El maná de cada día, 8.11.19

noviembre 8, 2019

Viernes de la 31ª semana del Tiempo Ordinario

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Utilizar nuestra inteligencia también para ganar la vida eterna

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PRIMERA LECTURA: Romanos 15, 14-21

Respecto a vosotros, hermanos, yo personalmente estoy convencido de que rebosáis buena voluntad y de que os sobra saber para aconsejaros unos a otros.

A pesar de eso, para traeros a la memoria lo que ya sabéis, os he escrito, a veces propasándome un poco.

Me da pie el don recibido de Dios, que me hace ministro de Cristo Jesús para con los gentiles: mi acción sacra consiste en anunciar la buena noticia de Dios, para que la ofrenda de los gentiles, consagrada por el Espíritu Santo, agrade a Dios.

Como cristiano, pongo mi orgullo en lo que a Dios se refiere. Sería presunción hablar de algo que no fuera lo que Cristo hace por mi medio para que los gentiles respondan a la fe, con mis palabras y acciones, con la fuerza de señales y prodigios, con la fuerza del Espíritu Santo.

Tanto, que en todas direcciones, a partir de Jerusalén y llegando hasta la Iliria, lo he dejado todo lleno del Evangelio de Cristo.

Eso sí, para mí es cuestión de amor propio no anunciar el Evangelio más que donde no se ha pronunciado aún el nombre de Cristo; en vez de construir sobre cimiento ajeno, hago lo que dice la Escritura:

«Los que no tenían noticia lo verán, los que no habían oído hablar comprenderán.»


SALMO 97, 1. 2-3ab. 3cd-4

El Señor revela a las naciones su victoria.

Cantad al Señor un cántico nuevo porque ha hecho maravillas: su diestra le ha dado la victoria, su santo brazo.

El Señor da a conocer su victoria, revela a las naciones su justicia: se acordó de su misericordia y su fidelidad en favor de la casa de Israel.

Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios. Aclama al Señor, tierra entera; gritad, vitoread, tocad.

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COMENTARIO PERSONAL Y PRAXIS PASTORAL, emulando aquello de Pablo: “lo he dejado todo lleno del Evangelio de Cristo”

Me encuentro de paso en una comunidad religiosa de Burgos, camino hacia Salamanca. Preparando la misa he sentido la inspiración del Espíritu en la primera lectura y en el salmo. Me he sentido en conexión con la experiencia de Pablo, llamado por Dios, impulsado por su Espíritu, anunciador del Reino. De alguna forma he participado en su pasión por el Reino.

También yo quiero hace tiempo evangelizar a discreción, no quiero conocer a las personas en la carne sino en el Espíritu, pues la carne no sirve de nada. He hablado a las madres mónicas y a las religiosas, desde mi vocación de llamado a evangelizar. Es preciso ejercitarse en la agilidad mental para detectar la obra de Dios y el paso de Dios en la vida personal y en la vida de la comunidad o de las personas… Habría que imitar la astucia de los hijos de las tinieblas, la avaricia, la inspiración, la sagacidad de los malos… para buscar, nosotros, el bien y la salvación.

He pedido la gracia del Espíritu para todos, y en sintonía con la misericordia de Dios he pretendido transmitir el poder del Espíritu imponiendo las manos a todas las personas que así lo han deseado, implorando la alegría del Espíritu y la vida nueva en Cristo: la victoria de Dios, el triunfo de su misericordia…

Ha sido una experiencia linda,  la gente ha salido contenta y agradecida. Algunas lo han vivido como una efusión del Espíriu, del poder de Dios en sus vidas, manifestado en la alegría y la paz.


Aclamación antes del Evangelio: 1 Jn 2, 5

En aquel que cumple la palabra de Cristo, el amor de Dios ha llegado a su plenitud.


EVANGELIO: Lucas 16, 1-8

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos:

«Había una vez un hombre rico que tenía un administrador, el cual fue acusado ante él de haberle malgastado sus bienes. Lo llamó y le dijo: “¿Es cierto lo que me han dicho de ti? Dame cuenta de tu trabajo, porque en adelante ya no serás administrador.”

Entonces el administrador se puso a pensar: “¿Qué voy a hacer ahora que me quitan el trabajo? No tengo fuerzas para trabajar la tierra y me da vergüenza pedir limosna. Ya sé lo que voy a hacer, para tener a alguien que me reciba en su casa, cuando me despidan.”

Entonces fue llamando uno por uno a los deudores de su amo. Al primero le preguntó: “¿Cuánto le debes a mi amo?” El hombre respondió: “Cien barriles de aceite.” El administrador le dijo: “Toma tu recibo, date prisa y haz otro por cincuenta.”

Luego preguntó al siguiente: “Y tú, ¿cuánto debes?” Éste respondió: “Cien sacos de trigo.” El administrador le dijo: “Toma tu recibo y haz otro por ochenta.”

El amo tuvo que reconocer que su mal administrador había procedido con habilidad. Pues los que pertenecen a este mundo son más hábiles en sus negocios que los que pertenecen a la luz».
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HACEOS AMIGOS CON EL DINERO

P. Raniero Cantalamessa, ofmcap

El Evangelio de hoy nos presenta una parábola en cierto modo bastante actual, la del administrador infiel. El personaje central es el administrador de un propietario de tierras, figura muy popular también en nuestros campos, cuando regían sistemas usufructuarios.

Como las mejores parábolas, ésta es como un drama en miniatura, lleno de movimiento y de cambios de escena. La primera tiene como actores al administrador y a su señor y concluye con un despido tajante: «Ya no puedes ser administrador».

Éste no esboza siquiera una autodefensa. Tiene la conciencia sucia y sabe perfectamente que de lo que se ha enterado el patrón es cierto.

La segunda escena es un soliloquio del administrador que se acaba de quedar solo. No se da por vencido; piensa enseguida en soluciones para garantizarse un futuro.

La tercera escena –el administrador y los campesinos— revela el fraude que ha ideado con ese fin: «“¿Tú cuánto debes?” Respondió: “Cien cargas de trigo”. Le dijo: “Toma tu recibo y escribe ochenta”».

Un caso clásico de corrupción y de falsa contabilidad que nos hace pensar en frecuentes episodios parecidos en nuestra sociedad, si bien a escala mucho mayor.

La conclusión es desconcertante: «El señor alabó al administrador injusto porque había obrado astutamente». ¿Es que Jesús aprueba o alienta la corrupción?

Es necesario recordar la naturaleza del todo especial de la enseñanza en parábolas. La parábola no hay que trasladarla en bloque y con todos sus detalles en el plano de la enseñanza moral, sino sólo en aquel aspecto que el narrador quiere valorar.

Y está claro cuál es la idea que Jesús ha querido inculcar con esta parábola. El señor alaba al administrador por su sagacidad, no por otra cosa.

