Nacidos para Dios, por Mons. Mario Molina, oar

julio 21, 2019

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He traído fuego a la tierra… Ojalá estuviera ya ardiendo.

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Nacidos para Dios. Marta y María ante Jesús.

El arzobispo agustino recoleto de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán (Guatemala), Mons. Mario Alberto Molina, reflexiona sobre la Palabra de Dios de este domingo 21 de julio

Nacidos para Dios

El relato evangélico de hoy es exclusivo de san Lucas. Solo él nos cuenta este episodio. Jesús sigue su camino hacia Jerusalén, y un día se hospeda en casa de unas hermanas, Marta y María. Este par de hermanas también son conocidas en el evangelio según san Juan.

Las diferencias principales son dos. En el evangelio según san Juan, las hermanas viven muy cerca de Jerusalén, y aquí parece que Jesús todavía debe caminar un tramo largo hasta llegar a la ciudad santa. La otra diferencia es que en san Juan, Marta y María tienen un hermano, Lázaro, que en este relato no aparece.

Por otra parte, los dos relatos son muy diferentes en contenido y ningún relato hace la menor alusión al otro. En ambos casos, parece que Jesús es amigo de la casa.

En el relato que se nos ofrece hoy para la reflexión, Marta parece ser la que administra la casa. Una mujer, llamada Marta, lo recibió en su casa. Es cosa de ella sola. Pero enseguida nos enteramos de que Marta tiene una hermana, llamada María.

Desde el primer momento de la llegada de Jesús, María adopta la actitud y la postura física del discípulo. Se sienta a los pies de Jesús y escucha su palabra. Marta, por su parte se ocupa de todo el servicio de la casa y hasta se queja con Jesús de que María la haya dejado sola y tiene la osadía de pedirle a Jesús que le diga que se levante y se ponga a trabajar.

Era como decirle a Jesús: “Mira, hay mucho que hacer, y ahí está mi hermana perdiendo el tiempo escuchándote, cuando yo la necesito para que me ayude a preparar las cosas que sí cuentan y se ven para atenderte bien a ti y a tus discípulos”.

La respuesta de Jesús es el corazón de la enseñanza de este pasaje: Marta, Marta, andas inquieta y preocupada por muchas cosas, cuando en realidad una sola es necesaria. 

María no “pierde el tiempo” escuchando a Jesús. Todas las ocupaciones y faenas en torno a las necesidades temporales, incluso atender a Jesús para que se sienta bien servido y acogido, son preocupaciones secundarias en relación con lo único importante que hay: escuchar la palabra de Jesús y ponerla en el corazón.

Uno podría comparar este pasaje con otras palabras de Jesús que van en la misma dirección.

Por ejemplo, más adelante en este mismo evangelio, Jesús va a enseñar: No se inquieten pensando qué van a comer para poder vivir, ni con qué vestido cubrirán su cuerpo. Porque la vida es más importante que el alimento, y el cuerpo más que el vestido. Ustedes no se inquieten buscando qué comerán o qué beberán. Por todo eso se inquieta la gente del mundo, pero su Padre ya sabe lo que necesitan. Busquen más bien su reino, y él les dará lo demás (Lc 12, 22-23.29-31).

Ahora, ¿cómo es posible no preocuparse o incluso descuidar la comida y el vestido, es decir, la atención a las necesidades primarias de la vida para escuchar la Palabra de Jesús? ¿No se nos acusaría no solo de haraganes, sino también de indolentes ante las necesidades de los demás? ¿No habría que buscar un modo de acomodar la urgencia de ocuparse de las necesidades temporales con la dedicación a la escucha de la Palabra de Dios?

En la práctica de la vida cristiana, siempre ha habido personas que se dedican por entero a la meditación de la Palabra de Dios y a la oración. Pero esas personas también han tenido que dedicar tiempo para trabajar y ganarse el pan. El fundador del monaquismo, san Benito, puso como consigna a sus monjes el lema “ora y trabaja”. La práctica nos da un criterio para entender la palabra de Jesús.

En realidad, no se trata de alternativas: o me dedico a trabajar o me dedico a orar. La palabra de Jesús a Marta tiene otro alcance y responde a otra pregunta: ¿Para qué vivimos? ¿Es el trabajo y la preocupación por satisfacer las necesidades de este mundo lo más importante, lo único importante? ¿Nacimos solo para trabajar? ¿Se agota el sentido de la vida en ganarse el pan? ¿Cuál es la necesidad verdaderamente importante y el fin que debe guiar nuestra vida?

Jesús con su enseñanza nos orienta para poner orden y prioridades en nuestra vida. Hay necesidades más importantes que las primarias corporales de comer y vestirse. Hemos nacido y vivimos para Dios; alcanzamos la recta actitud en la vida cuando nuestro propósito se encamina a Dios: a escuchar la Palabra de Jesús su Hijo, a conversar con él en la oración.

Descubrimos la verdadera consistencia en la vida cuando sabemos que lo único importante es Jesús y el Reino de Dios. Esa es la perla que merece la pena que uno venda todo para adquirirla; ese es el tesoro enterrado en un campo que merece que sacrifiquemos todos los otros bienes para adquirir el campo y poseerlo (cf. Mt 13,44-46). María ha elegido la mejor parte, y nadie se la quitará.

Cuando Jesús dice no se inquieten pensando qué van a comer para poder vivir, ni con qué vestido cubrirán su cuerpo, o cuando le reprocha a Marta que anda inquieta y preocupada por muchas cosas, cuando en realidad una sola es necesaria, no está invitando a la holgazanería ni a vivir de limosna.

Está invitando con urgencia a abrir el horizonte de nuestras referencias fundamentales a Dios y su Palabra. La existencia humana no se acaba y agota en el círculo de las necesidades temporales, sino que nuestra plena realización comienza a darse cuando lanzamos la mirada hasta el cielo.

Vivimos en una cultura que cada vez más se cierra en sí misma y considera real solo las cosas y los acontecimientos que se dan en este tiempo y en este mundo. Jesús nos invita a alzar la mirada más allá, a trascender el horizonte de lo temporal y mundano para anclar nuestra existencia en la eternidad de Dios.

Eso no significa descuidar las cosas de este mundo; eso significa saber ordenar nuestra vida para orientarla hacia las realidades que le dan consistencia. Y esto se aplica no solo en el ámbito de lo personal, sino también de lo pastoral.

Hacer que la preocupación por solucionar las desigualdades e injusticias de nuestra sociedad sea el eje de la pastoral de la Iglesia desfigura el evangelio y deja insatisfecho el deseo del corazón humano de encontrar sentido y plenitud.

La acción evangelizadora de la Iglesia alcanza su meta cuando anunciamos, incluso a los más necesitados de comida, vestido, salud y vivienda, que la necesidad suprema es Dios. La caridad socorre ambas necesidades, no solo las visibles.

Una sociedad que ha encontrado sentido de vida en Dios se esforzará, en consecuencia, en ser más justa e incluyente. Eso enseña Jesús hoy.

Mons. Mario Alberto Molina OAR
Arzobispo de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán (Guatemala)

Nacidos para Dios


El maná de cada día, 19.7.19

julio 19, 2019

Viernes de la 15ª semana del Tiempo Ordinario

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El Hijo del hombre es señor del sábado

El Hijo del hombre es señor del sábado

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PRIMERA LECTURA: Éxodo 11, 10-12, 14

En aquellos días, Moisés y Aarón hicieron muchos prodigios en presencia del Faraón; pero el Señor hizo que el Faraón se empeñara en no dejar marchar a los israelitas de su territorio.

Dijo el Señor a Moisés y a Aarón en tierra de Egipto: -«Este mes será para vosotros el principal de los meses; será para vosotros el primer mes del año.

Decid a toda la asamblea de Israel: “El diez de este mes cada uno procurará un animal para su familia, uno por casa. Si la familia es demasiado pequeña para comérselo, que se junte con el vecino de casa, hasta completar el número de personas; y cada uno comerá su parte hasta terminarlo.

Será un animal sin defecto, macho, de un año, cordero o cabrito. Lo guardaréis hasta el día catorce del mes, y toda la asamblea de Israel lo matará al atardecer. Tomaréis la sangre y rociaréis las dos jambas y el dintel de la casa donde lo hayáis comido.

Esa noche comeréis la carne, asada a fuego, comeréis panes sin fermentar y verduras amargas. No comeréis de ella nada crudo ni cocido en agua, sino asado a fuego: con cabeza, patas y entrañas. No dejaréis restos para la mañana siguiente; y, si sobra algo, lo quemaréis.

Y lo comeréis así: la cintura ceñida, las sandalias en los pies, un bastón en la mano; y os lo comeréis a toda prisa, porque es la Pascua, el paso del Señor. Esta noche pasaré por todo el país de Egipto, dando muerte a todos sus primogénitos, de hombres y de animales; y haré justicia de todos los dioses de Egipto.

Yo soy el Señor. La sangre será vuestra señal en las casas donde estéis; cuando vea la sangre, pasaré de largo; no os tocará la plaga exterminadora, cuando yo pase hiriendo a Egipto.

Este día será para vosotros memorable, en él celebraréis la fiesta del Señor, ley perpetua para todas las generaciones.” »

SALMO 115,12-13.15-16be.17-18

Alzaré la copa de la salvación, invocando el nombre del Señor.

