El maná de cada día, 5.10.19

octubre 5, 2019

Sábado de la 26ª semana del Tiempo Ordinario

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Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos, y las has revelado a la gente sencilla

Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos, y las has revelado a la gente sencilla



PRIMERA LECTURA: Baruc 4, 5-12. 27-29

Ánimo, pueblo mío, que llevas el nombre de Israel.

Os vendieron a los gentiles, pero no para ser aniquilados; por la cólera de Dios contra vosotros os entregaron a vuestros enemigos, porque irritasteis a vuestro Creador, sacrificando a demonios y no a Dios; os olvidasteis del Señor eterno que os había criado, y afligisteis a Jerusalén que os sustentó.

Cuando ella vio que el castigo de Dios se avecinaba dijo:

«Escuchad, habitantes de Sión, Dios me ha enviado una pena terrible: vi cómo el Eterno desterraba a mis hijos e hijas; yo los crié con alegría, los despedí con lágrimas de pena.

Que nadie se alegre viendo a esta viuda abandonada de todos. Si estoy desierta, es por los pecados de mis hijos, que se apartaron de la ley de Dios.

Ánimo, hijos, gritad a Dios, que el que os castigó se acordará de vosotros. Si un día os empeñasteis en alejaros de Dios, volveos a buscarlo con redoblado empeño.

El que os mandó las desgracias os mandará el gozo eterno de vuestra salvación.»


SALMO 68, 33-35. 36-37

El Señor escucha a sus pobres.

Miradlo, los humildes, y alegraos, buscad al Señor, y vivirá vuestro corazón. Que el Señor escucha a sus pobres, no desprecia a sus cautivos. Alábenlo el cielo y la tierra, las aguas y cuanto bulle en ellas.

El Señor salvará a Sión, reconstruirá las ciudades de Judá, y las habitarán en posesión. La estirpe de sus siervos la heredará, los que aman su nombre vivirán en ella.


ALELUYA: Mt 11, 25

Bendito seas, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has revelado los secretos del reino a la gente sencilla.


EVANGELIO: Lucas 10, 17-24

En aquel tiempo, los setenta y dos volvieron muy contentos y dijeron a Jesús: «Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre.»

Él les contestó: «Veía a Satanás caer del cielo como un rayo. Mirad: os he dado potestad para pisotear serpientes y escorpiones y todo el ejército del enemigo. Y no os hará daño alguno. Sin embargo, no estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo.»

En aquel momento, lleno de la alegría del Espíritu Santo, exclamó: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos, y las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo, sino el Padre; ni quién es el Padre, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiere revelar.»

Y volviéndose a sus discípulos, les dijo aparte: «¡Dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes desearon ver lo que veis vosotros, y no lo vieron; y oír lo que oís, y no lo oyeron.»
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LA RAZÓN DE LA ALEGRÍA
P. Francisco Fernández Carvajal

Abiertos a la alegría

El Evangelio de la Misa (1) resalta la alegría de los setenta y dos discípulos, cuando vuelven de predicar por todas partes la llegada del Reino de Dios. Con toda sencillez le dicen a Jesús: hasta los demonios se nos someten en tu nombre. El Maestro participa también de este gozo: Veía a Satanás caer como un rayo.

Pero a continuación les advierte: Mirad: os he dado potestad para pisotear serpientes y escorpiones y todo el ejército del enemigo. Y no os hará daño. Sin embargo -les previene-, no estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad contentos porque vuestros nombres están escritos en el Cielo.

Jesús pronunciaría estas palabras lleno de un gozo radiante, comunicativo, externo. Enseguida estalló en un canto de júbilo y de agradecimiento: En aquel mismo momento se llenó de gozo del Espíritu Santo y dijo: Yo te alabo, Padre, Señor del Cielo y de la tierra, porque ocultaste estas cosas a los sabios y prudentes y las revelaste a los pequeños. Sí, Padre, pues así fue tu beneplácito.

Los discípulos recordarían siempre aquel momento con todas las circunstancias que lo rodearon: sus confidencias al Maestro, relatándole sus primeras experiencias apostólicas; su dicha al sentirse instrumentos del Salvador; el rostro resplandeciente de Jesús; su canto de júbilo y de agradecimiento a su Padre celestial… y aquellas palabras inolvidables: alegraos porque vuestros nombres están escritos en el Cielo.

La esperanza de la bienaventuranza, el permanecer siempre junto a Dios, es la fuente inagotable de la alegría. Al entrar en la gloria eterna, si somos fieles, escucharemos de boca de Jesús estas inefables palabras: entra en el gozo de tu Señor (2).

Aquí en la tierra, cada paso que damos hacia Cristo nos acerca a la felicidad verdadera. No hay felicidad estable fuera de Dios. Y, a la vez, el gozo del cristiano presupone el esfuerzo paciente para reconocer las alegrías naturales, sencillas, que el Señor pone en nuestro camino: «la alegría de la existencia y de la vida; la alegría del amor honesto y santificado; la alegría tranquilizadora de la naturaleza y del silencio; la alegría a veces austera del trabajo esmerado; la alegría y satisfacción del deber cumplido; la alegría transparente de la pureza, del servicio, del saber compartir; la alegría exigente del sacrificio.

El cristiano podrá purificarlas, completarlas, sublimarlas: no puede despreciarlas. La alegría cristiana supone un hombre capaz de alegrías naturales» (3).

Muchas veces, el Señor se sirvió de estos gozos de la vida corriente para anunciar las maravillas del Reino: la alegría del sembrador y del segador; la del hombre que halla el tesoro escondido; la del pastor que encuentra una oveja perdida; el gozo de los invitados a un banquete; el júbilo de las bodas; el profundo gozo del padre que recibe a su hijo; el de una mujer que acaba de dar a luz a un niño…

El discípulo de Cristo no es un hombre «desencarnado», distanciado de lo humano, como no lo fue el Maestro. Nuestros amigos, quienes conviven con nosotros, nos han de notar cada vez más abiertos, con más capacidad para hacernos cargo de esas pequeñas alegrías nobles y limpias que Dios pone en nuestro camino para hacerlo más suave. Esta disposición estable supondrá en muchos momentos sacrificio y mortificación para vencer otros estados de ánimo o el cansancio.

1 Lc 10, 17-24. — 2 Mt 25, 21. — 3 Pablo VI, Exhort. Apost. Gaudete in Domino, 9-V-1975.

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El maná de cada día, 3.10.19

octubre 3, 2019

Jueves de la 26ª semana del Tiempo Ordinario

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Poneos en camino ligeros de equipaje

Poneos en camino ligeros de equipaje



PRIMERA LECTURA: Nehemías 8, 1-4a.5-6.7b-12

En aquellos días, todo el pueblo se reunió como un solo hombre en la plaza que se abre ante la Puerta del Agua y pidió a Esdras, el escriba, que trajera el libro de la Ley de Moisés, que Dios había dado a Israel. El sacerdote Esdras trajo el libro de la Ley ante la asamblea, compuesta de hombres, mujeres y todos los que tenían uso de razón.

