El maná de cada día, 8.1.19

enero 8, 2019

Martes 8 de enero. Feria después de Epifanía

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Todo el que ama ha nacido de Dios

Todo el que ama ha nacido de Dios



PRIMERA LECTURA: 1 Juan 4, 7- 10

Queridos hermanos, amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor.

En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único, para que vivamos por medio de él.

En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados.


SALMO 71, 1-2. 3-4ab. 7-8

Que todos los pueblos de la tierra se postren ante ti, Señor.

Dios mío, confía tu juicio al rey, tu justicia al hijo de reyes, para que rija a tu pueblo con justicia, a tus humildes con rectitud.

Que los montes traigan paz, y los collados justicia; que él defienda a los humildes del pueblo, socorra a los hijos del pobre

Que en sus días florezca la justicia y la paz hasta que falte la luna; que domine de mar a mar, del Gran Río al confín de la tierra.


Aclamación antes del Evangelio: Lc 4, 18

El Señor me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad.


EVANGELIO: Marcos 6, 34-44

En aquel tiempo, Jesús vio una multitud y le dio lástima de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles con calma.

Cuando se hizo tarde se acercaron sus discípulos a decirle: «Estamos en despoblado, y ya es muy tarde. Despídelos, que vayan a los cortijos y aldeas de alrededor y se compren de comer.»

Él les replicó: «Dadles vosotros de comer.»

Ellos le preguntaron: «¿Vamos a ir a comprar doscientos denarios de pan para darles de comer?»

Él les dijo: «¿Cuántos panes tenéis? Id a ver.»

Cuando lo averiguaron le dijeron: «Cinco, y dos peces.»

Él les mandó que hicieran recostarse a la gente sobre la hierba en grupos. Ellos se acomodaron por grupos de ciento y de cincuenta.

Y tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos para que se los sirvieran. Y repartió entre todos los dos peces.

Comieron todos y se saciaron, y recogieron las sobras: doce cestos de pan y de peces.

Los que comieron eran cinco mil hombres.


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LLEVAR LAS CARGAS DE LOS DEMÁS

No hay carga más dulce de llevar que la que guarda en su seno esa madre gestante que va a dar a luz. Cobijado en sus entrañas, el hijo es hijo porque sabe descansar en el seno escondido de su madre.

Dios también se hizo hijo y fue llevado, cargado como hijo. Qué carga tan grande y tan dulce para María la de este Hijo que llevó en su seno purísimo.

Y así, llevado como hijo, se preparaba el Verbo para cargar sobre sí todo el peso de nuestro pecado. Llevó en su seno todo el peso de la redención, cargando en sus entrañas, como se carga con el hijo, aquella cruz que había de dar tanta vida a tu alma.

¿Cómo no llevar y soportar así, con entrañas de madre, con las entrañas del Verbo encarnado, esas cargas y cruces que los demás necesitan descansar en ti?

¿No ves que cada problema, cada dolor, cada sufrimiento y prueba de los que te rodean deberías tú sentirla y acompañarla como una madre siente y acompaña en sus entrañas al hijo nascituro?

Dios lleva tus cargas; lleva tú las de los demás y experimentarás algo de aquella dolorosa dulzura de Cristo llagado cuando cargaba con la Cruz y con tu pecado.

El amor hace liviano todo peso. Y por amor, has de llevar en tu alma las cargas y cruces de los demás, como María llevó en su seno aquel Hijo de sus entrañas.

Has de amar la cruz de Cristo en los demás y ser en ellos ese pequeño cireneo de Dios, que alivie y dulcifique tantas heridas. Y que tu amor sea para ellos el descanso y alivio que Dios les ofrece a través de ti.

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La misa dominical, mucho más que un precepto.

enero 2, 2019

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Luis F. Álvarez González, sacerdote salesiano y doctor en teología litúrgica.

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La misa dominical, mucho más que un precepto. 

Por Luis F. Álvarez González, sacerdote salesiano y doctor en teología litúrgica. 

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Los cristianos con cierta formación en el campo de la teología litúrgica no necesitan que nadie les informe sobre cómo está hoy, en nuestro contexto socio-religioso, el tema de la Eucaristía del domingo.

¡El tsunami del secularismo ha hecho estragos! Hasta el punto de poder afirmar con toda razón que “el olvido de Dios es el problema más acuciante de nuestro tiempo” (J. Ratzinger: Papa Benedicto XVI).

Ni tampoco desconocen el formidable esfuerzo llevado a cabo por la Iglesia en los últimos 60 años, para profundizar en la teología del domingo, proponerla de una manera más clara a los creyentes y cuidar con esmero la participación de la asamblea en la celebración de la Eucaristía del domingo. Quizás sin todo ese meritorio y laudable esfuerzo el resultado hubiera sido mucho más grave.

Sin embargo, hoy una gran parte de los cristianos de España y también de los demás países de Europa padece una escasa formación cristiana, que no va más allá del nivel del catecumenado; carecen sobre todo de una formación espiritual y de una experiencia sacramental suficiente. La familia, por añadidura, ya no es el lugar privilegiado de la transmisión y el crecimiento de la fe.

Para ser objetivos es obligado afirmar que existe también un “resto de Israel”, una minoría de fieles cristianos que resisten y son “confesores” y testigos de su fe, como luces en medio de la oscuridad.

Por eso la Iglesia entera, en cada uno de sus miembros, está abocada hoy “a una nueva etapa evangelizadora” Evangelii gaudium 1) para anunciar con todas sus fuerzas la alegría del Evangelio. ¡Ay de nosotros si no evangelizamos!

El precepto dominical, que desde siglos atrás hace obligatoria la participación activa y plena en la Eucaristía del día del Señor (el domingo), no ha servido ni mucho ni poco para detener la “espantada”, o el abandono, de tantos cristianos de la Eucaristía dominical y, en consecuencia, de la comunidad cristiana.

Dicho precepto además dejó grabada en lo más hondo de la conciencia de algunos cristianos la profunda marca del ir a Misa solo “por obligación”, por cumplir el precepto.

Creo que, yendo más allá de la discutible utilidad pedagógica del precepto dominical, debemos preguntarnos sobre si la consideración de la Eucaristía dominical como una mera “obligación” no es una reducción inadmisible del mandato del Señor a sus discípulos en la noche en que fue entregado: “Haced esto en memoria mía” (Lucas 22, 19). En efecto, ¿se puede obligar a amar?

Es precisamente en este nivel de análisis en el que me sitúo en este punto de vista: El significado del domingo, cuyo centro es la celebración de la Eucaristía, para la vida del cristiano y de la Iglesia. Pero sin olvidar precisar que al preguntarse  por la relación que existe entre la Eucaristía y la vida del cristiano ¿no es, en realidad, preguntarse por la relación personal, buscada y elegida, entre Jesús, el Señor, y el cristiano?

Fieles al testamento o a la voluntad del Señor, la Iglesia no ha cesado, nunca desde aquel memorable día de la Resurrección, de reunirse cada ocho días, para experimentar la fuerza liberadora y transformadora del Señor de la vida y vivir enteramente de Él (SC 106). ”Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando” (Juan 15, 14-15), nos había dicho.

No celebramos, por tanto, la Eucaristía por devoción, ni siquiera por necesidad y menos aún por obligación. Nos reunimos cada domingo, nuestra fiesta primordial, pase lo que pase, por fidelidad  y amor a nuestro Señor. Para vivir el acontecimiento central de la historia: la Pascua del Señor, que nos ha cambiado la vida para siempre.

La historia ha dejado constancia de la muerte de muchos cristianos, a lo largo de los siglos, que han dado su vida por Jesús por no faltar a la Pascua semanal (del domingo). Y este hecho no es solo del pasado. Pasa en nuestros días, es de palpitante actualidad. Los periódicos y la televisión relatan noticias de iglesias incendiadas con cristianos dentro reunidos en asamblea litúrgica en torno a la mesa del Señor.

¿No sentimos vergüenza nosotros los cristianos de España y Europa de tener que apoyarnos en el “andador” del precepto para serle fieles a Jesucristo?

Es indudable que una reflexión teológica sobre la esencial relación entre Cristo, el Señor, y el cristiano en la celebración de la Eucaristía no puede pasar por alto que “no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (Benedicto XVI).

Cuanto venimos considerando nos convence de que el precepto dominical satisface muy poco al cristiano que, “por experiencia propia, está convencido de que no es lo mismo haber conocido a Jesús que no conocerlo, no es lo mismo caminar con Él que caminar a tientas, no es lo mismo poder escucharlo que ignorar su Palabra, no es lo mismo poder contemplarlo, adorarlo, descansar en Él, que no poder hacerlo” (Evangelii gaudium 266).

El mero precepto ayuda muy poco al cristiano que “unido a Jesús, busca lo que Él busca, ama lo que Él ama. En definitiva, lo que busca es la gloria del Padre” (Evangelii gaudium 267).

Por último debo recordar que el día del Señor, núcleo y fundamento del año litúrgico, posee una riqueza extraordinaria. No se agota en la celebración de la Eucaristía.

Por eso se necesita mucho una pastoral del domingo nueva y fresca, ambiciosa y renovada, que no se limite a la organización de los horarios de misas (que con frecuencia sirven para fragmentar a la comunidad cristiana), sino precisamente a favorecer el encuentro de los cristianos, la experiencia de la fraternidad y a vivir juntos la alegría de la Resurrección en una celebración eucarística verdaderamente expresiva, festiva y participada.

 

 

 

 


Perijóresis: La unión en una única esencia sin confundirse

diciembre 19, 2018

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Icono de la Trinidad y la Eucaristía de Rublev

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Perijóresis: La unión en una única esencia sin confundirse

La vía hacia la verdadera unidad está en imitar entre nosotros, en la Iglesia, esa compenetración divina, ¡entra en la Trinidad!

Por el P. Raniero Cantalamessa, ofmc. 

Hay un “lugar”, sólo uno en el universo, donde se da la unidad perfecta entre personas, el amor al otro como a uno mismo. Ese lugar es la Trinidad. El predicador del Papa, Raniero Cantalamessa invitó el pasado 14 de diciembre a entrar en ese Dios vivo, en su segunda predicación de Adviento a la Curia romana, que reproducimos íntegra traducida al español:

 

Cuando se trata del conocimiento del  Dios vivo, una experiencia vale más que muchos razonamientos y yo quisiera empezar esta segunda meditación precisamente con una experiencia.