Mucho le cuesta al Señor la muerte de sus fieles. Siervo tuyo soy, hijo de tu esclava: rompiste mis cadenas.

Te ofreceré un sacrificio de alabanza, invocando tu nombre, Señor. Cumpliré al Señor mis votos en presencia de todo el pueblo.

Aclamación antes del Evangelio: Jn 10, 27

Mis ovejas escuchan mi voz -dice el Señor-, y yo las conozco, y ellas me siguen.

EVANGELIO: Mateo 12, 1-8

Un sábado de aquéllos, Jesús atravesaba un sembrado; los discípulos, que tenían hambre, empezaron a arrancar espigas y a comérselas.

Los fariseos, al verlo, le dijeron: «Mira, tus discípulos están haciendo una cosa que no está permitida en sábado.»

Les replicó:

«¿No habéis leído lo que hizo David, cuando él y sus hombres sintieron hambre? Entró en la casa de Dios y comieron de los panes presentados, cosa que no les estaba permitida ni a él ni a sus compañeros, sino sólo a los sacerdotes.

¿Y no habéis leído en la Ley que los sacerdotes pueden violar el sábado en el templo sin incurrir en culpa? Pues os digo que aquí hay uno que es más que el templo.

Si comprendierais lo que significa “quiero misericordia y no sacrificio”, no condenaríais a los que no tienen culpa. Porque el Hijo del hombre es señor del sábado.»

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Antonio Aradillas: “¿Oposiciones para obispos?”

julio 18, 2019

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MItra, báculo, pectoral y anillo episcopales

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Antonio Aradillas: “¿Oposiciones para obispos?”

“Una oposición consagraría de manera oficial a un obispo”

La “dedocracia” al alimón y en respuesta a intereses personales o de grupos no puede ser más nefasta

Antes que la democracia pudiera irrumpir en el sistema “canónico” de las elecciones episcopales, podrían resultar efectivos y justos  -por lo de “carrera”-  los ejercicios de las oposiciones al uso en general

¿No tendrán que cambiar radicalmente no pocas, e importantes, maneras de ser y ejercer de obispos?

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Nos dejamos de tabarras, tostones y monsergas y, adoctrinados felizmente por el papa Francisco, llegamos a la conclusión de que para muchos clérigos, sus estudios y su “vocación” no fueron otra cosa que episodios de una “carrera” reconocida como “eclesiástica”, con todos sus predicamentos, consecuencias y connotaciones.

Lo que menos pudieron y debieron llamarse  los planteamientos propios de la preparación para el sacerdocio es precisamente “carrerismo”, con la meta lógica del episcopado en su culmen o aspiración.

Y en el panorama de la praxis aparece con hidalguía y ortodoxia intelectual, el concepto de “oposición”, que entraña gramaticalmente el de “conjunto de ejercicios selectivos en los que los aspirantes a un puesto demuestran sus conocimientos ante un tribunal”.

La aprobación de una oposición consagra de manera “oficial”  la condición de “profesión”, equiparable, o más, al de la “vocación” en el plan de Dios en relación con la sacrosanta re-creación permanente del mundo…

Para desgracia de la Iglesia, el sistema vigente respecto al nombramiento-selección (¡¡) de su episcopado, no ha producido ni produce los frutos mínimamente anhelados. La “dedocracia” al alimón y en respuesta  a intereses personales o de grupos  -espirituales y aún materiales-, no puede ser más nefasta.

Los episcopados se han “regalado”, comprado –y se venden- al mejor postor, y el bien espiritual de la Iglesia, el servicio al pueblo –y más si este es pobre-, que substituyeron a la santa y primitiva intervención directa del pueblo, fueron relegados a los extramuros de las catedrales y de las palaciegas mansiones, cuyos moradores eran -y son- en exclusiva y “por la gracia de Dios” sus respectivos prelados.

Así las cosas, y vistos y comprobados los resultados de la santa y misteriosa “dedocracia”, antes que la democracia pudiera irrumpir en el sistema “canónico” de las elecciones episcopales, podrían resultar efectivos y justos -por lo de “carrera”- los ejercicios de las oposiciones al uso en general. Sí, oposiciones para obispos…

¿Oposiciones para obispos? ¿Y quiénes podrían aspirar a ello? ¿Sólo los clérigos? Después de haber estudiado la historia de la Iglesia, sus tiempos y las de los sujetos responsables de sus diócesis –aún de la de Roma-, ¿podrían aspirar al episcopado -a tenor del principio proclamado por san Pablo-, también los laicos y las laicas?

¿Acaso san Ambrosio no fue elegido –proclamado- obispo de Milán, por el pueblo, sin ser siquiera sacerdote? ¿Y por qué obispo “para toda la vida” y no “ad tempus”, hoy que tanto ella –la vida- se alarga, y no hasta que las necesidades de la Iglesia resulten ser otras y distintas?

¿No tendrán que cambiar radicalmente no pocas, e importantes, maneras de ser y ejercer de obispos, como para que no falten aspirantes a ocupar cátedras –sedes- tan sagradas?

Prosiguiendo con la letanía de las preguntas intencionada y doblemente “religiosas”, ¿cuáles serían las asignaturas y disciplinas, objetos primordiales del examen de las oposiciones episcopales? ¿Serían los estudios clásicos del latín, del hebreo, del Derecho Canónico, la liturgia, la administración de los bienes eclesiásticos, muebles e inmuebles, fungibles o no, fincas, casas y acciones  bancarias…?

¿Lo sería el trato con la gente, la simpatía, la empatía, la capacidad de integración en sus problemas, la cercanía a los mismos, la humildad –humanidad-,  los ritos, la participación en sus fiestas, dolores, gozos y esperanzas…?

¿No serían rechazables por naturaleza “religiosa” los “amantes de la buena mesa”, de las “dignidades”, mitras, báculos, fiestas sociales y políticas, y quienes estén sempiternamente “orientados” a Roma, mirando al Nuncio de SS. o a sus allegados?

¿Tal vez podrán suponerles a los candidatos a obispos algún punto a favor, o en disfavorel asiduo trato con los pobres, el compromiso con “la gente de tropa”, la interpretación audaz de los evangelios y la palabra clara y contundente contra la corrupción en su variedad de versiones humanas y “divinas”?

¿Se contabilizarán como motivaciones “episcopables” las peregrinaciones, las procesiones, los actos masivos de “afirmación religiosa”,  y no la promoción de casas para los “sin techos” y los emigrantes, campos de ocio y entretenimiento, residencias para mayores y escuelas, escuelas y escuelas?

Capítulo relevante en la implantación del sistema de las oposiciones para obispos, será la selección de los miembros del tribunal competente para el examen: ¿Serán sus miembros otros obispos, de la misma o distinta “cuerda”? ¿Intervendrán los canónigos, hoy con funciones tan recortadas e inútiles?

¿De qué forma y manera lo harán los laicos y laicas, los ricos y los pobres, los jóvenes y los mayores, las amas de casa, los “sin techos”, los emigrantes, las maltratadas, las exprostitutas y los excuras?

¿Se atreverá el tribunal a no examinar siquiera a los canonistas con irrenunciables aspiraciones a obispos, abriéndoles puertas y ventanas plenamente a los pastoralistas, biblistas, críticos o “analfabetos”, pero todos ellos “por el reino de Dios”?

¡Por amor a Dios y de la Iglesia! Apresúrense a convocar oposiciones a obispos antes de que la mayoría de sus aspirantes se vean obligados a presentar las partidas del respectivo bautismo que recibieron en sus países hispanoamericanos o en los llamados “de misión”…

Un recuerdo misericordioso para aquellos obispos que convocaron oposiciones para canónigos, “beneficiados” y curas de “parroquias en propiedad” y en calidad de “cortijos”…

https://www.religiondigital.org/opinion/Antonio-Aradillas-preparacion-sacerdocio-carrerismo_0_2140885898.html?utm_source=dlvr.it&utm_medium=twitter


Nueva entrevista a Benedicto XVI: El Papa emérito habla sobre Francisco

julio 17, 2019

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Es la certeza de Benedicto XVI que todos recuerdan: “El Papa es uno, Francisco”

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Nueva entrevista a Benedicto XVI: El Papa emérito habla sobre Francisco

El Papa emérito recuerda en una nueva entrevista, que la historia de la Iglesia siempre ha estado atravesada por luchas internas y habla de Francisco

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El Papa Benedicto XVI ha concedido una entrevista al diario italiano ‘Corriere della Sera’ donde ha reivindicado la unidad en la Iglesia. En el avance de la entrevista que se ha publicado el 27 de junio habla sobre el Papa Francisco.

“La unidad de la Iglesia siempre ha estado en peligro, durante siglos. Lo ha sido por toda su historia. Guerras, conflictos internos, fuerzas centrífugas, amenazas de cismas. Pero al final, siempre ha prevalecido la conciencia de que la Iglesia está y debe permanecer unida. Su unidad siempre ha sido más fuerte que las luchas y las guerras internas “.

Es la certeza de Benedicto XVI que todos recuerdan: “El Papa es uno, Francisco”.