No se afirma que se vuelva atrás en su decisión de despedir a este hombre. Es más, visto su rigor inicial y la prontitud con la que descubrió la nueva estafa, podemos imaginar fácilmente la continuación, no relatada, de la historia.

Tras haber alabado al administrador por su astucia, el señor debe haberle ordenado que devolviera inmediatamente el fruto de sus transacciones deshonestas, o pagarlas con la cárcel si no podía saldar la deuda.

Esto, o sea, la astucia, es también lo que alaba Jesús, fuera de parábolas. Añade, de hecho, casi como comentario a las palabras de ese señor: «Los hijos de este mundo son más astutos con los de su generación que los hijos de la luz».

Aquel hombre, frente a una situación de emergencia, cuando estaba en juego su porvenir, dio prueba de dos cosas: de extrema decisión y de gran astucia. Actuó pronta e inteligentemente (si bien no honestamente) para ponerse a salvo.

Esto –viene a decir Jesús a sus discípulos— es lo que debéis hacer también vosotros para poner a salvo no el futuro terreno, que dura algunos años, sino el futuro eterno.

«La vida –decía un filósofo antiguo— a nadie se le da en propiedad, sino a todos en administración» (Séneca).

Somos todos los «administradores»; por ello debemos hacer como el hombre de la parábola. Él no dejó las cosas para mañana, no se durmió. Está en juego algo más importante como para confiarlo al azar.

El Evangelio a menudo hace diversas aplicaciones prácticas de esta enseñanza de Cristo.

En la que se insiste más tiene que ver con el uso de la riqueza y del dinero: «Yo os digo: haceos amigos con el dinero injusto, para que, cuando llegue a faltar, os reciban en las eternas moradas».

Es como decir: haced como aquel administrador; haceos amigos de quienes un día, cuando os encontréis en necesidad, puedan acogeros. Estos amigos poderosos, se sabe, son los pobres, puesto que Cristo considera dado a Él en persona lo que se da al pobre.

Los pobres, decía San Agustín, son, si lo deseamos, nuestros correos y porteadores: nos permiten transferir, desde ahora, nuestros bienes en la morada que se está construyendo para nosotros en el más allá.

Homiletica.org


La oportunidad de Zaqueo

noviembre 3, 2019

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Baja aprisa, Zaqueo, porque tengo que hospedarme en tu casa.

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La oportunidad de Zaqueo

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El arzobispo agustino recoleto de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán (Guatemala), Mons. Mario Alberto Molina, reflexiona sobre la Palabra de Dios de este domingo 3 de noviembre.

Evangelio según san Lucas (19, 1-10)

La historia de Zaqueo es un episodio de la vida de Jesús que conocemos solo a través de san Lucas. El hecho ocurre a la entrada de la ciudad de Jericó, cuando Jesús está ya muy cerca de Jerusalén.

Zaqueo es un publicano, un cobrador de impuestos. Es decir, era una persona con fama de corrupta, que se enriqueció con fraudes, que era tenida en la opinión pública por ser un pecador descarado. Además, era el jefe del gremio de publicanos. Por lo tanto, era un hombre que gozaba de prestigio y renombre, al menos entre los de su clase.

Cuando Zaqueo se entera de que Jesús está para llegar a la ciudad deja todo para ir a verlo. Mucha gente debió tener el mismo propósito, pues se juntó una gran multitud, que le impedía la vista a Zaqueo que era de baja estatura. Jesús venía rodeado de discípulos y su fama, que iba por delante, atraía a numerosas personas a la calle para saludarlo a la entrada de la ciudad.

Zaqueo decide subirse a un árbol a la vera del camino para ver mejor a Jesús. Pero al mismo tiempo, y sin quererlo, de ese modo él facilitó que Jesús también lo viera a él. Uno puede pensar que una inquietud interior movía a Zaqueo. Quizá ya sentía algún disgusto por la vida que llevaba. Quizá buscaba la oportunidad de cambiar de vida, sin saber si eso sería posible.

Es posible que ya hubiera oído hablar de Jesús, pues de otro modo no se entiende bien ese deseo tan fuerte de verlo, que hasta se sube a un árbol como si fuera un niño. Él, un hombre que gozaba de prestigio entre los publicanos por ser su jefe, no tiene consideraciones para guardar el respeto propio, y se encarama a un árbol.

Jesús cuando pasa junto al árbol se detiene. Lo llama por su nombre y se auto invita para quedarse en su casa: Zaqueo, bájate pronto, porque hoy tengo que hospedarme en tu casa. ¿Alguien le habló a Jesús de Zaqueo? ¿Alguien le hizo ver a Jesús al hombre encaramado en el árbol y le explicó quién era? ¿Acaso Jesús, por su conocimiento superior, leyó el corazón del hombre y conoció a Zaqueo desde dentro?

La parábola no responde a estas preguntas, no se interesa por esos detalles. Pero sin duda, Zaqueo cuando oyó a Jesús debió de pensar que lo había reconocido, que conoció su deseo de verlo, que incluso quizá conoció su disgusto e inquietud interior. En todo caso, Zaqueo baja del árbol y conduce a Jesús a su casa.

Al ver esto, comenzaron todos a murmurar. ¿Quiénes son esos que murmuran? ¿Los que venían con Jesús? ¿Los que salieron a verlo? ¿Unos y otros? La acción de Jesús causa sorpresa, indignación, perplejidad. Lo que murmuran es una gran verdad: Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador.

¿Cómo es posible que el Hijo de Dios pida hospedaje precisamente en la casa del peor pecador de la ciudad? ¿No son acaso incompatibles la santidad de Dios con el pecado humano?

Sin embargo, para Zaqueo esta es la oportunidad que buscaba. Casi como si fueran las palabras de bienvenida, Zaqueo, que no necesitaba confesar sus pecados pues eran públicos y notorios, comienza a declarar su propósito de repararlos, su propósito de enmendarse, su propósito de resarcir a quienes había hecho daño con sus fraudes, con su corrupción, con sus robos.

Mira, Señor, voy a dar a los pobres la mitad de mis bienes, y si he defraudado a alguien, le restituiré cuatro veces más. Hay que saber que el perdón de Dios va por delante de nosotros. La auto invitación que Jesús se hizo fue para Zaqueo la señal de que Dios le ofrecía su perdón. Jesús no lo rechazaba por ser pecador, sino que lo buscó para mostrarle su ofrecimiento de perdón.

No es nuestro arrepentimiento el que mueve a Dios a perdonar; es el perdón ofrecido de Dios el que nos mueve a arrepentirnos. Pero hay que saber que para hacernos idóneos para recibir y acoger el perdón de Dios no basta con reconocernos pecadores, sino que también hay que reparar, en la medida de lo posible, el daño que hemos hecho con nuestros pecados.

