Maná y Vivencias Cuaresmales (17), 22.3.19

marzo 22, 2019

Viernes de la 2ª semana de Cuaresma

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Finalmente les envió a su propio hijo, pensando que lo respetarían.

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Antífona de entrada: Salmo 30, 2. 5

Yo me refugio en ti, Señor, que nunca me vea defraudado; sácame de la red que me han tendido, porque tú eres mi refugio.


Oración colecta

Concédenos, Dios todopoderoso, que purificados por la penitencia cuaresmal, lleguemos a las fiestas de la Pascua limpios de pecado. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: Génesis 37, 3-4. 12-13. 17-28

Israel amaba a José más que a ningún otro de sus hijos, porque era el hijo de su vejez, y le mandó hacer una túnica de mangas largas. Pero sus hermanos, al ver que lo amaba más que a ellos, le tomaron tal odio que ni siquiera podían dirigirle el saludo.

Un día, sus hermanos habían ido hasta Siquén para apacentar el rebaño de su padre. Entonces Israel dijo a José: “Tus hermanos están con el rebaño en Siquén. Quiero que vayas a verlos”. José fue entonces en busca de sus hermanos, y los encontró en Dotán.

Ellos lo divisaron desde lejos, y antes que se acercara, ya se habían confabulado para darle muerte. “Ahí viene ese soñador”, se dijeron unos a otros.

“¿Por qué no lo matamos y lo arrojamos en una de esas cisternas? Después diremos que lo devoró una fiera. ¡Veremos entonces en qué terminan sus sueños!”.

Pero Rubén, al oír esto, trató de salvarlo diciendo: “No atentemos contra su vida”. Y agregó: “No derramen sangre. Arrójenlo en esa cisterna que está allá afuera, en el desierto, pero no pongan sus manos sobre él”. En realidad, su intención era librarlo de sus manos y devolverlo a su padre sano y salvo.

Apenas José llegó al lugar donde estaban sus hermanos, éstos lo despojaron de su túnica –la túnica de mangas largas que llevaba puesta–, lo tomaron y lo arrojaron a la cisterna, que estaba completamente vacía. Luego se sentaron a comer.

De pronto, alzaron la vista y divisaron una caravana de ismaelitas que venían de Galaad, transportando en sus camellos una carga de goma tragacanto, bálsamo y mirra, que llevaban a Egipto.

Entonces Judá dijo a sus hermanos: “¿Qué ganamos asesinando a nuestro hermano y ocultando su sangre? En lugar de atentar contra su vida, vendámoslo a los ismaelitas, porque él es nuestro hermano, nuestra propia carne”.

Y sus hermanos estuvieron de acuerdo. Pero mientras tanto, unos negociantes madianitas pasaron por allí y retiraron a José de la cisterna. Luego lo vendieron a los ismaelitas por veinte monedas de plata, y José fue llevado a Egipto.


SALMO 104, 16-21

¡Recuerden las maravillas que hizo el Señor!

Él provocó una gran sequía en el país y agotó todas las provisiones. Pero antes envió a un hombre, a José, que fue vendido como esclavo.

Le ataron los pies con grillos y el hierro oprimió su garganta, hasta que se cumplió lo que él predijo, y la palabra del Señor lo acreditó.

El rey ordenó que lo soltaran, el soberano de pueblos lo puso en libertad; lo nombró señor de su palacio y administrador de todos sus bienes.


Aclamación antes del Evangelio: Juan 3,1 6

Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único; para que todo el que crea en él tenga Vida eterna.


EVANGELIO: Mateo 21, 33-46

Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: “Escuchen otra parábola: Un hombre poseía una tierra y allí plantó una viña, la cercó, cavó un lagar y construyó una torre de vigilancia. Después la arrendó a unos viñadores y se fue al extranjero.

Cuando llegó el tiempo de la vendimia, envió a sus servidores para percibir los frutos. Pero los viñadores se apoderaron de ellos, y a uno lo golpearon, a otro lo mataron y al tercero lo apedrearon. El propietario volvió a enviar a otros servidores, en mayor número que los primeros, pero los trataron de la misma manera.

Finalmente, les envió a su propio hijo, pensando: “Respetarán a mi hijo”. Pero, al verlo, los viñadores se dijeron: “Éste es el heredero: vamos a matarlo para quedarnos con su herencia”. Y apoderándose de él, lo arrojaron fuera de la viña y lo mataron.

Cuando vuelva el dueño, ¿qué les parece que hará con aquellos viñadores?”. Le respondieron: “Acabará con esos miserables y arrendará la viña a otros, que le entregarán el fruto a su debido tiempo”.

Jesús agregó: “¿No han leído nunca en las Escrituras: “La piedra que los constructores rechazaron ha llegado a ser la piedra angular: ésta es la obra del Señor, admirable a nuestros ojos?”. El que caiga sobre esta piedra quedará destrozado, y aquél sobre quien ella caiga será aplastado.

Por eso les digo que el Reino de Dios les será quitado a ustedes, para ser entregado a un pueblo que le hará producir sus frutos”.

Los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír estas parábolas, comprendieron que se refería a ellos. Entonces buscaron el modo de detenerlo, pero temían a la multitud, que lo consideraba un profeta.


Antífona de comunión: 1 Juan 4, 10

Dios nos amó, y envió a su Hijo como víctima propiciatoria por nuestros pecados.


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VIVENCIAS CUARESMALES

“Por último les mandó a su hijo, diciéndose: Tendrán respeto a mi hijo”

 

17. VIERNES

SEGUNDA SEMANA DE CUARESMA

 

TEMA:
La muerte de Jesús es obra de los hombres. José vendido por sus propios hermanos.

El rico ignoró a su mendigo Lázaro. Los hermanos de José consintieron y fomentaron en su interior los sentimientos de antipatía, fastidio, celo, envidia… y comenzaron a odiarlo, llegando hasta no querer conversar con él. Viven junto a él, en la misma casa, pero lo aborrecen hasta negarle el habla.

La palabra expresa el don de la persona, el interés por el otro, la intercomunión. Las vidas, las personas, se unen por la palabra, la comunicación. Mediante ella ofrecemos el don de nuestra persona.

Por el contrario, cuando se niega el habla, se abre un abismo entre las personas, se distancian de manera radical y creciente, porque aumenta el desprecio interior, la sospecha, la ira contenida, el deseo de venganza.

Negando el habla, matamos al hermano y nos matamos a nosotros mismos porque perdemos la paz, estamos tensos, “cuidando nuestro muerto o nuestro preso”, pues necesitamos constatar a cada momento que está muerto y bien muerto o preso y bien amarrado. Y eso no nos deja vivir, nos consume la energía vital.

José vendido por sus hermanos es figura de Cristo, negado por cada uno de nosotros. Vendido y llevado a Egipto para que, según los planes de Dios, auxilie más tarde a sus propios hermanos. Jesús, llevado a la cruz, se convierte en salvador de sus propios verdugos, y de todos nosostros, pecadores, que lo hemos entregado por nuestras cobardías.

Dios siempre devuelve bien por mal, es capaz de transformarlo todo en bendición. Él es paciente, nadie le puede impedir ser bueno. Nadie puede quebrar radical y definitivamente sus planes de paz y salvación para con los hombres.

En la Cuaresma el Padre sale al encuentro de cada uno de nosotros que durante el año hemos vendido a muchos hermanos y en ellos hemos negado a Cristo con nuestra tibieza.

De hecho muchos hombres no cuentan para nosotros, no nos interesan, los desconocemos, los despreciamos, no esperamos nada de ellos, estamos resentidos con ellos, incluso no esperamos que cambien, ni queremos que se corrijan, sino que les vaya mal, cada día peor.

A veces nos interesa que no cambien, pues así tenemos excusas para muchas actitudes nuestras. Quizás nos sentimos vencedores y superiores respecto de los ignorantes, maleados, equivocados: como si fuéramos dueños los hemos vendido; les hemos dado un destino más o menos ignominioso; y ellos están sufriendo por nuestras actitudes.