Su preocupación por la unidad de la Iglesia se vuelve aún más fuerte en nuestros tiempos, en los que los cristianos a menudo parecen estar divididos en la plaza pública y se enfrentan entre sí incluso con tonos encendidos, tal vez utilizando el mismo nombre de Ratzinger de una manera absolutamente impropia.

Las palabras de Benedicto estarán publicadas en el Corriere della Sera, que anuncia la próxima publicación de una entrevista con el Papa emérito en su semanario.

Unidad en la diversidad

Estas son palabras que se refieren al gran compromiso de fortalecer la comunión eclesial que caracterizó todo el pontificado de Benedicto XVI, hasta el último día de su ministerio petrino: “Permanezcamos unidos, queridos hermanos”, dijo en su último discurso a los cardenales el 28 de Febrero de 2013.

Permanecer en “esta profunda unidad” donde las diversidades, expresión de la Iglesia universal, siempre contribuyen a la armonía superior y armoniosa, “y” así servimos a la Iglesia y al conjunto de la humanidad”.

Y había asegurado su oración por la elección de su sucesor: “Que el Señor le muestre lo que Él desea. Y entre ustedes, entre el Colegio de Cardenales, también está el futuro Papa a quien ya le prometo mi Reverencia incondicional y obediencia”.

Nueva entrevista

Benedicto XVI insiste en una entrevista con el semanario del diario Italiano ‘Corriere della Sera’ en la unidad de la Iglesia pese a las luchas internas y los cismas. “El Papa es uno, Francisco”, señala.

Según informa Vatican News, la entrevista en el semanario, que se publicará este viernes 27 de junio, el papa emérito insiste en que la unidad siempre debe prevalecer.

“La unidad de la Iglesia siempre ha estado en peligro, durante siglos. Lo ha sido por toda su historia. Guerras, conflictos internos, fuerzas centrífugas, amenazas de cismas. Pero al final, siempre ha prevalecido la conciencia de que la Iglesia está y debe permanecer unida. Su unidad siempre ha sido más fuerte que las luchas y las guerras internas”, asegura.

Una imagen de Benedicto XVI en los Jardines del Vaticano será la portada del semanario para representar el encuentro del papa emérito con el periodista Massimo Franco.

https://www.cope.es/religion/actualidad-religiosa/vaticano/noticias/nueva-entrevista-benedicto-xvi-papa-emerito-habla-sobre-francisco-20190627_446060


El maná de cada día, 16.7.19

julio 16, 2019

Martes de la 15ª semana de Tiempo Ordinario

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16 de julio
Nuestra Señora del Carmen
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Se puso a recriminar a las ciudades donde había hecho casi todos sus milagros, porque no se habían convertido



PRIMERA LECTURA: Éxodo 2, 1-15a

En aquellos días, un hombre de la tribu de Leví se casó con una mujer de la misma tribu; ella concibió y dio a luz un niño.

Viendo qué hermoso era, lo tuvo escondido tres meses. No pudiendo tenerlo escondido por más tiempo, tomó una cesta de mimbre, la embadurnó e barro y pez, colocó en ella a la criatura, y la depositó entre los juncos, junto a la orilla del Nilo.

Una hermana del niño observaba a distancia para ver en qué paraba. La hija del Faraón bajó a bañarse en el Nilo, mientras sus criadas la seguían por la orilla. Al descubrir la cesta entre los juncos, mandó la criada a recogerla.

La abrió, miró dentro, y encontró un niño llorando. Conmovida, comentó: «Es un niño de los hebreos.»

Entonces, la hermana del niño dijo a la hija del Faraón: «¿Quieres que vaya a buscarle una nodriza hebrea que críe al niño?»

Respondió la hija del Faraón: «Anda.»

La muchacha fue y llamó a la madre del niño. La hija del Faraón le dijo: «Llévate al niño y críamelo, y yo te pagaré.» La mujer tomó al niño y lo crió.

Cuando creció el muchacho, se lo llevó a la hija del Faraón, que lo adoptó como hijo y lo llamó Moisés, diciendo: «Lo he sacado del agua.»

Pasaron los años, Moisés creció, fue adonde estaban sus hermanos, y los encontró transportando cargas. Y vio cómo un egipcio maltrataba a un hebreo, uno de sus hermanos.

Miró a un lado y a otro, y, viendo que no había nadie, mató al egipcio y lo enterró en la arena. Al día siguiente, salió y encontró a dos hebreos riñendo, y dijo al culpable: «¿Por qué golpeas a tu compañero?»

Él le contestó: «¿Quién te ha nombrado jefe y juez nuestro? ¿Es que pretendes matarme como mataste al egipcio?» Moisés se asustó pensando: «La cosa se ha sabido.»

Cuando el Faraón se enteró del hecho, buscó a Moisés para darle muerte; pero Moisés huyó del Faraón y se refugió en el país de Madián.


SALMO 68, 3. 14. 30-31. 33-34

Humildes, buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón.

Me estoy hundiendo en un cieno profundo y no puedo hacer pie;he entrado en la hondura del agua, me arrastra la corriente.

Pero mi oración se dirige a ti, Dios mío, el día de tu favor; que me escuche tu gran bondad, que tu fidelidad me ayude.

Yo soy un pobre malherido; Dios mío, tu salvación me levante. Alabaré el nombre de Dios con cantos, proclamaré su grandeza con acción de gracias.

Miradlo los humildes, y alegraos, buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón. Que el Señor escucha a sus pobres, no desprecia a sus cautivos.


Aclamación antes del Evangelio: Sal 94, 8ab

No endurezcáis hoy vuestro corazón; escuchad la voz del Señor.


EVANGELIO: Mateo 10, 20-24

En aquel tiempo, se puso Jesús a recriminar a las ciudades donde había hecho casi todos sus milagros, porque no se habían convertido:

«¡Ay de ti, Corozaín, ay de ti, Betsaida! Si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que en vosotras, hace tiempo que se habrían convertido, cubiertas de sayal y ceniza.

Os digo que el día del juicio les será más llevadero a Tiro y a Sidón que a vosotras. Y tú, Cafarnaún, ¿piensas escalar el cielo? Bajarás al infierno. Porque si en Sodoma se hubieran hecho los milagros que en ti, habría durado hasta hoy.

Os digo que el día del juicio le será más llevadero a Sodoma que a ti.»

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LA MISIÓN DE CRISTO

S.S. Juan Pablo II. Audiencia general del 8 de junio de 1988

1. Leemos en la Constitución Lumen gentium del Concilio Vaticano II respecto a la misión terrena de Jesucristo: “Vino, por tanto, el Hijo enviado por el Padre, quien nos eligió en El antes de la creación del mundo y nos predestinó a ser hijos adoptivos, porque se complació en restaurar en El todas las cosas (cf. Ef 1, 4-5 y 10). Así, pues, Cristo, en cumplimiento de la voluntad del Padre inauguró en la tierra el reino de los cielos, nos reveló su misterio y con su obediencia realizó la redención” (Lumen gentium, 3).

Este texto nos permite considerar de modo sintético todo lo que hemos hablado en las últimas catequesis. En ellas, hemos tratado de poner de relieve los aspectos esenciales de la misión mesiánica de Cristo. Ahora el texto conciliar nos propone de nuevo la verdad sobre la estrecha y profunda conexión que existe entre esta misión y el mismo Enviado: Cristo que, en su cumplimiento, manifiesta sus disposiciones y dotes personales. Se pueden subrayar ciertamente en toda la conducta de Jesús algunas características fundamentales, que tienen también expresión en su predicación y sirven para dar una plena credibilidad a su misión mesiánica.

2. Jesús en su predicación y en su conducta muestra ante todo su profunda unión con el Padre en el pensamiento y en las palabras. Lo que quiere transmitir a sus oyentes (y a toda la humanidad) proviene del Padre, que lo ha “enviado al mundo” (Jn 10, 36). “Porque yo no he hablado por mi cuenta, sino que el Padre que me ha enviado, me ha mandado lo que tengo que decir y hablar, y yo sé que su mandato es vida eterna. Por eso, lo que yo hablo, lo hablo como el Padre me lo ha dicho a mí” (Jn 12, 49-50). “Lo que el Padre me ha enseñado eso es lo que hablo” (Jn 8, 28).

Así leemos en el Evangelio de Juan. Pero también en los Sinópticos se transmite una expresión análoga pronunciada por Jesús: “Todo me ha sido entregado por mi Padre” (Mt 11, 27). Y con este “todo” Jesús se refiere expresamente al contenido de la Revelación traída por El a los hombres (cf. Mt 11, 25-27; análogamente Lc 10, 21-22). En estas palabras de Jesús encontramos la manifestación del Espíritu con el cual realiza su predicación. Él es y permanece como “el testigo fiel” (Ap 1, 5). En este testimonio se incluye y resalta esa especial “obediencia” del Hijo al Padre que en el momento culminante se demostrará como “obediencia hasta la muerte” (cf. Flp 2, 8).

3. En la predicación, Jesús demuestra que su fidelidad absoluta al Padre, como fuente primera y última de “todo” lo que debe revelarse, es el fundamento esencial de su veracidad y credibilidad. “Mi doctrina no es mía, sino del que me ha enviado”, dice Jesús, y añade: “El que habla por su cuenta busca su propia gloria, pero el que busca la gloria del que le ha enviado ése es veraz y no hay impostura en él” (Jn 7, 16. 18).