Reparar el daño y lograr que las cosas vuelvan al estado en que estaban antes de nuestro pecado no es posible a cabalidad. Como dice gráficamente el dicho popular: no es posible sacar la pasta de dientes de su tubo y luego volverla a meter. Pero gestos de reparación deben acompañar nuestro arrepentimiento.

Precisamente los actos de reparación expresan mejor el arrepentimiento que la mera confesión verbal del pecado cometido. Si omitimos la reparación del daño, del perjuicio, de la ofensa, que causamos con nuestras acciones, nuestro arrepentimiento puede ser de pura palabra y no de hecho. Zaqueo manifestó voluntad de cambiar de vida.

Jesús por eso declara: Hoy ha llegado la salvación a esta casa, porque también él es hijo de Abraham, y el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que se había perdido. Zaqueo, pecador, no ha perdido su dignidad, es hijo de Abraham. Se ha desviado, ha renegado de su identidad con su pecado, pero de hecho no la ha perdido. Es capaz de ser rescatado, si se arrepiente.

No debe sorprender que Jesús haya elegido hospedarse precisamente en la casa del mayor pecador de la ciudad, pues para eso vino al mundo, para buscar y ofrecer el perdón a los pecadores.

Una de las grandes necesidades humanas es la de recuperar el valor de la propia vida cuando nos hemos visto implicados en el mal, cuando hemos elegido hacer el mal, cuando hemos sido pecadores, agentes de Satanás. El pecador, cuando se da cuenta del mal que ha hecho, piensa que su vida ha perdido valor, que su vida está destinada al fracaso, que no es posible comenzar de nuevo.

Por eso uno de los mensajes centrales del Evangelio de Jesús es el anuncio del perdón a los pecadores. El perdón de Dios está disponible. Lo acoge quien se declara pecador, se arrepiente y repara el daño que hizo.

El sacramento del bautismo para los que comienzan su vida cristiana y el de la confesión para los que ya estamos en ella son los medios por los que Dios nos otorga su perdón. Por eso la hermosa oración que hemos escuchado como primera lectura alaba a Dios por esta su bondad.

Con esa oración concluimos nuestra reflexión: Te compadeces de todos. Aparentas no ver los pecados de los hombres, para darles ocasión de arrepentirse. Porque tú amas todo cuanto existe y no aborreces nada de lo que has hecho. Tú perdonas a todos, porque todos son tuyos. Por eso, a los que caen, los vas corrigiendo poco a poco, los reprendes y les traes a la memoria sus pecados, para que se arrepientan de sus maldades y crean en ti, Señor.

Mons. Mario Alberto Molina OAR
Arzobispo de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán (Guatemala)

La oportunidad de Zaqueo


El maná de cada día, 28.10.19

octubre 28, 2019

San Simón y san Judas, Apóstoles

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San Simón y San Judas Tadeo



Antífona de entrada

Éstos son los santos varones, a quienes eligió el Señor amorosamente y les dio una gloria eterna.


Oración colecta

Señor Dios nuestro, que nos llevaste al conocimiento de tu nombre por la predicación de los apóstoles, te rogamos que, por intercesión de san Simón y san Judas, tu Iglesia siga siempre creciendo con la conversión incesante de los pueblos. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: Efesios 2,19-22

Ya no sois extranjeros ni forasteros, sino que sois ciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios. Estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular.

Por él todo el edificio queda ensamblado, y se va levantando hasta formar un templo consagrado al Señor. Por él también vosotros os vais integrando en la construcción, para ser morada de Dios, por el Espíritu.


SALMO 18,2-3.4-5

A toda la tierra alcanza su pregón.

El cielo proclama la gloria de Dios, el firmamento pregona la obra de sus manos: el día al día le pasa el mensaje, la noche a la noche se lo susurra.

Sin que hablen, sin que pronuncien, sin que resuene su voz, a toda la tierra alcanza su pregón y hasta los límites del orbe su lenguaje.


Aclamación antes del Evangelio

A ti, oh Dios, te alabamos, a ti, Señor, te reconocemos. A ti te ensalza el glorioso coro de los apóstoles.


EVANGELIO: Lucas 6,12-19

En aquel tiempo, subió Jesús a la montaña a orar, y pasó la noche orando a Dios.

Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, escogió a doce de ellos y los nombró apóstoles: Simón, al que puso de nombre Pedro, y Andrés, su hermano, Santiago, Juan, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago Alfeo, Simón, apodado el Celotes, Judas el de Santiago y Judas Iscariote, que fue el traidor.

Bajó del monte con ellos y se paró en un llano, con un grupo grande de discípulos y de pueblo, procedente de toda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y de Sidón.

Venían a oírlo y a que los curara de sus enfermedades; los atormentados por espíritus inmundos quedaban curados, y la gente trataba de tocarlo, porque salía de él una fuerza que los curaba a todos.


Antífona de comunión: Jn 14, 23

El que me ama guardará mi palabra, dice el Señor; y mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos morada en él.

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28 de octubre
San Simón y San Judas, apóstoles

El nombre de Simón figura en undécimo lugar en la lista de los apóstoles. Lo único que sabemos de él es que nació en Caná y que se le daba el apodo de «Zelotes». Judas, por sobrenombre Tadeo, es aquel apóstol que en la última cena preguntó al Señor por qué se manifestaba a sus discípulos y no al mundo (Jn 14, 22). La liturgia romana, a diferencia de la de los orientales, conmemora el mismo día, juntamente, a estos dos apóstoles.

Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo

Del comentario de san Cirilo de Alejandría, obispo, sobre el evangelio de san Juan

Nuestro Señor Jesucristo instituyó a aquellos que habían de ser guías y maestros de todo el mundo y administradores de sus divinos misterios, y les mandó que fueran como astros que iluminaran con su luz no sólo el país de los judíos, sino también a todos los países que hay bajo el sol, a todos los hombres que habitan la tierra entera.

Es verdad lo que afirma la Escritura: Nadie puede arrogarse este honor: Dios es quien llama. Fue, en efecto, nuestro Señor Jesucristo el que llamó a sus discípulos a la gloria del apostolado, con preferencia a todos los demás.

Aquellos bienaventurados discípulos fueron columnas y fundamento de la verdad; de ellos afirma el Señor que los envía como el Padre lo ha enviado a él, con las cuales palabras, al mismo tiempo que muestra la dignidad del apostolado y la gloria incomparable de la potestad que les ha sido conferida, insinúa también, según parece, cuál ha de ser su estilo de obrar.

En efecto, si el Señor tenía la convicción de que había de enviar a sus discípulos como el Padre lo había enviado a él, era necesario que ellos, que habían de ser imitadores de uno y otro, supieran con qué finalidad el Padre había enviado al Hijo.

