El padre terreno, reflejo y sacramento del Padre celestial

junio 10, 2020

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Bendición de la mesa en familia. Figura del padre de familia.

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EL PADRE TERRENO, REFLEJO Y SACRAMENTO DEL PADRE CELESTIAL

La Asociación de Madres Cristianas Santa Mónicas, de inspiración agustiniana acomodada a los tiempos actuales, trata de acompañar a las madres cristianas en la trasmisión de la fe a sus hijos y a toda su familia. En principio se  recurre a la madre y esposa como centro del hogar, y se le encomienda rezar por los hijos formando coros de oración con otras madres de familia.

Pero esta práctica original no excluye a los esposos y padres, sino más todo lo contrario. Lo deseable es que los esposos y padres oren juntamente con su esposa y madre por su mutua relación en primer lugar, y también por la educación y formación de los hijos en la fe.

Esta oración se realiza no solo de forma privada, en el propio hogar, sino que en algunas comunidades de “madres mónicas”, como se les conoce también, los varones se han incorporado a las reuniones y prácticas de las esposas y madres. Curiosamente, en Argentina han sido llamados “agustines” y ellos desean participar activamente en la comunidad.

Las madres han acogido con mucha alegría este deseo de sus esposos y han pedido algunas enseñanzas orientadas específicamente para ellos a fin de conocer mejor su función de esposos y padres, y poder cumplirla mejor. Este artículo quiere responder a estas expectativas. Que valga siquiera como inicio de esa formación en la fe para los “agustines” que quieren compartir la espiritualidad de las “madres mónicas”. Bienvenidos.

Como se hizo con motivo del Día de la Madre, vamos a reflexionar sobre el Día del Padre, a fin de iluminar desde nuestra fe católica su significación en la convivencia humana, específicamente en la vida familiar.

Todos los bautizados en Cristo somos hijos de Dios en su bendito Hijo Jesucristo. Somos hijos adoptivos, pero verdaderos hijos porque el Padre nos infundió el Espíritu filial de su Unigénito, que clama en nuestros corazones: Abba, Padre.

Esto quiere decir que podemos glorificar a Dios Padre no solo obedeciéndole según nuestra condición de hijos sino también imitándolo como Padre nuestro, ya que Cristo nos mandó ser santos como es Santo el Padre del cielo.

Concretamente, al padre cristiano se le encarga representarlo en su propia familia, ejerciendo una función “paternal”, de alguna manera análoga a la que es y realiza Dios Padre en la comunidad trinitaria y en la Historia de la salvación.

Por tanto, nosotros, como creyentes encontramos en la Comunidad Trinita­ria la fuente propia, y la más rica de la paternidad humana: Dios Padre, la Paternidad en persona, aquella que origina, realiza, culmina y agota toda paternidad en el cielo y en la tierra.

A continuación describiremos algunos atributos del Padre Celestial, que nos servirán de parámetro al ser y al quehacer del padre terrenal.

 

(1)   DIOS PADRE, CREADOR: El Padre constituye el origen fontal de todas las cosas. Sólo existe lo que Él ha pensado desde siempre. Toda la iniciativa viene de Él. Es la máxima instancia y fundamento de todas las cosas en su origen, y en su consistencia existencial. Es el guardián del ser y de la vida.

Jesús reconoció que su palabra no era suya sino del Padre y que, por tanto, sólo predicaba lo que el Padre le había encomendado. El Padre es antes que el Hijo y mayor que él, pero todo se lo ha dado al Hijo, pues sólo en él se complace.

De manera análoga, el padre cristiano debe reconocer que toda su misión y autoridad le viene de Dios Padre, ante quien dará cuentas algún día. El padre terreno, imitando al Padre Creador y dador de vida, debe ser el responsable de la familia, no para dominar sino para buscar el bien de todos los suyos.

Todo cuanto piense o realice debe hacerlo para bien de los suyos. Nada debe hacer al margen de esta finalidad. Cualquier otra cosa le produciría un desquiciamiento y acarrearía necesariamente sufrimiento a los suyos.

Cuando un hombre asume su compromiso matrimonial de forma libre, solemne y sacramental ante la Iglesia deja atrás la soltería, “sienta cabeza” y comienza a vivir la madurez y la plenitud de su existencia. Es la oportunidad de su vida. No habrá otra alternativa para su felicidad y plenitud humana y cristiana.

Ese estado de vida requiere toda la madurez y valía humana y cristiana de esa persona, entregada definitivamente a la esposa y a la futura prole. Su vida ya no le pertenece. Otros tienen derecho sobre él como esposo y padre. Su propia realización y felicidad consistirá en la entrega incondicional a su esposa y a los hijos. Así alcanzará su mayor plenitud de existencia y de satisfacción personal, de felicidad.

El padre, por tanto, debe ser intrépido, emprendedor y creativo en el Señor. Toma la iniciativa, porque se trata de su felicidad y la de los suyos, los de su propia carne. Con la gracia de Dios puede orientar y recrear constan­temente esa pequeña Iglesia doméstica, donde el Padre Celes­tial encuentre sus complacencias. Él es en su familia el representante de Dios Padre, el Dador de vida por excelencia.

(2)   DIOS PADRE ES PATERNALMENTE GENEROSO: Es un ser cuya constitución o esencia íntima consiste en engendrar a su único Hijo y vivir para él, confiándole todos sus proyectos. Todo lo que es y tiene el Padre Dios, es “ser padre”: todo padre, sólo padre y siempre padre… Pura donación.

Centrado al máximo en su oblatividad, y por eso, infinitamente feliz y exuberante de una plenitud desbordante, divina… Por no guardarse nada para sí, lo tiene todo. El Padre Dios es origen de toda paternidad, a la vez realiza todas las formas de ser padre, y acaba o agota toda paternidad. Por eso es Dios, pues nada deja fuera de sí. 

Y por eso nos entrega a su propio Hijo, haciéndonos en él verdaderos hijos. No nos da algo accidental a su persona, a su vida y a su casa. Todo nos lo dio en su Hijo y nos hizo herederos, con todo derecho. Por eso derrama en nuestros corazones el Espíritu de su propio Hijo, sin medida. ¿Qué más pudo hacer por nosotros que no lo hiciera?

El padre cristiano debe aspirar a eso mismo. Debe ser genero­so. Que día a día se haga más padre: más transparente, necesitando menos para sí mismo; haciéndose menos exigente con los otros y más generoso y feliz contemplando el crecimiento y felicidad de los suyos. Cuanto más desapercibido pase, mejor. Más feliz será. Que ellos sean, se desarrollen, crezcan, sean libres…

A eso se llama olvido de sí, dar la vida, y encon­trar el camino de la verdadera felicidad. No querer tener nada, ni exigir nada… para ser verdaderamente libre y feliz, dador de vida en el amor del Padre, principio de toda familia en el cielo y en la tierra. Ser padre significa hacerse padre todos los días de la vida, asemejándose al Padre celestial, la paternidad en persona, fuente de todo cuanto suene a bondad, amor, perdón, comprensión, paciencia…

(3)  DIOS PADRE, AMIGO DE LA VIDA: El Padre ha creado todo para que exista, y para que nada muera. Ama lo que él mismo creó, haciéndolo todo muy bueno, deseando que llegue a plenitud. Es un Dios de vivos y no de muertos. Se complace en la vida. Él no hizo la muerte, el temor, la envidia, la rigidez, el poder posesivo y receloso… Jesús dijo refiriéndose a su Padre: ¿Por qué me llaman bueno? Sólo Dios es bueno.

El padre terreno se responsabilizará cada día más de los suyos, sintiendo celo por ellos. Son su propia creación, una prolon­gación de sí mismo. Su hogar es su tesoro. Debe guardarlo celosamente, pues en él hallan cobijo su esposa y sus hijos. El padre cristiano tiene que ser positivo, fijándose más en lo bueno que en lo malo.

No se deja dominar por los temores, los celos o las sospechas. Piensa lo mejor. Deja vivir y deja hacer porque confía en los demás, porque se reconoce sólo administrador de su casa, no dueño absoluto de los suyos. Vive su paternidad desde la fe: Dios le ha confiado a la esposa y a los hijos no para los trate como un déspota, sino como colaborador de Dios, pues nadie ama a su familia más que el mismo Dios. Por tanto, debe ejercer su función esponsal y paternal de acuerdo a lo dispuesto por Dios.

San José fue varón justo porque supo reconocer el puesto que Dios le asignó en la sagrada familia. Hizo todo conforme le ordenaba Dios por medio del ángel. San José es modelo de los padres cristianos porque él encarnó la figura paterna de Dios para el niño Jesús. Gracias a esa función, Jesús crecía armónicamente en sabiduría y en gracia, ante Dios y ante los hombres.

(4)   DIOS PADRE, CREADOR DE LIBERTAD: Hizo al hombre a su imagen y semejanza. No fue tacaño al crear. Lo hizo lo mejor que pudo: inteligente y libre, poco inferior a los ángeles. No le importó que con su libertad pudiera rebelarse contra él, y malograr su universo.

Su amor no quedó afectado ni disminuido por el posible abuso del hombre libre. El Padre ahoga el mal a fuerza de bien. Jesús oró ante la tumba de Lázaro: Padre, yo sé que tú siempre me escuchas… siempre tienes una salida.

El padre cristiano debe adoptar sentimientos positivos. No ser ciego e ingenuo, pero tampoco acomplejado de temor o suspicacias. Más bien debe ser posibilitador, facilitador y emprendedor. Debe permitir a los suyos ser ellos mismos. Permitir, como el Padre Dios, que los suyos se puedan equivocar. No puede quererlos más que el Padre Celestial, que nos hizo libres para hacer el bien.

Para el padre terreno esta conducta será un acto de sumisión fiducial: “antes que míos, son tuyos, Señor; tú los debes de querer más que yo; en tus manos los dejo, porque tú los guardarás mejor que yo”. Entonces llegará la paz, la que el mundo no puede dar, ni nadie puede arrebatar. Esa confianza en Dios Padre será el mejor remedio para toda ansiedad y pretensión sobreprotectora.

(5)   EL PADRE CELESTIAL ES PACIENTE: No quiere que nadie se pierda. Jamás dirá no a la vida que él mismo creó. No quiere que el pecador se condene. Hace salir el sol sobre buenos y malos. Ha enviado a su Hijo al mundo, no para condenarlo sino para salvarlo.

Jesús nos dijo que hay mucha alegría en el cielo cuando un pecador se convierte. Dios apenas se fija en la maldad humana, no lleva cuentas del mal rencorosamente, ni recrimina, ni humilla y lastima cuando corrige. Al hijo pródigo apenas le permitió que se confesara o humillara…

El padre cristiano está llamado a imitar al Único Santo que muestra tanta bondad. No puede caer en el juego del mal, devolviendo mal por mal. Ha de aprender a perdonar y olvidar, a ser benevolente, paciente. Le ayudará mucho a no crisparse el pensar que la ofensa de los suyos apenas le afecta a él, que al Padre Celestial le afecta mucho más, y Él calla y perdona una y otra vez.

Al fin y al cabo, comparándose con Dios, ¿qué ha hecho él, como esposo y padre por los suyos? Aprenda a dar a discreción, sin considerar merecimientos. Ser generoso ante Dios que todo lo ve y todo lo recompensará. Es hora de sembrar, no de cosechar.

Que invierta con amor y con alegría en su familia, y lo haga a fondo perdido. Si se lo reconocen, bendito sea Dios. Si no, adelante, nada está perdido. No haga depender su felicidad de la correspondencia de los suyos. Dios todo lo ve, y Él le tiene reservada su recompen­sa, la que no defrauda.

(6)   El PADRE CELESTIAL PERDONA Y OLVIDA: El Padre siempre está dispuesto a rehabilitar a los suyos. Jamás les da las espaldas. Por más bajo que caigamos, Él no se avergüenza de nosotros. Justamente ahí lo necesitamos más que nunca. Para esos momentos precisamente Él es Padre y debe portarse como tal.

Será la máxima actualización de su paternidad divina, su mayor gloria y felicidad. A su hijo Jesús no lo abandonó durante su vida, y al final, lo resucitó y lo hizo el Señor y Salvador de los hombres para siempre. No hay otro Salvador. 

El padre cristiano debe hacerse cada día más padre y compasivo. Debe sentir en propia carne cuanto acontece a los suyos. Al fin y al cabo son su propia carne, para su propia satisfacción y para gloria de Dios. Él debe ser providente, celoso de su propiedad. Su esposa, en este asunto, como en el resto, será de una ayuda invalorable, porque ella como mujer está más pegada a la vida, encarna la ternura y paciencia expectante de Dios. El diálogo como esposos y padres será de gran ayuda para ambos.

El padre terreno, antes que acusar a los suyos y denunciar sus faltas ante los demás, tratará de ocultar sus deficiencias, cargando con ellas como si fueran propias. Amará su propia casa. Como padre, colaborador con Dios, ha de sembrar generosamente en comunión con su esposa en su propia casa, para su propia felicidad y contento de los hijos.

Los padres son procrea­dores de vida en el amor de Dios Padre. Junto con su amor esponsal, sus hijos son el tesoro de los padres: su mejor carta de presentación ante Dios y ante los hombres, su corona, su gloria… Han engendrado y hecho crecer a sus hijos para hacerlos hijos de Dios. Eso no tiene precio. Y solo Dios podrá premiarlo como es debido.