Era el día primero del mes séptimo. En la plaza de la Puerta del Agua, desde el amanecer hasta el mediodía, estuvo leyendo el libro a los hombres, a las mujeres y a los que tenían uso de razón. Toda la gente seguía con atención la lectura de la Ley.

Esdras, el escriba, estaba de pie en el púlpito de madera que había hecho para esta ocasión. Esdras abrió el libro a la vista de todo el pueblo –pues se hallaba en un puesto elevado– y, cuando lo abrió, toda la gente se puso en pie.

Esdras bendijo al Señor, Dios grande, y todo el pueblo, levantando las manos, respondió: -«Amén, amén.»

Después se inclinaron y adoraron al Señor, rostro en tierra. Los levitas explicaron la Ley al pueblo, que se mantenía en sus puestos. Leían el libro de la ley de Dios con claridad y explicando el sentido, de forma que comprendieron la lectura.

Nehemías, el gobernador, Esdras, el sacerdote y escriba, y los levitas que enseñaban al pueblo decían al pueblo entero: «Hoy es un día consagrado a nuestro Dios: No hagáis duelo ni lloréis.»

Porque el pueblo entero lloraba al escuchar las palabras de la Ley.

Y añadieron: «Andad, comed buenas tajadas, bebed vino dulce y enviad porciones a quien no tiene, pues es un día consagrado a nuestro Dios. No estéis tristes, pues el gozo en el Señor es vuestra fortaleza.»

Los levitas acallaban al pueblo, diciendo: «Silencio, que es un día santo; no estéis tristes.»

El pueblo se fue, comió, bebió, envió porciones y organizó una gran fiesta, porque había comprendido lo que le habían explicado.


SALMO 18,8.9.10.11

Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón.

La ley del Señor es perfecta y es descanso del alma; el precepto del Señor es fiel e instruye al ignorante.

Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón; la norma del Señor es límpida y da luz a los ojos.

La voluntad del Señor es pura y eternamente estable; los mandamientos del Señor son verdaderos y enteramente justos.

Más preciosos que el oro, más que el oro fino; más dulces que la miel de un panal que destila.


Aclamación antes del Evangelio: Mc 1, 5

Está cerca el reino de Dios -dice el Señor-: convertíos y creed en el Evangelio.


EVANGELIO: Lucas 10, 1-12

En aquel tiempo, designó el Señor otros setenta y dos y los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir él.

Y les decía:

«La mies es abundante y los obreros pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies. ¡Poneos en camino! Mirad que os mando como corderos en medio de lobos.

No llevéis talega, ni alforja, ni sandalias; y no os detengáis a saludar a nadie por el camino.

Cuando entréis en una casa, decid primero: “Paz a esta casa”. Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz; si no, volverá a vosotros.

Quedaos en la misma casa, comed y bebed de lo que tengan, porque el obrero merece su salario. No andéis cambiando de casa.

Si entráis en un pueblo y os reciben bien, comed lo que os pongan, curad a los enfermos que haya, y decid: “Está cerca de vosotros el reino de Dios.”

Cuando entréis en un pueblo y no os reciban, salid a la plaza y decid: “Hasta el polvo de vuestro pueblo, que se nos ha pegado a los pies, nos lo sacudimos sobre vosotros. De todos modos, sabed que está cerca el reino de Dios.” Os digo que aquel día será más llevadero para Sodoma que para ese pueblo.»


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SIN ALFORJA, SIN BASTÓN Y SIN PAN

Cuando Lucas narra la misión de los Doce insiste en un detalle importante: el Señor les mandó a anunciar el Reino de Dios sin más provisión que su autoridad y su poder sobre todos los demonios. Y les mandó que no llevaran nada más para el camino: ni bastón, ni alforja, ni pan, ni dinero, ni siquiera una túnica de repuesto.

Debía bastarles ese poder y autoridad que habían recibido de Cristo, debían fiarse de El y no de su bastón, de sus provisiones, de su dinero o de su túnica.

No niega el Señor el valor y la necesidad de los medios humanos. Enseña, más bien, que esos medios se quedan muy cortos y limitados cuando se trata de las cosas del Reino y de la expulsión de los demonios.

No son suficientes; es más, pueden mostrarse innecesarios y hasta inútiles frente a los planes y modos de hacer de Dios, que Él suele realizar a su modo y no al nuestro. Esta es la libertad interior que requiere nuestro apostolado para que sea realmente una obra de Dios y no una cosa nuestra.

Si Cristo hubiera programado y planificado la redención del hombre al modo humano con toda seguridad que no habría muerto en la cruz ni habría elegido el camino de la humillación y del dolor.

No te fíes de tus planes apostólicos, de tus cualidades, de tus dotes y recursos, de tus estrategias y gestiones, cuando se trata de las cosas de Dios. Es verdad que Él cuenta contigo, como quiso contar con los apóstoles.

Pero para una misión sobrenatural has de trabajar, sobre todo, con medios sobrenaturales: la oración, la eficacia de la Palabra de Dios, la gracia que te llega por los sacramentos, la comunión con la Iglesia y mucha confianza en que las cosas de Dios no se resuelven con regla y compás.

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El maná de cada día, 1.10.19

octubre 1, 2019

Martes de la 26ª Semana del Tiempo Ordinario

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El Hijo del Hombre no ha venido a perder a los hombres, sino a salvarlos.

 

PRIMERA LECTURA: Zacarías 8, 20-23

Así dice el Señor de los Ejércitos: Todavía vendrán pueblos y habitantes de grandes ciudades, y los de una ciudad irán a otra diciendo: «Vayamos a implorar al Señor, a consultar al Señor de los Ejércitos. – Yo también voy contigo.»

Y vendrán pueblos incontables y numerosas naciones a consultar al Señor de los Ejércitos en Jerusalén y a implorar su protección.

Así dice el Señor de los Ejércitos: Aquel día diez hombres de cada lengua extranjera agarrarán a un judío por la orla del manto, diciendo:

«Queremos ir con vosotros, pues hemos oído que Dios está con vosotros.»


SALMO 86, 1-3.4-5.6-7

Dios está con nosotros.

Él la ha cimentado sobre el monte santo; y el Señor prefiere las puertas de Sión a todas las moradas de Jacob. ¡Qué pregón tan glorioso para ti, ciudad de Dios!

