El maná de cada día, 13.2.20

febrero 13, 2020

Jueves de la 5ª semana del Tiempo Ordinario

cananea-2
Fe, humildad y perseverancia


PRIMERA LECTURA: 1 Reyes 11, 4-13

Cuando el rey Salomón llegó a viejo, sus mujeres desviaron su corazón tras dioses extranjeros; su corazón ya no perteneció por entero al Señor como el corazón de David, su padre.

Salomón siguió a Astarté, diosa de los fenicios, y a Malcón, ídolo de los amonitas. Hizo lo que el Señor reprueba; no siguió plenamente al Señor como su padre David.

Entonces construyó una ermita a Camós, ídolo de Moab, en el monte que se alza frente a Jerusalén, y a Malcón, ídolo de los amonitas. Hizo otro tanto para sus mujeres extranjeras, que quemaban incienso y sacrificaban en honor de sus dioses.

El Señor se encolerizó contra Salomón, porque había desviado su corazón del Señor Dios de Israel, que se le había aparecido dos veces, y que precisamente le había prohibido seguir a dioses extranjeros; pero Salomón no cumplió esta orden.

Entonces el Señor le dijo: «Por haberte portado así conmigo, siendo infiel al pacto y a los mandatos que te di, te voy a arrancar el reino de las manos para dárselo a un siervo tuyo. No lo haré mientras vivas, en consideración a tu padre David; se lo arrancaré de la mano a tu hijo. Y ni siquiera le arrancaré todo el reino; dejaré a tu hijo una tribu, en consideración a mi siervo David y a Jerusalén, mi ciudad elegida.»

SALMO 105, 3-4.35-36.37.40

Acuérdate de mí, Señor, por amor a tu pueblo.

Dichosos los que respetan el derecho y practican siempre la justicia. Acuérdate de mí por amor a tu pueblo, visítame con tu salvación.

Emparentaron con los gentiles, imitaron sus costumbres; adoraron sus ídolos y cayeron en sus lazos.

Inmolaron a los demonios sus hijos y sus hijas. La ira del Señor se encendió contra su pueblo, y aborreció su heredad.

Aclamación antes del Evangelio: St 1, 21bc

Aceptad dócilmente la palabra que ha sido plantada y es capaz de salvaros.

EVANGELIO: Marcos 7, 24-30

En aquel tiempo, Jesús fue a la región de Tiro. Se alojó en una casa, procurando pasar desapercibido, pero no lo consiguió; una mujer que tenía una hija poseída por un espíritu impuro se enteró en seguida, fue a buscarlo y se le echó a los pies. La mujer era griega, una fenicia de Siria, y le rogaba que echase el demonio de su hija.

Él le dijo: «Deja que coman primero los hijos. No está bien echarles a los perros el pan de los hijos.»

Pero ella replicó: «Tienes razón, Señor; pero también los perros, debajo de la mesa, comen las migajas que tiran los niños.»

Él le contestó: «Anda, vete, que, por eso que has dicho, el demonio ha salido de tu hija». Al llegar a su casa, se encontró a la niña echada en la cama; el demonio se había marchado.

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ORACIÓN HUMILDE Y PERSEVERANTE

P. Francisco Fernández Carvajal

La curación de la hija de la mujer cananea. Condiciones de la verdadera oración.

Nos dice San Marcos en el Evangelio de la Misa que llegó Jesús con sus discípulos a la región de Tiro y de Sidón1. Allí se acercó a ellos una mujer gentil, sirofenicia de origen, perteneciente a la primitiva población de Palestina. Se echó a sus pies y le pidió la curación de su hija, que estaba poseída por el demonio.

Jesús no decía nada, y los discípulos, cansados de la insistencia de la mujer, le pedían que la despachara2.

El Señor trata de explicar a la mujer que el Mesías ha de darse a conocer en primer lugar a los judíos, a los hijos. Y, con una expresión difícil de comprender sin ver sus gestos amables, le dijo: Deja que primero se sacien los hijos, porque no está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perrillos.

La mujer no se sintió herida ni humillada, sino que insiste más, con profunda humildad: Señor, también los perrillos comen debajo de la mesa las migajas de los hijos. Ante tantas virtudes, Jesús, conmovido, no retrasó más el milagro que se le pedía, y la despidió así: Por esto que has dicho, vete, el demonio ha salido de tu hija.

Dios, que resiste a los soberbios, da su gracia a los humildes3; aquella mujer alcanzó lo que quería y se ganó el corazón del Maestro.

Es el ejemplo acabado para todos aquellos que se cansan de rezar porque creen que no son escuchados. En su oración se hallan resumidas las condiciones de toda petición: fe, humildad, perseverancia y confianza.

El intenso amor que muestra hacia su hija poseída por el demonio debió de agradar mucho a Cristo. Quizá los Apóstoles se acordaron de esta mujer cuando oyeron más tarde la parábola de la viuda inoportuna4, que también consiguió lo que quería por su tozudez, por su insistencia.

Enseña Santo Tomás que la verdadera oración es infaliblemente eficaz, porque Dios, que nunca se vuelve atrás, ha decretado que así sea5.