Hace tiempo recibí la carta de una persona a la que seguía espiritualmente, una mujer casada, fallecida hace algunos años.

La autenticidad de sus experiencias está confirmada por el hecho de que se las ha llevado consigo a la tumba, sin hablar nunca a nadie, excepto a su padre espiritual.

Pero todas las gracias pertenecen a la Iglesia y quiero, por eso, compartirla con vosotros, ahora que ella está junto a Dios. Ella me ha hecho recordar la experiencia de Moisés ante la zarza ardiente. Decía:

Una mañana, mientras esperaba en mi habitación a que vinieran a vestirme, miraba un gran tilo que extendía las ramas delante de la ventana. El sol naciente le envestía por delante. Quedé encantada de su belleza, cuando de golpe mi atención fue atraída por un resplandor extraño, de un blanco extraordinario.

Cada hoja, cada rama se puso a vibrar como llamitas de mil velas. Estuve más maravillada que cuando vi caer la primera nieve de mi vida. Y mi sorpresa aumentó cuando —no sé si con los ojos del cuerpo o no—  en el centro de todo aquel brillo vi como una mirada y una sonrisa de una belleza y de una benevolencia indecibles.

Tenía el corazón que latía enloquecido; sentí que esa potencia de amor me penetraba y tuve la sensación de ser amada hasta lo más íntimo de mi ser. Duró un minuto, un minuto y medio, no lo sé, para mí era la eternidad.

Fui llevada de nuevo a la realidad por un escalofrío helado que me pasó por el cuerpo y con gran tristeza me di cuenta que la mirada y sonrisa se había desvanecido y que poco a poco el esplendor del árbol se apagaba.

Las hojas retomaron su aspecto ordinario y el tilo, aunque investido por la luz radiante de un sol de verano, en comparación con su esplendor anterior, con mi gran decepción me apareció oscuro como bajo un cielo lluvioso.

No hablé a nadie de este hecho, pero poco tiempo después, escuché a la cocinera y a otra mujer que hablaban de Dios entre ellas. Pregunté: “¿Dios? ¿Quién es?”, intuyendo algo misterioso. “¡Pobre pequeña —dijo la cocinera a la otra mujer—, la abuela es una pagana y no le enseña estas cosas!

Dios -dijo dirigida hacia mí– es aquel que ha hecho el cielo y la tierra, los hombres y los animales. Es omnipotente y habita en el cielo”. Quedé en silencio, pero dije dentro de mí: “¡Es a él a quien he visto!“.

Y, sin embargo, estaba muy confusa. A mis ojos, la abuela era muy superior a estas mujeres de servicio, y con todo, la cocinera había dicho que era una pagana porque no conocía a Dios y yo había entendido que era un término despreciativo. ¿Quién tenía razón?

Una mañana esperaba a que vinieran a vestirme. Estaba impaciente y deploraba el hecho de que mis vestidos de niña se abotonaran por detrás. Al final no esperé más y dije: “Dios, si tú existes y eres verdaderamente todopoderoso, abotóname el vestido sobre la espalda para que pueda bajar al jardín”.

No había terminado de pronunciar estas palabras cuando mi vestido se encontró abotonado. Me quedé con la boca abierta, aterrorizada por el efecto de mis palabras. Las piernas me temblaban, me senté ante el espejo del armario para constatar si era verdad y para retomar el aliento.

No sabía aún qué significaba la frase “tentar a Dios”, pero entendía que habría sido reducida a polvo si me hubiera opuesto a su voluntad.

Toda una vida de santidad vivida después confirma que todo esto no había sido el sueño o la imaginación de una niña. 

1.- Dios es amor y por eso es Trinidad

Ahora proseguimos nuestra reflexión sobre el Dios Viviente. ¿A quién nos dirigimos, nosotros cristianos, cuando pronunciamos la palabra “Dios”, sin otra especificación?

¿A quién se refiere ese «tú», cuando, con las palabras del salmo, decimos: “Oh Dios, tú eres mi Dios” (Sal 63,2)?

¿Quién responde a ello, por así decirlo, al otro lado del cable? Ese “tú” no es simplemente Dios Padre, la primera persona divina, como si hubiera existido o fuera pensable, un solo instante, sin las otras dos.

Tampoco es la esencia divina indeterminada, como si existiera una esencia divina que sólo en un segundo momento se especifica en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo.

El único Dios, aquel que en la Biblia dice: “¡Yo Soy!”, es el Padre que engendra al Hijo y que, con él, espira el Espíritu, comunicándoles toda su divinidad.

Es el Dios comunión de amor, en el que unidad trinidad proceden de la misma raíz y del mismo acto y forman una Tri-unidad, en la que ninguna de las dos cosas —unidad y pluralidad— precede a la otra, o existe sin la otra, ninguno de los dos niveles es superior al otro o más “profundo” que el otro.

Ese “tú” al que nos dirigimos en oración, según los casos y la gracia de cada uno, puede ser una de las tres divinas personas en particular: el Padre, el Hijo Jesucristo, o el Espíritu Santo, sin que se pierda el todo.

Por la comunión trinitaria, en efecto, en cada persona divina están presentes las otras dos. La Trinidad es como uno de esos triángulos musicales que por cualquier lado que se toque vibra todo y da el mismo sonido.

El Dios vivo de los cristianos no es otra cosa, en conclusión, que la Trinidad viviente.

La doctrina de la Trinidad está contenida, como en germen, en la revelación de Dios como amor. Decir: “Dios es amor” (1 Jn 4,8) es decir: Dios es Trinidad.

Todo amor implica un amante, un amado y un amor que los une. Todo amor es amor de alguien o de algo; no se da un amor “vacío”, sin objeto.

Ahora bien, ¿quién ama a Dios, para ser definido amor? ¿El hombre? Pero entonces es amor solo desde hace algún centenar de millones de años.

¿Ama el universo? Pero entonces es amor solo desde hace algunos mil millones de años. Y antes, ¿a quién amaba Dios para ser el amor? 

Los pensadores griegos y, en general, las filosofías religiosas de todos los tiempos, al concebir a Dios, sobre todo como “pensamiento”, podían responder: Dios se pensaba a sí mismo; era “puro pensamiento”, “pensamiento de pensamiento”.

Pero esto no es posible, desde el momento en que se dice que Dios es ante todo amor, porque el “puro amor de sí mismo” sería puro egoísmo, que no es la exaltación máxima del amor, sino su total negación.

Y he aquí la respuesta de la revelación, expuesta por la Iglesia. Dios es amor desde siempre, ab aeterno, porque antes de que existiera un objeto fuera de sí para ser amado, tenía en sí mismo al Verbo, el Hijo que amaba con amor infinito, es decir, “en el Espíritu Santo”. 

Esto no explica “cómo” la unidad pueda ser simultáneamente Trinidad; esto es un misterio incognoscible por nosotros porque ocurre sólo en Dios.

Sin embargo, nos ayuda a intuir “por qué”, en Dios, la unidad debe ser también pluralidad: porque ¡”Dios es amor”!

Un Dios que fuera puro conocimiento o pura ley, o puro poder, ciertamente no tendría ninguna necesidad de ser trino.

Más aún, este hecho complicaría las cosas y de hecho ¡ningún “triunvirato” ha durado largamente en la historia! No así con un Dios que es ante todo amor, porque “no puede haber amor entre menos de dos”.

“Es necesario —escribió Henri de Lubac— que el mundo lo sepa: la revelación de Dios como amor desconcierta todo lo que él había concebido anteriormente sobre la divinidad” [1]. Los cristianos creemos “en un solo Dios”, ¡no en un Dios solitario!

Contemplar la Trinidad para vencer la odiosa división del mundo [2]

Ningún tratado sobre la Trinidad es capaz de hacernos entrar en contacto vivo con ella como la contemplación del icono de la Trinidad de Rublev, del que vemos una reproducción en el mosaico que tenemos ante nosotros, en la cima de la pared de enfrente.

Pintado en 1425 para la Iglesia de San Sergio, el icono fue declarado, por el “concilio de los cien capítulos” de 1551, modelo de todas las representaciones de la Trinidad.

Una cosa se debe notar inmediatamente sobre esta imagen. No quiere representar directamente la Trinidad, que, por definición, es invisible e inefable.

Esto habría sido contrario a todos los cánones de la iconografía bizantina.

Directamente, representa la escena de los tres ángeles aparecidos a Abraham en el encinar de Mambré (Gén 18,1-15); lo demuestra claramente el hecho de que en otras pinturas del mismo tema, antes y después de Rublev, en el icono aparecen también Abraham, Sara, el becerro y, en el trasfondo, la encina.

Sin embargo, esta escena, a la luz de la tradición patrística, se lee como una prefiguración de la Trinidad. El icono es una de las formas que asume la lectura espiritual de la Biblia, es decir, la interpretación de un hecho del Antiguo Testamento a la luz del Nuevo.

El dogma de la unidad y trinidad de Dios se expresa en el icono de Rublev por el hecho de que las figuras presentes son tres y muy distintas, pero muy semejantes entre sí.

Están contenidas idealmente dentro de un círculo que destaca su unidad, mientras que el diverso movimiento, especialmente de la cabeza, proclama su distinción.

Las tres visten, en el original, una túnica de color azul, signo de la naturaleza divina que tienen en común; pero encima, o debajo, de ella cada una tiene un color que la distingue de la otra.

El Padre (identificado en género con el ángel de la izquierda hacia el cual las otras dos personas inclinan la cabeza), tiene una túnica de colores indefinibles, hecha casi de pura luz, signo de su invisibilidad e inaccesibilidad; el Hijo, en el centro, viste una túnica oscura, signo de la humanidad con la que se ha revestido; el Espíritu Santo, el ángel de la derecha, un manto verde, signo de la vida, por ser él quien “da la vida”.

Una cosa impacta sobre todo al contemplar el icono de Rublev: la paz profunda y la unidad que emana del conjunto.

