El maná de cada día, 13.6.19

junio 13, 2019

Nuestro Señor Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote

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Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote



Antífona de entrada: Hb 7,24

Cristo, mediador de una nueva alianza, como permanece para siempre, tiene el sacerdocio que no pasa.


Oración colecta

Oh Dios, que para gloria tuya y salvación del género humano constituiste a tu Hijo único sumo y eterno Sacerdote, concede a quienes él eligió para ministros y dispensadores de sus misterios la gracia de ser fieles en el cumplimiento del ministerio recibido. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: Isaías 52, 13-15; 53, 1-12

Mirad, mi siervo tendrá éxito, subirá y crecerá mucho. Como muchos se espantaron de él, porque desfigurado no parecía hombre, ni tenía aspecto humano, así asombrará a muchos pueblos, ante él los reyes cerrarán la boca, al ver algo inenarrable y contemplar algo inaudito.

¿Quién creyó nuestro anuncio?, ¿a quién se reveló el brazo del Señor?

Creció en su presencia como brote, como raíz en tierra árida, sin figura, sin belleza. Lo vimos sin aspecto atrayente, despreciado y evitado de los hombres, como un hombre de dolores, acostumbrado a sufrimientos, ante el cual se ocultan los rostros, despreciado y desestimado.

Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo estimamos leproso, herido de Dios y humillado; pero él fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes.

Nuestro castigo saludable cayó sobre él, sus cicatrices nos curaron. Todos errábamos como ovejas, cada uno siguiendo su camino; y el Señor cargó sobre él todos nuestros crímenes.

Maltratado, voluntariamente se humillaba y no abría la boca; como cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría la boca.

Sin defensa, sin justicia, se lo llevaron, ¿quien meditó en su destino? Lo arrancaron de la tierra de los vivos, por los pecados de mi pueblo lo hirieron. Le dieron sepultura con los malvados, y una tumba con los malhechores, aunque no había cometido crímenes ni hubo engaño en su boca.

El Señor quiso triturarlo con el sufrimiento, y entregar su vida como expiación; verá su descendencia, prolongará sus años, lo que el Señor quiere prosperará por su mano.

Por los trabajos de su alma verá la luz, el justo se saciará de conocimiento. Mi siervo justificará a muchos, porque cargó con los crímenes de ellos.

Le daré una multitud como parte, y tendrá como despojo una muchedumbre. Porque expuso su vida a la muerte y fue contado entre los pecadores, él tomó el pecado de muchos e intercedió por los pecadores.

SALMO 39, 6.10-11

Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.

Cuántas maravillas has hecho, Señor, Dios mío, cuántos planes en favor nuestro; nadie se te puede comparar. Intento proclamarlas, decirlas, pero superan todo número.

Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, y, en cambio, me abriste el oído; no pides sacrificio expiatorio.

Entonces yo digo: “Aquí estoy -como está escrito en mi libro- para hacer tu voluntad.” Dios mío, lo quiero, y llevo tu ley en las entrañas.

He proclamado tu salvación ante la gran asamblea; no he cerrado los labios; Señor, tú lo sabes.

No me he guardado en el pecho tu defensa, he contado tu fidelidad y tu salvación, no he negado tu misericordia y tu lealtad ante la gran asamblea.

Aclamación antes del Evangelio: Is 42, 1

Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero. Sobre él he puesto mi espíritu, para que traiga el derecho a las naciones.

EVANGELIO: Lucas 22, 14-20

Llegada la hora, se sentó Jesús con sus discípulos, y les dijo: “He deseado enormemente comer esta comida pascual con vosotros antes de padecer, porque os digo que ya no la volveré a comer hasta que se cumpla en el Reino de Dios.”

Y tomando una copa, dio gracias y dijo: “Tomad esto, repartidlo entre vosotros; porque os digo que no beberé desde ahora del fruto de la vid hasta que venga el Reino de Dios.”

Y tomando pan, pronunció la acción de gracias, lo partió y se lo dio diciendo: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros; haced esto en memoria mía.”

Después de cenar, hizo lo mismo con la copa, diciendo: “Esta copa es la nueva alianza, sellada con mi sangre, que se derrama por vosotros.”

Antífona de comunión: Mt 28, 20

Sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo -dice el Señor.


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Cristo, sacerdote y víctima
Pío XII. De la carta encíclica Mediator Dei

Cristo es ciertamente sacerdote, pero lo es para nosotros, no para sí mismo, ya que él, en nombre de todo el género humano, presenta al Padre eterno las aspiraciones y sentimientos religiosos de los hombres.

Es también víctima, pero lo es igualmente para nosotros, ya que se pone en lugar del hombre pecador.

Por esto, aquella frase del Apóstol: Tened los mismos sentimientos propios de Cristo Jesús exige de todos los cristianos que, en la media de las posibilidades humanas, reproduzcan en su interior las mismas disposiciones que tenía el divino Redentor cuando ofrecía el sacrificio de sí mismo: disposiciones de una humilde sumisión, de adoración a la suprema majestad divina, de honor, alabanza y acción de gracias.

Les exige asimismo que asuman en cierto modo la condición de víctimas, que se nieguen a sí mismos, conforme a las normas del Evangelio, que espontánea y libremente practiquen la penitencia, arrepintiéndose y expiando los pecados.

Exige finalmente que todos, unidos a Cristo, muramos místicamente en la cruz, de modo que podamos hacer nuestra aquella sentencia de san Pablo: Estoy crucificado con Cristo.

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Jueves después de Pentecostés
JESUCRISTO, SUMO Y ETERNO SACERDOTE
Fiesta
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Oración sobre las ofrendas
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Jesucristo, nuestro Mediador,
te haga aceptables estos dones, Señor,
y nos presente juntamente con él
como ofrenda agradable a tus ojos.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
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Prefacio:
Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote
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En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación,
darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno.
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Que constituiste a tu único Hijo
Pontífice de la Alianza nueva y eterna
por la unción del Espíritu Santo,
y determinaste, en tu designio salvífico,
perpetuar en la Iglesia su único sacerdocio.
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Él no sólo ha conferido el honor del sacerdocio real
a todo su pueblo santo,
sino también, con amor de hermano,
elige hombres de este pueblo
para que, por la imposición de las manos,
participen de su sagrada misión.
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Ellos renuevan en nombre de Cristo
el sacrificio de la redención,
preparan a tus hijos el banquete pascual,
presiden a tu pueblo santo en el amor,
lo alimentan con tu palabra
y lo fortalecen con tus sacramentos.
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Tus sacerdotes, Señor,
al entregar su vida por ti
y por la salvación de los hermanos,
van configurándose a Cristo,
y han de darle así
testimonio constante de fidelidad y amor.
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Por eso, nosotros, Señor, con los ángeles y los santos,
cantamos tu gloria diciendo: Santo, Santo, Santo…
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Oración después de la comunión
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La eucaristía que hemos ofrecido
y recibido, nos dé la vida, Señor,
para que, unidos a ti en caridad perpetua,
demos frutos que siempre permanezcan.
Por Jesucristo nuestro Señor.

 

Cristo vive siempre para interceder en nuestro favor
De las cartas de san Fulgencio de Ruspe, obispo

Fijaos que en la conclusión de las oraciones decimos: «Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo»; en cambio, nunca decimos: «Por el Espíritu Santo».

Esta práctica universal de la Iglesia tiene su explicación en aquel misterio según el cual, el mediador entre Dios y los hombres es el hombre Cristo Jesús, sacerdote eterno según el rito de Melquisedec, que entró una vez para siempre con su propia sangre en el santuario, pero no en un santuario construido por hombres, imagen del auténtico, sino en el mismo cielo, donde está a la derecha de Dios e intercede por nosotros.

Teniendo ante sus ojos este oficio sacerdotal de Cristo, dice el Apóstol: Por su medio, ofrezcamos continuamente a Dios un sacrificio de alabanza, es decir, el fruto de unos labios que profesan su nombre.

Por él, pues, ofre­cemos el sacrificio de nuestra alabanza y oración, ya que por su muerte fuimos reconciliados cuando éramos toda­vía enemigos.

Por él, que se dignó hacerse sacrificio por nosotros, puede nuestro sacrificio ser agradable en la presencia de Dios.

Por esto, nos exhorta san Pedro: Tam­bién vosotros, como piedras vivas, entráis en la construc­ción del templo del Espíritu, formando un sacerdocio sagrado, para ofrecer sacrificios espirituales que Dios acepta por Jesucristo.

Por este motivo, decimos a Dios Pa­dre: «Por nuestro Señor Jesucristo».

Al referirnos al sacerdocio de Cristo, necesariamente hacemos alusión al misterio de su encarnación, en el cual el Hijo de Dios, a pesar de su condición divina, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, según la cual se rebajó hasta someterse incluso a la muerte; es decir, fue hecho un poco inferior a los ángeles, conservando no obstante su divinidad igual al Padre.

El Hijo fue hecho un poco inferior a los ángeles en cuanto que, permane­ciendo igual al Padre, se dignó hacerse como un hombre cualquiera.

Se abajó cuando se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo. Más aún, el abajarse de Cristo es el total anonadamiento, que no otra cosa fue el tomar la condición de esclavo.

Cristo, por tanto, permaneciendo en su condición divi­na, en su condición de Hijo único de Dios, según la cual le ofrecemos el sacrificio igual que al Padre, al tomar la condición de esclavo, fue constituido sacerdote, para que, por medio de él, pudiéramos ofrecer la hostia viva, santa, grata a Dios.

Nosotros no hubiéramos podido ofrecer nuestro sacrificio a Dios si Cristo no se hubiese hecho sacrificio por nosotros: en él nuestra propia raza humana es un verdadero y saludable sacrificio.