(7)   EL PADRE CELESTIAL ENVÍA A SU HIJO A SALVAR EL MUNDO: No tiene reparo en asumir en su propia casa y familia divina a un ser humano, Jesús el Nazareno, igual en todo a nosotros menos en el pecado. El Padre ha preparado desde toda la eternidad las bodas de su Hijo con la humanidad y quiere que su Casa se llene de comensales.

Todo lo ha preparado con infinito amor y previsión. No ha escatimado ilusiones y gastos. Quiere que todos los hombres se salven, que nadie se pierda. Manda a los criados que salgan a buscar a los invitados por los cruces de los caminos y que los fuercen a entrar al Banquete.

El padre cristiano facilitará la redención de su familia cuando se solidarice con los suyos en todo lo que son y hacen. Nada que no sea asumido será redimido. El padre debe compadecerse de los suyos hasta mezclarse y mancharse con la debilidad y hasta maldad de su esposa y de sus hijos, si llega el caso.

Es solidario en lo bueno y en lo malo. Su fortaleza y estabilidad hace bien a la familia. Con ello el padre aliviará la conciencia culposa de los suyos y posibilitará el gozo de la redención. Así el padre se hace un “sacramento” del Padre Celestial, un signo cercano del amor y del perdón del Único Santo. Su perdón explicita el perdón del Padre para su propia casa. Es como el sacerdote de su propio hogar, en su propia familia.

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Hasta aquí esta enumeración de pautas referenciales para el ser y el que­hacer de nuestros padres de familia. Junto con la madre, ellos constituyen un regalo de Dios a la Iglesia universal y particularmente a la Iglesia doméstica, es decir, a la familia. Están llamados a ser sacramento de Dios en la Iglesia, una señal luminosa y viviente del amor de Dios a los hombres y particularmente a la esposa y a los propios hijos.

Si las madres de familia, escribíamos, hacen visible la ternura de Dios en las familias; los padres de familia encarnan la fidelidad de Dios en la familia: ofrecen a los suyos seguridad frente al futuro; aportan con dolor el pan de cada día para los suyos; los defienden como propios ante los extraños, y los presentan con orgullo ante los demás; representan el orden, la disciplina, la superación personal y familiar.

En fin, los padres inculcan los principios morales y religiosos que deben orientar la vida de los suyos… En una palabra, la figura paterna encarnada en los padres de familia es, para los hijos, la demostración más cercana, directa y palpable de la existencia de Dios, y de su providencia.

De sobra está recalcar que estas orientaciones provienen de la fe y que sólo con el poder de Dios se pueden cumplir. Lo que es imposible para los hombres es posible para Dios. El padre y la madre son primeramente esposos cristianos: forman una pareja feliz, bendecida por Dios para engendrar hijos que consti­tuyan su mayor tesoro y satisfacción ante los hombres y ante Dios; riqueza de la Iglesia y gloria de Dios.

Dichosos ustedes, padres y madres de familia, si, como María y José, constantemente le dicen al Señor: “Hágase en mí, hágase en nosotros, como tú hayas dispuesto. Amén”. Serán felices como pareja y sacramento del Padre Dios en la Iglesia y en el mundo.

 


Novena a Santa Rita de Casia (4), 16.5.19

mayo 16, 2020

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DÍA CUARTO

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RITA, MADRE ABNEGADA



1. Señal de la cruz

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor Dios nuestro; en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

2. Acto de contrición

Yo confieso ante Dios todopoderoso y ante ustedes, hermanos, que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión; por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa.

Por eso ruego a Santa María, siempre Virgen, a los Ángeles, a los Santos y a ustedes, hermanos, que intercedan por mí ante Dios, nuestro Señor.

3. Oración preparatoria para todos los días

Señor y Dios nuestro, admirable en tus Santos. Venimos a ti, el único Santo, atraídos por el ejemplo de Rita, tu hija predilecta. Nos encomendamos a su poderosa intercesión y queremos imitar su vida.

Pues tú nos mandaste: “Sean santos porque Yo soy santo”. A la vez, tu Hijo nos ordenó: “Sean perfectos como su Padre celestial es perfecto”.

Padre de bondad, concédenos poder contemplar durante esta novena con gran admiración y devoción las maravillas que obraste en tu sierva Rita. Hoy nos unimos a todos los devotos de santa Rita para darte gracias por los ejemplos de santidad que en ella nos dejaste.

Concédenos imitarla en la tierra, para que así podamos alabarte con santa Rita y con todos los santos para siempre en el cielo.

Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que contigo vive y reina en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.

4. Datos biográficos o ejemplos de vida

Son muchas las virtudes domésticas que la tradición atribuye a santa Rita. Como esposa buscaba con todo esmero complacer a su marido y llevarlo a Dios.

El amor hacia el esposo alcanzaba a los hijos en ternura y generosidad. Por ser esposa perfecta, llegó también a la perfección como madre cristiana.

Con su mansedumbre, ternura y fortaleza se constituía en el centro de la familia: principio de unidad, de armonía, de perdón y de seguridad hogareña.

A partir del nacimiento del primer hijo, Juan Santiago, su esposo fue cambiando en sus modales. A los dos años nació el segundo hijo, Pablo María. El ejemplo de Rita y la inocencia de los hijos provocaron el cambio casi total de Pablo Fernando. La dureza y altivez dejaron paso a la mansedumbre y responsabilidad hogareñas que exige la fe sincera.

Rita valoraba los esfuerzos de su esposo. Le animaba en la superación de sus debilidades. Asistía gozosa al nacimiento doloroso de un hombre nuevo…

Rita amaba a los suyos con todas sus fuerzas después de Dios. Los veía como el don del Señor que debía cuidar celosamente, pero no les quería de forma egoísta o posesiva, sino en la fe.

Por eso, la pérdida violenta de su esposo no la destruyó, sino que la consolidó en la fe y en el amor incondicional a sus hijos. Rita supo perdonar a los asesinos de su esposo, dando ejemplo a sus hijos.

Éstos no comprendían la injusticia y la desgracia de quedar huérfanos, y no acertaban a perdonar como su madre, sino que día a día aumentaba en su corazón el rencor y el deseo de vengar la muerte de su padre.

Rita oraba por la pacificación de sus hijos. Comprendía sus sentimientos, pero no podía justificar sus impulsos e intenciones vengativas.

Dice la tradición que, en medio de la tormenta interior entre sentimientos encontrados propios de una madre y de una madre cristiana, llegó a ofrecer su propia vida para que sus hijos no se perdieran eternamente. Pero nada sucedía.

Entonces, la generosidad heroica de la madre llegó a ofrecer la vida de sus dos hijos pidiendo a Dios que los sacara de este mundo, una vez reconciliados con Él, para que se salvaran eternamente. Prefería verlos muertos para el mundo, pero vivos para Dios. No importaba su dolor, viudez y soledad, frente a la salvación de sus hijos y la gloria de Dios.

Y Dios escuchó su oración: en menos de dos meses, sus dos hijos, dicen las crónicas, fallecieron víctimas de la peste negra que azotaba Europa.

5. Lecturas bíblicas

El bienestar integral de la pareja y la procreación de los hijos, los dos fines del matrimonio profundamente implicados entre sí, los encontramos en las primeras páginas de la Biblia:

De la costilla que Yahvé había sacado al hombre, formó una mujer y la llevó ante el hombre. Entonces el hombre exclamó: ésta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Ésta será llamada “varona” porque del varón ha sido tomada.

Por eso el hombre deja a sus padres para unirse a una mujer, y son los dos una sola carne (Génesis 2, 22-24).

La tradición sacerdotal completa: Y creó Dios al hombre a su imagen. A imagen de Dios los creó. Macho y hembra los creó. Dios los bendijo, diciéndoles: “Sean fecundos y multiplíquense. Llenen la tierra y sométanla. Manden a los peces del mar, a las aves del cielo y a cuanto animal viva en la tierra” (Génesis 1, 27-28).

En la Biblia los hijos son siempre considerados como un don de Dios, y una familia numerosa como una bendición extraordinaria de Dios. La familia numerosa actualiza la realización de la promesa divina, hecha al patriarca Abraham: “Te haré padre de muchos pueblos”.

Los hijos se reciben de Dios y a Dios se le devuelven, como se evidencia en el siguiente texto.

En el segundo libro de los Macabeos 7, 20-29, encontramos un ejemplo similar al de Rita: una madre judía prefiere el martirio de sus siete hijos, antes que verlos apostatar. Leemos:

Nadie más admirable y digno de recuerdo que la madre viendo morir a sus siete hijos en el espacio de un día. Lo soportó con entereza, esperando en el Señor con noble actitud. Uniendo un temple viril a la ternura femenina, fue animando a cada uno y les decía en su lengua:

“Yo no sé cómo aparecieron; yo no les di el aliento, ni la vida, ni formé con los elementos su organismo; fue el Creador del universo el que modela la raza humana y determina el origen de todo. Él con su misericordia les devolverá el aliento y la vida si ahora se sacrifican por su ley”.

Antíoco creyó que la mujer lo despreciaba y sospechó que lo estaba insultando.

Todavía quedaba el más pequeño y el rey intentaba persuadirlo; más aún, le juraba que si renegaba de sus tradiciones, lo haría rico y feliz, lo tendría por amigo, le daría algún cargo; pero, como el muchacho no hacía el menor caso, el rey llamó a la madre y le rogaba que aconsejase al chiquillo para su bien.

Tanto le insistió que la madre accedió a persuadir al hijo; se inclinó hacía él y, riéndose del cruel tirano, habló así en su idioma: “Hijo mío, ten piedad de mí; te llevé nueve meses en el seno, te amamanté y crié tres años y te he alimentado hasta que te has hecho un joven.

Hijo mío, te lo suplico, mira el cielo y la tierra, fíjate en todo lo que contiene y ten presente que Dios lo creó todo de la nada, y lo mismo da el ser al hombre. No temas a ese verdugo, ponte a la altura de tus hermanos y acepta la muerte; así por la misericordia de Dios te recobraré junto con ellos”.

Mencionamos dos Salmos que cantan las excelencias de la vida familiar. Así en el Salmo 127, 3-5:

Son los hijos regalo del Señor y es el fruto del vientre premio suyo; como flechas en manos del guerrero son los hijos tenidos cuando joven. Feliz el hombre que con tales flechas ha llenado su caja, cuando vaya a la plaza a litigar no podrán humillarlo sus contrarios.

Asimismo en el Salmo 128, 1-6, leemos:

Felices los que temen al Señor y siguen su camino.
Comerás del trabajo de tus manos;
¡que la suerte y la dicha te acompañen!

Tu esposa será como vid fecunda en medio de tu casa.
Tus hijos serán como olivos nuevos en torno de tu mesa.
Miren cómo será bendito el hombre que respeta al Señor.

¡Que te bendiga Dios desde Sión mientras dure tu vida!
¡Y puedas tú ver a Jerusalén, gozando en su grandeza,
y también a los hijos de tus hijos!
¡Tenga paz Israel!

El amor a los hijos ha de ser cariñoso y tierno, pero a la vez firme; incluye la corrección, no puramente emocional o reactiva, sino “en el Señor”. Así en Colosenses 3, 21, leemos: Padres, no sean demasiado exigentes con sus hijos, no sea que se desanimen.

Asimismo en Proverbios 29, 17: Corrige a tu hijo, te ahorrarás inquietudes y hará la felicidad de tu alma.

En Mateo 10, 37-39, leemos: No es digno de mí el que ama a su hijo o a su hija más que a mí; el que procure salvar su vida la perderá y el que la pierda por mí la hallará.

Por otra parte Jesús valora al máximo los lazos familiares; y por eso mismo los relativiza frente a lo único necesario. Veamos Marcos 3, 32-35:

Como era mucha la gente sentada en torno a Jesús, le transmitieron este recado: “Oye, tu madre, tus hermanos y tus hermanas están afuera y preguntan por ti”. Él les contestó: “¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?”. Y mirando a los que estaban sentados en torno a Él, dijo.

“Aquí están mi madre y mis hermanos. Porque todo el que hace la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre”.

Finalmente, en Proverbios 31, 10-31, encontramos la descripción de la mujer perfecta. Extractamos algunos versículos:

Una mujer perfecta, ¿quién la encontrará? Es mucho más valiosa que las joyas. En ella se confía su marido, no le falta nada. Le produce el bien, no el mal, todos los días de su vida.

Es como un barco mercante, que de lejos trae sus alimentos. Se levanta cuando aún es de noche, da de comer a los de su casa y dirige a su servidumbre. Está llena de fortaleza y vigoriza sus brazos. Tiende su mano al desamparado y al pobre. Su marido es estimado en toda la ciudad, cuando se sienta con los ancianos del país.

Aparece fuerte y digna y mira confiadamente el porvenir. Habla con sabiduría y enseña la piedad. Está atenta a la marcha de su casa y nunca ociosa. Sus hijos se levantan y la llaman dichosa, su marido la elogia diciéndole: ‘Muchas mujeres han obrado maravillas, pero tú las superas a todas’.