Del icono se desprende un silencioso grito: “Sed una sola cosa, como nosotros somos una sola cosa”.

San Sergio de Radoneż, para cuyo monasterio fue pintado el icono, se había distinguido en la historia rusa por haber traído la unidad entre los jefes en discordia mutua y haber hecho así posible la liberación de Rusia de los tártaros.

Su lema era: “Contemplando la Santísima Trinidad, vencer la odiosa discordia de este mundo”. Rublev quiso recoger la herencia espiritual del gran santo que había hecho de la Trinidad la fuente inspiradora de su vida y de su labor.

De esta visión de la Trinidad recogemos, pues, sobre todo el llamamiento a la unidad. Todos queremos la unidad.

Después de la palabra felicidad, no hay ninguna otra que responda a una necesidad tan apremiante del corazón humano como la palabra unidad.

Nosotros somos “seres finitos, capaces de infinito” y esto quiere decir que somos criaturas limitadas que aspiramos a superar nuestro límite, para ser “todo de alguna manera”, quodammodo omnia, como se dice en filosofía.

No nos resignamos a ser sólo lo que somos. ¿Quién no recuerda, en los años juveniles, algún momento de ansiosa necesidad de unidad, cuando hubiera querido que todo el universo fuera encerrado en un punto y él estar, con todos los demás, en ese único punto, mientras el sentido de separación y de soledad en el mundo se hacía sentir con sufrimiento?

Santo Tomás de Aquino explica todo esto diciendo: “Ya que la unidad (unum) es un principio del ser como la bondad (bonum), resulta de ello que cada uno desea naturalmente la unidad, como desea el bien. Por ello, como el amor o el deseo del bien causa sufrimiento, así actúa también el amor o el deseo de unidad” [3] .

Todos, pues, queremos la unidad, todos la deseamos desde lo profundo del corazón. ¿Por qué entonces es tan difícil hacer unidad, si todos la deseamos tan ardientemente?

Es que nosotros queremos que se haga la unidad, pero… en torno a nuestro punto de vista. Nos parece tan obvio, tan razonable, que nos sorprendemos cómo los demás no se den cuenta e insistan en cambio en su punto de vista.

Trazamos incluso delicadamente a los demás el camino para llegar donde estamos nosotros y alcanzarnos en nuestro centro.

El inconveniente es que el otro está haciendo exactamente lo mismo conmigo. Por esta vía no se alcanzará nunca ninguna unidad. Se hace el camino inverso.

2.- La Trinidad nos indica el verdadero camino hacia la unidad.

Partiendo de las personas divinas, en lugar del concepto de naturaleza, los orientales han encontrado que tenían que asegurar de otro modo la unidad divina. Lo han hecho elaborando la doctrina de la perijóresis.

Aplicada a la Trinidad, perijóresis (literalmente, mutua compenetración) expresa la unión de las tres personas en la única esencia [4].

Gracias a ella las tres Personas están unidas, sin confundirse; cada persona se “identifica” en la otra, se da a la otra y hace ser a la otra. El concepto se basa en las palabras de Cristo: “Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí”.

Jesús amplió este principio a la relación que existe entre él y nosotros: “Yo estoy en el Padre y vosotros en mí y yo en vosotros” (Jn 14,20); “Yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectos en la unidad” (Jn 17,23).

La vía hacia la verdadera unidad está en imitar entre nosotros, en la Iglesia, la perijóresis divina. San Pablo indica su fundamento cuando dice que “somos miembros los unos de los otros” (Rom 12,5).

En Dios la perijóresis se basa en la unidad de la naturaleza, en nosotros sobre el hecho de que somos “un solo cuerpo y un solo Espíritu”. 

El Apóstol nos ayuda a comprender qué significa, en la práctica, vivir entre nosotros la perijóresis o mutua compenetración: “Si un miembro sufre, todos los miembros sufren juntos; y si un miembro es honrado, todos los miembros se alegran con él” (1 Cor 12,26); “Llevad el peso los unos de los otros, así cumpliréis la ley de Cristo” (Gál 6,2).

Los “pesos” de los demás son las enfermedades, los límites, los disgustos, y también los defectos y los pecados.

Vivir la perijóresis significa “identificarse” con el otro, ponerse, como suele decirse, en su pellejo, intentar comprender, antes que juzgar.

Las tres personas divinas están siempre comprometidas en glorificarse mutuamente. El Padre glorifica al Hijo; el Hijo glorifica al Padre (Jn 17,4); el Paráclito glorificará al Hijo (Jn 16,14).

Cada persona se da a conocer haciendo conocer a la otra. El Hijo enseña a clamar ¡Abba!; el Espíritu Santo enseña a gritar: “¡Jesús es el Señor!” y “Ven, Señor” Maranatha. No enseñan a pronunciar el nombre propio, sino el de las otras personas.

Hay un solo “lugar” en el universo donde la regla “ama a tu prójimo como a ti mismo” es puesta en práctica, en sentido absoluto, ¡y es en la Trinidad! Cada persona divina ama a la otra exactamente como a sí misma.

¡Qué distinta es la atmósfera que se respira cuando y en un cuerpo social nos esforzamos por vivir con estos ideales sublimes ante los ojos!

Pensemos en una familia en la que el marido defiende y exalta a la propia esposa ante los hijos y ante los extraños, y lo mismo hace la mujer respecto al marido.

Pensamos en una comunidad en que uno se esfuerza por poner en práctica la recomendación de Santiago: “No murmuréis los unos de los otros, hermanos” (Sant 4,11), o la de san Pablo: “Amaos cordialmente con amor fraterno” (Rom 12,10).

De este paso, uno podría incluso llegar a alegrarse del nombramiento de otra persona que se estima en un determinado puesto de honor (por ejemplo al cardenalato), como si hubiera sido nombrado él mismo.

Pero dejemos decir estas cosas a los santos, los únicos que tienen el derecho de hacerlo, porque las ponen en práctica.

En una de sus admoniciones san Francisco de Asís dice: “Bienaventurado aquel siervo que no se enorgullece por el bien que el Señor dice y obra por medio de él, más que por el bien que dice y obra por medio de otro” [5].

San Agustín decía al pueblo: “Si amas la unidad, todo lo que en ella es poseído por alguien, ¡lo posees tú también! Destierra la envidia y será tuyo lo que es mío, y si yo destierro la envidia, es mío lo que tú posees. La envidia separa, la caridad une… Solo la mano actúa en el cuerpo; pero ésta no actúa solo para sí, actúa también para el ojo. Si está a punto de recibir un golpe que no está dirigido a la mano, sino al rostro, ¿dice quizás la mano: “No me muevo, porque el golpe no está dirigido a mí”?” [6].

Quería decir: si tú te esfuerzas por poner el bien de la comunidad por encima de tu afirmación personal, todo carisma y todo honor presente en ella será tuyo, igual que en una familia unida el éxito de un miembro hace felices a todos los demás.

Por eso, la caridad es “la mejor vía de todas” (1 Cor 12, 31): ella multiplica los carismas, hace del carisma de uno el carisma de todos.

Son cosas, me doy cuenta, fáciles de decir, pero difíciles de poner en práctica; en cambio, es bonito saber que, con la gracia de Dios, son posibles y algunas almas las han realizado y las realizan también para nosotros en la Iglesia.

Contemplar la Trinidad ayuda realmente a vencer “la odiosa discordia del mundo”. El primer milagro que el Espíritu obró en Pentecostés fue hacer a los discípulos “concordes” (Hch 1,14), “un solo corazón y una sola alma” (Hch 4,32).

Él está siempre dispuesto a repetir este milagro, a transformar cada vez la dis-cordia en con-cordia.

Se puede estar divididos en la mente, en lo que cada uno piensa acerca de cuestiones doctrinales o pastorales legítimamente debatidas en la Iglesia, pero nunca divididos en el corazónIn dubiis libertas, in omnibus vero caritas.

Esto significa, propiamente, imitar la unidad de la Trinidad; ella es, en efecto, “unidad en la diversidad”.

3.- Entrar en la Trinidad

Hay algo todavía más dichoso que podemos hacer respecto a la Trinidad que contemplarla e imitarla, y es ¡entrar en ella!

Nosotros no podemos abrazar el océano, pero podemos entrar en él; no podemos abrazar el misterio de la Trinidad con nuestra mente, pero ¡podemos entrar en él! Cristo nos ha dejado un medio concreto para hacerlo, la Eucaristía.

En el icono de Rublev, los tres ángeles están dispuestos en círculo en torno a una mesa; sobre esa mesa hay una copa y dentro de la copa, se vislumbra un cordero. No se podía decir de forma más sencilla y eficaz que la Trinidad nos da cita cada día en la Eucaristía.

El banquete de Abraham en el encinar de Mambré es figura de este banquete. La visita de los tres a Abraham se renueva para nosotros cada vez que nos acercamos a la Comunión.

También aquí, es decir, a propósito de la Eucaristía, es iluminadora la doctrina de la perijóresis trinitaria. Ella nos dice que donde hay una persona de la Trinidad, allí están también las otras dos, inseparablemente unidas.

En el momento de la Comunión se realiza en sentido estricto la palabra de Cristo: “Yo en ellos y tú en mí”. “Quien me ve a mí, ve al Padre”, quien me recibe a mí recibe al Padre. No llegaremos nunca a valorar plenamente la gracia que se nos ofrece. ¡Comensales de la Trinidad! 

San Cirilo de Alejandría formuló con el habitual rigor teológico, esta verdad que une indisolublemente Trinidad y Eucaristía.

Dice: “Somos consumados en la unidad con Dios Padre por medio de Cristo. Recibiendo, en efecto, en nosotros corporal y espiritualmente, lo que el Hijo es por naturaleza, nos hacemos partícipes y consortes de toda la naturaleza suprema” [7].

La misma persona de la que he referido el testimonio al principio, me confió, en otra ocasión, una experiencia suya de la Trinidad.