Pero podemos caer en la cuenta y arrepentirnos, y entonces ellos se convertirían en causa de salvación para nosotros a través de Cristo que hace de los dos pueblos uno solo, en quien todos somos hermanos, hijos del mismo Padre, esencialmente reconciliados.

José, vendido por sus hermanos, interpretó los sueños del Faraón y fue nombrado administrador de todos sus bienes, y así pudo auxiliar a sus hermanos cuando bajaron a Egipto en los años de hambre buscando provisiones para sobrevivir.

La confesión de nuestros errores y pecados nos traerá la salvación: una relación nueva con Dios y con los hermanos. Que éste sea uno de los frutos más logrados de nuestra Cuaresma, hoy mismo; sin dejarlo todo para mañana, para el final.

Durante la Cuaresma debe producirse en nuestro interior una profunda transformación: sanación por el perdón, reconciliación y renovación en el Espíritu; vida reconciliada; dando vida, amor y perdón a discreción.

En la Trinidad, el Espíritu personaliza la comunión del Padre y del Hijo. Entre nosotros hace posible toda verdadera comunión y reconciliación. El Espíritu nos hace sentir alegría por la recuperación del hermano: “la caridad no es egoísta, no tiene envidia, no se alegra del mal del otro, se alegra con la verdad”.

Por tanto, si tu hermano es bendecido, debes aprender a alegrarte por ello. Es posible que el éxito del hermano produzca en ti, casi automáticamente, cierta tristeza, pesar, incomodidad, perturbación, confusión: después, incluso envidia o rabia. Acoge esos sentimientos, que no te gustan, que no los quieres; acógelos en paz; necesitas ser sanado, ser generosamente acogedor, compasivo.

Puedes identificarte con los jornaleros atrevidos que protestan ante el patrón por no recibir más que el “otro”, pero escucha la voz de tu Padre amoroso y paciente: “¿Por qué ves con malos ojos que yo sea bueno, no puedo hacer lo que quiera con mi dinero, me vas a prohibir ser generoso con tu hermano, acaso lo que doy a otro te lo robo a ti, acaso te falta algo a ti, acaso te he perjudicado en algo?”

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ORACIÓN SUGERIDA

Señor Jesús, tú eres humano como yo, tú me comprendes, el éxito del hermano me entristece, me perturba, o, al menos, no logro alegrarme de corazón con mi hermano por ello. Busco ávidamente lo mío. Todo me parece poco para mí.

Te entrego este sentimiento malo o esa incapacidad para festejar la vida, la felicidad del hermano, no quiero acoger ese sentimiento malo en mi interior, esa sensación humillante y desagradable: Ten compasión de mí, pon tu Espíritu en mi corazón para que pueda sentir alegría, libertad y amor por mi hermano, por cualquier hermano; así como tú mismo sentías agrado y felicidad cuando confiabas en los discípulos enviándolos a predicar, y cuando los veías contentos al regresar de su misión.

Que pueda alegrarme con la felicidad de los demás. Hazme abierto y feliz.- Amén

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El Evangelio de los viñadores injustos

En los comportamientos anómalos con el hermano hay un mal de fondo. Pretendemos ser propietarios, siendo en realidad sólo administradores, no respetamos la soberanía absoluta de Dios sobre nuestros hermanos y causamos desorden, sufrimiento, injusticia… y eso, necesariamente.

Los viñadores se adueñan de la propiedad, se atreven con los empleados del patrón, y aun con el mismo hijo de su Señor. ¡Qué temeridad, qué desfachatez, qué atrevimiento y despropósito! Líbranos, Señor, de atrevernos a juzgarte.

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ORACIÓN COLECTA.- Concédenos, Dios todopoderoso, que, purificados por la penitencia cuaresmal, lleguemos a las fiestas de Pascua limpios de pecado.

ORACIÓN DE LA COMUNIÓN.- Señor, después de recibir la prenda de la eterna salvación, haz que de tal modo la deseemos y busquemos que podamos conseguirla por tu misericordia.

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De los sermones de san Gregorio Nacianceno, obispo

Sirvamos a Cristo en los pobres

Dichosos los misericordiosos -dice la Escritura-, porque ellos alcanzarán misericordia. No es, por cierto, la misericordia una de las últimas bienaventuranzas. Dice el salmo: Dichoso el que cuida del pobre y desvalido. Y de nuevo: Dichoso el que se apiada y presta. Y en otro lugar: El justo a diario se compadece y da prestado. Tratemos de alcanzar la bendición, de merecer que nos llamen dichosos: seamos benignos.

Que ni siquiera la noche interrumpa tus quehaceres de misericordia. No digas: Vuelve, que mañana te ayudaré. Que nada se interponga entre tu propósito y su realización. Porque las obras de caridad son las únicas que no admiten demora.

Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, y no dejes de hacerlo con jovialidad y presteza.

Quien reparte la limosna -dice el Apóstol- que lo haga con agrado, pues todo lo que sea prontitud hace que se te doble la gracia del beneficio que has hecho. Porque lo que se lleva a cabo con una disposición de ánimo triste y forzada no merece gratitud ni tiene nobleza. De manera que, cuando hacemos el bien, hemos de hacerlo, no tristes, sino con alegría.

Si dejas libres a los oprimidos y rompes todos los cepos, dice la Escritura, o sea, si procuras alejar de tu prójimo sus sufrimientos, sus pruebas, la incertidumbre de su futuro, toda murmuración contra él, ¿qué piensas que va a ocurrir? Algo grande y admirable. Un espléndido premio. Escucha: Entonces romperá tu luz como la aurora, te abrirá camino la justicia. ¿Y quién no anhela la luz y la justicia?

Por lo cual, si pensáis escucharme, siervos de Cristo, hermanos y coherederos, visitemos a Cristo mientras nos sea posible, curémoslo, no dejemos de alimentarlo o de vestirlo; acojamos y honremos a Cristo, no en la mesa solamente, como algunos, no con ungüentos, como María, ni con el sepulcro, como José de Arimatea, ni con lo necesario para la sepultura, como aquel mediocre amigo, Nicodemo, ni, en fin, con oro, incienso y mirra, como los Magos, antes que todos los mencionados; sino que, puesto que el Señor de todas las cosas lo que quiere es misericordia y no sacrificio, y la compasión supera en valor a todos los rebaños imaginables, presentémosle ésta mediante la solicitud para con los pobres y humillados, de modo que, cuando nos vayamos de aquí, nos reciban en los eternos tabernáculos, por el mismo Cristo, nuestro Señor, a quien sea dada la gloria por los siglos. Amén (Sermón 14, sobre el amor a los pobres, 38. 40: PG 35, 907, 910)

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Maná y Vivencias Cuaresmales (11), 16.3.19

marzo 16, 2019

Sábado de la 1ª semana de Cuaresma

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Si amáis sólo a quienes os aman, ¿qué recompensa tendréis?

Si amáis sólo a quienes os aman, ¿qué recompensa tendréis?

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Antífona de entrada: Salmo 18, 8

La ley del Señor es perfecta, reconforta el alma; el testimonio del Señor es verdadero, da sabiduría al simple.


Oración colecta

Dios, Padre eterno, vuelve hacia ti nuestros corazones, para que, consagrados a tu servicio, no busquemos sino a ti, lo único necesario, y nos entreguemos a la práctica de las obras de misericordia. Por nuestro Señor Jesucristo.



PRIMERA LECTURA: Deuteronomio 26, 16-19

Moisés habló al pueblo diciendo: Hoy el Señor, tu Dios, te ordena practicar estos preceptos y estas leyes. Obsérvalas y practícalas con todo tu corazón y con toda tu alma. Hoy tú le has hecho declarar al Señor que él será tu Dios, y que tú, por tu parte, seguirás sus caminos, observarás sus preceptos, sus mandamientos y sus leyes, y escucharás su voz.

Y el Señor hoy te ha hecho declarar que tú serás el pueblo de su propiedad exclusiva, como él te lo ha prometido, y que tú observarás todos sus mandamientos; que te hará superior –en estima, en renombre y en gloria– a todas las naciones que hizo; y que serás un pueblo consagrado al Señor, tu Dios, como él te lo ha prometido.


SALMO 118, 1-2. 4-5. 7-8

¡Felices los que siguen la ley del Señor!