Engañosa es la gracia, vana la hermosura, la mujer que tiene la sabiduría, ésa será la alabada. Que pueda gozar del fruto de su trabajo y que por sus obras todas la celebren.

6. Consideraciones bíblico-teológicas

El bienestar integral de la pareja se prolonga en los hijos. Los esposos, unidos en Dios, se dan vida mutuamente en el amor de Dios. Inmediatamente, el amor difusivo alcanza a un tercero, a la prole.

Los esposos se sienten colaboradores de Dios, creador de la vida, y actualizan en el mundo su amor creativo, trayendo hijos al mundo con responsabilidad y generosidad. El ejercicio de esta paternidad responsable, mucho más que un calculado control de natalidad, supone una digna tarea.

Magnífica aventura de procrear con Dios hijos que nunca morirán y que serán verdaderamente hijos suyos, aunque pertenezcan a Dios primero. Por fe se hacen padres; por amor dan vida. Es su misión específica en la Iglesia.

Con generosidad ejercen su paternidad fiados en Dios, el único Padre que de todos cuida; y traen responsablemente hijos al mundo, para gloria de Dios. Con ello demuestran su amor a Dios.

Para eso se han casado: para ser felices en la mutua fidelidad y para traer hijos al mundo. En esa tarea se santificarán y llegarán a plenitud.

Para Dios lo mejor, porque Dios ama a quien da con alegría y con generosidad. A Dios están respondiendo, porque Él confió en ellos y los llamó y capacitó por el sacramento para esa maravillosa vocación.

Así, los padres construyen el santuario de Dios en su propio hogar, “iglesia doméstica” y “primer seminario”, fundamento de una sociedad nueva y de una Iglesia renovada.

Los padres cumplirán bien su misión en la medida en que sean buenos esposos. Los hijos deben ser la sobreabundancia de felicidad de los padres. Son una prolongación de lo mejor de sus padres. Son reflejo de sus padres.

Por eso los hijos constituyen una exigencia de permanente conversión para sus padres, y les impiden el estancamiento en la vida humana y cristiana. Los hijos proporcionan constantemente a los padres el sentido de sus vidas.

Así resulta verdadero el dicho: “Cada uno tiene los hijos que se merece”; es decir, aquellos que los padres van forjando o “haciendo” y conformando con sus actitudes positivas o negativas. Los hijos se traen a la vida por fe y se les educa con paciencia y dedicación, a veces, ciertamente heroicas.

Y esta crianza es el mejor fruto de la fe y compromiso cristiano de los padres; es el programa de santificación que Dios les pone a su alcance: propio y suficiente. Los otros compromisos como el laboral, profesional, político, etc., no serán sino la concretización del primero, el familiar.

Serán medios para cumplir con lo principal: la familia. Quien se compromete en su familia cumple a cabalidad con todo lo demás. La familia es el primer compromiso, es la concretización de la comunidad de fe, la prolongación de la parroquia, la iglesia doméstica.

Los padres son los sacerdotes del hogar, los representantes de Dios. Ellos gobiernan a los suyos, no imponiendo el temor o la prepotencia, sino sirviendo a los suyos en humildad y santo temor de Dios, bajo la autoridad del único Padre y Maestro.

Por eso, a los hijos se les quiere en Dios y por Dios. Y esto no significa rebajarlos en nada, sino darles su máximo valor. Así evitaremos fomentar en los padres falsas expectativas que les producirían, más pronto que tarde, amargos desengaños.

Por tanto, los padres aman a sus hijos en Dios, sabiendo que antes que suyos son hijos de Dios, que Él los ama más que ellos, que Él sufre por ellos y se preocupa, más que ellos mismos, por sus propios hijos.

Por eso, no hay lugar para el amor posesivo o puramente sentimental que genera paternalismo ansioso, miedo, sobreprotección, decepciones, resentimientos, amenazas, porque Dios lleva cuenta de los desvelos de los padres y nada está perdido.

Dios los recompensará abundante y cumplidamente, aunque los hijos fueran ingratos o injustos, real o supuestamente.

El amor paternal debe hacerse cada vez más generoso y puro. Los padres deben aceptar la ley de la vida: morir como el grano de trigo para poder germinar, dar tallo, espiga y fruto. La vida humana no surge al azar, ni crece sin pagar un precio por ella, sin sacrificio.

La vida cuesta, debe ser afirmada. Lo que vale, cuesta. La grandeza de los hijos suele estar en proporción directa al sacrificio y entrega que han adelantado y sembrado los padres. No hay regalos, ni atajos en este camino. Lo que vale, indudablemente cuesta.

En la familia cristiana el evangelio se traduce así: Que crezcan los hijos, que mengüen los padres. Que los padres gocen con los hijos, que disfruten viéndoles crecer ante Dios y ante los hombres. No importa que ellos no figuren, que vayan desapareciendo poco a poco de escena.

La caridad se alegra del bien del otro, y con ello se contenta. El que crece en caridad se va contentando cada vez con menos, cada vez reclama menos para sí.

Ojalá que ellos sepan asumir gozosamente ese ocaso lleno de paz, poblado de bondad y misericordia, de serenidad; lleno del premio de Aquél que no tiene ocaso. El único Padre. Así necesitan siempre los hijos a sus padres, generosos.

Porque nunca dejan de ser padres, nunca pueden dejar de amar a sus propios hijos, y a los hijos de sus hijos. Pues el amor es difusivo y, como el vino, cuanto más añejo, mejor; más exquisito, más gratuito, más parecido al de Dios, y más unido a él. En el amor paternal y maternal no hay marcha atrás.

Pero para esa plenitud necesitan calmar su sed constantemente en la fuente de agua viva que proporciona una práctica cristiana fiel y madura. Su vocación es fundirse con Dios Amor, dador de vida, plenitud de comunión trinitaria. Fuente de toda familia en el cielo y en la tierra.

7. Peticiones o plegaria universal

Se recitan o se pueden rezar alternando presidente y pueblo. Pueden mezclarse algunas de las siguientes peticiones con las señaladas, de manera específica, para cada día de la novena. No se omita la número siete de las que siguen.

Presentemos a Dios nuestras peticiones implorando que nos inspire el Señor sentir y actuar como lo hizo santa Rita en toda su vida.

1. Señor, que te has revelado a los hombres,
– por la intercesión de santa Rita, muéstranos tu rostro, aumentándonos la fe en tu palabra de verdad, y nuestro amor a tu Hijo Jesucristo.

Invitación: Roguemos al Señor.
Respuesta: Te lo pedimos, Señor.

2. Señor, tu sierva santa Rita conservó la paciencia en medio de tantas pruebas y tribulaciones;
– haz que en nuestra vida no seamos jamás motivo de molestia, o irritación para los demás.

3. Señor, que te glorificaste en la vida familiar de santa Rita, utilizándola como instrumento de salvación para su esposo y sus hijos;
– haz que nosotros seamos colaboradores tuyos en la salvación de los hombres, comenzando por nuestros propios hogares, comunidades religiosas o eclesiales.

4. Señor, que concediste a santa Rita la constancia de llamar a las puertas del monasterio hasta ser admitida como religiosa;
– haz que aprendamos el valor del sacrificio y el de la perseverancia en todas las circunstancias de nuestra vida.

5. Señor, que moviste a santa Rita para que prefiriese la muerte de sus hijos a verlos manchados por el pecado del odio y de la condenación eterna,
– enséñanos a perdonar a nuestros enemigos y a vivir en paz con todo el mundo, para que así podamos gozar nosotros mismos de tu paz y bendición.

6. Señor, que diste a santa Rita la paz y la tranquilidad en el monasterio después de tantas penas como había sufrido,
– suscita muchas vocaciones a la vida religiosa, donde muchos hijos tuyos alcancen lo único necesario y adelanten el Reino a este mundo.

7. Pídase y formúlese ante el Señor la gracia específica que se desea obtener por la intercesión de santa Rita en esta novena.

8. Señor, que por tu resurrección venciste a la muerte y permitiste que Rita participara de tu victoria,
– concede la vida eterna a todos los fieles difuntos y en particular a los devotos de santa Rita.

Peticiones específicas del cuarto día

9. Oh Dios, Espíritu Santo, que eres el amor entre el Padre y el Hijo, principio de toda comunidad,
– asiste a las esposas y madres cristianas para que, a ejemplo de santa Rita, sean el alma del hogar por la ternura, el perdón y el amor.

10. Oh Dios, Espíritu Santo, que fecundaste las entrañas de María Santísima, Madre del Redentor,
– consuela y fortalece a las madres cristianas para que, como Rita, conduzcan a toda su familia hasta el Señor.

Oración conclusiva

Dios Todopoderoso, que te dignaste conceder a santa Rita amar a sus enemigos y llevar en su corazón y en su frente la señal de la pasión de tu Hijo, concédenos, siguiendo sus ejemplos, considerar de tal manera los dolores de la muerte de tu Hijo que podamos perdonar a nuestros enemigos, y así llegar a ser en verdad hijos tuyos, dignos de la vida eterna prometida a los mansos y sufridos.

Te lo pedimos por el mismo Jesucristo nuestro Señor. Amén.

8. Padre Nuestro, Ave María y Gloria (tres veces).

9. Oración final para todos los días

Oh Dios y Señor nuestro, admirable en tus santos, te alabamos porque hiciste de santa Rita un modelo insigne de amor a ti y a todos los hombres.

El amor fue el peso de su vida que la impulsó, cual río de agua viva, a través de todos los estados de su peregrinación por este mundo, dando a todos ejemplo de santidad, y manifestando la victoria de Cristo sobre todo mal.

Ella meditó continuamente la Pasión salvadora de tu Hijo y compartió sus dolores “completando en su carne lo que faltaba a los sufrimientos de Cristo por su cuerpo que es la Iglesia”.

Aleccionada en su interior por la consolación del Espíritu Santo, Rita se convirtió en ejemplo de penitencia y caridad, experimentando continua y gozosamente, cómo la cruz del sufrimiento conduce a la alegría verdadera y a la luz de la resurrección.

De esta manera, se convirtió en instrumento de salvación al servicio del Dios providente, para bien de todos los hombres, sus hermanos, sobre todo en su propio hogar, en su familia, y finalmente en la comunidad agustiniana y en tu Iglesia.

Te damos gracias, oh Padre de bondad, fuente de todo don, y te bendecimos por las maravillas obradas en la vida de santa Rita de Casia, tu sierva. A la vez, te imploramos ser protegidos por su poderosa intercesión, de todo mal, llegando a cumplir tu voluntad en todas las circunstancias de nuestra vida, de acuerdo a los ejemplos de santidad que Rita nos dejó.

Te lo pedimos por Nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que contigo vive y reina en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.

10. Gozos a santa Rita

CORO

Tú que vives de amor,
y en el amor te recreas,
bendita por siempre seas,
dulce esposa del Señor.

ESTROFAS

1. Cual del ángel la belleza
difunde luz celestial,
exhalaba su pureza
tu corazón virginal.
Danos guardar esa flor,
que es la reina de las flores,
y ponga en ella su amor
el Dios de santos amores.

2. Santa madre, santa esposa,
en las penas y amarguras
brindaba tu amor dulzuras,
como fragancias las rosas.
Trocando en templo tu hogar
buscaste en Dios el consuelo:
almas que saben amar
hacen de un hogar un cielo.

3. Como esposa del Señor
con alma de serafín,
en tu amor ardió el amor
del corazón de Agustín.
Amor que Dios galardona
y en prenda de unión divina,
brota en tu frente una espina
y una flor en su corona.

11. Himno a santa Rita de Casia

Gloria del género humano,
Rita bienaventurada,
sed nuestra fiel abogada (tres veces)
cerca del Rey soberano.

Nido de castos amores,
fue tu corazón sencillo,
claro espejo, cuyo brillo
no hirieron negros vapores.
Haz que nunca amor profano
tenga en nuestro pecho entrada.

Gloria del género humano…

NOTA: Los contenidos de esta Novena a Santa Rita están tomados, con la debida autorización, del librito publicado por Ed. Paulinas, Lima 2015. Asociación Hijas de San Pablo, Lima, Perú.


Día de la Madre en España, 3 mayo 2020

mayo 3, 2020

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DÍA DE LA MADRE EN ESPAÑA

3 de mayo 2020, domingo del Buen Pastor

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La madre, promotora de la vida y maestra de humanidad

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El día de la madre se celebra en España el primer domingo de mayo. En América, el segundo domingo.

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SALUDO A LAS MADRES EN GENERAL POR SU DÍA

Y EN PARTICULAR

A LAS MADRES CRISTIANAS SANTA MÓNICA DE ESPAÑA

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Estimadas Madres:

En este día especial para vosotras permitid que me junte a vuestros seres queridos, padres e hijos, para agradeceros la entrega incondicional de vuestra vida. Es justo que dediquemos siquiera una jornada al año para reconocer nuestra deuda con todas vosotras.

Pretender pagaros lo que hemos recibido de vosotras y las mil delicadezas que nos regaláis a diario, sería sencillamente algo interminable y por demás imposible. Por eso, reconocemos que no os merecemos, pero que a la vez os necesitamos.