Y para que no dejáramos de pedir, el Señor nos mostró con ejemplos sencillos y claros, para que lo entendiéramos bien, que siempre y en todo lugar nuestras oraciones hechas con rectitud llegan hasta Él y las atiende: si entre vosotros un hijo pide pan a su padre, ¿acaso le dará una piedra?; o si pide un pez, ¿le dará en lugar de un pez una serpiente?… ¡Cuánto más vuestro Padre, que está en los cielos…!6.

«Jamás Dios ha negado ni denegará nada a los que piden sus gracias debidamente. La oración es el gran recurso que nos queda para salir del pecado, para perseverar en la gracia, para mover el corazón de Dios y atraer sobre nosotros toda suerte de bendiciones del cielo, ya para el alma, o por lo que se refiere a nuestras necesidades temporales»7.

Cuando pidamos algún don, hemos de pensar que somos hijos de Dios, y Él está infinitamente más atento hacia nosotros que el mejor padre de la tierra hacia su hijo más necesitado.

1 Mc 7, 24-30. — 2 Mt 15, 23. — 3 1 Pdr 5, 5. — 4 Lc 18, 3 ss. — 5 Cfr. Santo Tomás, Suma Teológica, 2-2, q. 83, a. 2. — 6 Cfr. Lc 11, 11-13. — 7 Santo Cura de Ars, Sermón para el Quinto Domingo después de Pascua.

«Mi hijo se ha alejado de Dios». 11 cosas que todo padre necesita entender

enero 17, 2020

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 El hijo, antes de volver, recuerda con cariño la experiencia de su vida como hijo amado. El amor de familia, el recuerdo del hogar son la verdadera herencia del Padre Misericordioso.

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«Mi hijo se ha alejado de Dios». 11 cosas que todo padre necesita entender

Por Andrés D´Angelo

«Niños pequeños, problemas pequeños.
Niños grandes, problemas grandes».
— Refrán popular.

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Cuando te enteras de que tu esposa está embarazada, o cuando te enteras de que te darán un niño en adopción, te cambia la vida para siempre. ¡Tú y tu cónyuge van a ser padres! ¡Y de pronto te vuelves loco de amor!

Te prometes que vas a hacer por esa pequeña personita, que Dios puso en tu camino, todos los sacrificios posibles, todos los esfuerzos imaginables y que siempre vas a ser un padre y una madre presente, paciente, amoroso y genial.

1. Luego los niños comienzan a crecer

Y te das cuenta de que… las cosas no son tan sencillas. Los niños tienen una extraordinaria capacidad de trabajar la paciencia de la gente mayor casi desde el primer día. Por eso, Dios, en su infinita sabiduría, puso un papá y una mamá, para que tomen turnos cuidando al pequeñajo.

Las mamás lo hacen instintivamente, y los papás… no tanto, pero ¡podemos aprender! Cuando logramos hacer un gran equipo, los niños se desarrollan plenos y felices.

2. Y entonces llega la temida adolescencia

No podemos creer que ese pequeño, que era el sol de nuestras vidas, que tantas alegrías nos dio, de pronto se convierta en un ser huraño, protestón, aburrido, peleón y muchas veces tan tonto, que parece que no hay instrumentos para medirlo.

Nos busca, y generalmente nos encuentra, y esos encontronazos no son siempre lindos. La relación se desgasta, nos peleamos, nos amargamos y pensamos: «qué lindo será todo después de la adolescencia, cuando mi hijo o mi hija se comporten como adultos serios y responsables». Pero entonces… ¡Tampoco sucede!

Nos preguntamos: ¿Por qué esta serie de desencuentros entre el hijo ideal que siempre nos imaginamos y la realidad tan dura?

3. ¡Nuestros hijos son libres!

Así es, ¡Porque nuestros hijos son seres libres! Dios no solo los creó libres: ¡los quiere libres! ¿Y por qué Dios querría ese disparate? ¿Por qué no los hizo obedientes, buenos, sencillos, manejables y dulces como siempre los imaginamos?

Porque Dios quiere hijos, y no esclavos. El amor es una decisión libre, y por eso, la libertad es tan importante para Dios. El problema es que nuestros hijos los «tenemos» nosotros, y su libertad muchas veces choca contra nuestra idealización del hijo. Contra nuestras normas de convivencia, y a veces ¡Contra el mismo Dios!

¿Cómo puede ser que ese chiquitín o esa chiquitina que participó en su primera comunión con tanto fervor, de pronto no quiera ir más a Misa? Muchas veces esa revisión de «qué pasó», puede desembocar en una acusación implícita o explícita a nosotros mismos, a nuestra misión como padres.

¿Qué hice, o qué hicimos mal para que este pequeño, que era tan dócil, de pronto se convierta en un rebelde sin causa, que se revuelva contra la autoridad de papá y mamá y quiera «hacer su vida» o que «lo dejemos tranquilo»?

4. ¡No pasó nada, ni hicimos nada mal!

Nuestros hijos están «haciendo» su camino, y para ello deberán dejarnos, por más que muchas veces les duela a ellos y nos duela más a nosotros. Ellos necesitan resolver sus problemas por sí mismos, porque es una herramienta que necesitan para enfrentar la vida por sus propios medios.

Saben instintivamente que no vamos a estar durante toda su vida, y necesitan enfrentar los problemas que generan sus propias conductas en libertad.

Podemos pensar en ellos como en pequeñas plantas que hemos mantenido en un invernadero, y que debemos sacar a las condiciones naturales para que se templen, y desarrollen su propias raíces y follajes.