«Contaré a Egipto y a Babilonia entre mis fieles; filisteos, tirios y etíopes han nacido allí.» Se dirá de Sión: «Uno, por uno todos han nacido en ella; el Altísimo en persona la ha fundado.»

El Señor escribirá en el registro de los pueblos: «Éste ha nacido allí.» Y cantarán mientras danzan: «Todas mis fuentes están en ti.»


Aclamación antes del Evangelio: Mc 10, 45

El Hijo del hombre ha venido para servir y a dar su vida en rescate por todos.

 

EVANGELIO: Lucas 9, 51-56

Cuando se iba cumpliendo el tiempo de ser llevado al cielo, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén. Y envió mensajeros por delante.

De camino, entraron en una aldea de Samaria para prepararle alojamiento. Pero no lo recibieron, porque se dirigía a Jerusalén.

Al ver esto, Santiago y Juan, discípulos suyos, le preguntaron: «Señor, ¿quieres que mandemos bajar fuego del cielo que acabe con ellos?»

Él se volvió y les regañó y dijo: «No sabéis de qué espíritu sois. Porque el Hijo del Hombre no ha venido a perder a los hombres, sino a salvarlos.»

Y se marcharon a otra aldea.

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Del orgullo de imponer mi criterio, líbrame, Jesús

Nuestro egoísmo y nuestro «yo» soberbio nos hacen vivir en la tiranía de nuestro propio criterio. Imponemos nuestra forma de ver las cosas, nuestra opinión, nuestros planes, sólo porque necesitamos reafirmar ante los demás eso que, en el fondo, sabemos que no somos.

A veces, incluso, ayudamos a imponer el criterio que más nos conviene o interesa, según la lógica de las componendas humanas, sólo porque así no nos arriesgamos a quedar mal ante nadie.

Cuántas veces escondemos la verdad de las cosas o de las personas, incluso en nombre del Evangelio, por conseguir esos intereses personales que tanto nos benefician ante los hombres, o por entrar en el juego de las políticas humanas.

Nos cuesta mucho escuchar a otros, contrastar con ellos esa idea, o ese parecer, que, por ser mío, siempre me parecerá el mejor y el que ha de imponerse a otros.

Entre las cosas que más nos enamoran de Cristo está su deseo de agradar siempre al Padre, viviendo sólo para hacer su voluntad. Siendo Dios, no impuso la Verdad sino con la fuerza del amor, humillando su propio criterio y voluntad hasta el extremo de la Cruz.

No llegarás muy lejos, ni en las cosas de los hombres, ni en las cosas de Dios, si haces de tu propio juicio el pedestal sobre el que asentar tu propio monumento.

Entras en la lógica de la insatisfacción y la infelicidad cuando haces de tu soberbio «yo» el bastón sobre el que apoyar tus pasos.

Quizá los demás terminen haciendo lo que tú digas, te alaben por tus brillantes ideas, o se inclinen contentos ante tus insuperables ocurrencias, porque también a ellos les beneficia tu parecer; pero, corres el riesgo de quedarte solo, acompañado sólo por la ponzoña de tu egoísmo altivo, cuando ellos encuentren a otro que les ofrezca halagos mejores y mayores.

Lañas diarias en www.mater-dei.es

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En septiembre de 2013 se publicó una larga entrevista al Papa Francisco. Entresaco estas frases dirigidas particularmente a los responsables de la animación y renovación de la Iglesia.  Creo que no tienen desperdicio para nosotros sacerdotes y religiosos.

“¿Cómo estamos tratando al pueblo de Dios? Yo sueño con una Iglesia Madre y Pastora. Los ministros de la Iglesia tienen que ser misericordiosos, hacerse cargo de las personas, acompañándolas como el buen samaritano que lava, limpia y consuela a su prójimo.

Esto es Evangelio puro. Dios es más grande que el pecado. Las reformas organizativas y estructurales son secundarias, es decir, vienen después. La primera reforma debe ser la de las actitudes.

Los ministros del Evangelio deben ser personas capaces de caldear el corazón de las personas, de caminar con ellas en la noche, de saber dialogar e incluso descender a su noche y su oscuridad sin perderse.

El pueblo de Dios necesita pastores y no funcionarios ‘clérigos de despacho’. Los obispos, especialmente, han de ser hombres capaces de apoyar con paciencia los pasos de Dios en su pueblo, de modo que nadie quede atrás, así como de acompañar al rebaño, con su olfato para encontrar veredas nuevas” (Papa Francisco).

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Santa Teresita del Niño Jesús

SANTA TERESA DEL NIÑO JESÚS,
Virgen y Doctora de la Iglesia

Nació en Alençon (Francia), el año 1873. Siendo aún muy joven, ingresó en el monasterio de carmelitas de Lisieux, ejerci­éndose sobre todo en la humildad, la sencillez evangélica y la confianza en Dios, virtudes que se esforzó en inculcar, de pala­bra y de obra, en las novicias. Murió el día 30 de septiembre del año 1897, ofreciendo su vida por la salvación de las almas y por el incremento de la Iglesia.
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En el corazón de la Iglesia yo seré el amor

De la narración de la Vida de santa Teresa del Niño Jesús, virgen, escrita por ella misma

Teniendo un deseo inmenso del martirio, acudí a las cartas de san Pablo, para tratar de hallar una respuesta. Mis ojos dieron casualmente con los capítulos doce y trece de la primera carta a los Corintios, y en el primero de ellos leí que no todos pueden ser al mismo tiempo após­toles, profetas y doctores, que la Iglesia consta de diversos miembros y que el ojo no puede ser al mismo tiempo mano. Una respuesta bien clara, ciertamente, pero no suficiente para satisfacer mis deseos y darme la paz.

Continué leyendo sin desanimarme, y encontré esta consoladora exhortación: Ambicionad los carismas mejores. Y aún os voy a mostrar un camino excepcional. El Apóstol, en efecto, hace notar cómo los mayores dones sin la caridad no son nada y cómo esta misma caridad es el mejor camino para llegar a Dios de un modo seguro. Por fin había hallado la tranquilidad.

Al contemplar el cuerpo místico de la Iglesia, no me había reconocido a mí misma en ninguno de los miembros que san Pablo enumera, sino que lo que yo deseaba era más bien verme en todos ellos. Entendí que la Iglesia tiene un cuerpo resultante de la unión de varios miembros, pero que en este cuerpo no falta el más necesario y noble de ellos: entendí que la Iglesia tiene un corazón y que este corazón está ardiendo en amor. Entendí que sólo el amor es el que impulsa a obrar a los miembros de la Iglesia y que, si faltase este amor, ni los apóstoles anunciarían ya el Evangelio, ni los mártires derramarían su sangre.

