tus hijas, son tu propiedad. Tú las has traído a esta celebración porque las amas: tú conoces su entrega a los suyos, y su deseo de servirte cada día mejor. Ellas te dan gracias porque has confiado tanto en ellas que les has entregado sus esposos y sus hijos para que los amen como tú los amas y los cuiden con ternura, en tu nombre.

Tú les has concedido la maternidad dándoles también la capacidad de trasmitir a sus hijos la fe y tu amor. Ellas se comprometen a educar cristianamente a sus hijos. Quieren que sus esposos y sus hijos te conozcan y te glorifiquen siempre. Tú se los diste, ellas te los devuelven con generosidad y alegría. Y en eso quieren contentarse.

Tú, Señor, que no juzgas por apariencias sino que ves el corazón, sabes cómo estas hijas tuyas han tomado en serio su vocación de esposas y de madres. Te dan gracias porque han sentido tu ayuda en tantas oportunidades, sacando fuerzas de la debilidad. Y ahora te suplican que tengas misericordia de ellas y que las renueves en lo más profundo de su ser para sentir y actuar conforme a tu voluntad.

Ellas quieren serte fieles: no quieren defraudarte, ni tampoco a los suyos. Por eso, abren, en este momento, su corazón y sus manos vacías para que derrames sobre ellas la fuerza del Espíritu que les capacite para la misión recibida. Ellas están en tu presencia como barro en manos del alfarero, como tierra reseca y sin agua, como leño verde que se deja transformar por el fuego… Ellas extienden sus manos a ti para que les des lo que tú sabes que más necesitan.

Por eso, Padre santo, en el nombre de tu bendito Hijo Jesús, dígnate derramar sobre ellas tu santo Espíritu. Te lo pedimos de todo corazón y te lo agradecemos. Renuévalas en lo más profundo de su ser. Ven, Espíritu Santo, padre amoroso del pobre; ven, dulce huésped del alma; ven, y enriquécelas, tú que eres generoso y espléndido en tus dones. Ven, Consolador; ven, dador de vida.

Ven, Espíritu vivificador, sobre estas esposas y madres para que sean un signo, un sacramento de tu amor y de tu ternura en sus propios hogares. Que sus esposos y sus hijos puedan verte en ellas: que puedan conocerte a través de ellas, que experimenten así tu amor, tu bondad y tu cuidado para con ellos. Que estas esposas y madres sean en verdad la prueba de que tú vives y de que tú bendices sus hogares y proteges a sus hijos.

Padre de bondad, hazlas sacramento del amor de Cristo, tu Hijo, que amó a la Iglesia hasta dar la vida por ella; que sean sacramento de ese amor incondicional en el hogar y en la familia, en la Iglesia y en el mundo. Que cuantos las traten puedan darte gracias por los dones que tú derramas sobre ellas.

Por su parte, estas tus hijas renuevan ante ti, Padre bueno, su deseo de ser fieles a esta maravillosa vocación para la que tú las has elegido. No las merecemos, pero las necesitamos, Señor. Hágase en ellas según tu voluntad. Aceptamos tus designios sobre cada persona, y en concreto sobre estas tus hijas, esposas y madres cristianas. Para alabanza de tu infinita sabiduría. Pues tú quieres que sus hogares sean, nada más pero tampoco nada menos, que la antesala y anticipación del cielo.

Gracias, Padre santo, por concedernos hacer esta oración enviándonos a través de tu Hijo, el santo Espíritu. Sabemos que tú eres poderoso para ir más allá de nuestros pensamientos y acciones. Todo lo depositamos en tus manos. Sabemos que tu Palabra ha sido invocada sobre nosotros.

Ahora estas hijas tuyas te agradecen la renovación de su fe, experimentada en esta celebración, y vuelven a sus hogares, gozosas y reconfortadas con tu bendición y tu gracia. Contentas por formar parte de tu familia, de tu santa Iglesia, y dispuestas a cumplir con alegría y generosidad su maravillosa vocación, para gloria tuya y felicidad de los suyos.

Gracias, Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, Santísima Trinidad, por lo que has hecho en nosotros en esta reunión, gracias por lo que haces y por lo que harás en estas hijas tus hijas y en todos y cada uno de nosotros. Dios sea bendito. Amén.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo, como era en el principio ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Santa María, Madre de la Consolación, ruega por nosotros.

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Día de la Madre 2010 (3)

mayo 27, 2010

Familia, ¡sé lo que eres!

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Día de la Madre

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El Espíritu Santo

y la Madre cristiana

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Estimadas Madres Mónicas: Es evidente que tanto el Día de la Madre como el del Padre no han tenido en su origen una inspiración netamente religiosa. Sin embargo, ambas celebraciones son susceptibles de evangelización; y eso es precisamente lo que intentaré a continuación: iluminar desde la fe en el Espíritu Santo el día de la Madre.

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Introducción: Comencemos por precisar que hablar del padre y de la madre por separado no es del todo correcto. Pues la vida humana surge de la unión oblativa e integral de dos personas. Pero antes que padres son esposos: “No es bueno que el hombre esté solo, hagámosle una ayuda semejante a él… y los dos llegarán a ser como uno solo, una sola carne”. Primer fin del matrimonio, la felicidad y complemento de la pareja. Segundo fin, hacerse y llegar a ser padres, dadores de vida, procreadores con Dios: “Crezcan, multiplíquense y llenen la tierra”. Por tanto, la madre exige o pide la esposa, y la supone.

Pero la familia humana, sólo adquiere su verdadera dimensión a la luz de la familia divina, y, sólo imitándola, alcanzará su plena realización. En el Antiguo Testamento Dios aparece más como padre que como madre, debido a que la sociedad judía era patriarcal. Sin embargo, en algunos textos, Dios es presentado como una madre (Is. 66, 13; Ecl. 4, 11); también algunos teólogos y místicos hablaron y hablan hoy día en este sentido. San Francisco de Sales dijo que Dios es “paternalmente maternal”.

En la familia trinitaria cada persona tiene su función, aunque las tres personas son un solo Dios. Así, a Dios Padre se le atribuye el ser el principio, la fuente, el origen. A Dios Hijo o la Palabra en persona se le atribuye la obediencia, la fidelidad, la manifestación de Dios Padre. A Dios Espíritu se le atribuye el amor, el abrazo del Padre y del Hijo. De ahí que al Espíritu Santo se le defina como “don y comunicación”, como el creador de la unidad y de la comunión: no sólo en Dios Trinidad, sino también entre los creyentes, en la Iglesia. A esta función del Espíritu la llamamos, sencillamente, “maternal”.

A continuación describiré algunos rasgos característicos de esta función maternal del Espíritu Santo en la Trinidad y en la Iglesia, que nos servirán de marco referencial o interpretativo para el ser y para el actuar de la madre cristiana católica, en la Iglesia y en el hogar o iglesia doméstica.

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(1) El Espíritu Santo, principio creador: En el principio de la creación, cuando aún había caos y abismos de tinieblas, el Espíritu de Dios se cernía o revoloteaba sobre las aguas (Gn 1, 2). Según la Biblia, si el Espíritu alienta, todo existe y se renueva. Si se retira, todo se debilita y finalmente muere. El Espíritu, por tanto, va suscitando y como extrayendo del caos y de la confusión la obra maestra de la creación que Dios Padre reconoció como muy buena.

Según esto, la madre está llamada a dar vida, a inducirla desde la confusión: entreteje en su propio vientre durante nueve meses la vida del nuevo ser humano, único e irrepetible. ¡Qué delicadeza en esta gestación, qué entrega contemplativa, qué capacidad de silencio y de concentración generadora, creadora… y compenetración vivificadora con la criatura que adviene a la vida! En María, cubierta por la sombra del Espíritu, hallará la madre cristiana místico adoctrinamiento. María, la mujer creyente, la esposa del Espíritu.

De igual manera, la madre constituye una instancia “personalizadora” para el hijo y para el mismo esposo. Instancia unificadora que conformará lentamente y como por simbiosis las estructuras del nuevo ser humano. María, la llena de gracia y protegida por el Espíritu, engendró a Jesús, el hombre más perfecto nacido de mujer, en cuyos labios se derramaba la gracia y que suscitaba la admiración del pueblo.

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(2) El Espíritu, principio de pertenencia: El Padre y el Hijo llegan a nosotros y “nos pertenecen” por el Espíritu. Quien no tiene el Espíritu no pertenece a Dios, no lo conoce: nadie puede proclamar Jesús es el Señor si no tiene el Espíritu de Cristo (Rom. 8, 9).

Inspirándose en esto, la madre es el entronque con la vida; un hilo insustituible y vital. Es el canal a través del cual llegan Dios y los hombres al hogar, no sólo a los hijos. La madre canaliza el sentido profundo de la vida y de la fe religiosa. Sin la función maternal, seríamos hombres y creyentes “extrañados”; creceríamos como desarraigados; y nos aquejaría una quiebra o herida existencial en lo más profundo de nuestro ser.

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(3) El Espíritu, principio de conocimiento: El Espíritu Santo nos instruye interiormente (1 Cr. 12, 3). Es el maestro interior. “Cuando él venga, les recordará todas las cosas y los llevará a la verdad total”, decía Jesús a los suyos. El Espíritu Santo suscita y hace florecer en nosotros todo lo bueno que ha sembrado el Padre por la creación y ha realizado el Hijo por la redención.

De manera análoga, la madre debe ser el principal despertador de la memoria de los suyos, a fin de que lleguen conscientemente hasta su Creador y adopten posturas auténticas ante los hermanos. Debe conducir a la madurez a todos los suyos: ¡ella, que está ligada al misterio de la vida, y tan indefensa frente al sufrimiento, puede adoctrinar eficazmente al ser humano! La madre representa para los suyos una referencia de optimismo frente al mundo y las situaciones de la vida. Sin mayores ruidos debe provocar en los suyos una gran confianza en sí mismos para superar cualquier dificultad y error. Todo se puede arreglar, nada está perdido. La madre tiene el carisma de lo inmutable y esperanzador frente al acontecer diario y frente a las tragedias de la vida… Nunca falta aceite en su lámpara, ni harina en su alacena, los suyos tendrán ropa apropiada para cada tiempo… Su misma vida es una lección inapreciable (Prov. 31).

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(4) El Espíritu Santo, como don del Padre y del Hijo: Procede del Padre y del Hijo. Nada exige para sí. Paciente y silenciosamente sostiene la familia divina, haciendo de enlace inefable entre el Padre y el Hijo. De igual manera, unifica y salva a la iglesia. Está al servicio del Padre y del Hijo. No aparece. Ha sido llamado “el gran desconocido”. No tiene sitial relevante. No llama la atención de los demás hacia él, sino hacia el Padre y hacia el Hijo. Pasa desapercibido, y sin embargo, todo lo llena. Nada reclama para sí. No reserva nada para sí, pasa por alto las ofensas, no guarda el mal, no recrimina, no busca su propia justicia. No acusa jamás, ni humilla, y en todo busca salvar lo insalvable. Trata todo como a su propia carne: padre amoroso del pobre.