El invernadero estuvo muy bien mientras fueron frágiles, ahora es tiempo de que prueben (y especialmente que se prueben a sí mismos) en «condiciones reales». De ese modo, cuando vengan las tormentas de la vida, ya tendrán herramientas para enfrentarlas, porque dejamos que desplieguen sus alas y vuelen.

5. ¿Cómo comportarnos ante ese hijo desafiante?

Pero mientras tanto, mientras todavía chocamos, mientras nos desesperan con sus actitudes y desafíos, tendremos que saber cómo comportarnos.

Qué cosas les ayudan en esta exploración, qué cosas podemos hacer para otorgarles confianza, tal vez para hacer más corto este «recorrido divergente» y este crecimiento, y en última instancia, para no perder la paciencia y perjudicarnos mutuamente en esta etapa de su desarrollo.

Para ello me gusta mucho fijarme en la parábola del Hijo Pródigo (o como le gusta llamarla al papa Francisco, la parábola del «Padre Misericordioso»). Viendo la actitud del padre, podremos ver algunas pistas para saber qué hacer en estas circunstancias.

6. Tus hijos te van a «pedir la herencia»

Como vimos, tarde o temprano, tus hijos van a pedirte «que no te metas más en sus vidas», que te hagas a un lado y te apartes, que ellos necesitan «que los dejes en paz». Te lo garantizo, la primera vez que te pase, se te va a partir el corazón en pedazos.

No es fácil, no es lindo y es casi seguro que va a suceder, más temprano que tarde. La tendencia natural sería de decirles «mientras dependas de nosotros, cumplirás nuestras reglas».

Pero el Padre Misericordioso no hace eso. Al contrario, accede al pedido de su hijo y lo deja ir con «su parte de la herencia» y probablemente con los pedazos de su corazón destrozado.

Como te dije en la introducción: ellos necesitan abrirse camino por sus propios medios, necesitan equivocarse y golpearse para poder crecer. Puedes ofrecerle a Dios esos pedazos de tu corazón, para que esa «ruptura» sea fructífera y no tan dolorosa.

7. Tus hijos se van a ir a tierras extrañas

Cuando se vayan de casa, cuando se vayan a estudiar lejos, o cuando comiencen su vida, habrá tiempos en los que no querrán hablar con ustedes, y sentirás que el corazón se te cae de nuevo a pedazos.

¿Cómo puede ser que no nos quieran llamar, que no quieran pasar su cumpleaños con nosotros, que quieran alejarse voluntariamente de la casa que los vio crecer?

Precisamente, porque necesitan ampliar sus horizontes. Conocer gente nueva, experimentar otras formas de ver el mundo, hablar de otros temas, crecer y conocer nuevas experiencias, tal vez algunas que nosotros no nos animamos a su edad… Y también harán algunas cosas que van en contra de nuestras convicciones y creencias.

Van a buscarse en tierras extrañas, con la ilusión de descubrirse y encontrarse, pero también… con el riesgo de perderse. ¿Qué hace el Padre Misericordioso?, ¿va a buscarlo?, ¿va a pedirle que vuelva y que no haga lo que está haciendo? ¡No! El padre se mantiene a una respetuosa distancia.

Respeta la decisión de su hijo, a pesar de que probablemente haya tenido el corazón hecho trizas. Se mantiene apartado, deja que su hijo busque lo que quiera buscar, incluso con riesgo de que se pierda.

8. Puede ser que se equivoquen. Y mucho. Y muy feo

El Hijo Pródigo malgasta su herencia en una vida libertina. Nuestros hijos puede ser, que en esa búsqueda de sí mismos, en esa exploración, se equivoquen. Y esas equivocaciones hasta pueden tener consecuencias graves. La herencia del padre se perdió… aparentemente.

El hijo, a raíz de sus decisiones equivocadas, termina alimentando a cerdos, y deseando comer las bellotas que comen estos animales. Muchas veces, como consecuencia de sus decisiones erróneas, nuestros hijos la van a pasar realmente mal. Nuestra tentación como padres puede ir en dos direcciones, y (en mi opinión) ambas son decisiones equivocadas.

En una primera dirección, podremos resolverles el problema, diciendo: «mi hijo no va a comer bellotas de los cerdos», e intervenir con nuestro dinero, recursos o «poder», para que nuestro hijo «no sufra». La otra decisión equivocada sería enfrentarlo y recriminarle por sus errores. «Te lo advertí», «Te lo mereces».

La actitud correcta es la del padre. Y ya veremos cuál es.

9. Puede ser que pierdan la fe

En el sentido simbólico de la parábola, el derroche de la herencia y la vida con los cerdos significan la pérdida de la fe. En esa búsqueda, puede ser que nuestros hijos también la pierdan, y que dejen de practicar la oración diaria, la misa dominical, la confesión.

¡Nos desesperamos cuando pasa eso! ¿Por qué, si nosotros les enseñamos bien?, ¿por qué si nosotros rezamos constantemente por ellos?, ¿qué hicimos mal?, ¿qué podemos hacer?

Mi querida amiga Silvana Ramos escribió un artículo precioso al respecto, que puedes leer aquí.

Pero te lo resumo rápido: la fe es un don de Dios, y nosotros podremos pedirla para ellos, pero nunca podremos reemplazarla forzándolos a hacer prácticas piadosas, por más que a nosotros nos parezca que es lo que tenemos que hacer. Dios quiere hijos, no esclavos.