Reconocí claramente y me convencí de que el amor encierra en sí todas las vocaciones, que el amor lo es todo, que abarca todos los tiempos y lugares, en una palabra, que el amor es eterno.

Entonces, llena de una alegría desbordante, exclamé: «Oh Jesús, amor mío, por fin he encontrado mi vocación: mi vocación es el amor. Sí, he hallado mi propio lugar en la Iglesia, y este lugar es el que tú me has señalado, Dios mío. En el corazón de la Iglesia, que es mi madre, yo seré el amor; de este modo lo seré todo, y mi deseo se verá colmado».

Oración

Oh Dios, que has preparado tu reino para los humildes y los sencillos, concédenos la gracia de seguir, confiadamente el camino de santa Teresa del Niño Jesús, para que nos sea revelada, por su intercesión, tu gloria eterna. Por nuestro Señor Jesucristo.


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El maná de cada día, 23.9.19

septiembre 23, 2019

Lunes de la 25ª semana del Tiempo Ordinario

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Nadie enciende un candil y lo tapa con una vasija o lo mete debajo de la cama



PRIMERA LECTURA: Esdras 1, 1-6

El año primero de Ciro, rey de Persia, el Señor, para cumplir lo que había anunciado por boca de Jeremías, movió a Ciro, rey de Persia, a promulgar de palabra y por escrito en todo su reino:

«Ciro, rey de Persia, decreta: “El Señor, Dios del cielo, me ha entregado todos los reinos de la tierra y me ha encargado construirle un templo en Jerusalén de Judá.

Los que entre vosotros pertenezcan a ese pueblo, que su Dios los acompañe, y suban a Jerusalén de Judá para reconstruir el templo del Señor, Dios de Israel, el Dios que habita en Jerusalén.

Y a todos los supervivientes, dondequiera que residan, la gente del lugar proporcionará plata, oro, hacienda y ganado, además de las ofrendas voluntarias para el templo del Dios de Jerusalén.”»

Entonces, todos los que se sintieron movidos por Dios, cabezas de familia de Judá y Benjamín, sacerdotes y levitas, se pusieron en marcha y subieron a reedificar el templo de Jerusalén. Sus vecinos les proporcionaron de todo: plata, oro, hacienda, ganado y otros muchos regalos de las ofrendas voluntarias.


SALMO 125, 1-2ab.2cd-3.4-5.6

El Señor ha estado grande con nosotros

Cuando el Señor cambió la suerte de Sión, nos parecía soñar:la boca se nos llenaba de risas, la lengua de cantares.

Hasta los gentiles decían: «El Señor ha estado grande con ellos.» El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres.

Que el Señor cambie nuestra suerte, como los torrentes del Negueb. Los que sembraban con lágrimas cosechan entre cantares.

Al ir, iba llorando, llevando la semilla; al volver, vuelve cantando, trayendo sus gavillas.


Aclamación antes del Evangelio: Mt 5, 16

Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre.


EVANGELIO: Lucas 8, 16-18

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente:

«Nadie enciende un candil y lo tapa con una vasija o lo mete debajo de la cama; lo pone en el candelero para que los que entran tengan luz.

Nada hay oculto que no llegue a descubrirse, nada secreto que no llegue a saberse o a hacerse público.

A ver si me escucháis bien: al que tiene se le dará, al que no tiene se le quitará hasta lo que cree tener.»



Los cristianos están para iluminar el ambiente en el que viven

P. Francisco Fernández Carvajal/Homilética.org

En el Evangelio de la Misa leemos esta enseñanza del Señor: Nadie enciende un candil y lo tapa con una vasija o lo mete debajo de la cama; lo pone en el candelero para que los que entren tengan luz.

Quien sigue a Cristo –quien enciende un candil– no solo ha de trabajar por su propia santificación, sino también por la de los demás. El Señor lo ilustra con diversas imágenes muy expresivas y asequibles al pueblo sencillo que le escucha.

En todas las casas alumbraba el candil al caer la tarde, y todos conocían dónde se colocaba y por qué. El candil está para iluminar y había de colocarse bien alto, quizá colgaba de un soporte fijo puesto solo para ese fin. A nadie se le ocurría esconderlo de tal manera que su luz quedara oculta. ¿Para qué iba a servir entonces?

Vosotros sois la luz del mundo, había dicho en otra ocasión a sus discípulos. La luz del discípulo es la misma del Maestro. Sin este resplandor de Cristo, la sociedad queda en las más espesas tinieblas. Y cuando se camina en la oscuridad se tropieza y se cae. Sin Cristo, el mundo se vuelve difícil y poco habitable.

Los cristianos están para iluminar el ambiente en el que viven y trabajan. No se comprende a un discípulo de Cristo sin luz: sería como un candil que se escondiera debajo de una vasija o se metiera debajo de la cama. ¡Qué bien le entenderían quienes le escuchaban!

El Concilio Vaticano II puso de relieve la obligación del apostolado, derecho y deber que nacen del Bautismo y de la Confirmación, hasta el punto de que, formando el cristiano parte del Cuerpo Místico, «el miembro que no contribuye según su medida al aumento de este Cuerpo, hay que decir que no aprovecha ni a la Iglesia ni a sí mismo».

Este apostolado, que tiene tan diversas formas, es continuo, como es continua la luz que alumbra a los que están en la casa. «El mismo testimonio de vida cristiana y las obras hechas con espíritu sobrenatural tienen eficacia para atraer a los hombres hacia la fe y hacia Dios».

También los que aún no creen en Cristo han de ver iluminado su camino con el brillo de las obras de los que siguen al Maestro.

«Porque todos los cristianos, donde quiera que vivan, por el ejemplo de su vida y el testimonio de su palabra, están obligados a manifestar el hombre nuevo de que se han revestido por el Bautismo, y en el que se han robustecido por la Confirmación, de tal forma que los demás, al reparar en sus obras, glorifiquen al Padre y descubran el genuino sentido de la vida y el vínculo universal de todos los hombres»6.

Examinemos hoy nosotros si aquellos que trabajan codo a codo con nosotros, quienes viven en el mismo hogar, los que nos tratan por motivos profesionales o sociales… reciben esa luz que señala el camino amable que conduce a Dios. Pensemos si esos mismos se sienten movidos a ser mejores.


El maná de cada día, 21.9.19

septiembre 21, 2019

SAN MATEO, apóstol y evangelista

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San Mateo, apóstol y evangelista

San Mateo, apóstol y evangelista



Antífona de entrada: Mt 28, 19-20

Id y haced discípulos de todos los pueblos bautizándolos y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado —dice el Señor.


