El maná de cada día, 25.1.20

enero 25, 2020

Conversión de San Pablo

.
Fin del Octavario de oración por la unidad de los cristianos

road_damascus-1800

Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?



Antífona de entrada: 2 Tm 1, 12; 4, 8

Sé de quién me he fiado y estoy firmemente persuadido de que tiene poder para asegurar hasta el último día, en que vendrá como juez justo, el encargo que me dio.


Oración colecta

Señor, Dios nuestro, tú que has instruido a todos los pueblos con la predicación del apóstol san Pablo, concede a cuantos celebramos su Conversión caminar hacia ti, siguiendo su ejemplo, y ser ante el mundo testigos de tu verdad. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: Hechos de los apóstoles 22, 3-16

En aquellos días, dijo Pablo al pueblo: «Yo soy judío, nací en Tarso de Cilicia, pero me crié en esta ciudad; fui alumno de Gamaliel y aprendí hasta el último detalle de la ley de nuestros padres; he servido a Dios con tanto fervor como vosotros mostráis ahora.

Yo perseguí a muerte este nuevo camino, metiendo en la cárcel, encadenados, a hombres y mujeres; y son testigos de esto el mismo sumo sacerdote y todos los ancianos. Ellos me dieron cartas para los hermanos de Damasco, y fui allí para traerme presos a Jerusalén a los que encontrase, para que los castigaran.

Pero en el viaje, cerca ya de Damasco, hacia mediodía, de repente una gran luz del cielo me envolvió con su resplandor, caí por tierra y oí una voz que me decía: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?”

Yo pregunté: “¿Quién eres, Señor?”

Me respondió: “Yo soy Jesús Nazareno, a quien tú persigues.”

Mis compañeros vieron el resplandor, pero no comprendieron lo que decía la voz.

Yo pregunté: “¿Qué debo hacer, Señor?”

El Señor me respondió: “Levántate, sigue hasta Damasco, y allí te dirán lo que tienes que hacer.”

Como yo no veía, cegado por el resplandor de aquella luz, mis compañeros me llevaron de la mano a Damasco.

Un cierto Ananías, devoto de la Ley, recomendado por todos los judíos de la ciudad, vino a verme, se puso a mi lado y me dijo: “Saulo, hermano, recobra la vista.” Inmediatamente recobré la vista y lo vi.

Él me dijo: “El Dios de nuestros padres te ha elegido para que conozcas su voluntad, para que vieras al Justo y oyeras su voz, porque vas a ser su testigo ante todos los hombres, de lo que has visto y oído. Ahora, no pierdas tiempo; levántate, recibe el bautismo que, por la invocación de su nombre, lavará tus pecados.”»


SALMO 116,1.2

Id al mundo entero y proclamad el Evangelio.

Alabad al Señor, todas las naciones, aclamadlo, todos los pueblos.

Firme es su misericordia con nosotros, su fidelidad dura por siempre.


Aclamación: Jn 15, 16

Yo os he elegido del mundo, para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure –dice el Señor.


EVANGELIO: Marcos 16, 15-18

En aquel tiempo, se apareció Jesús a los Once y les dijo:

«ld al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice se salvará; el que se resista a creer será condenado. A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos.»


Antífona de comunión: Ga 2, 2

Vivo de la fe en el Hijo de Dios, que me amó hasta entregarse por mí.


.

Pablo lo sufrió todo por amor a Cristo

De las homilías de san Juan Crisóstomo, obispo

Qué es el hombre, cuán grande su nobleza y cuánta su capacidad de virtud lo podemos colegir sobre todo de la persona de Pablo.

Cada día se levantaba con una mayor elevación y fervor de espíritu y, frente a los peligros que lo acechaban, era cada vez mayor su empuje, como lo atestiguan sus propias palabras: Olvidándome de lo que queda atrás y lanzándome hacia lo que está por delante; y, al presentir la inminencia de su muerte, invitaba a los demás a compartir su gozo, diciendo:

Estad alegres y asociaos a mi alegría; y, al pensar en sus peligros y oprobios, se alegra también, y dice, escribiendo a los corintios: Vivo contento en medio de mis debilidades, de los insultos y de las persecuciones; incluso llama a estas cosas armas de justicia, significando con ello que le sirven de gran provecho.

Y así, en medio de las asechanzas de sus enemigos, habla en tono triunfal de las victorias alcanzadas sobre los ataques de sus perseguidores y, habiendo sufrido en todas partes azotes, injurias y maldiciones, como quien vuelve victorioso de la batalla, colmado de trofeos, da gracias a Dios, diciendo: Doy gracias a Dios, que siempre nos asocia a la victoria de Cristo.

Imbuido de estos senti­mientos, se lanzaba a las contradicciones e injurias, que le acarreaba su predicación, con un ardor superior al que nosotros empleamos en la consecución de los honores, deseando la muerte más que nosotros deseamos la vida, la pobreza más que nosotros la riqueza, y el trabajo mucho más que muchos otros apetecen el descanso que lo sigue.

La única cosa que él temía era ofender a Dios; lo demás le tenía sin cuidado. Por esto mismo, lo único que deseaba era agradar siempre a Dios.

Y, lo que era para él lo más importante de todo, gozaba del amor de Cristo; con esto se consideraba el más dichoso de todos, sin esto le era indiferente asociarse a los poderosos y a los príncipes; prefería ser, con este amor, el último de todos, incluso del número de los condenados, que formar parte, sin él, de los más encumbrados y honorables.

Para él, el tormento más grande y extraordinario era el verse privado de este amor: para él, su privación signific­aba el infierno, el único sufrimiento, el suplicio infinito e intolerable.

Gozar del amor de Cristo representaba para él la vida, el mundo, la compañía de los ángeles, los bienes presentes y ­futuros, el reino, las promesas, el conjunto de todo bien; sin este amor, nada catalogaba como triste o alegre. Las cosas de este mundo no las consideraba, en sí mismas, ni duras ni suaves.

Las realidades presentes las despreciaba como hierba ya podrida. A los mismos gobernantes y al pueblo enfurecido contra él les daba el mismo valor que a un insignificante mosquito.

Consideraba como un juego de niños la muerte y la más variada clase de tormentos y suplicios, con tal de poder sufrir algo por Cristo.


El maná de cada día, 23.1.20

enero 23, 2020

Jueves de la 2ª semana del Tiempo Ordinario

.