Y tal vez, si los forzamos a hacer cosas contra su voluntad, empeoremos la situación. Paz, y ciencia. Es decir: paciencia. Tengamos paz, sepamos que esto puede suceder y recemos al Buen Dios por la fe de nuestros hijos, que Él nunca deja caer una lágrima de madre o padre en vano.

10. El hijo recuerda cómo vivía en la casa de su padre

Una de las claves de la parábola es que el hijo, antes de volver, recuerda con cariño la experiencia de su vida como hijo amado. Ahí es donde tenemos que concentrar nuestras energías. El amor de familia, el recuerdo del hogar son la verdadera herencia del Padre Misericordioso.

Y eso se forja antes, mucho antes de que nuestros hijos decidan seguir su rumbo. Por eso es tan importante que durante su infancia y adolescencia nos enfoquemos en que su experiencia filial sea lo más benéfica posible.

Que sepamos que el amor que les damos durante su infancia y adolescencia va a moldear su carácter, su modo de ver la vida y su modo particular de amar en el futuro a su esposa e hijos, o a sus hijos espirituales en el caso de que Dios suscite la vocación religiosa o sacerdotal en tu hijo.

El amor de los padres es reflejo del amor de Dios, y como tal también moldea la fe de tus hijos. No solo el amor que los padres tienen a los hijos, sino el amor que los padres tienen entre sí. Así que ¡A cuidar a tu cónyuge, para beneficio de tus hijos!

11. El hijo que vuelve

Y un día, el hijo que se rebeló, el que se fue a estudiar lejos, el que no quería saber nada con nosotros, el que incluso nos despreció, vuelve. Me corrijo: no vuelve ese hijo, vuelve una persona renovada, un nuevo hijo. Y generalmente, ese hijo templado por las tormentas de su vida, va a ser extraordinariamente mejor que el que se fue.

Y tenemos que hacer como el Padre Misericordioso: devolverle inmediatamente y sin preguntar nada, la dignidad de hijo. Nuestro hijo sigue siendo nuestro hijo, pero con una ventaja: ya es un adulto probado por la vida, y va a poder acercarse y comprendernos mucho mejor a nosotros como padres.

Ya vamos a poder hablar de igual a igual, de adulto a adulto, de persona fogueada a persona fogueada. Nuestro amor de padres se va a ver engrandecido por lo que nuestro hijo logró por sus propios medios.

«Mi hijo se ha alejado de Dios». 11 cosas que todo padre necesita entender


Tus hijos volverán

enero 14, 2020

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Prólogo de Carmen Castiella

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Tus hijos volverán

por Carmen Castiella

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El padre agustino Manuel Morales acaba de publicar “Tus hijos volverán”, un libro precioso que enciende la esperanza de madres y familias enteras. No es un manual de educación ni de autoayuda.

No hay recetas, sino maternidades vividas en circunstancias muy distintas, acompañadas por la crónica del viaje que recorrieron San Agustín y Santa Mónica.

El autor me pidió un prólogo y me salió solo después de leer el libro. Me contagió su pasión por Santa Mónica, la mujer de la mirada alta, que acompañó a su hijo sin impacientarse, respetando sus tiempos, pero firme en la oración y confiada en que “es imposible que se pierda el hijo de tantas lágrimas”.

Fue una mujer paciente pero no resignada, con profunda vida interior pero también intrépida, valiente y activa.

Sus hijos, como los nuestros, crecieron en un mundo hostil para la fe, en una cultura tóxica, en  plena caída del imperio romano y degradación de las costumbres.

Además, Mónica no contaba con un matrimonio sólido en el que apoyarse sino con un marido iracundo e infiel, al que se fue ganando y suavizando poco a poco.

El título está extraído de la Escritura. Jeremías 31, 16-17: “Deja de llorar y enjúgate las lágrimas. Todo lo que has hecho por tus hijos te será recompensado.

Volverán de la tierra del enemigo. Hay esperanza en su porvenir. Tus hijos volverán al hogar. Lo digo Yo, el Señor”.

Aquí transcribo el prólogo, para quien tenga tiempo y ganas:

En la educación de nuestros hijos, hay un momento en el que tomamos conciencia de nuestros límites y asumimos que no podemos abarcar el universo de un hijo, ni conocer su alma en toda su complejidad y profundidad.

Nuestra acción es muy limitada. No solo no podemos controlarlo todo, sino que dudamos de si podemos controlar algo. Así, vamos descubriendo que no se trata tanto de controlar y dirigir como de acoger y acompañar. Los hijos no nos pertenecen y, aunque los queremos con locura, no siempre acertamos con ellos.

Las teorías educativas y la psicología pueden ser útiles pero lo que caracteriza el amor de una madre no es la perfección, la inteligencia, la capacidad de acertar y de elegir el método educativo correcto, sino la ternura y el amor desinteresado. La mansedumbre y la paciencia, siempre dispuestas a esperar y acoger.

Es un amor que ensancha el corazón de modo que empiezan a caber en él amigos de nuestros hijos, sobrinos, ahijados, adultos heridos, etc. No es ingenuidad ni buenismo.

Somos plenamente conscientes de la enorme complejidad de las relaciones humanas, pero también del poder sanador del amor de una madre y de la realidad de esa maternidad ampliada que el autor llama “maternidad espiritual”.