Oración colecta

Oh Dios, que en tu infinita misericordia te dignaste elegir a san Mateo para convertirlo de publicano en apóstol, concédenos que, fortalecidos con su ejemplo y su intercesión, podamos seguirte siempre y permanecer unidos a ti con fidelidad. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: Efesios 4, 1-7.11-13

Yo, el prisionero por el Señor, os ruego que andéis como pide la vocación a la que habéis sido convocados.

Sed siempre humildes y amables, sed comprensivos, sobrellevaos mutuamente con amor; esforzaos en mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz.

Un solo cuerpo y un solo Espíritu, como una sola es la esperanza de la vocación a la que habéis sido convocados. Un Señor, una fe, un bautismo. Un Dios, Padre de todo, que lo trasciende todo, y lo penetra todo, y lo invade todo.

A cada uno de nosotros se le ha dado la gracia según la medida del don de Cristo.

Y él ha constituido a unos, apóstoles, a otros, profetas, a otros, evangelizadores, a otros, pastores y maestros, para el perfeccionamiento de los santos, en función de su ministerio, y para la edificación del cuerpo de Cristo; hasta que lleguemos todos a la unidad en la fe y en el conocimiento del Hijo de Dios, al hombre perfecto, a la medida de Cristo en su plenitud.


SALMO 18, 2-3.4-5

A toda la tierra alcanza su pregón.

El cielo proclama la gloria de Dios, el firmamento pregona la obra de sus manos: el día al día le pasa el mensaje, la noche a la noche se lo susurra.

Sin que hablen, sin que pronuncien, sin que resuene su voz, a toda la tierra alcanza su pregón y hasta los límites del orbe su lenguaje.


Aclamación antes del Evangelio

A ti, oh Dios, te alabamos, a ti, Señor, te reconocemos. A ti te ensalza el glorioso coro de los apóstoles.


EVANGELIO: Mateo 9, 9-13

En aquel tiempo, vio Jesús al pasar a un hombre llamado Mateo, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: «Sígueme.»

Él se levantó y lo siguió. Y, estando en la mesa en casa de Mateo, muchos publicanos y pecadores, que habían acudido, se sentaron con Jesús y sus discípulos.

Los fariseos, al verlo, preguntaron a los discípulos: «¿Cómo es que vuestro maestro come con publicanos y pecadores?»

Jesús lo oyó y dijo: «No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Andad, aprended lo que significa “misericordia quiero y no sacrificios”: que no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores.»


Antífona de comunión: Mt 9, 13

No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores —dice el Señor.

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SAN MATEO, apóstol y evangelista

Nació en Cafarnaún, y, cuando Jesús lo llamó, ejercía el oficio de recaudador de impuestos. Escribió el evangelio en lengua aramea y, según la tradición, predicó en Oriente.

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Jesús lo vio y, porque lo amó, lo eligió

De las homilías de san Beda El Venerable, presbítero

Jesús vio a un hombre llamado Mateo, sentado al mos­trador de los impuestos, y le dijo: «Sígueme». Lo vio más con la mirada interna de su amor que con los ojos corpo­rales. Jesús vio al publicano y, porque lo amó, lo eligió, y le dijo: Sígueme. Sígueme, que quiere decir: «Imítame».

Le dijo: Sígueme, más que con sus pasos, con su modo de obrar. Porque, quien dice que permanece en Cristo debe vivir como vivió él.

El –continúa el texto sagrado– se levantó y lo siguió. No hay que extrañarse del hecho de que aquel recaudador de impuestos, a la primera indicación imperativa del Señor, abandonase su preocupación por las ganancias terrenas y, dejando de lado todas sus riquezas, se adhiriese al grupo que acompañaba a aquel que él veía carecer en absoluto de bienes.

Es que el Señor, que lo llamaba por fuera con su voz, lo iluminaba de un modo interior e invisible para que lo siguiera, infundiendo en su mente la luz de la gracia espiritual, para que comprendiese que aquel que aquí en la tierra lo invitaba a dejar sus negocios temporales era capaz de darle en el cielo un tesoro incorruptible.

Y, estando en la mesa en casa de Mateo, muchos publicanos y pecadores, que habían acudido, se sentaron con Jesús y sus discípulos. La conversión de un solo publicano fue una muestra de penitencia y de perdón para muchos otros publicanos y pecadores.

Ello fue un hermoso y verdadero presagio, ya que Mateo, que estaba destinado a ser apóstol y maestro de los gentiles, en su primer trato con el Señor arrastró en pos de sí por el camino de la salvación a un considerable grupo de pecadores. De este modo, ya en los inicios de su fe, comienza su ministerio de evangelizador que luego, llegado a la madurez en la virtud, había de desempeñar.

Pero, si deseamos penetrar más profundamente el significado de estos hechos, debemos observar que Mateo no sólo ofreció al Señor banquete corporal en su casa terrena, sino que le preparó, por su fe y por su amor, otro banquete mucho más grato en la casa de su interior, según aquellas palabras del Apocalipsis: Estoy a la puerta llamando: si alguien oye y me abre, entraré y comeremos juntos.

Nosotros escuchamos su voz, le abrimos la puerta y lo recibimos en nuestra casa, cuando de buen grado prestamos nuestro asentimiento a sus advertencias, ya vengan desde fuera, ya desde dentro, y ponemos por obra lo que conocemos que es voluntad suya.

Él entra para comer con nosotros, y nosotros con él, porque, por el don de su amor, habita en el corazón de los elegidos, para saciarlos con la luz de su continua presencia, haciendo que sus deseos tiendan cada vez más hacia las cosas celestiales y deleitándose él mismo en estos deseos como en un manjar sabrosísimo.

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Papa a los consagrados de Madagascar: “Dichosa Iglesia de los pobres y para los pobres”

septiembre 9, 2019

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El Papa Francisco bendice a una religiosa anciana. En Madagascar © Vatican Media

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Papa a los consagrados de Madagascar: “Dichosa Iglesia de los pobres y para los pobres”

En Antananarivo, capital del país

Por Rosa Die de Alcolea

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(ZENIT – 8 sept. 2019).- “Dichosos vosotros, dichosa Iglesia de los pobres y para los pobres, porque vive impregnada del perfume de su Señor, vive alegre anunciando la Buena Noticia a los descartados de la tierra, a aquellos que son los favoritos de Dios”, Francisco ha bendecido a los miles de consagrados de Madagascar.

El encuentro de los sacerdotes, seminaristas, religiosos y consagrados ha tenido lugar en el Colegio de San Miguel, situado en el barrio de Amparibe, en Antananarivo, capital de Madagascar, a las 17:10 horas (16:10 h. en Roma), después de su visita a la Ciudad de la Amistad Akamasoa y a la Cantera de Mahatazana.