La verdadera madre nunca se agota por más que dé; es como una fuente que mana generosamente, a discreción, goza dándose… sin indagar a quién beneficia o quién es digno de su amor. Su destino es dar sin medida, sin desmayar, gratuitamente. Hacerse puro don, sin recompensa. Encuentra su contento en la misma autodonación ilimitada, sin vuelta atrás…

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(5) El Espíritu es todo él don; fuente de santidad, divino: Nada guarda para sí, nada tiene que no dé. Es siempre don y transparencia. Sólo don: nada tiene fuera de lo que entrega, y nada recibe de fuera sino para darlo de nuevo. En fin, el Espíritu Santo es un misterio de bondad y largueza que está por encima de toda inteligencia y cálculo humano. Es sencillamente Dios. El don en persona. El Espíritu es comunión, relación del Padre al Hijo y del Hijo al Padre. Sólo relación, referencia… Se diría que no tiene “consistencia”, o mejor, su ser es pura relación, la relación en persona: hecha Dios mismo.

La madre cristiana, por ser hija de Dios, debe ser santa, como es santo el Espíritu de Dios. Está llamada a darse siempre, como lo hace el Espíritu. Su felicidad la alcanzará solamente por ese camino. Así lo ha dispuesto el Señor. Ése es su destino. Dios no le pidió consentimiento. Así la hizo para su propio bien como mujer y para nuestro bien: esposa y madre. Así, Dios será glorificado. El bien de la familia, el bienestar integral de todos sus miembros constituye la gloria de Dios: lo que más le agrada. El carisma de la madre, el regalo que Dios hace al hogar a través de ella, significa puro don y amor. No debe buscar nada para sí. En eso consiste su grandeza, su maravillosa vocación. Dios no espera más, pero tampoco nada menos de ella. Tanto confía en ella…

Intentar vivir de espaldas a esta vocación de madre generosa sería un camino de constantes frustraciones personales, y fuente de sufrimiento para los suyos. Con la fuerza del Espíritu, la madre debe darse sin medida, no puede claudicar, no puede recoger velas ni volver atrás. Tampoco necesita buscar emanciparse o afanes de liberación feminista a su manera. El Padre le ha dado a la madre cristiana su Espíritu sin medida para que ella pueda darse también sin medida, y pueda confortar a los suyos con el mismo consuelo que ella encuentra en Dios. He ahí cómo la madre y esposa debe desempeñarse en su propia vocación proporcionando al hogar un clima de optimismo, de gozo y de juventud permanente. Gracias al don de la madre, Dios quiere que todo hogar sea en verdad un anticipo del cielo y una iglesia doméstica que cobija a personas emprendedoras y felices.

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(6) El Espíritu Santo es amor: Él anima a los demás, desaparece sin buscar su gloria. Perdona, enjuga las lágrimas, cura las heridas. Trae a la iglesia consuelo y descanso. Jesús lo llamó el Consolador y Confortador. Él hace experimentar a la iglesia cuán bueno es el Padre y cuán dulce y cercano el Hijo. Lleva el misterio de Dios al corazón, al mundo afectivo y proporciona gusto en las cosas santas. La liturgia lo invoca como “dulce huésped del alma”.

La madre tiene el carisma de querer a los suyos no por lo que hacen o valen. Ama más al que menos lo merezca. El más necesitado, el más indefenso es su preferido; el que no comprende, el que no reconoce. Su amor no queda contrarrestado ni anegado por la maldad, la ingratitud o la inconsciencia, sino que tales situaciones lo provocan con mayor fuerza, lo espolean para ser más fuerte, abnegado y desinteresado, y por tanto, más parecido al de Dios.

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(7) El Espíritu Santo distribuye dones a los creyentes para la edificación de la Iglesia: Distribuye dones a cada uno según su capacidad para el bien de todos. Nada destruye o violenta en los creyentes, sino que suavemente asume las peculiaridades de cada uno y los transforma a todos a imagen de Cristo: hace nuevas todas las cosas, pues Él mismo es “don en sus dones espléndido”.

La madre cristiana, gracias al amor “potencializa” las capacidades innatas de los suyos. Más aún, creando un clima de espontaneidad y confianza “recrea” capacidades ocultas en los suyos y posibilita el desarrollo de talentos enterrados y amenazados de muerte por el temor, complejo de inferioridad… La madre pronuncia siempre el nombre de los suyos, siempre confía en ellos y jamás los deja por imposible. De esta manera, “afirma” sus existencias, recreándolas constantemente. Es un amor creativo. Es capaz de reengendrarlos para Dios por la oración y el amor de intercesión, cuantas veces se aparten de Dios. Su maternidad sólo alcanza la plenitud al conducir a los suyos a Dios y los deja en manos de su Señor, de quien los recibió prestados.

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(8) El Espíritu Santo es en la Iglesia principio de acción y de movimiento: Constituye el elemento menos sensible, más silencioso e incomprendido… y sin embargo, el Espíritu se manifiesta en todo como un poderoso agente que todo lo invade. Sin Espíritu, todo resulta oscuro, pesado, insípido, inútil… Sin Espíritu, no habría calor ni vida en la iglesia. Pura ley, rígida, incapaz de vivificar. Pura estructura y legalismo estéril.

La madre, en el hogar cristiano, es un regalo de Dios, una manifestación esplendorosa del amor de Dios a todos los suyos. Es el canal más directo por el que llegan al hogar las bendiciones divinas revestidas de ternura. La madre y esposa encarna el rostro materno de Dios. Un don que no se merece, y que, por tanto, siempre debe agradecerse. Un regalo que el Señor quiere para todo hogar católico. Como María, es una pedagoga hacía Cristo. La madre es la iniciadora en la vida, y la mistagoga en las realidades religiosas. Fuente de luz y calor, fuente de vida. Lo que es el sol en el universo, eso debe ser la madre en su hogar, en su propia casa bien ordenada (Ecl. 26).

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Conclusión: Nos hemos fijado en el Espíritu Santo, pero aún podríamos extraer muchas lecciones de la Madre más maravillosa, porque fue a la vez su Esposa: la llena de gracia, María, modelo de madre cristiana por antonomasia. Mujer creyente, guiada y habitada por el Espíritu como su fiel esposa, supo secundar como nadie las inspiraciones del mismo Espíritu Santo y así se convirtió en la Madre más dichosa y más fecunda que haya existido y existirá, la Madre del mismo Hijo de Dios, y, por tanto, madre de todos los creyentes. María es la versión maternal del Dios invisible, Madre de Jesús y Madre de la Iglesia.

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Vivencias Pascuales 2010 (y 50B)

mayo 23, 2010

Cuando llegó el día de Pentecostés, todos los discípulos estaban reunidos, y quedaron llenos del Espíritu Santo

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DOMINGO DE PENTECOSTÉS

CICLO C

MISA DEL DÍA

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Textos bíblico-litúrgicos.- Entrada: Rom 5, 5; 10.11; 1era lectura: Hch 2, 1-11; Salmo: 103; 2da. Lectura: Rom 8, 8-17; Evangelio: Jn 14, 15-16.23b-26; Comunión: Hch 2, 4-11.

ANTÍFONA DE ENTRADA. Rom 5,5; 10.11

El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que habita en nosotros. Aleluya.

ORACIÓN COLECTA.

Oh Dios, que por el misterio de Pentecostés santificas a tu Iglesia, extendida por todas las naciones; derrama los dones de tu Espíritu sobre todos los confines de la tierra y no dejes de realizar hoy, en el corazón de tus fieles, aquellas mismas maravillas que obraste en los comienzos de la predicación evangélica. Por nuestro Señor Jesucristo.

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PRIMERA LECTURA, Hch 2, 1-11.

Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. De repente, un ruido del cielo, como de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían posándose encima de cada uno. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras, cada uno en la lengua que el Espíritu le sugería.

Se encontraban entonces en Jerusalén judíos devotos de todas las naciones de la tierra. Al oír aquel ruido, acudieron en masa y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propio idioma. Enormemente sorprendidos preguntaban: ¿No son galileos todos esos que están hablando? Entonces, ¿cómo es que cada uno los oímos hablar en nuestra lengua nativa? Entre nosotros hay partos, medos y elamitas, otros vivimos en Mesopotamia, Judea, Capadocia, en el Ponto y en Asia, en Frigia o en Panfilia, en Egipto o en la zona de Libia, que limita con Cirene; algunos somos forasteros de Roma, otros judíos o prosélitos; también hay cretenses y árabes; y cada uno los oímos hablar de las maravillas de Dios en nuestra propia lengua.

SALMO 103.- Envía tu espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra.

Bendice alma mía al Señor, ¡Dios mío, que grande eres! Cuántas son tus obras, Señor; la tierra está llena de tus criaturas.

Les retiras el aliento, y expiran, y vuelven a ser polvo; envías tu aliento y los creas, y repueblas la faz de la tierra.

Gloria a Dios para siempre, goce el Señor con sus obras. Que le sea agradable mi poema, y yo me alegraré con el Señor.

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SEGUNDA LECTURA, Rom 8, 8-17

Hermanos: Los que viven sujetos a la carne no pueden agradar a Dios. Pero vosotros no estáis sujetos a la carne, sino al espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros. El que no tiene el Espíritu de Cristo, no es de Cristo.

Pues bien, si Cristo está en vosotros, el cuerpo está muerto por el pecado, pero el espíritu vive por la justificación obtenida. Si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu, que habita en vosotros.

Así pues, hermanos, estamos en deuda, pero no con la carne para vivir carnalmente. Pues si vivís según la carne, vais a la muerte; pero si con el Espíritu dais muerte a las obras del cuerpo, viviréis. Los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios.

Habéis recibido no un espíritu de esclavitud, para recaer en el temor, sino un espíritu de hijos adoptivos, que nos hace gritar: «¡Abba!» (Padre). Ese Espíritu y nuestro espíritu dan un testimonio concorde: que somos hijos de Dios; y, si somos hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, ya que sufrimos con él para ser también con él glorificados.

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SECUENCIA

Ven, Espíritu divino, manda tu luz desde el cielo.

Padre amoroso del pobre; don, en tus dones espléndido; luz que penetra las almas; fuente del mayor consuelo.

Ven, dulce huésped del alma, descanso de nuestro esfuerzo, tregua en el duro trabajo, brisa en las horas de fuego, gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos.

Entra hasta el fondo del alma, divina luz y enriquécenos. Mira el vacío del hombre, si tú le faltas por dentro; mira el poder del pecado, cuando no envías tu aliento.

Riega la tierra en sequía, sana el corazón enfermo, lava las manchas, infunde calor de vida en el hielo, doma el espíritu indómito, guía al que tuerce el sendero.

Reparte tus siete dones, según la fe de tus siervos. Por tu bondad y tu gracia, dale al esfuerzo su mérito; salva al que busca salvarse y danos tu gozo eterno. Amén.

ACLAMACIÓN.- Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos la llama de tu amor. Aleluya.