En efecto, cuando precisamos que nuestras oraciones son ofrecidas por nuestro Señor, sacerdote eterno, reconocemos en él la verdadera carne de nuestra misma raza, de conformidad con lo que dice el Apóstol: Todo sumo sacerdote, escogido de entre los hombres, está puesto para representar a los hombres en el culto a Dios: para ofrecer dones y sacrificios por los pecados.

Pero, al decir: «tu Hijo», añadimos: «que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo», para recordar, con esta adición, la unidad de naturaleza que tienen el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y significar, de este modo, que el mismo Cristo, que por nosotros ha asumido el oficio de sacerdote, es por naturaleza igual al Padre y al Espíritu Santo (Carta 14, 36-37: CCL 91, 429-431).


Maná y Vivencias Pascuales (50B), 9.6.19

junio 9, 2019

Domingo de Pentecostés

MISA DEL DÍA
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Recibisteis el espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar ¡Abba Padre!

Cuando llegó el día de Pentecostés, todos los discípulos estaban reunidos, y quedaron llenos del Espíritu Santo

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ANTÍFONA DE ENTRADA: Sab 1, 7

El Espíritu del Señor ha llenado toda la tierra; él da unidad a todas las cosas y se hace comprender en todas las lenguas. Aleluya.


ORACIÓN COLECTA

Oh Dios, que por el misterio de Pentecostés santificas a tu Iglesia, extendida por todas las naciones; derrama los dones de tu Espíritu sobre todos los confines de la tierra y no dejes de realizar hoy, en el corazón de tus fieles, aquellas mismas maravillas que obraste en los comienzos de la predicación evangélica. Por nuestro Señor Jesucristo.

PRIMERA LECTURA: Hechos de los Apóstoles: 2, 1-11

El día de Pentecostés, todos los discípulos estaban reunidos en un mismo lugar. De repente se oyó un gran ruido que venía del cielo, como cuando sopla un viento fuerte, que resonó por toda la casa donde se encontraban. Entonces aparecieron lenguas de fuego, que se distribuyeron y se posaron sobre ellos; se llenaron todos del Espíritu Santo y empezaron a hablar en otros idiomas, según el Espíritu los inducía a expresarse.

En esos días había en Jerusalén judíos devotos, venidos de todas partes del mundo. Al oír el ruido, acudieron en masa y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propio idioma.

Atónitos y llenos de admiración, preguntaban: “¿No son galileos todos estos que están hablando? ¿Cómo, pues, los oímos hablar en nuestra lengua nativa? Entre nosotros hay medos, partos y elamitas; otros vivimos en Mesopotamia, Judea Capadocia, en el Ponto y en Asia, en Frigia y en Panfilia, en Egipto o en la zona de Libia que limita con Cirene. Algunos somos visitantes, venidos de Roma, judíos y prosélitos; también hay cretenses y árabes. Y sin embargo, cada quien los oye hablar de las maravillas de Dios en su propia lengua”.

SALMO 103

Envía tu espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra.

Bendice alma mía al Señor, ¡Dios mío, que grande eres! Cuántas son tus obras, Señor; la tierra está llena de tus criaturas.

Les retiras el aliento, y expiran, y vuelven a ser polvo; envías tu aliento y los creas, y repueblas la faz de la tierra.

Gloria a Dios para siempre, goce el Señor con sus obras. Que le sea agradable mi poema, y yo me alegraré con el Señor.

SEGUNDA LECTURA: 1 Corintios: 12, 3-7.12-13

Hermanos: Nadie puede llamar a Jesús “Señor”, si no es bajo la acción del Espíritu Santo.

Hay diferentes dones, pero el Espíritu es el mismo. Hay diferentes servicios, pero el Señor es el mismo. Hay diferentes actividades, pero Dios, que hace todo en todos, es el mismo.

En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común. Porque así como el cuerpo es uno y tiene muchos miembros y todos ellos, a pesar de ser muchos, forman un solo cuerpo, así también es Cristo. Porque todos nosotros, seamos judíos o no judíos, esclavos o libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu para formar un solo cuerpo, y a todos se nos ha dado a beber del mismo Espíritu.

SECUENCIA

Ven, Espíritu divino, manda tu luz desde el cielo.

Padre amoroso del pobre; don, en tus dones espléndido; luz que penetra las almas; fuente del mayor consuelo.

Ven, dulce huésped del alma, descanso de nuestro esfuerzo, tregua en el duro trabajo, brisa en las horas de fuego, gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos.

Entra hasta el fondo del alma, divina luz y enriquécenos. Mira el vacío del hombre, si tú le faltas por dentro; mira el poder del pecado, cuando no envías tu aliento.

Riega la tierra en sequía, sana el corazón enfermo, lava las manchas, infunde calor de vida en el hielo, doma el espíritu indómito, guía al que tuerce el sendero.

Reparte tus siete dones, según la fe de tus siervos. Por tu bondad y tu gracia, dale al esfuerzo su mérito; salva al que busca salvarse y danos tu gozo eterno. Amén.


ACLAMACIÓN: Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos la llama de tu amor. Aleluya.

EVANGELIO: Juan: 20, 19-23

Al anochecer del día de la resurrección, estando cerradas las puertas de la casa donde se hallaban los discípulos, por miedo a los judíos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”. Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Cuando los discípulos vieron al Señor, se llenaron de alegría.

De nuevo les dijo Jesús: “La paz esté con ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo”. Después de decir esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Reciban el Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; y a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar”.

PREFACIO DEL DOMINGO DE PENTECOSTÉS

En verdad es justo y necesario… darte gracias siempre y en todo lugar… Dios todopoderoso y eterno.

Pues, para llevar a plenitud el misterio pascual, enviaste hoy el Espíritu Santo sobre los que habías adoptado como hijos por su participación en Cristo.

Aquel mismo Espíritu que, desde el comienzo, fue el alma de la Iglesia naciente; el Espíritu que infundió el conocimiento de Dios a todos los pueblos; el Espíritu que congregó en la confesión de una misma fe a los que el pecado había dividido en diversidad de lenguas.

Por eso, con esta efusión de gozo pascual, el mundo entero se desborda de alegría y también los coros celestiales… cantan sin cesar el himno de tu gloria: Santo, Santo, Santo…




EJERCICIO PASCUAL (y 3): VEN, ESPÍRITU SANTO 

Apreciado hermano, estimada hermana: Ha llegado el momento de coronar el ejercicio cuaresmal y pascual. Han sido noventa días de búsqueda del Señor. Han sido también noventa días en los que el Señor ha salido a nuestro encuentro, un día tras otro, con fidelidad y renovada ilusión.

Concluyendo la pascua, nosotros le presentamos al Señor, con alegría y satisfacción, nuestros esfuerzos. Mereció la pena realizarlos. Y aunque no se puede merecer el don divino, ahora el Señor nos premiará con una nueva efusión del Espíritu Santo: una renovada sensibilidad para captar y seguir las inspiraciones del Espíritu.

Ayer y anteayer nos hemos centrado en el Padre y el Hijo. El Espíritu Santo, quizás sin darnos cuenta de ello, guió nuestro acercamiento. Hoy queremos tomar mayor conciencia del ser y de la acción del Espíritu en nuestras vidas.

Jesús, al ascender a los cielos, anunció a los discípulos el cumplimiento de la promesa del Espíritu realizada por el Padre en el antiguo Testamento, sobre todo a través de los profetas: “Vendrán días en que enviaré el Espíritu y la tierra entera se llenará del conocimiento del Señor”.

Dios había prometido una nueva ley escrita, no ya en tablas de piedra, sino en el corazón de los creyentes: “Les daré un corazón de carne; les arrancaré, de cuajo, el corazón de piedra; pondré en ellos un corazón nuevo; y entonces, ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios”.

Jesús rogó al Padre que cumpliera la promesa enviando el otro Consolador. Éste no traería nada nuevo, sino que les recordaría a los discípulos todo lo revelado por Jesús y se lo haría comprender claramente y experimentar con fruición. El Espíritu vino sobre los discípulos tan pronto como Jesús fue glorificado: “Si no me voy, no vendrá el Espíritu”.

Pentecostés significa la irrupción del Espíritu que inaugura el nacimiento de la Iglesia, los últimos tiempos y la plenitud de la salvación. Dios ha cumplido su parte. Ahora nos toca a nosotros.

Los discípulos experimentaron una profunda transformación. Comprendieron las Escrituras y todo el misterio de Jesús. Quedaron subyugados, enhechizados, y como enajenados por el Espíritu del Resucitado y, de inmediato, salieron a predicar por todo el mundo, con mucha convicción y entusiasmo, la salvación traída por Cristo y en él perfectamente realizada. Nació la Iglesia y con ella una nueva manera de ver la historia y de construir la sociedad como anticipo del Reino de Dios.

Pero, ojo, esta transformación es la herencia del Resucitado para todo el que crea, sin excepción. “Venid a mí, gritaba Jesús en el atrio del Templo el día de la Fiesta, todos los que tenéis sed, y tomad gratis el agua de la vida”.

El don del Espíritu es para todos. Solamente hace falta reconocer que lo necesitamos. Sólo se necesita reconocer que por naturaleza somos limitados, atrevidos, pecadores. Y entonces, sentiremos la sed de Dios, y desearemos ser llenos del Espíritu de Dios: nacer de arriba, de lo alto.

Hermano, hermana: vamos a pedir, o mejor agradecer, el don del Espíritu al finalizar estas “vivencias pascuales”. Claro que ya tienes el Espíritu, desde que recibiste el bautismo. Pero la cuestión es cómo lo tienes: Si está suelto, vivo y actuante en ti o si lo tienes atado, ignorado y casi anulado por tu pecado o tu inconsciencia.