En la boca del Hijo de Dios pueden sorprender estas palabras. Las pronuncia el que es “de la misma naturaleza que el Padre”. Pero no podemos olvidar que El habla también como hombre. Tiene que lograr que sus oyentes no tengan duda alguna sobre un punto fundamental, esto es: que la verdad que El transmite es divina y procede de Dios. Tiene que lograr que los hombres, al escucharle, encuentren en su palabra el acceso a la misma fuente divina de la verdad revelada. Que no se detengan en quien la enseña sino que se dejen fascinar por la “originalidad” y por el “carácter extraordinario” de lo que en esta doctrina procede del mismo Maestro. El Maestro “no busca su propia gloria”. Busca sólo y exclusivamente “la gloria del que le ha enviado”. No habla “en nombre propio”, sino en nombre del Padre.

También es éste un aspecto del “despojo” (kénosis), que según San Pablo (cf. Flp 2, 7), alcanzará su culminación en el misterio de la cruz.

4. Cristo es el “testigo fiel”. Esta fidelidad —en la búsqueda exclusiva de la gloria del Padre, no de la propia— brota del amor que pretende probar: “Ha de saber el mundo que amo al Padre” (Jn 14, 31). Pero su revelación del amor al Padre incluye también su amor a los hombres. Él “pasa haciendo el bien” (cf. Act 10, 38). Toda su misión terrena está colmada de actos de amor hacia los hombres, especialmente hacia los más pequeños y necesitados. “Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados y yo os daré descanso” (Mt 11, 28). “Venid”: es una invitación que supera el circulo de los coetáneos que Jesús podía encontrar en los días de su vida y de su sufrimiento sobre la tierra; es una llamada para los pobres de todos los tiempos, siempre actual, también hoy, siempre volviendo a brotar en los labios y en el corazón de la Iglesia.

5. Paralela a esta exhortación hay otra: “Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón y hallaréis descanso para vuestras almas” (Mt 11, 29). La mansedumbre y humildad de Jesús llegan a ser atractivas para quien es llamado a acceder a su escuela: “Aprended de mí”. Jesús es “el testigo fiel” del amor que Dios nutre para con el hombre. En su testimonio están asociados la verdad divina y el amor divino. Por eso entre la palabra y la acción, entre lo que Él hace y lo que Él enseña hay una profunda cohesión, se diría que casi una homogeneidad. Jesús no sólo enseña el amor como el mandamiento supremo, sino que Él mismo lo cumple del modo más perfecto. No sólo proclama las bienaventuranzas en el sermón de la montaña, sino que ofrece en Sí mismo la encarnación de este sermón durante toda su vida. No sólo plantea la exigencia de amar a los enemigos, sino que Él mismo la cumple, sobre todo en el momento de la crucifixión: “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34).

6. Pero esta “mansedumbre y humildad de corazón” en modo alguno significa debilidad. Al contrario, Jesús es exigente. Su Evangelio es exigente. ¿No ha sido Él quien ha advertido: “El que no toma su cruz y me sigue detrás no es digno de mí?. Y poco después: “El que encuentre su vida la perderá y el que pierda su vida por mí la encontrará” (Mt 10, 38-39). Es una especie de radicalismo no sólo en el lenguaje evangélico, sino en las exigencias reales del seguimiento de Cristo, de las que no duda en reafirmar con frecuencia toda su amplitud: “No penséis que he venido a traer paz a la tierra. No he venido a traer paz, sino espada” (Mt 10, 34). Es un modo fuerte de decir que el Evangelio es también una fuente de “inquietud” para el hombre.

Jesús quiere hacernos comprender que el Evangelio es exigente y que exigir quiere decir también agitar las conciencias, no permitir que se recuesten en una falsa “paz”, en la cual se hacen cada vez más insensibles y obtusas, en la medida en que en ellas se vacían de valor las realidades espirituales, perdiendo toda resonancia.

Jesús dirá ante Pilato: “Para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad” (Jn 18, 37). Estas palabras conciernen también a la luz que El proyecta sobre el campo entero de las acciones humanas, borrando la oscuridad de los pensamientos y especialmente de las conciencias para hacer triunfar la verdad en todo hombre. Se trata, pues, de ponerse del lado de la verdad. “Todo el que es de la verdad escucha mi voz” dirá Jesús (Jn 18, 37). Por ello, Jesús es exigente. No duro o inexorablemente severo: pero fuerte y sin equívocos cuando llama a alguien a vivir en la verdad.

7. De este modo las exigencias del Evangelio de Cristo penetran en el campo de la ley y de la moral. Aquel que es el “testigo fiel” (Ap 1, 5) de la verdad divina, de la verdad del Padre, dice desde el comienzo del sermón de la montaña: “Por tanto, el que traspase uno de estos mandamientos más pequeños y así lo enseñe a los hombres, será el más pequeño en el reino de los cielos” (Mt 5, 19). Al exhortar a la conversión, no duda en reprobar a las mismas ciudades donde la gente rechaza creerle: “¡Ay de ti, Corozain! ¡Ay de ti, Betsaida!” (Lc 10, 13). Mientras amonesta a todos y cada uno: “…si no os convertís, todos pereceréis” (Lc 13, 3).

8. Así, el Evangelio de la mansedumbre y de la humildad va al mismo paso que el Evangelio de las exigencias morales y hasta de las severas amenazas a quienes no quieren convertirse. No hay contradicción entre el uno y el otro. Jesús vive de la verdad que anuncia y del amor que revela y es éste un amor exigente como la verdad de la que deriva. Por lo demás, el amor ha planteado las mayores exigencias a Jesús mismo en la hora de Getsemaní, en la hora del Calvario, en la hora de la cruz. Jesús ha aceptado y secundado estas exigencias hasta el fondo, porque, como nos advierte el Evangelista, Él “amó hasta el extremo” (Jn 13, 1). Se trata de un amor fiel, por lo cual, el día antes de su muerte, podía decir al Padre: “Las palabras que tú me diste se las he dado a ellos” (Jn 17, 8).

9. Como “testigo fiel” Jesús ha cumplido la misión recibida del Padre en la profundidad del misterio trinitario. Era una misión eterna, incluida en el pensamiento del Padre que lo engendraba y predestinaba a cumplirla “en la plenitud de los tiempos” para la salvación del hombre —de todo hombre— y para el bien perfecto de toda la creación. Jesús tenía conciencia de esta misión suya en el centro del plan creador y redentor del Padre; y, por ello, con todo el realismo de la verdad y del amor traídos al mundo, podía decir: “Cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12, 32).

http://www.vatican.va
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Virgen del Carmen.

16 de julio
Nuestra Señora del Carmen

Las sagradas Escrituras celebran la belleza del Carmelo, donde el profeta Elías defendió la pureza de la fe de Israel en el Dios vivo. En el siglo XII, algunos eremitas se retiraron a aquel monte, constituyendo más tarde una Orden dedicada a la vida contemplativa, bajo el patrocinio de la Virgen María.

María, antes de concebir corporalmente, concibió en su espíritu
De los sermones de San León Magno, papa

Dios elige a una virgen de la descendencia real de David; y esta virgen, destinada a llevar en su seno el fruto de una sagrada fecundación, antes de concebir corporalmente a su prole, divina y humana a la vez, la concibió en su espíritu. Y, para que no se espantara, ignorando los designios divinos, al observar en su cuerpo unos cambios inesperados, conoce, por la conversación con el ángel, lo que el Espíritu Santo ha de operar en ella. Y la que ha de ser Madre de Dios confía en que su virginidad ha de permanecer sin detrimento.

¿Por qué había de dudar de este nuevo género de concepción, si se le promete que el Altísimo pondrá en juego su poder? Su fe y su confianza quedan, además, confirmadas cuando el ángel le da una prueba de la eficacia maravillosa de este poder divino, haciéndole saber que Isabel ha obtenido también una inesperada fecundidad: el que es capaz de hacer concebir a una mujer estéril puede hacer lo mismo con una mujer virgen.

Así, pues, el Verbo de Dios, que es Dios, el Hijo de Dios, que en el principio estaba junto a Dios, por medio del cual se hizo todo, y sin el cual no se hizo nada, se hace hombre para librar al hombre de la muerte eterna; se abaja hasta asumir nuestra pequeñez, sin menguar por ello su majestad, de tal modo que, permaneciendo lo que era y asumiendo lo que no era, une la auténtica condición de esclavo a su condición divina, por la que es igual al Padre; la unión que establece entre ambas naturalezas es tan admirable, que ni la gloria de la divinidad absorbe la humanidad, ni la humanidad disminuye en nada la divinidad.

Quedando, pues, a salvo el carácter propio de cada una de las naturalezas, y unidas ambas en una sola persona, la majestad asume la humildad, el poder la debilidad, la eternidad la mortalidad; y, para saldar la deuda contraída por nuestra condición pecadora, la naturaleza invulnerable se une a la naturaleza pasible, Dios verdadero y hombre verdadero se conjugan armoniosamente en la única persona del Señor; de este modo, tal como convenía para nuestro remedio, el único y mismo mediador entre Dios y los hombres pudo a la vez morir y resucitar, por la conjunción en él de esta doble condición.