Predicaba desde una barca debido a la multitud que lo seguía

.
PRIMERA LECTURA: 1 Samuel 18, 6-9; 19,1-7

Cuando volvieron de la guerra, después de haber matado David al filisteo, las mujeres de todas las poblaciones de Israel salieron a cantar y recibir con bailes al rey Saúl, al son alegre de panderos y sonajas. Y cantaban a coro esta copla: «Saúl mató a mil, David a diez mil.»

A Saúl le sentó mal aquella copla, y comentó enfurecido: «iDiez mil a David, y a mí mil! ¡Ya sólo le falta ser rey!»

Y, a partir de aquel día, Saúl le tomó ojeriza a David. Delante de su hijo Jonatán y de sus ministros, Saúl habló de matar a David.

Jonatán, hijo de Saúl, quería mucho a David y le avisó: «Mi padre Saúl te busca para matarte. Estáte atento mañana y escóndete en sitio seguro; yo saldré e iré al lado de mi padre, al campo donde tú estés; le hablaré de ti y, si saco algo en limpio, te lo comunicaré.»

Así, pues, Jonatán habló a su padre Saúl en favor de David: «¡Que el rey no ofenda a su siervo David! Él no te ha ofendido. Y lo que él hace es en tu provecho: se jugó la vida cuando mató al filisteo, y el Señor dio a Israel una gran victoria; bien que te alegraste al verlo. ¡No vayas a pecar derramando sangre inocente, matando a David sin motivo!»

Saúl hizo caso a Jonatán y juró: «¡Vive Dios, no morirá!»

Jonatán llamó a David y le contó la conversación; luego lo llevó adonde Saúl, y David siguió en palacio como antes.


SALMO 55, 2-3.9-10.11-12.13

En Dios confío y no temo.

Misericordia, Dios mío, que me hostigan, me atacan y me acosan todo el día; todo el día me hostigan mis enemigos, me atacan en masa.

Anota en tu libro mi vida errante, recoge mis lágrimas en tu odre, Dios mío. Que retrocedan mis enemigos cuando te invoco, y así sabré que eres mi Dios.

En Dios, cuya promesa alabo, en el Señor, cuya promesa alabo, en Dios confío y no temo; ¿qué podrá hacerme un hombre?

Te debo, Dios mío, los votos que hice, los cumpliré con acción de gracias.


EVANGELIO: Marcos 3, 7-12

En aquel tiempo, Jesús se retiró con sus discípulos a la orilla del lago, y lo siguió una muchedumbre de Galilea. Al enterarse de las cosas que hacía, acudía mucha gente de Judea, de Jerusalén y de Idumea, de la Transjordania, de las cercanías de Tiro y Sidón.

Encargó a sus discípulos que le tuviesen preparada una lancha, no lo fuera a estrujar el gentío. Como había curado a muchos, todos los que sufrían de algo se le echaban encima para tocarlo.

Cuando lo veían, hasta los espíritus inmundos se postraban ante él, gritando: «Tú eres el Hijo de Dios.»

Pero él les prohibía severamente que lo diesen a conocer.

.

La amistad verdadera es perfecta y constante

Del tratado del beato Elredo, abad, sobre la amistad espiritual
(Libro 3: PL 195, 692-693)

Jonatán, aquel excelente joven, sin atender a su estirpe regia y a su futura sucesión en el trono, hizo un pacto con David y, equiparando el siervo al Señor, precisamente cuando huía de su padre, cuando estaba escondido en el desierto, cuando estaba condenado a muerte, destinado a la ejecución, lo antepuso a sí mismo, abajándose a sí mis­mo y ensalzándolo a él: –le dice– serás el rey, y yo seré tu segundo.

¡Oh preclarísimo espejo de amistad verdadera! ¡Cosa admirable!

El rey estaba enfurecido con su siervo y con­citaba contra él a todo el país, como a un rival de su rei­no; asesina a los sacerdotes, basándose en la sola sospecha de traición; inspecciona los bosques, busca por los valles, asedia con su ejército los montes y peñascos, todos se com­prometen a vengar la indignación regia; sólo Jonatán, el único que podía tener algún motivo de envidia, juzgó que tenía que oponerse a su padre y ayudar a su amigo, acon­sejarlo en tan gran adversidad y, prefiriendo la amistad al reino, le dice: Tú serás el rey, y yo seré tu segundo.

Y fíja­te cómo el padre de este adolescente lo provocaba a envi­dia contra su amigo, agobiándolo con reproches, atemo­rizándolo con amenazas, recordándole que se vería despo­jado del reino y privado de los honores.

Y, habiendo pronunciado Saúl sentencia de muerte contra David, Jonatán no traicionó a su amigo. ¿Por qué va a morir David? ¿Qué ha hecho? Él se jugó la vida cuando mató al filisteo; bien que te alegraste al verlo. ¿Por qué ha de morir?

El rey, fuera de sí al oír estas pala­bras, intenta clavar a Jonatán en la pared con su lanza, llenándolo además de improperios: ¡Hijo de perdida –le dice–, ya sabía yo que estabas confabulado con él, para vergüenza tuya y de tu madre!

Y, a continuación, vomita todo el veneno que llevaba dentro, intentando salpicar con él el pecho del joven, añadiendo aquellas palabras capaces de incitar su ambición, de fomentar su envidia, de provocar su emulación y su amargor: Mien­tras el hijo de Jesé esté vivo sobre la tierra, tu reino no estará seguro.

¿A quién no hubieran impresionado estas palabras? ¿A quién no le hubiesen provocado a envidia? Dichas a cual­quier otro, estas palabras hubiesen corrompido, disminui­do y hecho olvidar el amor, la benevolencia y la amistad.

Pero aquel joven, lleno de amor, no cejó en su amistad, y permaneció fuerte ante las amenazas, paciente ante las injurias, despreciando, por su amistad, el reino, olvidán­dose de los honores, pero no de su benevolencia. Tú, dice, serás el rey, y yo seré tu segundo.

Esta es la verdadera, la perfecta, la estable y constante amistad: la que no se deja corromper por la envidia; la que no se enfría por las sospechas; la que no se disuelve por la ambición; la que, puesta a prueba de esta manera, no cede; la que, a pesar de tantos golpes, no cae; la que, batida por tantas injurias, se muestra inflexible; la que provocada por tantos ultrajes, permanece inmóvil.

Anda, pues, haz tú lo mismo.