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EVANGELIO, Jn 14, 15-16.23b-26.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Yo le pediré al Padre que os dé otro defensor, que esté siempre con vosotros. El que me ama, guardará mis palabras, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él. El que no me ama no guardará mis palabras. Y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió.

Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Defensor, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho.

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PREFACIO DEL DOMINGO DE PENTECOSTÉS

En verdad es justo y necesario… darte gracias siempre y en todo lugar… Dios todopoderoso y eterno.

Pues, para llevar a plenitud el misterio pascual, enviaste hoy el Espíritu Santo sobre los que habías adoptado como hijos por su participación en Cristo.

Aquel mismo Espíritu que, desde el comienzo, fue el alma de la Iglesia naciente; el Espíritu que infundió el conocimiento de Dios a todos los pueblos; el Espíritu que congregó en la confesión de una misma fe a los que el pecado había dividido en diversidad de lenguas.

Por eso, con esta efusión de gozo pascual, el mundo entero se desborda de alegría y también los coros celestiales… cantan sin cesar el himno de tu gloria: Santo, Santo, Santo…

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EJERCICIO PASCUAL: VEN, ESPÍRITU SANTO

Apreciado hermano, estimada hermana: Ha llegado el momento de coronar el ejercicio cuaresmal y pascual. Han sido noventa días de búsqueda del Señor. Han sido también noventa días en los que el Señor ha salido a nuestro encuentro un día tras otro.

Concluyendo la pascua, nosotros le presentamos al Señor, con alegría y satisfacción, nuestros esfuerzos. Mereció la pena. Ahora el Señor nos premiará con una nueva efusión del Espíritu Santo: una renovada sensibilidad para captar y seguir las inspiraciones del Espíritu.

Ayer y anteayer nos hemos centrado en el Padre y el Hijo. El Espíritu Santo, quizás sin darnos cuenta de ello, guió nuestro acercamiento. Hoy queremos tomar mayor conciencia del ser y de la acción del Espíritu en nuestras vidas.

Jesús al ascender a los cielos anunció a los discípulos el cumplimiento de la promesa del Espíritu realizada por el Padre en el antiguo Testamente, sobre todo a través de los profetas: vendrán días en que enviaré el Espíritu y la tierra entera se llenará del conocimiento del Señor. Dios había prometido una nueva ley escrita, no ya en piedra, sino en el corazón de los creyentes: les daré un corazón de carne; les arrancaré el corazón de piedra; ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios.

Jesús rogó al Padre que cumpliera la promesa enviando el nuevo Consolador. Éste no traería nada nuevo, sino que les recordaría a los discípulos todo lo revelado por Jesús y se lo haría comprender perfectamente. El Espíritu vino sobre los discípulos tan pronto como Jesús fue glorificado: si no me voy, les dijo, no vendrá el Espíritu.

Pentecostés representa la irrupción del Espíritu que inaugura el nacimiento de la Iglesia, los últimos tiempos y la plenitud de la salvación. Dios ha cumplido su parte. Ahora nos toca a nosotros. Los discípulos experimentaron una profunda transformación. Comprendieron las Escrituras y todo el misterio de Jesús. Quedaron como enajenados por el Espíritu del Resucitado y salieron a predicar por todo el mundo la salvación en Cristo. Nació la Iglesia y con ella una nueva manera de ver la historia y de construir la sociedad como anticipo del Reino de Dios.

Pero, ojo, esta transformación es la herencia del Resucitado para todo el que cree. Venid a mí, gritaba Jesús, todos los que tenéis sed, y tomad gratis el agua de la vida. El don del Espíritu es para todos. Solamente hace falta reconocer que lo necesitamos. Reconocer que por naturaleza somos limitados, atrevidos, pecadores. Y entonces necesitamos nacer de arriba, de lo alto.

Hermano, hermana: vamos a pedir, o mejor agradecer, el don del Espíritu al finalizar estas “vivencias pascuales”. Claro que ya tienes el Espíritu, desde que recibiste el bautismo. Pero la cuestión es cómo lo tienes: si está suelto, vivo y actuante en ti o si lo tienes ignorado y casi anulado por tu pecado. Vamos a orar con toda sencillez ante quien sabemos nos ama y nos tiene reservadas muchas sorpresas.

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ORACIÓN AL ESPÍRITU SANTO

Espíritu divino, creo en ti como la tercera persona de la Santísima Trinidad. Te adoro y te invoco como el Santificador. Tú eres el abrazo del Padre y del Hijo, fuente de toda relación y comunión. Te doy gracias porque tú estás derramado en mi corazón. Aunque no tenga conciencia expresa de tu presencia, sé que tú guías todos mis buenos pensamientos y deseos. Tú me haces presente al Padre y al Hijo, y me inspiras el conocimiento y el amor a ellos.

Con toda reverencia me pongo en tu presencia, Espíritu Santo. Reconozco mi pobreza, y te invoco porque sé que eres “padre amoroso del pobre”. ¿Adónde iría, Señor, con mi pobreza? Ven, dulce huésped del alma, pues sin ti me abrumaría la mayor soledad. Tú que eres generoso en tus dones, ten misericordia de mí y lléname de tus gracias.

Te pido perdón, Espíritu Consolador, porque frecuentemente me olvido de ti. Con mi pecado te tengo entristecido. Perdóname. Por el contrario, quiero ser dócil a tus inspiraciones. Ten paciencia conmigo y no me dejes por imposible.

Al finalizar este ejercicio cuaresmal y pascual, ven Espíritu Santo, a mi vida y transfórmala sustancialmente. Quiero recibir como una renovación en toda mi persona, en toda mi existencia. Quiero ser una nueva criatura en Cristo. No quiero defraudar al Padre que tanto me valora y tanto espera de mí. No puedo traicionarle a Jesús que me amó y se entregó por mí. Ayúdame, pues me siento desvalido.

En fin, tú sabes mejor que nadie lo que me conviene. Ven, padre amoroso del pobre. Visita mi corazón. Mira mi pobreza y hasta mi propia miseria. Ven a calentar lo que está frío; a iluminar lo oscuro; a enderezar lo torcido; a curar las heridas; a suavizar lo duro; a endulzar la amargura; a calmar lo agresivo y violento. Ven, Espíritu Santificador con todas tus gracias: los dones y los frutos; para que me parezca más a Jesús y pueda glorificar al Padre.

Mira que estoy como la tierra reseca que espera la lluvia; espero el agua que limpia, refresca y fecunda. Quiero ser como la arcilla en manos del alfarero para que tú la modeles según los designios del Padre y la imagen del Hijo. Incluso, quiero ser una vasija nueva: si es preciso, rompe y quiebra mi vida, y hazme de nuevo. En fin, quiero ser como el leño que se deja invadir y penetrar por el fuego hasta transformarse en luz y calor. Ven, Espíritu Santo, tú que haces nuevas todas las cosas.

Ven, Espíritu del amor, y enséñame a imitar la generosidad del Padre celestial. Ven, Espíritu Santo, y enséñame a ser hijo en el Hijo de Dios, Jesucristo: que sea verdadero discípulo buscando siempre la gloria del Padre. Dame el celo y la pasión por el Reino que tenía Jesús. Quiero ser otro Cristo en el mundo. Quiero tener su mismo Espíritu para  dejarme conducir por él con obsequiosa docilidad

Te doy gracias, Espíritu divino, por esta oración que me has inspirado y has presentado al Padre y al Hijo. Agradezco lo que has hecho en mí, lo que haces, y lo que harás en el futuro para gloria del Padre y contento del Hijo. Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo. Amén.

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Vivencias Pascuales 2010 (50A)

mayo 22, 2010

Así dice el Señor Dios: Yo derramaré mi Espíritu sobre todos

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DOMINGO DE PENTECOSTÉS

MISA VESPERTINA DE LA VIGILIA

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Textos bíblico-litúrgicos.- Entrada: Rom 5, 5; 10.11; 1era lectura: Joel 3, 1-5; Salmo 103; 2da. Lectura: Rom 8, 22-27; Evangelio: Jn 7, 37-39; Comunión: Jn 7, 37.

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ANTÍFONA DE ENTRADA, Rom 5, 5; 10.11.- El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que habita en nosotros. Aleluya.

ORACIÓN COLECTA

Dios todopoderoso y eterno, que has querido que celebráramos el misterio pascual durante cincuenta días, renueva entre nosotros el prodigio de Pentecostés, para que los pueblos divididos por el odio y el pecado se congreguen por medio de tu Espíritu y, reunidos, confiesen tu nombre en la diversidad de sus lenguas. Por nuestro Señor Jesucristo.

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PRIMERA LECTURA, Joel 3, 1-5

Así dice el Señor Dios: Derramaré mi espíritu sobre toda carne: profetizarán vuestros hijos e hijas, vuestros ancianos soñarán sueños, y vuestros jóvenes verán visiones. También sobre mis siervos y siervas derramaré mi espíritu en aquellos días. Haré prodigios en el cielo y en la tierra: sangre, fuego, columnas de humo. El sol se entenebrecerá, la luna se pondrá color sangre, antes de que llegue el día del Señor, grande y terrible. Cuantos invoquen el nombre del Señor se salvarán. Porque en el monte Sión y en Jerusalén quedará un resto; como lo ha prometido el Señor a los supervivientes que llamó.

En vez de la lectura anterior se puede elegir cualquiera de las siguientes: Génesis, 11, 1-9; Éxodo, 19, 3-8.16-20; Ezequiel 37, 1-14.

SALMO 103

Bendice alma mía al Señor, ¡Dios mío, que grande eres! Cuántas son tus obras, Señor; la tierra está llena de tus criaturas.

Les retiras el aliento, y expiran, y vuelven a ser polvo; envías tu aliento y los creas, y repueblas la faz de la tierra.

Gloria a Dios para siempre, goce el Señor con sus obras. Que le sea agradable mi poema, y yo me alegraré con el Señor.

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SEGUNDA LECTURA, Rom 8, 22-27

El espíritu intercede por nosotros con gemidos inefables

ACLAMACIÓN.- Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos la llama de tu amor. Aleluya.

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EVANGELIO, 7, 37-39

El último día, el más solemne de las fiestas, Jesús en pie gritaba: El que tenga sed, que venga a mí; el que cree en mí, que beba. Como dice la Escritura: de sus entrañas manarán torrentes de agua viva. Decía esto refiriéndose al Espíritu, que habían de recibir los que creyeran en él. Todavía no se había dado el Espíritu, porque Jesús no había sido glorificado.

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS

Derrama, Señor, la bendición de tu Espíritu, sobre estos dones que te presentamos, para que tu Iglesia quede inundada de tu amor, y sea ante todo el mundo signo visible de la salvación. Por Jesucristo.

COMUNIÓN, Jn 7, 37.- El último día de las fiestas, Jesús en pie gritaba: el que tenga sed, que venga a mí. Aleluya.

ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN

La comunión que acabamos de recibir, Señor, nos comunique el mismo ardor del Espíritu Santo que tan maravillosamente inflamó a los apóstoles de tu Hijo. Que vive y reina.

