Maná y Vivencias Pascuales (36), 21.5.17

mayo 20, 2017

Domingo VI de Pascua, Ciclo A

Comienza el mini-adviento del Espíritu Santo: Así como nos preparamos para la venida de Jesús en la Navidad con el Adviento, de manera análoga en estas dos semanas nos preparamos para la venida del Espíritu Santo. En este domingo Cristo nos promete el Espíritu y en el siguiente asciende al cielo dejando campo libre al Espíritu Santo. De esta manera nos preparamos para celebrar la culminación de la historia de la savlación, la plenitud de la salvación, en el tercer domingo, Pentecostés, con el envío del Espíritu: Así se inauguran los últimos tiempos, comienza al tiempo de la Iglesia. ¡Dios sea bendito, gloria a Dios! Amén, aleluya.  

.. A

Espíritu Santo - vitraux - 1

El Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo



Antífona de entrada: Is 48, 20

Con gritos de júbilo anunciadlo y proclamadlo; publicadlo hasta el confín de la tierra.

Decid: el Señor ha redimido a su pueblo. Aleluya.


Oración colecta

Concédenos, Dios todopoderoso, continuar celebrando con fervor estos días de alegría en honor de Cristo resucitado, y que los misterios que estamos recordando transformen nuestra vida y se manifieste en nuestras obras.

Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: Hechos de los apóstoles 8, 5-8. 14-17
Les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo

En aquellos días, Felipe bajó a la ciudad de Samaria y predicaba allí a Cristo.

El gentío escuchaba con aprobación lo que decía Felipe, porque habían oído hablar de los signos que hacia, y los estaban viendo: de muchos poseídos salían los espíritus inmundos lanzando gritos, y muchos, paralíticos y lisiados se curaban. La ciudad se llenó de alegría.

Cuando los apóstoles, que estaban en Jerusalén, se enteraron de que Samaria había recibido la palabra de Dios, enviaron a Pedro y a Juan; ellos bajaron hasta allí y oraron por los fieles, para que recibieran el Espíritu Santo; aún no había bajado sobre ninguno, estaban sólo bautizados en el nombre del Señor Jesús.

Entonces les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo.


SALMO 65, 1-3a. 4-5. 6-7a. 16 y 20

Aclamad al Señor, tierra entera.

Aclamad al Señor, tierra entera; tocad en honor de su nombre, cantad himnos a su gloria. Decid a Dios: «¡Qué temibles son tus obras!»

Que se postre ante ti la tierra entera, que toquen en tu honor, que toquen para tu nombre. Venid a ver las obras de Dios, sus temibles proezas en favor de los hombres.

Transformó el mar en tierra firme, a pie atravesaron el río. Alegrémonos con Dios, que con su poder gobierna eternamente.

Fieles de Dios, venid a escuchar, os contaré lo que ha hecho conmigo. Bendito sea Dios, que no rechazó mi súplica ni me retiró su favor.


SEGUNDA LECTURA: 1 Pedro 3, 15-18
Como era hombre, lo mataron; pero, como poseía el Espíritu, fue devuelto a la vida

Queridos hermanos:

Glorificad en vuestros corazones a Cristo Señor y estad siempre prontos para dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere; pero con mansedumbre y respeto y en buena conciencia, para que en aquello mismo en que sois calumniados queden confundidos los que denigran vuestra buena conducta en Cristo; que mejor es padecer haciendo el bien, si tal es la voluntad de Dios, que padecer haciendo el mal.

Porque también Cristo murió por los pecados una vez para siempre: el inocente por los culpables, para conducirnos a Dios. Como era hombre, lo mataron; pero, como poseía el Espíritu, fue devuelto a la vida.


Aleluya: Jn 14, 23

El que me ama guardará mi palabra –dice el Señor–, y mi Padre lo amará, y vendremos a él.


EVANGELIO: Juan 14, 15-21
Yo le pediré al Padre que os dé otro defensor

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Yo le pediré al Padre que os dé otro defensor, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad.

El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis, porque vive con vosotros y está con vosotros.

No os dejaré huérfanos, volveré. Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo. Entonces sabréis que yo estoy con mi Padre, y vosotros conmigo y yo con vosotros.

El que acepta mis mandamientos y los guarda, ése me ama; al que me ama lo amará mi Padre, y yo también lo amaré y me revelaré a él.»


Antífona de comunión: Jn 14, 15-16

Si me amáis, guardaréis mis mandamientos -dice el Señor-. Yo le pediré al Padre que os dé otro defensor, que esté siempre con vosotros. Aleluya.



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Dios nos reconcilia en Cristo,
y nos confía el ministerio de la reconciliación

San Cirilo de Alejandría
Comentario a la II carta a los Corintios 5,5 – 6,2

Los que poseen las arras del Espíritu y la esperanza de la resurrección, como si poseyeran ya aquello que esperan, pueden afirmar que desde ahora ya no conocen a nadie según la carne:

todos, en efecto, somos espirituales y ajenos a la corrupción de la carne.

Porque, desde el momento en que ha amanecido para nosotros la luz del Unigénito, somos transformados en la misma Palabra que da vida a todas las cosas.

Y, si bien es verdad que cuando reinaba el pecado estábamos sujetos por los lazos de la muerte, al introducirse en el mundo la justicia de Cristo quedamos libres de la corrupción.

Por tanto, ya nadie vive en la carne, es decir, ya nadie está sujeto a la debilidad de la carne, a la que ciertamente pertenece la corrupción, entre otras cosas; en este sentido, dice el Apóstol: si alguna vez juzgamos a Cristo según la carne, ahora ya no.

Es como quien dice: La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y, para que nosotros tuviésemos vida, sufrió la muerte según la carne, y así es como conocimos a Cristo; sin embargo, ahora ya no es así como lo conocemos.

Pues, aunque retiene su cuerpo humano, ya que resucitó al tercer día y vive en el cielo junto al Padre, no obstante, su existencia es superior a la meramente carnal, puesto que murió de una vez para siempre y ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre él. Porque su morir fue un morir al pecado de una vez para siempre; y su vivir es un vivir para Dios.

Si tal es la condición de aquel que se convirtió para nosotros en abanderado y precursor de la vida, es necesario que nosotros, siguiendo sus huellas, formemos parte de los que viven por encima de la carne, y no en la carne.

Por eso, dice con toda razón san Pablo: El que es de Cristo es una criatura nueva. Lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado.

Hemos sido, en efecto, justificados por la fe en Cristo, y ha cesado el efecto de la maldición, puesto que él ha resucitado para liberarnos, conculcando el poder de la muerte; y, además, hemos conocido al que es por naturaleza propia Dios verdadero, a quien damos culto en espíritu y en verdad, por mediación del Hijo, quien derrama sobre el mundo las bendiciones divinas que proceden del Padre.

Por lo cual, dice acertadamente san Pablo: Todo esto viene de Dios, que por medio de Cristo nos reconcilió consigo, ya que el misterio de la encarnación y la renovación consiguiente a la misma se realizaron de acuerdo con el designio del Padre.

No hay que olvidar que por Cristo tenemos acceso al Padre, ya que nadie va al Padre, como afirma el mismo Cristo, sino por él. Y, así, todo esto viene de Dios, que por medio de Cristo nos reconcilió y nos encargó el ministerio de la reconciliación.

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El Espíritu nos renueva en el bautismo

Del tratado de Dídimo de Alejandría sobre la Santísima Trinidad

En el bautismo nos renueva el Espíritu Santo como Dios que es, a una con el Padre y el Hijo, y nos devuelve desde el informe estado en que nos hallamos a la primitiva belleza, así como nos llena con su gracia de forma que ya no podemos ir tras cosa alguna que no sea deseable:

Nos libera del pecado y de la muerte; de terrenos, es decir, de hechos de tierra y polvo, nos convierte en espirituales, partícipes de la gloria divina, hijos y herederos de Dios Padre, configurados de acuerdo con la imagen de su Hijo, herederos con él, her­manos suyos, que habrán de ser glorificados con él y reinarán con él; en lugar de la tierra nos da el cielo y nos concede liberalmente el paraíso; nos honra más que a los ángeles; y con las aguas divinas de la piscina bautismal apaga la inmensa llama inextinguible del infierno.

En efecto, los hombres son concebidos dos veces, una corporalmente, la otra por el Espíritu divino. De ambas escribieron acertadamente los evangelistas, y yo estoy dispuesto a suscri­bir el nombre y la doctrina de cada uno.

Juan: A cuantos le recibieron, les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre. Éstos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios.

Todos aquellos, dice, que cre­yeron en Cristo recibieron el poder de hacerse hijos de Dios, esto es del Espíritu Santo.

Para que llegaran a ser de la misma naturaleza de Dios; honor con el que no se vieron honrados los ángeles. Y para poner de relieve que aquel Dios que engendra es el Espíritu Santo añadió con palabras de Cristo: Te lo aseguro, el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el reino de Dios.

Así, pues, de una manera visible, la pila bautismal da a luz nuestro cuerpo mediante el ministerio de los sacerdotes; de una manera espiritual, el Espíritu de Dios, invisible para cualquier inteligencia, bautiza en su propio nombre y regenera al mismo tiempo cuerpo y alma, con el ministerio de los ángeles.

Por lo que el Bautista, históricamente y de acuerdo con esta expresión de agua y de Espíritu, dijo a propósito de Cristo: Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego.

Pues el vaso humano, como frágil que es, necesita primero purificarse con el agua y luego fortalecerse con el fuego espiritual y perfeccionarse con el fuego espiritual (Dios es, en efecto, un fuego devorador).

Y por esto necesitamos del Espíritu Santo, que es quien nos perfecciona y renueva: este fuego espiritual puede, efectivamente, regar, y esta agua espiritual es capaz de fundir como el fuego (Libro 2, 12: PG 39, 667-674).


Maná y Vivencias Pascuales (34), 19.5.17

mayo 19, 2017

Viernes de la 5ª semana de Pascua

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Ascensión del Señor...

Ascensión del Señor…

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Textos bíblico-litúrgicos.- Entrada: Ap 5,12; 1era lectura: Hch 15, 22-31; Salmo: 56, 8-9.10.12; Aleluya: Jn 15-15b; Evangelio: Jn 15, 12-17; Comunión.


ENTRADA Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza. Aleluya.


TEMA CENTRAL: LA ALEGRÍA PASCUAL (5)

Uno de los elementos característicos de la espiritualidad pascual es la alegría, el gozo en el Señor. Por una parte, la alegría es el resultado de la celebración pascual y por otra, es origen y disposición para experimentar a Cristo presente en toda nuestra existencia. En realidad, sólo hay una alegría verdadera, la de Cristo.

Por eso, nuestra alegría pascual consiste en recibir la alegría misma de Cristo. Jesús siempre tuvo el corazón en fiesta, pero particularmente en la muerte y en la resurrección, aunque parezca extraño.

Al final de su vida Cristo ha experimentado una plenitud de realización personal y de perfecta obediencia, afectiva y efectiva, en su relación vital con el Padre en el Espíritu.

Es decir, plena felicidad, y satisfacción: Todo está cumplido, dijo en la cruz; ahora el Hijo glorificará al Padre y el Padre glorificará al Hijo con la gloria que tenía antes de la creación del mundo; por eso, todo poder se me ha dado en el cielo y en la tierra; ahora el Hijo llevará a una multitud de hermanos a la gloria; con vosotros no tengo secretos porque sois mis amigos; el Padre os ama; me voy a prepararos un lugar para que estéis siempre conmigo y contempléis mi gloria, la que me da el Padre.

Son, pues, muchos los motivos que tiene el Señor para estar satisfecho, alegre y feliz para siempre. Ha dado gloria al Padre cumpliendo perfectamente su voluntad hasta el final, llevando una vida sumisa a la voluntad del Padre. Ha vivido confiado y abandonado en las manos del Padre.