Por esto, Cristo, exponiendo en diversas ocasiones las características de su propia misión, decía: No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a que se conviertan. Y también: He bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado. Porque Dios no mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.

De este modo, resume en pocas palabras la regla de conducta de los apóstoles, ya que, al afirmar que los envía como el Padre lo ha enviado a él, les da a entender que su misión consiste en invitar a los pecadores a que se arrepientan y curar a los enfermos de cuerpo y de alma, y que en el ejercicio de su ministerio no han de buscar su voluntad, sino la de aquel que los ha enviado, y que han de salvar al mundo con la doctrina que de él han recibido.

Leyendo los Hechos de los apóstoles o los escritos de san Pablo, nos damos cuenta fácilmente del empeño que pusieron los apóstoles en obrar según estas consignas recibidas.


Homilía del Papa Francisco en la Misa de clausura del Sínodo de la Amazonía

octubre 27, 2019

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El Papa Francisco en la Misa de clausura del Sínodo de la Amazonía. Foto: Daniel Ibáñez / ACI Prensa

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Homilía del Papa Francisco en la Misa de clausura del Sínodo de la Amazonía

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El Papa Francisco celebró la Misa Solemne de clausura del Sínodo de los Obispos para la Amazonía este domingo 27 de octubre en la Basílica de San Pedro.

Durante su homilía, el Santo Padre reflexionó en tres tipos de oración que se describen en la Biblia: la oración del fariseo, la oración del publicano y la oración del pobre.

“Recemos para pedir la gracia de no considerarnos superiores, de creer que tenemos todo en orden, de no convertirnos en cínicos y burlones. Pidamos a Jesús que nos cure de hablar mal y lamentarnos de los demás, de despreciar a alguien: son cosas que no agradan a Dios”, invitó el Pontífice.

A continuación, el texto de la homilía completa del Papa Francisco:

La Palabra de Dios nos ayuda hoy a rezar mediante tres personajes: en la parábola de Jesús rezan el fariseo y el publicano, en la primera lectura se habla de la oración del pobre.

1. La oración del fariseo comienza así: ‘Oh Dios, te agradezco’. Es un buen inicio, porque la mejor oración es la de acción de gracias y alabanza. Pero enseguida vemos el motivo de ese agradecimiento: ‘porque no soy como los demás hombres’ (Lc 18,11).

Y, además, explica el motivo: porque ayuna dos veces a la semana, cuando entonces la obligación era una vez al año; paga el diezmo de todo lo que tiene, cuando lo establecido era solo en base a los productos más importantes (cf. Dt 14,22 ss.).

En definitiva, presume porque cumple unos preceptos particulares de manera óptima. Pero olvida el más grande: amar a Dios y al prójimo (cf. Mt 22,36-40).

Satisfecho de su propia seguridad, de su propia capacidad de observar los mandamientos, de los propios méritos y de las propias virtudes, sólo está centrado en sí mismo. El drama de este hombre es que es sin amor. También las cosas mejores sin amor, no sirven de nada.

Pero, como dice san Pablo, (cf. 1 Co 13). Y sin amor, ¿cuál es el resultado? Que al final, más que rezar, se elogia a sí mismo. De hecho, no le pide nada al Señor, porque no siente que tiene necesidad o que debe algo, sino que, más bien, se le debe a él. Está en el templo de Dios, pero practica la religión del yo. Y tantos grupos ilustrados, cristianos, catolicos van por este camino.

Y además de olvidar a Dios, olvida al prójimo, es más, lo desprecia. Es decir, para él no tiene un precio, no tiene un valor. Se considera mejor que los demás, a quienes llama, literalmente, ‘los demás, el resto’ (‘loipoi’, Lc 18,11). Son ‘el resto’, los descartados de quienes hay que mantenerse a distancia.

¡Cuántas veces vemos que se cumple esta dinámica en la vida y en la historia! Cuántas veces quien está delante, como el fariseo respecto al publicano, levanta muros para aumentar las distancias, haciendo que los demás estén más descartados aún. O también considerándolos inferiores y de poco valor, desprecia sus tradiciones, borra su historia, ocupa sus territorios, usurpa sus bienes.

¡Cuánta presunta superioridad que, también hoy se convierte en opresión y explotación! También hoy lo hemos visto, en el Sínodo, cuando hablábamos sobre la explotación de la creación, de la gente, de los habitantes de la Amazonía, sobre la trata de las personas, sobre el comercio de las personas.

Los errores del pasado no han bastado para dejar de expoliar y causar heridas a nuestros hermanos y a nuestra hermana tierra: lo hemos visto en el rostro desfigurado de la Amazonia.

La religión del yo sigue, hipócrita con sus ritos y ‘oraciones’, pero tantos son católicos, se confiesan católicos, han olvidado ser cristianos, ser humanos. Olvidan que el verdadero culto a Dios pasa a través del amor al prójimo. También los cristianos que rezan y van a Misa el domingo están sujetos a esta religión del yo. Podemos mirarnos dentro y ver si también nosotros consideramos a alguien inferior, descartable, aunque solo sea con palabras.

Recemos para pedir la gracia de no considerarnos superiores, de no creer que tenemos todo en orden, de no convertirnos en cínicos y burlones. Pidamos a Jesús que nos cure de hablar mal y lamentarnos de los demás, de despreciar a alguien: son cosas que no agradan a Dios.

Providencialmente hoy nos acompañan en esta Misa, no solo los aborígenes de la Amazonía, también los más pobres de la sociedad desarrollada, los hermanos y hermanas enfermos de la Comunidad del Arca. Están con nosotros, en el primer lugar.

2. Pasamos a la otra oración. La oración del publicano, en cambio, nos ayuda a comprender qué es lo que agrada a Dios. Él no comienza por sus méritos, sino por sus faltas; ni por sus riquezas, sino por su pobreza. No se trata de una pobreza económica —los publicanos eran ricos e incluso ganaban injustamente, a costa de sus connacionales— sino de una pobreza de vida, porque en el pecado nunca se vive bien.

Ese hombre que explota a los otros, se reconoce pobre ante Dios y el Señor escucha su oración, hecha solo de siete palabras, pero también de actitudes verdaderas.

En efecto, mientras el fariseo está delante en pie (cf. v. 11), el publicano permanece a distancia y ‘no se atreve ni a levantar los ojos al cielo’, porque cree que el cielo existe y es grande, mientras que él se siente pequeño. Y ‘se golpea el pecho’ (cf. v. 13), porque en el pecho está el corazón.

Su oración nace del corazón, es transparente; pone delante de Dios el corazón, no las apariencias. Rezar es dejar que Dios nos mire por dentro, es Dios que me mira cuando rezo, rezar es dejarse mirar dentro por Dios, sin fingimientos, sin excusas, sin justificaciones.