Vamos a orar con toda sencillez ante quien sabemos nos ama y nos tiene reservadas muchas sorpresas. “Si conocieras el don de Dios y lo que él te puede dar a gustar…” Di con todas tus ganas: Ven, Espíritu divino, ven, Padre amoroso del pobre; ven, dulce huésped del alma, y habita en mí, pon tu sede y tu trono en el centro de mi ser, de mi corazón. De doy gracias. Amén.

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ORACIÓN AL ESPÍRITU SANTO

Espíritu divino, creo en ti como la tercera persona de la Santísima Trinidad. Te adoro y te invoco como el Santificador. Tú eres el abrazo del Padre y del Hijo, fuente de toda relación y comunión.

Te doy gracias porque tú estás derramado en mi corazón. Aunque no tenga conciencia expresa de tu presencia, sé que tú guías todos mis buenos pensamientos y deseos. Tú me haces presente al Padre y al Hijo, y me inspiras el conocimiento y el amor a ellos.

Con toda reverencia me pongo en tu presencia, Espíritu Santo. Reconozco mi pobreza, y te invoco porque sé que eres “padre amoroso del pobre”. ¿Adónde iría, Señor, con mi pobreza? Ven, dulce huésped del alma, pues sin ti me abrumaría la mayor y cruel soledad. Tú que eres generoso en tus dones, ten misericordia de mí y lléname de tus gracias.

Te pido perdón, Espíritu Consolador, porque frecuentemente me olvido de ti. Con mi pecado te tengo entristecido. Perdóname. Por el contrario, quiero ser dócil a tus inspiraciones. Ten paciencia conmigo y no me dejes por imposible.

Al finalizar este ejercicio cuaresmal y pascual, ven, Espíritu Santo, a mi vida entera y transfórmala sustancialmente. Quiero recibir como una renovación en toda mi persona, en toda mi existencia. Quiero ser una nueva criatura en Cristo. No quiero defraudar al Padre que tanto me valora y tanto espera de mí. No puedo traicionarle a Jesús que me amó y se entregó por mí. Ayúdame, pues me siento desorientado y desvalido.

En fin, tú sabes mejor que nadie lo que me conviene. Ven, padre amoroso del pobre. Visita mi corazón. Mira mi pobreza y hasta mi propia miseria. Ven a calentar lo que está frío; a iluminar lo oscuro; a enderezar lo torcido; a curar las heridas; a suavizar lo duro; a endulzar la amargura; a calmar lo agresivo y violento. Ven, Espíritu Santificador con todas tus gracias: los dones y los frutos; para que me parezca más a Jesús y pueda glorificar al Padre, como él se merece.

Mira que estoy como la tierra reseca que espera la lluvia; espero el agua que limpia, refresca y fecunda. Quiero ser como la arcilla en manos del alfarero para que tú la modeles según los designios del Padre y la imagen del Hijo. Incluso, quiero ser una vasija nueva: si es preciso, rompe y quiebra mi vida ya hecha y mis planes, y hazme de nuevo. En fin, quiero ser como el leño que se deja invadir y penetrar por el fuego hasta transformarse en luz y calor. Ven, Espíritu Santo, tú que haces nuevas todas las cosas. Tú eres mi única esperanza.

Ven, Espíritu del amor, y enséñame a imitar la generosidad del Padre celestial. Ven, Espíritu Santo, y enséñame a ser hijo en el Hijo de Dios, Jesucristo: que sea verdadero discípulo buscando siempre la gloria del Padre. Dame el celo y la pasión por el Reino, los mismos que tenía Jesús y que manifestaba en sus palabras poderosas y obras maravillosas.

Quiero ser otro Cristo en el mundo. Quiero tener su mismo Espíritu para dejarme conducir por él con obsequiosa docilidad y poder en el Amor del Señor.

Te doy gracias, Espíritu divino, por esta oración que me has inspirado y has presentado al Padre y al Hijo, por mí. Agradezco lo que has hecho en mí, lo que haces, y lo que harás en el futuro para gloria del Padre y contento del Hijo. Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo. Amén.

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Maná y Vivencias Pascuales (48), 7.6.19

junio 7, 2019

Viernes de la 7ª semana de Pascua

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DECENARIO DEL ESPÍRITU SANTO

NOVENO DÍA

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El amor consiste en que Dios nos amó primero

El amor consiste en que Dios nos amó primero

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Textos bíblico-litúrgicos.- Entrada: Ap 1, 5-6; 1era lectura: Hch 25, 13-21; Salmo: 102, 1-2.11-12.19-20; Aclamación: Jn 14, 26; Evangelio: Jn 21, 15-19; Comunión: Jn 16,13.

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TEMA ILUMINADOR: EL AMOR DE DIOS PADRE

ANTIFONA DE ENTRADA.- Cristo nos amó, nos ha librado de nuestros pecados por su sangre, nos ha convertido en un reino y hecho sacerdotes de Dios, su Padre. Aleluya.

ORACIÓN COLECTA

Oh Dios, que por la glorificación de Jesucristo y la venida del Espíritu Santo nos has abierto las puertas de tu reino; haz que la recepción de dones tan grandes nos mueva a dedicarnos con mayor empeño a tu servicio y a vivir con mayor plenitud las riquezas de nuestra fe. Por nuestro Señor.

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PRIMERA LECTURA, Hch 25, 13-21

En aquellos días, el rey Agripa llegó a Cesarea con Berenice para saludar a Festo.

Permanecieron allí algún tiempo, y Festo expuso al rey el caso de Pablo, diciéndole: Tenemos aquí un preso que ha dejado Félix; cuando fui a Jerusalén, los sumos sacerdotes y los senadores judíos presentaron quejas contra él y me pidieron que lo condenara.

Yo les contesté que los romanos no acostumbran entregar a un hombre sin que haya tenido la oportunidad de defenderse de los cargos en presencia de sus acusadores.

Vinieron conmigo a Cesarea, y yo, sin demora, me senté al día siguiente en el tribunal y mandé traer a este hombre. Se presentaron los acusadores, pero no lo demandaron por ninguno de los delitos que yo sospechaba. Sólo tenían contra él cuestiones referentes a sus creencias y a un cierto Jesús, ya muerto, de quien Pablo afirma que está vivo.

Como yo me perdía en esos asuntos, le pregunté si quería ir a Jerusalén para ser juzgado allí sobre esas cosas. Pero Pablo apeló y pidió que el sumario lo hiciera el tribunal del emperador. Entonces ordené que lo mantuvieran bajo custodia hasta que pueda enviarlo al César.


SALMO 102

Bendice, alma mía al Señor, y todo mi ser a su santo nombre. Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides ninguno de sus beneficios.

Como se levanta el cielo sobre la tierra, se levanta su bondad sobre sus fieles; como dista el oriente del ocaso, así aleja de nosotros nuestras culpas.

El Señor puso en el cielo su trono, su soberanía gobierna el universo. Bendigan al Señor, ángeles suyos: poderosos ejecutores de sus órdenes.


ACLAMACIÓN, Jn 14, 26.- El Espíritu Santo será quien les enseñe todo y les vaya recordando todo lo que les he dicho. Aleluya.

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EVANGELIO, Jn 21, 15-19

Habiéndose aparecido Jesús a sus discípulos, y comiendo con ellos, preguntó a Simón Pedro: Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos? Él le contestó: Sí, Señor, tú sabes que te quiero. Jesús le dijo: Apacienta mis corderos.

Le preguntó por segunda vez: Simón, hijo de Juan, ¿me amas? Pedro volvió a contestar: Sí, Señor, tú sabes que te quiero. Jesús le dijo: Pastorea mis ovejas.

Insistió Jesús por tercera vez: Simón Pedro, hijo de Juan, ¿me quieres? Pedro se puso triste al ver que Jesús le preguntaba por tercera vez si lo quería y le contestó: Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero.

Entonces Jesús le dijo: Apacienta mis ovejas. Te lo aseguro: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas a donde querías; pero cuando llegues a viejo, abrirás los brazos y otro te ceñirá y te llevará a donde no quieras.

Jesús lo dijo para que Pedro comprendiera en qué forma iba a morir y dar gloria a Dios. Y añadió: Sígueme.


COMUNIÓN Jn 16, 13.- Cuando venga el Espíritu Santo de la Verdad, los guiará hasta la verdad plena, dice el Señor. Aleluya.

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DECENARIO AL ESPÍRITU SANTO

ORACIÓN PREPARATORIA

Oh Dios que, por el misterio de Pentecostés, santificas a tu Iglesia, extendida por todas las naciones, derrama los dones de tu Espíritu sobre todos los confines de la tierra y no dejes de realizar hoy, en el corazón de tus fieles, aquellas mismas maravillas que obraste en los comienzos de la predicación evangélica.- Por Jesucristo nuestro Señor.

DÍA NOVENO

Podemos tomar como dirigida a nosotros la pregunta que formula el Apóstol: ¿no sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu Santo mora en vosotros? (1 Cor 3, 16), y recibirla como una invitación a un trato más personal y directo con Dios. Por desgracia el Paráclito es, para algunos cristianos, “el gran desconocido”.

Y sin embargo, el Espíritu es una de las tres personas del único Dios, con quien se habla y de quien se vive. Hace falta, por tanto, que lo tratemos con asidua sencillez y con confianza, como nos enseña la Iglesia a través de la liturgia.

Entonces conoceremos más a nuestro Señor Jesucristo y, al mismo tiempo, nos daremos cuenta más plenamente del inmenso don que supone llamarse cristianos.