El ejército de las madres orantes no solo batalla por sus propios hijos sino por cualquier niño, adolescente, joven o adulto herido en su alma de niño que el Señor quiera bendecir a través de nuestra oración de intercesión.

La oración de una madre es silenciosa, respetuosa, no es invasiva ni obsesivamente controladora, pero de una enorme eficacia. A veces inmediata y a veces lenta y fatigosa, por eso es más fácil perseverar en la oración cuando hay una comunidad que acompaña.

Es, además, el mejor modo de velar por nuestra máxima aspiración como educadoras: el Cielo.

Santa Mónica se presenta como un modelo totalmente actual para las madres de hoy. Sus hijos, como los nuestros, crecieron en un mundo hostil para la fe, en una cultura tóxica, en plena caída del imperio romano y degradación de las costumbres.

San Agustín creció y vivió su adolescencia en el ambiente pagano del África romana y luego se fue a estudiar a Cartago, “sartén de amores depravados”.

En un ambiente intelectual donde el cristianismo era ridiculizado, ella transmitió a su hijo Agustín la pasión por la verdad y la sabiduría.

Pasión que en el caso de Agustín le condujo durante años a una búsqueda intelectual desgarrada, que le llevó a sucumbir ante el esnobismo de los maniqueos, pero que desembocó finalmente en Cristo y en su Iglesia.

Fue, para Agustín y para Mónica, un proceso doloroso y dilatado en el tiempo. La madre acompañó al hijo sin impacientarse, respetando sus tiempos, pero firme en la oración y confiada en que “es imposible que se pierda el hijo de tantas lágrimas”.

Como Santa Mónica, queremos transformar nuestra preocupación en oración. Y acompañar a nuestros hijos más allá de los mares. Ella fue una mujer paciente pero no resignada, con profunda vida interior pero también intrépida, valiente y activa.

Una mujer de mirada altísima a quien le gustaba intervenir en las tertulias filosóficas que organizaba su hijo con sus amigos. Empleó todos sus recursos para “salvar” a su hijo: se embarcó rumbo a Roma, después de que Agustín la dejara en tierra mintiéndole.

Una vez en Roma, embarcó hacia Milán porque Agustín ya había partido sin esperarla. Una vez allí, va a hablar con el obispo San Ambrosio para que oriente a su hijo. No se arredra ni se viene abajo ante los desplantes y mentiras de Agustín, que la deja en tierra una y otra vez.

El libro entero es una invitación a transformar la preocupación en oración y, solo en ocasiones, en acción. A dejar a nuestros hijos al cuidado del Señor, en brazos de la Virgen, bajo su manto. A vivir la maternidad con más serenidad.

La oración de las madres no es un recurso psicológico para quitarnos presión y relajarnos. No se trata de distanciarnos de nuestros hijos y así sufrir menos, sino de gestarlos y dar a la luz de nuevo con nuestra oración. Es un modo de combatir por ellos, no de desentendernos.

El autor insiste en que son tiempos difíciles y debemos batallar “codo con codo”. Nada de “prudentes distancias” sino familia con familia y grupo con grupo. Familias que abren sus puertas, sin miedo a mostrar sus fragilidades, y se hacen prójimo de otras familias.

Igual que Santa Mónica vivió finalmente su noche de Pascua, en la que San Ambrosio bautizó a Agustín y a varios de sus amigos, nosotras viviremos nuestras particulares pascuas como madres.

Cumulatius”, “Sobreabundantemente”, “Dios me lo ha dado con creces” (Confesiones IX, 10, 26), decía Santa Mónica poco antes de morir al recordar la conversión de su hijo.

El Señor a veces se hace esperar, pero es magnánimo al dar y le dio “con creces” lo que le pidió durante toda una vida: un hijo santo con un designio altísimo del Cielo, que ella desconocía.

San Agustín tenía un espíritu tan grande y con tal capacidad de acogida como el corazón de su madre, que gestó de nuevo a aquel niño con el dolor de su corazón. Un espíritu del que se han alimentado generaciones posteriores, un modelo para todo hombre que busca la verdad.

Por algo dijo Benedicto XVI que “todos los caminos de la literatura cristiana latina llevan a Hipona”. El Señor tiene sus tiempos pero es fiel a sus promesas y magnánimo al dar. Si somos fieles a la oración por nuestros hijos, veremos cosas más grandes y bellas de las que nos atrevemos a pedir.

El libro entero rezuma esperanza. Pues eso, madres, soñemos y nos quedaremos cortas porque la victoria final es de Cristo.  En palabras de Agustín: “Si el mundo envejece, Cristo es siempre joven”. Y si estás unida a Cristo, “tu juventud se renovará como la del águila”.

Damos un paso más en la fe, que no es solo creer que Dios lo puede todo, sino saber que Dios lo hará. Nos asaltan las dudas, pero levantando la mirada al Cielo volvemos a dar el “salto” de fe: “Creo Señor, aumenta mi fe”.

https://www.religionenlibertad.com/opinion/822839321/Tus-hijos-volveran.html


El P. Manolo Morales muestra a Santa Mónica como maestra de maternidad en “Tus hijos volverán”Santa Mónica

enero 13, 2020

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Padre Manuel Morales, osa

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El P. Manolo Morales muestra a Santa Mónica como maestra de maternidad en “Tus hijos volverán”

El P. Manolo Morales, autor de este libro por la Editorial Ciudad Nueva, tiene una amplia experiencia en el acompañamiento a familias.