Con razón, pues, este nacimiento salvador había de dejar intacta la virginidad de la madre, ya que fue a la vez salvaguarda del pudor y alumbramiento de la verdad.

Tal era, amadísimos, la clase de nacimiento que convenía a Cristo, fuerza y sabiduría de Dios; con él se mostró igual a nosotros por su humanidad, superior a nosotros por su divinidad. Si no hubiera sido Dios verdadero, si no hubiera podido remediar nuestra situación; si no hubiera sido hombre verdadero, no hubiera podido darnos ejemplo.

Por eso, al nacer el Señor, los ángeles cantan llenos de gozo: Gloria a Dios en el cielo, y proclaman: y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor. Ellos ven, en efecto, que la Jerusalén celestial se va edificando por medio de todas las naciones del orbe. ¿Cómo, pues, no habría de alegrarse la pequeñez humana ante esta obra inenarrable de la misericordia divina, cuando incluso los coros sublimes de los ángeles encontraban en ella un gozo tan intenso?


El Papa Francisco explica estas tres actitudes ante la vocación de seguir a Jesús

junio 30, 2019

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El Papa Francisco en el rezo del Ángelus. Foto: Vatican Media / ACI. La vocación: itinerancia, disponibilidad y decisión. 

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El Papa Francisco explica estas 3 actitudes ante la vocación de seguir a Jesús

Por Mercedes de la Torre, ACI Prensa

El Papa Francisco explicó este domingo 30 de junio la actitud de tres personajes diferentes ante la vocación del seguimiento de Jesús narrados en el Evangelio de San Lucas.

Antes del rezo del Ángelus de este domingo, el Santo Padre reflexionó en el Evangelio del día en el que San Lucas describe el último viaje de Jesús hacia Jerusalén, narración que concluye el capítulo 19.

“Es un largo camino no solo geográfico y espacial, sino espiritual y teológico hacia el cumplimiento de la misión del Mesías. La decisión de Jesús es radical y total, y quienes lo siguen están llamados a medirse con ella”, señaló el Papa.

En esta línea, el Pontífice destacó que el evangelista presenta a tres personajes, “tres casos de vocación, podríamos decir, que traen a la luz lo que es necesario para quien quiere seguir a Jesús hasta el fondo, totalmente”.

En primer lugar, el Santo Padre recordó al primer personaje que le promete: ‘Te seguiré a donde tú vayas’. “¡Generoso! Pero Jesús responde que el Hijo del hombre… ‘no tiene donde apoyar la cabeza’. La pobreza absoluta de Jesús. Jesús, de hecho, ha dejado la casa paterna y ha renunciado a toda seguridad para anunciar el Reino de Dios a las ovejas perdidas de su pueblo”.

“Así Jesús nos ha indicado, a sus discípulos, que nuestra misión en el mundo no puede ser estática, sino itinerante”, afirmó el Papa, quien añadió que “el cristiano es un itinerante.

La Iglesia por su naturaleza está en movimiento, no está sedentaria y tranquila en el propio recinto. Está abierta a los más extensos horizontes, enviada -¡La Iglesia es enviada!- a llevar el Evangelio por las calles y a alcanzar las periferias humanas y existenciales”, afirmó.

Después, el Santo Padre describió que el segundo personaje que Jesús encuentra recibe directamente de Él la llamada, pero responde: ‘Señor, permíteme ir antes a enterrar a mi padre’.

“Es una solicitud legítima, fundada en el mandamiento de honrar al padre y a la madre. Sin embargo, Jesús replica: ‘Deja que los muertos entierren a sus muertos’. Con estas palabras, provocadoras, Él busca afirmar el primado del seguimiento y del anuncio del Reino de Dios, incluso sobre las realidades más importantes, como la familia”.

En esta línea, el Papa destacó que “la urgencia de comunicar el Evangelio, que rompe la cadena de la muerte e inaugura la vida eterna, no admite demoras, sino que requiere disponibilidad y disponibilidad (total, absoluta). Por lo tanto, la Iglesia es itinerante, y aquí la Iglesia es decisiva, actúa rápidamente, al momento, sin esperar”.

Por último, el Papa Francisco señaló que el tercer personaje también quiere seguir a Jesús, pero con una condición: lo hará después de despedirse de sus familiares.

Y al respecto, esto dice el Maestro: ‘Nadie que ponga su mano en el arado y luego se dé vuelta es adecuado para el reino de Dios’, y agregó que “el seguimiento de Jesús excluye los arrepentimientos y las miradas hacia atrás, sino que requiere la virtud de la decisión”.

“La Iglesia, para seguir a Jesús, es itinerante, actúa de inmediato, rápida y decididamente. El valor de estas condiciones establecidas por Jesús (itinerancia, disponibilidad y decisión) no se coloca en una serie de ‘noes’ refiriéndose a cosas buenas e importantes en la vida.

El acento, más bien, debe colocarse en el objetivo principal: ¡Transformarse en un discípulo de Cristo! Una decisión libre y consciente, hecha de amor, para corresponder a la inestimable gracia de Dios, y no hecha como una forma de promocionarse”, expresó el Papa.

Sin embargo, el Pontífice reconoció que es triste cuando hay algunos que “piensan que están siguiendo a Jesús para promocionarse, es decir, para hacer una carrera, para sentirse importantes o para adquirir un lugar de prestigio” (en la sociedad o en la Iglesia).

“Jesús nos quiere apasionados por Él y el Evangelio. Una pasión del corazón que se traduce en gestos concretos de disponibilidad, de cercanía a los hermanos más necesitados, de acogida y de cuidado. Así como Él mismo vivió”, dijo el Papa.

De este modo, el Santo Padre rezó: “¡Que la Virgen María, icono de la Iglesia en camino, nos ayude a seguir con alegría al Señor Jesús y a anunciar a los hermanos, con renovado amor, la Buena Noticia de la Salvación!”.

https://www.aciprensa.com/noticias/el-papa-francisco-explica-estas-3-actitudes-ante-la-vocacion-de-seguir-a-jesus-22210?fbclid=IwAR04bvI7uOikqJ3gaHpZ2Oi3zL_wxr2r0RmVsgpqYaNKRezI-5DEEkv9BH0


Papa Francisco envía esta importante carta a la Iglesia y pueblo de Dios en Alemania

junio 29, 2019

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El Papa Francisco. Foto: Daniel Ibáñez / ACI Prensa

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Papa Francisco envía esta importante carta a la Iglesia y pueblo de Dios en Alemania

Por Mercedes de la Torre, de ACI Prensa

El Papa Francisco escribió una importante carta dirigida “al pueblo de Dios que peregrina en Alemania” fechada hoy 29 de junio, Solemnidad de San Pedro y San Pablo.

En la extensa misiva dividida en 13 puntos, el Santo Padre confirma su cercanía y asegura que quiere “compartir su preocupación con respecto al futuro de la Iglesia en Alemania”, alerta sobre el “decaimiento de la fe” y anima a no asumir la situación actual con “pasividad o resignación”. También exhorta a intensificar “la oración, la penitencia y la adoración”.

Además, el Santo Padre destaca la necesidad de “recuperar el primado de la evangelización para mirar el futuro con confianza y esperanza porque, evangelizadora, la Iglesia comienza por evangelizarse a sí misma”.

“Supone una invitación a tomar contacto con aquello que en nosotros y en nuestras comunidades está necrosado y necesita ser evangelizado y visitado por el Señor. Y esto requiere coraje porque lo que necesitamos es mucho más que un cambio estructural, organizativo o funcional”, afirma el Papa.

Por ello, el Pontífice señala que esta “transformación verdadera responde y reclama también exigencias que nacen de nuestro ser creyente y de la propia dinámica evangelizadora de la Iglesia, reclama la conversión pastoral”.

“Sin esta dimensión teologal, en las diversas innovaciones y propuestas que se realicen, repetiremos aquello mismo que hoy está impidiendo, a la comunidad eclesial, anunciar el amor misericordioso del Señor”, advierte.

A continuación, el texto completo de la carta del Papa Francisco a la Iglesia en Alemania:

Al Pueblo de Dios que peregrina en Alemania

Queridos hermanos y hermanas,

La meditación de las lecturas del libro de los Hechos de los Apóstoles que se nos propusieron en el tiempo pascual me movió a escribirles esta carta. Allí encontramos a la primera comunidad apostólica impregnada de esa vida nueva que el Espíritu les regaló transformando cada circunstancia en una buena ocasión para el anuncio.

Ellos lo habían perdido todo y en la mañana del primer día de la semana, entre la desolación y la amargura, escucharon de la boca de una mujer que el Señor estaba vivo. Nada ni nadie podía detener la irrupción pascual en sus vidas y ellos no podían callar lo que sus ojos habían contemplado y sus manos tocado (Cfr. 1 Jn. 1, 1).

En este clima y con la convicción de que el Señor «siempre puede, con su novedad, renovar nuestra vida y nuestra comunidad» quiero acercarme y compartir vuestra preocupación con respecto al futuro de la Iglesia en Alemania.