Me permito compartir también esta porque nos ayuda a entender que la Iglesia no es solamente lo que la gente ve o piensa de ella. Decía:

“La otra noche, el Espíritu me introdujo en el misterio del amor trinitario. El intercambio extasiante de dar y recibir se obró también a través de mí: de Cristo, a quien yo estaba unida, hacia el Padre y del Padre hacia el Hijo. Pero, ¿cómo expresar lo inefable? No veía nada, pero era mucho más que ver, y mis palabras son impotentes para traducir este intercambio en el júbilo, que se respondía, se lanzaba, recibía y daba. Y de ese intercambio fluía una vida intensa de Uno a Otro, como una leche tibia que fluye desde el seno de la madre a la boca del niño agarrado a este bienestar. Y era yo aquel niño, era toda la creación que participa en la vida, en el reino, en la gloria, habiendo sido regenerada por Cristo. ¡Oh, Trinidad santa y viviente! Quedé como fuera de mí, durante dos o tres días, y todavía hoy esta experiencia permanece fuertemente grabada en mí”.

La Trinidad no es sólo un misterio y un artículo de nuestra fe, es una realidad viva y palpitante. Como decía al principio, el Dios vivo de la Biblia al que estamos buscando no es otro que la Trinidad viviente. Que el Espíritu nos introduzca también a nosotros en ella y nos haga gustar su dulce compañía.

 

© Traducido del original italiano por Pablo Cervera Barranco

 

[1] H. de Lubac, Histoire et Esprit (Aubier, París 1950) cap.5.

[2] Reproduzco aquí en parte lo que escribí en mi libro Contemplando la Trinità (Àncora, Milán 2002) 7ss [trad. esp. Contemplando la Trinidad(Monte Carmelo, Burgos 62012).

[3] Santo Tomás, Suma Teológica, I-IIae , q.26, a.3.

[4] Cf. Ps. Cirilo de Alejandría, De Trinitate, 23; PG 77 1164B; San Juan Damasceno, De fide orthodoxa, 3,7.

[5] San Francisco, Amonestación XVII: FF 166.

[6] San Agustín, Tratados sobre Juan, 32,8.

[7] San Cirilo de Alejandría, Comentario a Juan, XI, 12: PG 74, 564.

Perijóresis: La unión en una única esencia sin confundirse

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El maná de cada día, 17.9.18

septiembre 17, 2018

Lunes de la 24ª semana del Tiempo Ordinario

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EP_CLESIS

Transformaos también vosotros en el cuerpo de Cristo



PRIMERA LECTURA: 1 Corintios 11, 17-26.33

Al recomendaros esto, no puedo aprobar que vuestras reuniones causen más daño que provecho. En primer lugar, he oído que cuando se reúne vuestra Iglesia os dividís en bandos; y en parte lo creo, porque hasta partidos tiene que haber entre vosotros, para que se vea quiénes resisten a la prueba.

Así, cuando os reunís en comunidad, os resulta imposible comer la cena del Señor, pues cada uno se adelanta a comerse su propia cena y, mientras uno pasa hambre, el otro está borracho. ¿No tenéis casas donde comer y beber? ¿O tenéis en tan poco a la Iglesia de Dios que humilláis a los pobres? ¿Qué queréis que os diga? ¿Que os apruebe? En esto no os apruebo.

Porque yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido: Que el Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo, tomó pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía.» Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: «Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre; haced esto cada vez que lo bebáis, en memoria mía.»

Por eso, cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva. Así que, hermanos míos, cuando os reunís para comer, esperaos unos a otros.


SALMO 39, 7-8a.8b-9.10.17

Proclamad la muerte del Señor, hasta que vuelva

Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, y, en cambio, me abriste el oído; no pides sacrificio expiatorio, entonces yo digo: «Aquí estoy.»

«Como está escrito en mi libro para hacer tu voluntad.» Dios mío, lo quiero, y llevo tu ley en las entrañas.

He proclamado tu salvación ante la gran asamblea; no he cerrado los labios: Señor, tú lo sabes.

Alégrense y gocen contigo todos los que te buscan; digan siempre: «Grande es el Señor» los que desean tu salvación.


ALELUYA: Jn 3, 16

Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Unigénito; todo el que cree en él tiene vida eterna.

EVANGELIO: Lucas 7, 1-10

En aquel tiempo, cuando terminó Jesús de hablar a la gente, entró en Cafarnaún. Un centurión tenía enfermo, a punto de morir, a un criado a quien estimaba mucho. Al oír hablar de Jesús, le envió unos ancianos de los judíos, para rogarle que fuera a curar a su criado.

Ellos, presentándose a Jesús, le rogaban encarecidamente: «Merece que se lo concedas, porque tiene afecto a nuestro pueblo y nos ha construido la sinagoga.»

Jesús se fue con ellos. No estaba lejos de la casa, cuando el centurión le envió unos amigos a decirle: «Señor, no te molestes; no soy yo quién para que entres bajo mi techo; por eso tampoco me creí digno de venir personalmente. Dilo de palabra, y mi criado quedará sano. Porque yo también vivo bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes, y le digo a uno: “Ve”, y va; al otro: “Ven”, y viene; y a mi criado: “Haz esto”, y lo hace.»

Al oír esto, Jesús se admiró de él y, volviéndose a la gente que lo seguía, dijo: «Os digo que ni en Israel he encontrado tanta fe.» Y al volver a casa, los enviados encontraron al siervo sano.



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COMED EL VÍNCULO QUE OS UNE, BEBED VUESTRO PRECIO

San Agustín, Sermón 228 B, 2-5

Cristo nuestro Señor que en su pasión ofreció por nosotros lo que había tomado de nosotros en su nacimiento, constituido príncipe de los sacerdotes para siempre, ordenó que se ofreciera el sacrificio que estáis viendo, el de su cuerpo y sangre.

En efecto, de su cuerpo, herido por la lanza, brotó sangre y agua, mediante la cual borró los pecados del mundo. Recordando esta gracia, al hacer realidad la liberación de vuestros pecados, puesto que es Dios quien la realiza en vosotros, acercaos con temor y temblor a participar de este altar. Reconoced en el pan lo que colgó del madero, y en el cáliz lo que manó del costado.

En su múltiple variedad, aquellos antiguos sacrificios del pueblo de Dios figuraban a este único sacrificio futuro. Cristo mismo es, a la vez, cordero por la inocencia y sencillez de su alma, y cabrito por su carne, semejante a la carne de pecado. Todo lo anunciado de muchas y variadas formas en los sacrificios del antiguo Testamento se refiere a este único sacrificio que ha revelado el Nuevo.

Recibid, pues, y comed el cuerpo de Cristo, transformados ya vosotros mismos en miembros de Cristo, en el cuerpo de Cristo; recibid y bebed la sangre de Cristo. No os desvinculéis, comed el vínculo que os une; no os estiméis en poco, bebed vuestro precio. A la manera como se transforma en vosotros cualquier cosa que coméis o bebéis, transformaos también vosotros en el cuerpo de Cristo viviendo en actitud obediente y piadosa.

Cuando se acercaba ya el momento de su pasión y estaba celebrando la pascua con sus discípulos, él bendijo el pan que tenía en sus manos y dijo: Esto es mi cuerpo que será entregado por vosotros (1 Cor 11, 24). Igualmente les dio el cáliz bendecido, diciendo: Ésta es mi sangre de la nueva alianza, que será derramada por muchos para el perdón de los pecados (Mt 26, 28).

Estas cosas las leíais en el evangelio o las escuchabais, pero ignorabais que esta eucaristía era el Hijo; ahora, en cambio, rociado vuestro corazón con la conciencia limpia y lavado vuestro cuerpo con el agua pura, acercaos a él y seréis iluminados y vuestros rostros no se avergonzarán (Sal 33, 6).

Si recibís santamente este sacramento que pertenece a la nueva alianza y os da motivo para esperar la herencia eterna, si guardáis el mandamiento nuevo de amaros unos a otros, tendréis vida en vosotros, pues recibís aquella carne de la que dice la Vida misma: El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo (Jn 6, 52) y quien no coma mi carne y beba mi sangre, no tendrá vida en sí.

Teniendo, pues, vida en él, seréis una carne con él. En efecto, este sacramento no ofrece el cuerpo de Cristo de forma que conlleve el estar separados de él. El Apóstol recuerda que esto se halla predicho ya en la Sagrada Escritura: Serán dos en una misma carne. Misterio grande es este, dice, pero yo lo aplico a Cristo y a la Iglesia (Ef 5, 31-32). En otro lugar dice también respecto a esta Eucaristía: Siendo muchos, somos un único pan, un único cuerpo (1 Cor 10, 17).

Comenzáis, pues, a recibir lo que ya habéis comenzado a ser, si no lo recibís indignamente, para no comer y beber vuestra propia condenación. Dice así. Quien come el pan y bebe el cáliz del Señor indignamente, será reo del cuerpo y de la sangre del Señor. Examínese el hombre a sí mismo, y luego coma del pan y beba del cáliz, pues quien come y bebe indignamente, come y bebe su condenación (1 Cor 11, 27-29).

Lo recibís dignamente si os guardáis del fermento de las doctrinas perversas, de forma que seáis panes ácimos de sinceridad y de verdad (1 Cor 5, 8); o si conserváis aquel fermento de la caridad que oculta la mujer en tres medidas de harina hasta que fermente toda la masa (Lc 13, 21).

Esta mujer es la sabiduría de Dios, aparecida en carne mortal gracias a una virgen, que sembró su evangelio en toda la tierra, que restauró después del diluvio a partir de los tres hijos de Noé cual si fuesen las tres medidas dichas hasta que fermentase la totalidad.

Ésta es la totalidad que en griego se dice «holon», donde estaréis si guardáis el vÍnculo de la paz «según la totalidad», que en griego recibe el nombre de «catholon», de donde viene el nombre de católica.

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El maná de cada día, 26.8.18

agosto 25, 2018

Domingo XXI del Tiempo Ordinario, Ciclo B

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Noveno día de la novena a santa Mónica

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 Señor, sólo tú tienes palabras de vida eterna

Señor, sólo tú tienes palabras de vida eterna

 

Antífona de entrada: Sal 85, 1-3

Inclina tu oído, Señor, escúchame. Salva a tu siervo que confía en ti. Piedad de mí, Señor, que a ti te estoy llamando todo el día.