Muchas veces nos hacen reír los arrepentimientos llenos de justificaciones. Más que arrepentimiento parece una ‘auto causa de canonización’. Porque del diablo vienen la opacidad y la falsedad, estas son las justificaciones. De Dios viene la luz y la verdad, la transparencia de mi corazón.

Ha sido hermoso y les estoy agradecido, queridos padres y hermanos sinodales: por haber dialogado durante estas semanas con el corazón, con sinceridad y franqueza, exponiendo ante Dios y los hermanos las dificultades y las esperanzas.

Hoy, mirando al publicano, descubrimos de nuevo de dónde tenemos que volver a partir: del sentirnos necesitados de salvación, todos. Es el primer paso de la religión de Dios, que es misericordia hacia quien se reconoce miserable.

En cambio, la raíz de todo error espiritual, como enseñaban los monjes antiguos, es creerse justos. Considerarse justos es dejar a Dios, el único justo, fuera de casa.

Es tan importante esta actitud de partida que Jesús nos lo muestra con una comparación paradójica, poniendo juntos en la parábola a la persona más piadosa y devota de aquel tiempo, el fariseo, y al pecador público por excelencia, el publicano. Y el juicio se invierte: el que es bueno pero presuntuoso fracasa; a quien es desastroso pero humilde Dios lo exalta.

Si nos miramos por dentro con sinceridad, vemos en nosotros a los dos, a los dos, al publicano y al fariseo. Somos un poco publicanos, por pecadores, y un poco fariseos, por presuntuosos, capaces de justificarnos a nosotros mismos, campeones en justificarnos deliberadamente. Con los demás, a menudo funciona, pero con Dios no. Con Dios el truco no funciona.

Recemos para pedir la gracia de sentirnos necesitados de misericordia, necesitados de misericordia, pobres interiormente. También para eso nos hace bien estar a menudo con los pobres, para recordarnos que somos pobres, para recordarnos que solo en un clima de pobreza interior actúa la salvación de Dios.

3. Llegamos así a la oración del pobre, de la primera lectura, esta, dice el Eclesiástico, ‘atraviesa las nubes’ (35,17). Mientras la oración de quien presume ser justo se queda en la tierra, aplastada por la fuerza de gravedad del egoísmo, la del pobre sube directamente hacia Dios.

El sentido de la fe del Pueblo de Dios ha visto en los pobres ‘los porteros del cielo’. Aquel ‘sensus fidei’ que faltaba en la declaración final.

Ellos son los que nos abrirán, o no, las puertas de la vida eterna; ellos que no se han considerado como dueños en esta vida, que no se han puesto a sí mismos antes que a los demás, que han puesto solo en Dios su propia riqueza. Ellos son iconos vivos de la profecía cristiana.

En este Sínodo hemos tenido la gracia de escuchar las voces de los pobres y de reflexionar sobre la precariedad de sus vidas, amenazadas por modelos de desarrollo depredadores.

Y, sin embargo, aun en esta situación, muchos nos han testimoniado que es posible mirar la realidad de otro modo, acogiéndola con las manos abiertas como un don, habitando la creación no como un medio para explotar sino como una casa que se debe proteger, confiando en Dios. Él es Padre y, dice también el Eclesiástico, ‘escucha la oración del oprimido’ (v. 16).

Cuántas veces, también en la Iglesia, las voces de los pobres no se escuchan, e incluso son objeto de burlas o son silenciadas por incómodas.

Recemos para pedir la gracia de saber escuchar el grito de los pobres: es el grito de esperanza de la Iglesia. El grito de los pobres es el grito de esperanza de la Iglesia. Haciendo nuestro su grito, también nuestra oración -estemos seguros- atravesará las nubes.

https://www.aciprensa.com/noticias/homilia-del-papa-francisco-en-la-misa-de-clausura-del-sinodo-de-la-amazonia-89471


El maná de cada día, 18.10.19

octubre 18, 2019

San Lucas, evangelista

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Día octavo de la novena a Santa Magdalena de Nagasaki
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San Lucas

Antífona de entrada: Is 52, 7

¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae la buena nueva, que pregona la victoria!


Oración colecta

Señor y Dios nuestro, que elegiste a san Lucas para que nos revelara con su predicación y sus escritos tu amor a los pobres, concede, a cuantos se glorían en Cristo, vivir con un mismo corazón y un mismo espíritu y atraer a todos los hombres a la salvación. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: 2 Timoteo 4, 9-17a

Dimas me ha dejado, enamorado de este mundo presente, y se ha marchado a Tesalónica; Crescente se ha ido a Galacia; Tito, a Dalmacia; sólo Lucas está conmigo. Coge a Marcos y tráetelo contigo, ayuda bien en la tarea. A Tíquico lo he mandado a Éfeso.

El abrigo que me dejé en Troas, en casa de Carpo, tráetelo al venir, y los libros también, sobre todo los de pergamino. Alejandro, el metalúrgico, se ha portado muy mal conmigo; el Señor le pagará lo que ha hecho. Ten cuidado con él también tú, porque se opuso violentamente a mis palabras. La primera vez que me defendí, todos me abandonaron, y nadie me asistió. Que Dios los perdone.

Pero el Señor me ayudó y me dio salud para anunciar íntegro el mensaje, de modo que lo oyeran los gentiles.


SALMO 144, 10-11.12-13ab.17-18

Que tus fieles, Señor, proclamen la gloria de tu reinado.

Que todas tus criaturas te den gracias, Señor, que te bendigan tus fieles; que proclamen la gloria de tu reinado, que hablen de tus hazañas.

Explicando tus hazañas a los hombres, la gloria y majestad de tu reinado. Tu reinado es un reinado perpetuo, tu gobierno va de edad en edad.

El Señor es justo en todos sus caminos, es bondadoso en todas sus acciones; cerca está el Señor de los que lo invocan, de los que lo invocan sinceramente.


Aclamación antes del Evangelio: Jn 15, 16

Yo os he elegido del mundo, para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto perdure –dice el Señor.


EVANGELIO: Lucas 10, 1-9

En aquel tiempo, designó el Señor otros setenta y dos y los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir él.

Y les decía: «La mies es abundante y los obreros pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies. ¡Poneos en camino! Mirad que os mando como corderos en medio de lobos.

No llevéis talega, ni alforja, ni sandalias; y no os detengáis a saludar a nadie por el camino.

Cuando entréis en una casa, decid primero: “Paz a esta casa.” Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz; si no, volverá a vosotros.

Quedaos en la misma casa, comed y bebed de lo que tengan, porque el obrero merece su salario. No andéis cambiando de casa.

Si entráis en un pueblo y os reciben bien, comed lo que os pongan, curad a los enfermos que haya, y decid: “Está cerca de vosotros el reino de Dios.”»