Felices los que van por un camino intachable, los que siguen la ley del Señor. Felices los que cumplen sus prescripciones y lo buscan de todo corazón.

Tú promulgaste tus mandamientos para que se cumplieran íntegramente. ¡Ojalá yo me mantenga firme en la observancia de tus preceptos!

Te alabaré con un corazón recto, cuando aprenda tus justas decisiones. Quiero cumplir fielmente tus preceptos: no me abandones del todo.


Aclamación antes del Evangelio: Amós 5, 14

Buscad el bien, y no el mal, para que tengáis vida; y así el Señor de los ejércitos estará con vosotros como lo decís.


EVANGELIO: Mateo 5, 43-48

Jesús dijo a sus discípulos: Ustedes han oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo” y odiarás a tu enemigo. Pero yo les digo: Amen a sus enemigos, rueguen por sus perseguidores; así serán hijos del Padre que está en el cielo, porque él hace salir el sol sobre malos y buenos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos.

Si ustedes aman solamente a quienes los aman, ¿qué recompensa merecen? ¿No hacen lo mismo los publicanos? Y si saludan solamente a sus hermanos, ¿qué hacen de extraordinario? ¿No hacen lo mismo los paganos? Por lo tanto, sean perfectos como es perfecto el Padre que está en el cielo”.


Antífona de comunión: Mateo 5, 48

Dice el Señor: “Sean perfectos como es perfecto el Padre que está en los Cielos”.


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VIVENCIAS CUARESMALES

Tocar a los hermanos para comprender y amar

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11. SÁBADO

PRIMERA SEMANA DE CUARESMA

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TEXTO ILUMINADOR: Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen.

En el Antiguo Testamento, Dios hace alianza con su pueblo: “Yo te protegeré, seré tu Dios, y tú serás mi pueblo, mi pueblo fiel que cumple mis mandatos”. Esos mandatos se resumen en imitar a Dios mismo: Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto.

Esa perfección es el amor sin límites, sin dejarse vencer por el mal, amando incluso al enemigo. Practicar un amor así constituye como el distintivo de los hijos de Dios.

Esta práctica no sólo es difícil sino que es imposible para el hombre, abandonado a sus propias fuerzas. Es imposible sin la gracia de Dios, pero Dios da esa gracia a todos porque así es él, y a nadie reconoce como hijo a no ser que se le parezca a él por la práctica del amor y del perdón.

Sólo el amor libera y salva, sólo el amor permanece porque Dios es amor, como enseña san Juan.

En la oración colecta de la misa de hoy pedimos que “nos entreguemos a la práctica de las obras de misericordia”. El amor verdadero, es decir el amor que recibimos de Dios mismo, se manifiesta necesariamente en el perdón y la misericordia hacia los hermanos. En eso se le reconoce que procede de Dios y no de nosotros mismos o del mal espíritu.

Aunque el perdón es principalmente don de Dios, también es un aprendizaje en el que debemos ejercitarnos siempre, pero especialmente en el tiempo de Cuaresma, secundando la gracia de Dios, por supuesto.

Por eso, vamos a ofrecer en este día unas consideraciones sobre el perdón. Entendemos que perdonar y vivir reconciliados no es tanto el resultado de un acto voluntarista y casual, cuanto fruto de un esfuerzo procesual y progresivo. Perdonar supone un proceso, una secuencia existencial y espiritual.

A continuación voy a describir ese proceso. Señalaré unos pasos progresivos para alcanzar el más completo perdón hacia las personas que nos han ofendido.

La meta será poder amarlas de verdad, como Dios las ama. Ojalá podamos incluso dar gloria a Dios por todo lo que él permitió que nos sucediera. En el proceso del perdón distinguimos hasta diez pasos graduales, que describo a continuación:

El primer paso consiste en romper el tifón que nos domina y nos hace recordar obsesivamente el mal que nos han causado. Es preciso desviar la atención de “mi” herida, para mirar hacia fuera y salir. Debo pensar: mi problema no es lo más importante del mundo. No tengo por qué recordar, revivir y menos contar a otros lo que pasó. ¿Para qué martirizarme con ello?

En segundo lugar, es preciso renovar la memoria para fijar nuestra atención, no ya en el mal que me han ocasionado, sino en todo lo bueno que esa persona, ahora enemiga, nos proporcionó en el pasado o en el presente no tan inmediato. Hay que ser más objetivos, más justos. Tratar de ver o de descubrir la otra parte… la parte buena. En fin, valorar las obras buenas.

Un paso más, tercero: consiste en tratar de comprender o entender al que nos ofendió. Acercarnos a las motivaciones reales de aquel que nos ofendió. Solemos reconocer que apenas nos conocemos a nosotros mismos, y ¿pretendemos conocer el mundo interno de los demás? ¿Qué grado de libertad y, por tanto de culpabilidad, tendrán los demás en sus comportamientos?

Seguro que tu hermano, a quien ves ahora como enemigo o por lo menos adversario, no es tan malvado como tú piensas: nadie es malo gratuitamente, sin motivo.

A lo mejor con su comportamiento pretendía defenderse, autoafirmarse, realizarse en la vida… Quizás es él, precisamente, el que más sufre por ser así o haberse portado así contigo. Quizás se equivocó, no se dio cuenta… ¿Qué no daría por borrar totalmente lo que hizo o pensó hacer? Si consiguiéramos comprender al otro, quizás no tendríamos que perdonarlo.

En cuarto lugar, es preciso suspender todo juicio condenatorio. Primero, porque no podemos calibrar bien su culpabilidad; y segundo, porque el juicio pertenece a Dios. Él es el único dueño de nuestro prójimo y por tanto el más ofendido.

Nosotros ¿qué derechos tenemos sobre él? ¿Qué hemos hecho por él, qué nos debe, qué nos cuesta su vida? Si nuestro hermano no es nuestro, tampoco nos pertenece el juicio. Éste le corresponde a Dios.

Quinto: Debemos ser muy prudentes y respetuosos en las relaciones con los demás, porque no podemos saber si somos mejores o peores que los otros. Pues no sabemos lo que ellos han recibido.

Quizás, en su caso, tú hubieras hecho lo mismo que tu prójimo. Si él hubiera recibido lo que has recibido tú, ¿qué habría sido en la vida, cuáles serían sus comportamientos?

Por consiguiente, en sexto lugar, no podemos ser muy exigentes con los demás, pues podríamos ser injustos exigiéndoles demasiado, y provocando en ellos el desánimo y hasta la desesperación.

Es mejor echarlo todo a la mejor parte, por principio y de manera sistemática. Piensa bien de tu prójimo, y aun lo mejor, y así, al menos no pecarás. No parece que sea muy evangélico el dicho: Piensa mal y acertarás, ojo. Podríamos ensayar otra actitud: Piensa bien, y al menos no pecarás.

No tenemos que llevar cuenta de los demás. Menos mal. Eso pertenece a Dios. Ya tenemos bastante con llevar cuenta de nosotros mismos, con tratar de aprender en todo, con atender al propio crecimiento espiritual.

Séptimo: Hay que pasar del “acusar” a los demás al “acusarse” a sí mismo: y del “excusarse” a sí mismo al “excusar siempre” a los demás. Esta práctica nos llevará por el camino de la verdad, de la plenitud y de la felicidad. Esto no significa indiferencia, sino dejar a Dios ser Dios, y amar, en verdad y de verdad, al hermano: es decir, amarlo en Dios su Hacedor y su Dueño.

En octavo lugar, tratar de verlo todo desde la fe: nadie nos ha ofendido, sino que Dios lo ha permitido para nuestro bien. El último responsable es él. Por supuesto que Dios no quiere que nos ofendan, pero permite que el hombre, que es libre, cometa el mal.

Sin embargo, no nos deja solos ante el mal, sino que Dios está siempre dispuesto a ayudarnos para que saquemos bien hasta del mal. Ahí está su grandeza.

Por otro lado, la trampa en la que caemos con suma frecuencia es ver las cosas, únicamente, de tejas abajo: quedarnos en las mediaciones como si fueran causas únicas y definitivas; y comenzamos a buscar culpables y a defendernos.