El maná de cada día, 20.1.20

enero 20, 2020

Lunes de la 2ª semana del Tiempo Ordinario

.

peru-potato-flowers

La obediencia cristiana es docilidad a la Palabra de Dios



PRIMERA LECTURA: 1 Samuel 15, 16-23

En aquellos días, Samuel dijo a Saúl: «Déjame que te cuente lo que el Señor me ha dicho esta noche.» Contestó Saúl: «Dímelo.»

Samuel dijo: «Aunque te creas pequeño, eres la cabeza de las tribus de Israel, porque el Señor te ha nombrado rey de Israel. El Señor te envió a esta campaña con orden de exterminar a esos pecadores amalecitas, combatiendo hasta acabar con ellos. ¿Por qué no has obedecido al Señor? ¿Por qué has echado mano a los despojos, haciendo lo que el Señor reprueba?»

Saúl replicó: «¡Pero si he obedecido al Señor! He hecho la campaña a la que me envió, he traído a Agag, rey de Amalec, y he exterminado a los amalecitas. Si la tropa tomó del botín ovejas y vacas, lo mejor de lo destinado al exterminio, lo hizo para ofrecérselas en sacrificio al Señor, tu Dios, en Guilgal.»

Samuel contestó: «¿Quiere el Señor sacrificios y holocaustos, o quiere que obedezcan al Señor? Obedecer vale más que un sacrificio; ser dócil, más que la grasa de carneros. Pecado de adivinos es la rebeldía, crimen de idolatría es la obstinación. Por haber rechazado al Señor, el Señor te rechaza como rey.»



SALMO 49, 8-9.16bc-17.21.23

Al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios.

«No te reprocho tus sacrificios, pues siempre están tus holocaustos ante mí. Pero no aceptaré un becerro de tu casa, ni un cabrito de tus rebaños.»

«¿Por qué recitas mis preceptos y tienes siempre en la boca mi alianza, tú que detestas mi enseñanza y te echas a la espalda mis mandatos?»

«Esto haces, ¿y me voy a callar? ¿Crees que soy como tú? Te acusaré, te lo echaré en cara. El que me ofrece acción de gracias, ése me honra; al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios.»


Aclamación antes del Evangelio: Hb 4, 12

La palabra de Dios es viva y eficaz; juzga los deseos e intenciones del corazón.


EVANGELIO: Marcos 2, 18-22

En aquel tiempo, los discípulos de Juan y los fariseos estaban de ayuno. Vinieron unos y le preguntaron a Jesús: «Los discípulos de Juan y los discípulos de los fariseos ayunan. ¿Por qué los tuyos no?»

Jesús les contestó: «¿Es que pueden ayunar los amigos del novio, mientras el novio está con ellos? Mientras tienen al novio con ellos, no pueden ayunar. Llegará un día en que se lleven al novio; aquel día sí que ayunarán.

Nadie le echa un remiendo de paño sin remojar a un manto pasado; porque la pieza tira del manto, lo nuevo de lo viejo, y deja un roto peor. Nadie echa vino nuevo en odres viejos; porque revienta los odres, y se pierden el vino y los odres; a vino nuevo, odres nuevos.»

 

.EL DIOS DE LAS SORPRESAS

Papa Francisco en Casa Santa Marta
Lunes 20 de enero de 2014

Discernimiento y docilidad: dos palabras que describen la actitud precisa para vivir la libertad de la Palabra de Dios, rompiendo esquemas y hábitos con la capacidad de adaptarse a las continuas sorpresas y a la novedad. Es ésta la reflexión que propuso el Papa Francisco en la misa del lunes 20 de enero.

Como es costumbre, el Pontífice centró su meditación en las lecturas propuestas por la liturgia —el pasaje tomado del primer libro de Samuel (15, 16-23) y el texto evangélico de Marcos (2, 18-22)— que ayudan a «reflexionar sobre la Palabra de Dios» y sobre «nuestra actitud ante la Palabra de Dios».

Y la Palabra de Dios «es viva y eficaz, juzga los deseos e intenciones del corazón», explicó el Papa citando la Carta a los Hebreos (4, 12-13). En efecto, «la Palabra de Dios viene a nosotros e ilumina incluso el estado de nuestro corazón, de nuestra alma»: en una palabra, «discierne».

Y precisamente las dos lecturas —dijo— «nos hablan de esta actitud que debemos tener» ante la «Palabra de Dios: la docilidad». Se trata, afirmó, de «ser dóciles a la Palabra de Dios. La Palabra de Dio es viva. Por ello viene y dice lo que quiere decir: no lo que yo espero que diga o lo que yo confío que diga o lo que yo quiero que diga».

La Palabra de Dios «es libre». Y es «también sorpresa, porque nuestro Dios es el Dios de las sorpresas: viene y hace siempre nuevas las cosas. Es novedad. El Evangelio es novedad. La revelación es novedad».

«Nuestro Dios —continuó el Pontífice— es un Dios que siempre hace nuevas las cosas. Y nos pide esta docilidad a su novedad». Precisamente en el pasaje evangélico «Jesús es claro en esto, es muy claro: vino nuevo en odres nuevos». Así, «Dios debe ser recibido con esta apertura a la novedad». Y esta actitud «se llama docilidad».

De aquí la invitación a plantearse algunas preguntas: «¿Soy dócil a la Palabra de Dios o hago siempre lo que yo creo que es la Palabra de Dios? ¿O hago pasar la Palabra de Dios por un alambique y al final es otra cosa de aquello que Dios quiere hacer?».

Pero, advirtió el Papa, «si yo hago esto termino como un remiendo de paño sin remojar en un vestido viejo» del que habla el Evangelio. «Y la rotura llega a ser peor: si hago esto me convierto en algo peor».

«Adecuarse a la Palabra de Dios para poder recibirla» requiere, por lo tanto, «una actitud ascética», explicó el Pontífice presentando un ejemplo concreto: «si el aparato» eléctrico «que tengo no funciona» es necesario «un adaptador».

Lo mismo, dijo, debemos hacer nosotros: «adaptarnos siempre, adecuarnos a esta novedad de la Palabra de Dios». En esencia, «estar abiertos a la novedad».

En su reflexión, el Papa volvió al pasaje del primer libro de Samuel. «Saúl, elegido por Dios, ungido por Dios, había olvidado —destacó— que Dios es sorpresa y novedad. Se había cerrado en sus pensamientos, en sus esquemas. Y así razonó humanamente. El Señor le había dicho: entrega a todos al exterminio».