Oración colecta

Oh Dios, que unes los corazones de tus fieles en un mismo deseo, inspira a tu pueblo el amor a tus preceptos y la esperanza en tus promesas, para que, en medio de las vicisitudes del mundo, nuestros corazones estén firmes en la verdadera alegría. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: Josué 24, 1-2a.15-17.18b

En aquellos días, Josué reunió a las tribus de Israel en Siquén. Convocó a los ancianos de Israel, a los cabezas de familia, jueces y alguaciles, y se presentaron ante el Señor. Josué habló al pueblo:

«Si no os parece bien servir al Señor, escoged hoy a quién queréis servir: a los dioses que sirvieron vuestros antepasados al este del Éufrates o a los dioses de los amorreos en cuyo país habitáis; yo y mi casa serviremos al Señor.»

El pueblo respondió: «¡Lejos de nosotros abandonar al Señor para servir a dioses extranjeros! El Señor es nuestro Dios; él nos sacó a nosotros y a nuestros padres de la esclavitud de Egipto; él hizo a nuestra vista grandes signos, nos protegió en el camino que recorrimos y entre todos los pueblos por donde cruzamos.

También nosotros serviremos al Señor: ¡es nuestro Dios!»


SALMO 33, 2-3.16-17.18-19.20-21.22-23

Gustad y ved qué bueno es el Señor.

Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca; mi alma se gloría en el Señor: que los humildes lo escuchen y se alegren.

Los ojos del Señor miran a los justos, sus oídos escuchan sus gritos; pero el Señor se enfrenta con los malhechores, para borrar de la tierra su memoria.

Cuando uno grita, el Señor lo escucha y lo libra fe sus angustias; el Señor está cerca de los atribulados, salva a los abatidos.

Aunque el justo sufra muchos males, de todos lo libra el Señor; él cuida de todos sus huesos, y ni uno solo se quebrará.

La maldad da muerte al malvado, y los que odian al justo serán castigados. El Señor redime a sus siervos, no será castigado quien se acoge a él.


SEGUNDA LECTURA: Efesios 5, 21-32

Sed sumisos unos a otros con respeto cristiano. Las mujeres, que se sometan a sus maridos como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la Iglesia; él, que es el salvador del cuerpo.

Pues como la Iglesia se somete a Cristo, así también las mujeres a sus maridos en todo. Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a su Iglesia. Él se entregó a sí mismo por ella, para consagrarla, purificándola con el baño del agua y la palabra, y para colocarla ante sí gloriosa, la Iglesia, sin mancha ni arruga ni nada semejante, sino santa e inmaculada.

Así deben también los maridos amar a sus mujeres, como cuerpos suyos que son. Amar a su mujer es amarse a sí mismo. Pues nadie jamás ha odiado su propia carne, sino que le da alimento y calor, como Cristo hace con la Iglesia, porque somos miembros de su cuerpo.

«Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne.» Es éste un gran misterio: y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia.


ALELUYA: Jn 6, 63c. 68c

Tus palabras, Señor, son espíritu y vida; tú tienes palabras de vida eterna.

EVANGELIO: Juan 6, 60-69

En aquel tiempo, muchos discípulos de Jesús, al oírlo, dijeron: «Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?»

Adivinando Jesús que sus discípulos lo criticaban, les dijo: «¿Esto os hace vacilar?, ¿y si vierais al Hijo del hombre subir a donde estaba antes? El espíritu es quien da vida; la carne no sirve de nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y vida. Y con todo, algunos de vosotros no creen.»

Pues Jesús sabía desde el principio quiénes no creían y quién lo iba a entregar. Y dijo: «Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede.»

Desde entonces, muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él.

Entonces Jesús les dijo a los Doce: «¿También vosotros queréis marcharos?»

Simón Pedro le contestó: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios.»


Antífona de la comunión: Sal 103, 13. 14-15

La tierra se sacia de tu acción fecunda, Señor, para sacar pan de los campos y vino que alegre el corazón del hombre.

Creer en Jesús no significa estar encadenados sino ser profundamente libres, dice el Papa en el rezo del Ángelus el 23 de agosto de 2015

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VATICANO, 23 Ago. 15 / 09:04 am (ACI/EWTN Noticias).- Al presidir hoy el rezo del Ángelus, el Papa Francisco aseguró a los miles de fieles y peregrinos reunidos en la Plaza de San Pedro que creer en Jesús no significa estar encadenado, sino ser profundamente libre.

El Santo Padre señaló que “creer en Jesús significa hacer de Él el centro, el sentido de nuestra vida.  Cristo no es un elemento accesorio: es el ‘pan vivo’, el alimento indispensable”.

“Ligarse a Él, en una verdadera relación de fe y de amor, no significa estar encadenados, sino ser profundamente libres, siempre en camino”.

Francisco se refirió al Evangelio de hoy y recordó que luego de que Jesús hablara sobre “que era el Pan bajado del cielo y que daba su carne como alimento y su sangre como bebida”, aludiendo a su sacrificio, algunos de quienes lo seguían quedaron desilusionados por considerar esas palabras “indignas del Mesías, no ‘exitosas’”.

“Algunos miraban a Jesús como a un Mesías que debía hablar y actuar de modo que su misión tuviera éxito, ¡enseguida!”, señaló el Papa, y aseguró que “precisamente sobre esto se equivocaban: sobre el modo de entender la misión del Mesías”.

El Santo Padre destacó que “ni siquiera los discípulos logran aceptar ese lenguaje, lenguaje inquietante del Maestro”.

“En realidad, ellos entendieron bien las palabras de Jesús. Tan bien que no quieren escucharlo, porque es un leguaje que pone en crisis su mentalidad. Siempre las palabras de Jesús nos ponen en crisis; en crisis por ejemplo, ante el espíritu del mundo, a la mundanidad”.

Sin embargo, destacó, “Jesús ofrece la clave para superar la dificultad; una clave hecha con tres elementos. Primero, su origen divino: él ha bajado del cielo y subirá allí donde estaba antes”.

“Segundo, sus palabras se pueden comprender sólo a través de la acción del Espíritu Santo, aquel que ‘da la vida’. Y es precisamente el Espíritu Santo el que hace comprender bien a Jesús”.

Y el tercer elemento, señaló, es que “la verdadera causa de la incomprensión de sus palabras es la falta de fe: ‘hay entre ustedes algunos que no creen’, dice Jesús”.

Ante el alejamiento de muchos discípulos, dijo el Papa, “Jesús no hace descuentos  y no atenúa sus palabras, aún más obliga a realizar una opción precisa: o estar con Él o separarse de Él, y dice a los Doce: ‘¿También ustedes quieren irse?’”.

“Entonces, Pedro hace su confesión de fe en nombre de los otros Apóstoles: ‘Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna’. No dice: ‘¿dónde iremos?’, sino ‘¿a quién iremos?’”.

Francisco subrayó que “el problema de fondo no es ir y abandonar la obra emprendida, sino a quién ir. De esa pregunta de Pedro, nosotros comprendemos que la fidelidad a Dios es cuestión de fidelidad a una persona, con la cual nos enlazamos para caminar juntos por el mismo camino”.

“Y esta persona es Jesús. Todo lo que tenemos en el mundo no sacia nuestra hambre de infinito. ¡Tenemos necesidad de Jesús, de estar con Él, de alimentarnos en su mesa, con sus palabras de vida eterna!”.

A continuación, el Santo Padre invitó a los fieles a cuestionarse: “¿Quién es Jesús para mí? ¿Es un nombre, una idea, es un personaje histórico solamente? O ¿es verdaderamente aquella persona que me ama, que ha dado su vida por mí y camina conmigo?”.

“¿Para ti quién es Jesús? ¿Intentas conocerlo en su palabra? ¿Lees el Evangelio todos los días, un pasaje, del Evangelio para conocer a Jesús? ¿Llevas el Evangelio todos los días, en la bolsa, para leerlo, en todas partes? Porque cuanto más estamos con Él, más crece el anhelo de permanecer con él”.

Al finalizar, el Papa pidió a la Virgen María que “nos ayude a ‘ir’ siempre a donde Jesús, para experimentar la libertad que Él nos ofrece, y que nos consiente limpiar nuestras opciones de las incrustaciones mundanas y  de los miedos”.
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COMAN LA VIDA, BEBAN LA VIDA

San Agustín, Sermón 131, 1

Acabamos de oír al Maestro de la verdad, Redentor divino y Salvador humano, encarecernos nuestro precio: su sangre. Nos habló, en efecto, de su cuerpo y de su sangre: al cuerpo le llamó comida; a la sangre, bebida. Los fieles saben que se trata del sacramento de los fieles; para los demás oyentes, estas palabras tienen su sentido vulgar.

Cuando, por ende, para realzar a nuestros ojos una tal vianda y una tal bebida, decía: Si no coméis mi carne y no bebéis mi sangre, no tendréis vida en vosotros (Jn 6, 54) y ¿quién sino la Vida pudiera decir esto de la Vida misma?

Este lenguaje, pues, será muerte, no vida, para quien juzgare mendaz a la Vida, se escandalizaron los discípulos; no todos, a la verdad, sino muchos, diciendo entre sí: ¡Qué duras son estas palabras! ¿Quién puede sufrirlas? (Jn 6, 61).

Y el Señor, habiendo conocido esto dentro de sí mismo, y habiendo percibido el runrún de los pensamientos, respondió a los que tal pensaban, aunque nada decían con la boca, para que supieran que los había oído y desistiesen de seguir pensando lo que pensaban…

¿Qué les respondió? ¿Os escandaliza esto? Pues ¿qué será el ver al Hijo del hombre subir a donde estaba antes? (Jn 6, 62-63). ¿Qué significa Os escandaliza esto? ¿Pensáis que de este cuerpo mío, que vosotros veis, he de hacer partes y seccionarme los miembros para dároslo a vosotros? Pues, ¿qué será el ver al Hijo del hombro subir a donde estaba antes?

Está claro: si pudo subir íntegro, no pudo ser consumido. Así, pues, nos dio en su cuerpo y sangre un saludable alimento, y, a la vez, en dos palabras resolvió la cuestión de su integridad. Coman, por tanto, quienes lo comen y beban los que lo beben; tengan hambre y sed; coman la Vida, beban la Vida.