En eso nos equivocamos y nos enredamos, pues nada ni nadie manda en nuestra vida de manera absoluta, en todo caso influyen. Nada ni nadie nos gobierna, todo es providencia de Dios. Él gobierna el mundo. El hombre espiritual recurre siempre a Dios preguntándole acerca de todo cuanto acontece, y esperando sus explicaciones.

Porque Dios es nuestro único dueño. Pues ni el azar ni la casualidad cuentan, ni siquiera la malevolencia humana puede dañarnos. Nada ni nadie nos pueden hacer infelices. Nuestra felicidad depende sólo de Dios y de nosotros. De lo contrario seríamos marionetas, no seríamos libres.

Por tanto, nadie puede quitarnos la felicidad ni la paz. Como creyentes creemos que Dios lo ordena y dispone todo para nuestro bien y aprovechamiento, incluso las ofensas que recibimos de los demás y las injusticias. Por eso, en todo debemos salir airosos. Pues ¿quién nos podrá separar del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús?

Por tanto, noveno, debemos intentar renunciar de una vez por todas a que nos hagan justicia los humanos, a que se aclaren las cosas, a que reconozcan nuestra inocencia, a que nos devuelvan el aprecio y el honor…

Es decir, debemos tratar de no condicionar nuestra felicidad personal a que los otros cambien. Eso no depende de nosotros. Renunciar de una vez por todas a cambiar a los demás como condición para alcanzar nosotros la felicidad; renunciar, y respirar hondo, liberarse de esa pesadilla, de una vez por todas, y dejarlo todo en manos de Dios.

De inmediato darle gracias a Dios que nos permite poder perdonar, o, por lo menos, desearlo de corazón… dando nuestro brazo a torcer, doblegando nuestra cerviz, sometiendo nuestro amor propio y afán de venganza… para que triunfe la voluntad de Dios que nos manda perdonar. Y nos lo manda por nuestro bien. Sólo así le permitimos a él darnos su perdón y la felicidad eterna.

Finalmente, décimo, bendecir a Dios porque permitió que todo eso sucediera, y porque nos ha ayudado a transformar el mal en bien. Rezar por la persona que nos ofendió y pedirle a Dios que la comprenda, que no le tenga en cuenta su pecado, que la bendiga y le conceda todo lo que le pueda hacer feliz.

Más todavía: dejarle a Dios ser Dios, y que se porte con ella conforme a su gran misericordia, siendo con ella más misericordioso, incluso más generoso que como lo hace con nosotros mismos, si es que nos podemos expresar así. Alegrarnos de que Dios se alegre por el perdón y la felicidad derrochados con el hijo pródigo.

En fin, no ver con malos ojos que Dios sea bueno y hasta ingenuo, según nuestras apreciaciones, con el pecador. Intentar comprender los comportamientos misericordiosos de Dios. Él sí se fía de verdad, porque él es Dios no hombre: sus pensamientos son infinitamente superiores a los nuestros.

Es decir, dejarnos inundar del amor infinito de Dios para gustar de la presencia de Dios que todo lo abarca llenándolo de vida y de bendición para sus hijos amados en su bendito Hijo Jesús, el primogénito entre muchos hermanos.

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Texto iluminador

Ustedes deben rezar así: Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden. Porque si ustedes perdonan las ofensas de los hombres, también el Padre celestial los perdonará. En cambio, si no perdonan las ofensas de los hombres, el Padre tampoco los perdonará a ustedes (Mt. 6, 8-15).

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Estimado hermano, hermana: Ahora puedes hacer algún ejercicio de perdón, valiéndote de los puntos anteriormente expuestos. Merece la pena intentarlo en Cuaresma.

Puedes pensar en alguna persona que te haya ofendido en la vida. Puedes recordar cómo te has sentido despreciado por otras personas, sobre todo, familiares o amigos. Anímate a perdonar y a olvidar para siempre, renunciando a guardar la ofensa dentro de ti.

Dios te conceda poder respirar a pleno pulmón, dejando libre a tu ofensor, y abandonando en manos del Señor tus recuerdos dolorosos. Que te permita vivir más reconciliado durante esta Cuaresma.

Como es gracia de Dios, permanecemos orando para que él se apiade de nosotros y nos conceda vida en abundancia: la reconciliación con nosotros mismos, con los demás y con Dios. Es decir, la paz del corazón. La plenitud de vida. Nada es imposible para Dios. Y todo es posible para el que cree.

Ánimo, hermano, hermana, pon algo de tu parte, y experimentarás cuán bueno es el Señor que desea lo mejor para ti. Feliz día y feliz Cuaresma. Dios te bendiga. Amén.

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Papa: quien ama la Iglesia no la acusa destruyéndola con la lengua

febrero 25, 2019

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El Papa Francisco con olor a oveja: Sueño con una Iglesia pobre entre los pobres, una Iglesia en salida. 

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Papa: quien ama la Iglesia no la acusa destruyéndola con la lengua

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La figura de San Pío de Pietrelcina inspiró al Papa Francisco durante el encuentro celebrado con los fieles procedentes de Benevento, que tuvo lugar esta mañana antes de la Audiencia General, en la Basílica de San Pedro. El Pontífice recordó en su reflexión que amar a la Iglesia significa perdonar.
Por María Fernando Bernasconi, Ciudad del Vaticano
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Esta mañana a las 9:10, antes de la acostumbrada Audiencia semanal con fieles de numerosos países, el Santo Padre Francisco se encontró en la Basílica de San Pedro con los dos mil quinientos participantes en la peregrinación a Roma de la Arquidiócesis de Benevento, acompañados por el Arzobispo Monseñor Felice Accrocca.

De este modo han querido corresponder a la visita pastoral que el Pontífice realizó el 17 de marzo del año pasado a  Pietrelcina, con motivo del centenario de la aparición de los estigmas permanentes de San Pío y del quincuagésimo aniversario de su muerte.

Al final del encuentro con el Obispo de Roma, estos peregrinos pudieron seguir desde la basílica vaticana mediante una conexión audiovisual la Audiencia General que se celebró en el Aula Pablo VI.

Con alegría el Santo Padre les dio los ¡buenos días!, manifestando que eran tantos que parecía una canonización. Y les dio las gracias por esta visita, comenzando por el Obispo, los alcaldes y todos los presentes manifestando que este gesto indica ciertamente la sensibilidad del alma.

Al recordar la visita que tuvo el placer de realizar a Pietrelcina, el Pontífice renovó a todos su más sincero agradecimiento por la calurosa acogida que le brindaron en aquella ocasión. Y les dijo que no se olvida nunca de aquel día, como tampoco se olvida de los tantos enfermos a los que saludó y que hizo que aquella visita permanezca en su corazón.

Padre Pío se distinguió por su fidelidad a la Iglesia

También manifestó su deseo a estos peregrinos de que el recuerdo de aquel evento, cargado de significado eclesial y espiritual, reavive en cada uno la voluntad de profundizar la vida de la fe, en el surco de las enseñanzas de su ilustre y santo paisano, Padre Pío, quien se distinguió por su firme fe en Dios, su firme esperanza en las realidades celestiales, su generosa dedicación a las personas y su fidelidad a la Iglesia, a la que siempre amó con todos sus problemas y sus adversidades.

No se puede vivir toda la vida acusando a la Iglesia

Francisco aprovechó la oportunidad para detenerse en este aspecto, es decir en el hecho de que Padre Pío amó a la Iglesia, con todas sus adversidades y pecadores.

Porque la Iglesia es santa, es esposa de Cristo, y nosotros –dijo el Papa– los hijos de la Iglesia, somos todos pecadores, ¡y algunos grandes!, pero él amaba a la Iglesia tal y como era, no la destruyó con la lengua, como está de moda hacerlo ahora. ¡No!

Por esta razón añadió que el que ama a la Iglesia sabe perdonar, porque sabe que él mismo es un pecador y necesita el perdón de Dios. Sabe cómo arreglar las cosas, porque el Señor quiere arreglar bien las cosas pero siempre con el perdón: no podemos vivir una vida entera acusando, acusando, acusando a la Iglesia.

El oficio del acusador

Asimismo se preguntó de quién es el oficio del acusador. Y dijo que “la Biblia lo llama el diablo”.

“Y los que se pasan la vida acusando, acusando, acusando, son: no diré hijos, porque el diablo no tiene ninguno, sino amigos, primos y familiares del diablo. Y no, esto no va, debemos señalar los defectos que corregir, pero en el momento en que se señalan los defectos, se denuncian los defectos, se ama a la Iglesia. Sin amor, eso es del diablo. Ambas cosas tenía San Padre Pío, amaba a la Iglesia con todos sus problemas y sus adversidades, con los pecados de sus hijos. No se olviden de esto”.

Antes de despedirse el Papa Bergoglio los animó a comprender y aceptar cada vez más el amor de Dios, fuente y motivo de nuestro verdadero gozo. Y destacó que estamos llamados a dar este amor que cambia la vida, sobre todo a las personas más débiles y necesitadas. Mientras cada uno de nosotros, al difundir la caridad divina, contribuye a construir un mundo más justo y solidario.

Por esta razón siguiendo el ejemplo del Padre Pío, el Santo Padre les pidió que por favor, no se cansen de confiar en Cristo y de anunciar su bondad y misericordia con el testimonio de su vida. Esto –añadió– es lo que los hombres y mujeres, también en nuestra época, esperan de los discípulos del Señor. Testimonio.

Y los invitó a pensar en San Francisco, y en lo que dijo a sus discípulos: “Vayan, testimonien, las palabras no son necesarias”.

A veces se debe hablar pero el Obispo de Roma les recomendó que comiencen con el testimonio, que vivan como cristianos, testimoniando que el amor es más hermoso que el odio, que la amistad es más hermosa que la enemistad, y que la hermandad entre nosotros es más hermosa que la guerra.

¡Gracias de nuevo por esta visita! –concluyó el Santo Padre– y les impartió de corazón a todos su bendición, que extendió a sus familias, a sus comunidades y a toda la Arquidiócesis de Benevento.


El maná de cada día, 19.1.19

enero 19, 2019

Sábado de la 1ª semana del Tiempo Ordinario

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Calling of Matthew

Sígueme



PRIMERA LECTURA: Hebreos 4, 12-16

Hermanos:

La palabra de Dios es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo, penetrante hasta el punto donde se dividen alma y espíritu, coyunturas y tuétanos. Juzga los deseos e intenciones del corazón. No hay criatura que escape a su mirada. Todo está patente y descubierto a los ojos de Aquél a quien hemos de rendir cuentas.

Mantengamos la confesión de la fe, ya que tenemos un sumo sacerdote grande, que ha atravesado el cielo, Jesús, Hijo de Dios.

No tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino que ha sido probado en todo exactamente como nosotros, menos en el pecado.

Por eso, acerquémonos con seguridad al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y encontrar gracia que nos auxilie oportunamente.


SALMO 18, 8. 9. 10. 15

Tus palabras, Señor, son espíritu y vida.

La ley del Señor es perfecta y es descanso del alma; el precepto del Señor es fiel e instruye al ignorante.

Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón; la norma del Señor es límpida y da luz a los ojos.

La voluntad del Señor es pura y eternamente estable; los mandamientos del Señor son verdaderos y enteramente justos.

Que te agraden las palabras de mi boca, y llegue a tu presencia el meditar de mi corazón, Señor, roca mía, redentor mío.


Aclamación: Lucas 4, 18

El Señor me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad.


EVANGELIO: Marcos 2, 13-17

En aquel tiempo, Jesús salió de nuevo a la orilla del lago; la gente acudía a él y les enseñaba.

Al pasar, vio a Leví, el de Alfeo, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: «Sígueme.»

Se levantó y lo siguió.

Estando Jesús a la mesa en su casa, de entre los muchos que lo seguían un grupo de publicanos y pecadores se sentaron con Jesús y sus discípulos.

Algunos escribas fariseos, al ver que comía con publicanos y pecadores, les dijeron a los discípulos: «¡De modo que come con publicanos y pecadores!»

Jesús lo oyó y les dijo: «No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores.»


El maná de cada día, 13.9.18

septiembre 13, 2018

Jueves de la 23ª semana del Tiempo Ordinario

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Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian

Haced el bien a los que os odian

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PRIMERA LECTURA: 1 Corintios 8, 1b-7.11-13

El conocimiento engríe, lo constructivo es el amor. Quien se figura haber terminado de conocer algo, aún no ha empezado a conocer como es debido. En cambio, al que ama a Dios, Dios lo reconoce.

Vengamos a eso de comer de lo sacrificado. Sabemos que en el mundo real un ídolo no es nada, y que Dios no hay más que uno; pues, aunque hay los llamados dioses en el cielo y en la tierra –y son numerosos los dioses y numerosos los señores–, para nosotros no hay más que un Dios, el Padre, de quien procede el universo y a quien estamos destinados nosotros, y un solo Señor, Jesucristo, por quien existe el universo y por quien existimos nosotros.

Sin embargo, no todos tienen ese conocimiento: algunos, acostumbrados a la idolatría hasta hace poco, comen pensando que la carne está consagrada al ídolo y, como su conciencia está insegura, se mancha. Así, tu conocimiento llevará al desastre al inseguro, a un hermano por quien Cristo murió. Al pecar de esa manera contra los hermanos, turbando su conciencia insegura, pecáis contra Cristo.

Por eso, si por cuestión de alimento peligra un hermano mío, nunca volveré a comer carne, para no ponerlo en peligro.


SALMO 138, 1-3.13-14ab.23-24

Guíame, Señor, por el camino eterno

Señor, tú me sondeas y me conoces; me conoces cuando me siento o me levanto, de lejos penetras mis pensamientos; distingues mi camino y mi descanso, todas mis sendas te son familiares.

Tú has creado mis entrañas, me has tejido en el seno materno. Te doy gracias, porque me has escogido portentosamente, porque son admirables tus obras.

Señor, sondéame y conoce mi corazón, ponme a prueba y conoce mis sentimientos, mira si mi camino se desvía, guíame por el camino eterno.


Aclamación antes del Evangelio: 1Jn 4, 12

Si nos amamos los unos a los otros, Dios permanece en nosotros y su caridad llega en nosotros a su plenitud.


EVANGELIO: Lucas 6, 27-38

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «A los que me escucháis os digo: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os injurian. Al que te pegue en una mejilla, preséntale la otra; al que te quite la capa, déjale también la túnica. A quien te pide, dale; al que se lleve lo tuyo, no se lo reclames.

Tratad a los demás como queréis que ellos os traten. Pues, si amáis sólo a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores aman a los que los aman. Y si hacéis bien sólo a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores lo hacen. Y si prestáis sólo cuando esperáis cobrar, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a otros pecadores, con intención de cobrárselo.

¡No! Amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada; tendréis un gran premio y seréis hijos del Altísimo, que es bueno con los malvados y desagradecidos. Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante.

La medida que uséis, la usarán con vosotros.»


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DICHOSOS LOS QUE TRABAJAN POR LA PAZ

De un sermón atribuido a san Pedro Crisólogo, obispo

Dichosos los que trabajan por la paz –dice el evange­lista, amadísimos hermanos–, porque ellos se llamarán los hijos de Dios.

Con razón cobran especial lozanía las virtudes cristianas en aquel que posee la armonía de paz cristiana, y no se llega a la denominación de hijo de Dios si no es a través de la práctica de la paz.

La paz, amadísimos hermanos, es la que despoja al hombre de su condición de esclavo y le otorga el nombre de libre y cambia su situación ante Dios, convirtiéndolo de criado en hijo, de siervo en hombre libre.

La paz entre los hermanos es la realización de la voluntad divina, el gozo de Cristo, la perfección de la santidad, la norma de la justicia, la maestra de la doctrina, la guarda de las buenas costumbres, la que regula convenientemente todos nuestros actos.

La paz recomienda nuestras peticiones ante Dios y es el camino más fácil para que obtengan su efecto, haciendo así que se vean colmados todos nuestros deseos legítimos. La paz es madre del amor, vínculo de la concordia e indicio manifiesto de la pureza de nuestra mente; ella alcanza de Dios todo lo que quiere, ya que su petición es siempre eficaz.

Cristo, el Señor, nuestro rey, es quien nos manda conservar esta paz, ya que él ha dicho: La paz os dejo, mi paz os doy, lo que equivale a decir: «Os dejo en paz, y quiero encontraros en paz»; lo que nos dio al marchar quiere encontrarlo en todos cuando vuelva.

El mandamiento celestial nos obliga a conservar esta paz que se nos ha dado, y el deseo de Cristo puede resumirse en pocas palabras: volver a encontrar lo que nos ha dejado. Plantar y hacer arraigar la paz es cosa Dios; arrancarla de raíz es cosa del enemigo. En efecto, así como el amor fraterno procede de Dios, así el odio procede del demonio; por esto, debemos apartar de nosotros toda clase de odio, pues dice la Escritura: El que odia a su hermano es un homicida.

Veis, pues, hermanos muy amados, la razón por la que hay que procurar y buscar la paz y la concordia; estas virtudes son las que engendran y alimentan la caridad. Sabéis, como dice san Juan, que el amor es de Dios; por consiguiente, el que no tiene este amor vive apartado de Dios.

Observemos, por tanto, hermanos, estos mandamientos ­de vida; hagamos por mantenernos unidos en el amor fraterno, mediante los vínculos de una paz profunda y el nexo saludable de la caridad, que cubre la multitud de los pecados. Todo vuestro afán ha de ser la consecuc­ión de este amor, capaz de alcanzar todo bien y todo premio.

La paz es la virtud que hay que guardar con más empeño, ya que Dios está siempre rodeado de una atmósfera de paz. Amad la paz, y hallaréis en todo la tranquilidad del espíritu; de este modo, aseguráis nuestro premio y vuestro gozo, y la Iglesia de Dios, fundamen­tada en la unidad de la paz, se mantendrá fiel a las en­señanzas de Cristo.

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Carta del Santo Padre Francisco al Pueblo de Dios (por abusos)

agosto 20, 2018

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La dimensión penitencial de ayuno y oración nos ayudará como Pueblo de Dios a ponernos delante del Señor y de nuestros hermanos heridos.

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CARTA DEL SANTO PADRE FRANCISCO
AL PUEBLO DE DIOS

 

«Si un miembro sufre, todos sufren con él» (1 Co 12,26). Estas palabras de san Pablo resuenan con fuerza en mi corazón al constatar una vez más el sufrimiento vivido por muchos menores a causa de abusos sexuales, de poder y de conciencia cometidos por un notable número de clérigos y personas consagradas.

Un crimen que genera hondas heridas de dolor e impotencia; en primer lugar, en las víctimas, pero también en sus familiares y en toda la comunidad, sean creyentes o no creyentes.

Mirando hacia el pasado nunca será suficiente lo que se haga para pedir perdón y buscar reparar el daño causado. Mirando hacia el futuro nunca será poco todo lo que se haga para generar una cultura capaz de evitar que estas situaciones no solo no se repitan, sino que no encuentren espacios para ser encubiertas y perpetuarse.

El dolor de las víctimas y sus familias es también nuestro dolor, por eso urge reafirmar una vez más nuestro compromiso para garantizar la protección de los menores y de los adultos en situación de vulnerabilidad.

1. Si un miembro sufre

En los últimos días se dio a conocer un informe donde se detalla lo vivido por al menos mil sobrevivientes, víctimas del abuso sexual, de poder y de conciencia en manos de sacerdotes durante aproximadamente setenta años.

Si bien se pueda decir que la mayoría de los casos corresponden al pasado, sin embargo, con el correr del tiempo hemos conocido el dolor de muchas de las víctimas y constatamos que las heridas nunca desaparecen y nos obligan a condenar con fuerza estas atrocidades, así como a unir esfuerzos para erradicar esta cultura de muerte; las heridas “nunca prescriben”.

El dolor de estas víctimas es un gemido que clama al cielo, que llega al alma y que durante mucho tiempo fue ignorado, callado o silenciado. Pero su grito fue más fuerte que todas las medidas que lo intentaron silenciar o, incluso, que pretendieron resolverlo con decisiones que aumentaron la gravedad cayendo en la complicidad. Clamor que el Señor escuchó demostrándonos, una vez más, de qué parte quiere estar.

El cántico de María no se equivoca y sigue susurrándose a lo largo de la historia porque el Señor se acuerda de la promesa que hizo a nuestros padres: «Dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos» (Lc 1,51-53), y sentimos vergüenza cuando constatamos que nuestro estilo de vida ha desmentido y desmiente lo que recitamos con nuestra voz.

Con vergüenza y arrepentimiento, como comunidad eclesial, asumimos que no supimos estar donde teníamos que estar, que no actuamos a tiempo reconociendo la magnitud y la gravedad del daño que se estaba causando en tantas vidas. Hemos descuidado y abandonado a los pequeños.

Hago mías las palabras del entonces cardenal Ratzinger cuando, en el Via Crucis escrito para el Viernes Santo del 2005, se unió al grito de dolor de tantas víctimas y, clamando, decía: «¡Cuánta suciedad en la Iglesia y entre los que, por su sacerdocio, deberían estar completamente entregados a él! ¡Cuánta soberbia, cuánta autosuficiencia! […] La traición de los discípulos, la recepción indigna de su Cuerpo y de su Sangre, es ciertamente el mayor dolor del Redentor, el que le traspasa el corazón. No nos queda más que gritarle desde lo profundo del alma: Kyrie, eleison – Señor, sálvanos (cf. Mt 8,25)» (Novena Estación).

2. Todos sufren con él

La magnitud y gravedad de los acontecimientos exige asumir este hecho de manera global y comunitaria. Si bien es importante y necesario en todo camino de conversión tomar conocimiento de lo sucedido, esto en sí mismo no basta. Hoy nos vemos desafiados como Pueblo de Dios a asumir el dolor de nuestros hermanos vulnerados en su carne y en su espíritu.

Si en el pasado la omisión pudo convertirse en una forma de respuesta, hoy queremos que la solidaridad, entendida en su sentido más hondo y desafiante, se convierta en nuestro modo de hacer la historia presente y futura, en un ámbito donde los conflictos, las tensiones y especialmente las víctimas de todo tipo de abuso puedan encontrar una mano tendida que las proteja y rescate de su dolor (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 228).

Tal solidaridad nos exige, a su vez, denunciar todo aquello que ponga en peligro la integridad de cualquier persona. Solidaridad que reclama luchar contra todo tipo de corrupción, especialmente la espiritual, «porque se trata de una ceguera cómoda y autosuficiente donde todo termina pareciendo lícito: el engaño, la calumnia, el egoísmo y tantas formas sutiles de autorreferencialidad, ya que “el mismo Satanás se disfraza de ángel de luz (2 Co 11,14)”» (Exhort. ap. Gaudete et exsultate, 165).

La llamada de san Pablo a sufrir con el que sufre es el mejor antídoto contra cualquier intento de seguir reproduciendo entre nosotros las palabras de Caín: «¿Soy yo el guardián de mi hermano?» (Gn 4,9).

Soy consciente del esfuerzo y del trabajo que se realiza en distintas partes del mundo para garantizar y generar las mediaciones necesarias que den seguridad y protejan la integridad de niños y de adultos en estado de vulnerabilidad, así como de la implementación de la “tolerancia cero” y de los modos de rendir cuentas por parte de todos aquellos que realicen o encubran estos delitos.

Nos hemos demorado en aplicar estas acciones y sanciones tan necesarias, pero confío en que ayudarán a garantizar una mayor cultura del cuidado en el presente y en el futuro.

Conjuntamente con esos esfuerzos, es necesario que cada uno de los bautizados se sienta involucrado en la transformación eclesial y social que tanto necesitamos. Tal transformación exige la conversión personal y comunitaria, y nos lleva a mirar en la misma dirección que el Señor mira.

Así le gustaba decir a san Juan Pablo II: «Si verdaderamente hemos partido de la contemplación de Cristo, tenemos que saberlo descubrir sobre todo en el rostro de aquellos con los que él mismo ha querido identificarse» (Carta ap. Novo millennio ineunte, 49).

Aprender a mirar donde el Señor mira, a estar donde el Señor quiere que estemos, a convertir el corazón ante su presencia. Para esto ayudará la oración y la penitencia. Invito a todo el santo Pueblo fiel de Dios al ejercicio penitencial de la oración y el ayuno siguiendo el mandato del Señor,[1] que despierte nuestra conciencia, nuestra solidaridad y compromiso con una cultura del cuidado y el “nunca más” a todo tipo y forma de abuso.

Es imposible imaginar una conversión del accionar eclesial sin la participación activa de todos los integrantes del Pueblo de Dios. Es más, cada vez que hemos intentado suplantar, acallar, ignorar, reducir a pequeñas élites al Pueblo de Dios construimos comunidades, planes, acentuaciones teológicas, espiritualidades y estructuras sin raíces, sin memoria, sin rostro, sin cuerpo, en definitiva, sin vida[2].

Esto se manifiesta con claridad en una manera anómala de entender la autoridad en la Iglesia —tan común en muchas comunidades en las que se han dado las conductas de abuso sexual, de poder y de conciencia— como es el clericalismo, esa actitud que «no solo anula la personalidad de los cristianos, sino que tiene una tendencia a disminuir y desvalorizar la gracia bautismal que el Espíritu Santo puso en el corazón de nuestra gente».[3]

El clericalismo, favorecido sea por los propios sacerdotes como por los laicos, genera una escisión en el cuerpo eclesial que beneficia y ayuda a perpetuar muchos de los males que hoy denunciamos. Decir no al abuso, es decir enérgicamente no a cualquier forma de clericalismo.

Siempre es bueno recordar que el Señor, «en la historia de la salvación, ha salvado a un pueblo. No existe identidad plena sin pertenencia a un pueblo. Nadie se salva solo, como individuo aislado, sino que Dios nos atrae tomando en cuenta la compleja trama de relaciones interpersonales que se establecen en la comunidad humana: Dios quiso entrar en una dinámica popular, en la dinámica de un pueblo» (Exhort. ap. Gaudete et exsultate, 6).

Por tanto, la única manera que tenemos para responder a este mal que viene cobrando tantas vidas es vivirlo como una tarea que nos involucra y compete a todos como Pueblo de Dios. Esta conciencia de sentirnos parte de un pueblo y de una historia común hará posible que reconozcamos nuestros pecados y errores del pasado con una apertura penitencial capaz de dejarse renovar desde dentro.

Todo lo que se realice para erradicar la cultura del abuso de nuestras comunidades, sin una participación activa de todos los miembros de la Iglesia, no logrará generar las dinámicas necesarias para una sana y realista transformación.

La dimensión penitencial de ayuno y oración nos ayudará como Pueblo de Dios a ponernos delante del Señor y de nuestros hermanos heridos, como pecadores que imploran el perdón y la gracia de la vergüenza y la conversión, y así elaborar acciones que generen dinamismos en sintonía con el Evangelio.

Porque «cada vez que intentamos volver a la fuente y recuperar la frescura del Evangelio, brotan nuevos caminos, métodos creativos, otras formas de expresión, signos más elocuentes, palabras cargadas de renovado significado para el mundo actual» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 11).

Es imprescindible que como Iglesia podamos reconocer y condenar con dolor y vergüenza las atrocidades cometidas por personas consagradas, clérigos e incluso por todos aquellos que tenían la misión de velar y cuidar a los más vulnerables.

Pidamos perdón por los pecados propios y ajenos. La conciencia de pecado nos ayuda a reconocer los errores, los delitos y las heridas generadas en el pasado y nos permite abrirnos y comprometernos más con el presente en un camino de renovada conversión.

Asimismo, la penitencia y la oración nos ayudará a sensibilizar nuestros ojos y nuestro corazón ante el sufrimiento ajeno y a vencer el afán de dominio y posesión que muchas veces se vuelve raíz de estos males. Que el ayuno y la oración despierten nuestros oídos ante el dolor silenciado en niños, jóvenes y minusválidos.

Ayuno que nos dé hambre y sed de justicia e impulse a caminar en la verdad apoyando todas las mediaciones judiciales que sean necesarias.

Un ayuno que nos sacuda y nos lleve a comprometernos desde la verdad y la caridad con todos los hombres de buena voluntad y con la sociedad en general para luchar contra cualquier tipo de abuso sexual, de poder y de conciencia.

De esta forma podremos transparentar la vocación a la que hemos sido llamados de ser «signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano» (Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 1).

«Si un miembro sufre, todos sufren con él», nos decía san Pablo. Por medio de la actitud orante y penitencial podremos entrar en sintonía personal y comunitaria con esta exhortación para que crezca entre nosotros el don de la compasión, de la justicia, de la prevención y reparación.

María supo estar al pie de la cruz de su Hijo. No lo hizo de cualquier manera, sino que estuvo firmemente de pie y a su lado. Con esta postura manifiesta su modo de estar en la vida. Cuando experimentamos la desolación que nos producen estas llagas eclesiales, con María nos hará bien «instar más en la oración» (S. Ignacio de Loyola, Ejercicios Espirituales, 319), buscando crecer más en amor y fidelidad a la Iglesia. Ella, la primera discípula, nos enseña a todos los discípulos cómo hemos de detenernos ante el sufrimiento del inocente, sin evasiones ni pusilanimidad. Mirar a María es aprender a descubrir dónde y cómo tiene que estar el discípulo de Cristo.

Que el Espíritu Santo nos dé la gracia de la conversión y la unción interior para poder expresar, ante estos crímenes de abuso, nuestra compunción y nuestra decisión de luchar con valentía.

Vaticano, 20 de agosto de 2018

 

Francisco


[1] «Esta clase de demonios solo se expulsa con la oración y el ayuno» (Mt 17,21).

[2] Cf. Carta al Pueblo de Dios que peregrina en Chile (31 mayo 2018).

[3] Carta al Cardenal Marc Ouellet, Presidente de la Pontificia Comisión para América Latina (19 marzo 2016).

 


© Copyright – Libreria Editrice Vaticana


Iluminar las crisis, angustias y dificultades, según Amoris laetitia, 231-240, (21)

agosto 5, 2018

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Cada crisis implica un aprendizaje que permite incrementar la intensidad de la vida compartida, o al menos encontrar un nuevo sentido a la experiencia matrimonial.

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Iluminar las crisis, angustias y dificultades

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Vaya una palabra a los que en el amor ya han añejado el vino nuevo del noviazgo. Cuando el vino se añeja con esta experiencia del camino, allí aparece, florece en toda su plenitud, la fidelidad de los pequeños momentos de la vida. Es la fidelidad de la espera y de la paciencia.

Esa fidelidad llena de sacrificios y de gozos va como floreciendo en la edad en que todo se pone añejo y los ojos se ponen brillantes al contemplar los hijos de sus hijos. Así era desde el principio, pero eso ya se hizo consciente, asentado, madurado en la sorpresa cotidiana del redescubrimiento día tras día, año tras año.

Como enseñaba san Juan de la Cruz, «los viejos amadores son los ya ejercitados y probados». Ellos «ya no tienen aquellos hervores sensitivos ni aquellas furias y fuegos hervorosos por fuera, sino que gustan la suavidad del vino de amor ya bien cocido en su sustancia […] asentado allá dentro en el alma».

Esto supone haber sido capaces de superar juntos las crisis y los tiempos de angustia, sin escapar de los desafíos ni esconder las dificultades.

El desafío de las crisis

La historia de una familia está surcada por crisis de todo tipo, que también son parte de su dramática belleza. Hay que ayudar a descubrir que una crisis superada no lleva a una relación con menor intensidad sino a mejorar, asentar y madurar el vino de la unión. No se convive para ser cada vez menos felices, sino para aprender a ser felices de un modo nuevo, a partir de las posibilidades que abre una nueva etapa.

Cada crisis implica un aprendizaje que permite incrementar la intensidad de la vida compartida, o al menos encontrar un nuevo sentido a la experiencia matrimonial. De ningún modo hay que resignarse a una curva descendente, a un deterioro inevitable, a una soportable mediocridad.

Al contrario, cuando el matrimonio se asume como una tarea, que implica también superar obstáculos, cada crisis se percibe como la ocasión para llegar a beber juntos el mejor vino. Es bueno acompañar a los cónyuges para que puedan aceptar las crisis que lleguen, tomar el guante y hacerles un lugar en la vida familiar.

Los matrimonios experimentados y formados deben estar dispuestos a acompañar a otros en este descubrimiento, de manera que las crisis no los asusten ni los lleven a tomar decisiones apresuradas. Cada crisis esconde una buena noticia que hay que saber escuchar afinando el oído del corazón.

La reacción inmediata es resistirse ante el desafío de una crisis, ponerse a la defensiva por sentir que escapa al propio control, porque muestra la insuficiencia de la propia manera de vivir, y eso incomoda. Entonces se usa el recurso de negar los problemas, esconderlos, relativizar su importancia, apostar sólo al paso del tiempo.

Pero eso retarda la solución y lleva a consumir mucha energía en un ocultamiento inútil que complicará todavía más las cosas. Los vínculos se van deteriorando y se va consolidando un aislamiento que daña la intimidad. En una crisis no asumida, lo que más se perjudica es la comunicación.

De ese modo, poco a poco, alguien que era «la persona que amo» pasa a ser «quien me acompaña siempre en la vida», luego sólo «el padre o la madre de mis hijos», y, al final, «un extraño».

Para enfrentar una crisis se necesita estar presentes. Es difícil, porque a veces las personas se aíslan para no manifestar lo que sienten, se arrinconan en el silencio mezquino y tramposo. En estos momentos es necesario crear espacios para comunicarse de corazón a corazón.

El problema es que se vuelve más difícil comunicarse así en un momento de crisis si nunca se aprendió a hacerlo. Es todo un arte que se aprende en tiempos de calma, para ponerlo en práctica en los tiempos duros.

Hay que ayudar a descubrir las causas más ocultas en los corazones de los cónyuges, y a enfrentarlas como un parto que pasará y dejará un nuevo tesoro. Pero las respuestas a las consultas realizadas remarcan que en situaciones difíciles o críticas la mayoría no acude al acompañamiento pastoral, ya que no lo siente comprensivo, cercano, realista, encarnado.

Por eso, tratemos ahora de acercarnos a las crisis matrimoniales con una mirada que no ignore su carga de dolor y de angustia.

Hay crisis comunes que suelen ocurrir en todos los matrimonios, como la crisis de los comienzos, cuando hay que aprender a compatibilizar las diferencias y desprenderse de los padres; o la crisis de la llegada del hijo, con sus nuevos desafíos emocionales; la crisis de la crianza, que cambia los hábitos del matrimonio; la crisis de la adolescencia del hijo, que exige muchas energías, desestabiliza a los padres y a veces los enfrenta entre sí; la crisis del «nido vacío», que obliga a la pareja a mirarse nuevamente a sí misma; la crisis que se origina en la vejez de los padres de los cónyuges, que reclaman más presencia, cuidados y decisiones difíciles.

Son situaciones exigentes, que provocan miedos, sentimientos de culpa, depresiones o cansancios que pueden afectar gravemente a la unión.

A estas se suman las crisis personales que inciden en la pareja, relacionadas con dificultades económicas, laborales, afectivas, sociales, espirituales. Y se agregan circunstancias inesperadas que pueden alterar la vida familiar, y que exigen un camino de perdón y reconciliación.

Al mismo tiempo que intenta dar el paso del perdón, cada uno tiene que preguntarse con serena humildad si no ha creado las condiciones para exponer al otro a cometer ciertos errores.

Algunas familias sucumben cuando los cónyuges se culpan mutuamente, pero «la experiencia muestra que, con una ayuda adecuada y con la acción de reconciliación de la gracia, un gran porcentaje de crisis matrimoniales se superan de manera satisfactoria. Saber perdonar y sentirse perdonados es una experiencia fundamental en la vida familiar».

«El difícil arte de la reconciliación, que requiere del sostén de la gracia, necesita la generosa colaboración de familiares y amigos, y a veces incluso de ayuda externa y profesional».

Se ha vuelto frecuente que, cuando uno siente que no recibe lo que desea, o que no se cumple lo que soñaba, eso parece ser suficiente para dar fin a un matrimonio. Así no habrá matrimonio que dure.

A veces, para decidir que todo acabó basta una insatisfacción, una ausencia en un momento en que se necesitaba al otro, un orgullo herido o un temor difuso. Hay situaciones propias de la inevitable fragilidad humana, a las cuales se otorga una carga emotiva demasiado grande.

Por ejemplo, la sensación de no ser completamente correspondido, los celos, las diferencias que surjan entre los dos, el atractivo que despiertan otras personas, los nuevos intereses que tienden a apoderarse del corazón, los cambios físicos del cónyuge, y tantas otras cosas que, más que atentados contra el amor, son oportunidades que invitan a recrearlo una vez más.

En esas circunstancias, algunos tienen la madurez necesaria para volver a elegir al otro como compañero de camino, más allá de los límites de la relación, y aceptan con realismo que no pueda satisfacer todos los sueños acariciados.

Evitan considerarse los únicos mártires, valoran las pequeñas o limitadas posibilidades que les da la vida en familia y apuestan por fortalecer el vínculo en una construcción que llevará tiempo y esfuerzo. Porque en el fondo reconocen que cada crisis es como un nuevo «sí» que hace posible que el amor renazca fortalecido, transfigurado, madurado, iluminado.

A partir de una crisis se tiene la valentía de buscar las raíces profundas de lo que está ocurriendo, de volver a negociar los acuerdos básicos, de encontrar un nuevo equilibrio y de caminar juntos una etapa nueva. Con esta actitud de constante apertura se pueden afrontar muchas situaciones difíciles.

De todos modos, reconociendo que la reconciliación es posible, hoy descubrimos que «un ministerio dedicado a aquellos cuya relación matrimonial se ha roto parece particularmente urgente».

Viejas heridas

Es comprensible que en las familias haya muchas crisis cuando alguno de sus miembros no ha madurado su manera de relacionarse, porque no ha sanado heridas de alguna etapa de su vida. La propia infancia o la propia adolescencia mal vividas son caldo de cultivo para crisis personales que terminan afectando al matrimonio.

Si todos fueran personas que han madurado normalmente, las crisis serían menos frecuentes o menos dolorosas. Pero el hecho es que a veces las personas necesitan realizar a los cuarenta años una maduración atrasada que debería haberse logrado al final de la adolescencia.

A veces se ama con un amor egocéntrico propio del niño, fijado en una etapa donde la realidad se distorsiona y se vive el capricho de que todo gire en torno al propio yo. Es un amor insaciable, que grita o llora cuando no tiene lo que desea.

Otras veces se ama con un amor fijado en una etapa adolescente, marcado por la confrontación, la crítica ácida, el hábito de culpar a los otros, la lógica del sentimiento y de la fantasía, donde los demás deben llenar los propios vacíos o seguir los propios caprichos.

Muchos terminan su niñez sin haber sentido jamás que son amados incondicionalmente, y eso lastima su capacidad de confiar y de entregarse. Una relación mal vivida con los propios padres y hermanos, que nunca ha sido sanada, reaparece y daña la vida conyugal. Entonces hay que hacer un proceso de liberación que jamás se enfrentó.

Cuando la relación entre los cónyuges no funciona bien, antes de tomar decisiones importantes conviene asegurarse de que cada uno haya hecho ese camino de curación de la propia historia.

Eso exige reconocer la necesidad de sanar, pedir con insistencia la gracia de perdonar y de perdonarse, aceptar ayuda, buscar motivaciones positivas y volver a intentarlo una y otra vez. Cada uno tiene que ser muy sincero consigo mismo para reconocer que su modo de vivir el amor tiene estas inmadureces.

Por más que parezca evidente que toda la culpa es del otro, nunca es posible superar una crisis esperando que sólo cambie el otro. También hay que preguntarse por las cosas que uno mismo podría madurar o sanar para favorecer la superación del conflicto.

 


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