Y ha sido amigo del hombre, solidario y fiel hasta dar la vida por la salvación de los hombres. Ha renunciado a salvarse solo él, a espaldas de sus hermanos, los hombres; no ha querido salvarse sin ellos.

Ahora, él quiere transmitirnos esa misma alegría, ese triunfo suyo, esa vida pletórica que nada estropear ni opacar, para que nuestras alegrías lleguen a plenitud, según los designios del Padre, fuente de todo bien, y gracias al Espíritu santificador y consolador.

Por eso, rezamos con la oración colecta de la misa de hoy:

Danos, Señor, una plena vivencia del misterio pascual, para que la alegría que experimentamos en estas fiestas sea siempre nuestra fuerza y nuestra salvación. Por nuestro Señor.

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PRIMERA LECTURA: Hch 15, 22-31

En aquellos días, los apóstoles y los presbíteros, con toda la Iglesia acordaron elegir algunos de ellos y mandarlos a Antioquía con Pablo y Bernabé. Eligieron a Judas, Barsabá, y a Silas, miembros eminentes de la comunidad, y les entregaron esta carta:

«Los apóstoles, los presbíteros y los hermanos, saludan a los hermanos de Antioquía, Siria y Cilicia convertidos del paganismo. Nos hemos enterado de que algunos de aquí, sin encargo nuestro, los han inquietado y perturbado con sus palabras.

Hemos decidido, por unanimidad, elegir algunos y enviarlos a ustedes, junto con los queridos hermanos Bernabé y Pablo, que han dedicado su vida al servicio de nuestro Señor Jesucristo.

En vista de esto, mandamos a Silas y a Judas, que les referirán de palabra lo que sigue:

Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros, no imponerles más cargas que las indispensables: que no coman carne sacrificada a los ídolos, ni sangre, ni carne de animales sin desangrar, y que se abstengan de la fornicación. Observen estas normas dejándose guiar por el Espíritu Santo. Adiós».

Los despidieron y ellos bajaron a Antioquía, donde reunieron a la comunidad y entregaron la carta. Al leer aquellas palabras alentadoras, se alegraron mucho.

SALMO 56, 8-12

Mi corazón está firme, Dios mío, mi corazón está firme. Voy a cantar y a tocar: Despierta, gloria mía; despiértense cítara y arpa, despertaré a la aurora.

Te daré gracias ante los pueblos, Señor, tocaré para ti ante las naciones: Por tu bondad que es más grande que los cielos, por tu fidelidad que alcanza a las nubes.

Elévate sobre el cielo, Dios mío, y llena la tierra tu gloria.

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Aclamación: Jn 15, 15b

A vosotros os llamo amigos, dice el Señor, porque todo lo que he oído a mi Padre se lo he dado a conocer. Aleluya.

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EVANGELIO: Jn 15, 12-17

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Este es mi mandamiento: que se amen unos a otros como yo los he amado. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Ustedes son mis amigos, si cumplen lo que les mando.

Ya no les llamo servidores, porque un servidor no sabe lo que hace su Señor: a ustedes los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que aprendí de mi Padre.

Ustedes no me eligieron a mí; he sido yo quien los eligió a ustedes y los preparé para que vayan y den fruto, y ese fruto permanezca.

Así es como el Padre les concederá todo lo que le pidan en mi nombre. Ámense los unos a los otros: esto es lo que les mando.

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HIMNO PASCUAL

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Cristo, alegría del mundo, resplandor de la gloria del Padre.

¡Bendita la mañana que anuncia tu esplendor al universo!

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En el día primero, tu resurrección alegraba el corazón del Padre.

En el día primero, vio que todas las cosas eran buenas porque participaban de tu gloria.

La mañana celebra tu resurrección y se alegra con claridad de Pascua.

Se levanta la tierra como un joven discípulo en tu busca, sabiendo que el sepulcro está vacío.

En la clara mañana, tu sagrada luz se difunde como una gracia nueva.

Que nosotros vivamos como hijos de luz y no pequemos contra la claridad de tu presencia.

Cristo, alegría del mundo, resplandor de la gloria del Padre.

¡Bendita la mañana que anuncia tu esplendor al universo!

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SACERDOTES: Ser honestos para con Dios y los hermanos.

“Mal oficio es el de aquel que, en lugar de acercar el hombre a Cristo, lo aleja, porque se ha puesto él mismo como modelo y ‘roba a Cristo los ojos de los cristianos’. Que lo vean a él, no a ti. Por tu parte, nunca te has de hartar de mirar a Cristo. Si uno se mira a sí mismo, surge la desconfianza… Y de esta manera seremos agradables a los ojos de aquel Señor que ha puesto los suyos sobre nosotros… y ganaremos nuestras ánimas y las de muchos; y seremos dignos de este excelente nombre de sacerdotes de Dios” (San Juan de Ávila, patrono del clero español).


Maná y Vivencias Pascuales (33), 18.5.17

mayo 18, 2017

Jueves de la 5ª semana de Pascua

Espíritu

El Espíritu Santo les mostrará la verdad plena

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Textos bíblico-litúrgicos.- Entrada: Ex 15, 1-2; 1era lectura: Hch 15, 7-21; Salmo: 95, 1-3.10; Aleluya: Jn 10, 27; Evangelio: Jn 15, 9-11; Comunión: 2 Cor 5, 15.

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ENTRADA: Ex 15, 1-2

Cantemos al Señor, sublime es su victoria. Mi fuerza y mi poder es el Señor, él fue mi salvación. Aleluya.

ORACIÓN COLECTA

Señor Dios todopoderoso, que, sin mérito alguno de nuestra parte, nos has hecho pasar de la muerte a la vida y de la tristeza al gozo; no pongas fin a tus dones, ni ceses de realizar tus maravillas en nosotros, y concede a quienes ya hemos sido justificados por la fe la fuerza necesaria para perseverar siempre en ella. Por nuestro Señor.


PRIMERA LECTURA: Hch 15, 7-21

En aquellos días, después de una acalorada discusión, Pedro se puso en pie y dijo a los apóstoles y a los ancianos: Hermanos, ustedes saben cómo Dios intervino en medio de ustedes ya en los primeros días, cuando quiso que los paganos escucharan de mi boca el anuncio del Evangelio y abrazaran la fe.

Y Dios, que conoce los corazones, se declaró a favor de ellos, al comunicarles el Espíritu Santo igual que a nosotros. No ha hecho ninguna distinción entre nosotros y ellos, sino que purificó sus corazones por medio de la fe.

¿Quieren ustedes ahora mandar a Dios? ¿Por qué quieren poner sobre el cuello de los discípulos un yugo que nuestros padres no fueron capaces de soportar, ni tampoco nosotros? Según nuestra fe, la gracia del Señor Jesús es la que nos salva, del mismo modo que a ellos.

Toda la asamblea guardó silencio y escucharon a Bernabé y a Pablo, que les contaron los signos y prodigios que habían hecho entre los paganos con la ayuda de Dios.

Cuando terminaron de hablar, Santiago tomó la palabra y dijo: Hermanos, escúchenme: Simón acaba de recordar cómo Dios, desde el primer momento, intervino para formarse con gentes paganas un pueblo para su nombre.

Los profetas hablan el mismo lenguaje, pues está escrito: Después de esto volveré y construiré de nuevo la choza caída de David. Reconstruiré sus ruinas y la volveré a levantar, para que el resto de los hombres busquen al Señor, todas las naciones sobre las cuales ha sido invocado mi nombre. Así lo dice el Señor, que hoy realiza lo que tenía preparado desde siempre.

Por esto pienso que no debemos complicar la vida a los paganos que se convierten a Dios. Digámosles en nuestra carta tan sólo que no se contaminen con la idolatría ni con la fornicación y que no coman sangre ni animales estrangulados.

Porque durante muchas generaciones, en la sinagoga de cada ciudad, han leído a Moisés todos los sábados, y lo han explicado.


SALMO 95, 1-10

Canten al Señor un cántico nuevo, cante al Señor toda la tierra. Canten al Señor, bendigan su nombre.

Proclamen día tras día su victoria. Cuenten a los pueblos su gloria, sus maravillas a todas las naciones.

Díganles a los pueblos: “El Señor es rey, él afianzó el orbe, y no se moverá; él gobierna a los pueblos rectamente”.

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EVANGELIO: Jn 15, 9-11

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Como el Padre me ha amado, así también los he amado yo: Permanezcan en mi amor.

Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor; como yo he cumplido los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.

Les he dicho todas estas cosas para que mi alegría esté en ustedes y su alegría sea completa.


COMUNIÓN: 2 Cor 5, 15.- Cristo murió por todos, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos. Aleluya.


Del tratado de Tertuliano, presbítero,
sobre la prescripción de los herejes

La predicación apostólica

Cristo Jesús, nuestro Señor, durante su vida terrena, iba enseñando por sí mismo quién era él, qué había sido desde siempre, cuál era el designio del Padre que él realizaba en el mundo, cuál ha de ser la conducta del hombre para que sea conforme a este mismo designio; y lo enseñaba unas veces abiertamente ante el pueblo, otras aparte a sus discípulos, principalmente a los doce que había elegido para que estuvieran junto a él, y a los que había destinado como maestros de las naciones.

Y así, después de la defección de uno de ellos, cuando estaba para volver al Padre, después de su resurrección, mandó a los otros once que fueran por el mundo a adoc­trinar a los hombres y bautizarlos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Los apóstoles –palabra que significa «enviados»–, después de haber elegido a Matías, echándolo a suertes, para sustituir a Judas y completar así el número de doce (apoyad­os para esto en la autoridad de una profecía contenida en un salmo de David), y después de haber obtenido la fuerza del Espíritu Santo para hablar y realizar milagros, como lo había prometido el Señor, dieron primero en Judea testimonio de la fe en Jesucristo e instituyeron allí Iglesias, después fueron por el mundo para proclamar a las naciones la misma doctrina y la misma fe.

De modo semejante, continuaron fundando Iglesias en cada población, de manera que las demás Iglesias fundadas posteriormente, para ser verdaderas Iglesias, tomaron y siguen tomando de aquellas primeras Iglesias el retoño de su fe y la semilla de su doctrina.

Por esto también aquellas Iglesias son consideradas apostólicas, en cuanto que son descendientes de las Iglesias apostólicas.

Es norma general que toda cosa debe ser referida a su origen. Y, por esto, toda la multitud de Iglesias son una con aquella primera Iglesia fundada por los apóstoles, de la que proceden todas las otras.

En este sentido son todas primeras y todas apostólicas, en cuanto que todas juntas forman una sola. De esta unidad son prueba la comunión y la paz que reinan entre ellas, así como su mutua frater­nidad y hospitalidad.

Todo lo cual no tiene otra razón de ser que su unidad en una misma tradición apostólica.

El único medio seguro de saber qué es lo que predicaron l­os apóstoles, es decir, qué es lo que Cristo les reveló, es el recurso a las Iglesias fundadas por los mismos apóstoles, las que ellos adoctrinaron de viva voz y, más tarde, por carta.

El Señor había dicho en cierta ocasión: Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; pero añadió a continuación: Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena.

Con estas palabras demostraba que nada habían de ignorar, ya que les prometía que el Espíritu de la verdad les daría el conocimiento de la verdad plena.

Y esta promesa la cumplió, ya que sabemos por los Hechos de los apóstoles que el Espíritu Santo bajó efectivamente sobre ellos (Caps. 20, 1-9; 21, 3; 22, 8-10: CCL 1, 201-204).

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Maná y Vivencias Pascuales (29), 14.5.17

mayo 13, 2017

Domingo V de Pascua, Ciclo A

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Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre



Antífona de entrada: Sal 97, 1-2

Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas; revela a las naciones su justicia. Aleluya.