Pero «la costumbre», explicó el Pontífice, «cuando uno vencía, era la de tomar el botín» para dividirlo; «y con parte del botín se hacía el sacrificio» a Dios.

Por lo tanto, Saúl destinó algunos animales hermosos para el Señor: «razonó con su pensamiento, con su corazón, cerrado en las costumbres. Y Dios, nuestro Dios, no es un Dios de las costumbres, es un Dios de las sorpresas».

Así Saúl «no obedeció a la Palabra de Dios, no fue dócil a la Palabra de Dios». Samuel, se lee en la Escritura, le «reprende por esto» diciendo: «¿Le complacen al Señor los sacrificios y holocaustos tanto como obedecer su voz?».

Así, Samuel «le hace saber que no obedeció: no se comportó como siervo, se comportó como señor. Él se adueñó de la Palabra de Dios. Dice una vez más Samuel: “La obediencia vale más que el sacrificio, y la docilidad, más que la grasa de carneros”».

Y luego, continuó el Papa, «la Palabra de Dios va más adelante, a través de Samuel. La rebelión —no obedecer a la Palabra de Dios— “es pecado de adivinación”, pecado de magia. Y la obstinación, la no docilidad —hacer lo que tú quieres y no lo que Dios quiere— es pecado de idolatría.

Las palabras de Samuel «nos hacen pensar en qué consiste la libertad cristiana, en qué consiste la obediencia cristiana», dijo el Papa.

«La libertad cristiana y la obediencia cristiana es docilidad a la Palabra de Dios; es tener ese valor de llegar a ser odres nuevos para este vino nuevo que llega continuamente. Este valor de discernir siempre, discernir siempre —y no relativizar— lo que hace el Espíritu en mi corazón, qué quiere el Espíritu en mi corazón… Y obedecer».

Y concluyó con las dos palabras clave de su meditación, «discernir y obedecer», y con una oración: «Pidamos hoy la gracia de la docilidad a la Palabra de Dios, a esta Palabra que es viva y eficaz, que discierne los sentimientos y pensamientos del corazón».

http://www.vatican.va


El maná de cada día, 18.1.20

enero 18, 2020

Sábado de la 1ª semana del Tiempo Ordinario


18 de enero de 2020
Inicio del Octavario de oración por la unidad de los cristianos


15_94_93---Leaves_webpeq

No necesitan de médico los sanos sino los enfermos



PRIMERA LECTURA: 1 Samuel 9, 1-4.17-19; 10,1a

Había un hombre de Loma de Benjamín, llamado Quis, hijo de Abiel, hijo de Seror, hijo de Becorá, hijo de Afiaj, benjaminita, de buena posición. Tenía un hijo que se llamaba Saúl, un mozo bien plantado; era el israelita más alto: sobresalía por encima de todos, de los hombros arriba.

A su padre Quis se le habían extraviado unas burras; y dijo a su hijo Saúl: «Llévate a uno de los criados y vete a buscar las burras.»

Cruzaron la serranía de Efraín y atravesaron la comarca de Salisá, pero no las encontraron. Atravesaron la comarca de Saalín, y nada. Atravesaron la comarca de Benjamin, y tampoco.

Cuando Samuel vio a Saúl, el Señor le avisó: «Ése es el hombre de quien te hablé; ése regirá a mi pueblo.»

Saúl se acercó a Samuel en medio de la entrada y le dijo: «Haz el favor de decirme dónde está la casa del vidente.»

Samuel le respondió: «Yo soy el vidente. Sube delante de mí al altozano; hoy coméis conmigo, y mañana te dejaré marchar y te diré todo lo que piensas.»

Tomó la aceitera, derramó aceite sobre la cabeza de Saúl y lo besó, diciendo: «El Señor te unge como jefe de su heredad. Tú regirás al pueblo del Señor y lo librarás de la mano de los enemigos que lo rodean.»


SALMO 20, 2-3.4-5.6-7

Señor, el rey se alegra por tu fuerza.

Señor, el rey se alegra por tu fuerza, ¡y cuánto goza con tu victoria! Le has concedido el deseo de su corazón, no le has negado lo que pedían sus labios.

Te adelantaste a bendecirlo con el éxito, y has puesto en su cabeza una corona de oro fino. Te pidió vida, y se la has concedido, años que se prolongan sin término.

Tu victoria ha engrandecido su fama, lo has vestido de honor y majestad. Le concedes bendiciones incesantes, lo colmas de gozo en tu presencia.


Aclamación antes del Evangelio: Lc 4, 18

El Señor me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad.


18 de enero de 2018
Inicio del Octavario de oración por la unidad de los cristianos


EVANGELIO: Marcos 2, 13-17

En aquel tiempo, Jesús salió de nuevo a la orilla del lago; la gente acudía a él, y les enseñaba.

Al pasar, vio a Leví, el de Alfeo, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: «Sígueme.»

Se levantó y lo siguió. Estando Jesús a la mesa en su casa, de entre los muchos que lo seguían un grupo de publicanos y pecadores se sentaron con Jesús y sus discípulos.

Algunos escribas fariseos, al ver que comía con publicanos y pecadores, les dijeron a los discípulos: «¡De modo que come con publicanos y pecadores!»

Jesús lo oyó y les dijo: «No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores.»
.

Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, 18-25 enero 2020

La Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, recuerdan los obispos de la Comisión Episcopal de Relaciones Interconfesionales en su mensaje, “es ocasión propicia para que conozcamos mejor el diálogo de la Iglesia católica con las Iglesias y Comunidades eclesiales sobre la doctrina de la fe, llevado adelante con gran esfuerzo y dedicación”

Introducción

Desde aquellas palabras de Jesús, recogidas en el Evangelio de San Juan e integradas en la llamada «oración sacerdotal», nunca en la Iglesia se ha dejado de orar por la unidad. El texto evangélico dice: «Padre, te ruego por ellos, para que sean uno, como tú y yo somos uno, para que el mundo crea» (Jn 17, 21).

Todas las liturgias antiguas, tanto orientales como occidentales, poseen bellas oraciones que repiten, a su manera, aquella oración del Señor Jesús poco antes de padecer.

Pero cuando las polémicas y enfrentamientos se consuma-ron y dividieron el cristianismo en Iglesias enfrentadas, la urgencia por la vuelta a la unidad visible se hizo un grito —desgraciadamente no un clamor— y aquella oración de Getsemaní se convirtió en una necesidad sentida por los mejores espíritus de cada una de las comunidades separadas.