Señor, Padre de todos los hombres, que quieres reunir en una única fe a tus hijos dispersos, ilumina a todos los hombres con la gracia del Espíritu Santo.

ORACIÓN FINAL

Ven, Espíritu Santo, llena nuestros corazones y enciéndelos con el fuego de tu amor. Envía tu Espíritu y serán creados; y renovarás la faz de la tierra.

Quema, Señor, con el fuego del Espíritu Santo nuestras entrañas y nuestro corazón, para que te sirvamos con cuerpo limpio; y con un corazón puro te agrademos.

Te pedimos, Señor, que inspires nuestras acciones, las prevengas y las acompañes con tu auxilio, para que todos nuestros deseos, pensamientos y trabajos comiencen siempre en ti, como en su fuente, y tiendan siempre a ti, como a su fin.

Por Jesucristo nuestro Señor.- Amén.

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EJERCICIO PASCUAL (1): Estimada hermana, apreciado hermano.

Nos quedan sólo tres días para culminar la trayectoria pascual. A estas alturas, seguro que has experimentado una renovación de tu fe. Te hayas dado cuenta o no, la palabra de Dios ha sido sembrada en tu corazón.

Esa semilla tiene vigor para germinar por sí misma. No lo dudes. Tú la has acogido y te alegras al constatar un cambio en tu vida. Enhorabuena por ello, hermano. Ánimo. Mayores cosas verás.

En estos tres días nos acercaremos a las tres divinas personas y nos dispondremos para recibir la vida en abundancia que le agradó a Dios Padre regalarnos; que nos mereció el Hijo con su vida, pasión, muerte y resurrección; y que nos hace experimentar y gustar el Espíritu Santo.

Vamos a pedir, o mejor agradecer, una nueva efusión del Espíritu de Dios en nuestras vidas.

Sabemos que Dios es un Dios de vivos y no de muertos. Que goza con dar vida a discreción y en abundancia. Por tanto, podemos hablar de “reclamarle” a Dios una nueva vida en plenitud.

Jesús nos asegura que al Padre le agrada que demos mucho fruto; que nos quiere dar el Espíritu sin medida, el gran Don. El Padre lo ha prometido solemnemente, y, por si hiciera falta, Cristo se lo recuerda a cada momento, sentado a su derecha en el cielo.

Por tanto, vamos a disponernos, desde hoy mismo, para dejarle manos libres a la Santa Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu, al finalizar esta Pascua para que las Personas Divinas puedan completar su obra salvadora en cada uno de nosotros: Que Dios uno y Trino pueda hacer de nosotros lo que más le plazca; para gloria suya, para nuestro bien y edificación de la Iglesia.

En este día viernes dirigimos nuestra mirada contemplativa al Padre, fuente de todo don.

Dios Padre tomó la iniciativa de darnos la existencia. Eternamente nos ha amado, ha pronunciado nuestro nombre. Se ha recreado en cada uno de nosotros y nos ha hecho originales y únicos, irrepetibles, plenamente logrados.

Por tanto, tú, hermana, hermano, dispónte a recibir el amor de Dios Padre, su predilección por ti. No tienes que amar a Dios sino más bien dejarte amar por él. El amor consiste no en que tú hayas amado a Dios sino en que él te amó primero.

Él te ama incondicionalmente: no te ama porque seas bueno, sino que, amándote, te hace bueno. El amor de Dios está en el comienzo de tu mismo ser y existir.

Esencialmente eres “amor”. Es tu valía y tu peso, tu misma esencia y sentido. Déjate inundar; déjate iluminar.

Dios Padre quiere lo mejor para ti porque eres su hijo. Hijo adoptivo, sí, pero “verdadero” hijo en su bendito Hijo Jesucristo. Por eso, te invita a vivir siempre en comunión con él a través del Hijo y del Espíritu derramado en tu corazón.

Dios te regala una vida en abundancia, plena, y te invita a degustar ya en este mundo algo que ni ojo vio, ni oído escuchó ni pudo soñar mente humana.

Para alcanzar esa paz y reconciliación debes purificar tu corazón de toda envidia, rencor, odio o venganza contra los hermanos.

Como hijo de Dios, debes parecerte a él, y para eso debes imitarlo en su paciencia, indulgencia y bondad, pues manda el sol sobre justos e injustos.

Por tanto, deberías renunciar a todo cuanto se oponga al amor, a la compasión y al perdón incondicional hacia el hermano.

A lo largo de la celebración pascual has sido testigo de la transformación que experimentaron los apóstoles, y en general los discípulos de Jesús, y en particular san Pablo.

Has escuchado las maravillas que hacía el Espíritu en la Iglesia por designio del Padre y en nombre de Cristo.

¿Quieres experimentar tú mismo algo parecido? Dispónte interiormente para recibirlo. Créetelo en tu corazón. Comienza a bendecir al Señor porque te lo dará, sin duda.

Agradécelo porque al Padre le gusta dar vida a discreción; es lo que más le agrada: que des frutos en abundancia. Que seas plenamente feliz en Cristo. Que seas una criatura nueva.

Todo lo anterior debe pasar, debes olvidarlo. Algo nuevo está brotando. Mirad que hago nuevas todas las cosas. ¿Es que no lo notáis?

El Reino de Dios ha llegado a vosotros. No sigas llamando impuro a lo que Dios ha purificado para siempre. Tú, ya no eres el mismo de antes, el mismo de siempre.

Eres criatura nueva en Cristo. Créelo, y así será. Amén.

ORACIÓN A DIOS PADRE

Padre de bondad, creo que existes desde siempre y que estás en los cielos: El único santo y misericordioso. Tú has creado todas las cosas. Te adoro y te bendigo porque tú eres digno de toda bendición.

En la persona de tu Hijo Jesucristo, y uniéndome a él por su Espíritu, te amo y te alabo, me postro en tu presencia. Te agradezco que hayas pensado en mí desde siempre y que me des la vida y la fe.

Quiero recibir todo cuanto hayas pensado sobre mí y para mí. Acepto con alegría tus designios y será para mí un gozo cumplir tu voluntad y darte gloria por siempre.

Señor, Padre santo, que tu nombre sea bendito, que te bendigan los ángeles y los santos. 

En nombre de Jesús nuestro hermano te pido que me envíes el Espíritu de tu propio Hijo para que pueda amarte como tú quieres, y en ti y por ti, pueda amar a todos los demás y todo lo demás.

Con tu gracia quiero abrazar todas las cosas creadas por ti, y renuncio a todo rencor contra mis hermanos. A todos los amo de verdad y a todos los perdono de corazón. Quiero ser tu hijo en el que puedas siempre complacerte. Quiero parecerme en todo a tu bendito Hijo Jesús, en el que tienes puestas tus complacencias.

Concédeme la vida en abundancia, Padre de bondad, por tu querido Hijo Jesucristo que me amó y se entregó por mí. Finalmente, dame tu bendición. Amén.

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Maná y Vivencias Pascuales (46), 5.6.19

junio 5, 2019

Miércoles de la 7ª semana de Pascua

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DECENARIO DEL ESPÍRITU SANTO

SÉPTIMO DÍA

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Como el agua de la lluvia produce efectos distintos en la naturaleza, así es el Espíritu Santo

Como el agua de la lluvia produce efectos distintos en la naturaleza, así es el Espíritu Santo

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Textos bíblico-litúrgicos.- Entrada: Sal 46, 2; 1era lectura: Hch 20, 28-38; Salmo: 67, 29-30.33-36; Aleluya: Jn 17, 17; Evangelio: Jn 17, 11b-19; Comunión: Jn 15, 26-27.

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ANTÍFONA DE ENTRADA.- Pueblos todos, batid palmas, aclamad a Dios con gritos de jubilo. Aleluya.

CONTINÚAN LOS RELATOS DE LAS DESPEDIDAS

Jesús regresa al Padre y ruega por los discípulos

Padre Santo, guárdalos en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros. Cuando estaba con ellos, yo guardaba en tu nombre a los que me diste y los custodiaba. Ahora voy a ti.

Como tú me enviaste al mundo, así yo también los envío al mundo. Y por ellos me consagro yo para que también ellos sean consagrados en la verdad.

Pablo debe llevar adelante la misión recibida

Ahora los encomiendo a ustedes a Dios y a su Palabra portadora de su gracia, que tiene eficacia para edificar sus personas y entregarles la herencia junto a todos los santos.

Dicho esto, Pablo se arrodilló con ellos y oró. Entonces empezaron todos a llorar y lo besaban abrazados a su cuello. Todos estaban muy afligidos porque les había dicho que no lo volverían a ver. Después lo acompañaron hasta el barco.

ORACIÓN COLECTA

Padre, lleno de amor, concede a tu Iglesia, congregada por el Espíritu Santo, dedicarse plenamente a tu servicio y vivir unida en el amor, según tu voluntad. Por nuestro Señor.

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PRIMERA LECTURA, Hch 20, 28-38

En aquellos días decía Pablo a los principales de la Iglesia de Éfeso: Cuiden de sí mismos y de todo el rebaño que el Espíritu Santo les ha encargado cuidar como pastores de la Iglesia de Dios, que él adquirió con la sangre de su Hijo.

Sé que después de mi partida se introducirán entre ustedes lobos voraces que no tendrán piedad del rebaño. De entre ustedes mismos surgirán hombres que enseñarán doctrinas falsas e intentarán arrastrar a los discípulos tras sí.

Estén, pues, atentos, y recuerden que durante tres años no he dejado de aconsejar a cada uno de ustedes noche y día, incluso entre lágrimas.

Ahora los encomiendo a Dios y a su Palabra portadora de su gracia, que tiene eficacia para edificar sus personas y entregarles la herencia junto a todos los santos. De nadie he codiciado plata, oro o vestidos. Miren mis manos: con ellas he conseguido lo necesario para mí y para mis compañeros, como ustedes bien saben.