TEXTOS ILUMINADORES

Acercándoos al Señor, la piedra viva desechada por los hombres, pero escogida y preciosa ante Dios, también vosotros, como piedras vivas, entráis en la construcción del templo del Espíritu, formando un sacerdocio sagrado, para ofrecer sacrificios espirituales que Dios acepta por Jesucristo.

Dice la Escritura: «Yo coloco en Sión una piedra angular, escogida y preciosa; el que crea en ella no quedará defraudado».

Tomás le dice: «Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?» Jesús le responde: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre, sino por mí. Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto».


Oración colecta

Señor, tú que te has dignado redimirnos y has querido hacernos hijos tuyos, míranos siempre con amor de Padre y haz que cuantos creemos en Cristo, tu Hijo, alcancemos la libertad verdadera y la herencia eterna. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: Hechos de los apóstoles 6, 1-7
Eligieron a siete hombres llenos de espíritu.

En aquellos días, al crecer el número de los discípulos, los de lengua griega se quejaron contra los de lengua hebrea, diciendo que en el suministro diario no atendían a sus viudas.

Los Doce convocaron al grupo de los discípulos y les dijeron: «No nos parece bien descuidar la palabra de Dios para ocuparnos de la administración.

Por tanto, hermanos, escoged a siete de vosotros, hombres de buena fama, llenos de espíritu y de sabiduría, los encargaremos de esta tarea: nosotros nos dedicaremos a la oración y al ministerio de la palabra.»

La propuesta les pareció bien a todos y eligieron a Esteban, hombre lleno de fe y de Espíritu Santo, a Felipe, Prócoro, Nicanor, Timón, Parmenas y Nicolás, prosélito de Antioquía. Se los presentaron a los apóstoles y ellos les impusieron las manos orando.

La palabra de Dios iba cundiendo, y en Jerusalén crecía mucho el número de discípulos; incluso muchos sacerdotes aceptaban la fe.


SALMO 32, 1-2. 4-5. 18-19

Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti.

Aclamad, justos, al Señor, que merece la alabanza de los buenos. Dad gracias al Señor con la cítara, tocad en su honor el arpa de diez cuerdas.

Que la palabra del Señor es sincera, y todas sus acciones son leales; él ama la justicia y el derecho, y su misericordia llena la tierra.

Los ojos del Señor están puestos en sus fieles, en los que esperan en su misericordia, para librar sus vidas de la muerte y reanimarlos en tiempo de hambre.


SEGUNDA LECTURA: 1 Pedro 2, 4-9
Vosotros sois una raza elegida, un sacerdocio real.

Queridos hermanos:

Acercándoos al Señor, la piedra viva desechada por los hombres, pero escogida y preciosa ante Dios, también vosotros, como piedras vivas, entráis en la construcción del templo del Espíritu, formando un sacerdocio sagrado, para ofrecer sacrificios espirituales que Dios acepta por Jesucristo.

Dice la Escritura: «Yo coloco en Sión una piedra angular, escogida y preciosa; el que crea en ella no quedará defraudado.»

Para vosotros, los creyentes, es de gran precio, pero para los incrédulos es la «piedra que desecharon los constructores: ésta se ha convertido en piedra angular», en piedra de tropezar y en roca de estrellarse. Y ellos tropiezan al no creer en la palabra: ése es su destino.

Vosotros sois una raza elegida, un sacerdocio real, una nación consagrada, un pueblo adquirido por Dios para proclamar las hazañas del que os llamó a salir de la tiniebla y a entrar en su luz maravillosa.


Aclamación antes del Evangelio: Jn 14, 6

Yo soy el camino, y la verdad, y la vida –dice el Señor–; nadie va al Padre, sino por mí.


EVANGELIO: Juan 14, 1-12
Yo soy el camino, la verdad y la vida.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Que no tiemble vuestro corazón; creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas estancias; si no fuera así, ¿os habría dicho que voy a prepararos sitio?

Cuando vaya y os prepare sitio, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo, estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino.»

Tomás le dice: «Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino? »

Jesús le responde: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre, sino por mí. Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto.»

Felipe le dice: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta.»

Jesús le replica: «Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace sus obras.

Creedme: yo estoy en el Padre, y el Padre en mí. Si no, creed a las obras. Os lo aseguro: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aun mayores. Porque yo me voy al Padre.»


Antífona de comunión: Jn 15, 1. 5

Yo soy la verdadera vid, vosotros los sarmientos -dice el Señor-; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante. Aleluya.

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De los sermones de san Máximo de Turín, obispo

Cristo, día sin ocaso

La resurrección de Cristo destruye el poder del abismo, los recién bautizados renuevan la tierra, el Espíritu Santo abre las puertas del cielo. Porque el abismo, al ver sus puer­tas destruidas, devuelve los muertos, la tierra, renovada, germina resucitados y el cielo, abier­to, acoge a los que ascienden.

El ladrón es admitido en el paraíso, los cuer­pos de los santos entran en la ciudad santa y los muertos vuelven a tener su morada en­tre los vivos. Así, como si la resurrección de Cristo fuera germinando en el mundo, todos los elementos de la creación se ven arrebata­dos a lo alto.

El abismo devuelve sus cautivos al paraíso, la tierra envía al cielo a los que estaban se­pultados en su seno, y el cielo presenta al Señor a los que han subido desde la tierra: así, con un solo y único acto, la pasión del Salvador nos extrae del abismo, nos eleva por encima de lo terreno y nos coloca en lo más alto de los cielos.

La resurrección de Cristo es vida para los difuntos, perdón para los pecadores, gloria para los santos. Por esto el salmista invita a toda la creación a celebrar la resurrección de Cristo, al decir que hay que alegrarse y llenarse de gozo en este día en que actuó el Señor.

La luz de Cristo es día sin noche, día sin ocaso. Escucha al Apóstol que nos dice lo que sea este día: La noche está avanzada, el día se echa encima. La noche está avanzando, dice, porque no volverá más. Entiéndelo bien: una vez que ha amanecido la luz de Cristo, huyen las tinieblas del diablo y desaparece la ne­grura del pecado, porque el resplandor de Cristo destruye la tenebrosidad de las culpas pasadas.

Porque Cristo es aquel Día a quien el Día, su Padre, comunica el íntimo ser de la divi­nidad. Él es aquel Día, que dice por boca de Salomón: Yo hice nacer en el cielo una luz inextinguible.

Así como no hay noche que siga al día ce­leste, del mismo modo las tinieblas no pueden seguir la santidad de Cristo. El día ce­leste resplandece, brilla, fulgura sin cesar y no hay oscuridad que pueda con él. La luz de Cristo luce, ilumina, destella continuamente y las tinieblas del pecado no pueden recibirla: por ello dice el evangelista Juan: La luz brilló en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió.

Por ello, hermanos, hemos de alegrarnos en este día santo. Que nadie se sustraiga del gozo común a causa de la conciencia de sus peca­dos, que nadie deje de participar en la oración del pueblo de Dios, a causa del peso de sus faltas. Que nadie, por pecador que se sienta, deje de esperar el perdón en un día tan santo. Porque si el ladrón obtuvo el paraíso, ¿cómo no va a obtener el perdón el cristiano? (Sermón 53,1-2).
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Comentario 5º Domingo de Pascua, 14 de mayo 2017

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En las lecturas de este domingo constatamos que la Palabra de Dios es viva y eficaz porque procede del seno mismo de la Trinidad. Por eso es una palabra de verdad y de vida: produce fruto por sí misma.

¿Por qué? Porque nace de la voluntad salvífica del Padre que quiere que todos sus hijos se salven, que tengan vida en abundancia. El Padre nos la ha entregado juntamente con su Hijo porque éste es la Palabra por antonomasia, la Palabra en persona.

Los autores sagrados la escribieron movidos por el Espíritu. Y ahora ese mismo Espíritu mueve a los predicadores a hablar con poder y convicción –parresía- y los creyentes, que la escuchan con fe, son transformados en piedras vivas del Templo de Dios.

De esta manera la Santísima Trinidad aparece como fuente de la Palabra y la comunión trinitaria como modelo de la comunión eclesial que une a todos los miembros de la Iglesia.

Así como el Espíritu abraza al Padre y al Hijo, también abraza a los miembros del Cuerpo de Cristo para gloria del Padre. De esta manera se forma el nuevo pueblo de Dios: Pueblo sacerdotal, pueblo de reyes, asamblea santa para gloria de Dios ante todos los pueblos.

Todos los miembros del nuevo pueblo de Dios comparten un mismo Espíritu, sean cuales fueren los ministerios que desempeñen. No hay cristianos de segunda categoría o servicios que exigen menos santidad o poder del Espíritu. Todos tienen que estar llenos del Espíritu Santo, también para atender a las mesas (cáritas, promoción social).

Los carismas se ejercen en corresponsabilidad y deben edificar la Iglesia de Dios. No puede haber acaparamiento de funciones o servicios. Nadie debe sentirse descartado. Todos somos necesarios, cada uno tiene su puesto, nadie está de sobra: Piedras vivas del Templo de Dios.

A la luz de esta Palabra, ¿cómo se debe ejercer el ministerio sacerdotal? ¿Los sacerdotes deberían dejar todo aquello que otros pueden hacer en la parroquia y dedicarse a aquello que solamente ellos pueden realizar, como es la predicación, la animación y dirección de la comunidad y la administración de sacramentos? ¿En qué podrían contribuir los laicos a que los sacerdotes ejercieran debida y dignamente el ministerio?

Tomás dice: Muéstranos al Padre y eso nos basta. ¿Cómo hablamos los sacerdotes del Padre Dios? ¿Suscitamos en la feligresía la misma expectativa que suscitaba Jesús en sus discípulos? ¿Podríamos hablar algo más de nuestra experiencia de Dios: en propia persona? La gente espera nuestro testimonio personal y quizás menos teorías: Que le enseñemos a conocer y a sentir la cercanía y el consuelo de un Dios vivo: Padre, Hijo y Espíritu.

Tanto el sacerdote como la feligresía podrían sentir este domingo de manera especial la gran dicha de formar la misma asamblea sacerdotal, pueblo de alabanza y bendición para Dios, asamblea santa. Anímate a ensayar algo nuevo, hoy mismo. Anímense.

P. Ismael Ojeda Lozano, oar. 

(Publicada en Palabra de Dios, hoja litúrgica de la Comisión Episcopal de Liturgia del Perú).

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A LA LUZ DE LA PALABRA QUE DIOS ME REGALA EN ESTE DOMINGO,

EN EL DÍA DE LA RESURRECIÓN DEL SEÑOR:


POR LA MAÑANA.- Puedes preguntarte:

1) ¿Cuál podría ser el plan de Dios sobre mi vida en este nuevo día, consagrado al culto de Dios y a la familia, a vivir en comunidad de hermanos en la familia, en la parroquia, en la sociedad?

2) ¿Qué podría mejorar en mi relación con Dios durante el día de hoy? ¿Cómo quiero vivir hoy la Eucaristía, encuentro con Dios y los hermanos? ¿Cómo compartir la fe y la experiencia de Dios en este domingo?

3) ¿A quién podría estar lastimando en este día, a quién le podría estar haciendo sufrir? ¿A quién puedo, de hecho, estar defraudando, apenando, comenzando por la propia familia, y por la comunidad parroquial?

4) ¿A quién podría ayudar en este día domingo? ¿Cómo voy a transmitir el amor de Dios en este día, con qué personas me voy a ver? ¿Quién puede estar esperando algo de mí? Si Jesús estuviera en mi lugar, ¿qué puedo suponer que diría o haría?

5) ¿Cómo me debe cambiar hoy la Resurrección del Señor, y su actualización sacramental realizada en la Eucaristía? ¿Qué fruto espiritual derivado de la misa podría cultivar hoy: sinceridad, petición de perdón, afabilidad, alegría, alabanza y bendición?