Os deseo, pues, que paséis un día feliz en compañía de las personas más queridas para vosotras, y que más os quieren y admiran. Que esa comunión familiar, en la medida de lo posible, sea signo de la comunión que tenemos con Dios.

Vosotras sois verdaderamente un “sacramento” o señal elocuente de Dios en la familia y en la sociedad. Desde el principio él os hizo muy especiales y os encargó que fuerais encarnación de su ternura y cercanía para los seres humanos más necesitados; maestras de humanidad; protectoras de la vida y del hogar.

Por eso, con vosotras es más fácil llegar hasta Dios y experimentar su amor y providencia para con todos y cada uno de nosotros. A pesar del contratiempo de la pandemia, no queremos dejar pasar esta oportunidad de reconocer vuestro puesto en la familia, en la sociedad y en la Iglesia. Y lo hacemos con gusto no solo a pesar de la pandemia, sino precisamente por ella. 

Permitidme un recuerdo especial para las Madres Cristianas Santa Mónica que desean llevar hasta las últimas consecuencias su maternidad, siendo transmisoras de la fe a la familia y en particular a los hijos.

Os felicito porque además de dar vida a los vuestros queréis darles en todo momento la fe y el conocimiento de Dios, conscientes de que nos movemos en un mundo tentado de olvidarse de Dios, y a la vez necesitado de Dios.

Entendéis que solo llevando a vuestra familia hasta Dios alcanzáis la plena satisfacción de vuestra maternidad. De ahí la necesidad del ejemplo y de la oración de la madre por la fe de los hijos y de su familia. 

Os felicito efusivamente en este día y os animo a seguir en vuestra noble y maravillosa misión de encarnar y personalizar el amor y la ternura de Dios en vuestros hogares, en la sociedad y en la Iglesia. Os necesitamos para seguir edificando la civilización del amor y de la reconciliación.

En realidad, os confesamos que estamos orgullosos de vosotras, y pedimos a Dios que os haga felices repartiendo a discreción el amor que a diario recibís de su bondad infinita. Como lo hizo santa Mónica que no descansó hasta ver a su hijo Agustín convertido y feliz por haber encontrado el amor de Dios. 

Que la Virgen María, vuestro modelo de mujer creyente y de madre, os ayude a seguir llevando mucho fruto para gloria de Dios, para contento y bien de vuestros seres queridos, y para vuestra propia satisfacción y felicidad. Dios os bendiga. ¡Felicidades! Con estima personal, p. Ismael.

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¿Poder en la Iglesia? Las mujeres siempre lo han tenido

marzo 9, 2020

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La Iglesia católica, más que cualquier otro cuerpo institucional en la historia, elevó a las mujeres y las alentó a explotar al máximo su potencial.

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¿Poder en la Iglesia? Las mujeres siempre lo han tenido

Ninguna otra institución ha hecho más para dar poder a las mujeres y animarlas a pensar con su propia cabeza

Por Elizabeth Scalia

La periodista del New York Times Maureen Dowd aprovechó la ocasión de la visita del papa Francisco a Estados Unidos para referirse a él como al “perfecto papa del siglo XIX”, en gran parte porque no parece interesado en el sacerdocio femenino.Las afirmaciones de Dowd a menudo no tienen contexto, y el artículo no es particularmente interesante, pero viene bien porque nos permite considerar cómo la Iglesia católica, más que cualquier otro cuerpo institucional en la historia, elevó a las mujeres y las alentó a explotar al máximo su potencial (subrayado del editor).

Se puede argumentar con razón el hecho de que la Iglesia católica ha sido el medio para liberar a las mujeres, y no – como muchos acusan desconsideradamente – el medio de su opresión. Hasta hace 150 años, la gran mayoría de las mujeres instruidas y realizadas estaba compuesta por mujeres católicas religiosas, que concibieron ideas totalmente originales, y las llevaron a cabo.

Pensad en Elizabeth Bailey Seton, viuda con 5 hijos, desheredada por su familia a causa de su conversión, que concibió la que hemos llegado a conocer como la educación elemental católica, inventando sustancialmente los medios para que los hijos de los pobres y marginados fueran instruidos y competitivos en el “nuevo mundo”.

Pensad en Teresa de Ávila, que no sólo reformó una orden religiosa corrupta, sino que construyó 16 monasterios, tanto para hombres como para mujeres, aun sufriendo a menudo un dolor paralizante. Y escribió también algunos libros considerados clásicos de la teología, y ahora es Doctora de la Iglesia. ¡No está mal para una mujer que pasó la adolescencia leyendo novelillas!

Pensad en las estadounidenses Henriette De Lille, hija de esclavos liberados, y en Katharine Drexel, hija de un rico industrial, que fundaron ambas órdenes femeninas y gastaron tiempo y energías para construir escuelas y hospitales para los nativos americanos y los afroamericanos en el profundo Sur.

Pensad en Catalina de Siena, consejera de papas y reyes, que dictaba sus cartas a dos escribientes a la vez. Otra Doctora de la Iglesia. Es interesante que Catalina fuese casi del todo analfabeta y “poco dotada” en base a los estándares mundanos, pero la Iglesia –que no es una institución elitista– la define “Doctora” igual que a Santa Hildegarda de Bingen, una gigante intelectual de la música, la ciencia, la medicina, las letras y la teología. Como en el caso de Santa Teresa de Lisieux, que entró en el Carmelo a los 15 años y nunca lo abandonó, pero cuya influencia ha llegado muy lejos.

Oh, y no olvidemos a Juana de Arco, una mujer guerrera que guiaba a los hombres en la batalla. Sí, hombres de la Iglesia la abatieron. Pero no los recordamos a ellos ni les llamamos santos, como a ella. ¿O no?

El hecho es que, aunque se hable de cómo la Iglesia ha sido opresora hacia las mujeres, no ha habido otra institución en la historia que haya dado a las mujeres una tal libertad de crear, explorar, descubrir, servir, gestionar, construir, expandir, en general con bien pocas ayudas de las cajas diocesanas donde trabajaban, y la mayor parte de las veces sin intervención por parte de la jerarquía masculina.

Rose Hawthorne, hija de Nathaniel Hawthorne, fundó las Dominicas de Hawthorne, una orden de monjas que cuidan a los enfermos de cáncer, gratis, y que se basa únicamente en donaciones.

Una mujer americana de nombre Vera Duss consiguió la licenciatura en Medicina en la Sorbona de París y después de una semana entró en una abadía benedictina parisina, donde escondía y cuidaba a judíos perseguidos por los nazis. Después de que Patton liberara París, Madre Benedicta Duss se sintió llamada a volver a América e instituyó una abadía benedictina en Connecticut, una de cuyos miembros es, ironía del destino, la nieta de Patton.

Casi desde el inicio, la Iglesia promovió la realización femenina. Sería difícil encontrar otra institución en el planeta que no sea la Iglesia católica, que haya permitido sencillamente a las mujeres pensar con su propia cabeza, ser lo que habían nacido para ser, y realizar grandes cosas.

La Iglesia ha promovido literalmente a miles de grandísimas mujeres, cuyos éxitos son injustamente ignorados hoy porque los realizaron llevando un hábito. Comparadlas a las mujeres “poderosas” de hoy, mujeres a menudo atrapadas en su vórtice amargo de expectativas no realizadas, o adiestradas para encontrar “microagresiones” en torno a ellas, y el contraste no podría ser más estridente.

¿Las mujeres modernas son de verdad más imaginativas, más conscientes a nivel social que esas mujeres católicas que básicamente inventaron los servicios sociales en la Iglesia, mucho antes de que los Gobiernos supieran qué hacer con los huérfanos y los hijos analfabetos de los pobres, o cómo curar a los enfermos? Es dudoso.

¿Las mujeres modernas son más libres que las mujeres religiosas que construyeron y sirvieron las iglesias? Por desgracia no, porque en nuestra sociedad secularista, la creatividad de las mujeres no sigue el curso de Dios, sino el que ya ha tenido éxito para los hombres. Su sentido del éxito se mide no por su servicio a los demás y al cielo, sino por estándares humanos falsos, y masculinos.

Piense lo que piense la Dowd del papa Francisco, vale la pena recordar que fue la Iglesia católica, antes que cualquier otro, en mirar a las mujeres que rodeaban al Ser más importante nunca aparecida en la tierra y a verlas como mujeres en plenitud, merecedoras de honor y respeto.

Sara, Rebeca, Esther y Rut tuvieron su propio papel y fueron honradas, con ese respeto –esa voluntad de mirar a las mujeres como algo más que simples notas a pie de página, como personas esenciales en la historia de la salvación– comenzado con María, la mujer llamada por la Iglesia la más grande de todos los santos y la más grande de la creación de Dios.

¿Poder en la Iglesia? Las mujeres siempre lo han tenido


Carta del papa Juan Pablo II a las mujeres

marzo 8, 2020

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La mujer “enriquece la comprensión del mundo y contribuye a la plena verdad de las relaciones humanas”,

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CARTA DEL PAPA JUAN PABLO II A LAS MUJERES

A vosotras, mujeres del mundo entero,
os doy mi más cordial saludo:

1. A cada una de vosotras dirijo esta carta con objeto de compartir y manifestar gratitud, en la proximidad de la IV Conferencia Mundial sobre la Mujer, que tendrá lugar en Pekín el próximo mes de septiembre.

Ante todo deseo expresar mi vivo reconocimiento a la Organización de las Naciones Unidas, que ha promovido tan importante iniciativa. La Iglesia quiere ofrecer también su contribución en defensa de la dignidad, papel y derechos de las mujeres, no sólo a través de la aportación específica de la Delegación oficial de la Santa Sede a los trabajos de Pekín, sino también hablando directamente al corazón y a la mente de todas las mujeres.

Recientemente, con ocasión de la visita que la Señora Gertrudis Mongella, Secretaria General de la Conferencia, me ha hecho precisamente con vistas a este importante encuentro, le he entregado un Mensaje en el que se recogen algunos puntos fundamentales de la enseñanza de la Iglesia al respecto.

Es un mensaje que, más allá de la circunstancia específica que lo ha inspirado, se abre a la perspectiva más general de la realidad y de los problemas de las mujeres en su conjunto, poniéndose al servicio de su causa en la Iglesia y en el mundo contemporáneo.

Por lo cual he dispuesto que se enviara a todas las Conferencias Episcopales, para asegurar su máxima difusión.

Refiriéndome a lo expuesto en dicho documento, quiero ahora dirigirme directamente a cada mujer, para reflexionar con ella sobre sus problemas y las perspectivas de la condición femenina en nuestro tiempo, deteniéndome en particular sobre el tema esencial de la dignidad y de los derechos de las mujeres, considerados a la luz de la Palabra de Dios.

El punto de partida de este diálogo ideal no es otro que dar gracias. « La Iglesia —escribía en la Carta apostólica Mulieris dignitatem— desea dar gracias a la Santísima Trinidad por el “misterio de la mujer” y por cada mujer, por lo que constituye la medida eterna de su dignidad femenina, por las “maravillas de Dios”, que en la historia de la humanidad se han realizado en ella y por ella » (n. 31).

2. Dar gracias al Señor por su designio sobre la vocación y la misión de la mujer en el mundo se convierte en un agradecimiento concreto y directo a las mujeres, a cada mujer, por lo que representan en la vida de la humanidad.

Te doy gracias, mujer-madre, que te conviertes en seno del ser humano con la alegría y los dolores de parto de una experiencia única, la cual te hace sonrisa de Dios para el niño que viene a la luz y te hace guía de sus primeros pasos, apoyo de su crecimiento, punto de referencia en el posterior camino de la vida.

Te doy gracias, mujer-esposa, que unes irrevocablemente tu destino al de un hombre, mediante una relación de recíproca entrega, al servicio de la comunión y de la vida.

Te doy gracias, mujer-hija mujer-hermana, que aportas al núcleo familiar y también al conjunto de la vida social las riquezas de tu sensibilidad, intuición, generosidad y constancia.

Te doy gracias, mujer-trabajadora, que participas en todos los ámbitos de la vida social, económica, cultural, artística y política, mediante la indispensable aportación que das a la elaboración de una cultura capaz de conciliar razón y sentimiento, a una concepción de la vida siempre abierta al sentido del «misterio», a la edificación de estructuras económicas y políticas más ricas de humanidad.

Te doy gracias, mujer-consagrada, que a ejemplo de la más grande de las mujeres, la Madre de Cristo, Verbo encarnado, te abres con docilidad y fidelidad al amor de Dios, ayudando a la Iglesia y a toda la humanidad a vivir para Dios una respuesta «esponsal», que expresa maravillosamente la comunión que Él quiere establecer con su criatura.

Te doy gracias, mujer, ¡por el hecho mismo de ser mujer! Con la intuición propia de tu femineidad enriqueces la comprensión del mundo y contribuyes a la plena verdad de las relaciones humanas.

3. Pero dar gracias no basta, lo sé. Por desgracia somos herederos de una historia de enormes condicionamientos que, en todos los tiempos y en cada lugar, han hecho difícil el camino de la mujer, despreciada en su dignidad, olvidada en sus prerrogativas, marginada frecuentemente e incluso reducida a esclavitud.

Esto le ha impedido ser profundamente ella misma y ha empobrecido la humanidad entera de auténticas riquezas espirituales. No sería ciertamente fácil señalar responsabilidades precisas, considerando la fuerza de las sedimentaciones culturales que, a lo largo de los siglos, han plasmado mentalidades e instituciones.

Pero si en esto no han faltado, especialmente en determinados contextos históricos, responsabilidades objetivas incluso en no pocos hijos de la Iglesia, lo siento sinceramente. Que este sentimiento se convierta para toda la Iglesia en un compromiso de renovada fidelidad a la inspiración evangélica, que precisamente sobre el tema de la liberación de la mujer de toda forma de abuso y de dominio tiene un mensaje de perenne actualidad, el cual brota de la actitud misma de Cristo. 

Él, superando las normas vigentes en la cultura de su tiempo, tuvo en relación con las mujeres una actitud de apertura, de respeto, de acogida y de ternura. De este modo honraba en la mujer la dignidad que tiene desde siempre, en el proyecto y en el amor de Dios.

Mirando hacia Él, al final de este segundo milenio, resulta espontáneo preguntarse: ¿qué parte de su mensaje ha sido comprendido y llevado a término?

Ciertamente, es la hora de mirar con la valentía de la memoria, y reconociendo sinceramente las responsabilidades, la larga historia de la humanidad, a la que las mujeres han contribuido no menos que los hombres, y la mayor parte de las veces en condiciones bastante más adversas.

Pienso, en particular, en las mujeres que han amado la cultura y el arte, y se han dedicado a ello partiendo con desventaja, excluidas a menudo de una educación igual, expuestas a la infravaloración, al desconocimiento e incluso al despojo de su aportación intelectual.

Por desgracia, de la múltiple actividad de las mujeres en la historia ha quedado muy poco que se pueda recuperar con los instrumentos de la historiografía científica. Por suerte, aunque el tiempo haya enterrado sus huellas documentales, sin embargo se percibe su influjo benéfico en la linfa vital que conforma el ser de las generaciones que se han sucedido hasta nosotros.

Respecto a esta grande e inmensa «tradición» femenina, la humanidad tiene una deuda incalculable. ¡Cuántas mujeres han sido y son todavía más tenidas en cuenta por su aspecto físico que por su competencia, profesionalidad, capacidad intelectual, riqueza de su sensibilidad y en definitiva por la dignidad misma de su ser!

4. Y qué decir también de los obstáculos que, en tantas partes del mundo, impiden aún a las mujeres su plena inserción en la vida social, política y económica? Baste pensar en cómo a menudo es penalizado, más que gratificado, el don de la maternidad, al que la humanidad debe también su misma supervivencia. Ciertamente, aún queda mucho por hacer para que el ser mujer y madre no comporte una discriminación.

Es urgente alcanzar en todas partes la efectiva igualdad de los derechos de la persona y por tanto igualdad de salario respecto a igualdad de trabajo, tutela de la trabajadora-madre, justas promociones en la carrera, igualdad de los esposos en el derecho de familia, reconocimiento de todo lo que va unido a los derechos y deberes del ciudadano en un régimen democrático.

Se trata de un acto de justicia, pero también de una necesidad. Los graves problemas sobre la mesa, en la política del futuro, verán a la mujer comprometida cada vez más: tiempo libre, calidad de la vida, migraciones, servicios sociales, eutanasia, droga, sanidad y asistencia, ecología, etc.

Para todos estos campos será preciosa una mayor presencia social de la mujer, porque contribuirá a manifestar las contradicciones de una sociedad organizada sobre puros criterios de eficiencia y productividad, y obligará a replantear los sistemas en favor de los procesos de humanización que configuran la «civilización del amor».

5. Mirando también uno de los aspectos más delicados de la situación femenina en el mundo, cómo no recordar la larga y humillante historia —a menudo «subterránea»— de abusos cometidos contra las mujeres en el campo de la sexualidad? A las puertas del tercer milenio no podemos permanecer impasibles y resignados ante este fenómeno.

Es hora de condenar con determinación, empleando los medios legislativos apropiados de defensa, las formas de violencia sexual que con frecuencia tienen por objeto a las mujeres.

En nombre del respeto de la persona no podemos además no denunciar la difundida cultura hedonística y comercial que promueve la explotación sistemática de la sexualidad, induciendo a chicas incluso de muy joven edad a caer en los ambientes de la corrupción y hacer un uso mercenario de su cuerpo.

Ante estas perversiones, cuánto reconocimiento merecen en cambio las mujeres que, con amor heroico por su criatura, llevan a término un embarazo derivado de la injusticia de relaciones sexuales impuestas con la fuerza; y esto no sólo en el conjunto de las atrocidades que por desgracia tienen lugar en contextos de guerra todavía tan frecuentes en el mundo, sino también en situaciones de bienestar y de paz, viciadas a menudo por una cultura de permisivismo hedonístico, en que prosperan también más fácilmente tendencias de machismo agresivo.

En semejantes condiciones, la opción del aborto, que es siempre un pecado grave, antes de ser una responsabilidad de las mujeres, es un crimen imputable al hombre y a la complicidad del ambiente que lo rodea.

6. Mi «gratitud» a las mujeres se convierte pues en una llamada apremiante, a fin de que por parte de todos, y en particular por parte de los Estados y de las instituciones internacionales, se haga lo necesario para devolver a las mujeres el pleno respeto de su dignidad y de su papel.

A este propósito expreso mi admiración hacia las mujeres de buena voluntad que se han dedicado a defender la dignidad de su condición femenina mediante la conquista de fundamentales derechos sociales, económicos y políticos, y han tomado esta valiente iniciativa en tiempos en que este compromiso suyo era considerado un acto de transgresión, un signo de falta de femineidad, una manifestación de exhibicionismo, y tal vez un pecado.

Como expuse en el Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz de este año, mirando este gran proceso de liberación de la mujer, se puede decir que «ha sido un camino difícil y complicado y, alguna vez, no exento de errores, aunque sustancialmente positivo, incluso estando todavía incompleto por tantos obstáculos que, en varias partes del mundo, se interponen a que la mujer sea reconocida, respetada y valorada en su peculiar dignidad» (n. 4).

¡Es necesario continuar en este camino! Sin embargo estoy convencido de que el secreto para recorrer libremente el camino del pleno respeto de la identidad femenina no está solamente en la denuncia, aunque necesaria, de las discriminaciones y de las injusticias, sino también y sobre todo en un eficaz e ilustrado proyecto de promoción, que contemple todos los ámbitos de la vida femenina, a partir de una renovada y universal toma de conciencia de la dignidad de la mujer. 

A su reconocimiento, no obstante los múltiples condicionamientos históricos, nos lleva la razón misma, que siente la Ley de Dios inscrita en el corazón de cada hombre. Pero es sobre todo la Palabra de Dios la que nos permite descubrir con claridad el radical fundamento antropológico de la dignidad de la mujer, indicándonoslo en el designio de Dios sobre la humanidad.

7. Permitidme pues, queridas hermanas, que medite de nuevo con vosotras sobre la maravillosa página bíblica que presenta la creación del ser humano, y que dice tanto sobre vuestra dignidad y misión en el mundo.

El Libro del Génesis habla de la creación de modo sintético y con lenguaje poético y simbólico, pero profundamente verdadero: «Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios lo creó: varón y mujer los creó» (Gn 1, 27).

La acción creadora de Dios se desarrolla según un proyecto preciso. Ante todo, se dice que el ser humano es creado «a imagen y semejanza de Dios» (cf. Gn 1, 26), expresión que aclara en seguida el carácter peculiar del ser humano en el conjunto de la obra de la creación.

Se dice además que el ser humano, desde el principio, es creado como «varón y mujer» (Gn 1, 27). La Escritura misma da la interpretación de este dato: el hombre, aun encontrándose rodeado de las innumerables criaturas del mundo visible, ve que está solo (cf. Gn 2, 20). Dios interviene para hacerlo salir de tal situación de soledad: «No es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada» (Gn 2, 18).

En la creación de la mujer está inscrito, pues, desde el inicio el principio de la ayuda: ayuda —mírese bien— no unilateral, sino recíproca. La mujer es el complemento del hombre, como el hombre es el complemento de la mujer: mujer y hombre son entre sí complementarios. La femineidad realiza lo «humano» tanto como la masculinidad, pero con una modulación diversa y complementaria.

Cuando el Génesis habla de «ayuda», no se refiere solamente al ámbito del obrar, sino también al del ser. Femineidad y masculinidad son entre sí complementarias no sólo desde el punto de vista físico y psíquico, sino ontológico. Sólo gracias a la dualidad de lo «masculino» y de lo «femenino» lo «humano» se realiza plenamente.

8. Después de crear al ser humano varón y mujer, Dios dice a ambos: «Llenad la tierra y sometedla» (Gn 1, 28). No les da sólo el poder de procrear para perpetuar en el tiempo el género humano, sino que les entrega también la tierra como tarea, comprometiéndolos a administrar sus recursos con responsabilidad. 

El ser humano, ser racional y libre, está llamado a transformar la faz de la tierra. En este encargo, que esencialmente es obra de cultura, tanto el hombre como la mujer tienen desde el principio igual responsabilidad.

En su reciprocidad esponsal y fecunda, en su común tarea de dominar y someter la tierra, la mujer y el hombre no reflejan una igualdad estática y uniforme, y ni siquiera una diferencia abismal e inexorablemente conflictiva: su relación más natural, de acuerdo con el designio de Dios, es la «unidad de los dos», o sea una «unidualidad» relacional, que permite a cada uno sentir la relación interpersonal y recíproca como un don enriquecedor y responsabilizante.

A esta «unidad de los dos» confía Dios no sólo la obra de la procreación y la vida de la familia, sino la construcción misma de la historia.

Si durante el Año internacional de la Familia, celebrado en 1994, se puso la atención sobre la mujer como madre, la Conferencia de Pekín es la ocasión propicia para una nueva toma de conciencia de la múltiple aportación que la mujer ofrece a la vida de todas las sociedades y naciones. 

Es una aportación, ante todo, de naturaleza espiritual y cultural, pero también socio-política y económica. ¡Es mucho verdaderamente lo que deben a la aportación de la mujer los diversos sectores de la sociedad, los Estados, las culturas nacionales y, en definitiva, el progreso de todo el genero humano!

9. Normalmente el progreso se valora según categorías científicas y técnicas, y también desde este punto de vista no falta la aportación de la mujer. Sin embargo, no es ésta la única dimensión del progreso, es más, ni siquiera es la principal.

Más importante es la dimensión ética y social, que afecta a las relaciones humanas y a los valores del espíritu: en esta dimensión, desarrollada a menudo sin clamor, a partir de las relaciones cotidianas entre las personas, especialmente dentro de la familia, la sociedad es en gran parte deudora precisamente al «genio de la mujer».

A este respecto, quiero manifestar una particular gratitud a las mujeres comprometidas en los más diversos sectores de la actividad educativa, fuera de la familia: asilos, escuelas, universidades, instituciones asistenciales, parroquias, asociaciones y movimientos.

Donde se da la exigencia de un trabajo formativo se puede constatar la inmensa disponibilidad de las mujeres a dedicarse a las relaciones humanas, especialmente en favor de los más débiles e indefensos. En este cometido manifiestan una forma de maternidad afectiva, cultural y espiritual, de un valor verdaderamente inestimable, por la influencia que tiene en el desarrollo de la persona y en el futuro de la sociedad.

¿Cómo no recordar aquí el testimonio de tantas mujeres católicas y de tantas Congregaciones religiosas femeninas que, en los diversos continentes, han hecho de la educación, especialmente de los niños y de las niñas, su principal servicio?

¿Cómo no mirar con gratitud a todas las mujeres que han trabajado y siguen trabajando en el campo de la salud, no sólo en el ámbito de las instituciones sanitarias mejor organizadas, sino a menudo en circunstancias muy precarias, en los Países más pobres del mundo, dando un testimonio de disponibilidad que a veces roza el martirio?

10. Deseo pues, queridas hermanas, que se reflexione con mucha atención sobre el tema del «genio de la mujer», no sólo para reconocer los caracteres que en el mismo hay de un preciso proyecto de Dios que ha de ser acogido y respetado, sino también para darle un mayor espacio en el conjunto de la vida social así como en la eclesial.

Precisamente sobre este tema, ya tratado con ocasión del Año Mariano, tuve oportunidad de ocuparme ampliamente en la citada Carta apostólica Mulieris dignitatempublicada en 1988.

Este año, además, con ocasión del Jueves Santo, a la tradicional Carta que envío a los sacerdotes he querido agregar idealmente la Mulieris dignitateminvitándoles a reflexionar sobre el significativo papel que la mujer tiene en sus vidas como madre, como hermana y como colaboradora en las obras apostólicas.

Es ésta otra dimensión, —diversa de la conyugal, pero asimismo importante— de aquella «ayuda» que la mujer, según el Génesis, está llamada a ofrecer al hombre.

La Iglesia ve en María la máxima expresión del «genio femenino» y encuentra en Ella una fuente de continua inspiración. María se ha autodefinido «esclava del Señor» (Lc 1, 38). Por su obediencia a la Palabra de Dios Ella ha acogido su vocación privilegiada, nada fácil, de esposa y de madre en la familia de Nazaret. Poniéndose al servicio de Dios, ha estado también al servicio de los hombres: un servicio de amor. 

Precisamente este servicio le ha permitido realizar en su vida la experiencia de un misterioso, pero auténtico «reinar». No es por casualidad que se la invoca como «Reina del cielo y de la tierra». Con este título la invoca toda la comunidad de los creyentes, la invocan como «Reina» muchos pueblos y naciones. ¡Su «reinar» es servir! ¡Su servir es «reinar»!

De este modo debería entenderse la autoridad, tanto en la familia como en la sociedad y en la Iglesia. El «reinar» es la revelación de la vocación fundamental del ser humano, creado a «imagen» de Aquel que es el Señor del cielo y de la tierra, llamado a ser en Cristo su hijo adoptivo.

El hombre es la única criatura sobre la tierra que «Dios ha amado por sí misma», como enseña el Concilio Vaticano II, el cual añade significativamente que el hombre «no puede encontrarse plenamente a sí mismo sino en la entrega sincera de sí mismo» (Gaudium et spes24).

En esto consiste el «reinar» materno de María. Siendo, con todo su ser, un don para el Hijo, es un don también para los hijos e hijas de todo el género humano, suscitando profunda confianza en quien se dirige a Ella para ser guiado por los difíciles caminos de la vida al propio y definitivo destino trascendente.

A esta meta final llega cada uno a través de las etapas de la propia vocación, una meta que orienta el compromiso en el tiempo tanto del hombre como de la mujer.

11. En este horizonte de «servicio» —que, si se realiza con libertad, reciprocidad y amor, expresa la verdadera «realeza» del ser humano— es posible acoger también, sin desventajas para la mujer, una cierta diversidad de papeles, en la medida en que tal diversidad no es fruto de imposición arbitraria, sino que mana del carácter peculiar del ser masculino y femenino. Es un tema que tiene su aplicación específica incluso dentro de la Iglesia.

Si Cristo —con una elección libre y soberana, atestiguada por el Evangelio y la constante tradición eclesial— ha confiado solamente a los varones la tarea de ser «icono» de su rostro de «pastor» y de «esposo» de la Iglesia a través del ejercicio del sacerdocio ministerial, esto no quita nada al papel de la mujer, así como al de los demás miembros de la Iglesia que no han recibido el orden sagrado, siendo por lo demás todos igualmente dotados de la dignidad propia del «sacerdocio común», fundamentado en el Bautismo.

En efecto, estas distinciones de papel no deben interpretarse a la luz de los cánones de funcionamiento propios de las sociedades humanas, sino con los criterios específicos de la economía sacramental, o sea, la economía de «signos» elegidos libremente por Dios para hacerse presente en medio de los hombres.

Por otra parte, precisamente en la línea de esta economía de signos, incluso fuera del ámbito sacramental, hay que tener en cuenta la «femineidad» vivida según el modelo sublime de María.

En efecto, en la «femineidad» de la mujer creyente, y particularmente en el de la «consagrada», se da una especie de «profecía» inmanente (cf. Mulieris dignitatem29), un simbolismo muy evocador, podría decirse un fecundo «carácter de icono», que se realiza plenamente en María y expresa muy bien el ser mismo de la Iglesia como comunidad consagrada totalmente con corazón «virgen», para ser «esposa» de Cristo y «madre» de los creyentes.

En esta perspectiva de complementariedad «icónica» de los papeles masculino y femenino se ponen mejor de relieve las dos dimensiones imprescindibles de la Iglesia: el principio «mariano» y el «apostólico-petrino» (cf. ibid., 27).

Por otra parte —lo recordaba a los sacerdotes en la citada Carta del Jueves Santo de este año— el sacerdocio ministerial, en el plan de Cristo «no es expresión de dominio, sino de servicio» (n. 7).

Es deber urgente de la Iglesia, en su renovación diaria a la luz de la Palabra de Dios, evidenciar esto cada vez más, tanto en el desarrollo del espíritu de comunión y en la atenta promoción de todos los medios típicamente eclesiales de participación, como a través del respeto y valoración de los innumerables carismas personales y comunitarios que el Espíritu de Dios suscita para la edificación de la comunidad cristiana y el servicio a los hombres.

En este amplio ámbito de servicio, la historia de la Iglesia en estos dos milenios, a pesar de tantos condicionamientos, ha conocido verdaderamente el «genio de la mujer», habiendo visto surgir en su seno mujeres de gran talla que han dejado amplia y beneficiosa huella de sí mismas en el tiempo.

Pienso en la larga serie de mártires, de santas, de místicas insignes. Pienso de modo especial en santa Catalina de Siena y en santa Teresa de Jesús, a las que el Papa Pablo VI concedió el título de Doctoras de la Iglesia. Y ¿cómo no recordar además a tantas mujeres que, movidas por la fe, han emprendido iniciativas de extraordinaria importancia social especialmente al servicio de los más pobres?

En el futuro de la Iglesia en el tercer milenio no dejarán de darse ciertamente nuevas y admirables manifestaciones del «genio femenino».

12. Vosotras veis, pues, queridas hermanas, cuántos motivos tiene la Iglesia para desear que, en la próxima Conferencia, promovida por las Naciones Unidas en Pekín, se clarifique la plena verdad sobre la mujer. 

Que se dé verdaderamente su debido relieve al «genio de la mujer», teniendo en cuenta no sólo a las mujeres importantes y famosas del pasado o las contemporáneas, sino también a las sencillas, que expresan su talento femenino en el servicio de los demás en lo ordinario de cada día.

En efecto, es dándose a los otros en la vida diaria como la mujer descubre la vocación profunda de su vida; ella que quizá más aún que el hombre ve al hombre, porque lo ve con el corazón. Lo ve independientemente de los diversos sistemas ideológicos y políticos. Lo ve en su grandeza y en sus límites, y trata de acercarse a él y serle de ayuda. 

De este modo, se realiza en la historia de la humanidad el plan fundamental del Creador e incesantemente viene a la luz, en la variedad de vocaciones, la belleza —no solamente física, sino sobre todo espiritual— con que Dios ha dotado desde el principio a la criatura humana y especialmente a la mujer.

Mientras confío al Señor en la oración el buen resultado de la importante reunión de Pekín, invito a las comunidades eclesiales a hacer del presente año una ocasión para una sentida acción de gracias al Creador y al Redentor del mundo precisamente por el don de un bien tan grande como es el de la femineidad: ésta, en sus múltiples expresiones, pertenece al patrimonio constitutivo de la humanidad y de la misma Iglesia.

Que María, Reina del amor, vele sobre las mujeres y sobre su misión al servicio de la humanidad, de la paz y de la extensión del Reino de Dios.

Con mi Bendición.

Vaticano, 29 de junio, solemnidad de los santos Pedro y Pablo, del año 1995.

 

JUAN PABLO II

 


© Copyright – Libreria Editrice Vaticana

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¿Quieres orar por tu hijo como Santa Mónica? Este libro enseña cómo.

febrero 23, 2020

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Santa Mónica y San Agustín. Crédito: Wikipedia.

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¿Quieres orar por tu hijo como Santa Mónica? Este libro enseña cómo.

Redacción ACI Prensa

El P. Manolo Morales es el autor del libro “Tus hijos volverán. Un ‘Viaje’ apasionante con Mónica y Agustín”, que relata la experiencia de varias mujeres pertenecientes a los Grupos de Madres Mónica que se reúnen para rezar por sus hijos siguiendo el ejemplo de la Santa Madre de San Agustín.

La idea de escribir este libro nació “en Cádiz. Al celebrar los 400 años de la permanencia de los agustinos en esta ciudad, (1617-2017), relanzamos esta idea de las comunidades. Fue una chispa que prendió enseguida asombrosamente. Las madres querían conocer mejor la vida de Santa Mónica. Su hijo Agustín, en realidad, es quien lo ha contado todo”.

En el libro “Tus hijos volverán”, las integrantes de estos grupos de oración exponen situaciones o dificultades que han vivido con sus hijos; se explica cómo Santa Mónica vivió problemas similares con San Agustín; y qué nos enseña a los padres de hoy.

“Me di cuenta de que, quienes mejor que nadie podían entender lo que Mónica vivió y sufrió, eran ellas, las propias madres de hoy. Y me imaginé el acompañamiento que vive Mónica con su hijo, como una especie de ‘viaje’ con varias estaciones: momentos, situaciones, sentimientos, que viven hoy como entonces muchas madres viendo al hijo, la hija, alejarse de la fe de la Iglesia. Y esta es la primera parte, la más original, del libro”, precisa el P. Morales a ACI Prensa.

Además, recuerda que “la oración dolorida de las madres tiene una fuerza, propia solo de un amor tan fuerte. En el libro aparecen experiencias y testimonios alentadores de madres que luchan y superan dificultades de todo tipo con sus hijos. La adolescencia de ellos, explicada en el libro también con aportaciones de expertos, es una crisis necesaria que exige de las madres lo que hemos llamado ‘un segundo parto’, una maternidad nueva espiritual con otro tipo de dolores, pero fecundísima”.

Mientras que la segunda parte es una biografía resumida de la vida de San Agustín y Santa Mónica que, según precisa el autor, “ayuda a ‘situar’ las estaciones de ese ‘viaje’”.

El P. Morales explicó que el título del libro es un “mensaje de esperanza”, porque “son palabras, llenas de emoción, que el profeta Jeremías dirige al pueblo de Israel, infundiéndole la esperanza de una vuelta a casa y un tiempo nuevo. Refiere el grito y el llanto de una madre, Raquel, mujer del pueblo, ‘la gran matriarca de su tribu’, que llora a sus hijos y no quiere ser consolada. Y Dios responde a la madre”.

“La historia se ha ido repitiendo. Santa Mónica, concretamente, escuchó del obispo palabras muy parecidas cuando lloraba la suerte de su hijo, que, apartado de la Iglesia, se había metido en una secta absurda, los maniqueos: ‘Anda, le dijo el obispo, y que vivas muchos años, mujer. Es imposible que se pierda el hijo de esas lágrimas’”, explica el P. Morales.

Aunque el origen de los grupos de Madres Mónica no está muy claro, “porque donde ha habido Agustinos o Agustinas en conventos, parroquias, colegios… ha sido muy normal que aparecieran estos grupos”. En España se tiene constancia por “los Padres Agustinos Recoletos quienes en los años 80, desde la parroquia de Santa Rita de Madrid, consiguieron dar forma a estas comunidades que se han extendido por todo el mundo”.

Algunas Madres Mónica aseguran que estos grupos son “la respuesta de Dios a mi súplica en busca de amor, confiesa una Madre Mónica. Necesitaba yo ese acompañamiento como el aire que respiro. Es tangible el Amor de Dios”.

Sor Patricia Lázaro, religiosa agustina, explicó a ACI Prensa que el esquema de oración que siguen los grupos de Madres Mónica “es muy sencillo. Son grupos de siete madres y cada día de la semana una se compromete a rezar por sus hijos y los de las demás y sus maridos”.

“Una vez a la semana o cuando puedan reunirse se juntan para tener un encuentro de formación, compartir sus vivencias e intenciones. Son grupos en los que se garantiza la confidencialidad de lo que se cuenta y el apoyo no tanto físico como espiritual”.

Sor Patricia también aseguró que “no es que los problemas dejan de estar ahí. Pero hay una frase que dice, que aunque nada cambie, si yo cambio, todo cambia; y poco a poco se va cambiando la perspectiva y el horizonte. Los problemas a veces no se solucionan y otras veces sí, porque la oración abre las puertas a la acción de Dios. Y allí donde hay gente que  reza hay ventanas que se abren a la acción de Dios”.

https://www.aciprensa.com/noticias/quieres-orar-por-tu-hijo-como-santa-monica-este-libro-ensena-como-80399?fbclid=IwAR0SrrD06RpkfUSbzAcx5A2gZ-dgBee4OV1SQArG4UMuOf5x1J0Mwc6VUEw


El maná de cada día, 13.2.20

febrero 13, 2020

Jueves de la 5ª semana del Tiempo Ordinario

cananea-2
Fe, humildad y perseverancia


PRIMERA LECTURA: 1 Reyes 11, 4-13

Cuando el rey Salomón llegó a viejo, sus mujeres desviaron su corazón tras dioses extranjeros; su corazón ya no perteneció por entero al Señor como el corazón de David, su padre.

Salomón siguió a Astarté, diosa de los fenicios, y a Malcón, ídolo de los amonitas. Hizo lo que el Señor reprueba; no siguió plenamente al Señor como su padre David.

Entonces construyó una ermita a Camós, ídolo de Moab, en el monte que se alza frente a Jerusalén, y a Malcón, ídolo de los amonitas. Hizo otro tanto para sus mujeres extranjeras, que quemaban incienso y sacrificaban en honor de sus dioses.

El Señor se encolerizó contra Salomón, porque había desviado su corazón del Señor Dios de Israel, que se le había aparecido dos veces, y que precisamente le había prohibido seguir a dioses extranjeros; pero Salomón no cumplió esta orden.