Existe una larga tradición en las Iglesias cristianas de orar por la unidad. Los textos litúrgicos de las comunidades católicas, ortodoxas, anglicanas y protestantes poseen hermosas plegarias para pedir al Espíritu preservar o devolver —según los casos— la unidad de la Iglesia.

Pero además de las expresiones litúrgicas oficiales por la unidad, apareció muy pronto entre los cristianos divididos una orientación marcadamente ecuménica que ponía todo el énfasis en la plegaria por la unidad de las Iglesias divididas —en plural— que, sin menoscabo de la tarea doctrinal, se dio cuenta de que el camino real hacia la plenitud de la unidad pasaba por la convergencia y concordia de corazones en la plegaria común compartida por todos.

Si las Iglesias han tenido bien definidas siempre sus fronteras por ortodoxias y por reglamentaciones jurídicas, los pioneros del ecumenismo encontraron muy pronto legítimos caminos para trascender barreras que parecían infranqueables.

La plegaria común aparece así como el pasaporte válido para sentir la unidad al menos en una tensión dialéctica: la oración compartida permite sentirse ya unidos en el Señor de todos, aunque todavía no sea posible la proclamación de pertenencia plena a una comunidad eclesial unida.

El Vaticano II, en el Decreto de Ecumenismo, afirmará solemnemente: «La conversión de corazón y santidad de vida, juntamente con las oraciones privadas y públicas por la unidad de los cristianos, han de considerarse como el alma de todo el movimiento ecuménico, y con razón puede llamarse ecumenismo espiritual (UR 8). […]

¿Todavía es necesaria la semana de oración por la unidad de los cristianos?

Recordamos el esplendor que acompañaba las celebraciones ecuménicas, durante el mes de enero, de aquellas Semanas de Oración por la Unidad y que congregaban a fieles de todas las denominaciones cristianas. Templos abarrotados, cambio de predicadores: el pastor protestante predicando en la parroquia católica, el párroco católico actuando en el templo evangélico.

Gentes entusiasmadas. Eran los años inmediatos al Concilio. Cuando «lo ecuménico», al menos para muchos católicos, era una feliz novedad y un descubrimiento sorprendente.

Habían pasado aquellos primeros tiempos, tiempos audaces, en que el «Centro Unidad Cristiana» de Lyón había comenzado a preparar el tema para la Semana en colaboración con la Comisión «Fe y Constitución», del Consejo Ecuménico de las Iglesias (Ginebra). Colaboración estrecha que se re-monta a 1958.

Después, el Vaticano II corroboraría totalmente tales iniciativas llamando a la oración «alma del movimiento ecuménico» (UR 8) y el Secretariado para la Unidad —hoy Consejo Pontificio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos— comenzaba a trabajar conjuntamente con «Fe y Constitución» (1968) a la hora de preparar no ya sólo los temas, sino los textos de la Semana de cada año.

La Semana ha contado con predicadores insignes. Incluso cuando todavía no había adquirido la tradición que más tarde tomaría, hombres como el dominico Yves Congar desarrollaron en los años treinta una intensa actividad en el terreno del ecumenismo espiritual —predicando en numerosas ciudades francesas durante la Semana—, aunando la espiritualidad y la doctrina teológica del ecumenismo.

¿Qué ha pasado hoy cuando la Semana de Oración parece que ha perdido el interés que despertara en decenios anteriores?

La pregunta debería hacer pensar sobre lo que es y no es esa Semana en la que tantas esperanzas se han puesto. No es, ciertamente, una devoción más: No trata de temas accidentales sobre los que discrepar o pasar de ellos. Es, por el contrario, un tiempo fuerte —no un tiempo litúrgico— en el que aspectos fundamentales de la Iglesia se ponen delante del Señor para que se realice visiblemente lo que él pidió al Padre con tanta insistencia en la oración sacerdotal.

La Semana de Oración es el momento en el que la obediencia que las Iglesias deben a Cristo respecto a ser uno «para que el mundo crea» se hace plegaria humilde y esperanzada. La espiritualidad de la Semana hace que la tarea (lo que los cristianos y sus Iglesias deben trabajar en orden a la restauración de la unidad) se ponga bajo la perspectiva del don (sabiendo que la unidad finalmente es más don divino que realización humana).

Se sabe que la cuestión ecuménica, suscitada por la división de los cristianos en cuanto desobediencia a la voluntad de Cristo, puede ser considerada además como problema y como misterio.

El problema exige siempre la investigación, el análisis arduo, el método correcto, el planteamiento acertado. En esa tarea radica lo que se ha dado en llamar el ecumenismo doctrinal. Los grupos mixtos de diálogo teológico de las diferentes Iglesias llevan ya un largo trecho recorrido, muy arduo, pero lleno de esperanzas y con resultados tangibles como es, por ejemplo, la Declaración Conjunta Luterano-Católica sobre la Doctrina de la Justificación por la Fe (octubre 1999).

Los responsables directos del problema ecuménico, considerado como lo hemos planteado, son, en general, los jerarcas y los teólogos de las Iglesias.

En cambio, el misterio de la desunión cristiana invita sobre todo a la comunión, a la entrada en él por medio de la actitud de apertura confiada para dejarse impregnar por quien nos trasciende a todos. Y en este terreno, en el del misterio, los responsables son todos los cristianos, todo el pueblo de Dios, que intuye que por medios humanos la unidad parece inalcanzable. Por eso se abre a la plegaria y se deja llevar por el Espíritu que sopla donde quiere y dirige a todos hacia donde quiere. […]

Estructura de la semana de oración

En realidad la Semana de Oración ofrece muchas posibilidades de celebración. La rigidez estaría reñida con el espíritu que se desea vivir en esos ocho días.

Los textos bíblicos, los esquemas celebrativos, los cantos, las liturgias, etc., preparados con antelación por un equipo mixto, nombrado por el Consejo Ecuménico de las Iglesias y por el Pontificio Consejo para la Unidad de los Cristianos, alcanzan su razón de ser cuando llegan a celebrarse a niveles locales, ya sean parroquiales, en comunidades religiosas, o en reuniones menos formales, pero donde varios cristianos han decidido celebrarla.