Antífona de comunión: Lc 10, 1. 9

Envió el Señor a sus discípulos a anunciar por los pueblos: Está cerca de vosotros el Reino de Dios.

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Novena a Santa Magdalena de Nagasaki (8)

Dibujo de Gonzalo Tassier

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Rito de entrada para todos los días:

V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.

Oración

Oh Padre, que te complaces en escoger a los pequeños y débiles para manifestarnos las maravillas de tu amor, y que escogiste a la joven Magdalena de Nagasaki para que propagara el Evangelio entre sus conciudadanos, velara por su fidelidad a Cristo, hiciera a ti ofrenda de su vida como terciaria seglar agustino-recoleta y muriera mártir de la fe, concédenos, por su intercesión, que sepamos, ser siempre testimonios fieles de Cristo en nuestro vivir cotidiano y sepamos amar a nuestros hermanos con amor sincero y desinteresado. Danos, Señor, saber colaborar activamente en la difusión del Evangelio. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor. Amén.
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Reflexión para el día octavo:

Magdalena se entrega voluntariamente

Magdalena quiere dar su vida por Cristo, y dar ejemplo a los cristianos vacilantes en su fe. Pero si quiere ser arrestada y condenada a muerte, tendrá que autodenunciarse, ya que los guardias han tenido tantas ocasiones de apresarla y no lo han hecho. Ella lo ha pensado mucho y decide entregarse. Sus amigos le suplican que no los abandone.

Pero su espíritu victimal, sus ansias de ser como Jesús, hostia propiciatoria, sus anhelos de ir a gozar de la compañía de sus familiares y de sus padres espirituales, pueden más que los ruegos de los amigos.

Un buen día de septiembre de 1634 se viste con el hábito de terciaria, y se arregla como quien va a una fiesta, y, después de despedirse de los terciarios y cristianos, baja decidida a la ciudad. En su mano lleva un hatillo. La valerosa catequista se presenta a los guardias, vestida de terciaria. Un verdadero desafío.

Pero los guardias, dice un cronista, “le dicen que es mujer moza y flaca y no podrá sufrir tan terribles tormentos… Y aunque ella replicó que quisiera quedar presa, no la oyeron y ni la quisieron prender”.

No se da por vencida Magdalena y decide presentarse directamente a los jueces. Alega que es cristiana, que los guardias no la han querido apresar y que quiere ser juzgada. Los jueces registran su misterioso hatillo: hay en él un libro espiritual en japonés de Fr. Luis de Granada -¿La Guía de Pecadores?- y un calendario para seguir las fiestas de precepto. Son el cuerpo del delito.

Los jueces mandan meterla en una de las jaulas-prisión. Las autoridades demuestran sumo interés en hacer apostatar a la joven. Sus padres eran nobles y ella tenía mucha fama en Nagasaki. Le dicen que es joven, que es hermosa, le ofrecen riquezas, le prometen casarla con uno de los principales señores del Japón.

Pero ella responde que ya estaba casada, que era esposa de Cristo Nuestro Señor, que nadie la apartará de su Amado. De las promesas pasan a las amenazas y a las torturas. Esperan doblegar a Magdalena, aplicándole los tormentos que ya han doblegado a otros. La cuelgan de los brazos, dejándola varias horas suspendida en el aire.

Parecióles a los jueces, sigue el testigo, que con el dolor, descoyuntados los brazos, habría mudado su intento, y volviéronla a preguntar si quería dejar la ley de los cristianos… Respondió “que estuvieran ciertos que ni por éste, ni por otros favores mucho mayores que la diesen, dejaría la ley cristiana”.

Intensifican el tormento: “le meten cañas tostadas entre las uñas de los dedos de las manos y le ordenan que con los dedos así clavados y acañaverados arase y arañase la tierra…” Después de otros variados y refinados tormentos, vuelven a Magdalena a la jaula.

Durante todo ese mes, Magdalena se dedica a prepararse para el martirio. Los amigos que la visitan, la ven: “alabando al Señor”, “llena de alegría por sus tribulaciones”.
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Oración de los fieles para todos los días:

Elevemos, hermanos, nuestras oraciones al Padre común, por intercesión de santa Magdalena de Nagasaki, virgen y mártir, y patrona de nuestra fraternidad seglar agustino-recoleta.

R. Te rogamos, óyenos.

– Por todos los misioneros, especialmente por los agustinos recoletos, para que sepan predicar única y exclusivamente a Cristo, y éste crucificado. Oremos.

– Por todos los catequistas, para que sepan ayudar en el robustecimiento de la fe, esperanza y caridad de los creyentes y catecúmenos. Oremos.

– Por nuestras fraternidades seglares agustino- recoletas, para que imiten los ejemplos de caridad, sencillez, desprendimiento, sacrificio y fidelidad hasta el martirio de santa Magdalena de Nagasaki. Oremos.

– Por todos los pueblos del Extremo Oriente, para que se abran a la luz de Cristo y crean en el Evangelio. Oremos.

Por todos los que sufren persecución a causa del Evangelio, para que sepan mantenerse íntegros en la fe, constantes en la esperanza y animosos en la caridad. Oremos.

Para añadir a la oración comunitaria:

– Por todas nuestras fraternidades seglares agustino-recoletas, para que imiten la intrepidez de santa Magdalena en testificar su fe. Oremos.

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Oración final para todos los días:

Padre y Señor nuestro, tu mártir Magdalena de Nagasaki predicó sin desfallecer el Evangelio y derramó su sangre por ti; concédenos, por su intercesión, ser fíeles testigos de tu Palabra, seguidores de sus ejemplos y participar con ella de tu gloria por la eternidad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.


El maná de cada día, 17.10.19

octubre 17, 2019

Jueves de la 28ª Semana del Tiempo Ordinario

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Séptimo día de la novena a Santa Magdalena de Nagsaki
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Si llevas cuenta de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir?

 

PRIMERA LECTURA: Romanos 3, 21-30a

Ahora, la justicia de Dios, atestiguada por la Ley y los Profetas, se ha manifestado independientemente de la Ley. Por la fe en Jesucristo viene la justicia de Dios a todos los que creen, sin distinción alguna.

Pues todos pecaron y todos están privados de la gloria de Dios, y son justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención de Cristo Jesús, a quien Dios constituyó sacrificio de propiciación mediante la fe en su sangre.

Así quería Dios demostrar que no fue injusto dejando impunes con su tolerancia los pecados del pasado; se proponía mostrar en nuestros días su justicia salvadora, demostrándose a sí mismo justo y justificando al que apela a la fe en Jesús.

Y ahora, ¿dónde queda el orgullo? Queda eliminado. ¿En nombre de qué? ¿De las obras? No, en nombre de la fe.