Entonces el Señor le dijo: «Por haberte portado así conmigo, siendo infiel al pacto y a los mandatos que te di, te voy a arrancar el reino de las manos para dárselo a un siervo tuyo. No lo haré mientras vivas, en consideración a tu padre David; se lo arrancaré de la mano a tu hijo. Y ni siquiera le arrancaré todo el reino; dejaré a tu hijo una tribu, en consideración a mi siervo David y a Jerusalén, mi ciudad elegida.»

SALMO 105, 3-4.35-36.37.40

Acuérdate de mí, Señor, por amor a tu pueblo.

Dichosos los que respetan el derecho y practican siempre la justicia. Acuérdate de mí por amor a tu pueblo, visítame con tu salvación.

Emparentaron con los gentiles, imitaron sus costumbres; adoraron sus ídolos y cayeron en sus lazos.

Inmolaron a los demonios sus hijos y sus hijas. La ira del Señor se encendió contra su pueblo, y aborreció su heredad.

Aclamación antes del Evangelio: St 1, 21bc

Aceptad dócilmente la palabra que ha sido plantada y es capaz de salvaros.

EVANGELIO: Marcos 7, 24-30

En aquel tiempo, Jesús fue a la región de Tiro. Se alojó en una casa, procurando pasar desapercibido, pero no lo consiguió; una mujer que tenía una hija poseída por un espíritu impuro se enteró en seguida, fue a buscarlo y se le echó a los pies. La mujer era griega, una fenicia de Siria, y le rogaba que echase el demonio de su hija.

Él le dijo: «Deja que coman primero los hijos. No está bien echarles a los perros el pan de los hijos.»

Pero ella replicó: «Tienes razón, Señor; pero también los perros, debajo de la mesa, comen las migajas que tiran los niños.»

Él le contestó: «Anda, vete, que, por eso que has dicho, el demonio ha salido de tu hija». Al llegar a su casa, se encontró a la niña echada en la cama; el demonio se había marchado.

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ORACIÓN HUMILDE Y PERSEVERANTE

P. Francisco Fernández Carvajal

La curación de la hija de la mujer cananea. Condiciones de la verdadera oración.

Nos dice San Marcos en el Evangelio de la Misa que llegó Jesús con sus discípulos a la región de Tiro y de Sidón1. Allí se acercó a ellos una mujer gentil, sirofenicia de origen, perteneciente a la primitiva población de Palestina. Se echó a sus pies y le pidió la curación de su hija, que estaba poseída por el demonio.

Jesús no decía nada, y los discípulos, cansados de la insistencia de la mujer, le pedían que la despachara2.

El Señor trata de explicar a la mujer que el Mesías ha de darse a conocer en primer lugar a los judíos, a los hijos. Y, con una expresión difícil de comprender sin ver sus gestos amables, le dijo: Deja que primero se sacien los hijos, porque no está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perrillos.

La mujer no se sintió herida ni humillada, sino que insiste más, con profunda humildad: Señor, también los perrillos comen debajo de la mesa las migajas de los hijos. Ante tantas virtudes, Jesús, conmovido, no retrasó más el milagro que se le pedía, y la despidió así: Por esto que has dicho, vete, el demonio ha salido de tu hija.

Dios, que resiste a los soberbios, da su gracia a los humildes3; aquella mujer alcanzó lo que quería y se ganó el corazón del Maestro.

Es el ejemplo acabado para todos aquellos que se cansan de rezar porque creen que no son escuchados. En su oración se hallan resumidas las condiciones de toda petición: fe, humildad, perseverancia y confianza.

El intenso amor que muestra hacia su hija poseída por el demonio debió de agradar mucho a Cristo. Quizá los Apóstoles se acordaron de esta mujer cuando oyeron más tarde la parábola de la viuda inoportuna4, que también consiguió lo que quería por su tozudez, por su insistencia.

Enseña Santo Tomás que la verdadera oración es infaliblemente eficaz, porque Dios, que nunca se vuelve atrás, ha decretado que así sea5.

Y para que no dejáramos de pedir, el Señor nos mostró con ejemplos sencillos y claros, para que lo entendiéramos bien, que siempre y en todo lugar nuestras oraciones hechas con rectitud llegan hasta Él y las atiende: si entre vosotros un hijo pide pan a su padre, ¿acaso le dará una piedra?; o si pide un pez, ¿le dará en lugar de un pez una serpiente?… ¡Cuánto más vuestro Padre, que está en los cielos…!6.

«Jamás Dios ha negado ni denegará nada a los que piden sus gracias debidamente. La oración es el gran recurso que nos queda para salir del pecado, para perseverar en la gracia, para mover el corazón de Dios y atraer sobre nosotros toda suerte de bendiciones del cielo, ya para el alma, o por lo que se refiere a nuestras necesidades temporales»7.

Cuando pidamos algún don, hemos de pensar que somos hijos de Dios, y Él está infinitamente más atento hacia nosotros que el mejor padre de la tierra hacia su hijo más necesitado.

1 Mc 7, 24-30. — 2 Mt 15, 23. — 3 1 Pdr 5, 5. — 4 Lc 18, 3 ss. — 5 Cfr. Santo Tomás, Suma Teológica, 2-2, q. 83, a. 2. — 6 Cfr. Lc 11, 11-13. — 7 Santo Cura de Ars, Sermón para el Quinto Domingo después de Pascua.

«Mi hijo se ha alejado de Dios». 11 cosas que todo padre necesita entender

enero 17, 2020

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 El hijo, antes de volver, recuerda con cariño la experiencia de su vida como hijo amado. El amor de familia, el recuerdo del hogar son la verdadera herencia del Padre Misericordioso.

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«Mi hijo se ha alejado de Dios». 11 cosas que todo padre necesita entender

Por Andrés D´Angelo

«Niños pequeños, problemas pequeños.
Niños grandes, problemas grandes».
— Refrán popular.

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Cuando te enteras de que tu esposa está embarazada, o cuando te enteras de que te darán un niño en adopción, te cambia la vida para siempre. ¡Tú y tu cónyuge van a ser padres! ¡Y de pronto te vuelves loco de amor!

Te prometes que vas a hacer por esa pequeña personita, que Dios puso en tu camino, todos los sacrificios posibles, todos los esfuerzos imaginables y que siempre vas a ser un padre y una madre presente, paciente, amoroso y genial.

1. Luego los niños comienzan a crecer

Y te das cuenta de que… las cosas no son tan sencillas. Los niños tienen una extraordinaria capacidad de trabajar la paciencia de la gente mayor casi desde el primer día. Por eso, Dios, en su infinita sabiduría, puso un papá y una mamá, para que tomen turnos cuidando al pequeñajo.

Las mamás lo hacen instintivamente, y los papás… no tanto, pero ¡podemos aprender! Cuando logramos hacer un gran equipo, los niños se desarrollan plenos y felices.

2. Y entonces llega la temida adolescencia

No podemos creer que ese pequeño, que era el sol de nuestras vidas, que tantas alegrías nos dio, de pronto se convierta en un ser huraño, protestón, aburrido, peleón y muchas veces tan tonto, que parece que no hay instrumentos para medirlo.

Nos busca, y generalmente nos encuentra, y esos encontronazos no son siempre lindos. La relación se desgasta, nos peleamos, nos amargamos y pensamos: «qué lindo será todo después de la adolescencia, cuando mi hijo o mi hija se comporten como adultos serios y responsables». Pero entonces… ¡Tampoco sucede!

Nos preguntamos: ¿Por qué esta serie de desencuentros entre el hijo ideal que siempre nos imaginamos y la realidad tan dura?

3. ¡Nuestros hijos son libres!

Así es, ¡Porque nuestros hijos son seres libres! Dios no solo los creó libres: ¡los quiere libres! ¿Y por qué Dios querría ese disparate? ¿Por qué no los hizo obedientes, buenos, sencillos, manejables y dulces como siempre los imaginamos?

Porque Dios quiere hijos, y no esclavos. El amor es una decisión libre, y por eso, la libertad es tan importante para Dios. El problema es que nuestros hijos los «tenemos» nosotros, y su libertad muchas veces choca contra nuestra idealización del hijo. Contra nuestras normas de convivencia, y a veces ¡Contra el mismo Dios!

¿Cómo puede ser que ese chiquitín o esa chiquitina que participó en su primera comunión con tanto fervor, de pronto no quiera ir más a Misa? Muchas veces esa revisión de «qué pasó», puede desembocar en una acusación implícita o explícita a nosotros mismos, a nuestra misión como padres.

¿Qué hice, o qué hicimos mal para que este pequeño, que era tan dócil, de pronto se convierta en un rebelde sin causa, que se revuelva contra la autoridad de papá y mamá y quiera «hacer su vida» o que «lo dejemos tranquilo»?

4. ¡No pasó nada, ni hicimos nada mal!

Nuestros hijos están «haciendo» su camino, y para ello deberán dejarnos, por más que muchas veces les duela a ellos y nos duela más a nosotros. Ellos necesitan resolver sus problemas por sí mismos, porque es una herramienta que necesitan para enfrentar la vida por sus propios medios.

Saben instintivamente que no vamos a estar durante toda su vida, y necesitan enfrentar los problemas que generan sus propias conductas en libertad.

Podemos pensar en ellos como en pequeñas plantas que hemos mantenido en un invernadero, y que debemos sacar a las condiciones naturales para que se templen, y desarrollen su propias raíces y follajes.

El invernadero estuvo muy bien mientras fueron frágiles, ahora es tiempo de que prueben (y especialmente que se prueben a sí mismos) en «condiciones reales». De ese modo, cuando vengan las tormentas de la vida, ya tendrán herramientas para enfrentarlas, porque dejamos que desplieguen sus alas y vuelen.

5. ¿Cómo comportarnos ante ese hijo desafiante?

Pero mientras tanto, mientras todavía chocamos, mientras nos desesperan con sus actitudes y desafíos, tendremos que saber cómo comportarnos.

Qué cosas les ayudan en esta exploración, qué cosas podemos hacer para otorgarles confianza, tal vez para hacer más corto este «recorrido divergente» y este crecimiento, y en última instancia, para no perder la paciencia y perjudicarnos mutuamente en esta etapa de su desarrollo.

Para ello me gusta mucho fijarme en la parábola del Hijo Pródigo (o como le gusta llamarla al papa Francisco, la parábola del «Padre Misericordioso»). Viendo la actitud del padre, podremos ver algunas pistas para saber qué hacer en estas circunstancias.

6. Tus hijos te van a «pedir la herencia»

Como vimos, tarde o temprano, tus hijos van a pedirte «que no te metas más en sus vidas», que te hagas a un lado y te apartes, que ellos necesitan «que los dejes en paz». Te lo garantizo, la primera vez que te pase, se te va a partir el corazón en pedazos.

No es fácil, no es lindo y es casi seguro que va a suceder, más temprano que tarde. La tendencia natural sería de decirles «mientras dependas de nosotros, cumplirás nuestras reglas».

Pero el Padre Misericordioso no hace eso. Al contrario, accede al pedido de su hijo y lo deja ir con «su parte de la herencia» y probablemente con los pedazos de su corazón destrozado.

Como te dije en la introducción: ellos necesitan abrirse camino por sus propios medios, necesitan equivocarse y golpearse para poder crecer. Puedes ofrecerle a Dios esos pedazos de tu corazón, para que esa «ruptura» sea fructífera y no tan dolorosa.

7. Tus hijos se van a ir a tierras extrañas

Cuando se vayan de casa, cuando se vayan a estudiar lejos, o cuando comiencen su vida, habrá tiempos en los que no querrán hablar con ustedes, y sentirás que el corazón se te cae de nuevo a pedazos.

¿Cómo puede ser que no nos quieran llamar, que no quieran pasar su cumpleaños con nosotros, que quieran alejarse voluntariamente de la casa que los vio crecer?

Precisamente, porque necesitan ampliar sus horizontes. Conocer gente nueva, experimentar otras formas de ver el mundo, hablar de otros temas, crecer y conocer nuevas experiencias, tal vez algunas que nosotros no nos animamos a su edad… Y también harán algunas cosas que van en contra de nuestras convicciones y creencias.

Van a buscarse en tierras extrañas, con la ilusión de descubrirse y encontrarse, pero también… con el riesgo de perderse. ¿Qué hace el Padre Misericordioso?, ¿va a buscarlo?, ¿va a pedirle que vuelva y que no haga lo que está haciendo? ¡No! El padre se mantiene a una respetuosa distancia.

Respeta la decisión de su hijo, a pesar de que probablemente haya tenido el corazón hecho trizas. Se mantiene apartado, deja que su hijo busque lo que quiera buscar, incluso con riesgo de que se pierda.

8. Puede ser que se equivoquen. Y mucho. Y muy feo

El Hijo Pródigo malgasta su herencia en una vida libertina. Nuestros hijos puede ser, que en esa búsqueda de sí mismos, en esa exploración, se equivoquen. Y esas equivocaciones hasta pueden tener consecuencias graves. La herencia del padre se perdió… aparentemente.

El hijo, a raíz de sus decisiones equivocadas, termina alimentando a cerdos, y deseando comer las bellotas que comen estos animales. Muchas veces, como consecuencia de sus decisiones erróneas, nuestros hijos la van a pasar realmente mal. Nuestra tentación como padres puede ir en dos direcciones, y (en mi opinión) ambas son decisiones equivocadas.