Su celebración, normalmente en hora vespertina y siempre que sea posible de manera interconfesional, adquiere especial relieve y significatividad cuando existe intercambio de predicadores. Pero de cualquier manera pueden y deben celebrarse durante los ocho días también en lugares donde, por diferentes razones, no hay contexto interconfesional, como son las comunidades contemplativas, las parroquias en cuya demarcación no hay centros de otras confesiones, ciertos colegios privados…

Los esquemas preparados por los equipos mixtos suelen tener un sentido bíblico no solamente en sus textos, sino también en las plegarias, en los cantos y en las oraciones. La predicación suele unir la intención propia del tema global con las lecturas bíblicas proclamadas, y con frecuencia las colectas recogidas se destinan a proyectos ecuménicos locales, o bien a paliar necesidades básicas de los más pobres.

En la Iglesia católica, los días de la Semana son muy propicios para que se celebre, cuando la reglamentación litúrgica lo permite, la misa votiva por la unidad. Y a veces se recomienda que se tengan, en el arco de los días que van del 18 al 25 de enero, además de los servicios de oración que constituyen el núcleo de la Semana, algunos actos de tipo académico -conferencias, exposiciones bíblicas o ecuménicas, etc.- que fomenten el deseo de unidad visible de todos los cristianos.

Es bien sabido que cada año, desde 1968, las Semanas de la Unidad tienen un «tema -siempre un versículo bíblico- y unos esquemas elaborados en colaboración entre la Comisión «Fe y Constitución», del «Consejo Ecuménico de las Iglesias» y el «Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos», cuyas reuniones preparatorias tienen lugar en distintas ciudades del mundo.

Fr. Juan Bosch O.P.

«Nos mostraron una humanidad poco común» (Cf. Hch 28, 2), es el lema de la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, que se celebra del 18 al 25 de enero de 2020.

Puede encontrar los materiales en la página de la Conferencia Episcopal Española

Texto tomado de: Martínez Puche, José A. (director),
Colección Nuevo Año Cristiano de EDIBESA.

https://www.dominicos.org/predicacion/evangelio-del-dia/18-1-2020/semana-de-oracion-por-la-unidad-de-los-cristianos/

NOTA: Los subrayados con negrita en el texto son míos. 


El maná de cada día, 17.1.20

enero 17, 2020

Viernes de la 1ª semana del Tiempo Ordinario

.

Se quedaron atónitos y daban gloria a Dios

Levántate, coge tu camilla y vete a tu casa

 

PRIMERA LECTURA: 1 Samuel 8, 4-7.10-22a

En aquellos días, los ancianos de Israel se reunieron y fueron a entrevistarse con Samuel en Ramá.

Le dijeron: «Mira, tú eres ya viejo, y tus hijos no se comportan como tú. Nómbranos un rey que nos gobierne, como se hace en todas las naciones.»

A Samuel le disgustó que le pidieran ser gobernados por un rey, y se puso a orar al Señor. El Señor le respondió: «Haz caso al pueblo en todo lo que te pidan. No te rechazan a ti, sino a mí; no me quieren por rey.»

Samuel comunicó la palabra del Señor a la gente que le pedía un rey:

«Éstos son los derechos del rey que os regirá: a vuestros hijos los llevará para enrolarlos en sus destacamentos de carros y caballería, y para que vayan delante de su carroza; los empleará como jefes y oficiales en su ejército, como aradores de sus campos y segadores de su cosecha, como fabricantes de armamento y de pertrechos para sus carros.

A vuestras hijas se las llevará como perfumistas, cocineras y reposteras. Vuestros campos, viñas y los mejores olivares os los quitará para dárselos a sus ministros. De vuestro grano y vuestras viñas os exigirá diezmos, para dárselos a sus funcionarios y ministros. A vuestros criados y criadas, vuestros mejores burros y bueyes, se los llevará para usarlos en su hacienda. De vuestros rebaños os exigirá diezmos.

Y vosotros mismos seréis sus esclavos. Entonces gritaréis contra el rey que os elegisteis, pero Dios no os responderá.»

El pueblo no quiso hacer caso a Samuel, e insistió: «No importa. ¡Queremos un rey! Así seremos nosotros como los demás pueblos. Que nuestro rey nos gobierne y salga al frente de nosotros a luchar en la guerra.»

Samuel oyó lo que pedía el pueblo y se lo comunicó al Señor.

El Señor le respondió: «Hazles caso y nómbrales un rey.»


SALMO 88, 16-17.18-19

Cantaré eternamente tus misericordias, Señor.

Dichoso el pueblo que sabe aclamarte: caminará, oh Señor, a la luz de tu rostro; tu nombre es su gozo cada día, tu justicia es su orgullo.

Porque tú eres su honor y su fuerza, y con tu favor realzas nuestro poder. Porque el Señor es nuestro escudo y el Santo de Israel nuestro rey.

 

Aclamación antes del Evangelio: Lc 7, 16

Un gran Profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo.


EVANGELIO: Marcos 2, 1-12

Cuando a los pocos días volvió Jesús a Cafarnaún, se supo que estaba en casa. Acudieron tantos que no quedaba sitio ni a la puerta. Él les proponía la palabra. Llegaron cuatro llevando un paralítico y, como no podían meterlo por el gentío, levantaron unas tejas encima de donde estaba Jesús, abrieron un boquete y descolgaron la camilla con el paralítico.

Viendo Jesús la fe que tenían, le dijo al paralítico: «Hijo, tus pecados quedan perdonados.»

Unos escribas, que estaban allí sentados, pensaban para sus adentros: «Por qué habla éste así? Blasfema. ¿Quién puede perdonar pecados, fuera de Dios?»

Jesús se dio cuenta de lo que pensaban y les dijo: «¿Por qué pensáis eso? ¿Qué es más fácil: decirle al paralítico “tus pecados quedan perdonados” o decirle “levántate, coge la camilla y echa a andar”? Pues, para que veáis que el Hijo del hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados…»

Entonces le dijo al paralítico: «Contigo hablo: Levántate, coge tu camilla y vete a tu casa.»

Se levantó inmediatamente, cogió la camilla y salió a la vista de todos. Se quedaron atónitos y daban gloria a Dios, diciendo: «Nunca hemos visto una cosa igual.».