Sostenemos, pues, que el hombre es justificado por la fe, sin las obras de la Ley. ¿Acaso es Dios sólo de los judíos? ¿No lo es también de los gentiles? Evidente que también de los gentiles, si es verdad que no hay más que un Dios.


SALMO 129, 1-2.3-4.5

Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa.

Desde lo hondo a ti grito, Señor; Señor, escucha mi voz; estén tus oídos atentos a la voz de mi súplica.

Si llevas cuenta de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir? Pero de ti procede el perdón, y así infundes respeto.

Mi alma espera en el Señor, espera en su palabra; mi alma aguarda al Señor.


Aclamación antes del Evangelio: Jn 14, 6

Yo soy el camino, y la verdad, y la vida -dice el Señor-; nadie va al Padre, si no por mí.


EVANGELIO: Lucas 11, 47-54

En aquel tiempo, dijo el Señor: «¡Ay de vosotros, que edificáis mausoleos a los profetas, después que vuestros padres los mataron! Así sois testigos de lo que hicieron vuestros padres, y lo aprobáis; porque ellos los mataron, y vosotros les edificáis sepulcros.

Por algo dijo la sabiduría de Dios: “Les enviaré profetas y apóstoles; a algunos los perseguirán y matarán”; y así, a esta generación se le pedirá cuenta de la sangre de los profetas derramada desde la creación del mundo; desde la sangre de Abel hasta la de Zacarías, que pereció entre el altar y el santuario.

Sí, os lo repito: se le pedirá cuenta a esta generación. ¡Ay de vosotros, maestros de la Ley, que os habéis quedado con la llave del saber; vosotros, que no habéis entrado y habéis cerrado el paso a los que intentaban entrar!»

Al salir de allí, los escribas y fariseos empezaron a acosarlo y a tirarle de la lengua con muchas preguntas capciosas, para cogerlo con sus propias palabras.



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Novena a Santa Magdalena de Nagasaki (7)

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Oleo de Ida Lucio, Colegio Internacional San Ildefonso, Roma

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Rito de entrada para todos los días:

V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.

Oración

Oh Padre, que te complaces en escoger a los pequeños y débiles para manifestarnos las maravillas de tu amor, y que escogiste a la joven Magdalena de Nagasaki para que propagara el Evangelio entre sus conciudadanos, velara por su fidelidad a Cristo, hiciera a ti ofrenda de su vida como terciaria seglar agustino-recoleta y muriera mártir de la fe, concédenos, por su intercesión, que sepamos, ser siempre testimonios fieles de Cristo en nuestro vivir cotidiano y sepamos amar a nuestros hermanos con amor sincero y desinteresado. Danos, Señor, saber colaborar activamente en la difusión del Evangelio. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

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Reflexión para el día séptimo:

Magdalena, misionera solitaria

El cuatro de septiembre, llegaban al Japón otros dos misioneros agustinos recoletos: Martín de san Nicolás, zaragozano, y Melchor de san Agustín, granadino. Con algunos terciarios agustino-recoletos japoneses, que les han preparado un escondite, se ocultan en los montes.

Allí los encuentra Magdalena, la infatigable catequista, la heredera espiritual de Francisco y Vicente. Los abraza y los presenta orgullosa a los cristianos. Les sirve con devoción y trata de hacerles aprender la lengua. De noche los lleva a otros refugios para que administren los sacramentos a los moribundos. Ella, que conoce muy bien los parajes, va y viene. Como una diaconisa, lleva la comunión a los enfermos.

Pero Martín y Melchor siguen muy pronto por el camino del martirio a Francisco y Vicente. Y Magdalena queda en cierto modo, huérfana. Y esta vez para siempre. Ha quedado completamente sola en las montañas de Nagasaki. Asistirá a la última y más cruel embestida de la persecución. Con gusto se entregaría al martirio. Pero siente la responsabilidad de sus hermanos, los terciarios agustino-recoletos.

Además, la reclaman los pobres, escondidos en los montes. No puede abandonar a los que ha ayudado a nacer en la fe, a los que ha levantado en el camino. Recorre los montes para compartir las penas y aflicciones de los cristianos. Todos reclaman su presencia. Su sonrisa inspira serenidad y da vigor al espíritu. Pone en práctica las nociones de medicina que había aprendido del padre Vicente, y cura y atiende a los enfermos. Infunde en todas partes optimismo. Casi no hay sacerdotes ya por los montes de Nagasaki. Y Magdalena, con gran sacrificio, trata de suplir su falta.

Entre tanto, la persecución se hace cada vez más dura. Durante el suplicio de la horca y hoya algunos cristianos, incluso algún misionero, han renegado de la fe. No basta ya la palabra encendida de Magdalena. Hace falta una víctima, que sirva de ejemplo y dé testimonio de fortaleza a los atemorizados cristianos.

Y Magdalena se pregunta si no debe dar la cara al enemigo y ofrecerse como víctima. Su ejemplo podrá servir quizá para frenar aquel triste desfile de apostasías. Por otra parte, no logra borrar de su recuerdo a su familia, a sus padres espirituales, a tantos terciarios que están gozando de la dulce compañía de Dios. Quiere encontrarlos y encontrar a su Amado. En su pecho arde una llama que la empuja irresistiblemente hacia Cristo.

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Oración de los fieles para todos los días:

Elevemos, hermanos, nuestras oraciones al Padre común, por intercesión de santa Magdalena de Nagasaki, virgen y mártir, y patrona de nuestra fraternidad seglar agustino-recoleta.

– Por todos los misioneros, especialmente por los agustinos recoletos, para que sepan predicar única y exclusivamente a Cristo, y éste crucificado. Oremos.
R. Te rogamos, óyenos.

– Por todos los catequistas, para que sepan ayudar en el robustecimiento de la fe, esperanza y caridad de los creyentes y catecúmenos. Oremos.
R. Te rogamos, óyenos.

– Por nuestras fraternidades seglares agustino- recoletas, para que imiten los ejemplos de caridad, sencillez, desprendimiento, sacrificio y fidelidad hasta el martirio de santa Magdalena de Nagasaki. Oremos.
R. Te rogamos, óyenos.

– Por todos los pueblos del Extremo Oriente, para que se abran a la luz de Cristo y crean en el Evangelio. Oremos.
R. Te rogamos, óyenos.

Por todos los que sufren persecución a causa del Evangelio, para que sepan mantenerse íntegros en la fe, constantes en la esperanza y animosos en la caridad. Oremos.
R. Te rogamos, óyenos.

Para añadir a la oración comunitaria:

– Por todos los que vacilan en su fe, o se dejan atenazar por la duda para que con nuestro ejemplo sepan hallar a Cristo Camino, Verdad y Vida. Oremos.