En el Espejo presentamos el libro “Tus hijos volverán. Un viaje apasionante con Mónica y Agustín”, publicado recientemente por la Editorial Ciudad Nueva.

Su autor, el agustino P. Manuel Morales, tiene una larga experiencia en el acompañamiento a familias, y en este libro deja hablar a las madres, en concreto las “madres-Mónica”, que pertenecen a comunidades de mujeres que se inspiran en la madre de san Agustín como modelo a la hora de afrontar el desafío de la educación de sus hijos.

“Santa Mónica es una maestra de maternidad. Una mujer inteligente y sensible, de quien podemos aprender mucho”, ha afirmado el P. Manolo Morales.

El autor del libro ha explicado en ‘El Espejo’ que la vida de las familias es un camino hacia la plenitud en el que los padres tienen la difícil tarea de dejar que sus hijos sean los protagonistas de sus propias vidas, aunque eso signifique en algunos casos que se alejen. En este sentido, se ha referido a la vida de Santa Mónica que fue detrás de su hijo hasta que consiguió volver a la Iglesia.

El título del libro procede de una cita del Libro  de Jeremías, que hace referencia a este viaje de ida y vuelta que hacen muchos hijos.

https://www.cope.es/programas/el-espejo/noticias/manolo-morales-muestra-santa-monica-como-maestra-maternidad-tus-hijos-volveran-20200108_588809


El maná de cada día, 13.1.20

enero 13, 2020

Lunes de la 1ª semana del Tiempo Ordinario

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pescador-de-hombres

Venid conmigo y os haré pescadores de hombres

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PRIMERA LECTURA: 1 Samuel 1, 1-8

Había un hombre sufita, oriundo de Ramá, en la serranía de Efraín, llamado Elcaná, hijo de Yeroján, hijo de Elihú, hijo de Toju, hijo de Suf, efraimita. Tenía dos mujeres: una se llamaba Ana y la otra Fenina; Fenina tenía hijos, y Ana no los tenía.

Aquel hombre solía subir todos los años desde su pueblo, para adorar y ofrecer sacrificios al Señor de los ejércitos en Siló, donde estaban de sacerdotes del Señor los dos hijos de Elí, Jofní y Fineés.

Llegado el día de ofrecer el sacrificio, repartía raciones a su mujer Fenina para sus hijos e hijas, mientras que a Ana le daba sólo una ración; y eso que la quería, pero el Señor la había hecho estéril. Su rival la insultaba, ensañándose con ella para mortificarla, porque el Señor la había hecho estéril.

Así hacía año tras año; siempre que subían al templo del Señor, solía insultarla así.

Una vez Ana lloraba y no comía. Y Elcaná, su marido, le dijo: «Ana, ¿por qué lloras y no comes? ¿Por qué te afliges? ¿No te valgo yo más que diez hijos?»


SALMO 115, 12.13.14.17.18.19

Te ofreceré, Señor, un sacrificio de alabanza.

¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? Alzaré la copa de la salvación, invocando su nombre.

Cumpliré al Señor mis votos en presencia de todo el pueblo. Te ofreceré un sacrificio de alabanza, invocando tu nombre, Señor.

Cumpliré al Señor mis votos en presencia de todo el pueblo, en el atrio de la casa del Señor, en medio de ti, Jerusalén.


Aclamación antes del Evangelio: Mc 1, 15

Está cerca el reino de Dios -dice el Señor-: convertíos y creed en el Evangelio.


EVANGELIO: Marcos 1, 14-20

Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. Decía: «Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: convertíos y creed en el Evangelio.»

Pasando junto al lago de Galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés, que eran pescadores y estaban echando el copo en el lago.

Jesús les dijo: «Venid conmigo y os haré pescadores de hombres.» Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron.

Un poco más adelante vio a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca repasando las redes. Los llamó, dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se marcharon con él.


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EL TIEMPO ORDINARIO ES EXTRAORDINARIO

Lo ordinario es lo más común, lo regular, lo que sucede habitualmente. Así es y así discurre la mayor parte del tiempo de nuestra vida, en ese rutinario y monótono día a día, que a veces hasta se nos hace mecánico y del que tantas veces sentimos la tentación de huir y escapar.

En cambio, así de habitual, regular y común es también la acción de Dios en nuestra vida.

Piensa que tu día a día es también el día a día de Dios, que tu vida ordinaria es también la vida ordinaria de Dios. Porque es ahí donde Dios se te da, y es de esa manera, tan común y tan simple en sus formas, como Dios te va dando a conocer su voluntad.

Una llamada inesperada, un imprevisto, una conversación, el madrugón para ir al trabajo, el atasco correspondiente o el autobús que se me escapa, ese que se cuela en la cola del cajero cuando más prisa tengo, son ocasiones preciosas para un ofrecimiento o un momento de oración, un acto de amor o de acción de gracias, un acto de fe en Dios, una pequeña renuncia o mortificación.

Tendemos naturalmente a buscar esa irresistible fascinación de lo espectacular y aparatoso, de lo extraordinario y fuera de lo común, haciendo del milagro o de la lotería casi un ideal. Nada más ajeno al estilo del Evangelio.