Comer esto es rehacerse; pero de tal modo te rehaces, que no se deshace aquello con que te rehaces. Y beber aquello, ¿qué cosa es sino vivir? Cómete la vida, bébete la vida; tú tendrás vida sin mengua de la Vida.

Entonces será esto, es decir, el cuerpo y la sangre de Cristo será vida para cada uno, cuando se coma espiritualmente lo que en este sacramento se toma visiblemente, y se beba espiritualmente lo que significa. Porque se lo hemos oído decir al Señor: El espíritu es el que da vida, la carne no aprovecha nada. Las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida. Pero hay entre vosotros, dice, algunos que no creen (Jn 6, 64-65).

Eran los que decían: ¡Cuán duras palabras son éstas!, ¿quién las puede aguantar? (Jn 6, 62). Duras, sí, más para los duros; es decir, son increíbles, mas para los incrédulos.



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NOVENA A SANTA MÓNICA (y 9)

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Modelo de esposa y madre cristiana

Con textos bíblicos para la misa

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NOTA: Con esta novena nos unimos a todas las mujeres que desean sinceramente ser fieles a su vocación de esposas y de madres cristianas. Asumimos sus alegrías y sus penas y les animamos a seguir los ejemplos de Santa Mónica.

Que sus lágrimas y oraciones, unidas a su intercesión en el Cielo, hagan retornar a todos los esposos e hijos extraviados, como sucedió con Patricio y Agustín.

No lo olvidemos: Dios es capaz de hacer milagros, sobre todo milagros de conversión. Pues ¿acaso Dios se complace en la muerte del pecador? Por tanto, perseveremos en la oración y veremos las obras de Dios. Amén.

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Rito de entrada

V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre…

1. Oración preparatoria

Padre y Señor nuestro, misericordia de cuantos en ti esperan, tú concediste a tu sierva santa Mónica el don inapreciable de saber reconciliar las almas entre sí y contigo; danos a nosotros el ser mensajeros de unión y de paz en nuestros ambientes, sobre todo en el hogar, y el poder llevar a ti los corazones de nuestros hermanos con el ejemplo de nuestra vida.

Tú que hiciste a Mónica modelo y ejemplo de esposas, de madres y de viudas, concede por su intercesión la paz y mutuo amor a los casados; el celo y la solicitud en la educación de los hijos, a las madres; obediencia y docilidad, a los hijos; la santidad de vida, a las viudas; y a todos, el fiel seguimiento de Cristo, nuestro único y verdadero maestro. Te lo pedimos por el mismo Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

2. Textos bíblicos y agustinianos para el noveno día

El éxtasis de Ostia Tiberina de Mónica y Agustín

1.- Textos bíblicos para la misa

• Romanos, 8, 26-39.
• Salmo 83, 2-6.11. Dichosos los que viven en tu casa. M. Ag. pág. 79.
• San Juan, 17, 1-8.21-24.

2.- Textos agustinianos

“Estando ya cercano el día de su partida de esta vida, aconteció, por tus disposiciones misteriosas, según creo, (Dios mío), que ella y yo nos hallábamos asomados a una ventana que daba al jardín de la casa donde nos hospedábamos. Era en las cercanías de Ostia Tiberina. Allí, apartados de la gente, tras las fatigas de un viaje pesado, reponíamos fuerzas para la navegación.

Conversábamos, pues, solos los dos, con gran dulzura. Olvidándonos de lo pasado y proyectándonos hasta las realidades que teníamos delante, buscábamos juntos, en presencia de la verdad que eres tú, cuál sería la vida eterna de los santos, que ni el ojo vio, ni el oído oyó ni llegó al corazón del hombre.

Abríamos con avidez la boca del corazón al elevado chorro de tu fuente, de la fuente de la vida que hay en ti, para que, rociados por ella según nuestra capacidad, pudiéramos en cierto modo imaginarnos una realidad tan maravillosa.

Y cuando nuestra reflexión llegó a la conclusión de que, frente al gozo de aquella vida, el placer de los sentidos carnales, por grande que sea y aunque esté revestido del máximo brillo corporal, no tiene punto de comparación y ni siquiera es digno de que se le mencione, tras elevarnos con afecto amoroso, más ardiente hacia él mismo, recorrimos gradualmente todas las realidades corporales, incluyendo el cielo desde donde el sol, la luna y las estrellas mandan sus destellos sobre la tierra.

Tú sabes, Señor, que aquel día, mientras hablábamos de estas cosas y, mientras al filo de nuestra conversación sobre estos temas, nos parecía más vil este mundo con todos sus atractivos, ella añadió: Hijo, por lo que a mí respecta, nada en esta vida tiene ya atractivo para mí. No sé qué hago aquí ni por qué estoy aquí, agotadas ya mis expectativas en este mundo. Una sola razón y deseo me retenían un poco en esta vida, y era verte cristiano católico antes de morir. Dios me lo ha dado con creces, puesto que, tras decir adiós a la felicidad terrena, te veo siervo suyo. ¿Qué hago aquí?” (Confesiones 9, 10).

3. Oración de los fieles

Dios, nuestro Señor, concedió a santa Mónica la conversión de su esposo Patricio y de su hijo Agustín. Pidamos por intercesión de ella un espíritu de verdadera conversión y una verdadera comprensión y amor a los demás.

Después de cada invocación: Señor, que tu gracia nos santifique.

– Por todos los cónyuges cristianos que tienen dificultades en su vida familiar, para que sepan ofrecerse mutuamente consuelo y ayuda. Oremos.
R. Señor, que tu gracia nos santifique.

– Por todas las madres cristianas del mundo, para que sepan conducir a sus hijos hacia ti. Oremos.
R. Señor, que tu gracia nos santifique.

– Por cuantos sufren soledad y abandono en la sociedad o sufren por las debilidades morales de sus seres queridos. Oremos.
R. Señor, que tu gracia nos santifique.

– Por todos los que buscan la verdad y trabajan por ser fieles a tus preceptos y enseñanzas. Oremos.
R. Señor, que tu gracia nos santifique.

– Por el florecimiento de vocaciones a la vida agustino-recoleta seglar y religiosa, y por la perseverancia y fidelidad de cuantos se han comprometido a seguir a Cristo imitando a san Agustín. Oremos.
R. Señor, que tu gracia nos santifique.

– Por las vocaciones a la vida contemplativa, sobre todo entre las monjas agustinas recoletoas, y por la fidelidad de cuantas viven este santo propósito por amor a Dios. Oremos.
R. Señor, que tu gracia nos santifique.

Se pide la gracia que se desea alcanzar (pausa).

4. Oración final

Escucha, Padre de bondad, nuestras oraciones, y tú que concediste a santa Mónica que con su vida, sus oraciones y sus lágrimas ganara para ti a su marido Patricio y a su hijo Agustín, concédenos, por su intercesión, que hagamos de nuestras vidas una ofrenda perenne en tu honor y al servicio de los hermanos.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.

Rito de despedida

El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
Amén.

V. Bienaventurada santa Mónica
R. Ruega por nosotros.
V. Glorioso padre san Agustín
R. Ruega por nosotros.

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El maná de cada día, 29.7.18

julio 28, 2018

Domingo XVII del Tiempo Ordinario, Ciclo B

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Así dice el Señor: Comerán y sobrará

Así dice el Señor: Comerán y sobrará

 

Antífona de entrada: Sal 67, 6-7. 36

Dios vive en su santa morada. Dios que prepara casa a los desvalidos, da fuerza y poder a su pueblo.


Oración colecta

Oh Dios, protector de los que en ti esperan, sin tí nada es fuerte ni santo; multiplica sobre nosotros los signos de tu misericordia, para que, bajo tu guía providente, de tal modo nos sirvamos de los bienes pasajeros, que podamos adherirnos a los eternos. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.


PRIMERA LECTURA: 2 Reyes 4, 42-44

En aquellos días, uno de Baal-Salisá vino a traer al profeta Eliseo el pan de las primicias, veinte panes de cebada y grano reciente en la alforja.

Eliseo dijo: «Dáselos a la gente, que coman.»

El criado replicó: «¿Qué hago yo con esto para cien personas?»

Eliseo insistió: «Dáselos a la gente, que coman. Porque así dice el Señor: Comerán y sobrará.»

Entonces el criado se los sirvió, comieron y sobró, como había dicho el Señor.

SALMO 144, 10-11.15-16.17-18

Abres tú la mano, Señor, y nos sacias.

Que todas tus criaturas te den gracias, Señor, que te bendigan tus fieles; que proclamen la gloria de tu reinado, que hablen de tus hazañas.

Los ojos de todos te están aguardando, tú les das la comida a su tiempo; abres tú la mano, y sacias de favores a todo viviente.

El Señor es justo en todos sus caminos, cerca está el Señor de los que lo invocan, de los que lo invocan sinceramente.


SEGUNDA LECTURA: Efesios 4, 1-6

Yo, el prisionero por el Señor, os ruego que andéis como pide la vocación a la que habéis sido convocados. Sed siempre humildes y amables, sed comprensivos, sobrellevaos mutuamente con amor; esforzaos en mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz.

Un solo cuerpo y un solo Espíritu, como una sola es la esperanza de la vocación a la que habéis sido convocados. Un Señor, una fe, un bautismo. Un Dios, Padre de todo, que lo trasciende todo, y lo penetra todo, y lo invade todo.


ALELUYA: Lc 7, 16

Un gran Profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo.

EVANGELIO: Juan 6, 1-15

En aquel tiempo, Jesús se marchó a la otra parte del lago de Galilea (o de Tiberíades). Lo seguía mucha gente, porque habían visto los signos que hacía con los enfermos.

Subió Jesús entonces a la montaña y se sentó allí con sus discípulos. Estaba cerca la Pascua, la fiesta de los judíos.

Jesús entonces levantó los ojos, y al ver que acudía mucha gente, dice a Felipe: «¿Con qué compraremos panes para que coman éstos?» Lo decía para tentarlo, pues bien sabía él lo que iba a hacer.

Felipe contestó: «Doscientos denarios de pan no bastan para que a cada uno le toque un pedazo.»

Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dice: «Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y un par de peces; pero, ¿qué es eso para tantos?»

Jesús dijo: «Decid a la gente que se siente en el suelo.»

Había mucha hierba en aquel sitio. Se sentaron; sólo los hombres eran unos cinco mil. Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió a los que estaban sentados, y lo mismo todo lo que quisieron del pescado.

Cuando se saciaron, dice a sus discípulos: «Recoged los pedazos que han sobrado; que nada se desperdicie.»

Los recogieron y llenaron doce canastas con los pedazos de los cinco panes de cebada, que sobraron a los que habían comido.

La gente entonces, al ver el signo que había hecho, decía: «Éste sí que es el Profeta que tenía que venir al mundo.»

Jesús entonces, sabiendo que iban a llevárselo para proclamarlo rey, se retiró otra vez a la montaña él solo.


Antífona de comunión: Sal 102, 2

Bendice, alma mía, al Señor y no olvides sus muchos beneficios.

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COMENTARIO DOMINICAL DEL PAPA FRANCISCO

EN EL ÁNGELUS DEL 26 DE JULIO DE 2015

.VATICANO, 26 Jul. 15 / 09:03 am (ACI/EWTN Noticias).- El Papa Francisco reflexionó sobre la importancia de la Eucaristía hoy, en sus palabras previas al rezo del Ángelus, y señaló que “tomando la Comunión nos encontramos con Jesús, realmente vivo y resucitado” y esto significa “entrar en la lógica de Jesús, la lógica de la gratuidad, de la participación”.

Al comentar el Evangelio del día, recordó que se trata de la multiplicación de los panes ante una gran multitud que rodeaba a Jesús. “En Él actúa el poder misericordioso de Dios, que cura todo mal del cuerpo y del espíritu”, dijo.

“Pero Jesús no es solo sanador, es también maestro: en efecto sube al monte y se sienta, en la típica actitud del maestro cuando enseña: sube sobre aquella ‘cátedra’ natural creada por su Padre celestial. Llegado a este punto, Jesús, que sabe bien lo que está por hacer, pone a la prueba a sus discípulos”.

Francisco aclaró que “los discípulos razonan en términos de ‘mercado’, pero Jesús, a la lógica del comprar sustituye aquella otra lógica, la lógica del dar”.

Jesús entonces “ordena a los discípulos que hagan sentar a la gente, después tomó aquellos panes y aquellos pescados, dio gracias al Padre y los distribuyó”.

“Estos gestos anticipan aquellos de la Última Cena, que dan al pan de Jesús su significado más verdadero”, indicó.

Francisco señaló que “el pan de Dios es Jesús mismo. Tomando la Comunión con Él, recibimos su vida en nosotros y llegamos a ser hijos del Padre celestial y hermanos entre nosotros. Tomando la Comunión nos encontramos con Jesús, realmente vivo y resucitado”.

“Participar en la Eucaristía significa entrar en la lógica de Jesús, la lógica de la gratuidad, de la participación. Y por más pobres que seamos, todos podemos dar algo”.

Además, destacó, “tomar la Comunión también significa tomar de Cristo la gracia que nos hace capaces de compartir con los demás lo que somos y lo que tenemos”.

“El don que Jesús ofrece es plenitud de vida para el hombre hambriento”, por lo que “Jesús sacia no solo el hambre material, sino aquella más profunda, el hambre de sentido de la vida, el hambre de Dios”.

“Frente al sufrimiento, a la soledad, a la pobreza y a las dificultades de tanta gente, ¿qué podemos hacer nosotros? Lamentarse no resuelve nada, pero podemos ofrecer lo poco que tenemos. Como aquel muchacho”, dijo el Papa.

El Santo Padre indicó que “ciertamente tenemos alguna hora de tiempo, algún talento, alguna competencia… ¿Quién de nosotros no tiene sus ‘cinco panes y dos pescados’? Todos tenemos”.

“Si estamos dispuestos a ponerlos en las manos del Señor, bastarán para que en el mundo haya un poco más de amor, de paz, de justicia y, sobre todo, de alegría”, aseguró.

“¡Cuán necesaria es la alegría en el mundo! Dios es capaz de multiplicar nuestros pequeños gestos. Gestos de solidaridad y hacernos partícipes de su don”, añadió.

El Papa expresó su deseo de que “nuestra oración sostenga el empeño común para que jamás falte a nadie el Pan del cielo que da la vida eterna y lo necesario para una vida digna, y para que se afirme la lógica del compartir y del amor”.

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BENEDICTO XVI. Ángelus del Domingo 29 de julio de 2012

Este domingo hemos iniciado la lectura del capítulo 6 del Evangelio de san Juan. El capítulo se abre con la escena de la multiplicación de los panes, que después Jesús comenta en la sinagoga de Cafarnaúm, afirmando que él mismo es el «pan» que da la vida.

Las acciones realizadas por Jesús son paralelas a las de la última Cena: «Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió a los que estaban sentados», como dice el Evangelio (Jn 6, 11). La insistencia en el tema del «pan», que es compartido, y en la acción de gracias (v. 11, eucharistesas en griego), recuerda la Eucaristía, el sacrificio de Cristo para la salvación del mundo.

El evangelista señala que la Pascua, la fiesta, ya estaba cerca (cf. v. 4). La mirada se dirige hacia la cruz, el don de amor, y hacia la Eucaristía, la perpetuación de este don: Cristo se hace pan de vida para los hombres. San Agustín lo comenta así: «¿Quién, sino Cristo, es el pan del cielo? Pero para que el hombre pudiera comer el pan de los ángeles, el Señor de los ángeles se hizo hombre. Si no se hubiera hecho hombre, no tendríamos su cuerpo; y si no tuviéramos su cuerpo, no comeríamos el pan del altar» (Sermón 130, 2). La Eucaristía es el gran encuentro permanente del hombre con Dios, en el que el Señor se hace nuestro alimento, se da a sí mismo para transformarnos en él mismo.

En la escena de la multiplicación se señala también la presencia de un muchacho que, ante la dificultad de dar de comer a tantas personas, comparte lo poco que tiene: cinco panes y dos peces (cf. Jn 6, 8).

El milagro no se produce de la nada, sino de la modesta aportación de un muchacho sencillo que comparte lo que tenía consigo. Jesús no nos pide lo que no tenemos, sino que nos hace ver que si cada uno ofrece lo poco que tiene, puede realizarse siempre de nuevo el milagro: Dios es capaz de multiplicar nuestro pequeño gesto de amor y hacernos partícipes de su don.

La multitud queda asombrada por el prodigio: ve en Jesús al nuevo Moisés, digno del poder, y en el nuevo maná, el futuro asegurado; pero se queda en el elemento material, en lo que había comido, y el Señor, «sabiendo que iban a llevárselo para proclamarlo rey, se retiró otra vez a la montaña él solo» (Jn 6, 15).

Jesús no es un rey terrenal que ejerce su dominio, sino un rey que sirve, que se acerca al hombre para saciar no sólo el hambre material, sino sobre todo el hambre más profunda, el hambre de orientación, de sentido, de verdad, el hambre de Dios.

Queridos hermanos y hermanas, pidamos al Señor que nos ayude a redescubrir la importancia de alimentarnos no sólo de pan, sino de verdad, de amor, de Cristo, del cuerpo de Cristo, participando fielmente y con gran conciencia en la Eucaristía, para estar cada vez más íntimamente unidos a él.

En efecto, «no es el alimento eucarístico el que se transforma en nosotros, sino que somos nosotros los que gracias a él acabamos por ser cambiados misteriosamente. Cristo nos alimenta uniéndonos a él; “nos atrae hacia sí”» (Exhort. apost. Sacramentum caritatis, 70). Al mismo tiempo, oremos para que nunca le falte a nadie el pan necesario para una vida digna, y para que se acaben las desigualdades no con las armas de la violencia, sino con el compartir y el amor.
Nos encomendamos a la Virgen María, a la vez que invocamos sobre nosotros y sobre nuestros seres queridos su maternal intercesión.



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UNA ACCIÓN DE LA PALABRA ES PALABRA PARA NOSOTROS

San Agustín (Comentario al evangelio de San Juan 24,1-3)

Los milagros que realizó nuestro Señor Jesucristo son, en verdad, obras divinas que invitan a la mente humana a elevarse a la inteligencia de Dios por el espectáculo de las cosas visibles. Dios no es un ser que pueda ser visto con los ojos. Y los milagros con los que rige el mundo y gobierna toda criatura han perdido su valor por su repetición continua, hasta el punto de que nadie mira con atención las maravillosas y estupendas obras de Dios en el grano de una semilla cualquiera.

Por eso se reservó en su misericordia el realizar algunas en un momento oportuno, fuera del curso habitual y leyes de la naturaleza, con el fin de que viendo, no obras mayores, sino nuevas, se asombrasen quienes no se sienten impresionados ya por las de cada día. Porque mayor milagro es el gobierno del mundo que la acción de saciar a cinco mil hombres con cinco panes.

No obstante, en aquél nadie se fija, ni nadie lo admira; en esto último, en cambio, se fijan todos con admiración, no porque sea algo mayor, sino porque es más raro, porque es insólito.

¿Quién alimenta también ahora al mundo sino el mismo que hace que de pocos granos broten mieses abundantes? Dios, pues se comportó como Dios. Del mismo modo que con pocos granos multiplica las mieses, así multiplicó en sus manos los cinco panes. El poder estaba en las manos de Cristo; aquellos cinco panes eran como semillas que sin ser sembradas en la tierra eran multiplicadas por quien hizo la tierra.

Esto se ha presentado a los sentidos para levantar nuestro espíritu y se ha mostrado a los ojos para ejercitar nuestra inteligencia, para que de esta manera admiremos al Dios invisible a través de las obras visibles; y así, elevados hasta la fe y purificados por la misma fe, lleguemos a desear ver invisiblemente al mismo Invisible, a quien ya conocíamos por las cosas visibles.