Somos conscientes que no vivimos sólo un tiempo de cambios sino un cambio de tiempos que despierta nuevas y viejas preguntas con las cuales es justo y necesario confrontarse. Situaciones e interrogantes que pude conversar con vuestros pastores en la pasada visita Ad limina y que seguramente siguen resonando en el seno de vuestras comunidades.

Como en esa ocasión quisiera brindarles mi apoyo, estar más cerca de Ustedes para caminar a su lado y fomentar la búsqueda para responder con parresía a la situación presente.

1. Con gratitud miro esa red capilar de comunidades, parroquias, capillas, colegios, hospitales, estructuras sociales que han tejido a lo largo de la historia y son testimonio de la fe viva que los ha sostenido, nutrido y vivificado durante varias generaciones.

Una fe que pasó por momentos de sufrimiento, confrontación y tribulación, pero también de constancia y vitalidad que se demuestra también hoy rica de frutos en tantos testimonios de vida y obras de caridad.

Las comunidades católicas alemanas, en su diversidad y pluralidad, son reconocidas en el mundo entero por su sentido de corresponsabilidad y de una generosidad que ha sabido tender su mano y acompañar la puesta en marcha de procesos de evangelización en regiones bastante sumergidas y carentes de posibilidades.

Tal generosidad no sólo se manifestó en la historia reciente como ayuda económico-material sino también compartiendo, a lo largo de los años, numerosos carismas y personas: sacerdotes, religiosas, religiosos y laicos que han cumplido fiel e incansablemente su servicio y misión en situaciones a menudo difíciles.

Han regalado a la Iglesia Universal grandes santos y santas, teólogos y teólogas, así como pastores y laicos que ayudaron a que el encuentro entre el Evangelio y las culturas pudiera alcanzar nuevas síntesis capaces de despertar lo mejor de ambos y ser ofrecidas a las nuevas generaciones con el mismo ardor de los inicios. Lo cual permitió un notable esfuerzo por individuar respuestas pastorales a la altura de los desafíos que se les presentaban.

Es de señalar el camino ecuménico que realizan y del cual pudimos ver los frutos durante la conmemoración del 500 aniversario de la Reforma, un camino que permite incentivar las instancias de oración, de intercambio cultural y ejercicio de la caridad capaz de superar los prejuicios y heridas del pasado permitiendo celebrar y testimoniar mejor la alegría del Evangelio.

2. Hoy, sin embargo, coincido con Ustedes en lo doloroso que es constatar la creciente erosión y decaimiento de la fe con todo lo que ello conlleva no sólo a nivel espiritual sino social y cultural.

Situación que se visibiliza y constata, como ya lo supo señalar Benedicto XVI, no sólo «en el Este, donde, como sabemos, la mayoría de la población está sin bautizar y no tiene contacto alguno con la Iglesia y, a menudo, no conoce en absoluto a Cristo» sino también en la así llamada «región de tradición católica [dónde se da] una caída muy fuerte de la participación en la Misa dominical, como de la vida sacramental».

Un deterioro, ciertamente multifacético y de no fácil y rápida solución, que pide un abordaje serio y consciente que nos estimule a volvernos, en el umbral de la historia presente, como aquel mendicante para escuchar las palabras del apóstol: «no tengo plata ni oro, pero te doy lo que tengo: en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y camina» (Hch. 3, 6).

3. Para enfrentar esta situación, vuestros pastores han sugerido un camino sinodal. Qué significa en concreto y cómo se desarrollará es algo que seguramente se está todavía considerando. De mi parte expresé mis reflexiones sobre la sinodalidad de la Iglesia en ocasión de la celebración de los cincuenta años del Sínodo de obispos.

En sustancia se trata de un synodos bajo la guía del Espíritu Santo, es decir, caminar juntos y con toda la Iglesia bajo su luz, guía e irrupción para aprender a escuchar y discernir el horizonte siempre nuevo que nos quiere regalar. Porque la sinodalidad supone y requiere la irrupción del Espíritu Santo.

En la reciente asamblea plenaria de los Obispos italianos tuve la oportunidad de reiterar esta realidad central para la vida de la Iglesia aportando la doble perspectiva que la misma opera: «sinodalidad desde abajo hacia arriba, o sea el deber de cuidar la existencia y el buen funcionamiento de la Diócesis: los consejos, las parroquias, la participación de los laicos… (cfr CIC 469-494), comenzando por la diócesis, pues no se puede hacer un gran sínodo sin ir a la base…; y después la sinodalidad desde arriba hacia abajo» que permite vivir de manera específica y singular la dimensión Colegial del ministerio episcopal y del ser eclesial.

Sólo así podemos alcanzar y tomar decisiones en cuestiones esenciales para la fe y la vida de la Iglesia. Lo cual será efectivamente posible si nos animamos a caminar juntos con paciencia, unción y con la humilde y sana convicción de que nunca podremos responder contemporáneamente a todas las preguntas y problemas.

La Iglesia es y será siempre peregrina en la historia, portadora de un tesoro en vasijas de barro (cfr. 2 Cor. 4, 7). Esto nos recuerda que nunca será perfecta en este mundo y que su vitalidad y hermosura radica en el tesoro del que es constitutivamente portadora.

Los interrogantes presentes, así como las respuestas que demos exigen, para que pueda gestarse una sana actualización, «una larga fermentación de la vida y la colaboración de todo un pueblo por años».

Esto estimula generar y poner en marcha procesos que nos construyan como Pueblo de Dios más que la búsqueda de resultados inmediatos que generen consecuencias rápidas y mediáticas pero efímeras por falta de maduración o porque no responden a la vocación a la que estamos llamados.

4. En este sentido, envueltos en serios e inevitables análisis, se puede caer en sutiles tentaciones a las que considero necesario prestarles especial atención y cuidado, ya que, lejos de ayudarnos a caminar juntos, nos mantendrán aferrados e instalados en recurrentes esquemas y mecanismos que acaben desnaturalizando o limitando nuestra misión; y además con el agravante de que, si no somos conscientes de los mismos, podremos terminar girando en torno a un complicado juego de argumentaciones, disquisiciones y resoluciones que no hacen más que alejarnos del contacto real y cotidiano del pueblo fiel y del Señor.

5. Asumir y sufrir la situación actual no implica pasividad o resignación y menos negligencia, por el contrario supone una invitación a tomar contacto con aquello que en nosotros y en nuestras comunidades está necrosado y necesita ser evangelizado y visitado por el Señor. Y esto requiere coraje porque lo que necesitamos es mucho más que un cambio estructural, organizativo o funcional.

Recuerdo que en el encuentro que mantuve con vuestros pastores en el 2015 les decía que una de las primeras y grandes tentaciones a nivel eclesial era creer que las soluciones a los problemas presentes y futuros vendrían exclusivamente de reformas puramente estructurales, orgánicas o burocráticas pero que, al final del día, no tocarían en nada los núcleos vitales que reclaman atención.

«Se trata de un nuevo pelagianismo, que nos conduce a poner la confianza en las estructuras administrativas y las organizaciones perfectas. Una excesiva centralización que, en vez de ayudarnos, complica la vida de la Iglesia y su dinámica misionera (Evangelii Gaudium, 32)».

Lo que está en la base de esta tentación es pensar que, frente a tantos problemas y carencias, la mejor respuesta sería reorganizar las cosas, hacer cambios y especialmente “remiendos” que permitan poner en orden y en sintonía la vida de la Iglesia adaptándola a la lógica presente o la de un grupo particular.

Por este camino pareciera que todo se soluciona y las cosas volverán a su cauce si la vida eclesial entrase en un “determinado” nuevo o antiguo orden que ponga fin a las tensiones propias de nuestro ser humanos y de las que el Evangelio quiere provocar.

Por ese camino la vida eclesial podría eliminar tensiones, estar “en orden y en sintonía” pero sólo provocaría, con el tiempo, adormecer y domesticar el corazón de nuestro pueblo y disminuir y hasta acallar la fuerza vital y evangélica que el Espíritu quiere regalar: «esto sería el pecado más grande de mundanidad y de espíritu mundano anti-evangélico».

Se tendría un buen cuerpo eclesial bien organizado y hasta “modernizado” pero sin alma y novedad evangélica; viviríamos un cristianismo “gaseoso” sin mordedura evangélica. «Hoy estamos llamados a gestionar el desequilibrio. Nosotros no podemos hacer algo bueno, evangélico si le tenemos miedo al desequilibrio».

No podemos olvidar que hay tensiones y desequilibrios que tienen sabor a Evangelio y que son imprescindibles mantener porque son anuncio de vida nueva.

6. Por eso me parece importante no perder de vista lo que «la Iglesia enseñó reiteradas veces: no somos justificados por nuestras obras o por nuestros esfuerzos, sino por la gracia del Señor que toma la iniciativa». Sin esta dimensión teologal, en las diversas innovaciones y propuestas que se realicen, repetiremos aquello mismo que hoy está impidiendo, a la comunidad eclesial, anunciar el amor misericordioso del Señor.

La manera que se tenga para asumir la situación actual será determinante de los frutos que posteriormente se desarrollarán. Por eso apelo a que se haga en clave teologal para que el Evangelio de la Gracia con la irrupción del Espíritu Santo sea la luz y guía para enfrentar estos desafíos.