En una primera dirección, podremos resolverles el problema, diciendo: «mi hijo no va a comer bellotas de los cerdos», e intervenir con nuestro dinero, recursos o «poder», para que nuestro hijo «no sufra». La otra decisión equivocada sería enfrentarlo y recriminarle por sus errores. «Te lo advertí», «Te lo mereces».

La actitud correcta es la del padre. Y ya veremos cuál es.

9. Puede ser que pierdan la fe

En el sentido simbólico de la parábola, el derroche de la herencia y la vida con los cerdos significan la pérdida de la fe. En esa búsqueda, puede ser que nuestros hijos también la pierdan, y que dejen de practicar la oración diaria, la misa dominical, la confesión.

¡Nos desesperamos cuando pasa eso! ¿Por qué, si nosotros les enseñamos bien?, ¿por qué si nosotros rezamos constantemente por ellos?, ¿qué hicimos mal?, ¿qué podemos hacer?

Mi querida amiga Silvana Ramos escribió un artículo precioso al respecto, que puedes leer aquí.

Pero te lo resumo rápido: la fe es un don de Dios, y nosotros podremos pedirla para ellos, pero nunca podremos reemplazarla forzándolos a hacer prácticas piadosas, por más que a nosotros nos parezca que es lo que tenemos que hacer. Dios quiere hijos, no esclavos.

Y tal vez, si los forzamos a hacer cosas contra su voluntad, empeoremos la situación. Paz, y ciencia. Es decir: paciencia. Tengamos paz, sepamos que esto puede suceder y recemos al Buen Dios por la fe de nuestros hijos, que Él nunca deja caer una lágrima de madre o padre en vano.

10. El hijo recuerda cómo vivía en la casa de su padre

Una de las claves de la parábola es que el hijo, antes de volver, recuerda con cariño la experiencia de su vida como hijo amado. Ahí es donde tenemos que concentrar nuestras energías. El amor de familia, el recuerdo del hogar son la verdadera herencia del Padre Misericordioso.

Y eso se forja antes, mucho antes de que nuestros hijos decidan seguir su rumbo. Por eso es tan importante que durante su infancia y adolescencia nos enfoquemos en que su experiencia filial sea lo más benéfica posible.

Que sepamos que el amor que les damos durante su infancia y adolescencia va a moldear su carácter, su modo de ver la vida y su modo particular de amar en el futuro a su esposa e hijos, o a sus hijos espirituales en el caso de que Dios suscite la vocación religiosa o sacerdotal en tu hijo.

El amor de los padres es reflejo del amor de Dios, y como tal también moldea la fe de tus hijos. No solo el amor que los padres tienen a los hijos, sino el amor que los padres tienen entre sí. Así que ¡A cuidar a tu cónyuge, para beneficio de tus hijos!

11. El hijo que vuelve

Y un día, el hijo que se rebeló, el que se fue a estudiar lejos, el que no quería saber nada con nosotros, el que incluso nos despreció, vuelve. Me corrijo: no vuelve ese hijo, vuelve una persona renovada, un nuevo hijo. Y generalmente, ese hijo templado por las tormentas de su vida, va a ser extraordinariamente mejor que el que se fue.

Y tenemos que hacer como el Padre Misericordioso: devolverle inmediatamente y sin preguntar nada, la dignidad de hijo. Nuestro hijo sigue siendo nuestro hijo, pero con una ventaja: ya es un adulto probado por la vida, y va a poder acercarse y comprendernos mucho mejor a nosotros como padres.

Ya vamos a poder hablar de igual a igual, de adulto a adulto, de persona fogueada a persona fogueada. Nuestro amor de padres se va a ver engrandecido por lo que nuestro hijo logró por sus propios medios.

«Mi hijo se ha alejado de Dios». 11 cosas que todo padre necesita entender


Tus hijos volverán

enero 14, 2020

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Prólogo de Carmen Castiella

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Tus hijos volverán

por Carmen Castiella

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El padre agustino Manuel Morales acaba de publicar “Tus hijos volverán”, un libro precioso que enciende la esperanza de madres y familias enteras. No es un manual de educación ni de autoayuda.

No hay recetas, sino maternidades vividas en circunstancias muy distintas, acompañadas por la crónica del viaje que recorrieron San Agustín y Santa Mónica.

El autor me pidió un prólogo y me salió solo después de leer el libro. Me contagió su pasión por Santa Mónica, la mujer de la mirada alta, que acompañó a su hijo sin impacientarse, respetando sus tiempos, pero firme en la oración y confiada en que “es imposible que se pierda el hijo de tantas lágrimas”.

Fue una mujer paciente pero no resignada, con profunda vida interior pero también intrépida, valiente y activa.

Sus hijos, como los nuestros, crecieron en un mundo hostil para la fe, en una cultura tóxica, en  plena caída del imperio romano y degradación de las costumbres.

Además, Mónica no contaba con un matrimonio sólido en el que apoyarse sino con un marido iracundo e infiel, al que se fue ganando y suavizando poco a poco.

El título está extraído de la Escritura. Jeremías 31, 16-17: “Deja de llorar y enjúgate las lágrimas. Todo lo que has hecho por tus hijos te será recompensado.

Volverán de la tierra del enemigo. Hay esperanza en su porvenir. Tus hijos volverán al hogar. Lo digo Yo, el Señor”.

Aquí transcribo el prólogo, para quien tenga tiempo y ganas:

En la educación de nuestros hijos, hay un momento en el que tomamos conciencia de nuestros límites y asumimos que no podemos abarcar el universo de un hijo, ni conocer su alma en toda su complejidad y profundidad.

Nuestra acción es muy limitada. No solo no podemos controlarlo todo, sino que dudamos de si podemos controlar algo. Así, vamos descubriendo que no se trata tanto de controlar y dirigir como de acoger y acompañar. Los hijos no nos pertenecen y, aunque los queremos con locura, no siempre acertamos con ellos.

Las teorías educativas y la psicología pueden ser útiles pero lo que caracteriza el amor de una madre no es la perfección, la inteligencia, la capacidad de acertar y de elegir el método educativo correcto, sino la ternura y el amor desinteresado. La mansedumbre y la paciencia, siempre dispuestas a esperar y acoger.

Es un amor que ensancha el corazón de modo que empiezan a caber en él amigos de nuestros hijos, sobrinos, ahijados, adultos heridos, etc. No es ingenuidad ni buenismo.

Somos plenamente conscientes de la enorme complejidad de las relaciones humanas, pero también del poder sanador del amor de una madre y de la realidad de esa maternidad ampliada que el autor llama “maternidad espiritual”.

El ejército de las madres orantes no solo batalla por sus propios hijos sino por cualquier niño, adolescente, joven o adulto herido en su alma de niño que el Señor quiera bendecir a través de nuestra oración de intercesión.

La oración de una madre es silenciosa, respetuosa, no es invasiva ni obsesivamente controladora, pero de una enorme eficacia. A veces inmediata y a veces lenta y fatigosa, por eso es más fácil perseverar en la oración cuando hay una comunidad que acompaña.

Es, además, el mejor modo de velar por nuestra máxima aspiración como educadoras: el Cielo.

Santa Mónica se presenta como un modelo totalmente actual para las madres de hoy. Sus hijos, como los nuestros, crecieron en un mundo hostil para la fe, en una cultura tóxica, en plena caída del imperio romano y degradación de las costumbres.

San Agustín creció y vivió su adolescencia en el ambiente pagano del África romana y luego se fue a estudiar a Cartago, “sartén de amores depravados”.

En un ambiente intelectual donde el cristianismo era ridiculizado, ella transmitió a su hijo Agustín la pasión por la verdad y la sabiduría.

Pasión que en el caso de Agustín le condujo durante años a una búsqueda intelectual desgarrada, que le llevó a sucumbir ante el esnobismo de los maniqueos, pero que desembocó finalmente en Cristo y en su Iglesia.

Fue, para Agustín y para Mónica, un proceso doloroso y dilatado en el tiempo. La madre acompañó al hijo sin impacientarse, respetando sus tiempos, pero firme en la oración y confiada en que “es imposible que se pierda el hijo de tantas lágrimas”.

Como Santa Mónica, queremos transformar nuestra preocupación en oración. Y acompañar a nuestros hijos más allá de los mares. Ella fue una mujer paciente pero no resignada, con profunda vida interior pero también intrépida, valiente y activa.

Una mujer de mirada altísima a quien le gustaba intervenir en las tertulias filosóficas que organizaba su hijo con sus amigos. Empleó todos sus recursos para “salvar” a su hijo: se embarcó rumbo a Roma, después de que Agustín la dejara en tierra mintiéndole.

Una vez en Roma, embarcó hacia Milán porque Agustín ya había partido sin esperarla. Una vez allí, va a hablar con el obispo San Ambrosio para que oriente a su hijo. No se arredra ni se viene abajo ante los desplantes y mentiras de Agustín, que la deja en tierra una y otra vez.

El libro entero es una invitación a transformar la preocupación en oración y, solo en ocasiones, en acción. A dejar a nuestros hijos al cuidado del Señor, en brazos de la Virgen, bajo su manto. A vivir la maternidad con más serenidad.

La oración de las madres no es un recurso psicológico para quitarnos presión y relajarnos. No se trata de distanciarnos de nuestros hijos y así sufrir menos, sino de gestarlos y dar a la luz de nuevo con nuestra oración. Es un modo de combatir por ellos, no de desentendernos.

El autor insiste en que son tiempos difíciles y debemos batallar “codo con codo”. Nada de “prudentes distancias” sino familia con familia y grupo con grupo. Familias que abren sus puertas, sin miedo a mostrar sus fragilidades, y se hacen prójimo de otras familias.

Igual que Santa Mónica vivió finalmente su noche de Pascua, en la que San Ambrosio bautizó a Agustín y a varios de sus amigos, nosotras viviremos nuestras particulares pascuas como madres.

Cumulatius”, “Sobreabundantemente”, “Dios me lo ha dado con creces” (Confesiones IX, 10, 26), decía Santa Mónica poco antes de morir al recordar la conversión de su hijo.

El Señor a veces se hace esperar, pero es magnánimo al dar y le dio “con creces” lo que le pidió durante toda una vida: un hijo santo con un designio altísimo del Cielo, que ella desconocía.

San Agustín tenía un espíritu tan grande y con tal capacidad de acogida como el corazón de su madre, que gestó de nuevo a aquel niño con el dolor de su corazón. Un espíritu del que se han alimentado generaciones posteriores, un modelo para todo hombre que busca la verdad.

Por algo dijo Benedicto XVI que “todos los caminos de la literatura cristiana latina llevan a Hipona”. El Señor tiene sus tiempos pero es fiel a sus promesas y magnánimo al dar. Si somos fieles a la oración por nuestros hijos, veremos cosas más grandes y bellas de las que nos atrevemos a pedir.

El libro entero rezuma esperanza. Pues eso, madres, soñemos y nos quedaremos cortas porque la victoria final es de Cristo.  En palabras de Agustín: “Si el mundo envejece, Cristo es siempre joven”. Y si estás unida a Cristo, “tu juventud se renovará como la del águila”.

Damos un paso más en la fe, que no es solo creer que Dios lo puede todo, sino saber que Dios lo hará. Nos asaltan las dudas, pero levantando la mirada al Cielo volvemos a dar el “salto” de fe: “Creo Señor, aumenta mi fe”.

https://www.religionenlibertad.com/opinion/822839321/Tus-hijos-volveran.html


El P. Manolo Morales muestra a Santa Mónica como maestra de maternidad en “Tus hijos volverán”Santa Mónica

enero 13, 2020

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Padre Manuel Morales, osa

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El P. Manolo Morales muestra a Santa Mónica como maestra de maternidad en “Tus hijos volverán”

El P. Manolo Morales, autor de este libro por la Editorial Ciudad Nueva, tiene una amplia experiencia en el acompañamiento a familias.

En el Espejo presentamos el libro “Tus hijos volverán. Un viaje apasionante con Mónica y Agustín”, publicado recientemente por la Editorial Ciudad Nueva.

Su autor, el agustino P. Manuel Morales, tiene una larga experiencia en el acompañamiento a familias, y en este libro deja hablar a las madres, en concreto las “madres-Mónica”, que pertenecen a comunidades de mujeres que se inspiran en la madre de san Agustín como modelo a la hora de afrontar el desafío de la educación de sus hijos.

“Santa Mónica es una maestra de maternidad. Una mujer inteligente y sensible, de quien podemos aprender mucho”, ha afirmado el P. Manolo Morales.

El autor del libro ha explicado en ‘El Espejo’ que la vida de las familias es un camino hacia la plenitud en el que los padres tienen la difícil tarea de dejar que sus hijos sean los protagonistas de sus propias vidas, aunque eso signifique en algunos casos que se alejen. En este sentido, se ha referido a la vida de Santa Mónica que fue detrás de su hijo hasta que consiguió volver a la Iglesia.

El título del libro procede de una cita del Libro  de Jeremías, que hace referencia a este viaje de ida y vuelta que hacen muchos hijos.

https://www.cope.es/programas/el-espejo/noticias/manolo-morales-muestra-santa-monica-como-maestra-maternidad-tus-hijos-volveran-20200108_588809


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