 

LA FE DE LOS SILENCIOSOS

Hay en el Evangelio muchos personajes que pasan desapercibidos por su aparente insignificancia:

  • Aquel desconocido muchacho, perdido entre la multitud, que llevaba en su zurrón cinco panes y dos peces, ese poco que el Señor necesitaba en ese momento para hacer el portentoso signo de la multiplicación de los panes.
  • Aquel hombre cargado con su cántaro de agua, que los discípulos encontraron a la entrada de Jerusalén y que les llevó hasta el dueño del Cenáculo donde había de celebrarse la Última Cena.
  • Los niños que, jugueteando con alboroto por allí cerca, fueron puestos como modelo y ejemplo ante la mirada atónita y sorprendida de sus discípulos.
  • Los amigos del paralítico que, por conseguir su curación, fueron capaces de subirle al tejado, hacer un boquete y descolgarlo con esfuerzo, ante la espectacular sorpresa de tantos fariseos y maestros de la Ley que escuchaban al Señor.
  • Los cambistas y vendedores de palomas que, como todos los días, intentaban hacer su pequeño negocio con el turismo religioso del Templo.
  • Las mujeres que acompañaron con sus lágrimas y lamentos el camino de Jesús hacia el Calvario. El hortelano a quien María Magdalena echó la culpa de que se hubieran llevado del sepulcro al Señor.
  • Las multitudes aún más anónimas que siguieron al Señor y de las que el Evangelio no ha recogido detalle alguno.

La Iglesia, como el Evangelio, se apoya en esas entregas ocultas y escondidas, incontables, que sólo la mirada del Padre conoce.

Cuánta contemplación callada, cuánto escondimiento hay detrás de los milagros de Jesús, de sus predicaciones, de su pasión, de su Cruz.

Cuánta fecundidad apostólica tiene esa fe silenciosa que acompaña al Señor en lo pequeño y ordinario del día a día y en ese sitio que pasa desapercibido a los ojos de todos.

www.mater-dei.es


El maná de cada día, 16.1.20

enero 16, 2020

Jueves de la 1ª semana del Tiempo Ordinario

.

leproso-curado

Quiero, queda limpio



PRIMERA LECTURA: 1 Samuel 4, 1-11

En aquellos días, se reunieron los filisteos para atacar a Israel. Los israelitas salieron a enfrentarse con ellos y acamparon junto a Piedrayuda, mientras que los filisteos acampaban en El Cerco.

Los filisteos formaron en orden de batalla frente a Israel. Entablada la lucha, Israel fue derrotado por los filisteos; de sus filas murieron en el campo unos cuatro mil hombres.

La tropa volvió al campamento, y los ancianos de Israel deliberaron: «¿Por qué el Señor nos ha hecho sufrir hoy una derrota a manos de los filisteos? Vamos a Siló, a traer el arca de la alianza del Señor, para que esté entre nosotros y nos salve del poder enemigo.»

Mandaron gente a Siló, a por el arca de la alianza del Señor de los ejércitos, entronizado sobre querubines. Los dos hijos de Elí, Jofní y Fineés, fueron con el arca de la alianza de Dios. Cuando el arca de la alianza del Señor llegó al campamento, todo Israel lanzó a pleno pulmón el alarido de guerra, y la tierra retembló.

Al oír los filisteos el estruendo del alarido, se preguntaron: «¿Qué significa ese alarido que retumba en el campamento hebreo?»

Entonces se enteraron de que el arca del Señor había llegado al campamento y, muertos de miedo, decían:

«¡Ha llegado su Dios al campamento! ¡Ay de nosotros! Es la primera vez que nos pasa esto. ¡Ay de nosotros! ¿Quién nos librará de la mano de esos dioses poderosos, los dioses que hirieron a Egipto con toda clase de calamidades y epidemias? ¡Valor, filisteos! Sed hombres, y no seréis esclavos de los hebreos, como lo han sido ellos de nosotros. ¡Sed hombres, y al ataque!»

Los filisteos se lanzaron a la lucha y derrotaron a los israelitas, que huyeron a la desbandada. Fue una derrota tremenda: cayeron treinta mil de la infantería israelita. El arca de Dios fue capturada, y los dos hijos de Elí, Jofní y Fineés, murieron.


SALMO 43, 10-11.14-15.24-25

Redímenos, Señor, por tu misericordia.

Ahora nos rechazas y nos avergüenzas, y ya no sales, Señor, con nuestras tropas: nos haces retroceder ante el enemigo, y nuestro adversario nos saquea.

Nos haces el escarnio de nuestros vecinos, irrisión y burla de los que nos rodean; nos has hecho el refrán de los gentiles, nos hacen muecas las naciones.

Despierta, Señor, ¿por qué duermes? Levántate, no nos rechaces más. ¿Por qué nos escondes tu rostro y olvidas nuestra desgracia y opresión?


Aclamación antes den Evangelio: Mt 4, 23

Jesús proclamaba el Evangelio del reino, curando las dolencias del pueblo.


EVANGELIO: Marcos 1, 40-45

En aquel tiempo, se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: «Si quieres, puedes limpiarme.»

Sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó, diciendo: «Quiero: queda limpio.» La lepra se le quitó inmediatamente, y quedó limpio.

Él lo despidió, encargándole severamente: «No se lo digas a nadie; pero, para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés.»

Pero, cuando se fue, empezó a divulgar el hecho con grandes ponderaciones, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en descampado; y aun así acudían a él de todas partes.


.

QUEDA LIMPIO

S.S. Benedicto XVI. Ángelus del 15 de febrero de 2009

El evangelista san Marcos ha ofrecido a nuestra reflexión una secuencia de varias curaciones milagrosas. Hoy nos presenta una muy singular, la de un leproso sanado (cf. Mc 1, 40-45), que se acercó a Jesús y, de rodillas, le suplicó: “Si quieres, puedes limpiarme”.

Él, compadecido, extendió la mano, lo tocó y le dijo: “Quiero: queda limpio”. Al instante se verificó la curación de aquel hombre, al que Jesús pidió que no revelara lo sucedido y se presentara a los sacerdotes para ofrecer el sacrificio prescrito por la ley de Moisés.

Aquel leproso curado, en cambio, no logró guardar silencio; más aún, proclamó a todos lo que le había sucedido, de modo que, como refiere el evangelista, era cada vez mayor el número de enfermos que acudían a Jesús de todas partes, hasta el punto de obligarlo a quedarse fuera de las ciudades para que la gente no lo asediara.

Jesús le dijo al leproso: “Queda limpio”. Según la antigua ley judía (cf. Lv 13-14), la lepra no sólo era considerada una enfermedad, sino la más grave forma de “impureza” ritual. Correspondía a los sacerdotes diagnosticarla y declarar impuro al enfermo, el cual debía ser alejado de la comunidad y estar fuera de los poblados, hasta su posible curación bien certificada. Por eso, la lepra constituía una suerte de muerte religiosa y civil, y su curación una especie de resurrección.