6) ¿Cómo hacer hoy más felices a mi cónyuge y a mis hijos? ¿Podría visitar a algún familiar o a algún enfermo, o dar una limosna significativa para algún necesitado?


POR LA NOCHE.- Puedes preguntarte:

1) ¿Cómo he respondido al plan de Dios sobre este día ya pasado? ¿En qué he cumplido y en qué he fallado?

2) ¿Cómo le ofrezco a Dios lo bueno, y le pido perdón de lo deficiente?

3) ¿Cómo le agradezco a Dios su paciencia conmigo, y cómo renuevo mi confianza en Dios que siempre me espera y me da nuevas oportunidades? Le doy gracias por lo bueno, y le ofrezco lo malo para que Jesús supla mis deficiencias: él dio gloria perfecta a Dios Padre por mí y en mi lugar. Me alegro en Jesús, mi hermano mayor, mi Redentor.

4) ¿Cómo rezar debidamente la oración del anciano Simeón, antes de acostarse: “Ahora, Señor, según tu palabra puedes dejar a tu siervo irse en paz, porque mis ojos han visto a tu Salvador…” Que siempre alcancemos esa paz antes de descansar para poder decir con el salmista: En paz me acuesto y en seguida me duermo porque tú estás conmigo, tú solo me haces vivir tranquilo.

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Maná y Vivencias Pascuales (24), 9.5.17

mayo 9, 2017

Martes de la 4ª Semana de Pascua

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Mis ovejas escuchan mi voz y me siguen, y yo les doy la vida eterna



Antífona de entrada: Apocalipsis 19, 7.6

Con alegría y regocijo demos gloria a Dios, porque ha establecido su reinado el Señor. Aleluya.

TEXTOS ILUMINADORES.- Mis ovejas conocen mi voz y yo las conozco a ellas. Ellas me siguen y yo les doy vida eterna: nunca morirán. Nadie me las puede quitar porque mi Padre que me las ha dado es mayor que todos, y nadie se las puede quitar a él. Yo y mi Padre somos uno” (Jn 10, 27-30).

Vosotros sois una raza elegida, un sacerdocio real, una nación consagrada, un pueblo adquirido por Dios para proclamar las hazañas del que os llamó a salir de la tiniebla y a entrar en su luz maravillosa. Antes erais “no pueblo”, ahora sois “pueblo de Dios”; antes erais “no compadecidos”, ahora sois “compadecidos” (1 P 2, 9-10).


ORACIÓN COLECTA

Te pedimos, Señor todopoderoso, que la celebración de las fiestas de Cristo resucitado aumente en nosotros la alegría de sabernos salvados. Por nuestro Señor.

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS

Concédenos, Señor, darte gracias siempre por medio de estos misterios pascuales; y ya que continúan en nosotros la obra de tu redención, sean también fuente de gozo incesante. Por Jesucristo.

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PRIMERA LECTURA: Hechos 11, 19-26

En aquellos días, los que se habían dispersado a raíz de la persecución que siguió a la muerte de Esteban, llegaron hasta Fenicia, la isla de Chipre y la ciudad de Antioquía, aunque sólo predicaban a los judíos.

Sin embargo, había entre ellos algunos hombres de Chipre y de Cirene que al llegar a Antioquía predicaron también a los griegos y les anunciaron la buena nueva del Señor Jesús. La mano del Señor estaba con ellos, y fueron numerosos los que creyeron y siguieron al Señor.

Esta noticia llegó a oídos de la Iglesia de Jerusalén y mandaron a Bernabé a Antioquía. Cuando llegó y vio la gracia de Dios, se alegró y los animó a permanecer fieles al Señor con firme corazón, pues era un hombre bueno, lleno del Espíritu Santo y de fe. Así una enorme multitud conoció al Señor.

Bernabé entonces salió para Tarso en busca de Saulo, y apenas lo halló, lo llevó consigo a Antioquía. En esta Iglesia convivieron todo un año y enseñaron la doctrina cristiana a mucha gente. En Antioquía fue donde por primera vez los discípulos recibieron el nombre de “cristianos”.


SALMO 86, 1-3. 4-5. 6-7

Alabad al Señor, todas las naciones.

Él la ha cimentado sobre el monte santo; y el Señor prefiere las puertas de Sión a todas las moradas de Jacob. ¡Qué pregón tan glorioso para ti, ciudad de Dios!

«Contaré a Egipto y a Babilonia entre mis fieles; filisteos, tirios y etíopes han nacido allí.» Se dirá de Sión: «Uno por uno todos han nacido en ella; el Altísimo en persona la ha fundado.»

El Señor escribirá en el registro de los pueblos: «Éste ha nacido allí.» Y cantarán mientras danzan: «Todas mis fuentes están en ti.»


Aclamación antes del Evangelio: Juan 10, 27

Mis ovejas escuchan mi voz, dice el Señor, y yo las conozco y ellas me siguen. Aleluya.

EVANGELIO: Juan 10, 22-30.- Yo y el Padre somos uno.

En aquel tiempo se celebraba en Jerusalén la fiesta conmemorativa de la Dedicación del Templo. Era invierno y Jesús se paseaba en el templo por el pórtico de Salomón cuando los judíos lo rodearon y le dijeron: “¿Hasta cuándo nos vas a tener en suspenso? Si eres el Cristo, dínoslo claramente”.

Jesús les respondió: “Ya se lo he dicho, pero ustedes no quieren creer. Las obras que yo hago en nombre de mi Padre declaran quién soy yo. Pero ustedes no creen porque no son de mis ovejas.

Mis ovejas conocen mi voz y yo las conozco a ellas. Ellas me siguen y yo les doy vida eterna: nunca morirán. Nadie me las puede quitar porque mi Padre que me las ha dado es mayor que todos, y nadie se las puede quitar a él. Yo y mi Padre somos uno”.

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Antífona de Comunión: Colosenses 3,17

Todo lo que de palabra o de obra realicéis sea todo en nombre de Jesús, ofreciendo la acción de gracias a Dios. Aleluya.



De los sermones de san Pedro Crisólogo, obispo

Sé tú mismo el sacrificio y el sacerdote de Dios.

Os exhorto, por la misericordia de Dios, nos dice san Pablo. Él nos exhorta, o mejor dicho, Dios nos exhorta, por medio de él. El Señor se presenta como quien ruega, porque prefiere ser amado que temido, y le agrada más mostrarse como Padre que aparecer como Señor. Dios, pues, suplica por misericordia para no tener que castigar con rigor.

Escucha cómo suplica el Señor: «Mirad y contemplad en mí vuestro mismo cuerpo, vuestros miembros, vuestras entrañas, vuestros huesos, vuestra sangre. Y si ante lo que es propio de Dios teméis, ¿por qué no amáis al contemplar lo que es de vuestra misma naturaleza? Si teméis a Dios como Señor, ¿por qué no acudís a él como Padre?

Pero quizá sea la inmensidad de mi Pasión, cuyos responsables fuisteis vosotros, lo que os confunde. No temáis. Esta cruz no es mi aguijón, sino el aguijón de la muerte. Estos clavos no me infligen dolor, lo que hacen es acrecentar en mí el amor por vosotros. Estas llagas no provocan mis gemidos, lo que hacen es introduciros más en mis entrañas. Mi cuerpo al ser extendido en la cruz os acoge con un seno más dilatado, pero no aumenta mi sufrimiento. Mi sangre no es para mí una pérdida, sino el pago de vuestro precio.

Venid, pues, retornad y comprobaréis que soy un padre, que devuelvo bien por mal, amor por injurias, inmensa caridad como paga de las muchas heridas».

Pero escuchemos ya lo que nos dice el Apóstol: Os exhorto –dice– a presentar vuestros cuerpos. Al rogar así el Apóstol eleva a todos los hombres a la dignidad del sacerdocio: a presentar vuestros cuerpos como hostia viva.

¡Oh inaudita riqueza del sacerdocio cristiano: el hombre es, a la vez, sacerdote y víctima! El cristiano ya no tiene que buscar fuera de sí la ofrenda que debe inmolar a Dios: lleva consigo y en sí mismo lo que va a sacrificar a Dios. Tanto la víctima como el sacerdote permanecen intactos: la víctima sacrificada sigue viviendo, y el sacerdote que presenta el sacrificio no podría matar esta víctima.

Misterioso sacrificio en que el cuerpo es ofrecido sin inmolación del cuerpo, y la sangre se ofrece sin derramamiento de sangre. Os exhorto, por la misericordia de Dios –dice–, a presentar vuestros cuerpos como hostia viva.

Este sacrificio, hermanos, es como una imagen del de Cristo que, permaneciendo vivo, inmoló su cuerpo por la vida del mundo: él hizo efectivamente de su cuerpo una hostia viva, porque a pesar de haber sido muerto, continúa viviendo. En un sacrificio como éste, la muerte tuvo su parte, pero la víctima permaneció viva; la muerte resultó castigada; la víctima, en cambio, no perdió la vida.

Así también, para los mártires, la muerte fue un nacimiento: su fin, un principio; al ajusticiarlos encontraron la vida y, cuando, en la tierra, los hombres pensaban que habían muerto, empezaron a brillar resplandecientes en el cielo.

Os exhorto, por la misericordia de Dios, a presentar vuestros cuerpos como una hostia viva. Es lo mismo que ya había dicho el profeta: Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, pero me has preparado un cuerpo.

Hombre, procura, pues, ser tú mismo el sacrificio y el sacerdote de Dios. No desprecies lo que el poder de Dios te ha dado y concedido.

Revístete con la túnica de la santidad, que la castidad sea tu ceñidor, que Cristo sea el casco de tu cabeza, que la cruz defienda tu frente, que en tu pecho more el conocimiento de los misterios de Dios, que tu oración arda continuamente, como perfume de incienso: toma en tus manos la espada del Espíritu: haz de tu corazón un altar, y así, afianzado en Dios, presenta tu cuerpo al Señor como sacrificio.

Dios te pide la fe, no desea tu muerte; tiene sed de tu entrega, no de tu sangre; se aplaca, no con tu muerte, sino con tu buena voluntad (Sermón 108: PL 52, 499-500).

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La gracia de Dios en María y el cristianismo, según la RCC, por el P. Raniero Cantalamessa

mayo 8, 2017

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Anunciación del Ángel a María, la llena de gracia

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Charla del P. Raniero Cantalamessa en la asamblea regional de Madrid, Marzo, 2017

 

“ALÉGRATE, LLENA DE GRACIA”

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Como los organizadores me han pedido, el tema de esta enseñanza de acuerdo con la solemnidad de hoy, la Anunciación, será “Alégrate, llena de gracia”. María guía a la Iglesia y a la Renovación Carismática al buen descubrimiento de la gracia de Dios.

Entrando el Ángel donde estaba María, dijo: “Alégrate, llena de gracia” y de nuevo “No temas, María, que gozas del favor, de la gracia, de Dios”. El Ángel, al saludarla, no llama a María por su nombre, sino que la llama simplemente “Llena de gracia” o perfectamente volcada de gracia. No dice alégrate, María, sino que dice “Alégrate, “La Llena de Gracia” ”.

Es el nombre nuevo de María. En la gracia está la identidad más profunda de María. María es aquella que es querida para Dios. Querida, como caridad, deriva de la misma raíz que caritas, que significa gracia. La gracia de María está ciertamente en función de lo que sigue, del anuncio del Ángel, de su misión de madre de Dios. Pero no se agota en ella. María no es para Dios sólo una función, sino que es ante todo una persona.