“Pasaje a una vida mejor”

“La persona consagrada –en el amplio sentido de la palabra– es la mujer, el hombre que aprendieron y quieren quedarse, en el corazón de su Señor y en el corazón de su pueblo”, ha anunciado el Papa, mientras les ha agradecido su testimonio por “querer quedaros ahí” y “no hacer de la vocación un ‘pasaje a una mejor vida’”.

“Vosotros habéis elegido permanecer y estar al lado de vuestro pueblo, con vuestro pueblo”, les ha dicho.

Francisco ha invitado a los consagrados y consagradas a ser “hombres y mujeres de alabanza”, porque “la persona consagrada es capaz de reconocer y señalar la presencia de Dios allí donde se encuentre. Es más, quiere vivir en su presencia, que aprendió a saborear, gustar y compartir”, ha explicado el Santo Padre.

“En su nombre, vosotros vencéis el mal, cuando enseñáis a alabar al Padre de los cielos y cuando enseñáis con sencillez el Evangelio y el catecismo”, ha alentado el Papa. “Cuando visitáis y asistís a un enfermo o brindáis el consuelo de la reconciliación. En su nombre, vosotros vencéis al dar de comer a un niño, al salvar a una madre de la desesperación de estar sola para todo, al procurarle un trabajo a un padre de familia”.

Lucha en “nosotros mismos”

“La lucha también la vivimos en nosotros mismos”, ha advertido el Papa. “Dios desbarata la influencia del mal espíritu, ese que tantas veces nos transmite una preocupación exacerbada por los espacios personales de autonomía y de distensión y que puede llevarnos a vivir las tareas como un mero apéndice de la vida”.

Por ello, el Pontífice ha exhortado a derrotar al mal espíritu en su propio terreno; “allí donde nos invite a aferrarnos a seguridades económicas, espacios de poder y de gloria humana, respondamos con la disponibilidad y la pobreza evangélica que nos lleva a dar la vida por la misión. ¡No nos dejemos robar la alegría misionera!”, ha exclamado.

Agradecimiento al traductor 

De manera anecdótica el Obispo de Roma ha vuelto a tener un bonito gesto de cercanía: De manera especial, ha agradecido públicamente al sacerdote de Madagascar que ha traducido sus discursos estos días durante su visita al país, de lengua italiana al francés y al malgache.

A continuación, ofrecemos el discurso que el Papa Francisco ha dirigido a los sacerdotes, religiosos, seminaristas, consagrados y diáconos de Madagascar:

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Discurso del Papa Francisco

Queridos hermanos y hermanas:

Agradezco vuestra cálida bienvenida. Quiero que mis primeras palabras estén dirigidas especialmente a todos los sacerdotes, consagradas y consagrados que no pudieron viajar por un problema de salud, el peso de los años o alguna complicación. (Minuto de silencio)

Al terminar mi visita a Madagascar aquí con vosotros, al ver vuestra alegría, pero también recordando todo lo que he vivido en este tan poco tiempo en vuestra isla, me brotan del corazón aquellas palabras de Jesús en el Evangelio de Lucas cuando, estremecido de gozo, dijo: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a los pequeños» (10,21).

Y este gozo es confirmado por vuestros testimonios porque, aun aquello que vosotros expresáis como problemáticas, son signos de una Iglesia viva, pujante, en búsqueda de ser cada día presencia del Señor. Una Iglesia cercana al pueblo, siempre caminando con el pueblo de Dios.

Esta realidad es una invitación a la memoria agradecida de todos aquellos que no tuvieron miedo y supieron apostar por Jesucristo y su Reino; y vosotros hoy sois parte de su heredad.

Pienso en los lazaristas, los jesuitas, las hermanas de San José de Cluny, los hermanos de las escuelas cristianas, los misioneros de La Salette y todos los demás pioneros, obispos, sacerdotes y consagrados. Pero también de tantos laicos que, en los momentos difíciles de persecución, cuando muchos misioneros y consagrados tuvieron que partir, fueron quienes mantuvieron viva la llama de la fe en estas tierras.

Esto nos invita a recordar nuestro bautismo, como el primer y gran sacramento por el que fuimos sellados como hijos de Dios. Todo el resto es expresión y manifestación de ese amor inicial que siempre estamos invitados a renovar.

La frase del Evangelio a la que me referí es parte de la alabanza del Señor al recibir a los setenta y dos discípulos cuando volvían de la misión.

Ellos, como vosotros, aceptaron el desafío de ser una Iglesia “en salida”, y traen las alforjas llenas para compartir todo lo que han visto y oído. Vosotros os habéis atrevido a salir, y aceptásteis el desafío de llevar la luz del Evangelio a los distintos rincones de esta isla.

Sé que muchos de vosotros vivís situaciones difíciles, donde faltan los servicios esenciales —agua, electricidad, carreteras, medios de comunicación— o la falta de recursos económicos para llevar adelante la vida y la actividad pastoral. Muchos de vosotros sentís sobre vuestros hombros, por no decir sobre vuestra salud, el peso del trabajo apostólico.

Pero vosotros habéis elegido permanecer y estar al lado de vuestro pueblo, con vuestro pueblo. Gracias por esto. Muchas gracias por vuestro testimonio y por querer quedaros ahí y no hacer de la vocación un “pasaje a una mejor vida”.

Y quedaros ahí con esa conciencia, como decía la hermana: “a pesar de nuestras miserias y debilidades, nos comprometemos con todo nuestro ser a la gran misión de la evangelización”. La persona consagrada —en el amplio sentido de la palabra— es la mujer, el hombre que aprendieron y quieren quedarse, en el corazón de su Señor y en el corazón de su pueblo.

Al recibir y escuchar a sus discípulos volver llenos de gozo, lo primero que Jesús hace es alabar y bendecir a su Padre; y esto nos muestra una parte fundamental de nuestra vocación. Somos hombres y mujeres de alabanza. La persona consagrada es capaz de reconocer y señalar la presencia de Dios allí donde se encuentre. Es más, quiere vivir en su presencia, que aprendió a saborear, gustar y compartir.

En la alabanza encontramos nuestra pertenencia e identidad más hermosa porque libra al discípulo de los “habriaqueísmos” y le devuelve el gusto por la misión y por estar con su pueblo; le ayuda a ajustar los “criterios” con los que se mide a sí mismo, mide a los otros y a toda la actividad misionera, para que no tengan algunas veces poco sabor a Evangelio.

Muchas veces podemos caer en la tentación de pasar horas hablando de los “éxitos” o “fracasos”, de la “utilidad” de nuestras acciones, o la “influencia” que podamos tener. Discusiones que terminan ocupando el primer puesto y el centro de toda nuestra atención.