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ORACIÓN AL ESPIRITU SANTO

Ven, Espíritu divino, manda tu luz desde el cielo. Padre amoroso del pobre; don, en tus dones espléndido; luz que penetra las almas: fuente del mayor consuelo.

Ven, dulce huésped del alma, descanso de nuestro esfuerzo, tregua en el duro trabajo, brisa en las horas de fuego, gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos.

Entra hasta el fondo del alma, divina luz, y enriquécenos. Mira el vacío del hombre, si tú le faltas por dentro, mira el poder del pecado, cuando no envías tu aliento.

Riega la tierra en sequía, sana el corazón enfermo, lava las manchas, infunde calor de vida en el hielo, doma el espíritu indómito, guía al que tuerce el sendero.

Reparte tus siete dones, según la fe de tus siervos; por la bondad y tu gracia, dale al esfuerzo su mérito; salva al que busca salvarse y danos tu gozo eterno. Amén.

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Vivencias Pascuales 2010 (49)

mayo 22, 2010

Creo, Señor Jesús, que estás vivo y que sigues pasando hoy delante de nosotros y sigues llamándonos

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SÁBADO DE LA VII SEMANA DE PASCUA

MISA MATUTINA

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Textos bíblico-litúrgicos.- Entrada: Hch 1, 14; 1era lectura: Hch 28, 16-20.30-31; Salmo: 10, 5-6.8; Aclamación: Jn 16, 7.13; Evangelio: Jn 21, 20-25; Comunión: Jn 16, 14.

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TEMA CENTRAL: JESÚS ES MI SEÑOR.

ANTÍFONA DE ENTRADA.- Los discípulos se dedicaban a la oración en común, junto con algunas mujeres, entre ellas María, la Madre de Jesús, y con sus hermanos. Aleluya.

ORACIÓN COLECTA

Dios todopoderoso, concédenos conservar siempre en nuestra vida y en nuestras costumbres la alegría de estas fiestas de pascua que nos disponemos a clausurar. Por nuestro Señor.

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PRIMERA LECTURA, Hch 28, 16-20.30-31

Cuando entramos en Roma, le permitieron a Pablo alojarse en una casa particular con un soldado que lo vigilara. Tres días después Pablo convocó a los judíos principales. Una vez reunidos, les dijo: Hermanos, acaban de traerme preso de Jerusalén. He sido entregado a los romanos sin que yo haya ofendido a las autoridades de nuestro pueblo ni las tradiciones de nuestros padres. Los romanos querían dejarme en libertad después de haberme interrogado, pues no encontraban en mí nada que mereciera la muerte. Pero los judíos se opusieron y me vi obligado a apelar al César, sin la menor intención de acusar a las autoridades de mi pueblo. Por este motivo yo quise verlos y conversar con ustedes, pues en realidad, por la esperanza de Israel yo llevo estas cadenas.

Pablo, pues, arrendaba esta vivienda privada y permaneció allí dos años enteros. Recibía a todos los que lo venían a ver, proclamaba el Reino de Dios y les enseñaba con mucha seguridad lo referente a Cristo Jesús, el Señor, y nadie le ponía trabas.

SALMO 10, 5-6.8

El Señor está en su templo santo, el Señor tiene su trono en el cielo: sus ojos están observando, sus pupilas examinan a los hombres.

El Señor examina a inocentes y culpables, y al que ama la violencia., él lo odia. Porque el Señor es justo y ama la justicia, los que son rectos contemplarán su rostro.

ACLAMACIÓN Jn 16, 7.13.- Les enviaré el Espíritu Santo de la verdad, dice el Señor, él les comunicará toda la verdad. Aleluya.

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EVANGELIO, Jn 21, 20-25

En aquel tiempo, dijo Jesús a Pedro: Sígueme.

Pedro entonces, volviéndose, vio que los seguía el discípulo a quien Jesús tanto amaba (el que en la cena se había inclinado sobre su pecho y le había preguntado: Señor, ¿quién es el que te va a entregar?) Al verlo, Pedro preguntó a Jesús: ¿Y qué va a ser de éste?

Jesús le contestó: Si yo quiero que permanezca hasta mi vuelta, ¿a ti qué te importa? Tú sígueme.

Por esta razón corrió entre los hermanos el rumor de que aquel discípulo no iba a morir. Pero Jesús no dijo que no iba a morir, sino simplemente: Si yo quiero que permanezca hasta mi vuelta, ¿a ti qué te importa?

Este es el mismo discípulo que da testimonio de estas cosas y que las ha escrito aquí, y nosotros sabemos que dice la verdad.

Jesús hizo también otras muchas cosas. Si se escribieran una por una, creo que no habría lugar en el mundo para tantos libros.

COMUNIÓN Jn 16, 14.- El Espíritu Santo me glorificará, porque recibirá de mí lo que les irá comunicando, dice el Señor. Aleluya.

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DECENARIO AL ESPÍRITU SANTO

ORACIÓN PREPARATORIA

Oh Dios que, por el misterio de Pentecostés, santificas a tu Iglesia, extendida por todas las naciones, derrama los dones de tu Espíritu sobre todos los confines de la tierra y no dejes de realizar hoy, en el corazón de tus fieles, aquellas mismas maravillas que obraste en los comienzos de la predicación evangélica.- Por Jesucristo nuestro Señor.

DÍA DÉCIMO

Para concretar, aunque sea de una manera muy general, un estilo de vida que nos impulse a tratar al Espíritu Santo con familiaridad y a través de él, al Padre y al Hijo, podemos fijarnos en tres realidades: docilidad, vida de oración, indulgencia para con el prójimo. El trato con el Paráclito produce en el hombre espiritual la paz y la libertad que Cristo nos ha ganado con su vida, pasión y muerte, y resurrección gloriosa. Es decir, los siete dones del Espíritu: Sabiduría, entendimiento, consejo, ciencia, fortaleza, piedad y temor de Dios.

Más explícitamente y según san Pablo, he aquí las consecuencias, sentimientos y frutos de la presencia del Espíritu Santo en nuestros corazones. Los frutos del Espíritu son caridad, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, longanimidad, mansedumbre, fe, modestia, continencia, castidad (Gál 5, 22-23): y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad (2 Cor 3,17).

Oh Dios, que con tu Espíritu llenaste la tierra, haz que los hombres construyan un mundo nuevo de justicia y de paz.

ORACIÓN FINAL

Ven Espíritu Santo, llena nuestros corazones y enciéndelos con el fuego de tu amor. Envía tu Espíritu y serán creados; y renovarás la faz de la tierra.

Quema, Señor, con el fuego del Espíritu Santo nuestras entrañas y nuestro corazón, para que te sirvamos con cuerpo limpio; y con un corazón puro te agrademos.

Te pedimos, Señor, que inspires nuestras acciones, las prevengas y las acompañes con tu auxilio, para que todos nuestros deseos, pensamientos y trabajos comiencen siempre en ti, como en su fuente, y tiendan siempre a ti, como a su fin.

Por Jesucristo nuestro Señor.- Amén.

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EJERCICIO PASCUAL: JESÚS ES MI SEÑOR

Ayer contemplamos que Dios Padre ha tomado la iniciativa para crearnos y después para redimirnos. Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su propio Hijo. El amor consiste, no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó primero. Más que amar a Dios, nosotros tenemos que dejarnos amar por Dios.

Pues bien, Dios Padre ha enviado a su Hijo al mundo, no para condenarlo, sino para salvarlo. Todo el que cree en Jesús como enviado del Padre tiene vida eterna. Por tanto, debemos acoger a Jesús y creer todo cuanto nos diga y nos mande porque sólo él ha bajado del cielo, y sólo a él Dios Padre lo ha acreditado con palabras verdaderas y signos maravillosos.

Jesús, lleno del Espíritu de Dios, pasó por el mundo haciendo el bien. Y sufriendo aprendió a obedecer hasta la muerte y muerte de cruz. Dios Padre lo perfeccionó a base a sufrimientos. Pero, después de muerto, no lo dejó en el sepulcro sino que lo glorificó. Es decir, le dio un nombre sobre todo nombre y lo constituyó Señor y Salvador. No hay salvación fuera de él.

Por tanto, en este día, estimados hermanos, debemos hacer un acto de fe en Jesús confesándolo como nuestro Señor y Salvador, sometiéndole a él todo nuestro ser, nuestra persona. Sólo así podemos agradar al Padre y podremos recibir el Espíritu Santificador.

Creer en Jesús significa adherirse vitalmente a él, entregándole todo lo que somos y queremos, y a la vez renunciando a todo cuanto no sea conforme a los designios del Padre. Esta fe ha de comprometer toda nuestra existencia y todos los niveles de nuestra personalidad.

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ORACIÓN A JESÚS EL SEÑOR

Señor Jesús, creo que tú has venido de parte de Dios para revelarnos los designios de su amor. Te doy gracias por tu disponibilidad, pues tú te ofreciste al Padre diciéndole: Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad. Me has dado un cuerpo; mándame a mí. Yo iré y les mostraré tu gloria.

Gracias, Señor Jesús, por esa solidaridad, esa generosidad y fidelidad. Te admiro, te doy gracias y te acojo en lo más profundo de mi corazón como testigo del amor del Padre. Tú te has rebajado tanto que te has hecho hermano nuestro.

Creo en ti, Señor, te amo, y quiero acoger tu palabra: adónde iría lejos de ti. Sólo tú tienes palabras de vida eterna. Tú eres mi sabiduría y mi todo. Tú pasaste por el mundo haciendo el bien. Y ahora yo creo que tú estás vivo, y eres capaz de transformar mi vida totalmente.

Sé que te has hecho en todo semejante a nosotros, menos en el pecado. Por eso, me inspiras toda la confianza para entregarme a ti y dejarme llevar adonde tú dispongas. Tú eres mi maestro. No quiero saber nada fuera de ti. Por eso, te consagro mi entendimiento y toda mi persona. Quiero que tú gobiernes mi vida por tu santo Espíritu.

Toma posesión de toda mi persona, de todo mi ser: para que yo tenga tus mismos sentimientos, intereses, deseos y acciones. Que ya no viva yo, sino que tú vivas en mí. Renuncio a dirigir mi vida al margen de ti o contra la voluntad del Padre. Renuncio al pecado y a todas las acciones, promesas y mentiras del espíritu malo. Renuncio a mi personalidad pecadora, al hombre viejo. Quiero ser una criatura nueva. En ti, Señor Jesús, seré una persona diferente, completamente nueva. Estoy seguro que eso tú lo puedes hacer porque el Padre te ha hecho Salvador.

Ayer tu Espíritu me capacitaba para imitar al Padre Dios que hace brillar el sol sobre justos e injustos. Aprendí a perdonar y a olvidar las ofensas hasta renunciar a toda venganza. Hoy, Señor, Jesús, tu Espíritu me sugiere que colabore contigo en la salvación del mundo. Quiero continuar tu obra para llevar muchos hermanos a la gloria, para que la casa del Padre se llene de invitados. Para que tus desposorios, Señor Jesús, con la humanidad alcancen a todos los hombres.