Es una persona que es querida para Dios por la eternidad. María es así la proclamación viviente de que al comienzo de todo, en la relación entre Dios y las criaturas, está la gracia. La gracia es el centro y el lugar en el cual la criatura puede encontrar a su Creador. La gracia es aquello por lo que Dios sobresale y se inclina hacia la criatura. Es el ángulo convexo que llena, colmando con caridad, el vacío del ser humano, de Dios.

Dios es amor -dice San Juan- y cuando sale de la Trinidad esto equivale a decir que Dios es gracia. Sólo en el seno de la Trinidad, en las relaciones trinitarias, no hay gracia, no hay misericordia. En la Trinidad ¿sabéis? no hay misericordia; hay amor puro. Porque, que el Padre ame al Hijo no es gracia, concesión, misericordia; es naturaleza, es necesidad. El Padre es Padre en cuanto ama a su Hijo.

Que el Hijo ame a su Padre, no es gracia, no es concesión. Es naturaleza, porque el Hijo es Hijo en cuanto ama a su Padre. ¿Entendéis en qué sentido digo que en la Trinidad no hay pues misericordia? Hay amor puro. Cuando Dios hace algo fuera de sí, entonces su amor se vuelve misericordia, es gracia. No es debido, no es naturaleza. Es concesión y gracia.

De esta misteriosa gracia de Dios, María es una especie de icono viviente. Hablando de la humanidad de Jesús, San Agustín dice: “¿En base a qué la humanidad de Jesús mereció ser asumida por el Eterno Verbo del Padre en la unidad de su persona? ¿qué obra buena precedió a esta unión de parte de Jesús?, ¿qué hizo antes de este momento?, ¿en qué había creído o qué había pedido para ser enaltecido a tal inefable dignidad?” (Se habla de la naturaleza humana de Jesús asumida por el Verbo).

“Busca  mérito, busca justicia -sigue diciendo San Agustín-, reflexiona y ve si existe otra cosa que no sea gracia”. Estas palabras arrojan una luz singular sobre toda la persona de María. De ella se debe decir, aún con más razón que de la humanidad de Jesús, ¿qué había hecho María para merecer el privilegio de dar a Jesús su humanidad? ¿qué creyó?, ¿qué pidió? ¿qué esperó?, ¿qué sufrió para venir al mundo santa e inmaculada?

Busca también aquí el mérito, busca la justicia, busca todo lo que quieras… y fíjate si encuentras en ella, al comienzo, algo que no sea gracia. María puede hacer suyas con toda verdad las palabras del Apóstol Pablo y decir: “Por gracia de Dios soy lo que soy”.

En la gracia se sigue la explicación completa de María. Su grandeza y su belleza. Pero ¿qué es la gracia? Para descubrirlo, partamos del lenguaje corriente. Me parece que en español es lo mismo que en italiano. El significado más común de gracia es belleza, fascinación, amabilidad. De la misma raíz que kharis (gracia) deriva la palabra caritas y en francés charité.

Sin embargo, éste no es el único significado de la palabra gracia. Cuando decimos de un condenado a muerte que obtuvo la gracia ¿intentamos decir quizás que obtuvo la belleza, la fascinación? ¡No! ciertamente, intentamos decir que consiguió el perdón, el favor, la remisión de su pena. En efecto, éste es el significado primordial de gracia: favor no merecido, inmerecido.

También en el lenguaje de la Biblia se nombra el mismo doble significado. “Doy mi gracia a quien quiero -dice Dios- y me compadezco de quien quiero” (Éxodo, 32) . “Has hallado gracia a mis ojos”, le dice Dios a Moisés, exactamente como el Ángel le dice a María, que ha encontrado gracia junto a Dios. Y gracia indica aquí, una vez más, favor, agrado, misericordia. ¡Es claro!

Al lado de este significado principal, que es el perdón, el favor, la misericordia de Dios, se aclara en la Biblia también el otro significado que hemos mencionado, en el cual gracia implica una calidad inherente a la criatura, a veces vista como un efecto del favor divino, y que la vuelve bella, encantadora y amable. Así, por ejemplo, se habla en la Biblia de la gracia que  fluye sobre los labios del esposo leal y más bello entre los hijos de los hombres, y de una buena esposa se dice en Los Proverbios “que tiene la amabilidad de la sierva y la gracia de una gacela” (“Gracia”, ahí la palabra “gracia”).

Si ahora volvemos a María, notamos que en el saludo del ángel se reflejan los dos significados de gracia que hemos destacado. María encontró gracia, es decir, favor, cerca de Dios. Ella es reina del favor de Dios. ¿Qué es la gracia que encontraron a los ojos de Dios los patriarcas, los profetas, en comparación con la que encontró María? ¿Con quién el Señor ha permanecido más que con ella?

En ella Dios no estuvo sólo por poder o por providencia, sino también en persona, por presencia. No es entonces una presencia intencional, sino real. Dios no dio a María sólo su favor, sino que se ha dado él mismo por completo en su Hijo. “El Señor está contigo”,  esta frase dicha sobre María tiene un significado distinto que en cualquier otro. El Señor está contigo no sólo intencionalmente, con su amor lejano, sino que está contigo en tu seno.

En consecuencia, María es llena de gracia también en el otro significado, es decir, es bella. Una clase de belleza que llamamos santidad. “Toda pulcra”, dice la liturgia de la Iglesia, toda bella. Porque está llena del favor divino María es también hermosa. Esta gracia consistente en la santidad de María tiene también una característica que la pone por encima de la gracia de toda otra persona, en el Antiguo y en el Nuevo Testamento.

Es una gracia no contaminada. Hay una diferencia -decía un poeta francés- entre un papel blanco y un papel que ha sido blanqueado. Un papel que ha sido blanqueado no será jamás como un papel blanco. Y María es más importante. La Iglesia latina ha expresado este sentido con el título de “Inmaculada” y la Iglesia ortodoxa con el título de “panaguía“, que significa toda santa. Uno lo explica en sentido negativo: la ausencia de pecado; y el otro positivamente: la presencia de todas las virtudes.

Sin embargo, no quisiera detenerme demasiado sobre este significado secundario y derivado que es el sentido de belleza, que constituye el así llamado “atuendo de gracia de María”. También la predicación sobre la gracia, por cierto, tiene necesidad de una renovación en el Espíritu.

Y esta renovación consiste en volver a poner siempre de nuevo en primer plano el significado primordial de gracia. Aquel que vuelve a mirar a Dios antes que la criatura, al autor de la gracia antes que al destinatario de la gracia. Consiste en restituir a Dios su poder. Desde mi primer contacto con la Renovación Carismática ésta fue una definición que me impresionó mucho. La Renovación Carismática es restituir el poder de Dios.

Es fácil, hablando del título “Llena de gracia” dado por el ángel a María, caer en el equívoco de insistir más en la gracia de María que en la gracia de Dios. “Llena de gracia” ha sido el punto de partida privilegiado que constituyó la base sobre la que se definieron los dogmas de la Inmaculada Concepción, de la Asunción y casi todas las otras prerrogativas de María. Todo esto constituye un progreso para la fe, sin duda.

Sin embargo, una vez que esto está seguro, es necesario regresar rápidamente al significado primario de la palabra gracia. El que habla más de Dios que de María, más de aquel que da la gracia que de aquella que la recibe. Porque esto es lo que María misma desea de los creyentes, de nosotros. Sin este llamado de atención, gracia puede terminar indicando su significado contrario. Es decir, es mérito.

Gracia, dicha de Dios, de la cual María ha estado colmada, es también una gracia de Cristo (gratia Christi). Es la gracia de Dios dada en Cristo Jesús. Así la describe San Pablo en la Primera Carta a los Corintios, 4, es decir, el favor y la salvación que Dios concede ahora a los hombres a causa de la muerte redentora de Cristo. Su gracia (la gracia de María) es gracia de la nueva alianza.

María, ha declarado la Iglesia al definir el dogma de la Inmaculada Concepción, ha sido preservada del pecado en previsión de los méritos de Jesucristo Salvador. En este sentido, ella  es verdaderamente, como la llama Dante Alighieri, nuestro poeta italiano, es “Hija de su Hijo”.

En María contemplamos la novedad de la nueva alianza respecto de la antigua alianza. En ella se ha dado un salto cualitativo. “¿Qué novedad trajo el Hijo de Dios viniendo al mundo?” se preguntaban algunos en tiempo de San Ireneo, y San Ireneo respondía diciendo: “Trajo toda clase  de novedad trayéndose a sí mismo”.

La gracia de Dios ya no consiste en cualquier don de Dios sino el don de él mismo, de sí mismo. No consiste en cualquier favor suyo, sino en su presencia. Esto es la novedad de la gracia de Cristo en relación al sentido general del Antiguo Testamento del favor divino. Ahora la gracia para nosotros es siempre gracia de Dios en Cristo Jesús. Es la gracia  del agua que brota del monte Calvario.

La primera cosa que debe hacer, en respuesta a la gracia de Dios, la criatura -según San Pablo nos enseña- es dar gracias. Dice en la Primera Carta a los Corintios “siempre doy gracias a Dios por vosotros, por la gracia que Dios os ha concedido en Cristo Jesús”. En esta frase está todo. La gracia de Dios es la causa y el dar gracias es el efecto. “Siempre doy gracias a Dios por vosotros por la gracia que Dios os ha concedido en Cristo Jesús”.

A la gracia de Dios siempre debe seguir el “gracias” del hombre. Dar gracias no significa restituir el favor o dar una retribución. ¿Quién podría dar a Dios la retribución de algo? Agradecer significa sobre todo reconocer la gracia. Aceptar su gratuidad. ¡Y no es tan fácil! Porque nosotros queremos ser siempre acreedores de Dios y no deudores. No querer librarse ni pagar a Dios el rescate.

Por eso este es un comportamiento religioso fundamental: dar gracias. Agradecer significa aceptarse con Dios como dependientes, dejar que Dios sea Dios y acercarse gozosamente. No como quien se somete con tristeza. Es un reconocimiento gozoso.

Eso es lo que María hizo con el Magnificat. “Proclama mi alma la grandeza del Señor porque el poderoso ha hecho obras grandes por mí”. Él ha hecho obras grandes por mí. La lengua hebraica no conoce una palabra especial que signifique agradecimiento. Cuando quiere agradecer a Dios, el hombre bíblico comienza a alabar, exaltar, proclamar sus maravillas con gran entusiasmo.

Por esto quizá en el Magnificat no encontramos la palabra agradecer, sino que encontramos las palabras proclamar, exultar. Exulta en el Señor. Si no existe la palabra, no obstante existe el sentimiento correspondiente en la Biblia. María restituye de verdad a Dios su poder. Concentra en la gracia toda su gratuidad. Ella atribuye a la gracia de Dios, es decir, a la gracia, las cosas que le están sucediendo y no se atribuye ningún mérito.

“Ha mirado a la pequeñez de su sierva”. No se debería traducir “Ha mirado a la humildad de su sierva”. Humildad puede significar la virtud de la humildad. Tenemos que tener cuidado, porque hay un peligro si entendemos que María no atribuye nada a la acción del Señor, sino a su virtud de humildad.

Hubo alguien,  un santo, que dicen que dijo este error: ”Mirad la importancia de la humildad, María no se gloría de ninguna virtud sino de su humildad”. ¡Y así ha destruido la humildad de María! ¿No les parece? Si María atribuyese a su humildad, la elección de Dios, habría destruido la humildad. Tenemos que conocer que la palabra tapeinós, que es la palabra griega que está detrás de ésta, puede significar pequeñez objetiva y puede significar el sentido que yo tengo, el reconocimiento de mi propia pequeñez.

En este segundo significado subjetivo es la virtud de la humildad, pero en el significado objetivo significa la pequeñez objetiva. Entonces, María usa la palabra en el sentido objetivo. Dice: “ha mirado la nada de su sierva, la nada que soy yo frente a Dios”. ¡Claro! ¡Claro! Entonces, tenemos que tener cuidado de no atribuir a María la presunción de ser humilde, porque la humildad tiene un estatuto especial: la poseen los que no creen poseerla y no la poseen quienes creen poseerla.

Sin embargo, ha llegado el momento de recordarnos que María es figura y espejo de la Iglesia. ¿Qué significa para la Iglesia y para cada uno de nosotros el hecho de que la historia de María comience con la palabra “gracia”? Significa que también para nosotros, al comienzo de todo, está la gracia. La elección libre y gratuita de Dios, su favor inexplicable. Su venir al encuentro con nosotros en Cristo y donarse a nosotros por puro amor.

Significa que la gracia es el primer principio del cristianismo. También la Iglesia tuvo su Anunciación. Y ¿cuál es el saludo que le dirige el mensajero divino a la Iglesia? Escuchad por ejemplo el saludo que San Pablo dirige a la Iglesia: Gracia a vosotros y paz de parte de Dios, Padre nuestro y del Señor Jesucristo”, así comienzan casi invariablemente las Cartas de los Apóstoles.

Veamos uno de estos anuncios directamente, para saborearle toda la fuerza y la dulzura. Se trata de la Primera Carta a los Corintios, capítulo primero, versículo del 1 al 7: “Pablo, llamado por voluntad de Dios a ser apóstol de Cristo Jesús y Sóstenes, el hermano, a la Iglesia de Dios que está en Corinto: a los santificados en Cristo Jesús y llamados a ser santos, con cuantos, en cualquier lugar invocan el nombre de Jesucristo, Señor nuestro y de ellos. Gracia a vosotros y paz de parte de Dios, Padre nuestro y del Señor Jesucristo.

Doy gracias a Dios sin cesar por vosotros, por la gracia que Dios os ha otorgado por medio de Cristo Jesús. Y es que por medio de él habéis recibido todas las riquezas, las de la palabra y las del conocimiento, en la medida en que se ha consolidado entre vosotros el testimonio de Cristo. Así, ya no os falta ningún don espiritual a los que esperáis la Revelación de nuestro Señor Jesucristo”.

La gracia y la paz no son solamente así un augurio, sino también una noticia. El verbo entendido no es “sea” sino “es”, “está”, “hay“gracias por vosotros. “Os anunciamos que estáis en la gracia, es decir, en el favor de Dios, a través de Cristo”.

Sobre todo, Pablo no se cansa nunca de anunciar a los creyentes la gracia de Dios y de suscitarles el sentimiento vivo de la gracia de Dios. Que no es una idea. La Renovación Carismática tendría que ayudarnos a cambiar las ideas en experiencias, pasar de las cabeza al corazón. También la palabra gracia tiene que decir algo aquí, en el corazón; no solamente en la cabeza.

San Pablo se considera él, el apóstol de la gracia de Dios, elegido para anunciar la buena noticia de la gracia de Dios. Esto se lee en un discurso de Pablo en los Hechos de los Apóstoles: Gracia es la palabra que resume por sí sola todo el anuncio cristiano y todo el Evangelio que es definido, de hecho, como el Evangelio de la gracia de Dios. De nuevo en los Hechos de los Apóstoles, capítulo 14, versículo 3.

Para descubrir la carta de novedad y de consolación contenida en este anuncio, hermanos y hermanas, sería necesario volver a hacer una escucha similar a la que los primeros destinatarios del Evangelio tuvieron. Su época, esta época a comienzos del cristianismo, ha sido definida como una época de angustia. El hombre pagano buscaba desesperadamente un camino de salida del sentido de condena y de lejanía de Dios en el que se debatía; de un modo considerado como una prisión. Y  lo buscaba en los más diversos cultos y en las más diversas filosofías.

Pensemos para hacernos una idea en un condenado a muerte que durante años vive en una incertidumbre opresiva, que se sacude de miedo por cada ruido de pasos que oye fuera de la celda. ¿Qué produce en su corazón la llegada imprevista de una persona amiga que, de lejos, agitando una hoja de papel, le grita: ”¡Gracia! ¡Gracia!, ¡has conseguido la gracia, la amnistía!”? De golpe, nace en él un sentimiento nuevo. El mundo mismo cambia su aspecto y él se siente una criatura renacida.

Un efecto similar debían producir en quienes lo escucharon las palabras del apóstol al comienzo del capítulo 8 de la Carta a los Romanos: “No hay ninguna condenación para los que están en Cristo Jesús, porque la ley del Espíritu que da la vida en Cristo Jesús te ha liberado de la ley, de la muerte y del pecado”.

Este es un kerigma magnífico. ¿Queréis ayudarme a hacerlo resonar en esta sala? Entonces, repetid después de mí: “No hay ninguna condenación, para los que están en Cristo Jesús, porque la ley del Espíritu que da la vida en Cristo Jesús, te ha liberado de la ley del pecado y de la muerte” (Aplausos…).

Y tendríamos que hacer resonar estas palabras porque también hoy, el hombre, en el mundo de hoy, con toda su tecnología, vive un tiempo de angustia… de angustia. Hay personas que se sienten rechazadas, condenadas. No solamente por los hombres, sino por Dios también. A estos también tendríamos que llevar esta buena nueva: “No hay ninguna condenación; si te condenan los hombres, Dios te absuelve por Cristo Jesús” (Aplausos…).

Tanto para la Iglesia como para María, la gracia debe ser el núcleo profundo de su realidad y la raíz de su existencia. Como ya hemos recordado, por la gracia María es lo que es. También ella tiene que repetir con San Pablo: Por gracia de Dios soy lo que soy. Esto también es válido en el plano sobrenatural para la Iglesia. La salvación en su raíz es gracia, no es resultado del querer del hombre. Porque vosotros habéis sido salvados por la fe, no por mérito propio, sino por la gracia de Dios (Efesios 2, 8).

Por lo tanto, antes del mandamiento, en la fe cristiana, viene el don. Y es el don el que genera el deber y no viceversa. No es la ley la que genera la gracia, sino que es la gracia la que genera la ley. La gracia, de hecho, es ley nueva del cristiano, la ley del Espíritu.

Por lo tanto, María recuerda el programa a la Iglesia sobre todo esto: Que todo es gracia. La gracia es el distintivo del cristianismo, en el sentido que se distingue de toda otra religión por la gracia. Desde el punto de vista de las doctrinas las morales y de los dogmas y de las obras buenas, puede haber semejanzas y equivalencias al menos parciales en las obras de algunos seguidores de otras religiones, sus obras pueden ser y son incluso y son mejor que las obras de muchos cristianos.

Pero es la gracia de Dios la diferencia. Y repito, en la gracia está lo único, la prerrogativa del cristianismo que lo distingue de toda otra religión y filosofía religiosa. No se habla de superioridad sino de diferencia. En cada religión el esquema es: se tiene que hacer algo para alcanzar el premio. Pueden ser especulaciones intelectuales, pueden ser renuncias ascéticas… pero el esquema siempre es lo mismo. Para alcanzar el objetivo (que puede ser paraíso, el nirvana…) se tiene que seguir un camino.

El cristianismo no comienza diciendo a los hombres lo que tienen que hacer para ser salvados; comienza diciendo lo que Dios ha hecho para salvarles. Es decir, el cristianismo comienza con el don, la gracia. Los diez mandamientos, los preceptos del Evangelio… todo eso está en segundo nivel. El primer nivel es la gracia, el don de Dios, de quien desciende el deber.

Si esto hubiera estado claro no habría existido la reforma protestante. Pero desgraciadamente se había olvidado precisamente esto, que no se llega a la fe a través de las virtudes. Lo decía San Gregorio Magno: No se llega a la fe a través de las virtudes, sino que se llega a las virtudes a través de la fe. Y ahora, gracias a Dios, estamos recobrando la unidad en esto. Será el tema de mi última charla a la Casa Pontificia este año. Cómo ahora, anunciar juntos, católicos y protestantes, este gran mensaje de la gracia de Dios, de la salvación gratuita. De quien descienden las obras.

Si hubo un error (como a veces, muchas veces, estoy invitado a hablar a mis hermanos protestantes, les digo) el error más fuerte durante la Reforma no fue que se cortó la Carta a los Romanos de todo el resto del Nuevo Testamento, haciendo de ella un canon en el canon. El error mayor fue recortar la primera parte de la carta a los Romanos de la segunda, porque si se leen juntas se ve que hay lugar para la fe, primero está la fe, lo que Cristo ha hecho, y la fe en Cristo que nos salva, y después a partir del capítulo 12 se comienza a hablar de las virtudes, de los frutos del Espíritu que tienen que seguir; de otra manera, la vida que se ha recibido se pierde.

Es lo que pasa también en la vida del hombre: el niño, la criatura ¿puede hacer algo para ser concebido en el seno de su madre? Me parece que no. Necesita el amor, al menos hasta ahora, necesita el amor de un hombre y una mujer. El niño no puede hacer nada para ser concebido, pero una vez que ha nacido, tiene que poner en obra sus pulmones y respirar; de otra manera muere. En la Carta de Santiago dice esto: la fe sin las obras está muerta. Y la fe sin las obras muere.

La más grande herejía del hombre moderno es pensar que puede prescindir de la gracia de Dios. En la cultura tecnológica en la que vivimos asistimos a una eliminación de la misma idea de gracia. Es el pelagianismo radical de la mentalidad moderna. ¿Sabéis qué es el pelagianismo? Una herejía contra la que luchó San Agustín que dice que el hombre con su buena voluntad, no por la voluntad de Dios, por la ley puede salvarse por sí mismo, por sus obras.

Es como decir que la gracia de Dios, la muerte de Cristo es algo opcional, algo que se añade, pero que no es indispensable. Se cree hoy que basta ayudar al paciente a conocer a la luz de la razón sus neurosis o sus complejos de Edipo para que esté curado, sin necesidad de una gracia de lo alto que lo cure. El caso típico de esto es el psicoanálisis. Pero no todo el psicoanálisis, sino el psicoanálisis que sale de una premonición materialista y que, desde el inicio, da por supuesto que no hay nada de espiritual en el hombre.

Si la gracia es lo que da valor al hombre, lo que lo eleva por encima del tiempo, de la corrupción, de la mortalidad… ¿qué es un hombre sin gracia o que rechaza la gracia? Es un hombre, una mujer, vacío, vacía. En el sentido fuerte de esta palabra. Vacío. El hombre moderno está justamente impresionado por las diferencias llamativas existentes entre los ricos y pobres, entre los saciados y los hambrientos. No obstante, no se preocupa por una diferencia infinitamente más dramática: la diferencia entre quienes viven en gracia de Dios y quienes viven sin gracia de Dios.

Pascal formuló el principio de los tres órdenes o niveles de grandezas que hay entre los hombres. Dice: hay tres niveles de grandeza. Hay primero el primer nivel de los cuerpos, la grandeza material, y en este nivel son grandes y excelentes los que tienen muchos bienes, los ricos, los que son muy hermosos, los “stars”,  los atletas que tienen una fuerza. No se deben despreciar estos bienes o valores que si están bien usados, vienen de Dios, pero están en un primer nivel.

Sobre esto, infinitamente más superior -dice Pascal- está el nivel del ingenio, de la inteligencia, del espíritu; y en este nivel son grandes los poetas, los artistas, los escritores, los científicos… todos los que han enriquecido la humanidad con obras de ingenio. Y en general la humanidad se para aquí. No conoce nada más que estas dos grandezas. Y Pascal dice ¡No!, ¡hay un tercer orden de grandeza, infinitamente más bello y superior que el segundo! y es el de la gracia, de la santidad, porque ésta es una grandeza eterna.