R. Te rogamos, óyenos.

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Oración final para todos los días:

Padre y Señor nuestro, tu mártir Magdalena de Nagasaki predicó sin desfallecer el Evangelio y derramó su sangre por ti; concédenos, por su intercesión, ser fíeles testigos de tu Palabra, seguidores de sus ejemplos y participar con ella de tu gloria por la eternidad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.


El maná de cada día, 5.10.19

octubre 5, 2019

Sábado de la 26ª semana del Tiempo Ordinario

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Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos, y las has revelado a la gente sencilla

Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos, y las has revelado a la gente sencilla



PRIMERA LECTURA: Baruc 4, 5-12. 27-29

Ánimo, pueblo mío, que llevas el nombre de Israel.

Os vendieron a los gentiles, pero no para ser aniquilados; por la cólera de Dios contra vosotros os entregaron a vuestros enemigos, porque irritasteis a vuestro Creador, sacrificando a demonios y no a Dios; os olvidasteis del Señor eterno que os había criado, y afligisteis a Jerusalén que os sustentó.

Cuando ella vio que el castigo de Dios se avecinaba dijo:

«Escuchad, habitantes de Sión, Dios me ha enviado una pena terrible: vi cómo el Eterno desterraba a mis hijos e hijas; yo los crié con alegría, los despedí con lágrimas de pena.

Que nadie se alegre viendo a esta viuda abandonada de todos. Si estoy desierta, es por los pecados de mis hijos, que se apartaron de la ley de Dios.

Ánimo, hijos, gritad a Dios, que el que os castigó se acordará de vosotros. Si un día os empeñasteis en alejaros de Dios, volveos a buscarlo con redoblado empeño.

El que os mandó las desgracias os mandará el gozo eterno de vuestra salvación.»


SALMO 68, 33-35. 36-37

El Señor escucha a sus pobres.

Miradlo, los humildes, y alegraos, buscad al Señor, y vivirá vuestro corazón. Que el Señor escucha a sus pobres, no desprecia a sus cautivos. Alábenlo el cielo y la tierra, las aguas y cuanto bulle en ellas.

El Señor salvará a Sión, reconstruirá las ciudades de Judá, y las habitarán en posesión. La estirpe de sus siervos la heredará, los que aman su nombre vivirán en ella.


ALELUYA: Mt 11, 25

Bendito seas, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has revelado los secretos del reino a la gente sencilla.


EVANGELIO: Lucas 10, 17-24

En aquel tiempo, los setenta y dos volvieron muy contentos y dijeron a Jesús: «Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre.»

Él les contestó: «Veía a Satanás caer del cielo como un rayo. Mirad: os he dado potestad para pisotear serpientes y escorpiones y todo el ejército del enemigo. Y no os hará daño alguno. Sin embargo, no estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo.»

En aquel momento, lleno de la alegría del Espíritu Santo, exclamó: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos, y las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo, sino el Padre; ni quién es el Padre, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiere revelar.»

Y volviéndose a sus discípulos, les dijo aparte: «¡Dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes desearon ver lo que veis vosotros, y no lo vieron; y oír lo que oís, y no lo oyeron.»
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LA RAZÓN DE LA ALEGRÍA
P. Francisco Fernández Carvajal

Abiertos a la alegría

El Evangelio de la Misa (1) resalta la alegría de los setenta y dos discípulos, cuando vuelven de predicar por todas partes la llegada del Reino de Dios. Con toda sencillez le dicen a Jesús: hasta los demonios se nos someten en tu nombre. El Maestro participa también de este gozo: Veía a Satanás caer como un rayo.

Pero a continuación les advierte: Mirad: os he dado potestad para pisotear serpientes y escorpiones y todo el ejército del enemigo. Y no os hará daño. Sin embargo -les previene-, no estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad contentos porque vuestros nombres están escritos en el Cielo.

Jesús pronunciaría estas palabras lleno de un gozo radiante, comunicativo, externo. Enseguida estalló en un canto de júbilo y de agradecimiento: En aquel mismo momento se llenó de gozo del Espíritu Santo y dijo: Yo te alabo, Padre, Señor del Cielo y de la tierra, porque ocultaste estas cosas a los sabios y prudentes y las revelaste a los pequeños. Sí, Padre, pues así fue tu beneplácito.

Los discípulos recordarían siempre aquel momento con todas las circunstancias que lo rodearon: sus confidencias al Maestro, relatándole sus primeras experiencias apostólicas; su dicha al sentirse instrumentos del Salvador; el rostro resplandeciente de Jesús; su canto de júbilo y de agradecimiento a su Padre celestial… y aquellas palabras inolvidables: alegraos porque vuestros nombres están escritos en el Cielo.

La esperanza de la bienaventuranza, el permanecer siempre junto a Dios, es la fuente inagotable de la alegría. Al entrar en la gloria eterna, si somos fieles, escucharemos de boca de Jesús estas inefables palabras: entra en el gozo de tu Señor (2).

Aquí en la tierra, cada paso que damos hacia Cristo nos acerca a la felicidad verdadera. No hay felicidad estable fuera de Dios. Y, a la vez, el gozo del cristiano presupone el esfuerzo paciente para reconocer las alegrías naturales, sencillas, que el Señor pone en nuestro camino: «la alegría de la existencia y de la vida; la alegría del amor honesto y santificado; la alegría tranquilizadora de la naturaleza y del silencio; la alegría a veces austera del trabajo esmerado; la alegría y satisfacción del deber cumplido; la alegría transparente de la pureza, del servicio, del saber compartir; la alegría exigente del sacrificio.

El cristiano podrá purificarlas, completarlas, sublimarlas: no puede despreciarlas. La alegría cristiana supone un hombre capaz de alegrías naturales» (3).

Muchas veces, el Señor se sirvió de estos gozos de la vida corriente para anunciar las maravillas del Reino: la alegría del sembrador y del segador; la del hombre que halla el tesoro escondido; la del pastor que encuentra una oveja perdida; el gozo de los invitados a un banquete; el júbilo de las bodas; el profundo gozo del padre que recibe a su hijo; el de una mujer que acaba de dar a luz a un niño…

El discípulo de Cristo no es un hombre «desencarnado», distanciado de lo humano, como no lo fue el Maestro. Nuestros amigos, quienes conviven con nosotros, nos han de notar cada vez más abiertos, con más capacidad para hacernos cargo de esas pequeñas alegrías nobles y limpias que Dios pone en nuestro camino para hacerlo más suave. Esta disposición estable supondrá en muchos momentos sacrificio y mortificación para vencer otros estados de ánimo o el cansancio.

1 Lc 10, 17-24. — 2 Mt 25, 21. — 3 Pablo VI, Exhort. Apost. Gaudete in Domino, 9-V-1975.

http://www.homiletica.org


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