Sin embargo, no basta con considerar este aspecto en los milagros de Cristo. Preguntemos a los mismos milagros qué nos dicen de Cristo. Si se les comprende, ellos tienen su propio lenguaje. Dado que Cristo es la Palabra de Dios, una acción de la Palabra es palabra para nosotros. Por tanto, después de haber oído la grandeza del milagro, investiguemos también su profundidad. No nos deleitemos solamente con lo que aparece en la superficie, penetremos también en su profundidad.

Esto mismo que exteriormente nos produce admiración, encierra algo dentro. Hemos visto, hemos contemplado algo grande, excelso, algo enteramente divino que sólo Dios puede realizar; y la obra nos ha hecho romper en alabanzas al Creador.

Supongamos que vemos un códice escrito con letras muy bien dibujadas. No nos satisfaría sólo el alabar la perfección de la mano del escritor que las hizo tan parecidas, iguales y hermosas, si no llegamos, mediante la lectura, a entender lo que con ellas nos quiso decir. Lo mismo sucede aquí: quienes contemplan el hecho exteriormente, se deleitan con su belleza hasta admirar al artífice; mas quien lo entiende es como si lo leyese.

Una pintura se ve de manera distinta que un escrito. Cuando ves una pintura, te basta ver para alabar; pero cuando ves un escrito, no te basta ver, pues te está invitando a que lo leas. Incluso tú mismo, cuando ves un escrito que quizá no sabes leer, te expresas así: «¿Qué estará escrito aquí?» Después de haber visto el escrito, te preguntas por lo allí contenido.

Aquel a quien pides la explicación de lo que has visto, te mostrará otra cosa. Él tiene unos ojos y tú tienes otros. ¿No veis los dos igualmente el escrito? Sí, pero no conocéis igualmente los signos. Tú ves y alabas; el otro ve y alaba, lee y entiende. Puesto que lo hemos visto y lo hemos alabado, leámoslo y entendámoslo.

El Señor está en una montaña. Vaya más allá nuestra inteligencia: el Señor en la montaña es la Palabra que está en lo alto. Lo que aconteció en la montaña, no es por tanto cosa sin importancia ni se ha de pasar por alto, sino que se debe considerar con atención. Vio las turbas; se dio cuenta de que tenían hambre, y misericordiosamente les dio de comer hasta saciarlas, no sólo con su bondad, sino también con su poder.

¿De qué sirve la bondad sola cuando falta el pan con que alimentar a la turba hambrienta? La bondad sin el poder hubiera dejado en ayunas y hambrienta a aquella multitud inmensa.

También los discípulos que estaban con el Señor se dieron cuenta del hambre de la multitud y querían alimentarla para que no desfalleciese; pero no tenían con qué. El Señor pregunta dónde se podría comprar pan para darle de comer. La Escritura añade: Hablaba así para probarle. Se refiere al discípulo Felipe a quien había hecho la pregunta. Porque él sabía bien lo que iba a hacer. ¿Por qué lo ponía a prueba, sino para mostrar la ignorancia del discípulo? Y quizá también quiso indicar algo al descubrir su ignorancia.

Aparecerá luego, cuando comience a revelarnos el misterio y significado de los cinco panes. Entonces se verá por qué el Señor quiso mostrar en este hecho la ignorancia del discípulo, al preguntar lo que él tan bien sabía. A veces se pregunta lo que no se sabe con la intención de oírlo, para saberlo; y otras se pregunta lo que se sabe para averiguar si lo sabe aquel a quien se hace la pregunta.

El Señor sabía las dos cosas: sabía lo que preguntaba, porque sabía bien lo que iba a hacer, y sabía igualmente que Felipe lo ignoraba. ¿Por qué le pregunta, sino para poner de manifiesto su ignorancia? Como ya dije, luego sabremos por qué obró así.


El maná de cada día, 17.6.18

junio 16, 2018

XI Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo B

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La semilla germina y crece

La semilla germina y crece



Antífona de Entrada: Sal 26, 7. 9

Escúchame, Señor, que te llamo. Tú eres mi auxilio; no me deseches, no me abandones, Dios de mi salvación.


Oración colecta

Oh, Dios, fuerza de los que en ti esperan, escucha con bondad nuestras súplicas y, pues sin ti nada puede la fragilidad de nuestra naturaleza, concédenos siempre la ayuda de tu gracia, para que, al poner en práctica tus mandamientos, te agrademos con nuestros deseos y acciones. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: Ezequiel 17, 22-24

Esto dice el Señor Dios: Arrancaré una rama del alto cedro y la plantaré. De sus ramas más altas arrancaré una tierna y la plantaré en la cima de un monte elevado; la plantaré en la montaña más alta de Israel; para que eche brotes y dé fruto y se haga un cedro noble. Anidarán en él aves de toda pluma, anidarán al abrigo de sus ramas.

Y todos los árboles silvestres sabrán que yo soy el Señor, que humilla los árboles altos y ensalza los árboles humildes, que seca los árboles lozanos y hace florecer los árboles secos. Yo, el Señor, lo he dicho y lo haré.


SALMO 91, 2-3. 13-14. 15-16

Es bueno darte gracias, Señor.

Es bueno dar gracias al Señor y tocar para tu nombre, oh Altísimo, proclamar por la mañana tu misericordia y de noche tu fidelidad.

El justo crecerá como una palmera, se alzará como un cedro del Líbano; plantado en la casa del Señor, crecerá en los atrios de nuestro Dios.

En la vejez seguirá dando fruto y estará lozano y frondoso, para proclamar que el Señor es justo, que en mi Roca no existe la maldad.


SEGUNDA LECTURA: 2 Corintios 5, 6-10

Hermanos:

Siempre tenemos confianza, aunque sabemos que, mientras vivimos en el cuerpo, estamos desterrados, lejos del Señor. Caminamos guiados por la fe, sin ver todavía. Estamos, pues, llenos de confianza y preferimos salir de este cuerpo para vivir con el Señor.

Por eso procuramos agradarle, en el destierro o en la patria. Porque todos tendremos que comparecer ante el tribunal de Cristo, para recibir el premio o el castigo por lo que hayamos hecho en esta vida.


ALELUYA

La semilla es la palabra de Dios, y el sembrador es Cristo; todo el que lo encuentra vive para siempre.


EVANGELIO: Marcos 4, 26-34

En aquel tiempo, Jesús dijo a la multitud: “El Reino de Dios se parece a lo que sucede cuando un hombre siembra la semilla en la tierra: que pasan las noches y los días, y sin que él sepa cómo, la semilla germina y crece; y la tierra, por sí sola, va produciendo el fruto: primero los tallos, luego las espigas y después los granos en las espigas. Y cuando ya están maduros los granos, el hombre echa mano de la hoz, pues ha llegado el tiempo de la cosecha”.

Les dijo también: “¿Con qué compararemos el Reino de Dios? ¿Con qué parábola lo podremos representar? Es como una semilla de mostaza que, cuando se siembra, es la más pequeña de las semillas; pero una vez sembrada, crece y se convierte en el mayor de los arbustos y echa ramas tan grandes, que los pájaros pueden anidar a su sombra”.

Y con otras muchas parábolas semejantes les estuvo exponiendo su mensaje, de acuerdo con lo que ellos podían entender. Y no les hablaba sino en parábolas; pero a sus discípulos les explicaba todo en privado.


Antífona de comunión: Sal 26, 4

Una cosa pido al Señor, eso buscaré: habitar en la casa del Señor por los días de mi vida.
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LA FIDELIDAD A LA GRACIA

P. Francisco Fernández Carvajal

La gracia de Dios da siempre sus frutos si nosotros no le ponemos obstáculos.

El Evangelio de la Misa (1) nos presenta una pequeña parábola, que recoge sólo San Marcos. Nos habla en ella el Señor del crecimiento de la semilla echada en la tierra; una vez sembrada crece con independencia de que el dueño del campo duerma o vele, y sin que sepa cómo se produce.

Así es la semilla de la gracia que cae en las almas; si no se le ponen obstáculos, si se le permite crecer, da su fruto sin falta, no dependiendo de quien siembra o de quien riega, sino de Dios que da el incremento (2).

Nos da gran confianza en el apostolado considerar frecuentemente que «la doctrina, el mensaje que hemos de propagar, tiene una fecundidad propia e infinita, que no es nuestra, sino de Cristo» (3).

En la propia vida interior también nos llena de esperanza saber que la gracia de Dios, si nosotros no lo impedimos, realiza silenciosamente en el alma una honda transformación, mientras dormimos o velamos, en todo tiempo, haciendo brotar en nuestro interior –quizá ahora mismo, en la oración- resoluciones de fidelidad, de entrega y de correspondencia.

El Señor nos ofrece constantemente su gracia para ayudarnos a ser fieles, cumpliendo el pequeño deber de cada momento, en el que se nos manifiesta su voluntad y en el que está nuestra santificación. De nuestra parte queda aceptar esas ayudas y cooperar con generosidad y docilidad.

Sucede al alma algo parecido a lo que le ocurre al cuerpo: los pulmones necesitan aspirar oxígeno continuamente para renovar la sangre. Quien no respira, acaba por morir de asfixia; quien no recibe con docilidad la gracia que Dios da continuamente, termina por morir de asfixia espiritual (4).

Recibir la gracia con docilidad es empeñarnos en llevar a cabo aquello que el Espíritu Santo nos sugiere en la intimidad de nuestro corazón: cumplir cabalmente nuestros deberes –en primer lugar todo lo que se refiere a nuestros compromisos con Dios-; empeñarnos con decisión en alcanzar una meta en una determinada virtud; llevar con garbo sobrenatural y sencillez una contrariedad que quizá se prolonga y nos resulta costosa…

Dios que nos mueve interiormente, recordándonos a menudo las orientaciones recibidas en la dirección espiritual, y cuanto mayor es la fidelidad a esas gracias, mejor nos disponemos para recibir otras, más facilidad encontramos para realizar obras buenas, mayor alegría hay en nuestra vida, porque la alegría siempre está muy relacionada con la correspondencia a la gracia.

(1) Mc 4, 26-32. – (2) Cfr. 1 Cor 3, 5-9. – (3) J. Escrivá de Balaguer, Es Cristo que pasa, 159. – (4) Cfr. R. Garrigou-Lagrange, Las tres edades de la vida interior, vol. I, p. 104.

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