Esto que nos conduce —no pocas veces— a soñar con planes apostólicos expansionistas, meticulosos y bien dibujados, pero propios de generales derrotados que terminan por negar nuestra historia —al igual que la de vuestro pueblo— que es gloriosa por ser historia de sacrificios, de esperanza, de lucha cotidiana, de vida deshilachada en el servicio y la constancia en el trabajo que cansa (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 96).

Al alabar aprendemos la sensibilidad para no “desorientarnos” y hacer de los medios nuestros fines, de lo superfluo lo importante; aprendemos la libertad para poner en marcha procesos más que querer ocupar espacios (cf. ibíd., 223); la gratuidad de fomentar todo lo que haga crecer, madurar y fructificar al Pueblo de Dios antes que orgullecernos por cierto fácil, rápido pero efímero “rédito” pastoral.

En cierta medida, gran parte de nuestra vida, de nuestra alegría y fecundidad misionera se juega en esta invitación de Jesús a la alabanza. Como bien le gustaba señalar a ese hombre sabio y santo, como ha sido Romano Guardini: «El que adora a Dios en sus sentimientos más hondos y también, cuando tiene tiempo, realmente, con actos vivos, se encuentra cobijado en la verdad. Puede equivocarse en muchas cosas; puede quedar abrumado y desconcertado por el peso de sus acciones; pero, en último término, las direcciones y los órdenes de su existencia están seguros» (Pequeña Suma Teológica, Madrid 1963, 29).

Los setenta y dos eran conscientes de que el éxito de la misión dependió de hacerla “en nombre del Señor Jesús”. Eso los maravillaba. No fue por sus virtudes, nombres o títulos, no llevaban boletas de propaganda con sus rostros; no era su fama o proyecto lo que cautivaba y salvaba a la gente.

La alegría de los discípulos nacía de la certeza de hacer las cosas en nombre del Señor, de vivir su proyecto, de compartir su vida; y esta les había enamorado tanto que les llevó también a compartirla con los demás.

Y resulta interesante constatar que Jesús resume la actuación de los suyos hablando de la victoria sobre el poder de Satanás, un poder que desde nosotros solos jamás podremos vencer, pero sí en el nombre de Jesús. Cada uno de nosotros puede dar testimonio de esas batallas, y también de algunas derrotas.

Cuando vosotros mencionáis la infinidad de campos donde realizáis vuestra acción evangelizadora, estáis librando esa lucha en nombre de Jesús. En su nombre, vosotros vencéis el mal, cuando enseñáis a alabar al Padre de los cielos y cuando enseñáis con sencillez el Evangelio y el catecismo. Cuando visitáis y asistís a un enfermo o brindáis el consuelo de la reconciliación.

En su nombre, vosotros vencéis al dar de comer a un niño, al salvar a una madre de la desesperación de estar sola para todo, al procurarle un trabajo a un padre de familia.

Es un combate ganador el que se lucha contra la ignorancia brindando educación; también es llevar la presencia de Dios cuando alguien ayuda a que se respete, en su orden y perfección propios, todas las criaturas evitando su uso o explotación; y también los signos de su victoria cuando plantáis un árbol, o hacéis llegar el agua potable a una familia.

¡Qué signo del mal derrotado es cuando vosotros os dedicáis a que miles de personas recuperen la salud! ¡Seguid dando estas batallas, pero siempre en la oración y en la alabanza!

La lucha también la vivimos en nosotros mismos. Dios desbarata la influencia del mal espíritu, ese que tantas veces nos transmite «una preocupación exacerbada por los espacios personales de autonomía y de distensión y que puede llevarnos a vivir las tareas como un mero apéndice de la vida.

A veces sucede que la vida espiritual se confunde con algunos momentos religiosos que brindan cierto alivio pero que no alimentan el encuentro con los demás, el compromiso en el mundo, la pasión evangelizadora» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 78) .

Así, más que hombres y mujeres de alabanza, podemos transformarnos en “profesionales de lo sagrado”. Derrotemos al mal espíritu en su propio terreno; allí donde nos invite a aferrarnos a seguridades económicas, espacios de poder y de gloria humana, respondamos con la disponibilidad y la pobreza evangélica que nos lleva a dar la vida por la misión (cf. ibíd., 76). ¡No nos dejemos robar la alegría misionera!

Queridos hermanos y hermanas: Jesús alaba al Padre porque ha revelado estas cosas a los “pequeños”. Somos pequeños porque nuestra alegría, nuestra dicha, es precisamente esta revelación que Él nos ha dado; el sencillo “ve y escucha” lo que ni sabios, ni profetas, ni reyes pueden ver y escuchar: la presencia de Dios en en los pacientes y afligidos, en los que tienen hambre y sed de justicia, en los misericordiosos (cf. Mt 5,3-12; Lc 6,20-23).

Dichosos vosotros, dichosa Iglesia de los pobres y para los pobres, porque vive impregnada del perfume de su Señor, vive alegre anunciando la Buena Noticia a los descartados de la tierra, a aquellos que son los favoritos de Dios.

Transmitidles a vuestras comunidades mi cariño y cercanía, mi oración y bendición. En esta bendición que os daré en nombre del Señor os invito a que penséis en vuestras comunidades, en vuestros lugares de misión, para que el Señor siga “diciendo bien” a todas esas personas, allí donde se encuentren. Que vosotros podáis seguir siendo signo de su presencia viva en medio de nosotros.

Y no os olvidéis de rezar y hacer rezar por mí.

Gracias.

© Librería Editorial Vaticana

Papa a los consagrados de Madagascar: “Dichosa Iglesia de los pobres y para los pobres”


Mons. Rey: «Estamos presenciando la convergencia del laicismo con la aparición abrumadora del Islam»

septiembre 6, 2019

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Mons. Dominique Rey, obispo de Fréjus-Toulon (Francia) entrevistado por Il Timone

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Mons. Rey: «Estamos presenciando la convergencia del laicismo con la aparición abrumadora del Islam»

Mons. Dominique Rey, obispo de Fréjus-Toulon (Francia) ha concedido una entrevista a Il Timone en la que aborda la necesidad de evangelizar a una sociedad hedonista y que ya ha perdido sus raíces cristianas y advierte contra la convergencia entre laicismo e Islam

(Il Timone) Entrevista a Mons. Rey:

Su Excelencia, ¿hay una emergencia de evangelización en la Francia de las zonas prohibidas, del burkini, del velo a las niñas, de las cafeterías escolares y de las parroquias que guiñan el ojo en el Ramadán?

Hoy, en un contexto marcado por la secularización y una cultura hedonista, la evangelización es más urgente que nunca. Los obstáculos se encuentran en el contexto social: relativismo, consumismo, cierre de toda forma de trascendencia.

Pero también hay obstáculos obvios dentro de la Iglesia misma para la nueva evangelización. El cuidado pastoral se ve afectado por una forma de esclerosis: no queremos dar un paso atrás y tenemos miedo de cambiar las zonas de comodidad actuales, somos presa de la inmovilidad.

Entre el relativismo que niega la trascendencia y el nuevo avance del fundamentalismo religioso islámico, la Iglesia debe desarrollar una presencia más incisiva.

Roy, un conocido politólogo, entrevistado sobre su nuevo ensayo, dijo: «Todo es cuestión de secularización, pero también de desculturación, debido a la globalización […]. Lo que veo es la inculturación religiosa de los incrédulos: abismal y sin precedentes. En mi libro cito el caso de ese párroco en Aubagne que tuvo que interrumpir una ceremonia de matrimonio porque los invitados estaban distribuyendo latas de cerveza en la iglesia», ¿qué piensa?

En el pasado, incluso aquellos que decían que no eran cristianos vivían en un contexto cultural marcado por el cristianismo. La situación sin precedentes de hoy es el síntoma de un desgarro de las raíces antropológicas y éticas heredadas del cristianismo. Raíces que han abandonado nuestra cultura y nuestras sociedades.

Una vez que se eliminaron las raíces cristianas, que eran el denominador común, se van en contra del comunitarismo, lo que condujo a una fragmentación social que está llevando a una ruptura. Para encontrar una base común de valores y puntos de referencia, Europa debe restablecer la centralidad en sus raíces cristianas.

También fue el primer obispo francés en ir a Siria en una visita pastoral a cristianos perseguidos. ¿Por qué hay tanto miedo al hablar del martirio de los cristianos orientales en Europa?

Los cristianos de Oriente son nuestras raíces, nuestra memoria. En los países donde viven con la violencia del Islam, nos enseñan la virtud del heroísmo. En Oriente, los cristianos son portadores de la unidad nacional. Esto debería ser un modelo para nuestras comunidades europeas. Hoy, para ser cristiano en un mundo que ya no es cristiano, solo hay martirio.

A propósito del martirio: ¿qué señal envía el proceso de beatificación del padre Hamel a Occidente?

La violencia tiene una lógica interna: es reproductiva y nos lleva a un círculo infernal. El testimonio del Padre Hamel, quien fue asesinado por el yihadismo mientras celebraba la misa, nos enseña que podemos salir de la violencia con misericordia.

La violencia se está imponiendo en nuestras sociedades en nombre de la injusticia, la exclusión y la marginación. Debemos enfrentar la violencia que comienza incluso desde la familia sacudida y fracturada.

Hace solo unos días, el último caso notable de una serie muy larga y grave de ataques y vandalismo a las iglesias francesas: La puerta de Notre Dame de Tour en Toulouse manchada con la inscripción «Allah Akbar». ¿Qué está pasando?

Hay una evolución de los actos de profanación contra los monumentos, pero también contra la fe católica misma. En el pasado, incluso si uno no era cristiano, se respetaba la expresión de lo sagrado. Nos enfrentamos a una seria amenaza a la expresión de la libertad religiosa.

El secularismo no debe ser el rechazo de la religión, sino un principio de neutralidad que les da a todos la libertad de expresar la fe.

¿La feroz persecución de los católicos en Francia es más culpa del secularismo o del Islam?

Estamos presenciando la convergencia del laicismo, concebido como el secularismo, que relega a los fieles solo a la esfera privada y donde cada denominación religiosa es banal o estigmatizada, con la aparición abrumadora del Islam, que ataca a los infieles y a los que rechazan el Corán.

Por un lado, somos objeto de burla de los medios de comunicación que desacreditan la acción de la Iglesia, en particular con respecto al abuso sexual, y por el otro, está el fortalecimiento del fundamentalismo islámico. Dos realidades ya conjuntas.

Fuera de la metáfora, lo que sucedió en Notre Dame fue visto de alguna manera como el símbolo de la decadencia del cristianismo occidental. ¿Cómo es la situación en Francia?

El número de cristianos está disminuyendo abruptamente, hay una disminución en la práctica de los sacramentos y el consecuente envejecimiento de los practicantes, pero también el surgimiento de cierto tipo de iniciativas de un cristianismo que se ha convertido en una minoría.

Con el colapso de las referencias culturales y cristianas, surge la nueva generación de evangelizadores. Porque el hombre no puede prescindir de la cuestión de Dios dentro de sí mismo.

Si abandonamos el apostolado, se recuperarán el esoterismo, el sincretismo y el agnosticismo. Mirando el fuego de Notre Dame, no queremos que la fe, la historia y la belleza también se corroan.

Usted ha dedicado un ensayo al ambientalismo y al ecologismo tan populares en la Francia de Macron («Catolicismo, ecología y medio ambiente», Fe y cultura). ¿Qué imputa la actual crisis ecológica? ¿Por qué escribe «el mundo no es Dios»?

Al hecho de que nos enfrentamos con el desprecio del hombre mismo y su propia humanidad. Con la expresión «el mundo no es Dios» quiero decir que el hombre no es Dios. No es sí mismo su norma. Hoy la gran tentación es querer fabricar el humano, producir vida e incluso destruirla cuando ya no parece útil o cuando parece demasiado costosa (eutanasia, aborto …).

El ambientalismo es la prueba de que el mundo no es y nunca será perfecto, que la «fe en el progreso» ha fallado. ¿A partir de qué debe reiniciar el hombre?

Desde la Ilustración, la idea del progreso continuo ha habitado nuestra sociedad. Las grandes guerras que han ensangrentado el siglo XX, las crisis económicas y el ambientalismo nos hacen comprender que el progreso no es un hecho adquirido y que no se alcanza a pesar del hombre.

Solo el cristianismo puede ofrecer claves para comprender, analizar y poner en práctica la verdadera felicidad del mundo. A partir del apoyo familiar y la doctrina social.

Usted ha demostrado que está muy atento a la liturgia y su integridad. Con todos los problemas de la Iglesia Católica, ¿tiene sentido detenerse en esto?

La crisis actual en el mundo nos devuelve a los fundamentos de la vida y a la cuestión de su significado. La liturgia no es para mí un espacio o un tiempo que actúa como paréntesis en la vida del mundo, sino un gesto a través del cual lo divino se une con lo humano. Ofreciendo una interioridad, una presencia sagrada, un propósito.

La humanidad solo podrá recuperarse si encuentra su alma. Es lo que nos recuerda cada celebración eucarística, y es por eso que su integridad es tan importante.

http://www.infocatolica.com/?t=noticia&cod=35722&fbclid=IwAR2-2MLEl3Btmi-XpcpMvwDpyur_nlve266DdBiZK4gIQ5o7Tz9IoucbcBQ

 


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