Piensa que la encarnación es un Dios que se hace carne de niño, que la redención se realiza en el aparente y estrepitoso fracaso de una cruz o que el gran prodigio de la Eucaristía gravita sobre un poco de pan y un poco de vino.

Tu santidad será más real cuanto más crezca hundida y escondida, como grano fecundo, en la tierra árida y dura de tu vida cotidiana.

Ahí estás llamado a impregnar todas las cosas, personas y circunstancias de una profunda visión de fe, capaz de atisbar en todo y en todos ese susurro de cielo que es Dios presente en tu vida.

Descubre y renueva el valor de ese pequeño día a día de tu vida que resultará tanto más extraordinario cuanto más sepas llenarlo de Dios.

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Oración a santa Mónica: ¡Ayuda a mi hijo a volver a Cristo!

octubre 4, 2019

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Santa Mónica es la amiga que nos consuela desde el cielo y que entiende bien la desesperación de los padres frustrados y confusos al ver a sus hijos alejarse de la Iglesia.

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Oración a santa Mónica: ¡Ayuda a mi hijo a volver a Cristo!

“Tu hijo, Agustín, también se descarrió…”

Por Elizabeth Scalia

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Santa Mónica, amantísima madre del gran santo Agustín de Hipona —Padre y Doctor de la Iglesia—  tenía mucha tarea con su hijo, que era un estudiante brillante y también un joven hedonista, padre de un hijo extramarital a los 19 años.Mujer cristiana casada con un pagano, Mónica observaba el camino de su hijo y rezaba fervorosamente por su conversión a Cristo. Durante muchos años, rezó porque el corazón y la mente de Agustín se abrieran por fin, porque tuviera un auténtico encuentro con Cristo y así fuera reformado y reorientado hacia la voluntad de Dios.

La fidelidad de Mónica fue compensada, y en uno de los fragmentos más conmovedores de las Confesiones de Agustín, el santo relata cómo Mónica identificó claramente su misión vital al conducir a sus hijos hasta la vida en la fe.

En Ostia, Mónica le dijo maravillada: “Hijo, por lo que a mí respecta, ya nada me deleita en esta vida. Qué es lo que hago aquí, y por qué estoy aún aquí, lo ignoro, pues no espero ya nada de este mundo. Una sola cosa me hacía desear que mi vida se prolongara por algún tiempo: el deseo de verte cristiano católico, antes de morir. Dios me lo ha concedido con creces, ya que te veo convertido en uno de sus siervos, habiendo renunciado a la felicidad terrena. ¿Qué hago ya en este mundo?”.

Unos días más tarde, Mónica contrajo una fiebre y dijo a Agustín y a su hermano que la enterraran allí, que no se preocuparan por sus restos mortales y les pidió un solo favor: “(…) Que me recordéis en el altar del Señor allá donde fuerais”.

Santa Mónica es la santa patrona de las personas que viven matrimonios difíciles, que tienen hijos problemáticos, y también patrona de las conversiones de familiares, en especial los hijos de uno.

Ella es la amiga que nos consuela desde el cielo y que entiende bien la desesperación de los padres frustrados y confusos al ver a sus hijos alejarse de la Iglesia. Mónica rezó y ayunó por que sus hijos conocieran a Jesucristo, así que ella es la poderosa compañía e intercesora de todos aquellos afligidos por los “caminos” de sus hijos e hijas.

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo,
con el peso de mi carga de amor, recurro a ti, querida santa Mónica,
y solicito tu ayuda e intercesión.

Desde tu lugar en el cielo, te imploro que ruegues ante el Trono del Santísimo por el bien de mi hijo/a, [Nombre], que se ha desviado de la fe y de todo lo que tratamos de enseñarle.

Sé, querida Mónica, que nuestros hijos no nos pertenecen, sino a Dios, y que Dios a menudo permite esta deriva como parte del viaje hacia Él.

Tu hijo, Agustín, también se descarrió; terminó por encontrar la fe y, desde su fe, se convirtió en un auténtico maestro.

Así que ayúdame a tener paciencia y a creer que todas las cosas —incluso este decepcionante distanciamiento de la fe—  obran en última instancia según el buen propósito de Dios.
Por el bien del alma de mi hijo/a, rezo por entender esto y tener confianza.

Santa Mónica, te ruego me enseñes a ser perseverante en mi fiel oración, como tú misma hiciste por el bien de tu hijo Agustín.

Inspírame para comportarme de manera que no aumente la distancia entre mi hijo y Cristo, sino que solo atraiga a [Nombre] suavemente hacia la maravillosa luz de Cristo.

Por favor, muéstrame lo que sabes sobre este doloroso misterio de separación,
y cómo se reconcilia en la reorientación de nuestros hijos hacia el paraíso de la casa del Padre.

Oh, santa Mónica, amante de Cristo y de su Iglesia,
ruega por mí y por mi hijo/a [Nombre], para que ganemos el cielo y nos unamos allí contigo, en eterna alabanza y agradecimiento a Dios.

Amén.

Oración a santa Mónica: ¡Ayuda a mi hijo a volver a Cristo!


El maná de cada día, 17.9.19

septiembre 17, 2019

Martes de la 24ª semana de Tiempo Ordinario

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Joven, yo te lo mando: levántate.

Joven, yo te lo mando: levántate.