Es una grandeza que depende de nosotros. Porque no depende de nosotros el nacer ricos o pobres, hermosos o bellos… No depende de nosotros esto, ¿eh? Lo que depende de nosotros es ser buenas personas o malas personas, ser buenos o malos, santos o pecadores. Por esto esta grandeza realiza lo que hay de más precioso y noble en la criatura, es la grandeza máxima. La morada más alta, que diría Santa Teresa de Ávila.

El primer plano son los estados, las moradas. Aquí hay una morada noble. Y en este nivel, por supuesto, la cumbre es Jesús, el Santo de Dios, la fuente de santidad. ¡Me encanta este título de Jesús! Que fue el que le dio a Jesús, una vez, San Pedro: “¡a quién iremos Señor, tú solo tienes palabras de vida eterna, y nosotros hemos conocido y creído que tú eres el Santo de Dios.” Jesús es la santidad misma de Dios.

Después de Jesús, y en dependencia, María, la santa, y después los santos y después todos nosotros… Y por esto, recobrar el sentido de la gracia es vibrar. Sería una ganancia enorme si este día sirviera para tomar conciencia de este tesoro que tenemos en nosotros. Sería un día bien empleado.

Este redescubrimiento de la gracia, en el cual María nos está mirando, cambia el modo de considerar nuestra vida. Contiene un llamado personal y urgente a la conversión. Para muchas personas todo el problema de Dios se reduce a la pregunta si existe o no un más allá, algo después de la muerte o si existe un Creador. Todo lo que le impide romper del todo la comunión con la Iglesia y con la fe es la siguiente duda ¿y si existe algo después de la muerte?

En consecuencia, se cree que el alcance principal de la Iglesia es el de conducir a los hombres al Cielo; a encontrar a Dios, pero sólo después de la muerte. En las confrontaciones de este tipo de fe tiene un éxito fácil la crítica de aquellos que ven en el más allá, un paraíso, un escape, una proyección ilusoria de los deseos no satisfechos en la Tierra. Sin embargo, esta crítica tiene poco que hacer con las confrontaciones de la predicación genuina de la gracia, que no es sólo esperanza sino también experiencia y presencia de Dios, aquí y hoy.

La doctrina de la gracia es la única capaz de cambiar esta triste situación de la gente para quien la fe es simplemente creer que hay algo después de la muerte. “La gracia -dice un conocido principio teológico escolástico- es el inicio de la gloria”. ¿Recordáis en este dicho un principio de Santo Tomás de Aquino? La gracia es el principio de la gloria, es el inicio, no sólo la esperanza de la gloria; es el comienzo.

Esto quiere decir que la gracia hace ya presente de algún modo la vida eterna. Se nos hace ver y gustar a Dios hasta el final de esta vida. Es verdad que con esta esperanza nos han salvado, dice Pablo: “En la esperanza, estamos salvados.” Pero esto no significa que esperamos simplemente ser salvados un día. Significa que ya ahora, en la esperanza, experimentamos la salvación.

La esperanza cristiana no es el dirigir el alma a cualquier cosa que pudiera ocurrir. Esa es la esperanza entre los hombres, en sentido ordinario significa esto: el sentido que algo ocurra o el deseo de que algo pase. La esperanza cristiana no es simplemente el deseo que algún día pase algo para mí. De algún modo es ya una certeza, una posesión. Quien tiene la promesa del Espíritu posee la esperanza de la Resurrección. Tiene ya como regalo lo que espera. Este es un dicho de un padre de la Iglesia.

Aquí está uno de los acontecimientos más preciosos que la Renovación Carismática ha llevado a la vida cristiana: tener una experiencia, no sólo una idea del Espíritu de  Dios. ¿No os parece? Es un don que hemos recibido, no es nuestro, pero tenemos que tenerlo vivo y en la Iglesia difundirlo. La vida cristiana es tener una experiencia, no sólo una doctrina sobre el Espíritu Santo, aunque aquí no se necesita insistir en esto, porque ya veo, por la alabanza que aquí hay una experiencia.

La gracia es presencia de Dios. Las dos expresiones dirigidas a María: Llena de gracia y el Señor está contigo, son casi la misma cosa. Esta presencia de Dios en el hombre se realiza en Cristo y por Cristo. La vida cristiana bajo esta perspectiva encuentra una analogía y un símbolo en lo que era el compromiso en los hebreos, es decir, la situación de María en el momento de la Concepción.

La situación de María y José en el momento de la Anunciación es un símbolo, una parábola. Ella era ya esposa de José a título pleno. Ninguno podría rescindir el pacto nupcial y separarla de su esposo. Sin embargo, todavía no había ido María a vivir con él.

Así es el tiempo de la gracia respecto al tiempo de la gloria y de la fe. Respecto al tiempo de la visión. Somos ya de Dios y de Cristo y ninguno puede cortarnos de él, sino nosotros; aunque no hemos ido todavía a estar permanentemente con él.

¿Veis la analogía? Sabéis que en tiempo de María hasta un año después de las nupcias, de la boda, no vivían juntos. Así es nuestra vida, parecida a este tiempo hay entre el desposorio, las nupcias, y estar con el Esposo, vivir junto a él, y consumar el matrimonio.

Decía que el descubrimiento de la gracia contiene también una llamada a la conversión. De hecho, frente a ello urge rápidamente el interrogante ¿qué hice yo con la gracia de Dios? ¿qué estoy haciendo con la gracia de Dios? San Pablo amonestaba: “Como colaboradores de Dios os exhortamos a no recibir en vano la gracia de Dios” (2ª Corintios 6, 1)

Se puede, de hecho, recibir en vano la gracia de Dios, es decir, dejarla caer en el vacío. El lenguaje cristiano ha acuñado la expresión desperdiciar la gracia. Esto sucede cuando no se corresponde a la gracia. Cuando no se cultiva la gracia. De modo que ella pueda producir sus frutos, que son los frutos del Espíritu. Cuando el Apóstol dice: “¿O desprecias tal vez sus tesoros de bondad, paciencia y tolerancia sin reconocer que esa bondad te impulsa al arrepentimiento?” (Romanos 2, 4).

También en la época del Apóstol había algunas personas que creían que podían vivir al mismo tiempo en gracia y en el pecado. A ellos les responde: “¿Qué diremos, entonces, que tenemos que seguir pecando para que abunde la gracia? ¡Ni pensarlo!”, y todavía dice Pablo: “¿Vamos a pecar porque no estamos sometidos a la ley, sino bajo la gracia? De ningún modo” (Romanos 6). Es absurdo.

Es decir, es una monstruosidad, porque esto significa responder a la gracia con la ingratitud. Significa querer que la vida y la muerte estén juntas. Concretamente, esto significa que no se puede vivir una vida en el Espíritu permaneciendo voluntariamente, sin darse mucha preocupación, en el pecado. El caso extremo de este recibir en vano la gracia consiste en perderla, en vivir del pecado, es decir, en la des-gracia de Dios. Esto es terrible, porque es presagio de muerte eterna.

Si de hecho la gracia de Dios es el inicio de la gloria, la des-gracia de Dios es el inicio de la condenación, el infierno. Vivir en desgracia de Dios es vivir ya como un condenado. Es vivir ya la pena del daño aún si todavía no se es capaz de ver y experimentar de qué daño irreparable se trata. Vivir culpablemente sin gracia de Dios es estar muerto. Muerto de la segunda muerte.

Hermanos y hermanas ¡cuántos cadáveres circulan por nuestras calles y por nuestras plazas! A veces dan la imagen misma de (…?) y por el contrario, están muertos.

Un ateo muy conocido, Sartre, a quien un día se le preguntó en una entrevista: ¿Cómo te has sentido en el fondo de la conciencia y qué sensación has tenido llegado al final de tu vida?, y él respondió: “Viví toda la vida con la extraña sensación de aquel que viaja sin pasaje”.

No sé qué intentó decir exactamente, pero es cierto que su respuesta es verdadera. Vivir sin Dios, rechazando su gracia, es como viajar por la vida sin pasaje, con el peligro de ser sorprendido de un momento a otro y obligado a descender. Las palabras de Jesús sobre el hombre encontrado en la sala del banquete sin la vestidura apropiada que es atado de pies y manos y es tirado fuera, hace pensar lo mismo.

Llegamos al final, para vuestra consolación. El anuncio de la gracia contiene también una carga de consuelo y de coraje. Debemos tomar no solamente este llamado a la conversión. El ángel invita a María a alegrarse a causa de la gracia y a no tener miedo a causa de la misma gracia. Y nosotros también estamos invitados a hacer lo mismo. Si María es figura de la Iglesia, entonces es a cada uno y a cada una de nosotros, que se dirige también la invitación: “Alégrate, lleno o llena de gracia. No temas porque has encontrado la gracia”.

La gracia es la razón principal de nuestra alegría. En la letra griega en la que se escribió el Nuevo Testamento, al comienzo de las dos palabras la gracia y la alegría –caris y chara- casi se confunden. La gracia es lo que da alegría. Caris genera la chara. Alegrarse por la gracia significa deleitarse en el Señor y nada absolutamente anteponer al favor y a la amistad de Dios.

La gracia es también la razón fundamental de nuestro coraje. A San Pablo, que se lamentaba por la espina en la carne ¿qué le respondió Dios?: “Te basta mi gracia.” Repitámonos  esto todos ahora, también cuando estamos a punto de enfadarnos con Dios: “Te basta mi gracia”. Repitámoslo también para Raniero: a pesar de tus ochenta y tres años y de tu debilidad, “Te basta mi gracia”.

La gracia de Dios no es como la de los hombres, que con frecuencia decepciona. Dios es al mismo tiempo gracia y fidelidad. Su fidelidad dura por siempre, dice el Salmo. Todos nos pueden abandonar, incluso el padre y la madre -dice un salmo- pero Dios nos acoge siempre. Por eso podemos decir: la bondad y el amor me escoltan todos los días de mi vida. Es necesario hacer todo lo posible para renovar cada día el contacto con la gracia de Dios que está en nosotros. Tomar conciencia de la gracia.

No se trata de entrar en contacto con una cosa o con una idea, sino con una persona. De nuevo, de la gracia, hemos visto, que no es otra cosa que Cristo en nosotros esperanza de la gloria. Ahora gracia es una persona. Es la presencia de Cristo en nosotros. Por la gracia nosotros podemos tener hasta el fin de esta vida un cierto contacto espiritual con Dios, bastante más real que aquel que se pueda tener a través de la especulación sobre Dios.

Cada uno tiene su medio y su recurso preferido para establecer este contacto con la gracia. Como una especie de camino secreto, conocido sólo por él. Será un pensamiento, un recuerdo, una imagen interior (a veces el Señor habla a través de una imagen, sí), una palabra de Dios, un ejemplo recibido. Pensando de nuevo en esto se toma contacto con la gracia.

¿Cuál es el ejercicio para hacer ahora? Es un ejercicio de fe y gratitud y de absoluto. Debemos creer en la gracia, creer que Dios nos ama y que nos es verdaderamente favorable. Escuchar como dichas para cada uno de nosotros las palabras pronunciadas por Dios por medio del profeta: “Tú, Israel, (en lugar de Israel cada uno puede poner su nombre) siervo mío, Jacob mi elegido, a quien tomé, no temas que yo estoy contigo. No te angusties que yo soy tu Dios”.

Hemos escuchado cuál es el primer deber, la primera necesidad que nace de recibir la gracia. Es el de dar gracias, bendecir, exaltar a quien da la gracia. Decimos por lo tanto, también nosotros con los santos: “Qué bien inapreciable es tu gracia. ¿Queréis probar a decirlo ahora juntos?: “Tu gracia vale más que la vida”.