Con este ejemplo les he enseñado claramente que deben trabajar duro para ayudar a los débiles. Recuerden las palabras del Señor Jesús: Hay mayor felicidad en dar que en recibir.

Dicho esto, Pablo se arrodilló con ellos y oró. Entonces empezaron todos a llorar y lo besaban abrazados a su cuello. Todos estaban muy afligidos porque les había dicho que no lo volverían a ver. Después lo acompañaron hasta el barco.

SALMO 67, 29-30.33-36

V/ Reyes de la tierra, cantad a Dios.

Oh Dios, despliega tu poder, tu poder, oh Dios, que manifestaste con nosotros. A tu templo de Jerusalén, traigan los reyes su tributo.

Reyes de la tierra, canten a Dios, toquen para el Señor, que avanza por los cielos, los cielos antiquísimos; que lanza su voz, su voz poderosa: Reconozcan el poder de Dios.

Sobre Israel resplandece su majestad, y su poder, sobre las nubes. ¡Dios sea bendito!

ACLAMACIÓN Jn 17, 17.- Tu palabra, Señor, es verdad; conságralos en la verdad.

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EVANGELIO Jn 17, 11b-19

En aquel tiempo, levantando los ojos al cielo, Jesús oró diciendo: Padre Santo, guárdalos en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros.

Cuando estaba con ellos, yo guardaba en tu nombre a los que me diste y los custodiaba, y ninguno de ellos se perdió, sino el hijo de la perdición, para que se cumpliera la Escritura. Ahora voy a ti, y digo esto al mundo, para que ellos mismos tengan mi alegría cumplida.

Yo les he dado tu palabra, y el mundo los ha odiado, porque no son del mundo como tampoco yo soy del mundo. No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del mal. Ellos no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo.

Santifícalos en la verdad: tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así yo también los envío al mundo. Y por ellos me consagro yo para que también ellos sean consagrados en la verdad.

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COMUNIÓN Jn 15, 26-27.- Cuando venga el Paráclito, que les enviaré desde el Padre, el Espíritu de la Verdad que procede del Padre, él dará testimonio de mí, y también ustedes darán testimonio, dice el Señor. Aleluya.

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DECENARIO AL ESPÍRITU SANTO

ORACIÓN PREPARATORIA

Oh Dios que, por el misterio de Pentecostés, santificas a tu Iglesia, extendida por todas las naciones, derrama los dones de tu Espíritu sobre todos los confines de la tierra y no dejes de realizar hoy, en el corazón de tus fieles, aquellas mismas maravillas que obraste en los comienzos de la predicación evangélica.- Por Jesucristo nuestro Señor.

DÍA SÉPTIMO

Hemos de vivir de la fe, pues el justo vive de fe. Es lo mismo que vivir según el Espíritu.

Ojalá se pudiera decir de cada uno de nosotros lo que escribía hace siglos san Basilio, padre de la iglesia oriental: de la misma manera que los cuerpos transparentes y nítidos, al recibir los rayos de luz, se vuelven resplandecientes e irradian brillo, las almas que son llevadas por el Espíritu Santo se vuelven también ellas espirituales y llevan a los demás la luz de la gracia.

Del Espíritu Santo proviene el conocimiento de las cosas futuras, la inteligencia de los misterios, la comprensión de las verdades ocultas, la distribución de los dones, la ciudadanía celeste, la conversación con los ángeles. De él, la alegría que nunca termina, la perseverancia en Dios y, lo más sublime que se pueda pensar o desear: que el hombre llegue a ser como Dios.

Señor Jesús, tú que prometiste darnos el Espíritu Santo para que nos lo enseñara todo y nos fuera recordando todo lo que nos habías dicho, envíanos este Espíritu para que ilumine nuestra fe.

ORACIÓN FINAL

Ven, Espíritu Santo, llena nuestros corazones y enciéndelos con el fuego de tu amor. Envía tu Espíritu y serán creados; y renovarás la faz de la tierra.

Quema, Señor, con el fuego del Espíritu Santo nuestras entrañas y nuestro corazón, para que te sirvamos con cuerpo limpio; y con un corazón puro te agrademos.

Te pedimos, Señor, que inspires nuestras acciones, las prevengas y las acompañes con tu auxilio, para que todos nuestros deseos, pensamientos y trabajos comiencen siempre en ti, como en su fuente, y tiendan siempre a ti, como a su fin.

Por Jesucristo nuestro Señor.- Amén.

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PREFACIO PASCUAL para después de la Ascensión que acentúa la espera del Espíritu

Es justo y necesario darte gracias… por Jesucristo, tu Hijo, Señor del universo,

el cual, habiendo entrado una vez para siempre en el santuario del cielo,

ahora intercede por nosotros,

como mediador que asegura la perenne efusión del Espíritu.

Pastor y obispo de nuestras almas, nos invita a la plegaria unánime,

a ejemplo de María y los Apóstoles, en la espera de un nuevo Pentecostés…

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De las Catequesis de san Cirilo de Jerusalén, obispo

El agua viva del Espíritu Santo

El agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna. Una nueva clase de agua que corre y salta; pero que salta en los que son dignos de ella.

¿Por qué motivo se sirvió del término agua, para denominar la gracia del Espíritu?

Pues, porque el agua lo sostiene todo; porque es imprescindible para la hierba y los anima­les; porque el agua de la lluvia desciende del cielo, y además, porque desciende siempre de la misma forma y, sin embargo, produce efectos diferentes: Unos en las palmeras, otros en las vides, todo en todas las cosas.

De por sí el agua no tiene más que un único modo de ser; por eso, la lluvia no transforma su na­turaleza propia para descender en modos distintos, sino que se acomoda a las exigencias de los seres que la reciben y da a cada cosa lo que le corresponde.

De la misma manera, también el Espíritu Santo, aunque es único, y con un solo modo de ser, e indivisible, reparte a cada uno la gracia según quiere. Y así como un tronco seco que recibe agua germina, del mismo modo el alma pecadora que, por la penitencia, se hace digna del Espíritu Santo, produce frutos de santidad.

Y aunque no tenga más que un solo e idéntico modo de ser, el Espíritu, bajo el impulso de Dios y en nombre de Cristo, produce múltiples efectos.

Se sirve de la lengua de unos para el caris­ma de la sabiduría; ilustra la mente de otros con el don de la profecía; a éste le concede poder para expulsar los demonios; a aquél le otorga el don de interpretar las divinas Es­crituras.

Fortalece, en unos, la templanza; en otros, la misericordia; a éste enseña a prac­ticar el ayuno y la vida ascética; a aquél, a dominar las pasiones; al otro, le prepara para el martirio.

El Espíritu se manifiesta, pues, distinto en cada uno, pero nunca distinto de sí mismo, según está escrito: En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común.

Llega mansa y suavemente, se le experi­menta como finísima fragancia, su yugo no puede ser más ligero. Fulgurantes rayos de luz y de conocimiento anuncian su venida.

Se acerca con los sentimientos entrañables de un auténtico protector: pues viene a salvar, a sanar, a enseñar, a aconsejar, a fortalecer, a consolar, a iluminar el alma primero, de quien lo recibe; luego mediante éste, las de los demás.

Y, así como quien antes se movía en tinie­blas, al contemplar y recibir la luz del sol en sus ojos corporales, es capaz de ver claramente lo que poco antes no podía ver, de este modo, el que se ha hecho digno del don del Espíritu Santo, es iluminado en su alma y, elevado sobrenaturalmente, llega a percibir lo que antes ignoraba (Catequesis 16, sobre el Espíritu Santo, 1,11-12.16: PG 33, 931-935.939-942).

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Maná y Vivencias Pascuales (32), 22.5.19

mayo 22, 2019

Miércoles de la 5ª semana de Pascua

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La vid y sus frutos: Cepa, sarmientos y racimos de uva.

La vid y sus frutos: Cepa, sarmientos y racimos de uva.

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ENTRADA: Sal 70, 8-23

Llena estaba mi boca de tu alabanza y de tu gloria todo el día. Te aclamarán mis labios, Señor. Aleluya.

ORACIÓN COLECTA

¡Oh Dios!, que amas la inocencia y la devuelves a quienes la han perdido; atrae hacia ti el corazón de tus fieles, para que siempre vivan a la luz de tu verdad los que han sido librados de las tinieblas del error. Por nuestro Señor.

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PRIMERA LECTURA: Hech. 15, 1-6

En aquellos días, unos que bajaron de Judea aleccionaban a los hermanos con estas palabras: Ustedes no pueden salvarse, a no ser que se circunciden como lo manda Moisés. Esto ocasionó bastante perturbación, así como discusiones muy violentas de Pablo y Bernabé con ellos. Al fin se decidió que Pablo y Bernabé junto con algunos de ellos subieran a Jerusalén para tratar esta cuestión con los apóstoles y los presbíteros.

La Iglesia los encaminó, y atravesaron Fenicia y Samaría. Al pasar contaban con todo lujo de detalles la conversión de los paganos, lo que produjo gran alegría en todos los hermanos. Al llegar a Jerusalén fueron recibidos por la Iglesia, por los apóstoles y los presbíteros, y les expusieron todo lo que Dios había hecho por medio de ellos.

Pero se levantaron algunos del grupo de los fariseos que habían abrazado la fe, y dijeron: Es necesario circuncidar a los no judíos y pedirles que observen la ley de Moisés. Entonces los apóstoles y los presbíteros se reunieron para tratar este asunto.

 

SALMO 121, 1-5

¡Qué alegría cuando me dijeron: “Vamos a la casa del Señor”! Ya están pisando nuestros pies tus umbrales, Jerusalén.