Finalmente, sé que has tomado en serio esta declaración de fe y de amor hacia ti, Señor Jesús. Querría hacerla con mayor convicción. Pero tú comprendes mi debilidad y sabes valorar mis esfuerzos. Por eso, te confieso y te proclamo como mi Salvador, mi único Salvador, Dueño de mi vida y de todas mis cosas. No quiere ya ser esclavo de nada ni de nadie sino sólo de ti; y por ti y en ti, esclavo de todos. Lléname de tu Espíritu para realizar las obras que el Padre espera. Amén.

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Vivencias Pascuales 2010 (48)

mayo 21, 2010

El amor consiste en que Dios nos amó primero

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VIERNES DE LA VII SEMANA

DE PASCUA

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Textos bíblico-litúrgicos.- Entrada: Ap 1, 5-6; 1era lectura: Hch 25, 13-21; Salmo: 102, 1-2.11-12.19-20; Aclamación: Jn 14, 26; Evangelio: Jn 21, 15-19; Comunión: Jn 16,13.

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TEMA ILUMINADOR: EL AMOR DE DIOS PADRE


 

ANTIFONA DE ENTRADA.- Cristo nos amó, nos ha librado de nuestros pecados por su sangre, nos ha convertido en un reino y hecho sacerdotes de Dios, su Padre. Aleluya.

ORACIÓN COLECTA

Oh Dios, que por la glorificación de Jesucristo y la venida del Espíritu Santo nos has abierto las puertas de tu reino; haz que la recepción de dones tan grandes nos mueva a dedicarnos con mayor empeño a tu servicio y a vivir con mayor plenitud las riquezas de nuestra fe. Por nuestro Señor.

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PRIMERA LECTURA, Hch 25, 13-21

En aquellos días, el rey Agripa llegó a Cesarea con Berenice para saludar a Festo. Permanecieron allí algún tiempo, y Festo expuso al rey el caso de Pablo, diciéndole: Tenemos aquí un preso que ha dejado Félix; cuando fui a Jerusalén, los sumos sacerdotes y los senadores judíos presentaron quejas contra él y me pidieron que lo condenara. Yo les contesté que los romanos no acostumbran entregar a un hombre sin que haya tenido la oportunidad de defenderse de los cargos en presencia de sus acusadores.

Vinieron, conmigo a Cesarea, y yo, sin demora, me senté al día siguiente en el tribunal y mandé traer a este hombre. Se presentaron los acusadores, pero no lo demandaron por ninguno de los delitos que yo sospechaba. Sólo tenían contra él cuestiones referentes a sus creencias y a un cierto Jesús, ya muerto, de quien Pablo afirma que está vivo. Como yo me perdía en esos asuntos, le pregunté si quería ir a Jerusalén para ser juzgado allí sobre esas cosas. Pero Pablo apeló y pidió que el sumario lo hiciera el tribunal del emperador. Entonces ordené que lo mantuvieran bajo custodia hasta que pueda enviarlo al César.

SALMO 102

 

Bendice, alma mía al Señor, y todo mi ser a su santo nombre. Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides ninguno de sus beneficios.

Como se levanta el cielo sobre la tierra, se levanta su bondad sobre sus fieles; como dista el oriente del ocaso, así aleja de nosotros nuestras culpas.

El Señor puso en el cielo su trono, su soberanía gobierna el universo. Bendigan al Señor, ángeles suyos: poderosos ejecutores de sus órdenes.

 

ACLAMACIÓN, Jn 14, 26.- El Espíritu Santo será quien les enseñe todo y les vaya recordando todo lo que les he dicho. Aleluya.

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EVANGELIO, Jn 21, 15-19

 

Habiéndose aparecido Jesús a sus discípulos, y comiendo con ellos, preguntó a Simón Pedro: Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos? Él le contestó: Sí, Señor, tú sabes que te quiero. Jesús le dijo: Apacienta mis corderos.

Le preguntó por segunda vez: Simón, hijo de Juan, ¿me amas? Pedro volvió a contestar: Sí, Señor, tú sabes que te quiero. Jesús le dijo: Pastorea mis ovejas.

Insistió Jesús por tercera vez: Simón Pedro, hijo de Juan, ¿me quieres? Pedro se puso triste al ver que Jesús le preguntaba por tercera vez si lo quería y le contestó: Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero. Entonces Jesús le dijo: Apacienta mis ovejas. Te lo aseguro: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas a donde querías; pero cuando llegues a viejo, abrirás los brazos y otro te ceñirá y te llevará a donde no quieras.

Jesús lo dijo para que Pedro comprendiera en qué forma iba a morir y dar gloria a Dios. Y añadió: Sígueme.

 

COMUNIÓN Jn 16, 13.- Cuando venga el Espíritu Santo de la Verdad, los guiará hasta la verdad plena, dice el Señor. Aleluya.

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DECENARIO AL ESPÍRITU SANTO

 

 

ORACIÓN PREPARATORIA

  

Oh Dios que, por el misterio de Pentecostés, santificas a tu Iglesia, extendida por todas las naciones, derrama los dones de tu Espíritu sobre todos los confines de la tierra y no dejes de realizar hoy, en el corazón de tus fieles, aquellas mismas maravillas que obraste en los comienzos de la predicación evangélica.- Por Jesucristo nuestro Señor.  

 

DÍA NOVENO

  

Podemos tomar como dirigida a nosotros la pregunta que formula el Apóstol: ¿no sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu Santo mora en vosotros? (1 Cor 3, 16), y recibirla como una invitación a un trato más personal y directo con Dios. Por desgracia el Paráclito es, para algunos cristianos, “el gran desconocido”.

Y sin embargo, el Espíritu es una de las tres personas del único Dios, con quien se habla y de quien se vive. Hace falta, por tanto, que lo tratemos con asidua sencillez y con confianza, como nos enseña la Iglesia a través de la liturgia.

Entonces conoceremos más a nuestro Señor Jesucristo y, al mismo tiempo, nos daremos cuenta más plenamente del inmenso don que supone llamarse cristianos.

 

Señor, Padre de todos los hombres, que quieres reunir en una única fe a tus hijos dispersos, ilumina a todos los hombres con la gracia del Espíritu Santo.

 

ORACIÓN FINAL

  

Ven Espíritu Santo, llena nuestros corazones y enciéndelos con el fuego de tu amor. Envía tu Espíritu y serán creados; y renovarás la faz de la tierra.

Quema, Señor, con el fuego del Espíritu Santo nuestras entrañas y nuestro corazón, para que te sirvamos con cuerpo limpio; y con un corazón puro te agrademos.

Te pedimos, Señor, que inspires nuestras acciones, las prevengas y las acompañes con tu auxilio, para que todos nuestros deseos, pensamientos y trabajos comiencen siempre en ti, como en su fuente, y tiendan siempre a ti, como a su fin.  

Por Jesucristo nuestro Señor.- Amén.

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ESTIMADA HERMANA, APRECIADO HERMANO: Nos quedan sólo tres días para culminar la trayectoria pascual. A estas alturas, seguro que has experimentado una renovación de tu fe. Te hayas dado cuenta o no, la palabra de Dios ha sido sembrada en tu corazón. Esa semilla tiene vigor para germinar por sí misma. No lo dudes. Tú la has acogido y te alegras al constatar un cambio en tu vida. Enhorabuena por ello. Ánimo. Mayores cosas verás.

En estos tres días nos acercaremos a las tres divinas personas y nos dispondremos para recibir la vida en abundancia que le agradó a Dios Padre regalarnos; que nos mereció el Hijo con su vida, pasión, muerte y resurrección; y que nos hace experimentar y gustar el Espíritu Santo.

Vamos a pedir, o mejor agradecer una nueva efusión del Espíritu de Dios en nuestras vidas. Sabemos que Dios es un Dios de vivos, no de muertos. Que goza con dar vida a discreción. Por tanto, podemos hablar de “reclamarle” a Dios una nueva vida en plenitud. Jesús nos asegura que al Padre le agrada que demos muchos frutos; que nos quiere dar el Espíritu sin medida.

Por tanto, vamos a disponernos para dejarle manos libres al finalizar esta Pascua y así pueda hacer de nosotros lo que más le plazca: para gloria suya, para nuestro bien y edificación de la Iglesia.  

En este día viernes dirigimos nuestra mirada contemplativa al Padre, fuente de todo don. Dios Padre tomó la iniciativa de darnos la existencia. Eternamente nos ha amado, ha pronunciado nuestro nombre. Se ha recreado en cada uno de nosotros y nos ha hecho originales y únicos.

Por tanto, tú, hermana, hermano, recibe el amor de Dios Padre, su predilección por ti. No tienes que amar a Dios sino más bien dejarte amar por él. El amor consiste no en que tú hayas amado a Dios sino en que él te amó primero. Él te ama incondicionalmente: no te ama porque seas bueno, sino que amándote, te hace bueno. El amor de Dios está en el comienzo de tu mismo ser y existir. Esencialmente eres “amor”. Es tu valía y tu peso. Déjate inundar; déjate iluminar.

Dios Padre quiere lo mejor para ti porque eres su hijo. Hijo adoptivo, sí, pero verdadero hijo en su bendito Hijo Jesucristo. Por eso, te invita a vivir siempre en comunión con él a través del Hijo y del Espíritu derramado en tu corazón. Dios te regala una vida en abundancia, plena, y te invita a degustar ya en este mundo algo que ni ojo vio, ni oído escuchó ni soñó mente humana.

Para alcanzar esa paz y reconciliación debes purificar tu corazón de toda envidia, rencor, odio o venganza contra los hermanos. Como hijo de Dios debes imitarlo en su paciencia, indulgencia y bondad, pues manda el sol sobre justos e injustos. Por tanto debes renunciar a todo cuanto se oponga al amor, la compasión y el perdón incondicional hacia el hermano.

A lo largo de la celebración pascual has sido testigo de la transformación que experimentaron los discípulos de Jesús y en particular san Pablo. Has escuchado las maravillas que hacía el Espíritu en la Iglesia por designio del Padre y en nombre de Cristo.

¿Quieres experimentar tú mismo algo parecido? Dispónte interiormente para recibirlo. Créetelo en tu corazón. Comienza a bendecir al Señor porque te lo dará, sin duda. Agradécelo porque al Padre le gusta dar vida a discreción, es lo que más le agrada: que des frutos en abundancia. Que seas plenamente feliz en Cristo. Que seas una criatura nueva. Todo lo anterior debe pasar. Algo nuevo está brotando. Mirad, que hago nuevas todas las cosas. El Reino de Dios ha llegado a vosotros. No sigas llamando impuro lo que Dios ha purificado para siempre.

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ORACIÓN A DIOS PADRE.- Padre de bondad, creo que existes desde siempre y que estás en los cielos: El único santo y misericordioso. Tú has creado todas las cosas. Te adoro y te bendigo porque tú eres digno de toda bendición. En la persona de tu Hijo Jesucristo te amo y te alabo, me postro en tu presencia. Te agradezco que hayas pensado en mí desde siempre y que me des la vida y la fe.