Son muchísimas, hermanos y hermanas, las ciudades y las catedrales y los santuarios en la cristiandad  (al menos en Italia), donde se venera a la Virgen con el título de “Santa María de las gracias”. Es uno de los títulos más queridos para el pueblo cristiano que acude en ciertas ocasiones delante de la imagen de la Virgen que así la representa, como Santa María de las Gracias.

¿Por qué no dar un paso adelante y descubrir un título todavía más bello, todavía más necesario?: “Santa María de la Gracia”, en singular. ¿Por qué, antes de pedir a la Virgen obtenernos las gracias, no pedimos obtener la gracia? Las gracias que se piden a la Virgen y por las cuales se encienden velas y se hacen exvotos y novenas, son en general gracias materiales, para esta vida, buenas ¿verdad?, para esta vida. Son las cosas que Dios da en exceso a quien busca primero el Reino de Dios, es decir, la gracia.

¡Qué alegría damos en el Cielo a María y qué progreso realizamos en su culto si, sin despreciar el título Santa María de las Gracias, no nos ponemos a auparla, a invocarla, como nos la ha revelado la Palabra de Dios, es decir, como “Santa María de la Gracia”! Amén.

Transcrita por Chus Villarroel, op.


Maná y Vivencias Cuaresmales (29), 29.3.17

marzo 29, 2017

Miércoles de la 4ª semana de Cuaresma


amapolas

Cerca está el Señor de los que lo invocan sinceramente



Antífona de entrada: Salmo 68, 14

Ahora, Señor, que estás dispuesto a escucharme, elevo a ti mi súplica: Respóndeme, Dios mío, según tu gran amor y tu fidelidad a las promesas.


Oración colecta

Señor, Dios nuestro, que concedes a los justos el premio de sus méritos y a los pecadores que hacen penitencia les perdonas sus pecados, ten piedad de nosotros y danos, por la humilde confesión de nuestras culpas, tu paz y tu perdón. Por nuestro Señor Jesucristo.

PRIMERA LECTURA: Isaías 49, 8-15

Así dice el Señor: «En tiempo de gracia te he respondido, en día propicio te he auxiliado; te he defendido y constituido alianza del pueblo, para restaurar el país, para repartir heredades desoladas, para decir a los cautivos: “Salid”, a los que están en tinieblas: “Venid a la luz.”

Aun por los caminos pastarán, tendrán praderas en todas las dunas; no pasarán hambre ni sed, no les hará daño el bochorno ni el sol; porque los conduce el compasivo y los guía a manantiales de agua. Convertiré mis montes en caminos, y mis senderos se nivelarán. Miradlos venir de lejos; miradlos, del norte y del poniente, y los otros del país de Sin.

Exulta, cielo; alégrate, tierra; romped a cantar, montañas, porque el Señor consuela a su pueblo y se compadece de los desamparados. Sión decía: “Me ha abandonado el Señor, mi dueño me ha olvidado.”

¿Es que puede una madre olvidarse de su criatura, no conmoverse por el hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvide, yo no te olvidaré.»


SALMO 144, 8-9.13cd-14.17-18

El Señor es clemente y misericordioso

El Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad; el Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas.

El Señor es fiel a sus palabras, bondadoso en todas sus acciones. El Señor sostiene a los que van a caer, endereza a los que ya se doblan.

El Señor es Justo en todos sus caminos, es bondadoso en todas sus acciones; cerca está el Señor de los que lo invocan, de los que lo invocan sinceramente.

Aclamación antes del Evangelio: Juan 11, 25-26

Yo soy la resurrección y la vida, dice el Señor; el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá.


EVANGELIO: Juan 5, 17-30

En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: «Mi Padre sigue actuando, y yo también actúo.»

Por eso los judíos tenían más ganas de matarlo: porque no sólo abolía el sábado, sino también llamaba a Dios Padre suyo, haciéndose igual a Dios.

Jesús tomó la palabra y les dijo: «Os lo aseguro: El Hijo no puede hacer por su cuenta nada que no vea hacer al Padre. Lo que hace éste, eso mismo hace también el Hijo, pues el Padre ama al Hijo y le muestra todo lo que él hace, y le mostrará obras mayores que ésta, para vuestro asombro.

Lo mismo que el Padre resucita a los muertos y les da vida, así también el Hijo da vida a los que quiere.

Porque el Padre no juzga a nadie, sino que ha confiado al Hijo el juicio de todos, para que todos honren al Hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo no honra al Padre que lo envió.

Os lo aseguro: Quien escucha mi palabra y cree al que me envió posee la vida eterna y no se le llamará a juicio, porque ha pasado ya de la muerte a la vida.

Os aseguro que llega la hora, y ya está aquí, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que hayan oído vivirán. Porque, igual que el Padre dispone de la vida, así ha dado también al Hijo el disponer de la vida. Y le ha dado potestad de juzgar, porque es el Hijo del hombre.

No os sorprenda, porque viene la hora en que los que están en el sepulcro oirán su voz: los que hayan hecho el bien saldrán a una resurrección de vida; los que hayan hecho el mal, a una resurrección de juicio.

Yo no puedo hacer nada por mí mismo; según le oigo, juzgo, y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió.»

Antífona de comunión: Juan 3, 17

Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.


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VIVENCIAS CUARESMALES

Mi Padre sigue actuando y yo también actúo

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29. MIÉRCOLES

CUARTA SEMANA DE CUARESMA

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Por si había alguna duda, el Señor viene en ayuda de nuestra fe porque a veces dudamos de su ternura y de los efectos de su salvación. El Señor pregunta: ¿Puede una madre olvidarse del niño que está criando, o dejar de querer al hijo de sus entrañas?

¿Cabe mayor condescendencia, mayor compasión, paciencia y magnanimidad del Creador para con su criatura? Oremos: Haz, Señor, que crea de todo corazón y perdona mi incredulidad.

Te cantaré, Señor, y no me cansaré de repetir para mí mismo y para los demás: “El Señor es clemente y misericordioso” (Salmo 144, 8-9-13-14-11-18). En la antífona de comunión, Juan 3, 17: Tanto nos ama el Padre que ha enviado a su Hijo al mundo para salvarlo, para que nadie dude más, no para condenar, sino para salvar.

Si crees en Cristo ya eres salvo, si no crees, nadie te condena, ni el Padre, ni el Hijo, sino tú mismo, porque te sales, te apartas de la familia divina a la que fuiste invitado. El Padre y el Hijo mutuamente se dan crédito, se dan confianza y amor en un mismo Espíritu Santo, y los tres quieren tu salvación.

¿Cabe mayor consideración y ternura hacia ti? ¿Podrá olvidarse una madre de la criatura de sus entrañas?

Tú eres criatura de Dios. Eternamente él ha pensado en ti. Dios ha pronunciado tu nombre, eres único para él: desde toda la eternidad. No te cabe en la cabeza pero él te lo asegura una y mil veces para que te lo creas, porque Dios sabe que eres de barro, voluble y olvidadizo.

Dios pide tu fe: es decir, que te comprendas a ti mismo desde la fe, desde el designio y proyecto que Dios tiene sobre tu vida, desde siempre. Él pensó en ti, estás proyectado por él y para él. ¡Nos hiciste, Señor, para ti!, exclamará san Agustín.

Por eso, cuando te olvidas de tus orígenes, pecas. Lo mismo le sucedía al pueblo de Israel, al salir de Egipto cuando caminaba por el desierto: en vez de mirar adelante, hacia la tierra prometida, miraba hacia atrás, añorando la casa de la esclavitud, y pecaban. No te dejes arrebatar la “memoria de Dios”, la impronta original e imborrable que Dios depositó en ti por la creación y por la recreación en Cristo Jesús (“memoria Dei”).

Seguramente alguna vez habrás considerado tu condición de hijo de Dios Padre y habrás meditado en su proyecto sobre ti. Ahora puedes recordarlo, durante la Cuaresma. Encuentras su plan sobre ti, resumido en Efesios 1, 13-14.

Nos llamó a ser sus hijos en su Único Hijo. El Padre ha acreditado a Jesucristo como su Palabra, no tiene otra: quien escuche a Jesús y lo siga, se salvará. Quien lo rechace, se condenará, se autoexcluirá.

Tratemos de descubrir este plan maravilloso de Dios Padre sobre nosotros, en el pasado de Israel, en el presente y en el futuro: él nos sacará de todas las esclavitudes, él nos hará volver de todos los destierros.

Por eso, “exulta, cielo; alégrate, tierra; romped a cantar, montañas, porque el Señor consuela a su pueblo, se compadece de los desamparados. Sión decía: ‘Me ha abandonado el Señor, mi dueño se ha olvidado’.

¿Es que puede una madre olvidarse de su criatura, no conmoverse por el hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvide, yo no te olvidaré, dice el Señor todopoderoso” (Is 49, 13-15).

Jesús ha realizado la salvación prometida por el Padre. Lo estamos viendo estos días en el evangelio de Juan: la curación del ciego de nacimiento, el domingo, ciclo A; el envío del Hijo al mundo para salvarlo, no para condenarlo, domingo, ciclo B; la curación del hijo del funcionario de Cafarnaún, el lunes; y la del paralítico de la piscina de Betsaida, el martes, ayer.

En el Evangelio de hoy, Jesús nos revela su comunión con el Padre. Nos introduce en la vida trinitaria. ¡Gran confidencia! “Mi Padre sigue actuando y yo también actúo. Os lo aseguro: el Hijo no puede hacer por su cuenta nada que no vea hacer al Padre. Yo no puedo hacer nada por mí mismo; según le oigo, juzgo, y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió” (Jn 5, 17-30).

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Del comentario de san Juan Fisher, obispo y mártir,
sobre los salmos

Si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre

Cristo Jesús es nuestro sumo sacerdote, y su precioso cuerpo, que inmoló en el ara de la cruz por la salvación de todos los hombres, es nuestro sacrificio. La sangre que se derramó para nuestra redención no fue la de los becerros y los machos cabríos (como en la ley antigua), sino la del inocentísimo Cordero, Cristo Jesús, nuestro salvador.

El templo en el que nuestro sumo sacerdote ofrecía el sacrificio no era hecho por manos de hombres, sino que había sido levantado por el solo poder de Dios; pues Cristo derramó su sangre a la vista del mundo: un templo ciertamente edificado por la sola mano de Dios. Y ese templo tiene dos partes: una es la tierra, que ahora nosotros habitamos; la otra nos es aún desconocida a nosotros, mortales.

Así, primero, ofreció su sacrificio aquí en la tierra, cuando sufrió la más acerba muerte. Luego, cuando revestido de la nueva vestidura de la inmortalidad entró por su propia sangre en el santuario, o sea, en el cielo, presentó ante el trono del Padre celestial aquella sangre de inmenso valor, que había derramado una vez para siempre en favor de todos los hombres, pecadores.

Este sacrificio resultó tan grato y aceptable a Dios, que así que lo hubo visto, compadecido inmediatamente de nosotros, no pudo menos que otorgar su perdón a todos los verdaderos penitentes.

Es además un sacrificio perenne, de forma que no sólo cada año (como entre los judíos se hacía), sino también cada día, y hasta cada hora y cada instante, sigue ofreciéndose para nuestro consuelo, para que no dejemos de tener la ayuda más imprescindible. Por lo que el Apóstol añade: Consiguiendo la liberación eterna.

De este santo y definitivo sacrificio se hacen partícipes todos aquellos que llegaron a tener verdadera contrición y aceptaron la penitencia por sus crímenes, aquellos que con firmeza decidieron no repetir en adelante sus maldades, sino que perseveran con constancia en el inicial propósito de las virtudes.

Sobre lo cual, san Juan se expresa en estos términos: Hijos míos, os escribo esto para que no pequéis. Pero, si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo, el Justo. Él es víctima de propiciación por nuestros pecados, no sólo por los nuestros, sino también por los del mundo entero (Salmo 129: opera omnia, edición, p. 1610).