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PRIMERA LECTURA: 1 Timoteo 3, 1-13

Es cierto que aspirar al cargo de obispo es aspirar a una excelente función.

Por lo mismo, es preciso que el obispo sea irreprochable, que no se haya casado más que una vez; que sea sensato, prudente, bien educado, digno, hospitalario, hábil para enseñar; no dado al vino ni a la violencia, sino comprensivo, enemigo de pleitos y no ávido de dinero; que sepa gobernar bien su propia casa y educar dignamente a sus hijos.

Porque, ¿cómo podrá cuidar de la Iglesia de Dios quien no sabe gobernar su propia casa?

No debe ser recién convertido, no sea que se llene de soberbia y sea por eso condenado como el demonio. Es necesario que los no creyentes tengan buena opinión de él, para que no caiga en el descrédito ni en las redes del demonio.

Los diáconos deben, asimismo, ser respetables y sin doblez, no dados al vino ni a negocios sucios; deben conservar la fe revelada con una conciencia limpia. Que se les ponga a prueba primero y luego, si no hay nada que reprocharles, que ejerzan su oficio de diáconos.

Las mujeres deben ser igualmente respetables, no chismosas, juiciosas y fieles en todo.

Los diáconos, que sean casados una sola vez y sepan gobernar bien a sus hijos y su propia casa. Los que ejercen bien el diaconado alcanzarán un puesto honroso y gran autoridad para hablar de la fe que tenemos en Cristo Jesús.

SALMO 100

Danos, Señor, tu bondad y tu justicia.

Voy a cantar la bondad y la justicia; para ti, Señor, tocaré mi música. Voy a explicar el camino perfecto. ¿Cuándo vendrás a mí?

Quiero proceder en mi casa con recta conciencia. No quiero ocuparme de asuntos indignos, aborrezco las acciones criminales.

Al que en secreto difama a su prójimo lo haré callar; al altanero y al ambicioso no los soportaré.

Escojo a gente de fiar para que vivan conmigo; el que sigue un camino perfecto será mi servidor.


ALELUYA: Lc 7,17

Un gran Profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo.


EVANGELIO: Lucas 7, 11-17

En aquel tiempo, se dirigía Jesús a una población llamada Naín, acompañado de sus discípulos y de mucha gente.

Al llegar a la entrada de la población, se encontró con que sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de una viuda, a la que acompañaba una gran muchedumbre.

Cuando el Señor la vio, se compadeció de ella y le dijo: «No llores.»

Acercándose al ataúd, lo tocó y los que lo llevaban se detuvieron. Entonces dijo Jesús: «Joven, yo te lo mando: levántate.»

Inmediatamente el que había muerto se levantó y comenzó a hablar. Jesús se lo entregó a su madre.

Al ver esto, todos se llenaron de temor y comenzaron a glorificar a Dios, diciendo: «Un gran profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo.»

La noticia de este hecho se divulgó por toda Judea y por las regiones circunvecinas.


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CONSIDERACIONES PARA LA ORACIÓN
DE LA MAÑANA O DE LA TARDE

1. Este relato evangélico fue comentado frecuentemente por san Agustín y aplicado a su vida. Su interpretación es muy válida para nuestro tiempo.

2. San Agustín se identificaba con el joven muerto que lo llevaban a enterrar: Efectivamente, él estuvo mucho tiempo muerto espiritualmente, apartado de Dios. Su madre Mónica lo estuvo llorando por mucho tiempo, pidiendo a Dios la conversión de su hijo.

Por fin, Dios se compadeció de Mónica y le concedió más de lo que le pedía: Agustín dejó el matrimonio y toda preocupación mundana para dedicarse totalmente a Dios, y fundó una comunidad de monjes con sus amigos en Tagaste. Después sería ordenado sacerdote y posteriormente obispo.

3. Hoy, en nuestra Iglesia sucede algo parecido: Muchas madres lloran ante Dios porque sus hijos y sus nietos están muertos espiritulmente, pues ya no practican la fe y viven apartados de Dios.

Este hecho constituye una preocupación pastoral de la Iglesia que se esfuerza por acompañar a las madres en ese dolor y trata de ayudarlas en la transmisión de la fe a las nuevas generaciones.

4. La familia agustiniana y en particular los agustinos recoletos recogemos la herencia espiritual del ejemplo de santa Mónica y san Agustín y tratamos de aplicarla a nuestra Iglesia.

Así surge la Asociación Madres Cristianas Santa Mónica que, en nuestro tiempo que es difícil, incluso hostil a la fe cristiana, trata de acompañar y sostener a las madres en la transmisión de la fe a los hijos y a los nietos.

5. Así, nos unimos de corazón a las madres que oran por sus hijos como la viuda del evangelio, escuchamos reconfortados la palabra de Jesús: No lloréis;  y con ellas esperamos escuchar algún día la palabra poderosa de Jesús: Muchacho, levántate; convertíos y creed en el Evangelio.

6. Te recuerdo que en la página de este blog Madres Mónicas encontrarás el material apropiado para este apostolado con las madres de fe, y la información oportuna sobre la Asociación Madres Cristianas Santa Mónica.

7. Estás invitado, estás invitada a comprometerte en esta prioridad pastoral de nuestra Iglesia: La mujer, las madres, la vida y la familia. Dios te bendiga y guíe tus pasos, p. Ismael

 


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