Quiero recibir todo cuanto hayas pensado sobre mí y para mí. Acepto con alegría tus designios y será para mí un gozo cumplir tu voluntad y darte gloria. Señor, Padre santo, que tu nombre sea bendito, que te bendigan los ángeles y los santos.

En nombre de Jesús nuestro hermano te pido que me envíes el Espíritu de tu propio Hijo para que pueda amar como tú quieres. Con tu gracia quiero abrazar todas las cosas creadas por ti, y renuncio a todo rencor contra mis hermanos. A todos los amo de verdad y a todos los perdono de corazón. Quiero ser tu hijo en el que puedas siempre complacerte.

Concédeme la vida en abundancia por tu bendito Hijo Jesucristo que me amó y se entregó por mí. Finalmente, dame tu bendición. Amén.

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Vivencias Pascuales 2010 (47)

mayo 20, 2010

Ahora Cristo intercede como mediador que asegura la perenne efusión del Espíritu

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JUEVES DE LA VII SEMANA DE PASCUA

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Textos bíblico-litúrgicos.- Entrada: Heb 4, 16; 1era lectura: Hch 22, 30; 23, 6-11; Salmo: 15, 1-2.5-11; Aclamación, Jn 17, 21; Evangelio: Jn 17, 20-26; Comunión 16, 7.

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ANTÍFONA DE ENTRADA.- Acerquémonos confiadamente al trono de la gracia, a fin de alcanzar misericordia y hallar gracia en el tiempo oportuno. Aleluya.

TEXTO ILUMINADOR

Cristo Jesús, habiendo entrado una vez para siempre en el santuario del cielo, intercede por nosotros, como mediador que asegura la perenne efusión del Espíritu.

Pastor y obispo de nuestras almas, nos invita a la plegaria unánime, a ejemplo de María y los Apóstoles, en la espera de un nuevo Pentecostés.

ORACIÓN COLECTA

Que tu Espíritu, Señor, nos penetre con tu fuerza, para que nuestro pensar te sea grato y nuestra obra concuerde con tu voluntad. Por nuestro Señor.

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PRIMERA LECTURA, Hch 22, 30; 23, 6-11

En aquellos días, queriendo el tribuno poner en claro de qué lo acusaban los judíos, mandó desatarlo, ordenó que se reunieran los sumos sacerdotes y el Consejo en pleno, bajó a Pablo y se lo presentó a ellos. Pablo sabía que una parte del Sanedrín eran fariseos y otra saduceos, y gritó: Hermanos, yo soy fariseo e hijo de fariseos. Y ahora me están juzgando a causa de nuestra esperanza en la resurrección de los muertos.

Apenas hizo esta declaración, se originó una gran discusión entre los fariseos y los saduceos, y la asamblea se dividió. (Los saduceos dicen que no hay resurrección, ni ángeles, ni espíritus, mientras que los fariseos admiten todo esto).

Se armó un griterío, y algunos letrados del partido de los fariseos se pusieron en pie, afirmando: Nosotros no hallamos nada malo en este hombre; ¿y si le ha hablado un espíritu o un ángel?

La discusión se hizo tan violenta que el capitán tuvo miedo de que despedazaran a Pablo, y ordenó, entonces, que vinieran los soldados, sacaran a Pablo de allí y lo llevaran de nuevo a la fortaleza.

La noche siguiente el Señor se acercó a Pablo y le dijo: ¡Ánimo! Así como has dado testimonio de mí aquí en Jerusalén, tendrás que darlo también en Roma.

SALMO 15, 1-2.5-11

Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti. Yo digo al Señor: “Tú eres mi bien”. El Señor es el lote de mi heredad y mi copa, mi suerte está en tu mano.

Bendeciré al Señor que me aconseja, hasta de noche me instruye internamente. Tengo siempre presente al Señor, con él a mi derecha no vacilaré.

Por eso se me alegra el corazón, se gozan mis entrañas, y mi carne descansa serena: Porque no me entregarás a la muerte, ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción.

Me enseñarás el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha.

ACALAMACIÓN Jn 17, 21.- Que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, para que el mundo crea que tú me has enviado, dice el Señor. Aleluya.

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EVANGELIO, Jn 17, 20-26

En aquel tiempo, levantando los ojos al cielo, Jesús oró diciendo: Padre Santo, no sólo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también lo sean en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado.

También les di a ellos la gloria que me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno: yo en ellos y tú en mí, para que sean completamente uno, de modo que el mundo sepa que tú me has enviado y los has amado como me has amado a mí.

Padre, éste es mi deseo: que los que me confiaste estén conmigo, donde yo estoy y que contemplen mi gloria, la que me diste, porque me amabas, antes de la fundación del mundo. Padre justo, si el mundo no te ha conocido, yo te he conocido, y éstos han conocido que tú me enviaste. Les he dado a conocer y les daré a conocer tu nombre, para que el amor que me tenías esté en ellos, como también yo estoy en ellos.

COMUNIÓN Jn 16, 7.- Lo que les digo es la verdad: les conviene que yo me vaya, porque si no me voy no vendrá a ustedes el Paráclito. Aleluya.

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DECENARIO AL ESPÍRITU SANTO

ORACIÓN PREPARATORIA

Oh Dios que, por el misterio de Pentecostés, santificas a tu Iglesia, extendida por todas las naciones, derrama los dones de tu Espíritu sobre todos los confines de la tierra y no dejes de realizar hoy, en el corazón de tus fieles, aquellas mismas maravillas que obraste en los comienzos de la predicación evangélica.- Por Jesucristo nuestro Señor.

DÍA OCTAVO

Amemos a la tercera persona de la Trinidad beatísima, el Espíritu Santo. Escuchemos en la intimidad de nuestro ser las mociones divinas, esos alientos o esos suaves reproches. Caminemos por la tierra dentro de la luz derramada en nuestras almas, y el Dios de la esperanza nos colmará de toda suerte de paz. Así la esperanza crecerá en nosotros siempre más y más, por la virtud del Espíritu Santo.

Vivir según el Espíritu equivale a vivir de fe, de esperanza, y de caridad: dejar que Dios tome posesión de nosotros y cambie de raíz nuestros corazones para hacerlos a su medida. Se trata de la inhabitación de la santísima Trinidad en nosotros, comienzo de la vida eterna ya en este mundo.

Señor Jesús, que prometiste enviarnos el Espíritu de la verdad para que diera testimonio de ti, envíanos este Espíritu para que nos haga tus fieles testigos.

ORACIÓN FINAL

Ven Espíritu Santo, llena nuestros corazones y enciéndelos con el fuego de tu amor. Envía tu Espíritu y serán creados; y renovarás la faz de la tierra.

Quema, Señor, con el fuego del Espíritu Santo nuestras entrañas y nuestro corazón, para que te sirvamos con cuerpo limpio; y con un corazón puro te agrademos.

Te pedimos, Señor, que inspires nuestras acciones, las prevengas y las acompañes con tu auxilio, para que todos nuestros deseos, pensamientos y trabajos comiencen siempre en ti, como en su fuente, y tiendan siempre a ti, como a su fin.

Por Jesucristo nuestro Señor.- Amén.

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PREFACIO PARA DESPUÉS DE LA ASCENSIÓN

En verdad es justo y necesario que todas las criaturas… se unan en tu alabanza, Dios todopoderoso y eterno, por Jesucristo, tu Hijo, Señor del universo.

El cual, habiendo entrado una vez para siempre en el santuario del cielo, ahora intercede por nosotros, como mediador que asegura la perenne efusión del Espíritu.

Pastor y obispo de nuestras almas, nos invita a la plegaria unánime, a ejemplo de María y los Apóstoles, en la espera de un nuevo Pentecostés.

Por este misterio de santificación y de amor… cantamos sin cesar el himno de tu gloria: Santo, Santo, Santo…

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Vivencias Pascuales 2010 (46)

mayo 19, 2010

Como el agua de la lluvia produce efectos distintos en la naturaleza, así es el Espíritu Santo

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MIÉRCOLES

DE LA

VII SEMANA

DE PASCUA

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Textos bíblico-litúrgicos.- Entrada: Sal 46, 2; 1era lectura: Hch 20, 28-38; Salmo: 67, 29-30.33-36; Aleluya: Jn 17, 17; Evangelio: Jn 17, 11b-19; Comunión: Jn 15, 26-27.

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ANTÍFONA DE ENTRADA.- Pueblos todos, batid palmas, aclamad a Dios con gritos de jubilo. Aleluya.


CONTINÚAN LOS RELATOS DE LAS DESPEDIDAS

Jesús regresa al Padre y ruega por los discípulos

Padre Santo, guárdalos en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros. Cuando estaba con ellos, yo guardaba en tu nombre a los que me diste y los custodiaba. Ahora voy a ti. Como tú me enviaste al mundo, así yo también los envío al mundo. Y por ellos me consagro yo para que también ellos sean consagrados en la verdad.

Pablo debe llevar adelante la misión recibida

Ahora los encomiendo a Dios y a su Palabra portadora de su gracia, que tiene eficacia para edificar sus personas y entregarles la herencia junto a todos los santos. Dicho esto, Pablo se arrodilló con ellos y oró. Entonces empezaron todos a llorar y le besaban abrazados a su cuello. Todos estaban muy afligidos porque les había dicho que no le volverían a ver. Después lo acompañaron hasta el barco.

ORACIÓN COLECTA

Padre, lleno de amor, concede a tu Iglesia, congregada por el Espíritu Santo, dedicarse plenamente a tu servicio y vivir unida en el amor, según tu voluntad. Por nuestro Señor.

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PRIMERA LECTURA, Hch 20, 28-38

En aquellos días decía Pablo a los principales de la Iglesia de Éfeso: Cuiden de sí mismos y de todo el rebaño que el Espíritu Santo les ha encargado cuidar como pastores de la Iglesia de Dios, que él adquirió con la sangre de su Hijo. Sé que después de mi partida se introducirán entre ustedes lobos voraces que no tendrán piedad del rebaño. De entre ustedes mismos surgirán hombres que enseñarán doctrinas falsas e intentarán arrastrar a los discípulos tras sí. Estén, pues, atentos, y recuerden que durante tres años no he dejado de aconsejar a cada uno de ustedes noche y día, incluso entre lágrimas.

Ahora los encomiendo a Dios y a su Palabra portadora de su gracia, que tiene eficacia para edificar sus personas y entregarles la herencia junto a todos los santos. De nadie he codiciado plata, oro o vestidos. Miren mis manos: con ellas he conseguido lo necesario para mí y para mis compañeros, como ustedes bien saben. Con este ejemplo les he enseñado claramente que deben trabajar duro para ayudar a los débiles. Recuerden las palabras del Señor Jesús: Hay mayor felicidad en dar que en recibir.

Dicho esto, Pablo se arrodilló con ellos y oró. Entonces empezaron todos a llorar y le besaban abrazados a su cuello. Todos estaban muy afligidos porque les había dicho que no le volverían a ver. Después lo acompañaron hasta el barco.

SALMO 67, 29-30.33-36

Oh Dios, despliega tu poder, tu poder, oh Dios, que manifestaste con nosotros. A tu templo de Jerusalén, traigan los reyes su tributo.