Cada vez que la comunidad eclesial intentó salir sola de sus problemas confiando y focalizándose exclusivamente en sus fuerzas o en sus métodos, su inteligencia, su voluntad o prestigio, terminó por aumentar y perpetuar los males que intentaba resolver.

El perdón y la salvación no es algo que tenemos que comprar «o que tengamos que adquirir con nuestras obras o esfuerzos. El Señor nos perdona y nos libera gratis. Su entrega en la Cruz es algo tan grande que nosotros no podemos ni debemos pagarlo, sólo tenemos que recibirlo con inmensa gratitud y con la alegría de ser tan amados antes aún de que pudiéramos imaginarlo».

El escenario presente no tiene el derecho de hacernos perder de vista que nuestra misión no se sostiene sobre previsiones, cálculos o encuestas ambientales alentadoras o desalentadoras ni a nivel eclesial ni a nivel político como económico o social. Tampoco sobre los resultados exitosos de nuestros planes pastorales. Todas estas cosas es importante valorarlas, escucharlas, reflexionarlas y estar atentos, pero en sí no agotan nuestro ser creyente.

Nuestra misión y razón de ser radica en que «Dios amó tanto al mundo que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna» (Jn. 3, 16). «Sin vida nueva y auténtico espíritu evangélico, sin “fidelidad de la Iglesia a la propia vocación”, cualquier estructura nueva se corrompe en poco tiempo».

Por eso, la transformación a operarse no puede responder exclusivamente como reacción a datos o exigencias externas, como podrían ser el fuerte descenso de los nacimientos y el envejecimiento de las comunidades que no permiten visibilizar un recambio generacional. Causas objetivas y válidas pero que vistas aisladamente fuera del misterio eclesial favorecerían y estimularían una actitud reaccionaria (tanto positiva como negativa) ante los problemas.

La transformación verdadera responde y reclama también exigencias que nacen de nuestro ser creyente y de la propia dinámica evangelizadora de la Iglesia, reclama la conversión pastoral.

Se nos pide una actitud que buscando vivir y transparentar el evangelio rompa con «el gris pragmatismo de la vida cotidiana de la Iglesia en el cual aparentemente todo procede con normalidad, pero en realidad la fe se va desgastando y degenerando en mezquindad».

La conversión pastoral nos recuerda que la evangelización debe ser nuestro criterio-guía por excelencia sobre el cual discernir todos los movimientos que estamos llamados a dar como comunidad eclesial; la evangelización constituye la misión esencial de la Iglesia.

7. Es necesario, por tanto, como bien lo señalaron vuestros pastores, recuperar el primado de la evangelización para mirar el futuro con confianza y esperanza porque, «evangelizadora, la Iglesia comienza por evangelizarse a sí misma. Comunidad creyente, comunidad de esperanza vivida y comunicada, comunidad de amor fraterno, tiene necesidad de escuchar sin cesar lo que debe creer, las razones para esperar, el mandamiento nuevo del amor».

La evangelización, así vivida, no es una táctica de reposicionamiento eclesial en el mundo de hoy o un acto de conquista, dominio o expansión territorial; tampoco un “retoque” que la adapte al espíritu del tiempo pero que le haga perder su originalidad y profecía; como tampoco es la búsqueda para recuperar hábitos o prácticas que daban sentido en otro contexto cultural. No.

La evangelización es un camino discipular de respuesta y conversión en el amor a Aquel que nos amó primero (Cfr. 1 Jn. 4, 19); un camino que posibilite una fe vivida, experimentada, celebrada y testimoniada con alegría. La evangelización nos lleva a recuperar la alegría del Evangelio, la alegría de ser cristianos.

Es cierto, hay momentos duros, tiempos de cruz, pero nada puede destruir la alegría sobrenatural, que se adapta, se transforma y siempre permanece, al menos como un brote de luz que nace de la certeza personal de ser infinitamente amado, más allá de todo.

La evangelización genera seguridad interior, una serenidad esperanzadora que brinda su satisfacción espiritual incomprensible para los parámetros humanos.

El mal humor, la apatía, la amargura, el derrotismo, así como la tristeza no son buenos signos ni consejeros; es más, hay veces que «la tristeza tiene que ver con la ingratitud, con estar encerrado en sí mismo y uno se vuelve incapaz de reconocer los regalos de Dios».

8. De ahí que nuestra preocupación principal debe rondar en cómo compartir esta alegría abriéndonos y saliendo a encontrar a nuestros hermanos principalmente aquellos que están tirados en el umbral de nuestros templos, en las calles, en cárceles y hospitales, plazas y ciudades.

El Señor fue claro: «busquen primero el Reino y su justicia, y todo lo demás se les dará por añadidura» (Mt 6, 33). Salir a ungir con el espíritu de Cristo todas las realidades terrenas, en sus múltiples encrucijadas principalmente allí «donde se gestan los nuevos relatos y paradigmas, alcanzar con la Palabra de Jesús los núcleos más profundos del alma de las ciudades».

Ayudar a que la Pasión de Cristo toque real y concretamente las múltiples pasiones y situaciones donde su Rostro sigue sufriendo a causa del pecado y la inequidad.

Pasión que pueda desenmascarar las viejas y nuevas esclavitudes que hieren al hombre y la mujer especialmente hoy que vemos rebrotar discursos xenófobos y promueven una cultura basada en la indiferencia, el encierro, así como en el individualismo y la expulsión.

Y, a su vez, sea la Pasión del Señor la que despierte en nuestras comunidades y, especialmente en los más jóvenes, la pasión por su Reino.

Esto nos pide «desarrollar el gusto espiritual de estar cerca de la vida de la gente, hasta el punto de descubrir que eso es fuente de un gozo superior. La misión es una pasión por Jesús pero, al mismo tiempo, una pasión por su pueblo».

Deberíamos, por tanto, preguntarnos qué cosa el Espíritu dice hoy a la Iglesia (Ap. 2, 7), reconocer los signos de los tiempos, lo cual no es sinónimo de adaptarse simplemente al espíritu del tiempo sin más (Rm. 12, 2).

Todas estas dinámicas de escucha, reflexión y discernimiento tienen como objetivo volver a la Iglesia cada día más fiel, disponible, ágil y transparente para anunciar la alegría del Evangelio, base sobre la cual pueden ir encontrando luz y respuesta todas las cuestiones.

Los desafíos están para ser superados. Debemos ser realistas pero sin perder la alegría, la audacia y la entrega esperanzada. ¡No nos dejemos robar la fuerza misionera!.

9. El Concilio Vaticano II marcó un importante paso en la toma de conciencia que la Iglesia tiene tanto de sí misma como de su misión en el mundo contemporáneo. Este camino iniciado hace más de cincuenta años nos sigue estimulando en su recepción y desarrollo y todavía no llegó a su fin, sobre todo, en relación a la sinodalidad llamada a operarse en los distintos niveles de la vida eclesial (parroquia, diócesis, en el orden nacional, en la Iglesia universal, como en las diversas congregaciones y comunidades).

Este proceso, especialmente en estos tiempos de fuerte tendencia a la fragmentación y polarización, reclama desarrollar y velar para que el ‘Sensus Ecclesiae’ también viva en cada decisión que tomemos y nutra todos los niveles. Se trata de vivir y de sentir con la Iglesia y en la Iglesia, lo cual, en no pocas situaciones, también nos llevará a sufrir en la Iglesia y con la Iglesia.

La Iglesia Universal vive en y de las Iglesias particulares, así como las Iglesias particulares viven y florecen en y de la Iglesia Universal, y si se encuentran separadas del entero cuerpo eclesial, se debilitan, marchitan y mueren.

De ahí la necesidad de mantener siempre viva y efectiva la comunión con todo el cuerpo de la Iglesia, que nos ayuda a superar la ansiedad que nos encierra en nosotros mismos y en nuestras particularidades a fin de poder mirar a los ojos, escuchar o renunciar a las urgencias para acompañar al que se quedó al costado del camino.

A veces esta actitud puede manifestarse en el mínimo gesto, como el del padre del hijo pródigo, que se queda con las puertas abiertas para que, cuando regrese, pueda entrar sin dificultad.

Esto no es sinónimo de no caminar, avanzar, cambiar e inclusive no debatir y discrepar, sino es simplemente la consecuencia de sabernos constitutivamente parte de un cuerpo más grande que nos reclama, espera y necesita y que también nosotros reclamamos, esperamos y necesitamos. Es el gusto de sentirnos parte del santo y paciente Pueblo fiel de Dios.

Los desafíos que tenemos entre manos, las diferentes cuestiones e interrogantes a enfrentar no pueden ser ignoradas o disimuladas: han de ser asumidas pero cuidando de no quedar atrapados en ellas, perdiendo perspectiva, limitando el horizonte y fragmentando la realidad. «Cuando nos detenemos en la coyuntura conflictiva, perdemos el sentido de la unidad profunda de la realidad».

En este sentido el ‘Sensus Ecclesiae’ nos regala ese horizonte amplio de posibilidad desde donde buscar responder a las cuestiones que urgen y además nos recuerda la belleza del rostro pluriforme de la Iglesia.

Rostro pluriforme no sólo desde una perspectiva espacial en sus pueblos, razas, culturas, sino también desde su realidad temporal que nos permite sumergirnos en las fuentes de la más viva y plena Tradición la cual tiene la misión de mantener vivo el fuego más que conservar las cenizas y permite a todas las generaciones volver a encender, con la asistencia del Espíritu Santo, el primer amor.