Allá suben las tribus, las tribus del Señor según la costumbre de Israel, a celebrar el nombre del Señor. En ella están los tribunales de justicia en el palacio de David.

Aclamación: Jn 15, 4.5b.- Permaneced en mí, y yo en vosotros – dice el Señor-, el que permanece en mí da fruto abundante. Aleluya.

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EVANGELIO: Jn 15, 1-8

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Yo soy la vid verdadera y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento mío que no da fruto lo arranca; y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto. Ustedes ya están limpios gracias a la palabra que les he anunciado; permanezcan en mí como yo en ustedes. Como el sarmiento no puede producir fruto por sí mismo si no permanece en la vid; tampoco ustedes pueden producir fruto si no permanecen en mí.

Yo soy la vid y ustedes los sarmientos: el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante, porque sin mí, no pueden hacer nada. Al que no permanece en mí, lo arrojan fuera como el sarmiento, y se seca: luego los recogen y los echan al fuego y se queman.

Si permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y lo conseguirán. Con esto recibe gloria mi Padre, con que den fruto abundante; así serán discípulos míos.

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Del comentario de san Cirilo de Alejandría, obispo, sobre el evangelio de san Juan

Yo soy la vid, vosotros los sarmientos

El Señor, para convencernos de que es necesario que nos adhiramos a él por el amor, ponderó cuán grandes bienes se derivan de nuestra unión con él, comparándose a sí mismo con la vid y afirmando que los que están unidos a él e injertados en su persona, vienen a ser como sus sarmientos y, al participar del Espíritu Santo, comparten su misma naturaleza (pues el Espíritu de Cristo nos une con él).

La adhesión de quienes se vinculan a la vid consiste en una adhesión de voluntad y de deseo; en cambio, la unión de la vid con nosotros es una unión de amor y de inhabitación. Nosotros, en efecto, partimos de un buen deseo y nos adherimos a Cristo por la fe; así llegamos a participar de su propia naturaleza y alcanzamos la dignidad de hijos adoptivos, pues, como afirma san Pablo, el que se une al Señor es un espíritu con él.

De la misma forma que en un lugar de la Escritura se dice de Cristo que es cimiento y fundamento (pues nosotros, se afirma, estamos edificados sobre él y, como piedras vivas y espirituales, entramos en la construcción del templo del Espíritu, formando un sacerdocio sagrado, cosa que no sería posible si Cristo no fuera fundamento), así, de manera semejante, Cristo se llama a sí mismo vid, como si fuera la madre y nodriza de los sarmientos que proceden de él.

En él y por él hemos sido regenerados en el Espíritu para producir fruto de vida, no de aquella vida caduca y antigua, sino de una vida nueva que se funda en su amor. Y esta vida la conservaremos si perseveramos unidos a él y como injertados en su persona; si seguimos fielmente los mandamientos que nos dio y procuramos conservar los grandes bienes que nos confió, esforzándonos por no contristar, ni en lo más mínimo, al Espíritu que habita en nosotros, pues, por medio de él, Dios mismo tiene su morada en nuestro interior.

De qué modo nosotros estamos en Cristo y Cristo en nosotros nos lo pone en claro el evangelista Juan al decir: En esto conocemos que permanecemos en él, y él en nosotros: en que nos ha dado de su Espíritu.

Pues, así como la raíz hace llegar su misma manera de ser a los sarmientos, del mismo modo el Verbo unigénito de Dios Padre comunica a los santos una especie de parentesco consigo mismo y con el Padre, al darles parte en su propia naturaleza, y otorga su Espíritu a los que están unidos con él por la fe: así les comunica una santidad inmensa, los nutre en la piedad y los lleva al conocimiento de la verdad y a la práctica de la virtud (Libro 10, cap. 2: PG 74, 331-334).

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SALUDO PASCUAL A LA VIRGEN MARÍA (4)

La Iglesia tiene dos formas de saludar a la Virgen María durante el año litúrgico: el propio del tiempo pascual, el “Regina Coeli”, y el “Ángelus” para el resto del año. En su momento hicimos un comentario al Ángelus. Ahora vamos a comentar muy brevemente el saludo pascual: ¡Reina del cielo, alégrate! ¡Aleluya!

La Virgen María estuvo particularmente cercana a Jesús en los misterios de su muerte y resurrección, en el nacimiento de la Iglesia y en venida del Espíritu Santo. Cumplida su misión terrena fue llevada al Cielo y coronada de gloria junto a su Hijo, esperando que Cristo recapitule todas las cosas y las entregue al Padre.

María es la perfecta discípula del Señor que colaboró como nadie, y de manera totalmente excepcional, en la obra de la redención: comenzando por el misterio de la Encarnación y culminando su misión participando en la muerte y resurrección de su Hijo.

Recordemos que ella permaneció firme, fiel e íntegra ante el misterio de la muerte y sepultura de su hijo Jesús. Ella, la “mujer”, la nueva Eva, recibe el testamento del Crucificado: “Ahí tienes a tu hijo”.

Ella sabe en fe que Jesús no puede morir. Por eso, la Iglesia siempre ha creído que la Virgen María fue la primera que creyó en la resurrección, la primera que “vio” a Jesús como Resucitado y constituido Señor y Salvador. No le hacían falta apariciones. Ningún evangelista narra esas posibles apariciones.

De ahí que la Virgen María es la que mejor puede iniciarnos en la fe pascual, en la experiencia de la salvación plena en Cristo el Señor. Ella es la Madre del Resucitado. De hecho María, rodeada de otras mujeres testigos de la resurrección, acompañó a los discípulos en el proceso pascual del alumbramiento del nuevo Israel, la Iglesia, hasta recibir la plenitud del Espíritu en Pentecostés, como la verdadera y única madre de los creyentes. Ella es la llena del Espíritu Santo.

Nadie mejor que ella nos puede acompañar en este tiempo pascual hasta que experimentemos la plena salvación en Cristo. Por eso, la Iglesia la saluda con especial devoción, alegría y esperanza durante el tiempo pascual.

REINA DEL CIELO, ALÉGRATE, ALELUYA

Alégrate, María, porque Dios está definitivamente prendado de tu belleza y santidad: Amándote con predilección, va forjando tu personalidad única. Eres su obra maravillosa, la llena de gracia.

Dios Padre bendice y corona a María porque todas las expectativas que proyectaba sobre ella han sido plenamente cumplidas. No le ha defraudado en lo más mínimo. Alégrate, María, aleluya. Y alaba a tu Dios porque ha hecho obras grandes en ti.

PORQUE EL SEÑOR, A QUIEN HAS MERECIDO LLEVAR, ALELUYA

Vive el Señor, a quien has merecido llevar: primero por la fe en tu mente, y después en tu seno, Virgen María. Aleluya.

María ha vivido la intimidad más delicada y tierna con el Hijo de Dios concebido en su seno por obra del Espíritu Santo.

Una experiencia inimaginable, que ni ojo puede ver, ni oído oír, ni puede venir a mente humana algo parecido.

El Hijo unigénito de Dios ha concedido a María -llena de gracia- la facilidad y el gozo de cumplir la voluntad del Padre creador, de una manera espontánea, querida de corazón, alegre y plena; por ello gratificante, pues colabora con el plan de Dios como si se tratara de algo soñado por ella misma.

Ninguna posibilidad de gracia venida del Padre ha sido despreciada o frustrada en María, gracias a la comunión que se le ha concedido experimentar con el que habita en el seno del Padre “comiendo” su voluntad, con el que es el Rostro de Dios, la Imagen del Padre.

En definitiva, con el que es su propio hijo. Un hijo al que la Virgen María da vida y conforma en su seno, pero a la vez, él conforma a su madre, la modela y perfecciona en una vida totalmente sumisa a la voluntad del Padre.

Por eso, ahora en el cielo, el Hijo de María corona a su Madre como Reina y Señora del universo, de cuanto fue creado y recreado en Cristo.

HA RESUCITADO, SEGÚN SU PALABRA, ALELUYA

La Virgen María ha sido habitada por el Poder de Dios. El Espíritu de Dios ha venido sobre toda su persona, sobre todo su ser hasta hacer su morada en ella.

El Espíritu ha estado guiando sus pensamientos y acciones durante toda su existencia. Gracias al Espíritu María ha colaborado en la obra de la salvación como nadie.

Verdaderamente Dios, por su Espíritu, ha estado grande con ella: ha concebido al Hijo de Dios, y lo ha acompañado en toda la gesta de la salvación, pasando por su muerte y resurrección.

Ella, llena del Espíritu, ha mantenido la fe de los discípulos hasta el día de Pentecostés. Ella es Madre de la Iglesia. Y su misión continúa en el cielo intercediendo por los hijos de la Iglesia.

Así su maternidad llega a plenitud, según los designios de Dios; de un Dios que es comunión del Padre y del Hijo en el Espíritu. María entra de lleno en la vida íntima de la Trinidad.

Por eso, en verdad, la Virgen María es honrada como Hija de Dios Padre, Madre de Dios Hijo, y Esposa del Espíritu Santo. ¡Dichosa tú que has creído!

RUEGA AL SEÑOR POR NOSOTROS, ALELUYA

– GOZA Y ALÉGRATE, VIRGEN MARÍA, ALELUYA

– PORQUE VERDADERAMENTE HA RESUCITADO EL SEÑOR, ALELUYA

 

OREMOS

Oh Dios, que mediante la resurrección de tu Hijo Jesucristo, te has dignado alegrar al mundo; concédenos, por la intercesión de la Virgen María, alcanzar los gozos de la vida eterna. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

 

 

 


Maná y Vivencias Pascuales (27), 17.5.19

mayo 17, 2019

Viernes de la 4ª semana de Pascua

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¿No sentíamos que nos ardía el corazón mientras nos explicaba las Escrituras?