Reyes de la tierra, canten a Dios, toquen para el Señor, que avanza por los cielos, los cielos antiquísimos; que lanza su voz, su voz poderosa: Reconozcan el poder de Dios.

Sobre Israel resplandece su majestad, y su poder, sobre las nubes. ¡Dios sea bendito!

ACLAMACIÓN Jn 17, 17.- Tu palabra, Señor, es verdad; conságralos en la verdad.

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EVANGELIO Jn 17, 11b-19

En aquel tiempo, levantando los ojos al cielo, Jesús oró diciendo: Padre Santo, guárdalos en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros. Cuando estaba con ellos, yo guardaba en tu nombre a los que me diste y los custodiaba, y ninguno de ellos se perdió, sino el hijo de la perdición, para que se cumpliera la Escritura. Ahora voy a ti, y digo esto al mundo, para que ellos mismos tengan mi alegría cumplida.

Yo les he dado tu palabra, y el mundo los ha odiado, porque no son del mundo como tampoco yo soy del mundo. No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del mal. Ellos no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. Santifícalos en la verdad: tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así yo también los envío al mundo. Y por ellos me consagro yo para que también ellos sean consagrados en la verdad.

COMUNIÓN Jn 15, 26-27.- Cuando venga el Paráclito, que les enviaré desde el Padre, el Espíritu de la Verdad que procede del Padre, él dará testimonio de mí, y también ustedes darán testimonio, dice el Señor. Aleluya.

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DECENARIO AL ESPÍRITU SANTO

ORACIÓN PREPARATORIA

Oh Dios que, por el misterio de Pentecostés, santificas a tu Iglesia, extendida por todas las naciones, derrama los dones de tu Espíritu sobre todos los confines de la tierra y no dejes de realizar hoy, en el corazón de tus fieles, aquellas mismas maravillas que obraste en los comienzos de la predicación evangélica.- Por Jesucristo nuestro Señor.

DÍA SÉPTIMO

Hemos de vivir de la fe, pues el justo vive de fe. Es lo mismo que vivir según el Espíritu. Ojalá se pudiera decir de cada uno de nosotros lo que escribía hace siglos san Basilio, padre de la iglesia oriental: de la misma manera que los cuerpos transparentes y nítidos, al recibir los rayos de luz, se vuelven resplandecientes e irradian brillo, las almas que son llevadas por el Espíritu Santo se vuelven también ellas espirituales y llevan a los demás la luz de la gracia.

Del Espíritu Santo proviene el conocimiento de las cosas futuras, la inteligencia de los misterios, la comprensión de las verdades ocultas, la distribución de los dones, la ciudadanía celeste, la conversación con los ángeles. De él, la alegría que nunca termina, la perseverancia en Dios y, lo más sublime que se pueda pensar o desear: que el hombre llegue a ser como Dios.

Señor Jesús, tú que prometiste darnos el Espíritu Santo para que nos lo enseñara todo y nos fuera recordando todo lo que nos habías dicho, envíanos este Espíritu para que ilumine nuestra fe.

ORACIÓN FINAL

Ven Espíritu Santo, llena nuestros corazones y enciéndelos con el fuego de tu amor. Envía tu Espíritu y serán creados; y renovarás la faz de la tierra.

Quema, Señor, con el fuego del Espíritu Santo nuestras entrañas y nuestro corazón, para que te sirvamos con cuerpo limpio; y con un corazón puro te agrademos.

Te pedimos, Señor, que inspires nuestras acciones, las prevengas y las acompañes con tu auxilio, para que todos nuestros deseos, pensamientos y trabajos comiencen siempre en ti, como en su fuente, y tiendan siempre a ti, como a su fin.

Por Jesucristo nuestro Señor.- Amén.

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De las Catequesis de san Cirilo de Jerusalén, obispo.- El agua viva del Espíritu Santo

El agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna. Una nueva clase de agua que corre y salta; pero que salta en los que son dignos de ella.

¿Por qué motivo se sirvió del término agua, para denominar la gracia del Espíritu? Pues, porque el agua lo sostiene todo; porque es imprescindible para la hierba y los anima­les; porque el agua de la lluvia desciende del cielo, y además, porque desciende siempre de la misma forma y, sin embargo, produce efectos diferentes: Unos en las palmeras, otros en las vides, todo en todas las cosas. De por sí el agua no tiene más que un único modo de ser; por eso, la lluvia no transforma su na­turaleza propia para descender en modos distintos, sino que se acomoda a las exigencias de los seres que la reciben y da a cada cosa lo que le corresponde.

De la misma manera, también el Espíritu Santo, aunque es único, y con un solo modo de ser, e indivisible, reparte a cada uno la gracia según quiere. Y así como un tronco seco que recibe agua germina, del mismo modo el alma pecadora que, por la penitencia, se hace digna del Espíritu Santo, produce frutos de santidad. Y aunque no tenga más que un solo e idéntico modo de ser, el Espíritu, bajo el impulso de Dios y en nombre de Cristo, produce múltiples efectos.

Se sirve de la lengua de unos para el caris­ma de la sabiduría; ilustra la mente de otros con el don de la profecía; a éste le concede poder para expulsar los demonios; a aquél le otorga el don de interpretar las divinas Es­crituras. Fortalece, en unos, la templanza; en otros, la misericordia; a éste enseña a prac­ticar el ayuno y la vida ascética; a aquél, a dominar las pasiones; al otro, le prepara para el martirio. El Espíritu se manifiesta, pues, distinto en cada uno, pero nunca distinto de sí mismo, según está escrito: En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común.

Llega mansa y suavemente, se le experi­menta como finísima fragancia, su yugo no puede ser más ligero. Fulgurantes rayos de luz y de conocimiento anuncian su venida. Se acerca con los sentimientos entrañables de un auténtico protector: pues viene a salvar, a sanar, a enseñar, a aconsejar, a fortalecer, a consolar, a iluminar el alma primero, de quien lo recibe; luego mediante éste, las de los demás.

Y, así como quien antes se movía en tinie­blas, al contemplar y recibir la luz del sol en sus ojos corporales, es capaz de ver claramente lo que poco antes no podía ver, de este modo, el que se ha hecho digno del don del Espíritu Santo, es iluminado en su alma y, elevado sobrenaturalmente, llega a percibir lo que antes ignoraba (Catequesis 16, sobre el Espíritu Santo, 1,11-12.16: PG 33, 931-935.939-942).

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Vivencias Pascuales 2010 (45)

mayo 18, 2010

A mí no me importa la vida: lo que me importa es completar mi carrera y cumplir el encargo del Señor

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MARTES DE LA VII SEMANA DE PASCUA

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Textos bíblico-litúrgicos.- Entrada: Ap 1, 17-18; 1era lectura: Hch 20, 17-27; Salmo: 67, 10-11.20-21; Aleluya: Jn 14, 16; Evangelio: Jn 17, 1-11; Comunión: Jn 14, 26.

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EXPERIENCIA ILUMINADORA

DE JESÚS Y DE SAN PABLO

Las lecturas de hoy nos presentan una doble despedida: primero, la de Jesús, y después la de Pablo. Ambos han sido enviados. Ambos han cumplido su misión con fidelidad. Jesús se despide prometiendo la venida del Espíritu, del otro Consolador.  En la cruz exclamará victorioso: todo está cumplido. Escuchemos a Pablo:

Ahora voy a Jerusalén, forzado por el Espíritu sin saber lo que allí me sucederá; solamente sé que en cada ciudad el Espíritu Santo me advierte que me esperan prisiones y pruebas. Pero ya no me preocupo por mi vida, con tal de que pueda terminar mi carrera y llevar a cabo la misión que he recibido del Señor Jesús: ser testigo del Evangelio, que es la gracia de Dios.

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ANTÍFONA DE ENTRADA.- Yo soy el primero y el último, yo soy el que vive. Estaba muerto y, ya veis, vivo por los siglos de los siglos. Aleluya.

ORACIÓN COLECTA

Te pedimos, Dios de poder y misericordia, que envíes tu Espíritu Santo, para que, haciendo morada en nosotros, nos convierta en templos de su gloria. Por nuestro Señor.

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PRIMERA LECTURA, Hch 20, 17-27

En aquellos días, desde Mileto, mandó Pablo llamar a los presbíteros de la Iglesia de Éfeso. Cuando ya estuvieron a su lado, les dijo: Ustedes han sido testigos de mi forma de actuar durante todo el tiempo que he pasado entre ustedes; desde el primer día que llegué a Asia, he servido al Señor con toda humildad, entre las lágrimas y las pruebas que me causaron las trampas de los judíos. Saben que nunca me eché atrás cuando algo podía ser útil para ustedes. Les prediqué y enseñé en público y en las casas, exhortando con insistencia tanto a judíos como a griegos a la conversión a Dios y a la fe en Jesús, nuestro Señor.

Ahora voy a Jerusalén, forzado por el Espíritu sin saber lo que allí me sucederá; solamente sé que en cada ciudad el Espíritu Santo me advierte que me esperan prisiones y pruebas. Pero ya no me preocupo por mi vida, con tal de que pueda terminar mi carrera y llevar a cabo la misión que he recibido del Señor Jesús: ser testigo del Evangelio, que es la gracia de Dios.

Ahora sé que ya no me volverán a ver todos ustedes, entre quienes pasé predicando el Reino. Por eso hoy les quiero declarar que no me siento culpable si ustedes se pierden, pues nunca ahorré esfuerzos para anunciarles plenamente la voluntad de Dios.

SALMO 67, 10-21

Derramaste en tu heredad, oh Dios, una lluvia copiosa, aliviaste la tierra extenuada; y tu rebaño habitó en la tierra que tu bondad, oh Dios, preparó para los pobres.

Bendito el Señor cada día, Dios lleva nuestras cargas, es nuestra salvación. Nuestro Dios es un Dios que salva, el Señor Dios nos hace escapar de la muerte.

ACLAMACIÓN, Jn 14,16.- Le pediré al Padre y os enviará otro Abogado, que estará siempre con vosotros. Aleluya.

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EVANGELIO, Jn 17, 1-11

En aquel tiempo, Jesús elevó los ojos al cielo y exclamó: Padre, ha llegado la hora: ¡glorifica a tu Hijo para que tu Hijo te dé gloria a ti! Tú le diste poder sobre todos los mortales, y quieres que comunique la vida eterna a todos aquellos que le encomendaste.

Ésta es la vida eterna: conocerte a ti, único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo. Yo te he glorificado en la tierra y he terminado la obra que me habías encomendado. Y ahora, Padre, dame junto a ti la misma gloria que tenía a tu lado antes que comenzara el mundo.

He manifestado tu nombre a los hombres: hablo de los que me diste, tomándolos del mundo. Eran tuyos, y tú me los diste y han guardado tu Palabra. Ahora reconocen que todo aquello que me has dado viene de ti; porque yo les he comunicado las palabras que tú me diste y ellos las han recibido, y reconocen de verdad que yo he salido de ti y creen que tú me has enviado.