El ‘Sensus Ecclesiae’ nos libera de particularismos y tendencias ideológicas para hacernos gustar de esa certeza del Concilio Vaticano II, cuando afirmaba que la Unción del Santo (1 Jn. 2, 20 y 27) pertenece a la totalidad de los fieles. La comunión con el santo Pueblo fiel de Dios, portador de la Unción, mantiene viva la esperanza y la certeza de saber que el Señor camina a nuestro a lado y es Él quien sostiene nuestros pasos.

Un sano caminar juntos debe traslucir esta convicción buscando los mecanismos para que todas las voces, especialmente las de los más sencillos y humildes, tengan espacio y visibilidad.

La Unción del Santo que ha sido derramada a todo el cuerpo eclesial «reparte gracias especiales entre los fieles de cualquier estado o condición y distribuye sus dones a cada uno según quiere (1 Cor 12, 11). Con esos dones hace que estén preparados y dispuestos a asumir diversas tareas o ministerios que contribuyen a renovar y construir más y más la Iglesia, según aquellas palabras: A cada uno se le da la manifestación del Espíritu para el bien común (1 Cor. 12, 7)».

Esto nos ayuda a estar atentos a esa antigua y siempre nueva tentación de los promotores del gnosticismo que, queriendo hacerse un nombre proprio y expandir su doctrina y fama, buscaban decir algo siempre nuevo y distinto de lo que la Palabra de Dios les regalaba.

Es lo que san Juan describe con el término proagon, el que se adelanta, el avanzado (2 Jn v. 9) y que pretende ir más allá del nosotros eclesial que preserva de los excesos que atentan a la comunidad.

10. Por tanto, velen y estén atentos ante toda tentación que lleve a reducir el Pueblo de Dios a un grupo ilustrado que no permita ver, saborear y agradecer esa santidad desparramada y que vive «en el pueblo de Dios paciente: en los padres que crían con tanto amor a sus hijos, en esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, en los enfermos, en las religiosas ancianas que siguen sonriendo… En esta constancia para seguir adelante día a día, veo la santidad de la Iglesia militante. Muchas veces la santidad “de la puerta de al lado”, de aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios».

Esa es la santidad que protege y reguardó siempre a la Iglesia de toda reducción ideológica cientificista y manipuladora. Santidad que evoca, recuerda e invita a desarrollar ese estilo mariano en la actividad misionera de la Iglesia capaz de articular la justicia con la misericordia, la contemplación con la acción, la ternura con la convicción.

«Porque cada vez que miramos a María volvemos a creer en lo revolucionario de la ternura y del cariño. En ella vemos que la humildad y la ternura no son virtudes de los débiles sino de los fuertes que no necesitan maltratar a otros para sentirse importantes».

En mi tierra natal, existe un sugerente y potente dicho que puede iluminar: «los hermanos sean unidos porque esa es la ley primera; tengan unión verdadera en cualquier tiempo que sea, porque si entre ellos pelean los devoran los de afuera».

Hermanos y hermanas cuidémonos unos a otros y estemos atentos a la tentación del padre de la mentira y la división, al maestro de la separación que, impulsando buscar un aparente bien o respuesta a una situación determinada, termina fragmentando de hecho el cuerpo del santo Pueblo fiel de Dios.

Como cuerpo apostólico caminemos y caminemos juntos, escuchándonos bajo la guía del Espíritu Santo, aunque no pensemos igual, desde la sapiente convicción que «la Iglesia, con el correr de los siglos, tiende constantemente a la plenitud de la verdad divina hasta que en ella se consuman las palabras de Dios».

11. La perspectiva sinodal no cancela los antagonismos o perplejidades, ni los conflictos quedan supeditados a resoluciones sincretistas de “buen consenso” o resultantes de la elaboración de censos o encuestas sobre tal o cual tema. Eso sería muy reductor.

La sinodalidad, con el trasfondo y centralidad de la evangelización y del ‘Sensus Ecclesiae’ como elementos determinantes de nuestro ADN eclesial, reclama asumir conscientemente un modo de ser Iglesia donde «el todo es más que la parte, y también es más que la mera suma de las partes… Siempre hay que ampliar la mirada para reconocer un bien mayor que nos beneficiará a todos. Pero hay que hacerlo sin evadirse, sin desarraigos… Se trabaja en lo pequeño, en lo cercano, pero con una perspectiva más amplia».

12. Esto requiere en todo el Pueblo de Dios, y especialmente en sus pastores, un estado de vigilia y conversión que permitan mantener vivas y operantes estas realidades. Vigilia y conversión son dones que sólo el Señor nos puede regalar. A nosotros nos basta pedir su gracia por medio de la oración y el ayuno.

Siempre me impresionó cómo durante la vida, especialmente en los momentos de las grandes decisiones, el Señor fue particularmente tentado. La oración y el ayuno tuvieron un lugar especial como determinante de todo su accionar posterior (Cfr. Mt. 4, 1-11).

La sinodalidad tampoco puede escapar a esta lógica, y tiene que ir siempre acompañada de la gracia de la conversión para que nuestro accionar personal y comunitario pueda representar y asemejarse cada vez más al de la kénosis de Cristo (cfr. Fil 2, 1- 11). Hablar, actuar y responder como Cuerpo de Cristo significa también hablar y actuar a la manera de Cristo con sus mismos sentimientos, trato y prioridad.

Por tanto, la gracia de la conversión, siguiendo el ejemplo del Maestro que «se anonadó a sí mismo, tomando la condición de servidor» (Fil. 2, 7), nos libra de falsos y estériles protagonismos, nos desinstala de la tentación de permanecer en posiciones protegidas y acomodadas y nos invita a ir a las periferias para encontrarnos y escuchar mejor al Señor.

Esta actitud de kénosis nos permite también experimentar la fuerza creativa y siempre rica de la esperanza que nace de la pobreza evangélica a la que estamos llamados, la cual nos hace libres para evangelizar y testimoniar. Así permitimos al Espíritu refrescar y renovar nuestra vida librándola de esclavitudes, inercias y conveniencias circunstanciales que impiden caminar y especialmente adorar.

Porque al adorar, el hombre cumple su deber supremo y es capaz de vislumbrar la claridad venidera, esa que nos ayuda a saborear la nueva creación.

Sin esta dimensión corremos el riesgo de partir desde nosotros mismos o del afán de autojustificación y autopreservación que nos llevará a realizar cambios y arreglos pero a mitad de camino, los cuales, lejos de solucionar los problemas, terminarán enredándonos en una espiral sin fondo que mata y asfixia el anuncio más hermoso, liberador y promitente que tenemos y que da sentido a nuestra existencia: Jesucristo es el Señor.

Necesitamos oración, penitencia y adoración que nos pongan en situación de decir como el publicano: «¡Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador!» (Lc. 18, 13); no como actitud mojigata, pueril o pusilánime sino con la valentía para abrir la puerta y ver lo que normalmente queda velado por la superficialidad, la cultura del bienestar y la apariencia.

En el fondo, estas actitudes, verdaderas medicinas espirituales (la oración, la penitencia y la adoración) permitirán volver a experimentar que ser cristiano es saberse bienaventurado y, por tanto, portador de bienaventuranza para los demás; ser cristiano es pertenecer a la Iglesia de las bienaventuranzas para los bienaventurados de hoy: los pobres, los que tienen hambre, los que lloran, los odiados, excluidos e insultados (cfr. Lc. 6, 20-23).

No nos olvidemos que «en las bienaventuranzas el Señor nos indica el camino. Caminándolas podemos arribar a la felicidad más auténticamente humana y divina. Las bienaventuranzas, son el espejo en donde mirarnos, lo que nos permite saber si estamos caminando sobre un sendero justo: es un espejo que no miente».

13. Queridos hermanos y hermanas, sé de vuestra constancia y de lo que han sufrido y sufren sin desfallecer por el nombre del Señor; sé también de vuestro deseo y ganas de reavivar eclesialmente el primer amor (cfr. Ap. 2, 1-5) con la fuerza del Espíritu, que no rompe la caña quebrada ni apaga la mecha que arde débilmente (Cfr. Is. 42,3), para que nutra, vivifique y haga florecer lo mejor de vuestro pueblo.

Quiero caminar y caminar a vuestro lado con la certeza de que, si el Señor nos consideró dignos de vivir esta hora, no lo hizo para avergonzarnos o paralizarnos frente a los desafíos sino para dejar que su Palabra vuelva, una vez más, a provocar y hacer arder el corazón como lo hizo con vuestros padres, para que vuestros hijos e hijas tengan visiones y vuestros ancianos vuelvan a tener sueños proféticos (Cfr. Joel 3, 1).

Su amor «nos permite levantar la cabeza y volver a empezar, con una ternura que nunca nos desilusiona y que siempre puede devolvernos la alegría. No huyamos de la Resurrección de Jesús, nunca nos declaremos muertos, pase lo que pase. ¡Que nada pueda más que su vida que nos lanza hacia adelante!».

Y, por favor, les pido que recen por mí.

Vaticano, 29 de junio de 2019.

FRANCISCO

 


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