¿No sentíamos que nos ardía el corazón mientras nos explicaba las Escrituras?

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Antífona de entrada: Apocalipsis 5, 9-10

Con tu sangre, Señor, has comprado para Dios hombres de toda tribu, lengua, pueblo y nación; has hecho de ellos una dinastía sacerdotal que sirva a Dios. Aleluya.


ORACIÓN COLECTA

Señor Dios, origen de nuestra libertad y de nuestra salvación, escucha las súplicas de quienes te invocamos; y pues nos has salvado por la sangre de tu Hijo, haz que vivamos siempre en ti y en ti encontremos la felicidad eterna. Por nuestro Señor.

PRIMERA LECTURA: Hechos 13, 26-33

En aquellos días, habiendo llegado Pablo a Antioquía, decía en la sinagoga: Hermanos, hijos y descendientes de Abrahán y también ustedes que temen a Dios: A nosotros nos dirigió Dios este mensaje de salvación.

Bien es cierto que los habitantes de Jerusalén y sus jefes lo desconocieron, como también desoyeron los llamados de los profetas que se leen cada sábado. Condenaron a Jesús y con eso cumplieron las profecías.

Aunque no encontraron en él ningún motivo para condenarlo a muerte, pidieron a Pilato que lo mandara ejecutar.

Y cuando cumplieron todo lo que sobre él estaba escrito, lo bajaron de la cruz y lo pusieron en el sepulcro.

Pero Dios lo resucitó de entre los muertos. Durante muchos días se apareció a los que habían subido con él desde Galilea a Jerusalén, los que ahora son sus testigos ante el pueblo.

Nosotros les venimos a anunciar lo mismo que Dios prometió a nuestros padres. Dios lo ha cumplido con sus hijos, es decir, con nosotros, al resucitar a Jesús, tal como está escrito en el salmo segundo: “Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy”.


SALMO 2, 6-7. 8-9. 10-11

Yo mismo he establecido a mi rey en Sión, mi monte santo. Voy a proclamar el decreto del Señor, él me ha dicho: “Tú eres mi hijo; yo te he engendrado hoy”

Pídemelo y te daré las naciones en herencia, en propiedad todos los países del mundo. Los romperás con cetro de hierro, los quebrarás como vasija de barro.

Y ahora, reyes, reflexionen, aprendan, gobernantes de la tierra. Sirvan al Señor con temor, denle culto temblando.

Aclamación: Juan 14, 6

Yo soy el camino, y la verdad y la vida, dice el Señor. Nadie va al Padre, sino por mí.
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EVANGELIO: Juan 14, 1-6.- Yo soy el Camino y la Verdad y la Vida.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “Que no tiemble vuestro corazón; creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas estancias; si no fuera así, ¿os habría dicho que voy a prepararos sitio?

Cuando vaya y os prepare sitio, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo, estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino”.

Tomás le dice: Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino? Jesús le responde: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre, sino por mí”.

Antífona de comunión: Romanos 4, 25

Cristo, nuestro Señor Jesús fue entregado por nuestros pecados y resucitado para nuestra santificación. Aleluya.
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LA TRANSFORMACIÓN DE LOS APÓSTOLES Y DE LOS DISCÍPULOS

A RAÍZ DE LA MUERTE Y RESURRECCIÓN DE SU MAESTRO

Y DE LA VENIDA DEL ESPÍRITU SANTO

PINCELADAS DE ESPIRITUALIDAD PASCUAL (3)

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Los días pasados, analizábamos algunas características de la espiritualidad pascual: del modo de pensar y de vivir que experimentaron los discípulos de Jesús a raíz de la muerte y resurrección de su Señor.

¿Qué experimentaron ellos en su vida personal y comunitaria? Pues nos interesa conocerlo, porque creemos que lo que ellos recibieron, nos pertenece también a nosotros.

Y lo resumimos en estos puntos:

1.- Se les concedió un conocimiento verdadero de la persona y de la misión de Jesús, a la luz de la Sagrada Escritura.

Pudieron “releer” la Palabra de Dios e interpretar integralmente todo lo vivido al lado de Jesús. Fueron iluminados por Dios, como nosotros por el santo bautismo. Les quedó todo mucho más claro y cercano y experimentaron una gran alegría interior y seguridad.

“Conocieron” a Dios. Se cumplió la promesa del antiguo Testamento. Fueron enseñados por Dios.

2.- El Espíritu trasformó su corazón dándoles la mente de Cristo y el sentir de Cristo, su mismo corazón y espíritu.

Lograron una plena identificación con los ideales de Cristo. Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí, aclara el apóstol Pablo.

El mismo confiesa: Cristo me amó y se entregó por mí; ¡ay de mí, si no evangelizare! He sido alcanzado por el Amor de Cristo. Para mí la vida es Cristo y una ganancia el morir.

3.- El misterio de la persona y de la misión salvífica de Jesús vino a ocupar el centro de su vida.

Experimentaron una pasión por la causa de Jesús. Sólo querían conocer a Cristo y darlo a conocer a todo el mundo. Todo lo demás pasó a segundo lugar. Más todavía: Todo lo que no fuera Cristo lo consideraban pérdida y basura… En fin, despreciable.

4.- Los apóstoles comenzaron a testificar con palabras poderosas.

Experimentan una fuerza extraordinaria que los empujaba a testimoniar con valentía -parresía-, con mucha convicción, seguridad y aplomo que Jesús estaba vivo.

No pueden dejar de hablar de Jesús. Prefieren la gloria de Dios a la de los hombres. No hay quien los pueda acallar.

5.- El pueblo estaba admirado no sólo por las palabras sino también por las obras que las acompañaban: por los milagros que realizaban en nombre de Jesús “el Señor”.

El pueblo se hacía lenguas hablando de los apóstoles y de la comunidad de creyentes.

6.- De esta forma nació la iglesia: la “ecclesía” o reunión de los que son convocados por Dios mismo.

Los que creen, son bautizados en el nombre de Jesús, se les perdonan los pecados y reciben el Espíritu Santo. La nueva vida encontrada constituye el mayor tesoro de los hermanos: Dios mismo. Lo demás es relativizado.

7.- Por eso, muchos hermanos venden lo que tienen y lo depositan ante los responsables de la Iglesia, para que sirva a los necesitados.

Todo lo tenían en común, y nadie pasaba necesidad. Tenían una sola alma y un solo corazón dirigidos hacia Dios.

En el corazón de la Iglesia nacen los primeros ensayos de vida en comunidad, de hermanos que viven en pobreza y disponibilidad para practicar las bienaventuranzas y predicar el Reino.

Estas formas de vida cristiana después evolucionarán, se organizarán y serán llamadas “vida consagrada” o práctica de los consejos evangélicos.

8.- La Iglesia crecía y se multiplicaba con la aprobación de todo el pueblo.

La gente quedaba gratamente impresionada y ansiaba ingresar a la comunidad eclesial.

Los apóstoles, junto con los discípulos que iban conformando las comunidades por todas partes, glorificaban a Dios siempre y por todo, de tal modo que en la alabanza de Dios encontraban la fuerza para superar todas las dificultades.

Eran en verdad, inexpugnables. La gracia de Dios les bastaba. Se gloriaban en sus debilidades para que así apareciera más claramente que todo se debía al Señor.

9.- Se les dio un Espíritu sin medida en Pentecostés: Dios Padre cumplió su promesa enviándoles a través de Cristo el Espíritu Santo.

El Resucitado los había enviado a predicar por todo el mundo y a realizar las mismas obras que él hacía en su vida mortal, y aun mayores. Pero les advirtió que permanecieran en Jerusalén hasta que fueran revestidos de lo alto, del Espíritu Santo.

Sólo después de recibir la plenitud del Espíritu, salieron a predicar. Daban de manera generosa y gratuita lo que habían recibido gratuitamente de Dios por Cristo el Señor.

Glorificaban a Dios en todo momento por las maravillas realizadas en los que creían, fueran judíos o gentiles, pues Dios no hace distinción de personas.

Los apóstoles comprendieron que los últimos tiempos habían llegado: la hora del Espíritu y de la Iglesia. Por eso, el Espíritu y la esposa dicen: “Ven, Señor Jesús”.

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Estimada hermana, amable hermano: Estas maravillas obradas por Dios en los apóstoles y discípulos del Señor quiere realizarlas también en ti, en cada uno de nosotros.

Por el bautismo se nos dio la salvación: fuimos sepultados con Cristo para resucitar con él a una vida nueva gracias a la acción del Espíritu.

Si tu vida no es tan “esplendorosa” y evangélicamente correcta como la de los apóstoles, todavía te falta algo importante, aún no eres, del todo, gloria de Dios en el mundo.

Pero no te preocupes, a lo largo de esta Pascua el Señor quiere darte la “vida en abundancia”; la que nos prometió Jesús y mereció para nosotros, con su pasión y muerte, con su resurrección.

Por tu parte, vete disponiéndote y créetelo, y así al final de este tiempo pascual recibirás una nueva efusión del Espíritu en Pentecostés que te cambiará notablemente la mente y el corazón, tu personalidad integralmente tomada.

Es cierto que ya tienes el Espíritu Santo, desde el Bautismo. Pero la cuestión es “cómo lo tienes”. Es decir, la manera como te está transformando día a día en otro Cristo. Si está activo y dinámico el Espíritu en ti, o está apagado, ignorado, mortecino.

Eso es lo que vas a pedir y agradecer, ya desde ahora, cada jornada de este tiempo precioso de Pascua: Que tengas vida nueva y en abundancia por la fuerza del Espíritu de Cristo resucitado.

Que Dios te bendiga en todas tus necesidades, según su gran misericordia. ¡Amén!

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Maná y Vivencias Pascuales (26), 16.5.19

mayo 16, 2019

Jueves de la 4ª semana de Pascua

 

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Cuando venga el Espíritu Santo les recordará todo lo que yo les he dicho



OBSERVACIÓN

A partir de hoy, y hasta el final del tiempo pascual, se proclaman los relatos del evangelio de san Juan sobre la última Cena del Señor con sus discípulos, los discursos de su despedida y su oración sacerdotal.

TEXTO ILUMINADOR

Después que Jesús lavó los pies a sus discípulos, les dijo: El esclavo no es más que su amo y el que es enviado no es más que el que lo envía. Ahora que ustedes saben esto, serán felices si lo ponen en práctica.


Antífona de entrada: Sal 68, 8-9.20

Oh Dios, cuando salías al frente de tu pueblo, y acampabas con ellos y llevabas sus cargas, la tierra tembló, el cielo destiló. Aleluya.


ORACIÓN COLECTA

Oh Dios, que has restaurado la naturaleza humana elevándola sobre su condición original; no olvides tus inefables designios de amor y conserva en quienes han renacido por el bautismo los dones que tan generosamente han recibido. Por nuestro Señor.

PRIMERA LECTURA: Hechos 13, 13-25

En aquellos días, Pablo y sus compañeros navegaron desde Pafos hasta Perge de Panfilia. Ahí Juan se separó de ellos y regresó a Jerusalén, mientras que ellos, partiendo de Perge, llegaban hasta Antioquía de Pisidia. El sábado entraron en la sinagoga y se sentaron. Después de la lectura de la Ley y los Profetas, los jefes de la sinagoga les mandaron a decir: “Hermanos, si tienen una palabra de aliento para los presentes, hablen”.

Pablo, pues, se levantó, hizo la señal con la mano y dijo: “Hijos de Israel y también ustedes que temen a Dios, escuchen: El Dios de Israel, nuestro pueblo, eligió a nuestros padres, y después que hizo prosperar a sus hijos durante su permanencia en Egipto, los sacó de allí triunfalmente. Durante unos cuarenta años los alimentó en el desierto. Y después de destruir siete naciones en la tierra de Canaán les dio en herencia su tierra, al cabo de unos cuatrocientos cincuenta años.

Después les dio Jueces hasta el profeta Samuel. Entonces pidieron un rey y Dios les dio a Saúl, hijo de Cis, de la tribu de Benjamín, que reinó cuarenta años. Pero después Dios rechazó a éste y les dio por rey a David, de quien dio este testimonio: Encontré a David, hijo de Jesé, un hombre a mi gusto, que actuará en todo según mis planes.

Ahora bien, de la familia de David, Dios ha hecho salir un Salvador para Israel, como lo había prometido, ése es Jesús. Antes que se manifestara, Juan proclamó a todo el pueblo de Israel un bautismo de conversión. Y cuando Juan terminaba su carrera decía: ”No soy lo que ustedes piensan, pero sepan que detrás de mí viene aquel a quien no soy digno de desatarle el calzado”.

SALMO 88, 2-3. 21-22. 25 y 27

Cantaré eternamente la misericordia del Señor, anunciaré tu fidelidad por todas las edades. Porque dije: «tu misericordia es un edificio eterno, más que el cielo has afianzado tu fidelidad»

Encontré a David, mi siervo, y lo he ungido con óleo sagrado; para que mi mano esté siempre con él y mi brazo lo haga valeroso.

Mi fidelidad y misericordia lo acompañarán, por mi nombre crecerá su poder. Él me invocará: “Tú eres mi padre, mi Dios, mi Roca salvadora”.


Aclamación: Apocalipsis 1, 5ab

Jesucristo, tú eres el testigo fiel, el primogénito de entre los muertos; tú nos amaste y nos has librado de nuestros pecados por tu sangre.

EVANGELIO: Juan 13, 16-20.- El que recibe a mi enviado, me recibe a mí.

Después que Jesús lavó los pies a sus discípulos, les dijo: El esclavo no es más que su amo y el que es enviado no es más que el que lo envía. Ahora que ustedes saben esto, serán felices si lo ponen en práctica.

No lo digo por todos ustedes, porque conozco a los que he escogido. Yo sé que se va a cumplir lo dicho por el Salmo: “El que come el pan conmigo se levantará contra mí”. Se lo digo de antemano para que cuando suceda, ustedes crean que yo soy.

En verdad les digo: El que recibe al que yo envío, a mí me recibe; y el que me recibe a mí, recibe al que me envió.


Antífona de Comunión: Mateo 28, 20

Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo. Aleluya.

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PINCELADAS DE ESPIRITUALIDAD PASCUAL (2)

Apreciada hermana, estimado hermano: Día a día tratamos de interiorizar los misterios de la muerte y resurrección del Señor. Después de la purificación cuaresmal, la Iglesia está más abierta a la acción del Espíritu para asimilar la victoria de Cristo.

Toda la Iglesia se viste de fiesta para salir al encuentro del Señor, como esposa que se adorna para su esposo. La salvación está ya realizada en Cristo. Sólo queda asimilarla. Como si dijéramos: La mesa está servida, acercaos y servíos.

En la Pascua se inaugura el tiempo del Espíritu, el tiempo de la Iglesia. Cristo ya ha culminado su carrera, obedeciendo hasta la muerte, y muerte en cruz. Jesús nos amó hasta el extremo, entregando su vida por nosotros libremente: Nadie me quita la vida, dijo, yo la entrego.

El Padre nos había confiado al amor redentor de su Hijo y éste no defraudó. De esa manera ha glorificado al Padre. Ahora éste lo ha glorificado haciéndolo “Señor y Salvador” de los hombres.

¿Cómo? Derramando el Espíritu de su Hijo sobre todos los que creen en él. Ya en el antiguo Testamento el Padre había prometido el Espíritu, y Jesús lo había prometido antes de morir: Os habéis entristecido porque os he dicho que me voy; pero no os dejaré huérfanos. En verdad, os conviene que yo me vaya, porque si no me voy no vendrá a vosotros el Espíritu. Pero si me voy, os lo enviaré. El Padre os lo dará.

El Espíritu se encargará de hacerles recordar a los discípulos toda la existencia de Jesús, releyéndola a la luz de la muerte y resurrección. Toda la Escritura alcanza así un sentido pleno en la fe de los discípulos. Nace la Iglesia, lentamente, pero con una fuerza arrolladora. No hay marcha atrás. Id por todo el mundo y hablad a todas las gentes.

Y los discípulos comienzan a dar testimonio de que Jesús está vivo. Tan vivo que ellos poseen el mismo poder de Jesús en sus palabras y también en sus obras, pues realizan milagros y hechos portentosos en su nombre. Toda la gente quedaba admirada y se convertían al Señor los que se iban salvando de esta generación incrédula y perversa.

La fe en el Resucitado era tan manifiesta como profunda. No podía ser contenida ni mucho menos retenida en el templo interior de la conciencia de los discípulos. Éstos daban testimonio inequívoco sobre Jesús con mucha valentía, aplomo, convicción, esperanza y poder: con la seguridad de la victoria definitiva. No les importaban los sufrimientos.

Estaban en el mundo, se consideraban ciudadanos de la sociedad, pero no eran del mundo, su patria y su felicidad estaban en otra parte. Lo que importaba era anunciar a Cristo, y además anunciarlo a todas las gentes.

Lo más granado de Israel, gracias al Espíritu, daba a luz al nuevo Israel que abarcaba a todos los pueblos. Dios daba el Espíritu a todos, sin distinción: a todo el que crea.

El Espíritu transforma a la persona y anima a la comunidad repartiendo carismas para el crecimiento de la misma. Él está haciendo nuevas todas las cosas en Cristo.

Por eso, en Pascua no hay lecturas del antiguo Testamento. Se lee el libro de los Hechos de los Apóstoles, la historia de las primeras comunidades, su nacimiento y su desarrollo por virtud de la animación del Espíritu de Cristo presente en ellas y en cada creyente.

Se proclama el evangelio de san Juan, el más “pascual”, porque Dios es quien dirige los destinos del mundo y nada está perdido. Se abre paso con toda justicia el Reino de la luz, de la verdad y del amor. La gloria de Dios abraza al mundo entero.

La comunidad evangelizada, evangeliza y celebra. La Iglesia hace la eucaristía y ésta hace a la Iglesia. La constituye como signo de salvación para todos los hombres. La eucaristía es culmen de la Iglesia, todo se orienta hacia ella y en ella desemboca.

Y de la cena del Señor la Iglesia extrae las fuerzas para evangelizar, ella misma es recreada y se hace Evangelio vivo prestándole a Cristo un rostro transfigurado y esplendoroso.

Según esto, hermana, hermano, conforme va avanzando el tiempo pascual debes ir creciendo en la fe en Cristo, siendo un testigo más convencido y valiente.

Segundo, deberías apreciar más la eucaristía y tratar de experimentarla como el centro de tu vida.

Tercero, debes abrirte a la acción del Espíritu para secundar sus inspiraciones. Irás recibiendo, casi sin darte cuenta, una experiencia más viva de su poder transformador.

Y finalmente, irás notando mayor capacidad para comprender el misterio de la Santísima Trinidad y mayor experiencia del papel y de la acción de cada una de las tres divinas personas en tu vida.

Ánimo, hermanos, pues hay que llegar hasta el final de este tiempo y completar esta experiencia pascual, porque mayores cosas veréis, dice el Señor. Amén.

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