Te ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por éstos que tú me diste y son tuyos. Sí, todo lo mío es tuyo y lo tuyo mío; y en ellos he sido glorificado. Ya no voy a estar más en el mundo; pero ellos están en el mundo, mientras yo voy a ti.

COMUNIÓN, Jn 14, 26.- El Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien les enseñe todo y les vaya recordando todo lo que les he dicho, dice el Señor. Aleluya.

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PREFACIO DEL DOMINGO DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

En verdad es justo y necesario… darte gracias… Dios todopoderoso y eterno.

Porque Jesús, el Señor, el rey de la gloria, vencedor del pecado y de la muerte, ha ascendido hoy ante el asombro de los ángeles a lo más alto del cielo, como mediador entre Dios y los hombres, como juez de vivos y muertos.

No se ha ido para desentenderse de este mundo sino que ha querido precedernos como cabeza nuestra para que nosotros, miembros de su Cuerpo, vivamos con la ardiente esperanza de seguirlo en su reino.

Por eso, con esta efusión de gozo pascual, el mundo entero se desborda de alegría, y también los coros celestiales… cantan sin cesar el himno de tu gloria: Santo, Santo, Santo…

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DECENARIO AL ESPÍRITU SANTO

ORACIÓN PREPARATORIA

Oh Dios que, por el misterio de Pentecostés, santificas a tu Iglesia, extendida por todas las naciones, derrama los dones de tu Espíritu sobre todos los confines de la tierra y no dejes de realizar hoy, en el corazón de tus fieles, aquellas mismas maravillas que obraste en los comienzos de la predicación evangélica.- Por Jesucristo nuestro Señor.

DÍA SEXTO

Entre los dones del Espíritu Santo, hay uno del que tenemos especial necesidad todos los cristianos: el don de sabiduría que, al hacernos conocer a Dios y gustar de él, nos coloca en condiciones de poder juzgar con verdad sobre las situaciones y las cosas de esta vida.

La fe cristiana no achica el ánimo, ni cercena los impulsos nobles del alma; más bien los agranda, al revelar su verdadero y más auténtico sentido. En efecto, no estamos destinados a una felicidad cualquiera, pues, en verdad, hemos sido llamados a penetrar en la intimidad divina, a conocer y amar a Dios Padre, a Dios Hijo y a Dios Espíritu Santo y, en la trinidad y en la unidad de Dios, a todos los ángeles y a todos los hombres.

Señor Jesús, que, por el Espíritu Santo diste a los apóstoles el poder de perdonar los pecados, destruye el pecado que habita en cada uno de nosotros, y el que pervive en las estructuras de nuestra sociedad y del mundo entero.

ORACIÓN FINAL

Ven Espíritu Santo, llena nuestros corazones y enciéndelos con el fuego de tu amor. Envía tu Espíritu y serán creados; y renovarás la faz de la tierra.

Quema, Señor, con el fuego del Espíritu Santo nuestras entrañas y nuestro corazón, para que te sirvamos con cuerpo limpio; y con un corazón puro te agrademos.

Te pedimos, Señor, que inspires nuestras acciones, las prevengas y las acompañes con tu auxilio, para que todos nuestros deseos, pensamientos y trabajos comiencen siempre en ti, como en su fuente, y tiendan siempre a ti, como a su fin.

Por Jesucristo nuestro Señor.- Amén.

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Vivencias Pascuales 2010 (44)

mayo 17, 2010

¿Y dejas, Pastor santo, tu grey en este valle hondo, oscuro, en soledad y llanto?

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LUNES DE LA VII SEMANA

DE PASCUA

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Textos bíblico-litúrgicos.- Entrada: Hch 1, 8; 1era lectura: Hch 19, 1-8; Salmo: 67, 2-7; Aleluya: Col 3, 1; Evangelio: Jn 16, 29-33; Comunión: 14, 18; 16, 22.

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ANTÍFONA DE ENTRADA.- Cuando el Espíritu Santo descienda sobre ustedes, recibirán fuerza para ser mis testigos en Jerusalén y hasta los confines del mundo. Aleluya.


ORACIÓN COLECTA

Derrama, Señor, sobre nosotros la fuerza del Espíritu Santo, para que podamos cumplir fielmente tu voluntad y demos testimonio de ti con nuestras obras. Por nuestro Señor.

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PRIMERA LECTURA, Hch 19, 1-8

En aquellos días, mientras Apolo estaba en Corinto, Pablo llegó afeso atravesando las regiones altas. Encontró allí a unos discípulos y les preguntó: ¿Recibieron el Espíritu Santo cuando abrazaron la fe? Le contestaron: Ni siquiera hemos oído hablar de un Espíritu Santo. Pablo les replicó: Entonces, ¿qué bautismo han recibido? Respondieron: El bautismo de Juan.

Pablo les explicó: Si bien Juan bautizaba con miras a un cambio de vida, pedía al pueblo que creyeran en aquel que vendría después de él, esto es, en Jesús. Al oír esto se hicieron bautizar en el nombre del Señor Jesús, y al imponerles Pablo las manos, el Espíritu Santo bajó sobre ellos y empezaron a hablar lenguas y a profetizar. Eran unos doce hombres.

Pablo fue a la sinagoga y durante tres meses habló en público del Reino de Dios, tratando de persuadirlos.

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SALMO 67, 2-7

Se levanta Dios, y se dispersan sus enemigos, huyen de su presencia los que lo odian; como el humo se disipa, se disipan ellos; como se derrite la cera ante el fuego, así perecen los impíos ante Dios.

En cambio, los justos se alegran, gozan en la presencia de Dios, rebozando de alegría. Cantad a Dios, tocad en su honor; su nombre es el Señor.

Padre de huérfanos, protector de viudas, Dios vive en su santa morada. Dios prepara casa a los desvalidos, libera a los cautivos y los enriquece.

ACLAMACIÓN, Col 3, 1.- Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios.

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EVANGELIO, Jn 16, 29-33

En aquel tiempo, dijeron los discípulos a Jesús: Ahora sí que hablas con claridad, sin usar parábolas. Ahora vemos que lo sabes todo y no hay por qué hacerte preguntas. Ahora creemos que saliste de Dios.

Jesús les respondió: ¿Ustedes dicen que creen? Está llegando la hora, y ya ha llegado, en que se dispersarán cada uno por su lado y me dejarán solo. Aunque no estoy solo, pues el Padre está conmigo.

Les he hablado de estas cosas para que tengan paz en mí. Ustedes encontrarán la persecución en el mundo. Pero, ánimo, yo he vencido al mundo.

COMUNIÓN, Jn 14, 18; 16, 22.- No los dejaré desamparados, volveré, dice el Señor, y se alegrarán sus corazones. Aleluya.

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DECENARIO AL ESPÍRITU SANTO

ORACIÓN PREPARATORIA

Oh Dios que, por el misterio de Pentecostés, santificas a tu Iglesia, extendida por todas las naciones, derrama los dones de tu Espíritu sobre todos los confines de la tierra y no dejes de realizar hoy, en el corazón de tus fieles, aquellas mismas maravillas que obraste en los comienzos de la predicación evangélica.- Por Jesucristo nuestro Señor.

DÍA QUINTO

Los cristianos llevamos los grandes tesoros de la gracia en vasos de barro. Dios ha confiado sus dones a la frágil y débil libertad humana y, aunque la fuerza del Señor ciertamente nos asiste, nuestra concupiscencia, nuestra comodidad y nuestro orgullo la rechazan a veces y nos llevan a caer en pecado.

Lo más importante en la Iglesia no es ver cómo respondemos a los hombres, sino ver lo que hace Dios. La Iglesia es eso: Cristo presente entre nosotros. Es decir, Dios que viene hacia la humanidad para salvarla, llamándonos con su revelación, santificándonos con su gracia, sosteniéndonos con su ayuda constante, en los pequeños y en los grandes combates de la vida diaria.

Señor Jesús, que, glorificado por la diestra de Dios, derramaste sobre tus discípulos el Espíritu, derrama este mismo Espíritu sobre todos los hombres para que puedan forjar un mundo nuevo.

ORACIÓN FINAL

Ven Espíritu Santo, llena nuestros corazones y enciéndelos con el fuego de tu amor. Envía tu Espíritu y serán creados; y renovarás la faz de la tierra.

Quema, Señor, con el fuego del Espíritu Santo nuestras entrañas y nuestro corazón, para que te sirvamos con cuerpo limpio; y con un corazón puro te agrademos.

Te pedimos, Señor, que inspires nuestras acciones, las prevengas y las acompañes con tu auxilio, para que todos nuestros deseos, pensamientos y trabajos comiencen siempre en ti, como en su fuente, y tiendan siempre a ti, como a su fin.

Por Jesucristo nuestro Señor.- Amén.

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De los sermones de san Agustín, obispo.- Nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo.

Nuestro Señor Jesucristo ascendió al cielo tal día como hoy; que nuestro corazón as­cienda también con él.

Escuchemos al Apóstol: Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. Y así como él ascendió sin alejarse de nosotros, nosotros estamos ya allí con él, aun cuando todavía no se haya realizado en nuestro cuerpo lo que nos ha sido prometido.

Él fue ya exaltado sobre los cielos; pero sigue padeciendo en la tierra todos los traba­jos que nosotros, que somos sus miembros, experimentamos. De lo que dio testimonio cuando exclamó: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Así como: tuve hambre, y me disteis de comer.

¿Por qué no vamos a esforzarnos sobre la tierra, de modo que gracias a la fe, la espe­ranza y la caridad, con las que nos unimos con él, descansemos ya con él en los cielos? Mientras él está allí, sigue estando con nos­otros; y nosotros, mientras estamos aquí, podemos estar ya con él allí. Él realiza aquello con su divinidad, su poder y su amor; noso­tros, en cambio, aunque no podemos llevarlo a cabo como él con la divinidad, sí que pode­mos por el amor hacia él.

No se alejó del cielo, cuando descendió hasta nosotros; ni de nosotros, cuando regresó hasta él. Él mismo es quien asegura que estaba allí mientras estaba aquí: nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre que está en el cielo.

Esto lo dice en razón de la unidad, ya que es nues­tra cabeza, y nosotros su cuerpo. Y nadie, excepto él, podría decirlo, ya que nosotros estamos identificados con él, en virtud de que él, por nuestra causa, se hizo Hijo del hombre, y nosotros, por él, hemos sido hechos hijos de Dios.

En este sentido dice el Apóstol: Lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo. No dice: «Así es Cristo», sino: Así es también Cristo. Por tanto, Cristo es un solo cuerpo formado por muchos miembros.

Bajó, pues, del cielo por su misericordia, pero ya no subió él solo, puesto que nosotros subimos también en él por la gracia. Así, pues, Cristo descendió él solo, pero ya no ascendió él solo; no es que queramos confundir la dignidad de la cabeza con la del cuerpo, pero sí afirmamos que la unidad de todo el cuerpo pide que éste no sea separado de su cabeza (Sermón Mai 98, sobre la Ascensión del Señor, 1-2: PLS 2, 494-495).

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