En la lepra se puede vislumbrar un símbolo del pecado, que es la verdadera impureza del corazón, capaz de alejarnos de Dios. En efecto, no es la enfermedad física de la lepra lo que nos separa de él, como preveían las antiguas normas, sino la culpa, el mal espiritual y moral.

Por eso el salmista exclama: “Dichoso el que está absuelto de su culpa, a quien le han sepultado su pecado”. Y después, dirigiéndose a Dios, añade: “Había pecado, lo reconocí, no te encubrí mi delito; propuse: “Confesaré al Señor mi culpa”, y tú perdonaste mi culpa y mi pecado” (Sal 32, 1.5).

Los pecados que cometemos nos alejan de Dios y, si no se confiesan humildemente, confiando en la misericordia divina, llegan incluso a producir la muerte del alma. Así pues, este milagro reviste un fuerte valor simbólico.

Como había profetizado Isaías, Jesús es el Siervo del Señor que “cargó con nuestros sufrimientos y soportó nuestros dolores” (Is 53, 4). En su pasión llegó a ser como un leproso, hecho impuro por nuestros pecados, separado de Dios: todo esto lo hizo por amor, para obtenernos la reconciliación, el perdón y la salvación.

En el sacramento de la Penitencia Cristo crucificado y resucitado, mediante sus ministros, nos purifica con su misericordia infinita, nos restituye la comunión con el Padre celestial y con los hermanos, y nos da su amor, su alegría y su paz.

Queridos hermanos y hermanas, invoquemos a la Virgen María, a quien Dios preservó de toda mancha de pecado, para que nos ayude a evitar el pecado y a acudir con frecuencia al sacramento de la Confesión, el sacramento del perdón, cuyo valor e importancia para nuestra vida cristiana hoy debemos redescubrir aún más.

www.vatican.va


El maná de cada día, 11.1.20

enero 11, 2020

11 de Enero. Feria después de Epifanía

.

Manos al cielo

Dios nos ha dado vida eterna, y esta vida está en su Hijo.



PRIMERA LECTURA: 1 Juan 5, 5-13

¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?

Éste es el que vino con agua y con sangre: Jesucristo.

No sólo con agua, sino con agua y con sangre; y el Espíritu es quien da testimonio, porque el Espíritu es la verdad.

Porque tres son los testigos: el Espíritu, el agua y la sangre, y los tres están de acuerdo.

Si aceptamos el testimonio humano, más fuerza tiene el testimonio de Dios.

Éste es el testimonio de Dios, un testimonio acerca de su Hijo.

El que cree en el Hijo de Dios tiene dentro el testimonio.

Quien no cree a Dios le hace mentiroso, porque no ha creído en el testimonio que Dios ha dado acerca de su Hijo.

Y éste es el testimonio: Dios nos ha dado vida eterna, y esta vida está en su Hijo.

Quien tiene al Hijo tiene la vida, quien no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida.

Os he escrito estas cosas a los que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que os deis cuenta de que tenéis vida eterna.


SALMO 147,12-13.14-15.19-20

Glorifica al Señor, Jerusalén.

Glorifica al Señor, Jerusalén; alaba a tu Dios, Sión: que ha reforzado los cerrojos de tus puertas, y ha bendecido a tus hijos dentro de ti.

Ha puesto paz en tus fronteras, te sacia con flor de harina. Él envía su mensaje a la tierra, y su palabra corre veloz.

Anuncia su palabra a Jacob, sus decretos y mandatos a Israel; con ninguna nación obró así, ni les dio a conocer sus mandatos.


Aclamación antes del Evangelio: Mt 4, 23

Jesús proclamaba el Evangelio del reino, curando las dolencias del pueblo.



EVANGELIO: Lucas 5, 12-16

Una vez, estando Jesús en un pueblo, se presentó un hombre lleno de lepra; al ver a Jesús cayó rostro a tierra y le suplicó: «Señor, si quieres puedes limpiarme.»

Y Jesús extendió la mano y lo tocó diciendo: «Quiero, queda limpio.» Y en seguida le dejó la lepra.

Jesús le recomendó que no lo dijera a nadie, y añadió: «Ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés para que les conste.»

Se hablaba de él cada vez más, y acudía mucha gente a oírle y a que los curara de sus enfermedades. Pero él solía retirarse a despoblado para orar.
.

CIERRA EL PARAGUAS

Cuando llueve, llueve para todos, pero sólo se moja el que no abre su paraguas. Así es también la acción de la gracia: disponible para todos, pero eficaz en aquel que sabe y quiere poner los medios.

Dios no niega a nadie sus dones; somos nosotros quienes ponemos obstáculos a la acción de Dios. Y, para anestesiar cualquier remordimiento de conciencia, disfrazamos esos obstáculos de buenas excusas y piadosos motivos, muy razonables y justos, que, además, intentamos explicar buenamente a los demás.

No te engañes: Dios no te hará santo si tú no quieres; no te cambiará el corazón si tú no le dejas; nunca forzará tu libertad si tú no se la entregas. Tampoco un padre obliga a su hijo a amarle.

Has de querer cambiar tus defectos de carácter, tu pereza para las cosas de Dios, tu inconstancia para el compromiso, tu falta de voluntad para cumplir tus propósitos, tu indolencia para acabar con tus faltas de omisión, tu negligencia y desgana para orar. Cierra todos esos paraguas con los que ahogas la vida divina en tu alma, porque, si quieres, puedes.

Piensa que muchos contemporáneos oyeron hablar de Jesús, le vieron pasar a su lado, le escucharon en alguna de aquellas predicaciones e incluso vieron algunos de sus milagros. Y, sin embargo, sabemos por los evangelios que sólo unos pocos dejaron todo para seguirle y sólo fueron curados aquellos que se lo pidieron.

Empéñate a fondo en vivir con coherencia y seriedad tu vida cristiana si no quieres reducir tu cristianismo a un manual de buenas costumbres o a un formal protocolo social. Déjate empapar, a través de los sacramentos, de la abundancia y la plenitud de ese Dios que tanto desea entrar en tu alma. Verás con que suavidad y eficacia se va realizando en tu vida esa obra grandiosa de tu conversión interior.

Mater Dei


A %d blogueros les gusta esto: